Edición especial de aniversario-Directo Bogotá #58

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Fotoensayo

“Yo quiero ser...” Foto: María Paula Murcia

Foto: Paula Ruiz


04 s crita por lo Revista es era rr a c la s de estudiante ial c o S n ió c ica de Comun en 2002 Fundada

Dic. 2017 Directora allejo Maryluz V editorial Asistente es Mateo Yep rtada Contrapo Portada y Restrepo lina García María Pau yo Fotoensa la Murcia u a P María Caricatura ánchez Cristian S ión iagramac Diseño y d spina Angélica O om s@gmail.c angelikao n de estilo Correcció atiño Gustavo P ail.com estilo@gm e rd to c e corr Impresión Javegraf

cadémica Decana A uets ano Busq ión Social Marisol C omunicac C e d ra e e la Carr Director d seca vanny Fon Oscar Gio unicación to de Com n e m a rt a el Dep Director d go delo Buitra Andrea Ca ción y distribu 6 Informes 2-00, piso al 4ª No. 4 7 8 Transvers 5 , ext 4 3 20 83 20 mail.com Teléfono: bogota@g to c e a: ir d : a s en la págin Escríbano ivo digital h rc a o tr s nue Consulte ectobogota u.com/dir u s ital www.is forma dig stra plata Visite nue .com ctobogota www. dire

Carta Editorial Maryluz Vallejo

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Otras Culturas

Dar Papaya Angie Stephania Benavides Castro

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Guardia Poética Bolivariana

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El periódico anglocachaco

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Catalina Hoyos Vélez

Alexandra González Lian

Extranjeros con los cinco sentidos Laura Silva Chaparro

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La otra embajada de Corea Valeria Ortiz Velandia

“Ay, hombe”, canta un madrileño Julio César Galeano

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Besos de Negra Laura Villegas Jaramillo

“Agua que entra al cuerpo por los oídos” Laura Tatiana Peláez Vanegas

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Salsoteca rola con altura

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El colegio del ajiaco y la matzá

Tiffany May y Stefanía Montaño

Tyla Kellogg Gleiser


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Otros Rituales

Muerte Tóxica por el metal

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Ahmed

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Al son de los desmovilizados

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Donde sobran las palabras

Juan Francisco Vargas

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La paz que pasa por la hena

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Rap al Parque... Nacional

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Laura Marín Castañeda

Pedro Vergara

Una devoción con pitos y flautas

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Carnaval del Perdón Nathaly Triana Medina

Identidad animal Michelle González

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Otras Culturas

Nietos de Bacatá

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“Somos oro vivo” María Paula Murcia Huertas

El bailarín solitario María Jozame González

El tercer género Luis Eduardo Cáceres y Gabriela Castro

La gitana que lee las leyes Sebastián Cote

Valeria Giraldo Rodríguez

Otros Sabores

Mucho más que cuy Karla Martínez Calderón

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Auténticamente chino

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Del Morro pa’l centro

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A lo que sabe la felicidade

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La onda kosher

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¡Pegadas a la olla!

Viviana Espitia Perdomo

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Natalia Palacio Cano

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Luisa Fernanda Ladino Quintero

42

Mateo Arias Ortiz

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Óscar M. Moreno O.

Stefanía Montaño Marulanda

María Jozame González

Karla Isabel Martínez

Valeria Ortiz Velandia

Una mirada ociosa a la cocina autóctona Nicolás Gómez Osorio

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Aniversario

Bogotá contada en un millar de historias Felipe Morales Sierra y Maryluz Vallejo


Ilustración: María Paulina García Restrepo


Carta Editorial

Bogotá,

nido de muchas aves Maryluz Vallejo Directora

Aunque Bogotá aún está lejos de ser una ciudad ‘santuario’ para los extranjeros —como las que en Estados Unidos y Europa los acogen—, porque el fenómeno migratorio es más reciente en Colombia, la diversidad sí se está volviendo parte del paisaje urbano. Pero no hablamos solo de migrantes nacionales y extranjeros, que van arraigando con sus costumbres en esta metrópoli (sin metro); también de minorías raciales, sexuales, religiosas o ideológicas, entre otras. Retomando el calificativo del segundo país más biodiverso del mundo, después de Brasil, con 1.909 especies de aves, reivindicamos este hábitat capitalino como lugar de paso y de residencia de tantos migrantes como pájaros migradores que transforman el ecosistema cultural. Con este especial sobre la megadiversidad, Directo Bogotá celebra sus 15 años de vida. La fundamos con Alejandro Manrique, quien en 2004 emigró a Estados Unidos y quedé al frente de la revista, que ha circulado ininterrumpidamente con cuatro ediciones al año, hasta llegar a este número 58, siempre apoyada por la Decanatura, que la financia en su totalidad como un valioso medio de prácticas para nuestros estudiantes. La imagen gráfica surgió del magín de populardelujo.com, que recreó la iconografía del transporte público en esa primera época. Desde sus inicios, el corrector ha sido Gustavo Patiño Díaz, quien, como la Real Academia, “limpia, fija y da esplendor” a cada número, y desde 2004, Angélica Ospina —diseñadora y artista javeriana— se ha ocupado de acentuar los rasgos del diseño de esta revista especializada en contar microrrelatos y macro-

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historias de Bogotá. Por eso la crónica y el reportaje han sido sus géneros consentidos, sin bajar la guardia con los géneros de opinión, como el suelto (en su infaltable columna Cabos sueltos), la columna, la crítica y la caricatura, sección por la que han pasado Cristian Sánchez, ‘Xtian’, y en los últimos años, Juan David Olmos, dos artistas javerianos. Regularmente la revista ofrece una variedad de secciones con temas ‘duros’ y ‘blandos’, como le decimos a ese balance de reportajes de denuncia con crónicas amables del patrimonio y de la memoria, de tendencias, personajes de alto y bajo perfil y registros de la vida cultural capitalina, siempre con el ánimo de documentar la historia cotidiana. Pero en los aniversarios significativos hacemos ediciones especiales como esta, con un tono más festivo, dividida en cuatro secciones: Otras culturas, Otros rituales, Los Otros y Otros sabores, con la idea de destacar colonias nacionales y extranjeras que tienen algún protagonismo en la capital. Y como no es posible entender la diversidad sin la inclusión social, presentamos distintas experiencias de inclusión, porque corren nuevos tiempos y Directo Bogotá quiere documentarlos, como lo ha hecho desde 2002. Para refrescar un poco esa memoria —que se puede consultar en https://issuu.com/ directobogota con la colección completa, ofrecemos en las páginas finales un recuento de esa agenda con estilo propio, a manera de índice conversado, acompañado de la totalidad de las portadas. También queremos invitarlos a navegar en la plataforma directobogota.com (https:// www.directobogota.com/) , que salió al aire en 2015 con la misma filosofía y apuesta periodística del impreso, pero con apertura de sus fronteras temáticas y geográficas, porque de directobogotá pasamos a directopaís y directomundo, con secciones de multimedia y transmedia. Una convergencia que nos ha fortalecido como escuela de periodismo. Sin el ánimo de estropearles del todo la sorpresa, los dejo con este especial para que lo disfruten.


Dar PAPAYA Angie Stephania Benavides Castro angie.benavides@javeriana.edu.co

Según el Instituto Distrital de Turismo, en un año Bogotá recibe en promedio 1.200.000 extranjeros y a muchos les dio una bienvenida difícil de olvidar, como las que aquí relatan.

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No importan la nacionalidad ni el lugar que visitan, estos extranjeros creen que las calles bogotanas están habitadas por extraños seres omnipresentes que saben en qué momento salir al asecho y robar los elementos valiosos. Estos seres se dividen entre magos y descarados. Los magos cuentan con una habilidad maravillosa que parece desafiar las leyes de la física: unas manos cuyo contacto nadie nota; los descarados necesitan el ruido y se complacen viendo la cara de susto, sorpresa —o una mezcla de las dos— de sus víctimas. Y, al parecer, cada uno tiene su hábitat: los magos suelen habitar espacios estrechos y llenos de gente (para mayor información, véase Transmilenio), los descarados prefieren las calles, preferiblemente concurridas.

Sobre los magos habla Daniel Rodríguez, un estadounidense de padres colombianos que llegó a Colombia a sus 21 años. “Todo el mundo me decía que aquí robaban, pero yo no puse cuidado porque pensaba que se sentía, pero ¡no se siente nada!”. Amanda, una venezolana a la que han robado cuatro celulares en dos meses, todos en noches de rumba, ante semejante señal divina decidió no volver a salir con celular a la zona T. De los descarados da fe Paula, una estudiante venezolana, que comenta la paradoja: “No me robaron nunca en Venezuela; me vinieron a robar aquí”. Paula iba en su carro y se detuvo en un semáforo de la calle 127. Llegaron a limpiar el vidrio de atrás y cuando se ubicaron frente a su puerta, ella decidió bajar el vidrio

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para comentarles que no tenía monedas; los delincuentes aprovecharon para bajar su vidrio completo y ponerle un cuchillo. El resto sucedió con rapidez: “Deme el celular, los anillos, la plata”. Una mano cogió el celular de sus piernas. Otra mano le arrancó la cadena, dejando la marca. Seguían pidiendo a gritos la plata que Paula no llevaba consigo. El mundo recobró su ritmo cuando pronunció las palabras mágicas: “Pero si ya le di mi cadena de oro”, en ese momento el descarado se volvió mago y desapareció. Ella, en medio de su aturdimiento, se devolvió por el mismo camino y los volvió a ver. ¿Su ocurrencia? Gritar el repertorio de insultos que conocía.

Los superpoderosos Algunos extranjeros concuerdan en que esta ciudad parece dotar a los delincuentes de superpoderes. Josué, un hondureño, me mira y me dice con las cejas tensionadas y una sonrisa en su rostro: “Aquí levité”. Ante mi cara de sorpresa, él se explica: “Cuando estaba en la estación de Transmilenio, vía al aeropuerto, paró uno de esos buses y de alguna forma terminé adentro; juro que no hice nada para entrar, simplemente levité”. Pero no es el único poder que desarrollan. Daniela, una estudiante ecuatoriana de cabello largo y negro, quedó convertida en una señora rubia, de mediana edad, cuando fue a reclamar la cédula de extranjería. Al comentar el error a un funcionario de la Registraduría, este le respondió orondo tras mirar el documento: “¿Segura? Pero si es igualita a usted”. Ahora bien, aunque el idioma común para los hispanoamericanos sea el español, parece que cada persona, según la región, habla una lengua diferente. De ello da fe Nicole, una ecuatoriana: “En mi clase todos somos de distintos lados, entonces cuando hablamos, muchos no entendemos los términos porque decimos cosas muy diferentes”. A ella la molestan por expresiones como “la profesora me retó” (que hace referencia a que la regañó); cuando dice “hoy día”, “piensan que estoy relatando un cuento de antaño y me dicen que pare, que aquí no se usan esas cosas”. Entre sus amigos la expresión más frecuente es el “qué fue”, lo primero que dice Nicole al

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contestar una llamada. Esa forma de saludar ha herido la susceptibilidad de la gente que la rodea, y no han faltado reclamos ante su “hostilidad”. En realidad, para ella, ese “qué fue” no es más que un coloquial “hola”. A Nataly, una costarricense, las diferencias en el lenguaje la han ayudado a perfeccionar sus habilidades de ilustración: en muchas ocasiones debía dibujar para hacerse entender. Para ella también resultó conflictivo comprar carne: “En Costa Rica solo es bistec o chuleta, acá me decían que si quería una libra de bola de no sé qué, y si preguntaba por chuleta me tiraban mil cosas más sobre el tipo de chuleta”. Silvia, otra costarricense, afirma que los mayores problemas que ha tenido se deben a malentendidos con las expresiones. Una vez dijo: “El doctor comió pirulo” y sus compañeros se murieron de risa y le dijeron que aquello era el pene; para ella fue un momento bochornoso porque pirulo en Costa Rica es ‘payaso’, es decir, la expresión significa ‘que está molestando mucho’. Lo mismo le sucedió cuando, refiriéndose a un compañero, dijo: “Se la tira rico” y le explicaron la connotación sexual de esa expresión en Bogotá; “para mí, en cambio, es vaguear, como decir que tiene demasiado tiempo libre y por ello puede estar mucho tiempo tirado sin hacer nada; es decir: se la tira rico”, comenta como si la explicación sobrara. Y si estos problemas lingüísticos afectan a los hispanohablantes, qué decir de visitantes con una lengua materna distinta. Antonella, estadounidense, comenta que cuando estaba aprendiendo español, lo que hacía era traducir palabra por palabra y una vez sintió demasiado calor y su “I’m hot” salió convertido en un “estoy caliente”; todo el mundo se reía y ella no entendía por qué, hasta sus compañeros le comentaron al profesor: “Profe, que Antonella está caliente”. Solo un alma se apiadó de ella y le explicó lo que esta expresión significa en Bogotá. Al final, lo que queda dando vueltas en la cabeza de los extranjeros es que los bogotanos tienen una extraña fijación por lo sexual: al parecer, sin importar qué, siempre habrá una expresión que usen y algún bogotano le dará un giro para tornarla en algo bochornoso. Y


eso sí, terminan repitiendo “marica”, que es como un mantra de las últimas generaciones.

Maravillosos taxistas No ha estado en Bogotá quien no haya tenido una experiencia con un taxista; de preferencia, mala. La mencionada Daniela, iba para la casa de unos familiares y el taxista venía hablando por celular, en un punto del camino colgó, y Daniela entró en pánico cuando el conductor le dijo que iba a tomar un “pequeño” desvío porque se estaba quedando sin gasolina. Aunque ella le manifestó que tenía afán, él insistió en que no se demoraría, al tiempo que retomó la comunicación telefónica. El pánico de Daniela fue en aumento, hasta que al llegar a un semáforo, sacó de su billetera un billete de $10.000, lo tiro al piso y se bajó para resguardarse en una tienda. “Todo estaba muy sospechoso, y cuando en Ecuador te hacen eso, es seguro un secuestro exprés”. Para Rwolds, un haitiano, y Lorenzo, un italiano, la experiencia con un taxista se resume en un género: tragedia. Recién llegado a la ciudad, Rwolds salió a caminar cerca de su casa, en el barrio Olaya, y llegó un momento en el que no sabía dónde estaba; así que cogió un taxi, le dio la dirección y en 30 minutos estuvo en su casa. Un mes después, ya familiarizado con su barrio, se dio cuenta de que en aquella ocasión estaba a cinco minutos, caminando, de su casa: “Me vieron la cara de extranjero bobo”, comenta entre risas. Para Lorenzo, la experiencia fue similar: por una carrera desde el aeropuerto hasta Chapinero le cobraron $60.000, cuando cuesta menos de $30.000, lo cual lleva a un enfadado Lorenzo a afirmar: “Lo primero que hace un bogotano, cuando ve a un extranjero, es robarlo”.

bien tocados allá”. Tirso estaría de acuerdo con Silvia, una costarricense, sobre la fijación de los bogotanos por el trago: “Hasta llegué a la conclusión de que en el chupón no les ponían leche, sino aguardiente”, comenta ella. Lo que más le sorprende es la preferencia por tragos más fuertes, como si para ellos emborracharse fuera el punto de partida de la fiesta y no el de llegada. El semestre pasado, Daniela y sus amigos ecuatorianos iban para una charla a las 6:00 de la tarde. Cogieron taxi y luego Transmilenio, para llegar a tiempo. Ella venía con un amigo y en la estación de la calle 100, él se soltó un momento; ella, tranquilamente, lo volvió a coger. Cuando Mariuska, su amiga venezolana, preguntó: “¿Y Josué dónde está?”, Daniela respondió: “Aquí está”, a la par que alzaba la mano de su amigo, y todos estallaron en risas al notar que la mano pertenecía a un señor desconocido. “Yo traía buen rato cogiendo al señor y el señor ahí; lo peor es que Josué estaba atrás riéndose y el señor no me decía nada, aunque yo lo venía jalando”. Y es que para un extranjero pasar de la comedia a la tragedia y a la tragicomedia es tan fácil como dar papaya en Bogotá.

Plan chiva A Tirso, un hondureño, una de las aventuras más extrañas le sucedió cuando sus compañeros de carrera le propusieron irse de “plan chiva”. “Yo no sabía qué era una chiva, yo creí que era un lugar”. Él ni se imaginaba que la chiva era el medio de transporte y, a la vez, el lugar. Para él, bailar ahí fue lo más extraño, “aparte, a ustedes les gusta llegar

Ilustración María Paula García

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Otras Culturas

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Guardia poética bolivariana Catalina Hoyos Vélez catalina.hoyos@javeriana.edu.co

Muchos venezolanos que viven en Bogotá están aportándole a Colombia con su talento, como los jóvenes aquí entrevistados, quienes están dando la pelea por su país desde las artes y la literatura.

Guionista de óperas por accidente Con apenas 22 años, George Galo asegura tener una relación casi religiosa con el arte desde que era joven, cuando entró en contacto con la poesía. Hoy estudia filosofía en la Universidad de La Sabana, y ha tenido acercamientos con las artes y las humanidades. Al graduarse del colegio, en Venezuela, publicó su primera compilación de cuentos que tituló Ucronías e inició su pregrado en literatura, pero al poco tiempo decidió venir a Bogotá donde estudió realización cinematográfica. Al terminar, entró a estudiar filosofía. Sin preverlo, estas tres artes se mezclaron en su vida para permitirle escribir empíricamente un libreto de ópera. Asegura que el ser artista no se elige, que el poeta tiene una sensibilidad artística a la que no puede renunciar nunca. “Es como una maldición y una bendición esta necesidad creativa que uno tiene. Es como el canto de la ballena, ¿no? No importa quién lo escuche o no lo escuche, pero tú tienes que cantar y ya”, dice George.

No se llega a ser escritor de óperas sin antes haber escuchado algunas. Es fanático de la música clásica desde niño y estudió en el conservatorio, pero luego se dedicó solo a escucharla. Es entusiasta de la ópera gracias a su abuela materna, de origen italiano, quien emigró a Venezuela en los años cincuenta, con la que se sentaba a oír ópera desde niño, aunque en esa época todavía no la entendiera. De la mano de Felipe Hoyos, músico graduado de la Universidad Javeriana y actualmente estudiante en Holanda, se embarcó en la tarea de realizar una adaptación a ópera del mito griego de Melpómene. “A mí, que siempre había creído en la escritura por inspiración, me tocó sentarme a trabajar versos como un orfebre para que cupiesen en la métrica, el tiempo y los efectos que yo quería. Primero hice el libreto y luego me senté con él [Felipe] a trabajar la parte musical”.

George Galo. Fotografía: Rafael Moncada.

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De esta iniciativa surgió la Compañía de la Nueva Escena, un colectivo bogotano de jóvenes creadores que se dedican a traducir ópera al castellano. Su próxima entrega está proyectada para 2018 y se titulará La Dolorosa, también con guion de George.


Dejarse caer Si bien su obra poética no ha sido publicada, Clared Navarro es la directora de la revista literaria estudiantil La Caída, que busca publicar autores jóvenes, principalmente de la Universidad Javeriana, donde Clared cursa la carrera de Estudios Literarios. Entró a trabajar en la revista en 2015, y el trabajo invertido la llevó a liderar este proyecto editorial. Desde el número pasado, la revista se independizó de la Universidad, y su equipo ganó una beca del Instituto Distrital de las Artes (Idartes) para continuar la publicación. Clared entiende la ideología de La Caída como un exponente de las nuevas vanguardias literarias. “Yo quiero que de aquí a algunos años, cuando ya nosotros tengamos un número sustancioso de ediciones, podamos decir que dimos cuenta de las tendencias literarias y culturales, y más adelante La Caída será un archivo de estos tiempos tan conflictivos”, comenta Clared.

Al rescate del ecosistema editorial Los poetas venezolanos —tanto los que se quedaron como los que se fueron— están escribiendo y trabajando en pro de la conservación del ecosistema editorial venezolano, que si bien se ha visto disminuido en los últimos años, no está extinto y se mantiene gracias al esfuerzo de muchos. En cuanto a sus escritores contemporáneos, Clared dice: “Nosotros somos la generación inédita, somos una generación que no va a publicar en el país, tristemente, o que no publicará sus primeros libros en Venezuela, y somos una generación fragmentada por esta especie de diáspora. Estamos todos regados por ahí fuera del país y eso se nota mucho en la poesía y en el arte que está haciendo mi generación”. Por otra parte, hablando de los editores y de todos aquellos que están trabajando desde adentro, Clared siente que Venezuela ha dado la talla magistralmente. Menciona proyectos como la editorial Letra Muerta o la organización Nelson Garrido, que pese a su precaria situación logran sacar publicaciones maravillosas.

Gina Saraceni, también poeta venezolana que vive en Bogotá desde hace un año y hoy es profesora del Departamento de Literatura de la Universidad Javeriana, da un panorama sobre el mundo editorial venezolano y, de entrada, el aspecto que menciona Clared le parece preocupante. "Son cada vez más los escritores jóvenes que buscan alternativas afuera. El país se está quedando solo y sin relevo para las universidades, la educación y los espacios de la cultura. Es preocupante que el país no cuente con un cuerpo intelectual que sustituya a las generaciones que los precedieron", comenta Gina al respecto. Añade que junto con el régimen socialista de Hugo Chávez, una gran parte de las editoriales y organizaciones culturales del Estado se ven forzadas a adoptar la posición prochavista y a publicar únicamente artistas de esta afiliación política; sin embargo, los opositores se encargaron de conformar grupos que difunden opiniones distintas a las del régimen. “Crearon sellos editoriales alternativos, abrieron librerías, hicieron revistas para canalizar un pensamiento democrático y para proporcionar espacios de expresión, publicación y creación para los escritores y lectores que, con el chavismo, perdieron sus trabajos o la posibilidad de tener una comunidad de discurso", dice Gina. Una de las

Clared Navarro. Fotografía: Corina Durán. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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George tampoco le ve un final inmediato a la edición venezolana; sin embargo, entiende que es un camino largo y difícil. El 6 de septiembre de este año fueron cerrados más de 50 medios de comunicación venezolanos, entre los cuales se cuentan varias editoriales, además de medios de prensa, radio y televisión. En el mundo editorial que subsiste en Venezuela, las editoriales independientes tienen la posibilidad de permanecer ocultas a los ojos del régimen más que los grandes medios clausurados y esto da pie a la creación de nuevas pequeñas editoriales, como El Estilete, enfocada en la publicación de ensayos; Libros de Fuego, en narrativa; Fundavag y La Cueva, en novela; Eclepsidra y Dcir, en poesía; y Letra Muerta, que se dedica a publicar historias del pasado que podríamos haber olvidado.

Cuando pase la tormenta Gina Saraceni. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• ••••••••••••••••••••••••••

iniciativas ejemplares a las que hace referencia la poeta es a la editorial estatal El Perro y la Rana, que publica autores importantes para la narrativa venezolana a un precio muy bajo. Las editoriales cada vez hacen un esfuerzo mayor para seguir existiendo, ya que no se puede imprimir, no se puede vender, no se puede promocionar. A propósito, George considera que es más favorable, tanto para él como escritor como para su público, publicar aquí y más adelante arreglárselas para hacer llegar su libro a Venezuela, y no publicar allá y dejar su obra encerrada en un país donde nadie lo podrá leer. Gina comparte esta idea, ya que con la revolución chavista, los grupos culturales debieron ponerse a su servicio y esto supone un cambio radical en las actividades de promoción cultural. Pese a los problemas, George también vislumbra un futuro para las editoriales independientes de su país. “Venezuela no se va a acabar, la gente va a seguir haciendo vida ahí, acostumbrándose, pero va a ser tal cual como viajar a Cuba, esto de llegar como en una máquina del tiempo a los años sesenta y las cuatro o cinco editoriales independientes que estaban, pues se quedan mientras no contradigan a los intereses superiores”.

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George comenta que está trabajando por hacerse esta pregunta cada día menos y acercarse cada vez más a la calma dada por dejar de lado la esperanza. “Porque es desesperante tratar de encontrar una lógica en un país donde no la hay. Me acuerdo de una frase de Marguerite Yourcenar que dice: ‘Cuando uno siente la impotencia que te otorga una inmensa paz’, en el sentido de que cuando tú te das cuenta de que no puedes luchar más, dejas de luchar; pero eso no ha pasado en Venezuela, seguimos viendo esperanza”. A Clared, sin embargo, lo que le queda es esperanza y confía en que la tormenta algún día acabará y se podrá regresar a Venezuela para reconstruirla. “Yo ni siquiera estoy esperando a que mejore el país, yo estoy esperando que el gobierno caiga y vengan nuevas oportunidades. En ese momento yo volveré a Venezuela para reconstruir el lugar donde crecimos”. La poesía de los autores que se fueron siempre ha tenido y siempre tendrá un sabor extraño, un sabor a ausencia. Ausencia del hogar. Piénsese en Azorín, Unamuno y Alberti en la España de 1898 y de 1927 y en Reinaldo Arenas en Cuba —aunque todavía les falta mucho camino por recorrer—; piénsese en los poetas venezolanos del siglo XXI. Todos poetas del exilio.


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Otras Culturas

El periódico anglocachaco Alexandra González Lian gomaria@javeriana.edu.co

Richard Emblin, con 26 años en Colombia.

The City Paper es un periódico capitalino que se publica en inglés. Este diario, en circulación desde el 2008, mimetiza la dinámica de Bogotá y está escrito en el idioma universal porque, como la ciudad que lo engendró, todos tienen cabida en sus páginas.

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El género predilecto de The City Paper es la crónica, pues prevalece el interés por mostrar el lado humano. En sus portadas han figurado personalidades de la talla de Totó La Momposina, Fonseca, Andrés Jaramillo, Fernando Botero e Isabel Henao, entre otros.

“Hemos sacado unas portadas increíbles a través de los años”, dice orgulloso Richard Emblin, el editor. No obstante, muchas veces buscan personajes desconocidos que hayan hecho algún aporte a la sociedad o estén trabajando por la reconciliación del país. “Nuestro enfoque es también muy social, hemos tenido ese feeling de no meternos tanto en la política, sino de destacar a las personas”, dice Emblin, mientras señala una foto de un apetitoso plato de comida. Se trata de un artículo gastronómico sobre el restaurante Mini-mal, del chef Eduardo Martínez. El restaurante, que se encuentra ubicado en Chapinero Alto, sirve a un propósito social, pues ayuda a las comunidades afrocolombianas de

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Tumaco, en especial a las piangüeras. Según se lee en el periódico, parte de lo que Martínez recauda con sus platos lo dona a esta comunidad para ayudar a las mujeres piangueras, que recolectan conchas de moluscos en los manglares. Estas mujeres suelen trabajar de noche, con el agua hasta las rodillas, en medio de la selva. Por eso el piangua se ha convertido en uno de los platos más representativos del Pacífico y de la carta de Mini-mal.

Mitad inglés, mitad colombiano Richard Emblin nació en Venezuela, pero se crio en Canadá. Su acento es más británico que americano, así como su forma de hablar, pero habla español con soltura y lo pronuncia con ligeros matices cachacos. En él se expresa la diversidad de The City Paper: “Soy hijo de padre británico y madre colombiana, entonces soy miti-miti; mitad inglés, mitad colombiano. Nací en Caracas, crecí en Alemania, me eduqué en Canadá y tengo nacionalidad canadiense”. Estudió humanidades en la Universidad de Toronto, y al graduarse se dedicó a la fotografía. Trabajó en Londres como fotógrafo durante un año cubriendo noticias para diferentes medios y entonces se presentó la oportunidad de venir a cubrir las elecciones en Colombia, en 1990. Fueron unas elecciones difíciles, con Navarro Wolf como candidato presidencial de la Alianza Democrática, que eran los excombatientes del M19. “En toda esa campaña estaba muy latente el tema de Pablo Escobar, del terrorismo, las bombas. Estuve aquí un mes cubriendo las noticias, volví a Londres y tomé la decisión de venir un año a Colombia para conocer un poquito más el país, y aprender a hablar bien el español, pues aunque mi mamá es colombiana nunca hablamos español en casa”. Y ese año se convirtió en los 26 que lleva en Colombia, donde formó su hogar y solidificó su carrera. Cuenta que The City Paper es su proyecto de vida que emprendió con su esposa, María Claudia Peña, su coequipera. Para él mismo resulta curioso haber terminado escribiendo crónicas, pues se define como fotógrafo. De hecho, a lo largo de su carrera en Colombia ha pasado por varios géneros de la fotografía: corresponsal de guerra, reportero

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gráfico y documentalista. Incluso fue director de fotografía de la Casa Editorial El Tiempo.

“Después de ver durante seis años la transformación de lo análogo a lo digital, del papel a la web, empecé a sentir que la demografía colombiana también estaba cambiando. Estaban llegando más extranjeros a Colombia y se escuchaba en la calle mucha gente de habla inglesa caminando, sobre todo en plan turístico. En ese momento empecé a sentir que a Colombia le faltaba un medio en inglés, como normalmente lo tiene cualquier ciudad cosmopolita”, recuerda Emblin sobre el origen de la empresa periodística.

El ángulo verde Quizá lo más valioso de The City Paper es que visibiliza nuestra riqueza, no solo como ciudad, sino también como país. Este periódico, compacto y sobrio, al estilo del ABC de Madrid, en formato tabloide de 24 páginas en color, contiene una temática muy variada que se encuentra dividida por secciones. “Tenemos un ángulo muy verde porque nos parece importante destacar nuestra biodiversidad, nuestras diferencias culturales y regionales. Acabo de venir de Popayán, por ejemplo, donde estaba haciendo un trabajo sobre el festival gastronómico, mirando el tema de la tierra en el posconflicto con las comunidades nasa, guambiana, la población del río Patía. Entonces, tratamos de ser muy incluyentes. Para nosotros es muy importante que el extranjero entienda que este país es de inclusión. Que hay de todo, desde los idiomas que hablamos, que son 32 oficiales, como una enorme riqueza gastronómica y cultural, y una oferta turística increíble; por eso tratamos de destacar destinos poco conocidos de Colombia. También tenemos una sección gastronómica y en una edición pasada, hicimos un reportaje sobre la panela, en un pueblo cerca de Bogotá”, cuenta Emblim invitando a leer todo lo citado. Emblin es analítico. Después de tanto tiempo de ver los medios colombianos desde adentro decidió tomar distancia y producir, junto con su esposa, periodismo desde una óptica constructiva. A través de crónicas, plasma el lado de Colombia que los medios tradicionales no suelen contar.


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Otras Culturas

Extranjeros con los cinco sentidos Texto y fotos: Laura Silva Chaparro lsilvac@javeriana.edu.co •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

Extranjeros y nacionales se dieron cita en el Hotel Casa 95 para disfrutar A Moveable Fiesta, un evento cultural que reunió diferentes expresiones en torno a Colombia.

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“Colombia a través de los ojos de una nueva generación” era la frase que invitaba a la Moveable Fiesta —en alusión al libro de memorias de Hemingway—, el pasado 30 de septiembre. En el lobby, el comedor y el pequeño patio del Hotel Casa 95 se acomodaron doce stands donde los expositores mostraron a otros extranjeros y nacionales diferentes caras de Colombia y el renacimiento cultural que han experimentado en Bogotá.

Guías, arte, café y más guías En la primera parada, una señora enseñaba dos guías, una de Bogotá y otra de Cartagena: “Guías de lujo para los extranjeros o para las personas interesadas en lo más exclusivo, que se consiguen gratis en las ferias y se venden en algunas librerías”. También comentó sobre Lure Media, una editorial dirigida por el holandés Boris Kruijssen, que se interesa por dar a conocer los atractivos turísticos de ciudades como Bogotá y Cartagena. Pero no


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se limitan a eso: Living in Bogotá es otra guía acerca de todo lo que un extranjero o local necesita saber: niñeras, carpinteros, mercados locales, etc. En la siguiente parada se encontraba Bogotá Post, que con un poco más de tres años se ha popularizado como una publicación gratuita e independiente entre los colombianos que han vivido en el exterior, entre aquellos que están aprendiendo o hablan inglés y entre los residentes y turistas extranjeros.

Pasando la pared blanca custodiada por un chef de porcelana y su Today’s especial, —un brownie con helado de vainilla—, en la pequeña sala contigua se ubicaban los libros y la comida, a la vez que se escuchaban charlas en español e inglés con sus diferentes acentos y se ofrecía una degustación de Colombian Chocolate Club, con un 20 por ciento de cacao tumaqueño a cargo de Suzie Hoban, australiana y profesora de gastronomía en la Universidad de la Sabana. Más adelante estaba The BAT, Bogotá Anglo Theater, con uno de los puestos de exposición más grandes del lugar. Toby de Lys y su compañero Tigre Haller, encargados de Arte Monde, The BAT, Colombia Investing y en gran parte de A Moveable Fiesta explicaron al público que su intención no era otra que explotar el lado artístico del país y de la capital. “Colombia es una de las zonas con más diversidad cultural de la región, queremos exportar eso al mundo”, dijo Toby, dentro del grupo de compañeros que llegaron disfrazados de bufón, duende y hada. En el circuito artístico seguían las fotos del holandés Fetze Weerstra, quien ha viajado por gran parte del país con su cámara. Sus obras se han visto en Bogotá y otras ciudades gracias a una exposición itinerante. Enamorado de este país donde se estableció, manifestó su intención de retratar a una Colombia positiva, alegre y colorida. A pocos pasos estaba Flavors of Bogotá. Karen Attman, que se fue hace casi 20 años de Filadelfia, promocionaba Permission to slurp, una guía para los interesados en el café. Karen fundó Flavors of Bogotá con la intención de hacer visitas especializadas a tiendas de cafés en la ciudad. “No solo se ofrece la experiencia en inglés, hablamos en español y en francés. Nuestro propósito es difundir la cultura del café que consumimos aquí. Hemos tenido visitantes a los que no les gusta el café y salen entendiendo por qué a nosotros sí”, cuenta una amiga suya. Para Karen, el café significa más que una bebida caliente: posibilita una conexión entre la gente y las culturas, como se puede descubrir en su página www.flavorsofbogotá.com. En la siguiente estación estaba la guía Los 5 sentidos de Bogotá, de pequeño formato


y atractivo diseño, escrita a seis manos por el inglés Richard McColl y las colombianas Diana Guerra y su hija Marcela Zuluaga —de la agencia 5Bogotá— que ofrece un recorrido por las localidades más turísticas de la ciudad: La Candelaria, Teusaquillo, Chapinero “Comercial”, Chapinero “Gomelo”, Quinta Camacho y Usaquén. La guía presenta recorridos por sitios imperdibles, recomendaciones de las bogotanas y del extranjero y hasta “la ñapa” o descubrimiento. Seguimos con Voices of Bogotá, libro de cuentos escrito por Bogotá Writers, un grupo de amigos de diferentes nacionalidades. “Quisimos contar historias de la gente que vive en la ciudad, sus mitos y leyendas, la historia del taxi driver”, dijo Peter Dale, uno de los escritores. Casi al final se encontraba otra de las organizadoras, Victoria Kellaway, periodista inglesa retirada, bloguera y coautora de Colombia a comedy of errors, libro que sorpresivamente gustó entre los colombianos. Victoria quiere exponer aspectos del país distintos a la guerra: “Uno lee en los libros cosas sobre Colombia y es muy difícil creerlas; Gabriel García Márquez cobra mucho más sentido al experimentarlas”, dijo esta amante de la música vallenata, tanto que se casó con un músico vallenato. Y cerrando el circuito estaba Corelia, creada por el estadounidense Jenny Levitt, una marca de jugos carbonatados nacida hace un año,

que juega con el sabor de las especias y las frutas, y que trabaja con pequeñas fincas del Huila vinculadas al programa de sustitución de cultivos ilícitos. Con el de maracuyá, sus productores han querido traer “la experiencia del trópico a Bogotá”, pero con el tiempo esperan consolidarse nacionalmente. Para Richard McColl, coautor de la guía Los 5 sentidos de Bogotá y del podcast Colombia Calling (www.richardmccoll.com/colombiacalling/), lo mejor de esa tarde fue “ver tantas personas creativas, entre extranjeros y colombianos, con sus productos como libros, chocolates, jugos naturales, teatro y fotografías a la venta. Siento que fue una manera de romper barreras que existen en Colombia para que la gente pueda promover sus creaciones”. Y dado el éxito que tuvo, ya que llegaron más de 300 personas, esperan realizar este evento anualmente.

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Otras Culturas

La otra embajada de Corea

Valeria Ortiz Velandia valeria.ortiz@javeriana.edu.co

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Además de la embajada de Corea del Sur, en Bogotá existe otra que no se encarga de asuntos diplomáticos sino de promover la gastronomía y las tradiciones culturales de los coreanos residentes en la capital. En el restaurante Asiari, Asian Cuisine, despacha un embajador pleno de poderes para satisfacer a la clientela oriental y occidental.

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Son las 11:00 de la mañana, aún queda una hora para que Asiari, un restaurante al norte de Bogotá, abra sus puertas a comensales locales y coreanos. Todo luce impecable y Bryan Song, un surcoreano, profesional en comercio exterior, y dueño del establecimiento, supervisa que todo esté en su sitio. Bryan, como decidió llamarse en occidente, llegó a Colombia en 1984, lo que explica su español fluido. Viste un traje negro, perfectamente planchado. Él es el encargado de que Asiari sea el escenario ideal para que los coreanos que viven en Bogotá vuelvan a sentirse como en casa y para que los bogotanos tengan un encuentro memorable con esta nación asiática. El lugar cuenta con dos plantas, en la primera están las mesas para cuatro personas, una

cava, decoración tradicional y un televisor en mute que transmite un partido de fútbol. La segunda planta tiene salones privados cuyas mesas están diseñadas para compartir un BBQ coreano, plato típico en el que toda la comida se pone en el centro y cada quien cocina lo que va a comer. Bryan sonríe y corrobora que en los mejores restaurantes coreanos esto no podría faltar. Los salones de esta planta son cerrados porque a los coreanos, a diferencia de los colombianos, les gusta comer en un ambiente privado y silencioso, sin pantallas ni música; solo hay un timbre para llamar al mesero cuando es necesario. Carolina Urueña, una mesera del lugar, dice que "es bacano" y que no ha tenido que aprender coreano porque la mayoría de lo extranjeros que vienen aquí saben español. Ella solo los saluda haciendo una leve reverencia con la cabeza, y cuando suena el timbre de los salones reservados sube con el mismo respeto y les lleva comida y licores. Song explica, sin enorgullecerse, que en su cultura se bebe mucho alcohol al reunirse en

Cuadros y geishas que decoran el lugar para evocar la cultura japonesa.


la mesa, “una cena sin alcohol no es cena. En términos de trago colombiano, dos coreanos pueden tomarse media botella de aguardiente en media hora”, dice.

Bodas made in Corea Toda la decoración del lugar fue traída de Corea del Sur, desde las mesas y las sillas hasta los enormes cuadros y las lámparas que caen del techo como gotas. Además de un reloj que cuelga y brilla por su detallado trabajo en pedrería, llaman la atención unas pequeñas muñecas que hay en la primera planta. “Mi padre me regaló los dos tipos de muñecas: geishas y coreanas, porque aquí se vende la comida de estas dos naciones a las cuales representan”, explica Bryan. Las geishas, de origen japonés, son inconfundibles por sus elegantes kimonos, la delicadeza de su postura y el blanco extremo de su rostro enmarcado por el pelo recogido. Las otras muñecas, las coreanas, muestran la vestimenta tradicional que se usaba en la antigüedad: el hanbok. El pelo, partido por la mitad, está recogido y el maquillaje es tenue. A diferencia de las geishas, sus vestidos no tienen estampados florales y son más holgados. Bryan señala una pareja de muñecos y dice: “Ese es un matrimonio”. Ambos lucen un hanbok colorido, adornado con símbolos dorados y accesorios tradicionales alusivos a la festividad. “En Corea, las bodas se tienen que hacer con ligereza. Hay unos lugares que se llaman wedding halls donde cuentas con dos horas para hacer todo: la ceremonia, tomar las fotos con la familia y los amigos, y luego se tienen que ir porque viene la siguiente pareja”, cuenta Bryan contemplando los muñecos. Sin embargo, después de esa boda exprés hay una recepción en la que los recién casados pueden interactuar con los invitados y dar rienda suelta a su cultura. Los novios visten el hanbok, como el de los muñecos, y retoman sus tradiciones coreanas, que en las bodas son muy particulares. Asiari ha sido escenario de estas tradiciones coreanas. Para los regalos de bodas “simplemente se da un sobre con dinero”, explica Bryan, “y en la puerta del salón hay un señor en una mesa, encargado de anotar quién entrega

el sobre y de qué valor para que cuando esta persona se case, los anfitriones le regresen el mismo monto”. A pesar de ser una costumbre que encarna la reciprocidad con milimetría, a Bryan le parece que se ha vuelto un compromiso obligatorio y hasta un negocio. Si alguien decide comer en Asiari mientras que ocurre una recepción en el recinto, y de repente escucha gritos como si un karateka rompiera una tabla, debe saber que este espectáculo hace parte de los juegos que realizan los novios con el fin de entretener a los invitados. “Para ver si la esposa quiere al esposo, los amigos de él, le pegan hasta que ella llore; hoy no se dan golpes, pero sí lo molestan o lo ponen en ridículo para ver cómo reacciona ella”, cuenta Song. Hay otro juego que consiste en taparle los ojos al novio mientras que cinco mujeres, incluida la novia, se ubican detrás de él; solo con el tacto de las manos debe identificar cuál es su esposa. En estas recepciones hay más de una docena de platos coreanos para escoger. Aunque sean tradicionales y todo el equipo de Asiari se esfuerce por ofrecer sabores originarios de Corea, los insumos son colombianos, al igual que el resto de trabajadores del lugar.

Muñecos coreanos luciendo el hanbok de boda. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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15.000 kilómetros de Corea del Sur

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La comida que se sirve a modo de buffet incluye varios platos autóctonos, como el bulgogi —delgados filetes de chata, marinados en salsa soya dulce con variedad de verduras a la parrilla— y el champong: una sopa de mariscos con carne de cerdo, espaguetis y variedad de verduras, entre otros. Estos manjares se comen con palitos metálicos, que son los auténticos coreanos.

Paladares opuestos Muñeca coreana con la vestimenta tradicional. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••

A propósito de los palitos, Bryan recalca que hay de tres tipos, los japoneses que son de madera, los coreanos que son metálicos y los chinos, que son mucho más largos y de plástico. “Aquí manejamos los palitos de madera y los de metal”. En los salones privados para los coreanos y en los eventos se usan los metálicos mientras que en el primer piso se ofrecen los de madera. También aclara que hay platos japoneses que se comen con la mano, como el nigiri (la variedad de sushi más popular en el

Japón). Originalmente, el nigiri tiene el wasabi por dentro, se coge con la mano, se unta ligeramente en la salsa soya y al momento de llevarlo a la boca, se voltea para que el pescado sea lo primero que perciba la lengua.

“Aquí los bogotanos no comen con la mano, menos en un restaurante gourmet”, dice Bryan; “además, le echan mucha salsa al sushi e ignoran que eso daña el sabor del pescado”. Relata con gracia que cuando va a otros restaurantes de comida oriental, el mesero le trae el tarro de salsa, aunque los asiáticos no necesitan eso. Definitivamente, el paladar y la forma de comer de los colombianos y los coreanos son totalmente distintas. Por ejemplo, el kimchi —una preparación fermentada a base de vegetales— es una comida muy popular y apetecida por los coreanos; no por los colombianos. Bryan afirma que solo a uno de cada 10 colombianos le gusta este plato donde sobresale la col china. Por diferencias culturales, familiares y sobre todo de crianza, cuando los bogotanos tienen dudas sobre el menú o piden una sugerencia, él recomienda los sushis y platos sin picante. Y es que en Asiari caben todas las culturas y nacionalidades; incluso Bryan impulsa su cultura oriental y practica su religión occidental. Como es cristiano, no abre los domingos y en los individuales de cada puesto se puede leer Psalm 23. No sale el salmo completo ("Jehová es mi pastor; nada me faltará") porque la idea es que los que sientan curiosidad, indaguen de qué salmo se trata. De esta manera, busca que sus comensales abran la biblia, así sea solo por curiosidad. Asiari se ha convertido en un punto de encuentro para disfrutar y explorar la cultura coreana. Muchos niños que practican taekwondo, un arte marcial de origen surcoreano, vienen aquí para profundizar en el origen su práctica, relacionarse con el idioma y la gastronomía. Así mismo, Asiari es un referente para quienes estudian coreano; los aficionados del k-pop o pop coreano y el k-drama, series televisivas de este país, porque no hay duda de que en cuanto entran a Asiari, Corea del Sur deja de estar a 15.000 kilómetros de distancia y se encuentra en cada pared del recinto. Por suerte sigue lejos de la temida Corea del Norte, aunque esté en el norte de Bogotá, en la carrera 18B con calle 108.

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Otras Culturas Costeñas

“Ay, hombe”, canta un madrileño Julio César Galeano julio.galeano@javeriana.edu.co Fotografías: Cortesía del artista

Poncho, vallenato cundinamarqués.

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Poncho toca el acordeón, pero no es acordeonero; ha sido profesor de música, pero nunca la estudió; fue rey, pero en lugar de corona le pusieron un sombrero wayúu y cuando canta una del Binomio o del Cacique prefiere que se escuche la ‘s’ al final de cada nota.

Empuñó el micrófono a los trece años. El público del centro artístico del municipio de Madrid, Cundinamarca, se puso de pie. Siempre le gustó este género, se apretó el cinturón y cantó:

María, María, si no me quieres no me importa, María, yo con quererte simplemente me conformo Aunque no quieras que te quiera he de quererte porque nací para adorarte y te adoro El público aplaudía al Pedrito Fernández de su municipio, y mientras tanto, el viejo Miguel, entre el público, les decía a sus tres hijos que ese era el muchacho que él había estado buscando para consolidar su proyecto. Al viejo Miguel, un exparrandero, el talento que vio en sus hijos y la cantaleta de su mujer terminaron alejándolo de las borracheras, cuando se despertaba con vallenatos de Diomedes y se acostaba con los clásicos de Rafael Orozco, y también dejó un negocio de motos de toda la vida para convertirse en el mánager de la agrupación vallenato-cachaca Los Hijos del Viejo Migue. Se propuso, entonces, que Alfonso Quevedo olvidara a la de la mochila azul y que con unos buenos versos pudiera hablarle de amor a Adaluz, o tan siquiera verla, allá en la inmensidad, donde el maestro Escalona la dejó asentada.

Alfonso no fue nunca más Alfonso, desde ese momento pasó a llamarse Poncho, como el

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menor de los Zuleta, que con su hermano Emilianito hicieron que el vallenato se escuchara en tierras madrileñas, de donde es oriundo el vocalista de Los Hijos del Viejo Migue. “Para que se aprendiera las canciones era complicadísimo porque le gustaban las rancheras; le mandábamos las canciones y no se las aprendía. Cuando se las empezó a

aprender se fue formando el grupo de a poco”, cuenta Miguel, el acordeonero. Después de memorizar las canciones, aprendió a tocar guitarra y guacharaca, trabajó a diario los tres pilares del acordeón: mano derecha, mano izquierda y brazo izquierdo. Aprendió a diferenciar los cuatro aires del vallenato: pulla, merengue, son y paseo, y todo eso sirvió para que cuando no salieran conciertos, Poncho pudiera dictar clases de música vallenata.

El acordeón del diablo Cualquiera que sepa que el cha cun cha es el ritmo que se baila, o que la plata es mejor gastársela en mujeres, bebida y baile, debe saber también que por allá en La Guajira un juglar vallenato derrotó al diablo en un duelo de acordeón, luego de tocarle desde el fondo de su alma una melodía con su instrumento y cantarle el credo al revés. Es precisamente en esta tierra, lejana para un madrileño, donde la voz de Poncho fue calificada con un 95,8 sobre 100 y se convirtió en la mejor del Festival Francisco el Hombre en 2012. El festival seleccionó previamente las 12 mejores agrupaciones del país, entre las que estaba Los Hijos del Viejo Migue en representación de la capital. A diferencia del Festival de la Leyenda Vallenata, en el cual las agrupaciones están conformadas por cantante, guacharaquero, acordeonero y cajero, el de Francisco el Hombre tiene como base la búsqueda de un vallenato con nuevos aires. Los Hijos del Viejo Migue salieron a escena, con acordeón, guacharaca, guitarra, bajo, batería, dos coristas y la voz de Poncho. Él subió a la tarima con una camiseta verde, una mochila cruzada y un sombrero wayúu. Cogió el micrófono y al son de Miguel, el acordeonero, comenzó a cantar. Viniendo de Bogotá, una tierra donde el vallenato es cosa de corronchos, tuvo la valentía de cantar Tierra de cantores, de los Hermanos Zuleta, pero el acordeón no sabe de regionalismos y con un grupo de cachacos también ríe y llora como si lo tocara el mismísimo Alejo Durán, primer rey vallenato. Caminaba por la playa de Riohacha, cansado del primer día de concurso, cuando un

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indígena wayúu se le acercó. Ante la mirada temerosa del cachaco solitario en tierra extranjera, le dijo: “Yo te escuché cantar y tú te vas a ganar este festival”. Poncho superó a Orangel ‘Panguito’ Maestre, de Barranquilla, y al ‘Bola’ Corrales, de Sincelejo. Cuando se anunció que el nacido en Madrid, Cundinamarca, era el ganador porque su voz —así no dijera “compae”, sino “hermano”— había logrado cautivar al jurado y a gran parte del público costeño, las comitivas de los rivales lanzaron algunas frases de rechazo en contra de los cachacos que se habían llevado para “la Nevera” el premio a mejor voz y mejor agrupación del festival. Muchos guajiros gritaban el nombre de Poncho, y él, en señal de agradecimiento, mostraba su premio. La gente, enloquecida, gritaba: “¡Esta es la puya loca, esta es la puya loca, mira que te puya, mira que te agarra”. Y a Los Hijos del Viejo Migue les gritaban: “Cachacos, gracias por venir. Ustedes se merecían ganar esto, el vallenato es Colombia”.

‘Debe’ llegue a esa ventana marroncita, toque tres canciones bien bonitas que a mi no me importa si se ofenden”, cantaba Poncho. “Que yo les canto con el alma para esa linda morenita, de la ventana marroncita a donde duerme mi adorada, de la ventana marroncita a donde duerme mi adorada”, respondía Diomedes Díaz, interpretado por Orlando Liñán. Poncho era el corista de Diomedes en la novela de RCN que contaba la vida del Cacique de la Junta y que se transmitió en el 2015. Poncho ha llevado las canciones de Miguel Morales, Kaleth Morales, Jean Carlos Centeno y Jorge Celedón, entre otros, a Estados Unidos, Puerto Rico y México. Aunque quiere estar con sus dos pequeños hijos, Mariana y Jerónimo, está convencido de que el arte une a los seres humanos y que aunque el tiempo para compartir con su familia es escaso, lo que él hace no solo une a un país, sino a todo aquel que disfruta un vallenato, no por su pronunciación, sino por su sentimiento a la hora de cantar.

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Al lado del Cacique Poncho no ha perdido contacto con Los Hijos del Viejo Migue, pero hace dos años decidió emprender su carrera como solista. Lleva su voz a cualquier parranda que lo contraten, a cualquier festival donde lo inviten, a cualquier canal de televisión donde quieran escuchar su voz, o a cualquier país que se identifique con nuestro folclor, no con la música costeña, sino con la música colombiana. Lo contrataron para un cumpleaños y, transmitiendo toda su alegría, abrazó al cumpleañero y dijo: “Muchas gracias a todos por venir el día de hoy. Felicitamos al señor Roberto en su cumpleaños…”. Y comenzó a cantar: “Mil felicitaciones, Roberto, que cumplas muchos más, que la Virgen te cuide, que te cuide bastante porque yo de mi parte también te cuidaré”. Y al finalizar la canción, Roberto se le acercó al oído y en voz baja le dijo que su nombre no era Roberto, sino Rodolfo. Cuando hizo parte de Los Hijos del Viejo Migue pisó la misma tarima que Silvestre Dangond, Peter Manjarrés y Diomedes Díaz, pero ahora como solista estaba cantando noche a noche junto al Cacique. “Hágame el favor compadre

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Otras Culturas Costeñas

Besos de

NEGRA

En el bar La Aldea en La Candelaria se hizo el primer Festival Distrito Afro que reunió músicas afrocolombianas, de las costas atlántica y pacífica.

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Texto y fotos: Laura Villegas Jaramillo villegaslaura@javeriana.edu.co


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Once grupos musicales pusieron a bailar currulaos, alabaos, chirimías y demás a los asistentes al evento, miembros de la comunidad afro en la capital, que hoy en día, según cifras del Distrito, supera los 100.000 habitantes.

“Todo va encaminado siempre a nuestras raíces, a la música raíz, a nuestros bailes, más que música nosotros estamos encaminados hacia la espiritualidad afro”, dijo Ivonne Orjuela, directora de la agrupación Beso de Negra, que organizó el primer festival y encuentro de las músicas costeras en la capital, el 18 y 19 de agosto. El festival se logró gracias al apoyo del Instituto Distrital de las Artes (Idartes) y a un fondo de autofinanciamiento de Beso de Negra, recogido de los diversos conciertos y actividades culturales que han realizado y que les permite hacer el festival semestral o anualmente. Según Ivonne, la idea es propiciar más encuentros para que quienes llegan de las dos costas, generalmente desplazados, puedan volverse a sentir negros en Bogotá, una ciudad que ha oscurecido sus tradiciones por años.

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Otras Culturas Costeñas

“Agua que entra al cuerpo por los oídos” Texto y fotos: Laura Tatiana Peláez Vanegas l.pelaez.vanegas@gmail.com

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La hija de África

En octubre, en la Casa del Valle situada en el centro de Bogotá, se rindió homenaje a uno de los

instrumentos más lindos del Pacífico colombiano: la marimba de chonta.

Los sonidos están inmersos en la cultura y en los contextos geográficos. La historia de una raza, de un pueblo y de una comunidad puede ser escuchada en su música, cargada de sentimientos, nostalgias y relatos. Para la musicóloga María Jimena Alvarado, la etnomusicología es precisamente eso, comprender la música más allá del sonido. En el Pacífico


colombiano, por ejemplo, los instrumentos recrean la memoria colectiva de una comunidad que llegó hace mucho tiempo y que vivió un proceso de esclavitud. Los africanos esclavizados llegaron a la segunda zona más lluviosa del mundo, a una selva húmeda tropical, donde hay muchos ríos y playas de arena gris; una selva oscura, profunda y misteriosa, como la describe Hugo Candelario González, líder del grupo musical Bahía: “Uno al Caribe lo siente más soliao, más despejao, y así mismo se siente su música. Los instrumentos del Pacífico son diferentes, los cununos, por ejemplo, están tapaos por debajo, los alegres del Atlántico son más abiertos, suenan más brillante. La marimba suena a agua, si ustedes cierran los ojos y yo empiezo a tocar ahorita, van a sentir esa sensación, yo le llamo ‘agua que entra al cuerpo por los oídos’”. La música tradicional no está escrita, hay que escuchar y conocer las historias de los viejos, de los maestros, para apreciar mejor un currulao o un arrullo; hay que escuchar cómo aprendieron, hay que saber cómo se vive en el Pacífico para entender por qué los ritmos de la naturaleza, del mar y de las lluvias están en la música.

el grupo ganó las dos primeras versiones del Festival Petronio Álvarez que comenzó en Buenaventura en 1996.

Nuestra marimba Aunque las Antillas fueron pobladas por africanos, no hay registro de la marimba, ni siquiera en el Perú Negro ni en el Brasil Negro, tampoco en Cuba. Hay teorías que sugieren que la marimba llegó por unos galeones que naufragaron al frente de Esmeraldas (hoy Ecuador) con africanos que no alcanzaron a ser esclavizados y se mezclaron con los indios chachis o cayapas. Sin embargo, todavía no hay consenso en las investigaciones. Tanto María Jimena como Hugo concuerdan en que la marimba de chonta, por la forma de tocarse y por su proceso de elaboración, es hija directa del balafón, un instrumento idiófono y de percusión originado en el continente africano.

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Al compás de la geografía

Hugo Candelario tuvo la oportunidad de crecer con maestros como José Antonio Torres, Guillermo Ríos, Justino García y Silvino, en Guapi, de quienes aprendió que para hacer una marimba hay que cortar la palma de chonta y la guadua en menguante —siempre en menguante— para que la sabia y el agua estén abajo, mientras que hay que afinarla cuando la marea esté alta. También aprendió que no hay nada mejor para secar la madera que el humo de un fogón. Y aunque no alcanzó a grabarse la afinación original, porque a los once años salió de Guapi para Bogotá, esa nostalgia y ese recuerdo lo persiguen a la hora de componer sus canciones.

Vuelve otra vez la fuerza de la geografía: si un pueblo está cerca del mar, su canto es más duro y repica más; si está en monte o selva adentro, su canto es más suave. Así, en Timbiquí, que es el territorio minero con mayor población afrocolombiana, el sonido es más cadencioso y con más lamento; en Guapi, Cauca, hay una fuerte influencia afro, pero al tener más mestizaje, se acelera la música, como en el Atlántico; en San Basilio de Palenque el bullerengue es cadencioso, mientras que la cumbia y el porro, de territorios más mestizos, van más rápido. Finalmente, en Buenaventura el sonido se transforma porque es un territorio poblado por gente de Chocó, Timbiquí, Guapi y de otras partes; es un puerto con otro sonido.

Fundó su grupo Bahía en 1992 para rendirle homenaje a la música del Pacífico colombiano; y su primer álbum, Con el corazón cerca de las raíces, fue lanzado en 1998. De ese álbum salió su canción insignia: Te vengo a cantar. Y tienen cuatro discos más: Cantaré (2001), Pura chonta (2005), Pura chonta recargado (2008) y Mulataje (2010). Además,

María Jimena tiene razón, apenas se escucha el sonido de la marimba de chonta, todo el público lo siente, es un instrumento que genera identidad. La marimba representa esa costa mística al occidente colombiano. La hija de África representa esa manifestación cultural que solo se preserva cuando hay gente tocando, aprendiendo y sintiendo.

Marimba de chonta. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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Otras Culturas Costeñas

Salsoteca rola con altura Tiffany May y Stefanía Montaño t.may@javeriana.edu.co, stefim27@gmail.com

Un social con altura es un evento que se realiza una vez al mes en la discoteca Revolution Bar del norte de Bogotá, con más de 50 asistentes en promedio, en un espacio que de 8:00 p. m. a 2:00 a. m, y por $15.000 permite la experimentación rítmica con la salsa.

B Básico

Los cuerpos comienzan separados. Se ubican en las diez mesas situadas en ambos costados. Hay una consola, una barra, cuatro pantallas y una tarima. Las mujeres cambian las botas por sandalias y los hombres dejan de lado los sacos. Pasan al centro y dirigen la mirada al frente. Carolayn Romero asiste desde 2016 al Revolution Bar, situado en la calle 74 con carrera 15. Sube al tablado para enseñar en hora y media dos o tres coreografías. Viste una falda verde oliva y una camisa de encaje blanca. Finalizada la rutina y mientras sostiene una botella de agua, cuenta: “Empezamos a traer a todos los alumnos de la academia para que tuvieran un espacio para practicar e integrarse”.

El propósito principal del evento es la integración, la mezcla de un ocasional encuentro con amigos y la precisión técnica que requiere la composición de un baile. Permite juntar horas de danza al son de salsa y otros géneros como la bachata en un espacio cómodo que le da cabida a la socialización. Un social con altura es una gran pista de suelo brillante que recibe bailarines desde el menor hasta el mayor nivel.

Pase piqué Con poca timidez, inicia la imitación. Punta, talón, pico de garza y Suzie Q, son algunos de los pasos que conforman la coreografía. De fondo se escucha La güera balín de Oscar D’León. Con ritmo y coordinación se compone una especie de show. Luces rojizas, pista de madera, bola de cristal y algunos ventiladores asemejan el espectáculo a la clásica escena de baile en el gimnasio del musical West side story. La intensidad de los pasos aumenta el interés y el empeño de los bailarines, que mantienen la mirada en los movimientos de los instructores, sobre todo en sus pies. Germán David Ortiz, egresado de la Universidad Sergio Arboleda,


decidió iniciar en diciembre de 2016 Un social con altura. ‘‘Vi la necesidad de tener una oferta de salsa y de rumba para bailarines, que esté metida en un buen círculo social y que tenga una imagen profesional para que ayude a desestigmatizar la ciudad”, dice David mientras elige la próxima canción para el público entre una lista que conserva en su computador. El salón no solo está colmado de bailarines profesionales, también se ven caras de extranjeros. Desde Washington, Zack, un rubio alto de ojos azules que acude al lugar gracias a la recomendación de un amigo que frecuenta la pista. Se limpia el sudor, producto del esfuerzo y dice: “Es demasiado divertido, esto es impresionante. Yo nunca he bailado ritmos latinos, nada de salsa. La bachata es un poco más fácil, mis amigos me han enseñado un poco, pero es todo nuevo’’. Pierre Emmanuel, más conocido como Pilou, lleva dos años en Bogotá y es el representante del género kizomba en la ciudad. “La kizomba es un baile de África que viene de Angola, se baila desde comienzos de los años ochenta, y estamos trabajando para dar a conocer este género en la capital”, afirma el francés de tez morena después de cambiar su camisa empapada de sudor por una limpia. Cindy, proveniente de Taiwán, va por sexta vez a Un social con altura. Asiste junto con su profesor de salsa y algunos amigos. “Yo pienso que como en Colombia y en toda Sudamérica la gente baila bastante, entonces estoy aquí para aprovechar el tiempo y para aprender cómo es”, dice Cindy. La taiwanesa es experta en bachata y baila con algunos profesionales que ya reconoce dentro del círculo de bailarines. Los tres extranjeros descubrieron que no solo en Cali se baila salsa, también la pueden encontrar en la capital del país. Una comunidad experta en el género, con pasión e innovación complace a los asistentes en una sesión de danza y les da la oportunidad de crear nuevos lazos.

Un social con altura A la espera de una pieza, las mujeres aguardan sin perder el ritmo. Parece que se conocen desde hace tiempo. Al bailar, la conexión es exacta, la

escena es ambientada con música, pero ellos son los protagonistas. Enlazados y nunca dispersos. La técnica y el estilo son diferentes en cada pareja; sin embargo, todos tienen un toque sensual que los hace ver coordinados. Ya no hay nervios ni rechazos, la integración se hace efectiva. Los de la derecha ya no están en su lugar, los de la izquierda dejaron sus asientos. Ya no hay un grupo de amigos, todos son amigos. Todavía hay algunos que solo supervisan los pasos y la dinámica, aunque quieran bailar. Las parejas iniciales se disuelven, justo a tiempo para reconocer a otros que los atraen por su baile, por su técnica. Las pintas de la noche no coordinan. Unos usan camiseta, otros camisa; algunas de ellas están en vestido, otras en pantalón. Un señor, de unos cincuenta y tantos, profesor de matemáticas, baila con una estudiante de derecho; al lado de ellos baila una pareja de esposos de Cali que no se suelta en ningún momento. Enseguida está un extranjero tomado de la mano de una chica que con paciencia y gracia le enseña cómo debe cambiar el pie en una canción de bachata. La experiencia abarca un escenario de rumba y de aprendizaje cautivador, los asistentes se antojan de aprender más, dejan atrás miedos y se empoderan de un género extraordinario y célebre de Colombia. “Es muy gratificante enseñarles a todos los que empiezan de cero porque se ve el avance y salen muy agradecidos”, afirma Carolayn. Después de una noche donde los asientos fueron solamente acompañantes de las mesas vacías, las manos y pies de los asistentes no tuvieron reposo. La transpiración fue tan notoria como la satisfacción en los rostros de los bailarines. Y así como en las mesas se vieron pocas cervezas, en la pista nunca coincidían más de dos veces las mismas parejas. Y solo hay que pagar $15.000 por esta prolongada diversión que, encima, descuenta calorías. Observando en un extremo de la tarima a los asistentes y profesores, mientras practican algunos pasos, David asegura: “Un social con altura ha demostrado que Bogotá sí puede bailar salsa, no es solo Cali o el Caribe.

Carolayn Romero, profesora de salsa.

Cindy, de Taiwán.

Pilou, bailarín de kizomba.

Bailarines y aprendices de salsa.

Zack, estadounidense.

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Otras Culturas

El colegio del ajiaco y la matzá* Tyla Kellogg Gleiser tkellogg@javeriana.edu.co

Comedor del CCH "Beit Yehuda".

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En el Colegio Colombo Hebreo los estudiantes viven experiencias de multiculturalidad y aprenden a sentirse orgullosos de su doble identidad, como lo testimonia la autora de este artículo.

C

Cada vez que paso por el puente de la calle 153 con autopista Norte me acuerdo de muchas cosas. Al fin y al cabo, es la ruta que tomaba todos los días desde kínder hasta cuando me gradué del Colegio Colombo Hebreo.

El Hebreo es muy especial para todos sus alumnos, exalumnos, padres de familia, profesores y trabajadores porque es mucho más que un colegio: es el hogar de la juventud de la comunidad judía de Bogotá. Como lo dice el gran rabino Alfredo Goldschmidt, el colegio es “el pilar de la comunidad de Colombia”. Daniel de la Zerda, presidente de la Junta Directiva del Hebreo desde 1992 hasta el 2000, dice que la necesidad de una institución en la cual se pudiera forjar la identidad judía fue la que impulsó la creación del colegio en 1948. Desde entonces, el colegio ha afianzado los vínculos con las demás instituciones judías de la ciudad y del país. Si bien cada una es independiente, tienen lazos muy estrechos. Los estudiantes y el personal del Hebreo están en constante comunicación con las sinagogas, el Carmel Club Campestre, el Beit Avot (ancianato)


Estudiantes del Hebreo en la Sinagoga.

y los otros colegios judíos de Colombia, con el fin de realizar actividades que reúnan a la juventud con el resto de la comunidad.

¡Lo mejor de ambos mundos! Desde que entré a la universidad me he preguntado muchas veces cómo sería yo si me hubiera graduado de un colegio distinto. Siempre llego a la conclusión de que no sería la misma, porque el colegio me inculcó los valores del judaísmo y el sionismo; me enseñó a estar orgullosa de mi religión y a no temerle a la diferencia. Jorge Alberto Mejía, rector actual del colegio, se encarga de que la identificación con Colombia esté siempre presente en los estudiantes. Más allá de tener nuestra comunidad, es muy importante aprender a apreciar el país que nos ha brindado un lugar para vivir en paz y sin ningún tipo de restricción. A pesar de que Colombia ha pasado por situaciones muy difíciles, siempre nos hemos sentido en casa. Me di cuenta de que fue en el colegio donde entendí que ser un

judío colombiano es algo excepcional porque no hay nadie más como nosotros en el planeta. ¡Tenemos lo mejor de ambos mundos! No muchos jóvenes pueden decir que el martes en la cafetería comieron bandeja paisa y que el miércoles almorzaron falafel* con hummus*. No solamente recibimos clase de física y filosofía, también aprendemos hebreo y religión, espacios que permiten una conexión más espiritual con los estudiantes. El Hebreo no sería lo mismo sin sus horas semanales en las que los morim* y morot* y los rabinos nos enseñan desde las cosas más simples hasta las más trascendentales de nuestra fe. La mayoría de los alumnos sienten un amor profundo por su colegio, ya que este les brinda todas las herramientas necesarias para crecer y volverse personas solidarias y empáticas. Shanna Gleiser, estudiante de tercero de primaria, dice que está muy contenta de estudiar ahí porque “aprende hebreo y cosas muy importantes de la religión”. Pero principalmente, el Hebreo es multicultural. Del colegio se han graduado algunas

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EN

2018,

Israel y el Colegio Colombo Hebreo cumplirán

70 años

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1.400 graduados en 7 décadas

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30

personas que no profesan la religión. Actualmente, el 10 % de sus alumnos no son judíos. Santiago Pedraza cree que en su vida escolar aprendió a ser más tolerante con los demás. “Kabalat Shabat* con el rabino, Sucot*, Iom Haatzmaut* y todos los rituales hacen que uno cambie de perspectiva porque uno se apropia de ellos, así no haga parte de la religión”. Comer matzá en Pesaj* y manzana con miel en Rosh Hashaná* son tradiciones que muy pocas personas conocen, pero todos los que han pasado por el Hebreo entienden y aprecian. Bailar rikudim* cantar melodías tradicionales, guardar el kashrut*, recordar momentos difíciles para nuestro pueblo, celebrar los festivos, hacer bar y bat mitzvah* y comer lo típico para cada festivo no sería lo mismo sin compañeros que lo compartan. Haber corrido al coliseo para ensayar los bailes y las canciones para el acto de Iom Haatzmaut* fue único, así como almorzar en la sucá* con olor a pino fresco. Pero nada se comparar con haber ido a la oficina del rabino incontables veces, abrir su cajón y sacar chocolates Lindt o Max Brenner. También fue muy especial escucharlo tocar Erev shel shoshanim, Od lo ahavti dai o Noladeti Lashalom en su acordeón por los pasillos mientras estábamos en clase de matemáticas. Estas canciones quedarán en nuestra memoria para siempre, y cada vez que las escuchemos, nos acordaremos de estos escenarios. Esta música es especial para nosotros porque, además de oírla en el colegio, la escuchamos mucho en nuestras casas, ya que son letras que unen al pueblo: todos los judíos alrededor del mundo las conocen. Además, no tienen diferencias generacionales, como el rock o el pop; abuelos y nietos las cantan al tiempo. En el 2018, Israel y el Colegio Colombo Hebreo cumplirán 70 años. En estas siete décadas, el colegio ha graduado aproximadamente a 1.400 estudiantes, todos con un fuerte sentimiento de pertenencia a la institución. Algunos de sus exalumnos más notables son Moisés Wasserman, Azriel Bibliowicz, Simón Brand, Mike Cusnir, Yonatan Bursztyn, Jorge y Mark Rausch. Será una celebración para demostrar lo importante que son la unión y la fuerza de las generaciones que van pasando

para vivir como comunidad y como pueblo. La presentación de Iom Haaztmaut* estará a cargo de los estudiantes y tendrá como objetivo reunir a toda la comunidad y asegurar el sentimiento de permanencia.

Glosario: Bar y bat mitzvah: ceremonia que celebra la mayoría de edad en la religión. Para los hombres (bar mitzvah) es a los 13 años, mientras que para las mujeres (bat mitzvah) es a los 12. Falafel: bolitas fritas de garbanzo que se comen con pan pita, uno de los platos típicos de Israel y del mundo árabe. Hummus: puré de garbanzos que se condimenta con sal, ajo, jugo de limón y aceite de oliva y que se sirve como acompañamiento del falafel. Iom Haatzmaut: Día de la Independencia de Israel. Kabalat Shabat: es el momento del rezo de la noche del viernes en la que se le da la bienvenida a Shabat, el último día de la semana, que recuerda el fin de la creación mediante el descanso. Kashrut: normas alimenticias de la religión. *Matzá: pan ácimo, parecido a una galleta de soda, que se consume en Pesaj para recordar lo que comieron los judíos cuando salieron de Egipto. Morim: profesores Morot: profesoras. Pesaj: festivo religioso en el que se recuerda la esclavitud y el éxodo de los judíos de Egipto. Rikudim: danzas típicas israelíes. Rosh Hashaná: festividad del año nuevo judío: su traducción literal al español es “cabeza del año”. Sucá: cabaña de al menos dos paredes completas con techo de materia prima sin terminar (como ramas y hojas de pino), para recrear la vida judaica del Éxodo. Se hacen las bendiciones y se agitan las cuatro especies (etrog, lulav, hadás y aravá). Sucot: festivo religioso en el que se recuerda que los judíos deambularon por el desierto durante 40 años.


Muerte Tóxica por el metal Juan Francisco Vargas vargasjuan@javeriana.edu.co Fotos: Cortesía Muerte Tóxica

E

Es difícil vivir del metal en Latinoamérica. A decir verdad, casi imposible. Cada año salen decenas de bandas que tocan este género en nuestro continente, y los ejemplos de éxito comercial se pueden contar con los dedos de las manos.

Muerte Tóxica es una banda venezolana de metal que se vino con su música a Bogotá para huir de las dificultades de su país y aprovechar las posibilidades de la capital colombiana. Su próximo destino será Argentina.

Muerte Tóxica es una agrupación de metal originaria de Caracas. El proyecto nació con Johancy Serrano, vocalista, y Jhonattan Ruiz, baterista —ahora mánager de la banda—, en 2009, luego de que ambos se conocieran en una banda de rock llamada 9 Minutos. “Poco a poco nos fuimos dando cuenta de que nuestra influencia era más por el lado del metal y decidimos iniciar Muerte Tóxica con el bajista Yordan Hernández, al que arrastramos de nuestra anterior banda”, cuenta Johancy, un muchacho de pelo largo y piel morena llena de tatuajes. La formación se completó con el guitarrista Anderson Daza. Más tarde, se incorporó a la agrupación el guitarrista Jesús Contreras. La banda tuvo su explosión en el 2011 y, a partir de ahí, empezaron a proyectarse por lo alto. Hicieron alrededor de 30 conciertos en Venezuela desde 2011 hasta este año, según cuenta Jhonattan. Desde entonces, empezaron a mirar la posibilidad de venir a Colombia, en parte debido a la experiencia que acumuló Jhonattan al trabajar como roadie (personal de apoyo en las giras musicales). “Decidimos


venir a Colombia porque básicamente es como un trampolín. A pesar de que haya situaciones similares a las que ocurren en Venezuela, aquí igual hay público”, dice Johancy.

El impulso de la represión Claro que la crisis actual de Venezuela influyó bastante en la decisión de Muerte Tóxica porque los padres de Jhonattan se vinieron para Bogotá, y él se sumó al exilio. “Ha sido duro continuar con mi trabajo de roadie, pero poco a poco se me han ido abriendo las puertas”, dice Jhonattan, quien ha tenido la oportunidad de trabajar en algunos conciertos grandes, entre ellos uno de Fulanito, agrupación de merengue, en Cúcuta. Y fue Jhonattan quien el pasado mes de abril convenció a la banda de venir a Colombia a “echarle bola” a su proyecto musical. Pero no todos pudieron viajar, y como Jesús Contreras tuvo que quedarse en Caracas, Juan Monsalve entró a ocupar su puesto como guitarrista. Jhonattan cedió su puesto de baterista a Leonardo Quiroz, también venezolano, y la formación de la banda se ha mantenido estable hasta hoy, aunque Yordan, el bajista, tuvo que regresar a Venezuela.

Es claro que Muerte Tóxica no es la típica banda de metal. Su trabajo, entre el que encuentran dos videoclips en YouTube con más de 4.000 visitas cada uno, no se puede enmarcar en un subgénero exclusivo del metal, sino que recoge elementos del thrash, el groove y el metalcore. Incluso mencionan influencias del hard rock y del rock progresivo. Esto los ha llevado a clasificarse dentro de una denominación propia que ellos denominan toxic metal. Y ese estilo propio les ha permitido encabezar eventos en varias ciudades, como Manizales, Pereira, Duitama y Bogotá.

Bienvenida la música pesada

Aunque Jhonattan insiste en que la banda ha tratado de ser lo más apolítica posible, sí han incluido elementos de crítica y denuncia política sobre la situación de Venezuela en algunas de sus canciones. Esto se puede ver en Resistencia, una de sus canciones más conocidas, en donde critican duramente el régimen de Nicolás Maduro y la represión violenta que ha llevado a cabo; así mismo, busca dar un mensaje de esperanza a las personas que siguen luchando por el país. La banda incluso se ha hecho amiga de algunos exiliados que actualmente viven en Bogotá.

Los integrantes de Muerte Tóxica no son los únicos músicos venezolanos que han venido a Bogotá a probar suerte. Según Jhonattan, hay muchos músicos venezolanos de todos los géneros en Bogotá. Pero en el ámbito de la música pesada, menciona dos bandas en particular, Deus Ex Machine y Verminius.

Y si bien agradecen la acogida que han tenido en Bogotá, el plan de la agrupación es seguir viajando. “Nosotros luego queremos ir a Ecuador, eventualmente a Chile, pero deseamos establecernos en Argentina porque allá la movida está mucho más profesionalizada, hay más espacios para las bandas”, dice Johancy.

Sin embargo, los músicos en Bogotá ni en América Latina la tienen fácil. “Existe una situación complicada en toda Latinoamérica. Por el hecho de ser una banda reciente, no quieren pagar el trabajo; tampoco se tiene mucha noción de producir eventos. Hay algunos organizadores que han cumplido con lo que nos han prometido y eso nos ha sorprendido gratamente, pero no son todos”, dice Jhonattan. Esto los ha obligado a buscar otras

A estos jóvenes venezolanos no parece asustarles las duras condiciones de los músicos de este género en Latinoamérica, ni tener que salir de su país para afrontar su sueño. “Yo fui el primero en decirle a esta banda que no nos íbamos a quedar encerrados en una sala de ensayo”, cuenta Jhonattan. “Si Slayer lo pudo hacer, ¿por qué nosotros no? Y Tom Araya, el vocalista, es chileno. No es imposible vivir de esto, y queremos hacerlo”.

“Fue gracias a Omar Velasco Omaña de República del Rock en Cúcuta, que pudimos organizar un primer evento en esa ciudad donde nos recibieron muy bien”, dice Jhonattan.

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fuentes de subsistencia. “Actualmente, para autogestionarnos, Leonardo, el baterista, y yo estamos trabajando en la sede de Cocheros de la calle 97, y Jhonattan en Rappi. Así es como nos vamos autogestionando porque en América Latina la gente está más acostumbrada a los ritmos latinos”.


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Otros Rituales

La paz que pasa por la henna Texto y fotos: Laura Marín Castañeda lmarinc@javeriana.edu.co

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De cualquier lado

Las primeras apariciones de piel humana marcada con henna se remontan más de cinco mil años, en el mundo asiático. Ahora Bogotá acoge la tradicional práctica artística conocida como mehndi.

La mayoría de las personas sabe qué son los tatuajes, pero pocas conocen las raíces del mehndi y menos aún que desde hace aproximadamente cinco años esta práctica ha tomado fuerza en la capital.

La palabra tattoo se deriva del término polinés tatoua, que significa marcar la piel. La expresión combina las palabras ta, ‘piel’, con atoua, ‘mente’; es decir, en una palabra se lleva a cabo la comunión entre el espíritu y la piel. En muchas culturas antiguas, la conexión entre mente y cuerpo ha sido sinónimo de paz, esa utopía a la que aún aspira la humanidad; la henna como vínculo de esa paz es aún considerada magia pura y sagrada en la India.

Del lado de allá Mehndi es el término en lengua hindi que da nombre a una tradición popular de la India, consistente en grabar temporalmente hermosos diseños, hechos con extractos de henna, en el cuerpo de las novias dos días antes de casarse. Los primeros registros del mehndi datan del siglo XII y los rituales surgidos alrededor del tatuaje varían en función de la religión que profesen los futuros esposos, que generalmente pertenecen al hinduismo o al budismo. Los más comunes suelen ser el dibujo de los diseños en las manos de las mujeres de la familia del novio y esconder las iniciales del futuro esposo en medio de los trazos. También es usual, especialmente en las familias de bajos recursos,


Seeta, menos conocida como Amalia Ramos.

que no pueden asumir altos costos de los matrimonios, que los trazos de henna reemplacen el uso de las joyas durante la ceremonia nupcial. Las líneas en la piel de las mujeres tienen un significado profundo: cada punto, cada trazo representa algo diferente; no hay lugar para el azar y tampoco cabe la improvisación. En el mehndi el mensaje oculto es tan importante como la estética. Por ejemplo, las plumas del pavo real simbolizan la belleza de la novia y de la unión naciente, mientras que el tablero de ajedrez es una metáfora del juego de la suerte que refleja el matrimonio y los capullos hacen alusión al nacimiento de una nueva etapa en la vida. Por mucho que varíen los métodos y los rituales de aplicaciones del mehndi, sus consecuencias son únicas en India: la novia pintada con la planta sagrada recibe la bendición mientras le duren los diseños, lo que la pone en el centro del consentimiento familiar y la exime de cualquier labor doméstica. El mehndi es una práctica que atraviesa y da cuenta de la religión, las creencias y la cosmogonía del pueblo indio.

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Neela es un pequeño pedazo de Oriente al norte de Bogotá, atendido por su dueña, Seeta, que significa ‘mujer sencilla y humilde’. Al ingresar al local —ubicado sobre la calle 140, a la altura de la carrera 15—, las telas, los colores, la música y las esencias aromáticas transportan al visitante a la India sin haber cruzado la calle. El término Neela significa ‘azul’, el color de la prosperidad y la opulencia en la cosmogonía hindú. Toda la materia prima que se utiliza en el local es traída directamente de la India por los creyentes Hare Krishna —religión que también profesan Seeta y su familia—, quienes peregrinan anualmente a la India para meditar. Seeta es una joven madre cuyos ojos verde oliva resaltan en su piel morena. Su nombre espiritual se lo puso un gurú cuando ella vivió en el templo Hare Krishna de la calle 32 con Caracas, donde aprendió el arte del mehndi. Su nombre civil es Amalia Ramos y es estudiante de último semestre de Artes en la Universidad de Los Andes. Sobre el mehndi, Seeta asegura: “No todos los diseños tienen significado, pero lo que sí tiene significado es la planta porque uno se puede hacer hasta el escudo de Millonarios, pero la henna ya tiene una lectura especial. En la India la utilizan para recibir bendiciones en todos los proyectos nuevos que uno emprende, entre ellos el matrimonio, el más importante de todos”. Más adelante, Amalia explica que los lugares más importantes del cuerpo de una mujer para poner henna son las manos y los pies porque las primeras simbolizan el contacto con la gente —los iguales—, y los segundos, el contacto con la tierra —los superiores—. Así, al traer bendiciones por medio de la henna la creencia popular hindú augura relaciones llenas de prosperidad, amor y paz. Aunque los rituales de aplicación y las prácticas que se dan alrededor del mehndi pueden variar y perder algunos sentidos autóctonos en su recorrido de India a Bogotá, en Neela se respira tranquilidad y armonía. Tal vez eso sea lo más importante, el mehndi como tradición ancestral que busca traer

serenidad a quien lo practica, reuniendo su cuerpo y su mente, un principio hindú básico en la búsqueda de paz interior que también está presente en el yoga y la meditación, prácticas que comienzan a extenderse en nuestra sociedad, tan necesitaba de paz.

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Otros Rituales

Rap al Parque... Nacional Pedro Vergara vergara.p@javeriana.edu.co Fotos: María Paula Murcia

Desde principios de 2017, tres amantes fervientes de la cultura hip hop empezaron a armar batallas de gallos —peleas de rap a lo 8 Mile, la película de

Eminem— y la gente empezó a asistir religiosamente cada jueves a Tres Parques para ver y oír las peleas que luego se trasladaron al Parque Nacional.

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Desde finales de enero de 2017, Sebastián Pérez, conocido como ‘Corinto MC’; Ómar Bernal, ‘Hamcl’; y Nacho empezaron a plantarse todos los jueves desde el atardecer hasta media hora antes del cierre de Transmilenio en Tres Parques, en la calle 42 sobre la carrera 13, con un pequeño parlante, un micrófono y un combo bravo de freestylers, mejor dicho, los que practican el estilo libre del rap. Como este parque era el punto de encuentro de muchos estudiantes para matar el tiempo, no hubo necesidad de un bombardeo publicitario; la voz se esparció como pólvora y cada vez eran más los espectadores curiosos.

—Oe, ¿sí pilló que ahora hay peleas de rap en Tres Parques? —¿A lo bien? ¡Camine! El trío se hace llamar RimaSeré, un juego de palabras con rinascere, que significa ‘renacer’


en italiano. Poco a poco han ido agregándole detalles para mejorar la escenografía. Hace unas semanas montaron un cuadrilátero como los de boxeo con cuatro tarros de pintura rellenos de cemento y cuatro pancartas con el nombre del colectivo y una ilustración; además, están trayendo una campanita para indicar que el tiempo de batalla se acabó, tienen mejores parlantes, dos micrófonos y cada vez traen jurados con más peso y credibilidad en la escena.

Dice que soy un disparate… ¡Primera vez que me toca freestylear contra un primate! En esto, panita, te hago jaque mate. Tranquilo, mico, ¡ya le tiro su cacahuate! ¿Cómo funcionan las jornadas? Desde las 6:00 de la tarde hasta las 7:30 de la noche se realizan las inscripciones para los interesados en participar; el costo es de $5.000. En ese lapso hacen peleas de exhibición para “soltar la garganta” y entretener al público mientras va llegando. Luego del cierre de las inscripciones empieza oficialmente el torneo. En las primeras fases se suelen llamar dos o tres participantes para que demuestren sus habilidades con las

líricas. Usualmente, son tandas de cuatro u ocho versos, se rota el micrófono, y así hasta que Corinto, el presentador, toque la campana. Los jurados deciden al ganador teniendo en cuenta la originalidad de la lírica, lo atractivo de la métrica, que no se haya pasado de los versos permitidos, y que en verdad rime. Si hay empate, generalmente pedido por el público, hay réplica, y así hasta que salga un ganador. ¡A veces pasa que hay hasta cinco réplicas en una batalla!

Esta vaina detona se lo digo a la banda que el Chompy nunca perdona la letra él nunca la abandona díganme, ¿esto es una batalla, o me pusieron a comer lechona? Esto funciona como una liga de fútbol: el ganador gana ciertos puntos, el segundo y el tercero también, y esos puntos al final deciden el ganador mensual y el anual. El que gana la jornada, además de cosechar prestigio, se lleva una camiseta y una ilustración hecha por Hamcl. El campeón anual gana un cupo para representar a Colombia en algún torneo

Entre las 6:00 p. m. y las 7:30 p. m. se hacen las inscripciones a

$5.000 por participante

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internacional de rimas. ¿Cómo van a costear eso? Ahí están rebuscándoselas con patrocinios que, gracias a su arduo esfuerzo, están llegando uno a uno.

Migración al Parque Nacional Aunque este torneo bogotano empezó en Tres Parques, luego del sinfín de quejas de los vecinos y varias apariciones de la Policía, les tocó moverse al Parque Nacional, más específicamente al monumento a Rafael Uribe Uribe. Ahí no molestan a nadie; de hecho, hace rato sacaron permiso con las autoridades competentes para poder realizar la actividad. Tienen acompañamiento de los uniformados e incluso ¡algunos se meten en el cuento y empiezan a mover la cabeza y a gritar con el público! Claro, les toca regular a las personas que fuman marihuana, toman trago y dejan las motos parqueadas por ahí, obstaculizando a los peatones. Afortunadamente, la gente colabora porque saben que este espacio es necesario para borrar ese estigma inmundo de que el rapero es un vicioso, maleante, bueno para nada.

A mí no me maltrata puedes vestirte bien, pero eso no te quita lo rata

este niño rata dice que hace rap, pero en el fondo sabe que escucha bachata. La bola de nieve crece cada vez más. En los últimos meses están asistiendo en promedio unas 200 personas al Parque Nacional, y se fue sumando más gente al parche —ahora tienen a Ismael, el community manager; Paola, la directora administrativa, y Angie, la representante legal—, también venden desde comida hasta tabacos de Santander para costear el viaje del ganador que representará al país en el exterior. Mejor dicho, esto hace rato pasó de ser un plan para tres gatos con un parlantico a ser una organización cada vez más seria y prestigiosa que se codea con el gran caudillo liberal en el Parque Nacional. La invitación que nos extienden los RimaSeré es que, si nos pica el bicho de la curiosidad, vayamos a ver cómo es una gallera de las frías calles bogotanas y a conocer realmente al rapero y al simpatizante de la cultura hip hop, que puede ser desde el estudiante gomelo hasta el que se rebusca lo de la comida en Transmilenio. Eso es lo que uno ve: un extenso grupo de estudiantes con maletas Jansport, vendedores de dulces y cigarrillos, padres de familia, trabajadores de la zona —hay uno de Servientrega que es fiel al parche—, secretarias, en fin, un ‘sancocho de gente’ que supo dejar atrás el prejuicio para pasar una noche de rimas y beats que calientan el cuerpo.

No rezo porque soy ateo dime el Elegido, dime Neo parece que necesitas la pastilla de Morfeo porque al rapear, te sale muy feo.

Glosario: *Akas (also known as) son los alias o nombres artísticos que usan los participantes . Freestyle, en el hip hop, hace referencia a la improvisación de las rimas en el momento, o sea que no hay nada escrito. Una pelea de freestyle es cuando dos o más raperos improvisan rimas y lo que caracteriza esto es que dependiendo de lo que vayan rimando, salen los próximos versos para asegurar que nada está escrito y todo es auténtico.

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Otros Rituales

Una devoción con pitos y flautas Texto y fotos: Luisa Fernanda Ladino Quintero luisa.ladino@hotmail.com

Entre mantras*, danzas, comida vegetariana y ascetismo, los krishnas —que cada vez son más en la ciudad— se reúnen para rendir un festivo culto a su deidad. De los cuatro templos que hay en Bogotá, visitamos el de la avenida Caracas, el más concurrido.

En la avenida Caracas, una de las más caóticas de la ciudad, enfrente de la estación Profamilia de Transmilenio, se encuentra el templo de Srila Harijan Maharaj. Al llegar, lo primero que se alcanza a ver desde una ventana alta de esta casa amarilla son fieles bailando una danza sagrada. A la entrada, custodiada por dos elefantes de tamaño mediano, hay una venta de libros sobre vegetarianismo y yoga e inciensos y porcelanas en una mesita. Al costado derecho, un pasillo conduce al restaurante en el que venden todo tipo aromáticas, quinua y otros productos sanos.

E

—Mucho gusto, soy Preim Avatar Das —se presenta quien está a cargo de la prensa.

Moreno, de 1,70 metros de estatura, gafas, brackets, saco Pull & Bear y zapatillas Vans; nada de túnica color azafrán y cabeza rapada con sikha*. Me invita a seguirlo hasta un cuarto semejante a un baño enchapado, con racimos de flores dentro de un balde. De allí pasamos a un cuarto con el letrero “Templo” en la entrada. Allí veo imágenes sagradas en las paredes, y en los dos costados opuestos, altares con fotos de los maestros espirituales más representativos, así como incienso y figurillas sagradas. Me hacen quitar los zapatos, tocar una campana, sentarme en un cojín sobre una estera en medio del cuarto.

—Ahora sí —dice Preim, y empieza a contar que conoce el templo desde 2007, pero que solo a finales de 2015 tomó la decisión de iniciarse. El nombre de su maestro espiritual de iniciación es larguísimo y casi imposible de escribir. Se enteró de los krishna por un folleto que le entregaron en la calle y un programa sobre la Revolución de la Cuchara*. Aunque parece tímido, se esfuerza por dar la información.


La iniciación Entre las prohibiciones de este culto se encuentran las relaciones sexuales cuando no tienen un fin procreativo, la carne, los huevos, los juegos de azar y, por supuesto, el alcohol y las drogas, que envenenan el cuerpo. “Principios sencillos que no son imposibles de cumplir, pero la idea es seguirlos poco a poco; además, es algo que va dentro de uno”. Preim admite que en el proceso de iniciación hay que sacrificar cosas de la vida cotidiana. Arriba: A la derecha del grupo, Preim, quien se inició en 2015. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• 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El proceso se realiza cuando una persona adquiere un nombre espiritual a partir del seguimiento que hace con el maestro. Entonces celebra una forma de bautismo con el propósito de cambiar su vida.

En su vida diaria es ingeniero civil, trabaja en la Empresa de Acueducto de Bogotá y, además, es profesor de la Escuela Colombiana de Ingeniería. Al hablar sobre el desapego a las cosas materiales, explica que es normal tener un trabajo y crecer profesionalmente, pero que existe también “el compromiso con el templo, cumplir con las cosas espirituales”. Al comienzo les recomiendan vivir en el templo, pero no es una exigencia; él nunca lo ha hecho.

“Dios tiene muchos nombres y para nosotros siempre es Krishna —dice Preim—; se representa en diferentes avatares y semidioses, esta es la base del rezo en la religión”. Según el hinduismo, Krishna es uno de los numerosos avatares (encarnaciones) del dios Visnú. Los hombres tienen un atuendo representativo para la religión, una kurta* y el dhoti*, una tela que se amarra en la cintura y que después de una serie de dobleces queda como un pantalón. Al preguntarle por el significado de este atuendo, Preim hace cara de confusión, voltea y le pregunta a Gabo, otro devoto, quien dice: “Es algo que forma las cualidades del otro, la manera de ser y la identidad”; Preim complementa aclarando que significa un “desapego a las marcas, verse lo más sencillo posible”.

Preim cuenta cómo es la iniciación del fuego, proceso que se realiza utilizando una yapa* y un kuntis* y el canto tradicional por parte del maestro espiritual para por fin ser parte de la comunidad. Lo importante es que al seguir este camino haya relación permanente con los devotos. Las críticas familiares son imposibles de evadir, lo llaman “loco”, y él jocosamente responde que es “el mundo el que está loco”, y ante todo celebra el cambio positivo que tiene la persona cuando pertenece a esta religión. Se siente orgulloso de vivir para el cuerpo y se muestra agradecido con su maestro espiritual, que es quien le da soporte. Se nota su incomodidad al hablar sobre su vida afectiva, y responde que sí tenía novia, y que incluso los dos asistieron al templo, pero llegado el momento se debieron separar debido a sus creencias. Ella era católica y no estaba dispuesta a abrazar el hinduismo. Durante toda la entrevista habla del karma* y el dharma*, la reacción de la vida dependiendo de las acciones realizadas y cómo esta religión es un vehículo para saber cómo actuar “correctamente” según las vivencias. Es agradable ver en sus ojos la simpatía que siente cuando la pregunta va dirigida a su conocimiento de krishnas de otros países, cómo alguien es recibido con un abrazo incluso sin conocerse, un plato de comida y alojamiento en el lugar. De hecho, en este templo de la avenida Caracas viven ocho mujeres.


El nombre oculto A las 6:30 de la tarde, sagradamente, y de lunes a domingo, empieza el culto precedido por el puyari*, que sopla una caracola. A la celebración llegan los krishnas que estaban en la calle con sus instrumentos (kartalas*, mridanga* y harmonio*, entre otros). Participan hombres y mujeres de todas las edades y apariencias físicas, pero hay que aclarar que no todos son devotos iniciados; muchos asisten por curiosidad o por salirse de la cotidianidad. En esta ceremonia se canta el tan popular hare Krishna, hare Krishna, Krishna, Krishna, hare, hare, que es un todo, un pensamiento diario que hace que el creyente no se despegue del camino de servicio. Los cantos y los rezos, de los que participan a diario en este templo unas 30 personas, transcurren en medio del penetrante olor a incienso. Preim se cambia y utiliza ahora un dhoti*, como los demás que hacen parte del grupo que dirige el canto de los mantras. Antes de finalizar, nos despedimos y, como si fuera un secreto imposible de revelar, le pregunto en un tono bajo su nombre real. Sin mencionar palabra me pide la libreta y en ella escribe: Fabio Rubiano (homónimo del dramaturgo y director de teatro). De la calle llega el pregón de un carretillero, “¡a mil, a mil!”, la sirena de una ambulancia y el estruendo del tráfico que se ahogan entre los rezos de estos creyentes en Krisha, dios de los hindúes, que en la imaginería popular aparece representado de distintas formas y de color azul, tocando la flauta.

Glosario:

Mantras: en el hinduismo y en el budismo, sílabas,

Dhoti: prenda inferior tradicional hindú.

palabras o frases sagradas, generalmente en sánscrito, que se recitan durante el culto para invocar a la divinidad o como apoyo de la meditación.

Dharma: deber en esta vida. Varía de acuerdo con

Mridanga: tambor de dos parches que se utiliza

la clase, la familia y los años de vida.

Harmonio: órgano pequeño.

en el norte y el este de la India como acompañamiento de música hindú.

Karma: acciones hechas en relación con el dharma

Puyari: krishna con un segundo grado de iniciación.

propio. El dharma puede ser visto como una tarea de toda la vida y el karma como los pasos que se deben tomar en cuenta para completar la tarea.

Revolución de la cuchara: Movimiento animalista

Kartalas: instrumento de percusión formado por dos platillos unidos por una cuerda.

ción hindú por donde se cree que sale el alma al momento de morir.

Kuntis: largo collar que se lleva con varias vueltas en

Yapa: sarta de 108 cuencas esféricas, generalmen-

el cuello o se enrolla en las muñecas o en los tobillos.

Kurta: prenda superior tradicional hindú.

que impulsa la popularización de la comida

Sikha: mechón de cabello utilizado en la tradi-

te en madera, utilizadas tradicionalmente para orar en el hinduismo.

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Otros Rituales

Carnaval del Perdón Texto y fotos: Nathaly Triana Medina nattriana23@gmail.com

El Carnaval del Perdón —o Kalusturinda en quechua— es la festividad más importante para la comunidad inga, ya que representa el inicio de un año nuevo. El 26 de febrero de 2017, cerca de 140 indígenas se reunieron en el centro de Bogotá para celebrarlo, mientras sus familiares lo hicieron en el valle de Sibundoy, en Putumayo. Una ceremonia muy apropiada para estos tiempos.


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E

Esta caótica ciudad se quedó en silencio cuando el sonido de una dulzaina atravesó un muro cubierto de grafitis y panfletos políticos. Hasta un lote abandonado en la localidad de La Candelaria, llegaron mujeres vestidas con pachas que cubrían sus piernas y sujetadas por un chumbi que rodeaba su cintura. Los hombres y los niños cubrían su torso con capisayos largos, especie de ruana que sirve como capa y sayo, con hilos verticales de lana azules y blancos. La mayoría lucía sus collares de chaquiras y semillas, y tenis marca Converse o Reebok. Por las calles aledañas al Archivo de Bogotá, en la 5ª con 5ª, arribaron a pie grupos de familias indígenas. Algunas otras, muy pocas, llegaron en taxi y solo una en un Renault 18 color café. Los ‘compadres’ se saludaron perdiéndose por la única de las tres puertas que no estaba asegurada con un candado. La entrada solo era una provocación más. Desde afuera se vislumbraba un pasillo que había sobrevivido al deterioro de la estructura, pero del que la maleza ya se había apoderado. Una placa de piedra con la consigna “Cabildo Indígena Inga de Bogotá 1992” era el inicio del recorrido por un camino empinado. El sonido de las flautas de millo y los palos de agua se escuchaba con más fuerza a cada paso y llegaba a ser estruendoso cuando se sumaban algunos gritos. La invitación a tomar chicha de una vasija de plástico anunció el final del recorrido y el inicio de la celebración del Día Grande. Alrededor de un círculo danzaban y cantaban aproximadamente cincuenta indígenas para

festejar el Kalusturinda, que representa el inicio del año nuevo y la reconciliación entre los miembros de la comunidad. La festividad se celebraba originalmente a mitad de año; sin embargo, tras la evangelización promovida por diferentes órdenes religiosas, la comunidad andina fue obligada a trasladarla al domingo previo al miércoles de ceniza.

Ritual del gallo Cuando el sol alcanzó su punto más alto, la comunidad enmudeció ante la presencia del gobernador del cabildo, Óscar Bastidas, que lucía sobre su cabeza un tocado de plumas de guacamayas y collares de semillas que le daban varias vueltas a su cuello, como símbolo de jerarquía. Extendió sus brazos hacia el cielo y dio inicio a la ceremonia. “Estamos celebrando un nuevo año, aquí tenemos chicha y chilacuán [dulce de papaya andina], no podemos dejar nada. Ahora vamos a darle inicio a nuestro tradicional ritual del gallo para conmemorar a los seres que han fallecido”. El sonido del cuerno retumbó. Dos hombres tomaron una soga gruesa y la lanzaron sobre una estructura de seis metros de altura conformada por dos palos verticales y uno que lo atravesaba en la parte superior. Mientras que amarraban un gallo vivo a la punta que quedaba suspendida en el aire, los niños armaban una fila india entre risas nerviosas.

—¿Quién va a empezar? —desafió el taita. Al ritmo de los instrumentos de percusión interpretados por los adultos, un niño dio un

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salto e intentó sujetar la cabeza del gallo. Del otro extremo de la cuerda dos jóvenes la halaban para que no pudiera despescuezarlo. El segundo y el tercero tampoco tuvieron suerte; el gallo se les resbaló de las manos mientras aleteaba con desespero. El cuarto intentó una estrategia más efectiva, tomó impulso desde atrás y de un solo brinco logró atrapar entre sus manos el cuello del animal, que se iba poniendo negro mientras su victimario se balanceaba sin poner los pies en el suelo. Su menguada fuerza lo obligó a cederle el turno a otro.

su coraje, se quitó el capisayo y se remangó

Ante la algarabía de los mayores y el llanto incesante de un niño impresionado, apareció Johann. A sus trece años quería demostrar

ban a otros con ortiga. El escozor en la piel y

la camisa blanca. Saltó. La cabeza del animal, aún medio viva, se desprendió del resto del cuerpo que seguía moviéndose. Johann sonreía con el rostro manchado de sangre y se sacudía las manos mientras los gritos y los aplausos lo alentaban a bailar con la cabeza del gallo, que ahora estaba incrustada en un palo de escoba. Los movimientos tímidos del niño contrastaban con los de aquellos que lanzaban papayuelos o acariciala fruta hecha pulpa dieron por terminado el ritual de agradecimiento a la madre tierra.


Juegos tradicionales Frente al lote donde se construirá un edificio de cinco plantas en el que vivirán veinte familias ingas, el grupo de indígenas se organizó para marchar hasta la plaza de Bolívar. No se trataba de una de las movilizaciones que defienden causas que perecen al día siguiente. Los ingas se desplazaban por las calles con la altivez de un pueblo que lleva a cuestas la historia de sus antepasados y que se niega a desaparecer. La misma ciudad que amenaza con dejar en el olvido a su comunidad se había convertido en escenario de resistencia. A la plaza llegaron para despertar la admiración de los ciudadanos que no sabían de su existencia y el desconcierto de aquellos que se sintieron extraños en su propio territorio. A un costado del Libertador descargaron una caneca con chicha que compartieron con un agente de la Policía que se acercó y con un habitante de calle que se trataba de acomodar las medias rotas. Una carrera de niños abanderados tratando de esquivar a la multitud de domingo simulaba el juego tradicional que se realiza cerca de un río. Después de que corrieran los hombres, las mujeres y los más pequeños, la marcha continuó por la carrera octava hacia el Cabildo Nuevo. Al llegar a la estación de Transmilenio de San Victorino, la marcha ingresó al centro comercial Caravana pasando por sus baños, aceites mágicos, sahumerios, hierbas, aguas, amuletos, talismanes, péndulos y velones. Entre el olor penetrante de los inciensos, los indígenas le dieron el saludo de reconciliación a los paisanos que no pudieron asistir a la celebración del Kalusturinda por atender sus puestos de productos esotéricos y medicinas naturales. Las pociones para la limpieza del hogar, la renovación de las energías y la atracción sexual guiaron el camino hasta la salida.

comunidad, como símbolo de perdón. La fiesta alcanzó su cumbre cuando destruyeron los muñecos hechos con hojarasca de maíz, que se lanzaban unos a otros. El Carnaval del Perdón es símbolo de comunión, conecta a los indígenas con su lengua materna y la historia de su etnia, pese a estar distantes de su tierra de origen. El baile y el canto se detuvieron a la hora de compartir el alimento, el ritual más significativo para los ingas, que consideran que la familia es el sustento de la comunidad. El plato de gallina, acompañado de arroz y yuca no solo permitió a Edilma Tisoy reencontrarse con sus hijos y sobrinos, sino que la conectó con el valle de Sibundoy donde su esposo talla máscaras de madera. Con el permiso del gobernador, el sabedor Víctor Tandioy reunió a los niños en el centro del salón: “Más allá de la festividad, estamos aquí para comprender su verdadero significado. Perdonar requiere reconocerse a sí mismo y aprender a danzar de manera armónica con las personas que están a nuestro alrededor”. Los niños, que practican semanalmente el ritual de armonización, se sentaron silenciosos sobre el suelo, cerraron sus ojos y extendieron sus manos en disposición de recibir. El sabedor tomó entre sus manos un manojo de hierbas, bebió de un frasco pequeño y escupió sobre ellos. Después interpretó la armónica y pronunció frases en lengua nativa. Volvió a escupir e hizo retumbar el lugar con el sonido de un cuerno. “Ahora que ya hemos acabado el wayrachir*, los invitamos a celebrar y ¡bailemos mientras vivamos!".

*Wayrachir*: revolver los granos de quinua

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Armonización La puerta contigua conducía al Cabildo Nuevo. En el tercer piso de un edificio oscuro y viejo había un salón con sillas de plástico y con un altar de Jesucristo al fondo. La danza continuó al ritmo de sus propios cantos. En medio de la celebración, algunas de las mujeres tomaron entre sus manos pétalos de rosas para esparcirlos sobre la cabeza de los miembros de la

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Otros Rituales

Identidad animal Michelle González michelle.gonzalez@javeriana.edu.co Fotos: Michelle González y cortesía de Federico Arboleda

Lamer, olfatear, morder, rasgar y apropiarse del animal de su preferencia hace parte de la cotidianidad de los miembros del furry fandom, una tribu urbana que aprovecha espacios como el SOFA (Salón de Ocio y Fantasía) para exhibir su afición.

F

Federico Arboleda se identifica como un zorro inglés llamado Fibonacci desde 1998, cuando le regalaron una consola Sega Genesis, pues por medio de ella entró al mundo de Sonic, un erizo azul animado que en sus videojuegos está acompañado de otros personajes, como el zorro naranja de dos colas llamado Tails. A Federico le llamó la atención este niño zorro y empezó a buscar en internet sobre la dimensión animada.

En una de esas páginas encontró por primera vez la palabra furry, “pues el diccionario no ayuda mucho; solo dice que furry es ‘peludo’, pero yo me quedé con la curiosidad de qué significaba”, recuerda Federico con la vista perdida a través de sus lentes. Su mirada otra vez encuentra un punto de foco y añade: “La mejor parte es que me enteré de que había una comunidad de hispanohablantes con ese gusto”. Un venezolano fue el primer cómplice de Federico en su amor por los animales con características humanas, y se comunicaba con los miembros de la comunidad por IRC, una plataforma de chat. Internet fue su medio de aprendizaje, todo el universo del furry fandom se abrió para él, desde nuevas amistades hasta nuevos conceptos: furry, fursona y fursuits fueron denominaciones que harían parte de su vida cotidiana. Un furry es la persona que hace parte de la colectividad de fans de los animales con semejanzas humanas. Una fursona es el animal antropomorfo que crea la persona, y con este se identifica en la comunidad furry, y el fursuit es el traje completo o disfraz de la fursona, que son hechos de felpa. Cuando el furry tiene claro cómo va a ser su fursona, decide dibujarla, sin importar su


habilidad para este arte. Lo importante es empezar a plasmar y a personificar el personaje, pues de él puede salir todo un universo que tiene su origen en la mente creativa del furry: nombre, personalidad, vestimenta, color, origen, género, entre otras. Por ejemplo, dentro de esas libertades se encuentra fusionar animales o hacer una fursona mitológica, como un unicornio o un dragón.

Zorro solitario Federico quería conocer a alguien en Colombia que también fuera un furry, pues, a diferencia de otros países, aquí no había un grupo de personas que tuvieran esta afición. Hasta que un día un furry de Argentina le dijo por internet que se había contactado a un furry costeño en Colombia. Ambos intercambiaron mensajes, pero dada la imposibilidad de crear una comunidad en el país, Federico siguió esperando otra oportunidad, la cual se presentó en 2008, cuando conoció a Juan Sebastián en la universidad. Tras conversar se dieron cuenta de que ambos eran furries, y entonces decidieron fundar el movimiento en el país. Por medio de internet encontraron otro simpatizante, y entonces convocaron la primera reunión en la Librería Francesa. El furry costeño viajó exclusivamente a Bogotá por esta reunión, los cuatro fueron los únicos asistentes, y a pesar de que no fue inmediato el movimiento en Colombia, ese fue su anclaje. En abril del 2009 se fundó ColombiaFur, que actualmente tiene más de 655 participantes en internet y cerca de 100 constantes en las distintas reuniones o eventos de la comunidad a lo largo de estos nueve años. Desde que Federico descubrió el furry fandom ha venido forjando la fursona con la que sigue actualmente. Ya que hay total libertad para la creación de la fursona, desde su aspecto físico hasta su personalidad, uno de los rasgos distintivos de Federico plasmados en su fursona es su doble profesión de matemático y físico de la Universidad de los Andes. Tails, el zorro del videojuego de Sonic, es científico; por esta y otras características que le agradaron a Federico, decidió basar su fursona en él. Así que creó un zorro de color naranja con partes blancas y negras, que se para en dos patas.

Al principio creó una historia para su personaje relacionándolo con el mundo de Sonic, pero de una manera más oscura, en la que su personaje perdía un brazo en la guerra con el doctor Robotnik, que es el villano de Sonic. Sin embargo, con el tiempo decidió ir desprendiéndose de este mundo para adaptarlo a una creación más original; lo nombró Fibonacci, igual que el famoso matemático italiano Leonardo de Pisa, no solo porque comparten la misma pasión por los números, sino también porque, al igual que Fibonacci, nació en Italia. A veces decide dibujarlo con la vestimenta de Doctor Who, serie de televisión británica: un traje de gala inglés, botas de gala y un corbatín. El zorro Fibonacci ahora lleva el pelo largo negro, como lo tiene Federico en la realidad.

“Aunque se parece bastante a mí, hay características que por un lado tomó del zorro de las fábulas, por ejemplo, la sagacidad; del zorro del zoológico, los movimientos y la forma de caminar, y características que he idealizado de mí mismo, como la inteligencia y la fuerza física y emocional”. Tan fuerte es su relación con Fibonacci, que le gustaría verse así en la vida real, con todos los detalles que ha pulido desde el 2002. “Obviamente, no voy a llegar al trabajo en un fursuit, no voy a llegar caminando como zorro, haciendo ruidos de zorro, pero si pudiera, me gustaría hacerlo”. A sus 31 años pasa la mayoría de su tiempo libre resolviendo problemas de programación en la casa, hablando con otros furries y averiguando

Federico Arboleda, el zorro inglés. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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Furries en SOFA.

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costos para poder crear su propio fursuit. Algunos miembros de la comunidad tienen el talento para hacerlo ellos mismos y otros prefieren ahorrar para pagarle a un profesional, pero en Colombia es difícil encontrar a alguien que los elabore debido al desconocimiento que se tiene sobre la comunidad. Por eso solo hay aproximadamente trece fursuiters en el país, entre ellos un lobo, un gato y un león que utilizan sus fursuits contadas veces, por el calor que producen los trajes y por lo pesados que son de transportar. Debido a esto uno de los eventos que más aprovechan para usarlos es en el Salón del Ocio y la Fantasía (SOFA), un espacio dado a la ficción en Bogotá. Casualmente, la creadora de fursuits más famosa en el mundo es una colombiana, se llama Valentina Caicedo y está radicada en Estados Unidos. Puede cobrar hasta US$5.000 por un traje, precio que a los furries les parece razonable por su alta calidad. Federico también tuvo la oportunidad de viajar a Santos, Brasil, al Primer Congreso Latinoamericano del Furry, entre el 25 y el 27 de septiembre de este año. “Fueron más de 250 asistentes y, la verdad, sentí un poquito de envidia porque yo no tengo fursuit, incluso aunque ellos digan que no están buenos y quieren uno nuevo, pues sí está bueno, ¡está genial!”. Estos trajes pueden llegar a ser supremamente calientes por ser fabricados con materiales ‘peludos’ como felpa y algodón; por esta razón la mayoría de fursuiters buscan ventiladores internos o refri-

gerantes. “Había una sala para los fursuiters en la que podían estar sin la cabeza del fursuit, en la que había toda el agua helada que quisieran, ventiladores por todos lados, básicamente la idea era: no se vayan a deshidratar, por favor, no se mueran dentro del fursuit”.

Un dragón en un mundo real Oswaldo Márquez hace parte de ColombiaFur desde hace seis meses. Su primer acercamiento al fandom fue por internet cuando realizó una búsqueda sobre un anime (animaciones japonesas) que tuviera personajes animales antropomorfos. Y al encontrarse con el movimiento global, intrigado buscó por internet si existía en Colombia. Así encontró ColombiaFur, la plataforma que Federico y Juan Sebastián crearon para difundir más el fandom. Oswaldo decidió ser un dragón llamado Fausto, pues se identifica con las características que la comunidad le ha otorgado a este ser mitológico: solitario y con un gran ego (aunque duda un poco de tener este último). Los miembros de ColombiaFur se reúnen cada mes para salir a cine, a un parque o a talleres de plastilina donde plasman su fursona. El evento se divulga en Facebook y quedan con la incertidumbre de quiénes y cuántos puedan llegar. Curiosamente, la mayoría de los furries estudian alguna ingeniería, quizás por la cercanía que tiene este campo con el universo de internet, el espacio donde se difundió el Furry Fandom.


Nietos de Bacatá Viviana Espitia Perdomo l-espitia@javeriana.edu.co Fotos: Ángela María Fuentes

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Descendientes de los pobladores ancestrales del territorio de Bacatá se reúnen en la Casa del Pensamiento para recuperar sus raíces culturales en medio de la metrópoli a través de los sentidos, los juegos y la tierra. En esta guardería, cerca de 300 niños juegan como iguales.

En el noroccidente de Bogotá, donde el frío se agudiza, sobresale un edificio de ladrillos de forma circular. Llama la atención su gran tamaño en comparación con el resto de las edificaciones a su alrededor, y la asepsia parece recubrirlo debido la claridad de sus muros. En uno de ellos, casi imperceptible, hay un pequeño letrero maltratado por el tiempo y el polvo, que en letras de colores dicta: Gue Atyqiib —palabras en muysccubun, la lengua de la comunidad muisca—, que significa ‘Casa de Pensamiento’. Dentro de este gigante se encuentran 297 niños de todas las culturas, pero principalmente de origen muisca, con edades entre los cero y los seis años. Por esto basta con abrir la puerta para sentir el inconfundible sonido agudo de las voces de los niños que gritan, ríen y lloran. El camino se vuelve una pista de obstáculos para no chocar con los infantes que en su mundo son carros, aviones, peces o leones, y navegan por su imaginación sin percatarse siquiera de que en el exterior los adultos adelantan un proyecto pedagógico para rescatar los saberes y costumbres indígenas. La Secretaría de Integración Social está al frente de ese proyecto, que responde a las necesidades de atención a la primera infancia y que funciona en diez Casas de Pensamiento Intercultural en distintos sectores de la ciudad. La primera casa —afirma Alexandra Niampira, líder del grupo de enfoque diferencial en la Subdirección de Infancia de la Secretaría de Integración Social— nació en 2009 en el cabildo inga por solicitud de los mismos gobiernos indígenas para aportar a los procesos de pervivencia cultural de los pueblos en la ciudad, manteniendo sus prácticas de atención y crianza.


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En 2009 se abrió la primera Casa de Pensamiento; hoy hay 10 en la ciudad •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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Para que sea un espacio verdaderamente intercultural desde la visión indígena del mundo, el gobierno de cada comunidad representado en cabildos presenta sus proyectos, que entran en proceso de concertación con la administración distrital.

Con los dedos sucios Al atravesar la puerta de rejas cafés que encierra al gigante de ladrillos, se entra en otra dimensión. Lo primero que se divisa a mano derecha es un campo verde con cuatro troncos en cada una de sus esquinas. Este espacio fue labrado con las manos de los abuelos y trabajadores de la Casa, un surco continuo que forma una gran espiral rodeada de árboles. Los troncos simbolizan los cuatro elementos: agua (zie), viento (fiba), tierra (hichac) y fuego (gata). Es la espiral sagrada. Para las comunidades indígenas representa el camino de la vida, el recorrido, el nacer, el ir construyendo y el ir desarrollándose; y en el caso de los niños esto se da por medio de la educación integral, dice Clara Yupasá, coordinadora de la Casa de Pensamiento.

Al costado derecho del origen representado en la espiral, se encuentra la Madre Tierra en forma de huerta. Esta Casa del Pensamiento rompe con las dinámicas de la ciudad de cemento por la cantidad de verde que la rodea, incluyendo cultivos nativos como hibias, cubios, arracachas y chuguas. Aquello que los muiscas consumían cuando Bogotá era Bacatá y podían andar a sus anchas en un territorio ancestralmente suyo. Detrás de palos altos que se mecen con la constante brisa del territorio cuasi rural del que hace parte Bilbao, hay un cultivo de plantas medicinales utilizado para ilustrar a los niños sobre las bondades de la medicina ancestral. El canto de las aves y el sonido del viento al rozar las plantas de esta huerta se ve interrumpido por las carcajadas de un grupo de niños de aproximadamente tres años. Se encuentran junto con una maestra trabajando la tierra. Mientras ella maneja una pala de un largo similar a su estatura, los niños corretean y se revuelcan en el suelo, introducen los dedos en la tierra, acarician el pasto,


lo arrancan y lo huelen. Nadie les dice que no, ni los reprende por ensuciarse, al fin y al cabo, están en relación con su Madre Tierra.

Ir al jardín es hablar con los abuelos Los sabedores son el factor clave del éxito de esta experiencia. Se trata de mayores reconocidos por la comunidad por saberes que es importante transmitir a los niños. Se trata de vincular al talento humano perteneciente a los pueblos indígenas, añade Alexandra. Detrás de la Casa del Pensamiento hay una loma que se levanta con majestuosidad sobre el terreno. En la punta hay una pequeña titúa a la espera de los niños. Su forma cónica permite que en su interior la distribución de personas se dé en forma de espiral alrededor del fuego. “La llamamos titúa de creación porque la hicimos para los niños. Aquí realizamos charlas, diálogos y círculos de palabra para rescatar un poco la tradición oral”, cuenta Juan Carlos Gómez Cabiativa. Sus ojos negros se clavan en su público, mientras sostiene en una de sus

manos un requinto. Él es un abuelo en todas las dimensiones de la palabra. Su labor desde hace seis años es la de sabedor especializado en el rescate y uso de la lengua ya extinta, pero en proceso de recuperación. En un lado de la titúa, Juan Carlos mira hacia arriba, mientras afina su instrumento a la espera de los niños. A su costado izquierdo, sentada sobre un pequeño tronco de madera tallada, conocido como pensador, se encuentra María Elsa, una mujer tímida de voz tenue. Juguetea con un palo de agua en sus manos, acompañando su relato de un suave sonido de lluvia. Ella se encarga de enseñar, a través del arte, lo concerniente a la simbología muisca. “Lo que más me gusta trabajar —dice mientras su mirada se esconde bajo el negro de su pelo— es el barro. A los niños les gusta porque pueden untarse. Con la arcilla hacemos diferentes figuras que representan nuestra cultura, como la rana y la serpiente”. En uno de los salones se exhibe parte de este trabajo, una bella escultura de barro sin esmaltar que representa la vida en las comunidades: dos indígenas

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en frente de su Titúa y un hombre cargando a cuestas el peso infinito del planeta Tierra.

“A la ranita ya la reconocen, entonces uno les da el nombre en español, pero también aprenden el otro. Es la forma en que los niños van recuperando la lengua”, añade Juan Carlos. Admite con orgullo que los niños lo llaman guexica, que significa abuelo. El espacio está tibio y armonizado por el resplandor naranja pálido del fuego, el humo de la madera consumiéndose quema al contacto con los ojos y se escucha intermitentemente la tos de los visitantes. “Aquí usamos el fuego por ser elemento sagrado —dice Juan Carlos rompiendo el silencio en torno a la fogata— pero también para sacar los zancudos”.

Juan Carlos Gómez Cabiativa, el abuelo.

El sabedor gigante Del fondo del lugar se levanta el sabedor más joven de la casa: tiene alrededor de 30 años. Su contextura grande, cabello oscuro y una larga trenza que cae hasta las costillas, contrasta con la talla común del indígena colombiano. No es alto, es imponente. La sombra del fuego lo hace ver más grande. Se inclina a un lado de la madera en llamas y enciende un tabaco, se sienta de nuevo en su pensador y se concentra en carburar el recién encendido cigarro. Se levanta con lentitud y proclama poéticamente: “Bienvenidas a esta titúa, a este centro ceremonial, a este lugar de pensamiento, de palabra, de tejer. Yo soy Luis Alberto Tiguayo, ‘Águila de Luz’ o ‘Bajo la Guía del Águila’, mi nombre indígena muisca, recuperado del territorio. Trabajo aquí con música, teatro y danza”. A lo lejos se escucha el parloteo de los niños, que rompe con el aura mística y poética que ha creado Luis Alberto con su discurso. De repente su figura no se ve tan imponente; se ha achicado para recibir a los niños. Retira el fuego haciendo lagrimear a todos los presentes con el humo despedido. Y mientras recoge los troncos apenas prendidos, Juan Carlos le dice suavemente al fuego: “Camine, mijo, porque lo mandaron salir”. El parloteo se siente cada vez más próximo, mientras los niños ascienden a la pequeña loma por el camino zigzagueante similar al cuerpo de una serpiente que conduce a la titúa.

—Choà, —dice Luis Alberto. —Chogue —responden los niños Cada uno toma asiento en un pensador, forman el círculo y armonizan inmediatamente con el lugar. A Luis Alberto se le enternece y endulza un poco la voz mientras saluda a sus “niños hermosos”. “Vamos a compartir primero una música de nuestro padre creador, de nuestro padre celestial”, dice llamando la atención de los niños. Toma la flauta y al ritmo del requinto de Juan Carlos comienza a cantar. Los niños se emocionan y lo siguen con sus voces y sus palmas:

Abuelito, cuéntame cosas de tu pasado, abuelito cuéntame cosas de tu ayer. Luis toma una gran bocanada de aire sin

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desdibujar su sonrisa y acerca su flauta a la boca. De ella emana un sonido que recuerda la andinidad del país, que huele a chica y bosque alto de niebla. Un niño imita con su voz el sonido del lobo, mientras otro toca una flauta imaginaria en el aire. La guitarra, la flauta y el palo de agua bailan en el interior de la titúa.

Abuelito cuéntame cosas de tu pasado, abuelito cuéntame cosas de tu ayer, que yo te cruzaré tu historia con la mía.

Jugando también se aprende Dentro de la casa huele a plátano maduro, es la hora del almuerzo. Clara Yupasá camina lentamente por los pasillos de la edificación. Cada uno de ellos con un nombre alusivo a la cultura muisca. Habla con nostalgia sobre el antiguo Suba, completamente verde y lleno de tierras indígenas. Cuenta acerca del arduo trabajo que tuvieron antes de poder asentarse en esta sede grande y moderna, el 29 de junio de 2011 y habla sobre la construcción del proyecto. “Fue necesario ir primero a recorrer el territorio, porque había mucha gente que no lo conocía. Ir a lugares especiales como la laguna de Tibabuyes; el humedal La Conejera; el camino del indio en el Rincón; el Parque de los Nevados —que fue nuestro segundo cementerio muisca—; el triángulo que se forma en la plaza fundacional, que fue la plaza donde castigaban a los indígenas. Se trataba de recorrer nuestro propio territorio para aprender de él y meterlo en nuestro proyecto”, explica Clara.

Luna Resplandeciente, pero más importante aún, fortalecen todos los días la identidad indígena, cultivan el amor por la naturaleza, por escuchar a los demás, por la medicina tradicional y por las plantas nativas. Según Clara, todo eso los hace ser indígenas.

14 cabildos urbanos Según el último registro de la Consejería Territorial de Planeación (2016), en Bogotá viven 6.400 familias indígenas que suman un total de 305.000 habitantes de diferentes comunidades provenientes de todo el país y ocupantes ancestrales del territorio, que se organizan en 14 cabildos urbanos.

En Bogotá funcionan

14 cabildos •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

María Elsa con su palo de agua.

Ha sido un proceso largo de consolidación que, según Alexandra, ha transformado la manera en que se pensaba la enseñanza en la ciudad. Estas estrategias pedagógicas alternativas han mostrado que no solo haciendo una plana se aprende, jugando y explorando también se aprende. Las paredes están atiborradas de esculturas y dibujos. Cuelgan de los techos atrapasueños y móviles hechos con materiales de la tierra. En esta particular guardería los niños toman su siesta en hamacas, juegan en huertas, cantan en titúas, cuentan en muysccubun, celebran los cumpleaños en la

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El líder

Otras Culturas

“Somos oro vivo” Texto y fotos: María Paula Murcia Huertas maria_murcia@javeriana.edu.co

Por causa del conflicto armado, miembros de la comunidad embera fueron desplazados de su territorio, y ahora viven en Bogotá tejiendo joyas y tocando la charrasca a cambio de unas monedas. Aunque les robaron su riqueza, les quedó su cultura.

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Un hombre se para en el puente de Transmilenio de la estación Alcalá. No mide más de metro y medio. Viste una chaqueta negra de cuero y un sombrero gris. De su cuello cuelga un collar de chaquiras rojas y negras que al final tiene una cruz metálica. Una sonrisa amplia es su saludo a los peatones. Encima del puente el sonido se intensifica y su voz es apenas audible cuando dice: “Venimos de Pueblo Rico, Risaralda, desplazados”.

Arnobio Queragama es un líder de la comunidad embera-chamí desplazada en Bogotá. Tiene 47 años y llegó a la ciudad hace tres, víctima de la guerra, como se autodenomina. Fue forzado a dejar su resguardo y a cambiar su territorio ancestral por los “pagadiarios” (inquilinatos) del barrio La Favorita en el centro de la ciudad, donde vive con su familia y muchos otros indígenas desplazados. Al comienzo vendía pomadas de coca y de marihuana, pero ahora se dedica a vender accesorios de chaquiras que tejen las mujeres de su comunidad. Como él, cientos de indígenas embera han migrado a Bogotá y, ante la falta de medios de subsistencia, han encontrado refugio sobre los puentes para no tener que vivir debajo de ellos. El chak chiqui chak de sus güiras o charrascas


(instrumentos de percusión) se ha convertido en el sonido característico de muchos puentes de Transmilenio. Carraspeo rítmico que recuerda a la cumbia. Marcela Queragama, hija de Arnobio, explica: “Nosotras tocamos así porque el día de fiesta acompañamos la música charrasqueando”.

La música Jaime Pinilla, músico que estudia la tradición embera, explica que esta música, incluyendo el charrasquido de los puentes de Transmilenio, es una fusión cultural que terminó por desplazar la verdadera música de esta comunidad. Ese ritmo de charrasca no es originario de ellos, sino que “música de los colonos antioqueños que llegaron a las comunidades emberas a raíz de la explotación minera”, aclara. A fines del siglo XIX, un indígena encontró una mina de oro que atrajo a muchos hacendados de la región que comenzaron a explotarla. “Llegó la música de los ensambles de cuerdas antiqueños y los indígenas se enamoraron del sonido de la guitarra. Hubo una mezcla de culturas y hoy tocan una especie de carranga o trova en embera”. Según Pinilla, la percepción del tiempo que tienen los embera es diferente a la nuestra. “Para ellos el tiempo no es lineal, es más circular. Su música no tiene métrica. Obedece más a una

idea del tiempo circular, pero con la llegada de los colonos, esta idea se rompió”. No obstante, la fusión cultural con la charrasca es la que ellos consideran su propia música. Esta música es fundamental dentro de la comunidad embera. Tanto en el resguardo como en la vida citadina es el centro de reuniones sociales: “Donde nosotros vivimos no hay energía para conectar los equipos, así que tocamos música con guitarra, tambores y charrascas. Cuando uno toca la guitarra, los vecinos vienen de otras casas, porque a todos le gusta la música”, dice Arnobio. Según él, esta música habla de la riqueza que hubo durante 500 años y que les pertenecía. “Existieron la riqueza y el oro, y la comunidad vivía en medio de esa riqueza, en la naturaleza, la fauna, los sitios sagrados y las tierras propias”.

El baile En la ciudad, la música también es indispensable para la vida en comunidad. Cada quince días, los domingos, la comunidad embera se reúne en el parque Tercer Milenio para hablar de asuntos concernientes a sus derechos, a ayudas humanitarias, a su política y leyes propias. La plaza en el extremo sur del parque se llena de color. Decenas de mujeres con vestidos y joyas exquisitas se sientan en las escalinatas a escuchar a

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los líderes Arnobio, Orlando y Olivia. Las acompañan miembros de la guardia indígena con sus bastones forrados con cintas de colores atados al cinturón, agrupaciones de niños que corretean y juegan y algunos adultos mayores. Los líderes toman turnos para distribuirse el derecho a la palabra: dicen en español cuál es el propósito de la reunión del día. Nadie los mira. Desde lejos parece una reunión poco fructífera. Pero de pronto el líder que tiene la palabra hace una pausa y todas las mujeres responden en embera. Al terminar los asuntos pendientes, llega el momento esperado y quizás el verdadero motivo por el que muchos asisten a la reunión: la música y la danza. Cuatro hombres se instalan en una banca y cogen sus tres guitarras y una charrasca. Mientras tanto, 16 mujeres se acomodan en dos filas cara a cara y se preparan para la danza. Empieza la música y el premio al sonido preponderante se lo lleva el conocido carraspeo. Las mujeres marcan el ritmo en perfecta coordinación. Sus vestidos coloridos complementan el cielo en la mañana despejada de domingo. La fiesta atrae. Los transeúntes se acercan a ver cómo los hombres disfrutan tocar y las mujeres disfrutan bailar. Los curiosos sacan sus celulares y comienzan a grabar. Para el líder de la comunidad indígena, la danza y la música “significan que el pueblo no está muerto, que sigue viviendo con su buen sentimiento de cultura porque sin música la gente no puede sentir la paz”.

El puente En el puente de Transmilenio, unos pasos más abajo del puesto de joyería artesanal de Arnobio, está su nuera. Ella toca la charrasca, pero su expresión ya no es la misma. Su vestido ya no es el mismo. Ya no es domingo, día de fiesta. La necesidad apremia. “Acá tocan ellas. Nos colaboran con esa música para que nos vean dónde estamos sentados. Pero eso no es cultura porque nuestros ancestros no nos enseñaron a tocar para pedir monedas”, dice Arnobio. Él no aprueba la mendicidad, pero sí la venta de collares, que para la ley indígena es una opción digna. Olivia, lideresa katío (de la etnia embera-katio, emparentada con los embera-chami), que aboga por los derechos de la mujer indígena, se siente impotente frente a esta situación: “Nuestros antepasados eran riquísimos. Cuando nos robaron el oro, entonces no tuvimos más remedio que mendigar en la calle”. Adornan las calles con las joyas tejidas con chaquiras, que son su modo primario de subsistencia. Son adornos llenos de simbolismo y mística que aún les pertenece a los emberas, mientras el sonido de la charrasca en los puentes se ha convertido en un ruido estridente que en lugar de contagiar, ahuyenta. La riqueza, como la entienden los líderes Arnobio y Olivia, en términos de riqueza material aurífera y de riqueza cultural, les fue arrebatada. “Por eso acá funcionamos como líderes y lideresas los que conocemos nuestros antepasados, los que sabemos que somos oro vivo”, dice Olivia.


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Otras Culturas

El bailarín solitario Texto y fotos: María Jozame González mariajozame@javeriana.edu.co

El bogotano Hollman Serrato hace parte del mundo de la danza desde hace ocho años. Actualmente es profesional en ballet y a sus 23 años es uno de los pocos hombres dedicados a esta actividad en Bogotá, donde todavía subsisten los prejuicios frente a los bailarines.

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A eso de las 11:00 de la mañana de un domingo, Hollman Serrato termina su último ensayo de la semana. El resto del día descansará y se alistará para retomar la disciplina semanal. Su espalda erguida en sus 1,75 metros de altura y sus muslos y brazos con músculos marcados reflejan años de trabajo y dedicación. La danza se convirtió en su mayor pasión, y él, en una prueba de que los hombres también pueden bailar ballet en nuestro medio, aunque sean una minoría. Dio sus primeros saltos en décimo grado, cuando una maestra de danza del colegio Santiago de las Atalayas le propuso hacer parte de un grupo. Sin embargo, al terminar el bachillerato decidió estudiar filosofía en la Universidad Minuto de Dios y empezó a practicar la danza como un hobbie. Luego de un año de estudio, Hollman decidió cambiar de carrera y entró a la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB) —que hace parte de la Universidad Distrital— y se enfocó en la danza clásica. Aunque pocas, existen tres compañías públicas de ballet en Bogotá: la compañía Danza Libre; el proyecto Alma en Movimiento, del Teatro Julio Mario Santo Domingo con jóvenes becados por Bancolombia; y la Casona de la Danza, creada por el Instituto Distrital de las Artes (Idartes).

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Pero Hollman ha transitado por las academias privadas de la ciudad a lo largo de su carrera. Ser hombre le ha brindado ciertos privilegios, dado que el género escasea en el entorno de la danza local: “Los que tienen la oportunidad de entrar a estos espacios, muchas veces son becados”, dice. En su caso, ganó una beca en la academia Ballarte, la cual implicaba dos años seguidos de formación en esa escuela. Hollman duró tres, hasta que después de conseguir el título fue convocado por una compañía de danza llamada Cortocinesis, donde continúa bailando. Hoy hace parte de un proyecto para desarrollar una beca de creación en dicha compañía. La mayoría de los maestros que hacen y han hecho parte de su carrera, han tenido una trayectoria destacada en el mundo de la danza, como la cubana Doris Orjuela y los colombianos Hernando Eljaiek, Juliana Atuesta, Mario Cárdenas, Jaime Otálora y Mónica Pacheco, la directora artística de Ballarte, su maestra más reconocida.

Ardua rutina Hollman vive en el barrio Las Atalayas, localidad de Bosa, a media hora del portal de Las Américas, y tarda hasta dos horas para llegar a sus ensayos y clases. “Si tengo clase a las ocho de la mañana, salgo de la casa de las 5:30 y eso ya es tarde”, dice. La vida de Hollman gira en torno a la danza. Sus días transcurren entre clases, ensayos y presentaciones. Los lunes asiste desde las ocho de la mañana hasta el mediodía a la compañía Bogotá Capital Dance, donde practica una mezcla de ballet y jazz y ensaya algunas coreografías para concursos u obras. La jornada de la tarde va desde las dos hasta las seis de la tarde en Cortocinesis, ubicada en Chapinero. Los martes repite la rutina del día anterior, agregando dos horas en la segunda sesión. Es decir, hasta las ocho de la noche. Además de ser bailarín, Serrato trabaja en el Centro de Educación y Rehabilitación Santa María de la Provincia, ubicado en la calle 170, que atiende población con discapacidad cognitiva. La mayoría de sus alumnos sufren de síndrome de Down, retraso o autismo. Los miércoles y jueves, su horario de oficina transcurre de nueve a dos y media de la tarde. Los fines de semana están incluidos en la rutina. Pasa las tardes de los sábados en el centro hasta las siete de la noche. El único respiro que tiene es el descanso de 15 minutos libres para comer algo e ir al baño. La ropa de estos entrenamientos es muy libre, según él. Puede vestir sudaderas, bikers (shorts de franela ajustados a la piel), camisetas y sacos. A diferencia de las mujeres, los hombres no utilizan puntas, sino mediapuntas, que son menos duras (de cuero o tela). Además de que lleva repuesto, también mantiene a la mano esparadrapo para remendarlas si es necesario. El nivel de actividad de Hollman lo obliga a andar con una maleta llena de prendas. “A veces en las instituciones hay uniforme: trusa negra, camisa blanca, medias blancas y mediapuntas blancas. Es lo que yo uso en Ballarte”, cuenta Serrato. La intensidad y exigencia en los horarios le han causado dolores. Aunque casi no se ha lesionado, sufre constantemente de espasmos y molestias en la espalda, las rodillas y los codos. “Las rodillas sufren bastante porque hay que mantenerse

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mucho en plie (posición base de todos los movimientos en la danza) —flexiona las rodillas de manera suave y continua enfrente de la barra—, entonces se agotan un montón”. Pero todos los males se curan cuando se para en el escenario, donde comparte con el público tantas horas de dedicación, esfuerzo, trabajo y constancia. Ese es el momento más gratificante.

Tropiezos en el oficio La danza es una profesión tan poco valorada en el medio —dice Hollman—, que aunque un bailarín se puede dedicar a la docencia, la investigación y la gestión cultural, él ha tenido que hacer trabajos varios para mantenerse. “Bailar no es suficiente porque no hay una academia que te pague a ti por eso”, dice. Cuenta que existen otros tipos de actividades no académicas —que ellos denominan “chochales” o show bussiness—, donde les brindan la oportunidad de trabajar. Esto incluye las fiestas de 15 años y las reuniones empresariales, entre otros eventos. Los prejuicios en este entorno también le preocupan. “Si tú eres bailarín, o eres marica o eres quien sabe qué”, reclama. Él respeta las opciones sexuales, pero afirma que no es gay, y considera que la incultura del país es causante de este tipo de señalamientos. En el plano corporal también existen estereotipos o patrones estéticos de cómo debe lucir un bailarín de ballet. La exigencia de la esbeltez, por ejemplo, ha significado una gran presión especialmente para las bailarinas, aunque Hollman reconoce que “muchos profesores son conscientes de que tenemos cuerpos latinos y hay que acomodarse a estas características”. Hollman Serrato no cree en las malas experiencias. Las derrotas han enriquecido su proceso y lo han ayudado a crecer: “Con el tiempo uno aprende que no está mal caerse, lo que está mal es no solucionar esa caída”. Ahora está comprometido con las compañías de danza en Bogotá, pero espera cursar un posgrado o una maestría fuera del país. Su sueño es bailar en alguna academia en Europa, así como lo logró Fernando Montaño, el bailarín de Buenaventura que llegó a ser figura del Royal Ballet de Londres y se volvió una inspiración para los jóvenes talentos sin recursos.

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Otras Culturas

El tercer género

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Texto y fotos: Luis Eduardo Cáceres y Gabriela Castro castrogabriela@javeriana.edu.co, caceresluis@javeriana.edu.co

Tuvimos una sesión de fotos con Santiago López Baracaldo, joven a quien no le importa ser tratado de “él” o de “ella” y que hace parte de una minoría de personas que se identifican a sí mismas como de género no binario.

Citamos a Santiago a las 12:00 del día, y cinco minutos después el portero lo anunció por el citófono. Bajamos al parqueadero, esperamos a que terminara de cuadrar el carro y lo ayudamos a recibir los atuendos que traía en el baúl para la sesión de fotos; incluso las piezas de látex que él mismo había diseñado y que nos preguntó si podía traer. Le ofrecimos un jugo de fresa con miel, pusimos música y lo hicimos posar con la ropa que ya traía puesta (un gorro mostaza que resaltaba sobre su paleta de grises y azules) en nuestro improvisado estudio de fotografía con iluminación natural.

—Soy pésimo posando —mintió. —La cámara te ama, Santiago —no mentíamos. Poco a poco empezó a soltarse; primero dejó salir una que otra sonrisa y luego debimos resistirnos al impulso de no empezar a bailar con él al ritmo de Hercules and Love Affair. Igual terminamos bailando Adiós chaqueta, adiós gorro mostaza, y ensayamos un primer maquillaje muy sutil y unos ganchitos de colores para el pelo inspirados en un look que vimos en Instagram. Santiago no se había visto tan feliz hasta que, como en esos realities de “Pruébate esto” que dan a toda hora, dejamos que viera el resultado final frente al espejo. Un par de fotos más y nos tomamos un descanso para que Santiago pudiera probarse el segundo atuendo: un saco rosado con cuello de tortuga, una falda negra que le llegaba hasta los tobillos y unas botas de tacón alto que, nos contó, debió dejar ensanchando durante una semana. Justo cuando íbamos a empezar con la segunda tanda, el portero llamó otra vez al citófono para que Santiago moviera el carro. Aunque llegamos a pensar que no bajaría con la falda puesta, nuestro invitado tomó las llaves de mala gana y salió hasta el pasillo con sus tacones de diez centímetros. Luis lo acompañó.

—Al principio pensé que Gabriela me iba a intimidar —soltó Santiago en el ascensor—, pero me recuerda a mi mejor amiga porque habla mucho y así a mí no me toca hablar. En el parqueadero un celador, sin mucho éxito, intentaba disimular lo mucho que le incomodaba ver a un chico vestido así. ***


Santiago López Baracaldo, a quien no le importa que lo traten de “él” o “ella”, es un joven de 20 años que estudia artes en la Universidad de los Andes y se identifica a sí mismo como “no binario”.

—¿Te podemos hacer unas preguntas para el artículo, Santi? —dice Gabriela mientras demuestra sus habilidades con el delineador. Santiago, con los párpados estirados, asiente. —¿Qué significa ser una persona de género no binario?

—Okay —dice, muletilla a la que recurre antes de hacer una pausa para organizar sus ideas—. Uhm… Ser una persona de género no binario significa ser una persona que no se siente identificada con los patrones de comportamiento que se han definido para hombres y mujeres en la sociedad donde viven. Este desacuerdo suele verse reflejado en las formas como se visten y se relacionan con las personas.

—Sí, fue difícil cuando era pequeño porque no lograba distinguir entre la sexualidad y la identidad de género, no había leído tanta teoría —suelta algo parecido a una risa (no sobra aclarar que además de identificarse como no binario, Santiago, que socialmente fue asignado como hombre, se siente atraído por otros hombres)—. Y, obviamente, sufrí discriminación por no ser normal, entre comillas, en el colegio; entonces fue conflictivo el hecho de no aceptarme a mí mismo lo que me llevó a pensar “¿por qué soy así?, ¿debería arreglarme?, ¿qué fue lo que se dañó?, ¿cómo?, ¿por qué estoy dañado?”, ese tipo de cosas. —Y ¿cómo te va ahora con eso? —inquiere Gabriela, que se ha visto obligada a suspender su maquillaje.

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El maquillaje casi perfecto de Gabriela se arruinó por la pésima idea de dar una entrevista mientras te delinean los ojos.

—Yo traje pañitos —se ofrece Santiago mientras va a buscar su envidiable kit de cosméticos japoneses. Gracias a su interés por el idioma japonés, a las posibilidades de intercambio que ofrece su universidad y a que nadie más quería presentarse a una beca en Japón, Santiago ha tenido la oportunidad de viajar en repetidas ocasiones a ese país, donde, como él mismo comenta con orgullo, ha podido florecer. “La primera vez que me medí una falda, en una tienda japonesa de segunda, todo el cuerpo me temblaba. Ni siquiera pude mirar a la cajera a los ojos”, cuenta. —Siguiente pregunta —retomo la entrevista—. ¿Qué fue necesario para que empezaras a identificarte como una persona de género no binario? —Me considero una persona de género no binario desde que entendí lo que eso significaba y empecé a familiarizarme con estos discursos. Pero ya navegaba entre los géneros antes de que supiera que tenía un término que me permitía hablar de mí mismo —dice. —¿En algún momento tuviste problemas con aceptar tu identidad de género?

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—Bueno, la verdad es que ahora es bastante más fácil, pero no del todo. O sea, yo acepto lo que soy, pero eso no es suficiente, ¿sabes?, porque uno igual vive en un contexto que sigue determinándolo; entonces sigo sintiéndome un poco discriminado porque las personas todavía me miran más de lo que yo quisiera o noto que se sienten incómodas a mí alrededor… A veces porque decido expresar mi feminidad sin tapujos, supongo. Por mucho que queramos que sea verdad, no podemos asegurarle que las cosas mejorarán. Le entregamos otra vez el espejo para que pueda apreciar su nuevo maquillaje, sonríe entusiasmado y nos preparamos para las siguientes fotos. ***

Hicimos una tercera sesión de fotos con las piezas de látex que llevó Santiago. No queríamos desaprovechar que él mismo quería compartir su trabajo. En el arte, Santiago encuentra un espacio para reflexionar sobre los temas de género y para que otras personas también lo hagan.

Feminidades dúctiles, uno de sus trabajos más dicientes sobre el tema, consiste en dos figuras femeninas reales hechas con látex que se oponen a la construcción de feminidad que, en sus propias palabras, es excluyente con los cuerpos de una minoría que no cumple los parámetros establecidos. “Este proyecto propone entender la feminidad como una superficie elástica, liviana y maleable, capaz de adaptarse a corporalidades específicas, a la vez que visibiliza las experiencias de personas de color, trans, discapacitadas, queer y pertenecientes a otras categorías”. Lore Ezpeleta, artista y docente de arte y género de la Universidad Javeriana, afirma que este tipo de identidad no se trata tanto de la preferencia sexual de una persona. “Realmente es una posición política o de cuestionamiento de estos roles en la vida diaria por medio de símbolos externos”, explica. Con el maquillaje que Santiago usa, por sutil que sea, está haciendo una declaración de principios por medio de signos que no son fáciles de mostrar en una ciudad como Bogotá. Santiago piensa que la clave para una sociedad mucho más amable y respetuosa es que las personas estén dispuestas a ser empáticas, a apoyar, a hablar cuando una persona esté siendo víctima de violencia: “Es importante que un tercero hable frente al agresor y que no se quede de brazos cruzados”. Como ya nos dijo Santiago, aunque para él las cosas han mejorado, mantener su posición sigue siendo muy difícil: si quiere ir en falda a la universidad, debe llevarla a escondidas y cambiarse en el carro, o salir de casa sin despedirse de sus papás cuando se maquilla para ir a una fiesta. Sin embargo, personas como sus amigos, aunque no sean del tercer género, están dispuestas a apoyarlo. Y es que de eso se trata todo: de respetar el camino elegido por el otro.

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Otras Culturas

A

La gitana que lee las leyes Texto y fotos: Sebastián Cote sebastian.cote95@gmail.com

En Bogotá viven unos 500 gitanos. Ana Dalila Gómez, que llegó en 1990 a la capital, es la defensora legal de esta comunidad rom, que aunque ya no es nómada, mantiene sus costumbres y lucha por ser protegida como grupo étnico. Ana Dalila Gómez, más conocida como Dalila Negra en su comunidad.

Aunque es el mismo piso, allí dos mundos se juntan. Modernidad y tradición. Demandados y demandantes. Por un lado, al costado norte de la sucesión de mesas Rimax, el gobierno colombiano armó su gabinete con Horacio Guerrero, director de asuntos étnicos del Ministerio del Interior y una decena de mujeres serias, rubias y arregladas que parecen androides. Del otro costado, moderados por una mujer delgada y de tez morena, con trenzas palanqueras y de camisa fucsia, se sitúan los representantes de los diferentes grupos étnicos —gitanos, raizales, afrodescendientes e indígenas— quienes pelean por el reconocimiento de sus derechos y una asignación justa de los recursos del Estado. Atrincherados, a la merced del presupuesto, se juntan una y otra vez. Cada uno, responsable de su etnia, intenta que el director le escuche, sin embargo, este se limita a contestar mensajes vía WhatsApp y asentir con la cabeza.

Ana Dalila Gómez, gitana fundadora y coordinadora de ProRom, el movimiento gitano más importante del país, se impacienta viendo que su par indígena es ignorado enfrente de casi un


Joven integrante del grupo musical gitano. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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5.000 gitanos que viven en Colombia, hay unos 500 en Bogotá •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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centenar de personas. El hombre dice que el Gobierno no tiene en cuenta las metas y sueños de los diferentes grupos. Horacio le da un mordisco a la empanada que guardó y abre otras conversaciones en su chat. Dalila se levanta de la silla y su vestido largo y azul se exhibe como un pavo real al abrir sus alas. Pide el micrófono una, dos y tres veces. Todos los presentes la miran. “¡Lo que usted está haciendo es ilógico!”—le reclama al funcionario. Lo dice mientras manotea haciendo sonar sus pulseras. El director guarda su IPhone y se dispone a escuchar a Dalila. No es cualquier charla, hoy, como toda la semana, se está debatiendo la asignación de recursos en el Plan Marco de Implementación de los Acuerdos de Paz.

Flor negra Estamos sentados en un restaurante del centro de Bogotá, a una cuadra de la Plaza de Bolívar donde hombres encorbatados y mujeres entaconadas hacen fila por un plato ejecutivo. Dalila, como se presenta ante la “sociedad mayoritaria”, es decir, la no-gitana, es llamada en su comunidad DalyKali, que significa Dalila Negra. Nombre que responde al color de su piel. Sonríe. Se le nota tranquila a pesar de tener agendadas al menos dos reuniones diarias y ver al mesero equivocar su orden tres veces

seguidas. Llega por fin la limonada sin azúcar y la ensalada sin lechuga. Hoy luce un vestido rojo de seda, adornado con flores y aves, que llega a los tobillos, cubriendo sus sandalias cafés. Aunque sus papeles rezan que es originaria de Bogotá, en realidad el Cauca la vio nacer. Solo nacer, porque lugares para vivir no le faltaron, desde Cúcuta hasta municipios de Cundinamarca o Antioquia. “En mi familia viajábamos mucho. Vivíamos en un lao’ y otro, y en carpas; cuando se podía vivir en carpas”. Aunque en el colegio quedaba disfrazada de niña del común con el uniforme, su casa era la única sin techo. Ella es gitana y el pueblo gitano es nómada. Originario de la India, llegó a Colombia en el tercer desembarco de los españoles. Desde entonces se ha sostenido en grupos de familias o kumpanias. La población, según el censo de hace más de una década, es de 5.000 gitanos en el país, de los cuales el 10% vive en Bogotá. En los años 80, los gitanos decidieron agruparse en barrios y vivir bajo techo debido a la inseguridad. En La Pradera, cerca del Éxito de la avenida 68, vive la familia más importante y una de las más ancestrales: Los Cristo, curioso apellido para una comunidad que recién se está convirtiendo al catolicismo. No es en vano que esta familia sea muy cercana a Dalila, pues promueve


actividades de visibilización y fortalecimiento del pueblo rom: fiestas honorificas, charlas, asados, coros y demás.

El arte de leer las manos —¿Qué puede ver un gitano que otra persona no pueda ver?

—La vida misma. Nosotros vemos la vida de otra manera —dice Dalila mientras deja el tenedor en el plato y fija su atención hacia mí—, en un mundo tan revolucionado y tenaz, tratamos de ver la vida de manera simple y vivimos en un presente continuo. Como si fuera el último momento. —Es como si tuvieran un don. Un valor agregado.

—Sí. Uno aprende a ir de la complejidad a la simplicidad. Mi abuela nos enseñaba sobre la relación con las demás personas a través de la mano. Al principio lo usaba para ayudarme en cosas, pero después no lo volví a hacer. El arte de leer las líneas de la mano es propia de la cultura rom. De las mujeres, ya que desde tiempos antiguos se les prohibía estudiar y obtener un empleo formal. Las gitanas solo generan ingresos a través de la adivinación y artes manuales, aunque según Misión Rural, solo el 2% de la etnia recibe ingresos legales por las actividades que realiza. Las mujeres tienen ese don excepcional de nacimiento que, como ellas dicen, les permite conectarse con el destino y el pasado de su cliente. Tan solo necesitan verlo a los ojos y sostener suavemente su mano. Zafiro, una gitana robusta quien vive de la adivinación, de falda larga y cabello castaño con rayos rubios, cobra $5.000 por una sesión corta. “Por más difícil que sea la situación debo decirte. Es bueno que te sientas aconsejado, yo voy a ayudarte y a guiarte”, dice clavando su mirada en la mía. Pide estar en un lugar a solas, pues dice que es necesario para su concentración, allí se sienta en frente de mí, revisa mi iris, lo observa durante quince segundos y pide mi mano derecha. Una vez analizada, línea por línea, me revela tantas situaciones personales, detalladas y con nombres exactos, que el miedo me domina.

si una noche de repente caminaba inconsciente, por eso, su madre ataba un hilo, en un pie de cada una, que no dejaba que se distanciaran. Esto cambió en 1990 cuando Dalila llegó con su familia a Bogotá. Aunque se asentaron en apartamentos, nunca tuvieron un barrio fijo. Una vez en la capital pudo terminar su bachillerato y empezó a estudiar su primera carrera en la Universidad Distrital: Ingeniería Industrial. “Como era una universidad pública, trataba de hacer cosas, vender dulces. Me tocaba tejer sacos, trabajar fines de semana”, dice. A las mujeres gitanas se les prohibía estudiar. De hecho, son criadas para llevar la cultura a sus hijos, y a su vez realizar labores domésticas y quiromancia (si no son cristianas). Celebran su matrimonio a los 16 años, siendo vírgenes, en un pacto de familias o kumpanias. “Para el matrimonio gitano se requiere de unos diez pasos; el noviazgo comienza cuando las familias se conocen, si a mí me gusta una casa, o una chica para mi hijo, yo voy visito a esa familia”, dice Lucero Cristo, amiga de Dalila, en el ensayo musical de domingo. “No piense usted que es una negociación, es toda una celebración llena de baile y música. Alegría y festín. Familia y amor”, afirma. Estudiar su primera carrera universitaria fue un problema para Dalila. —Mi kumpania en aquel momento no creía en lo que yo estaba haciendo. Era difícil porque las mujeres no podíamos estar en esos espacios. Había una permanente inquietud: que porqué hace esto, que porqué hace lo otro. —Quizás pensaban en una posible separación de la comunidad.

—Ujum –asiente con la cabeza. Que las mujeres se vuelven no-gitanas por educarse. Tuve muchos problemas, pero al final los gitanos se dieron cuenta de que estudiar es importante. Es un derecho. Da libertad e independencia.

Abogada con causa

Son las dos en punto y los oficinistas dejan el lugar. Dalila vive en ese mundo de papeles y escritorios. Entre zapatos lustrados y tacones, ella luce sandalias. Entre tanto formalismo ella representa la anarquía. Se educó para pelear sus derechos frente a frente con el poder.

Dalila era sonámbula. Teniendo en cuenta que vivía en una carpa, cualquier cosa podría pasarle

—Deja una satisfacción chévere dar todo por el pueblo. Hemos luchado cupos especiales para

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Con la Ley de Lenguas de 2010 se reconoció el romaní como lengua del pueblo gitano en Colombia •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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los gitanos en la educación superior y ya se están dando. Inclusive para mujeres. Y protesta contra German Vargas Lleras. Cuando el político era ministro de Vivienda, en 2012, decidió que no iban a haber recursos adicionales destinados al pueblo rom, argumentó que no necesitaban porque eran nómadas. La reacción de Dalila, cabeza de ProRom, movimiento que, desde 1999 lucha por los derechos de su pueblo, no se hizo esperar. Redactó entonces, acompañada de su gente, una acción de tutela contra el exministro. Lo retó en persona. Sin siquiera una frase por fuera de los límites del respeto. “¿Qué no necesitamos vivienda? A pesar de que seamos nómadas, nosotros somos como las aves… siempre volvemos al nido”, le dijo aquella vez. Hoy se adjudican recursos para vivienda al pueblo gitano gracias a esta mujer.

En la ley 1381 de 2010, denominada Ley de Lenguas, se evidencia lo más importante que Dalila le ha regalado a su pueblo: logró que el Estado registrara la lengua romaní y el reconocimiento, protección y desarrollo de los derechos colectivos e individuales de esa comunidad. Sí. Esa vez y para siempre dejaron de ser invisibles. Desde ese día son ciudadanos colombianos con todas las garantías.

El himno de Dalila Alguien toca un acordeón. Un joven gitano, de pelo rizado y dedos delgados, está practicando su parte del ensamble para las cinco de la tarde. Es la casa donde cada domingo los gitanos ensayan para el gran concierto del próximo año. Hay un cuarto para violín, otro para percusión y otro para el coro. Subiendo las escaleras, lo primero que se escucha es una vibración. Una constante pronunciación de la m, procedente de siete gitanas y la presión de sus diafragmas. Juntas son el coro. En el cuarto también hay una longeva profesora de canto dictando ejercicios de respiración. DalyKali está allí. Hoy no está encerrada en un cubículo de alguna entidad oficial. La gitana es una con su comunidad. “Vamos. Tú puedes”, le dice a una de las gitanas más jóvenes de voz excepcional. DalyKali está feliz. Luce una rosa para recoger su pelo negro, unas candongas plateadas con flores, y se nota cómoda entre sus pares. Las mira a los ojos, las aconseja. A una le da un leve toque en el hombro mientras ríen juntas.

—¡A Rromalen, A chavalen! –canta mirando la letra de la canción. Opre Rroma isi vaxt akana Ajde mançar sa lumáqe Rroma. —¿Qué significa?

—Está escrito en romanes. Quiere decir: ¡Ay romà, ay muchachos! ¡Arriba, gitanos! Ahora es el momento de ir adelante. Venid conmigo los romà del mundo. Es el himno internacional gitano. Se llama Gelem Gelem y aunque tenga orígenes poco explorados, así como la misma cuna de la cultura, parece escrito para ella. La gitana se apropia de cada frase como si el compositor entendiera su lucha por los suyos a través de la educación y la libertad. Hoy solo es la canción para ensayar, pero este himno gitano es también el himno a Dalila.

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Otras Culturas

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Ahmed Texto y fotos: Mateo Arias Ortiz arias.mateo@javeriana.edu.co

Si usted decidió utilizar Uber como alternativa de transporte en Bogotá, habrá notado que los conductores de la aplicación tienen, por alguna razón, nombres extraños, pero probablemente solo haya uno con este nombre y con esta historia que le da sentido.

—¿Y ese Waze tan gomelo en inglés? —le pregunté a mi conductor de Uber apenas me subí a su Nissan y la aplicación de GPS dijo turn right con su computarizada voz femenina.

—¿Ah? —El Waze, que lo tienes en inglés, ¿por qué?

—Oh, es que no hablo español —respondió Ahmed Samy con ese acento extranjero que suena como si tuvieran algo en la boca. Inmediatamente me emocioné y empecé a hacerle las típicas preguntas que de seguro le hará cada persona que se sube a su carro y descubre que es egipcio. A todas respondía como si fuese la primera vez que hablaba con alguien en Bogotá, con júbilo y emoción. No sorprende que nuestro viaje, por el tráfico sabatino, acabara tardando mucho, a pesar de que la distancia fuera corta. Y aunque hablamos de varios asuntos, logró terminar en su tema favorito: la economía. Ahmed trabajaba en la construcción de un partido político en El Cairo y, según él, no se puede pensar en política sin pensar en economía. ¿Qué hace un ingeniero en telecomunicaciones de El Cairo conduciendo mediante la aplicación Uber en Bogotá? La pluralidad étnica en Colombia hace que no reconozcamos a los árabes a leguas, como sí lo hacen en otros países. Los ojos de Ahmed a veces parecen verdes, aunque no lo son. Usa el pelo corto y se deja crecer una barba de un centímetro. Mide un poco más de 1,70 metros. Podría ser colombiano. Ese día, Ahmed Samy respondió parcialmente mi pregunta: trabajaba en la construcción de un sindicato y la situación se volvió peligrosa, así que decidió dejar su casa y su vida en El Cairo para asegurar el bienestar suyo y el de su familia, que en ese momento apenas comenzaba a construir. También supe que su esposa es colombiana y que su suegro es cristiano y al principio lo rechazó por ser musulmán y extranjero. Sin embargo, él entiende que a nosotros en Colombia nos parece “chévere” (término que yo usé para referirme al hecho de que me transportara un egipcio y que él imitó) que la gente venga de lejos, pero también cree que no confiamos en nosotros mismos.


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contado toda su historia en Colombia y que ya era hora de despedirnos, precisamente porque con Ahmed, a juzgar por nuestros dos encuentros, siempre cuesta acabar una conversación.

La colombian girl que se aburrió

Pepitas de comino negro “¿Cuidas tu salud? ¿Conoces el sabor del Oriente? ¿Crees que la naturaleza tiene todo qué ofrecer para ayudarte? Al-Kamar: importación y exportación”. Eso dice el volante que me entregó al bajarme de su carro. Me lo dio para que allí encontrara su número de teléfono y su correo en caso de que decidiera buscarlo un día para entrevistarlo o solo charlar. Venía acompañado de una pequeña muestra de los productos de su empresa: una bolsita con unas pepitas negras idénticas al caucho que se usa para simular tierra en las canchas sintéticas de fútbol. Era comino negro: “Una semilla que ofrece múltiples propiedades curativas e incrementa el sistema inmune”. Todavía no he sabido cómo consumirlo y es solo uno de los muchos productos “de Oriente” que ofrece Ahmed en Al-Kamar. Meses después lo busqué mediante uno de los números de teléfono que me dio, y él me recordaba perfectamente. Accedió a un encuentro. De camino a un Juan Valdez, me explicó que, a pesar de en Egipto existe una gran cultura de café, él prefiere las bebidas frías y lo toma poco, pues lo pone nervioso y se desvela. “Tal vez hoy pida café porque voy a manejar hasta tarde”, me dijo, pero al llegar al lugar cambió de parecer y pidió “hot chocolate”. Él comenzó explicándome cómo Franklin D. Roosevelt resolvió la crisis de 1929 en Estados Unidos comprándoles oro a los ciudadanos en 1933. Después de tres horas y media, me di cuenta de que estábamos hablando de las diferencias entre las maneras de concebir a Dios desde las distintas religiones, que ya me había

Su relación con Colombia comenzó a finales de los noventa cuando por ICQ, la plataforma de chat de moda, conoció una “colombian girl”. La religión de Ahmed no permite dar muchos rodeos en materia de relaciones de pareja, de manera que, pasados unos meses de conversaciones, le preguntó si quería tener algo serio con él, y ella dijo que sí; le preguntó si eso “serio” podría tratarse de un matrimonio, y dijo que sí, finalmente le preguntó si estaba dispuesta a viajar a El Cairo con su hija para concretar sus planes, y su respuesta ya se sabe. Poco tiempo después, Ahmed le envió los tiquetes y se sentó a esperar a su futura esposa.

—Y nos casamos. Vivimos juntos un tiempo, pero ella parecía no estar conforme. —Ahmed titubea cuando habla. Trastabilla en una continua muletilla mientras piensa en qué palabra usar, en cómo explicar alguna cosa. “Ah, ah, ah, ah” y cada “ah” interrumpe el anterior con velocidad. Mira para arriba mientras lo hace y sonríe. El inglés tampoco es su idioma nativo—. No estaba conforme con la vida en Egipto, no estaba acostumbrada… —Por las relaciones… —Las relaciones de pareja —me interrumpió—, todo. Las dinámicas sociales en Egipto son diferentes a las de Occidente, más conservadoras. Además, ¡ella era una activista feminista en Colombia! No se acostumbraba a quedarse en casa. Y por alguna razón que no entiendo era extremadamente celosa. De momento hizo una pausa corta, pero que cobró contundencia cuando prosiguió:

—Un día llegué a la casa y simplemente no estaba. —¿No estaba? —le pregunté reiterando.

—No estaba. Dejó una nota y se devolvió a Colombia. Luego vino un silencio durante el que él afirmaba con la cabeza en ese gesto de extraña satisfacción por tener razón en lo que decía.


Pero la razón real por la que Ahmed decidió venir en busca de su mujer, incluso ignorando las recomendaciones de sus padres respecto al riesgo que corría de morir en un país “tan peligroso como Colombia”, fue saber que estaba embarazada.

Moneda virtual, temores y sueños reales A sus 38 años, Uber le ha servido no solo como un sustento temporal al que decidió acudir en vista de que en los empleos relacionados con su profesión le ofrecían menos de lo que se podía ganar en un call center, sino como una manera de conocer gente con la que eventualmente ha forjado una amistad. Y también le ha servido para otras cosas, por ejemplo, fue un pasajero quien le contó del fenómeno bitcoin: la moneda virtual internacional. Ahmed ya sabía que existía, pero nunca le había puesto atención. Entonces averiguó y vio la posibilidad de invertir unos ahorros. Ahmed se despliega ampliamente explicando cómo funciona, en terminología económica. Pero al final no es difícil de entender: es la ley de oferta y demanda. Hace menos de 10 años con 1 dólar se podían comprar 400 bitcoins. Hoy un solo bitcoin vale 600 dólares. Y es porque cada vez hay más gente detrás de ellos.

“Está el caso de este tipo noruego que invirtió 50 dólares y lo olvidó. Luego vio en las noticias que el precio de Bitcoin estaba subiendo vertiginosamente. Recordó sus 50 dólares, que además para un noruego no son mucho, y revisó su billetera virtual. Sorpresa: era millonario”, explica emocionado. “Sin embargo, hay que saber que no siempre funciona así. Se trata de un negocio a largo plazo; no puedes creer que eso va a pasar de la noche a la mañana. Pero si tienes paciencia y no te asustas cada vez que ves que tu dinero disminuye por las leyes del mercado, seguro en algún momento subirá y tu inversión tendrá sentido”. La preocupación de Ahmed es ahorrar suficiente dinero para comprarse una tierra en La Guajira y, con la mayor brevedad, irse a vivir allí con su mujer y su hija en un modelo de autosustento agrícola y económico. Según él, sus lecturas y sus estudios, el 50 % de la economía en las principales ciudades del país depende de los negocios relacionados con la explotación y venta

del petróleo. Y, según él, sus lecturas y sus estudios, el petróleo de Colombia se agotará más pronto de lo que creemos y no se quiere quedar a ver cómo se derrumba el sistema económico. Comenzó a señalar todo el centro comercial donde nos encontrábamos y, en español, comenzó a nombrar supermercados y zonas de la ciudad que van a colapsar cuando se acabe el petróleo: “La gente se va a poner violenta. Todo esto va a colapsar: Carulla, el Éxito, todo…”. *** Se resistió a cualquier recomendación y llegó a Colombia con la esperanza de ver a su hijo y a su esposa. Ahmed creyó convencerla de que se devolviera a El Cairo y se regresó a cumplir con sus obligaciones y a esperarla. Pero ella, con excusas y mentiras, lo hizo gastar una fortuna en tiquetes de avión que una y otra vez él enviaba sin resultados. Fue un periodo difícil. Solo funcionó durante más o menos dos años la dinámica en la que él le consignaba una alta suma para su sustento y viajaba tan solo una vez al año a ver a su hijo, porque la tercera vez que lo hizo se encontró con que otra vez estaba embarazada.

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real) y que por ese motivo la había agregado, pero que, si se sentía incómoda, él entendería. La incomodidad paulatinamente se desvaneció hasta que, cuando lo notaron, ya habían creado un vínculo fuerte. ¡Y qué conveniente resultó que también fuera musulmana!

—¿Ya era musulmana antes de conocerte? —Le pregunté extrañado. —Te cuento esa historia después. Pasaron diez meses, y Ahmed decidió que no cometería el mismo error de involucrarse con alguien a quien no conocía, así que, de manera consensuada, viajó a Colombia y conoció a sus futuros suegros: una pareja de clase media alta en Ibagué que asistía a una Iglesia cristiana y que quiso convencerlo a él y a su amada de convertirse. Cosa que no ha sucedido.

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—¿Una coincidencia que en menos de dos años tuviera tres hijos de tres padres distintos que le enviaban plata mensualmente? Le dije, no más, no te creo. Ni siquiera creo que este hijo sea mío. Tú solo dices mentiras y ya me cansé. Esto se acabó. La historia definitivamente se acaba aquí —contó Ahmed.

La primavera árabe de Ahmed Ahmed estaba de nuevo solo en su ciudad. Era 2007 y ese año, cuando tenía 28, fundaron Facebook. Abrió su perfil y encontró una colombiana. La agregó. Ella lo aceptó, pero el primer mensaje que le envió fue, en palabras de Ahmed, descortés. ¿Cómo reaccionaría una colombiana a la que un egipcio la agrega a Facebook con quien no encuentra ninguna relación aparente? Ahmed entendió eso y quizás fue su respuesta la que hizo que ella quisiera seguir hablándole, pues le explicó que simplemente le había gustado su foto, que tenían un amigo en común (en Facebook y en la vida

Quedó decidido: se casarían. Pero antes, Ahmed tendría que resolver su vida en El Cairo y preparar todo para la llegada de su mujer, con tan mala suerte de encontrarse con la explosión de revoluciones que en Occidente los medios nos mostraron como “La Primavera Árabe”. Por supuesto, él, que trabajaba en la construcción de un partido político de centro izquierda en aras de defender sindicatos y cambiar las dinámicas de poder, no quedó exento del alboroto e incluso hizo parte activa. Luchó. Pero su mujer en Colombia no pudo soportarlo. Mientras ella acudía a terapias por la crisis nerviosa que le producía saber que su prometido estaba corriendo riesgos, Ahmed decidió volver a Colombia. Quizás fue el hecho de pasar tres días en la cárcel en El Cairo, quizás las incesantes llamadas desde Colombia o quizás el aumento de la frecuencia de las amenazas que empezó a recibir. O, más probablemente, el cúmulo de todo lo anterior. Y aunque en un principio Ahmed no daba su brazo a torcer respecto a cambiar su vida ya construida en Egipto, al final cedió. Hoy trabaja con calma en su Nissan gris, reparte volantes de Al-Kamar, su empresa de importación, aguarda por los resultados de sus inversiones virtuales y vive con su esposa, su suegra y su hija en el norte de la ciudad. Por estos días espera el mensaje de aquel pasajero que recogió en junio que diga que la crónica de su historia en Colombia está lista y que tomarán otro café. Otro chocolate.


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Otras Culturas

N

Al son de los desmovilizados Natalia Palacio Cano nataliapalacio.cano@hotmail.com Fotos: Valerine Medina

En la galería comercial cultural La K-Zona —al lado de San Victorino—, se realizó un espectáculo musical para presentar al nuevo partido de las FARC-EP. Un concierto privado diferente al que se celebró la víspera, el 1º de septiembre, en la Plaza de Bolívar.

No fue gratuito que la banda principal del espectáculo fuera Bandabassotti, una agrupación de origen italiano, reconocida por su activismo político. Esta banda de ska, nacida en 1981 con una marcada ideología revolucionaria, pisaba por primera vez territorio colombiano, y qué mejor día para hacerlo que en el lanzamiento del nuevo partido de la desmovilizada guerrilla de las FARC. La encargada de planear, promocionar y producir el evento fue una disquera relativamente nueva, Independencia Records, que busca la construcción de paz y reconciliación a través del arte y la cultura.

Multiculturalidad en cuatro paredes “Lo más llamativo y bonito de la celebración fue, en mi opinión, encontrar tanta diversidad en un mismo lugar”, afirmó Sergio Reina, uno de los asistentes. Y así fue: en un espacio tan reducido se logró una muestra de la colectividad y de la unión de razas, culturas y expresiones artísticas. Y no solamente entre los artistas, sino también en la fila de más de 200 personas que esperaban entrar y en los cerca de 30 jóvenes que colaboraron en la logística del evento, todos con vidas muy diferentes, desde estudiantes hasta excombatientes de las FARC, pero finalmente reunidos para darle la bienvenida a la paz. El lugar estaba iluminado con luces de colores, carteles del nuevo partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común y algunas banderas de países hermanos, de las Farc y de Bogotá. El ambiente era tranquilo, y los únicos que se veían agitados eran los responsables de la logística, para que todo saliera tal como se había planeado. Entre los artistas invitados se encontraba Sistema Sonoro Skartel, una de las agrupaciones pioneras más representativas de la escena ska bogotana, nacida en los años noventa y caracterizada por mezclar diferentes géneros musicales, como drum and bass, hip hop, breakbeats, que junto con el ska, dub, punk y reggae llegan a desarrollar una mezcla propia. Todos sus integrantes están comprometidos con la causa libertaria y de resistencia cultural. Más que formar una banda musical, esta


agrupación constituye un colectivo de colectivos “con la sangre roja y el corazón a la izquierda”, como reza su lema. Otra de las bandas invitadas fue Red Noise, conformada por seis jóvenes que reúnen dos guitarras, dos voces, un bajo y una batería; en cuanto a su base musical, interpretan una mezcla de hardcore punk, metal y oi!, con letras contestatarias. Estos jóvenes, en su mayoría bogotanos, han dedicado muchos años no solo a hacer música, sino también a trabajar por transmitir su crítica social y su postura revolucionaria a muchas más mentes. Y, en consecuencia, su presentación fue una descarga de emotividad.

Raperos embera y excombatientes Entrando un poco en la categoría hip hop de artistas invitados al evento, subieron a la tarima dos jóvenes con un dj, raperos provenientes del resguardo indígena Marcelino Tascón en Antioquia; vestidos con ropa ancha, collares característicos de su cultura y rimando en chamí (variante de la lengua embera), captaron la atención de los espectadores. A pesar de que no se entendía el mensaje literal de sus composiciones, sí era posible sentir la energía con la que cantaban y la cadencia de sus pistas. Dairon y Brayan Tascón son hermanos y se anuncian como “representantes del hip hop indígena”. Cantan en su lengua madre porque quieren que se conozca: “Queremos que se sepa que también se puede rapear siendo indígenas, no siempre en español; nuestra lengua es muy hermosa y nos gusta explorarla en la música”, dijeron. Otros dos personajes talentosos subieron al escenario, raperos de corazón y de combate, excombatientes de las FARC: Martín Batalla y Blacksteban han dejado las armas, pero no su lucha por el cambio social. Estos jóvenes militan ahora desde el arte, las rimas y el rap; ahora pueden cantar y componer tranquilos, como civiles, como los demás, sin ser estereotipados y segregados por sus ideales. Han tenido vidas difíciles y lo cuentan en sus letras: balazos, enfrentamientos, pérdidas de seres queridos, bombas, ataques y demás, pero a pesar de todo, siguen de pie esperando la paz por la que tanto han ‘guerriado’.

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Otras Culturas

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Donde sobran las palabras Texto y fotos: Valeria Giraldo Rodríguez valeria.giraldo@javeriana.edu.co

En junio de este año se abrió el primer café-bar para sordos en Bogotá, sexto en el mundo. Un lugar de recreación para esta comunidad conformada por más de 30.000 personas en Bogotá, según el Instituto Nacional para Sordos.

En el piso se siente un temblor, pero no es tan fuerte como para asustarse. Son las vibraciones de música que, sin importar los decibeles, viajan a través de la plataforma por donde pasan los clientes de este lugar. La música no solo se escucha, se siente. Todo habla, excepto las personas. Nada allí está ubicado al azar. Tras cruzar la reja verde de la pequeña puerta, los ojos se clavan en las letras de los avisos sujetos en paredes que lucen rugosas, como el cemento seco de una construcción incompleta, con manchas claras y oscuras, ladrillos atravesados e interruptores de luces sobre cada una de las 15 mesas. Esos mensajes dan la bienvenida e invitan a disfrutar cada momento: “La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz”.

Un corto camino de piedras blancas alberga un sofá hecho de guacales —como los de las frutas y verduras de las plazas de mercado— que forma una pequeña sala de estar. Hay enredaderas de hojas verdes artificiales en el techo, al fondo un tipi, esas chozas de tela que vemos en las películas de indios, pero con cojines estampados al estilo pop-art, y luces: el espacio perfecto para recostarse a leer y sentir la música del piso vibrante. Es como un jardín bajo el cemento. Los interruptores cumplen una función: encender las bombillas cuando la persona que está


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sentada en la mesa quiere ordenar. Llega la idea, oprime el botón y se hace la luz. Acción inmediata: se acerca un mesero, con una gran sonrisa. Y apenas empieza a hablar, el cliente amablemente lo detiene, señala su oído mientras que su rostro le expresa algo frunciendo los labios y levanta las cejas en señal de “no le puedo escuchar”. En Sin Palabras, Café Sordo sobran las palabras, pero no por amor —como las del Binomio de Oro—, sino porque literalmente es un espacio donde los labios se mueven poco, los ojos escuchan y las manos son las que expresan los pensamientos y deseos. Es un espacio creado para sordos, pero que acoge también a oyentes. Todo está pensado para la comodidad de la clientela. En la carta se encuentran fotografías de la traductora que apoyó el proyecto, con algunas indicaciones de cómo pedir la orden en lenguaje de señas. Además, el mesero también entrega a oyentes también una cartilla donde

están el abecedario y los pasos para hacer las señas y aprender a comunicar lo básico, como “hola”, “por favor” y “gracias”.

Donde los oyentes se adaptan Cristhian Peraza pronto cumplirá 19 años. Es de piel morena y estatura media. Además de trabajar en el café-bar Sin Palabras, estudia en la Universidad de la Sabana, adora el skateboarding y es ferviente hincha del Atlético Nacional. Y sí, es sordo. Aquí todos los meseros son sordos.

“La idea nació en el Sena cuando vi que dos personas se estaban comunicando a través del lenguaje de señas. Investigué sobre los lugares de esparcimiento que ellos tenían, con la sorpresa de que no existía ninguno en Colombia", menciona Christian Melo, el fundador de Sin Palabras. Christian se informó sobre la comunidad, su comportamiento en diferentes sectores y cómo podía ofrecerle un lugar acorde con su situación. El bar rompe el esquema de la idea de inclusión, porque invierte el orden habitual: “Aquí no son los sordos los que tienen que acomodarse a los oyentes, sino los oyentes quienes deben acomodarse a la cultura sorda”. Sin Palabras Café Sordo es el primer café-bar en Colombia para sordos y el sexto en el mundo, pero su diferencia con los otros cinco radica en la plataforma, que transmite las vibraciones de la música para que los sordos ‘escuchen’ con sus sentidos. El lugar también tiene pantallas que reproducen los videos musicales en lenguaje de señas. Este es un espacio construido para aprender sobre la cultura de los sordos, que enseña que para ellos el lenguaje de señas es su lengua materna, y que se podría aprender antes que el inglés, asegura Christian Melo. Cada fin de semana se realizan presentaciones musicales, de danza, teatrales e incluso se ha convertido en el centro de eventos como el Ciclo Cuir Literario, en el cual se realizaron diversas actividades en torno a la literatura, adaptadas para sordos y oyentes. Aquí se tiene la oportunidad de abrir la mente y cerrar la boca para intentar comunicarse sin palabras necias, con otros sentidos.


Mucho más que cuy Karla Martínez Calderón karlaisabelamartinez@hotmail.com

De los más de 22.000 restaurantes que hay en Bogotá, apenas tres son de comida típica nariñense. En ninguno venden cuy, pero tienen otras especialidades poco conocidas en el centro del país.

L

Lapingachos, Picantería Ipiales y Sindamanoy son restaurantes que funcionan en Bogotá desde hace varios años, y ofrecen una gran variedad de platos típicos de la gastronomía nariñense, como los quimbolitos, pasteles de color amarillo de harina de maíz cocidos al vapor que se toman con café; los lapingachos, que son tortillas de papa rellenas con queso que se comen con lechuga y hornado —un plato de cerdo asado al horno—; el frito pastuso; las empanadas de harina espolvoreadas de azúzar que se sirven con una taza de café negro; el maíz tostado, que se prepara en una paila con manteca y trozos de carne; los hervidos, un coctel nariñense a base de frutas y aguardiente que se ha ganado la fama de bebida traicionera porque nadie le siente el aguardiente hasta el guayabo al otro día; los envueltos de yuca; el postre de chilacuán o el dulce de calabaza, entre otros. Todos


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apetecidos por la mayoría de nariñenses que vivimos en Bogotá y con los que fantaseamos entre conversaciones. Muchos de los platos típicos nariñenses son herencia inca, de cuya gastronomía se puede destacar el maíz y la papa, por ser dos ingredientes primordiales en la mesa. Por ejemplo, la palabra cuy proviene del quechua quwi, que es como todavía se le conoce a este roedor en Bolivia. Se queden muchos por fuera del menú, aparte del cuy, como los platos de mar de Tumaco, con su famoso pusandao, o las hallullas, una clase de pan dulce —que es lo que más extraña mi familia desde que vivimos en Bogotá—; aun así, los nariñenses contamos con ese trío de restaurantes para calmar las nostalgias de la mesa. Los tres son bastante parecidos. Todos fueron fundados por nariñenses y a ninguno le faltan las fotografías del santuario de Las Lajas, el volcán Galeras o panorámicas de Pasto exhibidas en sus paredes, al igual que la colección de afiches del Carnaval de Negros y Blancos.

“Siga no más, mijo” Quizá el restaurante Sindamanoy, ubicado en la calle 39 con carrera 26, tiene el ambiente más familiar. El restaurante está montado en el garaje de dos esposo ipialeños: Yolanda y Gabriel, dueños del lugar. Ambos se encargan de la parte administrativa, pero Yolanda, de vez en cuando, atiende a los clientes y acostumbra a tratarlos con frases como (leer con acento pastuso): “Buenas, mijo”, “Siga no más, mijo”, “¿Qué le doy, mija?”, “¿Empanadas? No, mijito se me acabaron”. Gabriel ya perdió la cuenta de los años que llevan viviendo en Bogotá, pero calcula que unos 45. De lo que no se olvida es de cómo nació el restaurante: “Un día invitamos a unos amigos nuestros a probar hornado y frito pastuso”, cuenta. A los amigos les gustó tanto la comida que, en broma, les sugirieron montar un restaurante de comida nariñense. El matrimonio comenzó a considerar esa idea y otro buen día lo montaron en el garaje de su casa y no han cambiado de lugar desde entonces. Gabriel recuerda el éxito del restaurante desde que abrió porque se llenaba a diario, en su mayoría de paisanos. Recuerda que fue una buena época. Ahora es un restaurante al que van familias y gente adulta, pero la clientela nariñense sigue fiel. Sindamanoy es el restaurante donde mis papás, que también son pastusos, pueden encontrarse con conocidos desde que entran hasta que salen. Es también el restaurante con mayor variedad de postres. Hay quimbolitos —que personalizan añadiéndoles un poco de dulce de mora encima, lo que no es común en Pasto—, miel con cuajada, helado de paila o dulce de guayaba, preparado con guayaba orgánica. Ninguno pasa de los $3.500, y también están otros platos, como la gallina gigante, que, a propósito, era el almuerzo de mi familia en todos los paseos al santuario de Las Lajas. Lo único que no venden es cuy. Lo vendían antes, pero ya no lo hacen más porque se volvió muy complicado conseguirlo, ya no hay proveedores y tampoco tienen ganas de traerlo porque necesitan un lugar apto donde puedan cocinar con tulpa, que es un fogón hecho con piedras y leña, utilizado mayormente en las cocinas campesinas.

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¿Ha probado los lapingachos? Por otro lado está Lapingachos, un restaurante pequeño en la carrera séptima con calle 67, que funciona hace catorce años. Pertenece a una sociedad familiar de nariñenses de la que hace parte Lolita, una señora de unos 60 años que además cocina en el restaurante. Mientras empieza a preparar la masa para hacer las empanadas del día, Lolita cuenta que crearon el restaurante porque antes no había una buena oferta de comida nariñense en la capital. No es sorpresa que los lapingachos sean el plato principal del restaurante. Los venden de doce formas diferentes. Cada plato de lapingachos va nombrado en la carta del restaurante con el nombre de un lugar distinto de Nariño: el lapingacho Cumbal o el lapingacho Morasurco, por mencionar algunos. Cumbal, por ser un municipio famoso debido al volcán nevado y por ser la cuna de Lolita; Morasurco, por ser un volcán inactivo del departamento. La sociedad familiar asignó todos los nombres e hizo la decoración de la vajilla. A diferencia de Sindamanoy, a este restaurante no asisten tantos nariñenses. Según Lolita, la mayoría son bogotanos que van a almorzar entre semana, al salir de sus trabajos. Aclara que no venden cuy “primero, porque eso es muy dispendioso, y segundo, porque es caro y nadie nos va a pagar lo que cuesta”, y agrega que para vender cuy se necesita cocinar con leña y carbón, algo que la administración del lugar no permite. La mejor temporada es la de diciembre, según ella, porque le hacen muchos pedidos de tamales y quimbolitos. De hecho, fue Lolita la que preparó por algún tiempo los quimbolitos que vendían en Sindamanoy. “Yo les vendía mis quimbolitos, pero creo que aprendieron a hacerlos porque ya no me volvieron a contratar”, dice.

Si llega tarde, no encuentra Por último, está la Picantería Ipiales, en la carrera 14 con calle 53. Es un restaurante que también existe en Pasto hace 26 años con el mismo nombre y la misma comida. La dueña es Esperanza Garreta y trajo el restaurante a Bogotá hace más de cuatro años. Fui un sábado hacia las seis de la tarde y había un solo cliente, un pastuso llamado Francisco

Tovar que vive hace poco en Bogotá, cerca del restaurante. Dice que va semanalmente y casi siempre pide una bandeja de lapingachos, el plato principal de la carta. En Pasto, el restaurante es famoso por su maíz tostado, de hecho, es la primera imagen que se ve en una pequeña vitrina de comida del restaurante bogotano, que también exhibe empanadas de harina. En este lugar no hay una Lolita ni una Yolanda que se detengan a saludar a cada uno de sus clientes o que se dediquen horas a amasar con paciencia para hacer empanadas, pero eso sí, el restaurante es grande y está bien acondicionado para recibir a muchas personas y atenderlas rápidamente; por eso algunos de sus platos están preparados desde la mañana, como los quimbolitos, las empanadas y el maíz tostado, los que más rápido se acaban. A eso de las cinco de la tarde ya no hay empanadas, pero con suerte se puede conseguir un quimbolito. Parece, entonces, que ya nadie se le mide a cocinar y vender cuy en Bogotá; mucho menos a criar los animalitos. Así que los bogotanos que quieran probarlo tendrán que seguir conformándose con la idea de que “sabe a pollo”.

Arriba: El famoso maíz tostado de Picantería Ipiales. Se come con plátano y chicharrón de cerdo. Abajo: La empanada de harina de la Picantería Ipiales. De esas que nunca faltan en las novenas pastusas. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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Otros Sabores

Auténticamente chino Texto y fotos: Óscar M. Moreno O. morenoo@javeriana.edu.co

En la esquina suroriental del Centro 93, el restaurante chino Cooking Taichi parece sacado del centro de Beijing. Comida tradicional que va más allá del arroz chino y del cerdo agridulce se sirve en este restaurante inspirado en las casas coloniales de China.

S

Sillas de bambú, mesas con discos giratorios en el centro y salas de karaoke reúnen a comensales y trabajadores asiáticos a la hora del almuerzo para comer “corrientazo”.

“Los palillos se cogen así: el de abajo se aprieta con la base del pulgar y con estos tres dedos (el índice, el medio y el anular) se mueve el otro palillo. El pulgar nunca se mueve”, explica Johana Reyes, la subcapitana de meseros y jefe de bar de Cooking Taichi.

El templo de la buena comida china fue fundado en 2012 por Kenny Tsiu: un hombre de edad media que lidera la colonia china en Colombia. “Mi papel es pensar en el bienestar de todos los ciudadanos chinos que vienen a Colombia y que los chinos que llegan a Colombia sean chinos sanos. La gente es muy buena y me considero parte de Colombia”, dijo Kenny en una entrevista con el periódico El Tiempo en 2016.

“Taichi se refiere al arte de cocinar con disciplina. Tiene que ver con la disciplina de los orientales”, aclara Johana, y el otro subcapitán, William, complementa que en el letrero de letras negras y fondo blanco, la T la forma un chef que patea el punto de la i para armar “Taichi” con asombroso equilibrio.

La entrada a Beijing por la 93 Al entrar a la recepción del restaurante, después de un tapete que da la bienvenida en diez idiomas, la solemnidad del lugar despierta los


sentidos: solo algún tenedor que golpea un plato perturba la serenidad y una débil canción china que murmura por los espacios impregnados de olor a cerdo y a salsa de soya. El rito comienza. En la mitad del vestíbulo hay una fuente de mármol rosado con una bola rota por la fuerza del agua: lo suficientemente ligera para moverse, pero lo suficientemente pesada para no caer. A la izquierda del lugar, alumbrado por cinco lámparas colgantes que proyectan luz roja por su forro, un Buda sonriente y el dios de la prosperidad, Cai Shen, custodian el trono de los nueve dragones: una silla con nueve ramas de cabeza de dragón salen del espaldar para convertirse en atracción turística digna de foto. Desde niños hasta Clara López, la candidata presidencial, han quedado registrados. Al lado hay un estante donde se cuelgan los disfraces tradicionales de la familia imperial. “Los colombianos y los niños son los que se disfrazan más”, dice Johana. Las mesas para diez o doce personas tienen un disco de vidrio giratorio con una flor de loto como centro: “La comida se pone allí porque acostumbran compartir la comida entre todos”.

El desfile de platos y gestos Natalia, auxiliar de meseras y quien conduce a los clientes a la mesa, muestra el comedor central. Hay seis mesas: cinco para cuatro personas y una para ocho. “Todo el mobiliario es de madera de bambú traída desde China”, dice Johana señalando las sillas de cojín rojo. En la primera mesa de la fila izquierda hay dos chicas que hablan entre costeño e inglés, en el fondo hay una mamá con su hija, su hijo menor y la abuela; y al lado una pareja de estadounidenses que toman té. “El plato más barato es la promoción lunch, que es como el ‘corrientazo’ y vale $20.900. El más caro es el pato Pekín tipo laqueado (barnizado) que es el especial de la casa: se pide con mínimo 24 horas de antelación para prepararlo con el tiempo que requiere; es para cuatro personas en adelante; vale $258.000 y se sirve con crepes de harina y cebolla”, aclara Johana. De entrada, unos dim sum (empanaditas al vapor rellenas de camarón) de $19.000. Como plato fuerte, un chow fan (arroz frito con fideos) Cooking Taichi especial con camarón, jamón, pollo y vegetales de $29.900, y un coctel de la casa de $27.000. Mientras pedimos, llega Kenny a la

mesa de la familia de al lado para saludar al niño pequeño. Nuestro pedido lo toma Guixien Won —rebautizada Patricia en Colombia—, administradora y encargada en jefe cuando Kenny no está. “Pidan postre de lichi [fruta del sudeste asiático]”, les dice Kenny a sus comensales especiales.

El plato más caro es el pato Pekín

Los dim sum son suaves y gomosos: se cogen con los palillos (reto para el inexperto que también puede conformarse con los tenedores) y se sumergen en la salsa de soya. Su camarón está al punto. Los dim sum van bien con el coctel hecho de sake (licor de arroz) original de Japón. Quien los expone en el bar es la mesera Ana —su alias colombiano— en una retahíla de sonidos incomprensibles para mencionar múltiples variedades de licores de arroz. El coctel explota en la boca con el cointreau (licor triple seco francés hecho de cáscaras de naranja), zumo de limón y salsa de soya. Huele a guayaba agria. A la mesa contigua trajeron cuatro copas de lichi (tamaño de una uva promedio) en almíbar.

para 4 o más personas, y vale $258.000

“Ha cogido costumbre a la comida china, la comida china es buena”, le dice Kenny al niño acariciándole la cabeza.

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Llega el plato fuerte: un generoso arroz chino rico en carnes para dos personas con cuatro especies diferentes de animales. Usar los palillos ahora es para expertos: el arroz está suelto y será menos frustrante usar tenedor. A dos metros, le dan a probar al niño una de las enigmáticas bolitas del color curuba. Al probar y morder frunce un poco el ceño y arruga una fosa nasal. No quiso más.

Karaoke: la rumba asiática Se calcula que en Colombia hay poco más de 30.000 chinos, la mayoría de ellos son comerciantes con tiendas en las principales ciudades del país. La cifra se triplicó en los últimos diez

Kenny Tsiu, el dueño del restaurante.

años, sobre todo con la llegada de ejecutivos de corporaciones multinacionales. “Siempre ha habido una gran clientela no solo china, sino también de Japón y Corea porque el restaurante es auténtico y original. Viven, trabajan en las oficinas de aquí o pasan de viaje y conocen el lugar”, dice Yelixa Roncancio, auxiliar administrativa que custodia la recepción. Subiendo las escaleras se encuentra el salón grande dividido por biombos y lo que no falta en cualquier discoteca de Asia: las salas de karaoke. “El embajador, Li Nianping, vino el pasado miércoles a eso de las cuatro de la tarde e hizo una reserva para 82 personas en el salón grande del segundo piso. Estaban celebrando una nueva asociación de caridad formada por los que mueven el comercio chino en Colombia. Pidieron lo tradicional de ellos: vegetales, langosta, dim sum y pato asado cantonés”, dice Yelixa, que usa su hanfu (ropa tradicional china) como uniforme.

“Las salas de karaoke solo abren con reserva para máximo doce personas, que suelen venir los sábados después de la oficina. Cantan mucho, pero no saben cantar: el señor Kenny se la pasa cantando aquí”, dice Johanna. El televisor está al fondo del salón rodeado de bafles y una mesita pequeña con dos micrófonos que solo conocen del inglés, el cantonés y el mandarín.

La canción del hogar Bajando las escaleras se ve por la ventanilla de la puerta de la cocina a uno de los cuatro chefs chinos sentado en un banco comiendo arroz de un tazón. Lo acompaña la mesera Yan. Ha sonado la misma canción toda la tarde. Los comensales se han ido y en el salón central solo está Patricia sentada en la segunda mesa, tomando unas notas mientras termina de tomar agua aromática.

—¿Qué dice la canción que está sonando? —Trata de una persona que vive muy lejos de su lugar y vuelve a su pueblo, a su hogar —dice ella lentamente con su estropeado español. —Xiè xiè [gracias] —le digo mientras me alejo y pienso en el fin del ritual. —Bù kèqì [de nada] —se oye lejos mientras Patricia vuelve a sus notas. El ritual acabó.


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Otros Sabores

Del Morro pa’l centro

C

Texto y fotos: Stefanía Montaño Marulanda stefania.montano@javeriana.edu.co

En el sector de Sanandresito se parqueó literalmente la costumbre paisa de comer mazamorra gracias al Mazamorro, que llegó a Bogotá hace 20 años a explotar su fórmula de la bebida montañera.

Con cuatro bultos que sostienen un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, un collar de arepas con chorizos, una bacinilla y un par de cachos con la frase ‘‘Si sospecha que son suyos, reclámelos’’, el Jeep Willys rojo alerta la llegada del desayuno para todos, aunque el conductor no haga sonar la bocina. Cuando pasa por las calles y frente a los locales de Sanandresito de San José, da la sensación a quienes lo ven de estar en algún pueblito antioqueño; luego parece que una fonda paisa se hubiera encaramado en cuatro ruedas y emprendido camino, dispuesta a antojar a todo aquel con quien se cruce. Casi siempre está parqueado cerca del centro comercial Puerto Príncipe y de las bodegas azules antiguas, pero este tradicional Willys no está cargado con café, como en las montañas del Eje Cafetero, sino con dos cantinas llenas de mazamorra, la paisa. Julián Correa Duque, ‘Mazamorro’ o ‘Morro’, como lo conocen sus amigos, es un santarrosano de estatura media y personalidad carismática que llegó a la capital colombiana hace más de 20 años a probar suerte con el talento que le heredó a su mamá: preparar mazamorra.

Con disciplina y esfuerzo, Mazamorro empezó cargando una olla gigante de “mazamorrita” con panela rayada que ofrecía a los muchachos de Sanandresito. Recorría las cuadras entre las calles 9ª y 10ª con carrera 22, entraba a los negocios y pagaba para que lo dejaran trabajar en los centros comerciales. Así se volvió popular y acreditó el producto que le ha dado el sustento. Este “montañero a mucho honor”, como él dice, es el único de los trece hermanos que sacó provecho de la receta de Melba Duque, la mamá, y que sueña con vender mazamorra a grandes cadenas y con exportarla en lata a los Estados Unidos.

La tradición no se pierde en casa El principal ingrediente de la mazamorra antioqueña, también conocida como “peto” en varias regiones del país, es el maíz pelado y se presenta como un plato semilíquido de consistencia espesa. Sin embargo, en Colombia existen otros platos típicos llamados ‘‘mazamorra’’ totalmente distintos a la paisa. Hay mazamorra chiquita,


Se venden entre

200 y 300 vasos de mazamorra al día •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

Julián Correa Duque, el Mazamorro. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• ••••••••••••••••••••••

que es una sopa boyacense de harina de maíz, cebolla, cilantro, habas, fríjol y papa, entre otros ingredientes; en la costa Caribe, la mazamorra se prepara con plátano maduro, leche, canela y queso costeño. Combinar dos referentes de la tradición paisa, como el Jeep Willys y la mazamorra, convirtieron el negocio de Julián en un concepto reconocido por muchos bogotanos, pero sobre todo por los paisas que frecuentan el sector, los principales clientes del Mazamorro. Junto a este risaraldense de 39 años se encuentra su esposa, Marcela Parra, quien lo apoya en los procesos de producción y administración. ‘‘Yo trabajo con él desde hace unos cinco años. Hacemos la mazamorra, desde que se pila el maíz, se coloca toda la noche en agua y luego se le pone la leche con una pizca de bicarbonato’’. Marcela, quien dirige la empresa desde su casa en el barrio Santa Isabel, se encarga de preparar los almuerzos para los trabajadores y, organiza el otro negocio, que es el alquiler de

los Jeeps Willys para eventos. El Morro duerme en las noches mientras que ella vigila la cocción del maíz, y cuando termina su tarea, puede descansar tres o cuatro horas.

‘‘El proceso dura más o menos 12 horas. La cocción es hasta las siete de la mañana, pero la cantidad es relativa. Depende de los días; los fines de semana se pone más maíz, eso lo medimos con un colador, entonces se echa maíz 8 o 12 veces y entre semana se va midiendo. La idea es que salga fresca, este producto es muy delicado”, afirma Marcela. Esta llanera, de pelo negro largo, piel tersa, cuerpo majestuoso y voz dulce, tomó las riendas del negocio junto con su esposo, haciendo de la mazamorra su principal ingreso. Usualmente no se encuentra en la calle, porque está detrás de todos los procesos. ‘‘Lo más difícil ahorita es lo de las leyes que han salido con el Código de Policía, pues antes era una cosa muy normal que hubiera mucho vendedor ambulante’’, dice la empresaria.

El infinito andén Sanandresito está atestado de vendedores informales y locales comerciales, tan atiborrado como un pesebre. Desde que empezó a regir el nuevo Código de Policía, que incluye sanciones económicas para los vendedores informales, la multa que atemoriza a muchos de ellos, como a Julián, es la de los $98.362 por ocupar el espacio público con violación de las normas vigentes; sin embargo, la lucha sigue y por si acaso Julián se encomienda al Sagrado Corazón que tiene entronizado en su puesto ambulante. Justo enfrente del Jeep de la mazamorra está un puestico de gafas, al lado está el que vende relojes; despuesito, casi pegado, el que vende medias, luego una señora de edad que sostiene una bandeja con churros a mil, después un señor de gorra y zapatillas Nike que ofrece el selfie stick y otros productos de moda. Cada tanto pasa un montón de clientes que augura una buena racha.

Hasta 300 vasos diarios El camino de los transeúntes, curiosos y antojados, es interrumpido por el sonido de la corneta que hace resonar un muchacho de camiseta

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polo verde, sombrero aguadeño y carriel. De pie, al lado del Jeep Willys, Sebastián Castro les repite a los clientes:

—Hay de 2.500 o de 3.500, ¿la quiere fría o caliente?, ¿le pongo la panelita o se la echa usted?’. Sebastián, de 23 años, se caracteriza por una cicatriz en la ceja derecha, piel morena, sonrisa coqueta y acento caleño. Trabaja para Julián desde hace año y medio como vendedor de “La mejor mazamorra paisa, la del Morro”. En la parte de atrás del Jeep que maneja, hay un balde rojo con panela rayada, copitas de plástico pequeñas, servilletas, vasos, tazas y cucharas; además de dos cantinas metálicas medianas albergan un cucharon de plástico y la mazamorra. También, hay un aviso que dice con picardía paisa: “Traiga a su novia, amante o mujer a comer mazamorra la del Morro, OJO, pero si trae a las tres juntas el consumo es totalmente gratis”. Mientras sirve un tazón de mazamorra, el muchacho cuenta:

‘‘Yo me inicié como domiciliario, que era surtir los carros, llevaba los almuerzos; que se quedó el parasol, que el trapo, yo llevaba esas cosas. Luego Julián me dijo que trabajara en el punto y acá me quedé, a la gente le gusta mucho. Yo vendo más o menos 200 o 300 vasos de mazamorra, esas son como tres cantinas al día’’. A las 8:00 de la mañana sale de su casa en el barrio Eduardo Santos, pasa por el carro y la mazamorra fresca en Santa Isabel y toma rumbo hacia Sanandresito. Va cambiando de lugar dentro del sector, mientras que, por otro lado y a la misma hora, su jefe, Julián, realiza el recorrido del centro, que es San Victorino, la avenida Jiménez y el barrio Santa Fe.

los señores pasaban con el carrito y la bicicleta y gritaban: ¡Mazamorra calientica a mil! ¡A mil! Uno salía rapidito a comprarles; eran ellos y los de la rellena. Los tiempos ya no son los mismos y eso ya casi no se ve”.

“Cuando Julián comenzó a vender mazamorra, mi hermano, que trabaja como administrador por acá cerca, le dejaba guardar las cosas, que las ollas, el carriel. Ahí crearon amistad y así yo conocí al Morro”, dice el joven caleño.

Después de un par de cucharadas de las grandes, Isabel Cristina hace un gesto de agrado. Todos prueban este manjar de los dioses con la misma satisfacción, porque, como dice ella: “Es buena, el maíz es suave y esponjoso, apenas de dulce y como la sirven con bastante leche, al final le queda a uno el claro pa’tomar”.

Isabel Cristina Sandoval, de 45 años, se arrima a hacerle la compra a Sebastián. Pide la de siempre, una de $2.500, caliente con una sola cucharada de panela. La caldense, oriunda de Manzanares, recuerda: “Antes, la venta de mazamorra era diaria en los barrios de Bogotá,

Encima del vehículo con placa de Santa Rosa de Cabal, se acomodan los chécheres de tradición arriera, que combinan con el aroma de la leche y el maíz. A toda hora y en cualquier lugar del centro de Bogotá, estará la mazamorra del Morro pa’l rolo.

Sebastián Castro, vendedor de confianza. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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Otros Sabores

A lo que sabe la felicidade Texto y fotos: María Jozame González mariajozame@javeriana.edu.co

La brasilera Natalia Amado llegó a Bogotá para enamorar a esta ciudad con La Brigadeiria Bogotá. En este local, ubicado en la carrera 17 con calle 141, se fusionan los ingredientes para crear el postre más famoso del Brasil: el brigadeiro. Un golazo en la portería del paladar.

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A las 2:30 de una tarde de domingo, Natalia Amado abre las puertas de su negocio. La Brigadeiria Bogotá cobra vida una hora antes de su apertura al público para poner en funcionamiento su cocina y alistar varios productos frescos que más tarde deleitarán el paladar de sus clientes. Este atelier —como lo denomina ella— o ‘taller’ se encuentra camuflado en un segundo piso, en un espacio pequeño pero con grandes ventanales, por donde entra la luz y sale la música brasilera. Natalia es oriunda de Belo Horizonte, en el sur de Brasil. Al terminar sus estudios universitarios viajó a Buenos Aires, con el fin de realizar una especialización, y allí conoció a quien se convirtió en su esposo, el bogotano John Marín. Con el éxito del negocio, en octubre se abrió la segunda sede en la calle 109 con carrera 15.


En 2012, después de dos años juntos, se instalaron en la ciudad natal de John. Para no alejarse de sus raíces, Natalia comenzó a trabajar en el Instituto de Cultura Brasil-Colombia (Ibraco). Allí, en contacto con la comunidad brasileña surgió la idea de montar un negocio propio con apoyo de su marido; para ello se dedicó a analizar algunos productos típicos, originarios de su país.

A 2.600 metros de la receta perfecta El olor a chocolate intenso cobija el espacio, mientras Natalia se expresa en un idioma combinado entre español y portugués. Mientras tanto, John se encarga de batir dos masas al tiempo, una blanca y otra café. “A él le gusta mucho la cocina, siempre fue quien cocinó en casa, entonces yo le empecé a enseñar y hoy ambos hacemos todo. Né, amor?”, dice Natalia en su portuñol. Antes este diseñador gráfico se dedicaba a la parte visual de la marca. Escogió el diseño, los colores y desarrolló la estrategia de posicionamiento. Actualmente, John y Natalia también son socios de una empresa creada desde 2015 especializada en brigadeiros, uno de los postres más conocidos de Brasil. Después de una larga búsqueda, la pareja escogió el producto que les permitió montar su negocio. El brigadeiro es un dulce típico brasilero hecho a base de chocolate, leche condensada y mantequilla. “Este dulce nos recuerda mucho la infancia porque es el momento donde todos lo comemos. En las fiestas, en las celebraciones, con la familia, todo eso”, cuenta Natalia sobre el significado de esas pequeñas bolas de textura blanda, a veces decoradas con chispas de colores. Empezar no fue fácil. La altitud de Bogotá fue un obstáculo para adaptar la receta de los brigadeiros, lo cual llevó a Natalia a participar en varios cursos para profesionalizarse en el área gastronómica, puesto que su formación como abogada y su profesión como docente de portugués poco tenían que ver con el mundo de la culinaria. Fue alumna de diferentes clases en ambos países, pero no logró el producto correcto hasta que descubrió que los 2.600 metros de altura en los que se encontraba cambiaban la proporción de los ingredientes. Fueron entonces muchos meses

de práctica para poder continuar con la siguiente etapa de mercadeo en busca de los compradores. La Brigadeiria Bogotá se dio a conocer a través de las redes sociales, donde hoy cuenta con más de 4.000 seguidores. Al comienzo la pareja trabajaba en su casa y distribuía a domicilio. La estética, el cuidado y la calidad de los productos fueron clave para el crecimiento del negocio. Así, en 2016 decidieron trasladarse a una cocina industrial donde no existiera riesgo alguno de contaminación y pudieran contar con un espacio amplio. John y Natalia no planeaban montar un local aún. Se trataba entonces de un espacio donde se elaboraban únicamente los productos y los empaques y se le daba la opción al cliente de recoger su pedido en la puerta de dicho lugar. El negocio fue creciendo y los clientes se interesaron en conocer la cocina. Natalia se encontraba en medio de un desorden que no le permitía sentirse preparada para recibir tal cantidad de personas. Fue cuando tomaron la decisión de transformar Brigadeiria Bogotá en un taller y sala de exhibición. Montaron una vitrina para que el cliente pueda entrar, escoger y llevar. La única comodidad que existía era una pequeña mesa donde se podía esperar por el producto empacado y listo.

Natalia Amado y John Marín. •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

Más de

4.000 seguidores en redes sociales •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

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Hoy en día, aun habiendo contratado ayuda especial para la cocina, esta pareja multicultural se encarga prácticamente del total de la producción a lo largo de la semana.

Colores, olores y sabores Sobre una mesa rústica ubicada en el centro del taller, se encuentran varios productos encabezados por una bandera de Brasil y un pequeño letrero que indica el origen de aquellos bocaditos. Diversas tortas hacen parte de la carta: naked cake, Kit Kat cake, red velvet, classic cake, de maíz o zanahoria. Estos son algunos de los sabores típicos que se ofrecen al cliente. “Todas las tortas son diferentes a cualquiera que te comas acá en la ciudad porque son hechas con brigadeiro”, explica Natalia. Semanalmente venden cerca de 2.000 brigadeiros. Existe una variedad de 25 sabores, aproximadamente, entre los cuales se puede encontrar el tradicional, de churros, pistacho, damasco, almendras, napolitano, coco, Nutella, M&M’s y Crème Brûlée. Los precios varían entre $2.000 y $3.000 la unidad, dependiendo de los productos que se escojan. Además, venden cajas de 5, 10 y 15 unidades, para llevar un pedacito de Brasil dentro de ellas. También sacan productos por temporadas o fechas especiales, entre ellas, la más tradicional de Brasil: la pascua, con sus famosos ovos o huevos de chocolate.

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A la semana se venden unos

2.000 brigadeiros, que cuestan entre $2.000 y $3.000 •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• • • • • • • • • • • • • • •• • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• ••••••••••••••••••••••••••••••••••

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Brigadeiría Bogotá se convirtió en el reflejo de la personalidad brasileña: cálida, amable y receptiva. Este rincón fue acogiendo más personas cada día, lo cual inspiró a Natalia a hacer uso de sus raíces y recibir a los clientes con el mejor servicio posible. Acomodó varias mesas y finalmente transformó el local en un café abierto para el público en general. Allí surgió la necesidad de incluir otro tipo de productos en la carta sin demeritar el principal: el brigadeiro.

El público dulcero está compuesto mayoritariamente por mujeres. Pensando en los hombres, Natalia comenzó a vender salgadinhos —productos de sal—, como el empadão (una torta de pollo), la empadinha (una pequeña empanada rellena de carne seca y palmito) y el pão de queijo, que es equivalente al pandebono colombiano. También adicionó una bebida gaseosa típica de Brasil hecha con guaraná, fruta originaria de la cuenca amazónica. Cada vez que viajaban, regresaban con sus maletas cargadas de ingredientes. Con el crecimiento de Brigadeiria Bogotá, están explorando las posibilidades de importar materia prima para la producción. Las tardes en el taller terminan rodeadas de satisfacción para los clientes. “Hoy pedí un capuchino de brigadeiro y una torta de zanahoria, o bolo de cenoura, como lo llaman ellos. Me encantan los dulces típicos del Brasil”, comparte Laura, quien frecuenta el lugar casi todos los domingos.


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Otros Sabores

La onda kosher

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Texto y fotos: Karla Isabel Martínez karlaisabelamartinez@hotmail.com

Kosher es un tipo de producción y preparación judía de varios alimentos que les enseña a las personas que “el ser humano es el producto de lo que come, y come producto de lo que piensa".

Apropiado es sinónimo de kosher, palabra clave para saber que un alimento fue preparado de acuerdo con los parámetros de la ley judía: nunca mezclar la carne con la leche; las frutas y vegetales deben estar libres de insecticidas; se deben emplear utensilios diferentes para preparar y consumir cada alimento; no se deben consumir uvas o sus derivados si la fruta no ha sido cultivada por un judío… Estos son algunos de los requisitos para que un alimento pueda ser certificado como kosher. Además de ello, solo se pueden consumir animales que sean rumiantes o de pezuñas partidas en dos, así que el cerdo no es bienvenido en este club, y tampoco el resto de animales mamíferos que no cumplan con alguna de esas dos características. Por otro lado, las aves que pueden consumirse son solo el pollo, la gallina, el pavo, el ganso, algunos tipos de patos y palomas, y en cuanto a la comida de mar, solo está permitido consumir animales que tengan aletas o escamas, ¡adiós a los mariscos! A esto último hay que sumarle que para sacrificar a estos animales se debe contar con un lugar autorizado y ellos deben morir de manera rápida, con el menor sufrimiento posible. Después de eso viene la ‘kosherización’ en tres pasos: primero, quitar las venas y los sebos de


El 80% de los consumidores de comida kosher

no son judíos •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••

la carne para luego lavarla; segundo, salar la superficie de la carne, y tercero, sumergir la carne en tres aguas distintas. Para que las carnes y todos los demás alimentos cumplan esas condiciones, se exige que un supervisor calificado, como puede serlo un rabino, doctor de la ley judía, certifique que todos los alimentos cumplan con las reglas de preparación y producción de alimentos kosher. Así, muchos judíos que siguen este mandato no tienen que despedirse para siempre de productos como el queso, los huevos, la mantequilla o el yogur. Ahora bien, por ser comida ‘apropiada’, su consumo se ha extendido entre los no judíos; debido a ello, hoy el 80 % de los consumidores de productos kosher en Colombia no son judíos, según Moshe Yerushalmi, rabino y director de la marca Kosher Cibre.

Del monte Sinaí a los supermercados bogotanos Todos los preceptos de la comida kosher fueron escritos en el desierto del Sinaí por Moisés y hoy más de cien empresas colombianas incluyen en el empaque de sus productos el sello que demuestra que son alimentos kosher certificados por la comunidad judía. Entre ellas está Alpina con sus mantequillas, leches, avenas, jugos, arequipes, alimentos para bebés y quesos, reconocida por la Comunidad Hebrea Sefardí de Bogotá. También figuran marcas como Luker, Baskin Robbins —con buena parte de sus tortas y helados tipo kosher—, Frito Lay, Grasco, Mimo’s, Kellogg’s, Levelma, Nestlé y muchas más. El hecho de que varias marcas hayan empezado a producir productos kosher ha llevado a que este tipo de comida se distribuya en los supermercados del país. En Bogotá, ya se pueden encontrar alimentos de este tipo en Carulla, Jumbo y Olímpica de estratos 5 y 6, y también hay un segmento de productos kosher en ciudades como Cartagena, Barranquilla y Santa Marta, según explica el encargado de los productos kosher de Carulla de la calle 85 con carrera 15, donde tienen una sección dedicada a frutas y verduras kosher, aunque no vendan ningún tipo de carnes certificadas.

Les sale barato Los productos kosher de almacenes Carulla, Olímpica y Jumbo son certificados por el rabino Moshe Yerushalami, director de Kosher Colombia, de la comunidad judía de Bogotá. Él debe comprobar que estos alimentos no tengan contacto con ningún químico o insecticida y que no presenten alguna alteración transgénica. Estos productos se venden en los supermercados Carulla desde hace tres años y han tenido muy buena aceptación. La agencia de mercadeo Lubricon dice que los almacenes Carulla venden unos $500 millones anuales en productos kosher. Para Avi Amsalem, rabino principal de la Comunidad Hebrea Sefardí de Bogotá, certificar un producto kosher no es costoso, pues la misma comunidad judía busca que exista una buena oferta de productos para consumir. La certificación anual de los productos kosher certificados por ellos cuesta entre $3 y $5 millones.

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Ni fit, ni orgánico: kosher Para algunos judíos, comer comida kosher significa cumplir con un mandato divino; para personas que no pertenecen a esta religión significa adoptar nuevos hábitos alimenticios, puesto que la comida kosher no solo es más saludable, sino que los animales sacrificados reciben un tratamiento menos cruel, según la organización sin ánimo de lucro del movimiento jasídico Chabad Lubavitch. Así que para muchas personas termina convirtiéndose en un estilo de vida alimenticio. Juan López es un bogotano que sin ser judío consume productos kosher. Dice que compró estos productos en Olímpica de Santa Bárbara. No los buscó intencionalmente, sino que estaba haciendo mercado y encontró un paquete que estaba certificado como kosher: “Compré pimentón, cebolla, tomates y zanahorias. Lo hice asumiendo que iba a ser un mejor alimento que un producto normal”, dice Juan, que sabe lo que es un producto kosher gracias a un documental de comida vegetariana y de la industria de la carne que vio en una clase de medicina. Parece que la comida kosher tuviera todos los puntos a su favor. Solo hay que tomar en cuenta que hacer mercado kosher puede

salir un poco más costoso que el mercado de productos normales. Otros almacenes de comida, como Gastronomy Market, ubicado en varios puntos de Bogotá, venden productos kosher, principalmente galletas, vino y chocolates, dice un asesor de ventas del mercado. Sin embargo, estos productos no son certificados por el rabino encargado de aprobar la distribución de alimentos kosher a la mayoría de supermercados en Bogotá, sino que son importados con la certificación, desde otros países, a excepción de los chocolates colombianos que también son kosher.

Comida kosher a domicilio No es necesario ir hasta algún supermercado para adquirir productos de este tipo. En Bogotá, la empresa Kosher Express hace domicilios de alimentos kosher igualmente certificados por la comunidad judía de Bogotá. El costo depende de la distancia, porque distribuyen a toda la ciudad desde la carrera 14 con calle 59, aunque también venden en la sede en la que están ubicados, donde una libra y cuarto de ternera puede costar unos $20.000, más lo del domicilio.

“Sí, tenemos de todo lo kosher: carnes y hasta productos para hornear. ¿qué desea?”, responden al otro lado de la línea.

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Vino español kosher.

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Otros Sabores

¡Pegadas a la olla!

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Texto y fotos: Valeria Ortiz Velandia valeria.ortiz@javeriana.edu.co

En Bogotá hay cerca 160.000 empleadas domésticas. Muchas de ellas vienen de las más variadas regiones del país y cuando ponen los platos sobre la mesa se vive lo multicultural y multiétnico, porque en la cocina se reconectan con su tierra y sus raíces. María Soledad, del Cauca, en su salsa.

“Vamos a cocinar”, dicen en el Cauca María Soledad —o Sol, como la llaman en una casa al noroccidente de Bogotá— tiene 43 años y trabaja como empleada de servicio desde que tenía 23. Llegó a la capital movida por la violencia, la pobreza y el desplazamiento que se vivía en su pueblo, Morales, Cauca. Pertenece a la población indígena nasa yuwe, o “gente de agua” que se concentra en el departamento del Huila. Su origen se evidencia en su apellido, Güegía, en el color canela de su piel, en su cabello y ojos tan oscuros como el carbón y su nariz aguileña que dota de simetría su cara. Trabaja sin uniforme, usa una sudadera y varios anillos. El que porta en el dedo índice tiene grabada la Virgen; al preguntarle cuál, ella hace un gesto de indiferencia y responde “pues la Virgen” porque para ella solo hay una. Son las nueve de la mañana, Sol ya está dedicada a sus oficios. En la cocina, hay ropa arrumada en el piso, la lavadora está prendida, hay dos ollas en el fogón y una decena de naranjas partidas por la mitad sobre el mesón. Amablemente dice: “Vamos a ver en qué le puedo ayudar”, pero advierte que a las diez de la mañana debe salir por su “chiquitina”. Hay un aroma que inunda la cocina y genera curiosidad sobre lo que contienen las ollas. Cuando agrega el guiso en la primera, puede verse el hervor de un caldo de papa con carne molida mientras que, en la segunda, hay un sudado con papa y pollo cuyo olor hace sentir hambre a cualquiera. Sol aprendió a cocinar desde temprana edad, pues se crio sin su madre; después aprendió en casas de familia con las instrucciones de cada patrona. Cuenta que lo que más le gusta cocinar son las sopas, y que lo que más prepara en Bogotá son “las sopas de maíz que, por ejemplo, llevan papa, fríjoles, coles o lo que llaman aquí el tallo, y lo que haya de carne”. En el Cauca lo típico es el mute, que lleva fríjol, plátano, yuca y arracacha, con gallina o “lo que haya”. Los sábados acostumbra a preparar cuchuco de espinazo con arroz, el plato preferido de la patrona. Para ella no es necesario usar recetas ni medidas, sabe calcular las porciones y el tiempo de preparación, y lo hace con la facilidad y la velocidad de quien domina la labor.


Mientras que en las casas donde ha trabajado le piden platos ojalá oriundos de su región, sus hijos le piden comida que ella no está acostumbrada a preparar, por ejemplo, lasaña mixta. Sin embargo, como buena chef, trata de satisfacer todos los paladares, ya sea con mazamorra, mute o pasta. Su propio hogar está muy desconectado de sus raíces, pero ella, al menos, recuerda algunas palabras en su lengua nasa yuwe, como yu (‘agua’), csina (‘cocina’). En el Cauca, su comunidad no dice “voy a cocinar”, sino “vamos a cocinar”, porque allá cocinar es una actividad colectiva, mientras que aquí es algo individual y para alguien más. Sol enfatiza que no quiere perder el vínculo con su pueblo. Incluso está en contacto con el cabildo indígena para no perder sus leyes, usos y costumbres y para que le reconozcan sus derechos. Pero, eso sí, ella no se va de Bogotá, su casa.

La verdadera comida costeña Oheldes Martínez Martínez, la gran cocinera de una casa en el norte de Bogotá, hace parte de una de las doce comunidades del resguardo indígena kankuamo. Ha vivido en diferentes ciudades de Colombia, incluso en Venezuela, por ser frontera con su pueblo de origen, Atánquez, Cesar, y a Bogotá llegó hace dos años. Desde hace 13 años su trabajo es cocinar en casas de familia, y afirma, sacando pecho, que conoce y le fascina la gastronomía costeña. Para ella, la cocina tiene tres pilares: la dedicación, el amor y la conciencia. “Tal vez si esto lo hubiera estudiado, no me gustaría tanto”, afirma Oheldes porque comprobó con la experiencia que es diferente hacer las cosas por amor a hacerlas por obligación. Su repertorio gastronómico incluye sancochos variados, arroz con pollo o con fideos, nuggets, lasaña, verduras, pollos rellenos, tortas y calentados. La cocina, más que su trabajo, es su lugar preferido. Oheldes no repasa ninguna receta, tiene excelente memoria. A ella le basta con que le cuenten sobre un plato o verlo preparar en la televisión. Como la vez que vio en un canal de cocina cómo preparar un cuello de cordero, plato tradicional de Marruecos; no solo aprendió la receta, sino que la adaptó para hacerla en Bogotá con lo que encontró en el congelador: costillas de cerdo. Fue un éxito,

pues sorprendió a todos con una salsa de color cobre que brillaba sobre las costillas, y ellos se lo agradecieron al dejar los platos vacíos. La conexión con su pueblo no solo ocurre a través de lo que añade a la olla, sino también con la música que escucha mientras lo hace. Ella pone vallenato, que le remueve los sentimientos y le da felicidad. Este sentimiento hace que la comida quede exquisita, hasta le dan ganas de bailar, de cantar, y se ríe sola recordando Valledupar. Cual mago que no quiere revelar sus secretos, dice que no sabe enseñar, que aún dando la receta y las indicaciones nadie puede lograr sus platos ni su sazón. Ella observa la cantidad, prepara lo que le dicen o lo que se le ocurre y se asegura de servir la comida caliente. Además, siempre le pone su toque costeño porque “ajá, lo llevo en la sangre”. En esta familia bogotana la comida tiene sabor costeño. Oheldes disfruta hacer los platos que conoce porque sabe que quedan deliciosos y que son los auténticos. “En Bogotá la comida costeña es mentira”, dice Oheldes un poco ofuscada. “La arepa de huevo la hacen con molde y eso no debe ser. Uno la hace —dice mientras que amasa una arepa imaginaria— y ran ran solita se infla”. Lo mismo sucede con la sobrebarriga, y aclara: “Aquí es gruesa, se parte en rodajas, la salsa va aparte, lleva queso rallado. Allá es delgada, adobada, aliñada y preparada a la parrilla o al horno, con coco y en salsa”. Así ella siente que saca la cara por la verdadera comida de su tierra. Por su excelente trabajo se la han querido llevar a Estambul, Miami y Panamá, porque, según ella, las personas se acostumbran a su sazón. “¡Qué arroz!”, le dicen, y es que todos quedan “tramados con mi comida”. Pero no se va porque en Bogotá tiene a su esposo y a sus hijos, Davis, María Angélica y Jhon, quien, al igual que ella, se la pasa pegado a la olla. La diferencia es que él pone las fotos en facebook, y ella no participa de esta exposición moderna.

Los caldos de la caldense “Yo soy de donde nacen muchos pero se crían pocos”, dice Marleny García refiriéndose a Chinchiná, Caldas. Marly, como la apodan en la casa donde trabaja hace nueve años, llegó

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Marleny, de Caldas, y sus yemas a prueba de fuego.

a Bogotá en 1998 y fue aquí donde aprendió a cocinar, pues antes pasaba sus días detrás de una máquina de coser. Durante su juventud fue modista y vendedora en el almacén Don Mario, en Armenia; vivió en Cartagena y, huyéndole al calor, llegó a la capital. Cambió el sector textil por el doméstico y empezó una nueva vida alejada de su pueblo. La maestra de Marly en la cocina fue la experiencia. “En toda parte donde he ido a uno le enseñan cositas”, explica. La primera casa donde trabajó era de una familia judía; allí aprendió a preparar desde el arroz hasta los platos de sabbat, que incluyen tapenade, hummus y tahini, entre otras delicias. En casas como esa, el menú es estricto, pero hoy está en una donde cocina lo que quiera, dependiendo de lo que traigan en el mercado. Sin duda, lo que más le gusta cocinar son los caldos y las sopas, entre esas la frijolada, y dice con orgullo: “La auténtica es la de por allá (Caldas), porque aquí le echan cosas, que dizque

chile”, dice frunciendo el ceño. Marly presume que sabe hacer todo tipo de fríjoles, los que llevan pezuña, garra o tocino, su preferido. En otra casa, Marly aprendió a preparar arroz chino y ajiaco; sobre este, revela que su secreto no son las guascas ni las tres clases de papas, sino el amor y la presentación. La crema de leche, las alcaparras y el aguacate deben estar en el centro de la mesa para que todos puedan servirse a gusto y deleitarse con la textura de la crema y las diferentes tonalidades de verde y amarillo del aguacate. Además, debe quedar en su punto, “ni muy espeso ni muy aguado”, aclara. Mientras habla, voltea una arepa como si el calor ya no le quemara las yemas de los dedos. Hacer y comer este producto típico le recuerda a Chinchiná, al igual que el sancocho y los fríjoles. “Pero yo allá no cocino, allá voy de vacaciones”, dice Marly, porque “en casa de arriero, azadón de palo”. Como una chef que respeta el ritual de la cena, Marly se niega a dejar la comida hecha para que sus comensales la calienten en el microondas cuando quieran. A ella le gusta servirla caliente y fresca, “si no el plátano se pone como un palo, y la carne, como un caucho”. Marly no sabe de onzas, centímetros cúbicos ni tiempo de preparación. Ella sabe calcular a ojo; sus manos y sus recuerdos son la mejor medida. Y vive orgullosa de lo que prepara “porque yo voy inventando cada día; si hoy me queda una cosa maluca, entonces al otro día trato de mejorarla”, dice. El objetivo es que al recoger los platos, estén vacíos. A pesar de tener tan bonitos recuerdos de Caldas, a veces piensa “¿por qué no me vine antes? Tal vez se me habrían presentado mejores oportunidades”. Marly vive contenta en Bogotá, disfruta mucho los días de descanso, incluso le gusta viajar en Transmilenio porque, aunque la “espichen como una salchicha”, disfruta el paisaje mientras atraviesa la ciudad para llegar a Ciudad Verde, donde vive su familia. Eso sí, no conoce Monserrate porque “ni loca” se sube a un “teleférico de esos”. Sol, Oheledes y Marly no necesitan estrellas Michelin para sentirse orgullosas de su cultura a través de la cocina. Aunque tengan orígenes distintos, están de acuerdo en que barriga llena, corazón contento.

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Otros Sabores

Una mirada ociosa a la cocina autóctona Texto y fotos: Nicolás Gómez Osorio gomez_nicolas@javeriana.edu.co

En el costado sur del Museo Nacional se encuentra el restaurante Ocio: cocina autóctona, fundado en 2015 por el chef Alex Salgado, quien poco a poco les ha abierto tanto a Bogotá como a Colombia los ojos hacia esa cocina que mira hacia nuestras raíces, en especial hacia las etnias indígenas del Amazonas.

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Si nos ponemos a hablar sobre cocina autóctona colombiana, ¿qué se les viene a la mente cuando nombro tucupí*, caguana*, farofa*, patarashca*, hojas de bijao*, ojo de pez*, asahí*, guatila* o copoazú*? Probablemente no tengan una idea clara, y eso lo quiere cambiar el chef de Ocio, quien advierte que al hablar de cocina contemporánea colombiana casi nadie menciona algún plato típico, ingrediente o preparación de la región amazónica, sin pensar que allí donde se encuentra una de las gastronomías más variadas y nutritivas del país.

Proyecto etnogastronómico Alex Salgado, un manizaleño de 38 años, economista de profesión y cocinero por pasión y tradición familiar, que se ha formado en escuelas de Colombia y Argentina y en los fogones de varios países del sudeste asiático, se ha ganado un lugar en la escena gastronómica bogotana con su restaurante Ocio: Cocina Autóctona, a partir de una propuesta que busca no solo dar a conocer los ingredientes y la gastronomía de una región tan apartada como la amazónica, sino también darles a los ingredientes y platos humildes el lugar que merecen en el panorama nacional, en contraposición con lo que se considera comida típica, que “es simplemente la cocina autóctona que se volvió famosa”, afirma. “Siempre he sido muy curioso y tenía un amigo que vivía allá y me decía que fuera a Leticia para ver cómo se come allá, el uso de los ajíes, cómo


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Salgado con su equipo, haciendo escuela.

emplean la yuca y las hierbas las comunidades”. Para Salgado, este proceso etnogastronómico consiste en “observar, rescatar y visualizar todo ese conocimiento que hay ahí, ancestral, para traerlo a nuestras cocinas”. Este proceso es resultado de pasar tiempo junto con las comunidades de los boras, huitotos, yaguas y afros del territorio amazónico, de las cuales ha aprendido y recolectado ingredientes, recetas, usos y preparaciones, principalmente a partir de la tradición oral, para así salvaguardarlos y darlos a conocer tanto a sus comensales como a la comunidad culinaria del país. La respuesta ha sido bastante positiva, como lo demuestra la participación del chef en eventos como el Bogotá Wine and Food Festival de 2016, una de las plataformas gastronómicas más importantes para Colombia en el panorama

mundial, razón por la cual en 2017 se llevó a cabo en el país la entrega de los premios a los 50 mejores restaurantes de Latinoamérica por parte de la revista Restaurant.

Tradición y evolución Para Salgado, rescatar la cocina tradicional es muy importante a la hora de considerar la gastronomía colombiana porque “para estar en la vanguardia de la cocina mundial hay que devolverse un poco y mirar hacia atrás. Es bonito saber de dónde viene uno”. Ejemplo de ello son Virgilio Martínez, de Perú, y Alex Atala, de Brasil, quienes pusieron su cocina en la mirada de todos. El chef colombiano enfatiza en la necesidad de que el país realice un proceso similar, reconociendo su propia gastronomía, sin importar los regionalismos, dándola a conocer al mundo entero. “En esos rescates que están haciendo muchos cocineros creo que se va a empezar a conocer [la cocina colombiana], y en ferias donde se puedan mostrar nuestros productos, nuestras técnicas de cocción y nuestra biodiversidad, ahí va a ser la clave. Para mí lo bonito es ese ejercicio de estar promoviendo y haciendo cosas nuevas para que la gente conozca y reconozca todo el potencial que tenemos”. Salgado considera importante no quedarse solo en el rescate de lo tradicional, sino trabajarlo para desarrollar nuevas propuestas. “La tradición es muy importante, pero hay muchos restaurantes de cocina tradicional. Necesitamos evolucionar un poco y atrevernos a mantener ese ciclo, pero con lógica, no mezclando cualquier cosa para ponerla en un plato, divino para la foto y ya; toca argumentarlo”.

Cocina de alto impacto “Algunos de nuestros productos provienen de proveedores autóctonos de diferentes zonas del país”, se lee en la carta del restaurante. El proceso que realiza Salgado demuestra un especial interés tanto en la disminución del impacto ambiental de las prácticas de producción de los insumos que llegan a su restaurante, como en un mayor impacto social positivo para las comunidades que se encargan de producirlos. “La oralidad se empieza a morir porque tal vez a uno de ellos no le interesa hacerlo, entonces de pronto a una señora ahora no le interesa hacer 94


tucupí* y se empieza a acabar la tradición. Pero cuando nosotros le contamos que hay mucho por aprender, por aportar a la tradición, incluso un valor económico, entonces ellos empiezan a valorar eso y puede que ya no se pierda”, comenta Salgado mientras me ofrece una caguana*. Además de referirse a la importancia de organizar, instruir y apoyar a las comunidades campesinas e indígenas dándoles el valor que merecen sus conocimientos y sus productos; también habla de los desafíos que presenta la explotación de algunos recursos solo por beneficio económico, en detrimento de la concepción de equilibrio natural de los ecosistemas que tienen estas comunidades. “Para el indígena sí hay concepción de sostenibilidad, pero se ha ido contaminando con la idea del blanco, el cual va y le dice al indígena que le dé pescado y le paga lo que sea. A nosotros, los foráneos, nos interesa llevar el pez más gordo y más grande, pero del río, entonces la idea es que se hagan cultivos para que puedan crecer y a tal edad se saquen y se dejen reproducir y también si hay una veda, no consumir y no pedir ese pescado. Donde haya plata y mafia, nos tiramos todo”.

algunas de estas plantas, haciendo énfasis en la importancia de que la gastronomía se acerque a disciplinas como la botánica y la antropología, las cuales pueden darle una visión más completa al trabajo de plantear una nueva cocina colombiana. “Algunas plantas desarrollan sabores y aromas más fuertes para protegerse y eso es determinante para que esa planta tenga un sabor increíble en la cocina. Todo tiene su razón de ser y es ahí donde el botánico nos puede aportar ese conocimiento y podemos coger eso para utilizarlo en la cocina”. Además, Salgado espera visibilizar el trabajo de García a través de conversatorios que serán apoyados por Procolombia, entidad gubernamental encargada de promover el turismo, la inversión extranjera, las exportaciones y la imagen del país. “La gente ve al chef con la chaqueta y dice ¡wow,

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La economía aplicada de Alex Salgado.

Gastrobotánica Entre los proyectos más recientes de Salgado se encuentra una alianza con Néstor García, biólogo, experto en etnobotánica y director del Herbario de la Pontificia Universidad Javeriana, para encontrar, catalogar y experimentar con plantas comestibles. García, quien ha sido profesor de la Facultad de Biología de esa universidad desde hace ocho años, explica el proceso por el cual se asoció con Salgado: “En diciembre de 2015 vino un biólogo que trabaja con un restaurante muy famoso en Barcelona con el tema de la gastrobotánica. Fueron algunos chefs y botánicos y se comenzó a mover un poco el tema, y fruto de eso el Instituto Humboldt comenzó a organizar reuniones junto con el Jardín Botánico y la Escuela de Cocina Mariano Moreno para pensar un proyecto de gastrobotánica. En últimas, ese proceso con el Humboldt y el Jardín Botánico se quedó allí, pero nosotros nos hemos seguido reuniendo y hemos conseguido plantas que son comestibles”. Complementando, Salgado comenta acerca del porqué de los sabores o las características de

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En el Amazonas hay unas

50 variedades de ajíes, como el ojo de pez •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••• •••••••••••••••••••••••••••••••••••

que man tan putas! No, eso es un montón de equipo que hay ahí y que debe empezar a valorarse y va a ser importante que esas disciplinas empiecen a reconocerse. Esto no está hecho todo, lo que falta es trabajo, esas disciplinas hay que darlas a conocer y que esa gente tenga esa historia que contar”.

el plato estrella de la casa: panceta de cerdo (cocinada al vacío durante varias horas) dorada y glaseada con tucupí*, acompañada con cremoso de yuca y farofa* de ajo. Adicionalmente, el restaurante ofrece varias opciones vegetarianas y veganas, así como sándwiches, postres, cocteles y jugos de frutas amazónicas, como asahí*, aguaje* y copoazú*.

Carta sonora En la propuesta gastronómica de Ocio, ubicado en la calle 28 # 6-65, hay gran variedad de platos (los precios de los fuertes varían entre $18.900 y $33.800) que reflejan la diversidad de sabores de nuestro país, entre los que cabe destacar los quisbones* y las albondiguitas de cerdo en su caldo aromático, la cazuela cremosa de pipián*, queso paipa y camarones, el pescado al vapor (varía según la temporada) con refrito de hierbas de azotea* y arroz con coco titoté*. Además, está

Glosario: *Aguaje: fruto de una palmera que crece en terrenos inundables de la Amazonía y la Orinoquía, también se conoce como moriche. *Asahí: fruto de una palmera que crece en la cuenca del Amazonas. *Bijao: especie de planta de la cual se usan las hojas para envolver alimentos. Su uso más conocido en Colombia es como empaque de tamales. *Caguana: bebida tradicional del Amazonas hecha a partir de la fermentación de fécula de yuca, zumo de piña y panela.

*Copoazú: fruto de una planta de la misma familia del cacao. Se da en terrenos altos no innundables del Amazonas. *Farofa: harina de yuca tostada. *Guatila: fruto de una planta trepadora de la familia de la sandía, el pepino y la calabaza, entre otros. También se conoce como chayote.

*Hierbas de azotea: mezcla de albahaca, cimarrón y poleo.

*Ojo de pez: una de las cerca de 50 variedades de ajíes que han sido encontradas en el Amazonas.

*Patarashca: forma tradicional de preparar el pescado en el Amazonas, envuelto en hojas de bijao y cocinado directamente sobre el fuego. *Pipián: preparación tradicional del Cauca a base de papas criollas, maní tostado y molido, ajo, huevo duro picado, tomate, cebolla y achiote. Se utiliza para rellenar empanadas y tamales.

*Quisbones: masitas de choclo. *Titoté: preparación tradicional del Caribe colombiano a base de leche de coco y azúcar que sirve como base para preparar el arroz en esa región. *Tucupí: también conocido como ají negro del Amazonas, preparación realizada a base de almidón de yuca brava fermentada.

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Bogotá

contada en un millar de historias

Felipe Morales Sierra y Maryluz Vallejo maryluz.vallejo@javeriana.edu.co

En sus 57 ediciones trimestrales, la revista Directo Bogotá ha publicado más de mil artículos, entre crónicas, perfiles, entrevistas, reportajes, columnas de opinión, reseñas críticas y sueltos, firmados por 580 autores. Al cumplir 15 años aprovechamos para mirar atrás —como en la sección ‘Retrovisor’ que tanto nos gusta—, y hacer inventario de los temas que han marcado la agenda de esta publicación universitaria.


Otras formas urbanas —primero reconocidas como tribales, pero ahora llamadas subculturas—, son las de los kandy, neonazis, rash, góticos, rastafaris y hippies, entre 13 comunidades urbanas retratadas aquí. Han tenido casi el mismo cubrimiento que los temas de género, con 12 historias, con el parque de Lourdes como epicentro de la comunidad LGBT.

La cultura reina La cultura, entendida como la suma de expresiones culturales, ha acompañado a Directo Bogotá desde su nacimiento. Entre perfiles de cantantes, reseñas de libros, exposiciones de arte y otras formas de hablar de cine, teatro, periodismo danza, literatura, arte, fotografía, música y televisión, se han publicado 213 artículos.

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Multicultural a la carta Las colonias extranjeras y regionales asentadas en esta capital han sido protagonistas de la revista con 37 historias. Por estas páginas han desfilado inmigrantes griegos, croatas, irlandeses, chinos, musulmanes, africanos, italianos y, por supuesto, los llegados de todas las regiones del país, con sus particulares estilos de vida y costumbres. No han faltado tampoco las etnias, como afros e indígenas que llegaron a Bogotá por causa del desplazamiento o buscando oportunidades. Historias como la de Lastenia Socha, una de las primeras mujeres en ocupar un alto cargo en la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), la lucha de la comunidad indígena de Bosa por la legitimación de su territorio o las pescaderías y peluquerías de los afrocolombianos del Pacífico en el centro de Bogotá representan a estas minorías.

Presentar modelos de buen periodismo en una revista de esta naturaleza es casi un imperativo. De ahí los homenajes rendidos a El Malpensante y Cromos en sus aniversarios de 10 y 100 años, respectivamente, y a otras desaparecidas, como Chapinero, o vigentes, como Actualidad Panamericana, experimento satírico de un colectivo anónimo. Además, hay 32 piezas para aprender de los grandes, como Arturo Alape, Alberto Salcedo, Gonzalo Castellanos, Gloria Pachón de Galán y el caricaturista Enrique Carrizosa. El cronista Germán Pinzón colaboró en uno de los primeros números de la revista y su legado fue reconocido con motivo de su muerte, en el número 30. Y hubo un especial de pioneros del humor político con Campitos y Humberto Martínez Salcedo, así como de Jaime Garzón. Se han reseñado 60 libros relacionados con Bogotá. En estos 15 años, Laura Restrepo ganó el premio Alfaguara con Delirio, Santiago Gamboa publicó diez obras después de El cerco de Bogotá y la estantería de Bogolibros se ha seguido llenando con autores de todas las generaciones y géneros literarios: Carolina Sanín, Mario Jurisch, Daniel Samper (padre e hijo), Alonso Sánchez Baute, Ricardo Romero Silva, Antonio García Ángel, Darío Jaramillo, Juan Manuel Roca, Beatriz Caballero, entre otros. Mario Mendoza y Andrés Ospina, además de ser reseñados por Malditos hermosos y por Bogotálogo y Ximénez, respectivamente, fueron entrevistados para la sección ‘Divino Rostro’ y hacen parte de los 12 literatos que han hablado en estas páginas sobre su oficio.


Por ‘Divino Rostro’ pasaron Carlos Mayolo y Luis Ospina de Caliwood. Junto a ellos, más generaciones de cineastas, con algunos ya fallecidos, como Guillermo Calle y Jaime Osorio, y otros que siguen en plena producción: Lisandro Duque, Jorge Mario Durán y Andrés Baiz. Como el cine no lo hacen solo los directores, se han contado historias de productores y proyeccionistas y se han reseñado más de diez películas. Otras formas visuales, como la fotografía y la televisión, alcanzan las catorce historias para contar, por ejemplo, cómo se ha narrado Bogotá en espacios como Ciudad X, Culturama y Cultura Capital. La pintura, la escultura y todas las expresiones de arte urbano han tenido su espacio en Directo Bogotá. De “Las galerías de Galerías”, donde el principal criterio para elegir una obra es que combine con los muebles de la casa; las inconfundibles esculturas de Jorge Olave en La Candelaria (cuyo asesinato quedó en la trama de la crónica) a la historia del Museo de Arte Contemporáneo, una importante institución desconocida hasta por sus vecinos del Minuto de Dios o del museo Art Deco, que cerró con la muerte de su dueño, Carlos Alberto González. El arte visto desde la academia que representa Lucas Ospina, la calle tomada por Toxicómano y las iniciativas del Distrito en materia de arte, como la recuperación de los sótanos de la avenida Jiménez para los estudiantes de artes de la Universidad Distrital o la revista Errata. Bogotá es polifónica, pero además de muchas voces, conviven muchos sonidos. Aquí ha sido tendencia la música de plancha, el rock clásico y hasta los ritmos ancestrales de los Andes. De todos hay registro en Directo Bogotá, así como de los lugares para escucharlos y bailarlos. La revista completa sus 32 historias de música con rutas de tiendas de vinilo y de bares de salsa. Sin embargo, como en la ciudad no solo se escucha música, sino que también se hace, exponentes como Andrea Echeverri, Ilona y César López (el de la escopetarra) han sido retratados en ‘Divino Rostro’, junto a todo tipo de bandas de rock, incluidas las de iglesias cristianas.

Los personajes de la ciudad Contar a Bogotá es mostrar a sus ciudadanos, y viceversa. Así lo demuestran 245 historias con un fuerte énfasis en los personajes con sus

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trayectorias, talentos y oficios. Sumando los ya mencionados, por ‘Divino Rostro’ han desfilado 61 personalidades bogotanas —por nacimiento o adopción—. De ellos, cuatro figuras del arte, nueve del cine, diez de la literatura, ocho de la música, quince del periodismo, entre otras difíciles de categorizar, como Uldarico Peña, “el rey de los unos” (taxis amarillos); de Gustavo Lorgia, el mago más famoso del país, y hasta de un urbanizador pirata, como Rafael Forero Fetecua, que colonizó la Ciudadela Sucre, porque en esta sección caben tanto los héroes como los antihéroes. La revista también busca poner bajo los reflectores a los personajes de bajo perfil, y son ellos quienes llevan la delantera, con 184 historias. Perfiles como el de la mujer que lidera la lucha por el humedal La Vaca; el de Stellita Monsalve, cazadora de fantasmas de La Candelaria, a quien se le hizo un perfil en vida y uno póstumo. Y como curiosidad, tuvimos a los árboles como “ciudadanos de a pie”, en la portada de la edición 27, cuando se contabilizaban en más de un millón los árboles patrimoniales de la ciudad. Los personajes han tenido tradicionalmente su propia sección: ‘Oficios’. Han sido 77 historias, que van desde un fabricante de pelucas o ‘catalinas’, maquilladores de cadáveres y una familia de afinadores de piano hasta otras de oficios en extinción, como los ascensoristas y aviseros (quienes hacen las tablas de ruta de los buses de transporte público).

Denuncia Directa ‘Estación central’ es la sección más estable de la revista, con al menos dos historias fuertes por número, que les toman el pulso a las políticas públicas o fiscalizan asuntos de interés ciudadano, con un total de 102 reportajes. Comenzó en la edición 0, con un balance de la seguridad en Bogotá y, desde entonces, el orden público ha sido un tema recurrente, con 22 artículos. Allí salió una de las primeras denuncias sobre la pirámide DMG (“Dame Más Ganancias”) con el testimonio de la reportera que logró entrar a las instalaciones de la autopista Norte; el desangre del gota a gota a falta de bancos para los pobres; la corrupción de algunas alcaldías locales con el presupuesto de la cultura y los falsos positivos de Soacha, además de historias de falsos positivos judiciales.

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Salud, con 18 historias, y ambiente, con 13, han tenido una presencia constante en la revista. El drama humano de la donación de órganos, las distintas adicciones y trastornos alimenticios, las demencias seniles, las vacunas polémicas, como la del papiloma humano, así como los errores médicos en nuestros centros de salud han tenido amplia atención en la revista. Asimismo, los textos sobre la lucha por la conservación de los humedales y cuencas hidrográficas de la ciudad demuestran el interés de Directo Bogotá por fomentar la conciencia ecológica entre los lectores. La conservación del patrimonio arquitectónico también ha sido una constante, con doce denuncias sobre el tema. Los periodistas de la revista vieron cómo el barrio El Lago se está inclinando como la torre de Pisa, el riesgo que corría la Ciudad Jardín de Quinta Camacho por el rápido crecimiento del sector financiero —con la emblemática calle 72, que dio para otra crónica llena de anécdotas— y “La encrucijada de Las Cruces” por la negligente restauración de su centenaria pila. El tema de vivienda ha sido retomado desde distintas ópticas, comenzando con el especial sobre los polémicos proyectos de interés social y su posterior mutación a “viviendas de interés particular”. De la misma forma ha crecido la inquietud, en los últimos números, por el apetito de los constructores y la ilegalidad de muchos barrios en la ciudad, que pone tantas vidas en riesgo. El conjunto La Hoja, construido en la administración de Petro, es escenario de un experimento social donde desplazados del campo aprenden a vivir en comunidad en medio del cemento y la rudeza de la ciudad. Y en la sección ‘Cabos sueltos’, desde la primera edición, y con la fórmula más breve y eficaz de la opinión, se ha pasado revista a los sucesivos mandatarios que ha tenido Bogotá desde 2002: Antanas Mockus, Luis Eduardo Garzón, Samuel Moreno, Gustavo Petro y Enrique Peñalosa (sin contar los encargados). De ellos, solo uno recibió portada, pero con caricatura: Samuel Moreno, en el número 28.

Patrimonio, homenaje y memoria En los primeros números de la revista salieron historias relacionadas con el Hotel Aragón, “un

trozo de España en La Candelaria”, el rumbo que tomó la Casa de Poesía Silva tras la muerte de María Mercedes Carranza, el hotel Tequendama como un microcosmos del país, entre otros lugares emblemáticos de la ciudad. Desde entonces, estos lugares cargados de memoria han inspirado 174 artículos, incluidas 50 rutas de la ciudad que sirven de cartografía a propios y extraños. Sobre patrimonio arquitectónico se han publicado 49 historias. Desde los edificios que se volvieron punto de referencia, como el Peraza, el UGI, el Morales o el Castillo del Mono Osorio, hasta lugares que esconden secretos, como la hacienda presidencial de Hatogrande con su antigua imprenta o el Gimnasio Moderno, pasando por los “almacenes de toda la vida” (el Ley, el Only y Yep); el Hospital San José, con su museo de la medicina, y el Colegio Técnico Central en Los Mártires, una localidad poco visitada por los turistas, pese a su relevancia histórica. Los redactores retrataron los barrios más tradicionales, los obreros y los modernos, porque pensar el barrio es pensar la ciudad. Recuperaron la memoria del barrio jesuita de Villa Javier hasta la primera urbanización, Centro Urbano Antonio Nariño, a comienzos de los años cincuenta; la invasión del Policarpa a mediados de los sesenta y las transformaciones urbanísticas

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del barrio Las Aguas, ‘tomado’ por la Universidad de los Andes. También historias de los barrios con estilo inglés, como La Merced, Quinta Camacho, Teusaquillo y de otros marginados, como Las Nieves y Egipto; el Ricaurte de los impresores y La Candelaria de los joyeros están entre los 23 barrios narrados. La declaración del barrio Santa Fe como la primera zona de tolerancia del país fue reporteada a profundidad en “La agonía del barrio rojo” (publicado en el número 1) y marcó la pauta para mostrar espacios tabú de Bogotá. La casi muerta tradición de los baños turcos, la historia del burdel que fue sinagoga o la ruta de casinos, son algunos de los diez artículos de esos lugares underground que hacen parte del patrimonio bogotano. Igualmente, creencias —tema que ha dado para otras doce historias— como las del Cristo mechudo que adoran en la iglesia de San Francisco, la de la comunidad neomuisca que intenta recobrar las prácticas de su etnia casi extinta, o el culto a Salomé en el Cementerio del Sur han tenido su altar en Directo. Como también hablamos de patrimonio intangible —aquel conformado por saberes, usos, costumbres y memoria—, le ponemos un cubierto más a la gastronomía. En este sentido, los recorridos por restaurantes, desayunaderos y pastelerías rinden homenaje al patrimonio gastronómico bogotano, con 30 artículos sobre lugares tradicionales de Bogotá, como los recorridos en “El mapa del colesterol” (con Doña Nieves, Las Ojonas, Doña Segunda, El Palacio del Colesterol); la Romana, el restaurante Félix, La Leona, Donde Canta la Rana; sin olvidar la zona L de Bogotá, o sea, la de la lechona en el barrio Olaya. Además de contar la historia de la fábrica de quesos Del Vecchio y del restaurante San Marcos, fundados por italianos; los churros de La Castreña, La Huerta de Cajicá y las pastelerías de toda la vida, como La Florida y Belalcázar, todas de origen español.

Especiales de aniversario Cuando la revista cumplió tres años, salió el número 10 dedicado a los habitantes de la noche, con la coedición de Alberto Salcedo Ramos, entonces profesor de crónica de la carrera de Comunicación Social de la Universidad

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Javeriana. Incluyó crónicas de los goces y oficios de la noche bogotana, y el personaje central era el ya fallecido Antonio Ibáñez con su programa de radio. En el número 29, de 2010, publicamos el especial sobre el centenario del centenario de la independencia, con la Pola como protagonista, la revista El Gráfico, que nació en 1910, los barrios que se fundaron ese año, los monumentos y otros símbolos de la Independencia, como el cometa Halley y la urna centenaria. En la edición 38 festejamos el décimo aniversario con un recuento detallado de la historia de la revista (https://issuu.com/ directobogota/docs/directobogota38/3) y un cuadernillo con el índice completo. Y cuando alcanzamos el número 50 hicimos otra edición especial con 50 rutas de la ciudad, retomando una sección exitosa de la revista en su historia para mapear la ciudad.

Escuela de reporteros Y si algo ha sido Directo Bogotá estos 15 años es un espacio de prácticas periodísticas con la ciudad como laboratorio. Muchos de los redactores que pasaron por la revista hoy son destacados reporteros o han creado sus emprendimientos. Por mencionar algunos, que hoy siguen vinculados a medios de comunicación —y tomando el riesgo de olvidar a otros— salen estos nombres: Pablo Correa, Simón Posada, Diego Rubio, Diego Montoya, Natalia Cubillos, Andrea Guerrero, María Alejandra Cardona, Thomas Sparrow, Álvaro Corzo, Nicolás Rodríguez, Edwin Bohórquez, Angélica Gallón, Melissa Serrato, Diego Alarcón, Rodrigo Urrego, Santiago Larrota, Luz Ayda Gómez, Mario Zamudio, Mauricio Builes, Paulina Angarita, Laura Dulce, Natalia Herrera, Laura Juliana Muñoz, Juliana Plata, Alfredo Molano, María Mónica Monsalve, Mariángela Urbina, Carolina Gutiérrez, María José Medellín, Theo González, María Paulina Baena, Helena Calle, Juanita Vélez, Juan David Torres, Matheo Gélvez, Sebastián Serrano, Natalia Guerrero y Felipe Sánchez. Varios de ellos han sido premiados por sus trabajos de grado, que también publicamos como productos periodísticos en Directo. Incluso, algunos ahora son profesores del campo de Periodismo, con lo que mantienen viva la escuela, como es el caso de Sebastián Jiménez, Juan Camilo Maldonado, Julián Isaza, Martín Franco, Sandra Ramírez y

Germán Izquierdo. Y también hicieron sus pinitos reporteros gráficos hoy reconocidos, como Marcela Riomalo y Jorge Andrade Blanco. A ellos y en especial a quienes han sido asistentes editoriales de la revista como monitores, nuestro agradecimiento. Pero sobre todo a la Facultad de Comunicación y Lenguaje, cuyos decanos han creído y apoyado generosamente a Directo Bogotá en todos estos años. Por eso, mientras los periodistas de afuera trabajan bajo la presión económica y la amenaza de recortes y cierres, aquí gozamos de un oasis donde la única exigencia es la calidad y la pasión por este oficio.

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Fotoensayo

“Yo soy” Foto: María Paula Murcia



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