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consejo editorial

Rafael Argullol, Juan José Díaz Infante, Luis García Montero, Fritz Glockner, Michel Maffesoli, José Mejía Lira, Francisco Martín Moreno, Edgar Morin, Ignacio Padilla (†), Alejandro Palma Castro, Eduardo Antonio Parra, Herón Pérez Martínez, Francisco Ramírez Santacruz, Miguel Ángel Rodríguez, Vicenzo Susca, Jorge Valdés Díaz-Vélez, René Valdiviezo Sandoval, Javier Vargas de Luna y David Villanueva.

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UNIDIVERSIDAD REVISTA DE PENSAMIENTO Y CULTURA DE LA BUAP, año 7, No. 28, julio-septiembre 2017, es una publicación trimestral editada por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con domicilio en 4 Sur 104 Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, y distribuida a través de la Dirección de Comunicación Institucional, con domicilio en Edificio La Palma, 4 Sur No. 303, Centro Histórico, Puebla, Pue., C.P. 72000, tel. (01222) 229 55 00 ext. 5270, unirevista@gmail.com. Editor responsable: Dr. Pedro Ángel Palou García, pedropalou@me.com. Reserva de Derechos al uso exclusivo 04-2013-013011430200-102. ISNN: 2007-2813, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Con Número de Certificado de Licitud de Título y Contenido: 15204, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Permiso sepomex No. Impresos im21-006. Este número se terminó de imprimir en agosto de 2017 con un tiraje de 3000 ejemplares. Impresa por Promopal Publicidad Gráfica S.A. de C.V. Tecamachalco 43, Col. La Paz, C.P. 72160, Puebla, Pue. e-mail: promopal.design@gmail.com. Costo del ejemplar $40.00 en México. Administración, comercialización y suscripciones: Francisco Javier Velasco Oliveros, Tel. (222) 5058400, javiervelasco68@hotmail.com. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura de los editores de la publicación. Unidiversidad Revista de Pensamiento y Cultura de la BUAP está registrada en el sistema de información de la Universidad Nacional Autónoma de México sobre revistas de investigación científica, técnico-profesionales y de divulgación científica y cultural que se editan en América Latina, el Caribe, España y Portugal (http://www.latindex.unam.mx).

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Presentación “¿Descrecimiento y decrecimiento?” Patricia Gutiérrez-Otero Breve historia del descrecimiento y la tarea del arte. Miguel Valencia Mulkay Crisis económica y territorialidad. Jean Robert La vía del descrecimiento para una sociedad sostenible. Serge Latouche Las 8 R del descrecimiento según Serge Latouche. El descrecimiento en el Sur. Entrevista con Serge Latouche. Patricia Gutiérrez-Otero Colapso y sobrevivencia buena. Carlos Taibo La especificidad de la ciencia. Jean Robert La noción de incremento como esencia del crecimiento. Onto-axio-epistemología del crecimiento. Edith Gutiérrez Cruz Descrecimiento y autonomía. Claves de una vida sostenible en la Tierra. Luis Tamayo La vida simple, la frugalidad y el descrecimiento. Miguel Valencia Mulkay Reseña del libro de Naomi Klein: Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima. Daniel Blázquez Tielas Descrecimiento ante el cambio climático y el desastre ambiental: ¿apocalipsis u oportunidad justiciera? José Arias Chávez Referencias básicas de libros, revistas y documentales. Notas. MISCELÁNEA “La donna é mobile” Diana Isabel Jaramillo Devoción por la piedra: Cuatro creencias. Luis Armenta Malpica BIBLIOTECAS AJENAS La Paz, capital de los tártaros. Javier Vargas de Luna

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PRESENTACIÓN

¿descrecimiento y decrecimiento? Patricia Gutiérrez-Otero

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El término décroissance se empezó a utilizar en 2003 en Francia como un eslogan o una provocación para pensar un tipo de civilización diferente a la que se ha impuesto globalmente desde Occidente cuyo propósito es crecer económicamente de manera ilimitada a cualquier costo: la explotación y contaminación de la naturaleza, la destrucción de la calidad de la vida humana y la injusticia social, la instauración en la producción de la obsolescencia programada que apunta a una corta durabilidad de los productos lo que junto con la moda y la publicidad empujan a comprar y tirar de manera continua. La ideología de esta sociedad de crecimiento es el capitalismo y una de sus fuerzas es el uso de la tecnología de punta, incluyendo los medios electrónicos de comunicación, y la “fe” insensata de que aquello que una tecnología eche a perder será resuelto con otra. Podría decir que la sociedad de crecimiento es como un aprendiz de mago que comete una barbaridad tras otra, pero de las que algunos individuos, grupos o naciones se benefician económicamente y por ello defienden sus intereses. Antes de 2003 hubo brillantes predecesores que no usaron este término, pero cuyo pensamiento fue su base. Entre ellos encontramos a Mahatma Gandhi, Jacques Ellul, Nicolás Georgescu-Roegen, Cornelius Castoriadis, André Gorz, Ivan Illich, etcétera. Cabe notar la pluralidad de enfoques que aterrizan en el Descrecimiento: ingenieros, historiadores, filósofos, psicoanalistas, sociólogos, matemáticos, economistas. La palabra décroissance se ha traducido a otros idiomas como degrowth, decrescita, decresita. En castellano se tradujo como decrecimiento, término que se usa en España y en la mayoría de los países latinoamericanos. Sin embargo, en México, Miguel Valencia, uno de los principales introductores y promotores de este pensamiento en nuestro país propuso utilizar descrecimiento con el objetivo de distinguir el acto voluntario de optar por una vida frugal del acto económico casi automático de una desaceleración del crecimiento


económico (como también se usa en economía). Cito sus palabras en un comunicado personal: La idea de crear esta palabra fue la de dar una connotación de voluntad personal o colectiva al hecho de decrecer y eliminar la connotación abstracta, pasiva, común en esta palabra, en el lenguaje científico y matemático. Queremos descrecer por medio de la reducción voluntaria de nuestros consumos de petróleo, gas, electricidad, metales, maderas, carnes, agua, plásticos, autos, aviones, trenes rápidos, servicios educativos, de salud, entre otros. Queremos descrecer por medio de la autonomía de las comunidades: pueblos, barrios, ejidos, colonias. Queremos descrecer rechazando las ideas comunes de productividad y competitividad y haciendo política contra el crecimiento por el crecimiento mismo, que no toma en cuenta la naturaleza de lo que se produce.

Hasta el momento la palabra descrecimiento no existe en los diccionarios convencionales, sin embargo, se incluyó ya en Decrecimiento. Un vocabulario para una nueva era publicado por Icaria; fue inventada en México en 2007 y aprobada en el Primer Coloquio de Descrecimiento que se realizó en nuestro país en ese mismo año. Dado que esta revista se publica en México (país que será huésped de la próxima Conferencia Internacional Degrowth 2018) y que el sentido que se da al término descrecimiento es muy válido pues subraya el aspecto de una elección consciente y libre, en este número de la revista Unidiversidad se ha optado por utilizarlo de manera general; aunque cuando los autores que nos han permitido republicar algún texto en el que usaron ellos mismos la palabra decrecimiento o aquellos que citaron textos de otros pensadores que están traducidos como decrecimiento, se ha respetado este término.

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breve historia del descrecimiento y la tarea del arte Miguel Valencia Mulkay

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Para hablar del descrecimiento como consigna política es necesario retrazar cómo nació la idea y práctica del crecimiento económico y cómo se entró en las sociedades de crecimiento gracias a tecnologías que permitieron usar fuentes de energía hasta entonces no disponibles. Así mismo es indispensable señalar el descontento que a finales de los años cincuenta comenzó a manifestarse ante un tipo de economía capitalista y tecnológica que engendró también un tipo de sociedad con una capacidad de destrucción de la vida humana en el planeta. La opción por otras formas de vida así como el arte son lugares de creatividad para cambiar las cosas. La creación de los bancos hace más de ochocientos años desató en el mundo un proceso de crecimiento y desacralización que hasta nuestros días no se ha detenido, aunque con el nacimiento de la Revolución Industrial este crecimiento se hizo más evidente así como más fuertes las reacciones contra lo que desde entonces llaman el “progreso”, por ejemplo la Revolución Ludita que a principios del siglo xix destruyó máquinas en nombre de la defensa de la artesanía, y el movimiento romántico inglés y alemán, en el que destacó Mary Wollstonecraft Godwin, más conocida como Mary Shelley, esposa del poeta del mismo nombre y autora de la famosa novela gótica Frankenstein o el moderno Prometeo, en la que ilustra magníficamente cómo funcionan las creaciones de la tecnología moderna. La economía, motor del crecimiento, empezó a tomar autonomía y a salirse del control social en el siglo xvii, pues la percepción del mundo en las sociedades europeas cambió cuando se aceptó que el mundo está lleno de escasez en lugar de abundancia, cuando las más descabelladas ambiciones se volvieron legítimas. El imaginario económico cuyo núcleo es la idea de la escasez, penetró y dominó de manera creciente las mentes de los europeos y de las clases dominantes en sus colonias. En este siglo nacieron las economías de crecimiento, con el apoyo de la ciencia y la tecnología que empezó la carrera de innovaciones que permitieron crear mercados en países cada vez más lejanos. En el siglo xx, las revoluciones tecnológicas y las grandes guerras se retroalimentaron mutuamente y aceleraron el crecimiento del consumo de productos industriales y la desaparición de la producción vernácula, artesanal. Como consecuencia de estas revoluciones, se aceleró en el mundo la desaparición de los len-


guajes, las culturas, las especies vegetales y animales, los saberes, las técnicas milenarias. Se impuso la modernidad dominada por la industria y el consumismo. Sin embargo, no fue sino hasta después de la Segunda Guerra que las grandes naciones acordaron que la principal tarea de los gobiernos consistiría en hacer crecer la economía, el Producto Interno Bruto (pib), y que todas las naciones deben participar en las olimpiadas mundiales del crecimiento. En enero de 1949, en su discurso a la nación, el presidente Truman describió el modo de vida de su país, y de los que se le parecen, como desarrollado y como subdesarrollado a los que carecen de este modo de vida: lanzó la consigna del desarrollo que sustituyó a la consigna británica del siglo anterior, el progreso, e invitó a las demás naciones, como lo hacen los poderosos, a comprar las tecnologías que hacen que este modo de vida sea posible. Apareció entonces la mercadotecnia y su gran apoyo, la publicidad, para incitar el consumo, reforzar al imaginario económico con su arma preferida: la envidia, el placer que excluye el placer del otro y el placer común. En los Treinta Años Gloriosos —1945-1975— proliferaron las innovaciones en el modo de vida de los países desarrollados que dejaron de ser una economía de crecimiento, para convertirse en una sociedad de crecimiento; es decir en una sociedad donde una economía de crecimiento domina y tiende a dejarse absorber por ella. El crecimiento por el crecimiento mismo es el objetivo primordial y único en la vida. Joseph Schumacher define el crecimiento como producir más sin tomar en cuenta la naturaleza de lo que se produce. Puede decirse que la mundialización o globalización, que marca el paso de una economía mundial con mercado a una economía y una sociedad de mercado sin fronteras, constituye el triunfo absoluto de la religión del crecimiento. Sin embargo, hacia finales de los cincuenta iniciaron las primeras manifestaciones de descontento con el modo de vida creado por las nuevas políticas para el desarrollo; empezaron a sonar las alarmas de las protestas contra las tecnologías nucleares, contra la contaminación de ríos, lagos, mares. En los sesenta se aceleraron las protestas contra los pesticidas utilizados en la agricultura, como el ddt; la contaminación creada por la industria; la implacable expansión de la urbanización; el lanzamiento de productos fitotóxicos sobre Vietnam; y se produjeron los primeros desastres ambientales, como el vertido de mercurio en la bahía de Minamata en Japón


y el naufragio del Torrey Canyon que derramó 30,000 toneladas de petróleo en el mar. El nuevo modo de vida industrializado fue rechazado por grandes pensadores que fertilizaron intelectualmente el movimiento del 68 europeo y estadounidense. Las inquietudes escalaron a tal punto que un alto ejecutivo de la Fiat consiguió integrar una asociación de empresas transnacionales, el Club de Roma, con el fin de realizar un estudio sobre el crecimiento a cargo de un grupo de científicos del Massachusetts Institute of Technology (mit). Este Club de Roma publicó a principios de 1971 el libro que se consideró como el más subversivo del siglo xx: Los Limites del Crecimiento: describe el poco futuro que el crecimiento de la economía tiene en un mundo finito. Se desató así el debate mundial sobre el crecimiento. De manera destacada, Ivan Ilich, André Gorz, François Partant, Cornelius Castoriadis, escribieron libros que sentaron las bases del debate actual sobre el crecimiento. Los libros escritos por Ivan Illich en Cuernavaca, Morelos, como La convivialidad, Némesis médica, La sociedad desescolarizada, Energía y equidad, provocaron un revuelo mundial, al punto que hoy en día se le considera con justicia como uno de los pensadores más importantes y lúcidos de la segunda mitad del siglo xx y un pilar del movimiento por el descrecimiento. En 1972, la Conferencia de Estocolmo marcó por primera vez el interés “oficial” de los gobiernos por los asuntos del medio ambiente. En ese mismo año el presidente de la Comisión Europea, Sicco Mansholt, recomendó reflexionar sobre un escenario de “crecimiento negativo” y propuso “reducir nuestro crecimiento económico, para sustituirlo por una noción de otra cultura de felicidad, de bienestar”; y más tarde declaró que “el crecimiento no es sino un objetivo político inmediato que sirve a las minorías dominantes”. Ese mismo año se desató el movimiento ecologista cuya piedra angular es la creencia de que nuestra Tierra finita pone límites al crecimiento industrial; de esta forma el principio rector se volvió la “sustentabilidad”, una de las palabras más cuestionadas del vocabulario político. Por otra parte, se desató el primer gran shock petrolero: el crudo subió de dos dólares a cuarenta dólares por barril en los setenta; en esa década el movimiento ecologista de los países desarrollados llegó a su esplendor y desde entonces poco han cambiado los fundamentos filosóficos y los objetivos de los verdes y los ecologistas. Sin embargo, los intereses económicos afectados por las revelaciones del informe del Club de Roma, la crisis petrolera y las denuncias del movimiento ecologista internacional de los setenta, reaccionaron con una fuerza descomunal, titánica: se impusieron las ideas neoliberales a finales de la década en el gobierno de la señora Thatcher y luego en el resto del mundo: justificaron la radicalización del cinismo de los dirigentes y del embrutecimiento de la sociedad consumista, industrializada. En los ochenta, los gobiernos consiguieron aislar y sofocar la crítica al crecimiento y a la sociedad industrial; también, lograron asfixiar el movimiento ecologista de los países desarrollados por medio del apoyo al ambientalismo lo más cientificista posible y por la creación de la tramposa doctrina del desarrollo sustentable que pretende que las soluciones a los problemas ambientales deben ser tecnocientíficas.


No fue sino hasta 2002 que las diferentes corrientes de pensamiento crítico en torno al crecimiento se reunieron en París, en el seminario de la unesco, Deshacer el desarrollo; rehacer el mundo; ahí refrendaron su rechazo al crecimiento y exploraron el posdesarrollo. En este seminario participaron admiradores de la obra de Ivan Illich, Georgescu-Roegen, Cornelius Castoriadis, Jacques Ellul, Karl Polanyi, Alain Caille, Jean-Pierre Dupuy, Marshall Shalins, entre otros. Ivan Illich murió poco tiempo después. Serge Latouche, participante en este seminario, publicó en 2003 un artículo en Lemonde Diplomatique con el título “Pour un société de décroissance” [“Por una sociedad de descrecimiento”], que desató un gran revuelo entre los partidos verdes, las confederaciones campesinas y un gran sector de la opinión pública de Francia, afectada por la muerte de más de 10,000 ancianos en sólo dos semanas ocasionada por una ola de calor atípica que asoló a París durante ese verano. Se lanzó un periódico sobre el tema La Décroissance, se fundaron dos asociaciones y un partido por el descrecimiento. Francois Schneider recorrió los pueblos de Francia en un burro y se crearon grupos por el descrecimiento en muchas provincias francesas. El movimiento por el descrecimiento invadió Italia y España en 2005 y 2006, luego se extendió a Dinamarca, Inglaterra, Polonia y otros países. En 2007, nuestro grupo ecomunidades, Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México, organizó el primer ciclo de conferencias sobre el descrecimiento, con el apoyo de Jean Robert, el más destacado conocedor del pensamiento de Ivan Illich. “En la primera conferencia adoptamos la palabra descrecimiento, con una ‘s’, con el fin de denotar el sentido voluntario de la consigna descrecimiento.” Esta palabra ha sido adoptada recientemente por el grupo español de la universidad de Barcelona en su nuevo Diccionario del Descrecimiento. En 2008 se celebró en París la Primera Conferencia Internacional por el Descrecimiento o Degrowth, como ahora se le llama internacionalmente a esta consigna, y se acordó celebrar estas conferencias cada dos años. Luego, se celebraron las conferencias internacionales de Barcelona en 2010, de Venecia y Montreal en 2012 y de Leipzig en 2014. Más de 3,500 personas de más de cincuenta países se reunieron en esta última conferencia internacional. Serge Latouche, en su famoso libro, La apuesta por el descrecimiento, nos dice que el descrecimiento no es una teoría, sino una consigna política, con grandes implicaciones teóricas y comenta: Nuestra sociedad ha ligado su destino a una organización fundada sobre la acumulación ilimitada. Este sistema está condenado al crecimiento. Tan pronto se frena o se detiene el crecimiento, entramos en crisis, en pánico. Esta necesidad hace del crecimiento un círculo vicioso… La relación de crédito, advierte con pertinencia Rolf Steppacher, crea la obligación de reembolsar la deuda con interés y por lo mismo de producir más de lo que se ha recibido. El pago de la deuda con intereses introduce la necesidad del crecimiento, así como una serie de obligaciones correspondientes. Conviene ser solvente para pagar el crédito en una temporalidad definida; es necesario producir, en principio de manera exponencial, con el fin de pagar los intereses de la deuda y por lo mismo evaluar todas las actividades aferentes haciendo un análisis del tipo costo beneficio. Estas exigencias combinadas son las que obligan a crecer indefinidamente. Colonizada por la lógica financiera, la economía es como un gigante desequilibrado que


permanece de pie gracias a una carrera perpetua que destruye todo a su paso. [...] La sociedad moderna no es sostenible: choca con la finitud de la biósfera; sobrepasa con mucho la capacidad de carga de la Tierra. Con un alza del pib del 3.5%, tasa media de crecimiento en Francia entre 1949 y 1959, se llega a una multiplicación de 31 veces en un siglo y 961 veces en dos siglos. ¿Se puede pensar verdaderamente que un crecimiento infinito es posible en un planeta finito? La hibris, la desmesura del dueño y poseedor de la naturaleza, ha tomado el lugar de la antigua sabiduría que consistía en insertarse en un ambiente explotado de manera razonable.

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Podemos confirmar con facilidad que la Tierra no aguanta más autos, aviones, trenes rápidos, tanqueros; mas extracción de gas, petróleo, metales; más producción de electricidad; más bombeo de agua, presas y trasvases; más pavimentación, vías rápidas y carreteras; más infraestructuras para el confinamiento de basura o residuos tóxicos o peligrosos; la producción de más celulares, computadoras y otros aparatos electrónicos. Tener una fe ciega en la ciencia y en el futuro para resolver los problemas del presente es contrario no solamente al principio de precaución, sino simplemente al sentido común. Con sus proyectos de “transhumanidad”, los fanáticos de la nanotecnología y de la convergencia pueden, no sin cierta verosimilitud, pretender inventar o fabricar una nueva especie humana capaz de sobrevivir en un medio ambiente degradado. Sin embargo, los dueños del mundo no participan del delirio y las utopías euforizantes del capitalismo; en su visión geopolítica, encuentran necesario llevar la población humana a unos 600 millones de habitantes, talla compatible con la sobrevivencia de la biosfera y el mantenimiento de sus privilegios. El descrecimiento en cambio propone un cambio voluntario de dirección en interés de todos. Latouche además nos dice que la sociedad de crecimiento no es deseable. Ivan Illich había señalado ya que la desaparición programada de la sociedad de crecimiento no es necesariamente una mala noticia. Seríamos mucho más felices sin este crecimiento perpetuo, por lo que para vivir mejor el sociólogo francés propone vivir de otra forma. Por al menos tres razones, de acuerdo con Latouche, la sociedad de crecimiento no es deseable: Primero, engendra una gran cantidad de desigualdades e injusticias; segundo, crea un bienestar en gran medida ilusorio; tercero, no crea una sociedad deseable, amable, convivencial entre los mismos privilegiados por el sistema, sino una “antisociedad” enferma por su riqueza. El aumento del Producto Interno Bruto en los países desarrollados no les ha traído más felicidad, pues mide la producción económica, pero no mide las consecuencias del crecimiento, como lo es la destrucción ecológica y del tejido social. Ya Robert Kennedy declaraba: Nuestro PIB incluye la contaminación del aire, la publicidad de los cigarros y las carreras de las ambulancias que recogen a los muertos y heridos en las carreteras. Incluye la destrucción de nuestros bosques y la destrucción de la naturaleza; incluye el napalm y el costo del almacenamiento de los desechos radiactivos. Por otro lado, el pib no toma en cuenta la salud de nuestros niños, la calidad de su educación, la alegría de sus juegos, la belleza de nuestra poesía o la solidez de nuestros matrimonios. No toma en consideración nuestro vigor, nuestra integridad, nuestra inteligencia, nuestra sabiduría. Mide todo, salvo aquello que hace que la vida valga la pena de ser vivida.


Fue necesario esperar hasta finales de los sesenta, para que apareciera el concepto de “desvalor” que Illich lanzó para entender cómo el aumento en el número de fenómenos mórbidos (suicidios, crímenes) crece a medida que progresan las ciencias, la industria y la economía, como Durkheim lo señalaba. Illich dice que el desvalor designa “la pérdida que no se podría estimar en términos económicos”, el economista no tiene ningún medio para estimar lo que le sucede a una persona que pierde el uso efectivo de sus pies cuando el automóvil ejerce un monopolio radical sobre la locomoción. Lo que se le quita a esa persona no está en el reino de la escasez. Hoy en día para ir de aquí para allá debe comprar kilómetros-pasajero. El medio geográfico paraliza sus pies. El espacio se ha convertido en una infraestructura destinada a los vehículos ¿Los pies se han vuelto obsoletos? Desde luego que no. Los pies no son “medios rudimentarios de transporte”, como algunos responsables de las redes carreteras quieren que lo creamos. Sin embargo, sucede que ahora, atrapada por la economía —por no decir anestesiada—, la gente se vuelve ciega e indiferente a la pérdida inducida por el desvalor. En el reemplazo de productos pasados de moda por otros nuevos, hay formas parecidas de “desvalor“: se sobreestima considerablemente el aspecto positivo del progreso y se subestima el peso real de los productos desaparecidos. Para transformar a la sociedad, no se trata de cambiar la forma de medir las cosas o de crear mejores índices de felicidad o de bienestar. Ante todo se requiere cambiar los valores y actuar en consecuencia en cada concepto. La descolonización del imaginario social, propuesta central del descrecimiento, engendra la “desincrustacion” de lo económico en lo social, acto que cambia los términos del problema. “Desincrustar” a la economía implica someterla al control social, según Latouche. Así se eliminan las luchas inútiles, como lo es la lucha contra la pobreza. Con el crecimiento aumenta siempre el umbral de la pobreza; pues es necesario tener más ingresos para salir de la pobreza. En una sociedad democrática el verdadero problema es el de la riqueza. Hay que poner límites al enriquecimiento económico. Como lo señala Illich, la economía es un juego de suma cero; lo que ganan unos lo pierden otros. La creación de un supermillonario implica la creación de millones de miserables. Se acusa al descrecimiento de querer llevar a la sociedad a la edad de piedra. Sin embargo, tal como la ha definido Marshal Shalins en su famoso libro La edad de piedra, la edad de la abundancia, esta edad no estaba nada mal. Los papuanos, nos dice Ives Cochet, no dedican más de dos horas al día a la agricultura de subsistencia. Hay maneras de dejar de ser progresistas sin volverse reaccionarios, afirma Jean Paul Besset y nos dice: “Salir de la autopista del progreso no implica caer en el callejón sin salida del pasado”. Silvia Pérez-Victoria nos advierte que “en muchos países del Sur y de la Europa del Este más de un 50% de la población vive de la agricultura; vive de acuerdo con los ‘valores campesinos’ y preserva la biodiversidad, los suelos, el agua: son ellos los que conservan relaciones sociales diversificadas. Si regresáramos ‘a la vela’, al pasado, la mayor parte de la humanidad continuaría su vida como la vive hoy en día, pero, con una presión mucho menor

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sobre la Naturaleza y sobre las culturas. Se requeriría mucho más mano de obra en el campo”. El fin del petróleo barato amenaza con regresarnos al pasado. El retroceso se impone en muchos ámbitos, por ejemplo en la agricultura y, muy especialmente, en la pesca. El descrecimiento se asocia frecuentemente con lo que se llama “simplicidad voluntaria” que ha adquirido fuerza en Estados Unidos y Canadá en los últimos años. En Europa puede existir hasta unos doce millones de personas en el “descrecimiento”. No obstante, la austeridad, la frugalidad, la simplicidad voluntaria como iniciativas individuales difícilmente pueden bastar para salvar al planeta. A la pregunta, cómo salir del crecimiento, de la búsqueda desenfrenada de utilidades de aquellos que detentan el capital Latouche nos comenta que: No hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento. Sin embargo, el descrecimiento sólo es posible en una sociedad de descrecimiento. El proyecto del descrecimiento es un proyecto político que consiste en la construcción de sociedades autónomas y ecónomas. Se trata de producir menos para vivir mejor, para salvar el planeta.

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Se trata de una ruptura necesaria con la situación actual. Latouche sintetiza su programa político de descrecimiento en ocho objetivos interdependientes, en 8 R: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar. Estos 8 objetivos son susceptibles de armar o desatar un círculo virtuoso de descrecimiento sereno, convivencial y sostenible. Estas acciones implican tanto revolución como regresión; cambio radical de dirección e innovación como repetición. Si hay reacción, se debe a la desmesura del sistema, al exceso de producción, de transporte, de bombeo, de consumo. En lo que concierne a las sociedades que aún no son sociedades de crecimiento, el descrecimiento no puede plantearse en los mismos términos, a pesar de que la ideología del crecimiento las tiene invadidas. En estos países, el descrecimiento implica “desdesarrollarse”; es decir: eliminar los obstáculos para el desarrollo de sociedades autónomas y desatar un movimiento en espiral para poner en marcha las 8 R. El cambio de una sociedad de crecimiento a una sociedad de descrecimiento implica un cambio profundo en los valores sobre los que organizamos nuestras vidas, nos dice Latouche. Si los actuales valores son la agresividad, el cinismo mordaz, la seducción manipuladora, la capacidad de dar golpes cada día más bajos, la indiferencia ante el dolor de los otros, cercanos y lejanos, sin hablar de la complacencia del consumidor irresponsable, entonces podemos ver de inmediato los valores que hay que poner por delante, como el altruismo frente al egoísmo; la cooperación frente a la competencia desenfrenada; el placer del descanso y el ethos de lo lúdico sobre la obsesión por el trabajo; la importancia de la vida social sobre el consumo ilimitado; lo local sobre lo global; la autonomía sobre la heteronomía; el gusto por la obra bella sobre la eficiencia productivista; lo razonable sobre lo racional; lo relacional sobre lo material, etcétera. La gran dificultad con la Reevaluación proviene en gran medida del hecho de que el imaginario dominante es sistémico. Es decir:


los valores dominantes lo suscitan y los estimula el sistema que—en particular económico— en contrapartida, ellos tienden a reforzar. Hay que ir más allá y poner en duda lo que subyace bajo este sistema portador de valores, como la concepción del tiempo, del espacio, de la vida y de la muerte. Es necesario un descentramiento cognitivo. Se trata de valorar el regreso/lamento; proceder a superar algo que nos desagrada. Tomar conciencia de aquello que nos hacen perder las ideas de progreso y desarrollo. Reevaluar implica sobre todo reencuadrar y reconceptualizar la educación; reconceptualizar las ideas de riqueza y de pobreza o de ese par infernal que funda el imaginario económico, la escasez y la abundancia, que es urgente deconstruir. Como lo demuestran Ivan Illich y Jean-Pierre Dupuy, la economía transforma la abundancia natural en escasez por medio de la creación artificial de la carencia o la necesidad a través de la apropiación de la naturaleza y su mercantilización. Es necesaria una revolución cultural, como dice Castoriadis: Se requieren cambios profundos en la organización psicosocial del hombre occidental, en su actitud frente a la vida, en síntesis, en su imaginario. Es necesario abandonar la idea de que la única finalidad de la vida es producir y consumir más —idea absurda y degradante— y eso sólo lo pueden hacer los hombres y las mujeres; un individuo solo o una organización sola pueden, en el mejor de los casos, preparar, incitar, esbozar orientaciones posibles.

¿Cómo han sido colonizados nuestros espíritus?, se pregunta Latouche, y responde que principalmente de tres formas: por la educación, por la manipulación mediática y por el consumo cotidiano o el modo de vida concreto. Illich, por su parte, propone como solución “desescolarizar” a la sociedad. Además, denuncia la creación de necesidades por medio de la publicidad: una mercantilización alienante. En cuanto a Majid Rahnema, él nos dice “el homo oeconomicus adopta dos métodos que semejan la acción del retrovirus vih, uno, y el otro, los medios que usan los traficantes de droga. Se trata de la destrucción de las defensas inmunitarias y de la creación de nuevas necesidades. La primera es realizada por la escuela y la segunda por la publicidad.” En efecto, el crecimiento, junto con el consumismo, es a la vez un virus perverso y una droga. Para Illich, la escuela misma es una droga; el exceso de información unido a la publicidad comercial y política, es una empresa de intoxicación de la sociedad. El horrendo urbanismo y la publicidad omnipresente contribuyen a forjar personalidades débiles incapaces de resistir a la manipulación mediática y a la propaganda política. Después de la Segunda Guerra, una nueva guerra contra los pobres madura, una guerra de la economía del crecimiento, la era del consumismo, sustentada principalmente en tres armas de destrucción masiva: la publicidad, el crédito al consumo y la obsolescencia programada. Los productos de esta nueva guerra contra la naturaleza y el tejido social, basados en tecnologías innovadoras, crean falsas necesidades que alteran radicalmente la percepción del mundo y el modo de vida; la Coca-Cola, el celular, el automóvil, el avión, entre otros, pueden ser tan adictivos como cualquier droga dura. El crédito, por su parte, encadena al consumidor en ciclos de endeudamiento que le obligan a trabajar

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más; el crédito le procura lo que la sociedad de crecimiento le vende como lo que es la “felicidad”: consumir más. La publicidad se encarga de imponer imaginarios que se apoyan en el imaginario profundo de la escasez, del homo oeconomicus: un producto que pocos pueden adquirir y cuya utilización brinda un status, una identidad artificial que se vuelve muy deseada: la mercadotecnia sabe cómo apelar a los más bajos instintos del ser humano; ahí entran en juego la envidia, la competitividad, la dominación. La educación en el descrecimiento, creada por la reducción de las horas de trabajo es fundamental. Tenemos que convencer a la sociedad de que se puede vivir mejor con menor consumo. Quienes más tienen pueden dar un ejemplo de toma de conciencia y cambio en su modo de vida. Tal vez el shock sanitario de la necesidad nos puede ayudar al cambio. El desquiciamiento mundial del clima, del medio ambiente, del tejido social, de la economía, de la política, de la persona humana, pueden ayudarnos a redescubrir que la buena vida no está en el ser propietario de mucha tierra y muchas tecnologías. La reestructuración de las relaciones sociales de producción, la redistribución de la tierra y del trabajo son tareas fundamentales en el programa político del descrecimiento. Sin embargo, la Relocalización representa a la vez el más importante medio de largo plazo y uno de los principales objetivos de la revalorización, es decir de la descolonización del imaginario. Muchas actividades deben regresar al nivel local, comunitario, municipal. La idea de que Lo pequeño es hermoso, título del famoso libro de E. F. Schumacher que durante siete años fue el libro más vendido en Europa en los setenta y que volvió ecologistas a millones de personas, sirve todavía de consigna en la elaboración de propuestas por el descrecimiento. Varios autores han señalado la importancia de modificar el sentido del espacio, para volver a recuperar la dimensión humana, perdida por el gigantismo. En Europa, Estados Unidos, Canadá, Australia, se asiste a un nuevo fenómeno, el nacimiento de los neoagricultores, neorrurales y neoartesanos. Se ve florecer una miríada de asociaciones no lucrativas o no exclusivamente lucrativas: empresas cooperativas de autogestión, mantenimiento de la agricultura campesina, sistemas de intercambios locales, bancos de tiempo, tiempos seleccionados, reglas de zona urbana o alcaldía, acuerdos de artesanos, bancos éticos, asociaciones de consumidores, entre otras. Sin embargo, sin la descolonización del imaginario estas iniciativas tienden a fracasar. El problema está en la instrumentación capitalista, desarrollista de estas iniciativas. La relocalización, en la óptica de un renacimiento de las comunidades, comprende la acción de incrustar o reintegrar a la comunidad lo que ella puede y debe hacer en lo económico, político, alimentario, educacional, de seguridad, de la salud, de la cultura. Por sí mismo, el arte sirve y ha servido como un gran freno al desquiciamiento que provoca la ciencia y la tecnología unida a la economía. La visión artística es contraria a la homogeneidad, a la uniformidad que produce la industria y la macroeconomía. Muchos artistas han denunciado la barbarie que entraña la industrialización, la urbanización


y la vida moderna. Sin el arte y la cultura, el mundo moderno sería insoportable. La desconstrucción de los imaginarios dominantes y la construcción de la sociedad convivencial, posdesarrollo, pospetrolera, sustentable, ofrecen un campo enorme para el florecimiento de la labor artística. Es urgente recuperar la “escala” de las cosas, la proporcionalidad, la mesura, en nuestros consumos, en nuestras instituciones y en nuestras ambiciones; recuperar la noción del espacio en la dimensión humana; transitar de la era industrial a una nueva era donde el arte de vivir, el arte de habitar, sea recuperado; donde la producción sea esencialmente artesanal. El poeta alemán Holderlin dice: “El hombre habita como un poeta”. En otras palabras, para Holderlin habitar es un acto poético. Heidegger reflexiona filosóficamente sobre lo que significa habitar y nos dice lo que significa cultivar, construir, cuidar y pensar el mundo a partir del arraigo en un sitio, en un territorio. Las técnicas, los utensilios, las construcciones que requieren el clima, la biodiversidad, la matriz del agua de cada lugar, de cada región. Hay un campo enorme para el arte en la recuperación de las comunidades, en el reúso de materiales, en el reciclamiento de viejas edificaciones, en la recuperación de sitios, territorios. Cada pueblo, ejido, barrio, colonia que se libera de la economía de crecimiento, puede desarrollar “granos de utopía”, prácticas locales, ensayos de vida alternativa que le permiten reforzar el arraigo, la autonomía y la defensa del territorio. El imaginario dominante es el imaginario creado por la visión de la escasez, por los intercambios de los cuales se pretende sacar el máximo placer, por los estudios de costo-beneficio; es decir, por la religión de la economía y por el culto a la ciencia y la tecnología. El arte puede expresar lo que significa vivir, por un lado, bajo el acoso de la percepción de la escasez, la desnaturalización de hombre y mujer modernos, los desgarramientos entre el campo y la ciudad, entre productor y consumidor, entre lo intelectual y lo manual; la domesticación y el desencanto del ciudadano, la invasión de la basura, el ruido y la fealdad moderna, el ambiente industrializado y contaminado, la uniformización de los espacios personales y públicos y de las mentes, la violencia intrafamiliar, escolar, laboral, urbana, la miseria moral de los opulentos, la amenaza de guerra nuclear, bacteriológica o nanotecnológica, pero también, por otro lado, lo que es vivir con el agua, el aire y el suelo limpios, en un lugar liberado del pavimento, del automóvil, de las tuberías y los alambres; con una comunidad autónoma y creativa; en una ciudad floreciente, creadora de cultura, donde se viva el regalo, la generosidad, la cooperación, el trabajo enriquecedor, la obra bella y duradera, el arte de habitar, el arte de vivir, y la paz basada en el respeto a las culturas y la historia, fundada en los acuerdos de las comunidades territoriales y las regiones ecológicas.

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crisis economica y territorialidad Jean Robert

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La crisis económica ya es un hecho al que nos estamos acostumbrando y que está ligado con La Economía y con los hechos financieros. Esta crisis es el fruto de una imaginación colectiva seducida por los sueños de los de “arriba”. La crisis afecta la territorialidad entendiendo ésta como la pobreza digna que vive fuera del mundo capitalista al mantener el cultivo, la cultura, las costumbres, la hospitalidad, la subsistencia, incluso en las ciudades. La urbanización “de arriba” ha entrado en una moderna “guerra

contra la subsistencia”, disfrazada de diseño urbano, urbanismo, planificación, comunicación vial:

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El espectro de la “crisis” económica-financiera ya se volvió sombra sobre la tierra que los hombres pisan todos los días. Aterrizó en ella y la angustiante lucha por el hoy tomó el lugar de las preocupaciones por el mañana. Pero ni siquiera causa el estupor y el sálvese quien pueda de los primeros días. Frente a un mal que empieza a ser conocido y a la ausencia de escapatorias, ¿qué hacer, sino experimentar posiciones que permitan el mayor confort en la incomodidad, como cuando uno busca el sueño en una cama desecha? Después de la fase aguda de la “crisis” en el sentido literal de “encrucijada”, vino la fase crónica y la adaptación a lo que sea. “A lo que sea”: expresión cargada de malos agüeros. Al dejar de ser una amenaza en el cielo de los mañanas inciertos, la crisis se arraigó en el suelo, bajo los pies de cada vez más gente. Hoy está totalmente aquí, abajo y ahora. ¿Ha cambiado el mundo? ¿En qué medida? Arriba, sobran las voces que nos dicen que no, que estamos saliendo de la zona de las turbulencias, mientras que los pilotos de lo que aún llamamos La Economía anuncian que se vislumbra un cielo claro después del último conglomerado de nubes negras. Como los meteorólogos que nos anuncian qué clima tendremos mañana, es posible que tengan razón. Puede ser que sí, puede ser que no. En materias en que la incertidumbre domina todo es posible, sobre todo si se trata de un fenómeno en el que los “hechos” reflejan más la opinión general sobre una “realidad”, cuyo referente es más bien la opinión que se tiene que la probabilidad de que se realice. Traten de leer la última frase en voz alta y muy rápidamente: vale como una suerte de


diagnóstico simplificado para que los deudos de la paciente Doña Economía Financiera puedan entender qué le está sucediendo. Cuando los doctos sólo quieren que otros doctos los entiendan, profieren sus diagnósticos y sus pronósticos sobre los fenómenos autorreferenciales que son los “hechos financieros” de hoy. Hablo de los “hechos financieros” autorreferenciales porque, contrariamente a la palabra árbol, que apunta hacia un referente concreto, “ahí afuera”, en la lingüística financiera, la expresión “hechos financieros” se refiere poco a las realidades externas; es decir que no tiene un referente fuera de la esfera de las finanzas, lo que no significa que no tenga repercusiones aquí abajo, sino que la lingüística de los financieros sirve para que ellos puedan olvidarse de las consecuencias lejanas de sus actos que afectan al mundo real. Como desechos de satélites que caen sobre la tierra, los terminajos del mundo financiero contaminan el lenguaje común. Pero eso no significa que cada vez que sus palabrotas surgen en una conversación común, quien las pronuncia tenga poder sobre los conceptos con los cuales, allá arriba, los economistas y financieros construyen su realidad virtual. Cuando los doctos creen que nadie extraño a sus círculos los escucha, se apresuran a explicar en voz baja que se trata de “hechos” que, contrariamente a la concreción de un terremoto, se originan en “lo que cada inversionista piensa que los otros piensan que él piensa de lo que piensan de sus movimientos presentes y futuros en la bolsa de valores; en fin, nos entendemos: hablamos de aquello que enseñan todas las teorías monetarias neoliberales”. Es decir, se trata de “hechos” que se originan allá arriba en la imaginación antes de golpearnos aquí abajo. Ahora bien, “autorreferencial” no quiere decir “sin consecuencias reales”. Los acontecimientos enseñan al contrario que esos juegos de espejos en el gran show de la opinión también generan tsunamis virtuales realmente destructores de patrimonios, seguridades, ahorros e ingresos. Quizás debamos revisar el concepto de “opinión pública” que, allá en las altas esferas, manejan los doctos árbitros de los letales juegos financieros. Es “pública” tanto cuanto lo son las plazas y las calles que están tan llenas de coches que el peatón público ya no se “halla” en ellas. Nos dirigimos a los peatones de la economía. Después de ponernos de acuerdo en que no todo el mundo forma parte del gran “público” en la misma medida, sino que hay un público de a pie y un público montado, hay que hacer otra distinción importante. Cuando se compara la catástrofe destructora de patrimonios por la que atravesamos con un desastre natural, se comete lo que los lingüistas llaman una metáfora coja. ¡Qué bueno que las metáforas puedan cojear! Es lo que les da juego en los dos sentidos de la palabra:

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la falta de ajuste mecánico y el espacio para jugar. Esas faltas de precisión o juegos son fallas por donde la poesía puede entrar. Pero este texto pretende ser analítico y por ello, tiene que ir más allá del poder poético de las metáforas. En su fase aguda, la crisis no fue ni un terremoto, ni una tormenta, ni, menos, un tsunami, aun cuando no sólo los periodistas sino los más famosos matemáticos de las finanzas hablan de un tsunamii financiero. En realidad, el frente de la batalla en la que unos ganaron y muchos perdieron, en el que pocos siguen jugando y cada vez más sufren, en que muchos resultan heridos y no pocos mueren no es comparable con una catástrofe natural como un sismo, un huracán o una sequía. Entonces, ¿es una guerra, como lo sugerí cuando hablé de “frente de batalla”? Pido disculpas: fue otra metáfora coja. El escenario en el que la crisis se nos precipitó desde arriba no es exactamente el teatro de las guerras, por lo menos, no en primera instancia, no en su origen. Es decir que para la gente de a pie la catástrofe económica no inició como una guerra de la que ellos formaran parte. Decir eso parece contradictorio, porque bien sabemos que en las altas esferas de los poderes políticos, económicos y fácticos, grupos adversos se pelean a muerte por codicia y envidias. Las noticias de sus luchas por el dinero, la hegemonía y el poder contaminan “nuestra” prensa y sus cadáveres con frecuencia se arrojan en nuestras barrancas. Sobran los síntomas de que sí hay una guerra o guerras. Pero, bajo lo que yo llamaría estos “síntomas de guerra adquiridos”, hay otros tejemanejes cuyo estudio requiere otros conceptos que los que se aplican en el análisis de las guerras. Hay que entender cómo gente montada en los caballos de sus espejismos y sueños de poder logra convencer a gente de a pie que, si ésta les tiene confianza y apoya sus proyectos (de desarrollo, de fraccionamientos, del mega aeropuerto en Atenco, de enriquecimiento caído del cielo) ellos también, los de abajo, recibirán su hueso en forma de bocho y un changarro o de un doctorado en Harvard para alguno de sus hijos. Quizás no hoy, pero mañana sí. Ni catástrofe natural ni verdadera guerra, la crisis económica se inició en un tercer frente cuyos movimientos primordiales no se originan en la naturaleza ni en la violencia brutal, sino en la imaginación colectiva. Cuando el imaginario popular se deja contaminar por los sueños de arriba, se instaura una falsa paz. Evocando este tercer frente, ni catástrofe natural ni guerra propiamente hablando, el pintor Francisco Goya escribió: “El sueño de la razón engendra monstruos”. Ivan Illich comentó al respecto: Mucho sufrimiento ha sido siempre obra del hombre mismo. La historia es un largo catálogo de esclavitud y explotación, contado habitualmente en las epopeyas de conquistadores o contado en las elegías de las víctimas. La guerra estuvo en las entrañas de este cuento, guerra y pillaje, hambre y peste que vinieron inmediatamente después. Pero no fue hasta los tiempos modernos que los efectos secundarios no deseables, materiales, sociales y psicológicos de las llamadas empresas pacíficas empezaron a competir en poder destructivo con la guerra.3

Según Illich, las devastaciones provocadas por los efectos de las “empresas pacíficas” deben distinguirse, por un lado, de los daños provocados por las violencias naturales y, por otro, de la esclavitud,


el pillaje y la explotación causados por la codicia de seres humanos que pueden ser vecinos. La naturaleza y el vecino son sólo dos de las tres fronteras con las que debe habérselas el hombre. Siempre se ha reconocido un tercer frente en el que puede amenazar el destino. Para mantener su viabilidad, el hombre debe también sobrevivir a sus sueños que el mito ha modelado y controlado. Ahora, la sociedad debe desarrollar programas para hacer frente a los deseos irracionales de sus miembros más dotados. Hasta la fecha, el mito ha cumplido la función de poner límites a la materialización de sus sueños de codicia, de envidia y de crimen. El mito ha dado seguridad al hombre común que está a salvo en esta tercera frontera si se mantiene dentro de sus límites. El mito ha garantizado el desastre para esos pocos que tratan de sobrepasar a los dioses.4

En otras obras, Illich argumenta que los mitos tradicionales mantienen la proporcionalidad entre el individuo y su comunidad, entre ésta y la naturaleza. El desastre provocado por los que “tratan de sobrepasar a los dioses” es, hoy, el monstruo engendrado por un sueño de la razón: espejismo de poder sin límite, voluntad desproporcionada de saber, riqueza desarraigada de todo control comunitario, sueño de ubicuidad. Los mitos contenían esas locuras en los dos sentidos de la palabra contener: eran narraciones sobre héroes y hombres locos que jugaban a ser dioses, pero al mismo tiempo impedían que esas locuras contaminaran al conjunto de la sociedad. Al contener la desproporción, los mitos le asignaban un lugar fuera del sentido común que guiaba la conducta de los hombres verdaderos. Lo que vivimos ahora es el efecto de sueños de poder desproporcionados y de omnisciencia desencadenados de sus ataduras tradicionales. Al caer sobre la tierra como desechos, amenazan el sentido común de la gente, que es percepción de la proporción, de la escala, de la justa importancia de las cosas y de los límites de las fuerzas propias. En el mundo de las finanzas, allá, en los sueños de la razón de arriba, mientras todo mundo pensaba que todo iba bien, todo iba bien, hasta que una perturbación incitó a algunos inversionistas a actuar como si todo fuera a ir mal y, con ello, a realizar su propia profecía. En jerga financiera, esto se llama pasar de la “especulación al alza” a la “especulación a la baja”. Ya se señaló que, después del sálvese quien pueda, lo que más frecuentemente se oye ahora son llamados a la calma. Más allá de las turbulencias provocadas por la progresiva generalización de la desconfianza, entraríamos a un mundo “como el de antes”, dicen los que quieren que todo vuelva a ser “como antes”, es decir, que se les vuelva a tener confianza. Esa ilusoria restitución de la normalidad de antes se llama recuperación. Pero los que predican la recuperación pasan por alto la única pregunta seria sobre su fundamento: ¿la confianza estaba justificada?, ¿está justificada hoy? Cuando los que manejan la máquina económica desde las alturas prometen la recuperación de La Economía, lo que quieren recuperar es la confianza que alguna vez se les tuvo. Por eso prometen devolvernos un mundo “como el mundo de antes”. Omiten decir “un mundo más sombrío, triste, controlado y aburrido, más desesperado”. Y con más miseria también. Según ellos, este mundo recuperado será un mundo en el que los de abajo tendrán que hacer más sacrificios para “salvar a La Economía”.

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Pedir a la gente de a pie que haga sacrificios para salvar a La Economía, ¿no es como si los ingenieros en transporte pidieran que la gente de a pie “salvara el automóvil”? ¿Y cómo puede la gente de a pie hacer algo por los coches? ¡Dejando de caminar en las calles y en las plazas para que los vehículos tengan más espacio, y para que la industria automotriz tenga más clientes! En este mundo recuperado, lo que fue una vez una pobreza digna y asumida porque era dueña de sus medios de subsistencia, se reprimiría de manera aún más impune que antes. Y nosotros, que alguna vez fuimos peatones confiados en el poder de nuestros pies, sólo sobreviviríamos en calles cada vez más inhóspitas o ¿nos volveremos usuarios y pasajeros de vehículos para ir a la tienda de la esquina con el fin de salvar a General Motors? Decir “pobres dignos y dueños de sus medios de subsistencia” es igual a decir “pobres dueños de sus territorios”. Es decir, gente de abajo capaz de sobrellevar las crisis y de sobrevivir a la nueva normalidad porque su subsistencia no depende totalmente de la producción capitalista y de sus redes de distribución de mercancías comestibles que la gente de la ciudad tiene que comprar en los supermercados. En muchas partes de México, los pobres comienzan a usar un nuevo concepto para diferenciar a la pobreza digna de la miseria. Se trata del concepto de territorialidad. A lo mejor, muchos no saben que con ello están dando a luz un potente concepto analítico nuevo para hablar de una vieja realidad que tiene que ver con el cultivo, la cultura, las costumbres y también la hospitalidad y, por supuesto, con la subsistencia, palabra deshonrada por el mal uso que le han dado los lingüistas de arriba. La reivindicación de la territorialidad va mucho más allá del clásico reclamo por la tierra. Un campesino individual necesita una tierra si quiere seguir cultivando. Una comunidad requiere un territorio con su agua, sus bosques o sus matorrales, con sus horizontes, su percepción de “lo nuestro” y de “lo otro”, es decir con sus límites, pero también con las huellas de sus muertos, sus tradiciones y el sentido de lo que es la buena vida con sus fiestas, su manera de hablar, sus lenguas o giros, y hasta sus maneras de caminar. Su cosmovisión. La territorialidad no es un nuevo chauvinismo, no es un llamado a encerrarse en un santuario de tradiciones puras e inamovibles, y menos a encerrarse temerosamente en guetos al modo de los de arriba dentro de sus fortalezas campestres y sus residencias con albercas y canchas, o al modo de los de en medio que se agazapan en sus condominios, fraccionamientos o campos de concentración para ricos venidos a menos o para pobres que tratan de lanzarse al asalto de la pirámide social. Todos los que diseñan esas residencias campestres amuralladas, esos guetos clasemedieros y campos de concentración para burócratas y obreros merecedores, los que fraccionan el campo antes y los que después los pueblan, son, lo quieran o no, reinas, alfiles, caballos o peones en el tablero de una despiadada contienda territorial. La territorialidad rechaza la lógica de esta guerra, porque es arraigamiento, apego al suelo y a la tierra nodriza, respeto de las costumbres y capacidad de transformarlas en forma tradicional. Es capacidad de subsistir a pesar de los embates del mercado capitalista. Es reflexión crítica sobre el hoy y el aquí que viene de abajo. La imposición desde arriba de residencias que se diseñan para permanecer ajenas al lugar que ocuparán y que se construyen después de que los trascabos borraron ahí todas las huellas de las vidas pasadas es lo contrario exacto de la territorialidad. Hoy en día, este contrario de la territorialidad se llama desarrollo urbano y se enseña en las universidades como diseño arquitectónico. Las guerras territoriales modernas no dicen su nombre. Se disfrazan tras eufemismos: el ya mencionado diseño urbano, el urbanismo, la planificación con sus cartas urbanas y reglamentos, la extensión a manera de brazos de estrella de mar que proliferan desde los centros urbanos, servicios de transporte, agua, salud, educación y diversión. De clubs de golf, de “juegos de números” que son casinos disfrazados, de hoteles donde los cuartos se rentan por hora, de voraces megatiendas. El diseño urbano se ha transformado en una especie de roza y quema cuyo instrumento es el trascabo. Lo que se edifica luego en el espacio vacío que las máquinas abrieron se parece en todo el mundo: de Acámbaro a Che-Chen, de Bangalore a Silicone Valley. En cambio, los frutos de la territorialidad se distinguen, en cada sitio particular, por su íntima compenetración con el espíritu de un lugar único.


Si bien el otro bando, el bando “antiterritorialidad” no tiene camiseta propia, sino que cambia de color según los intereses del momento, la guerra que acarrea sí tiene nombre. Se llama guerra contra la subsistencia. Desde que empezó, hace más o menos quinientos años, ha tenido varias manifestaciones, pero su resultado siempre ha sido la devastación de los territorios donde subsistían y siguen subsistiendo los pueblos. Guerra de gente de arriba contra gente de abajo, materialmente, de gente de a caballo contra gente de a pie y, hoy, de automovilistas contra peatones. ¿Qué tiene que ver la territorialidad con la crisis? Primero, el hecho histórico de que, desde hace por lo menos cinco siglos, la guerra contra la subsistencia ha sido una guerra de devastación de los territorios de subsistencia de la gente “de abajo”. Segundo, el inmenso peligro de que las políticas de rescate de La Economía se parezcan a las políticas de desarrollo de las infraestructuras de transporte que usurpan superficies de banqueta y otros espacios peatonales para acomodar más coches en las calles. La gran amenaza inherente a las políticas de rescate, recuperación y normalización de la economía es que usurpen ámbitos de subsistencia para construir en su lugar supermercados y lucrativos fraccionamientos en aras del sueño de los economistas profesionales, el mercado perfecto en que todos los actos de subsistencia se reduzcan a transacciones económicas formales generadoras de divisas y sujetas a impuestos. Si no somos vigilantes, si bajamos la guardia, los sueños de los economistas pueden engendrar monstruosidades sociales aún desconocidas. No faltará quien alabe esos monstruos como prueba de la “creatividad del capitalismo”. Este autor está en desacuerdo con toda alabanza al capitalismo que, según él, no es un sujeto o una entidad que manipula y transforma las sociedades desde afuera. El capitalismo no es otra cosa que la forma de la despiadada guerra contra la subsistencia que caracteriza los tiempos modernos. Su expansión siempre ocurre a costa de territorios, saberes y talentos de subsistencia. Por ejemplo, cada vez hay más señales de que se está fomentando una guerra sucia contra modos de supervivencia que hasta ahora se toleraban en las márgenes: sobrevivir vendiendo flores en las calles, limpiando parabrisas, pepenando, construyendo su propia casa. En la “Guía bibliográfica” que concluye su ensayo sobre el trabajo fantasma, Ivan Illich escribía: La era moderna es una guerra sin tregua que desde hace cinco siglos se lleva a cabo para destruir las condiciones del entorno de la subsistencia y remplazarlas por mercancías producidas en el marco del nuevo Estado-nación. En esta guerra contra las culturas populares y sus estructuras, al Estado le ayudó la clerecía de las diversas Iglesias; luego, los profesionales y sus procedimientos institucionales. A lo largo de esta guerra, las culturas populares y los dominios vernáculos —áreas de subsistencia— fueron devastados en todos los niveles. Pero la historia moderna —desde el punto de vista de los vencidos de esta guerra— queda todavía por escribirse.5

So peligro de seguir aceptando pasivamente la destrucción de los territorios de subsistencia, de los lazos sociales, de las culturas y de la naturaleza bajo el impacto de un nuevo arrebato de crecimiento económico, es absolutamente necesario replantear la cuestión del referente real de los discursos económicos. Parte de la cortina de humo tras la cual se disimula la ciencia llamada “economía” —definida arriba como “teoría de la asignación de medios limitados a fines alternativos” (léase fines ilimitados) o como “observación de fenómenos de formación de valor bajo la presión de la escasez”—emana de la confusión sabiamente mantenida entre la economía y la subsistencia. Léanme bien: la mentira según la cual la subsistencia —a canasta, la obtención de los medios de supervivencia— es el objeto de la ciencia económica genera la confusión que es el secreto de su poder.

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la via del descrecimiento para una sociedad sostenible Serge Latouche6

(Traducción del francés por Patricia Gutiérrez-Otero) El descrecimiento no forma parte del desarrollo durable o sustentable. Su historia muestra cómo se conformó en el lapso del siglo xx y xxi, así como cuál es su especificidad en cuanto “slogan” provocador. Siguiendo a Castoriadis aquí se plantea la necesidad fundamental de descolonizar el imaginario colectivo conformado por el modelo de vida ideal del ciudadano estadounidense que se implantó en las mentes a través de los medios de comunicación y la publicidad.

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Hacer del descrecimiento, como algunos autores lo han hecho, una variante del desarrollo durable constituye un contrasentido histórico, teórico y político sobre el sentido y el alcance del proyecto. La necesidad que siente toda una corriente de la ecología política y de los críticos del desarrollo de terminar con el discurso retórico y vacío del desarrollo durable llevó a lanzar, casi al azar, el lema de descrecimiento. Entonces, el término no fue al inicio un concepto, y en cualquier caso, no es simétrico a crecimiento, sino que es un eslogan político provocador cuyo objetivo es sobre todo hacernos rencontrar el sentido de los límites; en particular, el descrecimiento no es ni la recesión ni el crecimiento negativo. La palabra no se debe tomar al pie de la letra: descrecer por descrecer sería tan absurdo como crecer por crecer. Por supuesto, los descrecionistas quieren hacer crecer la calidad de la vida, del aire, del agua y de un montón de cosas que el crecimiento por el crecimiento ha destruido. Para hablar de forma rigurosa, sin duda habría que utilizar el término de a-crecimiento, con el “a” privativo griego, como se habla de a-teísmo. Y, además, se trata muy exactamente de abandonar una fe y una religión: las del progreso y el desarrollo. Es conveniente volvernos ateos del crecimiento y de la economía. La ruptura del descrecimiento tiene que ver a la vez con las palabras y con las cosas, implica una descolonización del imaginario y la puesta en marcha de otro mundo posible. Historia, razones y significado del descrecimiento

Si en la sucesión de los acontecimientos existe cierta parte de azar, la aparición de un movimiento radical que propone una alternativa real a la sociedad de consumo y al dogma del crecimiento respondía a una necesidad que no es exagerado calificar como histórica. Ante el triunfo del ultraliberalismo y de la arrogante proclamación del famoso tina (There is no alternative) de Margaret Thatcher,


las pequeñas francmasonerías antidesarrollistas y ecologistas no podían contentarse con una crítica teórica casi confidencial para el uso de los tercermundistas. Ahora bien, la otra cara del triunfo de la ideología del pensamiento único era el eslogan consensual de “desarrollo durable”, un hermoso oxímoron que inició el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (pnuma) para intentar salvar la religión del crecimiento ante la crisis ecológica y con el cual el movimiento altermundista se parecía acomodar perfectamente. Se volvía urgente oponer al capitalismo de mercado mundializado otro proyecto de civilización o, con mayor exactitud, visibilizar un diseño que se gestaba desde hacía mucho tiempo, pero que caminaba de manera subterránea. La ruptura con el desarrollismo, forma de productivismo en uso en los países llamados desarrollados fue entonces fundadora de este proyecto alternativo. ¿Se trata entonces de otro paradigma económico, que cuestiona a la ortodoxia neoclásica comparable a lo que fue el keynesianismo en su tiempo? Este es el significado que algunos tratan de darle tras el proyecto de bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen. Es evidente que hay otras políticas económicas posibles en una sociedad de crecimiento. El periodo llamado de los “treinta gloriosos” (1945-1975) que presenció el triunfo de la regulación keyneso-fordita es prueba de ello. No obstante, en una sociedad de crecimiento sin crecimiento, situación actual de los países industrializados, las políticas alternativas a las de inspiración neoliberal parecen imposibles sin cuestionar el sistema económico y/o agravar la crisis ecológica. En realidad, se trata de un eslogan provocador para quebrar el blando consenso de sometimiento al orden productivista dominante. El movimiento epónimo tiene su acta de nacimiento en el coloquio “Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo” que tuvo lugar en la unesco en marzo de 2002, una aventura intelectual que pocos meses después se confirmó por el nacimiento del periódico que le dio una amplia difusión. El descrecimiento se volvió rápidamente el estandarte de unión de todos los que aspiran a la construcción de una verdadera alternativa a una sociedad de consumo ecológica y socialmente insostenible; el descrecimiento ya constituye una ficción performativa para significar la necesidad de una ruptura con la sociedad de crecimiento y hacer que advenga una civilización de abundancia frugal.

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El proyecto del descrecimiento no es ni el de otro crecimiento ni el de otro desarrollo (sustentable, social, solidario, etc.), sino la construcción de otra sociedad, una sociedad de abundancia frugal, una sociedad poscrecimiento (Niko Paech), o de prosperidad sin crecimiento (Tim Jackson). Para decirlo de otra manera, no es de entrada un proyecto económico, aunque fuese el de otra economía, sino un proyecto de sociedad que implica salir de la economía como realidad y como discurso imperialistas. La palabra descrecimiento ya designa un proyecto alternativo complejo que tiene un innegable alcance analítico y político. El crecimiento es un fenómeno natural y como tal es indiscutible. El ciclo biológico del nacimiento, el desarrollo, la maduración, el declive y la muerte del ser viviente, y su reproducción, también son la condición de sobrevivencia de la especie humana, que tiene que metabolizarse con su medio ambiente vegetal y animal. Los seres humanos de modo muy natural han celebrado las fuerzas cósmicas que aseguraban su bienestar a través de la forma simbólica del reconocimiento de esta interdependencia y de su deuda con la naturaleza a este respecto. El problema surge cuando la distancia entre lo simbólico y lo real desaparece. Mientras que todas las sociedades humanas han dedicado un culto justificado al crecimiento, sólo el Occidente moderno ha hecho de él su religión. El producto del capital, resultado de una astucia o de un engaño mercantil, y con mayor frecuencia de una explotación de la fuerza de los trabajadores y de una depredación de la naturaleza, se asimiló a un renuevo de las plantas. El organismo económico, es decir la organización de la sobrevivencia de la sociedad, ya no en simbiosis con la naturaleza, sino explotándola sin piedad, debe crecer indefinidamente, como debe hacerlo su fetiche, el capital. La reproducción del capital/economía fusiona a la vez la fecundidad y el renuevo. Esta apoteosis de la economía/capital desemboca en el fantasma de la inmortalidad de la sociedad de consumo. Es así que vivimos en sociedades de crecimiento. La sociedad de crecimiento se puede definir como una sociedad dominada por una economía de crecimiento y que tiende a dejarse absorber por ella. El crecimiento por el crecimiento se vuelve así el objetivo primordial, cuando no el único, de la economía y de la vida. No se trata de crecer para satisfacer las necesidades reconocidas, lo que sería algo bueno, sino de crecer por crecer. La sociedad de consumo es la culminación normal de una sociedad de crecimiento. Se apoya en una ilimitación triple: ilimitación de la producción y entonces de la extracción de los recursos renovables y no renovables; ilimitación de la producción de necesidades —y entonces de productos superficiales; ilimitación de la producción de residuos— y entonces de la emisión de deshechos y la contaminación (del aire, de la tierra y del agua). Para ser sostenible y durable, toda sociedad se debe poner límites. Ahora bien, la nuestra se vanagloria de librarse de cualquier obligación y ha optado por la desmesura. Ciertamente, en la naturaleza humana algo impulsa al hombre a sobrepasarse. Esto constituye a la vez su grandeza y una amenaza. Por ello todas las sociedades, con excepción de la nuestra, han buscado canalizar esta aspiración y la han puesto a trabajar por el bien común. De hecho, cuando uno la invierte, por ejemplo, en el deporte no mercantilizado esta aspiración no es dañina. En cambio, se vuelve destructiva cuando se deja libre paso a la pulsión de avidez (“búsqueda de siempre más”) en la acumulación de mercancías y de dinero. Entonces hay que rencontrar el sentido de los límites para preservar la sobrevivencia de la humanidad y del planeta. Con el descrecimiento se trata de salir de una sociedad fagocitada por el fetichismo del crecimiento. Para ello, es indispensable la descolonización del imaginario. La descolonización del imaginario

La idea y el proyecto de la descolonización del imaginario tienen dos fuentes principales: la filosofía de Cornelius Castoriadis, por una parte, y la crítica antropológica del imperialismo, por la otra. Estas dos fuentes se encuentran también de manera natural, junto con la crítica ecológica, en los orígenes del descrecimiento. En Castoriadis el acento se pone naturalmente en el imaginario, mientras que con los antropólogos del imperialismo recae


sobre la descolonización. Acudir a estas dos fuentes permite acotar el sentido exacto de la expresión “descolonizar el imaginario”. En la continuidad del enfoque de Castoriadis, el uso de esta expresión performativa era evidente, incluso aunque, según sé, él nunca la usó en cuanto tal. Para el autor de La institución imaginaria de la sociedad, la realidad social es la puesta en acción de significaciones imaginarias sociales, como el progreso y el conjunto de las categorías fundadoras de la economía; para salir de ahí, abolirlas y sobrepasarlas (la famosa Aufhebung hegeliana), hay que cambiar de imaginario. La realización de una sociedad de descrecimiento implica descolonizar nuestro imaginario para cambiar verdaderamente el mundo antes de que el cambio del mundo no nos condene ahí al dolor. Es la aplicación estricta de la lección de Castoriadis. Lo que se requiere, subraya él, es una nueva creación imaginaria de una importancia sin paralelo en el pasado, una creación que pondría en el centro de la vida humana significaciones diferentes a la expansión de la producción y del consumo, que plantearía objetivos de vida diferentes que los seres humanos puedan reconocer como algo que vale la pena. [...] Esta es la inmensa dificultad que tenemos que enfrentar. Deberíamos querer una sociedad en la que los valores económicos hayan dejado de ser centrales (o únicos), en que la economía haya regresado a su lugar como simple medio de la vida humana y no como fin último, en la que renunciemos entonces a esta loca carrera hacia un consumo cada vez mayor. Esto no sólo es necesario para evitar la destrucción definitiva del medio ambiente terrestre, pero también y sobre todo para salir de la miseria psíquica y moral de los seres humanos contemporáneos.

Dicho de otra manera, esta salida necesaria de la sociedad sobremoderna de consumo y espectáculo es también eminentemente deseable. Pero para que haya esta revolución, añade Castoriadis, es necesario que cambios profundos tengan lugar en la organización psicosocial del hombre occidental, en su actitud en relación con la vida, en breve: en su imaginario. Es necesario abandonar la idea de que la única finalidad de la vida sea la de producir y consumir más —idea a la vez absurda y degradante—; es necesario que el imaginario capitalista de un pseudocontrol pseudoracional, de una expansión ilimitada se abandone. Eso, sólo los hombres y las mujeres pueden hacerlo. Un individuo solo, o una organización, no puede, a lo sumo más que preparar, criticar, incitar, bosquejar orientaciones posibles.

No obstante, para intentar pensar una salida del imaginario dominante, primero hay que volver a la manera en la que entramos ahí, es decir al proceso de economización de las mentes concomitante con la mercantilización del mundo; dicho de otra manera, el análisis de la manera en la que la economía se instituye en el imaginario occidental moderno. Por otra parte, en el análisis de las relaciones Norte/Sur, la forma de desarraigo de una creencia se formula fácilmente a través de la metáfora de la descolonización. El término de colonización, usado normalmente por la antropología antiimperialista en relación con las mentalidades, se encuentra en el título de varios libros. Octave Manonni abrió sin duda el camino con su psicología del colonizado, pero de manera más explícita, Gérard Althabe, discípulo de Georges Balandier, en 1969 tituló sus estudios sobre Madagascar, Opresión y liberación en el imaginario. Sobre todo, Serge Gruzinski publicó, en 1988, La colonización del imaginario, cuyo subtítulo evoca incluso el proceso de occidentalización. No obstante, cuando Gruzinski habla de la colonización del imaginario, se trata aún de una persecución del proceso colonial en el sentido estricto y en este caso de la conversión de los indígenas por los misionarios. El cambio de religión constituye a la vez una desculturización de las mentes y una aculturación al cristianismo y a la civilización occidental en el marco del proyecto imperialista. Eso refiere a una verdadera opresión del imaginario, realizada además a través de medios no sólo simbólicos, si pensamos en las hogueras de la Inquisición que los conquistadores españoles usaron ampliamente en el Nuevo Mundo. En el crecimiento y el desarrollo nos confrontamos con un proceso de conversión de las mentalidades, así pues de naturaleza ideológica y casi religiosa, que apunta a instituir el imaginario del progreso y de la economía, pero la violación del imaginario, retomando la hermosa expresión de Aminata Traoré, sigue siendo simbólica. Con la colonización del imaginario en Occidente tenemos que ver con una invasión mental de la que somos

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víctimas, pero también agentes. Se trata ampliamente de una autocolonización, de una servidumbre en parte voluntaria. Con la expresión “descolonización del imaginario” se lleva a cabo un deslizamiento semántico. La originalidad reside en el acento puesto en la forma particular en que se realiza el proceso inverso al que los antropólogos analizaron. Se trata de un cambio de software o de paradigma o también de una verdadera revolución del imaginario como lo exige el escritor antillano Edouard Glissant. Revolución cultural, primero, pero no solamente. Se trata de salir de la economía, de cambiar de valores y entonces de desoccidentalizarse. Precisamente es el programa que se desarrolla en el proyecto del postdesarrollo de los “partidarios” del descrecimiento. La cuestión de la salida del imaginario dominante o colonial, para Castoriadis como para los antropólogos antiimperialistas, es una cuestión central, pero muy difícil, porque uno no puede decidir cambiar su imaginario y menos aún el de los otros, sobre todo si son “adictos” a la droga del crecimiento. Pensemos primero en la educación, la paideïa, que para Castoriadis cumple un papel esencial. “¿Qué quiere decir, por ejemplo, la libertad o la posibilidad para los ciudadanos de participar, se interroga, si en la sociedad de la que hablamos no hay algo —que en las discusiones contemporáneas desaparece (...)— que es la paideïa, la educación del ciudadano? No se trata de enseñarle aritmética, se trata de enseñarle a ser ciudadano. Nadie nace ciudadano. ¿Y cómo nos volvemos un ciudadano? Aprendiendo a serlo. Lo aprendemos, primero, viendo la ciudad en la que nos encontramos; y ciertamente no la televisión que hoy vemos.” Sin embargo, la cura de desintoxicación sólo es plenamente posible cuando la sociedad de descrecimiento ya se ha realizado. Primero habría que salir de la sociedad de consumo y de su régimen de “estupidización cívica”, lo que nos encierra en un círculo que hay que romper. Denunciar la agresión publicitaria, hoy vehículo de la ideología, es ciertamente el punto de salida de la contraofensiva para salir de lo que Castoriadis llama “el onanismo consumista y televisual”. El hecho de que el periódico La décroissance haya salido de la asociación “Casseurs de pub” [“disruptores de la publicidad”] no se debe realmente al azar ya que la publicidad constituye el resorte esencial de la sociedad de crecimiento, y el movimiento de los objetores de crecimiento está ligado de manera muy amplia y natural a la resistencia contra la agresión publicitaria. Finalmente, el descrecimiento no es la alternativa, sino una matriz de alternativas que vuelve a abrir la aventura humana a la pluralidad de destinos y al espacio de la creatividad, quitando la capa de plomo del totalitarismo económico. Se trata de salir del paradigma del homo oeconomicus o del hombre unidimensional de Marcuse, fuente principal de la uniformización planetaria y suicido de las culturas. Por consiguiente, la sociedad de a-crecimiento no se establecerá de la misma manera en Europa, en el África subsahariana o en América Latina, en Texas o en Chiapas, en Senegal o en Portugal. Es importante favorecer o rencontrar la diversidad y el pluralismo. Entonces, no podemos proponer un modelo prefabricado de una sociedad de descrecimiento, sino solamente el bosquejo de los fundamentales de cualquier sociedad no productivista sostenible, y unos ejemplos concretos de programas de transición.


No obstante, los programas de transición necesariamente serán reformadores. En consecuencia, muchas propuestas “alternativas” que de manera explícita no se reivindican del descrecimiento pueden encontrar su lugar ahí. El descrecimiento ofrece así un marco general que da sentido a numerosas luchas sectoriales o locales que favorecen compromisos estratégicos y alianzas tácticas. Salir del imaginario colectivo implica sin embargo rupturas muy concretas. Se tratará de fijar reglas que enmarquen y limiten el desencadenamiento de la avidez de los agentes (búsqueda de la ganancia, del siempre más): proteccionismo ecológico y social, legislación del trabajo, limitación de la dimensión de las empresas, etcétera. Y, en primer lugar, la “descomercialización” de estas tres mercancías ficticias, según el análisis de Karl Polanyi, que son el trabajo, la tierra y la moneda. Su retiro del mercado mundializado marcaría el punto de partida de una reincrustación/ de lo económico en lo social, al mismo tiempo que el de una lucha contra el espíritu del capitalismo. La redefinición de la felicidad como “abundancia frugal en una sociedad solidaria” que corresponde a la ruptura creada por el proyecto del descrecimiento supone salir del círculo infernal de la creación ilimitada de necesidades y productos y de la creciente frustración que engendra. La autolimitación es la condición para llegar a la prosperidad sin crecimiento y así evitar el derrumbe de la civilización humana. Los recientes debates sobre la pertinencia de los indicadores de la riqueza tuvieron el mérito de recordar la inconsistencia del producto interno bruto (pib) como índice que permite medir el bienestar, mientras que constituye el símbolo fetiche que no se puede desmontar y que es funcional para la sociedad de crecimiento. En esta ocasión, no nos hemos percatado bastante que la inconsistencia ontológica de la economía misma se pone así en evidencia. Al criticar el pib, se quebrantan los fundamentos mismos de la creencia en la economía o de la economía como creencia. En cuanto discurso, la economía presupone su objeto, la vida económica que sólo existe como tal gracias a él. Sea cual fuere, en efecto, la definición de la economía política que tengamos, la de los clásicos (producción, reparto, consumo) o la de los neoclásicos (subsidio óptimo de los recursos raros para uso alternativo), la economía sólo existe a condición de presuponerse a ella misma. El campo específico de la práctica y de la teoría concernida no puede limitarse salvo si la riqueza y el subsidio de los recursos conciernen a la economía. Garry Becker es más coherente al plantear que todo lo que es objeto de un deseo humano, de derecho forma parte de la economía, salvo que si todo es económico, ya nada lo es. En ese caso, la omnicuantificación de lo social y la obsesión calculadora que ilustra sólo son resultado de un golpe de fuerza, el de la institución del capitalismo como omnimercantilización del mundo. Precisamente el movimiento del descrecimiento pretende reaccionar contra este proyecto de transformar el mundo en mercancía, que la mundialización ha contribuido grandemente a realizar.

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las 8R esenciales del descrecimiento segun serge latouche

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El economista Serge Latouche se inspiró en la propuesta de Oswaldo Pieroni hecha durante el Foro alternativo de Río de Janeiro (1992) para hacer su modelo de las 8 R como alternativa al desarrollo, el híperdesarrollo, la híperproducción, el híperconsumo que el capitalismo promueve. En síntesis, cada uno de los ocho pilares del Descrecimiento se refiere a un acto libre ligado con el imaginario, con el pensamiento y con las acciones, y aunque llevan una secuencia también pueden alternarse o desplazarse. 1. Revaluar. Volver a dar valor a las personas, la Tierra, los objetos y el mundo con el fin de sustituir los valores globales, individualistas y consumistas por valores locales, cooperativos y humanistas. Por ejemplo, valorar la cooperación sobre la competencia; la generosidad sobre el egoísmo; el gozo sobre la obsesión por la ganancia; lo local sobre lo global. 2. Reconceptualizar. Supone repensar cómo entendemos las cosas para redefinir conceptos como riqueza-pobreza, escasezabundancia, felicidad-infelicidad; cuestionando el estilo actual marcado por el tener más, comprar más, trabajar más, para proponer la suficiencia y la opción por la simplicidad voluntaria. 3. Reestructurar. Adaptar las estructuras económicas y las relaciones sociales al cambio de valores. 4. Relocalizar. Dar primacía a lo local sobre lo global en la producción y uso de los bienes esenciales; reducir al mínimo el uso del transporte de mercancías y personas buscando satisfacer las necesidades en la autosuficiencia local. 5. Redistribuir. Reparto distinto de las riquezas del Norte y del Sur; de los enriquecidos y los empobrecidos. 6. Reducir. En lo posible reducir el consumo ilimitado promovido por el sistema de producción con apoyo de la moda y la publicidad, pues los recursos son limitados, así como la capacidad de regeneración de la biósfera. Incluye limitar los horarios de trabajo y el turismo. 7. Reutilizar. Conservar ,cuidar y reparar los bienes durables. 8. Reciclar. Alargar el tiempo de vida de los bienes ya existentes para su fin primero o para otro fin.


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FotografĂ­a de Serge Latouche en Chile, bajo la estatua de Salvador Allende, tomada en 2016. CortesĂ­a de Karin Munck.


el descrecimiento en elSur Entrevista a Serge Latouche Patricia Gutiérrez-Otero Serge, antes de entrar en materia, ¿puede decirnos en pocas palabras a qué llama usted una sociedad de crecimiento?

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La sociedad de crecimiento puede definirse como una sociedad dominada por una economía de crecimiento y que tiende a dejarse absorber por ella. En ella, el objetivo primordial, sino el único, de la economía y de la vida es el crecimiento por el crecimiento. No se trata de crecer para satisfacer necesidades reconocidas, lo que sería algo bueno, sino de crecer por crecer. La sociedad de consumo es el punto de llegada normal de una sociedad de crecimiento que descansa en una triple ilimitación: ilimitación de la producción y, entonces, de la extracción de recursos renovables y no renovables; ilimitación en la producción de necesidades —y, entonces, de productos superfluos--; ilimitación en la producción de desperdicios —y, entonces, en la emisión de deshechos y contaminación del aire, la tierra, el agua. Podemos decir que la “mundialización” que marca el paso de una economía mundial con mercado a una economía y una sociedad de mercado sin frontera constituye el triunfo absoluto de la religión del crecimiento. Esta mundialización, sin embargo, tiene dos aspectos según se hable del Sur o del Norte.

Sí, de hecho una sociedad de crecimiento no puede sostenerse en el Norte porque sobrepasa la capacidad de carga del planeta y choca con los límites de la finitud de la biósfera. Pero incluso aunque pudiera durar de manera indefinida, nuestro modo de vida seguiría siendo insoportable, lo que haría deseable cambiarlo. Por lo mismo, tampoco es deseable en el Sur. Muchos consideran que hablar de descrecimiento implica una visión pesimista sobre la capacidad de la Tierra para autoregenerarse y del ser humano para encontrar salida a los límites finitos del planeta. ¿Qué respondería usted a esto?

Es cierto que la primera ley de la termodinámica nos enseña que nada se pierde, nada se crea. Sin embargo, el extraordinario proceso de regeneración espontánea de la biósfera, incluso asistido por el ser humano, no puede ir a un ritmo desenfrenado. De todas


maneras no permite restituir de forma idéntica la totalidad de los productos que la actividad industrial degradó. Según la segunda ley de la termodinámica, los procesos de transformación de la energía no son reversibles y en la práctica sucede lo mismo con la materia: a diferencia de la energía, ésta puede reciclarse, pero nunca de manera integral. Nicholas Georgescu-Roegen dice: “Podemos reciclar monedas metálicas usadas, pero no las moléculas de cobre que el uso disipó”. Él llamó a este fenómeno la “cuarta ley de la termodinámica”, y desde el punto de vista de la economía concreta no puede discutirse, aunque pueda hacerse en teoría pura. Es decir que no podemos coagular los flujos de átomos dispersos en el cosmos para rehacer nuevos yacimientos mineros explotables, trabajo que en la naturaleza se llevó a cabo a lo largo de miles de millones de años. Para Georgescu-Roegen la imposibilidad de un crecimiento ilimitado no lleva a un crecimiento nulo, sino a un descrecimiento necesario. Hay que entender que lejos de ser un remedio para los problemas sociales y ecológicos que desgarran el planeta, el desarrollo económico es la fuente del mal. Debe analizarse y denunciarse como tal. Ya ni siquiera es posible la reproducción durable de nuestro sistema depredador. Si todos los ciudadanos de la Tierra consumieran como los americanos o como los europeos medios, los límites físicos del planeta se sobrepasarían ampliamente. Me explico. Si el “peso” sobre el medio ambiente de nuestro modo de vida se evaluará por “la huella” ecológica de éste en la superficie terrestre o espacio bioproductivo necesario, obtendríamos resultados insostenibles desde el punto de vista de los derechos de extracción de la naturaleza y de la capacidad de regeneración de la biósfera. El espacio disponible en el planeta Tierra representa 51 mil millones de hectáreas, pero el espacio “bioproductivo”, es decir que es útil para nuestra reproducción, sólo es de 12 mil millones de hectáreas, que al dividirse entre la población mundial da 1,8 de hectárea por persona. Los investigadores del instituto Redefining Progress (California) y del World Wild Fund (wwf) calcularon que el espacio bioproductivo que consume cada ser humano es de 2.2 hectáreas. Es decir que los seres humanos ya no están en el camino de un modo de civilización durable que sería de 1, 8 hectáreas por cabeza, tomando en cuenta que la población no aumente. Y aún así, esta distribución de hectáreas por cabeza es ideal, pero no real...

Cierto, esta huella media oculta grandes disparidades. Un ciudadano medio de los Estados Unidos consume 9,6 hectáreas; un canadiense 7,2; un europeo 4,5; un francés 5,26; un italiano 3,8. Aunque haya grandes diferencias en el espacio bioproductivo disponible en cada país, nos encontramos muy lejos de la igualdad planetaria. La mayor parte de los países del Sur están por debajo de la huella sostenible. Entonces, el Sur es explotado por el Norte en cuanto al uso de la tierra disponible.

Así es, para que en Europa funcione la crianza de ganado intensiva, es necesario que una superficie equivalente siete veces a la de este continente se use en otros países para producir la alimentación necesaria para los animales criados de forma industrial, lo que se llama “cultivos entre bastidores” (recomiendo la lectura de Shiva Vandana, El terrorismo alimentario. Cómo las multinacionales hambrean al Tercer Mundo). Los Países Bajos usan o importan un territorio de unos 100,000 Km2 en el mundo, principalmente en el Sur, es decir de cinco a siete veces la superficie productiva de las tierras del país sólo para su alimentación. En 1992, el ciudadano del Norte consumía en promedio tres veces más cereales y agua potable, cinco veces más fertilizantes, diez veces más madera y energía, catorce veces más papel, diecinueve veces más aluminio que el ciudadano del Sur (William Rees). La relación del consumo comparativo de energía y expulsión de gas de efecto invernadero es más flagrante. Gandhi, con su gran sabiduría, ya hacía la siguiente pregunta: “Gran Bretaña usó la mitad de los recursos del planeta para llegar a ser lo que

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es actualmente. ¿Cuántos planetas serían necesarios para la India?” Ya tenemos una respuesta. Según François Schneider: “necesitaríamos doce planetas si queremos que sean viables a largo plazo” y más de treinta, en el horizonte de 2050, si seguimos con una tasa de crecimiento del 2% y si tomamos en cuenta el crecimiento previsible de la población. Ante este panorama, cuál es el desafío del descrecimiento para el Sur que no goza de los beneficios del desarrollo, pero aspira a ellos.

De hecho, el descrecimiento de la huella ecológica (léase del pib) en el Sur no es necesaria ni deseable, pero tampoco hay que construir una sociedad de crecimiento o no salir de ella si ya se ha entrado ahí. Y, tiene razón, fuera de minorías del Sur, entre ellas “sobrevivientes” de los pueblos primeros (375 millones) que quieren estar fuera del crecimiento y el desarrollo, la mayoría de la población aspira al nivel y modo de vida estadounidense, al “sueño americano”, lo que es imposible sin la final destrucción de nuestro ecosistema. El caso de los brics (Brasil, Rusia, India, China, Unión Sudafricana) plantea un reto singular. Son países llamados “emergentes”, con un crecimiento de dos cifras, que no pretenden moderar su crecimiento ni su consumo energético, y que aspiran al bienestar de los países del Norte, muchos de ellos con un índice poblacional muy alto. Los dejo aparte. En cuanto a África, el uso del eslogan “descrecimiento” no aplica, lo que implica que sea deseable que se construya una determinada sociedad de crecimiento. Sin embargo, hay una relación entre el descrecimiento en los países ricos y la situación de pobreza de los países del Sur...

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Sí, claro, el descrecimiento en el Norte es una condición del florecimiento de cualquier forma de alternativa en el Sur. Si en el Norte vivimos como hoy lo hacemos es porque la mayoría de la humanidad consume poco. Por eso es necesaria una redistribución masiva de los derechos de utilización de la biósfera: hay que reducir la huella ecológica del Norte para que la del Sur pueda aumentar. Por el contrario, mantener o introducir la lógica del crecimiento en el Sur so pretexto de sacarlo de la miseria que este crecimiento ha creado sólo lo haría más occidental, lo que al final es completamente insostenible. Así, la sociedad de crecimiento no es deseable para el Sur ni para el Norte, ¿podemos profundizar en las razones que no están marcadas por los límites de los recursos naturales?

Hay por lo menos tres razones: la sociedad del crecimiento genera un aumento de las desigualdades e injusticias; crea un bienestar grandemente ilusorio; los mismos “adinerados” no viven en una sociedad convivial, sino en una “antisociedad” enferma de su riqueza. En todos estos casos, traiciona la promesa de felicidad de la modernidad. Me explico. En cuanto a las desigualdades, la polarización de las situaciones siempre se ha verificado a nivel planetario, y desde el final la edad de oro del capitalismo (desde la Segunda Guerra hasta la crisis del Petróleo de 1973) se verifica también a nivel de cada país, incluso en el Norte. Los reportes realizados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud) han mostrado el aumento de la desigualdad. En 1970 la relación entre el quinto más pobre era de 1 a 30; en 2004 pasó de 1 a 74. Según Thierry Paquot. “La economía de lo inmaterial, acentúa las desigualdades sociales, agrava la fractura social.” Para Besset, el ingreso anual medio de un africano es inferior al ingreso mensual del salario de subsistencia (RMI)7 de un francés”. Lo que no quiere decir que entre una chamba precaria y el desempleo asistido, se pueda envidiar “el trabajo forzado de tiempo indeterminado”. Como señala Majid Rahnema: “No es aumentando la potencia de la máquina para crear bienes y productos materiales que se terminará el escándalo [de la miseria y la indigencia], pues la máquina que se puso en marcha para ello es la misma que fabrica la miseria de manera sistemática”.


El desarrollo de las injusticias no sólo está en la naturaleza misma del sistema capitalista, sino de cualquier sociedad de crecimiento. Una sociedad incapaz de permitir que la mayoría de sus miembros gane su vida con un trabajo honesto y que para sobrevivir los condena a aceptar actuar contra su conciencia volviéndose cómplices de la banalidad del mal está en profunda crisis. Esta es nuestra modernidad tardía, desde los pescadores que salen adelante mientras destruyen el fondo marino, los ganaderos que torturan a sus bestias, los explotadores agrícolas que destruyen la tierra cultivable, los ejecutivos dinámicos que se vuelven “sicarios”, etcétera. En cuanto al bienestar ilusorio. La obsesión por el pnb toma en cuenta como algo positivo cualquier producción y pago, incluidos aquellos que son dañinos y lo que éstos se vuelven necesario para neutralizar sus efectos; por ejemplo, la industria contra la contaminación, como lo señaló Jacques Ellul. Estas evaluaciones son eminentemente delicadas, problemáticas y controvertidas. Por ejemplo, en Francia los médicos del trabajo estiman que el costo del estrés es del 3% del pib. Por su parte, la Academia de Ciencias de China informa que “si se contabilizaran los gastos ocultos del desarrollo económico relacionados con las contaminaciones y la reducción de los recursos naturales, el crecimiento medio del pib chino entre los años 1985 y 2000 debería reducirse de 8,7 a 6,5 puntos”. Además, la integración de los daños colaterales (extracción de agua, contaminación de mantos freáticos, de ríos y océanos, vacas locas, fiebres porcinas y otras pandemias) llevan sin duda a concluir que hay una contraproductividad que es comparable a la que ya Ivan Illich mostraba en relación con el automóvil. En estas condiciones, el aumento del nivel de vida del que la mayoría de los ciudadanos del Norte creen beneficiarse es cada vez más una ilusión. Es cierto que cada vez gastan más en compra de bienes y servicios mercantiles, pero olvidan deducir de ello el aumento superior de los costos. Éste tiene diversas formas comerciales y no comerciales: degradación de la calidad de vida no cuantificada pero padecida (aire, agua, medio ambiente); gastos de “compensación” y de reparación que la vida moderna hace necesarios (medicinas, transportes, diversiones); aumento de precios de bienes enrarecidos (agua embotellada, energía, espacios verdes...). Toda una serie de indicadores “alternativos” corroboran esta “paradoja”: índice de salud social, productos verdes, producto interior suave de los quebequenses, etc. El triste récord francés del uso de antidepresivos ilustra este círculo vicioso en el que el crecimiento nos ha hecho entrar. Para soportar un creciente estrés que la vida moderna engendra (condiciones de trabajo, transporte, medio ambiente, etc.) los ciudadanos necesitan droga, lo que les permite crecer aún más. En otras palabras, ¡en estas condiciones, el crecimiento es un mito incluso dentro del imaginario de la economía del bienestar, e incluso dentro de la sociedad de consumo! Para los “ricos” el crecimiento económico tampoco hace que surja una sociedad convivial, sino una antisociedad que su riqueza enferma. Para Jean Baptiste Say una ley es que la felicidad sea proporcional al volumen del consumo. Hobbes puso los cimientos de esta impostura economista y modernista. Para él no existe un fin último ni un bien supremo, por eso “la felicidad es una marcha continua del deseo hacia adelante, de un objeto a otro, la apropiación del primero sólo es el camino que lleva al segundo”. Durkheim denunció este presupuesto utilitarista de la felicidad como suma de placeres ligados con el consumo egoísta. Para él esta felicidad no está lejos de llevar a la anomia, es decir al disfuncionamiento social, y al suicidio. Nótese que según la oms, anualmente hay casi un millón de suicidios en el mundo, lo que está lejos de los homicidios (500,000) y de las víctimas de guerras (250,000). La hibris, la desmesura propia del ser humano occidental, que Hobbes anunció no parece llevar a la felicidad. “ [...] El equilibrio entre ganar con qué vivir y ganar una vida más equilibrada es cada vez más difícil de alcanzar porque la lógica de la nueva economía hace que nos apeguemos cada vez más al trabajo y cada vez menos a la vida individual. [...] Por maravillosa que sea la nueva economía, en su altar sacrificamos partes significativas de nuestra vida: trozos enteros de la vida de familia, de nuestras amistades, de la vida colectiva, de nosotros mismos”, afirma Robert Reich, economista de Harvard y antiguo ministro del trabajo de Bill Clinton.

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¿Qué piensa que deberían saber los habitantes del Sur para resquebrajar el imaginario de la felicidad que brinda el crecimiento económico y el consumo?

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Es elocuente que el índice de felicidad (Happy Planet Index) que estableció una ong británica (New Economics Foundation) haya puesto de cabeza el orden clásico del pnb con el Índice de Desarrollo Humano (idh). Por ejemplo, en 2009, en esta clasificación el primer lugar de felicidad lo obtuvo Costa Rica, luego República Dominicana, Jamaica y Guatemala. Los Estados Unidos ocuparon la posición 114. ¿Por qué? La sociedad a la que se llama “desarrollada” se basa en la producción masiva de la caducidad, es decir una pérdida de valor y una degradación de las mercancías, que la aceleración de lo “tirable” transforma en basura, como también la de los seres humanos que se excluyen o se despiden después de haber sido usados, como los altos ejecutivos que se arrojan hacia el desempleo, los indigentes y otros desechos humanos. En cuanto al Sur. ¿El descrecimiento es válido para el Sur que aún no accede al consumo de masas? ¿El Sur debe seguir en el camino de una economía de crecimiento o debe entrar en el descrecimiento cuando ni siquiera ha empezado a crecer? Quizás lo mejor sería que su pib bajara, pues lo importante, como señala Hervé René Martin, es que “Para los países pobres descrecer significaría la conservación de su patrimonio natural, abandonar las fábricas esclavizadoras para retomar la agricultura de cultivos alimentarios, la artesanía y el pequeño comercio, retomar su destino común”. Fíjese en la imagen que dan Mattieu Amiech y Julien Mattern en cuanto a pretender que el Sur entre en la sociedad de consumo, dicen que sería “como si, conduciendo un automóvil que va a toda velocidad contra un muro, uno prefiriera de manera hipócrita hacer que el mayor número de gente posible se subiera en él, más que buscar los medios para evitar la colisión”. Hablar de descrecimiento en el Sur no es quizás la formulación más apropiada ni la más atractiva para obtener la adhesión de las poblaciones en situación difícil; predicar el desarrollo y el crecimiento parece una superchería asistencial formidable. ¿Qué hacer, entonces, pues el crecimiento se sigue presentando en el Sur como algo bueno y deseable?

Confiar en la tradición milenaria de sabiduría que tiene el Sur, que está muy lejos de la racionalidad y la voluntad de potencia occidentales. En cuanto a la India y la China no hay que ser demasiado pesimistas porque sus fundamentos culturales son muy diferentes de los nuestros. Los valores del hinduismo, del budismo, del taoísmo e incluso del confusionismo van en el sentido de la autolimitación y la moderación, que corresponden a la filosofía subyacente del proyecto de una sociedad de abundancia frugal, como lo dijo Gandhi: “vivir de manera más simple para que todos puedan simplemente vivir”. Con frecuencia el descrecimiento es acusado de ser un lujo de los “ricos” obesos del sobreconsumo. Sin embargo, el descrecimiento también tiene que ver con las sociedades del Sur porque éstas están encarreradas en la construcción de economías de crecimiento para evitar hundirse más en el callejón sin salida al que los condena esta aventura. Las sociedades del Sur deberían, si tienen aún tiempo, tratar de liberarse de los obstáculos que les impiden realizarse de otra manera. Es decir, tratar de poner en marcha un movimiento en espiral para entrar en la órbita del círculo virtuoso de las 8 R a las que se podrían sumar otras “R” alternativas y complementarias como Romper, Reanudar, Reencontrar, Reintroducir, Recuperar, etcétera.


¿Podría añadir algo más sobre este punto?

Atreverse al descrecimiento en el Sur es tratar de romper con la dependencia económica y cultural con el Norte para reanudar con una historia que la colonización, el desarrollo y la mundialización interrumpieron. Se trata entonces de reencontrar, reconstruir y reapropiarse una identidad cultural propia, reintroducir los productos específicos olvidados o abandonados y los valores “antieconómicos” ligados con el pasado de estos países, al mismo tiempo que se recuperan las técnicas y los saberes tradicionales. La primera etapa consiste entonces en romper la dependencia económica y cultural con el Norte. Es una ruptura más cultural que económica, aunque sea indispensable con una política económica autónoma. Ruptura también con la exportación sistemática de cultivos especulativos que socavan la autosuficiencia alimentaria, que es aún más necesaria porque está en juego la autosuficiencia en agua. Reanudar con una historia que la colonización, el desarrollo y la mundialización interrumpieron es importante para rencontrar y reapropiarse una identidad cultural propia. Para llegar a ser actor del propio destino, primero hay que ser uno mismo y no el reflejo cautivo del otro. Las raíces no se cultivan por sí mismas para lamentar la grandeza pérdida, son indispensables para tener un nuevo comienzo. Reintroducir los productos específicos olvidados o abandonados y los valores “antieconómicos” ligados con su historia y recuperar las técnicas y los saberes tradicionales. Restituir por parte del Norte si éste quiere incluir una “deuda” cuyo “rembolso” a veces reclaman los pueblos indígenas. La restitución del patrimonio robado es mucho más problemática, pero la del honor perdido podría consistir en entrar en asociación de descrecimiento con el Sur con el objetivo de una convergencia ecológica. Es urgente, en estas condiciones, rencontrar la sabiduría del caracol. Éste nos enseña la lentitud necesaria, pero también, como nos explica Ivan Illich: “El caracol construye la delicada arquitectura de su concha añadiendo unas tras otras, espirales cada vez más amplias, luego se detiene bruscamente y comienza enrollamientos decrecientes. Una sola espiral más amplia le daría a la concha una dimensión dieciséis veces más grande. En lugar de contribuir al bienestar del animal, lo sobrecargaría. Por lo tanto, todo aumento de su productividad serviría sólo para aliviar las dificultades creadas por este aumento de la concha más allá de los límites que fija su finalidad. Cuando pasa el punto límite del alargamiento de las espirales, los problemas de sobrecrecimiento se multiplican en progresión geométrica, mientras que la capacidad biológica del caracol no puede, en el mejor caso, que seguir una progresión aritmética.” (En El género vernáculo.) Este divorcio del caracol con la razón geométrica, que durante un momento esposó, nos muestra la vía para pensar una sociedad de “descrecimiento” serena y convivial, si ésta aún es posible. Muchas gracias por su tiempo, Serge, espero poder retomar la conversación en otra ocasión para abordar el tema de países en situaciones tan difíciles como la que vive México, con un pie en el México profundo y otro totalmente en gringolandia, una desigualdad económica aterradora y un imaginario colectivo sumamente colonizado.

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colapso y sobrevivencia buena 8

Carlos Taibo

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Estudios científicos llevan a la conclusión de que habrá un posible colapso general del sistema económico y ecológico con el derrumbe así de la idea de “progreso”, lo que vuelve necesario identificar cuáles son los procesos que afectan planetariamente, y aunque la vida en sí no se destruirá por completo es difícil saber qué sucederá con la humana. A estas alturas el colapso, en gran parte provocado por el sistema capitalista incapaz de autolimitarse, quizás sólo puede postergarse o aminorarse. En todo caso, el cortoplacismo de la civilización global, de su sistema económico y de sus gobiernos no alientan un modo de vida diferente que se volverá inevitable con el fin de la sociedad de abundancia y que podría llevar a la recuperación de una sociedad autogestiva, destecnologizada y despatriarcalizada.

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La naturaleza y la humanidad pueden sobrevivir sin la civilización industrial, pero ni la civilización industrial ni la humanidad pueden sobrevivir sin la naturaleza.

John Michael Greer La característica más significativa de la civilización moderna es el sacrificio del futuro en provecho del presente. Todo el poder de la ciencia se ha visto prostituido con este objetivo.

William James

Tengo que volver aquí sobre una discusión que me atrajo ya en el prólogo de esta obra. Un libro de esta naturaleza es muy sencillo, demasiado sencillo, que suscite una réplica manida: lo que viene a sugerir que en él se defiende una tesis lamentablemente catastrofista y, llegado el caso, milenarista y apocalíptica. Creo firmemente que no es así. Me limitaré a replicar que en estas páginas no se invoca ningún texto sagrado ni ninguna profecía. Me acojo, antes bien, a opiniones enunciadas por científicos, desarrolladas de forma racional y moderadamente creíbles, por mucho que no permitan albergar certezas absolutas. Tampoco hay aquí ningún impulso milenarista, aunque con frecuencia asome —lo reconoceré— la idea, sibilina, de que lo que nos espera es en buena medida el resultado de la lamentable línea de conducta por la que hemos acabado por deslizarnos. Aun con ello, esa idea no lleva a la desesperación de quienes piensan que estamos irremisiblemente condenados. Reclama, por el contrario, un cambio radical en nuestra manera de ser, de


actuar y de relacionarnos, y no anuncia castigos divinos. Como bien puede apreciarse, en estas páginas no se habla del mal y de los efectos del pecado, tampoco se presenta un escenario en el que se enfrentarían el bien y el mal, no se preconiza ninguna suerte de salvación individual y, en fin, en modo alguno se reivindica el ascendiente de códigos religiosos que amenazan con el final de los tiempos y enuncian profecías autocumplidas. Tal y como sugerí en el prólogo, lo que en este modestísimo libro se apunta, una y otra vez, es que resulta probable un colapso general del sistema, con el agregado de que lo prudente sería que tomásemos cartas en el asunto, estimulásemos el debate correspondiente y, llegado el caso, procurásemos soluciones. En el buen entendido, por añadidura, de que, siendo cierto que el colapso está llamado a tener muchas consecuencias negativas, no por ello faltará, a su amparo, la posibilidad de restaurar relaciones venturosas entre los seres humanos, y entre éstos y el medio natural en sus múltiples manifestaciones. Mi impresión, por lo demás, es que hemos recibido la herencia de una sociedad profundamente enferma, de un “mundo equivocado” en el que, tal y como lo aseveró Fabian Freyenhagen, nadie puede estar sano y vivir bien. Zygmunt Bauman, con vocación parecida, ha sostenido que nos hemos convertido en “inválidos que miramos desde la ventana del hospital”. Ese delicadísimo escenario se completa acaso con tres hechos más. El primero refiere el hundimiento general de la idea de progreso y, con ella, del proyecto ilustrado: cada vez hay más motivos para concluir que lo que comúnmente se entiende por progreso es una forma de encubrir la destrucción del medio natural. El segundo lo aporta la obligación de identificar procesos a los que no escapa ningún rincón del planeta. Ahí están, para testimoniarlo, el cambio climático, el agotamiento de las materias primas energéticas, un general retroceso en la producción y el comercio, la extensión del desempleo, las dificultades en materia de generación de alimentos, las migraciones masivas o las guerras. El tercero, en fin, nos recuerda que tenemos que ser conscientes de que, pase lo que pase, la vida seguirá, claro, en la Tierra, bien que con transformaciones tan importantes que será necesario mucho tiempo para recuperar el régimen característico del holoceno. Harina de otro costal es lo que ocurrirá, en cambio, con la vida humana… Las cosas como fueren, permítaseme que cierre este libro con media docena de observaciones que pueden configurar un resumen, tanto de las tesis en él defendidas como de las conclusiones que de ellas conviene extraer. 1. Tengo la intuición —en modo alguno se trata de una certeza— de que difícilmente podremos evitar el colapso. Lo que está a nuestro alcance es mitigar algunos de los efectos más negativos de éste, postergar un tanto en el tiempo su manifestación y prepararnos para hacer lo más llevadera posible la sociedad poscolapsista. Aunque es verdad que la afirmación anterior pende de lo que entendamos por colapso, lo más probable es que, hagamos lo que hagamos, lleguemos tarde. Nuestras posibilidades de estabilizar el clima,

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de restaurar los sistemas naturales, de contener la población y de erradicar la pobreza han ido menguando con el paso de los años. La reducción de emisiones contaminantes, llena de trampas, se antoja manifiestamente insuficiente, el designio de limitar el consumo energético apenas ha prosperado, y no hay planes serios en materia de reforestación o de restauración de la vida marina y de los acuíferos. Todo lo anterior al margen, y pese a lo que reza el discurso dominante en tantos lugares, la lógica del beneficio privado ha arrinconado cualquier plan serio encaminado a acumular conocimientos y habilidades que nos permitan construir comunidades de reducidas dimensiones, descentralizadas y sostenibles, y capaces de garantizar una vida satisfactoria. Parece evidente que las opciones que los poderosos le imprimen a nuestra presencia en la Tierra discurren por otro camino. Por lo demás, para encarar la mayoría de los problemas que tenemos por delante necesitamos un período de tiempo amplio del que, desgraciadamente, no parece vayamos a disponer. Ello es particularmente ostensible en el caso del agotamiento de las materias primas energéticas. Para evitar el colapso deberíamos haber actuado en su momento, acaso dos décadas antes de la llegada del pico del petróleo. En la percepción de Greer nuestra intervención tendría que haberse producido en 1986. El propio Greer afirma que el sentido de lo que podía ocurrir debería haberse hecho evidente en la década de 1970, cuando todavía había un excedente de combustibles fósiles que otorgaba cierto margen de maniobra. El cuarto de siglo que medió entre 1980 y 2005 se caracterizó, conforme a esta percepción, por una ceguera extrema. Y el resultado es hoy palpable: cuando el conductor de un camión pesado aprecia un peligro y decide frenar de forma brusca, es inevitable que la inercia del vehículo haga que éste se detenga mucho más allá de lo deseable. 2. A mi entender salta a la vista la dramática falta de idoneidad del mercado para afrontar los problemas que me han interesado en esta obra. En el mejor de los casos el mercado resuelve los problemas de escasez cuando no hay escasez… Embaucado por la lógica del beneficio y por el cortoplacismo más aberrante, estimula una competición indeseable, tiene un carácter jerárquico, es incapaz de deshacerse del mito del crecimiento económico y, en fin, ahonda el relieve de esos problemas, los vinculados con la escasez, que acabo de mencionar. Los precios de los que el mercado se sirve son incapaces de valorar fenómenos como el cambio climático, las enfermedades generadas por la civilización humana o los costos de las intervenciones militares necesarias para mantener el control sobre los yacimientos de petróleo. Como lo ha tenido a bien señalar Gilbert Rist, las reglas del mercado permiten extraer los recursos de una región, consumirlos en otra y evacuar los desechos en una tercera, con franco beneficio, claro, para la segunda de esas regiones. En ese proceso, y en franca ignorancia de los efectos a largo plazo, el mercado ignora la distinción entre los bienes renovables y los que no lo son, al tiempo que aviva la competición entre las economías de los diferentes lugares, imposibilitando toda aproximación concertada a los problemas. No queda sino extraer una conclusión: el capitalismo, lejos de la aplicación de cualquier principio de precaución, es un sistema que, incapaz de autolimitarse, muestra muy livianas capacidades de control de las tecnologías que emplea. Aunque a veces las decisiones genocidas y naturicidas del capitalismo se vinculan, claro, con programas manifiestamente premeditados, en muchas ocasiones el sistema propicia el genocidio y el naturicidio en virtud de un impulso inercial y espontáneo, a duras penas planificado. Sobre la base de esta tesis —la de la inconsciencia de muchas políticas— se levantan algunas de las explicaciones que sugieren que el colapso puede ser un momento repentino que genere una crisis salvaje, sin retorno. Conviene agregar, eso sí, que la responsabilidad de la tragedia que acaso se avecina no es exclusiva de los estamentos directores del capitalismo: con diferentes gradaciones nos alcanza a todos. Imbuido de un cortoplacismo aberrante, el capitalismo parece haber perdido, por añadidura, los mecanismos de freno que en el pasado le permitieron salvar la cara. Ha mejorado su posición, en cambio, en lo que respecta al control de las mentes. Como rezaba una máxima difundida en las redes sociales, habrá que prestar atención a la reacción de quienes se indignan por la corrupción cuando descubran lo que es la plusvalía…


3. Pero no se trata sólo del mercado. Hay que hablar, también, de algo que acompaña a éste de manera indeleble. Me refiero a la propiedad privada, que multiplica las dimensiones de desigualdad claramente insertas en el escenario contemporáneo. Muchas veces he tenido que tomar nota de una formidable superstición: la que sugiere, contra toda evidencia, que la propiedad privada y el mercado son las garantías fundamentales frente al agotamiento de los recursos y frente al propio colapso. Sorprende que a estas alturas todavía haya quien afirme que las grandes empresas son los primeros interesados en establecer medidas férreas que permitan hacer frente a aquél. Eso es lo que, de manera sorprendente, piensa, por ejemplo, Jared Diamond. Parece que es otra realidad la que se impone: tenemos que afrontar en estas horas procesos muy delicados que, en manos privadas, han escapado a cualquier designio vinculado con el interés general. La supervivencia, que tiene que convertirse, por fuerza, en nuestro primer objetivo, no parece precisamente rentable, aunque a buen seguro habrá quien procure otorgarle este carácter. Estamos ante lo que Greer describe como una transición desde la economía de la abundancia a la economía de la escasez, en el buen entendido de que hay que admitir que el escenario de esta última es propicio a la reaparición de muchas fórmulas que nada tienen que ver, claro, con la colaboración y la solidaridad. Las cosas como fueren, hay que certificar que la crisis económica iniciada en 2007-2008 ha tenido un delicado efecto adicional: el de aplazar muchas de las discusiones, y entre ellas la de las taras que acompañan al mercado y a la propiedad privada, vinculadas con el colapso. 4. No olvidemos que en el transcurso del siglo xx el consumo de energía se multiplicó por diez, la extracción de minerales industriales por veintisiete y, en fin, la producción de materiales de construcción por treinta y cuatro. Las sociedades opulentas se caracterizan por una insaciabilidad permanente y, al tiempo, por la imposibilidad de dar satisfacción a necesidades que las más de las veces han sido artificialmente creadas. Esa aberración cobra cuerpo, además, en un escenario marcado por un insondable cortoplacismo y por un retroceso general del empleo y de los salarios que se convierte, claro, en un obstáculo para la enloquecida expansión del consumo que el sistema postula. Con semejantes antecedentes sobran las razones para concluir que, dados los límites medioambientales y de recursos del planeta, hay que abandonar la lógica del crecimiento económico en provecho, ahora, de la búsqueda de la calidad de la vida, de la misma forma que hay que alejarse de la lógica del consumo y de los desafueros acompañantes. Al tiempo, hay que apostar por la igualdad en todos los órdenes. Ojo que el terreno por el que me deslizo ahora remite a códigos que van más allá de los estrictamente económicos: “La adicción, en una forma u otra, impregna todos los aspectos de la sociedad industrial. La dependencia con respecto al alcohol —a la comida, a las drogas, al tabaco...— no es formalmente diferente de la dependencia con respecto al prestigio, al ascenso profesional, a la influencia mundial, a la riqueza, a la necesidad de construir bombas más complejas o a la de ejercer un control sobre todo” (Morris Berman). Estrategia mayor, bien tramada, del sistema es la que nos invita a consumir unos u otros bienes sin permitir —ya me he referido a ello— que nos hagamos preguntas relativas a si esos bienes son necesarios y nos interesan. La mayor parte de quienes se pronuncian sobre cuestiones —así, el agotamiento de las materias primas energéticas— que aquí me han ocupado parecen dar por descontado que una tarea primordial en el momento presente es la que reclama buscar fuentes de energía que nos permitan mantener, en su caso ahondar, la trama de la que hoy, según se nos cuenta, disfrutamos. ¿No sería más inteligente, sin embargo, discutir primero si deseamos preservar esa trama para después —y una vez repudiadas muchas de las imposiciones que la rodean— debatir qué cantidad de energía precisamos? ¿Tenemos realmente interés en preservar un mundo como el que la industrialización capitalista y los combustibles fósiles nos han entregado? ¿Un mundo que Lewis Mumford entendió que era una vida encapsulada, en virtud de la cual gastamos buena parte de nuestro tiempo en un automóvil o delante de una televisión?

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Al cabo la lógica del sistema que se nos impone es muy singular. Bertrand Méheust desgrana al respecto un ejemplo muy clarificador. Supongamos que Rusia descubre en el océano Glacial Ártico una enorme reserva de gas y de petróleo que se pueden extraer con costos muy razonables. De resultas se plantea la posibilidad real de prolongar nuestra orgía de consumo durante unas décadas. En ese escenario mental es muy sencillo que todas las discusiones relativas a la crisis ecológica queden postergadas. Como un alcohólico que vuelve a beber con desenfreno al percatarse de que su cirrosis ha remitido, siquiera sea de forma provisional, volveríamos a las andadas. Porque son muy escasas las posibilidades de que, en esas condiciones, y mercados y propiedades privadas de por medio, aprovechemos la situación para emplear de manera mesurada los recursos encontrados y prever lo que cobrará cuerpo en un futuro muy cercano. 5. Las instituciones políticas al uso, en las democracias liberales como fuera de ellas, no aportan nada de interés en lo que se refiere al debate sobre el colapso. Lo que llega de ellas es comúnmente una combinación de ceguera, cortoplacismo y defensa obscena de connotados intereses privados, con algún fuego de artificio de por medio. En lo que a este último respecta, pienso, entre nosotros, en el manifiesto “Última llamada”, suscrito en 2014 por un buen puñado de responsables de fuerzas políticas de la izquierda que luego prefirieron olvidar su contenido tanto en las declaraciones públicas como en los programas de los partidos a los que representan. Permítaseme, con todo, que intente perfilar tres dimensiones —a alguna de ellas acabo de referirme— de la política que abrazan las instituciones y, con ellas, y por cierto, los organismos internacionales. La primera asume la forma de una manifiesta sumisión a los intereses privados, que disfrutan al respecto de un visible apoyo dispensado desde las estructuras de poder. Si las multinacionales dictan las reglas del juego, a los Estados se les reserva la tarea de apuntalar un escenario propicio para los intereses correspondientes. Mientras, en ese escenario, son pocos los estímulos para el cambio, y muchos, por el contrario, los que atienden al designio de mantener, sin más, el negocio, lo común es que la ecología, por su parte, se perciba como un proyecto enemigo de la economía. En los últimos años las respuestas a la crisis no han hecho sino acrecentar los problemas, y los riesgos, en el terreno de los límites medioambientales y de recursos, al amparo de unas políticas que, autocalificadas de austeridad, no han resultado serlo, llamativamente, en el terreno ecológico. En segundo lugar, la parafernalia institucional que me ocupa no va más allá del capitalismo verde que, eso sí, ilustra la capacidad del sistema para absorber iniciativas aparentemente alternativas. Me limitaré a recordar que el capitalismo verde estima que el orden imperante está en posición de resolver, tanto en el terreno técnico como en el económico, los problemas vinculados con la crisis ecológica, de tal forma que la conciencia de la posibilidad de un colapso no forma parte de su agenda. En la trastienda, y como ya sabemos, no hay ninguna voluntad de contestar ni el crecimiento económico ni, entre nosotros, el estilo de vida occidental. Agrego, en suma, que esa maquinaria que me atrae, la de las instituciones, revela una ignorancia orgullosa de los problemas de mediano y largo plazo. Los dirigentes políticos


parten de la certeza de que no podemos renunciar a la energía barata, al crecimiento económico, a los automóviles y a un sinfín de productos exóticos. En consecuencia, admiten disputas, en circuito cerrado, sobre el régimen mientras las rechazan, en cambio, cuando se refieren al sistema. En los medios de comunicación que el capital controla es extremadamente difícil encontrar alguna discusión que se interese por el trabajo asalariado, por la mercancía, por la alienación, por la sociedad patriarcal, por las guerras imperiales, por la crisis ecológica y, naturalmente, por el colapso. Resulta sencillo identificar, por el contrario, las trabas objetivas, de todo tipo, que las instituciones imponen a la articulación de movimientos como los que están materialmente dedicados a la transición poscolapsista. 6. Cuando me puse a la tarea de sopesar la naturaleza de las propuestas alternativas que, desde la igualdad y la solidaridad, se han formulado ante el colapso me percaté del peso ingente que en ellas tiene, de manera cristalina u oculta, lo que voy a llamar la tradición libertaria. Como el lector ya ha podido comprobar en el capítulo 4, esas propuestas beben indeleblemente de la defensa de la autoorganización de las sociedades desde abajo, de la autogestión, de la democracia y de la acción directas, y del apoyo mutuo. Se trata, en último término, de mantener la esperanza frente a la barbarie. Deseemos, en otras palabras, que nuestras opciones no se reduzcan al mercado, al despliegue de diversas formas de autoritarismo o a una predecible combinación de lo uno y lo otro. Y descubramos de forma placentera que hay otros horizontes distintos de los dictados por el capital, el mercado y el beneficio privado. Nada sería peor, en cualquier caso, que la opción en provecho de una institución, el Estado, que arrastra secuelas lamentables en materia de centralización, burocracia, desigualdad y represión. Es difícil imaginar, en suma, que esa opción no acabe volcada al servicio de alguna suerte de ecofascismo. La alternativa que he intentado reconstruir de la mano del capítulo relativo a los movimientos por la transición se materializa, ya hoy, en la construcción de espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados (y en esfuerzos encaminados a autogestionar y a socializar, hasta donde ello sea posible, los servicios públicos). Esos espacios, que deben pelear por su federación y por un incremento de su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado, tanto pueden servir para evitar el colapso —ésta es la versión más optimista— como para prepararnos para lo que está llamado a ocurrir después de aquél —la versión tal vez más realista—. En un horizonte como en el otro tendrán que hacer frente, desde fuera del capitalismo y de sus reglas, a un programa mínimo en el que se den cita verbos como decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar y descomplejizar nuestras sociedades. En palabras de Richard Heinberg, “acaso lo más importante que tenemos que conservar para las futuras generaciones es la lección moral que acompaña al crecimiento y al colapso de la civilización industrial”.

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la especificidad de la ciencia Jean Robert Desde la arquitectura hasta la genética están sometidas a principios exógenos a ellas relacionados con la ganancia económica y los intereses de minorías de quiénes depende la investigación científica. A través del marco que ofrece Michel Foucault se determinará cuál es la especificidad de la ciencia en cuanto ciencia pura, matematizable. Ivan Illich, por su parte, introduce la distinción entre “ciencia por la gente” y “ciencia para la gente”.

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Hace unos quince años, empecé a recibir de la Edmund Foundation mensajes de advertencia sobre los peligros que representaban tanto los transgénicos como las patentes sobre plantas. Dos de los autoras de estas advertencias eran Christina von Weizsäcker y Vandana Shiva. En reuniones privadas, Christine von Weizsäcker nos decía: “Hace veinte años, los científicos a sueldo de las compañías vendedoras de “granos mejorados” trataban de tranquilizarnos: ‘¿Por qué hacer tantas historias?, hay tan pocas semillas transgénicas en los mercados. Hoy nos dicen: ‘¿por qué siguen agitándose?: hemos ganado el partido’”. En México, las pocas reuniones que se convocaban para debatir sobre las semillas transgénicas terminaban generalmente con alabanzas al supuesto poder de las nuevas semillas de ”alimentar al mundo, mañana”. Cuando yo asistía a estas reuniones, solía mencionar el argumento de la Dra. Von Weizsäcker, pero, como no soy científico, nadie me escuchaba. Por ello, al escuchar por primera vez a genetistas confirmados criticar la ciencia genética me llenó de incredulidad y luego de admiración. Sentí cierta solidaridad con ellos. Cuando estudié arquitectura y urbanismo hace más de cuarenta años, ambas disciplinas eran siervas de la especulación inmobiliaria y de la circulación motorizada que la sostiene, es decir del capitalismo. Todavía lo son y pocas voces denuncian esta esclavitud. En 1973, encontré a Ivan Illich y, con su apoyo, empecé a divulgar mi protesta en conferencias públicas, en artículos y en libros.10 Dicho esto, tengo que reconocer que mis estrategias fueron muy distintas de las de los profesionales de la genética en lucha contra la industria genética. No formulé mi crítica en el marco de una ciencia


urbanística “verdadera” en cuya perspectiva se pudieran criticar las falacias del urbanismo del automóvil. En mi opinión, el urbanismo no es una ciencia, sino la estrategia de una guerra territorial. Preferí partir de lo que la “velocidad” hace a las percepciones del espacio y del cuerpo, en ambientes urbanos en los que los promedios de velocidad en las calles son de 15 - 16 km/h en las ciudades con metro y de 12 - 13 km/h en las ciudades sin metro. En cambio, la genética —por lo menos en tanto biología molecular y dejando a un lado la fascinación popular por el “gen”—, es una ciencia, con sus estilos de pensar (sus “paradigmas”) y sus colectivos de pensamiento, sus protocolos y sus muy demandantes rituales de iniciación. De ahí que los científicos comprometidos con la sociedad puedan criticar, en nombre de la “verdadera ciencia”, a los científicos pagados que están al servicio de las grandes compañías: la genética industrial es una guerra de exterminio de formas tradicionales de cultivo y de culturas. En México, es una guerra de exterminio de la coevolución, encarnada en la milpa, de una forma de cultivo con una cultura. Desde los primeros fitomejoradores, hace cinco o seis mil años e incluso anteriormente, los conocimientos populares centrados en la milpa nos han dado la milpa nos han dado la mayo parte de los alimentos de los que está hecha la carne. ¿Por qué no decir que los saberes de los creadores y ahora guardianes del maíz constituyen la verdadera ciencia del maíz? Es una decisión que me gusta. Puede llevar a criticar desde la milpa a la genética pagada. Es algo que hay que hacer.11 Pero también debemos darnos cuenta de que es una decisión a la Humpty Dumpty: las palabras significan aquello que nosotros decidimos. En el caso de la ciencia, la etimología corrobora nuestra decisión, ya que ciencia deriva del verbo latino scio, yo sé o saber. Podríamos recuperar la palabra latina scientia para definir saberes profundamente arraigados en una tradición y una filosofía práctica; en el caso del maíz, en la filosofía mesoamericana. Sólo veo un obstáculo a esta aplicación de la palabra scientia-ciencia a una tradición milenaria: no toma en cuenta la evolución del concepto

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de ciencia como radicalmente distinto de la scientia desde finales del siglo xviii en la Europa aún dominante. En esa época, la ciencia se divorció radicalmente de la scientia, que aún era una filosofía. Y esto me lleva al tema de la especificidad de la ciencia moderna u occidental. Hay algo en la ciencia moderna que está ausente en todas las formas de saber que han existido en el mundo antes de esta ruptura. Esta frase se puede también formular negativamente: La ciencia moderna carece de una característica que tienen todas las formas premodernas de saber. Lo que tiene la ciencia moderna y que no tienen las otras formas de conocimiento no es, por supuesto, la capacidad de abstracción. La demostración del teorema de Euclides (330-265 a. C.) sobre la infinitud de los números primos es un ejemplo de alta abstracción. La característica común a las ciencias premodernas es una relación armoniosa, “filosófica”, entre saberes empíricos y saberes formalizados (abstractos, matematizados). El filósofo que abordó más frontalmente la cuestión de la especificidad de la ciencia moderna es Michel Foucault, en el octavo capítulo de su obra Las palabras y las cosas: Las consecuencias más lejanas, y para nosotros más difíciles de rodear, del acontecimiento fundamental que sobrevino a la episteme hacía fines del siglo xviii pueden resumirse así: negativamente, el dominio de las formas puras de conocimiento se aísla, tomando a la vez autonomía y soberanía con respecto a todo saber empírico, haciendo nacer y renacer indefinidamente el proyecto de formalizar lo concreto y de constituir, a despecho de todo, ciencias puras; positivamente, los dominios empíricos se ligan a reflexiones sobre la subjetividad, el ser humano y la finitud, tomando el valor y la función de la filosofía, lo mismo que de reducción de la filosofía o de antifilosofía.12 Esta especificidad, es decir lo que pone la ciencia moderna a parte de todas las formas anteriores de saber, no es la abstracción, sino la constitución de ciencias “puras”, formalizadas, “matematizadas”, y la autonomización de estas ciencias puras y su hegemonía creciente con respecto al conocimiento empírico. La pérdida que acompaña esta formalización-negación de lo empírico es la scientia, que armonizaba saberes empíricos, abstracciones y filosofía. Al asentar la hegemonía de las ciencias formalizadas sobre los saberes empíricos, la ciencia “pura” confirma su tendencia a negar la validez


de la experiencia en favor de experimentos, es decir a reconstruir la realidad entera en condiciones de laboratorio. A partir de esta ruptura epistemológica, una de las más profundas de la historia de Occidente, podemos decir, por ejemplo, que la magnífica ciencia china, tan bien documentada por Joseph Needham, no es ciencia en el sentido moderno de esta palabra. Y tampoco lo son, en el sentido estricto de un “saber divorciado de la experiencia empírica”, las ciencias de Descartes, Galileo o Newton. Llegado aquí, quisiera introducir una distinción que otro autor propone. En el capítulo IV, titulado “La investigación convivencial”, de El trabajo fantasma, Ivan Illich distingue entre la ciencia por la gente y la ciencia para la gente.13 La ciencia por la gente es practicada por gente que quiere mejorar sus propias condiciones de vida. En cambio, la ciencia para la gente es la ciencia de expertos que quieren “mejorar” —transformar— las condiciones de vida de los pueblos. Su grado de formalización o de “matematización” hace que la ciencia para la gente sea inaccesible a los no iniciados. Todo intento de diálogo entre la ciencia para la gente y los saberes populares tiene los defectos de la vulgarización, que, cuando es buena, presenta un panorama vívido y rico en colores construido a partir de palabras ricas en connotaciones, pero generalmente desprovistas de denotación precisa. En otros términos, la ciencia popular o pop-science busca en el lenguaje popular metáforas que supuestamente “traducen” los conceptos formalizados de la ciencia.14 Cuando estas metáforas penetran en el lenguaje popular, pueden funcionar como caballos de Troya que, en forma insidiosa, convencen a los no iniciados de la supremacía del saber formalizado que sólo poseen los iniciados —profesionales, expertos— sobre la realidad. En la sociedad capitalista contemporánea, esta forma de “ciencia para la gente” inaccesible a la gente común se califica de Research and Development, R&D, o Investigación y Desarrollo. En palabras de Ivan Illich, se resume cada vez más a Fundable Research: Investigación financiable. Si es científica es financiable. Si está financiada, es que es científica.

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la nocion de incremento como esencia del crecimiento Edith Gutiérrez Cruz15 A la luz del concepto de crecimiento, y en particular del de crecimiento económico, es importante reflexionar sobre los conceptos esenciales que le sirven de horizonte ontológico, axiológico y epistemológico, ya que es desde ellos que se articula la concepción del crecimiento como condición positiva y valiosa, signo de progreso y mejora. Desde tal andamiaje onto-axio-epistemológico se pude penetrar con claridad en lo esencial del crecimiento, para desde ahí señalar la necesidad de profundizar el pensamiento descrecentista.

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En la experiencia humana los fenómenos son construcciones complejas atravesadas y constituidas por líneas de comprensión ontológica, axiológica y epistemológica. El fenómeno se articula a través de estas líneas de comprensión que también atraviesan al sujeto que comprende el fenómeno. En realidad, la relación entre el sujeto de conocimiento y el objeto es próxima y de mutua implicación, ya que ambos, sujeto y objeto, son copartícipes en el complejo onto-axio-epistemológico que denominamos “mundo” o “comprensión general de la realidad”. A estas grandes líneas las podemos denominar horizonte de comprensión. En vista de lo anterior, podríamos plantear que la comprensión del mundo dominante parte de una noción presente en buena parte de las grandes formaciones culturales de Occidente —por lo general implícita y en algunos casos explícitamente—. La divisa en la que se centra dicha noción es: Más es mejor o “El incremento es positivo”, de ahí se extiende a multiplicidad de giros y perspectivas derivadas en las que la noción ontológica de incremento se caracteriza axiológicamente como deseable y positiva. El “más” alude a la dimensión ontológica desde la amplitud de los entes, a su posibilidad incluso de ser cuantificados, pero también alude a la cualidad de lo mayor, de lo masivo. Podría decirse que lo esencial del “más” es su posibilidad de incrementarse, de aumentar, de hacerse cada vez más y mayor. Por su parte, lo “mejor” alude a la deseabilidad desde cierta comprensión de su valor en términos puramente axiológicos y epistemológicos. El “mejor” al que refiere en términos axiológicos remite al carácter positivo de lo mayor y a su deseabilidad en términos valorativos. Lo “mejor” también alude al saber, y sobre todo, al saber científico. Se asume pues, que el “más” en sentido ontológico, es “mejor” tanto en sentido axiológico como epistemológico. Por ejemplo, Descartes ya advertía que el objetivo de su método es “aumentar mis conocimientos” en un sentido personal, aunque con trascendencia general (Descartes 1971: 9). Por su parte, Bacon (1985:9-14) criticó a las ciencias que son como estatuas inmóviles,


que permanecen “sin mover ni avanzar”, a pesar de que su tarea tendría que ser la de “ensanchar los límites de las ciencias”, avanzar en sus estudios y hacer progresar el saber a través de mejores métodos que perfeccionen e incrementen el cúmulo de conocimientos. De esta forma “el mejoramiento de lo que tenemos es tanto una meta como la adquisición de más” (Bacon 1985: 16). A partir de estos ejemplos de la filosofía moderna es claro cómo el incremento, en cuanto posibilidad de los fenómenos, se recoge de manera epistemológica como proyecto para ampliar el conocimiento científico. Tenemos entonces varios niveles en los que se manifiesta la divisa más es mejor: El nivel ontológico como la posibilidad de acumular los fenómenos de manera real o intelectual. El nivel epistemológico como idea de incrementar el saber sobre el mundo y los entes. El nivel axiológico en el que el incremento del ser y del saber se caracteriza como valioso. Este sencillo armazón conceptual se halla en la base de diversidad de manifestaciones culturales, muchas de las cuales han dado lugar al desarrollo de la cultura, modo de vida y ciencia que pone en el centro de todo el “más”, es decir, el incremento como criterio para determinar la deseabilidad en sentido axiológico o en sentido epistemológico. El mismo Kant decía que a diferencia de la metafísica la física había entrado en el “camino seguro de la ciencia” propio del conocimiento seguro y útil (Kant s.a: 8) que se deriva de la síntesis entre razón, percepción, intelecto y experiencia; por su carácter puramente especulativo la metafísica fue incapaz de mostrar progreso alguno en su conocimiento. De esta manera, el incremento determina lo deseable; lo cada vez mayor se considera mejor, más deseable, más beneficioso, etcétera. Así, la comprensión del incremento crea un vórtice que se extiende en diversos niveles: “Es pertinente ser, pero es mejor ser más”. “Es bueno saber, pero es mejor saber más”. “Es deseable poder, pero es mejor poder más”. “Es deseable tener, pero es mejor tener más”. Desde la ciencia, la noción de incremento saltó a la economía, que en cuanto ciencia se extendió a la vida desde hace un par de siglos y se ha instituido como la norma a la que supuestamente tendrían que sujetarse los fenómenos naturales y humanos.

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Cultura del crecimiento

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A través de la dominancia de la noción de incremento se constituyó la cultura del crecimiento que se vinculó firmemente con la noción de progreso, que establece que el aumento de cantidades y cualidades de los entes y fenómenos no solamente es deseable, sino un signo de la correcta marcha del mundo, es decir, del progreso entendido como avance deseable del estado de cosas. Estos enunciados implícitos en la cultura occidental se ramificaron desde la experiencia concreta para extenderse, por la fuerza de la imitación, tanto en los órdenes de lo concreto como en los de lo abstracto, y constituirse en pilares del armazón desde el cual comprendemos y experimentamos los fenómenos del mundo. En este sentido, Capra comenta (1992: 44) que: “A los occidentales les es muy difícil entender el hecho de que si algo es bueno, no significa que más de lo mismo sea mejor…” Así, el incremento como esencia del crecimiento es una empresa lineal que aumenta durante tiempo indefinido y de manera ilimitada, pues por su propia naturaleza expansiva devora en su conceptualización cualquier limitación espacio temporal. Tal es el caso, dice Capra, del crecimiento económico y tecnológico en cuanto empresas lineales, indefinidas en el tiempo e ilimitadas en el espacio del mundo, a través de las cuales se sustenta la idea de progreso propia de nuestra civilización. Como consecuencia, el afán de conservar lo incrementado llevó de la lógica del incremento a la lógica de la acumulación. Si un incremento se logra, es imperativo evitar que se pierda, que se esfume en el transcurrir, en el ir y venir de la cotidianidad y de la vida. Así, el incremento se hermana con el afán de permanecer. Por su propia naturaleza, el incremento, la divisa más es mejor, se expresa de manera privilegiada en lo económico como ámbito de la acción humana, y a través de la historia permea el deseo humano de poseer, hasta llegar a la sociedad capitalista en la que se manifiesta como afán ilimitado de poseer ilimitadamente. De tal manera en el campo de la economía, la concepción ontológica de incremento se expresa en conceptos diferentes entre sí, como crecimiento, desarrollo y progreso. Los siguientes criterios pueden plantearse para distinguir estos conceptos: 1) crecimiento económico es la expansión del producto social como función del tiempo; 2) desarrollo económico, el aumento de la razón del producto social actual al producto social potencial, ambos como funciones del tiempo; a su vez el producto social potencial puede definirse de varias maneras; 3) progreso económico, el aumento en el grado de satisfacción de las necesidades sociales (Olivera: 1959: 410).

En otras perspectivas el crecimiento se equipara con el desarrollo económico, ambos conceptos se vuelven intercambiables, y se adjudica al crecimiento el carácter de dinámico, con lo cual se oculta por qué hay unas naciones más desarrolladas que otras. El crecimiento económico se expresa como crecimiento de la riqueza de las naciones —por ejemplo, el incremento del pib— que se deriva


de las fuerzas que se desencadenan en los procesos productivos, y de la voluntad social y política de progresar. De tal manera, el principio de la dinámica económica es el crecimiento (Colás 1962: 210) entendido como incremento de la riqueza derivada del incremento de la dinámica productiva. Crecimiento, desarrollo y progreso son conceptos que se constituyen desde la perspectiva económica en torno a la noción de incremento y de crecimiento como aumento de la producción; del comercio, del consumo, de la riqueza y, en ocasiones, como desarrollo o aumento del bienestar social que de manera ilimitada tendrían lugar en el modelo económico capitalista. Esta lógica de crecimiento-progreso asume, que a mayor crecimiento, hay mayor progreso, es decir, que el incremento en la producción de riqueza implica la mejora de la humanidad, su avance hacia condiciones óptimas. Sin embargo, el crecimiento así entendido sólo significa el incremento de la producción en tanto forma de dejar-venir, hacer aparecer y mostrar entes a la existencia a través de la acción y la manipulación técnica. El crecimiento y el progreso adoptan la faz técnica, es decir, se desenvuelven a través del control y la manipulación tecnocientífica del mundo, en la medida en que la esencia misma de la tecnociencia es el control, la posibilidad de acumular energía y recursos derivados de la conminación16 (Bestellung) de la naturaleza para convertirla en materia prima, en recursos aprovechables y administrables, en el dominio de las consecuencias mutuamente encadenadas de la provocación (Herausforderung) de la naturaleza. Se conmina a la naturaleza, es decir, se le obliga a mantenerse ahí para nuestros fines; se le provoca para develar sus energías y convertirla en “fondo fijo acumulado” (Bestand). Interpelar (Stellen) a la naturaleza es provocarla para que se muestre como “fondo fijo acumulado”, como reservorio infinito de energías y riquezas, “impulsarla adelante hacia su máxima utilización con el menor gasto.” (Heidegger, 1953: 58). Desde esta perspectiva, el grado de desarrollo, progreso y crecimiento de una civilización es su capacidad para convertir a la naturaleza en “fondo fijo acumulado”, esto es, en recurso utilizable, acumulable y aprovechable (Heidegger, 1953: 59)17. La tecnociencia, es decir, la conjunción entre la ciencia y la técnica, se instalan también en el horizonte de comprensión en el que domina la acumulación, utilización y aprovechamiento de las fuerzas naturales desencadenadas por el ser humano. Así, la ciencia de la modernidad, con la física, los motores, la electrónica, la energía atómica (Heidegger 1953: 61), y, hoy, con la cibernética, la genómica y mucho más, se sustenta en el proyecto ilimitado de conocer los fenómenos naturales, acumular este conocimiento y utilizarlo para recomenzar siempre ese proyecto ilimitado de conocimiento y control manipulador de la naturaleza. Por esto, dice Heidegger (1953: 62), llega a confundirse ciencia y técnica; ya que la ciencia y su finalidad de reconocer las cadenas causales de los fenómenos, las grandes leyes y los principios del acontecer no han podido distinguirla de la utilización instrumental de la naturaleza y sus fenómenos.

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Crecimiento y descrecimiento

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Sobre la base de la conceptualización de la naturaleza como “fondo fijo acumulado” se hace posible su administración científica o económica. La economía clásica se sustenta en presupuestos o nociones ontológicos, uno de los cuales, como ya se dijo, es el incremento de la riqueza, de la producción, del consumo o de la tecnología, es decir, el crecimiento económico, sin tomar en cuenta las limitaciones materiales y ecológicas. Se asume que la naturaleza se puede manipular, acumular, administrar de forma infinita según los designios del ser humano que se organiza en fuerzas productivas y en sistemas de producción. Así, la naturaleza como un reservorio infinito de recursos y fuerzas desencadenables de forma técnica es precisamente lo que cuestiona la propuesta decrecentista. Siguiendo las ideas de Georgescu-Roegen, la idea de crecimiento ilimitado es imposible debido a que la economía ocurre en entornos naturales, ámbitos ecológicos limitados que la acción humana transforma. Por otro lado, la transformación de la naturaleza que da lugar a la producción de riqueza degrada la materia que transforma, por lo que la materia y la energía que se emplean en la producción se pierden en parte y no se pueden recuperar. Ello significa que la actividad productiva que crea riqueza y crecimiento económico genera, paralelamente, una irreparable destrucción de recursos y formas de vida, así como la contaminación de los entornos naturales (Capra 1992: 459-469). De esta forma, el crecimiento de la economía y de la tecnociencia en lugar de resolver los problemas de la humanidad se convierte en un problema en sí mismo. Tal es el ámbito desde el cual Latouche propone el concepto de descrecimiento como una palabra obús que reta a la religión de la economía del crecimiento ilimitado (Latouche 2009: 16). Si bien el descrecimiento es una categoría obús, es decir, un concepto para criticar el principio básico de la economía, se sustenta en saber hasta qué punto es posible o deseable el crecimiento y si éste tiene límites o puede darse de manera ilimitada. Por mucho tiempo se creyó que el crecimiento de la riqueza per se daría lugar al incremento de la satisfacción de las necesidades humanas y a la plena realización: para ello se han empeñado durante siglos los esfuerzos de trabajo y de transformación de la naturaleza. En general se omitieron cuestionamientos sobre si el incremento de la riqueza conduce al progreso humano, y sobre si el crecimiento es ilimitado, y, por ende, si es posible crear riqueza de manera indefinida. Puede verse en todo esto una hybris hacia lo ilimitado que no sólo ha dominado las concepciones económicas y políticas, sino que se ha filtrado en los mismos pilares de la empresa tecnocientífica occidental, manifestándose como la creencia en que la tecnociencia y sus métodos son la vía para conocer cada vez más y mejor los fenómenos del mundo, y que el saber que nos puede proporcionar la ciencia es prácticamente ilimitado. De esta manera, en la economía y en la ciencia la noción de incremento está en la base, lo cual no es de extrañar, ya que la economía es una ciencia y como tal se sujeta a los criterios generales sobre la posibilidad y límites del conocimiento que abre el proyecto


epistemológico occidental para el cual el conocimiento patrimonio de la ciencia es potencialmente ilimitado y debe servir para iluminar el camino humano en su andar por este mundo. Se manifiesta en ello la divisa más es mejor en el sentido de “Más conocimiento (tecno) científico es mejor”, “Es bueno conocer, pero es mejor conocer más en sentido (tecno)científico”. Encontramos pues un vínculo ontológico entre la (tecno)ciencia, la economía y el progreso, en la medida en que se inscriben en el horizonte de comprensión común a la civilización moderna, occidental capitalista (o incluso socialista desde el proyecto marxista o su realización parcial en la URSS y los países del bloque). El incremento como noción ontológica persistente en las empresas culturales de Occidente se quiere de manera ilimitada, diría Nietzsche, como la voluntad que se quiere a sí misma; el deseo de la voluntad es ella misma, de igual forma que el crecimiento se quiere a sí mismo más allá de todo límite: “El deseo de la voluntad es siempre querer más, por eso la voluntad es indetenible, es incontenible.” (Feinmann 2008: 89) De manera semejante el incremento, el crecimiento, justifica su propia hybris por crecer. En este contexto, la acción técnica es la forma de manipulación encaminada al incremento de la producción de entes, a la modificación de sus cualidades, y con ello juega un papel clave en el crecimiento. La tecnociencia es una forma privilegiada de crear y modificar entes, de producirlos e incrementarlos a través de la interpelación de la naturaleza que manipula y acumula lo dado en ella para su máxima utilización (Heidegger 1953: 58). En tal interpelar a la naturaleza hay una Voluntad de dominarla, de manipularla, de conminarla para acumular sus productos y potencialidades energéticas. Dicha voluntad de interpelar a la naturaleza se halla dominada por la actitud que Heidegger denomina el “afán de exageración y superación” (1969: 84-85). La divisa más es mejor parte de esta vocación cultural cuya actitud es la exageración y superación de lo dado, y desde ahí se anuncia la posibilidad de lo gigantesco, que apunta hacia lo cada vez mayor —y paralelamente— hacia lo cada vez menor, y se hace patente en el incremento de lo cuantitativo en la ciencia y el mundo de la vida. Así, Lo gigantesco es más bien aquello mediante lo cual lo cuantitativo se convierte en una cualidad peculiar y, en consecuencia, en una destacada clase de magnitud. [...] lo gigantesco y lo que en apariencia es siempre y absolutamente calculable, se convierte precisamente por esto en lo incalculable. Esto sigue siendo la sombra invisible que se proyecta universalmente en torno a todas las cosas cuando el hombre se ha convertido en “subjectum” y el mundo en imagen. (1969: 84-85).

La divisa más es mejor muestra la dimensión axiológica de la actitud que encuentra su meta y su realización completa en el incremento tendiente a lo gigantesco y, en nuestra época, su concreción histórica en el crecimiento. Por ello, la noción de incremento ilimitado no se encuentra primariamente en la economía o en la (tecno)ciencia, sino en el horizonte de comprensión del mundo, en el armazón onto-axio-epistemológico, desde el que se generan y nutren de manera primaria el mundo de la vida y las ciencias en general, incluyendo la economía.

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Horizonte descrecentista

La noción de incremento que ha sido cara a la tradición occidental y que se ha desenvuelto en la ciencia, la cultura y las formas de vida de la modernidad, es precisamente lo que ha entrado en cuestión a partir de la toma de conciencia de que la existencia humana no está separada ni apartada del entorno natural material, sino que para la vida humana hay una dependencia radical de la naturaleza. ¿Por qué el incremento se ha considerado de manera intuitiva como el sentido del ser y el conocer? Si bien Heidegger planteaba que en la historia de Occidente el ser se oculta y los entes se privilegian, podría establecerse que desde nuestro horizonte de comprensión dominado por la tecnociencia, el sentido de los entes es el incremento; es decir que los objetos inmediatos, los útiles, los instrumentos y las representaciones tienen que incrementarse para que pueda decirse que hay progreso. El descrecimiento, como concepto derivado de la física (Georgescu-Roegen) y caracterizado desde la economía (Latouche) hoy se establece como palabra obús, como una tarea del pensamiento para ayudar a establecer los límites de la interpelación de la naturaleza (Heidegger), de la manipulación y de la acumulación de entes y energías, ya que estamos en un grave riesgo civilizatorio al seguir con la idea del incremento como directriz de las acciones sociales y personales. En el mundo de la efectividad técnica que se incrementa sin cesar, aparentemente:

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Todo funciona, esto es lo inquietante, que funcione, y que el funcionamiento nos impele siempre a un mayor funcionamiento y que la técnica de los hombres los separa de la tierra y los desarraiga siempre más… el desenraizamiento de los hombres que se desprende de esto es el Fin, salvo que el Pensar y el Poetizar logren una Potencia sin violencia. (Heidegger 1966: 78)

Podríamos pensar entonces que el descrecimiento —como palabra obús— en su carácter crítico va contra el “absoluto estado técnico” que hace posible la acumulación de saberes y entes como condición necesaria para el supuesto progreso de la civilización. La conciencia de los límites del crecimiento implica en este tenor la constatación de la necesidad de cuestionar y derribar la postura que asume que la naturaleza es un “fondo fijo acumulado” que está ante los ojos y a la mano para que se le conmine e interpele en favor de la noción de incremento de los entes, sean éstos riqueza, energías o recursos en general. En lo anterior queda implicado el cuestionamiento de las ideas de progreso y desarrollo que se derivan de la noción de incremento, más allá de la ideología desarrollista que hoy empuja a los llamados subdesarrollados a que se comprendan a través de la esencia de la técnica (Heidegger 1989: 3) y su vocación por el incremento de saberes y riquezas. Así, ser descrecentista implica dirigir el pensamiento, obús destructor, en contra de las nociones clave que ontológica, axiológica y epistemológicamente sustentan la cultura centrada en el incremento, y que se orientan hacia el dominio tecnocientífico de la naturaleza y del ser humano.


bibliografia

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descrecimiento y autonomia claves de una vida sostenible en laTierra :

Luis Tamayo18 La situación actual de la Tierra es de un gran deterioro por la intervención humana según informes y análisis de especialistas. La cuestión del calentamiento global es crucial en este momento pues no sólo es responsable el CO2, sino el gas metano que se libera sobre la Tierra y, sobre todo, en el Ártico debido al descongelamiento del permafrost marino. Es urgente una educación ambiental en la que se haga hincapié en principios básicos que se analizarán aquí. El crecimiento se ha convertido en el cáncer de la humanidad.

Dominique Belpomme

Situación actual de la tierra

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En esta era que Crutzen denomina el “antropoceno” (2002), el deterioro del planeta Tierra producto de la actividad humana ha sido masivo a pesar de afirmaciones de deniers como James Inhofe o Donald Trump. En el siglo xx el consumo de energía creció doce veces, el de los metales diecinueve y el cemento, treinta y cuatro. Los residuos sólidos se multiplicaron por cuatro en los últimos cincuenta años y se espera que esa cifra se duplique en el año 2025. Por ejemplo, los desechos plásticos a nivel mundial forman ya cinco enormes “islas de plástico”: la mayor, la del Pacífico norte, ocupa dos veces el tamaño de Texas con un espesor de entre diez y treinta metros. El 10% de la población más rica de la tierra acapara el 40% de la energía y el 27% de los materiales.19 Dado que, como indica el Quinto Informe Anual del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (ipcc), la población de la Tierra aumenta aproximadamente 80 millones al año los escenarios futuros no son halagüeños. Si se sigue la tendencia actual en la extracción de materiales para el 2050 se llegará a 140 mil millones de toneladas; si los países desarrollados reducen su consumo y los países “en desarrollo” tienen un aumento sobrio se llegaría a 70 mil millones. (pnuma 2011: 29-30, citado por Delgado, Imaz y Beristáin, 2015). Con respecto al consumo energético la cuestión no mejora. Según el informe 2010 de la Agencia Internacional de Energía (iea), más del 80% de la energía proviene de la quema de combustibles fósiles, lo que incrementa los Gases de Efecto Invernadero (gie) responsables del calentamiento global. La consecuencia de lo anterior es que el clima se ha trastornado. Las “Conferencias de las Partes” (cop) de


Copenhage, Cancún, París y otras son frustrantes: los dirigentes se llenan la boca de buenos propósitos, pero las grandes corporaciones los obligan a retractarse. Por otro lado, los fondos creados por los “organismos supranacionales” para mitigar los peores efectos del calentamiento difícilmente llegan a las comunidades a causa de reglas de operación complicadas y de burocracias interminables. El proceso de estupidización que los más media electrónicos generalizó ha sido increíblemente eficaz. Los dueños del mundo se dieron cuenta de que bastaba con cargar de estímulos audiovisuales e historias gastadas a los televidentes y a los adictos a los gadgets electrónicos para que éstos se recluyan en sus hogares, disminuyendo su espacio físico y de libertad, aceptando comer productos degradados. La enajenación es tal que las relaciones interpersonales se vuelven prácticamente nulas y el valor de la juventud como instituyente social se anula. La mayoría de los jóvenes ya no busca luchar contra el “estado de cosas existente” o instaurar el “hombre nuevo”; lo único que importa en su mundo virtual es que el modem y los gadgets funcionen, desentendiéndose de lo que pasa con el sistema-Tierra (incluyendo a los animales). A la enorme mayoría de los adultos que votan tampoco les interesa. Los niños viven en el mismo imaginario. Además, por el aumento del ejército laboral derivado de la explosión demográfica los ciudadanos se “venden” por trabajos medianamente remunerados y los derechos humanos caen en picada. La mayor amenaza: los nuevos escapes de metano

Una expedición de científicos suecos, estadounidenses y rusos en el Ártico descubrió trecientos sitios de liberación masiva de metano (17 teagramos anuales). En una década, cientos de escapes del gas pasaron de un diámetro de pocos metros a más de un kilómetro... Esto hizo que el año 2015 fuera el más cálido de la tierra en la historia registrada. La causa del fenómeno, indicó Igor Semiletov es muy clara. El metano, un gas que genera casi treinta veces más efecto invernadero que el CO2, en la superficie terrestre se libera cuando la materia orgánica se descompone. En el mar el permafrost submarino congelado forma una tapa que atrapa eficazmente este gas, pero el descongelamiento abre orificios por los que el metano escapa. Las emisiones de gases de efecto invernadero pueden llevar al consecuente derretimiento del Ártico, Groenlandia, Siberia,

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Canadá y Alaska. Por tanto, los fenómenos hidrometeorológicos (sequías, inundaciones, huracanes, ondas de calor, etc.) serán más frecuentes e intensos. Además, el incremento del agua en los océanos tendrá nefastas consecuencias para todas las costas del mundo. Principios para una educación ambiental eficaz

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Consideramos que la educación de toda la población en la sustentabilidad es una pieza clave de cambio porque favorece el intercambio horizontal de conocimientos orientados a la práctica. Por ello, son necesarios programas para que la población recupere su autonomía y reaprenda a producir sus alimentos, a cuidar el agua, a tratar correctamente sus desechos, a generar energía con renovables, a moverse sin quemar combustibles fósiles, a construir ciudades con baja carga energética. En un estudio previo20 indiqué que una humanidad que pretenda relacionarse de manera respetuosa con la naturaleza no puede sino seguir los siguientes principios: biomímesis, precaución, ecoeficiencia, autocontención, comprensión de la exponencial, justicia socioambiental, economía solidaria y unidad con el otro y el mundo para generar una sociedad autónoma y convivial (ecosocialista). El primer principio, la biomímesis, es decir, “la innovación inspirada en la naturaleza”,21 deriva del conocimiento de que la naturaleza lleva miles de años probando los mejores procedimientos para realizar prácticamente cualquier tarea.22 “La biomímesis está descubriendo lo que funciona en el mundo natural y, cosa aún más importante: lo que dura. Después de 3,800 millones de años de investigación y desarrollo, los fracasos [de la naturaleza] han quedado fosilizados y lo que nos rodea es el secreto de la supervivencia”.23 Desde hace ya varias décadas, algunos científicos y tecnólogos intentan imitar los procedimientos y técnicas de la naturaleza, dando lugar a algo que Benyus denomina la “revolución biomimética” que se ha traducido en celdas fotovoltaicas, fibras, cerámicas irrompibles, granos perennes, ordenadores que funcionan como células, una economía de bucles cerrados como la de ciertos bosques.24 Desgraciadamente, la enorme mayoría de nuestros sistemas de producción distan de ser biomiméticos. La agricultura de los agroquímicos y los fertilizantes inorgánicos es tan contraria a los principios de la naturaleza que cabe preguntarse si es capaz de “destruir nuestro planeta” ya que es dañina para ecosistemas y agricultores: el uso de nitrógeno ahoga la vida de los lagos, contamina las aguas subterráneas y contribuye al aumento de la temperatura.25 Sin embargo, los intereses corporativos imponen en muchas naciones los monocultivos, los agroquímicos y los transgénicos despojando a las naciones más pobres de la simple posibilidad de poseer autosuficiencia alimentaria gracias a la conservación de la salud de sus suelos y cuerpos de agua. El principio de precaución es: La acción de prevenir riesgos antes de que éstos se manifiesten [la cual] exige un estudio intensivo de un problema, implementar


métodos preventivos […] esta acción no es de ningún modo un principio para detener de manera definitiva la actividad científica [...], sino que plantea explícitamente la cuestión de los criterios en la toma de decisiones políticas cuando la ciencia no ofrece una respuesta unívoca o hay conflicto entre diferentes expertos”.26

El principio de precaución es lo mínimo que puede exigirse a una ciencia y una tecnología responsables y verdaderamente comprometidas con la conservación de la salud humana27 y el cuidado de la tierra. La humanidad futura requerirá de científicos que sean cuidadosos en sus innovaciones. Se han producido demasiados monstruos que ya afectan a la salud humana y afectarán durante siglos muchos ecosistemas. La ecoeficiencia, tercer principio, implica mejorar de manera sustantiva la eficiencia de los procesos y máquinas, así como la durabilidad de las mercancías y puede permitir a la humanidad sobrevivir a la crisis derivada del fin de la era del petróleo barato… si logra evitar el riesgo que señala Jorge Riechmann: En efecto, bajo el capitalismo las ganancias en la eficiencia con que la economía aprovecha la energía y los materiales se han traducido no en disminuciones de la presión sobre los ecosistemas sino en abaratamiento de los precios y en aumentos del consumo (en un proceso bien caracterizado por los economistas como “efecto rebote”). En el sintagma —ya lexicalizado— “ahorro y eficiencia” (referido por ejemplo a la energía) no somos capaces de ver el potencial de conflicto. A menudo, en la práctica, la eficiencia obra contra el ahorro.28

Mejorar la eficiencia de las tecnologías previas a la era del petróleo barato, el carbón, la fuerza de los ríos, la tracción animal (y ahora también el sol, el viento y las mareas) puede impedir que los grupos humanos desciendan al modo de producción paleolítico (caza-recolección) y lleguen sólo al de la Ilustración con el uso de una serie de tecnologías anteriores a la era del petróleo que permiten una calidad de vida razonable. Además, hacer más eficientes las tecnologías de producción orgánica de alimentos, la captación de agua de lluvia; el riego de los sembradíos; el uso de la energía solar, eólica, hidráulica, maremotriz y geotérmica puede constituir una diferencia verdaderamente significativa en el fin de la era de la exuberancia. El cuarto principio es la justicia socioambiental. Es innegable que la desigualdad, fruto de la avaricia y la corrupción, es la norma en innumerables naciones. Muchas corporaciones, aliadas a verdaderos criminales del mundo financiero y gobernantes que los cobijan, nos han acostumbrado a aceptar el desigual estado de cosas.29 Y nosotros, estupidizados y “entretenidos” lo damos por hecho como si fuese algo “natural”. Afortunadamente ya aparecen en todo el orbe las comunidades autónomas, las redes de productores orgánicos, las ecoaldeas, las monedas locales, los gobiernos ciudadanos e incluso las naciones que decidieron no entrar en el juego de las corporaciones (la Bolivia de Evo Morales que expulsó a MacDonalds y a Coke) o culpar a los criminales financieros (como la Islandia de Ólafur Ragnar Grímsson). El quinto principio implica la comprensión de la función exponencial. En un libro30 del Dr. Albert A. Bartlett, éste cita una frase atribuida a Einstein: “El mayor defecto de la humanidad es su fracaso

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para entender la función exponencial”. Ésta muestra cómo, luego de un lentísimo inicio, se genera un descomunal crecimiento al final de la curva, lo que se aplica al crecimiento poblacional, a las burbujas financieras, al drástico incremento del consumo de los energéticos o al igualmente drástico decremento de los recursos naturales (petróleo incluido). En el primer ensayo “Los fundamentos olvidados de la crisis energética. Una revisión.”31 señala: La población del mundo fue calculada en 1975 en 4 mil millones de seres humanos creciendo al ritmo del 1.9% anual. En 1998 somos un poco menos de 6 mil millones y la tasa de crecimiento ha sido calculada en 1.5% anual. El descenso de la tasa de crecimiento es ciertamente una buena noticia, pero el crecimiento poblacional no se detendrá hasta que dicha tasa alcance el cero.32

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Para Bartlett, la especie humana crece de manera exponencial. Mientras tardamos miles de años en alcanzar el primer millar de millones (aproximadamente en 1830), el segundo millar lo alcanzamos en 100 años; el siguiente, en 32; los 4 mil millones en 14 años (1976)… y en el 2011 ya éramos 7 mil millones. De continuar la tendencia, en 2024 seremos 8 mil millones y en 2045, 9 mil millones de seres humanos. Si queremos realmente construir una sociedad convivial es evidente que el modelo económico vigente en el mundo no es el correcto. Construir una economía solidaria y biomimética implica: 1. Ciclos cerrados de materia (no generar “externalidades”). 2. Nula acumulación de capital; en una sociedad convivial las ganancias se comparten equitativamente y se presta sin interés alguno. Una economía verdaderamente humana, solidaria y preocupada por el bienestar del otro tendría que prestar el fruto de los excedentes del trabajo de todos (las “ganancias” de los capitalistas son eso) a quienes lo requiriesen para concretar sus proyectos (que por pertenecer a una sociedad solidaria serían para el mejoramiento social y ambiental de todos) ¡sin cobrar ningún interés! En una sociedad convival el otro sería reconocido como nuestro hermano.33 En consecuencia, en sentido estricto, en una sociedad convival no existirían los “préstamos”, sino las “inversiones” en proyectos que son de todos. La autocontención es otro principio clave de una sociedad convivial y sostenible. Se refiere en parte a una cualidad que Serge Latouche llama décroissance (descrecimiento). Una sociedad autocontenida sabe imposible el crecimiento infinito. Tal sociedad sólo puede descrecer en la medida en que sabe que los recursos de la tierra son finitos. Por tal razón limita la cantidad de los recursos que dichos habitantes utilizan. En su estudio El género vernáculo, Ivan Illich nos dejó un estupendo ejemplo de lo que es la autolimitación poniendo el ejemplo del caracol, cuya concha no crece más allá de lo que ayuda al animal y no le es un peso.34 Una sociedad convivial, con el objeto de mantener su calidad de vida, no puede ser sino como el caracol, es decir, debe autolimitarse y cuidar sus recursos. En el mundo neoliberal y tecno-científico en el que vivimos, donde priva la línea de producción, la humanidad ha perdido el siguiente principio: la mirada de la totalidad, lo que el filósofo Rodolfo Santander denuncia en su ensayo Pensando con Günther


Anders. La situación del hombre en la era atómica: Mediante la división del trabajo la sociedad industrial busca obtener sus objetivos de rendimiento y eficacia. [...] Como todo el mundo se ocupa sólo con una parte de la producción total para aumentar la productividad y la eficacia, nadie sabe de esos efectos y de esas consecuencias, y nadie se pregunta —ni debe preguntar— por ellos. […] Hay que admitir que la empresa crea un hombre “instrumentalizado”, un hombre inconsciente de los fines, conformista y sin conciencia moral. […] En las condiciones de existencia creadas por la sociedad industrial, entonces, el conjunto, la totalidad se vuelve invisible. Esta invisibilidad es, de otro lado, favorecida por una desproporción entre la inmensa producción técnica de la que es capaz el hombre actual y su mínima o nula capacidad de representar y de imaginar los resultados, de sentir las consecuencias de ese poder productivo.35

Desde la mirada de la totalidad resulta evidente que el mundo nos es idéntico y a la vez diferente. Como el aire que respiramos, lo que está “afuera” al momento siguiente puede estar “adentro”. El mundo y el otro, en realidad, están “adentro-afuera”. Es por ello que cuidándolo nos cuidamos, respetándolo nos respetamos. El siguiente principio es la unidad con el otro y el mundo. Sólo gracias al reconocimiento de dicha unidad puede el hombre asumir una verdadera posición de respeto y cuidado por la tierra. Sólo un ser humano que se asume finito y por ende reconoce que es uno con el mundo y con el otro será capaz de obrar de una manera sustentable y cuidar de la naturaleza. En las sociedades conviviales, finalmente, los ciudadanos poseen la máxima autonomía posible: cosechan agua pluvial, producen sus propios alimentos y generan su propia energía con renovables. Los excedentes que producen les permiten intercambiar con sus vecinos. Los ciudadanos de las sociedades conviviales no son “asalariados” sino, como indica Gabriel Zaid,36 empresarios y microempresarios, pues cuentan con su propia hacienda. Y eso les permite una autonomía que es fundamento de las sociedades verdaderamente democráticas. Los proyectos de las sociedades conviviales no sufren de “gigantismo”. Los proyectos pequeños dirigidos directamente a las necesidades de los ciudadanos son los que reciben el apoyo del dinero excedente de todos. En las sociedades conviviales se abate la desigualdad manteniendo la hermosa diferencia. La diferencia digna, es decir, aquella que nos hace sentirnos orgullosos de lo que somos porque lo hemos construido. En las sociedades conviviales la diferencia es riqueza. Por último, algo clave, para establecer una economía ya no digamos convivial sino mínimamente eficiente, es necesaria la regulación, por parte de los Estados nacionales, de la rapiña financiera.37 Por un futuro de descrecimiento y autonomía

Los habitantes del mundo no podemos seguir creciendo sin parar, tampoco seguir con los patrones de consumo a los que nos ha acostumbrado el capitalismo globalizado, no podemos seguir con el modelo de “compra y tira” o con el de una humanidad que crece sin límite exigiendo cantidades crecientes de energéticos y demás recursos naturales. No podemos seguir haciendo el juego a las empresas

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productoras de agroquímicos y transgénicos, las cuales envenenan rápidamente a los campesinos y lentamente a todos los demás. No podemos seguir alentando el crecimiento propio del modelo capitalista del libre mercado pues como bien indica el Dr. Jorge Riechmann en su estudio El socialismo puede llegar sólo en bicicleta: Técnicamente es posible fabricar bombillas eléctricas que duren 100 años, lavadoras eléctricas que duren más de medio siglo. Y esa posibilidad técnica se convierte en una necesidad, si es que queremos conservar los beneficios de eso que llamamos civilización y generalizarlos al conjunto de la humanidad, en el dificilísimo trance histórico donde nos hallamos […] Pero lo que es técnicamente imposible, y necesario desde la perspectiva del bienestar y la emancipación humana resulta inviable bajo el capitalismo. Socioeconómicamente imposible. Para que gire sin fin la rueda de la producción y el consumo, las mercancías han de incorporar su obsolescencia programada. Este sistema sólo puede funcionar con bombillas que se funden a los seis meses de uso, con lavadoras que duran cinco años. Y por eso —en una biósfera finita, con recursos naturales finitos y con una población humana demasiado elevada— el capitalismo es incompatible con el bienestar y la emancipación humana.38

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Mientras la humanidad no sea descreciente, biomimética, ecoeficiente, autónoma y capaz de establecer verdaderos esquemas de convivialidad, mientras no nos preocupemos por el bienestar de nuestros vecinos y dejemos de lado el afán por enriquecernos, no lograremos abonar en la construcción de sociedades igualitarias en ingreso y responsabilidades; mientras no dejemos atrás el interés compuesto de la codicia y la estupidización generalizada a la cual nos conducen los mass media; mientras no descrezcamos y dejemos atrás el capitalismo es imposible que logremos sobrepasar el terrible escollo que representa el calentamiento global antropogénico y el fin de la era de la exuberancia. No será sencillo ni se vislumbra en el panorama que logremos hacerlo. Pero no podemos sino intentarlo… y con todo nuestro empeño.


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la vida simple la frugalidad y el descrecimiento ,

Miguel Valencia De manera breve se recorren algunos autores desde Epicuro y Lucrecio hasta Hans Jonas, H. D. Thoreau, Ivan Illich, Serge Mongeau, Serge Latouche, pasando por Gandhi y Tolstoi que alaban y viven la vida simple y la frugalidad.

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Médico, escritor, editor y político, Serge Mongeau, es el más destacado defensor de la vida simple en Canadá y, desde luego, un pilar del movimiento de degrowth o de descrecimiento en ese país. En 1985, lanzó el término simplicidad voluntaria39 que significaría modificar nuestro modo de vida por otro menos estresante. En Estados Unidos y Canadá desde hace algunos existe años un movimiento para reducir el consumo o lo que en inglés llaman el downshifting. Se trata de trabajar, de producir, de gastar y de consumir menos como una reacción al ultraconsumismo que nos imponen las empresas, los gobiernos y gran parte de las escuelas y universidades. Latouche advierte que esta palabra40 se utilizó por primera vez en 1986 en un artículo que se publicó en el Arkansas Democratic Gazette sobre la experiencia de un hombre que decidió reducir a la mitad su tiempo de trabajo cuando renunció a una posición importante en una empresa. Latouche advierte que al menos la cuarta parte de los australianos entre los treinta y cinco y treinta y nueve años hacen lo mismo, el 2% de los estadunidenses hacia 1995, y que en Europa por lo menos hay doce millones de personas “descrecentistas”. Una vieja tradición filosófica preconiza alguna forma de autolimitación de las necesidades para encontrar la felicidad. De acuerdo con Epicuro “el hombre que no está contento con poco no está contento con nada”. Lucrecio dice: “Si tú deseas siempre lo que no tienes, desprecias lo que tienes, entonces tu vida fluye sin plenitud y sin encanto; y de repente la muerte se te presenta antes de que puedas sentirte listo para partir, contento y saciado”. Según Hans Jonas, la búsqueda infinita termina en el “fracaso infinito”. La versión americana de la simplicidad voluntaria encuentra una parte importante de su inspiración en la filosofía de Henry David Thoreau; su libro Walden o la vida en los bosques es un clásico entre


los ecologistas de ese país; nos dice que tenemos atados a nuestro cinturón los objetos que nos pertenecen. La tradición europea puede reivindicarse de Tolstoi, de Gandhi y de sus discípulos, como Lanza del Vasto, fundador de las comunidades del Arca en Francia que en su tiempo llamó “Comunidades gandhianas de Occidente”. En La convivencialidad, Ivan Illich celebra “la sobria ebriedad de la vida”; para él, la limitación necesaria de nuestros consumos y de la producción, el freno a la explotación de la naturaleza y del trabajo por el capital no significan un regreso a una vida de privación y de trabajo; por el contrario —si uno es capaz de renunciar al confort material— una liberación de la creatividad, un renacimiento de la convivialidad y la posibilidad de llevar una vida digna. Illich denuncia la “condición humana” actual en la que todas las tecnologías se vuelven tan invasivas que la alegría sólo se puede encontrar en el tecnoayuno. La búsqueda de la vida sobria, frugal, no significa una autoflagelación masoquista; significa vivir de otra forma en armonía con las propias convicciones y con la búsqueda de valores verdaderamente satisfactorios.

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resena del libro deNaomiKlein Esto lo cambia todo El capitalismo contra el clima ,

:

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Daniel Blázquez Tielas 64

Naomi Klein (Canadá, 1970), periodista y activista de “350.org”, mundialmente conocida tras los éxitos de ventas de No logo (1999) y La doctrina del shock (2007), vuelve a las librerías para aportar argumentos al debate sobre el cambio climático, tras una investigación de cinco años plagada de viajes internacionales en busca de la noticia. A diferencia del llamado Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (pnuma) y de la “economía verde”, lo que Klein defiende es la incompatibilidad entre el actual sistema económico (capitalista, extractivista, de mercado y en búsqueda de un crecimiento infinito) y el clima. A lo largo de todo el libro trata de argumentar que no son suficientes ni eficaces las medidas que no asumen tal contradicción; se trata de un problema ideológico: aunque los “fundamentalistas del mercado” no lo acepten, la intervención del Estado es imprescindible para que las políticas de mitigación del calentamiento global tengan éxito. Este libro ha sido ampliamente acogido por el público y, junto con el documental que lleva el mismo título, ha generado tal controversia que ha llamado la atención de universidades y medios de comunicación, los que no han tardado en entrevistar a Klein o en invitarla a presentar el libro. De sus libros anteriores, la periodista rescata en especial el papel de las empresas y de cómo el neoliberalismo se ha valido de shocks para implantar medidas impopulares, el “capitalismo del desastre”. El cambio climático es un nuevo shock, pero esta vez la “izquierda” o el “progresismo” (con los que ella se identifica) aún tienen la oportunidad de poner en práctica sus propuestas, ya que “esto lo cambia todo”. La canadiense pone sus esperanzas (y su investigación) en los movimientos sociales y en los (nuevos)


liderazgos políticos, aunque asume que pueden ser otros los que se enriquezcan con el desastre, algo que ya están haciendo. ¿Qué tiene el libro para que valga la pena leer sus más de quinientas páginas? La cuestión climática desde hace algún tiempo está en la agenda pública, y no hay país que no quiera salir en fotos como la del Acuerdo de París (2015). ¿Cuál es la diferencia entre leer este libro o ver el documental inspirado en él, o, por ejemplo, ver el documental de National Geographic, con DiCaprio y las Naciones Unidas, titulado en castellano Antes de que sea tarde (2016)? La respuesta a ello es clave: la diferencia entre los acuerdos internacionales de la onu (así como la base teórica y la propaganda de los mismos) y la postura de Klein es que ella considera que las energías renovables no son suficientes para solucionar el problema, mientras que DiCaprio y la onu no lo creen así porque no quieren perder sus privilegios, su estilo de vida consumista y despilfarrador, como el actor lo reconoce.42 Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima se divide en tres partes. La primera parte, titulada “En mal momento”, trata de explicar a los “negacionistas” del cambio climático (como el Instituto Heartland, y su relación con las empresas de combustibles fósiles, además del fundamentalismo de mercado), las renuencias ideológicas frente a lo público y el problema del extractivismo en el que caen incluso gobiernos autodenominados de izquierda. La segunda parte, “Pensamiento mágico”, trata sobre el debate entre epistemologías; sobre cómo grandes organizaciones ecologistas han acabado fusionadas y siervas de las grandes empresas; sobre la lógica de mercado que se utiliza (sin éxito) para lograr la salvación a través de, por ejemplo, premios multimillonarios, que realmente generarían “incentivos perversos” (p. 274), otorgados por supuestos filántropos a quien encuentre una tecnología eficaz para continuar el crecimiento infinito sin ocuparse por los daños medioambientales ni por el comercio de emisiones,43 así como sobre la “geoingeniería” como otro peligroso intento del ser humano para controlar la tierra (p. 323). Por último, la tercera parte, “Empezar de todos modos”, es la más optimista; intenta mostrar que, pese a todo, todavía se puede hacer algo. Los movimientos sociales como “Blockadia” y

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las cosmologías alternativas, están ahí para que cuando la oportunidad surja las cosas cambien radicalmente. La causa de fondo del problema es lo que Klein llama capitalismo, neoliberalismo, ideología o fundamentalismo de mercado, de modo que “la del cambio climático es una batalla entre el capitalismo y el planeta” (p. 38). En La doctrina del shock y en escritos anteriores ya desarrolló sus ideas sobre cómo ese modelo económico e ideológico ha llegado a tener tanta influencia, pero en este libro también aclara que se refiere al pensamiento de Milton Friedman y al Consenso de Washington. Con esto se ubica en el clásico debate de la economía entre los partidarios, liberales o neoliberales, de que el Estado intervenga lo menos posible y que sea él quien distribuya los bienes y servicios; y aquellos que buscan que el Estado actúe más para garantizar derechos, como los premios nobel J. Stiglitz y P. Krugman, entre otros keynesianos o neokeynesianos. Tal debate a veces se vuelve fraudulento. Como Klein señala, los defensores del “libre mercado” suelen ser fundamentalistas en la teoría, pero no en la práctica, ya que sí intervienen en la economía, aunque no cómo a ella le gustaría. De este debate también derivan la mayoría de las críticas que recibe la teoría de los shocks, pues, viendo los datos del porcentaje de gasto público sobre el PIB desde finales del siglo xix a la actualidad, esa participación es mayor; el innegable proceso de privatizaciones, en particular desde los años ochenta del siglo xx, no ha supuesto una retirada del papel del Estado, sino más bien una reconfiguración del mismo, con una ideología diferente detrás. También es habitual intentar conjugar mercado y Estado, al fin y al cabo son economías mixtas en la mayoría de los países; la llamada tercera vía o socialdemocracia es el paradigma dominante de los principales líderes políticos cuando hablan de sus políticas de mitigación del calentamiento global. Se trata de hacer arreglos para perpetuar la lógica subyacente durante el máximo tiempo posible, por ejemplo la introducción de novedades tecnológicas como los focos de bajo consumo. Es decir, intentar utilizar mecanismos de mercado para paliar el problema. Naomi Klein critica abiertamente la postura y los actos de los líderes políticos internacionales, incluso de algunos que aparentemente son populares en el movimiento ecologista. En nuestros días las perspectivas son peores después de que Obama dejó el cargo y que su sucesor niega de manera directa la existencia del problema y ha puesto como Secretario de Estado a un antiguo trabajador de la petrolera Exxon (Rex Tillerson), aunque tampoco antes surgió un proyecto que llegara a la raíz del asunto. El Protocolo de Kioto, y demás resoluciones internacionales, ha acompañado de forma paralela la liberalización de los mercados, liberalización que ha significado más gases de efecto invernadero en los transportes, gases que nadie contabiliza. De hecho, desde la firma del Protocolo de Kioto la temperatura media global se ha elevado a records históricos, siendo 2016 el año más alto del que se tiene registro; el uso de combustibles fósiles, que fue uno de los pilares del plan de reducción de gases de efecto invernadero, ha aumentado. Por otra parte, cuando se ha aceptado que “nuestra actual lógica económica basada en el crecimiento se contradice fundamentalmente con los límites atmosféricos” (p. 116), hay que buscar


alternativas reales. Klein encuentra dos, una occidental, el descrecimiento, y otra indígena sobre la naturaleza y el Buen Vivir. Sobre el descrecimiento, en sus palabras, “vamos a tener que pensar en cómo convertir el ‘descrecimiento controlado’ en algo que sea lo menos parecido a la Gran Depresión y que se asemeje mucho más a lo que algunos pensadores económicos innovadores han dado en llamar ‘la Gran Transición’” (p. 119). Es interesante que, por número de ventas y difusión, Klein sea probablemente una de las personas más relevantes que hoy defiende tal postura. El movimiento del descrecimiento tiene algunas décadas, y los aportes de personas que han dedicado mucho tiempo a investigar, escribir y hablar sobre los problemas de someter la vida humana al crecimiento son fundamentales en esta batalla ideológica, Klein los menciona, aunque quizás no les da bastante reconocimiento, como tampoco a otras facetas, como la psicológica, a las que también afecta la obsesión por el crecimiento y que están íntimamente ligadas entre sí, como con el asunto ecológico y que son parte del mismo problema. Sobre la visión indígena escribe en varias ocasiones a lo largo del libro. Refiere a diferentes pueblos, o a miembros de ellos, y a sus cosmovisiones (en las que los humanos se ven como parte de la naturaleza y no como sus dominadores), por ejemplo habla de la partera mohawk Katsi Cook; así como a luchas particulares, como la de los Heiltsuk en Columbia Británica. Sobre el tema de los movimientos sociales, es interesante el concepto del capítulo 9 que lleva como título “Blockadia. Los nuevos guerreros del clima”. Señalo: “[…] Blockadia no es un lugar específico en el mapa, sino más bien una zona transnacional e itinerante de conflicto que está aflorando con frecuencia e intensidad crecientes allí donde se instalan proyectos extractivos con la intención de excavar y perforar, ya sea para abrir minas a cielo abierto, ya sea para construir oleoductos que transporten el petróleo obtenido de las arenas bituminosas” (p. 363). Una vez que la autora diagnosticó y mostró el debate, así como lo que han hecho los políticos y los movimientos sociales, hace propuestas concretas en términos de las políticas públicas que se puedan llevar a cabo a corto plazo. Éstas son algunas de ellas: Transportes públicos baratos y un ferrocarril ligero limpio accesibles para todos; viviendas asequibles y de elevada eficiencia energética ubicadas a lo largo de esas líneas de transporte; ciudades planificadas para un población densa; carriles para bicicletas en los que los ciclistas no tengan que arriesgar la vida para llegar al trabajo; una gestión del suelo que desincentive el uso extensivo del mismo y fomente las formas locales (y de bajo consumo energético) de agricultura; un urbanismo que agrupe espacialmente servicios esenciales como escuelas y centros sanitarios en las proximidades de las principales rutas de tráfico y transporte y en zonas fácilmente accesibles para los peatones; programas que obliguen a que los fabricantes se responsabilicen de los residuos electrónicos que generan y que reduzcan drásticamente los elementos superfluos y las obsolescencias prematuras que incorporan actualmente sus productos […] regresar a un estilo de vida similar al que llevábamos en la década de los años setenta del siglo xx […] ordenación fundamental de las partes que componen nuestro pib […] disminución del peso del consumo (salvo entre la población pobre), del comercio (pues nuestras economías volverán a hacerse más locales) y de la inversión privada destinada a la producción para satisfacer un consumo excesivo […] aumento del gasto público […] redistribución (p. 121 y ss.)

Klein escribe sobre “cultivar la economía humana” (p. 124) citando obras como Prosperity Without Growth (T. Jackson, 2009), sobre los beneficios climáticos de trabajar menos y sobre medidas como la renta anual básica para luchar contra la desigualdad y en favor de la protección social. No niega que “esas políticas son también las más problemáticas para la clase dirigente actual” (p. 126) ya que, según ella, ésta está dominada por la ideología de mercado y por lo tanto las medidas de planificación, regulación, gasto público y la reversión de las privatizaciones son lo contrario. Sin duda son propuestas seductoras. El debate es de sobra conocido y Klein se ubica de forma muy decidida. Se echan de menos más propuestas horizontales y al margen de las grandes instituciones; ella misma menciona que el paso del tiempo le ha hecho optar por liderazgos más fuertes —aunque “desde abajo” (p. 571)— que consigan rápidas actuaciones gubernamentales. Es una cuestión que depende mucho del Estado del que se trate,

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pues no conlleva la misma dificultad la actividad de los movimientos sociales en países como Canadá o Alemania para poner en práctica algunas de sus propuestas, que la de países con Estados más débiles, dependientes y menos democráticos o inclusivos, donde los intereses privados tienen más posibilidades de imponerse. Precisamente, usando un método inductivo, el libro toma como protagonistas a personas, con nombres y apellidos, que intentan poner en la agenda pública y en la agenda de toma de decisiones los problemas medioambientales. Estas historias personales se han recabado por medio de entrevistas y de la recopilación de testimonios en los lugares donde el cambio climático, la lucha contra la fracturación hidráulica u otros negocios de empresas interesadas en los combustibles fósiles son una realidad y han suscitado numerosas organizaciones y movimientos sociales: las arenas bituminosas en Canadá o el vertido de la petrolera British Petroleum (bp) en el Golfo de México (2010), sólo para mencionar dos casos. Como escribió J. Stiglitz (2007) en una reseña de La doctrina del shock para el New York Times, Klein no es una académica y no puede ser juzgada como tal.44 Esto lo cambia todo es una obra divulgativa y, aunque extensa, se encuentra en edición de bolsillo en cualquier librería no especializada. Cuando ya hemos leído unos cientos de páginas puede parecer que el argumento está clarísimo y que no necesitas seguir leyendo las historias recolectadas. Sin embargo, la autora es capaz de seguir sorprendiéndonos con nuevas anécdotas para cerrar, como en un círculo, con su propia historia personal ligada con la fertilidad: cómo vivió el proceso de investigación para el libro mientras trataba de ser madre, y cómo estableció incontables paralelismos entre la fertilidad, la salud del planeta y la suya propia; entre la medicina y las soluciones al cambio climático. El libro es el de una periodista, pero no de cualquiera, pues Naomi Klein se ha convertido en una referencia casi obligada en los movimientos anticapitalistas.45 Su estilo de escritura se puede apreciar, por ejemplo, en la primera página del capítulo 12:

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Pude ver esta nueva forma de colaboración en acción mientras informaba de los acontecimientos en uno de los frentes de las guerras por los combustibles fósiles donde hay más en


juego: el del sureste de Montana. Allí, por debajo de las onduladas colinas con sus vacas, sus caballos y sus formaciones rocosas de arenisca que parecen sacadas de otro planeta, yace una cantidad inmensa de carbón. Hay tanto que sus vetas… (p. 477).

Esta mezcla de vivencias, datos y descripciones novelescas en algún momento me ha recordado Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. Aunque haya que salvar las distancias, ambos forman parte del periodismo crítico que denuncia la subordinación de los gobiernos a las empresas de combustibles fósiles que, por una mínima parte de lo que consiguen, destruyen los ecosistemas de los países que lo permiten. Aquí interviene otra idea clave del libro: los combustibles fósiles se deben mantener bajo tierra, pues tan sólo la combustión de la cantidad esperada de las extracciones ya iniciadas superaría la temperatura media global acordada internacionalmente. Otro de los pilares de sus propuestas es que existe una “deuda climática”, pues “el cambio climático es el resultado de unas emisiones acumuladas” (p. 502), por lo que las responsabilidades son de todos, pero de forma diferenciada: deben pagar más quienes más gases han emitido. La reflexión y la actuación se vuelven necesidad. Si Klein está o no en lo cierto depende, en primer lugar, de si asumimos sus conceptos (y las propuestas derivadas), pero, lo hagamos o no, hay algunos elementos del diagnóstico, ya anunciados hace mucho y repetidos hasta la saciedad, que no podemos ignorar, aunque parece que nos cuesta llevar a cabo el cambio en nuestro día a día (aunque quizás no tanto como a DiCaprio): “cualquier estilo de vida basado en la promesa de un crecimiento infinito ni puede ser protegido ni (menos aún) puede ser tampoco exportado hasta el último confín del planeta” (p. 82).

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descrecimiento ante el cambio climatico y el desastre ambiental ¿apocalipsis u oportunidad justiciera? :

José Arias Chávez46 La humanidad se enfrenta al dilema de su supervivencia. Sin embargo, quizás todavía hay alguna posibilidad de salir adelante. Para ello hay que detenerse a lo que ha sucedido en épocas tempranas de la historia terrestre en relación con drásticas glaciaciones que han amenazado la vida humana sobre el planeta. Se analizarán los factores de origen humano que hoy en día inciden en el calentamiento planetario para proponer de forma optimista que la única manera de que la humanidad siga adelante es un cambio radical de nuestro modo de vida.

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Está visto que nunca podremos alcanzar la felicidad, así que tendremos que aprender a vivir felices sin ella.

Buster Keaton sobre la gran depresión de 1929. El autor —veterano ingeniero egresado de la unam—, necio e incansable luchador social que se define como un optimista patológico e incurable ya en fase terminal sostiene que hoy la humanidad toda —te incluye a ti, lector— se enfrenta al dilema de su propia supervivencia a un plazo tan corto como el de esta generación, en la que, si no opta por la única vía sensata del descrecimiento tendrá que asumir, quizás antes de la mitad del siglo xxi, la culminación de la sexta extinción masiva de especies del planeta y su propia extinción o, en el mejor de los casos, la de su arrogante y fatua civilización y con ella la de las ilusorias posesiones y los tantos bienes ficticios por cuya propiedad tanto luchó, despojó a sus congéneres humanos y a los otros seres vivos, y por la que también destruirá aquellos auténticos bienes y logros de la historia humana que sí valen la pena. En su utópica —quizás ingenua, pero tal vez acertada—visión de nuestro destino inminente, el concepto de descrecimiento nos intenta convencer de que, bajo la luz de la razón científica y de los hechos o de una genuina ética de la vida y de una lúcida conciencia filosófica, quizás la providencia (más allá de las religiones, los mitos o las ideologías mejor intencionadas y más autojustificadas), puede aún darnos la última oportunidad, casi milagrosamente, de frenar los inexorables cataclismos y optar por la sensatez, el sentido común, la conciencia


moral y la equidad, y brindarnos la posibilidad de lograr un Buen Vivir en paz y armonía con la Madre Tierra y con nosotros mismos. Lo que algunos podrían considerar casi un delirio de optimismo es una genuina revolución de nuestra conciencia, nuestros hábitos y estilos de vida para cambiar radicalmente nuestros patrones de consumo como única alternativa de supervivencia, cambio que nos haría felices y dignos. En rigor la Historia de la humanidad se cuenta a raíz de los testimonios documentales en que cada cultura accede a cierto nivel civilizado —usualmente a raíz de la agricultura y otros parámetros tecnológicos, económicos y sociales—, lo que señala que se tiene una consolidación estructural y una estabilidad territorial y político-social. En esta perspectiva muy general, la historia de la humanidad se sitúa en un horizonte de entre unos cinco a ocho mil años atrás. Sin embargo, en la larga historia geológica del planeta se han suscitado grandes cambios climáticos y la evidencia señala que la especie Homo Sapiens ya ha sufrido sus consecuencias, a veces catastróficas, como las glaciaciones que durante los últimos cien mil años pusieron a nuestros ancestros en un serio predicamento de supervivencia, al grado que la especie estuvo al borde de la extinción y que incluso desaparecieron muchos de los grupos humanos que no supieron adaptarse. Por ello, podemos asumir estos fenómenos con cierto optimismo, puesto que los grupos humanos primitivos de algunos miles de individuos lograron sobrevivir en las durísimas condiciones de las eras glaciales —la última y más reciente terminó hace unos diez o doce mil años— con muchos menos elementos y tecnología. Para ubicarnos en las circunstancias del pasado geológico reciente, transcribo un fragmento retrabajado de mi ensayo: “Doce milenios del clima en la cuenca de México”, escrito a fines de 2015: El debate sobre la realidad, las causas y las perspectivas acerca de la existencia o no del cambio climático (cc) que muchos científicos o especialistas apasionadamente aún sostienen, nos parece un tanto estéril […] y hasta quizás irrelevante, para lo cual no tenemos espacio ni entraremos en él. Partiremos mejor de un consenso mínimo en el sentido de que hoy está ocurriendo un importante cambio en las condiciones y patrones normales del clima a los que por lo menos desde el siglo xix estábamos acostumbrados. Cambios que hoy nos resultan demasiado abruptos y que sin duda constituyen serias amenazas para los parámetros físicos de las características que modelan el comportamiento de la atmósfera, los océanos, las corrientes marinas, los glaciares en las montañas y los casquetes polares helados; lo que, a su vez, impacta a los ecosistemas de la biósfera y, consecuentemente, a todos los seres vivos, incluyendo por supuesto a los humanos y sus sociedades. Lo anterior, independientemente de que los actuales cambios climáticos que nos alarman puedan o no pertenecer a la inacabable serie de eventos previos sucedidos en las distintas

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eras geológicas de nuestro planeta durante los millones de años de su existencia, y también sin detenernos, por ahora, en si el origen acelerado de estos cambios recientes tiene o no que ver con las actividades humanas de nuestra civilización, o si sólo son parte de un ciclo natural. Como sea, solamente daremos cuenta de los cambios más significativos del clima que han ocurrido en el horizonte temporal escogido, y dentro de él, enfatizaremos los que, por más importantes y/o menos antiguos, nos permiten hacer una evaluación más cercana y precisa de sus efectos en siglos recientes y, en especial, los del último siglo y medio o dos, algunos de cuyos efectos, por visibles y evidentes, resultan ya incontrovertibles y nos permiten sacar conclusiones útiles. Lo dicho en cuanto al marco temporal seleccionado de doce milenios. Este lapso abarca, aparte de una acotación referencial viable de los climas recientes —bastante conocidos desde la última glaciación— la etapa del pleistoceno que comprende la época en que en la zona ya había habitantes humanos prehistóricos. En lo que respecta al espacio regional, el título establece claramente La cuenca lacustre del Valle de México, que, como denota la escritura y tipografía que en él utilizamos, pretende superar la quisquillosidad morfo-geográfica a la que un rigor irrelevante quisiera obligarnos. La región que nos ocupa y que hoy llamamos Valle de México (cuenca lacustre que contenía el gran lago del altiplano mexicano proveniente del deshielo de los glaciares que lo rodeaban y que hoy alberga sus restos en los lagos que son o fueron los de México: Zumpango, XochimilcoXaltocan-Tláhuac-Mixquic-Chalco, y lo que queda del de Texcoco), tras el apogeo de la última gran glaciación sucedida hace unos 25 mil a diez mil años antes de nuestra era, cuya ribera poblaron en forma nómada grupos que la paleontología y antropología actual datan de entre al menos hace 25 mil a 13 mil años.47 Según algunos, esos pobladores arribaron a la cuenca a lo largo de milenios de una manera sucesiva en tres oleadas distintas de migraciones desde Asia pasando por el Estrecho de Behring, que entonces con el nivel del mar entre cien y hasta doscientos metros más abajo que hoy, les permitió llegar a las vírgenes tierras americanas a las que vinieron en pos de los grandes mamíferos siguiendo sus rutas de migración.48 Los ciclos naturales, primero, y, luego, la actividad humana han contribuido a la casi muerte del gran lago. Por un lado, el natural ciclo geológico, que desde hace unos diez milenios marcó el fin de la última glaciación y el inicio del actual período interglacial. Después, desde la prehistoria en un gran continuo combinado, la intervención de la mano humana empezó a extinguir las especies previas y luego, con la agricultura, a sustituirlas. A partir de la conquista y quizás desde las guerras entre los habitantes prehispánicos, estas alteraciones ya tuvieron lugar. Sin duda, por ejemplo, las grandes concentraciones poblacionales como la de Teotihuacán, con su creciente demanda de alimentos y de materiales de construcción (como madera y leña para la producción de cal), cambiaron paulatinamente la fisonomía del paisaje y sus ecosistemas de modo parecido a otros sitios, como el de las grandes ciudades mayas que también decayeron en esa época. Esto también lo auspició cierto cambio climático, que en aquellos tiempos hizo reverdecer a Groenlandia (tierra o país verde) al grado que los vikingos así lo bautizaron y les permitió adelantarse medio milenio a Colón después, entre 1640 y 1720, se dio la pequeña edad del hielo, detonada por una notoria disminución de las manchas solares, lo que causo el aumento de las heladas en Europa; una crisis energética por el agotamiento de la leña en Gran Bretaña y Escandinavia; y en México, inundaciones enormes que causaron epidemias —una de ellas afectó a Sor Juana— a pesar de las obras encargadas a Enrico Martínez en 1605 que resultaron insuficientes. Aunado a esto están las obras que los españoles hicieron con el fin de drenar la cuenca, trabajos que Porfirio Díaz continuó hace un siglo y, posteriormente, el drenaje profundo, el interceptor poniente y el emisor central, y ya en nuestros días, el actual emisor oriente, precisamente situado en esa zona.49 De manera concomitante y paralela, se ha expandido la gris mancha urbana; se han agotado los mantos freáticos lo que, desde mediados del siglo xx, hizo necesario traer agua del Lerma, primero, y luego del Cutzamala, saqueando así otras cuencas; se ha seguido con la tala imparable y la extinción de bosques para aumentar las áreas de cultivo y, en general, ha afectado la mera pavimentación y la especulación inmobiliaria. Los casos más tontos y ridículos se han realizado so pretexto de modernizar; lo peor es hoy el innecesario y nefasto Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, que promueven necios gobernantes corruptos. ¿Hace falta recalcar que la principal causa de nuestra desgracia de hoy y de aquellos que vivirán mañana, más allá de los grandes ciclos naturales, es lo que la humanidad ha hecho?

Llegó la hora de mostrar fehacientemente los vínculos y las inescapables relaciones —unas obvias y otras sutiles y poco claras— anunciadas en nuestro título. Se plantea aquí la tesis central de que los hechos y los análisis científicos completos y rigurosos son avalados por un consenso amplio y global, por más que el patán e ignorante de Trump del modo más prepotente y arbitrario haya decretado que el cambio climático, como un fenómeno que amenaza a la humanidad ¡no existe!, su gobierno, que fue el mayor y principal miembro de El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (ipcc), hoy ya no lo avala ni lo suscribe para los fines del llamado Acuerdo de París vigente en 2016, aunque las medidas y recomendaciones de este acuerdo sean tímidas, limitadas e insuficientes.


Enunciemos sucintamente los hechos que durante más del cuarto de siglo transcurrido desde la Cumbre del Clima, en Ginebra 1990, han llevado a un consenso virtualmente unánime entre gobiernos y científicos que conforman el mencionado ipcc y el Acuerdo de París que se concretó el año pasado, con excepción de los Estados Unidos: A partir del 2014, de manera consecutiva ha aumentado la temperatura y el año de 2016 ha sido el más cálido. Por primera vez, en 2014, el nivel del dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera rebasó las 400 partes por millón, en los años 2015 y 2016 se incrementó aún más. Los huracanes y los tornados han aumentado en las tres últimas décadas. Desde los años setenta las sequías aumentan también de manera constante. Desde 2012 se redujo el área y la duración del casquete polar ártico50, lo que ha abierto el apetito de las petroleras como exxon para que, con la aquiescencia de la Rusia de Putin —y ahora de los Estados Unidos de Trump— para extraer el petróleo y gas que antes era más caro y problemático, igual que la navegación en ese mar antes congelado). Noticia reciente: en la Antártida se encontró una grieta de muchos kilómetros. El creciente deshielo de los glaciares (así como lo “pelón” que está el Popocatépetl o el Nevado de Toluca) y el deshielo de la perenne cubierta de Groenlandia que arroja torrentes adicionales de agua al mar. El nivel del mar crece de manera lenta, pero continua, lo que reduce los cultivos costeros que alimentan a las grandes mayorías depauperadas del mundo como las de Asia. En tanto las temperaturas suben inexorablemente, vastas áreas del fondo marino helado y tierras antes permanentemente congeladas (permafrost) liberan crecientes cantidades de metano (CH4), lo que a su vez, al ser un gas de efecto invernadero (gei) aún menos transparente a la radiación del infrarrojo (y de radiar menos el calor terrestre durante la noche) constituye una retroalimentación positiva —un círculo vicioso— del empeoramiento del efecto invernadero y con él, el del cc. Factor que aunado a menguantes y menos blancas cubiertas nevadas, acentúa el doble círculo vicioso, de modo que es un gran empeoramiento casi irremediable. Esta enumeración, limitada pero contundente, de los hechos constatables —exhaustiva y científicamente documentados— que está al alcance de quien quiera consultarlos en muchas publicaciones accesibles de dominio público, resulta incontrovertible para cualquier mente abierta y con un mínimo de lucidez, honestidad intelectual y sentido común. Además, esta relación, más que de hallazgos de la investigación científica, es una constatación dramática pero continua, consistente y persistente que podemos sintetizar como la catástrofe del clima, dentro de un desastre de proporciones cataclísmicas que no sólo es ambiental, sino, como empieza a evidenciarse, social, económico, humano y civilizatorio. A lo antes dicho, se suman las implicaciones que supone la actual falta de áreas de cultivo y la menor predictibilidad climática agrícola; el descontrol por nuevas plagas y enfermedades en flora, fauna y humanos; más grandes migraciones y conflictos por agua, comida y pérdida de empleos; desastres climáticos incrementados. En resumen, un panorama apocalíptico. Podemos declarar satisfecha la premisa básica del silogismo en el que basamos “la carga de la prueba” de la tesis esencial, y que es una información al alcance de cualquiera exceptuando a los perversos e interesados negacionistas como Trump. Nos queda demostrar las siguientes dos premisas, cuya concatenación lógica nos conduce inequívoca y convincentemente. Podemos afirmar, sin lugar a ninguna duda razonable, que la causa del desastre actual son las intensas actividades humanas de un modelo de desarrollo económico-tecnológico que da la espalda a lo ecológico y a la sabiduría ancestral de quienes han vivido por milenios en colaboración y respeto hacia la naturaleza. La culpa es en especial de los usos, modas y tendencias viciadas que vienen de la Revolución Industrial; es decir, de la adopción servil de estilos de vida; paradigmas y dogmas economicistas y tecnocráticos; torpes arquetipos y modas; la seducción de la mercadotecnia o la simple y ridícula imitación irracional.

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Hay que dejar en claro la vinculación de los factores humanos causantes del calentamiento global adicionales al que nuestro planeta vivió desde tiempo inmemorial y que favorecieron el surgimiento y el florecimiento de la vida, lo que ha convertido al tercer planeta del sistema solar en un jardín del Edén. Recapitulemos esos factores exógenos al calentamiento natural: Al calor residual del núcleo ígneo del planeta y a la radiación solar, se suman al sistema de manera directa el calor que la humanidad añade por el uso de combustibles fósiles —carbón o hidrocarburos— o las reacciones nucleares. A este calor directo extra, hay que sumar los insumos térmicos indirectos como la reducción de la reflexión solar por la reducción de áreas blancas a causa de la menguante extensión de las cubiertas polares y los glaciares: al reflejar menos esa radiación solar, permiten su absorción incrementada. El inducido efecto de la retroalimentación positiva —un serio círculo vicioso— incrementa indirectamente el calentamiento adicional, de modo que éste se vuelve exponencial, es decir peor, en hechos reales y comprobados, como los del descongelamiento del permafrost y los escapes del metano oceánico. Estos son los factores de origen humano, sin ninguna duda, del calentamiento global adicional contra el estado del equilibrio natural termodinámico previo del planeta y la biósfera por millones de años. Mostraremos nuestra penúltima aseveración crucial: la causa del calentamiento planetario de origen humano fue precisamente la adopción acrítica que la humanidad hizo de su propio poderío sobre la naturaleza; embelesada esta humanidad por el espejismo sofístico de los autocomplacientes mitos mágico-religiosos, sobre todo del Medio Oriente que proveyeron justificaciones narcisistas tales como: Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, o el texto bíblico que parafraseo: He aquí la tierra, para que la sometan. A muchos aún, esta explicación de la historia de los últimos dos milenios, y más aún la de la era de los descubrimientos y las exploraciones; de las conquistas, la colonización y los imperialismos, les resulta muy difícil de aceptar; en especial para explicar las verdaderas motivaciones de fenómenos para nada virtuosos como modelos economicistas en boga; los modelos civilizatorios y pseudoculturales que estas sociedades consumistas, tecnocráticas y adoradoras de modernos dioses falsos como el Mercado, las Finanzas, el Estado o la Ciencia y la Tecnología. Por ello, aventuraremos una hipótesis iconoclasta: ese narcisismo herido, esas creencias autojustificantes, las patéticas entelequias que condimentan y tratan de maquillar el espejismo de esta modernidad patética hacen difícil de aceptar el negacionismo. Ahora sólo nos falta vincular nuestro razonamiento, el cual ha mostrado ante tus ojos honestos y abiertos, lector, que, en primer lugar, el calentamiento global creciente y atípico sí existe y es la causa del desastre climático y principal razón de la catástrofe ambiental. En segundo lugar, sus factores causales comprobados han sido las distorsiones impuestas por los miopes esquemas del modelo economicista, consumista y hegemónico que en los últimos siglos ha dominado el “desarrollo” humano con la única opción viable en este momento. La única opción viable y digna de la humanidad, si quiere no solo lidiar con sino sobrevivir al desastre que nos amenaza con la catástrofe ecológica colosal casi inevitable y culminación de lo que ya empieza a verse como la evidente sexta extinción masiva de las especies vivas, es cambiar radicalmente el estilo de vida de la dizque modernidad. Una modernidad que es tan poco creativa, imaginativa y digna de ser una civilización


como para ser conservada y heredada a las generaciones futuras que, eventualmente, si cambiamos, podrían sucedernos o que, de modo contrario, simplemente no existirán o nos maldecirán por los siglos de los siglos en las ruinas del hermoso planeta que tuvimos. Seríamos más ambiciosos, ingenuos e ilusos al pretender, lector, que quieras y creas que al abandonar con genuino, digno e inteligente desapego material lo superfluo serás más dichoso. Esto no significa renunciar a las verdaderas cosas buenas de la vida, al buen vivir de la tradición de los pueblos andinos y mesoamericanos ni al justo y digno equilibrio con la naturaleza y nuestras conciencias, sino renunciar de un modo libre, asumido voluntaria y éticamente tanto al mero tener materialista, al coleccionismo estéril e inútil, al ridículo seguir esclavo de las modas y de la patética posesión; del confundir el ser con el tener. Es decir, la renuncia es sólo a lo sobrante y no esencial en nuestra vida: a muchos de los chunches o cosas a las que nos han acostumbrado o hecho adictos, como el último modelo de tableta o el celular más nuevo o inteligente o la vestimenta que han hecho creer que es indispensable. Esto incluye algunas ilusiones que tanto nos han vendido: la última pantallota, el auto más veloz o reluciente, la supuesta educación soñada, el faraónico viaje de ensueño, el bien inmobiliario de más lujo. Yo diría junto con Pablo VI: “Que nadie tenga lo superfluo mientras alguien carezca de lo indispensable”, no sólo como una precaución de seguridad personal en un mundo tan desigual, sino como un imperativo ético de la verdadera conducta moral que así nos brindará no sólo una buena calidad de vida, sino que ésta sea digna, pues es una calidad que viene de no despojar a otros humanos o otros seres vivos de hoy o del porvenir. ¿Qué mejor calidad de vida que una vida digna para así ser feliz? Como ecotécnico y teórico alternativo desde que fundamos la Asociación de Tecnología Apropiada en 1979 y a través de la experiencia en Xochicalli, nuestra casa ecológica en 1967; como fiel seguidor de la ciencia respetable y honesta, insisto en decirles a todos que no es necesario renunciar a la bendición de bañarse con agua caliente solar, ni siquiera a todos los aparatos eléctricos decentes ni lo hecho con diseño bioclimático, que no incluyen el planchado ni el aire acondicionado artificial, pero sí a renunciar al uso y abuso de los automóviles tan potentes como ineficientes a los que estamos acostumbrados; insisto en que ya no aspiremos a ir de turistas, no digamos a la Luna o a Marte, a Europa en anticuados jets o en esos viajes raudos y despilfarradores de energía para ver las pirámides de Egipto, la Muralla China, Machu Pichu o el Louvre en un weekend. De hecho, la clave para nuestro nuevo código de conducta de supervivencia y vida digna es el reducido consumo de energía y de otros recursos como el agua, las materias primas y la disminución de traslados superfluos, no indispensables, lo que nos llevaría a entender y aplicar una relocalización esencial de nuestras vidas. Una revisión o un estudio concienzudo del concepto de entropía más filosófico que sólo físico y de la ciencia termodinámica, no estarían por demás. Sea como sea, si aceptas esta oferta, puedes ser feliz y no sólo sucumbir al miedo, al remordimiento o a la preocupación, paciente amigo lector. descrecer, ¡para que ese otro mundo mejor sea posible!

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notas

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miento en México. Es fundador y forma parte del grupo Ecomunidades, Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México. Conferencia presentada el 7 de mayo de 2015 en La Casa del Lago, Ciudad de México, de la unam. 2 Jean Robert es arquitecto. Suizo de nacimiento, se naturalizó mexicano; es estudioso del pensamiento de Ivan Illich, además de ser profesor, activista y escritor. Tiene obras en español, francés y otros idiomas. 3 Ivan Illich. Némesis médica. México: Joaquín Mortiz/Planeta, 1978 [1976], p. 347. Reproducido en Obras reunidas, México: Fondo de Cultura Económica, 2007, 2008. 4 Op. cit., p. 348. 5 Obras reunidas, Vol. II. México: FCE, 2008, p. 166. 6 Economista, profesor emérito de la Universidad Paris-Sud, Francia, y objetor de crecimiento. 7 Renta mínima de inserción que el Estado francés otorga al desempleado. 8 Conclusiones del libro Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo. Madrid: Los libros de la catarata, 2016. Se reproduce el texto con permiso del autor. 9 Carlos Taibo es un politólogo español. Adhiere a los hyperlink “https://es.wikipedia.org/wiki/Antiglobalizaci%2525 C3%2525B3n”movimientos antiglobalización, hyperlink “https://es.wikipedia.org/wiki/Decrecimiento”decrecimiento, hyperlink “https://es.wikipedia.org/wiki/Democracia_directa”democracia directa y hyperlink “https://es.wikipedia.org/ wiki/Anarquismo”anarquismo. Miembro del consejo editorial de Sin Permiso. Autor de más de treinta libros en castellano y gallego. 10 Véase, por ejemplo, Jean-Pierre Dupuy y Jean Robert, La trahison de l’opulence, Paris: Presses Universitaires de France, 1976. Jean Robert, Le temps qu’on nous vole. Contre la société chronophage, Paris : Seuil, 1980. 11 Véase Elena Álvarez-Buylla Roces, “Los cultivos transgénicos y la ciencia internalizada: otra cara de la hidra capitalista disfrazada de “maíz” y de “ciencia”, El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista, Vol. II (de III) libro editado por los “compas” zapatistas de Chiapas, p. 172-183. 12 Michel Foucault, Las palabras y las cosas, México: Siglo xxi, 1968, p. 243, 244 [Paris: Gallimard, 1966, p. 261] 13 Ivan Illich, “La investigación convivencial. ‘Science by people’ ”, capítulo IV de El trabajo fantasma, Obras reunidas II, México: Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 112- 177. 14 Véase una crítica de estas metáforas en Uwe Pörksen, Plastic words. The tyranny of a modular language, University Park: The Pennsylvania State University Press, 1995 [1988]. Véase también: Ludwik Fleck, Genesis and Development of a Scientific Fact, Chicago: The University of Chicago Press, 1979 [1935] (una epistemología histórica del hecho científico sífilis antes y después de la reacción de Wassermann). Y, Jean Robert, “Una epistemología para tiempos de crisis. Para redescubrir a Ludwik Fleck”, El Gallo Ilustrado, semanario de el Día , Núm. 1333-1337, 10 de enero a 7 de febrero 1988. 15 Dra. en Humanidades por el itesm y catedrática en la unam. 16 En la traducción de “La pregunta por la técnica” que se emplea para este texto, el traductor Óscar Terán emplea la expresión “conminación” para traducir del alemán el concepto Bestellung, que refiere a “ordenar”, “demandar” en el sentido de imponer una orden o un mandato. Heidegger emplea otros conceptos adyacentes a Bestellung, tales como Stellen, que Terán traduce como “interpelar”, y como traducción de la voz alemana Herausforderung que significa retar o provocar utiliza “provocar” y “provocación”. Tales conceptos se toman de dicha traducción como en ella aparecen. 17 Heidegger (1953) denomina Gestell al “llamado provocante” que reúne al ser humano en la conminación “fondo fijo acumulado”. Gestell constituye la esencia de la técnica, y como tal se muestra en la interpelación y conminación de los entes —es decir de la naturaleza y del propio ser humano— para provocarlos a liberar su potencia, su energía acumulable y utilizable para los fines presuntamente “humanos”. Cabe aclarar que para Heidegger no sólo la naturaleza es objeto de la manipulación técnica, también lo es el ser humano, ya que la técnica es una forma del develar al mundo que se instala en el horizonte desde el cual el mundo y el ser humano se implican mutuamente. La esencia de la técnica no es ser una herramienta, ni un útil, ni un instrumento, su esencia es el conminar, el manipular, el acumular, Heidegger 1953: 60-61. 18 Filósofo. Rector de El Colegio de Morelos; Coordinador del Capítulo Morelos de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad. 19 Delgado, Imaz, Beristáin, 2015: 9. 20 Tamayo (1914), Aprender a decrecer, Paradiso, México. 21 Benyus, 2012: 16. 22 Cfr. El sitio web: asknature.org elaborado por Janine Benyus y su equipo.


23 Benyus 2012: 17. 24 Benyus 2012: 17. 25 Charles, 2013: 114. 26 Godina, C., Principio de precaución para una era tecnológica, 2008: 60-61. 27 Cfr. el informe del President’s Cancer Panel, 2010. 28 Riechmann, 2012: 63. 29 Cfr. el documento fílmico Inside job (“Trabajo confidencial”) dirigido por Charles Ferguson, USA, 2010. 30 ¡La esencial exponencial! Por el futuro de nuestro planeta, Bartlett, 2004. 31 Publicado por primera vez en 1978 y revisado en 1998. 32 Bartlett, 2004: 15 33 Lo cual fue normado incluso por el Deuteronomio del pueblo hebreo: “Podrás cobrar interés a un extranjero, pero a tu hermano no le cobrarás interés a fin de que el señor tu Dios te bendiga”, 23:20. 34 Illich, 1990. 35 Santander, 2011: 134-135. 36 Zaid, 2002: 11ss. 37 Cfr. Para más detalles, el estudio Caída libre. El libre mercado y el hundimiento de la economía mundial escrito por el premio nobel de economía 2001 Joseph Stiglitz, 2010. 38 Riechmann 2012: 34. 39 Mongeau, Serge. La Simplicité volontaire, plus que jamais… (La Simplicidad voluntaria, hoy más que nunca). Montréal: Ecosociété, 1998. 40 Latouche, Serge. Le pari de la décroissance. Fayard, 2006. 41 Primera ed., Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Paidós, 2015. Traducción de Albino Santos Mosquera.Título original: This changes everything: Capitalism vs the climate. Simon & Schuster, 2014. 42 Alrededor del minuto 36 del documental, DiCaprio considera imposible cambiar tal estilo de vida y, ante el desacuerdo de su interlocutora (la persona más lúcida de todo el documental), dice que la inversión en energías renovables solucionará el problema. 43 Es el caso del Virgin Earth Challange quien ofreció un premio de 25 millones de dólares por “una tecnología milagrosa que succionara grandes cantidades de carbono del aire”, p. 304. 44 “Klein is not an academic and cannot be judged as one”, en la versión original. 45 Como anticapitalista se define ella misma, por ejemplo, en la entrevista de Jordi Évole en noviembre de 2016. 46 José Arias Chávez es ingeniero civil con estudios en física y cine. Activista desde los años sesenta. En 1967 fundó la casa ecológica autosuficiente Xochicalli. Participó activamente contra el uso de la energía nuclear en México, en particular en Laguna Verde. 47 En Tlapacoya, Chimalhuacán, Peñón Viejo y otros islotes del gran lago se han hallado restos humanos. 48 Por cierto, la ruta preferente de las primeras migraciones parece haber sido, tras el cruce de Behring, una costera del Pacífico que los animales seguían al final de la última era glacial, pues el amparo del tibio acumulador del océano les prodigaba un clima un poco más benigno. Esa ruta y su proceder explican quizás la presencia humana más tardía en los altos valles continentales del altiplano americano que en los lugares más bajos y de mejor clima, lo que tal vez es el origen del alegato de varios sitios sudamericanos que se pretenden más antiguos que los de las partes altas. En el sitio de Tepexpan, un descubrimiento paleontológico de mediados del siglo xx, en la ribera norte del gran lago, ilustra dramáticamente esta etapa de nuestro pasado ancestral; bajo los restos de un mamut se encontraron restos humanos a los que llamaron El hombre de Tepexpan, sin embargo, estudios posteriores concluyeron que en realidad se trata de una mujer, una de nuestras antepasadas, quien unida a todo el clan podía abatir al gran paquidermo “echándole montón”. 49 ¡En 1910, entre Texcoco y San Lázaro, había un barquito de vapor; en los años treinta la gente paseaba por el Canal de la Viga, y yo vi navegar lanchas a media cuadra del Zócalo en la inundación de 1951! 50 Lo que ha abierto el apetito de las petroleras como exxon para que, con la aquiescencia de la Rusia de Putin —y ahora de los Estados Unidos de Trump— se extraiga petróleo y gas, lo que antes era más caro y problemático, así como la navegación en ese mar antes congelado.

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“La donna é mobile” Diana Isabel Jaramillo Amante

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habíamos casado porque venía Tomas

La vi venir, de frente, sosteniendo mi mirada. Pensé en

en camino. Cumplíamos con la imagen

morir, provocarme un ataque al corazón, caer fulminada.

de la familia perfecta, y sí lo éramos, al

Ordené a mis piernas correr en sentido contrario, pero no

ignorarnos evitábamos conflictos, todo

respondieron. Alcancé a rezar: “que no traiga una pistola,

estaba en paz. Pero la pesadez de la rela-

por favor, que no me mate”. Cerré los ojos para no des-

ción se manifestaba en nuestro físico: Para

viar la mirada, esperé lo peor. La esposa de mi amante

su joven edad, mi marido tenía la cabeza

avanzaba a contraluz. Atrás, las agujas de la catedral

casi blanca, llena de canas. Cada cana tenía

de Milán parecían peones que le guardaban la espalda.

el nombre de la mujer con la que me había

Me acordé de las telenovelas que había visto en mi

engañado. Pero esta vez el romance era dis-

infancia, con mi nana, cuando mis padres salían de

tinto, lo sentía. Me enteré que traía nueva

noche. La mala mala mala era la amante que no se

amante cuando comenzaron a disminuir sus

rendía hasta que el protagonista, guapo e indefenso,

noches de alcohol y tendencias suicidas, sus

caía en sus redes. La buena era la esposa, quien

sollozos y los desfogues sexuales. Él ya no

amaba hasta la sumisión: en las malas malas y en

era el mismo. Este desliz respondía a otras

las peores. En esta escena, yo era esa antagonista

necesidades.

que merecía el final más trágico: el linchamiendo

Esposo

en la gran piazza. Una multitud circunda un cuerpo anegado por

Años antes, casi cuatro —la fecha no es pre-

la tormenta de mayo que azota la plaza de Milán.

cisa—, ella representaba a Ifigenia en la ópera

El cielo negro contrasta con la claridad de las

Táuride. Vestida de oro, la cara de oro, los brazos

fastuosas construcciones: El duomo y la galería

de oro, las piernas y los dedos de los pies cubiertos

Víctor Manuel II fulguran. Se escuchan sirenas

de pintura dorada, mi próxima amante lloraba por

de patrullas y ambulancias como a cinco o seis

su hermano Pílades. Las nubes negras cargadas de

cuadras. Las personas que circundan el accidente

agua eran el coro. No pude sino deslumbrarme ante

emiten un coro de murmullos ahogados por el

el brillo de su voz y su actuación. Fui invitado por el

caer del agua.

embajador a la cena en honor al director de la obra

y al elenco. Yo sólo tenía la intención de homenajear Esposa

a la soprano.

Nunca tuvo la decencia de fingir sus des-

La euforia que ella tenía por el éxito de esa noche

lices. A la centésima vez que llegó poco antes

ayudó a convencerla de escapar conmigo de la para-

del amanecer dejé de buscarlo y esperarlo:

fernalia de la nobleza diplomática mexicana en Milán.

me dediqué a dormir. Llevábamos casados

Hicimos el amor enfebrecidos en su departamento de

muchos años, no sé cuántos, ambos había-

corso Génova.

mos perdido el interés de contar aniver-

Mi soprano era mexicana, llevaba dos meses en Milán,

sarios. Él había sido un niño prodigio del

con un contrato de La Scala, sólo le faltaba un mes y regre-

servicio exterior mexicano. A la par de

saría a vivir a Zurich. Cuando me ofreció un café, al terminar

los títulos profesionales que conquistó,

nuestro desaforado encuentro, pensé que los siguientes

a razón de buenos y poderosos padrinos,

treinta días podíamos no ser amigos, no ser pareja, no ser

se sumaba una lista de amores fugaces:

nada: sexocasual-escucharlaporhoras-sexocasual-abrazarla.

de uno, dos o tres en cada puerto. Nos

Después seguiría: abrazarla-sexocasual-escucharlaporhoras-


sexocasual, así durante los treinta días que ella estaría en

nifico a diario. De siempre, yo rompía

Milán —a mí todavía me restaban dos años—. Esa fórmula

mis relaciones poco después del segundo

no me había fallado en mis tantos años de casado dur-

acto, a tiempo para no enamorarnos,

miendo con diferentes mujeres en distintas partes del

para no buscarnos un funesto final. Le

mundo. Todas, no importaba su cultura, nivel intelectual

expliqué a Marc que estaba con alguien

e idioma, te ofrecían su cuerpo a cambio de un oído, de

más. Nos dijimos hasta luego. Andar con

cinco minutos de brazos confortantes.

el diplomático mexicano ahora contaba

como mi decisión. Amante

Casi nunca pensé en ella. En mi cabeza, la esposa de mi amante era una figura grandota, fuerte, hom-

Esposa La hubiera reconocido entre miles de

bruna, de rostro borrado. Para mí, no tenía mirada

mujeres, en una romería, en un mercado, en

que pudiera acusarme, a la cual evitar. No había

el tram, en un museo, en la tienda. Tenía todas

posibilidad de intercambiar con su esposa siquiera

las características que yo no tenía, físicamente

una palabra. Si acaso cruzaba su nombre por mi

era como mi antítesis. Exactamente el tipo de

cabeza, la comparaba con el apocalipsis: algún día

mujer que a él le podía encantar: profesora y

llegaría, pero yo no estaría viva para presenciarlo.

solista de ópera en la Accademia Teatro alla Scala

Yo tenía una trayectoria como soprano. Me había

en Milán, en sus años veinte había sido becaria

divorciado hacía quince años, no creía en el amor

de la unam y después consiguió un trabajo en

o en el desamor. Todo era cuestión de saciar nece-

la Öpera House Zürich.

sidades, tener un poco de química, pasarla bien.

Él, melómano, cantaba arias bajo la ducha. Era

Las necesidades sentimentales las podían cubrir

predecible que caería tarde o temprano en el regazo

las amistades o la familia —en caso extremo—.

de una cantante. En el ambiente en el que trabajaba

Después de haber vivido diez años en Europa

no era un sueño imposible. Ya había hecho sus intentos

trabajando en compañías o en escuelas, me pare-

con una cantante de ópera moderna alemana, pero

cía que había encontrado la manera de ser feliz:

ella no reparó en él ni por un segundo. Si lo veías a

no complicarse la vida con suposiciones. Aman-

simple vista, él no era tan atractivo: un hombre más

tes no me habían faltado, casados muchos de

bien bajo de estatura con un marcado rostro que con-

ellos. A los hombres de cualquier país no les ha

trastaba con lo verde de sus ojos. A veces, cuando el

estorbado la argolla del anular para acercarse

rencor afloraba, mi esposo me parecía un gnomo.

a una mujer atractiva como yo.

Cuando llegué hasta la acera donde me esperaba,

La primera vez que nos acostamos, tras

su amante estaba impávida. La tomé del brazo que

aquella aburrida cena en el consulado gene-

transpiraba cual menopáusica y la llevé, firme yo, a cami-

ral de México en Milán, decidí romper con

nar por el largo pasillo de la galería de Milán, un tanto

Marc, mi amante en Zurich. No solía andar

desierta para mi buena suerte. La lluvia se precipitaría

con dos hombres al mismo tiempo y quería

en cualquier momento, los relámpagos la anunciaban.

estar con este diplomático ojiverde por largo tiempo. Sabía que ella, su esposa, existía. Pero si a él no le importaba, yo viviría otra historia de pasión, sin desembocar en la tragedia griega que esce-

Amante —Eres su amante, ¿cierto?— susurró en mi oído. —Sí— apenas articulé una sílaba. No sabía cómo acomodar mis manos. Pensé: ¿cruzo los brazos para imponerme?,

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¿los pongo atrás? Rápido, que no se dé cuenta que me tiemblan los dedos, que

—Pide algo —me ordenó con voz adusta—. Yo quiero un vodka. —Un café con whisky —dije tímidamente. No sabía qué

sudan las palmas de mis manos. Los ojos de la estatua de María

pasaba conmigo, pero no me atrevía a contradecirla.

Antonieta se quedaron pendientes de mi reacción. Cómo lograr estar tiesa cual

—Ahora quiero que me digas qué esperas andando con él. Te escucho.

soldado, fingir estar lista para la afrenta cuerpo a cuerpo. Ella se me adelantó y

La estatua de María Antonieta no nos quitaba la mirada de encima.

no supe cómo evadirla, me agarró fuerte

—No espero nada. No quiero que te deje. Yo regresaré

el antebrazo. Me obligó a caminar bajo las

a vivir a Zurich. Estoy de paso en Milán. ¿Ya le pregun-

bóvedas vidriadas, ella dirigía la marcha.

taste a él sobre nosotros? —Le contesté dando un gran

Con todos los años de “adelantos” de civi-

sorbo al café con alcohol, intentando paladear más el

lidad, mi educación en México me recordó

whisky que el café.

que, con todo y mis scarpinas italianas, para

El cielo que ya no podía contenerse cayó con

la esposa yo era una battona, una cualquiera.

estruendo sobre la piazza del Duomo. La cortina de

Temí por mi vida.

agua no dejaba ver más allá de los portales. La brisa

nos mojaba los pies, las mejillas. El agua precipitada Esposo

nos ayudaba a bajar la temperatura que, sentía yo,

Salí a tropezones de la oficina, podía tomar

estaba a punto de evaporarnos.

el tram, pero decidí correr desaforadamente

Esposo

hacia el Duomo. Tenía que detener a Elena.

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Pedirles perdón, a ambas. Tomé mi blazer por

Llegué flotando, hecho una gota, una miseria

el cuello, me lancé por las calles esquivando a

empapada. Las vi a las dos sentadas en una mesita

las mujeres embarazadas, con passegginos. Casi

de café como sombras de ultratumba. Las dos esta-

me estampé con un chico que iba atento a su

ban bajo la mirada de una de esas pordioseras que,

teléfono en lugar de mirar por dónde caminaba.

disfrazadas de la corte de Luis xv y sin parpadear,

Evité ser atropellado por tres vespas. Pude haber

piden monedas y espantan niños. La mendiga tenía

sido detenido por los carabineri que con la ceja

un traje francés del siglo xviii, mojado de las ena-

alzada me vieron correr como bala tras tirarle a

guas, que aún con la tormenta no se bajaban, no

una mujer su bolso del mandado.

se movían de su pedestal, estaba atenta a mis

—¡Qué cazzo, una pinche manifestación en pro

mujeres.

del matrimonio homosexual! —grité a la multitud

Ellas no repararon en mi llegada, parecía

que me cerró el paso entre panderos, carteles, ropa

que discutían o, más bien, mi esposa recla-

multicolor y banderas en las mejillas.

maba alguna obviedad a la asustada Ifigenia.

En Milán cada tres días había una manifestación

Para mí, esa plática sobraba. Qué quería saber

por algo, hoy no podía ser la excepción, no podía dejar

Elena. Ella sabía bien qué lejos estaba de ser

de haber un coro que al unísono gritara: “¡El amor es

la primera amante en nuestro matrimonio.

libre, para todos, no tiene explicación!”

Nada le faltaba. Llevaba el control de la casa,

del dinero. Yo seguía cumpliendo con mis Amante

deberes de marido, no había más razón para

Sin darnos cuenta, porque notamos solamente las

esta escena que el orgullo. Luego de tantos

ausencias y nosotros estuvimos juntos todos los días, países y culturas, yo suponía que esta diosa pasaron dos años de amor furtivo. Cuando él podía escapar

tendría que acostumbrarse a su vida de

del consulado donde recibía artistas mexicanos o iba a

adoración sólo dentro de su casa. Ese era

cenas de protocolo, nos encontrábamos como si fuéramos

su ineludible destino.

adolescentes enfermos de amor. Después de sexo sin pudor, tomábamos un expresso y platicábamos de la vida. No le

Amante

dije, pero al cumplir el mes para el que estaba contratada,

Anoche tuve una epifanía: lo estaba

extendí mi contrato. Ya no había temporada de ópera en

amando por última vez. Aunque siempre

La Scala, pero me quedé dando clases. No quería dejarlo, el lo amaba como si fuéramos unos condeenlace había sido total. Cuando llegamos a la entrada del café de la galería, ella me invitó a tomar asiento en la mesita.

nados a muerte, esta vez la esperanza murió en el instante en que sentí un desahogado orgasmo. Lo recibí oliendo


a flores. Llegó de frac, venía de una tertulia en la casa del embajador. Traía aliento a vino tinto y las manos hirviendo. Nos tiramos en la alfombra que me quemó la espalda, las nalgas. Me rodó para que no me lastimara más. Se arrancó la camisa y las mancuernillas cayeron en el piso. Le bajé los pantalones con la fuerza de mis pies y apenas lo liberé, me arrancó el último suspiro. Vino la resignación. Amante y esposa / esposa y amante —A ti te debo que llegara dócil a mi cama. Sabía exactamente el día que te hacía el amor, porque como un perrito faldero, me suplicaba una caricia como muestra de que le perdonaba todo, otra vez. Esos días él era más tierno, más atento. Me besaba las manos, se recargaba en mi hombro. Los días posteriores a sus encuentros yo me sentía adorada. Ponía toda la atención a nuestro hijo, era el padre de familia ideal. —Entonces por qué me has buscado, por qué me cercaste. Si a mí me debes el triunfo de tu matrimonio —respondí sin poderla ver a los ojos, aunque los dirigiera hacia ella. —Porque gracias a ti he conocido el infierno de los celos. Yo lo amaba como se ama lo que nunca podrá perderse, como si él nunca jamás pudiera irse de mi lado, con la certeza que da acostumbrarse a pensar que permaneceremos siempre igual —murmuró mientras metía la mano de la argolla matrimonial a su bolso de marca—. Supongo que debo agradecerte que por primera vez sintiera miedo de perderlo. Pero tengo que explicarte —sacó lentamente su mano de la bolsa y yo desvié la mirada, nerviosa, hacia la figura empapada que venía frente a nosotros. Era él, su esposo, mi amante, parecía flotar sobre los espejos de agua que se hacían en la piazza. —¡Espera! ¡Esperen! —casi tropieza al aproximarse a la mesa. Llovía tanto que el traje a la medida se le pegaba a los brazos, a los muslos. Tropezó y patinó sobre el piso de mármol de los corredores de la galería. Las dos nos levantamos al instante, aventamos la taza de té, dejamos los bolsos votados. Se había caído nuestro hombre, había resbalado. Rápidamente la gente se amotinó alrededor nuestro. Implacable, la tormenta arreció. El café había permanecido vacío por la precipitación, pero tras la lluvia la gente salió de diversos rincones y se congregó alrededor del hombre herido. Nadie se atrevía a moverlo del charco en que parecía flotar. Algunos llamaron a la ambulancia. El telón cayó, y los murmullos cedieron al sordo tintineo de las gotas estrellándose en el mármol. La orquesta paró la música, limpió sus instrumentos, y se fue.

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Devoción por la piedra: Cuatro creencias Luis Armenta Malpica Cuando el hombre avanza por el pensamiento deja un rastro de polvo que, con el tiempo y el uso, se afianza y fortalece. Para algunos simplemente es la huella del pasado. Para otros, puede ser una piedra sobre la que se levante, como un templo, un poema. Jorge Ortega (Mexicali, 1972) es un hombre renacentista y culterano, para quien el oficio de escribir se le brinda de modo reflexivo y minucioso. Cuatro adjetivos para nombrar esas tantas creencias de las que habla Robert Frost en su Prosa.

LA CREENCIA PERSONAL La voz de Jorge Ortega ha madurado desde Ajedrez de polvo (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003) hasta Guía de forasteros (Bonobos, México, 2014). No lejos uno y otro de esta su nueva entrega: Devoción por la piedra (primera edición, Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, 2011; segunda edición, Mantis editores y cetys, Guadalajara, 2016) y con el que obtuviera el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2010. En su articulación, los vocablos parecen desprenderse de una idea y asen-

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tarse en el aire, distantes entre sí, para luego, por una lenta alquimia, agruparse en nosotros con una extraña idea de lo ya conocido. Eso que se transforma por el fuego que le imprime el lector y que proviene, no sabemos cuán hondo, de ciertas propias pérdidas. Si el ajedrez requiere de estrategia, el polvo es un resabio natural que se acomoda, aunque no lo queramos, sobre aquellos objetos olvidados, inmóviles, por los cuales ya no pasamos más nuestra vista o la mano. Polvo, que ya dijimos, consiguen las palabras, y pueden ser palabras en las manos correctas. Asimismo, una guía también requiere método: se trazan coordenadas, se sitúan los espacios y sitios visitables, se muestran los accesos y las rutas de viaje y, por si fuera poco, se convierte en la biblia de todo forastero.

LA CREENCIA NACIONAL No hay duda de que Devoción por la piedra está emparentado con Guía de forasteros y funciona o parece una extensión del libro publicado en el 2014. De hecho, la línea Devoción por la piedra aparece en el poema “Numulites” de Guía de Forasteros. Algunos de los textos que se citan lo confirman: “Hacia el metro”, “Autovía del noroeste”, “Pretexto de lugar”, “Camino Francés”, “Consulado en Ávila”, “Trobar club”, “Domus Aurea”, “Mercado de antigüedades”, “Café Zurich”, “Sant Pau del Camp” y “Rutas alternas” tienen la vena clara de esos sitios que uno localiza en un mapa, para luego acercarse, conocerlos, vivirlos plenamente. Esta cartografía se explicita en el siguiente poema:


ROSA NÁUTICA

Si de la tierra venimos, la Tierra entera es mi país y todos los mundos mis parientes son. Abu-l-Salt de Denia

En un lugar visible

o invisible

a la fama

acopio estas palabras

y desde ahí

decreto un nuevo centro,

el fin provisional

de una errancia que nunca llega a colmo. No podría

jurar “aquí me quedo”;

en todo caso

que hay un sitio propicio a la demora

cuyo manojo de signos vitales

es una brasa inmune

que duerme sumergida

en el grisáceo humor

de la memoria.

Coral bajo el manglar de los latidos

donde reposa el ancla

de nuestra singladura,

la caja negra conteniendo el acta

de lo escuchado y visto

en puertos casi inciertos.

Sinuoso y abisal el filamento

que nos une al origen,

tan largo

que resiste

bordear los confines sin rasgarse.

Y por más que me vaya

o pretenda alejarme,

habrá un cuarto de hotel en que de pronto, así,

mientras contemple el techo, acostado en la cama,

regrese a medias el inútil salmo

de una edad perdida.

El poema se escribe para ser habitado por el hombre, más como una casa construida piedra a piedra que como una galería de imágenes o cuadros. Algunos hombres han ido más allá y forjan un hogar, un templo o alguna ciudadela con esa misma arcilla. En otros, la torre de Babel se yergue con vocablos tan ininteligibles como el betún que los separa hacia rutas distintas de lo que uno conoce. Y si hablamos de modo religioso, también nos enfrentamos al viacrucis

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y a la resurrección que va del caos al verbo. Piedra (como el nombre de Pedro o a la inversa, sin que esto nos importe) por la que nos postramos unos cuantos. Jorge Ortega es un poeta que espera que regrese a medias el inútil salmo / de una edad perdida. Añoranza que se vuelve, en este poema y en casi todos los poemas de sus libros, una memoración nostálgica. Jorge Fernández Granados reseña este libro de Ortega diciendo que: “El spleen de la melancolía conduce las cavilaciones de la conciencia tras estos poemas. Una melancolía que nunca deja de ser elegante y que se afirma a cada paso, no como un impositivo anfitrión que pretende demostrar la ancestralidad de sus fundos, sino como un huésped amable y discreto que nos saluda desde el umbral del vestíbulo o bien al coincidir por la calle. Quizás incluso llamarla melancolía sea demasiado determinante. Se trata más bien de un espesor de la propia conciencia al contemplar el mundo, acaso la sombra de la sabiduría que se ha alargado tempranamente en las palabras del poeta. Se trata también de una atmósfera digamos otoñal, de un juego de tonalidades donde predominan los azules, los ocres y los grises”.

LA CREENCIA EN EL AMOR Se ha dicho que el poema logra su comunión cuando uno o más lo invocan y en su nombre se quieren. Jorge Ortega es un autor sin tono religioso, pero devocionario y algo renacentista en su creación del mundo, y este libro se forma desde la “Levadura”, su primer apartado. Es lo de afuera, lo que no está en ti, / el lienzo mineral erguido a solas […] lo que no ostentas. Esto es el sentimiento. Y luego la teoría: y todo estaba ahí / porque no estaba escrito. En cambio, para Robert Frost “El placer de un poema en sí mismo debiera estar en la forma de expresar cómo hacerlo. La imagen que un poema crea. Comienza con deleite y termina con sabiduría. La imagen es igual a la del amor”. Todo libro de poemas es una casa, pero se vuelve hogar si le ponemos encima los dos ojos y hacemos un esfuerzo para llenar el corazón con sus latidos. John Ashbery dice que el poema

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no se hace con ideas sino con el lenguaje. Jorge Ortega lo sabe. Dice aquello que fluye de lo humano y pega con saliva los adobes del poema: el polvo que dejamos al leer en voz alta y se vuelven la piedra que cargaremos siempre que recordemos lo que Ortega nos dice y nos señala como camino andado y por andar. Con guía o sin piedra náutica, piedra rodante al fin, reconocida al fin, palpitando en la frente como función alquímica. Palabras para trazar la cruz del santo y seña. La sola devoción por decir lo que amamos. El segundo apartado también parece amor: “Resistencia de materiales”, nos dice Jorge Ortega. Era de madrugada / y la simiente de una tonadilla / se fue desperezando en la garganta. Pero en el extranjero, / bajo el agrupamiento de otras nubes, la historia no encajaba. ¿Qué encaja en un poema? Para mí, un “Secreto seguro” es decir, con Ortega: Vayas o vengas, / transfigurado o no por los lugares, / tienes una morada en todo aquello / que pasa inadvertido. Porque los hombres, al revés de las lágrimas, a la inversa, / no terminamos nunca / de caer. Siempre seremos conmovidos por alguna “Lección de biología” pues la piedra estaba aquí / antes que yo naciera. Ortega es más bien reflexivo que amoroso, pero ama las palabras que lo dejan pensar. Respira sus palabras como si fueran aire y alejaran el polvo de las piedras. Las reverencias desde su posición del niño que proyecta las filminas que fue recuperando de sus padres. “Diapositivas”, el tercer apartado, transcurre como una prosa que se va destilando hasta llegar a los “Cantares de gesta”, en donde la poesía tira al cielo / su malla de vocablos disolubles. Poemas de un conjuro más alto, que por igual nos dicen que, aunque vivimos una misma ciudad en un mismo momento, tampoco somos el mismo individuo. ¿Qué se extraña en un poema? Habrá que preguntárselo a quien levanta un libro y lo deja caer (¿lo suelta o no lo aguanta?) y persiste en llevarlo hasta la cima. Habrá que revisar en ese corazón qué es lo que basta. Para un poema basta que la articulación de las palabras conjure ese algo más que nunca vemos, pero late en nosotros: ese flujo que es más respiración que pensamiento y sin


embargo parte de la misma tristeza. Melancolía que George Steiner traza cual (posible) razón, unas diez veces, para situar el pensamiento. Si no existe pintor que pueda trasladar en el lienzo lo que ve ante sí ni tampoco el poeta lo expresa con palabras, ¿a qué espera fallida le apunta Jorge Ortega en su trabajo? Para Steiner: “Tropezamos, en ocasiones visceralmente, con impalpables pero rígidos muros de lenguaje. El poeta, el pensador, los maestros de la metáfora hacen arañazos en ese muro. Sin embargo, el mundo, tanto dentro como fuera de nosotros, murmura palabras que no somos capaces de distinguir”. Ante tal devoción, no es extraño que subamos la piedra de lo que más nos duele y pensemos, como Camus de Sísifo, que hasta somos dichosos. Es en este momento en el cual Sísifo recupera la gracia del enunciado exacto / para mover la roca. Y es lo que ansío de un libro de poemas: que nos conceda de improviso, / una tarde cualquiera, / al derretirse el hielo del reflejo / que nos impide ver lo que hay detrás, // la galaxia en persona: inmensidad suscrita / al átomo que amamos.

87 LA CREENCIA EN EL ARTE Con esta “Brisa de resurrección” Jorge cierra su libro. A quien lea Devoción por la piedra sólo puedo decirle: Además de lo demás / qué más / no ha sido dicho. […] No hay contenido para la palabra / en todo lo que existe. / No hay / siquiera / lista de espera / para el decir insólito. // No tengo qué ofrecerte. // Toma, si quieres, / esta raíz de acaso / donde sí cabe, en cambio, una aguja, / este texto precario / donde se curte el deseo, / donde el deseo aguarda / aunque sea / el punto final que lo libere. A quien reciba a solas Devoción por la piedra le llegará un otoño de golpe, detenido en los detalles ínfimos que Ortega observa con microscopio. Le llegarán muchos otros acasos y creencias. Todo esto lo agradezco. Tal vez a Jorge le parezcan muy poco estas palabras y no podría jamás contradecirlo. Yo qué puedo decirle sino con los versos finales y muy suyos: caminas al encuentro de un amigo / con bastante demora. Esto me dio Devoción por la piedra y aquí lo dejo. No seguimos leyendo ya, pero no sucumbimos. La piedra sigue en pie y habrá que hacer el viaje cuesta arriba las veces que creamos que haga falta.


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Al llegar lo único cierto es este raro sen-

las colas se extienden casi dos horas, ¡nueve cuadras!, antes

timiento de sorpresa conocida, algo a

de embarcar en la línea amarilla, Estación Mirador, luego la

medio camino entre lo familiar y lo insos-

Buenos Aires y enseguida desciendo en la Estación Sopoca-

pechado, entre lo consabido y lo impen-

chi para saludar a Cervantes y garabatear alguna de todas

sable. Como si en esta parte del mundo

estas notas en la Plaza España: es alucinante el paisaje de

fuera necesario reinventar el idioma para

la cordillera, sobre todo del Illimani, esa cumbre nevada

hablar Bolivia desde Bolivia, el asombro

que acompaña los trayectos de la mirada y que presta su

nos exige la conciencia más efectiva de una

orgullo y su identidad a la vida capitalina. No sé cuántas

lengua castellana cuyos anhelos, al final de

veces me habré repetido en la memoria el espectáculo

cada palabra, no perderán nunca la con-

aéreo de caseríos que, sin duda, se saben observados,

sanguinidad de nuestras reacciones. Para

y en ocasiones he descubierto ventanas abiertas en

llegar a decirla es preciso estarla, y entonces

dormitorios al alcance de la indiscreción (sería tan

sí, ya puede uno adelantar que por aquí la

mágico percibir libreros desde la estratósfera, digo

vida transcurre entre momentos de lo vertical,

yo…). Paredes y techos y jardines y azoteas y también

entre literales altibajos cuyos ascensos todo lo

salas y cocinas y las cortinas de algún baño entre

dominan, o, si se prefiere, cuyos descensos todo

canchas y bulevares y parques y patios y alguna

lo liberan. Siempre resultará tan sencillo y tan

piscina, todo a medio hacer y otra vez todo a punto

complicado hablar de una capital hacia arriba,

de venirse abajo porque aquí lo inacabado se ha

de una ciudad hacia abajo, de un universo que

transformado en realización estética, lo cual equi-

ha decidido resolver sus embotellamientos (acá

vale a postular que las arquitecturas intermedias

los llaman trancaderas) desde las torres de sus

se han consagrado en tanto que género, ya son

teleféricos: varias líneas de varios colores, vaivenes

parte de la cultura local. Después podré enterarme

enlazados por cables larguísimos, con la sonrisa

que muy a menudo los bolivianos no terminan

de Evo Morales en cada estación, Evo al subir y

sus casas por razones tributarias, pues entre lo

Evo al bajar, así le llaman, sólo Evo, el presidente

inacabado de una vivienda y el punto final de

y el sindicalista y el cocalero, el mandatario y el

cualquier edificación hay abismos en el pago del

aymara y el modernizador de los cielos paceños. Y,

predial; sí, lo de aquí es construir sin retocar,

dicho sea como de paso, el teleférico también se ha

diseñar inmuebles inconclusos que posean

convertido en una experiencia del orden, aquí nadie

también el encanto de lo nuevo y entonces

se aglomera, es verdad —hay que creerlo a pie junti-

eludir al fisco y ladrón que roba a ladrón y

llas—, no hay remolinos sino un sistema cotidiano de

lo demás que la gente repite cuando a veces

filas que a veces se vuelven larguísimas, insoportables

se da el tiempo de explicarle a uno el detalle

en las horas punta, porque la vida de todos está de por

de tantas cosas que sólo tienen sentido en

medio y lo mejor es respetar cada una de las consignas,

la realidad de sus calles —no muy estrechas

diez usuarios por viaje, cinco pasajeros por asiento,

frente a la Embajada de Canadá y nunca

abordar sin prisas, equilibrar el peso y entonces sí, bajar

muy anchas en los alrededores de tantas

sin exabruptos.

oficinas de gobierno—.

Mis incipientes búsquedas de un lector nativo esta-

En el paisaje de mis vagabundeos, allá

rán marcadas por esta forma de volar en las cabinas del

por la Plaza Murillo, a un par de calles

teleférico, sobre todo durante los días de protesta que se

del Palacio Quemado, hoy he saludado a

viven entre La Paz y El Alto. En el trastorno de las rutinas,

la guardia presidencial, los Colorados de


Bolivia, uniformes de siglos pasados, como en la época de la

bombón de coca o quizás instalarse en la

guerra a muerte contra los realistas —supongo—, de quepis

cafetería más cercana, pedir un matecito,

relucientes, cinturón claro sobre la casaca roja, botones

sólo eso, antes de retomar las búsquedas

dorados, pantalones cubiertos por botas negras de pasar

frente a la Plaza Abaroa, sobre la 20 de

revista y unas bayonetas que actualizan los heroísmos de

Octubre, bajando desde la sinuosa Ecua-

otro tiempo. Again and again, toda descripción resulta

dor por la Belisario Salinas. Hay lugares

tan sencilla y tan complicada en una ciudad que además

donde sólo se venden infusiones aunque

ha trastocado todos los sinónimos del auto; de hecho,

también están los buenos, estos chiringuitos

necesitaré un par de días más para entender aquello

en los que se sirven las hojas en agua muy

de “tomar una movilidad”: abordar un taxi, subirse a

caliente; el precio, aunque varía, siempre

un “trufi”, sobrevivir el micro de la jornada diaria o

es módico, de tres o de cuatro, no más de

rodear, arriba de un bus grandilocuente y mínimo, la

cinco bolivianos mientras ya, ya va pasando, el

glorieta con la escultura metálica del Che Guevara

apunamiento, lo cual equivale a unos sesenta

(sueños enormes de una boina eterna modelada con

centavos de dólar.

trozos de hierro forjado, cuerpo y fusil de laminillas

Al paso de mis indagaciones será necesario

o lingotes, y hasta la victoria siempre). Acaso al

desarrollar un gran sentido de las distancias.

final de mi paso por estos andurriales sepa explicar

Dicho un poco a la ligera —a los días contados

que en esta gran geografía de hondonadas, cues-

de mis andanzas les faltará siempre la prueba del

tas, rampas, cúspides y quebradas, la eficacia de

tiempo—, lo más aconsejable para el fuereño es

cualquier traslado alimenta las felicidades tanto

instalar sus rutinas en las inmediaciones de una

como las frustraciones de sus habitantes.

buena cafetería. Además, en casi todas ellas hay

Pero ya, ya he decidido que sí, que me gusta

jawitas, empanadas de queso, ligeras, llenadoras,

mucho esta ciudad de respiraciones atrabanca-

adictivas, y no, presiento que aún no debo alejarme

das. Sus calles imponen siempre un mate de

mucho de estos oasis del té donde se fomenta una

coca para remediar el mal de altura, o quizás

versión elevadísima de la paciencia. Lo olvidaba:

sólo llenar el bolsillo con dulces de lo mismo.

este mediodía he descubierto que la Plaza del Estu-

A veces, en las muecas de la gente (la mayoría

diante es un seudónimo de la Plaza Sucre, aunque

de origen indígena) se delatan esas hojitas que

no estoy seguro de nada porque La Paz es así, llena

remedian el soroche —o sorojchi—, y no es

de dobleces en el bautizo de sus costumbres, como

difícil descubrir, claro que no, el movimiento

si el lenguaje aún estuviera joven, como si el funda-

casi mecánico de las mandíbulas, el pijchar

mento de sus voces más urbanas (casual proyección de

de la masticación y el respiro medicinal que

mis andanzas) aún estuviera buscando una forma de

produce la planta en el organismo. También

ser nombrado, o, por qué no decirlo así, como si aquí

le llaman la puna, es decir, la hipoxia, la

fueran imposibles las sentencias unívocas o los juicios

falta de oxigenación en el recién llegado:

sumarios para designar la realidad.

entonces se sobrelleva mal este raro dolor

En uno de los bulevares más transitados de la ciudad,

en las sienes, buen Dios, las venas pare-

El Prado o El Pardo —ahora mismo no lo recuerdo—, hay

cen refunfuñar en el cráneo, buen Dios,

una huelga de mineros exigiendo justicia entre cohetones

ahora es la inminencia de un estallido

de fiesta patronal y micrófonos a todo pulmón: “¡esto no

entre la piel y el cerebelo y vuelta otra

es desfile, es marcha de protesta…!”, y aturden y se desga-

vez la mano al bolsillo, chupar el último

ñitan y provocan enfado en la repetición de las demandas.

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Portan un casco de trabajo, multicolor, y las mujeres, casi ciudad cambia de piel; en efecto, aquí se

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todas indígenas, abren la marcha con premeditada lentitud,

respira un nuevo microclima entre casas

algunas de faldas infinitas, otras con niños en la espalda de

de mucha riqueza, cadenas comercia-

sus manteletas, todas con una fuerza eterna y ejemplar en

les, oficinas bancarias, estacionamientos

los rostros de su perseverancia (así es como debe decirse,

exclusivos, corbatas y parterres de última

creo yo). La claridad del altoparlante asalta la curiosidad,

moda, anuncios de restaurantes y auto-

“solución ahora, ¡carajo!”, pues ese acento administra el

móviles de lujo, todo tan inalcanzable para

viento más íntimo del grito, como si la voz conociera la

el común de los mortales.

necesidad de economizar el aire de cada palabra en las

No, no todo resultó baldío al cuarto para

alturas de la ciudad. El más anciano, el más sabio en

las cuatro, cuando volví a extraviarme en

edad, cara morena de bondad ancestral bajo el casco,

una tarde que casi se hizo frustración en las

será quien decida el paso siguiente, la intensidad de la

puertas cerradas de otra librería, la Yacha-

caminata y el derrotero de una queja que ahora dirige

ywasi —“casa del saber”, según se informa

sus petardos hacia el Monoblock de la umsa, el edificio

en las vitrinas—. Cerrada por almuerzo, me

de la Universidad Mayor de San Andrés. Y mientras

explicaba Rosario, de pie sobre la vereda de

busco memorizar los momentos más claros de mis

su impaciencia; era museóloga, y sí, lo sé muy

atropellados jadeos, por cierto que todos los lustrabotas

bien, hubiera sido genial entrar a los estantes

andan por la ciudad bajo un pasamontañas, también

de una especialista en pasados, conocer las

me repito en la conclusión de que en La Paz lo mejor

repisas de aquella experta en las vigencias de lo

es ampliar los plazos en las horas de cada día, darse

antiguo: ¿qué lee una curadora de La Paz, cómo

otros quince minutos de tregua en la media calle

se acerca a la idea de la ficción, cuáles son sus

de los tantos, tantísimos metros de altitud, y de las

autores de cabecera y cuáles los moldes que per-

tantas, tantísimas cosas que a diario desquician el

filan sus divagaciones? Pero lo suyo no era miedo

transporte público de pasajeros.

sino pudor o quizás sólo la más bella de todas las

Después de cuatro días de precaución uno

modestias, esto es, la de proteger su intimidad

comienza a sentirse al alcance de sus propios

de mujer leyente. A pesar de las negativas, dejó

pasos, entre resuellos cada vez más esporádicos,

escurrir el consejo de volver a Sopocachi, buscar

o, por conocidos, menos inquietantes. Las cua-

por allí una casa editorial, cerca del Conservato-

tro jornadas precedentes se han transformado,

rio de Música, donde quizás podrían orientarme.

acaso sin saberlo, en un descenso gradual a los

Y cuando remonte las alturas de la ciudad sé que

posibles accidentes de la lectura nativa; sí, aquí

desconfiaré de las timideces de Rosario pues hace

los libros deben de significarse de otra manera:

rato que la modernidad de las librerías se parece a

cada autor, cada edición, cada estante tiene que

los expendios de comida rápida donde nadie intima

representar la extensión de una urbe que a diario

con nadie; despersonalizado en su condición de cliente

juguetea con el techo de sus cordilleras y con

ocasional, allí el lector reacciona confuso ante las téc-

el cielo de sus azoteas. Como quiera que sea,

nicas de mercado y las políticas del suceso editorial,

hoy volveré a bajar tiritando desde El Alto al

¿no es cierto? Para comprobarlo bastaría con repasar

sector de Sopocachi y desde allí seguiré hacia

cada una de esas palabras, “cliente”, “técnica”, “polí-

los Obrajes y el barrio de Calacoto —Qala

tica” o “mercado”, pues no sólo desfiguran a nuestros

qutu, que en lengua aymara quiere decir

autores favoritos sino que además han tergiversado,

“montón de piedra”, o algo así—; según me

tal vez ya sin remedio, el oficio del buen librero, guía

han dicho, por la Iglesia de San Miguel hay

imprescindible en las excursiones de antaño hacia los

alguna librería de viejo en la que tal vez se

clásicos de cualquier época.

produzca el milagro del descubrimiento. El

De nuevo el cárdigan y la bufanda. Sí, ya regreso a

distrito, de reciente construcción, exhibe la

la pesadez de mis pasos porque el oasis del Distrito Sur

opulencia de sus edificios en la zona más

va cediendo a los temblequeos de Sopocachi. Esta vez

cálida de la ciudad, muy parecida al Santa

no hay filas en Mi Teleférico y el espectáculo del Illimani

Fe de la Ciudad de México, al Chicó de

se diluye en el último soplo de la tarde; ahora son las

Bogotá o a la Avenida Balboa de Panamá.

luces incipientes, el tráfico de avenidas tachonadas de

Es necesario un viaje doble de teleféricos,

luminarias y en Ediciones Plural he sabido que son muy

línea amarilla y transferencia de altura

pocos los libreros de viejo que sobreviven en la ciudad

con la línea verde, dirección Chuqui apu

(insisto: nadie como ellos para identificar a un leedor sin

(Libertador), para comprobar que la

mancha de pecado comercial). De paso, me han invitado


a una lectura de poesía, el mismísimo de cuentas con el gentilicio pues para él lo boliviano es el Luis García Montero andará por allí y

principio y el final de cualquier discusión literaria. Acude

la entrada es libre y de corazón lo agra-

rápido a Metal del diablo (1946) y a Trópico enamorado

dezco, yo todo lo agradezco, aunque, la

(1968), ambas del cochabambino Augusto Céspedes, y

verdad de la verdad, las literaturas que

enseguida cambia el semblante al recordar las florituras

cobran cuerpo en La Paz hoy sólo pueden

de Soledad, del siempre decimonónico Bartolomé Mitre. Y

ocuparme de otro modo —acaso como el

allí sigue, acalorando el gesto de lo patriótico con El pez

síntoma que perfecciona los símbolos de

de Oro (1927), porque Gamaliel Churata, el exiliado del

vastedad que se derivan de los Andes—.

Potosí, fue boliviano más allá de su nacimiento —alguien

El ansía comienza a calar en el entu-

dígaselo pronto a los peruanos, por favor…—. En un vai-

siasmo. Me dirijo a El Alcázar, un edificio de

vén de provincialismos mestizos, lo mismo deambula

lujos fuera de época, quizás construido en

por lo boliviano universal que retrocede para postular

los años setenta, no estoy seguro, mosaicos

lo andino supranacional y nuestra charla se ha hecho

limpios, muy luminoso en el pasillo central,

cada vez más monológica con Raza de bronce (1919),

sobre la Federico Zuazo. He tomado un taxi al

de Alcides Arguedas, La Chaskañawi (1945), de Car-

botepronto, hay un mercadillo de libros usados

los Medinaceli, y Aluvión de fuego (1935), de Oscar

en la planta baja del lugar, y fue necesario

Cerruto, novela histórica sobre la Guerra del Chaco.

negociar con el conductor los diez bolivianos

Al alejarse de Franz Tamayo, autor al que la idea de

del precio justo en una mediocre imitación del

Bolivia no puede deberle gran cosa, comprendo que

acento local (¿me habrá tomado por sucrense,

Fredy ha convertido sus aficiones en una razón de

o siquiera por santacrucino?). Lo he explicado

Estado; sin embargo, y para lo que ocupa decir aquí,

desde la llegada, sin ambages, porque se me

su biblioteca no deja de ser virtual, lectura hecha

acaba el tiempo: busco a gente de andar por

de voces y acaso también de interjecciones cuando

casa, señor, gente normal, y reímos, cuánto reí-

algo comenta sobre Norte de Paz Soldán y me queda

mos, el administrador y yo…, menos como yo y

claro que nunca me invitará a su casa, allá por el

un poco más como usted, señor mío…, y reímos,

barrio de San Antonio, ni me dejará mirar la repisa

otra vez, cuánto reímos ante mis descripciones

donde habita su Felipe Delgado (1979), de Jaime

de alguien que no haya manchado la lectura con

Saénz. Por último, hemos hablado del desgarrado

las ganas de escribir, de los que aún deambulan

espíritu del “aparapita”, ser que absorbe todos los

por una página para que nuestro destino resucite

márgenes y todos los dolores de La Paz (hermano

de otra forma o de los que todavía se inscriben en

gemelo del “tameme”, cargador de mecapal en

el absurdo provechoso de pensar en todas las vidas

el México de cualquier mercado). Y así siguió,

que transviviremos gracias a la literatura. En las

inflexible, respetuosísimo, desviando la atención

convenciones impuestas por los altiplanos, él tiene

de mi solicitud con comentarios de despedida

que conocer a alguien así, dispuesto a nacionalizar

inminente: a lo mucho y si lo deseo, puedo

las coordenadas de un relato con las veredas más

tener acceso a un catálogo electrónico, eso

congénitas de sus calles, sí, alguien como Fredy, el

sí, porque gracias a las destrezas de su oficio

analista programador, y sobre todo alguien como

ha convertido aquella biblioteca en archivo

Roberto —¡por fin alguien como Roberto!—, aquel obrero

numérico y no, ya no hay tiempo para expli-

del aceite comestible.

carle a Fredy que es en los códigos postales

El primero de ellos ha decidido profesar el pasa-

de un entrepaño donde se oculta la verdad

porte, porque, dicho sin tiempo que perder, Fredy es

más inesperada de cualquier ficción llamada

un boliviano profesional. Sobrevive en un empleo de

La Paz en cualquier autor llamado Bolivia.

los llamados actuales, mal pagado, eso que ni qué,

Roberto, en cambio, todo lo entendió en

transfiriendo datos, diseñando páginas web o solucio-

silencio. Es nativo de Villazón y crecido entre

nando virus imaginarios y parece muy buena persona;

Tarija y Sucre, treinta y siete años de edad,

vestido y planchado con una formalidad sacerdotal, en

o más o menos, y mañana pasará por El

su aspecto de hombre responsable se concita toda la lite-

Alcázar después de recoger a su hija en el

ratura que alguna vez nos revelará la nación que somos,

Colegio Don Bosco, el instituto repetido de

y no a la inversa —no estoy seguro de seguir su discurso,

su propia infancia. Tiene un semblante de

pero así es como lo dice porque así es como lo recupero

adolescente mayor, de juventud perma-

de mi cuadernillo de notas—. En la pasión de una crítica

nente que acaso se ha hecho indudable a

sin aspavientos, su repaso del canon local parece un ajuste

fuerza de visitar mundos verbales y en

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su voz se reconoce un diseño de frases de misericordia.

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que algo tiene de corrección aprendida

Comprados desde el trueque o el azar, nada como los

y otro tanto de sinceridad letrada, cosa

libros ya vividos, los que llegan a nuestras manos con la

más bien singular en el sociolecto del

huella de alguna inscripción, subrayados en el doblez de

altiplano. Hace ya casi veinte años que

una página o entre dedicatorias ilegibles de una mujer que

trabaja en una compañía que produce y

ya nunca se conquistará. Es la doble ficción de la ficción,

distribuye aceite comestible —¿cómo se

y su forma de comentarlo presagia el gusto de saber que,

llamaba?..., tampoco lo recuerdo—: realiza

en caso de naufragio, Roberto sólo salvaría su ejemplar de

inventarios, despacha remesas, verifica

El extranjero de Camus y se olvidaría incluso de la nueva-

pesos y medidas, controla pagos, facturas,

vieja edición del Paraíso perdido de Milton que compró

procesos de empaque y flujos de distribución

hace tiempo (ambos los tiene allá arriba, y ya me los

y labora en la soledad de un galerón, en un

enseñará más tarde). Del azar que envuelve la vida de

segundo piso, solo frente a la pantalla, sobre

un libro, cuánto lamentó la pérdida de un Verlaine en

la mesa de un silencio con el que cobija el

edición bilingüe, pasta dura, una exquisitez; se quedó

secreto de las horas robadas a su semana

dormido en el micro, había tenido un mal día y al

inglesa para terminar un libro, siempre un

bajarse no recordó haber despertado y aquellos versos

libro más, sobre todo los franceses, eso es lo

le habían enseñado a leer en otra lengua, porque él no

suyo, aunque a veces conviene una temporada

lo habla, él sólo lee el francés, y porque en Roberto ya

entre los clásicos. Tercer hijo en una familia de

todo es posible…; ¿y el libro que nunca le regalaría

ocho hermanos, ya casi nunca se procura escri-

a su hija?: cualquier Stendhal, sobre todo La cartuja

tores patrios, es como el contrapunto inesperado

de Parma, aunque él se los dejaría al alcance para

e imprescindible de Fredy, la casa de cambio que

no pecar de anticuado.

completa la moneda nacional pues un lector de

Su biblioteca más personal es también el único

puertas abiertas adquiere mayor trascendencia

dormitorio de la casa en el segundo piso del lugar.

frente al que nunca las abre, y viceversa.

Las dos camas están en orden, una es matrimo-

Son frecuentes sus viajes al centro de la ciu-

nial, la otra pertenece a su hija y tiene dibujos

dad, calles de tráfico insoportable, ríos de buró-

de infancia sobre la cabecera y también hay una

cratas y estudiantes, fondas para estómagos de

máquina Singer que sirve de mesa de noche (o de

media hora y nuestro primer contacto es el de

tocador…, uno nunca sabe). Los muros laterales

dos coleccionistas de estampillas, ¿cómo decirlo?,

de la recámara se han transformado en milagro

porque Roberto habla de libros con el entusiasmo

de bibliófilo: de pared a pared, en el cónclave

de quien canjea piezas únicas o con la irreverencia

paralelo de las tapias, hay seis entrepaños de

de quien ya posee tal o cual ficha en el álbum de

cuatro metros y medio de largo. En uno de ellos

sus lecturas. Vive por Sopocachi, calle Méndez Arcos,

se sostiene al completo aquella Biblioteca Básica

y me espera a las cuatro de pasado mañana en la

Salvat de la que al azar me muestra el Werther

estación de mis últimas rutinas y ya calculo las horas

de Goethe, Noches Florentinas de Heinrich Heine

posibles, la exploración de su charla, la profundidad

e Hispanoamérica en su literatura de Guillermo

de sus libreros y la casa es de una estrechez rayana

Díáz-Plaja. También pone a mi alcance La habi-

en la pobreza, dos plantas con zaguán a cielo abierto

tación roja de August Strindberg y más cosas

y piso de cemento. El baño es como un campanario

de Francia, los cuentos de Guy de Maupassant,

exento del inmueble, hace frío y él acude pronto a los

era un genio, un fuera de serie, y del otro lado

guantes tejidos y ahora me ofrece un vaso de Pepsicola

me acerca Una vida —Une vie, en el original

antes de descender en el cielo abierto de los peldaños

francés de los Classiques de Poche: mujer de

que nos llevan al medio subsuelo de un recibidor, cocina

mascada y sombrilla verdes sobre acuarela

aledaña, sillones austeros, mesa y sillas excesivas en un

azul cielo en la portada—. Después, Herodoto

comedor que se adapta mal a la media luz del sitio. Dos y Los nueve libros de la historia en un ajado sombreros de fiesta campesina, colgados sobre la pared

ejemplar de Porrúa y un número atrasado

más lejana, escuchan nuestra charla junto a un vasar de

del Magazine littéraire dedicado a la India

madera en el que Roberto conserva sus Aguilares —así lo

en el que destaca, siempre en su propia

dice, “mis Aguilares”—: allí están las obras (in)completas lengua, el nombre de Salman Rushdie y el de Ganívet, Larra, Asturias, Benavente, Bécquer, Unamuno

Mahabharata. Imposible hacer el arqueo

y algunos volúmenes huérfanos de Pérez Galdós, inconfun-

de lo que se puede descubrir en este

dibles en las pastas, unos bien conservados y otros dignos

sitio cuando me muestra nada menos


que Las mil y una noches, es increíble, explicar. Desde una óptica muy generalizadora, se trata también en lengua francesa, ¡la celebra-

de un existencialismo casi en estado puro cuya realidad

dísima traducción de Antoine Galland!;

de introspecciones ha generado una singular psicología

ha comenzado a leerlo hace unos días al

de lo inminente. Diríase que la novela se concentra en la

amparo de un buen diccionario, y enton-

exposición de un presente muy elusivo del que los autores

ces hablamos de Rafael Cansinos Assens,

franceses tanto quisieron decir el siglo pasado —sobre

y él sabe —porque lo sabe—, que estoy

todo Camus, dentro y fuera de la biblioteca de Roberto—;

pensando en Borges cuando ya expurga el

por lo demás, Buzzati también hace pensar en aquellos

otro muro para mostrarme las Siete noches,

personajes de Thomas Mann que gastaron su vida des-

hecho una baraja, manoseadísima edición

cifrando las voces más soterradas de un porvenir que

del Fondo de Cultura, y si Borges fue capaz

se hizo incomprensible entre las explicaciones de un

de hablar un libro que no escribió, acaso

pasado que nunca se asumió.

Roberto también pueda leer una lengua que no pronuncia.

Pero, vayamos por partes… En un primer orden de reflexiones, el realismo de sus capítulos nos revela

La última curiosidad editorial fue un

las contingencias de un soldado que morirá en la

ejemplar de El desierto de los tártaros (1940),

impaciencia de su oficio, cautivo de la inacción que

parecía muy nuevo, de Dino Buzzati; Roberto

provocan los tiempos de paz en un destacamento

lo ha encontrado en El Alcázar y también lo

de frontera. Podría decirse, incluso, que se trata de

define desde Borges (o casi): buenazo, sólo así,

un relato convencional, sencillo y preciso en su pro-

buenazo... Luego me acompañará al teleférico

yecto de construir la inminencia de combates que

y las calles inclinadas dejarán escurrir algún

acaso nunca tendrán lugar en la página diaria de la

comentario sobre Trump y la oportunidad his-

Fortaleza Bastiani, baluarte donde las fronteras se

panoamericana para convertirnos en potencias

transforman en ocio, las inmediaciones en delirio,

comerciales de un modo distinto, y enseguida

las ordenanzas militares en divagación y la memoria

volveremos a Buzzati, ya casi en la estación, por-

en un vano ejercicio de los valores heredados. Ante

que algo similar ocurrió entre Bolivia y Paraguay

los afanes de un heroísmo que tampoco ha de

el siglo pasado. A diferencia de quien se aferra a

concretarse, nuestra lectura pronto terminará por

lo nativo para informar su paso por la vida, en él

reconocer que, dentro y fuera de la novela, el alma

la mención de la Guerra del Chaco (1932-1935) no

humana es capaz de todo, de añorar una guerra

detonará arengas nacionalistas sino pasajes nutridos

imposible, de reclamar con exagerada melancolía

de ficción universal: convocará la imaginación ajena

la restitución de lo que nunca ha poseído, o,

para ensanchar las verdades de lo propio, o, si se

incluso, de construir nuevas formas de soledad

prefiere, postulará paralelismos de lo impensado al

para legitimar los sinsentidos y las hipocresías

recordar que jamás hubo diferendos territoriales entre

que nos habitan y que, en la suma final de los

los dos países, y, lo que es más, nunca fue necesario

días, terminarán por definir el vacío de la exis-

solemnizar la frontera con un puesto de guardia, tal

tencia. En resumidas cuentas, los tiempos de

y como sucede en aquella novela. Paradojas aparte, en

paz vividos a la manera del soldado pervierten

nuestro medio abrazo de despedida es posible que los

el orden conocido de las cosas, trastocan la

tártaros hayan aprendido a sobrevivir entre mates de

posibilidad de las trascendencias y convierten

coca y trancaderas, a la vera del Illimani o latentes en

al personaje —y también al lector…, sí, sobre

los muros de papel de un dormitorio donde se descifran

todo al lector— en un abismo cambiado, esto

clásicos en lenguas inesperadas.

es, en el desierto invertido de sus angustias

Es menester decirlo, casi desde el inicio y una y

de centinela.

otra vez: El desierto de los tártaros es, antes que nada,

Al haber imaginado la vida de alguien

un hecho estético, un fenómeno verbal que busca hacer

como Giovanni Drogo, el autor italiano no

sentir antes que hacer pensar. La crítica de sus páginas

sólo nos entrega la biografía imaginaria de

deberá estar subordinada siempre a las (in)certidumbres

un hijo extemporáneo del valor, sino que,

del arte y a los desasosiegos que su fenomenología provoca

por añadidura, pone a prueba los automa-

y que a menudo sólo preexisten en un juicio anterior a las

tismos de nuestra compasión. Dicho de

palabras, es decir, en el íntimo entusiasmo que acicatea

otra manera, la novela no promueve la

la reflexión de lo leído. Y una vez dicho lo anterior, ya es

salvación a toda costa ni la rigurosa con-

posible exponer con menos apremio intelectual que el relato

dena de un personaje cuya profundísima

de Dino Buzzati es muy simple, y, asimismo, tan árido de

humanidad se revela en su ineptitud

93


para triunfar sobre las incertidumbres del destino (¿quién

Siempre habrá libros así, luminosos

pudiera saberse mejor que Drogo?..., ¿quién?). El libro

por el lado contrario de la luz y ensorde-

pretende, ante todo y sobre todo, extinguir la dualidad de

cedores en el silencio de sus revelaciones.

una cosmovisión cuyas morales al uso nos encandilan de

Por ello, vale la pena correr el riesgo de

claroscuros, que contraponen lo bueno a lo malo, que van

decir que si el arquetipo del personaje

de lo esencial a lo accesorio, de lo soterrado a lo conocido resulta demasiado doloroso en nuestras

94

y de lo dogmático a lo discutible sin respiros intermedios

semblanzas, también es posible regresar

—y sospéchese aquí el largo y binario etcétera que se

sanos y salvos a ese primer nivel de lec-

decanta de la visión judeocristiana de la vida—. En estas

tura donde todo episodio de lo íntimo será

tanto como en muchas otras ecuaciones existenciales, al

también narración de lo circunstancial. En

personaje central le son intrínsecas las alianzas más que

este sentido, y gracias a una de esas raras

los divorcios: las miserias de su vanidad se conjugan

contradicciones que sólo la literatura sabe

con la lucidez de sus soliloquios en los parapetos de la

resolver, cuando el libro levante la voz de

fortaleza, posee la agudeza del retraimiento lo mismo

sus espejos en la vulnerabilidad de nuestros

que la vulgar manía del exhibicionista, es simbiosis

rostros, la lectura sabrá distraer las analogías

del ángel caído y del guardián al acecho. Por todo

que el teniente Giovanni Drogo nos echa en

ello, Drogo representa un personaje redondo que

cara. Por lo demás, y dicho sea como de paso,

todo lo piensa y todo lo resiente y todo lo ignora; sin

quizás allí deban buscarse los signos de iden-

embargo, a pesar de sospechar la trivialidad de su

tidad de un narrador que a menudo pasa por

pretendido heroísmo, ello no le hará triunfar sobre

arcaico, de corte clasicista y muy proverbial en

las ansias de un disparo, uno solo, ése que cerraría

la firmeza de sus requerimientos; sus juicios

el círculo de sus contradicciones.

constantes ensucian la descripción de las figuras

El desierto de los tártaros se orienta también

y sus intromisiones nos manchan de imperiosas

hacia el establecimiento de otra forma de habitar

dudas, lo mismo que las elipsis, las omniscien-

los ideales, una en la que se haga factible existir

cias de lo irónico, esos monólogos de melodrama

más allá de las inercias que aún exigen concentrar

y un largo etcétera. En un libro capaz de doler y

lo histórico en los núcleos de la osadía y resumir

asimismo dispuesto a distanciarnos donde lo crea

lo memorable en los vértices de la sagacidad. En

necesario, la voz narradora exhibe sin embargo

este orden de ideas, y dado que los conceptos del

sus convicciones poéticas: mientras provoca tan-

heroísmo comparten los accidentes de cualquier

tas inquietudes, los flujos verbales saben ofrecerse

actualidad, su definición tanto como su consecu-

como resguardo, son el pecado y la penitencia, el

ción son realidades en progreso, consanguíneas

juez y la parte, la contradicción totalizante de una

de una gran multiplicidad de sustancias históri-

fabulación que nos interpela mientras nos destierra.

cas; y aunque esto no sea una verdad ignorada

Y, a pesar de todo, el verdadero filón de lo poético

por nadie, tampoco debe dejar de insistirse que

debe buscarse en otro lado, quizás en el ensamblado

la búsqueda de cualquier tipo de honores o de

alegórico de la Fortaleza Bastiani, en esas almenas

hazañas, en la novela y fuera de ella, es ante

y garitas que siguen allí con el objeto de vigilar las

todo un momento de ceguera o de vanaglo-

leyendas de un miedo inmemorial —nada como las

ria por cuanto carece de contextualización

geografías fronterizas para legislar la longevidad poética

crítica —para el caso, conviene regresar al

de nuestros temores—.

Hombres representativos de Emerson (por

Por otra parte, en mayor o menor medida la juventud

cierto, hay traducción de Borges)—. En una

del teniente Giovanni Drogo se parece a las rebeldías

última vuelta al rizo practicada por el texto,

de lo iniciático. Sus ansiadas e infructuosas banderas se

quizás la única proeza posible para nuestro

corresponden a edades que se proyectan en la bilogía de

personaje será la lucidez in extremis de ésa,

cualquiera, cuando se han dado palos de ciego entre los

su propia vanagloria; sí, en su sonrisa de

uniformes de artificio o desde las insignias de la timidez

moribundo vive un instante por fin suyo

para reclamar el primer protagonismo de nuestro estar

que se hace trascendental en la conclusión

en el mundo. Y en mayor o menor medida, el capitán

del libro: volverá a ser él al entender la

Giovanni Drogo de los capítulos finales es asimismo la

inteligencia de los ciclos, es decir, al con-

posibilidad de nuestra vejez, decadencia ejemplar y aun

cebirse como la variante más accidental

necedad admirable que lleva hasta sus últimas consecuen-

de una época que siguió pasando más

cias la promoción de un sueño infértil. Ahíto de vísperas y

allá de sus ensoñaciones.

hastiado de frustraciones, acaso su existencia posea también


un costado romántico, el del arrogante moribundo que no se lo espaciotemporal deriva en la paradesdijo nunca en la esperanza de una muerte extraordinaria.

doja de su insuficiencia; sí, la relación

Otro de los elementos que Buzzati insufla en su texto

del individuo con un espacio sin salida

tiene que ver con la posibilidad de lo fantástico. Junto a

implica la experiencia de un tiempo sin

los demás habitantes del cuartel, nuestra lectura comen-

tiempo, de una época desnuda de su pro-

zará a conjeturar la fascinación ejercida por sus murallas

pia capacidad de conciencia. Por ello —y sin

mientras los fantasmas de la realidad castrense se conver-

ninguna ironía de por medio—, el día más

tirán muy pronto en especulaciones de la voz narradora

importante en los heroísmos del personaje

(en más de un párrafo se nos invitará a la sospecha de

está marcado por su regreso a la historia,

lo sobrenatural). Dicho en otras palabras, la Fortaleza

por su reinserción en las geografías de lo

Bastiani parece tener vida propia, sabe cautivar a los

heredado y por el rescate del calendario más

miembros del regimiento y ejerce sobre los recién lle-

lúcido de su propia muerte.

gados una especie de seducción que se comprueba en

Lo sabemos muy bien: cuando el capitán

los oficiales de larga data. Entre túneles y paredes que

Giovanni Drogo salga de la Fortaleza Bas-

exhalan aromas de castillo medieval o de guerra enve-

tiani, lo hará a rebufo de las décadas vividas

jecida, la novela es muy eficaz en el despliegue de lo

a la espera de una guerra limítrofe. Aquellos

enigmático y de lo inexplicable; además, el gran tema

temibles vecinos, los tártaros, parece que por

de los tártaros, convertido en tópico de la crueldad

fin llegarán a la Fortaleza Bastiani, y entonces

y de la lejanía en el imaginario de Occidente desde

el punto final del libro se convertirá en exten-

hace tantos siglos —y desde hace tantos autores—, es

sión del asombro, en continuidad de todos

administrado con maestría por Buzzati en el tejido

los preámbulos y en la prolongación de sus

conjetural del relato: ¿qué le impide a Drogo salir del

casi trescientas páginas de inminencia. Dicho

sitio que lo ha cercenado durante más de cuarenta

a las claras, el libro nos negará una vez más la

años de toda transacción con la historia?, ¿es o no

certeza de la guerra, y, al hacerlo, las páginas

cautivo de una fuerza desconocida?, ¿es legítimo,

finales de Buzatti convertirán nuestra lectura en

tangible, real el espejismo bélico o sólo adquiere

una convulsión idéntica a la que padece el viejo

valor intrínseco en un relato militarista?

y desahuciado personaje. Por lo tanto —digámoslo

Al acudir a los rumores de lo irracional o de

aquí con algo de pesadumbre—, ya siempre seremos

lo inverosímil, la novela termina por escapar

una lectura gemela y crepuscular del destino de

a las categorías. En el recuento de todos los

un libro de continuaciones encubiertas.

elementos y corrientes que participan de ella,

¿Ahora sí, por fin, los tártaros?, ésa es la pregunta

y sin olvidar nunca que la réplica a cualquier

que contaminará mi último lunes de obsesiones

género representa también su confirmación, las

capitalinas, frente a la inmensidad del Illimani que se

epopeyas que no tienen lugar en El desierto de

funde ya con el azul del cielo. A las nueve de la mañana

los tártaros se cubren de un “contra-pacifismo”

todo esto me parecerá un horizonte de fotografía, un

que se hace más significativo en la Europa

paisaje que se gana el derecho a ser perpetuado en las

convulsionada de su publicación; al mismo

palabras de alguna tarjeta postal. Al bajar de El Alto me

tiempo, es ésta una historia del tedio donde,

asaltará otra vez el espasmo divagador de mis últimos

como ya se dijo, lo existencial se arraiga en un

días —culpa de la velocidad del teleférico, supongo— y

realismo decimonónico salpicado de pasajes

volveré a imaginar un color distinto para cada cuadrícula

románticos cuyas caras ocultas, a su vez,

de cada muro de cada fachada de cada casa observada

algo tienen de cuento de hadas y otro poco

en el aire del teleférico. Por un momento haré de La Paz

de literatura del encierro. Por evidente, este

una extensión de la wipala, la otra bandera del Estado

último elemento casi siempre se pasa por

Plurinacional de Bolivia que escalona sus ángulos y sus

alto en la crítica del libro a pesar de que

colores, como en una lluvia de geometrías, idónea para

en cada uno de sus treinta capítulos están

embellecer una urbe siempre tan ladrillosa en sus escar-

presentes uno o varios símbolos de cauti-

paduras. Por la tarde llegaré temprano a la cita en Plural,

verio: isla, cárcel, exilio, refugio, evasión,

ojearé algún título y como de pasada recordaré la biblioteca

desierto, escapatoria, soledad, silencio

virtual de Fredy que también me habló de un libro de José

y tantos más que podrían nombrarse

Luis Roca, Ni con Lima ni con Buenos Aires. La formación

para el efecto. En Buzzati, la exclusión

de un Estado nacional en Charcas. Media hora más tarde, el

física implica y argumenta la expulsión

presentador de la velada dirá, palabras más palabras menos,

de la historia por cuanto la ruptura de

que la poesía es la ciudad capital de la lengua española

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antes de que Luis García Montero nos prevenga sobre los riesgos de confundir espontaneidad con sinceridad. La gente aplaudirá el final de cada poema en un salón mediano, pisos con ecos de madera, chimenea encendida, una mesa larga, larga como un altar, y yo sentado en la última fila, anónimo de tenis blancos. Compartirá un nuevo poema, composición que habla de los estudios de literatura francesa de su madre, y ahora mismo pronuncia frases en esa otra lengua que en La Paz de los tártaros me servirá para cerrar el escenario de tantas coincidencias. Cuando regrese al hospedaje, en esta última noche de sofocos, sabré que por el rumbo de Dino Buzzati hay una casa de paredes divisorias donde García Montero podría estar regresando al

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castellano gracias a las aficiones de un obrero del mejor aceite comestible del país. Y ya, ya, ya estaré seguro, mañana se acabará el soroche cuando salga rumbo a la frontera chilena, pensando, creyendo, admitiendo que todos somos como Giovanni Drogo, al menos sólo un poco, aferrados a la mentira necesaria de algún heroísmo que nos justifique. En fin...

Unidiversidad 28 - Descrecimiento  

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP

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