20 Semblanza
Reportero de memorias y desmemorias A los 90 años falleció el eterno corresponsal del periódico El Tiempo en Medellín, Gildardo García Monsalve, periodista hasta el último día de su existencia, cuando se desempeñaba como director del periódico Enfoque de Oriente. A pocos días de su último cumpleaños, tuvimos la oportunidad de entrevistarlo en Manantiales, un centro de atención para personas de la tercera edad. Aquí algunos apartes de la conversación con este reportero ‘pura sangre’.
Mauricio Naranjo Restrepo mtangerine@gmail.com
G
Gonzalo Medina Pérez gonzalom32@gmail.com
ildardo incursionó desde muy joven en el periodismo, siendo estudiante del Liceo Antioqueño, cuando un grupo de profesores que publicaban la revista literaria Crítica le invitaron a colaborar: “No era periodista pero me gustaba mucho untarme de la cosa. Me fui aficionando y resulté participando en la tertulia radial El Palacio de Cristal -programa de Radio Claridad dirigido por Emel Ramírez-, en el cual participaban intelectuales como Otto Morales Benítez y José Luis Arango. Y a raíz de ese sarampión que le da a uno, comencé a escribir notas, una de las cuales fue a dar a El Heraldo de Antioquia -dirigido por Jesús Tobón Quintero-, la cual fue muy celebrada en el Liceo”. Sus primeros trabajos periodísticos se remontan hasta antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando la radio era el medio de comunicación más poderoso, por su instantaneidad, inmediatez e inmensa sintonía. Participó, entonces, en La Voz del Triunfo en varios radioperiódicos, uno de ellos Adelante -1941-, con Emel Ramírez; y, simultáneamente, hizo parte del IN (Izquierda Nacional), movimiento político y cultural dirigido por el médico Rubén Uribe Arcila, al cual pertenecían personajes de la talla de Fernando González, Diego Luis Córdoba y Pedro Nel Gómez. Hablar con Gildardo -voz intensa y fuerza espiritual en su mirada introspectivaes repasar la historia política e intelectual de Colombia. Con la humildad y sencillez que lo caracteriza, cuenta por ejemplo que fue el fundador de Radio Sucesos, en La Voz de Medellín, en compañía del poeta Ovidio Rincón Peláez. Este programa fue el de mayor audiencia a nivel nacional, a finales de los turbulentos años cuarenta, cuando la censura ideológica era el pan de cada día. En el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla se creó la figura del “censor de prensa”, adscrito a la administración departamental, por cuyas manos pasaban primero los contenidos que iban a difundirse por los medios de comunicación. “Nos tocaron épocas muy difíciles en el periodismo, por ejemplo las metidas a la cárcel. Un detective cualquiera lo cogía a uno en la calle, lo requisaba y decía ‘este tipo tiene unos documentos subversivos’. Recuerdo que para publicar ciertos artículos, debían
No. 55 Noviembre de 2011
contar con el visto bueno del Jefe de Censura de la Gobernación. En alguna ocasión, por un malentendido, fui a dar a la cárcel La Ladera, esposado, durante dos días”. Rememora Gildardo que “Una buena tarde me llamaron por teléfono, y era del periódico La Defensa. La llamada me la hacía Belisario Betancur. Me dijo: “¿Vos te querés venir a trabajar acá?”, y sabiendo yo que era un periódico ultragodo (yo soy liberal), le dije que sí, que no tenía inconveniente. Trabajé cuatro años en ese periódico, pero renuncié en señal de protesta porque había vencido el partido conservador con Mariano Ospina Pérez, y entonces yo, en una actitud romántica pero al mismo tiempo rebelde, decidí irme a trabajar con la gente de mi partido en El Correo, y luego en El Diario. A finales de los años cuarenta, eran ruidosas las acciones del sanguinario conservador León María Lozano, “El Cóndor” -personaje del norte del Valle en el que se inspiró el escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal para escribir la novela Cóndores no entierran todos los días-, por un lado, y por el otro las del mencionado vindicador liberal, uno de los bandoleros más temidos de la época. Respecto del período de la violencia, Gildardo recordaba su experiencia con el famoso guerrillero liberal Jairo Isaza, apodado “El Mico”. Su trabajo periodístico se tituló Yo dormí con El Mico. Gildardo lo entrevistó en Puerto Berrío, y después de una noche de conversación clandestina, concluyó que El Mico no era, en rigor, un bandolero, sino un idealista campesino liberal de 20 años, al que las circunstancias políticas empujaron hacia la opción violenta porque sus padres y hermanos fueron asesinados: “Me tocó dormir con El Mico en Puerto Berrío. Nos quedamos con él y los demás se pusieron a beber aguardiente, todos destapaban botellas, menos nosotros. No nos tomamos un trago, por miedo a que de pronto llegara el ejército”. Gildardo también afirma que tuvo en sus manos la boleta de defunción del famoso Salvita. Manuel Salvador Acosta, más conocido como “Salvita”, emprendió su aventura de mantenerse en el aire, en un globo aerostático, el 30 de noviembre de 1923 en la Plaza de Cisneros, buscando ganarse unos pesos para resolver las necesidades de su familia. A pesar de las advertencias para que no se montara, se mantuvo en su decisión. Infló el globo, se echó la bendición, se ató al trapecio y, luego de desatar las cuerdas y de amarrarse al trapecio, se lanzó a las alturas. Cuenta el fotógrafo Gabriel Carvajal, quien estaba en una esquina de la Plaza, que el globo se enrolló y “Salvita” se vino al suelo y cayó sobre la estación del Ferrocarril. Se cuenta que el padre Germán Posada alcanzó a confesar al moribundo. “A mí no me tocó Salvita, pero sí tuve en las manos su boleta de defunción, quien tenía como profesión u oficio los de hojalatero y astronauta. Así decía textual. La tuve para meterla en ese baúl que han de abrir los concejales dentro de 75 años”.
De Masato a Jairo Zea y Rubayata
“Donde sí viví experiencias inolvidables fue en el café Madrid, allá sí hubo anécdotas; ¿Has oído mencionar a Masato? Él tenía una venta de sirope en Guayaquil, tenía un barril grande con Diógenes y a él se le metió en la cabeza que la poesía de Guillermo Valencia se la habían robado a él. Este tipo hablaba de los griegos, era un hombre gordo que una vez entró al Café Madrid vendiendo tinto; él siempre iba porque le dábamos pesitos; una vez llegó jodiendo bastante y entró un policía a retirarlo y éste no se quería ir, hasta que el policía lo sacó. Y él se voltea y le dice al policía”: ‘hijo de puta, ¿no te das cuenta de que estás sacudiendo a Grecia?’ “Y hablando de las tertulias de antes, Rubayata, el papá de Juan Manuel, era un conversador tremendo; te podías quedar toda la noche oyéndolo. Están Humberto de Castro, José Mejía y Mejía, columnista de El Colombiano y de La Defensa; muy atrás pero muy atrás el Vate González, Tulio González, hermano de él, quien era un bohemio; Luis Parra Bolivar, Pedro Duarte Eslava , boyacense, un reportero de acá a la luna; Jairo Zea -reconocido como uno de los mejores cronistas de policía de su época que se suicidó propinándose varios disparos- cuando murió, con la última persona que estuvo fue conmigo; toda la mañana iba de sombrero y de camisa, hablábamos y salía a tomarse un ron a la esquina.