¡Hay un marciano en mi escuela!

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se día fui a la escuela sin estudiar. El maestro iba a tomar lección sobre el cuerpo humano. ¿Para qué estudiar sobre mi cuerpo si lo conozco bien? Tengo cabeza, cuello, manos, pies, etcétera, etcétera y todo funciona perfectamente. También sé que si no apruebo la lección voy a llevar una mala nota en el cuaderno. —Ojalá me convirtiera en un marciano y me llevara un OVNI a otro planeta –pensé camino a la escuela.


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En el aula, el maestro llamó al frente primero a Fernando Rodríguez que se sacó un diez, y después dijo: —Pérez, Pablo, adelante. Al escuchar mi nombre algo le pasó a mis orejas, sentí una picazón y comencé a rascarme como los perros cuando tienen una pulga escondida en la oreja.


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Mi compañera de banco me preguntó: —Pablo, ¿te sentís bien?, estás como verdoso. —Sí, Julia, me pican las orejas nada más –le dije.


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l lunes a la mañana antes de salir de casa, revisé la mochila para asegurarme de que estuviera todo en su lugar: cuaderno, cartuchera, regla, etcétera, etcétera… No quería que el maestro me dijera: —¡Pérez, otra vez se olvidó el cuaderno! No se olvida la cabeza porque la tiene pegada. Entramos al salón. El maestro tomó asistencia e inmediatamente entró la Directora acompañada por la señora Inspectora, que lucía un hermoso abrigo de piel. Después de presentarse, preguntarnos de qué color era el caballo blanco de San Martín, y cuánto era la suma de 2 + 2, nos dijo:


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—Observo que trabajan mucho y muy bien, así que voy a llevarme sus cuadernos para revisar y también la carpeta de actividades del maestro. —Ningún problema -dijo la Directora. —Ningún problema -dijo el maestro mientras buscaba su carpeta. Nosotros fuimos dejando nuestros cuadernos sobre el escritorio y noté que el maestro buscaba en su portafolios como cuando yo me olvidaba algo y revolvía la mochila como si fuera una batidora. También descubrí que el color de su cara iba cambiando de color rojo tomate al blanco papel. Cuando los 27 cuadernos estaban sobre el escritorio la Inspectora señaló: —Me falta su carpeta, maestro.


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En ese momento escuchamos un tímido: “Me olvidé la carpeta de actividades”, seguido de un ¡PAF! que retumbó en todo el salón. El maestro se había desmayado del otro lado del escritorio. Él, que nunca se olvidaba nada, justo hoy que había venido la Inspectora se fue a olvidar su carpeta.



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