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¡Querido amigo! En tus manos tienes un libro que hace tiempo quería compartir contigo. Esta es mi historia de formación como persona, deportista, patriota de mi país y simplemente un niño que pudo convertir su sueño de infancia en una realidad. A menudo escuchamos decir que los campeones nacen, no se hacen. Pero por mi experiencia puedo decir con seguridad que esto no es así. La perseverancia, auto organización, entrega total, disciplina, amor al trabajo, búsqueda incondicional de su objetivo, capacidad de aprender y perfeccionarse constantemente conducen a los éxitos y las victorias no solo en deporte, sino en la vida. “¡Véncete a ti mismo y vencerás a todos!”, este es el lema de mi vida, que constantemente me ayuda a salir adelante. Cada uno de nosotros posee muchos talentos, de los cuales ni siquiera sospechamos. El principal objetivo es vencer nuestras debilidades y trabajar constantemente para mejorar. Si estás dispuesto a descubrir tus nuevas facetas, atreverte y superar todos los obstáculos, ir con firmeza hacia el logro del objetivo propuesto y realización de tu sueño, este libro te ayudará a no desviarse del camino elegido y encontrar un digno lugar bajo el sol. Serguey Bubka


¡La casa paterna! Los recuerdos sobre ella siempre me llevan hacia la pequeña casa de mi abuela en un sector obrero de Voroshilovgrad (hoy en día Lugansk), donde nací y pasé mi infancia. En esta pequeña casita de dos alcobas, con ventanas a medio metro de la tierra, vivía toda mi familia: mi abuela, mis padres y nosotros con Vasia , mi hermano mayor. Mi mamá trabajaba en una de las clínicas de nuestra ciudad. Mi padre era militar y nos educaba con rigor, sin concesiones, vigilando que a diario ayudáramos con las labores de la casa e inculcándonos desde pequeños el amor por la tierra.

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Un destino nada fácil le toco a mi abuela, que nos criaba junto con mi hermano, cuando nuestros padres estaban cumpliendo con sus labores. Pero a pesar de todas las dificultades que acompañaron a mi abuela a lo largo de su vida y que pudieran convertir su carácter en rígido y severo, en mi memoria ella quedó para siempre como sabia y razonable, bondadosa, sensible y justa.

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A diferencia de mi hermano, yo desde pequeño tuve fama de ser muy inquieto. Una vez, paseando por el patio sin presencia de adultos, tuve por fin la oportunidad de averiguar qué hay en un enorme barril situado bajo un alero de la casa. Tuve suficiente fuerza para llegar al borde del barril y mirar adentro. Pero al no sostenerme, terminé adentro. Afortunadamente, en este momento mi hermano salió de la casa y gritó con toda fuerza: “¡Serguey se está ahogando!”. Al oír el grito mi mamá salió corriendo y me salvó.

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Para mí era aburrido estar sentado sin moverme, quería explorar todo lo que estaba a mi alrededor. De ahí surgían todos los problemas. Una vez me metí debajo de un bus y este arrancó. Gracias a los adultos que me notaron y gritaron a tiempo, el chofer pudo frenar al instante. Otro día decidí investigar la bodega, pero al tener prisa, pisé en falso y rodé por los peldaños de concreto, casi estrellándome. Una vez quise esconderme de mi mamá: trepé hacia un árbol de albaricoques y guardé silencio entre sus hojas. Pero la rama no aguantó con mi peso, se partió y yo caí directamente a los pies de mi mamá. Por todas estas travesuras, por supuesto, me llamaban la atención con frecuencia.

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Mi pasatiempo favorito era el fútbol. Por horas conducía el balón por el terreno baldío; competía por mi patio, por mi cuadra, por mi calle. Muy pocas veces se daba la oportunidad de jugar en una cancha de fútbol de verdad.

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Pero practicar gimnasia en el parque era posible casi siempre. AllĂĄ competĂ­amos con los chicos en destreza y agilidad. Muy especialmente me gustaba trepar la cuerda, hacer ejercicio en barras paralelas, saltar el potro. Y en los dĂ­as de invierno nos atrapaban las batallas de hockey.

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M

i primer contacto con el deporte de verdad lo tuve en una piscina, cuando vine a inscribirme en un grupo de natación. Pero los entrenamientos monótonos en la piscina no me llamaron la atención. Luego pasé por gimnasia artística, pero ahí tampoco me quedé. Vine a dar al campo de saltos con pértiga gracias a mi amigo Slava Malajov, que contaba a todos, que con la ayuda de una pértiga se puede incluso saltar en un instante nuestro río Lugan de una orilla a otra, al igual que volar fácilmente hacia un segundo piso de una casa.

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En otoĂąo de 1974 por primera vez me encontraba en un entrenamiento de saltadores con pĂŠrtiga. Impresionado, miraba a los chicos que volaban hacia la altura de un segundo piso. AhĂ­ tuve mi primer encuentro con el entrenador Vitaliy Petrov.

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Como si no notara mi admiración, el entrenador me propuso realizar algunos ejercicios: hacer elevaciones en la barra fija, correr 30 y 60 m, hacer salto largo. Al parecer, el entrenador quedó contento con mis resultados y exclamó:

“¡Serás saltador de pértiga!”.

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Pero los verdaderos saltos con pértiga aun estaban lejos. En los entrenamientos yo aprendía las diferentes modalidades de atletismo, hacia salto largo y alto, participaba en los distintos relevos que inventaba constantemente nuestro entrenador. Y solamente después llegó el turno para la pértiga. Una vez mi entrenador trajo a la pista cubierta un cajón, ordenó subir hacia él, cómodamente apoyarme con el listón metálico para salto alto en un foso de arena y por ahora simplemente empujar esta pértiga improvisada. Más adelante comencé a saltar con este implemento hacia lo largo y luego hacia lo alto. Mi primera marca fue

2 m 75 cm.

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T

uve que pasar por muchos moretones y chichones, incluso una vez me saqué un diente en un entrenamiento, hasta que llegué a esta increíble sensación que experimentas volando por encima de un listón. Con el diente perdido se juntaron los regresos tardíos de los entrenamientos y, al parecer, mis prácticas llegaron a su fin. Mis padres en una sola voz exclamaron: “¡Basta! ¡Ya no mas saltos!”. Y así hubiera sido, si no interviene mi hermano en ese momento. Él prometió a nuestros padres que me iba a llevar a los entrenamientos y, además, que también probaría entrenar, siempre y cuando el entrenador lo admitiera.

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Así, de manera imperceptible para sí mismo, mi hermano se aficionó por los saltos. En los entrenamientos no se compadecía, deseando alcanzar lo más pronto posible los resultados de sus contemporáneos. Cada año, añadía un metro a sus resultados del año pasado. El amor hacia el trabajo y la perseverancia muy pronto le permitieron mostrar los mejores resultados en el grupo y ser el primero del grupo de mi entrenador en cumplir con la norma de Máster del Deporte. Ganó la medalla de bronce en el Campeonato Mundial en pista cubierta en 1985 y medalla de plata en el Campeonato de Europa en 1986. En el Campeonato Mundial de 1993 ocupó el 9° lugar con el resultado de 5 m 70 cm. En 1985 fue campeón de la URSS, en 1994 y 1996 fue campeón de Ucrania.

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El año 1979 fue crucial en nuestras vidas. A nuestro entrenador le propusieron en la ciudad de Donetsk buenas condiciones para el entrenamiento de los saltadores con pértiga y él aceptó el traslado. Tras él, nosotros nos mudamos a Donetsk. Mi mamá, con dolor y angustia en el corazón, nos dejó comenzar una vida independiente. Vasia tenía 18 años, yo apenas 15. Ella dijo entonces: “Ve, hijo. No podrás vivir sin ello”. Recuerdo cómo íbamos por la plataforma de la estación, Vasia arrastraba la maleta con los libros y las cosas, mientras que mi mamá me daba las últimas instrucciones.

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Nos íbamos no tan lejos, apenas a cuatro horas de la casa, pero en realidad nos íbamos hacia una nueva vida adulta. Mi destino pudo haber sido otro, si mi hermano mayor no tuviera una influencia definitiva en mi vida deportiva y no se convirtiera en un sólido apoyo para mí, al trasladarnos a una ajena y desconocida ciudad de Donetsk. Y si los saltos con pértiga se convirtieron en nuestra modalidad deportiva familiar, como fundador de esta “dinastía” es justo considerar no a mí, sino a mi hermano.

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Poco a poco nos acostumbramos a la independencia: vivíamos en las residencias, nos cuidábamos nosotros mismos. Me levantaba primero, calentaba el desayuno en la cocina comunitaria y corría hacia la escuela. Vasia se encargó de cocinar, yo compraba y traía los productos. Al principio el dinero no alcanzaba, había que economizar. No acostumbrados a los excesos desde niños, tratábamos de seguir en todo el principio de necesidades razonables. Teníamos que ser autosuficientes: comprar los productos, cocinar, lavar, planchar, limpiar, es decir, convertirnos en adultos. Para ambos, estos años fueron los más difíciles, pero precisamente ellos nos templaron.

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En la escuela N°57 en Donetsk, donde continué mis estudios, me adapté rápidamente, tal vez porque teníamos mucho en común con mis compañeros de salón: nos unía el amor por el deporte, que pudo inculcar en los chicos el profesor de educación física. Las tareas a menudo tenía que hacerlas en el bus eléctrico, por el camino de la escuela al estadio o del estadio a las residencias. Para mí eran muy fáciles las materias de humanidades: historia y literatura. El director de la escuela, que nos daba historia, no entendía por qué yo dedicaba tanto tiempo a los saltos. Él estaba seguro de que me podría convertir en un excelente historiador. Al terminar la escuela, en el certificado tenía solamente buenas calificaciones.

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El horario de los entrenamientos era muy apretado. Pero para lograr los resultados deseados no basta con un trabajo perseverante. Es muy importante cumplir con el régimen diario y de alimentación. Con Vasia aprendimos muy bien un consejo del famoso doctor Nikolay Amosov, “no tengan miedo a la sensación del hambre”, y hasta el día de hoy lo aplicamos con toda la seriedad. El exceso de peso para un pertiguista es un problema no menor que para un gimnasta o un bailarín de ballet. Las altas cargas físicas exigen del atleta un cumplimiento constante y obligatorio de un preciso régimen del día, una correcta distribución del tiempo de trabajo, descanso, alimentación y sueño. Una alta auto organización es la condición imprescindible para cada persona que sueña con el éxito.

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Cuando te encuentras en una buena forma, nada te molesta. Otra cosa, si estas cansado o agotado. ¿Cómo competir en un estado así? Ahí es cuando venía a ayudarme mi entrenador, quien me enseñó no solamente a saltar de manera correcta, sino también el arte de predisponerme hacia la victoria. En verano del año olímpico 1980 cumplí la norma de Máster del Deporte, superando la altura de 5 m 10 cm; luego por primera vez gané el Campeonato Nacional en categoría juvenil.

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En 1983, la capital de Finlandia, Helsinki, recibía el primer Campeonato Mundial de atletismo de la historia. Con mis diecinueve años, me concedieron el derecho de defender el honor de mi país. Helsinki para mi resultó ser tan feliz, como para los deportistas soviéticos que en 1952 por primera vez participaron en los Juegos de las XV Olimpiadas. Pude superar a los rivales más fuertes y conquistar el título de campeón mundial, pasando el listón en la altura de 5 m 70 cm.

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El año 1984 fue muy exitoso para mí. En Bratislava pude conquistar mi primera marca mundial, 5 m 85 cm. Al realizar los primeros pasos de la carrera de impulso tuve un solo pensamiento: ahora voy a superar esta altura. Luego, unos cinco metros de la carrera estaba algo distraído. Pero después traté de hacer todo técnicamente correcto, pensaba solo en hacer una buena “entrada” y prepararme para el momento, cuando tenga que realizar todo con plena exactitud. Este record resultó ser muy importante para mí en el plano psicológico.

Este mismo año pude romper seis marcas más en las arenas deportivas de París, Londres, Roma, Vilna, Milán y Los Ángeles.

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Los campeonatos mundiales de atletismo en pista cubierta fueron la creación del ex presidente de la IAAF Primo Nebiolo. En 1985, en el Palacio del Deporte Bercy en París, la capital de Francia, fue realizado el primer campeonato. Fue muy grato para mí escuchar las palabras del presidente, quien decía que el éxito de estas competencias se debe en gran medida a las brillantes actuaciones de Marita Koch, Javier Sotomayor, Patrik Sjöberg y la mía. Durante toda mi carrera posterior yo sentía el apoyo y la simpatía de este destacado hombre.

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Cada competencia queda en mi memoria. Pero el salto más apreciado para mí era aquel que hice en el estadio de Jean Bouin en París el 13 de julio de 1985, cuando pude hacer algo que antes parecía ser inalcanzable: ser primero en el mundo en superar la altura de 6 metros. Desde luego, me encontraba en una forma excelente. Probablemente ayudó también el hecho de que el 9 de julio nació mi hijo, lo que subía la emoción y daba mucha energía. La altura de 5 m 70 cm la pase desde el primer intento. Esto ya era suficiente para ganar, entonces tomé una decisión extraordinaria. Simplemente pensé: “¿Para qué saltar 5 m 90 cm, una altura intermedia? Más bien pondré el listón en 6 metros”. Desde el tercer intento lo superé. Esto era una sensación. La prensa escribió que mi salto era comparable con el vuelo del primer cosmonauta Yuri Gagarin, que “Bubka conquistó la Bastilla” (esto sucedió justo un día antes de la conmemoración del Día de la toma de la Bastilla).

Jirafa es uno de los mamíferos más altos. En promedio, la estatura de este animal alcanza desde 4,8 hasta 6 metros.

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Quiero decir algunas palabras sobre mi entrenador Vitaliy Petrov, cuya previsión se puede comparar con la sabiduría de un jardinero que no se apresura por coger un fruto inmaduro. Él no tenía afán con mi especialización, estando convencido de la necesidad de una preparación multifacética y gradual de un atleta. Una cualidad obligatoria en el deporte, que es la paciencia, nosotros estábamos adquiriéndola juntos. Desde los primeros pasos él nos enseñaba ser maximalistas en el deporte. A esta sabiduría le obedecí no solamente durante toda mi carrera deportiva, sino en la vida. Con mi entrenador éramos como dos vasos comunicantes, que dibujan en un manual de física: todo con lo que él se enriquecía como pedagogo deportivo, inevitablemente por la ley de la naturaleza se trasmitía hacia mí. Yo avanzaba por la vida con plena confianza, dado que mi camino era iluminado por los conocimientos del entrenador, la intuición, la experiencia.

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Más adelante esperaban nuevos retos deportivos: se acercaban los Juegos de XXIV Olimpiada de 1988 en Seúl, que nos planteaban nuevos desafíos. Este año la temporada competitiva comenzó para mí mas tarde de lo habitual, en julio. Al inicio de la temporada pude establecer otros records mundiales: primero en Bratislava, 6 m 05 cm, luego en Niza, 6 m 06 cm. Pero mantenerse al límite de las posibilidades durante un largo tiempo era imposible. Por lo tanto, después de una semana de descanso dejé a un lado la pértiga y me ocupé de la preparación física general: corría en el bosque, por la arena, alzaba pesas. Paralelamente dominaba nuevos modelos de pértiga.

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Año 1988. Juegos de la XXIV Olimpiada en Seúl, la capital de la República de Corea del Sur. Quince saltadores con pértiga fueron admitidos para disputar las medallas olímpicas. Entre los rivales se encontraban muchos de mis buenos amigos, saltadores de muy alto nivel. Antes de un intento decisivo comenzó a ventear fuertemente, pero encontré un espacio entre los impulsos del viento y arranqué por el carril de aceleración… Pensé: ¡Ahora, en este instante, o nunca! Y la altura se rindió. Lo comprendí aún en el vuelo y grité de la alegría: “¡Victoria!”.

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La victoria resultó ser doblemente alegre: en primer lugar, la medalla olímpica me la entregó el mismo presidente de la Asociación Internacional de las Federaciones de Atletismo, Primo Nebiolo; en segundo lugar, junto a mí en el pedestal de honor se encontraban mis compañeros de equipo, Rodion Gataullin y Grigoriy Egorov. Mi alegría no tuvo limite cuando me di cuenta que el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, quien hacía tiempo seguía con atención mis actuaciones, se alegraba por mis éxitos y daba consejos, me nombró en la entrevista como el deportista más destacado de la modernidad.

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Durante mi carrera deportiva pude subir seis veces consecutivamente en lo más alto del podio de los campeonatos del mundo (1983, 1987, 1991, 1993, 1995, 1997). En el campeonato mundial de 1991 en Tokio (Japón) gané con una marca modesta para mi, 5 m 95 cm; sin embargo, los resultados del análisis de video del salto demostraron que en el intento decisivo tuve una ventaja que correspondía a la altura de 6 m 37 cm.

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Mi último record en pista cubierta, 6 m 15 cm, lo hice el 21 de febrero de 1993 en mi natal Donetsk. Durante 21 años nadie pudo superar esta altura. El record de 6 m 14 cm, establecido en 1994 en un estadio de Sestriere (Italia), aun sigue insuperable. De los 35 records mundiales establecidos, para mí el más recordado es el salto en que pude superar la altura de seis metros.

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Con la elección de Juan Antonio Samaranch como presidente del Comité Olímpico Internacional, en el movimiento olímpico hubo grandes cambios. Uno de ellos, es que la palabra “deportista” describía ahora no solamente a una persona que practica deporte, sino una profesión, al igual que un profesor, médico, ingeniero, minero y muchas otras. Los deportistas profesionales tuvieron la oportunidad de participar en los Juegos Olímpicos. Fui uno de los primeros atletas soviéticos en obtener la profesión de “deportista” y empecé a recibir una remuneración por mi trabajo. No podía dejar de recordar aquellas condiciones difíciles, en las que crecía y entrenaba, en las que trabajaba mi entrenador y la mayoría de sus colegas. He querido facilitar su trabajo y mejorar sus vidas. Así, surgió la idea de crear un club deportivo que garantizara buenas condiciones de entrenamiento para los jóvenes deportistas y sus entrenadores. En 1990, mi sueño se hizo realidad: en Donetsk se inauguró el “Club deportivo de Serguey Bubka”.

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A veces pienso que posiblemente no habría tantas victorias y records, si no fuera por mi familia: mi esposa Lilia y mis hijos Vitaliy y Serguey. Somos una familia deportiva: Lilia es entrenadora de gimnasia rítmica, mis hijos eligieron como deporte favorito tenis. Son mis fans más fieles, quienes siguen con atención todos mis logros, se preocupan, sentados en las tribunas del estadio o frente a la pantalla del televisor, crean condiciones para el trabajo, ayudan con un consejo, apoyan en momentos difíciles y se alegran por mis victorias. Es tan importante, cuando te entienden y comparten contigo las alegrías y las tristezas. Y por eso estoy muy agradecido con ellos.

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El deporte entró en mi vida desde la infancia y se quedó en ella para siempre. Nunca me imaginé fuera del deporte, sus batallas, alegrías y tristezas. Al hacer lo que me gustaba, me preguntaba con frecuencia sobre el futuro, pensando en la profesión del entrenador. La educación superior la obtuve en una de las mejores instituciones educativas deportivas del país, Instituto Estatal de Cultura Física de Kiev. Estaba orgulloso por el hecho de que dentro de sus muros estudiaron deportistas tan destacados como los campeones olímpicos Larisa Latynina, Boris Shajlin, Victor Tsybulenko, Vladimir Golubnichiy, Valeriy Borzov, Anatoliy Bondarchuk, Yuri Sedyj y muchos otros. Sus egresados han ganado 111 medallas olímpicas de oro, 78 de plata y 87 de bronce.

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Al trabajar en las organizaciones deportivas internacionales, me di cuenta de la urgente necesidad de conocimientos profundos en historia y el estado actual del movimiento olímpico y el deporte. A partir del momento, en que me convertí en miembro de la Comisión de atletas del Comité Olímpico Internacional, traté de combinar todas mis actividades con la educación e investigación. En el año 2001 sustenté la tesis doctoral sobre los problemas del deporte estudiantil y en 2014, la tesis postdoctoral sobre la historia y desarrollo del movimiento olímpico.

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Por supuesto, yo sabía que el día de la despedida de los saltos tarde o temprano tiene que llegar, pero aplazaba este momento lo que más podía. Sin embargo, después de los Juegos Olímpicos de Sídney (2000), tomé la decisión de culminar mi carrera deportiva. El adiós se realizó en febrero de 2001, en el torneo “Estrellas de la pértiga” en Donetsk. Allá, por última vez aparecí en público con vestimenta deportiva, acompañado de aplausos de los fans quité mis zapatillas, guardé la pértiga en la funda y rodeado de los chicos-pertiguistas, que recibieron de mi parte el relevo simbólico, abandoné el campo de los saltos.

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Siempre con admiración miraba el hecho de que en algunas modalidades deportivas había torneos prestigiosos propios: torneo de Grand Slam en tenis, Copa Continental en hockey sobre hielo, Tour de Francia en ciclismo… En el año 1990 nació la idea de realización del torneo “Estrellas de la pértiga”. El torneo adquirió una enorme popularidad y fama en todo el mundo. Esta competencia reúne anualmente a los saltadores más fuertes del mundo y se considera como un campeonato mundial extraoficial en salto con pértiga.

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Mi carrera deportiva coincidió en tiempo con el desempeño del presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, una persona polifacética y entusiasta, quien convirtió los Juegos Olímpicos en el fenómeno más brillante de la modernidad. Las ideas desarrolladas por Samaranch me cautivaron, lo que finalmente llevó a que fuera elegido miembro del COI, presidente de la Comisión de Atletas del COI y, más adelante, miembro del Comité Ejecutivo del COI.

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Soy fiel al movimiento olímpico. El deporte es mi vida. Lo amaba siendo deportista y lo seguí haciendo al comenzar a desempeñarme en los altos cargos administrativos. Me considero una persona muy feliz, dado que descubrí para mí el mundo del deporte. El deporte me ha dado mucho y estoy muy contento de poder servirle.

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El 23 de julio de 2005, en el auditorio central de la institución, donde recibí la educación superior, tuve el gran honor de ser elegido como presidente del Comité Olímpico de Ucrania. Para la mayoría de la gente, el Comité Olímpico Nacional se asocia con los Juegos Olímpicos. Quisiera señalar, que la participación de los deportistas en los Juegos Olímpicos es una cima que aspiran alcanzar millones de atletas, desde las edades más tempranas. Los deportistas ucranianos representan con dignidad su país en estos eventos deportivos mundiales. Y nosotros podemos estar orgullosos de esta representación de los deportistas de Ucrania en los Juegos Olímpicos. No obstante, es solo una parte de nuestro trabajo. Dedicamos mucha atención a la popularización del deporte, estilo de vida saludable, motivación de los niños, jóvenes y de toda nuestra sociedad hacia la práctica del deporte.

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Realizamos un gran trabajo para la elaboración y puesta en práctica de los programas educativos y culturales que ayudan a cultivar en las generaciones crecientes las mejores cualidades humanas, permiten un acercamiento a la cultura nacional y universal, dan a conocer el patrimonio histórico del movimiento olímpico y los valores olímpicos. En nuestras actividades damos prioridad a los valores éticos y a la filosofía de “juego limpio”; ayudamos a los deportistas que terminan su actuación en deporte de altos logros a encontrar su lugar en la sociedad, nos preocupamos por los veteranos del deporte. La comunidad mundial aprecia altamente nuestros logros, reconociendo al Comité Olímpico Nacional de Ucrania en el año 2013 como uno de los mejores en el mundo por la promoción del deporte y de los valores olímpicos.

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D

esde entonces han pasado muchos años. Actualmente participo en las competencias de atletismo más grandes del planeta, pero ahora en calidad de funcionario. Por el mismo camino pasaron muchos de mis amigos y colegas, quienes al terminar su carrera deportiva se quedaron para servirle a la “Reina del Deporte”: Irena Szewinska, Alberto Juantorena, Stefka Kostadinova, Nawal El Moutawakel y muchos otros. Las relaciones amistosas y el contacto permanente con muchos de ellos me permitieron permanecer en un ambiente familiar y participar activamente en el desarrollo de mi deporte favorito, ayudar al aumento de su popularidad en el mundo y a la educación de los jóvenes atletas.

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Al terminar la carrera deportiva, teniendo en mis hombros más de 25 años de trabajo agotador, pensaba que podía olvidar el atletismo y dedicarme a algo diferente. Sin embargo, el amor por esta modalidad deportiva se convirtió en “mi carne y hueso”. Decidí unir mi vida con el atletismo, pero de una manera diferente. En 2001 fui elegido al Consejo de la Asociación Internacional de las Federaciones Atléticas (IAAF), una de las organizaciones más influyentes en el deporte mundial, de la cual soy vicepresidente desde el año 2007.

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Soy maximalista y siempre aspiro una cosa: ganar. Pero para triunfar en el más alto nivel, es necesario entregarse por completo a su quehacer, sacrificando a veces algo en nombre de un propósito alto. Superarse a sí mismo es uno de los objetivos primordiales del hombre en el deporte, como, quizá, en cualquier tipo de actividad.

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Siento un gran placer, cuando con mis consejos puedo ayudar a los deportistas dotados y talentosos para lograr ĂŠxitos y victorias.

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ara alcanzar el objetivo propuesto en el deporte, además del talento se requiere también voluntad: capacidad de aguantar, sobrellevar dignamente las dificultades en nombre de un propósito alto, renunciar voluntariamente a muchas cosas. En el deporte, como en cualquier ámbito de la vida, ante todo hay que aprender a vencerse a sí mismo. Vencer cada día, sin fines de semana ni festivos.

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No importa cómo fuese su vida y adonde los llevará el destino: nunca paren en el camino hacia su meta. Para una persona no hay nada imposible, siempre y cuando ella crea en sí misma. ¡Venzan! ¡Vénzanse a sí mismos! ¡Venzan en las competencias a rivales dignos! ¡Esta es la verdadera felicidad humana!

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Publicación del Centro Internacional de Estudios Olímpicos y de Educación

Una vida en vuelo. — К.: Оlymp. Lit., 2015. — 48 p. ISBN 978-966-2419-08-5

Traducción: Elena Konovalova, Universidad del Valle, Colombia

En la publicación se han utilizado los recuerdos del destacado atleta de nuestro tiempo Serguey Bubka, fotografías de su archivo personal

ISBN 978-966-2419-08-5


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