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PARTE TERCERA La expulsión de los moriscos CAPITULO I La expulsión de los moriscos Durante el reinado de Felipe III fueron expulsados los moriscos, primero del reino de Valencia, y después de toda España. Esta providencia fue aplaudida por unos y censurada por otros. Modesto Lafuente1 se encuentra entre los que la censuran y de su Historia de España saco los datos siguientes: La población morisca del Reino de Valencia, que en el primer tercio del siglo XVI era insignificante, ascendía en 1576 a diecinueve mil ochocientas familias y en 1599 ya eran veintiocho mil. A principios del siglo XVII había aumentado en dos mil familias más y se tuvo por conveniente suspender el censo, para no asustarse con la progresión que iba siempre presentando. He aquí una de las causas que, aparte del principio religioso, influían más en la animadversión con que eran mirados por la población cristiana. También cita la opinión del arzobispo de Valencia, Juan Ribera, que dice: «son los moriscos apóstatas pertinaces e incorregibles que no debían llamarse moriscos sino moros y que eran tan codiciosos del dinero y atentos a guardarlo, que venían a ser la esponja de la riqueza de España». Añade que Cervantes era de esa opinión. «Todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle, trabajan y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a escuridad eterna; de modo que, ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus picazas y sus comadrejas; todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos, y que cada día ganan y esconden, poco o mucho, y que una calentura lenta acaba con la vida como la de un tabardillo; y como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia lo muestra. Entre ellos no hay castidad, ni entran en religión ellos ni ellas; todos se casan, todos multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación2. No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje, róbannos a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos. No tienen criados, porque todos lo son de sí mismos; no gastan con sus hijos en los estudios, porque su ciencia no es otra que la de robarnos». (Coloquio de los perros). Dice Lafuente que los reyes, arzobispos y obispos, de común acuerdo, trabajaron por la conversión de los moriscos. El asunto de los moriscos se venía estudiando desde el reinado de los Reyes Católicos. Según un papel anónimo que apareció en Sevilla en 1601, «los moriscos de Andalucía trataban de alzarse, en combinación con los de España y los de África, y en las diligencias que en virtud de este aviso hizo el Asistente de aquella ciudad, resultó haberles encontrado doscientos barriles de pólvora y muchas armas escondidas». Si tal vez aquella conspiración no era cierta, éralo que por aquellos tiempos los moriscos valencianos andaban tramando ciertos planes con los franceses del Bearne y del Rosellón, y que cruzaban emisarios de una parte a otra, y aun tentaron algunos aprovechar las hostilidades de la reina de Inglaterra contra España. Sin que tuviese noticia de estos tratos, dirigió el obispo Rivera al Rey una segunda memoria, más violenta y más fuerte que la primera, sobre la necesidad y la obligación de limpiar de los fingidos conversos o cristianos nuevos. Y como le horrorizaba la idea del exterminio o matanza de tantos millares de hombres, propone como término medio la

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expulsión y señala la manera como convendría ejecutarla y respondía de las dificultades que podían ofrecerle (1602)3. Con todo, ni las Cortes de 1604 ni el rey tomaron entonces resolución alguna, porque los pareceres estaban muy enfrentados. Más adelante, alarmado el duque de Lerma con los planes de conspiración, más o menos verosímiles, que cada día le denunciaban de los moriscos de Valencia, Aragón, Castilla y Andalucía, persuadió a Felipe III de que la expulsión de los moriscos era indispensable. «¡Gran resolución! -contestó el monarca al ministro favorito-. Hacedlo vos, Duque». En virtud de esto, en 1609 fueron expulsados, no sin resistencia, los moriscos de Valencia. El edicto para la expulsión en Aragón se expidió el 17 de abril de 1610 y el encargado de ejecutarlo fue el marqués de Aytona, que publicó su bando el 29 de mayo. Tres días perentorios señaló el de Aytona a los moriscos aragoneses para salir de sus casas e ir a embarcarse. El número de los expulsados de Aragón fueron sesenta y cuatro mil moriscos, pertenecientes a trece mil ochocientas noventa y tres familias. De ellos, muchos se embarcaron en los Alfaques, a otros se les permitió pasar a Francia por Navarra y Canfranc, pero el duque de la Force los detuvo, impidiéndoles la entrada, que por fin obtuvieron pagando diez escudos por cabeza. De igual modo salieron los de las demás regiones de España. Unos dicen que fueron trescientos mil los expulsados, en cambio otras fuentes aseguran que fueron un millón4. Hecha esta ligera relación de la historia general, veamos el devenir y la expulsión de los moriscos de Sabiñán. Cuando la reconquista de esta comarca, llevada a cabo por Alfonso el Batallador, los musulmanes más pudientes huirían, otros morirían en la refriega, algunos caerían prisioneros y tal vez fueran comprados, y el resto quedarían sometidos y sujetos a los cristianos, en condiciones semejantes a las sufridas por éstos durante la dominación agarena, si bien debieron dejarles practicar sus ritos. En 1400 y 1520 suenan confrontaciones con viña, pieza y zumaquera de la mezquita de la morería de Sabiñán. Al quedar sujetos como vasallos sin fuero a la casa de Luna, tenían facultad de esternarlos y ahorcarlos, sin dar cuenta a nadie. Al señalarles la Señoría, indica por su reducido espacio, que no era mucho su número, aunque fue creciendo posteriormente y tuvieron que avecindarse en Sabiñán. En las visitas de los obispos del siglo XVI, se manda haya una persona hábil e instruida para enseñar la doctrina a los moriscos. El obispo Fr. Yepes manda al vicario de Sabiñán que los moriscos que viven en dicho lugar fuera de la Señoría y por tanto son sus parroquianos, asistan a misa y de no hacerlo los amoneste y multe y a los rebeldes y contumaces los denuncie al Tribunal del Santo Oficio5. En el último tercio del siglo XVI, vino a esta tierra el Ven. Maestro Fernando de Vargas, discípulo del Ven. Maestro Juan de Ávila. Se le envió a predicar y convertir a los moriscos de Aragón, tarea ingrata y muy difícil, dice un escritor6, pues estaban muy aferrados en sus errores y odiaban de muerte la dominación cristiana. De sus esfuerzos, predicación y misiones en este país, han quedado varias noticias en cartas que han llegado a nosotros. Del P. Vargas dice Lafuente, que parece que habló con espíritu profético, cuando predicando en Ricla el día del nacimiento del príncipe D. Felipe (14 de abril de 1578), en un arranque de fervor, apostrofó a los moriscos aragoneses diciendo: Pues que os negáis absolutamente a venir a Cristo, sabed que hoy ha nacido en España el que os habrá de arrojar del reino7. Si por la persuasión que se empleó hasta en los pueblos más pequeños, no se pudo conseguir su conversión, verdadera y sincera, si por el crecimiento de su número estaba amenazada la nación, porque superaban a los pobladores cristianos y si, para remate, eran conspiradores, ¿qué habían de hacer los gobernantes sino expulsarlos? De aquí debieron salir en mayo de 1610, porque en los libros de la Señoría no suenan nombres de moriscos a partir de esta fecha, ni en las partidas de nacimiento, ni en las de

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matrimonio, ni en las de defunción. Tampoco en los libros de la parroquia de San Pedro vuelven a sonar a partir de esa fecha, por lo que supongo que también saldrían por entonces. Aproximadamente podemos decir cuántos salieron. La concordia otorgada en Miedes en 1613, entre don Agustín López, procurador general de la Comunidad, mosén Pedro Garcés, vicario de San Pedro de Sabiñán, y Juan Galacian, procurador del Concejo de Sabiñán, aparecen los nombres de treinta y seis moriscos, cuyas fincas pasan a los nuevos pobladores de la Señoría, pero como en el documento se refiere a los diezmos solamente, pudo haber alguno que sólo tuviera casa, oficio o industria que no diezmara y por tanto ser mayor el número de expulsados. En Sabiñán, por la semejanza de apellidos, calculo que fueran veinte y tantas casas, por lo que supongo que el total de las expulsadas ascendería a setenta familias8. La Señoría se repobló9 con cuarenta y nueve vasallos de la Comunidad, aunque no todos debían residir aquí, a pesar de aceptar fincas a treudo, porque el alguacil Villar lo era de la Comunidad y vivía en Calatayud, contándose entre los vasallos vecinos de la Señoría. De Sabiñán bajaron veintidós vecinos y el resto vendría de otros pueblos. El vicario mosén Jaime Pérez era de Mara. De como aumentaban los moriscos darán una idea estos números. De 1580 a 1584 hubo en la Señoría ochenta y un nacimientos, dieciséis por año. En esos mismos años en Sabiñán, con doble vecindario, resultan veinticinco nacimientos por año. Sospecho que en 1608 y 1609 no bautizarían a sus hijos, ni se casarían canónicamente los moriscos, porque sólo hay anotados diecinueve nacimientos y un sólo matrimonio en dos años. En 1608 y 1609, habitada la Señoría por moriscos y suponiendo lo arriba indicado, resultan diecinueve nacimientos. Habitada por cristianos, de 1611 a 1614, da solamente dieciocho nacimientos en estos cuatro años y, en esta ocasión, los cristianos sí bautizarían a sus hijos. Supongo que el vecindario de la Señoría sería la mitad que el de Sabiñán, porque en la concordia de 1613 se pactaba que Sabiñán debía de pagar dos partes y una tercera la Señoría, de los gastos ocasionados en las visitas de los obispos. La antigua morería de Sabiñán y luego Señoría, por lo que se deduce de un documento de 1555, debía comprender desde el arco o puerta, las casas de ambos lados de la calle de San Miguel y las de la izquierda bajando hasta la iglesia de Santa María. Entre esta iglesia y la mezquita (luego iglesia de San Miguel), debía situarse el cementerio de Santa María, cerrando el paso, luego la iglesia de ellos y su cementerio, después las casas de la orilla del río, para subir por las tapias del huerto de Eduardo Ibarra, a buscar el arco. Supongo que no tendrían otra entrada ni salida que ésta. La calle del Molino no existía antes del último tercio del siglo XVII. Parte era huertos y otra parte ocupaba el tejar. La calle de Santa María era la entrada común para el pueblo de Sabiñán (el de realengo, como se decía, por ser pueblo del rey) y para la morería. Delante de Santa María, Sabiñán tenía un gran espacio de tierra que confrontaba con el arenal del pueblo (sería la orilla del río, junto al puente), por donde transcurría el camino del puente. Me inclina a creer que no tuvieran más que una puerta, la estrecha vigilancia a que estaban sometidos los moriscos y porque en una visita10 se manda cerrar con tapias y puertas el cementerio de la Señoría, para que no entraran animales en él, ni lo hicieran paso. Si tenían la salida entre las dos iglesias, como ocurre en la actualidad, no se explica la razón de hacer paso por el cementerio para salir al puente. Hubo enfrentamientos entre el dominio absoluto y temporal de la Señoría, que decía ostentar la Comunidad o su procurador general y la jurisdicción de Sabiñán. En 1678 debió ocurrir algo entre las dos jurisdicciones, porque Sabiñán acudió a la corte del Justicia para que le amparase en su derecho, fundándolo en la posesión de él, que ya había ganado en 1555 y en

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Zaragoza se encontró conforme a derecho lo reclamado por Sabiñán. De este documento se deduce: - Que Sabiñán tenía y había tenido siempre jurados propios, Concejo y universidad, procurador del Concejo, almotazaf, regidores y otros oficiales, vecinos nombrados por su Concejo y universidad, con jurisdicción en todos sus términos, distrito y territorio, y con ejecución dentro de la Señoría en los nuevos convertidos, con sólo mandar cédula al almotazaf de dicha Señoría, que debía hacer la ejecución, y si no lo ejecutaba, los jurados de Sabiñán lo hacían cumplir, embargando prenda o cabalgadura a los vecinos de la Señoría. - Que los jurados de Sabiñán, en unión de los herederos, tenían facultad de hacer los repartos de alfarda, y notificando al almotazaf de la Señoría, debía cobrarlos y pagarlos al colector o mayordomo de Sabiñán, y de no hacerlo, los jurados de Sabiñán embargaban bestias, mulas u otras prendas a los de la Señoría. - Que Sabiñán era lugar de realengo y por tanto sus jurados cobraban pechas, maravedí, derecho de maridaje, coronación y otros derechos del rey. - Que los jurados de Sabiñán podían entrar, andar y estar en la Señoría, con sus insignias y las varas levantadas. - Que los vecinos de Sabiñán que delinquieran en la Señoría, no serían juzgados por ésta, ni los podían poner presos, reclamándolos los de arriba. - Que cobraban de la Señoría las pechas vecinales, chitas, tallas y compartimentos, como a los vecinos de Sabiñán. - Que si los vecinos de la Señoría se refugiaban y ponían en la iglesia de Santa María y su cementerio, como asilo, Sabiñán los protegía y los defendía por ser los jurados patronos de dicha iglesia. - Que esta iglesia tenía dos puertas, una que daba a la vía pública y otra que salía a la Señoría y por ambas entraban y salían concejilmente y por ellas entraban y salían sus procesiones. Es curiosa la nota que llevaba este documento. «El Concejo ruega al Vicario de S. Pedro, reciba y tenga en su poder, como mejor cuidado, este documento, por si de él hubiere necesidad». En el texto y al margen va señalado lo más importante, sin ningún género de dudas, lo relativo a las «varas levantadas». Mientras no me demuestren lo contrario, seguiré dudando del «dominio absoluto» de la Señoría que decía tener el procurador general de la Comunidad. Aunque no fuera más que por eso, «las varas en alto» parecen limitar no poco dicho dominio. Notas: 1. A la primera edición de la Historia General de España, de Modesto Lafuente y Zamalloa (1806-1866), entre los años 1850 y 1867, siguió su continuación hasta la muerte de Alfonso XII, por Juan Valera, con colaboración de Andrés Borrego y Antonio Pirala, impresa en Barcelona por Montaner y Simón entre los años 1888 y 1890, en 25 volúmenes. 2. Aznar Cardona era de la misma opinión: «Casavan a sus hijos de muy tierna edad, pareciéndoles que era sobrado tener la hembra onze años y el varón doze, para casarse. Entre ellos no se fatigaban mucho de la dote, porque comúnmente (excepto los ricos) con una cama de ropa, y diez libras de dinero se tenían por muy contentos y prósperos. Su intento era crecer y multiplicarse en número como las malas hierbas, y verdaderamente, que se avian dado tan buena mafia en España que ya no cabian en sus barrios ni lugares, antes ocupavan lo restante y lo contaminaban todo, deseosos de ver cumplido un romance suyo que les oy cantar con que pedían su multiplicación a Mahoma, que les diesse. Tanto de moro y morica Como mimbres en mimbrera Y juncos en la junquera. Y multiplicavanse por estremo, porque ninguno dexava de contraer matrimonio, y porque ninguno seguía el estado annexo a esterilidad de generación carnal, poniéndose fraile, ni clérigo, ni monja, ni avia continente alguno entre ellos hombre ni mujer, señal clara de su aborrecimiento con la vida honesta y casta. Todos se casavan, pobres y ricos, sanos y coxos, no reparando como los christianos viejos que si un padre de familias tiene cinco, o seys hijos, con casar dellos el primero, o la mayor dellas se contentan, procurando que los

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otros sean clérigos, o monjes, o frayles, o soldados, o tomen estado de beatas, y continentes. Y lo peor era que algunos christianos viejos, aun presumiendo algo de hidalgos, por no nada de interesse, se casavan con moriscas, y maculaban lo poco limpio de su linaje, y plegue a Dios, no llegase la mancha al alma». Pedro Aznar Cardona: Expulsión justificada de los moriscos españoles, Huesca, 1612, pp. 36-37. 3. El 23 de marzo de 1599, el rey escribía desde Barcelona una carta al Patriarca San Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, animándole a recomenzar con mayor decisión y entrega una gran campaña de predicación entre los moriscos, que sería la última antes de la expulsión. Pero los resultados no fueron los esperados y en diciembre de 1601, el arzobispo de Valencia enviará un memorial a Felipe II, en el que pedía el empleo de métodos más radicales. En otro escrito del 24 de enero de 1602 defendía ya la expulsión de los moriscos de Castilla, que «están sueltos y libres». El Consejo de Estado, en su reunión del 3 de enero de aquel mismo año, manifestó que estaba a favor de la expulsión de todos los moriscos a partir del verano. Eugenio Ciscar Pallarés: «Notas sobre la predicación e instrucción religiosa de los moriscos de Valencia a principios del siglo XVII», Estudis, nº 15, 1989, pp. 206-207. 4. El bando, en nombre del virrey Gastón de Moncada, marqués de Aytona, decía que todos los moriscos de Aragón, hombres, mujeres y sus hijos, a los tres días de publicado el bando, «salgan de su casa y vayan a embarcarse a la parte donde el comisario que fuere a tratar desto les ordenare. Y se les permitirá que lleven consigo de sus haziendas muebles, lo que pudieren en sus personas, para embarcarse en las galeras y navíos que están aprestados para llevarlos adonde huvieren de ir… advirtiendo que los mismos moriscos lleven lo que huvieren menester para su sustento». Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, 221, II, 17. Joan Reglá: Estudios sobre los moriscos, Barcelona, 1974, p. 92. El censo del virrey marqués de Aytona daba en Aragón un total de 14.109 casas de moriscos, a cinco personas por casa, resultaban 70.545 personas. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, 221, II, 16. Lapeyre da un total de 272.140 moriscos expulsados de todos los reinos peninsulares. Según este autor, 60.818 eran de Aragón. Henry Lapeyre: Geografía de la España morisca, París, 1959. Antes de ser expulsados, los moriscos de Saviñán vendieron todas sus propiedades. En mayo de 1610, Jerónimo Calavera vendía a Antona Crespo, viuda de Paracuellos, bienes por valor de 40.000 sueldos. Gracia Calavera, mujer de Luis Xinete, notario y vecino de Bardallur, vendía al vicario de Plasencia bienes por valor de 4.000 sueldos jaqueses. En junio de 1610 varios vecinos de Saviñán vendieron bienes a Antonio Manrique de Lara, conde de Morata. Miguel Calavera Gineta vendió bienes situadas en Saviñán y Calatayud por valor de 140.000 sueldos, Juan Calavera, mayor, vendió bienes por valor de 5.000 sueldos, Miguel Calavera de la Cándida lo hizo por valor de 10.000 sueldos y Esperanza Calavera por valor de 12.000 sueldos jaqueses. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, legajo 0042, nº 025. 5. Lo hacen Juan González de Munébrega, en su visita de 1553, Pedro de Luna en 1574, Carlos Muñoz Serrano en 1579 y Fr. Diego de Yepes en 1601. 6. Vicente de la Fuente, op. cit., II, p. 322. 7. Fernando de Vargas, discípulo del maestro San Juan de Ávila, predicó doce años a los moriscos de Aragón, «con poco provecho de aquellas endurecidas almas perseverantes en la creencia de su falso profeta». Predicando a los moriscos de Torrellas les dijo que aquel mismo 14 de abril de 1578, había nacido un príncipe en Castilla que «os ha de expeler de España y castigar vuestra rebeldía y dureza». Ocho horas antes había nacido en Madrid Felipe III, quien ordenaría su expulsión. Francisco Bermúdez de Pedraza: Historia eclesiástica, principios y progresos de la ciudad y religión católica de Granada, Granada, 1652, p. 225. 8. Según el censo del virrey de Aragón, marqués de Aytona, de Saviñán salieron 600 moriscos, de las 120 casas censadas. Para organizar la expulsión, los moriscos de varios lugares vecinos se agruparon en un «tránsito», siguiendo un itinerario preestablecido, para ir a embarcar en los Alfaques. En el «tránsito» nº 26 se agruparon las 44 casas de Purroy, las 120 casas de Saviñán y las 196 casas de Morés. Desde Saviñán partieron todos hacia Alpartir, Paniza, Azuara, Lécera, Samper, Caspe y Maella, último lugar de Aragón. Archivo de la Corona de Aragón, Consejo de Aragón, 221, II, 16. Joan Reglá, op. cit., 1974, p. 181. Marcos de Gadalajara y Xavier, en su Memorable expulsión y iustissimo destierro de los moriscos de España, Pamplona, 1613, f. 142, señala que el comisario Martín de Aedo condujo hasta la frontera de Navarra a 89 familias de Saviñán, que sumaban 382 personas, pagando 2.784 ducados. Les acompañaron 24 familias de Purroy, que sumaban 152 personas, que pagaron 2.068 ducados. 9. Archivo de Protocolos de Calatayud, nº 929, Fol. 8v.-14v. «Demanda de la Junta de Gobierno de la Comunidad de Calatayud sobre habitación de unas casas. Año 1759», Archivo Histórico Provincial de Zaragoza, Sig. 2174-2. Concepción de la Fuente Cobos: «Las Señorías de Terrer y Sabiñán en el siglo XVII», V Encuentro de Estudios Bilbilitanos, Calatayud, 2000, pp. 283-291. 10. En la visita pastoral de 1733 se pedía una cerradura para la puerta del cementerio de San Miguel, para que no «entren en el caballerias, como se ha experimentado hasta aquí», bajo pena de excomunión mayor y dos libras de multa. En la visita efectuada en 1739 se pedía una puerta para el cementerio de San Miguel, que debía cerrarse «con dos o tres hilos de tapia».

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NOTAS PARA LA HISTORIA DE SABIÑÁN. Tercera Parte. Capítulo I.  

NOTAS PARA LA HISTORIA DE SABIÑÁN. Tercera Parte. Capítulo I. Por José Gracián Gasca, 1919. Revisado por Francisco Tobajas Gallego, 2013.

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