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de Lector vidas

miercolees

leer más allá

¿El más grande novelista de la historia?

Ilia

La guerra de Crimea

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León Tolstói

No. 29 Noviembre 2017 Año III

Santiago de Querétaro, Querétaro OTRAS ARTES escritores queretanos Los rostros de Ana Osvaldo Fernández

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Estimado Lector, este mes cae el invierno cruento, más no como aquellos que vivió y sufrió nuestro escritor ruso del mes: León Tolstói. Una figura única e inigualable, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura universal. Tolstói murió de neumonía en 1910 a la edad de 82 años, pero dejó obras magníficas como Ana Karenina y Guerra y Paz; una lectura que definitivamente tiene que estar en tus must read antes de morir. En VIDAS, Roberto Delgado nos traza la vida de Tolstói, turbulenta en cuanto a que vivió varios frentes bélicos desde donde emergió entre la sangre uno de los más celebrados narradores de la historia. En el MIERCOLEES el cuento de Ilia nos ilustra que el protagonista, cuando fue pobre, fue más feliz que cuando fue el más rico del país. En LEER MÁS ALLÁ, Valeria detalla la guerra de Crimea, que sirvió de base para Tolstói, quien escribió múltiples episodios de su gran novela Guerra y Paz, derivados de Los Relatos de Sebastopol. En OTRAS ARTES, Addy nos muestra, con gran pericia, la enorme cantidad de obras y muestras artísticas que se derivaron de la gran obra de León: Ana Karenina. En ESCRITORES QUERETANOS, presentamos a Osvaldo Fernández, cuentista por excelencia y uno de mis escritores queretanos favoritos; podrás leer dos fantásticos cuentos: Doña Rabias y Mi huésped, lleno de locura e insectos que volverían loco a cualquiera. En RECOMENDACIONES presentamos Cuando lleguen los tordos, el título más reciente publicado por nosotros, una excelente novela histórica mexicana de Patricia Betancourt. Espero disfrutes este número lleno de letras. Feliz noviembre. PRT


Noviembre 2017 Santiago de Querétaro, Querétaro Dirección editorial Patricio Rebollar

Vidas

¿EL MÁS GRANDE NOVELISTA DE LA HISTORIA? Roberto Delgado

MiercoLees ILIA León Tolstói

Leer más allá

LA GUERRA DE CRIMEA Valeria García Origel

Otras artes

LOS ROSTROS DE ANA Addy Melba

Escritores Queretanos

DOÑA RABIAS / MI HUÉSPED Osvaldo Fernández

Asistencia editorial Valeria García Origel Relaciones Públicas Diana Pesquera Circulación y promoción Librerías Nuevos Horizontes, Librería Sancho Panza, Amadeus, Punta del Cielo, La Charamusca, Dipac, Moser Kafé. Colaboradores Patricio Rebollar, Diana Pesquera, Valeria García Origel, Addy Melba Espinosa, Roberto Delgado Ríos, Osvaldo Fernández.

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L de Lector. Noviembre 2017, año III, No. 29. Publicación mensual editada por Par Tres Editores, S.A. de C.V., Fray José de la Coruña 243, colonia Quintas del Marqués, 76047, Santiago de Querétaro, Querétaro. Sitio web: www. par-tres.com, blogpartres@gmail.com. Editor Responsable: Patricio Rebollar. ISSN: 2448-5586 tramitado por el Instituto Nacional de Derechos de Autor. Impreso por Hear Industria Gráfica, ubicado en Calle 1, No. 101, Zona Industrial Benito Juárez, 76120, Santiago de Querétaro, Querétaro, este número se terminó de imprimir el 31 de Octubre de 2017 con un tiraje de 1000 ejemplares.

Se permite la reproducción parcial de esta obra en lo concerniente al texto del Autor del Mes en virtud de encontrarse libre de Derechos de Autor, en cuanto a las demás secciones de la publicación, se prohíbe su reproducción parcial o total, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito de los titulares de los derechos correspondientes.


3 vidas ¿El más grande novelista de la historia? Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo.

Tolstoi.

Al escuchar esta memorable frase, podríamos pensar en alguien que nació con poco acceso a la riqueza y enarboló la austeridad durante su vida. Lo más interesante del caso, es que Lev Nikolaievich Tolstoi fue el cuarto hijo de Condes rusos del siglo XIX. Y no solamente eso, su abuelo materno fue tanto príncipe como embajador en Alemania y su abuelo paterno gobernador de la antigua provincia de Kazan. Todo apuntaba para que aquel bebé nacido en septiembre de 1828 fuera un miembro más de la predecible aristocracia. Pero vayamos por partes. La primera mitad del siglo que lo vio nacer, fue turbulento para su país. Primero sufrieron la invasión francesa (con la participación del padre de Tolstoi) y posteriormente se enfrascaron la guerra turca, persa y la polaca. Varios frentes bélicos desde donde emergió entre la sangre uno de los más celebrados narradores de la historia. León Tolstoi perdió a su madre a los dos años y a su padre a los nueve años, por lo que fue educado por parientes cercanos. En 1844, intentó estudiar leyes pero abandonó la universidad para comenzar a aficionarse por el juego y acumular deudas. Un perfil clásico de una persona sin futuro. En aquella época, comenzó a conocer más a los siervos que atendían a su familia y quedó fuertemente impactado por el sufrimiento de los menos aventajados. Por lo tanto, buscó obsesivamente servir a su país de alguna forma y fue cuando se alistó en el ejército. Cuando portó el unifor-

Por Roberto Delgado

me militar, comenzó a escribir de manera constante. Una experiencia que lo cambió todo para él: se decepcionó del gobierno, se volvió devoto de la paz y le insertó sus experiencias a sus mejores novelas. Sus comienzos como escritor publicado fueron en la revista Sovremennik, para posteriormente entregar la trilogía autobiográfica Infancia, adolescencia y juventud (1852-1857), Relatos de Sebastopol (1855), Felicidad Conyugal (1859) y hasta creó la revista Yasnaia Poliana de corte pedagógico. Pero fue entre 1865 y 1878 en que el mundo cayó rendido ante su talento con Guerra y Paz y Ana Karenina. Otros títulos como La Muerte de Ivan Ilich y Los Cosacos, tuvieron también relevancia aunque ninguna logró igualar a sus dos obras cumbre. Tolstoi fue un hombre profundo, un pensador social quien buscaba que todo fuera pacífico, bello, breve, simple y claro. Un hombre de ascendencia privilegiada que aborreció los lujos. Un adulto al que le causaba extrañeza que se buscara la instrucción de los niños aburriéndolos ya que defendía la idea que el niño aprende más cuando se divierte. Un tipo que se convirtió en un fenómeno cultural mundial y a quien muchos le atribuyen la etiqueta del más grande novelista de la historia. Guerra y Paz tiene 1,225 páginas y ha sido sujeta de análisis ya que en muchos ángulos va a caballo entre la novela y el ensayo. Hemingway alguna vez dijo: “no conozco a nadie que escriba de la guerra con tanta maestría como Tolstoi”. Padre de trece hijos, León Tolstoi murió a los 82 años. Un invierno de 1910, dentro de una estación de ferrocarril, encontraron a un genio quien huía de sus posesiones materiales. Justo como él siempre quiso.


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Ilia Vivía en la región de Ufim un bachir llamado Ilia. Hacía apenas un año que lo había casado su padre, cuando éste murió, dejándole poca cosa. Ilia tenía en aquel entonces siete yeguas, dos vacas y veinte carneros. Pero era un muchacho trabajador y ahorrativo; en poco tiempo se acrecentó su patrimonio. Todo el día trabajaba, y su mujer lo ayudaba. Se levantaba más temprano, se acostaba más tarde que los demás, y se iba enriqueciendo poco a poco. E Ilia vivió así, trabajando durante treinta y cinco años y reunió una gran fortuna. Tenía doscientos caballos, ciento cincuenta cabezas de ganado mayor y mil doscientos corderos. Los criados conducían los rebaños a los pastos; las criadas ordeñaban a las yeguas y a las vacas, hacían kumiss, manteca y queso. Todo era abundante en casa de Ilia, y sus paisanos lo envidiaban. –¡Qué dichoso es este Ilia! –decían–. Está repleto de bienes. Bien puede decirse de él que ha hallado el paraíso en la vida. La gente sencilla solicitaba su amistad, y de lejos acudían para verlo. Él recibía bien a todos y les daba comida y bebida. A cuantos lo visitaban, Ilia hacía hervir kumiss, té, yerba y carnero. Si llegaba un forastero, mataba un carnero o dos; y si eran varios, hasta mataba una yegua. Ilia tenía dos hijos y una hija. A los tres los casó. Cuando era pobre, sus hijos lo ayudaban en sus trabajos, y hasta guardaban las piaras de caballos. Cuando se vieron ricos, los varones empezaron a divertirse y uno se dio a beber. Al mayor lo mataron en una riña;

Por León Tolstói el otro, habiéndose casado con una mujer orgullosa, dejó de escuchar a su padre; Ilia se vio precisado a separarse de él. Le dio una casa con ganados, lo que mermó la riqueza de Ilia. Al poco tiempo, se desarrolló una enfermedad entre los carneros, que le mató un gran número. Luego atravesaron un año de gran escasez; los prados no produjeron pastos y se murió el ganado en gran cantidad durante el invierno. Después, las plagas se apoderaron de una buena parte de su tierra y cada día disminuía la hacienda de Ilia. Su miseria aumentaba, mientras que sus fuerzas desaparecían. Sucedió que, a los setenta años, se vio precisado a vender sus chubas, sus tapices, sus sillas de montar, sus kibitkas, y vendió también hasta su última cabeza de ganado. De modo que, sin advertirlo, no le quedó nada. Y tuvo que irse con su mujer, en la vejez, a servir a los demás. Sólo tenía en el mundo los vestidos que llevaba puestos, un bastón, un par de zapatos, un gorro, y su mujer, Scham-Schemaghi, tan anciana como él. Su hijo se había ido a países lejanos; su hija había muerto: a nadie tenían para ayudarlos. Su vecino, Mukhamed-Schah, de regular posición, hacía la vida uniforme de un buen hombre. Recordó la bondad de Ilia, se compadeció de él y le dijo: –Ven a vivir a mi casa con tu mujer. En verano, harás jornales para mí; en invierno, te cuidarás de dar la comida al ganado y Scham-Schemaghi ordeñará las yeguas y hará kumiss. Yo los alimentaré y vestiré a los dos. No dejaré que les falte nada.


Ilia dio las gracias a su vecino y se fue con su mujer a servir a Mukhamed-Schah. Al principio, su nueva vida les pareció dura. Luego se acostumbraron y trabajaron según sus fuerzas. El amo se felicitaba de haber tomado a aquellos criados, pues los dos ancianos, habiendo sido amos también, desempeñaban admirablemente los trabajos de la casa, y no estaban nunca sin hacer o en la medida que sus fuerzas se lo permitían. Pero a Mukhamed-Schah le daba mucha compasión verlos a ellos, antes tan ricos, y ahora sin nada suyo. Llegó un día en que unos parientes vinieron desde muy lejos a visitar a Mukhamed-Schah. Entre ellos había un noble. Mandó que tomaran un carnero y que lo mataran. Ilia mató uno, lo hizo asar y lo mandó a los huéspedes de su amo. Estos comieron, pues, carnero, luego tomaron té y kummis y hablaron entre sí. Pasó en aquel momento Ilia por delante de la puerta, ya que había concluido su trabajo, Mukhamed-Schah lo vio, y dijo a uno de sus comensales: –¿Has visto al anciano que acaba de pasar? –Lo he visto. ¿Qué tiene de notable ese hombre? –Verás. Era el más rico del país. Se llama Ilia: quizá has oído nombrarle alguna vez… –¡Ya lo creo! –dijo el otro–. No lo había visto nunca, pero su fama es grande. –Pues ahora no tiene nada absolutamente. Vive en mi casa de criado y su mujer ordeña mis yeguas. El otro, sorprendido, meneó la cabeza en señal de duda. –Sí puedes creerme: la dicha da vueltas como una rueda que eleva a unos y baja a los otros. –¿Y está triste ese anciano? –¿Quién puede decirlo? Vive apaciblemente y trabaja bien.

–¿Será posible hablarle? –dijo el huésped entonces–; ¿preguntarle sobre su vida? –¿Por qué no? –dijo el dueño. Y gritó entonces fuera de la kibitka: –¡Babai! (es decir, «abuelo», en lengua baschkir). Ven a beber kumiss con nosotros, y tráete a Scham-Schemaghi. Entró Ilia con su mujer. Saludaron al dueño y a los huéspedes. Luego Ilia dijo la oración y se agachó cerca de la puerta, mientras que su mujer pasó por detrás de la cortina, y fue a sentarse con su amo. Dieron una taza de kumiss a Ilia, se inclinó, bebió un sorbo y dejó la taza. –Dime, abuelo –profirió el huésped–, debe afligirte el mirarnos, pensando en tu vida pasada, y comparando tu dicha de antes con la vida triste que tienes actualmente. Ilia se sonrió y contestó: –Si te hablase yo mismo de mi felicidad o de mi desgracia, acaso no me creerías. Pregúntale mejor a mi babá; tiene el corazón en la lengua; te dirá la verdad. Y el otro gritó hacia la cortina: –Ea, babuchka, dime lo que piensas acerca de tu pasada dicha y de tu actual desgracia. Y Scham-Shemaghi contestó desde su sitio: –Verás lo que pienso: hemos vivido cincuenta años con mi marido buscando la felicidad, sin poder hallarla. Sólo ahora, desde dos años que no tenemos nada y vivimos a expensas de otro, sólo ahora hemos hallado la verdadera dicha. No pedimos otra cosa. Se quedaron el dueño y los huéspedes muy sorprendidos. El primero se levantó y alzó la cortina para ver a la babuchka. Y la vio en pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, y se sonreía al mirar a su esposo, y el esposo se sonreía también. Y la anciana prosiguió: –He dicho la verdad, hablo en serio. Durante medio siglo habíamos buscado la dicha; siendo ricos no la en-


contramos. Y ahora que no nos queda pensar en la salvación de nuestra alma nada nuestro y que vivimos en casa y rogar a Dios. Buscamos la felicidad ajena, hemos hallado la felicidad y no durante cincuenta años: y hasta ahora no la hemos encontrado. deseamos otra cosa más. Los invitados se echaron a reír. E Ilia –¿En qué consiste la dicha de que les dijo: gozan ahora? –No se rían, hermanos míos: no es –Sencillamente, en que cuando éramos ricos no teníamos ni él ni yo un broma lo que ha dicho mi babá, así es momento de descanso. No podíamos toda la vida del hombre. ¡Cuán necios ni hablar un rato solos, ni pensar en éramos, cuando al principio llorábala salvación de nuestra alma, ni rogar mos por nuestras riquezas! Mas ahora, a Dios. ¡Cuántas preocupaciones! A lo Dios nos ha hecho ver la verdad; y no mejor nos llegaba un huésped, y pen- es por gusto nuestro, sino para el provecho de ustedes, que se la revelamos sábamos: –Qué le serviremos? ¿Qué le regala- ahora. Y el noble dijo: remos para que tenga buena opinión –Eso es hablar con juicio. Ilia os ha de nosotros? »Luego, cuando el huésped se mar- dicho la verdad cierta: así la dice el Cochaba, era preciso vigilar a los criados, rán. Y los invitados, dejando de reír, se siempre dispuestos a no trabajar y a comer bien, y cuidábamos de que nuestra quedaron pensativos. hacienda no se malgastara y esto es un pecado. Otras veces temíamos que algún lobo se llevara un pollino o una Datos Curiosos ternera, o que nos robaran. Y una vez En 1844 comenzó a estudiar Derecho acostados, no podíamos dormir: ¡con tal de que los carneros no aplasten a I y Lenguas Orientales en la Universidad de Kazán, pero pronto abandonó sus los corderitos! Nos levantábamos, íbaestudios y regresó a Yásnaya Poliana, mos a verlo por la noche. En cuanto para luego pasar gran parte de su tiemestábamos tranquilos por este lado, po entre Moscú y San Petersburgo. nuevas preocupaciones nos asaltaban. ¿Cómo haremos las provisiones para Tolstói no pertenecía al ejército, pero el ganado durante el invierno? No esen una de las campañas de la Guerra tábamos siempre de acuerdo mi made Crimea, el comandante, príncipe rido y yo: él quería hacer esto y yo lo II Aleksandr Bariátinski, repara en él y tras unos exámenes Tolstói ingresa a la otro y de ahí el pecado. Así, pues, una brigada de artillería, en la misma batería angustia seguía a la otra y un pecado a que su hermano, como suboficial. otro: y no era feliz nuestra existencia. –¿Y ahora? Entusiasta lector del Ensayo sobre la –Ahora nos levantamos con mi madesobediencia civil del pensador norrido siempre unidos y en buen acuerteamericano Henry David Thoreau, do. Ni una discusión, ni un disgusto. envió a un periódico hindú un escrito Sólo tenemos una preocupación: sertitulado Carta a un hindú que desemvir bien al amo. Trabajamos como pobocó en un breve intercambio epistolar demos: trabajamos con gusto, para que III con Mahatma Gandhi, por entonces en Sudáfrica, influyendo profundamenlas cosas sean de provecho para el amo te el pensamiento de este último en el y no lo perjudiquen. Llegamos: el kuconcepto de resistencia no violenta, un miss está dispuesto, la comida servida. punto central de la visión del cristianisSi hace frío, tenemos kisiaks y chuba. mo de Tolstói Y podemos hablar cuanto queremos,


7 leer más allá La guerra de CrimeaPor Valeria García Origel

He adquirido la convicción de que casi todos eran hombres inmorales, malvados, sin carácter, muy inferiores al tipo de personas que yo había conocido en mi vida de bohemia militar. Y estaban felices y contentos, tal y como puede estarlo la gente cuya conciencia no los acusa de nada. Tolstói

Ante el temor de la posible desaparición del Imperio otomano y el expansionismo ruso, comienza una guerra en 1853 cerca de la base naval de Sebastopol, en la península de Crimea. El Imperio ruso se enfrenta a una alianza entre Francia, Reino Unido, el reino de Cerdeña y el Imperio otomano. Una serie de conflictos debilitaron las estructuras militares, políticas y económicas del gran Imperio otomano sin lugar a ninguna posibilidad de recuperarse. Rusia ocupó la península de Crimea entre otros territorios al norte del Mar Negro y pretendió asumir la autoridad y protección de la minoría cristiana ortodoxa. Rusia representaba ahora una amenaza. Francia y el Reino Unido temían un desequilibrio político entre las potencias europeas pues el Imperio otomano corría el riesgo de convertirse en un súbdito ruso. Al mismo tiempo, en Palestina, se disputaba el control de los Santos Lugares entre orientales y cristianos occidentales. Situación que Rusia aprovechó para exigir de los otomanos concesiones que se negaron a otorgar, desencadenando así el primer enfrentamiento entre imperios. Previniendo que el imperio austriaco interviniese en favor del enemigo, Francia y Londres se unen atacando entonces la base naval donde se encontraba

la flota rusa del Mar Negro. Venciendo por fin la resistencia de Rusia, se firma el Tratado de París en 1856 y comienza el resurgimiento de Francia como potencia, sin embargo, no se termina de resolver la problemática que desató la pérdida de autoridad por parte del Imperio otomano en Europa. El conflicto, representó para Rusia un episodio de humillación que la orilló al rencor hacia las potencias occidentales que apoyaron al Imperio otomano, pero el espíritu ruso de resistencia ante la amenaza hacia la madre Rusia continuó intacto, imagen plasmada en los Relatos de Sebastopol. León Tolstoi, instado por su hermano Nikolái, teniente de artillería, forma parte de la guerra y, a pesar de no pertenecer al ejército y de no disfrutar en lo absoluto del tiempo en batalla, se convierte en suboficial. Al ser testigo de las desgracias causadas tanto por la guerra como por el cruel invierno que enfermó a los soldados en el sitio de Sebastopol, Tolstoi volvió a San Petersburgo, sintiéndose desolado pero con un gran legado para la literatura. Los Relatos de Sebastopol, fungen como esbozos para muchos de los episodios de la obra maestra, Guerra y Paz, del autor al que se dedica este L de lector. En ellos documenta sus experiencias durante el conflicto de Crimea y sobre todo, examina la vanidad y futilidad de la guerra. El autor concluye que hay un único héroe en la historia y es: la verdad. Así, Tolstoi nos recuerda lo que hasta nuestros días no deja de ser una realidad absoluta y tajante, la guerra no es más que un acto egoísta y vacío y el heroísmo no se encuentra en las batallas, si no en la palabra.


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OTRAS ARTES

Los rostros de Ana Ana Karenina es sin duda un personaje icónico no solo en la obra de Tolstoi, tiene un lugar privilegiado en la literatura universal. Es un personaje que, si ha sido representado una y otra vez, no es solo por la calidad de la obra y su impacto en el realismo, es también por la vigencia del personaje que representa muchas de las injusticias de género que aún hoy prevalecen en la sociedad. Ana Karenina fue llevada al ballet en 1972 por Rodión Schederin, a la ópera por David Carlson y a la gran pantalla en casi una decena de ocasiones, destacando en los rostros de Ana dos grandes interpretaciones: Greta Garbo y Keira Knightely. En 1935 se estrenó en el Capito Theather “Anna Karenina” dirigida por Clarence Brown y con Greta Garbo en el papel principal. Esta película se encuentra en el número 42 de la lista “100 años, 100 pasiones” del American Film Institute. Previo al lanzamiento de este filme, Garbo había interpretado a Ana en el largometraje de cine mudo “Love”. Sin embargo, el final feliz de esta versión la dejó fuera de la lista oficial de adaptaciones de la obra. Greta Garbo fue una de las actrices más icónicas en los inicios del séptimo arte y una de las pocas en triunfar en la transición del cine mudo al cine sonoro. Su interpretación de Ana le valió el premio NYFCC en 1936 como mejor actriz y el reconocimiento de la crítica y el público. Esta adaptación también contó con las actuaciones de Frederich March, Maureen O’Sullivan y Basil Rathbone en el papel de Karenin; este último pasó a

9 Por Addy Melba

la historia por su brillante interpretación de otro clásico de la literatura: Sherlock Holmes de Arthur Connan Doyle. Y en contraste con este clásico de Hollywood, tenemos una de las adaptaciones más recientes: la británica “Anna Karenina” se estrenó en 2012 con Keira Knightley en el papel principal. En esta versión destaca el uso de escenografía teatral que deja una sensación de falsedad no en el escenario, sino en la burguesía rusa. Una obra que por momentos pierde la complejidad de la historia original y parece más una historia trágica de amor y no una crítica profunda a una sociedad que no dista tanto, al menos en prejuicios de género, de la nuestra. En lo que si destaca esta versión es en el reconocimiento de la crítica. Por un lado la evolución del cine desde la época de Garbo, permite que la difusión de la película así como los certámenes en los que pudo participar sea bastante más amplia, dejando a la obra de Wright con más de 25 nominaciones a diferentes premios, incluidos los Óscares en los que se llevaron el galardón a “Mejor diseño de vestuario”. Keira Knightley, en su interpretación de Ana, estuvo nominada como mejor actriz por la “Alianza de mujeres periodistas” y los “Premios Satélite”. Dos grandes rostros del cine. Dos interpretaciones dignas de admirarse. Dos grandes obras de arte que no serían posibles sin la obra de Tolstoi, quién en el rostro de Ana refleja a muchas mujeres no solo de su época y sociedad: el rostro de Ana, es el rostro de todas aquellas quienes abordan un tren de lucha que cuyo recorrido dura toda su vida.


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escritores Queretanos Doña Rabias / Mi huésped

Por Osvaldo Fernández

Osvaldo Fernández. (1977) Con la publicación del libro Muerte en las Alturas

y otros Relatos (Consejo Estatal, 2003) se incorpora de forma inmediata al panorama narrativo queretano. Osvaldo, delatando una sensibilidad tan genuina como siniestra, va condicionando a sus personajes mediante andamiajes orientados por el peso de la inteligencia y los virajes que derivan del relato clásico. Sus personajes, obligados a narrar de forma súbita, como deportados al final de la noche, buscan no sólo explicarse la naturaleza de su soledad sino acondicionarse y sentirse plenos en sus dominios, ocupar ese otoño inesperado imponiendo sus talentos de supervivencia a la adversidad planeada en cada relato.

Doña Rabias Cuando llegué por vez primera a habitar la casa de doña Rabias, todo estaba lleno de alacranes. Además, las paredes, recién pintadas con mal gusto y mala brocha de verde agua, daban un aspecto a mi habitación de gigantesca pecera. Ahí adentro viviría yo; yo que soy poeta y no soporto la vulgaridad. Pronto me decidí a coleccionar a los alacranes cuya picadura me tuvo más de una noche en vela. Los había de todos tamaños y colores. Del horror pasé al gusto y del gusto a la fascinación. Me convertí en un amante de los que en ese momento serían los únicos testigos de mi crimen. A semejanza del Raskolnikov de Dostoievski, yo también deseé ultimar a la persona que, de pronto, aborrecí como a ninguna. Sin embargo, no desconocía las artimañas de doña Rabias. Sus embrujos y sortilegios. Así que me decidí a actuar cautelosamente. Planearía el asesinato y luego no me arrepentiría. Porque si me arrepentía trazaría de antemano la parábola de la culpa y el remordimiento que me llevarían al suicidio (por mí tan temido) o a la cárcel (de la cuál salí no pocas veces y sí con mucha audacia). Las primeras semanas no hice nada sino aparentar que todo marchaba en orden. Me limité a escribir y no dije una palabra. Llegado el mes, pagué la renta y no quise esperar. Mataría a mi enemiga cruelmente,

de la peor manera que yo pudiera concebir. Sus agravios hacia mi persona eran más que suficientes: apagarme la luz a media noche –yo que tanto evado la oscuridad–; cerrar con candado la puerta de patio que daba al único baño; meterse, quién sabe cómo, a mi habitación, cuando yo salía a dar un paseo, y meter a su tarántula (Guillermina) entre mis cobijas; etcétera. Acaso lo único que le tenía que agradecer era su aparente ingenuidad, misma que me llevó, en mi locura, a idear el argumento de esta historia. Cuando uno aborrece a alguien, por ejemplo, por tener un ojo de vidrio, la cosa es fácil, se trata de una obsesión. Pero lo mío es psicosis. Por eso la falsa ingenuidad de doña Rabias se me hizo interesante. Difícil. Si algo no se me hace interesante o difícil desde un punto de vista filosófico, sencillamente no lo hago. Todos mis crímenes han sido fraguados desde una mente torcida que, sin embargo, mide consecuencias, calcula, es fría, maquinal, quirúrgica. Por eso no soy el clásico homicida que se deja atrapar con facilidad pues actúa por instinto, y las ocasiones que he estado en prisión ha sido por delitos fiscales; apuntando, cómo no, que allí he vivido como rey. No quiero extenderme más. Tan sólo diré que una noche me asomé por la ventana de mi habitación y supe que había llegado el momento. En la vaga tiniebla pude observar los ojos de pulga maliciosa de mi víctima.


Entonces fue necesaria un poco de sangre fría. Esperé a que entrara en la cocina, debajo de mi habitación. Luego, tomé de mi pequeña pecera un alacrán, dos, tres, incontables. Los metí en un bolso de grueso cuero negro y bajé las escaleras muy lentamente. Doña Rabias estaba en su hamaca, meciéndose. Lo demás no me atrevo a contarlo: es horrible. A la mañana siguiente dejé la casa de doña Rabias. Pero pronto volvería, para verificar el orden de las cosas. Ahora soy yo quien renta las habitaciones en esta enorme casona. Me he convertido en copia fiel de la que otrora fuera mi peor pesadilla. Un matrimonio ha ocupado el piso de arriba, temo por mi vida. Sé que no soy normal. No del todo. Por las noches oigo ruidos: ¿será el alma errante de doña Rabias?

Mi huésped Ayer salí de casa como lo hago todas las noches, con ganas de matar el tiempo, aunque yo creo que el tiempo es algo indestructible, como un soplo que no se agota nunca, por más que uno quiera, y, mientras deambulaba sin sentido por el barrio bajo, me encontré con que en mi respiración había algo extraño. Sobrevino el misterio y luego se mezcló con ansiedad y luego con vértigo. Pero esto tiene una explicación. No me pidan que sea una explicación coherente. Vivo encerrado en una prisión mental, donde no pasa nada y pasa todo. En un mundo ideal y no real. He dicho que salí. Y lo hice por destruir algo que me atormenta, pero nunca he sabido qué es ese algo. Me imagino que dentro de mí hay una abeja que no cabe en mi cuerpo y quiere salir por todos los poros, quiere salir, sea como sea pero va a salir, piensa ella, la muy cretina. Yo no sé a qué hora se metió ni cómo matarla. Acabaré con ella o ella acabará conmigo. En un principio sólo escuchaba (y esto muy de mañana) su leve zumbido en mis oídos. Lo llegué a confundir con el canto de las aves, que tanto me alivia. Pero no. No eran las aves, era el insecto malvado

que me habitaba ya sin que yo lo supiera. Como un puñal que da vueltas y vueltas dentro de una enorme bola de cristal. Con el paso del tiempo me dediqué a escribir poemas, y me hice, de una u otra manera, de una modesta computadora. Allí comenzaron los problemas. Justo cuando quería escribir, comenzaba el zumbido, cada vez más fuerte. Aún así seguía escribiendo mis poemas cursis. Hasta que una tarde noté que me dolía el pecho, el esternón, el pubis. Estaba de parto. Iba a dar a luz. Yo fumo mucho, dicho sea a la carrera, y como, cuando como, muy pero muy mal, sin embargo conozco la punzada pulmonar y los dolores de colón, etcétera, pero esto era otra cosa. Sí, me ardía el cuerpo entero y por mis tetillas salían chispitas de colores... Al día siguiente oriné miel. He seguido escribiendo cotidianamente y ahora no sólo poemas sino también mis pensamientos, todos rechazados en los talleres por cursis. Hoy la abeja se contorsiona dentro de mi cuerpo y se hincha y dobla y desdobla a su entero capricho. A veces, cuando voy a orinar, me arden los testículos. A veces surge el prurito debajo de mi lengua o me pasa cualquier otra cosa extraña que ya no me preocupa. Pero siempre tiene qué ver con la miel y la poesía. Finalmente, la abeja es mi huésped y a esta suerte estoy entregado por completo. Seguiré fumando y escribiendo y paseando por el barrio de madrugada. No sé por cuanto tiempo orinaré miel, pero no es importante. Probablemente un día me convierta en abeja y me salga un aguijoncillo por el ano. De ser así, me meteré dentro de ti y te haré escribir hasta que revientes. Biblioteca Digital de Escritores Queretanos Más textos de Osvaldo Emergente Aceite para dos Molusco Tierra sucia de mis mejores días La rebelión de las cochinillas


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Recomendaciones Cuando lleguen los tordos, es el relato de una saga familiar cuyo principio tiene lugar durante el Imperio de Maximiliano de Habsburgo y culmina hasta nuestros días. Una crónica de familia relatada entre un ir y venir al compás de las notas del tiempo e inmersa en el acontecer de los hechos históricos más relevantes de México y del mundo. Una narración en la cual los personajes concurren en una encrucijada de caminos, no por los designios del llamado destino, sino por sus propias decisiones de vida y cuyos secretos familiares fueron revelados tras los encuentros y las coincidencias del engranaje de la vida. Una historia donde los protagonistas encajan como piezas de un rompecabezas construido por los recuerdos y pesquisas de Natalia; adornada por su gusto a la naturaleza y aderezada con sus reflexiones al cuestionar de forma general el actuar del ser humano y de manera particular el proceder de su familia para encontrar su camino.

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L de Lector No. 29 (Noviembre 2017)  

AUTOR: León Tolstoi

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