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acto # 10

sakkei

escenario prestado


La vista de un jardĂ­n de frente que muta en pequeĂąos ciclos pide prestado un paisaje de fondo. El pasto se expande en las paredes y toca los bordes que no son claros a pesar de estar contenidos en un cuadrado blanco. M.A.G.


escenario prestado En el marco del cronograma de muestras de la galería Gachi Prieto desarrollamos el ciclo Escenario Prestado, espacio que propone un acercamiento distinto a la experiencia con la obra: escritores, artistas y curadores son invitados a escribir textos que surgen de una serie de encuentros con la única consigna de pensar la obra como disparador. El ciclo se propone construir de forma colectiva un discurso poético, un entramado de voces que desde la literatura devele otro recorrido en el contacto con las artes visuales. Organizado en actos presentamos el # 10 en el contexto de la muestra Vértigo de Lorena Marchetti curada por Javier Villa, con textos producidos por Simón Altkorn, María Guerrieri, Alejo Ponce de León y Germán Paley .


La ciudad es un enorme Chroma Key En 1898 Oscar Wilde se despacha contra la naturaleza y a favor de la mentira. The Decay of Lying es, sobre todo, una argumentación sobre cómo la vida imita al arte. Actualmente estamos en una era anti-mimética (¿o de mímesis invertida?): nadie dudaría que las imágenes diseñan formas de vida. Incluso varias vidas parecen anclarse en un pantone específico; una emocionalidad catalogada por cierto filtro del iphone. La vida se transformó en un enorme chroma-key sobre el cual sobreimprimir nuestra ficción cotidiana (aunque ya nada se imprima). Y la ciudad, para aquellos que somos cosmopolitas, en su compleja escenografía. --- No es un problema que no exista distancia entre ficción y realidad. Cuando mi hija me pregunta si existen los unicornios, le contesto que sí porque puede imaginarlos, describirlos o dibujarlos; como también le digo que es cierto que cada vez hay más personas durmiendo en la calle porque puede verlos. La ficción solía ser un terreno de las artes, hoy en día pareciera ser un terreno dominado por la política. El problema no es haber perdido el área de especificidad de nuestra disciplina, sino desentenderse de la potencia que puede provocar la fusión entre ficción y realidad; una fusión que permitiría, más que nunca, pensar cómo desde el arte se puede hacer algo para cambiar el curso de la narrativa general. Para los que hacen arte con fotografía la situación es aún más desafiante. Van a batallar en el centro de un ring plagado de redes sociales y aplicaciones, de medios masivos, sus satelites y sus drones, de juegos de verosimilitud y de manipulación de los documentos ¿En qué se ancla un fotógrafo si ya no hay una masa consistente de realidad, sino una masa hacinada de ficciones? ¿Intentar apelar a un estado emocional compartido por algunos? ¿Narrar una microhistoria que hable de la condición humana? ¿Componer o desmenuzar pantones como si fuesen la naturaleza muerta del siglo XXI? --Un tipo viaja tres horas de ida y tres horas de vuelta a su trabajo, cuida una terraza con pasto sintético a la que nadie sube. Camina de un lado al otro en silencio. El sol le raja la frente durante ocho horas. Es el octavo piso del Museo de Arte Contemporáneo de Sao Paulo, una de las mejores vistas de la megalopolis. En la época en la cual construye la Casa de Vidrio -mitad del siglo XX- Lina Bo Bardi dirá: “Hasta que el hombre no entra en el edificio, no sube los escalones, no posee el espacio en una ‘aventura humana’ que se desarrolla en el tiempo, la arquitectura no existe, es frío esquema no humanizado. El hombre crea con su movimiento, con sus sentimientos”. ¿Se podría decir algo similar, en la actualidad, sobre la fotografía? ¿Cómo pensar una aventura humana desde una imagen fija que se ha vuelto un lenguaje cotidiano? ¿Cómo expandir a la fotografía en el tiempo y en el espacio, que la imagen provoque movimiento o una sensación física? Estamos acostumbrados a mirar imágenes en pantallas, proyectar una imagen fija tendría entonces más sentido que imprimirla. Una imagen fija que proyectada puede ganar en tamaño, que pueda envolver o convertirse en un chroma-key para


que uno proyecte su propia película. En el centro de un espacio vacío esa imagen podría expandir su capacidad de provocar los sentidos: se podría entrar a la imagen no sólo desde el sentido visual, sinó también desde el sentido espacial, el sentido de la gravedad o el auditivo, el sentir a la ciudad que respira a nuestra espalda o la cercanía de los cuerpos que no estamos viendo ---esa imagen vibra cuando pasa un colectivo por la calle de la galería o se mueve lentamente por el aire que mueve un cuerpo que pasa por su costado---. Buscar un cuerpo que siente como siente un trabajador en una terraza, como siente una terraza a la ciudad, como siente la imagen al movimiento. Una imagen que ya no es fija.

En 1990 W.G. Sebald escribió Vértigo. Maestro en la producción de verosimilitud. Se adelantó unos años a la era de ficciones relatada por el arte contemporáneo a partir del archivo o el documento; realismo de bienal que estalló junto a la era digital y la manipulación de imágenes (Sebald se adelantó también a esto --- son dos caras de la misma moneda). Su chroma no era verde o azul, sino blanco. Pero aún podía hacerte sentir que lo que estaba narrando con palabras había ocurrido gracias a la inclusión de fotografías. La falta de brecha entre ficción y realidad puede hoy dar vértigo, y tal vez sea la imagen fotográfica el medio más capacitado para provocar esa sensación física. El vértigo puede ser una simple sensación subjetiva, una ficción o un trastorno, pero lo cierto es que sentimos -físicamente- como las cosas empiezan a moverse. Parafraseando a Bo Bardi, aquello que rodea al hombre comienza a existir. Javier Villa 31 de agosto de 2017


VĂŠrtigo Lorena Marchetti


Como una cosa se mete en otra En el oído interno se produce la traducción de la energía en sonido. Se lo asocia a la sensación de vértigo y desequilibrio, a la ilusión de que nuestro cuerpo gira en el espacio o que el mundo exterior lo hace a nuestro alrededor. Cada mañana me levanto pensando en cómo voy a distribuir el tiempo que tengo y cuando estoy muy rígida sólo me preocupa ser eficaz conmigo misma. Genero un ruido mental, un bloque sonoro que me impide reconocer las cualidades que demanda de mí la actividad que esté haciendo. Para salir de ese estado me tiro al piso, camino como un perro pekinés y digo que siempre es necesario un esfuerzo de poesía. A la tarde salgo de casa con el tiempo calculado para ir a ver una muestra y volver justo para recibir a una amiga que viene a cenar por primera vez. Llego a la galería y quiero atar mi bicicleta a un poste de la calle, pero no puedo porque me olvidé la cadena. Tengo que entrar con ella al lugar. Me preocupo porque tal vez alguien me la robe de tan confiada. La semana pasada olvidé en el 39 un vestido, que había retirado de una tintorería japonesa, por estar entretenida mandándole mensajes a un amigo que chatea muy bien. Entro un poco más a la galería y me recibe la imagen de una ciudad que cuelga como una bandera pero sonora. Me doy cuenta de algún modo que es San Pablo. Aunque estén acentuados ciertos rasgos de Medio Oriente, escucho ruido de helicópteros y sé que ésta es la ciudad de Sudamérica con más helipuertos en sus terrazas. Doy vuelta sobre una pared y me cuentan que hace unos días la estrella de la noche acá fue una planera. Me da gracia ver que ese nombre le corresponde al objeto que más volumen ocupa en el espacio…el eje de este lado es un cuerpo macizo que se abre en lenguas de madera, y como un libro cada hoja apunta relatos visuales. Fotos en color y fotos en blanco y negro. Puedo leer cada hoja abierta como un poema concreto o hacer asociaciones narrativas entre los protagonistas humanos y no humanos que aparecen retratados.


Vuelvo a sentir olor paulista en las fotos de un edificio visto en la fuga de sus formas geométricas con el sol marcando bien los verdes, las sombras y el trabajo solitario de un señor anónimo en un balcón seco. Pregunto quiénes son los de las fotos acromáticas: ella es una arquitecta vista de espaldas. Dentro de una casa de vidrio mira la selva tropical que tal vez no sea su jardín. El es un escritor sentado de espaldas sobre una piedra y está mirando el desierto, que no es de él solo. Sus nombres son muy conocidos. Elijo varios títulos para la novela que veo. “Estirar una esquina”, “Dos espaldas con ojos se fueron de viaje al interior pero se olvidaron el abrigo”, “Los albañiles escriben con luz”. Cierro el mueble y veo afuera tres paredes que lo rodean. Dos son blancas, con fotos pegadas. Fotos que como el pelo de las adolescentes se vuelven fantasía a partir de una línea tajante. La tercera pared es verde aire con una foto enmarcada en el centro. Ahí adentro hay un hombre en una terraza, guarecido por la sombra de un trozo de arquitectura. Está mirando quién sabe qué. Los rasgos de la cara se funden con la sombra del alero y con su traje. En ese tono oscuro él es una columna más del edificio, que se cierra sobre su espalda como una boca dentada. Me alejo de la foto. Miro hacia el exterior de la galería. Veo que mi bicicleta inmóvil tiene una estructura ósea refinada, parece un caballo árabe sin cola.

María Guerrieri


I. Casi ni se había logrado despabilar que el codazo en la costilla como despertador le sacaba el poco aire que podía respirarse en el andén, atestado de mal aliento y somnolencia trabajadora. Paralizado por el dolor y aún aturdido, hacía de molinete humano en la puerta del vagón mientras la horda desesperada lo iba erosionando a sus costados. “¡Puta cachaça!”, con ese pensamiento se iba volviendo sardina. Sin fuerzas, se dejó empujar hacia adentro, fagocitado por el metró. Desde Ambuitá, la anteúltima estación de la línea 8, la gris clarito, viajó enlatado hasta la terminal, sostenido por el sudor de los otros cuerpos. Después, combinar con el 101 para cambiar al 702: enroque de dos bondis más una caminata rápida de quince minutos hasta llegar a destino en horario. Cada mañana, ese mismo ritual de ser periférico construía una subjetividad a fuerza de empujones y resignación; una versión darwiniana de supervivencia aplicada a los medios de transporte con el único fin de conseguir un puto asiento para no tener que viajar parado por más de dos horas y media. II. Ya ni se acordaba cómo había entrado. Hacía más de quince años que su rutina era la misma pero su memoria, en ese presente continuo casi inmutable, parecía haberse olvidado de los detalles, por llamar de algún modo, a cada una de las cosas que había hecho para que el desempleo pase a ser cosa del pasado, y su desesperación, una anécdota, ahora olvidada. Todos los días, colocaba su Libreta de trabajo y seguridad social debajo de un café recién hecho, servido sin colar, en taza de porcelana blanca, y mientras humeaba, prendía una vela también blanca y tal como le había dicho su sobrina María Luiza, la Umbanda le daría la respuesta. Tenía que hablarles a los pretosvelhos, esclavos que una vez libres de las cadenas físicas, devenidos espíritus, vibran en la luz y hacen el bien. “Queridos pretosvelhos, hace meses que estoy sin trabajo, ya no sé que hacer, no tengo a quién recurrir, Dedé me dijo de salir con su banda, pero sé que sólo me traería problemas… por eso les ruego a ustedes”. El rezo se repitió por días, semanas hasta el cansancio. El rezo que nunca cesó, ni en café ni en velas, siempre el mismo pedido hasta que una mañana, una sobrina de la Mae Luz Giovanna, una de las tantas, Amandinha, la que vendía agua de coco en un carrito del Parque Ibirapuera, llegó corriendo para contarle que en el Museo -donde se colaba para ir a cagar- justo había conocido a Helder -que estaba haciendo un reemplazo en Seguridad- y él le había contado al pasar -mientras ella se la chupaba en el depósito de limpieza- que habían comenzado una búsqueda de personal.


III. El primer piso -aún sin visitantes enracimados alrededor de ese felino inmenso, intentando sacarse una selfie en la que entre todo el cuerpo del gato pero sin la presencia de otro humano- era puro silencio. A él le encantaba ser el primero en caminar esos zócalos negros recién pulidos, acercarse y acariciándole el hocico, decirle “¡Oi, gatinho!” y casi lo sentía ronronearle en respuesta a su saludo. Seguía avanzando unos pasos, giraba el cuerpo y con la cabeza ladeada hacia un costado, le sonría y lanzaba un maullido -tan tierno como solitario-. Ya en el ascensor, se acomodaba el saco -que apenas le cerrabahasta subir al último piso del edificio.

IV. Ni el sol del mediodía le impedía pararse sobre el césped sintético y mover el cuerpo -total podía entrar todo empapado de sudor y dejarse secar por el sistema de aire acondicionado que aclimataba el interior del edificio-; entonces, se paraba, pies ancho de caderas, rodillas apenas flexionadas y con las manos entrelazadas sostenía el palo invisible, que luego de un movimiento de cadera preciso e inmaculado -como el golf que nunca jugó-, golpeaba la bola despedida por los aires y veía cómo iba a parar a kilómetros de distancia -su record había sido atravesar toda Vila Mariana hasta llegar al Parque de la Independencia en Ipiranga-. A esa hora, difícilmente subía alguien porque los visitantes estaban guardados dentro, llenándose la vista de trazos atrozmente descriptos en los textos de sala. ¡Click! - cuando se recuperaba de su tan practicado swing –¡click!. A unos metros de distancia, -¡click!- detrás de una columna, un punto blanco fantasmal: haciéndose la distraída, corriendo la cabeza y por ende su mirada, cámara en mano, una turista, lo apuntaba.


V. Las prácticas simuladas sobre el green podían desarrollarse en el vacío total de la terraza; aunque por la presencia humana casi constante, su desarrollo deportivo era un horizonte limitado. Lejos de preocuparse, se entregaba a otra práctica, un pasatiempo que él vivía a la manera de payé amazónico y canalizaba la mirada, surcando el cielo, sentía las plumas, hasta que sobre el vacío, flotando cual colibrí, lograba divisar al detalle los living-comedores alfombrados, rebosantes de estilo, lámparas de diseño escandinavo y sofás de cuatro cuerpos, mesas ratonas con arreglos florales de casi dos metros… él sobrevolaba esas realidades que podían ser su presa escondida en una cuadrícula eterna de balcones, ventanales y cortinados de seda. Una sensación lo atravesó y no pudo ponerle palabras, aunque si tuviera que ser expresada en forma de sintagma se parecería a un haiku que no respeta totalmente la métrica silábica clásica del 5-7-5:

“ edificios / vidas apiladas cajas de soledad”

VI. Un aspecto revelador –hasta epifánico- del estudio de la lingüística es que permite pensar estructuras profundas, subyacentes. Quizás, si desarrolláramos una mirada gramatical del mundo, aquello que solemos percibir como cotidiano se distorsionaría a tal punto que toda información excesiva, accesoria quedaría reducida a un esqueleto base, que podría homologar la estructura de un edificio con la de una planera -una suerte de disco rígido analógico desarrollado para cumplir funciones de archivo en el siglo XIX-. Así, el gran paralelepípedo podría estar subdividido indiferentemente en pisos de departamento o cajones. Podría contener personas o mapas, dibujos, planos, incluso, fotografías. A diferencia de los mapas, dibujos y planos, que nos permiten dar una idea de aquello que refieren o representan, con las fotografías, aún pudiendo ver lo retratado, poco podemos saber sobre lo que nos muestran.

Germán Paley


Los gigantes no lloran A partir de “Chroma Key” de Lorena Marchetti

Crecer hacia arriba no es tarea compleja el bloque más alto aplasta al de abajo

crecer al costado nunca fue difícil desparramar sobrantes poner en el borde lo inútil

armar la fachada colores luces decorados las imágenes siempre dictaminan la existencia de lo que nadie ve

escribir en renglones repletos llenar bolsas ocupadas gritar certezas sumar

Simón Altkorn


Cloacas, líneas eléctricas: en algún momento te das cuenta de que la ciudad no es un milagro. Alguien hizo las cosas que precisan de una fuerza milagrosa para hacerse. La ciudad es lo que tiene: rica y pobre, una biblioteca, la selva. Un muerto adentro de un cuarto y las hojas sobre la vereda que rodea al instituto de menores que funciona en un barrio de la ciudad desde 1924. En verano la ciudad cambia, las hojas dejan el piso y vuelven a los árboles como en reversa, el calor adentro del instituto se vuelve insoportable y cambia la luz que entra por la ventana a la oficina donde se va a firmar el acuerdo de licitación para demoler el instituto, posiblemente dentro de algunos años. Esa oficina es la ciudad, el terreno que deje una vez demolido el instituto es la ciudad y en primavera la ciudad cambia. Cambia en invierno y cambia, según dicen, cada cierto tiempo, alguna cualidad del conjunto de especies bacterianas que afecta a los habitantes de la ciudad, lo que vuelve a las bacterias más difíciles de combatir. Ese cambio misterioso provoca muertes entre la población civil. Hay un grupo de números que representan a la economía de la ciudad y le interesan a alguien que viaja hasta la ciudad para repasar esos números y se queda a dormir una noche, dos a lo sumo, en la ciudad. Lo que nos pasa fuera de la ciudad es parte de la ciudad, en el sentido de que existe únicamente a través de nosotros como testamento orgánico de esa experiencia, porque lo que vivimos fuera de la ciudad nos cambió y ese nosotros que ha cambiado regresa a la ciudad, cambiado, para vivir en la ciudad. La distancia que separa a la ciudad de todos los otros puntos es la ciudad, la primera fracción de terreno exógeno a la ciudad, el primer paso después de su frontera, es sin embargo la ciudad y desde ahí, además, se logra una vista simbólicamente completa de la ciudad. El potencial infinito de la intimidad, una vez que pase del cerebro individual al espacio doméstico, luego a la calle y luego a calles más lejanas, posiblemente implique grandes cambios para la ciudad. Pero la ciudad, aunque cambie, es la misma, alterada cíclicamente por principios de renovación y decadencia. La destrucción total de la ciudad, incluso, no destruye la ciudad. La aniquilación instantánea de poblaciones y espacios urbanos es una posibilidad concreta en esta época, y aunque el destino de las naciones esté en la ciudad la continuidad de la ciudad no depende de su propia existencia. La ciudad cayó. Cártago cayó, Mostar, Federación. Singapur, por ejemplo, representa la condición genérica de la ciudad contemporánea: un paisaje urbano que reemplaza a la historia desde la cual ese mismo paisaje emergió.


La ciudad es un nombre y es, ademรกs, sus calles con nombres de otras ciudades. En este sentido quizรกs haya que reveer la razonable tendencia a pensar que la ciudad no es un milagro, porque como una leyenda o un poema, la ciudad le escapa a los mitos de su propia ruina.

Alejo Ponce de Leรณn


Lorena Marchetti Nació en Buenos Aires en 1976. Es artista visual y diseñadora gráfica. Egresada de la Universidad de Buenos Aires (U.B.A.); Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo. Realizó estudios y clínicas de arte contemporáneo con Gabriel Valansi, Diana Aisenberg, Eduardo Stupía y Guillermo Ueno. Obtuvo el Tercer Premio del 104º Salón Nacional de Artes Visuales 2015. Categoría Fotografía. Formó parte del Programa de artistas PAC 2013, programa anual de Prácticas Artísticas Contemporáneas. Desde el 2015 forma parte del Colectivo Foto Féminas, una plataforma con la finalidad de promover a fotógrafas que trabajan en América Latina y el Caribe. Directora de Studionube; estudio de diseño, arte y fotografía. Especializado en el desarrollo y producción integral de proyectos editoriales y culturales. En el 2017 se incorpora a FOCO, grupo de estudio de la Fotografía Contemporánea,U espacio de reflexión sobre problemáticas ligadas a la fotografía contemporánea, en especial sus cruces con la política, la historia, los archivos, la literatura y los dispositivos artísticos, coordinado por Natalia Fortuny en el Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales. IGG/FSOC (UBA). Actualmente se encuentra realizando trabajos de investigación de campo, asesoramiento y gestión cultural en proyectos de artes visuales e industrias creativas.

Javier Villa Vive y trabaja en Buenos Aires. Desde 2013 es curador del Museo de arte moderno de Buenos Aires. Desde 2005 es parte del colectivo Rosa Chancho.


Simón Altkorn Economista y artista visual. Obtuvo el Primer Premio Adquisición en el XCVI Salón Nacional de Artes Visuales, en la sección de Fotografía (año 2007), Mención de Honor del Jurado en el 4to. Salón Nacional de Artes Visuales de Cipolletti (2008) y Mención del Jurado en la Bienal Nacional de Arte de Bahía Blanca (2009). Su obra ha sido seleccionada y expuesta en Museos y Galerías de Arte de la Argentina, Perú, Colombia, México, España y Estados Unidos. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF.

María Guerrieri Nació en 1973 en Haedo. Vive y trabaja en CABA. Estudió pintura y grabado en la ENBAP Pueyrredón, entre 1997 y 2000. Participo del Programa de Artistas en la UT Di Tella en 2012. Recibió la Beca Bicentenario a la creación del FNA en 2016. Desde el año 2000 realizó varias exposiciones individuales y colectivas en espacios gestionados por artistas, galerías e instituciones locales y del exterior. Conformó el dúo Amigos del siglo XX, grupo dedicado a copiar obras gráficas y pictóricas de artistas modernos. Escribió Fuente de chocolate, libro de poemas, cuentos y dibujos, editado por Iván Rosado en 2016.

Germán Paley (Buenos Aires, 1978) Supongo que empezaría diciéndoles que amo el sabor de la cocina casera, que tengo mano verde y que resisto analógicamente a la fotografía digital. También, les diría que soy traductor de inglés aunque la práctica profesional me llevó hacia la producción de contenidos audiovisuales para terminar en el universo de los museos, la cultura y el arte. Podría contarles un montón de cosas de mí pero aún sigo preguntando: "¿Dónde está Santiago Maldonado?"

Alejo Ponce de León Nace en Buenos Aires en 1987. Colabora en diversas publicaciones con reseñas y ensayos sobre arte contemporáneo. Es cofundador del fanzine sobre arte y civilización Mamá Lince e Integra el colectivo Titularidad no informada.


© Gachi Prieto, 2017 Todos los derechos reservados Ley 11.723 Prohibida su reproducción total o parcial. Idea y realización: María Alejandra Gatti Diseño y pre impresión: studionube Agradecimientos: Gachi Prieto, Javier Villa, Simón Altkorn, María Guerrieri, Alejo Ponce de León y Germán Paley.

Este libro se terminó de imprimir en Buenos Aires en el mes de Septiembre de 2017. Edición limitada de 100 ejemplares numerados.


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Escenario prestado acto 10  

En el marco del cronograma de muestras de la galería Gachi Prieto desarrollamos el ciclo Escenario Prestado, espacio que propone un acercami...

Escenario prestado acto 10  

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