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Contenido Editorial A un paso, las estrellas El chita 2040 Foto-poemas Mis vacaciones con Vasconcelos Lugar comĂşn

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Editorial ¿Por qué UMBRAL? Al principio se pensó en el nombre de las misiones culturales de Vasconcelos, “Alfabeto, pan y jabón” pero ese nombre no reflejaba los objetivos de la revista, ¿cuáles son los objetivos? Difundir la literatura y la cultura, inspirados por el visionario proyecto Vasconcelos. Ese nombre es muy ambicioso pero el problema es su extensión y que no expresa lo que debería. En segundo lugar se propuso “Raza Cósmica”, ese nombre reflejaba mejor la intención de la revista, la unión de las razas y la búsqueda de un futuro mejor, la unión de los géneros y la búsqueda de una expresión, de una voz; pero ese nombre no reflejaba lo que debería, claro la revista propone la unión, pero eso no es todo. Al final y luego de una acalorada discusión, se decidió llamarla UMBRAL, ese nombre es sugerente y propone una visión de lo que será la revista, además marca un inicio, el umbral es desde donde se puede vislumbrar el interior, el umbral invita a pasar, de la misma manera desde el umbral se puede ver el horizonte sin olvidar el origen; bien dice el dicho que “los grandes viajes inician con un paso” y ese paso se da desde el umbral. Umbral es origen y destino, marca un final pero, sobre todo, el origen. Una visión de largo alcance que no deja atrás las tradiciones ni el pasado. En el umbral convergen el pasado, el presente y el futuro; el estar ahí, el venir de un lugar, la promesa de salir. De la misma forma esta revista marca el inicio de una aventura, el porvenir del éxito y el presente de iniciar con todas las ganas. Ángel Rodríguez Equihua Director General de Umbral

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A UN PASO, LAS ESTRELLAS “Parece que el tiempo se hubiera detenido”, dice un docente al hablar de comunidades indígenas con alto nivel de marginación en el estado veracruzano. Pienso que no hay una manera más atinada para describir a Tolapa, comunidad perteneciente a la cabecera municipal de Tehuipango, región de las altas montañas del estado. Al llegar por la noche a nuestro destino, tuve la ingenua iniciativa de preguntar “¿Dónde está la comunidad?”, ya que sólo lograba ver frente a nosotros, una pequeña casa o cuarto, no lo sé, de no más de seis por cinco metros y apenas vislumbrando en la penumbra, una segunda casita, enfrente de la primera, separadas probablemente por unos cinco o seis metros de distancia, lo único que las separaba, era una cancha pavimentada. Mis ojos luchaban por acostumbrarse a la oscuridad ese 30 de marzo del 2009. Las personas que nos acompañaban y hacían de guías, señalaron hacia la izquierda del camino, para mostrarnos la comunidad, ¿cuál?, pensé, pero ya no pregunté a riesgo de parecer insistente, observé con atención hasta comprender la situación: la comunidad eran esas luces que a lo lejos apenas se distinguían enclavadas en aquel ¿barranco?, ¿hoyo?, ¿paraje?, no sabría como calificarlo con certeza. Mi siguiente pregunta fue: “¿Y el baño?” Nuestros guías contestaron señalando al vacío de aquel barranco. No cabía de la sorpresa, ¬olvidemos el baño, reflexioné. No obstante; no todo parecía tan malo, pues apuntaron hacia una letrina que se encontraba en la parte alta, probablemente a unos ocho metros de lo que podría llamarse “suelo firme”, donde nos encontrábamos. Más tarde averiguamos

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UMBRAL que para tener acceso a la misma, habríamos de convertirnos en escalaradores, al menos por una semana, cuestión divertida y común a los niños de Tolapa. El descenso fue otra odisea: la única solución que encontré fue arrastrar mi cuerpo, hasta llegar al piso. Lo siguiente fue enterarnos de que dormiríamos en la pequeña casa de seis por cinco metros, la cual tenía por lo menos 2 ventanas rotas, además de que la puerta no cerraba bien, tampoco había iluminación, benditas fueron las veladoras en aquella ocasión. Para llegar a la entrada de este “cuarto” que casi de inmediato supimos era la escuela de Tolapa, atravesamos una vereda, muy breve y al mismo tiempo peligrosa porque de no fijarnos bien donde pisábamos, caeríamos al vacío. Afortunadamente contábamos con muchas colchonetas para acomodarnos. El cuarto se hacía más cálido al estar cerca de mis compañeras, la madera de la cual estaban hechos los pupitres y sillas pertenecientes a los niños de aquella escuela, crujían eventualmente, nunca supimos si por viejos o por las características del material. La noche silbó con fuerza, al tiempo que intentábamos dormirnos, tuve la clara sensación de tres cosas: estar a salvo, en calma y conociendo uno de los lugares más maravillosos del estado veracruzano. Parecía que mis sentimientos, contradecían lo que mis ojos observaban. Y así fue, al día siguiente buscamos la manera de acomodar el equipaje fuera de la escuela que osamos invadir, buscamos también donde bañarnos. La sorpresa llegó cuando nos percatamos de que no había donde hacerlo. Fue el profesor de Preescolar-CONAFE el que nos facilitó su habitación, muy cerca del salón de párvulos (segunda casa vista la noche anterior) para asearnos. El agua la extrajimos con botes de plástico de una cisterna donde bailaban algunas larvas. Logramos calentar el agua conectando las resistencias en los contactos, dentro del salón de clases. El cuarto del profesor estaba construido todo en madera, la luz del sol se introducía a través de las rendijas, el viento sopló ese

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UMBRAL día y todas las mañanas que permanecimos en la comunidad. El piso era de tierra. En la decoración de las paredes de aquel cuarto se observaban pegadas láminas que funcionaban como materiales didácticos propiedad del maestro, así como dedicatorias con motivos románticos dirigidas a personas apreciadas por él. Casi de inmediato nos enteramos que el nombre del profesor era Aureliano. Nada más salir del improvisado baño, surgió la necesidad rutinaria de peinarse, perfumarse, lavarse dientes o lo que resultara, para ello había que extraer utensilios de nuestras maletas. En ese momento los niños empezaron a llegar pese a que faltaba más de media hora para iniciarse la primera sesión. Su manera de mirarnos fue nueva para mí, estaban extrañadísimos de las cosas que usábamos (no digo que no las conocieran), todo el tiempo nos seguían con la vista, casi en cada movimiento. En ese momento me sentí tonta, pesada y las cosas que siempre habían sido parte de mi aseo personal que las veía tan indispensables y normales, se convirtieron en estorbos. Sólo nos miraban, no entendí por qué no hablaban, sabía que su lengua materna era el náhuatl, lo desconocido en ese momento, era el porcentaje en el cual hablaban español. Nunca olvidaré a Martín con sus pelos medios parados y el semblante flacucho, se acercó a darnos la mano y decirnos: “Buenos días”, al igual que otro niño de nombre Melquíades. Padres y madres de familia se incorporaron curiosos a la actividad de organización que realizábamos con los niños, no caíamos en cuenta respecto a la importancia de contar con ellos en esos momentos, pues sin pedírselos, comenzaron a traducir las indicaciones hechas a los niños. Otro de nuestros vínculos de comunicación, ese primer día y el resto de la semana, lo constituyó el maestro Aureliano, titular del grupo de preescolares, a quien los niños trataban con confianza. Trabajar con niños monolingües fue ciertamente una tarea titánica, te sientes desvinculado, haces lo posible por comunicarte con ellos y la impotencia se apodera por momentos de ti. En esa semana deseé extraer el mayor número de

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UMBRAL palabras que pudieran darme un referente mínimo para comunicarme con ellos, es sorprendente lo que se puede conseguir en tan poco tiempo. Además del maestro Aureliano (bilingüe), el pequeño Melquiades de ocho años, comprendía mejor que ninguno de sus compañeros, diversidad de palabras en español, también era uno de los pocos que sabía leer ya. Ayudados y armados con una lista básica de palabras en náhuatl, los facilitadores (lo fuimos todos en esta misión) nos comunicamos con los niños de una manera probablemente rudimentaria, pero efectiva para el fin que estábamos persiguiendo. Las sesiones transcurrieron haciendo ajustes a la planeación contemplada para los niños, nos percatamos de que debíamos ser sensibles a las necesidades de éstos e intentar, en lo posible, ubicarnos en el nivel de conocimientos que poseían. Durante la semana, los niños llegaron una hora antes de que iniciaran las sesiones, su cara alegre y dispuesta, mostraba lo feliz que les hacía estar dentro del autobús. Lograron manipular el ratón sin dificultades, abrieron los programas e hicieron las actividades a las indicaciones del maestro Aureliano, los facilitadores apoyamos a los niños. Algunos leyeron con dificultades un reactivo de Enlace, el profesor lo tradujo al náhuatl, aunque no todos comprendieron, sí observamos a algunos conseguirlo. Su actitud también cambió, se hicieron más sociables con los facilitadores, nos hablaban en náhuatl no importándoles si comprendíamos o no lo que nos decían. Permanecían mucho tiempo después de las sesiones junto a los facilitadores. Sus ojos parecían más grandes cuando estaban frente a la computadora, sonreían con el sonido producido por los juegos de la computadora. Se sintieron sumamente motivados cuando el profesor Antonio Tepole, encargado de Planeación, Evaluación y Control Educativo de la Delegación Regional de Zongolica, los visitó y prácticamente les impartió una sesión completa. Los niños participaron más, pasaron al pizarrón y acertaron en prácticamente todo. Ese día usaron el software Pingu, en la opción rompecabezas de letras.

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UMBRAL Ésta es una lista breve de palabras en náhuatl y español (no se incluyen todas) usada para comunicarnos con los niños. Cabe aclarar que nos fue proporcionada el maestro Aureliano, la Regidora de Educación Luciana Macuixtle y el maestro Fernando Contreras.

Xikpatzka= Apriete Xikolini= Mueve o muévelo Techkakili=Escúchame Xikita=Mira Tik temos san se tlamantli= Busca que sean los mismos Xictaponi= Tronar Panolti= Saludo de buenos días, tardes o noches Seme= Una vez Ixahuaxque= Cerrar Taco=Niña Choco=Niño Home guelta= Dos veces Neggi=tres Nave=cuatro Xictaranas=Arrastramos Tlamaxtli=maestro Xikitzki=Agarrar Ximotlalica= Siéntense

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Cuando recibimos la visita de la Regidora de Educación, Luciana Macuixtle Contreras y el maestro de Atlahuilco, Fernando Cocotle Campos (ATP), los niños empezaron a charlar con ellos y éstos les hacían preguntas. Los visitantes estaban sorprendidos al escucharnos pronunciar palabras en náhuatl, pensaron que sabíamos hacerlo, cuando en realidad eran los niños los que nos repetían constantemente palabras para hacernos decirlas en su lengua. Fue una semana corta, si bien los padres de familia no se involucraron en el proceso educativo de sus hijos, (probablemente por las distancias que debían caminar) este fue el primer acercamiento de los niños con la computadora, pese a que cuentan con un equipo Enciclomedia en el salón de clases, la realidad es que no podrá ser usado hasta que la luz sea restablecida. El docente titular de este grupo, profesor Jesús Hernández Hernández, tiene a su cargo 28 niños en la modalidad multigrado, él es director, maestro, intendente y gestor en la solicitud de becas para sus niños. El maestro dice que siempre les entrega tarjetas a los niños para que las lean con sus padres, pero esto casi nunca ocurre, sus progenitores continúan hablándoles en náhuatl. Despedirme de esos niños fue un suceso extraño, ese día comimos mole con pollo que nos preparó amablemente una madre de aquellos pequeños, caminaba más de una hora para traernos el alimento y eso me hacía sentir avergonzada. Siempre traía consigo una botella tipo “Big-Cola” donde transportaba el exquisito café que a diario nos daba. También un enorme rollo de tortillas y una poca, poquísima cantidad de alimento para seis bocas que éramos; deducíamos que la otra parte era para su familia y no la culpábamos. Han pasado días, semanas y meses de nuestro regreso a Jalapa luego de visitar Tolapa, los recuerdos siguen muy vigentes en mi cabeza: las risas de los niños, sus caras sucias, su falta de alimento por las mañanas (pues así lo expresaron ellos), su necesidad de relacionarse con nosotros como generalmente sucede con

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UMBRAL los niños que conocemos, su empeño en aprender pese a no hablar la lengua española. No sé qué ocurrirá con ellos, las probabilidades de continuar sus estudios son pocas, de acuerdo con el profesor Jesús Hernández, probablemente no sea el recurso económico el mayor impedimento, sino la actitud en ocasiones indiferente de los padres, cabe sin embargo; la esperanza de que uno, dos o más, busquen alternativas y superen las expectativas, las estadísticas en las cuales se les encasilla. Cierro este relato comentando una frase expresada por alguno de los compañeros en la brigada al conocer esta comunidad: “Ahora si me siento bien, bien cerquita de las estrellas”.

Alejandra Castillo Facilitadora Educativa PROGRAMA VASCONCELOS

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El Chita Le llamaban simplemente “el Chita”. Era el más pequeño de los chavos de la banda, bueno se decía pequeño, aunque en realidad era uno de los mayores. No recordaba exactamente su edad pero andaba, seguramente, por los 15 años. Era pequeño ya que cabía perfectamente en el sillón de la sala de Matraca, ese sillón en que cualquiera que se sentara se quedaba dormido. Se sabía la historia de cada una de las cicatrices de su cuerpo y las contaba todas con lujo de detalles, excepto la de la quemadura de cigarro que tenía en la mano izquierda, cada vez que se le preguntaba luego, luego cambiaba de tema. De eso nunca le gustaba hablar, ni de su familia, ni del vicio, parecía que se le insultaba cada vez que se mencionaban esos temas. Nunca supo lo que era comer pollo asado y caliente en una mesa limpia; sólo a sacar las uñas las veces que fuera necesario, sabía de todos los vicios baratos del hombre y de todas las miles de historias que podían pasar en una noche fuera de casa, pues a su corta edad ya había vivido lo suficiente y pagado todas las culpas que nunca tuvo. Como te recuerdo atravesando las transitadas avenidas sin esperar a que cambiara el semáforo, sólo poniendo tu mano de frente. Parece que aún escucho el rechinido que hacían los coches al frenar, primero los de enfrente y luego los de atrás y luego los de más atrás, en fin era un escándalo el que hacían y todo porque tú querías cruzar la calle. Cómo un hombre tan pequeñito podía tener tanto poder para causar semejante desastre vial. Recuerdo aquel día que estaba en el parque y vi que venías por la calle, te reconocí rápidamente por tu gorrito del chapulín colorado y traías un algodón de azúcar. Te grite y enseguida volteaste, fuiste corriendo hacia donde yo estaba y nuevamente la misma historia de parar todo el tránsito. El rechinido de los carros y ruido del claxon en fin, toda esa bulla sólo porque tú estabas cruzando. Qué

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UMBRAL fácil era para ti burlarte de todos; cómo te admiré eso y a mí no me quedo más que también cruzar corriendo ese pedacito que me faltaba de calle para llegar hasta dónde estabas tú. Me abrazaste y me diste el algodón, yo te dije que no lo quería y dijiste que lo habías comprado para mí. Ese fue un gesto muy bueno de tu parte; no sabes lo halagada que me sentí. Tal vez ese era uno de los mejores regalos que había recibido hasta entonces; guarde el palito y hasta hace poco todavía lo conservaba. Era tan fácil para ti parar el tráfico tan bruscamente. ¡Qué tontería! ¡Era algo tan peligroso! pero lo entendía, porque eso iba por todas las noches que dormiste en el cantón y en el edificio abandonado del CNCI, por las tantas veces que fuiste a parar a san José, por aquella vez que nos encontramos tirada una rebanada de pastel y dijiste que alguien había tirado algo sagrado, por las veces que te veían en la calle y se cruzaban para la otra banqueta por no pasar a tu lado. Por todas las veces que te vendían en las ferreterías el veneno que poco a poco te iba matando, que aunque para ti significaba un alivio en realidad era una droga que te mataba lentamente; pero eso a ellos no les importaba, porque no eras de su familia y sobretodo porque se cambiaba por unas monedas. Qué culpa tenías tú, a tu corta edad nunca habías hecho daño a nadie y tampoco nadie había hecho un bien por ti. Y a pesar de todo tu no guardabas ni un poquito de rencor, pero yo lo hacía por ti, repudiaba una y otra vez a todos los que te habían desechado y olvidado como si fueras una envoltura de sabritas, a todos los que te usaban como adorno de la ciudad en las campañas electorales. Y mi rencor se contrastaba con mi admiración por ti, porque a pesar de todo siempre tuviste el valor de seguir añorando una casa, una familia, una mascota y hasta una novia fresa como los que iban a la prepa y cenar en el Vips a lado de todos tus cuates. Sin tener que robar o que te inviten la comida. Admiraba tus sueños, tan grandes y tan fuertes, y mientras para mí era toda una travesía soportar la cotidianidad y monotonía del día teniendo aparentemente todo, tú sin tener

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UMBRAL nada disfrutabas incansablemente cada momento. Desde brincar entre los carros limpiando parabrisas, recoger las monedas que a veces caían de las oscuras ventanas y juntar lo suficiente para ir por la comida y el vicio. Y lo bueno llegaba por la tarde cuando era la hora del revén porque te ibas con la banda a jugar cartas o a comprar pollo asado que era tu comida favorita. Para después seguir la fiesta en el cantón y oír reggaetón para hacer sus mejores bailes. Pero cuando llegaba la hora del sueño nuevamente volvía a tu mente eso que nunca se iba, una familia, una casa y comida en una mesa limpia. Tal vez se iban tus pequeños años, se desgastaba tu ropa, tu cara palidecía pero tus sueños seguían siempre ahí para darte el suficientemente valor de olvidar el rencor, la indiferencia, los engaños, las burlas, el olvido y hasta la muerte. Hoy ya no estás. Serás olvidado por la memoria que nunca te recordó y por el pasto de los camellones. No figurarás más en la crónica de la prensa local, ni en las estadísticas de la ciudad. Te olvidarán los murmullos sin nombre, la histeria urbana, las luces de los semáforos y las banquetas donde alguna vez comenzó tu historia. Tal vez partiste a otro lugar. Ojalá esta vez sea donde tú hayas escogido, donde tengas una familia, una novia, una mesa limpia, un perro, donde se cumplan todos los sueños y donde tengas un balcón por el cual puedas ver salir al sol y la luna. Original de Yasmín Garrido. Adaptación de María del Rosario Garrido González Auxiliar Informático PROGRAMA VASCONCELOS

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2040 Corren tiempos electorales, habrá elecciones para alcaldes, diputados locales y gobernador del estado. Mítines, slogans, manifestaciones de apoyo y toda la parafernalia electoral. Declaraciones más, declaraciones menos llenan el panorama, y el paisaje, electoral. Dentro de los candidatos a gobernador hay uno que llama la atención: veracruzano de cepa, reconocida trayectoria política, cercano a la gente y poseedor de una gran memoria histórica, y sin dudarlo, es el candidato del pueblo. El candidato proviene de una región serrana del estado, sabe de viva voz de la marginación y la pobreza, su apellido incluso por demás representativo: Zongolica, su nombre, Rafael. Hoy, nos cita en su casa de campaña para una entrevista. Lo primero que llama la atención es la limpieza del lugar a pesar de tanta gente, entre colaboradores y simpatizantes; a pesar de tantos papeles: trípticos, pancartas; discursos, resúmenes y propuestas. Lo segundo, la puerta de su oficina: abierta. Y sorprende también el trato con la gente: los mira a los ojos, los saluda por su nombre. Entre simpatizantes y colaboradores habrá poco más de cien, se sabe sus nombres, y sus historias particulares. De sonrisa fácil y franca, de palabra pronta pero no por eso improvisada, de trato cordial enmarcado dentro de una suave mirada, El futuro lo ha construido sobre la base de un pasado, duro y difícil. Vienen las presentaciones de rigor, reparte sonrisas generosamente, que invitan al diálogo. Y le suelto un: “Oiga señor candidato, ¿cuando empezó el sueño de convertirse

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UMBRAL en político?” Primero, me mira profundamente; después, sonríe y prodiga una carcajada, que toca al pasado. Me lanza un respetuoso: “¿Cuantos años tiene usted?”. Me sorprende, abro los ojos desmesuradamente y repite, seguro de si: “Dígame, ¿Cuántos años tiene usted?”. Pienso. Me animo a decirle mi edad: 61 años. Ahora pienso en la cifra. Es ya un buen número de años. Rió internamente. Mueve la cabeza de arriba abajo, apretando la barbilla. Hago cuentas rápidamente. Le llevo 20 años, casi. “¿Usted es de Veracruz?”. Las escopetas tirándole a los patos: soy yo el entrevistado. “Si, soy veracruzano”. Y lanza, veloz, otra pregunta. “¿Sabe del Programa Vasconcelos?” La pregunta me cala hondo, hasta el corazón. Pienso que se trata de una broma. Infinidad de recuerdos se agolpan en mi mente: las salidas a comunidad, la pasión del secretario y del entrañable arquitecto, los niños y maestros de entonces, las comunidades alejadas, los paisajes, la experiencia adquirida. Yo trabajé en el Programa Vasconcelos, desde luego que lo conozco. Estuve ahí cuando empezó y también cuando lo del premio y todo lo demás. Ha pasado tanto tiempo. No puedo reprimir un suspiro. Asiento con la cabeza. Rafael Zongolica toma la palabra: “Mire usted, un día llegó uno de esos camiones, un Vasconcelos, bonito, muy limpio. Fue la primera vez que toque una computadora, pero lo más importante, fue la primera vez que me trataron atentamente. También fue la primera vez que recuerdo haber soñado y además recordé el sueño al otro día: soñé que vivía en un Veracruz distinto, en un Veracruz…” Ya no lo escucho. Me ha dejado impávido.

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UMBRAL Me salta a la memoria mi jefe de misión, motivándonos a dar lo mejor de nosotros y diciéndonos: “Algún día, uno de estos niños, ya de grande, se acordará de nosotros y de nuestra labor”. Quién lo iba a imaginar. Qué si se qué es el Vasconcelos. Acabó la entrevista, salgo de prisa. Llego a casa y le digo a Mary, mi esposa y compañera desde hace tanto: “¿Te acuerdas del Vasconcelos?”. Me mira entre asombrada y cariñosa, me espeta: “¿Cómo no me voy a acordar, si ahí fue donde te conocí?” Daniel Rodríguez Equihua Jefe del Departamento de Capacitación PROGRAMA VASCONCELOS

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Foto-poema I Caminante el sol de todos los días, el que resurge entre las palmeras, la telaraña que lo fotografía está enamorada de su figura, el pasto incrusta sombras en la lejanía mientras el mundo está inmerso en la monotonía.

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Foto-poema II Somos unos vacilantes recolectores de imágenes, metidos en la oscuridad, poco a poco la luz entra en nuestro cuarto. Seguros de que en la noche nada ha de pasar, el frío se aleja con los sueños, al igual que el hambre de carne y huesos, somos unos vacilantes recolectores de imágenes desechadas, ¡oh memorias borradas!

Autor y fotógrafo Carlos Mario Cruz Ramírez Jefe de misión del equipo 20 PROGRAMA VASCONCELOS

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Mis vacaciones con Vasconcelos El domingo pasado, después de una jornada my ardua donde el sol candente de nuestra región lanzó con furia los últimos destellos de la tarde, venía yo literalmente agotada con ganas de mandar todo al carajo e ir en busca de mi camita… pero al llegar al parque de Cosoleacaque y ver que había llegado el camión Vasconcelos me cambió el ánimo, cómo siempre soy chismosa me detuve a observar a Miguel que en la parte alta del Palacio Municipal ponía una manta invitando a pasar las vacaciones con Vasconcelos, después que bajó y se dio cuenta de que yo veía todo y hasta quería meterme al camión para ver cómo era y que hacía ahí en domingo y por la tarde. ― ¿Le parece interesante?― Me preguntó Miguel. ― Sí le contesté. ― Bueno― me dijo― este camión pertenece al Estado de Veracruz y tiene por objetivo principal recorrer todo el estado para abatir el rezago educativo. Dije para mis adentros, ¡Esto si me interesa!, y empezamos a platicar de todas las ventajas que tiene el proyecto y como en las vacaciones de verano se acercan a las ciudades para trabajar con los niños, jóvenes y adultos de la localidad a donde los mandan, con el propósito de que toda la población se vea favorecida con los beneficios de este proyecto que nuestro gobernador Fidel Herrera Beltrán, preocupado por abatir el rezago educativo en nuestro estado se ha echado a cuestas: incrementar el número de camiones como éste, para llegar a los lugares más recónditos de la geografía veracruzana con tal de lograr que nuestro estado salga adelante. Bueno como ya les había comentado yo estaba muy cansada y quería irme a descansar así que le dije a Miguel que volvería el lunes con mi nieta para que fuera ella la que tomara sus vacaciones con Vasconcelos. Como todos ellos son excelentes personas y se dedican a servir a la comunidad

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UMBRAL hubo empatía inmediata con todos y como ya les dije que mi mayor virtud es ser muy chismosa además de que la labor que desempeñan todos los del grupo es afín a mis gustos, no tuve mayor problema para integrarme con ellos ayudando a algunos niños que necesitaban más atención que otros, así fue como sin estar inscrita en ningún grupo tuve la oportunidad de convivir con todos los chicos de 9 a 12 años que asistieron al curso. Como el alzhéimer me traiciona mucho y otra de mis virtudes es cambiarle el nombre a la gente, por eso no me refiero al grupo por sus nombres para no omitir a nadie, todos absolutamente todos, tienen la paciencia, una sonrisa a flor de labios y las ganas de hacer las cosas bien hechas. Trabajar con niños no es nada fácil, lo hacen muy bien. Qué Dios los Bendiga y les recompense sus buenas acciones.

América Guerrero González Usuaria del Programa Vasconcelos

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Lugar común María se despertó muy temprano ese día, tanto que aún no amanecía. El horizonte anaranjado con toques violetas era acompañado por el olor del café que venía de la cocina. María sonrió y tomó un baño. Ahora venía la decisión de que ropa ponerse, revolvió su ropa buscando algo que fuera perfecto pero no encontraba nada adecuado. Al final se decidió por unos shorts de mezclilla, una blusa verde de tirantes y unas sandalias. Se vio al espejo y sonrió contenta. En la cocina su papá esperaba: ― ¿Lista? ― Sí papá, estoy muy emocionada, pero ¿por qué no me puedes decir cómo es? ― No amor, si lo hago arruinaré la sorpresa, las personas deben llegar a él sin ideas previas. María, se tomó el café mientras repensaba lo último que dijo su papá. Mordisqueando un pan apuró a su padres para subirse a la camioneta y salir temprano a verlo. Su mamá quería que todo fuera perfecto, por eso, revisó las cosas tres veces antes de salir. Al final salieron un poco después de lo planeado. Durante el viaje María se entretuvo contando las nubes y los árboles por la ventanilla, le gustaba pensar que la camioneta estaba inmóvil y el mundo era el que se movía debajo de las llantas. María intentó hablar durante el viaje pero su padre le dijo que tendría que permanecer en silencio, que pusiera atención en el paisaje, en las aves, en el cielo. Ella imaginaba como podría ser, pero no podía, ninguna imagen se terminaba de formar en su cabeza. Llegaron al cabo de unas horas, ella quería salir corriendo pero su papá la detuvo. ― Espera un poco, esto va a cambiar tu vida, tu madre y yo estaremos esperando en aquel lugar (extendió la mano apuntando una cabaña). Después de decir eso la dejó correr libre, ella corrió fuerza, subió un pequeño monte de arena y lo vio por vez primera. El mar. Ángel Rodríguez Equihua Director General de Umbral

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Umbral #1  

Revista literaria

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