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Ernesto Viamonte Lucientes

LA PAZ Y LOS CONFLICTOS ARMADOS

LA AVENTURA DE W.S. Cuando su ejército invadió el país vecino, W.S. se sintió el más desdichado de los muchachos del mundo. No era muy ágil, le costaba caminar, respiraba con dificultad y le dolían sus gruesos pies. Además W.S. era pacífico, bondadoso y nada sanguinario. Tenía tres hermanos pequeños a los que adoraba y una madre que, junto con él, sostenía a la familia. Le gustaba levantarse tarde, comer y andar con sus amigos cuando podía. Odiaba las armas, los cañones y pistolas y todo lo que tenía que ver con la violencia. Por eso cuando le pusieron en sus pequeñas manos un fusil se sintió incapaz de manejarlo. Pero no tuvo otra opción. Al reposar por las noches, rodeado de sus compañeros, no podía dejar de pensar en sus hermanos: <Si lo mataban ¿qué sería de ellos? ¿Cómo se alimentarían y educarían?>. Y W.S. lloraba a veces.

Se calcula que en la actualidad más de 120.000 niños y niñas de edades inferiores a 18 años están participando en luchas armadas de cualquier tipo. Algunos de ellos de siete u ocho años, son reclutados forzosamente. Otros son secuestrados a punta de pistola, separados de sus familias y se les obliga a intervenir en los combates para salvar su vida o la de sus seres queridos. En otros casos son los propios menores los que se ofrecen voluntarios al alistamiento empujados por el hambre, la pobreza, la falta de educación.


Ernesto Viamonte Lucientes

Los menores de edad son los que sufren las consecuencias de la guerra en mayor medida. Es evidente que no tienen la instrucción ni la experiencia de los adultos y, por supuesto, su capacidad física. Además, a menudo, les encomiendan las tareas más peligrosas: espionaje, suicidas...

misiones Son

baratos,

obedientes, manipulables por medio de drogas y prescindibles. Las niñas con

frecuencia

tratadas

como

son objetos

sexuales,

con

consiguiente

riesgo

de

tipo

de

contraer

todo

el

enfermedades. Incluso si no son reclutados, los menores sufren las consecuencias de las guerras de forma cruel. Pierden sus hogares, a sus familiares, si enferman no tienen acceso a las atenciones debidas y también suelen perder su derecho a la educación.

Desde hacía meses W.S. vivía aterrorizado y cuando comenzaba la batalla sentía tal debilidad en las piernas que le hubiera gustado dejarse caer. Sin embargo la guerra iba bien para su ejército que avanzaba imparable por territorio enemigo. Un día le enviaron en misión de reconocimiento con unos cuantos compañeros. Todo parecía tranquilo. Nada parecía presagiar la resistencia que sus enemigos presentaron, cuando de repente empezaron a oírse tiros. W.S. quedó inmóvil, paralizado. Sabía que tenía que correr, pero también sabía que aunque corriese cualquier tortuga lo hacía más rápido. De repente divisó una zanja llena de maleza y hojas secas apenas unos pasos a su lado. W.S., haciendo un esfuerzo supremo, se tiró a ella. Cayó pesadamente, haciendo un tremendo ruido causado por sus huesos y aperos, desollándose cara y manos. Y allí permaneció hasta que las detonaciones cesaron.


Ernesto Viamonte Lucientes

Pasó el día lentamente; llegó la noche. Si algo no le importaba a W.S. era estarse quieto, permanecer sin hacer ruido. Así no tenía que entrar en combate. Pero también sabía que no podía quedarse allí mucho tiempo, aunque no fuese descubierto. Además empezaba a sentir hambre, un hambre que se iba haciendo cada vez más insoportable. Analizó la situación. Se encontraba solo, en territorio enemigo, vestido de soldado, con lo que si salía de ahí tenía muchas probabilidades de que lo matasen o de que lo apresasen. Y entonces fue cuando pensó: <¡Si me hiciesen prisionero estaría a salvo de las balas, no tendría que participar en más batallas y sería alimentado todos los días!>. Y se decidió: <Voy a entregarme prisionero>. Aunque sabía que corría el peligro de que un francotirador le disparase o de que pisase una mina, W.S. estaba decidido a salir del agujero y entregarse. Al fin y al cabo era el mismo riesgo que corría desde los meses que estaba enrolado, pero ahora con recompensa: la paz de la cárcel.

Hacia 2004 se calculaba que en el mundo había 110 millones de minas antipersona repartidas en más de 64 países, la mayoría en estados africanos. Cada año más de 26.000 personas mueren o sufren traumáticas mutilaciones a causa de explosiones de minas. Son artefactos que pueden permanecer activos durante cincuenta años, con lo que son un peligro mucho después de terminado el conflicto. El principal objetivo de una mina antipersona no es matar, sino incapacitar a sus víctimas, herir de gravedad. Desgracia a civiles, fundamentalmente, y se activan por la presión de un peso ligero. Cuando alguien la pisa, estalla produciendo, como poco, amputaciones de pies y piernas o lesiones más serias.


Ernesto Viamonte Lucientes

Aun después de terminada una guerra su presencia sigue siendo un hecho. Caminos, carreteras y campos de cultivo son una amenaza constante ya que pueden estar plagados de minas, lo que impide que, en muchos sitios, se vuelva a llevar una vida normal. Se estima que en el mundo hay una víctima por estas causas cada veinte minutos. Las minas antipersona son un ejemplo de lo que los humanos podemos hacer cuando nos ponemos a pensar en perjudicar a otros humanos. Son materiales baratos, pueden costar menos de dos euros, y aunque muchos países han suscrito un acuerdo para su prohibición, no todos los países del mundo lo han firmado.

Al amparo de la noche salió de la zanja. Las ramas pisadas, el viento, los conejos que se perseguían, los chillidos de las lechuzas le estremecían. La noche estaba cerrada, solo una luz lejana guió sus pasos. Bostezaba, la boca se le hacía agua pensando en la ración de comida que le aguardaba. La luz, que al principio solo era un puntito a lo lejos, se iba haciendo más nítida. Cuando divisó el edificio le temblaron las piernas. Comenzaba a amanecer y por la chimenea se divisaba un humo que a W.S. le pareció anunciador de maravillosos manjares. Los últimos metros se le hicieron eternos. Una ventana iluminada fue su objetivo concreto. Se acercó a ella gateando. Una vez bajo la abertura se incorporó poco a poco, muy lentamente, hasta que fue descubriendo la espléndida mesa de una cocina dispuesta con todo tipo de viandas exquisitas. W.S. babeaba. Ahora no eran las piernas las que le temblaban sino todo su cuerpo. Pero antes de que decidiese qué hacer, un agudísimo grito cortó el aire. Lo que hasta entonces había estado en silencio se llenó de gritos, <el enemigo, el enemigo>, y de carreras que terminaron con el abandono de la casa por medio de sus habitantes. W.S., paralizado ante el miedo y ante su excitada gula, apenas se percató de que un grupo de civiles partían del edificio dejándolo a su disposición.


Ernesto Viamonte Lucientes

Durante los últimos años están naciendo, en Europa y en otros lugares del mundo, iniciativas de personas de la calle, como tú y tus compañeros y tus padres y profesores, para organizar Servicios Civiles de Paz Noviolentos. Son gentes que quieren

ofrecer

alternativas a la

de

resolver

forma conflictos

por

medio

de

la

violencia

armada.

Son

movimientos

ciudadanos

que

están en contra

de la guerra y a

favor de la paz, y

que se proponen

como reto algo

bien

difícil

de

conseguir: que no aumente la violencia y con ella nuevas causas de guerra. Mantienen algo tan sencillo como que la guerra ha de desaparecer en el tan avanzado siglo XXI y que el diálogo puede resolver todo conflicto, es decir, el tan conocido refrán de <hablando se entiende la gente>.

Cuando comprendió la situación dio un no muy ágil salto y se coló en la estancia. No era consciente ni de lo que había. Con las dos manos comenzó a meterse comida a la boca. Comía a grandes bocados, como si temiese que lo fueran a interrumpir. Cuando sentía que no podía seguir engullendo tomaba una jarra de bebida y se la tragaba como quien desatasca una cañería. Acabó con todo. Colorado, sacudido por violentos hipos, grasiento, se desabrochó el uniforme para poder respirar. La cabeza embotada le pesaba, y también sus brazos y sus piernas. Cayó en un sopor también pesado, en el que empezó a acordarse de lo hermosa que era su vida cuando la guerra no había comenzado.

En mi modesta opinión –dijo Gandhi-, la desobediencia al mal es un deber, tanto como lo es la obediencia al bien, y dado que el mal solo puede sobrevivir


Ernesto Viamonte Lucientes

gracias a la violencia, quien se niega a apoyar el mal debe abandonar por completo la violencia. Ahora bien: hay que entender que la no violencia conlleva la sumisión voluntaria al castigo por desobedecer al mal. Como sabes, Gandhi se pasó la vida predicando la no violencia. Y con esa idea, la idea de que todo se puede lograr pero sin acudir a actos violentos, logró la independencia de su país, la India, ocupada por el poderoso ejército británico. También sabrás que el gran apóstol de la no violencia murió asesinado.

La noche había caído. Unas sombras se veían llegar cautelosamente a la tranquila casa. De repente la calma la rompió una voz: <¡Adelante! ¡Al asalto todos!>. Y casi a la vez se escucharon estallar puertas, ventanas, vidrios y goznes. En un instante cincuenta soldados armados hasta los dientes se precipitaron a la cocina donde W.S. permanecía intentando abrir los ojos. Aturdido, sin entender demasiado lo que pasaba, W.S. fue atado de pies y manos. Cuando entre varios enemigos lo pudieron levantar, el que parecía el jefe le dijo: <Eres nuestro prisionero>. Y ante la estupefacción de los presentes, W.S. sonrió.

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Hay algo tan necesario como el pan de cada día, y es la paz de cada día; la paz sin la cual el mismo pan es amargo. Amado Nervo, escitor mejicano

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El hombre ha de fijar un final para la guerra, si no la guerra fijará un final para el hombre. John F. Kennedy, presidente EE.UU.

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No hay más calma que la engendrada por la razón.


Ernesto Viamonte Lucientes

Séneca, escritor latino

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Cuando los ricos hacen la guerra, los pobres son los que mueren. Jean Paul Sartre, filósofo francés

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Ojo por ojo, y el mundo acabará ciego. Gandhi, ya sabes quién es

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Nunca comiences una pelea, pero siempre termínala. John Sheridan, escritor irlandés

Otro oficial llegó de repente. <Mi coronel, dijo, el enemigo ha huido. Hemos conquistado la plaza>. A lo que el coronel replicó gritando, <¡Victoria!>, y mandó dar el siguiente parte: <Tras encarnizada lucha, el enemigo ha tenido que batirse en retirada, llevándose con ellos a sus muertos y heridos que calculamos en unos setenta. Varios han quedado en nuestras manos>. Cuando al día siguiente regresaron al pueblo con un W.S. llevado medio arrastrado pero feliz, la población salió a recibir a los vencedores. Las mujeres alzaban los brazos, las viejas lloraban, un abuelo hasta lanzó su muleta al aire haciendo un chichón a un muchacho. Todos eran felices; se había derrotado al enemigo. Tras terminar la marcha W.S. fue metido en prisión. Fue entonces cuando a pesar de sus síntomas de indigestión y a pesar de sus pesadas piernas, empezó a bailar y a bailar dando gritos hasta caer agotado. ¡Era prisionero, estaba salvado, la guerra había terminado para él¡ ¿O no?1

1

Adaptación muy libre del cuento de Guy de Maupassant, <La aventura de <Walter Schnaffs>.


Ernesto Viamonte Lucientes

RIZANDO EL RIZO. El día 6 de agosto de 1945, cuando la ciudad comenzaba a desperezarse, un bombardero B-29 lanzó una bomba. Solo una. En su carcasa exterior hasta tenía nombre: <Little Boy>. Explotó a 590 metros de altura. Fue la primera bomba atómica lanzada por los humanos sobre una población: Hiroshima. Entre tres y diez segundos después de su explosión, el enorme calor que liberó la bomba mató a todos los que estaban a tres kilómetros y medio a la redonda: les quemó y destrozó su órganos internos. Casa, árboles, vestidos, todo ardió. La onda expansiva generó un huracán de 120 kilómetros por segundo. Los expuestos a ese huracán fueron desnudados por él hasta el extremo de arrancarles tiras de piel y fracturar sus órganos internos. En tres kilómetros a la redonda el 90% de los edificios se desmoronaron o quedaron arruinados. Se calcula un total de 76.327 construcciones. A unos ocho minutos, un gigantesco hongo de humo se elevó unos 9000 metros hacia el cielo. Era una nube de humo, polvo, escombros y materiales de todo tipo. La

radiación

de

rayos

gamma

y

neutrones ocasionó todo tipo de lesiones y enfermedades posteriores. Los que entonces estuvieron expuestos a la radiación, y los que lo estuvieron 100 horas después, padecieron graves enfermedades cuyas consecuencias aún hoy están presentes en sus descendientes: leucemias, cánceres, etc. En diciembre del 45, cuatro meses después de la explosión, 140.000 de los 350.000 habitantes de Hiroshima habían fallecido. Pocos días después el ejército americano lanzó un segundo proyectil atómico sobre Nagasaki. Supuso el final de la Segunda Guerra Mundial con la rendición de Japón. Sin embargo hay dos datos que deben hacernos reflexionar: 1.- El lanzamiento de las bombas atómicas no tenía sentido alguno. La destrucción que causó pudo haberse evitado. En las fechas en las que se tiraron la rendición de


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Japón era un hecho. La nación nipona estaba derrotada y el final de la guerra cuestión de unos pocos meses. 2.- Hoy en el mundo hay más de 10.000 armas nucleares, cada una de ellas más de veinte veces más potente que la de Hiroshima.

<LA GUERRA DE LA GUERRA>, Gloria Fuertes. Hay que decir lo que hay que decir pronto de pronto visceral del tronco; Con las menos palabras posibles que sean posibles los imposibles hay que hablar poco y decir mucho hay que hacer mucho y que nos parezca poco: arrancar el gatillo a las armas por ejemplo.


La paz y los conflictos armados