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A Maxi. Gracias por interesarte siempre y ser el primero en leer todos los libros.

1. Sorpresa fulminante 2. El mejor actor 3. Mala noche 4. Todos contra todos 5. Acorralados 6. Las reglas del juego 7. Feliz cumpleaĂąos

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8. Una foto para el recuerdo

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9. MĂ­a por Erica 10. HĂŠroes y villanos 11. El chico nuevo

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CAPÍTULO I

Sorpresa fulminante

El profesor Raúl Acevedo abrió la puerta del aula y encontró a toda la división sentada y en silencio. Esa fotografía no era normal, para nada. La clase de segundo año B era la más revoltosa del colegio, sus integrantes eran especialistas en distracción y, de una forma u otra, siempre se las ingeniaban para acabar con la paciencia del profesor de turno. —Buenos días –dijo con desconfianza. —Buenos días –respondieron todos al mismo tiempo como si fuera una grabación. Acevedo caminó hacia su escritorio, se quitó el saco despacio y lo acomodó con precisión en la silla. La clase seguía en silencio, las miradas no se apartaban de sus movimientos. El hombre de vasta experiencia había cumplido sesenta y siete años en febrero. Su incansable espíritu lo había hecho postergar su jubilación en reiteradas ocasiones. Pero esta vez, debido a unos problemitas de salud, decidió que era el último año que iba a dar clases. —Acá hay gato encerrado. ¿Qué les pasa? ¿Se encuentran bien? —Sí, profesor –le contestó una alumna de la primera fila con una sonrisa enorme. —Qué extraño… Ustedes siempre están gritando y tirándose cosas… Esto no es normal. ¿Pasó algo en la clase anterior? 5


—No, profesor –volvió a contestar la misma alumna. —Mmm… –Acevedo negó con la cabeza y sacó un libro de su portafolio. Al ver que la autoridad de la clase no les creía, un pelirrojo de la segunda fila tomó la palabra: —Decidimos portarnos bien porque vimos el video del profesor que casi mata a un alumno. —Eso nos hizo recapacitar –agregó un grandulón del fondo. —¿Vieron el video del profesor Susini? –preguntó Acevedo levantando en alto su cabeza. —Sí –respondió la alumna de la primera fila. —Muchas veces –murmuró un chico de lentes. Acevedo sonrió sorprendido y miró hacia el techo a modo de agradecimiento. —Qué Dios lo tenga en la gloria. Al pobre lo volvieron tan loco que terminó explotando. —Su vena terminó explotando gracias al compás que le clavaron –acotó un chico rubio del medio sin poder contenerse. —Sí, es cierto… –Acevedo se acomodó la corbata y miró a sus alumnos–. Bien, vamos a empezar la clase, hoy les voy a enseñar ecuaciones exponenciales y logarítmicas. —¿Loga qué? –preguntó el grandulón del fondo. —Logarítmicas, Ferreira, logarítmicas. —Ah. El profesor se acercó al centro de la clase, agarró una tiza y se puso a explicar la teoría: —Las ecuaciones exponenciales son aquellas ecuaciones en las que la incógnita aparece en el exponente –entusiasmado por la atención que recibía, se dio vuelta y comenzó a escribir un ejemplo en el medio del pizarrón. 6


—Zumba E Aco La Boa. Al escuchar detrás suyo esa frase sin sentido, Acevedo giró su cuerpo intrigado y se llevó una sorpresa: el alumno Simón Bernal, que se sentaba en la última fila, estaba parado arriba de su silla. Bernal se encontraba de perfil a la clase y su vista la tenía clavada en el ropero del rincón. El chico parecía estar hipnotizado, no pestañeaba, era como si su alma lo hubiese abandonado. —¡¿Qué hace arriba de la silla, Bernal?! ¡¿Se volvió loco?! ¡Bájese, por favor! La clase miraba a su compañero asombrado, muchos sonreían, pero intentaban disimularlo. —Zumba E Aco La Boa, Zumba E Aco La Boa –Bernal repetía la frase una y otra vez como si fuera el estribillo de una canción pegadiza. —¿Qué dice, Bernal? ¿Qué está diciendo? ¡¿Se puede bajar de ahí?! De pronto, dos alumnos más se subieron arriba de sus sillas, apuntaron las miradas hacia el ropero y se unieron en el inquietante canto: —Zumba E Aco La Boa, Zumba E Aco La Boa… –las tres voces formaron un coro, parecía un cantito de cancha. El profesor Acevedo abrió la mano y se le cayó la tiza al suelo. Ya le parecía muy extraño que se comportaran bien, no podía ser real. Mientras miraba la extraña actitud de sus alumnos, se arrepintió profundamente de no haberse jubilado el año anterior. A esa altura del partido, ya no estaba para bromas, su paciencia se había agotado. Prefería irse a su casa y jugar con sus nietos al dominó y a las cartas.

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—¡Basta! ¡Siéntense o los mando a la Dirección! –Acevedo los amenazó con firmeza y caminó nervioso hacia ellos. En ese momento, pensó en agarrarlos de las camisas y tirarlos al suelo, pero tras un enorme esfuerzo logró controlarse–. ¡Dije que se bajaran! Aunque parezca mentira, sus gritos y sus amenazas causaron el efecto contrario. Ocho alumnos más se pararon arriba de la silla, se pusieron de costado y miraron hacia el ropero. Era como si allí dentro hubiera un monstruo que los dominaba con la mente. —¡Zumba E Aco La Boa! ¡Zumba E Aco La Boa! ¡Zumba E Aco La Boa! –el canto cada vez era más fuerte y hacía vibrar el pizarrón. Acevedo apretó los puños con bronca, la sangre le quemaba la piel. El pobre hombre tenía la sensación de que el piso se movía como si estuviera en un barco. —¡BASTAAAAAAAA! –finalmente gritó con toda su alma. Esta vez su orden dio resultado, aunque ninguno de los alumnos se bajó de la silla. El extraño silencio regresó al aula y por unos segundos solo se escuchó la respiración fuerte del profesor. —Bájense inmediatamente –les volvió a pedir a modo de ruego–. Bájense o los voy a hacer echar a todos. El profesor observó a cada uno de los alumnos que estaban parados, se frotó las manos por el rostro, y de repente escuchó un ruido que salía de adentro del ropero. —¿Y eso? Los once desobedientes parecían muñecos de cera, ninguno reaccionó. —¿Lo escucharon? –le preguntó al grupo de chicas de la primera fila. 8


—Sí, profesor, parece que hay alguien adentro que quiere salir. El ruido se escuchó una vez más. Sonó fuerte y claro. —Pero, ¿qué está pasando? Acevedo se metió en la fila donde estaba el ropero viejo y caminó hacia el fondo del aula. Allí se ubicó frente a la puerta de madera y la miró con desconfianza. —Zumba E… —¡CÁLLENSE! —Aco… —¡SILENCIO! Sus alumnos obedecieron y el silencio total aplastó el ruido adentro del armario de un manotazo. La autoridad de la clase tragó saliva y un nuevo golpe lo hizo retroceder. —Maldición… El profesor negó con la cabeza y estiró su mano lentamente hacia la manija. —La Boa… –murmuraron a su espalda como si fuera un canto indio. —¡Dije que se callaran! ¿¡EN QUÉ IDIOMA HABLO!? Y en ese instante, perdiendo completamente sus márgenes de tolerancia, abrió la puerta de golpe y se llevó la sorpresa de su vida: delante de él, estaba uno de sus alumnos envuelto en una boa gigante. El chico sonreía entusiasmado a pesar de tener una serpiente amarilla enrollada a su cuerpo. Pero el susto no terminó ahí: al ver al visitante, la cabeza del reptil se alzó hasta los ojos del profesor, abrió su enorme boca y lo tocó con su lengua. —¡SORPRESA! –gritó toda la división entre risas y carcajadas. 9


—¡ERA UNA BROMA, PROFE! —¡ES UNA CÁMARA OCULTA PARA EL PROGRAMA “CÁMARA MILLÓN”! –le gritó Ferreira. Ni todo el entusiasmo de su clase logró que Raúl Acevedo reaccionara. El pobre hombre se quedó allí, paralizado en el lugar, su corazón dejó de latir y cayó al suelo muerto de un infarto. —Me parece que no fue una buena idea… –murmuró el dueño de la serpiente.

“Cámara Millón” era uno de los programas con más rating de la televisión. Empezó como un reemplazo de entretenimientos para el verano, pero su enorme popularidad permitió que continuara durante el año. La propuesta era simple: el espectador tenía que armar una cámara oculta casera y la mejor de todas ganaba un millón de pesos. En los últimos tres meses, los ganadores habían sido grupos de alumnos que habían engañado a sus profesores. A los televidentes les encantaba ver esas cámaras ocultas y disfrutaban mucho el momento en que la autoridad de la clase se enteraba del engaño. Como tantas otras divisiones, la clase del alumno Ferreira también quiso probar suerte. Por eso, apenas se enteraron que su compañero Kim tenía una boa por mascota, se pusieron a armar la trampa. Un millón de pesos era mucho dinero, aunque lo tuvieran que dividir entre treinta.

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Colegio maldito V