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Barajar y dar de nuevo

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Creo oportuno declarar que omitiré toda explicación acerca del origen del presente relato. La seriedad de la investigación, como las certezas a las que me ha llevado, son demasiado para que me importe algo el que lo crean verídico o no. Por si sirve, baste con afirmar que traté siempre con fuentes de la más absoluta confiabilidad. Y que quien aparece aquí con el nombre de Ángela, aún vive. Por otro lado, y por cuanto lo que voy a contar se refiere a un lapso importante en la historia del Club Atlético Boca Juniors, y al desempeño de su plantel de primera división, he omitido los nombres de los jugadores involucrados, conformándome con mencionar en cada ocasión el puesto que ocupaban o el número de camiseta. A excepción, claro está, del protagonista, a quien llamaremos por el pseudónimo de Luis Javier Baldasini (o Luis Javier, o simplemente Javier), y que vestía la codiciada número nueve. Busco así evitarme enojosas complicaciones legales, como también evitar darle a los hechos una liviandad tal que justifique las chanzas de los simpatizantes de otras divisas. Luis Javier Baldasini, aunque heredero de un apellido ilustre dentro del club, vestía la azul y amarilla con méritos propios. En efecto, Evaristo Baldasini había contribuido notablemente a agregar varios trofeos a las vitrinas años atrás, y es cierto que el apellido le valió a Luis Javier una primera admisión. Pero jamás hubiera conservado el puesto de no haber demostrado igual contundencia en el ataque y una efectividad aún mayor que la de su padre a la hora de mandar la pelota a la red. En fin, Luis Javier Baldasini había dejado claro que no ocupaba la delantera de Boca Juniors desde hacía dos campeonatos por una simple cuestión de apellido. Además, la canonización por vía de aclamación en el templo de la Bombonera, cada vez que “la voz del estadio” lo anunciaba en la formación, así lo demostraba. Y su buen juego era una marca registrada personal, por más que él mismo lo atribuyera a los distintos factores que le mencionaba una bruja de Claypole, de nombre Ángela y a la que consultaba compulsivamente. No fumaba; a diferencia de su padre era medido con el alcohol, las mujeres y el juego, y cuando, empujado por sus amigos de la infancia a quienes no quería defraudar por haber ascendido en la escala del poder adquisitivo, accedía a una partida de póquer o unas manos de truco, lo hacía por el placer del juego, sin haber arriesgado en ello nunca un solo centavo. Con respecto a las mujeres, sólo se le conocía a Anita, la cual, al parecer, se las arreglaba bastante bien con ciertas prácticas como para sacarle las ganas de buscar algún complemento; aunque esas prácticas, a veces, eran objeto de escrúpulos, digamos, religiosos, para Javier. Aquel viernes por la tarde la había ido a visitar a Ángela, mujer no muy mayor pero sí muy marcada por la vida, quien estuvo bastante seria, de modo que, aunque le juró a Javier que no era nada, éste quedó pensando que la mujer algo había visto de malo para ese fin de semana, de modo que no fue extraño que por la noche, cuando salía de su casa rumbo a la concentración, recordara preocupado el rostro de la bruja. (A la mujer, por su parte, no le gustaba tomarse muy en serio su no del todo voluntario rol de bruja, pero le gustaba ayudar a la gente. En cierta ocasión, había convencido a Javier de que en vidas pasadas había sido un faraón egipcio, y que en esta vida había nacido tirando a pobre para purgar todas las faltas que la opulencia había dejado en su alma por aquel entonces; 2


unas horas antes, Ángela había convencido a un poderoso empresario de que en otras vidas había sido un faraón egipcio, y que en esta vida había nacido rico para continuar la obra que la nobleza de su estirpe reclamaba. Era una suerte para Ángela que el empresario y Javier no se conocieran entre sí). Después de palmearse la cara frente al espejo, y luego que se hubo abrazado a su madre y sus hermanos, se puso el bolso al hombro y salió de su casa. Y ahora caminaba, con una neblina espesa que parecía agravar la percusión de sus pasos, como bombos que se escuchasen con la cabeza bajo el agua. Caminaba y pensaba en esa expresión de Ángela, a la que le debía, y le molestaba recordarlo, una camiseta de Boca, auténtica, para su hijo. Caminó tres cuadras, bordeó la vía y, siguiendo la línea que le marcaban los distanciados y débiles focos, divisó la escalera del puente. Pensó que lo cruzaría, caminaría dos cuadras más y tomaría un remís en lo de don Pancho. Si lo agarraba de buen humor no le cobraba. Y si no, no le importaba. Ya no le importaba. Un par de años de buenos sueldos le habían permitido dejar de lado la miseria en que cayó la familia cuando Evaristo dilapidó sus años profesionales en el juego y las mujeres. Se le cruzó un gato. Lo esquivó con la gambeta entrenada mientras con la voz apagada gritaba casi para sí el ¡ole! de un estadio completo. Pero paró cuando vio que otros tres gatos, insensibles a su despliegue de habilidad, lo miraban. Un poco más allá, cuatro más. Y luego, hasta llegar al puente, una cantidad tal de gatos que, aunque estática, le hacía imposible continuar la marcha. Una figura oscura, gruesa y enclenque, se agachaba al pie de la escalera con evidente gesto de repartir algo entre los felinos. Javier, aunque no pudo ver su rostro, comprendió que la figura había girado la cabeza, y lo miraba. La figura se irguió, abrió los brazos en cruz y, cuando juntó las manos con violencia, aunque de ese aplauso Javier contaría que no oyó ningún sonido, los gatos se abrieron como un peludo Mar Muerto, dejando una brecha seca, mejor dicho libre, en el medio. Justo entre Javier y el puente. - Pasá, che. Pasá, m´hijo. Eso dijo la figura mientras daba dos pasos y quedaba bajo la luz, que mostró sus extremas vejez y miseria. El pelo largo, ceniciento, pajizo y parado como las púas del puercoespín a la defensiva, proyectaba algo de sombra sobre las arrugas que llenaban el rostro sobre el rojo intenso de los ojos. Javier avanzó sin ser molestado por los gatos y sin saber si la vieja sonreía o jadeaba. - Gracias, doña. Cuando Javier iba a seguir su camino la mujer lo tomó del brazo. Luego Javier relataría varias veces cuánto le llamó la atención la fuerza de esa mano. Y que la mujer le dijo: - La rueda rueda. No desprecies a la gata, porque tiene cría. La rueda rueda. - Está, doña, está bueno. Gracias, ¿eh? -dice que le dijo. Y subió la escalera del puente. Cuando estaba a mitad de camino sobre el puente un mareo lo obligó a apoyarse en el enrejado. Pero no fue nada y enseguida siguió camino. Antes de bajar por la otra punta dice que miró hacia donde estaba la vieja. No había gatos, pero la mujer hablaba con un tipo tan ruinoso como ella que no dejaba de mover algo en sus manos. Pero no se podía ver con claridad. 3


Cincuenta o cincuenta y cinco mil personas llenaban la Bombonera, según decía un famoso locutor seguidor del equipo de la ribera. Pero quien miraba las tribunas podía jurar que había al menos un millón de personas. Casi no había blancos, ni siquiera los que se dejan detrás de los arcos en la bandeja de socios. Todo se había vendido. Afuera habían bajado algo los precios de los gorros, banderas y vinchas, para tentar a los últimos rezagados, que llegaban como si en la cancha pudiera entrar algo más que un poco de aire en los pulmones de los que ya habían ingresado. Adentro, el gordo de la Coca pasaba como podía, o sea con los brazos en alto y la bandeja con los vasitos allá arriba, y su permanente alarido de “a la Coca, a la Coca, fresquita la Coca”. El cielo y el césped se taparon de papeles. Salía Boca; petardos y fiesta. Una garganta enorme, compacta, de fiesta. Luis Javier Baldasini que cumple con los tres conjuros, tres cábalas, sólo una de las cuales es conocida y que tiene que ver con algo que dice mientras se agacha y toca el césped, para después levantarse y persignarse. Cuando salió Rosario Central menudearon los chiflidos, pero habían ido muchos rosarinos. Seis radios y dos canales de televisión. Pitazo inicial. Diez minutos y Baldasini, que no había aparecido, acechando como una fiera la ocasión de arremeter contra el arco contrario, hace su primera intervención. Gambetea a uno, a dos. Lo bajan. Tiro libre que termina en córner. Lo sirve el número 3 y Baldasini lo conecta enviándolo por encima del travesaño. Ya no hay dudas de quién va a ser la figura. ¡Bal-da-sini! ¡Bal-da-sini! El gordo sudoroso no tiene más Coca. Desde lo más alto de la bandeja alta, donde está el hombre del gabán sucio, se ve en la calle, por encima de los palcos, a los vendedores de gorros, banderas y vinchas, y a los puesteros de choripán, calentándose las manos en el rescoldo, esperando. Todo esto lo ve el hombre del gabán viejo y sucio, gabán que seguramente ha encontrado en la calle y que jamás desde entonces ha lavado. Avanza el número 7 por el lateral derecho, desborda al rosarino que le sale y se mete en diagonal para adentro. Se ven también en la calle dos policías de ronda. Paran a hablar con un puestero. El del gabán sigue arriba, en donde se terminan los escalones. Mete las manos en los bolsillos. En uno tiene un mazo de naipes españoles, y en el otro un mazo de naipes de póquer. Lo ve correr al número 7 y cuando se le vienen dos defensores a matarlo, el 8, que extrañamente había salido a jugar con la camiseta número 13, cruza a sus espaldas rumbo a la esquina que el 7 le dejó libre. El 8 no tiene marca. Saca los dos mazos de cartas y apoya uno encima del otro, como si se tratase de un único gran mazo. El 8 tira el centro, rechaza el arquero y cuando el 11 la para fuera del área y se acomoda, le pegan duro en la pierna de apoyo. Cae mal. Le duele. O se hace. Pero es tiro libre a los treinta minutos del primer tiempo. Y lo va a patear Luis Javier Baldasini. El hombre del gabán comienza a mezclar las cartas. Las mezcla, las baraja, las mezcla. Queda un mazo ecuménico, ilógico, equívoco. 4


Reyes, diamantes, bastos, corazones. Baldasini apoya la pelota y pide al árbitro que haga respetar la distancia de barrera, los de la barrera se enojan cuando el árbitro los hace correr. Se empujan, se tapan los testículos y la boca del estómago. Uno, mirando al arquero, hace cumplir sus indicaciones. La gente empieza a entonar un “gooo…” sostenido, a la espera de completar la palabra tras el shoot de Luis Javier Baldasini. El réferi da la orden. Baldasini toma carrera y patea con la violencia justa para darle a la pelota la altura necesaria para que pase por encima de la barrera y se clave en el ángulo superior derecho del arquero, quien volaría sólo para lucirse en alguna foto. Pateó pensando que ocurriría todo esto, pateó deseándolo; pero cuando termina de patear, Baldasini se da cuenta que entre él y el arco contrario sólo está el arquero, y que el arquero está parado en la línea de gol, y que ante tamaño zapatazo ni se inmuta y levanta, sonriendo, la cabeza, para ver cómo la pelota pasa muy por encima del travesaño. Mira a sus pies y se ve un paso por delante del punto de penal. Todos festejan menos las tribunas de Boca, que son casi todas. El 8, con quien Baldasini mantiene una relación poco amistosa, pasa cerca y le dice al oído, mientras le palmea el culo para encubrir lo que dice: - Bien, muy bien, animalito de Dios. Alcanzó a escuchar un jugador de Central, quien se acerca y le dice: - Sos tan perro que ni tus compañeros te quieren. El árbitro hace sonar el silbato y señala el centro de la cancha. Para Luis Javier Baldasini todo es confuso. Viene el 2, que también vive cerca de Claypole, y se lo lleva con el brazo sobre los hombros. - Bien, boludo. No te calentés, boludo, que en quince minutos les hacés cuatro, les hacés. Y no de penal, así se quedan más calentitos, boludo. En el túnel había varias caras largas. Salvo la del 8, no eran contra Baldasini. Todos tenían bien incorporado que derrotas y triunfos no eran de cada uno sino del equipo. Por eso el DT se dedica poco a dar unas cuantas instrucciones, y mucho a levantar la moral del equipo, tarea que remataría comentando: - Y vos, Javierito, tranquilo, ¿eh? No empataste ahora pero en el segundo seguro que la metés. El técnico le tenía confianza de verdad a Baldasini, y lo quería. Por eso es seguro que ignoraba el daño que acababa de hacerle con sus palabras. - ¿¡Empatar!? - Y... sí macho, qué querés. Si vamos perdiendo uno a cero tenemos que empatar. Para después ganar, claro… -suavizó. Javier recordó el mareo en el puente y se dijo que algo no andaba bien. Se esforzó por recordar el partido que estaba jugando, exactamente lo que había ocurrido entre los treinta y el penal, que pateó convencido de estar pateando un tiro libre; pero no pudo. No había registrado nada, podría decirse que esos quince minutos él no los había vivido. Trató de sonreír. - Je, claro. Tenés razón, ¿no? Pero tenía una expresión rara y todos lo notaron. 5


En el segundo tiempo estaba claro que Luis Javier Baldasini no se involucraba en el partido. Había conectado sólo un par de pases intrascendentes, los únicos que no había podido evitar, y había buscado sólo un desborde. Y todo con el temor del que, descalzo en un cuarto a oscuras, sabe que debe evitar un cable pelado. A los veintitrés lo reemplazaron y la hinchada, que en un comienzo perdona a sus ídolos, lo despidió con un aplauso. En la semana Javier tuvo un encuentro con el psicólogo del plantel, parece que un tal Juan Carlos, al menos llamémoslo así, y, según me dijeron, el encuentro fue por la tarde, después del entrenamiento, tal vez con la expectativa del psicólogo de que el cansancio le aflojara la lengua al jugador. Pero Javier no necesitaba de mayor estímulo para hablar porque, a pesar que no se animaba a mencionar ni el mareo en el puente ni el blanco de quince minutos en el partido, necesitaba con urgencia poder hablar con alguien de confianza (o que empezara a serlo), recibir aliento, sentirse apoyado. Quizás, encontrar una explicación. Juan Carlos era del tipo ganador; esbelto, más bien atlético, con la edad necesaria para no sentirse amedrentado por la juventud de sus pacientes y la pinta justa para hacerles sentir que estaban ante alguien que podía enseñarles mucho en muchos sentidos. Usaba el pelo rubio ceniciento prolijamente peinado, y chombas y remeras que, en conjunto con sus pantalones de vestir y sus cinturones y zapatos siempre haciendo juego, resaltaban sus buenas condiciones físicas e imponían respeto. Respeto que terminaba de ganar cuando hablaba, claro, alto y con autoridad. Vamos, que se trataba de un profesional, alguien que había estudiado. En el encuentro con Luis Javier usaba chomba rojo inglés, pantalón gris oscuro y zapatos oscuros impecablemente lustrados. El escritorio del cuarto de entrevistas, sin ser suntuoso, imponía tanta intimidad como respeto. Encima estaba la carpeta del jugador correspondiente, una botella de agua mineral y un vaso de vidrio. Al parecer Juan Carlos, que no tenía por función remontarse a los pañales de cada uno, sino apuntar a aquellos aspectos que podrían resultar conflictivos y poco productivos para el grupo (productivos de goles), lo convenció bastante de que seguramente lo suyo no era nada (ignoramos cuánto de “lo suyo” había efectivamente contado Luis Javier), que convenía ver al médico, pero “después de la próxima fecha, total, vas a ver que el domingo seguro andás un fenómeno”. Pronunció esta frase apoyado contra el marco de la ventana, desde donde se podían ver los regadores que ya habían entrado en funcionamiento. El sol que se ocultaba creaba la atmósfera necesaria para que alguien pudiera pensar “¿por qué no creer que las cosas cambiarán?”. La noche del viernes Javier salió como siempre de su casa. El mal tiempo le sembraba el ánimo de inquietudes y desdibujaba un tanto el aplomo que el psicólogo había podido transmitirle. Pensó, para tranquilizarse, que el lunes iría a ver a Ángela; pero las inquietudes crecieron, y unos cuantos pasos después estaba maldiciéndose bastante por no haberlo hecho después de los sucesos del fin de semana pasado. Cuando llegó a la calle que costea las vías, decidió que mejor que ir por el puente era retroceder dos cuadras hasta el paso a nivel. Y cambiar de remisería, que después de todo don Pancho lo estaría esperando con alguna pregunta molesta, ya que era futbolero e hincha 6


declarado de Boca. Pero no pudo evitar mirar hacia la escalera. Allí estaba. La anciana, con los brazos a los costados del cuerpo, lo miraba. No le veía el rostro, pero estaba seguro que lo miraba. Y media cuadra de un empedrado de lomos peludos se movía como hecho de un material viscoso y ondulante. Javier creyó oír la voz de la anciana: - La rueda rueda… Pero nunca pudo asegurar si realmente la mujer habló, o si sólo le pareció a él. Giró la cabeza y caminó hasta el paso a nivel. El partido contra Ferro Carril Oeste lo ponía a Boca en la recta final del campeonato. Si ganaba. Un Independiente medio flojo y sin figuras, aunque a un punto, no parecía demasiada amenaza, y Ferro no contaba con demasiado para impedírselo. A los trece minutos del primer tiempo Luis Javier Baldasini metió una volea a una pelota que le llegó servida desde el lateral de los palcos, que hizo temblar el palo derecho del arquero verde. La tribuna que da a Martín de Gainza se venía abajo. Los de Ferro habían tratado de llenar el resto para dar con su aliento lo que los jugadores no podían con su fútbol. Pero ni una cosa ni la otra parecían alcanzar, y los once locales estaban metidos en su campo tratando de hacer lo que podían. En el extremo de la tribuna visitante más cercano a la Avenida Avellaneda, bien pegado al alambrado, había un hombre con un gabán oscuro y sus manos en los bolsillos. Veinticinco minutos y el 10 de Boca sale con la pelota desde el mediocampo por el lateral de Avellaneda y se cruza para el centro buscando al 7, que desbordaba por el lado de los palcos. El 6 de Ferro sale al encuentro del 10 como para fracturarlo en muchos pedacitos pero, muy hábilmente, a último momento y con la suavidad de una señorita de liceo (se entiende que de la época de antes) le quita el balón y se lo lleva para el centro. Lo adelanta un poco de más y el 5 de Boca aprovecha a salirle al cruce, la pelota rebota en el de Ferro y sale a mitad de camino entre la línea media y el córner. El hombre del gabán oscuro y sucio sonríe y se apura a sacar de sus bolsillos dos mazos de naipes; de un bolsillo saca naipes de póquer y del otro barajas españolas. Y al tiempo que Luis Javier Baldasini se acerca para servir el lateral, junta las cartas en un único gran mazo y comienza a mezclar, sin quitar la vista de la cancha. Mezcla. Reyes, pinos, sotas, diamantes, copas, corazones. Luis Javier agarra la pelota, mira rápidamente y va a aprovechar el desborde del 5 quien, sin quitarle los ojos de encima, corre con un brazo en alto pidiendo la pelota y con el otro señalando para adelante, a las espaldas del defensor de Ferro. Pasa el ancho de basto, el tres de tréboles, el siete de diamantes. Luis Javier arquea el cuerpo hacia atrás, con los brazos sosteniendo la pelota bien estirados, y como una catapulta a la que cortan la soga se tuerce violentamente hacia adelante y literalmente dispara el balón. Y Luis Javier ve entonces cómo la pelota pasa como una exhalación al lado del arquero y entra en el arco. El arquero, agazapado en la línea de gol con las piernas abiertas, mira la pelota y luego vuelve a mirar a Javier, que está parado algo más allá del punto de penal. El arquero mira al réferi, sin dejar de reír pero como preguntándole y ahora qué se hace. Es que no debe estar contemplado en el reglamento qué hacer cuando un jugador en vez de patear un penal decide ejecutarlo con las manos. 7


Hay un silencio de cementerio en todo el estadio. El réferi tiene el silbato apenas colgando entre los labios de su boca abierta. Y Luis Javier Baldasini, que acababa de estar parado en un lateral y de golpe se encuentra con el arco de frente, comprende que volvió a pasarle lo mismo. El árbitro se acercó al 9 de Boca y, aunque nunca pudieron arrancarle qué se dijeron, parece que le pidió alguna explicación en un tono que no era cordial. Los locutores sacaban todo tipo de conclusiones. El arquero, de mala gana, entró en el arco y le revoleó la pelota a Baldasini. Al técnico de Boca le escucharon decir: - ¿Pero qué mierda…? Y nunca terminó la frase. La cara se le enrojeció, las venas del cuello se le dilataron, y alguien le aconsejó hacer un cambio. El técnico pensó que sería demasiado golpear al árbol caído reemplazar a Baldasini justo para el penal que debía ejecutarse, pero Baldasini lo hubiera agradecido. Sin embargo, estaba nuevamente él frente al arco para tirar el penal. La ubicación del arquero le permitió darse cuenta que aún estaban en el primer tiempo y, aunque era lo único que sabía, pensó que todavía le quedaba el segundo para reivindicarse. Lo cual, en realidad, distaba de tranquilizarlo. Acomodó la pelota. Caminó hacia atrás. El arquero separó sus piernas y a Luis Javier le pareció que sus pies tocaban ambos palos, mientras sus manos enguantadas cubrían todo espacio posible para llegar a la red. De a poco, un murmullo de extrañeza fue dejando lugar al consabido “gooo…” colectivo que debía completarse al convertirse el gol. Diamantes, bastos; diamantes, copas. Luis Javier comenzó a sentir pánico por lo que pudiera ocurrir hasta que llegara a la pelota, pánico de encontrarse de pronto, minutos, horas o días después de ese momento en que estaba por patear. Tal vez se encontraría directamente en su vejez, absolutamente ignorante de lo que había sido de su vida. Sentía que la frente le transpiraba. No era el sudor caliente del esfuerzo. Era un sudor frío, como el de antes de vomitar. El árbitro había pitado y si demoraba un segundo más le sacaría la tarjeta amarilla por retención de juego. Corrió… y la pelota pasó a cinco metros del palo izquierdo del arquero. Luis Javier se agachó, se tapó la cara. El 2 le oyó decir: - Ángela, Ángela… Pero el partido siguió. Boca y Ferro empataron 0 a 0. Luis Javier se enteró en el vestuario, en donde se quedó cuando terminó el primer tiempo, tirado sobre uno de los bancos. El cielo se había llenado de nubarrones y hacía frío. A Boca se le complicaba la punta. Dos hinchas, que salían hacia Martín de Gainza diciendo que la madre que parió a Luis Javier Baldasini era una puta, vieron, apoyado contra el alambrado y mirando sin ver el césped, a un hombre de gabán sucio y oscuro, con las manos en los bolsillos repitiendo una y otra vez: - ¡Je, je! Por jodido; le pasa por jodido, ¡je,je! La noche de Javier, esa noche de Javier, se pareció bastante a la noche oscura, la noche espantable de san Juan de la Cruz. Acostado boca arriba, o retorciéndose en posición fetal, sudando, llorando, soñando para tener pesadillas y despertando para vivir 8


una, sabiéndose (pues en verdad creía que era eso lo que le pasaba) a las puertas de la locura. Cuando llegó a su casa se fue a su cuarto, donde varias tapas viejas de revistas deportivas, correctamente enmarcadas, lo mostraban a su padre en andas, o llevando una copa, siempre sonriendo y triunfal. No probó bocado, no habló con nadie y ni su madre se animó a hablar con él. Se levantó a las cero quince, a las cero treinta, a la una. A las tres y trece logró, o así lo creyó, aquietarse lo suficiente como para hacer un racconto de hechos y tratar de vislumbrar qué era lo que andaba mal. - Las cábalas… -se dijo-, las cábalas no pueden ser. No me las olvidé. ¿Y si ese fuera el problema? ¡No, eso no! A lo sumo hubiera jugado mal y hubiéramos perdido… ¡pero no lo que me pasó! La mano equivocada… ¡eso tampoco, siempre usé la misma, y siempre me persigné! Se arrodilló delante del crucifijo, que tenía colgado junto a la entrada de su pieza de modo que al abrir la puerta quedaba prácticamente oculto, y se persignó tres veces. - ¡Dios mío! ¡Dios mío ayudáme! Si me sacás de ésta no me pajeo más ni le vuelvo a pedir a Anita que me la chupe. ¡Eso es, eso debe ser! Mucha paja me está volviendo loco. Es un castigo de Dios. Dios me está castigando. Como le ocurre más o menos a todos, una vez que creyó encontrar la causa de su problema, aunque estaba llorando, se calmó. Y se durmió. Al despertarse quiso convencerse de que estaba en paz, luego besó la imagen de la virgen que tenía sobre su mesita de luz, y hasta fue bastante locuaz durante el desayuno con su madre. Pero en la esquina, las primeras planas de los suplementos deportivos, que lo mostraban tomado desde detrás de la red, parado en el punto del penal y alzando la pelota con las manos, lo devolvieron al mundo real. Y fue a verla a Ángela, después de ponerse unos amplios anteojos oscuros. La casa de Ángela era una casa humilde, pero de material, y algo entrada en años aunque en buen estado y sin grietas. Tenía adelante un jardín pródigo en arbustos aromáticos de tamaño considerable, y una puerta cancel de alambre tejido que se abría sin esfuerzos para dar paso al caminito de baldosas que llevaba hasta la puerta de casa. Ni bien Ángela lo vio en el umbral de ésta, se paró y, yendo hacia él con los brazos abiertos, exclamó: - Pero… querido… ¡Algo te pasa a vos, no me digás que no! Dejáme ver… ¡vos estás muy afligido! La infalibilidad del diagnóstico, dejando de lado la cara de Javier en esa ocasión, estaba garantizada porque nadie va a una bruja a menos que esté muy mal y porque, aunque Ángela le negaba a Javier todo interés por el fútbol, seguía las crónicas periodísticas del muchacho y estaba bastante al tanto de lo ocurrido los últimos dos partidos. Cualquier visitante primerizo, a quien mirando a los ojos y con tono seguro y sereno una bruja le dijera: - A usted, mi amigo, le pasa algo que lo tiene muy afligido, sería uno de esos que incautamente sueltan el rollo, para después andar diciendo: - ¡No sabés! Me dijo todo lo que me pasaba, y sin que yo le dijera nada, ¿eh? - ¿No me diga? –dijo Javier- ¿Así que me pasa algo? ¡Lo sabe todo el mundo, doña Ángela! 9


A la mujer se le mezclaban distintos intereses en el muchacho. Uno era el económico, sin duda. Algunos me aseguraron que el sexual no era el menor, a pesar de la diferencia de edades, o precisamente por ella. Otro punto de atracción era que Javier le venía prometiendo una camiseta de Boca profesional para el hijo, un muchachito de unos quince años un tanto retrasado. Y otro, en fin, concedamos que con el tiempo Ángela había cobrado un cariño sincero por Javier. Bruja o no, lo quería ayudar. Javier le refirió en primera persona lo que la mujer ya sabía por los diarios. - Acá hay un trabajo, Javiercito. No hay duda que te han hecho un trabajo. Y al trabajo se lo combate con descanso. Vos tenés que dormir muy bien, escucháme lo que te digo, pero muy bien, desde dos días antes del partido. Tomáte estos yuyos. Es valeriana. Bien cargado después de comer. Y si hay mujeres… - Usted sabe que no, Ángela, no me haga poner colorado. - Eso es, mejor –acotó la mujer, con una satisfacción un poco desproporcionada-, que te van a sacar la energía. Y yo te voy a sacar el alma si no me traés la camiseta. Como siempre que quería cerrar un tema, Javier dijo: - Está bueno, Ángela, está bueno. Hablaron, parece, bastante más, hasta cerca de la caída del sol. - La veo en la semana –fue lo último que le dijo a la bruja, antes de ponerle un beso en la mejilla y salir despacio por el caminito de baldosas. Y la bruja, que era mujer, se quedó hasta un rato después tocándose la mejilla. Javier se fue, más o menos como entró pero con algo de tarea para hacer. La cosa fue un poco más compleja con Juan Carlos, el psicólogo, en la entrevista semanal; Juan Carlos no sólo la adelantó de un jueves a un martes, al parecer por pedido del técnico, quien tenía que definir urgentemente, le gustara o no, si el siguiente encuentro lo ponía a Javier de titular, o siquiera en el banco. Además, el paisaje que se veía por la ventana no era la puesta de sol otoñal. A rayo del sol, ni bien hecha la digestión, se veía a todo el plantel dejando los fuelles en el césped. Era evidente que todos juzgaban más importante la recuperación de Luis Javier Baldasini, sea lo que fuere de lo que tenía que recuperarse, que su entrenamiento. En fin, ya no parecía cuestión de convencerlo de que el domingo siguiente andaría un fenómeno. Esta vez, Juan Carlos vestía un impecable equipo deportivo verde claro. Sabiéndose observado por todos, a Javier le resultaba francamente intimidante que el psicólogo usara un equipo deportivo; sentía que si el psicólogo usaba ropa deportiva él, en realidad, debía vestir, quizás, un mameluco. El profesional releyó algunas líneas de la carpeta que tenía abierta entre sus manos y, reclinándose después en su sillón de respaldo alto, levantó la cabeza entrecerrando los ojos y mirando inquisitivamente a Javier, sentado enfrente de él en una silla convencional. Aunque cómoda. El jugador estaba algo inquieto, con las manos cruzadas y moviendo las piernas sin parar. El otro se alisó el pelo rubio ceniciento y, usando el tono de intimidad que podría poner un locutor de FM a la medianoche, le dijo: - ¿Qué te anda pasando, Javier? - Le juro que a mí no me pasa nada, qué quiere que le diga, doctor. - Empecemos por el final: no soy doctor, ya te lo dije, llamáme Juan Carlos. Quiero que me digas la verdad. Y por último –se inclinó para adelante y sonrió-: no necesitás 10


jurarme nada. Estoy para ayudarte, Javito; yo confío en vos. ¿Jugamos o no jugamos en el mismo equipo? Dicho sea de paso, a Juan Carlos le encantaba usar metáforas relacionadas con la actividad de los muchachos, de modo que volvió a recostarse con cierto aire de triunfo, como quien se pone a escribir una carta complicada ignorando el protocolo, y se pone sumamente contento porque pudo poner “estimado señor”. - ¿Y qué quiere, si le digo que no me pasa nada? ¿Qué quiere, que le invente algo? Luis Javier Baldasini estaba visiblemente irritado, se le habían llenado los ojos de lágrimas y se le habían ingurgitado esas venitas a la altura de la sien que anuncian entonces que un sujeto está por no poder retener más el llanto. Además, Javier era sincero: con nada de sus pensamientos, con nada de su vida cotidiana podía relacionar esos espacios vacíos que habían tenido lugar en la cancha. Las razones que había vislumbrado la noche del domingo al lunes se le antojaban ahora puras tonterías. Se sentía ajeno no sólo a su equipo, sino a su familia, a su novia y a todas las personas con las que se cruzaba por la calle. Juan Carlos le sirvió un abundante vaso de agua, que Javier vació de un trago, y le contó una vez más lo único que sabía que le pasaba. - Tengo lagunas, doc… Juan Carlos. Lagunas, ¿me entiende? Es como si ahora, que estoy hablando con usted, apareciera de golpe cenando hoy en casa con la vieja, sin la más puta idea de lo que pasó en el medio. Javier era de esos muchachos de clase más bien baja que tiene bastante conciencia de la brecha que lo separa de un profesional, ante quien tiene que cuidar las formas o, al menos, se siente lo suficientemente cohibido como para no ser grosero, apareciendo como más tímido de lo que es en realidad. Usar la palabra puta significó pasar la barrera de esa inhibición, que era la misma que le impedía llorar, por lo que dejó escapar, sin ninguna vergüenza, un sollozo, mitad quejido mitad resoplido, que además de arrugarle la cara dejó unas cuantas gotas sobre la madera del escritorio. - Y eso… ¿te pasó sólo en el partido? - Los partidos, Juan Carlos –corrigió Javier-. Los dos últimos partidos. La otra vez no me dio bo… no me escuchó. - Podés putear que no me voy a poner colorado –dijo sonriendo el psicólogo-. Mirá, yo no estoy tan seguro de que te esté pasando algo grave. Pero de todo lo que acá me estás mostrando, con tus palabras, con tu cara, con tus gestos, lo que más claro me queda es que estás tremendamente angustiado, -y repitió bajando la voz- tremendamente angustiado… y eso lo tenemos que solucionar. No por Boca –se apuró a decir-, quiero que lo sepas, no por Boca. Por vos. Vos nos interesás, Luis Javier Baldasini. En las horas de charla posteriores Juan Carlos anduvo a la pesca de algún dato relevante, orientador, en la historia familiar de Javier, pero para entonces ya había decidido apoyar en la ciencia médica su casi certeza de que lo de Javier realmente no era grave, y mientras seguía hablando y también escuchando escribía órdenes de interconsulta con neurólogo y psiquiatra, e indicaciones de diversos tests. De la historia familiar de Javier sabía bastante, por otro lado. Pero un padre poco ejemplar no desencadena, al menos como síntoma más frecuente, lagunas mentales en los hijos ni penales arrojados con las manos. 11


En las cuarenta y ocho horas posteriores Luis Javier tuvo análisis nuevos, nuevos electroencefalograma, tomografía y radiografías, y todos los tests indicados. Nada anormal…

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Barajar y dar de nuevo