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A

Frankenstein le empezó a picar la cabeza. Le picaba y él se rascaba. Picaba y se rascaba. Picabayserascabapicabayserascabapicabayserascaba…

-¡Necesito un cerebro nuevo!

–dedujo Frankenstein cuando ya la picazón y la rascazón llevaban como dos semanas–. Los sesos que tengo en la sesera están fallando, es por eso que me pica tanto. Y se fue al mercado de cerebros que había a la vuelta de su castillo. Con los ahorros que tenía en su chanchito, se compraría un cerebro nuevo. Después se lo iba a cambiar en lugar del que llevaba puesto desde hacía siglos.


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—¿Qué tipo de cerebro es el que tiene en mente, estimado? –le consultó amablemente el empleado cuando ya estaba en el mercado de cerebros. Frankenstein se puso un dedo en la boca para pensar, le picaba tanto que apenas podía concentrarse el pobre.

-Quiero un cerebrito 0 kilómetro, no muy caro y que me ayude a tener grandes ideas –dijo luego de estar media hora pensando.


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—Aquí tenemos una amplia variedad para la cabeza de la dama y el caballero monstruos. Si lo compra al contado, le regalamos un par de neuronas de repuesto –se mostró efusivo el vendedor. Sobre una estantería, dentro de frascos para mayonesa, pero sin mayonesa, había cientos de cerebros. Estaban nadando en un líquido que parecía almíbar. Se puso un guante para lavar platos y sacó uno color rojo. —Este es un cerebro de matemático. ¡Toda una joyita! –le dijo.

-¿Y está bueno? —¡La pregunta! –saltó el vendedor–. Apenas se lo conecten, sin equivocarse, usted será capaz de sumar, restar, multiplicar y dividir con coma, punto, punto y coma, y ¡hasta con puntos suspensivos!


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E

s de noche.

Afuera estallan truenos y relámpagos, pero no llueve. Hay aullidos, quejidos de espectro y chistidos de búhos. Dentro del caserón, Missis Andrews duerme ajena a semejante escándalo, presa de los efectos de un tecito sedante. Es una refinada dama Missis Andrews, pero ronca como un dinosaurio acatarrado. Por la ventana, entra volando.

¡Es un vampiro!


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Revolotea sobre la cabeza de la mujer. Sin abrir los ojos, ella toma un papamoscas. Un golpe digno de un tenista tricampeรณn y el bicho queda estampado contra una de las paredes. Resulta ser ni mรกs ni menos que ยกDrรกcula!


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Cuando toma su forma humana está moreteado. Casi lo mata. Mas, al ver a su víctima durmiendo, se recompone. Ríe malévolamente, se envuelve en su capa y recupera su forma animal. Vuelve a revolotear sobre la cabeza de la doña, que ronca como si en eso se le fuera la vida. Otra vez, sin abrir los ojos, del cajón de la mesita de luz saca un tubo de aerosol. -¡Cómo hinchan los mosquitos! –se queja y rocía al vampiro con un potente insecticida. Tosiendo, el mamífero volador recupera su forma humana.


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Entre cof, cof y cof, se acerca sigilosamente a la mujer. Muestra sus colmillos como vio hacerlo a un actor que lo interpretó en el cine. Va a morderla. Pero la incauta víctima, que dormía de espaldas, se acomoda en la cama y le muestra la cara toda embadurnada en una mascarilla cosmética. -¡El monstruo Honestamente, se ha asustado.

del pantano! –grita Drácula.


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Cerebro de Monstruo - Kirikoketa  

Colección - El perro y la pulga ¡Los monstruos de este libro tienen unos problemones…! Frankenstein quiere un cerebro nuevo, pero no tiene i...

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