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La devoción de los marineros a la Mare de Déu del Carme · La Biblioteca Museo “Víctor Balaguer”, de Vilanova · Pedro Ruiz, siempre filoso con los políticos y los medios · Dublín, el encanto de la sencillez · y m+s... G a r r a f Revista bimensual gratuita · Nº 10

XAVI HERNÁNDEZ

Entre los triunfos del Barça y la expectativa con la Selección


VIAJES / DUBLÍN

El puente Samuel Beckett, uno de los símbolos del nuevo Dublín, inspirado en la tradicional arpa irlandesa. / J.Ch.

El encanto de la sencillez Dublín no es una ciudad de grandes construcciones ni monumentos opulentos. Su encanto reside en su sencillez, en su rica historia, en la calidez de sus habitantes y en el envidiable talento artístico que exhiben en los pequeños shows que se montan en los pubs de la capital de la isla esmeralda. Textos y fotos: Juan Pedro Chuet-Missé

Y

sí, el clima es una porquería. Algún defecto teníamos que tener los irlandeses, sino, ibamos a ser demasiado perfectos”, sentencia Adam. Y suelta la carcajada mientras apura un sorbo de su Guinness. La conversación, olvidable y divertida, transcurre precisamente en el bar aéreo de esta omnipresente compañía +62

cervecera, que como La Caixa en Catalunya, está presente en cada espacio económico y social de la isla esmeralda. Y justamente, este bar que parece un plato volador aterrizado en el séptimo piso de su gigantesca factoría, permite obtener una magnífica vista de 360 grados de Dublín y sus alrededores. Así, se pueden contemplar las edificaciones,

los parques y las montañas que rodean a la capital irlandesa; y por supuesto, también ver el entramado de nubarrones, parches de lluvia y fragmentos de sol de justicia que se cuelan entre las nubes. En Dublín no esperen grandes monumentos y construcciones imponentes. Más bien parece una importante ciudad de provincias. Pero su valor


añadido es, precisamente, su sencillez. Y mientras que las calles pueden ser frías y húmedas por el clima, en las casas y los bares siempre se encontrará calidez, la que proporcionan los dublineses siempre expertos en el arte del “crack”, palabra difícil de traducir pero que simboliza el acto de conversar, ser afable y divertido. Y claro, siempre con una pinta en la mano. Eso es patente a lo largo de las calles empedradas de Temple Bar. Este barrio, uno de los más antiguos de Dublín, concentra la oferta más variada de pubs, que hablando de Irlanda no es poca cosa. Desde media tarde, en los principales establecimientos, siempre hay algún grupo o solista entonando una saludable mezcla de baladas tradicionales, fusionadas con toques de cantautor o de rock.

Es envidiable ver y sentir el talento musical que tienen estos músicos anónimos, que cuando acometen alguna canción tradicional con banjo y violín, parecieran que tuvieran

Diversos edificios y monumentos reflejan un nuevo Dublín que, por la bonanza económica de los 90, quiere alejar la idea de país subdesarrollado que durante tanto tiempo ha pervivido

20 dedos por mano por la velocidad con que tocan. Y aquí sobresale otro de los valores dublineses: su tesoro cultural. En una isla que no supera los cinco millones de habitantes (menos de dos millones viven en Dublín y alrededores) han surgido grandes talentos como los inmensos U2, además de Sinead O’Connor, Van Morrison, The Cranberries, o representantes tradicionales como The Chieftains. Y en literatura no se quedan atrás: Bram Stoker, William Yeats, Bernard Shaw, Samuel Beckett y James Joyce nacieron en Irlanda –aunque no todos escribieron sus obras cumbres en la isla-. Con Joyce y su Ulises pasa algo similar que con Cervantes y su Quijote: muchos saben de que va, pero muy pocos lo han leído. Sin embargo, este escritor y su compleja obra sigue

Temple Bar, la zona de diversión nocturna y que concentra la oferta más variada de pubs. / J.Ch. +63


B La cerveza ícono de Irlanda, en el bar de 360 grados emplazado en los techos de la fábrica. / J.Ch.

siendo uno de los símbolos de Dublín. A falta de Coliseos y torres Eiffel, Dublín ofrece pequeños tesoros. Uno de ellos se encuentra en el Trinity Collegue, cuya construcción que mezclas estilos como el veneciano y el georgiano bien vale una visita. Allí la joya de la corona es el valioso Libro de Kells, una maravilla de los incunables de la Edad Media, magníficamente ilustrado por monjes del sur irlandés. Y también su biblioteca, centenaria y deslumbrante. Otro punto que no se pue+64

Llama la atención cómo en una isla de menos de cinco millones de habitantes hayan surgido tantos talentos musicales como U2, o literarios como Samuel Beckett o James Joyce

de pasar por alto es la catedral anglicana de Christ Church, que además de su interesante construcción, destaca por la belleza polifónica de su coro en las ceremonias.

PASADO Y FUTURO De los estilos que se descubren por sus calles, el más señorial e imponente es el georgiano, que quedó grabado en Dublín durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX. Alrededor de los parques St. Stephen o el Collegue Park se despliegan


Baile tha Cliath (dublĂ­n)

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Cartel de la oficina de correos en lengua gaélica. / J.Ch.

El mercadillo de Drury Street es un mundo de oportunidades / J.Ch.

James Joyce, desde el bronce, sigue contemplando su ciudad natal. / J.Ch. +66

estas antiguas mansiones, ahora reconvertidas en oficinas o colegios de alto nivel, pero que siguen guardando su elegancia, y que levemente se rompe con sus puertas pintadas de colores brillantes. Este boom de oficinas modernas en un barrio que fue de terratenientes y aristócratas es un reflejo del nuevo Dublín que, gracias a la bonanza económica de los 90, quiere alejar la idea de país subdesarrollado que durante tantas generaciones ha pervivido. Otros íconos de esta nueva modernidad son el Monumento de la Luz –una aguja de 120 metros de alto– en la comercial avenida O’Connell; el puente Samuel Beckett, diseñado por Santiago Calatrava y con forma de arpa, que cruza el río Liffey; y el nuevo estadio de rugby y fútbol Aviva, con forma de cinta de vidrio envuelta en sí misma. Pero aunque el cristal y el acero vayan ganando lugar, los dublineses no pierden su esencia: un pueblo amigable, de buen comer y capaz de dejar pasar las horas entre cervezas y música tradicional. Es gente amante de su tierra, sus leyendas y tradiciones, con buena memoria para recordar las décadas y siglos de opresión económica, política y social que todavía han dejado huellas sin cicatrizar, sobre todo en el norte de la isla. Es que el irlandés siempre es optimista. “Si ya estuvimos tan mal en otras ocasiones, nada nos puede asustar”, dice Adam. Y pide otra Guinness. +


Dublin: el encanto de la sencillez  

Reportaje sobre Dublin. Publicado en Lo M+s Baix Llobregat 39 y Lo M+s Garraf 10, el 8 de junio de 2010

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