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Gustar de la PoesĂ­a

Ensayito de Santiago Delgado ( publicado en el blog http://oficiodescribir.blogspot.com.es/ ) Febrero-Marzo 2013

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1. Me piden, en ocasión oportuna, unos amigos, que les enseñe qué cosa es la poesía. Y cómo se aprende a degustarla personalmente. Una gran mayoría de la población ya no lee poesía. Incluso, se puede decir que este género ha perdido prestigio social de manera caudalosa. Luego del Romanticismo, la prosa fue ganando al verso en el fervor popular. Y novelas y ensayos han sustituido en el gusto general a la poesía. Me gusta el reto, y voy a intentarlo. Lo haré, en alguna que otra entrega de este blog. Las cuales entregas habré de prodigar de aquí a que llegue el momento en que considere que el silencio mejora mi palabra. Siempre en un margen superior, claro, al que de siempre, y de ordinario, posee el estar callado sobre mis textos. Hay que comenzar aceptando el hecho palmario de que no es obligatorio gustar de la poesía. No es ni obligatorio el mismo leer… conque leer poesía, mucho menos. Gustar de la poesía se halla en el más bajo punto de exigencia a persona alguna. No hay que sentir vergüenza de que no se lea poesía. La culpa, en gran parte, la tienen los propios poetas, que, desde hace algún tiempo, escriben unos para otros, para los críticos, para los editores de poesía y para los amigos del propio poeta, la mayoría de los cuales, les leen por compromiso. Mea culpa en primer lugar a este respecto. A nadie le quepa la duda de que es así. Hay que empezar este cursillo, con la conciencia perfectamente tranquila. Tengan la tal mala conciencia los poetas abstrusos del “me leerás, pero no me entederás”, y los de la cursilería mayúscula que da vergüenza ajena inmediata al lector. El segundo punto consiste en el desgraciado hecho de que el fenómeno poético se exprese con una palabra en singular: la poesía. 1


Porque sucede que hay muchos tipos de poesía. Más acertado es considerar que el hecho del plural de este sustantivo, las poesías, alude a un valor cuantitativo concreto, referido a muchos poemas, o varios por lo menos, de origen determinado, Así, poesías es sinónimo de poemas. Pero poema no es sinónimo completo de poesía. Acaso en escritura sí. Porque cuando hablamos de Poesía con mayúscula inicial, la podemos distinguir de poesía. Y así, Poesía no es sinónimo de poema. Y podría adquirir –la palabra Poesía– ese sentido abstracto que implica muchos tipos de entender el fenómeno poético. O sea, que nos puede gustar un tipo de poesía y disgustarnos otro tipo de poesía. Eso sí, puede que tengamos el deber de buscar qué tipo de poesía es la nuestra. Pero, ojo, tampoco el que nos guste un tipo de poesía exige un entusiasmo, descriptitble o indescriptible, por ese mismo tipo de poesía. No hay que pedir al poema un traslado misterioso del alma nuestra a no sé qué extravíos mentales. Un poema gustado puede no proporcionar mayor placer interior que una novela leída. Y muchas novelas proporcionarán un placer anímico superior a muchos poemas.

Así pues, con esto basta por hoy. Repasemos:

1. 2.

No hay obligación ni de gustar, ni de leer poesía. Hay muchas poesías. Puede que sólo una de ellas sea la que nos

guste.

Hay que empezar a conocer a la poesía ajenos a todo prejuicio, en contra o a favor. Como en tantas cosas nuevas, el primer deber es el de desaprender lo que se lleva mal aprendido, o lo que quedó obsoleto dentro de nosotros, y nadie nos advirtió de ello. Ni le pidamos a la 2


poesía lo mismo que nos dio en tiempos (acaso cuando estudiamos Literatura en el Bachillerato, por ejemplo), ni rechacemos lo nuevo porque no se parece a lo antecitado. Desaprender no es fácil. Hay que empezar por intentarlo. Ánimo.

2 La poesía como actividad lectora no siempre tuvo esta faceta de intimidad personal, sin voz, de carácter mental que le damos hoy. Antes, en sus principios, fue cantada. Nació con la música. Esta tradición no se ha extinguido. A la vista está. Aunque pasó el tiempo de fulgor español de los cantautores, numerosos cantantes, aún hoy, entonan sus propias creaciones, que son, no le quepa duda a nadie, poesía. Mala, buena, mediana…, pero poesía. Por eso, cuando pensemos que llevamos nuestra existencia lejos de la poesía, volvamos la vista a cualquier cantante y veremos que no somos ajenos del todo a la poesía. Claro, ningún cantante es parecido a otro. Serrat y Sabina no son Julio Iglesias o Pablo Alborán, pero todos ellos escribieron, con rima y sin rima, versos para ser cantados. Incluso Sabina, crítico y antisistema, no es Serrat, lírico ante todo. Quien sí aprecie estas letras cantadas considérese ya inmerso en la poesía, aunque no compre, ni lea, libros de poesía. Por cierto, los sonetos de Sabina sí están publicados. Y nadie olvide que Bob Dylan suena desde hace poco para Premio Nobel de Literatura. Con ese principio, descartemos la inocencia pura del lector que quiere formarse en gustador de poesía. O Poesía, que dijimos ayer. Hermana menor, o mayor, de la poesía cantada es la poesía recitada, declamada. La poesía sin pentagrama ha de ser siempre declamada. Incluso el RAP moderno puede integrarse en este discurso, por qué no... Ahora bien, quede claro: incluso en la lectura mental, no 3


podemos abordar un poema con el mismo sentido fónico que una prosa, novela por ejemplo. Un poema sin declamación es nada. Ojo, que llamamos declamación a la específica entonación que cualquier poema ya escogido requiere. No a todos los poemas les viene bien la declamación que requiere aquello de “Ya viene el cortejo, ya viene el cortejo…”, de Rubén Darío. Aunque leamos callados, hemos de tratar de escuchar interiormente el poema con ese tono trascendente con que ha sido escrito. El poeta siempre piensa en una musicalidad, acaso sublime, poco o mucho, pero sublime, para sus versos. O con una sublimidad especial, más de andar por casa, pero en todo caso diferenciada de la prosa. Démosle pues ese plus de atención a la lectura del verso, aunque hagamos la lectura hojeando (u ojeando incluso) un poemario en la librería, sobre la mesa de novedades. Tal acción requiere una pequeña averiguación acerca de qué tipo de “solemnidad lectora” requiere el poeta editado. Resuelto el asunto, leamos interiormente al elegido. El poeta no sólo informa: nos añade intención personal íntima. Y ya que nos ponemos, hagamos por enterarnos de todo, ¿no? Vale.

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¿La poesía, se siente o se comprende? Incómoda pregunta, y como todas las preguntas de este tipo, tan absolutamente pertinente como imposible de contestar. Lógicamente, ningún discurso se capta entendiéndolo al 100%, sin dejar nada a lo sintiente. Y, al revés, ningún texto se siente absolutamente al 100% sin dejar nada a la comprensión del contenido comunicado. Lo cual quiere decir que si no 4


hemos sentido nada antes de llegar al tercer verso, mejor dejarlo. Para otro será ese poema. O lo fue para mí, tiempo atrás. O, acaso, me esté todavía esperando en algún día futuro. ¿Quién sabe? Pues sí, la poesía o es un amor a primera lectura o no es. Claro que también juega la paciencia y la experiencia lectora que aconseja aguantar un poco para ver si surge el flechazo. O, por qué no: bien puede valer una buena amistad lo que no alcanza a ser un gran amor. Además, aviso: saber poesía aumenta la potencialidad de gustar poesía. Nuestro corazón poético tendrá más posibilidades de ser enamorado por un poema nuevo, si sabemos poesía, algo de técnica, sus tópicos, su historia… Claro, esto pasa en todo ámbito: conocer cosicas de ese ámbito ayuda a quererlo más. Lógico. Los lectores más inteligentes habrán concluido que la pregunta del inicio no ha sido contestada. Lo cual era esperable. Con la poesía hemos de ser más duros, a la hora de hacerla nuestra, que con la prosa. Es la excelencia de la Literatura y siempre la hemos de considerar como el delicatessen de los géneros. Así las cosas, podemos acordar la convención de que la poesía trata más el sentimiento que el razonamiento. Bien, pero indaguemos que se entiende por sentimiento. El Romanticismo sacralizó el sentimiento como tema propio de la poesía. Aceptado queda. Y, aún en muchas cosas, somos hijos del Romanticismo. En esto de la poesía, sobre todo. Ocurre que los románticos, con el campo libre, se dedicaron a agotar la expresión de todos los sentimientos primarios, los más notorios: amor, desamor, melancolía, desesperación… Y así, los versos que aún inciden en esos sentimientos de primera fila, nos resultan manidos; acaso rancios. Pero, vamos, esto tiene derecho a decirlo quien haya leído/estudiado a Bécquer, Espronceda, Rosalía de

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Castro y otros. Quien no los tenga en su subconsciente de alguna forma, acuda a leerlos antes de seguir con este cursillo. Luego del Romanticismo llegó, en el cambio de siglo XIX/XX, el Modernismo. Trajo mucho estilo, pero no cambió los temas abordados. Si acaso, contempló lo decadente (personal o externo), como excelencia de referente del verso. Pero no vamos a desarrollar la Historia de la Poesía desde aquel entonces hasta hoy. Nos interesa la esencia, no la secuencia cronológica. Además, los románticos convirtieron a la poesía en un modo de pura expresión del poeta. Los sentimiento primarios dieron, al cabo, en decir que la poesía era el sufrimiento o goce del poeta. O cualquiera de los estados de ánimo intermedios. La poesía no es poesía porque nos diga qué le pasa al poeta por dentro. La poesía no es la expresión del sentimiento. Lo fue. La poesía es la manera, acertada, de expresar ese sentimiento, si es posible no primario, que ofrece el poeta. O sea, la poesía es arte. Si sólo hay expresión sentimental, y nada de arte, o arte muy rudimentario, lo que hay es exhibicionismo personal del escribidor de versos. Suele suceder en la adolescencia. La verdadera o la sobrevenida en algún adulto trasnochado, que no la vivió de joven. El sentimiento de lo poético ha de ser escondido, y debemos tratar de descubrirlo y de reconocerlo. Aunque lo más seguro es que sólo lo intuyamos. La intuición, acaso sea ésa la palabra clave. La poesía, ni se siente, ni se comprende: se intuye. Nunca se sabe, nunca se tiene certeza de qué cosa esté hecha o a qué cosa represente, en el fondo. No obstante, se puede afinar en ese intuir. Un intuir que comienza por tener fe en la poesía, en la poesía del nivel de intuición sensible nuestro, de cada uno. No hay que engañarse en eso. Ni creerse en el nivel cero, ni tragar por snobismo lo que no asimilamos. Vale.

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4 Como ya van tres entregas, hora es de recapitular, que es acción pedagógica imprescindible. 1.

No es obligatorio gustar de la poesía.

2.

Hay muchos tipos de poesía. Alguno puede ser el nuestro.

3.

Las letras de las canciones son poesía.

4.

La poesía se siente, más que se comprende.

5.

La poesía se entona, más que se lee. Si hay algún punto más, el lector avisado ha de añadirlo,

demostrando interés y aplicación. Sigamos entonces. ¿Cuáles son los temas de la poesía? Miles, señor mío, miles. Con todo, hay diez –para nos– que son pata negra. Helos aquí:

Amor Carpe diem Celebración Concienciación Culturalismo Lamento Muerte Naturaleza Tempus fugit Ubi sunt

Están puestos por orden alfabético, y ello porque lo hace words automáticamente. Los explico someramente, como corresponde a un minicursillo como éste. 7


Amor: abarca su contrario, el desamor –que, por cierto, da más profundidad poética que su antitético, el amor–, el, odio, el desdén, la amistad, la indiferencia, etc… Acaso deberíamos llamarlo “Los Afectos”. Carpe diem: latinajo que significa goza el tiempo presente, que nadie sabe el futuro… Celebración: se puede celebrar desde una victoria en la batalla hasta el simple respirar. A un poema de celebración se le suele denominar Oda. Concienciación: sobre todo, social. La poesía de denuncia entra aquí. Culturalismo: Un poema de este tipo es como si nos examinase a los lectores de listos en general. Un cuadro, una rememoración histórica, un personaje egregio de antaño… Lamento: los poemas de lamento se llaman elegías. Son célebres las elegías fúnebres, por ejemplo la de Miguel Hernández a Ramón Sijé. Muerte: no hace falta explicar nada. La de Lorca a Ignacio Sánchez Mejías. Naturaleza: la descubrieron los románticos, y generalmente, explica el paisaje interior del poeta. Aunque puede que sólo se glose la panorámica. Tempus fugit: otro latinajo; el tiempo se nos va, todo cambia… a peor. Lo mejor de este tema es que no sea el principal, y aparezca casi como un tono subyacente al poema. Ubi sunt: tercer latinajo, significa ¿dónde están? Sucede que la poesía de todas las culturas han dado en este tema, que consiste en preguntarse por las cosas idas, palacios, galas...desaparecidas ya con el tiempo, sabiendo que ya no están en ninguna parte. Muy relacionado con el anterior. 8


Naturalmente, cualquier poema es una mezcla parcial de algunos de todos estos temas, en diversa proporción y perspectiva. No hay poemas puros, en tanto que tocan uno solo de estos asuntos. Aunque alguno de ellos prepondera, claro. Cuando la música, de lectura o de canción, acompañan a algunos de estos temas poéticos per se, estamos ante algo que tiene alguna credencial de poesía. Aunque, no se olvide: la mera presencia de estos temas, incluso con la musicalidad debida, no hace bueno al poema. En última instancia, la poesía es algo intangible, sublime, inmarcesible, que no tiene reglas. En cierto modo, este pretencioso minicursillo es, además de una vanidad pour la parte de moi, una pérdida de tiempo. Pero como no se cobra y el blog es mío, pues sigo adelante. Con Dios.

5 Y acabamos esto de acercarse a la poesía con ojos neutrales para ver que sea gustada por los escéticos del verso. Acaso una pasión inútil como tantas otras. ¿Por qué habría que molestarse alguien ni siquiera algo, en convencer a los descreídos de la poesía de que dejen de serlo? A lo peor, hasta estamos violentando sus derechos humanos. En fin… Acabamos, digo, con la Metáfora. La escribo ahora en mayúscula porque sí. La Metáfora es la madre de la poesía. Hallar semejanzas, parecidos, parentescos entre dos contenidos distintos, hasta el punto de que uno, el imaginado, puede sustituir al otro, el que correspondería por verdadero, es, ya digo, la madre del cordero en poesía. Claro, en lugar de sustitución, pueden aparecer los dos terminos en el poema. Puede suceder que la relación no sea de semejanza, sino de mera cercanía física. U otra cualquiera.

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Las metáforas seducen a primera vista… o no seducen. Son como la poesía misma. Hay cierta tendencia moderna a prescindir de la metáfora, y buscar un lenguaje directo, propio, límpido. Y hubo, y hay, por otro lado, un abuso cierto de la metáfora en otras épocas, dadas a un decir exclusivamente torcido. Huir de la metáfora es tan consciente y rebuscado como emplearla a toda costa. Yo me decanto por una cosa más cercana a que no haya metáforas, que a buscarlas con fruicion. Porque han de saber que el lenguaje común tiene metáforas, ya lexicalizadas. García Lorca, un gran adorador de las metáforas, señalaba una: alero. Significa parte del tejado que sobresale al muro, pero viene de ala. En origen y propiedad filológica es una metáfora, pero en el uso real ya no lo es. No recordamos su origen ornitológico sino es por deformación etimológica. O sea que la metáfora no es tan artificial como pretenden los poetas del decir moderno. Ni es la responsable absoluta de que un verso sea poesía. Claro, yo soy consciente de que estas indicaciones para gustar de la poesía van pasando a ser un manualillo de analizar poesía. Y, naturalemente, un poema no es bueno porque lo sepamos analizar. Ni siquiera porque se pueda analizar. Todo poema es analizable. Por supuesto. Un poema es bueno porque antes del tercer verso nos ha hecho vibrar el alma. Eso si, siendo generosos a la hora de entender el sentido de la palabra vibrar. Claro, si esperamos al cuarto verso tampoco pasa nada, ¿no? Hay muchos niveles poéticos, tanto en poetas creadores como en lectores de poesía. Quizás esté el secreto en saber cuál es el nuestro, tanto en la creación como en la lectura. Se pueden hacer versos que cumplan esa condición tanto desde el verso libre (libre de la Métrica tradicional, claro), como desde el que aún respeta alguna de las condiciones métricas de siempre. A mí me gusta la rima pobre y escasa. No periódicamente predecible; pero sí 10


perceptible en una medida prudente. Es un guiño al lector, y es una seguridad para mí mismo. Pero, desde luego, yo me considero mero hacedor de versos, en los que resuenan algunos otros poetas elegidos. Soy un eco, no una voz. Mi suerte es que no lo ignoro. Y soy consecuente con ese destino mío de poeta falso o menor. Por mí, que hago de puente, muchos lectores pueden acceder luego a la gran poesía, o, en todo caso, a una poesía mayor que la mera versificación mía. Y nada más, la siguiente y última entrega tratará de analizar y explicar algún poema mío, a modo de ejemplificación. Luego, meteré todo en un librillo y lo subiré por ISSUU, para que todos puedan tener el atadijo de estas explicaciones de lo que no se puede explicar: ¿por qué es bueno ser gustador de poesía? Saludos.

6. Primero, el poema, abajo el comentario.

Los naranjos de la ciudad donde vívo cargados están de su fruto ácido y hermoso. Las oscuras verdosidades de su fronda se ornan con las llamas redondas y jóvenes por doquier, justo donde el azahar floreció sin pedir permiso a nadie, donde quiso y le plugo.

Cumple el invierno el tercio último de su ciclo, y el sol, ya levantado de su anual postración, anda subiendo por el cielo, 11


camino de su auge estival.

Pero ahora son los naranjos quienes nos muestran mil soles pequeños, que la mirada calientan, dejando alegres las pupilas soñolientas del otoño, harto oscuro de tardes cortas y ramas desnudas, de lluvias y de vientos inclementes.

Los naranjos cargados nos redimen de no sé qué condena de exilio y destierro del país de la bonanza y el dulce clima acariciador.

Ellas, las naranjas, ¡qué buen mirar que tienen! ¡y qué dulce su resbalar cándido y obsequioso por nuestro recuerdo de las cosas mejores!

Febrero avanzado tiene eso: los sagrados naranjos ofreciendo su dádiva generosa de hermosura para todos los sentidos nuestros.

Yo agradezco la ofrenda, y les hago estos versos que el viento cibernético habrá de llevar por no sé qué 12


otros ordenadores de almas hermanas, que, como yo, agradecen el rico legado, la cuajada fronda de tantos soles encerrados en estas naranjas sagradas.

Entre todos los poemas que he ido publicando en este blog, es éste el que más visitas ha tenido. Tres personas cada dos días se detienen en el poema para leerlo. Por eso lo he elegido para intentar analizar su posible belleza, o sentimiento exportable, que le hacen singular entre el buen ramillete de poemas que ya he dejado en el blog. No hay otra referencia de calidad que el conjunto de mis propios poemas en el blog. Es, objetivamente, el mejor considerado de todos los míos en el blog. Acalarado quede. En primer lugar ha que acusar recibo de que el poema está en primera persona. El poeta expresa su yo. No se canta en tercera persona a las naranjas, sino desde el alma del autor. Hay ahí un plus de lirismo. Y es una Oda. Ya lo dice el título. Se celebra la hermosura y mensaje de vitalidad que dan las naranjas, tan bellas y sensuales, en el árbol. Enseguida aparece una metáfora: “llamas redondas y jóvenes” en lugar de “naranjas”. Hay una alusión al fuego, y a la juventud. La nota, en medio del mes de Febrero, mes del frío, pone una llamada al optimismo, por contraste con el ambiente gris, acaso gélido, propio del tiempo pertinente a la estación del año. Al final de la primera estrofa, asistimos a una “personalización”. Prosopopeya se decía en la antigua Retórica. Se asigna al azahar, la flor del naranjo, la capacidad de decidir en qué parte del naranjo habría de formarse. Se alude así a la libertad absoluta que se percibe en el aparente caos que forman las naranjas en el árbol, carente de 13


simetría alguna u orden apreciable. Sobre la sensación de fuego y la juventud, ahora se añade la de libertad. La segunda estrofa es una alusión astronómica, que añade la visión culta, y emparenta el hecho de la maduración con las leyes del Cosmos. Hay una hipervaloración del hecho, dando por sentado la unicidad de las leyes del Ser. La hermosura de las naranjas es la misma hermosura que la de las leyes del Universo. Una abstracción que cambia el ritmo de las sensaciones antedescritas. “Mil soles pequeños”, una metáfora que alude al sol, multiplicado por mil, pero anitéticamente pequeño y numeroso. Se insiste en el fuego, pero a hora en la variante de sol. Ese sol que tan escasamente se muestra en el invierno. Hay en el fondo como una nostalgia del buen tiempo, que nos es recordado por las naranjas. Unas naranjas, que nos redimen de la condena de la meteorología inclemente del Otoño e Invierno. Se insiste en ello en la estrofa cuarta. No sólo es la hermosura, es también ese servicio de alegrarnos la vista y el cerebro, que de nuestros ojos tanto se nutre, en medio del exilio (otra metáfora: somos exiliados del buen tiempo). La quinta estrofa se desarrola en énfasis expresivo. Va entre exclamaciones. Se alude a la sensación del tacto manual: “dulce resbalar”, sinestesia o expresión ambigua y doble a la vez, que atañe a dos sentidos o más). En este caso el gusto (dulce) y el tacto (resbalar). La piel de las naranjas no es ciertamente áspera para nuestra mano acariciadora… Se dice en la sexta estrofa la palabra “sagrados”, referida a naranjos. Se ofrecen a sí mismos para ser integrados en nuestro propio cuerpo. Con todos los respetos, en el fondo está la comunión cristiana en ambas formas. El naranjo es víctima propiciatoria y voluntaria, como en el Misterio de la Eucaristia. Insisto que con todo respeto. 14


Termina el poema con la nueva aprición del “yo” del autor. Una acción de gracias, como en la misa. Y una alusión a la naturaleza del medio que lo ha de lanzar a los lectores: la Red del Internet. Una alusión metapoética, o de poesía en la poesía, señalando el canal de difusión. Y se acaba con una Imagen. “soles encerrados”, para decirnos de ese zumo y esa pulpa que hay dentro de cada naranja. Y acabo. Las sensaciones de fuego y sol, la consideración abstacta, cósmica, del hecho, en alusión a la superestructura astronómica, la conjunción de sentidos que nos ofrece la naranja, y su leve deificación en tanto que víctima voluntaria para nuestro goce y salvación… son los ingredientes de este poema. Sus credenciales para pasar al corazón del lector. Pero, ya digo, si no pasan por el sentimiento… de nada valen. Ocurre que es el subconsciente el que va descodificando lo que dice el poema, por encima de nuestra lectura meramente cerebral, y destila luego una valoración, acaso en forma de misteriosa hormona, al cerebro del corazón (o al corazón del cerebro, no sé), y se produce esa vibración que nos hace valorar el poema. Cést tout, merci.

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Gustar de la Poesía  

seis textos orientativos para leer poesía con gusto

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