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SUPLEMENTO CULTURAL

NO. 461 /// 21 DE DICIEMBRE DE 2020 /// AÑO 10

DIR. JÁNEA ESTRADA LAZARÍN

Iván Muñoz, A.K.A. Ivanko Moses Lee. Santos niños [detalle]. Collage digital. 2020.

El tema de esta última Gualdra del año es la esperanza. Deseamos que el 2021 que está por iniciar nos encuentre a todos con salud, que este bien invaluable permanezca con nosotros durante mucho tiempo, y que las palomas -esas aves verdaderas que marcan el ritmo de la loma- sigan volando en libertad, con el corazón intacto en el pecho. Paz para todos nuestros lectores y que Dios reparta bienestar y suerte para el siguiente año.


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LA GUALDRA NO. 461 /// 21 DE DICIEMBRE DE 2020 /// AÑO 10

La Gualdra No. 461

Editorial

A

lbert Camus decía en su libro La Peste, al referirse a la ciudad de Oran, que el cambio de las estaciones podía percibirse sobre todo en el cielo, era un lugar sin palomas ni jardines, una ciudad que no tenía otra peculiaridad que la de tener una actividad comercial, pero eso la hacía también como cualquier otra. Digo esto mientras observo desde la ventana cómo mi vecina, a unas casas de la mía, alimenta con migas de pan a una parvada de estas grisáceas aves que llegan alocadas en cuanto oyen caer los mendrugos al piso. “Los grupos de palomas, notas, claves, silencios, alteraciones, modifican el ritmo de la loma”, diría Pellicer, y es cierto: cuando aletean rompen con la calma de estos días que parecieran en huelga de buenas noticias. Hace unos días, salimos a caminar un poco alrededor de la cuadra y de regreso nos encontramos con una paloma en el pavimento: estaba muerta. Una paloma a nuestro paso... antes de acercarme a verla, recordé también a Jonathan Noel, el personaje de Süskind, cuyo encuentro con un animal de este tipo en el corredor del edificio en el que vivía, desquició su vida, tan igual y tan tranquila durante dos décadas hasta antes de ese encuentro. Mientras nos acercábamos al cadáver temía que sus ojos hubieran quedado abiertos y que con el izquierdo pudiera parecer que me mirara, como a Jonathan... por fortuna los tenía cerrados, parecía que sonreía; la placidez de la muerte en la banqueta antecedió al asombro: su corazón intacto, rojo brillantísimo -como manzana con caramelo- había sido expulsado al impacto con algo y yacía al lado de su cabeza –“no pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto”, murmuré para mí-. Supuse en ese momento que había sido atropellada, luego me dijeron que tal vez había sido atacada por un cuervo porque estos suelen matar a las palomas sacándoles el corazón (no se lo comen, lo dejan ahí como un sello de sangre: pobre paloma, pudo permanecer parada para permitirle pasar, pero perdió). Algo más sublime no puedo imaginar, porque la escena trascendía a la belleza. Regresamos y yo me quedé con su

imagen hasta ahora, en este momento en el que me pregunto por qué las pandemias suelen tener como representación gráfica a un ave, a una paloma ennegrecida a la que le crece el pico y se transforma en cuervo, que aletea y al fragor de estos movimientos dispersa el virus en el aire, debilitando a las demás aves, atontándolas para que se descuiden, no se cubran y no se percaten de que la muerte está acechando. Parvadas mortales nos rodean; no me refiero a los grupos de palomas verdaderas sino a aquellos que suelen salir a la calle a no hacer nada, descubiertos, ese otro tipo de seres que aletean y contagian, porque -otra vez Camus- “La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo”. Así cerramos este año 2020. Sin embargo, cerramos este año con esperanza, porque también en La Peste, Camus decía que, en medio de las plagas, tarde o temprano se aprende que en los seres humanos “siempre habrá más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Yo creo en eso. Creo y espero que la ciencia nos salve, que la fe nos dé prudencia y templanza y que nuestra voluntad de frenar esta pandemia haga lo propio para que así sea. No quiero terminar sin mencionar que este año hemos perdido a muchos amigos, a muchas personas dedicadas al arte y la cultura que no pudieron ya ver cómo acababa este 2020. Digo en voz alta Amparo, Manuel, Lety, Emilio... y en sus nombres menciono también a las miles de personas que han fallecido a causa del Covid-19, de otras enfermedades y de actos violentos. Espero que el 2021 que está por iniciar nos encuentre a todos con salud, que este bien invaluable permanezca con nosotros durante mucho tiempo, y que las palomas -ahora sí esas aves verdaderas que marcan el ritmo de la loma- sigan volando en libertad, con el corazón intacto en el pecho. Paz para todos nuestros lectores y que Dios reparta bienestar y suerte. Nos leemos en enero.

Contenido La esperanza, esa cosa con plumas Por Beatriz Pérez Pereda Diario de un mal año Por Rebeca Mejía

Las letras de mi madre Por Armando Salgado

Desde Chile El derecho de vivir en paz Por Octavio Gallardo

Todo se remedia. De la incertidumbre a la esperanza en la migración Por Limonar Soto Salazar

En la búsqueda de más cine Por Adolfo Nuñez J. Un triunfo colectivo Por Carlos Hinojosa

Cuarentena Por Humberto Mayorga ¿Cómo no? Por Pilar Alba

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Que disfrute su lectura.

Directorio

Jánea Estrada Lazarín lagualdra@hotmail.com

Carmen Lira Saade Dir. General Raymundo Cárdenas Vargas Dir. La Jornada de Zacatecas direccion.zac@infodem.com.mx

Jánea Estrada Lazarín Dir. La Gualdra lagualdra@hotmail.com Roberto Castruita y Enrique Martínez Diseño Editorial

La Gualdra es una coproducción de Ediciones Culturales y La Jornada Zacatecas. Publicación semanal, distribuída e impresa por Información para la Democracia S.A. de C.V. Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta publicación, por cualquier medio sin permiso de los editores.

Juan Carlos Villegas Ilustraciones jvampiro71@hotmail.com


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21 DE DICIEMBRE DE 2020

La esperanza, esa cosa con plumas Río de palabras

Por Beatriz Pérez Pereda t

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s muy famoso el poema de Emily Dickinson sobre la esperanza “Hope” is the thing with feathers, “Esperanza” esa cosa con plumas, que se posa en el alma y canta y canta sin que el vendaval o la tierra fría puedan acallarla. Sin una pandemia de por medio, Emily vivió gran parte de su vida recluida en su casa en Amherst, como algunos de nosotros hemos vivido los últimos meses, y en ese tiempo construyó una obra perdurable, íntima y entrañable, ella también pensaba constantemente en la muerte y en la inmortalidad, como ahora nosotros, sus poemas dan testimonio de ello. 134 años después de la muerte de Dickinson, en medio de una pandemia que, aún con la realidad de una vacuna, dejará secuelas en cientos de miles de personas, no solo físicas, sino que ahondará las huellas de la desigualdad en la población sobre todo en regiones como Latinoamérica, ¿qué representa entonces la esperanza en esta época? Cuál es su plumaje, que debe ser grueso y tupido, y su canto, que deberá subir de intensidad en los decibeles, para alzarse por enci-

/// Juan Carlos Villegas. Aldea. Óleo sobre tela. 23.5 x 33.5. 2020.

ma de un horizonte oscuro. Vivo en una ciudad todavía pequeña en comparación con las principales ciudades del país, algunas mañanas despierto y escucho el trinar de los pájaros, miro el cielo límpido, de un azul imposible, y por un instante esta realidad no es cierta, puedo respirar tranquilamente y no

hay muertos por los que lloramos. Pero solo por un instante. La esperanza en nuestro tiempo debe venir acompañada de la memoria y no solamente de la fe en que las cosas mejorarán, que saldremos de esta, que los tiempos mejores siempre están por venir; la esperanza quizá debería cimentarse en una reflexión

sobre las circunstancias que nos trajeron aquí, a la contingencia sanitaria, y principalmente, en el análisis sobre cómo estamos engarzados a la rueda de un capitalismo que nos impidió parar, con consecuencias desastrosas para muchos. ¿Cuál será el signo por el que seremos recordados? ¿La esperanza? Sí, tal vez, pero

sustentada sobre la memoria, en recordar para aprender. Si una moneda nos representara en el futuro, cuáles serían los rostros acuñados en ella, en una cara puede estar la “Esperanza” esa cosa con plumas que nada puede vencer, y en el revés con qué queremos ser recordados: el egoísmo o la solidaridad. La moneda aún no cae sobre la mesa.

Diario de un mal año Por Rebeca Mejía

autoridades comenzaban las acciones de la cuarentena.

yoría vive al día. El home office que permite el posgrado es un verdadero privilegio.

Abril

Julio La retórica de “acostumbrarnos a la pandemia” y aceptar “la nueva normalidad” ha traído efectos diversos y hasta contradictorios. Es una hidra global.

El otoño ha llegado… tantos meses de encierro han tenido sus efectos positivos en la tesis y en lecturas pendientes desde hace años en mi librero (estoy preocupada porque mi mamá me llamó para decirme que Beto está enfermo).

Agosto

Noviembre

Viento y más viento. En las noticias advierten sobre el Covid-19 que al parecer avanza de manera acelerada hacia todos los países…

Con las calles vacías y el silencio en la ciudad, parece que Zacatecas está de luto con nosotros. Mi cumpleaños lo celebramos en casa, habíamos pensado ir al cine y a cenar, ya será después. Algunas llamadas de felicitación estuvieron acompañadas de un tono condescendiente: “Qué pena que te tocara celebrar tu cumpleaños así…”. Mi esposo y mi perro son mi celebración diaria, pensé.

Mi abuelito tiene COVID. Lo ingresaron al hospital un día después de su cumpleaños. Mi mamá también está enferma… Beto falleció, no hubo funeral.

Marzo

Mayo

Sergio murió anoche. Mi cuñado nos envió un meme sobre la pandemia, era tarde y nadie respondió. Al día siguiente ya no estaba con nosotros. Su tipo de cáncer era atípico y agresivo, nos explicaron. Tuvimos un funeral mientras las

Felicitaciones virtuales a mi mamá…

Las medidas de seguridad por la pandemia tienen excepciones para unos cuantos, pero eso no incluye el trabajo académico ni a las escuelas en general. Las fronteras entre países están cerradas hasta nuevo aviso sin posibilidades de ningún intercambio.

Junio

Septiembre

La disyuntiva entre lo económico y la salud se está resintiendo en un país en donde la gran ma-

“¡Feliz aniversario de bodas! ¿Te acuerdas cuando vino mi familia y les tocó ver las Mo-

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Enero El mes más largo. En Twitter la gente pide que enero termine para poder arrancar sus planes del 2020. Viaje al posgrado en CDMX. Este año me he propuesto leer autoras pendientes en mi librero.

Febrero

rismas de Bracho? Estaban fascinados”.

Octubre

Diciembre Mi mamá se recuperó, debe cuidarse mucho. Pasado mañana será un mes que mi abuelito nos dejó. Trato de aferrarme a sus palabras: “Mientras haya vida, hay esperanza”.


Río de palabras

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LA GUALDRA NO. 461

Las letras de mi madre t

Por Armando Salgado

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n días pasados, mi mamá logró escribirle una carta a mi hermana Elva que radica en Sonora. Es la segunda carta que escribe en su vida. A diferencia de la primera, esta logró escribirla en una sola “clase”. La escuché con atención cuando leyó en voz alta, estaba a su lado, observaba sus nuevos lentes bifocales y su empeño por leer con claridad. Al terminar el primer párrafo, sin más, la felicité, le dije que por fin lo había logrado y que todo el esfuerzo reciente había dado grandes frutos: mi madre había reforzado lo que aprendió un año antes en la escuela, y que con la contingencia sintió que podía olvidar. Recuerdo bien aquella tarde, las clases presenciales se suspendieron. Mi madre estaba preocupada por sus avances, porque a los 55 años es difícil aprender a leer. Acordamos que de lunes a viernes nos llamaríamos a medio día para repasar lo que había visto en sus clases nocturnas. Quien se dedica a la docencia sabe que cada persona tiene su propio trayecto de aprendizaje, en el caso de mi madre, había que reforzar la escritura de palabras cortas, para que poco a poco adquiriera seguridad al leer en voz alta, lo que con el paso de los días posibilitaría profundizar en nuevas palabras y oraciones escritas. Dicho y hecho, imprimimos una serie de ejercicios a manera de libro, ella se quedó con su impreso y yo con una versión digital. Todos los días nos llamábamos y comenzamos a ver las primeras letras: m, p, s, t. Después, a través de dictados, mi madre se percató de que las letras se conectaban entre ellas y que se iba poniendo difícil. Yo sabía que también era un asunto de seguridad y que poco a poco se le facilitaría avanzar. Las charlas diarias continuaron y las fotografías de lo que mi madre iba escribiendo llegaban a mi WhatsApp, revisábamos e íbamos corrigiendo lo que era necesario. Imaginaba sus trazos y escuchaba sus impresiones ante oraciones que describían los nombres de sus hermanos, hermanas, sus hijos, los lugares que ha visitado, todo lo reflexionaba con asombro. Mientras leía se maravillaba con las palabras que había usado toda su vida y apenas escribía. Poco a poco fue adquiriendo autonomía respecto al análisis de palabras, a la vez que hablábamos sobre por qué la “h” es muda, lo que es un jeroglífico, un esquimal, un diptongo, el plural y el singular de una palabra. Los días iban transcurriendo y nuestras citas diarias se transformaron en momentos donde la lectoescritura cruzaba sus lindes con historias de la familia, los recuerdos de mi madre, las cosas vitales que nos conforman. Mientras ella

iba conociendo el vasto universo del lenguaje yo apreciaba lo que me compartía envuelto con su experiencia. Mi madre no aprendió a leer y a escribir porque mis abuelos no se lo permitieron, nunca la inscribieron en una escuela pública y como miles de mujeres creció cuidando a los hijos de sus hermanas, de esa forma conoció Arteaga, el puerto de

Veracruz y Puebla. Su infancia entre huertas de aguacate estuvo lejos del pupitre y los cuadernos. Cuando se alejó de esas labores tuvo que trabajar y la escuela quedó en un pasado que jamás existió. Siendo muy joven se casó y tuvo a su primer hijo, me tuvo a mí. Recuerdo muy bien cuando me apoyaba a hacer las tareas de preescolar, los trabajos

de primaria y cómo poco a poco me dejó de ayudar. De una u otra forma yo sabía que tenía que aprender rápido y no perder tiempo en la escuela, son esas cosas que uno no se explica. Mi padre no le facilitó las cosas, al contrario, la violentó por largos años. Pasó el tiempo. Egresé de una normal rural como profesor. Después de varios intentos mi madre por fin logró separarse de mi papá y con el respiro amplio comenzó de nuevo. Ahora tendría las condiciones para aprender lo que había postergado, hacer las cosas que quería disfrutar, recuperarse del pasado, que muchas veces es doloroso, y, sobre todo, recuperarse a sí misma. Cuando leyó el primer párrafo de la carta a Elva, no pude contener las lágrimas porque a pesar de la situación actual, de las dificultades del pasado, de no estar en el mismo espacio, ella logró ordenar la posición de las letras y bailó con ellas poco a poco, entre sílabas y matices, recuerdos y porvenir, oraciones y esperanza, demostró una vez más su determinación. Día a día, a la misma hora, nuestros teléfonos suenan y abrimos los libros. Hace poco redactamos un cuento sobre un dragón que en lugar de fuego escupe agua para apagar los incendios del bosque. También acabamos de trabajar con las sílabas “trabadas”, palabras como bruto y choclo nos hicieron reír. Le gustó saber qué es el orden alfabético y ahora descubre el teclado de su celular repleto de emojis, gifs y frases que lee con entereza. En plena pandemia mi madre logró avanzar en esta deuda que tenía consigo misma. Es un acto esperanzador que revela la condición fluctuante de la vida y el reacomodo de las cosas, de manera justa. La vida es generosa.


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21 DE DICIEMBRE DE 2020

Desde Chile

El derecho de vivir en paz Río de palabras

Por Octavio Gallardo t

H

ace un par de días atrás escuchaba a Bob Dylan en el computador: “Vi diez mil oradores de lenguas rotas / Vi pistolas y espadas en manos de niños pequeños / Y es dura, dura, dura / Muy dura la lluvia que va a caer”. Desde entonces han pasado dos mil días. Son largos los días en Santiago de Chile. Hace dos días la Navidad estaba escondida detrás del presidente, que anunciaba un veto a la ley que le daría plata a la población (su plata, de sus propios ahorros para poder sobrellevar la pandemia económica), ahora se escucha el trineo del viejo pascuero, el Santa Claus chileno, a dos cuadras de mi casa; son cortas las horas y los meses en Santiago de Chile. “Es tan corto el amor y tan largo el olvido”, Neruda, en una frase que será escrita cada vez que alguien la lea o recuerde, o Margaret Atwood, rock star a sus 80 (“El cuento de la criada”) diciendo: “Escribir es un acto de esperanza”, entonces ahora escribo una carta abierta a esa esperanza que es tan solitaria. Estoy escribiendo para un diario que está tan lejano en kilómetros terrestres y desde entonces mis uñas han crecido una barbaridad. Hace casi exactamente un año atrás la sociedad chilena estalló en las calles, el sistema económico que ordenaba nuestras vidas, quizás el más neoliberal de los sistemas en América, quizás el más brillante y capaz, había desbordado un río, el río que conduce los más profundos sentimientos de injusticia. Habíamos estado mirando desbordados, pero no lo sabíamos, cómo el 1% de la población se llevaba el 90% de los recursos, y sí, es cierto, había televisores y autos y equipos de toda clase en nuestras casas, pero los meses estaban inundados de deuda en el caudal de ese mismo río, los estudiantes de-

ben trabajar para costear sus estudios, la salud es aberrante y las jubilaciones insólitas y abrumadoramente distantes del valor de la vida media. Quizás algo sepa el mundo que Chile es el experimento de los Chicago Boys, tiernos maestros del Excel del nuevo mundo, que al amparo de la dictadura formaron en Chile torrentes de capital debido al torrente de la inequidad. Pero a pesar de que el panorama suene triste, hay esperanza. Precisamente esa es la esperanza, ahora sabemos que la tristeza y la injusticia ahogan a un mar de gente y que esa gente se rebela frente a la tristeza, y el desamparo y la depresión (Chile fue durante los últimos años el país con

mayor índice de depresión, de tristeza), no era depresión dijeron en las calles, era neoliberalismo. Yo salía de Morelia hacia Chiapas el día de la rebelión, y en un video mi hija de 17 años lanzaba con máscara antigases, televisores a una de las grandes fogatas en el centro de Santiago, Chile ardía y mi hija estaba en el mismo lugar en que yo no estaba, yo estaba en México el país más bello para vivir la rebelión, pero al mismo tiempo estaba ahí en la sangre de mi hija, que como miles de su generación saltaron los torniquetes del metro un día antes para dar la fuerza que requiere el choque. Estoy orgulloso, ha pasado un año, pero no han pasado días

siquiera, es tan corto el tiempo entre una revolución y la vida. Hoy, hemos aprobado con más del 70% de los votos, una nueva constitución que será escrita por la gente a través de representantes paritarios y incluyentes, los pueblos originarios tienen escaños definidos y vemos cómo el futuro se mueve en otra dirección, han y hemos liberado las aguas de ese río de tristeza hacia cauces de esperanza, y aunque parece que han pasado siglos, recién estamos comenzando. (Entre paréntesis, gracias a nuestros heridos, a nuestros muertos y a nuestros presos, es decir gracias al dolor). Una canción sonaba en las protestas: “El derecho de vivir en paz” de Víctor Jara,

cantautor al que le sacaron las uñas y fue muerto en el golpe de estado de Pinochet: “Nuestra canción / Es fuego de puro amor / Es palomo palomar / Olivo de olivar / Es el canto universal / Cadena que hará triunfar/ El derecho de vivir en paz”. Una canción de esperanza y de paz. Ayer escuchaba a Bob Dylan en el computador y parecía que solo pasaron días desde que Salvador Allende, en el año 1973, horas antes de su muerte dijera, mediante la señal de una radio bombardeada: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.


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LA GUALDRA NO. 461

Ollin: Memoria en Movimiento

Todo se remedia. De la incertidumbre a la esperanza en la migración

/// Antonio Ysarti y Baltasar de Medina, Provincia de San Diego de México de la Nueva España. 1682. David Rumsey Historical Map Collection.

Por Limonar Soto Salazar* t

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ntre los primeros pobladores de Fresnillo de mediados del siglo XVI se encontraban un portugués de nombre Alonso González y Jácome Schafin natural de la isla de Chipre, fueron ellos quienes establecieron el real de Plateros y le dieron por nombre primigenio Minas de San Demetrio, una devoción propia de la iglesia cristiana ortodoxa griega. Puede entenderse como extraordinario que dos personas hayan recorrido miles de kilómetros vía marítima, para luego llegar al Nuevo Mundo e internarse en los prácticamente desconocidos y peligrosos confines del norte de México, una tierra que les estaba prohibida por no ser súbditos de la corona española. Pero la migración más que extraordinaria es un fenómeno constante y tan antigua como la misma humanidad, en cuyos protagonistas se tiene la esperanza de mejorar sus condiciones de vida y dejar atrás padecimientos, carencias, peligros y persecuciones. Pero por lo general la incertidumbre suele ser compañera del migrante. En el caso de la etapa histórica de los citados de González y Schafin en que miles cruzaron el océano Atlántico, no faltaron los temores de encontrarse con monstruos marinos que hacían zozobrar las embarcaciones, producto de la imaginería y de

mitos. Más reales fueron los portentosos huracanes que deshacían flotas y armadas enteras y que fueron la causa de cientos de naufragios, cuyos sobrevivientes temían encontrarse con los enormes tiburones blancos, así como con los indígenas caribes a quienes atribuían la ignominia del canibalismo. Enfrentar estos riesgos y temores requería de cierta dosis de valor para los hombres y mujeres que migraban. En tierra continental la incertidumbre continuaba de la mano con la esperanza. El migrante se encontraba frente a una nueva geografía con diversidad de climas y ecosistemas, sociedades nacientes con una diversidad étnica y cultural conformada por individuos de las más diversas latitudes, incluso los que fueron secuestrados de África para ser sometidos a la esclavitud y ser forzados a vivir en tierras lejanas. Para muchos su confianza de bienestar crecía cuando se daban noticias de descubrimientos de minerales preciosos, particularmente Zacatecas fue uno los polos de mayor atracción a donde acudieron miles de personas en busca de trabajo y de fortuna, además del puerto de entrada para el septentrión, la urbe zacatecana era de suma importancia para la colonización de los territorios que en la actualidad ocupan Durango, Sinaloa, Chihuahua, Nuevo México, Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y Texas. Para muchos migrantes, si no es que

para la mayoría, su empresa no fue sencilla, como así lo manifiesta Gaspar Mejía en una carta dirigida a su esposa, en donde habla de su recorrido por estas estas tierras norteñas con el objeto de lograr una mejor vida. “Bien mío. Yo salí de México quince días antes de Navidad y me entré a la Tierra Adentro, porque yo no quise ponerme a cosas bajas y he venido a una tierra que se dice Zacatecas que es tierra de minas y mucho trabajo. Pasé adelante de una tierra que se dice Durango porque me dicen que me irá bien allá. De ahí hago caso adelante a una tierra que se dice Chiametla, que es todo lo que está descubierto hasta ahora, y todo esto no ganando un real; Dios lo remedie todo”. Gaspar Mejía, Zacatecas, enero 5 de 15871

Después de su periplo Gaspar retornó a Zacatecas, posiblemente porque fue el lugar que más prometía para sus afanes de prosperidad. La urbe minera significó para muchos una oportunidad de buena ventura, en esta perspectiva se encontraba desde el gran comerciante hasta el mercachifle, el diestro en artes mecánicas, el operario minero, el que deseaba ser parte de una comunidad religiosa y participar en un proyecto misional o los que vivían de la guerra y se enlistaban como solda-

dos de la fortuna en las plazas zacatecanas como la San Agustín para de ahí partir a las Filipinas o Texas. Con el trascurrir del tiempo la naturaleza migrante que se fraguó en Zacatecas continuó acorde a los distintos fenómenos sociales y económicos. Las nuevas bonanzas mineras, el desarrollo de poblaciones industriosas, conflictos armados, proyectos colonizadores, entre otros aspectos, fueron parte de esa esencia migrante que en el zacatecano puede encontrar hondas raíces. En la actualidad en las vialidades de muchas poblaciones zacatecanas pueden encontrarse migrantes de centroamericanos quienes se encuentran de paso y piden algún auxilio para proseguir en su camino hacia Estados Unidos. Ellos suelen ser objeto de rechazo dificultando con ello su camino, pero sería preciso mencionar que quienes actúen de esa manera es muy probable que también sean detractores de su propio pasado familiar, porque como ya se ha apuntado: el zacatecano tiene un vínculo inherente con la migración. Es deseable que esos migrantes no fueran cuestionados a la ligera por su presencia, mucho menos estigmatizados. En cambio, cosa buena sería que por lo menos se les favoreciera de empatía, con ello se abonaría en la esperanza de que tengan una vida mejor. * Centro INAH Zacatecas.


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21 DE DICIEMBRE DE 2020

En la búsqueda de más cine J.

Por Adolfo Nuñez

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or cualesquiera que sean las razones, el 2020 es un año que jamás olvidaremos. La vida de muchas personas cambió casi de la noche a la mañana, a tal grado de que muchos todavía nos seguimos adaptando a la nueva normalidad que se trata de establecer. Como era de esperarse, el cine también se vio fuertemente afectado desde el inicio de la pandemia. Al mismo tiempo que todos los complejos y salas se iban cerrando hasta nuevo aviso, gran parte de los estudios en Hollywood decidió posponer de manera indefinida el estreno de sus producciones más fuertes. Después de algunos meses, las salas volverían a abrir, pero muchas de las películas que fueron exhibidas pasaron sin pena ni gloria, y con una recepción en taquilla muy pobre. Esto ha generado la idea, compartida por muchos, de que el 2020 fue un mal año para el cine. En mi caso particular, no estoy

/// Cine mexicano en Cannes. Imagen del Festival Internacional de Cine de Morelia.

de acuerdo con dicha idea, pues jamás he considerado que el impacto de una película se encuentre en su inmediatez ni en que sea exhibida en una gran cartelera. Es claro que en el 2020 no asistí al cine tantas veces como me hubiera gustado, pero eso

no disminuyó la cantidad de películas que descubrí, y, sobre todo, no afectó a mi curiosidad por seguirlas buscando. Las películas que vi este año y el entusiasmo de seguir viendo más cine me sirvieron para sobrellevar la situación de aislamiento actual.

Mientras muchas de las grandes productoras de cine comercial decidieron enlatar sus películas hasta una fecha sin definir, fueron los estudios independientes los que apostaron por los servicios en streaming y las proyecciones en línea.

Por poner un ejemplo, debo admitir que en otros años no vi tanto cine mexicano como me gustaría, y mucho de esto se debe a que las producciones de calidad rara vez tienen una buena distribución en las cadenas de cine nacionales. Con la pandemia, muchas distribuidoras mexicanas terminaron lanzando sus producciones en línea, al mismo tiempo que los festivales de cine más importantes adoptaron formatos híbridos para que sus películas en competencia lograran llegar a más personas. Tal vez el 2020 sea el año en el que menos asistí al cine, pero también fue en el que vi más películas mexicanas. En ese sentido, con todas las dificultades que presentó el año, me gusta pensar que nos ayudó a reflexionar sobre el tipo de cine que nos gusta ver, y por cuales medios accedemos a este. Mientras dure la pandemia, espero que las personas sigamos manteniendo ese mismo entusiasmo y gusto por el cine, y seamos conscientes de que las buenas películas están ahí, siempre que estemos dispuestos a buscarlas.

Cine

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Un triunfo colectivo t

Por Carlos Hinojosa

/// La vacuna de la esperanza

estamos ante una hazaña histórica, la cual ha sido todo un camino tortuoso para la comunidad científica de nuestro planeta, como bien señala Ed Yong en The Atlantic:

consumido su curiosidad y, en su lugar, comenzaron a trabajar en la pandemia. En solo unos meses, la ciencia se convirtió en algo completamente COVID–izado.1

En el otoño de 2019, exactamente cero científicos estaban estudiando el COVID–19, porque ninguno sabía que la enfermedad existía. Pero, a finales de marzo de 2020, este patógeno se había extendido a más de 170 países, enfermando a más de 750,000 personas, y desencadenando el mayor giro sobre su eje en la historia de la ciencia moderna. Miles de investigadores dejaron de lado los ‘rompecabezas’ intelectuales que habían

Estamos ante todo un triunfo de la inteligencia colectiva, con miles de artículos científicos inundando las revistas académicas y los servidores donde tales textos aguardan la revisión por parte de sus pares, una situación que resulta inédita en la historia de la ciencia médica y de las nuevas disciplinas que han llegado a incidir en la salud pública. En este sentido, los trabajos que ya se habían dedicado a la tecnología del ARNm,2 que equivale

1 https://www.theatlantic.com/magazine/ archive/2021/01/science-covid-19-manhattanproject/617262/ 2 https://www.xataka.com/medicina-y-salud/ vacunas-arnm-tienen-exito-estaremos-uno-grandes-hitos-historia-ciencia 3 https://www.efe.com/efe/espana/efeverifica/es-imposible-implantar-un-chip-en-lavacuna-contra-covid-19-para-controlar-a-poblacion/50001435-4288160 4 https://observatorio.tec.mx/edu-news/crisisinvestigacion-conacyt

Opinión

E

s una situación bastante peculiar alcanzar el medio siglo de vida en este terrible 2020, sobre todo al contemplar cuántos parientes, amigos, exparejas y compañeros de trabajo han fallecido bajo el flagelo del COVID–19, fatal microorganismo que, al parecer, iniciaba su asalto contra la humanidad hace un año. Y si a lo anterior le agregamos el clima de incertidumbre social, económica y política que estamos atravesando en nuestro país, tal parece que resta muy poco espacio para contemplar con esperanza el 2021 que ya se atisba en el horizonte. Sin embargo, junto con el más que heroico desempeño de los trabajadores del sector salud en todo el mundo, quienes han llegado al grado de sacrificar su vida en las primeras líneas de combate a la actual pandemia, debemos reconocer cómo, mientras las vacunas contra el coronavirus se abren camino hacia los brazos ansiosos de la población mundial, la ciencia ha logrado lo casi imposible, al producir varias inmunizaciones para el COVID–19 menos de un año después de que el genoma del virus fuera secuenciado. No debemos pasar por alto que

a una “plataforma” para el desarrollo de diferentes tipos de vacunas para diversas enfermedades, resultaron ser proféticos. Por supuesto que esta historia no ha sido totalmente positiva: expertos en otros campos se apresuraron a publicar algunos trabajos cuestionables, además del auge de las teorías de la conspiración que le piden a la gente no vacunarse porque les será “implantado” algún chip de “control mental” que les convertirá en esclavos de Bill Gates (¡).3 Pese a todo, junto con este triunfo, y el miedo e incertidumbre ante los efectos del coronavirus en la humanidad, la ciencia contemporánea puede sacar importantes lecciones de la situación actual, sobre todo en los países donde se le sigue apoyando, lo cual, lamentablemente, ya no es el caso de México.4


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LA GUALDRA NO. 461 /// 21 DE DICIEMBRE DE 2020

Cuarentena Por Humberto Mayorga t

Río de palabras

H

e permanecido con la mirada fija al techo por más de tres horas, te pienso, te imagino, te pienso otra vez. Hará un mes o más que estoy de mi habitación a la cocina, del patio al estudio, de tu boca a la mía. Irónicamente cierro la puerta y me enclaustro a leer, a veces escribo solo y solo para mí, esa es la escritura, un acto en soledad. Cada palabra da vida a la memoria y sonido a un instrumento muy a lo lejos. Te pienso. No siempre se podrá estar en el encierro, fijo la mirada a la ventana, entre abro la persiana y sé que debo continuar con rutinas. Aproveché una salida, comprar víveres y material para pintar. Sí. Otra vez, pinto paredes y lienzos, bien podría dibujar tu mirada. De vez en cuando cocino, aunque no tengo apetito. Te pienso… me dirijo a la sala. Enciendo el toca discos y escucho a Frank Sinatra, me hace bien, luego viene la música de los veinte, algunos boleros y la trova. Te pienso. El insomnio ha llegado después de un domingo. No puedo darme esos privilegios del mal hábito de dormir, así que me levanto a la misma hora a tomar café, luego, hacer ejercicio. He logrado buenas rutinas en días de guardar. Fijo la mirada

/// Pinchi necro. 2020 Año de Julio Ruelas.

a la puerta, pienso también en esa gente que no tiene manera de estar en casa. Y viene un poco la nostalgia y esta imposibilidad de resolver el mundo y los problemas, y el dolor ajeno. Te pienso, pienso cómo un simple roce de tu mano me causa electricidad, en cómo la tonalidad de las palabras deja ver un ser de belleza extraordinaria, cómo pretendes esconder, también, la extrema sensibilidad y esa capacidad de asombro

ante el mundo. Te quiero por ser de buena madera, dijo un cursi poeta. Te quiero por ser. Llega la noche y me enclaustro a leer dos horas hasta que me da sueño y la caída del libro me despierta. Te he llegado a soñar, quizá algo he hecho mal, quizá no. No. Uno no puede morir sin extrañar y decirlo o morir en el intento. Te pienso. Estos domingos interminables me hacen sentir más de lo habitual, me pregunto,

me cuestiono y llego al mismo punto. Estoy justo en esa línea entre lo real y lo fantástico. Siguen siendo días de guardar, días que no se nombran, dará lo mismo decir: hoy es mañana, ayer te veré. Da igual nombrar las horas también. Te contemplo desde mi habitación en espera de que todo esto termine por irse y permitirnos estar, afuera donde el canto del ave acompañe el andar de la abuela y la sonrisa de los niños. Te pienso.

¿Cómo no? t

Por Pilar Alba

¿

Cómo no sentir dolor? Mire nada más tanta y tanta cosa que está pasando. ¿A poco no ve las noticias? ¿No se mete a las páginas de internet? Si en todas partes salen imágenes, videos. Dan ganas de agarrarse a llorar, hasta de lamentarse a grito abierto.

Pero uno se aguanta, se hace fuerte porque pues si no, terminaría uno ahí tirado nomás ahogándose en el llanto. Fíjese que a veces hay noches en que nada más no duermo ni descanso, la cabeza me empieza a dar vueltas de pura y pura pensadera: que qué será de nosotros, qué cómo vamos a enfrentar ahora el mundo, qué cómo voy a volver a ver a mi gente. No, no crea,

sí es muy duro esto. Otras veces hasta el hambre se me quita y eso que he aprendido a hacer tantas cosas, recetas que ve uno en el internet o en los programas de la tele. Me gana la emoción cuando ando preparando todo, pero ya cuando termino y me acuerdo de la soledad se me quita el hambre y termino guardando todo en el refri, esperando que se eche a

perder para tirarlo finalmente al cesto. Es que, ¿cómo no sentirse así? Yo de plano no sé cómo hacerlo. Y por todas partes también los mensajes de esperanza de que ya mero, ahora sí, se terminará esto. A veces también me dan ganas de dejar de lado los malos pensamientos: la esperanza muere al último, he escuchado. La verdad no sé, a mí siempre se me muere primero.

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La Gualdra 461  

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