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LA HUMILDAD El llamado a vivir vidas de bajo perfil

GERSON MOREY

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La humildad: El llamado a vivir vidas de bajo perfil Copyright © 2021 por Gerson Morey Todos los derechos reservados. Derechos internacionales registrados. B&H Publishing Group Nashville, TN 37234 Diseño de portada e ilustración por Matt Lehman. Director editorial: Giancarlo Montemayor Coordinadora de proyectos: Cristina O’Shee Clasificación Decimal Dewey: 231 Clasifíquese: RELIGIÓN/CRISTIANISMO/DIOS Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida ni distribuida de manera alguna ni por ningún medio electrónico o mecánico, incluidos el fotocopiado, la grabación y cualquier otro sistema de archivo y recuperación de datos, sin el consentimiento escrito del autor. A menos que se indique lo contrario, las citas bíblicas se tomaron de la versión Reina-Valera 1960 ® © 1960 por Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Usadas con permiso. Reina-Valera 1960 ® es una marca registrada de las Sociedades Bíblicas Unidas y puede ser usada solo bajo licencia. Las citas bíblicas marcadas NTV se tomaron de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados. Las citas bíblicas marcadas LBLA se tomaron de LA BIBLIA DE LAS AMÉRICAS, © 1986, 1995, 1997 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso. ISBN: 978-1-0877-5149-8 Impreso en EE. UU. 1 2 3 4 5 * 24 23 22 21

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ÍNDICE Prefacio a la serie . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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Introducción. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11

Capítulo 1. ¿Por qué es malo el orgullo? . . . 13 Capítulo 2.  El fundamento de la humildad. . . 23 Capítulo 3.  Motivación de la humildad . . . . 31 Capítulo 4.  El estándar de la humildad. . . . . 37 Capítulo 5. ¿Qué es la humildad? Una definicion. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 43 Capítulo 6.  Ejemplos de humildad: David, Pablo y Juan el Bautista. . . . . . . . . 49 Capítulo 7.  La recompensa de la humildad. . . 63 Capítulo 8.  Felices los humildes. . . . . . . . . . . 71 Capítulo 9.  Cómo Dios nos hace crecer en la humildad. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 77

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En un creyente, la humildad no es una opción, sino una cualidad esencial de la naturaleza nueva. Un creyente orgulloso es una contradicción de términos.

—Richard Baxter

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Prefacio a la serie Leer no tiene que ser difícil, ni mucho menos aburrido. El libro que tienes en tus manos pertenece a una serie de Lectura fácil, la cual tiene el propósito de presentar títulos cortos, sencillos, pero con aplicación profunda al corazón. La serie Lectura fácil te introduce temas a los que todo ser humano se enfrenta en la vida: gozo, pérdidas, fe, ansiedad, dolor, oración y muchos más. Este libro lo puedes leer en unas cuantas horas, entre descansos en tu trabajo, mientras el bebé toma su siesta vespertina o en la sala de espera. Este libro te abre las puertas al mundo infinito de la literatura, y mayor aún, a temas de los cuáles Dios ha escrito ya en Su infinita sabiduría. Los autores de estos libros te apuntarán hacia la fuente de toda sabiduría: la Palabra de Dios. Mi oración es que este pequeño libro haga un gran cambio en tu vida y que puedas regalarlo a otros que van por tu misma senda. Gracia y paz,

Giancarlo Montemayor

Director editorial, Broadman & Holman

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Introducción Cierta vez, estábamos en una reunión de oración con la iglesia y mi hermano Marlon, uno de los diáconos de la congregación, dirigía una parte del servicio. En medio de la oración, él dijo algo que conmocionó a casi todos los que estaban presentes, porque usó una expresión extraña y fuerte a la vez. Luego de comenzar adorando a Dios y seguido por un tiempo de confesión de pecados y arrepentimiento, él oró lo siguiente: «Te pedimos perdón Señor y te rogamos que nos libres del maldito orgullo». Nunca lo había escuchado de esa manera. Inmediatamente me puse a pensar en esas palabras: maldito orgullo». Fue extraño, pero indispensable. Fue duro, pero cierto. Calificar al orgullo con la palabra maldito, puede sonar como redundante, porque al fin y al cabo todos los vicios y pecados son malditos. Pero es necesario dejarlo así porque creo que es una descripción apropiada de la naturaleza del orgullo. Es importante que entendamos y recordemos de vez en cuando que el orgullo es maldito. Es correcto calificar al orgullo como maldito, no solo por lo que produce, sino porque al leer la Biblia nos quedamos con la impresión de que Dios tiene una cósmica antipatía hacia la soberbia. O, mejor dicho, Dios resiste, condena y detesta de una manera particular al orgullo y sus derivados. Maldito es un buen adjetivo para el orgullo. El autor de Proverbios nos recuerda que de las siete cosas que el Señor aborrece, la altivez encabeza la lista: «Seis cosas aborrece Jehová, Y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos…» (Prov. 6:16‑17). Detente un momento y considera esto: Dios abomina el orgullo desde Su alma. Ahora bien, creo que una consideración de la vileza del orgullo también nos debe llevar a un mejor entendimiento

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de su contraparte: la humildad. Esta es una virtud escaza, pero necesaria, preciosa y llena de vida. Al leer la Escritura y tomar en cuenta la gloria de Dios en la creación y salvación, también nos quedamos con la sensación de la gran satisfacción que la humildad le produce a Dios. La humildad goza de aprobación divina y los humildes tienen un lugar especial en la consideración del Señor. Árbol grande, que produce muchos y grandes beneficios para los hombres. Por eso, para completar mejor la idea, podemos decir maldito orgullo, pero bendita y deseada humildad. Este libro pretende de manera breve y sencilla, presentar un entendimiento bíblico de la humildad. Esa humildad que tanto Dios alaba y que encontró su mejor versión en el Cristo que vino a morir por los pecadores. Mi deseo es que después de considerar esta virtud, en nuestro corazón se fortalezca un anhelo por ser humildes. Mi oración es que la humildad se convierta en una aspiración de vida, una virtud deseable. Soy el primero que necesita recordar y tomar en serio la enseñanza bíblica sobre la humildad y la arrogancia. No soy un ejemplo de humildad y digo esto con tristeza y vergüenza. No me gusta mi orgullo y aparece con tanta fuerza y frecuencia que me frustra y entristece hasta el alma. Sobre todo, porque Cristo, el ser a quien amo imperfectamente es esencialmente lo opuesto: humilde de corazón. La humildad es Su cualidad y yo estoy infinita, escandalosa e inconcebiblemente lejos de esa virtud. Cuanto más veo, discierno y admiro Su carácter manso, sencillo y humilde, es más evidente mi falta de humildad. Pero en el mismo Cristo tengo la esperanza para continuar aspirando a esa meta, porque en la cruz Él recibió el castigo por mi orgullo y pagó el precio para que la humildad (incluso con sus imperfecciones) sea posible. Que Dios use este pequeño texto para que en cada lector nazca una oración cada día más intensa y frecuente. Esta oración, poco a poco, encontrará respuesta: «Señor, quiero ser humilde».

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CAPÍTULO 1

¿Por qué es malo el orgullo? En un libro que pretende explicar la naturaleza, el llamado, los beneficios y la belleza de la humildad, creo necesario hablar primeramente del vicio contrario. La contraparte de la humildad es el orgullo y debemos entender por qué este último es tan nocivo y un mal que debe ser resistido. Mi deseo es mostrar que esto de odiar, rechazar o morir al orgullo no son opciones que tenemos, sino un deber cristiano. Resistir la arrogancia del corazón, no es un lujo para el pueblo de Dios, sino una necesidad imperiosa. El orgullo es el ejército a vencer, es la enfermedad que debe ser curada, la mentira que debe ser expuesta, el grito que debemos silenciar y el enemigo que debemos seguir sometiendo hasta el final de nuestros días. No puede ser de otra manera.

¿Por qué es malo el orgullo? Una respuesta bíblica y sencilla a esta interrogante sería decir que el orgullo es malo porque, como diría

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C.S. Lewis, «viene directamente del infierno».1 Satanás es padre, fuente y medida del orgullo. Y dos pasajes apoyan esta verdad y nos ayudan a tener una idea más clara al respecto. Cuando la mujer dijo a Satanás que no podían comer del fruto del árbol porque Dios les advirtió: «ciertamente morirás» (Gén. 2:17), la serpiente respondió «no van a morir» (Gén. 3:4). Este es el primer registro que tenemos de las palabras de Satanás, y lo que vemos aquí es un cuestionamiento a las palabras de Dios, una resistencia a Su autoridad y un desafío a Su persona. Pero otro relato también instructivo es el que tenemos en Mateo 4 cuando se nos narra la tentación de Jesús. En esa ocasión, la tercera y última tentación del diablo fue así: «Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares» (Mat. 4:8‑9). Aquí vemos a Satanás procurando recibir la adoración que está reservada solo para Dios. Es decir, se estaba colocando en la posición de Dios y asumiendo el derecho de recibir alabanza. Estos dos pasajes nos dan una descripción del diablo y de la natural disposición que lo caracteriza: el orgullo. Esa actitud de insubordinación, de rebelión a la autoridad divina y deseo de usurpar lo que le pertenece a Dios, es lo que constituye el orgullo y todos los pecados. Satanás no solo es la encarnación, sino también la raíz y causa del orgullo, porque él personifica esa actitud antiDios, que define a los hombres y a sus actos. Por esta razón el orgullo es malo. Ahora bien, después de establecer que el diablo es la fuente del orgullo, creo que podemos abundar en otras cuestiones para responder de forma más integral esta pregunta. 1.  C.S. Lewis, Mero cristianismo, p. 138.

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Podemos señalar tres verdades que abarcan todos los aspectos de nuestra existencia. El orgullo toca cada parte de nuestra vida como individuos y podemos señalar tres razones para explicar por qué esto es algo malo y aborrecible: (1) el orgullo es malo en cuanto a nuestra relación con Dios, (2) es destructivo en lo que respecta a nuestras relaciones interpersonales y (3) es dañino para nosotros individualmente. Analicemos una por una. 1. El orgullo no procura la misericordia de Dios El llamamiento del evangelio incluye un mandato al arrepentimiento y a la fe. Cuando Jesús comenzó Su ­ministerio, el evangelista describe el contenido de Su predicación de esta manera: «… El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Mar. 1:15). El mismo Pablo, para describir el contenido de su enseñanza y mensaje mientras predicó en Éfeso, dijo que estuvo «testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo» (Hech. 20:21). Todos los hombres, sin excepción, son llamados a la fe y al arrepentimiento para que sean perdonados y salvados por Dios. Ambos son realidades de una experiencia que la Biblia describe como la conversión. Ambas cosas constituyen la respuesta apropiada a la oferta del evangelio. Los hombres deben arrepentirse de sus pecados y confiar en Cristo para la salvación de sus almas. El arrepentimiento es reconocer que hemos hecho mal y que estamos en problemas. Arrepentirse es darle la espalda a nuestro pecado y de esa forma reconocemos que hemos vivido de la manera equivocada. Arrepentirse supone aceptar que estamos mal y supone humillarse. Por eso el mismo Señor, cuando dirigía Su reprensión hacia los escribas y fariseos, que llenos de arrogancia pretendían presentarse como justos y perfectos, les

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dijo: «Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mat. 23:12). Es por eso que la altivez es la disposición contraria a la que se requiere para acercarse a Dios. El orgullo es la actitud que no toma en cuenta lo que somos y lo que Dios es, y así se convierte en impedimento para acercarnos a Él. La soberbia es la respuesta contraria a la misericordia divina que se extiende a pecadores que nos hemos hecho indignos por nuestro pecado. Pero del otro lado, la fe es el llamado a poner nuestra confianza en Cristo y en lo que Él ha hecho para nuestra redención. La fe no se apoya en las buenas obras, sino en la obra consumada de nuestro Señor, sin pretensiones de mérito. La fe es la dependencia única en Cristo para la salvación del alma, sin tomar en cuenta las obras que hacemos. Por eso la fe es un reconocimiento tácito de nuestra maldad, incapacidad y debilidad como pecadores. Confiar solo en Cristo para el perdón de nuestros pecados es la aceptación de que somos impotentes para salvarnos. Fe es reconocer nuestra absoluta necesidad de un mediador y eso supone humillarse. Aceptar nuestra condición. Por eso el salmista decía: «Porque el Señor es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo conoce de lejos» (Sal. 138:6). Dios no quiere saber del corazón orgulloso y prefiere tenerlo alejado. La soberbia no está dispuesta a reconocer que se ha equivocado y que tiene necesidad de un salvador. El Señor atiende al pecador humilde, quien acepta su condición y corre a buscar de Dios y abre las manos para recibir lo que sabe que no merece. 2.  El orgullo destruye relaciones Las relaciones son fuente de gozo y dicha de los individuos, pero también, de las más grandes tristezas y decepciones. Pecamos constantemente y muchas veces nuestro pecado afecta directamente a los que más amamos. Ofendemos, abandonamos, traicionamos, fallamos,

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no honramos nuestros compromisos, criticamos, despreciamos, envidiamos, nos mostramos insatisfechos y no soportamos las fallas de los demás, etc. Las relaciones humanas, desde sus inicios, han estado manchadas de pleitos, guerras, divisiones, muerte, y han sido fuentes de mucho dolor, amarguras y tristezas. Es significativo, que una de las primeras expresiones de los efectos de la caída en el mundo tiene que ver con una relación quebrantada y seguida por el dolor de una familia a causa del pecado (Gén. 4). Caín mata a su hermano, consumido por envidia, pues no soportaba su devoción a Dios. No toleraba verse inferior ante Abel. Por eso, es necesario e imprescindible que, ante la realidad de las ofensas, los maltratos y abusos, los seres humanos sepamos pedir perdón y también perdonar cuando sea necesario. Y aquí es cuando el orgullo levanta su cabeza para decir presente con sus discordias, resistencia al perdón y sus enemistades. El orgullo es el enemigo y el obstáculo de las buenas relaciones. «Es el orgullo el mayor causante de la desgracia de todos los países y en todas las familias desde el principio del mundo».2 Una relación no crecerá más allá de la capacidad para perdonar que tienen sus miembros. Matrimonios se han quebrantado, incluyendo a los que no han optado por el divorcio; familias se ha fragmentado, amistades se han terminado, iglesias se han dividido, sociedades se han desintegrado y gobiernos han caído por el orgullo. Por eso la humildad es requisito indispensable para la reconciliación y la restauración de relaciones interpersonales. La humildad es un ingrediente necesario para que las relaciones se nutran y crezcan. La humildad hace posible que la hermandad, las amistades, los matrimonios y las familias permanezcan unidas y florezcan. 2.  C.S. Lewis, Mero cristianismo, p. 183.

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3.  El orgullo es raíz de otros pecados. En mi propia vida he podido comprobar que muchos de mis pecados, vicios, luchas e inseguridades están arraigados en el orgullo de mi corazón. Es decir, la arrogancia da a luz a diferentes formas de pecado. El orgullo es como la raíz que produce varias formas de impiedad. El corazón altivo es un terreno fértil para muchos otros vicios. Si prestamos atención, podemos descubrir que varios de nuestros pecados, es decir de nuestras inclinaciones, actitudes y motivaciones pecaminosas nacen del orgullo. El corazón orgulloso del ser humano también es una pequeña fábrica de pecados. El sentido de superioridad, la falta de perdón, la resistencia a pedir perdón, el egoísmo, la envidia, etc., son vicios que muchas veces están arraigados en la arrogancia y la altivez. Juan Calvino decía que «el orgullo que está arraigado en nosotros nos conduce a considerarnos justos y honestos, sabios y santos, hasta que hayamos sido convencidos por los irrefutables argumentos de nuestra injusticia, de nuestras faltas, de nuestra necedad y de nuestra impureza».3 Cuando el orgullo nos ciega, y comenzamos a vernos como superiores a los demás, entonces algunas actitudes pecaminosas comienzan a aparecer: la comparación, la envidia, la crítica y la murmuración, son solo algunos ejemplos. Cuando tenemos una alta y desmedida opinión de nosotros mismos, entonces nuestra mirada siempre estará pendiente del éxito o del fracaso de los demás. El orgullo hace que tengamos una excesiva estimación de nosotros mismos. Además, el orgullo quiere presentarse con una imagen intachable y perfecta, pero cuando las personas comienzan a progresar y se hace evidente su superioridad, entonces la envidia crece. El autor 3.  Juan Calvino, Institutos de la religión cristiana, p. 4.

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bíblico dice: «… la envidia es carcoma de los huesos» (Prov. 14:30). Por otro lado, esa sensación de lamento y amargura que experimentamos cuando no tenemos o deseamos tener lo que otra persona ya tiene, nace del orgullo. La codicia muchas veces está emparentada con la arrogancia de sentirnos o vernos superiores a nuestro prójimo. El orgullo no tolera el éxito ajeno a costa nuestra. Entonces, cuando no podemos hacer mucho ni evitar que los demás sigan avanzando, ahí apelamos al recurso de la crítica, el chisme y la murmuración. Esto último para descalificarlos y así no ser opacados por ellos. ­Tratamos de señalar sus errores, para que de algún modo las personas no se vean mejores que nosotros. Pero no solo eso, sino que esa sensación de insatisfacción o de injusticia nos conduce a la queja y a la ingratitud y, en el peor de los casos, a la ira y el resentimiento. Podemos seguir con muchos otros vicios que tienen raíz en el orgullo, pues la jactancia, la vanagloria y la envidia también provienen de él. Nuestra resistencia a pedir perdón y a perdonar, también están emparentadas con el orgullo de nuestro corazón. El orgullo crece, cual frondoso árbol, llevando frutos de muerte y destrucción.

Conclusión Para resumir, el orgullo es un terrible mal que debe ser señalado y resistido. Una pasión que debe ser derrotada. La importancia de la humildad cristiana emerge y se aprecia al contemplar lo destructivo y vil del orgullo. Es por eso que las advertencias contra este vicio son constantes en toda la Escritura. El corazón orgulloso es impedimento para buscar humildemente la gracia que Dios nos ofrece. El orgullo corrompe y destruye incluso las más lindas relaciones y además es la raíz donde crecen otros pecados. El orgullo es como un veneno mortal que

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enferma e infecta las relaciones y sobre todo es obstáculo para la relación más importante, es decir, nuestra relación con Dios. Por esto es indispensable que los creyentes hagamos de la humildad nuestra meta. Ser humildes debe ser la aspiración de todo hijo de Dios. La humildad es una virtud preciosa y admirable. La humildad trae una dulce libertad. El humilde es libre para amar, servir y levantar a otros, porque ya no lleva ese peso que supone tener que mostrar su valor. La humildad no se consume con su propia importancia. No vive ensimismada. La humildad mira a Dios con sumisión y deleite y a los hombres con dignidad y respeto. La humildad te escucha con sincera atención. Te mira y trata con dignidad. La humildad te acoge, te consiente y se interesa por ti. Te hace sentir bienvenido. Es por eso que la humildad, aunque prefiere el perfil bajo, siempre se hace notar. Terminas hablando de ella y alabándola. ¡Qué paradójico! La humildad mira hacia afuera y no se consume con el yo. Es libre para amar y se puede rebajar para que otros se apoyen en ella. Por eso la oración: «Señor, quiero ser humilde».

LA ESPERANZA PARA EL ORGULLOSO El escenario que nos presenta el orgullo es aterrador, sobre todo porque al permanecer en ese estado no solo nos separamos de Dios, sino que el resultado final será que estaremos excluidos de Su presencia por la eternidad (2 Tes. 1:9). Ahora bien, el orgullo es solo un síntoma de nuestra condición. La falta de humildad es una de las evidencias de que somos pecadores y que estamos perdidos. Aunque parezca extraño decirlo, más que humildad, con todo lo necesario y precioso de esta virtud, necesitamos redención. Lo que nos urge es reconciliarnos con nuestro Creador, a quien hemos vivido ofendiendo

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desde que tenemos uso de razón. Necesitamos perdón de nuestros pecados, incluyendo del pecado de la arrogancia y también una nueva naturaleza capaz de humillarse ante Dios y morir al orgullo y a todos los demás vicios. Necesitamos nueva vida y perdón. Y eso es lo que Cristo vino a darnos por medio de Su vida, muerte y resurrección. El Hijo de Dios vino a vivir la vida de obediencia que no podemos, murió en la cruz para pagar la condena por nuestros pecados y se levantó al tercer día para vencer el poder de la muerte. Ascendió a los cielos y un día volverá por nosotros. Por medio de Él tenemos acceso y comunión con Dios el Padre y vida eterna en los cielos. Cristo ha obtenido eterna salvación para todos los que confían en Él. En Él tenemos perdón de pecados, tenemos la paz con Dios y nueva vida por Su Espíritu, el cual nos transforma y nos da el poder para vivir para la gloria de Dios. ¡Tenemos esperanza! Por eso, querido lector, te pido que corras a Cristo ahora mismo y recibas el regalo de la redención que Él ofrece. En Él está la única y verdadera esperanza de todos los orgullosos, vanidosos y jactanciosos de este mundo. Acude a Él en oración, pídele perdón por tus pecados y confía en Él para la salvación de tu alma. ¡Hay esperanza para el orgulloso!

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