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No. 18

en libertad, ¿a quién daña o a quién perjudica que ella crea en lo

manera a la realidad?

Y si queda

futuro que un episodio ya pasado fue de distinta


La pluma en la piedra Tenemos la fortuna —o el infortunio— de saludarlos nuevamente. El mundo no se terminó, ni escribimos desde el infierno y seguimos sin saber si hay WiFi por tan gloriosos lares. Sin embargo, agradecemos que en esta nueva era pseudopostapocalíptica sigan leyéndonos y colaborándonos.

“Y si queda en libertad, ¿a quién daña o a quién perjudica que ella crea en lo futuro que un episodio ya pasado fue de distinta manera a la realidad?”

Ilustración de portada: Vincent van Gogh, Cráneo fumando un cigarrillo, 1886. Cita: Torcuato Luca de Tena, Los renglones torcidos de Dios. Derechos Reservados. La

pluma en la piedra , Toluca, México, No. 18, enero 2013.

La pluma en la piedra es una publicación mensual e independiente de distribución gratuita por internet. Todos los artículos, ensayos, escritos literarios y obras publicadas son propiedad y responsabilidad única y exclusiva del autor y pueden reproducirse citando la fuente.

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La pluma en la piedra

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@PlumaenlaPiedra


Colaboraron en esta edición

 Aldo Rosales  Moreliana Negrete  Sergio Fernando Palacio Pérez  José J. González 

Fotografía

 Karina Posadas Torrijos 

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Editorial 5

Paranoia Aracnofobia Aldo Rosales

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Miedo al Temblor Moreliana Negrete 12

La Galería Piedras Karina Posadas Torrijos

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Creación literaria A un amante despreciado Sergio Fernando Palacio Pérez 17 El caos engendra vida José J. González 19

Convocatoria 26

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S

aludos a todos, sobrevivientes del fin del mundo. Con la novedad de que seguimos dando vueltas, aunque ya sabíamos de sobra que así pasaría. No vayan a creer que nos escondimos en nuestros bunkers (entiéndase: el cuarto que

rentamos) con miles de provisiones (entiéndase: latas de atún) e implorando por el perdón de nuestros pecados (entiéndase: viendo todos los documentales sobre el fin del mundo). En vez de eso, preferimos trabajar en este nuevo número, que gracias a nuestros audaces colaboradores, quienes en vez de dejarse engañar por profecías apocalípticas, continuaron con su obra creativa. Sin más preámbulos, presentamos en este bonito número, dos narraciones que rozan la paranoia: por un lado, está “Aracnofobia” de Aldo Rosales y, por el otro, “Miedo al Temblor” de Moreliana Negrete. En nuestra conocida Galería, podrá admirar una fotografía a color de Karina Posadas Torrijos titulada: Piedras. Y en Creación Literaria, tenemos el gusto de leer a Sergio Fernando Palacio Pérez con “A un amante despreciado” y a José J. González con “El caos engendra vida”. Sin más por el momento y disculpándonos porque esta edición salió un martes, ya que no pudimos dejar de jugar con lo que nos trajeron los Reyes, quedamos de ustedes.

La pluma en la piedra 5


Aracnofobia Por Aldo Rosales

Para mis amigos Miguel e Iraìs;

L

felicidades por esa mudanza.

aura se dio cuenta de que no estaba sola en su nuevo departamento justo cuando entró al baño: ahí, sobre uno de los azulejos, tan perfectamente colocada que parecía parte de la decoración, había una araña negra.

Cuando se asomó por la ventana y le gritó a los de la mudanza que regresaran, todos en la

calle, menos a los que ella llamaba, voltearon hacia el tercer piso del edificio de departamentos que se hallaba en una calle tapizada de flores moradas; ya las jacarandas lloraban en otoño precoz. Sintió vergüenza y metió rápidamente la cabeza para que no la siguieran lapidando con miradas, como ceremonia de príncipe caído y repudiado por su pueblo; recordó entonces cuanto le desagradaba que la miraran más de dos personas al mismo tiempo; sentía, aunque nunca lo dijo abiertamente, que se burlaban de la pequeña cicatriz junto al labio. Caminó hacia la cocina para mirar debajo de la tarja: cloro, suavizante de telas y una bolsa con yeso hecho piedra. Por ningún lado se veía un insecticida. Regresó al el baño y volvió a asomarse, esta vez con las manos aferradas al marco de la puerta, como si la araña fuese en sí misma un universo negro, con su propia fuerza de gravedad. Ahí seguía, posada justo en la mitad del mosaico. La regadera dejó escapar un par de gotas que se hicieron un pequeño chorro. Sólo eso faltaba: una llave con incontinencia. Laura volvió a la sala. Se sentó en la única silla que no tenía cajas o bolsas encima. Pensó en llamarle a Paola: imposible, estaba de viaje con su nuevo amante; Jessica: haciendo el doctorado en lenguas indígenas en una universidad del sur; Marco Antonio: seguramente aún con resaca, tirado en el sillón de algún viejo o nuevo amigo; Marcela: hacía años que se había ido a Europa; Gisela: peleadas por el asunto aquel del trabajo en equipo que hicieron en la universidad; su novio: no existía. No se había detenido a pensar en ello, pero estaba más sola de lo que creía. Pensó en llamar a alguno de sus nuevos vecinos, pero el edificio, desde que lo visitó para checar las condiciones del departamento y negociar el precio, parecía vacío, o por lo menos poco lleno.

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Aldo Rosales

Laura salió de su departamento luego de cerciorarse que, en la bolsa frontal de su sudadera de los fines de semana, dos tallas más grandes que ella, tenía las llaves. Salió y se sentó a un lado de la puerta a fumarse un cigarrillo mientras pensaba qué hacer; quizás el humo, por lo menos, haría salir a alguno de los vecinos a recordarle a Laura que, aparte de fumar dentro del inmueble, en e l número doscientos del paseo de los recuerdos, estaba prohibido: recibir visitas en la madrugada, hacer ruido después de las diez de la noche, tener mascotas, obstruir los pasillos, subarrendar parte del departamento, comerciar dentro de las casas, guardar sustancias corrosivas y/o explosivas, modificar la vivienda sin previo consentimiento del dueño o dejar la basura fuera de los contenedores dispuestos para tal uso. Nada: ningún vecino, ningún ruido siquiera. La tarde parecía haberse tragado a todo el mundo. Laura regresó a su departamento y volvió a asomarse al baño: ahí estaba la araña, como una cuarteadura viva, aunque en realidad, el que estuviera viva, Laura no lo había comprobado, ni la araña había dado muestras de ello. Laura caminó hacia atrás para no darle la espalda a aquella criatura. Tropezó con un par de enormes bolsas negras para basura; del interior de ellas se escapó un sonido de cristal roto. Sólo eso le faltaba: su primer día en su nuevo departamento y ya había roto algo, quizás el espejo. Siete años de mala suerte que, por supuesto, empezaban con una araña en casa. Intentó recordar si, entre las cosas que extrajo del baño de su anterior casa, había un poco de insecticida. No recordaba, y mucho menos recordaba en qué caja o bolsa había puesto las cremas, los desodorantes y el shampoo. Revisó muy por encima algunas de las cajas que estaban apiladas en la pieza que algún día sería la sala-comedor: fotos, vasos, cobijas, libros, libros, libros, zapatos, libros, zapatos, libros. Ninguna de las leyendas a los costados de las cajas brindaba alguna pista. Podría arrojarle un zapato a la araña, pero corría el riesgo de no darle y el animal podría huir. Quizás acercarse con un libro y arrojárselo, pero el problema de la puntería seguía siendo lo inmediato. Además, el libro se mojaría en el charquillo que ya se había formado a causa de la fuga en la regadera. Por fin Laura se decidió a llamar a informes para pedir el número de algún exterminador, pero cuando tomó el teléfono celular e intentó marcar, se dio cuenta que la recepción en el departamento era nula. Respiró hondo para no arrojar el teléfono a alguna de las paredes. Volvió a asomarse al baño: la araña seguía ahí, rompiendo abruptamente, con su diminuta negritud, el blanco cegador del baño. Estuvo a punto de arrojarle la bandeja de agua que estaba bajo la gotera en el fregadero, pero pensó que el agua sólo irritaría al animal y quizás atacara. Regresó entonces a la pieza principal y volvió a sentarse. Se quitó los tenis porque estaba comenzando a ponerse tensa:

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Aracnofobia

el tibio de la duela la relajó un poco. Luego volteó hacia abajo: nunca había reparado en ello, pero sus dedos le parecían demasiado largos, y hasta feos. Se volvió a poner los tenis rápidamente cuando recordó la araña. Pensó entonces en usar el teléfono del departamento. Luego de remover innumerables cajas y bolsas, encontró lo que buscaba: su aparato telefónico. Dio vueltas alrededor de la pieza buscando dónde conectarlo, pero al darse cuenta que la conexión estaba detrás de la mesita de centro, incrustada justo entre el refrigerador y la lavadora, se dio por vencida. Laura pensó que la dueña del departamento no tardaría en llegar a revisar si todo estaba bien. Entonces le reclamaría por todo lo que había hallado durante la búsqueda de insecticida: goteras en el baño, sarro en el inodoro, pintura leprosa en el cuarto de lavado y una araña en el baño que, por supuesto, no debía ser la única. Repentinamente pensó en una posibilidad: la araña había llegado entre sus pertenencias. Se levantó de la silla, sintiendo innumerables y minúsculos pasos por la piel. Se sacudió nerviosamente la sudadera y el cabello. Nada: al parecer no había más arañas. Laura estaba a punto de tomar su bolsa y salir a buscar ayuda cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta de entrada al edificio: no debía ser un vecino porque estaba tocando, y tampoco podía ser algún amigo de algún inquilino porque no estaba usando el interfón. Tomó sus llaves y su celular y bajó a prisa los escalones que daban hacia el acceso principal. A través del cristal grueso y de figuras caprichosas, se veía la figura distorsionada de alguien. Aquella persona volvió a tocar groseramente a la puerta mientras Laura buscaba la llave indicada para abrir: el cristal parecía a punto de romperse por los golpes dados con una moneda. Por fin pudo abrir. Era un hombre de aproximadamente cuarenta años, alto y de barba un tanto encanecida y bien recortada. Laura, antes de siquiera tener oportunidad de contestar el saludo, se vio a sí misma reflejada en los ojos del hombre que preguntaba por un tal Alfredo o Alfonso. Contestó que era nueva en el edificio y que no conocía a nadie. El hombre, antes que Laura lo notara, ya estaba dentro, mirando hacia arriba de las escaleras. Laura cerró la puerta con llave y ambos subieron, envueltos en un silencio largo, pero no incómodo. Ella estuvo a punto de pedirle a aquel hombre que, antes de buscar a su amigo, entrara a su departamento y matara a aquel animal. Lo único que pronunció antes de entrar y cerrar la puerta tras de sí, fue una sonrisa nerviosa. Por un instante, volvió a sentirse como en la universidad: incapaz de confiar en alguien. Adentro nada había cambiado: las cajas seguían desperdigadas. Las goteras seguían humedeciendo el sonido del departamento. La araña, quieta como un segundo de tragedia, se negaba a irse. Laura volvió a sacudirse el cabello y la sudadera mientras se alejaba del baño. Por un momento creyó sentir algo velludo que le caminaba por los pies, pero fueron sólo sus nervios. No

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Aldo Rosales

aguantaba más la situación: tomó la escoba que estaba en la cocina y se dirigió al baño. Justo cuando iba a entrar, sonó el interfón: era Ángel. Laura bajó rápidamente a abrir la puerta. A través del cristal de la entrada, Ángel se veía más alto. Las llaves, temblando en manos de Laura, parecían una araña metálica de patas dispares. Por fin logró abrir. Luego que se abrazaron, y que ella le preguntó cómo había dado con su nueva casa, subieron las escaleras. Laura, por un segundo, creyó ver al hombre al que le había abierto la puerta, pero no estaba segura. Entró luego de ceder el paso a Ángel. Antes de siquiera invitarlo a tomar asiento, Laura le pidió a Ángel que fuera al baño y matara a la araña. Él accedió curioso: no recordaba que su mejor amiga y ex novia tuviera miedo a las arañas. Entró al baño. Su voz comenzó a tener eco: sus comentarios sonaban doblemente huecos en la pequeña pieza del baño. “¿Pero, cuál araña?” preguntó Ángel dentro del cubo de la regadera, mientras volteaba a todos lados y acercaba la vista a los huecos en el mosaico. Después de revisar por cuarta vez todos los rincones del baño, él le dijo que quizás aquel bicho había desaparecido por la ventana. Era posible. Laura se asomó al baño, siempre aferrada al brazo izquierdo de su amigo. Salieron a la pieza principal. Ángel se sentó en una bolsa llena de ropa, luego de sacudirla enérgicamente. Laura movía los pies rítmicamente mientras contaba, detalle a detalle, cómo había sido su separación. No lo había pensado hasta que se lo contó a Ángel, pero quizás, después de todo, Roberto la engañaba. Calló por un momento cuando escuchó unos pasos detenerse frente a su puerta: el sonido de una moneda contra la puerta la hizo saltar. Era el hombre que había subido a buscar a alguien. Laura no lo dejó terminar la petición: le dijo a Ángel que no tardaba, que sólo iba a abrir la puerta de abajo. En el camino no dijeron nada, sólo se sonrieron cuando el hombre se despidió luego de dar las gracias. Cuando Laura regresó, Ángel miraba a contraluz un jarrón. Se sonrieron. “¿Te acostumbras a estar sola?” preguntó Ángel mientras se abotonaba la camisa. Laura hizo un gesto vago y se levantó del colchón que habían improvisado con bolsas llenas de ropa. Compitieron para ver quién terminaba de vestirse primero. El castigo al perdedor: ir a buscar comida y algo de beber. Como Laura usaba ropas de domingo, fue la vencedora. Ángel sonrió y caminó hacia el baño. Antes de entrar le dijo a Laura que nunca lo olvidara si aquella araña asesina lo devoraba. Ella le arrojó un oso de peluche. El departamento comenzó a teñirse de sol moribundo justo cuando Ángel salió a pagar su apuesta. Laura encendió las luces. Sobre ella y sus pertenencias cayó una luz sucia, que lastimaba: habría que cambiar los focos. La ciudad se pintó los labios de luces frías y se colgó del cuello u n

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Aracnofobia

collar de grillos y sirenas, luego se metió por las ventanas del departamento. Laura entró al baño. Se miró en el espejo: sintió que sus párpados estaban más hinchados cada día. Sonrió. Cuando iba a sentarse en el retrete, vio a la araña en el mismo sitio de la primera vez. Iba a gritar pero se contuvo. Salió del departamento y fue hacia la puerta principal. Ángel se preocupó al verla ahí afuera; ella le explicó lo que había pasado. Subieron juntos. Laura no rió de ninguno de los chistes de Ángel: estaba nerviosa, y sintió que alguien la miraba desde arriba de las escaleras. Al entrar al departamento, Ángel caminó directamente al baño. El resultado fue el mismo que la primera vez. Nada. Absolutamente nada. Laura entró al baño: era cierto, no había araña. Entonces le pidió a Ángel que saliera, pero que dejara la puerta abierta. Laura gritaba cosas a Ángel sólo para cerciorarse que él seguía ahí, de espaldas al baño. Él, por su parte, luchaba para no reír. Ella se sintió un poco avergonzada de tener que orinar en presencia de alguien, pero también le gustó sentirse protegida. Se sentaron a comer lo que Ángel había comprado: pizza y cerveza. Usaron la lavadora como mesa. Laura daba bocados pequeños a pesar del hambre que sentía: su vientre estaba un poco más flácido cada día. Luego, por un segundo, ambos callaron porque escucharon que alguien entraba por la puerta principal y cruzaba frente a su puerta. Se miraron fijamente y luego rieron al mismo tiempo por su silencio innecesario y adolescente. Laura estaba a punto de decir algo cuando escucharon un grito que venía desde la parte alta del edificio. Se miraron como preguntándose si aquello había sido cierto o sólo su imaginación, pero un segundo grito de auxilio los hizo moverse. Ángel abrió la puerta unos centímetros, luego asomó la cara. El pasillo estaba oscuro, sólo se veía una luz en la parte más alta de las escaleras, justo de donde habían venido los gritos. Iban a decirse algo cuando otro grito atravesó la oscuridad. Ángel le dijo a Laura que se encerrara y que intentara llamar a la policía, luego subió la escalera. Laura se asomó un par de veces, pero la falta de luz la hizo sentirse nerviosa. Al ver esa oscuridad tan espesa, recordó, sin saber por qué, que terminó con Ángel por una supuesta infidelidad de él, que nunca, ninguno de los dos, pudo comprobar o desmentir del todo. Cerró la puerta con llave y tomó como arma el jarrón que Ángel había estado mirando. De pronto se sintió estúpida y débil por tener que depender de alguien más para matar a un pequeño insecto. Otra vez Ángel tomaba el control de las cosas. Sin ese insecto, Laura no lo hubiera notado. Caminó en reversa hacia el baño. Sus talones chocaron con el escalón que había que librar para entrar; el baño era la única pieza más alta que el resto del departamento. Volteó instintivamente. Ahí, a un lado de la regadera, había una mancha en el mosaico, algo como una cuarteadura negra, profunda, con ramificaciones que parecían patas.  11


Miedo al Temblor Por Moreliana Negrete

Y

o crecí bajo el miedo al Temblor. No sé tú, pero esos simulacros y una que otra sacudida, leve, pero sacudida al fin, hacen que cualquier niño desarrolle cierto temor al Temblor. No a cualquier temblor, sino al Temblor. Sí, ese que dicen que será muy fuerte y que entre más tiempo pase, más

devastador.

Pero nadie por aquí lo entiende, ni jamás lo entenderá, porque ellos no crecieron bajo el miedo al Temblor. Creen que por tener la fortuna de vivir en una ciudad donde casi no se sienten, están a salvo de cualquier peligro. ¡Idiotas! Si alguno de ellos sobrevive, recordará el día en que yo les dije sobre el Temblor y se mofaron de mí. Además lamentarán haberme metido en este lugar, donde yo no debería de estar. Y peor aún, donde ni siquiera hay señalamientos de emergencia. Así es como sucede en estas sociedades modernas. Ultimadamente, ¿a quién le importa una bola de tarados, parias de la comunidad? ¿Yo? No, mi amigo, no se confunda. Si yo estoy aquí es por un error y por culpa de aquellos idiotas de la oficina. Se les hacía muy chistoso jugarme bromas, sacudirme el escritorio o mover las lámparas para que yo saliera en automático a la que debería ser la zona segura. “No grito, no corro, no empujo”, decía al compás de mis pasos apresurados y ésos… riendo, mofándose de mi miedo al Temblor. Es cierto, yo ni siquiera había nacido cuando pasó el del 85, pero ese video que nos pasaban en la escuela cada aniversario y los programas especiales que transmitían por la televisión, hacen que cualquier persona sensata tome sus precauciones. ¡Ah, mi padre!, no se perdía ni un sólo reportaje y es que él sí estuvo allí; tuvo la suerte de haberse quedado dormido y perder el autobús que lo llevaba todas las mañanas al hospital general. No es que él trabajara allí, pero tenía una novia enfermera que trabajaba en el turno de la noche. Mi padre pasaba por ella, desayunaban, la acompañaba a que tomara su camión y él se iba al trabajo. Nunca se lo perdonó. Siempre creyó que si hubiera llegado a tiempo, ella, tal vez, no habría desaparecido bajo los escombros.

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Miedo al Temblor

Por eso veía esos programas, porque esperaba que en alguna de las imágenes que cada año pasaban, alcanzara a ver el rostro de su enfermera, confundida entre escombros y caos, con un

golpe en la cabeza que le hubiera hecho olvidar hasta su nombre y por eso nunca

la encontraron y ella jamás lo buscó y él no supo dónde más buscarla y no se sentaría cada año a ver la televisión y habría sido feliz y yo no habría nacido, ni habría crecido con el miedo al Temblor, ni estaría aquí, hablando contigo. Y luego esos de la oficina, ahora ya no deben estar tan contentos con sus bromitas. No que muy macho, González, que tú no necesitabas saber las salidas de emergencia, que en cualquier momento eras muy capaz de agarrar tus chivas y salvar tú borracha existencia. Porque hay que decir lo de cada quién, tú sólo vivías para trabajar y emborracharte, ¿acaso crees que no se te notaba en la mirada esa resignación, el miedo por no querer cumplir tus sueños idiotas? Muy puesto para las bromitas, ¿verdad?, pero cuando te agarró la de deveras, fuiste el primero en gritar como marica. ¿Qué no sabes que ante cualquier percance, se debe mantener la calma? No corro, no grito, no empujo. Pañuelo en la mano. Pisada firme. No, mi amigo, si yo no quería que se murieran los demás, sólo ese idiota de González, tan pesadito el cabrón. Quién se hubiera imaginado que tendría una crisis en medio del incendio y no dejaría salir a Lupita, la secretaria; Carlos, el contador, y a Soco, la de atención al cliente. Si será… y el muy tarado sigue con vida. Bueno, por lo menos tendrá esa cicatriz en la cara que le recordará todas las mañanas, que nunca debe mofarse de quienes crecimos con el miedo al Temblor. 

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La GalerĂ­a


La GalerĂ­a

Piedras. Karina Posadas Torrijos, fotografĂ­a a color.

A veces dicen que las piedras se mueven.

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A un amante despreciado Por Sergio Fernando Palacio Pérez

L

ágrimas vacías, igual que donde provienen,

mejillas pálidas, palmas terrosas, corazones malditos, y rosas ensangrentadas, espinas imaginarias en las sienes, es así como miró la naturaleza de quien veo en aquella ventana engañosa.

Ese portal que refleja todo como el agua, salí de la habitación, cuan amante despechado, cuan vago sin camino, cuan ebrio con botella en mano,

la zozobra me alimentaba, me satisfacía de igual forma que los buitres con la carroña, que heroína en las venas, y la ninfómana a sus naturaleza depravada y espontánea

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A un amante despreciado

Así me quedé ciego, mis ojos negros que no despertarían el interés de un cuervo, y un alma derrotada qué sería escupida por cualquier hijo del caído, o hermanos, e inherente a lo indiferente a lo divino luego el perro que todas las noches lanzaba ladridos que erizaban me miró, pero sólo lo ignoré, no me gruñó, no intentó morderme, sólo se quedaba quieto, ¿Un alma afín será? fue un susurro que llegó a mi mente, pero no se escuchó respuesta, y el perro retrocedió Es obvio que no le interesa una lápida anónima, rota y sombra qué pertenencia al difunto amante poeta en quien un puñal fue clavado, y la cicuta fue embutida, Su asesino, yace en su cama frente a su arpa Sin culpa, tan indolora, tan fría y soberbia y cuya imagen de mi rostro reposa en sus memorias olvidadas, soslayando lo tácito del daño y negando el hueco que llenaba  18


El caos engendra vida Por José J. González

Para Dulce Reyes

T

odo en el universo estuvo regido por el caos formante que a cada medida de tiempo escapa de las manos del hombre, pues éste no tiene la capacidad para asir un grande maravilloso secreto, secreto que las rocas comunican a las estrellas. Todo en la luz estelar del cosmos se encuentra cambiando de una forma estable a

una esfera equidimencional y remota, ignota en cada una de sus ecuaciones y rupturas gráficas, indecible en cada uno de sus ciento once ángulos llanos e infinitos En los números llegamos a creer, pero en su formación nos percatamos que son el índice de lo caótico y lo perfecto, gloriosa unidad pitagórica, bendito el ser destrozado por cronos, agradable el negro y el blanco. Cinco parejas pitagóricas nos dan razón del acto generador. El caos mismo engendra muerte, pues la vida es la hermana plerómica de ella. Nada crece en la caída del Dios, todo termina siendo en el estar. Nos engañamos imaginando el sonido pálido de la resurrección, el derrumbamiento de las catacumbas, las uvas ofrecidas a los campesinos, el pescado y pan: palabra que se multiplica para que todos comamos de ella. El tiempo se rectifica para encontrar su error tangencial que hizo al Hombre-Uno-Único vagar por tres días en el desierto y contemplar la maravilla de las bestias que se sostienen sobre el vacío. ¿Comprendemos? No-comprendemos el inicio prolífico de lo que se desplaza en nuestro interior desorbitado. Siempre hay algo oculto en nosotros que termina provocándonos náuseas: rogamos porque las flores se vuelvan lilas. Y luego nos hallamos de frente sin decirnos palabra, sin tocarnos las manos uno al otro. Nos no-comprendemos. Conocemos y nos desconocemos porque esa es nuestra naturaleza inmediata a la que podemos asirnos con gran facilidad.

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El caos engendra vida

Todas las demás cosas nos parecen lejanas y ajenas a la luz de nuestra consciencia, de esa consciencia de la nada que se ubica en el coagulo de la hipotenusa tirada a la línea de una hoja a punto de fuga impreciso. La matriz oscura, devoradora de tormentas, se abre y se cierra, con pena, con vergüenza dulce de ganas locas, agitada por ansias tremebundas, recostada sobre una manta de cometas devorando falos cósmicos; la observamos y nos aglutinamos en nuestros carros-espejos. Estructuras subterráneas de un hilo sostenido entre lo finito y lo infinito, lo acabado y lo inacabado nos dan la enseñanza máxima del hombre que huye de las moscas del mercado. La cuerda trenzada se aflige con el peso silbante de la agonía agotadora: un violín desencadenado, una música suave y etérea que ha dejado de pertenecernos por instantes superfluos. Matriz oscura, estructuras subterráneas, cuerda trenzada, suframos como los hijos de la carne en que nos hemos convertido, arranquemos del seno de esa Gran Señora el jugo de sus lagrimales, las orgías de sus noches piernísticas, la incandescencia de sus dedos inmoladores. Suframos por el cosmos que se nos escapa suave y preciso como su movimiento lo amerita. Oda cuadriculada e inmanente lámina crepuscular: crepúsculo azulado, rojo violento y ahogado, elabora magistralmente el inicio del nuevo reptar silencioso, la nueva marejada de movimientos solares. Cada valor adquiere un sentido diferente en este nuevo orden roído por la imperiosa necesidad de formular nuevas vías de condicionamiento eléctrico, teorías mecanicistas: ¡Palomas descerebradas! Inicia un nuevo ciclo: la luna se encuentra en la duodécima casa del sol, la habitación de Saturno. ¡Saturno, devorador de niños! Hermosa canción. ¿Escuchas cómo crujen aquellos infantes, cómo alimentan a nuestro gran padre? Oremos Acústica desesperada. Acústica que ha vivido sin el Dios. Acústica: imagen planetaria del acto blanco y natural.

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José J. González

Sírvanos el triple nombramiento para comprender la luz que se asoma asustada en la pared de sombras transhumanas que danzan oscuras y terribles la música del universo y cometas que se lanzan hacia una curvatura abierta, tendida a lo no-enunciable. Abrimos las manos suplicando la caída, la decapitación de los sonidos neuróticos y carbonizados. Bioformas aplastadas en la mano derecha de un ser caprichoso y oculto que sonríe lamiéndose los labios con su larga lengua de serpiente, gritando su nombre tres veces innoble y apartado a las hojas de las olas batientes de arroyos logográficos. El chasquido de la saliva inmotivada fertiliza las mentes débiles de los hombres-serpientes. Bioforma como el caballero azul en la más abstracta de sus representaciones, bioformas como los ojos que miran crédulas grafías creyendo comprender, contentándose con reproducir morfocopulationes jadeantes. El ser, ese ser, marca un ritmo con el sonido de sus dedos al compás descompuesto de un círculo sin centro fijo y siempre marino y opuesto que se construye y se deconstruye, volviendo siempre a su lugar de génesis. Un gran batir de alas que provienen de la línea lanzada a nivel perpendicular, viene a posarse sobre las manos de aquel que ha caminado largo trecho saltando eones de Abismos, cargando sobre sus brazos misericordiosos el cuerpo casi putrefacto de un niño de mejillas agusanadas, rosadas como flores de campos estelares, como rosas tranquilas de jardines oníricos y perpetuos de una felicidad rebosante de peces y agua abotagada en grandes estómagos de cerdos. Aquella nube pasa lenta sobre maltrechos lentes de la marmota que explota expansivamente en naturalezas muertas y agua oscura para el tigre. Aquella nube que ves que avanza muerta sobre el manto de una madre virginal que se zambulle pálidamente como energúmeno dentro de un gran frasco repleto de serpientes y mónadas. Uno y Cero a la vez. Cantan las novas novias de nuevos niños. Uno y Cero a la vez; surge el graznido desgarrador de una aleta oculta bajo la dentadura agresiva de las hojas carmín. 21


El caos engendra vida

Acústica desesperada. Acústica que ha vivido en la muerte de Dios y los Dioses. Acústica que penetra en la piel como el llanto solemne de quien ha visto una planta amar con la pasión de los desposeídos. Hela aquí sobre esta luz de concreto vil y observa cómo el tiempo se detiene para dar paso al equilibrio del ave que ha venido a posarse sobre la gran nariz de las montañas, arrastrando con su propio batir de alas la inmemorialidad del único número que no crea ni es creado. La longitud de dicho pensamiento alcanza a dividirse en los pies que tiene el gusano hombre. Me entiendo como lo que no logra entenderse bajo la suavidad de la metáfora. El ser vuelve a mascullar con nuevos bríos para hablarnos de lo insensible de la naturaleza brutal vegetal, sobre la savia vencedora de la electricidad latiente y perecedera, acaricia la suave piel de los árboles de antaño: viejas mujeres con ojos de jóvenes vírgenes. El flujo continuo de los mares nos trae el sonido del universo, la música que se entona más allá de cualquier vórtice cóncavo, la melodía fluctuante de la misericordia encallada en los ojos del agotado ahorcado a muerte. Rosa instantánea, guía única del paso perdido de un navegante de estrellas trae a nuestras manos la luz encarnizada del lobo que ha devorado el espacio habitado entre el silencio y el escape algebraico del nombre divino que no ha sido escuchado por ave, pez u hombre en el transcurso de las eternidades. Esta vez, todo ocurre al contrario. Esta vez, la escasez de vida se ve repleta de plantas. Esta vez, he dicho tres veces la oración sin verbo modal. La fosforescencia del cosmos cuando fluye leve y temeroso bajo la gran charola es un arco-iris de no-colores, una formación imprecisa para todos los sentidos, para todo intento de comprensión y retención. La fosforescencia es una luz, una abrazadora imaginaria de fenómenos intermitentes, contingentes, siempre contingentes que van y vienen como el ruido de cuatro jinetes a caballo. Efecto doppler, ¿acaso conozco de ello?

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José J. González

Asomo las manos con los ojos en cada dedo para presenciar el detalle primario de un verano atropellador que se gestó lento bajo la epidermis de una señora de sonrisa cancerosa. Luz a oscuridad; lo opuesto resulta más provechoso para el simulacro de heridas superficiales. El Universo es una herida profunda en el costado de un ser primigenio que no se da cuenta que su sangre se convierte en una galaxia inagotable. Esa sangre una y tantas veces vuelve de donde emergió, para así dar paso al milagro de la hemorragia eterna. Otorgamos un orden a lo que siempre ha estado en continuo movimiento, cambiando, combinando, alterando y construyendo todo lo que le rodea, otorgándole un nuevo sentido a las cosas, una forma no-forma tomada de figuras soñadas, siempre recreadas en la consciencia del hombre, si es que esa es su verdadera nominalización. Dios murió porque estaba completamente aburrido. Una enorme algarabía acompañó sus cantos fúnebres; los siete grandes señores se revolcaron en su trono púrpura. Lo que está arriba es como lo que está abajo. La abeja que sale de su hogar clama a los astros su comprensión para y con ella, da vueltas milenios enteros para venir a rendirse bajo el infortunio de los días de Plutón. Ella se siente no-abeja. Su cuerpo diminuto ha venido a clavarse sobre la fría plancha de una morgue cósmica; su cuerpo se ha transformado en una mezcla de sustancias licuadas. Se tiene conmiseración a sí misma, se ve como una cosa tosca, sucia, sin otro fin que el de la contaminación. Se siente hombre y tiene que cargar, como el camello, con el grande peso de un desierto. Tanto tú como yo somos espacios en blanco en una tabla negra, en un plano profundo y estrellado, las líneas que componen este espacio son una vana y compleja arquitectura geométrica que un Ser sin nombre creó un día cuando aún era un no-día; son fragmentos bajo una forma que se despedaza con el choque lento del fósforo y el ácido; son trozos de ángulos llanos que se han encajado en el relieve de alguna mesa, bajo las flores y llamas que día a día se multiplican hasta llegar al infinito para así llenarlo todo con su materia abstracta y reluciente del más puro orden ilógico de las cosas.

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El caos engendra vida

La madera en sí, sigue su curso a través del canal que se cruza a los pies del gran caminante transmundo. Hay razón para estallar cuantas veces se quiera, no hay límite establecido, todos lo sabemos con calma, todos hemos viajado montados en brazos de una hormiga plutónica, nos hemos llenado las manos con la tierra y el agua, provocando que el sol descubierto se ponga una gran máscara blanca, albura, angelical y supraterrena. La materia en sí cae y se corrompe bajo las figuras de una danza inflamable. ¡Quieta! Todos queremos que esto termine de moverse y comience su lento retroceso a los caminos del aire, a las vías del tren ubicado en el círculo, componiendo un pentágono azul, ¡no!, mejor rojo, pues este es el color para la progenie invencible de camellos, leones y niños –edades y etapas para el orgánico mutable siempre insatisfecho. Autómatas redimidos componen nuevas alabanzas al universo, creen saber del Uno y el Cero, del Uno y el Infinito, de lo Omega y lo Alpha. Autómatas que juegan a cualquier cosa, menos a ser autómatas, fingen sorpresa, exaltación y excitación con lo que no alcanzan a tomar. Lo más lejano es siempre lo eterno. Nosotros somos cercanos, somos hombres. 

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En febrero armaremos un Poemario - Envía tu poema en formato Word. La temática es libre. Se sugiere que no rebase las 10 cuartillas. También puedes colaborar en: - La Galería: con una imagen de alguna obra plástica o fotografía. La temática es libre. Se deberá incluir una ficha con el nombre del artista, el título y la información técnica de la obra.

Todos los materiales deberán ser enviados a más tardar el 28 de enero de 2013 a la siguiente dirección:

laplumaenlapiedra@gmail.com

*Junto con los documentos enviados, los autores podrán anexar una reseña biográfica que no rebase las 5 líneas. *El equipo editorial se reserva el derecho de publicar un escrito de mayor extensión de acuerdo a la disponibilidad del espacio. *Todos los escritos serán revisados ortográfica y sintácticamente por el Departamento de Corrección de Estilo. *La pluma en la piedra es una revista virtual completamente gratuita, cuyo objetivo es la difusión de obras literarias y plásticas, por lo que ningún material enviado será utilizado para alguna cosa distinta a lo propuesto por esta publicación. *Al enviar algún material, el colaborador comprende y acepta los propósitos culturales de esta publicación.

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en libertad, ¿a quién daña o a quién perjudica que ella crea en lo

manera a la realidad?

Y si queda

futuro que un episodio ya pasado fue de distinta

No. 18. Paranoia  

Revista cultural de distribución gratuita por internet. No. 18 - enero 2013