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La serie negra de Quipu

Colegio maldito III Imaginaciรณn siniestra Gabriel Korenfeld Ilustraciones: Federico Combi


"A mis viejos, por enseñarme tanto con su ejemplo."

1. Cosecha de miedo 2. Fenómenos paranormales 3. Juego peligroso 4. Uno menos 5. Cargando armas 6. Escuadrón de rescate 7. Colegio maldito

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8. La cabaña del bosque

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1. Cosecha de miedo

Año 1951

Era un día de mucho calor; había muchas probabilidades de que a la noche se largara a llover. Jorge estaba jugando al fútbol en la plaza con sus amigos; su equipo perdía por tres goles y ya tenía la sensación de que no lo iban a poder remontar. De pronto, la pelota se fue por arriba del arco y quedó junto a un banco ubicado enfrente de la calesita. Allí estaba sentado un hombre con sombrero que escribía muy concentrado en unas hojas. Jorge se acercó unos metros, y al darse cuenta de que no le iba a alcanzar la pelota, fue a recogerla. —Disculpe, ¿usted es Guillermo Rossia? –se animó a preguntarle. El hombre levantó la cabeza y lo miró fijo. La mitad de su cara estaba quemada. La piel parecía que en cualquier momento se le iba a despegar del rostro. Por un instante, Jorge tuvo la necesidad de desviar la vista, pero se contuvo y la dejó. —Sí, soy yo. 7


—Para mí, usted es el mejor escritor de terror del mundo, mejor que Edgar Allan Poe o Lovecraft. —Gracias –dijo el hombre con poco entusiasmo. —Tengo todos sus libros. Los que más me gustaron fueron La cabaña del bosque, El cuidador de la plaza y Tren fantasma. —Bueno. —¡DALE, JORGE! –le gritaron desde la canchita. Jorge pateó la pelota hacia sus amigos, pero su admiración por el escritor lo mantuvo en el lugar. —¿Qué está escribiendo ahora? Rossia suspiró y levantó la primera hoja del manuscrito. El título decía: COLEGIO MALDITO. —¡Colegio maldito! ¡Debe de estar increíble! Me muero por leerlo. —Mejor morir por otra cosa. —Sí, es una forma de decir. ¿Le puedo preguntar por qué siempre escribe enfrente de la calesita? —No –le contestó seco el hombre de sombrero. —Pero ¿no es mejor un lugar tranquilo? —Prefiero el ruido, el silencio no me inspira. —Y ahora que la semana que viene van a cerrar la plaza y construir un colegio, ¿dónde piensa escribir? Rossia se puso aun más tenso y fijó su mirada en la calesita. —¿No tenés que seguir jugando al fútbol?

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Jorge se sorprendió por la reacción, asintió sin decir nada y volvió hacia la cancha con poco entusiasmo. Le hubiera encantado empezar una amistad con el escritor, pero el deseo no era recíproco. Rossia siguió mirando la calesita sin pestañear. El comentario del chico le había revivido el dolor.

Tres días después Eran las doce menos cuarto de la noche y parecía que iba a llover. Jorge estaba leyendo un libro, y su hermana Lucía, de nueve años, intentaba dormir. —Apagá la luz, Jorge, me molesta. —Ya termino. —¿Otra vez estás leyendo un libro de Rossia? —Sí. ¿Cuál es el problema? —¿No podés leer otra cosa? No sé, algo de Julio Verne. —¿Y a vos qué te importa? –le dijo Jorge mirándola de reojo–. Me gustan sus historias de terror. —Yo nunca voy a leer nada de ese hombre. En la plaza no lo quiere nadie. —Es porque lo molestan, no lo dejan escribir. —Entonces que escriba en un lugar tranquilo, como seguro deben de hacer todos los escritores. —El silencio no lo inspira. 9


Lucía rió de manera exagerada y meneó la cabeza. —No digas pavadas, Jorge. ¿Le vas a devolver la plata que le sacaste a mamá? —No le saqué nada –le contestó su hermano con los dientes apretados. —Yo te vi. —Viste cualquier cosa, entonces. Jorge se puso de pie, guardó el libro en el escritorio y después se acercó a la puerta del balcón. —¿Vas a apagar la lámpara? El chico ignoró la pregunta, miró con atención la plaza que tenía enfrente y descubrió a una señora que tiraba algo de un jarrón. —Ya vengo. —¿Adónde vas? —A la plaza. —Estás loco. Apagá la lámpara, por favor, y devolvele la plata a mamá. —Sí, seguro. Jorge se puso las zapatillas y salió al balcón en pijama. En la plaza, solo se veía a la señora del jarrón. Todo el parque era una sombra gigante. Con cuidado, primero pasó una pierna por encima de la reja, luego la otra, se agachó lo más que pudo y saltó a la vereda. Como su departamento estaba en un primer piso, la caída fue de tres metros de altura.

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Un poco dolorido, cruzó la calle vacía y al ver a la mujer de cerca, enseguida la reconoció. —Disculpe, señora, usted es la esposa de Guillermo Rossia, ¿no? La mujer dejó de inclinar el jarrón y lo miró sorprendida. —Era. Guillermo murió. La corta respuesta hizo que el joven aumentara el tamaño de sus ojos. La noticia lo había abofeteado. —Pero… el otro día charlé con él… ¿Estaba enfermo? —Digamos que no. Jorge la miró desconcertado y luego bajó la mirada hacia el jarrón. —¿Qué tiene allí adentro? –preguntó con temor. —Cenizas. Lo cremaron. El chico retrocedió un paso. Aunque el escritor ya estaba muerto, toda la situación lo ponía nervioso. —¿Y por qué las está tirando? —Porque a él le habría gustado que sus cenizas estuvieran en esta plaza. Desde chiquito venía acá, era su lugar favorito. —Me dio una pésima noticia, ya no van a haber nuevos libros… —¿Te gustan sus historias? —¿Si me gustan? Soy fanático. Era un genio del terror. 11


La mujer lo miró algunos segundos a los ojos, abrió la cartera y sacó un manuscrito de doscientas hojas. —Entonces vas a disfrutar esto más que yo. Tomá, solo le faltó el final, imaginátelo vos. —¿En serio me lo da? Pero… ¿ustedes no tienen hijos? —No. Guillermo no quería. Te digo un secreto: él odiaba a los chicos. Para lo único que los quería era para asustarlos, darles miedo. ¿Lo querés o me lo quedo? El chico lo agarró como si fuera mágico. En la tapa indicaba el título: COLEGIO MALDITO. —Claro que lo quiero. Muchas gracias, no sé qué decir… —Yo sí: me voy antes de que se largue a llover. Un trueno sacudió el cielo. La mujer terminó de desparramar las cenizas y se marchó de la plaza. El chico con pijama a rayas la siguió con la mirada como si estuviera hipnotizado. —¿Quién era? Al escuchar una voz detrás suyo, Jorge pegó tal sobresalto que su corazón casi se le escapa por la boca. Enseguida se dio vuelta y descubrió a una joven de su edad de origen gitano. —¿Me querés matar de un susto? –le preguntó de mal modo. —Disculpame, pensé que me habías visto. 12


—No, todavía no tengo ojos en la espalda. Además, no te conozco, solo te vi algunas veces por el barrio. —Mi nombre es Yumara –le dijo ella. —¿Yumara? Ustedes los gitanos son muy raros. ¿Qué clase de nombre es ese? —Significa reina maga. —¿En serio? Dios mío… ¿Sabés hacer magia? —No. —Cambiate de nombre, entonces. Yumara sonrió y Jorge la miró con más atención. Recién en ese momento, advirtió lo bonita que era. —¿Y vos cómo te llamas? —Jorge. —¿Jorge? ¿Qué clase de nombre es ese? –le preguntó ella con ironía. —Significa rey mago super poderoso invencible. La chica de ojos negros largó una risa encantadora. —Somos los Reyes magos, entonces. —Sí, nos faltan los camellos –comentó Jorge–. ¿Qué estás haciendo acá sola? —No podía dormir, hace mucho calor. ¿Vos? —Yo tampoco. —¿Qué tenés ahí? ¿Estás estudiando? Jorge sonrió y levantó las hojas. —No, es el último libro de Guillermo Rossia. Me lo regaló la viuda. —¿La viuda? ¿Era esa mujer? —Sí. 13


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Colegio maldito III  

Imaginación siniestra Colegio Maldito III abandona los cuentos de los dos primeros libros, para regresar con una novela tan siniestra como...

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