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11 de mayo de 2014 • Número 1001 • Jornada Semanal

bazar de asombros Ernesto Flores y sus poetas En marzo de 1995, cuando el funesto “error de diciembre” hacía sentir todos sus efectos, dio inicio la actual época de La Jornada Semanal, que este domingo llega a su número 1001. Nuestra casa editorial tuvo claro entonces, como sigue teniéndolo ahora, que las dificultades económicas no deben ser motivo para la cancelación de espacios de difusión y reflexión cultural, indispensables para la construcción de una sociedad capaz de superar cual-

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ace poco más de dos meses murió en su Guadalajara el poeta y ensayista Ernesto Flores. Originario de Santiago Ixcuintla, Nayarit, llegó muy joven a Guadalajara y la clara ciudad se apoderó de su ánimo y de su interés. Los nayaritas lo reconocieron como suyo –hace algunos años y, en un acto de homenaje, lo colocaron al lado de Amado Nervo y de Alí Chumacero. Ernesto publicó cuatro pequeños poemarios pues, como su paisano Alí, era partidario del ahorro de palabras y de la precisión expresiva. Publicó, además, varios libros de narraciones cortas y una buena cantidad de ensayos y de reseñas. Su poesía tiene como dato fundamental el cuidado de los adjetivos que, al ser novedosos, expresan la sensualidad o la angustia del poema. Sus narraciones breves tienen influencia de los sureños estadunidenses, pero también recibieron el aire puro de la prosa de Rulfo y Arreola.

quier tipo de problemática, ya sea económica, política, de reconstrucción del tejido social –tan deteriorado en estos días– o de cualquier otra índole. Con este número queremos agradecer a nuestra directora, Carmen Lira Saade, a cada uno de los jornaleros, pero sobre todo a nuestros lectores, las mil y una oportunida-

Foto tomada de: poetassigloveintiuno.blogspot

des que semana tras semana nos han dado para hacer de estas páginas culturales, como lo es La Jornada misma, un espacio colectivo de ideas en libertad. Comentarios y opiniones: jsemanal@jornada.com.mx

Ernesto fue, durante muchos años, el maestro de Literatura por antonomasia de la Universidad de Guadalajara. Fue un gran promotor de la lectura e inspiró la vocación literaria a muchos jóvenes escritores. Contagiaba su entusiasmo por la poesía a los estudiantes que lo recuerdan con afecto. Fue Ernesto un gran promotor y difusor de la cultura. Su amor por la música y las artes en ge­ neral lo llevó a promover las manifestaciones culturales en distintos centros e instituciones de Guadalajara y de Jalisco en general. Trabajó en la primera Casa de la Cultura que fundó Agustín Yá-

Hugo Gutiérrez Vega ñez, el gran escritor y, sin duda, el mejor gobernador que ha tenido Jalisco. Nuestro poeta fundó varias revistas y las sostuvo heroicamente a base de peticiones y de rogativas. Recuerdo que una de sus revistas se ti­ tulaba Esfera. Don Jaime Torres Bodet fue a Guada­ lajara a dar una conferencia y al terminarla hubo una pequeña reunión con escritores de la ciudad. Ernesto le entregó la revista y don Jaime empezó a especular sobre el título, diciendo que tal vez se refería a las esferas cósmicas o el cintilar de las constelaciones. Ernesto, tímido y agudo a la vez, le replicó: “No maestro, se llama así porque todos los del comité de redacción somos gordos” y, efectivamente, Ernesto, con su gordura a cuestas, fue uno de los principales promotores culturales de la clara ciudad. Tuvo la fortuna de casarse con la excelente pianista Carmen Peredo y de formar una hermosa y artística familia. Recuerdo el disco de Voz Viva de México que contiene la poesía de Francisco González León. Ernesto hizo la selección de poemas, yo escribí el prólogo, Hermilio Hernández compuso la música y Rosenda Monteros y el que esto escribe leímos los poemas. Tal vez lo mejor del disco, aparte de la excelente poesía de González León, es la interpretación musical de Carmen, compañera inseparable y talentosa de nuestro Ernesto. Ernesto dedicó la mayor parte de su vida a la investigación, el estudio y la compilación de la poesía de Francisco González León y de Alfredo r . Placencia; más de cuarenta años dedicó a esta tarea urgente para la poesía mexicana. Sus dos trabajos de compilación precedidos por un amplísimo prólogo producto de sus investigaciones, fueron publicados por el Fondo de Cultura Económica. El libro, que reúne la poesía del padre Placencia, fue recibido con simpatía, pero también con disgusto por parte de la curia, ya que Ernesto reivindica la figura de Placencia como gran poeta, buen sacerdote y ejemplar padre de familia. Ernesto se fue calladamente. Tal vez escuchó en sus últimos momentos la música del piano de Carmen Peredo, tal vez lo acompañó la música que Hermilio escribió para el disco de González León

jornadasem@jornada.com.mx

Directora General: Carmen Lira Saade, Director: Hugo Gutiérrez Vega, Jefe de Redacción: Luis Tovar, Edición: Francisco Torres Córdova, Aleyda Aguirre Rodríguez y Ricardo Yáñez, Coordinador de arte y diseño: Francisco García Noriega, Diseño Original: Marga Peña, Diseño de Columnas: J uan G abriel P uga , Iconografía: A rturo F uerte , Relaciones públicas: V erónica S ilva ; Tel. 5604 5520. Retoque Digital: A lejandro P avón , Publicidad: E va V argas y R ubén H inojosa , 5688 7591, 5688 7913 y 5688 8195. Correo electrónico: jsemanal@jornada.com.mx, Página web: www.jornada.unam.mx

Portada: Instantáneas de un viaje Collage de Marga Peña

La Jornada Semanal, suplemento semanal del periódico La Jornada, editado por Demos, Desarrollo de Medios, S.A. de CV; Av. Cuauh­témoc núm. 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, Delegación Benito Juárez, México, DF, Tel. 9183 0300. Impreso por Imprenta de Medios, SA de CV, Av. Cui­tláhuac núm. 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, México, DF, tel. 5355 6702, 5355 7794. Reserva al uso exclusivo del título La Jor­nada Semanal núm. 04-2003-081318015900-107, del 13 de agosto de 2003, otorgado por la Dirección General de Reserva de Derechos de Autor, INDAUTOR/ SEP. Prohibida la reproducción parcial o total del contenido de esta publicación, por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores. La redacción no responde por originales no solicitados ni sostiene correspondencia al respecto. Toda colaboración es responsabilidad de su autor. Títulos y subtítulos de la redacción.

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creación

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En la Lisboa de

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nvitados por la Casa de América y la embajada mexicana en Portugal, Jorge Valdés y yo asistimos a Lisboa para intervenir en el Día Mundial de la Poesía y participar en un acto de celebración por los 150 años de las relaciones México-Portugal. En ambas presentaciones nos acompañó, leyendo las traducciones, Nuno Júdice, poeta mayor. Coincidimos con Juan Manuel Roca, también invi­tado, quien presentó una antología de sus poemas traducidos al portugués (Los cinco entierros de Pessoa). Lisboa es la única capital que no conocía del occidente del continente europeo. Uno construye tantas veces en la imaginación una ciudad que el re­ sultado puede ser desilusionante. Resultó distinto. Desde el principio, junto a su gran belleza, me pareció que era la capital de América y Europa más habitable y humana. Al mirarla en su conjunto, desde distintos ángulos, me venía el verso de Álvaro Campos (Fernando Pessoa), cuando habla de la “vasta, irregular y multicolorida masa de casas”. Históricamente Europa parece haberse olvidado de Portugal y Portugal no mira demasiado a Europa. ¿Acaso el Pessoa de los años veinte no tenía como gran proyecto propagandístico que debían escribirse libros y fundar un periódico para destruir “los errores y colmar las lagunas de información que se tiene sobre Portugal” ¿No decía que Portugal vivía una “descategorización europea”? ¿No escribió para este fin en 1925 una rara y didáctica guía escrita en inglés dirigida al gran público, What the tourist should see (Lo que el turista debe ver), pero que sólo Maria Amélia Gomes la descubrió en 1988, entre miles de papeles, y se publicó cuatro años después? ¿No apuntaba que Portugal era visto en el extranjero como un “vago país pequeño, en algún lugar de Europa, el cual a veces se supone parte de España”? No puede soslayarse que Pessoa no dejó de ser en sus años lisboetas un férvido nacionalista y un imperialista nostálgico, y aun, en un folleto que publicó en 1928, un defensor que justificaba una dictadura militar en Portugal. Si una figura y un rostro se multiplican de muchísimas formas por Lisboa son los de Pessoa. Queriéndolo o no, da un sello característico a la ciudad. Si él se inventó en más de setenta heterónimos, como descubrió la minuciosa investigadora Teresa Rita Lopes, su rostro y su figura, que fueron únicos, se multiplican mucho más que los setenta y tantos heterónimos. Estos heterónimos, como mostró Teresa Rita en su libro (Pessoa per conhecer), dialogaban, comentaban y discutían por escrito entre sí. Un gran teatro hecho sobre la nada. Curiosamente en sus cartas o en sus dedicatorias Pessoa sólo firmaba Fernando, es decir, alguien que se vuelve nadie por no tener apellido. Nadie significa su apellido en francés, es decir, Personne. ¿Su única y breve novia Ofelia Queirós, no le escribió con buen humor en francés, en un sobre dirigido a él, Ferdinand Personne, es decir, envió una carta a Fernando Nadie? ¿No se lee en su carta de identidad de 1928 que Pessoa nació en Lisboa el 19 de junio de 1888, de profesión empleado de comercio, soltero, estatura 1.73 centímetros y de ojos castaños? ¿No parecen datos para una biografía sin persona o una comedia sin personaje?

Marco Antonio Campos

Fernando Pessoa El poeta en su calle, barrio de Chiado, Lisboa

En los espléndidos libros iconográficos y comentados de Joaquim Vieira y María José de Lancastre, ambos titulados Fernando Pessoa, es dable ver las fotografías del poeta, y en ninguna, luego de los dos años y medio, solo o con familiares, amigos y colegas, esboza la más ligera sonrisa. A veces su mirada se va, y otras, sólo parece mirar tristemente hacia el interior de sí mismo. A su casa, en Rua Coehlo da Rocha 16, hay que ir, no porque valga mucho la pena, sino porque es un ritual que debe cumplirse con escritores y artistas que fueron esenciales en nuestra vida. Una vez acompañé a Jorge Valdés y a su compañera, la poeta española Amalia Bautista, y otra a Juan Manuel Roca. En la fachada de la casa se reparten, como un juego colorido de escrituras, versos de Pessoa. Algunos parecen escogidos por quien no ha leído bien a Pessoa. Pessoa moró aquí, en el primer piso, los últimos quince años de su vida. Ahora, no sólo el primer piso, sino el edificio antiguo, es la Casa Pessoa. Remodelado, sin duda lo más interesante es su pequeño cuarto, pero en él, lo único que perteneció al poeta son la cómoda, que le servía de mesa donde escribió por muchos años, y una máquina de escribir que utilizaba en la compañía de comercio donde laboraba. Es sugerente ver una copia del arcón donde dejó más de 27 mil papeles y el lecho que parece pequeño para su altura. Mucho se logró con la remodelación: con todo el mobiliario el cuarto nos da la imagen de cómo fue alguna vez, o probablemente fue. Como Peter Altenberg, Ramón Gómez de la Serna o Juan Rulfo, Pessoa fue hombre de cafés. Los dos con los que más se le reconoce, son La Brazileira, en las alturas del Chiado, y el Martinho da Arcada, en la aireada y geométrica Plaza del Comercio. Ambos conservan algún dejo de sus glorias en las décadas de los veinte y los treinta. En fotografías de época se ven más vistosos de lo que ahora son. Como todo mundo sabe, en la te-

rraza de La Brazileira hay una estatua de Pessoa sentado, cruzada la pierna, que, como pasa con la gran mayoría de las estatuas, no se parece a la persona que fue o apenas se le parece. Eso no es escollo para que los turistas, entre los que me inscribo, hagan fila para sacarse fotografías a su lado. Al estar en La Brazileira, uno siente al menos que Pessoa estuvo allí, acudió a menudo y que sus pisadas quedaron en una memoria que nunca podrá verse. Enterrado primero en el cementerio, curiosamente llamado de los Placeres, se le volvió a enterrar bajo un túmulo, en el claustro del bellísimo monasterio de los Jerónimos en 1985, a cincuenta años de su muerte. Al ver el túmulo, me daba la impresión de que el cuerpo de Pessoa salía a diario del subsuelo, atravesaba el claustro y la iglesia, luego el Jardín del Imperio y se ponía a contemplar el Tajo desde la orilla. Vuelvo a ver las fotografías. Después de los cuarenta y cinco años, notoriamente envejecido, parece tener cosa de sesenta. Hospitalizado en el Hospital de San Luis de los Franceses el 28 de noviembre de 1935 a causa de “crisis de fiebre y dolores abdominales”, al día siguiente escribió aún en inglés, pensando en el enigma próximo: “I don’t know what bring tomorrow”, “No sé lo que mañana traiga”. Murió a las ocho de la noche del día 30. En un horóscopo había previsto que su gloria llegaría póstuma


ENSAYO

Undomingo

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a lasemana L

a nueva época de La Jornada Semanal, que comenzó en marzo de 1995, tuvo como primer director a nuestro querido Juan Villoro, cuya “desmedida ambición” con­ sistió, según consta en el editorial que inauguraba aquel primer número, en “agregarle motivos al domingo”. Así lo hizo, puntualmente, a lo largo de las primeras ciento sesenta y tres nuevas semanas, acompañado de un cuerpo de redacción compuesto por Ricardo Cayuela, Eduardo Hurtado y Carlos García-Tort (qepd). Fiel a sus orígenes, La Jornada Semanal seguía siendo dirigida por un intelectual de primera línea, y en la redacción no faltaba la muy conveniente hibridación del escritor que es periodista y al revés, así como la presencia –la de todos, en realidad– de editores de pura cepa. Cuando Juan decidió que sus firmes pasos de periodista cultural dejaran su impronta en otros senderos, comenzó a dirigir el suplemento el poeta, ensayista, diplomático, periodista, actor y catedrático Hugo Gutiérrez Vega, quien a la sazón volvía al país luego de una prolongada trayectoria diplomática. Lo acompañó, en esta nueva etapa de la nueva época, la igualmente querida Rosa Beltrán, catedrática, ensayista y narradora de prosapia, en calidad de subdirectora, y continuaron en la planilla Hurtado y García-Tort. Así se daba continuidad a un equipo de redacción conformado básicamente por oriundos de la llamada República de las Letras.

las páginas de la Triple Jornada, así como el también poeta Ricardo Yáñez, desde antes y hasta el día de hoy colaborador de la sección Cultura del diario.

La forma del fondo

Mención aparte merecen quienes se encargan de darle rostro, visualmente hablando, a la Semanal: destaca­ damente Marga Peña, quien desde el comienzo de la nueva época –entonces en compañía de José Luis Guzmán– no ha dejado, ni un solo domingo, de dar muestra de su capacidad y su sensibilidad como diseñadora. Actualmente con la colaboración de Juan Puga, el diseño editorial de cada número del suplemento es coordinado en sus líneas generales por Francisco García Noriega. Lo que nuestro cuerpo de diseñadores sabe y pone en práctica, semana tras semana, es que la forma y el fondo son, en última instancia, una y la misma cosa, especialmente tratándose de una publicación como ésta. Dicho en otras palabras, el diseño del suplemento ha

Cambiar para continuar Bajo la dirección de Hugo, generosa y horizontal a más no poder, el domingo no sólo siguió teniendo motivos sino los incrementó: los muchos mundos culturales que traía de su largo andar por el mundo pronto se convirtieron en nuevos temas y nuevos autores para el suplemento. En ese aliento, sistólico-diastólico, de ciclos y períodos que mezcla indisolublemente lo personal con lo profesional, más adelante Rosa Beltrán se despidió del proyecto para llevar su talento a otros espacios, como lo hicieron también Luis Zapata y los referidos Hurtado y García-Tort. Durante una tem­ porada, Villoro siguió presente bajo la figura de columnista, condición a la que accedieron, en algún momento, quienes antes fungían como editores. Prosiguieron, como lo siguen haciendo hasta la fecha, Verónica Silva en las relaciones públicas y Arturo Fuerte en la iconografía; se nos fue al recuerdo permanente la entrañable Rosario Bedolla, capturista de las-de-a-deveras; y llegaron al equipo editorial Luis Tovar, narrador y crítico de cine, Francisco Torres Córdova, poeta y traductor; Aleyda Aguirre, periodista de capacidad fraguada previamente en

Comienzo y conclusión Aunque algunas culturas siguen considerando que la semana comienza en el “día del señor”, “del sol” o “día uno”, desde hace unos años la norma internacional ISO estableció que en realidad comienza en lunes y concluye en domingo.

reflejado siempre un profundo respeto por el contenido que presenta, y es la materialización de algo que no es un mero plus sino condición sine qua non para cualquier medio cultural: investigación, conocimiento y, sobre todo, gusto por aquello que se está diseñando. Prueba de esto es el aspecto de todas y cada una de las miles de páginas que componen los mil y un números publicados hasta el día de hoy, pero sobre todo las portadas, casi en su totalidad obras originales, como se da testimonio en este número con la reproducción de algunas de las más memorables. En el espíritu de esa permanente innovación, descubrirá el lector algunos cambios con los que buscamos volver más fácil y agradable la lectura, e incluiremos un nuevo diseño para nuestro nombre. Así luce ahora, tanto en la versión impresa como en la cibernética, La Jornada Semanal


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Gustavo Ogarrio

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a sabemos que los suplementos culturales son un laboratorio de la literatura y un permanente ensayo editorial, en voz alta, de una política de la lectura. Los suplementos siempre han sido una especie de islas de palabras enigmáticas en las que todo puede suceder: las palabras ajenas se mezclan con los pensamientos propios bajo un pacto secreto que nunca sabemos cuándo ni en dónde va a estallar para difuminar, sellar y ampliar sus descubrimientos y asombros. La Jornada Semanal ha sido mi isla predilecta desde que la hojeaba en su formato de revista y cuando era dirigida por Roger Bartra. Tengo una memoria casi fotográfica de muchas de sus portadas, una intimidad casi milenaria con sus páginas. En aquellos días universitarios en los que descubría la radical alteridad de la lectura, La Jornada Semanal significaba la certeza de que, en esa intimidad del acto de leer, algo sucedería, algo que poco a poco, “sin prisa pero sin pausa”, modificaría el futuro de los mundos posibles. Mis primeras lecturas de La Jornada Semanal estaban poseídas por una curiosidad incurable y por un asombro desordenado, adolescente y furioso. En la lectura de sus páginas buscaba lo que muchas veces no existe en la vida inmediata: otras vidas, otras voces, otras interpretaciones, otros mundos. Gracias a Juan Villoro, quien también fue director del suplemento, un domingo de finales de 1997 realicé mi primera incursión en La Jornada Semanal con una breve crónica de rock. En 2003, gracias a Hugo Gutiérrez Vega, su actual director, y después de algunos años de nadar en las aguas turbulentas del periodismo en Michoacán, volví a las páginas de La Jornada Semanal. He intentado que mi ánimo de colaborador del suplemento no consiga anestesiar mi condición

Un lector, un suplemento de lector. Porque un lector siempre será el gran misterio de la literatura y garantiza que nadie tenga la última palabra sobre los textos y sobre la vida misma: invisible y anónimo, el lector completa críticamente el ensayo, el cuento, el poema o la crónica; le da realidad a esa política semanal de la lectura; al poder leerlo todo desde su condición de enigma, es la parte fundamental y verdadera en la historia de cualquier suplemento. He escrito en estas páginas sobre los temas que mi intuición de lector va imaginando, casi siempre al borde de la literatura y de la política, con una libertad plena, con una alegría casi desesperada y hasta con cierto furor de lector siempre incompleto. Un suplemento cultural es un informante de su propio tiempo histó­ rico. La Jornada Semanal, en este número mil uno (al igual que el diario La Jornada, que en este 2014 cumple treinta años), en su larga historia de informante, es también el testigo de las mil y un cabezas, de los mil y un textos en tiempos aciagos para la sociedad mexicana. Al igual que el arcano Macedonio Fernández en su novela Museo de la novela de la Eterna, o antinovela, como suelen referirse a ella muchos críticos literarios, me gustaría decir que La Jornada Semanal podría ser considerada también como “la obra en que el lector será por fin leído”

Juan Villoro y Hugo Gutiérrez Vega

Las lenguas del señor Domingo en español Dimanche en francés Domenica en italiano Kiriakí en griego Dimanco en esperanto Duminica en rumano Diumenge en catalán An domhnack en irlandés Domingu en asturiano Duménica en corso Harí minggu en indonesio Harí ahad en malayo


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Despuésdelnúmeromil Antonio Rodríguez Jiménez

El señor que no trabaja El significado de la palabra española “domingo” no es el mismo para todas las lenguas, sino sólo para los que comparten la etimología. En otros idiomas, el séptimo día se refiere al “día del sol”, al “día de no trabajar” o bien al “primer día” o “día uno”.

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a Jornada Semanal ha superado la barrera de los mil números de existencia, lo que me maravilla y me asombra en esta época en que se vive de espaldas a las humanidades en general y a la literatura en particular. Por eso quiero felicitar a sus respon­s ables, desde su director, el veterano poeta Hugo Gutiérrez Vega, así como al resto del excelente equipo tanto de redacción y diseño como a sus colaboradores, que son el alma del suplemento. También es necesario resaltar la sensibilidad de la directora general, Carmen Lira Saade, que hace posible la existencia de este impresionante cuaderno de dieciséis páginas que posee la capacidad –como un organismo vivo– de transmitir las diversas sensibilidades del mundo literario con una actualidad asombrosa. Es, pues, un milagro, y cuando hay un milagro es necesario canonizar a sus responsables. De modo que vayan pensando en hacerlo. Antes les voy a contar una historia, la de un suplemento cultural de una ciudad del sur de España. Se llama Cuadernos del Sur y se publica en Diario Córdoba, un periódico de una provincia de 800 mil habitantes, pero que ha supuesto la resistencia, pues por él se luchó a sangre y fuego, razón por la que sigue vivo después de veintiocho años de trayectoria. El que esto suscribe lo dirigió durante veintitrés años. La historia comienza en noviembre de 1986 con ocho páginas tamaño tabloide. Luego fueron aumentando hasta alcanzar las dieciséis y a veces las veinticuatro y en ocasiones las cincuenta y seis y hasta las cien. En principio logramos contagiar a los intelectuales cordobeses y, posteriormente, a los españoles en general, sin que faltaran colaboradores de otros países del mundo, incluidos mexicanos, argentinos, chilenos y europaneos. Lle­ gamos al número mil el 13 de noviembre de 2008 y ese día nos vestimos de gala y se publicaron cincuenta y seis

páginas con artículos de escritores muy conocidos (José Manuel Caballero Bonald, Antonio Gala, Pablo García Baena, Luis Alberto de Cuenca, Sánchez Dragó, José Luis Sampedro, Pere Gimferrer, etcétera). Aquella labor in­ grata, solitaria, amenazada a veces con su desaparición –pues sonaban los ecos de que la gente no leía ese tipo de suplementos y preferían los deportes, las finanzas o los chismes de fin de semana– nos desgastaba. Pero llegaron numerosos reconocimientos hasta que a Cuadernos del Sur le fue concedido el Premio Nacional al Fomento de la Lectura, que otorga el Ministerio de Cultura. En ese momento, a finales de 2009, decidí cortarme la coleta de reporte­r o-torero-cultural. A lo largo de todo este tiempo, el suplemento ha sido objeto de tesis doctorales y de estudios diversos. Hoy día, residiendo en México, cuando veo un suplemento literario de un periódico me derrito de placer y quiero escribir en él, ya sin los agobios de dirigirlo, pues aquella presión a veces era muy desgastante. El caso es que cuando vi este suplemento me recordó al mío –jamás fue mío, sino de todos los lectores– y me enamoré de él como un idiota que ama la literatura, que escribe poesía, narrativa, ensayo, artículos, reflexiones y que ya no puede vivir sin respirar las páginas de un periódico que emita actualidad literaria. Me maravilla ver La Jornada Semanal el domingo temprano en digital, pero como no puedo olerla me lanzo a la calle, busco un quiosco y compro el periódico, lo huelo y ya respiro tranquilo mientras lo releo en el Café París de Guadalajara, porque la tinta contiene un mágico oxí­ geno que me da vida. ¡Gracias a todos los que hacen posible que este su­ plemento se levante y salga a la calle cada domingo y enhorabuena por haber alcanzado el número 1001!

La Jornada

El uno, primer día Al-ahad en árabe Yom risón en hebreo Aratei en guaraní Yeksambe en persa


La cifra y el nombre de la idea

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alvo una muy breve temporada en la que llegó a veinte, la extensión de La Jornada Semanal ha sido siempre de dieciséis folios. Esto significa que desde el comienzo de esta época han sido publicadas al menos 16 mil 16 pá­ ginas, a razón de 832 anuales, es decir prácticamente setenta al mes. De acuerdo con el estándar editorial más usado, en función del cual un texto periodístico es medido en palabras y cada palabra, a su vez, tiene un promedio de siete caracteres, en este suplemento han sido escritas un mínimo de 15 mil palabras por número. Por consiguiente, en estos primeros mil y un números han sido dichas más de 15 millones de palabras. Variable de número a número, en correspondencia con los temas que se han abordado a lo largo de los últimos diecinueve años y dos meses, la cifra de ar­ tículos, ensayos, entrevistas, crónicas, poemas, cuentos, reseñas y columnas de crítica aparecidos en estas páginas no es menor a los 20 mil textos. Si bien la cantidad de autores corresponde a la cantidad de textos, muchos autores han publicado más de una vez; baste considerar al equipo de columnistas y reseñistas que número a número dan cuenta de la aparición de novedades editoriales, por un lado, y del estado de las cosas en gran número de disciplinas culturales, entre música, literatura, teatro, cine y artes visuales, así como en medios de comunicación como la televisión y las redes virtuales. En cualquier caso, la cifra de colaboradores se cuenta en miles y eso se debe sobre todo a la vocación inclusiva de la Semanal: para nosotros, la calidad de los tex­ tos es infinitamente más importante que el renombre, los premios obtenidos por este o aquel autor, el currículum o la presencia mediática conspicua. En consecuencia, es incontable la cantidad de reseñistas, articulistas, narradores y poetas que han visto en estas páginas su primer texto publicado; desde luego, sin desmedro de la presencia de quienes ocupan un reconocido lugar en el medio cultural. En otras palabras, hemos buscado el equilibrio entre la presencia de plumas insoslayables y la emergencia de las que, en un futuro, podrán sumarse a aquéllas. 20 mil autores exceden el espacio necesario y aquí disponible para mencionarlos a todos, y sería profundamente injusto mencionar cualquier cantidad de ellos por su nombre, dejando sin remedio fuera a la mayoría de quienes, más de 20 mil veces en conjunto, han enriquecido la propuesta editorial de este suplemento. Ellos, nuestros colaboradores, son la sangre misma de estas páginas: los que comenzaron, los que tras un período han optado por espacios distintos, los que con­ tinúan desde aquel entonces, los que han venido incorporándose, los actuales y los que habrán de venir más adelante. Sus nombres están en el trayecto miliunesco del suplemento, y ellos también saben que es a las ideas y a los temas, tanto más infinitos cuanto más voces participen en su análisis, reflexión y difusión, a lo que preponderantemente son dedicadas estas páginas. El principio rector es muy simple: las ideas siempre serán más relevantes que los nombres

El séptimo ocio: día de no trabajar Niedziela en polaco Nedéle en checo Nedelja en búlgaro y en serbio Nedel’a en esloveno Nedjelja en croata Nedilja en ucraniano


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D ía de sol … aunque esté nublado Raví-var en hindi Sonntag en alemán Nichiyobi en japonés Sunday en inglés Sondag en danés y en noruego Sondag en afrikaans Sunnuntai en finlandés Sunnudagur en islandés y feroés Dydd sul en galés Zondag en holandés Söndag en sueco Zúntik en yiddish Intichau en quechua Wan aa thit en tailandés

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Hace exactamente diecinueve años y dos meses, tras el período en el que presentó un formato y una extensión diferentes a los actuales, La Jornada Semanal comenzó lo que fue definido como su nueva época. Las dificultades económicas por las que el país entero atravesaba en aquel momento –gravísimas, producto del malhadado “error de diciembre”, aun hoy irremontables y, por desgracia, no muy diferentes a las complicacionesno sólo económicas de los días que corren– hicieron que La Jor­ nada Semanal volviera al formato tabloide de sus orígenes, cuando sus páginas fueron dirigidas, entre otros, por el inolvidable Fernando Benítez, creador de los suplementos culturales en México. En otras palabras, la conversión del formato de revista al actual significó la puesta en práctica de la voluntad firme de todos los jornaleros, en el sentido de impedir que las dificultades materiales dejaran a La Jornada –mejor dicho, a los lectores– sin suplemento cultural. Hasta entonces ha-

Lasmily un bían transcurrido diez años y medio desde la aparición del primer número del diario, y tanto éste como la Semanal tenían una presencia más que consolidada en un medio que, ni entonces ni jamás, debería darse el antilujo de perder un espacio para la libre expresión de las ideas. Así pues, convencida de su condición insustituible, y a diferencia de lo que suele suceder en los entornos pe­ riodísticos y editoriales cuando aparecen problemas económicos y, simultáneamente, un medio de comunicación es dirigido bajo criterios eminentemente comerciales, La Jornada no canceló estas páginas. En cambio, se adaptó a las duras condiciones que prevalecían y continuó brindándole al público lector una oferta cultural que antes, después y aun ahora, otros medios eliminan como primera opción cuando buscan “adelgazar” gastos, sin reparar en el hecho incontestable de que obrando así, a querer o no, conscientes o no, colaboran en la consolidación triste de una sociedad de suyo poco lectora, que sin suficientes propuestas culturales y con la disminución de las pocas existentes, no tiene más remedio que volverse aún menos lectora y, por consiguiente, más empobrecida.

o los que más adelante consagraremos a la memoria indeleble de Julio Cortázar y José Revueltas. Al mismo tiempo, estamos convencidos de que la naturaleza y la vocación invariablemente mantenidas por este suplemento lo convierten en una especie de Scheherezade de papel, cuyo actual desdoblamiento electrónico en sitio web y redes virtuales la vuelve, por lo tanto, una Scheherezade cibernética también. Es por esa razón que, en lugar del tradicional número mil, hemos querido mirar los pasos que hasta este momento hemos dado cuando tiene lugar el mil uno: a la manera

Semana de luna, domingo de sol La palabra “semana” proviene del latín septimana, que significa “siete días”. El origen de la cuenta semanal de los días tiene

Mil más una

que ver con el lapso aproximado que dura

Nacida al mismo tiempo que el diario, al que le debe mucho más que la existencia misma y del que forma parte confesa y entusiastamente orgullosa, el próximo mes de septiembre la Semanal también cumplirá sus primeros treinta años. El hecho es que, entre aquel ya distante 12 de marzo de 1995, cuando comenzó la época actual del suplemento, y este 11 de mayo de 2014, han transcurrido mil y una semanas: mil y un domingos, que es decir mil y un números de La Jornada Semanal. Sabemos que una suerte de ley no escrita, apoyada en el hábito decimal para llevar todo tipo de cuentas, hace que innumerables celebraciones se lleven a cabo en múltiplos de diez; pruebas de dicha costumbre son, por no ir más lejos en el tiempo, los números recientemente dedicados aquí al centenario de Octavio Paz, al de Efraín Huerta,

cada una de las cuatro fases de la luna – llena, menguante, creciente y nueva. La palabra “domingo”, por su parte y como es bien sabido, proviene asimismo del latín dominicus, que significa “señor”, en alusión a dios. Dies dominicus quiere decir “día del Señor”, aludiendo al génesis bíblico, según el cual dios “creó los cielos y la tierra durante seis días y descansó el séptimo”.


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nasemanas de Las mil y una noches, hoy rememoramos las mil y una semanas en las que La Jornada Semanal ha visto la luz, se ha encontrado con sus miles y decenas y cientos de miles de lectores –y un lector– y, como aquella contadora mítica que sabía engarzar uno con otro sus relatos, hemos hecho nuestro mejor esfuerzo por lograr que la atención del que oye a través de sus ojos no decaiga, sino al contrario: que quiera escuchar/leer más, que aguarde la aparición del siguiente número, que comparta el entusiasmo que nos mueve a proponerle un contenido diverso, múltiple, tan variopinto como el mundo mismo. Que sean, por consiguiente, mil y una semanas seguidas de otras mil y una, de nuevo a la manera de Scheherezade, quien sabía muy bien que su propia existencia dependía de dos presencias inexcusables: una mezcla perfectamente equilibrada de historias, de personajes, de temas y de talento para contar, y alguien que, del otro lado, estuviese ávido de disfrutar a la hora de saber, de recordar y de reflexionar. Sabemos que ese alguien ávido existe: desde hace mil y una semanas dialogamos con él cada semana. Esperamos haber sido hasta el momento, y seguir siendo, una buena Scheherezade para esos –mucho más de– mil lectores y un lector

Semanas largas, semanas cortas En el antiguo Egipto el año tenía una duración de 360 días, divididos en doce meses de treinta días, y a su vez los meses estaban divididos en tres semanas de diez días. En tiempos de César Augusto, el imperio romano contaba semanas de ocho días, pero el uso popular fue cambiándolas por las actuales de siete, costumbre que se oficializó en el año 321 de esta era, bajo el gobierno de Constantino el Grande. Triunfante, la Revolución francesa decidió que la semana duraba diez días, hasta que el decreto fue abolido por Napoleón. En tiempos de la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, entre 1929 y 1931, el “calendario revolucionario” estableció semanas de cinco días, con el propósito de eliminar los eminentemente religiosos sábado y domingo. Después, y hasta 1940, la semana contó seis días –cinco de trabajo por uno de descanso–, y a partir de ese año se volvió a la semana de siete.


leer Blanco Móvil, núm. 125, México, 2014.

NUESTRAS VIDAS Y LOS RÍOS ADRIANA GONZÁLEZ MATEOS

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asi casi se puede decir que la poesía en español empieza con los ríos, cuando Jorge Manrique escribe sus Coplas a la muerte de su padre y da con una afortunada metáfora: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir.” Esta imagen subraya la fugacidad de la vida al compararla con ese fluir incesante del agua de los ríos, que nunca para, y sigue corriendo siempre. Como en toda buena metáfora, podemos pasar un buen rato encontrando más y más razones por las que nuestras vidas se parecen a los ríos: son minúsculas si las comparamos con el inmenso océano de la muerte; corren por un cauce de rutinas y deberes y costumbres y limitaciones que se disuelven frente al infinito; nos parecen demasiado rápidas, como el agua al escaparse, y en cambio la muerte nos parece honda, oscura y desconocida, sí, como el mar que traga toda el agua del mundo y la contiene dentro de su oleaje majestuoso. La comparación de la muerte con el mar tiene el poder de angustiarnos, porque en el agua se disuelve toda forma, todo aquello que hemos creído duradero. Es tan imponente este poder disolvente del océano que lleva a Manrique a afirmar que ahí se deshace incluso una de las mayores diferencias que caracterizan nuestra vida, es decir, la de la clase social, la separación entre ricos y pobres. Con ese vaivén casi marítimo que le permiten las coplas de pie quebrado, dice Manrique: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ qu’es el morir;/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ e consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ e más chicos,/ allegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ e los ricos.” Los colaboradores de Blanco Móvil querrían decir que desde entonces la poesía en español no olvidó los ríos, aunque Salvador Novo alguna vez escribió (y demostró con lujo de ejemplos) que la literatura en español ha dado la espalda al mar. Según Novo, es notable esa ausencia del mar, esa negación de la literatura en nuestro idioma a narrar, a cantar, a imaginar grandes aventuras marinas, porque ni Moby Dick ni la Odisea ni "The Ruine of the Ancient Mariner" de Coleridge, ni la poesía de Derek Walcott ni la de Kamau Brathwaite ni el "Bateau Ivre", de Rimbaud, ni The Tempest, de Shakespeare ni las novelas de Conrad ni aquella novela de Hemingway sobre un viejo; ni siquiera las sagas de piratas del Caribe y de la Malasia escritas por Salgari... En fin, que podríamos planear una historia de la literatura mundial marina y acumularíamos azoro tras azoro al casi no dar con ejemplos en nuestro idioma. Novo concluye que la literatura en español tiene vocación terrestre y lo deplora porque eso nos ha privado de personajes para él particularmente intere-

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santes: esos hombres fuertes, musculosos, atractivos que son los marinos. ¿Qué decir entonces de los ríos? ¿Hay ríos en nuestras literaturas? ¿Sirvió de algo ese poema fundador de Jorge Manrique? Y aquí llega en nuestro rescate nadie menos que el poeta centenario Efraín Huerta, quien nos dejó un poemínimo titulado precisamente Manriqueana: “Nuestras/ Vidas/ Son los/ Ríos/ Que van/ A dar/ Al/ Amar/ Que es/ El vivir” Una pequeña joya que rinde homenaje a Jorge Manrique y le hace una minúscula y sustancial transformación: nuestras vidas ya no van a dar a La Mar (es decir, al océano), sino AL AMAR (es decir, al amor) que no funciona aquí como metáfora de la muerte, sino como dulzura y placer y alegría de la vida. Salvados por Efraín Huerta, entonces, los colaboradores de Blanco Móvil nos entregan este número que, en justo recuerdo de Jorge Manrique, enlaza también a los ríos con la lamentación por la muerte de los seres queridos y se abre con un adiós a José Emilio Pacheco y se cierra con una lágrima para Juan Gelman. Aunque ya no alcanzara a figurar en este número de la revista, que estas líneas no acaben sin lamentar también la ausencia de nuestro queridísimo Federico Campbell, sin la comprobación melancólica de que esos tres ríos enormes, queridísimos y llenos de significación para nosotros fueron ya a dar a la enorme mar de la literatura que seguiremos frecuentando mientras nosotros, pequeños arroyos, sigamos corriendo por esta tierra. Lo anterior conduce a un tema lúgubre, a la herida que son los ríos en esta Ciudad de México, como recuerda en su texto Francesca Gargallo. Río Churubusco, Río Mixcoac, Río Magdalena, Río de la Piedad fueron hasta hace algunas décadas verdaderos ríos, antes de que fueran entubados por decisiones increíblemente idiotas y las catástrofes ecológica y vial se precipitaran sobre nosotros. Setenta ríos sepultados bajo el asfalto. Apenas ayer miraba una foto de la esquina de lo que hoy es República de Uruguay y Roldán. Al borde de algunas casas que todavía existen, ahí llegaban lanchas y chalupas. Sí, el centro histórico fue una ciudad comparada muchas veces con Venecia, donde las casas se reflejaban en el agua de los canales, el tránsito se mecía con el oleaje y florecía una antiquísima cultura lacustre, con sus comidas, sus trajes y sus características arquitectónicas, sus paisajes y sus saberes. Y sus personajes literarios también, por supuesto, como la Cecilia de Manuel Payno, que llegaba hasta el centro remando para vender sus hortalizas. Todo un pasado mutilado por la voracidad de quienes han gobernado esta ciudad pensando en sus intereses y no en el bienestar colectivo. Pero en fin; estos ejemplos ribereños de la literatura de Ciudad de México sirven para embarcarse en este número de Blanco Móvil, que reúne a veintidós poetas (Carlos Aguasco, Abril Albarrán, Roberto Arizmendi, Andrés Cisneros de la Cruz, Kary Cerda, Rosa Gaytán, Grissel Gómez Estrada, Alicia García Bergua, José Ángel Leyva, Maya Lima, Sandra Lorenzano, Jorge Manzanilla Pérez, Eduardo Milán, Zulema Moret, Eduardo Mosches, Cynthia Pech, Edwing Roldán Ortiz, Jorge Ruiz Dueñas, Socorro Soto, Ramón Iván Suárez Caamal, Adriana Tafoya y Marina Vacs), además de textos de Luis Armenta Malpica, José Balza, Gustavo Marcovich y Eduardo Antonio Parra. Y por último (last but not least) las fotos de Eiji Fukushima, algunas de las cuales muestran ríos claramente reconocibles, otras en cambio los evocan de distintas maneras, que con tanto espíritu lúdico nos recuerda la posibilidad de quitarnos los zapatos y lanzarnos a las aguas que serán menos lineales y menos luminosas, aunque seguramente más líquidas que esta imagen llena de libertad y humorismo •

Ética y poética de la lectura: el derecho de leer, la libertad de saber, Juan Domingo Argüelles, Letra Uno Ediciones, México, 2013.

LETRA MUERTA VS. COMBUSTIBLE VITAL MARIANA DOMÍNGUEZ

Lectura sin amor, saber sin respeto, formación sin corazón es uno de los mayores pecados contra el espíritu…

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Herman Hesse

uántos libros has leído? Es una pregunta frecuente en un país en el que se lee un promedio de 2.8 libros al año por persona, de acuerdo con un estudio recién publicado por la unesco, que coloca a México en el penúltimo lugar de un índice de 108 naciones de todo el mundo (La Jornada, 23/ iv /2014). El tema de la lectura se ha convertido en un “problema” por resolver para las autoridades de gobierno y educativas, que han impulsado infructuosos programas de fomento en las últimas décadas, con el fin de combatir realidades como ésta: treinta y cinco de cada cien mexicanos no han terminado un libro en su vida (Encuesta Nacional de Lectura 2012). Sin embargo, Juan Domingo Argüelles –quien ha dedicado la última década a reflexionar sobre el libro y la lectura en numerosas publicaciones– analiza la temática a partir de un enfoque distinto al gubernamental en Ética y poética de la lectura, volumen considerado como la continuación del debate que el escritor lanzó en ¿Qué leen los que no leen? (2003). En su volumen más reciente, el ensayista polemiza sobre si leer en realidad convierte a quien lo hace en una mejor persona; si las personas son más sabias o más inteligentes sólo por la cantidad de libros que han pasado por sus manos. ¿Acaso los lectores son más virtuosos, mientras que los no lectores están más cerca de la estupidez, la pobreza o el crimen? Definitivamente no, responde el también editor, a partir de argumentos bien fundamentados que motivarán la reflexión. Del mismo modo, cuestiona los programas de fomento a la lectura que obligan a los escolares a leer cierta cantidad de páginas en cierto tiempo, para luego responder cuestionarios de comprensión, que más tarde se convertirán en meras e inertes estadísticas; el autor destaca que, en la mayor parte de los casos, estas estrategias únicamente generan repudio hacia los libros. Existe un problema de origen: leer no debe ser una obligación, sino una libertad y un derecho motivado por una pasión. De nada sirve fagocitar cientos de libros y jactarse de ello por el mero hecho de sentirse más sabio que los demás. Para el autor, la lectura es un placer voluntario, cuyo fin último es quizá la felicidad y que, en el camino, debería convertir al lector en un ser con mayor humanidad, comprensión, tolerancia y respeto hacia los demás. Es así que Argüelles atribuye a la lectura una dimensión ética, además de la estética y la técnica. Leer “mejora la existencia de un modo más vital que técnico”, sostiene. Y el lector dará sentido a los libros a través de su experiencia, ya que la experiencia de

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leer

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leer no sustituye a la vida, sino que es una parte de ella que la enriquece. Lo importante no es almacenar información y libros leídos como si de un currículum se tratara, sino “saber qué hacer con ello y con un propósito benéfico”, en palabras del crítico. El objetivo no es formar lectores cuantitativos, sino cualitativos, que disfruten de la lectura y la conviertan en “combustible vital” y no sólo en “letra muerta” •

Luciérnagas tras las ventanas, Melba Gutiérrez Mena, Gráficos Lor, México, 2014.

LA NECESIDAD DE CONTAR HUGO JOSÉ SUÁREZ

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ste libro es una narrativa personal sobre el período de la guerra sucia en México a principios de los setenta. Melba cuenta su historia: cuando era niña, su papá, médico, conoció al Che y se involucró en la militancia de la izquierda, lo que le costó prisión y tortura, hasta que finalmente fue liberado luego de largos años de encierro. Cuando el padre es excarcelado, la recomposición de la vida no es nada fácil, y al poco tiempo muere de un infarto casi provocado. Pero la esencia de su historia no es la ausencia permanente. No es la desaparición o el asesinato del padre, sino la vida después del tránsito por la prisión política. Lo suyo parecería menos dramático, pero es igual de desgarrador: el padre vivo que vuelve a casa dañado del alma. Melba cuenta el espanto de la partida, los militares en sus dormitorios, la nueva dirección de su vida en casa de familiares y amigos. El desmoronamiento de su mundo infantil. Pero no le sigue el duelo, sino la esperanza de la recomposición, las visitas esporádicas al padre preso, la necesidad de la madre de trabajar en lo que pueda para mantener la estabilidad económica del hogar golpeado. La niña va creciendo y mantiene viva la ilusión de que papá salga de prisión y las cosas vuelvan a ser como antes hasta que, ese día llega. Pero la recomposición no es como la había soñado: la madre ha adquirido autonomía, la niña ya es adolescente, y a casa vuelve un padre internamente destrozado. El relato muestra la descomposición de la familia nueva, la tensión de intentar recomponer lo que ya no se puede resolver, la cruda dificultad de restablecer una familia con un miembro mutilado del espíritu. Y claro, nadie puede ser el mismo después de la tortura, nadie es el mismo después de años de prisión, después de transitar por los laberintos de la miseria y la crueldad humanas. El sentimiento de desconfianza, de miedo, de angustia se apoderan del padre, que no tiene otro

camino que dejarse morir, construir un camino hacia la propia inmolación, una especie de suicidio de baja intensidad. El médico-militante, con conocimiento de cardiología, deja que el corazón se encargue de poner fin a su martirio. Hay una amplia literatura sobre el secuestro, la tortura, el asesinato, la desaparición de militantes de izquierda en América Latina, pero poco se ha escrito sobre la experiencia, igual de brutal, de sobrevivir. El libro no es sobre la ausencia, el duelo luego de la muerte, sino sobre la presencia atormentada para quien sobrevive y tormentosa para quienes conviven con él. En otro orden, que no es menor, la autora realiza un esfuerzo mayor para escribir el libro siendo que su profesión es la odontología. No tiene pretensiones literarias, no quiere premios ni aplausos, no espera que los grandes escritores se ocupen del tema. Escribe desde su computadora personal, desde su propia historia, con muchas dificultades, en primera persona. Publica en una editorial de poca circulación, se apoya en amigos para el trabajo de edición, paga con su propio dinero el producto, y finalmente no lo vende en las grandes librerías de Coyoacán: lo regala. Por eso el documento tiene mucho valor, cada letra viene cargada de empeño, de esfuerzo, de vida, de necesidad de contar. El documento es un pedazo de la historia no con mayúscula, sino de la pequeña historia, la de una niña que mira el desmoronamiento de su vida y que ahora es una mujer que cuenta su pasado. Es la otra cara de la brutalidad de Estado que vivió México, que poco a poco empieza a salir a la luz • El truco preferido de Satán, Walter Benjamin, Salto de Página, España, 2013.

que corre en el tiempo de la cotidianidad, tiempo de progreso cuyo enano teológico, como mostrara en sus Tesis sobre la historia, está presente. Es así que persiste el truco satánico: el progreso es delineado por el autor en estos pasajes para mostrar los lugares en que la modernidad se ha producido: ciudades, casas, habitaciones, calles, el cuerpo mismo ...y cada uno contiene en sí este carácter aurático que permite la cercanía y apropiación de las cosas sobre cada uno de nosotros, a pe‑ sar de su distancia y de su profundidad por medio del coleccionista, quien desmercantiliza lo coleccionado. El truco preferido de Satán nos permite vivir nuestra cotidianidad exaltando en cada momento sus instantes; una cotidianidad cuyo mercantilismo nihiliza la vida alejándonos del momentum vital. De allí la tarea benjamineana y el reto del flâneur: habitar la ciudad moderna desmercantilizando la vida para revitalizarla. Las fotografías, “imágenes del encuentro entre la máquina y el ser humano”, que contiene la obra son complemento esencial de su mensaje y muestran a su vez los linderos por los que puede transitar cada una de las reflexiones del pensador alemán, a pesar de su distancia y con un carácter aurático •

Nuestra América es una. Escritos políticos, José Martí, Conaculta, México, 2013.

CRÍTICA Y NIHILISMO EN WALTER BENJAMIN ORLANDO LIMA ROCHA

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ensar la cotidianidad y reflexionar sobre su sentido desde el espacio urbano para topografiarlo crítica y ociosamente en su nihilismo mercantilista: el flâneur hace su aparición una y otra vez en cada línea escrita por Walter Benjamin en esta edición que compila una selección de sus pasajes filosóficos, El truco preferido de Satán. Una edición preparada por Vicente Forés y Jenaro Talens, que incluye fotografías de Alberto García-Alix como complemento esencial de la visión estética del pensador alemán y su singular forma de imaginarlas, de explorar el espacio de la modernidad montado sobre París como un símbolo del mítico progreso. Walter Benjamin presenta en cada uno de sus pasajes la importancia de vagar en la ciudad, de actuar ociosamente y así dimensionar no sólo los grandes sucesos sino también dar cuenta de lo trascendente, que es lo pasajero. Benjamin rescata al río

MIKLÓS BÁNFFY, maestro húngaro

Quien erróneamente crea que los afanes expansionistas de Estados Unidos son cosa del pasado o paranoia del presente, hará bien si revisa los artículos, crónicas, cartas y discursos del insustituible poeta y pensador cubano: encontrará, con indignación más que con sorpresa, que de amenaza inminente tales propósitos de expolio y apropiación pasaron a volverse triste realidad. Pero también entenderá, gracias al claro discurso martiano, que la actitud en respuesta no debe consistir en bajar la cabeza, mucho menos en la ilusión ridícula de parecerse a quien ejerce un dominio indebido sobre otros pueblos, riquezas y culturas •

visita nuestro PDF interactivo en: http://www.jornada.unam.mx/

próximo número @JornadaSemanal

Edith M. Massün Entrevista con Diego Flores Magón Paolo Giordano y el éxito literario

La Jornada Semanal


arte y pensamiento ........

Francisco Torres Córdova

Ricardo Venegas

Espera Beatriz volvió a examinar aquel documento. Revisó sellos y firmas. No había duda: Fecha de nacimiento, 30-03-1966. Diez años menos. Suspiró y se sintió ligera. Se puso unos zapatos de tacón, una falda corta, una blusa entallada; corrió al espejo y se vio de frente y de perfil y por detrás. Se pintó los labios y los ojos, se perfumó, ensayó miradas y sonrisas. Quedó satisfecha. Recogió el periódico en el que había estado buscando empleo y los papeles de su jubilación, que había comenzado a tramitar. Con aquella constancia que la hacía diez años más joven se colocó bien. Hizo amistades, dieta y ejercicio. Se convirtió en una mujer radiante. El jefe la invitó a comer. Luego a cenar. Acabaron enredándose. Beatriz creyó que podía ir por todo. Hubo enfrentamientos. Perdió su empleo. Reanudó los trámites de su jubilación. Una tarde la mujer que la atendía la vio con lástima:“Mi reina, estás adelantándote. Te faltan diez años. Vas a tener que esperar” •

Raúl Hernández Viveros DE PASO La vida nocturna Desde hace varios años, decidí no visitar las librerías porque en mi casa ya no tenía ningún espacio libre. Antes acostumbraba gastar una parte de mi salario en estos deseos. Sin embargo, la última vez me enfermé con los gritos de varios libros que me exigían que los ayudara a escapar. Nunca había percibido estos lamentos. No obstante, en mis oídos resonaron hasta enloquecerme. Fue la tarde de un viernes. Nada más a mí me sucedió, por ser el elegido. Las demás personas, sin darse cuenta, recorrieron los pasillos, entre las montañas de novedades editoriales. Casi en silencio, los adoradores de la lectura, sin inmutarse, acariciaban las portadas. Yo era igual a ellos, y ni siquiera me importaban las ofertas. Sin pensarlo pagué el lote que pude acomodar en mi casa. Cada noche las voces, cantos y danzas comenzaron a repetirse. Los libros sonreían, alegres por sentirse libres. Contra mi voluntad dejé de comprar obras. No obstante, a pesar de las fiestas nocturnas, nunca pude superar la tristeza causada por esta decisión trascendental •

Editoriales: Morelos en la Feria de Minería

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n el concierto de la producción editorial mexicana, la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, este año en su xxxv edición, tuvo como invitado especial al estado de Morelos. Editoriales institucionales e independientes se dieron cita en el pabellón asignado a la entidad. La presencia de las publicaciones del Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos ( cidhem ) fue significativa. Su fondo editorial incluye obras de filosofía, ciencia política, historia del arte, antropología y literatura. Otra instancia que participó con su producción editorial fue la Dirección General de Publicaciones de Investigación ( dgpi ), la cual se encuentra a cargo del Programa de Publicaciones Científicas de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (uaem). Su finalidad es difundir la investigación realizada en esta institución, para reforzar esta labor, que es una de las funciones sustantivas de la uaem. Este afán se concreta a través de la publicación de obras científicas monográficas y periódicas en soportes impresos y digitales, al tiempo que editan la revista Inventio (la génesis de la cultura universitaria en Morelos), cuyo registro consta en el Índice de Revistas Mexicanas de Divulgación Científica y Tecnológica de Conacyt. En el ámbito de las editoriales independientes, Ediciones Simiente, vinculada con talleres de creación literaria, ha publicado algunos títulos, como Séptico (2012), de Luis Vicente de Aguinaga, y La jornada de la mona y el paciente, de Mario Bellatin (2013). En este grupo se encuentra Ediciones y Punto, cuyas novedades, entre otras, son La estulticia de Leticia, de Carlos Fehér (2013) y Otra forma de bolero (2014), de Max Ramos. Una apuesta interesante y sin parangón es la de editorial Astrolabio, que al coeditar con Conaculta/inba los títulos Divinas ausentes (2013), Bitácora del destierro (2013) y Libertad anticipada (2013) ha dado voz libresca a las reclusas de Morelos. En otro ángulo, la Editorial Lengua de Diablo se estrenó con San Lunes. Resaca Literaria (2013) y Cuarta de feria (2014), antologías de relatos del taller de Francisco Rebolledo. La Editorial Quadrivium, que se ha dedicado desde 1992 a la publicación de libros de literatura, sobre todo de poesía y narrativa, editó sendos títulos como De sur a sol (2007) y Kokay: álbum de familia, de la poeta Frida Varinia, que consignan la calidad sostenida de esta propuesta, así como el Arte poética, de Horacio (2006), versión poética del latín al español, con prólogo y notas de Raymundo Ramos. La Ratona Cartonera, fundada en Cuernavaca en 2009 y con una vinculación con la corriente poética infrarrealista, editó el título Comentarios al infrarrealismo de Matta, de Jean Schuster (2014). Hasta aquí el panorama editorial de un estado que ha demostrado ser más que un satélite turístico, y algo más que la violencia cotidiana de Cuernabalas, detrás de la cual pervive la espiritualidad del libro y su edición •

ftorrescordova@gmail.com

MONÓLOGOS COMPARTIDOS

MENTIRAS TRANSPARENTES

BITÁCORA BIFRONTE

ricardovenegas_2000@yahoo.com

Felipe Garrido

11 de mayo de 2014 • Número 1001 • Jornada Semanal

Asunto de una rosa

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i no fuera por ella, el viento, el agua, la tierra y el fuego acumularían sin descanso el peso muerto de sus leyes, puros y neutros en el fatal rigor de sus rutinas según las estaciones, y en ese orden sin matices las mismas estaciones no serían más que una mancha temblorosa sobre una esfera desasida en el espacio. El desierto y sus muchos infinitos no se moverían, aturdidos y atrapados en el hielo de un silencio sin orillas. Los números, la vocación que los vincula en cifras y teoremas, andarían perdidos, a la deriva en el orden intacto y oscuro de las cosas, agobiados por el polvo del desuso, lejos de las fibras que habrían de tramarlos en algunas dimensiones de la luz y el tiempo. Aun más, o menos, no habría luz que fuera una señal de uno o tantos paraísos pactados o perdidos, y tampoco entonces tiempo que se hiciera historia falsa y verdadera. No habría resquicios y huecos, recovecos y rincones, dobleces o hendiduras en la noche que fueran fecundos en enigmas, juegos o rituales, y una planicie interminable, incolora e insaciable avanzaría la vasta indiferencia del vacío. Las palabras nunca habrían dejado el ámbito del ruido ni brotado el alfabeto del trazo delicado de un bisonte o la huella de una mano en la húmeda penumbra de una roca socavada por el viento o por la lluvia en una anónima ladera; la inteligencia no tendría la sinuosa resonancia de la duda, tampoco la mínima alegría de alguna certidumbre si la hubiera. O simplemente no sería. El rojo de la sangre no relumbraría en el deseo o el horror, y yacería anodino y ciego en el curso de las venas; la sal y el agua nada serían del llanto, el sudor o el mar, inexorablemente separados, cada uno ceñido y atrapado en el hueco de sí mismo. Sin ella no habría miradas llenas y dispuestas al gozo o el peligro del encuentro o la espiral del extravío, entonces tan propicio en la tosca soledad que su ausencia abriría sin remedio en la conciencia. Sería tiesa y turbia la belleza, el dolor no hallaría remedio o esperanza en plegarias, invocaciones o conjuros y el placer sería imposible en la memoria. Ella, la imprudente y loca de la casa que decía santa Teresa; la impredecible indispensable, la insolente que a deshoras toca la campana de la ciencia y de la música, la siniestra o amorosa que redime a la llana realidad de los mareos de sí misma, la conoce como nadie y revela sus mentiras con mentiras, y que así retumba por ejemplo en la mirada y la palabra de un hombre que puso el amarillo de una rosa en el alma de una lengua, un siglo y más de un continente:“Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines y trató de agarrase a la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo la serenidad para identificar la fuerza del aquel viento irreparable, y dejó la sábana a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria” •

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........ arte y pensamiento Miguel Ángel Quemain

Perdida en los Apalaches: exaltación del desencuentro

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ERDIDA EN LOS APALACHES, del autor español José Sanchís Sinisterra, bajo la dirección de Gema Aparicio, es un obra sobre la simultaneidad, sobre la certeza de que algo nos pasa a varios al mismo tiempo en distintos espacios. A esta propiedad del tiempo y el espacio se le puede mirar desde la física cuántica; es algo más simple que lo virtual compuesto de ensoñaciones y deseos. Lo cuántico pone en evidencia un horizonte de coincidencias/incoincidencias donde, por ejemplo, la persona que amaríamos toda la vida está a un lado nuestro y no seremos capaces ni de ser percibidos ni de percibirla y quedará ligada a nosotros en un mundo potencial. También puede estar en otro tiempo, en otra dimensión, en una latitud donde no la alcanzarán más que las sensaciones de que hay alguien más que nos observa, que nos desea y que puede incluso extrañarnos sin tener la posibilidad de conocernos. Saber que alguien está ahí para nosotros y que no hay que dejar de buscarlo, anima diariamente la vida de los que buscan su “media naranja”. Bajo la dirección de Aparicio, tres actores de gran capacidad (Estrella, De la Parra y Carpinteiro) juegan al desencuentro. Cada uno de los personajes pone en evidencia nuestra ceguera y la invisibilidad de un mundo alterno que existe casi a la medida de nuestros deseos, pero que no nos aguarda, ni nos extraña, ni sabrá nada de nosotros. Dramatúrgicamente la idea no es nueva, la han explorado nuestros grandes directores con textos que no estaban concebidos bajo ese concierto a varias voces, pero constituye uno de los grandes desafíos de la puesta en

Alberto Estrella y Emoé De la Parra

escena contemporánea así sea un problema literario compartido. Esa familiaridad, por llamar de alguna manera a esa legibilidad a la que terminan por inducir los recorridos a través de caminos novedosos, permite que, sin saber demasiado de física cuántica, se entienda que el aleteo de una mariposa en Shangai provoque una ventisca en Nueva York y que no sea otra cosa que el espíritu de Chuang Tzu, convertido en mariposa y en viento. Allá y acá. Quisiera pensar sólo en lo temático y conformarme con el estupendo ejercicio actoral de Alberto Estrella, intenso en su tono y coreográficamente solvente; disfrutar sin queja la serenidad casi zen de Víctor Carpinteiro y ese poder de Emoé de la Parra, una actriz sobre cuya energía gira el eje de las acciones bajo el pretexto anecdótico de esa conferencia sobre las paradojas del tiempo en una mesa transparente y en el corazón de la escenografía que Mónica Kubli ha dispuesto para que circulen estos tres vagabundos del Dharma. Sin embargo, hace falta que la dirección logre integrar los esfuerzos (el vestuario de Cristina Sauza y la música de

LA OTRA ESCENA quemainmx@gmail.com

Salev Setra y Guillermo Atisha), cuya suma no crea una atmósfera donde lo simultáneo sea ese paisaje tan difícil de integrar para la mente y la percepción, normalmente tan disociadas. No es fácil ni atender ni entender lo que pasa al mismo tiempo. Justo cuando llega esa comprensión del mundo, Buda inicia su correcta disolución en ese parpadeo que permite por una sola vez contemplarlo todo y sucumbir al efecto disolvente de ese estallido de realidad que, en algún momento, me parece necesario que se le ofrezca como vivencia al espectador. Se trata de un ruido donde lo legible no está en manos de lo que se desea escuchar sino de lo que se puede captar. Sabemos que desgraciadamente lo nuevo tiene pocas posibilidades de revelarse. Solemos escuchar la voz de lo familiar, de la repetición y el lugar común. Sobreponerse a ese ruido de la época, Ezra Pound lo atribuyó a la función de lo poético: dijo que el poeta era “las antenas de la tribu” y esos filamentos permiten entender nuestro tiempo. Me parece que hace falta que la directora no se asuste con el ruido que produce lo simultáneo, o por lo menos que acepte el desorden implícito en una multiplicidad de monólogos que sólo el oído fino del espectador (afinado por el director) puede transformar en una conversación posible. El manejo de la luz no logra crear atmósferas que separen como muros de tiempo, de distancia, las melodías de los personajes. Perdida en los Apalaches es el centro de un festejo por los diez años del Círculo Teatral y, por tal motivo, han puesto el acento en el actor. Los tres son tan solventes que sobreviven al interior de la historia que cuentan y viven; sin embargo, vale la pena construir esa música de fondo que modela la historia y que sólo está en manos del director. No es demasiado tarde •

BEMOL SOSTENIDO Alonso Arreola

@LabAlonso

Querido burócrata…

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AMENTAMOS QUE LA PALABRA que adscribe tu trabajo a una institución u órgano de gobierno, burócrata, esté asociada a tantos malos adjetivos. ¿Flojo, impuntual, insensible, gris, lento, corrupto, deshonesto? Perdonarás el recordatorio. Sabemos que no se debe generalizar y que podríamos elogiar el hacer de servidores públicos eficientes, educados y respetuosos ante los ciudadanos con quienes interactúan diariamente. ¿Eres de ésos? Ojalá. Porque las vicisitudes que afrontan los artistas en general y los músicos en particular al gestionar, producir y cobrar por su trabajo normalmente son una pesadilla gracias a ti. Directa o indirectamente hemos atestiguado actos de corrupción al encontrarnos contigo en alguna institución de gobierno (municipal, estatal o federal). Y no hablamos de esa corrupción en la que necesariamente buscas dinero, sino de una praxis fincada en algo cada vez más común en tu entorno. Esto: todo luce más o menos bien hasta que le pasas la bolita a quienes firman los cheques. Frases como: “eso ya lo tendrían que ver con la gente de pagos”, o: “aún no se liberan los recursos”, revelan el terrorífico engranaje que trata a los músicos, pintores, escritores, escultores, coreógrafos, dramaturgos, titiriteros, cuentacuentos, actores y cineastas como si fueran proveedores de frutas y legumbres. Sea para tramitar apoyos, firmar contratos o cobrar obras y presentaciones, la tramitología y quienes la generan en escritorios como el tuyo parecen sustentar su proceder en un sistema de pesas y medidas indolente, como si el arte se midiera en centímetros o kilómetros, se pesara en gramos o toneladas o estuviera a merced de los valores de un mercado ceñido a las leyes de la oferta y la demanda. Esto, por supuesto, se ha vuelto costumbre porque los mismos artistas lo permiten agachando la cabeza frente a ti, porque en nuestra cultura administrativa no impor-

tan tanto las buenas intenciones de los involucrados en la acción como el resentimiento de quienes ven pasar los dineros y, justificados por su sagrado “cuidado”, envenenan proyectos en las cavernas de la contaduría. “Los artistas ya saben que así son las cosas; se tienen que aguantar”, nos dijo una vez, en alguna institución de gobierno, “la que firma los cheques” (apelativo corriente que supone la existencia de una deidad cuyas priorizaciones responden a profundas reflexiones matemáticas, mas no a la torta de tamal y el amiguismo). Recordar esas palabras, más una nueva experiencia reciente, motivó esta misiva dominical dirigida a ti, querido burócrata. Necesitamos que cambies. Esta actitud tuya se ha extendido a buena parte de la iniciativa privada, lo que ocasiona que en múltiples ámbitos el trato a los artistas sea de segunda, a menos que, claro, tengan el estatus de celebridades. En tal caso se les

trata desproporcionadamente bien por conveniencia, por el miedo a tener un problema de “efecto dominó”: quedar mal con un famoso significa cerrar otras puertas en el futuro. ¿Verdad que no navegan igual entre las oficinas los papeles de alguien en ascenso que los de un consagrado? Afortunadamente, como decíamos al inicio, también hay buenos burócratas y artistas en activo trabajando en posiciones de gobierno. Ellos ayudan a sensibilizar los procesos de administración. Por ejemplo, amigo burócrata: no es lo mismo contratar a un cuarteto de jazz que viene del extranjero que a una banda de rock nacional, ni a una orquesta latina que a un trío clásico (los procedimientos y tu criterio tendrían que ser flexibles). Otra: alguien que da un concierto en un festival no puede esperar su pago en noventa días, como si entregara computadoras a una tienda de autoservicio. Más: no debes pedir a un artista que se dé de alta como proveedor de un Estado para entonces tener una clave y entonces sí existir en tu realidad. No debes generar licitaciones falsas en pos de contratar a quienes por curaduría han sido elegidos para presentarse en tal o cual contexto (no se trata de quién es más barato sino de quién debe estar en un escenario). No debes obligar a un artista a subcontratar a proveedores específicos (audio, iluminación, transporte, hospedaje) para evitar hacer tu trabajo. Nos debes generar documentos e instructivos para llenar documentos. Si son necesarios… es que ya se jodió la cosa. Sí, muchos músicos, verbigracia, están lejos de profesionalizarse, de estar al día con su propia organización y contabilidad, de tener mínimas habilidades de gestión. Pero, querido burócrata, para que una melodía valiosa viva en el aire hay muchas horas de trabajo, comida, rentas, pasajes y sacrificio. Recuérdalo y pon a sonar tu disco favorito. Que tengas buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos •


arte y pensamiento ........

11 de mayo de 2014 • Número 1001 • Jornada Semanal

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Jorge Moch

Verónica Murguía

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AS FRASES QUE MÁS escuché en la infancia fueron las siguientes: 1. No te luzcas. 2. Baja los codos de la mesa y cierra ese libro. 3. No me contestes que para eso soy tu madre. 4. No te veas en el espejo que se te aparece el Diablo. 5. Cállate. 6. No te luzcas, van dos veces que te lo digo. 7. Pásate el peine. 8. Que no te estés luciendo ¿qué no oyes? 9. Soy tu madre y eso basta. 10. Te dije que no te lucieras y pásate el peine, que pareces una araña. Entiendo perfectamente que mis padres echaran mano de estas frases, pues somos tres hermanos, separados por un año de diferencia, y dos de nosotros parecíamos poseídos por el chamuco. No voy a enumerar las estrategias que los pobres usaron para tratar de educarnos. Baste decir que resultamos raros y que ni veinte años de psicoanálisis han conseguido quitarme lo acomplejada. Para mí, el mundo es un campo minado, lleno de oportunidades para lucirme, a propósito o sin querer. Debo esquivar todas las trampas, so pena de convertirme en una farolera. Y eso sí que no. En los primeros años de análisis, me volví experta en detectar a otros pacientes. Se afarolaban. Eran los que decían “necesito mi espacio”, “me di permiso” o “se me veía bien”. Aunque yo pasara dos horas a la semana hablando en el diván, ni me daba permisos, ni necesitaba mi espacio. Menos todavía hablaba bien de mi aspecto, como algunos principiantes en esas lides. El espejo de mi estudio, donde paso la mayor parte del tiempo, está entre el clóset y la puerta del baño. Tiene la luna empañada y así seguirá, porque no pienso comprar otro, aunque me atormenten mis defectos tanto o más que a otras personas. Cuento todo esto porque cualquiera que sean las actitudes que quedaron tronchadas a base de regaños, reconozco por lo menos dos que se consideran femeninas y que son una monserga: la incapacidad de defender ciertas actitudes y una propensión a la autocensura que me hace juzgar a otras mujeres con varas dignas de Torquemada. Y es gracias a internet que me he dado cuenta de esto. A mí internet me da miedo porque soy impulsiva y proclive a la adicción. Prefiero conversar en vivo y conocer a mis interlocutores. La idea de vivir pegada a una pantalla me repele, pero bien sé que soy capaz. He comprado varios zapatos en Amazon. Entraba a buscar libros de Fulano y terminaba comprando unas botas. Algún día escribiré acerca de esas trampas, pues para comprar unos zapatos lo mejor, claro, es probárselos. Pero me desvío. Hace unos años, Neil Gaiman, uno de mis autores favoritos, se casó con una mujer que se llama Amanda Pal-

mer. Amanda Palmer es la farolera personificada a la centésima potencia. No le interesan ni la templanza, ni el decoro, esas virtudes medievales que anhelo. Es estridente, segura de sí misma, se encuera a la menor provocación, opina sobre cosas de las que no tiene idea, escribe poesía malísima, se toma fotos y las pone en su blog. Hace videos con estrellas porno, se rasura las cejas y se pinta unas como espirales con puntitos sobre los ojos. No se depila y lo proclama como una hazaña feminista. Cuando el equipo de diseño de una disquera retiró una foto en la que se veía panzona, armó un relajo. Hace unos meses me dio por ver qué escribía. Durante dos semanas me asomé casi diario a mirar. Con cada desnudo extático y cada declaración pueril, mi antipatía aumentaba. Mi marido, muerto de risa, me decía que yo traía un triángulo en la cabeza, compuesto por Gaiman, Amanda Palmer (la esposa) y yo (la fan neurótica y boba). Yo lo negaba con escalofríos, hasta que leí un ensayo de Gabriela Damián Miravete que me hizo ver que no es un triángulo, es una tara. Damián ha escrito mucho y con brillantez acerca de los mecanismos de autocensura y represión y de cómo las mujeres reforzamos los límites que el pensamiento machista señala. De cómo nos percibimos unas a las otras. Mi antipatía por Palmer tiene mucho de misoginia, y tan enraizada, que no me daba cuenta. Palmer es inofensiva. Si fuera hombre, ¿me encolerizarían tanto sus ingenuas extravagancias? No es racista, no es violenta, no es puritana. ¿Por qué me irrita tanto? Pues porque, como diría mi mamá, se anda luciendo. Grita su opinión, recauda dinero para sus proyectos. Es independiente y va por la vida haciendo lo que se le da la gana. Parece que se acepta y defiende su derecho a encuerarse donde sea. En resumen, es una farolera. Y algo debería yo de aprenderle •

La barra desinformativa de Cadena Tres

Hace unos días Erick Jafeet ("Kafka en la obra de Ricardo Piglia", La Jornada Semanal núm. 935, 3/ ii/ 2013) me hizo llegar un comentario sobre la “barra desinformativa” de Cadena Tres. Luego de un breve intercambio me metí en el berenjenal de reseñar los tres programas que componen –o descomponen– el trío: Mikorte Informativo, El incorrecto y Ya ni llorar es bueno. La terna corre en la parrilla de las 22:30 hasta las 00:00 del remate de fin de semana. Quién tiene ánimo de ver un programa de presunta sátira política con la gracia de un plomo en alta mar un domingo a medianoche es una pregunta que los productores dejarán eternamente sin respuesta. Después de ver varios de sus episodios llego a confirmar una inicial sospecha: son malísimos. Dos de las producciones, El incorrecto y Ya ni llorar… son de factura reciente aunque no necesariam e n t e n o v e d o s a y e l p r i m e r o, M ikor te informativo, c u m p l e a l aire cinco años. Curiosamente es el menos malo a juicio de este a p o r r e a t e c l a s q u i z á p o rq u e sus conductores han alcanzado, después de un lustro, un ritmo más o menos dinámico a la hora de simular que se roban el micrófono mutuamente. Se trata de tres micos que hacen comentarios editoriales desde el estupor del macaco extraterrestre –algo así como tres emigrados del planeta de los simios– ante la irrealidad de la política y la sociedad mexicanas. Tenues son las menciones a personeros reales del poderío político y en cambio evidentes las alusiones a personajes antagónicos al pri –salvo por la obviedad del punch mediático en temas quizá por venir en sus agendas, como el escándalo sexual que detonó en el pri del df . Esta es de hecho la tónica de común denominador entre los tres programas, cosa predecible siendo Cadena Tres propiedad de un resabioso priísta como Olegario Vázquez Raña. El estreno de El incorrecto es un refrito casi desde el título. Lo conducen dos viejos conocidos de proyectos similares en Televisa, Eduardo Videgaray (a saber si es pariente del secretario de Hacienda y eso explicaría su inexplicable retorno a cuadro) y un inefable José Ramón San Cristóbal, conocido con el apodo de el Estaca, que antes hacía de patiño en Matutino exprés. La fórmula, Videgaray-San Cristóbal, pretende refrendar una manera de hacer televisión anquilosada, aburri‑ da, que intenta sostenerse a base de chistes vulgares y albures fácilmente adivinables y homoeróticos. En la breve síntesis que Erick Jafeet me hizo llegar, se pregunta si lo que pretende Cadena Tres es “peorizar la cultura”. Yo creo, Erick, que la televisión mexicana se ha encargado de tugurizar no solamente la cultura, sino la convivencia social entera (entra en escena el delegado de Coyoacán, Mauricio Toledo, entregando un reconocimiento y bautizando un centro recreativo “y cultural” como… Carmen Salinas; la cultura del mexicano, entre la toalla de Lavolpe y la instauración de Aventurera como paradigma de las artes escénicas).

Respecto de Ya ni llorar… el sitio de internet de Cadena Tres reseña que “buscará divertir, informar y generar conciencia sobre los absurdos y abusos [¿de quién?, ¿de la oligarquía empresarial y política de la que precisamente forma parte el clan Vázquez Raña?], invitando a la audiencia a exigir más de las autoridades y funcionarios de nuestro México, en el que a decir de los autores ‘ya ni llorar es bueno’. Es conducido por el reconocido comediante de ‘Stand Up’ [sic], Gonzalo Curiel, y apoyado por un grupo de divertidos pseudo-periodistas”, sí, bien dice: pseudo periodistas al servicio de un grupúsculo desde siempre vinculado al oficialismo más abstruso que convirtió al periodismo en generador de loas al priísmo patrocinador de sus propios elogios. En una coyuntura como la que se vive hoy en los medios mexicanos, una televisora como Cadena Tres tuvo –y tiene– la oportunidad de hacer una verdadera televisión cáustica y no ha aprovechado la estafeta. Sigue siendo evidente el oficio de tapadera, la ausencia de nombres como Beltrones o Chong en el discurso satírico; no se habla de violaciones a derechos humanos por las fuerzas del orden ni de la protección del clero mexicano a pederastas. Se hace, en suma, una copia menor de bodrios televisivos como el de Trujillo en Televisa. Bodrios, si cabe, todavía más malos que los originales. Porque en cortesanía, vulgaridad y servilismo, allí sí parece que la televisión mexicana seguirá siendo capaz de superarse a sí misma aunque nunca termine de hundirse en el descrédito. Y Jafeet me debe una jaqueca • Ilustración de Juan Puga

CABEZALCUBO

Amanda, Gabriela y yo

LAS RAYAS DE LA CEBRA

tumbaburros@yahoo.com Twitter: @JorgeMoch


Jornada Semanal • Número 1001 • 11 de mayo de 2014

........ arte y pensamiento

Rodolfo Alonso

Luis Tovar

Alfredo Alcón, vivo en la poesía

A

CABA DE DEJARNOS HACE un mes exactamente, el viernes 11 de abril. Con la misma discreción y la misma dignidad con que vivió. No sé si la banalidad y la estridencia permiten hoy calibrar cabalmente la entera personalidad del gran actor argentino Alfredo Alcón. Los timbres y los matices de su voz, junto con la calidez y calidad de su presencia, no eran los únicos en sostener su dignidad estética, nunca bastardeada. Y que siempre se dio en él, como en los auténticos artistas, con una conciencia ética, impregnada de humanismo, y que le surgía de manera espontánea, natural, sin preconceptos y sin dogmas. Si algo pudiera dar testimonio cabal de ello, siento que fue su decidida, delicada y total entrega a la mejor poesía. A pesar de su modestia innata logró filtrarse aquella vez en que, reiterando en Mar del Plata su ejemplar espectáculo exclusivamente dirigido, como haría con otros, a la poesía de Lorca (que como toda gran poesía exige un marco de silencio), Alcón lo suspendió indignado por los ruidos que le impedían cumplir con su hondo respeto hacia el poema. Puedo dar testimonio de ello. Como ya había empezado a ocurrirme, cuando me descubrí adolescente poeta y traductor sin habérmelo propuesto, también sin experiencia periodística y contestando un simple aviso, la editorial Abril me convirtió en el subdirector a cargo de la dirección de su revista Claudia. Que, originalmente dirigida a la mujer moderna, algo del todo inusual en esos tiempos, no sólo logré orientar además hacia objetivos artísticos y culturales, con lo cual su público (¡de cientos de miles de ejemplares!) se amplió hasta incluir a toda la familia. En 1964 la editorial incorpora algo nuevo: discos flexibles. Como promoción, decide incluirlos en la revista. De los primeros, me encargan seleccionar uno sobre El amor en la poesía, que iba a leer Alfredo Alcón. Así me tocó el privilegio no sólo de conocerlo personalmente, sino de hacerlo mucho más a fondo, porque el trabajo de grabación se fue haciendo cada vez más extendido y más intenso, ya que Alfredo respetaba tanto la poesía que nunca le bastaba una sola grabación, sino que pedía reiterarlas hasta encontrar su tono, su preciso timbre. Asistí emocionado a la forma tesonera y respetuosa con que la voz de Alfredo Alcón iba encarnando, temblorosa, tocante, la altura de los grandes poetas que mi juventud había reunido a tal efecto. Comenzaba por los clásicos: Catulo, el arábigo-andaluz Umar Ben Umar, un anónimo del Romancero español, Gar-

cilaso, Quevedo, de cuyo inmortal soneto “Amor constante más allá de la muerte” Alfredo quiso realizar numerosas versiones, cosa que aún me asombra luminosamente por tanto como implica. Y a partir de Rubén Dario y de Neruda, seguimos con los grandes modernos, muchos casi desconocidos por entonces, como era el caso de Macedonio Fernández, o de Ricardo Güiraldes como poeta, para seguir con los preclaros españoles Pedro Salinas y Miguel Hernández. Así como con mis propias traducciones de Fernando Pessoa, Paul Éluard, Jacques Prévert. Sin duda en la línea de las altas cumbres, teníamos allí una variedad de personalidades líricas cada una más exigente que la otra. Y a cada una de las cuales, como prueba definitiva de su honda devoción por la poesía, Alfredo Alcón buscaría voluntariamente encontrar, hora tras hora, el tono justo, la densidad adecuada, la comunión ineludible. Pero ese no había sido nuestro único encuentro. Poco antes, en 1961, cuando maduraba el “nuevo cine argentino” que sólo iba a decapitar la dictadura de Onganía, Alfredo fue uno de los tres actores que, realmente por amor al arte, sin el menor rédito, aceptaron leer mi texto casi poético para Faena, el más que documental sobre el matadero dirigido por Humberto Ríos, entonces muy premiado y que hasta hoy se estudia en las escuelas de cine. Por suerte, aún se le encuentra en ellas. Y para quienes quieran darse el enorme gusto de escuchar El amor en la poesía aquella grabación se conserva en la Audiovideoteca de Escritores de la Ciudad de Buenos Aires. Así como muchos de nosotros guardaremos, como poesía lograda, como poema vivo, la voz y la presencia de nuestro grande y querido Alfredo Alcón •

Cinco preludios Niños, niñas y jóvenes de la calle, vagabundos, locos y locas, limpiavidrios, indigentes, drogadictos,

flaneras, mendigos, ancianas vencidas por la demencia senil, alcohólicos terminales, seres humanos que flotan en las aguas negras de la imaginación de Ciudad de México en su interminable viaje hacia un lejanísimo e imposible Primer Mundo.

Gustavo Ogarrio, La mirada de los estropeados

Preludio número 1 Lo primero es una doble mentira: que no están ahí o que basta con un pequeño acto de voluntad para volverlos invisibles. Muy al contrario, llegaron antes que nosotros

y seguirán después de que nosotros nos hayamos ido. Siempre han estado ahí, al margen de todo, comenzando por la delgadísima y cuestionable línea que los separa de ese “nosotros” de dudosa autosuficiencia. La pretensión de no verlos invariablemente fracasa, vencida por lo irrefutable de una presencia multiplicada al infinito, móvil hasta la ubicuidad, constante como la fe y contundente como el hambre y la muerte.

Preludio número 2 Propietarios de nada, la ciudad les pertenece: Diógenes del siglo xxi, han aprendido a vivir llevando a cuestas únicamente su propia humanidad. Para el inconmensurable resto de posibles posesiones basta el espacio de su propio pensamiento, donde cabe cualquier cosa que sea dable imaginar. Para sobrellevar las estrecheces de la cotidianidad alcanza con una buhardilla que sólo tiene luz después de que amanece, con un mínimo cuarto de azotea, o ni siquiera eso: sin bucolismo posible, téngase al suelo por lecho y al cielo por techo, ubíquese algún rincón desahuciado por un urbanismo delirante –hay tantos en tantos rumbos–, reúnase la cantidad suficiente de trapos y papel y póngase a soñar de cara al frío de la intemperie.

Preludio número 3 En el principio fue el monólogo: cuando las preguntas y las respuestas proceden de un solo manantial, están garantizadas armonía y satisfacción. El que habla consigo mismo sabe, practica y goza el alto privilegio de haber desterrado de su propio mundo las contradicciones. Poco importa que alguien de afuera venga, escuche y luego se aleje pensando que todo aquello no tiene sentido, que se trata del discurso absurdo de quien jamás coteja sus ideas con la realidad. Además, esa palabra… En cambio, la suspensión indefinida del diálogo permite afianzar las convicciones propias, bien sea que Uno sepa sin lugar a dudas que forma parte del cuerpo de dios, que quiera crucificar a Jesucristo, que sea hijo de un expresidente, le haya dado consejos al Papa, guiado a Gandhi, reci-

bido lecciones de Ana Pavlova o encontrado la pausa magnética en un puente de piedra en Chimalistac.

Preludio número 4 Letra y música del estropeado: en la banqueta, a las afueras de un Seven Eleven o caminando por la calle, tocar admirablemente un capricho de Paganini, e interrumpirse para comer una sopa de microondas o para explicar la etimología de un nombre propio; atravesar un antiguo pasaje comercial, jalando un pequeño amplificador, cruzar el arroyo, instalarse de frente a los transeúntes y tañer con un arco de violonchelo el bajo eléctrico; larga capa ajada en las espaldas, de papel maché la cabeza de elfo y el verde báculo retorcido, subir al Metro a recitar a Huxley o a Blake o a sí mismo; en el bajopuente donde se ha construido un castillo con restos de madera, colchones lamparosos, endebles estructuras de metal desechado, recipientes de poliuretano y envolturas, tocar la propia música pero en silencio, sólo con las manos, los ojos leyendo una partitura que tiene la ventaja de haber sido escrita en el aire, por lo que mañana, siendo la misma, será otra muy distinta.

Preludio número 5 Erasmo de Rotterdam lo sabe, como lo sabe Michel Foucault, pero no más que el vendedor de cedés pirata que prefirió abandonar la psicología, el violinista callejero que debe llevar vivo más de un siglo para que quepa en su vida todo lo que cuenta, el pepenador ambulante que todas las noches lee los libros que tiene en su biblioteca de neón; lo saben también, se supone que desde este lado de la frontera aunque nunca quede claro cuál de los dos lados es el bueno, lo mismo el que hace malabares en los cruceros que quienes bailan al son de percusiones prehispánicas que quienes rapean con onomatopeyas a las afueras del Palacio de Bellas Artes que todos esos otros viandantes de los que nunca se sabrá el nombre, la edad, el domicilio, la profesión, la historia personal o los anhelos: cosa de locos, la cordura sólo es un preludio •

CINEXCUSAS

@luistovars

GALERÍA

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ensayo

¿

Podríamos imaginar un mundo, al menos por unos instantes, en el que la geopolítica no estuviera dominada por los intereses despiadados del capital, o por la feroz necesidad de los imperios de todos los signos de marcar territorios de influencia desde donde puedan amenazar a otros o protegerse de potenciales ataques? ¿Un mundo en donde ni los esquistos bituminosos, ni los yacimientos de gas y petróleo, ni los oleoductos, ni ningún otro recurso por el estilo fuera pretexto para dominar a los países vecinos, para presionarlos, aislarlos o arruinarlos, según sean las exigencias del capital todopoderoso y de los señores que le sirven? ¿Qué tal un mundo en donde la geopolítica fuera definida por la riqueza cultural e histórica de los pueblos, por sus expresiones artísticas, su literatura, el talento de sus gentes y lo que son capaces de crear? La respuesta a estas preguntas es, sin duda, un “no” categórico, pues los que administran el mundo actual, aunque parezcan de diferente signo, son de la misma estirpe y juegan el mismo papel de simples servidores del omnívoro capital que todo se traga sin contemplaciones. El caso reciente de Crimea se antoja ya emblemático. Por esta razón tanto Obama y Putin, como los corifeos de la Unión Europea y Ucrania, son lo mismo, aunque sesudos analistas intenten encontrarles diferencias: representan poderes imperiales de dominación enfrentados por intereses mezquinos de “aprovechamiento” de los recursos naturales, minerales y logísticos de esos territorios que se disputan, sin importarles en lo más mínimo la cultura y la historia de pueblos avasallados por unos y otros. Pareciera que por la cabeza de los líderes políticos involucrados nunca pasó la idea de la importancia de Crimea como centro no sólo de la cultura rusa, sino también de la de Ucrania, devenidas de un auténtico entrecruce de pueblos mezclados y sobrepuestos históricamente, des‑ de griegos, romanos, sármatas, escitas, alanos, godos, hasta tribus túrquicas y tártaros. Pero concentrémonos, para los fines de este artículo, únicamente en la importancia histórica de Crimea como hábitat de gran parte de la literatura escrita por rusos. Crimea es un tema muy

La dama del perrito y la geopolítica

11 de mayo de 2014 • Número 1001 • Jornada Semanal

Jorge Bustamante García extenso en la literatura rusa. Pushkin, en su destierro, compuso allí su majestuoso poema “La fuente de Bajchizarái”; Tolstói reinventó sus propias experiencias en el frente de la guerra de Crimea (que dejó más de un millón de muertos) en 1853 en sus Relatos de Sebastopol; Gorki estuvo una temporada en la península y escribió in situ sus “Apuntes de Crimea”; Iván Bunin la visitó incontables veces, conocía muy bien en especial la costa sur e introdujo fuertemente los motivos crimeos en su novela autobiográfica La vida de Arseniev; el gran humorista y cuentista satírico Arkadi Averchenko nació en Sebastopol y en cientos de cuentos consolidó su prestigio, como “El rey de la risa”; en Feodosia el narrador Alexander Grin, autor de “Las velas escarlatas” y otros relatos emblemáticos de literatura infantil que contribuyeron al imaginario colectivo de varias generaciones de lectores en el siglo xx , hizo de Crimea parte de su propio mito; Kuprin vivió meses en la casa de Chéjov y escribió un hermoso libro de memorias sobre la vida de Antón Páblovich en la península; Chéjov vivió los últimos cinco años de su corta vida en Yalta y allí escribió las piezas El jardín de los cerezos y Las tres hermanas, además del entrañable relato “La dama del perrito” que marcó con la ficción de la vida ínfima gran parte de la cuentística mundial del siglo xx . Los personajes de este cuento de Chéjov deambulan ahora por el mundo y por Yalta, y hoy pasean en bronce por uno de sus malecones. El escritor Víctor Erofeiev, autor de la exitosa novela La bella de Moscú, ha dicho recientemente que, a su modo de ver, Crimea “es un lugar de la cultura rusa. En el pueblo de Koktebel me he encontrado a mí mismo”. En Koktebel vivió en las primeras décadas del siglo xx el poeta Maximilian Voloshin, cuya casa se convirtió en refugio para todos en plena guerra civil: cuando se imponían los blancos, salvaba a los rojos y cuando triunfaban los rojos, salvaba a los blancos. Lo frecuentaban muchos escritores rusos, algunos incluso escribieron allí parte de su obra, como Andréi Biely, Ilia Ehrenburg, Balmont, Zamiatin, Mijaíl Bulgákov, Ósip Mandelshtam, Alekséi

Tolstói y Marina Tsvetáieva. Esta última llegó a afirmar que la casa de Voloshin en Koktebel era “uno de los mejores sitios de la tierra” en donde se descubrió a “sí misma, por primera vez, como poeta”. Por otra parte, los futuristas Maiakovski y Severianin se atrincheraron un verano en un hotelito de Sinferópol, donde no dejaron de beber y pasarla bien a costa de un joven e ingenuo comerciante que quería ser, como ellos, escritor. De esa experiencia Severianin escribió “Tragicomedia de Crimea”. Anna Ajmátova pasó temporadas en Sebastopol y Bajchisarái y dedicó una veintena de poemas a esa experiencia en el ciclo “El año dieciséis”. Crimea permeó la imaginación de los escritores rusos: nadie salía de allí sin poesía, sin un nuevo relato, sin un libro de memorias, sin una novela. En el verano del ‘74, andábamos un grupo de estudiantes en prácticas geológicas en las mon‑ tañas de Crimea. En nuestro campamento en Projladno, a una hora al sur de Sinferópol, había cerca de mil estudiantes de geología, geofísica y mineralogía de distintas universidades de aquel país que ya no existe y que se conocía como la Unión Soviética. Entonces, estar en Crimea daba igual para cualquier persona, ya fuera ucraniano, ruso, letón, moldavo, azerbayano, kazajo o kirguisio. Es decir, Crimea les pertenecía como les pertenecía por igual la gran literatura rusa, la rica cultura ucraniana, la extensa música popular de los pueblos del Asia Central, la portentosa danza georgiana, la poesía del daguestano Razul Gamzátov, el Espartaco del armenio Aram Jachaturián o el cetro mundial de ajedrez de su paisano Tigran Petrosian en 1963. Un escritor ucraniano llegó a ser uno de los más grandes escritores rusos: Nikolái Gógol. Todo eso parecen ignorarlo hoy los dirigentes políticos; sólo les interesan los oleoductos, el gas, los mandatos del gran capital, la ganancia a toda costa al precio que fuere. Si alguien propusiera una geopolítica en donde la dama del perrito y la fuerza de la cultura fueran las variantes que acercaran a los pueblos, les sonaría inútil, utópico, lo mirarían con displicencia, burla y altanería; pero eso es preferible a la estupidez de los aprovechadores líderes actuales y al cinismo de quienes mueven los hilos •

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