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Los verdes de Quipu

Caídos del Mapa VIII Todos para uno, uno para todos María Inés Falconi Ilustraciones Vik Arrieta


Capítulo 1

—¡¿Mil seiscientos dólares?! Fabián, Federico y Paula miraban azorados la pantalla de la computadora, donde la página de Aerolíneas Argentinas decía clarito el precio del pasaje de ida y vuelta a Madrid. —¿Y eso cuántos pesos son? –preguntó Paula sin poder cerrar la boca. —Y… a tres con cincuenta… –empezó a calcular Fabián. —El dólar no está a tres con cincuenta –protestó Fede–. Tres cuarenta y uno. —Bueno, pero la cuenta a tres con cincuenta es más fácil –siguió calculando Fabián. —Sí, pero da más caro. —Es para tener una idea aproximada –le contestó Fabián. —Necesitamos una idea precisa –insistió Fede. —Bueno… más o menos vendrían a ser… —Cinco mil seiscientos pesos –dijo Paula. Federico y Fabián la miraron asombrados por su rapidez. —Discutieron tanto que pude hacer la cuenta… con el celu, claro. No importaba quién hubiera hecho la cuenta, igual era un montón de plata, y más que un montón de plata, una cifra imposible de juntar. 7


—Buscá en otra línea aérea. No puede ser –dijo Fede–. Eso seguro es por los líos de Aerolíneas. Fabián volvió a poner “Buenos Aires Madrid pasajes aéreos”. Una lista de posibilidades se abrió en la pantalla. —Vamos una por una. Tiene que haber ofertas, descuentos, pasajes para menores, algo –dijo Paula, casi como un ruego a la buena suerte. —¿Para discapacitados? –preguntó Fede. Paula lo empujó. —Eso no es gracioso –dijo seria. —¿Y quién dijo que era un chiste? Viajamos con Fabián ¿no? —Cortala, Fede. No me hace gracia. —Bueno… perdón… Aunque no lo dijo, Federico se dio cuenta de que había sido un chiste de mal gusto. Fabián seguía buscando. —Iberia, mil quinientos cincuenta. —Eso sí que es diferencia –ironizó Fede. —Lan Chile, mil cuatrocientos. —¡Ese! Ese es mucho más barato… –gritó Paula–. Bueno… cien dólares más barato –se dio cuenta de que eso no era mucho. —Me parece que vamos a tener que aceptar que ese es más o menos el precio. No vamos a encontrar una oferta por la mitad –dijo Fabián. —Teniendo en cuenta que la mitad también es un montón –agregó Fede. Se quedaron callados mientras la computadora buscaba la nueva página, como si un milagro estuviera a punto de producirse. Porque eso es lo que necesitaban, un milagro que les permitiera conseguir lo que se habían propuesto: viajar los tres a España para visitar a Graciela durante las vacaciones de invierno. 8


Al final del año pasado, Graciela se había mudado a España con su familia. Su papá había conseguido un muy buen trabajo, y a pesar de los ruegos, de los planes para quedarse y de las lágrimas, Graciela se había ido. Separarse fue horrible para todos: para Paula, porque se iba su mejor amiga de toda la vida; para Fede, porque él y Graciela estaban saliendo y no sabían qué podía pasar viviendo tan lejos; para Fabián, porque sentía que su grupo ya no era el mismo, que estaba rengo, como él decía; pero principalmente para Graciela, que dejaba todo lo que quería y todo lo que le importaba… salvo su familia, claro. La esperanza, la única y chiquitita esperanza, era que Graciela volviera durante las vacaciones de verano. Pero las vacaciones habían pasado, y Graciela seguía allá, muerta de frío en la ciudad de Zamora donde vivía ahora, yendo a la escuela en pleno mes de enero y sin amigos, ni nuevos ni viejos. La única que disfrutaba del viaje de Graciela era Miriam, que suponía que ahora sí, nada ni nadie podría interponerse para que ella fuera la mejor amiga de Paula. Suponía, claro, porque nada más lejos de la verdad. A pesar de que un océano los separaba, los chicos estaban permanentemente comunicados por Internet. No había pasado un solo día en que Graciela no escribiera un mail para alguno de ellos. Por supuesto, también se conectaban por Skype, pero eso a veces se complicaba por la diferencia horaria. Igual, no era lo mismo. La computadora funcionaba muy bien cuando uno sabía que iba a ver a las personas con las que estaba chateando cuando se le diera la gana, dentro de un rato, mañana, la semana que viene; pero cuando uno sabía que no había forma de encontrarse, de compartir una risa, una mirada o un secreto, salvo a través de la pantalla, la computadora era algo completamente inútil. Bueno, casi inútil. 9


Al menos los mantenía comunicados, y como Graciela y Fabián tenían camarita, hasta se podían ver. Igual… no alcanzaba. La última noticia recibida había sido que Graciela tampoco iba a venir para las vacaciones de invierno. Ahí fue cuando se les ocurrió. Si la montaña no va a Mahoma, como dijo Fabián, Mahoma va a la montaña. Traducido: si Graciela no podía venir, ellos iban a ir. La decisión estaba tomada, pero el asunto era más que complicado: el costo del pasaje, el permiso de los padres, los pasaportes, etcétera, etcétera, etcétera. Como bien había dicho Fabián, que últimamente estaba bastante sabio, había que empezar por el principio, y el principio era este: saber cuánta plata necesitaban para poder viajar. En eso estaban en este momento, los tres frente a la computadora de Fabián. —Nada –concluyó Fabián–. La diferencia es mínima. —Sí, y además… ¿pensaron que cinco mil seiscientos pesos es el precio de un solo pasaje? Multipliquen por tres –dijo Paula. —Multiplicá vos, que venís rápida con las cuentas. Yo no tengo ganas de deprimirme. Paula sacó su celular. En ese momento alguien se conectó al Messenger. —¡Epa! ¡“Divina M”! –se rió Fede–. ¿Quién es divina M? –le preguntó a Fabián. Paula abandonó inmediatamente el celular, más interesada por saber con quién chateaba Fabián, que cuánto salían los pasajes. —Nadie –contestó Fabián tratando de hacer desaparecer el mensaje de la pantalla. —¿Cómo nadie? La tenés en tus contactos –insistió Fede–. ¿A ver qué dice?

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Fabián no llegó a tiempo. El mensaje se leía con toda claridad: “Tengo entradas para ir a ver a Madonna” Antes de que Fabián pudiera detenerlo, Fede le contestó: “Buenísimo. ¿Me invitás?” —Sos un tarado –dijo Fabián. A esa altura, estaban los dos manoteando sobre el teclado: Fabián tratando de desconectarse y Federico tratando de seguir la conversación. Paula no participaba, pero por supuesto, estaba del lado de Fede. —¿Tenés un amor secreto y no nos habías dicho nada? –se rió Federico. —No es ningún amor secreto. Ni sé quién es –dijo Fabián malhumorado. La respuesta llegó. “No te puedo invitar. La entrada era para mi prima, pero no puede venir. Si querés te la puedo vender a mitad de precio.” —¡Eh! La Divina M no es tan divina –dijo Fede–. ¡Es una comerciante de primera! —Pará, Fede, no le des bola –pidió Fabián, sabiendo que hacía un pedido inútil. Y no se equivocaba. Fede contestó: “Está bien ¿Cómo hacemos?” —Pará, gil. La mina cree que está hablando conmigo. Me vas a meter en un quilombo. —Eso es lo que vos necesitás. Un poco de emoción en tu vida. Aunque tal vez, tu vida está super emocionante y no nos contaste nada. —¡Pará te digo! Pero Fede seguía escribiendo. “Encontrémonos en la puerta del estadio, así vamos juntos ¿Para qué función es?”. 11


Fabián, enojado, se levantó y abandonó la computadora. La respuesta no tardó en llegar: “Para la del otro viernes. No puedo creer que quieras ir conmigo.” “¿Por qué no?”, respondió Fede. “¿Cómo hago para reconocerte?” La respuesta llegó: “¿Sos idiota?” No fue una respuesta amable. —¡Bueno! –dijo Fede–. Sí que te la tenías guardadita. Parece que la conocés y la conocés muy bien… Fabián no le contestó. Abrió el diario que estaba arriba del sillón para seguir buscando precios de pasajes. “Era un chiste” escribió Fede. “De acuerdo, a las 7 en la puerta del estadio” “Ok. Mañana terminamos de arreglarlo”, contestó Divina M. “No dejes de conectarte”, escribió Fede riéndose, “me desespero cuando no lo hacés” Ahí sí, se desconectó. Miró a Paula y a Fabián. Su broma no había salido muy bien. Fabián estaba furioso y Paula… muda. ¿Fabián tenía una novia, o en todo caso, un proyecto de novia...? Federico se dio cuenta de que otra vez se le había ido la mano. Sus chistes no eran graciosos si sus amigos no los disfrutaban, y era claro que no se estaban divirtiendo para nada. —Perdón –dijo–. Creo que me pasé de vivo. —Sí, te pasaste –contestó Fabián de malhumor. —¿Arruiné algo...? —Es mi problema –dijo Fabián. —Es que vos nunca contás nada –se metió Paula.

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—No hay nada que contar, ¿está claro? No sé quién es Divina M. La acepté por error. Nunca le contesto. Fin de la historia. Federico y Paula no insistieron. Fabián estaba demasiado enojado. —Enano… disculpame –dijo Fede–. Dale, sigamos con lo del viaje. Este asunto de la Divina, yo te lo arreglo. En todo caso… ¡conseguí una entrada para Madonna a mitad de precio! —Si lo que la mina dice es cierto –acotó Paula. —Bueno, al menos lo puedo intentar. El otro viernes voy. —El otro viernes no vas a ningún lado. No te olvides que ella cree que vos sos yo –dijo Fabián. —Eso es cierto. Y también es cierto que te conoce y también es cierto que te ponés demasiado nerviosito y que me encantaría saber por qué. Fabián abrió la boca para contestar pero Fede lo interrumpió. —Está bien. Está bien. Tema concluido. Nunca más le contesto. No voy al recital y no vuelvo a mencionar a Divina M. ¿Está bien así? —Más te vale –dijo Fabián y se levantó a traer más gaseosa. Paula agarró el diario que Fabián había dejado. —Las agencias de viaje tienen mejores ofertas –dijo–. Mirá esta: “Madrid, Roma, Paris, Barcelona, Venecia, Florencia y Viena, una semana, aéreos incluidos, alojamiento con media pensión”, todo por mil doscientos dólares. ¿No es baratísimo? —Sí, salvo que si vamos a Roma, Paris, Barcelona y no sé qué más, nunca vamos a ver a Graciela. —Bueno… pero les podemos decir que nosotros nos quedamos en Madrid. Que nos descuenten el resto. 13


—¡Ay, Pau! A vos sí que te venden cualquier cosa. Eso es un curro, seguro. Además, para visitar tantas ciudades en tan poco tiempo, te las deben mostrar desde el avión –dijo Fede. —Mi viejo tiene un amigo que tiene una agencia de viajes –comentó Fabián entrando con la botella–. Sale siempre en el diario. Prestame. Y le arrancó el diario de la mano a Paula. —Acá está. Es esta. Pero no dice los precios a Madrid. —Podemos llamar y preguntar –dijo Paula. —Sería mejor si lo llama mi viejo. Capaz que nos consigue algún descuento –pensó Fabián en voz alta. —Para eso tenemos un pequeño inconveniente –dijo Fede–. Hay que decirle a tu viejo lo que estamos pensando. No te va a creer si le decís que pregunte el precio del pasaje a Madrid porque querés ver la incidencia de la inflación en los pasajes internacionales. —Sí, claro –se rió Fabián–. Es que me parece que esta vez no nos queda escapatoria. Si queremos viajar, tenemos que decirle primero a los viejos. Necesitamos permiso, creo. —Sí –dijo Fede–. Yo tengo. Mis viejos sacaron uno cuando se separaron porque nos íbamos con mi mamá a Brasil. Tengo un permiso para toda la vida o algo así. —Una cosa es que lo tengas y otra que te lo den –dijo Fabián. —Yo sé donde lo guardan. —Dale, Fede, no jodas. No nos vamos a escapar sin que ellos lo sepan, con permiso o sin permiso. —No cuenten conmigo si eso es lo que están pensando –intervino Paula–. A mi mamá le da un infarto. En realidad, no cuenten conmigo de ninguna manera. No me van a dejar ir, ya lo sé. 14


—¡Ay, Pau! –se quejó Fede–. Ya dijiste eso tantas veces en la vida que nadie te cree. Nunca te dejan y al final siempre vas. —Sí, porque ustedes me ayudan, qué sé yo. Pero dejar, no me dejan. Y esta vez, menos. —La cosa es así: –dijo Fabián– o vamos todos o no va ninguno. —¡Pará D'Artagnan! ¿Qué somos? ¿Los tres mosqueteros? ¿Quién dijo eso? —Sería una guachada que nos fuéramos dos y que el tercero nos viniera a despedir al aeropuerto –contestó Fabián muy serio. —Sí, es cierto. Pero sería una estupidez conseguir la plata, el permiso y todo lo demás para que por lo menos se vaya uno, y que se tenga que quedar por espíritu de equipo –le contestó Fede. —Puede ser una estupidez. Es más, nosotros somos bastante estúpidos sólo con pensar en gastar un montón de guita para ir quince días a ver a Graciela. Pero eso es lo que somos. Siempre estuvimos juntos en todo. No veo por qué vamos a cambiar ahora –dijo Fabián. Se produjo un silencio. Federico y Paula sabían que Fabián tenía razón, pero sin duda, no era una opción muy sensata. —Igual, me parece que nos estamos anticipando –trató de mediar Paula–. Es un proyecto, y ni siquiera sabemos si lo vamos a lograr para todos o para uno. ¿Qué sentido tiene ponerse a discutir desde ahora? Los chicos no contestaron. —Además, Fabi –siguió–, yo creo que Fede tiene algo de razón. Al menos lo que él dice me deja más tranquila. No quisiera que ustedes dos se tuvieran que quedar por mi culpa. Y seguro que yo no voy a poder viajar.

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—¡Ah, bueno! –dijo Fede–. Habló la optimista. Con ese ánimo, nena, no vamos a conseguir nada. —No es ánimo. Es realismo. —Está bien –cerró el tema Federico–. Hagamos todo lo necesario para poder ir los tres y cuando llegue el momento, vemos. Pero todo lo necesario, es todo lo necesario, ¿estamos? —Estamos –contestaron Fabián y Paula. Era casi un juramento. —Incluso ir a ver a Madonna con Divina M –agregó Fede. Fabián le tiró con un almohadón. —Era un chiste. Era un chiste. Tranquilo, fiera. Esa tarde se despidieron poniéndose de acuerdo en dos cosas fundamentales: una, que cada uno de ellos iba a hablar con sus padres, resultase lo que resultase; dos, y la más importante, que no le iban a decir nada a Graciela porque el viaje iba a ser una sorpresa.

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Mail de Graciela

Me muero de frío. Estoy congelada. Odio el invierno en pleno mes de marzo cuando es verano. Esto está todo al revés. Ayer nevó. La nieve no es ni de casualidad esa cosa blanca y romántica de las películas. Es una especie de agua sucia que hace barro en la calle y que te hace patinar cada dos pasos. Es más, ayer a la mañana, cuando iba a la escuela, pisé un cacho de piso congelado y me caí. Ya me imagino cómo se estarán riendo de mí, pero les aseguro que no es nada fácil caminar sobre el hielo. Para colmo, a mi papá se le metió en la cabeza que tenemos que aprovechar para hacer vida sana. Este lugar es, por cierto, muy saludable: no hay nada para hacer. Bueno, entonces mi papá determinó que mi hermano y yo tenemos que ir a la escuela caminando. ¡A las siete de la mañana! ¡Bajo la nieve! ¿Se imaginan? Yo creo que esto de vivir en España le trastocó el cerebro. Tengo que decir, en su defensa, que él también sale a correr todas las mañanas, como para dar el ejemplo. La cuestión es que la escuela queda a unas ocho cuadras (acá las cuadras miden un kilómetro, quiero aclarar). Botas, gorro, bufanda y guantes y “¡Ale!” como dicen acá, “¡A caminar, tío, que te hace bien a la salú!”. Ja! Ja! Pero esperen, que la cosa no termina ahí. ¡¡¡Todas las calles son en subida!!! Bueno, en bajada también, pero no es para alegrarse, porque cada vez que bajás, sabés que a la vuelta vas a tener que subir. ¡Qué manía esta de los españoles de hacer todo sobre montañas! 17


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Caídos del Mapa VIII  

¿Cuánto cuesta un pasaje de idea y vuelta a Madrid? Los cuatro amigos están separados, y esta vez, por un océano entero. MIentras Graciela i...

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