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n el pabellón de Ediciones SM en la FIL-Guadalajara, Amanda Mijangos, ganadora del VIII Catálogo Iberoamérica Ilustra 2017, nos platica acerca de su trayectoria y el galardón que recibió de entre seiscientos setenta y tres participantes de diecinueve países: “Estudié arquitectura en la Facultad de Arquitectura de la unam, y me fui de intercambio a Buenos Aires en el séptimo semestre; ahí conocí a un ilustrador que impartía un taller y se me abrió todo un mundo de posibilidades: pensé que quería dedicarme a eso. Cuando regresé a México entré a un diplomado de ilustración, y desde entonces sólo me he dedicado a dibujar”. Mijangos ha trabajado de manera reciente con el tema de los hilos, todo lo que se puede desprender de ellos y lo que va tejiendo en su arte. No obstante, contempla una variedad de temas para evitar la repetición y el desgaste: “Hago muchos animales, me encantan los animales. Me encanta jugar a explicar de dónde vienen las cosas, como una especie de mitología: puedes ir explicando el mundo sin que sea ciencia”.
La ganadora del premio, cuyas ilustraciones aparecen en la portada y en los interiores del catálogo, traza algunas líneas mientras comienza a hablar de la improvisación, los retos que plantea y sus dificultades: “Yo creo que depende de cómo te relacionas con el dibujo en tu vida cotidiana. Yo, aunque suene muy trillado, sí dibujo todo el día, todos los días. Tengo una obsesión acerca de documentar el tiempo, entonces trabajo en un proyecto en el que dibujo todos los días desde hace tres años y medio; al final eso hace que se te vaya soltando la mano. El peor escenario es que quede espantoso, pero es un dibujo, realmente no va a pasar nada, siempre va a haber una manera de solucionarlo, de darle la vuelta. Si estás en una feria, en una condición en la que no vas a hacer tu mejor dibujo, no pasa nada, es un juego”. No obstante, nos trae otro tema: la contraparte del carácter lúdico del dibujo, sus condiciones serias: “Justo en las imágenes de protesta hay otro tema que implica tener una postura y un punto de vista. Yo lo trabajo mucho también porque me parece que las imágenes son de las herramientas más poderosas que hay. No necesitas saber leer, no necesitas saber de arte o tener una cultura visual amplia, sólo necesitas existir en un momento específico para poder entender una imagen que comunica una protesta, y creo que como ilustrador, más que preocuparte por si vas a dibujar bien o no, tendrías que meterle más punch a qué vas a decir y cómo lo vas a decir. ¡Ésa es una responsabilidad bien grande!”. Mijangos levanta el plumón y observa sus trazos, los contempla y finaliza: “Me quedó chueca, pero es una sirena, su cuerpo y la cola son una red que está atrapando algo. Está torcida su cara, pero qué importa, si en realidad lo que me interesa es que veas algo más, lo que te está diciendo, no cómo se está viendo. Creo que la cosa sería empujar eso como ilustradores y como lectores”, y agrega: “Sí se vale que los lectores empiecen a ser más críticos, y no sólo porque sean niños hay que creer que tenemos que darles todo resuelto: si no empezamos a formar niños críticos, este mundo no tiene arreglo”. +
ilencio: la ausencia de ruido o, quizá, la cara menos contemplada de la comunicación auditiva. Así como el Romanticismo le dio voz a la oscuridad y a los sueños frente a la razón neoclásica, el silencio puede tener cabida junto con el resto de la escala de sonidos. “4’33’’”, de John Cage, es un grato ejemplo de integración en este sentido. De la misma forma, Un vaquero cruza la frontera en silencio (Penguin Random House, 2017), de Diego Enrique Osorno, nos cuenta la historia de un hombre que vive un mundo silencioso: Gerónimo González Garza, tío del autor y personaje de la novela que padece sordera profunda: “Este libro es el más extraño que he hecho porque se fue escribiendo sin que yo me diera cuenta. El detonante que me llevó a pensar en esta historia ocurrió durante la crisis del noventa y cuatro, y era una historia que yo traía, que contaba todo el tiempo, pero que nunca había imaginado escribir, sino hasta el 2010, cuando regresé al noreste del país a investigar y a tratar de hacer otro libro: La guerra de Los Zetas”. Diego Enrique Osorno agrega: “Cuando regresé a esta zona en la que nací y crecí comencé a escarbar en recuerdos o figuras que me parecían vinculantes emocionalmente con la región, entonces apareció la figura de mi tío Gerónimo y esta historia que tenía muchos años contándola. Me senté a escribirla sin pensar en publicar un libro, sino más bien en tener una guía emocional para lo que estaba haciendo en el otro trabajo”.
que divide dos naciones, está además la idiomática, la cultural y, sin embargo, todas se entrecruzan, se hibridan. Así pasa con las personas que transitan por esta historia: tienen que romper límites, por un lado geopolíticos, porque van y vienen a lo largo de las dos naciones, y por otro lado comunicativos: “Gerónimo me transmitió un respeto por esa vida binacional, un cariño hasta cierto punto por Estados Unidos que también para mí fue novedoso. Tengo un libro que publiqué en Almadía, Contra Estados Unidos, yo soy muy crítico de la cultura estadounidense, de los efectos en nuestra cultura, de la hegemonía que tienen y la imposición de una política antidrogas que nos ha generado tanto desastre. Sin embargo, yo reconozco que Gerónimo tiene un respeto y un cariño por ese país, que a mí podría parecerme muy cuestionable su forma de vincularse con México, pero para él no; lo que uno puede hacer como autor en un caso como éste es reflejar eso. Lo que hay en el libro es lo que siento que Gerónimo transmite. Antes no tuvimos entrevistas en las que él elaborara reflexiones amplias de la vida mexicoamericana, pero veo cómo él, más que mexicano o americano, es mexicoamericano en los hechos, sus amigos y algunos otros familiares míos. La vida de esta gente va más allá de lo que se decida en Washington o en la Ciudad de México, es una vida que se sobrepone a todas las estupideces políticas. La vida de la gente de abajo a final de cuentas”.
Un vaquero cruza la frontera en silencio no estaba pensado para ser un libro, incluso el autor confiesa que éste sería una parte de La guerra de Los Zetas, publicado en 2012: “Terminó como libro en una edición restringida que no estaba en librerías hace seis años; lo publicó el Conapred y lo regaló entre personas interesadas en el tema de la migración o de la sordera. Después ese libro lo leyó mi editor en Italia y lo publicó en italiano, después hubo una edición en inglés y apenas ahora está disponible en librerías en español”, y añade: “Este libro era una historia que conté de jalón y esa característica le ha provocado una situación complicada en las librerías. Me decían al principio que no sabían dónde poner el libro, porque pensaban que era un libro periodístico y tenía que ir en actualidad y periodismo; otros decían que era un libro literario, una biografía o una memoria. Debo confesar que esa confusión con el libro me agradaba un montón”.
El uso del lenguaje en Un vaquero cruza la frontera en silencio es otra característica del libro que no sólo cuestiona los límites, sino que los hace explícitos, desde la historia de la comunidad sorda que tiene que abrirse paso en una sociedad que construye un discurso sin contemplarlos, hasta el uso de ciertas palabras que están cargadas, según el contexto —y nuestro contexto— de múltiples significados: “Algo que a mí me pasa cuando escribo es que no sólo lo que siento y lo que hay adentro de mí repercute, sino que también lo hace el paisaje, entre otras cosas. El libro está escrito a mi regreso al monte, este lugar al noreste del país, cuyos paisajes son parcos, el lenguaje es parco, por lo que sentí que tenía que escribirlo de esa manera. El libro, como todo trabajo, es un ejercicio de autoedición, de borrar, de quitar. Me senté a escribir cerca de trescientas páginas y quedaron tan solo cien”, y finaliza: “Me gustaba esta idea de ser parco, de no atiborrar; si estoy hablando del silencio, el libro tiene que ser casi un susurro”. +
La relación entre México y Estados Unidos atraviesa, por paradójico que parezca, muchas fronteras. No sólo existe la frontera geopolítica, aquel límite imaginario
Entrevistas por R. R. Fullton