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SOMBRA CIPRES

NÚMERO 302 Sábado, 12.05.18

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DEL

J. D. Salinger, congoja y franqueza Alianza reedita la obra completa del autor de ‘El guardián entre el centeno’, de cuyo nacimiento se cumplen cien años en 2019 [P3] Retrato de J. D. Salinger creado por Robert Vickrey para la portada de ‘Time’ en septiembre de 1961. :: NATIONAL PORTRAIT GALLERY


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Sábado 12.05.18 EL NORTE DE CASTILLA

Apuntes y revelaciones de Rodríguez Almeida

CARLOS AGANZO

blogs.elnortedecastilla.es/elavisador/

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vaterniones. Así dio en intitular, en ese latín que manejaba con la misma destreza que a sus hijos más ilustres, el castellano y el italiano, los dieciocho cuadernos de campo que el profesor Rodríguez Almeida escribió en su etapa abulense; más concretamente entre 2004 y 2015, alrededor de su taller de historia y arqueología en el Palacio de los Serrano de la ciudad de los caballeros. Fruto deslumbrante de ese genio literario y gráfico que le caracterizó siempre. Apuntes de clase, dibujos tomados del natural, revisiones de sus publicaciones, microensayos, noticias sobre descubrimientos arqueológicos, hallazgos singulares, notas curiosas («insolita qvaedam», como recoge uno de ellos), planos, relámpagos literarios..., y hasta alguna reprimenda a las autoridades culturales por su escasa probidad en la defensa del patrimonio. Feliz amalgama publicada ahora, de manera póstuma, bajo la selección y edición de Mayda Anias, y gracias a la generosidad de su viuda, Juliana Wihelmsem, memoria viva del último trayecto vital del profesor. Tal vez frente a las grandes y sesudas investigaciones publicadas a lo largo de su carrera por Emilio Rodríguez Almeida, que le llevaron a convertirse en una auténtica referencia mundial en los estudios sobre el mundo romano, estos humildes cuadernos de campo, confeccionados con tanto mimo como libertad, nos ofrecen la imagen más auténtica del genio del arqueólogo, historiador y profesor de Madrigal de las Altas Torres: investigación rigurosa de la mano de una maravillosa intuición creativa. Un poco de todo aquello que caracterizó la sabiduría excepcional del profesor podemos encontrar en estos cuadernos, primorosamente editados por Caldeandrín. Empezando por sus «trabajillos matutinos» –‘Lucubrantiunculae matutinae’, como tituló el cuadernos que inició en los últi-

Algunas muestras gráficas de los ‘Qvaterniones’, del profesor Rodríguez Almeida.

mos días de 2014–, y siguiendo, por ejemplo, con su anticipación de la data concreta, a través de una lastra, de Ávila como ciudad romana del siglo II a.C. Una más de las numerosísimas aportaciones de aquel que siempre supo leer la Muralla de Ávila, por medio de sus epigrafías, como un verdadero libro de historia. También una reflexión sobre la importancia de este enclave en los caminos romanos de la trashumancia; o sobre las auténticas extremaduras –«extrema durii», fronteras del Duero– de Castilla; o sobre la huella histórica y cultural del Valle Amblés; o sobre las toponimias y etimologías del territorio de Gredos, que nos hablan del concepto de la espi-

QUATERNIONES Emilio Rodríguez Almeida. Edición de Mayda Anias. Caldeandrín Ediciones. Ávila, 2018

na dorsal de la Península Ibérica como «gradus», es decir, como escalón, pero que igualmente se aventuran a colegir que en realidad el Mons Hervasius, la sierra que identifi-

d camos como Gredos a partir del ‘Chronicon’ de Hidacio de Lima, no es otro que el auténtico Mons Herminius, la patria de Viriato, apenas un

d li en ell trabajo b j siempre i desliz arduo del copista... Una nueva polémica a añadir, por ejemplo, a su intuición de que el auténtico sepulcro del obispo

hereje Prisciliano está en la cripta soterraña de la iglesia de San Vicente, junto a los enterramientos de los mártires Vicente, Sabina y Cristeta. Disquisiciones científicas que comparten espacio, con absoluta naturalidad, con apuntes sobre ímprobos trabajos de investigación, como el de esos ‘Puentes históricos de la provincia de Ávila’, que p tantos años y que lale ocupó mentablemente no pudo ver en vida, o con nubes de lirismo literario, a las que tan aaficionado era Rodrígguez Almeida. Por eejemplo, cuando hab bla de los verracos zzoomorfos de la culttura vettona y los ccompara con las vaccas que pacen actualm mente por los campos aabulenses: «¿qué será v verlos de cuando en cu cuando paciendo no sé qué brumas del ti tiempo ido?» O cuando recurre a Juvenal –é –él, que tan maravillosa samente tradujo a M Marcial– y a su pesim mismo sobre el ser hum mano para denunciar el abandono de tantos y tantos bienes de nu nuestro legado históric rico. «¡Qué vil, el pobre ser humano!», que todo lo m mata y destruye, dice Ro Rodríguez Almeida; y le contesta Juvenal: «H «Hasta el que no tiene int intención –de matar–, bie bien le gustaría tener el poder de hacerlo». P Perlas a las que se suman algun gunos recuerdos de su vida en Rom Roma, como la adquisición del ún único retrato que existe del mís místico aragonés del siglo XVII Mi Miguel de Molinos, que él com compró «en la bottega del rigat gattiere Gustavo Garitano» po por 60.000 liras; o la maravillo llosa pieza literaria final sobre los gatos, ‘Ya no estoy para pe pejigueras’, que ilustra la devo voción del profesor por los cu cuentos y las fábulas. Eso, y el eterno sentido de del humor que marcó su existe tencia. Como muestra, el lati tiguillo poético con el que sse abre el primero de los cuad dernos, con advertencia para llos destructores del patrim monio: «Arqueólogos ‘leñad dores’: / aquí hay un bosque t talado; / hachas aquí no hacen falta, / espigadoras, al lado. / Cojan todos a porfía / lo que ya está colectado. / Nada de tiernos escrúpulos: / llenen costales y sacos, / costumbre muy abulense, / que un dulce no amansa al asno». Una verdadera delicia.


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Regreso al centeno Jerome David Salinger. :: KEYSTONE PRESSEDIENST-ZUMA PRESS

A un siglo del nacimiento de Salinger, releer su obra es un viaje a la inocencia, el aprendizaje y el descubrimiento

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s una tarde de julio, no especialmente calurosa. El niño se encuentra en la casa de verano de los tíos y ha decidido fisgonear, una vez más, los libros de su prima, en busca de una nueva lectura para esas semanas lejos de la ciudad. Entre todas las gamas coloridas de las distintas obras cargadas de prometedora literatura le llama la atención, significativamente, un ejemplar

particularmente esquivo. Es blanquecino, pequeño y un poco feo, y parece esforzarse por pasar desapercibido. El niño, que a sus once años no puede evitar sentirse identificado con aquel tomo, lo saca por primera vez del estante, estimulado ante la perspectiva de leer un libro sin letras en el lomo ni en la contracubierta, huraño y recluido en sí mismo, que no invita a que se abran sus páginas. Ese ges-

SAMUEL REGUEIRA

to, aún no lo sabe, se repetirá incontables veces a lo largo de su vida. En la portada se simula, como en un mensaje invisible, tres frases en letras tan blancas como el volumen, que resultan descubiertas por los

trazos desiguales de un hipotético lapicero. Arriba, el nombre de un autor: J. D. Salinger. Abajo, la empresa que, deduce el niño, ha fabricado el libro: Alianza Editorial. En medio, con las letras más grandes, el título: ‘El guardián entre el centeno’. El niño aún no sabe lo que es una metáfora, pero años después recuerda estar preguntándose varias veces, a lo largo de la primera lectura, en qué mo-

mento aparecerá aquel guardián entre el centeno y qué tiene que ver con esta historia narrada por un chico, como él, que se llama Holden Caulfield y que, aunque tenga 17 años, se comporta y relaciona como si fuera un joven de su misma edad. El niño también será capaz de recitar pronto la impactante frase que abre el libro: «Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso». El niño lee y relee, a medida que se hace mayor, la historia de ese chico más mayor y al tiempo más joven que él, que sigue resistiéndose a crecer. Cercano ya el centenario del nacimiento de su escurridizo autor, el que fue una vez niño resuelve abrir de nuevo aquellas páginas. Recuerda lo que le divirtió la incisiva mirada de Holden hacia Stradlater y Ackley, sus compañeros del colegio Pencey, la noche antes de que lo expulsen. Rememora a su vez, enternecido, la evocación que Caulfield hace de su amiga Jane Gallagher; la que le acaricia en la nuca, la que le deja sentarse en sus rodillas en el balancín y la que siempre alinea las damas en la fila de atrás, hasta el día en que una de sus lágrimas cae sobre el tablero. El viaje a Nueva York, que ocupa todo el libro, le suscitaba al pequeño lector, también se acuerda, sentimientos encontrados. El niño aún no sabe lo que es una alegoría, pero se pregunta intrigado, intuyendo algo profundo que aún no está preparado para comprender, qué querrá decir el protagonista cuando pregunta, insistente, a dónde van los patos de Central Park en invierno. El capítulo de la joven Sunny y el ascensorista Maurice le disgusta y, en ocasiones, pasa rápido esas páginas, porque Holden llora mucho al final. ‘El guardián entre el centeno’, comprueba el niño mientras avanza por su historia, es un libro nuevo en muchos sentidos. Para él, es la primera vez que un protagonista no se encuentra del todo ‘bien’. Está claro que Holden tiene un problema de tristeza inmensa, y todo apunta a que la leucemia que acabó con su hermano Allie a los once años tiene algo que ver. El niño aún no sabe lo que es una metonimia, pero comprende que el dolor permanente que Caulfield siente en su mano, tras romper a

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puñetazos las ventanas del garaje en la noche que su hermano murió, es como un símbolo de ese daño que ahí sigue, que aún no se va y que probablemente no se marche nunca. Otra novedad que se encuentra con su lectura de ‘El guardián entre el centeno’, quizá la más importante, es el novedoso discurso de este singular narrador. El niño aún no sabe lo que es una aliteración, pero como sus pasiones son el lenguaje, la literatura y los largometrajes; comprende que lo primero impide que lo segundo se convierta en lo tercero. Holden transmite que su manera de ver las cosas resulta ciertamente sesgada; sus prejuicios le desorientan, confunde con frecuencia lo que cree vivir con lo que sucede, y el niño es capaz de darse cuenta de que el libro le está contando, a la vez, la verdad y la mentira en la misma pá-

gina. Esta fascinación por el carácter ambivalente donde lo cierto y lo falso pueden coexistir en la palabra escrita se trasladará más adelante en las inquietudes vitales del lector. Por un lado, explorará los mecanismos del embuste mediante una búsqueda de los grandes narradores poco fiables de la Literatura –Huckleberry Finn, el emperador de ‘Yo, Claudio’, la criada Nelly de ‘Cumbres borrascosas’, el profesor Humbert de ‘Lolita’–; por otro, ese interés por la palabra más auténtica le conducirá, por su trayectoria profesional, hacia el ámbito del periodismo.

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Holden tiene un problema de tristeza inmensa y la leucemia que acabó con su hermano Allie a los once años tiene algo que ver Caulfield, a lo largo de los años, ha sabido resistir, contumaz, al paso del tiempo

Crecer sin Holden Naturalmente, sus posteriores relecturas irán construyendo, en pequeñas dosis, los rasgos que forjarán la personalidad, a lo largo de los años, del que una vez fue niño. El personaje de Carl Luce le hará

desconfiar de todo aquel que se proclame una eminencia. Las observaciones de Holden sobre el distinto trato de favor que el hipócrita director de su antiguo colegio brindaba a las familias de los alumnos, según su estatus social, le dan sus primeras nociones sobre el concepto de clase. Más adelante, el episodio de Dick Slagle; un compañero de habitación que esconde sus maletas baratas para que nadie pueda compararlas con las de Caulfield, reforzará esta noción aprendida. En sus últimas visitas al centeno, el que una vez fue niño identifica, a su vez, la postura que Holden tiene hacia las mujeres. Al protagonista le enloquece vivir en la paradójica tesitura de respetar a las chicas cuando estas rechazan sus avances mientras contempla lo que pueden conseguir de ellas, eventualmente, aquellos que no aceptan sus ‘no’ por

respuesta. Esta deconstrucción de la masculinidad es tan solo una característica más de quien encuentra en Sally Hayes una vía de escape a su alcance pero del todo punto incompatible, a la que propone huir de todo e inmediatamente después se arrepiente. Solo es una contradicción más. Para el que una vez fue niño ha sido imposible no crecer. No así para Caulfield, que a lo largo de los años ha sabido resistir, contumaz, al paso

del tiempo, con sus incoherencias, sus puntos ciegos, sus oídos sordos, su falta de tacto, su escaso gusto y su nulo sentido del olfato para sobrevivir. Nosotros crecemos, y seguimos esforzándonos en la imposible tarea de descifrar todos los secretos que esconde este libro. Y mientras su hermana Phoebe sigue feliz dando vueltas en el tiovivo, Holden continúa guardando nuestra inocencia, oculta en el centeno.

Salinger y el cine :: J. PRAGA

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tro cruce de caminos de direcciones contrarias en Salinger: el cine. Amor y freno. Devoción y rechazo. Según cuenta su hija, el escritor compensaba su cinefilia en la soledad de Cornish con un proyector y películas que obtenía «por gentileza de la MGM». Hitchcock sobre todo, y también los Hermanos Marx, Laurel y Hardy, W. C. Fields. ‘Gigi’ era su favorita, hasta el punto de que llegó a comprar una copia para verla siempre que le apeteciera. En una ocasión en que la hija logró entrar

en el despacho de su padre, descubrió que guardaba muchos rollos de película. No comparte ese entusiasmo por el cine su cachorro Holden Caulfield. Despotrica en cuanto puede de las salas, de las películas… En la mañana del domingo acude al cine a matar el rato, «era lo peor que podía hacer», y se traga una película que cuenta con todo detalle a pesar de que no le gusta nada: «Solo les digo que si no quieren vomitar no vayan a verla». Además, su hermano escritor, D. B., al que admira, vive en Hollywood «prostituyéndose. Si hay algo que odio en el

mundo es el cine. Ni me lo nombren». Casi nada que tenga que ver con Salinger o su obra alcanza la pantalla. El escritor se ha mostrado como un feroz guardián de su persona y de sus libros. Solo uno de sus cuentos tuvo su autorización para ser llevado al cine: ‘Mi loco corazón’, dirigida por Mark Robson en 1949, basada en ‘El tío Wiggily en Connecticut’. Pero pronto llegó la orden de retirada del mundo, y la congelación de sus narraciones en la pantalla. Cuando falleció Salinger, la Fundación Literaria que administraba su legado recibió entre

Kevin Spacey y Nicholas Hoult, en ‘Rebelde entre el centeno’ (Danny Strong, 2017).

otros mandatos el de «impedir cualquier versión cinematográfica de ‘El guardián entre el centeno’». Así que lo poco que hay en el cine que roza a Salinger lo hace de forma indirecta, sin dar muchas pistas. Así se coló ‘Descubriendo a Forrester’, dirigida por Gus Van Sant en 2000, sobre un escritor encerrado en su soledad, aunque su retiro se localizase en el Bronx. Más directo era el documental ‘Salinger’, rodado por Shane Salerno como complemento a su biografía del escritor. El estreno en 2013 contó a su favor con el fallecimiento del escritor en 2010. Había sido producido, curiosamente, por Harvey Weinstein. Las denuncias que han caído sobre este productor no influyeron en el escaso crédito de la película. En cambio, otro denunciado sí ha retrasado el estreno en España de la última aproximación biográfica a Salinger: ‘Rebelde en el centeno’, dirigida por Danny Strong y estrenada en septiembre en EE UU, se encontró antes de su desembarco en España con que Kevin Spacey, intérprete del profesor del Salinger juvenil, comenzaba su particular calvario de un pasado con posibles abusos. No había marcha atrás en esa confusión entre vida y ficción que empieza a salpicar a otras películas, y esa discreta biografía del escritor ha esperado en el congelador varios meses hasta su estreno a nuestro país. J. D. Salinger posa mientras lee su novela ‘El guardián entre


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Glass: Más allá de Holden Caulfield :: S. REGUEIRA

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omo en una obra de teatro en la que entran y salen personajes a escena, los distintos miembros de la familia Glass emergen, de cuando en cuando, en el resto de obras que compone la bibliografía de J. D. Salinger al margen de ‘El

guardián entre el centeno’. Siete hermanos –dos chicas y cinco chicos– que de jóvenes triunfaron como niños prodigio en un concurso radiofónico y que viven embargados por la tristeza, a distintos niveles, ya como adultos en un mundo que les ha olvidado. Seymour es el más recurrente, tanto por

su papel protagónico en el relato ‘Un día perfecto para el pez plátano’ –texto que abre los ‘Nueve cuentos’– como por su narración en el fallido ‘Hapworth 16, 1924’. Pero sobre todo destaca este personaje por cómo deja huella en sus hermanos; especialmente en Buddy Glass. Este último será

el narrador de ‘Levantad, carpinteros, la viga del tejado’ y ‘Seymour: una introducción’; monólogo interior que aborda otro de los temas predilectos de Salinger: la filosofía zen. De especial importancia en ‘Franny y Zooey’; la religión y, muy especialmente, la revelación mística que supone, sim-

el centeno’ en 1952. :: ANTONY DI GESU/SAN DIEGO HISTORICAL SOCIETY/HULTON ARCHIVE COLLECTION/GETTY IMAGES

bólicamente, la contemplación divina de Dios; cobra fuerza en las obsesiones de Salinger, como también demuestra el cuento ‘El periodo azul de Daumier-Smith’. La pérdida de la inocencia tan inseparable a ‘El guardián entre el centeno’ se puede ver en el espléndido ‘El hombre que ríe’, y su técnica narrativa alcanza la perfección en los trabajos de orfebrería que suponen ‘Para Esmé, con amor y sordidez’ y el intrigante ‘Teddy’. La familia Glass tam-

bién asoma en ‘En el bote’; el más distinto de todos los relatos de su autor, y muy fugazmente en ‘Tío Wiggily en Connecticut’, una fenomenal crónica femenina cuya libérrima adaptación a la gran pantalla provocó la negativa formal de Salinger a que un gran estudio volviese a dirigir una película basada en una obra suya. Para completistas, dos cuentos más; ‘Linda boquita y verdes mis ojos’ y ‘Justo antes de la guerra con los esquimales’.


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Salinger, en la famosa instantánea en la que se enfrenta a un fotógrafo que se esconde en un coche. :: EL NORTE

El guardián de la intimidad JORGE PRAGA

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n su fotografía más difundida J. D. Salinger está enmarcado por la ventanilla de un coche, y golpea el cristal desde fuera con su puño. Detrás de él se ve a otro fotógrafo, cámara en mano. El que le acaba de tirar la célebre instantánea se ha refugiado en el coche, o esperaba allí oculto para cazar al autor. Y sigue disparando fotos, sin que Salinger pueda hacer nada salvo enfadarse, ponerse fuera de sí hasta componer ese rostro terrible: el de un anciano maltratado, indefenso, con los ojos desorbitados, la boca jadeante, lleno de arrugas. Fue a mediados de los ochenta. Salinger todavía no tenía 70 años, un autor célebre reducido a un viejo incapaz de imponer su enfado, su justo enfado. A pesar de esta derrota, la fotobiografía de Salinger es

escasa. Hay un pequeño grupo de imágenes de muchos años atrás en que el autor exhibe su sonrisa sentado frente a un libro, fumando, bien vestido, seductor. Así le recuerdan quienes le trataron antes de que el éxito se le echara encima. La mujer de un editor neoyorquino dejó este testimonio en la biografía de Ian Hamilton: «Conocí a Jerry Salinger en una fiesta ofrecida a, o por, su editor inglés. Había oído hablar de él, y me había gustado el libro, pero no estaba preparada para el extraordinario impacto de su presencia física. Tenía una especie de halo oscuro. Iba vestido de negro; su cabello era negro, sus ojos oscuros, y era, por supuesto, sumamente alto. Yo quedé como hechizada». Por lo poco que se sabe de su vida mantuvo ese imán en el trato personal con las mujeres. Otra cosa bien distinta es la multiplicación pública que arrastra la fama y la curiosidad de sus lectores. Las fotografías, espejo directo y rápido, empezaron a hacerse especialmente antipáticas al es-

Con la actriz Elaine Joyce, en Jacksonville en 1982. :: AP critor. A poco de salir ‘El guardián entre el centeno’ escribió: «El hecho es que me siento tremendamente aliviado de que haya acabado para ‘The Catcher in the Rye’ la temporada de éxito. La disfruté brevemente, pero en su mayor parte me pareció un barullo, y profesional y personalmente descorazonante. Digamos que me estoy poniendo absolutamente enfermo de tropezar con esa fotografía ampliada de mi rostro en la parte posterior de la sobrecubierta satinada del libro». Para su desgracia, el barullo de su primera y única novela nunca acabó, y no dejó de crecer y crecer. No encontró otra solución que aislarse,

buscar un lugar en que pudiera seguir haciendo lo que más le gustaba, escribir, y nada más. Sin curiosos, sin periodistas, sin fotógrafos. Su hija Peggy recoge en ‘El guardián de los sueños’ el testimonio de Doris, la hermana del escritor, cuando en el otoño de 1952 emprendieron la búsqueda de una nueva residencia. Tras vagabundear por la costa sin el dinero suficiente para las casas de la zona, acabaron encontrado en Cornish, a 300 kilómetros de Nueva York, una vieja edificación rodeada de prados y bosques, con los vecinos recluidos y lejanos en sus granjas. «Eso no era una casa, Peggy, era un desastre», recordaba Doris. El día de Año

Nuevo de 1953 Salinger se mudaba allí. Se casó con su novia Claire, fundó una familia, tuvo dos hijos, se divorció, probó otras parejas. Vivió entre alegrías, dificultades, disgustos. Viajó y volvió a casa, buscó esperanza en la religión, en la cultura oriental. Una vida como tantas si no fuera porque su rostro estaba en la trasera de un libro del que se vendían cada año cientos de miles de ejemplares. El libro funciona precisamente como una proclama del rechazo del autor a la sociedad que no le va a dejar aislarse. Su protagonista, Holden Caulfield, al tiempo que se abre en canal para mostrar sus debilidades de adolescente, va dejando entre líneas el retrato de la sociedad que le espera para engullirle, una sociedad ramplona, vulgar, cursi, hipócrita. Chispazos continuos que hieren sin cesar al joven: el horror de la Navidad en Radio City con el grupo de baile de Las Rockettes; su profesor de literatura obligado a reír los pésimos chistes del director del colegio; el ex alumno que vuelve a su habitación en busca de las iniciales que dejó grabadas en la ducha, mientras no deja de recomendarle que «aprenda todo los que pueda»…, vómitos que se cierran sobre su futuro: «Yo estaré en mi oficina ganando un montón de pasta (…) y me pasaré el día entero leyendo el periódico, y jugando al bridge, y yendo al cine, y viendo un montón de noticiarios estúpidos y documentales y trailers. ¡Esos noticiarios del cine! ¡Dios mío! Siempre sacando carreras de caballos, y una tía muy elegante rompiendo una botella de champán en el casco de un barco, y un chimpancé en pantalón corto montando en bicicleta». No y no. La alternativa, más allá del pataleo adolescente, es la huida. Holden Caulfield diseña el camino que el propio Salinger tomará: «Viviremos en cabañas y sitios así hasta que se nos acabe el dinero. Luego buscaré trabajo en alguna parte y viviremos cerca de un río. Nos casaremos y en el invierno yo cortaré la leña y todo eso». Incluso la familia que ronda por la cabeza desordenada de Caulfield no queda lejos de la que formará el propio Salinger en Cornish: «Si llegábamos a tener hijos, los esconderíamos en alguna parte, Compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y escribir nosotros solos». Como anota Ian Hamilton, «su biografía en 1953 empieza a ser legible como una secuela de su novela». Desde su refugio de Cornish Salinger daría a la luz editorial tres libros más de historias breves y entrelazadas. En 1965 publica su último cuento en The New Yorker. Y echa el cierre. «Hay una paz maravillosa en no publicar.

«Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo solo para mí mismo y mi propio placer»

Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo solo para mí mismo y mi propio placer», declara en una rara entrevista en 1974. Su vida podría haberse desarrollado en ese aislamiento deseado por el autor. Un tipo con sus peculiaridades, adepto a la homeopatía, seguidor del budismo, luego de la Cienciología. Le gustaban las chicas jóvenes, imantadas por sus libros. Y poco más, si no fuera porque esa sociedad que le disgustaba no le correspondió con el mismo trato de distante respeto. Su retiro se convirtió en un bocado que muchos quisieron masticar. Periodistas a la caza de una rareza, biógrafos que exprimían la correspondencia con amigos y editores, fotógrafos que a veces tenían la fortuna de capturar al viejo impotente. Editores que rastreaban sus primeros relatos, novelistas dispuestos a renovar el filón de Holden Caulfield. Salinger debió de pasar muchas horas en los despachos de sus abogados. Bien pensada, la vida acechada de Salinger desde su retiro hasta su muerte en 2010 es un anticipo condensado e invertido del uso de la privacidad en nuestra sociedad actual, atrapada contradictoriamente en la Red. Salinger quiso vivir hacia dentro, encerrarse en sus manías y disfrutar de la escritura. Los vientos que entonces le perturbaron son hoy un huracán generalizado. Las imágenes íntimas se vuelcan inconscientemente en portales que las multiplican y devoran. La privacidad solo es entendible bajo una constante anotación y vigilancia de sus hechos más insignificante. De cualquier sujeto hay memoria digital de sus gustos, de sus gastos, de sus filias y fobias. Nada hay inaccesible en el individuo, transparente en las pantallas multiplicadoras del Gran Hermano. Todo somos Salinger, pero al revés, sin su voluntad de marcar fronteras, sin la contrariedad infinita de su gesto irritado, en el que se percibe, mirándolo a los ojos, el desvarío que nos envuelve poco a poco, sin darnos cuenta.


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Donald Hartog y J. D. Salinger, en abril de 1989 en Londres. :: EFE

Motivos para leer FERNANDO COLINA

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ay muchos motivos para leer ‘El guardián entre el centeno’. Uno, algo consabido, sería por participar del gusto general que ha convertido esa novela, de 1951, en una de las más difundidas de nuestro tiempo, y a su autor en un apabullado protagonista de la invisibilidad y el silencio. Otro motivo, sin duda, lo es por el lenguaje, por la expresividad, por la concisión, por el ritmo de la narración, por el estilo tan bello y personal, plenamente acorde con el contenido y con el personaje que centra el argumento, Holden Caulfield, un desorientado muchacho de diecisiete años que cuenta su regreso a casa tras ser ex-

pulsado por última vez del colegio. Ahora bien, nada tendría la novela de particular, más allá de su técnica exquisita, si no fuera porque nos muestra un alma abandonada, tierna, desnuda, necesitada. Un espíritu insurgente pero tremendamente delicado que sólo acierta a entrever falsedad e impostura en su entorno, y a detectar de inmediato la pena y la tristeza que, «sin saber por qué», envuelven como un manto todas las cosas. La novela gravita sobre esa frase: «No sé por qué, pero me dio una pena terrible». Ninguna se repite con tanta frecuencia a lo largo del texto y, casi cabría decir, con tanta verosimilitud. Salvo quizá otra que remacha con frecuencia cuanto pasa: «Pero, es la verdad». Congoja y veracidad son los pilares sobre los que el personaje de Salinger, pese a su aparente fragilidad y su confesada cobardía, defiende su inesperada firmeza.

Este fugitivo de la hipocresía, que se niega a convivir con cretinos y farsantes, incapaz de firmar un pacto conformista con la sociedad o de encontrar a alguien con quien compartir la soledad, no es estrictamente un antihéroe adolescentee sino el núcleo de todaa persona, el mejor repre-sentante contemporá-o neo del rousseauniano hombre natural. Es ell testimonio, pocas vecess tan logrado, de esa se-rmilla humana que pervive en nosotros antess que la humillación o laa n jactancia nos devuelvan a la realidad. er Nos cuesta entender mal personaje pero, a camobio, nos atrae intempouralmente, en especial durante la juventud y la vejez, que es cuando se vuelve más visible el asiento original que nos sostiene. Desde nuestro propio desamparo le escucha-

mos confesar que hasta los regalos le dan lástima y le dejan hecho polvo, o reconocer que todas las madres están un poco locas, casi como si encontrara en la suya la causa de que el afecto de los demás le provoque más desolación que serenidad. Fue un hombre sin gustos

Portada de la primera edición de ‘El guardián entre el centeno’, diseñada por Michael Mitchell, uno de los amigos íntimos de J. D. Salinger.

declarados. Y cuando se vio compelido por su hermana a decir al menos una cosa que le gustara, sólo se imaginó de guardián al borde de un precipicio, junto a un campo de centeno donde juegan unos niños en peligro. Holden Caulfiel fue un hombre perfecto y sin incumbencias m mientras se conservó ajen no a los propósitos human nos. Ocupó con todos los h honores un espacio atorm mentado y feliz de donde, e el último capítulo, casi en c como si fuera un obligado b borrón en la novela, fue ‘s ‘salvado’ por la intempest Psiquiatría. Por esa distiva c ciplina ciega y sorda que l rescata para que decida, lo c como las personas ‘normal les’, qué es lo que quiere e la vida. en Afortunadamente, aún lle quedaron fuerzas para dejarnos, a modo de epitafio, una de las recomendaciones más consecuentes y rebeldes que se hayan oído: «No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo». Descanse en paz, ese maravilloso artista.

La novela, más allá de su técnica exquisita, nos muestra un alma abandonada, tierna, desnuda, necesitada Congoja y veracidad son los pilares sobre los que el personaje de Salinger defiende su inesperada firmeza


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Sociólogos y periodistas analizan los efectos perversos de las nuevas tecnologías tras la celebración del IV Congreso de Periodismo Cultural, dedicado al linchamiento digital

Información y mentiras en la Red, las dos caras de la Luna H

ace tiempo que Internet vino a revolucionar nuestra relación con el mundo en general y el trabajo de los periodistas en particular. Las redes sociales llenaron nuestras ‘cuentas’ de amigos virtuales y nos pusieron ante los ojos un mundo menos ancho y menos ajeno. Nuestras vidas y las vidas de los otros al alcance de un clic. Pero en esa Torre de Babel también se instalaron noticias falsas –eso sí con un término anglosajón con el que todo parece más ‘cool’– y la furia del linchamiento derivado de la facilidad de un ‘me gusta’ ausente de reflexión, del insulto gratuito con pseudónimo a veces tan insultante como el contenido de sus mensajes, vino a expandirse exponencialmente y sin control. Y mientras nos rendíamos con más o menos entusiasmo –medios ansiosos de estar los primeros en la plaza pública, sacrificando en ocasiones la necesaria reflexión imponían las leyes– a la nueva situación nuestros tecleos apresurados se convertían en big data, en algoritmos preparados para monetizar, otro término en boga, nuestros deseos y circunstancias, en definitiva, a hacer comercio con nuestros datos, el nuevo maná de las grandes compañías. Nada nuevo bajo el sol de un capitalismo que en mayores o menores grados había venido convirtiendo a la ciudadanía en clientela, fenómeno ahora elevado a la enésima potencia por la cantidad y la velocidad. Y en ese exceso de exposición en que se ha convertido la vida de los internautas y la de los profesionales de la información se hace necesario, casi obligado, descender del escenario, de esa especie de Gran Hermano global en la que a veces desarrollamos la profesión, y mirarnos con calma desde cierta distancia. Y eso es lo que hace una vez al año –y van cuatro– el congreso de Periodismo Cultural que organiza la Fundación Santi-

ANGÉLICA TANARRO

llana y que alienta sin desfallecer el director de su sección cultural, Basilio Baltasar, que nos ponía ante el espejo de una cuestión fundamental, «hasta qué punto la amenaza del escándalo corrige y altera nuestra responsabilidad de periodistas: cómo abandonamos ciertos temas con tal de evitar el furor de la muchedumbre o elegimos otros para granjearnos su favor». Con los deberes hechos, Baltasar reflexiona sobre los resultados de esta reunión: «Como ya conocíamos bien las aplicaciones festivas de las Redes, y la retórica optimista de sus publicistas, nos correspondía inventariar sus efectos perversos. El Congreso agrupa a periodistas conscientes de su responsabilidad crítica y de las amenazas que comprometen su obligación. En esta ocasión enumeramos las perturbaciones instigadas desde las Redes: la epidemia emocional del odio sectario, las campañas orquestadas para difa-

Se hace necesario, casi obligado, descender del escenario y mirarnos con calma desde cierta distancia Los nativos digitales defienden su entusiasmo por una herramienta con la que han visto crecer sus propuestas

mar, las falsedades difundidas para engañar, la ligereza con que se destruye la reputación, el acoso a periodistas independientes, el retorno de la censura, el amedrentamiento…». Y aunque el diagnóstico no es optimista señala un primer paso para el cambio: «Contra los principios del periodismo de referencia, que sostiene un canon de veracidad, las redes excitan los instintos bulímicos y adictivos de la multitud anónima. La velocidad con que la tecnología difunde lo falso y la participación masiva de los usuarios hace imposible todo desmentido, cualquier refutación. Los usuarios son al mismo tiempo cómplices y víctimas de un algoritmo concebido como negocio devastador: solo sirve al beneficio y al interés. Los filósofos, sociólogos, expertos y analistas que han intervenido en nuestro Congreso nos han permitido levantar acta de este trastorno contemporáneo. Ser conscientes de ello ha sido el primer paso. Efectivamente, ‘El linchamiento digital’ era más que un título una invitación a parar en la carrera, a sopesar nuestra docilidad a la hora de sumarnos al festín del consumo rápido de titulares llamativos, a cuestionarnos el presunto ‘empoderamiento’ que nos brinda con mano amable una tecnología que esconde una cara oculta. Lo puso de manifiesto Lluís Basset, director de ‘El País’ en Cataluña, al hablar de ese poder afilado (‘sharp power’) que nos sitúa frente a las nuevas guerras cibernéticas «donde el enemigo es más difícil de identificar y donde el acoso es un nuevo mecanismo de control y establece una nueva cultura bélica en la que estamos entrenándonos». A su juicio, el presunto empoderamiento que planteaba la revolución digital pronto se reveló como un espejismo: «Las grandes multinacionales tecnológicas se apoderaban de nuestros datos cuando creíamos que estábamos siendo más libres y empoderados…

Con el ‘big data’ han expropiado a los usuarios y los han vendido a los enemigos de la democracia», afirmó aludiendo a los recientes escándalos en las redes. También el sociólogo Miguel del Fresno advierte de que cada tecnología tiene su accidente, pero lo que cambia en este caso es la velocidad y la escala, variables que nos pueden hacer resbalar por un tobogán colectivo hacia el autoservicio de la banalidad y situarnos en un escenario en el que se puede inventar una aplicación para odiar, de forma que el mercado también convierta el odio en producto.

Temor y aceptación Pero la Luna tiene dos caras y mientras los periodistas y sociólogos veteranos advierten del lado oscuro, los nativos digitales defienden su entusiasmo por una herramienta con la que han visto crecer sus incipientes propuestas mediáticas. Aquí la brecha generacional tiene picos de interés, veteranos del periodismo cultural como Jesús Ruiz Mantilla demuestran que se puede seguir haciendo información en


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los márgenes de la red mientras los jóvenes ponen el dedo en la difusión y visibilidad que proporciona un tablero de juego sin fronteras y horizontal, y donde la voz de los prescriptores tradicionales ha quedado ensombrecida por el supermercado de las opiniones. Para Mar Abad, cofundadora de la revista ‘Yorokobu’, se trata de dos posiciones ante una misma situación: «la de los que temen el mundo actual y la de los que lo aceptan aun reconociendo todas sus perversiones». Que en este océano de mensajes, eslóganes, bulos, rumores y noticias la verdad es un asunto difícil de despinzar es

tan cierto como que la realidad se puede contemplar desde diferentes perspectivas. Y tan comprobable es que en demasiadas ocasiones los medios que apostaban por la cultura con mayúsculas están desistiendo de esta tarea –la desaparición en sus páginas por ejemplo de la crítica especializada o su reducción al esqueleto sería un síntoma, pero hay otros como la tendencia al espectáculo frente a la cultura con más peso específico– también es comprobable cómo en la red y en papel surgen propuestas donde la crítica rigurosa tiene espacios generosos y la Cultura se escribe con mayúsculas sin complejos, bandera que agita el consejero delegado de ‘Jot Down’, Ángel Luis Fernández. Pero no se trata de enumerar casos a uno y otro lado de la línea roja. Que el buen periodismo se puede sostener en cualquier soporte es un hecho, pero no es menos cierto que a veces es un mantra agitado por los defensores a ultranza de las redes que puede acabar siendo un eslogan vacío más si no estamos alertas. En este sentido, Valerie Miles, editora de la revista ‘Granta’ en español, pone el dedo en la llaga de los deberes: «Ahora que ha pasado la ‘revolución’ y hay información que podemos empezar a ana-

lizar no sólo desde números sino también desde el efecto en la sociedad, desde lo humano, las jornadas han sido un claro ejemplo de lo que deberíamos estar haciendo. No nos dejemos seducir tan fácilmente por las ideas ‘utópicas’ de lo que no dejan de ser empresas, sin el escepticismo sano de quien entiende que detrás de las redes sociales, por ejemplo, hay capital, poder e influencia a escalas inimaginables hasta ahora. Es fundamental que empecemos a abordar la cuestión de la era digital sin excesos ni de ingenuidad ni de escatología, que la evaluemos lúcidamente, aceptando los reproches de jóvenes que en su petulancia no han tenido el tiempo aún para entender que no todo lo que brilla es oro. Tan primordial esa frase, y tan verdadera. Hemos estado alelados estos años de cambios tan drásticos, sin saber muy bien cómo reaccionar». En su opinión, hemos comenzado a desperezarnos, y no evita poner nombre a algún lobo de la Red. «Somos responsables de buscar la mejor manera de gestionar esta situación. La mentira es seductora, lo sabemos desde la Antigüedad. Nabokov decía que la ficción no nació el día en que un chico llega a la hoguera de un valle neandertal gritando ‘¡viene el lobo!’ con el aliento del lobo en la nuca; la literatura nació el día que llegó el chico gritando ‘¡viene el lobo, viene el lobo!’ y no había nada detrás de él. Ahora la cara de al menos uno de los lobos se hace visible: se llama Donald Trump».

Antídoto Para Sergio Vila Sanjuan, coordinador del suplemento ‘Cultura/s’ de ‘La Vanguardia’ –que acaba de resumir en un detallado artículo la historia de estos encuentros y sus antecedentes– el periodismo cultural puede ser un antídoto. Frente a la velocidad y la falta de

reflexión «el oficio del periodismo cultural requiere las características contrarias: profundización, matización, voluntad de plasmar con respeto situaciones complejas y a veces contradictorias, intentando hacerlas comprensibles. La práctica correcta del periodismo cultural es el mejor antídoto contra las malas prácticas en la red». Así lo exponía recientemente en ‘WMagazin’, uno de esos ejemplos de buen periodismo cultural en la autopista digital. Una reflexión similar expone Guillermo Busutil, director de la revista ‘Mercurio’, y columnista de ‘La Opinión’ de Málaga: «Contra este habitual trazo grueso de la red nada como el periodismo cultural o informativo, contrastado y veraz, basado en ni una raya más ni una raya menos. El mejor antídoto ante las mentiras que cosechan mucha más publicidad, el aplauso sobredimensionado en las redes, y el corifeo de la bronca o el linchamiento como el de la adolescente Amanda Todd que terminó suicidándose». Muchos podemos preguntarnos, como hace él mismo, «cuánto tiempo le queda en papel y en la Red al buen periodismo y al respeto hacia los receptores sujeto a la conciencia del lenguaje, el rigor de los conocimientos y a la educación expositiva con la que cada uno hace su edición de la realidad». Pero contemplando la botella medio llena, somos muchos los que pensamos que mientras haya vida habrá quien sepa y opte por contarla desde la formación, las buenas fuentes, el rigor, la profesionalidad, el buen uso del idioma y el gusto por las historias bien escritas. Y medios como el que acoge estas líneas que apuesten sin complejos por la cultura. O por decirlo con las palabras de Antón Castro, director del suplemento ‘Artes y Letras’, del ‘Heraldo de Aragón’ –quien suele gustar de rematar sus intervenciones echando mano de la poesía— da la sensación de «que la vida de un modo u otro, está gobernada por robots y por empresarios del click y quizá del terror y las dictaduras. Todo eso se nos escapa de las manos, y nos enturbia el pensamiento, pero hay que asumir las posibilidades de los nuevos tiempos y combatir la mentira, el acoso o la intolerancia con un viejo afán: contar la vida, contar qué sucede, hablar de la creación, defender la cultura y promoverla con todas sus paradojas. Las redes sociales están ahí y son adictivas, pero no menos adictivos y estimulantes son la belleza, el descubrimiento de la verdad y el afán de entender el mundo y narrarlo con exactitud e imaginación, con magia, lucidez y la mejor de las prosas posibles». Amén.


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Fernando Sánchez, pintor

ROBERTO RODRÍGUEZ

S

iempre he creído que el artista plástico, más allá de la imagen vertida por el Romanticismo, debe poseer una disciplina que ayude a materializar los frutos de su fantasía: si no este puede hallarse, cuando las musas demanden su atención, en otra labor no relacionada con su vocación. Aun así, pese a lo dicho, soy de la opinión que todo artista debe tener inclinación al propio desgobierno, porque el artista, el verdadero artista, se place en mundos que carecen de cronógrafos y tiene como sus más cercanas confidentes las más alejadas estrellas. Y si pienso esto de su carácter, pienso que su obra –para diferenciarla de la de quien, llamándose artista, es artesano– debe poseer alma. Supuestamente, en las que se apartan del figurativismo se nos antoja esta cualidad más palpable: al observar el lienzo o la escultura que no identificamos con nada del mundo real, deducimos que el yo más íntimo del autor –condición indispensable para que su hacer no sea algo que nació marchito– es más palpable, ya que el yo más íntimo de todo ser humano habla, habitualmente, en un idioma extraño. Sin embargo, tal vez sea, como en tantas ocasiones ocurre en el arte abstracto, mera apariencia. Y es que, qué paradoja, en el arte figurativo, y más si se aparta de toda conceptualización, es en el que vislumbramos la verdadera importancia del que sujeta los pinceles o el cincel: si ante una creación plástica adviertes el hálito del alma

LOS TRIGALES AZULES

Una de las obras de Fernándo Sánchez sobre el Mercado Chico de Ávila. :: EL NORTE en las formas reconocidas, puedes asegurar que quien lo firma sí era, es, un artista. Ambos requisitos se dan en Fernando Sánchez, pintor abulense. Del primero de ellos, en esa su parcelita de desgobierno, se le reconoce por su gusto por la tertulia sin principio ni fin. Si de los toreros antiguos se decía que debían serlo dentro y fuera de la plaza, él es artista dentro y fue-

ra del estudio; fuera, sobre todo, en un tertulia de bar – porque las tertulias que no son de bar tienen un no sé qué de mesa redonda de bostezos, café de recuelo y lugares comunes–. Sí, una tertulia debe ser de bar o no lo es, y en ella debe beberse uno solo o una copa de vino y siempre trasegar un poco de sabiduría muy popular y muy atinada que es glosa que se escribe en lengua-

je coloquial en los márgenes de un periódico que nunca, jamás, será de cristal líquido. Porque a Fernando Sánchez le gusta el latido viejo de la calle como latido imperecedero de la vida. Por ello, creo, pinta una y otra vez nuestro Mercado Chico en viernes, día que se convierte nuestra Plaza Mayor, que por tal nadie la conoce, en un zoco de flores y de frutas, de verdu-

ras y encurtidos. Y al poblarse de puestos y tenderetes, detiene los relojes, los vence con el arma de los colores, de los aromas y de las voces que ya eran habitantes del Mercado Chico hace tanto, cuando éramos inmortales. Y al ir allí –o delante de uno de los Mercado Chico de Fernando Sánchez en el que percibimos nítidamente la antedicha eclosión sensorial–, notamos en

nuestra mano la mano de nuestra madre que nos agarra fuertemente para que por Dios no nos perdamos. Sus cuadros del Mercado Chico son extraordinarios porque tienen mucho de retrato de un instante detenido común a todos –hasta para quienes nunca lo pisaron–, lo que nos confirma por el segundo motivo expuesto que estamos ante un gran artista: el hálito del alma en la plasmación de algo que identificamos sin dificultad. Retrato de un instante detenido, acabamos de escribir. Magnífico y sublime. Y qué nos puede extrañar. Porque Fernando Sánchez es uno de nuestros mejores retratistas. ¿Virtuoso de los pinceles? Sí, claro; por supuesto. No obstante, por esta cualidad no sería excepcional. Lo es porque su pincel es instrumento prodigioso dador de vida; no de una vida cualquiera, sino la que más dice del representado. De nuevo, cómo no, el hálito de alma en el óleo que tiñe el lienzo. Los que conocemos a Fernando Sánchez y a su obra, somos, quién lo duda, unos privilegiados. Los que no le conocen, no sé a qué esperan para hacerlo.


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LECTURAS

RAÍCES Y ALAS Editar es ciencia y arte, requiere ideas claras, gusto e inteligencia JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

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s muy frecuente –casi la regla– que el poeta eche a perder su obra al corregirla», escribió Antonio Machado. En contra de lo que suele pensarse, Juan Ramón Jiménez no fue una excepción a esa regla, especialmente en sus últimos años. Llegó incluso a tomar la decisión de publicar todos sus versos como si fueran prosa (Antonio Sánchez Romeralo, en el volumen ‘Leyenda’, llevó a cabo ese disparate), argumentando que el poema se dirige a los oídos, no a los ojos, y que por eso resultaba artificiosa la disposición gráfica habitual. Ignoraba la importancia de la pausa versal para la música del texto, para que el verso sea verso. Afortunadamente, los editores modernos no tuvieron en cuenta esa última decisión del autor. La obra en prosa de Juan Ramón Jiménez es tan variada y extensa como su poesía, pero menos conocida –salvo el caso de ‘Platero y yo’– porque, aunque la publicó abundantemente en revistas, ape-

nas la reunió en volumen. Al título que le hizo popular solo se le añaden las caricaturas líricas de ‘Españoles de tres mundos’. Mucha de la obra en prosa de Juan Ramón Jiménez está formada por aforismos, un género que comenzó a cultivar muy joven y al que siguió fiel durante toda su vida. ¿Cuántos llegó a escribir? Alguna vez se refirió a veinte mil; uno de sus editores, Juan Varo Zafra, habla de doce mil; los que se conocen, y no parece que queden muchos por descubrir, no pasan de cinco mil. No todos tienen la misma calidad, los hay que no pasan de notas inanes, apuntes circunstanciales, simples desahogos. Se impone por eso, tras la reconstrucción que Sánchez Romeralo hizo de ‘Ideología’, el volumen en que Juan Ramón Jiménez pensaba reunir sus aforismos, publicar una selección que separe el grano de la paja, lo que interesa solo a los estudiosos de lo que sigue siendo válido para cualquier lector. Contamos ya con dos excelentes antologías: ‘Aforismos’, preparada por Andrés Trapiello, y ‘Río arriba’, a cargo de Juan Varo Zafra. Ambos deciden no tener en cuenta las divisiones y subdivisiones que, siguiendo las indicaciones del poeta, aparecen en ‘Ideología’. Andrés Trapiello tiene la honestidad de confesar la razón: «Pese a la utilidad del trabajo de Sánchez Romeralo y su esfuerzo por respetar el propósito del poeta, no siempre he compren-

Juan Ramón Jiménez, rodeado de niños en San Juan de Puerto Rico. :: EFE dido la babélica arquitectura filológica o crítica en que están compartimentados». José Luis Morante tampoco la ha comprendido, pero no se atreve a prescindir de ella y el resultado es un volumen, ‘Aforismos e ideas líricas’, no precisamente ejemplar: el editor emborrona y añade confusión.

AFORISMOS E IDEAS LÍRICAS Juan Ramón Jiménez. Edición de José Luis Morante. La Isla de Siltolá. Sevilla, 2018.

FRESCURA Y TRAGEDIA RAFAEL MORALES BARBA

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ectora confesa de Ángel González, Idea Vilariño y Gloria Fuertes, según cuenta, ha escrito un libro melancólico sobre el tránsito de una edad a otra. Lo ha hecho en treinta y cuatro poe-

mas desde la cortesía de la claridad o utilidad, frente al poema jeroglífico para establecer un contrato de lectura cómodo para el lector. Desde «la tristeza de las almohadas» y la cotidianidad de ‘Ya creciste’, construye ese puente entre edades marcado por la vida y un mundo simbólico propio donde el oikos aún manda. O si prefieren desde los textos, desde el ‘Nogal’ de sus inquietudes como icono del tiempo y el gran caer en

la cuenta…del amparo y el desamparo. Pero no solo se remite a ese tronco central el libro en su verosimilitud confesional que tanto ha gustado al jurado del premio Adonais del 2017, por su «compleja sencillez», y «precisas dosis de ironía». Existe en paralelo un malestar expuesto en ‘Soy tan feliz’ y donde se vuelve a los orígenes desde la retórica de lo cotidiano. Pero no desde la que se ha llamado poética del malestar y

‘Excelente poeta, infatigable estudioso y divulgador de la poesía actual, José Luis Morante no parece especialista en la obra de Juan Ramón Jiménez. Solo así se explica su indicación de que «en vida» escribió únicamente tres libros en prosa: ‘Platero y yo’, ‘Españoles de tres mundos’ y ‘Espacio’. ¿Quiere eso decir que sus otros libros en prosa los escribió después de muerto? Y ‘Espacio’ no es un libro en prosa, sino un largo poema, que primero se publicó en verso (revista ‘Poesía española’, abril de 1954) y que luego el poeta decidió poner en prosa, pero que naturalmente siempre incluyó entre su poesía. Lo incompleto del índice se justifica de esta manera: «Recordando que ‘Arte es quitar lo que sobra’ en el índice de este libro solo figuran los seis libros integrados y la re-

elipsis, duda, pespunte e impresión, sugerencia y hermetismo como reacción. Otra muy distinta habita la ironía de su insurgencia, su insubordinación frente al pastiche y collage que buscan la elipsis y el recorte, el epigrama, el haiku y el aforismo, el desconcierto o el alambre intransitivo del funambulista como formula esa nueva experiencia del lenguaje generacional también o el final del poema (con Agamben), entre el límite métrico y el sintáctico, entre el proema y el poema en verso, como saben bien Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas. Nada de esto exis-

lación paginada de los apartados seleccionados». José Luis Morante no ha leído bien el prólogo de la edición que toma como referencia. Cada uno de los libros que componen ‘Ideología’ consta de dos partes: una con lo publicado por el poeta y otra con el material inédito, y cada una de esas partes a su vez se subdivide en diversas secciones. Morante las señala en el índice en el primer caso, pero no cuando se trata del material inédito. No hay así manera de que el lector se aclare del galimatías que constituye su edición, en la que se entremezclan diversas numeraciones que no sabemos muy bien a qué corresponden. Contribuye al caos el que se emplee el mismo tipo y tamaño de letra para indicar los títulos de los diferentes «libros», de las diversas secciones, de las

DIGAN ADIÓS A LA MUCHACHA Alba Flores Robla. Rialp, 2018.

te aquí en esa búsqueda del amor, de «un nombre que no me haga reír/pero un nombre que no me haga llorar». Así, entre el ayer y el hoy, la

subsecciones e incluso de los aforismos. No se aclara el lector y no se aclara tampoco el editor. Por eso señala en el índice ‘Muy lento’ como título de la parte quinta del libro tercero, pero es solo un aforismo de la parte anterior que lleva el número 5 (la sección 5 se titula ‘El color del mundo’ y de ella no se selecciona ningún texto). A cualquiera que haya hojeado este volumen, le parece una burla lo que indica la ‘Nota a la edición’: «Se han suprimido los números cardinales que a mi entender fragmentaban el diálogo lector. Creo que el conjunto aforístico es un todo unitario ya que participa de un trasvase incesante de asuntos y vivencias». Pero esos números cardinales, escritos en caracteres diminutos en el margen izquierdo de la página, no son del autor de los aforismos, sino del editor, Sánchez Romeralo: no hace falta justificar que no se empleen. Y si el conjunto aforístico «es un todo unitario», ¿a qué ese llenar de números que no se sabe muy bien a qué vienen cada página? Abrimos una al azar, la 80, y nos encontramos con los siguientes (y en este orden): 15, 4, 5, 8, 16, 4. El índice –que debe ser como el mapa que guía al lector– no nos aclara nada: esos aforismos –de ahí el caos de la numeración– forman parte de diversas secciones o subsecciones que no figuran en él. En resumen: el estudioso de la obra juanramoniana, que vaya al volumen de Sánchez Romeralo; el curioso lector, que busque ‘Río arriba’ o la antología de Andrés Trapiello, a la espera de una edición revisada, muy cuidadosamente revisada, de ‘Aforismos e ideas líricas’. Editar es ciencia y arte, requiere algo más que buena voluntad: ideas claras, gusto e inteligencia. Raíces y alas.

memoria y la aventura, hay un libro fresco, más que inocente si me lo permiten, hondo, serio, herido por la tragedia en el tono, como le ocurrió a Lorenzo Oliván. Ese sarcasmo de ‘Tan bien’ donde el desencanto habita y rima con «la tristeza de los días de lluvia, / pero esta es distinta,/porque no nos hace falta mirar hacia fuera/para sentirla». Ha acertado en contarse con un libro inicial, tal y como hicieron en su primer poemario Blanca Andreu, Sara Gallardo o Elena Medel. Todo un mundo por delante, sin duda, el de Alba Flores Robla (1992).


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LECTURAS

ALGUNOS VERTEBRADOS MUY CARNALES El detallismo sostenido y la agilidad de los diálogos dominan la novela de Alberto de la Rocha FERMÍN HERRERO

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l arte de narrar es un don, un instinto que la madre naturaleza concede a un puñado de elegidos en cada generación de los hombres, que diría Homero. De entre la de los que andan en torno a los cuarenta –él todavía no ha llegado– no me cabe duda de que Alberto de la Rocha es uno de ellos. Con sólo veintiséis años obtuvo el prestigioso Felipe Trigo gracias a ‘El cuarto inclinado’. Y ocho años más tarde consiguió otro de los premios punteros en la na-

rración breve, el ‘Encina de Plata’, con ‘El celado’. Tras la novela ‘Sumidero’, editada hace tres años, acaba de publicar ‘Los vertebrados’, a raíz de haber obtenido el LXIV premio Ateneo Ciudad de Valladolid. La novela arranca con una súbita ruptura sentimental, en medio de la que se menciona de pasada un misterioso manuscrito que acabará convirtiéndose en el objeto clave y aglutinador de la historia, con algo de intriga e incluso de ‘road-movie’ y un

avance en dos tiempos en paralelo antes de confluir hacia el desenlace abierto. Al tiempo, se convierte en un homenaje a la figura, nunca suficientemente reconocida en España, de Ramón y Cajal: se traza, al hilo, una semblanza biográfica, una revisión de los hechos cruciales de la vida del Nobel. La prosa cuajada de De la Rocha ha ganado en nervio expresivo, conservando la gran capacidad de penetración psicológica demostrada ya con creces en sus narracio-

EL TALISMÁN DE LA COSTURERA

MELNIBONE: OTRA VISTA

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esde hace unos pocos años los franceses Julien Blondel –guionista y padre del proyecto–, Robin Recht, Didier Poli y Jean Bastide, vienen acometiendo la tarea de adaptar, una vez más, al cómic las aventuras –desventuras más bien– de Elric de Melnibone. Hace algo más de un mes que salió el tercer tomo. Ya en los ochenta, Roy Thomas –guionista conocido sobre todo por llevar a Conan a las viñetas– y el increíble estilista del dibujo P. Craig Russell acometieron la labor de trasladar a este medio los ocho libros de Elric. El resultado fue una adaptación fiel al texto magníficamente dibujada. Un cómic estupendo, quizás uno de los mejores en el terreno de la fantasía épica. El planteamiento de Blondel y sus

LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

FICCIÓN VIRTUAL E INTERACTIVA :: SUSANA GÓMEZ Una invitación de Luisa a Luis es el punto de partida (y partido) para una historia de pista (y de pistas). Después todo es agilidad, idas y venidas, avances, retrocesos, una continua jugada interactiva desde la que construir escenarios a doble página, como pantallas de celulosa para viajar,

volver y manosear. Porque la cancha de tenis será solo el comienzo de un torneo cargado de color y movimiento, en el que los personajes habrán de encontrar la pelota perdida en una suerte de yincana y ficción virtual: deslizarse en el pliegue entre dos páginas; saltar de la 16 a la 30 o de la 29 a la 14; colarse en

una fiesta a todo color; relajarse en una hoja en blanco; pixelarse en una digital; llegar ante el mismo dios que todo lo sabe menos dónde está la pelota amarilla; aparecer en un campo de rugby… todo ello dando lugar a realidades diferentes, cuyo hilo conductor es la pequeña (y escurridiza) pelota amarilla. Profunda-

CIRO GARCÍA

nes previas. El cuidado del matiz y la precisión no sólo afecta a las interioridades de los personajes, sino al libro en su conjunto. El autor ha sabido conjugar, logro harto difícil, la calidad de la escritura con la amenidad en la lectura, conseguida sobre todo a través de una disposición milimétrica de la trama, de su gradación alternativa que va entrelazando a los personajes, que describe y caracteriza con minuciosidad. Al margen de la agilidad y verosimilitud de los diálogos,

dibujantes es diferente. No es mejor, ni peor. Moorcock, el escritor padre de la criatura, afirma que es la adaptación más fiel a su obra. En cierto sentido tiene razón. Porque aun aunque Blondel, fan confeso del personaje, al punto que afirma que este cómic es una especie de objetivo vital para él, se desvía, a veces m muy notoriamentte, de lo que nos ccuentan las novela las, logra que algun nos aspectos fund damentales, quizás lo los más oscuros, resa salten. Más incluso qu que en las novelas. D De este modo, por eje ejemplo, Melnibone y los melniboneses son más Melnibo bone y melniboneses que nunca. Melnib nibone, la Isla Dragón gón, se nos presenta com como un lugar tenebro broso, de elegancia barb barbárica, hermoso a su m manera, a pesar de

LOS VERTEBRADOS Alberto de la Rocha, Algaida, 392 páginas, 20 €.

es ese detallismo sostenido lo más destacable del conjunto. Como botón de muestra, citaré alguna de las escenas: la del mencionado Ramón y Cajal, insomne, con la muerte acechándole tras un telón de veronal, tumbado en la

todo. Y el sadismo hedonista y decadente de los melniboneses se nos muestra con una crudeza que roza lo gore nunca vista antes. Nunca Arioch, el ‘santo patrón’ de Elric, uno de los grandes dioses del Caos, había resultado tan inquietante. El dibujo y el color, magníficos, de perfiles no del todo sucios, pero casi sucios, no del todo neblinosos, pero por momentos a punto de difuminarse, subrayan un estado transitorio entre el ensueño y la pesadilla. Las desviaciones, como he dicho, son notables: desaparecen personajes, y otros cambian. Cymoril, la prometida de Elric, es mucho menos dulce, menos princesa en apuros, y mucho más melnibonesa. De hecho, en este tercer volumen que acaba de salir, hay un golpe de efecto, un giro absolutamente inesperado, ausente en las novelas, del personaje. El propio Elric es algo más oscuro, su aspecto ético más cercano a sucumbir a su naturaleza menilbonesa. Hay sucesos capitales que ocurren de forma ligeramente


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cama, escribiendo a contrarreloj las ampliaciones de ‘Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados’, su ‘magnum opus’, que conforman el legendario manuscrito desaparecido; la de un albañil demoliendo un cuarto de baño de una buhardilla; el ambiente en una cafeteríalibrería, en una editorial –lo que da pie a un guiño a los editores de raza como Mario Muchnik– o en un bar de copas…Cualquiera de ellas, podría haber traído a colación otras, es una muestra conseguida del rigor en la planificación y del acierto estilístico de ‘Los vertebrados’.

diferente. Capítulos enteros son eliminados. Casi un libro entero de hecho. Pero esta poda, a mi juicio, mejora la historia. Moorcock siempre ha tenido cierta tendencia a irse por los cerros de Úbeda. Amontonar una aventura tras otra. Pero el mejor cambio es el que se refiere a Portadora de Tormentas, la espada negra. La importancia de este personaje que, en cierta manera, es el auténtico protagonista de la saga, queda manifiesta desde el principio. En las novelas lo intuimos, pero solo al final queda patente que la historia que nos están contando, es la del amor de la espada viviente, devoradora de almas, por Elric. Un amor posesivo, asesino, celoso, y, en principio, aunque no lo tengo del todo claro, no correspondido. Aunque Elric necesita a su espada. En el cómic la relación entre ambos es más patente, de hecho, la voz narradora, apasionada a veces, es la de la espada.

LA PELOTA AMARILLA Daniel Fehr y Bernardo P. Carvalho. Editorial Takatuka. 40 págs. 13,90 euros. Edad recomendada: a partir de 4 años.

mente dinámico, el álbum construye una suerte de ‘rayuela’ interactiva, cuyo orden de lectura escapa a las convenciones lineales para

LIRISMO Y PRESENTE Juan Tallón retrata a través de estampas y personajes la España actual y el mundo del poder

SALVAJE OESTE Juan Tallón. Espasa. Barcelona, 2018. 624 páginas. 21,90 euros.

JESÚS NIETO JURADO

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l tiempo presente precisa, como todo, de un relato. Un relato sobre los bonos basura, sobre el ‘capitalismo de amiguetes’ que vaticinaron algunos. Sobre la alcaldesa ambiciosa y sobre el tecnócrata con ansia de poder: todo ese universo es el más nuestro, y sobre él la ficción apenas ha referido algo. Pongamos que el tiempo crudo de la crisis y de sus élites se ha multiplicado en el ensayo de urgencia, en el librito con colorines de autoayuda, pero sin ninguna correspondencia narrativa. El canto del ‘relato’ que hemos citado antes, pues, se hace necesario para fijar ese tiempo reciente que aún quema. Y lógicamente para esto es preciso que haya un periodista que lo haya vivido y que luego lo modele hacia la novela con sus filias, con sus fobias, y con ciertos estilemas melancólicos. Juan Tallón (Orense, 1975) tiene un mundo propio y reflexivo, y la vida que pasa, el partido que se juega en el Bernabéu, son para el autor gallego una suerte de fotogramas presentes que él describe con prosa honda, humo-

proponer al lector un papel eminentemente activo y metaficcional. Así, y gracias a los globos de diálogo que ponen voz a los personajes, Luisa y Luis van moviéndose libremente por una composición cercana al videojuego, que rompe las convenciones espaciales a partir de la búsqueda, la sorpresa y una estructura no lineal y cinestésica. Un libro para tocar, pasar página, regresar y repasar, que cuenta con las imágenes del que fuera Premio Nacional de Ilustración de Portugal (entre otros reconocimientos). Una propuesta, en fin, para no quedarse quieto ni indiferente.

El periodista y escritor Juan Tallón. :: XOAN REY-EFE rística, y cierto gusto por la acotación lirica. ‘Salvaje Oeste’ es una novela coral donde aparece el presidente del Madrid, el presidente del Gobierno, un periodista taciturno y una España vista a través de sus élites. Sumemos otros secundarios que bregan con el mileurismo o se codean con el camello más preciado de Madrid. Si Juan Tallón nos da esta pluralidad de personajes para trasladarnos un mensaje ideológico sobre la ‘casta’ que nos llevó al desastre, el lector avezado encuentra en la lectura de ‘Salvaje Oeste’ otros veneros que disculpan por ventura el cartón y el estereotipo del «dra-

matis personae». En la novela, el autor orensano se vale de estampas y personajes que habitan una soledad compartida, que visitan los palcos y los palacetes, que sufren y hacen sufrir sobre el fondo de esta España en el momento contemporáneo. Más allá de que el libro venda que es la crónica poética de un tiempo y de un país, sobresale una escritura de quilates, de la de un prosista que se ha fraguado en el columnismo y sabe que ninguna palabra es gratuita y que el idioma es, de primeras, literatura en carne viva. Luego, en lógica con el propósito del autor, aparecen las relaciones de poder

entre los personajes y sus sectores; la batalla sin escrúpulos entre prensa y políticos más una radiografía de lo que de hipocresía y mendicidades tienen estas relaciones. El lector más malicioso puede establecer ciertas concomitancias entre algunos protagonistas y algunos nombres reales; empero, Tallón es lo suficientemente inteligente para difuminar esas correlaciones que apuntan a lo morboso. Sabemos aproximadamente quiénes son cada uno, pero Tallón les da un universo propio y hace que la realidad sea una pálida inspiración. Y si esa profundidad en el trazo mental

del personaje pudiera resultar fallida, Juan Tallón se cuida de pintárnoslo –al personaje– con tono y profundidad por humanizar, quizá, a ese modelo social que todos conocemos. Se trata, en fin, de una acertada novela en la que el pulso y la escritura, difuminadas por el oportunismo, justifican esos andamiajes argumentales que conocemos de los titulares de prensa. El yate y los secreteos del Bernabéu, un consejo de ministros y la comida entre un periodista influyente y un poder del Estado que se pone confidencial en los chupitos, y alguna escena de sexo furtivo, capitalizan lo contado. Al gallego le consideramos/perdonamos ese fondo epocal para que nos epate con una eferverscente greguería. Solo el arranque merece ya la pena, aunque nos hable de lo que ya sabemos. De un micromundo de relaciones envenenadas y fieramente humanas. Tallón viene dotado de una magia para la escritura, para el mantenimiento de una voz propia, de una particular poesía que viene a describir una España actual que nos da un poco igual y que disculpamos como excusa. Tomemos el comienzo del libro, «El cielo se difuminó hasta volverse hipotético», y disfrutemos la frase por encima del argumento.

EL LADO MÁS SALVAJE :: S. G. Minimalista, directo, salvaje… y con ánimo de subversión. Estas serían algunas de las características del álbum de Soderguit, quien a partir de un topos tan común como el de los animales (quién no ha leído, cuando menos, varias decenas de álbumes con ellos como protagonistas) transforma uno de los más recurrentes imaginarios de la literatura infantil en una vindicación de nuestro lado más salvaje. Y es que ‘Soy un animal’ es,

ante todo, la constatación del título, gracias a un listado de acciones que nos recuerdan sucintamente y sin rodeos nuestra naturaleza menos domesticada. En sus páginas, hechas de ilustraciones terrizas y tintas planas y sencillas, una lechuza nos vigila de frente con los ojos muy abiertos; un murciélago cuelga boca abajo con sus grandes orejas; un pez nada distraídamente bajo las aguas; un oso hiberna acurrucado en su cueva o un águila levanta el vuelo, al

SOY UN ANIMAL Alfredo Soderguit. Editorial Libros del Zorro Rojo. 40 págs. 12,90 euros. Edad recomendada: a partir de 4 años.

tiempo que nos recuerdan que miramos, escuchamos, olvidamos, comemos, dormimos, luchamos, soñamos, queremos… como pájaros, como mamíferos, como peces, como los animales en fin que somos (y a los que tanto nos parecemos). Y así es que vamos saliendo (o volviendo) de sí: viendo el rostro de otros; siendo otros; viendo en ellos nuestras acciones; siendo ellos. Cambiando, en fin, o regresando. Por empatía, naturaleza e instinto.


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Sábado 12.05.18 EL NORTE DE CASTILLA

E

sta semana me ocuparé de los contextos de aparición del verbo ‘deber’ y de los conflictos que se plantean entre los usos y la norma. Como verbo transitivo, significa tener una deuda material –funciona entonces como significado de ‘adeudar’– o inmaterial: ‘A Ana le debo diez euros’ / A Ana le debo un favor’. Y también ‘agradecer algo a alguien’ (A mis padres les debo mi educación). Como verbo pronominal, se usa para hacer referencia a la necesidad de dedicarse preferentemente a alguien o a algo. Con este significado exige la presencia de la preposición ‘a’ (Se debe a sus jugadores; Te debes a tu club; Durante el curso los estudiantes se deben a los estudios). Usado solo en tercera persona también se usa para expresar que algo es consecuencia de algo o que algo está motivado por algo, como en «La liquidez del sistema financiero se debe al aumento de los depósitos» o «Los gastos injustificados se deben a la ausencia de control del presupuesto». Con este último valor también exige la presencia de la preposición ‘a’ y alterna con la construcción pasiva ‘es debido a’ «La liquidez del sistema financiero es debida a al aumento de los depósitos» o «Los gastos injustificados son debidos a la ausencia de control del presupuesto». El verbo ‘deber’ es formate de dos perífrasis verbales seguidas de infinitivo, en un caso con presencia de la preposición ‘de’ (‘deber de’ más infinitivo) y en otro caso sin presencia de preposición (‘deber’ más infinitivo). Muchos hablantes las alternan indiscriminadamente en sus intervenciones, tanto orales como escritas y en contextos informales y formales. Imagino que la razón de esta alternancia indiscrimidada reside en que no todo el

USO Y NORMAS DEL CASTELLANO MARÍA ÁNGELES SASTRE PROFESORA DE LENGUA ESPAÑOLA EN LA UVA

EL VERBO ‘DEBER’ mundo conoce las diferencia entre estas dos construcciones perifrásticas, lo que favorece que se empleen en alternancia libre, o sea, indistintamente. Según la norma, ‘deber de’ seguida de infinitivo expresa posibilidad, suposición, probabilidad, conjetura, duda o creencia, mientras que ‘deber’ seguida de infinitivo significa obligación o necesidad de que se cumpla lo expresado en el infinitivo. Si decimos ‘En su actitud deben de haber influido varias circunstancias’, estamos moviéndonos en el terreno de la conjetura y de la probabilidad. Es equivalente a Puede que / Tal vez / hayan influido varias circunstancias. En cambio, cuando en un impreso leemos ‘Debe usted rellenar todas las casillas’, nos están pidiendo (o

No se acepta intercalar la preposición ‘de’ cuando lo que se quiere expresar es la obligación de hacer algo

solicitando o exigiendo) que no dejemos ninguna casilla sin rellenar. En este caso equivale a ‘Tiene usted que rellenar todas las casillas’ o ‘Es necesario que rellene todas las casillas’. Sin embargo, en las manifestaciones orales –y nunca en las escritas– es posible la omisión de la preposición ‘de’ en contextos de conjetura o hipótesis, de manera que la secuencia ‘Este programa informático no funciona, debes haberte equivocado en algo’ sería aceptable oralmente porque en un diálogo o en cualquier intercambio comunicativo la entonación y el contexto son capaces de deshacer posibles ambigüedades. No se acepta, en cambio, el caso contrario: intercalar la preposición ‘de’ cuando lo que se quiere expresar es la obligación de hacer algo. Lo curioso de estas construcciones es que a lo largo de la historia de la lengua se usaban indistintamente. De ello da buena cuenta el Corpus Diacrónico del Español (CORDE), de libre acceso en la página web institucional de la RAE. La principal razón de la confusión se debe, por supuesto, a la semejanza formal. Mi recomendación, que coincide con la norma académica, es que, para evitar los casos de ambigüedad sintáctico–semántica, se haga un esfuerzo por mantener siempre estas diferencias. Les confieso que me carga (perdón por la coloquialidad del término) me incomoda, me molesta, me cansa, el abuso de la construcción ‘deber de’ más infinitivo para expresar obligación (‘Deberían ustedes de al menos considerarlo’; ‘No debes de hacer ningún comentario’), tan usado por la clase política en declaraciones, debates, ruedas de prensa... y por los medios de comunicación (orales y escritos).

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Las almas de Brandon. C. Brandon (Espasa)

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El porqué del color rojo. F. Bescós (Salto de Página)

Ordesa. Manuel Vilas (Alfaguara)

Las hijas del capitán. María Dueñas (Planeta)

Ordesa. Manuel Vilas (Alfaguara)

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Un andar solitario ... Muñoz Molina (Seix Barral)

Los perros duros no bailan. Pérez-Reverte (Alfaguara)

Los perros duros no bailan. Pérez-Reverte (Alfaguara)

El orden del día. E. Vuillard (Tusquets)

La pirámide del fango. A. Camilleri (Salamandra)

Fuimos canciones. Elisabet Benavent (Suma)

Mamá. Helene Delforge (Algar)

GB84. D. Peace (Hoja de Lata)

El portal de los obeliscos. Jemsin (Ediciones B)

La chica invisible. Blue Jeans (Planeta)

Pequeño país. G. Faye (Salamandra)

La chica del cumpleaños. H. Murakami (Tusquets)

Que nadie duerma. J. J. Millás (Alfaguara)

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Nadie es tan terrible. R. Santandreu (Grijalbo)

Bowie, una biografía. Fran Ruiz (Lumen)

En los límites de lo posible. Alberto Santamaría. (Akal)

Morder la manzana. Leticia Dolera (Planeta)

Sin censura. Revilla (Espasa)

Sapiens, de animales a... Y. Noah Harari (Debate)

La España vacía. Sergio del Molino. (Turner)

Lo que no podemos saber. Marcus Sautoy (Acantilado)

Tarnsformar tu salud. Xevi Verdaguer (Grijalbo)

Memorias del comunismo. J. Losantos (La Esfera)

Las especias. J. Turner (Acantilado)

Idiotizadas. Moderna de Pueblo (Planeta)

Mi dieta ya no cojea. Aitor Sánchez (Paidós)

La España vacía. Sergio del Molino. (Turner)

El eco de los disparos. E. Portela. (Galaxia)

Las recetas de adelgazar... A. Quintas (Planeta)

Memorias del comunismo. J. Losantos (La Esfera)

¡No te compliques la cena!. Isabel Llano (Anaya)

Mujeres y poder. M. Beard (Crítica)

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Las hijas del capitán. María Dueñas (Planeta)

Las hijas del capitán. María Dueñas (Planeta)

Cuando sale la reclusa. Fred Vargas (Siruela)

Los refugios de la memoria. Cancho (Papeles Mínimos)

Ordesa. Manuel Vilas (Alfaguara)

Patria. F. Aramburu (Tusquets)

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Adiós muchachos. Ramírez (Alfaguara)

El hijo de las cosas. Luis Mateo Díez (Galaxia)

La bruja. Camila Läckberg (Maeva)

Los perros duros no bailan. Pérez-Reverte (Alfaguara)

El orden del día. Vuillard (Tusquets)

Berta Isla. Javier Marías (Alfaguara)

Años de mayor cuantía. Sánchez (Eolas)

Las hijas del capitán. María Dueñas (Planeta)

Filek. Martínez de Pisón (Seix Barral)

Patria. F. Aramburu (Tusquets)

El manuscrito de fuego. García Jambrina (Espasa)

Mi pecado. Javier Moro (Espasa)

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Decir no no basta. Klein (Paidós)

El desengaño. R. Jáuregui (Almuzara)

Sin censura. Revilla (Espasa)

Un año en la antigua Roma. Néstor Marqués (Espasa)

El país de los pájaros... Fernández (Espasa)

Todos deberíamos ser femenistas. Adichue (Random)

Memorias del comunismo. J. Losantos (La Esfera)

Fernando VII. Emilio La Parra (Tusquets)

Por qué soy comunista. Garzón (Península)

Imágenes (...) desde Palencia. Luis Sendino (Autoedic.)

La España vacía. Sergio del Molino (Turner)

Leonardo da Vinci. Walter Isaac (Debate)

Morder la manzana. L. Dolera (Planeta)

El segundo sexo. Simone de Beauvoir (Cátedra)

Imperiofobia. Elvira Roca (Siruela)

Autrretrato sin mí. F. Aramburu (Tusquets)

La historia del heavy metal. O’Neil (Blackie Books)

Escuelas que cambian el mundo. C. Bona (Plaza&Jané

Clásicos para la vida. Ordine (Acantilado)

Memorias del comunismo. J. Losantos (La Esfera)


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PANTEÓN DE PLATA

‘ATRAPADO EN EL TIEMPO (GROUNDHOG DAY)’ HAROLD RAMIS, 1993

Todos los días el día EDUARDO ROLDÁN

Andy MacDowell y Bill Murray en una escena de ‘Atrapado en el tiempo’.

E

n la turbadora y magistral ‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, un adolescente anhelante invita al cirujano que operó a su padre a cenar y ver una película en su casa, junto a su madre y él; añade: «Era la película preferida de mi padre». No se menciona, pero se vislumbran un par de fotogramas mientras los tres la están viendo; se trata de ‘Atrapado en el tiempo’. Difícil dar con una cinta que contrapese mejor la atmósfera, la estética, el tipo de risas de ‘El sacrificio…’ que la dirigida por Harold Ramis hace un cuarto de siglo. El tópico afirma que con buenos sentimientos solo se escriben malas narraciones, pero el tópico, como suele, desbarra; en este caso, en la concepción que da a «bueno». Los sentimientos de Yorgos Lanthimos y de Ramis, cuyos filmes distan tanto en tantos aspectos, son los mismos e igual de buenos: rendirse a la idea que hizo surgir el film y no regatearla cuando surjan obstáculos; puede tratarse de una idea errada, se puede errar en la realización, pero el impulso es el mismo: un impulso ético. Un film como ‘Anticristo’, con toda su ‘dureza’ y ‘gravedad’, no es más que un

empeño viciado (e ingenuo) por tratar de escandalizar; en otras palabras, pornografía. En cambio ‘Atrapado en el tiempo’, producto que a quien se acerque por primera vez a él sin referencias es muy probable le produzca un prejuicio de banalidad, hasta de tontería, logra conmover como una pieza musical favorita, despertar la risa más natural, mover a la reflexión e incluso a la especulación filosófica; y sin énfasis, con la sola narración de un cuento que, de modo paralelo a la peripecia que acontece al protagonista, puede verse una y otra y otra y otra vez y extraerse siempre algo nuevo, como una esquina que habíamos doblado mil veces de repente un día nos descubre una perspectiva inédita de la calle a la que desemboca, insuflándole –e insuflándonos– nueva luz. ¿Cómo se obró el milagro? Como muchos milagros, sus hacedores principales, Ramis y el guionista e ideólogo original Danny Rubin, no podrían dar una respuesta (si pudieran, lo habrían repetido, pero la repetición, por definición, es contraria al milagro). Nos centramos en ellos porque ‘Atrapado…’ es uno de los ejemplos

más incontestables de ese mantra que productores y demás bustos promocionales de una película no dejan de decir, pero en el que, vistos los resultados, creen solo relativamente: el de que el guion es la piedra angular desde la que construir el edificio fílmico, y que cuando es bueno lo mejor que puede hacerse es no tocarlo mucho. Sin duda el resto de ingredientes contribuyen a la alquimia artística de la pócima final –entre otros, la elección del elenco, también de la por lo general bastante sosa Andie MacDowell, quien completa el personaje en todas sus facetas; el montaje, cara complementaria del guion y la otra gran clave del milagro, capaz de sortear el principal obstáculo que plantea aquel (la repetición de escenas y encuentros) sin perder nunca la fluidez, gracias a la ajustadísima duración de cada escena y plano; la localización del pueblo de Illinois que finge ser Punxsutawney, Pensilvania–, pero es el guion el único imprescindible; cabe imaginar incluso un ‘Atrapado en el tiempo’ sin Bill Murray; lo que no, imaginarlo con algún cambio en el libreto que no lo minore. El punto de partida es tan

sencillo como ingenioso. Un equipo de televisión formado por tres miembros (cámara, productora y presentador, que es el ‘hombre del tiempo’ de la cadena) viajan el 2 de febrero a la citada localidad de nombre casi impronunciable para cubrir la festividad de El Día de la Marmota, esa tradición inconcebible para alguien que no sea americano o canadiense en la que el animal es despertado y sacado de su madriguera para predecir si el invierno se prolongará por seis semanas más; si percibe su sombra y se vuelve a meter en la madriguera, es que sí; si no la percibe y se queda a la intemperie, pues que no. Phil (el personaje de Murray, que se llama además como la marmota meteoróloga) no oculta el desdén ácido que le produce todo ese tinglado de paletos que se ha visto

El guion es la piedra angular desde la que construir el edificio fílmico, y cuando es bueno, lo mejor es no tocarlo mucho

obligado a relatar por cuarto año consecutivo, y lo único que desea es hacer las tomas debidas por la mañana y regresar a Pittsburgh cuanto antes, para no regresar jamás. Pero una nevada bíblica ha cortado las carreteras, y la troika se ve obligada a volver y pasar la noche en el pueblo. A la mañana siguiente, a las seis en punto como el día anterior, la radiodespertador abre los ojos a Phil y este amanece con idéntica canción. Pero no es que hayan repetido por error la grabación en la emisora de radio: la canción es la misma porque Phil ha vuelto a amanecer en el 2 de febrero. Y ya está; el resto de la película no es sino un bucle de amaneceres en el mismo día, en el que el solo factor cambiante es Phil, quien, sin envejecer, es para su (des)gracia la única persona que puede recordar lo acontecido, la única también que, con los conocimientos que adquiere, influir en el devenir de los acontecimientos predestinados. Vive así en un día cíclico con variaciones, o, por decirlo con Cortázar, son para él (más o menos) todos los días el día. El guion es pues una bofetada contundente, como una de las muchas que se lleva Phil

de manos de Rita (MacDowell), a la obsesión por la trama, por el despliegue de la narración como concatenación de silogismos. ‘Atrapado en el tiempo’ cuenta una historia (y qué historia), pero en esencia no es más que el estudio de un personaje sin avance (aunque no deje de desarrollarse). Phil atraviesa distintos estadios, algunos similares a los clásicos que la psicología atribuye al proceso de duelo: incredulidad, negación, indiferencia, ira, megalomanía –«No he dicho que sea Dios. He dicho que soy un dios»–, depresión –intentos de suicidio incluidos–… y finalmente aceptación. Que es el estadio que plantea las cuestiones centrales, resumidas en: ¿qué haríamos nosotros en tal situación? (Casi) todo el mundo quiere vivir por siempre, acaso en la creencia de que, si dispusieran de una vida eterna, llevarían a cabo una multitud de empresas que el tiempo finito que nos ha sido dado vuelve inviable. Puede concederse, pero desde un punto puramente estadístico, matemático: con tiempo infinito, no se puede demostrar que no se llevarían a cabo esas empresas. Claro que llevaría mucho. El hombre, por más que lamente los errores cometidos, no deja de repetirlos; se repite la situación y se repite el error. No tropieza dos veces con la misma piedra, tropieza tantas que la piedra, harta de que la golpeen, termina por largarse. Con todo, a fuerza de ensayo y error más pronto o más tarde terminamos –siquiera parcialmente, siquiera hasta que lo olvidamos– aprendiendo, enriquecidos por la experiencia. Phil, Sísifo de El Día de la Marmota, resuelve al cabo emplear su eternidad no en adquirir información sobre los gustos de la cachonda del pueblo y así llevársela a la cama, o en jugar al ratón y al gato con la policía, sino, en efecto, en aprender destrezas dispares –tocar el piano, hacer esculturas de hielo...: Ramis calculó grosso modo que el personaje debía de haber pasado entre 30 y 40 años en el pueblo– y, más importante, en hacer que el día del resto de los antes desdeñados paletos resulte lo más redondo posible: un empeño gratuito en sentido pleno, pues al día siguiente nadie se va a acordar de que lo han ayudado, y por tanto de ninguna manera podrá Phil recibir una compensación; él ha cambiado, aprendido, y es mejor persona. ‘Atrapado en el tiempo’, en suma, viene a decir que hay que intentar vivir cada día como si fuera el último, pues no sabemos si lo será. Y esta filosofía, que suena facilona, de libro de autoayuda de aeropuerto, resuena honda y cierta en el espectador una vez el bucle temporal se rompe y la película llega a su fin. Se trata, sí, de uno de esos milagros de que solo el arte es capaz.


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Sábado 12.05.18 EL NORTE DE CASTILLA

Director: Ángel Ortiz Coordinador: Chema Cillero

‘Bananos’, de Marcos Ávila Forero. :: AFP/GERARD JULIEN

La maduración de la memoria D

eja escrito Werner Herzog en su diario sobre el rodaje de ‘Fitzcarraldo’ que el día 15 de junio de 1981, tras una jornada de excepcional presión y dificultades, los caciques del pueblo de los ashininka-campas y de los maciguengas, que colaboran en la producción, se le ofrecieron con toda tranquilidad para matar a Klaus Kinski, cosa que harían sin dilación ni subterfugios, después de comprobar cómo sus constantes arrebatos de ira alternados con episodios de grotesca e impostada moridera convertían aquel ya de por sí difícil rodaje en una sublime pesadilla. No da más detalles, lo que invita a pensar que prefirió ignorar completamente la su-

gerencia por si caía en la tentación de tomársela en serio. Incluso puede colegirse entre las líneas de su diario que la tortura que supuso trabajar en aquellas condiciones con el actor alemán le impidieron aceptar la oferta de los caciques, no porque el acto fuera humanamente abyecto y judicialmente punible, sino porque habría de repetir todo lo rodado. Así se han convertido los textos diarios de Herzog sobre aquel inconcebible y mítico rodaje en un experimento historiográfico sin igual. Sus textos, escritos cada día, se han aposentado con el paso del tiempo y transmiten un buqué singular: quien quiso aproximarse a la ambiciosa egolatría de los explotadores

del caucho, cimentadores en el siglo XIX del abuso colonial infligido por las grandes multinacionales, resulta ser también una disparatada víctima de sus propias visiones megalómanas porque la película de Herzog, inspirada en un personaje real que transportó un barco en piezas, necesita un

El paso del tiempo permite que los terribles testimonios incisos en el fruto sean visibles

OVEJAS NEGRAS delirio mayor para reflejar esa realidad: el director alemán se empeña en transportar un barco de 300 toneladas a través de un monte. El relato diario e instantáneo de su vivencia ha envejecido y la ha convertido en un útil ejemplo para reflejar la pervivencia de nuestras inacabables ínfulas occidentales. Algo así transmite la peculiar visión artística de Marcos Ávila, un colombiano comprometido con la expresión artística sobre el abuso colonial, sobre la explotación indiscriminada del occidente mundo en América Latina. Para Ávila Forero el arte puede llegar a convertirse en una corriente de concienciación especialmente caudalosa; una marea capaz de arrastrar actitudes orilladas si el empeño no ceja en el número de intentos y en el de oportunidades. Su poética concibe la expresión artística en un manifiesto insistente. Él observa, colabora, graba, registra, encarga y monta secuencias y soportes capaces de sostener el testimonio o la huella de las víctimas silenciosas del

RAFAEL VEGA

consumo radical de occidente, la guerra, el narcotráfico o la maldad campante. Esos testimonios perdidos entre los rincones de la jungla se verán transcritos en esteras de saco o en plátanos, como es el caso de su instalación ‘Bananos’. Sobre la piel de la fruta, símbolo de la explotación colonial de las multinacionales, han sido escritos los testimonios diarios de quienes fueron víctimas de tales abusos y cuya documentación estuvo clasificada durante medio siglo por el gobierno estadounidense. La oxidación de las incisiones en la piel del fruto permite, con el paso del tiempo, que esos terribles testimonios sean visibles. El arte efímero cincela su obra en la memoria del espectador, despierta su conciencia, abre sus ojos y permite que la percepción de una realidad pretérita se manifieste de forma diferente; justo como advierte Herzog sobre la jungla vivida durante el rodaje de ‘Fitzcarraldo’ donde, a su juicio, los pájaros no cantan sino que gritan de dolor «en ese paisaje inacabado y abandonado por Dios».

J. D. Salinger, congoja y franqueza  

Suplemento La sombra del ciprés del 12.05.2018

J. D. Salinger, congoja y franqueza  

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