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Nota Editorial Quiero viajar, bah, mejor quiero quedarme, ahorrar, imprimir esta revista, no, que sea digital, que circule en forma gratuita, aunque mejor cobrarla un peso, dos, a voluntad, el trabajo tiene que valer, si no vale no tiene cuerpo, se desintegra con el correr de los meses, quiero cobrar la revista para hacer fiestas, cenas, encuentros con los colaboradores, quiero que todos vengan al bardo, queremos, que sea nuestra, bah, no, mía, mejor pensar en uno, dos es multitud, imaginate cuatro, ayer pensábamos en que todo se corta a la mitad, en la demonización, en el bien y el mal, la ausencia de grises, me gusta, ya no me gusta, ¿y si nos gustara a medias? podría gustarnos una parte, ponele, ¿qué nos gusta?, ¿qué “nada” subjetiva es el gusto individual?, ¿a cuánta gente tiene que gustarle algo para que sirva, para que valga?, ¿para qué hacemos lo que hacemos?, ¿para gustarle a quién?, ¿para que nos diga que “le gusta” quién?, ¿para mostrar qué parte, nuestra, de los otros, del momento que somos cada vez dudamos? Bienvenidos a la histeria.

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SUMA

06. Peteco Muñoz Como siempre, por el bueno de Peteco Muñoz.

08. Relatos Breves. Marta Kern

O sobre la desmesura en la atención al cliente.

12. Deshojando margaritas. Nadia Marchione Una reseña que pone en evidencia que la histeria no es sólo un desorden femenino.

14. Madres del dolor. Javier Mascaro Poesía, Oeste, mujeres, y mundo digital.

16. Vida y obra de Fernando Legile. Sebastián Leonángeli. Un folletín escrito exclusivamente para la revista, en la era de Internet.

20.Inspirado en canciones. Iván Dessau Un cruce almibarado entre calles y despedidas.

22. 9 preguntas a Sergio Olguín.

28. Un inédito.

Josefina Infante Una periodista entrevista a un escritor y nos cuenta la aparición de su última novela “La fragilidad de los cuerpos”.

Hernán Domínguez Nimo “Cuando finalmente se encuentran hay amor en los ojos de ella”.

Artes Combinadas

10. Carta abierta. Ramiro Reyes

Tentempies

Editorial

Una historia tan corta y contundente que cualquier cosa que digamos develaría el final.


ARIO

78. Fe de erratas. Srta. T.O.C. Cuando nos mandamos alguna, preferimos contratar alguien que pida perdón por nosotros.

Artes Visuales

Música

Letras

72. A martillazos. Leticia Martín. Entrevista a la dramaturga Macarena Trigo con motivo de su obra Pie para el Beso.

56. Galería NQM. Santiago Fern’andez Pello. El instante histérico en la noche porteña.

52. Zombis. Rob Idem. La zaga de los vueltos de la muerte.

46. Entrevista a Nahuel Alfonso. Fernando Rodil Cómo se construye un buen fotógrafo.

42. El libro raro. John Jairo Rodríguez Saavedra Un escritor colombiano reseñado por otro escritor colombiano.

36. Encontronazos. Daniela Regert Nuevos choques, encuentros de sopetón, cruces sorprendes, repentinos.

30. Erroristas. Sub Coop Fotoreportaje del grupo que se la juega visibilizando el uso de transgénicos.

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PETECO

MUñOZ Por Peteco Muñoz Ilustración: María Chevallier


Tengo la impresión de que todo el tiempo en que me sometí a desgranar palabras sobre esta infecta publicación de páginas digitales (es decir, inexistentes, falaces, ilusorias), estuve, en verdad, esperando este momento. Se me ha encomendado hablar sobre la histeria. Y, sin la intención de hacer un alarde de derrotas amorosas, puedo afirmar que soy un docto en el tema con la misma seguridad con la que suelo salivar sobre la primera pareja de amantes felices con que me topo cada mañana por las calles de Buenos Aires. La histeria es un fenómeno netamente capitalista. Es un algoritmo perverso que constituye el elemento fundacional del mercado de amores, dignidades y autoestimas de toda metrópoli que se precie de occidental. Tras gastar hojas y hojas en intentar la expresión matemática de este proceso, y habiendo recordado que los chatos lectores de esta revista jamás comprenderán las sutilezas de la notación científica, he decidido explicar su funcionamiento por medio de simples palabras. Para que exista histeria deben existir dos elementos, el DESEADO y el DESEANTE. La histeria se define en la relación de estos dos elementos, ignorando cualquier tipo de cualidad intrínseca que cada uno de ellos detente. El deseado se puede llamar así en tanto exista un deseante que dirija a él tres estímulos: la atención, el deseo y la adoración. Cuando esto sucede, el autoestima del deseado se incrementa, a la vez que el autoestima del deseante pasa a un estado de posible reducción. Aquí es donde la movida puede definirse para el lado de la histeria o bien para algún lado más sano. Si, frente a los estímulos del deseante, el deseado experimenta deseo y procede al acercamiento, las leyes de la histeria se rompen, los autoestimas de deseante y deseado se nivelan y sobrevienen la felicidad y cantidades industriales de buen sexo. En cambio, si, ante los estímulos del deseante, el deseado no experimenta más que unas cosquillas en el orgullo, estamos ante las puertas mismas de la histeria, y aquí es donde comienza el baile. La esencia de la histeria es el desequilibrio. “¿Desequilibrio de qué?”, preguntará el lector desprevenido. “De deseos, atenciones y autoestimas, imbécil.”, responderé yo. Y luego sintetizaré: de dignidades. Desde que el sistema capitalista se afianzó como el tirano irreparable de la vida social, todos venimos al mundo a acumular. Acumular dinero, acumular bienes. Y también dignidad. Las prestaciones de la dignidad son amplias, aunque dudosas, pero, ante todo, codiciadas. Todos queremos ser muy dignos. Y

bien sabemos que para ser más dignos que lo que la igualdad social permite, debemos arrebatarle dignidad a los demás. Y aquí es donde la histeria se manifiesta: el deseado ofrece al deseante un puñado miserable de gestos ambiguos de consideración a cambio de obtener de él toneladas de atención, deseo y adoración con el fin de incrementar su autoestima, ergo, su dignidad. El deseante debe considerarse satisfecho, pues exigir un intercambio más justo redundaría en un ingrato alejamiento del deseado, y eso no es una opción. Es por eso que este vínculo perverso y desigual se sostuvo, se sostiene, y se sostendrá hasta que esta raza putrefacta que es el ser humano tenga a bien desplomarse de una vez sobre la tierra para nunca más levantarse. Y cada vez habrá menos deseados propietarios de millonadas de dignidad, y más deseantes con menos dignidad que un sorete de paloma. Párrafo aparte para el deseo, sobre el que, no obstante, sólo expondré una metáfora ilustrativa. Nadie entra en un restaurante que se ve vacío a través de la vidriera, pero hay colas eternas de gente esperando para entrar en uno que está lleno. Me ruborizo de tener que explicarlo, pero comprendo que estoy disertando ante una manada de simios: con el amor funciona de la misma manera. Deseamos a quien no tiene espacio para nosotros, y, en cambio, despreciamos a quien está dispuesto a atendernos rápida y cómodamente. Habiéndome explayado sobre una versión simplificada de mi teoría sobre la histeria, me despido, dejando apenas una esquela para toda mujer con la que he experimentado este fenómeno, y que me ha enseñado, a fin de cuentas, de qué va la historia del mundo: “Querida histérica: Quizás no hoy, quizás no mañana, pero algún día voy a cobrarme el vuelto de toda la atención que te presté, los poemas que te escribí y el corazón que te entregué a cambio de tu tenaz indiferencia. Y me lo voy a cobrar con tus tripas. Voy a sustraerlas prolijamente de tu cuerpo para luego trozarlas, freírlas y servirlas con una buena guarnición. Voy a alimentarme de tus entrañas para creer que de una vez se hizo justicia, que estamos a mano, y que, con cada bolo de tu carne que ingreso en la mía, estoy devolviéndome el orgullo que alguna vez supiste arrancarme. Vas a arder, hija de puta. Atentamente, Peteco Muñoz.”

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Relatos Breves

Brigitte. Por Marta Kern lustración: Jimena Salomone

Brigitte escribió su nombre con letras grandes en el libro de entradas. Puso cualquier dirección y cualquier teléfono. Se la veía de buen humor, decidida a aprovechar la semana de vacaciones que le habían dado en el bar donde trabajaba de camarera. Llevaba puestas unas botas de gamuza, minifalda, polera y un abrigo de corderoy hasta la rodilla. Tenía el pelo suelto y se acomodaba el flequillo que le tapaba un ojo. Vicente la acompañó hasta la habitación sin necesidad de llevarle el bolso, porque ella no lo soltó. Apenas cerró la puerta Brigitte apoyó sus cosas en el piso y se tiró en la cama boca arriba. Estiró su mano y del bolso sacó un paquete de Marlboro Ligth. Encendió uno. Después de la primera pitada miró la marca roja de rouge que quedó en el papel. Cuando lo terminó encendió otro, le imprimió la marca de rouge y lo apagó. Durante los días que siguieron salió a caminar. El pueblo era chico y no conocía a nadie, pero ella se arreglaba como si fuera a encontrarse con alguien. Almorzaba en un restaurante, después aterrizaba a un bar a tomar cerveza. Al rato volvía al hotel y hacía zapping entre programas de chimentos, novelas y videos en MTV. Después volvía a salir; cena en un bar, cerveza en otro. Estaba radiante. Sentía como si estuviera en otro país, donde nadie la conocía, donde podía hacer, usar o decir lo que se le antojara. Nadie le iba a preguntar al otro día dónde se había metido, ni por qué tenía olor a cigarrillo en el pelo. En aquel pueblo de casas bajas el invierno se sentía más invierno, pero a Brigitte no le molestaba a pesar de su minifalda. Disfrutaba buscando su silueta en el reflejo de las vidrieras, entraba a los kioscos y escuchaba su voz pidiendo cigarrillos. Se acercaba a los hombres y les pedía fuego. Algunos mentían que no tenían, otros sacaban el encendedor y en esos cinco segundos no le sacaban los ojos de encima. A ella le gustaba que se la quedaran mirando cuando se iba. Al tercer día Brigitte se levantó y fue al baño. Se pasó crema de limpieza por la cara que sacó después con un algodón. Mientras se secaba con la toalla se acercó al espejo. Los pelos de la barba estaban asomando de nuevo. Buscó la espuma de afeitar en el bolso y se cubrió la cara con una capa fina. Después de cada rasura limpiaba la hoja de acero bajo el chorro de agua. Un remolino espumoso se llevaba los pelos por la cañería. Aprovechó para afeitarse axilas, piernas y pecho. Salió del baño y fumó el primer cigarrillo del día, que a diferencia de los que se habían acumulado en el cenicero, no quedó con marcas de rouge. Pero esta vez Brigitte no reparó en eso. Su cabeza sumaba sueldos y propinas para calcular cuándo iba a poder pagarse la depilación definitiva.

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Carta abierta#4

lustración: Geraldine Schroeder

Mi nombre es Ramiro Reyes y llevo 24 años humanos siendo un histérico. La histeria es el canon primordial de la soberbia que llevo adentro, que la sociedad me hace sentir y que yo mismo me impongo día a día. Es la intolerancia; es querer juzgar todo sin dejarse sentir, sin tener la tranquilidad óptima en nuestros cuerpos y en nuestras mentes para no enterrarnos en el escarnio psíquico al que estamos sometidos todo el tiempo, haciendo de ese estado de la mente el que gobierna nuestras acciones y las consiguientes reacciones. Una enfermedad mental, un trastorno que le toca a todos sin preferencia de género y que sin más estalla sin aviso; su naturaleza es improvisada y engañosa. “¿De qué estará hablando este pelotudo?” podría preguntarse el lector con crítica beligerante y es justa la pregunta pero nada más que algunos ejemplos van a poder responder cualquier arrojo de duda. Trabajo en atención al cliente y ventas; de dorapa poniéndole la cara al problema ajeno por más pelotudo que pueda parecer. Con el respaldo de una empresa de corazón frío y que no me da garantías de tener una buena salud de manera sustentable. No le da garantías a nadie. Vivo en la vorágine que rebosa del capricho del insatisfecho y de la soberbia del pudiente. Yo- ¿quién sigue?, ¡Buen día!. Clienta- Quiero comprar el teléfono Samsung. Yo- Buen día, Señora. Le pediría tenga la amabilidad de saludarme primero. Clienta- Bueno, sí, quería comprar el teléfono ese de Samsung, ese que tiene internet. Yo- Señora, hay muchos teléfonos de la marca Samsung que tiene la capacidad de navegar en internet, ¿Podría ser un poco más específica o darme algún otro dato de lo que busca?. Clienta- Sí, lo que pasa es que yo lo había comprado por internet. Yo- ¿Cómo que lo había comprado?. ¿Lo compró, o no lo compró, Señora?. Clienta- Sí, pasa que mi madre lo pidió por teléfono y nunca llegó. Yo- ¿Canceló esa compra por teléfono?. Clienta- No, yo quiero comprarlo acá y que lo canceles vos.

Yo- Señora, ese no es mi trabajo. Si usted tiene un pedido hecho, le va a llegar en algún momento. Si yo le vendo un teléfono ahora, va a tener que pagar dos porque el otro le va a llegar y se lo van a cobrar. Clienta- ¡¿Vos me estás diciendo a mí, que no puedo comprar un celular si yo quiero!? ¡¿Y que además me vas a cobrar otra vez algo que ya pagué?!. Hubo un proceso nanosegúndico (Anote real academia Española, la palabra del siglo XXII) donde su deseo se dió por frustrado, ella se vio estafada. No pudo contenerse, gritó, estalló en ira por no poder adquirir lo que deseaba en ese momento. Como los chicos que se ven hoy por la calle, a las salidas de los primarios e inclusive más chicos; “Quiero el kiosko, quiero ir mamá, el kiosko”. Una plausible Tano Pasman. ¿Qué nos lleva a este comportamiento? Insisto, esto es una enfermedad que nos fomentan tal como vienen sabiendo hacer. Es contagiosa, asintomática y crónica. La mente también puede no gozar de salud y bienestar; histeria es estrés, histeria es cáncer, histeria son paros cardíacos. Histeria es un organismo diciéndole a otro que no puede más, que no está en sintonía con el marchar del universo. Un laburo estresante, metas incumplidas, mala alimentación. Todo va sumando cada día y produce un estado de malestar; las metas cada vez son más lejanas y la nafta cada vez más cara haciendo imposible ir a gamba o en bici. Hay que motorizarnos, hay que reinventarnos, hay que dejarnos creer que podemos manipular el tiempo. ¡EL TIEMPO!. Nos dicen que el día, es UN día y lo cronometramos desde que empieza hasta que nos dicen que es otro día. También por eso siempre digo que hay que tener cierto respeto, algo de cintura cuando uno se aproxima a donde a uno lo encadenan; por ejemplo a un McDonalds. No trates mal al tipo que está a punto de servirte comida; te la va a escupir. Uno se vuelve intolerante. Todos los momentos son iguales, no se deja disfrutar y vive en un ciclo monótono e inmanente, donde lo único que cambia son los numeritos del almanaque. La cura es igual que la enfermedad; se trata de respirar hondo cada oportunidad en la que percibimos que va a colisionar nuestro cerebro, cada vez que no podamos entender ni creer en la estupidez humana y tolerar. Acumular tolerancia de este estilo, puede llevarnos a explotar de misma manera resultando la cura un agregado de la enfermedad. Dejémonos de joder muchachos. ¿Quién sigue?

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Cine

DESHOJANDO

MARGARITAS Por Nadia Marchione. Ilustración: Brenda Fahey.

Vamos a hablar de histeria. Pero no de la histeria patológica, la de la definición de la Real Academia. Vamos a hablar de lo que en nuestro lenguaje cotidiano definimos como histeria. Le decimos histeria a la falta de claridad, a la indecisión, a los comportamientos neuróticos de alguien que está en un permanente tira y afloje con alguna situación. Se es histérico cuando se quiere pero no, cuando se busca pero no, cuando se sugiere pero no. Y es en este sentido amplio que podemos decir que el cortometraje No me ama, de Martín Piroyansky habla de la histeria. La novedad: no es una mujer la histérica (que siempre se asocia la histeria con lo femenino, después de siglos de psicoanálisis), sino un hombre. Un chico que no puede soportar el hecho de que su novia de hace dos años no le haya dicho nunca: “te amo”, y teje diferentes estrategias para conseguirlo. El principal acierto de Piroyansky en el tratamiento argumental es el uso de la voz en off. Un recurso que se presenta aquí como una voz interior marcadamente personal que adquiere forma de catarata de ideas que no para. La voz en off lleva al espectador hacia el centro mismo de la cabeza del personaje, transmite el clima de sus pensamientos, el encierro que provoca, la obsesión que crece y crece hasta desembocar en el inevitable final. Esta voz en off genera un contrapunto muy interesante con las imágenes. Las escenas reales comentadas por esta voz que no deja de obsesionarse, adquiere otro relieve; las situaciones proyectadas dan aire al clima de encierro que genera esa voz en off tan atormentada. Y así, de esta dialéctica nace, inevitable, el marcado y personal sentido del humor que atraviesa todo el corto. Martín Piroyansky dirige y protagoniza este cortometraje del año 2009 que puede verse online en Comunidad Zoom. Muy muy recomendable, con excelentes actuaciones y un guión divertido y en el que es inevitable encontrarse reflejado de alguna u otra manera.

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Poesía

MADRES del TODO

Por Javier Mascaro. Ilustración: Apen (Juan Devoto)

Chicas Mujeres Madres del todo Madres del toda Tenemos que entrar por el medio de tus piernas Tenemos que salir por el medio de tus piernas Tenemos que empezar por el medio de tus piernas Tenemos que ser desde ahí Tenemos que ser a través de ahí Tenemos que volver a confiar en ustedes Las únicas que pueden dar vida Tienen el poder natural de la hembra El poder de abrir las piernas Y largar a la vida una vida Pero es por ahí Porque por el medio de tus piernas comienza todo La mujer moderna tiene que descubrir nuevamente su instinto. Mandá mujer al 2020 Y descubrilo.

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Folletín Cap.2

Vida y obra

de Fernando Legile. Por Sebastián Leonangeli Ilustración: Pablo Pikachu

—Nada como comer mientras cagás – dijo Paco mientras salía del baño agitando el sándwich que todavía tenía en la mano. Detrás de él, el depósito del inodoro seguía haciendo ruido mientras se cargaba. Paco siguió: —Es como que te vaciás mientras te llenás - y agregó después del mordisco final – medio lo que me pasa cuando leo los libros de mi viejo. Arturo no entendió la metáfora pero tampoco le importaba. Por lo pronto estaba agradeciendo no haberlo encontrado tirado en el piso pasado de merca o algo así. Por suerte estaba de pie, bastante lúcido y con pinta de haber dormido. —Así que mi vieja no te dio pelota, ¿no? – preguntó Paco mientras le alcanzaba una cerveza chica. —No – respondió después de pegarle un trago – últimamente las mujeres y yo tenemos problemas de comunicación. —Me encantan tus eufemismos – le dijo riéndose – a mí siempre me pareció que de los dos vos escribías mejor. Arturo no contestó. Se limitó a seguir tomando de la cerveza. Paco no le caía bien. Nunca le había caído bien, y no estaba cómodo estando sólo con él. Le llevaba solamente diez años, pero tenía la sensación de estar hablando con un pendejo adolescente. Usaba las remeras anchas y largas, jeans caídos y zapatillas que debían ser fácil cinco números más grandes que su pie. Un mamarracho. No lo soportaba. Y menos a esa barbita finita que seguramente le llevaba más tiempo y cuidado que a una mina maquillarse. De nuevo se volvió a preguntar si todo eso era una buena idea. Paco se sentó en un sillón grande enfrente a Arturo. —¿Qué onda el funeral? —Qué se yo Paco, fue un funeral, tu viejo estaba muerto ahí en el medio y todos lloraban. Esas cosas no están buenas. – terminó la cerveza de un trago y le clavó la mirada - Vos tendrías que haber ido. - Ah, no me rompas las pelotas, si mi vieja tampoco fue. – Dijo levantándose y yendo hacia la heladera a buscar más cerveza.- Y vos no sé por qué fuiste, si su última palabra debe haber sido una puteada en contra tuya seguro. Paco acentuó el “tuya” apuntándolo con la tapa de una cerveza, antes de ofrecérsela. Pensaba que esos gestos hollywoodenses le daban cierta chapa de tipo piola. En realidad lo hacían quedar como un pelotudo. —¿Hablaste con tu editor de esto? Sí, había hablado con el editor, le había formalizado el visto bueno, y la única condición que le dió es que no le ponga un título malísimo como “Vida y obra de Fernando Legile” o algo así. Su editor sabía que Arturo tenía una marcada tendencia a los títulos pedorros. —Está todo bien con la editorial Paco, no te preocupés. Lo que necesito de vos es que me cuentes qué recordás de tu infancia. De Rosario, de cuando tus viejos estaban juntos.

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—¿Y hablaste de qué me toca a mí? —¿De qué te toca de qué? —De esto, del libro. De cómo se hace con los libros de mi viejo ahora que se murió. —Esto no es un libro “de” tu viejo Paco. Es un libro mío, sobre él, para que la gente que a diferencia tuya le interesaba un poco aunque sea, lo pueda leer. —Andá a cagar Artu, vos no te lo tuviste que bancar toda la vida, yo sí – dijo apuntándose los dedos al pecho y golpeándoselos. Otro gesto imbécil. —Contame cómo es eso de que te lo tuviste que bancar – tiró Arturo mientras prendía el grabador y lo apoyaba sobre la mesita. Al ver eso Paco ensayó una risa y movió la cabeza de lado a lado, exageradamente. —Sabés qué Artu, no sé si tengo ganas de hacer esto ahora. —Mirá vos, yo tampoco tengo ganas de escucharte ahora. Que se fuera a la mierda. Si antes había que cortar el ambiente con un tramontina, ahora hacía falta una sierra eléctrica. Le empezó a doler la cabeza. Ese departamento oscuro y de mal gusto le caía tan mal como Paco. Se terminó la cerveza de un saque. —Mejor hagamos así, yo te mando unas preguntas por mail y vos me las contestás, ¿dale? Paco quedó perplejo. Estaba acostumbrado a que le sigan el juego y Arturo no le iba a dar el gusto. —¿Estás seguro? —Sí, dale, abrime que tengo que reunirme con alguien en un rato. —Bueno, vamos. Paco agarró las llaves y fueron hacia la puerta. —Che, ¿Vicky cómo está? —Bien – contestó seco. —¿Hablan? —Hablamos – dijo, obviando el hecho de que el minuto de conversación del otro día había sido el primero en casi un año. Paco abrió la puerta. —Bueno, espero tu mail entonces. —Sí – dijo Arturo y caminó hacia el ascensor. Desde la puerta abierta, Paco preguntó: —Ey, ¿qué le vas a poner de título al libro? —No sé, había pensado en “Vida y obra de Fernando Legile” —Es un título de mierda. —Sí, no sos el primero que me lo dice. Las dudas lo asaltaron mientras la puerta del ascensor se cerraba. Tal vez lo que dijo Paco era cierto. Tal vez Fernando murió sin pensar en él como un amigo. De todos modos, eso ya no era lo importante. La pregunta era: ¿cuál es el próximo paso?

Continuará…


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Música

Inspirado en canciones Por Iván Dessau. Ilustración: Federico Endres

Algunas canciones nos conmueven. Otras nos alegran. Otras nos hacen mover la patita. Otras nos irritan. Y algunas, las menos frecuentes, las más misteriosas, nos empujan hacia los pantanosos terrenos de la escritura. Comparto con ustedes mis humildes intentos, y recomiendo la lectura con el tema sonando de fondo. Hoy: Los mareados” (Cadícamo-Cobián). Mi primera despedida fue perfecta. Yo tenía dieciseis y vos diecinueve. Estábamos en la terminal de ómnibus de Puerto Madryn. Vos subida al micro, mirándome desde la ventana. Yo, agitándote un ridículo pañuelo para hacerte reír. En tu mirada estaba todo: amor, nostalgia, complicidad y resignación. Una mirada poética que aceptaba el fin de las cosas con alegría. Porque vivíamos en distintas ciudades, y con bastante lucidez para la edad, no creíamos en los amores a distancia. Por eso fue perfecta. Porque desde el principio supimos que era inevitable. Después de semejante debut, era lógico que mis siguientes despedidas fueran todas barranca abajo. Viví muchas, o al menos suficientes como para afirmarlo. Convertí la despedida en un arte, y a cada esquina de la ciudad en mi propia terminal. Como la de Díaz Vélez y Bulnes. Donde a las tres de la mañana, sin un alma en la calle, apareció un taxi justo en el momento en que dijiste chau, como si hubiera escuchado todo detrás de un farol. O la de Fitz Roy y Santa Fe. Llorabas y pasaban los colectivos, con la gente mirándote a vos con compasión y a mí con desprecio. También recuerdo la de Defensa y Alsina. Ahí las lágrimas fueron mías, viendo cómo te ibas hacia Belgrano, esperando que te dieras vuelta al menos una vez antes de desaparecer para siempre. Pero inevitablente, estas escenas empezaron a aburrirme. Quisiera despedirme de las despedidas. Pero mis esfuerzos son inútiles, la esquina siempre aparece, y si hay algo que sobra en esta ciudad, son esquinas. Sólo me queda el poco envidiable orgullo de considerarme un coleccionista de despedidas. Y como todo coleccionista, cada vez quiero más a la primera. En cosas como estas pienso mientras camino por Almagro. Llegando a Guardia Vieja y Medrano, algo me desconcentra. Es un micro enorme, un poco vetusto, con un cartelito que dice Puerto Madryn-Buenos Aires. Frena delante de mí. Abre sus puertas como un telón. Y aparecés vos. Igual que hace catorce años. Linda, poética. Aunque tu mirada ya no tiene esa dulce resignación. No se bien qué tiene. No tengo tiempo de adivinarlo porque enseguida empezás a hablar. -Volví. Ya no nos vamos a despedir más. Me fui corriendo espantado hasta la primer avenida y frené el primer taxi que vi.

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“Al

periodismo

no lo va a salvar la buena escritura sino la INVESTIGACIÓN

bien hecha”. Por Josefina Infante Foto: Gustavo Pascaner


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Entre vista

En noviembre del año pasado, Sergio Olguín publicó su última novela hasta el momento: La fragilidad de los cuerpos, un relato que combina el suspenso del policial con la complejidad de los corazones abiertos bajo un escenario que ondea entre la crudeza de lo bonaerense y cierta clase media-alta porteña, condensada en la figura de Verónica Rosenthal, periodista estrella y confesado alter ego del autor. En esta entrevista a NQM, Olguín no sólo cuenta los pormenores de ese trabajo sino que también explica, entre otras cosas, por qué está cansado del periodismo y cómo se las ingenia para hacerle frente a uno de los mayores miedos de cualquier escritor: la página en blanco. NQM: Tu novela está atravesada por dos conceptos que son fundamentales para entender la literatura argentina del siglo XX: la violencia y los cuerpos. ¿En qué medida se acerca tu obra a esa tradición? SO: De alguna manera considero que mi escritura es una continuación de aquel realismo que incorporó la generación de [David] Viñas, la generación del cincuenta, que se apropia del cuerpo por primera vez. Antes, los cuerpos en la literatura argentina no transpiraban, no hedían, no sufrían. Son esa corporalidad y ese realismo los que están presentes en mis novelas. Hablando de Viñas, él decía: “El lenguaje a uno lo recorre, uno es su lenguaje”... Claro, por eso es tan ridículo hacer esa distinción entre aquellos escritores que “trabajan con el lenguaje” y aquellos que no. Por otra parte, no me interesa el lenguaje como un fuego de artificio. Es decir, el lenguaje es parte esencial de lo que yo escribo, no es algo complementario. Es lo que le da forma a la densidad de la trama, y esa densidad es la que me interesa, entendida no como argumento sino como una red en la que confluyen el argumento, los personajes, la escritura; me interesa trabajar la tensión que se establece entre todo eso. Y por último, me interesa lograr a través del lenguaje cierto efecto de época. Yo narro hoy, en el 2013, de una manera determinada, que tiene que ver con mi forma, con mi generación, con mi sociedad, con mi barrio, con todo lo que rodea al escritor.

¿Existe en vos ese “temor a la página en blanco”? En relación al tema, te cuento que hace un mes que no escribo, así que debería estar ya preocupado (risas). En realidad me despierta más preocupación que miedo, y cierto fastidio conmigo mismo, porque me la paso pelotudeando –con Twitter, por ejemplo– en vez de estar escribiendo. Hay un consejo que siempre daba [Ernest] Hemingway, que es abandonar el texto en el momento en que sabés qué vas a escribir al día siguiente. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo otra novela, una suerte de continuación de La fragilidad, y a veces me resulta un poco aburrido porque hay capítulos que cuentan lo mismo que se contó en el capítulo anterior, sólo que desde la perspectiva de diferentes personajes o narradores. Entonces, ya sé qué tengo que escribir a continuación y no me preocupo. En La fragilidad ocurre algo parecido con el narrador, sólo que es siempre una tercera persona que se mimetiza con cada personaje. ¿Por qué elegiste ese recurso? El narrador de La fragilidad está totalmente robado de [Georges] Simenon, que narra con lo que yo llamo una “falsa tercera persona”; es como si narraras desde adentro del personaje pero sin utilizar su lenguaje, su voz. Si mi novela fuera una película, la cámara estaría al lado del hombro de cada personaje. ¿Ese acercamiento entre el narrador y el personaje te trae problemas a la hora de escribir? En muchos casos sí. No me pasó precisamente en esta novela, pero sí en Oscura monótona sangre, donde yo –como autor, como escritor, como ser humano– estaba harto del personaje, me resultaba hasta desagradable, si bien no podía manifestar ese desagrado, porque de hacerlo estaba estableciendo un pacto con el lector en contra de ese personaje; y eso es algo que yo trato de evitar todo el tiempo. Es muy idiota esa complicidad que se establece entre el lector y el narrador como sabiéndose del lado de los buenos, a mí no me interesa esa lectura moral. Me interesa mucho más la (no) moral de ese narrador que puede contar cosas terribles sin juzgarlas. En todo caso que sea el lector el que llegue a esas conclusiones morales.

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¿No creés entonces que se dé una suerte de distinción entre “buenos” y “malos” en La fragilidad, a pesar de que el personaje de Verónica representa más que una ética periodística, una épica? De hecho, la llaman “Superchica”.

y no quieran salir a la calle a ver qué pasa. Pero bueno, si bien soy como Patricia, un poco “ateo del periodismo”, doy fe que cada tanto el periodismo renace de sus cenizas y te cruza con una buena nota, con artículos que escapan a la rutina.

No, porque si bien el Peque y Dientes la llaman de esa manera y ella posee un alto sentido de la moralidad o de la ética periodística, a su vez es un desastre en todo lo demás. A mí me interesaba construir un personaje así, bastante egoísta en su vida personal, con una vida afectiva caótica pero que a la hora de trabajar saca lo mejor de sí. Yo, en lo personal, admiro a esa gente que puede pasar de una situación de descontrol total a la de un excelente profesional; y hacer bien su trabajo. Y no hablo de trabajo en el sentido más capitalista del término. Verónica –por ejemplo– cumple con lo que ella quiere hacer, con su mandato propio, que no es el que le imponen los demás. Ella es una periodista que tiene muy claro qué es lo que quiere conseguir con su trabajo.

¿A qué te referís con “periodismo en estado puro”?

Como periodista, ¿alguna vez te viste en el lugar que ocupa Verónica, teniendo que llevar adelante una investigación riesgosa y dando todo de vos? No, ella es el periodista que me hubiera gustado ser, ella representa todo lo que yo pienso del periodismo y aquello en lo que creo. Ella quiere hacer periodismo en estado puro. Quizás me siento más identificado con el personaje de Patricia Beltrán, su editora. Ella sí se parece más a mí, más que nada en cuanto al cansancio que siente por su profesión, y en mi caso yo estoy medio harto del periodismo. Me falta esa energía que hay que tener para salir a la calle y cubrir una nota; de alguna manera envidio a los periodistas más jóvenes, pero sé que hoy en día ni en pedo lo hago, si hace frío me quedo en la redacción, ya perdí ese espíritu aventurero. Me acuerdo cuando tenía veintipico de años y no podía entender a los viejos que no querían hacer notas afuera; yo me agarraba todas esas notas, me iba a cualquier lado. Por eso no puedo creer que hoy en día haya chicos que están dando sus primeros pasos en el periodismo

Me cruzo muy seguido con gente que cree que el periodismo es una etapa inferior de la literatura, una etapa que tienen que superar para llegar a escribir el libro. Algo parecido ocurre con la crónica periodística que se erige como un género literario en donde lo que más importa es lo bien que se escriba. Hace poco leí una frase de un tipo al que admiro muchísimo, Juan José Millás, pero totalmente errónea desde mi punto de vista, que decía que al periodismo lo va a salvar la buena escritura. Yo no estoy de acuerdo con esa idea, yo creo que al periodismo lo salva el dato fidedigno, la investigación bien hecha. Eso se acerca más a lo que yo llamo periodismo en estado puro. Y no creo que no exista hoy, conozco a muchos periodistas a quienes lo que más les interesa es hacer periodismo. Entre ellos, Candelaria Schamun y Rodolfo Palacios. Bueno, y Verónica Rosenthal, pero ella se acerca más a una periodista de los años cuarenta o cincuenta, incluso se lleva mal con las nuevas tecnologías y no le interesan mucho las redes sociales. Y a vos, ¿te interesan? ¿Qué pensás de las redes sociales y de las revistas digitales? Con respecto a Facebook, no lo uso, y creo que es mejor así. De hecho, ya les prohibí a mis hermanas que posteen cosas sobre mí, porque ellas sí están todo el día conectadas. Uso bastante el Twitter. De hecho, el otro día surgió por ese medio una conversación sobre la revista V de Vian y yo dije que si tuviera veinte años menos no haría una revista de papel, haría un blog o una revista digital. Es el ámbito desde el cual hoy se puede hacer algo nuevo, innovador, sin el control de las empresas, y que a su vez permite que haya voces nuevas.


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Cuando finalmente se encuentran, hay amor en los ojos de ella. Por Hernán Domínguez Nimo. Ilustración. Otto Soria.

La primera vez, él no repara en ella. Va camino a la oficina, maletín en mano, a buen ritmo para no llegar tarde. El tren frenó dos estaciones antes, paro por reclamos, y Juanca prefirió bajar y caminar lo que falta. Los sobacos bajo la camisa y el saco ya amenazan. Lo seduce la idea de relajar el paso, subirse a la tanda de rajes que rumorean los pasillos. Pero la libertad no paga cuentas ni alquileres. Así, apurado, ensimismado, pasa por la vereda donde ella espera y lo ve, y algo en su urgencia indiferente atrae su atención mientras se pierde en la multitud sin dedicarle una sola mirada. Un instante después el balcón se desprende del edificio y cae en la vereda, aplastando a una señora que pasea su caniche toy… El siguiente encuentro es dos años después. En un tren que no frenó a tiempo y se tragó a sí mismo. Hay gritos y llantos y Juanca tira y tira pero su piel está pegada a la de otros cuerpos. Está encima de alguien que se movía y ya no, y la idea de haberlo asfixiado es más insoportable que no poder salir. Se desmaya y vuelve tres, cuatro veces. Ella llega puntual, como siempre. Se acerca al racimo de carne y sangre y descubre el rostro de Juanca entre los demás. Lo mira de cerca, acaricia el aire antes de un desmayo, pero él sigue sin verla, sólo tiene ojos para la desesperación. Así que lo deja ahí, ya vendrán los bomberos a sacarlo. Y mientras se dedica a los que se entregan, dóciles, descubre que no puede quitarse de la cabeza a ese que dos veces ha estado ciego para ella. No comprende que alguien sea inmune a su presencia, a la promesa de sus labios. Y lo desea, lo desea para sí… La última cita es unos meses después, en casa de Juanca. Está borracho, muy borracho. Empezó con vino y siguió con ginebra, así, como viene de la botella, porque en la heladera no tiene ni hielo. Cosas de recién separado, uno se olvida hasta de poner agua en la cubetera. Y salió al balcón. Que es más de lo que puede hacer últimamente. El cuerpo le suda, tiembla cuando se asoma al pasillo. La única vez que alcanzó el ascensor, bajó los 16 pisos y no se animó a salir al palier. El mundo no lo quiere y es un sentimiento mutuo. Ella llega hasta él y lo reconoce otra vez, por debajo de la barba crecida y el pelo revuelto y los hombros hundidos. Se acerca flotando y los ojos de él la miran y la ven y la reconocen. Sus labios murmuran su nombre y para ella hay tanto gozo en ese reconocimiento, que cuando él trepa a la baranda para saltar a sus brazos, algo comienza a latir en su pecho vacío.

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SO

JA LA EPOPEYA GENOCIDA. Fotoreportaje por Sub Coop.


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Ejercicio errorista: un error inicial 1. Junte toda su disposición para errar. 2. Tome su arma redacto-punzante más cercana. 3. Ubique la mano con la que escribe: no la use, yerre, use la otra. 4. Escriba “el mundo al revés” al revés. 5. Si siente en su cabeza un debate entre el acierto y el error, use la respiración como fuente de inspiración.

El errorismo viene a agitar el avispero del mundo con una consigna clara: errar es de humanos. Y no es, bajo ningún punto de vista, el acto más bajo del ser humano. Grandes inventos emergieron del error, ideas brillantes e inspiradoras asaltaron por error la mente de quien supo verlas. El error es un departamento de la creatividad, y es también un hecho político. Los erroristas se deslizan por los márgenes de la historia para recordarle a la estirpe humana que el equívoco, como la muerte, es inevitable. Frente a la palabra autoritaria oponen la palabra incorrecta. Ponen de manifiesto el error del establishment, celebrándolo con ironía. Se mandan todas las cagadas habidas y por haber, porque son gente muy activa. Erroristas. El arte de pifiarla.


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Encontro nazos

Gala

Por Daniela Regert Ilustraciones: Sofía Barrera

Soy una tonta, me tendría que haber ido con vos. Ahora estoy en casa arrepentida y aburrida. Guardo un secreto hace mucho tiempo. Cuando te quedás en casa a dormir, te miro, vos estás relajada, con los ojos cerrados, tu cara se pone más blanca cuando dormís, me da mucha paz, a veces te movés y siempre se te destapan los pies. Ayer hablaste dormida sobre los morfologistas rusos. Me parece que me estoy enamorando de vos y me da mucho miedo. Estas a punto de eliminar este mensaje sin enviarlo. Aceptar.

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Cata

y Homero Por Daniela Regert Ilustraciones: Sofía Barrera

Cata y Homero se gustaban hace un año. Se conocieron cuando cada uno estaba de novio. Como sabían tal situación, no se veían seguido. Pero esa noche se encontraron, en la fiesta del casamiento de Erica. La novia de Homero tenía unas tetas más grandes que las de Cata. El novio de Cata era un boludo a los ojos de Homero. Sin embargo fingieron que se caían bien entre todos. Charlaron un rato, comieron y bebieron de todo. En el medio del carnaval carioca, ya estaban todos en pedo, algunos bailando y otros gritando desde las mesas. Cata besó a su novio, Homero besó a la suya, y nunca dejaron de mirarse.


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De cuando Por Daniela Regert Ilustraciones: Sofía Barrera

De cuando conocí a Gisela y salí con Gisela, de cuando corté con Gisela y volví con Gisela, de cuando Gisela pensó en mí en la casa de Juan, de cuando Juan pensó en mi por lo que le contó Gisela, de cuando yo pensé en Gisela en la casa de Ceci, de cuando le hablé a Ceci de Gisela, de cuando volví con Gisela, de cuando corté con Gisela, de cuando volví con Gisela, de cuando corté con Gisela, de cuando volví con Cecí, de cuando Gisela cortó con Juan, de cuando Juan empezó a salir con Malena, de cuando Juan pensó en Gisela en la casa de Malena, de cuando Malena conoció a Juan, de cuando Gisela conoció a Ceci, de cuando Ceci conoció a Gisela, de cuando corté con Gisela y volví con Gisela, de cuando conocí a Juan y pensé en Gisela.

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Chaparro y Caicedo,

“dos existencias intensas y cortas”. Por John Jairo Rodríguez Saavedra. Ilustración: Max Gallinazo.

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Reseñas

las veces de banda sonora mientras que poco a poco van apareciendo rasgos que hacen recordar textos de André Breton, de Truman Capote, de William Burroughs y de Allen Ginsberg: un cóctel explosivo que quien se atreva a beberlo, corre el riesgo de estropearse, de darse de frente contra el mundo y terminar en la sala de urgencias de un hospital vacío. Chaparro no advierte nada, pero te inyecta con la novela y te noquea. No llega a la ridiculez de Vila Matas cuando anuncia que quien lea La Asesina Ilustrada, puede morir, y más bien te lleva de la mano hasta el abismo.

Se valen los excesos. Se vale un lenguaje de ráfaga. Se vale desentrañar a una ciudad fría, caótica y llena de espejismos a punta de exponerla en su extensión más fatigada. Bogotá es así, y Chaparro es Bogotá, todavía, aunque haya muerto en 1995. Pink tomate es un gato, y es uno de los personajes que cuenta la angustia y soledad de los otros personajes, suicidas siempre, que gustan de verse morir a diario y a diario resucitar, salir del abismo para volver a caer en él, inmediatamente. Como los personajes de Trainspotting de Irvin Welsh, los de Opio en las Nubes están rompiendo los límites todo el tiempo, y se gastan la vida como si fuera un pañuelo desechable para poder botarlo siempre. Chaparro revienta el molde de las estructuras literarias clásicas, y se arma el propio, un molde como de plástico, flexible, que se modifica en cada párrafo dando forma a un todo narrativo laberíntico y extraordinario. Cuando uno de los narradores es un gato, la historia de una novela puede subir a los tejados, saltar a los árboles, botarse al suelo y caer parada sin ningún problema. Y así de móvil es la historia, y así de cáustica. Pink Tomate es el gato, y los demás son los demás, es decir, Amarilla, Marciana, Sven, Max, Gary Gilmour y Alain, entre otros. Para estos personajes la desesperanza es la religión, y no hay más Dios en ella que las drogas, el sexo, la música y los delirios. Jimi Hendrix, The Cure, Bob Marley, los Rolling Stones y U2 conviven dentro de un caos alucinante y hacen

Por eso las comparaciones que se han hecho de la novela de Chaparro con Que viva la música de Andrés Caicedo no son una casualidad. En primer lugar porque los dos autores murieron antes de tiempo. El bogotano de lupus, y el caleño por su propia cuenta. Dos existencias intensas y cortas, que aparecen de algún modo en la novela. Así como en Que viva la música la salsa repiquetea siempre, en Opio en las Nubes lo hace el rock. Y así como Caicedo amaba el cine, Chaparro también. El caleño fundó un cine club en su ciudad natal e hizo crítica de cine y Chaparro participaba puntualmente de las funciones vespertinas. Hablar de Opio en las Nubes es volver a recorrer las calles de Bogotá, esas calles llenas de fantasmas con paraguas, gestos grises y futuros negados. Esa Bogotá melancólica, brutal, asesina y paridora de sueños. Y es pensar también en el Spleen de Baudelaire y en el flâneur de Walter Benjamin, en ese espectador urbano que se pierde en la ciudad y se extravía, solo, entre las multitudes. Y cuesta no imaginarse también a Rafael Chaparro así, como un flâneur andino, solitario, perdido en esa ciudad a la que, como a una amante, se ama y se detesta con la misma intensidad y a la que, al final, no hay otra forma de construir y destruir más que escribiéndola, poniéndola en términos de avenidas como la Blanchot, y de bares como el Kafka y La Gallina punk. Opio en las Nubes ganó el Premio Nacional de Literatura en 1992, y cuando se pensaba que era la única obra escrita de Chaparro, apareció a mediados de 2012 un libro llamado “El Pájaro Speed y su banda de corazones maleantes”, que según cuentan, fue encontrado en un cajón abandonado de su casa familiar.


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NAHUEL

ALFONSO. 驴C贸mo se construye un buen fot贸grafo? Por Fernando Rodil. Foto: Gustavo Pascaner.


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Es domingo a la mañana en Parque Patricios. Mañana, bah. Dos de la tarde, pero ustedes me entienden. Gus llegó primero, cámara al hombro y grabador listo. Nos dimos el abrazo habitual, y comprobamos que ambos teníamos aún la almohada adherida a los ojos. Nunca nos arrepentimos de hacer este tipo de cosas. Bueno, sí, quizás durante un minuto luego de que se active el despertador nos arrepentimos un poco, pero una ducha y se pasa. Sabemos que vale la pena encontrarnos con gente como Nahuel Alfonso. Basta conocer un poco de su historia, de su método, y chusmear unos minutos sus trabajos, y uno no tarda en sentir la necesidad imperiosa de preguntarle. Cómo hace. Cómo es que hace lo que hace. Quizá, con los minutos que nos regala, con las respuestas que arrancamos de su boca, proveamos de nutrido alimento a nuestro arte y a nuestras vidas. Nahuel es fotógrafo. Un gran fotógrafo. De hecho, nos encontramos con él en la plaza La Vuelta de Obligado, donde se yergue un arbolito al pie del cual sacó una de las fotos paradigmáticas de su serie “El Encuentro”. Personalmente siento mucha admiración por los artistas que cultivan la constancia, que se inventan un método y lo respetan a rajatabla, y que siguen el curso de su evolución creativa con calma y sin pausa. Este pibe es de esos. Y gracias a esa actitud para con su oficio -sumado a su visible talento- obtuvo la retribución que merece: viajó por la fotografía, ganó amores y amistades por la fotografía, y ahora, a través de la escuela que fundó con un socio, vive de la fotografía. Genial. Creo que no es necesario más prólogo que ese. Lean por ustedes mismos, van a comprobar, como Gus y yo comprobamos, que el encuentro valió el madrugón. NadieQuiereMorir: ¿Cuál fue tu primera cámara? Nahuel Alfonso: Empecé haciendo fotos en ph15, en Ciudad Oculta. Nosotros llegábamos y nos daban un rollo y una cámara pocket bien chota, objetivo de plástico, generalmente gran angular 2x28 marca cañón. Y arrancamos con eso. No sabría decirte qué cámara, pero por ejemplo una vez estaba fotografiando con una que decía NINTENDO 64, otra que decía PEPSI. Estaban hechas mierda, se trababa el obturador, se trababa todo. Pero en ph15 enseñaban que no importa la cámara, sino lo que podés hacer con ella. NQM: ¿Cómo fuiste creciendo en la fotografía? N.A.: Empezó ahí en ph15, que es una escuela de fotografía que da talleres en lugares de bajos recursos. En principio se llamaba Taller Oculto, cuando estaba el fundador, Martín Rosental. Yo tuve un paso fugaz por ahí a los catorce años, en el 2002. Estuve un mes, hice un par de fotos, y al toque lo mandé a todo… quería jugar a la pelota los sábados. Se quedaron mis


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primos ahí. Cuando se fue Rosental abrieron un taller en Beccar y arranqué ahí, yo ya tenía dieciocho años. Estuve un tiempo en Beccar y como después volví a vivir a Ciudad Oculta volví al taller del principio y me quedé unos meses hasta que empecé a ser asistente de los talleristas y a través de la fundación me ofrecieron unas becas para hacer cursos con otros fotógrafos. En PH 15 aprendí mucho de expresión fotográfica. No es tan común, en muchos lugares te enseñan más cosas técnicas. Después estudié con muchos profesores. Marco Vernaschi, Diego Levi, Leo Liberman, Carlos Bosch… A Carlos lo conocí por facebook. Me comentó unas fotos, después lo fui a ver un día y empecé a estudiar con él. Me vendió muy barata una cámara buenísima, que nunca podría haber comprado. Y así fui conociendo gente que me iba abriendo puertas nuevas. Después empecé yo a ser tallerista en ph15, y esa experiencia me sirvió para las clases que doy ahora en Morón. NQM: ¿Cómo planteás habitualmente tu proceso creativo? N.A.: Va mutando. Yo soy de los que creen que hay que mantener un estilo pero ir progresando sobre eso. Tiene que cambiar. El primer trabajo de blanco y negro que hice era con la camarita compacta, algo nuevo, y quería explotarlo a pleno. Estaba muy perceptivo a las cosas que me rodeaban, iba con la cámara a todos lados. Veía algo y le sacaba. Por eso mis primeros trabajos eran más documentales. Me gustaba mucho Cartier-Bresson. La vieja escuela. Pero la fotografía fue cambiando. Después cuando empecé a ahondar más dejé de lado el documentalismo estricto y pasé más a lo emocional. En El Encuentro el proceso creativo hubo mucho de meditación, de reflexión sobre los lugares en los que me movía. Yo tenía a mi novia en Parque Patricios, vivía en Ciudad Oculta y a la vez iba para Morón a trabajar, y también a San Miguel. Era tener que resolver día a día dónde iba a dormir, eso me generaba mucho conflicto interno. Y cuando uno está mal empieza a replantearse el pasado. Me fui encontrando con una especie de monstruo de la niñez que tenía que ser enfrentado. Ese trabajo sirvió para resolver, canalizar cuestiones personales. Si sabés representar los símbolos, los íconos que te atraviesan en el día a día, a través de sensaciones, estás mostrando tu vida sin mostrarla realmente. Fue mucho trabajo de reflexión, de tener muy claro qué me iba pasando. Empecé haciendo cuadros sinópticos. Fui armando a partir de conceptos, lugares, sentimientos, diferentes redes. Anotaba lo que sentía, lo ponía en un cuadro y lo iba conectando. Es una forma de conocerse. Los psicólogos tienen que hacer de sí un espejo para que veas lo que te pasa. Acá encontrás cosas que hacen espejo con tus sentimientos. Encontrás, ni siquiera buscas, vas encontrando si estás receptivo. Después hubo mucha posproducción. Trabajé mucho en los contrastes, en las luces. Para mí era como ir narrando un cuento de suspenso, a lo Poe. Tenía algo de pesadilla. Me movilizó mucho.

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NQM: ¿Qué es, en tu opinión, lo más importante que debe aprender un fotógrafo? N.A.: Conocerse a uno mismo. Matar a los ideales. Es mejor tener influencias que ideales fotográficos. Es importantísimo tener una estructura de laburo, una disciplina. D’Agata no logra sus fotos simplemente inyectándose heroína, yendo a garcharse putas y poniendo la cámara en automático. Debe haber un trabajo de preproducción groso ahí, de saber qué querés mostrar. Hay que saber controlar eso. Tener muy en claro el proceso. Es duro, es trabajo. Y en el arte hay muchos altibajos emocionales que, si no los superás, te estancás. Y para superarlo tenés que trabajar. No hay un manual. ¿Cómo se aprende a ser un buen fotógrafo? Es constancia, confianza, humildad, dedicarle tiempo y esfuerzo. NQM: La fotografía y la muerte. Desarrolle. N.A.: En la fotografía es muy conceptual el tema de la muerte. La muerte requiere un desapego, de la misma manera que cerrar un trabajo, publicarlo, terminarlo, también requiere que te desapegues de él. Y mientras sea conceptual no jode. Los conceptos no joden. Pero cuando te toca literalmente es otra cosa. A mí la muerte me tocó haciendo fotografía una vez con el hermano de una tía que estaba internado esperando que lo operaran de unos problemas en la columna. Yo iba mucho a visitarlo durante la internación y le sacaba fotos. Teníamos pensado hacer un díptico; por un lado las fotos de cuando estaba en silla de ruedas, internado y demás, y por el otro las de cuando ya pudiera caminar y jugar a la pelota. Planeábamos eso, el antes y el después. Pero después de la operación tuvo muchas complicaciones y falleció. Me partió al medio. El loco murió, y el trabajo murió con él. Murió por la misma muerte. Después fuimos con la familia a la morgue a verlo. Me lo encontré en el pasillo, a la vuelta de una esquinita, porque en las salas parece que no había lugar, fue un shock tremendo. Quise sacar la cámara para fotografiarlo, porque él me había dicho que pase lo que pase la foto la haga igual, pero no me dejaron. Vino un tipo y me echó. Durante un tiempo en mi familia me tildaron de morboso, pero era algo que había entre él y yo. Yo quise hacerlo como un homenaje. Después hice las fotos en el entierro, pero entre las lágrimas y la emoción no podía enfocar, salieron terribles. Es importante saber cuándo no fotografiar. Cuándo guardar la cámara.

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Combi nadas

Porque copa. Porque ya han sido infectados el cine, la televisi贸n y hasta la literatura. Porque no siempre hay que sentir asco por las modas. No entendemos como hasta hoy, en pleno siglo XXI, el teatro independiente no se mand贸 una buena historia de

ZOMBIS #4 Por Rob Idem Ilustraciones: Cristian Zarbo

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Edgardo y Yanina se besan apasionadamente. Están cubiertos de sangre oscura, verdosa. A su alrededor, cadáveres podridos desparramados por el suelo. Edgardo se suelta con esfuerzo del apretado beso. Mira a Yanina con ternura. Edgardo: Sos el amor de mi vida. Silencio. Yanina se suelta lentamente de Edgardo. Edgardo: ¿Dije algo malo? Yanina: No sé... me pareció un poco fuerte. Igual te lo agradezco, es lindo, pero... Edgardo: Yanina, vivimos muchas cosas juntos. Yanina: Sí, lo sé. Y te debo mi vida, eso también lo sé. Edgardo: No, pará, vos no me debés nada. Yanina: Sí, Edgardo. Ya perdí la cuenta de la cantidad de muertos que decapitaste para salvarme. Te debo mi vida. Pero eso no quiere decir que esté obligada a amarte. Edgardo: Yo sólo te dije que te amo, nada mas. Nunca te pedí reciprocidad. Yanina: Ok, ok. Silencio incómodo. Yanina se frota los brazos. Edgardo se lleva las manos a la cara. Edgardo: Soy un boludo. Yanina: No, Edgardo... Edgardo: Sí, soy un boludo, no lo estoy sometiendo a discusión. Yanina: Ok. Silencio. Yanina cruza los brazos, y resopla. Edgardo: ¿Pero qué onda...? Quiero decir, ¿vos estás viéndote con alguien?

Yanina: ¿Por qué pensás eso? Edgardo: Es que no entiendo. Yanina: ¿Por qué tendría que estar viéndome con alguien para no querer estar con vos? ¿Qué? ¿Estoy obligada a enamorarme de vos? ¿Qué? ¿Porque venimos caminando la Panamericana achurando muertos desde hace dos años debería estar entregada a vos? ¿Qué? ¿Tengo que renunciar a mis ambiciones porque parece ser que sos el único varón vivo en kilómetros a la redonda? Edgardo: No, Yanina, estás flasheando cualquiera. Yanina: Bueno, entonces entendeme y dejá de presionarme. Te la chupo día por medio. No sé qué más podés pedirme. Edgardo: Me la chupás porque querés. Yanina: ¡Ah! Ahora no te gusta cómo te la chupo. Edgardo: Yanina, un pete no es la plenitud. Yanina: ¿Te gusta o no te gusta cómo te la chupo? Edgardo: Me gusta... Yanina: ¿Te gusta porque no te queda otra? Edgardo: Lo hacés bien. Yanina: ¿Bien? ¿Sólo bien? Andate bien a cagar, pero bien a cagar, Edgardo. Silencio. Edgardo suspira. Uno de los cadáveres comienza a gruñir. Edgardo se acerca y le aplasta la cabeza de un pisotón. Yanina: Bajate los pantalones. Edgardo: ¿Qué? Yanina: Bajate los pantalones. Te la voy a chupar como nunca nadie te la chupó. No me vas a poder sacar de tu cabeza nunca más en tu puta vida después de esta chupada. Bajate los pantalones, la concha de tu madre. Edgardo se baja los pantalones con cierta prisa.

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Galería NQM Santiago Fernández Pello. Fotógrafo profesional y editor de la revista de rock Noche Bastarda, se considera un gran armador de equipos de trabajo. Labura de modo itinerante recorriendo fiestas porteñas. Sin buscarlo es un gran retratista de la histeria nocturna. Especializado en foto periodismo y coberturas en vivo, captura instantes en las fiestas más bizarras: Clanavis Folk Escocés, Jolie, o fiestas de tribus urbanas en el medio del campo donde la gente se disfraza. Mirá parte de su trabajo en www.nochebastarda.com.ar

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A martillazos. Por Leticia MartĂ­n. Foto: Jade Sivori.


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Directora, actriz, escritora y docente, Macarena Trigo acaba de reestrenar la obra Pie para el beso, en Espacio Polonia, del barrio de Palermo. Amante de los autores de dramaturgia cimentada en universos poéticos y trabajadora incansable de las artes escénicas, Trigo se asume deslumbrada por el teatro independiente y la Ciudad de Buenos Aires, donde eligió vivir desde 2002. ¿Desde cuándo y por qué vivís en la Argentina? Hace ocho años que vivo en Buenos Aires. Insisto. En Buenos Aires. Conozco poco el país. Siento que sería muy difícil para mí vivir en otra ciudad. Cada año elijo seguir en este amado caos insalubre, que es la Capital. Viajé por primera vez en agosto de 2002 y tuve la suerte de tener al director de cine Nacho Masllorens como guía para conocer las rarezas de esta ciudad. Me mostró lo que era el teatro independiente de entonces y aquello me partió la cabeza. Literalmente. Para una española sobrealimentada por un arte subvencionado, conocer la insensata y desmedida capacidad de laburo y creatividad con que se autogestionaban los creadores de acá fue un gran impacto. Un mes después lloraba en el avión de regreso a España. Volví al año siguiente para tomar clases de actuación, conocí a Diego Faturos, me invitó a una función del mítico Jamón de Diablo de Claudio Tolcachir y eso hizo que dos años después, en 2005, me incorpora a sus clases en Timbre 4. Ilusa, creí que serían unos meses. Resultó que me convertí en la asistente de dirección de La omisión de la familia Coleman, obra con la que recién arrancamos la novena temporada. Hoy puedo decir que somos una gran familia. ¿Cómo escribiste Pie para el beso? ¿En qué circunstancias surgió la primera idea de la obra? La obra tuvo mucho de alineación planetaria y de amor a primera vista, ingredientes que forman parte del texto. Por un lado, sentía la necesidad de hablar de la vocación teatral y todo lo que implica acá. Insisto, en Buenos Aires, donde hay tantísimos aspectos que favorecen esa posibilidad. Quería hablar del primer amor por el teatro, y del amor en general también. Del amor como invento, como una práctica codificada donde cumplimos -desde chicos- con determinados rituales. Hemos

cambiado los formatos pero la idea de que “no es posible enamorarse en paz” y ser original. Esa idea me divierte. Así que venía escribiendo escenas sueltas sobre eso. Después el universo conspiró a mi favor. Vi Los talentos, de Jakob y Mendilaharzu -amigos a los que tenemos como una suerte de padrinos de la obra- y conocí a mis jóvenes actores: Federico Justo, Matías Macri y Fabricio Saliceti. Por esos tiempos yo asistía a Tolcachir en uno de sus seminarios intensivos de Timbre 4. En algún momento me di cuenta de que estaba escribiendo para ellos. En la primera lectura de esas escenas sueltas fue impresionante afianzar esa certeza. Mientras tanto, hacia fines de 2011, yo estaba a punto de viajar con La omisión... Esa gira se extendería por cinco meses, lo que suponía un corte muy abrupto para un proceso creativo que arrancaba. En ese tiempo establecí una relación vía email con los actores y Paloma Lipovetzky, asistente providencial desde el comienzo, actriz con la que trabajé y en cuya lectura de mis textos confío profundamente. Paloma fue la responsable de seguir laburando con los actores el imaginario de la obra mientras yo estaba fuera. Terminé la escritura en el viaje y cuando regresé comenzamos a ensayar con más profundidad. ¡Los chicos se sabían perfectamente el texto! Se armó con mucha fluidez un equipo de trabajo excepcional. ¿Qué dramaturgos conforman la lista de tus mayores influencias? Tengo debilidad por autores cuya dramaturgia se cimenta sobre universos poéticos rotundos. Lorca. Beckett. Háblame como la lluvia y déjame escuchar, de Tennesse Williams, es una lectura a la que siempre me encuentro regresando. Me atraen los textos que profundizan en la distorsión del cotidiano y que apuestan por la metáfora como alimento. Santiago Loza es un dramaturgo cuyas propuestas siempre incluyen una lección en ese sentido. Indudablemente, mi trabajo con Tolcachir en estos años me ha permitido interiorizar cuestiones fundamentales sobre la importancia de la construcción de una voz rotunda para cada personaje y, algo que me sigue pareciendo muy complejo, cómo suministrar la información necesaria para que el relato avance dejando que el público construya tan activamente como uno,


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sin facilitarles la tarea. Todas las obras de Claudio logran eso con una organicidad admirable. ¿Cómo trabajás la transposición del texto escrito al texto oral? A martillazos. No soy dramaturga. Como dice Kartun, soy una de esas personas que “escriben teatro”. Y ni ahí. Escribo “cosas” que me empeño en llevar a escena. Mi escritura es poética y constantemente laburo sobre cómo llenar la boca de los actores con esas palabras indecibles y lograr que esté vivo, que no sea un recitado ni un embole. Me apasiona ver cómo los actores logran adueñarse del sentido. Trabajo mucho las imágenes del texto y, sobre todo, la necesidad de correrse de la evidencia emocional. Por otro lado, todos mis textos exigen siempre un ejercicio de criba: por un lado, hay que distinguir “galleguismos” y falsas “argentinizaciones”, y por otro, metáforas o “macarenismos” en los que me empeño. En ocasiones una frase pierde algo fundamental para mí (el ritmo, un chiste interno, un guiño cultural que acá se pierde) y entonces cae. Siempre negocio cada cambio. Paloma Lipovetzky se ha convertido en una experta en esta ardua tarea. Pie para el beso es una excepción porque el texto es mucho más coloquial, sin embargo, hubo mucho hilado fino en torno a ciertas expresiones que finalmente quedaron y que debíamos justificar desde los personajes. ¿Qué tiene que tener un actor para que elijas trabajar con él? Tiempo. Aún me cuesta asumir la generosidad con la que los actores se involucran en los proyectos. Todo ese tiempo no retribuido que depositan en mis manos lo recibo como un privilegio pero también como una gran responsabilidad. Una de las paradojas de nuestro precario sistema es que no sería factible sin las infinitas horas en las que se ensaya sin cobrar. Es la pesadilla que nos muerde la cola. Después, todo es cuestión de actitud, compromiso y amor. Nunca ofrezco nada que no suponga un desafío mutuo. Quiero que podamos aprender algo del tiempo que compartiremos. Eso es fundamental. Toda obra sabe ser una suma de lecciones. Incluso, y quizá sobre todo, las que

no llegan a estrenarse. Por eso busco trabajar con gente con la que intuyo esa posibilidad de crecimiento. ¿Creés que el uso de las redes sociales modificó el contrato de lectura que se establece entre la obra y los espectadores? No lo sé. En general lo veo como una herramienta genial a la que le damos usos muy torpes. Los recursos se queman por repetición y falta de personalidad y calidad en la inmensa mayoría de los contenidos. En Buenos Aires tenemos este fenómeno extrañísimo de que hay muchas webs y blogs dedicadas a comentar y difundir obras. Es algo insólito. Yo misma lo hago en www. mecagoenlabohemia.blogspot.com hace varios años. Muchas veces me pregunto quiénes son los lectores de todo eso, pero me consta que la repercusión es poca y efímera. ¿Hasta donde creés que un dramaturgo puede considerarse “autor” de una obra que surge de la improvisación de los actores? Me resulta imposible responderte esta pregunta sin escribir un ensayo. ¿Cómo creés que influye en tu obra la formación en letras y artes que recibiste en España? El teatro siempre estuvo presente en mi formación como actividad extracurricular al tiempo que me iba licenciando en otras áreas: literatura, arte y comunicación audiovisual. Soy de esa generación española que padeció “titulitis crónica”. En Buenos Aires el teatro se convirtió en mi trabajo y siempre busco la manera de que esa formación académica lo enriquezca. Todo conocimiento teórico que no se vuelve práctico, muere. Supongo que en mis obras hay cuestiones temáticas que se asocian a esa formación pero donde la siento muy presente e imprescindible es a la hora de dar clases, investigar o comentar obras ajenas. Me siento muy afortunada por haber llegado al teatro habiendo estudiado otras áreas porque a menudo encuentro en esa profunda interrelación entre disciplinas una especie de sentido holístico que resignifica el trabajo cotidiano.

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Tentenpié

#muerteen140 por Selva Almada.

Ilustración: Victoria Baldoni.

En la infancia era algo que le pasaba a las mascotas. Llorábamos y las enterrábamos. Al tiempo, buscábamos nubes con la forma del finadito.

En el cementerio de mi pueblo, los novios están en nichos enfrentados, sus fotos se miran. Ella murió de enfermedad. Él, en un accidente.

Por muchos años, un frío negro. Ahora algo que me pasará, como a todo el mundo. No me asusta, pero creo que me dará nostalgia por la vida.

#muerteen140

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Srta.

T.O.C. Lo hicimos otra vez. Como si no hubiese quedado claro a la primera, por segunda vez cometimos una omisión. Hay una persona que puso su parte para embellecer y enriquecer el número anterior de esta revista, y su colaboración es ahora incomprobable. Si en un futuro no tan lejano a un arqueólogo de la lengua se le ocurre escarbar en las profundidades de la web para encontrarse con aquel número va a considerar que la bio de la Galería NQM fue redactada por un anónimo. Y no fue así. Una persona particular, con sus defectos y virtudes, con sus altos y bajos, con sus gustos y sus disgustos, descargó su fuego en esa bio. Yo quiero poner en claro mi especial preocupación por mentar a todos y cada uno de los que pusieron su grano de café en la producción de la revista. No es exagerado, no es una pavada. Las personas hacen las cosas para ser recordadas, para dejar su huella. Porque luego viene la muerte a disolver el cuerpo en la atmósfera, y sólo quedan nuestras anécdotas para recordarnos. Todo lo que hacemos lo hacemos para afirmar que en aquel momento existíamos. Pero, Berkeley mediante, sabemos que ser es ser percibido. Si los demás no han visto que yo hice tal o cual cosa, entonces sencillamente no la hice. Es por eso que hemos arrebatado a Hernán Traverso una oportunidad de verse vivo. Yo, personalmente, siento que ha sido profanada la más profunda de mis leyes. Y lloro. Lloro desde que encontré esa ausencia en una de las revisiones post-publicación. Sí, reviso la revista aún después de haberla hecho pública, porque aún siendo irreparable, el error debe ser detectado y uno debe hacer su duelo. Rogamos tu perdón, Hernán. Con el corazón en la mano. O por lo menos yo lo hago. No es seguro que los editores de NQM tengan corazón. Srita. TOC

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revistadearte

En NQM, cada número tendrá nuevos colaboradores, nuevos escritores, nuevos artistas invitados, nuevos ilustradores; por que no queremos dejar afuera a nadie. Deseamos que todos muestren lo mejor de sí y tengan la oportunidad de compartirlo. En esta ocasión, nos enorgullece presentar a los que tuvieron el agrado de publicar lo propio, de mostrarse, de disfrutarse. Pero las puertas siempre estarán abiertas. Rejuvenecer en cada número será nuestro desafío y el de todo aquel que quiera formar parte de NQM, la revista que llegó para darle lugar al arte independiente desde el arte independiente.

Directores. Leticia Martin Fernando Rodil Gustavo Pascaner Lucas Bustillo


Colaboran en este número Redacción

Peteco Muñoz Ramiro Reyes Nadia Marchione Martha Kern Javier Mascaro Sebastián Leonángeli Iván Dessau Josefina Infante Hernán Domínguez Nimo Daniela Regert Jhon Jairo Rodríguez Saavedra Fernando Rodil Rob Idem Leticia Martín Seba Almada Srta. Toc

Fotografía Gustavo Pascaner Sub Coop Jade Sivori

Ilustraciones Sofía Lapenta Maria Chevallier Jimena Salomone Geraldine Schroeder Brenda Fahey Juan Devoto Pablo Pikachu Delcar Otto Soria Federico Endres Sofía Barrera Max Gallinazo Cristian Zarbo Victoria Baldoni Andre B. Seiba.

Arstista invitado Santiago Fernandez Pello.

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Nqm #4  

Quiero viajar, bah, mejor quiero quedarme, ahorrar, imprimir esta revista, no, que sea digital, que circule en forma gratuita, aunque mejor...

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