Medicina, farmacia & Historia (2022)

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FARMACIA, MEDICINA & HISTORIA

2022 SEXTA ÉPOCA

Revista de estudios históricos de las ciencias de la salud Antigua revista Medicina e Historia (Fundada en 1964)

Una historia de la frenología a través de sus sujetos: los calculistas mentales y sus moldes frenológicos Andrea Graus Ganador LII Premio Fundación Uriach de “Historia de la Medicina”

Cuando el Madrid republicano fue la capital mundial de los historiadores de la medicina Leoncio López-Ocón Cabrera Accésit LII Premio Fundación Uriach de “Historia de la Medicina”

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FARMACIA, MEDICINA & HISTORIA 2022 – SEXTA ÉPOCA Revista de estudios históricos de las ciencias de la salud Fundada en 1964 Publicación anual Fundación Uriach 1838 Centro de Documentación de Historia de las Ciencias de la Salud Polígono Industrial Riera de Caldes Avda. Camí Reial 51-57 08184 Palau-Solità i Plegamans (Barcelona-España) www.fu1838.org fundacion-historia@uriach.com Director de la publicación:

Javier Uriach Torelló

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4 Una historia de la frenología a través de sus sujetos: los calculistas mentales y sus moldes frenológicos Andrea Graus

Diseño y maquetación:

Estudi Quim Duran Soporte válido con la ref. SVR nº 479 Dep. Legal B-27541-1963 ISSN 2604-6466 © de la edición: Fundación Uriach 1838 Reservados todos los derechos El contenido de la presente publicación no puede ser reproducido, ni transmitido por ningún procedimiento electrónico o mecánico, grabación magnética, ni registrado por ningún sistema de recuperación de información, en ninguna forma, ni por algún medio, sin la previa autorización por escrito del titular de los derechos de explotación de la misma. Prohibida su venta.

30 Cuando el Madrid republicano fue la capital mundial de los historiadores de la medicina Leoncio López-Ocón Cabrera

Portada: Cabeza frenológica del libro

The Household Physician de J. McGregor-Robertson de la edición publicada en 1905.

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Una historia de la frenología a través de sus sujetos: los calculistas mentales y sus moldes frenológicos

Una historia de la frenología a través de sus sujetos: los calculistas mentales y sus moldes frenológicos ANDREA GRAUS*

Agradecimientos: Resumen: La frenología, en boga en Europa y Estados Unidos hasta mediados del siglo XIX, intentó ganar credibilidad a través de sujetos anormales o extremos como los calculistas mentales, quienes fueron considerados pruebas vivientes de sus teorías. Metodológicamente, los frenólogos procedieron mediante la lógica del «pensar por casos»; es decir, infirieron conocimientos generales a partir de sujetos singulares como los calculistas. Los moldes al natural que se obtuvieron de sus crá-

neos fueron presentados como evidencias científicas, su carácter material estaba pensado para dotar la nueva ciencia de pruebas «objetivas» y contrastables de su disciplina. En este trabajo, el fenómeno de los calculistas mentales, y en particular el caso de Vito Mangiamele (1827-1897), nos transportará desde las academias de ciencias en Francia y España, a las sociedades y los museos frenológicos donde se debatió sobre el origen y la naturaleza de la habilidad matemática de estos sujetos.

A history of phrenology through its subjects: the mental calculators and theie phrenological moulds

Aquest article està dedicat a la memòria del meu avi, Francesc Graus Roca (1918-2005), pintor, cartellista de la Uriach i ninotaire de L’Esquella de la Torratxa durant la guerra civil, a qui el dibuix va salvar de tantes coses. La investigación ha sido financiada por el programa H2020 de la Unión Europea mediante las acciones Marie Sklodowska-Curie (n. 793654, n. 801370) y por el AGAUR mediante un contrato Beatriu de Pinós (2019 BP 00034). Agradezco al Muséum National d’Histoire Naturelle de París y a la Acadèmia de Ciències i Arts de Barcelona el haber proporcionado imágenes de los moldes frenológicos de los calculistas y del retrato de Vito Mangiamele.

La frenología, disciplina neuroanatómica hoy denostada, defendía que el cerebro estaba constituido por una serie de «órganos» representantes de facultades mentales innatas

Abstract: Phrenology, in vogue in Europe and the United States until the middle of the XIXth century, tried to gain credibility through its abnormal or extreme subjects such as the mental calculators, who were considered living proof of its theories. Methodically, the phrenologists proceeded by the logic of “thinking by cases”; that is to say they inferred general knowledge from singular subjects such as mental calculators. The natural moulds that they obtained from their craniums were present-

* Institució Milà i Fontanals, CSIC andrea.graus@imf.csic.es

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ed as scientific evidence, their material characteristics were thought to give the new science “objective” and contrastable proof to its discipline. In this work, the phenomenon of mental calculators, and in particular the case of Vito Mangiamele (1827-1897), transports us from the scientific academies in France and Spain to the societies and phrenology museums where the origin and nature of the mathematical ability of these subjects were debated.

La frenología y los sujetos anormales

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os calculistas mentales fueron uno de los fenómenos más populares de la primera mitad del siglo XIX. En esa época existieron al menos una docena de casos de gran fama en Europa y Estados Unidos, la mayoría de ellos jóvenes italianos, franceses y británicos. Eran conocidos por realizar complejos cálculos de memoria a gran velocidad, como operaciones de suma, resta,

multiplicación y extracción de raíces cuadradas de más de veinte dígitos, así como la memorización de cuarenta cifras en menos de un minuto (Nicolas y Gyselinck, 2016). Como veremos a lo largo de este trabajo, estos casos fueron admirados en las academias de ciencias en Europa y contribuyeron a los debates frenológicos de la época. La frenología, disciplina neuroanatómica hoy denostada, defendía que el cerebro estaba constituido por una

serie de «órganos» representantes de facultades mentales innatas. Estos podían identificarse a través de los surcos y bultos del cráneo, ya que se creía que este se osificaba sobre el cerebro durante su formación adaptándose a la forma de sus órganos. Un mayor tamaño del órgano correspondía a un mayor desarrollo de una facultad. Podía identificarse mediante el tacto, o incluso a la vista, por resultar en una protuberancia destacada en el cráneo; al contrario, una depresión significaba un menor desarrollo. El fisiólogo y anatomista alemán Franz Joseph Gall (1758-1828) fue el padre de la frenología. Junto con su principal discípulo y colaborador, el médico Johann Gaspar Spurzheim (1776-1832), Gall determinó que la frenología era tanto una teoría sobre el cerebro como sobre el carácter, en la medida en que permitía determinar las aptitudes de cada ser humano. El examen craneoscópico, ya fuera sobre el propio sujeto como a través de un molde frenológico obtenido al natural del cráneo de este, permitía identificar las facultades que se hallaban más desarrolladas en la persona y por lo tanto eran predominantes (Renneville, 2000). En total, Gall identificó 27 órganos divididos en facultades intelectuales, morales y animales —otros frenólogos aumentaron el número de

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Una historia de la frenología a través de sus sujetos: los calculistas mentales y sus moldes frenológicos

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Fig. 1. Disposición de los 27 órganos relativos a las facultades mentales en el cráneo según Gall. El número 23 corresponde al órgano del cálculo. Ms. 96-17, BIU Santé, París.

Los calculistas fueron objeto de análisis craneológicos y se extrajeron moldes al natural de sus cabezas

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órganos hasta rozar la cuarentena—, entre ellos uno dedicado al cálculo, el cual estaba localizado sobre el extremo de las cejas en los laterales del cráneo (Fig. 1). Desde sus inicios, las conferencias públicas fueron la principal forma de difusión y propaganda de la frenología (Goldstein, 2005). Después de que Gall la propagara en Europa, fue gracias a las giras de Spurzheim y del abogado George Combe (1788-1858), fundador de la importante Sociedad Frenológica de Edimburgo, que la frenología arraigó con fuerza en Estados Unidos, desde donde Marià Cubí (1801-1875) adquirió los conocimientos que luego exportaría a España (Nofre, 2005). Las demostraciones de los frenólogos conseguían hacer sus saberes accesibles a un gran público, hecho que entraba en contradicción

con la idea de que el conocimiento científico estaba reservado a una elite ilustrada. Así, la actitud de los frenólogos fue percibida como antiacadémica, una característica que parece que fue más la voluntad de Spurzheim que la de Gall. En palabras del historiador Steven Shapin (1979: 144), desde la primera publicación en inglés de Spurzheim «la frenología ya se presentaba como contestataria y “rompedora” de sistemas; como antiacadémica, cientificista y desmitificadora de las filosofías idealistas; como la bestia negra materialista de las religiones espirituales». De este modo, se consideró que la frenología conducía al materialismo y al fatalismo —por ejemplo, con respecto a la naturaleza «criminal» de algunos individuos (García González, 2013). La gran mayoría de calculistas que

citaremos en este trabajo fueron objeto de análisis craneológicos y se extrajeron moldes al natural de sus cabezas. Dichos moldes se expusieron en los museos frenológicos de París y Edimburgo —los cuales albergaron las mejores colecciones a nivel mundial— y sirvieron de evidencia tanto a los seguidores como a los detractores de la frenología, quienes tenían opiniones contrapuestas sobre lo que significaban los bultos y depresiones palpables en los cráneos. Para concretizar este debate nos centraremos en el caso del siciliano Vito Mangiamele (1827-1897; Fig. 3), quien en 1837 y 1841 fue examinado por academias de ciencias en Francia y España, respectivamente, además de convertirse en una supuesta «prueba viviente» de la frenología. Su caso nos brinda distintos niveles de análisis, desde la cuestión de los sujetos «anormales» y su rol en la exploración médico-psicológica de las facultades mentales (Carson, 1999), hasta el papel de la cultura material de la ciencia —aquí representada por los moldes frenológicos— como forma de exposición y generación de conocimiento de lo humano (Zarzoso y Pardo-Tomás, 2019). Así, este trabajo se presenta como una historia de la frenología a través no tanto de sus obras capitales, sino mediante varios de sus sujetos predilectos y sus representaciones materiales. Estos individuos, y los objetos derivados de ellos, se convirtieron en representantes involuntarios de saberes y debates que buscaban, a través de sus casos particulares, legitimar o descreditar una nueva forma de concebir las facultades humanas y la anatomía del cerebro. La historia de Mangiamele —y de los calculistas mentales en general— se inscribe dentro de la metodología del «pensar por casos» (Passeron y Revel, 2005), o la idea de que a través de sujetos y fenómenos singulares o anormales se pueden inferir conocimientos generales. Dentro del marco positivista del siglo XIX en el que el fenómeno de los calculistas se desarrolló, lo normal o sano pasó a designar la media, mientras que lo anormal o patológico pasó a considerarse una desviación del estado normal, en lugar de un estado diferente, como se

había entendido anteriormente (Hacking, 1990). Así, el estudio de los sujetos anormales o que se hallaban en el extremo de un supuesto promedio era útil para teorizar sobre el desarrollo «normal» del individuo y analizar las causas de sus desviaciones. En la historia de la medicina, la psiquiatría y la psicología estos sujetos singulares han sido representados por casos muy variados, como niños salvajes al estilo de Victor de l’Aveyron (c. 1785-1828), estudiado por Jean Itard; sonámbulas y magnetizadas, como «Félida X.» (1843-?), paciente de Eugène Azam; e histéricas como «Anna

Los moldes craneales de los calculistas mentales dieron pie a múltiples interpretaciones sobre la existencia del «órgano del cálculo»

O.» (1859-1936), de gran importancia para Sigmund Freud. Sus casos sirvieron como pilares de nuevas teorías, como el desdoblamiento de la personalidad y el psicoanálisis, así como para desarrollar nuevos sistemas de clasificación de lo humano. El médico y cirujano François Broussais (1772-1838), cofundador de la Sociedad Frenológica de París, fue uno de los principales impulsores de la nueva concepción de los estados normal y patológico. Desde sus inicios la frenología mostró gran interés por sujetos considerados extremos, como los condenados a muerte, los genios en distintos ámbitos, los líderes políticos y militares y, como analizaremos, los calculistas mentales. Se pensaba que en estos sujetos uno o varios de los órganos que componían el cerebro

se hallaban desarrollados por encima de la media y por lo tanto eran más fáciles de localizar y estudiar. Los casos singulares también se usaron para teorizar sobre la raza desde el punto de vista frenológico (Poskett, 2019). Para los frenólogos, las cabezas de estos sujetos ofrecían una prueba clara y «objetiva» de sus teorías, la cual se podía inmortalizar a través de moldes de escayola obtenidos al natural, o mediante la conservación del cráneo tras la muerte. Este tipo de evidencias materiales, las cuales se juzgaron capaces de «hablar por sí mismas», ganaron importancia a lo largo del siglo XIX a medida que se promovía la primacía de la experimentación por encima de la observación científica, la cual se consideraba demasiado impregnada de la subjetividad del investigador (Daston y Galison, 2007). La producción y el comercio de moldes frenológicos, procedentes ante todo de las colecciones de París y Edimburgo, creó un verdadero mercado global de estos objetos. La participación ocasional de artesanos en el policromado de los moldes los convirtieron en otro de los «objetos de ciencia artísticos» (Zarzoso y Morente, 2020) que han pasado a formar parte del patrimonio científico y cultural en las colecciones de los museos antropológicos y de ciencia. El declive de la frenología a mediados del siglo XIX, junto con el auge de nuevas técnicas como la fotografía, contribuyeron a transformar estos moldes en representantes de unos saberes considerados desfasados, incluso pseudocientíficos —el médico François Magendie (1789-1855) fue el primero en llamar «pseudociencia» a la frenología en 1816—. Estas colecciones, hoy preservadas en los museos de antropología y ciencias naturales, nos recuerdan que los exámenes craneoscópicos fueron el aspecto más popular y a la vez más controvertido de la frenología. Los moldes craneales de los calculistas mentales dieron pie a múltiples interpretaciones sobre la existencia del «órgano del cálculo» y su función en el desarrollo del talento matemático. El caso de Mangiamele fue especialmente debatido en la medida que dicho órgano no sobresalía

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Una historia de la frenología a través de sus sujetos: los calculistas mentales y sus moldes frenológicos

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como cabría esperar según la disciplina frenológica. En los siguientes apartados empezaremos por presentar el fenómeno de los calculistas mentales y exploraremos su interés para las academias de ciencias donde fueron examinados. Centrarnos en Vito Mangiamele nos transportará a París, Barcelona y Madrid, donde el joven calculista fue objeto de discusión de académicos y frenólogos. Su caso muestra la dependencia de la nueva ciencia de estos sujetos y la necesidad de plasmar materialmente las «realidades frenológicas» que representaban mediante la obtención de moldes al natural de sus cabezas.

El fenómeno de los calculistas mentales Hasta el siglo XX el fenómeno de los calculistas fue casi en exclusiva masculino y todavía hoy existen pocas referencias al género femenino. A modo de excepción, podemos citar los casos de la griega Uranie Diamandi (1887-?) —hermana de Pericles Diamandi (1868-?), un famoso calculista estudiado en el laboratorio psicológico de la Sorbona a la edad de 25 años (Lahy, 1913)— y la india Shakuntala Devi (1929-2013), conocida como la «computadora humana», quien realizó giras por el mundo a partir de los años 1950. Como en el caso del ajedrez, el hecho de que las matemáticas fueran un dominio tradicionalmente asociado a los hombres contribuyó al carácter marcadamente masculino de este fenómeno (Reix y Hébert, 2008). Los calculistas mentales empezaron a generar un interés científico a mediados del siglo XVIII, cuando la Royal Society de Londres decidió examinar el caso de Jedediah Buxton (1702-1772). Buxton era el hijo de un maestro que a los doce años había demostrado una habilidad sin precedentes para el cálculo mental; sin embargo, era inepto para cualquier otra tarea y permaneció analfabeto —a pesar de los esfuerzos de su padre—, además de presentar dificultades para relacionarse. Tras examinar su don para la aritmética, los miembros de

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la Royal Society decidieron llevarlo al teatro para conocer sus reacciones ante la obra de Shakespeare Richard III interpretada por el mítico actor David Garrick (1717-1779). Durante la obra, Buxton estuvo contando los pasos de los bailarines, las palabras pronunciadas por Garrick y el número de veces que los actores entraban y salían del escenario (Scripture, 1891: 3-6). Retrospectivamente, el caso de Buxton ha sido incluido en el «síndrome del sabio», también conocido como «sabios autistas», en los que personas

El analfabetismo y la falta de enseñanzas básicas fue otra de las características del fenómeno de los calculistas mentales

con discapacidades mentales presentan una habilidad extraordinaria en tareas relacionadas con la memoria, como el cálculo, los idiomas y la interpretación musical (Treffert, 2009). A pesar de no ser un caso prototípico, Buxton contribuyó a dar a conocer el fenómeno de los calculistas mentales. Gracias a la fama alcanzada, la cual perduró tras su muerte, se sucedieron los casos en Europa y Estados Unidos, generando una especie de fenómeno en cadena donde cada calculista intentaba emular al anterior. Buxton compartió con los calculistas del siglo XIX la precocidad con la que se manifestó su talento. La historia del norteamericano Zerah Colburn (1804-1839), «sucesor» de Buxton, reúne la mayoría de características asociadas a la vida de estos fenómenos. En primer lugar, el descubrimiento del don para el cálculo ocurrió durante la infancia y fue una «sorpre-

sa» para sus progenitores. En el caso de Colburn, tenía alrededor de seis años cuando su padre, un carpintero del estado de Vermont, comprobó que era capaz de calcular de memoria con gran rapidez, y eso que solo había asistido a la escuela seis semanas. Su padre empezó a exhibirlo por los pueblos de Nueva Inglaterra antes de viajar a Europa en 1812, primero al Reino Unido y luego a París, donde Colburn fue presentado ante los académicos del Instituto de Francia y examinado por el frenólogo Franz Joseph Gall, como veremos más adelante. Tanto en París como en Londres el padre de Colburn encontró mecenas, en su mayoría aristócratas, que los sustentaron a cambio de dar una educación al niño, pero el chico nunca llegó a finalizar sus estudios (Colburn, 1833). El analfabetismo y la falta de enseñanzas básicas fue otra de las características del fenómeno de los calculistas mentales. Contribuyó en gran medida a que su habilidad fuera percibida como una maravilla. En las crónicas de la prensa y las biografías de la época los calculistas fueron presentados como un «milagro moderno» (Scripture, 1891: 11). El carácter extraordinario, casi sobrenatural, de estos sujetos sirvió como reclamo publicitario para sus espectáculos. Casos como el de Colburn se repiten con frecuencia en la historia de los calculistas mentales. De origen generalmente humilde, los padres explotaron el talento de sus hijos aludiendo a la voluntad de perseguir un futuro mejor para ellos. Aun así, los mecenazgos obtenidos rara vez se usaron para proveer los niños con una buena educación o para ayudarlos a labrarse una carrera más allá de la exhibición de su don. Una notable excepción a esta regla fue el caso del inglés George Bidder (1806-1878; Fig. 2), hijo de un obrero que llegó a actuar frente a la reina de Inglaterra cuando apenas tenía ocho años (A short account of George Bidder, 1820). A diferencia de Colburn, Bidder logró graduarse en matemáticas y geología en la Universidad de Edimburgo a los 18 años gracias a un sustento de la Royal Society y se convirtió en uno de los mejores ingenieros del país (Shuttlewor-

Fig. 2. Grabado de George Bidder en: Marriott, Joseph. Portraits of people with phrenological interpretations, c. 1850. Closed stores Visual no. 584990i. Wellcome Library, Londres..

th, 2010). En este sentido, su caso sirvió a quienes estudiaron los calculistas mentales como un ejemplo de la importancia de la educación para expandir los intereses más allá del cálcu-

lo y dejar de ser tan solo un fenómeno (Mitchell, 1907). Cuando no fueron los progenitores quienes intentaron aprovecharse de las habilidades de los jóvenes cal-

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Fig. 3. Litografía de Vito Mangiamele por Achille Devéria (1839). G. 12181, Musée Carnavalet, París.

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culistas, fueron sus preceptores quienes, aludiendo a una supuesta misión benéfica en pos del bienestar del niño, consiguieron que la familia les cediera la custodia. Este fue el caso del siciliano Vito Mangiamele, del que nos ocuparemos largo y tendido en los siguientes apartados, así como de Henri Mondeux (1826-1861), nuestro último ejemplo referente a este fenómeno. Hijo de pastores de la antigua provincia de Turena (Francia), Mondeux fue descubierto en 1838 por Émile Jacoby, director y fundador de una escuela. Este aseguró al padre que bajo su tutela Mondeux entraría a formar parte de la prestigiosa École Polytechnique y le propuso hacerse cargo de la educación y la manutención del niño. Nada más lograr su custodia empezó a organizar exhibiciones, siendo la fama alcanzada lo suficientemente grande para llamar la atención de la Academia de Ciencias de París en 1840 (Cauchy, 1841; Jacoby 1846). La exhibición que hizo Mondeux en ella no difiere de la de Vito Mangiamele, la cual expondremos seguidamente. Por el momento basta con precisar que, en este y los otros casos, la presentación de los calculistas mentales ante sociedades científicas, incluyendo las frenológicas, sirvió como campaña publicitaria. En el caso de Mondeux, su carrera se internacionalizó tras la demostración en París y fue invitado a actuar en embajadas, banquetes y colegios reales en Suiza, Alemania, Bélgica y el Reino Unido, y frente a personalidades como Victor Hugo y George Sand. Abundaron las actuaciones en establecimientos de enseñanza secundaria, por entonces reservados a la élite. Las demostraciones eran organizadas tanto como una forma de distracción como una manera de iniciar los alumnos en los debates científicos sobre las facultades que favorecían el talento matemático. Muchos de los estudiantes y profesores habían tenido la ocasión de presenciar las demostraciones de Mangiamele unos años antes y pudieron compararlo con Mondeux (Barbier, 1841). Por ejemplo, el joven Louis Pasteur (1822-1895) vio actuar a Mangiamele en su colegio, mientras

que su padre presenció una demostración de Mondeux y le escribió a Louis, por entonces alumno de la elitista École Normale Supérieure, que seguramente pronto tendría la ocasión de compararlo con el siciliano (Pasteur, 1946: 90-91). Como veremos en lo siguientes apartados, los calculistas citados formaron parte de los debates científicos de la época y se obtuvieron moldes de sus cabezas —con excepción de Buxton, que pertenece a una etapa anterior—. Para hacer la exposición de esta cuestión más amena, en lo que sigue nos centraremos en el caso de Vito Mangiamele.

Vito Mangiamele y la Academia de Ciencias de París En 1837, dos décadas después de que Colburn triunfara en París, llegó a la ciudad de la luz un niño de 10 años originario de Sortino, un pueblo cercano a Siracusa (Sicilia), llamado Vito Mangiamele. Era hijo de un pastor y, como la mayoría de calculistas mentales, no había recibido ninguna educación formal. La historia sobre el supuesto descubrimiento de su don aporta los elementos de sorpresa y maravilla que hemos mencionado: un día el joven Mangiamele, de tan solo cuatro años, acompañó a su padre a vender el ganado en el mercado. Al volver a casa Mangiamele le comunicó varios errores en el cálculo de sus ventas. Asombrado, su padre decidió que entrenara su talento. Mangiamele empezó a exhibir sus capacidades para el público local cuando un hombre de Florencia, de apellido Comparato, lo descubrió durante un viaje. Al comprobar que el niño, de siete u ocho años, era analfabeto, pidió permiso al padre para tomarlo bajo su tutela y educarlo. Ante el rechazo inicial, acudió al cura de la parroquia para que lo ayudara a convencerlo de sus intenciones supuestamente humanitarias, momento en que el padre accedió a cederle la custodia (Journal de l’Institut Historique, 1837; Marlin, 1840). En menos de dos años, Compara-

to logró que Mangiamele aprendiera italiano (hasta entonces solo hablaba el dialecto siciliano), francés e inglés, además de un poco de geografía e historia. Sin embargo, más que en su preceptor, como él mismo se definía en público, Comparato se convirtió en su mánager y empezó a exhibir al niño para lucrarse. Al poco de convertirse en su tutor, lo presentó al rey Francisco II de las Dos Sicilias, quien, fascinado por su talento, le ofreció una pensión con la condición de no salir del reino de Nápoles. Deseoso por exhibirlo por toda Europa, Comparato obtuvo el beneplácito de la reina para

La presentación de los calculistas mentales ante sociedades científicas, incluyendo las frenológicas, sirvió como campaña publicitaria

presentar a Mangiamele al Papa Gregorio XVI en Roma, con quien realizó tres sesiones privadas de cálculo y obtuvo su bendición (El Panorama, 1841). Tras abandonar el reino de Nápoles, Mangiamele empezó a viajar por Italia prestándose al examen de estudiosos de las matemáticas y la pedagogía en ciudades como Pisa y Florencia (Mayer, 1836). Comparato estaba empeñado en que Mangiamele fuera examinado en la Academia de Ciencias de París por el célebre matemático y astrónomo François Arago (1786-1853). La hazaña se logró gracias a la mediación de Charles-Henri Tabareau (1790-1866), profesor de la Facultad de ciencias de Lyon, conocido por su método para

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el aprendizaje de las matemáticas (The Metropolitan, 1837). En junio de 1837, Mangiamele acudió al despacho de Arago, quien decidió que antes de nombrar una comisión para el estudio del niño había que presentarlo públicamente en la Academia. Durante la sesión, se le pidió resolver tres problemas de aritmética, a cada cual más complejo, que Mangiamele consiguió responder correctamente en intervalos que iban de los treinta segundos a los cinco minutos —por ejemplo, respondió en medio minuto cuál era la raíz cuadrada de 3796416—. Como la mayoría de términos matemáticos le eran desconocidos, Arago tuvo que traducirle los problemas en términos comunes. Ante los resultados obtenidos se nombró una comisión para el examen de Mangiamele formada, entre otros, por el doctor Magendie, detractor de la frenología, y por el propio Arago (Comptes rendus, 1837). A pesar de que no se publicó el informe de la comisión, se sabe que no se logró averiguar el método de cálculo mental usado por Mangiamele, el cual el niño era incapaz de explicar (Cauchy, 1841). En este sentido, su exhibición en la Academia de Ciencias no dejó de ser otro de sus asombrosos espectáculos, aunque de mayor complejidad matemática y con gran repercusión en la prensa internacional. Uno de los motivos aludidos por Comparato para llevar a Mangiamele ante la Academia de París fue la posibilidad de obtener una beca para su escolarización. Conocedor del asunto, el ministro de Educación francés escribió a dicha institución el siguiente mensaje: Ruego atraer la atención de la comisión sobre la educación que cabría dar a este niño extraordinario, para asegurar el desarrollo sosegado y regulado de sus facultades, que pueden convertirlo en un hombre. Haré todo lo que esté a mi alcance para lograr este propósito. Francia es la patria adoptiva de todos los talentos (Citado en Salvandy, 1837: 4).

En un caso coetáneo originario de la misma región que Mangiamele, el reino de las Dos Sicilias había decidido

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financiar la educación de Vicenzo Zuccaro (n. 1822), hijo de un violinista ambulante que había demostrado gran habilidad para las matemáticas (L’Album, 1837; Malvica, 1829). Sin embargo, en el caso de Mangiamele su preceptor rechazó la beca propuesta por el Ministerio de Educación francés. Según argumentó, tenía pensado publicar una obra desvelando los entresijos del método matemático de Mangiamele —el cual, como decíamos, ni el niño ni la Academia de Ciencias supieron explicar—, con cuyos beneficios esperaba subvencionar

Mangiamele era capaz de resolver de memoria problemas que a un matemático podían costarle hasta dos días y medio

la educación y futura carrera científica del calculista (Marlin, 1840). Huelga decir que dicha obra nunca llegó a publicarse y que Mangiamele continuó con sus exhibiciones en sociedades científicas, colegios reales y otras reuniones selectas por Europa, incluyendo España.

Mangiamele en España Mangiamele llegó a Barcelona en abril de 1841, a punto de cumplir los 14 años1, para realizar varias demostraciones en la Real Academia de Ciencias Naturales y Artes. Al parecer ya no era Comparato quien lo acompañaba, sino un hombre llamado Achille Olivier de la Pleine de quien nada se sabe. Joan Cortada (1805-

1868), historiador y escritor que publicaba en el Diario de Barcelona bajo el pseudónimo de Aben-Abulema, lo describió a su llegada como «un matemático de otra esfera, un adivino de números […]. Toda la ciencia se humilla ante Mangiamele» (Cortada, 1841: 1779-1780). Su gira en la península ibérica lo llevó de la Ciudad Condal a Zaragoza, Madrid, Sevilla, Cádiz y Valencia, donde realizó varias demostraciones en academias y liceos. También se detuvo en el camino para dar algunas exhibiciones esporádicas en poblaciones de menor tamaño. Por ejemplo, entre Barcelona y Zaragoza paró en Igualada y se prestó de forma espontánea a resolver algunos problemas de cálculo. Tal fue la satisfacción del pueblo que le dedicaron un poema, cuya primera estrofa reza: «¡Salve, Vito Mangiamele! / Dime: [¿]qué numen te inspira, / cuando el mundo absorto admira, / ese tu ingenio inmortal?»2. A falta de poder dar una crónica precisa de sus distintas actuaciones, en este apartado nos centraremos en las que dio en las academias de ciencias de Barcelona y Madrid. En la Ciudad Condal, primera parada de su gira, Mangiamele dio cinco sesiones, dos privadas y tres públicas (Barca i Salom, 1995). El muchacho fue presentado por el químico Josep Roura (1797-1860) el 6 de mayo en una primera demostración reservada a los académicos y semejante a la transcurrida en París. Entre los presentes se hallaban los matemáticos Pere Màrtir Armet (1770-1950) y Josep Oriol i Bernadet (1811-1860), y el farmacéutico y catedrático de historia natural Agustí Yañez (1789-1857). Durante la reunión, que fue «concurridísima», se le presentaron distintos problemas de álgebra, aritmética y geometría, que consiguió resolver correctamente en pocos minutos; por ejemplo, Oriol le preguntó: «qué edad cuenta un sujeto cuya madre, al darle a luz, tenía 20 años, y ahora el producto de las edades de madre e hijo excede de 2500 la suma de las mismas dos edades» (Diario de Barcelona, 1841a: 1942). En Madrid, las sesiones se llevaron a cabo los días 25 y 27 de junio y

contaron con la participación, entre otros, de los matemáticos José Mariano Vallejo (1779-1846) y Eduardo Rodríguez (1815-1881), y del ingeniero Ramón Echevarría (1816-1875). Durante dichas sesiones se comprobó que Mangiamele era capaz de resolver en menos de quince minutos y de memoria problemas que a un matemático podían costarle hasta dos días y medio usando lápiz y papel (El Correo Nacional, 1841). Ante el entusiasmo de los académicos, en Barcelona se propuso realizar sesiones públicas de dos a tres horas de duración «con el objeto de hacer conocer su habilidad en el cálculo y satisfacer la curiosidad de los inteligentes en la materia» (Boletín de la Academia, 1841: 1). El lugar elegido fue la sala de actos de la Academia de Ciencias. El precio de la entrada era de 10 reales —casi el doble de lo que un jornalero ganaba en un día— y se vendían en la librería e imprenta Brusi, editores del Diario de Barcelona. En el anuncio de dichas sesiones Mangiamele se dirigía al público de la siguiente manera: Acostumbrado desde mi más tierna edad a resolver las cuestiones más difíciles de cálculo, he tenido el placer de ver satisfecha la curiosidad de los mejores matemáticos y calculistas por los países donde he viajado. En todas partes han acudido como en tropel los hombres de mayor saber y conocimientos para ver si era realmente cierto lo que la fama había llevado a su noticia tocante a la facilidad con que un joven sin más letras y estudios que los que aprendiera al lado de su padre pastor, resolvía aquellos problemas de aritmética, álgebra y geometría que a ellos les costaran larguísimo trabajo, siéndoles hasta imposible por los métodos conocidos en su ciencia, encontrar con precisión el resultado de la mayor parte de aquellos problemas. Hasta ahora ninguna cuestión cuyo espíritu yo haya penetrado ha podido resistirse al poder de mi natural aritmética: hasta ahora no he tenido el sentimiento de no poder dejar satisfecha la viva curiosidad de cuantos sabios se han dignado venir a honrarme con sus preguntas, y esta es la razón por la cual me veo animado a presentarme ante un pueblo tan ilustrado como el de Barcelona (Eco del Comercio, 1841).

Las sesiones iban pues dirigidas a un

público cultivado que, además, debía someter a Mangiamele a sus propias cuestiones sobre las materias especificadas en el anuncio3. Tanto en Barcelona como en las otras ciudades donde demostró su talento el público fue ante todo masculino, hasta el punto que en los anuncios se animó a participar a las mujeres (Diario de Barcelona, 1841b). Durante las representaciones que dio en Sevilla, la prensa apuntó que «varias señoras quisieron asistir a la sesión del miércoles, pero ninguna quiso ser la primera a entrar» (El Espectador, 1841) —seguramente por considerar tanto el acto como los conocimientos que se manejaban en él reservados a los hombres—, de modo que se las invitó a no tener reparos en presentarse en la

Fig. 4. Retrato de Vito Mangiamele (1841) encargado por Roura y presente en la Sala de Juntas de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona (RACAB). Cortesía de la RACAB, Barcelona.

próxima demostración. Las actas de las sesiones públicas de Barcelona fueron redactadas por Onofre Jaume Novellas (1787-1894), matemático y astrónomo, y publicadas en el boletín de la academia con el fin de «conservar una memoria de los actos de la facultad calculatriz y retentiva singular de un joven que debe formar época en los anales de la historia del entendimiento humano» (Novellas, 1842: 125). Una comparación entre la versión publicada y la versión

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Una historia de la frenología a través de sus sujetos: los calculistas mentales y sus moldes frenológicos

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manuscrita, conservada en el archivo de la academia, nos permite constatar que algunas partes del original fueron tachadas y no se imprimieron. Por ejemplo, en la primera sesión pública, Mangiamele se embrolló sobremanera al calcular el volumen de la tierra en leguas cúbicas, a pesar de que anteriormente había calculado con soltura la distancia de la Tierra a la luna en pies franceses. Novellas llegó a la siguiente conclusión, la cual no fue publicada en el boletín: «Esto convence que para Mangiamele tampoco son todas las horas a propósito para calcular, a que en aquel momento debía hallarse afectado de alguna indisposición corporal como en efecto así lo había manifestado y lo había repetido después»4. Como ya había ocurrido en otros países europeos, el triunfo de Mangiamele se consolidó con su aceptación como miembro correspondiente extranjero en las academias de ciencias de Barcelona y Madrid, lo cual lo convirtió muy probablemente en el socio más joven de ambas instituciones. En Barcelona fue Roura quien hizo la proposición mediante un escrito donde expuso todas las condecoraciones de Mangiamele, entre las cuales se citaba la Legión de Honor de Francia5, la bendición del Papa y el ser admitido como miembro en la Academia de Ciencias de Nîmes y la Royal Society de Londres6. Al mismo tiempo, Roura decidió encargar un retrato al óleo de Mangiamele (Fig. 4) cuyo autor se desconoce, aunque según el frenólogo Marià Cubí —quien, como veremos más adelante, se valió del retrato para sus estudios— se trataba de «uno de los mejores artistas de Barcelona» (Cubí, 1853: 308). El retrato permaneció medio siglo en manos de particulares, fue donado en 1895 a la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona por parte de Jaime de Castro y hoy luce en la Sala de Juntas (Diario de Barcelona, 1895). Cuando en el archivo de la academia pregunté si disponían de un retrato de Mangiamele me comentaron que hasta el 2008 el cuadro había permanecido mal inventariado. Al parecer el óleo fue enmarcado —suponemos que por error— con un marco donde

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estaba inscrito el nombre del químico Joan Agell i Torrent (1809-1868), de quien la academia también recibió un retrato donado el año 1898 y del cual hoy en día se desconoce su paradero. Un siglo más tarde, mientras se procedía a inventariar los cuadros de la academia, uno de los archivistas reconoció las semejanzas entre el supuesto retrato de Joan Agell que lucía en la Sala de Juntas y un dibujo de Mangiamele en un libro sobre frenología de Cubí (véase la Fig. 9). Cuándo y de qué modo terminó el retrato de Mangiamele en un marco destinado a Agell, y durante cuántas décadas se creyó que el óleo del joven calculista en una sala emblemática de la academia representaba al químico es, por el momento, un misterio.

Los académicos concluyeron que, desconocidos los métodos, Mangiamele resultaba un fenómeno «estéril» para la ciencia

¿Una facultad innata para el cálculo? El informe de la Academia de Ciencias Naturales de Madrid resume las motivaciones de esta y otras instituciones del mismo rango que se preocuparon por examinar a Mangiamele y a otros calculistas mentales. En sus palabras, los académicos esperaban determinar: «1º la naturaleza, extensión y límites de los conocimientos del joven calculador; 2º los medios de que se sirve para dar el resultado de sus cálculos; y 3º la utilidad que de esto pudiera re-

portar la ciencia, ya abreviando extraordinariamente sus procedimientos o ya por fortuna ensanchando los límites de su dominio» (Diario de Barcelona, 1841c: 4042). El tercer punto —a saber, comprobar si los métodos usados por los calculistas mentales harían avanzar la ciencia— dependía de averiguar en qué consistían dichos métodos (segundo punto). Como hemos avanzado, en esa época no se logró averiguar los procedimientos usados por Mangiamele, Buxton, Colburn, Mondeux y tantos otros. Según el matemático Augustin Cauchy (1789-1857), de la Academia de Ciencias de París, Mangiamele y su preceptor habían preferido esconder sus técnicas para el cálculo para seguir lucrándose a través de sus exhibiciones (Cauchy, 1841). En Madrid, los académicos concluyeron que, desconocidos los métodos, Mangiamele resultaba un fenómeno «estéril» para la ciencia, como lo fueron tantos otros antes de él «por haber quedado siempre ignorados los medios de que se valían esos talentos privilegiados» (Diario de Barcelona, 1841c: 4047). La idea de que un calculista mental era un fenómeno estéril también fue expresada en relación con Henri Mondeux, contemporáneo de Mangiamele y examinado por la Academia de Ciencias de París en 1840, tres años después del siciliano. El tutor de Mondeux, Émile Jacoby, había deseado que este fuera admitido en la École Polytechnique con el fin de convertirlo en un «ciudadano útil para la ciencia y para su país»; sin embargo, con el tiempo se dio cuenta de que nunca sería nada más que un «curioso, pero estéril fenómeno»7. Ante la imposibilidad de determinar los métodos usados por los calculistas los académicos debatieron sobre el primer punto antes mencionado, a saber, la naturaleza y conocimientos de esta clase de sujetos. Se apuntó que muchos de los coetáneos de Mangiamele habían afirmado «ver» los números en su mente. Sin embargo, como argumentó el abogado y filósofo Ramón Martí d’Eixalà (1807-1857), socio de la Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, Mangiamele y otros calculistas habían realizado operaciones comple-

Fig. 5. Dibujo de los distintos calculistas mencionados, incluyendo el molde al natural de Mangiamele, aparecido en un artículo sobre la facultad del cálculo en la frenología. En: Un membre de la Société Phrénologique (Émile Debout). «Études physiologiques. La faculté du calcul». Musée des Familles 9, (1841): 148-153.

jas antes de conocer los guarismos, por lo que no se sostenía la hipótesis de que «vieran» la cifras en su mente como lo harían sobre el papel o la pizarra, por lo menos durante su infancia, cuando ignoraban la forma y el significado de los

números (Martí d’Eixalà, 1841). Es importante recordar que la gran mayoría de calculistas no fueron alfabetizados —a pesar de su éxito internacional— hasta la adolescencia o incluso más tarde; por ejemplo, Jacques Inaudi (1867-1950) aprendió a leer y a escribir a los 20 años, pero su educación general siguió siendo muy pobre (Binet, 1894). Los padres y tutores de estos infantes prefirieron priorizar su carrera, tal vez creyendo que el desarrollo de otras capacidades sería perjudicial para su don. Desde este punto de vista se pensaba

que no cultivar otras habilidades preservaba un talento específico. Según el psicólogo Frank D. Mitchell, quien en 1907 publicó una investigación sobre los calculistas mentales: «Esto explica por qué tantos hombres ignorantes han sobresalido como calculistas; la ignorancia, al impedir la intrusión de otros intereses, permite que el calculista desarrolle su único don, y le impide darse cuenta de lo trivial que es, y de lo infundado que es el asombro del público» (Mitchell, 1907: 102). Ante la imposibilidad de afirmar que la facultad para el cálculo men-

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tal fuera «solo» adquirida, en el sentido de que su principal causa fuera la educación, se empezó a especular con los orígenes innatos de esta habilidad. El examen de Mangiamele en Madrid llevó a los académicos a concluir que el muchacho había «nacido con una aptitud bien manifiesta y comprobada para el cálculo; o en estos términos, que su talento matemático es original e innato». En este sentido, los calculistas mentales no habrían hecho más que «dejarse llevar por la senda que le[s] trazó la naturaleza» (Diario de

desarrollar una habilidad fuera de lo común. En este sentido, el talento innato tenía que ir acompañado de un comportamiento adquirido (el entrenamiento), muchas veces instigado por parte de los padres y preceptores. El origen de esta facultad innata para el cálculo era desconocido, ya que no existían evidencias hereditarias claras ni en Mangiamele ni en los otros casos. Este problema llevó a los académicos a plantearse una teoría candente de la época: la frenología (Fig. 5). Como veremos en los siguientes apartados,

Unido. Por entonces, Colburn contaba con 10 años y subsistía junto con su padre gracias a sus exhibiciones, sobre todo para aristócratas y sabios que ejercieron, en ocasiones, de mecenas. Tras ser examinado por los miembros del Instituto de Francia, Colburn fue puesto en contacto con Gall. En su primer encuentro, Gall (1825: 130149) palpó su cráneo y localizó una protuberancia al final de sus cejas, la cual indicaba una presencia destacada del órgano del cálculo. Dijo haber observado ese bulto en los bustos de

l’Homme de París —con la peculiaridad de que están inventariados como Kolborn (Fig. 6)—. La obtención de moldes frenológicos requería de unos conocimientos y unos materiales específicos, como yeso de París, que no estaban al alcance de todo el mundo. Su producción combinaba procesos científicos y artísticos en los que a veces participaban artesanos, como en la producción de los moldes anatómicos dedicados en un inicio a la enseñanza de la medicina y luego transformados mediante otros regímenes de exhibi-

una imagen idealizada de sus modelos (Laugée, 2013). Para producir los moldes frenológicos, en primer lugar era necesario el consentimiento del sujeto. También fue frecuente obtener moldes de las cabezas de los guillotinados, que muchas veces eran robadas. En el caso de querer obtener un molde completo del cráneo era preferible rasurar la cabellera. Sin embargo, en los calculistas era suficiente obtener una máscara, es decir, un molde del rostro, ya que el órgano de interés se hallaba en la fren-

dir detalles como cabelleras. El color de la piel y del cabello servían para destacar aún más las diferencias raciales. No en vano, se realizaron expediciones científicas a «tierras exóticas» para conseguir moldes frenológicos de sus habitantes y compararlos con los de los pueblos europeos (Renneville, 2000; Poskett, 2019). Es de destacar que, a diferencia de las máscaras mortuorias, en las cuales la técnica usada era la misma, los moldes frenológicos podían reconocerse con facilidad debido a las expresiones de tensión de los

Fig. 6. Moldes al natural de Zerah Colburn. El primero a la edad de 10 años (Colección de Gall), el de en medio a una edad similar y el tercero de adolescente (Colección de Dumoutier). Kolborn, G-76, D-60 y D-64. Muséum National d’Histoire Naturelle, París. © MNHN-J-C Domenech.

tanto en Madrid como en Barcelona se estuvo «palpando el cerebro» de Mangiamele, mientras que en París se extrajeron moldes frenológicos de su cráneo y se debatió ampliamente sobre su caso.

grandes matemáticos como Arquímedes. Para ponerlo a prueba, algunos médicos le trajeron tres muchachos de los cuales solo uno tenía facilidad para el cálculo y que Gall identificó correctamente. A Combe lo sometieron a un ejercicio similar cuando en Edimburgo le trajeron al calculista George Bidder, por entonces de 11 años, junto con otros dos niños y le pidieron que lo identificara a través del examen craneoscópico, que Combe (1851: 395) realizó con éxito. Tras el primer examen de Colburn, Gall mandó que se obtuviera un molde de su cráneo. Esta operación se repitió en dos ocasiones más y los moldes hoy forman parte de la colección frenológica del Musée de

Fig. 7. En el centro, el molde frenológico de Vito Mangiamele con 10 años, a la izquierda del todo, el de Franz Liszt con 16 años. Musée de l’Homme, París. Foto de la autora.

te. Para empezar, se untaba con aceite o jabón el rostro y el cabello para que quedaran resbaladizos. Luego se repartía la mezcla de yeso de París y agua tibia con una cuchara o las manos. Dos tubos colocados en los orificios nasales permitían la respiración, el resto quedaba cubierto. El tiempo de secado variaba según la mezcla y en el mejor de los casos tardaba tan solo cinco minutos. Una vez seco, se extraían las distintas partes del molde craneal en negativo, a través de las cuales podían crearse los bustos o las máscaras llenando la plantilla obtenida de yeso. También era habitual policromar los moldes finales para que fueran lo más parecidos posibles al sujeto y aña-

sujetos, sobre todo en los párpados, que a veces fruncían con miedo a que la escayola les entrara en los ojos (Sorel, 2001). Para los frenólogos, estos moldes ofrecían una prueba objetiva de sus teorías. El examen del cráneo de Zerah Colburn permitió a Gall reafirmarse en su teoría de que las facultades estaban divididas en el cerebro y que existía un órgano específico para el cálculo, el cual podía desarrollarse de forma precoz. En sus palabras:

La frenología se une al debate Barcelona, 1841c: 4043-4044). Aun así, los académicos estuvieron de acuerdo en que un «ejercicio incesante» de dicha aptitud innata era necesario para alcanzar los niveles exhibidos por Mangiamele. En Barcelona, Martí d’Eixalà (1841) concluyó que el chico debía poseer una «disposición natural» que, combinada con el entrenamiento continuo lo habían llevado a

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Uno de los primeros exámenes frenológicos de un calculista mental fue llevado a cabo por el propio Gall en París, ciudad donde el fisiólogo se había trasladado en noviembre de 1807. El sujeto en cuestión fue el norteamericano Zerah Colburn, mencionado anteriormente, quien llegó a la ciudad de la luz en 1814 tras su paso por el Reino

ción; por ejemplo, en clave moralizadora de las clases obreras mediante los museos anatómicos populares (Morente, 2019; Zarzoso, 2016). A pesar de que artistas como David d’Angers (1788-1856) se interesaron por la frenología, muchos criticaron los moldes de los frenólogos por ofrecer representaciones «sin alma» de sus sujetos e ir en contra de la corriente retratista dominante, la cual buscaba ofrecer

¿Quién buscará la gran facilidad para el cálculo de estos niños en las facultades consideradas en su conjunto, en una facultad general para sacar conclusiones? Todas estas dificultades

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desaparecen en cuanto admitimos un órgano específico para el talento por el cual se distinguen estos individuos. Según esta hipótesis, es razonable pensar que el órgano de los números pueda, en algunos casos, ir asociado a un desarrollo prematuro y una actividad extraordinaria (Gall, 1825: 142).

Los órganos y facultades podían ejercitarse, de modo que evolucionaban con la actividad a lo largo del tiempo. Una forma de trazar dicha evolución era obtener moldes frenológicos de un mismo sujeto en diferentes edades. Este fue el caso del calculista mental George Bidder, de quien el frenólogo de Londres James Deville (1777-1846) obtuvo hasta ocho moldes, de los cuales destacan el primero a los ocho años, cuando era un niño analfabeto célebre por su talento aritmético; otro a los 16 años, cuando estudiaba en la Universidad de Edimburgo; y el último a los 28 años, cuando ya era un ingeniero. Según las observaciones de Deville, durante ese tiempo, las facultades de reflexión y observación de Bidder se habían desarrollado modificando sus órganos dominantes y aumentando en profundidad su frente como signo de inteligencia (Wells, 1891). Los frenólogos realizaron moldes de otra clase de talentos en los dominios de la música y el arte. En 1827, Gall obtuvo un molde del virtuoso Franz Liszt (1811-1886), de 16 años, durante sus conciertos en París, el cual hoy podemos contemplar junto con el de Mangiamele en la exposición permanente del Musée de l’Homme (Fig. 7). En Edimburgo, ciudad donde la frenología se desarrolló intensamente convirtiéndose, junto con París, en el centro mundial de la «nueva ciencia», Combe realizó un molde de la actriz infantil Clara Fisher (1811-1898), célebre por sus interpretaciones en las obras de Shakespeare. Combe concluyó que el cerebro de Fisher poseía una increíble combinación de órganos, de entre los cuales destacaba el de la imitación, lo cual explicaría sus aptitudes como actriz (Schweitzer, 2016). Estos moldes y otros cráneos y bustos se exhibieron en las conferencias públicas realizadas por los frenólogos con el fin de difundir su

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doctrina, así como en los museos frenológicos que se crearon con el mismo propósito. En París, la iniciativa fue llevada a cabo por Alexandre Dumoutier (1797-1871), con estudios de medicina pero sin ostentar el título de médico, cofundador de la Sociedad Frenológica en 1831, época dorada de la frenología en Francia. La sede del museo frenológico de París, inaugurado en 1836, se instaló en el domicilio de Dumoutier situado en un distrito rico en el centro de la capital. Junto con el museo de Edimburgo, que era gratuito para favorecer la difusión de la frenología, el de París fue uno de

Estos moldes se exhibieron en las conferencias públicas realizadas por los frenólogos, así como en los museos frenológicos

los más importantes a nivel mundial. En su auge, contó con casi un millar de objetos entre bustos, cráneos y moldes, muchos de ellos realizados por Dumoutier. En él, los frenólogos ofrecieron cursos prácticos sobre las teorías frenológicas y sus aplicaciones en el campo de la salud, la alienación mental y la educación (Renneville, 1998). Para ello, la colección de moldes y cráneos contó con representantes de toda clase, desde asesinos a personas de «superioridad moral» y de etnias diversas. Hoy está preservada en los archivos del Muséum National d’Histoire Naturelle y expuesta, en parte, en el Musée de l’Homme.

Los calculistas mentales y la Sociedad Frenológica de París La Sociedad Frenológica de París estaba ante todo representada por médicos y alienistas de afiliación liberal. La frenología les interesaba porque era una alternativa a la anatomía patológica dominante: permitía localizar lesiones del entendimiento en la anatomía humana sin por ello renunciar a los «tratamientos morales» para la reforma social, los cuales formaban parte de la agenda política de los frenólogos en Europa y Estados Unidos (Renneville, 2000). En general, la frenología prometió la mejora personal y la ascensión social de las clases artesanas, obreras y pequeño burguesas. Mediante los exámenes craneoscópicos era posible conocer las aptitudes individuales favorables al progreso personal, así como las tendencias más peligrosas, las cuales podían ser neutralizadas mediante la «educación frenológica» o el ejercicio de determinados órganos (Goldstein, 2005). Cuando Vito Mangiamele llegó a París en 1837, la Sociedad Frenológica acababa de inaugurar su propia revista y órgano de propaganda, titulada La Phrénologie. El diario conservador Journal des Débats ironizó sobre el peligro que corría el calculista de caer en manos de los frenólogos: …lo agarrarán como a una presa, lo palparán, lo medirán, le extraerán un molde, le darán la vuelta en todos los sentidos, hasta que hayan descubierto a través de su cráneo la circunscripción cerebral correspondiente a la facultad particular de su mente [...]; tal vez, en este momento, su cara y su cabeza ya están arrugadas, cubiertas con una capa de yeso, de la cual no se liberará sin dejar parte de sus largos cabellos negros (Journal des Débats, 1837).

Sus conjeturas eran acertadas pues, ciertamente, en ese momento Alexandre Dumoutier ya había pedido permiso al preceptor de Mangiamele para obtener un molde de la parte delantera del cráneo. El niño no estaba al corriente del procedimiento y cuando entró en la habitación y vio los aparatos y materiales susurró a su tutor «¿Qué quieren hacerme?», y este le

respondió que no se preocupara. Mangiamele esperó con inquietud mientras Dumoutier preparaba la mezcla. Cuando la escayola líquida empezó a cubrirle la frente y los laterales casi se le escaparon unas lágrimas y se estremeció, pero logró mantener la calma mientras la mezcla le cubría los párpados, la nariz —con dos tubitos que le permitían respirar— y los labios. Según Dumoutier (1837), Mangiamele esperó con un estoicismo impropio a su edad a que la escayola se secara y cuando lo liberó de la máscara se echó a reír, ya más calmado. El molde final fue policromado —creemos que por el propio Dumoutier, quien era hijo de un artesano de las artes decorativas— y en la actualidad puede admirarse en el Musée de l’Homme (Fig. 7). Dumoutier escribió un informe sobre Mangiamele que fue publicado en la revista de la Sociedad Frenológica. Según sus observaciones, el órgano del cálculo era claramente identificable. Como otros niños que destacaban por su inteligencia, en Mangiamele la frente presentaba gran profundidad; sin embargo, a diferencia de aquellos donde la inteligencia era general, quienes tenían una frente de contornos redondeados sin protuberancias destacadas, en Mangiamele el órgano del cálculo sobresalía ligeramente. En palabras de Dumoutier (1837: 2), «la naturaleza ha impreso en la frente del joven Vito el sello de los Pitágoras, los Arquímedes, los Euclides, los Newton, los Kepler. Como en ellos, la extremidad externa de la ceja sobresale un poco y se alarga hacia la parte trasera [del cráneo]». Apuntó que esta modificación ya se había observado en «los Colborn [sic], los Buxton y los otros genios de los números que han precedido a Vito». Las personas nulas para el cálculo, en cambio, tenían la frente estrecha y deprimida en la zona descrita. Además de la facultad para los números, Dumoutier identificó otras aptitudes en Mangiamele, entre las cuales destacaban los órganos de la comparación y la causalidad, mientras que el órgano de la alegría se hallaba poco desarrollado, hecho que explicaría su carácter serio. También, como en los grandes pintores y los fisonomistas, en Vito se observaba el órga-

no relacionado con la capacidad de ver formas y objetos con claridad en la imaginación, situado al inicio del tabique nasal. Dumoutier (1837: 3) concluyó que Mangiamele era «una prueba viviente de la verdad imperecedera de la Frenología y de la gloria de sus inmortales fundadores». En el mismo número de La Phrénologie donde Dumoutier publicó su informe, el médico François Broussais, presidente de la Sociedad Frenológica de París, escribió un artículo refutando los comentarios del Journal des Débats y de otros periódicos sobre Mangiamele. En correspondencia con

Dumoutier concluyó que Mangiamele era «una prueba viviente de la verdad imperecedera de la Frenología»

la opinión de la Academia de Ciencias, la prensa general estimó que los métodos de cálculo usados por el niño eran desconocidos; además, se especuló que su facultad podía explicarse mediante la mnemotecnia, al modo de los prestidigitadores de la época. El que se hizo más conocido a partir de los años 1840 fue Jean-Eugène Robert-Houdin (1805-1871), fundador de un teatro con su nombre e inspirador de todos los grandes magos que le siguieron, incluyendo a Houdini, quien eligió ese nombre en homenaje (Lachapelle, 2015). Broussais (1837) refutó los argumentos sobre la mnemotecnia afirmando que en ningún caso la mera retención de cifras era suficiente para obtener los resultados de los problemas a los que eran sometidos los calculistas mentales. A su parecer, solo la existencia de una facultad men-

tal específica para el cálculo, puesta en relación con las facultades de representación, causalidad y comparación —es decir, todas aquellas observadas por Dumoutier en Mangiamele—, podía explicar la habilidad de los genios de los números. Después de obtener un molde de su rostro, Mangiamele y su preceptor fueron invitados a dar una exhibición en el local de la revista La Phrénologie, a la cual asistieron diferentes matemáticos encargados de plantearle problemas. El doctor Charles Place, director de la revista, dio una charla de presentación donde se discutió de nuevo sobre la presencia de los distintos órganos observados en Mangiamele y, en especial, el del cálculo, que según Place se calentaba cuando estaba en uso. Durante la conferencia, el niño estuvo sentado a su lado enfrente de los espectadores que colmaban la sala. Place se valió de la cabeza de Mangiamele para señalar la localización de los órganos que favorecían el talento matemático y terminó con la siguiente reflexión, la cual fue muy aplaudida: Los frenólogos convencidos de la verdad de sus principios, del futuro y la alta utilidad de su ciencia, nunca rehuirán las explicaciones públicas que se exigen de su sistema. Lejos de evitar las discrepancias y controversias referentes a su doctrina, hacen un llamamiento a la publicidad, a la discusión a plena luz del día, convencidos de que es de esta lucha de donde debe emerger la verdad. La frenología no es una cuestión de religión, no es una creencia que se quiera imponer, es una cuestión de observación, de investigación y de examen (Citado en Florens, 1837: 4).

Esta clase de discursos eran muy característicos de la frenología, la cual, como se ha comentado, desde sus inicios había utilizado las conferencias públicas como principal forma de difusión y estaba abierta a la confrontación, ya fuera a distancia, desde los órganos de la prensa, como en vivo durante sus demostraciones. Los frenólogos franceses habían planeado presentar a Mangiamele una última vez en público como «prueba viviente» de su doctrina —por retomar las palabras de Dumoutier— durante su séptima conferencia anual, la

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cual tuvo lugar en una sala del Hôtel de Ville de París. Sin embargo, ante la necesidad de cambiar el día del encuentro Mangiamele y su preceptor no pudieron asistir, pues tenían que dar una exhibición en El Havre. Enviaron una carta para disculparse, la cual fue leída durante el encuentro antes de la charla del médico Casimir Broussais

Fig. 8. Moldes al natural de Henri Mondeux a la edad de 13 y 15 años (Colección de Dumoutier). D-239 y D-239-bis. Muséum National d’Histoire Naturelle, París. © MNHN-J-C Domenech.

(1803-1847), que versó de nuevo sobre la apreciación frenológica del niño (La Phrénologie, 1837). El caso de Mangiamele sirvió de inspiración a Émile Jacoby, el preceptor del calculista Henri Mondeux. Además de presentar a Mondeux en la Academia de Ciencias de París tres años después de Mangiamele, lo llevó al museo frenológico e hizo que se extrajera un molde de su cráneo «en interés de la ciencia y del arte» en dos ocasiones, en diciembre de 1839 y en julio de 1841 (Fig. 8). Durante sus visitas al museo Mondeux se dejó palpar la cabeza por, entre otros, Gio-

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vanni Fossati (1786-1874), médico y presidente de la Sociedad Frenológica, quien concluyó que predominaba el órgano del cálculo a pesar de que el resto de facultades de la inteligencia eran mediocres. Dumoutier se encargó de obtener el segundo molde y afirmó que nunca había visto un órgano de los números tan desarrollado. Ja-

Acudir a las sociedades frenológicas fue una forma de publicitar a los calculistas mentales

Mangiamele y el de Mondeux fue que, en el primero, fueron los frenólogos quienes acudieron al sujeto en busca de una «prueba viviente» de su disciplina, mientras que en el segundo fue el preceptor de Mondeux quien se empeñó en que lo examinaran para promocionarlo del mismo modo que Mangiamele. Como las demostraciones en las academias de ciencias, acudir a las sociedades frenológicas fue una forma de publicitar a los calculistas mentales. Los exámenes frenológicos fueron mencionados en la prensa general y contribuyeron a multiplicar el número de invitaciones para exhibir su talento. Sin embargo, no puede argumentarse que los calculistas fueran los únicos que buscaran promocionarse. Al contrario, para los frenólogos estos sujetos, que de por sí eran célebres y muy escasos, contribuían de forma clara a situar el debate frenológico en la arena pública, como ellos mismos deseaban. Incluso hubo casos en donde se mintió sobre supuestos exámenes craneoscópicos que en realidad nunca ocurrieron. Por ejemplo, el médico de prisiones y miembro de la Sociedad Frenológica de París, Émile Debout, afirmó en su libro Esquisse de la phrénologie et de ses applications (1845) que Jacoby y Mondeux habían venido a verlo para conocer cómo debía abordarse el desarrollo de las facultades del calculista de forma equilibrada y saber si perdería su talento para la aritmética en la edad adulta. Debout reprodujo todos los consejos que supuestamente les dio tras analizar la cabeza de Mondeux y predijo que, de no seguirlos, pasaría a la historia como un fenómeno excéntrico más. Al enterarse, Jacoby (1846) desmintió por completo que dicha consulta hubiera tenido lugar.

La controversia frenológica llega a España coby (1846) insistió en que se realizara un examen craneoscópico completo de su «alumno», pero nunca logró que la Sociedad Frenológica mostrara el mismo interés que por Mangiamele —quizás por las críticas que recibió en este caso, como veremos más adelante. La diferencia entre el caso de

La frenología en España no se desarrolló con la misma intensidad que en Francia y el Reino Unido, pero formó parte del debate público en la prensa general y especializada. Su principal experto y divulgador fue Marià Cubí, quien se formó como frenólogo en la

década de 1830 en Estados Unidos, donde había emigrado para ejercer como profesor de lenguas. La frenología arraigó con fuerza en dicho país gracias a la llegada de Spurzheim en 1832 y de Combe entre 1838 y 1840, quienes difundieron su disciplina acompañados de sus moldes frenológicos y cráneos como pruebas científicas. Sus demostraciones fueron aplaudidas en la prensa médica y ganaron adeptos entre este colectivo, dando lugar a la fundación de revistas y sociedades frenológicas, la más importante de ellas en Boston en 1832, tras la muerte de Spurzheim (Riegel, 1933). Cubí se formó durante esta época dorada de la frenología gracias a la tutela del doctor Joseph Rodes Buchanan (1814-1899) y del divulgador Orson Squire Fowler (1809-1887), dos de los mayores promotores de la nueva ciencia. Su vuelta a Barcelona en 1842, dispuesto a difundir los conocimientos adquiridos y redactar una serie de manuales de frenología, supuso la introducción definitiva de esta disciplina en España (García González, 2013; Nofre, 2005). Sin embargo, esto no significa que antes de la llegada de Cubí la frenología fuera desconocida y no tuviera adeptos en el país, como así lo muestra el caso de Mangiamele. Durante este período, sin duda más desconocido y mucho menos investigado, se publicó en Madrid en 1806 una importante síntesis anónima titulada Exposición de la doctrina del doctor Gall, primera obra en castellano sobre la frenología de la cual se tenga constancia (Bujosa i Homar y Miqueo Miqueo, 1986). Unos años más tarde, el médico de orientación liberal Mateo Seoane (1791-1870) publicó un libro —al parecer, una versión adaptada del francés— titulado Exposición de la doctrina frenológica inventada por el doctor Gall (1811), el cual sería aumentado en 1825 y reimpreso en Londres, donde Seoane se había exiliado al ser condenado a muerte tras la restauración del absolutismo en España (Chinchilla, 1846)8. Una tercera revisión de esta obra que nunca llegó a publicarse era menos entusiasta con la frenología que las anteriores. Durante su estancia en el Reino Unido, Seoane se relacionó con Spur-

zheim y asistió a sus conferencias, frecuentadas sobre todo por médicos. Spurzheim le hacía sentarse siempre a su lado y un día usó su frente como ejemplo, aludiendo que en Seoane estaba muy desarrollado el órgano del orden y que nunca sería un gran revolucionario, y eso que en España había sido condenado por serlo (Alvistur,

Como los calculistas mentales, los criminales eran considerados «casos extremos» con disposiciones más marcadas de los órganos cerebrales

1862: 19 y 45). De vuelta a Madrid, en 1837 dedicó algunas de sus charlas en el Ateneo a la frenología; pero con el tiempo se desilusionó con esta disciplina (López Piñero, 1984: 16). Otra obra importante sobre frenología fue una versión traducida y adaptada de un libro publicado en 1808 por el médico de Nápoles Giovanni Mayer, quien decía haber sido alumno de Gall en Alemania. La versión castellana fue llevada a cabo por el escritor Carl Ernest Cook, originario de Alsacia y residente en Barcelona desde 1821, importante divulgador del Romanticismo en España y de disciplinas colindantes con la frenología, como la fisiognomía y el mesmerismo. Cook no se contentó con una simple traducción de la obra de Mayer, sino que añadió ejemplos de casos conocidos en España para facilitar la comprensión del lector. Por ejemplo, una comparación entre la versión original italiana y la adaptación al castellano nos muestra

que, en la explicación correspondiente al «órgano de los números», Cook (1822: 40-41) añadió un largo párrafo exponiendo el caso del calculista mental «Sr. Cueto», tesorero originario de la Coruña que fue recibido en la corte de Carlos IV (1748-1819), donde se le presentó un cuadro representando un grupo de gente reunido en una plaza y se le pidió que dijera de un vistazo cuántas cabezas había. Cuando se verificó la respuesta de Cueto se alegó que había contado una cabeza de más, pero el calculista arguyó que habían olvidado contar la punta de una nariz que sobresalía apenas. La prensa francesa anunció en julio de 1813 que Cueto se hallaba en París haciendo gala de su talento (Journal de l’Empire, 1813); a pesar de ello, este escurridizo calculista ha sido olvidado. El libro sobre la frenología de Mayer adaptado por Cook ejerció una gran influencia sobre el médico Joan Drument (1798-1863)9, otro de los exponentes de la frenología en España que más tarde examinaría a Mangiamele. Originario de Barcelona, desde 1822 fue Médico de Cámara Real, destacó en su Cátedra de Patología Médica en Madrid y fue elegido presidente de la Real Academia Nacional de Medicina en 1862. Según Cubí (1843: 300), Drument se «convirtió» a la frenología y realizó sus propias observaciones personales con un interés particular por los criminales. Entre 1827 y 1833, mientras el general francés Carlos de España (1775-1839) gobernaba en Catalunya con especial crueldad, Drument pidió permiso para disecar los cadáveres de los condenados a muerte que se hallaban en el Hospital de la Santa Creu de Barcelona y realizar observaciones frenológicas. Como los calculistas mentales, los criminales eran considerados «casos extremos» con disposiciones más marcadas de los órganos cerebrales, lo cual permitía una craneoscopia a priori más certera que favorecía la legitimación científica de la frenología (Bartomeu Sánchez, 2015). Un caso curioso, narrado por Pío Baroja (1931), implicó al famoso conspirador Eugenio de Aviraneta (17921872), involucrado en múltiples intrigas políticas y de espionaje con un

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papel importante en contra del bando absolutista durante la Primera Guerra Carlista. En 1840, Aviraneta fue detenido en Zaragoza por disposición de Baldomero Espartero y con orden de fusilarle; sin embargo, fue liberado al cabo de poco al comprobarse que cumplía órdenes reales. Al conocer la detención de Aviraneta, Drument escribió a Espartero que, en beneficio de la ciencia, conservara intacta la cabeza del conspirador para poder estudiarla según la frenología, pero sus intenciones fracasaron tras su liberación. En palabras del propio Aviraneta: «Afortunadamente para mí, se frustraron los buenos deseos y planes de un célebre doctor en medicina de Madrid, que parece tuvo la ocurrencia de pedir al cuartel general de Espartero, mi cabeza (se entiende después de muerta) con el plausible objeto para las ciencias, de examinarla por el sistema frenológico de los doctores Gall y Spurzheim. Yo le doy, con este motivo, las más expresivas gracias, por el alto honor que quiso hacer a mi cabeza, deseándole mucha salud y una prolongada vida, para que sobreviva y pueda inspeccionar las estupendas molleras de otros personajes de más fama» (Aviraneta, 1844: 7).

Junto con Seoane, Drument fue uno de los principales divulgadores de la frenología en la Academia de Ciencias de Madrid. En junio de 1839, el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia dio cuenta de que en una sesión de la academia un médico, suponemos que Drument, presentó unas ilustraciones frenológicas dando la nueva ciencia como «establecida». Más tarde, los académicos examinaron un molde de yeso policromado importado desde París, con la localización de los distintos órganos según Broussais, y se contempló la posibilidad de dotar la academia de una colección de moldes frenológicos «de todas las más sobresalientes celebridades, notables por algún órgano o grupo de órganos» — empresa que no parece que se llevara a cabo—. Como veremos en el siguiente apartado, cuando Vito Mangiamele realizó sus demostraciones en las academias de ciencias de Barcelona y Madrid en mayo y junio de 1841 la cuestión de la frenología estaba a la

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orden del día, y eso a pesar de que faltaba más de un año para que Cubí llegara a la península ibérica.

Mangiamele y la frenología en Barcelona y Madrid En la revista ilustrada Museo de Familias se mencionó que, durante la primera demostración de Mangiamele en la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona «hubo algún facultativo que con su permiso le estuvo palpando el celebro [sic], en busca sin duda del órgano científico según el sistema de Gall; mas no sabemos el resultado de tan curiosa observación» (El Verídico, 1841: 382-383). Se hace difícil afirmar con certeza quiénes fueron los académicos que buscaron ha-

Junto con Seoane, Drument fue uno de los principales divulgadores de la frenología en la Academia de Ciencias de Madrid

cer una apreciación frenológica. Sin embargo, está claro que esta teoría se tuvo en consideración y que muchos de los que asistieron a la sesión estaban versados en el tema. Agustí Yañez, por ejemplo, hizo una breve exposición de las teorías de Gall en el primer volumen de Lecciones de historia natural (1844) y argumentó que existían «razones plausibles» a su favor (Yañez, 1844: 124-125). El médico Pere Felip Monlau (1808-1871) utilizó en parte los principios frenológicos durante su breve nombramiento como alienista en el Hospital de la Santa Creu de Barcelona en 1843. En

sus tratados sobre higiene pública y privada —los cuales serían adoptados en las facultades de medicina—, hizo referencia a la frenología como a una teoría útil para la comprensión y la educación de «la conducta, del carácter y del estado moral de una persona» (Monlau, 1846: 354). A su parecer, el gobierno debía promover que se repitiesen las observaciones realizadas por los grandes frenólogos en sitios como asilos, escuelas primarias, universidades, hospicios o cárceles con fines higiénicos de mejora social e individual (Monlau, 1847: 720-721). Monlau estuvo presente en la demostración de Mangiamele y lo consideró «un ejemplo notable del prodigioso desarrollo del órgano del cálculo» (Monlau, 1846: 356), de modo que es muy probable que, junto con Yañez, lo examinara durante su exhibición. No todos los académicos presentes se mostraron a favor de dicha teoría. El socio Ramón Martí d’Eixalà publicó una serie de observaciones sobre Mangiamele en el boletín de la academia que hemos comentado anteriormente. Ante su afirmación de que el muchacho debía de poseer una disposición innata para los números añadió una nota al pie donde clarificó su posición con respecto a la frenología. A su parecer, no podía «admitir el sistema de Gall en todas sus partes», pues en su opinión los órganos especiales identificados por los frenólogos, como el del cálculo, acostumbraban a ser una combinación de facultades elementales que actuaban conjuntamente (Martí d’Eixalà, 1841: 84). A pesar de la posición más bien escéptica de Martí d’Eixalà es de destacar que uno de sus discípulos, Narcís Gay (18191872), se convirtió en uno de los principales representantes de la frenología en Catalunya y fundó en 1847 la revista El Eco de la Frenología, que trató de adaptar dicha disciplina al catolicismo (Nofre, 2005). En Madrid, el examen craneoscópico de Mangiamele resulta más claro de dilucidar. Los médicos Mateo Seoane, por entonces presidente de la Academia de Ciencias, y Joan Drument, miembro numerario, examinaron la cabeza del chico al finalizar la sesión y afirmaron que el órgano del

Fig. 9. Dibujo de Mangiamele basado en el retrato encargado por Josep Roura en 1841. En: Cubí, Marià. La frenología y sus glorias. Barcelona: Imp. Hispana, 1853, 308.

cálculo indicado por Gall se hallaba mucho más desarrollado en volumen que el resto de órganos. Sin embargo, Seoane admitió a la prensa que el reconocimiento del cerebro había sido «superficial»; en consecuencia, Drument pidió permiso para hacer algunas «investigaciones frenológicas» de

mayor calado. Como en París, se consideró que la frenología encontraría en Mangiamele una «prueba muy fecunda» de sus teorías (El Correo Nacional, 1841; El Corresponsal, 1841). A pesar de que los periódicos anunciaron que compartirían la conclusión de dichas observaciones, estas nunca llegaron a publicarse, ni en la prensa general ni, al parecer, en la especializada. En este sentido, no podemos concluir que la investigación de Drument sobre Mangiamele se llevara a cabo o, por lo menos, que se difundiera. En cualquier caso, queda claro que las explicaciones frenológicas se

Se consideró que la frenología encontraría en Mangiamele una «prueba muy fecunda» de sus teorías

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exploraron tanto en Barcelona como en Madrid —a priori mucho más de lo que las crónicas de las sesiones dejan ver— y es de suponer que su impacto habría sido mayor si la gira de Mangiamele por España hubiera tenido lugar unos años más tarde, con la llegada de Cubí y la popularización de la frenología. Sin ir más lejos, Cubí se interesó por el caso de Mangiamele de forma retrospectiva. Tras su llegada a Barcelona a finales de 1842 la cultura progresista predominante en la ciudad le permitió desarrollar sus actividades de divulgación con libertad y entusiasmo. En el otoño e invierno de ese año presentó la nueva ciencia en un curso en la Casa de Convalecencia del Hospital de la Santa Creu donde asistieron varios médicos y estudiantes de medicina, y miembros de la Academia de Ciencias como el arquitecto y matemático Josep Oriol i Bernadet, que había examinado a Mangiamele. Además, Cubí realizó exámenes craneoscópicos a particulares10, y visitó los presidios masculino y femenino del Hospital de la Santa Creu mostrando un interés particular por los criminales, como Drument. Cubí se relacionó con buena parte de la comunidad científica e intelectual de Barcelona y fue muy bien acogido por académicos presentes en la demostración de Mangiamele, como Pere Màrtir Armet, Pere Felip Monlau y Josep Roura (Carnicer, 1969). Durante una visita en casa de Roura, este le mostró el retrato que había encargado de Mangiamele en 1841 durante su estancia (Fig. 4). Según Cubí (1843: 164), cuando Roura le enseñó el retrato respondió, sin saber de quién se trataba, que debía de ser un «famoso calculista». Cubí reprodujo un dibujo del cuadro en su libro La frenología y sus glorias (1853), donde analizó la disposición de los órganos más destacados en Mangiamele (Fig. 9). Los números 32 y 26 indican la localización de los órganos del cálculo y de la individualidad según el sistema frenológico de Combe y Spurzheim adoptado por Cubí —la individualidad hacía referencia al hecho de concentrarse en objetos particulares y en concepciones abstractas; este órgano favorecía el estudio de las ciencias naturales y la ob-

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servación analítica. Anticipándose a una crítica que se hizo al análisis frenológico de Mangiamele en Francia, la cual analizaremos seguidamente, Cubí (1843: 57-56) argumentó que el órgano de los números era menor en tamaño de lo que cabría esperar en un calculista, pero que esto en nada afectaba a la utilidad y los principios de la frenología. Equiparó el caso de Mangiamele al de Pascal, Bellini y Paganini, en quienes tampoco se observaba un tamaño fuera de lo común de los órganos relacionados con el cálculo y la música. Consideró que estos casos entraban dentro de las llamadas «condiciones desconocidas» y, además, insistió que él había basado sus análisis en el examen de retra-

Atacar a un sujeto en particular era una forma indirecta de deslegitimar la frenología

tos, litografías o grabados de dichos individuos, soporte material que era menos apropiado que el cráneo o los moldes frenológicos, los cuales permitían la palpación directa (Riera, 1852: 267-268).

Refutaciones al órgano del cálculo Tanto en Francia como en España se cuestionó la existencia del órgano del cálculo en Mangiamele. Atacar a un sujeto en particular era una forma indirecta de deslegitimar la frenología en su conjunto, del mismo modo que los frenólogos se valían de casos singulares y célebres para dotar de credibilidad su disciplina. El principal atacante en París fue el alienista y futuro miembro del Instituto de Francia

Louis Francisque Lélut (1804-1877), sin duda una de las figuras más importantes de la medicina francesa y uno de los principales desacreditadores de la frenología. En los años 1830, cuando trabajaba como médico en el depósito de los ajusticiados de la prisión de la Roquette, empezó a medir los cráneos de famosos asesinos para compararlos a los de los individuos «normales», sin encontrar ninguna diferencia notable (Renneville, 2000). Tras otros exámenes fallidos desde el punto de vista frenológico, Lélut publicó en 1843 el libro Rejet de l’organologie de Gall et de ses successeurs —reeditado bajo un nuevo título en 1858—, donde atacó, entre otros, el caso de Mangiamele. Un extracto titulado «Historia frenológica y matemática de Vito Mangiamele» fue reimpreso en la revista de medicina y cirugía L’Expérience un año más tarde. En 1847, se realizó una traducción castellana de su libro por un tal «A. G.», publicado por la imprenta del presidio de Valencia. Según explicó Lélut en la citada obra, él mismo fue a observar y palpar el molde frenológico de Mangiamele obtenido por Dumoutier —que en esos momentos debía hallarse en el museo frenológico de París— y se sorprendió de la ausencia del órgano del cálculo. En su libro ironizó que «si hubiera un cerebro, un cráneo sobre el cual este órgano tuviera de ser visible, enorme, y, en este caso particular, de un aspecto verdaderamente característico, sería incontestablemente el cerebro o el cráneo del pequeño calculista siciliano» (Lélut, 1843: 311-312); y aún así, según Lélut, allí donde debía hallarse el órgano del cálculo, señalado por una protuberancia, existía una depresión. Incluso fue más allá, afirmando que quienes habían visto el molde le habían preguntado si se trataba de uno de esos «imbéciles» de los que él se encargaba en la prisión de la Roquette. La crítica de Lélut es interesante porque partió del molde extraído por Dumoutier, es decir, la misma «prueba objetiva» que los frenólogos habían utilizado para legitimar su disciplina. Como en otros casos en la historia de la ciencia, una evidencia material que perseguía la objetividad y,

por lo tanto, se esperaba que «hablara por sí misma», fue interpretada de manera contrapuesta. La crítica de Lélut fue repetida por el periodista especializado en la crónica médica Louis Peisse (18031880). En el mismo tono burlesco usado por Lélut, Peisse apuntó que, de ser ciertas las teorías de Gall y sus allegados, el órgano del cálculo debería de ser perfectamente visible en Mangiamele, «pero he aquí que, por una de esas travesuras que la naturaleza se divierte a hacer a los frenólogos, la cabeza de nuestro Ragazzo presenta una marcada depresión justo en el ángulo externo del arco orbital, es decir, ¡en el punto preciso asignado al órgano de la numeración!» (Peisse, 1857: 94). Según Lélut (1843), para maquillar la ausencia del órgano del cálculo los frenólogos habían avanzado teorías cómo que aumentaba de volumen cuando se usaba, o que actuaba en conjunción con los órganos de la causalidad, la forma y la comparación, órganos que tenían la particularidad de ser mucho menos visibles o palpables que el del cálculo, de modo que su presencia o ausencia eran más difíciles de contrarrestar. Ante estas explicaciones alternativas, Peisse (1857: 96-97) se lamentó de las funestas «consecuencias de este elástico sistema de interpretación, mediante el cual uno siempre está seguro de encontrar en un cráneo todo lo que espera». En España, la oposición a la interpretación frenológica del caso de Mangiamele se dio tan solo en relación con Cubí. Esto coincide con el hecho de que fue sobre todo después de su llegada que se empezó a debatir públicamente sobre la frenología, a pesar de que las crónicas sobre la doctrina de Gall ya proliferaron en la prensa de los años 1830 (García González, 2013). Las críticas a Cubí y la frenología no provinieron tanto de médicos, sino de pensadores y propagandistas católicos, como el clérigo y teólogo Jaume Balmes (1810-1848), figura capital del pensamiento filosófico y religioso de la época, y el periodista Josep Marià Riera i Comas (1827-1858), de orientación carlista, redactor del periódico neocatólico La Regeneración y autor de varias obras panfletarias contra las sec-

tas y los francmasones. En 1843, Balmes fundó la revista La Sociedad, de la cual era el redactor exclusivo, y donde dedicó cuatro largos artículos a refutar la frenología enfrentándose a Cubí. Mientras el primer artículo era más analítico que crítico, la segunda serie logró que durante varios meses se generara un «silencio público» dentro de la clase médica catalana con respecto a Cubí (Nofre, 2005: 45-49). Balmes hizo referencia al caso de Mangiamele dentro de esta segunda serie. En el Manual de frenología (1843) y el Sistema completo de frenología (1843) Cubí había utilizado el ejemplo de Mangiamele para afirmar que el cerebro no era un solo órgano sino un sistema múl-

La refutación en España no persiguió desacreditar la frenología por ser una amenaza científica sino por serlo a nivel social

tiple y complejo. Así, afirmó que si el cerebro fuera «uno y simple» Mangiamele sería tan buen poeta como calculista (Cubí, 1843: 23). Si bien Balmes (1843: 347-348) admitió que existían diferencias entre los cerebros, estas dependían del nivel de «perfección de uno mismo» y se reafirmó en la unidad del yo. Riera reprodujo los argumentos de Balmes contra el caso de Mangiamele en su obra La frenología y el siglo (1852). Además, recomendó a Cubí que leyera a Lélut basándose, no el texto del médico, sino en el comentario que hizo de este el teólogo y doctor en medicina Jean Corneille Debreyne

(1786-1867) en su obra Pensées d’un croyant catholique (1844). En un tono claramente impertinente, Riera (1852: 157-158) recordó la anécdota según la cual Cubí identificó a Mangiamele como a un calculista con solo ver su retrato en casa de Roura. Según Riera, Cubí conocía de antemano al retratado y quiso «echarlas de adivinador» para impresionar a su huésped. A diferencia del caso francés, la refutación del caso de Mangiamele en España no persiguió tanto desacreditar la frenología por ser una amenaza científica sino por serlo a nivel social. Como expone David Nofre (2005), la frenología que Cubí exportó a España prometía la mejora del individuo y la ascensión social, y era precisamente contra dichos propósitos de reforma que luchaban tanto Balmes como Riera. Así, atacar a Cubí mediante sujetos como Mangiamele perseguía preservar el orden social establecido. La desaparición de la frenología en Francia también debió mucho al clima político y en particular a la revolución de febrero de 1848, tras la cual los frenólogos no lograron encontrar su lugar en el nuevo orden social y, en abril de ese mismo año, se disolvió la Sociedad Frenológica de París (Renneville, 2000).

La posteridad de los sujetos y objetos de la frenología Tras el declive de la frenología en Europa y Estados Unidos a mediados del siglo XIX, la antropología física, la antropometría y la emergente psicología experimental se interesaron por el fenómeno de los calculistas mentales. El estudio de estos individuos siguió algunas premisas presentes en la frenología, evitando toda referencia a ella. En el caso de la antropología y la antropometría se consideró la relación entre la forma del cráneo y la condición moral e intelectual de las personas. En el de la psicología, se adoptó la idea de que los casos extremos o anormales permitían una mejor investigación de una o varias facultades mentales, ya que estas aptitudes se hallaban magnificadas en estos sujetos y eran más fáciles de inferir. En palabras del psicólogo estadounidense Edward W.

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Scripture (1864-1945), estudiar las facultades de los calculistas permitiría «determinar los procesos en los que consisten dichas facultades y establecer una serie de gradaciones de lo normal a lo anormal» (Scripture, 1891: 32-33). Como ha mostrado Serge Nicolas (2017), mediante el estudio del calculista Jacques Inaudi a finales del siglo XIX, «heredero» del fenómeno Mangiamele, el psicólogo experimental Alfred Binet (1857-1911) logró probar que el talento aritmético de estos sujetos residía en su extraordinaria memoria combinada con un entrenamiento continuado. Así, se demostró que su talento no dependía de una singularidad anatómica, como había propuesto la frenología, y se logró teorizar sobre los distintos tipos de memoria que facilitaban sus operaciones —en general de carácter visual, pero también auditiva— y sobre los procesos psicológicos de atención y perseverancia que entraban en juego (Binet, 1894). Vito Mangiamele llegó a convertirse en un sujeto psicológico de forma retrospectiva en la medida en que las investigaciones de Binet (1894), Scripture (1891) y Mitchell (1907), entre otros, continuaron a analizar su caso a pesar de no saber cómo había acabado. Hasta ahora se desconocía cómo terminó su aventura. Según afirmó Cubí (1853: 308), tras su paso por España «nada se ha vuelto a oír, ni nadie se ha vuelto a acordar de él; ha muerto, matemáticamente, como murieron los repentistas numéricos» por un uso «excesivo» de unos pocos órganos. La consulta de documentos administrativos de los Archivos Nacionales de Francia nos ha permitido dilucidar que Mangiamele regresó al país galo en 1842, tras su gira en la península ibérica, y fue abandonado por su preceptor, quien se llevó consigo los beneficios obtenidos. El chico, de 15 años y sin una educación formal, tuvo la suerte de ser acogido por el director de una escuela preparatoria en Versalles11, donde se le dio una instrucción y, en 1844, se le contrató como profesor de matemáticas. En 1851, a los 24 años, Mangiamele tuvo que regularizar su situación en Francia para continuar ejerciendo. La correspon-

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dencia administrativa entre este, el prefecto de Seine-et-Oise y el ministro de Justicia nos muestra que el chico estaba completamente integrado en el país y que no había vivido de sus exhibiciones desde su llegada. Si bien Mangiamele no habló de su pasado, el prefecto sí lo hizo en su informe para el ministro, recordándole que llegó a Francia «con una reputación europea como calculista: era ese joven pastor siciliano que los periódicos de la época alababan tan pomposamente»12. Como el propio Mangiamele, el molde frenológico de su cabeza, obtenido por Dumoutier, también desapareció de la escena pública durante décadas. No podemos afirmar que se

La localización cerebral asociada a funciones psicológicas promovida por los frenólogos nunca fue abandonada por completo

realizaran copias del molde, o que se exhibiera en las demostraciones públicas de los frenólogos fuera de Francia. La colección del museo frenológico de París, de la cual formaba parte el molde de Mangiamele, fue adquirida por el Muséum National d’Histoire Naturelle en 1873, dos años después de la muerte de Dumoutier; pero quedó relegada a la sala de reserva, junto con la colección de Gall (Ackerknecht, 1956). La renovación del Musée de l’Homme entre 2009 y 2015 fue clave para dotar la frenología de un lugar destacado. Hoy en día, la exposición de moldes, cráneos y bustos de distintas etnias resulta uno de los centros de atención del nuevo recorrido museís-

tico. Tras su reapertura, la espectacular distribución en cascada de decenas de bustos, muchos de ellos obtenidos por Dumoutier, llamó la atención de la prensa y acaparó portadas de revistas. Como hemos mostrado, el molde de Mangiamele se encuentra expuesto en un lugar privilegiado y es el único de un calculista mental que forma parte de la exposición permanente. Los moldes de Mondeux y Colburn siguen encontrándose en la reserva y han formado parte de exposiciones itinerantes como À fleur de peau (20012002). Al final, de objetos representativos de unos saberes considerados de vanguardia en los museos frenológicos, estos moldes han pasado a formar parte del patrimonio científico francés. En la actualidad, representaciones modernas de cabezas frenológicas se han convertido en objetos decorativos, a veces expuestas en los despachos de los neurocientíficos. Como han mostrado Fernando Vidal y Francisco Ortega (2017), la frenología forma parte de la genealogía del «sujeto cerebral» o la idea de que «somos nuestro cerebro». La localización cerebral asociada a funciones psicológicas promovida por los frenólogos nunca fue abandonada por completo, sino transformada hasta llegar a las neurociencias actuales. Los calculistas mentales siguen siendo objeto de investigaciones que asocian su habilidad con determinadas áreas del cerebro. Técnicas como las neuroimágenes comparten con los moldes frenológicos el convencimiento de que es posible descifrar el ser mediante dichas representaciones materiales. De este modo, la posteridad de los calculistas y sus moldes nos muestra las distintas vidas y significados atribuidos a aquellos que fueron, durante un período corto pero intenso, sujetos y objetos predilectos de la frenología. s

Notas 1) Algunas crónicas citan que tenía 16 años, lo cual significaría que nació en 1825, como apuntó la Revue Belge. Sin embargo, 1827 es la fecha de nacimiento que siempre dio el propio Mangiamele, incluido en la edad adulta. 2) El poema sigue de la siguiente manera: «[¡]Salve, o genio de Arquímedes! / ¿Qué valen cetros ni reyes, / si tú sin armas das leyes / desde tu trono ideal? / Te adoro cual semi-Dios, / pues tu remontando el vuelo / nos revelas en el suelo / lo imposible y sin desliz. / Hasta el mismo Napoleón, / triunfante en el Saona, / trocara por tu corona / su corono de Austerlitz» (El Nacional, 1841). 3) Citamos como ejemplo uno de los problemas que se planteó en dichas sesiones públicas: «Un molino tiene 6 muelas. Para moler una fanega de trigo necesita la 1ª 12 minutos de tiempo, la 2ª 14’, la 3ª 16’, la 4ª 18’, la 5ª 20’ y la 6ª 22’. ¿Se pregunta, cuántos meses de 30 días necesitarán juntas para moler 1,000,000 de fanegas, y cuántas fanegas molerá cada muela?». Una fanega era la medida usada para el trigo, equivalente a 55 litros aproximadamente. Mangiamele respondió correctamente en cuatro minutos de tiempo (Novellas, 1842: 119). 4) Novellas, Onofre Jaume, «Observaciones hechas por la Sección de Matemáticas a las tres sesiones públicas de cálculo mental que dio el Sr. Vito Mangiamelli [sic]», 2.2.13, Sig. Tap. 158.26. Real Acadèmia de Ciències i Arts de Barcelona (RACAB). 5) No existe ninguna referencia a Mangiamele en los archivos de la Grande Chancellerie de la Légion d’Honneur, hecho por otro lado habitual en los casos de extranjeros de aquella época. Es probable que el preceptor de Mangiamele exagerara sus condecoraciones. 6) Expediente de Vito Mangiamele (CE), 2.3, Roura, Josep, 8 de mayo de 1841. RACAB. 7) Mondeux, Henri. Demande d’indemnité, 1848, F/17/3191. Archives Nationales (AN), Pierrefitte-sur-Seine. 8) Lamentablemente, no hemos conseguido hallar una copia de este libro. 9) Conocido también como Juan Drumen. 10) El precio de la craneoscopia era de 10 reales por niño y 20 reales por adulto si los reconocimientos se realizaban en el domicilio de Cubí, y el doble si tenía que desplazarse (La Antorcha, 1849). 11) En Francia, las escuelas preparatorias están destinadas a los alumnos de secundaria que planean presentarse al examen de admisión de las llamadas Grandes Écoles, instituciones universitarias de élite del sistema público francés. 12) Mangiamele, Vito. Demande civile, Ministère de la justice, 1851, Dossier n. 6032 X 5, BB/11/614. AN.

Fuentes de archivo Archives Nationales (AN), Pierrefitte-sur-Seine, Francia. Mangiamele, Vito. Demande civile, Ministère de la justice, 1851, Dossier n. 6032 X 5, BB/11/614. Mondeux, Henri. Demande d’indemnité, 1848, F/17/3191. Arxiu de la Real Acadèmia de Ciències i Arts de Barcelona (RACAB), España. Expediente de Vito Mangiamele (CE), 2.3. Novellas, Onofre Jaume, «Observaciones hechas por la Sección de Matemáticas a las tres sesiones públicas de cálculo mental que dio el Sr. Vito Mangiamelli [sic]», 2.2.13, Sig. Tap. 158.26. Muséum National d’Histoire Naturelle y Musée de l’Homme, París, Francia. Moldes frenológicos: Kolborn [Colburn, Zerah] D-60, D-64, G-16; Mangiamele, Vito, D-59; Mondeux, Henri, D-239, D-239-bis.

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Andrea Graus

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Cuando el Madrid republicano fue la capital mundial de los historiadores de la medicina

Cuando el Madrid republicano fue la capital mundial de los historiadores de la medicina

LEONCIO LÓPEZ-OCÓN CABRERA* Este trabajo es resultado del proyecto de investigación PGC2018-097391-B-I00.

Resumen: A finales de septiembre de 1935 se celebró en Madrid el décimo congreso internacional de historia de la medicina auspiciado por la homónima sociedad internacional, constituida en 1920 para explorar las relaciones entre la historia y la medicina y otras ciencias conexas como la farmacia, la veterinaria y la odontología. En este artículo se analiza la organización y desarrollo de ese congreso madrileño prestando atención a tres cuestiones. Por una parte, se explica la preeminencia que tuvo en él Gregorio Marañón. Por otro lado, se da cuenta de cuál era la situación de la disciplina de la historia de la medicina en el panorama académico español e internacional a través de

la presentación de las comunicaciones que se debatieron en él. Finalmente se subraya el eco que tuvo la celebración de ese evento científico en la esfera pública de la época, gracias, entre otras razones, a que estuvo acompañado de la exhibición de cuatro exposiciones en las que se mostró el denso patrimonio histórico-médico custodiado en instituciones españolas y extranjeras. Palabras clave: historia de la medicina, congresos científicos internacionales, Segunda República española, Gregorio Marañón, patrimonio médico, exposiciones científicas.

When republican Madrid was the world capital of medical historians Abstract: At the end of September 1935 the tenth world congress of the history of medicine was held under the auspices of the international society of the same name, established in 1920 to explore the relationship between his-

tory and medicine and other connected sciences such as pharmacy, veterinary science and odontology. This article analyses the organisation and development of this Madrid congress paying attention to three questions.

* Investigador científico del CSIC. Instituto de Historia. Departamento de Historia de la Ciencia. leoncio.lopez-ocon@cchs.csic.es

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Firstly, the pre¬-eminence that Gregorio Marañón held. Secondly, the realisation of the situation of the discipline of the history of medicine in the Spanish and international panorama through the presentation of the communications that were debated there. Finally, we underline the echoes that this scientific event caused in the public domain of these times, thanks, among other reasons, to the fact that it was accompanied by

T

ras la finalización de la Gran Guerra se constituyó en 1920 la Sociedad Internacional de Historia de la Medicina, impulsada por un grupo de médicos francófonos1. Los promotores de esa sociedad auspiciaron la celebración de una serie de congresos con la finalidad de fortalecer la asociación y cumplir los objetivos científicos que se habían marcado tendentes a explorar las relaciones entre la historia y la medicina y ciencias conexas como la farmacia, la veterinaria y la odontología. Entre 1920 y 1932 se celebraron nueve de esas reuniones científicas, cuyo corpus de trabajos contribuyeron a consolidar esa área

an exhibition of four displays that showed the dense historical-medical patrimony cared for in Spanish and foreign institutions. Key words: history of medicine, international scientific congresses, Second Spanish Republic, Gregorio Marañón, medical patrimony, scientific exhibitions.

del conocimiento, que se había ido configurando a lo largo del siglo XIX mediante la labor de diversos investigadores, como el botánico y médico alemán Kurt Sprengel (1766-1833) y el profesor y bibliotecario de la Facultad de Medicina de Montpellier Henri Kühnholtz (1794-1877). En Amberes se celebró el primero de esos congresos, organizado por Joseph Tricot-Royer (1875-1951) 2 [FIGURA 1]. Luego sus asistentes recorrieron otras ciudades europeas como París, Londres, Bruselas, Leyden, Ginebra, Oslo, Roma y Bucarest. En la capital rumana, al celebrarse en 1932 la novena de esas reuniones, se aprobó que Madrid fuese la sede del siguiente

congreso. Esa designación se debió a las labores diplomáticas del delegado oficial del gobierno de la República, el médico Francisco Oliver Rubio (18871973), quien defendió la candidatura de Madrid frente a las presentadas por colegas de Alemania y Polonia en un momento de honda simpatía en Europa por la Segunda República española. Tres años después, a finales de septiembre de 1935, tuvo lugar en la capital de la República ese décimo congreso, cuya celebración ha caído en el olvido. No obstante, conviene prestar atención a su organización y desarrollo por tres razones. Por un lado, porque permite constatar la preeminencia adquirida por Gregorio Ma-

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Cuando el Madrid republicano fue la capital mundial de los historiadores de la medicina

Leoncio López-Ocón Cabrera

diversas instituciones y coleccionistas particulares.

El liderazgo de Gregorio Marañón

rañón en el panorama científico-cultural de la Segunda República en la etapa en la que desde finales de 1933 fue gobernada por un bloque de partidos políticos de centroderecha liderado por Alejandro Lerroux, dirigente del Partido Republicano Radical. Por otra parte, porque constituye una atalaya para observar la situación de esa disciplina, tanto en el panorama académico español cómo en el internacional de aquella coyuntura. Finalmente, porque en pocas ocasiones de la época contemporánea la historia de la medicina estuvo tan presente en la ciudad de Madrid y en la esfera pública como en aquellos días de finales de septiembre de 1935. En efecto, tanta o más importancia que la celebración del congreso tuvieron cuatro exposiciones en las que se exhibió el denso legado histórico médico custodiado por el patrimonio de la República, así como por

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Fig. 1. Joseph Tricot-Royer, presidente del Primer Congreso Internacional de Historia de la Medicina, celebrado en Amberes en 1920.

En 1935, a diferencia de Estados Unidos y otros países europeos, no existía en España una sociedad nacional de historia de la medicina

En 1935 a diferencia de Estados Unidos y otros países europeos, no existía en España una sociedad nacional de historia de la medicina. El sistema académico español sólo contaba con una cátedra universitaria dedicada al cultivo de esa disciplina: la que ostentaba desde 1918 en el programa de doctorado de la Universidad Central Eduardo García del Real (1870-1947). Y sin embargo ese catedrático estuvo ausente del mencionado congreso madrileño, siendo sustituido en su dirección por un influyente Gregorio Marañón. [FIGURA 2] En un principio García del Real sí consideró que iba a desempeñar un papel relevante en esa reunión científica madrileña. Y así, atribuyéndose el carácter de presidente del futuro congreso de Madrid, se dirigió a la Associació de Metges i Biòlegs de Llengua Catalana para invitar a tal asociación catalanista a participar en él 3. Pero esa presidencia no se hizo efectiva. Además, probablemente molesto por ser relegado decidió no participar en el congreso, ausencia que llamó la atención de los congresistas extranjeros, como resaltaron observadores de las sesiones del congreso. 4 ¿Por qué fue defenestrado García del Real de la presidencia del Congreso, cuando ese catedrático de la Universidad de Madrid tenía acreditada una trayectoria contrastada como historiador de la medicina? En los años previos a 1935 su productividad científica había sido elevada y había logrado establecer conexiones con importantes historiadores de la medicina de diversos países, como Alemania y Estados Unidos. A lo largo de la década de 1920 tradujo los primeros manuales universitarios de historia de la medicina, de los que eran autores alguno de

Fig. 2. Retrato de Gregorio Marañón en El Sol domingo 22 septiembre 1935.

los asistentes al congreso de Madrid.5 También publicó una Historia de la Medicina en España y una Historia de la Medicina en la Edad Antigua. Ya en época republicana, Espasa-Calpe le editó en 1934 la Historia contemporánea de la Medicina, poco después de haber sido elegido, el 9 de abril de 1933, miembro de la Academia Nacional de Medicina. Y en 1935 la editorial Aguilar publicó su biografía sobre el médico catalán Jaime Ferrán, en la que mostraba su familiaridad con los médicos españoles del siglo XIX, como acreditó también en su trabajo sobre Maestre San Juan y López García, a los que consideró precursores de Santiago Ramón y Cajal 6. Además, en su cátedra era un activo docente. Junto a sus alumnos editó varios volúmenes de los Trabajos de la Cátedra de Historia Crítica de la Medicina, apareciendo el quinto volumen poco antes de la inauguración del mencionado congreso madrileño 7. En ellos promovió investigaciones de sus alumnos y abogó por el impulso de la historia de la medicina en el ámbito universitario, como se venía sugiriendo en los congresos internacionales de historia de la medicina y como se hizo en el de Madrid 8. Es posible que García del Real quedase al margen de la organización del congreso madrileño por carecer de la confianza gubernamental en sus capacidades organizativas, ya que se había visto envuelto en el fiasco de la cancelación en España del III Congreso Internacional de Historia de la Ciencia, cuya celebración estaba previsto que se llevase a cabo en septiembre de 1934, y que tuvo lugar sólo en Portugal9. Finalmente, quien asumió la presidencia del Congreso, ejerciendo un liderazgo incontestable en sus preparativos y desarrollo, fue Gregorio Marañón (1887-1960) [FIGURA 3]. Por aquel entonces este médico, que había impulsado en 1931 la Agrupación al Servicio de la República junto a José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, tenía un cierto prestigio internacional como endocrinólogo, obtenido tras un cuarto de siglo de una perseverante labor investigadora que le había permitido crear un Instituto

Fig. 3. Retrato de Gregorio Marañón en el libro oficial del Congreso.

Gregorio Marañón ejerció el liderazgo en la organización y desarrollo del décimo congreso internacional de historia de la medicina

de Patología Médica10. Como historiador de la medicina estaba por entonces dando sus primeros pasos, aunque ya tenía en su haber algunos relevantes trabajos en los que se acercaba a la historia desde la biología. Cabe mencionar, entre ellos, su Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, su primera psicobiografía, con la que sentó los fundamentos de la psicohistoria, impresa por primera vez en 1930 con una segunda edición aumentada en 1934; Amiel. Un estudio sobre la timidez de 1932 y Las ideas biológicas del Padre Feijoo de 1934. Meses después de la clausura del congreso internacional de historiadores de la medicina que presidió publicaría su importante monografía sobre El Conde Duque de Olivares: la pasión de mandar, editada poco antes del estallido de la guerra civil, casi al mismo tiempo que tomó posesión de su plaza de

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Cuando el Madrid republicano fue la capital mundial de los historiadores de la medicina

Leoncio López-Ocón Cabrera

Fig. 4. Teófilo Hernando, presidente del Consejo Nacional de Cultura.

académico de la Historia para la que había sido elegido en 1934.11 En ese año de 1935 Marañón estaba por todas partes, como ya he mostrado en otro lugar 12 y su influencia política era considerable hasta tal punto que el presidente de la Repúbli-

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ca, Niceto Alcalá-Zamora, le sondeó en ese mes de septiembre de 1935 para encabezar un gobierno de concentración nacional. 13 Nombrado presidente de esa reunión científica Gregorio Marañón se rodeó de un amplio equipo de colaboradores vinculados mayoritariamente a la Academia Nacional de Medicina. Así, el secretario de esa academia desde 1932, Nicasio Mariscal (18581949), que tenía una cierta trayectoria

como historiador de la medicina 14, fue designado vicepresidente del congreso, y como secretario fue elegido el ya mencionado Francisco Oliver (1887-?) 15 . Los acompañaban cuatro vocales, pesos pesados del mundo médico de aquel momento, y representantes de diversas tendencias políticas. El encargado de la secretaría científica fue el doctor José María de Villaverde y Larrar (1888-1936), neuropsiquiatra de prestigio 16, quien había protagonizado a lo largo de 1933 una reñida y politizada oposición con Gonzalo Rodríguez Lafora (1886-1971) para proveer una plaza de médico jefe de neurología y psiquiatría en el prestigioso Hospital Provincial de Madrid, tomando el tribunal, en el que estaba presente Gregorio Marañón, una decisión salomónica17. Colaborador desde 1918 de Cajal en su Instituto de Investigaciones Biológicas, fue en los años republicanos un significado defensor de la monarquía haciendo ostentación de su sombrero verde (cuyo acrónimo significaba “Viva el Rey de España”). Su militancia antirrepublicana implicó que un año después de que tuviera lugar el congreso objeto de nuestro estudio, en los trágicos acontecimientos que se sucedieron en Madrid en septiembre de 1936 fuese ejecutado por fuerzas descontroladas del Frente Popular, no pudiéndose hallar nunca sus restos mortales. Francisco Javier Cortezo y Collantes fue elegido para un cargo delicado: el de tesorero del congreso y delegado de Orden y Protocolo. Previamente había mostrado un cierto interés por la historia de la medicina, habiéndose aproximado a la obra del médico del siglo XVI López de Villalobos y organizando en 1934 en la Academia Nacional de Medicina una exposición bibliográfica de sus fondos históricos 18. Pertenecía además a una influyente familia de médicos que ha dejado huella en la sanidad pública española. Hijo de Carlos María Cortezo (1850-1933), su hermano Víctor María (1880-1964) ingresó en la Academia Nacional de Medicina en ese año de 1935 con un discurso sobre El momento sanitario. Otros dos vocales asumieron la responsabilidad de ser “Delegados de Exposición y Bibliografía”, dos activi-

dades que dieron lustre y empaque al congreso, como se explica más adelante. Uno de ellos era José Goyanes Capdevila (1876-1964) 19, bibliotecario de la Academia Nacional de Medicina y decano de la Beneficencia provincial de Madrid. Este destacado cirujano había sido el primer director del Instituto Nacional de Cáncer, habiéndole sustituido a principios de noviembre de 1931 su subdirector Pío del Río Hortega (1882-Buenos Aires 1945), decisión que tomó un gobierno republicano azañista, cuestionada y criticada por Goyanes. El otro fue Teófilo Hernando (1881-1976), presidente del Consejo Nacional de Cultura [FIGURA 4], gran investigador farmacológico, titular, desde 1912, de la cátedra de Terapéutica, materia médica y arte de recetar de la Universidad Central, hoy Complutense 20, director del Instituto de Farmacobiología y desde 1933 presidente de la Sociedad Española de Patología Digestiva. Este experto en gastroenterología había dirigido entre 1915 y 1921, junto con su amigo Gregorio Marañón, la edición en tres volúmenes de un Manual de Medicina interna, obra que fue muy influyente en la formación de los médicos españoles e hispanoamericanos 21. Vinculado a las fuerzas republicanas, cuando regresó a España en 1941 desde París -donde se había instalado a partir de 1936- fue desposeído de su cátedra, a la que no se reintegró hasta el día de su jubilación en 1951. En su exilio interior haría contribuciones a la historia de la medicina22. Una vez que pudo contar con un eficaz equipo de colaboradores, durante la primavera y verano de 1935 Gregorio Marañón dedicó parte de sus energías a hacer tareas de propaganda del congreso y a poner en marcha su maquinaria organizativa, tendente a cumplir con tres objetivos: diseñar el programa de la reunión científica, preparar la logística de atención a los congresistas y editar las publicaciones preliminares. Así, en mayo de ese año presentó en la más potente emisora radiofónica de la España de aquel entonces -Unión Radio- 23 los fines y características del congreso, cuestiones sobre las que se explayó en una entrevista que se pu-

blicó en España médica, una de las revistas profesionales de los médicos 24. Más adelante, ya en septiembre de ese año 1935, ante la inauguración inminente del Congreso, que tendría lugar el domingo 22 de septiembre, usó las páginas del prestigioso diario El Sol para incidir sobre las relaciones entre la medicina y la historia. Determinó entonces los límites de la colaboración de los médicos con la labor del historiador y señaló qué aportaciones podía efectuar la Medicina de su tiempo a la historia y qué podía esperarse de esa colaboración en el futuro. Tras abordar esas cuestiones, concluyó ese artículo, que pudo ser una de las fuentes de inspiración para el discurso inaugural del Congreso, defendien-

“el ejercicio de la inteligencia histórica enseña una técnica y un orden de conocimientos que ayuda mucho a la observación de la Humanidad”

do que los médicos cultivasen el saber histórico porque “el ejercicio de la inteligencia histórica enseña una técnica y un orden de conocimientos que ayudan mucho a la observación de la Humanidad”. Y explicó las razones por las cuales la Historia, en su opinión, era “una verdadera ciencia auxiliar de la Medicina”: Su estudio no distrae al médico de su Medicina; antes bien, afina sus cualidades de penetración en el alma de los hombres, y en la finura de estos caudales se cifra en gran parte el mérito del clínico. Todo ser humano tiene una parte de su alma hecha de

historia pasada, y acaso la parte de su alma más accesible a la mirada del observador es ésta. No distrae, pues, de la Medicina el estudiar Historia; antes bien, repitámoslo, enfoca la mirada del médico sobre la entraña psíquica de su paciente. Por todo ello expresaba su confianza de que el Congreso de Historia de la Medicina, próximo a inaugurarse, contribuyese a impulsar el interés y la afición de los médicos españoles por las investigaciones históricas 25. Hubo otras muestras del liderazgo del hiperactivo Gregorio Marañón en los preparativos y realización de esa reunión científica internacional. Probablemente tuvo una notable influencia en el diseño del libro oficial del congreso, que se editó en castellano y francés con un prólogo en latín, y que constituye una útil fuente histórica 26 . En él se ofrecían todo tipo de informaciones a los congresistas, como el programa de actividades del congreso y los viajes que podían efectuar a diversos lugares de España, según un itinerario a elegir. Pero también se concibió como una plataforma publicitaria de la labor realizada por el comité organizador, que recibió todo tipo de apoyos de los gobernantes republicanos. Era además una muestra del poder académico y de la influencia política que había alcanzado Gregorio Marañón en aquella época. Su retrato figuraba entre los integrantes del alto patronato del congreso, tras los de los presidentes de la República, Niceto Alcalá-Zamora, del Consejo de ministros, Alejandro Lerroux -quien, en medio del Congreso, el 25 de septiembre fue sustituido en la presidencia del Gobierno por el economista independiente Joaquín Chapaprieta- y de los presidentes de las Academias de Medicina y de la de Historia, Amalio Gimeno y el duque de Alba, respectivamente. Seguramente fue idea suya trasladar a los congresistas en cinco autobuses a Toledo [FIGURA 5] para que la sesión inaugural del evento se llevase a cabo el lunes 23 de septiembre en el patio del hospital de Tavera. Allí contó con el apoyo de las fuerzas vivas de la ciudad, en la que el Ejército y la Iglesia tenían una considerable influencia. Y en su cigarral “Los Dolores” desple-

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Congresistas de todos los continentes en torno a cuatro temas El vistoso y cuidado libro bilingüe oficial del congreso se abría con una vista panorámica de Madrid ejecutada en la década de 1560 por el pintor flamenco de paisajes urbanos Jorge Hofnagel o Joris Hoefnagel (1542-1600). Esa estampa, exhibida en el Museo de Viena, iba acompañada de la pretenciosa leyenda “Madrid, capital del mundo”. [FIGURA 6] Convertir la capital de la República en el nodo principal de una red de historiadores de la medicina a nivel mundial parecía ser el desiderátum de los organizadores del décimo congreso internacional de historiadores de la medicina. Por tal razón, en la contraportada de ese libro se insertaba una fotografía del conjunto escultórico de Victorio Macho inaugurado en 1926 en el madrileño parque del Retiro en homenaje a Cajal [FIGURA 7], el investigador español de mayor proyección mundial. Su recuerdo estaba omnipresente en la sociedad española de aquel momento31. Ese deseo se transformó en una

Fig.5. Vistas de Toledo, sede la inauguración del Décimo Congreso Internacional de Historia de la Medicina.

gó sus dotes de anfitrión, como ya había hecho en el otoño de 1932 cuando recibió en ese emblemático lugar castellano a los primeros ministros de los gobiernos de Francia y España, Eduard Herriot y Manuel Azaña. Ese día de septiembre de 1935 algunos de sus visitantes quedaron hondamente impresionados del original museo que Marañón tenía instalado en ese paraje toledano, que según ellos daba “una idea magnífica del hombre que vive allí”27. También pronunció el discurso final en la sesión de clausura, que tuvo lugar el domingo 29 de septiembre de 1935 en el amplio salón de sesiones del Senado, donde se habían desarrollado las reuniones científicas del congreso 28.

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Fig. 6. Estampa de Madrid de Joris Hoefnagel en el Museo de Viena.

realidad durante la última semana de septiembre de 1935, cuando se reunió en la capital de la República un amplio contingente de historiadores de la medicina. Las decenas de congresistas españoles 32 se vieron acompañados de otro centenar y medio de colegas extranjeros, que procedían de todos los continentes. Parte de la numerosísima delegación rumana se desplazó a

En la contraportada del libro se insertaba una fotografía del conjunto escultórico de Victorio Macho dedicado a Cajal en el parque del Retiro

Madrid atraída por los diversos viajes proyectados por el comité organizador para hacer turismo científico. Pero otros congresistas, sobre todo los que representaban a más de 25 entidades científicas ubicadas fundamentalmente en Europa y América, se desplazaron para intercambiar conocimientos. De ellas resaltaré las siguientes. En primer lugar, el prestigioso “Wellcome Historical Medical Museum” de Londres. El capitán Peter J. Johnston-Saint (1866-1974), que fue su conservador entre 1934 y 1947, se trasladó a Madrid para organizar una exhibición de objetos de ese museo -creado en 1913 por el empresario farmacéutico Henry S. Wellcome- que causó honda impresión. Además, distribuyó un singular libro que era una curiosa mezcla de propaganda del Instituto de Investigación Wellcome y de los laboratorios y museos anejos a él y Fig.7. Conjunto escultórico de Victorio Macho en el parque del Retiro de Madrid dedicado a Santiago Ramón y Cajal.

Por toda su actuación recibió en esa ocasión grandes elogios, anunciando por ejemplo el profesor Tricot-Royer que la Real Sociedad de Amberes lo había nombrado miembro de honor 29. Además, el efímero ministro de Instrucción Pública Juan José Rocha, del partido radical, anunció en el banquete oficial ofrecido a los miembros de la Sociedad Internacional de Historia de la Medicina que era intención del Gobierno otorgar la distinción de ciudadano de honor de la República española “al ilustre doctor D. Gregorio Marañón”.30 Era esta una prueba de la satisfacción de las esferas gubernamentales por la labor del principal organizador del congreso, si bien esa percepción oficial fue cuestionada por participantes en él, quejosos de cómo el abrumador programa cultural había impedido a muchos congresistas defender en detalle sus contribuciones científicas.

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una síntesis bien elaborada de las contribuciones hispanas al desarrollo de la ciencia médica33 La Universidad de París estuvo representada en Madrid por el secretario de la Sociedad Internacional de Historia de la Medicina Maxime Laignel-Lavastine (1875-1953) [FIGURA 8], relevante psiquiatra y criminólogo que ocupó una cátedra de historia de la medicina entre 1931 y 1939. En ese período fundó la revista Hippocrate en 1933, y promovió a partir de 1936, poco después de asistir al congreso de Madrid, la edición colectiva en tres volúmenes de una ambiciosa Histoire genérale de la médécine, de la pharmacie, de l’art dentaire et de l’art véterinaire que finalizó en 1949. Este científico dejó constancia de sus impresiones del congreso madrileño al que asistió 34. La Facultad de Medicina de la Universidad de Lisboa estuvo representada por el destacado higienista Ricardo de Almeida Jorge (1858-1939), considerado el fundador de la moderna salud pública en Portugal. Años antes, en 1921, en el primer congreso que organizaron conjuntamente las sociedades portuguesa y española para el progreso de las ciencias en la ciudad de Oporto, pronunció una conferencia plenaria titulada “A intercultura de Portugal e Espanha no passado e no futuro” 35. La Facultad de Medicina de la Universidad alemana de Praga estuvo representada por Emil Starkenstein (1884-1942), farmacólogo checo-judío considerado uno de los fundadores de la farmacología clínica. Sería una de las víctimas del Holocausto al ser asesinado por los nazis en el campo de concentración de Mauthausen. El representante de la Academia Rumana de Bucarest fue Gheorge Marinesco (1863-1938), pionero del cine científico, destacado integrante del Comité de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, y fundador de la escuela rumana de neurología. Su influyente y monumental obra La cellule nerveuse había sido prologada por Cajal en 1909. La American Association of the History of Medicine estuvo representada por tres delegados, entre ellos

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Fig. 8. Maxime Laignel-Lavastine, secretario de la Sociedad Internacional de Historia de la Medicina.

uno de los más influyentes historiadores de la medicina en las décadas centrales del siglo XX. Me refiero a Henry Sigerist (1891-1957), un médico humanista de origen francés y suizo. Tras recibir una excelente formación en Alemania al lado del gran historiador de la medicina Karl Sudhoff y ejercer como profesor en las universidades de

Zurich y Leipzig, se trasladó en 1931 a Estados Unidos para enseñar esa disciplina en Baltimore. En esa ciudad promovió también los estudios acerca de la historia social de la medicina en paralelo a su defensa de la medicina socializada. Poco después, en 1932, se hizo cargo de la dirección del Instituto de Historia de la Medicina en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore y en 1933 fundó el Bulletin of the Institute of the History of Medicine. Antes de su venida al congreso de Madrid ya tenía en su haber la publicación de importantes obras en Nueva York como The Great Doctors: A Biographical

History of Medicine en 1933 y American Medicine en 1934. Tras su estancia en Madrid publicó otra importante obra en 1937: Socialized Medicine in the Soviet Union.36 El evento contó también con tres delegados argentinos, que se inscribieron como representantes de la Facultad de Ciencias Médicas de la ciudad de Rosario. El más activo durante el desarrollo del congreso madrileño fue el higienista Rodolfo A. Borzone, quien a principios de la década de 1930 dirigía el Instituto de Microbiología de Santa Fe. Los periódicos de esa ciudad dieron cabida a diversos artículos científicos suyos 37 y se hicieron eco de su plan de viaje científico a Europa en 1935. Además de su participación en el congreso madrileño, al que acudió a instancias de Gregorio Marañón, pensaba visitar la leprosería fundada por los jesuitas en Fontilles, viajar a París para conocer el Instituto Pasteur y a Italia para visitar la Escuela de Maraliología de Roma, así como el laboratorio del profesor Natali en Florencia, donde se habían comprobado las lesiones histológicas de la lepra endocrina38, enfermedad sobre la que investigaba desde hacía años 39 . Buen conocedor del folklore argentino, como mostraría en el transcurso del Congreso de Madrid 40, alentó la creación de la Orden del Poncho, en la que trabó amistad con destacados artistas y estudiosos, como Atahualpa Yupanqui, Juan Alfonso Carrizo y Santos Discépolo. Los debates del congreso giraron en torno a cuatro áreas de interés, cuyos contenidos se pueden conocer a través de una triple vía: mediante las comunicaciones remitidas al comité organizador hasta el 1 de junio de 1935 -a las que se hace mención en el libro oficial del congreso 41; por los debates sostenidos en el congreso, cuyo seguimiento se puede hacer a través de la prensa, y las que se publicaron en el libro de actas. En él se dieron a conocer 33 contribuciones de historiadores de la medicina extranjeros, algunas de las cuales se presentan a continuación de manera breve, junto a las de algunos congresistas españoles. La primera sección del congreso abordó la cuestión de la medicina

árabe y la de los pueblos orientales, prestando particular atención a los aportes médicos de los árabes en España. En ella, una de las dos mujeres que tomaron la palabra en las sesiones, la doctora Angélica Panayotatu (1878-1954), profesora de las universidades de Atenas y Alejandría y laureada por la Academia de Ciencias de París 42, presentó una comunicación sobre la medicina árabe en España, en particular a lo largo del siglo XII.43 Su intervención fue seguida con interés por los medios de comunicación pues abordó una cuestión de moda entre las élites letradas republicanas: la puesta en valor del esplendor cultural de Al Ándalus. En este sentido Panayotatu sostuvo que en torno al

Los debates del congreso giraron en torno a cuatro áreas de interés, cuyos contenidos se pueden conocer a través de una triple vía

siglo XII se encontraban en Al Ándalus las principales ciudades científicas de la Europa occidental, destacando en ellas la labor de diversos médicos y cirujanos, entre los que mencionó a Averroes y a Avenzoar, el nombre latinizado de Ibn Zuhr. Expuso también que la ciencia árabe desempeñó en el desenvolvimiento científico de la humanidad un papel más importante del que se le había asignado. Y no sólo por la recuperación de las aportaciones científicas grecolatinas gracias a su labor traductora, sino por haber introducido en la Península ibérica diversas novedades médicas, como la anes-

tesia por inhalación y por el esfuerzo en crear una red hospitalaria. Las otras comunicaciones de esa sección se debieron a diversos congresistas españoles 44, alguno de ellos médicos militares que habían residido en Melilla y en la zona bajo protectorado español de Marruecos 45. También presentó un trabajo en ella Antonio Cardoner Planas (1902-1984) que versó sobre “La medicina árabe en Cataluña” 46. Ese relevante historiador de la medicina catalana -quien había iniciado su labor historiográfica en 1934 al publicar la Biografía de Antonio Sangermán y una Historia del Real Colegio de Cirugía de Barcelona- efectuaría luego diversas investigaciones sobre el tema presentado en Madrid que inspiraron su discurso de ingreso en la Real Academia de Medicina de Barcelona en 1974 47. Complementaron las aportaciones de esa sección dos significativos folletos editados por el congreso. El primero, una conferencia de José Goyanes. En ella el bibliotecario de la Academia Nacional de Medicina valoró las aportaciones al conocimiento médico de los judíos en el mundo medieval, centrándose en la figura de Maimónides 48 . El segundo consistió en la reedición del discurso que hiciera el famoso médico ilustrado Andrés Piquer en 1770 sobre la medicina de los árabes en la España medieval. 49 La segunda sección afrontó el tema de la medicina en América durante la era moderna. Gran parte de los textos recibidos por el comité organizador el 1 de junio de 1935 acabarían publicándose entre la docena de comunicaciones recogidas en el libro de actas. Dos terceras partes de esas contribuciones correspondieron a congresistas extranjeros, quienes orientaron mayoritariamente sus contribuciones al estudio de la medicina aborigen, objeto de interés en aquellos años en diversos círculos científicos 50. Así, los doctores Bonorino Udaondo (1884-1951) y G.P. Gonalons, procedentes de Buenos Aires, -donde había un creciente interés por los saberes nativos, como revelaba la obra de los doctores Manuel Domínguez y Moisés J. Bertoni, impulsores de la Farmacobotánica-, se interesaron por los cono-

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cimientos médicos de los curanderos guaraníes del sur del Brasil, Paraguay y el norte de Argentina 51. Probablemente uno de los aportes más interesantes de esa sección fue el de Emily Walcott Emmart (1898-?). Esta doctora en Medicina por la Universidad Johns Hopkins de Baltimore presentó una comunicación sobre el famoso libro de hierbas medicinales elaborado por dos médicos aztecas en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco de la actual Ciudad de México hacia 1552 52. Se trataba del conocido manuscrito Badianus por ser Juannes Badianus el traductor del náhuatl

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Fig 9. Víctor Gomoiu, presidente del IX Congreso Internacional de Historia de la Medicina, celebrado en Bucarest en 1932.

al latín. Ese texto había estado oculto en la biblioteca del Vaticano hasta que esa investigadora inició su estudio en los inicios de la década de 1930, trabajo que culminó con una notable edición crítica.53 La tercera sección estuvo dedicada a ofrecer un panorama del folklore médico en diversos países del mundo,

fundamentalmente europeos, una línea de trabajo que atraía la atención de destacados representantes de la Sociedad internacional de Historia de la Medicina, en una época en la que los médicos mostraban un especial interés por la medicina popular y por la pervivencia en las poblaciones campesinas de conocimientos ancestrales sobre el cuidado de la salud. Enlazaban con una línea de investigación que se venía cultivando con especial intensidad desde mediados del siglo XIX, cuando el británico William J. Thoms, al acuñar el término folklore en 1846, impulsó esa rama del conocimiento sobre el saber popular 54. Las comunicaciones presentadas en el congreso de Madrid tuvieron un doble carácter. Unas se orientaron a efectuar reflexiones genéricas sobre por qué era conveniente potenciar los estudios sobre el folklore médico. Otras expusieron datos e informaciones sobre la situación o estudios del folklore médico en diversos países. En el ámbito de las reflexiones genéricas cabe destacar la contribución de Víctor Gomoiu [FIGURA 9], quien se preocupaba desde hacía más de una década por la historia de la medicina rumana y por el desarrollo de los estudios sobre el folklore médico tanto en su país, como en otros estados del área cultural balcánica 55. En su comunicación identificó al folklore médico con la ciencia sanitaria popular, señalando que ese tipo de saber se manifestaba “en las creencias, las costumbres, las supersticiones, las oraciones, los encantamientos, los sortilegios y las diversas prácticas médicas y quirúrgicas”. Después expuso las razones de la conveniencia de su estudio. Unas tenían que ver con aspectos práctico-médicos o médico-históricos, y sostuvo al respecto que estudiar la Medicina de épocas anteriores permitía constatar que el “espíritu científico” había existido mucho antes de que se estableciese lo que se denomina “ciencia médica”. Además, su interés desde el punto de vista práctico-terapéutico era notable, pues “en las fórmulas simplistas o místicas de los pueblos descubrimos a veces el germen de los principios de la Medicina científica, y en ciertas prácticas hallamos la aplica-

ción ‘anticipada’ de la terapéutica más moderna”. Otras razones radicaban en un interés etnográfico e histórico, pues el conocimiento de las semejanzas y diferencias entre los folklores médicos facilitaba “deducir cuáles han sido las relaciones entre los pueblos y marcar la ruta que han seguido en el curso de sus emigraciones”. La cuarta sección, la más concurrida, estuvo dedicada a las comunicaciones libres. De las efectuadas por los once congresistas extranjeros destaco tres de ellas. En primer lugar, la del polaco ya mencionado Wladyslaw Szumowski, quien vinculó la conveniencia de potenciar el estudio de la historia de la medicina con la reforma de los estudios médicos que estaba auspiciando el Comité de Higiene de la Sociedad de Naciones. Por ello suscribió los planteamientos de un colaborador de ese comité, un tal Brunet, quien defendía la importancia de la historia de la medicina basándose en que “la sucesión de los descubrimientos y de las doctrinas demuestran la relatividad, al propio tiempo que los progresos, de los conocimientos humanos, debiendo considerarse, por lo tanto, la historia como un antídoto contra la credulidad y el dogmatismo”. Defendió además Szumowski que la historia de la medicina podía jugar un importante papel en la síntesis que convenía hacer entre la medicina científica contemporánea y la medicina antigua, fundada en una rica experiencia práctica acumulada por las generaciones pretéritas. Sugirió por tanto la idoneidad de implantar una cátedra de historia de la medicina y un centro de estudios históricos en las Facultades de Medicina 56. En segundo lugar, la del suizo norteamericano Henry Sigerist (18911957), también ya citado, quien defendió en su comunicación la necesidad de fundar una nueva ciencia: la Sociología médica. Sigerist abogó por introducir un cambio de perspectiva en el objeto de estudio de la historia de la medicina, pues en su opinión convenía sustituir el análisis del pensamiento y las acciones de los médicos, hasta entonces el núcleo fundamental de esa disciplina, por el conocimiento de la historia del enfermo como produc-

to social y de las relaciones existentes entre la sociedad y el médico. Y expuso que, dado que la Medicina era una ciencia social, su objeto no era “curar un órgano que sufre, y sí el conservar un individuo ajustado en su medio social, o bien, si ello es necesario, reajustarle al mismo”. Pero para realizar esa labor no bastaba con tener conocimientos médicos, sino que hacía falta poder aplicarlos, tarea que no dependía solo del médico, sino también de fenómenos de orden filosófico, religioso, político y, sobre todo, económico. Finalizó su comunicación exponiendo la labor que llevaba a cabo el Instituto que dirigía desde hacía dos años en ese nuevo ámbito de la historia social de la Medicina, dedicada a estudiar las relaciones mutuas entre la historia de las sociedades humanas y la historia de la medicina para “comprender mejor dónde nos encontramos actualmente y

Henry Sigerist defendió la necesidad de fundar una nueva ciencia: la Sociología médica

cuáles son nuestros deberes”57. En tercer lugar, el peruano Carlos Monge, director del Instituto de Biología Andina 58, -cuya comunicación fue leída, pues no se desplazó a Madrid-, explicó la importancia de las valiosas informaciones que ofrecía la Historia para abordar la política sanitaria a aplicar en las altiplanicies de América, ubicadas entre cuatro y cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar. Y evitar así la agresión climática que sufrían los habitantes procedentes de tierras bajas en las alturas andinas, y viceversa, para facilitar la aclimatación a la vida en las grandes alturas 59. En cuanto a los 16 participantes

españoles en esa sección, que presentaron 26 comunicaciones, cabe subrayar que casi todos ellos abordaron estudios bio bibliográficos, prestaron atención a varias instituciones médicas, se interesaron por la genealogía de determinadas especialidades médicas o se preocuparon por establecer relaciones entre las obras literarias de escritores de la edad de oro de la literatura española con los conocimientos médicos de su época. Además de los intervinientes en las sesiones del congreso otros participantes desempeñaron un papel relevante en su organización y desarrollo, colaborando en la elaboración del programa, impartiendo conferencias, animando los debates o siendo investidos doctores honoris causa en un solemne acto académico celebrado en Alcalá de Henares.

La movilización de un patrimonio científico-cultural y su resonancia en la esfera pública Uno de los aspectos que llamaron la atención de los participantes del Décimo Congreso Internacional de Historia de la Medicina y a los que estuvieron atentos a su desarrollo en la esfera pública fueron las cuatro exposiciones que se organizaron anejas a él en distintos lugares de Madrid y de sus alrededores. De carácter efímero, pues en su mayor parte estuvieron abiertas al público sólo durante los días de celebración del congreso -entre el 24 y el 30 de septiembre de 1935- , supusieron un importante esfuerzo institucional. La más importante fue la que se mostró en el palacio del Senado, sede del Congreso [FIGURA 10]. En ella se exhibieron manuscritos, documentos, obras impresas, instrumental y materiales y útiles de interés histórico médico proporcionados por diversas instituciones y coleccionistas españoles y extranjeros 60. Organizó la exposición un comité, presidido por el doctor Goyanes e integrado por el bibliófilo Teófilo Hernando, el historiador de la farmacia Francisco J. Blanco Juste, quien se encargó de presentar una colección de retratos de médicos antiguos y mos-

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de Maimónides, el libro de cirugía de Albucasis, obras de Andrés Laguna y traducciones del libro griego de Dioscórides 62. También se pudieron admirar tesoros que custodiaban coleccionistas españoles, por ejemplo, los valiosos ejemplares de una selecta colección de obras médicas que poseía en su biblioteca el doctor Federico Gómez de la Mata. De esas joyas bibliográficas el redactor médico del diario vespertino La Voz quiso mencionar especialmente el libro de Miguel Servet De Trinitatis erróribus, impreso en 1531, del que el mencionado bibliófilo poseía un buen ejemplar. Fue en esa obra donde anunció la circulación de la sangre pulmonar, que dio a conocer posteriormente en extenso en 1553 en Christianismi Restitutio. También ese

trar las boticas históricas de Peñaranda de Duero y de Sigüenza, y el tesorero del congreso Francisco J. Cortezo. Esa exposición sería considerada por algunos de sus visitantes como uno de los mayores éxitos de ese congreso. Entre los objetos que pudieron contemplarse llamó la atención la sala dedicada a Cajal, cuyos logros científicos eran bien conocidos por los congresistas, particularmente por algunos de ellos, como el rumano Gheorge Marinesco, cuya obra La cellule nerveuse había prologado Cajal en 1909, según se indicó páginas atrás. En esa sala se podía ver la mesa de trabajo con los instrumentos que guiaron sus investigaciones, como fueron sus microscopios y sus preparaciones de histología. Y también la máscara funeraria que se le había hecho en su lecho de muerte, así como sus distinciones científicas, entre las que destacaba el premio Nobel de Medicina y Fisiología concedido en 1906.

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Fig. 10. Madrid en 1935.- Monumento a Cánovas del Castillo y entrada al palacio del Senado, en donde se celebrarán las reuniones científicas del X Congreso Internacional de Historia de la Medicina”.

Esa exposición sería considerada por algunos de sus visitantes como uno de los mayores éxitos de ese congreso

También sobresalieron las instalaciones organizadas por el Museo Welcome de Londres. Unas cuantas maquetas con disposiciones especiales de alumbrado que se habían traído desde Inglaterra mostraban, con todo género de detalles, algunos episodios famosos de la historia médica española. Entre ellos se encontraban los adelantos del Hospital de Santa Cruz de Toledo en el siglo XVI; los de las farmacias hispanoárabes de la Córdoba califal, y la curación en Lima en 1630 del paludismo que sufría la esposa del virrey del Perú gracias al uso de la corteza de la quina, de la que se extrae la quinina, por el doctor Juan de Vega 61 [FIGURA 11]. Además de otras interesantes maquetas, se presentaban también curiosas vitrinas con la evolución de los instrumentos de cirugía desde los tiempos antiguos, anteojos o gafas en las distintas edades de la oftalmología, instrumental y recursos médicos diversos, así como manuscritos médicos

Se presentaban vitrinas con la evolución de los instrumentos de cirugía, anteojos o gafas y manuscritos médicos

periodista médico destacó otros dos libros de la rica biblioteca de Gómez de la Mata. Por un lado, De dissectione partium corporis humani de Charles Estienne, publicado en París el año 1545, del que presentó a sus lectores una preciosa lámina anatómica. Por otra parte, un ejemplar del Armamentórium chirurgicum impreso en 1645 en Venecia, de Juan Sculteto, con grabados artísticos, como el frontispicio de la obra, que también reprodujo La Voz en el artículo que se comenta 63. Complementaria de la sección bibliográfica de la exposición organizada en el Palacio del Senado fue otra

Fig. 11 a. Reportaje gráfico sobre la exposición histórica celebrada en el palacio del Senado aparecido en el diario Ahora de 19 de septiembre de 1935.

“Exposición de libros raros y curiosos acerca de las artes médicas, impresos entre los siglos XV al XVIII”, instalada en la biblioteca del Palacio nacional 64 y organizada por su director en los tiempos republicanos, Jesús Domínguez Bordona (1889-1963), con quien colaboró el joven médico Germán Somolinos 65. El visitante podía contemplar manuscritos del siglo XV

de gran valor, como el “Libro de secretos” o “Recetario”, de Juan Enríquez 66. Entre los del siglo XVI destacaba “Los discursos medicinales” del licenciado Méndez Nieto, una curiosísima autobiografía que abarcaba desde el año 1558 al 1607. 67 Además de su interés médico, ese libro proporcionaba valiosas noticias sobre el ambiente universitario salmantino en aquella época y la vida cortesana en Toledo, así como informaciones sobre Puerto Rico y la Tierra Firme del continente americano donde ese autor residió la mayor parte de su vida. Esa obra manuscrita es digna de mención por la riqueza

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de su léxico, como resaltara el erudito Rodríguez Marín 68. Otra obra notable era la del doctor Iván Sorapán de Rieros- que contenía muchísimos refranes no recogidos en las ediciones impresas de su obra 69. Asimismo, se exhibían otros manuscritos sobre flora y enfermedades de las Indias, destacando la colección de acuarelas reunida por el obispo Martínez Compañón, que el bibliotecario Domínguez Bordona estaba investigando por aquel entonces. Junto a los manuscritos se presentó una colección de libros impresos, entre los que había valiosos incunables, como el “libro sobre propiedades de las cosas” del año 1494, traducido por fray Vicente de Burgos, con hermosos grabados 70. Se expusieron asimismo algunos de los abundantes libros de veterinaria procedentes de los riquísimos fondos de la Biblioteca de Palacio. Sobresalía, entre ellos, el “Libro de la Montería”, de Alfonso XI, con magníficas miniaturas castellanas del siglo XV 71. Hubo otras dos exposiciones asociadas al mencionado congreso que a pesar de su carácter modesto lograron editar sus correspondientes catálogos. Una fue organizada por Julio Guillén, el director del Museo Naval 72, de cuyos contenidos algún diario ofreció puntual relación 73. La otra fue la exhibida en el monasterio del Escorial y en ella se reunieron códices y manuscritos árabes y hebreos de los extraordinarios fondos de su biblioteca 74. Esas exposiciones produjeron hondo impacto en algunos de sus visitantes, como en dos de los críticos de arte del prestigioso diario El Sol. Uno de ellos, Ricardo Gutiérrez Abascal (1883-México 1963), quien firmaba con el seudónimo Juan de la Encina, y era el director del Museo de Arte Moderno de Madrid, mostró su entusiasmo ante el deleite que le supuso la contemplación de determinadas joyas bibliográficas expuestas en la biblioteca de Palacio. Según él los objetos halagaban al ojo acostumbrado a la contemplación estética, y a la vez, en no pocas ocasiones, enseñaban e ilustraban sobre las costumbres de los tiempos. Probablemente se acercó a esa exposición inducido por alguno de

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Fig. 11 b. Con detalle de una maqueta de una botica hispano-musulmana de la Córdoba del siglo XIII, procedente de las colecciones del museo Welcome de Londres.

Juan de la Encina mostró su entusiasmo ante el deleite que le supuso la contemplación de determinadas joyas bibliográficas expuestas en la biblioteca de Palacio

sus mejores amigos, que, como él mismo admitiera a sus lectores, eran médicos. Su atención se fijó no en obras cumbre del maridaje entre arte y ciencia, como en las ilustraciones de Becerra de la Anatomía de Valverde 75, sino en “otros muchos libros en los cuales pueden hallarse excelentes grabados en madera y metal de mucho estilo y sabor...en los que alguna que otra vez aparecen estampaciones que son verdaderas obras de arte”. 76 El segundo crítico de arte al que me refiero fue alguien que firmaba su habitual colaboración en El Sol titulada “Las Artes y los Días” con el seudónimo de “El Otro”, el cual fijó su atención en la exposición celebrada en el Museo Naval 77. En una de sus colaboraciones para ese periódico elogió la iniciativa, encomió el acierto del programa musical que acompañó la visita de los congresistas, y aprovechó su cobertura de ese evento para defender con entusiasmo la política museística de la República. La prensa diaria publicada en Madrid siguió con mucho interés el desarrollo de las sesiones científicas del congreso y los eventos sociales y cultu-

rales asociados a él, como estamos teniendo ocasión de comprobar. Varios de esos periódicos tenían en sus redacciones a médicos que se mostraron especialmente activos en el seguimiento del desarrollo del congreso. Entre ellos destacó el responsable de la información médica del diario vespertino Heraldo de Madrid. [FIGURA 12] Se trataba del doctor José Álvarez-Sierra (1887-1980), uno de los impulsores de la Asociación de Escritores Médicos constituida en septiembre de 1929. Su interés por la historia de la medicina, que se prolongaría durante décadas, se manifestó en el hecho de que fuese uno de los intervinientes en el congreso donde expuso una comunicación sobre “Historia de la Pediatría española. Los médicos de niños judíos y árabes”, como ya se ha comentado 78. Precisamente en una de sus colaboraciones dio a conocer a sus lectores impresiones de congresistas extranjeros en las que mostraban sus conocimientos de diversos aspectos de la medicina española. Tenían, por ejemplo, familiaridad con la obra de Cajal quien “representa un culto para todos los médicos del Mundo” de manera que “su sombra sigue amparando nuestra Medicina”. Conocían también muy a fondo a Marañón, tanto sus libros como “su personalidad en la clínica de procesos endocrinológicos”. Admiraban la obra del hospital provincial de Madrid, “que juzgan como uno de los centros médicos más importantes del mundo”. En la Historia de la Medicina reconocían la importancia de la obra del profesor García del Real, -el único catedrático que impartía esa asignatura en las universidades españolas-, cuya ausencia del congreso les había sorprendido. Mostraban respeto hacia la erudición del doctor Mariscal, el vicepresidente del Congreso. Y concedían valor a los trabajos de otros historiadores de la medicina ya fallecidos, como Luis Comenge y Ferrer (1854-1916) y, sobre todo, a Antonio Hernández Morejón (1773-1836), cuya obra consideraban que era “lo mejor que se ha hecho en España de Historia de la Medicina”79. En otra de sus colaboraciones, ese amigo y discípulo de Cajal contribuyó

a prolongar el culto que se le rindió en el congreso al premio Nobel, al explicar a sus lectores los sentimientos que le embargaron al contemplar su despacho en la exposición del Palacio del Senado que podría haber sido “mucho más interesante si se hubiese dispuesto de tiempo suficiente” para planifi-

Fig 12. Informaciones sobre el Décimo Congreso Internacional de Medicina en Heraldo de Madrid 23 septiembre 1935.

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última página del Heraldo de Madrid del martes 1 de octubre de 1935. El rector León Cardenal Pujals (1878-1960), [FIGURA 13] un notable cirujano nacido en Barcelona, puso el énfasis en destacar que, gracias a los avances efectuados en el ámbito científico, España podía codearse “con las grandes y más cultas naciones”. Teófilo Hernando, presidente del Consejo Nacional de Cultura, se felicitó, en primer lugar, del éxito del congreso gracias al prestigio personal de su presidente, Gregorio Marañón, del que destacó “su talento y su bondad”, y a la magnífica organización debida al trabajo de su tesorero, del secretario y de sus colaboradores. Y lue-

El rector León Cardenal destacó que, gracias a los avances efectuados en el ámbito científico, España podía codearse “con las más grandes y cultas naciones”

Fig. 13. El rector de la Universidad de Madrid, el cirujano barcelonés León Cardenal Pujals.

carla. Y si sus organizadores, entre los que destacó a los doctores Marañón y Cortezo, hubiesen contado con más apoyo oficial y de los particulares que “disponiendo de medios para dotar espléndidamente un Museo de Historia de la Medicina, se han mostrado tacaños”.80 Como una prueba más del in-

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terés con el que el principal diario vespertino que se editaba en Madrid por aquella época siguió el desarrollo del X Congreso Internacional de Historia de la Medicina cabe señalar que, tras su clausura, pidió a dos de sus principales organizadores, Gregorio Marañón y Teófilo Hernando, y al rector de la Universidad Central, el también catedrático de Medicina León Cardenal Pujals (1878-1960), que hiciesen un balance del evento. Sus opiniones, expresadas por escrito y acompañadas de sus retratos, fueron recogidas en la

go, aludiendo a los resultados de ese congreso y el de los otros dos internacionales celebrados en Madrid en ese mes de septiembre de 1935 - el VI de Entomología y el II de Ingeniería Rural-, manifestó que todos ellos habían permitido constatar a los participantes extranjeros que “no estamos tan atrasados como algunos se imaginan” pero también enseñar a muchos españoles “que no estamos tan adelantados como algunos creen”. Subrayó además la siguiente idea-fuerza:

Fig 14. Entrevista a los congresistas alemanes Paul Diepgen y Fritz Lejeune en El Sol 1 de octubre 1935.

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Los elogios de que nos han hecho objeto por los trabajos de nuestros compatriotas, por las obras de arte que poseemos, así como en las alusiones a los momentos grandiosos de nuestra Historia, no deben servir para envanecernos, sino para hacernos dignos de ser los continuadores de aquellos tiempos y para esforzarnos en alcanzar el nivel científico de las naciones más avanzadas.

Por su parte Gregorio Marañón aprovechó la ocasión para afirmar que “la fachada de la ciencia es la que debe cuidar más el Estado” por lo que había que tratarla “con liberalidad”. Y subrayó que “es el único sacrificio reproductivo con certeza” 81. También hicieron balance del congreso dos de los participantes extranjeros, los alemanes Paul Diepgen (1878-1966) y Fritz Lejeune (18921966), próximo al partido nazi, entrevistados en el diario matutino El Sol 82 [FIGURA 14]. Esos dos investigadores aprovecharon la tribuna que se les ofreció para exponer cuál era la situación de la historia de la medicina en su país y para resaltar las investigaciones que se hacían en el mundo académico alemán sobre la historia de la medicina española. En su afán por destacar las aplicaciones prácticas de la historia de la medicina acudieron al ejemplo de lo que sucedió en Alemania durante la Gran Guerra cuando los historiadores de la medicina, gracias a sus conocimientos pudieron sustituir por otros algunos medicamentos que escaseaban. Tal fue el caso de la ergotina usada para combatir las hemorragias del útero, que pudo ser reemplazada por una hierba, llamada de San Juan, conocida por figurar en libros históricos. Explicaron que las cinco cátedras de historia de la medicina existentes en Alemania también lo eran de historia de ciencias naturales, habiendo llegado sus responsables a una división del trabajo por épocas y temas. Y finalmente expresaron su satisfacción ante la organización del congreso que les había permitido visitar lugares muy interesantes, como hospitales y museos, y asistir a comunicaciones muy atractivas, entre las que destacaron la presentada por el delegado argentino Borzone sobre “Melodías indígenas para curar enfermos”, que revela-

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ba un extraordinario conocimiento del folklore de su país.

Coda La celebración de ese congreso permitió, pues, exhibir el poder académico de Gregorio Marañón y de otros integrantes del comité organizador, como Teófilo Hernando y José Goyanes. No obstante, varios de sus objetivos cien-

Gregorio Marañón afirmó que “la fachada de la ciencia es la que debe cuidar más el Estado” tratándola “con liberalidad”

tíficos, como la constitución de la Sociedad española de historia de la medicina, tardarían en cumplirse. En la España de Franco habría que esperar a 1948 para que surgiese la primera revista científica dedicada al cultivo de historia de la medicina, como fue Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica, antecedente de la actual revista Asclepio. Poco después lograrían los historiadores de la medicina organizar un nuevo congreso internacional -el décimo quinto- en tierras españolas. En esa ocasión se celebró entre Madrid y Alcalá, del 22 al 29 de septiembre de 1956, 83 reproduciéndose el interés por muchos de los tópicos tratados en el que se había celebrado en 1935, como fue el estudio de la figura del médico humanista Andrés Laguna, 84 e imitando la organización de exposiciones llevadas a cabo también en tiempos republicanos, como la exposición de

los libros de los siglos XV y XVI85. Por otro lado, es muy posible que la celebración del congreso madrileño anudase relaciones humanas entre sus intervinientes y que éstas estimularan posteriormente la curiosidad por desarrollar líneas de trabajo. Por ejemplo, las conexiones establecidas por Félix Martí en su exilio norteamericano con Henry Sigerist es probable que fuese una derivación de su coincidencia en el congreso madrileño de 1935. 86 Y ambién es factible que la relevante obra historiográfica desarrollada por Germán Somolinos en su exilio mexicano se alimentase de su incursión en investigaciones bibliográficas e históricas al colaborar con Jesús Domínguez Bordona en la organización de la exposición de los libros antiguos de medicina que se llevó a cabo en el Palacio Nacional por los responsables del patrimonio cultural de la República. También es muy posible que las maquetas exhibidas en la exposición del Palacio del Senado inspirasen algunas de las instalaciones, como la reproducción de la botica hispanoárabe, existentes en el actual Museo de la Farmacia Hispana de la Universidad Complutense de Madrid. El impulsor de ese museo, Rafael Folch Andreu (1880-1960), fue uno de los congresistas de la asamblea científica que reunió en Madrid a un distinguido y numeroso grupo de historiadores de la medicina y de la farmacia en la última semana de septiembre de 1935. Finalmente cabe lamentar que otros congresistas españoles no pudiesen seguir desplegando su curiosidad intelectual en los años siguientes, pues fueron víctimas de la orgía de sangre y fuego que se desató en España en el fatídico verano de 1936. Uno de ellos, Casto Prieto Serrano (1886-29 julio 1936), decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Salamanca al celebrarse el congreso y alcalde de esa ciudad como destacado político de Izquierda Republicana en dos períodos de la Segunda República, sería fusilado a instancias de los militares golpistas y de las fuerzas fascistas. El otro, el agustino Francisco Marcos del Río (1874-30 noviembre 1936), recientemente beatificado, sería víctima de la violencia “revolucionaria” en Pa-

racuellos del Jarama. Ambos presentaron en el Congreso de Madrid, al que nos hemos aproximado, varias comunicaciones sobre la historia de los estudios médicos en la Universidad de Salamanca87. Esta institución precisa-

mente había enviado a la exposición histórica del Senado muchas de sus mejores joyas bibliográficas, a instancias, probablemente, del decano de su Facultad de Medicina, el médico y político republicano azañista Casto Prie-

Notas 1) Una breve crónica de los orígenes y desarrollo de esa sociedad entre 1920 y 1982 fue elaborada por Franz-André Sondervorst. La tradujo al español Ricardo Cruz-Coke. Ver https://www.biusante.parisdescartes.fr/ishm/spa/historia.pdf 2) Como historiador de la medicina Tricot-Royer destacó por sus estudios sobre la relación entre el impresor Plantino y las ciencias médicas en el siglo XVI. Ver por ejemplo su trabajo “Les “Coloquios de García D’Orta aux officines Plantin, à Anvers.”, 1936. 3) Así lo mencionan À. Martínez Vidal, J. Pardo Tomás y E. Perdiguero Gil “Los orígenes de la historiografía médica catalana (1907-1936)” en Ricardo Campos, Luis Montiel, Rafael Huertas, coordinadores, Medicina, Ideología e Historia en España (siglo XVI-XXI), Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2007, p. 101-114, particularmente p. 113. Ver también A. Martínez Vidal y J. Pardo Tomás (coords.), Llibre d’Actes de l’Associació de Metges i Biòlegs de Llengua Catalana (1915-1937), Barcelona, Institut d’Estudis Catalans-Secció de Ciències Biolòlgiques. CD-ROM. 4) Ver, por ejemplo, José Álvarez-Sierra, “Hablando con los congresistas”, Heraldo de Madrid jueves 26 septiembre 1935 p. 13. 5) Ver Fielding H. Garrison, Introducción a la historia de la medicina por …Traducida de la segunda edición inglesa por Eduardo García del Real, 2 vols., Madrid, Calpe, 1921-1922; Paul Diepgen, Historia de la Medicina por ...Traducido de la segunda edición alemana por el Dr. E. García del Real, 2 vols. Barcelona, Labor, 1925. 6) Ver Eduardo García del Real, “Dos precursores de Ramón y Cajal. Maestre San Juan y López García”, en Trabajos de la Cátedra de Historia Crítica de la Medicina, 4 (1935), págs. 479-494. 7) El tomo V, correspondiente al curso de 1934-1935 abarcaba 520 páginas y comprendía 26 trabajos. Se editó en Madrid en 1935. Una valoración positiva de ese volumen en A. Carpintier, El Sol, martes 24 septiembre 1935, p.7. 8) Ver al respecto las intervenciones del polaco W. Szumowski en el VIII Congreso Internacional, celebrado en Roma, en 1930 y en su comunicación en el congreso de Madrid a la que me referiré más adelante. Esos planteamientos eran coincidentes con los expuestos por Eduardo García del Real en “Necesidad de hacer obligatorio en las Universidades el estudio de la Historia de la Medicina”, Trabajos de la Cátedra de Historia crítica de la Medicina, tomo IV, 1934-1935, pp. 495-511. Recojo estas informaciones de À. Martínez Vidal, J. Pardo Tomás y E. Perdiguero Gil, op. cit., [nota 3], p. 113. 9) Sobre los conflictivos preparativos de ese congreso y la intervención en ellos de Eduardo García del Real, ver Antoni Roca Rosell, “El caso del Congreso Internacional de 1934: “Guerra” entre historiadores de la ciencia”. En M. Valera, C. López Fernández, eds., Actas del V Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y las Técnicas, Murcia-Barcelona, 1991, DM Librero-Editor y PPU, vol. 2, pp.1066-1084. Y J.M. Cobos Bueno, “La Asociación Española de Historiadores de la Ciencia: Francisco Vera Fernández de Córdoba”, Llull, 2003, vol. 26, pp. 57-81. 10) Esa labor está expuesta en la obra Veinticinco años de labor. Historia y bibliografía del Profesor G. Marañón y del Instituto de Patología Médica del Hospital de Madrid, Madrid, Espasa Calpe, 1935 que contenía su texto “Veinticinco años de medicina”. Editado en sus Obras completas, vol. III, pp. 287-298. Un balance de su obra médica en Emilio Balaguer Perigüell, “Marañón y la medicina en España”, Arbor, 2013, 189 (759): a002 doi:http://dx.doi.org/10.3989/arbor.2013.759n1001 11) Un balance de su obra historiográfica en Antonio López Vega, “Marañón, historiador”, Arbor, 2013, 189 (759): a008.doi:http://dx.doi.org/10.3989/arbor.2013.759n1007.

to Serrano, otra de las víctimas de la guerra “incivil” española. s

12) Leoncio López-Ocón, “Ciencia, literatura y periodismo en el último número de la revista “Tensor” de Ramón J. Sender”, Studi Ispanici, vol. XLV, 2020, pp. 317-341, particularmente pp. 339-341. Ver también Antonio López Vega, Biobibliografía de Gregorio Marañón, Madrid, Universidad Carlos III, Biblioteca del Instituto Antonio de Nebrija de Estudios sobre la Universidad, 2009 donde se recogen entre las págs. 105-111 70 trabajos publicados por Gregorio Marañón a lo largo de 1935, bien como autor único o en cooperación con otros colaboradores. 13) Antonio López Vega, Gregorio Marañón. Radiografía de un liberal, Madrid, Taurus, 2011, p. 256. En esta biografía política no hay ninguna alusión al relevante papel desempeñado por Gregorio Marañón en el X Congreso Internacional de Historia de la Medicina. 14) Ese destacado higienista -como tal había contribuido a impulsar junto a Tolosa Latour la Ley de Protección a la Infancia de 1904- había ingresado en la Real Academia de Medicina en 1914 con un discurso de tema histórico: “El doctor Juan Tomás Porcell y la peste de Zaragoza de 1564”. Luego entre 1921 y 1924 editó El libro de la peste de Luis Mercado con el auspicio de la mencionada academia. Ver Pedro Galán Bergua “Esbozo biográfico del ilustre doctor don Nicasio Mariscal y García de Rello”, Archivo de Estudios Médicos Aragoneses, nºs 1011, 1962, pp. 35-72. 15) En 1920 fue pensionado por el ministerio de Instrucción Pública para efectuar estudios bacteriológicos en el Reino Unido y Estados Unidos. Integrante de la Sociedad internacional de historia de la medicina desde que asistiese al tercer congreso de esa sociedad, celebrado en Londres en 1922. Referencias sobre sus actividades en Zaragoza en Fernando Zubiri Vidal, Historia de la Real Academia de Medicina de Zaragoza, Zaragoza, Real Academia de Medicina, 1976. 16) Olga Villasante Armas, “José María Venancio Emeterio Villaverde y Larrar”, Diccionario Biográfico Electrónico de la Real Academia de la Historia. 17) Tras haber otorgado la plaza a Rodríguez Lafora decidió posteriormente el tribunal crear otra plaza más otorgándosela a Villaverde “en vista de las excepcionales circunstancias que concurren y que el Tribunal destaca”. Tal oposición ha sido analizada por S. Giménez-Roldán, “Neuropsiquiatría y política: el enfrentamiento entre Gonzalo R. Lafora y José María Villaverde”, Neurosciences and History, 2014; 2 (4), pp. 140-148. 18) Francisco Javier Cortezo y Collantes, “Comentarios a una bio-bibliografía de D. Francisco López de Villalobos”. Discurso pronunciado en la Real Academia Nacional de Medicina, en la Fiesta del Libro de 1928, Madrid, Real Academia Nacional de Medicina, 1928, 42 p.; Catálogo de las obras y documentos raros y curiosos de su librería que figuran en la exposición abierta para conmemorar el II centenario de su fundación, 1734-1934, Madrid, Academia Nacional de Medicina, 1934. 19) Ver José Luis Fresquet, “José Goyanes Capdevila (1876-1964)”, en https://www.historiadelamedicina.org/goyanes.html; Alfredo Die-Goyanes y Javier Die-Trill, “José Goyanes. Cirujano y humanista”, Cirugía Española, vol. 83, nº 1, enero 2008, pp. 8-11; y Luis Sánchez Granjel, “Goyanes: historiador de la Medicina”, Boletín de la Sociedad española de Historia de la Medicina, 1964, vol. 4, pp. 1-3. 20) Luego, a partir de 1920, desdobló esa cátedra en dos materias: Farmacología General y Experimental que impartía en tercer curso de Medicina y en otra de Clínica Terapéutica, luego Farmacología Clínica en sexto curso, cuando los estudiantes ya sabían fisiopatología y clínica de las enfermedades. Ver Antonio García García, “Ideas de don Teófilo Hernando sobre la educación médica en general y sobre la farmacoterapéutica en particular”, Educación Médica, 2016; 17 (Supl. 1): 39-45. En https://medes.com/publication/116341 21) Su trayectoria científica y su legado han sido analizados en Eva María Pérez-Sacristán, La Escuela de Farmacología de Madrid: de D. Teófilo Hernando al Instituto de I+D del Medicamento de la Universidad Autónoma de Madrid, Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, 2013. Accesible en https://repositorio.uam.es/handle/10486/11227

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22) En 1960 publicó El legado de Marañón a la medicina y a los médicos españoles. En 1968 se encargó de anotar la versión de Andrés Laguna de la obra de Dioscórides de 1555, Acerca de la materia medicinal y los venenos mortíferos, en la que incluía un estudio de la vida y obra del médico humanista segoviano Andrés Laguna, que luego se reeditó en dos ocasiones y que sigue teniendo valor en los recientes estudios histórico-médicos como ha señalado José Luis Fresquet en “Teófilo Hernando Ortega”, Diccionario biográfico electrónico de la Real Academia de la Historia.

ción del remedio para esta plaga y como se hace el tratamiento especial de estos enfermos”, reproducido en el primer número de la revista comunista Ahora, editada por la Unión de Escritores Proletarios, pp. 26-29. Reproducción digital en http://americalee.cedinci.org/wp-content/uploads/2017/05/Ahora_n1.pdf

the History of Medicine, vol. 3, nº 6, June 1935; “The badianus manuscript, an Aztec pharmacopoeia”, Journal of the American Pharmaceutical Association, vol 24, Issue 9, September 1935, pp. 771-774.

71) Este manuscrito ha tenido numerosas ediciones como la edición crítica que hiciese María Isabel Montoya Ramírez, editada por la Cátedra de Historia de la Lengua Española de la Universidad de Granada en 1992.

53) Ver Martin de la Cruz, Juan Badiano, Emily Walcott Emmart, The Badianus manuscript (Codex Barberini, Latin 241) Vatican Library: an Aztec herbal of 1552, Baltimore, Johns Hopkins Press, 1940. Con prólogo de Henry Sigerist. Tuvo varias reseñas, entre otras: de Conway Zirkle en Isis vol. 33, nº 2, jun. 1941, pp. 249-251; L Guillermo Somolinos en Revista de Historia de América, nº 25, junio 1948, pp. 199-202.

72) Sobre su catálogo ver Selección de manuscritos, grabados e impresos pertenecientes a la colección de este Museo y que se refieren a asuntos médicos y sanitarios, Madrid, Museo Naval, 1935, 17 p.

54) Acerca de las tensiones entre la dimensión nacional e internacional de esa rama del conocimiento ver Paul Cowdell, “The Folklore Society. National and International”, in Bérose. Encyclopédie internationale des histoires de l’antthropologie, Paris, 2015. Accesible en la Red.

75) Se refiere al tratado anatómico Historia de la composición del cuerpo humano de Juan Valverde de Amusco, editado en Roma en 1556 con ilustraciones atribuidas no sólo a Gaspar Becerra sino también a Pedro de Rubiales.

23) Ver Ondas, 11 de mayo de 1935. Y Ángeles Afuera, Aquí, Unión Radio. Crónica de la primera cadena española (1925-1939), Madrid, Ediciones Cátedra, 2021.

40) Sus comunicaciones no fueron recogidas en el Libro de Actas. Pero diversos periódicos sí se hicieron eco de ellas. Ver, por ejemplo, La Voz, miércoles 25 de septiembre 1935, p. 3. También hay noticias sobre una conferencia que dio en el Ateneo de Madrid, junto al musicólogo Arturo Schiaca, en “Ricardo Bulle Urtasun, “Información musical. Notable conferencia sobre la música vernácula argentina”, El Siglo Futuro, viernes 4 de octubre de 1935, p. 22. En ella defendió la meloterapia o arte de curar por medio de la música.

24) “El X Congreso de Historia de la Medicina. Lo que dice Marañón”, por Dr. José María Llopis, España Médica, año XXVI, nº 656, Madrid, mayo 1935, p. 11.

41) Décimo Congreso Internacional de Historia de la Medicina, 1935, 23-septiembre-29. Madrid, op. cit., pp. 87-94.

25) Gregorio Marañón, “Temas. Medicina e Historia”. El Sol, jueves 19 de septiembre de 1935 pp. 1 y 5. Antonio López Vega en su bio bibliografía de Gregorio Marañón, ya citada, señala en la p. 107 que el discurso inaugural de su biografiado en el mencionado congreso, pronunciado el 23 de septiembre de 1935 en el Hospital de la Santa Cruz de Toledo, lo tituló Marañón “Historiadores de la medicina”. Luego fue publicado como “Medicina e historia” en El Siglo Médico, tomo 96, nº 4296, Madrid, 5 de octubre de 1935, pp. 395-400 y en La reforma médica, 1935, pp. 985-989. También fue editado en sus Obras completas, tomo II, pp. 331-334. Pero ese autor no establece una conexión entre el texto publicado en esas revistas médicas con el presentado previamente por Gregorio Marañón en las páginas de El Sol, omitido en su bio-bibliografía.

42) Información más amplia sobre su trayectoria científica en Maria Geropeppa et al., “The First Women Physicians in the History of Modern Greek Medicine: Maria Kalapothaki (1859-1941) and Aggeliki Panagiotatou (1878-1954)” en Acta Med Hist Adriat. 2019 Jun; 17 (1): 55-64.

55) Víctor Gomoiu, “El folklore médico en los países balcánicos”, Libro de Actas, op. cit., pp. 162-178. Citas en las págs.163 y 164.

43) Ver Libro de actas. Tomo primero. Fascículo I. Resúmenes y comunicaciones, Madrid, X Congreso Internacional de Historia de la Medicina. Publicaciones, 1935, pp. 19-21.

57) Henry Sigerist, “Historia de la Medicina y de la Sociología médica”, Libro de Actas, op. cit., pp. 265-266.

79) J. Álvarez-Sierra, “Hablando con los congresistas”, Heraldo de Madrid, jueves 26 de septiembre de 1935, p. 13.

58) Sobre la importante labor científica llevada a cabo por esa institución peruana ver Marcos Cueto, Excelencia científica en la periferia: actividades científicas e investigación biomédica en el Perú, 1890-1950, Lima, GRADE, 1989.

80) J. Álvarez-Sierra, “Segunda sesión científica. El despacho de Cajal, en la Exposición”, Heraldo de Madrid, miércoles 25 de septiembre de 1935, p. 14.

59) Carlos Monge, “Política sanitaria y Homincultura (La “agresión climática”)”, Libro de Actas, op. cit., pp. 263-264.

82) Juan de Huarte [es un seudónimo], “Ha sido clausurado el X Congreso Internacional de Historia de la Medicina. Unas impresiones finales de los profesores Diepgen y Lejeune”, El Sol, martes 1 de octubre de 1935, p. 10.

26) Décimo Congreso Internacional de Historia de la Medicina, 1935, 23-septiembre-29. Madrid, Madrid, Bolaños y Aguilar, 1935, 199 páginas. 27) Juan de Huarte [es un seudónimo], “Ha sido clausurado el X Congreso Internacional de Historia de la Medicina. Unas impresiones finales de los profesores Diepgen y Lejeune, El Sol, martes 1 de octubre de 1935, p. 10. 28) Fue reproducido por El Siglo Médico, T. 96, Madrid, 1935, pp. 422-423, y en Obras completas de Gregorio Marañón, vol. II, pp. 335-336. 29) La Voz, lunes 30 septiembre 1935, p. 7 30) El Sol, sábado 28 septiembre 1935, p. 4. Esa distinción había sido creada por Salvador de Madariaga en la primavera de 1934 deseoso de crear símbolos nacionales que estimulasen el sentimiento de ciudadanía. Fue concedida en 1934 al pedagogo Manuel Bartolomé Cossío y en 1935 a Miguel de Unamuno. La propuesta de otorgar tal distinción a Gregorio Marañón no llegó a prosperar. Ver María del Mar del Pozo Andrés, “La construcción y la destrucción de la nación cívica desde la escuela en la Segunda República”. En Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea, nº 11, 2013, pp. 365-401, particularmente pp. 387388. http://hispanianova.rediris.es/11/HN2013.pdf 31) Por ejemplo, el Banco de España emitió el 22 de julio de 1935 un billete de 50 pesetas en homenaje a Cajal, en cuyo reverso se reproducía el mencionado conjunto escultórico de Victorio Macho. 32) Hasta el 1 de junio de 1935 se habían inscrito 54 congresistas españoles, casi la mitad -22- de Madrid. A ellos había que sumar 9 de Zaragoza, 5 de Sevilla, 4 de Barcelona, 4 de Valladolid, 2 de Valencia, y 1 de Albacete, Cádiz, Córdoba, Granada, Orense, Pamplona, Salamanca, San Sebastián. Había que añadir las inscripciones de 9 entidades e instituciones: 6 de Zaragoza (Academia de Medicina, Ayuntamiento, Colegio de Médicos, Diputación Provincial, Escuela Superior de Veterinaria y Facultad de Medicina), 1 de Madrid (Academia de la Historia), 1 de San Sebastián (Colegio de Médicos de Guipúzcoa) y 1 de Masnou-Barcelona (Laboratorios del Norte de España). 33) La influencia española en el progreso de la ciencia médica con una memoria del Instituto de Investigación Wellcome y de los laboratorios y museos de investigación afiliados fundados por sir Henry Wellcome. Recuerdo del X Congreso Internacional de Historia de la Medicina celebrado en Madrid 1935. The Wellcome Foundation Ltd., Londres, Inglaterra, 124 pp. 34) Maxime Laignel-Lavastine y Marcel Fosseyeux, “Le Xe Congrès international d’histoire de la médécine”, Bulletin de la Société française d’histoire de la médécine, 1935, nº 163, pp. 309-320 35) Ver Jorge, Ricardo y Vasconcelos, Carolina Michaëlis De. A Intercultura De Portugal E Espanha No Passado E No Futuro: Conferência Plenária Proferida a 27-6-1921 No Pôrto, Perante O Congresso Scientífico Luso-Espanhol. Porto: Araujo and Sobrinho, 1921. 36) Un análisis de su vida y obra en Elizabeth Fee y Theodore M. Brown, eds., Making Medical History: The Life and Times of Henry E. Sigerist, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1997. 37) http://www.santafe.gov.ar/hemerotecadigital/buscar/?palabra=%2Bborzone+%2Brodolfo. 38) Ver El Orden domingo 18 de agosto de 1935, p. 3. Agradezco a Gabriela Mayoni que me ofreciera información sobre estos materiales relacionados con la trayectoria vital de Rodolfo A. Borzone. 39) Así se aprecia en su artículo “En torno a una triaca contra la lepra. Elabora-

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44) Entre ellos cabe mencionar a Francisco J. Blanco Juste, académico de la Nacional de Farmacia, correspondiente de la Hispanoamericana de Ciencias, secretario del Comité Nacional del Quino que presentó “La Botánica árabe, aplicada a la Medicina”, reeditada como folleto por la revista profesional “El Restaurador farmacéutico”. Accesible en la Biblioteca digital del Jardín Botánico https://bibdigital.rjb.csic.es/records/item/16528-la-botanica-arabe-aplicada-a-la-medicina?offset=1. Ver también Libro de Actas, op. cit., pp. 29-66. Asimismo, el médico y periodista José Álvarez-Sierra presentó la comunicación “Historia de la Pediatría española. Los médicos de niños judíos y árabes”. Ibíd.., pp. 67-77. En sus conclusiones subrayó que el período inicial y trascendente de la pediatría española correspondía a la Medicina hispanohebrea e hispanoárabe. 45) Tal fue el caso del médico militar, destinado en Orense, Julián Bravo Pérez (1894-1945) quien presentó seis comunicaciones sobre temas variados tales como “Abandono de los estudios sobre la Medicina árabe española”, “La ciencia médica hispanomusulmana”, “Médicos y curanderos moriscos en España”, “Los Hospitales en nuestra época musulmana”, “Los baños en el Islam español”, “El apócrifo manuscrito árabe sobre Sacedón”, Libro de actas, op. cit, pp. 7-18. En Orense había publicado en 1932 el libro La medicina española y la medicina indígena en Marruecos. Las Kábilas de Quebdana y Ulad Setut, con prólogo de Carlos Jiménez Díaz y unas cuartillas de Gonzalo de Reparaz. Usó esa obra como fuente de información Jorge Molero-Mesa en “Del maestro sangrador al médico...europeo”: medicina, ciencia y diferencia colonial en el protectorado español de Marruecos (1912-1956)”, Historia, Ciencias, Saúde-Manguinhos, vol. 13, nº 2, Rio de Janeiro, Apr/June 2006., pp. 375-392. Información biográfica sobre ese médico militar republicano, con simpatías socialistas, y sometido a depuración al finalizar la guerra civil en el blog de David Simón-Lorda https://diariodeunmedicodeguardia.blogspot.com/2012/01/de-las-kabilas-dequebdana-y-ulad-setut.html[10 enero 2012] 46) Libro de Actas, op.cit., p. 22 47) Una relación completa de su obra publicada entre 1927 y 1975 en https:// www.galeriametges.cat/galeria-obrapublicada.php?icod=MFE 48) José Goyanes, La personalidad médica de Maimónides al lado de su personalidad total, Madrid, 1935, 52 págs. 49) La medicina de los árabes: discurso leído en la real academia médica matritense el día 9 de marzo de 1770 por Andrés Piquer con estudio preliminar de Juan Crisóstomo Piquer, Madrid, 1935, XXX + 46 p. 50) Una obra de síntesis de esos conocimientos publicada por aquellos años fue la de Ramón Pardal, Medicina aborigen americana, Buenos Aires, 1937, (vol. 3 de Humanior: biblioteca del americanista moderno, dirigida por el doctor Imbelloni). Reeditada en 1998 por Editorial Renacimiento. 51) Esa comunicación se tituló “Ensayo sobre la historia de la Medicina de la raza guaraní”. Ver Libro de Actas, op.cit., pp. 109-112. Carlos Bonorino Udaondo era un relevante médico argentino. Director de la prensa médica argentina entre 1927 y 1934. También fue decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y presidente en varios momentos de la Academia Nacional de Medicina de su país. 52) Ver Emily Walcott Emmart, “El Manuscrito Badianus, tratado azteca de Medicina. (“Codex Barberini, Latin 241”), en Libro de Actas, op. cit., pp. 122-123. En ese año de 1935 esa doctora presentó las características de ese valioso manuscrito en diversas instancias además de en el congreso de Madrid. Ver E.W. Emmart, “Concerning the Badianus Manuscript, an Aztec Herbal, “Codex Barberini, Latin 241” (Vatican Library). Smithsonian Miscellanous Collection, vol. 94, nº 2, May 18, 1935 [accessible online en https://repository.si.edu/bitstream/handle/10088/23882/SMC_94_Emmart_1935_2_1-14.pdf ]; “An Aztec Medical Treatise: The Badianus Manuscript”, Bulletin of the Institute of the Institute of

56) W. Szumowski, “La Historia de la Medicina y la reforma de los estudios médicos”, Libro de Actas, op. cit., pp. 181-183.

60) Ver Exposición de manuscritos, documentos, obras impresas, instrumental y materiales útiles de interés histórico-médico, Palacio del Senado 24-30 septiembre 1935. Catálogo oficial. Madrid, Bolaños y Aguilar, 1935, 125 p. Algunos de esos expositores, editaron catálogos especiales de lo que presentaron en esa Exposición, los cuales fueron distribuidos entre sus visitantes. Ver al respecto El libro español de medicina (1925-1935), catálogo de los libros presentados en la Exposición del Libro español de Medicina, celebrada con motivo del X Congreso Internacional de Historia de la Medicina, en el Palacio del Senado, del 20 al 30 de septiembre de 1935, Madrid, Cámara Oficial del Libro, 1935, 32 p.; y el catálogo del Instituto Wellcome, ya mencionado en nota 33. 61) Algunas de esas maquetas las reprodujo el diario Ahora en su edición del 19 de septiembre de 1935. 62) A. Carpintier, “La exposición de un museo histórico de Londres”, El Sol martes 24 de septiembre de 1935, p. 7. 63) doctor José María Llopis, “Del X Congreso de Historia de la Medicina. La exposición de libros antiguos. La biblioteca de Gómez de la Mata”, La Voz, sábado 21 de septiembre de 1935, p. 3 64) La documentación existente en la biblioteca de Palacio permite conocer parte de los contenidos de esa exposición. Ver una relación de los materiales expuestos en “Exposición de libros españoles de medicina de los siglos XV al XVIII”. Documento de seis páginas C/868 (21) y CAJ/FOLLFOL/240 (7) y (9). Y Hoja con firmas manuscritas de cada uno de los miembros participantes en la exposición de libros españoles de medicina de la Biblioteca de Palacio. Madrid 27 de septiembre de 1935. ARB/60 CARP/11 doc. 326.

73) El Sol jueves 26 de septiembre de 1935, p. 4. 74) Ver Exposición de la Biblioteca de San Lorenzo del Escorial, 1935, 21 p.

76) Juan de la Encina “De Arte. Arte y Medicina”, El Sol, viernes 27 de septiembre de 1935, p. 1. 77) El Otro. “Las Artes y los Días. El Museo Naval,” El Sol, sábado 28 de septiembre de 1935, p. 2. 78) Libro de Actas, op. cit., pp. 67-77. Ver también nota 45.

81) Heraldo de Madrid, martes 1 de octubre de 1935, p. 16.

83) Actas del XV Congreso Internacional de Historia de la Medicina, Madrid 1958. 84 Luis S. Granjel, Andrés Laguna, Madrid, 1956. 85) Se publicó un catálogo en forma de folleto de 18 páginas. 86) En ese congreso, ese médico de simpatías anarquistas presentó varias comunicaciones. Una sobre el arte médico de “La Celestina”. En otras dos ofreció avances de su tesis doctoral Ensayo sobre la Historia de la Psicología y Fisiología místicas en la India presentada en 1934, dirigida por Eduardo García del Real. En una cuarta trazó una historia del curanderismo. 87) Casto Prieto Carrasco, “La Medicina en la Universidad de Salamanca (Lo que se sabe y lo que se puede suponer de sus orígenes y período floreciente y de su decadencia. Cuestiones que plantea este interesante problema histórico” y “La enseñanza de la Anatomía en la Universidad de Salamanca”, Libro de Actas, op. cit., pp. 184-185; 187-188. P. Francisco Marcos del Río, O.S.A. “Enseñanza de las Ciencias Médicas en la Universidad de Salamanca durante los cursos de 1674 a 1678”, ibíd.., p. 186. Esos resúmenes fueron fechados en Salamanca el 23 de mayo y en la Biblioteca de El Escorial el 14 de junio de 1935. En 1986 Luis G. Granjel logró editar las dos aportaciones de Prieto Carrasco, de manera completa, con el título Dos estudios sobre la enseñanza de la medicina en la Universidad de Salamanca.

65) Ver ARB/60 CARP/11 docs. 323 y 328. 66) Existe copia digital en la actual Real Biblioteca. Signatura DIG/II/3063_E. Sobre ese manuscrito ver Jesús Pensado Figueiras, “Pasajes del Macer Floridus castellano en el ms. II-3063 de la Real Biblioteca. En Revista de Filología Española, vol. 92, nº 2, (2012), pp. 341-362. 67) El primer historiador que reparó en el valor de ese manuscrito fue Marcos Jiménez de la Espada. Ver su trabajo “Las cuartanas del Príncipe de Éboli”, Revista Contemporánea, tomo XXV, 30 enero 1880, pp. 153-177. En la segunda mitad del siglo XX se han publicado dos ediciones de esa obra. La última en Salamanca en 1989 con una introducción de Luis S. Granjel. 68) Ver al respecto su trabajo Modos adverbiales castizos y bien autorizados que piden lugar en nuestro léxico, Cuenca, 1931, citado en “Una reparación bibliográfica. El licenciado Méndez Nieto y sus ‘Discursos medicinales’”, Boletín de la Academia de la Historia, tomo 100, 1932, pp. 255-271. 69) Se trataba del manuscrito del siglo XVII “Medicina española contenida en proverbios”, que contenía diferente información a la expuesta en la edición príncipe hecha en Granada en 1616 por quien es considerado fundador de la paremiología española, y cuyo título es Medicina española contenida en proverbios vulgares de nuestra lengua: muy provechosa para todo género de estados, para filósofos y médicos, para teólogos y juristas. 70) Se trata del Libro de propietatibus rerum de Bartholomaeus Anglicus o Batholomé Glanvilla, que contiene mucha doctrina de teología...va acompañada de grandes secretos de astrología, medicina, cirugía, geometría, música e cosmografía, traslado de latín en romance por el reverendo padre fray Vicente de Burgos, editado en Tholosa por Henrique Meyer en 1494.

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