Las fallas del Pirineo Aragonés

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Las fallas En torno a la festividad de San Juan (23-24 de junio), más de 60 localidades del Pirineo catalán y aragonés, francés y andorrano, reviven unas prácticas ancestrales relacionadas con antiguos cultos al sol a través del fuego. Son las fallas del Pirineo, declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. En total, son unas fiestas que se siguen celebrando en 34 localidades francesas, 3 andorranas y 26 españolas, de las que 17 son catalanas y 9 aragonesas. Estas últimas son: San Juan de Plan, Sahún, Aneto, Bonansa, Castanesa, Montanuy, Laspaúles, Villarrué y Suils. Estos nueve núcleos forman parte de un bastión garante de las tradiciones más arcaicas de nuestro Pirineo.

del Pirineo aragonés I PASEOS POR LA HISTORIA I


Las fallas del Pirineo aragonĂŠs


Las fallas del Pirineo aragonés Coordinación: equipo de redacción de Prames Textos: Roberto Serrano (“Las fallas del Pirineo aragonés”, “Qué decimos cuando decimos fallas” y “Fuego y Pirineo. La construcción de un relato”) y Xavi Farré (“Agrupamos las fallas”, “Las fallas se hacen con madera de pino negro…” y “La fiesta de las fallas en el Pirineo aragonés”) Fotografías: Archivo Prames: (15 y 16); Archivo Roberto Serrano (6, 6-7, 9, 10, 11, 13, 17, 18 y 19); Luis Eduardo Martínez (8-9); y Sergi Ricart (14-15, 20-21, 22-23, 24-25, 26-27, 27, 30-31, 32-33, 34, 35, 36-37, 38, 39, 41, 42 y 43) Diseño, maquetación y tratamiento de imágenes: Equipo gráfico de Prames Edita: Prames • Camino de los Molinos, 32 • 50015 Zaragoza www.prames.com ISBN: 978-84-8321-877-8 DL: Z 1188-2017 Imprime: Grupo Ziur Navarra

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ÍNDICE

Prólogo 5 Las fallas del Pirineo aragonés 6 Qué decimos cuando decimos fallas 7 Fuego y Pirineo. La construcción de un relato Para que salte la chispa... Pirineo es fuego Tras los pasos de Prometeo Otro relato es posible El origen de la fiesta De toda la vida 10

Las fallas se hacen con madera de pino negro... 28 La fiesta de las fallas en el Pirineo aragonés San Juan de Plan Sahún Aneto Bonansa Castanesa Montanuy Laspaúles, Villarrué y Suils 36 Calendario y mapa 46

Agrupamos las fallas 22

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I PRÓLOGO I

Una de las tareas que caracteriza a la Diputación Provincial de Huesca es su trabajo por la promoción del territorio, una labor que tiene enfoques variados, entre ellos, la divulgación del patrimonio cultural. La colección Paseos por la historia, que la Diputación de Huesca impulsa, trata ahondar en esta dirección. A través de los diferentes libritos que la componen, el lector puede recorrer el territorio oscense, a la vez que se hace conocedor de unos acontecimientos históricos determinados, los que a la postre han conformado nuestro presente. En este caso, no es un momento concreto de nuestra historia, ni siquiera es esa Historia con mayúsculas que se va asentando en los tratados a través de los siglos. Se trata de una parte importante de la intrahistoria como son las celebraciones festivas y rituales. Las fallas del Pirineo que se celebran todavía en nueve localidades altoaragonesas son en la actualidad Patrimonio inmaterial de la Humanidad, una declaración que es todo un privilegio para nuestro territorio. Concelebrar con ellas esta festividad es sumergirse en los misterios de la cultura pirenaica, en los desvanes olvidados de su historia, allí donde surge el maravilloso encuentro con los mitos y los cultos ancestrales.

Diputación Provincial de Huesca

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Las fallas del Pirineo aragonés Quien quiera que se acerque a estas montañas un 23 de junio, la víspera del día de San Juan, verá en el momento de ponerse el sol cómo una zigzagueante hilera de antorchas desciende ladera abajo. La montaña se ha convertido de repente en la patria del fuego y la luz, y el pueblo, desde donde puede contemplarse el espectáculo, en el receptor del rito y la magia.1

Son las fallas del Pirineo y son nueve los pueblos aragoneses, agrupados en cinco municipios, los que mantienen viva su llama: Aneto, Bonansa, Castanesa, Laspaúles, Montanuy, Sahún, Suils y Villarrué, en la comarca de La Ribagorza, y San Juan de Plan en la de Sobrarbe. En ellos pervive el rito inmemorial del fuego en torno a los días del solsticio de verano. Rito que nos acompaña desde que el animal humano lo gestó en los albores de los tiempos y que, a través de los siglos, nuestros predecesores han ido recreando de la misma forma que hacen aún hoy los vecinos y vecinas de estos pueblos. La celebración de la noche de San Juan se pierde en la noche de nuestros días y sus orígenes antediluvianos tienen que ver claramente con aquellas sociedades, con aquellas culturas, con aquellas comunidades humanas remotas, de las que ellos y ellas son por el momento sus últimos herederos. Junto con un buen zarpado de poblaciones catalanas, andorranas y del sur de Francia, forman la comunidad fallaire que en diciembre de 2015 obtuvo el reconocimiento de la Unesco tras la declaración de las fiestas del fuego del solsticio de verano en los Pirineos como Patrimonio Cultural de la Humanidad. 1 «La noche de San Juan», en La magia de viajar, Zaragoza: Prames, 2003 [artículo del autor]

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Qué decimos cuando decimos fallas Cuando decimos en general fallas, o falles, nos estamos refiriendo a una fiesta muy especial en la que el fuego es el auténtico protagonista. Es celebración originariamente pagana en la que quizá se rindiera culto al sol, más tarde cristianizada en parte al asimilarla al patronazgo de san Juan Bautista, que hoy se ha convertido en fiesta colectiva y socializadora porque cada noche de San Juan, coincidiendo con la celebración del solsticio de verano, los habitantes de poblaciones de ambos lados del Pirineo celebran su particular homenaje al sol y al fuego en una fiesta ancestral que les conecta con su tierra y su comunidad. Pero puesto que cada comunidad tiene su dinámica, la fiesta también. Y así, a pesar de compartir la misma esencia, cada pueblo la realiza de manera particular. Hay un patrón común, sí, pero no un estándar. Todos participan en una fiesta en torno al fuego y al sol

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Pie

Por otro lado, cuando decimos falla en lo concreto, o su diminutivo falleta, estamos usando una palabra con un sentido doble. Deriva del latín facula (diminutivo de fax), «antorcha». Y ese sentido original (antorcha, hacha) lo mantiene en algunos pueblos, pero también ha ido ocupando un campo semántico más amplio para pasar a significar «hoguera». 8


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Preparando el faro, San Juan de Plan

Junto a falla, falleta, registramos el término faro o foro –veremos– para referirnos a la pira inicial que se enciende en la montaña de la que todo el mundo tomará su fuego y que es referencia desde el pueblo, aunque en algún caso llamarán también foro al que se enciende en el pueblo al llegar. También este término ampliará su campo semántico de forma que, por extensión, se convertirá en topónimo que en algunos lugares puede denominar el sitio donde se coloca la gran hoguera y el entorno en que se sitúa la gente. Finalmente, no hay que engañarse, es posible que al oír la palabra fallas, sin más, lo primero que se nos represente en la cabeza sea la imagen de una gran escultura de cartón-piedra ardiendo, como consecuencia de la fama que han alcanzado esas quemas en los festejos populares de la ciudad de Valencia y gran parte del litoral mediterráneo. El origen del nombre es el mismo, está claro, y su acepción como «gran hoguera». Pero el sentido del rito no, sin duda, debido a que ese no es un fuego solsticial y responde a una tradición distinta.2 El faro en el monte 2 Un año después de la declaración de nuestras «Fiestas del fuego del solsticio de verano en los Pirineos» como Patrimonio Cultural de la Humanidad (2015), la Unesco ha inscrito igualmente a las «Fallas de Valencia» en su Lista (2016) destacando valores patrimoniales claramente diferenciados entre ambos elementos.

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Fuego y Pirineo. La construcción de un relato

Arriba El sonido del cuerno marca el comienzo de un desfile de fuego Abajo Falleta de San Juan de Plan

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Para que salte la chispa... A lo largo de la historia, muchos de nuestros mitos, pese a estar depositados en la tradición oral y transmitirse de generación en generación, han sido reelaborados de forma culta con alguna intención ideológica. A menudo, se trata de recreaciones literarias que acaban por contaminar el relato original al que se incorporan nuevos elementos que un día pasarán a ser populares. La tradición, incluso la tradición oral, también se construye. Es cuestión de tiempo. Todos los grupos humanos muestran una tendencia a significarse como los «originales» pobladores de un territorio desde tiempo inmemorial para hacerse valer más que otros o adquirir un rango de derechos superior. Es el caso aquí de los mitos referidos a los primeros moradores de estas montañas.


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Prenden las teas

Entre nosotros, la Pyrene creadora de los Pirineos está avalada por una estirpe muy especial. La leyenda dice que tras la construcción de la Torre de Babel, Dios castigó a los hombres su arrogancia con la aparición de diferentes lenguas. Los descendientes de Noé se dividieron en 72 tribus, una fue la de su nieto Túbal que se instaló en suelo ibérico, de manera que los pirenaicos serían sucesores directos del patriarca bíblico. Desde el inicio de la era cristiana se divulgó esta genealogía que transmitió Isidoro de Sevilla, se llegó a escribir en la aragonesa Crónica de San Juan de la Peña (siglo XIV) y alcanzaría la pluma de escritores catalanes del siglo XIX.3 El territorio denominado Pirineo, más allá de la estricta línea de cumbres, se extiende por los dos lados de esta cordillera emblemática que llega a tocar dos mares, creando en valles y somontanos un espacio humano y social donde desde época antigua se han compartido, entre muchos factores, mitos y relatos legendarios. Como diría el poeta, la única frontera que el poblador pirenaico ha visto en estas montañas ha sido la del misterio. 3 Particularmente, Jacinto Verdaguer en su poema L´Atlàntida, donde versiona el mito clásico, o en Canigó, uno de los textos fundamentales para la Renaixença catalana, donde el fuego es el gran protagonista («Del bosque de Canigó son los fallaires que danzan haciendo colear por los aires sus treinta encendidas fallas como treinta serpientes de fuego»).

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Pirineo es fuego Estas montañas llevan el fuego en su propia formación pues es el fuego el elemento esencial con el que se construye el relato mítico de su origen. Veamos. Sin duda, el más extendido es el de que el origen mismo de los montes Pirineos se debe a la hermosa Pyrene, de la que tomarán su nombre. Pero Pyrene no llegó a dejarnos escrito qué pasó; por eso, abundan las versiones de los sucesos sobre los que se construirían los cimientos de estas montañas y de nuestra cultura. La versión más conocida dice que Hércules se encontraba en Iberia para cumplir el décimo de sus trabajos por encargo de Zeus: robar los bueyes de Gerión, el mostruo de tres cabezas. Gerión buscó los favores amatorios de Pyrene que no consintió y se escondió. Al no encontrarla, Gerión provocó un gran incendio y Pyrene se vio rodeada por las llamas. Hércules acudió a salvarla pero llegó tarde y Pyrene murió en sus brazos. En su honor, Hércules fue amontonando piedras sobre su cuerpo hasta construir un mausoleo digno de su grandeza: los Pirineos. En otras versiones posiblemente anteriores a la fabulación cristiana, Hércules es recibido por Bebrix, un reyezuelo celta de las montañas cuya hija Pyrene corresponde al amor de Hércules, pero este la abandona porque fruto de esa unión nace una serpiente. Pyrene no lo soporta, huye y se arroja al fuego. Hércules vuelve arrepentido y construye el mausoleo. Y no faltan las versiones en que Pyrene es tomada a la fuerza por Hércules o en las que ella misma se quema al prender fuego a sus dominios antes que entregarse al héroe. En todo caso, siempre estas montañas tras el gran incendio son la tumba de Pyrene, «nombre de fuego» expresado en la palabra griega pyros.

Tras los pasos de Prometeo Por último, para que el fuego de los dioses llegue a los hombres, el mito clásico recurre a Prometeo, el titán amigo de la humanidad que roba el fuego a Zeus, el dios supremo. En el relato pirenaico no encontramos referencias claras al personaje, pero... ¿no es el mito de Prometeo lo que cada año nos recuerdan las fallas? Encendemos la luminaria en la montaña, en un punto alto para estar más cerca del sol (ese dios del universo) y robarle su fuego justo cuando se esconde, cuando ya se muestra más débil y no lo va a tener fácil para seguirnos; aún así, hemos de bajarlo con seguridad pero corriendo al pueblo y compartirlo antes de que el sol regrese. Es el triunfo de todos nosotros, los mortales.

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Otro relato es posible No es casual la coincidencia del solsticio de verano con la celebración de San Juan Bautista o, quizá, al revés, no es casual que a san Juan se le celebre coincidiendo con el solsticio de verano. La propia hagiografía, es decir, la vida del santo nos da las claves para que así sea. Pongámonos ante el calendario anual y sus ciclos por el que se rige toda sociedad agro-pastoril. En la rotación de la Tierra respecto al Sol, este se sitúa en dos momentos al año en el punto más alejado del ecuador, es entonces cuando se da el inicio de las dos estaciones más opuestas, invierno y verano. El solsticio de invierno marcará también el de los días que empiezan a ser más largos y todos los autores coinciden en cómo se da el proceso para aproximarlo al nacimiento de Cristo: El día del solsticio de invierno los romanos celebraban una fiesta singular, el Dies Solis Invicti, el día del sol nunca vencido. Procedía a su vez esa costumbre romana del culto a Mitra. Mitra era un dios llegado a Roma de la tradición oriental, era el Dios-Sol de la luz encargado de juzgar a los muertos en el más allá que, como nuestro Dios, también moría y resucitaba y cuyo nacimiento se conmemoraba precisamente en estos días solsticiales. 4

San Juan de Plan 4

MUR, R. (2006), «La religiosidad popular y algunas costumbres de la Navidad aragonesa», en libreto

de La Navidad en Aragón (La orquestina del fabirol), col. Aragón LCD, nº 33, Zaragoza: Prames. 13


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La vida de san Juan se relata similar a la de Cristo: concepción misteriosa anunciada por el mismo arcángel; las madres eran primas; Isabel, madre de Juan, quedó embarazada justo seis meses antes que María y ese tiempo la Iglesia católica lo mantendrá en el calendario. Juan nace, pues, seis meses antes que Jesús, será su «precursor», el que lo anuncia y bautiza purificándolo con su agua, agua con la que aún hoy nos sanjuanamos ritualmente después de bajar la falla. El episodio de la muerte de Juan es muy interesante para relacionarlo directamente con nuestro objetivo. Juan recrimina a Herodes Antipas por casarse con Herodias (exmujer de su hermano) en una fiesta la hija de Herodias (llamada Salomé según alguna fuente) danzó con sus velos ante el rey y a éste le agradó tanto que le dijo que le concedería aquello que le pidiera. La bailarina, o quizá por su boca su madre Herodias, pidió la cabeza de Juan el Bautista. Herodes lo decapitó y se la entregó en un plato. Sus restos irían a parar a Sebaste, pero se dice que fueron profanados por Julián el Apóstata, quien ordenó quemar los huesos y esparcir las cenizas por los campos. La combustión de los restos del santo constituyó algo así como un segundo martirio... Cuando la gente el día de la Natividad de San Juan Bautista sale al campo, recoge huesos de animales y los quema en hogueras aunque no sepa porque hace eso, está representando simbólicamente y conmemorando este segundo martirio del santo al que nos estamos refiriendo. 5

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Santiago de la Vorágine, La leyenda dorada, Madrid: Alianza Editorial, 1987. 14


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Así es como se cierra el círculo: En su hagiografía hay algunos prodigios que marcarán la devoción y las normas rituales en su conmemoración: el embarazo milagroso, el agua purificadora del bautizo y la unión de sus restos y la posterior combustión en la fosa. Por otro lado, la Iglesia ha investido las fiestas del santo en el calendario católico de una gran importancia. Le dedica dos fechas: el 24 de junio, la de su nacimiento y el 29 de agosto, la decapitación. Solo hay dos personas más de las que se celebra el nacimiento: la Madre de Dios y Jesús. La fecha de su fiesta está perfectamente emplazada en el calendario, a seis meses del nacimiento de Cristo, y son las dos fechas que tendrían una enorme repercusión festiva y cultural en épocas precristianas: los solsticios.6

Izquierda

San Juan Bautista en una pintura de la colegiata de Alquézar

6 BENITO, M. (2010), «Eth huec en Pirenèu», Miscellanèa en aumenatge a Melquíades Calzado de Castro «Damb eth còr Aranés». Vielha: Institut d’Estudis Aranesi, 2010, p. 71-81. [traduzco del aranés]

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Al fin, se consigue un relato coherente en sí mismo que hace posible la perseguida fusión, excéntrica pero bien elaborada, entre la mística cristiana y un calendario solar que marca el ritmo de la humanidad por encima de credos. Y, a continuación, solo queda que el relato se convierta en doctrina. Recuerdo haber oído a mosen Jacinto Brallans, el cura que desde principios de los ochenta estuvo durante más de veinte años oficiando en San Juan de Plan y que era oriundo de Bonansa, es decir, que conocía bien la tradición de las fallas en pueblos distantes tanto por su nacimiento como por su destino, justificar que los jóvenes salíamos esa noche con las antorchas porque estábamos buscando la cabeza del Bautista y corríamos por la urgencia de tan importante misión. Tampoco lo argumentaba con demasiada vehemencia y nosotros escuchábamos con respeto como quien oye algo que formaba parte del ritual de aquellos años. Pero, a decir verdad, nuestro pensamiento juvenil era bastante más prosaico y nuestra atención estaba puesta en los otros misterios que la noche, una vez cumplido el rito del fuego, nos podía deparar. Derecha Escena de San Juan

Bautista en la cárcel. Capitel románico de San Juan de la Peña

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Falleta de San Chuan

El origen de la fiesta El relato ya está construido, sí, y también puesto en duda, pero el mito no resuelve el porqué del rito. Y esto no es un simple juego de palabras en rima consonante. Seguimos sin responder al quid de la cuestión: ¿desde cuándo y por qué se corre la falla? En ese sentido: Todo el mundo admite que el origen del ritual es pagano; se sugiere que el origen está en Europa central, o se dice sin dudar que es de origen celta. Otros entendidos opinan que esta es una posición muy conservadora: que el origen pagano es una convención indemostrable, y que hay tantos y tantos elementos cristianos asociados, que podría ser perfectamente un ritual cristiano de raíz. 7

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RICART, S. i FARRÉ, X. (2016), Foc al faro, Zaragoza: Prames, p.169. 17


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Este último extremo, la hipótesis del ritual cristiano, además de lo que el lector haya podido juzgar hasta el momento, parece desmontarse definitivamente por sí solo por los actos documentados de la propia Iglesia: Ya en 680, el concilio de Constantinopla decretó la prohibición e todas las prácticas paganas, incluidos los fuegos de San Juan, los cuales, no obstante la resolución, continuarían siendo encendidos. Por fuerza es en este periodo cuando la fiesta se cristianizó y fue tomada bajo la protección de la Iglesia. 8 En realidad, la pregunta del cuándo y el porqué, muy posiblemente, no se la haya planteado nunca una persona del país, o sea, los habitantes de nuestros pueblos que siempre han corrido la falla y se han limitado a cumplir con ese rito ancestral de su comunidad, lo cual ya les honra bastante porque en el caso contrario se habría perdido la fiesta. Solo cuando aparezca la figura del «preguntador», y eso es así desde época reciente, es cuando el fallaire reflexionará sobre la práctica de su costumbre. Ya sea el etnógrafo pionero como Ramon Violant allá por los años cuarenta del siglo pasado o, en estos tiempos que corren, el reportero ávido de respuesta ocurrente para completar su telediario, la respuesta que encontrará, cualquiera que le den, será fruto de un ejercicio intelectual de los protagonistas que los aleja de la emoción, porque ¿cómo traducir en unas pocas palabras lo que se siente transportando el fuego junto con tus vecinos? Así que aún hoy, ante la pregunta «¿y esto ustedes por qué lo hacen?», la respuesta más probable será: «pues porque se ha hecho de toda la vida.»

Madera. la materia prima

8 APPETITI, E. (1996), «Una magica notte di fuoco. Elemente mitici, pagani e cristiani in una festa catalana, le cui origini risalgono al Medioevo», Revista Prometeo nº 55, p.136. [cito por RICART, S. i FARRÉ, X. (2016), p.164]

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Preparación del faro en la Planeta de la Falla, San Juan de Plan

De toda la vida «[A]noté la costumbre de las luminarias de la noche de San Juan en lo alto de los montes, desde donde corren a las plazas con teas encendidas y empieza el baile el que llega el primero». 9 Estas palabras fueron anotadas por el viajero Francisco Zamora en su «Viaje por el Alto Aragón» en el año 1794 en referencia al pueblo de San Juan de Plan. Y se trata hasta la fecha de la primera descripción literaria, aunque breve, que se registra sobre la vieja costumbre de las fallas en el Pirineo. Insistimos en lo de descripción literaria, que no documentación, porque existe un curioso registro treinta y cinco años antes. El documento más antiguo de estas fiestas conservado se encuentra en un apunte de los libros de contabilidad del Ayuntamiento de Vilaller del año 1759, donde aparece lo siguiente: «Vigilia de San Juan y gasto del Faro…8 (sous) 3 (Diners)».

ZAMORA, F. de (1997), Viaje por el Alto Aragón. Noviembre del año 1794. Transcripción, anotación y comentarios de León J. Buil Giral. Huesca: La Val de Onsera, p.134. Comenta también este hallazgo Sánchez, M. Elisa (2006) De Viajes y de viajeros. El Alto Aragón como camino. Huesca: Publicaciones y Ediciones del Alto Aragón, pág. 40.

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Sahún

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Agrupamos las fallas Agrupamos todas las fallas bajo el mismo título, como si fuera así de fácil ponerlas en relación. Fuegos solsticiales individuales y transportables, complementarios de la hoguera de San Juan, que a veces la sustituyen del todo. Una definición así no sirve de gran cosa, sin embargo. Hay fallas que son muy diferentes de otras. Las valencianas, con el mismo nombre procedente de la misma raíz, no son la misma cosa, aunque la raíz ritual también sea similar; el momento del año es definitivo para distinguirlas. En este libro hablamos de fallas y de faros. Si nos centráramos en las diferencias, que son evidentes y notables, quizás tendríamos que haber renunciado a poner juntos todos los casos de pueblos que hacen fallas y faros. Fallas son las antorchas que en el Pirineo se queman la noche del solsticio de verano, en un ritual que cada pueblo hace diferente, siempre con fuego, a menudo sin religiosidad. Unos las queman solo en el pueblo y acaban en una hoguera de San Castanesa

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Juan «estándar»; otros las queman girando en torno de un faro vertical en la plaza; otros bajan de algún pico relativamente alejado, habiendo plantado allí algún faro o no. Para unas se usa la «falla mínima suficiente»: una astilla de tea, o un palo con cuatro teas, o una gavilla pequeña de paja, como si tener luz para la bajada fuera lo único necesario; otros pueblos queman la «falla máxima posible»: y cada fallaire escoge la antorcha que más fuego pueda hacer, el máximo peso que se vea con fuerzas de transportar. Unos fallaires hacen rodar fallas de corteza de abedul; unos al hombro llevan fallas muy arregladas, pero otros cuatro maderas clavadas, y algunos una viga solo pelada. Unos vienen tras una hora de caminar, y otras fallas son del todo urbanas. Unos pasean el fuego con calma y otros lo hacen correr. Algunos, de hecho, ni siquiera queman fallas: encienden el faro en la plaza o en el prado y basta; otros, al revés, olvidan plantar faros. Unos hacen la fiesta mayor junto al fuego y otros lo ignoran, y otros no hacen fiesta de ninguna clase. Si decimos que todos los pueblos de que hablaremos queman fallas, es porque de alguna manera parece suficientemente claro que el ritual es el mismo.

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Hace treinta años, los pueblos fallaires eran menos que hoy. La recuperación de las fallas en ocho o diez pueblos a cada década que pasa nos hace pensar en una edad de oro, que –ya lo repetiremos– puede no ser la primera. Hace treinta años, cada valle pensaba que esto de las fallas era cosa suya, recordaba algún pueblo donde se habían abandonado, y quizás había oído algo de unas fallas en la comarca vecina, entresabidas, casi puestas en duda. Todo tiene relación con una edad de oro que también se vive en los entornos rurales de montaña bendecidos por la belleza consensuada de su paisaje. El pasado tiene valor, un valor que no es económico, en realidad, sino identificador. Las fallas no son el pasado, en rigor, sino lo que ahora sean; pero las incluimos en el apartado de «tradiciones locales», y siempre acabamos escribiendo las mismas palabras, como ancestral o pagano. Son las palabras que hemos aprendido de las fallas, pero no sabemos cómo. Como siempre hemos oído que antes se hacían en cada pueblo. Pero también habíamos oído decir en los faros del valle de Boí que las fallas del Pont de Suert se las habían inventado, cuando en realidad disponemos de más y más extensas citas históricas para esas que para las de Erill, por ejemplo. Que no se sepa, o que incluso un informante local niegue unas fallas, no saca que, si hay un paraje llamado Faro, allí debían de encenderse. Las informaciones orales son pues poco fiables, al final del siglo XX, cuando los pueblos con abuelos vivos ex fallaires ya han recuperado las fallas, y los pueblos que las abandonaron hace más tiempo han perdido toda memoria (en donde los últimos fallaires murieron de viejos antes de mitad de siglo). Las informaciones escritas, no son tan poca cosa: entre unos datos y otros, hemos encontrado pistas suficientes para demostrar alguna de las afirmaciones como las que escuchábamos de niños. Paganas, o simplemente profanas; ancestrales, o tan solo medievales; en esto quizás no nos hemos atrevido a sentenciar conclusiones. Confección de las fallas de Bonansa

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Las pistas, no obstante, nos llevan a reconstruir una versión del ritual de las fallas, en el siglo XIX: por un lado, muchos más pueblos lo hacían; por otro lado, incluía muchas más ceremonias, las cuales eran más compartidas por los diferentes pueblos. Al final del siglo XIX empezó el éxodo pirenaico masivo, y dejar de hacer las fallas fue obligado por la falta de jóvenes; los pueblos más altos respondieron más tarde al éxodo y quizás por eso las pudieron conservar. Durante el siglo XX se han construido las carreteras, y desde entonces cada valle de pueblos fallaires ha mirado hacia donde se va el río, en general, en lugar de vivir a pie a través de los collados.

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Unos hacia Lleida, otros hacia Balaguer, otros hacia Saint Gaudens, Barbastro... Nos hemos olvidado de que desde Chistau a Andorra hacíamos ritos iguales. Las fallas, desconectadas, han evolucionado por su cuenta, y han empezado a especializarse, imitando a los vecinos, y reduciendo el esfuerzo implicado en relación a la juventud que queda disponible. Unos valles dejaron de bajar fallas de la montaña hace siglos, y en el XX, ya casi abandonan las fallas en los corros en el pueblo, quedando solo el faro de la plaza. Otros valles olvidan los faros de la plaza y se han centrado en la bajada. Debían pensar, en su momento: «si el pueblo vecino no hizo faro el año pasado y no pasó nada, nosotros también lo podemos hacer así». O «no hizo bajada», o la que sea la parte de la ceremonia que dejaron de hacer.

Arriba Bonansa Izquierda Fallas en Castanesa

Estamos en el siglo XXI, y finalmente nos podemos enterar de cómo son las fallas de Sahún a través de videos que cuelgan libres en la ciber red. Lo mismo vale para las fallas andorranas. La era de las comunicaciones, de las publicaciones de cultura de la montaña, de las reediciones de los etnólogos del pasado (aquello del revival rural) nos trae la sorpresa: contando los pueblos hipotéticamente fallaires en el pasado y los de ahora, nos salen noventa y cinco. Puede que hayamos exagerado, pero contra los diez o doce que sabíamos hace veinte años, cuando nos fijamos con curiosidad en eso de «dice que antes se hacía en muchos más sitios», al menos podemos decir que es verdad. 27


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Las fallas se hacen con madera de pino negro... De Pinus uncinata. Pero tenemos que añadir todos los matices del mundo. La madera preferida es la tea, y no la tienen todos los pinos negros. Los otros pinos se convierten en tea (y nunca tan buena) solo en condiciones muy específicas. El pino negro, o una parte de un pino negro (el cabezal, o una rama grande), cuando perece de forma natural (sea que ha recibido un rayo o que se ha roto por el peso o por el impacto de la nieve), pero sus raíces aún están activas, y si ha quedado sobre rocas solanas, o al contrario, medio enterrado... Con algunas de estas y/o otras condiciones, el pino, la parte que aún está viva, hace el esfuerzo de rellenar de resina pura las células de la madera que ha quedado desgajada, quizás para cicatrizar rápidamente e impedir que los insectos la ataquen. La resina sólida, cristalizada, es la rentina o rantina, palabra que significaba en latín (y ha sido recogida en Senterada con este sentido) cullestros, calostro. Cuando la madera del pino está empapada de rentina, se le llama teia, y es por esto que da mucha más luz y llama por unidad de peso que la del mismo pino cortado verde una vez está seca. Si cortas un pino negro en verde, la resina también cristaliza, pero la densidad resultante es notablemente menor. Así se hace en Isil: cortados unos cincuenta días antes del solsticio, son hendidos por un extremo en cruz, se dejan abiertos con cuñas y plantados en grupos a sol y serena. Cortado de esta manera, el pino rojo (Pinus silvestris) también hace bastante luz. Muchos pueblos ribagorzanos, como el Pont de Suert, Erill, Montanuy, utilizan hoy en día madera de pino rojo en formato de falla con mango. La facilidad de encendido de una falla de tea, sin embargo, la hace preferida en La Ribagorza, y si las fallas que hay que correr son algo largas, también alumbra mejor. En Boí y en Durro, según Violant i Simorra, en 1940 ya era tradicional la falla de teas atadas al final de un mango. Habla del mismo modelo en el valle de Ansó, llamado allí fallato, pero no sabemos su medida, ni tampoco, más importante, si lo quemaban en el solsticio o cuándo. En general, no obstante, la falla de una pieza, sea de tea (el rantiner, que es característico de Taüll, pero difícil decir desde cuándo) o de pino cortado verde, nos parece que en algún tiempo tuvo que ser la más común en el Pallars, la Ribagorza y el Arán.

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Pero no todos los pueblos tienen pino negro en su término; en cambio, el pino rojo, procedente de las repoblaciones de los años 50, es abundante. Las fallas, sin embargo, pueden ser hechas de otros materiales diferentes del pino. Los principales son corteza y paja; otros usados han sido ramas bien secas, como veremos, o simplemente un cesto viejo, o una suela de abarca, o un trapo con petróleo, cualquier cosa que queme en la punta de un palo. De corteza de árbol se hacen en dos pueblos donde no se han perdido nunca las fallas: Sahún y Les. En Les utilizan últimamente la corteza de cerezo asilvestrado, pero saben y recuerdan haberlas hecho con la de abedul. En Andorra las fallas se hacían de corteza de beç, y en Sahún todavía las hacen de albá, que son los nombres locales de Betula pendula o bien Betula pubescens (llamado también B. alba), que son los dos abedules pirenaicos. En Violant i Simorra (1950) encontramos descritas fallas de corteza de chopo (Populus nigra) o de álamo temblón (Populus tremula) en Avellanos y en Sarroca de Bellera (Vall del Bòssia) y en Paüls (Vall Fosca). El cerezo y el abedul aguantan, como el alcornoque, el arrancamiento de toda la corteza superficial sin perecer; el chopo no aguantaría, pero si arrancas solo tiras verticales, tampoco muere. Para hacer una falla de corteza, conocemos dos maneras por haberlas visto, y una tercera por estar descrita en Violant: construir un haz más bien delgado y largo con vilortas. Las maneras vigentes hoy en día son, en Andorra y Les, ensartando los cuadrados de corteza, doblados o no por el centro si son más largos, con un mango que tenga un tope; y en Sahún, al contrario, meten verticalmente las piezas de corteza en la hendidura de un bastón de avellano.

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Paja de cereal, concretamente la paja desgranada, aquella que no se maja en la era, sino que se bate en gavillas contra una piedra y queda entera, sirve también para hacer fallas. Las cañas tienen que estar, por tanto, muy enteras. Normalmente será el centeno (Secale cereale), según informaciones orales recogidas en Suils (Isábena) y Bonansa (La Ribagorza), el que se utilice (Violant i Simorra, como hemos visto, recogió lo mismo en Laspaúles (Isábena) y en Bisaurri (Ésera)). Es lógico, porque ese cereal se sembraba solo donde no se daba el trigo, se segaba en otra época, y por eso (y porque los animales poco aprovechan esa paja) no justificaba una majada en la era. En cambio, las gavillas desgranadas de centeno ya se guardaban enteras igualmente para hacer las techumbres de paja que hasta el siglo XIX eran las más comunes en toda el área. Algunas de esas mismas gavillas de cuatro o cinco palmos de largo, secadas hasta el año siguiente, se envilortan varias veces, quizás, y se encienden en el faro para bajar fallas; se le puede llamar un fustal, a esta falla, como en Laspaúles. Un informante de Erisué (valle de Benasque) nos contó sobre falletas de paja «de trigo mismo» que llevaban por puro pragmatismo cuando no tenían luna para volver de una fiesta.

Confección de fallas en Bonansa

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En Bagà y en Sant Julià de Cerdanyola (Lluçanès) hacen faies de una hierba alta y cañosa (Cephalaria leucantha) sin otros usos conocidos y las queman en el solsticio de invierno. Pero si entráramos en el tema de las fallas del solsticio invernal, encontraríamos antorchas muy pequeñas, a menudo de espliego, como material combustible, y a los niños como únicos oficiantes; esta costumbre, perdida en el área de fallas de verano, está extendida por Girona, Tarragonès y hacia los Ports de Beseit, y hasta por La Rioja (ver larieradegaia.bloc.cat, donde se

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habla de las que siguen vivas). Para Llesp, Violant i Simorra describe simplemente «un atado o haz de tronquitos de leña seca atados en ramo al final de un bastón». Una informante de Espés en Castanesa nos habló de una falla que quemaba mucho rato y bien, y que pesaba poco, hecha con una buena garba de escaramujos atadas fuertemente con vilortas. La abarca vieja ha sido citada en Llesp y en el Pont de Suert (valle de Barrabés) (según fuente oral, y por Jordà y Riart (2010), respectivamente), y el cesto viejo lo cita Violant i Simorra (1950) para Les Iglèsies (valle del Bòssia).

Anento

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Los materiales cambian con el tiempo. Se incorporan los clavos y los prácticos alambres, para hacer arandelas fuertes y rápidas, comparadas con las vilortas vegetales. Se utilizan, por supuesto, variedad de máquinas que funcionan con combustibles fósiles para todo el proceso: vehículos para subir al bosque y bajar la tea, motosierras, máquinas hidráulicas o de tornillo para astillar la tea... Algún pueblo utiliza los vehículos, tractores o coches, para subir las fallas y la cena colectiva al faro; algunos usan una grúa de camión para alzar el faro. Quien más, quien menos. Para cambios, los andorranos: el abedul está protegido en su valle, así que tuvieron que diseñar una falla de otro material. Y la inventiva les salió bien: utilizan hojas de papel artesano, de casi 600 g/m2, con un mango de cadena metálica, envuelto el combustible con red de palomar. Una falla urbana, segura, fácil de realizar aunque laboriosa, y de encender, aunque por fuerza tengan que pagar por los materiales. Ellos mismos, sin embargo, añoran el ruido especial del abedul al girar, y sobre todo su luz, azul y naranja, que quedaba extendida por el suelo en pequeños trozos que se soltaban de la falla. Para inventiva, los de Vilaller: su falla de tabla y tea, en forma de pirámide alargada de tres lados, funciona al menos desde 1960. Aunque evidentemente se podrían construir a mano, y, por otro lado, de aserraderos muy pequeños hay desde hace más de cien años, y quizás más de doscientos, el hecho de utilizar tabla nos habla de la disponibilidad de productos industriales que han bajado de precio con la llegada de las carreteras; nos habla de las obras hidroeléctricas, o quizás de las minas de Cierco... Como los clavos para hacer fallas de haz con mango: cierto que los herreros hacen clavos de hierro desde hace muchos siglos, pero a la hora de hacer el tejado de una casa, por ejemplo, no usaban prácticamente ninguno. Usarlos como «material fungible» y tirarlos a la hoguera, ni se les podía pasar por la cabeza.

Confección de fallas en Bonansa

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Bonansa

Joan Romeu i Figueres (1953), La nit de Sant Joan. Barcino, p. 19. En Artesa de Segre, aguas abajo de la zona de fallas que consideramos: «el martes de Carnaval iban unos cuantos hombres al bosque que se les antojaba, y sin que nadie se lo pudiera impedir, cortaban leña hasta llenar un carro. Adornaban la carga con una rama que engalanaban (…) A los troncos los llamaban «falles», y «falla» al fuego inmenso en que aquellos quemaban al ocaso en la plaza. Al llegar el carro a las primeras casas de Artesa, salían las mayoralas del Roser con el pandero y saludaban a la comitiva cantando (...)».

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En torno a la festividad de San Juan (23-24 de junio), más de 60 localidades del Pirineo catalán y aragonés, francés y andorrano, reviven unas prácticas ancestrales relacionadas con antiguos cultos al sol a través del fuego. Son las Fallas del Pirineo, declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

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LA FIESTA DE LAS FALLAS EN EL PIRINEO ARAGONÉS Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad en nueve localidades aragonesas: San Juan de Plan, Sahún, Aneto, Bonansa, Castanesa, Montanuy, Laspaúles, Villarrué y Suils.

Fiesta de las fallas en Bonansa

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San Juan de Plan

(1.100 m) Valle de Chistau Corren las fallas la víspera de San Juan; le llaman el Diya de la Falleta. Las han quemado siempre. Citadas por Violant i Simorra (1950). Falla: una tea de medio metro hendida por el extremo grueso y mínimamente tachonada de teas más pequeñas, o una falla de teas con mango, de poco más de un metro en total. Las dos clases son consideradas buenas y coexisten sin que marquen edad ni sexo de los participantes. Encienden en un llanito que tiene buenas vistas sobre San Juan de Plan, a 1.300 metros al sureste, por el camino de los sembradíos, bordas y ermita de San Mamés. Lo llaman Planeta (de) La Falla. Todo el pueblo participa, los de cualquier edad toman parte, excepto los viejos; algunos bajan pero sin fuego. Como tiene un buen acceso para coches, hacen el faro (que no tiene ese nombre, que 38

sepamos) con haces de ramas de fresno que suben del pueblo y con madera de reciclaje. Lo montan el mismo día de la Falleta. Suben de día, y hacen una merienda comunal. Encienden la hoguera principal y allá encienden algunos; después se pasan el fuego de unas falletas a las otras. Bajan al paso, sin guardar una hilera estricta, por el viejo camino de herradura que atraviesa la pista un par de veces. Llegados al puente sobre el Cinqueta, se esperan todos para comenzar la carrera. Se trata de una competición, pues, en la que se corre de verdad; la norma es que hay que llegar con fuego ardiendo al cementerio Se organizan en diversas categorías por edad y género, en los últimos años, y los premios son variables: pueden ser unas zapatillas de deporte, como en el pasado habían sido unas alpargatas, o bien algunos libros. Las fallas quedan quemando en el cementerio. Los textos etnográficos del pasado cuentan, además de lo de las alpargatas de premio, que el alcalde pasaba lista, y que se tenía que presentar uno de cada casa. De no ser así, tenían que pagar una cantidad en dinero que servía para pagar el vino de la merienda y el del final. Nuestra informadora explica que durante la guerra civil hubo dos o tres años en que no las quemaron, pero entonces las mujeres dijeron que aquello no podía ser, y las encendieron aunque solo fuera en la punta del llano, al pie de la bajada. Y los viejos les dijeron que mal: que había que hacerlas desde donde se habían hecho siempre. Un año que llovió mucho, también las encendieron en el puente.


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Pero desde siempre, desde la Planeta. El año en que lo hicieron las mujeres solas con los niños, no eran sino doce o quince. «Uy, agora y bien mucha chen, sí, pero antes caleba ir per las casas a replegar la chen; en bella casa beniba uno, en otra dos, y si no en beniba denguno, lis tocaba pagar la pena, una libra de zera, que yo no sé que costaría, una libra...», añade la informadora de San Juan de Plan.

Sahún

(1.125 m) Valle de Benasque

Voltean las fallas la víspera de San Juan. Las han quemado siempre. Falla: corteza de abedul puesta en la hendidura de un palo de avellano; o

sea, falla de abedul volteable –variante plano de la corteza alineado con el mango–. Encienden en una fareta de la plaza de la iglesia y se van directos calle abajo hacia el aparcamiento del barranco al norte del pueblo, y las hacen girar allá; los más mayorcitos se van un trecho más arriba, pasando el puente del barranco, y vuelven. Cuando giran no lo hacen en fila, sino espaciados, en silencio casi absoluto, «de manera muy delicada, una volteada de fallas muy pulida», al parecer del observador forastero. Recuerdan muy bien algunos informantes haberlas corrido bien corridas hasta los dieciséis o dieciocho años de los tres foros: el más alejado,

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en el Cantal Gordo u Horno de Cal (1.300 m), en el camino de la montaña; el segundo, en la Arena, a medio camino, aproximadamente; y el tercero, entrando al pueblo, en el Huerto de Ambrosi. Le tocaba hacerlos al último en casarse, con quien le ayudara; los hacían con un avellano bien grueso y largo de cinco o seis metros, hendido y sujeto con vilortas, como las fallas, y llena la hendidura de aliagas y zarzas, y los clavaban en una grieta de la piedra. Encendían, como dice Verdaguer sobre Castanesa, poniendo en pabellón las fallas en el foro. Iban 30 o 40 zagales, cada uno con dos fallas iguales a las que hacen ahora: una de grande, que bajaban al hombro, y otra que llevaban en la mano y que entrando en el pueblo ponían encima de la primera para que se encendiera; y en ese momento tiraban la primera para hacer una hoguera y hacían girar la segunda por encima de sus cabezas, haciendo alguna vuelta por el pueblo. El alcalde invitaba al vino de después. «El palo que te queda, el cllavas as judietas, ta que no hi vaiga lo pugón» (El palo que te queda, lo clavas en las judietas, para que no vaya el pulgón), dicen todavía hoy. Actualmente son unos sesenta fallaires, dependiendo del año. Como novedad de hace unos años, han empezado a rodar fallas un par de mozos que pasan de los treinta y cinco años: para estos, José, el informante de Sahún, ha hecho fallas de dos metros de largo y más de dos metros cuadrados de corteza plegada para quemar. El 2010, este informante, de setenta años, rodó él mismo dos fallas. 40

Prácticamente son dos personas, y por separado, quienes construyen las fallas. Juan de Joaquín de Mata, él solo, extrae corteza para más de cuarenta fallas; hay que hacerlo en junio «ta que sàbega bien» (para que se separe bien), puesto que la savia ya circula; con dos o tres días de arrancada, ya quemaría. Los mangos se preparan con avellano hendido por el extremo delgado, con arandelas de alambre para que no se abra: una por debajo, o dos si el palo es muy grueso y tiende a astillarse demasiado, y una en la punta, por encima del combustible, para que no se escape. Las cortezas de abedul se hacen tan grandes como salgan, y se meten en la hendidura plegadas, una de entera doblada con dos o tres de más pequeñas dentro. Normalmente la veta de la corteza (horizontal, puesta en el árbol) queda paralela al mango; las cortezas de dentro van alternadas con esta. Con un punzón mítico, heredado de su abuelo, hecho con una varilla de paraguas afilada, pincha las esquinas de las fallas que se abren demasiado para atarlas y que no se consuman tan deprisa. Dos o tres días antes de las fallas, las apilan todas juntas para que se aplanen.

Aneto

(1.380 m) Valle de Barrabés Corren fallas por la fiesta mayor, primer sábado de julio. Interrumpidas en los años sesenta; recuperadas en 2005. Falla: un fajo de teas atadas a un mango de avellano. Actualmente se hacen las faretas de encender con haces de rama de fresno,


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en una curva de la carretera de Llauset con vistas al pueblo, a 1.490 metros, al suroeste. Se baja por la misma carretera hasta llegar al pueblo; allá se hace un recorrido completo y todos tiran las fallas al fuego a la vez, haciendo un círculo alrededor de un pino pelado y plantado (el mai, mayo) junto a la ermita de San Climent, encima del cementerio; el mismo árbol sirve varias veces y permanece plantado todo el año. La gente del pueblo cena en la plaza antes de ir a buscar las fallas. Las fallas las construye una brigada, son homogéneas y tan bien hechas, como las de Senet. Con camiseta conmemorativa (y que todo el mundo utiliza como uniforme), y se ven quemar al menos ochenta. Participa gente de todas las edades, de manera que por el pueblo el ritmo es tranquilo, aunque los jóvenes intenten correr. Un posible faro viejo, que la toponimia parece reflejar, estaría en la Serra dels Evangelis, al oeste-suroeste, a 1.730 metros (Bordas, Toponimia del municipio de Montanuy).

Bonansa

(1.230 m) Valle del Baliera Corren fallas el sábado pasado San Juan. Interrumpidas en algún momento de los años sesenta, retomadas un año cercano a 1975, y recuperadas en 2007. Se corrían, en el pasado, la víspera de San Juan. Falla: de astillas de pino rojo, con un mango de pino rojo joven, y de menos de dos metros en total. Antes, una gavilla desgranada de centeno; el recuerdo es claro. Actualmente hacen el faro y bajan desde San Aventí, ermita a 50 metros de desnivel y 700 metros de recorrido del pueblo. Cenan allí y encienden en el mismo faro. El faro (1.334 m) es el nombre del pico situado al este del pueblo siguiendo el camino de San Aventí. No exactamente en la cumbre de la sierra, sino más al este aún: una situación extraña, como si quisieran ir a buscar la vista de algún faro del valle de Boí, o el de Vilaller. Podría ser un ejemplo claro de cómo la iglesia hizo construir una ermita en el recorrido de las fallas, 41


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en el faro menor seguramente, para interceptar a los fallaires y así tenerlo más fácil para reorientar el ritual y aculturar a la población. Dejaron de correr fallas en torno a 1950, y entonces todavía venían del faro que dice la toponimia, mucho más alejado que el actual. En 1974 o en 1976 (o quizás unos pocos años antes, depende de con quien hables) las recuperaron, pero solo lo consiguieron por un año. Recuerdan que ese intento fue casi como antes: desde un punto a medio camino entre el ahora «faro viejo» y la ermita, y con fallas de centeno. En 2007 las recuperaron porque Ramiro hizo un montón de fallas de rama de pino atada al extremo de un mango. Después de cuatro años, la cosa pinta como bien recuperada. La fiesta que viene después es muy íntima, con un acertado grupo de bailes tradicionales. Ahora las fallas son de pino rojo del pinar, o de madera de reciclaje. Algún año han sido hechas por encargo, pero en 2011 el mismo Ramiro ha dirigido un taller para enseñar a los pequeños. El recorrido es muy corto, uno de los más cortos: desde la ermita de San Aventí, una bajada tranquila, un par de vueltas al pueblo al paso. Pero eso sí: una hoguera en medio de la plaza, como tiene que ser.

Castanesa

(1.480 m) Valle del Baliera Corren Fallas el primer viernes de julio coincidiendo con la fiesta mayor. Interrumpidas entre 1960, 42

aproximadamente, y 2008, antes las hacían la víspera de San Juan. Falla: un haz de madera de reciclaje o de teas al cabo de un mango más bien largo. Hacen el faro en la arista oeste del Serrat Qüeso, a unos 1.600 metros, al sur del pueblo. El mismo faro sirve para encender las fallas, después de cenar un refrigerio comunal. Las fallas se bajan caminando hasta un lugar de la pista donde se incorporan los pequeños, mezclados entre los mayores, que son de toda edad y sexo. En el pueblo, corriendo menos que más, se hace una vuelta larga hasta la iglesia de San Martín, pasando dos veces por la plaza, y se vuelve al abrevadero del barranco a tirar las fallas. En el pasado, recogían carbones y teas caídas de las fallas para proteger el huerto de todo mal. El faro viejo, por tradición local, y probablemente porque se vería desde Vilaller y otros pueblos, está más arriba de la misma cresta, en el pico sur del mencionado Serrat, a 1.690 metros.


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Montanuy

(1.190 m) Valle de Barrabés Corren fallas la víspera de San Juan. Sin interrupción conocida. Falla: de astillas de pino rojo y/o madera vieja, con mango de avellano, de dos metros en total. De memoria oral, todavía saben hacer la falla sin hierro que concuerda perfectamente con la descripción de Violant i Simorra (1950) para Durro: dos travesaños pequeños en un mango hendido en cruz inmovilizan desde dentro un haz de leña (en Montanuy proponían los parrales viejos del huerto) que se aprieta hacia fuera contra dos anillas de liana, que no son exactamente vilortas. Actualmente hacen el faro y bajan desde la cámara de aguas de la central hidroeléctrica, donde es cómodo subir con vehículos las fallas y la madera de reciclaje para el faro. Encienden después de haber cenado en el pueblo, y bajan por el camino viejo. Corren un par de vueltas por el pueblo y tiran las fallas en una placeta al lado del pueblo. Finalmente reparten vino quemado.

Laspaúles, Villarrué y Suils Comparten también estructura de sus fiestas de fallas. Son las tres localidades del municipio de Laspaúles que mantienen la tradición la noche del 23 de junio. Desde la hoguera encendida en lo alto del monte, el camino de tierra guía la serpiente de fuego en la que participan, principalmente, abuelos y nietos. Cada uno es responsable de preparar su propia falla, principalmente con unas hierbas secas que prenden en la hoguera principal y se traslada hasta la plaza del pueblo. Algunos piden deseos y todos celebran la fiesta con una cena popular. Texto extraído de http://fallasdelpirineo.com

El faro (1.325 m) es el nombre del pico situado al oeste-suroeste del pueblo, unos centenares de metros más arriba que el actual faro. Antiguamente, el último casado del pueblo tenía la obligación de hacer o llevar al faro la leña necesaria, aunque ningún casado corría, y tenía que hacerlo varios años, si no se casaba nadie más. Este faro está citado por Coromines en 1957.

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Aneto

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Localización de lugares donde se celebra o se sabe que se han celebrado las fallas del Pirineo. Se indica con un icono las localidades aragonesas que celebran la fiesta en la actualidad.

Calendario de fallas

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San Juan de Plan 23 de junio. Al día siguiente se celebra el Día de la Cultura Chistabina.

Bonansa Fin de semana más cercano a la noche de San Juan (23 de junio).

Sahún 23 de junio.

Montanuy 23 de junio.


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Aneto Primer fin de semana de julio. Castanesa 28 de junio, víspera de la festividad de San Pedro, fiesta mayor.

Laspaúles 23 de junio. Villarrué 23 de junio. Suils 23 de junio. 47



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