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■ Suplemento Cultural de La Jornada ■ Domingo 7 de julio de 2013 ■ Núm. 957 ■ Directora General: Carmen Lira Saade ■ Director Fundador: Carlos Payán Velver

Florescano

Enrique

Los libros y la historia

J avier G arciadiego y L orenzo M eyer

Entrevista con E nrique S erna N uno J udice , Premio Reina Sofía 2013


Carlos Fuentes y las palabras (ii y última )

de asombros

bazar

Hugo Gutiérrez Vega

A

Doctor honoris causa por la Universidad Veracruzana; Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de His­ toria, Ciencias Sociales y Filosofía en 1996; investiga­ dor emérito del Sistema Nacional de Investigadores, Caballero de la Orden Nacional del Mérito france­ sa: estos son sólo una parte de los múltiples reconoci­ mientos que ha recibido el historiador, catedrático, investigador y maestro, en el más amplio sentido de la

los pocos meses, Carlos fue a Roma y lo llevé a cenar con Rafael Alberti, María Teresa León y Ai­ tana, al Campo dei Fiori, frente a la estatua de Giorda­ no Bruno, que siempre nos recuerda los olores de la verdad y de la leña verde. Comimos una carbonara impecable. Corrió el vino y Alberti recordó los pasajes de La región más transparente que más le habían im­ presionado. Hablamos de los refugiados (transterra­ dos, diría Gaos) españoles: Recasens, Comas, Pedroza, León Felipe, Cernuda, Rejano, Aub, Garfias, Altolagui­ rre, Prados, Domenchina, Renau, Buñuel, Alcoriza, Alejandro, Amparo Villegas... Alberti hizo la memoria de Pedro Garfias en las trincheras de la sierra de Cór­ dova, y dijo el poema dedicado a Ximeno: “Ay, Ximeno, capitán del batallón de Garcés, capitán de la cabeza a los pies...” Alberti quería saber de Buñuel y Carlos dio brillante y entusiasta respuesta a sus inquietudes. Al día siguiente salí rumbo a Venecia con Los caifanes en hombros. Logramos incluirla en la sección infor­ mativa y fue vista con simpatía por algunos reseñistas. Salimos de la función, Sereni y yo, pensando en la Diana cazadora con brassiere y en el “Santaclós” borracho de nuestro amado cronista general, Carlos Monsivaís, “monstruo de la naturaleza”, como Lope de Vega. Conviví con Carlos y Rita en Londres. Vivíamos muy cerca, en el hermoso barrio de Hampstead, y mis hijas jugaban diariamente con la simpática e inteligente

palabra, Enrique Floresca­ no. En este número se recogen dos textos leídos en el homenaje que la UV le rindiera recientemente, escritos por Javier Gar­ ciadiego y Lorenzo Meyer, dos de sus más distinguidos una entrevista con el narra­ dor Enrique Serna, así como tres poemas del portugués Nuno Judice, Premio Reina Sofía 2013. Comentarios y opiniones: jsemanal@jornada.com.mx

Foto: Roberto García Ortiz/ archivo La Jornada

discípulos. Publicamos además

Cecilia. Carlos se disfrazaba de Drácula con toda la parafernalia vampírica y les daba sustos de órdago, avanzando solemnemente por el pasillo de la anti­ gua casa de Hampstead Heath. Íbamos al cine con frecuencia y, a veces, cumplía­ mos ritos memoriosos estrambóticos, como el asistir a un ciclo de cine argentino de la época extrañamen­ te llamada dorada y a otro de cine comercial mexi­ cano. Nos veo saliendo del National Film después de sufrir una película de Armando Bo y de la desbor­ dante Isabel Sarli que trataba el problema del con­ trabando de mate en la frontera con Paraguay. Carlos recordaba el reparto entero, incluyendo el nombre del maquillista. Por el lado mexicano, Juan Orol y las inmortales rumberas de caderas montadas en flan, nos regalaron momentos de beatitud. Por estas y por otras muchas razones, Carlos fue un hombre del Renacimiento. Releyendo Vlad, lo veo co­ mo vampiro asustador de infantas y como escritor de terror basado en la realidad de un país en donde abundan los chupasangre. Lo oigo hablar con admi­ ración ilimitada de Balzac, Dickens, Tolstoi, Faulkner, Cervantes; lo veo instalado en la trivia que, bien utili­ zada, es una poderosa arma del fabulador. Veo a los personajes de sus novelas y me siento a charlar con el Ixca, y a ver cómo agoniza, en el sentido griego de la palabra, Artemio Cruz. Constato la variedad y riqueza de sus temas, su inquietud social y política plasmada en ensayos, artículos y conferencias; pienso en su ha­ bilidad y en su carisma tanto en la cátedra como en las charlas informales, en sus viajes interminables, sus amores, sus pérdidas, sus premios y, sobre todo, en su deseo inagotable de vivir, revivido cada mañana pues, ya lo afirmaba Italo Svevo, los días son siempre originales y de eso depende la variedad del mundo. Miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua, Carlos nos deja como legado inmarcesi­ ble las palabras con las que construyó su obra varia­ dísima. Fue uno de nuestros escritores mayores (per­ dón por la platitud y por el uso de esta palabra); fue un mexicano ejemplar y un hombre de mundo. Con él vivimos muchos momentos de inspiración rena­ centista, nos enamoramos del idioma y renovamos nuestro compromiso con las palabras, con el verbo que era y es en el principio. Gracias, Carlos, por tu vida, tu obra, tu amor por el país, tu preocupación por el mundo, tu talante hu­ manista y tu fe en el valor de las palabras. jornadasem@jornada.com.mx

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Portada: La sonrisa de la Historia Foto: cortesía del autor

La Jornada Semanal, suplemento semanal del periódico La Jornada, editado por Demos, Desarrollo de Medios, S.A. de CV; Av. Cuauh­t émoc núm. 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, Delegación Benito Juárez, México, DF, Tel. 9183 0300. Impreso por Imprenta de Medios, SA de CV, Av. Cui­ tláhuac núm. 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, México, DF, tel. 5355 6702, 5355 7794. Reserva al uso exclusivo del título La Jor­n ada Semanal núm. 04-2003-081318015900-107, del 13 de agosto de 2003, otorgado por la Dirección General de Reserva de Derechos de Autor, INDAUTOR/ SEP. Prohibida la reproducción parcial o total del contenido de esta publicación, por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores. La redacción no responde por originales no solicitados ni sostiene correspondencia al respecto. Toda colaboración es responsabilidad de su autor. Títulos y subtítulos de la redacción.

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voz interrogada

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entrevista con Enrique Serna Paulina Tercero

Una especie de

resistencia

cultural

Foto: Luis Humberto González/ archivo La Jornada

“En este momento hago la investigación para

ellos me recomendaban libros más interesantes que los que yo leía en la carrera.

periodistas más corruptos de México”, cuenta

–En El seductor de la patria y en Ángeles del abismo, ¿eres fiel a la historia?

el narrador Enrique Serna en exclusiva para La Jornada Semanal. El escritor, que viene

de publicar La ternura caníbal, viajó a Suiza para participar en el Salón del Libro de

Ginebra donde México fue el invitado

de honor el pasado mes de mayo. Junto con

Alberto Ruy Sánchez, Ana Clavel y Hernán

Bravo Varela, entre otros autores, Serna

–con libros traducidos al francés– contó con

gran atención por parte del público.

-E

studiaste literatura, ¿algún asomo de culpa por haber hecho guiones?

‒Más bien fui argumentista en colabo­ ración con mi amigo Carlos Olmos, un muy buen dramaturgo que además escribía libretos de telenovelas.

–Cuna de lobos, ni más ni menos.

‒Cuna de lobos recluyó a la gente. El día que pasó el capítulo final no había un alma en el Metro, en la Cámara de Diputados pidieron un receso... Un honor para Carlos Olmos y el director Carlos Téllez, que ideó lo de poner el parche de Catalina Creel del color de su vestido. Cuando Carlos Olmos entró a escribir telenovelas yo era un joven marxista furibundo, lo acusé de que se estaba vendiendo a la oligarquía, que malbarataba su talento. Carlos montó en cólera y me rompió un paraguas encima… Lo cuento en mi no­ vela Fruta verde. Al final me di cuenta de que era ex­ cesivamente puritano de mi parte y cuando me fui de mi casa él me invitó a trabajar… Sucumbí, sí. Me propusieron que escribiera libretos y no acepté porque temí que si lo hacía no tendría una carrera literaria. Mejor hice argumentos. Ya tenía dos libros en un cajón, sin publicar. Estaba con gen­ te de talento, la tertulia literaria era muy animada: Carlos, el poeta Francisco Hernández, críticos de cine, periodistas, gente con gran sentido del hu­ mor. Hice amigos. Hablábamos mucho de libros,

‒Alejandro Dumas decía que los novelistas histó­ ricos traicionan a la historia pero que le hacen hijos hermosos. Gracias a las licencias de la ficción pude reconstruir la vida privada de los personajes, de la que se sabe poco. Ángeles del abismo se basa en un proceso de la Inquisición a “la falsa Teresa de Jesús”, que fingía arrebatos místicos para sacarle dinero a los aristócratas de la Nueva España. A escondidas, ella tenía un amante indio y los descubrieron por­ que ella quedó embarazada. Quise apegarme a la historia pero vi que era muy importante que fuera protagonista también el amante, Tlacotzin, del que nada dicen las actas del proceso. Un gran defecto de la literatura colonial mexicana es que ignora a los indios, aparecen sólo como telón de fondo. Juan Pablo ii beatificó a unos mártires oaxaque­ ños asesinados en sus comunidades indígenas por delatar a sus padres, que seguían adorando a sus dio­ ses prehispánicos. Creo que beatificarlos fue una gran falta de tacto, porque para sus comunidades ellos eran unos traidores. Ahí se me ocurrió que Tlaco­ tzin renegara de la religión católica, para mostrar el conflicto religioso que tuvieron muchos indios.

–¿Una novela histórica sirve como introducción a una época?

‒Es una buena manera. Las memorias de Adriano, de la Yourcenar, o Yo, Claudio, de Robert Graves, son maravillosas para entender a los romanos. La nove­ la histórica no sustituye a la historia: la historia as­ pira a una verdad objetiva y la novela es subjetiva, sólo tiene validez en los límites de la ficción. Lo que no se vale es tergiversar los hechos históricos, como Alfonso Arau en su película sobre Zapata. Eso con­ funde. Una novela histórica debe ceñirse por lo me­ nos a la actuación pública de los personajes.

una novela sobre Carlos Denegri, uno de los

Somos una literatura que se niega a desaparecer a pesar de que su público sea tan limitado.

En la secundaria tuve un gran maestro de His­ toria, el profesor Acosta, y me fascinaba el progra­ ma El túnel del tiempo; quería viajar al pasado. Mis novelas históricas surgen de una necesidad de eva­ sión: a los cuarenta me sentía como expulsado del presente en México. El país se había vuelto muy hostil, el paisaje urbano se deterioraba a diario. Vi­ vimos la crisis económica del ’82, pero hoy los jóve­ nes tienen el panorama aún más negro, por eso el nihilismo, el que muchos prefieran enrolarse en el crimen organizado; algo que yo temía cuando escribí Uno soñaba que era rey. –Y se te comparó con Carlos Fuentes y La región más transparente…

‒Uno soñaba que era rey estaba muy influida por la crónica urbana, cuando yo sentía mucha rabia por lo que pasaba en México, y como el paradigma de la novela urbana es La región más transparente –que no me gusta mucho, creo que le sobran como trescientas páginas–, donde la ambición de Fuentes de convertir a la ciudad en un personaje y dotar­ la de un alma, intentar exponer su complejidad, era una tentativa muy audaz para su época. Ahora sería imposible, porque la Ciudad de México es inabar­ cable, ya ningún escritor se atreve.

–¿Qué escritores te gustan?

‒Jonathan Rosen… Carlos Franz, espléndido en La prisionera; los cuentos de Rubem Fonseca. Laura Restrepo, su Leopardo al sol es la mejor novela sobre narcotráfico de América Latina, que debería ser lec­ tura ineludible para los mexicanos. Hay muchos escritores de valía. Me encantan El diablo guardián, de Xavier Velasco, su trepadora social es un gran lo­ gro narrativo; Luigi Amara y su espléndida Escuela del aburrimiento; la Canción de tumba, de Julián Her­ bert; los cuentos de Eduardo Antonio Parra; Álvaro Enrigue, estupendo cuentista y novelista… En este momento hay una efervescencia, una confluencia de generaciones en México, pese a que estamos ante una literatura que tiene muy pocos lectores…

–¿Cómo se vive eso?

‒Estamos haciendo una especie de resisten­ cia cultural. Somos una literatura que se niega a desaparecer a pesar de que su público sea tan limi­ tado. Es una apuesta al futuro a la espera de que los lectores del mañana se interesen por lo que es­ cribimos •


7 de julio de 2013 • Número 957 • Jornada Semanal

Nuno Judice, Premio Reina Sofía 2013 Hace unas semanas se ha entregado con toda justicia en España el selecto Premio Reina Sofía a Nuno Judice, uno de los poetas mayores iberoamericanos. Nacido en 1949 en Mexilhoeira Grande, Portugal, Judice estudió Filología Románica en Universidad Clásica de Lisboa y se doctoró en la Universidad Nueva de Lisboa. Es poeta, ensayista, novelista y traductor. Ha sido traducido al español, italiano, inglés y francés. En buena parte de su obra, la reflexión entre lo que fue y lo que se piensa que fue, el dibujo de las personas y las cosas sencillas que se fijan en su evanescencia, nos causan una honda melancolía. Entre sus libros de poesía: As Inume­ ráveis Aguas (1975), Enumeraçao de sombras (1989), Meditaçao sobre ruínas (1995), Teoria Geral do Sentimento (1999), As coisas mais simples (2007). Ha sido espléndidamente traducido al español por Jenaro Talens.Los poemas siguientes han sido revisados por el autor. M arco A ntonio C ampos

¿Lo que es la vida? El poeta griego que comparó el hombre a las hojas que no duran, cuando el invierno les robó la esperanza de vivir de acuerdo con sus deseos, no salió esta tarde para el campo, ni vio el cuerpo que se interpuso entre el sol y los arbustos, oscureciendo el cielo con su blancura de nieve primaveral. Preguntó, mientras, de qué sirve la vida, y para qué sirve la alegría, si no existe, más allá de ellas, el horizonte dorado del amor; y alejó de su frente el crepúsculo, diciendo que prefería la madrugada, luego que el gallo canta, para despertar con el propio día. Ese poeta, que el polvo de los siglos sepultó, y no llegó a encontrar, para sus dudas, ninguna respuesta, aconsejó a los que lo leían que se divirtiesen, antes de que la muerte los fuera a sorprender. Y me acuerdo, a veces, de este pedido, al pensar que la memoria de alguien se puede limitar a una pequeña frase, que puede ser la más banal de las sentencias, que nos viene a la cabeza en una u otra circunstancia. Entonces, el poeta griego continúa vivo; y esta tarde, por detrás de los arbustos, oí su voz en el viento que por instantes sopló, trayendo con su frescura el sentimiento que sobrevive a todas las estaciones de una vida humana.

Releyendo a Shelley

Fotografía blanca Veo esta situación con la nitidez del fotógrafo: posada la cabeza en la mano derecha, un cigarrillo cautivo en los dedos, la mirada perdida en casi nada. Invento la imagen que se forma en tu cabeza, a partir de esa nada: una nube; y por dentro de esa nube, todas las formas del sueño. Contra todo, el cielo no te perturba el pensamiento; tampoco los vientos que traen y llevan las nubes, como barcos, en el océano de tu memoria. Y regreso a la situación inicial: tú, sentada a la mesa, para que yo te pudiera fijar con la nitidez del fotógrafo, me miras, como si yo estuviera enfrente; y tu mirada apaga el tiempo y la distancia, desafocando la imagen, como si el humo del cigarrillo te envolviera el rostro, y te trajera de vuelta a mí, como nube, o sueño, que el viento disipa.

En la “Oda al viento del este”, Shelley desearía ser como una hoja humana, arrastrada por los aires, por entre las aves y la lluvia que el otoño mezcla cuando su gris invade los cielos, y nos recuerda que la naturaleza se asemeja a nosotros en su destino mortal. Sin embargo, tal como muere, renace; y esta diferencia nos alcanza cuando, a la primavera siguiente, percibimos que el tiempo tiñó con su tristeza el ánimo que debía cantar como el agua de las fuentes, o reverdecer como los ramos secos. En vano miramos para los campos, a nuestra vuelta, esperando que su luz nos empuje hacia dentro de la vida. Pero la sequía invernal se prolonga en el alma; y un frío continúa soplando desde el este, como ese viento antiguo que Shelley cantó. Y veo estas cosas acontecer como el resultado natural del tiempo. De un lado, nada cambia, como las aguas del lago que ninguna ola agita, y los ojos que reflejan el breve azul del mediodía; de otro lado, los días y las estaciones no cesan el recorrido que hemos de seguir, subiendo las escaleras que nos parecen sin término. Y suspendo la respiración, oyendo un soplo que me acompaña: ¿poema, o murmullo de quién? Y como si me acompañaras de nuevo, y no estuviera aún lejos esa primavera de la que tu distancia me aísla. V ersiones de M arco A ntonio C ampos

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Enrique Florescano entre libros Lorenzo Meyer I

las series de fluctuaciones en cantidad y precio del maíz, el producto agrícola básico de la sociedad no­ vohispana y centrémonos en el tema del poder que está detrás de la semilla. En un estudio como éste, el tema político está más implícito que explícito, e in­ cluso alguien podría tomar el conjunto del trabajo como algo ajeno a la política, es decir, a la lucha por el poder y sus beneficios. Pero como lo señalaría once años después el autor: no hay tal. Permítaseme ahora dar un salto temporal, dejar a un lado otros de los trabajos de nuestro autor, para enfocar la atención ya no en las obras de investi­ gación rigurosa y de archivo sobre temas muy espe­ cíficos, sino pasar a los trabajos del Florescano ma­ duro, en donde, con grandes pinceladas, busca dar al lector interpretaciones generales del desarrollo de México a lo largo de siglos o de milenios. Si la esencia de la política es la distribución de los recursos de la sociedad por la vía de las decisiones de con la autoridad, entonces resulta que el hecho polí­ tico básico del México colonial fue el uso del poder para permitir la creación y la consolidación de la gran uni­ dad productora del alimento básico de la sociedad: la gran hacienda. Fue justamente la concentración de tierras productivas en pocas unidades y en pocas ma­ nos lo que hizo que los ciclos agrícolas de abundancia y escasez tuvieran efectos sociales tremendos para el grueso de la población, es decir, para los sin poder. Al poner al descubierto el mecanismo mediante el cual los precios hacían que las crisis transfirieran

De acuerdo con la visión de Florescano, pareciera que el intolerante Estado español pasó su divisa a su heredero, el Estado mexicano, la cual se resume así: “sólo hay un camino: el mío”.

E

n el homenaje a un colega no es inapropiado, ni de mal gusto, iniciar la exposición haciendo algunas referencias personales. Conocí a Enri­ que hace más de cuarenta años, por un breve momento resultamos compañeros en una licencia­ tura de Relaciones internacionales en El Colegio de México, es decir, de ciencia política ¿Dije compa­ ñeros?, en efecto, pero también amigos y, de alguna manera y como resultado de las diferencias de edad –hoy mínimas, entonces aún significativas– y de ex­ periencia, fue también una peculiar relación de maestro a alumno. En efecto, Enrique organizó se­ minarios de fin de semana y me dio entonces una serie de lecciones de política vía Marx que me resul­ taron tan o más importantes que algunos de los cur­ sos formales que entonces tuve. Considero, pues, que para mí es perfectamente apropiado hacer un breve examen de la obra florescanesca desde la perspec­ tiva del poder y de la política. Como bien lo señalara nuestro autor en un ensayo publicado en 1980 en la obra colectiva Historia ¿para qué?, no hay historia políticamente inocente, no pue­ de haberla, puesto que “en todo tiempo y lugar la recuperación del pasado, antes que científica, ha sido primordialmente política: una incorporación inten­ cionada y selectiva del pasado lejano e inmediato, adecuada a los intereses del presente para juntos mo­ delarlo y obrar sobre el porvenir”. Partiendo de esa interpretación de la historia, Enrique Florescano puede concluir: “Politizar la investigación a través de la participación representativa y democrática de quienes la realizan es pues un requisito indispensa­ ble para el desarrollo de una ciencia social verdade­ ramente integrada en la plenitud social que produce.” En vista de lo anterior, es legítimo que la obra del personaje pueda y deba medirse con la misma vara que él propone medir y de hecho ha medido ya, a otros muchos historiadores, contemporáneos y anteriores. Veamos la primera obra sustantiva de Enrique Florescano, su primer libro, el que se publicó en 1969, Precios del maíz y crisis agrícolas en México*. Se trata de una realidad de su tesis doctoral en Francia, un tra­ bajo que refleja muy bien un modo de hacer historia dominante en la época, que es cuantitativa pero que, desde luego, tampoco es inocente. Dejemos a un lado

sistemáticamente grandes ganancias a la hacienda a costa de los intereses del pequeño propietario, de las co­m unidades indígenas y del pueblo en general, Enrique Florescano contribuyó a poner en claro que el mercado novohispano era manipulado por la es­ tructura de la propiedad y que ésta era resultado de decisiones políticas. Si no hubo en Nueva España el “precio medio progresivo” que sí hubo en otros am­ bientes europeos, entonces no pudo evitarse que el mercado de la Nueva España funcionara como un juego de suma cero –si un actor ganaba es porque otro perdía‒ en vez del otro posible, uno donde to­ dos los sectores sociales pudieran ganar algo, aun­ que en distintas proporciones, desde luego. La con­ clusión es que, tras treinta años de alza continua de los precios agrícolas, se llegó a una distorsión extre­ sigue

F


ensayo

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ma de la estructura social del México de inicios del siglo xix . Y fue esa distorsión la que contribuyó a crear un clima propicio para la diseminación de ideas “subversivas” de los independentistas, ideas que, a su vez, abonaron muy bien el terreno para que al estallar en El Bajío el movimiento de rebelión de 1810, éste creciera con sorprendente rapidez hasta convertirse en el gran y sangriento movimiento de insurrección social que fue. En 1969, cuando se publicó el libro comentado, la lectura política de ese trabajo inicial de Enrique Florescano es clara: de la misma manera que no hay obra histórica inocente, tampoco hay mercado neu­ tro, toda estructura económica tiene un mecanismo que favorece a unas clases y grupos más que a otros. Quienes ejercen el poder no pueden alegar inocen­ cia por lo que se refiere a la distribución de los costos y los beneficios por la vía de los precios, especial­ mente cuando esa distribución es tan inequitativa como lo fue en la época colonial. Vaya, pues, que si hay aquí una toma de partido por lo que hace a la esencia del poder, que es válida lo mismo en la época colonial que en el México neoliberal.

II El punto de partida, me parece, tiene que ser Memoria mexicana, de 1987. Aquí, como en ninguna de las obras anteriores, y basado ya en un dominio notable de la bibliografía mexicana y extranjera, nuestro au­ tor nos muestra y analiza cómo se han elaborado y usado las visiones del pasado, sea en el México pre­ hispánico o en el colonial, con el claro propósito de legitimar el poder político y el orden existente. Des­ de luego que también está el otro lado de la moneda: las contra élites indígenas primero y criollas des­ pués, que también articularon un discurso histórico para justificar sus rebeliones, sobre todo el movi­ miento de independencia de inicios del siglo xix . De Memoria mexicana, y usando esta opus magna como su base, Enrique Florescano pasó a elaborar al menos un par de trabajos que pueden analizarse como obras que son básica, aunque no exclusivamen­ te, políticas. El primero es el más reciente: Historia de las historias de la nación mexicana. Se trata de un enor­ me lienzo narrativo que abarca, al menos, tres mil años de historia: Aquí, el concepto que funciona co­ mo eje de toda la obra es el de “canon histórico”, tér­ mino que proviene del lenguaje eclesiástico, y lo que se puede definir como regla o código de doctrina, elaborado por un grupo o institución y confirmado por una alta autoridad. El primer canon o versión oficial del origen de una sociedad del que se tiene noticia en México pro­ viene de la cultura olmeca. Ahí lo destacable, además de ser el origen de la unidad del mito prehispánico, es el hecho de que sistemáticamente los sucesores de los olmecas, los gobernantes, se sintieron obligados a manipular la visión del pasado para presentarse como herederos legítimos de las civilizaciones que les antecedieron. Sin esa liga directa con el pasado remoto, su derecho a gobernar hubiera quedado co­ jo. Y por sí sola la fuerza no era suficiente para ase­ gurar la sumisión del conjunto a la voluntad del go­ bernante. Tras la inesperada y brutal entrada de los euro­ peos en el mundo indígena, éste se vino abajo casi por completo. Una cierta fidelidad a unos dioses que habían fallado a su pueblo de manera catastrófica se mantuvo en las márgenes de la sociedad indígena

novohispana, pero esa visión del pasado ya no pudo competir con la visión triunfante: la gran energía na­ rrativa para hacer entender al lector lo duro, per­ sistente e implacable del esfuerzo de la Iglesia ca­ tólica por destruir –entregándolo literalmente a las llamas supuestamente purificadoras‒ todo docu­ mento donde los indígenas hubieran dado cuenta del pasado anterior al nuevo dogma, al católico. La inci­ neración sistemática de los invaluables “libros pin­ tados” resultó ser la verdadera esencia de la “des­ trucción de las Indias” de la que nos habla Fray Bartolomé de las Casas. El objetivo de esa destruc­ ción no era sólo mostrar desprecio por lo desconoci­ do o simple encono, sino sobre todo era político: se requería limpiar el terreno ideológico para imponer a la sociedad recién dominada una nueva visión don­ de lo único realmente legítimo fuera el conquistador y su idea cristiana del mundo. En el discurso histórico que surgió con la con­ quista, los indígenas prácticamente desaparecieron como actores o protagonistas de su historia. Un nue­ vo “plan divino” sustituyó al de los derrotados, y en ese plan los indígenas recién convertidos ocuparon el lugar de objetos y nunca de sujetos. Apenas si se salvaron algunos relatos en náhuatl contenidos en los “tí­ tulos primordiales” y eso por razones ju­ rídicas, por haber sido empleados en los tribunales coloniales para defender los de­ rechos de algunos pueblos al uso de tierras, aguas y bosques. Hoy son documentos preciosos para el investigador. Tras el canon colonial surgió, penosa­ mente, el nacional. Al final de la colonia, en el siglo xviii , la interpretación mestiza de la historia mexicana fue elaborada con claros objetivos políticos; su meta era ini­ ciar la forja de la “Patria criolla”. Este nuevo canon encontró en Francisco Javier Clavijero (1731-1787) a su mejor exponen­ te. Fue este jesuita exiliado quien logra elaborar una interpretación no religiosa y muy posi­ tiva de la época prehispánica que se proyecta hacia el futuro. Esta interpretación, aunada al culto de la Virgen de Guadalupe (pluriétnico y pluriclasista), es el arranque de la construcción histórica de una nue­ va identidad mexicana que culmina con las inter­ pretaciones elaboradas por Fray Servando Teresa de Mier y Carlos María de Bustamante. La ausencia de un verdadero Estado, de un siste­ ma de gobierno viable en la primera mitad del siglo xix , explica, según Florescano, que no se lograra ge­ nerar entonces una verdadera “historia patria”. Se requirió que la lucha civil corriera en su larga ruta y que el triunfo liberal permitiera la creación del pri­ mer “Estado de Orden”, para acometer el nuevo gran proyecto: la creación del “canon nacional”. Y esa mag­ na tarea la imaginó, coordinó y culminó una sola persona: el general liberal Vicente Riva Palacio. El resultado fue México a través de los siglos (1884-1889), “el logro mayor de la historiografía del siglo xix ”. Su colofón fue elaborado por Justo Sierra: México: su evolución social (1900-1902). Ahora bien, en menos de diez años, esa evolución desembocaría en una ines­ perada revolución, en un nuevo régimen y en una nueva historia. De manera natural el régimen que surgió de la descripción del porfiriato empezó a elaborar una nueva visión del pasado: una donde Madero, Plutar­ co Elías Calles o Lázaro Cárdenas aparecerían como

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herederos y culminadores de un proceso que arran­ caba en el México prehispánico y en Cuauhtémoc, seguía con Hidalgo y Morelos, continuaba con Juá­ rez, que se revigorizaba con la Revolución de 1910 hasta llegar a su institucionalización. Y resulta que esta vez el mejor exponente de esta nueva visión no fue ningún hombre de letras sino un artista plás­ tico. En efecto, Diego Rivera, con su magnífico mu­ ral de la escalinata del Palacio Nacional (1992-1935) –un auténtico “libro pintado” del siglo xx –, logró la mejor expresión del canon revolucionario. Años más tarde, los libros de texto editados por el gobier­ no para las escuelas primarias no serían otra cosa que la puesta al día del canon posrevolucionario según las necesidades sexenales.

III El autoritarismo postrevolucionario alcanzó su ma­ durez justo cuando surgió la primera gran oleada de historiadores profesionales, que precisamente por serlo ya no se interesaron en elaborar una nueva

“gran visión” de la historia al estilo de las anteriores. El canon empezó a perder fuerza. Y a partir de la cri­ sis política del 2 de octubre de 1968, que afectó direc­ tamente a la comunidad intelectual, los opositores del “partido de Estado”, usando precisamente los instrumentos de la “historia científica”, cuestionaron sistemáticamente lo que quedaba de la interpreta­ ción oficial del pasado. Y es en ese lugar donde hoy estamos: se acabó lo que quedaba de una historia oficial y el nuevo régimen, el democrático al que se dio inicio en 2000, apenas inicia, titubeante, su inten­ to por encontrar su justificación histórica y plas­ marla en un relato creíble, pero donde difícilmente habrá un espacio tan amplio como en el pasado para crear un nuevo canon. En las sociedades abiertas actuales, cualquier narración del pasado que explique y justifique una realidad presente tiene que aceptar convivir con na­ rrativas alternativas que generalmente la ponen en duda en sus propios términos. En el México que des­ punta al siglo xxi , ya conviven en pugna varias in­ terpretaciones, generalmente parciales, sobre lo que “realmente ocurrió” tanto en el pasado distante co­ mo en el reciente. El pluralismo democrático y la profesionalización del quehacer histórico permiten suponer a Florescano que en realidad ya no habrá un nuevo canon, sino interpretaciones de alcances mo­ destos en comparación con sus antecesores y siempre en competencia. Desde la perspectiva de la libertad,


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Jornada Semanal • Número 957 • 7 de julio de 2013

esa no es una mala posibilidad y resultará algo com­ patible con la “incertidumbre democrática”. Permítaseme ahora pasar al otro trabajo de histo­ ria política de nuestro autor, uno que lleva un men­ saje muy puntual y muy relacionado con la coyuntu­ ra política del México en el que se elaboró. Me refiero a Etnia, Estado y nación, de 1997. Este es un rastreo sistemático de la huella de un enfrentamiento entre las etnias –los grupos estructurados descendientes de los pobladores originales– y la autoridad estatal, empeñada en crear desde el siglo xix una nación, pero decidida a no hacer lugar para la identidad e intereses de aquellas sociedades indígenas que in­ sistían –e insisten aún– en reclamar un derecho a se­ guir en posesión de sus tierras, aguas, recursos natu­ rales, cultura y estructura de autoridad. Obviamente, como este enfrentamiento aún no concluye, como lo demuestra, entre otros, el caso de Chiapas, el ensayo de Florescano, pese a no llegar a nuestros días, sostiene una posición política muy clara en relación con el presente y el futuro posible. En realidad, el autor nos dice que el motivo de escribir este gran ensayo fue

sente y el futuro inmediato: en principio, el concep­ to y la práctica de crear y sostener una nación puede y debe de ser compatible con la convivencia pacífi­ ca, constructiva entre el Estado y la etnia. Se puede, pues el examen histórico lo demuestra, introducir la solidaridad y el respeto en la relación de necesaria subordinación de la etnia del Estado. La política española forzó a que la etnia tuviera “una identidad reducida al ámbito local” pero en sí misma esta organización contenía –y mantiene, aun­ que ya muy atenuado– el germen de Estado en el de nación. Mal llevada esa relación, como efectivamen­ te ha ocurrido en México, ha desembocado en algo lógico pero no inevitable: en la incompatibilidad entre las naturalezas de la etnia y el Estado en nom­ bre de la nación. El trágico choque entre esos dos niveles pudo haberse evitado en el pasado si el Esta­ do decimonónico no hubiera adoptado una natura­ leza excluyente. De ahí se desprende que lo que hoy queda de ese conflicto, lo mismo en Chiapas que en Oaxaca, en Guerrero que en Sonora o Chihuahua, se puede evitar si se asume plenamente la lección del

res­p onder a una pregunta enteramente actual: “Por qué, después de nuestro largo conocimiento del pro­ blema indígena, otra vez estalla la rebelión en tierras pobladas por los campesinos mayas”. De acuerdo con la visión de Florescano, pareciera que el intolerante Estado español pasó su divisa a su heredero, el Estado mexicano, la cual se resume así: “sólo hay un camino: el mío”. Para nuestro autor, a la autoridad actual le convendría reconocer que en el mundo indígena, en el de sus grandes civilizacio­ nes originales, de los olmecas hasta los mexicas, la esencia de la cultura era la íntima liga de la comu­ nidad con la tierra, además de una enorme comple­ jidad religiosa y una estructura de autoridad. Y aquí conviene hacer un alto. Florescano está muy cons­ ciente de que esa autoridad indígena original tiene muy poco de democrática, y que en realidad el caci­ quismo es tan mexicano como el maíz. De la “matriz nativa”, el historiador político que hay en nuestro autor pasa al examen de la relación entre la sociedad indígena conquistada y el Estado colonial, para desembocar en el duro y brutal choque entre, otra vez, esa vieja sociedad indígena y el nue­ vo y titubeante Estado nacional del siglo xx . Como dije, en este trabajo Florescano no se mete en el siglo xx , aunque el problema que estudia se volvió a pre­ sentar tanto en el México revolucionario y postrevo­ lucionario como en el actual. No importa, el mensaje o, si se prefiere, la conclusión, es válida para el pre­

pasado y se acepta que una ingeniería política adecua­ da pudo haber ahorrado la sangre derramada en el choque entre etnia, Estado y nación, particularmen­ te desde la reformas borbónicas hasta el porfiriato. De este último trabajo de Florescano se desprende una importante tesis cultural-politica. Es falso sos­ tener que hay una sola identidad mexicana. Y soste­ ner esto desde el poder es simplemente criminal. Las identidades nacionales, la más mexicana incluida, no son construcciones inmutables cristalizadas en el tiempo, sino que van cambiando con el tiempo y las circunstancias. De cara al futuro es necesario ‒pues aunque difícil no es imposible‒, aceptar la legitimi­ dad de varias identidades mexicanas, aceptar la ne­ cesidad de preservar sus bases materiales y compar­ tir espacios de poder entre los diferentes niveles.

IV En conclusión, una dirección política de gran calidad y sensibilidad hubiera podido hacer compatible el proyecto de dar forma a la gran nación mexicana con el respeto de la identidad étnica, incluyendo la pre­ servación de la tierra, la lengua y al menos una parte de la estructura de autoridad. En los 30 el general Lázaro Cárdenas asumió un nacionalismo generoso, tolerante, frente a lo indígena, y por eso, entre otras cosas, pudo hacer una paz real con la castigada na­ ción yaqui enclavada en la compleja y sensible fron­

tera de México con Estados Unidos ¿Por qué los su­ cesores de Cárdenas no llevaron esta política hasta sus últimas consecuencias para hacer que, finalmen­ te, etnia, Estado y nación pudiera por primera vez convivir constructivamente en México? La respues­ ta directa a esa pregunta ya no está en la obra aquí tratada, pero está implícita. Al buen entendedor, las 512 páginas de este gran ensayo le deberían ser sufi­ cientes para llegar a ella. Como sea, la obra de Flores­ cano nos obliga, como Estado nacional, a enmendar la política seguida frente a los reclamos de la etnia y, si tal cosa no se logra en este sexenio, hay que inten­ tarlo en el siguiente, pues se trata de una tarea tanto histórica como moral que ya lleva mucho retraso. Concluyo: como historiador, Enrique Floresca­ no ha resultado ser poseedor de un buen discurso político • * Precios del maíz y crisis agrícolas en México (El Colegio de México, 1969). En el capítulo X de esta obra, y teniendo como telón de fondo lo que otros estudios hechos en la misma vena señalaban que sucedía en la Europa de la época, nuestro autor se centra en los efectos económicos y a partir de éstos, en los sociales, de las crisis agrícolas en la Nueva España. Las consecuencias de tales y muy frecuentes son el desempleo, la migración, la vagancia, la mendicidad, las epidemias y un trastorno de la ley y del orden: el bandolerismo.


Homenaje a Javier Garciadiego

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I

uando se me honró con la invitación a parti­ cipar en este coloquio, honor doble por tratar­ se de la Universidad Veracruzana y de un ho­ menaje a Enrique Florescano, admirado maestro y colega, se me asignó el tema de la relación entre él y las instituciones. Al momen­ to me vino un recuerdo y me asaltó una especie de miedo, ya que hablar de Florescano y las institu­ ciones me obligaría a rehacer su biografía por entero, pues Florescano ha vivido desde hace mucho en re­ lación con las principales instituciones del país: animándolas, cuidándolas, reformándolas e incluso creándolas.

Enrique

El recuerdo puede resumirse así: a principios de los setenta, cuando inicié mis estudios universita­ rios, asistí a una conferencia en La Casa del Lago. No recuerdo ni el nombre del ponente ni el tema de su charla, pues pasaron a ser irrelevantes. Al final, en la ronda de preguntas, comentarios y críticas, el mode­ rador pidió a quienes tomaran el micrófono que se identificaran con su nombre y con el de la institu­ ción a la que pertenecieran. De entre las primeras filas pidió la palabra un hombre grande, en edad y volumen, quien con una voz aguda que no concor­ daba con su tamaño y apariencia dijo: mi nombre es Daniel Cosío Villegas; mi institución, también Daniel

No deja de sorprenderme que un escritor que hoy obtiene muchos lectores por su afirmación de que es el mayor enemigo de la “historia oficial”, entonces haya defen-

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dido con tanto vigor la versión más romántica de “los niños héroes”

Cosío Villegas. Así podríamos calificar a Enrique Florescano, como un hombre que se ha convertido en una institución. ¿Cómo se convierte un hombre en una institu­ ción? No lo sé; debe ser muy difícil; intento pensar en ejemplos y en el gremio de historiadores sólo me vienen a la cabeza algunos nombres: Silvio Zavala, Miguel León Portilla, Cosío Villegas, claro está, aca­ so Leopoldo Zea, y… y… No se trata de quienes hayan sido nuestros mejores historiadores. Se trata, más bien, de los pocos que aunaron a su calidad aca­ démica esa rara personalidad que tienen los creado­ res de instituciones. ¿Qué virtudes deben tener? Me aventuro a suponer algunas: liderazgo, visión, res­ ponsabilidad, perseverancia y entereza. Permítanme repasar brevemente la biografía de Enrique Florescano para entender cómo fue que ter­ minó por convertirse en una institución. Sus estudios universitarios, tanto de licenciatura como de post­ grado, los hizo en instituciones sólidas: aquí en la Universidad Veracruzana, en El Colegio de México y en la École des Hautes Études, en París, donde fue dirigido por Ruggiero Romano. Al aludir al Florescano estudiante resulta reve­ lador que desde entonces mostrara sus intereses y preferencias, campos en los que al correr de los años habría de crear notables instituciones. En efecto, en 1958, año en que inició sus estudios de Historia ‒dos años antes había comenzado los de Derecho‒, En­ rique Florescano fundó y dirigió su primera revis­ ta, Situaciones, publicación mensual de los estu­ diantes de la Facultad de Filosofía y Letras. Más aún, en aquel entonces fundó también su primer su­ plemento cultural, bajo el cobijo del Diario de Xalapa ¿No vemos en esto un antecedente, un atisbo, de quien luego fundaría la revista Nexos o colaboraría afanosamente en los suplementos de Siempre y de La Jornada? Luego de concluir sus estudios, allá por 1967, Flo­ rescano inició su larga y compleja carrera profe­ sional, colaborando, y subrayo la palabra, colaboran­ do, con las principales instituciones del país: desde enero de 1968 se incorporó como profesor-investiga­ dor del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México, actividad que poco después complemen­ tó con la coordinación de un Seminario de Historia Económica de México, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Mé­ xico. Permítaseme un paréntesis: además de ani­ mador y creador de instituciones, Florescano fue fundador de un par de corrientes historiográficas en México. Claro está que siempre hay antecedentes y precursores, como en este caso su maestro Luis Chávez Orozco, pero ¿quién puede siquiera dudar, ya no digamos negar, que Enrique Florescano es el iniciador en México de los estudios modernos, pro­ fesionales, rigurosos, de historia económica?

Foto: José Carlo González/ archivo La Jornada


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Florescano II En síntesis, Florescano maduró y se forjó trabajando en las principales instituciones historiográficas del país, especialmente en el Instituto Nacional de An­ tropología e Historia, que dirigió por varios años a partir de 1982. Sin embargo, su dedicación a estas instituciones nunca fue excluyente. Florescano tiene esa rara cualidad de la omnipresencia. Sus intereses siempre han sido múltiples y variados, y siempre se han expresado en variados compromisos institucio­ nales. Menciono algunos: Florescano el organizador de encuentros disciplinarios, como el de Americanis­ tas de 1974; Florescano el líder gremial, como cuando fue el presidente del Comité Mexicano de Ciencias Históricas; Florescano el jurado de muchísimos pre­ mios; Florescano el diseñador y garante de inconta­ bles proyectos. En efecto, a la pregunta de “hola En­ rique, ¿cómo estás?, ¿en qué andas metido ahora?”, siempre responde explayándose en uno o dos pro­ yectos, siempre novedosos, siempre pertinentes. Sobre todo, Florescano no es sólo un hombre inven­ tor de proyectos, un colega ocurrente. Cuidadosa­ mente elegí aquí la palabra garante, y antes, cuando enlisté las virtudes que debe tener todo creador de instituciones, puse en tercer lugar, después de lide­ razgo y visión, la responsabilidad. Sí, Enrique Flo­ rescano es un hombre responsable que siempre lleva a buen término los proyectos que encabeza. Como hombre de instituciones y de proyectos, Enrique Florescano destaca, por sobre todos los cam­ pos, en el ámbito editorial. Él no se limita a pensar, como casi todos nosotros, en el libro que va a escribir. Además piensa en series de libros, en colecciones. Su trayectoria como editor es amplísima: comenzó al

mismo tiempo que hacía sus estudios de doctorado, al codirigir con don Luis Chávez Orozco la colección Fuentes para la Historia Económica y Social de Vera­ cruz; luego vendrían las dos series de Historia del Comercio Exterior de México y de Fuentes y Estadís­ ticas del Comercio Exterior de México, ambas edita­ das por el Instituto Mexicano de Comercio Exterior. Sobre todo, en este campo destacan tres admira­ bles aventuras editoriales: la sección de Historia de la colección Sep-Setentas, a la que llegó con el apoyo de su maestro y paisano, don Gonzalo Aguirre Bel­ trán, y en la que eligió y cuidó 103 títulos; la amplia, innovadora y plural Colección Biblioteca Mexicana, coeditada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Fondo de Cultura Económica desde su creación en 1997, y obviamente la revista Nexos, de la que fue fundador y primer director, de 1978 a 1982. Diseñada inicialmente como un tabloide bibliográ­ fico, Nexos pronto se convirtió en una de las princi­ pales revistas culturales y políticas del país, la que ha prohijado el surgimiento de varios grupos de nue­ vos intelectuales y la que ha discutido el porqué, el para qué y el cómo de la transición de la democracia en México. Quedan entre sus páginas las más agudas críticas al decadente autoritarismo mexicano de fi­ nales del siglo xx y a las fallidas estrategias econó­ micas de entonces. Quedan entre sus páginas, tam­ bién, las más pertinentes propuestas alternativas. Díganlo, si no, Héctor Aguilar Camín, Rolando Cor­ dera, Arnaldo Córdova, Luis González de Alba, Car­ los Monsiváis, Carlos Pereyra y José Woldenberg, entre muchos otros. Sí, sin duda, la historia reciente de México está documentada, pero también está he­ cha en Nexos, la revista fundada por este creador de instituciones que es Enrique Florescano. Quisiera referirme a tres características virtuosas de Enrique Florescano. Es un hombre que se mantie­ ne joven porque en ellos confía: recientemente coor­ dinó a un equipo de historiadores jóvenes para que nos dieran su versión de una historia general de Mé­ xico. Claro, me refiero al libro Arma la historia, con jóvenes colegas como José Antonio Rivera, Erika Pa­ ni y Aurora Gómez Galvarriato; otro ejemplo: escri­ bió los tres volúmenes de la Época colonial, de la Historia gráfica de México, para la Editorial Patria y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, con el entonces jovencísimo Rodrigo Martínez; es más, hablo de esto por experiencia propia: en 1985 Enrique Florescano me confió la coordinación académica de un proyecto muy ambicioso, Así fue la Revolución Mexicana, que habría de publicarse en el cumpleaños setenta y cinco de aquel proceso, cuando yo apenas había concluido mis estudios en Chicago pero aún no obtenía el doctorado: tenía entonces treinta y cua­ tro años. Lo recuerdo con satisfacción, pues los ocho tomos salieron considerablemente bien. Un último ejemplo que también me involucra: para conmemo­

Foto: María Luisa Severiano/ archivo La Jornada

Como hombre de instituciones y de proyectos, Enrique Florescano destaca, por sobre todos los campos, en el ámbito editorial. Él no se limita a pensar, como casi todos nosotros, en el libro que va a escribir. Además piensa en series de libros, en colecciones.

Volvamos a su desarrollo profesional. En El Co­ legio de México dirigió, por encargo de don Luis González, fundador de El Colegio de Michoacán, y a quien olvidé mencionar como creador de institu­ ciones, la revista Historia Mexicana desde enero de 1971 a diciembre de 1973; esto es, los números 79 al 92, este último, por cierto, un número legendario dedicado a la evolución del Estado mexicano, cu­ briendo todas sus etapas, desde la prehispánica has­ ta la época contemporánea. Seguramente la expli­ cación de que sólo haya dirigido Historia Mexicana por tres años, cuando la costumbre es de direcciones más prolongadas, es que por ese entonces asumió la jefatura del Departamento de Investigaciones His­ tóricas del Instituto Nacional de Antropología e His­ toria. Cierto es que ese departamento ya existía, pero es incuestionable que Florescano lo renovó, lo reani­ mó e hizo del “Castillo” una institución legendaria. Nunca tuvo después el brillo, el carácter innovador, la fuerza y el prestigio que alcanzó cuando Floresca­ no fue su director.

rar 2010, El Colegio de México decidió rehacer por entero su Historia general de México. Esta edición con­ taba como uno de sus mejores capítulos con uno de Enrique Florescano sobre las reformas borbónicas. Cuando Enrique se enteró que su capítulo pasaría de un libro de texto a uno de consulta, en lugar de eno­ jarse aplaudió la decisión de El Co­l egio de México, congruente con su apoyo a la per­manente renovación historiográfica, temática o generacional, pues suelen sobrevenir juntas. Una segunda característica suya que reconozco con admiración es que Enrique Florescano no es un hombre que se apoltrona en las instituciones, que las usa para cobijarse. Tampoco es un historiador que tema asumir riesgos académicos; al contrario, es un historiador valiente, atrevido. Me refiero a que es de los pocos que se han arriesgado a cambiar temas de investigación; más aún, ha cambiado hasta de cam­ pos historiográficos y de períodos y etapas de estu­ sigue

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ensayo dio: comenzó como historiador económico, sobre todo del sector rural del México colonial; luego pasó a la historia cultural y política del México prehispánico, y también ha destinado constan­ tes esfuerzos en trabajos de reflexión sobre toda la historiografía mexicana. Otra forma de expresar su ausencia de confor­ mismo académico consiste en que Enrique Flores­ cano dedica buena parte de su tiempo a corregir y a actualizar sus libros. Véase este ejemplo extre­ mo: la primera edición de El mito de Quetzalcóatl, de 1993, apenas alcanzaba las 182 páginas; la se­ gunda edición, publicada doce años después, llegó a las 400, más del doble. Otro ejemplo podría ser el de su libro Memoria mexicana, publicado prime­

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salió menos vapuleado que el de 6º. Aun así, du­ rante las semanas de la polémica no podía dormir, pensando en los periodicazos con que me recibi­ ría la mañana siguiente. No puedo imaginarme lo que él debió sentir a lo largo de aquel linchamien­ to intelectual. Creo, sin embargo, que debe decir­ se la verdad sobre el caso: a pesar de un par de errorcillos fácticos, inexplicables y que además dificultaron la defensa del texto, en términos his­ toriográficos la propuesta de los dos nuevos libros era abrumadoramente benéfica. Para nuestra des­ gracia, hubo problemas que nos rebasaban en tan­ to equipo de historiadores: pleitos político-suce­ sorios ‒recuérdese que era 1992, sólo un año antes de que el pri definiera a su candidato presiden­

canamente nacionalista en cuanto a nuestra re­ lación histórica con Estados Unidos, y la inter­ pretación más maniquea y utilitarista del régimen de Porfirio Díaz, la que nosotros nos atrevimos a matizar. Sí, aquellos libros de 1992 eran políticamente valientes e historiográficamente novedosos y co­ rrectos. Lo que terminó por hundirlos fue que la opinión pública no deseaba cambiar su cultura histórica a partir de un cambio, precisamente, en los Libros de Texto Gratuito. En realidad temieron que se tratara de una aviesa estrategia guberna­ mental. Después de mucho pensar en el tema, me convencí de que al equipo le sobraban historiado­ res profesionales, de vanguardia en la investiga­ ción, y que le faltaron pedagogos, o al menos historiadores dedicados a la docencia bási­ ca, abnegados maestros de tarima. También llegué a la conclusión de que este tipo de li­ bros requieren ser escritos por ese tipo de hombres llamados “ideólogos”, diestros en el uso político de la historia. Tal vez esto lle­ vó a Enrique Florescano a ponerse a estudiar los temas de la función social de los historia­ dores y de la conveniencia y características que deben tener el aprendizaje y la enseñan­ za de la historia. Así me imagino a Enrique Florescano: estudiando a fondo estos asun­ tos para analizar algunas de las probables causas de aquel descalabro de 1992.

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ro en 1987, y luego “corregido y aumentado” en 1994. Por último, este mismo mes se publicará su nuevo libro, La función social de la historia, de casi 400 páginas, el cual tuvo un par de antecedentes, con 88 y 163 páginas respectivamente. La tercera característica tiene que ver con otra de las virtudes imprescindibles en todo crea­ dor de instituciones: la entereza. Dentro de su larga trayectoria de logros y reconocimientos, Florescano ha enfrentado, con enorme valor, algu­ nos serios sinsabores. Me refiero a dos que fueron públicos y notorios. El primero fue el robo de nu­ merosas piezas prehispánicas ‒aproximadamen­ te 130‒ del Museo Nacional de Antropología en las navidades de 1985. Si bien la policía recuperó algún tiempo después la totalidad de las piezas, se dice que ese disgusto provocó que encaneciera repentinamente. El segundo fue el malhadado ‒subrayo el tér­ mino, malhadado, es decir, que no fue protegi­ do por los seres celestiales que habitan en los bos­ ques‒ Libro de Texto Gratuito de Historia de 1992. Florescano, coordinador general del equipo, me incorporó, como “infantería”, para colaborar con las páginas sobre el porfiriato y la Revolución del libro de 4º de primaria, que para mi salud mental

A los auténticos creadores y animadores de instituciones los descalabros no los vencen ni derrumban, sino que los curten, los forjan y los hacen más sabios.

Foto: Guillermo Sologuren/ archivo La Jornada

cial‒; resistencias gremiales ‒sí, desde entonces‒, pues el magisterio rechazó enseñar con un libro que los obligaba a estudiar de nuevo la historia del país y a redefinir sus interpretaciones y versiones de la misma; celos entre algunos grupos de inte­ lectuales y hasta rancias enemistades personales. No deja de sorprenderme que un escritor que hoy obtiene muchos lectores por su afirmación de que es el mayor enemigo de la “historia oficial”, en­ tonces haya defendido con tanto vigor la versión más romántica de “los niños héroes” que aquellos libros trataban de precisar; la postura más chaba­

A los auténticos creadores y animadores de instituciones los descalabros no los vencen ni derrumban, sino que los curten, los forjan y los hacen más sabios. Así pasó con Enrique Florescano, cuyos logros y reconocimientos superan con creces los mencionados sin­ sabores. En efecto, tiene numerosos recono­ cimientos internacionales, como las Palmas Académicas y el grado de Caballero de la Orden Nacional de Mérito, del gobierno francés; la beca Guggenheim y cátedras es­ peciales en las universidades de Cambridge, Yale y en el Getty Center. Sus reconocimientos nacio­ nales son los mayores que se pueden obtener: Pre­ mio Nacional de Ciencias Sociales en 1976; Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Histo­ ria, Ciencias Sociales y Filosofía, veinte años des­ pués, y desde el año 2000 le fue reconocida la categoría de Investigador Emérito del Sistema Nacional de Investigadores. Conociéndolo, puedo imaginarme que los pre­ mios locales, los veracruzanos, son los que más aprecia y saborea: en 1996 fue nombrado Vera­ cruzano Distinguido; en 1998 recibió del gobierno estatal la medalla Gonzalo Aguirre Beltrán; en el año 2002 recibió el Premio Francisco Javier Clavi­ jero, y sobre todo, la Universidad Veracruzana le otorgó posteriormente el doctorado Honoris causa. A todos estos reconocimientos se suma és­ te, también organizado por su alma mater, para conmemorar sus setenta y cinco años de edad y sus cincuenta de historiador, pues aquí concluyó sus estudios universitarios de Historia en 1962. Gracias a este homenaje puedo expresarle mi agra­ decimiento y reconocimiento a Enrique Floresca­ no, historiador extraordinario y hombre creador y animador de instituciones •


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leer

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La fúnebre góndola, Tomas Tranströmer, traducción y presentación de Aline Pettersson, Difusión Cultural unam, México, 2013.

LA MARCA PRESENTIDA RICARDO YÁÑEZ

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raducido a cuarenta lenguas aun antes de ser Premio Nobel y, leo en algún lugar de internet, efectivamente leído en su propio país bastante tiempo ha, Tomas Tranströmer –psicólogo, pianista, entomólogo y, entre otras instancias del conocimiento, desde luego poeta– llega a nuestro país en afortunada versión de Aline Pettersson. La fúnebre góndola (Sorgegondolen) es un muy breve volumen, ochenta páginas en impresión bilingüe, que desde el prólogo (entusiasta y sobrio, donde se observa que la escritura del sueco, de palabra decantada en “lenguaje extremadamente sencillo”, es “tan pulida y desnuda que estremece”) cautiva, y que se abre a los ojos del lector con un poema deslumbrante, “Abril y silencio”, del cual citamos las últimas dos de cuatro estrofas: “Mi sombra me porta/ cual violín en su caja negra.// Eso que quiero decir/ refulge fuera de mi alcance/ como la plata con el prestamista.” De la primera, Pettersson afirma que sus versos “resuenan en quien los lee con una inquietante ambigüedad de sentidos”, y de la segunda que, constituye, resumida, un “ars poética: la búsqueda perenne para acercar la necesidad de expresión al resultado mismo”. Continúa la prologuista: “El deseo suele ser más ambicioso que su ejecución, pero el poeta ha seguido obstinadamente y con éxito por esa ruta.” La fúnebre góndola es una obra publicada seis años después de que en 1990, debido a un ataque cerebral, el autor, que desde entonces padece hemiplejía, perdiera el habla. Imagina uno, no puede saberlo, que esa pérdida sufrida a sus casi sesenta años de edad pudo muy bien ser asumida como un enriquecimiento, una más concentrada atención en las palabras; pero, digresiones aparte, volvamos al poemario. Salvo una excepción, “Noviembre en la antigua rda”, ninguno de los textos rebasa la página. El gusto por –o la exigencia de– condensación se hace más que evidente en una serie de (once) haikús, de la cual destacamos: “El sol está bajo ya./ Se agigantan nuestras sombras./ Pronto todo será sombra.” La presencia de la muerte, desde el título anunciada, es –como es– un ingrediente de la vida. Veamos el principio de “De julio 90”: “Hubo un entierro/ y sentí que el muerto/ leía mis pensamientos/

mejor que yo mismo.” Siguen dos estrofas más, también de cuatro versos, en las cuales, digamos, se regresa a lo cotidiano, aunque –en nuestra percepción– con cierta sensación (o escozor) de trascendencia/intrascendencia, de frontera: lo cotidiano, pero cobrando universalidad. La fúnebre góndola es originalmente una pieza para piano que, según leo en http://www.youtube. com/watch?v=U0sRuLKgnuM, y otros sitios de internet (en el anotado puede ser escuchada, versión 2, ejecutada por Bertrand Giraud), Liszt compuso ante el presentimiento de la muerte de Richard Wagner, su yerno, lo que ocurriría en muy pocos meses, y está inspirada en el estilo wagneriano. La escena del poema del mismo nombre representa a ambos compositores junto a la “inquieta” Cósima, la hija que Liszt tuvo con la condesa Marie d’Agoult, aquélla “casada con el rey Midas/ que todo lo que toca lo convierte en Wagner./ El verde frío del mar se impulsa a través del suelo del palacio [Vendramin, del Gran Canal veneciano]./ Wagner lleva una marca.” Éste y dos poemas más pueden ser escuchados en sueco en http://www.blackbird.vcu.edu/v10n1/ poetry/transtromer_gondola/toc page.shtml • Legendarium i. Cuentos de fantasmas, asesinos y destripadores, Javier Pellicer y Rubén Serrano (compiladores), Tombooktu, México, 2012.

HORROR VUELTO A CONTAR EDGAR AGUILAR

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e un tiempo para acá, con la vertiginosa expansión de las redes sociales, se ha creado en Europa, particularmente en países que a través de los siglos desarrollaron una vasta tradición oral, una suerte de cofradía literaria afín a lo relativo a fenómenos sobrenaturales, episodios de la vida carentes muchas veces de explicación o de lógica, o leyendas que conformaron la identidad de ciertos lugares o de determinados personajes. De algún modo, y gracias precisamente a la red, es que varias de estas historias se han recuperado, reinventado y multiplicado alrededor del orbe, cobrando hoy día un sorprendente auge, sobre todo entre jóvenes cibernautas. Es el caso de España. La Asociación Española de Escritores de Terror es un buen ejemplo del resultado de la complicidad y el gusto por esta clase de relatos que con el correr de los años han mudado al lenguaje escrito. Es así como en esta afortunada antología se retoman temas y motivos populares de diferentes regiones de la nación ibérica, historias que pueden provocarnos más de un sobresalto o escalofrío. Es decir, versiones no “actualizadas” de leyendas españolas, sino vueltas a contar tal como debieron

MADIBA MANDELA Textos de Leandro Arellano y Juan Manuel Roca En el tre

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haber sucedido. No obstante, en el prólogo sus compiladores aclaran: “Y es que también hemos querido tocar alguna que otra leyenda urbana, esas historias que forman parte del folclor contemporáneo y que, a pesar de contener elementos sobrenaturales o inverosímiles (generalmente emparentados con algún tipo de superstición), se presentan como crónicas de hechos reales sucedidos en la actualidad.” ¿Cómo conciliar entonces todos estos elementos? A saber, por medio de un adecuado tratamiento literario. Y es lo que hacen con acierto y destreza los jóvenes autores –rondan los veintitantos años la mayoría– aquí reunidos: combinar piezas de ficción con la recreación de hechos supuestamente reales basados en historias de dominio público. “¿Quién duerme bajo la cama?” (Iván Mourin) es la leyenda del Coco español llevada a su máximo horror y cruel desenlace. En “El teléfono” (David Jasso) se narran los extraños acontecimientos en el estudio de grabación de una pequeña radiodifusora de Zaragoza. “El loco del bisturí” (Ángel Villán) aborda un thriller acerca de un fantasma que ataca a mujeres en los vagones del suburbano de Madrid. Un enfermo mental convierte un fin de semana de dos amigas en una verdadera carnicería en “La masía” (Pedro l . López). “La Virgen de la Paloma” (Nuria c . Botey) cuenta la misteriosa historia de Susana, glorificada en el lienzo de un sencillo y humilde pintor. El terror se apropia paulatinamente de una altiva porquera, luego de retar a un mozo pastor, al intentar subir a lo más alto de la montaña y las fatales consecuencias que esto acarrea en “La estaca” (Anna Morgana Alabau). Mención aparte merece “Mariquilla” (Tony Jiménez), donde se refiere la sangrienta resolución de una muchacha ante la rigidez de su madre y la hambruna que azota a un mísero pueblo de la postguerra. Todas ellas historias espeluznantes •

Los cuentos siniestros, Kobo Abe, Eterna Cadencia Editora, Argentina, 2011.

Traducidos directamente del japonés por Ryukichi Terao, estos cuentos se publican en español por primera vez y dan fe de la calidad indiscutible de su autor, unánimemente considerado como uno de los tres más importantes narradores japoneses del siglo xx –los otros son los más conocidos Yukio Mishima y Kenzaburo Oe. Maestro de la palabra, Abe tiene esa capacidad envidiable para construir, en el marco exigentísimo del género cuentístico, mundos autosuficientes y plenos donde la circunstancia y el momento de la anécdota son trascendidos hasta alcanzar la universalidad. Siete piezas magníficas, que deben abrir el apetito lector por una literatura todavía muy mal conocida en esta mitad del mundo.

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arte y pensamiento ........

Francisco Torres Córdova

Ricardo Venegas ricardovenegas_2000@yahoo.com

Felipe Garrido

Una vez iba un rey a caballo, con los cortesanos y los soldados y los mendigos que siempre lo acompañaban. Y todos sus súbditos dejaban las casas para verlo y, a su paso, se arrodillaban, o se lanzaban de bruces al suelo porque decían que quien lo viera a la cara quedaría ciego. Todos menos un hombre que estaba comiendo un mango. El rey se detuvo y le preguntó por qué no se inclinaba. El hombre alzó la vista y dijo: –Majestad, todos se humillan cuando pasas porque aunque todos desean lo que tienes, temen tu poder y creen que a ti nadie te gobierna. Pero yo he visto que tú eres esclavo de tres dueñas: la ira, la ambición y la carne. La muchedumbre enmudeció, contuvo la respiración, y hubo algunos que dejaron escapar un suspiro de aprobación, o al menos de duda, así que el rey supo de inmediato lo que debía hacer y ordenó que ese hombre fuera colgado, con lo cual la paz volvió al reino. (De Las historias de san Barlaán para el príncipe Josafat.) •

Rogelio Guedea rguedea@hotmail.com

AL VUELO Filosofía del podador de árboles Un año fuera de casa y los árboles crecieron hasta tapar paisaje y sol. No hubo forma de detenerlos: sus ramas se extendieron en todas direcciones, enredándose en ramas más delgadas que las apresaban como nudos. Había que abrirle un agujero al cielo, las nubes y el mar al fondo. Cogí una pequeña sierra y una escalera y me impuse un orden estricto, de derecha a izquierda. Me metí entre el mogote de ramas y empecé a cortar una por una, como si cortara rabos de cebolla. Las ramas caían desde lo alto dando girones en el aire. No pasaron ni quince minutos cuando me di cuenta de que la forma en que lo estaba haciendo era agotadora: rama a ramita, ramita a rama. Entonces supe que bajando un poco la sierra y cortando en la raíz del tronco podía obtener, incluso, mejor resultado. Así lo hice. Pronto vi, al fondo, todo el cielo azul. En ocasiones uno tarda en comprender lo que ha escuchado cientos de veces: que los problemas (los desamores, la soledad, el odio mismo) hay que cortarlos desde la mera raíz para que no terminen sepultándonos a nosotros mismos. Ni a los otros. Y si esto lo hacemos con una sierra de doble filo: mejor •

Las encontradas sendas de Paz

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N UNA LEJANA CONFERENCIA sobre poesía contemporánea en la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, Víctor Hugo Piña Williams, poeta y ensayista de la generación de los ‘50, habló de las contradicciones de Octavio Paz:“uno de los poetas más mexicanos” en cuya obra conviven los opuestos, la poética de la conciliación de los contrarios. Con Las sendas perdidas de Octavio Paz (Ediciones Sin Nombre, 2013), de Evodio Escalante, hablar de quien fuera rector de la poesía mexicana renueva el ánimo de debatir sus aciertos y sus desatinos. Como en los sistemas totalitarios, lo que el maestro dijo es irrefutable; igual ocurre con la historia de México, a la que en todo momento seguimos desacralizando. El libro de Escalante es una compilación de puntos ciegos en los que es posible sorprender y ser sorprendido al descubrir a otro Paz, el del ninguneo, el primero –antes que Villaurrutia- en ser influenciado por el filósofo alemán Martin Heiddeger, hijo heredero que niega al padre, como lo dictaba su actitud al intentar excluir a Alfonso Reyes de la célebre Poesía en movimiento. Reyes, figura tutelar para Paz y uno de los más ambiciosos lectores que produjo una teoría poética decantada en El deslinde (1944), fue quizá el modelo que el autor de La estación violenta se propuso rebasar (para algo le serviría el hacha). Y algo similar sucederá con Neruda a la postre: la admiración de Paz al bardo chileno es indiscutible. En este itinerario crítico e impecable –y asimismo implacable-, Escalante reconoce (“la crítica también aplaude”, Reyes dixit) tres aportaciones ineludibles del Nobel de 1990:“una idea general de la tradición literaria como ‘tradición de la ruptura’”, la noción de poema: “En Los signos en rotación, en efecto, Paz concibe al poema como un conjunto de signos que giran alrededor de un centro virtual, de un sol que todavía no emerge”, así como “una idea del lenguaje y de sus lectores como auténticos productores del significado final”. Entre la amenidad y la ironía (¿cómo reaccionaría Paz al leer este libro?), Las sendas perdidas… consigna el capítulo “Los seis errores más comunes de Octavio Paz acerca de Villaurrutia y los Contemporáneos”. Un postulado a revisión dice: “Los contemporáneos fueron ‘cosmopolitas’ en materia de Arte”, a lo que el crítico infiere: “Totalmente válido si se trata del caso extremo de Cuesta, dudoso si se aplica a otros miembros de la generación. (…) Ortiz de Montellano era tan ‘cosmopilita’ que publicó varias recopilaciones de cuento indígena mexicano, incluyó nopales, cempasúchiles y guitarrones en varios de sus poemas, y hasta le compuso un corrido a Pancho Villa.” Los intereses de Paz con el surrealismo, su filiación con los románticos y los conflictos inherentes a la razón y sus límites, son temas de este ensayo que “busca situarse en un punto en el cual la admiración no está reñida con el disentimiento”, doble mérito del autor •

MONÓLOGOS COMPARTIDOS

Prudencia

ftorrescordova@gmail.com

BITÁCORA BIFRONTE

MENTIRAS TRANSPARENTES

7 de julio de 2013 • Número 957 • Jornada Semanal

Cosas

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L OBJETO PULIDO Y claro, de mecanismo simple y poderoso, articulado en mínimas palancas y goznes delicados que levantan el peso interminable de los días. La herramienta trivial, a veces tosca, otras minuciosa, hecha a mano para las manos que así las fortalece y multiplica, meditada con celo y ritmo su eficiencia, que va tramando con el uso una manera personal de cercanía, un modo peculiar de resolver los enredos y severos desafíos de sutil ingeniería con que llenan las horas sus rutinas. El utensilio labrado en la vocación esencial de la materia que lo forma –las arcillas y metales, las maderas, la llama y sus peldaños, el agua y sus múltiples engranes, el paño de los vientos– y entonces la desdobla, le da propósito y sentido, que es decir la dignidad de acierto y solución probada en la memoria. Por eso, en el vaso y la olla, el tenedor y la cuchara, el alfiler, la aguja y el dedal; en la cuchilla, el pedernal y la argolla; en el cántaro y la rueda o en el gancho y el mortero siempre tiembla el íntimo roce con la vida, y en esas cosas suyas el alma concentra la mirada, su comprensión atenta de los múltiples rigores que la turbia eternidad impone a los cuerpos en el mundo. Así nos encuentran las tijeras de hojas cortas y ojos grandes, el peine de finos dientes para largas cabelleras, el abrigo que nos guarda en el armario, los zapatos que caminan nuestros pasos, una cartera vieja y luida que no nos abandona, la pluma fuente antigua en el bolsillo del saco o la camisa o alerta entre las páginas de un libro; el reloj de cuerda, de manecillas blancas y oscuros números romanos y correa de cuero carcomido que prefería nuestro hermano, los lentes olvidados en una banca de jardín en un asilo, un pupitre o mesita de noche, la breve y frágil del reposo o la incesante noche de la ausencia ya cumplida. Esas cuantas cosas llanas, tan necesarias para andar entre nosotros sin tropiezos, que nos hacen menos vulnerables y más que nuestras somos suyos, ya para entonces una línea, un rasgo o un gesto suspendido de la criatura anhelante y confusa que vamos siendo en las edades, de la persona en que asientan y pulen la costumbre irremediable que tenemos de ser quienes somos solos cada uno, en silencio, por el lado ciego del espejo. Esos objetos simples, torneados sus contornos, desgastadas sus orillas, que son nuestra evidencia, un indicio o testimonio de tener o haber tenido un nombre y ciertos ritos cotidianos en la tibia inocencia de la vida. “No sólo me tocaron/ o los tocó mi mano/ sino que acompañaron/ de tal modo/ mi existencia/ que conmigo existieron/ y fueron para mí tan existentes/ que vivieron conmigo media vida/ y morirán conmigo media muerte”, dice Pablo Neruda (“Oda a las cosas”). Así el alcance y la humildad de su presencia y resonancia. Y porque son como somos, también así de contundentes y precisos sus peligros:“En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres” (“El puñal”, Jorge Luis Borges) •

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Jornada Semanal • Número 957 • 7 de julio de 2013

........ arte y pensamiento Miguel Ángel Quemain

Amanda Schmelz y Sandra Félix, teatro en casa

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OSE, DE MARTIN SHERMAN, es un monólogo que dirige Sandra Félix e interpreta Amanda Schmelz. Se presenta bajo una modalidad llamada Teatro en Casa, que depende de la confianza de alguien que presta un espacio doméstico para que unas veinte personas presencien un trabajo al que deben anotarse con la suficiente anticipación para que el montaje se realice. Rose tiene la posibilidad de disfrutarse desde miradores distintos. En uno de ellos es posible vislumbrar la historia de una mujer octogenaria que recapitula sobre su trayecto vital y selecciona las escenas más significativas de esa vida que un día abandona la infancia, amanece en su nuevo cuerpo adolescente, sexuado; que se confronta con el mundo moral, ético, social y cultural que empuja a tomar decisiones capitales que, a su vez, obligan a tomar en las manos la propia vida; al menos esa vida en la que algunas circunstancias históricas permiten construir la identidad de un individuo que se enamora, se casa, engendra, participa de un orden familiar y grupal y a quien, después, el paso del tiempo conduce hacia rutas impensadas, no siempre en las manos de quien las vive y que, en apariencia, debería ser capaz de tener cierto control sobre su posible futuro. En ese mirador, el transcurso a través de la historia del siglo xx permitirá a muchos espectadores saber que se trata de una mujer que estuvo de pie en el corazón mismo de varios paisajes que definieron dolorosamente a dicha centuria. Desde la revolución bolchevique al estalinismo; de una crisis económica y social de magnitudes tales que permitió el ascenso del autoritarismo en Europa, hasta la conflagración que dio como resultado el Estado de Israel; la Guerra fría, el macartismo, las revoluciones y las inde-

pendencias, los grandes cambios en el mundo, el advenimiento de la era de Acuario, el jipismo, la contracultura, el ‘68, el revisionismo postmoderno de los ochenta y los capitulares noventa, hasta la llegada de un nuevo siglo con sus previsiones apocalípticas. En el otro mirador están las interpretaciones (históricas, sociales, antropológicas, analíticas) sobre todos estos hechos que son enumerados a partir de una dramaturgia cuidadosa, precisa, cargada de estrategias retóricas que tienen como eje el humor sostenido en la parodia, la autocrítica, el contrapunto, la comparación, las oposiciones que caricaturizan al propio personaje, que se mira en un espejo sin concesiones y coloca bajo la lupa a una sociedad cada vez más desmemoriada, indiferente y sin compromiso con aquello que de histórico y político reclama su presente. Lo mismo sucede con el trabajo de Amanda Schmelz. Quien conoce su trayectoria desde fines de los ochenta, sabe de su filiación por el cabaret, de su trabajo con Jesusa Rodríguez, sus múltiples asistencias de dirección, su especialidad en maquillaje y su habilidad para recoger y resignificar objetos; sabe de eso y, también, de su vitalidad y profunda humildad. Un espectador más enterado puede disfrutar este producto de gran belleza, así como la paciente elaboración de un actor entrenado que ha recorrido desde distintos miradores el proceso teatral. Amanda le da vida a un personaje pleno de matices en un concierto gestual, tonal, que tiene encima décadas y décadas de recuerdos, reflexiones, culpas, enojos y placeres. Su estupenda actuación hace pensar que el personaje habla en un estado de flotación y de libre asociación; sin embargo, el texto de Sherman es un alegato ético y no una expresión del puro psiquismo.

LA OTRA ESCENA quemainmx@gmail.com

A ese recorrido se suma el compromiso y la sutileza de Sandra Félix en la dirección, con una trayectoria de gran compromiso e inteligencia. Félix es una directora que no se arredra frente al trazo, la adaptación y el abordaje de textos literarios que exigen del director una revisión dramatúrgica. Esta visión se extiende hasta Exilios, montaje riguroso integrado por seis historias que indagan en las fronteras internas y externas a las que estamos sometidos cuando nos negamos a reconocer la existencia del otro. Sobre una banca y apoyada bajo una luz, Rose modela sus gestos, su cuerpo controlado y suave, durante casi tres horas que se deslizan sobre un diapasón emocional que reconoce un mundo repetitivo, estereotipado e injusto, pero que cede frente al orden personal del deseo y de la voluntad. Habrá funciones el próximo 8 y 21 de julio, a las 19 y las 12 horas, en Mixcoac y Tlalpan, respectivamente. Informes y reservaciones al correo laschmelz@gmail.com •

Foto:cortesía de www.liarueda.com

BEMOL SOSTENIDO Alonso Arreola

Cinco pendientes y un baterista Algo que nos da gusto –y que nos causa angustia– es la cantidad de discos que llegan a nuestra casa, provenientes de muy diversos y generosos músicos. Apilados a un lado de la computadora que recibe estas palabras, todos esperan el momento de vivir en el aire y convertirse en ideas –siempre torpes– que los acerquen a posibles melómanos. Hay de todo. Bandas de rock indepediente, proyectos de música mexicana, de jazz experimental y clásico, de electrónica y contemporánea. Desde ya les agradecemos a quienes nos eligen para amplificar su creatividad, y nos disculpamos con aquellos que no oirán nuestro eco. Es imposible lograrlo con todos. Dicho esto, aquí seis recomendaciones, buenas para la curiosidad dominical. Soñé que dormía, de Alfredo Sánchez. Miembro de El Personal, banda señera del rock tapatío, este tecladista, guitarrista y compositor es de los que dan pasos espaciados, pero seguros. Quince temas componen un álbum en Arriba: Gustavo Cortiñas

el que se da el lujo de invitar a la “crema y nata” de la tierra donde vive (colegas de La Cuca, Volcán, Troker y solistas como Sara Valenzuela y Helena San, su hija), quienes nutren un discurso diáfano cuyas obvias influencias (Beatles, Dylan, entre muchos más) no hacen sino facilitar la degustación de su inteligente y bien medida lírica: “Envidio secretamente tu elocuencia/ Quisiera tener tu chispa para hablar/ Anhelo medianamente la sapiencia/ De poner cada palabra en su lugar.” Disfrutable por donde se le agarre, valioso por donde se le juzgue. Y más con un tequila. Hermandad, Cabezas de Cera. Banda emblemática del progresivo mexicano, la de los hermanos Sotelo sigue en pie tras su cambio de alineación, lo que ocasionó una nueva tímbrica y postura estética. Hoy Francisco y Mauricio se concentran a fondo en sus especialidades: instrumentos de cuerda y percusión (casi todos hechos de metal), así como el Chapman Stick. Mucha improvisación y creación de texturas, pero con gran manejo dinámico, polirritmias de perfil afro y escalas que coquetean con India y el Lejano Oriente. En general posee un lenguaje ecuménico y alborozado, aunque de pronto se afecte con curiosos caprichos distorsionados. Como siempre: gran imaginería, buena interpretación y un muy original empaque. Para escucharse comiendo curry. Chocolate Smoke Gang, csg . Proyecto creado por el contrabajista Carlos Torreón Maldonado (también miembro de Los Dorados), lo aplaudimos por tres conceptos que fundan su discurso: a) una dotación instrumental de “doble grupo simultáneo” (dos baterías y dos bajos más piano, viola, clarinete y sax tenor); b) su apuesta por una improvisación libre que nace y aterriza en marcos bien acotados y c) la calidad de sus melodías e interpretaciones grabadas en vivo. Un ejercicio de alto compromiso artístico y harta planeación logística que nutre de manera especial a nuestro jazz. Funciona contra unos churros (claro que de azúcar).

@LabAlonso

Volcán, Volcán. Este es unos de los grupos más contundentes no sólo del rock guadalajareño, sino de México. Se trata de una erupción clásica a dos guitarras, bajo y batería coronada por una de nuestras mejores voces (Ugo Rodríguez). Bastan los dos minutos cincuenta y cuatro segundos de “Trampa”, su pieza inaugural, para asentir con la cabeza, arquear las cejas y hundirse en una satisfacción continua. Como reza su letra:“Trampa de atracción, certero el aguijón” de este debut con doce canciones filosas, enojadas… y con queso. Vikorg, Señor Loop. Banda panameña, Señor Loop es epítome de lo cool. No es gratuito que crezca en el continente. Funky, latina, sabrosa, toma lo más efectivo de géneros disímbolos para lograr un coctel por el que sus invitados –lectora, lector– le darán las gracias en una reunión. No hay pierde: bailarán, cantarán, escucharán, gozarán... Eso sí, por momentos su hacer le parecerá demasiado ligero, pero eso también se agradece cuando va saliendo o muriendo el sol, ¿cierto? Finalmente, llamó nuestra atención el mensaje que Gustavo Cortiñas estableció vía correo electrónico. Es un baterista mexicano avecindado en Chicago, ciudad en donde estudia una maestría y a la que llegó tras terminar la licenciatura de jazz en Nueva Orleáns, que durante julio se presentará dieciocho veces en muy diferentes espacios de Ciudad de México y Chiapas. De El Convite (viernes 5) y el Film Club Café (domingo 7) al Festival Espontáneo de San Cristóbal de las Casas (jueves 18), pasando por el Centro Cultural España (miércoles 10) y el Zinco Jazz Club (sábado 13), son múltiples las oportunidades para escuchar a un coterráneo del que nos podemos enorgullecer. Viene presentando su primer disco como solista, Snapshot, en el que graban ejecutantes notables de la escena estadunidense. Para que se anime a coincidir con él, puede escuchar su obra en www.gustavocortinasmusic.com. Buen domingo, buena semana •


arte y pensamiento ........

7 de julio de 2013 • Número 957 • Jornada Semanal

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Jorge Moch

Verónica Murguía

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ACE ALGUNOS AÑOS TUVE la suerte de vivir frente al parque de San Lorenzo, en la colonia del Valle. Todo era perfecto: el edificio, los vecinos, la vista. Los basureros, ay, escaseaban, aunque sí había algunos para el uso exclusivo de los paseantes. Para los vecinos estaba el camión de la basura. Era un vehículo feísimo e hilarante, adornado con cabezas de muñecas, osos de peluche enlodados y pósters de muchachas encueradas. Anunciaba su presencia con el repicar de la campana y llegaba arrastrando triunfalmente una bolsa colosal destinada dizque –eso reza un letrero en inglés impreso en el frente– al transporte de cacahuates, pero que en el df se llena de basura heterogénea y apestosa. Lo malo del camión, si descontamos la fragancia mareante que exhalaba, era el horario: siempre distinto. A veces llegaba tempranísimo y todos salíamos enfundados en el uniforme del chilango desmañanado: piyama, tenis, un súeter, pelos parados y cara de extravío. Otras, muchas, llegaba cuando ya nos habíamos ido a trabajar. Entonces, cuando caía la noche, los vecinos salíamos con nuestras bolsas y al amparo de la oscuridad tirábamos la basura en un contenedor enorme ubicado cerca del atrio de la iglesia. A mí me remordía la conciencia cuando dejábamos la basura allí, ya que a unos pocos metros había una lápida y me parecía un poco sacrílego que le cayeran cáscaras de plátano o posos de café. Pero preferíamos hacer eso a llenar hasta los bordes los pequeños basureros destinados al detritus festivo de los visitantes del parque. Nos íbamos felices a dormir, ya que como dice un precioso cuento de Jazmina Barrera, pocas cosas lo hacen sentir a uno tan ligero y libre como tirar la basura. Pero sucedió que la delegación determinó que ya no se podía usar el contenedor más que para la hojarasca. Los mismos policías que jugaban básquet mientras los vecinos paseábamos entre los setos y que al vernos daban las buenas noches, se convirtieron en los celosos guardianes del contenedor. Y llegó la noche fatal en la que amenazaron con conducir a la señora del 4 a la delegación si dejaba allí sus bolsas: –Pero, poli, entienda por favor: ¿dónde la voy a tirar si no es aquí? Cuando llega el camión yo ya me fui a llevar a los niños a la escuela. –Yo no sé, señora, pero aquí no se puede. –¿Qué quiere que haga? –Pues no sé, nada señora, pero aquí no la puede dejar. Son órdenes. Luego a quien regañan es a mí… –Pues yo la dejo aquí. (Patada en el suelo.) –Y yo me la llevo a usted a la delegación. ¡Pareja! –gritó el poli, llamando a su compañero. Se acabó la armonía. Comenzó la etapa conocida en la his-

toria de mi matrimonio como la “persecución del camión”. Consistió en ir con las bolsas de basura a dar vueltas por la colonia hasta descubrirlo. Si estaban recogiendo basura en otra zona, les dábamos las bolsas, las gracias y una propina con la expresión arrobada de quien obtiene un don. Suelo quejarme de quien tira la basura en la calle. Pero no hay botes y por eso las cabinas telefónicas están rebosantes de botes de Frutsi, chicles masticados y porquerías varias. No sé si el jefe de gobierno ha pensado en la cantidad de dinero que se ahorraría la ciudad si hubiera basureros. En primer lugar, no se taparían las coladeras y no habría tantas inundaciones, lo cual le ahorraría a la Unidad Tormenta mucho trabajo. En segundo, no veríamos por todas partes las artísticas instalaciones de bolsitas llenas de caca de perro que afean el universo. En tercero, la comida que se vende en las banquetas estaría menos contaminada, hecho que se traduciría en menos enfermedades y menos hospitales públicos rebosantes de gente con diarrea. Y ya que estamos en esto, creo que se deberían instalar baños públicos eficientes por toda la ciudad. Baños vigilados, bien iluminados, limpios. A dos pesos la entrada. Darían empleo a muchos, alivio a la mayoría y una sensación de dignidad a todo el mundo. Se acabarían las botellas de refresco llenas de pis, el fecalismo humano, el pañal hecho bola sobre la banca del parque. Cada vez que me entero de un cochupo delegacional, pienso: nuestros impuestos deberían servirnos a nosotros, no a ellos. ¡No hay botes de basura! ¡Contenedores! Mientras, los capitalinos van con el vaso de unicel, la envoltura de las papas o la cajetilla vacía pensando cómo abandonarla sin ser muy obvio. Y apretando el paso para llegar al próximo Sanborns y entrar en el baño •

Útiles villanos Había llegado el día de la ira y yo fui barrido, con

los otros, seguramente debido a mis pecados. El agua envenenada. Fernando Benítez

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A SOCIEDAD MEXICANA, DÚCTIL y maleable a los dictados de la comodidad histórica que supone el estamento burgués, siempre ha tenido en la disidencia el personaje ideal en que depositar recelo. Los grandes poderes fácticos –muchos grandes empresarios, los banqueros, los ministros de culto, el rancio abolengo que se edificó sobre la barbarie, la explotación y la injusticia– que invariablemente, con o sin sutileza jalan los hilos al poder político, siempre han sido enemigos de la raya en el agua, de los levantiscos, los retobones, los inconformes, los que todo critican y peor, los que se atreven: a contestar, a defender, a alzarse. Las abismales, injustas brechas en la distribución de la riqueza han sido, vaya perogrullada, los motores del descontento. La mecha que muchas veces prendió el polvorín fue, en lugar del diálogo, de la aceptación de tanta infamante desigualdad, de la vocación genuina de servicio público para mejorar las condiciones en que siempre han sobrevivido a contracorriente vastos sectores de la población, la represión. El gobierno, gran actor, es un experimentado manipulador ambidiestro: con mucha mano izquierda pone la mesa para dialogar mientras con la derecha de gorila empuña macana, picana y fusil. La estupidez del sistema político mexicano demuestra ser cíclica. Una y otra vez, durante la historia de la nación, la desigualdad genera protesta y descontento que casi siempre terminan acalladas con fuerza, violencia y hasta brutalidad asesina. Los medios tradicionalmente sumisos y cobardes suelen convertirse en los más ruines turiferarios de ese quehacer represor e inescrupuloso. Callan, aunque suelen conocerlas al detalle, porque en no pocas ocasiones ellos mismos, los medios, sus poderosos propietarios ayudaron a amasarlas, las inconmensurables fortunas que se sirven los funcionarios supuestamente públicos con argucias que sangran al erario, desde el presidente de la República hasta el policía de crucero. Donde ayer se arrastraba la prensa escrita (buena parte de la cual se sigue arrastrando hoy) reptan ahora los medios masivos, pero ninguno en servilismo abyecto como las televisoras (Televisa, tv Azteca y también, proporcionalmente a su infinitesimal estatura periodística, Cadena Tres, del sempiterno corifeo –y beneficiario– del gobierno en turno que es Olegario Vázquez Raña, el que envileció a Excélsior), dando lastimera sustancia a ese brillante silogismo de Carlos Monsiváis en Los rituales del caos: “Más allá de las apariencias sólo hay apariencias, y el mundo es una sucesión de fachadas, la eterna victoria de los exteriores sobre los interiores, de lo que se ve sobre lo que se sabe o intuye.” México es una fachada de relativa tranquilidad para seducir a la especulación financiera: un apetitoso filón para las voraces trasnacionales, pero en realidad un país cruzado de territorios broncos, con regiones donde no hay gobierno,

Genaro Vázquez

sino comités de autodefensa ante la ineptitud y la complicidad de los funcionarios de todos los niveles. Acabamos de ver hace unos días, otra vez, a la disidencia magisterial, que ahora en Chiapas, en medio de un proceso quizá más próximo que otros procesos públicos a una decisión democrática, de mayorías, ser atacada para que no fuese a cambiar de manos el sindicalismo magisterial, de las marionetas del gobierno a las de los maestros disidentes. En lugar de respeto al proceso interno de las elecciones del sindicato magisterial, incursión policíaca, agentes vestidos de civil en función de provocadores de desmanes con que justificar la carga brutal, las contusiones, los descalabros y, el fin perseguido, las detenciones. Reventar un proceso democrático de elección es especialidad de los gobiernos mexicanos, sobre todo de los surgidos del odioso pri. Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, míticos guerrilleros odiados por los estamentos del poder pero amados por multitudinarias bases sociales, fueron maestros disidentes a los que en lugar del diálogo se les respondió con persecución, violencia, cárcel y, desde luego, denuestos públicos repetidos hasta el hartazgo por los medios cortesanos. Parece que, en materia de magisterio, verdaderamente nunca aprendimos nada. Como que, por ejemplo, la cancelación del diálogo, la imposición de la injusticia y el caciquismo cerril no sirven más que para orillar a la desesperación. Y que la desesperación ahoga el escrúpulo. Y que sin escrúpulo no hay contención. Y que cuando no hay contención, pero la gente se organiza, se fraguan los peores baños de sangre •

CABEZALCUBO

Mi reino por un basurero

LAS RAYAS DE LA CEBRA

tumbaburros@yahoo.com Twitter: @JorgeMoch


15 Jornada Semanal • Número 957 • 7 de julio de 2013

........ arte y pensamiento

Rodolfo Alonso

Luis Tovar

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O ES DIFÍCIL AMAR a Giacomo Leopardi. Y no sólo por la tocante y temblorosa precisión de su poesía, de sus Canti indelebles, sino también –además– por el hombre que allí se nos revela. Aunque leer ese espléndido logro de una cultura y una lengua, a la altura de la mejor poesía europea, suele hacernos olvidar tanto la identidad nacional que convocó a construir, como el flagrante patetismo de su biografía. Porque el desdichado hijo del conde Monaldo y de la marquesa Adelaida Antici, nacido en Recanati el 29 de junio de 1798, no sólo arrastraba un cuerpo contrahecho y predestinado para la desgracia, sino que murió realmente joven, poco antes de cumplir los treinta y nueve años, el 14 de junio de 1837, en el refugio que le había ofrecido en Nápoles uno de sus pocos amigos, el fiel Antonio Ranieri. Pero aquella fragilidad quizás era sólo aparente. Decidido negador de un supuesto dualismo, su lucidísimo espíritu se aferraba a ese único cuerpo que (a pesar de todo) le daba el mundo. Y en una parábola ejemplar, fue capaz de ofrecernos –y ofrecerse–, con su altísima poesía, una evidencia latente de verdad y belleza. Pero no sólo eso. Durante buena parte de su existencia fue apuntando en el Zibaldone que, comenzado en el verano de 1817 abandona en el invierno de 1832, es mucho más que un diario de vida o un anotador de reflexiones. Con esa casi despiadada lucidez que el genio italiano guarda para desconcertar a quienes se conforman apenas con postales para turistas, Leopardi erigió allí uno de los testimonios más desoladoramente veraces pero, también, una de las aventuras intelectuales más hondas y abiertas del pensamiento occidental, al que justamente esas páginas contribuyen a poder llamar moderno. “Jamás me he sentido tan vivo como al amar”, escribió (sin duda de forma luminosa) en una de sus primeras páginas. Pero también, más hacia el final: “Vivir sin uno mismo, disfrutar de algo sin uno mismo, es imposible.” Y si bien no es incierto que los hombres seamos “seres inevitable y esencialmente desdichados”, puede asimismo definirse “el amor a la vida” como “una parte, es decir una operación natural, del amor propio, que necesariamente ha de ser amor de la existencia propia, salvo cuando esta existencia se ha convertido en una pena.” Porque si la enfermedad de pensar, o sea la razón, nos impide ser como niños o como primitivos, pura acción e instinto, nos impide el

feliz estado de naturaleza –pero no sólo el que imaginó Rousseau–, las últimas energías que pueden inclinarnos aún hacia la vida no pueden provenir sino de grandes ilusiones, capaces de arrancarnos al letal resplandor de la verdad, a la insaciable avidez de la nada. Esas mismas ilusiones que Leopardi percibe (al menos inicialmente) en la matriz de muchas grandes religiones y de muchos grandes movimientos. Antes que Baudelaire, que Nietzsche, que Hegel, antes que Freud o el existencialismo, antes que tantos antropólogos o lingüistas de fines de siglo, Giacomo Leopardi se enfrentó con lucidez extrema, por experiencia propia, con las cuestiones clave del hombre definitivamente moderno. Aquel que no es, por supuesto, apenas una hoja de calendario. Aquel que bien hubiera podido reiterar, junto con el insospechado San Agustín (354430) eras antes, que Mihi quaestio factus sum, es decir: “He llegado a ser un problema para mí mismo.” Y lo que es más maravilloso y significativo, este pensamiento de Leopardi, como ocurría cuando aquellos bienaventurados presocráticos que fueron Heráclito, Zenón o Parménides, sabían que no puede escindirse al fuego de su calor ni de su llama, no necesitó profesionalizarse como filósofo ni mucho menos apagar su poesía para intentar racionalizarse en un sistema. Evidencia de uno de los momentos más altos de nuestra condición, reflexión sobre la desdicha y la aventurada ventura que nos hace hombres, el Zibaldone bien puede relumbrar (aun con luz negra) junto al inmarcesible resplandor vivo de los Canti. •

Tintero es limbo (ii y última)

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ECÍA UNA QUERIDA LECTORA que para hablar del cine mexicano que no se ha exhibido “haría falta una enciclopedia, y de diez tomos”. Quizá no tantos, pero en el asunto de fondo le asiste toda la razón: son muchas, demasiadas, las películas producidas en tiempos recientes a las que sólo ha tenido acceso un público excesivamente pequeño, diríase marginal, como es el de los festivales. Si la cifra es alarmante –sesenta y un filmes en cinco años–, más grave aún es el hecho de que tal ausencia involuntaria en las pantallas es producto de un batiburrillo exasperante de leyes que no se cumplen a cabalidad, inercias más propias de mercenarios que de empresarios, hábitos de consumo inducidos y, por sobre todas las cosas, el ramplón, pedestre, omnipotente, coprofílico, sacrosanto y, para Mediomundo, incuestionable afán de ganancias monetarias. Parafraseando a Don Quijote,

No hay nadie…

aquí bien cabría decir –o que el cine mexicano diga–: “con la rentabilidad hemos topado…”

Fuego que te deja frío Un solo minuto hace que Fogo (2012) exceda la hora de duración, de modo que, con arreglo a cierto criterio, se trataría de un mediometraje y no de un largo. El asunto es que, a contrapelo de su brevedad, no resulta nada sencillo mantener en la butaca, a la hora de verla, ni la misma postura ni atención pareja ni, por desgracia, el natural interés y la expectativa que prácticamente toda película concita en los momentos de su arranque. Como bien lo sabe quien antes haya puesto sus ojos en esta columna, este ponepuntos no es de ningún modo detractor del fraseo cinematográfico de largo aliento; del ritmo pausado a la hora de editar; de la calma e incluso la morosidad con la que algunos directores discurren la mirada por su encuadre; de la demora intencional que va soltando poco a poco la prenda narrativa en lugar de ir a todo trapo, descerrajándola… En síntesis, no reprocha ni muchísimo menos –más bien al contrario– la existencia de un cine indispensable para oponerle algo al menos a la histeria vestida de prisa; al abarrocado burdo que se quiere riqueza pero sólo es amontonamiento sin armonía posible; al vértigo montajista que, lejos de dinamizar, nada más fragmenta y hasta pulveriza una trama… Nada, pues, en contra de aquello que los facilistas de cierta crítica quieren englobar invariablemente bajo ese concepto multiusos, abollado y cada vez más carente de real sentido, es decir, “contemplativo”. Sin embargo, eso no significa que toda cinta cercana o definitivamente concebida desde tal perspectiva contenga aquello que tanto ese tipo de cine como el otro, el que está en las antípodas, están obligados a suscitar: dicho citando a un clásico, en arte todo se vale, salvo aburrir…

Por ahí van los problemas que presenta éste, el segundo largometraje de Yulene Olaizola –antes filmó Paraísos artificiales (2011) y más antes el documental Intimidades de Shakespeare y Victor Hugo (2008)–: sus pescadores que no pescan, muy poco hablan y aún más poco se desplazan, bien pronto liquidan las posibilidades dramáticas de su espacio abierto/cerrado y, con ello, liquidan también el interés de quien los ve, literalmente, haciendo nada, lo cual no necesariamente sería una falla en términos guionísticos, siempre que la “acción” hubiera sido trasladada del ámbito físico al psicológico y emocional. En ausencia de un conflicto interno bien perceptible, llevado de un alfa a un omega –cosa que no sucede nunca, en cuyo lugar hay algo así como un estancamiento idéntico al que los personajes experimentan en términos geográficos–, y en presencia de un conflicto externo que luce diluido a consecuencia de tanta identidad paisajista y tanto circunloquio icónico, por decirlo de algún modo, Fogo da la sensación de durar el doble, pero sin densidad y sin verdadera miga.

Cine nini Haroldo Fajardo escribió, dirigió y editó No hay nadie allá afuera (2012), otro filme igualmente económico en su duración de sesenta y dos minutos y medio. Con eso bastó para contar la escasez de una trama que con trabajos amerita ser así llamada: la de un chavo que cumple a la perfección lo que debe tenerse para ser considerado nini –ni estudia ni trabaja, para quien ignore qué cosa significa–, que anda por ahí rumiando cuitas de amor no correspondido y tocando –horrorosamente– canciones de rock en compañía de su bandita local. Cine nini: ni trama ni personajes ni anécdota sólida ni principio ni final que lo parezcan, para una película que, modificando un poco el sambenito, puede ser llamada contemplable, si se le añade el prefijo “anti”. •

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No es difícil amar a Leopardi

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ensayo

L

a editorial Ficticia, la más innovadora en las propuesta narrativas actuales, ha tenido el buen tino de publicar, en colaboración con la Universidad Autónoma de Nuevo León y el Conaculta- inba , los dos volúmenes de Los narradores ante el público, libros editados hace ya casi cincuenta años por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Joaquín Mortiz, que sólo se podían conseguir buceando en las librerías de viejo y se habían vuelto verdaderas joyas bibliográficas. Son fuente inagotable de información de la narrativa que se escribía por aquellos años y, haciendo un ejercicio comparativo entre lo que se dijo entonces y lo que se cumplió en las décadas siguientes, se pueden encontrar lecciones muy interesantes. En sus páginas se encuentran testimonios de escritores que en aquellos años ya frisaban la cincuentena, como Jorge López Páez o Ricardo Garibay‒ o los sesenta –Revueltas, Solana‒ hasta las entonces jóvenes promesas –José de la Colina, José Emilio Pacheco‒, desde autores ya para entonces ‒1965‒ clásicos y con su obra prácticamente concluida –Rulfo, Arreola‒ hasta los bisoños, como Gustavo Sainz y Beatriz Espejo. También Sergio Galindo, Guadalupe Dueñas, Edmundo Valadés, Salvador Reyes Nevares, nos hablan de sus proyectos y comentan retrospectivamente sus libros ya publicados. Tal vez algunas de las cosas más interesantes que nos transmita la publicación hoy es la desaparición de algunos nombres que en aquel momento llamaban la atención –de otra manera no se les habría invitado al ciclo. Por ejemplo, en la primera serie me pregunto quiénes serán Rubén Marín (1910) y Raquel Banda Farfán, y en el segundo, Irma Sabina Sepúlveda. En tiempos de internet recurro a los buscadores. Del primero encuentro mucha información de un senador argentino homónimo, y en algunos portales a la venta dos libros, En el hueco del pecho (1965) y Los otros días (1963), publicados por la editorial Jus. De Raquel Banda algo

7 de julio de 2013 • Número 957 • Jornada Semanal

más, que es de San Luis Potosí, donde nació en 1928, ensayista y narradora, entre sus libros l a s n o v e l a s Va l l e v e r d e y C u e s t a a b a j o , y varios libros de cuentos. Y anoto, para no olvidar, que debo consultar la antología de literatura potosina de David Ojeda. De la última, que es de Nuevo León y que nació en 1935. No se consignan fechas de muerte, lo cual parece indicar que probablemente están vivas. Si bien el desconocimiento de estos autores se puede achacar a mi ignorancia, es más probable que su literatura haya perdido el favor del público y los editores y que ya no siguieran escribiendo. Lo curioso es que sus intervenciones en el ciclo del cual los libros dan cuenta siguen siendo bastante interesantes. Otra vía de entrada al libro es pensar en la actualidad de los autores allí incluidos. La mayoría fallecieron ya, entre ellos autores centrales de las últimas décadas del siglo pasado – Garibay, Ibargüengoitia, García Ponce, Melo, Elizondo y, desde luego, Fuentes. Los que siguen vivos son López Páez (no hay que perderse su reciente ¡A huevo! Kuala Lumpur), Amparo Dávila, Tomás Mojarro, José Emilio Pacheco y José de la Colina, Beatriz Espejo y Gustavo Sainz. Sobre todo el que me parece más actual de los narradores mexicanos, un maestro del periodismo y extraordinario cuentista, Vicente Leñero. Ocho de treinta y tres. Más de veinte por ciento.

Los narradores ante el público José María Espinasa

De Leñero, ahora que cumplió ochenta años, hay mucho que decir. Su díptico reciente Gente así y Más gente así es una colección de relatos extraordinaria, pero merecen un texto aparte. La literatura es una carrera de larga distancia, aunque podamos admirar en su momento a quienes ganan los cien y doscientos metros. Y en ese maratón que se corre entre los diferentes autores, una de las sensaciones más generosas es la nostalgia. ¿El autor de Los mástiles y El solitario atlántico de hace cincuenta años es el mismo autor de ¡A huevo! Kuala Lumpur; es el mismo el autor de Los albañiles que el de Más gente así? Sí y no. Como crítico y lector me resulta fácil conectar la atmósfera de sus primeros libros con los más recientes. Me resulta en cambio más difícil reconstruir la época. Y Los narradores ante el público nos lo permite, en buena medida, por ser un retrato de aquellos años, pero también y sobre todo por serlo reflejado de los actuales. Hace poco un amigo me contaba que había encontrado entre sus cosas una agenda que le había hecho su madre con los teléfonos de sus amigos cuando se fue a estudiar fuera de México. Destacaba en la conversación dos cosas: la buena letra de su madre y que el listado era en su mayoría una lista de muertos. Y que había pesado más esto último y había echado a la basura la agenda casi como un exorcismo. La anécdota puede ser asimilada a Los narradores ante el público: la madre es el inba y la buena letra es la de la editorial Joaquín Mortiz ‒sólo que no se tira la agenda sino que se reedita, porque hay muy vivos en esos libros. Y es que el ciclo parece haber tenido entonces un sentido muy grande, puesto que aún lo tiene ahora, aunque cambie su condición. Desde aquellos años en que el narrador se sitúa frente al público –el significado de la palabra “ante” tiene, como señalan varios de ellos, una connotación de riesgo‒ lo que ha cambiado sobre todo es el concepto de público. Hace cincuenta años ese público designaba a un lector; hoy se ha contaminado con la idea de comprador, y lo que resulta curioso es que ese público-comprador no sólo lee menos, también compra menos comparativamente hablando. Es de suponer que el organizador del ciclo y compilador del libro, Antonio Acevedo Escobedo, invitó a lo que consideró mejor y más representativo de la época. ¿Cuál sería la nómina de invitados hoy a un ciclo similar? Y si se hiciera un libro similar, ¿tendría la misma vigencia y duración que éste? A la primera pregunta la respuesta es una enorme lista de posibles invitados, que irían desde el mencionado Leñero hasta narradores-poetas como Luis Jorge Bone. A la segunda creo que la respuesta sería: no. Ese cambio del concepto en la palabra público, condicionado por los medios masivos de comunicación, ha hecho un enorme daño a la literatura, pues impide que se forme, y por lo tanto, que se consolide un gusto. (Posdata: en los mismos años que se hicieron las primeras ediciones de estos libros se publicaron también dos tomos sobre Las revistas literarias de México. Valdría la pena reeditarlas también.) •

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