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Tlamatini Publicación informativa y de reflexión de la Facultad de Humanidades

Volumen I, año tres, número 14 Nueva época Noviembre de 2007-abril de 2008.

Contenido: Páginas 2-5 Estampas de Luis Mario Schneider Eduardo Villegas Guevara Página 5 Emilio Carballido (1925-2008): Vida y literatura para decirse en voz alta Eugenio Núñez Ang Página 6 El hombre de la lengua grande Recopiladora: Marlén Mendiola Páginas 6-7 Andrés Henestrosa, espuma y flor de Oaxaca Gerardo Meza García Página 7 Cante la melodía de la sangre mma Páginas 8-10 Lectores-intérpretes de la narrativa rulfiana José Luis Herrera Arciniega Página 10 El sol sonreía y esperaba nuestro regreso mma Página 11 La mendacidad de los títulos Martín Mondragón Arriaga

Portada: Roberto Sverdrup

Página 12 A orillas del río Verdiguel América Luna Martínez

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Páginas 13-17 Sexualidad e Inquisición en la Nueva España Ana Laura Romero Soriano Páginas 18-19 Después de años de trabajo...

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Editorial

as luchas generacionales son inmemoriales. Personajes, teorías, escuelas han sucumbido ante los embates de los jóvenes pensantes y propositivos. Cada día las nuevas generaciones piden otras formas de asumir la realidad; todos los minutos los jóvenes proponen o descubren novísimas maneras de entender el devenir. Es necesario, entonces, un cambio radical en nuestras instituciones, pero no pegando pancartas o gritando consignas, no. El pensamiento debe concordar con el discurso. Las prácticas anquilosadas en las universidades deben ser extirpadas: didácticas enlodadas por asuntos personales, grupúsculos académicos, estudiantes azuzados por tendencias políticas, investigadores que engañan a los estudiantes, administraciones alejadas del humanismo. El sustento del humanista es la crítica, pero con fundamentos teóricos, metodológicos; con ideas precisas y lenguaje claro. La falacia de las palabras sólo conduce al escarnio de los hombres. Nuestro actual modelo curricular no debe permitir prácticas deshonestas ni competencias desleales. La búsqueda del conocimiento se inicia donde la libertad se mira traslúcida. Contemplar la evolución de un joven no sólo fortifica nuestro sistema educativo, sino que vivifica a la humanidad toda. Sin embargo, si no consideramos la importancia del lenguaje oral y escrito –primordialmente–, las ideas desaparecen y la realidad de nuestra comunidad será como el río donde los peces esperan la muerte sin moverse. El tránsito por el mundo, los paseos nocturnos por libros, revistas, suplementos; la discusión en los coloquios, encuentros, mesas de diálogo; la búsqueda de trasgresoras formas de escritura y de análisis literario, político, social deben conducir a los estudiantes, maestros y autoridades al encuentro de una sociedad justa y organizada. La justicia debe imperar ante todo. Su ceguera no depende de quien la interpreta sino de que esté escrita inteligiblemente: el lenguaje mata al hombre o permite la evolución de la humanidad. Luchar, gritar con el pensamiento, regurgitar nuevos esquemas de vida permite las batallas generacionales y, por tanto, una sociedad abrigada por la tolerancia (respeto más bien) y la solidaridad.

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Estampas sobre Luis Mario Schneider Eduardo Villegas Guevara LMS el egoísta ace años, en uno de los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, compré de segunda mano un libro del doctor LMS. Se trataba de Ruptura y continuidad, la literatura mexicana en polémica. Ahí, en sus primeras líneas, decidí llamarlo el egoísta, una palabra que muchos nos negamos a recibir, pero que, matizada, bien puede ser aceptada para adjetivar una actitud ante el conocimiento humanístico. Aquellos que dicen amar más son los falsificadores del amor. Esa idea persistía cuando, al hablar de su libro, LMS confesaba que su ensayo –dedicado a sus hijos Máximo y Renata– era resultado de un egoísmo. Si hay que creerle esto a su autor en la justificación, aceptémoslo. LMS era un egoísta, alguien que nunca profesó su amor a los libros, a la literatura, pero que en sus múltiples quehaceres de su vida siempre estuvo amándolos. Su nombre aparece en una multitud de libros, revistas, periódicos y folletos. No fueron pocos los autores que descubrió, lo mismo que sus intervenciones en coloquios y seminarios. Un tesón por descubrir lo trascendente en los textos y una infinita paciencia para ir catalogando obras acompañaron a este autor de por vida. Arribó a México allá por 1960; a poco tiempo de su llegada lo vemos incorporándose al Centro de Estudios Literarios de la UNAM. Ahí compartió proyectos con Huberto Batis, por ejemplo, y una mujer a la que también le guardo una admiración entrañable, la doctora Ana Elena Díaz Alejo. Estos tres nombres, para no alargar la lista, eran entonces jóvenes becarios, y con el paso de los años consolidarían aportaciones invaluables a la filología mexicana. Admitamos, entonces, con este raro matiz que he señalado, que Luis Mario Schneider era un egoísta, porque nunca presumió de su amor a los libros, pero sí lo ejerció a cabalidad. Pocos autores como él para revisar su obra, lo mismo aquella área creativa que las tareas propiamente editoriales, filológicas. Si asumimos que era un egoísta, digamos entonces que egoístas como este hacen mucha falta en la cultura mexicana. En ese libro, Ruptura y continuidad, ya estaba latente el espíritu controvertido de nuestra cultura, como aquella donde se reúne la repetición de un único comportamiento cultural que estará prefigurado dentro de un tiempo mítico.

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LMS y la prehistoria del CEL de la UNAM Mucho antes de que fuera formalmente instalado el Instituto de Investigaciones Filológicas, ya estaba en gestación su alma: allá por 1956 inició sus actividades el Centro de Estudios Literarios, al que se integraría LMS apenas recién llegado a México. Habla con aprecio de sus compañeros becarios y muestra con admirable orgullo su talonario de salario, 500 pesos de aquellos años, que no debió ser poco, pero tampoco mucho. Ahí estaría el doctor Luis Mario Schneider hasta que sus trabajos sobre los estridentistas lo llevaron a cambiar su ubicación para estar cerca de las fuentes donde abrevó sobre dicho movimiento literario, es decir, sobre sus obras y sus autores, lo mismo que sus publicaciones. LMS y sus tareas filológicas Un viejo compañero del doctor Schneider, Huberto Batis, definía que el trabajo de los filólogos tiene como finalidad no sólo entender los textos en libros y revistas o en manuscritos, sino comprender a través de ellos el espíritu. Las metas de la filología mexicana, para no andar divagando en generalidades, buscaría el sentido de la concreción, y en ese mismo alcance se llegaría a la individualidad de la palabra, y cuando las palabras se vuelven individuales es que han encontrado su plenitud original. En términos de Huberto Batis, esto suena de una claridad asombrosa: el filólogo quiere revivir al escritor mediante los signos que lo indican, adecuando letra y espíritu, forma sensible y contenido ideal. A eso aspiraba el doctor LMS y en eso se convirtió. Porque entendió a los hombres de letras, pudo entender el espíritu de una sociedad. ¿Cómo fue posible esto? Por su indudable compromiso para cumplir y llevar a cabo las tres líneas de realización que ofrecen todos los trabajos filológicos. Revisando los principales postulados o metas de los trabajos filológicos, la doctora Ana Elena Díaz enumera tres de suma importancia, y citar aquí sus textos no está de más, pues ya comentaba antes que ambos estudiosos se conocieron en plena juventud, cuando ambos eran becarios del Centro de Estudios Literarios de la UNAM: 1. Rescate de publicaciones periódicas literarias en sus dos vertientes: la de preparación de ediciones facsimilares y la de formación de índices. 2. Rescate de autores cuya obra apareció en publicaciones periódicas literarias y no literarias. 3. Rescate, en ediciones críticas y anotadas o facsimilares, de la obra de los escritores de los siglos XVI al XX. Creo que sobran los ejemplos relacionados con Luis Mario Schneider, pues fue de los primeros que se abocaron a cumplir estas tres líneas, y en muchos casos sus temas y personajes fueron estudiados

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y conocidos por otro público menos especializado. Sin lugar a dudas que todas las tareas que se impuso las llevó a cabo con creces, pues personas como él en este país no han perdido de vista la importancia de sus labores. Primera: El rescate de publicaciones periódicas literarias nos acerca al conocimiento de nuestra historia cultural y da paso franco a los estados que conformaron el espíritu de nuestros antepasados. Sólo las publicaciones periódicas nos ofrecen su palabra, su contexto y su recepción. Son el termómetro que refleja la realidad viva y la estética de una comunidad: por ellas sabemos del menor o mayor influjo de tales o cuales obras. Segunda: El rescate de autores cuya obra apareció en publicaciones periódicas, literarias o no, permite a la filología ejercer su función recopiladora –fijar, restaurar, comentar– de las obras de los escritores que viven y yacen en esas páginas. (En este caso, LMS podría presentarnos su trabajo sobre César Moro y la poesía surrealista, o aquellos primeros poemas de Xavier Villaurrutia, editados en grandes tirajes por la UNAM y su serie de poesía.) Tercera: El rescate de ediciones críticas y anotadas o facsimilares de la obra de los escritores de los siglos XVI al XX tiene el apoyo de la filología y de sus instrumentos. Ella recupera las ediciones olvidadas, aquellas que pueden revelar la pieza faltante, las que afirman o niegan las concepciones críticas, las que otorgan a un autor su sitio definitivo en la historia y en las letras. Para cumplir esta tercera tarea, y sobre todo conseguir sus objetivos, me gustaría comentar un trabajo elaborado por el doctor LMS. Si hablamos del rescate de viejas ediciones, creo que uno de los autores mejor trabajados por LMS fue Pedro Castera (18461906), resultado que publicó con el título común de Impresiones y recuerdos. En esa edición nos adentra al mundo literario de este autor, quien suplió en la dirección del periódico La República al mismo Ignacio Manuel Altamirano, y desde los años anteriores ese encuentro sirvió para que Pedro Castera tomara motivos y paisajes mexicanos, como era uno de los postulados del maestro: hablar de lo nuestro y en nuestras propias palabras. Ubicado dentro del grupo de los primeros románticos, al lado de Juan de Dios Peza, Agustín F. Cuenca y Manuel Acuña, puede decirse también que Pedro Castera es un autor cuya narrativa va encaminada, o en ella vemos el momento de transición entre el romanticismo y el realismo, sobre todo tomando en cuenta la forma en que pinta la vida minera, además del empleo de sus recursos literarios en su obra Las minas y los mineros. Pues bien, las obras rescatadas por LMS son Impresiones y recuerdos (imp. del Socialista de S. López, México, 1882), Las minas y los mineros (tipografía literaria de Filomeno Mata, México, 1887), Los maduros (tipografía de La República, México, 1882), Drama en un corazón (tipografía de F. Dubían y comp. México, 1890), Quereens (talleres linotipográficos de La Patria, El Paso, Texas, 1923). Todo este material de nuestro Pedro Castera llegó a la imprenta bajo los cuidados de LMS, quien lo edita con la editorial Patria en 1987, es decir, cien años después de que aparecieron las obras. Reunidas en un solo volumen (Clásicos Patria), vuelven a circular gracias a los cuidados y trabajos filológicos de LMS, quien además de editor hace el prólogo del libro. Como ahí escribe sobre Pedro Castera, podemos decir lo mismo del doctor Luis Mario Schneider, que se trata de un delirante ensayista del siglo XX: sus acertados juicios están por cumplir también más de veinte años.

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revisar con lujo de detalle las publicaciones periódicas, resulta totalmente comprensible que él mismo haya estado colaborando o fundando las publicaciones contemporáneas al lado de artistas y escritores, y que gracias a diversas instituciones o empresas fueron forjando un nuevo rostro para la literatura. En esas nuevas publicaciones, que tuve la suerte de leer siendo estudiante de Letras, aparecían a menudo diversos textos del doctor Luis Mario Schneider. Por eso suele encontrárselo como miembro del consejo editorial de La Palabra y el Hombre, editada por la Universidad Veracruzana, publicación especializada en literatura hispanoamericana, donde han pasado los mejores escritores de nuestro país y, por ende, donde han sido revisadas críticamente sus obras por los mejores ensayistas. Fungió como director de Amatlacuilo, y su entusiasmo lo llevó a colaborar en las mismas páginas que dirigía. Lo mismo haría en Cuadernos del Viento, El Sol de México, El Universal, La Palabra y el Hombre, La Vida Literaria, Los Empeños, Pájaro Cascabel, Revista Universidad de México, Siempre!, Síntesis y Unomásuno, por mencionar sólo aquellas publicaciones de cita fácil. Cuando nuestra curiosidad se torne en una de las características de los nuevos filólogos o, simplemente, cuando haya gente cuya curiosidad se dirija a nuestras letras, verá con suma emoción que estas revistas y periódicos tuvieron espacio para los juicios críticos de Luis Mario Schneider, y como conclusión dirán que estas publicaciones periódicas vivieron sus mejores épocas precisamente cuando este investigador colaboraba en sus páginas. LMS como narrador Si tratamos de difundir una imagen del doctor Schneider como narrador, tendríamos que citar principalmente dos novelas: La resurrección de Clotilde Goñi (Joaquín Mortiz, 1977) y Refugio (Joaquín Mortiz, 1996). La primera seguramente será la más recordada por lectores y críticos, ya que por ella recibió el Premio Xavier Villaurrutia en 1977. Pero la segunda no se queda a la zaga, aunque tristemente hace años que ninguna de ellas se encuentra en librerías y sólo unos pocos afortunados logramos conseguir aquellas primeras y únicas ediciones. A estas dos obras narrativas habrá que sumar un libro más: Cuentos de amor infinito (IMC, Cuadernos de Malinalco, 1999). Es lo que resulta interesante

LMS construye su propia hemerografía Siendo un hombre que dedicó muchos años de su vida a

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4 dentro de este campo que cultivó Luis Mario Schneider, que su autor confesaba vivir en una paradoja, aquella donde no sabía cuándo era consciente de sus actos y cuándo inconsciente; aceptaba, sin cortapisas, vivir en un mar de contradicciones. Y con la transparencia debida, admitía haber vivido su existencia jugando siempre dentro de esas polaridades que reflejó en su narrativa. Veamos si no: sus personajes encarnan estas contradicciones entre vivir de manera consciente o inconsciente. En La resurrección de Clotilde Goñi, se analiza internamente a una mujer que decide en cierta etapa de su vida entregarse a la veneración divina, desposada con Cristo, dedicada a la religión y a la veneración a Dios; su destino de mujer surgirá bajo los apremios de la carne para establecer una relación, entre alucinada y carnal, con un niño. En su novela Refugio, mediante una estrategia narrativa apoyada en el género epistolar, nos entrega a una señorita que va estableciendo una relación amorosa con un joven citadino. Al final veremos que Refugio es un hombre que lleva más de treinta años paralítico y que amenaza quitarse la vida cuando el novio citadino llegue al pueblo buscando a Refugio. Nuevamente un destino sugerido, deseado, pero una certeza alejada del deseo. Contradictorio siempre, pero sin lugar a dudas un excelente narrador Luis Mario Schneider. En los seis cuentos que integran su volumen de Cuentos del amor infinito, tenemos una guerra, o varias guerras, declaradas, peleadas, pero cada una de ellas perdida, aunque el sabor de la victoria pueda llegar a la voz del poeta que ha asesinado a su novia para seguir escribiendo poemas amorosos, o a asesinar a su propia descendencia para devolverle la vida, cuando este acto ya había sido realizado tiempo atrás. El amor infinito, parece decirnos Luis Mario Schneider, se busca, o lo buscamos los tristes lectores, en la oscura raíz de la muerte y de la soledad. Contradictorio en sus obras narrativas, así era el doctor Schneider, pero de ahí proviene precisamente la fuerza de su narrativa. Habrá que releerlo y, sobre todo, habrá que buscar la reimpresión de sus cuentos y novelas. LMS como editor Leí con mucho entusiasmo los libros de la editorial Oasis. La edición de Canek no cuenta, pues la historia maravillosa de Ermilo Abreu Gómez cayó en mis manos en la secundaria, y en esa etapa no registré quién la editaba. Pero a principios de los ochenta sí estaba leyendo a Juan García Ponce, a Mempo Giardinelli, con su Luna caliente, donde practicó con certeza la estructura del género negro y que contaba con una presentación del mismo Juan Rulfo; Salvador Elizondo, a Jesús Gardea, con La canción de las mulas muertas, antes de que el texto se convirtiera en uno de los máximos exponentes de la literatura del desierto; a Guillermo Schmidhuber, a quien publicó su primera obra de teatro con premio nacional; a Rubén Salazar Mallén con La sangre vacía, cuando ya nadie se animaba a editar al viejo maestro, y muchos otros más. Entre estos autores y libros estaba una novela de Carlos Eduardo Turón. Se llamaba Sobre esta piedra, y traía una cuarta de forros con la presentación de José Revueltas, ya desde entonces una de mis mayores devociones en la narrativa mexicana, donde hablaba de una “literatura dura”. También por esos tiempos y después de cinco años de trabajo en un taller literario, terminé lo que era mi primer libro de relatos, se llamaba Las orillas del asfalto, y con mis aires de ingenuidad, decidí buscar aquella editorial que publicaba esa literatura tan descarnada, tan nacida

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del corazón de la realidad. Por eso llegué a la calle de Oaxaca, en la colonia Roma. Busqué el número y toqué creyendo que mis cuentos ameritaban ese sello editorial. Era un apartamento un tanto hundido, y ahí me recibió una mujer; con mis ansiosas palabras le hice saber que llevaba un manuscrito para dictaminar. Ella me atendió y mientras me recibía el original, me preguntó si gustaba hablar con el director; por supuesto, respondí que me daría mucho gusto charlar con él. Ahí estaba el doctor Luis Mario Schneider y esa fue la primera vez que lo saludé; digamos que en dos o tres preguntas ubicó de dónde venía, qué estaba estudiando, quiénes eran mis maestros y, saciada esa información, le ordenó a la mujer que me hiciera un recibo y me pidió tres meses para que dictaminaran mi obra. A los tres meses y medio volví, aunque desde dos semanas antes ya se me quemaban las habas por saber qué suerte me esperaba con mis primeros cuentos. Me recibió nuevamente Luis Mario Schneider, habló con calidez pero siempre dejó en claro que mi obra no sería publicada en la editorial Oasis. Sin embargo, como no era del todo mala, me invitaba a volver dentro de dos semanas, y de esa misma colección de historias le llevara tres cuentos para conformar un título más dentro de una colección mínima que ya empezaba a circular, se llamaba Los Libros del Fakir. Prometí hacerlo y salí con una carta y unas observaciones del editor que me abrían las puertas al mundo impreso. Claro que no volví, porque en el fondo sospeché que ese editor había encontrado varias fallas o defectos y que más me valía concentrarme en otro libro, y quizá más tarde revisar mis viejas historias. El que sí llevó, por ejemplo, un poco de material fue mi amigo Emiliano Pérez Cruz, mi maestro Orlando Ortiz y muchos otros que orgullosamente aparecieron en esas plaquettes, unos cuadernitos que Arturo Trejo Villafuerte, según supe después, llevaba de la editorial a los talleres y de regreso buscando a sus lectores. Tiempo después, en un pasillo de la Facultad de Filosofía y Letras, me encontré al doctor mientras esperaba turno para leer su ponencia o para moderar una mesa; le pregunté si recordaba aquel libro y me dijo que sí. Esa vez aprendí a no desconfiar nunca de su memoria. Habían pasado más de dos años, y entonces me reveló que no era malo mi trabajo, pero que publicar un libro de esa extensión, 180 paginas, implicaba un riesgo económico que pocos editores juegan con un joven como lo era yo. Espero que la siga moviendo, me dijo. En efecto, la obra no era del todo fallida, y cuando comprendí que así de extensa sería difícil editarla, hice

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varios libros con ella. Uno de estos tantos se llevó el Premio de Testimonio INBA-Chihuahua (Las orillas del asfalto), otra porción de historias obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (El blues del chavo banda), en el área de cuento en Sinaloa y, en el Estado de México, mis viejas historias recibieron el Premio Estatal de Narrativa convocado por el Centro Toluqueño de Escritores (La balada de Salitre), cuando éste dejó de lanzar convocatorias municipales e incluyó a autores de todo el estado. Aprendí que no hay que echar toda la leña al asador, que más vale presentar libritos que no asusten a los editores porque todos ellos cuidan su inversión, y también aprendí que hay que mover las obras, que un muro no implica la caída definitiva, y ahora vuelvo y vuelvo a mover mis obras como lo recomendó el doctor Luis Mario Schneider. Este círculo personal se cerró precisamente en la colección fundada por el doctor Luis Mario Schneider con el apoyo de Félix Suárez y Guillermina Martínez: los Cuadernos de Malinalco, que me otorgó el lugar número 44 con una ilustración de Alfredo Arcos. Cuando ocurrió el deceso de su principal animador, la colección cerró en su memoria y 50 nuevas obras, entre poesía, cuento, ensayo y varia invención, nos dejan un testimonio más de lo que este hombre hizo como editor, pues quien revise la lista de libros verá el calibre de los autores que pudo convocar y, por supuesto, de la excelente calidad de temas propuestos. Por eso ahora paso lista a unas cuantas estampas del doctor Luis Mario Schneider, porque su nombre al Departamento de Filología de la UAEM, a este campo de las humanidades, no podía ser más acertado; porque ese hombre, dentro de su gran generosidad, supo buscar en los más diversos textos el espíritu de nuestro país, y fueron muchas las contribuciones que hizo por la literatura de nuestro Estado de México.

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Emilio Carballido (1925-2008): Vida y literatura para decirse en voz alta

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Eugenio Núñez Ang

a Compañía Universitaria de Teatro de la UAEM se formó hace un poco más de 40 años, y la Licenciatura en Arte Dramático de la Facultad de Humanidades, más de 20. Desde entonces, las obras de Emilio Carballido han ocupado constantemente la cartelera universitaria y las aulas de clase. Si hubiéramos tenido que pagarle derechos de autor, en verdad que estaríamos en una gran deuda con él; afortunadamente, Carballido fue siempre muy generoso y siempre nos dio más de lo que hubiéramos esperado de él. Desde esa espléndida colección de obras que integra su extensa y aún incompleta bibliografía, hasta su presencia en concursos, festivales, conferencias que nos permitieron estar cerca de él, convivir y aprender esas pequeñas cosas, esenciales de un hombre siempre dispuesto a dar lo mejor de sí mismo. Mi primer acercamiento a la obra de Carballido fue con La veleta oxidada y una nouvelle que me deslumbró: El Norte, a partir de allí su nombre se me hizo familiar. Sus narraciones Las visitaciones del diablo, El sol, La caja vacía formarían parte de la bibliografía obligatoria de mis cursos de literatura mexicana o latinoamericana. Pero si sus cuentos y novelas me sedujeron, el texto dramático de Carballido me atrapó como lector, como espectador, como maestro, director y actor de teatro. Tuve la oportunidad de tomar clases con él cuando estudié la carrera de instructor teatral en el INBA. Muchos años después, gracias a Jorge Luis González y Flor Cecilia Reyes en los festivales Quimera de Metepec, al calor de las garañonas y deliciosas comilonas, Emilio Carballido nos mostró esa caja de ecos que reverberaban en sus obras de teatro como mariposas multicolores que él atrapaba, engalanaba, les otorgaba colores, luces, aleteos: las anécdotas de su vida eran como semillas que habían adquirido la gracia de la eternidad gracias a las páginas de su maravillosa obra. Emilio Carballido ha muerto. Pero allí están más vivas que nunca las obras en un acto de D.F. que, al igual que esa ciudad, como libro ha crecido y probablemente habrá que añadirle nuevas obritas en un acto, excelentes ejercicios para desarrollar la capacidad actoral. Todos aquellos que alguna vez pisamos un escenario llegamos a encarnar a alguno de los personajes de El censo, Paso de madrugada, Escribir, por ejemplo; Un delicioso domingo; Una rosa con otro nombre; Cuento de navidad, para citar unas cuantas. De los montajes que la Compañía Universitaria de Teatro, los alumnos y egresados de la Licenciatura en Arte Dramático y otros grupos universitarios han realizado, recordamos excelentes propuestas de directores como Esvón Gamaliel, Mercedes de la Cruz, Jesús Angulo, Juan Carlos Embriz, Clementina Guadarrama, quienes llevaron a la escena algunas de las obras más representativas, por ejemplo: Yo también hablo de la rosa; Te juro Juana que tengo ganas…; Silencio, pollos pelones, ya les van a echar su máiz; El día que soltaron los leones; Rosalba y los llaveros; Orinoco; Felicidad. Jesús Angulo prepara desde inicios de este año Fotografía en la playa, sin duda devendrá en un merecido homenaje. Como seguiremos por mucho tiempo riendo, llorando, viviendo las experiencias de esa enorme galería de personajes que nos ha dejado por herencia el autor de este diálogo con el que concluye Yo también hablo de la rosa: “(al igual que) el fulgor de esa estrella extinguida, desde hace tantos años luz (…) seguía llegando al telescopio”, Emilio Carballido seguirá resonando en las paredes de nuestros teatros. Larga vida a los textos de Emilio Carballido, porque deseamos que nunca desaparezca uno de los más importantes creadores de la literatura mexicana; uno de los intelectuales más puros que nos enseñó a luchar por la libertad, la justicia, el derecho a ser libre, más honesto y auténtico… el derecho a vivir plenamente.

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El hombre de lengua grande Narrador: Apolinar Liborio Díaz García Recopiló: Marlén Mendiola

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uentan que en el tiempo, después de la Revolución, había un hombre que roba, roba animales; bueno, hacía hartas cosas malas; y el gobierno lo buscaba, y él, para cubrir sus males, según él trabajaba en el llano de Zumpahucán. En una ocasión estaba trabajado, preparando tierras para sembrar. Le cayeron los soldados, lo agarraron, lo trajeron a Palacio Municipal, pero como era peligroso, según platicaban, dicen que no lo metieron a la cárcel, sino que lo colgaron inmediatamente en un palo que se llama… ¿cómo se llama?… amate. Ya existía en la plaza de aquel entonces, hoy ya no existe, pero ese palo era un árbol grande. Ahí en los tianguis colgaban carne. Bueno, pero en esta ocasión, a este hombre lo colgaron, vieron los soldados que le salía la lengua hasta como, bueno, larga la lengua, casi al ombligo. Dijo el jefe de los soldados que lo fueran a bajar, le ordenó a otro soldado: “Ve a bajar a aquel”, y este hombre se le hizo dificultoso para estar desatando el lazo, la riata que era; nada más le dio un machetazo, lo cortó y se bajó; así lo dejaron ahí. A poco rato que ellos pensaron que iban a ir a cer la sepultura para enterraron, que lo vieron que ya se había sentado, ya estaba limpiando sus guaraches. En aquel tiempo no se usaban zapatos, puro guarache; pero así estaba. Y estos hombres, pues, no sé qué mentalidad tenían en aquel tiempo; se lo llevaron al camposanto para que ayudara a cer su propia sepultura. Ya cuando estaba la profundidad deseada, le dijeron que le hiciera otro poquito más de hondo, tendría que obedecer y se metió y ahí le descargaron sus armas, lo enterraron, así. Pasó el tiempo. Otro día iban a sepultar otro difunto ahí en el mismo lugar, no se veía la sepultura, no se veía si ahí existía alguien enterrado, era gente mala, no le hacían caso sus familiares o no sé. Los que estaban haciendo la sepultura para el próximo difunto o difunta, uno de ellos sacó la calavera de este hombre y empezó a burlarse de él: “¿No que eras muy malo? ¿No que…?”, quién sabe qué, quién sabe que lo otro. “A ver, mira, no haces nada”. Hubo otra persona que le dijo a ese fulano: “No te burles de los muertos, porque el muerto ya es muerto, ¿por qué no le hacinas eso en vida?”; tal vez borracho, tal vez quién sabe, continuó. Bueno, enterraron al difunto o difunta que iban a enterrar ahí. El fulano se fue a dormir, pensaba dormir, pues, pero no. Cuando él pensaba, o sea que se iba durmiendo, lo veía a aquel personaje que ahí estaba con él, y de eso se fue, se murió por burlarse del difunto aquel.

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Andrés Henestrosa, espuma y flor de Oaxaca

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Gerardo Meza García

ndrés Henestrosa nació en San Francisco Ixhuatán, Oaxaca, el 30 de noviembre de 1906, y murió en la Ciudad de México el 10 de enero de 2008. Fue un extraordinario prosista, poeta, narrador, ensayista, orador, cronista, articulista, político e historiador. Inició su educación básica en Ixhuatán y continuó su formación en Juchitán, Oaxaca. A los 15 años se trasladó a la Ciudad de México donde durante un año estudió en la Escuela Normal de Maestros; aquí aprende el dominio del español. De ahí pasó a la Escuela Nacional Preparatoria y luego a la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Posteriormente estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. En ambas carreras no se graduó. Cuando estudiaba en esta última facultad, su profesor de Sociología, Alfonso Caso, le sugirió que escribiera las leyendas y mitos de su natal Oaxaca; así escribió su primer libro intitulado Los hombres que dispersó la danza, publicado en 1929. El gran político oaxaqueño tiene una importante labor crítica, ya que durante muchos años escribió ensayos, artículos y relatos en páginas de periódicos y revistas. Dentro de su obra, Henestrosa siguió una línea paralela entre la exaltación de los pueblos oaxaqueños y su pasado indígena, y la defensa de un espíritu liberal siguiendo las enseñanzas de Benito Juárez, su maestro y paisano. En 1929 participa activamente en la campaña para la Presidencia de la República de José Vasconcelos. En 1936 la Fundación Guggenheim lo becó con la finalidad de que desarrollara un estudio sobre la cultura zapoteca, de lo que resultó un texto sobre la fonetización del idioma zapoteco y un diccionario zapoteco-español. Fue durante su estancia en Estados Unidos que escribió una de sus obras más conocidas: Retrato de mi madre, que es uno de los libros más editados en el país. Ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua el 23 de octubre de 1964, como miembro numerario ocupó la silla 23. En esta institución trabajó como bibliotecario de 1965 a 2000. Representó a su estado en cinco ocasiones en el Congreso Nacional, tres veces como diputado y dos como senador, postulado por el Partido Revolucionario Institucional. Dentro de su obra destacan, además de los títulos ya señalados: Espuma y flor de corridos mexicanos, Los caminos de Juárez, Flor y látigo, Los hombres que dispersó la danza y algunos recuerdos, andanzas y divagaciones; Cuatro siglos de literatura mexicana, Los cuatro abuelos, Sobre mí, Una confidencia a media voz, Carta a Cibeles, El remoto y cercano ayer, De Ixhuatán, mi tierra, a Jerusalén, tierra del Señor; El maíz, riqueza del pobre; Los hispanismos en el idioma zapoteco, Acerca

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del poeta y su mundo, De México y España, colección de artículos, ensayos y cartas. Ha prologado más de cuarenta textos de diferentes escritores. Ejerció el periodismo durante más de cincuenta años y colaboró para la Revista de la Universidad, El libro y el Pueblo (director), Hoy, Época, Revista de la Cámara de Comercio, Revista de América, Aspectos, Casa del Tiempo y Mar Adentro (director). De los artículos publicados todos los domingos en el diario El Nacional, publicó el libro Alacena de alacenas, ya que su columna se llamaba “Alacena de minucias”. También publicó para los periódicos Excélsior, El Universal, Novedades y El Día. Fue por más de cuarenta años profesor de Lengua y Literatura en la Escuela Nacional Preparatoria de la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Escuela Normal de Profesores de la Secretaría de Educación Pública. Fue también director del Departamento de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes. En su larga trayectoria recibió una gran cantidad de premios, de los que sobresalen: Premio Nacional de Lingüística y Literatura, la medalla Belisario Domínguez y la presea José María Cos que otorga el Gobierno del Estado de México. Finalmente transcribimos dos textos breves que demuestran la genialidad del maestro: Copla Niña, cuando yo muera no llores sobre mi tumba toca sones alegres, mi vida, cántame la sandunga. El son de La Martiniana No llores, no, no llores no; porque si lloras yo peno, en cambio si tú me cantas, mi vida, yo siempre vivo, yo nunca muero.

ejemplo de la confrontación de la palabra. Sin embargo, esa mezcla de voces, de sangres, te llevaría a pensar en la infinita soledad de los extraños, de los mitos serranos, del seno que te cobijó toda la vida. Ah, y El retrato de mi madre, ese tapiz crepusculante que vierte toda el ansia de estar en la vida. Y siempre le preguntaste su edad. Nací, decía, allá por la cólera de 1883. A ella no le importaba el tiempo. Las culturas mesoamericanas siempre tendrán una idea distinta del devenir y de lo eterno. Siempre fue como el cenzontle o el canario; te cantaba al oído, susurrando. Tú aprendiste el ritmo de tu lenguaje y lo combinaste con esa estridencia suave del zapoteco. Y las imágenes te brotaban como agua.

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Íbamos los dos a caballo camino de la estación de ferrocarril, mientras las estrellas temblaban en el cielo. Y los grillos y los sapos y los pájaros nocturnos ceñían con un canto unánime la morena cintura de la noche. Dos veces quedó viuda, dos veces le sangraron el alma. Y sin embargo, siempre miraba el horizonte y aprendió que la muerte sólo es un silencio breve que deja hondas auroras pintadas sólo de ocres. Quizá por ello, Martina Man te confesaba cosas que tú ignorabas: su belleza, su alegría por la vida, su soledad de hembra, sus largos paseos por el horizonte, su odio por la luz, sus luengos andares nocturnos llamando al amor de su vida: Arnulfo Morales. Pero también, como muchos, ya que aprendiste bien el español, tuviste enemigos. Muchos afirman que viviste al abrigo del sistema, que siempre estabas cercano al poderoso. Pero, sabes, creo que el mundo es embustero e intolerante. Sólo debemos leer tu obra, acercarnos a tus palabras. Lo demás quizá el tiempo lo desdiga o la muerte cante la melodía de tu sangre. Porque fuiste don Andrés Henestrosa, cantor de la vida, y tragaste la Sandunga. Y lloramos tu ausencia; pero tu palabra, tu voz de hierba queda empotrada en la garganta. mma

C ante la m e l o d í a d e l a s a n g re

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n vida te llamaste Andrés Morales, y quién lo iba a decir, que vivirías más de cien años con el nombre de Andrés Henestrosa. Uno más fortificante, más estridente, pero a la vez suave, tierno, capaz de arrancarle a la sangre el ritmo del pensamiento. Naciste en Ixhuatán, en la sierra de Oaxaca, abrigado por la ternura de una madre zapoteca, por la alacre voz de un idioma que llevarías en el alma, de una raza que jamás se vence. Quince años te llevó aprender ese idioma tan extraño para los que no hablaban castilla. Aprendiste el español ya en la juventud y, en tu osadía, escribiste Los hombres que dispersó la danza, claro

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Lectores-intérpretes de la narrativa rulfiana

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ace 27 años, exactamente 27 años, Roberto Treviño me anunció que haría su tesis sobre Juan Rulfo, en específico, sobre algún aspecto de Pedro Páramo. La postura de Roberto Treviño no dejaba de ser un tanto peculiar. Porque ambos, Roberto Treviño y yo, éramos apenas estudiantes del primer semestre de la entonces Licenciatura en Letras Españolas. Resultaba extraño que un estudiante que apenas empezaba su formación académica en el nivel superior tuviese ya decidido el tema de la tesis con la que buscaría obtener, cuatro años más tarde, el correspondiente grado. Pero Roberto Treviño tenía demasiada prisa en titularse, dado que su circunstancia era diferente respecto a la de la mayor parte de los miembros del grupo de Letras en ese lejano 1980. Mi amigo Roberto Treviño era ministro de alguna iglesia de corte protestante que no acierto a identificar ahora, y cuando terminaban las horas de clase, tomaba rumbo hacia la carretera a Atlacomulco para atender las necesidades religiosas o espirituales de mazahuas de la comunidad de Casandejé. Por eso tenía prisa en titularse. Aquí entro yo: desde entonces, le dije a Roberto Treviño que yo jamás haría una tesis sobre Juan Rulfo. Y en un raro acto de congruencia conmigo mismo, 27 años después expresaría lo mismo: yo no haría un trabajo académico sobre Juan Rulfo. En aquella época había pensado que, llegado el amargo trance de la tesis, podría elegir como objeto de estudio alguna obra de Mario Benedetti. Lo digo con cierto rubor –ahora tampoco haría algún trabajo sobre Benedetti–, pero pretendo ilustrar el espíritu de ese momento: en una licenciatura en letras españolas, se pensaba en estudiar autores mexicanos o latinoamericanos. No hubo por qué sorprenderse cuando, un lustro después, se instituyó la actual Licenciatura en Letras Latinoamericanas. En cambio, quizá haya sorpresa ante mi aseveración de que yo no elegiría como tema para un trabajo académico alguno relacionado con Rulfo. Doy brevemente mis razones: una que viene en los manuales de técnicas de investigación, que aconseja no elegir temas ya muy trabajados, pues qué puede uno descubrir o aportar sobre autores como Rulfo, de los que, aparentemente, ya se ha dicho todo. Segunda razón: desconfío de las veneraciones institucionales, que petrifican a determinados personajes y los vuelven más referencia cívica que cultural. Los autores se vuelven cliché, meros tópicos para el cotilleo, en esa imagen de la que hablaba José Emilio Pacheco en un célebre poema-carta, según el cual importan más los chismes de los artistas que su propio arte. Y como mi primer acercamiento a Rulfo ocurrió por la sencilla vía de la lectura, pude gozar su obra sin necesidad de levantar el respectivo monumento. Lo digo desde ahora: el mejor Rulfo es el que está en sus libros. Así debe ser. En el mismo tenor, decidí respetar la determinación rulfiana de no publicar más que lo que publicó. Me basé en la célebre fábula del zorro con la que Augusto Monterroso encontró la cuadratura al círculo sobre el supuesto silencio de Juan Rulfo, sobre su tardanza ante las presiones de una nebulosa opinión pública literaria que demandaba más obras al autor, de una manera similar a la que suelen esperarse los “nuevos” discos de boleros de Luis Miguel. Con una gran diferencia entre este burdo símil: no creo que el citado cantante trascienda en el gusto de, por calcular, las dos

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José Luis Herrera Arciniega próximas generaciones, y en contraste, Juan Rulfo es, sin dudarlo, uno de los clásicos de la literatura mexicana, latinoamericana, universal del siglo XX. He dicho todo esto para llegar a una conclusión obvia: así como hay quienes no realizarían estudios críticos sobre la obra de Juan Rulfo, habrá, hay, quienes sí lo hagan. En nuestro ámbito se llama libertad de investigación, y acaso esto último es redundante, porque no puede concebirse la labor de investigación si no contiene el valor de la libertad. Sus razones tuvieron, por lo mismo, Martha Arizmendi, Jesús Humberto Florencia, Gerardo Meza y Luis Quintana para emprender el cometido intelectual de estudiar aspectos de la obra rulfiana. Como se apunta en la introducción del libro Juan Rulfo: estudios críticos, ellos son lectores-intérpretes de la narrativa del jalisciense, y han efectuado un estudio impensable hace medio siglo; consideraron necesario en esta oportunidad leer a Rulfo con herramientas metodológicas contemporáneas. Tal fue la apuesta de este orondo grupo de cuatro integrantes del cuerpo académico Historia y Crítica de la Literatura Hispanoamericana, apuesta que fue aceptada por el comité editorial de la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, impulsada por el gobierno estatal con miras a las inminentes celebraciones de los doscientos años de haberse iniciado el movimiento de Independencia nacional y los primeros cien años de haber comenzado, también, la Revolución mexicana. Por ello es de reconocerse que se trata de una publicación no endogámica, esto es, que se redujera al contexto de los programas editoriales de la Universidad Autónoma del Estado de México, que no es en ningún sentido poca cosa. Pero adviértase que incluir estos estudios en una de las colecciones de la Biblioteca Mexiquense del Bicentenario le da un valor agregado, por decirlo en términos casi fiscales. Quiere decir que dicha biblioteca no se limitará temáticamente a asuntos vinculados de manera directa

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con la historia, realidad social o artes mexiquenses, sino que estará abierta a expresiones de mayor diversidad. Tan diversas, que tendríamos que señalar que estos estudios críticos no pueden ser leídos por lo que llamamos “el público en general”. Son artículos estrictamente académicos y en ello sufrirán como desventaja el alejamiento de los tipos más comunes de lectores, incluidos quienes conocen la obra de Juan Rulfo. Pero su concepción surgió desde la academia y a ella se dirigen nuestros compañeros autores. Reconozcamos este libro como un logro académico, en tanto que con él se está cumpliendo con la exigencia de dar a conocer parte del trabajo investigativo de estos profesores, como lo hicieron antes en un volumen, con un mayor número de colaboradores, de estudios de poética sobre César Vallejo, y como han hecho, si mi información no me falla, con otro próximo volumen sobre la obra de Carlos Fuentes. Hablaba de Juan Rulfo en cuanto clásico de la literatura. Creo que nadie rebatiría esta condición. Pero distingo en los trabajos de este libro la aportación de elementos a partir de los cuales podamos ponderar, desde el análisis literario, el porqué Rulfo sería uno de nuestros principales clásicos, aunque las intenciones de cada uno de estos cuatro académicos resultan bastante diferenciadas. Por ejemplo, Martha Arizmendi, en su trabajo “La fatalidad en los personajes de El gallo de oro de Juan Rulfo”, apoya la idea de que el citado texto no es, en realidad, un guión cinematográfico, sino que es una novela corta. Por su parte, Gerardo Meza hace un ejercicio de literatura comparada al analizar el elemento entremuertos en El Quijote y en Pedro Páramo. Esto es, Cervantes y Rulfo se contrastan en el mismo nivel de la primera división de las literaturas que en el mundo han sido. A su vez, y aun cuando estudian en parte una misma historia –el archiconocido “Macario”–, Jesús Humberto Florencia y Luis Quintana recorren caminos distintos al observar elementos de la cuentística rulfiana –Florencia con su artículo “Ordenar el mundo desde lo monstruoso en ‘Macario’ de Juan Rulfo”, Quintana con sus “Variables estilísticas en dos relatos de Juan Rulfo”. En lo particular Martha Arizmendi me ha convencido. Supongo entonces que El gallo de oro es una novela corta, aunque no dejo de tener en la mente a Lucha Villa y a Ignacio López Tarso, y al gallo, en la película homónima. Pero estamos del lado específico de la literatura, más que del cine, en este caso. De Gerardo Meza me ha atraído la forma en que analiza el fenómeno literario, con elementos o herramientas que, por caso, desde la semiótica, me provocan una reflexión acerca de

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los distintos métodos con los que puede estudiarse la literatura. Similar efecto tengo por los trabajos de Florencia y de Quintana, en los que se registra, además, la posibilidad de llegar a conclusiones diferentes. Por ejemplo, Quintana pone énfasis en la leche de Felipa, en el cuento “Macario”, como símbolo de algo que alimenta al protagonista, lo aleja de la enajenación; esa leche es un “sagrado líquido que le ofrece esta mujer, regresando así al tema más querido de Macario en el cual confluyen su corazón y su estómago”. Desde mi remota lectura juvenil, coincido más con Jesús Humberto Florencia, quien destaca el factor de la sensualidad entre Felipa y Macario, pues “la sensualidad se degusta en su consistencia de leche y flores. El mundo se controla por medio del vientre”. Pero no es mi propósito vender el contenido. Si les interesa saber qué proponen exactamente estos cuatro autores, consigan el libro y léanlo. Menciono tres detalles: hay algunas erratas en el libro, aunque ya sabemos que este es un riesgo permanente cada que se emprende un proyecto editorial. Segundo detalle: habría convenido unificar criterios en las referencias bibliográficas, pues, como caso concreto, la edición de la obra completa de Rulfo en la colección Archivos es citada de manera distinta en los cuatro trabajos. Un tercer detalle: la referencia al escritor “Bruno Traven”, cuando sabemos que el seudónimo que hizo ilustre y famoso al misterioso autor de origen alemán Ret Marut fue el de, precisamente, B. Traven. Concluiré con una reflexión escolar. Ya sabemos del problema endémico que padecemos en la Facultad de Humanidades respecto a la dificultad que representa para los estudiantes tener que titularse presentando su tesis profesional. Surge un bloqueo profundo, incluso en estudiantes a los que reconocemos talentosos. Imagino que si se hiciera un sondeo entre la población estudiantil, muchos estarían a favor de la derogación de la tesis como requisito para la titulación. Atribuyo en parte esta circunstancia a la falta de lecturas de estudios críticos a lo largo del tiempo en que los estudiantes se preparan en las aulas de Humanidades. En cada asignatura, se pone el acento sobre la lectura de las obras literarias originales y, en ocasiones, en la lectura de los manuales relacionados con el curso. Pero –y esta es una suposición, pues en rigor no conocería los programas de cada profesor– no se cuida mucho el aspecto de invitar a los estudiantes a que conozcan estudios críticos,

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de los muchos que se publican en revistas especializadas o en volúmenes como el pergeñado por Arizmendi, Florencia, Meza y Quintana. El resultado es que, aun teniendo saberes específicos, el alumno no cuenta con la competencia necesaria para realizar una disertación más completa sobre determinado objeto de estudio dentro del área de conocimiento en la cual se ha preparado a lo largo de un lustro. Conoce novelas, cuentos, poemas, ensayos, pero acaso está ayuno en la lectura de artículos académicos que analicen obras específicas. He percibido otro problema: la complicación que surge para aplicar una teoría aprendida en el aula en un análisis concreto. Como que por un lado va la teoría, en un sentido enteramente abstracto, y por el otro lado va la obra literaria con un sentido concreto. Y el conflicto es cómo empatarlos. Ante esta hipótesis que dibujo, propongo que el estudiante se acerque a textos que como este, Juan Rulfo: estudios críticos, hace patente el uso amplio de herramientas metodológicas que permiten entender, de una manera cabal, la escritura de un clásico como el propio Rulfo. Sin llegar a una postura de “metacrítica”, diría la doctora Arizmendi, me place la lectura de la obra de cuatro autores que están brindando su aportación a la literatura mexiquense, literatura que, como sabemos, no se encierra en los límites geográficos del Estado de México. Y por si a alguno le interesa, informo que, en efecto, Roberto Treviño se tituló. Pero no con una tesis sobre Juan Rulfo. Arizmendi, Martha et al., Juan Rulfo: estudios críticos, Toluca, GEM, Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, 2007.

El sol sonreía y esperaba nuestro regreso

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as nueve de la mañana. Los autobuses esperaban el estruendo y jovialidad de los estudiantes. Caminar entre los pasillos de la facultad, avisar la salida. Nueve treinta y el sonido de los motores anunciaba el viaje. El destino: Malinalco. El lugar: finca El Olvido, ahora DFLMS. La carretera cumplió su cometido: tránsito fluido, condiciones meteorológicas agradables, conversación entre amigos. Risas, alegría, sueño. La ilusión se iniciaba. La culebra de asfalto tenía sus obstáculos: un tope aquí, otro allá. El sol miraba mustio. Y llegamos. Daban las once de la mañana. En la finca estaba todo preparado. La breve pendiente de la entrada de la finca incitaba al regocijo, al refocilamiento. En el pórtico del ahora DFLMS, encontramos al Dr. Jorge Rueda de la Serna, quien hablaría, en punto de las doce, de la vida y obra de Luis Mario Schneider. Unas fallas técnicas obligaron a los organizadores a llevar a los estudiantes a la biblioteca. En el tapanco se miraban estudiantes sentados y escuchando. La voz de Duarte, acompasada, tranquila, áspera, mantenía en su sitio a los asistentes. La frescura del interior contrastaba con el calor del patio. Sin embargo, la vista era toda una sinfonía de verdes. El agua regaba la superficie y el olor a tierra permitía imaginar el mundo desde otra perspectiva. El café, ya casi maduro, escoltaba los comentarios del ponente. Una hora trascurría. Los asistentes salían a fumar, tomar agua y a esperar a las autoridades universitarias. La inauguración, el acto oficial comenzaba. Era la una y veinte. La lectura de Yesenia Esparza, el discurso de Rosario Pérez Bernal, los comentarios de José Martínez Vilchis. Luego el cortometraje.

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Entre los acordes y el éxtasis del cello, mirábamos Los tres libros de Ella de Fernando Frater. Pocos se movieron de su sitio. El ciclo de la vida. La niña que no escapa a la vida de su madre. Debía cumplir su destino. Sin embargo, la rebeldía cumplía su cometido: la escritura recuperaba la memoria del vientre. Y la niña, ahora mujer, escapaba de las ancestrales fallas del sistema. Daban las dos de la tarde. Salimos a la inauguración de las oficinas del DFLMS. Ya esperaban los bocadillos. Los refrescos estaban calientes, el jugo fresco. El hambre aparecía en los rostros de los asistentes. Salían las autoridades. Comenzaba el banquete. Un hormiguero, un enjambre asaltaba los alimentos. Y todos buscaban la sombra. Un grano de café caía lenta, muy lentamente sobre la superficie de la tierra. Un puñado de hormigas iniciaba su destino. Y nosotros, los asistentes a la finca El Olvido, caminábamos cabizbajos, unos, sonriendo, otros, pensativos, pocos, forjando un posible destino académico. Daban las tres de la tarde, como en el poema de Lorca. Y comenzábamos el retorno a la ciudad de Toluca. El sol ahora sonreía y esperaba nuestro regreso.

Universidad Autónoma del Estado de México Dr. en A.P. José Martínez Vilchis Rector M. en Com. Luis Alfonso Guadarrama Rico Secretario de Docencia Dr. en C.A. Carlos M. Arriaga Jordán Secretario de Investigación y Estudios Avanzados M. en C. Eduardo Gasca Pliego Secretario de Rectoría Dra. en Ed. Lucila Cárdenas Becerril Secretria de Difusión Cultural M. en E.P.D. Guillermina Díaz Pérez Secretaria de Extensión y Vinculación Ing. Manuel Becerril Colín Secretario de Administración M. en A.S.S. Felipe González Solano Secretario de Planeación y Desarrollo Institucional

mma Facultad de Humanidades Dra. en E.L. Ángeles María del Rosario Pérez Bernal Directora Lic. en H. Magdalena Pacheco Régules Subdirectora Académica Mtra. en E.L. Josefina García González Subdirectora Administrativa Editor responsable: Martín Mondragón Arriaga Diseño y formación: Roberto Sverdrup Viniegra Luis Daniel Cruz Monroy Corrección de estilo: Sara Rivera Fotografía digital: Roberto Sverdrup Viniegra Tlamatini es una publicación cuatrimestral de la Coordinación en Letras Latinomericanas y de Comunicación Humanística, con un tiraje de 1000 ejemplares. Paseo Tollocan esq. Paseo Universidad, Ciudad Universitaria. Correo electrónico: revistatlamatini@yahoo.com.mx

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La mendacidad de los títulos

odo título de un libro tiene su trampa. Atrapa al párvulo lector por tres motivos: el nombre del autor, la casa editorial y el costo. El primero sólo obedece a dos posibilidades: una, es mi amigo, compañero de banca o profesor; dos: más vale viejo por conocido que loco por entender; el segundo: es menester para los lectores saber de la calidad de las casas editoriales y del producto que ofrecen. No es lo mismo leer en papel cultural que en papiro. El tercero: o compro un litro de agua o me siento a mirar cómo comen mis hermanos, mientras leo en el rincón del hogar el libro que mi profesor me recomendó porque él es el autor. Cualquiera de los tres motivos conduce a la búsqueda de la veracidad del título –vía la lectura y el arriesgue– o dudar de la calidad de la casa editorial. Juan Rulfo: estudios críticos dice la portada del libro, cuyos autores son Martha Elia Arizmendi Domínguez, Humberto Florencia Saldívar, Gerardo Meza García y Luis Quintana. “Estudios críticos”: surgen, entonces, varias preguntas o inquietudes: ¿habrá escritores de la calidad lectora de Juan Rulfo que entiendan el discurso poético de éste? ¿Hay críticos de literatura en Toluca con cultura más vasta que el autor de El llano en llamas, para que completen el proceso que inicia la comprensión del texto poético? Y, finalmente, ¿es lo mismo estudiar que criticar? Veamos: las características de la crítica son: conocimiento universal y especializado; hurga, escruta, disiente, enjuicia para proponer, mediante una forma discursiva, la manifestación objetiva y subjetiva de la evolución humana; y de estudiar: ejercitar el entendimiento para comprender algo. Juan Rulfo: estudios críticos ¿qué acto realiza: estudia o critica? Porque suena demasiada pretensión estudios como para agregar críticos. Es decir, un texto se lo identifica por manifestar unidad (temática, discursiva, poética), no se trata de reunir escritos para bautizarlos, no. La unidad de un libro merece el respeto de los lectores y de la poesía. Pero si lo evidente es un rasgo de la unidad de un libro, Juan Rulfo: estudios críticos reúne varias apostillas de lo inmediato de la obra rulfiana. En otras palabras, cualquier lector medio puede identificar el porvenir inevitable de los personajes: Marta Arizmendi afirma “fatalidad en los personajes” –baste articular los discursos de éstos y las acotaciones del narrador para lograrlo–, o los fantasmas (“monstruos” llama Humberto Florencia) –baste colegir los comportamientos de las estrategias argumentativas para entramar las iniquidades existencialistas y discursivas de los personajes rulfianos–, o las relaciones literario-temáticas (“entremuertos” escribe Gerardo Meza) –baste leer con detenimiento para encontrar que los personajes no hablan no porque están muertos, sino es la palabra quien trata de revivir, mediante la memoria discursiva, el andar de los personajes, tanto de Cervantes como de Rulfo–; o, finalmente, y no se trata de ser un erudito, identificar las recurrencias (“estilísticas” enuncia Luis Quintana) –baste saber clasificar los hechos literarios, los elementos gramaticales, la historia de la literatura para comprender las influencias que recibió Rulfo. En fin, Juan Rulfo: estudios críticos es un intento loable de la academia, pero no se acerca al trabajo de la crítica y, ni siquiera, de la literaria. Analizar es el primer paso de la comprensión del acto discursivo, estudiarlo y destruirlo permite identificar voces del espíritu –“palabra” diría yo– que indican la evolución de las formas artísticas y las propuestas poéticas de los autores o de los

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Martín Mondragón Arriaga

textos literarios para, finalmente –o inicialmente–, entregarle al lector, no avezado, una pequeñísima luz, una ventanita por donde atisbe la realidad poética. Los libros son mendaces, ya desde el título; sin embargo, el lector osado sabrá si, como Ulises, se deja amarrar al mástil para escuchar el canto de las sirenas o, como la escolopendra voraz, sacia su amor por la palabra engullendo lecturas ora concretas, ora falaces, ora poéticas. Arizmendi, Martha et al., Juan Rulfo: estudios críticos, Toluca, GEM, Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, 2007.

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A o r i l l a s d e l r í o Ve r d i g u e l Apuntes para una historia de la Facultad de Humanidades

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esde el otoño de 1983, la sede de la Facultad de Humanidades se ubica en la esquina de Paseo Tollocan y Paseo Universidad, a un costado de lo que fue el río Verdiguel. Con la construcción de las actuales instalaciones culminó un largo trayecto en la enseñanza de las humanidades en el Estado de México. Antecedentes Los orígenes históricos de nuestra facultad se remontan al siglo XIX, cuando en las primeras épocas del Instituto Científico y Literario (ICLA) se impartieron algunas cátedras de humanidades. De esta etapa destaca la iniciativa de Ignacio Ramírez, El Nigromante, profesor titular de Derecho Canónico, quien impartió gratuitamente la “bella literatura”, una cátedra instituida por él, a la cual asistían numerosos estudiantes todos los domingos en la mañana. Juan A. Mateos e Ignacio Manuel Altamirano fueron sus discípulos más destacados. Así lo señala el profesor Inocente Peñaloza, cronista de la UAEM. La importancia del estudio de la historia y de la literatura fue reconocida por las autoridades del ICLA, quienes en marzo de 1857, por iniciativa el profesor Francisco Granados Maldonado, instituyeron la Academia de Humanidades. Humanidades en el siglo XX Las necesidades educativas en un país que experimentaba importantes transformaciones en su estructura productiva y en su vida social impulsaron a las autoridades del ICLA, encabezadas por el Lic. Adolfo López Mateos, a fundar en 1945 la Facultad de Pedagogía. Al igual que otras carreras universitarias, por ejemplo medicina, los estudios ofrecidos por el nuevo espacio académico siguieron los programas diseñados por la Universidad Nacional Autónoma de México, y también al igual que ésta, los egresados de entonces recibían el título de “maestro”, pues los estudios se orientaban a la práctica docente. Entre los egresados de las primeras generaciones de esta facultad destacan Rosa María Sánchez Mendoza y Josefina Vélez Orozco, quien años después sería la primera directora oficial (antes sólo había encargados del despacho) de la Facultad de Pedagogía. Del ICLA a la UAEM 1956 es un año crucial en la historia de la educación superior en el Estado de México, ya que a partir de la promulgación de una ley orgánica se instituyó la Universidad Autónoma del Estado de México. En este proceso de cambios y consolidación universitaria, la entonces directora de la Facultad de Pedagogía, maestra Josefina Vélez, tuvo la iniciativa de ofrecer las carreras de filosofía y de letras. Tal gestión fue aprobada por el Consejo Universitario en 1965. Debido a esta transformación académica, en 1967 los profesores solicitaron el cambio en la denominación del claustro, de Facultad de Pedagogía a Escuela de Filosofía y Letras. La joven universidad y con ella la Escuela de Filosofía y Letras crecen. Las instalaciones en el céntrico edificio ubicado en las calles de Instituto Literario y avenida Juárez resultaron insuficientes, por lo que en el Cerro de Coatepec se construyó la

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América Luna Martínez Cronista de la Facultad de Humanidades moderna Ciudad Universitaria. Ahí también, en un edificio de seis pisos, la Escuela de Humanidades tuvo, en 1970, su primera sede y también otro cambio de nombre: Instituto de Humanidades. Instituto de Humanidades, un alma mater Entre 1970 y 1977, el Instituto de Humanidades desarrolló una gran actividad académica: estuvo atento a las transformaciones curriculares de otras universidades como la UNAM y la entonces recién instituida Universidad Autónoma Metropolitana, algunas de cuyas facultades y escuelas experimentaban ya el currículo flexible, el tronco común y los planes modulares. El instituto ofreció las carreras de filosofía, geografía, historia, letras, turismo y psicología, que se cursaban en cinco años. Los estudiantes de entonces compartían un tronco común los dos primeros años, y los tres restantes optaban por una especialidad en la que se incluían materias específicas de su área profesional. Facultad de Humanidades En 1977 el Instituto de Humanidades cambia de nombre una vez más: Facultad de Humanidades. Cabe destacar que por estos años las carreras de psicología (en 1977), de geografía (en 1979) y turismo (en 1984) se separaron para formar sus propios espacios académicos. Sin embargo, gracias al reconocimiento de la riqueza e importancia de las culturas indígenas, también en 1977 se comenzó a impartir la Licenciatura en Antropología, que se vuelve independiente en 1986. Como se ha visto, la Facultad de Humanidades se ha caracterizado por las transformaciones en las propuestas académicas y disciplinarias que se gestan en sus aulas. A partir de 1985 se iniciaron las actividades de la Licenciatura en Arte Dramático, que debido a los cambios en los planes de estudio (2005), hoy se denomina Licenciatura en Artes Teatrales. Cabe señalar que desde 1992, nuestra facultad ofrece la Licenciatura en Ciencias de la Información Documental. Estudios de posgrado Uno de los aspectos que muestran la consolidación académica de una institución universitaria son los estudios de posgrado, y en ese sentido la Facultad de Humanidades ha sido pionera en la formación de especialistas, pues desde 1977 abrió la Maestría en Estudios Latinoamericanos. Atenta a la especialización de su profesorado, en 1982 inició sus actividades la Maestría en Estudios Literarios; en 1983, la Maestría en Filosofía, y en 1989, la de Historia. También se ofrecieron las especialidades en epistemología y en literatura mexicana. La década de los noventa fue decisiva en el desarrollo de los posgrados, ya que se logró la certificación del Conacyt, lo que coadyuvó en el fortalecimiento del Doctorado en Humanidades que actualmente puede cursarse en la facultad, con énfasis en filosofía, letras, historia y estudios latinoamericanos.

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Sexualidad e Inquisición en la Nueva España

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Ana Laura Romero Soriano Versos del Pan de Jarabe Ilustrado: Ya el infierno se acabó, ya los diablos se murieron; ¡ahora sí, chinita mía, ya no nos condenaremos! (Sánchez, 1998: 44)

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on frecuencia se repite la sentencia: “Los españoles que llegaron a América son hombres de Renacimiento”. Es un argumento que intenta demostrar la superioridad ideológica de soldados, frailes y demás peninsulares, cuyo contacto con las sociedades prehispánicas tiene como rasgo característico la incomprensión surgida esencialmente en los prejuicios de la sociedad europea, que heredó la mentalidad de los procesos medievales. Al margen de la oposición tradicional entre lo oscurantista y el resurgimiento de la cultura, más bien se trata de ver estas dos épocas ligadas por una lógica de causa-efecto, ya que sin los manuscritos, traducciones medievales preservadores de la sabiduría clásica, el renacimiento no tendría fuentes de donde alimentarse; además, las sociedades mantuvieron nociones, formas de vida antecedentes. La identidad renacentista se enfrenta a una trasformación y alteración de los contornos ideológicos. La nueva cosmovisión implica una fundamental modificación en el concepto de hombre, Dios y mundo (reconfigurado después del descubrimiento de América). Los movimientos sociales no se hacen esperar, las instituciones fundamentales pierden autoridad, tal es el caso de la Iglesia con el surgimiento de las herejías, posteriormente del protestantismo. Las sentencias eclesiásticas no responden totalmente a las necesidades de nuevo hombre. La jerarquía de valores, en este punto, se enfrenta a una fuerte crisis, la reacción ante el desconocimiento es de miedo, el hombre tiene miedo de sí mismo. Como estrategia de conservación, la sociedad erige una institución que reprima, corrija y guíe las nuevas formas de vida, de ello se encargará la Inquisición, que construye diligentemente sus chivos expiatorios: iluminados, judíos, hechiceros y sobre todo brujas (más de cien mil mujeres mueren en la hoguera entre los siglos XV y XVI). Estos grupos forman parte del control de la colectividad por escarmiento ejemplar. Así, los españoles que arribaron al nuevo continente son seres que se debaten entre dos categorías: la santidad y la perversión. A partir de esta dicotomía juzgan los modelos existentes en los pueblos prehispánicos. No puede ser de otro modo, es lo que conocen y a ello se aferran, pues el choque de culturas debe ser brutal. Con el dominio militar

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imponen sus valores éticos, religiosos, económicos, en una palabra, sus formas de vida unidas a sus prejuicios y miedos. Reflexionar sobre la vida cotidiana de la sociedad novohispana, específicamente sobre el concepto de sexualidad y su práctica, no es una tarea fácil, pues no existen documentos que hagan referencia directa a las experiencias ordinarias. La deducción se basa en aquellos testimonios sobre acontecimientos extraordinarios como son procesos inquisitoriales, casos juzgados en el orden civil o eclesiástico, en datos indirectos, por ejemplo estadísticas demográficas y registros bautismales. Además, la sexualidad involucra diversos factores: las costumbres indígenas legadas por las civilizaciones prehispánicas, la mentalidad occidental y las prácticas sexuales derivadas del juego de poder entre dominantes y dominados. La fundación de la Nueva España se llevó a cabo sobre un basamento sexual. El regalo de mujeres indígenas a los conquistadores como gesto de confraternidad masculina y de expectativas de alianza política se registra desde el momento en que Cortés desembarca en Tabasco. Hernán Cortés tuvo relaciones irregulares con Malintzin, con las hijas de Moctezuma y con varias mujeres españolas antes y después de la conquista de Tenochtitlán, estableciendo una pauta que siguieron sus hombres, a pesar del silencio documental sobre este asunto (Lavrin, 2005: 489).

El origen de la sociedad mestiza y el sistema de castas en México está basado en la poligamia indígena y las costumbres sexuales de los peninsulares, que se caracterizaron por su violencia y desorden, a tal grado que Carlos V los obligó a reclamar a sus esposas. Tal medida no frenó el encuentro físico-biológico entre las culturas. Para regular la conducta sexual, fue necesario que Estado e Iglesia normaran en términos morales las costumbres

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y prácticas, y así proteger el orden social y la familia. Sin embargo, las restricciones impuestas por la ética cristiana en lo doctrinal se relajaban o no se cumplían en la experiencia cotidiana, prueba de ello son los altos índices de hijos ilegítimos. Pilar Gonzalbo Aizpuru señala que en las parroquias de españoles de la Santa Veracruz y el Sagrario de la Ciudad de México, el promedio de ilegítimos fue de 42%. En la parroquia del Sagrario el promedio de ilegitimidad entre las castas era de a 51% (Lavrin, 2005: 491).

Estos nacimientos son producto de relaciones extraconyugales, prematrimoniales o ilícitas (en casos de progenitores pertenecientes a las órdenes eclesiásticas). Esta situación generó serias rupturas sociales entre los hijos legítimos, los bastados, los huérfanos, expósitos o hijos de madres desconocidas. Entre estos grupos las diferencias no sólo se quedaban en el ámbito moral, también perdían beneficios: económicos, pues no podían heredar o tener derecho a una dote en el caso de las mujeres, no podían casarse ni podían ingresar en alguna orden religiosa. El origen racial y la castidad formaban parte importante en el contrato matrimonial. En 1571 se establece la Inquisición en el nuevo continente; al principio se ocupa de perseguir a los idólatras y polígamos, pero poco a poco se involucra en la regulación de la sexualidad. Para ello la educación sexual está a cargo de la Iglesia, la familia únicamente se hace eco de sus valores fundamentados en la culpa y el perdón, categorías resultantes del juego de poder entre el cielo y el infierno, la condena o la salvación eterna. La distribución de las culpas de acuerdo con las diferentes funciones que tenían los sujetos dentro de la sociedad contribuyó a fortalecer y reproducir ciertos papeles, estereotipos y jerarquías que dieron origen y sentido a las relaciones y estructuras sociales en la Nueva España del siglo XVII (Roselló, 2006: 143).

No podemos olvidar que desde la edad media la Iglesia se legitima como autoridad ostentando la capacidad de autodominio corporal, obligando a sus militantes a vivir en estado de castidad, enalteciendo el celibato, condenando el sexo y lo corporal, peor aún cuando se trata del cuerpo femenino del que desconoce su naturaleza y psicología, pero se liga al pecado original, a lo maléfico, demoníaco, por ser la fuente de inspiración de la lujuria. La sociedad novohispana fue una sociedad premiada y regida por las leyes de la iglesia católica. La máxima aspiración de esos hombres era formar parte del reino de Dios (González, 2002: 135).

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La culpa y la vergüenza nos son iguales para varones y mujeres. A las segundas desde la infancia se les enseña a mantenerse virtuosas, alejadas de los deseos y miradas concupiscentes; cuando son solteras, deben mantener la virginidad como una dote susceptible de ser negociada durante el matrimonio; de no contar con ella, eran catalogadas como “mujeres de uso”; la deshonra no es cuestión individual pues recae en la familia. Si se trata de monjas, sus actos debían ennoblecer al divino esposo. Las casadas no podían negarse al débito conyugal y mantenían un recato que impidiese despertar el deseo en cualquier otro hombre, de lo contrario eran responsables de las querellas y celos de sus maridos. Las expresiones de amor efusivas como abrazos, caricias o besos estaban permitidas dentro del matrimonio pero no como actos públicos. Las virtudes de los hombres fueron la fortaleza, la justicia, el valor; sus funciones estaban relacionadas con la administración, vigilancia de las costumbres y la moral de su casa, sus culpas directas eran la ira, la avaricia; además eran responsables de la conducta de su esposa, hijos, sirvientes, por lo tanto esclavos; por ello la deshonra era parte de su vergüenza, se exigía, incluso con violencia, la restitución del daño causado. En general gozaban de mayor libertad sexual. Aunque no podían cometer adulterio, incesto u otros “delitos”, se toleraban prácticas sexuales fuera del matrimonio, sobre todo si se cometía con mujeres de clase inferior, por ejemplo entre amos y esclavas. Los pecados sexuales eran condenados y punibles en menor grado que en el caso de las mujeres. … es más grave esta culpa en la mujer que en el hombre, es también más grave su pena. Es más grave su culpa porque rompe más frenos para caer, pues a más de los espirituales quebranta los de su natural modestia, ya porque regularmente da ocasión al pecado, pues no surtiera el efecto si ella no hubiera dado o permitido la causa (Roselló, 2006: 92).

Mujeres y hombres debían regir su sexualidad de acuerdo con la moral cristiana; sin embargo el cuerpo femenino era vigilado con mayor celo, pues el modelo estaba en la configuración virginal de la madre de Dios. El sexo sólo tenía una razón de ser: la procreación, el cuerpo femenino se sublimaba por efecto de la maternidad. El cuerpo de María no sólo se asoció con flores y frutos. Así como los vegetales requirieron agua para brotar, María fue necesaria para el nacimiento de la vida eterna; por ello, los predicadores novohispanos la describieron utilizando metáforas relacionadas con el líquido vital (Roselló, 2006: 238).

Por supuesto que esas descripciones hacen referencia a las metáforas bíblicas: los senos son cervatillos coquetones, mellizos de gacela; la leche es símbolo de la bondad de Dios y se compara con la sangre de Cristo; el vientre es inmaculado y bendito.

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A pesar de los esfuerzos por regular la sexualidad de la época, las condiciones de vida rebasaban la doctrina, por lo que los delitos de orden sexual fueron juzgados con un documento jurídico medieval de origen español conocido con el nombre de Las siete partidas. En él defendía lo normal, pero era en la Iglesia donde surgían las reglas más sólidas de normatividad moral; su enseñanzas, basadas en el pecado y el cumplimiento de los mandamientos, inducían un gran miedo a la muerte, al juicio final, al infierno. Estas versiones fueron difundidas ampliamente en la predicación dominical y la confesión, que a partir de 1524 se estableció como obligatoria para los indios por lo menos una vez al año si estaban sanos, y dos si enfermaban. La confesión se establece como sacramento a partir del IV Concilio de Letrán en 1215. Es, hasta nuestros días, una de las obligaciones más importantes de los católicos, ya que es el único medio para reconciliarse con Dios. Se sustenta en el siguiente texto bíblico: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengáis, le serán retenidos” (Juan: 20, 22-23). Este sacramento constaba de cuatro elementos: a) Contrición: examen de conciencia que permite identificar las faltas, aceptar la calidad de pecados, arrepentirse de los actos perniciosos y búsqueda de reconciliación. b) Confesión: es la declaración espontánea ante el religioso de faltas o pecados cometidos. Se realiza únicamente por el propio penitente de manera secreta, aunque en algunos casos se incorporó la confesión pública cuando se trataba de daños que afectaban a la comunidad. c) Satisfacción: las faltas debían ser purgadas mediante castigos graduales de acuerdo con el pecado. El criterio para esto nunca fue unificado a pesar de los abundantes manuales de confesión. Las penas podían ser corporales: azotes, ayunos y demás tormentos, o bien penitencias de tipo devocional, por ejemplo peregrinaciones, oraciones y otros ritos. d) Absolución: se trata de un juicio con carácter humano, social, espiritual y jurídico, que restituye la dignidad del pecador y elimina sus culpas en este mundo y en el más allá evitándole el infierno. Los únicos autorizados para absolver eran los obispos y sacerdotes, sin importar que estos mismos ministros se encontrasen en pecado mortal, pues a pesar de su naturaleza débil, Cristo les había conferido el poder de atar y desatar. En este contexto cobra importancia el trabajo de los frailes, sacerdotes, confesores, puesto que se encargan de la guía espiritual y corporal. Estos personajes no eran precisamente los más instruidos en el tema de la sexualidad, dada su condición (lo interesante es encontrar excepciones). Si tomamos en cuenta que la formación académica del clero se iniciaba a muy temprana edad (a

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los 14 años), en clausura y abstinencia, sus conocimientos no debían ser de primera mano. Por otra parte, para tomar los hábitos religiosos no necesariamente se requería una vocación, algunos eran obligados por su familia, otros ingresaban a la Iglesia con el fin de mejorar sus estatus social; en estos casos era muy difícil cumplir cabalmente sus votos de castidad. Con estos antecedentes ya podemos darnos una idea del tipo de educación sexual que corría en los confesionarios y sermones. Un Manual de Administrar los Santos Sacramentos, compuesto por fray Ángel Serra en español y en tarasco, enfatizaba la obsesión de Seixas, descarnada y brutalmente. Imaginemos a un confesor que ordena a un hombre o a una mujer de cualquier edad arrodillarse, rezar el Yo pecador y dispararle a quemarropa:

¿Has pecado con mujeres? ¿Era tu madrastra, tu tía, tu hermana, tu suegra, tu sobrina, tu nuera o tu madre la que te parió? ¿Y has desvirgado forzándolas? ¿Has derramado el semen con tus manos y entonces pensabas en mujeres? ¿Y pecaste con alguna mujer entre ambas partes? (…) ¿Y has palpado las partes vergonzosas? ¿Y has sido alcahuete? ¿Y has sodomitado? (…) ¿Y has pecado con alguna bestia?... (Benítez, 1985: 145)

Este examen de conciencia agredía directa y salvajemente la intimidad del penitente. Resulta muy ilustrativo en cuanto a las conductas sexuales condenadas, perseguidas durante este periodo, pero sin lugar a dudas experimentadas. El tribunal divino, como puede verse, analizaba con minucia los pecados cometidos, por ello requería un perfil especial de confesor. Las autoridades eclesiásticas trataron proteger del decoro del sacramento la imagen de sus ministros al regular las prácticas confesionales, de tal manera que en el III Concilio Provincial Mexicano, los edictos del Santo Oficio establecen que ningún clérigo podía confesar sin contar

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con una licencia, cuya vigencia caducaba y era expedida solamente por los obispos. Para obtenerla se acordó que debía presentarse un examen; así había confesores facultados para atender exclusivamente hombres, otros estaban autorizados para escuchar a diversos feligreses, como mujeres y hasta monjas. La Iglesia fue rebasada desde dentro. Las medidas anteriores muestran la observancia que tenía en la administración y ejecución de los sacramentos; con lo que no contaba era con la naturaleza sexual del clero, cuyo comportamiento ambivalente no lograba mantener una distancia indiferente y se dejaba arrastrar por el furor carnal, sin preocuparse demasiado por la discreción; su comportamiento fue tolerado socialmente, prueba de ello son las rimas populares que circulaban, la censura de la Inquisición no impidió rescatar una de ellas: En la esquina está parado un fraile de La Merced con los hábitos alzados enseñando el Chuchumbé.

Por si fuese poco claro, otra cuarteta expresa: Esta vieja santularia que va y viene a San Francisco: toma el padre, daca el padre y es el padre de sus hijos (Sánchez, 1998: 18).

En los procesos del Santo Oficio se hace presente uno de los delitos más comunes en este contexto: la solicitación. Se trata de una falta en la que incurrían los confesores al aprovechar la intimidad del sacramento para satisfacer su apetito sexual. Esta acción se convertía en un sacrilegio y herejía que atentaban no solamente contra los votos de castidad o la dignidad de la Iglesia, iban más allá: trasgredían la fe, la institución de los sacramentos, por lo que se persiguió inquisitorialmente. Aunque no se imponían castigos corporales, los inculpados perdían sus bienes, sus privilegios, beneficios; se les prohibía suministrar nuevamente el sacramento y eran marginados dentro de la institución. Fue hasta el año de 1741 cuando el Papa Benedicto XIV hizo publicar la bula Sacramentum Poenitentiae. En ella se fijaron de manera definitiva las principales características de la falta: Y cada uno de los sacerdotes, tanto seculares, exentos por cualquier razón o sujetos inmediatamente a la Sede Apostólica, sea cual sea de cualquier Orden, Instituto, Sociedad y Congregación, y sea su dignidad y preeminencia y aunque goce de cualquier privilegio o indulgencia, los cuales a algún penitente, sea cual sea su persona, en el acto de confesión o inmediatamente antes o después de ella o con ocasión o pretexto de confesión o incluso al margen de la ocasión de confesar pero en el confesionario o en otro lugar destinado a oír confesiones o elegidos para ello, simulando que allí mismo se oye la confesión, intentaran

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solicitar o provocar a acciones deshonestas e indecentes con palabras, signos o movimientos o mediante el tacto o a través de escritos dados para ser leídos entonces o después, o mantuviera con ellos conversaciones y tratos ilícitos y deshonestos con temeraria osadía (González, 2002: 27).

Los documentos sobre la solicitación son interesantes en tanto muestra de las costumbres eróticas de la época, la riqueza y variedad del repertorio empleado, el uso de palabras amorosas o laudatorias, las expresiones lascivas puestas en práctica durante la seducción; las más comunes eran “mi alma”, “mi vida”, “de quiénes son esos ojitos”. Este lenguaje absolutamente coloquial era reforzado por roces, caricias o besos que delataban las intenciones. Los más audaces emitían manifestaciones en doble sentido, por ejemplo: … dime ¿es mío todo lo tuyo? Sí, padre. ¿Pues cuento con eso del todo? Sí, padre. ¿Son míos tus ojos, cara, boca, pecho y todo tu cuerpo? Sí, padre. ¿Todo, todo? Sí, padre. ¿Y las partes? No, padre, ¡cómo es capaz de eso! (González, 2002: 89).

En este testimonio podemos ver la complicidad de la penitente, pero no siempre fue así, algunas fueron brutalmente sorprendidas con palabras soeces y tactos libidinosos, muchas de ellas tuvieron el valor de levantarse y alejarse, pero otras, más ignorantes o necesitadas, fueron violentadas. La mujer vivía en situaciones de marginación, la mayoría no sabía leer ni escribir; el trabajo femenil era escaso, mal pagado y socialmente reprobable, por lo que una huérfana o viuda pasaba por múltiples tribulaciones económicas, lo que era aprovechado por sus confesores, quienes ofrecían a cambio de favores sexuales mantenerlas o beneficiarlas con alguna regalía. Estas promesas resultan contradictorias en procesos donde se ven involucrados frailes mendicantes, cuyo voto de pobreza tampoco se aplicaba puntualmente. El ingenio popular atestigua con gracia estas circunstancias: ¿Qué te puede dar un fraile, Por mucho amor que te tenga?: ¡Un polvito de tabaco Y un responso cuando mueras! (Sánchez, 1998: 19).

De manera general la relación de poder que ejercían los confesores sobre sus hijas espirituales los colocaba en una posición privilegiada, pues ellos conocían particularmente sus necesidades amorosas; frecuentemente las inquirían sobre las relaciones que guardaban con sus esposos o padres, quienes comúnmente las maltrataban. Al ser pretendidas cortésmente, se sentían halagadas y accedían a la solicitud de buen grado, aunque al ser obligadas por sus nuevos confesores a denunciar estos hechos, siempre aludían a la debilidad natural de su género, sin exceptuar aquellos casos en los que la inocencia fue evidente.

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En los documentos inquisitoriales la mayoría de las solicitadas fueron mujeres, pero ocasionalmente se intentó seducir hombres, por ejemplo:

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… el 19 de septiembre de 1765, se presentó ante el Santo Oficio de manera espontánea Francisco Xavier de la Vega, quien dijo ser soltero de origen español y tener 20 años de edad. Enseguida el fiscal le preguntó la razón por la cual había solicitado la audiencia y él respondió que durante el acto de confesión el citado padre lo había seducido para tener “relaciones sodomíticas”, las cuales, por circunstancias que el declarante no especificó se prolongaron durante cuatro meses (González, 2002: 148).

La homosexualidad se entendía como una condición adquirida mediante la educación de los hijos por los padres. La Inquisición investigó únicamente la vertiente masculina, el lesbianismo no tuvo trascendencia. El caso más relevante de homosexualidad, según cita Lavrin, se presentó el 6 de noviembre de 1658, cuando murieron en la hoguera 14 hombres de 123 sospechosos de diversas edades y distintas ciudades. Se trata más bien de un minoritario grupo que se apoyaba entre sí, solapado dentro de ciertos límites del trabajo manual. En lo cotidiano los homosexuales eran discriminados y su sexualidad se consideraba como una desviación. El proceso referido es el único caso de persecución masiva registrado por el Santo Oficio, existieron otras controversias individuales que involucraban al clero, en estas actas nunca se aplican penas corporales y se resuelven dentro de la Iglesia. En conclusión, el estudio de la sexualidad como fenómeno social permite observar las formas de vida y la mentalidad de la Nueva España, entender los miedos, devociones, amores y roles que desempeñaban los hombres y las mujeres en un espacio de reciente configuración donde los conceptos de familia, justicia, dignidad, etc. están surgiendo en un horizonte abierto a múltiples voces convergentes; son diálogos y disputas entre distintos seres humanos experimentando una nueva identidad, a lo largo de los siguientes siglos elaborarán una nacionalidad heredada al México de hoy. El contacto aquí propuesto sobre la relación entre sexualidad e Inquisición no tiene como objetivo ser

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exhaustivo, tampoco puede ser imparcial, se desprende de la observación de materiales bibliográficos elaborados por investigadores contemporáneos cuyos criterios y cosmovisiones se interceptan con los datos examinados en un contexto donde los límites entre lo público y lo privado se clarifican, pero no están exentos de prejuicios, moralidades y demás razones que hay en la actualidad. Bibliografía Benítez, Fernando (1985). Los demonios en el convento. Sexo y religión en la Nueva España, México, Era. Cohen, Esther (2003). Con el diablo en el cuerpo. Filósofos y brujas en el renacimiento, México, Taurus/UNAM. Gónzalez Marmolejo, Jorge René (2002). Sexo y confesión. La Iglesia y la penitencia en los siglos XVIII y XIX en la Nueva España, México, Conaculta/INAH. Lavrin, Asunción (2005). “La sexualidad y las normas de la moral sexual”, en Pilar Gónzalbo Aizpuru (comp). Historia de la vida cotidiana en México, tomo II, México, FCE. Roselló Soberón, Estela (2006). Así en la tierra como en el cielo. Manifestaciones cotidianas de la culpa y el perdón en la Nueva España de los siglos XVI y XVII, México, El Colegio de México. Sánchez Fernández, José Roberto (1998). Bailes y sones deshonestos en la Nueva España, Veracruz, Méx., Instituto Veracruzano de Cultura, Cuaderno de Cultura Popular.

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Después de años de trabajo llegan los beneficios académicos

La Facultad de Humanidades ha asumido una nueva dinámica en la que el trabajo se ha superpuesto a las diferencias. El esfuerzo y convicción de todos los miembros de la comunidad –alumnos, académicos y personal administrativo– buscan un objetivo común: el intenso cultivo de los valores humanísticos en nosotros y en nuestros radios de acción. Los humanistas estamos orgullosos de ser reconocidos como críticos y propositivos. A tres años de haber implantado en la facultad los planes de estudio basados en el modelo de innovación curricular, podemos constatar un intenso compromiso institucional y de la comunidad por evaluar y acreditar nuestros programas educativos. La Asociación para la Acreditación y Certificación en Ciencias Sociales (Acceciso) nos visitó en junio de 2006 y evaluó las licenciaturas de Ciencias de la Información Documental (CID) e Historia, las cuales fueron acreditadas en ese mismo año. Así, 407 alumnos (47% de la matrícula) estudian en programas de calidad académica. El programa educativo de Artes Teatrales, actualmente en nivel 2, recibió recientemente la visita de los Comités Interinstitucionales de Evaluación de la Educación Superior (CIEES) para obtener el nivel 1 y se está a la espera del resultado. Desde 2006, las licenciaturas en CID, Historia, Filosofía y Letras Latinoamericanas cuentan con el nivel 1 de los CIEES. Por consiguiente, en la facultad 779 alumnos cursan programas educativos de calidad: 90% de nuestra matrícula. Estos resultados contribuyeron a ubicar a la UAEM en el segundo lugar de universidades nacionales que imparten programas educativos de calidad y a situarla entre las 15 mejores universidades, según el aval del Consorcio de Universidades Mexicanas (Cumex). Los HH consejos Académico y de Gobierno, cuyos acuerdos se difunden mes con mes, han aprobado 76.5% de los programas de estudios por competencia de las unidades de aprendizaje de nuestras cinco licenciaturas; el resto se halla en etapa de revisión en las áreas

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académicas respectivas. La Facultad de Humanidades cuenta con una matrícula de 866 estudiantes: 87 están inscritos en Arte Dramático/ Artes Teatrales; Ciencias de la Información Documental tiene 125; Filosofía, 177; Historia, 282, y Letras Latinoamericanas, 195. En 2007 recibimos 313 solicitudes de ingreso y se inscribieron 209 alumnos, en tanto que egresaron 136, además de que 76 obtuvieron su título, 15 más que en el año anterior. Nos congratula que uno de nuestros egresados en CID haya obtenido el primer lugar del Premio Estatal sobre Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales 2007 en la categoría de Tesis de Licenciatura. Durante el periodo que se informa, egresaron cinco alumnos de doctorado y 13 de maestría; en tanto que se graduaron 13 alumnos –seis de doctorado y siete de maestría– y se realizaron diez exámenes predoctorales. La eficiencia terminal global del doctorado es de 93.7% y de la maestría, 96%. Estos números nos ubican encima de lo requerido por Conacyt y de la media institucional. Nuestro claustro cuenta con 55 profesores de tiempo completo, cinco de medio tiempo y 141 de asignatura. De los primeros, 23 son doctores, 23 maestros y 9 licenciados. Estos números son una fortaleza, pues estamos arriba de la media universitaria en cuanto a formación docente. Tenemos también motivo de orgullo por quienes han sido galardonados en las últimas fechas: la Mtra. María Elena Bribiesca Sumano obtuvo Mención al Mérito en la Labor de Archivos en el XII Premio Banamex Anastasio G. Saravia; el Premio Nacional Noemí Quezada, otorgado por el Comité Internacional de Otopames a la mejor tesis doctoral, al Dr. Gerardo González Reyes, y el Dr. Francisco Lizcano Fernández, acreedor del Premio Estatal de Ciencia y Tecnología por Concacyt-Estado de México. En el mismo renglón de la atención a los estudiantes,

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el Programa Institucional de Tutoría Académica (Proinsta) registra la participación de 109 académicos de nuestra facultad (14 más que en el año pasado), quienes benefician a 800 alumnos (93 más que en la evaluación anterior), con un promedio de siete alumnos por tutor. Los 55 profesores de tiempo completo participan en el programa, además de 54 docentes de asignatura que con noble vocación se han sumado a este sistema. Para atender al segmento más desprotegido de nuestros estudiantes, nuestra universidad ha desarrollado un notable programa de becas, el cual ha favorecido a un buen número de alumnos de este organismo académico. En 2007, se otorgaron 525 becas institucionales en sus diversas modalidades y 172 becas Pronabes, total 697; 554 estudiantes resultaron beneficiados, es decir, 64% de la matrícula. Recientemente fue inaugurado el Departamento de Filología “Luis Mario Schneider” (DFLMS) de la Facultad de Humanidades de la UAEM, ubicado en la finca El Olvido, en Malinalco. Esto nos permitirá en breve generar conocimiento especializado sobre historia y crítica de la literatura hispanoamericana, mejorar el empleo de los recursos académicos con que cuenta el DFLMS, y vincularlos con la investigación y los programas de licenciatura y posgrado de la facultad, así como con otras instituciones con intereses afines, como el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, El Colegio de México y la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, entre las más cercanas a nuestra entidad. Las líneas de investigación y aplicación del conocimiento son literatura hispanoamericana, literatura mexicana, en particular el periodo intermedio del siglo XX, y cultura regional. La extensión universitaria continúa con satisfactorios índices: 153 certificados de servicio social fueron liberados y 23 alumnos realizaron prácticas profesionales en distintas áreas del sector público y privado. A través del programa de Brigadas Universitarias Multidisciplinarias, 26 alumnos de las cinco licenciaturas de la facultad asistieron a diversas comunidades, donde detectaron conflictos cotidianos y trabajaron en su resolución. En cuanto a la infraestructura, otro mérito tecnológico es que más de la mitad de los equipos de cómputo de la facultad (específicamente 63.5%) está conectada a la red institucional. La relación alumno computadora es de ocho a uno. Sabido es que una de las principales herramientas de los humanistas es la biblioteca; nuestra facultad tiene doble motivo de orgullo –compromiso también para superar los ya meritorios logros académicos–: a la biblioteca Ignacio Manuel Altamirano –que de tiempo atrás cuenta

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con el mayor número de títulos y volúmenes de la UAEM, sólo después de la biblioteca central– sumamos ahora la biblioteca y el archivo del recientemente fundado DFLMS de la Facultad de Humanidades, con un acervo especializado en literatura hispanoamericana de aproximadamente 17 mil volúmenes, tres mil ejemplares de revistas y 250 cajas de documentos. Entonces, con sus dos bibliotecas, la facultad posee poco más de 50,000 títulos y cerca de 70,000 volúmenes, lo cual representa una relación de 55.8 títulos y 76.3 volúmenes por alumno. Contamos además con un programa de radio que se transmite todos los martes en la barra de Uniradio llamado La loca de la casa. Esta emisión ha sido muy bien recibida por los radioescuchas; en ella participan para la conducción y los reportajes principalmente alumnos de nuestra facultad en su primera fase, en tanto que en las entrevistas y en la elaboración de los guiones, los profesores colaboran de manera asidua. Hasta el momento se han transmitido de manera ininterrumpida 19 programas, en la primera etapa. Remontándonos al origen latino del término administración, encontramos que es un compuesto cuya traducción al español sería “proporcionar un servicio”. Conscientes de nuestra función en esta facultad, quienes ocupamos una posición administrativa nos esforzamos cada día por retribuir a la comunidad su confianza. El rumbo de esta administración está determinado por la legislación universitaria, por las necesidades y demandas de la sociedad a la que nos debemos y por la voluntad de nuestra comunidad, puesto que Humanidades se ha caracterizado por ofrecer soluciones holísticas a problemas complejos.

Texto: Sara Rivera. Datos obtenidos del segundo informe anual de la administración 2006-2010, Facultad de Humanidades.

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Revista electrónica semestral Monedero de Palabras Facultad de Humanidades Lineamientos

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Escuchen Humanidades e n UN Ir a d i o Todos los martes 19:00 a 20:00 hrs. 99.7 FM

Coordinador del programa: Lic. en L.L. Martín Mondragón Arriaga

1. Monedero de Palabras es una revista electrónica que publica la producción académica (trabajo monográfico, ensayo, reseña, artículo) de la comunidad estudiantil de la Facultad de Humanidades. 2. El consejo de la revista está conformado por estudiantes y maestros de la facultad. 3. Los textos deben tener una extensión máxima de veinte cuartillas y mínima de cinco (letra de 12 puntos y a doble espacio), entregarse en versión impresa y con respaldo electrónico e ir avalados con la firma de un maestro de la materia o de la facultad. 4. El consejo de la revista someterá a evaluación los textos. 5. La revista se reserva el derecho de hacer los cambios editoriales que considere convenientes. 6. Los autores ceden los derechos de su colaboración a la UAEMéx, de acuerdo con los lineamientos de la propia universidad. 7. Cualquier otro asunto no previsto en los anteriores será resuelto por el consejo de la revista. Monedero de Palabras tiene seis secciones, de acuerdo con el tema que trate la colaboración: a) Letras. b) Filosofía. c) Artes teatrales. d) Ciencias de la información documental. e) Historia. f) Subterráneos: creación literaria o gráfica. La entrega de los materiales es en la dirección electrónica monederodepalabras@gmail.com o en el Departamento de Comunicación con el Lic. Roberto Sverdrup o en la Coordinación de Letras Latinoamericanas con el Lic. Gregorio Martín Mondragón Arriaga.

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