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MIRADAS C O L E C C I Ó N L E T R A S

Cuentos sudafricanos

UNSAM E D I T A


Colección: Letras Director: Carlos Ruta Miradas. Cuentos sudafricanos. Zoë Wicomb ; Ivan Vladislavić – 1a edición San Martín: Universidad Nacional de Gral. San Martín. UNSAM EDITA, 2015 240 pp.; 21x15 cm. - (Letras / Carlos Rafael Ruta) Traducción de: Teresa Arijón ISBN 978-987-1435-98-2

1. Cuentos. I. Arijón, Teresa, trad. II. Título CDD 863

Títulos originales: © Zoë Wicomb 1987 ‘Bowl Like Hole’, ‘A Clearing in the Bush’ © Zoë Wicomb 2008 ‘Boy in a jute-sack hood’, ‘There’s the bird that never flew’, Trompe l’oeil’, ‘N2’ © Ivan Vladislavić 1990 ‘The Prime Minister is Dead’, ‘We Came to the Monument’ © Ivan Vladislavić 1996 ‘The WHITES ONLY Bench’, ‘Courage’ © Ivan Vladislavić 2011 ‘The Loss Library’ © Ivan Vladislavić 2015 ‘Hair Shirt’, ‘The Fugu-Eaters’, ‘Report on a Convention’ Título de la obra en inglés: ‘Visions. South African Stories’ 1ª edición en español, septiembre de 2015 © 2015 Zoë Wicomb © 2015 Ivan Vladislavić © 2015 de la traducción Teresa Arijón © 2015 UNSAM EDITA de Universidad Nacional de General San Martín Campus Miguelete. Edificio Tornavía Martín de Irigoyen 3100, San Martín (B1650HMK), provincia de Buenos Aires, Argentina unsamedita@unsam.edu.ar www.unsamedita.unsam.edu.ar Diseño de interior y tapa: Ángel Vega Edición digital: María Laura Alori Corrección: María Laura Petz Fotografía de Ivan Vladislavić: Minky Schlesinger Se imprimieron 1000 ejemplares de esta obra durante el mes de septiembre de 2015 en Altuna Impresores SRL, Doblas 1968, CABA Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723 Editado e impreso en la Argentina Prohibida la reproducción total o parcial, incluyendo fotocopia, sin la autorización expresa de sus editores.


ZOË WICOMB

El niño de la bolsa de arpillera Un pájaro que nunca voló Trompe l’oeil N2 Un cuenco como un pozo Un claro en el bosque IVAN VLADISLAVIĆ

El Primer Ministro está muerto Vinimos al Monumento Banco solo para blancos Coraje La biblioteca perdida Camisa de pelo Los comedores de fugu Informe sobre una Convención

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ZOË WICOMB


EL NIÑO DE LA BOLSA DE ARPILLERA

Grant Fotheringay es un cabo suelto. Son sus propias palabras. Las dijo en voz alta y clara y ahora, luego de haber luchado con la máquina de café último modelo, camina de una punta a otra de la habitación que Stella –benditos sean sus malditos zoquetes de algodón– llamaba la salita. Está alarmado; eso es lo que hacen los viejos: murmurar para sí mismos. No hay nada que hacer, tendrá que enfrentar sin rodeos semejante perogrullada puesto que una vida no analizada, etcétera… Definir su condición, rumiar sobre sus pensamientos, sobre sus propias palabras, se ha vuelto un hábito, el viejo lastre que encadena al perro, etcétera. Y como nadie se hace responsable por las palabras que se cuelan en la mente, queda atado por el deber; se debe a sí mismo –porque usted lo merece, como dicen los avisos publicitarios– investigar, lo cual equivale a hurgar –aunque sea con una regla retráctil– en esa maraña de gusanos decantados. Entonces, ¿qué significa ser un cabo suelto? Grant piensa imágenes: una soga que pende de la vela del mástil de popa; los bordes raídos de la tela, ásperos como arpillera; la desolación de las cosas. Y exhala un suspiro teatral ante lo inconcluso, que pasa por libertad o incitación. Supone, parándose frente a la ventana, mientras espera que hierva la pava, que sus brazos están colgando. Entonces, como una visión, un

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niño cruza el jardín decididamente; un céfiro cuyos brazos, rotados sobre las articulaciones, se alargan tras él. El niño tiene las mejillas infladas. Corre de espaldas, pero con la confianza de quien conoce el terreno, del que sabe a dónde va. Grant se aparta de la ventana. Qué raro: la imagen del niño, un fosfeno de serpentinas tensas en el viento del oeste, parece haberle traído a la mente –como al viajero en el tiempo– la idea de ser un cabo suelto. Ser un cabo suelto pertenece a otro país, a otro tiempo. Y mientras el resto de Sudáfrica no para de hablar de la memoria, él recuerda que existe otra historia, una historia que no quiere tener ninguna relación con la memoria. Pero efectivamente como un cabo suelto ver a ese niño cruzando el césped mojado de lluvia le trae una irreprimible imagen de sí mismo remontando un barrilete en Glasgow Green;1 una imagen sin duda inflada, piensa, por la literatura kailyard2 o más bien por el desprecio que le merece esa literatura. Grant parpadea al pensar en un patio y en el espacio misérrimo de un callejón del Gorbals.3 Seguramente esa fue la causa de su asma infantil, ese callejón sin salida, surcado de escupitajos, y el olor a nabo y repollo hervido hasta el hartazgo que exprimía el aire de los pulmones y obligaba a resollar. Entonces no sabía nada de mangos ni de paltas, no podía saber nada de la 1 Situado sobre la margen norte del río Clyde, es el parque más antiguo de Glasgow; data del siglo XV [N. de T.]. 2 En las últimas décadas del siglo XIX el movimiento kailyard –una representación exageradamente sentimental de la vida rural– fue una reacción contra la tendencia hacia una escritura más tosca y realista que representaba la vida en Escocia con todas sus manchas e impurezas [N. de T.]. 3 Gorbals es un área situada al sur del río Clyde, en la ciudad de Glasgow. A fines del siglo XIX padeció superpoblación y los efectos adversos de la industrialización. Se volvió un barrio marginal y peligroso, asociado con el crimen y el alcoholismo. En épocas más recientes fue demolido en gran parte y reestructurado como zona de mercados y viviendas sociales [N. de T.].

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Reina de Saba conduciendo a sus suaves camellos en el sentido contrario al de las agujas del reloj en el patio de la iglesia presbiteriana dos décadas completas después. En cambio, estaba el Green –inmenso, radiante, desafiante bajo un cielo de peltre– para un niño con un barrilete que se remontaba como un águila. Lucy in the sky with diamonds. Su barrilete rojo sangre, un diamante con cola, metía la nariz en el cielo presbiteriano, burlándose de ese techo gris hasta que se abrió y una luz atravesó las nubes con estrépito. Ante sus ojos el Green cedió paso a los brezales y el veld4 donde rugían los leones y destellaban sus ojos amarillos entre los pastizales. Fue allí, en la vieja y ruinosa fuente del Green, entre sus esculturas resquebrajadas de narices romas, donde se alimentaron sus sueños. Allí un niño de los Gorbals podía huir a tierras lejanas vía el retablo terracota de las colonias. No le importaban los frascos rotos de anfetaminas, ni el olor a orina ni las bolsas de papas fritas avinagradas mientras deambulaba entre la gente de las colonias. Siguiendo el rastro de su barrilete rojo se hizo explorador, descubridor de cosas que ningún oriundo de Glasgow habría soñado; se abrió paso a través de la vegetación exuberante, mató a los gigantes de África y puso proa a la India. Prefería al hombre barbudo del retablo sudafricano con una escopeta al costado, y a sus pies, una dulce muchacha de aspecto raro que hablaría con una adorable voz cantarina, a diferencia de las putitas que fumaban y andaban insultando por ahí en clase . Pero lo mejor de todo era el avestruz de largo y gordo pescuezo sinuoso y plumas abundantes y suaves 4 Se denomina veld a las praderas de la República de Sudáfrica. Es una palabra neerlandesa y afrikáans. El veld se divide en varias áreas diferenciadas: alto veld (highveld), meseta que conforma la ecorregión de la pradera del Alto Veld; bajo veld (Lowveld), veld intermedio (Middleveld), bushveld o veld arbolado, thornveld o veld espinoso [N. de T.].

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como el escote de esa muchacha, una imagen que guiaba su mano bajo las sábanas por las noches y provocaba sueños húmedos de cópula con el continente entero. Guardaba escondido bajo el colchón el manoseado atlas escolar que dijo haber perdido –y por el cual el maestro le hizo pagar tres chelines– para mantenerlo a salvo de los niños más pequeños. En la tarde de ayer, y solo tres meses más tarde de lo estipulado, Grant había entregado su manuscrito, un ensayo de ciento treinta mil doscientas diecisiete palabras, fruto de cuatro años de investigación y dolorosa escritura; aunque debía admitir que el dolor se había apaciguado un poco después del primer borrador. Era su primogénito. No es sorprendente –se consuela– que se sienta un cabo suelto, aunque habría esperado otra cosa, algo al menos lejanamente relacionado con el placer o el alivio. Durante dos de esos cuatro años, poco después de que Stella se mudara (qué timing, Dios mío, qué perra), vivió una vida de recluso, excepto por las conversaciones mínimas con sus colegas y la necesaria interacción con los alumnos. Ahora supone que tendrá que pensar un nuevo proyecto... pero todavía no. Primero tendrá que aflojarse un poco, una readaptación de una mente impregnada por los efluvios de fines del siglo diecinueve. ¿Acaso tendría que respirar hondo y anotarse en un gimnasio? No; no está preparado para el sudor de las de mediana edad ni tampoco para los muslos enfundados en lycra de las jóvenes. Sobre el sofá color crema, ancho como un bote, los almohadones de seda roja alineados en rígidos rombos que solo se tocan en las esquinas formando una hilera de diamantes lo hacen enrojecer de furia. ¿Por qué tiene que soportar siempre lo mismo, dos veces por semana, después del paso de Poppie? ¿Por qué tiene que luchar con una empleada doméstica que insiste en hacer las cosas a su manera, según su propia estética? Reacomoda los almohadones en pilas desprolijas, como si los hubieran arrojado desde lejos; odia esa hilera ordenada

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que lo obliga a moverse en puntas de pie. La empleada debe pensar que a él le da exactamente lo mismo; no entiende que ese desprolijo montón rojo no es obra del azar ni del accidente; y todo porque él es varón: sí, por eso y nada más que por eso. Como progresista que desistió de la masculinidad hace ya mucho tiempo, resiente el estereotipo; porque, de no ser por el estereotipo, ¿qué otra cosa haría que la muchacha –mejor dicho, la mujer– ignorara los almohadones mullidos que siempre encuentra tan obvia y poco artísticamente apilados en montones aleatorios cuando viene a su casa? La lluvia va y viene. Grant Fotheringay se extiende en el sofá, pero apenas se acomoda con el Mail & Guardian, el niño vuelve a cruzar el jardín de derecha a izquierda. Esta vez lleva puesta una bolsa de arpillera sobre la remera, de esas que se usan para vender azúcar al por mayor. Con los extremos anudados y metida por la cabeza, la bolsa es una capa de capucha puntiaguda que lo mantiene seco. Esta vez con los brazos extendidos hacia adelante y las mejillas siempre infladas, el niño corre por el césped haciendo un arco con los brazos y el ala izquierda de la capa se enreda peligrosamente antes de aterrizar. Entonces, parece regañarse a sí mismo, porque se endereza de golpe, serio y pensativo, y sus mejillas se desinflan. Ya está grande para hacer esas cosas. Saca de su bolsillo un cuaderno de ejercicios enrollado, camina hasta el ventanal y, cuaderno en mano, mide su longitud a zancadas una y otra vez, como si no pudiera creer sus propios hallazgos. Anota algo en el cuaderno, posiblemente la cantidad de pasos. Deja de llover una vez más. La luz rebota contra la ventana y cuando el niño mira hacia adentro solo ve formas oscuras: muebles, piensa. Apoya la nariz contra el vidrio, curioso por ver el interior de la casa que –está seguro– debe ser fascinante. La mesa de hierro forjado de patas retorcidas y tapa oxidada y la desvencijada mecedora de mimbre en el porche lo desconciertan un poco.

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Sabe que el dueño de la casa es rico y poderoso. ¿Entonces por qué conserva semejantes porquerías, esas cosas viejas que no sirven para nada? ¿Pero es cierto que el niño no puede ver a Grant? Ve lo que espera ver. Desde hace unos meses sabe que el hombre trabaja todo el día en el estudio en el fondo de la casa, que mira a la montaña. Sentado de espaldas a la ventana, el hombre no habría visto a nadie corriendo marcha atrás por el jardín sin chocar con nada o espiando por la ventana del living. ¿El niño lo estará viendo? Grant se ruboriza, no se decide a moverse. Esta es la clase de situación que Stella hubiera resuelto sin titubeos. Cuando la lluvia empieza a golpear contra la ventana, la cara del niño se aplasta contra el vidrio; la capucha de bolsa de azúcar enmarca sus ojos negros, que protege con las manos para contrarrestar el resplandor. Y el cielo arriba, qué insolencia. Grant se levanta de un salto y va hacia la ventana donde el niño ahora lo mira horrorizado antes de taparse los ojos con las palmas de las manos, muerto de vergüenza. Grant da unos golpecitos en el vidrio y le hace señas para que entre. Cuando Grant Fotheringay llegó de Glasgow en 1984, no sabía nada del boicot académico a las universidades sudafricanas. Lo que no quiere decir que no supiera nada del mundo. Sabía un montón de otras cosas: sobre la Unión, el imperio, la huelga de los mineros, los problemas de Irlanda, el thatcherismo con toda su perversidad tory5 y, por supuesto, la pretenciosidad de Inglaterra. En sus épocas de estudiante e investigador había recorrido la ciudad en una marcha anti-apartheid, aunque no pudo evitar sentir que el centro libre de tráfico un sábado por la mañana era un lujo que se daban los estudiantes. De 5 Partido conservador británico [N. de T.].

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haberse enterado del boicot, ¿habría venido a Sudáfrica de todos modos? Grant no tiene respuesta para eso; ya no es posible saberlo. El profesor Stevenson, su nuevo jefe en Ciudad del Cabo, habló sobre el coraje moral de Grant. Al boicot –de eso estaba seguro– le saldría el tiro por la culata, el aislamiento haría que la institución se fortaleciera todavía más, aunque por supuesto era perjudicial no solo para la comunidad académica progresista sino también para la población negra a la que proclamaba defender. Grant entrecerró los ojos al escuchar la palabra “negra”: ¿era correcto llamar así a la gente? La marcha –que para ser franco en su caso fue un mero intento de acercarse a una aguerrida pelirroja de Edimburgo cuyo nombre ya ha olvidado– tal vez no haya producido el resultado esperado, pero aquí en Ciudad del Cabo, inesperadamente, venía como anillo al dedo (ahora hasta parecía posible que la pelirroja haya sido amable, pero no podía estar seguro). Según el relato de Stevenson la marcha fueron muchas marchas, pero no tenía sentido ponerse pedante y decir que había habido una sola o que él se había sentido un poco tonto cantando por las calles Maggie, Maggie, Maggie, out, out, out; o Barclays Bank, Barclays Bank; Out, Out, Out o alguna cosa igualmente rara que hizo que la Barclaycard migrara de su billetera y se alojara en su corazón como un trombo. Por supuesto que era innecesario decir que se había candidateado a tres puestos en Edimburgo y Glasgow sin éxito. Y así, sin premeditación, Grant se encontró de pronto en Ciudad del Cabo en el rol de activista. “Tendrá que hacernos algunas concesiones aquí en el fin del mundo”, dijo humildemente el viejo Stevenson. “La tradición europea radical ya no nos llega naturalmente. Todo se hace cuesta arriba, es una lucha dar la nota correcta de disidencia”, suspiró. Grant sentía la gravedad de la situación, la nueva responsabilidad sobre sus hombros, pero gracias a Dios no se parecía en nada

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a la incomodidad que había sentido en la marcha de Glasgow, cuando la pelirroja le puso entre las manos un cartel que decía Libertad a Nelson Mandela con una foto de un boxeador joven y fornido. Aquí, bajo el brillo deslumbrante del sol del Cabo o a la sombra fresca de los jardines suburbanos, los límites estaban claramente trazados. ¿Qué otra cosa podía ser él sino el heredero de un liberalismo incongruentemente devenido en radicalismo bajo la cegadora luz meridional? Poco después, y gracias a la intercesión favorable de unos colegas más jóvenes y revoltosos que tenían fama de haber bailado el toyi-toyi6 en los suburbios de color, la historia recibió una mención ambigua en el CNA.7 Él no lo pensó, pero otros supusieron que de algún modo se había sancionado el fin del boicot, que en ese clima de secreto medieval de capa y espada no convenía hacer preguntas. Wally Serote, ¡qué orador! ¡Qué figuras heroicas las de esos tipos recortados en los balcones de las City Chambers!8 Eso fue exactamente lo que dijo Grant, y se sorprendió al descubrir que su inocente mención de los revolucionarios exiliados concitara un respeto maravillado. Una vez más, una mujer lo había llevado a un evento donde los miembros más viejos de 6 El toyi-toyi is es una danza de las fuerzas del Ejército Revolucionario del Pueblo de Zimbabwe (ZIPRA), muy utilizada en las marchas de protesta en Sudáfrica. En palabras de un activista: “El toyi-toyi era nuestra arma. No teníamos tecnología de guerra, no teníamos gases lacrimógenos ni tanques, pero teníamos este arma” [N. de T.]. 7 El Congreso Nacional Africano (African National Congress), llamado hasta 1923 South African Native National Congress, es el partido que gobierna Sudáfrica desde el establecimiento de la democracia en mayo de 1994 con Nelson Mandela. Se fundó el 8 de enero de 1912 en Bloemfontein para defender los derechos de la mayoría de raza negra del país. Uno de sus fundadores fue el poeta Sol Plaatje, pero el dirigente más destacado del CNA fue Mandela [N. de T.]. 8 El edificio de las City Chambers es sede del Municipio de la Ciudad de Glasgow desde 1996 [N. de T.].

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la organización desterrada hablaban del movimiento antiapartheid escocés. Hablaban sobre las naranjas Outspan y sobre el boicot económico, pero no recuerda que mencionaran la academia... O quizás Grant soñaba despierto o simplemente se quedó dormido. Recuerda que se había quedado despierto hasta el alba con la pelirroja, todo para nada. Cree que no volvió a verla. Era mucho más agradable distenderse en la hospitalidad del Cabo y encontrar un rumbo político sin la guía siempre dudosa del sexo. Como después le dijo a Stella, en Ciudad del Cabo reencontró su propio corazón septentrional, un corazón saludable y hambriento de retos políticos. Pero el compromiso de Stella era puro cuento. ¿Dónde estaba ahora que Roma ardía en llamas… o por lo menos a fuego lento? ¡En Edimburgo, habiendo tantos lugares en el mundo! Lo que en cierto sentido avalaba su permanencia en el sur. ¿Y acaso no tenía derecho? ¿Acaso a su manera humilde, como todos los activistas tras los pasos de Jameson,9 no había contribuido él también al nacimiento de la nueva Sudáfrica? El niño parece no comprender el gesto del hombre. Se pasa las manos por los ojos y por el apretado vellón de cabello bajo la arpillera y desaparece. Grant lo encuentra acuclillado sobre sus cuartos traseros en el porche del fondo, escribiendo algo en un cuaderno manoseado. Resulta ser mayor de lo que 9 Sir Leander Starr Jameson fue un administrador colonial británico de origen escocés. Participó activamente en la Guerra de los Bóeres y fue uno de los principales causantes del conflicto al dirigir en 1895, junto con Cecil Rhodes, una incursión en la región de Transvaal dominada por el gobierno bóer de Paul Kruger. Se convirtió en líder del Partido Progresista al morir Rhodes en 1902 y llegó a ser Primer Ministro desde 1904 hasta 1908. Desde ese cargo dedicó amplios esfuerzos al naciente proyecto de unión sudafricana. Fundó el Partido Unionista, que lideró hasta 1912, año en que regresó a Inglaterra por problemas de salud [N. de T.].

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pensaba, tendrá unos once o doce años, aunque con esta gente nunca se sabe. No levanta la vista cuando el hombre se yergue sobre él, pero sus hombros flacos no tienen nada de cobardes; aunque tampoco alardea; el niño simplemente está absorto. “¿Qué estás haciendo?”, pregunta Grant. “Escribo”, dice el chico. “Escribo los nombres de los arbustos y otras cosas que hay en el jardín y después, cuando vuelva a casa, veré si los escribí correctamente”. “Podría ayudarte con eso...”. Después de todo, Grant está colgado y no tiene nada que hacer. Pero no, el chico prefiere arreglárselas solo, con su diccionario nuevo. Fue lo que pidió para Navidad, así que este año Papá Noel vino a Grassy Park10 para variar. Después sonríe: “yo no creo en Papá Noel; fue mi papá”. “Yo tampoco creo en Dios, pero no está permitido decirlo”. Su papá es George, el jardinero, quien al comienzo del año preguntó si el niño podía venir a quedarse durante las vacaciones escolares. Era un niño bueno, no sería una molestia... con la picardía y la astucia que caracteriza a esta gente, porque el niño ya estaba allí parado muy tieso al lado del padre, que sin duda pensaba que Grant no tendría coraje de rehusarse en su presencia. “Por supuesto, no podía quedarse solo en su casa”, farfulló Grant, aunque tenía el vago recuerdo de que eran varios hermanos. Pero era inútil preguntar. Mejor decir que sí de entrada y no suscitar un relato largo y lleno de vueltas que no agregaría nada y al que habría que tomar con pinzas. Además, qué le importaba; no estando esa puta de Stella nada tenía la menor importancia, siempre y cuando el niño no se cruzara en su camino. Y ahora, muchos meses después, resulta que el niño sigue viniendo los sábados; aunque esta es la primera vez que Grant lo ve. 10 Grassy Park es un suburbio en la provincia Occidental del Cabo, cuya capital es Ciudad del Cabo [N. de T.].

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“¿Cómo te llamas?”, pregunta. “Samuel. ¿Y tú?”, pregunta el niño sin levantar la vista de lo que escribe. Grant da un respingo. “Doctor Fotheringay”, tartamudea, pero el niño dice que ya lo sabe, y que también sabe que no es un doctor de verdad... ¿entonces cuál es su verdadero nombre? Lo repite después de Grant. “Grant es un lindo nombre”, dice el niño. Y entona solemnemente Grant-us-thy-peace;11 luego vuelve a su escritura y el doctor Fotheringay tiene la inconfundible sensación de haber sido despachado. “Choque esos cinco”, dice, y enseguida se pregunta dónde diablos aprendió esa expresión. ¿Choque esos cinco? Está seguro de que no conoce a nadie que diga choque esos cinco. Cuando Grant regresa al porche trasero una hora más tarde el niño ya ha terminado de escribir. Todavía con su capucha de arpillera lee el editorial de un viejo Mail & Guardian rescatado de la pila junto a la puerta. “Vamos adentro”, dice Grant; “no es necesario que esperes hasta regresar a tu casa. Puedes usar mi diccionario para verificar tu tarea”. Samuel pliega prolijamente su bolsa de arpillera y se la mete bajo el brazo. Cuando entra en el estudio lanza un silbido de admiración al ver semejante cantidad de libros. Recorre los estantes pasando el índice por los lomos, sin tocarlos; lee los títulos en voz alta, titubea ante las palabras que no le resultan familiares y las pronuncia en silencio antes de decirlas en voz alta. Escribe esas palabras en su cuaderno: después buscará su significado en el diccionario. Grant va a la cocina a preparar algo de comer, una ensalada y unas sobras de pollo. Le parece un cambio positivo almorzar con alguien, aunque sea con un niño desconocido. 11 Juego de palabras entre el nombre del protagonista, Grant, y una estrofa del Padre Nuestro: Grant-us-thy-peace [N. de T.].

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Rebusca en la huerta de hierbas aromáticas de Stella, demasiado crecida ahora –tendrá que hablar con George al respecto– y encuentra unas desgreñadas cebollas de verdeo para la ensalada. “El almuerzo está listo”, llama a Samuel, “vamos a comer”. Ha tendido una mesa alegre en la cocina, con manteles individuales tejidos y servilletas haciendo juego, pero Samuel dice que espere un momento, que traerá algo del jardín, y regresa con un ramito de cabezas de hinojo, romero y margaritas que acomoda en un vaso con agua. “Las margaritas son mis preferidas”, dice. “Me gusta mucho la Namaqua, la que florece en septiembre. ¿Cuál es tu preferida?”, le pregunta. Grant no tiene flores preferidas. Lo pone nervioso ese niño que, curiosamente, parece sentirse a sus anchas. ¿Pero cómo diablos se las arregla para hacer sentir a Grant incómodo en su propia casa? Entonces el adulto fanfarronea como un niño: “No me interesa el jardín, siempre y cuando no se desmadre”. “Paso todo el tiempo en mi estudio, leyendo y escribiendo libros”. Samuel asiente con aprobación. “Qué bueno”, dice. Cuando termina de comer, apoya los cubiertos prolijamente uno junto al otro y se retuerce en la silla; está ansioso por ir al estudio. Grant le pregunta si no le gusta el pollo. Tendría que habérselo dicho, puede ofrecerle un poco de jamón en cambio. Pero Samuel dice que no, que ya comió suficiente; dejó un poco de pollo en el plato por cortesía. Grant siempre demora un poco en descifrar lo que dice el chico debido a su fuerte acento de Ciudad del Cabo. Samuel comienza a pasar los sábados en la casa. Pero ya no corre por el jardín ni juega a ser un aeroplano. Golpea la puerta del frente y va directo al estudio donde Grant ha colocado para él una mesa pequeña, traída del cuarto de huéspedes. El chico es silencioso como un ratón, solo lee y escribe, y

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Grant, quien nunca toleró a nadie en su estudio, se sorprende al ver que trabaja perfectamente bien en su escritorio. En la sobremesa Samuel interroga a su anfitrión sobre diversos tópicos y este tiene que pensar muy bien las respuestas porque el niño casi siempre toma nota y no hay nada peor en el mundo que ver escritos tus propios comentarios negligentes o jactanciosos. El niño promete enseñarle a Grant su sistema taquigráfico. Ya no deja comida en el plato por cortesía. Una vez, después de almorzar, Grant le pregunta si no quiere lavar los platos. Samuel frunce teatralmente el entrecejo. “¿No sería inapropiado?”, dice, claramente complacido de poder usar esa palabra. Y Grant piensa que es mejor contestar que quizás sería inapropiado. Samuel dice que si el doctor Fother quiere que él haga alguna tarea debe comunicárselo, pero que si le dieran a elegir preferiría bajar los libros de los estantes y quitarles el polvo. Grant asegura que no, que él no quiere que haga ninguna clase de tarea doméstica, que para eso está Poppie. Tampoco le gusta que lo llame doctor Fother, pero no encuentra palabras para decírselo. Inapropiado. Eso fue lo que le dijo su nueva amiga, Jenny, esa mañana por teléfono. Los sábados en casa se habían vuelto sagrados para él: ya no quería salir con sus amigos y por eso Jenny le preguntó si las visitas de Samuel no eran inapropiadas. “Inapropiadas”, gritó, “qué ridiculez”. ¿Qué tiene de ina­ propiado almorzar con un niño y de todos modos a quién le importa qué es apropiado o no? Jenny dijo que a algunas personas les importaba y que debía tener cuidado. Grant dijo que esperaba que ella no fuera una de esas personas, que acababa de interrumpir una conversación muy interesante sobre la justicia y que por favor lo excusara pero no podía seguir hablando por teléfono. Una tarde fría y húmeda estaban en la cocina tomando café durante una pausa en el trabajo cuando oyeron un golpe en la puerta baja, cerrada con pestillo.

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Samuel había conseguido hacer funcionar la máquina de cappuccino y Grant había comprado unas rebanadas de torta de granadilla en la despensa de la granja. Es George, que asoma la cabeza por la puerta baja. Pregunta si el doctor no querría volver a pensar dónde plantar los durazneros nuevos; él cree que estarán mejor sobre la cerca sur. El doctor debe venir a echar un vistazo. No será un problema trasladar los rosales; no les hará mal; estarán bien del otro lado, junto al jacarandá. “Choque esos cinco”, dice Grant. ¿Podría George esperar a que busque su impermeable? No demorará. George apoya los antebrazos sobre la puerta baja. Debe estar apreciando la mesa bien tendida, el tentador aroma del café, el ramito de plombaginas celestes, margaritas de centro negro y romero, y los garabatos del niño escritor que ahora tiene los ojos clavados en la espuma lechosa que sobresale del borde de su taza de café. ¿Cuánta más espuma puede contener la taza sobre el borde antes de que se derrame por los costados? se pregunta Samuel como si oyera la respiración de su padre, como si escuchara el crujido de sus pasos cuando se retira de la puerta y va hacia el porche trasero a esperar a Grant, subiendo el cierre de su campera. La lluvia golpea ruidosamente contra el techo. El sábado siguiente Grant se da cuenta de que está esperando; no puede concentrarse en su nuevo proyecto sobre literatura y ética. Pero Samuel no aparece. ¿Tendría que preguntarle a George dónde está el chico? Desde la ventana, sosteniendo una copa de vino que se ha servido para acompañar el almuerzo, sigue por un rato los movimientos del jardinero, un destello de mameluco azul que entra y sale del follaje, oculto por los arbustos, y luego rea­parece para podar los retoños de duraznero. Qué raro: el padre ladea la cabeza igual que el hijo. No lo sorprendería

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que George sacara un cuaderno doblado del bolsillo y empezara a anotar cosas. Grant tira el vino en la pileta de la cocina. Se siente un cabo suelto a pesar de la nueva dirección que ha tomado su investigación, pero esta vez tiene un contrato con una editorial universitaria inglesa. El fin de semana siguiente, cuando Samuel falta nuevamente a la cita, Grant decide preguntarle a George. Ha conseguido la torta de caramelo preferida del niño en la despensa de la granja y él mismo ha recogido y arreglado un ramo de margaritas en un florero de cristal recién comprado. Camina hasta el fondo del jardín donde George, inclinado sobre una carretilla, prepara el abono. Le pregunta por los durazneros. “Están progresando”, dice George. “El año que viene darán una pequeña cosecha de fruta”. “¿Dónde está Samuel?”, pregunta abruptamente Grant. George le dice que es un niño raro, que a veces se le mete una idea en la cabeza y después... si te he visto no me acuerdo. Ahora es la montaña. La semana pasada Samuel anunció que los sábados escalaría la montaña con sus amigos, así nomás, de la nada. George no sabe quiénes son esos amigos y el doctor debe saber que a él que no le parecen muy respetables, pero ese Samuel es muy testarudo. Se llevó a la montaña una pila de libros que pidió en la biblioteca. Así de alta: George lleva la mano a la altura del pecho. Su madre está muy preocupada por él. A las cuatro en punto, mientras George se saca el mameluco en el porche trasero, Grant le da una bolsa de Woolworths para que se la entregue al niño; pero George se la devuelve después de pispear el contenido. Dice “gracias pero no, Samuel ya tiene diccionario”. Se lo trajo Papá Noel. Después recoge la bolsa de arpillera doblada sobre la silla y dice que se la llevará, que con semejante lluvia loca, que se desata en cualquier momento, una bolsa de azúcar siempre viene bien.

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IVAN VLADISLAVIĆ


EL PRIMER MINISTRO ESTÁ MUERTO

El día que mataron al primer ministro Mataron al primer ministro en invierno. Yo tenía diez años. Ese año mis padres se habían mudado a una casa en un suburbio nuevo. La abuela vino a vivir con nosotros. El abuelo dijo que era demasiado viejo para mudarse y se quedó en la antigua casa. Nos regaló un buzón y dos números de plástico para la verja y nos deseó lo mejor de lo mejor en nuestro nuevo hogar. Era un lugar como cualquier otro. Tres dormitorios, sala, comedor. Nada de gnomos. Nada de veredas locas. Un camino razonable de cemento sólido que iba desde la verja de entrada hasta la escalinata de la galería. Hacer el sendero fue la primera tarea importante que emprendimos mi padre y yo. Cuando nos mudamos la casa aún olía a madera, pintura fresca, masilla. Quedaba mucho por hacer: sellar los pisos, limpiar las huellas de dedos en los vidrios de las ventanas, las salpicaduras de pintura en las baldosas del baño y la cocina.

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El jardín era veld.1 Los constructores se habían limitado a cercar un rectángulo y despejar una franja lo suficientemente grande como para levantar allí la casa. Para sacar el pasto hay que atacar las raíces. No es posible escardarlo con una pala. Vuelve a crecer. Hay que encajar la horqueta alrededor de cada penacho, aflojar la tierra, meter una manguera entre las raíces, abrir la canilla a máxima potencia y expulsar lejos los terrones. Después, hay que tirar del pasto hasta que salga de la tierra, con raíz y todo, como si fuera un enchufe. Y por último eliminar los remanentes de tierra golpeando el penacho contra el suelo, apilar el pasto arrancado en la carretilla y arrojarlo al montón de compost en el fondo. Eso estábamos haciendo mi padre y yo el día que mataron al primer ministro. Yo aflojaba el suelo y mi padre arrancaba los penachos de pasto. Llevaba puesto su viejo uniforme del ejército, como hacía siempre que le declarábamos la guerra al jardín. La abuela estaba en su mecedora en la galería del frente, tejiendo al crochet uno de los tantos cuadrados de lana de una pila infinita, que eventualmente reuniría en una manta de bordes desparejos. Escuchaba la radio en silencio, con un auricular. Yo empujaba la carretilla llena de pasto hacia el fondo. Cuando pasé al lado de la abuela, la mecedora perdió envión y se detuvo en seco. Un cuadrado de colores brillantes cayó al suelo. Ella alzó su voluminoso cuerpo de la silla y se paró con un balanceo solemne, todavía unida a la radio por el cable enrulado. Después bramó: “¡El primer ministro ha muerto! ¡Un loco lo cortó en pedacitos con una panga!”.2 1 Se denomina veld a las praderas de la República de Sudáfrica. Es una palabra neerlandesa y afrikáans. El veld se divide en varias áreas diferenciadas: alto veld (highveld), meseta que conforma la ecorregión de la pradera del Alto Veld; bajo veld (Lowveld), veld intermedio (Middleveld), bushveld o veld arbolado, thornveld o veld espinoso [N. de T.]. 2 Así llaman en Sudáfrica a un machete de cuchilla, que se ensancha y

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Llevé ese pensamiento conmigo, como un carozo de durazno en la mejilla, mientras empujaba la carretilla hacia el fondo y arrojaba el pasto en el pozo que habíamos cavado con mi padre el fin de semana anterior. Ahora veo que la muerte de un primer ministro tiene muchas consecuencias. Cuando mi abuelo murió, nos dejó una valija. Adentro había algo para cada uno de nosotros. A mi padre le tocó un saco demasiado grande para él y un par de tijeras de podar. Mi madre recibió unos recortes de periódico y unas fotografías viejas y resquebrajadas como cuero. A mí me tocó un cortauñas que un prisionero de guerra italiano le había regalado a mi abuelo. Cuando el primer ministro murió, nos dejó un montón de compost donde puede crecer prácticamente cualquier cosa. Una vez nacieron mazorcas de maíz, como salidas de la nada. La abuela pensaba que Lazarus, quien a veces trabajaba en el jardín, debía haber tirado los choclos que ella le daba para almorzar. Después de la muerte del primer ministro empezaron a ponerle su nombre a las calles, a las estaciones de trenes, a las escuelas, y hasta a los resorts de vacaciones. Hasta bautizaron nuestro suburbio con su nombre. Querían que viviéramos en un monumento. Era un suburbio nuevo y a nadie le importó. Cuando regresé al frente con la carretilla vacía, mi padre estaba en posición de firmes y mi madre acercaba un vaso de agua con azúcar a los labios de la abuela. La había desenchufado de la radio y levantado el volumen para que todos pudiéramos escuchar. Esa noche, durante el noticiero de las siete, la abuela terminó una manta. curva hacia la punta [N. de T.].

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El día que enterramos al primer ministro Enterramos al primer ministro en primavera. Mi padre y yo estábamos plantando el huerto de frutales ese día. Treinta árboles en total. Tres hileras de diez árboles cada una. Un pelotón de árboles, decía mi padre. Los pozos que excavábamos eran profundos y perfectamente circulares. Marcábamos el contorno con un compás hecho con dos clavos unidos por una cuerda de hilo sisal de medio metro de largo. Mi padre aflojaba la tierra con el pico y la sacaba del pozo a golpes de pala. El suelo era muy duro y teníamos que mojarlo con agua de la manguera. Mis manos y mis pies pronto se cubrieron de barro. El color de la tierra cambiaba a medida que el pozo se volvía más profundo. Mi padre decía que tenía arena del desierto en las botamangas de sus pantalones cortos color caqui: un recuerdo de la guerra. “Ven aquí”, me decía; “haz un cuenco con las manos”. Yo acercaba las manos a sus pantorrillas peludas y él daba vuelta las botamangas y un hilo de arena fluía en mis manos. “Teñida con la sangre de los patriotas”, decía, si la arena que salía era roja, y “blanqueada como un hueso por el sol del desierto” si era blanca. La abuela estaba sentada en su mecedora, bajo una sombrilla de playa, con la radio sobre las rodillas. A las tres en punto iban a transmitir el funeral en vivo. El cortejo saldría de la iglesia y atravesaría las calles de la ciudad hasta el Panteón de los Héroes en el cementerio. “¡El número uno!”, gritó la abuela. “Pudriéndose en la tierra. Un pedazo de carne. Deja una esposa y seis hijos”. “Deja más que eso”, dijo mi padre. Y luego, dirigiéndose a mí: “Métase en el pozo, soldado”. Los pozos de los árboles frutales debían tener más de un metro de profundidad. Yo era la vara de medir: me paraba en el fondo y el nivel del suelo debía coincidir con mi coronilla. Poníamos piedras en el fondo del pozo para que

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drenara, después compost, luego una capa de arena tamizada con una vieja puerta de malla metálica. Después piedras más pequeñas. Más compost y más arena. Cada capa de arena debía ser escrupulosamente regada. Cuando el pozo estaba casi lleno elegíamos uno de los retoños que esperaban a la sombra cerca de la casa. Les dejábamos las etiquetas con el nombre para poder identificarlos hasta que dieran fruto. Todos los árboles que plantamos crecieron, excepto la higuera: el tercer ejemplar contando desde la derecha en la última hilera. Tampoco murió. Se quedó exactamente igual a como era cuando lo plantamos. Después mi abuelo venía una vez al año a podar los árboles. Siempre se paraba frente a la higuera raquítica y sacudía la cabeza. Pero decía que era bueno que hubiera fallado un árbol: la tierra no debía ser nunca demasiado generosa. El exceso de generosidad malcriaba a la gente. Después de su muerte dejamos que los árboles crecieran a destajo. Estábamos hartos de los duraznos y de las ciruelas, y del chutney, y de la mermelada. Dejábamos que el peso de la fruta quebrara las ramas y que las frutas caídas se pudrieran en la tierra. “Me alegra que el abuelo no esté aquí para verlo”, decía mi madre. A las tres menos cuarto sirvió el té con un plato de galletitas. “Saben”, dijo mientras tomábamos el té, “este funeral es un gran acontecimiento. Probablemente no veremos otro igual en nuestras vidas”. “A menos que maten al nuevo primer ministro”, respondió mi padre. “No digas eso delante del niño”, dijo la abuela con tono severo. “La verdad no hace daño”, dijo mi padre. “Están tirando la casa por la ventana con este funeral. Varias bandas de música, tanques, desfile de aviones. Una bandera para cada ciudadano, todos los edificios con su correspondiente crespón.

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Una salva de veintiún cañonazos. Ahora: si matan al nuevo primer ministro, cosa que no me parece improbable, tendrán que hacer lo mismo, ¿no es cierto? No pueden hacerle una despedida a medias al próximo primer ministro”. “Tal vez tengas razón”, dijo mi madre, “pero nosotros no tendríamos que pensar de esa manera. No se puede andar por la vida dando por garantizados los grandes acontecimientos de la historia. Cuando uno de esos acontecimientos te pasa cerca, tienes que agarrarlo con las dos manos para que no se escape”. Mi padre apoyó la taza de té en el plato, sacó la boina de la charretera y volvió a ponérsela, recogiendo el cabello que le caía sobre la frente. “¿A dónde quieres llegar con eso?”. “Creo que tenemos el deber de permitir que el niño participe en la ceremonia de hoy. Mira”. Sacó una hoja de periódico del bolsillo del delantal y la desplegó sobre la tierra. Había un mapa atravesado por un sendero de puntos. Mi madre trazó la ruta con el dedo índice. “El cortejo pasará por aquí dentro de media hora, minutos más minutos menos. Es una caminata corta. ¿Por qué no se lavan un poco y llevas al niño a echar un vistazo?”. Justo en ese momento la abuela soltó un alarido aterrador. Mi padre se incorporó. “Muy bien, soldado”, me dijo, “tiene treinta segundos para lavarse las manos y los pies. Después quiero verlo en posición de firmes y listo para salir”. “Tendrían que darse un baño y ponerse ropa apropiada para la ocasión”, protestó mi madre. “Tonterías”, dijo mi padre. “En tiempos de guerra prescindimos de las formalidades. Iremos como estamos, sucios del combate y orgullosos de eso”. Me lavé las manos y los pies bajo la canilla y regresé a mi puesto. Mi padre me inspeccionó brevemente. Después me ordenó subir a la carretilla, me dio el periódico, ocupó su puesto entre las manijas y partimos. Miré atrás justo antes de doblar la esquina de la casa y perdernos de la vista. Mi madre

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estaba acomodando las tazas de té vacías sobre la bandeja. La abuela saludaba. La rueda metálica de la carretilla retumbaba en el asfalto. Hacía mucho ruido porque las calles estaban vacías y silenciosas. A veces, al pasar por una casa, se escuchaba la voz sofocada de una radio. Pero ni sombra del bullicio habitual de los sábados. No había niños jugando, nadie lavando el auto o trabajando en el jardín. Caminamos varias cuadras sin decir palabra y cuando llegamos al café de Theo, el límite de mi mundo, mi padre se detuvo. Me pidió el mapa y lo estudió. Después me pidió que lo sostuviera por un extremo y me mostró el camino con sus dedos gruesos, las uñas todavía llenas de barro. “Ahora debemos hacer tres cuadras en dirección al sur. Después tendremos que doblar al oeste y caminar otras cuatro y llegamos”. Seguimos caminando. Cada vez había menos casas y más tiendas y edificios de oficinas. Las calles comenzaron a llenarse de gente, todos caminaban en la misma dirección que nosotros. Los hombres llevaban traje y las mujeres vestidos de iglesia y caminaban en silencio. Algunos hombres usaban brazaletes negros. Los edificios se tornaban más grises y sombríos a medida que nos acercábamos a la zona más antigua de la ciudad. Columnas enormes sostenían frontispicios de piedra. Estatuas antiguas, de carne ampollada y corroída, nos miraban fijamente desde lo alto. Cuando los adoquines reemplazaron al asfalto, el traqueteo de la rueda se volvió aún más ruidoso y varias personas se pararon a mirarnos. Me incliné hacia adelante en la carretilla para poder ver a mi padre. Su mandíbula era dura y abrupta como la de una estatua. Sus ojos miraban impasibles al frente. El cabello que asomaba de la boina parecía vaciado en bronce. Entonces, yo también miré hacia adelante, tratando de imprimir su expresión dura sobre mi rostro.

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Enseguida paramos en un quiosco, donde nos dieron una bandera. Seguimos traqueteando y al final de la cuadra vi una pared oscilante de tela negra salpicada de color –los colores de la bandera– y muchos perfiles pálidos, todos mirando hacia el mismo lado. Algunos rostros parecían molestos y enojados cuando nos acercamos. Estacionamos detrás del muro de gente y mi padre me sentó a horcajadas sobre sus hombros. Después, calculando cada paso, se subió a la carretilla. “Llegamos justo a tiempo”, dijo. La pared humana absorbía por completo el color y el sonido, pero ahora que estábamos más alto podía ver el cortejo resplandeciente, a menos de una cuadra de distancia, y escuchar la música. El cortejo se acercaba lentamente. Encabezado por una falange de agentes de tránsito, el sol destellando en los parabrisas de sus motocicletas y en sus botas y guantes de cuero negro. Luego venía el bastonero envuelto en piel de leopardo y la banda soplando sus gaitas furiosas. Detrás avanzaba otra máquina, un regimiento de soldados, a marcha lenta. Hasta que por fin apareció el camión que remolcaba al primer ministro en una caja cubierta con la bandera de ceremonia en lo alto de una cureña, como si fuera un arma secreta robada al enemigo. Detrás del primer ministro otro escuadrón de soldados, y detrás del escuadrón tanques, y detrás de los tanques más soldados hasta donde se perdía la vista. El movimiento solemne, la música emocionante, flanqueados por olas congeladas de deudos. Cuando la primera compañía de soldados estaba terminando de pasar, mi padre hizo la venia con su brazo rígido. Yo agité mi bandera. Los hombres que estaban cerca tragaron saliva y miraron al frente. Algunas mujeres se secaron los ojos con sus banderitas. Un niño se puso a llorar. Entonces, justo cuando la cureña pasaba frente a nosotros, el camión tosió de golpe, se estremeció y se detuvo. El caño

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de escape exhausto escupió una columna de humo negro. Los soldados que venían inmediatamente detrás trastabillaron. Las hileras del frente empezaron a marcar el paso en el lugar. Los de atrás marcharon lentos y solemnes hasta unirse a los de adelante. Algunos hombres se metieron bajo la cureña para resguardarse. La banda y los primeros soldados continuaron marchando. Una brecha fascinante comenzó a abrirse entre ellos y el camión varado. El conductor del camión bajó enseguida y abrió el capó para revisar el motor. Atrás, los soldados tropezaban y tosían por la nube de humo. La cureña ya no se veía. Mi padre dejó de hacer la venia, bajó de un salto de la carretilla y se agachó para que bajara de sus hombros. “Soldado, debemos hacer lo que debe hacerse”. Aferró las manijas de la carretilla y, como si comprendiera nuestra misión, la multitud se abrió para darnos paso. La caja era pesada. Los soldados ya nos llevaban media cuadra de ventaja. Corrimos a alcanzarlos: mi padre empujaba la carretilla mientras yo sostenía la caja para que no se cayera. La multitud nos saludaba. En un momento, la bandera quedó atrapada bajo la rueda y la caja estuvo a punto de salir expulsada de la carretilla. Mi padre respiraba con dificultad cuando alcanzamos a los soldados y ajustamos nuestra marcha al lento ritmo de la música. Miré hacia atrás y vi que las multitudes, que antes formaban hileras inmóviles en las calles, nos estaban siguiendo. Las banderas salvadas del naufragio y sus rostros oscilaban sobre la superficie negra de esa ola. Cuando llegamos al cementerio, un hombre de guantes blancos le hizo señas a la banda y a los soldados para que entraran en la playa de estacionamiento. A nosotros nos hizo pasar

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directamente entre los portones de hierro forjado hacia el camino de piedra que conducía a la tumba. A ambos lados, los rostros pétreos de los hombres de la historia nos miraban desde sus columnas: sin parpadear, inconmovibles. La tumba. Las siluetas negras arracimadas, el hombre con el libro aferrado bajo el brazo, las barandas de bronce. Rígidos como si estuvieran al borde de un acantilado. Mi padre alargó el paso. Tuve que correr para seguirle la marcha. La caja se sacudía violentamente. Mi padre se echó a correr. Yo me vi obligado a parar, jadeante, y me quedé mirándolo. Corría hacia el pozo. Las bocas de los que rodeaban la tumba se abrieron. El hombre del libro levantó la palma pálida de su mano como un agente de tránsito. Mi padre siguió corriendo. A último momento, ya sobre el borde de la tumba, clavó la proa metálica de la carretilla en tierra y suspiró.

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MIRADAS Cuentos sudafricanos

“Las historias de Zoë Wicomb combinan la fría mirada interrogativa de lo extraño con la calidez íntima de un conocedor. El ingenio inventivo de Ivan Vladislavić ha revolucionado la ficción breve en Sudáfrica”. J. M. Coetzee

Miradas, una selección de cuentos de dos de los escritores más interesantes de Sudáfrica. Zoë Wicomb, a través de su prosa compleja y profundamente evocadora, explora una multiplicidad de relaciones humanas y la experiencia de los ciudadanos “de color” en la era del apartheid en Sudáfrica. Ivan Vladislavić, imaginativo e ingenioso, muestra una mirada crítica de la realidad social, de manera indirecta, y presenta una perspectiva de la vida de Sudáfrica como un “mundo del revés”.

UNSAM E D I T A

Miradas. Cuentos sudafricanos (Zoë Wicomb, Ivan Vladislavić)  

“Las historias de Zoë Wicomb combinan la fría mirada interrogativa de lo extraño con la calidez íntima de un conocedor. El ingenio inventivo...

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