Ágreda Fiestas 2022

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75 aniversario | Coronación Canónica | 1947-2022

certamen literario

Los refugios de la memoria Penélope Marquiz 7 de junio de 1947, 15:00h

7 de junio de 1997, 15:00h

redacción y amenazaban con multiplicarse.

La inocencia es huidiza al que la busca y habita en quienes no son conscientes de su presencia.

Los recuerdos son semillas de un mañana al que no nos atrevemos a mirar.

-

Teresa

Jesús

Un respingo la despertó de su letargo. No supo cuándo se había quedado dormida, ni la hora que era. Estaba demasiado lejos del pueblo como para oír las campanas y de haberse encontrado cerca, tampoco se habría enterado. Teresa ‘la Larga’ tenía el don de la somnolencia. Era habitual que se quedase traspuesta en cualquier lugar, una capacidad que desarrolló debido a las interminables jornadas que pasaba en el campo cuidando del rebaño familiar.

Caminaba despacio por la vereda del Queiles, con los ojos entreabiertos, respirando profundamente, luchando por recordar. Romero, espliego, manzanilla. Sus aromas le retrotraían a momentos de lozanía en los que se perdía durante horas por el Corro Olivar con Jimena. ¡Ay! ¡Cómo brillaba su pelo a la luz de la luna! Negro azabache, cada vez que recordaba el efecto del viento haciendo bailar sus mechones ... Sentía que su cabello se blandía como una espada para clavarse en su memoria. Parecía estar allí, lo veía todo con tanta nitidez que casi podía tocarlo. El coqueteo desgarbado de aquella joven que intentaba desafiarle mientras corrían por las praderas, su timidez repentina y el rubor en sus mejillas cuando la atrapaba entre sus brazos ... Y esa mirada de asombro que no podía esconder cuando le contaba leyendas mitológicas del Moncayo ... Al terminar su exposición, ella siempre quería escuchar más. Con los ojos abiertos como platos, Jesús perdía la noción del tiempo relatando hazañas, poemas y romances que su abuelo le había contado de niño y que ahora ella quería escuchar.

Entreabrió los ojos lentamente y se estiró perezosa sobre el tronco del olivo que había dado cobijo a su reconfortante sueño. Alargó las manos, las orientó hacia el sol -que aquel día ardía como el fuego sobre la piel- y midió, colocando paralelamente los dedos uno sobre otro, la distancia que quedaba entre el astro y el suelo, lo que le permitía predecir las horas que restaban hasta la caída de la tarde. -

Son las ... ¿¡Tres!?

El salto que dio a continuación provocó que las decenas de ovejas que le habían acompañado durante la siesta a su alrededor huyeran despavoridas hacia otra sombra más cercana y con menos alboroto. Teresa se estiró la falda, sacudió el cenizo de la faltriquera y echó un vistazo a ambos lados. Tras comprobar que todo estaba en orden, recogió el cántaro de agua que había dejado a su diestra antes de dormir y echó a correr por la ladera dejando las tareas de careo a Pepe, su perro pastor, sin darse cuenta de que al igual que ella, se había quedado dormido.

Ahí fue cuando se enamoró perdidamente de Jimena. Justo un año después de aquel verano, se quedó embarazada. Justo un año y una semana después, sus oídos dejaron de escuchar para siempre.

Hay palabras que no hace falta repetir porque nunca han dejado de sonar. Jimena

Fernando Habían pasado varias horas desde que llegaron a Ágreda y el tiempo parecía estar detenido. Fernando sabía que esa iba a ser una jornada especial. Emocionado, el muchacho cernía su mano con fuerza sobre la de la pequeña, como queriendo transmitirle sus sentimientos a través de la piel. Nunca había visto a tanta gente junta. Su padre le había asegurado que se acostumbraría cuando se instalara en Madrid para estudiar, pero él no dejaba de dar vueltas a la idea de que en aquel ambiente se respiraba algo distinto. Habían salido de Soria a las siete de la mañana. Juntos los tres: Elisa, su padre y él. Peregrinaron durante varias horas en silencio, recorriendo los cincuenta kilómetros de distancia que existen entre la ciudad y la villa, tratando de no perder de vista el Moncayo. Fernando no entendía por qué su padre se había empeñado en realizar todo el trayecto a pie, pero se había vuelto un hombre circunspecto e indescifrable desde la muerte de Maribel, su madre, tres años atrás. Antes de aquello, Francisco fue un padre entregado, jaranero y bromista. Todo el mundo adoraba a Paco Ruiz. Dedicado a la banca y a los negocios, fue un trabajador entregado a sus clientes, con recursos para sus contrariedades, aclaraciones a sus dudas, razonamientos para sus demandas y amparo ante sus tormentos. Ahora ese hombre que permanecía cabizbajo a su lado parecía otro. - Hijo, busca una fuente, estoy sediento y aprieta el sol. Y tu hermana se está deshidratando. Sentado sobre una pequeña balaustrada en la puerta del Palacio de los Castejones, Fernando pensó que su padre era un muerto en vida. Parecía una escultura de su propia tumba, como los mausoleos que había visto en el interior de la Catedral del Burgo de Osma o la Concatedral de Soria. -

El péndulo del añejo reloj de pared iba de un lado a otro una y otra, y otra ... Y otra vez. Al mismo tiempo, en su cabeza resonaba su tic-tac como si nunca se hubiera detenido. Jimena estaba absorta en aquel pedazo de latón, tratando de no perder el ritmo de sus pulsaciones. Era un ejercicio que se esmeraba en hacer tres veces al día, durante diez minutos, o lo que es lo mismo, seiscientos golpes de péndulo a uno y otro lado extremo. Jimena llevaba cuatro años escuchando al péndulo con la mirada. Cuatro años oyendo susurros, risas y gritos con los ojos. Cuatro años teniendo que mirar cuatro veces antes de cruzar cualquier calle concurrida. Cuatro años. Cada día ejercitaba los ojos y la memoria en lo que ella creía que era un reclamo para estimular a los oídos que, dormidos, habían decidido suplantar al apéndice como el órgano más inútil de su cuerpo. Jimena pensaba que si cada día les hacía entrenar, ellos despertarían. También creía que los sonidos habitaban en algún rincón de su cerebro y tenía que atarlos en corto para que no se escaparan del todo. Sin embargo, habían resultado ser bastante huidizos. Por eso, cada día se obligaba a rescatarlos y recordarlos en su interior, imaginando que nunca había llegado a perder un sentido que a pesar de todo, seguía ausente. Cuando se cumplieron las seis centenas de golpes pendulares, Jimena salió de su estado de concentración y se dirigió a la ventana. Apartó las cortinas ligeramente y, mientras jugueteaba con el dosel entre los dedos, observó cómo un elenco de mujeres, ataviadas con finos trajes de chaqueta y elegantes tacones, cruzaban la calle en dirección a la iglesia. Al mismo tiempo que las damas doblaban la esquina, un escalofrío recorrió la espina dorsal de Jimena, haciendo tanto ruido que tuvo que esforzarse por no llorar.

Claro, padre -respondió-. Enseguida vuelvo.

Echó a andar sin saber muy bien hacia dónde se dirigía, nunca antes había estado en aquel lugar y se encontraba tan atestado de gentío que comenzaba a darle vértigo. No obstante, decidió no sucumbir al agobio, lo último que quería era que aquel hombre enjuto y frívolo por el que le habían cambiado a su padre, le ganara la partida sin mover una sola ficha.

5 de junio de 2021, 15:00h Dime quién eres cuando no te respetas a ti mismo. Isabel Aquella mañana tenía trabajo, mucho trabajo. Los pliegues con notas de prensa impresas en su interior se amontonaban sobre la mesa de

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Díaz, es la hora. Te espero en mi despacho. ¡Ya!

Rápidamente, Isabel se deshizo del frappé al que apenas había dado un leve sorbo, agarró la montaña de carpetas y corrió tras su editora. - Espero que no pase lo de la semana pasada. Ya sabes, no me gusta tener que repetir las cosas mil veces. Te contraté porque vi que eras rápida. No quieras demostrarme que me he equivocado, no me gusta fallar en mis predicciones. - Por supuesto que no, señora Duarte – respondió acalorada Isabel mientras trastabillaba en un accidentado camino hacia el despacho de Maika Duarte, la editora jefe del periódico en el que trabajaba. Maika se adelantó, abrió la puerta, pero no le cedió el paso a Isabel y la fuerza que ejerció sobre el pomo derivó en un sonoro portazo. La joven redactora sintió el golpe en la espalda. “Si fuera un coche, ya estaríamos dando parte al seguro” pensó. La última vez el pomo se le había clavado en las costillas. De eso hacía tan solo una semana. Maika se había acomodado tras un escritorio atestado de revistas y tecleaba con indiferencia en su teléfono móvil sin dirigirle siquiera una mirada de soslayo. -

Querida, me tienes en ascuas. ¿A qué esperas?

Mientras rebuscaba entre el montón de carpetas que acababa de posar sobre uno de los sillones de su jefa, Isabel pensó -una vez másque era una bruja. Recordó cómo de pequeña su padre le contaba que las brujas de Barahona cogían sus escobas y volaban por todos los pueblos menos por el suyo, porque en Ágreda eran muy devotos y la Virgen protegía a todos aquellos que se hacían merecedores de sus dádivas. Durante todos los años que vivió allí, siempre sintió que la Madre de los Milagros la estaba protegiendo, pero cuando años más tarde se trasladó a Madrid y comenzó a trabajar en lo que ella llamaba “La Cueva de Caco”, donde Caco era su jefa e Isabel era una suerte de Hércules que aún no se había atrevido a enfrentar a su opresor, empezó a pensar que la Madre se había olvidado de ella. -

Querida, un minuto más y se agota mi paciencia ...

- Si, Maika, perdone, un... Un segundo... Que justo ha dicho que es el tiempo que tiene... - titubeó Isabel, tratando de bromear al mismo tiempo que su jefa le respondía con una mueca burlona-. Aquí... ¡Aquí lo tengo! El proyecto de suplemento para el fin de semana. Isabel extrajo un pequeño dossier de la carpeta y se lo entregó a Maika con un gesto de orgullo difícil de ocultar. En cambio, aquello no pareció satisfacer al Caco de la Cueva. -

¿Proyecto de...? Has dicho, ¿proyecto?

Isabel se frotó las manos con nerviosismo y comenzó a atusarse el pelo de manera frenética. A veces le costaba mucho entender quéera lo que su jefa esperaba de ella. -

Sss... Sí. ¿No... No es lo que... lo que me pi... pidió usted?

- Eso te lo había pedido para antes de ayer. ¡Quiero el suplemento! ¡No vuelvas por mi despacho hasta que no lo tengas terminado, revisado y listo para que yo lo pueda destripar! ¡Vete! ¡Me da pereza verte aún aquí! Con la cara descompuesta, Isabel agarró rápidamente la pila de carpetas que había llevado, dándose prisa para que el Caco no pudiera disfrutar del placer que le provocaba hacerle llorar. “Quiero que mis empleados trabajen en tensión”, recordó que le había dicho Maika en una ocasión, “y si esa tensión implica que tengo que hacerte gimotear para que rindas más, serás la mejor plañidera de todo Madrid”. Asqueada, asustada y visiblemente cansada, dejó caer de golpe las carpetas sobre su mesa, atravesó el pasillo, alcanzó el baño de señoras y, tras cruzar el umbral y cerrar la puerta de un portazo similar al que su jefa había dado minutos antes, rompió a llorar, segura de que aquello no valía tanto como todo lo que había abandonado en Ágreda por tratar de alcanzar su sueño en Madrid.


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