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Miguel Maldonado

El minotauro se asoma desde el laberinto. Pareciera que se acodara plácidamente en el balcón. No hay en él intento alguno de saltarse el entrepecho, ninguno de sus nervios muestra la tensión del cautivo. Los pincelazos hacen que nos centremos en advertir qué lo conmueve. La pintura de Chirico le debe sus intrigas a la llaneza del balcón, nada importa sino descifrar el mundo sensible que habita en esa rústica mirada. ¿Resignación? ¿Plenitud? Dos estados incompatibles. Sólo sabemos que el minotauro sale al balcón sin premura, casi como saliendo a respirar el aire fresco, tras acaso algún embate que pudo ser épico o erótico. Quizás piensa que por hoy no desea más embestidas, sino descender por los pasillos sin encontrarse esta vez con un intruso, o una mujer que embestir de nuevo. Pero las avenidas siempre conducen a lo mismo, tener que embestir y volver a hacerlo, inútil encontrar la salida a todo ello. ¿Cómo librarse del enemigo diario, de la atadura al sexo, si a esto lo ha condenado la vida? Si siempre termina en este balcón, dejando tras de sí a una mujer satisfecha que yace a sus espaldas rendida de la faena. Siempre salir de la habitación para asomarse a esta terraza después de haber vivido lo mismo, mirando a lo lejos en busca de un lugar donde nada lo perturbe, se imagina que allá, en la lejanía, la gente quizás vive distinto, que acaso existen lugares que te guardan de los entrometidos, de las alcobas con amores, lugares donde nadie da contigo y nunca puedes escaparte para no ser tentado por las pasiones. Si pudiera franquear el balcón y huir hacia esa fortaleza donde guarecerse; si tan sólo pudiera encontrar el modo de salir para irse a buscar un laberinto inescrutable, allá donde no tuviese que enfrentarse a nada y nada lo sedujera. Pero se resigna: por más que recorra esos vericuetos no encontrará aquel laberinto… y una plenitud tras haber montado, lo invade. Dos estados incompatibles.

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La continuidad de los laberintos


Rafael Argullol, Juan José Díaz Infante, Luis García Montero, Fritz Glockner, Michel Maffesoli, José Mejía Lira, Francisco Martín Moreno, Edgar Morin, Ignacio Padilla (†), Alejandro Palma Castro, Eduardo Antonio Parra, Herón Pérez Martínez, Francisco Ramírez Santacruz, Miguel Ángel Rodríguez, Vicenzo Susca, Jorge Valdés Díaz-Vélez, René Valdiviezo Sandoval, Javier Vargas

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de Luna y David Villanueva.

UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP, año 7, No. 27, abril - junio de 2017, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Con domicilio en 4 Sur No. 104 Colonia Centro, Puebla Pue., C.P. 72000, teléfono (222) 2 295500, Ext. 5270 www.unidiversidad.com.mx, Editor Responsable: Dr. Pedro Ángel Palou García. pedropalou@me.com, Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04 - 2017 - 060715570200 - 203 1SSN: (En trámite). Ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor de la Secretaría de Cultura. Responsable de la última actualización de este número, La Dirección de Comunicación Institucional BUAP, Dr. Miguel Ángel Pérez Maldonado, 4 sur No. 303, Colonia Centro, Puebla Pue., C.P. 72000, fecha de última modificación, marzo de 2017.

Dr. José Alfonso Esparza Ortiz Rector

Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación.

Dr. René Valdiviezo Sandoval Secretario general

Queda estrictamente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación sin previa autorización de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Mtro. José Carlos Bernal Suárez Director de comunicación institucional Pedro Ángel Palou Miguel Maldonado Directores Diana Isabel Jaramillo Jefa de redacción

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Jacobo Sefamí Selección del dossier Lorena Juárez Liceaga Diseño gráfico Fernanda Handall Portada Javier Velasco Distribución y comercialización

Imágenes de Alicia Ceballos Concepto creativo: Diana I. Jaramillo Las mayoría de las ilustraciones han sido tomadas del cuaderno de artista de Alicia Ceballos, el cual se inspiró en el cuento: "Uma, Shulamit y la U", de Jacobo Sefamí.


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4 4 Presentación

41 Ubres de la nostalgia

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5 Agradecimientos 7 14

Jacobo Sefamí: Uma, Shulamit y la U Alicia en el país de Uma Guillermo Sheridan: Quiero ver una vaca

47 Leches de colores o vacas acrobáticas

16 Pastos de fundación 17 17 18 21

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Vacas sagradas. Mahabharata Eliano: La vaca, Isis y Afrodita Ezequiel Martínez Estrada: Un importante personaje histórico: La vaca Salvador Novo: Ensayo sobre la leche

23 Fascinaciones bovinas 24 24 24 25 26 26 27

Alberto Blanco: La vaca pinta al alba Hernán Bravo Varela: Lala Jorge Esquinca: La vaca Enrique Fierro: Quiero ver una vaca José Kozer: Vaca Margen Pablo Neruda: Locos de invierno

28 Mugidos dolorosos 30 30 31 32 32 33 34 36 39

Rafael Alberti: Metamorfosis del clavel Alberto Blanco: Lamentación de la vaca roja Federico García Lorca: Vaca Juan Gelman: La vaca Oliverio Girondo: Dietética Atardecer Diana Isabel Jaramillo: Celerina-Cetrina Juan Rulfo: Es que somos muy pobres Raúl Zurita: Áreas verdes

Rubén Darío: Allá lejos Eduardo Lizalde: Vaca y niña Myriam Moscona: Retrato de familia y animal Pedro Ángel Palou: La vaca iracunda César Vallejo: Trilce xix

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Augusto Monterroso: Vaca María Elena Walsh: La vaca estudiosa Luisa Futoransky: Lunas de miel Gabriel García Márquez: La peste del olvido Carlos Germán Belli: Res, res mía Eduardo Espina: La vaca lo hace con mala leche Leopoldo Lugones: Las vacas Jabaquita Niduda: Un musitar herido Peleterías de ojos al cielo Fernando del Paso: José Trigo Pablo Neruda: Bestiario

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Epílogo Jacobo Sefamí: Uma, Pamplona y las letras nebulosas en el cielo

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Bibliografía

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Miscelánea Gustavo Íñiguez: Disolución de límites en Ben Lerner Brenda Ríos: Prestaciones Días Bibliotecas Ajenas. Javier Vargas de Luna: Blade runner y el taxista del canal

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Hace unos años analizábamos en clase el poema “Áreas verdes” del chileno Raúl Zurita. Por razones vacunas, Francisco Íñiguez Becerra comenzó a saltar como un resorte que de pronto se había desatado. Evidentemente, el texto le había movido fibras íntimas y espacios ya lejanos en tiempo y en espacio. Cada vez que tuvo oportunidad, Francisco trajo la santidad bovina a la discusión. Las vacas nos ayudaron a conocernos. Yo me di cuenta, a la vez, que uno de los momentos más felices de mi vida se había dado gracias a una vaca (léase “Uma, Shulamit y la U”/p.5). Un día hice un repaso de todas las vacas literarias que conocía y me acordé del fabuloso poema “Quiero ver una vaca” de Enrique Fierro (¡ay, qué doloroso es ahora pensar en su fallecimiento!). Muchos de nosotros podríamos recitar ese texto de memoria y con devoción. También recordé el brillante ensayo de Guillermo Sheridan que se refiere al poema de Fierro y al tema vacuno. Así, comencé a procurarme mi ganado. Intenté rodearme de la mayor cantidad de vacas posible, pero seguramente muchas escaparon a mi vista (siempre habrá vaquitas pastando en otras páginas, perdidas en las vastas pampas de los libros). Cada vez que mencionaba el proyecto en alguna reunión social, veía muchas sonrisas y oía hasta carcajadas. Pero Monterroso me previno, en una conversación telefónica, de la seriedad del asunto. En mis querellas bovinas, me azoré ante la gentileza de muchos amigos que, entusiasmados, me hicieron recomendaciones y sugerencias —incluyendo a Carlos Monsiváis, quien me impresionó con su capacidad mnemotécnica al aprovechar un libro de visitas de un restaurante berlinés para inscribir unos maravillosos versos sobre la vaca, pero sin indicar su procedencia, casi como si se tratara de una adivinanza (tiempo después me di cuenta que eran de Eloy Blanco, en “Regreso al despertar”). Salvo textos breves, iniciales y unos cuantos epígrafes, el resto de esta selección se restringe a textos escritos en castellano: tenía que poner límites en algún sitio.* Tal vez algún día me anime a hacer una vaca más gorda, mundial. Ya Manfred Flügge me dio una pista en Nietzsche, la checa Barbora Sramkova me recordó un cuento de Musil, y Homer Brown me insistió en un texto de Faulkner. Espero que eventualmente las vacas del orbe se hermanen y vean los prados verdes en las páginas del libro que las reúna. Una nota final: la pintora Alicia Ceballos se vio motivada a incluir imágenes alusivas a mi cuento “Uma, Shulamit y la U” en uno de sus cuadernos de artista. Me quedé verdaderamente asombrado de su belleza y escribí, a mi vez, algunos poemas en respuesta a sus imágenes. Ese diálogo que tenía por medio a la vaca me resonó hondo y confirmó que Uma era un ser prodigioso que podía conducir hacia la dicha de la placidez de la luz, los colores y las tersuras de la piel. Me complace enormemente que nuestras vacas estén reunidas en las páginas de esta revista. *Vaquitas pintadas se publicó como libro en México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2004.

J.S. [Jabaquita Si-fa-mú] [por I. T.] [2004, 2016]

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A todas aquellas personas que me guiaron en este camino de vacas, mi más profunda gratitud: Alberto Blanco, Carmen Boullosa, Adolfo Castañón, Elena Climent, Eduardo Espina, Enrique Fierro, Jean Franco, Luisa Futoransky, Lucía Guerra, Chonín Horno-Delgado, Noé Jitrik, José Kozer, Marily Martínez de Richter, Seymour Menton, Inés Mercado, Tununa Mercado, Eduardo Milán, Augusto Monterroso, Pilar Ojeda, Jill Robbins, Adriana Sandoval Lara, Armin Schwegler, Amina Yassine y Maite Zubiaurre. Agradezco, asimismo, a Carl Good, Saúl Jiménez, Elsie Bustamante y José Villalobos, por recordarme cada vez que veían una vaca; conservo, gracias a ellos, una rica parafernalia vacuna. Finalmente, a mi querido amigo Pedro Ángel Palou y a Miguel Maldonado, un gran MU agradecido por darme la oportunidad y acoger estas palabras e imágenes en su revista. J.S.


Era el verano del 76. Había ido al jadar haojel

malolientes,

pero fue difícil

que se quitaban a la

interpretar el mensaje. Du-

(comedor) del kibutz para ver la pizarra don-

entrada; comían copiosamente grandes canti-

ramos así, viéndonos, largo tiempo. Tenía unos

de anotaban los trabajos de la gente del Ulpán

dades de avena y volvían al trabajo cuando el

pequeños cuernos que se torcían hacia arriba,

(curso de hebreo) y de los voluntarios. Quería

resto de la gente apenas entraba al comedor. El

de modo que pensé que entre los dos formaban

ver si me ponían en las toronjas, en los melones

loco de Irwin comenzó a mugir como vaca, mo-

un paréntesis cuyo contenido vacío había que

o en el algodón. Ya les había dicho que se olvi-

viendo el trasero y haciendo gestos con las na-

descifrar. Era (como todas las demás) de raza

daran de mí para la fábrica. ¡No había viajado

rices. Acepté las burlas. No le quise decir nada

holandesa: blanca con manchas negras. Visto de

tantos kilómetros para terminar haciendo gan-

a Batia porque había prometido que cualquier

frente, su rostro formaba una V, puesto que el

chos de plástico! Prefería mil veces levantarme

trabajo era bueno, excepto la fábrica; no tenía

blanco se ampliaba en la cabeza y se cerraba en

a las cuatro de la mañana, ponerme cualquier

más remedio que aceptarlo y ya.

las narices y el hocico. Las orejas, los ojos, la pa-

cosa y que me llevaran en el tractor al campo;

Al día siguiente, Amnón, el encargado

pada y el cuello estaban cubiertos por el negro.

ya despertar con la salida del sol y los tubos

de las vacas —yo nunca había visto dedos tan

Las manchas en el cuerpo dibujaban un mapa

negros que irrigan a cuentagotas con una perfección que da frutos enormes y jugosos.

UMA, SHULAMIT Y LA U Jacobo Sefamí

Deseaba que me mandaran otra vez a los

(negro para tierra, blanco para mar), pero evidentemente no le encontré semejanza con ninguna región conocida

melones para estar con Anne, que me divertía

grandes como los de él— me explicó todo, con

por mí. Me fui con la duda: ¿qué me quería

tanto; me asustaba la idea de ir a quitar mala

lujo de detalle: me enseñó a limpiar las ubres,

decir con esa mirada? Se me vino a la mente

yerba: eso sí que es pesado, aunque todos ad-

ver si la leche estaba cortada y usar las máqui-

la palabra Uma, y ése fue el nombre con que

miraran que me fuera tan rápido en mi línea,

nas de ordeña. También me mostró cómo ma-

la identifiqué.

e incluso ayudara a los que se doblegaban con

nejar el tractor y conectarlo con el carro para

Por la tarde me duché para ir a cenar. En

el calor. Esa noche, no obstante, mi suerte ya

acarrear la paja, y también me indicó dónde

el comedor apenas había unas cinco mesas con

estaba echada: Ytzjak: “Refet”, que quiere decir

estaba el grano y cuánta agua había que darles.

los viejitos que les gustaba ir temprano. Justo en

“corral de vacas”. Mis amigos se empezaron a

Ya cuando yo estaba listo para terminar mi pri-

el momento en que llegué se me adelantó Shu-

burlar de mí. Los que trabajaban allí eran los

mer día de trabajo en el Refet, una vaca se me

lamit y con mucha coquetería me dijo que los

raros: siempre llegaban al comedor —los pri-

quedó viendo fíjamente como queriendo decir-

vaqueros tenían que esperar a que primero co-

meritos a la hora del desayuno— con sus botas

me algo. Yo, igualmente, la miré con intensidad,

mieran sus vacas. Parece que mi risa le divirtió.

7


8 Sus amigos se habían quedado jugando a ver

habían ido a sentar con los voluntarios holandeses, y las otras mesas del Ulpán ya

quién podía hacer mejores saltos con la bicicle-

estaban llenas. De modo que Shulamit y yo habíamos quedado solos en una de las

ta. Ella se compuso una ensalada exuberante,

pocas mesas de seis del comedor. “Si ya las conoces tanto y tan rápido, debes tener

con lechugas, tomates, berros, pepinos, beta-

una vaca preferida”, insistió burlonamente. “En efecto, te llevo ahora mismo a verla,

bel, zanahorias, hongos y otras legumbres que

si quieres”, le dije, pues quería demostrarle que todo lo que le había dicho no era

ya no recuerdo; la bañó con tres diferentes ti-

ninguna broma. Antes de salir, Shulamit le dijo a Shimón que no la esperaran y que

pos de aderezos y la espolvoreó con trocitos de

los vería más tarde en los cuartos.

pan y pasas. Le dije que sólo le faltaba ponerle

El Refet estaba a poca distancia; sólo había que cruzar el camino que conducía

alfalfa para que estuviera completa —pero sólo

a la carretera de fuera del kibutz. Todas las vacas estaban descansando, sentadas o

me contestó con un suspiro. Después de ser-

acostadas; había una sola cerca del abrevadero. Increíblemente, era Uma. La re-

virme un plato grande de avena, me senté, solo,

conocí por su V en el rostro. “Ves —le dije a Shulamit—, ésta es Uma. Fíjate que

a esperar a que llegaran los del Ulpán: Anne, Ste-

quiere decir algo con la mirada, pero no le entiendo”. Shulamit, que no había

ve, Bob, Stefan y Debbie. Supuse que Shulamit

parado de reírse, vio la vaca y se quedó perpleja. La vaca también se quedó

se iría a su mesa habitual, pero de pronto ya

inmóvil. No sé cuánto tiempo pasó, pero entonces Shulamit volteó a verme

estaba sentada frente a mí. “¿Te gustan las va-

y me dio un largo beso en la boca. “Mensaje de Uma”, me dijo después de

cas?”, me dijo mirándome fijamente a los ojos.

un rato. Sentí un gran vértigo, pero antes de que pudiera reaccionar ya

Yo respondí a la mirada con valentía, y extra-

Shulamit se había ido con la promesa de acompañarme al Refet la noche

ñamente alcancé a ver en el fondo de sus iris a

siguiente. Yo me fui a mi cuarto, pasmado por todo. Saqué mi Don Quijote,

la vaca Uma. “Sí, mucho”. Shulamit se rio otra

me puse a leer el episodio de la pastora Marcela y me quedé dormido. Tuve

vez, celebrando mi amor vacuno. “¿Qué te gus-

un sueño muy extraño, que se me quedó grabado como pocos en mi vida:

ta más, ordeñarlas o darles de comer?”, y volvió

Hacía algún tiempo que yo había pintado una letra, sobre una hoja muy

a su risa imparable. Le contesté que lo mejor

larga. Era una “u” enorme; la había llenado de los colores del arco iris

era verlas alternar la mirada: abajo y arriba: los

y a mí me parecía magnífica. La “u” estaba allí, quietecita, nadie la

pastos y el paisaje, la tierra y el cielo. Además,

movía, y sólo se dejaba contemplar. Un día vino una hada y se la llevó

me encantaba verlas en su paz, contentas. Aun-

de debajo de mi almohada. Perdí la “u”, pero me daba gusto que se la

que yo hablaba en serio, Shulamit se carcajeaba

hubieran llevado al cielo de las hadas. Así estaban las cosas cuando una

de la risa. Cuando Shimón y Uri ya caminaban

noche, alguien me tocó el hombro y yo volví los ojos. Era el hada con alitas.

con las charolas de su comida, titubearon en

Me dijo que me llevaba a conocer la verdadera “u”. Yo me aprendí a su cuello y em-

sentarse con nosotros y optaron por irse con los

pezamos a volar; el viaje fue larguísimo; puse mi cabeza sobre su espalda y me dejé llevar y

otros muchachos de su escuela. Anne y Bob se

llevar. Ahora estábamos en la copa de un árbol y yo miraba azorado para todas partes; era un


lugar encantado, las personas volaban con sol-

no se quiere bajar”. Pero yo sólo veía un columpio en el que había que mecerse, y le empecé a ro-

tura, sin ningún temor a caerse, y la música se

gar que me llevara hacia él. Y mi hada me decía que sólo me conformara viéndolo. Le contesté que

esparcía en el aire. Bajamos del árbol y empe-

sí, que me encantaba verlo, pero que sería mil veces mejor subirse y columpiarse. En ésas pasaron

zamos a caminar; parábamos de vez en cuando

varios días. Por las mañanas, yo veía la “u” que se asomaba y me veía y sonreía, y despedía música

en unas fuentes de múltiples formas, con cho-

de laúdes andalusíes; después, se desvanecía de mi vista y me dejaba todo el día a la espera de

rros pequeños y grandes. Nos refrescábamos y

su vuelta. En la noche, la volvía a ver, pero igual, apenas alcanzaba a tocar sus lazos de flores, se

seguíamos el camino. Yo le preguntaba al hada

escabullía hacia arriba y me dejaba sólo la contemplación. Cuando vi a mi hada le dije que estaba

que adónde me llevaba y ella respondía que tu-

desesperado y que si el viaje era una promesa, ella debía cumplir con llevarme arriba, a conocer

viera paciencia. Ya empezaba a inquietarme y

la “u”. Lo dije sin ánimo, con la seguridad de que mi hada no tenía por qué revelarme nada; bas-

pensaba que tal vez mi hada sólo quería cami-

tante ya había hecho con llevarme a ese espacio encantado. Pero, para mi sorpresa, me dijo que

nar conmigo, mas no hacerme llegar a ningún

sí, que ya era hora. Me tomó de la mano y con una ligereza increíble me levantó del suelo y me

lado. Y así, comenzaba a perder las esperanzas.

hizo volar hasta alcanzar uno de los brazos de la “u”. Y así, de pronto, mi hada se esfumó y estaba

Pero cuando ya mi ánimo flaqueaba, el hada

yo a solas con la “u”, sentado sobre su asiento, sin saber qué hacer. La “u” me preguntó si quería

me dijo que allí estaba. Yo no veía nada, pues

conocer el vértigo y yo le contesté que quería saberlo todo. Así, comenzó a moverse muy poco a

el lugar estaba todavía muy lejos. Pero el hada

poco, y yo vi que el universo se nublaba a mi vista. A medida que la “u” se columpiaba más alto

me dijo que no mirara hacia adelante, sino

y más alto, crecía la intensidad de la experiencia. Todos mis sentidos, alertas hasta el máximo, se

había que voltear hacia el cielo.

estremecían hasta alcanzar un punto en que todo era oscuro. Me aferraba a la “u” con mis dedos,

Cuando vi para arriba, comen-

que recorrían los brazos de la letra, como si me fuera a caer y necesitara estar bien sujeto a ella.

zó mi asombro; allí estaba

En ese momento, la “u” empezó a dar vueltas completas y me dijo que en realidad no era una “u”,

mi “u” enorme, por encima

sino una “m”, puesto que el movimiento era hacia abajo y no hacia arriba; o sea, que era una “u”

de nosotros, como un gran

doble, invertida. Así, convertida en “m”, conocí el vértigo, puesto que ahora con mayor razón tenía

columpio, atada a dos ár-

que sujetarme a la letra. La “m” comenzó a cantar como los hindúes una “m” con que se convoca

boles gigantescos. Empecé

a los dioses y se hace uno con el universo, y yo a mi vez con los labios formando un capullo de

a saltar para alcanzar el

rosa, también canté emocionado. Le pregunté a la “u” que si de verdad existía, o que si sólo era

columpio, pero estaba de-

un sueño; ella me dijo que yo era una cenicienta y que a las doce me tenía que marchar. No le

masiado alto. Volteé a ver

hice caso; quería repetir los cantos tantas veces fuera posible, así que seguí y seguí, a lo que daba

a mi amiga, el hada, y ella

mi voz y mi cuerpo. La “u” parecía también a gusto, cantando sus “m”. A las 11:59 p.m. tuvimos

dudó un instante. Me

un minuto que pareció una eternidad; ella me dijo todo y yo también. Sabíamos que se acababa

dijo: “el que se sube

el viaje y nos revelamos nuestros secretos. A las doce en punto, la “u” lanzó un último suspiró y

a ese columpio, ya

así, instantáneamente, llegó mi hada y me hizo volar de regreso. Yo llevaba el cuerpo de la “u”

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10 en mi mente, pero sabía que todo había sido sólo un sueño. Al despertar en mi cama, me quedé estupefacto: tenía ante mí la hoja larga y el dibujo de la “u” que yo había hecho. Después de haber conocido a la verdadera “u”, me pareció que mi dibujo no servía para nada, así que lo rompí y me dediqué a recrear mi sueño para siempre. Desde entonces, sólo pienso en

ALICIA EN EL PAÍS DE UMA

una “m” saltona que vibra acompasadamente

Jacobo Sefamí

y en una “u” que me hace cantar y reír. Como

reuniéndolo todo en un magnífico compás, oí

1

un “mu” que reunía a las dos letras. La “u”/ “m”

piel,

me había entregado una sílaba que significaba

escritura recóndita de la luz,

la clave de mi existencia.

innombrada seas en tu superficie profunda.

Desperté atónito. Me fui a trabajar al Re-

en tu blanco esplendente abundan las

fet y no hice otra cosa más que mirar a Uma y

respuestas.

decirle que ya le había entendido. Le guardaba

un mugir silencioso,

una enorme gratitud. Por las noches, Shulamit

un mar plagado de signos,

y yo nos pasábamos los recados de Uma por la

¿desde qué latitudes me incitas?,

boca y por la leche —que iba y venía entre su

¿qué nuevas cartografías inventas con tus

cuerpo y el mío. Nadie profería palabras, sólo

ínsulas negras?

se escuchaba, a lo lejos, una música de cítaras.

piel sagrada,

Después de unos meses, tuve que despedirme:

déjame inscribirme en tu alfabeto.

dejaba el kibutz e Israel, pero me llevaba para siempre los mensajes de Uma personificados en Shulamit. Nunca más volví a verlas, pero frecuentemente convoco el sueño de la U, los besos largos y la leche. Ahora, Uma deviene el columpio de la “u” cada vez que estoy con Raquel.


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vaquita celeste, edén de sueños, en tu piel vagan las estrellas gozosas, oros que se mueven en las galaxias mutantes. vaquita divina de vuelos místicos: las olas derrochan espumas en los acantilados, van invadiendo de luz los misterios galácticos, suben en ebullición. llegarán a tierra, desnudarán el instante.

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4

tu piel se abre   vaquita

me miras con los ojos de un mundo

y en la gran mancha negra

ignoto

trasluces un carmín ardiente

escudriño las letras sagradas

la profundidad de un alma deseosa

los orbes todos contenidos en sus formas

despierta

tus mapas me guían en la sinrazón

el maremoto convulsionado

rutas   dilemas   encrucijadas   que se agolpan en mis caminos

loqueras de la imaginación

hasta llegar a la soledad del errante que sólo ve arenas oscuras

delirios de espejos oximorónicos

páramos cobrizos   siluetas del misterio  

profusión que corre sin parar

abismos que circundan dos víboras en su fosforescencia primigenia

vaquita

nuestros mundos corren paralelos y no sé cuál es el lleno y cuál el vacío me lo has revelado todo y sigo sin entender hacia adónde vamos dónde están nuestros pies qué espacios siderales hay que cruzar cómo habrá que enunciar tu alfabeto

Lunar blancura que opreso Me tiene en dulce coyunda Leopoldo Lugones


5 palimpsesto lunar la vaca muge en la oscuridad oculta en la maraña de su propio nombre se atisba el lenguaje en su negrura y se hermana con la nacarada luna son sus sonidos secos la fragua de la piel las llagas del placer oculto que vibran en sus mares allá lejos todo es una ecuación al final la luz de la luna nos espera frente a lo tormentoso de la nebulosidad tú que me miras con ese ojo blanco incrédula frente al mensaje de una vaca que repite incesantemente umaumaumaumaum 

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14 Como es de todos sabido, la vaca hizo su aparición en la numerosa realidad un mediodía de verano en la India. Daksa, creador del mundo, acababa de comerse una ensalada de berro, col y rábano, perfumada con eneldo, después de lo cual tuvo a bien soltar un tan excelente eructo que su aroma fastuoso cubrió al universo entero. Entre las brumas consecuentes, como una luna que asoma entre las nubes, apareció Surabhi, la primera vaca, que a su vez parió las miles de vacas que son las madres del mundo. Esta encantadora versión gástrica del big bang (o, para decirlo en la audaz traducción de Antonio Alatorre, el gran pum), que prefiere las vacas a los neutrinos y los eructos a la densidad de la materia, se halla registrada en el anciano Mahabharata. No son pocas las culturas que también columbraron la natu-

Quiero ver una vaca

raleza bovina del cosmos. Los egipcios veneraron

Guillermo Sheridan

a una vaca blanca llamada Ahet, de cuyas ubres

I

mamaba el sol cada mañana leche suficiente para

alimentar su vuelo. El Tao-te-King menciona a una

Quiero ver una vaca

vaca negrísima, Huan-p’in, depositaria del principio

femenino, de cuyos entresijos se desprendió la tierra. Entre los griegos, la vaca es lunar y contagia de sus atributos a

quiero ver una vaca colorada

la bovimorfa Hera, madre de dioses. Genésica, la vaca trenza con los hilos de su leche vastas cosmologías y progenies

abundantes y tan alta es su alcurnia que en ocasiones no es causa de universos, sino el universo mismo, como en el

quiero ver una vaca colorada

Athara Veda donde se lee que la vaca es todo lo que es. Sin embargo, es escaso su protagonismo en los bestiarios. Fofa y aburrida, la vaca, esa deforme botella, carece de espectacularidad: es un telúrico soponcio, una criatura fabricada de tardanza y melancolía, una reliquia indiferente que rumia recuerdos, un naufragio mítico en un mar tecnológico. Pero

a las tres de la tarde quiero ver una vaca colorada a las tres de la tarde

la vaca es también un planeta, un testamento y, como ningún otro animal, un au-

de un día de febrero

tónomo y compacto paisaje.

Extraña la poca apelación que a sus virtudes hacen los poetas, más bien dados a rimar felinos. Y por lo mismo celebro que, según reciente noticia de Eduardo Milán, exista ahora un libro de Enrique Fierro, superior poeta uruguayo, titulado elegante, franca y empeñosamente, Quiero ver una vaca (Vinten editor, Montevideo). Carezco por desgracia del volumen, pero no del poema que contiene:

quiero ver una vaca colorada a las tres de la tarde de un día de febrero en un campo verde


The friendly cow all red and white, I love with all my heart: She gives me cream with all her might To eat with apple-tart. ¿Será la voluminosidad ubérrima de la vacas lo que lleva a los niños a amarlas con todo el corazón? ¿Quién no recuerda su primera impresión ante esa mole semoviente y mansa de ojos marinos que, como en el poema de Eduardo Lizalde (dedicado a una niña urbana que por primera vez mira una), es “fuente materna / de leche, miel y cebada”? Para los viejos, en cambio, es símbolo de seguridad y calma, como interpretó el anciano Victor Hugo la reiterada aparición en sus sueños de unas vacas dormidas. Los niños ahora miran, si acaso, a la vaca como la retrató Gongora: “cortada ya en cecina / purpúreos hilos es de grana fina”; o como Borges, que evoca una “ciega cabeza de vaca” que, colgada afuera de una carnicería, infamaba la calle “con la crueldad de Quiero ver una vaca colorada

un ídolo”. Son pocos ya los que experimentan en su cercanía su muy peculiar forma de irradiar calor, el estruendo mudo

edad, la que disfrazó

de su rumiación, la rara coreografía de sus ubres o la erupción lentísima de su caca agrícola (y menos serán cuando la

a la ardiente Pasifae,

a las tres de la tarde de un día de febrero o amarillo

protejan del “tristisque se-

ventana del tren en movimiento. Torres Bodet describe una antes de que ella pueda describirlo a él:

Comprenderá el lector la emoción que esta lectura ha provocado en un temprano devoto de la vacas. Uno de los primeros poemas que memoricé de niño, y que posiblemente me fue heredado por mi abuela, habla de

nectus et labor”, la que saltó la

Enorme, dulce, quieta,

luna o la que descubrió las joyas

hemos visto una vaca.

sobre la tierra blanda,

de Monte Albán? ¿O será en cam-

Todo el campo, vacío,

¡y la leche del mundo

bio la vaca conceptual, la vaca pos-

en sus ubres doradas!

mo? De lo que estoy seguro es de que

Desde la ventanilla

en torno de ella estaba...

el volumen conjuga a Fierro y a la vaca,

 

una vaca no colorada, pero sí púrpura:

dos verbos exuberantes que, mutuamente

Monterroso mira también desde una ventana a una célebre vaca

sorprendidos y declinados, nos permiten en-

“muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus

I never saw a purple cow, I never hope to see one;

tonar con ellos:

obras completas...” ¿Creemos recordar otra que pastaba en alguna revis-

I’d rather see than be one.

ta? ¿Vacas portentosas como las que viajaron a

Otra vaca recuerdo, redactada por un Stevenson de escasos años

¿Habrá otras vacas en el volumen de Enrique Fierro?

But I can tell you anyhow

y abundantes dones:

dar Virgilio para que nos

Las vacas suelen entrometerse en la poesía por la puerta de la nostalgia bucolizante, o más bien por la

las que recomienda cui-

ingeniería genética acabe de procesar la vaca futura: una mera ubre, un retazo de pelo, dos cuernitos).

en un campo verde

Troya, las que fungieron como el índice Dow Jones de Faraón, la que aplastó al doctor Filligrana a los ciento cuatro años de

15

(...) entre una idea y una vaca colorada me quedo con la vaca colorada.


16


Las vacas son sagradas. Son lo principal de to-

Las vacas son el Pasado y el Futuro. Las vacas

mismo modo que los niños acuden a su padre o

das las cosas en el mundo. Son verdaderamen-

son la fuente de todo crecimiento. Las vacas son

a su madre. Daksa, el santo señor de todas las

te el refugio del universo. Son las madres de

la raíz de la Prosperidad. Cualquier cosa que se

criaturas, sabiendo la intención de todas ellas,

las mismas deidades. Son incomparables. Uno

les dé a las vacas jamás será perdida. Las va-

bebió cierta cantidad de néctar. Satisfecho con

nunca debe —ni

cas proveen la mejor comida. Las vacas llevan

aquella bebida, eructó difundiendo un excelen-

siquiera en pen-

sabiduría. Son la fuente de la inmortalidad

te perfume en todo su alrededor. Como resul-

samiento—

VACAS SAGRADAS [Mahabharata, Libro 13: Anucasana Parva] Traducción de Jacobo Sefamí

las-

que se logra con el sacrificio. Son el refugio de

tado de ese eructo, Daksa vio que había dado a

timar una vaca.

toda energía. Constituyen la trayectoria eterna

luz una vaca, a la que dio el nombre de Surabhi.

Uno

del universo. ¡Sabed que no hay nada superior

De este modo, Surabhi fue la hija de lo que

a una vaca!

había salido de su boca. La vaca llamada Sura-

debe,

en

cambio, siempre darles

felicidad.

bhi dió a luz gran número de vacas, las que se

Uno siempre debe reverenciarlas y venerarlas,

Origen de las vacas del mundo

tuvieron por madres del mundo. Su complexión

inclinando la cabeza. Las vacas son el gran re-

Tan pronto como las criaturas nacieron, co-

era como la del oro, y todas ellas fueron vacas

fugio de todas las criaturas. Las vacas consti-

menzaron a pedir comida. Todas ellas acu-

Kapilas. Ellas eran el medio de sostenimiento de

tuyen una fuente inagotable de bendiciones.

dieron a su creador para pedirle comida, del

todas las criaturas.

Hay un pueblo en Egipto que se llama Chusae, pequeño pero encantador (perteneciente a la provincia de Hermopolis), en donde se venera a Afrodita, con el nombre de Urania (la celestial). También se le rinde homenaje a una vaca y ésta es, según ellos, la razón: creen que las vacas están relacionadas con esta diosa, porque la vaca siente una fuerte incitación al amor y es más

LA VACA, ISIS Y AFRODITA Claudio Eliano

apasionada que el toro. Al escuchar el Traducción

de Jacobo Sefamí

bramido del toro, la vaca se excita y se siente embriagada por el deseo de apareamiento. Los expertos en estas materias mantienen que las vacas escuchan al toro a treinta leguas de distancia. Y en Egipto, los escultores y pintores representan a Isis con los cuernos de una vaca.

17


18 Ha sido y es la ganadería el renglón más im-

una riqueza ganadera superior a la de minería de otras regiones de la Colonia. Los animales que

portante de la riqueza nacional [Argentina].

habían dejado abandonados al marcharse, constituían un nuevo mundo. Los primeros planteles,

Dio configuración a la economía y al habitan-

en campos feraces, cubrían la llanura. Tendiendo al campo la vista/ No vía sino hacienda y cielo

te. De la vaca, que como los hindúes y los egip-

(215-216), dice Martín Fierro. Es lo que contempló con asombro Azara. El país estaba despoblado de personas, pero poseía una población ganaderil que cubría el terri-

UN IMPORTANTE PERSONAJE HISTÓRICO: LA VACA Ezequiel Martínez Estrada

torio. Desde entonces la lucha fue por recuperar esa riqueza que el indio había asociado a su propio destino. Su apropiación, reparto y cuidado es el eje de las guerras civiles y de fronteras. Los gobiernos son arrastrados por las vacas, en un desastre común. Todo era hacienda y pájaros en los tiempos de Hudson; y también revoluciones. El indio aprendió la doma y el uso del caballo, hecho que modificó la vida del indio y del gaucho; dio una fisonomía a la civilización sudamericana, un carácter a su historia, un ethos a su política,

cios debiéramos adorar, dimanan casi todos

una técnica a su economía y comercio. Vaca y caballo son las divinidades agrestes, y el ciudadano

nuestros bienes y nuestros males. No ha sido

las acata y les rinde culto.

el menor de éstos la fecundidad con que se

Las poblaciones indígenas sólo poseyeron la llama, animal dócil pero de poca resistencia para

procrearon por las libres praderas, realizando

la carga, y lento. Por eso donde se la domesticó, las poblaciones eran sedentarias y se dedicaron

la primera y más completa conquista del país.

al cultivo de la tierra, especialmente con maíz. El caballo y la vaca dan un carácter distinto a la

Íntima relación tiene la demografía del vacu-

colonización. Leemos en la Historia de la Conquista del Río de la Plata, del Padre Lozano:

no con el conquistador y con el caudillo, su heredero. Mendoza trajo en 1535 los primeros caballos; Garay, cuarenta años después las primeras vacas y ovejas; Ortiz de Zárate aumentó la hacienda ovina en 1787; ovejas y cabras vi-

Los españoles vaqueros atropellaron la justicia de los pobres indios, y con mano poderosa consiguieron que se les permitiese entrar a vaquear con el mismo desorden que en las vaquerías de la Banda de Buenos Aires, y en menos de veinte años han extinguido millones de vacas, a que ayudan por su parte los portugueses de la Colonia del Sacramento y de otras fundadas hacia el Brasil, que entran también a hacer corambre sin ningún orden que se observe...

nieron del Perú al Paraguay y al Río de la Plata, traídas por la expedición de Ñuflo de Chaves. Juan Torre de la Vega y Aragón trajo desde

Orlando Williams Alzaga dice en Evolución histórica de la explotación del ganado vacuno en Buenos Aires:

Charcas, poco después, cuatro mil vacas, cuatro mil ovejas, quinientos caballos y quinientas cabras. Al volver los españoles en 1580, hallaron

Los hacendados estimaban [durante el virreinato de Vértiz] en seiscientas mil el número de cabezas que se mataban por año y en ciento cincuenta mil las reses que se consumían en estas


comarcas; quedaban, pues, cuatrocientas mil que devoraban los perros y aves de rapiña y que representaban, conjuntamente con el sebo, las cerdas, las astas, ocho millones de pesos.

cuando no se relacionan con las industrias matrices, y el desdén por sus bienes espirituales, propio de quien está habituado a contar electores, inquilinos o subalternos como reses. Sarmiento expresó en un artículo: “Los Ganados en América y los Ganaderos en Europa”:

Las avanzadas de la civilización sobre el Desierto seguían, con Esta parte de América, que es sobre la que más pesa el deber de llenar los vacíos estómagos de las muchedumbres de Europa, debe apacentar ciento cuarenta y cuatro millones de cabezas de ganado; y como la Europa tiene poco menos del doble de habitantes, vése que le toca a cada uno media res sobrada. Si algo quedare, eso será para los pocos bípedos que estaremos encargados de apacentarlos.

sus líneas de frontera y fortines, la marcha de los ganados cimarrones. Ahí se fundaban pueblos que venían a ser vastos hogares de pastores. Sarmiento llegó a decir que: La Constitución ha sido el Paladium de la cría de las vacas, aunque no sea el mejor sistema de defensa de la frontera... La Constitución trajo otra consecuencia todavía más ventajosa para los criadores de ganado, y fue terminar con las expoliaciones, los auxilios, el estanco de las yeguas y las prorratas de caballos (tomo xxvi de las Obras completas).

En las luchas contra el indio, la vaca fue el verdadero objetivo de las operaciones. Solían hacerse arreos hasta de ciento cincuenta mil vacunos, que eran recuperados, pasando el botín de guerra alternativamente de unas a otras manos como trofeo de victoria. Indios y blancos se robaban recíprocamente. El pretexto de la civilización vino luego, cuando el indio se encarnizó en

No sólo los caballos, cuya requisa o confiscación hacían las tropas; también:

defender sus haciendas. Se enconaron los ánimos y no se cumplían los pactos. El saqueo de poblaciones y el rapto de cautivas era lo accesorio. Las líneas de fronteras eran vastos cercos que encerraban caballos y vacas. La vaca determina la conducta. Donde las industrias estaban localizadas,

Las vacas [fueron] declaradas más o menos artículo de guerra y prohibida su exportación por decreto gubernativo de 1857. Casi desaparecieron del mercado como elemento de cambio (Zeballos, Callvucurá).

se formaban grupos de población con intereses más o menos comunes. Se establecía una cohesión sobre la base de esos intereses. Los jornaleros de esa industria peregrinaban tras las reses, y los trabajos de desjarretar, degollar y desollar influyeron en sus sentimientos y en sus ideas. El Martín

La industria extensiva de la ganadería dio al país su actual

Fierro es un trasunto de la psicología del gaucho más que de su existencia histórica. Antes de plas-

estructura pastoril, según señaló Sarmiento en el Facundo pero

marse y organizarse una economía y una política social, el ganado había ya plasmado al hombre.

no ha de creerse que esto se refiera sólo a la organización co-

Todo en lo sucesivo respondía a esas características: la oligarquía en defensa de intereses pecuarios;

mercial, sino a cierto aire de establo que los viajeros perciben al

la montonera como milicia a caballo cuya arma es el cuchillo; las invasiones de tropas de una en

desembarcar, y que hizo a Ortega y Gasset definir al país como

otra provincia; el espíritu de disociación; el destierro como sanción “de profundis”; el sacrificio de

una factoría. Nosotros hemos perdido el olfato. Mil circunstan-

los prisioneros. En su obra citada, dice Sarmiento:

cias prueban la certeza de ese veredicto, y sería prolijo enumerar algunas de ellas. Para quien contempla el país desde fuera, esto

La campaña proveía a los ejércitos que la guarnecían con los auxilios de ganado, que era una contribución pagada por cada poseedor de vacas, en vacas. Las vacas, amenazadas por los indios, pedían la existencia de un ejército; luego cada poseedor de vacas daba una parte de las que poseía para conservación del resto. Este sistema tiene además la ventaja de hacer sentir que la

es obvio. Baste recordar el poco valor que se otorga al hombre, al ser humano, como individuo y como ciudadano en la vida pública y privada; esa falta de respeto al prójimo, y a sus obras

19


20 defensa de la propiedad se hace con la propiedad misma, que es lo que llamamos defenderse las vacas a sí mismas. Los gastos de guerra ascienden este año (1856) a treinta y siete millones, que pagan las rentas de aduana, cobrados principalmente sobre las mercaderías europeas; y los vecinos de Rojas han cargado al gobierno trescientos pesos por cada vaquillona que los criadores de vacas dan para el sostén del ejército que defiende a las vacas, y aun así no se encuentra siempre quien suministre ganado, pues en general los criadores no quieren vender al Estado, acaso por no tomarse la molestia de cobrar. Debe referirse a este plan de la industria ganadera, el hecho de que no se ha conseguido nunca, por resistirlo tenazmente los grandes criadores, que se suspenda el ejercicio de la Constitución a los puntos de la frontera, amenazados por los salvajes, para poner en vigencia la ley marcial donde hay guerra, el estado de sitio, que es lo mismo. Esta resistencia no proviene del temor de que la libertad personal o la vida sea atacada. Es sólo para evitar que en la defensa del país que ocupan con sus crías, pueda requerirse caballos y ganados, sin comprarlos al contado, malos y a precios exorbitantes.

chumbres, y como basta para manejarlo en sus múltiples aplicaciones el uso del cuchillo, puede decirse que arruinó todas las artes a que suplía, como se ve en la confección de las monturas, en que se perdió hasta la forma de la silla española o árabe que traían los conquistadores. En América marca de tal manera una época la introducción del caballo, que puede decirse que suprime dos siglos de servidumbre para el indígena, lo eleva sobre la raza conquistadora, aun en las ciudades, hasta que el ferrocarril y el telégrafo devuelvan a la civilización del hierro su preponderancia.

A las invasiones de los indios, que se llevaban las vacas, seguían las expediciones para recuperarlas. Los móviles de las batallas, sin otra finalidad que robar o rescatar las haciendas, a unos y otros combatientes, unas y otras tácticas, que se acomodaban a las circunstancias del lugar y del momento. Tampoco había un principio de derecho, de propiedad, que estuviera de parte de uno de los bandos. El indio peleaba por su tierra y por sus haciendas que había cedido bajo la fe de que obtendría cómo vivir en compensación;

Las guerras civiles como malones, los malones como expedicio-

y cuando eso se le negó llevándoselo a una guerra de exterminio, se le-

nes de cuatrerismo. En su expedición del Azul, el gobernador Mitre

vantó en masa contra sus enemigos. La única razón que tuvimos para

aseguró que respondería “hasta de la última cola de vaca”. Los gana-

fallar contra el indio, es que era indio. Porque en la balanza de Dios

dos eran de los indios; y Rosas, en 1833 y 1834, constituye un trust

los platillos estaban en el fiel. Y la matanza final de los indios dio la

ganadero a base del despojo en su Campaña al Desierto. Los pactos

razón a las armas de fuego y a la fuerza, pero no a la justicia. Todo lo

entre Rosas y López, entre las provincias de Buenos Aires y de Santa

que se ha sembrado y edificado sobre la tierra del salvaje; todo lo que

Fe, son por vacas, como entre los indios y los cristianos. En su Ma-

ésta ha producido para la prosperidad del país se hizo contrayendo

nual del estanciero, Rosas aconsejaba que no se permitiera poblar los

una deuda sagrada. Esa deuda es el silencio sobre estos episodios de

campos dedicados a pastoreo, “bajo ningún pretexto”.

nuestra historia, de la conquista del país de los ganados por el ejército,

Sabemos que la zona ocupada por los indios en la provincia de

de una riqueza nacional cuya base ha sido el despojo y el crimen. Esa

Buenos Aires hasta los Andes y hacia Córdoba, se llamaba la Región del Cuero. Significaba tanto

deuda se paga, pero no de golpe. Se paga todos los años un poco, como antes con los subsidios en

como la zona de las grandes industrias, pues el cuero constituyó una civilización, como la piedra,

especie. Se paga porque el indio había sido vencido por las mismas tropas que combatían como él y

el bronce y el hierro. En Conflicto y armonías de las razas en América, escribió Sarmiento:

por los mismos ideales que él. Porque para vencerlo y despojarlo habíamos tenido que entregarnos a su táctica, rebajándonos a sus necesidades, aceptando su ley. Y todos los vencidos, pero mucho más

Las puertas de las casas, los cofres, los canastos, los sacos, las cestas, son hechas de cuero crudo con pelo, y aun los cercos de los jardines y los techos están cubiertos con cueros: los odres para el transporte de los líquidos, los yoles, las árganas para el de las sustancias, la tipa, el noque para guardarlas y moverlas, las petacas para asientos y cofres, los arreos del caballo, los arneses para el tiro, el lazo, las riendas tejidas, para todo el cuero de vaca ha sustituído en América, donde abundan los ganados, a la madera, al hierro, a la mimbrería y aun los materiales de las te-

los muertos, habían transferido su maná a los vencedores. Y con esa maná se construyó, inmediata, instantáneamente, una grandeza que elevó en la magnitud de las cifras a nuestro país sobre todos los países que no habían sacrificado a los hijos naturales de la tierra. Pues la Argentina ha sido el único país donde la conquista española, iniciada en la isla de Santo Domingo y en Nueva España como guerra de exterminio, se llevó a cabo hasta sus últimos extremos.


Tanto valiera —¡oh equívocos clásicos!— como

El dulce Virgilio debe su dulzura a que tomaba leche de cabra, que prefería a la de vaca. No

llamar a este ensayo con el nombre largo que

escasea este lazarillo de Dante los consejos para conservarla y salarla, y en la Eneida el héroe y sus

dabais a vuestras comedias.

compañeros ofrecen en la tumba de Anquises libaciones de leche tanto como de vino o sangre.

“Lo que con los ojos veo con los dedos

En Roma, la leche es buscada con ahínco por las damas marchitas, que en fuerza de cien raciones

adivino.” (¿De Lope? No. ¿De Calderón?) Y por

externas diarias querían reanudar sus encantos. Popea, la esposa de Nerón, llevaba, además de sus

si acaso nos quedamos sin leche uno de estos

numerosas esclavas, 500 burras para sus diversos baños. En las fiestas de la Fortuna viril las roma-

días, por culpa del finado Pasteur, bueno será

nas consumían leche a más no poder. Febo, Ceres y Palas recibíanla en homenaje, casi al pie de la

reseñar las que nos asistieron en tiempos idos

vaca, tibia y espumosa. Además, los tísicos tomaban de nodriza para aliviarse. Se usaba, caliente,

para siempre, desde la Láctea Vía, desde la que,

en gárgaras, para las anginas, y en fricciones para enfermedades de las encías.

sub lingua sua, hallaba con miel de colmena Salomón, hijo de David.

Recomendábase dar a los perros de caza leche de cierva, de loba o de leona amansada. En memoria y con la experiencia de Rómulo y Remo.

Su uso, por supuesto, data de la antigüe-

En mi ensayo

dad más remota. El antropófago Polifemo guar-

sobre el pan, que

da en su escondite utensilios de lechería, en la

habréis leído ya, si

Odisea. El de Góngora:

vais leyendo todo el

ENSAYO SOBRE LA LECHE

Salvador Novo

libro, se cita el rela-

Pastor soy; mas tan rico de ganados, que los valles impido más vacíos, los cerros desaparezco desatados, o derivados de los ojos míos, leche corren y lágrimas...

tivo banquete en que Abraham, cuando recibió a los ángeles, ordena a la diligente Sara que haga

En época de Teócrito, los pastores se ali-

impedir que las vacas produzcan, valiéndose de sortilegios rarísimos, y se tañen toda la noche las

pan. No lo dije entonces porque no había para qué, pero les ofreció también leche sin adulterio; y Jahel, cuando Sisara le pidió agua, le dio leche para ganar mejor su voluntad. Entre los dones que Dios promete a su pueblo se cuenta la leche de vacas y de cabras. En la Edad Media se generaliza la creencia de que en ciertos días, las brujas se desvelan en

mentaban de leche de cabra y los griegos la usaban también como curativa, siguiendo las recetas de Hipócrates y de Dioscórides, mezcla-

campanas para impedirlo. En el Romance de la Rosa, en la Historia del Santo Grial, en otras narraciones de la Edad Media, se ofrece a los caballeros leche, miel e hipocrás.

da con hierbas. Usábase en los sacrificios. Teó-

No encuentro, pero debe de haberla, una relación entre las piedras y la leche. Los gastró-

crito relata el de un pastor que le ofrece a las

nomos de Roma la hacían hervir con ellas, y los griegos creían haber hallado una especial que,

ninfas y al dios Pan. Recomendaban tomar la de

marcada y con miel, comían las madres en funciones. Las mujeres alemanas de Lucrania tienen fe

yegua y hacer luego mucho ejercicio.

ciega en una cierta piedra de alumbre, con la que se golpean el pecho.

21


22

Fuera de esto, los fabulistas han usado mucho la leche: Llevaba en la cabeza una lechera el cántaro al mercado

nuda y exangüe que exprime, para darlo todo, un seno ya vacío. Y en Chapingo la lluvia en una mujer con senos henchidos. Folklore. —¡Qué leche tienes! Usted está creyendo que el agua es leche. La educación se mama. Lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama. El que no llora no mama. En México. —Hay lugares tan dados a la leche como Toluca, de donde vienen (Nervo):

También los pintores. En el Renacimiento, son pocos los que no han pintado una Virgen de

La suave mantequilla los grandes quesos frescales

la Leche, con su niño Dios, como los que exis-

los asaderos para las quesadillas.

tían en toda regular galería hasta que el celo

beato retiró las imágenes fecundas de la vista

Celaya, de donde nos llegan las cajetas de leche. Los jamoncillos, las jericallas, el jocoqui, el

devota. Fue en España, sobre todo, donde, de

requesón (Darío):

la observación de la naturaleza, los pintores se

dieron a propagar la imagen de la Virgen ama-

Que ha de pasarme por el gaznate con las tostadas y el chocolate.

mantando a su Divino Hijo. Cualquiera historia del arte os lo demuestra, aun la de Elie Faure.

Todo pintor exuberante se ha complacido

Todas estas maravillas van a desaparecer. Se nos obligará a tomar leche de lata, de esa

en la exposición de pechos robustos y fecundos.

evaporada marca Pet’s o Carnation que venden en las grocerías, como ya se obliga a los niños de

(Rubens, Brueghel: La Vía Láctea, un seno enor-

pecho —que ya sólo lo son nominalmente— al biberón y al Glaxo’s, a la harina lacteada y al Lac-

me en producción.) A propósito, los griegos le

tobebe, o a cualquiera de esas puerquezas.

llamaron así tomando a las estrellas por gotas del seno de Juno. Y otras mil buenas pinturas.

Las lecherías, con sus óleos, con su vaquita pintada en la muestra que ya cita Fidel, con sus grandes botes y su olor peculiar, desaparecerán. Ya no más sonoros y alegres carritos matinales

Nuestro Diego —¡oh error!, iba a decir

que una mula nerviosa y pequeña arrastra repiqueteando por las calles frescas. Ahora llegará en

nuestro Rubens— simbolizó la caridad en el an-

automóvil un médico a dejarnos, para un desayuno medicinal, una botellita que diga, abajo de

fiteatro de la Preparatoria por una mujer des-

una calavera: “Agítese antes de usarse”.


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24 24

La vaca pinta al alba Alberto Blanco

LALA

LA VACA

A Enrique Fierro

La vaca es todo lo que es. Atharva Veda

Hernán Bravo Varela

Jorge Esquinca

Mirándola pacer, sin referente alguno

En tus ojos taciturnos asoma el paisaje de un

La noche está floreando

La noche está creciendo

de verdura

continente pretérito. Ancla familiar, roca ru-

con estrellas errantes

el establo es seguro

ni hierba para el peso

miante, isla de alfalfa bajo un cielo sin límites.

la hierba está llorando

afuera está lloviendo

de las ubres.

Fodonga y menesterosa, avanzas con larga pe-

sencilla y sosegada

la paja y la alborada

La vaca casi, apenas.

reza tras un cortejo de moscas. “Madre celeste

Empero, hay confianza

del sol, patrona de la montaña de los muertos,

Hay un mundo girando

Hay un mundo naciendo

en sus mugidos

alma viva de los árboles”, te llaman a grandes

en los ojos brillantes

en los ojos oscuros

y en el blanco

voces tus hijos ávidos y tristes. Pero tú, desde

de la vaca pintada

de la vaca pintada

y negro de su suma.

tu mole soberana, nada pareces saber. Hoga-

Aunque no haya parcela

reña, macilenta, desplazas tu indolencia de la

La noche es la ceniza

La noche es tinta china

para saberla lírica

sala a la cocina o vas y te tumbas a la sombra

de cigarros divinos

la luz es leche fresca

o no, coloratura.

de la higuera. Fuente ambulante de bienaven-

y la lumbre precisa

la aurora se adivina

Tras ensayar su ópera

turanzas, vaca cósmica, un hilo de leche en los

en la sombra se apaga

por la luna cansada

de leche

labios de Milenka hace vislumbrar un paraíso.

para el ordeñador,

Hay un mundo sin prisa

Hay un mundo que trina

inicia en el separo

en los ojos cetrinos

en los ojos de yesca

el diálogo

de la vaca pintada

de la vaca pintada

con su onomatopeya.


I

II

quiero ver una vaca

viene y va

    la vaca colorada

*

por la orilla del río

     enamorada

quiero ver una vaca colorada

*

*

nada vio

quiero ver una vaca colorada

   la vaca colorada

a las tres de la tarde

que viene y va

por la orilla del río

*

Colorado

quiero ver una vaca colorada

*

a las tres de la tarde

de un día de febrero

vaca será

   mas vaca enamorada

Enrique Fierro

*

la vaca que viene y va

y nadie vio

a Eduardo Milán

quiero ver una vaca colorada

por la orilla del río

a las tres de la tarde

      Colorado

de un día de febrero

en un campo verde

*

*

entre una idea

y una vaca colorada

quiero ver una vaca colorada

me quedo con la vaca colorada

QUIERO VER UNA VACA

a las tres de la tarde de un día de febrero en un campo verde o amarillo

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26

VACA José Kozer

MARGEN

José Kozer

En sus pupilas zumba la mosca, bajo el sol.

Son

caritativo

Una pausa encarnada la mosca.

unas comarcas de abra y bendición, cifras frutales.

de las vacas. Por las mañanas, veo que abren los

La vaca, otra multitud: baja el testuz mastica avanza por el campo de

El mirador, en el ojo de una cerradura

manteles como aquella mañana y los vasos

trébol, inabarcable: zumba en sus pupilas, la mosca.

que da

son cifras, cifra

Alza la cabeza una flor de lis en las pupilas.

a la mañana en que vi pacer la vaca, mascó y

la leche: y todos, masticamos.  Sólo la vaca pace,

En la floresta inabarcable irrumpe un olmo.

manaba: el tren se detuvo a mis espaldas

sigue embebida en todo aquel forraje entrecruzado

¿Otra artimaña de la mosca? Apacible, la vaca baja la cabeza (mastica)

y había

por hilos

(avanza) un rastro espeso el trébol en los ojos.

leche en los ojos de quienes se asomaban a mirar el

de amapola. Y

Mastica, y no se sacia: ¿la mirada otra artimaña?

río: la vaca, inmutable. Helos mirar para el río,

nos acicalamos un poco, hablan los niños y

Avanza, alza la vista un ciervo la mira bajo el olmo.

deseosos. Yo vi la leche

regurgitan un pequeño ovillo de leche: somos

Se acerca, en su prolongación pausa tras pausa mastica.

en sus torrenteras

por fin

El ciervo la contempla: ¿será aquello otra artimaña del hambre?

manar hacia el río, encenderlo: era marfil el eco de

aquella vaca que se me acercó, deja aún me voltee,

La vaca mueve en el aire del mediodía la cabeza: pausas, inabarcables.

aquella vaca silenciosa. Y está

vaca. Vaca, hacia ti

Tranquila, bajo el olmo (mira): en su contemplación cruzan voraces las

debajo

esta mañana

moscas zumban pasan en manada, los ciervos.

del marfil la forma quieta de la madrépora. La vaca,

en que nosotros cuatro somos cuatro escolares

A sus pupilas acuden lentas las vacas el ganado en sus pupilas viene de

vino del mar: lo sé. Son ríos, las vacas.  Los trenes

lavándonos el sueño de la cara en aquel río que vi,

las dehesas: está lleno el campo (zumbidos) (hatos) un olmo corpulento

se detienen

todos

en la floresta.

y salen

nos bajamos

Masca la flor de lis (pausada) la boca llena, de hambre.

hombres a caballo, vienen a rejonearlas: y ellas,

a mascar de ti nos embebimos vaca de ti en tu leche

Trébol, el hambre: moscas, los campos.

pacen. De sus ojos, la leche;  de sus heridas

en aquella comarca de abra y bendición en que

Se echa al atardecer al pie del árbol la mirada llena de vacas al ladear de

la leche

empujo esta puerta, sacia

un lado a otro, la cabeza.

cuando las atraviesan con una estaca de tilo

la vaca.

Saciada la mirada.

perfumado y se las llevan en andas: bálsamo el ojo


LOCOS DE INVIERNO Pablo Neruda

mundial, los escritores presididos por Victoria Ocampo temblaban ante la idea de que llegara al congreso Vignole con su vaca. Explicaron a las autoridades el peligro que les amenazaba y la policía acordonó las calles alrededor del

En Buenos Aires conocí a un escritor argenti-

dió—, pero en este restaurant hay muchos que

Hotel Plaza para impedir que arribara, al lujo-

no, muy excéntrico, que se llamaba o se llama

sólo me conocen de nombre y, como varios de

so recinto donde se celebraba el congreso, mi

Omar Vignole. No sé si vive aún. Era un hombre

ellos me quieren dar una paliza, yo prefiero

excéntrico amigo con su rumiante. Todo fue

grandote, con un grueso bastón en la mano.

que te la den a ti”.

inútil. Cuando la fiesta estaba en su apogeo, y

Una vez, en un restaurant del centro donde me

Este Vignole había sido agrónomo en una

los escritores examinaban las relaciones entre

había invitado a comer, ya junto a la mesa se

provincia argentina y de allá se trajo una vaca

el mundo clásico de los griegos y el sentido

dirigió a mí con un ademán oferente y me dijo

con la cual trabó una amistad entrañable. Pa-

moderno de la historia, el gran Vignole irrum-

con voz estentórea que se escuchó en toda la

seaba por todo Buenos Aires con su vaca, ti-

pió en el salón de conferencias con su insepa-

sala repleta de parroquianos: “Sentate, Omar

rándola de una cuerda. Por entonces publicó

rable vaca, la que para complemento comenzó

Vignole!” Me senté con cierta incomodidad y

algunos de sus libros que siempre tenían tí-

a mugir como si quisiera tomar parte del de-

le pregunté de inmediato: “Por qué me llamas

tulos alusivos: Lo que piensa la vaca, Mi vaca

bate. La había traído al centro de la ciudad

Omar Vignole, a sabiendas de que tú eres Omar

y yo, etc., etc. Cuando se reunió por primera

dentro de un enorme furgón cerrado que burló

Vignole y yo Pablo Neruda?” “Sí —me respon-

vez en Buenos Aires el congreso del Pen Club

la vigilancia policial.

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Unas oscuras vacas argentinas tumbadas en la leche pegajosa. Néstor Perlongher

Las vacas escriben con el tintero de sus ojos el poema de la resignación.

El

exilio es una vaca que puede dar leche envenenada. Juan Gelman

Ramón Gómez de la Serna

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

 No tienen más que hacer sino tomar una gran piedra, y atármela al cuello, y dar conmigo en un pozo, de lo que a mí no pesaría mucho, si es que para curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda.

Dámaso Alonso

Sancho Panza

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METAMORFOSIS DEL CLAVEL Rafael Alberti

LAMENTACIÓN DE LA VACA ROJA Alberto Blanco

Rápidos cipreses en el viento, ya van a la mitad del camino los hombres y la vaca roja. Un perro pequeño los sigue.

Aquí viene la vieja dolencia

vagando en campos de esmeralda,

Grandes árboles crecen de adentro hacia afuera

en las pupilas doradas del centeno,

y las estrellas son demasiado pequeñas para ver.

Toros que desollados son vacas de jazmines

en los pensamientos de lavanda,

Yo también tuve una vaca roja, mas no quise

y alborotadas tetas flotantes de sandía,

hostigada por los cardos agudos

venderla ni matarla. No hice un buen negocio.

muslos de azules arcos abiertos de delfines,

como nube ensartada en un ciprés.

donde las manos rompen su sola travesía.

Dejemos atrás los sufrimientos.

Y creemos que la naturaleza nos puede curar

Afuera llueve y estamos solos.

Resulta que miraban ojos que masculinos,

sólo porque ella misma nos dio la enfermedad.

Las violetas han perdido su aroma

vueltos en ojos hembras por la atracción del pelo,

He esperado este momento: no sueño, siento;

y el ganado las está comiendo.

se iban desmejorando, muriéndose de espinos

yo también he sufrido. He visto la vaca roja.

por los alrededores del párpado de yelo.

¿Qué es el hombre en medio de esta inmensidad?

Nuestra vida es una luna inmensa,

Bajo la pesada carga de sus planes y sus sueños

Leche de nardos eran las vacas desolladas

nuestros pensamientos una nube más.

su corazón no comprende el sacrificio de la vaca

perdidas en la sangre que carniceramente,

El cielo es una promesa quebradiza

desfilando con solemne paso, camino al matadero.

pisando las pezuñas y rodillas cortadas,

y el sentimiento una mujer que pasa.

lloraban de amapolas, ebrias de orín caliente.

Cuando las ubres ya no den más leche

Mientras los hombres se sosiegan poco a poco,

la van a usar, quitándole la vida.

¿Qué hacer? ¿En dónde estáis? A oscuras, en las manos

las sombras callan y los niños se ponen a llorar

No más los dulces manojos de alfalfa

crines largas me imponen golpear las arenas

por la leche de la tristeza, porque da la vida

ni las islas espigadas, ni el calor.

que absorben las espumas, ya infatigables llanos.

para matar el tiempo, me inclino por la mujer.

Nadie paga por ver una vaca roja

Una vaca y un toro me duermen en sus venas.

con el triste rabo entre las patas.


VACA

Federico García Lorca A Luis Lacasa

Se tendió la vaca herida; árboles y arroyos trepaban por sus cuernos. Su hocico sangraba en el cielo.   Su hocico de abejas

Arriba palidecen

bajo el bigote lento de la baba.

luces y yugulares.

Un alarido blanco puso en pie la mañana.

Cuatro pezuñas tiemblan en el aire.

Las vacas muertas y las vivas,

Que se entere la luna

rubor de luz o miel de establo,

y esa noche de rocas amarillas:

balaban con los ojos entornados.

que ya se fue la vaca de ceniza.

Que se enteren las raíces

Que ya se fue balando

y aquel niño que afila su navaja

por el derribo de los cielos yertos

de que ya se pueden comer la vaca.

donde meriendan muerte los borrachos

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LA VACA Juan Gelman

la vaca que pasó por tus lágrimas ¿habrá pastado al campo ayer? ¿vio alguna luz que se desangra? ¿como ocaso caído en el linar?

DIETÉTICA Oliverio Girondo

¿dónde se fueron pájaros que paraban ahí? ¿viento abierto

Hay que ingerir la distancia,

bajo los alambrados,

de lo que fuiste nunca más?

lanudos nubarrones,

con su olor a chinita,

secas parvas de siesta,

a zorrino,

arena sin historia,

a fogata,

llanura,

con sus huesos de fósil,

vizcacheras,

de potro,

caminos con tropillas,

de tapera,

de nubes,

y sus largos mugidos

de ladridos,

y sus guampas, al aire,

de briosa polvareda.

de molino,

de toro…

Hay que rumiar la yerba

que sazonan las vacas

Hay que agarrar la tierra,

con su orín

calentita o helada,

y sus colas;

y comerla

la tierra que se escapa

¡comerla!


ATARDECER Oliverio Girondo Íbamos entre cardos, por la huella. La vaca me seguía.   No quise detenerme, darme vuelta.   La tarde, resignada, se moría.   Íbamos entre cardos, por la huella.   Su sombra se mezclaba con la mía.   Yo miraba los campos, también ella.   La vaca, resignada, se moría.

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Celerina-CEtrina Diana Isabel Jaramillo

Era la vaca más redonda, alta y aterciopelada que sus ojos de agua negra contenida, a punto del llanto, hubieran visto. Allí estaba ella, moviendo el culo de un lado a otro, como balancín. Cuando se acercó a la vaca, tan melosa, tan de mentiras entornadas por sus pestañas, el enorme y grueso toro no pudo evitar montarla, sin saber siquiera si en celo se encontraba. La vaca molesta, seca, no hizo sino darle la espalda y seguir pastando. Llegó el hombre canoso con el pantalón arremangado y su banquito de madera para oprimirle las partes, una a una, extrayendo la viscosidad, espumosa, amarillenta en partes por la grasa, en otras blanca o transparente. Nada se dijeron: la vaca no mugió, el campesino no emitió sonido, el toro siguió buscando a quién embestir. Se derramó el balde, el hombre se fue satisfecho a seguir sus labores en el rancho.


Era la más rolliza campesina, de trenzas largas color aserrín; mejillas sonrojadas siempre,

—Adiós, hasta pronto. Llama en cuanto puedas. Que la Virgen te acompañe.

no por pudor, sino por exceso de días de sol. Tras limpiar la lenteja, expurgarla de piedras, de

Acto seguido, le dio la espalda al camión donde se subía su esposo que iba rumbo al Norte,

tierra, la puso a hervir con jitomates y hierbas. Se metió al baño. Al salir, su granjero ya la espe-

otra vez, de bracero. Él quiso besarla, pero ella ni siquiera se acercó levemente para alcanzar el

raba con el miembro erguido para penetrarla antes de la hora de la comida. Tantos años de ver la

vaho de su beso de despedida. Eran dos extraños que tras 30 años de casados se volvían a separar,

misma escena, el mismo olor, no le producían sino la misma sensación que desplumar a un gallo

seguros de que se volverían a ver.

para el caldo del mediodía: una indiferencia repulsiva. Cuando desgranaba o cosía el maíz, cuando pastaba, pensaba, que no le importaba que él se cogiera a media vacada o a todas las muchachitas, daba igual. Sabía que por lo menos vivi-

La campesina se metió a su cocina. Vació el balde de la leche espumosa, la dejó hervir. Mientras tanto, arrimó un banco y se dejó caer en él. Se limpió las manos con una toalla. Suspiró, con la mirada fija en el fuego azul.

rían otros treinta años de esa manera. Qué sorpresa podría esperarle en la inercia del deshoje

Cuando estuvo a punto de la ebullición, sorbió la leche, mojó un mendrugo. Dejó el pocillo

de los árboles, en la perfección de la cosecha, en el nacimiento de los cabritos, en los espas-

y se fue a darle de comer a los animales. Rápidamente se acercaron los dos becerros al bebe-

mos de la gallina culeca: nada que no adivinara ya, antes de que sucediera. Todo era parte de

dero donde les dejó un ramillete de alfalfa. Esperó a que los becerros terminaran. Después, se

la vida: reproducirse y morir. No tuvieron hijos, pero tampoco creía que de haberlos tenido,

acercó a rumiar lo que habían dejado. No se movió ni se inmutó, masticó de un lado a otro la

hubieran sido felices. La felicidad no estaba en la tranquilidad, lo predecible, lo confortable:

alfalfa; sacó la rosadísima lengua para pasarla por encima de su boca. Tornó los ojos mientras con

los ciclos naturales.

la cola espantaba a las moscas o mosquitos de las nalgas.

La historia para la vaca, para la campesina, para cada uno de los animales de la granja era la misma. No esperaban que algún factor cambiara: sus días terminarían como habían finalizado

Los puercos se pelearon las mazorcas como si fuera la última vez que comieran cual cosa. Chillaban, se atragantaban.

los de sus madres, sus abuelas, sus tatarabuelas.

Vinieron las horas. A las siete de la noche, se sirvió otro vaso de leche. Se fue a mojar la cara,

Una madrugada, la vaca de anchas caderas comenzó a mugir, sin ton ni son. Sus alaridos

se destrenzó, se cepilló la larga y canosa cabellera. Se quitó la ropa para enfundarse en un camisón

se produjeron mucho antes del canto del gallo que despertaba habitualmente a todos. Creyeron

de franela. Se metió en la cama, oró en silencio. Pensó que su esposo apenas estaría llegando a

estar soñando hasta que el mugido se sobrepuso a sus propios sueños. El matrimonio se despertó

Guadalajara. Después a la frontera, después a California. En ocho días tendría noticias de él. Cerró

sobresaltado y el hombre agarró el machete que colgaba en el revés de la puerta de su recámara.

los ojos. Durmió sin sobresalto. Se tumbó en la paca. La cola dejó de golpearse las nalgas.

Se calzó las botas, mal, pero avanzó rápido a donde la vaca seguía mugiendo desesperada. Cuan-

A las cuatro de la mañana, poco antes del canto del gallo, se despertaron. De un chorro

do vio al granjero, sus párpados se cerraron sobre los ojos enormes, se le doblaron las patas y cayó

de agua helada en la cara, alejaron cualquier indicio de sueño. Con su pasmoso andar, se colo-

estrepitosamente sobre el lodo, el suelo retumbó. De su vagina abierta como una fosa salieron

caron frente a frente. La caricia a las ubres hinchadas listas para exprimirlas las tranquilizó. Se

dos becerros enclenques que el campesino ayudó a limpiar. No se pudieron poner de pie hasta ya

derramaba el líquido blanquesino sobre el balde. Había mucha espuma. Celerina, parpadeó poco,

pasado el medio día. La vaca, guanga y grandota, estuvo tumbada todavía más horas.

Cetrina, vaca, también. Sus miradas de brillantina siempre a punto de llover se perdieron en el

El sábado, la campesina no derramó una lágrima ni un leve espasmo se adivinó por el ceño de su frente. Con las manos dentro del delantal, musitó:

camino que iba dejando el maizal. Atrás el toro bufaba, ya venía otra vez. Las dos estaban seguras de que los volverían a ver.

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Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada murió mi tía Jacinta,

ES QUE SOMOS MUY POBRES Juan Rulfo

y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya

la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi

y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el

muy por encima de donde debe estar el puente.

papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha

brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando

Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos

de cebada estaba asoleándose en el solar. Y

el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque

viendo la cosa aquella. Después nos subimos por

el aguacero llegó de repente, en grandes olas

ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

la barranca, porque queríamos oír bien lo que

de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a es-

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido llo-

decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un

conder aunque fuera un manojo; lo único que

viendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como

gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos

pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estar-

se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

que se abren y se cierran y como que quieren

nos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco

decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos

el agua fría que caía del cielo quemaba aquella

por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El

subimos por la barranca, donde también hay

cebada amarilla tan recién cortada. Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río. El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido

chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora gente mirando el río y contando los perjuicios iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que

que ha hecho. Allí fue donde supimos que el

se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

río se había llevado a La Serpentina, la vaca

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe des-

esa que era de mi hermana Tacha porque mi

de cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún

papá se la regaló para el día de su cumpleaños

tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la

y que tenía una oreja blanca y otra colorada y

creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

muy bonitos ojos.


No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados bien quieta suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen. Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo. Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba. Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos. La apuración que tienen en mi casa es lo que puede suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a La Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes. Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían

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muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a

La única esperanza que nos queda es

crece y crece y que ya tiene unos comienzos de

altas horas de la noche. Después salían has-

que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se

senos que prometen ser como los de sus her-

ta de día. Iban cada rato por agua al río y a

le haya ocurrido pasar el río detrás de su ma-

manas: puntiagudos y altos y medio alborota-

veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí

dre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está

dos para llamar la atención.

estaban en el corral, revolcándose en el suelo,

tantito así de retirado de hacerse piruja. Y

todas encueradas y cada una con un hombre

mamá no quiere.

trepado encima.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha

—Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Pri-

castigado tanto al darle unas hijas de ese

Ésa es la mortificación de mi papá.

mero les aguantó todo lo que pudo; pero más

modo, cuando en su familia, desde su abue-

Y Tacha llora al sentir que su vaca no vol-

tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio ca-

la para acá, nunca ha habido gente mala.

verá porque se la ha matado el río. Está aquí, a

rrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o

Todos fueron criados en el temor de Dios y

mi lado, con su vestido color de rosa, mirando

no sé para dónde; pero andan de pirujas.

eran muy obedientes y no le cometían irre-

el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por

Por eso le entra la mortificación a mi

verencias a nadie. Todos fueron por el estilo.

su cara corren chorretes de agua sucia como si

papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya

Quién sabe de dónde les vendría a ese par

el río se hubiera metido dentro de ella.

a resultar como sus otras dos hermanas, al

de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero

sentir que se quedó muy pobre viendo la falta

acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos

ella no entiende. Llora con más ganas. De su

de su vaca, viendo que ya no va a tener con

y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado

boca sale un ruido semejante al que se arrastra

qué entretenerse mientras le da por crecer y

de nacerle una hija tras otra con la misma

por las orillas del río, que la hace temblar y

pueda casarse con un hombre bueno, que la

mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez

sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue

pueda querer para siempre. Y eso ahora va

que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las

subiendo. El sabor a podrido que viene de allá

a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues

ampare a las dos.”

salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechi-

no hubiera faltado quien se hiciera al ánimo

Pero mi papá alega que aquello ya no

tos de ella se mueven de arriba abajo, sin pa-

de casarse con ella, sólo por llevarse también

tiene remedio. La peligrosa es la que queda

rar, como si de repente comenzaran a hincharse

aquella vaca tan bonita.

aquí, la Tacha, que va como palo de ocote

para empezar a trabajar por su perdición.


ÁREAS VERDES

Las había visto pastando en el radiante? I. Algunas vacas se perdieron en la lógica

Raúl Zurita

II. Otras huyeron por un subespacio donde solamente existen biologías

NO EL INMENSO YACER DE LA VACA

Comprended las fúnebres manchas de la vaca

bajo las estrellas su cabeza pasta sobre el

los vaqueros

III. Estas otras finalmente vienen vagando

campo su cola silba en el aire sus mugidos

lloran frente a esos nichos

desde hace como un millón de años

no alcanzan a cubrir las pampas de su silencio

pero no podrán ser nunca vistas por sus vaqueros pues

I. Esta vaca es una insoluble paradoja

viven en las geometrías no euclideanas

***

pernocta bajo las estrellas

pero se alimenta de logos

Han visto extenderse esos pastos infinitos?

y sus manchas finitas son símbolos

Vamos el increíble acoso de la vaca

I. Han visto extenderse esos pastos infinitos donde

II. Esa otra en cambio odia los colores:

La muerte

las vacas huyendo desaparecen reunidas

se fue a pastar a un tiempo

no turba su mirada

ingrávidas delante de ellos?

donde el único color que existe es el negro

I. Sus manchas finalmente

van a perderse en otros mundos

II. No hay domingos para la vaca:

mugiendo despierta en un espacio vacío

Ahora los vaqueros no saben qué hacer con esa vaca

II. Esa vaca muge pero morirá y su mugido será

babeante gorda sobre esos pastos imaginarios

pues sus manchas no son otra cosa

“Eli Eli / lamma sabacthani” para que el

que la misma sombra de sus perseguidores

vaquero le dé un lanzazo en el costado y esa

lanza llegue al más allá

***

***

***

III. Sabía Ud. que las manchas de esas vacas quedarán vacías y que los vaqueros estarán entonces en el otro mundo videntes   laceando en esos hoyos malditos?  

39

***


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Sabía Ud. algo de las verdes áreas regidas?

Quién daría algo por esas auras manchadas?

Sabía Ud. algo de las verdes áreas no regidas por los va-

Quién daría algo por esas auras manchadas que las vacas mu-

queros y las blancas áreas no regidas que las vacas huyendo

giendo dejan libres en los blancos espacios no regidos de la muerte

dejan compactas cerradas detrás de ellas?

de sus perseguidores?

I. Esa área verde regida se intersecta con la primera área

I. La fuga de esas vacas es en la muerte no regida del

blanca no regida

vaquero  Por eso no mugen y son simbólicas

II. Ese cruce de áreas verdes y blancas se intersecta con la

II. Iluminadas en la muerte de sus perseguidores

segunda área blanca no regida

Agrupando símbolos

III. Las áreas verdes regidas y las blancas áreas

III. Retornando de esos blancos espacios no

no regidas se siguen intersectando hasta

regidos a través de los blancos espacios de la

acabarse las áreas blancas no regidas

muerte de Ud. que está loco al revés delante de ellas

Sabía Ud. que ya sin áreas que se intersecten comienzan a

cruzarse todos los símbolos entre sí y que es Ud. ahora el área

Daría Ud. algo por esas azules auras que las vacas

blanca que las vacas huyendo dejan a merced del área del más

mugiendo dejan libres cerradas y donde Ud. está en su propio más

allá de Ud. verde regida por los mismos vaqueros locos?

allá muerto imaginario regresando de esas persecuciones?

***

EPÍLOGO   Hoy laceamos este animal imaginario que correteaba por el color blanco


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Él ordeña la pródiga ubre de su montaña. Julio Herrera y Reissig, “El cura”.

Y en esa hora de la tarde en que tuito se adormese, que el mundo dentrar parece a vivir es pura calma, con las tristezas de su alma al pajonal enderiese. Bala el tierno corderito al lao de la blanca oveja, y a la vaca que se aleja llama el ternero amarrao; pero el gaucho desgraciao no tiene a quién dar su queja. José Hernández, "Martín Fierro".

La tarde, vacuna, zaina, se golpea los opacos flancos, las ásperas ancas con una pesada cola de rayos de sol, lacios, amarillos. Y una vaca, real como nada, tras una tapia, zurce con mugidos la yerba desgarrada. Martín Adán,  "La casa de cartón".

Bajo el ópalo insigne De los atardeceres monacales, El lloro de recientes recentales Por la ubérrima ubre prohibida De la vaca, rumiante y faraónica, Que al párvulo intimida. Ramón López Velarde, “El retorno maléfico”.


ALLÁ LEJOS Rubén Darío

VACA Y NIÑA Eduardo Lizalde

RETRATO DE FAMILIA Y ANIMAL El padre

Myriam Moscona

de nutrientes Buey que vi en niñez echando vaho un día

Los niños de las ciudades

pétalos blancuzcos

bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,

conocen bien el mar,

en la hacienda fecunda, plena de la armonía

  mas no la tierra.

amamantando

Sobre la sombra

del trópico; paloma de los bosques sonoros,

La niña que no había visto,

a su plebe

difícil agregar

del viento, de las hachas, de pájaros y toros

  nunca, una vaca

como una vaca

palabras

salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía.

se la encontró en el prado

  y le gustó.

La sombra cubre

Sólo se ve

Pesado buey, tú evocas la dulce madrugada

La vaca no sonreía

lo que sus ojos

cuando los ojos se

que llamaba a la ordeña de la vaca lechera,

—está contra sus costumbres—.

no pueden ver

aprietan

cuando era mi existencia toda blanca y rosada,

La niña se le acercó, pasos menudos,

y tú, paloma arrulladora y montañera,

como a una fuente materna

Es tan

Y las luces

significas en mi primavera pasada

de leche y miel y cebada.

sagrado que no

blancuzcas

todo lo que hay en la divina Primavera.

puede verse con los ojos

se derraman

La vaca a su vez,

rumiando dulce pastura,

(es sombra solamente)

Hace frío en el lenguaje

miró a la pequeña triste,

como a un becerro perdido,

La carne de una vaca

La mancha debe

y la saludó contenta:

es blanda cuando niña

sentirse con yemas

  la cola en alta alegría,

¿la niña o la vaca?

de ciego

  látigo amable

  que festejaban las moscas.

Los toros

Antes del calostro

las prefieren recias

mi padre tenía

eso sí, no escriben poemas

esa pinta

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Era un joven profesor y vivía en un remedo de

pantalla borrosa, lo supe después, era el toldo

fraccionamiento, sin calles pavimentadas —in-

de un Volkswagen, pero esa es otra historia).

cluso sin calles—, apenas con unos cuantos pos-

Entré a su casa, saludé a sus papás, quienes

tes de luz eléctrica. Todo era milpa. Quizá por

me invitaron un té y pastitas recién hechas. El

eso no lavaba mi auto, un Renault 12, al que

noviazgo perfecto. Charlamos aunque en reali-

apodaba mi caverna. Era realmente como una

dad nos queríamos ir pronto. No solo nos es-

gruta llena de estalactitas y estalagmitas de

peraba el cine, sino algunos —muchos— besos.

lodo. A unas calles —o remedos de calles, ya

Era como si Fuensanta y Ramón López Velarde

quedamos— vivía mi novia quien, joven y her-

tuviesen auto y anduviesen por las húmedas

mosa, apenas libraba cada que se subía al auto,

calles de la ciudad, no en carretela.

la posibilidad de mancharse antes de ir al cine en cualquier domingo de provincia. O al zócalo, como hacen las parejas antiguas. Un buen día, azuzado por el temor de que me dejara por alguien más cuidadoso con

La vaca iracunda Pedro Ángel Palou

Entonces escuchamos el ruido. Un choque espantoso. Pensamos. Alguien se dio de bruces contra mi caverna negra, pensé aturdido. Salimos pronto a la calle. No era otro coche. Era una vaca. Una vaca enorme pero famélica del ejido

su vehículo lo lavé a conciencia. Puse todo mi

donde vivíamos. Se había reflejado en el coche e

empeño en que quedara albeando —imposible

incapaz de saberse esa vaca allí retratada pen-

en un coche negro—, pero sí terminó relucien-

só que se trataba de otra vaca, una vaca rival

te. Bruñido como un espejo. Me miré en él de

contra la que embistió, enfurecida, con las dos

cuerpo entero, me peiné y fui por ella. Nos espe-

astas de sus picudos cuernos.

raba, recuerdo, Ana y sus hermanas, de Woody

El pobre animal se encontraba aún más

Allen en el cine club de la casa de cultura (cuya

aturdido, intentando salir del entuerto en el


que su ira la metió, pero uno de los cuernos había logrado hundirse hasta el fondo de la portezuela y se había atorado. Un animal así puede irritarse impredeciblemente, por lo que empezaba a agitarse y a agitar de la misma frenética manera el auto todo. Mi suegro buscó el teléfono de su veterinario y mi Fuensanta —así, joven y hermosa— lloró todas las lágrimas del mar. Pero en medio del llanto vertido pensó en la solución. Fuimos corriendo a la pequeña granja de la esquina, donde quizá estaba el dueño del animal que nos observaba preso de la rabia, sin esa compasiva mirada que es propia de su especie vacuna. Llegó antes que el veterinario que no hubiese podido

sino anestesiarla. Llegó con un lazo de charro que desató, pues era inútil en su estado —como de fiesta y de suerte—, y amarró el cuello del animal con un diestro nudo. Era inútil. Le hablaba a su vaca como se le habla a una vieja compañera. Tiraba y me pedía que yo tirase, y luego mi suegro y mi suegra e incluso Fuensanta misma. Todos tiramos y tiramos hasta que el siniestro cuerno decidió salirse de la portezuela de mi auto. La puerta quedó hecha trizas. O mejor, cóncava y convexa y luego otra vez cóncava, como un espejo de feria. Costó un dineral ponerle al pobre auto otra puerta pues aquella nunca más podría cerrarse, o abrirse, inutilizada por la fuerza de la vaca. Y pensar que pudimos, en una onda secreta de embriaguez deslizarnos, valsando un vals sin fin por el planeta, escribió López Velarde a su Fuensanta real, allá en Jerez. En mi provincia tórrida aún las calles no han sido pavimentadas y yo no he vuelto a lavar mi auto. Después del incidente vinieron las lluvias que como todas las lluvias lo lavan todo. Pero también vino el lodo. Y la caverna negra retornó a su estado prehistórico, como de Lascaux o Altamira. Sé también que la pobre vaca no ha vuelto nunca a ser la misma.

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TRILCE xix César Vallejo

A trastear, Hélpide dulce, escampas, cómo quedamos de tan quedarnos. Hoy vienes apenas me he levantado.  El establo está divinamente meado y excrementido por la vaca inocente y el inocente asno y el gallo inocente.   Penetra en la maría ecuménica. Oh sangabriel, has que conciba el alma, el sin luz amor, el sin cielo, lo más piedra, lo más nada, hasta la ilusión monarca.   Quemaremos todas las naves! Quemaremos la última esencia!   Mas si se ha de sufrir de mito a mito, y a hablarme llegas masticando hielo, mastiquemos brasas, ya no hay dónde bajar, ya no hay dónde subir.   Se ha puesto el gallo incierto, hombre.

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48 Una exhalación vegetal de vacas Olorosas como sandías. Leopoldo Lugones

Ordeñar un viñedo como una vaca Desarbolar vacas como veleros. Vicente Huidobro

Obras completas de Álvar Núñez Cabeza de Vaca: Ubres completas. Eduardo Espina

El chelo es como una vaca en brama. Elena Climent

Cola de vaca. Es la batuta acompasada de la orquesta de moscas zumbadoras. Luis Ignacio Helguera

I’ll make love to you till the Heavenly cows come home. Langdon Mitchell

En el lugar de un “monumento a Marx” se reivindicaba un monumento a la vaca.  Y no a la vaca lechera al estilo de Sosnovski, sino a la vaca-símbolo, a la vaca que da cornadas contra la locomotora. Vladimir Maiakovski

Las vacas pueden ser utilizadas como símbolo de muchas cosas.  Sólo es feo y triste ponerlas como símbolo de mansedumbre y resignación.  La vaca de Maiakovski dando cornadas contra la locomotora: mucho mejor. Augusto Monterroso


Cuando iba el otro día en el tren me erguí de pronto feliz sobre mis dos patas y empecé a manotear de alegría y a invitar a todos a ver el paisaje y a contemplar el crepúsculo que estaba de lo más bien. Las mujeres y los niños y unos señores que detuvieron su conversación me miraban sorprendidos y se

VACA

Augusto Monterroso

reían de mí pero cuando me senté otra vez silencioso no podían imaginar que yo acababa de ver alejarse lentamente a la orilla del camino a una vaca muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras completas ni quien le dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido y por todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en general y el tren en particular siguieran su marcha.

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Había una vez una vaca

Los chicos tirábamos tiza

en la Quebrada de Humahuaca.

y nos moríamos de risa.

Como era muy vieja, muy vieja,

La gente se fue muy curiosa

estaba sorda de una oreja.

a ver a la vaca estudiosa.

Y a pesar de que ya era abuela

La gente llegaba en camiones,

un día quiso ir a la escuela.

en bicicletas y en aviones.

LA VACA ESTUDIOSA María Elena Walsh

Se puso unos zapatos rojos,

Y como el bochinche aumentaba

guantes de tul y un par de anteojos.

en la escuela nadie estudiaba.

La vio la maestra asustada

La vaca, de pie en un rincón,

y dijo: —Estás equivocada.

rumiaba sola la lección.

Y la vaca le respondió:

Un día toditos los chicos

—¿Por qué no puedo estudiar yo?

se convirtieron en borricos.

La vaca, vestida de blanco,

Y en ese lugar de Humahuaca

se acomodó en el primer banco.

la única sabia fue la vaca.


Una breve acotación sobre las destinaciones de ciertos viajes de bodas, al menos del de los contrayentes que provenían de estratos sociales similares a los de estos relatos: La antigua Argentina, la cristalizada en la riqueza agropecuaria debía desembarcar, obligatoriamente, en Las-u-ro-pas. Engloban así, indiscriminadamente, todo el continente. Como acontecía con los ricos japoneses que, cuando empezaron a viajar, lo hacían con su propio arroz y las ollas correspondientes y los sirvientes para cocinarlo, pues dudaban que los occidentales encontraran el punto de cocción exacto; así el folclore urbano aseguraba que los argentinos viajaran en sus propios barcos y ¡con sus propias vacas! La leche de Las-u-ro-pas no debía ser para ellos demasiado fresca. Voy a permitirme una primera maldad con mi ciudad, ésas que sólo admitimos —y a regañadientes— que se permita la propia familia. Ello me ocurre en momentos extraños como éste en que la marea deposita brazadas y

LUNAS DE MIEL Luisa Futoransky

brazadas de fresca nostalgia y detritus de salvaje y antigua melancolía: Los argentinos, al menos algunos y por supuesto que no los de mi clase, no sólo descendieron de los barcos, sino de su descabellada cruza con las vacas. Producto conocido en la historia bajo el nombre menos chocante de oligarquía vacuna y más tarde bajo el más extensivo de aristocracia agropecuaria. Para los otros, que empujan con los codos desde más abajo hasta lustrar con limpiametales en la fachada la placa de profesión liberal, engolosinados de doctoreo y también para los tímidos pero presumidos asalariados de cuello como el queso: duro, semiduro y blando, empezaron a florecer destinaciones más próximas y modestas: algunas con el mar, otras con lago e incluso con alguna serranía que calma los nervios. Valparaíso, Viña del Mar, Sierras de Córdoba, lago de Calamuchita, Bariloche. Curioso, las destinaciones de los viajes de bodas se fueron uniendo a las mismas que otrora se recomendaban a

a los convalescientes de tuberculosis.

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Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria. La descubrió por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de los primeros, había aprendido a la perfección el arte de la platería. Un día estaba buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo: “tas”. Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde

LA PESTE DEL OLVIDO [Fragmento de Cien años de soledad]

Gabriel García Márquez

lo impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanca, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó de la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaron los valores de la letra escrita.


RES, RES MÍA Carlos Germán Belli

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Pues mi gran

y aun sin lo uno

señoraza,

y sin lo otro,

por qué dura

pero nunca

hoy al trinche,

sin tu pulpa,

si te quiero

no comprendes

por quintales

que no gusto

en el bolo

ni una pizca

de alimentos,

de ave o pez,

aun mañana,

ni viniendo

tarde, noche,

bajo forma

con poderes

del maná

tal de reina,

de los cielos,

no comprendes

que me quedo

que yo vivo

con tu carne,

cuán pendiente

señoraza,

de tus trozos,

res, res mía,

más valiosos

tal papá

que las ondas

con mamá,

de agua o aire,

o mi hija

o ambas juntas,

con su dueño.


Algo de nata talada en la epifanía de la forma: qué son el empalme de la pócima y el pérsimo

LA VACA LO HACE CON MALA LECHE Eduardo Espina

si un buen camembert. Nada: una galleta gratis, un pan que no empieza.

Y es un logro tan grato.

también la voluntad en

los rituales de cada rato.

La ubre de lo que cabrá

Borrar con el rastro lo

los baobab, en la vaca

La mariposa en lo social

(no de cabra) encumbra

que junta la tela labial,

que casi se encuentra.

hace del deseo una idea,

la boca de los acabados,

ese jarrón de jóvenes:

Ambos de buen ánimo

otra imagen innecesaria.

tiene ganas de evitarlos.

los opíparos símbolos,

empujan para salir con

Oh mínimo remanso de

Maman, imitan el imán.

la menguante semana

cada sabor, para saber

lo mundanal en el hado

Lengua y labio disuelto

en mitad del invierno,

de los bofes y el viento.

oh fría sarta de ciervos

para mirar el roquefort

hacemenosdeunmes.

No merecen al monzón.

a la pena del penúltimo

cuando se espesa y un

Toda improbabilidad

La quietud es pasajera:

como si faltara esa vez.

olor delicioso para eso.

del pasado, todo lado

vacías viajan las nubes,

Pero ya será suficiente:

Las palabras hablan del

dobla al desangelado.

llevan el cielo a cuestas.

nada de lo visible lo es

lampo, lo anterior a las

Ángel por algo alejado

El ojo elige a lo grande:

ni la era a raíz del resto.

estaciones se entiende.

que ahora lo deja claro:

deja su error al becerro,

Abre la Obra y lo verás.


LAS VACAS Leopoldo Lugones Noche y bosque en la montaña; — bajo el ló-

donde tienden los crepúsculos el ajuar inmaculado — de sus sedas melancólicas. — Hay un árbol

brego despliegue de la sábana de ho-

en la selva, — un árbol de largas hojas, — vieja lira de los vientos, — denso palio de los sueños de

jas, — cual si fuera un cuerpo

la sombra. — Y hay una ancha mancha roja, — junto al vivac de una nómade caravana moabita

inmenso — reposa — el Si-

— que durmió cuarenta noches con su tropa — de grandes bueyes arábigos, — al amparo de la

lencio con sus tristes des-

sábana de hojas. — Y la sangre es de una vaca degollada — cuya lúgubre osamenta se disputan

varíos sepulcrales, — en

las raposas. — De repente rompe el sueño de los bosques — un mujido negro y hondo, negro y

el terror metafísico de

lleno de misterio y de zozobra, — como el lívido sollozo de una viudez herida — que lancea el

la noche de las fron-

largo flanco de la sombra, — en un coro tan solemnemente negro, — que parece que se llena de

das. — En un paisaje

una inmensa pesadilla la montaña misteriosa.

de árboles — que en

Son las vacas que han venido a medianoche, — olfateando en las distancias de la sombra,

un vago claroscuro se

— el sutil olor de muerte que levantan de la tierra — mojada por el degüello, las frescuras de la

recortan, — como un

fronda. — Con pesados trotes llegan — las salvajes plañidoras, — en la niebla que envolviendo

haz de pesadillas — en

los zarzales — flota, — absorbiendo los cuajados alientos de sus narices, — que sobre la muda

que alternan una víbora —

tierra con ronco estertor sollozan. — Y destilan grandes lágrimas — llenas de candor salvaje, sus

y una horca, — y un triángulo y

pupilas soñadoras, — y la sangre derramada se humedece — empapada de jemidos y congojas.

una lúgubre armazón de truncos

— El terror de los silencios, — huye a pasos gigantescos por las rocas, — y la noche, destrezando

fémures, — y una víbora y una horca. — Y el

sus cabellos de tiniebla, — como una enorme palmera sobre aquel dolor se encorva. — ¡Oh cuán

cielo abre su profunda majestad sobre la tie-

largo es ese llanto de las hembras desoladas, — sobre el húmedo degüello que en la tierra erial

rra — como un gran tonel de sombra. — Flota

se borra, — junto al noble treno de águilas con que alcanzan a los astros — las rocas! — El sinies-

el sueño de los bosques — impregnados de la

tro bosque atiende con sus mil lenguas inmóviles — el clamor de las salvajes plañidoras, — tan

gran extenuación de las aromas, — en el seno

inmenso, tan salvaje, tan inmortal, tan desolado, — que estremece en sus alturas las cornisas de

de la noche con un feto agonizante — en co-

la sombra. — El clamor con que las vacas de la selva — lloran — su duelo (en la noche náufraga

lor de niebla el sueño de la selva misteriosa, —

sobre los montes), su duelo, — sobre una ancha mancha roja.

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56 Quiero ordeñar una vaca muy gorda esta noche.

Mi vaca volaba, loca, en los atardeceres

Sus ubres se hinchan y ella no está conmigo.

subía, imberbe, a los cielos, arrebatada a su suerte,

En noches como ésta la tuve entre mis dedos.

mugía dolorosa, su hocico sangraba en los aires.

A lo lejos, ella muge, a lo lejos.

Ahora ya no mastica, ya no me mira.

UN MUSITAR HERIDO Jabaquita Niduda

En esta noche, en este mundo Ella ya no está conmigo. Me mirará volada mi vaquita pintada. Y yo desde el prado emito un canto, una música, un mugir, un musitar herido un mu largo y tendido

Su leche rebosante,

por mi miel de oro, por mi nata,

su aroma, el halo inefable de su carne,

por mi vaca adorada.

sus ojos color de arena, de arcilla, de trémula oscuridad, el tiempo se colmaba en su esplendente estatismo. Y de su ubres manaba leche amarilla, hilos de oro desbordantes de luz, espuma en ebullición, manantial de plata. Y yo me ufanaba lunático en la lujuria ruta La vaca masticaba la paja y yo saltaba en algazara. Uma rumiaba las gulas de la fortuna y yo cantaba a la musa y en la noche fecunda una venusa luna musitaba la hermosura. Pero nadie vio en mi boca la luna que sangraba, nadie vio aquella sangre que subía al silencio. Nadie miró mi vaca deambular por la hierba, nadie se percató que se había ido.


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58

Cuando comienza la llovizna, hay vacas difuntas llorando en los acantilados y braman las quebradas. Pablo de Rokha, "Epopeya de las comidas y las bebidas ole chile".

Sobre el dintel la esculpidura de una cabeza de vaca de mirar ciego y cornamenta grandiosa preside el aquelarre de carne charra y mármoles finales con la lejana majestad de un ídolo o con la fijeza impasible de la palabra escrita junto a la palabra que se habla. Jorge Luis Borges, “Carnicería”.


Y después de besarla se levantará, reirá la sombra,

y subirán hasta el cielo como llevadas por vientos altanos,

con las manos en jarras columpiará su torso amplio y

lo que la hará abrir los ojos...

oscuro,

boya de piel en su cadera, navegante reirá,

***

y las vacas mugirán con las ubres hinchadas,

con la cola espantarán las moscas y tendrán la

Y caerá,

piel húmeda

caerá primero una mollizna de calabobos y después lloverán

y palpitante,

chuzos y el agua se colará por los techos

y ella pensará, pensará que se burlan de ella y de su recuerdo y de las manos del hombre oprimiendo sus pechos y ella boquiarriba y boquiabierta como ternera mamando dulces gotas de la llovizna tierna y lechosa, amarga y tierna y lechosa,

JOSÉ TRIGO [Fragmentos] Fernando del Paso

y mojará a las vacas, las lágrimas en los hombros del hombre y en los brazos recios de pelos pegados a la piel tersa, la lluvia fosforescente lloviendo la lombriguera adentro y lenta y lancinante y cálida; mojados quedarán sus lomos y culos y colas orejas gachas

amarga y tierna,

belfos colgantes

que se transminará, se escurrirá por los cabellos del hombre,

y patearán el piso de los furgones,

porque se descargará el nublado, altitonante,

y más allá los hombres en la grúa juegan y descansarán sus

temblorosos músculos mojados de lluvia y de sudor,

***

y más acá

las vacas mugen y se adivinarán sus grandes oscuros ojos

Ella despertará,

continentes de miedo.

y no sabrá si fue el dulce murmullo del tascar de las

Y después ella verá,

vacadas, o la caricia agitada por el paso de los hombres

verá al hombre caminar hacia la grúa,

y las mujeres, o fueron las

verá su espalda herida por miles de afiladas espadas de agua,

palabras no pronunciadas

y deseará,

que cristalizarán en el aire

deseará que se detenga, que voltee, que regrese, que le diga:

y se desbordarán como lluvia de verano, frescas,

“Ven conmigo”.

olorosas a deseo y esperanza,

Como así le dirá, como así se la llevará.

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*** Tú dijiste sí, ya voy, padre, y tu voz salió debajo de una piel de vaca pero no te levantaste porque por toda la noche tu cuerpo le había dado calor a la piel de vaca y ahora la piel de vaca te lo devovía, como si fuera de ella, como si la piel estuviera viva o fuera una vaca de verdad, una vaca amorosamente extendida sobre ti, amorosamente pesando sobre ti mientras tú soñabas y

te revolcabas y soñabas con las mujeres de pechos grandes como ubres de vaca y tu mano buscaba las ubres y las cogía y las apretaba y un chorro de leche tibia y espesa bañaba tu vientre de niño de doce años y tú te despertabas mojado y pegoteado y decías: Otra vez, por qué, y oías la voz de tu padre que decía: Ándale vete al estanque y etcétera, y que no se lleven las pieles, y etcétera; y tú te levantabas. Tú bajabas tu pierna gorda y tu pierna flaca, y ponías tu pie gordo y tu pie flaco sobre las pieles de novillo que alfombraban el cuarto, y te limpiabas las legañas y decías en voz alta: Sí, ya voy, padre; y en voz baja: Sí, ya voy, pinche viejo, ¿qué no ve que ya me estoy levantando? Y te levantabas, te ponías tu calzón de manta, tu camisola de manta, tus huaraches. Luego hacías a un lado la cortina de pieles de vaca que colgaban del techo alrededor de tu cama, llegabas a la mesa, y de pie bebías tu taza de café caliente, y comías tu tortilla con carne de víbora y salías de la casa, y venías al estanque y aquí estás. Y estás aquí porque buena la hiciste, pero bien empleado te estuvo, tonto de ti como tú solo. Y entonces él me dijo: Sí, aquí estoy, cuidando que nadie se lleve las pieles y remojando mi pierna flaca en el agua donde flotan las cortezas de mangle y de palo quebracho porque la gente me dice: ya que no te engorda, cuando menos que se te curta para que aguante lo que la otra, ya que tu padre no hizo nada o casi nada por que te engordara: fue capaz de llevarte con un curandero, como te llevó, porque a él le podía pagar con pieles, como le pagó, pero no con un médico porque entonces hubiera tenido que gastar sus moneditas lindas que guarda con tanto cuidado en una bolsa de cabritilla.


Y entonces yo le dije:

cadera derecha a la cadera izquierda, sin olvidar el coño. Y la gente te dice más. Y las cosas tam-

Y la gente te dice más, te dice sin decírtelo,

bién te dicen. Cuando la gente llega a ver a tu padre y le deja las pieles de añojo y de vaqueta para

sin quererlo, sin saberlo. Cuando tú caminas por

que se las curta. Y tu padre sale y les dice: Les va a costar tanto más cuanto; y tú oyes su voz, tú que

las calles del pueblo, a la caza de perros cagando,

tienes doce años y quién sabe cuántos de remover las pieles que se reblandecen en las artesas del

y pasan las putas gordas y tras ellas se te van los

patio, y crees también oír, o de verdad oyes la voz de la gente que dice: Y dígame, españolito, cómo

ojos, te parece que sus nalgas te aplauden mien-

está su hijo, dígame si está trabajando y si ese chapoteo que oigo es porque él está removiendo las

tras caminan, te aplauden y te dicen: Bravo, mi

pieles de las artesas, porque entonces yo le dije que sería muy bueno que descansara un poco y que

niño maravilloso, tú sigue juntando cagadas de

usted les diera una moneda para que la gaste en lo que mejor la aproveche; porque al decir de la

perro para curtir las pieles de tu padre porque tu

gente, la gente todavía le dice a tu padre “el españolito”: se acuerda de cuando llegó a este pueblo

padre te dice: No hay nada mejor para la purga

de Teozulco y era entonces casi un muchacho y tu madre también una muchacha, los dos flacos y

de la piel, para que su flor quede suave como los

pálidos y de ojos grandes, y los dos sin un centavo. Y se acuerda que el alcalde, que después fue su

capullos de seda, que hacerlo a la antigüita, con

compadre, le prestó el dinero que le hacía falta para curtir las pieles de víbora y las pieles de iguana

mierda de perro, de gallina o de paloma, y mejor

que tú vigilas todos los días desde que el mundo es mundo, en el estanque en que estás sentado

si es de perro, así que ve y busca y tráeme y haz

hoy, porque aquí estás hoy, junto al estanque, y aquí estás hoy, a la vuelta de los años, porque te

una masa con agua y luego unas tortitas y ponlas

saliste con la tuya y tuviste tu merecido.

a secar hasta que se fermenten y suelten el jugo y

Y entonces él me dijo:

luego con el jugo embadurna las pieles de la cola

Sí, aquí estoy desde siempre y las cosas me dicen cosas. Todas las noches, cuando me

a la frente, de la falda a la falda, sin olvidar las

acuesto, me habla la piel de la vaca que está al otro lado del cuarto, la que tiene cabeza y

garras, y ponlas a reposar y verás después cómo

cuernos. Sus ojos de vidrio brillan cuando les da la luz de la luna y entonces ella habla, y habla

se ablandan, cómo se ponen tan blandas como la

con la voz de mi madre. Y cuando entra el viento y mueve las pieles de vaca de la cortina, ellas

carne de tu madre la castellana que no me oiga; y

hablan, y hablan también con la voz de mi madre, y las voces se quejan dulcemente. Y entonces

podemos entonces cambiarlas por moneditas sin

me levanto y camino y piso las pieles de novillo que alfombran el cuarto y las pieles bufan quedito

saber, mi niño —te dicen las putas gordas— que

y me acerco al cuarto de mis padres, y quiero oír qué dicen ellos, pero las pieles no me dejan

con una de esas monedas, moneditas que dice tu

oír siquiera si ellos respiran, las pieles de vaca que se quejan y las pieles de novillo que bufan. Y

padre, con una que nos pongas en nuestra alcancía

entonces yo camino de puntas hasta la alacena, y de atrás de un frasco de savia de papayo cojo la

te dejamos hacer. Te dejamos que nos apelambres

bolsa de cabritilla y la abro y saco las moneditas y las veo y las moneditas me hablan unas veces

con los dientes y nos remojes y nos embadurnes con

con la voz de mi padre y otras con la voz de mi madre y otras con las voces de la gente que dice

saliva hasta que estemos rendidas y nos engrases

cuando me ve pasar: Allá va el hijo del españolito, lástima de niño que fue lo único que le salió

con sebo de carnero y nos tiñas con rojocongo de

mal porque por lo demás no se puede quejar: llegando al pueblo se encontró una moneda vieja

los dedos de los pies a la punta de los cabellos, de la

que se le había perdido al alcalde, y se la devolvió.

61


62 Y entonces yo le dije:

porque las pieles de cabra y de cerdo y de vaca

Y entonces el alcalde le dijo a su padre: esta moneda de oro con la cruz de Jerusalén fue de

que curten, se las llevan los vecinos, todavía

mi abuela y de mi bisabuela y de mi tatarabuela y no sabes cómo la quiero, así que te voy a ayu-

verdes. Pero el españolito prefiere descuerar ví-

dar para que pongas tu curtiduría. Y tu padre no se olvidó nunca de la moneda y desde entonces

boras porque le gustan más o porque con sus

se dedicó a conseguir una igual para que le sirviera de mascota y le trajera suerte y luego fue

pieles hace más negocio. Y él mismo las caza y

otra y otra y así hasta que fueron muchas monedas las que tienes en las manos y que te

caza también iguanas y lagartos y como él dice,

hablan con la voz de tu padre y te dicen: Nosotros somos columnarios

la carne no se ha de pudrir, mejor nos la co-

de plata y avemarías de plomo y provisionales de Valladolid fundi-

memos, así que su pobre mujer y su pobre hijo

dos con incensarios y copones y sudes de cobre y onzas imperiales

todos los días comen: carne de iguana en la ma-

de oro y tlacos y pilones y cuando seas grande yo tu padre te las voy

ñana, de lagarto en la noche, de víbora todo el

a dar y te voy a dejar mi curtiduría para que seas feliz, pero nunca las gastes

día; eso son españoladas. Y sin embargo ella es

porque son pedazos de suerte. Y entonces tú ahogas en el pecho

un ángel y él es un alma de Dios, y son felices,

las ganas que siempre has acariciado de alzarte con ellas, de ir a

pero el que quién sabe cómo salga es el hijo,

probar fortuna por tu cuenta y riesgo a donde soplara el viento, y

porque yo digo y sostengo que ese alimento no

las vuelves a guardar en la bolsa de cabritilla y la bolsa de cabritilla

es de cristianos, no señor; dicen y yo los oigo,

la pones detrás del frasco de savia de papayo y caminas a tientas

me dijo, mientras chapaleaba con su pierna flaca

hacia tu cama y a tientas te acuestas y a tientas te tapas con la piel

en el estanque donde flotaban las pieles entre

de la vaca y a tientas la tientas y oyes el aire que silba a través de las pieles de víbora y las pieles te hablan y te tientan porque tú sabes

cortezas de mangle y de palo quebracho. Y entonces yo le dije:

de la tentación y de las víboras, de las víboras y de la tentación, y

Yo digo que si la gente dijera eso, sería

tientas y lenta y atenta y a tientas y tensa y tierna y lentamente

verdad. Que si tú dijeras que una noche en que

te quedas dormido.

las pieles de vaca se quejan dulcemente y las

Y después oyes la voz de tu padre que dice: Anda mucha-

pieles de novillo bufan quedito, te levantarás y

cho, levántate y vete al estanque y etcétera, y tú te levantas y

cogerás las monedas, sería verdad: porque tú

vienes al estanque y aquí estás.

eres amigo de lo ajeno y capaz de robar a cual-

Y entonces él me dijo:

quiera así fuera tu padre, y como éste sería el

Sí, aquí estoy y la gente me dice cosas. Y las dice de

caso, saldrías entonces de puntillas de la casa y

mí, y de mi padre y de mi madre cuando vamos al pueblo,

esconderías las monedas, unas en unas tortas

dicen: Mira, allá van los españolitos quién dijera tan buenos

de caca de perro, y otras en otras tortas, y no

que son, que sólo comen carne de víboras y de otros bichos,

serías sorprendido con las manos en la masa,


y sí echarías las tortas en una bolsa de piel de becerro y te irías caminando por el bosque para

Y entonces él me dijo:

abrirte camino en la vida a brazo partido, para andar a las bofetadas con el hambre a salto de

Sí, aquí estoy, y es verdad, pero ahora sólo tengo doce años. Faltan tres para que mande

mata, sin saber a dónde ibas a parar, y la sombra de los árboles te pesaría en los hombros, y ellos

la mierda a la mierda y vaya a la casa de las putas gordas. Faltan cuatro para que me encarrile

te hablarían y sus voces dirían: Te pesará, te pesará, te pesará, te pesaremos toda la vida cuando

en los ferrocarriles. Casi veinte para que conozca Buenaventura. Y más de quién sabe cuántos,

nos quiten la piel y con nuestro cuerpo hagan maderos y con los maderos durmientes que te pe-

tantos como días tiene el invierno, para que yo esté como estoy ahora, aquí, debajo de la cama,

sarán, te pesarán cuando los cargues para ponerlos en los caminos, te pesarán cuando pongas el

con los cabellos blancos, con una barba a pelluzgones, engurruñado, sordo, viéndote con mis

balasto de todos los caminos que has de caminar; te pesará, te pesará llegar a la calle de las putas

ojitos bizbirondos y sin decir una palabra, sin decir esta boca es mía, porque yo nunca hablo, y

gordas, a la calle que sólo conoces de oídas porque todos se hacen lenguas de ellas; te pesará caer

no volveré a abrir la boca sino para perder a José Trigo.

en el garlito, te pesará, y les pesará a las putas preguntar: ¿Tienes con qué pagar?, decirles tú:

Y entonces yo vi al viejo, al viejo frontudo que malos aires trajeron aquí. Vi sus ojitos de

Yo pago con mierda; enseñarles tú una torta de caca, insultarte ellas, sacarles tú una monedita

capulín bajo la cama del furgón de la vieja Buenaventura, que brillaban casi tanto o más que las

de oro, y no importarles a ellas llenarse los dedos de mierda. Y tú se las aventarías, aventarías

brasas del brasero alrededor del cual estábamos sentados la vieja, Anselmo, Guadalupe, Bernabé,

dos o tres o más bolas de mierda a las putas gordas y ellas buscarían las monedas y se acostarían

don Pedro el carpintero y yo. Vi sus barbas, su piel resquebrajada, y no pude imaginármelo. No

contigo y te amarían y te emborracharías a tus anchas y saldrías cantando y pensando: Nunca,

pude quitarle su piel nueva para conocer la piel vieja que había usado cuando tenía cincuenta

nunca me verán otra vez dale que dale apelambrando pieles en jugo de intestinos de peces y

años, y la piel más vieja que había usado cuando tenía treinta, y la piel mucho más vieja que tenía

jugo de páncreas y savia de papayo, nunca me verán descarnando las pieles con un cuchillo de

cuando tenía doce años y estaba sentado junto a un estanque donde flotaban pieles de víbora y

plata, zurra que zurrándolas, nunca, nunca; y entonces irías de pueblo en pueblo, de cantina

pieles de iguana, cortezas de mangle, cortezas de palo quebracho. Y entonces dije: entonces no

en cantina, de burdel en burdel aventando mierda a los cuatro vientos, hasta que por lo que tú

es cierto. Pero no paró aquí el cuento, porque la vieja Buenaventura me dijo: Sí, sí es cierto. Todo

quieras y mandes, te quedarías sin moneditas y darías buena cuenta de tu suerte repartiéndola

lo malo que se pueda imaginar de mi viejo, a quien Dios confunda, es cierto, porque en honor a

aquí y allá, y entonces un amigo te diría si no tienes trabajo puedes trabajar como peón de vía

la verdad, mi viejo Odilón, rico en pobrezas, nunca lo ha tenido; jamás de los jamases ni nunca de

en los ferrocarriles y tú le cogerías la palabra, tú entrarías en los ferrocarriles a trabajar por años

los nuncas ha hecho algo bueno: ni con la carne de su carne, porque así como fue cilicio para su

y felices días, a Dios rogando y con el mazo dando para echar raíces por fin, después de tanto

madre, fue para mí las penas del purgatorio toda una vida de mala muerte. En lo que va de ayer a

andar por las ramas. Ya estaba de Dios. Y todo esto sería verdad. Tan verdad como que tú estás

hoy, el archichismoso, prototonto y ultratramposo de mi viejo me ha hecho ver mi suerte con los

aquí ahora, sentado junto al estanque donde flotan las pieles de víbora y las pieles de iguana

ojos del alma, desde que echó del campamento de Delicias al hombre que más quise, hasta que

entre cortezas de mangle y palo quebracho.

corrió con cajas destempladas al hijo de mis amores.

63


64

BESTIARIO [Fragmento] Pablo Neruda

Con los rumiantes no he podido intimar en forma profunda: sin embargo soy un rumiante, no comprendo que no me entiendan. Tengo que tratar este tema pastando con vacas y bueyes, planificando con los toros. De alguna manera sabrĂŠ tantas cosas intestinales que estĂĄn escondidas adentro como pasiones clandestinas.


65


66 Alguien le había su-

Sin embargo, él sintió

surrado al oído que

alivio porque esa voz

en

se había escuchado con

Pamplona

podría

decidir el fin de su vida.

mayor nitidez, como si

Añoraba los lejanos días en

de pronto le hubieran lim-

que Shulamit le había hecho

piado los oídos. Seguía ahora

conocer el amor. Se decía

a la multitud hacia una enorme expla-

que daría todo por recobrar

nada, donde un grupo de rock incitaba a que la gente

las fuerzas. Guiado más por la

vociferara las letras de las canciones. Al hombre le dieron ganas

inercia que por la voluntad, subió a

de bailar y se puso a mover el cuerpo ante la mirada atónita de los mu-

un autobús lleno de jóvenes; éstos lo miraron

chachos. Pensó que incluso podría atreverse a dar un salto. En el momento

con incredulidad, pero de inmediato regresaron a las carcajadas. Él se sentó al frente y miro el mar por debajo de la verde montaña pen-

en que lo hizo la espalda se enderezó y quedó maravillado por no sentir ningún dolor. Permaneció bailando hasta que el grupo de rock terminó el concierto.  Se dijo que debía

sando que ni siquiera el bello paisaje le impulsaba a vivir. Los colores se fueron

buscar un sitio donde sentarse, pero a la vez descubrió que su cuerpo no se lo exigía. Siguió

diluyendo. La luz del vehículo en movimiento proyectaba un halo de misterio en la

caminando hacia una calle muy angosta. La música salía del interior de los bares; advirtió que

zona boscosa. Después de un rato, entraron a las calles transitadas de la ciudad.  Decidió

dentro se apretujaban para bailar. Reconoció la calle por las fotos, pero estaba atiborrada de

dejar el bastón de una vez por todas en el autobús. Se bajó sin saber hacia dónde caminar. El

gente y costaba trabajo pensar en los toros con tanto jaleo. Volteó hacia la Plaza y volvió a ver a

dolor de artritis de la rodilla de pronto había desaparecido. Caminó hacia la izquierda, adonde se

Shulamit que salía con una blusa muy corta que le hacía mostrar el ombligo.

dirigían los diversos grupos de personas de la calle. Le hubiera gustado ir con camisa blanca, como

Sintió vértigo. Le gritó: “¡Raquel, ¿conoces a Uma?!”  Ella lo miró por un instante y le dio la

todos los demás. En el primer puesto ambulante que encontró, compró una pañoleta roja y se la

espalda. Él insistió, gritando, sabiendo que era una ilusión, un sueño imposible. En lugar de res-

ató alrededor del cuello; le agradó sentir que algo le identificaría con la multitud. Volteó para ver

ponderle, ella se puso a reír y se marchó con sus amigos. A él alguien le dio una botella de vodka.

de dónde venía la música estridente y se encontró con el rostro de una joven que le recordaba a al-

Hacía mucho que no bebía por las complicaciones de la úlcera, pero pensó que era su última

guien de su pasado. Pensó que estaba alucinando porque la chica era idéntica a Shulamit, aunque

oportunidad. Poco a poco, y a medida que caminaba, se fue tomando la botella a tragos grandes

el cabello y los ojos eran de un negro muy intenso. Tuvo que gritar pidiéndole que le dijera su nombre.  Ella contestó mientras se alejaba con su grupo de amigos, “Raquel”, “Raquel Blanco”, lo dijo con cierto desdén. 

UMA, PAMPLONA Y LAS LETRAS NEBULOSAS EN EL CIELO Jacobo Sefamí

y chicos. Cuando terminó estaba frente a la Plaza de Toros.  Se dijo que sólo cuando era joven había podido tolerar tanto alcohol sin caerse de borracho.  Se fue a una de las tiendas ambulantes y se puso a bailar,


saltando como en los viejos tiempos. Se vio acompañado de un grupo de doce personas que se

petir la misma escena que había practicado mentalmente a lo largo de muchos años. Ella lo miró

estrechaban haciendo un círculo. El que estaba a su lado lo abrazó y él sintió que su vida valía

fijamente, con sus ojos demoledores que lo dejaron incapaz de moverse. De pronto, Shulamit se

la pena. Después de un rato, el grupo se encaminó hacia otra plaza en donde había mucha gente

había convertido en Uma. Respiró tranquilo porque seguramente Uma le revelaría el secreto para

durmiendo en el piso, botellas que se iban acumulando a montones y basura desperdigada. Se

volver a estar con Shulamit. Cerró los ojos. A ella le salió un hilo de baba y arremetió con una

acercaron a un sitio donde había un número más reducido de gente sentada, escuchando el can-

velocidad impredecible. Justo cuando él volvió a abrir los ojos, sintió una puñalada en el corazón

te jondo de un hombre que lo carraspeaba con una voz muy ronca que le arañaba la garganta.

y cayó rebotado en el suelo.

Él se sentó y oyó la música con intensidad. Le salieron lágrimas de los ojos, sin saber por qué.

Allí se quedó mirando al horizonte y no alcanzó más que a percibir rayas, como si el cielo se

Supuso que era una herencia a la que finalmente había vuelto. Se acostó boca arriba y miró las

hubiera borrado y se convirtiera en un aparato de televisión descompuesto. Buscó a su alrededor;

estrellas; pasaba mucha gente a su lado, ignorándolo. Volvió a ver a Shulamit, que pasaba ahora

se dio cuenta que Uma había sido sólo una ilusión. Se preguntó si ese garabato lo llevaría a algún

con una falda larga y con la mascada roja alrededor de la cintura. Se levantó para asegurarse que

lugar, o simplemente era una premonición del vacío, del pozo oscuro y profundo que amenazaba

se trataba de ella, pero sólo alcanzó a verla por detrás mientras desaparecía entre la multitud.

su existencia. Ante el estupor, pudo vislumbrar una letra. Se trataba de la bet (‫)ב‬, la segunda

Empezó a clarear y la gente se arremolinó alrededor de la calle estrecha. Aunque no había

letra del alfabeto hebreo y la primera con la que comienza la creación o el génesis. La bet es la

dormido durante toda la noche, se sintió totalmente revitalizado. Caminó con paso firme detrás

casa —había leído en el Libro del esplendor—, es la inicial de baruj, bendito; es el templo recep-

de unos adolescentes. La policía le indicó que la calle estaba sólo disponible para los que que-

tivo, la casa con las puertas abiertas siempre, no importa desde dónde se mire. Es la letra con

rían correr. Él titubeó por un momento, pero alguien lo empujó por detrás. Cuando trató

la que comienza todo. Escuchó bereshit (en el principio), la primera palabra de la Torá, y se dijo

de volver, ya la entrada estaba bloqueada. Los adolescentes saltaban nerviosos, re-

que la letra era también la preposición “en”, por lo que ya se implica un lugar, un sitio donde

bosantes de adrenalina. Él sintió los músculos tensos y fuertes. De pronto, notó

estar. Si la barra de la bet está del lado derecho, ¿qué habría detrás de esa casa?, se preguntó.

la avalancha de jóvenes que corrían exaltados por el peligro. Se quedó ex-

Pero ahora la letra se movía en el cielo como una nube, y comenzaba a girar contra reloj. Se había transformado en una ‫י‬, una jet. El hombre vio que las puntas de la letra le apun-

pectante, inmóvil, sin saber qué hacer. Estaba en medio de la calle

taban amenazadoramente y la barra era una oclusión. Pronto estaría atrapado

cuando un rayo de luz iluminó el rostro de una joven

por esas tenazas; la prisión será el interior de la letra. Trató de moverse

en una de las orillas. Era Shulamit que

para escabullir el movimiento con que la bet transformada en jet lo

lo miraba fijamente, incrédula

hostigaba. La letra se movía con ferocidad, de un lado a otro,

de que fuera él. Decía algo, pero a él le costaba trabajo

las puntas cada vez más filosas lo podían re-

leerle los labios. Pensó que

banar. Él miraba aterrorizado a su derredor en busca de ayuda,

si conseguía estar sólo una

pero la bet y él estaban

vez más con Shulamit no

solos en el universo. Ella

necesitaría ninguna otra cosa en la vida. Avanzó

no

con la intención de re-

sólo un sonido bilabial

67

profería

palabra,


68 que se podía transfor-

El hombre abrió los ojos

mar en un zumbido de

de nuevo y vio que la

insecto. El zumbido le

bet había dado un giro

produjo un profundo ma-

más. Ahora la barra de

lestar; quiso cerrar los ojos

la derecha estaba del lado

y taparse los oídos, pero las

izquierdo, como si fuera una C

rayas y el sonido intermitente

con los ángulos rectos; precisamente de

de la bet transgredían sus propios sentidos. De pronto, surgió de la nada la letra álef (‫)א‬, y eso le dio una inmensa alegría. Se dijo a sí mismo que seguramente se trataba de una señal divina: el álef-bet (‫ב‬-‫)א‬era

ese lado de la barra comenzó a correr un hilo de sangre. Atónito, descubrió que la bet se había convertido en una F. No entendía muy bien qué significaba la aparición de esa letra, salvo que el cielo emitía zumbidos con una F persistente, y los acompañaba con las rayas del horizonte. La raya vertical de la álef, en forma de I, seguía en una postura fija y

el inicio del alfabeto y también el origen del mundo. La álef tampoco emitía

desafiante. Casi como un espejo, otra álef, esta vez completa, se reflejaba del lado derecho, pero

sonido alguno, pero la raya de arriba era como una lágrima que no acababa

de igual manera los hilos de sangre deformaban sus contornos, al grado que ahora visualizaba

de escurrir, y la de abajo una gota de un líquido que no podía identificar. La línea

una N. Podría ser que la N en realidad fuera una Z, pero no supo cómo interpretar ese mensaje

transversal de en medio se inclinaba como si se tratara de alguien en posición de rezo.

cifrado que iba de la álef a la Z. La N estaba allí, al lado de la I. El tiempo transcurrió. La sílaba,

La alucinación del hombre le hizo pensar que la barra de la álef tenía que enderezarse, para

FIN, escrita en el cielo le nubló la vista. Quiso, por última vez, evocar a UMA, pero sólo alcanzó a

mostrar a alguien erguido que le puede hablar a Dios. Así, por un momento, vio que esa línea

cerrar los ojos. Se quedó reflexionando si todo aquello había sido solo un sueño.

adquiría un trazo vertical, como el de una I. Empezó a pronunciar la i, y notó que adquiría una

Cuando miró de nuevo ya no pudo reaccionar. El toro lo prendió una vez más con los cuer-

sonrisa en la boca y que pronto reiría de su locura: iiii. Pero el mundo se dividió en dos, el de la

nos y le hizo dar una pirueta enorme por el aire para caer estrepitosamente sobre el asfalto; lo

izquierda y el de la derecha, el de occidente y el de oriente. El lado derecho se tiñó de blanco y

dejó en un baño de sangre y siguió corriendo impávido rumbo a la Plaza. Los destellos de luz en el

el izquierdo de negro; el negro hizo desaparecer la bet, y el blanco borró la lágrima de la álef. Las

pavimento cegaron a los que se acercaban. Un poco más tarde, los enfermeros de la ambulancia

letras habían desaparecido y ahora la raya comenzaba a curvarse, conformando contornos de una

lo miraban incrédulos. Nunca habían visto un anciano que corriera con los toros. Se murió a los

figura enigmática. Se preguntó si Uma podría volver y devolverle su juventud.

cinco minutos, con las sirenas estridentes, en camino al hospital.


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Disolución de límites en Ben Lerner

Ben Lerner, Elegías doppler, Traducción de Ezequiel Zaidenwerg, Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015.

Gustavo Íñiguez

Apoyados en la fotografía, más como una influencia esencial que como un antecedente, Degas y Hooper consiguen mostrar (el segundo aprendiendo del primero) la realidad en un plano que asimila las ejecuciones con las que un fotógrafo captura la escena. Podemos observar cómo Degas, en sus trabajos más representativos muestra un, en ese momento, inesperado recorte de sus motivos que extiende la escena más allá del cuadro: traslada, a la mente del espectador, los límites. Por su parte, Hooper se sirve de este método para descolocar las imágenes de modo que el resultado en ambos es que al espectador de la obra se le otorga el mismo sitio de quien presencia, real y naturalmente, una escena cotidiana. También se consolida una metáfora: los cuadros de Degas y de Hooper, cada uno con elementos distintos, sitúan el centro del mundo. El bastón del maestro de La clase de danza1 marca el eje que uno podría tomar como punto de partida para, acompañando con la vista las líneas del suelo que muestran los tablones, emprender una vuelta personal al mundo. De este mismo modo Hooper coloca a sus personajes en escenarios que no se agotan en el cuadro. “Voy a matar al presidente./ Te lo juro. Me rindo. Perdoname./ Soy gay. Estoy embarazado. Me estoy muriendo./ No soy tu papá. Estás despedido./ Despedidas. Me olvidé de tu cumpleaños./ Vas a perder la pierna./ Ella se lo buscó./ Se tiró abajo del auto./ Parecía un revolver. Es contagioso./ Ella ya está con Dios./ Auxilio. Yo no tengo un problema./ Me tragué una botella de aspirinas./ Soy médico. Me quiero separar./ Te amo. Andá a cagar. Voy a cambiar" (Ben Lerner, Elegías doppler). Se podría decir que la escritura de Ben Lerner (Topeka, Kannsas, 1979) opera de un modo similar al de los dos pintores mencionados. En el primer libro The Litchen Figures (2004) se percibe la intención por mostrar elementos que le resultan importantes y sin intentar proponer una similitud,

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72 apuesta por la tensión que alcanzará la confrontación de sus diferencias y en un intento por la disolución de los límites y de atentar contra la redondez (cada vez menos vigente) del poema, termina los enlistados con una apariencia deliberada con lo que consigue dejar en el lector la sensación de haber presenciado, como en los cuadros de Degas, una escena cotidiana de primera mano. En este punto podríamos decir que la ejecución de la fotografía también permea a esta escritura. La 1. Edgar Degás, La clase de danza, entre 1871 y 1874, óleo sobre lienzo.

contradicción que se genera en el discurso fortalece el realismo del poema.

Musée d´Orsay, Paris.

gen se consolida con elementos narrativos que podríamos identificar, por la conformación de los

En el siguiente libro que también se incluye en Elegías Doppler: Angle of Yaw (2006), la imapersonajes y la consecución de las atmósferas, con los narradores del llamado “Realismo sucio”, movimiento en el que también se ubica el trabajo de Edward Hooper y que Lerner comparte en términos esenciales aunque no se agota ahí, sino que sus alcances se trasladan, principalmente, en los poemas que conforman este segundo libro, adonde la anécdota se sintetiza; con poemas en prosa consigue estas resonancias de alto impacto: “La tercera sección del estómago de un rumiante se llama salterio porque, al cortársela, se abre como las hojas de un libro. La fruta tiene forma de estrella cuando se la corta de manera transversal, y por eso se llama fruta estrella. Nuestro pueblo a menudo llama a los objetos según la forma en que los destruimos". En su ensayo2 “The Hatred of Poetry", expone la génesis de su concepción y uno podría adaptar estas declaraciones como una lámpara de mano que nos irá aclarando algunas sombras que a veces el lector se encuentra tendidas sobre este trabajo. Nos dice: “De jóvenes nos enseñaron que nosotros éramos poetas por el simple hecho de ser humanos. Que nuestra habilidad para escribir poemas era, en cierto sentido, la medida de nuestra humanidad". Esta concepción de la poesía la dejó casi de lado, al menos eso aparece en los tres libros que conforman Elegías Doppler. Él mismo declaró en una entrevista, esta visión ya asimilada en la conformación de su particular postura estética: “Creo que cuanto más corpóreo y situado esté el trabajo, más posibilidades habrá de que las ideas emerjan, será más posible trascender lo meramente físico". Hacia el final del libro aparece la sección de Poemas inéditos en donde es posible percibir que se tiende una parábola hacia esa primera concepción poética aprendida en Topeka. La perspectiva que ofrece la


selección de Ezequiel Zaidenwerg nos permite rastrear ese desplazamiento. El recorrido por una corporeidad que tiene una base firme en la tradición y que busca, más que eludirla o desvanecerla, integrarla a esa fuerza con la que intenta que su trabajo alcance una repercusión más allá 2. Ben Lerner, The Hatred of Poetry, 2015,

de lo meramente físico: “Llegué a las ciudades cuando el pluralismo postmedial del mundo del arte puso en valor la estupidez / En medio de patrones climáticos cada vez más extremos, llegué a las ciudades, sin saber si debía decirle “gracias” al hombre / que me volvía a llenar el vaso, notas de cloro, vestigios de antidepresivos / Un modo de enumerar las formas malas de poder colectivo alienado: respirar partículas calientes de Japón".

Ben Lerner 73


74

Prestaciones Brenda Ríos

Días Era la época en que comía tan rápido que mis amigos tenían miedo

La mayor aspiración de mi familia,

de lo que sucedía conmigo.

de mi generación,

No pude dar explicación alguna.

de mis amigos

De un día para otro

es tener un buen empleo.

me dominó una prisa extraña

Cualquier empleo.

cierta inquietud sin nombre,

Una plaza fija.

de notar el agua salir del grifo

Vacaciones pagadas, prestaciones, café ilimitado, clips metálicos,

desbordada y poderosa,

fotocopiadora en un cuarto aparte,

un chorro dirigido al desagüe,

persianas de plástico, como tiras de algo blanco que permanece,

no hice nada por cerrarla.

ah qué belleza el pvc fracturado,

La dejé salir, la dejé llegar a donde iba.

no podemos aspirar a más porque no hay más.

El agua llegó a donde, muy probablemente, iremos todos.

lo sé, lo sabe mi familia, mis amigos, mi generación entera.

Cuando la cocina se inundó pensé que ya era suficiente.

Y heme aquí, convertida en una gran empleada,

Días aquellos en ver por la ventana sin ver nada,

subida en el autobús del gran sueño de tantos,

sin pensar nada:

dispuesta a gritar cuando los objetos se acercan al borde de la mesa.

uno es un objeto sobre el paso del sol en la recámara. Mañana, tarde, noche, da igual, el sol viene, va, el agua se abre, la ventana se abre y lo único que puedo hacer es comer con prisa imaginando que el camino de agua, de luz, de permanencia, terminará de un momento a otro.


BIBLIOTECAS AJENAS Blade runner y el taxista del canal Javier Vargas de Luna

El buen viajero saca provecho de cualquier coincidencia. Es como un lector que recoge información

agraviar a nadie en los asientos aledaños. Estuvimos de acuerdo en el capi-

en cada página (o en cada aeropuerto) para entender el destino de sus libros (o de sus travesías).

tal americano de todos esos evangelios mientras compartíamos la reflexión

Además, sabe que hay días así, que llegan con signos de buenas bendiciones porque la monja del

sobre las formas más eficaces para dividir una sociedad: provocar grietas

asiento contiguo se llamaba Sor Luz Elena. Quizás sólo era un sobrenombre místico, herencia de

en su convergencia espiritual, así de simple…; ¿quieres desestabilizar una

aquellos siglos en que la gente de religión mudaba el nombre, y entre galletas y bocadillos —para

realidad social?, bastará romper la solidaridad de sus cielos y también la

mí además una cerveza Balboa, por favor—, la tripulación nunca la olvidó, sentada a mi lado, de

monotonía de sus infiernos para que el asalto ideológico y el control polí-

manos tranquilas, en la fila más santa de un vuelo completo a Panamá.

tico se hagan procedimientos casi de oficio, y también ya sin remedio.

Vestía una túnica marrón, blusa blanca, aquel escapulario rígido de almidones, diadema en

En este mes de abril, tan cálido y homogéneo, desde el cielo de

perfecta combinación con su tez apiñonada, cara redonda, bajita de estatura y por el acento supe

nuestra ventanilla descubro un océano hecho de navíos y de buques

que había nacido en Estelí, allá, en la región más bella de Nicaragua. Hablamos tanto y de tantas

tanques, mástiles de carga y casetas de navegación, incontables, infi-

cosas, de la visión social de la iglesia, de Ernesto Cardenal, de la isla de Solentiname, de la música

nitas, delineadas por unas luces que construyen el perfil de su presen-

de Mejía Godoy y su misa campesina, del “Cristo de Palacagüina” y también del “Quincho Barrile-

cia en el horizonte marino de la primera hora de la noche. Es la espera

te”. Luego llegaron las referencias a Leonardo Boff y a Miguel d’Escoto antes de remover un poco,

del canal, paciencia de quillas y esloras y proas y carenas; también

casi nada, apenas por encimita, la memoria de San Romero y su forma de muerte tan injusta. De

veo algunas batayolas, uno que otro cabestrante, esas anclas, y,

avanzada, muy de avanzada la tal Sor Luz Elena, abierta a casi todo menos a las nuevas visiones

como de reojo, varios escobenes. En el léxico de puerto que regresa

confesionales que han entrado a saco en Centroamérica, teologías de color pastel y sacerdocios

al caletre desde el aire, pienso en las raíces marinas de muchos vo-

de corbatas impecables, y nos reímos un poco, a lo bajo, nunca se sabe, tampoco era cosa de

cablos hispanoamericanos: vitualla, abarrote, garete, ¡carajo!, zafar

75


76 y alguna otra de color sexual que valdría más no recordar frente a Sor Luz Elena, ella que no dejó

horas de llanto, y era obligada mi visita a Portobelo

nunca de sonreír y que ahora me informaba, con orgullo local, sobre la inauguración de las nuevas

cuando entramos a la Cinta Costera por una sucesión

avenidas de agua en el canal. Desde el cielo más pasajero de nuestro avión, aquello parecía de

de callejuelas numeradas. En el sector de El Chorri-

juguete, como barquitos diseminados en el tablero infantil de un mar que me hubiera gustado

llo la vida no dura mucho (eso dicen), y el conduc-

descubrir a otra hora, en los amaneceres contados por Maqroll el gaviero —el hijo de Álvaro Mutis

tor sube su vidrio y asegura las ventanillas, estira su

en aquellas novelas hechas de lluvia y de misterio— o en las resolanas de un mediodía que me

mano hacia la parte trasera, ahora, y nos hace fuer-

permitiera organizar mejor la curiosidad de las esclusas. También, pienso en Darío, en su poema

tes en la protección de todas las portezuelas. Mejor

“A Roosevelt” y en la lengua que nos inventó para reaccionar a la herida que retumba entre las

alejar las angustias en el cuadernillo de notas, ga-

cicatrices del nombre de Panamá...

rabatear los nombres, las primeras impresiones, los

Al salir del área reservada a los pasajeros internacionales, he seguido los letreros del “Taxi

colores en los bulevares, esos neones, aquellos res-

seguro” y reconozco la cara de Sor Luz Elena, rodeada de hábitos que le sonríen y que la abra-

taurantes y las infaltables cadenas transnacionales

zan, todas ellas felices, exultantes entre las voces de una santidad que parece incalculable y que

de pizzas y de hamburguesas. Al caer sobre la Calle

en ellas siempre será eterna. Al subir a su camionetita de transporte escolar descubro que la

5 retrocederemos un par de veces por la Eloy Alfaro

congregación Pureza de María dirige la vida de un colegio en Panamá, y pienso, y titubeo, y al

y estamos pedidos, qué duda cabe, otra vez vuelta

final sé que no tengo tiempo y que debo disparar la pregunta antes de que sea demasiado tarde

a la izquierda en la Plaza Simón Bolívar, de nueva

(el buen viajero sabe, además, que a la ocasión la pintan calva): ¿podría conocer sus libreros,

cuenta la catedral y la Plaza de la Independencia,

hermanas? Sería genial, claro que sí, comenzar a desbrozar las lecturas más canónicas en este

y así veinte minutos más hasta desempacar en una

mundo desde los anaqueles de una casa conventual, y no, era de esperarse, hay voto de clau-

habitación poblada de ventiladores añejos, abarro-

sura en los espacios reservados a la comunidad, y yo todo lo entiendo y ya pasan de las once

tada de aspas y de zumbidos mecánicos —mejor

y la noche se ha convertido en una avenida inmensa, ancha, vacía de autos, paisajes hechos de

esto a una mala noche de zancudos—.

caseríos que recuerdan la vida de cualquier puerto latinoamericano donde se celebra en silencio la costumbre de la humedad y de la injusticia social.

El domingo amanece con voces tristes. Alguien está dejando a alguien en el cuarto contiguo, para

Me soltaron en una parada de taxis después negociar ellas mismas el buen precio de una

siempre o todo lo contrario, quizás, tal vez, quién

carrera al casco antiguo. Enseguida he recorrido barrios de privilegio, casonas de opulencia y rasca-

sabe, aunque la cosa suena a desamor sin vuelta

cielos de dar envidia sobre la Avenida Balboa, el sector financiero, el mar oscuro a mano izquierda,

de hoja. He tomado una ducha de agua templada y

montaña rusa de rampas y semáforos y pasos a desnivel, entrar y salir de túneles entre edificios y

bebí un café infame junto al hijo del administrador

torres de condominios estilo Hong Kong, arquitecturas y diseños que impresionan al inversionista

en cuya media filiación se concitan todos los ras-

lo mismo que al evasor fiscal. Hay poco tráfico en esta hora sin muchedumbres, y el conductor

gos de la historia panameña: lo mismo puede ser

(ahora lo entiendo) me ha tomado por sacerdote; no para de hablar del Cristo Negro y el día en

primo de algún chino que bisnieto de africanos, tal

que su mujer fue internada de gravedad en una clínica popular él cayó de rodillas, le rezó seis

vez sobrino de padres tropicales cuyos tatarabuelos


andaluces amaron a las mujeres más nativas de otra edad. Giancarlo trabaja en uno de los super-

región canalera es propietaria de su propia versión

mercados más populares del país, El Machetazo, y de inmediato pregunta por mi acento y yo me

del castellano, lo vive y lo presume sin complejos

repito en mis bromas al sugerirle tres opciones posibles sabiendo que no, no puedo ser argentino

en momentos parecidos a tales anuncios; de he-

ni por accidente. Después subo al segundo piso, me siento en esta terraza que huele a chubasco

cho, sus habitantes parecen tranquilos entre las

acumulado, a charco reciente, y el nublado de la mañana me ofrece una brisa tranquila, sin sol

ortografías del calor antes que angustiados por

en las mejillas, y el Pacífico es tan él, tan inexplicable en la sencillez de su inmensidad cuando

las gramáticas más acérrimas de nuestra lengua.

descubro la Plaza de los Poetas descargada de bustos, ligera de efigies, sólo una explanada sim-

La grandeza de un idioma radica en eso, en la ex-

bólica, ideal para escribir una tarde de hijos pequeños a cualquier hora del día. Detrás de mí está

periencia que nos entrega de su (re)invención, en

el Cerro del Ancón con una enorme bandera nacional y a mano derecha se divisa el edificio de la

su capacidad para convertirnos en el eco primige-

logia masónica, de ventanas clausuradas y un vigilante municipal en la puerta cochera. Al fondo,

nio de las frases heredadas (simple y complicado

el Puente de las Américas, y, del otro lado de la vasta bahía, los colores de arlequín del Museo

de decir…, mejor seguir adelante).

de la Biodiversidad construido por el mismísimo Frank Gehry, el de los garabatos con forma de arquitrabes, y de antemano sé que nunca tendré tiempo para visitar sus exposiciones.

Por cierto, quizás valga la pena ir a la Universidad de Panamá, llegar al sector del Viejo

Saco la cuenta del tiempo. Me queda una semana, quizás diez días, no estoy seguro, y al

Veranillo después de abordar un bus donde los

preguntar por la estación de Metro más cercana, el mediodía se ha hecho bochorno en la Plaza de

reguetoneros de rimas instantáneas alegran el ca-

Santa Ana, sobre las bancas olvidadas del domingo. Más allá se oye la voz de una mujer, sesento-

mino por el barrio de la Calidonia. Al llegar te

na, delgadísima, de raza negra, sin dentadura; elegante, como madre admirable en día de fiesta,

asalta la militancia, las banderas comunistas, la

discute con los viandantes sobre la infidelidad de sus esposas y los domina a fuerza de refranes,

hoz y el martillo, las arengas, los símbolos, las

porque algo tendrá el agua cuando la bendicen... Imposible saber si se trata de una broma cotidia-

reivindicaciones, y entonces he vuelto a pensar

na para distraer con adagios el calor de la hora cuando en este momento se abren de par en par

en lo mucho que seguiremos perdiendo al acudir

las puertas de la iglesia, ya salen varios cánticos, ahora un palio, enseguida las santas especies y

a los sellos importados para ganar la pelea más

luego la procesión al completo, con dos sotanas al frente y un turiferario abanicando el incienso.

doméstica de todas, la de la justicia social. Qui-

Otra de las cosas que pican la curiosidad, frente a Plaza de Santa Ana, son las mesas de la

zás sea ése el mayor desafío de nuestra genera-

lotería nacional. Uno tras otro, sentados en sus oficinas hechas de vereda y resolanas, los vende-

ción: derrumbar las imágenes duales que el siglo

dores construyen kilómetros de buena suerte con alaridos que se modulan al paso del cliente por-

xx nos heredó para reformular la vieja enemistad

que todos esconden el grito cuando el paseante ya no está al alcance de la voz. He querido tener

entre lo estatizado y las mal llamadas leyes del

una opinión moral sobre los anhelos de riquezas instantáneas y al final descubriré la otra cara

libre mercado. Fuera de ello, nada o muy poco

de la mala suerte en Panamá, esto es, los prestamistas y las casas de empeño con nombres que

en la Facultad de Humanidades, salvo un barati-

alegran el rostro y envilecen la precariedad: “Montepío Pídele a San Ramón”; “Créditos Mundiales

llo de libros escasos donde encuentro una Intro-

Pídemelo y te lo doy”; “Préstamos El Billetón”; “Casa de Empeño Más me dan”. Por lo demás, la

ducción a la lógica dialéctica, de Elí de Gortari;

77


78 Un camino entre dos mares: la creación del canal de panamá, de David McCullough; y Panamá, 20

enfermedad sin salida, a la cárcel domiciliaria

de diciembre de 1989: ¿liberación o crimen de guerra?, de Roberto N. Méndez.

de su edad más avanzada: “La muerte entró a

En mis decepciones del regreso al hostal, hay un grupo de curiosos frente al Café Coca-Cola

Panamá en la nocturnidad”, “¡Que abran las fo-

porque adentro se filma una cinta (pudo ser una telenovela) con María Conchita Alonso, guapa de

sas comunes!”, “20.12.1989: ¿cuántos muertos

muchos años que ahora pasa frente a mí camino a su coche-dormitorio, distinta y tan parecida

nos ocultan?”, “1989 prohibido olvidar”, y una

a la belleza de otra edad, cuando el nombre de su cuerpo era capaz de destruir matrimonios. Del

más que se aleja de aquellos días por la vía de

otro lado, en los comederos de la Avenida Central probaré una galleta de maíz frito y empanadas

un humor inesperado, “te voy a llenar de likes

de carne antes de penetrar en un callejón de libros viejos. El lugar se llama “Sal si puedes”, según

el C3”. Sin echarle mucha cabeza al asunto, he

informa ese letrero sobre la improvisada marquesina, y yo quisiera hablar con los encargados,

decidido recuperar los ceños fruncidos que se

saber de sus compradores habituales, conocer los ritmos más asiduos de sus páginas, pero hay

producen cuando la gente habla de los muertos

demasiado abandono en el ambiente, tanta dejadez en los tenderetes, como si Panamá se hubiera

que nunca se contaron, porque Panamá sirvió

resignado al anonimato más que a la identidad de sus lecturas. Frente a las puertas de una se-

de laboratorio para los arsenales americanos y

dería —tienda de telas y géneros afines en el sociolecto nativo (y perdón por el cultismo)—, doña

en la mayoría domina la conciencia de una de-

Milena está por cerrar su changarro y casi no tiene tiempo para contarme que llegó de Colombia

rrota que ignoró a los vencidos de a pie, al in-

cuando era una sardinita y que las librerías fueron las únicas tiendas que salieron ilesas duran-

dividuo común, a los inocentes, a los crédulos,

te los saqueos que provocó la invasión. Apurado por la impuntualidad de la hora del cierre, he

aun a los manipulados que perdieron su dere-

descubierto sumarios para escuelas primarias, manuales y textos obligatorios, revistas efímeras,

cho a vivir más allá de sus muertes omitidas.

best-sellers que no reconozco, recetarios de cocina y guías prácticas para el buscador de sueños

En fin…, mejor desviar la reflexión y hablar del

profesionales. Todo está muy húmedo, gastado por el clima de cada día, porque en eso la ciudad

dialecto local, de sus sílabas hechas de resacas,

de Panamá se parece al cardenillo de cualquier trópico y a la hora de la cena he decidido nunca

de sus dejes y tonillos que se empalman con

más volver al Restaurante de Ricuras Canajagua donde las cosas se sirven frías y la comida sabe

Cartagena por el lado de Guayaquil o que lle-

a obligación antes que a regocijo.

gan a La Habana desde los muelles de Cádiz.

El Chorrillo es un lugar de hacinamientos, pero no de olvidos. El sector ha sido dejado a su

El Metro Albrook conduce a un centro

suerte porque toda ciudad que consiente su egoísmo necesita un barrio maldito para construir

comercial de nombre idéntico. La estación se

el espejo de sus monstruos más íntimos. Rumbo al Metro 5 de Mayo, a la vista de ociosos y ca-

abre de capa a una terminal de autobuses que

minantes, proliferan los peluqueros en una serie de estancos diminutos, enrejados con cercas de

nunca terminaré de entender: mares de ande-

malla, músicas a todo volumen, sillones altos y llamativos carteles que prometen un rasurado

nes, olas de gente, dársenas de comida rápida

perfecto a la sombra de las pintas clandestinas que hablan del 89, cuando Bush padre ordenó su

y ruido de motores y autos a toda prisa y más

operación militar, cuando Noriega se refugió en la Nunciatura, cuando se lo llevaron a una pri-

allá un puente peatonal que lleva directo al

sión en Miami y luego a Francia y ahora el viejo general está de regreso a sus últimos años, a su

aire acondicionado de los grandes almacenes.


En el río de las posibles coincidencias, he compartido el taxi con un matrimonio intercultural, él

estatura media, un ochavón de mirada pausa-

muy de Bogotá, ella delgadísima y tan francesa, y juntos hemos distraído el trayecto hacia la es-

da que nunca revelará el porqué de todas sus

clusa de Miraflores donde hay un museo de maquetas, fotos de excavaciones, documentos de otra

verdades mientras esa coletilla del “sí señor” le

época, la miniatura del navío Seawitch Clipper que atracó en Panamá el 30 de marzo de 1854, con

sirve de clave para cambiar el giro de lo habla-

705 chinos a bordo, para construir el ferrocarril transístmico. La draga Corozal, capaz de extraer

do. Oriundo de Colón, por el lado del Caribe,

1000 toneladas de material en menos de una hora, inició sus operaciones en 1912, y a su lado

en el vaivén de nuestros orígenes mi ciudad

se contemplan los esparcidores mecánicos, los descargadores Lidgewood, los barracones, el li-

natal le llama mucho la atención, ese nombre

bro (abierto y manuscrito) de las epidemias, y, por fin, el Vapor Ancón, primero en atravesar el

está en el Blade Runner, de verdad, jura y per-

canal un 15 de agosto de 1914 —¡la Fiesta de la Asunción!, exclamaría orgullosa Sor Luz Elena—.

jura, Tampico existe en aquel libro, y otra vez

Afuera hay una cafetería cargada de parasoles y sobre un diseño que combina el concreto con la

lo proclama, y me lo apuesta, y sonreímos

vegetación han instalado butacas con cálculos de isóptica, como en un estadio de tenis, para que

unánimes porque se ha leído a Philip K. Dick

nadie pierda el espectáculo del esclusaje. Sin embargo, lo mejor de la excursión es el camino de

por los cuatro costados, sí señor. Divorciado y

regreso, un par de horas después, con un bosque tropical como telón de fondo, la avenida mayor,

abuelo prematuro, pasa pronto por la historia

la caseta de dos vigilantes de buen humor y una charla donde rasguño el nombre de un taxista

de sus amores, aunque un taxista tiene que

legendario, Yván, el único que lee mientras espera, allá, en la piquera de los coches de sitio del

conocer las direcciones de las mujeres más

centro comercial. Quizás ése sea el margen que me permita discernir los hábitos de lectura en esta

bellas de cualquier puerto. Vive en el sector

ciudad tan permeada por la intersección: si en estas geografías todo es filosofía de la confluencia,

de El Paraíso y mañana mismo iremos a su

ese conductor puede significar la movilidad de un alma en el interior de un mundo que siempre

casa, cerca de la esclusa de Pedro Miguel,

está de paso. Porque la vida en el canal se presiente más allá de ella misma, hecha de océanos

sí señor. Frente a la antiguas casernas de la

al unísono y conjugada de mareas; sí, aquí residir es vincularse, existir es enlazarse y habitar es

Base Clayton, hoy convertida en la Ciudad

cohabitarse, sin poesías ni metáforas de ningún tipo.

del Saber, descubro que las leyes de pobla-

Sea como sea, en Panamá tengo cita con un taxista en una fonda de chinos y de mesas va-

ción prohíben afincarse en las zonas aledañas

cías a esta hora de la media tarde. Mientras el ruido de la cocina hace más arduos los diez años

al canal; en su taxi amarillo (modelo no tan

de volante que Yván trae en el cuerpo —para mí pollo general Tao y para él unos tallarines que

reciente) nos hemos detenido sobre la estre-

no descifro—, tomo nota de sus andanzas laborales: empleado municipal, representante de ven-

chura de la ruta Torrijos para tomar notas

tas, verificador de tarifas, responsable de archivos y otras menudencias de oficinista a las que se

del sitio, sus patios abiertos, sus fachadas

atrevió con sus estudios de administración. Padre de una sola hija, hija de una sola nieta, alguna

repetidas y simétricas, como en un estribi-

vez pudo visitarla en Haverhill, cerca de Boston, pero ella confundió el día de su llegada y él per-

llo de techos y de explanadas que más se

dió el teléfono y fue una semana de órdago en los años anteriores al internet, cuando un número

acercan al estilo Kentucky que a una casa

equivocado podía provocar tales aventuras en una ciudad extranjera. Por lo demás, es un mulato de

de estudios en el corazón de lo hispánico.

79


80 Me dice que los americanos no eran tan malos después de todo, aunque siempre fueron nocivos,

narios de Iván poco importa el orden de las

peor de lo que uno se imagina, y entonces comprendo que Yván pertenece a una generación

cosas; ¿de la pantalla a la palabra?, ¿de la

abultada de historia, como si en la brevedad de sus cincuenta y nueve años se conjugaran varias

página al celuloide?..., y qué más da si ésa

eras geológicas: descendiente de colombianos que dejaron de serlo, fue nieto de la intervención

es su mejor mentira, la máscara más pro-

extranjera y ha sido hijo del afán de autonomía y será siempre coetáneo de la cicatriz que dejó la

vechosa de lector adicto a los bulevares de

invasión. Es menester decirlo, su pasado se desordena a la menor provocación de mis preguntas,

lo supersónico. Quiérase o no, para él la

porque en él la presencia extranjera produjo paz y desasosiego, equilibrio y desazón, y, aunque

literatura es una condensación fílmica,

con otras palabras, deja entender que Noriega fue lo que no debía: un error político convertido en

nace en las taquillas y es en los ámbitos

innecesaria humillación histórica, y no, yo no sé cómo decirle que si la post-invasión ha sabido

de lo audiovisual donde ha de adquirir su

justificarse con la estabilidad económica que le sobrevino, se debe a que los imperialismos de

madurez literaria. Asimismo, la modestia de sus ana-

nuevo cuño fomentan prosperidades de algodón y promueven abundancias que nunca serán

queles tal vez sugiera ensanchar las resonancias de

de veras nuestras, ni en lo factible ni en lo filosófico.

la lectura, o, por lo menos, añadirle a su estudio

Su casa posee la sencillez de los hombres cansados, y las paredes en tonos pastel registran

las ecuaciones de lo escénico y también las de lo

el paso de la humedad en los ángulos del cielo raso. Todo está muy limpio, o más o menos, con

panorámico; sólo así podremos enriquecerla con

fotografías de una madre rodeada de familia sobre esta mesita de pino, en un recibidor que algo

uno de los signos mayores de nuestra genera-

tiene de cocina y otro poco de salón comedor. Vive solo, Yván, y todo está al alcance de la mano

ción, es decir, la imagen misma. Por añadidura,

cuando entramos a un pequeño espacio donde hay un librero de imitación madera, casi un me-

acaso sea ése el único camino para disolver —o

tro y medio de altura, cinco entrepaños, alrededor de un centenar de títulos coronados por un

para dilatar— las fronteras de la imaginación,

televisor de muchas pulgadas frente a un sofá marrón cuyo abanico de cielo se hace acompañar

porque, digámoslo de una buena vez, si la vida es

del runrún de la ventilación climatizada. Sobre un bufete hay una computadora y otra vez miro

sucesión comunicante y el destino es un sistema

su diploma universitario y las láminas de santos que no reconozco, una de ellas con un rosario de

de casualidades, el arte no tendría por qué estancarse en su

piedras de fantasía, rosas, malvas, violáceas, en la esquina superior derecha.

fronteras genéricas, y el cine no debe callar al caer el telón, y

A primera vista el número de libros parece reducido y sólo es irreprochable. Da gusto descubrir lectores así, cautivos de una sola forma de imaginar la vida, porque su biblioteca posee la

la literatura no puede agonizar en el punto final de sus renglones. Negarlo sería, en sentido estricto, argumentar la luz a ojos cerrados.

más extraña de todas las urgencias que la palabra tiempo puede contener: la de inventarnos un

Por lo demás, lo que nos atrae de la representación del fin del mundo,

futuro sin fecha de caducidad. La ciencia ficción domina en la mayoría de los libros y sus perso-

sea ella fílmica o literaria, tiene mucho de egoísmo. Nos interesa, antes que

najes, errantes más allá de nuestros calendarios, se han entregado a la tarea de sospechar una

nada, triunfar sobre la certeza de que no estaremos allí, ni para contarlo ni

posteridad que se nos parece mientras nos contradice, que es nuestra y al mismo tiempo inmune

para contradecirlo, ¿no es cierto?, aunque mejor será proceder a levantar

a las verificaciones. Sin embargo, lo que le da un aire de sorpresa mayor a todo esto es comprobar

el censo de los momentos mayores de una biblioteca que algo tiene de de-

que la literatura de sus estantes se argumenta desde las butacas de un cine. En los mundos imagi-

sastre bélico y otro tanto de hecatombe post-industrial. Descubro, primero


que nada, la edición en rústica de Soy leyenda, de Richard

alguna de las retóricas del celuloide o de los fotogramas. La máquina del tiempo, de H.G.

Matheson, en cuya portada se aprecia una ciudad vacía; ese

Wells, ha sufrido varios remakes y no, yo no veo por ningún lado el 1984 de George Orwell ni

hombre armado sobre fondo azul no se parece a Will Smith,

las historias fundamentales de Aldous Huxley de las que, por cierto, nunca supe si fueron

pero cuánto hace pensar en él gracias a Iván. El libro de P.D.

llevadas al cine. Un libro de cuentos de Ray Bradbury anuncia Las mil y una noches, varios

James, Hijos de hombre, en su momento nominado a más de un

tomos sueltos de la National Geographic, cursos intensivos de inglés, muchos, de todos los

Óscar bajo la dirección de Alfonso Cuarón, instala nuestra char-

colores, y, para cerrar el inventario, una Biblia Latinoamericana deshilachada de uso y ya

la en El camino, de Cormac McCarthy, novela estelarizada —dije

se ha hecho de noche, y ambos estamos muy cansados, y aún hay tres cuartos de hora

bien, ¡novela estelarizada!— por Viggo Mortensen y en la que no se

hasta El Chorrillo. La transparencia de la luna hizo un poco más evidente los escenarios

debe nunca mirar hacia el pasado, jamás hacia la memoria, porque

de la ruta Torrijos, el orden conocido de las barracas, los edificios militares, el diseño de

además de todo los libros de historia se han hecho insuficientes

los lagos que surten el canal y la limpieza milimétrica que domina las distancias entre

para entender lo que sucede, en la pantalla tanto como en el papel.

los vados y un cuartel, entre los jardines y aquel ribazo. Y en la conversación del regreso

Descubro enseguida las tapas de Hacia el bosque, de Jean Hegland,

también he comprendido, a pesar de las fatigas, que las lecturas monocordes nos afirman

la cual estuvo en cartelera hace muy poco y no, Yván no ha tenido

en una especie de adolescencia infinita en la que se conservarán siempre intactos los

tiempo de leerla aunque recomienda mirarla a solas, suelto de ami-

entusiasmos del buen coleccionista.

gos para comprender las reacciones femeninas frente a la soledad de

Yván también me mostró seis ediciones distintas del ¿Sueñan los androides con

los apocalipsis, sí señor.

ovejas eléctricas?, del americano Philip K. Dick (1928-1982). A día de hoy, la obra se iden-

En una publicación de bolsillo, con la figura omnipresente de

tifica mejor bajo el alias de Blade Runner, sin duda una de las cintas más conocidas del

Kevin Costner, cotejo El cartero, de David Brin, y en los forros de El

siglo anterior, y, por qué no decirlo, el mejor Ridley Scott de todos los tiempos —Alien: el

planeta de los simios, de Pierre Bouille, todo es evocación hollywoo-

octavo pasajero, aún asusta, pero ya no quita el sueño como antes—. Tras la reiteración

dense, aunque la novela siempre será muy francesa, quizás porque lo

en el título, al paso de las portadas ha emergido la sospecha de que renovar la literatura

tecnológico está al servicio de lo poético, y no a la inversa, amén de

también implica darle novedad material a la lectura, construir el bello espejismo de lo

que casi todas sus adaptaciones, desde los años de aquel Charlton

iniciático entre páginas que no han sido tocadas para que nuestros autores favoritos

Heston hasta la nueva hornada de secuelas en technicolor, recuperan

nunca envejezcan. Por cierto, el más reciente de los ejemplares era una edición en inglés,

la angustia post-científica de regresar a un mundo más humano, a

sin toques de humedad, aunque, eso sí, en la portada se reconocían las irremediables

un mundo por fin de veras nuestro. Y hablando del rey de Roma, acá

mercadotecnias de lo fílmico, con una figura de Harrison Ford al centro y Rachel Rosen,

es menos que imposible encontrar libros de Harry Harrison, ni siquiera

la más bella de todas las replicantes, mirándolo de soslayo..., ¿reojo de miedo?..., ¿ses-

Cuando el destino nos alcance (Soylent Green) donde el propio Heston

go de amor?..., vaya uno a saber.

lo deslumbrara tanto, aunque él era muy niño, como bien puede su-

Respecto a las búsquedas que permean la mirada de pkd (como siempre se le

ponerse. En el estante inferior está Yo, robot, de Isaac Asimov, diseño

identificó en el mundillo literario de aquellos años), tendríamos que regresar a su

sobrio con el apellido del autor a lo largo de la portada, sin intromisión

tiempo para asimilar todas y cada una de sus resonancias. Reinstalado en su realidad

81


82 histórica y en tanto que descendiente de una generación que se pretendía

conocemos y desde los pánicos milenaristas que nos dominan. En la mesa de la

victoriosa, sus umbrosos fantaseos se revelan como los hijos más tajantes

discusión quedará saber, algún día, aquí o en el más allá de otro presente, por

de la guerra fría. En efecto, en su texto laten insumisos los años sesenta del

qué cualquier representación del futuro se transforma casi de inmediato en una

siglo pasado, cuando la realidad de la psicodelia espabiló a los americanos

predicción que huele a tristeza de orfanato o a desaliento de aniquilación.

con el napalm de sus atrocidades, allá en Vietnam. Entre la carrera espacial

En tanto que ficción distópica, ¿Sueñan los androides con ovejas eléc-

y los genocidios repetidos, el libro conquistó su propia madurez estética al

tricas? certifica la evidencia de todas las crueldades que nos habitan, y, asi-

inventar las lógicas y los fastidios de un porvenir devastado, de claros refle-

mismo, revela la irrefutable fascinación por la barbarie que se arraigó antes,

jos post-bélicos y de reconocibles pesimismos radioactivos. Además, pkd nos

durante y después de la II Guerra Mundial. Y si acaso algún sociólogo nos

explica en silencio cosas que nunca hemos ignorado; a saber, que en los es-

exigiese elaborar la noción de distopía para distraer su pedazo de culpa (o

cenarios de la imaginación sólo puede llegarse a la belleza de una verdad por

para entretener su más erudita indiferencia), al definirla tendríamos que

sus caminos alternos, fabulando escenarios desde el personaje, subordinando

deambular por la calle opuesta a cualquier utopía, sí, peregrinar por ciudades

las calles de la destrucción a sus rutinas, y no a la inversa. Por ello, si en un

que pudieron ser nuestras pero que nunca quisimos transitar sin fobias o sin

principio el relato destacó por su parafernalia futurista, la triste e intensa ver-

prejuicios. En este orden de ideas, el recelo con el que aún recorremos los

dad de la ciencia ficción de aquel siglo xx (del que cada vez nos van quedando

códigos postales de nuestros destinos —y esto potencia su sentido al haber

menos estertores premonitorios) es intuir lo mucho que pkd ha predispuesto

sido escrito en el café más popular de El Chorrillo— anuncia una degradación

los diálogos con el aquí y el ahora de una edad como la nuestra, muy segura

social de la que no sólo hemos sido partícipes, sino cómplices, pues ese mie-

de estar asistiendo a los cálculos finales de la historia humana.

do es, qué duda cabe, la versión menos entendida, aunque también la más

Dicho a las claras, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? le dio

eficaz, del odio. Quiérase o no, lo distópico (o contrautópico) hace pensar en

color y sustancia —y aun filosofías— a nuestra idea de lo venidero, pues, re-

los sistemas de ambición que diseñamos para alejarnos del otro con el objeto,

conozcámoslo, su historia modelaba un futuro que ya era algo más que una

más o menos contundente y más o menos difuso, de convertirlo en ciudadano

conjetura en el siglo de Hiroshima, Corea, Vietnam, Afganistán o Panamá.

de un destino que no ha escogido, tal y como sucede con los personajes de

Desde el otro extremo de la misma perspectiva, al instalar su relato en las

pkd, estigmatizados residentes de una destrucción obligatoria. Por lo demás,

inmediaciones del año 2020, el texto tenía que hacerse inteligible y familiar

la vigencia que el adjetivo distópico ha cobrado en nuestro universo cultu-

al habitante de 1968. Para ello, no sólo expurgó en el espejo de las cosas ma-

ral puede comprenderse como una de nuestras lucideces más envenenadas,

teriales, los autos, los edificios, las luces, las tecnologías, sino que llevó al lí-

pues, de una u otra forma, el uso del terminajo le da condición de inevitable

mite de su propia comprensión la dialéctica de las paranoias capitalistas y las

a los traumatismos de la página venidera en la historia social de cada día,

alienaciones políticas arraigadas en nuestras cédulas de identidad. En sentido

¿no es cierto?... Y, en una muy extraña reacción de nuestras almas, quizás

estricto, pkd triunfó sobre la necesidad cronológica de construir una ecuación

también debamos confesar que acudimos a la lectura de Blade Runner para

causa-consecuencia, y, al hacerlo, su futuro más personal pudo explorarse y

renegar de sus futuros, o, siquiera, para buscar en sus párrafos una salida de

aprehenderse desde la perversidad de los arrasamientos ideológicos que ya

emergencia al desamparo que se avecina.


La literatura de pkd es, por todo ello, una advertencia. Al llevar las

confusión para presentirse o para sospecharse. Sí, los diccionarios del mundo

certezas de lo imaginario a las sospechas de lo real, su libro habita en el

novelesco han entrado en crisis y es necesario construir léxicos, crear nuevas

infierno cibernético de nuestras rutinas, él es nuestro ecocidio gemelo, la

jergas y vocabularios para hablar a tientas de un periodo donde el individuo es

soledad paralela de nuestros totalitarismos y el reflejo más actual de nuestras

un todos-nosotros, una voz colectiva sin conciencia de su multiplicidad, o, si se

catástrofes sociales. En el pesimismo trasnacional (y también transhistórico)

prefiere, una letra dispersa en la ignorancia de su unicidad arrebatada —Paul

que la novela proyecta, reconocemos la industrialización de nuestros rostros

Auster ayuda a entender mejor que lo dicho por los personajes de pkd es todo lo

y la ofrenda de lo trascendental en los altares computarizados de la paranoia.

dicho; para el caso, ver El país de las últimas cosas (1987)—. Y, lo que es más, el

En suma, estamos ante verbos que reflejan, desde todas las perspectivas a

narrador también se fingirá atrapado en las dinámicas del polvo radioactivo, y,

su alcance y con una condición de apabullantes, las éticas invertidas de la

a ratos, el libro dará la impresión de haber sido mal escrito, de ser el farragoso

esperanza. Por lo demás, la certeza de que pkd imaginó los vaticinios de una

sobreviviente de una página que ha perdido el norte de sus propios renglones.

desolación casi total no necesita de muchos argumentos, pues la dificultad

La literatura del mundo novelesco se ha empolvado de guerras. Tal y

de adjudicarle al texto una única categoría genérica constata una hecatombe

como lo diría Arundhati Roy en The end of Imagination (2016), la humanidad

sin fronteras, ni históricas ni literarias: ¿Sueñan los androides con ovejas

post-atómica ya no contará, ni siquiera, con la capacidad para evocarse en la

eléctricas? es tan distópico como psicológico, a veces filosófico y siempre re-

escritura (o para refugiarse en la ficción). Y hasta eso supo sospechar el autor

lato policiaco, es página impregnada de alientos western y además capítulos

de Blade runner, pues, como bien sabemos, las lecturas de sus personajes se

del fastidio —a la manera de Goethe, Góntcharov, Lérmontov, Papini, Calvino,

aferran a los autores pre-bélicos, a los títulos de libros, periódicos, catálogos

Gombrowicz…—; exhibe, también, episodios de humor negro e instantes de

y revistas que nutrían el imaginario de una realidad que yo no es más, que

inscripción romántica con guiños de melodrama, entre muchos otros matices

ya siempre será otra cosa porque la conflagración nuclear extinguió también

que pudieran mencionarse para el efecto. En su omnímoda epopeya, ilustra-

nuestra capacidad para reinventarle un destino al porvenir (o para conjeturar

da mediante arrasamientos genéricos y geográficos, hay un extrañísimo halo

el post-futuro, si acaso tal cosa fuera posible). Si en el horizonte de dichas

de igualdad humana: en los detritos urbanos del relato se imbrican todos los

frustraciones dominan las añoranzas literarias, el lector de pkd, en un nuevo

individuos de todas las épocas, la edad de piedra y los cerebros electrónicos,

arrebato de equivalencias, tampoco contará con asideros canónicos que le per-

la prehistoria y la cultura del hormigón, la mirada planetaria y los miste-

mitan agilizar los diálogos con lo leído: debe fiarse, por ello, de sus intuiciones;

rios de una teología elemental y televisiva, la pasión por Mozart y Strauss y

liberarse, en la medida de lo posible, de toda instancia mediadora, pues sólo así

Munch y Picasso y la tecno-alienación de una (in)felicidad programada.

podrá comprender las cuitas del agente Rick Deckard, ese policía encargado de

Ahora bien, al diluirse la institución mental de las categorías, se disuel-

eliminar a un grupo de andys infiltrados en nuestro planeta.

ven también los filtros y los convencionalismos para comprender lo narrado.

La odisea lo convertirá en un detective histórico; también, en el centro de

En la experiencia misma de su aprehensión, nuestra lectura sospecha que las

gravedad de una época que ha colonizado el cielo gracias a la inhumana explo-

palabras leídas son todas las que quedan, gestos residuales de un mundo que

tación de los androides. Y porque este último término había adquirido ya las

acude una y otra vez, y sin ninguna ironía de por medio, al ejercicio de la

vigencias de cortocircuito que posee hasta hoy, agradezcamos al cine de Ridley

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84 Scott su gran contribución al espíritu del libro: el término replicante. En un

dades de nuestra compasión o la lentitud de nuestros asombros. Reinventadas

solo golpe de voz, esa palabra se concentra y se dispara, es experimento del

con mucha solvencia por Ridley Scott —perdón por pensar otra vez en el filme

ser fuera del ser, fenómeno de laboratorio lo mismo que conjetura celular que

cuando hablo de pkd…; culpa de Yván, supongo—, es terrible la forma en que

insufla en sus creaturas los defectos del creador, sus fobias más innatas y la

la novela estimula el desamparo mientras Rachel Rosen, representante de una

más perenne de todas nuestras melancolías, es decir, la del retorno a la raíz,

empresa familiar, se enfrenta a la verdad de su existencia, porque ella es una y

la del abrigo del origen y la del refugio de una identidad fundamental. Al re-

muchas más, alma manufacturada y biología de taller industrial que, a pesar

producir los paradigmas de nuestra propia temeridad, el crimen del replicante

de todo, se arriesga a ser sólo Rachel en la ejecución de una venganza.

es, en su regreso a la Tierra, ejercitar sus heroísmos desde las coordenadas de

Sin embargo, vayamos más allá de la Rachel Rosen que Ridley Scott nos

nuestra intrepidez. El envite filosófico es claro —y miren que la novela nunca

ayudó a preconcebir. Recordemos, para el caso, el instante de aquel otro in-

explicita sus accesos ontológicos—: si es en estas ruinas entrópicas donde se

terrogatorio, cuando el propio Rick Deckard es arrestado y conducido a una

fabrican los replicantes, y si ellos son las copias (imperfectas, pero copias al

delegación de policía infestada de replicantes. Mientras cunde un fruncimiento

fin y al cabo) de nuestras aversiones tanto como de nuestros ideales, ¿por qué

de ceños en todos los agentes que lo rodean, Rick no cabe en la sorpresa, ¡ahora

criminalizar su afán de reintegración?, ¿por qué perseguir en ellos el sueño

es él quien habita un instante tergiversado! —Il mondo alla rovescia, gritaría

de habitar en una sociedad sin esclavitudes?, ¿quién es el héroe y quién un

Carlo Goldoni—. Sin duda, dicho episodio nos envuelve de zozobra: ¿soy un re-

outsider, el que aplica la ley a rajatabla en un mundo que se cae a pedazos, o

plicante?, ¿tú también?..., ¿otros también?..., ¿todos también?..., ¿y el libro…,

el que lucha por hacer suyos los únicos pedazos de libertad que dicho mundo

también? La magia mayor de la novela no es sólo introducirnos en los vericuetos

ofrece? En silencio, al paso de los capítulos y de las ejecuciones, Rick Deckard

de un drama existencial, sino su capacidad para contaminar el relato, para con-

hará suyas todas estas reflexiones antes de hacer suyo, también, el desaliento

tagiar nuestra lectura, para emponzoñar la página y el párpado con la desazón

de las respuestas…; no, no somos mejores que los andys y nunca lo seremos,

de sospecharnos de otro modo, porque quizás aún somos lo que nunca supimos

pues, al eliminar a un replicante, silenciamos, quizás, el último jadeo de be-

dejar de ser, o porque quizás nunca seremos la ignorancia de lo que hemos sido.

lleza de nuestros olvidados arquetipos.

Al hacernos dudar, tanto como a Rick Deckard, tanto como a su odioso colega

El verdadero sentido contrautópico de ¿Sueñan los androides con ove-

Phil Resch, y más, mucho más que a la bella Rachel Rosen de tan replicante me-

jas eléctricas? se construye, así, no desde la exposición de ciudades desier-

moria, caeremos en la cuenta de que dentro y fuera del imaginario de pkd nun-

tas, ni desde la extinción de la vida animal o vegetal, sino desde los ecos

ca seremos mejores que Roy Batty, ese tránsfuga de la ley cuyas conspiraciones,

más humanos del replicante: su (fracasado) anhelo de vivir sin amenazas,

así como su eliminación, fueron necesarias para entender que la disparidad de

la idea que posee de la libertad muy a pesar de su origen y la emancipación

las armas promueve el encarnizamiento más que el heroísmo, las hecatombes

a la que osa desde su conciencia prefabricada. Una vez intuido todo esto,

antes que la defensa de la vida. Y gracias a ¿Sueñan los androides con ovejas

ya podemos correr el telón de los instantes nucleares que humanizan la

eléctricas? descubriremos, asimismo, que los dueños de la historia humana tar-

decadencia del mundo, esas entrevistas del miedo que se realizan mediante

de o temprano se quedarán sin enemigos, y que, para proseguir en la inercia de

protocolos de la empatía, con máquinas y aparatos que miden las veloci-

sus manchadas valentías, les será necesario fabricarse nuevos adversarios. Triste


metáfora para concluir que somos el extravío de Goliat (sin un David que lo

Primero un busto de Pedrarias de Ávila, fundador de la ciudad de Panamá

derrote) en una era industrial a la que nunca, fuera de la ficción, le hemos

el 15 de agosto de 1519; uno más dedicado a Colón y el último de ellos a Isabel

aplicado la terapia del remordimiento cuando Yván ha querido acompañar-

la Católica. La Compañía de Jesús también anduvo por aquí, en la Calle de la

me, el día de mañana y sin dejar de abusar con sus tarifas de turista japonés

Empedrada donde iniciaba la Plaza Mayor. Ruinas, vestigios, cascotes, restos

o de gringo jubilado, a conocer el Panamá Viejo.

de una ciudad destruida por esos filibusteros cuya historia me explica una

En el trayecto de una carretera que mira hacia el mar de las once de

guía del lugar, joven de la nación kuna yala que ahora me habla de su mundo

la mañana, le prometo buscar los cuentos de pkd y enviárselos por correo.

esencial, de las comidas culturales, de los colores heredados, de los tejidos

Mientras tanto, repasamos cintas como la de Reporte minoritario con Tom

simbólicos. En el campanario, a veintidós metros sobre el nivel de la plaza,

Cruise, La agencia con Matt Damon, Desafío total (hay un par de versiones,

impresiona el horizonte del agua, las decenas, centenares de buques a la espera

pero mejor no hablar de Schwarzenegger), El vidente con Nicolas Cage y La

de entrar al canal, la cinta costera, las cigüeñas y los buitres (eso parecen, bui-

paga con Ben Affleck y Uma Thorman, entre otras. Algunas se quedaron a

tres), el Puente de las Américas y las islas más próximas. Nubes de mediodía

medio camino de la belleza, aunque en todas ellas respira pkd, ese hombre

por el oeste del torreón y quisiera guardar en la memoria algo de una geome-

capaz de presentarse a la más cartesiana de todas las audiencias en la Fran-

tría muy española y entonces sospecho que todo esto me esperaba para ser

cia de 1977 para explicar, sin delirio alguno, aquellas vivencias suyas que hoy

hablado, así, después de una temporada de devastaciones vivida junto a Blade

pueden rescatarse, casi sin fisuras, de la saga de Matrix. El sol cae a plomo

runner. Por el lado contrario destaca el ejercicio clandestino de los amantes en

y trae una llanta ponchada y es mejor despedirse al precio insoportable de

inscripciones sobre los antepechos de las ventanas, y otra vez los edificios, allá,

treinta dólares, sí señor, cuando llegamos al Panamá Viejo, del otro lado de

en un hojaldre de concreto con mil capas de vidrio, casi tocando lo intocable de

un cementerio (¿Jardín de Paz?…, no lo recuerdo).

un cielo que se divierte con el paso del agua.

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Unidiversidad 27  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP