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Jana Bauer

EL haditerrible y el invierno salvaje

La vuelta del haditerrible al Bosque Furioso descrita en este libro titulado El haditerrible y el invierno salvaje trae varias aventuras nuevas en las que conoceremos al monstruo de los monstruos, a una aprovechada ardilla de sombrero rojo y una piedra mágica. Junto con los habitantes del bosque, lucharemos contra la superstición, las dudas, los celos y el ombliguismo. ¡Únete al nuevo episodio, lleno de humor y ternura!

Jana Bauer

El haditerrible y el invierno salvaje

Malinc

Ilustraciones de Caroline Thaw Malinc



Para Martín, quien se inventó al haditerrible


6 La aeronave 16 La huida 24 La pelea 32 La vuelta 36 El erizo tiene una casa nueva 42 Primera nieve 52 La ardilla quiere saber 61 El lobo 74 El cumpleaños del oso


82 El monstruo de los monstruos 97 Una campanita mágica 106 La piedra maldita 116 La ardilla de sombrero rojo 126 El laventamiento 137 Cómo ahuyentar al invierno 147 Una carta de selvia


LA AERONAVE —Vine a tomar una taza de té —dijo el erizo un sábado frío, cuando llamó a la puerta del búho. Se sentó y se puso a arrugar el mantel por lo alterado que estaba. —Ajá —dijo el búho y asintió con la cabeza, mientras vertía el agua para preparar la manzanilla. —No puedo dormir. —Ya lo veo —respondió el búho. —La salamandra tampoco puede dormir —agregó el erizo—. Y el oso también está despierto. —¿El oso? —preguntó sorprendido el búho. —Igual que el lirón. Ya ves, hasta el lirón está despierto. El oso ha estado todo el día construyendo una aeronave con él.

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—¿Una aeronave? —dijo el búho, sorprendido. El erizo asintió, moviéndose en su asiento. Seguía arrugando el mantel. De repente, el búho perdió la paciencia. —¡Erizo, deja de arrugar mi mantel! ¿Y sobre qué estás divagando? —El haditerrible —suspiró el erizo—. ¡Vamos a ir a buscarla! —¿A buscarla? —ululó el búho—. ¿Pero por qué? —¿Y si le sucediera algo desagradable en el camino? ¿Y si cayera un rayo en su tetera? ¿O si alguien la secuestrara? ¿O la hechizara? Y si… —¡Un momento! —dijo el búho—. El haditerrible se fue a su casa, porque echaba de menos a sus hermanas, primos y tías. Y puede ser que incluso a su bisabuela. —¿A la bisabuela? —exclamó el erizo—. Pero si tú mismo me dijiste que no dice más que palabrotas y los dos sabemos que no tiene ni pizca de paciencia. —Sí, pero… —Sólo tú sabes dónde viven las haditerribles —dijo el erizo con una mirada suplicante—. Necesitamos tu ayuda. —No, no y no —se opuso el búho. Fueron interrumpidos por un estruendo que provenía del exterior. Por un zumbido y un traqueteo. Que estaba cada vez más cerca. Y cada vez más fuerte. —8—


El búho asomó la cabeza por el hueco de su casa. Algo extraño volaba hacia él. Parecía un barco con un árbol en lugar de un mástil, pero no era un barco. Parecía una choza con alas, pero tampoco era una choza, aunque al menos la mitad de los habitantes del Bosque Furioso venía embarcada en aquella cosa. El lirón, la salamandra, la ardilla, la familia de ranas, los conejitos, incluso el oso y la jabalina con sus crías, todos se estaban amontonando allí. —Lo diseñó el lirón —dijo el erizo—. Yo lo decoré con calabazas, por si no te has dado cuenta. —Algunos animales deberían haber comenzado a hibernar hace tiempo —gritó el búho hacia el objeto que zumbaba—. Y encima está comenzando a nevar. —Podemos contar contigo, ¿verdad? —suplicó el erizo. Luego bebió su té de manzanilla y trepó por la cuerda que el lirón le había bajado desde la máquina voladora. El búho emitió un profundo suspiro, se puso un gorro en la cabeza y despegó el vuelo. La verdad era que él tampoco había podido cerrar los ojos desde que el haditerrible abandonó el Bosque Furioso. ¡Maldita sea! —¡Por encima de los montes! —agitó su ala hacia el sur y se puso al frente de la expedición. —9—


—Dicen que las haditerribles son salvajes — murmuró preocupado el búho—, muy salvajes. * Volaron durante mucho tiempo. Sobre los campos, los prados y los bosques. De repente, giraron a la izquierda, zumbando a través de la niebla sobre los picos nevados de las montañas. El viento soplaba fuerte y la luz se estaba apagando poco a poco. Volaban a través de la noche hacia una nueva mañana, fría y húmeda. Empezó a percibirse un olor salado. A lo lejos empezó a divisarse el mar. El búho se dirigió en dirección contraria. Se adentraron en un terreno cubierto de arbustos espinosos. Un enorme árbol viejo con ramas poderosas se levantaba en medio de las espinas. En él había casas de pájaros conectadas por escaleras y puentes. Aterrizaron. Alcanzaron su meta. —¡Hooolaaa! —gritó el oso, quien fue el primero en emerger de la máquina voladora. No se abrió ninguna ventana. Tampoco ninguna puerta. —¡Erizamadooraaa! —gritó el lirón. Nada. —Quizás no hay nadie en casa —dijo. — 10 —


—Entonces, ¿por qué nos miran todos esos rostros diminutos a través de las aberturas? —preguntó la ardilla. —Se están metiendo una especie de palitos en la boca —dijo el oso. —Probablemente hemos interrumpido su almuerzo —respondió la ardilla, con un suspiro. La ardilla siempre se ponía de mal humor si la molestaban cuando estaba comiendo. —No lo creo —contestó el búho. —¡Huyamos! —gritó el erizo—. ¡Son cerbatanas! Cientos de agujas de pino secas llenaron el cielo y se lanzaron hacia ellos. —¡Ay! —se quejó la ardilla, cuando una de las agujas se clavó en su nariz. —Al refugio —gritó el lirón y todos se escondieron detrás de la máquina voladora. —Ya lo tengo —dijo el erizo, y sacó un pañuelo blanco y lo sujetó a un palo. —¡Hola a todos! —agitaba el palo, mientras, entre las espinas, se abría paso hacia el árbol—. ¡Somos amigos, conocemos al haditerrible que se llama Erizamadora! Las agujas de pino dejaron de volar. Las cerbatanas desaparecieron. Y las pequeñas caras también desaparecieron de las aberturas. Durante un rato — 11 —


todo estuvo en silencio. El erizo se detuvo. Saludó triunfalmente a los animales, detrás de la aeronave. Orgulloso de sí mismo, avanzó. Se abrió la puerta principal entre las raíces del árbol. Salieron corriendo cuatro haditerribles. Agarraron las patas del erizo, lo levantaron y se lo llevaron, gritándose entre sí, discutiendo. —Seré la primera en cepillarme el pelo con él. —Yo fui la primera en verlo. —¿Y si se lo damos a la bisabuela a cambio de unos zapatos nuevos? —La bisabuela ya tiene diecisiete ejemplares. Mejor lo escondemos y lo usamos nosotras mismas. —¡Esto es un secuestro! —chilló el erizo cuando consiguió tomar aliento—. ¡Quieren usarme como su cepillo! ¡Qué descaradas! —¡Ya lo vemos! —respondió la ardilla—. ¡Pero no podemos hacer nada para ayudarte! El erizo siguió gritando hasta que desapareció, junto con las haditerribles, dentro del árbol. —Bueno, ahora también el erizo está perdido — suspiró el jabalí. —Nadie está perdido —ululó el búho. —¿Quizás podríamos intercambiarlo por avellanas? —sugirió la ardilla. Pero no tenían avellanas, así que se sentaron allí, abatidos. — 12 —


—Vamos a atacarlos —se le ocurrió a la ardilla—. Los golpeamos y les hacemos ver de lo que somos capaces. —Pero no podemos —respondió el lirón en voz baja—. Seguro que hay un centenar de ellas o incluso más. —Deberíamos distraerlas —dijo el búho pensando en voz alta—. Sacarlas desde allí. Engañarlas. —¡Una lectura de poesía! —sugirió la salamandra. Los demás pusieron los ojos en blanco. —¡No seas tan payasa! —gruñó el jabalí. —¡Que idea tan buena! —dijo el búho—. ¡Un circo! —Pero… —trató de explicar la salamandra—. Yo… —Tú serás el payasa —dijo el búho—. La jabalina y sus crías serán acróbatas. Las ranas pueden montar en los conejos y el oso andará en bicicleta. Hicieron un cartel. Sobre él dibujaron a la salamandra con una nariz roja y en letras grandes escribieron C I R C O. Al caer la noche, el lirón se acercó al árbol de haditerribles y clavó el cartel en la entrada principal. Por la mañana, trajeron bancos de la máquina voladora y con mantas viejas construyeron una carpa de circo. —Un circo —dijo la salamandra con una mueca de desprecio—. Seguro que no viene nadie. Justo en ese momento, unas trescientas cincuenta chicas salvajes con rodillas magulladas y codos — 13 —


costrosos irrumpieron en la tienda. Se apretujaban alrededor de los bancos, rechinando sus dientes. Las de atrás estaban tratando de empujar a las que ocupaban la primera fila de los asientos. Estaban escupiendo y gritando, diciendo palabrotas y tirándose del pelo. —Apartad de mi camino —gritó una voz que sonaba vieja, mientras la bisabuela llegaba a la primera fila.


Las horcaduras en su cabeza ya estaban viejas, rotas y cubiertas de líquenes. Miró a su alrededor, agarró a una de las haditerribles por las orejas y la arrastró de su asiento. —Quita, alimaña —graznó. Luego se sentó y metió un poco de tabaco en su pipa. —Vieja tonta tirapedos —respondió la pequeña, mientras se dirigía a la última fila. El búho hizo una reverencia. Abrió la cortina. La función empezó. Mientras tanto, la ardilla y el lirón se escabulleron para comenzar la operación de rescate.

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Jana Bauer

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La vuelta del haditerrible al Bosque Furioso descrita en este libro titulado El haditerrible y el invierno salvaje trae varias aventuras nuevas en las que conoceremos al monstruo de los monstruos, a una aprovechada ardilla de sombrero rojo y una piedra mágica. Junto con los habitantes del bosque, lucharemos contra la superstición, las dudas, los celos y el ombliguismo. ¡Únete al nuevo episodio, lleno de humor y ternura!

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