La Gualdra 470

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SUPLEMENTO CULTURAL

NO. 470 /// 16 DE MARZO DE 2021 /// AÑO 10

DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN

Máscara tastoana. Foto del archivo de la Subsecretaría de Desarrollo Artesanal.

“Orgullo”, “Continuar con la tradición”, “Soy la cuarta generación en mi familia que elabora estas piezas”, “Ir al monte a recolectar el material”, y “Lo aprendí de mi papá y él de su papá y su papá de su papá”, son frases que solemos escuchar de algunos de los creadores de Zacatecas Artesanal, a quienes se celebra, festeja y reconoce el 19 de marzo: Día del Artesano.

[“19 de marzo: Día del Artesano”, por Rosa Campos, en páginas centrales]


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LA GUALDRA NO. 470 /// 16 DE MARZO DE 2021 /// AÑO 10

La Gualdra No. 470

Editorial Es cada vez más común que navegando en las redes nos encontremos con obras de arte a la venta. La nueva realidad dictada por la pandemia ha obligado a los creadores, y a los intermediarios de venta de obras de arte, a crear formas diferentes de promoción y publicidad. Por lo mismo también es cada vez más frecuente que se utilicen nuevas plataformas para que los coleccionistas adquieran piezas y eso representa un riesgo mayor de fraude -sobre todo ante la imposibilidad de ver físicamente la obra hasta que esta es entregada-. Ante este panorama, es importante que se tomen algunas precauciones básicas antes de llevar a cabo transacciones de compra venta en línea y, por supuesto, de manera presencial. La semana pasada encontré en un perfil de Instagram una imagen de “La crítica” de Julio Ruelas; configuré mi aplicación para que me lleguen notificaciones cada que se mencionen o se hagan nuevas publicaciones sobre ciertos temas de mi interés, de ahí que cuando esta galería ubicada en la Ciudad de México puso a la venta el grabado, que supuestamente es autoría de este artista zacatecano, me percaté de inmediato. Abrí la imagen cuando esta tenía ya varios comentarios de usuarios en línea manifestando su interés por adquirirla; antes de observar con detenimiento la imagen me di cuenta de que se estaba ofertando en $6,000.00 y eso fue el primer signo de alerta: una pieza de Ruelas alcanza un valor mucho mayor que esa cantidad. La publicación decía que se trataba de una “Reedición del grabado original ‘La crítica’. Artista: Julio Ruelas”. Me comuniqué en privado con ellos -la galería se llama bazart_gallerysolicitando información sobre el taller que había “reeditado” el grabado, el tiraje realizado, las formas de pago y me contestaron lo siguiente: “No sabemos qué taller hizo la reedición, sabemos que se hizo en los 90, si está en la ciudad se lo podemos llevar y nos puede pagar en efectivo o con tarjeta, si está en algún otro lado es mediante depósito y se lo enviamos por paquetería”. Aquí el segundo signo de alarma: ¿cómo es posible que una galería seria no tenga esa información? Si lo primero que debe saber antes de aceptar exhibir esa pieza a la venta es que su origen sea legal, no me parecía

convincente que ellos no supieran su procedencia. Ahora sí me fui sobre la imagen, tomé copia de pantalla y la abrí en mi computadora tratando de agrandarla lo más que se pudiera para ver los detalles. ¡Oh, sorpresa! El grabado en venta no solo es falso: es falsísimo y, además, una muy mala copia del original. Digo lo anterior porque la historia nos cuenta que hay falsificadores tan buenos que es muy difícil, en ciertas ocasiones, distinguir la copia falsificada del original; pero en este caso, la copia es tremendamente mala y fue fácil identificar su falsedad, comenzando por el sello que solía poner Ruelas en algunos de sus grabados con sus iniciales: en la imagen falsa aparece en el lado izquierdo; en la original aparece en el lado derecho. El dibujo de la pieza pirateada es burdo, nada que ver con la depurada técnica de don Julio. Después de analizar los detalles de la imagen, entré nuevamente al perfil de Instagram de la galería y dejé un comentario diciendo que la pieza era falsa. En lugar de dar alguna explicación, quitaron la imagen al verse evidenciados y me bloquearon. Nada extraño en este tipo de perfiles. No me atrevería a hablar de todo esto si no hubiera tenido la precaución de tomar copias de pantalla que me respaldaran. Si usted es un nuevo -o no tan nuevo- coleccionista, mi recomendación es que tenga cuidado cuando se encuentre con este tipo de ofertas; infórmese, pregunte al vendedor sobre las características de la obra, el origen de esta, el tiraje, etc. Es importante también que siempre pida un certificado que avale la autenticidad de las piezas; si el vendedor es serio y profesional le proporcionará todo lo solicitado. En Zacatecas tenemos una gran diversidad de talleres a los que puede usted acudir a comprar una obra de arte directamente al artista y, además, más de cinco galerías debidamente instaladas en la ciudad, en las que usted encontrará piezas originales. Aun así, no está de más pedir todos los datos necesarios para que la adquisición de la pieza sea segura. Que disfrute su lectura.

Contenido Mónica Ojeda Mitologías, símbolos, montañas, páramos Por Mauricio Flores

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19 de marzo: Día del Artesano Por Rosa Campos

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La culpa es del dividuo Por Guillermo NEMIROVSKY

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Desayuno en Tiffany’s, mon ku Természetes fény (Natural light), de Dénes Nagy -Mejor Director de la Berlinale 2021Por Carlos Belmonte Grey

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Minari, de Lee Isaac Chung Por Adolfo Nuñez J.

Fantasma Por Mariana Flores Castillo Perdón Por Pilar Alba

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Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com

Directorio

Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx

Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita Diseño Editorial

La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.

Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com


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6 Por Mauricio Flores*

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no. Un libro de cuentos es como una trenza multicolor, independiente de sus tonos y texturas, hilada con elementos independientes que al final conforman un todo. Tejido, en los mejores casos, donde la mano, sentido y rumbo de quien lo consigue se hace presente de diferentes maneras: perturbadoras, entrañables, reveladoras, bellas. Dos. Suele hablarse de la preeminencia de la novela por sobre el cuento, la poesía y el ensayo. Muchos de los escritores y las escritoras, distintos espacios y geografías, comienzan su inserción en el medio con un libro de cuentos. Pasan de ahí a la novela, aunque puedan volver luego al principio. La manera inversa es menos recurrente. Novela, cuento. Tres. Cuál sería, en el sentido anterior, la experiencia de Inés Arredondo, Clarice Lispector, Herta Müller, Armonía Somers, Blanca Varela, Marosa di Giorgio, María Auxiliadora Álvarez, Anne Carsons… (Es pregunta). Y pongamos solo a estas ocho escritoras, no más, señaladas por Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) como las que han “acompañado” su formación. Cuatro. Cuál sería la experiencia de muchas otras narradoras, y hasta la de algunas de las que acompañan en tiempo la de la misma Ojeda (Valeria Luiselli, Mariana Enríquez, Fernanda Melchor, Samanta Schweblin, Mariana Torres, Laia Jufresa…) que tiende más a la segunda. A saber. Publicó La desfiguración Silva, Nefando y Mandíbula, novelas, antes que este Las voladoras, hasta ahora su libro de cuentos más redondo, tópico, estilístico y no una simple reunión de narraciones ya publicadas en otros medios. Cinco. “Este”, Las voladoras, Páginas de espuma, que en las mesas de novedades a nuestro alcance habrá de colocarse al lado de Nefando, salido de las prensas de la oaxaqueña Almadía haca poquito más de un año. O sea, nada, si consideramos que los últimos meses han sido poco propicios para el óptimo desarrollo de la literatura y su promoción, una pandemia golpea a la humanidad, o mejor casi ideales para leer cada vez más y más. Esto último también a manera de interrogación. Seis. Novela experimental, utiliza la existencia de un videojuego para contar historias de infantes, adolescentes y jóvenes, Nefando (“libro origi-

nal, complejo y transgresor”: Bernardo Esquinca) dialoga en su página 50: —¿Sabes cuál es la diferencia entre un albur mexicano y un albur español? —No. —En México un albur es un juego de palabras que puede tener un doble y hasta un triple sentido. Es la ambigüedad y sus entrañables riquezas. En cambio, para los españoles, un albur es un riesgo, una contingencia. —Ya veo. —¿Y sabes cuál es la diferencia entre el cuco ecuatoriano y el cuco español? —Creo que sí. —Te lo diré igual: cuco es, para los españoles, algo bonito, algo tierno. Pero en tu tierra, ya lo sabes, el cuco es el monstruo que se come a los niños que no se quieren ir a la cama. Siete. Así de bien parecen entenderse los hispanohablantes. El hilo de la literatura los anuda. Como vertebrados por la mujer y la magia, la tradición y la esperanza se entienden las narraciones de Las voladoras, horror y belleza a la que se le considera ya como “el gótico andino”. “Mitologías, símbolos ligados a un determinado

paisaje de montañas y páramos a tres mil metros de altura…”, las palabras con las que la ecuatoriana Ojeda explica su oficio. Ocho. Que horror y belleza puedan “pertenecer a la misma familia” lo comprueba Las voladoras, específicamente “Cabeza voladora”. En los espacios de un feminicidio más, la narración inquieta al lector al tiempo de optar por la repulsión y la atracción. Reconocimiento de lo ajeno en ella misma creciendo igual que un vientre lleno de víboras. ¿No suele el sustantivo placer acompañarse del adjetivo insano? Nueve. Si alguien más del que aquí escribe se habrá preguntado cómo es el ruido del universo, cuestión banal, si se quiere, puede acudir al nuevo libro de Ojeda en “Slasher”, como las otras siete narraciones contenedoras de tradición e historia acumulada a lo largo de los muchos o pocos años; de mito ancestral a crónica de nuestros días. Diez. Cualquier sonido podía resultar inquietante según el contexto, pero había algunos que hablaban de tiempos antiguos donde el temor ere reverencial. «El ruido más alto de la historia fue el de un

volcán estallando», le dijo Paula. «Dicen que dejó sordos a marineros que estaban muy lejos de la erupción, ¿puedes creerlo?». El ruido más alto que Bárbara había escuchado era el de su madre gritando toda la noche después de haberse roto la cabeza contra el váter. «Un grito es un cráneo mordido», le susurraba su hermana que no podía oír los pasos rápidos en el corredor ni los golpes de las cosas al caerse. «Es un fantasma orinándose encima de todos los tímpanos». Once. Pero hay más en Las voladoras. Ya descubrirá el lector. Además de palabras: gestos. El rezo de los árboles… La arquitectura personal del luto… La confluencia entre admiración y envidia… El llanto, alimento de la piedra y el desierto… El primer sonido que un cuerpo escucha, el latir de su propio corazón... *** Mónica Ojeda, Las voladoras, Páginas de espuma, México, 2021, 126 pp. * @mauflos

Op. Cit.

Mónica Ojeda Mitologías, símbolos, montañas, páramos


Artesanías

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19 de marzo: Día del Artesano

6 Por Rosa Campos*

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rgullo”, “Continuar con la tradición”, “Soy la cuarta generación en mi familia que elabora estas piezas”, “Ir al monte a recolectar el material”, y “Lo aprendí de mi papá y él de su papá y su papá de su papá”, son frases que solemos escuchar de algunos de los creadores de Zacatecas Artesanal, a quienes se celebra, festeja y reconoce el 19 de marzo: Día del Artesano. Los artesanos son las personas que realizan arte con sus manos, que con sus habilidades y destrezas pueden transformar, por ejemplo, un bloque de cantera en una espectacular figura decorativa; una gran roca de piedra volcánica en utilitarios molcajetes; el barro Zacatecas en preciosas vajillas; la plata en radiantes accesorios; las fibras propias del estado -como ixtle, tule y soyate- en prácticas canastas; el papel y carrizo en tradicionales judas; la piel y cuernos de animales en accesorios charros; la lana en calientitos sarapes; trozos de madera en divertidos juguetes; o una madeja de hilo de algodón en una elegante blusa. El artesano, más allá de elaborar un objeto, crea piezas en la que impregna su vivir y sus emociones, por lo que cada artesanía se vuelve una pieza única. Y es que, ¿quién no ha disfrutado de las artesanías mexicanas durante un viaje por algún rincón de México?, una visita al mercado, un recorrido por los talleres y lo mejor: una plática con el “don” o la “doña” que ahí trabajan... Es esas conversaciones nos cuentan su vida y a través de sus palabras nos permiten entrar a ese mágico mundo de las artesanías; es a través de ellas que uno se da cuenta que cada objeto tiene una historia y eso le da vida a cada una de las creaciones. ¿Los zacatecanos conocemos Zacatecas Artesanal?, nuestro Estado tiene mucho que aportar a la riqueza artesanal de México. Cierto es que el número de artesanos es mucho menor que en otros estados, sin embargo, tenemos una gran diversidad en ramas artesanales, entre las que encontramos alfarería, cartonería, arte wixárika, textil de lana, fibras vegetales, talabartería, talla en madera, trabajo en cuerno y hueso, máscaras, judas, metalistería, juguete tradicional, labores de aguja, cantera y lapidaria, plata, miniatura y arte plumario. Otra característica de Zacatecas Artesanal es que cuenta con “artesanía urbana”; no todos los artesanos se encuentran en comunidades pues existen varios talleres artesanales en las principales cabeceras municipales del Estado: Zacatecas, Guadalupe, Fresnillo, Jerez, Río Grande,

/// Alfarería Ruiz. Foto de Paul Eduardo Durán Ávila.

/// Alfarería. Archivo SDA.

Tlaltenango, Sombrerete, Villa García, por mencionar algunas. Varios artesanos zacatecanos han sobresalido a nivel nacional, algunos de ellos han sido reconocidos, por Fomento Cultural Banamex, como grandes maestros artesanos del arte popular mexicano, entre ellos: Félix Muro (cantera) Refugio

Guevara (cantera), Eliberto Chávez (fibras vegetales), Alfredo Pérez (plata) y Juan Solís (piedra volcánica); también contamos con varios ganadores en concursos nacionales: Esmeralda Ochoa (miniatura), Francisco Escalera (talabartería), Ramón Vázquez (textil de lana), Julián Villegas (plata), Alejandro López (arte wixá-

rika), y SanJuana Lara (labores de aguja), por mencionar solamente algunos. Los jóvenes artesanos juegan un papel muy importante en este sector; en los últimos años se han incorporado al padrón artesanal zacatecano varios de ellos, la mayoría profesionistas, que han encontrado en la artesanía una nueva forma de


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/// Arracadas. Plata. Archivo SDA.

/// El ermitaño de Montalvo. Foto de Iván Garay Guevara. vida; sin pertenecer a las familias artesanales por generación, están adoptando las técnicas tradicionales en la creación de sus innovadores diseños, un panorama que sin duda viene a dar una nueva vertiente al sector artesanal de Zacatecas. Al igual que muchos sectores, la pan-

/// Ma. Del Refugio Nuñez_alfarería. Archivo SDA.

Artesanías

/// Alfarería. Archivo SDA.

/// Félix Muro: cantera. Foto de Mónica Trueba

demia que hoy en día estamos viviendo, ha afectado también al sector artesanal, pero es digno de admirar y reconocer, justo en el marco del Día del Artesano, a aquellos maestros que se han adaptado y transformado para abrirse camino en esta tempestad, así que no será raro

/// Tomás Villegas Mariscal: Matlachín zacatecano de Plata. Archivo SDA.

encontrarnos en el mundo digital grandes talleres tradicionales artesanales. Conozcamos la riqueza de Zacatecas Artesanal, reconozcamos a nuestros grandes creadores zacatecanos, difundamos su excelente labor, y sobre todo, presumamos nuestras artesanías; recordemos que

/// Minialfarería. Archivo SDA.

cada pieza refleja identidad, tradición y lleva un pedacito del corazón de su creador. ¡Felicidades a los artesanos zacatecanos! * Subsecretaria de desarrollo artesanal del Estado de Zacatecas.


Río de Palabras

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La culpa es del dividuo

6 Por Guillermo

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uando, hace un par de semana, La Gualdra tuvo la gentileza, y acaso el candor, de publicar mi primer articulillo, me invadió un brevísimo sentimiento de vanidad. Acto seguido, volví a leerme y “descubrí” con terror que, desde el primer párrafo de mi primera colaboración, llegué a evocar con cierto desparpajo mi augusto trasero. En su momento me pareció que tenía sentido, pero hoy me suena a una especie de lapsus calami, del que hasta me podría sentir casi orgulloso. Cierto es que tengo un largo prontuario de dislates, exabruptos y desatinos, todos dignos de ser acuñados en las bibliotecas de la mejor academia freudiana. Cierto día, esperando a que los estudiantes, atareados en una sana procrastinación, se dignaran a entrar en el aula, asomé la cabeza al pasillo y, en vez de decir “adelante, muchachos” o algo así, para mi mayor sorpresa, salió de mi boca un chasquido de esos que uso para llamar a mis gatos. Creo que, sin proponérmelo, después de agotar todas las posibilidades del lapsus linguæ y del lapsus calami, inventé el lapsus onomatopéyicus. Por fortuna, el desliz había sido tan descomunal que los muchachos no se dieron por aludidos, y ni siquiera atinaron a maullar una protesta. Poco después, al abrir, incauto, la puerta de mi nevera, noté con la visión periférica que algo se caía, un frasco que había puesto encima de la nevera había aprovechado mi descuido para pegar el gran salto. En realidad, no tuve tiempo de notar que notaba algo: antes de entender lo que acontecía, mi mano, más veloz que mi entendimiento, ya había atajado el temerario envase e impedido su estrepitoso suicidio. Me quedé, primero, con una suerte de satisfacción pueril, como si hubiera esquivado con holgura la trompada de mi peor enemigo en el patio del recreo. Pero pronto se insinuó el gusanillo de la duda. ¿De quién era esa mano veloz? No me constaba que fuera mía, por lo menos yo no le di ninguna orden de actuar, obró por sí sola sin consultarme. Por comodidad y por tradición, invoqué el concepto

de reflejo, pero el episodio me dejó como un reguero de sospechas. Había en mí algo, o alguien, que actuaba en mi nombre y que, para colmo, era más eficaz que yo. Pasé revista, nanosegundo por nanosegundo, a toda la secuencia, tratando de entender lo sucedido, pero no hubo caso. Yo no había sido el artífice de la heroica atajada, y no tenía el más mínimo mérito en esa insignificante hazaña. Obviamente, recordé mis antiguas lecturas freudianas, el “ello”, el “yo”, el “superyó”, esas entidades mentales que lo inhiben o lo alientan a uno, que se la pasan negociando entre sí para decidir qué se hace y qué se deja de hacer, aunque después sea uno el que tenga que dar la cara. Llegado el caso, podría hasta argüir (con algo de mala fe) frente a un juez que yo no tengo la culpa, que fue mi superyó el que se distrajo, o tuvo flojera, y que no me impidió cometer la fechoría de la que me acusan. Un juez ilustrado debería atender a ese tipo de argumentos. Pero esto no se producirá nunca, porque tenemos la absurda certidumbre que somos in-dividuos, es decir, etimológicamente, que somos un ente que no se puede dividir. Esta sensa-

ción tramposa quizás nos provenga del hecho de que todas nuestras células van cambiando, van desapareciendo, se van renovando cada tanto, todas menos las neuronas. Y ello nos otorga ese sentimiento de unidad, de permanencia y de continuidad: sigo siendo yo, a pesar de ser varios, a pesar de ya no ser el mismo. Por supuesto, estas experiencias me hacen mirarme de reojo. Empiezo a entender por qué, en tantas ocasiones, tuve la irreparable certeza de haber saboteado mi propia existencia. Por añadidura, creo saber que los investigadores (esa fuente inagotable de perplejidad) empiezan a considerar la posibilidad de que nuestro sistema digestivo funcione como un segundo cerebro, interactuando con el “primero” de una manera que recién ahora empezamos a descubrir. En nuestras entrañas pululan miles de millones de seres, bacterias de todo tipo que se aclimataron a uno, o uno se aclimató a ellas. El hecho es que vivimos en osmosis: si llegaran a faltarnos, no podríamos ni tan siquiera existir, puesto que el proceso de nuestra digestión depende en gran medida de su labor. En nuestras achuras viven, se

regodean, se reproducen generaciones de animálculos, cual “Pancho por su casa”. Son responsables de cantidad de situaciones embarazosas: “nuestras” flatulencias son, en realidad, las suyas, fruto (valga decir) del metano que producen industrialmente en el intestino grueso. Pero claro, vaya uno a explicarle eso al vecino en el ascensor. A pesar de todas estas evidencias de multiplicidad, y hasta de subordinación arbitraria, a pesar de experimentar, incluso minuto a minuto, cambios repentinos en nuestra personalidad (yo no soy el mismo de madrugada que por la tarde) seguimos diciendo “yo” y postulando nuestra individualidad, cuando la verdad es que no hay nada más dividuo que un individuo. Quizás tengamos que decir “nosotros”, o asumir, como el gran poeta portugués Fernando Pessoa, una larguísima serie de heterónimos oportunos, para salir del paso según las circunstancias. Y, si procede, contar con un juez, y con un vecino, ilustrados. * Traductor, profesor de la Universidad d’Evry-Paris-Saclay.


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Desayuno en Tiffany’s, mon ku

Természetes fény (Natural light), de Dénes Nagy -Mejor Director de la Berlinale 20216 Por Carlos Belmonte Un filme de la Segunda Guerra Mundial desde los colaboracionistas El Oso de Plata a Mejor Director de la Berlinale 2021 se lo llevó el cineasta húngaro Dénes Nagy por Természetes fény (Natural light), largometraje que es además su ópera prima. Natural light es una película sobre la Segunda Guerra Mundial, desde una perspectiva que se incorpora en las nuevas proposiciones de la narrativa histórica, la del otro lado de los aliados, es decir, de los colaboradores con el Reich. El ejército húngaro colaboró con los alemanes en el control de los territorios ocupados en la zona este del territorio, o sea, en la parte comunista. La misión era enviar unidades de vigilancia para controlar poblaciones y someter las guerrillas de resistencia. Nagy asumió un deber de memoria sin heroísmos, pero sí con personajes que o se cuestionan o prefieren neutralizar sus emociones ante las órdenes que deben cumplir. En la película, el personaje principal tiene que asumir la vigilancia de una población tras la muerte de su comandante en una emboscada de la resistencia; debe someter a los pobladores (hombres, mujeres y niños) pero se ve arrollado por la violencia y el sufrimiento de una gente que les ha alimentado. Al final, en medio de los bosques, ninguna de las dos partes entiende claramente qué sucede. Impá-

6 Por Adolfo Nuñez J.

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n la década de 1980, conocemos a la familia Yi, conformada por el padre, Jacob (Steven Yuen); la madre, Mónica (Yeri Han); la hija mayor, Anne (Noel Cho); y el hijo de 7 años, David (Alan S. Kim). Los Yi han vivido antes en California, pero deciden cambiar de residencia, ya que Jacob ha comprado una extensa propiedad en un pequeño pueblo rural de Arkansas. Esto con la ambición de construir ahí una granja para sembrar y cosechar verduras coreanas para los inmigrantes asiáticos de la zona. En medio de esta odisea, los conflictos y desacuerdos no se harán esperar. La falta de agua, los problemas para vender la cosecha, las crisis de pareja y las dificultades para integrarse en la comunidad harán que cada miembro de la familia deba lidiar a su manera con las inconformidades de la situación. Con la tensión creciendo al pasar de los días, se les unirá Soonja (Youn Yuhjung), la madre de Mónica, que tratará de apoyar en la problemática situación

Cine

Grey

/// Dénes Nagy, Mejor Director de la Berlinale 2021.

vido, o más bien contemplativo sin gestualidad, el comandante substituto será testigo de la quema de la gente viva. Beberá aguardiente. Volverá a su casa. Dénes Nagy metió sus personajes al bosque en otoño-invierno y consigue evitar los juicios tradicionales, aunque esto no quiere decir que el espectador avisado pueda justificar la obediencia; consiguió además respetar los ejes visuales de los personajes y por tanto de los espacios en el cuadro, lo que lleva a la comprensión más nítida de los bandos, de las emociones y de la continuidad entre escenas. Evita el montaje alternado tan común en los filmes de guerra y suspenso, asumiendo la continuidad de la secuencia justamente para apoyar su visión de observador externo del acontecimiento, pero no omnipre-

sente. Es un largometraje que mete al espectador ante la molestia de la empatía con el personaje principal en oposición al saber histórico que nos lleva forzosamente enjuiciar las guerras. El jurado de la Berlinale declaró sobre esta película: “Espantosa y hermosamente filmada, imágenes cautivantes, impresionante dirección y un poderoso control de cada aspecto del arte de filmar. Una narración que trasciende su contexto histórico. Un cuadro de la guerra en el cual el punto de observación del director nos recuerda la necesidad de elegir entre la pasividad y el asumir una responsabilidad individual”. Lamentablemente Natural light pertenece a este tipo de filmes que raramente llegan a México, a menos que una selección los invite.

Minari, de Lee Isaac Chung de la familia, tomando el rol de abuela que antes no había logrado ejercer. Minari (2020), filme escrito y dirigido por Lee Isaac Chung -inspirado en sus experiencias de infancia-, busca representar los dilemas, complejidades y contradicciones de la inmigración hacia Estados Unidos. Al mismo tiempo reflexiona sobre la difícil experiencia de adaptarse y subsistir en un país ajeno, todo esto con el fin de obtener el sueño americano. El eje central de estos elementos es la dinámica familiar de los Yi, quienes guardan costumbres, creencias e idiosincrasias muy distintas a las del lugar donde pretenden asentarse, pero que a pesar de ello tienen la profunda convicción de prosperar en dicho sitio. Este contraste entre ambas culturas, presentes en el núcleo de los Yi, hacen de la película un retrato sumamente conmovedor -y en ocasiones divertidode un grupo de individuos que no solo

tratan de adaptarse a los modos de otro país, también a los de sus propios roles como miembros de una familia. Es así como cada escena del filme, que tiene su propia intensidad dramática y humanista, lejos de desplazar-

se hacia una conclusión satisfactoria, apuesta por las emociones compartidas presentes en la memoria familiar. En medio de todo, en la cinta hay frustración y decepciones profundas, pero también se encuentran rasgos de solidaridad, amor y cariño. A propósito, el título de la película hace alusión a una hierba, originaria de los países asiáticos que la abuela Soonja planta al lado de un arroyo cercano a la casa de los Yi, y que según menciona, con los cuidados y la atención adecuada puede crecer en cualquier sitio. Al final, eso es la familia para el director Lee Isaac Chung, algo fundado en la tierra, que con cariño y comprensión mutua puede crecer donde sea. Esto lo deja en claro con Minari, un relato afectivo y profundo que surge de sus experiencias personales, las cuales parten desde lo individual, pero que finalmente están llenas de cuestiones universales.


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6 Por Mariana Flores

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lara despierta de un salto. Sudorosa. Suspira. Se rasca la cabeza agitadamente, trabada, muda. Y ese olor a cigarro, alcohol, tugurio, ese olor de la infancia. Abre los ojos, se queda donde siempre, sin poder escribir más, no avanza, es como una espiral. Ella sabe que algo huele mal pero no se atreve a abrir el cajón, sabe que no será agradable la (no) sorpresa. Mira hacia la pared, la foto de su abuela joven. Sepia. Está montada en una bicicleta, los labios rojos, un racimo gordo de globos detrás de ella. Suspira. Duerme. Fantasma. Duerme. —Quisiera salir y conseguir un poco de pan, no soporto un segundo más acá, encerradas —exclama Clara. —Caminemos hacia el poniente, y lleguemos hasta el Parque —contesto. Recién había comenzado la cuarentena. La sensación de carencia e insatisfacción, el hartazgo de Clara, crecían al paso de los días. Producto del encierro, su terapeuta se lo advirtió. Clara sentía que había un punto ciego, en la casa o en su existencia. Algo no estaba bien. Tomamos los cubrebocas, el gel, la sudadera, la bolsa de tela. Salimos. —¿Te imaginaste que sería así, Leonor? —me pregunta Clara, una cara de confusión. —No sé qué decirte, nadie se imaginaba esto. Sí que tiene sus dificultades, pero nada del otro mundo. Resulta pesado, desolador, pero pasará. No me corrieron, no hemos enfermado, dentro de todo estamos bien. Podemos inventarnos salir por el pan. Caminar. Clara y yo recién cumplimos veinte años de amistad, crecimos en el mismo internado. Me abandonaron frente a una tienda de calzado. A los seis meses. A Clara la llevaron a los diez años, después que a su abuela la internaran en un psiquiátrico tras intentar aventarse de un puente en la madrugada. A los pocos días, doña Agustina se ahorcó en su habitación. Dejó una carta y un testamento para su nieta. —¿No te sientes harta? Yo agotada, no he escrito nada, me da pereza dar clase… No me siento autorizada para dar esperanzas a mis estudiantes. La observo, trae cosas sin resolver, cosas que no dice. Se las guarda. — Me tienes preocupada, cuántas madrugadas más tendré que detenerte para que no abras la puerta y salgas corriendo. Al otro lado de la calle, un solitario vendedor de globos me interrumpe. Silba. Mientras yo la observo a ella, como a través de una vitrina empolvada. La falta de sol y el no ver a nadie más, le afecta. —No duermes. Gritas en las noches, en las

6 Por Pilar Alba

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Fantasma

mañanas lloras. —Siento que algo anda mal, Leonor, que algo no jala, yo solo… Otra interrupción del vendedor de globos. Multicolores. Suspensión. —Es raro, estaba segura de que ya estaban prohibidos, extintos… —susurro. —¡¿Podemos cambiar de calle?! —exclama Clara desquiciada, rascándose la cabeza—. Son solo pesadillas. Leí que toda la gente está teniendo las mismas durante el encierro. Es la pandemia. Por ahí vi un reportaje. Locura. Los miedos los representamos de la misma manera. Inundaciones, temblores, fantasmas... —El otro día hablabas con Ella, otra vez. Usa de una vez esa herencia y atiéndete ¿Qué te dijo la doctora la última vez? Carajo, Clara, así no puedo ayudarte. Déjame ayudarte. Habla, grita. Ayúdame. Solo le tengo a ella, y ella solo me tiene a mí. No me dice nada. Sácalo. —Aún no llegan los resultados —me miente Clara. Tenían una semana en el cajón de su escri-

torio y no se atrevía a abrirlos, desde aquí los puedo ver: un sobre blanco, el sello del hospital que advierte “CONFIDENCIAL”. Yace junto a la carta que le dejó su abuela al morir, donde se despedía y le pedía perdón a su nieta por abandonarla: “la realidad es más insoportable que el dolor de dejarte”. La desgarradora frase se seguía de instrucciones frías y precisas de qué hacer con la niña, qué con la casa y qué con la fortuna que la abuela había juntado tras regentear muchachas. Una de ellas, alguna, era la madre de Clara. —Te quiero siempre, eres mi hermana, más, desde que me acuerdo. Ayúdame a estar tranquila. Cuidarte. Regresar. Abre el sobre de una vez. Tal vez el trastorno de tu abuela... Ayúdame, Clara —suplico. —¡¿Cómo sabes del sobre?! — Otra vez el mareo, y muchas ganas de llorar. El condenado globero que no calla. Silbidos. Cerró los ojos, respiró profundo. —Ayúdanos, Clara. Tú no eres tu abuela, no eres tu madre. Eres mi hermana. Ayúdame. Veo a Clara, otra vez, piélago de lágrimas. Baja las escaleras. Grita. Grito desde lo alto de

Perdón

s que perdonamos, pero eso de olvidar nos cuesta un poquito más de trabajo. Sí queremos, pero a veces nomás no se puede. Volvemos a ver las noticias, volve-

mos a leer periódicos, volvemos a toparnos con esos rostros que nos dañaron tanto y que caminan por la calle como si nada. Volvemos a ir a las salas de juicio, a los ministerios a firmar miles y miles de papeles, a explicar otra vez en las declaraciones: sí iba sola, salí

tarde del trabajo, caminaba a medio día rumbo a mi casa… no provoqué ni hice nada. Volvemos a salir a la calle en donde nos ven, nos señalan, hablan y murmuran por debajo que no está bien, que por qué esos pelos, que por qué esa falda, que por qué esa cola de caballo. Volve-

las escaleras. El silbato irrumpe otra vez y ella pega un salto. Clara voltea hacia el ventanal, el globero insistente. Sollozos. Él, con su brazo libre señala al escritorio. —¡No, el sobre no! — De pronto todo tiene sentido. El suicidio de su abuela, sus cambios de humor. La contemplo aventar la carta de su abuela. Romper el sobre. Una hoja suelta de papel, con el titular “¿La has visto? Desaparecida”, con la foto de mi rostro. Blanco y negro. Vuela. Sola. Es la foto que ella me tomó el mismo día que discutimos por el mentado sobre y la herencia. El día que salí de casa. El día que no pude regresar. Perdida. —Clara, ¿qué pasa, me escuchas? Todo está bien, va a estar bien. Detente. — Me abalanzo sobre ella queriendo detenerla y que no salga corriendo. Clara corrió hacia la puerta, intentando abrirla, grita y despierta. Solaz. En la mesa de noche, el poema inacabado, “A Leonor”. ¿Qué es un fantasma? * @LaMayaFlores

mos a sentirnos observadas, vulnerables… y no, no podemos, aunque queramos, perdonarlos, porque nos gana la rabia. Es entonces cuando salimos, cuando rompemos, cuando pintamos, cuando gritamos hasta que la voz en cuello se nos pierde; hasta que voltean a mirarnos, pero de otra forma, porque ven que no nos quedamos quietas, porque ven que no nos calmamos, que por el contrario somos más fuertes y por momentos recuperamos el poder, ese brillo que a cada rato se empeñan en ocultarnos.


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