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NOTAS PARA LA HISTORIA DE SABIÑÁN Precedidas de breves noticias de la institución, gobierno e historia de la Comunidad de Calatayud, recopiladas por José Gracián Gasca

AL LECTOR De los papeles viejos existentes en casa, de los que forman el archivo de la parroquia y de datos de la casa del señor conde de Argillo, he ido sacando notas que pueden servir de base para hacer la historia de Sabiñán, por mano más experta que la mía. Este trabajo ha sido para mí, no enojoso, sino muy entretenido y he quedado sumamente agradecido al señor cura, don Celestino Soria, por haberme dado toda clase de facilidades y hasta ayudado personalmente en la busca y captura de los datos referentes a la iglesia, así como doy aquí las gracias al señor conde por lo que, por su mediación, he recibido o conseguido. Me ha parecido conveniente dividir el trabajo en varias partes, tratando separadamente cada materia. Así resulta que en primer lugar se explica lo que era la Comunidad de Calatayud, luego lo referente a la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, después lo concerniente a la Morería o Señoría, algo sobre el Cisma de Occidente y el Papa Luna, y en último lugar lo referente a la vida civil del pueblo de Sabiñán. Árida en extremo es la materia, pero cuento con el cariño que todos tenemos a la patria chica, que hará nacer la curiosidad por saber las cosas del pueblo, en los tiempos pasados, habiéndoseme de dispensar la falta de estilo ameno en la narración. José Gracián Gasca, abogado. Sabiñán, septiembre de 1919.

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PARTE PRIMERA Fundación, historia y gobierno de la Comunidad de Calatayud CAPITULO I Comunidad de Calatayud Toma este Arcedianado su apellido de Calatayud, ciudad ilustre y poblada en el mismo tiempo que los moros se apoderaron de España, y su poblador fue el rey Ayub Abovalib. Su fundación fue en el año 719, y como a obra y hechura real, se le dio el mismo nombre del rey su fundador. Se llamó Calat-Ayub (castillo de Ayud) y por derivación Calatayud1. Según Vicente de la Fuente, en su Historia de Calatayud, se eligió este sitio como intermedio entre las fortalezas que tenían en Toledo y Zaragoza, y vino a sustituir a Bílbilis, situada cerca de él, que fue arrasada en la invasión sarracena, no quedando de ella más que parte de su coliseo y otros edificios y conductos costosísimos, por los que de muy lejos se traía el agua a la ciudad. Fue población romana y en ella murió el celebrado poeta bilbilitano Marco Valerio Marcial, hacia el 103 de nuestra era. Ganada Zaragoza por Alfonso I en 1118, reunió el emperador sus fuerzas contra los musulmanes habitadores de la Celtiberia, que comprendía desde el nacimiento del Jalón, cerca de Medinaceli, hasta Ricla (Nertóbriga), y desde el Moncayo al Tajo, en Albarracín. Empezó tomando Tarazona y siguió ganando los lugares que estaban en la ribera del Jalón, hasta llegar y poner cerco a Calatayud, que fue ganada el día de San Juan Bautista de 1120. Y así, en reconocimiento de tan gran victoria alcanzada en su fiesta, se fundó y dedicó un ilustre y suntuoso templo en la parte más principal de la villa2. Habiendo conquistado Alfonso I la inexpugnable Celtiberia, tan celebrada por los romanos, y como había costado mucho derramamiento de sangre, este glorioso príncipe la estimó en cuanto al precio, y viendo que el corazón y lo más poblado y fértil de ella, y aun la cabeza, era lo que comprendía el Arcedianado de Calatayud, que quedaba opuesta a los musulmanes de Cuenca, Molina y Reino de Valencia, y en frontera de los de Castilla, para conservarla en su corona la mandó poblar de la gente más señalada de sus reinos y más probada en cualquier ejercicio y hecho de armas, que tanto en la guerra como en la paz había dado mejor testimonio, y por obligarlos más a que la defendiesen y poblasen, les concedió muchos y excelentes privilegios. Y usando de la facultad a él dada por los Sumos Pontífices y cumpliendo con aquella magnífica y notable ley de Sobrarbe, que mandaba partir el bien de la tierra con ricos hombres de la tierra, con hombres de villas y con caballeros, con sola rúbrica de levantar rey, les hizo gracia y donación de las décimas, primicias y patronado de las iglesias de Santa María de Mediavilla, de San Andrés, de San Miguel, de San Jaime, de San Pedro de los Serranos, de San Martín, de San Juan de Vallupié, de San Salvador, de San Pedro de los Francos, de San Torcuato, de Santo Domingo, y de las iglesias de los lugares de Miedes, de Castejón, de Mara, de Villalva, de Sediles, de Ruesca, de Orera, de Viver, de Inogés, de Pleitas, de Marach, de Cervera, de Sabiñán, de Paracuellos, de Embid, de Viver de la Sierra, de Torralba, de Aniñon, de Villaroya, de Vadillo, de Orcajo, de Berdejo, de Bijuesca, de Torrijo, de Moros, de Monubles, de Alhama, de Bubierca, de Castejón, de Ateca, de Terrer, de Jaraba, de Ibdes, de Cocos, de Somet, de Piedra, de Monterde, de Llumes, de Cimballa, de Tiestos, de Cubel, de Pardos, de Abanto, de Munébrega, de Castejoncillo, de Alarba, de Acered, de Atea, de Montón, de Fuentes, de Novella, de Morata, de Velilla, de Maluenda, de Paracuellos, del Santo Sepulcro, de Santa Cristina, y de San Benito, debajo de dos obligaciones: la una, que suministrasen todo lo necesario a las iglesias, y la otra, que las sirviesen hijos suyos clérigos. Dicha gracia y privilegio de población se concedió por el mes de diciembre de 1131, y después

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fue confirmado por el Papa Lucio II y por el rey Alfonso II en 1145. Es de notar que el Papa y el rey comienzan el privilegio por las iglesias de Calatayud, poniendo luego a todas de la Comunidad, y acabando otra vez por las de Calatayud, para significar la unión que quisieron que hubiese entre Calatayud y la Comunidad, sin ser por ello unos mejores ni de mejor condición que los otros en el privilegio de población, patronado, jurisdicción, fueros, preeminencias y exenciones que por él se concedieron. Y esta es la razón porqué el nombre de Calatayud cuadra tanto a la Comunidad como a la ciudad, y porqué con tanta facilidad se unieron siempre que les tocaron en dicho privilegio, o en la honra y servicio de sus reyes, de quienes lo recibieron como tan fieles y agradecidos3. La Comunidad tenía sus estatutos y de ella dependía la jurisdicción civil y criminal, sin depender de la ciudad de Calatayud. Los notarios, si eran vecinos y estaban domiciliados en la Comunidad, podían testificar en cualquier auto. Gozaba del ilustre privilegio del patronado, además de estar regida y gobernada por los conquistadores del reino. Los ciudadanos honrados disfrutaban el privilegio de nobles, podían servirse de las sales de agua y piedra y consiguieron que los ganados de Zaragoza no pudieran pacer en la Comunidad, privilegio concedido por Martín I4. El privilegio de cesión del diezmo y primicias dice así: «Et Clericos qui fuerint in Calatajube sedeant unusquisque in suas ecclesias, et donent quarto ad episcopo et quarto ad sua ecclesia de pane et vino et corderos, et de nulla alia causa non donent quarto, et serviant suas ecclesias, et habeant foros et judices sicut suos vicinos»5. Como se ve, del producto del diezmo y primicia, una cuarta parte era para el prelado diocesano, la otra cuarta parte para la iglesia del lugar, que por práctica ingresaba en las arcas municipales, para alivio del concejo y jurados, que por este concepto estaban obligados a suministrar lo preciso para el culto y fábrica de su iglesia, y el restante constituía las raciones que se distribuían entre los beneficiados. Para gozar de un beneficio era necesario ser pilongo, o sea, nacido en la parroquia y bautizado en su pila, estar ordenado y residir en el pueblo, siendo elegido por el Capítulo de Beneficiados entre los solicitantes idóneos6. Debían admitirse a tantas personas como podían sustentarse decentemente de las rentas de cada iglesia7 y, para que no hubiera dudas, se hizo por costumbre de la Comunidad la computación de los frutos conforme a la tasa antigua y en ella no se computaban más que los frutos gruesos, que son las decimales y las cuadrillas de heredades. A cada ración se asignaban 800 sueldos jaqueses, contando el cahíz de trigo a razón de 22 sueldos, el de centeno a 12, el de cebada a 12, el de avena a 8, el alquez de vino a 12, el cordero a 5, cada arroba de cáñamo a 8 y la libra de azafrán a 20 sueldos8. Los jurados y concejo tenían el derecho de pedir la creación de un beneficio más, si por aumento de frutos se podía sostener. El Capítulo Eclesiástico, convocado por el vicario, se reunía en una de las capillas de la iglesia para hacer elección al ocurrir vacante, por muerte o por otra causa de alguno de los beneficiados9. Estos datos son del siglo XVI. Notas: 1. Miguel Martínez del Villar: Tratado del Patronado, Antigüedades, Gobierno, y Varones Ilustres de la Ciudad, y Comunidad de Calatayud, y su Arcedianado, Zaragoza, 1598, edición facsímil del Centro de Estudios Bilbilitanos, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1980, p. 44. «Tradicionalmente se ha admitido como fundador de la ciudad al emir interino Ayyub ben Habib al-Lajmi, primo hermano de Abd al-Aziz y sobrino de Musa ben Nusayr, que gobernó durante seis meses en el año 716. No otra cosa significa Calatayud: Qal’at Ayyub, en el que el nombre de qual’a designa un castillo o fortaleza grande, a la vez centro urbano, que domina y protege una extensa llanura, en este caso la vega del Jalón, mientras que Ayyub es el nombre propio alusivo a su fundador real o supuesto». Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sampedro: Guía de la ciudad monumental de Calatayud, Madrid, 1975, p. 39. De igual opinión eran Ximénez de Rada, Zurita, Beuter, Blancas, Mariana, Seybold y Levi-Provençal. Masdeu y Codera negaron la relación del emir

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Ayyub con la fundación de la ciudad. «Tampoco de Ayub (…), consta de un modo expreso, que en los seis meses de su waliazgo se dirigiera a la frontera superior: el nombre del Castillo de Ayub, (Calatayud) construido cerca de la antigua Bílbilis, no sabemos cuándo, ha sido considerado como testimonio de la estancia de Ayub en estas regiones: por mi parte nada encuentro en los autores árabes referente a Calat Ayub, y sospecho que nada tenga que ver con este amir». Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública de D. Francisco Codera y Zaidín el día 20 de abril de 1879, Madrid, 1879, p. 8. Por su parte Vicente de la Fuente señala que «estas razones, aunque muy atendibles, son suficientes para anular la tradición por completo, pues ni era necesario que él viniese por acá, ni se necesitaba mucho tiempo para ello, bastando, quizá, el que entonces comenzara a repoblarse este territorio, y que amigos, partidarios o súbditos suyos, quisieran honrar con aquel nombre la naciente colonia». Historia de la siempre augusta y fidelísima ciudad de Calatayud, 1880-1881, edición facsímil del Centro de Estudios Bilbilitanos, Institución Fernando el Católico, Calatayud, 1988, I, p.114. En diciembre de 2012 los periódicos regionales se hicieron eco de un importante hallazgo en el paraje de Valdeherrera de Calatayud, que haría retrasar un siglo la fundación del Calatayud musulmán. Se trata de un cementerio de guerra que ha sido datado por el carbono 14 entre los años 840-870. Se han contabilizado sesenta y dos tumbas de guerreros musulmanes, que serían enviados por el emir de Córdoba para sofocar la rebelión de los Banu Quasi. Todo esto hace pensar que la fundación de la ciudad musulmana de Calatayud tendría lugar en el siglo IX y no en el siglo VIII, como hasta ahora se creía. Todavía no se ha encontrado el poblado visigodo, que sería sustituido por el Calatayud musulmán. 2. Miguel Martínez del Villar, op. cit., p. 46, refiriéndose a los Anales de Aragón de Jerónimo Zurita, libro I, cap. XLV. Vicente de la Fuente, op. cit., I, p. 142, disiente que aquel lugar donde se edificó el templo a San Juan Bautista fuera entonces la parte más principal. Actualmente los investigadores sostienen que esta iglesia desaparecida, consagrada a San Juan de Vallupié, pudo levantarse sobre la antigua mezquita aljama de la ciudad islámica, dado que las obras efectuadas en el claustro de la Colegiata de Santa María en el año 2000 y las llevadas a cabo en el interior del templo hasta el pasado año 2012, no «han conseguido sacar a la luz restos suficientemente significativos de época islámica». La tradición historiográfica había venido sosteniendo que la Colegiata de Santa María se levantaba sobre el solar de la antigua mezquita, atendiendo a la práctica habitual de los reconquistadores. Javier Ibáñez Fernández y J. Fernando Alegre Arbués: Documentos para la historia de la Colegiata de Santa María de Calatayud, Calatayud, 2012, p. 12. 3. Miguel Martínez del Villar, op. cit., pp. 25-28. El jesuita Pedro Abarca, en su obra Reyes de Aragón, Madrid, 1682, I, p. 172, dice que el rey Alfonso I concedió en 1120, poco después de la reconquista, «los buenos fueros de los buenos ciudadanos de Aragón». El P. Abarca no publicó el texto de este documento y carta de población. A mediados del siglo XVI este documento ya no se encontraba en el Archivo Municipal de Calatayud. A preguntas de Pérez de Nueros, que dudaba de su autenticidad, porque no estaba en el Archivo, el P. Abarca contestó que los datos se los había comunicado el cronista Francisco de Sayas. Vicente de la Fuente, op. cit., I, pp. 146-149. Lalinde Abadía, en Los Fueros de Aragón, Zaragoza, 1976, p. 34, encuadra a esta carta puebla de 1120 dentro de lo que denomina foralidad militar. Jerónimo Zurita, en sus Anales de Aragón, 1562-1580, edición facsímil de Ángel Canellas López, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1967-1977, libro I, capítulo LI, señala: «Concedió entonces por el mes de diciembre [1131] a los pobladores de Calatayud, por ser aquel lugar de tanta importancia y tan principal, muchas franquezas y libertades, y les estableció propio fuero, y ordenó que las iglesias de aquella villa y su tierra fuesen patrimoniales, lo cual se confirmó después por el Papa Lucio III, declarando todas las iglesias que debajo de aquel privilegio se había de conferir a personas naturales de la misma tierra». Tomás Muñoz y Romero, en su Colección de Fueros Municipales y Cartas-Pueblas, Madrid, 1847, I, pp. 457-468, publicó el Fuero de Calatayud de 1131, según las notas sacadas de los Archivos de Calatayud por José Aparicio y Gonzalo. Vicente de la Fuente lo copiaba en su Historia de Calatayud, I, pp. 318-330, invitando a los lectores a comprobar las variantes del texto, publicado en el tomo 49 de la España Sagrada y en la Colección de Muñoz y Romero. En el asedio de Bayona, Alfonso I concedió fuero a Calatayud en 1131. Así el 26 de diciembre de 1131, el rey hizo donación a la entonces villa de Calatayud de un amplio territorio dentro de unos límites, que estaba sujeto al señorío jurisdiccional de Calatayud, cuyo Concejo actuó como un verdadero señor feudal. Para favorecer la repoblación de aquellas tierras de frontera, el rey concedió amplios privilegios, derechos y libertades a los pobladores, ratificando la libertad y la igualdad de todos ellos, con libertad de culto y de mercado, defendiendo radicalmente la propiedad privada. En 1182 el Papa Lucio III, concedió una bula por la que adjudicaba el patronato de las iglesias de Calatayud a las aldeas de su término, cuando aún no se había constituido la Comunidad. Esta concesión de las rentas de las iglesias de las aldeas a las parroquias de la villa, fue germen de posteriores conflictos. Vicente de la Fuente, en su Historia de Calatayud, I, pp. 182-184, copiaba la «confirmación apostólica» del Papa Lucio III, inserta en el fuero original concedido por Alfonso I, que para tal fin fue llevado a Italia. La Comunidad de Aldeas no nació con el Fuero de Calatayud, sino un siglo más tarde, con la agrupación

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de varias aldeas, con la intención de conseguir más autonomía de la villa de Calatayud. El primer documento en el que aparece el término de Comunidad data de 1251. El 20 de marzo de 1254 el rey Jaime I eximía a los hombres de las aldeas de Calatayud el pago de «costas ni gastos, contribuciones ni servicios con la ciudad de Calatayud, sino que sean en beneficio y utilidad de ellas mismas». Con ello les concedía una verdadera autonomía fiscal frente al Concejo de la villa, del que habían dependido hasta entonces. Y así, entre 1255 y principios del siglo XIV, las aldeas de la Comunidad fueron ganando poco a poco más autonomía. En 1323 las aldeas ya estaban plenamente constituidas en Comunidad, o sea, en una universidad autónoma de realengo, ejerciendo una jurisdicción plena, que mantendrán hasta 1707, con la imposición de los Decretos de Nueva Planta. José Luis Corral Lafuente: La Comunidad de Aldeas de Calatayud en la Edad Media, Calatayud, 2012, pp. 23-40-103. 4. Miguel Martínez del Villar, op. cit., pp. 47-49. 5. Tomás Muñoz Romero, op. cit., I, pp. 462-463. Vicente de la Fuente, op. cit., I, p. 323. Jesús Ignacio Algora y Felicísimo Arranz Sacristán: Fuero de Calatayud, Zaragoza, 1982, Artículo nº 38, p. 42: «Los que fueren clérigos de Calatayud, esté cada cual en su iglesia y pague, del vino, pan y corderos, un cuarto al obispo y un cuarto a su propia iglesia, y no den cuarto de ninguna otra cosa; sirvan a sus iglesias y tengan fueros y jueces como sus vecinos». 6. Miguel Martínez del Villar, op. cit., p. 393, Costumbre segunda. 7. Ibídem, p. 414, Costumbre sexta. 8. Ibídem, p. 443, Costumbre undécima. 9. Ibídem, p. 375, Costumbre primera.

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CAPITULO II Gobierno de la Comunidad Fue instituido en el año 1130 como necesario, por estar la comarca opuesta a enemigos tan poderosos que no podían sus pobladores defenderse ni permanecer en ella, sino estando todos unidos y haciendo comunes sus trabajos y contentos, pues la unión y conformidad todo lo aumenta, puede y vence. Además se movieron a hacer esta unión porque, como en ella quedaron heredados muchos ricos hombres y fueron muy poderosos, fueles no sólo necesario sino forzoso a los lugares, hacer todos un cuerpo para defenderse de los agravios y fuerzas que les hacían, y en virtud de esto ordenaron sus leyes y pusieron un cargo, con oficio de poner en ejecución dichas leyes y procurar todo el bien y provecho posibles a la Comunidad, y por esto último le llamaron procurador general. Este cargo en un principio discurría por turno por los diferentes ríos o sexmas, por elección que hacían los jurados de dichos lugares entre los más señalados en valor, experto en negocios y benemérito, que tuviese por lo menos cincuenta años. Para asesorarle tenía un grupo de veinte personas, aquéllas que en prudencia, experiencia, edad y saber, se adelantaban a los demás, y por eso se les llamó Adelantados. La Comunidad se dividía en seis ríos: Jalón, Jiloca, Manubles, Ibdes o Piedra, Miedes o Perejiles y la Cañada o Ribota, señalándose para cada uno de ellos un regidor y un merino. La jurisdicción civil y criminal, en primera instancia, dependía de los jurados de cada lugar, y en segunda instancia, en grado de apelación, correspondía a los regidores, así como la tercera y última, en grado de revista. Cada regidor debía tratar solamente las causas de su río. Los merinos debían cuidar los puentes, calles y caminos, así como las cazas, para que no se abusara de ellas, sino en los tiempos y en la forma que otorgaba el fuero y sus ordinaciones. Para el gobierno de los lugares se establecieron los jurados, que eran jueces ordinarios in solidum de los lugares, teniendo a su cargo la administración y cuidado de toda hacienda pública de sus respectivos lugares. Los jurados, cuyo nombre provenía de los muchos juramentos que debían hacer para ocupar el cargo, debían llevar varas largas y derechas en las manos, para que fueran conocidos como oficiales del rey y así fueran obedecidos y respetados, y porque así lo exigían las Ordinaciones de la Comunidad. Juraban guardar los fueros, libertades, privilegios y costumbres del reino, además de ser secretos, padres de los pupilos, amparo de las viudas y pobres, y hacer con fidelidad todo lo que tocara a su oficio. Los jurados debían cuidar de los montes y haciendas públicas, debían poner justos y moderados precios a las carnes, comercios y vituallas. Y los cotos por ellos puestos, comprenderían a los de la ciudad de Calatayud en su lugar, y los puestos por el Justicia de la ciudad, en la ciudad a los de la Comunidad. Seguían las disposiciones y deberes de los jurados sobre delitos de clérigos, sobre fraudes en medidas, sobre crímenes y detenciones en iglesias y lugares sagrados, sobre injurias contra los que gobernaran y sobre el reconocimiento que debían hacer cada año de los mojones de sus términos1. Esta planta de gobierno siguió hasta que Felipe V abolió los Fueros de Aragón, principalmente los referentes al gobierno de los pueblos, y sustituyó a los jurados por alcaldes, y les agregó los regidores y diputados, llamados del Común, precedente de los actuales ayuntamientos. Se les disminuyó la jurisdicción en grado sumo, hasta el punto que los alcaldes no tenían facultades para nada y quizá por esto los lugares de Paracuellos, Sabiñán y Embid, solicitaron ampliar dicha jurisdicción y consiguieron: «Que los Alcaldes de los pueblos de esta Comunidad, no siendo los de las villas eximidas, puedan y deban conocer en juicio sumario hasta la cantidad de doscientos reales de plata, según lo concedido á la Comunidad de Daroca. Y que dichos Alcaldes entiendan, y conozcan en todas las causas de Regios, guardas de panes, montes, frutos, huertos y demas daños que se hicieren en sus términos, y de las deslindes de límites, y cajeros de acequias, y brazales, aplicando el importe de multas por terceras partes, para la Real Cámara, Juez y denunciador, en la forma prevenida por las leyes Reales de Castilla;

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y que asimismo conozcan, y entiendan en las causas leves criminales, cuales son pendencias entre mozos sin armas, y efusión de sangre, ó injurias de palabras que no sean de las cinco de la ley: pero sin que se haga proceso, y si solo para el caso de obligarlos á hacer paces, y escarmentarles con algunos días de carcel, ó con la exaccion de alguna multa leve. Pero en las causas criminales graves, muertes, hurtos, grasaciones de caminos, y demas delitos públicos de esta gravedad, ó mayor, ordenamos, que las Justicias de los pueblos tengan obligación precisa en el término de veinte y cuatro horas, y antes si pudiere ser, de dar cuenta al Corregidor de la ciudad de Calatayud, ó su Alcalde mayor, para que puedan proceder á la averiguación, y castigo de los delincuentes. Y ordenamos que los Alcaldes ordinarios puedan, y deban egecutar las primeras diligencias para la justificación del cuerpo del delito, y delicuentes, y proceder á su prisión, y embargo de bienes: Y que en caso de refugiarse á Sagrado les pongan guardias para su custodia, y hasta que con noticia de la gravedad del delito, y sus circunstancias se reconozcan si pueden, ó no ser extraidos de la iglesia, ó procederán a extraerlos, dándoles papel, ó seguridad de restituirles, en caso de declararse en su favor el goce de inmunidad»2. (Año 1748). Con esta modificación se hicieron las nuevas Ordenanzas de la Junta de Gobierno y Pueblos de la Comunidad de Calatayud, que conservaron todo lo antiguo no derogado. El corregidor, nombrado por el rey, era el presidente de la Junta de Diputados, constituida por seis diputados, uno por cada río. Se conservó el cargo de procurador general y se creó el cargo de escribano, el de mayordomo y comisarios de negocios, nombrados por la Junta de Diputados para los asuntos que la Comunidad tuviese en su partido, en Zaragoza o en Madrid3. En estas Ordenanzas, la Comunidad conservaba el señorío directo de las Señorías de Sabiñán y Terrer, y negaba facultad a la Junta para otorgar concordias o celebrar transacciones con el convento de Miedes, de que era patrona la Comunidad, ni con los lugares de Sabiñán, Terrer y algunos otros, sin duda, para que no se entendiera en mengua de su derecho4. Venían luego hasta cien artículos sobre multitud de asuntos, como ganados, dehesas, pastos, leñas, árboles, salarios, viñas, caza, pesca, arrendamientos de carnecerías, panaderías, tiendas, tabernas, mesones, caza, pesca y demás patrimonio de los pueblos de la Comunidad. Para la mejor guarda de las heredades y frutos, todos los pueblos debían tener un adulero, para la guarda de las bestias, teniendo la obligación todos los vecinos de entregarle sus bestias. Asimismo los ayuntamientos debían nombrar a los zabacequias, para que cuidaran del gobierno y reparo de las aguas. Debían señalarse las horas para salir y volver del trabajo a los jornaleros, menestrales y oficiales, poniendo tasa a los jornales. Si algún pueblo quería hacer ordenanzas para su gobierno y que tuvieran valor, debían primero ser vistas y aprobadas por toda la Junta. Finalmente el artículo 125 disponía que se guardase la festividad de Santa Teresa de Jesús, Patrona y protectora de la Comunidad de Calatayud5. Estas Ordenanzas tienen gran semejanza con los Estatutos y ordinaciones acerca de las lites y diferencias que se pueden ofrecer en las cosas tocantes y pertenecientes a los Montes y Guertas de la Ciudad de Zaragoza, hechas y ordenadas por los señores Jurados, Capitol y Concejo de ella en el siglo XVI. Son como recopilación de las costumbres sobre cada caso y un verdadero código rural, mal sustituido por el libro sobre faltas del Código Penal actual6. De estos estatutos copiaré por lo curioso el 202, que dice: «En cualquier tiempo del año, todos los jornaleros y peones que trabajen en el término de Zaragoza, han de trabajar ocho horas, contando la ida a la heredad y fuera de ellas la vuelta. Y en las bebidas que hacen en el campo, no puedan detenerse en la primera más de media hora, y otra media en todas las otras bebidas, que por todas sea una hora en todo el día, so pena, si al contrario hiciesen, paguen 60 sueldos al amo de la heredad». Nada me extrañaría que esta costumbre de Zaragoza, se extendiera a los pueblos y sea el origen de las dos tardadas de cuatro horas que hacen el jornal o trabajo ordinario en este término. Otro estatuto curioso es el que establece pena al que come uva de viña lindante con

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camino real, si la coge al salir de Zaragoza, pero no si la coge cuando va a ella. La Comunidad de Calatayud quedó extinguida en el año 1835, adjudicándose sus bienes a los acreedores. Al conde de Argillo le tocó la casa de Calatayud, de donde se trajo los cuadros de los Reyes, que hoy tiene en su casa de Sabiñán7. Notas: 1. Resumido de Miguel Martínez del Villar, op. cit., pp. 82-106. Ya hemos visto como la Comunidad de Aldeas no nació con el Fuero de Calatayud, sino un siglo más tarde. José Luis Corral escribe: «Desde luego, si 1254 es el año de constitución formal de la Comunidad, tras tres o cuatro intentos, 1323 se presenta como año en el que las aldeas ya estaban plenamente constituidas en Comunidad, es decir, en una universidad autónoma de realengo, y ejercían la jurisdicción plena que mantendrán hasta la imposición de los decretos de Nueva Planta en 1707». La Comunidad de Aldeas de Calatayud en la Edad Media, Calatayud, 2012, p. 42. 2. Ordenanza recogida por Guillermo Redondo Veintemillas en «Las Ordenanzas de la Comunidad de Calatayud de 1751», Papeles Bilbilitanos, Calatayud, 1981, pp. 78-79, perteneciente a las Ordenanzas de la Junta de Gobierno y pueblos de la Comunidad de Calatayud, Zaragoza, 1824, pp. 14-15. Esta ordenanza nº 36, relativa a los alcaldes, se suprimió en las Ordenanzas de 1751, hasta que en 1767 la Junta de la Comunidad, presidida por el corregidor Justo de Urriés, solicitó que el Consejo de Castilla la «pusiera en uso», a lo que accedió el 21 de julio de aquel mismo año, como se dice en las Ordenanzas de 1824, p. 24. En 1771, el mismo corregidor de Calatayud, Justo de Urriés, pediría la suspensión de la citada ordenanza 36, al parecer con resultado negativo, pues en 1775 se reiteraba la negativa real a la suspensión, con la aclaración de los problemas que había planteado su aplicación: «Que la jurisdicción concedida á los Alcaldes de los pueblos de la Comunidad de Calatayud en la Ordenanza 36 de dicha Comunidad, que vá inserta, y auto con que la aprobó el nuestro Consejo en 21 de julio de 1767, debe entenderse á prevención con el nuestro Corregidor, ó Alcalde mayor de la ciudad de Calatayud, sin que estos puedan mezclarse en ninguna de las causas comprehendidas en dicha Ordenanza, habiéndose radicado en los Juzgados de los Alcaldes de los pueblos respectivos, quienes otorguen las apelaciones para los Tribunales donde corresponda; y mandamosi que en las causas de dicha Ordenanza, cuando á prevencion conocieren de ellas los expresados Corregidor, ó Alcalde mayor, dén comisión al Alcalde del pueblo donde se hallare el deudor, ó reo para la ejecución de sus determinaciones, sin que para despachar egecutor se valgan del pretexto de juntar sumas de distintos deudores, de las cuales cada una no exceda de los doscientos reales de plata que la Ordenanza previene. Y en su consecuencia mandamos al nuestro Gobernador Capitan General del Reyno de Aragon, Presidente de la nuestra Audiencia, que reside en la ciudad de Zaragoza, Regente, y Oidores de ella, nuestro Corregidor, y Alcalde mayor de dicha ciudad de Calatayud, y demás nuestros Jueces, Justicias, Ministros, y personas, á quien en cualquier manera tocare la observancia, y cumplimiento de lo contenido en esta nuestra carta, que siéndoles presentada, ó con ella requeridos, la vean, guarden, cumplan, y egecuten, y hagan guardar, cumplir, y ejecutar en todo y por todo, según y como en ella se contiene, sin contravenirla, ni permitir su contravencion en manera alguna, que asi es nuestra voluntad. Dada en Madrid á 6 de Mayo de 1775 años». Ordenanzas, 1824, pp. 30-31. Guillermo Redondo Veintemillas, op. cit., p. 80. 3. Guillermo Redondo Veintemillas, op. cit., Artículos 1 y 10 de las Ordenanzas de 1751, pp. 90 y 94-95, respectivamente. 4. Ibídem, Artículo 30, p. 103. 5. Ibídem, en otros artículos de las Ordenanzas de 1751. 6. Estatutos y Ordinaciones acerca de las lites y diferencias que se pueden ofrecer en las cosas tocantes y pertenecientes a los Montes y Huertas de la Ciudad de Zaragoza, hechas y ordenadas… en XXIX de octubre de 1593, Zaragoza, 1801. Hubo otra edición en 1821, Imp. de Heras, y una nueva edición de los Estatutos y Ordinaciones de los montes y huertas de la ciudad de Zaragoza, a cargo de Pascual Savall Penen, Imp. de Francisco Castro y Bosque, 1861. En Inocencio Ruiz Lasala: Bibliografía zaragozana del siglo XIX, Zaragoza, 1977, pp. 18, 76 y 164. 7. En los Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia, en la recepción pública de Don Vicente de la Fuente, el día 3 de marzo de 1861, Madrid, 1861, que dedicó a las tres Comunidades de Aldeas de Aragón, Calatayud, Daroca y Teruel, p.35, se dice que «en 1837 se suprimieron las Comunidades por un simple Real Decreto. Sus palacios y sus bienes fueron enagenados para pago de acreedores, dispersados en parte sus archivos, olvidados sus derechos y hasta su existencia». Pedro Montón Puerto en la Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo II, p. 566, asegura que la Comunidad de Calatayud desapareció en 1837. Sin embargo, el 21 de mayo de 1848, Pedro Martínez, presidente de la Junta de la Comunidad de Calatayud, enviaba un informe al Gobierno Civil, en el que proponía unas posibles bases para llegar a un acuerdo con los acreedores. Archivo Diputación Provincial de Zaragoza, legajo VII-375. En este legajo se incluían las Ordenanzas de la Comunidad de Calatayud, aprobadas por

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Fernando VII en 1824. En 1845 los acreedores censalistas de la extinguida Comunidad de Calatayud enviaban al rey un impreso con algunas observaciones que habían acordado. En el Boletín Oficial del 20 de noviembre se había insertado un anuncio, en el que se invitaba a los acreedores «a rectificar la liquidación de los créditos que tienen contra dicho establecimiento y dar proposiciones de arreglo conforme a lo prevenido en Real Orden de 8 de Septiembre». Según los acreedores, esta Real Orden daba a entender que la Comunidad de Calatayud no tenía más recursos para cubrir sus créditos, que «el capital de las fincas valoradas espresado en la misma». Los acreedores informaban que, además de los bienes de la Comunidad, también estaban hipotecados los bienes de propios de los cincuenta pueblos y en algunos casos «hasta los de los vecinos en particular». Y esto era por «sentencia ejecutoriada» del Supremo Consejo de Castilla, a causa de un pleito que siguieron los acreedores contra la Comunidad a finales del siglo XVIII, «cuando la Comunidad retardó el pago de los réditos censales, escusándose de hacer reparto que con el título de pecha satisfacían los cincuenta pueblos, para completar lo que faltaba hasta cubrir el todo de las pensiones». En aquella ocasión el Consejo de Castilla decidió «que no por la escasez de los productos de los bienes de la Comunidad dejasen de cubrirse sus cargas, sino que para lo que aquellos no alcanzasen, se tomasen los sobrantes de los propios, o subsistiese el reparto de la pecha ínterin los ayuntamientos no proponían y realizaban otros arbitrios equivalentes, y así fue que desde entonces, y como la sentencia estaba en su fuerza y vigor, han seguido cobrándose hasta el año de 1835 los repartos supletorios, y cubriéndosen las cargas con toda exactitud». Los acreedores añadían que el mismo Consejo de Castilla dispuso «que sólo se pagasen las pensiones en los años impares, y que en los pares, se redimiesen los capitales con el fondo destinado a cubrir aquellas», pero tampoco se llegó a cumplir. La Comunidad, que llevaba ya diez años sin pagar los réditos, sólo quería ceder a sus acreedores «los bienes que aún conserva», consistentes en treudos, «cuya cobranza es tan difícil por su calidad e insignificantes cantidades, y en edificios que cuasi no tienen destino», lo que resultaría la ruina de los acreedores. Por ello los acreedores ofrecían unos pactos. Según el expediente realizado en 1844, la Comunidad debía 4.600.409 reales y 20 maravedís, correspondiente a los créditos, a los que había que sumar 78.548 reales y 33 maravedís de los réditos de los censos vencidos en 1845, que hacían un total de 4.679.039 reales y 19 maravedís. Los acreedores pactaban condonar un 40% de esta cantidad, resultando 1.871.615 reales y 31 maravedís, con lo que la deuda quedaba reducida a 2.807.423 reales y 22 maravedís. El valor de todos los censos, treudos y demás propiedades de la Comunidad, incluida la Casa, valorada en 200.000 reales, sumaban 1.113.974 reales y 16 maravedís, lo que resultaba una deuda de 1.693.449 reales y 6 maravedís. De modo que por esta transacción, cediendo la Comunidad poco más de un millón de reales en «fincas de mediana calidad», amortizaba un capital de aproximadamente tres millones de reales. Esta deuda resultante devengaría el 1,5% de interés anual, que debían de pagar los pueblos por los intereses, más otro 1,5%, con «destino a la amortización de los capitales». Para esto «quedan obligados los propios de los cincuenta pueblos, y los productos o repartos municipales de los mismos». Todos estos pactos los suscribían los acreedores en Zaragoza, el 15 de diciembre de 1845. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo Argillo, Caja 2189, Leg. 81-1. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Correspondencia, A/002471/000019, Correspondencia solicitando antecedentes del convenio otorgado en 1850 entre la casa de la Comunidad de Calatayud y la Hacienda Pública sobre la adjudicación de bienes en parte de pago de varios créditos. Zaragoza/Calatayud, 1850. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Expedientes Casa Ducal de Híjar, P/2-92-1. Expediente sobre adjudicación al duque de Híjar de unas tierras treuderas en el lugar de Terrer como pago de la deuda censal que sobre sus bienes tenía la extinta Comunidad de Calatayud, 1850-1863. Ibídem, P/1-115-32, Escritura de adjudicación de bienes pertenecientes a la extinguida Comunidad de Calatayud, por la que han correspondido al duque de Híjar, 79 medias 10 almudes y un cuarto de trigo sobre bienes en los términos de Terrer, 1850. Ibídem, P/4-059-08. Escritura de adjudicación de bienes sitos en Terrer que pertenecieron a la Comunidad de Calatayud a favor del duque de Híjar, notario Juan Francisco Mochales, 1850. En el Archivo de la familia Gracián se conserva un protocolo notarial debido a Juan Francisco Mochales, fechado el 26 de octubre de 1850. En él, Vicente Higueras, Mariano Bellido, Juan Francisco Sancho de Lezcano, Pedro Llanas y Mariano Ballestero, miembros de la Comisión nombrada por la Junta General de acreedores censalistas de la extinguida Casa de la Comunidad, dijeron que en la sesión celebrada el 7 de julio último, se había señalado que, practicada la adjudicación de los bienes entre sus acreedores, había quedado un sobrante de 537 reales y 20 maravedís de vellón, de pensión anual, que tenían obligación de pagar diferentes vecinos de Saviñán, por varios dominios directos de los que poseían el útil. La Comisión consideró más conveniente la enajenación de este sobrante, accediendo a la luición de los treudos Juan Gracián, Ramón Lafuente y Pedro Antonio Gracián. Por tanto la extinguida Casa de la Comunidad vendía, luía y renunciaba a favor de Pedro Antonio Gracián, los 215 reales 4 maravedís, que debía pagar cada 25 de julio, por el dominio directo de veintiséis fincas en Saviñán que, al 4% de interés, resultaba una cantidad de 5.378 reales de vellón. Pedro Antonio Gracián entregó esta cantidad a Andrés Alonso, depositario y administrador de la Junta de acreedores, quien otorgó la correspondiente apoca. La Casa de la Comunidad perteneció a José Baldomero Garcés de Marcilla y Muñoz de Pamplona, conde

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de Argillo y de Morata, y marqués de Villaverde, quien la adquirió por adjudicación en pago que le hizo la Junta distribuidora de los bienes de la extinguida Casa de la Comunidad de Calatayud, en escritura de 8 de noviembre de 1850. Al fallecer el conde de Argillo el 27 de julio de 1883, pasó a su hermana Ana Garcés de Marcilla y Muñoz de Pamplona, en virtud de escritura de 11 de noviembre de 1904. Al fallecer Ana Garcés de Marcilla el 6 de diciembre de 1905, pasó a su hija Mercedes Bordíu y Garcés de Marcilla, y al fallecer en Madrid el 11 de octubre de 1929, pasó a su sobrino y herederos de Javier Bordíu y Prat. En 1879 las salesas del Monasterio de la Visitación de Calatayud quisieron comprar la Casa de la Comunidad y solicitaron la licencia al obispo, que primero aprobó la compra y finalmente, con motivo de girar visita pastoral, denegó la autorización. Por entonces era superiora María Isabel Calvo, en el primer mandato de los cuatro que ostentó (1875-1881, 1884-1890, 1896-1901 y 1906-1910, que murió). El 2 de marzo de 1941 Javier Bordíu vendió la finca al Instituto de Hermanas de la Caridad de Santa Ana (que pagaban alquiler desde 1935), que a su vez vendieron al Ayuntamiento de Calatayud el 21 de mayo de 1956. Miguel Resano Sánchez: Historia del Monasterio de la Visitación de Calatayud, Zaragoza, 1981, pp. 97-98. En ella estuvo instalado el Museo Arqueológico, fundado en 1965 por Germán López Sampedro, el Archivo de Protocolos Notariales, la Biblioteca Municipal, una sección de Archivos Municipales, la sede de la Coral Bilbilitana y el Instituto Comarcal de Música. Julio Antonio López Sampedro: «Paseo urbano por Calatayud», Calatayud y su comarca, Madrid, 1985, p. 134. Actualmente es la sede de la Comarca Comunidad de Calatayud.

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CAPITULO III Algo de la historia de esta comarca El rey de Castilla Pedro I el Cruel, entró en Molina lo más secreto que pudo ser el 27 de enero de 1357. Tenía en aquella frontera hasta 2.200 de a caballo y el lunes siguiente salió de Molina para entrar en Aragón y vino a un castillo suyo que se decía Valdesalce. El rey de Aragón eligió por su más seguro consejo repartir sus guarniciones por los lugares más fuertes, que salir a dar la batalla, esperando la gente extranjera que le había de seguir en esta guerra y el suceso de los tratos que se llevaban con algunos grandes de Castilla. De los lugares de la frontera de Calatayud que estaban en defensa, eran los más importantes Ariza, Bordalba, Monreal, Cetina y Embid, por razón de los castillos que eran bien fuertes, y estaban en mediana defensa los lugares de Cubel, Abanto, Monterde y Pardos. Y porque pareció que el cortijo de Munébrega se podría defender por los de aquella villa, se proveyó que en caso de que los enemigos viniesen, se pegase fuego a la villa fuera del cortijo. En Ibdes, Jaraba y Sisamón, se pusieron buenas guarniciones y mandó a los de Ateca que se fuesen a Ibdes, y las mujeres y niños se recogiesen en Calatayud, y los de Santed se pasasen a Jaraba. De los lugares del río Berdejo, se fortificó Berdejo y se mandó despoblar Bijuesca, y se fortaleció la iglesia y la parte que está hacia el río. Del lugar de Torrijo se despobló la mitad y se fortificó la otra mitad que está sobre el río y se hizo su cava. Como pareció que el lugar de Moros estaba fuerte, pareció que bastaban sus vecinos para defenderlo. El castillo de Malanquilla, como estaba en buena defensa, se recogió la gente de la villa y todos sus bienes se pusieron en su cortijo. También se fortificaron el lugar de Clarés y Villarroya, y se despoblaron Cervera y Aniñón, y en la ribera del Jalón, los de Alhama despoblaron la villa y se subieron al castillo, y los de Bubierca se pasaron a su castillo y a una casa muy fuerte que decían de Sancho Jordán, y descubrieron la iglesia con el fin de pegar fuego al lugar, si los enemigos entraban por aquella parte. Y los de Ateca y Manubles se subieron a los castillos con sus bienes, y los de Embid de Santos, Sabiñán, Paracuellos, El Frasno, Viver, Villalba, Morata de Jiloca, Montón, Mochales y Villel, los desampararon y se entraron a Calatayud. Y también los de Castejón se pasaron a Sisamón, y los de Mara y Ruesca se fueron a poner en defensa del lugar de Belmonte, y los de Maluenda, Paracuellos y Fuentes, se recogieron a las fuerzas. Y esto se hizo con gran celeridad, casi al mismo tiempo que entraba el rey de Castilla, por gran orden e industria de Pero Ximénez de Samper, Justicia de Calatayud, que era caballero de gran experiencia en las cosas de la guerra, porque el gobernador de Aragón andaba reconociendo los lugares de los campos de Langa, Visiedo y de Cella. En la comarca de Tarazona y en los lugares del río de Borja, proveyeron lo que convenía a la defensa de aquella frontera, don Pedro Pérez de Calvillo, obispo de Tarazona, y don Lope de Gurrea, señor de Gurrea, y Miguel de Gurrea y Juan Pérez Calvillo, que el rey había nombrado capitanes1. El rey de Castilla puso cerco a Calatayud, que resistió el asedio durante varios meses, pero tuvieron que rendirse por falta de medios de defensa. Mandaron embajada al rey de Aragón, diciéndole que no se entregarían si se les mandaba refuerzo o ayuda, pero siéndole entonces imposible mandarles refuerzos, los vecinos de la villa de Calatayud, por mandato del rey, se rindieron al rey de Castilla en 1362. Cerca de tres años estuvo Calatayud en poder de los castellanos. Fue alcaide de Calatayud, nombrado por el rey de Castilla, Fernán Pérez de Monroy, bondadoso caballero que trató bien a los vecinos, debiéndose tal vez a su bondad, que no se arrasaran sus fuertes y se quemara la población, según ordenó don Pedro el Cruel en caso que fuera preciso evacuarla, crueldad que padecieron otros pueblos2. Y el rey de Castilla hacía la guerra con gran furia y ganó algunos lugares y castillos que, según en la historia de don Pedro López de Ayala se escribe, fueron Morés, en el que estaba por

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alcaide Diego García de Vera, Fuentes, Chodes, Arándiga y Maluenda. Y pasaron sobre Magallón y acometió la guerra tan bravamente, que tenía a un mismo tiempo en gran estrecho a Tarazona, Borja y Magallón, y destruía toda aquella comarca. Viendo el rey de Castilla que el rey de Aragón juntaba sus fuerzas en Zaragoza, determinó mudar todo el peso de la guerra al reino de Valencia. Pedro el Cruel cercó el castillo de Báguena, y con singular esfuerzo de un vecino de aquel lugar, llamado Miguel de Bernabé, se defendió el castillo. De allí vino a poner su real sobre Cariñena, la venció en combate y mandó pasar a cuchillo a todos sus habitantes3. El contener Calatayud las fuerzas del rey de Castilla, fue un gran servicio prestado al reino y en premio, el rey de Aragón en las Cortes, erigió en ciudad a Calatayud y mandó en testimonio de su gran fidelidad, sellase con cera blanca, y le dio la guarda de sus reales castillos por haber abastecido a su propia costa el castillo de Molina, cuando se le entregó por la muerte del rey don Pedro el Cruel, como aparece de su real privilegio dado en el monasterio de Poblet el 8 de enero de 13764. Notas: 1. Jerónimos Zurita, op. cit., libro IX, cap. VII. 2. Vicente de la Fuente, op. cit, I, pp. 306 a 311. 3. Jerónimo Zurita, op. cit, libro IX, cap. XLIII y XLIV. 4. Miguel Martínez del Villar, op. cit., p. 39.

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CAPITULO IV Parte que tomó la Comunidad en luchas y guerras En 1256, Jaime I concedió a Calatayud el privilegio que pudiera tener armas y caballos, como población fronteriza con Castilla1. Este privilegio era tan útil o más al rey que a la villa, pues como Concejo de frontera necesitaba estar apercibido casi de continuo para las guerras con Castilla. Sonábase por entonces que por allí se hacían preparativos de guerra y el Justicia Martín Romeu de Vera, lo puso en conocimiento del rey enviando a Soriano de Liñán y Guillén Domir para avisarle. Agradeció el rey el aviso, vino a Calatayud a principios de 1278, a fin de fortificar la frontera. Mandóse a Gonzalo de Funes, alcalde de Ariza, fortificar el castillo y tener de continuo guarnición y víveres. A Pedro Jiménez Samper se encargó el de Somet, al Castellán Gil de Montuenga los de Monreal y Bordalba, a Lorenzo Martínez de Artieda el de Godojos y al Comendador del Hospital el de Villalengua, que era de su encomienda. Esto da idea del estado del país, pues lo que se disponía entonces había que hacerlo a cada paso, en las frecuentes guerras con Castilla2. Calatayud y su comarca hizo alarde de su lealtad al rey Jaime II, contribuyendo a la conquista de Cerdeña con 150.000 sueldos, cantidad enorme en aquellos tiempos, y dos compañías de infantería de a cien hombres, de gente de Calatayud y su tierra, para cuyo mando fueron capitanes Ramón y Ramiro Domir y Juan Muñoz de Pamplona. Consta que fueron a servirle a sus expensas muchos caballeros, entre ellos Rodrigo Zapata, Gonzalo Ibáñez de Moros, Jordan de Urriés, Martín López de Rueda, Juan Zapata de Miedes, Raimundo de Liñán, Guillén Muñoz de Pamplona, Jimeno de Sayas y Jimen Pérez de Samper. El infante don Alonso, nombrado por su padre Jaime II, gobernador de las tropas que iban a la conquista de Cerdeña, agradeció esto mucho, como consta en la escritura que otorgó en Calatayud a 25 de marzo de 13223. Entre los mensajeros por la villa de Calatayud y sus aldeas, enviados al rey Pedro IV el Ceremonioso, para excusarse y decirle que estaban armados para resistir al ejército que tenía el rey de Castilla en sus fronteras, figuraban Fernán Muñoz de Pamplona, Pedro Fernández de Sabiñán, Juan de Loba y Julián Pérez de la Figuera4, aunque el pendón de Calatayud y su Comunidad figuró en la batalla de Epila en 1348, en el bando del rey de Aragón, que constituyó el final de la Unión aragonesa. Notas: 1. Vicente de la Fuente, op. cit, I, p. 251. 2. Ibídem, I, pp. 255-256. 3. Ibídem, I, pp. 267-268. La Comunidad pagó a la monarquía a cambio de sus favores importantes sumas de dinero. José Luis Corral Lafuente, en La Comunidad de Aldeas de Calatayud en la Edad Media, Calatayud, 2012, pp. 94-95, escribe: «Desde su fundación a mediados del siglo XIII, la Comunidad de aldeas de Calatayud se apoyó en la monarquía para alcanzar los objetivos propuestos: su autonomía con respecto a la villa cabeza del fuero, Calatayud, y la soberanía en materia judicial, fiscal y política. En esta triple –monarca, ciudad y Comunidad-, el rey constituía el factor de equilibrio, pues era claro que los intereses del concejo de Calatayud y los de la Comunidad resultaban contrapuestos». Y prosigue: «La monarquía supo equilibrar en cada instante las pretensiones de ambas universidades y manejó con suma habilidad las tensiones que entre ellas se produjeron. Como si de un plan preconcebido y a largo plazo se tratara, supo ir dosificando la concesión de privilegios a ambas partes. A la ciudad la compensaba con títulos y exenciones cada vez que tenía que arrancarle cotas de soberanía con respecto a las aldeas, y a éstas les concedía nuevos privilegios, o a veces tan sólo la confirmación y ratificación de los anteriores, a cambio de importantes sumas de dinero». 4. Jerónimo Zurita, op. cit., libro VIII, cap. XXIV.

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PARTE SEGUNDA El culto en Sabiñán. Sus iglesias y ermitas CAPITULO I San Pedro Apóstol Es muy probable que en Sabiñán no hubiera templo cristiano hasta después de 1120, en que rescatada esta tierra del poder de los musulmanes, pudieron edificarlo los cristianos. En 1131 y en virtud del Fuero concedido por Alfonso I el Batallador, pudieron contar con medios para ello. Del diezmo cobrado de panes (granos), vino y corderos, se dio a los pueblos el cuarto y primicia, con obligación de atender la fábrica de la iglesia y a las cosas necesarias para el culto. Entre los pueblos favorecidos se encuentra Sabiñán (Savinian)1. Es de suponer que tan pronto fueron dominados los musulmanes, se habilitaría un local adecuado para tener culto y seguramente dentro del siglo XII se levantaría una iglesia pequeña, pero suficiente para las necesidades del vecindario. Cumplida esta obligación y andando los tiempos, por competencias y vanidades de los pueblos, que rivalizaban en tener buenas torres, se edificaría ésta que puede ser del siglo XIV o XV. Esto no son más que conjeturas, si bien al existir ermitas a principios del siglo XV, hace suponer que la principal, la iglesia parroquial, ya estaría atendida. Los obispos de Tarazona en sus visitas, exigían de los pueblos cuanto hacía falta para el culto y la fábrica, en razón del cuarto y primicia, obligando a agrandar las iglesias si fuese necesario, por el aumento de vecindario. En las visitas efectuadas en el último tercio del siglo XVI, la iglesia ya debía resultar insuficiente para albergar a todos los parroquianos, porque el canónigo de la catedral de Tarazona, Carlos Muñoz Serrano, vicario general y visitador por el obispo Juan de Redín en 1579, manda alargarla del altar mayor arriba y que dentro de un año se concierten con el maestro que la haya de hacer. Los jurados del pueblo alegaron que por entonces no les era posible y consiguieron que en 1582 se les dispensara de la obligación hasta la próxima visita, por su poca posibilidad. En esta fecha era párroco o vicario, como decían entonces, mosén Antón Villalba y Serrano. A la muerte del obispo Redín, Felipe II presentó para la sede de Tarazona al piadoso obispo Pedro Cerbuna, fundador de la Universidad de Zaragoza. En la visita del nuevo obispo efectuada el 9 de marzo de 1588, se ordena crecer y ensanchar la Iglesia o hacerla de nuevo, por ser desacomodada al número de parroquianos, que la obra deberá empezarse dentro de ocho meses, concediendo dos años de plazo para acabar las obras, que prorrogaría si fuese necesario. Mosén Antón, que seguía de vicario, notificaría a los jurados este mandato, que era el segundo que había sobre la obra, y pudo añadirles que en Aniñón el obispo había impuesto a los jurados una multa de 40 ducados, por no tener terminada su iglesia, y algo más añadiría para acabar de decidirlos, por miedo a las repulsas del obispo que lloverían sobre él antes que sobre nadie. ¿Se hizo la obra en la fecha indicada? No existe ningún documento que hable de las obras hasta el año 1627, si bien existen datos de los que se deduce que se arregló la iglesia. En esta fecha el vicario general de Calatayud Marcos Terrer, resolviendo sobre derechos de sepultura, dice que por el edificio de la Iglesia, viejo y ruinoso, se ha reedificado y hecho de nuevo, habiéndose alargado, ensanchado y mudado de forma. De modo que la iglesia actual, en su esencia, es obra de finales del siglo XVI y

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principios del XVII, pues la ampliación de la capilla del Rosario y el tras-sagrario son posteriores y no afectan a su planta de cruz latina. Estas obras se llevaron a cabo por la familia Martínez y pueden considerarse como fuera del perímetro esencial del templo2. ¿Cómo sería la iglesia antigua? Al indicar el obispo Redín que el altar mayor se subiera más arriba, es de suponer que estaría más cerca de la puerta de entrada que ahora (entre los púlpitos, por ejemplo) y sería de una sola nave, sin crucero, pues las dimensiones eran pequeñas. Al decir el documento de 1627 que se había mudado de forma, debe referirse a la cruz latina que ahora tiene, por lo que supongo que el presbiterio y crucero de la iglesia se harían entonces. Alargada la iglesia, también se ensanchó, retirando quizás una de las paredes, la del lado derecho, pues las pilastras de este lado son algo menos gruesas que las del opuesto. Es posible que el arranque de la fachada exterior de piedras, a ambos lados de la puerta de entrada, fuera la base de la antigua, correspondiente a la anchura que tenía entonces. En 1574 existía la capilla del Santo Cristo Crucificado, donde se guardaban las reliquias, según consta en una visita del obispo Pedro de Luna. Acaso existiera la del Rosario, pues había una Cofradía de este nombre que hacía procesión por la iglesia el primer domingo de cada mes3. Los altares de la Soledad y del Señor atado a la columna, tienen aspecto de ser los más antiguos y es probable que ocuparan capillas en el templo viejo. Al parecer estas capillas serían menos profundas que las actuales, porque el paso que hoy tienen no sería necesario si no existía crucero o era más pequeño. Hay datos que demuestran la existencia de un portegado en 1505 y 1514, en donde se reunía el Concejo en ciertas ocasiones4. Es posible que estuviera bajo el coro, como el de San Roque (al que las gentes de hoy aún llaman portegado de San Roque), mejor que saliente, como estaba en la Señoría. La iglesia tenía coro en 1400 y en él se reunía el Capítulo Eclesiástico para ciertos asuntos. En la pared de la torre, lindante con él, existe un arco que indica que antes se subía a ella por el coro y cuando se hiciera la escalera que tenemos, debió tabicarse. De modo que la antigua escalera estaría al otro lado, o se subiría por dentro de la nave, como ocurre en San Roque o en la Señoría. Suponiendo que el anterior presbiterio se encontraba entre los púlpitos de ahora, contamos 144 metros2 hasta la puerta de entrada. Calculando un espacio de un metro cuadrado para dos individuos, resultaría capaz para 300 parroquianos aproximadamente. A fines del siglo XVI el pueblo contaba con unas 100 casas, o sea, 500 almas. Descontando 100 entre niños y enfermos, quedaban 400 feligreses obligados a asistir a misa, por eso tenía razón el obispo Cerbuna al decir que en las fiestas del pueblo y en los oficios de Semana Santa, los parroquianos no cabían en la iglesia por ser pequeña. Aunque el documento de 1627 dice que se reedificó el templo, por estar viejo y ruinoso, doy más fe a los obispos Redín y Cerbuna que fueron testigos de vista y lo mandaron agrandar por ser pequeño, aunque ninguno de los dos afirme que esté en estado de ruina. Con todo, la obra fue de verdadera importancia y bien puede decirse que se hizo de nuevo, pues se alargó, se ensanchó y se hizo más alta de bóvedas. Esto se percibe perfectamente, porque al elevarse quedó bajo los tejados parte de la torre, que antes debía estar a la vista y sobre los tejados primitivos, teniéndose que tabicar la ventana baja de la torre y es posible que se tuviera que hacer más alta para que no quedase achatada. ¿Cuánto costaría la reforma de la iglesia? No hay ningún dato seguro. He encontrado una nota del dinero que tomó a censo el Concejo de Sabiñán, durante los años en los que se supone se hizo la obra, pero no se especifica para lo que se destina, ni se puede afirmar que se gastara todo en la iglesia. Puedo dar la fecha del préstamo, el nombre de quien lo dio y la cantidad5. Es como sigue:

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Año

Nombres

Sueldos

1591 1593 1593 1594 1594 1594 1594 1595 1597 1599 1600 1603 1606 1610 1614 1615 1618 1620 1624 1624

Mosén Antón Villalba.......................................... 6.000 Sepulcro de Calatayud........................................ 20.000 Ntra. Sra. de la Peña. Calatayud………………. 10.000 Mosén Antón Villalba, vicario............................. 6.000 Dominicos de Calatayud...................................... 4.000 Dominicos de Calatayud.....................................10.000 Jaime Pérez de Nueros......................................... 8.000 Sepulcro de Calatayud......................................... 4.000 San Benito de Calatayud..................................... 4.000 Mosén Antón Villalba......................................... 6.000 Mosén Antón Villalba......................................... 4.000 Dominicos de Calatayud..................................... 6.000 Miguel Gerónimo Marzo de Daroca…………. 20.000 Juan Sediles de Sabiñán......................................... 300 Miguel Marín de Villanueva…......................... 11.200 Jerónimo Bacarizo de Sabiñán.......................... 10.000 Sepulcro de Calatayud........................................12.000 Dominicos de Gotor................................................ 500 Úrsula Sanz de Calatayud.................................... 2.200 Convento del Carmen de Calatayud…………....... 400 Total..... 144.600 El sueldo era casi un real.

Como estos datos se encuentran entre las deudas que el Concejo contrajo en el primer tercio del siglo XVII, es posible que existieran otros préstamos, pero que no aparezcan por estar ya amortizados. Por coincidir con la fecha de la obra, cabe pensar que en su mayor parte serían destinados a ella. Sabemos el coste del tras-sagrario hecho un siglo después. Aproximadamente tiene 40 metros cuadrados y se gastaron cerca de 400 libras jaquesas. El metro cuadrado resulta a 10 libras o 200 sueldos jaqueses, aproximadamente. La iglesia actual tiene sobre 400 metros cuadrados y en esa relación, su coste ascendería a 4.000 libras, o sea 80.000 sueldos, o algo menos pues la libra se aproxima a los 20 reales. Habría que rebajar algo por diferencia de época y aumentar por la mayor elevación y por la cúpula que sería lo más costoso, por la gran cantidad de material que se precisa, además del coro, la sacristía, la escalera, el arreglo de la fachada que debió hacerse nueva, etc., sin olvidar las cosas necesarias para el culto, que exigían los obispos en sus visitas. Así el arcediano Ortí, visitando en sede vacante en 1599, pide que se hagan manteles para los altares, sogas o cadenas para las lámparas, aras consagradas para los altares, una sacristía espaciosa y decente, con una buena ventana vidriera, misales, etc. El obispo Fr. Diego de Yepes, en sus visitas de 1601, 1604, 1605 y 1608, pide que se cumpla lo mandado por el arcediano Ortí, pues la sacristía sigue igual. También exige que cerraran el órgano, para que no hagan daño en él, que repararan la imagen de San Lorenzo con sus parrillas, que quitaran la humedad de la pared de la capilla del Santo Crucifijo, que compraran un archivo para las escrituras, arcas o calajes para los ornamentos, confesionarios de madera con «rexuelas» para confesar a las mujeres, bancos para el coro y vidrieras o encerados para las ventanas. El obispo Terrer en 1618 pide algo que no se entiende para las gradas del altar mayor y anota además que se rebaje el cementerio, igualándolo con el piso de la calle, cerrando los portillos que se hacen en las paredes.

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Creo que de todo esto darían buena cuenta los dineros tomados a censo, aunque nos hemos olvidado del retablo del altar mayor, que costaría lo suyo por su gran tamaño, sus pinturas y el sagrario, que sospecho sería el que existe en la Sala Capitular, pues el que hay ahora es muy posterior a esa fecha. Siendo tan numerosos los prestamistas, hay que pensar que nuestro Concejo merecería crédito y que estos prestamistas tenían cierta relación con el pueblo, es decir que pedirían el dinero a personas pudientes que se avinieron a ello, por relación, trato o bien recomendadas por terceros. Respecto a mosén Antón Villalba, vicario de San Pedro, y los demás vecinos del pueblo, está justificada la petición, siendo personas acomodadas. La Orden del Santo Sepulcro de Calatayud6, orden rica entonces, tenían propiedades en el término. Por estos años eran priores Juan Zapata y Juan Palafox, parientes entre sí y con Manuel Zapata, terrateniente de Sabiñán, quien pudo influir para conseguir los préstamos. Juan Bitrian y Pujadas era prior de la Peña y pariente de Matías Pujadas, terrateniente de Sabiñán, y canónigo tesorero lo era Francisco Gotor, pariente de Jerónimo y de Francisca de Gotor, también propietarios de Sabiñán7. Los Dominicos de San Pedro Mártir8 tenían estudios de Filosofía y Teología, con muchos estudiantes. Es fácil que alguno de los sacerdotes del pueblo y otras personas se educaran allí, ya que eran estudios iniciados y favorecidos por el Papa Luna, que mandó edificar la iglesia a principios del siglo XV, y a ella se llevó a enterrar en 1616 a Diego Martínez de Luna, vecino de Sabiñán. Don Jaime Pérez de Nueros9, otro de los prestamistas, estaba casado con Luisa de Funes, hermana de Gonzalo de Funes, vecino del pueblo. Las monjas de San Benito10 habían adquirido un censal de las monjas del convento de Miedes, propietarias aquí de tres olivares, que fueron las que prestaron primitivamente. Miguel Jerónimo Marzo de Daroca, debía ser pariente de los Martínez de aquí y a Juan Gerónimo Martínez vino a parar dicho crédito en 1725, por capitulaciones matrimoniales con Ana Monterde. Miguel Marín de Villanueva, infanzón, vecino de Zaragoza, era pariente de los Heredia, vecinos de Sabiñán11. Úrsula Sanz, viuda y vecina de Calatayud, acaso fuera pariente del médico Miguel Sanz, que entonces ejercía en el pueblo. Para los dominicos de Gotor y para el convento del Carmen de Calatayud12, no he podido encontrar ninguna relación. En esto como en otros muchos asuntos, se observará que se usa y abusa de la prueba de los indicios, que cada cual valorará a su gusto. ¿Con qué maestro contratarían las obras? Por esos años se reformó la iglesia de Santa María y se hizo como de nuevo el Sepulcro de Calatayud. El conjunto de nuestra iglesia demuestra la dirección de persona perita y no suponiendo como tal al albañil del pueblo, cabe suponer echarían mano de alguno de Calatayud, por su proximidad y relación. El que edificó el Sepulcro se llamaba Gaspar de Villaverde13 y es posible que fuera también el que reformó Santa María, pues se hacen de él grandes elogios. Ambas se reformaron sobre planta de cruz latina. El Sepulcro tiene 121 metros de largo por 40 metros de ancho, relación de tres a uno. Nuestra iglesia tiene 28 metros por 8'50 metros, casi igual relación. Las bóvedas del Sepulcro y de Santa María ostentan molduras rectilíneas y curvilíneas con rosetones dorados en el centro, y en Santa María, en la intersección de los arcos del cimborrio, están los cuatro evangelistas dorados en relieve, en campo elíptico. ¿Las molduras que adornan las bóvedas y paredes de nuestra iglesia, no son rectilíneas y curvilíneas también? ¿Los bustos dorados de los apóstoles, así como los adornos de los centros de las bóvedas, no equivalen a los rosetones dorados de aquella? ¿Debajo de la media naranja, no están los cuatro evangelistas dorados en relieve y en campo elíptico? Indicios nada más, y vaya otro para remate final. Gaspar de Villaverde compró en 1611 y por 6.000 sueldos un censal, cuya pensión de 300 sueldos pagaba un matrimonio de Sabiñán, constituido por Francisco García y Catalina Sediles. El valor del crédito estaba en estrecha relación con la honradez y responsabilidad del obligado a dicha pensión. Por tanto Villaverde no lo compraría sin confirmar antes la solvencia de Francisco García y de su esposa, a quien conocería si llevó la dirección de las obras de San Pedro. ¿Esos 6.000 sueldos, serían los honorarios que cobraba por la obra? En la escritura o copia que he

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visto se llama a Villaverde obrero de villa, es decir persona dedicada a obras de villa o poblaciones crecidas y mayores que los lugares o pueblos. Del 31 de julio de 1627 data un decreto del vicario general de Calatayud, dando licencia al vicario de la iglesia de San Pedro para bendecir la nueva fábrica, con los altares, retablos e imágenes que fuera preciso colocar para ornato de ella y lo que fuese necesario tomar para aumentar el cementerio. En la sacristía existe una tabla pintada con una leyenda: «Soli Deo honor et gloria. Año 1627». Indudablemente hace referencia a la feliz terminación de las obras de la iglesia, según se desprende del citado decreto de julio del mismo año.

Capillas y retablos Altar de la Soledad. Este altar lo tiene al cuidado Francisca Soriano y García14. Sus padres y abuelos ya cuidaban de él, así que puede suponerse que fuera hecho a devoción de la familia García, familia que tenía casa y tierras en Sabiñán, según consta a principios del siglo XVI. Este altar debe ser de la iglesia antigua y se colocaría en el lugar que ocupa ahora, después de la reforma, por ser pequeño para las actuales capillas. De la devoción de la familia García no hay ninguna duda, por la existencia de varios sacerdotes con dicho apellido y por la custodia que aun existe, donativo de Ana María García en el año 1660. Altar y retablo de San Antonio Abad. Este altar debe ser obra del vicario mosén Antón Villalba o de las dos capellanías por él fundadas en dicho altar. El desgraciado vicario apareció degollado en su cama una mañana del año 1602 y en su partida aparece que debió enterrarse en su capilla y carnerario de San Antonio. Los criminales no se contentaron con matar al cura, ya que asesinaron al ama o casera que tenía mosén Antón, que murió de 90 años, después de haber desempeñado la vicaría durante 26 años. Fundó dos capellanías, dejando por patronos a los jurados del pueblo, que debían otorgar los nombramientos en los descendientes de Francisco Villalba y Florencia Villalba, hermanos del fundador. El censo o rédito de los 22.000 sueldos que prestó al pueblo, se destinaba a estas capellanías, con otros bienes raíces de su hacienda. En el nombramiento procedían de esta manera. Elegido el capellán por los jurados, levantaba acta un notario y marchaban con el recién nombrado a la iglesia. Se presentaba al vicario y encontrándolo idóneo le daba posesión, entrando a su sacristía, lo que hoy es baptisterio. Abría y cerraba puertas y armarios, se revestía y en el altar de San Antonio leía una oración en el misal. Luego subía al coro y tomaba asiento en el lugar que tenía designado. Una vez extendida el acta de posesión por el mismo notario, era considerado desde este momento capellán15. El carnerario de mosén Antón sirvió después para los capellanes y así aparece reconocido este derecho en el citado documento de 1627. Altar y retablo de San Francisco. Es del mismo estilo y época que el anterior. No he visto quien lo hizo, pero hay indicios para creer que es debido a la devoción de la familia Bacarizo16. Hemos visto que en 1615, Jerónimo Bacarizo prestó al Concejo 10.000 sueldos. Esto ocurrió en enero y tras su muerte ocurrida en el mismo año, dejó 200 sueldos para ayudar a dorar el retablo de San Francisco. En 1616 muere su viuda Magdalena Sediles, dejando la misma cantidad para el retablo, como también lo hace Juan Bacarizo al morir en 1627. Este indicio cobra fuerza porque según creo, el padre de Jerónimo y Juan Bacarizo se llamaba Francisco, que al parecer mandaría hacer el retablo de su santo y sus hijos se encargarían de dorarlo. Jerónimo Bacarizo, hombre de profunda fe y probada devoción, deja en su testamento 400 misas, 100 por sus padres, 1.000 sueldos para los pobres, 60 sueldos a todas y cada una de las cofradías del pueblo (Cofradías del Santísimo, del Rosario, del Nombre de Jesús, de la Vera

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Cruz, de San Blas y de San Roque), 60 sueldos a la ermita de San Blas y lo ya referido al retablo de San Francisco. Capilla de Nuestra Señora del Rosario. Después de la reforma de la iglesia, esta capilla debió quedar como la del Santo Cristo, opuesta a aquella, pero al ser vendida a los Martínez, se modificó adoptando la forma que tiene ahora. Esta cesión la hizo el Capítulo y Concejo al canónigo Martínez Asensio y a sus hermanos Simón y Jerónimo y sucesores, por la cantidad de 380 libras jaquesas, con derecho a enterramiento. La familia Martínez era oriunda de Ariza17 y se instaló en Saviñán en el siglo XVI. Fue una familia acomodada. Sacó ejecutoria de infanzonía y tomó gran cariño a este pueblo, dejando preciadas pruebas de ello, como su devoción, como ya iremos viendo. En la familia Martínez abundaron los sacerdotes y religiosos, destacándose entre ellos los canónigos de La Seo de Zaragoza, Martínez Asensio y Martínez Saldaña, que mejoraron mucho la iglesia de San Pedro de su patria, como ellos decían. A mediados de mayo de 1601 murió aquí Fr. Antonio Martínez, llevándose a enterrar al convento de San Agustín de Calatayud, de donde era religioso. Vinieron cuatro frailes a por su cadáver y de aquí le acompañaron dos clérigos. ¿Vendría a predicar para la fiesta de la Cruz? Pedro Martínez Asensio fue deán de Teruel. A su muerte y por haber tenido intención de hacer una capilla en esta iglesia, su hermano José hizo el tras-sagrario en su memoria, pero al fallecer, concluyó la capilla su sobrino José Martínez Saldaña en 1695, poniendo un altar y retablo de San Miguel, que hoy sirve de altar a las Hijas de María, que fue sacado del trassagrario al fundarse esta asociación. José Martínez Asensio dejó fundadas dos capellanías en el altar del Rosario, siendo sus primeros capellanes José Martínez Saldaña y el licenciado Pedro Martínez Gracián18. José Martínez Saldaña sucedió a su tío en la canonjía de La Seo de Zaragoza y desde 1700 a 1713 amplió la capilla del Rosario, levantó la cúpula, habilitó la sacristía y mandó hacer el baldaquino de la Virgen del Rosario19. El altar es una imitación de otro de La Seo que he visto descrito así: «Un Tabernáculo con columnas salomónicas de mármol negro cobija en mitad del tras-coro, un devoto y excelente crucifijo, ante el cual arden tres lámparas de plata y a sus pies está postrada la estatua del canónigo Funes, más tarde obispo de Albarracín»20. El tabernáculo de madera y todo su adorno, así como la Virgen del Rosario, es obra de José Quílez de Calatayud. El dorado de la imagen y del tabernáculo fue hecho por el artista Proa de Zaragoza, aunque los cuadros no consta quien los pintó. Al canónigo Martínez Saldaña se le debe además la Sala Capitular y mucho de la construcción de la ermita de San Roque. Obras que llevó a cabo por «devoción a su Patria e Iglesia», según consta en sus memorias. Murió en 1735 en Zaragoza y en 1737 se trajo su cadáver a enterrar en una urna de alabastro, al sitio que tenía dispuesto en el lado de la epístola, en la misma capilla de su propiedad, celebrándose el acto con toda pompa y solemnidad. A la vez que canónigo de La Seo, fue regidor del Hospital de Nuestra Señora de Gracia y rector de la Universidad de Zaragoza, en diversas ocasiones21. Unas de las condiciones de la fundación de las capellanías, era que en el año de vacante, pagadas las cargas de misas, lámparas y treudos, el resto de las rentas se invirtiese en la mejora de la capilla y del culto. De esta manera se pintó la capilla y se colocaron las estatuas de San Juan Nepomuceno, San Francisco de Sales, San Felipe de Neri y San Carlos Borromeo, fechadas en 1758, obra de Simón Ubao de Zaragoza. Desgraciadamente los sucesores en el siglo XIX dejaron de cumplir sus obligaciones y ahora es la iglesia quien cuida de la capilla del Rosario. ¡Qué disgusto para los canónigos si

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volvieran al mundo y vieran incumplidos sus deseos de conservar y aumentar el culto a la Virgen del Rosario, y perdida la casa que tanto se afanaron en acrecentar, habiendo dejado medios suficientes para ello! Con tanto detalle como anotaron sus realizaciones que llevaron a cabo, con la insistencia con que encargaron a sus capellanes que continuaran tomando nota de los gastos sobre las rentas, dedicados a la mejora de su capilla, nada se dice del obrero de villa que realizó las obras costeadas por los Martínez. Sospecho que contratarían algún albañil experto, que residiría en el pueblo en largas temporadas, en vista de los continuos trabajos que le ofrecerían. Tenemos noticia de algunas obras. En 1683 dotaron a su capilla de un cementerio, que costó 34 libras. A continuación edificaron una casa (la de Diego Gracián) por 500 libras, la casa de los Bancales (torre de Sarto)22 por 112 libras. De 1695 a 1699 se construyó el tras-sagrario, suponiendo 385 libras. De 1700 a 1705 se dedicaron a la capilla de la Virgen del Rosario, con gastos que ascendieron a 1.010 libras. Las obras en la ermita de San Roque tuvieron lugar de 1705 a 1730, aunque no sabemos el importe de la reforma. Antes de 1735 se mandó hacer la Sala Capitular, de la que también desconocemos su presupuesto. En los azulejos de la capilla colocados en 1770 y en la sacristía, fechada en 1772, emplearon 142 libras. De modo que las obras se alargaron por espacio de 40 años. Cabe pensar que tendrían a un albañil constantemente empleado, al que seguirían dando trabajo sus inmediatos sucesores, quizá en la construcción de la casa del Zaguán23, si es que no estaba ya hecha. Para que nada quede por contar, copiaré otros gastos. La ejecutoria de infanzonía de 1660........................ 2.000 libras Al escultor Quílez del tabernáculo de la capilla........ 224 libras Al dorador Proa y oficial venidos de Zaragoza......... 320 libras Por los cuadros de la Asunción, Venida de la Virgen y San Pedro Arbués, con los tres de las lunetas......... 449 libras Las cuatro estatuas...................................................... 360 libras Fueron ejecutores testamentarios de Martínez Asensio, los canónigos de La Seo Dr. Blas Serrate (más tarde obispo de Tarazona), Dr. Luis Esmir, Dr. Manuel Marco, su sobrino el canónigo Martínez Saldaña y el licenciado Pedro Canales, racionero de mensa de La Seo. Capilla de Santa Ana. No consta la fecha pero a la vez o poco después que la del Rosario, fue cedida por el Capítulo y Concejo a Diego y a Juan Muñoz de Pamplona, por la cantidad de 500 escudos o libras, con derecho a sitio (enterramiento) y asiento, con paso por la capilla del Rosario o por donde el Concejo les señalase, teniendo derecho los jurados a colocar el banco debajo del arco de la capilla, como era habitual. La familia Muñoz vino de Calatayud. En la limitación de parroquias y asignación de familias que se hizo en Calatayud el año 1253, figuran como parroquianos de San Martín, Miguel Muñoz y Joanes Yust de Pamplona. A principios del siglo XV y en confrontaciones de fincas, suena el nombre de Beltrán Muñoz de Pamplona, como propietario de Sabiñán24. En el siglo XVI fundaron una capellanía en esta iglesia Francisca Muñoz de Pamplona e Isabel Muñoz. Los Muñoz de Pamplona favorecieron mucho a la parroquia de San Martín de Calatayud25 y Miguel Martínez del Villar los considera como sus fundadores, teniendo en ella su panteón familiar, hasta que compraron el sitio en esta iglesia de San Pedro, ya que eran llevados a enterrar a Calatayud los que aquí murieron con anterioridad a esta compra. En 1705 se encuentra la primera partida de enterramiento en la capilla de Santa Ana, de modo que la sacristía por la que se baja a la cisterna, ya estaría hecha en esa época. Quizás se hiciese a la vez que la capilla del Rosario, ya que tenían una pared común o medianera, y es posible que a la vez las familias Martínez y Muñoz pidieran y obtuvieran el permiso necesario para edificar en el terreno del cementerio, uno y otro complejo. De 1752 data la partida de

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enterramiento de Juan Muñoz de Pamplona, vicario de San Martín, que se trajo a enterrar a la capilla de Santa Ana26. Entre 1705 y 1752 debió colocarse el retablo de Santa Ana, obra costeada como indica el escudo de armas, por la familia Muñoz, ya unida a los Funes. San Martín de Calatayud defendió mucho tiempo que los Muñoz eran parroquianos suyos y con este motivo, debido a los diezmos, hubo pleito entre aquella parroquia y la nuestra. Existen en la parroquia muchos documentos referentes a estas cuestiones, entre las iglesias de San Martín de Calatayud y San Pedro de Sabiñán. Como la vida de las parroquias dependía del diezmo, cada una de ellas defendía con ahínco su derecho. San Martín no sólo reclamaba el diezmo de las fincas que tenía aquí la familia Muñoz, sino también el de las fincas de la familia de Miguel de Heredia, por considerarlos también parroquianos suyos27. Sabiñán defendió su derecho, afirmando que los diezmos eran prediales y no personales, ya que si hubieran sido personales y existiendo como aquí abundantes terratenientes, la iglesia de San Pedro no hubiera podido sostenerse, pues la Señoría también se llevaba su buena parte. Estos litigios debieron ocupar buena parte del siglo XVI y llegaron a ser tan generales entre las parroquias de Calatayud y las de los pueblos, que llegó a intervenir el Papa, por medio de un comisario. A principios del siglo XVII estos litigios ya debían estar resueltos, pues en un documento de 1622 he visto que solamente dejaban de pagar diezmo a San Pedro, las fincas del Sepulcro, de San Juan de Jerusalén y las de la Señoría, éstas por concordia de 1613. Los Muñoz de Pamplona pasaron a ser condes de Argillo en 1776, residiendo aquí durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En el siglo XIX estuvieron ausentes, generalmente, y ahora reside entre nosotros el poseedor del título, Luis Bordíu y Garcés de Marcilla, conservando debidamente su capilla, a pesar de no usar su sitio o enterramiento, dicho sea en elogio de su religiosidad28. Capilla de la Virgen del Pilar. El retablo del altar de la Virgen del Pilar es obra del Capítulo Eclesiástico de Saviñán29, y debe ser coetáneo al de Santa Ana y al del Santo Cristo. Los tres pertenecen a la escuela de Churriguera, que hacía furor a fines del siglo XVII, aunque aquí llegaría a principios del XVIII. Se puede afirmar que los tres son de la misma mano y yo, enamorado de los indicios, supongo que los hizo la familia Quílez de Calatayud. Ya hemos encontrado a José Quílez como responsable del tabernáculo de la capilla del Rosario, aunque el remate de madera de las columnas salomónicas de dicha capilla, parece hecho con el mismo molde que el de las columnas de los otros retablos. En un documento de 1745, en una transacción entre los jesuitas y la parroquia, figura como testigo el escultor Quílez, vecino de Calatayud. Fuera el padre o el hijo, vivían en la época en que se hicieron estos retablos y por tanto pudieron salir de su taller. Esta capilla estuvo dedicada anteriormente a San Jerónimo, pues en las partidas de enterramiento de los beneficiados, figura el carnerario de este nombre y desde el siglo XVIII aparece como propio de los capitulares el de la Virgen del Pilar, reconocido por decreto del año 162930. En las condiciones que se reservaron esta capilla o les fue reconocida por el Concejo no consta. En 1716, establecida la escuela en lo que hoy es casa rectoral, el maestro de niños Blas Monteagudo cobraba el sueldo de esta forma: de San Juan a San Miguel le pagaba el Concejo y el resto del año el Capítulo. Hay una nota de ingresos por sepulturas de los capitulares, como si de ello saliera lo que correspondía pagar al Capítulo. El maestro cobraba 13 libras por todo el año. Como estuvo situado en esta capilla, daremos cuenta de la colocación del órgano. Lo hizo en 1693 José de Sexma de Zaragoza31, que a la vez hacía otro para Morata y se retrasó en

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su compromiso, según una carta, por estar afinando el de La Seo. Debió de ser inteligente. El órgano costó según contrato 470 libras y la caja, obra de Juan de la Sala, 43 libras. La nota asegura que con la colocación, los gastos ascendieron a 1.000 libras. El órgano estaba colocado sobre la puerta de la sacristía y se subía a él por la escalera del coro y de la escuela, pero cuando se habilitó como casa para el cura, sobre 189132, se construyó una escalerilla por la sacristía. En el año 1918 se trasladó el órgano al coro, con lo que debió perder algo de las buenas condiciones en que lo dejó José Sexma. Altar de la Purísima Concepción. Ya dijimos su procedencia y debió colocarse donde está sobre el año 1886, siendo párroco mosén Juan Antonio Bravo, que ahora lo es de San Juan de Calatayud33. Capilla del Santo Cristo. Este retablo, por algunos indicios, creo que lo costeó algún sanjuanista, pero no he dado todavía con él34. Los cuadros que hay sobre la puerta de la sacristía, estuvieron antes en esta capilla. Son copias del famoso Pasmo de Sicilia de Rafael de Urbino y como este cuadro no fue reconocido o traído a España hasta fines del siglo XVII, creo sea copia del siglo XVIII y obra de algún pintor español que bien pudo ser el que pintara los cuadros del Rosario, pues deben ser de la misma época. El sagrario que hay en el altar mayor debió colocarse en 1781. De este año es el contrato que se hizo con Domingo Capafons de Torrijo, tal vez por ser una de las condiciones el tener que ir con caballerías de aquí hasta Torrijo para traerlo. De dorarlo se encargó Joaquín Azpeiztia de Calatayud. Capafons cobró 20 duros y Azpeiztia 40 escudos, más 4 duros por dorar los cuadros y los niños de las urnas. La sillería del coro es de 1734 y debió hacerse a imitación de los tres sillones del presbiterio del canónigo Saldaña, que llevan fecha de 1723, que anteriormente estuvieron en el coro, donde después se puso el órgano. Las campanas llamadas Petra y Agueda son del año 1700 y la Catalina, que se bandea, de 1724. La pequeña llamada de Santa María Inmaculada es de 1809. El campanillo parece ser de aquella época y se usaba para llamar a la doctrina desde 1713. En una visita se mandó hacer señal con él para llamar a la Doctrina, sobre todo en Adviento y Cuaresma. Entonces el catecismo del P. Eusebio de Nieremberg se leía y se explicaba en la misa sin sermón y se vendía, según se dice, en el colegio de la Compañía de Calatayud, fundado por Rodrigo Zapata (hijo de Luis Zapata y de Aldonza Palafox, hija de los señores de Ariza), que era limosnero de La Seo y del Consejo de Indias del rey Felipe II35. En la iglesia de San Pedro y en su cementerio se enterró hasta el año 1834, en que se destinó el camposanto o cementerio nuevo, siendo el primer cadáver enterrado en él el de un muchacho de 20 años llamado Manuel Marín Lafuente, hijo de Lucas y Ramona, que murió el 6 de octubre de 183436. El entarimado de la iglesia se debe a la caridad de Joaquín Minguijón de Calatayud, administrador de Joaquín Pujadas, vecino del pueblo, que murió por entonces en Tudela (Navarra). Fue una mejora muy útil y necesaria para la iglesia, porque tenía un pavimento muy gastado y húmedo, por lo cual este pueblo debe estarle agradecido. Según dijeron se gastó en ello más de 2.500 pesetas. En la sacristía y Sala Capitular existen diversos cuadros, que debieron estar en los altares, antes de hacerse los retablos que hoy tenemos y en otros suprimidos. Encontramos uno

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grande del Patrón de la parroquia, San Pedro Apóstol, otro de la Magdalena, otro de San Jerónimo, que debió estar colocado en la capilla del Pilar, un cuadro de la Purísima, que debió ocupar la pilastra de la capilla del Santo Cristo, otro de la Sagrada Familia, que tal vez fuera del altar que hubo en la pilastra de la capilla del Rosario, y por último un cuadro grande que representa el martirio de San Pedro Bautista, Patrono de Paracuellos. Notas: 1. Miguel Martínez del Villar, op. cit., p. 26. Vicente de la Fuente, op. cit., I, p. 183, copia la Bula de confirmación y ratificación del Papa Lucio III en 1182, del «patrocinio» o patronato de las iglesias, «que las venis poseyendo de antigua costumbre y tal cual se dice en el escrito del Rey». 2. Las obras de reedificación y acondicionamiento de la iglesia parroquial de San Pedro, fueron contratadas el 17 de junio de 1625, entre los obreros de villa Francisco de Aguirre, Miguel de Gromendadi y Juan Segura, por un lado, y Pedro Garcés, mosén Francisco Larraga, Basilio García y otros vecinos de Saviñán, por el otro, ante el notario de Saviñán, Pedro Gascón, ajustándose la obra en 1.200 escudos. El 13 de junio de 1626, ante Miguel Jerónimo de Rada, notario de Calatayud, se firmaba una «capitulación acerca de los hacimientos de la obra de la iglesia» de Saviñán, concertada en 440 escudos, entre los obreros de villa Francisco de Aguirre, Miguel de Gromendadi y Juan Segura, por un lado, y por el otro, Pedro Garcés, vicario, mosén Francisco García, mosén Pedro Magallón, mosén Francisco Larraga, Basilio García, Joan Bacarizo, de María Villalba, Francisco Pamplona, mayor, Antonio Garcés, Juan González, Jerónimo Mores, Pedro Terrer, Miguel López y Agustín Benedí. En este mismo documento, Francisco de Aguirre y Miguel de Gromendadi, cedían esta obra a Juan de Segura, quien contrataba ese mismo día las reformas que debían llevarse a cabo en la iglesia. Las cuatro capillas laterales debían aumentarse cuatro pies (ochenta centímetros), levantándolas todo lo que diese la altura de la iglesia, rematándolas con un entablamento formado por arquitrabe y cornisa. A los pies de la iglesia se haría un antepecho sobre el que descansaría el coro. La sacristía se ensancharía hasta hacerla de la misma anchura que el brazo del crucero, que debía tener treinta y dos pies, o sea, seis metros y medio. La fachada se forraría con medio ladrillo, uniéndola con la torre mediante un pilar, para que quedase bien asegurada a ella. La capilla de San Francisco se modificaría «mediante un reenchido, por la parte de adentro de la pared que daba al ciminterio, por encontrarse esta capilla más onda que el resto de las capillas», levantando también el tejado de esta capilla a la altura de las otras. En el interior se lavarían las paredes para llevar a cabo la decoración que había sido contratada. Las pilastras debían estar provistas de sus basas realizadas con ladrillo y yeso. Por toda la obra se pagarían 440 escudos, una vez finalizado el pago de 1.750 escudos, en los que se había contratado la primera obra. Los relieves de los cuatro Evangelistas en las pechinas y los Apóstoles de las enjutas de los arcos de acceso a las capillas laterales, realizados en madera policromada, se cree sean obra del escultor Francisco del Condado y del pintor Francisco Celaya, de Calatayud. Los dos otorgaban un albarán el 31 de enero de 1630, a favor del Capítulo Eclesiástico de San Pedro de Saviñán, por pago de 600 sueldos, que era parte de «más cantidad que dichos beneficiario, vicario y capítulo tiene obligación de pagarme». La fachada principal está dividida en dos cuerpos, separados por una cornisa de ladrillo resaltado. El cuerpo inferior, liso, alberga la puerta adintelada y flanqueada por dos pilastras de ladrillo resaltado, sobre las que descansa un entablamento, coronado por un segundo piso formado por un nicho flanqueado por pilastras y rematado por un frontón triangular, decorado con dos grandes aletones. El segundo cuerpo arranca de una cornisa de ladrillo resaltado. Se compone de una galería adintelada, flanqueada por pilastras de ladrillo, decorada con ovoides de ladrillo resaltado, sobre la que carga un alero de ladrillo. Agustín Rubio Semper: Estudio documental de las artes en la Comunidad de Calatayud durante el siglo XVII, Zaragoza, 1980, pp. 116-119, 178179 y 186. Abbad señala que la iglesia de Saviñán se construyó en los primeros años del siglo XVI, con arreglo al tipo mudéjar aragonés, de una sola nave, con capillas entre los contrafuertes, cabecera plana y sin crucero, que se cubriría con bóveda de crucería de arcos diagonales. En el siglo XVII se modificó y en el siglo XVIII se hizo en el interior una portada en yeso muy movida, agregándose la capilla del Rosario de planta cuadrada, cubierta con cúpula sobre pechinas y linterna. Abbad destacaba un Cristo del siglo XVII, la imagen de la Virgen del Rosario, escultura bien lograda del siglo XVII y el lienzo del retablo mayor, de estilo semejante al de Raviella padre, del siglo XVII. Francisco Abbad Ríos: Catálogo monumental de la provincia de Zaragoza, Madrid, 1957, I, pp. 407-408. 3. Obispos de Tarazona relacionados con las obras de San Pedro de Saviñán: Pedro Martínez de Luna (pr. 24-X1572, pos. III-1573-1574); Juan de Redín y Cruzat (pr. 26-VI-1577-1584); Pedro Cerbuna (pr. 9-IX-1585-25-III-1598); Diego de Yepes (pr. 27-IX-1599- 7-V- 1613) y Martín Terrer (pr. 7-IV-1614-22-IV-1630). Luisa Orera Orera:

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«Obispados, obispos, diócesis», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo IX, p. 2.470. La visita del obispo Pedro de Luna a Saviñán tuvo lugar el 26 de octubre de 1574. Debe confundirse José Gracián, pues es Carlos Muñoz Serrano, en su visita del 10 de mayo de 1579, el que pide al vicario y a los beneficiados que antes de tres meses le mostraran los testimonios que poseían de las reliquias que guardaban en la Capilla del Crucifijo, para que una vez vistas y reconocidas, decretara su autenticidad. En caso contrario ordena que se sacaran de la iglesia. En el Archivo Parroquial se conserva un folio suelto que hace referencia a la Cofradía del Rosario. El 16 de mayo de 1593 se nombraba prior de esta Cofradía a mosén Antón Villalba, vicario de San Pedro, y mayordomos a Juan López y a Alonso Terrer. El 25 de marzo de 1594 se nombraba prior al maestro Lorenzo Magallón, beneficiado de San Pedro de Saviñán, y mayordomos a Antón de la Raga y a Alonso Terrer, firmando el vicario y los dos mayordomos salientes. El 25 de marzo de 1595 se nombraban mayordomos de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario, a Miguel Gascón y a Juan Pamplona, y prior al maestro Lorenzo Magallón. En el testamento de Francisco Gracián y Catalina Larraga, fechado en 1638, dejaban dos arrobas puras de aceite a la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Pleitos civiles, 2446-1. En la visita pastoral de Miguel de Ortí, el 12 de marzo de 1599, se apuntaba que los cofrades y mayordomos de la Cofradía de San Roque debían dar las cuentas de la Cofradía en quince días, bajo pena de excomunión. Las cuentas debían averiguarse en dos meses. Francisco Tobajas Gallego: San Roque en Saviñán. Historia, devoción, fiestas y Cofradía, 2006, p. 10. 4. En la Concordia y repartimiento de ejarves de la cequia de Juan Forcén, de 1508, Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Pleitos civiles, 2553-1, se dice que el Concejo se congregó en el portegado de la iglesia de San Pedro, por tañimiento de campana y pregón público del corredor Gil Benedit. 5. Se trata de un documento del Archivo Gracián. Mosén Bartolomé Peiró, de Monterde, capellán de la capellanía fundada por Pedro Peiró y Ana María Cebrián, había presentado la escritura original de un censal de 2.000 sueldos de propiedad, con 100 sueldos de pensión anual, que había sido otorgada por el Concejo de Saviñán a favor del Santo Sepulcro de Calatayud el 12 de septiembre de 1593. Esta capellanía había sido dotada con este censal. Debe confundirse José Gracián al apuntar que este censal tenía 20.000 sueldos de propiedad. Al finalizar en 1752 la concordia entre el lugar de Saviñán y sus acreedores, se acordó una nueva concordia. En Calatayud y ante el escribano José Carnicer y Pérez, estaban presentes: Oliban, canónigo penitenciario de Santa María de Calatayud, como prior del Cabildo, José Fernández de Heredia y Galbán, caballero hijodalgo y regidor perpetuo de la ciudad, en su nombre y como censalista del lugar de Saviñán, el P. Fr. Antonio Garco, religioso del convento de San Pedro Mártir, como apoderado del convento, Ignacio Pujadas, hijodalgo y censalista del lugar, mosén Pedro Cortés, prior del convento de San Benito, Fr. Miguel Mateo, religioso del convento del Carmen, y mosén Francisco Serrano, prior del convento de Santa Clara, por una parte, y de la otra parte Lorenzo Ibáñez, regidor primero del Ayuntamiento de Saviñán y prior de él, mediante poder del 23 de marzo de 1753. Las dos partes acordaron que como el lugar de Saviñán sacaba rentas de las hierbas, del molino de aceite, del molino de harina, del mesón, del horno de cocer pan, del producto del peso, cántaro y medida, de la tienda, de los olivares del Concejo, del ripio de la carnicería, de los corrales y de la paridera, los censalistas cedían a favor del lugar de Saviñán solamente el producto del peso y medida, las hierbas y los corrales, mientras durara la concordia, pagando con él todos los salarios y gastos a su cargo. El resto de las rentas pasaban a los censalistas, quedando a su cargo el mantenerlas y repararlas. De las rentas cedidas a los acreedores censalistas, se habían de sacar 108 libras anuales, durante los años que durase la concordia, con el fin de pagar las pensiones de los censos contra el lugar de Saviñán, por vía de reparto de compañía, incluyendo a los acreedores de cartas de gracia, que eran: El Capítulo Eclesiástico de Saviñán, por 950 libras jaquesas, José Joaquín de Sayas, vecino de la villa de Aranda, por un censal de 600 libras, y Valentín Navarro, vecino de La Almunia, por 800 libras de capital. Lorenzo Ibáñez debía dar las cuentas todos los años que durase la concordia, con debe y haber, aprobadas por la mayoría de los conservadores. Pagadas las 108 libras anuales a los acreedores, las 12 libras que cobraría el administrador y los gastos de reparos y manutención, se extraerían 7 pesos de 8 reales de plata cada uno, para propinas a los conservadores, por gratificación del trabajo. Y si quedase alguna cantidad se emplearía para cancelar los censos modernos y cartas de gracia, como eran la del Capítulo de Saviñán, la de José Joaquín de Sayas y la de Valentín Navarro. Una vez canceladas éstas, el remanente debía aplicarse a la cancelación de los censales antiguos del Concejo. La concordia duraría doce años, desde septiembre de 1752 hasta 1764. 6. Al morir sin descendencia Alfonso I en 1134, nombró en su último testamento herederos de sus estados a las Órdenes del Santo Sepulcro, del Temple y del Hospital. Sin embargo la nobleza aragonesa designó inmediatamente a don Ramiro, monje benedictino, obispo de Roda y hermano de Alfonso, como sucesor. Como consecuencia de este testamento y tras la concordia entre Ramón Berenguer IV y la Orden del Santo Sepulcro, el 29 de agosto de 1141, vino de Jerusalén en 1144 el canónigo Giraldo con poderes del gran maestre para renunciar al tercio de la corona a cambio de diversos privilegios y prebendas, entre ellas la concesión de terreno y dinero para levantar en Calatayud un templo y una casa para vivienda y servicio de un grupo de canónigos de la Orden. En 1151 se cedió a Giraldo terreno en Calatayud, en las proximidades de la puerta de Somajas o Somalias, hoy de

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Zaragoza, pero la fundación del templo y casa no se realizó hasta cinco años más tarde. Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sanpedro: Guía Monumental y Artística de Calatayud, Madrid, 1975, p. 109. Francisco Tobajas Gallego: «La Orden del Santo Sepulcro en el Archivo de la familia Gracián de Saviñán», VI Jornadas Internacionales de Estudio, la Orden del Santo Sepulcro, Zaragoza, 2011, pp.105-113. Juan Zapata nació en Calatayud, de familia de alto linaje. Se doctoró en Derecho y fue prior comendatario de la iglesia del Santo Sepulcro a partir de 1532. En 1596 ya había fallecido y se había nombrado como sucesor suyo a don Juan de Palafox, que publicó en 1615 las Constituciones del Santo Sepulcro. Siendo prior Juan Zapata en 1553, se dieron las Constituciones de la iglesia del Santo Sepulcro, ratificadas en 1579. Luisa Orera Orera: «Constituciones de la iglesia del Santo Sepulcro de Calatayud (1553)», Papeles Bilbilitanos, Calatayud, 1980, pp. 41-80. También en M. Gómez Uriel: Bibliotecas antigua y nueva de escritores aragoneses, Zaragoza 1886, II, p. 445, y III, p. 412. De 1513 a 1531 fue prior Pedro Zapata, de 1532 a 1597 lo fue Juan Zapata y de 1598 a 1620 lo fue Juan Rebolledo y Palafox. Wifredo Rincón García: La Orden del Santo Sepulcro en Aragón, Zaragoza, 1982. Vicente de la Fuente, op. cit., II, p. 251, dice que Juan Zapata fue comisionado por el Papa, junto al abad de Veruela, «para practicar las informaciones que se hicieron en Zaragoza acerca del matrimonio de doña Catalina de Aragón con Enrique VIII de Inglaterra». Concepción de la Fuente Cobos: «Un noble bilbilitano de finales del siglo XVI: Don Manuel Zapata y Palafox», IV Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1997, pp. 281-291. 7. Se desconoce la fecha de la fundación de Ntra. Sra. de la Peña. Hacia 1180, en el episcopado de D. Juan Frontín, fue erigida colegiata con prior y doce frailes de la regla de San Agustín, y en 1187 Alfonso II el Casto les ratificó sus propiedades, nombrándoles al mismo tiempo capellanes reales. Sobre el solar del castillo de la Peña, se iniciarían las obras del templo mudéjar en 1343, sustituyendo a una fábrica anterior. Pero en la Guerra de los dos Pedros en 1362 sus bóvedas quedaron arruinadas, rehaciéndose en el reinado de Martín I. En 1629, por bula de Urbano VIII, el Cabildo de esta colegiata quedó unido al de Santa María, que aspiraba a convertirse en catedral. Era entonces prior Juan Bitrian y Pujadas, que procuró excusar la unión sin conseguirlo, llevándose a cabo en 1632. Al quedar sin culto, el Ayuntamiento de la ciudad, de acuerdo con las autoridades eclesiásticas, entregó el templo a los clérigos de San Francisco Caraciolo, que cuidaron de él hasta 1835. El 23 de enero de 1853 se reanudó el culto. Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sampedro, op. cit., p. 101. El infanzón Matías Pujadas Luzán, que estaba casado con María Zapata, heredó un considerable patrimonio de su tía Isabel Pujadas, viuda de Juan Muñoz de Pamplona, que murió en Saviñán en 1584. J. Ángel Urzay, Antonio Sangüesa e Isabel Ibarra: Calatayud a finales del siglo XVI y principios del XVII (1570-1610), Zaragoza, 2001, p. 248. Francisco Tobajas Gallego: «La casa palacio de los Muñoz de Pamplona de Saviñán entre los siglos XVI y XVIII», VIII Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 2011, pp. 183-198. En 1601 se bautizaba en San Pedro de Saviñán a Catalina Portillo, hija de Diego y de Catalina Arnedo, naturales de Tudela. Habían venido a Saviñán «a tener quenta con la hacienda de Dn. Martin de Gotor». En 1603 se bautizaba a Ignacio Portillo. Sus padres habían venido a Saviñán «a ser hacedores de la hacienda de don Martin de Gotor». De 1593 databa la escritura de un censal cargado por el Concejo de Saviñán a favor de Francisco de Gotor, canónigo de Ntra. Sra. de la Peña de Calatayud, con 10.000 sueldos de propiedad y 500 sueldos de pensión anual. 8. El convento de dominicos de Calatayud fue fundado por Jaime I el 1 de marzo de 1255, siendo su primer establecimiento a las afueras de la ciudad, cercano a la Puerta de Terrer. Quedó arruinado en la guerra con Pedro I de Castilla, siendo trasladado a lo que fue cuartel de la Guardia Civil y hoy bloques de viviendas, siendo terminado durante el cardenalato de D. Pedro de Luna (1375-1394). Su iglesia dedicada a San Pedro Mártir de Verona, sirvió de panteón a la familia de los Luna, siendo demolida en 1856. Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sampedro, op. cit., pp. 177-178. En la capilla de San Julián, debajo de la capilla mayor, al lado del Evangelio, del convento de San Pedro Mártir de dominicos de Calatayud, tenían enterramiento los Funes de Saviñán. Este sitio había pertenecido a los Sayas de Saviñán. Francisco Tobajas Gallego: «Los Funes de Aragón. Los Funes de Munébrega y de Bubierca», VIII Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 2011, pp. 169. 9. Jaime Pérez de Nueros y Pamplona casó, probablemente, el 15 de noviembre de 1576 en la parroquial de Santa María de Calatayud, con Luisa de Funes y Ximénez de Sayas, de Saviñán, hermana de Gonzalo de Funes y Ximénez de Sayas, quien casó en Saviñán y en 1581 con Isabel Muñoz de Pamplona. José Ignacio Gómez Zorraquino: El linaje de los Pérez de Nueros: entre la clientela del rey y el patronazgo local (siglos XVI-XVIII), Calatayud, 2010, p.122. Francisco Tobajas Gallego: «Los Funes de Aragón. Los Funes de Munébrega y de Bubierca», VIII Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, p. 169. Viuda y sin hijos, Isabel de Santángel, distribuyó su gran fortuna entre sus familiares en forma de un legado, que aparece en su testamento fechado en 1553. En 1586, entre los benefactores del reparto de la renta de su legado se citaban a Luisa de Funes y Ximénez de Sayas, casada con Jaime Pérez de Nueros, Bautista Ortubia, casado con María López, y María Funes y Ximénez de Sayas, que había casado en 1570 en Saviñán con Miguel Pérez de Nueros. Isabel de Santángel había casado con Rodrigo Muñoz de Pamplona, que aparece en 1517 como

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alcaide de Morés. Rodrigo era hijo de Gonzalo Muñoz de Pamplona y de Beatriz de Sayas, que fueron padres también de Isabel, que casó con el dos veces viudo Juan de Nueros, y de Beatriz, que casó con Juan de la Figuera. J. Ángel Urzay, Antonio Sangüesa e Isabel Ibarra: Calatayud a finales del siglo XVI y principios del XVII (1570-1610), Calatayud, 2001, p. 277. 10. Es tradición que antes de la reconquista existió una capilla mozárabe sobre el solar de la casa natal de San Iñigo. En 1148 Ramón Berenguer IV puso el monasterio de San Benito de Calatayud bajo la jurisdicción del monasterio de San Salvador de Oña. Tras tres siglos de vida floreciente, se adhirió a la Peña de Calatayud y más tarde a la ciudad, por concordia de 26 de julio de 1507. En el atrio de este monasterio se daba cristiana sepultura, hasta el año 1834, a los ajusticiados de Calatayud. Desaparecido el antiguo convento de benedictinos, Calatayud y su Consejo General edificaron uno nuevo en beneficio de sus hijas y en 1514 llamaron a monjas bernardas del monasterio de Nuestra Señora de la Zaidia de Valencia, que llegaron a Calatayud en el año siguiente y tomaron el hábito de San Benito. El templo cesó como parroquia en 1869. Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sampedro, op. cit., p.133. En 1969 las monjas se trasladaron a Zaragoza, a un nuevo convento en Miralbueno Alto. El monasterio de San Benito presentó una escritura de censal que había sido otorgado por el Concejo de Saviñán a favor de Jaime Pérez de Nueros, infanzón de Calatayud, de 8.000 sueldos de propiedad, con 400 sueldos de pensión anual, notificada el 18 de septiembre de 1594 por Miguel Quílez, de Saviñán. Este censal lo vendió Jaime Pérez de Nueros a Miguel Pérez de Nueros el 20 de abril de 1597, quien lo dejó por testamento a Gonzalo Pérez de Nueros. Gonzalo lo vendió al monasterio de San Benito el 22 de febrero de 1601, ante el notario de Calatayud Jerónimo Gómez de las Cuevas. El monasterio de San Benito presentó una escritura de venta, hecha por Iñigo de Moncayo y Vergara a favor del monasterio, de un censal de 4.000 sueldos de propiedad, con 200 sueldos de pensión anual, que había sido otorgado por el lugar de Saviñán a favor del prior y cofrades del clero de las iglesias parroquiales de Calatayud. Fue hecho en Saviñán el 8 de enero de 1597. El prior y los cofrades lo vendieron en 1615 a Ana de Vergara, pasando a Juan de Moncayo y Vergara por capítulos matrimoniales, fechados en Zaragoza el 28 de mayo de 1626, para contraer matrimonio con Jerónima de Berbegal. El convento de las Madres Concepcionistas de Miedes fue fundado en 1613, a petición de la Comunidad de Calatayud. Mariano del Cos y Felipe Eyaralar: Glorias de Calatayud, 1845, edición facsímil, Centro de Estudios Bilbilitanos, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1988, p. 153. Pedro Gotor Calmarza, en su libro dedicado a la Sábana Santa de Campillo de Aragón, Sevilla, 1978, p. 136, y en el capítulo dedicado a los hijos ilustres de la villa, cita a Pedro de Gotor, canónigo de la catedral de Tarazona, donde tomó posesión de la dignidad de chantre en el año 1600. Pedro de Gotor acompañó a las monjas que salieron de Tarazona para fundar en el Arcedianado de Calatayud. Primeramente gestionó su fundación en Saviñán, pero al fracasar en su intento, el convento se fundó en Miedes. Madoz, en su Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico, 1845-1850, p. 180, aseguraba que fue fundado en 1624 por cuatro monjas de Tarazona. Vicencio Blasco de Lanuza, en sus Historias eclesiásticas y seculares de Aragón, en que se continuan los Anales de Zurita, desde el Año 1556 hasta el de 1618, II, Zaragoza, 1622, pp. 541-544, dice que la fundación de este convento se trató en 1590 y se señaló el lugar de Miedes para su asiento. La Comunidad de Calatayud determinó en 1612 fundarlo en Saviñán, pero la última resolución fue en 1613 para que se fundase en Miedes y para que se trajesen fundadoras del convento de la Concepción de Tarazona. 11. Este censal de Miguel Marín pasó a su hijo Juan. Entonces lo cobraba anualmente José Fernández de la Figuera. 12. El convento de dominicos de Nuestra Señora de Consolación es un edificio de grandes proporciones, de forma rectangular, construido en piedra. Su iglesia fue panteón de los Martínez de Luna. En ella se cree que fueron enterrados don Pedro Martínez de Luna, virrey del Reino de Aragón y luego de Cataluña y Valencia, en tiempos de Carlos V, y el beato fray Adolfo Valentín, de la Orden de Predicadores, que vivió en el siglo XVI. En Calatayud hubo tres conventos carmelitas, el llamado de San Alberto de carmelitas descalzas, fundación del siglo XVII, el convento del Carmen calzado, fundación del siglo XIII, y el convento de los carmelitas descalzos, que fue terminado el 19 de mayo de 1600. Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sampedro, op. cit., pp. 141, 197, 199. 13. Gaspar de Villaverde (Villaverde – Calatayud, 1622), fue obrero de villa. De nombre Gaspar de Santibáñez y Salcedo, trabajó en una primera época en Zaragoza, realizando numerosas obras por encargo del conde de Fuentes. De 1607 a 1622, su actividad se desarrolla en Calatayud y su Comunidad, trabajando en la colegiata del Santo Sepulcro de Calatayud, Ariza, Monreal de Ariza y en el convento de las dominicas de Calatayud, que fue terminado por el obrero de villa Francisco de Aguirre. Las obras de ampliación de la iglesia parroquial de Monreal de Ariza fueron acabadas por el obrero de villa Juan de Segura, que junto a Aguirre y a Miguel de Gromendadi, contrataron las obras de la parroquial de San Pedro de Saviñán. Agustín Rubio Semper: «Gaspar de Villaverde», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo XII, p. 3.349. No se puede precisar si alguno de los profesionales de la construcción (Domingo Pablo, Juan y Diego Hiciar, Jerónimo Campos, Alonso de Pamplona, Juan de Gromendadi y los canteros Blas y Domingo Atienza, Juan Pérez y Juan Martínez), citados en un listado de parroquianos de Santa María de 1603, pudieron tomar parte en

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las obras de la Colegiata. Agustín Rubio Semper: Estudio documental de las artes en la Comunidad de Calatayud durante el siglo XVII, Zaragoza, 1980, p. 18. En 1584 Francisco García y Catalina Sediles, cónyuges y vecinos de Saviñán, otorgaban carta pública de venta de un censal de 300 sueldos por 6.000 sueldos de propiedad, a Pedro Espinosa, infanzón domiciliado en Calatayud. Para ello obligaban casas y fincas. En 1585 este censal fue vendido por Pedro Espinosa e Isabel de Vega, a Joan Merino, mercader de Calatayud, que pasó en 1604 a Pedro Merino Castejón, vecino de Calatayud. En su testamento de 1606, Pedro Merino dejó heredera a su mujer Isabel del Cos, que vendió este censal a Gaspar de Villaverde, obrero de villa, en 1611. En 1614 Gaspar de Villaverde lo vendió a Alonso Remírez e Isabel de Odón, quienes lo vendieron a Pedro Pujadas, mercader de Calatayud, en 1620. Este censal fue cancelado en 1646 por mosén Francisco García, comisario del Santo Oficio de la Inquisición y vicario de San Pedro de Saviñán. (Archivo Gracián). 14. Francisca Soriano García era hija de Julián Soriano González (h.1807-1867), de Moros, y de María Pilar García Gracián (1810-1864), que casaron en Saviñán el 2 de octubre de 1833. Francisca (1837) casó en Saviñán en 1856 con Mariano Ozcoidi Galindo, de Monzón. Era hermana de Leonor Soriano García (1846-1898), que casó en 1869 con el abogado José Lafuente Figueras (1831-1903). 15. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Pleitos civiles, Firma de Miguel Velilla y Aranda, Pbtro. beneficiado del lugar de Saviñán, contra Antonio Gracián, sobre derecho de una capellanía, Caja 2446-1. Mosén Antón Villalba y Serrano entrará de vicario en San Pedro el 22 de noviembre de 1576, por fallecimiento el 14 de noviembre de 1576 de mosén Cebrian Serrano. En otras partidas del Libro primero de San Pedro se apunta que mosén Antón Villalba había entrado de vicario en 1577. En 1660, Antonio Gracián era dueño de un olivar en las Espartinas, de seis hanegadas de tierra, valorado en 2.000 sueldos, que tributaba cada año 133 sueldos 4 dineros a las capellanías fundadas por mosén Antón Villalba. Gracia de Almatar, viuda de Manuel Calavera, y su hijo Miguel Calavera Almatar, vendieron este censal a mosén Antón Villalba por necesidad en 1591. Archivo Gracián. En el Archivo Gracián se guarda un protocolo notarial debido a Miguel Muñoz Ibáñez, de Embid de la Ribera, fechado el 17 de noviembre de 1721. En él se apuntaba que Francisco García y Bernardo Gracián, alcaldes y vecinos de Saviñán, siendo patronos legítimos de las dos capellanías que había fundado mosén Antón Villalba en la capilla de San Antonio Abad, nombraban capellán perpetuo a mosén Francisco Manuel García, pariente del fundador, por fallecimiento del último capellán, mosén Roque Olves. La otra capellanía la gozaba mosén Antonio Gumiel, por nombramiento hecho por Pedro Gracián y Juan Benedid, alcaldes de Saviñán, el 31 de julio de 1710, ante Martín Bendicho, notario de Morés. El legado de mosén Antón Villalba se vendió en 1810, para hacer frente al pago de contribuciones y otros impuestos, a los que estaba obligado el Concejo. El pueblo estaba entonces apremiado militarmente y su alcalde se había llevado preso a La Almunia, con conminación del mismo castigo al resto del Concejo y a las personas pudientes del pueblo, en caso de no pagar. Francisco Tobajas Gallego: «Consecuencias de la Guerra de la Independencia en Sabiñán», Enebro, Saviñán, nº 20, Enero 1998, «Mosén Antón Villalba y Serrano», Enebro, Saviñán, nº 46, Junio 2005. El retablo de San Antonio Abad (hacia 1605-1607) se debe a la colaboración entre Jaime Viñola, Pedro Martínez el Viejo, a quien se debe la imagen del titular, y un pintor desconocido. La imagen del titular del retablo de San Francisco de Asís (hacia1608-1640), «se atiene al lenguaje plástico» de Pedro Martínez el Viejo. Jesús Criado Mainar: La escultura romanista en la Comarca de la Comunidad de Calatayud y su área de influencia. 15891639, Calatayud, 2013, pp. 175 y 192. 16. El retablo de San Francisco lleva uno de los escudos más antiguos de la orden franciscana, los cinco racimos de uva, que representan las cinco llagas de Cristo. En 1549 se confirmaban a tres hijos de Pedro Vacarizo, llamados Jerónimo, María y Catalina. Al parecer Pedro Vacarizo estaba casado con Juana de la Sierra, siendo padres de Isabel, 1549, y de Pedro, 1559. Francisco Bacarizo, de Calatayud, casó en Saviñán el 4 de mayo de 1570 con Ana Gascón, estando presentes micer Juan Pérez de Nueros, abogado fiscal del rey, Miguel Gascón y su mujer, Jerónimo Bacarizo y Juan Bacarizo, vecinos de Calatayud. Ana Gascón era hija del notario de Saviñán Francisco Gascón, que fallece en 1576, testando con Pedro Gascón (muerto en 1579), siendo ejecutores de su testamento Pedro Gascón, el clérigo Francisco Cuenca y su hija Ana Gascón. Ana Gascón fallecerá el 23 de mayo de 1580 y Francisco Bacarizo el 23 de septiembre de ese mismo año. Tuvieron cuatro hijos: Ana, 1571, Francisco, 1573, Alonso, 1575, y Jerónimo, 1577. Por aquellas fechas vivían en Saviñán Jerónimo Bacarizo, que estaba casado con Magdalena Sediles. Entre 1564 y 1579 eran padres de seis hijos: Pedro, Jerónimo, Ana, Juan, María y Francisco. Entre 1561 y 1569, Pedro y Ana Sediles eran padres de cinco hijos: Pedro, Juan, Miguel, Jerónimo y Ana. En 1600 nacía Ana Bacarizo, hija de Pedro y de Ana Inglada. En 1584 casaba Pedro Bacarizo con Ana Fortuño, en 1593 Jerónimo Bacarizo con Isabel Osen y en 1600 Juan Bacarizo con María Villalba, siendo padres de dos hijos: María y Jerónimo. En 1600 aparece un Alonso Vacarizo como arrendador de la carnicería y jurado preeminente de Calatayud. En 1607, aunque el arrendador oficial de la carnicería era Francisco Vacarizo, eran también porcionistas

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Francisco Gracián y Francisco de Eraso. J.Ángel Urzay, Antonio Sangüesa e Isabel Ibarra: Calatayud a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII (1570-1610), Calatayud, 2001, p. 142. 17. La familia infanzona aragonesa de los Martínez de Luna era de ascendencia Navarra, procedente de Andosilla. Hay ramas en Monreal de Ariza desde 1585 al menos, y en Jaca. Los Martínez de Letona, familia infanzona aragonesa, se radicó en Saviñán al menos desde 1621, según datos de la Real Audiencia de Aragón. Ángel Canellas López: «Linaje de los Martínez», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VIII, pp. 2.178 y 2.181. 18. El licenciado o racionero Pedro Martínez Gracián (h.1663-1718) era hijo de Simón Martínez Asensio y de Isabel Gracián Larraga. En su partida de defunción se dice que era vicario de San Pedro y comisario del Santo Oficio. Su retrato aparece en el cuadro central de la capilla del Rosario. Su hermano José Martínez Gracián (h.1661-1726) continuaría la saga familiar, casando en primeras nupcias con Catalina Gracián Villalba (h.1670-1694) y en segundas con Ana Francisca Terrer y Antolí, teniendo ocho hijos, entre ellos a José Jerónimo, nacido en 1697, racionero de mensa de la Seo, y a mosén Pedro Jerónimo (1705-1761). Francisco Tobajas Gallego, op. cit., 2006, p. 31. 19. En la visita pastoral del canónigo de Tarazona, Francisco de Avendaño, que tuvo lugar el 12 de noviembre de 1713, se apuntaba que el canónigo José Martínez Saldaña había hecho a sus expensas una capilla y altar a Nuestra Señora del Rosario, adornándola con cuadros y proveyendo a la sacristía con muebles, jocalias y ornamentos, con el fin de que sirviese solamente para esta capilla. Bajo pena de excomunión pedía que no se sacaran los cuadros ni cosa alguna donada por el canónigo Martínez Saldaña. En la parroquia se conserva un cáliz de plata, con punzón Zaragoza-López, con una leyenda que dice: «Lo hizo el canónigo D. Juan José Martínez Saldaña en el año 1718 para su capilla del Rosario sitia en la iglesia de Sabiñán, para el oratorio de su casa y su capellanía». Unas vinajeras y una bandeja de plata llevan la siguiente inscripción: «Es de la Capilla del Rosario de Sabiñán de los Martínez», de 1718. 20. Se refiere a la Capilla del Santo Cristo de La Seo de Zaragoza. A comienzos del siglo XVII (1634-1639) y con motivo de unos sucesos extraordinarios ocurridos en esta capilla, don Martín de Funes y La Figuera (1586-1653), canónigo penitenciario de la catedral, solicitó autorización para reformarla y ser enterrado en ella. Allí se encuentra su sepulcro, al lado de la epístola, con su efigie en actitud orante. El baldaquino, de modelo hexagonal, compuesto por seis columnas salomónicas que soportan una cúpula oval dorada, fue proyectado por Juan Zabalo y terminado en 1739 por el escultor Juan Ramírez. M.C. Lacarra: «La catedral del Salvador de la Seo», Guía Histórico-Artística de Zaragoza, Zaragoza, 1983, p. 157. De la misma época son los baldaquinos de la Asunción en la parroquial de Cariñena (hacia 1735), de Nuestra Señora del Castillo, en su ermita de Fuendejalón (hacia 1747), de San Felipe y Santiago en su parroquia de Zaragoza (1721-1722), o el del Santo Cristo en la catedral de Barbastro (hacia 1720). Belén Boloqui Larraya: «Baldaquino», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo II, pp. 368-369. 21. En el Libro cuarto de San Pedro (1724-1747) se recoge el traslado de los restos del canónigo Martínez Saldaña, que había muerto en Zaragoza el 14 de abril de 1735. En su testamento dejó dicho que pasado un año se trasladara su cuerpo a la parroquial de Saviñán. Y el 22 de febrero de 1737, el Cabildo dio licencia para sacar del panteón de los prebendados el cuerpo del canónigo Martínez Saldaña, con la pompa y solemnidad acostumbrada. El 23 de febrero el cuerpo del canónigo llegó a la parroquia de San Pedro de Saviñán, depositándose en la Sala Capitular, a él debida. Allí levantó auto el notario real de Saviñán, Domingo Carnicer, de que aquellos restos pertenecían al canónigo. El día 24 se celebró misa de cuerpo presente y predicó su sobrino Miguel Monterde Martínez, vicario de Calatorao, tras la cual se depositó su cuerpo, ante la presencia del notario de Saviñán y el presidente de San Pedro, mosén Juan Jerónimo Pariente, en la capilla del Rosario, en una urna de piedra de Calatorao, debajo mismo de su retrato. La partida la firmaba el regente mosén Pedro Yepes. Mosén Miguel Monterde era hijo de Miguel Monterde la Caro, de Aguarón, y de Teresa Martínez Gracián, prima del canónigo Martínez Saldaña, que habían casado en Saviñán en 1676. La misa nupcial la celebró mosén Francisco Martínez, vicario de Malanquilla. Francisco Tobajas Gallego, op. cit., 2006, p.33. José Martínez Saldaña fue rector de la Universidad de Zaragoza en tres ocasiones, en los años 1695, 1712 y 1719. Inocencio de Camón y Tramullas: Memorias literarias de Zaragoza, Zaragoza, 1768. Jerónimo Borao: Historia de la Universidad de Zaragoza, 1869, edición facsímil, Zaragoza, 1987, p. 183. M. Jiménez Catalán y J. Sinués y Urbiola: Historia de la Real y Pontificia Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1923, p. 240. Aunque José Gracián nombra a Pedro y a José Martínez Asensio, Blas Mathías Sanjuán, en su Catálogo de Dignidades, Canónigos y Prelados de la Santa Iglesia de Zaragoza y su Universidad Literaria, ms. 1770, p. 86, y José Ypas en su Catálogo cronológico de los Deanes, Dignidades y Canónigos del Santo Templo del Salvador de Zaragoza,desde la Bulla de Secularizad hasta la de la Unión, ms. 1786, pp. 29 v. y 54 v., ambos en el Archivo Capitular de La Seo, aseguran que José Martínez Arisco, natural de Saviñán, entró por provisión del Papa el 3 de enero de 1662, detentando la canonjía nº 15, muriendo el 18 de febrero de 1697. Fue rector de la Universidad de Zaragoza en 1693, dato que confirma Borao, op. cit., p. 183. José Martínez Saldaña, natural de Saviñán, por coadjutoría de su tío José, entró el 19 de mayo de 1690 y de principal el 27 de febrero de 1697, detentando la canonjía nº 15. Murió el 14 de abril de 1735. Fue también regidor del Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, entre los años 1731 a 1736. El gobierno del Hospital de Ntra. Sra. de Gracia, en lo espiritual como en lo

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temporal, estaba encomendado a los regidores que formaban la Sitiada del Hospital y eran nombrados por el rey. En el siglo XVIII el Hospital tenía dos regidores eclesiásticos, uno debía ser dignidad y otro canónigo de La Seo, y cuatro regidores seglares, de la primera nobleza de la ciudad. Su nombramiento lo hacía la Cámara de Castilla, previo informe secreto o propuesta de dos ternas, una por parte de la Audiencia y otra del arzobispo de Zaragoza. Su función era la de ser administradores generales de la institución, debiendo jurar, al comenzar su oficio, ante el Lugarteniente general o ante el que presidiese la Real Audiencia, de que se hallaban bien y lealmente dispuestos a conservar los bienes y patrimonios del Hospital y de hacer guardar las Ordinaciones. Tenían la obligación de juntarse dos veces por semana en Sitiada, por turno asistían una semana entera a las comidas y a las cenas de los enfermos, vigilaban la administración de la hacienda de la casa, tomaban por marzo las cuentas del año anterior, comprobaban el cobro de treudos y censos, visitaban anualmente el archivo de las escrituras y las torres y heredades del Hospital, y elegían y nombraban a los Ministros del Hospital, a los mozos y enfermeros de la Cuadras. Los regidores eclesiásticos tenían la obligación de visitar la iglesia anualmente, entre la Pascua de Resurrección y Pentecostés, para comprobar el cumplimiento de las fundaciones de misas y aniversarios. Otros regidores del Hospital fueron Miguel Sanz de Cortes, hijo del marqués de Villaverde y conde de Morata, que lo fue desde 1711 hasta 1722, y Manuel Muñoz de Pamplona, conde de Argillo, que lo fue desde 1788 hasta 1803, año de su muerte. Asunción Fernández Gotor: El Hospital Real y General de Ntra. Sra. de Gracia de Zaragoza en el siglo XVIII, Zaragoza, 1987, pp. 47-57. José Martínez Arisco obtuvo los grados en Cánones por la Universidad de Zaragoza, el 23 de diciembre de 1693. Su sobrino José Martínez Saldaña obtuvo los grados en Cánones por la Universidad de Zaragoza el 16 de enero de 1696. Manuel Jiménez Catalán: Memorias para la historia de la Universidad Literaria de Zaragoza. Reseña bio-bibliográfica de todos sus grados mayores en las cinco facultades desde 1583 a 1845, Zaragoza, 1925. Pedro Martínez Asensio (h.1639-1687) fue doctor en Teología y deán de la catedral de Teruel. La leyenda escrita bajo su efigie en uno de los cuadros de la capilla del Rosario, apunta que sirvió en Roma a un cardenal que no logramos descifrar. Murió en 1687, a los 48 años, enterrándose con los capitulares en la catedral de Teruel. En el Archivo catedralicio de Teruel se guardan unas fichas biográficas. La de Pedro Martínez Asensio dice que tomó posesión del deanato el 22 de diciembre de 1678, muriendo el 24 de enero de 1687. El 12 de marzo de 1808 José Gracián compraba una heredad que pertenecía a la capellanía fundada en la parroquial de Saviñán por José Martínez Asensio. Se trataba de un olivar en las Espartinas de tres hanegadas, que confrontaba con otros olivares del comprador y de la viuda de Juan Lafuente. Francisco Tobajas Gallego: «Consecuencias de la Guerra de la Independencia en Sabiñán», Enebro, Saviñán, nº 20, Enero 1998. 22. La casa de Diego Gracián Campos (1862-1938), que casó con Gloria Gil Soriano (h.1870-1960), de Moros, pertenecía a la familia Martínez. La heredó la familia Lozano Gracián, por casamiento en 1919 de Alfonso Lozano Cabeza (h.1893-1974) con Aurora Gracián Gil (1893-1967). Actualmente es domicilio de la familia Crespo-Lafuente, quienes tuvieron que derribar algunas estancias de la casa, entre ellas la capilla, levantando una altura más a la casa. La casa de los Bancales o torre de Sarto, por pertenecer a esta familia, pasó a la familia Híjar-Sarto. La puerta de entrada lleva fecha de 1909 y quizá señale el año de la compra por la familia Sarto. Actualmente es propiedad de Rafael Barra Morato. También se conocía a esta casa como Torre Galí, por pertenecer a esta familia asentada en Calatayud. En 1879 fallecía en Saviñán María Andrés García, esposa de Juan Pablo Galí y Soler, de Bilbao. En Saviñán se bautizó a un hijo de Joaquín Galí y Andrés en 1871. En 1885 y 1897 se bautizaban a dos hijas de Manuel Galí y Andrés, propietario de Calatayud. Según los padrones parroquiales, en esta torre vivían también caseros. En el padrón parroquial de 1877, la familia Galí-Andrés aparece en la calle del Centro. Francisco Tobajas Gallego: «Torre Gali», Enebro, Saviñán, nº 61, Marzo 2009. 23. La casa del zaguán pertenece a la familia Gimeno-Sanjuán, situada en la actual Travesía de las Damas, cerca de la plaza de España. Manuel Gimeno Lafuente y Teotiste Sanjuán Mené casaron en 1910. Por estas fechas debieron comprar esta casa por doce mil pesetas. En los bajos de esta casa se produjo la primera salida a escena de Antonio Garisa en 1934, haciendo un papel en Mariquilla Terremoto, de los hermanos Álvarez Quintero. Francisco Tobajas Gallego: «Postales de Saviñán», Enebro, Saviñán, nº 71, Septiembre 2011. 24. Vicente de la Fuente, op. cit., I, p. 408. Se trata de una nómina de parroquianos agrupados por parroquias, que mandó confeccionar el obispo de Tarazona García Frontín II en 1253. En la página 242 del tomo I, Vicente de la Fuente escribe que el «documento de este reparto es curiosísimo, y lo intercaló Pérez de Nueros en su manuscrito, de donde se ha copiado». Se trata de la Historia, antigüedad y grandeza de la muy noble, Augusta ciudad de Calatayud, dispuesta en forma de Anales. Escribióla Juan Miguel Perez de Nueros y Femat, uno de sus ciudadanos. Biblioteca Nacional de Madrid, mss. 2.756. María Isabel Muñoz Jiménez: «El manuscrito sobre la historia de Calatayud de Pérez de Nueros», IV Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1997, pp.415-420. Carmen María López Pérez y María Isabel Ubieto Artur: «Aproximación a la población bilbilitana según un reparto parroquial de 1253», I Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1983, pp.199-209. En el Archivo Histórico Nacional, Comunidad de Aldeas de Daroca, DIVERSOS-COMUNIDADES, Car. 65, N 64, de 1418, Car. 53, N 121, de 1419, Car. 75, N 147, de 1423, Beltrán Muñoz de Pamplona, escudero de Calatayud, otorgaba varios albaranes por una o dos caballerías de honor, que le había cedido o asignado Juan de

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Luna, señor de Illueca, de las siete que poseía sobre la Comunidad de Calatayud. Beltrán Muñoz de Pamplona se cita en el Capítulo III, dedicado a la ermita de Santa María. En 1414, Blanca Beltrán de Pamplona, mujer de Gilberto Zapata, donaba la Aldehuela y otras fincas más a Sancho Zapata. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo de Argillo, Caja 2102, Leg. 2-34. 25. Cuando iba de camino a tomar el hábito de carmelita descalza en Zaragoza, donde profesó y murió Francisca Muñoz de Pamplona, viuda de Miguel de Heredia y Rueda, con el nombre de Francisca de la Madre de Dios del Carmen, paró en La Almunia y ante Pedro Gascón, notario de Saviñán, instituyó el 2 de agosto de 1595 una capellanía colativa perpetua en la parroquial de San Pedro de Saviñán, bajo la invocación de San Francisco. Como los Muñoz de Pamplona y los Rueda no tenían entonces capilla propia en San Pedro de Saviñán, aunque los Muñoz tenían su sitio para enterramiento, las misas se celebrarían en la capilla de Nuestra Señora del Rosario, hasta que Tristán Muñoz o sus descendientes, o Hernando de Rueda (hermano de Miguel de Heredia) o sus descendientes, edificaran capilla propia. Se nombraba capellán a mosén Pedro Garcés. Francisca Muñoz dotaba esta capellanía con 15.000 sueldos de propiedad, con 700 sueldos de censo, que Hernando de Rueda y Mariana de Marcuello pagaban anualmente el día de Nuestra Señora de marzo a Francisca Muñoz. El patronato debía disponerlo alternativamente su hermano Tristán Muñoz y su cuñado Hernando de Rueda, o sus respectivos descendientes. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo Argillo, Caja 2146, Leg. 41-5. Francisco Tobajas Gallego: «La casa palacio de los Muñoz de Pamplona de Saviñán entre los siglos XVI y XVII», VIII Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 2011, p. 194-195. En el Archivo Parroquial de Saviñán se conserva una copia de la escritura de la cesión de la capilla de Santa Ana de la parroquial de San Pedro a los Muñoz de Pamplona, debida al párroco Doroteo Lamana, que lleva fecha del 22 de marzo de 1949. Cuando se contrató la nueva fábrica de San Pedro en 1625, debido a los sucesivos avisos de los obispos desde 1579, el Capítulo de San Pedro y el Concejo de Saviñán llegaron a un acuerdo con los hermanos Diego y Juan Muñoz de Pamplona y Gante, que ofrecieron 500 escudos de limosna para ayuda a la fábrica de la iglesia, además del terreno que fuera necesario para alargar y ensanchar la capilla mayor. Por ello el Capítulo y el Concejo de Saviñán les cedieron la primera capilla lateral del lado del Evangelio. Pero debido a algunas diferencias entre las partes, el 6 de marzo de 1650, el Capítulo de San Pedro y el Concejo de Saviñán pactaban por escrito unos acuerdos con Diego José Muñoz de Pamplona (1623-1661), hijo de Diego Muñoz de Pamplona y Gante, quien había casado en segundas nupcias en 1620 con María Sánchez Muñoz y Vicente, hija del barón de Escriche. El Capítulo de San Pedro y el Concejo de Saviñán, debido a las muchas limosnas que la familia Muñoz de Pamplona había hecho a la iglesia, además de haber dado la caridad de 500 libras o escudos jaqueses, o sea, 10.000 sueldos, «para bien de la fábrica y reparo de dicha Iglesia», cedían a Diego José Muñoz de Pamplona una capilla, «que es la lateral de la mano derecha del Evangelio», así como «patio y espacio en el cementerio de la dicha iglesia», contiguo a la capilla, para levantar la sacristía. En esta capilla podían colocar retablo y «hacer carnerario». Por la sacristía podían «sacar reja o tribuna a la dicha capilla», con unas condiciones pactadas ante el notario de Saviñán Miguel García Guerrero. La capilla quedaría dividida con un listón, de pilastra a pilastra, no pudiendo ensancharla ni alargarla. Dentro de ella podían colocar asientos y abrir tribuna. Los escaños de los jurados y regidores de Saviñán debían colocarse «del listón afuera de la dicha pilastra». Los Muñoz de Pamplona entrarían a su capilla por la de la Madre de Dios del Rosario, que al Capítulo y al Concejo «les parece más conveniente y más a propósito». Los Muñoz de Pamplona no podían tener en ella «sacramento reservado», ni podían impedir el paso de «las procesiones ni otros ministerios», así como el subir y bajar de los púlpitos, ya fuera con escalera portátil o de otra manera. No podían colocar rejas de madera o de hierro, para que no se impidiese decir misa a los que quisieran. Corría de su cuenta el retablo, así como las vestiduras, los ornamentos y el adorno de la capilla, además de los arreglos y reparaciones. También podían hacer a su costa «entierro y carnerario en ella», trasladando los difuntos que Diego José Muñoz de Pamplona tenía depositados en la cisterna del que fuera vicario de San Pedro, mosén Antón Villalba y Serrano (h.1512-1602) Por su parte, Diego José Muñoz de Pamplona se comprometía a dar de su olivar de tras San Pedro «territorio competente y bastante para tránsito a las procesiones de las Minervas, si en algún tiempo las quisieren volver a hacer de la manera y como se acostumbra antes que se hiciera dicha iglesia, que era entrando por ambos cementerios, dando la vuelta alrededor de ella», sin pedir por ello nada a cambio. Para ello los jurados debían levantar una orma segura para delimitar el camino y el olivar de los Muñoz de Pamplona. Al comienzo de las obras de la parroquial de San Pedro, el Capítulo y el Concejo pactaron también que la primera capilla lateral del lado de la Epístola fuese para el Capítulo Eclesiástico, para «entierro de los Beneficiados». Como el Concejo había ayudado «con alguna cantidad» a la reedificación del templo, se pactó que recibiría otra capilla, «la que quisiere para poderla vender», excepto la capilla mayor y las que ya tuvieran dueño. El 25 de abril de 1664 y ante el vicario general de Calatayud, Jacinto de Allué, se llevó a cabo la inscripción en el registro de la donación de esta capilla, a instancia de Jerónima Andrés de Camarena y Sánchez de Cutanda, viuda de Diego José Muñoz de Pamplona. Antonia Muñoz de Pamplona, fallecida en 1678, a los 24 años,

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y su madre Jerónima Andrés de Camarena, fallecida en 1680, a los 62 años, fueron enterradas en la capilla de San Antón, pues la nueva capilla de Santa Ana no estaría aún terminada. Ya debía estarlo en 1705, año de la muerte de mosén José Lafuente Martínez, de 72 años, pues se enterró en el carnerario de Diego Muñoz. En 1712, Josefa Antonia de Funes y Pérez de Nueros, que había casado en 1666 con Diego Muñoz de Pamplona y Andrés de Camarena (1643-1712), fundó una capellanía laical en la capilla de Santa Ana, por respeto a su padre Juan José de Funes y Funes (1622-1689), nombrando primer capellán a Miguel Carnicer, de Embid, dotándola con una renta anual de 1.000 sueldos. La parroquia de San Martín era una de las fundaciones más antiguas de Calatayud, situada en la actual plaza de Primo de Rivera (antes de San Martín), con fachada principal a la Rúa y una lateral a la calle de las Tenerías. La familia Muñoz de Pamplona era la benefactora de esta iglesia, en la que tenían el panteón con las armas en la sacristía y a cuyas expensas se rehizo la iglesia sucesivas veces, una en el siglo XV y otra en el interior del templo en el siglo XVII. Poseía una magnífica portada mudéjar. Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sampedro, op. cit., p.189. 26. En 1705 moría mosén José Lafuente Martínez, enterrándose en el carnerario de Diego Muñoz de Pamplona. Posiblemente fuera capellán de la familia Muñoz de Pamplona. Juan José Muñoz de Pamplona y Funes se bautizó en Calatayud en 1676. Casó en 1703 con Ana Andrés de Camarena Ximeno, que murió en 1711. Entonces Juan José Muñoz de Pamplona se ordenó sacerdote. Siendo ya vicario de San Martín, casó en 1724 a su hija Josefa con José Catalán Pujadas y en 1726 a su hijo Antonio con Josefa Dolz de Espejo. Juan Muñoz de Pamplona murió en Calatayud el 30 de diciembre de 1752 y al día siguiente se llevó a enterrar a la capilla de Santa Ana de Saviñán, «propio sepulcro de los señores Muñones». José Ignacio Gómez Zorraquino: El linaje de los Pérez de Nueros: entre la clientela del rey y el patronazgo local (siglos XVI-XVIII), Calatayud, 2010, pp. 150-160. Francisco Tobajas Gallego: «La casa palacio de los Muñoz de Pamplona de Saviñán entre los siglos XVI y XVIII», VIII Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 2011, p. 197. 27. En el Proceso a instancia de mosén Lorenzo Espinosa Pbro. y beneficiado de la iglesia parroquial de San Pedro del lugar de Saviñán, contra Domingo Terrer, familiar del Santo Oficio y vecino de dicho lugar, Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Procesos inquisitoriales, 1575, J/00041/01, microfilm 95/5, se dice que las casas de los Muñoz y de Miguel de Heredia de Saviñán, por más de ciento catorce años, habían sido limitadas a la parroquia de San Martín de Calatayud y los señores de estas casas siempre habían pagado sus diezmos de las heredades que tenían en el término de Saviñán en San Martín y la primicia por la administración de los sacramentos a la iglesia de Saviñán. Poco antes de morir Miguel de Heredia en Saviñán en1572, los eclesiásticos de Saviñán le negaron los sacramentos y hubiera muerto sin ellos si su hijo no hubiera ido a por la licencia del vicario general, para que otro clérigo se los administrase. Por ello los Muñoz y los Heredia pusieron el asunto en manos de los jueces, para que castigaran a los clérigos, pero como no hubo lugar, Tristán Muñoz y Miguel de Heredia, mayorazgos de estas casas, dejaron de pagar sus diezmos a San Martín, pagándolos a la parroquia de Saviñán, con unas condiciones: Que recibirían dos capillas en San Pedro, donde cada uno pondría a un clérigo de Saviñán, y si el Capítulo de San Martín les ponía pleito y les pedía los frutos, los de Saviñán debían restituirles los frutos, pagando además las costas. Al morir en Calatorao en 1592 Miguel de Heredia, fue llevado a enterrar a San Martín de Calatayud, a la cisterna de los Heredia, situada en la parte del Evangelio, dejando de limosna y cancel a San Martín 200 sueldos jaqueses. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo de Argillo, Cajas 2167-2168, Leg. 66-52. En la Biblioteca virtual de Derecho Civil Aragonés, hemos encontrado un documento, debido al doctor Bartolomé Bernardo de Bolea, Zaragoza, (s.n.) (s.a.), con el título Por los Jurados, Concejo y Universidad del lugar de Sabiñán con los beneficios de la Iglesia de San Martín de la ciudad de Calatayud. En él se dice que por una adición de una sentencia arbitral pronunciada el 30 de abril de 1603 por Juan Izquierdo, vicario general de Calatayud, y Pedro López Galbán, de Paracuellos de Jiloca y procurador general de la Comunidad de Calatayud, fueron condenados los clérigos de Saviñán a pagar a los clérigos de San Martín treinta mil sueldos, con mil quinientos sueldos de pensión. Pero hasta el año 1630 no se había pedido esta demanda, por lo que había prescrito. Los clérigos de Saviñán afirmaban que la sentencia era nula pues se había dado fuera del plazo convenido, que fue el 9 de agosto de 1602. También la adición dada el 30 de abril de 1603, en donde se condenaba a los clérigos de Saviñán, era nula porque los árbitros no tenían más poder que el que se les había dado en el compromiso. 28. En el puesto nº 3 del cementerio municipal de Saviñán, estaban enterrados los condes de Argillo y de Morata, y marqueses de Villaverde, Luis Bordíu y Garcés de Marcilla, que falleció en Saviñán en 1921, su esposa Carmen Prat y Sánchez Salvador, que falleció en 1923, y el hijo de ambos, Cristóbal Bordíu y Prat, quien falleció también en Saviñán en 1907. Desde 2003 sirve de panteón a la familia Vela-Utrilla. 29. El retablo como remate lleva un escudo con un árbol arrancado, símbolo del Capítulo Eclesiástico de Saviñán, que campea también sobre la puerta de la antigua Sala Capitular, el mismo que ostenta el que fuera órgano de la parroquia, obra de José de Sexma de 1692, que ha servido de modelo para el escudo de Saviñán. Por Decreto 136/1994, de 21 de junio, de la Diputación General de Aragón, se autorizaba al Ayuntamiento de Saviñán «para

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adoptar su escudo y bandera municipales». El escudo cuadrilongo con base circular representa en campo de oro un árbol arrancado de su color, bordura cosida de gules y al timbre corona real cerrada. La bandera de paño amarillo, con la proporción dos tercios, recoge en su centro el escudo municipal. Sería publicado en el BOA el 1 de julio de 1994. 30. En el Libro tercero (1676-1723) de San Pedro, se encuentra la defunción del vicario mosén Miguel López, el 6 de octubre de 1678. Fue enterrado en el carnerario del Capítulo, dejando novena de misas cantadas en la capilla de la Virgen del Pilar. En esta capilla se entierran todos los presbíteros y beneficiados que así lo desean. El último que fue enterrado en esta capilla fue mosén Agustín Lafuente, el 5 de agosto de 1830. Luego se llevaría a cabo en el nuevo camposanto. 31. El órgano que perteneciera a la parroquial de Saviñán fue malvendido en 1979 por 82.500 pesetas, como «restos del órgano», a un anticuario de Zaragoza. En 1984 se presentaría un presupuesto para su restauración a la Diputación Provincial de Zaragoza, que no se llevó a cabo. En mayo de 1989, el Ayuntamiento de Granollers estuvo a punto de adquirirlo, pero en 1990 fue comprado por Ibercaja, que confirió los trabajos de restauración a De l’Om-Arrizabalaga Orgueners. El órgano entró en el taller el 23 de abril de 1990 y se presentó al público en el Patio de la Infanta de Zaragoza en 1992. Los trabajos de restauración acabaron el 15 de octubre de 1992, fecha de su trescientos aniversario. Una inscripción en el arca del viento así lo atestigua. «Joseph de Sesma me fecit en Çaraçoza año 1692». La fecha que da José Gracián debe ser de la colocación en la parroquial de San Pedro de Saviñán. José María Arrizabalaga, Pedro Calahorra y José Luis González Uriol: El órgano del Patio de la Infanta, Zaragoza, 1995. I Ciclo de órgano Juseppe de Sesma (ca. 1625-1699), Zaragoza, 1992. 32. En el Libro décimo de bautizados (1867-1891) de San Pedro, mosén Juan Antonio Bravo firma una nota de puño y letra el 20 de agosto de 1891, en la que señala que en el folio 599 se hallaban las exposiciones de petición y concesión para construir la casa parroquial, que quedó terminada el 20 de abril de 1891. Sin embargo este Libro décimo sólo llega al folio 588. El 8 de noviembre de 1984, el entonces párroco de Saviñán, Jesús Moreno, enviaba una carta al obispo de Tarazona, participándole del mal estado de la casa rectoral. En la misiva se decía que los tejados estaban en muy malas condiciones. Como el piso superior estaba destinado a granero, Jesús Moreno proponía levantar el tejado un metro, con el fin de dar más altura a este último piso. También proponía ampliar el comedor del piso principal, derribando un tabique. Las obras estaban presupuestadas en dos millones de pesetas. El 17 de diciembre de 1984, el obispo de Tarazona, Ramón Bua Otero, autorizaba las obras de la casa parroquial de Saviñán. La Diócesis adelantaría el dinero necesario, según se fueran presentando las facturas de estas obras. La parroquia se responsabilizaría de la amortización de esta cantidad adelantada por el Obispado, según sus posibilidades. 33. El 5 de septiembre de 1719, el canónigo de la catedral de Tarazona y vicario general, Pedro Mateo Sánchez del Castelar, certificaba que Francisco Manuel García, clérigo de cuatro menores órdenes, era capellán de una capellanía fundada en la capilla y altar de la Concepción de Nuestra Señora. Como rentas de la capellanía se apuntaban 10 libras jaquesas de unas casas, con su huerto y amplios, y una huerta llamada de Trebiño, en la partida de la Torca, término de Saviñán, que rentaba 37 libras jaquesas. Francisco García, padre de Francisco Manuel García, agregaba entonces un huerto cerrado y arbolado en la misma partida de la Torca, de dos hanegadas de tierra, que rentaban cada año 10 libras jaquesas. Archivo Gracián. 34. En el Archivo Histórico Nacional se guardan varios expedientes con las pruebas de ingreso en la Orden de San Juan de Jerusalén, Lengua de Aragón, de varios pretendientes de Saviñán. Para caballeros se conservan el de Juan de Heredia Heredia Garibay y Heredia, Exp. 24443 de 1554, y el de Jerónimo Muñoz de Pamplona Andrés Sánchez y Sánchez de Cutanda, Exp. 24511 de 1677. Para religiosos hallamos el de José Gracián Garcés la Raga y Tierra, Exp. 24914 de 1694, el de Juan Gasca Carnicero, Exp. 24903 de 1697, y el de Juan López Afuera Cuenca Pérez, Exp. 24963 de 1771. En el Archivo Gracián se guarda un protocolo notarial debido a José González. En él, Antonio Gracián, viudo en segundas nupcias de Isabel Garcés, fundaba una capellanía para su hijo Antonio Gracián Garcés, clérigo de cuatro menores órdenes, en la capilla y altar del Santo Cristo, dotándola con más de 20.000 sueldos en bienes, que rentaban al año más de 1.000 sueldos. Se trataba de unas casas en Saviñán, que confrontaban con casas de Jerónimo Bacarizo, huerto de Juan de Funes y calle pública, un olivar en las Espartinas, una pieza de tierra blanca a la entrada de Jumanda y un majuelo con una rengle de olivos en la Axariz. El sábado 24 de marzo de 2012 se presentó el retablo del Santo Cristo, restaurado por Enrique de las Casas, a iniciativa del párroco de Saviñán, Nicolás Sebastián. La escultura del Cristo es del siglo XVI y el retablo del siglo XVII. 35. En la visita del obispo de Tarazona, Bernardo Mateo Sánchez del Castellar, el 13 de abril de 1690, se pedía a los jurados y Concejo que proveyeran a la parroquia del catecismo del padre Eusebio, que se vendía en el Colegio de la Compañía de Jesús de Calatayud, para que en día de fiesta y en el tiempo del ofertorio, el mosén leyera el tratado correspondiente a aquel día, so pena de 16 sueldos por cada día de omisión, que se aplicarían a los ornamentos de la sacristía. También pedía al Concejo que cerrara los portillos que se hacían en el cementerio, en

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la parte del olivar de Diego Muñoz de Pamplona, y pusieran puertas. El licenciado Pedro Jerónimo de la Plana, regente, leyó las disposiciones del obispo el día 23 de abril, fiesta de San Jorge. Rodrigo Zapata, movido al escuchar los sermones del P. Ramírez en Salamanca en 1564, pensó fundar un colegio de la Compañía de Jesús en Calatayud. Pasados los años hizo la propuesta al P. Marcurian. Tras la insistencia de Rodrigo Zapata, el 14 de enero de 1580 escribe al provincial de Aragón, Pedro Villalba, natural de Saviñán, concediéndole la facultad para admitir el nuevo colegio. En un largo memorial con fecha del 14 de agosto de 1580, Rodrigo Zapata motiva en él la conveniencia de la fundación del colegio. En otoño de 1583, el nuevo provincial de Aragón, P. Antonio Ibáñez, estudió las posibilidades en Calatayud para la fundación, dando cuenta positivamente en carta de 23 de octubre del mismo año al P. Aquaviva, que satisfecho con el informe, dio licencia para abrir el colegio. El 28 de octubre de 1584 se inauguró solemnemente el centro. El edificio definitivo comenzó a construirse en 1597, con la ayuda económica del fundador Rodrigo Zapata. Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sampedro, op. cit., p.119. José Ángel Urzay Barrios y Antonio Sangüesa Garcés: «Rodrigo Zapata y Palafox, fundador del Colegio de la Compañía de Jesús en Calatayud», IV Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1997, pp. 293-311. 36. Por la real cédula de 3-IV-1787, se ordenaba que los cementerios debían construirse fuera de las poblaciones, o en grandes anchuras cerca de ellas, en sitios bien ventilados o inmediatos a parroquias y distantes a su vez de las casas de los vecinos, y que se aprovechasen para capillas las mismas ermitas que existían fuera de los pueblos. Esta ley se completó con la circular de 28-VI-1804 de Godoy, que prohibía inhumar en el interior de las iglesias. El pueblo tachó al ministro de irreligioso, pues no se creía enterrado en sagrado sino era dentro de las iglesias. Tal prohibición venía en el canon Nullus (ley XII, Part. 17) del Ritual Romano de Paulo V, dado en el Concilio de Rouen. En 1809 y 1813 aparecieron nuevas disposiciones. La Real Orden del 2 de junio de 1833 decretaba que los Ayuntamientos debían disponer de un recinto, cuyos costes debían sufragarse «á costa de los fondos de las fabricas de las iglesias, que son los primeros obligados a ello» La medida será reencargada el 13 de febrero de 1834. María Rosa Jiménez Jiménez: «Cementerio de Torrero», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo III, p. 756.

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CAPITULO II San Miguel Arcángel Este templo dedicado a San Miguel Arcángel, es mucho más moderno que el de San Pedro. Debió dedicarse en el primer tercio del siglo XVI1. Dice un historiador2 que las Señorías de Sabiñán y Terrer no eran Barrios de gente franca y noble, sino de vasallos de la casa de Luna y no eran aragoneses, aunque eran de Aragón3. No eran de signo de Rey, sino de señorío particular, y el Señor los vendía y trataba como esclavos, pudiendo esternarlos (descuartizarlos), y ahorcarlos, pues no tenían fuero. Los vecinos del pueblo, que eran de la Comunidad y por tanto francos y libres, aunque pecheros del Rey, por las noches encerraban en su barrio a los de la Señoría y si los hallaban por las calles del pueblo, los multaban, suponiéndoles malhechores o rondadores con aviesas intenciones. En documentos anteriores al siglo XVI y aun en los de 1520, se cita a los habitantes de este barrio como vecinos de la Señoría. La explicación nos la da un documento del siglo XVI que trata de los límites de este barrio. Dice así: «Cerca del lugar de Sabiñán está fundada una población de nuevos convertidos, la cual en lo antiguo era de los agarenos y se llamaba la morería de Sabiñán y desde la conversión, que fue en 1526 o 1527, hasta el presente se dice o nombra la Señoría de Sabiñán y siempre fue limitada y hoy se limita en la forma siguiente: desde las puertas viejas y por medio de la casa de Miguel Calavera el de las puertas, quedando la otra mitad en lo Realengo y término de Sabiñán, y por casa de Enrique Alvillena, médico, quedando el corral en Realengo o término de Sabiñán...». Y lo detalla casa por casa, hasta volver otra vez a su comienzo, en las puertas viejas. Y dice: «No tuvo, tenía, ni tiene ningunos términos, ni montes, ni districtu alguno, ni ninguna otra cosa». De ello se deduce que siendo barrio de musulmanes, tendría mezquita pero no iglesia, construida supongo poco después de la conversión de 15264. Los reyes de España trataron por todos los medios de atraer a nuestra religión a los musulmanes que quedaron después de la reconquista, sobre todo desde los Reyes Católicos, siendo la política imperante llegar a la unidad religiosa en España. Tanto los Reyes Católicos como sus sucesores, Carlos V y Felipe II, se valieron de misioneros, de predicadores y de la Inquisición para convertirlos, pero fue escaso el resultado conseguido y por esto, a consecuencia de los disturbios de los musulmanes de Valencia, dio el emperador una Real Cédula en 1525, en la que mandaba que los musulmanes bautizados no practicaran ceremonias de su rito, que asistieran a las solemnidades religiosas de los cristianos e hicieran lo mismo que ellos, que en término de tercero día cerraran sus mezquitas, y vista su desobediencia, se mandó que todos los musulmanes salieran del Reino de Valencia antes de fin de año5. El obispo Sandoval dice que había en Valencia 22.000 casas de cristianos y 26.000 de musulmanes, y de éstos, no se bautizaron seis de buena voluntad, mas por no perder la hacienda, se dejaban poner la crisma. Según Modesto Lafuente, los moros de Aragón intentaron sublevarse contra tales medidas y tomaron las armas los de Villafeliche, Ricla, Calanda, Muel, Pleitas y otros, pero fueron fácilmente reducidos, desarmados y castigados, y condescendieron en recibir el bautismo para conservar sus tierras, mejor que irse a África a practicar con libertad su religión. Esto fue en marzo de 1526. Si se mandó cerrar las mezquitas, la de aquí estaría incluida, y la dedicarían a iglesia bajo la advocación de San Miguel. Ayuda a creer que se aprovechó el edificio, el ver que en el mismo siglo se mandó reparar una pared y el techo de la sacristía, apuntalado y amenazando

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ruina, ya que de haberse hecho de nueva planta, no estaría en estas lamentables condiciones6. Poco más tarde en 1628, 1629 y 1630, bautizaban a los de la Señoría en San Pedro «por estar demolido San Miguel». Y como las obras de la iglesia no se hacen para que duren solamente una centuria, hay que convenir que se aprovechó el edificio de la mezquita. En las visitas pastorales se manda hacer las obras al procurador general de la Comunidad, como señor temporal de la Señoría. Y como el que ejercía este cargo residía en el pueblo de su naturaleza, tenía que ir el vicario a notificarle el mandato, unas veces a Aniñón, otras a Terrer y otras a Fuentes. El vicario no tenía ni sacristán para tocar las campanas y su dotación no llegaba a lo marcado por el Concilio de Trento, según se desprende de la visita del obispo Fr. Yepes7. La Comunidad debió de comprar a finales del siglo XIV o principios del XV8, los treudos que los musulmanes pagaban a la casa de Luna, de las fincas que les dieron para cultivar, de modo que compró el dominio directo de dichas fincas. A la conversión de los musulmanes y para sostenimiento de la iglesia, les impondrían el diezmo, a semejanza del que pagaban los cristianos viejos. Hubiera sido lo natural que, sumándose la décima de los frutos de dichas fincas, al que pagaban las restantes del término, se aplicara todo ello a la parroquia ya establecida, pero la vanidad dominante de entonces, haría que el señor directo (la Comunidad o su procurador) no quisiera eclipsarse, y para que siempre constase, haría poner el nombre de Señoría como significativo de dominio o señorío, a las antiguas morerías de Sabiñán y Terrer. En la concordia de 1613, celebrada por la parroquia y el pueblo de Sabiñán con la Comunidad, sobre el diezmo, alegaba Sabiñán «que habiéndose mudado la calidad de los poseedores de las fincas de la Señoría (entonces en mano de cristianos viejos, por la expulsión de los moriscos), se había mudado la obligación de pagar la décima a la Comunidad y debía pagarse a San Pedro». La Comunidad argumentaba «que teniendo sobre la Señoría, el dominio absoluto y temporal de tiempo inmemorial a esta parte y con dichos justos títulos y costumbre no prescrita desde el IV Concilio de Letrán y antes (1215-1216), debían seguir pagándola a ella». Y para acabar con los litigios acordaron, siguiendo la regla de Calatayud entre sus parroquias, que debían pagar a la Comunidad o Señoría sus parroquianos, de los bienes que entonces les daba a treudo y de los que poseían los nuevos pobladores, y que todos los demás del término pagaran a la iglesia de San Pedro la décima de los frutos, advirtiendo que las fincas libres que llevaran los nuevos pobladores, no anotadas en el documento, seguirían pagando al pueblo, y las fincas de los que se subieran de la Señoría, por esto vecinos del pueblo, si no eran de las que tenían a treudo de la Comunidad, volverían a pagar a la iglesia de San Pedro9. Esto último demuestra que no eran tan vasallos como repetidamente se los llama, pues se reconoce que podían dejar de ser vecinos, lo que seguramente no podrían hacer los vasallos musulmanes que pertenecieron a la casa de Luna. Sabiñán tenía razón al decir que se había mudado la calidad de los poseedores del dominio útil de las fincas de la Señoría. De todo esto resulta que el procurador general de la Comunidad cobraba el diezmo correspondiente a la Señoría. Ya hemos visto que en la iglesia de arriba se reservaba la cuarta para el obispo, la cuarta para el Concejo, para atender a la fábrica y al culto, y el resto para los sacerdotes que formaban el Capítulo. Observamos que en la iglesia de San Miguel no hubo Capítulo Eclesiástico, sino únicamente vicario y además mal retribuido. En unos años no hubo ni sacristán y la iglesia estaba a medio componer. Todo esto iba en contra de la cita del Concilio de Letrán, que de ser cierta, la Comunidad no debía desatender sus obligaciones con la iglesia, por muy señora absoluta y temporal que fuera de la Señoría. En San Pedro unos pobres pecheros cuidaban de la iglesia y del culto, sosteniendo un buen número de beneficiados y dando una cuarta parte al prelado. Esto demuestra las ventajas del sistema de patrimonialidad de las iglesias, que regía en San Pedro, sobre el sistema centralista de San Miguel. Este viene a ser el régimen hoy imperante, sacando de los pueblos los tributos y devolviéndoles una pequeña parte y generalmente tarde. Comprendo que antiguamente pagaran a gusto el diezmo, porque el dinero no salía del

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pueblo y en él quedaban los beneficios, cuando se procedía como en la parroquia de San Pedro, no así en el caso de San Miguel. Pero continuemos con la iglesia de San Miguel recién restaurada en 1630. En mayo de este año ya vuelven a bautizar en ella, aunque en pila descubierta, en la que pueden caer animalillos y polvo y conviene cubrirla, como se dice en una visita. En otra visita de 1638, el obispo manda a los Patronos que dicen ser la Comunidad, que arreglen y reparen los tejados y la cubierta de la torre. En 1733 el prelado manda inspeccionar la iglesia y el maestro albañil José Verdejo dice que los arcos de la iglesia amenazan ruina, así como la pared de la sacristía que mira al río. Por esto el obispo manda al señor absoluto y temporal de la Señoría que la arregle sin demora y señala al vicario que si no se llevan a cabo las obras con prontitud, embargue el diezmo y primicia, y con ellos arregle la iglesia y ponga campanas nuevas, pues las que había estaban rotas. En la visita de 1766 se dice que la mayor parte del templo amenaza ruina, en especial la pared principal del presbiterio y la pared de la capilla de San Juan, la de la derecha, hasta el altar, y los tejados están humedeciéndose por tener podridas las tablas, de modo que sin peligro no se puede estar en ella. Y manda que si dentro de cuatro meses no lo arreglan los diputados, el vicario se encargue de ello, embargando del diezmo lo necesario. Todas estas obras se llevarían a cabo, aunque no con la diligencia que hubiera empleado el obligado a ello, de haber residido en el pueblo. Claramente se aprecia que el tejado debió levantarse, quizás para darle más pendiente y evitar goteras, a la vez que daban más luz a la iglesia. Se ve que hicieron una buena pared de ladrillo en el presbiterio y en la fachada, siendo una lástima que quedara escondida en parte la pequeña torre, legítima obra de musulmanes10. Nada se encuentra de la capilla del Carmen. Sabemos que en 1758 se enterró en ella a Ana María Joven, viuda de Juan Pérez Cerellón, vecino de Sabiñán, siendo la primera allí enterrada, según se afirma en la partida de defunción. En 1766 se entierra también allí a Catalina Liñán, viuda de Roque Gumiel. En 1768 se hace lo propio con Roque Gasca, que estaba casado con Polonia Luna. En 1773 se dio sepultura a mosén José Gasca, beneficiado de Embid, donde murió, trayéndose a enterrar a esta capilla por voluntad propia, con licencia del vicario general. En 1783 muere mosén Bernardo Gasca, vicario de la Señoría, de 81 años de edad, y se pone su cadáver junto a la grada del altar de Ntra. Sra. del Carmen. En ninguna de estas partidas hay referencias a la construcción o arreglo de la capilla del Carmen, pero la coincidencia de apellidos hace creer que dicha familia Gasca favoreció esta capilla. El vicario mosén Bernardo Gasca desempeñó el cargo muchísimos años. Mientras estuvieron los moriscos, como profesaban hipócritamente nuestra religión, muchos morían sin confesión y por tanto no se enterraban en el cementerio. Consta que dos impenitentes fueron enterrados, uno en la Arcada y otro en las Majanetas, en la zumaquera de Jorge Porras, el de la pierna gorda. Esto podía explicar la existencia de sepulturas por el término11. En el arreglo parroquial de 1868, la iglesia parroquial de la Señoría fue suprimida, pero siguió con culto hasta que murió su párroco mosén Faustino Yepes en 187912. Notas: 1. Tras el bautizo forzoso de los musulmanes aragoneses en 1526, la mezquita se convertiría en iglesia. La fábrica de la iglesia de San Miguel de la Señoría se levantará a partir de una comanda de 30.000 sueldos, del 14 de abril de 1577, entre Juan Martínez de Salamanca, que haría el retablo, y Juan de Campos, obrero de villa, responsable de la obra, los dos vecinos de Calatayud, con el procurador general de la Comunidad de Calatayud. José Miguel Acerete Tejero: Estudio documental de las artes en la Comunidad de Calatayud en el siglo XVI, Calatayud, 2001, p.

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369. 2. Vicente de la Fuente, op. cit., II, p. 55. 3. En 1268 Jaime I entregó la Morería de Terrer al Monasterio de Piedra, a cambio de la calera del tinte de Calatayud. Luego pasó a manos de la familia Luna. Jaime de Luna, señor de Illueca, quizá presionado por el rey, la vendió a la Comunidad de Calatayud en 1443 por 8.100 florines, con la aprobación de su esposa Sancha de Guzmán. José Luis Corral Lafuente: La Comunidad de Aldeas de Calatayud en la Edad Media, Calatayud, 2012, p. 48. Desde la reconquista, la Morería de Saviñán perteneció a la rama de los Ferrench de Luna, establecidos en Chodes desde el siglo XII. Concepción de la Fuente Cobos: «La morería de Terrer hasta comienzos del siglo XV», II Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1989, p. 252. Pedro de Luna, futuro Benedicto XIII, recibió de su madre las Morerías de Terrer y de Saviñán, entre otros bienes. En 1312, Jaime II ordenaba a Andrés Luna, señor de Sestrica y al parecer pariente de los Fernández de Luna de Jarque, que cesase de molestar al Santo Sepulcro por una heredad de Saviñán, donada a esta Orden por su madre, viuda de Raimundo de Luna. Archivo Histórico Nacional, OO. MM. Sepulcro, Carp. 949, nº 24, en Francisco de Moxó: «Aproximación de los Luna a Calatayud antes de su asentamiento en Illueca», I Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1983, p. 237. En 1358 el conde Lope de Luna, muerto en 1360, disponía en su testamento de la Morería de Saviñán, a favor de su única hija, la reina María de Luna. En 1409 aparece bajo la jurisdicción de Lope Fernández de Luna, quedando en poder de la rama de Almonacid de la Sierra, siendo expropiada a Antón de Luna, principal valedor del conde de Urgel, uno de los candidatos en el Compromiso de Caspe. F. Javier García Marco: Las comunidades mudéjares de Calatayud en el siglo XV, Calatayud, 1993, p. 94. En la Comunidad de Calatayud sólo había población mudéjar en el siglo XV en Alhama, Terrer, Santos, Embid, Saviñán y Paracuellos de la Ribera. En 1495 sólo quedaban mudéjares en Terrer y Saviñán. Antonio Serrano Montalvo: La población de Aragón según el fogaje de 1495, Zaragoza, 1995-1997, I, p. 369, II, p. 4. En 1319 algunos mudéjares de Saviñán acudieron a repoblar el lugar de Salillas. María Luisa Ledesma: Cartas de población del reino de Aragón en los siglos medievales, Zaragoza, 1991, pp. 295-298, n. 237. José Luis Corral Lafuente, op. cit., 2012, p. 118. 4. No se conserva en el Archivo Parroquial de Saviñán ningún libro que recoja los bautismos de los nuevos convertidos. En la parroquia de San Andrés de Calatayud se apuntaba el 14 de marzo de 1526: «bateamos un moro de Saviñán llamado Ayar, llamose Johan Ferrer, fueron sus padrinos Johan Alazán y Martín Gueldo y Johan Ferrer. Las madrinas la de Antón Sancho y la del Gil de la Renta». El 30 de marzo era bautizada una mora de Saviñán llamada María, actuando de padrinos Johan Ferrer, mercader, y Baltasar de Sant Jorge, y madrinas la madre de Johan Ferrer y la de Pedro de Fargon, carnicero. A los cristianos nuevos de las Señorías de Terrer y Saviñán se les mantuvo la exención del pago del diezmo de las tierras que tuvieran en el momento de la conversión, siendo diezmeras a la Colegiata de Santa María de Calatayud las que comprasen desde ese momento en adelante a los cristianos viejos. Jorge del Olivo: Los moriscos de Calatayud y de la Comunidad de Calatayud (1526-1610), Teruel, 2008, pp. 26, 159-161. 5. En 1519 la ciudad de Valencia sufrió un ataque de peste. Los nobles huyeron por miedo y en 1520 las clases populares se harían cargo del gobierno municipal, eligiendo cada gremio a un representante, hasta un total de trece. Desde el reinado de Fernando el Católico, los artesanos del Reino de Valencia gozaban del privilegio de formar unas milicias armadas para defenderse, en caso de necesidad, de las flotas berberiscas. Esta Rebelión de las Germanías, de germá, hermano en catalán, intentó restaurar un sistema que no permitiera el trabajo libre, sólo el controlado por los gremios. Atacaron también a los musulmanes de la aljama, que trabajaban en las huertas de los señores, obligándoles a convertirse al cristianismo. El 12 de mayo de 1524 y por la bula del Papa Clemente VII Idcirco nostris, se pedía al emperador Carlos que encomendara a los inquisidores de la Corona de Aragón la predicación de la palabra de Dios a los mudéjares, que estaban sujetos a unos señores que se habían despreocupado de su evangelización, lo cual iba «en ofensa de Dios, peligro de sus almas, escándalo de los fieles y no poca deshonra de su Magestad». Si los musulmanes rechazaban convertirse en el tiempo fijado por los inquisidores, debían abandonar el reino o pasarían a ser esclavos. Esta bula establecía que las mezquitas se convirtieran en iglesias y concedía los diezmos a los señores temporales, siempre que éstos costearan la celebración del culto. Se abría pues el camino para el edicto de conversión de los musulmanes, con la amenaza de la expulsión. Los señores se oponían a esta medida, hasta que Carlos I obtuvo del cardenal Juan Salviati, legado pontificio, que se encontraba en Sevilla, para asistir a la boda del rey con Isabel de Portugal, el 28 de abril de 1526, la Bula Salviática. En ella se concedía a los señores feudales los diezmos y primicias de las tierras de los nuevos convertidos, reservándoles también el derecho de patronado de las iglesias y beneficios. Juan Ramón Royo García: La Bula Salviática en el condado de Morata, Zaragoza, 2005, pp. 8-10. El 13 de septiembre de 1525, el emperador Carlos hizo saber a los estamentos del Reino de Valencia que estaba decidido a no tolerar más que una sola religión en sus reinos. El 9 de diciembre se pregonó por Valencia la orden de expulsión, dando un plazo hasta final de mes para los valencianos y hasta enero para el resto del reino.

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En Aragón, la Diputación del Reino acudió al conde de Ribagorza, que entonces estaba en la corte, para que defendiera la estrategia de presentar al musulmán aragonés como sumiso, obediente, fiel vasallo y buen súbdito, y por tanto muy diferente de los valencianos y granadinos. No se temía una revuelta, pero los señores mostraban su miedo por su marcha, dada su importancia económica para Aragón. Jorge del Olivo, op. cit., 2008, pp. 43-44. 6. Lo pedía en su visita de 1599 el arcediano Miguel de Ortí. En 1579, el vicario general Carlos Muñoz Serrano pedía al procurador general y regidores de la Comunidad de Calatayud una pila de bautismo para la parroquia. 7. Lo manda Fr. Diego de Yepes en su visita en 1601. El obispo pide que el sacristán no sea casado. En 1605 insiste para que se provea a la parroquia de un sacristán, con un salario competente a costa de la Comunidad de Calatayud, bajo una pena de treinta ducados. En su siguiente visita de 1608, la parroquia seguía sin sacristán, por lo que el obispo exigía la pena impuesta de los treinta ducados. El 1618, el obispo Martín de Terrer reclamaba que la Comunidad pusiera un sacristán, bajo una pena de treinta ducados. 8. El 2 de mayo de 1416 Alfonso V donó sus derechos sobre la Morería de Saviñán a Fernando de Sayas y a Gracia Fernández de Funes. En 1434 la Comunidad de Calatayud compró la Morería de Saviñán a Gracia de Funes, viuda de Fernando de Sayas, en 35.000 sueldos. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, Legajo 0042, nº 029, Archivo Municipal de Calatayud, Leg. 2, F. Javier García Marco, op. cit., p. 94. Sin embargo, en 1421 el obispo de Tarazona reclamaba las décimas de todas las heredades de los mudéjares de Saviñán, incluidas las que hubieran comprado o compraran en el futuro a los cristianos. José Luis Corral Lafuente, op. cit., Calatayud, 2012, p. 49 La Biblioteca Nacional de Madrid guarda un documento sin fecha con título: El lugar llamado de la Señoría de Saviñán, de la Comunidad de Calatayud, en el Reyno de Aragón, se solicita vender, y para que el comprador o compradores tengan noticia de todo lo perteneciente a este Pueblo, se ponen las advertencias siguientes…[texto impreso] VE/199/35. Fue publicado en el programa de festejos de San Roque de 1987, como «Apuntes de la Historia de Sabiñan». En él se decía que el rey había vendido la Señoría de Saviñán a la Comunidad de Calatayud en 1613, según resultaba de una escritura de venta otorgada en Madrid, ante Agustín de Villanueva, secretario del rey. Entonces se vendía «el Señorio de dicha Señoría con toda jurisdicción civil y criminal, alta y baxa, mixto, y mero imperio, y la regalía de poner en ella Cura, en virtud de la Bula Apostólica». Con ella se vendían todos los treudos perpetuos, que importaban de renta anual más de 3.000 reales de plata. Las heredades que treudaban a la Comunidad no se podían vender sin su licencia. En caso de ser concedida, la Comunidad cobraría, como señor directo, la décima parte del precio de venta. La Comunidad podía comprarlas por el precio que resultara después de rebajar su décima parte. Con la Señoría se vendían los derechos de décimas y primicias de todas las heredades treuderas, que estaban obligadas a pagar a la Comunidad. Los que tuvieran olivos treuderos a la Comunidad, debían llevar las olivas al molino de la Comunidad que tenían en la Señoría, que también entraba en la venta. En noviembre de 1597, el obrero de villa Pedro de Campos, vecino de Paracuellos de la Ribera, firmaba una capitulación y concordia con el Concejo de la Señoría de Saviñán, para hacer un molino de aceite. José Miguel Acerete Tejero, op. cit., Calatayud, 2001, p. 79. La Señoría no tenía término separado del de Saviñán, pero sus vecinos con sus ganados, podían pastar en todos los términos del lugar, por ser comunes, quien por derecho debía pagar anualmente al Concejo de la Señoría la tercera parte del arriendo de las hierbas del término y la tercera parte del importe de los ripios o menudos de las carnes que se mataban para el abasto de la carnecería de Saviñán. Para la congrua del cura de la Señoría se pagaban 1.000 reales de plata, pero si el comprador quisiera rebajarla a menor cantidad podría hacerlo, con 60 reales de plata para la cera del Monumento, 300 reales de plata a Santa María de Calatayud y al obispo, por décimas, en virtud de concordias, y 100 reales de plata al lugar de Saviñán por la contribución. La Comunidad debía mantener la iglesia de la Señoría, con todas las jocalías y vasos sagrados, pagando además la tercera parte del gasto que ocasionaran las visitas de los obispos. Entonces la Señoría se encontraba en arriendo por 4.015 reales de plata. Cada vez que se arrendaba, la Comunidad tenía de propina seis arrobas primas de aceite y cuatro arrobas anuales, durante los años que durase el arriendo. Tras la expulsión de los moriscos en 1610, la Señoría de Saviñán se incautó en nombre de Felipe III. El informe del virrey de Aragón, marqués de Aytona, decía que «salen tantas deudas que se entiende que no avra para pagarlas». Archivo General de Simancas, Secretaría de Estado, leg. 229. Tras las gestiones del secretario regio Agustín de Villanueva, el valor de las Señorías de Terrer y Saviñán ascendieron a 70.873 libras y 19 dineros. G. Colas Latorre: «El patrimonio del morisco de realengo en Aragón y su destino», L’Expulsió dels moriscos. Conseqüencies en el món Islámic i el món cristiá, Congrés internacional. 380é aniversari d’expulsió dels moriscos, Barcelona, 1994, p. 65. La venta de los bienes de los moriscos de la Señoría de Saviñán a la misma Comunidad de Calatayud, tuvo lugar en Juslibol el 12 de abril de 1612. «Vendición a favor de la Comunidad de todos los bienes de los Moriscos de la Señoria y lugar de Sabiñan confiscados por su Majestad con la expulsión dellos otorgada por Agustin de Villanueva secretario de el rey nuestro Señor en el Supremo de Aragón asi como Comisario de el Rey Don Phelipe Secundo mediante comisión de su Majestad por lo infra scripto hazer dada en Aranjuez a 7 de Mayo

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año 1611 […] hecha dicha vendicion en Juslibol a 12 de Abril año 1612», Archivo Municipal de Calatayud, II, p. 56. 9. En el Libro primero (1578-1618) de San Miguel se anotaba que el 21 de octubre de 1612 se llegó a un acuerdo entre la Comunidad de Calatayud y la iglesia de San Pedro, debiendo pagar los pobladores las décimas del año 1612 en el lugar donde se hubiesen hallado el último día del mes de marzo. Por la Comunidad estuvieron presentes Agustín López, procurador general y vecino de Miedes, García de Rivera, vecino de Paracuellos de Jiloca, Jerónimo Martínez, vecino de Maluenda, Francisco Marco, vecino de Maluenda, y Antonio de Fuentes, vecino de Miedes. Por la Señoría acudieron mosén Jaime Pérez, vicario, Juan Osen, justicia, Amador de Garay y Miguel García, vecinos de la Señoría. Por el Capítulo y Concejo de Saviñán estaban presentes el vicario mosén Pedro Garcés, mosén Francisco Garcés, mosén Francisco García, los jurados Jerónimo Bacarizo y Juan Galacian, y el regidor Roque Pamplona. Se había hecho en casa del procurador general, siendo portero Domingo Pérez, vecino de Paracuellos de la Ribera. En la visita efectuada por el obispo de Tarazona, García de Pardiñas Villar de Francos, el 27 de abril de 1733, se apuntaba que, según la concordia entre la Comunidada y la iglesia de San Pedro, celebrada ante el notario de Munébrega, Juan Pérez Domínguez, el 3 de septiembre de 1613, se había acordado «que solamente las heredades treuderas y hacienda especificada en ella se deba pagar la Décima y Primicia a dcha. Comunidad, y que todas las demás deba contribuir con ella al referido Capítulo». En 1733 se imponía pena de excomunión y multa de veinte escudos que se aplicarían a obras pías, a todos los que tuvieran estas heredades «libres o realencas», pues debían pagar la décima y primicia a la iglesia de San Pedro, como estaba estipulado en la concordia. A todos los que no pagaran, el vicario los debía declarar «sin otra monición» descomulgados y no los debía admitir a los «divinos oficios» hasta que hubieran pagado las décimas y primicias. Se daba comisión a José Antonio Marina, presbítero y notario mayor del Tribunal Eclesiástico de Calatayud, «para que con licitación de ambas partes justifique quales son las heredades libres, y realencas, y quales son las treuderas con expresión individual de las te que se hubieran agregado y unido fraudulentas y maliciosam ». La concordia se volvió a otorgar ante Juan Jerónimo Rodrigo, notario de Maluenda, el 22 de junio de 1681. Francisco Tobajas Gallego: La Morería y Señoría de Saviñán, 2005, pp. 34 y 46. 10. La torre de San Miguel de la Señoría es de estructura cristiana. Tiene planta octogonal y no responde a la estructura del alminar hispanomusulmán. Esconde escalera de caracol y corresponde al siglo XVI. Gonzalo M. Borrás Gualis: Arte múdejar aragonés, Zaragoza, 1978, pp. 190-191. Sin embargo Agustín Sanmiguel Mateo, en su libro Torres de ascendencia islámica en las comarcas de Calatayud y Daroca, Calatayud, 1998, pp. 446 y 480, apunta la posibilidad de que el cuerpo de escaleras de la torre corresponda al alminar, posiblemente del siglo XV o de principios del XVI, y terminado en terraza, que se dotaría de un cuerpo de campanas al producirse la conversión. Más tarde se derribaría la mezquita para levantar la actual iglesia, donde se utilizaron los mismos motivos decorativos de la torre. La torre, de planta octogonal, con las aristas vivas y escalera de caracol, como las habituales de principios del siglo XV, coincide en estas dos características con la torre de Pradilla de Ebro. Su decoración es muy sobria, con esquinillas, esquinillas al tresbolillo y una banda de cruces y hexágonos rehundidos. El cuerpo de campanas le parece a Sanmiguel más tardío, de la segunda mitad del siglo XVI, con claros elementos renacentistas. 11. Según el vicario de San Miguel, el obispo Fr. Diego de Yepes había mandado que los nuevos convertidos que muriesen sin confesar, no se enterrasen en lugar sagrado. Y reseñaba que María Escobar, muerta en 1606, estaba enterrada en las Majanetas, en la zumaquera de Miguel de Porras, «de la pierna gorda». El 1 de noviembre de 1606 había muerto María Pastor. El vicario la había confesado el 16 de agosto de ese mismo año, quien añadía que después la había visto muchas veces a la puerta de su casa y aun fuera de ella, preguntándole «como le iba» y ella siempre le contestaba «que mejor». El vicario aseguraba que visitaba a los enfermos por la mañana y por la tarde, para que ninguno muriese sin confesión. El vicario añadía que hasta cuatro veces había ido a casa de María Pastor a confesarla, incluso acompañado por algunos cristianos viejos, pero en ninguna ocasión quiso hacerlo. Cuando murió se mandó que se llevase como desterrada y se condujo al término llamado la Arcada, enterrándose en una zumaquera del «de la pierna gorda». Se hizo por mandato del obispo Fr. Diego de Yepes, del 8 de noviembre de 1606. Cuando se realizaron las obras pertinentes para dotar al pueblo de agua corriente en 1969 y excavar en el lado norte de la iglesia de San Miguel, para alojar allí el depósito de toma de aguas, aparecieron abundantes restos humanos, por corresponder este espacio al antiguo cementerio parroquial. En el acta municipal del 10 de enero de 1927, se anotaba que la Junta de Sanidad había aprobado el pasado día 1 y entonces lo elevaba a la Corporación, la construcción de un lavadero público cerrado y el alcantarillado que recogiera el vertido de las aguas del matadero, el desagüe de las calles de San Roque y de San Miguel, así como la inutilización del cementerio de la Señoría, contiguo a la iglesia de San Miguel y a la población. La Junta de Sanidad había tasado estas obras en 8.000, 12.000 y 2.000 pesetas, respectivamente. El acta municipal del 31 de mayo de 1938, daba cuenta que varios cosecheros de frutas y hortalizas habían solicitado al Ayuntamiento la instalación de un mercado al por mayor. La Corporación Municipal accedió a esta petición, cediendo para tal fin la plaza de la Señoría.

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12. En el Libro cuarto de San Miguel (1834-1851) se anotaba que el 12 de abril de 1841, por mandato de la Regencia de España, se habían unido los dos pueblos en cuanto a sus vecinos, por lo que los de la Señoría habían pasado a ser de Saviñán, aunque sujetos a su parroquia de San Miguel Arcángel, hasta que se determinara. El último vicario de San Miguel fue mosén Faustino Yepes Gumiel (1806-1879). Francisco Tobajas Gallego, op. cit., 2005, pp. 50 y 54.

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CAPITULO III Ermita de Santa María La principal y tal vez la más antigua es la de Santa María, llamada de la Virgen del Río. Hay documentos que se refieren a ella datados de 1419. Santa María debía tener vicario y Capítulo, campanario y cementerio. Debía estar sostenida por una cofradía que llamaban la Cofradía Mayor, que poseía rentas de tierras propias y otros ingresos. Formaban parte de esta cofradía vecinos de los lugares de Sabiñán, Paracuellos, Embid y Santos, y por ello le llamaron la Virgen del Río, aunque en la parroquia no suena más que como de Santa María. El acudir a la Virgen del Río en casos de sequía y estar interesados en la Cofradía los cuatro lugares, inclina a creer que fuera anterior a la construcción del azud de Embid y una vez construido fuera disminuyendo la devoción, por ser menos notadas las sequías1. Desde el siglo XVI se va notando el descuido en que tenían la ermita y la mala aplicación que hacían de las rentas. Así el obispo Pedro de Luna en 1574 dice que la renta se gaste en casar huérfanas de los mismos cofrades o en otras obras pías que mejor pareciera, pero no se gastara en comidas ni en otras profanidades. En 1579 Carlos Muñoz Serrano decía que la Cofradía de Nuestra Señora de los lugares de Sabiñán, Paracuellos, Embid y Santos, tenía una renta de 30 cahíces de trigo, con la que se celebraba una capellanía o misal en Santa María, para lo cual tenían un cáliz con el pie de metal y no tenían misal. Por ello pedía que antes de seis meses la Cofradía comprara un misal y mandara hacer un cáliz de plata2. El obispo Cerbuna en marzo de 1588 dice que la renta no la gasten en comer los cofrades y que hagan un retablo nuevo, decente, que no tienen sino una cortina pintada y adornen el altar y reparen las paredes, so pena de no darles licencia para tomar de las rentas para su comida. El obispo Yepes les retira la licencia para gastar la renta en la comida, mientras no hagan el retablo y paguen lo que deben. El obispo Terrer en 1618 dice que la comida de la Cofradía Mayor, a la que concurren los cuatro lugares, es exorbitante y contra el Concilio. Mandaba además que solamente comieran el día de las cuentas las personas que tenían que darlas y con moderación. Y si quisieran comer como hasta entonces, que lo hicieran a su costa y no tocaran las cuotas de entrada, que eran destinadas para sufragios. Asimismo ordenaba que los beneficiados de los lugares no fueran a comer, salvo el que tuviese el cargo de prior, que pasaba alternativamente a los cuatro pueblos. Guardaban fiesta el día de la Virgen de Septiembre y el día del Sitio (de ánimas) era el 24 de septiembre. El prior celebraba con terno y se daban cinco reales al celebrante, un real al que leía la epístola, y otro real al que leía el evangelio, debiendo alternar los sacerdotes de los cuatro lugares3. Supongo que ya estaría hecho el retablo en 1618, cuando el obispo ya no insiste como el anterior en que se haga, pudiendo ser el que tenemos ahora en San Roque4. No debió atenderse como se debía el edificio, pues la caída de la torre ocasionó la muerte de un pastor5 y ya no se volvió a levantar otra. A principios del siglo XIX hubo una gran inundación, con la que padeció mucho la ermita, y llegaron a hundirse muchas casas de la Señoría. Entonces se debió subir la Virgen a la parroquia, volviéndose a su ermita en 1820, haciéndose fiesta, en la que estuvieron a tañer los barberos de Sestrica y hubo cohetes. Pasado el año 1860 debió cerrarse al culto y el retablo se subió a San Pedro, colocándose en el presbiterio, al lado del evangelio, pero a finales del siglo pasado se subió a San Roque. Queriendo el municipio hacer macelo, se empeñó destinar esta ermita para tal fin, contra el parecer del obispo que creía más propio y razonable emplearla para escuelas o para hospital, destinos más en armonía con el carácter religioso del local. Pero parece predestinado en todas

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épocas para ser ocasión de comidas6. En 1419 otorgó testamento ante el notario Torralba, residente en Paracuellos, y los testigos Domingo Aurita y Pedro de Burgos, vecinos de Saviñán, doña Antonia, viuda de Pedro Valero7. En él dejaba un aniversario perpetuo en Santa María, «pagado con buen pan, buen vino y buena carne de cordero, es a saber, de una pierna et una espalda de carnero, según uso y costumbre, a satisfacción del Vicario y Clérigos del Capítulo de Santa María de Saviñán». Y para asegurarlo obligaba un figueral en el Alape, confrontante con pieza de Rodrigo, vasallo, y con otra de Antonio Zapata, y otra finca en las Eras, lindante con un pedazo de D. Beltrán Muñoz de Pamplona y otro de Alfonso Fortuño. Pongo todos los detalles por ser la referencia más antigua que existe, pues en otro documento de 1400 no pueden sacarse los nombres, sólo se deduce la institución de un treudo por la iglesia, sobre una finca en las Abadías, que no sé dónde estaría, sólo que confrontaba con acequia de Enmedio. Sospecho que fuera por la Jorquera. Del testamento de doña Antonia se deduce que pagaban los aniversarios en alimentos. Hemos visto como los cofrades gastaban buena parte de las rentas en comer, por eso no me extraña que acabara destinándose a matadero. Notas: 1. Santos fue un lugar cercano a Embid de la Ribera. Aldea de la Comunidad de Aldeas de Calatayud. Sesma del Río de la Cañada. Merinado de Calatayud (1295). Sobrecullida de Calatayud (1495). Vereda de Calatayud (1646). El 22 de junio de 1328, Alfonso IV de Aragón dio Santos «ad vitam» a Gonzalo García. Fue de realengo mientras perteneció a la Comunidad. Arcedianado de Calatayud en 1280. Tenía 19 fuegos en 1495, en 1543 y en 1609, y 28 fuegos en 1646. Antonio Ubieto Arteta: Los pueblos y los despoblados, III, Zaragoza, 1986, pp. 1165-1166. Madoz señalaba que Embid de Santos se encontraba al sur de Embid, en la orilla del Jalón, donde aún se distinguían ruinas de edificios, ignorándose la época y motivo de su despoblación. Pascual Madoz: Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico, 1845-1850, edición facsímil, Diputación General de Aragón, 1985, pp. 208-209. Miguel Monterde, en su Ensayo de 1788, asegura que se incorporó a Embid de la Ribera en 1682. En 1678, siendo Baile y Justicia de Calatayud Juan José de Funes y Funes (1622-1689), el rey le concedió una comisión para la agregación del lugar e Santos al lugar de Embid de la Ribera. Félix de Latassa y Ortín: Biblioteca nueva de escritores aragoneses que florecieron desde el año 1641 hasta 1680, Pamplona, 1798-1802, pp. 483-484. En 1685 la Comunidad de Calatayud vendió a Embid «para vosotros y buestros hijos y para quien bosotros y ellos de aquí en adelante querais… la dicha pardina y que antes era el Lugar de Santos». Según este mismo documento, Juan José de Funes se preocupó en 1680 de agregar la pardina de Santos a la Comunidad de Calatayud «respecto de estar despoblado, sus edificios destruidos, el territorio inculto y sin aber quien ejerciese en sus territorios jurisdicción». Vicente M. Chueca Yus: Donde el Jalón se curva, A.C. La Noguerilla, 2006, pp. 42-44. Por esta razón pasaría a llamarse Embid de Santos y luego Embid de la Ribera. El 4 de abril de 1514 Marco Marín, vecino de Maluenda, daba una sentencia arbitral en Terrer. Los Concejos de Embid, Paracuellos y Saviñán le habían dado atribución para «discernir, declarar y determinar» las diferencias entre las partes, que debían cumplir bajo pena de 300 florines, divididos en tres partes, una para el rey, otra para la parte obediente y la tercera para el Hospital de Gracia de Zaragoza. En el llamado Azud de las Hermandades sobre el Jalón, término de Embid, nacían dos acequias, la de Juan Forcén o Forcena, a la derecha, y a la izquierda la acequia Mayor, que luego se dividía en Somera, de En Medio y Fondonera o Baja. El día de San Miguel de Septiembre, cuando los Concejos de los tres lugares nombraban a sus jurados, regidores y oficiales, debían nombrar a un jurado para las acequias. Estos tres jurados tendrían poder para dirimir las diferencias. El 1 de febrero se cortaría la acequia Mayor, para limpiar las acequias Somera, de En Medio y Fondonera en quince días. Durante los tres días siguientes serían inspeccionadas para echar el agua de nuevo. La acequia de Juan Forcén se cortaría el día 1 de marzo, siguiendo el mismo protocolo que en las otras acequias. Los jurados o procuradores de las acequias tenían facultad para ahondar, ensanchar y reparar las acequias a expensas de los herederos. Marco Marín afirmaba que el azud o repartidero de las aguas, «cabe el molino de Embid», estaba mal reparado, por lo que no entraba bien el agua. El árbitro sentenciaba que antes de un año se reparara a expensas de los terratenientes. Los herederos de Saviñán tenían de ejarbe, en las acequias Somera y Fondonera, dos días a la semana, miércoles y viernes. Para remediar algunos daños, el árbitro señalaba que a partir de entonces el ejarbe fuera desde el martes puesto el sol, hasta el jueves puesto el sol. En la acequia de Juan Forcén no se podían hacer albercas bajo las penas acostumbradas. Para reparar las roturas y limpiar la tierra o las piedras caídas a las acequias, se debían buscar a dos peones, como ya señalaba la Carta de

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Hermandad, hecha en Paracuellos de la Ribera el 26 de mayo de 1421, debida al notario de Paracuellos, Juan de Borja. El árbitro pedía que esta Carta fuera guardada y observada, excepto los puntos que por su sentencia se derogaban. Esta nueva sentencia arbitral fue aprobada por los tres lugares. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo Argillo, Caja 2166, Leg. 64-14. El 27 de enero de 1553, mastre Domingo de Ariença, cantero y vecino de Calatayud, cobraba de Pedro Terrer, labrador de Saviñán, 3.000 sueldos por razón del Azud de las Hermandades, situado en Embid de la Ribera. José Miguel Acerete Tejero: Estudio documental de las artes en la Comunidad de Calatayud en el siglo XVI, Calatayud, 2001, p. 62. 2. Mosén Antón Villalba, como prior de Santa María, avisó el 10 de mayo de 1579 a mosén Magallón, al procurador lego Roque Lafuente y al del poder Juan Abas. De Paracuellos avisó a mosén Fernando y a Pascual Villalba, que era del poder. De Embid avisó a mosén Juan Ximénez y a Gregorio Carnicero, y a mosén Juan de la Plana de Santos. Francisco Tobajas Gallego: La Morería y Señoría de Saviñán, 2005, p.63. En el Proceso a instancia de mosén Lorenzo Espinosa, contra el familiar del Santo Oficio Domingo Terrer, Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Procesos inquisitoriales, 1575, J/00041/01, microfilm 95/5, aparece mosén Antonio Rubio, beneficiado del lugar de Embid, que había celebrado misa en Santa María un día de junio de 1575, «que tienen por obligación los clérigos de Embid de Santos y Paracuellos y Saviñán por dicha Cofradía a venir por turno a decir misa cada semana a dicha iglesia». Al fallecer en 1603 Isabel Vernal, dejaba al Capítulo Eclesiástico de San Pedro algunos bienes para misas perpetuas. Entre ellos se citaba un huerto en Utiel, que pagaba dos sueldos y seis dineros de censo perpetuo a la Cofradía de Santa María, o Cofradía Mayor. Confrontaba con Roque Pamplona, Diego de Luna, Agustín de Villalba, calle pública y acequia de Jumanda. 3. En la Consueta de 1600 de la parroquia de San Pedro se dice que el día de la Natividad de Nuestra Señora se hacía procesión a Santa María con la cruz y la bandera de su insignia. A su regreso se vestían el diácono y subdiácono para decir la misa conventual. 4. El retablo de la Virgen del Río es de estilo neoclásico. 5. El 16 de febrero de 1681 murió el mancebo de 28 años José Gil, mayoral del ganado de Diego Muñoz de Pamplona. El día anterior, a eso de las cuatro de la tarde, le había caído «un pareton de la torre de Santa Maria y lo cogio debaxo». Confesó y recibió la Extremaunción, dejando por su alma la soldada o soldadas que le debían, que sumaban algo más de nueve libras. El 31 de enero de 1781 ocurrió una desgracia en el Portijuelo. Mientras sacaban yeso para la fábrica de Nuestra Señora del Río o de Santa María, se desprendió un pedazo de monte que atrapó a cuatro trabajadores. Eran Miguel Berdejo, Francisco Asensio, Pedro Asensio y Babil Calcena. Francisco Tobajas Gallego, op. cit., 2005, p. 64. 6. El 28 de diciembre de 1890, el albañil Miguel Cormán recibía del Concejo de Saviñán 44 reales por dos días de trabajo, por tres peonías de 5 reales y por cinco capazos de yeso que se habían empleado en la obra del macelo. En el ejercicio 1890-1891 el Ayuntamiento gastó 44 pesetas por la madera empleada en la puentecilla de la tejería y en el macelo. En 1907 José Gracián Gasca, dueño de un huerto en la Señoría, inició un pleito con el Ayuntamiento por la plantación de unas acacias a cada lado del camino que iba desde el puente de piedra hasta la plaza de la Señoría. Por el huerto de José Gracián cruzaba un desagüe del macelo hacia el río. Francisco Tobajas Gallego, op. cit., 2005, p. 67. 7. Este pergamino se encuentra en el Archivo Parroquial de Saviñán.

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CAPITULO IV Ermitas de San Roque y de San Blas La actual ermita de San Roque fue construida en el siglo XVIII, en el sitio de otra pequeña ermita dedicada al mismo santo. Sospecho que la iniciativa y quizás la dirección de la obra correspondiera al canónigo de La Seo José Martínez Saldaña. Ayudaron a costear la obra la Cofradía de San Roque, que indudablemente correría con el sostenimiento de la antigua ermita, el vecindario, el Concejo, las Juntas de Aguas y principalmente el referido canónigo. Es tradición que las tejas y los ladrillos empleados en las obras, se subieron a mano desde la tejería, para lo cual, en días y a horas determinadas, se colocaban en cuerda desde el tejar hasta la ermita, hombres, mujeres y chicos. Cuando se produjo la Guerra de Sucesión1, la obra estaba en los cimientos y tuvo que suspenderse. Continuada más tarde, aún sufriría nuevas interrupciones, a juzgar a simple vista las paredes del templo, no quedando concluida hasta 1730, siendo probable que el coro y el atrio sean posteriores a esa fecha. La imagen de San Roque, según se puede ver, es obra costeada por el canónigo Martínez Saldaña, por ostentar sus armas. Las dimensiones de esta ermita, en lo que se refiere al crucero, son aproximadamente las que tiene la iglesia parroquial, lo que prueba a mi juicio la intervención del canónigo en la dirección de las obras, siempre magnánimo con su pueblo, secundado por la devoción del vecindario. Del altar de San José no hay noticias. Ya se dijo que el altar de Ntra. Sra. del Río se subió de su ermita a la parroquia de San Pedro Apóstol, colocándose en el presbiterio, al lado del evangelio y que después con buen acierto, por quitar visibilidad al retablo del altar mayor, se subió a la ermita de San Roque. En el siglo XVI ya existía la Cofradía de San Blas2, que indudablemente sería la encargada de sostener la ermita, en la misma forma y manera que la Cofradía Mayor cuidaba de la ermita de Santa María. Consta que los fieles dejaban limosnas en sus testamentos para el culto y decoro de la 3 ermita . El actual retablo, como puede verse, es obra de 1588, costeado con las limosnas recogidas. Los pueblos de Morés y Purroy van todos los años en rogativa a San Blas. Los primeros el día 8 de mayo y los segundos el día anterior a la Ascensión del Señor. Los dos pueblos han ayudado en la época contemporánea en algunas reparaciones de la ermita4. Antiguamente se celebraba la fiesta del santo en la ermita el 3 de febrero. Hoy no ha quedado más que el jubileo que se gana visitando la ermita desde el día 2 al 10 de dicho mes. Notas: 1. La Guerra de Sucesión en Aragón tuvo lugar de 1700 a 1715. En 1-XI-1700 fallecía el último monarca de la casa de Austria, Carlos II, quien en su último testamento del 2 de octubre anterior, había nombrado heredero único a Felipe, duque de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia, quien reinaría con el nombre de Felipe V, IV de Aragón. La Guerra de Sucesión se convirtió en una guerra civil que dividió a los españoles en dos bandos, los castellanos que apoyaban al heredero legítimo Felipe V, y los reinos de la Corona de Aragón que lo hacían a favor del archiduque Carlos de Habsburgo, segundo hijo del emperador alemán Leopoldo. Gonzalo M. Borrás Gualis. «Guerra de Sucesión en Aragón», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VI, p. 1.631. 2. No hemos encontrado ninguna referencia a la Cofradía de San Blas. En la Consueta de la parroquia de San Pedro

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de 1600 se decía que el día de la Cruz de Mayo se iba en procesión a la ermita de San Blas, pasando antes por la ermita de San Roque, bendiciendo a la vuelta los términos desde la Cruceta. Esta fiesta estaría a cargo de la Cofradía de la Vera Cruz. En 1601 moría Ana Vitrian, de sesenta años, mujer de Miguel Marín. Dejaba diez escudos por su alma y ocho reales a las Cofradías del Santísimo, de Nuestra Señora, del Nombre de Jesús y de la Vera Cruz. 3. En 1602, Isabel Vicen dejaba una arroba de aceite para San Blas. El mismo año Simón Martínez dejaba 20 sueldos. En 1604, Pascual Rubio dejaba 10 sueldos. El infanzón Jerónimo Martínez dejaba en 1707 media arroba prima de aceite. En 1732, el vicario mosén Antonio Gumiel, dejaba tres arrobas primas de aceite para la fábrica de San Blas. Y en 1786, Teresa Martínez dejaba 40 libras para componer la ermita de San Blas. 4. En la misma ermita nueva se conserva un memorial, donde consta que en 1960 la Comisión de Obras firmó el fin de las obras de la nueva ermita. Tras la casa del santero, se levantaba la antigua ermita de San Blas con tres arcos, un banco adosado a la pared, una pequeña pila para el agua bendita y el altar, bajo lo que parecía ser una pequeña cúpula, que sería lo primero en caer. Se derribó en abril de 1997, conservándose un arco para memorial dedicado a la Vera Cruz. El pueblo de Morés debió perder sus derechos, al no colaborar en estas obras de la nueva ermita. En otro memorial que luce en la nueva ermita se dice que todo aquel que comulgado y confesado visitara devotamente la capilla o iglesia de San Blas, en su día o bien en su octava, gozaría de indulgencia plenaria. Gracia que fue concedida por la Comisión General de Cruzada y por el Papa Pío VI el 2 de agosto de 1777.

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CAPITULO V Actos y costumbres religiosos En la Consueta de la parroquia de San Pedro de 1600 vienen reflejados los actos religiosos que se venían celebrando por entonces. Algunos han subsistido hasta hoy, otros en cambio han desaparecido. El día 1 de enero se hacía procesión por el pueblo con la imagen del Niño Jesús. El 20 de enero, festividad de San Fabián y San Sebastián, y por voto del pueblo, se decía una misa cantada y la víspera se bajaba a Santa María, conocida como la Virgen del Río, y se cantaba una salve. El 2 de febrero, día de la Purificación o de la Candelaria, se llevaba a cabo la bendición y procesión de candelas por la iglesia. El día de San Blas se celebraba una misa en su ermita y luego se hacía procesión por el pueblo con el busto del santo y su reliquia que llevaba el semanero1. El 25 de abril, día de San Marcos, se hacía procesión por el pueblo. El día de Jueves Santo, la procesión recorría con los pasos la calleja de las Cruces y San Roque, y daba la vuelta al pueblo por Santa María y San Miguel. El 3 de mayo se celebraba misa en San Blas y a la vuelta se bendecían los términos en la Cruceta2. El día del Corpus se hacía procesión con parada en la plaza. Un año que la presenció un inquisidor, desaprobó las «humillaciones» que allí se realizaron. Al día siguiente se decía una misa por los difuntos de la Cofradía del Santísimo, con procesión por la iglesia, así como en su octava. El día 9 de agosto, festividad de San Lorenzo, se salía en procesión con el santo y su reliquia, que llevaba el semanero en su caja. El 15 de agosto, día de Ntra. Sra. de la Asunción, la procesión, con bandera y cruz, llegaba hasta la ermita de Santa María y luego se decía una misa. Por la tarde, desde la casa del mayordomo de la Cofradía de San Roque, se subía con la bandera a San Roque a completas, regresando de nuevo a casa del mayordomo. Por voto del pueblo, el día de San Roque, se subía a la ermita del santo con todas las banderas, la peana y la reliquia de San Roque. Se celebraba misa con terno, cantada y con sermón, dándose a adorar la reliquia, y de un cántaro de vino blanco, tocado con ella, se ofrecía un poco de vino a todos los asistentes. También por voto del pueblo, el día de San Agustín (25 de agosto) se celebraba una misa. El día 8 de septiembre, festividad de la Natividad de la Virgen, se bajaba a Santa María en procesión y se celebraba una misa, llevando la cruz y la bandera de su insignia. El primer domingo de octubre, procesión por el lugar. El 13 de diciembre, festividad de Santa Lucía, se celebraba una misa en Santa María, que pagaba su cofradía, y la víspera se rezaba una salve. Se festejaba a Santa Lucía en la ermita de Santa María, por encontrarse allí su imagen. En la parroquia, el primer domingo de cada mes se hacía procesión a cargo de la Cofradía del Rosario. El segundo domingo la procesión corría a cuenta de la Cofradía del Santo Nombre de Jesús y el tercero la llevaba a cabo la Cofradía del Santísimo, que salía de la iglesia y daba la vuelta por el cementerio que la rodeaba. Si no he copiado mal, en 1600 no se festejaba el día de Ntra. Sra. del Pilar, ni se celebraba una misa en San Roque el día de San Bartolomé, ni tampoco se guardaba la fiesta de

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la Cruz de Septiembre, por lo que deben ser posteriores3. Otra costumbre era la de estar en bancos separados los hombres y las mujeres, durante las funciones religiosas. En varias visitas en el siglo XVI, los prelados apuntaban que las mujeres no suban ni se pongan en los bancos y asientos de los hombres arriba, sino de los bancos abajo4. No sabemos si se referían a los bancos del Concejo y esto explicaría que el espacio de la cúpula continúe vacío, a consecuencia de aquella costumbre. En 1599 se prohibió echar junquillo por el suelo. El junquillo es una especie de narciso de flores amarillas y muy olorosas. Es muy posible que las colocaran sobre el sitio de sus difuntos5. Otra costumbre prohibida fue la de entrar a la iglesia con gaitas y tambores en el tiempo de la Navidad. Es posible que en sus orígenes fueran los pastores los que cantaran villancicos, con estos instrumentos, pero cuando se prohibió se habla de que mozos ni casados entren con ellos, por convertirse al parecer en una ronda poco devota6. Los nuevos beneficiados, para justificar el derecho a los beneficios y la antigüedad, tenían la costumbre de celebrar la primera misa con ciertas condiciones de publicidad y solemnidad7. Así, los recién ascendidos al presbiteriado, presentaban al Capítulo el título de su ordenación y solicitaban licencia para celebrar su primera misa. Esta misa, unas veces era rezada, pero las más de las veces era cantada. En este caso, el día anterior al de la ceremonia, el aspirante oficiaba en vísperas y en la salve, bajando a incensar al Magníficat, entre los dos pluvialistas de turno. Al día siguiente esperaba en su domicilio la hora de la misa conventual. El Capítulo, una vez terminadas las horas, se dirigía en procesión con cruz alzada, hábitos corales, capas y dalmáticas, a casa del misacantano, que revestido con los ornamentos sacerdotales, ocupaba la presidencia de los ministros del altar, regresando todos a la iglesia en el mismo orden, para asistir al santo sacrificio. En él se hacía la ofrenda en metálico, sancionada por la costumbre y terminada la misa, se anotaba en el libro De Gestis la fecha y el nombre de las personas que habían actuado y presenciado la ceremonia. El misacantano convidaba a comer a todo el Capítulo, si la misa había sido solemne. Desde ese momento, los nuevos sacerdotes quedaban adscritos al servicio de la parroquia y guardaban turno para poder ser promovidos a los distintos cargos que pudieran quedar vacantes. Notas: 1. Actualmente sólo queda del día de San Blas la misa vespertina y la merienda en sus alrededores. 2. La romería de la Cruz de Mayo se venía celebrando el día 3 en San Blas, con misa y comida, pero fue trastocada por voluntad popular al primer sábado del mes de mayo desde 1992. La Cofradía de la Vera Cruz que atendía esta fiesta se disolvió en 1987 y se refundó una década más tarde. La Vera Cruz se colocaba en una habitación que daba a la fachada principal, a la que se accedía desde el coro. El párroco elevaba la reliquia, en señal de protección hacia los campos, cuando había peligro de tormenta, mientras las campanas llamaban al pueblo a la oración. Era el toque de tentenublo. La urna de cristal que protege la reliquia de la Vera Cruz, en las procesiones del Viernes Santo y del día de la Cruz de Septiembre, se adquirió en 1942. Florentino Nonay Raga: Historia de la Cofradía de la Vera Cruz. Saviñán, 1721-1987, 1997. Otra tradición consistía en coger piedras mientras tocaban las campanas el día del Sábado de Gloria, para guardarlas y lanzarlas a la calle mientras se producía la tormenta. 3. Según la Consueta de 1600, también se celebraba la santa misa los días de la Epifanía, San Matías, Miércoles de Ceniza, la Anunciación de Nuestra Señora, San Felipe y Santiago, la Ascensión, la víspera y los tres primeros días de Pascua, San Bernabé, Domingo de la Santísima Trinidad, San Juan Bautista, Apóstoles San Pedro y San Pablo, San Bartolomé, San

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Mateo, San Simón y San Judas, Todos los Santos, Día de Ánimas, Santo Tomás y San Jorge, Patrón del Reino, al que se le decía un credo en la misa. Se celebraba misa con procesión el Domingo de Ramos y para San Marcos. El día de San Nicasio, por voto del pueblo, se iba en procesión a Santa María, celebrándose allí la misa. La Cofradía de San Roque es la más numerosa del pueblo. Para Santa Lucía los cofrades pagan una cuota para la fiesta y el reparto de pan bendito y guirlache. La Cofradía de la Vera Cruz se hace cargo de las fiestas de la Cruz de Mayo y de Septiembre. En la procesión de Viernes Santo saca la reliquia de la Vera Cruz en su peana. Estando de visita el Doctor Salazar, inquisidor mayor del Reino, el día del Corpus de 1603, que cayó aquel año el 29 de mayo, dijo que en Roma no se paraban en la procesión para hacer humillaciones con las reliquias, por lo que tampoco debían hacerse en Aragón. 4. En las visitas de Carlos Muñoz Serrano en 1579 y de Miguel de Ortí en 1599. 5. En la visita de Miguel de Ortí en 1599 se mandaba cubrir las sepulturas de la iglesia con ladrillo antes de un mes y prohibía que se echara junquillo, pues se secaba muy pronto y el polvo dañaba los retablos y las cosas de la iglesia. 6. Lo recogen las visitas de Carlos Muñoz Serrano de 1579 y del obispo Cerbuna en 1588. 7. En el Libro primero de San Pedro (1546-1604) se detalla que el 20 de mayo de 1601 había cantado misa mosén Joan Pamplona, hijo de Domingo Pamplona y María Morales, natural de Saviñán y de la pila de San Pedro. A pesar del aviso del vicario, que escribía que a partir de entonces se dejaría constancia de quienes cantaran la primera misa, éste es el único nombre consignado. Quizá se anotaran en otro libro, hoy perdido.

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CAPITULO VI Patrimonio eclesiástico Entre los medios que componían la congrua, destinada a la sustentación del clero parroquial, figuraban primeramente los diezmos y primicias. Deducidas la cuarta parte destinada al episcopado y la correspondiente al Concejo, lo restante constituía el conjunto de raciones que se distribuían entre los beneficiados, según su condición de enteros o medios beneficios. Otra de las fuentes de ingresos eran las donaciones mortis causa, consistentes en fincas o limosnas que dejaban algunos fieles al morir, que acumuladas o dadas a censo, permitían formar las cuadrillas de heredades, cuyas rentas ayudaban a engrosar las raciones. Primeramente componían el Capítulo cuatro o cinco beneficiados, luego cinco y tres medios y más tarde seis enteros con su cuadrilla y dos medios sin ella1. La suma de todos los diezmos del término, hubiera permitido la entrada de mayor número de beneficiados, a no ser por las fincas exentas de pago. Ya hemos dicho que las fincas de la Religión de San Juan y las del Sepulcro de Jerusalén no pagaban el diezmo. Desconozco el motivo, aunque como es sabido, estas Órdenes y la del Temple heredaron el reino de Aragón por voluntad de Alfonso I el Batallador. Y aunque los ricos hombres no lo aceptaron, eligiendo por ello a su hermano Ramiro el Monje, más tarde Ramón Berenguer, para evitar litigios, concedió a las tres Órdenes Militares abundantes bienes y rentas, junto a grandes privilegios y exenciones, a cambio de ceder en sus pretensiones sobre el reino2. Es posible que por esta razón quedaran exentas de pago las fincas de su propiedad. Otras fincas que no pagaban diezmo a San Pedro, eran las que pertenecían a los vecinos de la Señoría, que lo hacían al procurador general de la Comunidad de Calatayud, que con aires feudalescos se llamaba señora de las Señorías de Sabiñán y Terrer3. Ya se dijo que San Martín de Calatayud disputó a San Pedro de Sabiñán el diezmo de los Muñoz y de los Heredia. Los correspondientes a los Heredias serían por fincas de su consorte, perteneciente a la familia Muñoz. Los Heredia, que habían pasado a Calatayud en 1452 desde Sisamón y Godojos, quisieron elegir al Sepulcro como parroquia, pero Santa María los reclamó como parroquia real, en su calidad de infanzones, y ganó el litigio. Por tanto los Heredia no eran parroquianos de San Martín4. Los jesuitas de Calatayud se quisieron eximir en 1745 del diezmo, conviniendo por concordia «que en cosecha que no excediera de 110 arrobetas de aceite, pagarían a San Pedro la mitad del diezmo y del exceso la décima completa y de las fincas que no fueran olivares pagarían la décima completa». Aún he visto también que las monjas de Santa Clara no pagaban más que la mitad del diezmo, sin duda por alguna transacción como la anterior, y tres olivares que tenían las monjas de Miedes tampoco diezmaban. Sin estas exenciones que conocemos, el número de beneficiados podía haber sido mayor. En los repartos de aguas de riego, correspondientes a los años anteriores a la desamortización, aparece la iglesia con cerca de 70 hanegadas, aunque poseía además otras fincas de monte o de secano de poco valor, que señalan la gran devoción de nuestros antepasados que, además de pagar anualmente a la iglesia el diez por ciento de sus cosechas, le hacían donación de la veinteava parte de sus fincas5. Es verdaderamente edificante leer algunas partidas de defunción de los siglos pasados, sobretodo del siglo XVII. Nadie se olvida de dejar algo para misas, para aniversarios, o para las cofradías, para el hospital, para los santuarios de los pueblos de sus distintas procedencias y para conventos o monasterios, por haber estudiado en ellos o tener algún religioso de su familia. Hay quien deja para el hospital «la mejor sábana de lino que tiene en su casa». Otros dejarían tierras,

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pues alguna tiene el hospital. No falta quien deja una limosna para el convento de San Cristóbal de Alpartir, consistente en «una media de trigo, un pan amasado y un cuarto de carnero». En la partida de un pastor, que murió a consecuencia de las heridas que le produjo el hundimiento de la torre de Santa María (Virgen del Río), se señala que dejó por su alma «la soldada o soldadas que tiene ganadas». Probablemente no tendría otra cosa6. Bien claro se ve cuan legítimo es el título de origen de la propiedad de la iglesia de San Pedro de Sabiñán. Notas: 1. En el Archivo Parroquial de Saviñán se guarda una sentencia arbitral. En 1674, el vicario de San Pedro de Saviñán, el licenciado Miguel López, Simón Martínez, jurado mayor, y los infanzones Diego José Muñoz de Pamplona y Juan de Heredia y Rueda, dieron una sentencia arbitral, actuando de testigos los infanzones de Saviñán, Francisco Fernández Treviño y Juan Viar, notificándola a Pedro Cuenca, como procurador de las partes. En ella decían que en la iglesia de San Pedro debía de haber ocho beneficios, cinco enteros y tres medios. Y aunque aumentaran o disminuyeran las rentas, no se habían de aumentar los beneficios ni disminuir los servicios. En La Soledad laureada por San Benito y sus hijos, en las iglesias de España. Teatro Monástico de la Santa Iglesia, ciudad y Obispado de Tarazona, de Gregorio Argaiz, cronista de la Religión de San Benito, Tomo 7º, Madrid, 1675, p. 620, se dice que la parroquia de San Pedro de Saviñán estaba regida por un vicario y nueve sacerdotes. 2. En su testamento Alfonso I decía: «Para después de mi muerte dejo por heredero y sucesor mío, al Sepulcro que está en Jerusalén, y a los que velan en su custodia y sirven allí a Dios; al Hospital de los Pobres de Jerusalén; y al Templo de Salomón con los caballeros que allí velan para defensa de la Cristiandad. A estos tres concedo mi reino y el señorío que tengo en toda la tierra de mi reino y el principado y jurisdicción que tengo sobre todos los hombres de mi tierra, tanto clérigos como laicos, obispos, abades, canónigos, monjes, nobles, caballeros, burgueses, rústicos, mercaderes, hombres, mujeres, pequeños y grandes, ricos y pobres, judíos y sarracenos, con las mismas leyes y costumbres que mi padre, mi hermano y yo mismo tuvimos hasta ahora y debemos tener. Añado también a la milicia del Templo, mi caballo y todas mis armas y, si Dios me diese Tortosa, toda íntegra sea del Hospital de Jerusalén…». El testamento fue redactado en 1131, durante el asedio de Bayona, pero a la muerte del rey en 1134, ninguno de los afectados le interesó ponerlo en práctica. Las Órdenes Militares por carecer de arraigo y organización en Aragón, y los nobles porque con ello perdían sus prerrogativas. Nadie invocó el testamento, buscando la solución en la tradición jurídica navarro-aragonesa, con la que el testamento estaba en contradicción, pues el rey no podía disponer libremente más que del territorio por él conquistado, debiendo dejar el patrimonio heredado de sus mayores a la persona más próxima de su linaje, que era su hermano Ramiro, aunque por su condición de eclesiástico necesitaba, según el derecho, un «bajulus» que ejerciera la «potestas», estuviera al frente de los barones y los mandara en la guerra. Se pretendió buscar una persona, pero al final Ramiro, con la licencia papal, casó con Inés de Poitou, que había sido fecunda en un matrimonio anterior, y de esta unión nació la futura reina Petronila, que fue prometida en matrimonio cuando contaba cinco meses de edad con el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, que tenía 24 años, que por ser de linaje soberano podía, sin deshonra de la nobleza, ser tenente y príncipe de Aragón. Las Órdenes Militares no renunciaron a sus derechos y el Papa ordenó sin éxito que se diera cumplimiento al testamento. Años más tarde, cuando Ramón Berenguer era príncipe de Aragón, las tres Órdenes renunciaron a su favor, mediante ciertas compensaciones, por considerarlo «útil y necesario para regir y defender el país». J. Ángel Sesma Muñoz: «Aragón medieval», Aragón en su historia, Zaragoza, 1980, pp. 132-133. 3. La Señoría de Saviñán figura en el «Libro Chantre» confeccionado en 1382 por orden del obispo Pedro Calvillo. Pagaba diezmos del pan y filazas (cáñamo y lino), que se repartían por un igual el obispo de Tarazona y el deán y canónigos de Santa María la Mayor de Calatayud. Ovidio Cuella: «Los mudéjares de la Comunidad de Calatayud a fines del siglo XIV y comienzos del XV», II Encuentro de Estudios Bilbilitanos, II, Calatayud, 1989, pp. 213-214. 4. Las parroquias de Santa María y del Sepulcro de Calatayud siguieron un pleito sobre derechos parroquiales y décimas de los infanzones que llegaran a la ciudad, pues Juan de Heredia, señor de Sisamón y Calmarza, y Fortuño de Heredia, señor de Godojos, habían elegido como parroquia el Sepulcro. Para ello nombraron como árbitros a García Gimeno, canónigo del Sepulcro, y a Jaime Santacruz, canónigo de Santa María, pero no llegaron a ningún acuerdo. Por ello Juan de Oblitas, vicario general, canónigo de Tarazona y prior del Sepulcro en el Reino de Aragón, sentenció el 24 de noviembre de 1452 que ambos parroquianos debían serlo de Santa María. Tras esta sentencia las partes llegaron a un acuerdo, repartiéndose ambos infanzones. En adelante las dos iglesias se repartirían los infanzones que llegaran a la ciudad. Archivo Histórico Nacional (AHN), Colegiata de Santa María la Mayor de Calatayud, Clero-Regular_Secular, Car. 3625, nº 4.

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El 13 de octubre de 1469, Juan Benedid, sacristán de Santa María de Calatayud, García de Soria, presbítero de San Andrés, y Rodrigo de Sayas, infanzón, dieron una sentencia arbitral, resolviendo la discordia que existía entre Santa María y otras parroquias de Calatayud, sobre los parroquianos infanzones que llegaran a Calatayud. En ella los jueces sentenciaron que los infanzones que fueran a vivir a Calatayud podían elegir parroquia. AHN, Clero-Regular_Secular, Car. 3629, nº 6. En 1656 el vicario, los beneficiados y el Capítulo de San Pedro de Saviñán afirmaban ser los poseedores de todos los frutos decimales que se criaban y se cogían en el lugar, exceptuando aquellas heredades que, por concordia o sentencia, pagaban al procurador general de la Comunidad de Calatayud, o aquellas que tenían la Orden de San Juan y el Sepulcro de Calatayud. Entonces diezmaban a San Pedro de Saviñán Diego Muñoz de Pamplona y Juan de Heredia, de los que se enumeraban sus fincas. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo Argillo, Cajas 2175-2176, Leg. 70-41. Al morir en 1592 Miguel de Heredia y Rueda en Calatorao, fue llevado a enterrar a San Martín de Calatayud, a la cisterna de los Heredia, situada en la parte del evangelio, dejando de limosna y cancel a San Martín 200 sueldos jaqueses. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo Argillo, Cajas 2167-2168, Leg. 66-52. 5. El 29 de noviembre de 1767 se daba una real provisión a todo el territorio de la monarquía, con el fin de repartir entre los vecinos tierras que poseían las manos muertas, principalmente la iglesia y los ayuntamientos, y aunque estas disposiciones fueron derogadas en 1770, los arrendamientos hechos hasta entonces, siguieron vigentes. La segunda fase de la Desamortización tuvo lugar en el Gobierno de Godoy. En 1806 el Papa concedió al rey la facultad de enajenar la 7ª parte de los predios de la iglesia, mediante una recompensa de una renta del 3% sobre el valor de los bienes. La tercera fase de la Desamortización tuvo lugar durante el trienio Liberal (18201823). En el cuarto periodo las medidas fueron impulsadas por el ministro Juan Álvarez Mendizábal, dictándose las disposiciones más importantes el 19 de febrero de 1836, en que se declaró en venta todos los bienes que hubiesen pertenecido a corporaciones religiosas suprimidas; la instrucción de 1 de marzo de este año, para llevar a cabo tal enajenación; y las de 8 de marzo, por las que se suprimían los monasterios y se reducía el número de conventos de monjas. El Diccionario de Madoz señalaba que hasta julio de 1845, en Aragón habían sido vendidas 11.888 fincas, quedando por vender 5.455. El último periodo de la Desamortización fue obra del Bienio Progresista (1854-1856), y en especial de uno de sus ministros, Pascual Madoz, y comenzó en 1855. Antonio Peiro Arroyo: «Desamortización», Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo IV, p. 1.061. En el Boletín Oficial de la Provincia de Zaragoza correspondiente al año de 1878, he encontrado algunas personas que compraron bienes desamortizados en Saviñán, que pertenecían al clero. Fincas rústicas compraron Antonio Gil, José de Yepes, José Pablo Jiménez, José Pérez, Iñigo Gracián, José Lafuente, Manuel García y Joaquín Lozano. José Sarto compró una finca urbana en Saviñán, Antonio Gil una rústica en Urrea, Pedro Gracián una rústica en Maluenda y Manuel Morlanes otra rústica en Paracuellos. 6. El obispo Cerbuna, en su visita de 1588, mandaba a los que tenían a su cargo el hospital que no recogieran a los pobres y a otras personas de sospechosa, ruin y mala vida. Pedía que no estuvieran juntos hombres y mujeres, si no estaban casados. Los que murieran en el hospital se enterrarían gratis. En 1599 Miguel de Ortí pedía a los Jurados y al Concejo, que proveyeran antes de cuatro meses cuatro camas de ropa blanca, para que los pobres de Jesucristo fueran tratados con caridad y socorridos en sus enfermedades. En 1597 moría en el hospital María Tal. Era castellana y había dejado dos sayas malas en poder de la «espitalera». En 1601 el obispo Fr. Diego de Yepes pedía un aposento y cama para los clérigos en el hospital. En 1601 Juan Vicente dejaba la tercera parte de su herencia al hospital. En 1603, Diego Palacio dejaba 50 sueldos al hospital de Saviñán. En 1683 era mayordomo del hospital José Gumiel, mayor. En 1713 Francisca García dejaba al hospital de Saviñán media cama con su adrezo. En 1786 Teresa Martínez dejaba 25 libras para componer un cuarto para los enfermos en el hospital de Saviñán. Antonio Gracián, hijo de Pedro Gracián y de Josefa Melús, muerto en 1743, a los 25 años, dejó un aniversario en Saviñán de 10 escudos y otro en San Cristóbal de Alpartir con otros 10 escudos. Pidió ser enterrado con el hábito de San Francisco. El 16 de febrero de 1681 murió José Gil, mancebo de 28 años. Era mayoral del ganado de Diego Muñoz de Pamplona. El día anterior le había caído un «pareton de la torre de Santa Maria y lo cogio debaxo». Dejó por su alma las soldadas que le debía su amo Diego Muñoz de Pamplona, que eran algo más de 9 libras. Se enterró en la iglesia. En 1698 se bautizaba en San Pedro a Teresa Esperanza Manrique, hija de Joaquín y de Esperanza Checa, «espitaleros» de Saviñán.

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PARTE TERCERA La expulsión de los moriscos CAPITULO I La expulsión de los moriscos Durante el reinado de Felipe III fueron expulsados los moriscos, primero del reino de Valencia, y después de toda España. Esta providencia fue aplaudida por unos y censurada por otros. Modesto Lafuente1 se encuentra entre los que la censuran y de su Historia de España saco los datos siguientes: La población morisca del Reino de Valencia, que en el primer tercio del siglo XVI era insignificante, ascendía en 1576 a diecinueve mil ochocientas familias y en 1599 ya eran veintiocho mil. A principios del siglo XVII había aumentado en dos mil familias más y se tuvo por conveniente suspender el censo, para no asustarse con la progresión que iba siempre presentando. He aquí una de las causas que, aparte del principio religioso, influían más en la animadversión con que eran mirados por la población cristiana. También cita la opinión del arzobispo de Valencia, Juan Ribera, que dice: «son los moriscos apóstatas pertinaces e incorregibles que no debían llamarse moriscos sino moros y que eran tan codiciosos del dinero y atentos a guardarlo, que venían a ser la esponja de la riqueza de España». Añade que Cervantes era de esa opinión. «Todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle, trabajan y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a escuridad eterna; de modo que, ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas; todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos, y que cada día ganan y esconden, poco o mucho, y que una calentura lenta acaba con la vida como la de un tabardillo; y como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia lo muestra. Entre ellos no hay castidad, ni entran en religión ellos ni ellas; todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación2. No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje, róbannos a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos. No tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra que la de robarnos». (Coloquio de los perros). Dice Lafuente que los reyes, arzobispos y obispos, de común acuerdo, trabajaron por la conversión de los moriscos. El asunto de los moriscos se venía estudiando desde el reinado de los Reyes Católicos. Según un papel anónimo que apareció en Sevilla en 1601, «los moriscos de Andalucía trataban de alzarse, en combinación con los de España y los de África, y en las diligencias que en virtud de este aviso hizo el Asistente de aquella ciudad, resultó haberles encontrado doscientos barriles de pólvora y muchas armas escondidas». Si tal vez aquella conspiración no era cierta, éralo que por aquellos tiempos los moriscos valencianos andaban tramando ciertos planes con los franceses del Bearne y del Rosellón, y que cruzaban emisarios de una parte a otra, y aun tentaron algunos aprovechar las hostilidades de la reina de Inglaterra contra España. Sin que tuviese noticia de estos tratos, dirigió el obispo Rivera al Rey una segunda memoria, más violenta y más fuerte que la primera, sobre la necesidad y la obligación de limpiar de los fingidos conversos o cristianos nuevos. Y como le horrorizaba la idea del exterminio o matanza de tantos millares de hombres, propone como término medio la

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expulsión y señala la manera como convendría ejecutarla y respondía de las dificultades que podían ofrecerle (1602)3. Con todo, ni las Cortes de 1604 ni el rey tomaron entonces resolución alguna, porque los pareceres estaban muy enfrentados. Más adelante, alarmado el duque de Lerma con los planes de conspiración, más o menos verosímiles, que cada día le denunciaban de los moriscos de Valencia, Aragón, Castilla y Andalucía, persuadió a Felipe III de que la expulsión de los moriscos era indispensable. «¡Gran resolución! -contestó el monarca al ministro favorito-. Hacedlo vos, Duque». En virtud de esto, en 1609 fueron expulsados, no sin resistencia, los moriscos de Valencia. El edicto para la expulsión en Aragón se expidió el 17 de abril de 1610 y el encargado de ejecutarlo fue el marqués de Aytona, que publicó su bando el 29 de mayo. Tres días perentorios señaló el de Aytona a los moriscos aragoneses para salir de sus casas e ir a embarcarse. El número de los expulsados de Aragón fueron sesenta y cuatro mil moriscos, pertenecientes a trece mil ochocientas noventa y tres familias. De ellos, muchos se embarcaron en los Alfaques, a otros se les permitió pasar a Francia por Navarra y Canfranc, pero el duque de la Force los detuvo, impidiéndoles la entrada, que por fin obtuvieron pagando diez escudos por cabeza. De igual modo salieron los de las demás regiones de España. Unos dicen que fueron trescientos mil los expulsados, en cambio otras fuentes aseguran que fueron un millón4. Hecha esta ligera relación de la historia general, veamos el devenir y la expulsión de los moriscos de Sabiñán. Cuando la reconquista de esta comarca, llevada a cabo por Alfonso el Batallador, los musulmanes más pudientes huirían, otros morirían en la refriega, algunos caerían prisioneros y tal vez fueran comprados, y el resto quedarían sometidos y sujetos a los cristianos, en condiciones semejantes a las sufridas por éstos durante la dominación agarena, si bien debieron dejarles practicar sus ritos. En 1400 y 1520 suenan confrontaciones con viña, pieza y zumaquera de la mezquita de la morería de Sabiñán. Al quedar sujetos como vasallos sin fuero a la casa de Luna, tenían facultad de esternarlos y ahorcarlos, sin dar cuenta a nadie. Al señalarles la Señoría, indica por su reducido espacio, que no era mucho su número, aunque fue creciendo posteriormente y tuvieron que avecindarse en Sabiñán. En las visitas de los obispos del siglo XVI, se manda haya una persona hábil e instruida para enseñar la doctrina a los moriscos. El obispo Fr. Yepes manda al vicario de Sabiñán que los moriscos que viven en dicho lugar fuera de la Señoría y por tanto son sus parroquianos, asistan a misa y de no hacerlo los amoneste y multe y a los rebeldes y contumaces los denuncie al Tribunal del Santo Oficio5. En el último tercio del siglo XVI, vino a esta tierra el Ven. Maestro Fernando de Vargas, discípulo del Ven. Maestro Juan de Ávila. Se le envió a predicar y convertir a los moriscos de Aragón, tarea ingrata y muy difícil, dice un escritor6, pues estaban muy aferrados en sus errores y odiaban de muerte la dominación cristiana. De sus esfuerzos, predicación y misiones en este país, han quedado varias noticias en cartas que han llegado a nosotros. Del P. Vargas dice Lafuente, que parece que habló con espíritu profético, cuando predicando en Ricla el día del nacimiento del príncipe D. Felipe (14 de abril de 1578), en un arranque de fervor, apostrofó a los moriscos aragoneses diciendo: Pues que os negáis absolutamente a venir a Cristo, sabed que hoy ha nacido en España el que os habrá de arrojar del reino7. Si por la persuasión que se empleó hasta en los pueblos más pequeños, no se pudo conseguir su conversión, verdadera y sincera, si por el crecimiento de su número estaba amenazada la nación, porque superaban a los pobladores cristianos y si, para remate, eran conspiradores, ¿qué habían de hacer los gobernantes sino expulsarlos? De aquí debieron salir en mayo de 1610, porque en los libros de la Señoría no suenan nombres de moriscos a partir de esta fecha, ni en las partidas de nacimiento, ni en las de

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matrimonio, ni en las de defunción. Tampoco en los libros de la parroquia de San Pedro vuelven a sonar a partir de esa fecha, por lo que supongo que también saldrían por entonces. Aproximadamente podemos decir cuántos salieron. La concordia otorgada en Miedes en 1613, entre don Agustín López, procurador general de la Comunidad, mosén Pedro Garcés, vicario de San Pedro de Sabiñán, y Juan Galacian, procurador del Concejo de Sabiñán, aparecen los nombres de treinta y seis moriscos, cuyas fincas pasan a los nuevos pobladores de la Señoría, pero como en el documento se refiere a los diezmos solamente, pudo haber alguno que sólo tuviera casa, oficio o industria que no diezmara y por tanto ser mayor el número de expulsados. En Sabiñán, por la semejanza de apellidos, calculo que fueran veinte y tantas casas, por lo que supongo que el total de las expulsadas ascendería a setenta familias8. La Señoría se repobló9 con cuarenta y nueve vasallos de la Comunidad, aunque no todos debían residir aquí, a pesar de aceptar fincas a treudo, porque el alguacil Villar lo era de la Comunidad y vivía en Calatayud, contándose entre los vasallos vecinos de la Señoría. De Sabiñán bajaron veintidós vecinos y el resto vendría de otros pueblos. El vicario mosén Jaime Pérez era de Mara. De como aumentaban los moriscos darán una idea estos números. De 1580 a 1584 hubo en la Señoría ochenta y un nacimientos, dieciséis por año. En esos mismos años en Sabiñán, con doble vecindario, resultan veinticinco nacimientos por año. Sospecho que en 1608 y 1609 no bautizarían a sus hijos, ni se casarían canónicamente los moriscos, porque sólo hay anotados diecinueve nacimientos y un sólo matrimonio en dos años. En 1608 y 1609, habitada la Señoría por moriscos y suponiendo lo arriba indicado, resultan diecinueve nacimientos. Habitada por cristianos, de 1611 a 1614, da solamente dieciocho nacimientos en estos cuatro años y, en esta ocasión, los cristianos sí bautizarían a sus hijos. Supongo que el vecindario de la Señoría sería la mitad que el de Sabiñán, porque en la concordia de 1613 se pactaba que Sabiñán debía de pagar dos partes y una tercera la Señoría, de los gastos ocasionados en las visitas de los obispos. La antigua morería de Sabiñán y luego Señoría, por lo que se deduce de un documento de 1555, debía comprender desde el arco o puerta, las casas de ambos lados de la calle de San Miguel y las de la izquierda bajando hasta la iglesia de Santa María. Entre esta iglesia y la mezquita (luego iglesia de San Miguel), debía situarse el cementerio de Santa María, cerrando el paso, luego la iglesia de ellos y su cementerio, después las casas de la orilla del río, para subir por las tapias del huerto de Eduardo Ibarra, a buscar el arco. Supongo que no tendrían otra entrada ni salida que ésta. La calle del Molino no existía antes del último tercio del siglo XVII. Parte era huertos y otra parte ocupaba el tejar. La calle de Santa María era la entrada común para el pueblo de Sabiñán (el de realengo, como se decía, por ser pueblo del rey) y para la morería. Delante de Santa María, Sabiñán tenía un gran espacio de tierra que confrontaba con el arenal del pueblo (sería la orilla del río, junto al puente), por donde transcurría el camino del puente. Me inclina a creer que no tuvieran más que una puerta, la estrecha vigilancia a que estaban sometidos los moriscos y porque en una visita10 se manda cerrar con tapias y puertas el cementerio de la Señoría, para que no entraran animales en él, ni lo hicieran paso. Si tenían la salida entre las dos iglesias, como ocurre en la actualidad, no se explica la razón de hacer paso por el cementerio para salir al puente. Hubo enfrentamientos entre el dominio absoluto y temporal de la Señoría, que decía ostentar la Comunidad o su procurador general y la jurisdicción de Sabiñán. En 1678 debió ocurrir algo entre las dos jurisdicciones, porque Sabiñán acudió a la corte del Justicia para que le amparase en su derecho, fundándolo en la posesión de él, que ya había ganado en 1555 y en

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Zaragoza se encontró conforme a derecho lo reclamado por Sabiñán. De este documento se deduce: - Que Sabiñán tenía y había tenido siempre jurados propios, Concejo y universidad, procurador del Concejo, almotazaf, regidores y otros oficiales, vecinos nombrados por su Concejo y universidad, con jurisdicción en todos sus términos, distrito y territorio, y con ejecución dentro de la Señoría en los nuevos convertidos, con sólo mandar cédula al almotazaf de dicha Señoría, que debía hacer la ejecución, y si no lo ejecutaba, los jurados de Sabiñán lo hacían cumplir, embargando prenda o cabalgadura a los vecinos de la Señoría. - Que los jurados de Sabiñán, en unión de los herederos, tenían facultad de hacer los repartos de alfarda, y notificando al almotazaf de la Señoría, debía cobrarlos y pagarlos al colector o mayordomo de Sabiñán, y de no hacerlo, los jurados de Sabiñán embargaban bestias, mulas u otras prendas a los de la Señoría. - Que Sabiñán era lugar de realengo y por tanto sus jurados cobraban pechas, maravedí, derecho de maridaje, coronación y otros derechos del rey. - Que los jurados de Sabiñán podían entrar, andar y estar en la Señoría, con sus insignias y las varas levantadas. - Que los vecinos de Sabiñán que delinquieran en la Señoría, no serían juzgados por ésta, ni los podían poner presos, reclamándolos los de arriba. - Que cobraban de la Señoría las pechas vecinales, chitas, tallas y compartimentos, como a los vecinos de Sabiñán. - Que si los vecinos de la Señoría se refugiaban y ponían en la iglesia de Santa María y su cementerio, como asilo, Sabiñán los protegía y los defendía por ser los jurados patronos de dicha iglesia. - Que esta iglesia tenía dos puertas, una que daba a la vía pública y otra que salía a la Señoría y por ambas entraban y salían concejilmente y por ellas entraban y salían sus procesiones. Es curiosa la nota que llevaba este documento. «El Concejo ruega al Vicario de S. Pedro, reciba y tenga en su poder, como mejor cuidado, este documento, por si de él hubiere necesidad». En el texto y al margen va señalado lo más importante, sin ningún género de dudas, lo relativo a las «varas levantadas». Mientras no me demuestren lo contrario, seguiré dudando del «dominio absoluto» de la Señoría que decía tener el procurador general de la Comunidad. Aunque no fuera más que por eso, «las varas en alto» parecen limitar no poco dicho dominio. Notas: 1. A la primera edición de la Historia General de España, de Modesto Lafuente y Zamalloa (1806-1866), entre los años 1850 y 1867, siguió su continuación hasta la muerte de Alfonso XII, por Juan Valera, con colaboración de Andrés Borrego y Antonio Pirala, impresa en Barcelona por Montaner y Simón entre los años 1888 y 1890, en 25 volúmenes. 2. Aznar Cardona era de la misma opinión: «Casavan a sus hijos de muy tierna edad, pareciéndoles que era sobrado tener la hembra onze años y el varón doze, para casarse. Entre ellos no se fatigaban mucho de la dote, porque comúnmente (excepto los ricos) con una cama de ropa, y diez libras de dinero se tenían por muy contentos y prósperos. Su intento era crecer y multiplicarse en número como las malas hierbas, y verdaderamente, que se avian dado tan buena mafia en España que ya no cabian en sus barrios ni lugares, antes ocupavan lo restante y lo contaminaban todo, deseosos de ver cumplido un romance suyo que les oy cantar con que pedían su multiplicación a Mahoma, que les diesse. Tanto de moro y morica Como mimbres en mimbrera Y juncos en la junquera. Y multiplicavanse por estremo, porque ninguno dexava de contraer matrimonio, y porque ninguno seguía el estado annexo a esterilidad de generación carnal, poniéndose fraile, ni clérigo, ni monja, ni avia continente alguno entre ellos hombre ni mujer, señal clara de su aborrecimiento con la vida honesta y casta. Todos se casavan, pobres y ricos, sanos y coxos, no reparando como los christianos viejos que si un padre de familias tiene cinco, o seys hijos, con casar dellos el primero, o la mayor dellas se contentan, procurando que los

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otros sean clérigos, o monjes, o frayles, o soldados, o tomen estado de beatas, y continentes. Y lo peor era que algunos christianos viejos, aun presumiendo algo de hidalgos, por no nada de interesse, se casavan con moriscas, y maculaban lo poco limpio de su linaje, y plegue a Dios, no llegase la mancha al alma». Pedro Aznar Cardona: Expulsión justificada de los moriscos españoles, Huesca, 1612, pp. 36-37. 3. El 23 de marzo de 1599, el rey escribía desde Barcelona una carta al Patriarca San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, animándole a recomenzar con mayor decisión y entrega una gran campaña de predicación entre los moriscos, que sería la última antes de la expulsión. Pero los resultados no fueron los esperados y en diciembre de 1601, el arzobispo de Valencia enviará un memorial a Felipe II, en el que pedía el empleo de métodos más radicales. En otro escrito del 24 de enero de 1602 defendía ya la expulsión de los moriscos de Castilla, que «están sueltos y libres». El Consejo de Estado, en su reunión del 3 de enero de aquel mismo año, manifestó que estaba a favor de la expulsión de todos los moriscos a partir del verano. Eugenio Ciscar Pallarés: «Notas sobre la predicación e instrucción religiosa de los moriscos de Valencia a principios del siglo XVII», Estudis, nº 15, 1989, pp. 206-207. 4. El bando, en nombre del virrey Gastón de Moncada, marqués de Aytona, decía que todos los moriscos de Aragón, hombres, mujeres y sus hijos, a los tres días de publicado el bando, «salgan de su casa y vayan a embarcarse a la parte donde el comisario que fuere a tratar desto les ordenare. Y se les permitirá que lleven consigo de sus haziendas muebles, lo que pudieren en sus personas, para embarcarse en las galeras y navíos que están aprestados para llevarlos adonde huvieren de ir… advirtiendo que los mismos moriscos lleven lo que huvieren menester para su sustento». Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, 221, II, 17. Joan Reglá: Estudios sobre los moriscos, Barcelona, 1974, p. 92. El censo del virrey marqués de Aytona daba en Aragón un total de 14.109 casas de moriscos, a cinco personas por casa, resultaban 70.545 personas. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, 221, II, 16. Lapeyre da un total de 272.140 moriscos expulsados de todos los reinos peninsulares. Según este autor, 60.818 eran de Aragón. Henry Lapeyre: Geografía de la España morisca, París, 1959. Antes de ser expulsados, los moriscos de Saviñán vendieron todas sus propiedades. En mayo de 1610, Jerónimo Calavera vendía a Antona Crespo, viuda de Paracuellos, bienes por valor de 40.000 sueldos. Gracia Calavera, mujer de Luis Xinete, notario y vecino de Bardallur, vendía al vicario de Plasencia bienes por valor de 4.000 sueldos jaqueses. En junio de 1610 varios vecinos de Saviñán vendieron bienes a Antonio Manrique de Lara, conde de Morata. Miguel Calavera Gineta vendió bienes situadas en Saviñán y Calatayud por valor de 140.000 sueldos, Juan Calavera, mayor, vendió bienes por valor de 5.000 sueldos, Miguel Calavera de la Cándida lo hizo por valor de 10.000 sueldos y Esperanza Calavera por valor de 12.000 sueldos jaqueses. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, legajo 0042, nº 025. 5. Lo hacen Juan González de Munébrega, en su visita de 1553, Pedro de Luna en 1574, Carlos Muñoz Serrano en 1579 y Fr. Diego de Yepes en 1601. 6. Vicente de la Fuente, op. cit., II, p. 322. 7. Fernando de Vargas, discípulo del maestro San Juan de Ávila, predicó doce años a los moriscos de Aragón, «con poco provecho de aquellas endurecidas almas perseverantes en la creencia de su falso profeta». Predicando a los moriscos de Torrellas les dijo que aquel mismo 14 de abril de 1578, había nacido un príncipe en Castilla que «os ha de expeler de España y castigar vuestra rebeldía y dureza». Ocho horas antes había nacido en Madrid Felipe III, quien ordenaría su expulsión. Francisco Bermúdez de Pedraza: Historia eclesiástica, principios y progresos de la ciudad y religión católica de Granada, Granada, 1652, p. 225. 8. Según el censo del virrey de Aragón, marqués de Aytona, de Saviñán salieron 600 moriscos, de las 120 casas censadas. Para organizar la expulsión, los moriscos de varios lugares vecinos se agruparon en un «tránsito», siguiendo un itinerario preestablecido, para ir a embarcar en los Alfaques. En el «tránsito» nº 26 se agruparon las 44 casas de Purroy, las 120 casas de Saviñán y las 196 casas de Morés. Desde Saviñán partieron todos hacia Alpartir, Paniza, Azuara, Lécera, Samper, Caspe y Maella, último lugar de Aragón. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, 221, II, 16. Joan Reglá, op. cit., 1974, p. 181. Marcos de Gadalajara y Xavier, en su Memorable expulsión y iustissimo destierro de los moriscos de España, Pamplona, 1613, f. 142, señala que el comisario Martín de Aedo condujo hasta la frontera de Navarra a 89 familias de Saviñán, que sumaban 382 personas, pagando 2.784 ducados. Les acompañaron 24 familias de Purroy, que sumaban 152 personas, que pagaron 2.068 ducados. 9. Archivo de Protocolos de Calatayud, nº 929, Fol. 8v.-14v. «Demanda de la Junta de Gobierno de la Comunidad de Calatayud sobre habitación de unas casas. Año 1759», Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Sig. 2174-2. Concepción de la Fuente Cobos: «Las Señorías de Terrer y Sabiñán en el siglo XVII», V Encuentro de Estudios Bilbilitanos, Calatayud, 2000, pp. 283-291. 10. En la visita pastoral de 1733 se pedía una cerradura para la puerta del cementerio de San Miguel, para que no «entren en el caballerias, como se ha experimentado hasta aquí», bajo pena de excomunión mayor y dos libras de multa. En la visita efectuada en 1739 se pedía una puerta para el cementerio de San Miguel, que debía cerrarse «con dos o tres hilos de tapia».

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CAPITULO II Apéndice 1.- Vecinos moriscos de la Señoría expulsados en 16101. Rodrigo Ximeno Luis Calavera Diego Lobo, ferrero Miguel Abocaque Manuel Granada Pedro Tejero Juan de Porras Miguel Requeno Esperanza Calavera Juan Granada Colato Miguel Tejero Miguel Anzari Jorge de Porras Gabriel Lucate Gabriel Luengo Juan Molacho Alejandro Abocaque María Calavera Crespo Enrique Alvillena Jerónimo Calavera Domingo Corzo Juan de la Gineta Hieronimo Ximeno Miguel, zapatero Miguel Calavera Luis Ginete Juan Calavera2 Pedro Ximeno Amador Luengo Jorge Carrasca Miguel de la Cándida Miguel Adarí Amador Granada Mecod de Morés 2.- Vecinos de la Señoría en 16133. Juan de Marta Catalina Betrian. S Miguel García Juan Borja Pedro Vincueria

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Francisco Cubero. S Juan Ossen. S Pedro Pérez Amador Garay. S Marcos Gascón. S Miguel Joven. S Silvestre Romeo Pedro Moros Juan Betrian. S Juan Borra Martín Pérez Pascual Vaquero Domingo Bobadilla Juan Quílez Jerónimo Padilla Domingo Pamplona. S Domingo Lafuente Domingo Franco Alguacil Villar Manuel Marín. S Viuda de A. del Río Miguel Morlanes. S Jerónimo de Mara. S Pedro Betrian. S Alonso Martínez Juan Paciencia. S Domingo Pérez Antón Sánchez. S Jerónimo Ossen. S Domingo Andrés Tomás Ormigón Isabel de las Eras Francisco Lozano Jaime Pérez, Pbro. (Mara) José Paciencia. S Pascual Requeno Pedro Pelegrín. S Juan Lucate. S Domingo de Aluenda. S Jerónimo Borja Bartolomé Blancas Juan del Río Pedro Catalán Pedro Betrian. S Los señalados con «S», bajaron de Sabiñán. Notas: 1. Al final del libro primero de San Miguel, el vicario mosén Jaime Pérez daba una lista de 105 vecinos de la Señoría. Uno de ellos, Pedro Vicente, era cristiano nuevo. El vicario añade que «todos estos eran moros seguían la seta mahometica muy grandisimos vellacos». 2. Todavía se recuerda una copla referida a este morisco, que dice:

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Quédate con Dios Trasmon, y también la vega nueva, y también los Valdemoros, que se va Juan Calavera. Aunque me gusta más esta otra versión. Adiós a los Valdemoros y también la vega nueva. Quédate con Dios Trasmón, que se va Juan Calavera. El apellido Calavera era bastante común en Saviñán, también el nombre de Juan, pero ateniéndonos a la edad que tendrían en 1610, año de la expulsión, encontramos a cinco personas llamadas Juan Calavera. Francisco Tobajas Gallego: La Morería y Señoría de Saviñán, 2005, p. 20. En el Auto de Fe celebrado en Zaragoza en 1589, fue abjurado «de vehemente» Juan Calavera, miembro de esta importante familia de Saviñán, «por haber dado noticias de que venían a Aragón muchos centenares de ricos moriscos valencianos», que, «junto con los de las 14.000 casas de moriscos que había en Aragón, vencerían a los cristianos viejos». Como este morisco era «muy rico y saber todo», la Inquisición lo tuvo muy en cuenta, se le azotó y se le mandó a galeras por ocho años. Mª del Carmen Ansón Calvo: «La actividad inquisitorial aragonesa en el reinado de Felipe II y su repercusión en los súbditos aragoneses», Congreso Internacional Felipe II (1598-1998). Europa dividida, la monarquía católica de Felipe II, Universidad Autónoma de Madrid, 20-23 de abril de 1998, Madrid, 1998, Tomo 3, pp. 11-36. 3. Además de esta lista que aporta José Gracián, que no sabemos dónde la consiguió, en la Carta de población de la Señoría de Saviñán, fechada el 29 de mayo de 1612, se daban el nombre de los nuevos pobladores con su lugar de origen. Aún aparece otra lista en el Libro primero de San Miguel, con el nombre de los cuarenta y nueve vecinos de la Señoría, aunque aparecen dos personas llamadas Pedro Betrian. Francisco Tobajas Gallego, op. cit., 2005, pp. 35-37.

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PARTE CUARTA El pueblo de Sabiñán CAPITULO I El pueblo de Sabiñán. Según se suponga derivado de sabinar o de viña, según cree Jiménez Soler, se escribe Sabiñán o Saviñán, y hay sellos oficiales con las dos denominaciones. El nomenclator oficial se llama Sabiñán1. Se debió comenzar edificando a los dos lados de la iglesia de San Pedro y sobre el camino de Calatayud a Aranda de Moncayo, o sea la calle Alta o Somera, llamada después Real y hoy calle Mayor. Luego debió aprovecharse la rambla o barranco de las Eras, dando lugar a las calles del Centro y San Roque, hasta la puentecilla del Maltés2, pero al ir aumentando la población se edificarían las casas en las fincas colindantes a este barranco. En el siglo XVI, la calle del Ciprés servía de paso para el huerto de este mismo nombre y para la era de los Muñoz de Pamplona, situada junto a la casa del rentero Pascual Olvés3. La calle del Charco o de San Ramón creo que fuera del siglo XV o principios del XVI, urbanizada toda en la misma época, debido a su uniformidad. En esta época debió roturarse y ponerse en cultivo de regadío la parte de las Espartinas. Consta que por entonces se abrió o prolongó la acequia de Juan Forcén en aquel paraje, por lo que es posible que llegaran colonos y se establecieran en las casas de aquella calle. Me induce a creerlo el dato que la casa Muñoz de Pamplona dio a catorce o más musulmanes tierra en las Espartinas y también les facilitaría solar para edificar las viviendas. Pudo ser en la parte baja del huerto del Ciprés, que les pertenecía, o sea en la misma calle de San Ramón. Los nombres de estos catorce musulmanes eran: Ince el Alfaqui, Mahoma Moltacho, Ali Serón, Ali Hechar, Ince Lajarique, Ali el Tejero, Mahoma de Abocaque, Mira Calavera, Mahoma el Morisco, Audalla Hanzary, Mahoma Alvillena, Fátima Alvillena, Brahen de Alberique y Ali de Abenzary. Los nombres de los que habitaban esta calle en el año 1561, son de moriscos (mudéjares convertidos)4. La calle Mayor en esta época de mediados del siglo XVI, estaba comprendida entre la casa de Miguel Lafuente Soriano (aún se conoce en la casa de enfrente el pilar que sostenía el arco de las puertas), viniendo de Morés, hasta la casa de la tienda de Joaquín Aznar, saliendo hacia Paracuellos5. Por el norte y sur debían existir dos pasos de riego a los ojos de la Forcena, que existen al norte y sur de los Camareses. El norte debía ser la calleja de la Anselma y su continuación hasta la acequia de Jumanda. El del otro lado aun se ve, aunque cerrado, entre el jardín del conde de Argillo y la casa de la viuda de José Navarro6, y entre la casa ya citada de Joaquín Aznar y la contigua al lado sur. Ambos pasos eran los límites de lo entonces edificado. Por tanto el barrio del portal de San Roque, el de Paracuellos y el de los Laureles son posteriores al siglo XVI. Sospecho si esta calle sería la llamada «barrio verde», a finales del siglo XVII. El Concejo tenía la herrería y el ruejo, donde está el molino de Juan Lafuente7. Entre éste y la acequia había un paso llamado «el pasillo», por donde se iba al tejar y a unos huertos contiguos, por no dar la vuelta por San Antonio, que era su entrada, ya que por la Señoría no había paso, o sólo lo tenían el huerto o los huertos situados en lo que es la calle del Molino y ruejo de los hijos de Pedro Antonio Gracián8. Los que tenían permiso para pasar por él, excepto el tejero, pagaban la licencia en pollos.

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El horno ya debía estar donde está hoy en la plaza9 y de aquella época puede ser el reloj de sol que existe en su fachada. A principios del siglo XVII había en la calleja de la Anselma, una casa dedicada a hospital, con cuatro camas, una de ellas destinada a los heridos. Supongo que más tarde el Concejo tomaría otra casa para los mismos fines en la calleja de la calle del Centro. De ahí tomaría el nombre de calleja del Hospital10. El molino o molinos de harina debieron estar en lo que hoy es cauce del río, frente al molino de aceite de Pujadas11. El Jalón debía ir por las huertas de Carcenique y a mediados del siglo XVII se encauzó por donde va ahora, llevándose los referidos molinos que eran de la propiedad de Juan de Heredia. Como no los reedificó, el Concejo construyó un molino de harinas en un terreno libre de avenidas, con seguridad el que hoy conocemos. Es posible que al comprar a la casa Muñoz de Pamplona el terreno para su construcción, adquiriera también el huerto o huertos necesarios para abrir la calle que va al molino y a la contigua tejería. A la tejería la llamaban Escudillería (quizás hacían pucheros) y en 1518 la tenían dos moros, Ali de Ali y Juce de Alfaqui, que también tenían arrendado un huerto contiguo y una era12. Las eras estaban unas en San Roque y otras bajas, junto al pueblo. Cerca de la población estaban las de Pujadas y Heredia, al sur, por el huerto de Crespo13. La era de Gascón se situaba por el jardín del conde, que tenía la suya tocando a la calle del Ciprés. Esta orientación pudo obedecer para el aprovechamiento del jumandil para aventar y para buscar el sol del mediodía, al ser destinadas para el zumaque14. Entre la calleja de la Anselma y las escuelas, entonces fosal o cementerio, había doce casas, como hoy. Al otro lado de la iglesia quizás no hubiera casas, porque el Camarés bajo, que entonces llamaban tras San Pedro, confrontaba con la calleja y la calle. Pasada la calleja de las Cruces, seguían las casas hasta el paso de riego que existe donde dobla la calle. En el otro lado de la calle, entrando de Morés, había casas hasta la de Bono15 y junto a ésta el granero o graneros de clérigos. Luego había un vano, tal vez debido por caer frente a la iglesia y cementerio, y no edificarse por superstición, por respeto o por estar allí el huerto de Damián de Clarés, que de no estar allí, no sé dónde se encontraría. Confrontaban con él dos casas. ¿Serían las que hay bajando a la plaza? Seguían luego las edificaciones hasta la salida hacia Paracuellos (casa de Aznar). Por allí vivían los Vacarizos y el notario Gascón. ¿Viviría antes el moro Forcén de la acequia por la casa que fuera de Juan Lafuente?16 La tradición dice que el moro Forcén está enterrado en la esquina de esta casa. La casa de Juan Lafuente y otras del mismo estilo, que tienen bajo el amplio alero una línea de ventanas, deben ser obra del siglo XVII y comienzos del XVIII. Un autor llama arquitectura aragonesa del siglo XVI a la caracterizada por los aleros salientes, galería de ventanas, grandes portadas de medio punto y enormes rejas. Si en el siglo XVI se construían en las poblaciones, se puede calcular que un siglo después se levantarían en los lugares y aldeas, sin que esto quiera decir que no hubiera excepciones. Todas las casas debieron edificarse en terrenos de los Muñoz de Pamplona o de sus censantes. En 1561 treudaban a los Muñoz ochenta y siete casas, y seguramente no pasarían de cien las existentes. Las que no pagaban censo, sería seguramente por haberlo redimido. El marqués de La Vilueña vivió en una casa que pagaba censo a los Muñoz y quizás también lo pagaban los últimos vástagos de la casa de Luna (Diego Martínez de Luna). Las casas de Heredia y Funes no tributaban, aunque como ambas familias estuvieron entroncadas con los Muñoz de Pamplona, es posible que las mujeres las aportasen al matrimonio, o bien se edificaran en terrenos de su propiedad. Isabel Pujadas17 también vivía en una casa que tributaba a los Muñoz. Debía situarse cerca de la posada, cerrando la plaza Muñoza, que se consideraba como propiedad de los Muñoz, aun en el siglo pasado, porque se le dio el nombre de plaza Muñoza o del juego de pelota.

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La casa de los Funes debió ser la que hoy ocupa Elías Cormán18 y tal vez fueran anexos a ella lo que hoy se llama Corralaz. Frente a esta casa, en la entrada de la calle de San Roque, tenían los Funes un huerto (además del de la casa o del Ciprés), en lo que hoy son corrales de los herederos de Pedro Antonio Gracián. La casa de los Heredia tenía un huerto contiguo que confrontaba con la casa de los Muñoz de Pamplona. ¿Sería la del rincón de la plaza que hoy posee Lucio Sánchez y la contigua de El Jarro, cantina?19 La casa del Ayuntamiento o Concejo, sospecho que no estaría hecha antes del siglo XVIII20. En documentos antiguos aparece que el Concejo se reunía en el portegado de la iglesia, alguna vez en el cementerio contiguo, previo pregón, señalando el día y la hora y tañimiento de campana, antes de comenzar el acto. Buena prueba de lo públicas que eran las juntas. En otros pueblos se reunían en la plaza común. Cuando se hicieran las escuelas de niños en la iglesia, es probable que los jurados o alcaldes, con un Concejo o Ayuntamiento, se reunieran en ellas, como local propio, pues toda la fábrica de la iglesia se consideraba del pueblo, por estar obligado a su sostenimiento. En aquellos tiempos en los que tanto se materializaba el derecho, los jurados tenían las llaves de la iglesia, como prueba del mismo, y no costó poco trabajo a los obispos que se entregaran a los vicarios, o que los jurados consintieran hacer una copia, para que las autoridades eclesiásticas no tuvieran que ir a pedirla al alcalde con toda urgencia, para administrar los últimos sacramentos a los enfermos21. Tal vez por eso mismo no se hizo una entrada independiente para las escuelas y más de un siglo se entró a ellas por la entrada principal de la iglesia. A comienzos del siglo XIX, un obispo consiguió que se hiciera otra entrada, por entender que la manera que acostumbraban a entrar y salir los niños de la escuela, no era la más a propósito para infundirles el respeto que se debe tener a los templos22. Los toques de campana que se hacen a las ocho y media de la mañana y a las dos de la tarde, en invierno, y a las ocho y a las tres en verano, les llamábamos y todavía llaman los chicos a entrar en la escuela. También han servido para comenzar las dos medias jornadas de trabajo en el campo, pues a dichos toques debían mover los tajos de los portales de San Roque y de San Pedro, o del olmo, que eran los lugares de reunión y espera. Todos los jornaleros que hubiesen salido de estos lugares, tenían ganado el jarro de vino que el propietario les ofrecía, aunque no hubiesen comenzado los trabajos, por el mal tiempo. Se daban por concluidas las faenas del día, cuando el sol señalaba la parte alta del carrascal, al ponerse23. Las mujeres soltaban ya en 1508 «la fila que Pedro Gascón toma el agua para regar», y «la de la callejuela», y «la de los quiniones». Supongo serían las filas que se abrían por la calle para regar los huertos del pueblo y como las empleaban para «lavar y otras cosas», se multaba con cinco sueldos al responsable y el zabacequias podía acusar «a juramento» a quien tenía sospechas o ciertamente conocía al infractor. Esta medida parece que debió obedecer a la escasez de agua «que se iba a perder a la acequia de Jumanda», y no como medida de higiene24. Debe referirse todo esto a las aguas que cruzan el pueblo, porque los Gascón tenían huertos contiguos a la casa de los Muñoz. Podía referirse al riego de «la callejuela», que por la calleja de las Cruces bajaba a la plaza y a la calle de San Roque. «Quiniones» llamaban a unos huertos situados por el portal de San Roque. He visto confrontaciones de un olivar de una hanegada y media en los «esquiniones», finca cerrada lindante con dos calles y con olivar de la Orden de San Juan. Debe ser el huerto de Sarto en el portal de San Roque o la huerta de Juan Ignacio Gracián, junto al portal. En un documento de 1591 aparece una finca descrita de esta forma: «pieza sita encima de la fuente, término de Saviñán, que confronta con pieza de Miguel Fuerte, pieza de Juan Calavera y con camino real y con camino de Herederos». Esta fuente creo que debe entenderse

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como el único o principal manantial de uso general, para el abastecimiento de los vecinos. Si por camino real se entendía el que unía a unos pueblos con otros, hoy conocido como camino vecinal, parece referirse a la finca situada en Los Bancales o debajo de la huerta llamada de Chilindrin. Estas fincas confrontaban con el camino de Embid, por la cuesta de la aldea, y camino de herederos sea el que conduce a las eras de los Calaveras o de Carcenique. En este caso la fuente sería la que mana a orillas del río y junto al puente de hierro, que entonces podía ser más permanente, o salir más alta, si el río estaba más inclinado a la parte de la Aladilla y la orilla del camino estaba más ataluzada que ahora. En ninguno de los restantes caminos reales que conducen a Paracuellos, a Morés, a El Frasno y a Viver, existen manantiales en las circunstancias que se señalan en estas fincas. En el de las Peñuelas, la finca está encima de la fuente y aunque confronta con camino real, no lo hace con el de herederos. Otro tanto ocurre en los caminos vecinales que nos acercan a los otros pueblos, en los que no encontramos manantiales. Por esto deduzco que a finales del siglo XVI, la fuente era la que se citaba en el camino de las Fuentes, como ahora se conoce, a causa de los pequeños hilos de agua que brotan entre el puente nuevo y la subida a la vía del ferrocarril, por lo de Chilindrin. ¿Saldría en 1591 todo el agua junta y por eso empleaban en singular la fuente? ¿No sería posible elevar estas aguas a la superficie (que ya se intentó sobre 1870) y utilizarlas, aun con el río crecido? Sería un medio de dotar al vecindario y a todo tiempo de agua clara, sin los inconvenientes que tienen los pozos. Con el río turbio y crecido he observado la afluencia de este manantial. No sería difícil realizar observaciones y estudios sobre el tema, levantando una pequeña pared, apoyándose en el estribo del puente de hierro, bajo la orma de la finca de los Tejada25, hasta el barranco, continuándose por él unos cuantos metros, con objeto de represar el mayor número de hilillos de agua. Solamente que las aguas se elevaran cuarenta o cincuenta centímetros y haciéndose en la pared una o dos salidas, se podían llenar los cántaros, labrando unas escaleras de bajada. El punto más conveniente sería junto al estribo del puente. En este caso sería preciso hacer una bajada desde la misma carretera, con licencia de Obras Públicas. Si se diera con el agua, sería preferible recogerla más alta que el camino, pero cuando hicieron el sifón de los Tejada no se cree que encontraran agua en los cimientos. Suerte sería que dichos hilos de agua vinieran de la sierra de Embid y se pudieran encontrar por encima de la Somera, para canalizarlos26. Notas: 1. Agustín Ubieto en Historia de Aragón. Los pueblos y los despoblados, III, Zaragoza, 1986, pp. 1087-1088, nombra Sabiñán y lo hace derivar del nombre romano de persona Sabinius o Sabinianus, y señala que se escribió Sabiñán hasta 1834 y Saviñán desde 1857. Lo cierto es que revisando los libros parroquiales y los documentos del Archivo Gracián, aunque lo encontramos escrito de las dos formas, abunda más la forma Saviñán. Francisco Tobajas Gallego: «Saviñán de Sabinius», Cosas de mi pueblo, 2007, pp.78-79. El Ayuntamiento surgido de las elecciones municipales de 1991, presidido por Lola Campos, optó por la forma Saviñán, que se impuso a nivel oficial. Mi amigo, Ángel Montero Córdoba, sostiene que Saviñán deriva del íbero y significa lugar donde ensancha el valle. 2. Según un documento del Archivo de la familia Gracián, en 1837 se arregló el puente de piedra de Saviñán y la puentecilla de Juan López, conocida también como la puentecilla del Maltés. Francisco Tobajas Gallego: «Noticias de dos reparaciones llevadas a cabo en el puente de Saviñán, halladas en el Archivo de la familia Gracián», Enebro, Saviñán, nº 17, Abril 1997. Juan Manuel López Cuenca (1733-1808) casó en 1754 con Teresa de Afuera y Pérez (1735-1772), siendo padres de al menos siete hijos, entre ellos de Fr. Manuel López de Afuera (1759-1831), que fue prior de Chiprana, de la Orden de San Juan de Jesusalén, llamada también de Malta. Todo hace pensar que Juan López y su hijo vivieran en una casa contigua a esta puentecilla, en la actual calle de San Miguel, bajo la cual pasaba la acequia de Jumanda. En el padrón parroquial de 1859, mosén Miguel López aparece viviendo en la entonces calle de San Roque. Francisco Tobajas Gallego: «Caballeros sanjuanistas», Gentes de mi tierra, 2009, pp. 76-77. 3. La calle del Centro era la actual Travesía de las Damas, antes de José Calvo Sotelo. El pleno del Ayuntamiento de Saviñán, celebrado el 17 de julio de 1937, acordó dedicar la calle del Centro a José Calvo Sotelo. También acordó

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dar el nombre de Plaza de España a la Plaza de la Constitución. Se fijó el día de Santiago para la celebración de estos actos, avisando a todo el vecindario. La calle de San Roque comprendía desde la calle del Centro hasta la confluencia de las calles del Molino y de Santa María. Desde la confluencia de estas dos calles hasta la plaza de la Señoría se llamaba de San Miguel, nombre que hoy rotula toda la calle, desde la calle Mayor hasta la Señoría. Pascual Olvés Lafuente fue alcalde en 1931. El tío Pascual «el Bolonio» casó en 1892 con Francisca Lázaro Villalba. La casa a la que se hace referencia, rentera al conde de Argillo, se situaba en lo que actualmente es casa de Tomás Fernández Pérez, farmacéutico de Saviñán. Con la venta del molino de aceite, las huertas y los jardines que rodeaban el palacio de los condes de Argillo, se proyectó la calle de Agustina de Aragón y la avenida de Goya, para dar salida a la carretera. 4. La calle de San Ramón se cerraba con un arco. Debía ser como una calle privada, donde vivían los obreros de la casa de los Muñoz de Pamplona. En un documento del Archivo Gracián de 1811, Domingo Arévalo y Joaquina Calvo, cónyuges, vendían a José Gracián Carrascón la mitad de una casa en la calle que bajaba de la calle de Enmedio al portal de San Ramón, con la obligación de pagar al convento de Santa Clara de Calatayud un censo anual de dos sueldos jaqueses, por cincuenta y ocho libras. En el Padrón parroquial de 1857 la calle de San Ramón se delimitaba desde el portal de San Ramón hasta la entrada a la plaza. 5. La casa de Miguel Lafuente Soriano (1877-1941), secretario del Ayuntamiento, que casó en Morata de Jiloca con Pascuala Costea Cebrián en 1916, pasó a sus sobrinas Carmen, maestra nacional de Saviñán, y Conchita López Cebrián. Se sitúa en la calle Mayor, confrontante con la calleja que José Gracián llama de la Anselma. Miguel Lafuente era hermano de Félix Lafuente Soriano (1879-1943), que vivía en la Caracolera, hoy calle de San Miguel. Anteriormente esta casa fue posada. En los bajos funcionaba un molino de aceite. Félix casó en 1913 con Joaquina Sarto Bono (1882-1969) de la que no tuvo hijos. Su hermana Teotiste Sarto Bono (nacida en 1891) casó en el Pilar de Zaragoza con José Gimeno Gracia, que compuso la música de los Gozos de San Roque. Era violinista y murió en Saviñán el 1 de septiembre de 1923, a los treinta años. Esta casa de «las Felisinas» pasó a Teresa Gimeno Sarto. Por el escudo de piedra negra que se conserva en el patio de esta casa, perteneció a la familia Fernández Treviño. Francisco Tobajas Gallego: «Los Fernández Treviño de Saviñán», Enebro, Saviñán, nº 77, Marzo 2013. La tienda de Joaquín Aznar Lahuerta (1879-1954) abría sus puertas en la acera derecha de la calle Mayor, dirección a Paracuellos, antes de doblar la calle. Joaquín Aznar casó en 1903 con Carmen Tobajas Moreno (18791949) 6. La casa que fuera de la viuda de José Navarro Moreno (1854-1917) era la contigua al palacio de Argillo, hacia el sur. José Navarro casó en 1882 con Asunción Calvo Millán. En el padrón parroquial de 1859, Manuel Navarro y Josefa Moreno aparecen viviendo en la calle Laureles con sus hijos Mariano, Luisa, Leopoldo, Estefanía, José y Manuel. 7. El molino de aceite de Juan Lafuente Gumiel (1777-1852) se situaba en los actuales almacenes y cámaras de Francisco Tobajas Gallego. Tenía entrada por la actual calle de San Miguel, hoy garaje de Francisco Claras. En 1847 Juan Lafuente pagaba al Ayuntamiento un treudo por el molino de aceite. En 1842 Pedro Antonio Gracián Carrascón entró en pleito con Juan Lafuente Gumiel, por el uso del agua de la acequia de Jumanda o Molinar. Francisco Tobajas Gallego: «Postales de Saviñán», Enebro, nº 68, Diciembre 2010. 8. La familia Gracián tenía un molino de harina y otro de aceite. El de aceite ocupaba antaño los bajos de su casa solariega. En el Archivo Gracián se guarda un plano para la construcción de un molino de aceite, en una heredad de Pedro Gracián García (1771-1840), padre de Pedro Antonio Gracián Carrascón (1818-1887), contigua a la acequia de Jumanda y a la calle del Molino. En este plano ya aparece el molino harinero, que fue primeramente del Concejo, con sus canales de agua, junto al proyectado molino de aceite. El molino de harina estuvo en un tiempo a cargo de la familia Pinilla, que emparentó con la familia Arenas, oriunda de Villalengua y Velilla de Jiloca, conocida en el pueblo como los molineros. Miguel Monterde, en su Ensayo de 1778, p. 101, ya cita «la presa en el Jalón que da agua a un molino harinero y riega la vega que llaman de Jumanda». 9. El horno de la plaza era del Concejo. Se situaba en los bajos de la casa de la familia Sanjuán, junto a la nueva confitería. En 1821 pagaba el arriendo del horno Roque Vincueria, en 1825 Joaquina Calvo, en 1846 Roque Campillo y en 1847 José Verón. Este horno sufrió un incendio. 10. Nada dice José Gracián del hospital situado en el antiguo paseador de San Roque, hoy avenida de San Roque, cerca de la calle de las Cruces, llamada así por ir rezando por ella las estaciones hasta el Calvario la mañana del Viernes Santo. El 4 de octubre de 1901, Ana Garcés de Marcilla y Muñoz de Pamplona donó a la sociedad de San Vicente de Paúl de Saviñán un edificio de nueva planta de 231 metros cuadrados, en la partida del Calvario, para destinarlo a hospital, «donde hallen remedio y ausilio en sus dolencias, los pobres de esta localidad y refugio y amparo los ambulantes». José Lafuente Figueras era el presidente de esta sociedad de San Vicente de Paúl, que iba a administrar el edificio. Tomás Asensio Lázaro, Enebro, Saviñán, nº 47, Septiembre 2005. 11. El molino de Joaquín Pujadas y Pujadas, que perteneció anteriormente a la familia Martínez de Saviñán, como todos los edificios del recreo, que serían habilitados para escuelas, casas de los maestros y Telégrafos, lo adquirió

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más tarde Juan Ignacio Gracián Marco (1898-1974). 12. La tejería se situaba en el horno de la familia Arenas-Lafuente, junto a la acequia de Jumanda. Había otra más moderna en la subida a la Aldehuela, junto a la acequia, a cargo de la familia Arévalo. De allí salieron los últimos ladrillos que sirvieron para arreglar el puente de piedra, tras las avenidas de 1956. En 1517, Juan Muñoz de Pamplona, escudero y habitante de Saviñán, entregaba una pieza de tierra en Galbón a los mudéjares de Saviñán, Ali de Ali y Juce de Alfaqui, pagando un censo perpetuo de 32 sueldos jaqueses. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo de Argillo, Caja 2103, Leg. 3, 15. También aparece como tejero Urbano Olvés Joven, que casó en 1869, en la parroquia de San Miguel, con Paula Lafuente Nonay. En el padrón parroquial de 1859 sus padres, Judas Olvés y Andresa Joven, aparecen viviendo en la calle del Molino. 13. Se refiere al huerto del que fuera notario de Saviñán, Federico Crespo Lozano, situado a la salida del pueblo, en el camino de Paracuellos. En los Padrones parroquiales de 1929 y 1932 aparece viviendo en esta huerta, que tenía una casa redonda, Genaro Crespo Puerta, hijo del notario Federico Crespo, con los caseros Francisco Lacruz Lafuente y María Gasca Lacruz, y sus hijos Petra, Águeda y Francisco. Más tarde fue propiedad de la familia Vincueria y actualmente pertenece a la familia Lafuente-Vincueria. 14. El jumandil es un aire que sopla desde la Cocha, parecido al darocano, aunque éste siempre es más frío. Vicente Martínez en su Carta instructiva sobre el cultivo de los olivos, Zaragoza, 1785, p. 2, escribe «que si puestas las referidas neblinas en la Sierra [de Vicor], dirigen su movimiento ácia el Norte ó Moncayo, producen un viento que toma su mayor fuerza, encima de las Sierras de Aluenda llamado Jumandil frio, y fuerte por extremo, que molesta parte del termino, del Frasno, de Aluenda, Paracuellos, Saviñán, Morés, Purroy, Chodes, y Morata, donde fenece». 15. El médico oriundo de Cantavieja (Teruel) José Bono Ibáñez casó con Juana Pérez Cazcarro, de Paracuellos de la Ribera. Su hijo José Venancio (1812-1866), secretario del Ayuntamiento de Saviñán, casó en 1835 con Joaquina Lafuente Figueras. La familia Bono-Lafuente vivía en una casa de la calle Mayor, según el Padrón parroquial de 1859. José Bono Lafuente, médico, casó en Ateca con Dolores Soriano. Su hermana Dolores Bono Lafuente casó en 1871 con Felipe Sarto Gran. Mónica Bono Lafuente casó en 1862 con Julio Anacleto (vulgo Juan) Sarto Gran, que era confitero y cerero. Una vez viudo, Juan Sarto casó con Pascuala Teotiste Bono Lafuente, hermana de Mónica. 16. La casa que fuera de Juan Lafuente Palacios, es la casa situada en la calle Mayor, esquina con la actual de la Constitución, que baja a la Plaza de España. Casa de estilo aragonés, en cuyos bajos abrió sus puertas la tienda de Sarto, fundada en 1873 por José Sarto Gran, quien había casado en 1863 con Carmen Carnicer Rochel. Es conocida también como la casa del médico, pues en ella vivió Mariano Marzo Blasco, médico de Saviñán, que casó con Teresa Lafuente Gracián. Juan Cruz Lafuente Palacios (1864-1924), casó en 1890 en el oratorio del conde de Argillo, con Lorenza Cecilia Polo Pérez (h.1869-1950). Esta familia de los Lafuente arranca en Gaudioso Lafuente, que casó con Catalina Percebal, siendo vecinos de la Señoría. Todo hace pensar que la familia Lafuente comprara esta casa a alguna familia noble que desconocemos. En 1522 el infanzón Juan Forcén Muñoz otorgaba tener una comanda de 180 sueldos del platero Alonso Lagasca, padre. José Miguel Acerete Tejero: Estudio documental de las artes en la Comunidad de Calatayud en el siglo XVI, Calatayud, 2001, p. 535. 17. Isabel Pujadas, viuda de Juan Muñoz de Pamplona, murió en Saviñán en 1584. Los ejecutores de su testamento fueron Rodrigo Zapata y María Zapata. Isabel Pujadas dejó un considerable patrimonio a su sobrino, el infanzón Matías Pujadas Luzán, que estaba casado con María Zapata. 18. La casa de Elías Cormán Sancho, carpintero, se situaba en la calle Nueva o del conde de Argillo, esquina con la actual de San Miguel, frente a la casa de los Gracián. En ella abría la tienda de Pedro de la Concepción, albañil. Formaba parte del caserón de la familia Funes, que había heredado a su vez de la familia Sayas de Saviñán. 19. El 2 de junio de 1573 se desposaban en San Pedro de Saviñán, Miguel de Heredia y Rueda con Francisca Muñoz de Pamplona. Las capitulaciones matrimoniales databan del 4 de febrero de 1573. Miguel de Heredía llevaba al matrimonio unas casas con corral, con una plaza y huerto delante de ellas, todo contiguo. Confrontaban con casas de Beatriz de Heredia, de mosén Pedro Palacio, herederos de Joan Pamplona y calle pública. El huerto y la plaza confrontaban con calle pública y acequia de Jumanda. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo Argillo, Cajas 2167-2168, Leg. 66-43. El nuevo Ayuntamiento, inaugurado en 1995, ocupa parte de estas casas que debieron ser de los Heredia y luego de los condes de Argillo. Al balcón de esta casa que daba a la plaza, salieron a saludar al pueblo los recién casados José Martínez Ortega y María de la O Bordíu y Bascarán, que contrajeron matrimonio en el oratorio del palacio el 2 de febrero de 1918. Lucio Sánchez Marco (1855-1929) había casado en 1880 con Inocencia Monreal López. 20. El 24 de abril de 1882 aparecía en el Boletín de la Provincia de Zaragoza un anuncio para la contratación en pública subasta de la Casa Consistorial de Saviñán, cárcel y macelo, bajo un tipo en baja de 14.455 pesetas, con 80 céntimos. 21. Carlos Muñoz Serrano pedía a los jurados, en su visita pastoral de 1579, que no tuvieran ayuntamientos dentro de la iglesia. También pedía a los jurados que hicieran una llave de la iglesia al vicario, para que pudiera administrar de noche los sacramentos en caso de necesidad. En su visita de 1601, Fr. Diego de Yepes pedía que no

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se hicieran ayuntamientos, representaciones, ni sacaran oficios ni otras cosas profanas en las iglesias y ermitas, bajo una pena de veinticinco ducados y excomunión mayor. 22. En la visita pastoral del obispo de Tarazona, Jerónimo Castellón y Salas, en mayo de 1826, se prohibió el tránsito de los escolares por la iglesia. Y pedía que dentro de cuatro meses se abriera otro camino para llegar a la escuela. Por ello llamaba la atención del Capítulo y del Ayuntamiento sobre este particular, «pues acostumbrandose los niños á pisar, correr y divertirse de mil modos en las iglesias, que en aquella edad deben infundirles ya un temor majestuoso, después nada queda que llame sus corazones á la compostura y piedad con que deben asistir a las funciones augustas de nuestra Sagrada Religión». 23. Los arcos de San Roque y de San Pedro se encontraban a ambos lados de la calle Mayor, cerrando el pueblo al norte y al sur. José Gracián afirma que entonces aún podía verse el pilar que sostenía el arco de las puertas, en frente de la casa de Miguel Lafuente. Al ensancharse el pueblo se debió levantar el nuevo arco de San Roque, que derribó un camión en los años setenta. El arco de San Pedro se cita en el Libro sexto (1770-1820) de la parroquia de San Pedro, en un comentario que relata la visita en 1786 de la reliquia de la Santa Cabeza de San Gregorio de Ostia, y en otros documentos del Archivo Gracián. En la campaña de la recolección de la oliva de 1832-1833, en los olivares del conde de Argillo, los peones cobraban tres sueldos y dos cuartillos de vino al día y las cogedoras diez cuartos. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo de Argillo, Caja 2241, Leg. 125-1. 24. En la copia de la Concordia y repartimiento de los ejarves de la cequia de Juan Forcen, de 1508, se decía que «acaere muchas veces que en la fila que Pedro Gascon toma el agua para regar su era y en la de la Callejuela y en la de los Quiniones, algunas mujeres destapan aquellas para hacer roscadas o para otras cosas que parezca y se va a perder el agua a la cequia de Jumanda», imponiéndoles una pena de 5 sueldos. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Pleitos civiles, 2553-1. El corresponsal de Saviñán firmaba una crónica en La Derecha, el 9 de julio de 1885, año del cólera, en la que se quejaba porque las acequias que cruzaban el pueblo dejaban bastantes charcos por las calles, siendo contraproducente para la sanidad. El 15 de julio, el corresponsal Cebollero escribía que en Saviñán la enfermedad había recobrado proporciones, que aunque no eran extraordinarias, sí bastaban para mantener al vecindario abatido. Debía tratarse del entonces médico de Saviñán, Ángel Cebollero Ladaga, que estaba casado con Pilar Garcés Sastre. El 7 de mayo de 1887 eran padres en Saviñán de dos niños que fueron bautizados en la casa familiar por necesidad. El coadjutor de la parroquia, mosén Vicente Bono, añadía que no se les había impuesto nombre por no permitir su enfermedad llevarlos a la pila bautismal. Los abuelos paternos se llamaban Clemente Cebollero, de Baltarás, Huesca, y Carmen Ladaga, de Zaragoza. Y los maternos eran Fabián Garcés, de Zaragoza, y Tomasa Sastre, de Huesca. Los dos niños murieron a los pocos días. Uno de ellos el día 11 de mayo y su hermano al día siguiente. 25. Esta finca que cita José Gracián de los Tejada, de los que no sabemos nada, se conoce también como la huerta de Juan «el moro». Se trata de Juan Lacruz Morlanes (1834-1916), quien casó en Saviñán el 7 de marzo de 1863, con Dominga Sánchez Morlanes (1841-1902), siendo padres de Joaquina (1868-1917), quien casó en 1886 con el viudo Manuel Sanjuán Lafuente (1849-1932), Manuel (1874-1965), que murió soltero en la casa de Carcenique, y de Tadea Juana (1879-1957), quien casó en 1909 con Feliciano López Bernal (h.1886-1972), natural de Almonacid de la Sierra. En 1884 y según el Padrón parroquial, la familia Lacruz-Sánchez vivía en la calle de San Roque. Juan Lacruz Morlanes, participó en la Guerra de África o Primera Guerra de Marruecos, entre1859 y 1860, de ahí le venía su apodo de «el moro». La familia López-Lacruz tuvo en arrendamiento esta finca de los Bancales. Más tarde se hicieron con su propiedad, siendo heredada por los hermanos Manuel, Aquilino y Consuelo Sanjuán Lacruz, sobrinos de Feliciano y de Tadea. En la imprenta zaragozana de José María Magallón, se publicó en 1860 Sermón de acción de gracias, que con motivo de las fiestas hechas por la toma de Tetuán, predicó el Presbítero D. Salvador Fernández de Peralta en la parroquia de Sabiñán, por encargo del pueblo, y de su M. Ilustre Ayuntamiento, el día 12 de Febrero del año 1860, Biblioteca Nacional, Madrid, VC/560/3. Salvador de Peralta falleció en Saviñán el 25 de octubre de 1869. Tenía 59 años de edad. Era natural de Daroca e hijo de Salvador y de Mariana Gil de Bernabé. En 1871 fallecía en Saviñán Joaquina Ricarte Lázaro, de Daroca. Estaba casada con Pascual Peralta. Pascual Peralta y Joaquina Ricarte, vecinos de Saviñán, fueron padrinos de los niños confirmados por el obispo de Tarazona, Cosme Marrodán, el 10 de octubre de 1865. Entre ellos fue confirmado José Gracián Gasca y su hermana Francisca. Según los padrones parroquiales de 1859 y 1860, mosén Salvador Peralta y el matrimonio formado por Pascual Peralta y Joaquina Ricarte, vivían en el nº 4, segundo, de la calle Laureles. Quizá mosén Salvador Peralta fuera capellán de los Muñoz de Pamplona. En el mismo número vivían Antonio Vincueria y Francisca Nonay, con sus hijos Pedro, Paulina, Sebastián y Gabriel. Juan Manuel Ricarte Lázaro casó en Paracuellos de la Ribera con Manuela García Gracián (Saviñán, 1813), hija de Vicente García y Amesti y Rosalía Gracián y García. La misa nupcial la celebraron en San Pedro de Saviñán el 25 de septiembre de 1863. Juan Manuel Ricarte falleció en Saviñán en 1882, a los 76 años. 26. Se trata de un protocolo notarial que guarda el Archivo de la familia Gracián de Saviñán. La fuente de la Señoría la inauguró en 1929 el Gobernador Civil Juan Cantón Salazar, siendo reducida a escombros el 30 y 31 de

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enero de 1986, colocándose en su lugar otra de vida efímera.

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CAPITULO II Nombres de las partidas del término La mayor parte de los nombres que hoy suenan, ya se usaban en los siglos XV y XVI, algunos han desaparecido y otros son relativamente modernos o posteriores a dichos siglos. En el siglo XV existía un término o pago llamado de las Abadías, que ahora no se oye y que debía encontrarse cerca del pueblo, pero al otro lado del río, pues por él pasaba la acequia de Enmedio. ¿Sería la Jorquera? Otro nombre que no suena ahora son los Hoyos de Embid que, contradictoriamente, se situaban en el lado de la Forcena. Ya se ha citado a «los esquiniones», también desaparecido. Los pagos de San Antonio, Virgen del Pilar y San Vicente, son posteriores al siglo XVII, por lo que supongo que los peirones y la ermita de San Vicente Ferrer, deben ser obra del siglo XVIII. Los azulejos que adornan el peirón de San Antonio, son parecidos a los de la capilla del Rosario que, como ya se dijo, se arregló en dicho siglo1. Trebago sospecho que se deriva de regarse antiguamente con el albercón2, que recogía las aguas de los tres vagos o ramblas, es decir de Val de Arrón (Val de gorrón), de Val de Santiche (Valdefeliche) y de Valcardera, o de sus manantiales. En el siglo XVII en ninguno de esos hoyos se citan olivares, sino yermos, zumaqueras y viñas, por lo que me inclino a creer que bajaban las aguas de los manantiales arcaduzadas al albercón, ya que se han encontrado trozos de cañería en esa dirección. Cuando se consolidó el riego del azud de Embid, se aprovecharían las aguas en su nacimiento, plantando los olivares que hoy existen en Valdegorrón, Valdefeliche y Valcardera. A las Espartinas les llamaban también huertas nuevas en los siglos XVI, XVII y XVIII, como se desprende del pleito que se siguió sobre el derecho de riego de estas huertas y las restantes de la Forcena, ocurrido en el siglo XVIII3. ¿Se cosecharía antes esparto y de ahí le vendría el nombre? Entre los vecinos del pueblo en el siglo XVI, aparecen varios con el sobrenombre de esparteneros4 o trabajadores de esparto, o seroneros, como hoy se les conoce, o bien recibirían este apelativo por haber venido cuando se puso en cultivo esta partida y cultivar en ella tierra. En el siglo XVI suena en Trasmon una partida llamada Torre de las doncellas. ¿Sería la que ahora dicen Torre de las Encantadas? Sería curioso dar con datos referentes a ella, porque el mismo nombre indica la existencia de alguna leyenda que pudiera estar relacionada con el tesoro que se creyó escondido en dicha torre y que algunos trataron de descubrir removiendo la cueva o cisterna que hay en ella. Se cree que sirvió en ciertas épocas para el telégrafo de señales, pues parece que está en relación con otras edificaciones del mismo género, existentes en los puertos de El Frasno5. Más claro aparece porqué se llama Valdemoro a otra partida. En ese val tenían los moriscos la mayor parte o toda la tierra, según aparece en la lista de las fincas que desalojaron cuando la expulsión, siendo muy propio que le dijeran Val del moro. Cuando estas fincas pasaron a la Comunidad de Calatayud, tres de ellas pagaban de censo una taza de agua, señal que en ellas existían manantiales y de esta manera se hacía constar su presencia. Otro tanto sucedía con otras fincas en Aguatones (Aguachones), que también censaban su taza de agua6. Pudiera ser que por la misma razón aludida anteriormente, ya que en esta partida hay balsetas que recogen el agua de tres manantiales y es más que probable que ya

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existieran entonces. La razón de llamar Trasmon a esa partida es evidente. Quiere decir tras el monte, o detrás del monte de las Espartinas y el Portijuelo (puerto pequeño). El término de Santa Clara parece derivar de las propiedades que tenían allí las monjas de Santa Clara del convento de Calatayud. He visto descritas muchas fincas que confrontaban con heredad de Santa Clara, lo que puede dar una idea de la gran extensión de esta propiedad, tal vez la más destacada en este pago y por esta razón recibió aquel nombre7. La Aldehuela quiere decir aldea pequeña. La senda que conduce a ella se llamaba y todavía se conoce por el nombre de cuesta de la Aldea. ¿Sería en un principio un grupo de cuatro o seis casas edificadas para los colonos de la finca? El poseer un abundante manantial, era un requisito imprescindible para hacerla habitable, ya que con ella se podría regar una buena extensión de terreno, capaz para el sostenimiento de unas cuantas familias. ¿Acaso pudo ser el origen del pueblo y tras un tiempo edificarían en el valle a los lados del camino que unía este término con los pueblos vecinos y con Calatayud? Consta documentalmente que en el siglo XIV perteneció a los Zapata y cabe sospechar que anteriormente fuera de la casa de los Luna. En los siglos XV y XVI fue propiedad de los Sayas y los Funes, que por matrimonio pasó a los Muñoz de Pamplona, señores de Argillo8. A todos ellos les guió la idea de hacer una finca grande, comprando cuanto pudieron de sus contornos, tal y como la conocemos hoy. Notas: 1. El 14 de agosto del año 2004 se presentaron en la iglesia parroquial de Saviñán dos retablos que habían sido restaurados y un Cristo crucificado con los brazos articulados, para ocupar la cruz o la cuna, en la procesión del Viernes Santo. Se trataba del retablo existente en la ermita de San Vicente Ferrer y del retablo de la ermita de San Blas. Ambos son del siglo XVI. El de San Blas se hizo de limosna en 1588, según se apunta en la parte inferior del retablo. Estos retablos y el Cristo se han colocado en la antigua capilla de los Muñoz de Pamplona, convertida en Museo Parroquial. Francisco Tobajas Gallego: «San Vicente y San Blas», La Comarca, Calatayud, 5-11-2004 y 3112-2004. El peirón de San Antonio de Padua se levantaba en la explanada de San Antonio, junto a la antigua fábrica de gaseosas de Tomás Villalba Sisas, al final de la calle Mayor, junto a los almacenes de la familia Vincueria, pero un camión se lo llevó por delante en los años setenta. Era de ladrillo. Hasta el nuevo peirón, mucho más modesto que su predecesor, llega la procesión con el santo cada 13 de junio, festividad que gozó de fuerte arraigo por devoción de Antonio Acerete Joven, quien regaló a la parroquia una imagen de San Antonio de Padua. 2. Todavía puede contemplarse lo que queda del viejo albercón, construido con piedras y argamasa, en el paraje de la Jariz o Ajariz, en el camino de las Majanetas o de Santa Clara. Jariz viene a designar un lagar pequeño. 3. En unos protocolos notariales del Archivo Gracián, fechados en 1758 y 1759, debidos al notario José Carnicer y Pérez, se decía que en el antiguo «libro de compadronamiento» de 1452, la tierra que regaba la acequia de Juan Forcén en el término de Saviñán hasta el mojón de Morés, era de 436 hanegadas. En otro documento del Archivo Gracián de 1844 se apuntaba que Saviñán regaba con la Forcena 527 hanegadas. Por tanto podemos pensar que la Forcena regaba 436 hanegadas en los ejarbes y las 91 hanegadas restantes, hasta las 527 hanegadas que se regaban a mitad del siglo XIX, debían pertenecer a las Espartinas. En un protocolo del notario José Carnicer y Pérez, fechado en 1758, se dan noticia de dos libros. Uno de ellos pertenecía a la acequia de Juan Forcén y el otro llevaba por título Libro cabreo de las hanegadas que se regaban con la Somera, del Medio, Baja y de Juan Forcén, que se había hecho en 1634, siendo procurador Juan González. En el Archivo de la familia Gracián se conservan unos pactos, sin fecha ni año, que pedían los herederos de las Espartinas a los herederos de los ejarbes. Los pequeños huertos caseros, destinados a hortalizas para consumo propio, se podrían regar cada ocho días. En las tierras blancas de la Forcena, sembradas de cebada, trigo, habas o cáñamo, por primera cosecha, podían regarse en caso de necesidad. En caso de plantar segundas cosechas, como judías, se debían socorrer antes los olivares. Los olivares de los ejarbes no se podían regar antes de 21 días cumplidos. Una vez regados estos olivares, la Junta de Herederos podía dar licencia para que se regaran

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las Espartinas. Si no se hubieran regado los ejarbes en estos 21 días, debían regarse antes que las Espartinas. Si en estos olivares de los ejarbes se plantaran judías, no se podrían regar antes de los 21 días, bajo una pena de 50 reales. La Junta o el comisario de esta acequia debían socorrer la mayor necesidad de los cultivos de los ejarbes y de las Espartinas, nombrando a dos regadores. Entre 1828 y 1832 la Junta de la Forcena siguió un pleito con la de Paracuellos sobre derecho de aguas. El 26 de diciembre de 1831, Basilio Pérez recibía del comisario de Saviñán 307 reales de vellón, por lo que les había correspondido de la obra en la acequia mayor de Embid. Archivo Gracián. En el Archivo Histórico Provincial, Pleitos civiles, 2553-1, se guarda una apelación hecha en 1756 por Francisco Gumiel, alcalde segundo, y los herederos de la Forcena, contra José Lafuente y otros, sobre derechos de regar con aguas de la acequia. Con ella se conserva una copia de la Concordia y repartimiento de los ejarbes de la acequia de Juan Forcén de 1508. 4. El Concejo de la Señoría se componía de un procurador, dos jurados y un justicia. En el Libro primero (15781618) de San Miguel hemos encontrado algunas profesiones de los cristianos nuevos: Esparteneros: Jerónimo Ropiñon Roldán, Juan Vélez, Miguel Crespo, Francisco Vélez, Pedro Vélez, Alexos Calavera y Luis Luengo. Herrero: Andrés Lobo. Fusteros: Gabriel Hariza y Gabriel Domalique. Chapinero: Luis Serrano. Sastres: Miguel Goxqui, Cristóbal López, Pedro Luengo, Gabriel Moreno, Alixandre Abocaque y Luis Navarro. Escudilleros: Gabriel Luengo y su hijo Francisco Luengo. Hortelanos: Alexos Moscabida y Miguel Zapatero. Médico: Miguel Calavera. Zapateros: Luis Blázquez y Juan Çorço. Guardas: Miguel Gascón y Miguel Luengo, mayor. Jerónimo Corral, guardia morisco de Brea, era el encargado oficialmente por el Santo Oficio para obligar a sus correligionarios a asistir a misa. En 1491 fue condenado a ocho años de galeras y doscientos latigazos pues «Tenía en su casa tablage de juegos y consentía que jugasen las fiestas jueves y viernes sancto celebrándose los oficios divinos y hacía otras cosas indebidas». Archivo Histórico Nacional, Inquisición, Libro 989, fol. 811. En el proceso incoado en 1567, a instancia del promotor fiscal del Santo Oficio, contra Francisco Mores, alias el Blanco, morisco vecino de Daroca, y su mujer Ana de Moscabida, por negarse a pagar la pena de medio real por no ir a misa y por agresión, se citaban a Antón Escribano y a Luis Castellano como guardas del Santo Oficio en Daroca, cuya misión era «hacer ir a misa a los nuevos convertidos». Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Procesos inquisitoriales, J/00034/02, microfilm 94/2. En 1584 aparece Pedro Montul nuncio y guarda de los nuevos convertidos de la villa de Mediana, a cuya instancia se abría un proceso contra varios moriscos de esta villa, por no dejarse ejecutar la pena por haber faltado a misa y otros delitos. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Procesos inquisitoriales, J/00052/08, microfilm 97/5. Anaz Cardona escribe que los moriscos eran «dados a officios de poco trabajo»: tejedores, sastres, sogueros, esparteneros, olleros, zapateros albéitares, colchoneros, hortelanos, recueros y revendedores de aceite, pescado, miel, pasas, azúcar, lienzos, huevos, gallinas, «gapatillos» y cosas de lana para los niños. Pocos trabajaban el metal, el hierro, las piedras o la madera. Expulsión justificada de los moriscos españoles, Huesca, 1612, II, pp. 34-35. En abril de 1579, Luis de Momi, cristiano nuevo y obrero de villa, prestaba 1.000 sueldos a Miguel Almatar, mercader de Saviñán. José Miguel Acerete Tejero: Estudio documental de las artes en la Comunidad de Calatayud en el siglo XVI, Calatayud, 2001, p. 134. 5. Cristóbal Guitart Aparicio, en Castillos de Aragón, II, Zaragoza, 1986, p. 114, dice que el torreón de Saviñán tiene forma rectangular, de 10,40 metros por 8,30 metros, de gruesas paredes levantadas con piedras y tapial, con bóveda en forma de cañón apuntado en ladrillo, reforzado por arcos. Guitart cree que es obra de mudéjares y puede datar del siglo XIV, y siendo la morería señorío de los condes de Luna, el torreón sería de esta familia. «Los castillos de la familia Luna durante los siglos XIV y XV en la cuenca del Jalón, Cinco Villas y zonas limítrofes», VI Centenario del Papa Luna, Jornadas de Estudio, Calatayud, 1996, p. 245. En 1479, Pedro Pujadas, escudero de Calatayud, Martín de Monfort, de La Vilueña, Martín Navarro, de Miedes, y Bartolomé Crespo, de Munébrega, daban una sentencia arbitral, a causa de unas diferencias entre Pedro de Luna, señor de Purroy, y el Concejo de Saviñán, sobre unas heredades y la llamada torre del val de Trasmón. Los árbitros sentenciaron que la torre y su heredad, situada en el término de Saviñán, pertenecía a los jurados, guardas y Concejo de Saviñán, y que por tanto no gozaba de jurisdicción civil ni criminal. En 1579, a petición de Juan Martínez de Luna, señor de Purroy, y del Concejo de Saviñán, micer Juan Pérez de Nueros, abogado fiscal del rey, y micer Miguel Luis de Santángel, dieron otra sentencia arbitral. Pedían que los Jurados de Saviñán debían cerrar un olivar, parte de las heredades de la torre y confrontante con la acequia de San Blas, que había donado Catalina de Urrea y Juan de Luna para la luminaria de San Blas en su ermita. Catalina, viuda de Jaime de Luna, había casado con su cuñado Juan de Luna en 1509. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Archivo Argillo, Caja 2146, Leg. 41-40. Corre una leyenda de amores contrariados y una historia que ocurrió en el siglo XIX, sobre un fabuloso tesoro que escondió una partida de carlistas. Carlos Gasca Ibarra, Cauce y Caudal, Febrero-Marzo y Abril-Mayo de 1976. José Gracián parece desconocer la leyenda de las tres moricas encantadas. 6. Este detalle aparece en una copia de un cuaderno manual para la cobranza de los treudos de la Señoría de Saviñán en 1805, que lleva fecha de 24 de marzo de 1843, que se conserva en el Archivo de la familia Gracián de

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Saviñán. Felipe Ibarra cultivaba una viña en Valdemoro con una taza de agua. José Gumiel Berdejo tenía un albar que había sido viña en Valdemoro, que pagaba una taza de agua. Juan Lorenzo Garza tenía una zumaquera en Aguachones, que pagaba una taza de agua. A nombre de María Pinilla aparece una viña aumentada con taza de agua y una viña y zumaquera en Aguachones, también con taza de agua. Juan Lafuente Ruiz tenía una viña con 40 olivos en Aguachones, de la que pagaba una taza de agua. 7. El monasterio de Santa Clara de Calatayud fue fundado por Vicente Blasco de Lanuza y el rey Jaime I en el siglo XIII. Fue destruido en le Guerra de los Pedros y reedificado por orden de Pedro IV y su esposa Leonor, en 1368. El templo se demolió en 1834 y en el solar, con parte del convento de los frailes de la Merced, se formó la plaza del Fuerte. Entonces la comunidad ocupó el desamortizado convento de San Francisco. Gonzalo M. Borrás Gualis y Germán López Sampedro, op. cit., p. 193. 8. En la Caja 2102 del Archivo de Argillo, en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, encontramos varias referencias a la Aldehuela. En 1309, Gonzalvo Díaz y Sancha González, vecinos de Cetina e hijos del caballero Lope González, vendían toda la heredad llamada Aldehuela y un albar en Valmancorta, que había pertenecido a su abuelo Miguel Garcés de Aytona, a Pascual Domínguez de Pamplona, por 2.200 sueldos jaqueses. Leg. 2-31. En 1414, Blanca Beltrán de Pamplona, viuda de Gilberto Zapata, señor de La Vilueña y Valtorres, donaba la Aldehuela y otras fincas a su primo Sancho Zapata, escudero habitante de Miedes, con la condición de que le entregara la mitad del aceite que recogiera cada año. Leg. 2-29. Gilberto Zapata fue hijo natural de Pedro Sánchez Zapata, señor de Valtorres y La Vilueña. Gilberto murió en 1400, sin hijos, dejando herederos a Rodrigo Zapata y a Sancho Zapata, como parientes más cercanos. José Pellicer de Ossau y Tovar: Informe del origen, antigüedad, calidad y sucesión de la Excelentísima casa de sarmiento de Villamayor, y las unidas a ella por casamiento, escrito a instancia del Excmo. Sr. D. Felipe Baltasar de Gante, Madrid, 1663, f. 80 v. En 1412 Sancho Zapata, habitante de Miedes, fue convocado y asistió a las Cortes de Zaragoza que juraron al nuevo rey Fernando I. Archivo de la Diputación Provincial de Zaragoza, ms. 11, fs. 5v.-54v. En 1415, Sancho Zapata entregaba la heredad de la Aldehuela en arriendo a unos vecinos de El Frasno por cinco años. Leg. 2-32. En 1424, Juan de Luna, señor de Illueca, vendía una casa con su heredamiento llamada la Aldehuela a Ferrant Zapata, por 4.000 florines de oro. Leg. 2-28. Ferrant Zapata, hijo de Sancho Zapata, casó en 1420 con María Ximénez de Sayas. Su hijo Sancho casó con Catalina de Bailo, viuda de Luis Forcén. Sancho Zapata testó en 1452 y su viuda en 1475, dejando todo su patrimonio a su hijo Sancho Zapata, que debió nacer hacia 1450, casando en 1467 con Leonor Muñoz de Pamplona, hija del escudero y vecino de Morés, Gonzalo Muñoz de Pamplona. Sancho Zapata testó en 1484, dejando una casa palacio situada en la Rúa de Calatayud, que pasaría más tarde a la familia Muñoz de Pamplona, siendo derribado en 1963. Guillermo Tomás Faci: «Distinción social en el seno de la baja nobleza aragonesa: El palacio de los Zapata en Calatayud en 1484», Anuario de Estudios Medievales (AEM), 39/2, Julio-Diciembre, 2009, pp. 605-629. Carmen Gómez Urdáñez: «El alero del llamado palacio de Argillo de Calatayud», I Encuentro de Estudios Bilbilitanos, I, Calatayud, 1982, pp. 179-191. Juan de Luna concedió en 1421 a Sancho Zapata, una caballería de honor, con una renta de 500 sueldos anuales a pagar por la Comunidad de Aldeas de Calatayud a cambio de servir «a nos al señor Rey toda vegada que requerido en seredes con un cavallo armado segunt Fuero, uso e Costumbre del Regno de Aragón». Archivo Argillo, Caja 2154, Leg. 49-120. En 1438, Juan de Morlanes, ciudadano de Calatayud, vendía la casa y heredamiento de la Aldehuela al escudero Ferrant Zapata por 100 florines de oro. Leg. 2-27. En 1489 Marien de Sestrica, vecina de la Morería de Saviñán y viuda de Farach Domalich, vendía un albar en la Aldehuela a María de Heredia, mujer de Antón Sanz, especiero, por 50 sueldos. Leg. 2-30. En 1506, Úrsula y María Sanz, monjas del convento de Santa Clara de Calatayud, donaban la Aldehuela, con sus aguas, viñas y zumaqueras, a favor de Sancho Zapata, Gonzalo de Sayas y Luisa Sanz, hermana de las donantes. Leg. 2-26. En 1572 los alcaldes y veedores de Saviñán amojonaban la Aldehuela, a instancia de María Ximénez de Sayas, viuda de Gonzalo de Funes. Leg. 2-25. Las casas de los Funes de Saviñán, que habían heredado de los Sayas, con bodegas de vino, boticas de aceite, corrales, caballerizas y huerto, ya aparecían en las capitulaciones matrimoniales de Gonzalo de Funes y Pérez Malo de Molina, de Bubierca, y de María Ximénez de Sayas y Funes, fechadas en 1542, y en las capitulaciones matrimoniales de su hijo Gonzalo de Funes y Ximénez de Sayas y de Isabel Muñoz de Pamplona, de 1581. La hija de ambos, María de Funes y Muñoz de Pamplona, por muerte de su hermano Gonzalo en 1608 sin tomar estado y el ingreso de su otro hermano Diego en la cartuja de Aula Dei, heredó toda la hacienda de los Funes de Saviñán. A ella pasó también la heredad de La Aldehuela, con casa, era, pajares y caballerizas. Se trataba de un extenso olivar con una huerta en medio, cerrada y arbolada, con tierra blanca de pan llevar, y a su alrededor zumaqueras y albares para sembrar, con su riego y pasturas, que confrontaba con los términos de Paracuellos, Saviñán y Embid. María de Funes y Muñoz de Pamplona casó en Saviñán en 1603 con Gonzalo de Funes y La Figuera, de Bubierca. Francisco Tobajas Gallego: «Los Funes de Aragón. Los Funes de Munébrega y de Bubierca», VIII Encuentro de Estudios Bilbilitanos, Calatayud, 2011, p. 172.

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En 1600, Isabel Muñoz de Pamplona, viuda de Gonzalo de Funes y señora de la casa y heredad de la Aldehuela, concedía permiso a Jerónimo Calavera, hijo de Juan Calavera, mayor, para regar con el agua del caño y de la alberca de la Aldehuela una heredad en Valdemoro. Leg. 2-23. La heredad de la Aldehuela pasó a los Muñoz de Pamplona, por matrimonio de Josefa Antonia de Funes y Pérez de Nueros con Diego Muñoz de Pamplona y Andrés de Camarena. Las capitulaciones matrimoniales datan de 1666. Archivo Argillo, Cajas 2167-2168, Leg. 66-7. Desde 1705 hay registradas varias compras de tierra alrededor de la Aldehuela por Diego José Muñoz de Pamplona. Leg.2-11-12-13-14. En 1750 la Aldehuela era propiedad de Juan Muñoz de Pamplona y Funes, presbítero, y de Vicenta Pérez de Nueros, viuda de Antonio Muñoz de Pamplona. Leg. 2-1-2.

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CAPITULO III Propiedad de las tierras y su cultivo La forma de la propiedad ha variado poco en los cuatro últimos siglos. Como ocurre en la actualidad, los propietarios eran pocos y muchos los cultivadores, si bien la modalidad y la relación jurídica eran distintas a las de hoy. Generalmente dominaba la separación de dominios, teniendo los señores el directo, con derecho a percibir una pensión del poseedor, de lo que se consideraba útil. Así los que tenían y cultivaban una tierra a censo, eran como los arrendatarios de ahora, pues la pensión equivalía a la renta de hoy, pero eran arriendos perpetuos o a plazos muy largos, que se transmitían a los herederos, como si la finca fuese de ellos. Y realmente lo era, cumpliendo la condición de pagar el censo, pues en caso contrario caía en comiso y el señor o dueño directo podía darla a otro o cultivarla él mismo. Los Muñoz, Heredia, Funes y Carrillo eran los mayores propietarios, que con la iglesia, las órdenes religiosas, sobre todo la de San Juan, y la Comunidad de Calatayud, tenían la mayor parte de las tierras. El resto correspondía a pequeños propietarios, que cultivaban la tierra de la forma antes expuesta1. Cuando la desamortización y la venta de bienes públicos y eclesiásticos, con la redención de los censos, surgieron muchos nuevos propietarios, fundiéndose en uno los dominios directo y útil, que tanto tiempo habían permanecido separados, resultando la forma actual de la propiedad. La Comunidad de Calatayud poseía una buena parte del término y pudiera acercarse a la tercera parte del mismo. No consistía en una o varias fincas grandes, pues tenía el domino directo o señorío sobre una infinidad de trozos sueltos, en todas las partidas del término. Únicamente he podido observar que en la Forcena, desde el mojón de Paracuellos hasta cerca de las Espartinas, no tenía ninguna parcela. Como se ha dicho antes, lo que compró la Comunidad fue la tierra que cultivaban los musulmanes y que le vendió la casa de Luna, a fines del siglo XIV o principios del XV, cuando las andanzas del Papa Luna, que es probable tuviera que hacer grandes gastos a costa de su hacienda2. Sospecho que a los musulmanes que quedaron cuando la reconquista, les dejaron las tierras que cultivaban. Como quedaron en concepto de vasallos o esclavos y aparceros del dueño del solar, y vinculados a éste, los musulmanes podían ser vendidos y por eso la Comunidad se hacía llamar señora de ellos, desde que compró el dominio directo de las tierras. Pienso que se respetarían las tierras y caerían bajo el dominio de la casa de Luna, porque de hacerse entonces una nueva distribución de tierras, las fincas dadas a los musulmanes aparecerían más juntas. Para vivienda se les señaló un barrio que se llamó Morería y luego Señoría, en la parte menos sana y más expuesta a riadas, con ánimo de hacerles sentir más el vasallaje. Parece que confirma esto lo que dice el Fuero de Calatayud. «Si un moro que está en el término de Calatayud huyere a seguro, dé el Concejo su heredad a un cristiano; si se trata de un judío, hágase lo mismo»3. En este caso, la zona de la Forcena y el resto de la propiedad del término no sujeta a vasallaje, en fecha de la venta a la Comunidad, pertenecerían a familias musulmanas vencidas, muertos o heridos. Así pues sus tierras pasarían a los guerreros que ayudaron a la reconquista de estas tierras, cediendo el domino útil a gentes que guerrearon bajo sus órdenes, que llegadas del norte repoblaron esta comarca. En Calatayud fueron tantos que fundaron dos parroquias para

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ellos, San Pedro de los Francos y San Pedro de los Serranos, según su procedencia. Otro tanto ocurriría en los lugares de la Comunidad. No cabe duda que llegaron muchos pobladores por las facilidades que ofrecía el fuero. En una de sus disposiciones dice: «Todos los pobladores que vengan a poblar Calatayud queden absueltos y libres de todas las deudas que hayan contraído, de las caloñas y daños que pesaren sobre ellos, vengan del rey o de cualquier otro hombre; y donde quiera que tuvieren heredades o haberes, téngalo todo salvo y sin trabas, libre y franco para venderlo, donarlo y gravarlo a quienes ellos quieran»4. En otra se lee: «Tengan los vecinos de Calatayud hornos, baños, tiendas, molinos y canales, cada uno donde mejor pueda hacerlo»5. En otro lugar se dice: «Ningún vecino de Calatayud que pase por los puertos de Pamplona o por los de Jaca pague lezda (portazgo) ni a la ida ni a la venida; el que los cobrare a la fuerza, pague mil maravedís en tres partes como arriba se dice»6. En el fuero se enumeraban otras ventajas, pues era de los considerados de frontera, más favorables que los de nuevo privilegio, porque continuamente tenían que hacer frente a los musulmanes que aún ocupaban las serranías de Teruel, Albarracín y Molina, que en incursiones repentinas robaban y se llevaban cautivos. También tenían que defenderse de los pueblos vecinos de Castilla, que seguían las banderas de Alfonso VII, el cual había estado a punto de llegar a las manos con su padrastro el Batallador7. Los contratos que en siglos pasados se acordaban para el cultivo de las tierras, adoptaban una de estas formas: a cens (censo), a medias, o a alcabala. Los propietarios o terratenientes que se reservaban las tierras para su cultivo, debían tener un sobrestante o administrador llamado «hacedor de las haciendas», nombre que hoy se aplica a las mujeres que entran en alguna casa como criada. Este cargo de «hacedor» se encuentra referido a hombres en el siglo XVI y me induce a creer que fueran los que corrían con el cuidado de las tierras de los propietarios, quizás ausentes. En una partida de defunción fechada en 1585 se lee: «hacedor de las haciendas de D. Diego Martín de Gotor»8. Asimismo he visto un contrato de un olivar dado a medias por doce años, con la obligación de femarlo dos veces, en el segundo y séptimo año del contrato, llevar la oliva directamente del olivar al ruejo del amo, etc. En las descripciones de fincas de la vega en el siglo XVI, se advierte que en la acequia de Jumanda predominaba el nombre de piezas, en las otras acequias el de vinyas (viñas) y en los alrededores del pueblo huertos y vergeles. Así pues se puede afirmar que en la vega de Jumanda predominaban las tierras blancas dedicadas a cereales, en las otras las viñas y los olivos, y los huertos y vergeles serían las tierras destinadas a hortalizas y frutales. En el monte debían predominar las zumaqueras, pues sólo suena algún majuelo (viña joven) en Mingorrea. Más tarde debió plantarse olivos en las laderas que regaba el azud de Embid y las viñas sustituirían a las zumaqueras de las tierras mejores. La transformación de los viñedos de secano a regadío, se encuentra en las Ordenanzas de la Forcena de 1508. En ellas se acuerda el día que debe regarse «la viña que posee en la Torrecilla D. Juan Muñoz de Pamplona», y el día señalado para regar «de las tapias de la viña de Martín García abajo»9. En 1561 todavía existían viñas en el Camarés bajo, pero en 1604 debía ser ya todo olivar, con cuatrocientos seis olivos. En el mismo año el Camarés alto tenía trescientos setenta olivos, que repartidos en las treinta y seis hanegadas existentes, resultan a veintiuno por hanegada. Los huertos de la Forcena debían ser pequeños, de media hanegada cuando más, pues tenían agua para regar cada ocho días, y solamente para la hortaliza necesaria para una familia, sin que pudieran tener cantidad mayor y venderla. Por su poca cantidad debían estar libres del diezmo, al menos los ajos lo estaban, si se cultivaban para regalo de los dueños, según se desprende de un acuerdo del Capítulo Eclesiástico. Vergeles eran las huertas pobladas de árboles frutales. El olivo debió ocupar primeramente la parte de Trasmon. En el resto del término

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existían las rengles plantadas en los vagos, donde pudiera recogerse el agua de lluvia, como aún existen hoy en el secano. Establecido el riego del azud de Embid, se irían plantando los olivares de la vega, haciendo pequeños tablares para facilitar el riego, que poco a poco se ampliarían para dedicar el suelo a otras cosechas. Por caras que vayan hoy las tierras, se puede asegurar que han costado más de lo que valen dejarlas en las condiciones en que se encuentran. Viene bien lo que afirma Salvador Minguijón sobre el particular: «La obra secular de roturación de la tierra es obra por excelencia de la civilización, es la más grande y más honrosa lucha del hombre para dominar la naturaleza. La tierra, antes de ser fecundada por el trabajo humano, nada vale. Sólo valdrá después, por el trabajo y el capital que se le haya incorporado. El propietario no es tal sino después de haber hecho la tierra, porque roturar una tierra, realmente es hacerla no como materia pero si como valor económico»10. Debió ayudar a la venta de los productos sobrantes la proximidad de Calatayud y tener mercado todos los martes del año, privilegio concedido en 128611. También data del siglo XIII el privilegio que declara «franco y libre el comercio de cueros y también la industria de su adobo y fabricación»12. Seguramente debido a él, se abrirían las tenerías de Calatayud y Brea, con lo que el zumaque del término obtendría buena salida por hallarse entre dos zonas próximas consumidoras de este producto13. La mayor parte del aceite saldría seguramente para Calatayud y para la parte alta del Jalón, donde no ha debido criarse nunca el olivo. Tan codiciado debía ser el de este pueblo, que no había comunidad religiosa que no adquiriera algún olivar en él. Así había olivares de la Religión de San Juan, del Sepulcro, del convento de la Merced, de Santa Clara y de los dominicos. Los jesuitas compraron olivares que podían rentarles más de ciento diez arrobetas de aceite, calculado para su consumo. He visto un curioso contrato de 1580 referente al aceite. Una persona da a otra trescientos a censo, debiendo pagar anualmente como pensión «una arroba gruesa de treinta y seis libras de aceite bueno, claro y mercadero». Como generalmente se daba el dinero al cinco por ciento, deduzco que el precio de dicha arroba se calculaba a quince sueldos por entonces. De 1554 es otro censal de dos mil sueldos de capital y nueve arrobas de aceite de pensión anual, sobre un olivar en las Abadías, que confrontaba con olivar y vergel de Catalina Serrano y huerto de Elvira. En aquel año resultaba la arroba de aceite a once sueldos. Para dar una idea de lo mezclada que andaba la propiedad entre musulmanes y cristianos, pues quizá cada tablar perteneciera a un dueño distinto, copio las siguientes descripciones: «Una finca en las Abadías, confrontante con olivar de la Iglesia de San Pedro y con viña de la Mezquita de la Morería de Sabiñán y con acequia de Enmedio», en el año 1400. «Una viña en Trebago, confrontante con acequia Baja», en el año 1512, y «otra viña en los Planos, con acequia del Medio», en el año 1516. En 1520 la casa Muñoz da a censo a Jude Alfaqui un albal en los Llanos, confrontante con otro albar del Sepulcro de Calatayud y con zumaquera de la mezquita. Y la misma casa da a Brahe Mecot un albal en Xahariz (Ajariz), lindante con otros de la iglesia, de Samahiora y de Mahoma Abocaque. Lo que hoy es huerta de Sarto en los Bancales, pertenecía en el siglo XVII, como dueños del dominio útil, a la familia del canónigo Martínez. De cuatro hanegadas era el dominio directo del Sepulcro, que cobraba veinte sueldos y medio, libres de diezmos y primicias. De una hanegada y media cobraba cinco sueldos la Religión de San Juan, sin pagar diezmo ni primicia, y de otra media hanegada era censalista la Comunidad de Calatayud en once sueldos, pagando además el diezmo. Notas: 1. En 1819 Juan Pujadas regaba con las acequias algo más de 128 hanegadas. El conde de Argillo pagaba por 124

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hanegadas y Ceferino Carrillo por 103 hanegadas. En 1825 el conde de Argillo era el primer contribuyente de Saviñán, que pagaba algo más de 1.316 reales de vellón. Ceferino Carrillo heredó los bienes de Saviñán de parte de su tía María Rosario Carrillo, que casó con Joaquín Mateo y Torrero, quien a su vez los había heredado de su tío Martín Liñán de Pamplona. Alegación en derecho por D. Zeferino Carrillo, vecino de la ciudad de Soria, en el pleito de demanda a instancia de D. Fernando Liñán, vecino de la de Valencia, contra el mismo D. Zeferino y el Cabildo de la Iglesia Colegial del Santo Sepulcro de Calatayud, sobre dominio de varios bienes sitios de la misma ciudad y otros pueblos inmediatos, que pende en esta Real Audiencia y grado de revista por el oficio de D. Claudio Romea, Zaragoza, Impr. Francisco Magallón, 1826. 2. La Morería de Saviñán fue expropiada a Antón de Luna, de la rama de Almonacid de la Sierra, valedor del conde de Urgel, uno de los candidatos en el Compromiso de Caspe, donde se eligió a Fernando de Antequera como rey de Aragón (1412-1416). El 2 de mayo de 1416 Alfonso V, hijo y sucesor de Fernando I, donó sus derechos sobre la Morería de Saviñán a Fernando de Sayas y a Gracia Fernández de Funes. En 1434 la Comunidad de Calatayud compró la Morería de Saviñán a Gracia de Funes, viuda de Fernando de Sayas, en 35.000 sueldos. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, Legajo 0042, nº 029, Archivo Municipal de Calatayud, Leg. 2. F. Javier García Marco, op. cit., p. 94. 3. Jesús Ignacio Algora y Felicísimo Arranz Sacristán, op. cit., Artículo nº 33, p. 40. 4. Ibídem, Artículo nº 3, pp. 32-33. 4. Ibídem, Artículo nº 22, p. 38. 6. Ibídem, Artículo nº 67, p. 49. 7. Vicente de la Fuente, op. cit, I, p. 154. 8. No hemos encontrado la defunción a la que hace referencia José Gracián. En 1585 hemos encontrado la defunción de Bartolomé Serrano, el 6 de septiembre, que había muerto en «argillio», o sea, en el quiñón de Argillo, de Calatorao. En 1601 y 1603 se bautizaban en San Pedro a Catalina y a Ignacio Portillo, hijos de Diego Portillo y de Catalina Arnedo. Eran de Tudela y habían venido a Saviñán «a ser hacedores de la hacienda de don Martin de Gotor». En 1603 se bautizaba a Anastasia Silvestre, hija de Roque Silvestre y de Margarita de Campos. Eran de Calatayud y estaban en la Aldehuela de Isabel Muñoz de Pamplona. En 1595 Roque Silvestre era «hacedor» de Alonso de Cantamina y Beatriz de Heredia. Proceso a instancia de Alonso de Contamina, hijodalgo y ciudadano de la ciudad de Zaragoza, contra Miguel Cuenca, familiar del Santo oficio, vecino del lugar de Sabiñán, por intentar estropearle la heredad que posee en dicho lugar, en el término llamado el Molar Bajo. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Procesos inquisitoriales, J/00071/04, microfilm 101/4. Juan Delgado era «hacedor y factor», de Miguel Muñoz de Pamplona. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Pleitos civiles, 2553-1, Apelación de Francisco Gumiel, alcalde segundo y herederos de la Forcena, contra José Lafuente y otros sobre derechos de regar con agua de la acequia, 1756. En 1603 moría Bartolomé Gascón, quien dejaba a su sobrino Antón Gascón la casa y corral de su habitación, que confrontaba con casa de Francisco Avas y granero de don Martín de Gotor. 9. En la copia de la Concordia y repartimiento del ejarve de la cequia de Juan Forcen del lugar de Sabiñán, se dice que del domingo hasta el toque de misa de mayores, ningún vecino ni heredero de esta acequia podía regar de las paredes de la viña de Martín García arriba. Desde el toque de misas en adelante podían regar los de arriba en el mismo ejarbe, excepto los que habían abierto una nueva acequia, que no podían tomar el agua hasta que no hubieran regado todos que estaban arriba de las paredes de Martín García. Como la viña de la Torrecilla de Juan Muñoz de Pamplona estaba a la cabeza del ejarbe y causaba gran perjuicio regarla el martes anocheciendo, se ordenaba que no se regase hasta el miércoles a medio día. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Pleitos civiles, 2553-1. 10. Juan Salvador Minguijón y Adrián (Calatayud, 23-VI-1874-Zaragoza, 16-VII-1959), fue licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza y en Derecho por la de Madrid. Tras ejercer de notario en Saviñán y en Brea, en 1905 se incorpora a la Facultad de Derecho de Zaragoza como profesor auxiliar interino, convirtiéndose en numerario en 1907. En 1911 obtiene por oposición la cátedra de Historia del Derecho en la citada Facultad, desempeñándola hasta 1933, en que es elegido miembro del Tribunal de Garantías Constitucionales, reincorporándose a la cátedra en 1936, que abandona dos años más tarde al ser nombrado Magistrado del Tribunal Supremo. Jesús Lalinde Abadía, su voz en la Gran Enciclopedia Aragonesa, tomo VIII, p. 2.248. Fernando Castán Palomar. Aragoneses contemporáneos, III, Zaragoza, 1987, pp. 363-364. José Gracián pudo leer algunos libros de Salvador Minguijón, como: Hombres e ideas, Zaragoza, 1910, La crisis del tradicionalismo en España, Zaragoza, 1914, y Propiedad y trabajo, Zaragoza, 1920. En 1901 falleció el notario de Saviñán, Federico Crespo Lozano. Archivo Historico Provincial de Zaragoza, Personal, J/03944/034. En 1903 se nombró notario de Saviñán a Juan Salvador Minguijón, que en 1905, por permuta con Ricardo Lozano, fue trasladado a la notaría de Brea. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Personal, J/03946/019. En 1897 había sido nombrado notario de Brea, Ricardo Lozano y Fernández de Bobadilla. Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Personal, J/03971/034. En 1905 fue trasladado, por permuta con Salvador Minguijón, a la notaría de Saviñán y en 1908 fue trasladado a la notaría de La Almunia de Dª Godina,

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donde aún continuaba en 1921. Ricardo Lozano casó con Concepción Cabeza Carnicer en Saviñán en 1892. Ricardo Lozano falleció en Zaragoza en 1940, siendo trasladado a Saviñán. 11. Vicente de la Fuente, op. cit., I, p. 219. Se trata de un privilegio concedido por Alfonso III el Liberal. 12. Vicente de la Fuente, op. cit., I, p. 214. Se trata de un privilegio dado en 1251 por el rey Jaime I. 13. El prior Monterde y Asso afirmaban que las tenerías de Brea fueron introducidas y fomentadas por los moriscos. Miguel Monterde y López de Ansó: Ensayo para la descripción geográfica, física y civil del Corregimiento de Calatayud, 1788, edición facsímil de José María Sánchez Molledo, Calatayud, 1999, p. 98. Ignacio de Asso: Historia de la economía política de Aragón, 1798, edición facsímil, Zaragoza, 1983, p. 150. Asso confirmaba que la cosecha de zumaque en el Partido de Calatayud, había crecido proporcionalmente al incremento de las fábricas de curtidos de Brea, que en este siglo fueron las únicas de Aragón en recibir incremento. En el siglo XVIII se documentan en Saviñán zumaqueras en el barranco Pasillo, Aguachones, la Jariz, los Llanos, Olmillo y Valcardera. En 1788 José Gracián y Juan Lafuente habían ajustado un convenio, por el que Vicente Landeras de El Frasno se obligaba a venderles todo el zumaque que tenía comprado por seis años a varios particulares de Saviñán, a razón de 21 sueldos el quintal. En 1787 se editó en Zaragoza Carta instructiva sobre el plantío de viñas, cultivo de las tierras, sobre trigo y cebada, legumbres y zumaque, de mosén Vicente Martínez Guillén (1741-1805), cura de Inogés. En el Semanario de Agricultura y Artes, tomo XI, nº 280, del 13 de mayo de 1802, apareció un resumen de la Carta de mosén Vicente Martínez, bajo el título «Del zumaque». Francisco Tobajas Gallego: «Mosén Vicente Martínez Guillén y Blasco (1741-1805). Cura párroco ilustrado de Inogés», VI Encuentro de Estudios Bilbilitanos, Calatayud, 2005, pp. 23-32 El 13 de septiembre de 1461 se llevaba a cabo una concordia sobre la venta durante diez años de los zumaques que se cosecharían en los términos de Paracuellos, Saviñán y Sestrica, entre los Concejos de estos lugares y morerías, y una compañía de mercaderes. Archivo de Protocolos de Calatayud, nº 37, 144v.-172 v. F. Javier García Marco: Comunidades mudéjares de Calatayud en el siglo XV, Calatayud, 1993, pp. 237-244. El capítulo y consejo de Zaragoza arrendaba el monopolio de abastecimiento del cimach necesario para peleteros y curtidores. En 1466 fueron Johan López de Villanova, Pere Torreziella y García de Moros los arrendadores de este curtiente procedente de los lugares de Paracuellos, Sestrica y Saviñán, siendo su administrador y procurador Johan Aznar, ciudadano de Zaragoza. En el mes de agosto tuvieron un pleito con varios zurradores zaragozanos y bilbilitanos, cristianos y judíos, por incumplimiento de la obligación que establecía una capitulación firmada por ambas partes el mes de marzo anterior, de suministrar a estos industriales del cuero de todo el zumaque que necesitaran a un precio convenido, que no se señala en este pleito. María Isabel Falcón Pérez: «La manufactura del cuero en las principales ciudades de la Corona de Aragón (siglos XIII-XV)». En la España Medieval, 24, 2001, p. 26. En 1847 Pedro Antonio Gracián mandaba zumaque a Dionisio Ballestero, de Brea. Entre enero a julio de aquel año le envió 61 quintales.

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CAPITULO IV Moralidad y costumbres del pueblo Por la visita del obispo Cerbuna en el siglo XVI, se deduce que la observancia de los días festivos dejaba mucho que desear. Mucho debió mejorar en el siglo siguiente, pues el Concejo pide que no falte una misa temprano todos los días y antes de las horas de salir al trabajo, sobre todo en las épocas de recolección, que se oficiaba al amanecer. Este será el origen de la misa que llamaban de segadores y vendimiadores. Fuertemente arraigado estaba el vicio del juego. Contra él claman los obispos e imponen multas a los jugadores. Este vicio debía ser general en la comarca, como así lo acredita la carta del Maestro Vargas que copiamos, y por ella se deduce que su misión se extendió no solamente a la conversión de los moriscos. Es muy posible que su predicación llegara a este pueblo y sospecho que con buen resultado. Aquí el juego predilecto debió ser la carteta. En la Señoría se jugaba en casa de un tal Domingo Sabiñán, y es curiosa la defensa que hace al imponerle la multa de diez escudos, pues dice que como saben (los jugadores) que no tengo con qué pagar la multa, se me meten en casa y contra mi voluntad, juegan a la carteta y a otros juegos. Como de la autoridad no se burlaba nadie, entonces sospecho que sería un tal Domingo Domalique, que murió en galeras, o sea condenado a remar en una galera por más o menos tiempo1. Mucho más tarde, en el siglo XVIII, vino a vivir al pueblo un jovenzano de otro lugar cercano, muy dado al juego y la vagancia. Se enteró el Ayuntamiento, vio que trastornaba a la juventud con sus juergas, meriendas, juegos y otros vicios, y fundándose en la ley de vagos y como estaba en edad de servir al rey, le formaron expediente y lo enviaron al gobernador militar, que le destinó al servicio de armas, como castigo. Otra costumbre de tiempos pasados fue la de las mayas. El obispo Cerbuna prohíbe suban al campanario, cantando y repicando, a publicar las Mayas u otras cosas profanas. Los que tengan curiosidad por conocer esta costumbre, lean la novela Los mayos de Polo y Peyrolon, que describe en los capítulos V y VI cómo se observaba esta costumbre en la sierra de Albarracín. En esencia no se diferenciarían de los de aquí2. Acaso se derive de esta costumbre, la mala práctica de poner hierbas por la primavera en las ventanas y balcones de las mozas3, mientras los novios guardan las casas de sus novias las noches que se llevan a término estas ofrendas. Del sorteo de mayas no queda otra cosa que el acto de sacar los estrechos o hacer parejas el día de Reyes, alrededor de una confortable camilla, pero sin más trascendencia que un entretenimiento inocente. Entre los crímenes del siglo XVII, además de los asesinatos de mosén Antón y su casera, se encuentran el de un forastero que apareció muerto «cabe el puente», que se atribuyó a los moriscos, y el de un criado de Diego Muñoz de Pamplona, al que mataron en Aguachones «de palos y cuchilladas». Como no he apurado las partidas, es fácil que existan otros más4. Notas: 1. A partir del día de San Miguel de 1600, Miguel Casadalva estaba obligado a pagar anualmente ocho reales a los pobres, por un legado de Domingo Domalique, que había muerto en galeras, penitenciado por el Santo Oficio. El 19 de octubre de 1586 fue descomulgado Amador Morisco y Mançano, nombre postizo, con el que era conocido en el pueblo, por haber tenido «tablaxeria publica y juego en su casa de lo qual se sucedia mucha ofensa

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a Dios». Fue absuelto dos días más tarde. El 23 de noviembre de 1586 por mandato de Cuaresma y con licencia del vicario general de Calatayud, se denunció por descomulgado a Juan de Xabella Royo, vecino de la Señoría, porque tenía tablaje público arrendado. Fue absuelto el 17 de diciembre de ese mismo año. Al final de este Libro primero de San Miguel, donde vienen consignados los casos anteriores, el vicario mosén Jaime Pérez apuntaba que las casas de los juegos eran la de Domingo Sabiñán y la de Amador Granada. Y añadía que si sus dueños no tuvieran para pagar los 10 ducados de la pena impuesta en su visita por el obispo, los pagaran los que allí jugaran. En 1605, tras la visita efectuada por el obispo Fr. Diego de Yepes, mosén Jaime Pérez intimó de parte del obispo a los vecinos para que no jugaran en casa de Domingo Sabiñán, bajo una pena de 10 escudos. Domingo Sabiñán argumentaba que se metían en su casa contra su voluntad, donde jugaban a la carteta y a otros juegos prohibidos. El vicario lo hizo en presencia de Juan de Urrea, cristiano viejo, y Alonso Terrer. 2. Manuel Polo y Peyrolon, (Cañete, Cuenca, 11-VI-1846–Valencia, IV-1918), fue articulista, narrador, profesor y parlamentario. Desde 1870 a 1879 fue catedrático de Psicología, Lógica y Ética en el Instituto de Teruel. Su novela Los mayos data de 1879. Raquel Asun Escartin, su voz en la Gran Enciclopedia aragonesa, tomo X, p. 2.725. 3. En Saviñán era costumbre ponerlas la noche del Sábado de Gloria al Domingo de Resurrección. 4. En 1587 asesinaron al mancebo Juan Pérez y en 1588 a Juan Gascón, hijo de Juan Gascón aradrero, en el término de Arándiga. Del 3 de agosto de 1592 es la partida de defunción de Alonso del Campo, de Zamora. En ella se apuntaba que se encontró muerto debajo del puente y puesto en el agua. El vicario añadía que iba por los hospitales y según fama, por los golpes que en su cuerpo tenía, lo habían muerto los moriscos de la Señoría. Se enterró en el cementerio. Su mujer también estaba en Saviñán. Se llamaba Mari Rodríguez y no tenía de qué. El 26 de marzo de 1679 murió Felipe Sánchez, de 22 años. Era castellano, de cerca de Valladolid, y servía a Diego Muñoz de Pamplona. Le dieron unas puñaladas en Aguachones y palos en la cabeza. Murió al tercer día. El 23 de abril de 1685 bajaron a un hombre difunto al hospital con dos dogales al cuello y en la cabeza, con golpes en el pecho. Al parecer, lo habían ahogado otros pobres. Se llamaba Domingo Espinero. Aunque en su partida de defunción no señala las causas de su muerte, sabemos por La España de Madrid, que publicaba la noticia el 10 de noviembre de 1852, que el pasado día 5 habían acudido un gran gentío a las afueras de Calatayud para presenciar el ajusticiamiento por garrote de Vicente Lahuerta Moreno, conocido como el Pacho, Chinela y Cebolla, de Saviñán. Vicente Lahuerta había asesinado a sangre fría a Vicente Lázaro Tobajas en la casa de Valcardera, el 27 de abril de 1852. El 21 de septiembre de 1867 murió Antonio Marcelino Carnicer Rochel «de desgracia causada por malhechores». Estaba casado con Francisca Ibarra y tenía 37 años. Mosén Vicente Bono, regente, apuntaba que no había podido recibir los sacramentos ni hacer disposiciones testamentarias, a pesar de ser una persona muy cristiana. Encontramos otros casos de personas fallecidas de «muerte violenta», a causa de riñas o de pendencias. En 1865 falleció de muerte violenta Fulgencio Tobajas Villalba, de 20 años. El 31 de mayo de 1878 murió, a causa de una riña a las seis de la mañana, Nicolás Acerete Morlanes, de la Señoría. Estaba casado y tenía 32 años. En 1877 falleció «de desgracia» Juan Antonio Forcén. En 1901 murió de muerte violenta Faustino Miñana Lafuente.

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CAPITULO V Apéndice 1.- Carta del Maestro Vargas a los tahures de Maluenda. Viniendo hoy de predicar de Daroca, me encontré con dos hombres que me dijeron ser de un pueblo del arzobispado. Pregúnteles si había santos en su tierra. Dijo que sí había algunos, que en este agosto habían estado allí dos padres de la Compañía y habían hecho grande fruto. Pregúnteles qué era el fruto que habían hecho. Dijeron que todos los hombres y mujeres confesaban y comulgaban, y que solían ser tahures y jugadores, y que ahora no había hombre que tomase naipes en las manos, ni sirviese a Bilhan. Pregúnteles quien era Bilhan y dijo que el dios de los tahures. Yo les pregunté después que a dónde iban. Me dijeron que a Maluenda. Alégreme por cierto y pregúnteles: «¿Habéis estado en Maluenda?». Me dijeron que muchas veces y entonces iban a comprar fruta. Pregúnteles: «¿Dónde hay más santos, en vuestra tierra o en Maluenda?». Dijo: «En mi tierra, que en Maluenda pocos he visto yo». - ¿Cómo sabéis que no hay santos en Maluenda? - Yo he oído predicar que el hombre santo en las obras se conoce. Dije: «Pues habéis visto las obras de todos los de aquel pueblo», y me dijo: «Las de los ricos sí, las de los pobres no». - ¿Qué obras habéis visto hacer a los ricos? - Cada vez que voy a comprar fruta, los he yo de ir a sacar de una casa donde están todos jugando, y esta semana fui a buscar allí a fulano (nombrándole) y vi a unos jugar abajo a los bolos, arriba jugaban otros a la gresca, otros al flux, otros al triunfo, otros a la primera. Y esto hacen y no entienden en otra cosa. ¡Y con esto decís vos que hay santos en Maluenda! no lo creáis... Yo suspiré y pregúntome uno de los arrieros: «Señor, ¿por qué suspiráis?». - Porque tengo razón, que os predicó el padre de la Compañía seis sermones en vuestro pueblo y no juega nadie, y he predicado en Maluenda tantos y tantos y juegan todos, según sois testigos. Murero, 6 de febrero de 15681. 2.- Memorial del vicario y jurados de Saviñán. (Extracto). «Que los trabajos que de doce años a esta parte, dicho lugar de Sabiñán está padeciendo por ocasión de los excesivos yelos, abenidas del río Xalón y enfermedades, son de tal calidad, que exceden a toda ponderación». «En el año 1659 los yelos quemaron la mayor parte de los olivos y los demás quedaron tan mal tratados, que de 20.000 arrobas de aceite que se cogían por año, ha bajado a 10, 8 y 5.000 arrobas, siendo ésta la principal cosecha; por ser de tan poca monta las de pan y vino». «En el año 1660 con las grandes abenidas del río fueron tantos los rompimientos de azudes, arrasamientos y quiebras de zequias que costaron a los vecinos y terratenientes más de 15.000 escudos y sin cosechas que en dos años se perdieron, por no poderse regar, y además se llevó el río muchas heredades, que no ha sido posible restaurar ni volver a lo que eran antes». «Dichas avenidas se llevaron los molinos harineros, con ser obra que parecía ser de los romanos según lo grande que era, no dejando ni aun señal de ellos, y aunque no eran del Concejo (de Juan Heredia y Rueda), eran de gran utilidad para los vecinos, como se vio los años

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que tuvieron que ir a moler fuera, por lo cual el Concejo, por buena política, resolvió hacer molino y le costó mil y quinientos escudos, tomados al 9% y obligándose personalmente los 12 del Concejo, pues, por razón de la concordia con los acreedores, no pudieron obligarse concejilmente». «Desde el año 1661 y durante cinco años continuos, padeció con enfermedades, en tal forma que murieron más de trescientas personas, siendo 170 los vecinos, con la Señoría, y se cerraron 20 casas de pecheros. En esta epidemia, por la asistencia de médicos y cirujanos que se truxeron para consultas y asistencias con el asalariado del lugar, se gastaron más de mil ducados». Por todas estas desgracias y calamidades piden: «que los acreedores zensalistas, los dejen en paz y les den respiro o se entren por los propios que el lugar tiene, y que no siendo de una de dichas dos maneras preciso es desamparar el lugar saliéndose de él, por no padecer en una cárcel». Este memorial va dirigido a la autoridad superior «Excmo. Sr.» que no nombra, para que influya en favor del pueblo y no lo desampare. Era vicario de la parroquia el Ldo. Miguel Gascón, y jurado Jerónimo Vacarizo. Debe ser por el contexto del año 1670 o 1674. En el entradero de la acequia Mayor existe la cifra de 1672, que sería tal vez el año de las obras y mejoras de las acequias. 3.- Precios a que se pagaron determinados artículos en 1751, unos recolectados en la localidad y otros traídos de fuera. Una arroba de besugos............................................ 39 Sueldos Una arroba de aceite................................................ 19 " Una media de cebada................................................ 4 " Una arroba de manzanas esperiega y camuesa......... 8 " Docena de huevos de banasta................................... 1'50 " Docena de huevos frescos........................................ 2 " Una carga de leña..................................................... 2 " Una libra de salmón................................................. 6 " Vino de Zaragoza, un cántaro.................................. 7 " Una libra de barbos.................................................. 1 " Un capón.................................................................. 8 " Un pichón................................................................. 2 " Doce coles de flor...................................................11 " (las lechugas las traían de Zaragoza) Un conejo................................................................. 2 " Una perdiz................................................................ 3 " Un cántaro de vino blanco......................................12 " Una arroba de garbanzos.........................................20 " Un almud de judías....................................................1'50 " Una carga de paja..................................................... 3 " Una libra de bizcochos y bolados.............................2'50 " Una libra de peladillas, grajea y almendra garrapiñada............................................... 3 " Un carnero...............................................................46 " Una cordera.............................................................28 " Tres barajas de rebesino........................................ 4'50 " Una mano de papel................................................ 1'33 "

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Una media de trigo................................................ 7 " Tocino viejo, la carnicera..................................... 5'50 " Una libra de manteca............................................ 2 " Arroz, la arroba................................................... 24 " Una arroba de abadejo........................................ 40 " Nieve, seis arrobas................................................ 4'50 " Una carga de agua de la Aldehuela...................... 1 " Carbón, una arroba............................................... 1'25 " Uvas (en marzo), una arroba...............................11 " Azúcar, una libra.................................................. 1'50 " Cuatro tostadas, seis bizcochos redondos con canela y los huevos hilados...............................………. 8'50 " Una fuente de natilla con miel............................ 2 " Un cubierto de plata (dos onzas 13 adarmes)....70 " Un candil............................................................. 4 " Un vaso de cristal................................................ 1 " Una docena de tordellas...................................... 4'50 " Estos datos están sacados de la cuenta de gastos ocasionados en una visita pastoral que duró dieciséis días. Existen más datos pero no pueden precisarse los precios por unidad. En esa visita se gastó en pólvora, cohetes, músicos (sólo cuatro días), pólvora para cazar tordellas, en tapizar las habitaciones del obispo, etc. No consta el porqué duró tanto la visita, si fue centro para visitar otros pueblos, o confirmar aquí los de ellos, o por algún temporal que no les dejó salir, etc. El gasto subió a ciento cincuenta libras y el Capítulo consultó con teólogos si debía pagarse del bolsillo de los beneficiados o de fondos del Capítulo. No he visto la resolución. Se pagó del fondo común, comprometiéndose cada beneficiado a pagar su parte, si así se acordaba en virtud de la consulta. 4.- Lista de vecinos que tenían casa en 1561-1600. María Benedit Juan Ruiz Francisco Gascón, notario Antón Serrano, presbítero Francisco Villalba Diego García Gonzalo Garcés, infanzón Juan Gascón María Pelegrín Domingo Pérez Gil Benedit Pedro Vicente Domingo Palacio Bernardino Sarmiento Pascual de la Gasca, boticario Miguel Cuenca, médico Pedro Lorente Hernando Crespo Liñán Moreno Alejos Crespo Mosén Antón Larraga

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Pedro Vacarizo Antón Guillén, infanzón Antón Pamplona Bartolomé Serrano Antón Gracián Antón Martínez Juan Gracián Diego Manrique Juan de Yepes Juan de Sediles Arnau Vinqueria Martín Asensio Francisco Cuenca, presbítero Juan de la Silla Miguel Ossen Jaime Bulgave. E Juan Bustaret. E Martín Serón Juan Vélez, infanzón Amador Moscanida. E Manuel Almatar. E Gabriel Moscanida, espartenero. E Hernando Vélez. E Gabriel Bermejo. E Isabel la Echura. E Gabriel Achén, espartenero. E Antón Lampera, fustero. E Andrés el Lobo, ferrero. E Pedro Sarmiento Miguel Martínez Juan Santisteban Romea Marco Pedro Borja José Alvárez, hornero Juan Abás Don Juan de Heredia Don Tristán Muñoz de Pamplona Agustín Villalba Antón Villalba, presbítero Pedro Palacio Ramón Vinqueria Miguel Collado Don Diego de Luna Antón Terrer Isabel Pujadas Pedro Espinosa, infanzón Pedro Garcés, presbítero Lorenzo Magallón, presbítero Roque de Clarés Francisco de Urrea Martín de Aguaron

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Asociación Cultural “Sabinius Sabinianus”

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Pedro de la Sierra (castellano) Roque de Olvés Juan de Aguaron Juan de Embid Maestre Hernando de Oña, sastre Martín de la Sierra Don Gonzalo de Funes y Sayas Pedro García Gonzalo Morales Martín Benedit, presbítero Roque Díez, presbítero Beltrán Garay, presbítero Francisco Ossen Viuda de Loys. E Guillén de Xauria. E Jerónimo Orihuela Pedro Vélez. E Rodrigo Domalique. E Luis Moscanida. E Miguel Abocaque. E Juan Corzo del Río. E La Bermeja. E Lorenzo Moscanida. E Juan Mecot. E Miguel Calavera. E Pedro Ximeno, tejero. E Domingo Fortuño Los que llevan «E» supongo que serían expulsados por moriscos en 1610. 5.- Variación del número de feligreses en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Años

Promedio de nacidos-difuntos

De 1566 a 1570 De 1611 a 1615 De 1666 a 1670 De 1766 a 1770 De 1862 a 1866

24 16 16 39 66

6 15 8 12 55

Aumento población Población aproximada 18 1 8 27 11

556 368 368 897 1.518

Hay que constatar la baja debida a la expulsión de los moriscos en 1610 y el cólera del año 1865, que murieron ochenta y siete personas2.

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6.- Número de nacidos y enterrados en los cementerios de 1834 a septiembre de 1919. Años

Nacidos Promedio anual Muertos Promedio anual

De 1834 a 1851 872 De 1852 a 1857 350 De 1858 a 1879 635 De 1880 a 1895 1.417 De 1896 a 1919 1.844

48,80 58,56 24,00 88,50 77,00

401 242 1.000 841 983

23,27 40,68 45,50 48,50 41,00

Señoría De 1834 a 1879 536

11,75

377

9,20

Total

66,00

3.844

45,00

5.654

Notas: 1. Vicente de la Fuente, op. cit, II, pp. 322-323. Se trata de una carta enviada por el maestro Vargas desde Murero a los tahures de Maluenda. 2. Fueron importantes las epidemias de cólera de 1834, 1854-1855, 1865 y sobre todo la del año 1885. En la parroquia de San Pedro murieron en agosto de 1834, treinta y cuatro vecinos. No se apuntaban las causas de defunción, pero los fallecidos, desde agosto hasta octubre, se enterraban en el mismo día y algunos de ellos no recibían el viático por no permitirlo su mal. En 1865 se registraban en San Pedro ochenta y siete fallecimientos, siendo octubre el mes con más defunciones, veintiocho, seguido de noviembre con diez. En San Miguel murieron en el año 1865 once vecinos en total. Zaragoza fue la provincia española con más muertes de cólera en 1865, registrándose más de dieciocho mil fallecidos. En 1885 fallecieron en Saviñán ciento treinta y dos personas, siendo como consecuencia del cólera ciento cuatro personas, casi el ochenta por ciento de los fallecidos. De ellos, sesenta y cinco eran mujeres y treinta y nueve hombres, que correspondía a un poco más del seis por ciento de la población, que en este año ascendía a mil seiscientas cinco almas. Francisco Tobajas Gallego: San Roque en Saviñán. Historia, devoción, fiestas y Cofradía, 2006, pp. 60-72.

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NOTAS PARA LA HISTORIA DE SABIÑÁN. Completo.  

NOTAS PARA LA HISTORIA DE SABIÑÁN. Por José Gracián Gasca, 1919. Revisado por Francisco Tobajas, 2013.