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No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento. Porque no estás solo, porque yo te quiero. “No te rindas” (Poema apócrifo)


CAPÍTULO I

Hace frío, demasiado. Le tiembla todo el cuerpo, no

puede evitarlo. Si contrae muy fuerte todos los músculos y aprieta una mano contra la otra, entonces consigue quedarse quieta unos segundos, no muchos. En cuanto

afloja, vuelve a sacudirse entera. Nunca estuvo tan can-

sada en toda su vida, pero no es un cansancio de haber

corrido cuatrocientos metros o de una noche bailando sin parar. Es otra cosa, un agotamiento mental, de angustia y

de no saber qué va a pasar. Está muy oscuro; sabe que está nublado porque no llega a ver ni una sola estrella. Siente la

primera gota en la cara. Enseguida caen muchas más. Un trueno retumba lejos, y toda el agua del cielo se le despa-

rrama encima. Está acostada en el bote porque le parece que eso le da un poco más de estabilidad, y para evitar el

viento, porque si se queda sentada las ráfagas heladas le

duelen en el cuerpo. Había elegido tumbarse de espaldas, pero al explotar esa lluvia tremenda, prefiere que el agua

no le caiga en los ojos y la boca, así que se da vuelta. De todas maneras ya está empapada. Boca abajo en el fondo del bote, siente que la corriente del río la lleva hacia la negrura.

Nadie sabe dónde está, nadie la ha visto subirse al

bote. Sabe que es inútil gritar o llamar a alguien. Entre el repiqueteo de las gotas y el rugido del viento no la van a 3


escuchar. Además, quién va a estar afuera, en la orilla del río, en una noche así.

En un segundo puede cambiar todo. Como le acaba

de pasar a ella. Media hora antes estaba en su casa, tirada

en la cama, chateando por celular con Macarena de alguna bobada de la que no se puede acordar ahora, y para qué

le serviría acordarse, sería algo del liceo, o del partido de handball del fin de semana, o qué se pondrían para la

discoteca ese sábado. Y de repente, tuvo que tomar una

decisión en la que no pudo pensar, porque se presentó

tan de golpe que la obligó a elegir ahí mismo. Ahora, no

tiene ni idea de hacia dónde va, impulsada y sin poder

luchar contra esa fuerza, en un bote medio desvencijado, que cada tanto cruje como si fuera a romperse. Siente en

el cuerpo cómo se desliza la corriente oscura, imparable, debajo de la madera vieja. El agua parece ir más rápido

que el bote, y eso no puede ser, tendrían que ir a la misma velocidad, una arrastrando al otro, y ella arriba, sin poder hacer nada, tiritando, sola en la noche del río.

Quizá el momento decisivo fue cuando se escapó

por el frente de la casa, saliendo por la puerta principal, la

que da hacia el río. Si hubiera elegido la puerta de atrás, por ejemplo, tal vez hubiera podido correr por la calle del costado, llegar hasta la plaza, meterse en la panadería, o

encontrarse con alguien que pudiera ayudarla. Pero no, eso la hubiera obligado a dar explicaciones, porque le preguntarían, y tendría que contarles algo, y ¿qué podría ser?

Nada, no podía decir nada concreto y entendible. Así que

salió por la puerta de adelante y bajó la pendiente hacia la orilla del río. Él no la siguió, se quedó en la casa. Ella miró 4


hacia atrás y llegó a ver el perfil recortado contra la ventana. Le pareció que en un momento giró la cabeza y quizá

alcanzó a ver hacia dónde se dirigía ella, pero no hizo nada. Claro, fuera de la casa ya no era su ámbito, allá era donde

se creía importante, aunque nadie le hubiera dado ese rol. Así que ella se sintió por un momento aliviada de haberse ido, lo creyó una buena idea, qué idiota, todavía no se había

dado cuenta de que salió de una para meterse en otra peor. En realidad, ese segundo que lo cambió todo fue

cuando eligió esconderse adentro del bote. Una decisión impulsiva, que también tomó sin pensar; otra vez no tuvo

tiempo, no podía dejar que la vieran. Ya había bajado la

pendiente y estaba cerca de la orilla cuando escuchó las voces. Las reconoció. Se acercaban. Miró hacia la derecha

y los vio venir. Qué mala suerte, justo tenían que ser ellos. Con una tarde tan fea, de viento y frío, cualquiera pensaría que nadie iba a pasar por allí. No la habían visto, venían

conversando entre ellos, entretenidos. Por la izquierda se acercaban otras dos personas. Se dio cuenta de lo que iba

a pasar. Por eso tuvo que buscar un sitio para esconderse. En la orilla no había nada. Miró alrededor, solo juncos y

matorrales bajos, pero ni un árbol, ni siquiera un misera-

ble arbusto, que tampoco hubiera servido para ocultarse. El sol se estaba poniendo pero todavía alumbraba un

poco, y además alguien había tenido la estúpida idea de

poner una línea de faroles en la orilla del río, que estaban empezando a encenderse, así que justo esa zona no estaba

tan oscura. El bote, con pinta de abandonado, resultó el

único escondite a mano, y se metió dentro. Saltó rápido, nerviosa, preocupada porque llegaran a verla, y se agachó 5


en el extremo más alejado, eso debía haber inclinado el

bote hacia un lado y liberado la otra punta apoyada en la orilla arenosa. Seguramente no estaba bien encallado

en la arena, estaría apenas arrimado, y el impulso que le

dio ella al entrar fue decisivo. Cuando sintió que se movía,

empezó a dudar si era mejor salir de ahí mientras pudiera, exponiéndose al riesgo seguro de que la vieran; escuchaba perfectamente las voces a poca distancia, ya estaban en lo

suyo pero seguían ahí, tan cerca. No se decidió a bajar del bote y ese fue otro momento decisivo. Siguió ahí, escondida, y cuando se atrevió a asomar apenas la cabeza ya estaba en el medio del río, que a esa altura es muy ancho, tanto que ya no veía ninguna de las dos orillas. El viento parecía

soplar más fuerte ahí, no tenía obstáculos que le impidieran dedicar toda su potencia a ese bote pequeño, viejo

y sin remos, para empujarlo corriente abajo, sin pausa.

Como decidido a llevarlo lejos hasta hacerlos desaparecer, al bote y a su carga, esa chica que había elegido las peores opciones, una detrás de otra, como si estuviera destinada a lanzarse de cabeza al precipicio.

El primero que llegó a la casa fue Berna. Al ver todas

las luces apagadas, dedujo que su hermana Mavi no esta-

ba. Al principio no le extrañó, a pesar de que a esa hora casi siempre la encontraba en casa. Se habrá demorado

en lo de alguna amiga, Macarena, o quizá Ana, pensó. La

madre tenía el turno de la noche en el hospital. No le gustaba el trabajo nocturno, ni dejar a los hijos solos tantas 6


horas, desde las dos de la tarde hasta las seis de la mañana. Pero a veces no tenía más remedio porque el sueldo de

enfermera, ya se sabe, no es ninguna maravilla y dos hijos

adolescentes generan muchos gastos. Se había prometido que no sería por mucho tiempo, pero había solicitado el turno extra por un par de semanas, hasta equilibrar el presupuesto y salir de algunas deudas.

El muchacho entró al salón, prendió las luces de

adentro y también las del frente. Tiró la mochila en una

silla, se sacó la campera. Estaba tan frío adentro de la casa

como afuera, así que buscó en el canasto papel de diario, ramas y fósforos para prender la estufa. La primera llama empezaba a abrirse camino en una piña reseca, cuando volvió a mirar la habitación con más atención. Algo no esta-

ba como siempre, pero no se daba cuenta de qué era. Dos

sillas parecían fuera de lugar, una estaba contra la esquina del living. Y había olor a pucho. Mavi no fumaba, pero quizá habían estado allí algunas amigas, o ese tal Mauro

con el que salía últimamente. Aunque él no tenía pinta

de fumar, pero quién sabe, podía ser. Subió la escalera. La casa era chica pero tenía dos pisos. Entró a la habitación de su hermana. La colcha estaba arrugada y el celular

enchufado en la pared. Eso sí era un poco raro, ella no salía

nunca sin llevarlo. Habría ido a hacer algún mandado cerca.

Se habían mudado a esa casa nueve meses atrás.

Siempre vivieron en la capital, al sur, sobre el Río de la Plata, pero sus padres se habían separado hacía año y medio. El padre vivía con una nueva pareja y sus tres hijos, y la

madre había pedido traslado en el hospital, para venirse al 7


norte del país. Una tía vieja se había ido a vivir a una casa de retiro y les prestó esa casita. La madre intentó conven-

cerlos con el argumento de que además del “cambio de

aires” para empezar en otro lado después de esa crisis, vivir en esa ciudad tenía la ventaja de que todo era un poco más

barato que en Montevideo, y además no tenía que pagar alquiler.

—Lo que opinamos nosotros no importa, ¿no?

–había dicho Mavi cuando conocieron la noticia del cambio. A ninguno de los dos les gustaba la idea de dejar

casa, liceo, amigos, barrio, todo al mismo tiempo, para irse

a un sitio donde no conocían a nadie. Alguna vez habían

ido de chicos, pero los abuelos habían muerto muchos años atrás, y casi ni se acordaban. A la tía la conocían muy poco.

—Yo no me voy. Me quedo con papá –había protes-

tado su hermano.

—Bueno, dale, ya lo llamo y le aviso –la madre, can-

sada, llenaba cajas de mudanza con libros y ropa–. Le digo que te haga un hueco en una de las cuchetas de los nenes de la novia. Seguro que vas a estar súper cómodo. allá.

—No seas bruja, mamá. Es que no conozco a nadie —Y vos no seas inmaduro, Bernardo. ¿Te creés que a

mí me gusta la opción? Para nada. Yo también voy a tener

que trabajar con nuevos compañeros en el hospital, a los

que nunca vi antes. Lo hago porque no tengo más remedio. Así que por favor, les estoy pidiendo ayuda, ya están por cumplir los dieciséis y hace rato que dejaron de ser unos bebés de pecho.

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Al menos la casa no era fea, tenía estufa a leña y

estaba frente al río, con una linda vista. El invierno acababa

de empezar pero estaba resultando duro, el viento silbaba en las ventanas y se colaba por las rendijas, pero se iban

adaptando. En muchos sentidos la vida era más fácil que en Montevideo, por ejemplo iban caminando a todos lados

y los comercios y casas de los compañeros de liceo estaban

más a mano. Todo el mundo se conocía y el ambiente en general era más cordial.

Mavi se había integrado mejor y tenía un par de

amigas. Berna no, pero eso no era extraño, él siempre había

sido mucho más solitario. A pesar de ser mellizos, se parecen poco. Según él, su hermana escucha una música horrible y no puede entender cómo le gusta jugar a algo tan aburrido como el handball. Ella opina que ese fanatismo

que tiene el hermano por los videojuegos y los gamers que suben videos describiendo sus jugadas es la estupidez más

grande del mundo. Tampoco son parecidos físicamente, él, alto y muy delgado, tranquilo y sentado frente a la

computadora en cada momento que tiene libre, ella con su metro cincuenta de puro músculo, inquieta como una ardilla.

Eran ya las once y media de la noche. Después de

comer el pollo al horno que la madre había dejado en el

microondas, Berna se lavó los dientes, se puso el piyama, un buzo de lana y pantuflas y se instaló a navegar por Internet. Pero no se podía concentrar, estaba un poco

preocupado aunque no quisiera admitirlo. Escuchaba el ruido de la lluvia, que repiqueteaba en los cristales. La canaleta del techo lanzaba un chorro fuerte que golpeaba las 9


baldosas de abajo. Avisarle a la madre que su hermana no había vuelto le pareció poco leal. Llamar a las amigas de Mavi para preguntarles si estaba con alguna de ellas era una

actitud como de madre. Dejó pasar el tiempo, sintiendo que

tendría que hacer algo, pero sin saber qué. Al final se convenció de que no era nada, ella seguramente le habría

avisado a la madre que tenía algo, un cumpleaños, o que se quedaba a dormir en otro lado. Como tenía frío, se fue a la

cama con la tablet y se tapó con el acolchado. A los quince minutos se quedó dormido.

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Mavi, ¡No te rindas!  

Mavi ha tenido que mudarse con su familia. Todo le resulta nuevo y distinto: también en casa ha habido cambios de los que no quiere hablar c...

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