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silbaba melancólicamente; y a ella: ...que murió de tan pálida ...dedico este recuerdo...” Un pedazo de barrio, allá en Pompeya, durmiéndose al costado del terraplén. Un farol balanceando en la barrera y el misterio de adiós que siembra el tren. ................................................................. Así evoco tus noches, barrio ‘e tango, con las chatas entrando al corralón y la luna chapaleando sobre el fango y a lo lejos la voz del bandoneón. Homero acababa de cumplir cuatro años cuando sus padres con toda la prole –ocho hijos– se mudaron a la amplia casona de San Cristóbal. Ya no más Añamía, como rebautizara cariñosamente años después a su pueblo natal –Añatuya, en Santiago del Estero–, ahora la ciudad iba a desorbitar sus ojos de provincianito asombrado ante un tranvía. El propio Manzi describiría en los 40 el embeleso del entorno: “Volcado a la calle grande Garay desde la boca de su cortada Danel, frente a la Asistencia Pública y el corralón municipal, siguió el curso del agua entrando en barranca hasta la esquina de Loria. Allí contempló en lejanos atardeceres el paso de las chatas que iban al descanso en los Corrales Viejos y su mirada se perdió, sin duda muchas veces, bajo el arco arbolado que se hundía en Almafuerte adentrándolo imaginativo y romántico en la Pompeya de las inundaciones. (...) En la esquina de Inclán semblanteó la estampa del pibe Aníbal y oyó las mentas de Eufemio Pizarro, en rueda que animaban los fuelles de Juan Casaretto, José Rivollini y el Tano Francisco, en el corralón del chatero Luciano (frente al viejo mercado) donde dormían su misterio sonoro los organitos crepusculares. Por Inclán hacia el este, absorbió la imagen del albanés Zu Minico que diluía su cara y un viejo canto de bersaglieri entre el humo de su pipa, sentado en el portal de su boliche, coronado por una doble guirnalda de longaniza ahumada y provolone. Cruzando la calle 24 de Noviembre, leyó desde la puerta en el libro entreabierto del famoso conventillo de tres patios, la vida común de las pardas, morenas y maringotes. Aventurado detrás del Parque de los Patricios, el legendario asilo vio a las mulatas lavar ropa ajena en bateas”. La guerra, aunque lejana, sólo trajo desdicha y carencias para los ocho hermanos devenidos en siete por un –entonces grave– sarampión que, según recuerda con culpa, él había contagiado. El pequeño Homero ya entraba en la adolescencia cuando comenzó su pupilato Fuentes consultadas: Salas, Horacio; Homero Manzi y su tiempo; Vergara Ediciones; Bs. As., 2001. Ferrer, Horacio; El libro del tango; Ediciones Osorio-Vargas; Bs. As., 1979. Revista “Ahora”; art. “Un pedazo de barrio...”; Bs. As., julio de 1984. El viejo Puente Alsina de hierro, que reemplazó al de madera en 1910, protagonista de la época en que Manzi concurría a la cercana escuela de Luppi.

en la escuelita de Luppi, allá en Pompeya. Sus pupitres serían apoyo y testigo de los primeros intentos poéticos que concretaría a los quince años en lo que se conoce como su primera composición, un vals musicalizado por Francisco Caso: “Por qué no me besas” “Dame un beso, te dije ferviente, y un beso sin fuego pusiste en mi frente...” Amoríos protagonistas que de todos modos no le impedían tener abiertos los poros, casi inconscientemente, a la absorción del entorno. Años después, en su madurez, relataría aquellas experiencias: “Había un recuerdo, un aspecto de mi vida, un paisaje que aún no lo pude abordar. Lo termino de hacer en ‘Barrio de tango’. Y quiero dar una explicación. Desde los trece años hasta los dieciséis viví como pupilo en el colegio Luppi, ubicado en el corazón de Nueva Pompeya, Esquiú y Centenera. La elegante casa del colegio (digamos que aún perdura parte de esa construcción) se alzaba materialmente entre pantanos, bajos, baldíos, terraplenes y montañas de basura o desperdicio industrial. Ese paisaje de montones de hojalata, cercos de cinacina, casuchas de madera, lagunas oscuras, veredones desparejos, terraplenes cercanos, trenes cruzando las tardes, faroles rojos y señales verdes, tenía su poesía. Tal vez entonces no la comprendí, aunque la sintiéramos quienes robábamos pantalones largos los mayores para poder recorrer el misterio de las noches y los almacenes, con exagerado y falso gesto de segura hombría...” “...Pero hoy, a través de la evocación, puedo reconstruir sentimentalmente aquel barrio que se dormía al costado del terraplén, para cantarlo con voz de tango y pulso de nostalgia. Al colegio Luppi, clavado entre zanjones y rodeado de sapos; a la calle Esquiú..., a Centenera..., a la gente que habitaba en sus casas pequeñas; al terraplén que detenía las inundaciones; a la cancha de fútbol que se nos llenaba de agua vuelta a vuelta; al tren que

Izquierda: Homero Manzi por Osías Wilenski. Derecha: con sus hermanos Hilda y Guillermo en el patio de Garay 3251. Debajo: la curtiembre de Luppi. Sobre el extremo derecho de la fotografía, un par de pequeñas casillas que constituían las primeras aulas de la escuelita.

Recibimos el Despacho 2956 de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Visto: El Expte. Nº 1102-D-2003, cuya autoría corresponde al Diputado Fernando Finvarb, quien propone declarar de Interés Cultural al mensuario “Desde Boedo”, de distribución gratuita y Considerando: que las permanentes inquietudes de la Junta de Estudios Históricos de Boedo han promovido el conocimiento de “Desde Boedo”, una publicación barrial que, gracias a los esfuerzos de su director Mario Bellocchio y sus colaboradores permanentes, intenta acercar al vecino un material de lectura estrechamente vinculado con las pequeñas y grandes historias de la ciudad y sus protagonistas: Que buena parte de los artículos que presenta el mensuario propone una indagación sobre nuestro pasado y nuestra identidad, mostrando permanentemente la preocupación de su editor por mantener esa identidad. Que como muestra de esa preocupación podemos mencionar, entre algunos de los artículos publicados, “Avenida Boedo: de camino de los huesos a centro cultural y comercial del sur de la ciudad”, “Boedo vs. Florida: una polémica que se transformó en cimiento de la rica vida cultural del barrio”, “Cien años de Parque Chacabuco”, “Manzi y la historia del tango Sur”, “Los almacenes de barrio”, “De pie sobre los escombros de los talleres Vasena”, “Cuando Boedo era la General Paz”, “Recuerdos del viejo Gasómetro”, Leónidas Barletta: la campana vuelve a sonar”, “La peña Pacha Camac”, “Reflexiones sobre la preservación del patrimonio histórico y cultural”, “Café Dante de Boedo”, “Palabras para Baldomero: ¿quién otro que Fernández Moreno?”, “Gardel en Boedo”, “César Tiempo, poeta de la judería porteña” y “Florencio Sánchez, ese desconocido”. Que la publicación también suma una co-

lumna permanente dedicada al comentario de libros, fundamentalmente de autores o editoriales de Boedo, poesías, agenda de actividades culturales de la zona e informe sobre lugares emblemáticos de otros barrios. Que “Desde Boedo” se distribuye gratuitamente en comercios, escuelas, bibliotecas y centros culturales y además en una mesa de publicaciones que todos los sábados por la mañana los “Vecinos sensibles de Boedo” instalan juntamente con la “Junta de Estudios Históricos de Boedo”, en la esquina de Boedo y San Ignacio. Por lo expuesto, esta Comisión de Cultura y Comunicación Social aconseja la aprobación de la siguiente Declaración 30/3: Declárase de Interés Cultural de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el mensuario “Desde Boedo”, de distribución gratuita, dirigido por Mario Bellocchio. Sala de la Comisión: 16 de julio de 2003. FINVARB, Fernando; CAEIRO, Fernando; CUITIÑO, Elisa; GARCIA CONDE, Luis. Proposición aprobada el 18 / 9 / 2003. Este periódico quiere agradecer a la Legislatura de nuestra Ciudad, al diputado Fernando Finvarb y a la Comisión de Cultura de la Legislatura, al arquitecto Néstor Zakim, a todos los miembros de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, encabezados por su presidente Aníbal Lomba, y, particularmente, a los que aportaron desinteresadamente su talento a las páginas del periódico, entre quienes se cuentan aquellos que, además, sumaron su esfuerzo de selección y eficiencia: Rubén Derlis, Edgardo Lois, Eduardo Semán, María Virgina Ameztoy y una larga lista de colaboradores ocasionales imposible de enumerar, involucrados igualmente en el reconocimiento.


ESCUELA DE TEATRO de Virginia Lago: abierta la inscripción. Cursos, seminarios y talleres. *NIÑOS (Sábados de 15 a 17) - ADOLESCENTES - ADULTOS INFORMES: 4 932-3390 (Fabiana), 4 931-7960 (Pablo).

Martes a las 20: Academia de tango. (Entrada $ 5) Y a las 21: micrófono abierto y baile.

Viernes a las 21.30: “ConsoRRcio, el secreto”, una historia que no vas a olvidar. Dir.: A. Pellegrino.

El 6 de septiembre pasado, en el bar “Sur” de San Juan y Boedo, se llevó a cabo la anunciada presentación de la reedición del libro de Alvaro Yunque “El amor sigue siendo niño”. El presidente de la Junta barrial, licenciado Aníbal Lomba, destacó la importancia del acontecimiento, del que participaron representando al Gobierno de la Ciudad, la arquitecta Silvia Fajre, subsecretaria de Patrimonio Cultural; la licenciada Liliana Barela, directora del Instituto Histórico, y la licenciada Leticia Maronese, secretaria general de la CPPHC, quienes corroJosé Muchnik boraron con sus palabras la importancia del suceso.

LOS LOCOS DEL PARQUE Lydia Sánchez Zinny Con su pequeña pieza Los locos del parque –que tiene algo de teatro de títeres– L. S. Z. no se propone, por supuesto, la gran literatura, pero refleja con imaginación y gracia un retazo de la vida barrial, con ánimo divertido y por momentos regocijante. Acudiendo al imaginario popular, con mucha frecuencia y oportuna eficacia, la autora incorpora frases del tango que están en el oído del pueblo. Los muchos personajes se definen de manera muy nítida por sus breves dichos y comentarios. (L. B.). Editorial Dunken, Bs. As., 2003. EL CUENTO EROTICO Juan Alberto Núñez Mucho conocemos la dilatada obra de Juan Alberto Núñez por los caminos de la narrativa breve: desde Contracuentos en 1969 hasta estos de reciente publicación, más allá de los dispersos por varias revistas, están los que mantiene inéditos a la espera de vientos económicos-editoriales favorables. Estos cuentos eróticos nos muestran otra faceta de J.A.N: para abordar tema tan difícil –la tentación del golpe bajo mediante la cuasi-pornografìa siempre puede ser un recurso para captar la atención–, el autor prefiere tomarse de la mano del humor, dejarse llevar por él, y desde su particular y no siempre fácil óptica, introducir al lector en la trama de su relato. Así, estos cuatro cuentos con un mismo denominador: el amor en su intimidad más despojada de toda vestidura convencional, resultan ser de una diafanidad no siempre lograda en este tipo de literatura. Cada uno de los cuentos se presenta en plaqueta individual ilustrada con varios dibujos de Carlos Terribili. (R.D.) Edición del autor, Bs. As., 2003.

Con el comienzo de este mes, el miércoles 1º, se produjo el encuentro inaugural que la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo denominó “Alvaro Yunque y los Jóvenes de Hoy”. La actividad, ampliamente comentada por el presidente de la Junta en nuestro número anterior, se inició con la acostumbrada visita guiada escolar matutina al Museo Monte de Piedad, que tuvo un nuevo colofón: Carlos Caffarena leyó uno de los cuentos de Yunque, previa connotación de usos y costumbres de la época a cargo de Aníbal Lomba y Mario Bellocchio, que incluyó la proyección de diapositivas como apoyatura de lo narrado. El ambicioso plan que tiene como eje a Yunque, excede el ámbito de Boedo para derramarse en San Cristóbal, Parque Patricios, Almagro y Balvanera –el Distrito Escolar 6– y se articula con el “Programa de Lectura” de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Se trata de mostrar el alma de Boedo escondida en sus rincones, nada menos. La propuesta de la Junta de Estudios Históricos apuntó esta vez a “Los cafés y el tango en Boedo”. Los profesores Alberto Di Nardo y Rosa María Silva, junto a una especialista como Alicia Rodríguez, tomaron a su cargo el tema y completaron el periplo seguidos con atención por un numeroso grupo de concurrentes. Fue el sábado 20 de septiembre. El encuentro, al que se aspira dar una periodicidad estable, se repetirá todos los terceros sábados de cada mes. La próxima vez será el 18 del corriente, partiendo de Boedo y San El jueves 25 de septiembre en horas de la mañana, Ignacio a las 15, se planteará un recorrido que nos el Museo Monte de Piedad recibió la visita del jefe muestre “Las fachadas edilicias de Boedo”. de Gobierno de la ciudad, quien participó activa- Conducirá el arquitecto Omar Blanco. mente en la recorrida escolar programada para esa fecha. Las simpáticas guías que asesoran a los visitantes, tuvieron una impensada ayuda en las intervenciones de Aníbal Ibarra, quien pudo desplegar a gusto una llamativa vocación docente, complacido –según lo manifestó– no sólo por las inquietudes de los chicos, sino también por la significación del Museo como nuevo ámbito que, desde Boedo, se suma a la oferta cultural de la ciudad. Anunciada como “Una vidriera al arte desde San Juan y Boedo”, el sábado 4 del corriente se produjo la apertura de la primera muestra “Reyes y sus amigos” (de Pacha Camac, Bohemia e Impulso), que exhibe obras pictóricas de Francisco Reyes, Juan Otero, Dante Bonati, Tomás Ditaranto y Sánchez Blomper. El auspicioso comienzo tuvo lugar sobre el mediodía en el bar “Sur” y la curaduría de la muestra estuvo a cargo de Aníbal Lomba

Debe sentirse orgullosa Rosa María Silva de la calidad, continuidad y organización de los encuentros que bajo el título “Te espero en el café” produce para la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo, de la que forma parte. La cantata “Los siete pecados capitales”, presentada por sus autores Luis Alposta y Pascual “Cholo” Mamone el 13 de septiembre, no fue la excepción. Las instalaciones del café “Recuerdo” se colmaron hasta en sus pasillos y los integrantes de la Junta debieron redoblar esfuerzos para albergar tanto afecto. En medio de tal despliegue, la proximidad del Día del Maestro brindó la oportunidad de manifestarle nuestro cariño a Miguel Angel Caiafa, un verdadero símbolo de las artes educativas, vicepresidente de la junta barrial y, sobre toda otra enunciación académica a la que no es ajeno, un ser humano excepcional.

El 30 de septiembre, en un encuentro propiciado por la Editorial Vinciguerra al que adhirieron la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo y el Museo Monte de Piedad –además anfitrión–, los destacados intérpretes de nuestra escena provocaron la cuasi mística atención de los numerosos asistentes, que disfrutaron también del acompañamiento musical de Carlos Andreoli y Mario Hiskin. Lydia Vinciguerra, Aníbal Lomba y Ana van Raap, encabezando la representación de las entidades organizadoras, no podían ocultar su satisfacción por la repercusión y el nivel alcanzado por la propuesta. Las mesas del “Margot” sirvieron para culminar más distendidamente la jornada y Mamone, Alposta y conjunto. A la derecha, el maestro Caiafa. agasajar a nuestros célebres intérpretes.

Organizado por la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad, en el marco del programa “Buenos Aires lee”, los días miércoles del mes en curso, a las 19, en bares de Buenos Aires, autores argentinos leerán sus propios textos a la concurrencia. Comenzando el día 8 en “La Maga”, de San Pedrito y Ramón Falcón, donde leerá sus trabajos Diana Sánchez. El 15 en “Margot”, Boedo y San Ignacio, nuestro compañero Rubén Derlis. El 22 en el bar “Finisterra” de Honduras 5200, Mireya Seller y, finalmente, el 29 en “La Siembra” de Monroe y Vuelta de Obligado, Fernando Sorrentino.

Sábados a las 21: “A puerta cerrada”. Sábados 4 y 11 a las 23: “Aquello de los hilos” Domingos a las 20: “Si yo tuviera el corazón”, sainete tanguero. Dir.: Pedro Utrera. (Platea $ 6.-)

Domingo 26 a las 18: “Cuenta cuentos” BIBLIOTECA “LUBRANO ZAS”: ver actividades de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Boedo.

UCBA (Unión de Correctores de Bs. As.) Talleres 2003: INFORMES:ucba@starmedia.com / 4 307-2968

Viernes 24 y 31 a las 21: “Yepeto” (de Roberto “Tito”Cossa) (a la gorra).

CURSOS: *Teatro *Gimnasia *Tango *Salsa.

AL MEDIODIA, MUSICA EN VIVO: de lunes a jueves, piano, desde las 13.

Talleres de arte “LA VIA”. Para jóvenes y adultos: (Dibujo, pintura, objetos). Martes y/o miércoles de 18 a 20; Para niños: (Dibujo, pintura, escultura, cerámica, títeres, juguetes). Jueves y viernes de 17.30 a 19; Coordinación: Lucas Marín. Y las “comidas con arte” que incluyen el espacio de venta de productos alimentarios artesanales (de 9 a 20 hs.) Viernes y sábados: abierto a la noche con performances artísticas.

Sábados a las 20.30: “Uno nunca sabe” de Roberto Fontanarrosa (Ent.: $5)

TALLERES: abierta la inscripción 2003.

Sábados a las 16.30 : “Boedo antiguo”. Grupo de teatro callejero vecinal. Dir. Hernán Peña. (a la gorra)

CURSOS Y TALLERES AREA MUSICA: INSTRUMENTOS CANTO Y CORO TALLERES GRUPALES: CANTO (Música popular) GUITARRA ARMONICA ENSAMBLE TALLERES DE ARTE: DIBUJO HUMORISTICO DIBUJO Y PINTURA FILETEADO PORTEÑO TEMA Chicos (6 a 12 años): INICIACION MUSICAL INSTRUMENTOS DIBUJO HUMORISTICO

JUNTA DE ESTUDIOS HISTORICOS DEL BARRIO DE BOEDO Las Casas 3634 Dep. 4 / Tel.: 4 924-6858 E-mail: boedohistoria@yahoo.com

Actividades de octubre Los sábados de 10 a 13.30: En la vereda, bajo los tilos de Boedo 853, se despliega la mesa de publicaciones de la Junta, compartiendo su espacio con “Ediciones Papeles de Boedo”, “Desde Boedo” y “Boedo XXI”.

Biblioteca pública “Lubrano Zas”: en Boedo 853, piso 1º, Tel.: 4 957-1400; Horario de atención al público: Lunes de 15 a 17; Miércoles y Jueves de 17 a 19. “Te espero en el café”: En “Recuerdo”, Esquina Osvaldo Pugliese, Boedo y Carlos Calvo, el sábado 11 de octubre a las 17.30. La profesora Hebe Clementi se referirá a “El espíritu de Boedo: Gálvez”. El espacio musical, dedicado esta vez a música de la ciudad, estará a cargo de Alfredo Rubín a quien acompañan en guitarra Adrián Lacruz y Mariano Heller. Nuestro próximo encuentro: sábado 8 de noviembre.


Por la mañana, al despertar, la primera imagen que acudió a mi mente fue una visión de la calle Julio Dantas que se proyectó nítida; así la recordaba y seguramente ya no lo era. Me llegaba congelada, como la había visto treinta años antes, cuando por azar llegué a sus veredas angostas y elevadas, en franco vagabundeo de búsqueda y posible encuentro de lugares inéditos para mis retinas –tan angurrientas de ciudad, entonces como ahora– que poseyeran personalidad, a la vez que cierto carácter intimista, necesarios para el audiovisual que estaba realizando. Dantas me los brindó con creces. Hoy deploro no conservar ni tan siquiera una de aquellas diapositivas, espejos de instantáneas de otra Buenos Aires sólo allí reflejadas. Por eso en esta mañana de abril de otoño apenas detectado en un incipiente desprendimiento de amarillos trémulos, y una insólita temperatura de verano insistente, parto al encuentro de ese paisaje urbano guardado en el almario, especie de álbum del espíritu de hojas no removibles, llevado por la imagen con que inicié mi despertar, necesitado de confrontar la nitidez de ese momento captado con intensidad, fijado en la evocación, contra lo mucho o poco que pudo amarillearlo el tiempo en el decurso de tres décadas. Sé de antiguo que estos viajes debo emprenderlos solo, porque los descubrimientos –volátiles instantes de ciudad, o densos fragmentos porteñeros– sucederán tanto hacia afuera como hacia adentro. Y no puede haber diálogo con nadie; apenas si el monólogo interior me es permitido en estos trances. Es el precio a pagar por la revelación. El oído atento a los ruidos, rumores y murmullos desconocidos, particulares de cada barrio y con los que interpreta su propia música; los ojos receptivos a las vibraciones de color con los que construye su fisonomía, y atentos al movimiento de sus gentes, o a la contemplación del ritmo que ellas les imponen a sus sucesos, con los cuales se identifican. El corazón gozoso de su sístole-diástole como si recién aprendiera a vivir, convertidos sus ríos de sangre en calientes pétalos sensitivos. La emoción como única compañía, es decir: la poesía en estado puro. La Filcar, al igual que tantas veces, será la brújula que fijará el derrotero y me facilitará los datos de las imprescindibles anotaciones. Una especie de cuaderno de bitácora urbana. Tomé el ómnibus 133 en Cabildo y Juana Azurduy y descendí en Nazca y Elpidio González –que alguna vez se llamó Indio–; desde aquí inicié la peregrinación rumbo a mi destino. La Calandria, Crainqueville, Chimborazo, Lapacho, Agente Ceferino García, Domingo Débico, calles de una o dos cuadras, estrechas, mínimas, de manzanas rectangulares, que desconocían mi andar, iban quedando atrás. Superada Helguera, otra sucesión de rectángulos similares y perpendiculares a aquellos, pero sin cortarlos: La Comuna, El Litoral, El Delta, El Ñandú –muy similares entre sí en su impronta edilicia–, me llevó hacia el final del camino. Cuando entré a Julio Dantas me invadió la sensación de encontrarme con un desconocido con el que sólo había cruzado un rápido e impersonal saludo alguna vez, pero cuyo recuerdo no se había borrado. De alguna manera sabía que también me recordaba; por eso al contestar a mi saludo, ahora, después de una larga e insensible

espera para él, ya que su tiempo no había transcurrido, me entregaba treinta años de cenizas que me pertenecían; les llenaban ambas manos en cuenco, y me las extendía. Julio Dantas aún mantiene sus estrechas vereditas elevadas; son escasas las nuevas construcciones; a lo sumo, algunas fachadas muestran ligeras modificaciones. Una larga empalizada en uno de los frentes nos deja con la sospecha de una futura construcción; por ahora sólo parece proteger una propiedad deshabitada, casi en ruinas. La angosta calle sigue iluminándose con faroles de pie, no muy altos, y en los que supongo que las redondas opalinas no deben ser las originales, sino de época más reciente. En mi recuerdo –para nada confiable en este caso– los hacía de líneas más clásicas. Puede que no haya sido así; la memoria juega también con sus fantasías. A medida que caminamos por esta callecita, la calma y la tranquilidad despliegan alfombras de sosiego para que la paz se deslice, blanda, sobre ellas. Los ruidos han quedado lejos, son patrimonio de otras calles y otras maneras de la cotidianidad. El silencio tiene un vibrato tenue no más alto que la armonía de una emoción esperada; es un silencio privado, inherente a sus vecinos, que lo prestan por un momento a los circunstanciales transeúntes, quienes deben devolverlo, sin ajaduras, no bien se dispongan a abandonar su embaldosado o doblen en la esquina; en cuanto salven el último escalón por el que se accedió a sus veredas, el hechizo de una paz prestada se esfumará. Porque este recogimiento es propio de aquí, de su íntimo aire; le pertenece a esta calle, es su estilo, su encumbramiento. Me atrevo a llamarlo el silencio de Dantas: barrera invisible de palpable calma contra los estrépitos sónicos de la ciudad que la circunda. El tramo que va desde Campana a Llavallol, donde finaliza, se mimetiza entre las tantas calles que la rodean: veredas a igual nivel y tránsito parejo a la de cualquier arteria. La magia de Dantas espera enfrente; el silencio tampoco se atrevió a cruzar. En la parte media de su tramo –que va de Cuenca a Campana–, me sale al cruce sorpresivamente Guillermo Enrique Granville, una callecita que sugiere, por su marco de sesgo romántico, un idilio estudiantil e inconcluso de los años 40. Peatonal, adornada con largos canteros donde los verdes rivalizan en tonalidades yuxtapuestas que habrían colmado la paleta de Mauricio Utrillo, es dueña de una escenografía ideal para adioses de adolescencia, o reencuentros de amor eterno de película con final feliz. Calleja intensa con misterio de pasaje, es un patio interior volcado hacia afuera. Si toda la ciudad fuese una enorme casa, Granville sería el largo corredor para acceder a ella. Alvarez Jonte detiene a Adolfo P. Carranza en un ángulo donde la sorprende Cuenca, que la decapita, en tanto a Jonte aún le queda larga vida. En ese vértice de frente semicircular estaba el café “El Vencedor”, de antigua data y reputación en la zona, hasta que sufrió la derrota del tiempo. Ahora se llama “El Cazador”; si bien su interior no posee características definidas para enmarcarlo dentro de un estilo, tiene sobriedad y no carece de buen gusto. En una de sus mesas, alejada de los parroquianos, concluyo estas palabras que me devolverán al presente. Rubén Derlis

La Ciudad ha decidido por quién estará gobernada en los próximos cuatro años. Quedaron atrás las ofertas de “solución fácil” a problemas difíciles. Resultaba por lo menos curioso oír hablar de progreso para “todos” a la misma boca que afirmaba que los cartoneros debían ser detenidos por “robar basura”. El verdadero desafío es ocuparse de la seguridad “aún” sin policía propia y cuidando los derechos de “todos”; atender la educación pública y continuar con su gratuidad; intensificar la provisión hospitalaria; dedicarse más eficazmente a la obra vial y de infraestructura, ya superado lo peor de la crisis; defender al espacio público contra la voracidad privatizadora... Son sólo algunos de los problemas que el reelecto Gobierno de la Ciudad ya había abordado –como pudo– en medio de la debacle. Ante un entorno más amigable, todo hace pensar en la profundización de la propuesta. Pero es importante que habiendo superado una instancia inquietante –dada la alternativa ofrecida– no la confundamos con un logro final. Las urnas proveyeron una escalera. Estamos en el primer peldaño. Hay que tomar aliento y continuar el ascenso. Mario Bellocchio

A cincuenta y un años de la primera edición de Barrio gris de Joaquín Gómez Bas, acercamos a nuestros lectores el retrato de la madre de Federico –personaje conductor de la trama de esta novela que si bien no ha caído en el olvido hoy es poco frecuentada– esbozado con módicos recursos: sólo las palabras precisas para perfilar su psicología. Mi pie derecho desaparece casi entre las manos de mi madre, rojas e hinchadas por la lejía. Trata de introducirlo en un pringoso trapo que pretende ser un calcetín. Cuando lo consigue, dobla el pedazo sobrante hacia abajo y acomoda el conjunto en una zapatilla desclavada. Somete el izquierdo a la misma afanosa manipulación y me rechaza luego con una suave palmada en la nuca. –Sos bastante grande; ya podés calzarte solo... Mojate el pelo y volvé en seguida con el peine. No te queda mucho tiempo... y además, no sé si podrás ir hoy a la escuela. Tenemos creciente. La noticia me impele veloz y alegre hacia la puerta. El cielo, nublado y espeso por el humo de las fábricas, se condensa sobre el cercano terraplén del tranvía. La alcantarilla desborda de agua, que ya se extiende por la calle hundida, al margen de la carretera por donde pasa de tarde en tarde algún automóvil sin apuro. Observo esperanzado la dirección del abanico gris que corona las chimeneas lejanas. –Si voy, no podré volver... ¡Fíjese cómo avanza el agua! Antes del mediodía cubrirá el umbral. Mi madre está junto a mí. El aire le aprieta la falda contra los muslos y le presta contornos salientes a su deformidad de mujer desnutrida, destrozada en el cotidiano trabajo sin pausa. Mi cabeza llega a la altura de su vientre, en donde su vestido se decolora por la acción del fregado. La veo erguida, con el mentón enhiesto, olfateando el viento. La miro como se mira una estatua, un paisaje, o un mar encrespado bajo el crepúsculo. Como si cada instante fuera el último plazo concedido para verla. Es que mi madre siempre fue para mí un espectáculo perpetuo, sin interrupción. Los ojos se me iban tras ella; se los llevaba como una estela de admiración, de angustia y de piedad; la seguían por toda la casa; mi corazón la presentía, mi sueño recogía su imagen encorvada en los múltiples quehaceres, sonriente e impávida, atenta al rumor que le aseguraba la tranquila cercanía de mis hermanos. Temía por ella constantemente. Cuanto coscorrón recibí en la clase en castigo por mi distracción se lo debía al asedio de su recuerdo. Entonces, no veía ni escuchaba nada. La cabeza se me encendía por dentro con su imagen, la garganta se me achicaba hasta enrojecerme los ojos, y toda mi pequeñez era un terror infinito atascado entre

Saluda a “Desde Boedo” con motivo de haber sido declarado “de interés cultural” por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

el pupitre y el respaldo del banco escolar. Un esfuerzo desgarrante me costaba mantenerme tieso, tratando de hacer creer que estaba ahí, siguiendo la mano que trazaba garabatos blancos sobre el pizarrón. Me retorcía inmóvil, sofrenando el ímpetu de ponerme de pie bruscamente... y sin decir nada, huir despavorido hasta llegar a casa; para saber, para cerciorarme de que, estaba viva, de que no la encontraría tendida boca abajo, al pie de la cocina de latón, muerta, como encontré a mi padre aquella mañana en que volví radiante, con una mariposa entre los dedos. Ahora está a mi lado, plantada recia sobre sus raídas alpargatas, dominante como un mascarón de proa. Pegado a su pollera flotante, sólo veo su barbilla y un mechón de cabellos rubios tremolando contra el cielo plomizo. Pero yo adivino sus claros ojos celestes, limpios de toda malicia. Su frente estriada de horizontales arrugas, sus pómulos empujando enconados la piel de cirio, sus labios recogidos en escarapela por el constante reducir a silencio las palabras inútiles. ¡Qué enorme y qué hermosa se alza en la bruma de la mañana! Siento que el calor de su cuerpo se disuelve en tentáculos candentes que me atrapan y me estrujan contra ella. Y me dejo llevar; y extendiendo a mi vez los brazos la rodeo tembloroso, invadido por una ternura desvalida que me hace apoyar la cabeza en su vientre como si quisiera incrustarme en su regazo, retornar a su seno y recogerme para siempre en sus entrañas. Mi madre me acaricia las orejas con sus dedos rudos y queda en silencio, tensa, en la actitud de quien capta un mensaje irreal que puede quebrar el movimiento más leve. Es cuando me oye llorar que exclama, apartándome delicadamente, como si se estuviera desprendiendo un vestido nuevo de un rosal: –Siempre el mismo tonto, Federico. ¿No ves que tengo el delantal sucio? Te has tiznado la cara... Y dejándome solo, se vuelve hacia el rincón en que se halla la escoba y, enarbolándola, arranca del cielo raso alguna telaraña imaginaria. Sé que su pecho hierve en sollozos; y salgo entonces sigiloso hasta el umbral, sintiéndome duro y quebradizo. Le doy el perfil al aire, que amenaza hacerme estallar en añicos de cristal.


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Boedo y Camio (San Ignacio) en 1904. Los vecinos junto al local que hoy ocupan “Margot” y la inmobiliaria “González”.

Una casa no es una casa si el fantasma de su gente no camina por el lugar; una casa no fue una casa si el fantasma de su gente no vuelve a caminar por su lugar. Así en la vida como en la muerte, así los fantasmas amigos acompañan la escritura que me llamó en estos días de descanso entre las Sierras de los Comechingones. Así escribí un día sobre La Caramba, la casa de mi amigo, el escritor Gabriel Montergous, y así, en plena inconsciencia del escribir, hablé de vida y de muerte, sin saber qué poco tiempo de charla nos quedaba sobre el territorio de una mesa de café. Alguna vez, siendo todavía un pibe e intrigado con el más allá del espacio, leí a Camille Flammarion, famoso astrónomo francés nacido en 1842, que participara en la creación de la Sociedad Astronómica Francesa, y además fundara un observatorio en Juvisy sur Orge. Desde mis diez años que conocía al astrónomo, pero en los años siguientes, nada supe del otro tipo, el persistente investigador de extraños fenómenos. Flammarion escribió La muerte y su misterio y Las casas encantadas. Fue muy amigo de Allan Kardec, el fundador del espiritismo. En su libro Las casas..., del año 1923, Flammarion escribe, Los casos auténticos de casas encantadas no cabrían ciertamente en un solo volumen, pues son diez, quince, veinte... Sin contar los innumerables relatos directos que he recibido, al cabo de

Un relato de Joseph Conrad, “El duelo”, nos presenta dos caracteres no muy disímiles, pero a los que la historia lleva por diferentes senderos. Dos oficiales napoleónicos que, a lo largo de más de dos décadas, se encuentran y desencuentran con el fin de concluir un duelo empezado en la juventud. El motivo del desafío es nimio, unas palabras de más o malinterpretadas que para el teniente Féraud, plebeyo, compadrito, arrebatado, son una ofensa mortal que intentará cobrarse a toda costa. Diferentes motivos posponen, como decíamos, el duelo; una batalla, el ascenso de uno u otro –no podían batirse si existía diferencia de grado–, la retirada de Rusia, etc. La caída final de Napoleón los encuentra a ambos generales. Uno –el “bueno” del relato, el provocado una y otra vez– se ha casado con una joven de la pequeña nobleza rural, se ha hecho respetable, se ha adaptado al nuevo régimen. Féraud no; está confinado con otros compañeros por conspirar contra el Régimen, seguir defendiendo sus ideas y reivindicando a Napoleón. Féraud está amargado y resentido por el fracaso de sus ideales y al final, perderá el duelo; su oponente le perdona la vida, pero le hace jurar que nunca más lo molestará, ni a él ni a su familia. Otro hubiera sido el destino de Féraud si hubiese tenido la buena estrella de muchos de sus compañeros de armas, tan jóvenes como él, que como antes decíamos buscaron nuevos horizontes. Muchos lucharon con Bolívar, no sólo franceses sino irlandeses –otro pueblo irredento en aquella época– al punto de que su regimiento escolta era la Legión Británica. Pero una gran cantidad de ellos, motivo de esta nota, vinieron al Río de la Plata y sus nombres son recordados en las calles de Buenos Aires. Beauchef, Brandsen, Bruix, Cramer, Danel, Rauch, Trolé, Viel, Vidt, entre otros.

tantos años, de testigos que han tenido la atención de enviármelos...; el particular astrónomo se preguntaba, ¿No podríamos, sin demasiado atrevimiento, suponer que los vivos dejan tras de sí ciertos restos de fuerza, de fluido vital, impregnados en la casa, los cuales en contacto con la presencia efectiva de una persona sensitiva, pueden tener una revivificación susceptible de producir tan extraños fenómenos?; y se mostraba convencido de su investigación, Las fuerzas en acción en tales casos no son inconscientes como la gravitación, el peso o el calor; son fuerzas pensantes, que obran intencionadamente. (...) Hemos reunido cierto número de casos que demuestran la asociación de los muertos con los fenómenos, en tanto un objetivo más o menos definido conduce a admitir unas intenciones, unas promesas sin cumplir, unos actos póstumos. Fue la lectura del libro de Flammarion la que empujó la pregunta hacia mi reflejo escriba, ¿existen casas encantadas en el barrio de Boedo? Así fue que llegué a una resultante obvia, si hay, si existen, si es que camino por sus veredas, pues entonces las quiero ver; si Flammarion las vio, de la misma manera yo debería poder verlas, porque para eso (una razón al fin) uno se aguanta estos mugrosos siglos de la imagen. Pensé en investigar, en buscar las puertas del Boedo mágico, extraño y diverso, escondido y a la vista en cada esquina, en cada mesa de café, en el Margot, en Sur; quizá hasta en el Homero Manzi, pero ahí únicamente de mañana. Entonces las dudas, ¿será posible el Boedo mágico por la mañana cuando es sabido que ciertas cuestiones se ventilan por la noche?, ¿es que Boedo puede ser mágico desde una mesa del Matrix?; pero estas disquisiciones quedaron a un lado justo cuando me disponía a historiar algunas de las casas encantadas de Boedo, a un lado porque el poeta Rubén Derlis me aclaró el panorama desde su libro Guía para vagabarrios; el poeta, devenido comentarista de los mundos extraños, escribió, Por las calles de

Recordemos, por ejemplo, a Alejandro Danel. Nacido en 1791 en el Pas de Calais, se enroló como soldado a pesar de los deseos de su padre –un cirujano mayor del Ejército–, que le deseaba la misma carrera sin saber que, un lejano día, los conocimientos adquiridos a su lado le iban a servir en su momento más trágico. Su carrera es similar a la de tantos otros: cabo en 1809, sargento en 1810, miembro de la gloriosa Guardia Vieja del Emperador en 1813, defensor de París en 1814 –tras la primera derrota de Napoleón–, donde fue herido gravemente, teniente durante los “Cien días” y, finalmente, dado de baja tras Waterloo. Quiso la suerte que, por esos tiempos, estuviera de misión en Europa Bernardino Rivadavia, quien frecuentó a sus padres y le invitó a pasar a Buenos Aires, lo que hizo Danel en compañía de Rauch, Brandsen, Viel, Bardel, Bruix y otros compañeros de armas. Al servicio de Buenos Aires entre 1818 y 1821, participó en las campañas contra los caudillos del Litoral, con variada suerte como es sabido, hasta que con el grado de ayudante mayor se incorporó al regimiento de coraceros de Lavalle, con el cual participó en toda la guerra del Brasil. Combatió en Bacacay, Ombú, Ituzaingó, Camacuá, Yerbal –donde curó a Lavalle, quizás en un ominoso presagio, herido de bala en la rodilla izquierda–, hasta que comisionado a Patagones en una pequeña embarcación fue atacado por buques brasileños y, capturado como prisionero de guerra, encarcelado en Montevideo hasta la paz de 1828. Tras la revolución de Lavalle del 1º de diciembre, vivió diversas alternativas, incluso el exilio en Montevideo hasta que, en 1839, es llamado por su antiguo jefe para incorporarse a su

Boedo lo invisible permanente rebasa de emociones el alma, hay que sostener muy fuerte el corazón, amarrarlo a la hombría, para que las palabras vueltas poemas en cada esquina no le desacomoden peligrosamente los latidos, porque este es esencialmente un barrio para sentir. (...) En este barrio, casi no quedan cosas materiales que palpar, talismanes porteños de invocación para acercar la magia: la puerta y el cancel de la casa donde habitó un pintor, el café convocante de los últimos y veros bohemios, la mesa predilecta del poeta junto a una hiniestra inexistente. (...) Quedan escasos lugares visibles de aquellos que cobijaron a los tantos nombrados... He aquí entonces el secreto fundador del Boedo mágico, aquí la clave distintiva y a la vez en sintonía con las tradicionales casas encantadas de Flammarion. Una casa encantada, para ser tomada como tal, debe exhibir elementos, un escritorio que cambia de lugar, libros que caen desde el estante de una biblioteca, extraños golpes en las paredes, y así todo aquello que pueda ser visto y escuchado dirá de los encantamientos de los ambientes. Es Derlis desde “lo invisible permanente” quien suelta la cadena herrumbrada y permite otra vuelta de tuerca (del encantado Henry James) al significado posible de la palabra “encantada” en relación a una casa. En Boedo, donde poco hay para ver, se dan casos de encantamiento boédico, casos nacidos, a su vez, de la unión de dos encantamientos; por un lado el encantamiento presente en el terreno donde estuvo la casa, o en la misma casa que ahora muestra algunas reformas, o en una casa totalmente distinta, o en la mismísima casa, y aquí la figurita difícil del álbum, pero tranquilos que así pasan las páginas de la vida. Es este encantamiento boédico, acodado en la puerta de las posibilidades arriba consignadas y sin distingo, el que prueba la realidad del agradecimiento del lugar para con el fantasma amigo de aquel que cobijó en vida. Así en la vida como en la muerte, escribí y ahora cuenta, en este escrito, el fantasma de los que ya no están. El lugar agradece, se siente encantado por haber sido habitado por una presencia destacada, humana, sensible, y es el fantasma amigo quien suma su sentimiento, su estar encantado frente a uno de los encanta-

“Ejército Libertador” con el que vivirá los dos próximos años, quizá los más densos de su vida. El trágico itinerario que romanceó Ernesto Sábato lo encuentra en todas las batallas: la triunfante seguidilla de Yeruá, Don Cristóbal, Sauce Grande, Punta Gorda y, luego, las sangrientas derrotas de Quebracho Herrado y Famaillá a manos de Oribe y la retirada hacia el Norte. Muerto Lavalle en la ciudad de Jujuy, los restos de aquel ejército, unos 180 hombres, rumbearon hacia Bolivia para salvar los despojos de su jefe, acomodados sobre un caballo de pelea. Pero con el calor de octubre y los solazos de la quebrada de Humahuaca, dice Danel, “principió a descomponerse el cadáver del General, a punto que se trató de enterrar su cuerpo, llevando únicamente la cabeza. Medida a la que me opuse resueltamente, proponiendo entonces el coronel Pedernera, que yo en persona descarnaría dicho cadáver. (...) En la primer parada por la falda del Volcán, me acerqué al rancho de una familia Salas (...), pedí salmuera y un cuero en el que, con los ojos llenos de

mientos posibles. Agrelo 3508 no está aún investido de encantamiento boédico, y se agradece al destino azaroso de los días que permite ser testigos de los misteriosos vuelos derlianos, obviamente, del poeta Derlis. Pero sí han sido alcanzados por el encantamiento boédico el lugar del señor Antonio Zamora y la Editorial Claridad en Boedo 837; el lugar de José González Castillo, dramaturgo y poeta, en Boedo 1058; el lugar de la Rubia Mireya en Castro Barros 433; el lugar del payador José Betinoti en Quintino Bocayuva 539; el lugar de Leopoldo Marechal en México 3306; el lugar de Oscar Barros, responsable de la revista Actitud, perdido cuando los argentinos éramos derechos y humanos, en Castro 1160; el lugar de Generoso Cuadrado Hernández y su revista ¡Aquí, Boedo! en Carlos Calvo 3735; el lugar aéreo, plantado sobre el cielo de terraza de todos aquellos hacedores de la peña Pacha Camac en Boedo 868; el lugar, planta baja, primer piso por escalera, una inmobiliaria y un teatro con pizza y vino a la entrada, de Héctor González, el Gordo, en Boedo 853; el lugar de Ricardo Egles, poeta metafísico, en Virrey Liniers 449; el lugar de Atilio Castelpoggi en Estados Unidos 3704. Una vez descubierta tanta casa encantada en Boedo, con tanto fantasma amigo y también encantado, digo que bien empleado estaría el tiempo ofrendado en caminar hacia cada uno de estos y otros lugares encantados del barrio, para verles la cara y encantarse; porque encantarse es así de simple, se logra queriendo el lugar, el barrio; manteniendo siempre la diferencia con Florida; siendo personas sin careta y con memoria. Así el encantamiento boédico está asegurado, y creo que hasta Flammarion suscribiría esta casuística desconocida en Francia. Como prueba irrefutable del fenómeno agrego el caso de La Caramba y de Gabriel Montergous, este amigo escritor no vivía en Boedo y la casa estaba en Merlo, San Luis, aun así, La Caramba es una casa encantada de encantamiento boédico, que al parecer se contagia, más allá de los kilómetros, a todo aquel que haya sabido vivir a cara limpia y siendo fiel a su historia. Edgardo Lois

lágrimas, extendí el cadáver de mi amado General, ya en completa corrupción, y como Dios me ayudó, es decir del mejor modo que pude, hice aquella piadosa autopsia, sin otro instrumento de cirugía que mi humilde cuchillo, recordando sí, que era hijo de un médico notable, y que debí serlo yo mismo, a haber nacido con menos fuego en el alma y más egoísmo en el corazón (...)”. Después de este pasaje digno de Homero, ¿es importante lo demás? Danel, tras depositar los restos de Lavalle en la iglesia de Potosí, regresó a Montevideo y siguió luchando contra Rosas: con Fructuoso Rivera primero, luego en la larga defensa de la ciudad que el imaginativo y oportunista Alejandro Dumas llamó “la Nueva Troya”, y con Urquiza en Caseros, aunque luego participó contra éste en la revolución del 11 de septiembre de 1851 y en la defensa de Buenos Aires en los sitios de 1853 y 1859. Dos hechos simbólicos cerraron su parábola vital: a principios de 1861 formó parte de la comisión que recibió los restos de Lavalle, repatriados desde Chile dos décadas después de su muerte. Y finalmente, en 1862, recibió de Napoleón III la medalla de Santa Elena, dedicada a todos los militares franceses y extranjeros que habían servido en la “Grande Armée”. Cincuenta años habían pasado desde Waterloo cuando Alejandro Danel murió en Buenos Aires, el 22 de julio de 1865. Diego Ruiz


023 octubre 2003c