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Nota Editorial Y este es el segundo número. Y si nacer implica un esfuerzo importante, otro tanto requiere el permanecer. Somos Nadie Quiere Morir, y volvemos para gritarle al viento que seguimos vivos. En este número rendimos homenaje al único momento en la vida en que se puede y se debe ser feliz, consciente de que no todos hemos tenido el gusto de serlo. No habiéndonos resignado todavía a que el mundo exista sin nosotros, abandonamos, sin embargo, la dulce esperanza de volver a esa tierra prometida que es el pasado. La Infancia. En este número nos dedicamos a ese tiempo sin muerte, y a la muerte de ese tiempo. Porque nadie debería morir, ni nadie debería crecer. Y, por supuesto, la forma que tenemos de homenajear a la infancia es el arte. Y, claro, nuestros artistas son emergentes, lo que implica que en algún modo también están creciendo, y nos traen una mirada fresca, y palabras recién salidas del horno. Bienvenidos a la infancia de Nadie Quiere Morir. Pierdan cuidado. Embárrense los pitucones de los jogging. Pasen por la puerta grande. Y disfrútenla, que dura tan poco… www.revistanqm.com.ar nadiequieremorir@gmail.com Esto es NQM. Bienvenidos.

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Infancia Por Sebastián Leonángeli Ilustración: Jeanette Parrinella

Desde mi infancia una luz me abraza la memoria. Es el recuerdo de que todo iba a ser posible en algún momento lejano algún día que si lo pienso mucho estaría bastante cerca de ser hoy. En esas tardes azules cuando armado con sólo nueve letras y un manojo de ceritas iba dibujando lo que hoy iba a ser un segundo de furia irrefrenable. Fue por esos tiempos que tiré un perro al pozo de mi casa y luego me sorprendí de que quisiera venir a mordeme, pero sí me quiso morder con los dientes grandotes, así. Pobre, mi perro nunca entendió el arte. Creo que murió por eso. Y creo que por eso ahora no me gustan los perros.

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PETECO MUñOZ

¿Qué nos conmueve más, una superproducción de Broadway o un pato cruzando la ruta…? Soy Peteco Muñoz, y me animo a decir: la historia del pato, por siempre, por siempre…

Ilustración: Sofía Lapenta

No voy a negar que el niño es necesario como premisa para concebir a la humanidad toda. No voy a negar que soy un ser humano, y como tal, pasé mi buen tiempo siendo un niño. Pero nadie va a poder arrancarme la boca, o podrán intentarlo, pero mis palabras se perpetuarán como un grito libertario, cuando proclame que el niño es un ser inútil y mezquino. Y lo proclamo ahora mismo. No me ahorraré las razones, porque como ustedes bien saben, fracasados y aburridos lectores de esta revista putrefacta, no soy una persona que guste de los dogmas y las tautologías. Mi cantar es un cantar de contingencias, que bien pueden ser puestas en duda, siempre. Pero no gratuitamente. Basta de prólogos. El niño es un ser que de por sí no tiene conciencia de clase. Numerosas escuelas de investigadores especializados me darán la derecha cuando afirme que el niño imagina el universo como una extensión de su propio ser. Lo afirmo ahora mismo. El niño concibe el mundo como parte de su cuerpo, ignorando o más bien negando la realidad social. Replegado como está sobre sí mismo, difícilmente pueda preocuparse por cualquier tipo de inconveniencia que le acontezca al colectivo de personas que lo rodean y hasta lo sostienen. La muerte de un tío cercano para un niño no es mayor pérdida que la de su propio dedo meñique. Si el primito pasa hambre porque es una víctima de la crisis económica, al niño le da por burlarse de él, antes que solidarizarse e incluso temer por su propia estabilidad financiera. El mercado que gira en torno al niño es un síntoma de lo que este gracioso proyecto de humano representa para la sociedad. Sin ir más lejos, remitámonos a lo que nos compete: el arte. Los espectáculos, la literatura y hasta la pintura para niños conforman un vasto mercado de histéricos colorinches, atmósferas plagadas

de gritos, saltos, pellizcos, movimientos espasmódicos a velocidades inhumanas y héroes de dudoso valor moral. No hay silencios en los programas para niños. Nunca, en ningún momento. No hay un tiempo para reflexionar. La pregunta es: ¿es el niño quien decide que no quiere reflexionar sobre las vicisitudes de su entorno, o es el adulto quien le impone la no-reflexión? Mi respuesta es: el niño, sin duda, el niño. Todos recordamos el doloroso final del proyecto soviético de divertimento televisado para niños, los Teletubbies. Mucho detenimiento, mucho espacio a la meditación abierta y colectiva. El sol bebé como metáfora de la ineptitud de los que detentan el poder. La tubbie-papilla, como crítica a una sociedad que consume casi exclusivamente derivados del maíz. Un personaje como Tinky Winky, evidentemente homosexual, que introduce al niño en las problemáticas del prejuicio y la igualdad, en fin. Un fracaso. Hoy, cerrando el 2012, nadie recuerda las rozagantes pancitas-televisor que bregaban por un espacio de debate y consenso político-sociales. ¿Por qué? Porque a los niños “no les gustaba”. ¿Y quién es el niño para decidir qué es lo que le gusta y qué lo que no? ¿Cómo es que esta histórica minoría ganó terreno hasta convertirse en el centro de las decisiones económicas de la clase activa? El niño no es tonto. Freud lo llamaba perverso polimorfo, y yo no creo que con ese término se refiriera sólo a la promiscuidad del retoño, sino también a su evidente capacidad para manipular a todo aquel que lo aventaje en años. El niño sabe que es venerado, lo sabe y lo maneja. Es común escuchar por las veredas porteñas la frase “¡Mátelo antes de que crezca!”. Soy Peteco Muñoz, y me pregunto si aún sin que haya crecido, no será demasiado tarde.

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Relatos breves

Por Ana Medina Ilustraci贸n: Lucas Bustillo


Solo un par de puertas. Uno, dos, tres. Despierto. En el techo hay molduras y sobre la pared un ropero tallado. Hay una puerta que da al balcón y un olor, que cuando lo siento en otro lado, “es olor a la casa de mi abuela”. Cuando era chica me obsesionaba la idea de que mi casa era más grande, que tenía un ambiente oculto. Una vez soñé que en la pared del comedor había una columna que indicaba la entrada a ese ambiente. Me desperté y no estaba; pero la realidad era mentira. Ya te voy a encontrar; dije. Lo mismo me pasaba con la casa de unos vecinos. Estaba convencida de que detrás de una biblioteca estaba esa puerta. Ellos tenían una hija más chica que yo y les sonó extraño cuando toqué el timbre y dije que iba a jugar con ella. La nena sacó sus muñecas articuladas, platos, tacitas de plástico y sirvió un té invisible muy caliente. Lo tomé despacio para no quemarme. Me limpié la boca con una servilleta también invisible, siempre con la vista fija en mi objetivo. La nena levantó la mesa y yo aproveché para acercarme. No la vi venir: mi vecina me sorprendió tratando de correr la biblioteca con un “¿Se te perdió algo?”. Quise volver, pero siempre hubo alguna excusa. Ahora sé que desde chica silvineaba ocampismos de forma inconciente. Necesitaba un espacio grande, ignoto, que escondiera misterios y secretos. Una niña como yo, que me hiciera espejito, tal vez vestida de la misma manera, con puntillas bordadas por la abuela en su cuarto de la casa vieja de Floresta. Mi abuela y los eternos alfileres alineados en su boca.

La yo-espejo sé que existe, me enteré años después de que la casa se vendiera. Tenía un altillo que muchos desconocíamos. Al parecer allí quedaron el Winco de mamá y sus discos de los Beatles. Imperdonable. Desde aquel hallazgo supe que había más: seguro que la yoespejo vivía ahí, y aún vive, chiquita, como el día en que me fui. Si volviera, me invitaría a ver vestidos de otra época, a probarme joyas y mirar fotos de desconocidas mujeres con faldas raras y sombreros, acompañadas de hombres engominados y de bigotes finos. Pero allí se quedó ella con todos los recuerdos, sin pasado. Así la dejé yo, detenida. A ella también deben apretarle los zapatos blancos nuevos. Mi fracaso arqueológico aparece de vez en cuándo y eso me obliga a seguir creyendo en esos espacios. Años después, ya de grande, Silvina apareció. —Leé este cuento— me dijo un amigo. Era La casa de azúcar, y me impactó. Tardé mucho en volver a leer otra cosa de ella, tenía un sentimiento desequilibrante que no podía definir. Luego encontré la palabra en otra lectora de Silvina: perturbación. Su universo me transporta a espacios que no logro encontrar y eso me perturba, porque comprendo que existen, que debo abrir un par de puertas que no sé dónde están. La Casa de Azúcar, dice Silvina que queda sobre Montes de Oca; pero es trampa: está sobre Brandsen. Nunca la ví, ni caminé adrede por esa cuadra, pero sé que ahí está; riéndose de mí. Un día me animaré: voy a pararme en la esquina para espiar. Otro, si soy valiente, caminaré hasta la casa y abriré la reja ruidosa y no sabré si estoy en Barracas o Floresta, si es la casa de azúcar o la de mi abuela, hasta que transparente aparezca mi Yo-Espejo, con sus puntillas y zapatos apretados, invitándome a subir al altillo.

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La edici贸n

independiente como g茅nero literario

Por Luciano Luterau II Fotos: Gustavo Pascaner

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El término “independiente” se volvió un significante para todo uso. No sólo en el periodismo, cuando expone el velo tras el cual no hay nada, como no sea la decisión de callar o la elección de no elegir; sino también –y en lo que aquí me interesa– en el mundo literario. Esta auto-denominación es el reflejo de una política explícita que no hace más que recuperar la descripción de un estado de cosas donde se asume una actitud que, para decirlo sin timidez, es ideológica. Existen miles de editores que todavía hablan de “Editoriales independientes”, y de los que se esperaría que —¡ojalá!— al menos respondieran al mercado con la estrategia publicitaria de la liberación bicentenaria. Por el contrario este es otro casos en que la imposibilidad de sostener una praxis redunda en un determinado ejercicio del poder. En el párrafo precedente hay tres mitos implícitos, es decir, tres formas diferentes de un único relato manifiesto. Por lo tanto, es preciso buscar su verdad en otro lugar que no sea otro discurso latente, sino en la variación de su estructura.

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Auto-denominación. Curiosamente, el término “independiente” se pone en uso de modo reflexivo. Antes que una atribución exterior es una función que requiere de un acto fundacional y de una instauración discursiva. Bastaría este episodio para denunciar su impostura y sería, a la vez, insuficiente, porque no alcanza con negar la presencia del Otro. La pregunta sería: ¿independiente de qué? La posición de los cobardes que se dicen “independientes del mercado” –mientras esconden el dedo cómplice con que hurgan medios de financiación (del Fondo Nacional de las Artes, el Fondo Metropolitano y diversas vías con que Fondos Privados lavan los pecados de sus Fundaciones con limosnas para la Cultura)– resulta torpe. La posición de los que reparten sus libros con el rótulo de un nuevo género literario (Narrativa joven, Nueva poesía, etc.) cae en el desprecio. Estos editores son peores que los escritores cobardes cuando se asustan y salen a querer ganar premios. La razón es que ellos mismo son quienes, finalmente, deciden esos premios. Vale decir entonces que la pareja perfecta de un escritor cobarde es y, siempre fue, ¿será? un editor canalla.

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Ideología. En el relato sociológico contemporáneo (cuya única verdad es la renovación de becas de varios tesistas) puede leerse la ideología. Precedido por la crisis y la demonización de los noventa, habría surgido un modo más o menos artesanal de edición. De este modo, se confunde un problema empírico con un planteo estructural y se reduce la búsqueda de condiciones de posibilidad a una descripción anodina: el microcosmos literario sería el reflejo del macrocosmos social así como en la nervadura de la hoja puede reconocerse el árbol entero. Un disparate. Es en este punto cuando se advierte la necesidad de una rama de la filosofía de la técnica que se dedique a la edición o una historia de la escritura que no se agote en la estilística. No escondo mis referencias. En el título mismo de este artículo está mencionado el de Roberto Calasso –“La edición como género literario” (2001), donde la fecha para nosotros no es apenas un detalle– y cuyo argumento puede resumirse del modo siguiente: el editor sería una suerte de bricoleur lévi-straussiano que compone una gran obra con las obras de sus autores. ¿No es algo salvaje – esto sí sería lévi-straussiano– que un editor lleve su “arte” a una formulación tan ingenua? ¿No es también salvaje que el detalle más grotesco de su arte sea presentarse como un esteta pre-capitalista? Y este detalle no se le escapa a Calasso, porque en lo fundamental estamos de acuerdo: un editor tiene que vender libros; aunque, por cierto, puede haber muchas formas de ganarse la vida, ya que sólo la muerte es gratis.

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Mala fe. El drama permanente de la relación escritores-editores rodea el conflicto de la Mala fe. Se niega la existencia del Otro que a la vez se hace existir. Para los escritores esta posición declina en formas bastante conocidas por su efecto tragicómico: el “reconocimiento de los pares”, la “reseña de los periodistas”, “el comentario de los críticos” y “la existencia en boca de los demás”. Ser es ser-mencionado. Una política de iniciación y amancebamiento que nada debe a la erótica de los griegos. Sin embargo, ¿cuál sería la mala fe radical del editor? Creer que sólo hablamos de libros es una fantasía de los lectores. Los editores que aman la literatura representan la versión del padre en el origen de los tiempos y habría que denunciar ese rol como una contra-utopía nostálgica sino fuera que esta observación se cae sola, por su propio peso.


Luciano Lutereau nació en Buenos Aires, en 1980, es psicoanalista, editor y escritor. Autor de los ensayos: Lacan y el Barroco. Hacia una estética de la mirada, La caricia perdida. Cinco meditaciones sobre la experiencia sensible y Los usos del juego; y las novelas: Los santos varones, Perezosa y tonta, Escribir en Canadá y Marcadores nuevos. Dirige con Marina Gersberg la editorial Pánico el pánico. 15


En absoluto se está tratando de hacer aquí una genealogía del objeto fetiche. Tampoco se trata este planteo de un regodearse en el narci-cinismo de pensar que sólo hablamos de capital (aunque en otra versión lo llamen “simbólico”). Hay formas mil veces más expeditivas de volverse rico. Entonces, ¿cuál es el dasein del editor?

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El reverso de la vida contemporánea. A partir de este punto bien valdría subvertir los mitos anteriores. Como dije más arriba, no me interesa poner en forma un relato latente –hablar desde las profundidades– sino más bien destacar una posición elidida, ampliar el margen de visibilidad para debates actuales en torno a este modo de producción de libros.

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¿De qué? No hay hechos verdaderos. Cualquier hecho puede verificar cualquier teoría. Por lo tanto, si la verdad es un hecho discursivo y tiene estructura de ficción, propongamos un criterio de demarcación que consideramos menos tonto –y que quizá, por eso, ningún editor cobarde o canalla esté dispuesto a suscribir–: que una editorial sea independiente en la medida en que no requiera la firma de un contrato por el cual el autor cede su obra al editor. Del universo actual de las editoriales independientes, ¿cuántas quedarían? A un lado cayó esa editorial que no es más que la segunda marca de un sistema planetario, o aquella que está en idéntica situación respecto de una cadena de librerías; incluso esa otra que se fundó con reediciones que explotan ya no sólo al autor, sino las traducciones caídas de otro tiempo –con un ejercicio digno de la mejor piratería (aunque no de la generosa, como la que enseña Internet)–; porque el valor de una decisión no está en el gesto defensivo con que pronto alguien se escuda (“Bueno, habría que ver, ¿independiente de qué?”) sino en el reconocimiento de qué tipo de dependencia se instituye en una relación.

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Autor-escritor. La edición independiente es un género literario, aunque sin duda no se lo puede reconducir al mito del buen salvaje de que habla Calasso. Tampoco

vale la pena insistir en la fecha de ese fantasma de sociólogos que no atiende al único aspecto que a un editor independiente le puede importar: la conversión ética del escritor. ¿Cómo es que nadie todavía advirtió que los escritores que hacen de escritores terminan sometidos a una vidriera cursi que los obliga a trabajar de promotoras de su propio nombre? Y, aquí el asombro: esta es una decisión editorial. ¿Cómo se contará la biografía de un escritor? ¿Es necesario volver a narrar la vida de un autor como si fuera un Bildungsroman? La bisagra de este equívoco está en el lazo que une a las otras dos cuerdas disjuntas: el yo. Foto de solapa, foto en la reseña, conozcamos a la persona detrás de la máscara. O su efecto contrario: una apología del enigma y el anonimato. El problema no es la disyunción y la necesidad de elegir entra ambos términos, sino el planteo extrínseco de ambas opciones. Tomemos al pie de la letra a Calasso. Incluyamos en esa gran obra los prólogos que las stars literarias escriben para legitimar a los jóvenes. Hagamos un examen minucioso del método de escritura de contratapas. Esta es otra decisión editorial en la que se puede medir qué se está dispuesto a apostar, porque reconocerse como autor es todo lo contrario a convertirse en escritor y la edición independiente expropia en la escritura lo que las otras alienan en la autoridad.

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Todo el resto. Editar es siempre una respuesta al mercado, lo que no quiere decir que se implique una satisfacción. No sólo porque dejar de responder es imposible, sino porque hay formas de dar lo que no se tiene. Eso es lo que llamamos amor. Además, sin lugar a dudas, es la única lógica del capitalismo la que realiza la edición independiente: con oferta creamos demanda; o, mejor dicho, se invierte la demanda introduciendo lo que no había. Y esa nada misma busca que se la pague, para que su falta sea la causa de una nueva experiencia de lectura. En este punto, habría que corregirse: no se trata de vender libros, porque el libro ya no es el soporte favorito de la literatura. El fetichismo de la mercancía está agotado en un paisaje más amplio de prácticas comunitarias que hicieron estallar la publicación por fuera de un formato privilegiado. Ahora vivimos en otra parte. Lo contrario de la presencia no es la ausencia sino la distancia. El resto está afuera.


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Carta abierta de un amante

Ilustraci贸n: Fernando Rodil


Mi nombre es Lucas Bustillo, tengo 23 años. En este último tiempo mi vida se tornó muy molesta. Todo empezó cuando mi novia me convenció de que vaya a la psicóloga. Ella creía que nuestra relación necesitaba avanzar y que mi mamá no me dejaba crecer. Muy zorra terminó siendo. Luego de mi primera sesión con la licenciada, la trola de mi novia me dejó. Se había llevado toda su ropa, las fotos, y hasta los ahorros que yo guardaba debajo del colchón como me enseño mamá. ¿Y qué dejó? Una nota. Típico de desagradecida. Tantos años fuera de casa, lejos de mamá para que esa puta se vaya de la forma mas cliché del mundo: encamándose con mi primo y confesando todo en un post it rosa pegado a la puerta. Mamá me advirtió: “Luquitas esa chica es una vividora “. Y tenía razón. Me dejó sin plata y a dos días del cumpleaños de mamita. ¡Un post it rosa! Y encima la psicóloga a la que esa hija de puta me mandó me culpa a mí por la separación y el engaño. ¡A mí! Disculpe, licenciada, pero mamá considera todo lo contrario. Yo no tengo la culpa del post it rosa. No conforme con eso, la licenciada, la muy desgraciada, me dice que la relación que tengo con mi madre es enfermiza. ¿Perdón? No entiendo que tiene de extraño que ella le haya pagado a su amiga para que yo tenga una primera vez con alguien que me merezca, alguien como mami, de firmeza, experiencia y tetas cálidas. Es uno de los mejores recuerdos de mi niñez. Rosa, así se llamaba. Fue única. Jamás voy a olvidar sus hermosos pechos, esa curva perfecta, como las tetas de mamá. Me encantaba que venga a despertarme y me deje acurrucar en sus brazos para tomar la leche. Esa previa al colegio era única, leche calentita, lista, materna, pura, llena de vitaminas. Pero todo se vio amenazado, como hoy. Porque mamá enfermó y los doctores insistieron que era hora de dejar la teta. Ya tenía 12 y esos pechos necesitaban un descanso. Y por eso, por que mi mamá me ama, buscó a una mujer parecida, para que venga todas las mañanas a darme lo que a ella le habían prohibido. ¿Qué madre deja todo de lado, comprime sus celos y le otorga otra teta a su hijo? Y así fue entonces como llegó un día, Rosa. Recuerdo cuando la conocí. Entró muy temprano a mi cuarto, se sentó junto a mí en la cama y mientras

yo dormía ella me miraba. Con mucha calidez empezó a acariciarme, me susurraba al oído cosas lindas para que despertara contento. Abrí mis ojos y allí estaba, con sus pechos al aire. Sus ojos profundos, pero muy reconfortantes, como si ella fuera la hada de las tetas, la madre de la leche materna. En su mirada podía sentir el amor de miles de chicos reposando en sus pechos. Yo sin embargo temblaba, pero ella seguía pasando sus manos rellenitas por todo mi cuerpo. Experimenté algo que hasta ese día jamás pensé que existía, cosquillas. Cosquillas que empezaron a recorrerme de punta a punta invadiendo mi cabeza y volviéndome un adicto instantáneamente. Pasaban los días y yo cada vez la esperaba más despierto, hasta que llegó el día que no dormí. Esa noche mamá me leyó tres cuentos, contamos ovejas, me dio un vaso de leche y nada funcionó. Pasaron las horas y llegó el momento. Timbre. se abre la puerta, el sonido de los tacos de Rosa se acercan. Las cosquillas invaden mi cuerpo, tiemblo. Entra mamá. Me da la mano y me dice que me quede tranquilo. Me besa más apasionada que lo usual. Siento mucho calor en mi cuerpo. Rosa cruza la puerta, desnuda. Me acaricia, me saca muy despacio la ropa. Mamá me suelta. Se levanta y se sienta al lado de la puerta a observar. Sin darme cuenta, de sorpresa, mi madre me estaba regalando el mejor momento de mi vida: Mi primera vez. Rosa me sumergió en su cuerpo, se sentó sobre mis piernas y mientras me besaba me hacía sentir todo el amor que mi madre me daba con su teta. Las cosquillas crecieron hasta sentir que mi cuerpo explotaba, y mientras temblaba, fue mamá la que se acercó y me dijo que todo estaba bien. Exploté. Rosa se movió. dejó de besarme. Se fue, pero mamá se quedó con migo, limpiando mi cuerpo y ayudándome a recomponerme. Jamás voy a encontrar a nadie como ella. Por eso a veces pienso que la psicóloga es pariente o amiga de mi ex, o tal vez ella buscando meternos en un rol play. Suele culpar a mi madre por el engaño de mi ex y por el abandono posterior. Pero la realidad es que mamá tiene razón, no la necesito a esa trola. Entonces no la escucho, y me caliento pensando en Rosa y mi primera vez. Porque la primera vez es única, pero la mía fue la mejor de todas. Gracias a mamá.

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¡A Hipotetizar que se (cambia) el Mundo! Por Martín Casarino II Ilustración: Augusto Pugliese


Argentina, 2011. Una familia no llega a destino. Su coche aparece y reaparece, repetido mil veces en los noticieros en su escorzo de cámaras de seguridad; pero la familia no. Los analistas acumulan datos sobre ellos: todos saben algo, pero nadie sabe nada. Aparecen en los medios los analistas policiales, un tipo de augur, que cambian y disuelven hipótesis de un día a otro, en las mareas del presente continuo. Con los resultados de las pesquizas y las investigaciones, esos sutiles mundos estallan, y el olvido se encarga de exculpar esas burbujas de sentido. En segundos se volverá a hipotetizar. Hipotetizan los detectives, los medios, y las chusmas de barrio. Expresiones hipotéticas como “Que sea lo que Dios quiera”, “la suerte esta echada” o “vamo´ a ver que sapa” descansan en teorías de lo real. Vivir en el mundo y hacer que las cosas sean legibles es todo un trabajo. Las hipótesis buscan darle argumento, trama, a lo que percibimos como “la realidad”. Crear, empezar o terminar algo son el resultado de hipótesis. Vivimos dentro de universos hipotéticos: el sentido común gramsciano funciona así, y los filósofos son hipotesistas profesionales. Pero no hay infinitas hipótesis. Inquietantemente, en “Mas allá del Bien y de Mal” (20), Nietzsche resuelve que, como las ideas filosóficas, la amplitud de todas las hipótesis residen dentro de las limitaciones de la gramática. Quiero señalar que no es un problema que cada uno tenga una hipótesis de lo que pasa - un “principio de realidad” diría Freud-, sino que compartimos varios

que son evidentemente poco conducentes, o que por lo menos no han hecho de la vida un lindo lugar para vivir. En un mundo de coordenadas hipotéticas, sería una excelente prospectiva explorar otras hipótesis y si fuera posible, aventurarse en ellas como un recreo del mundo y, a la vez, como una forma de resistencia y de altermundismo artesanal. Tres hipótesis para usar en casa: 1- La realidad es un continuo de caos, con islotes de orden y sentido racional. Por una cuestión de momento o de lugar esos órdenes se desordenan y el islote reaparece en otro lado. Esta hipótesis es muy útil para cambiar de trabajo, ordenar papeles o empezar una charla con alguien interesante. 2- La naturaleza humana es un continuo con la experiencia animal y nuestros reflejos y acciones son, en realidad, instintos y atavismos. Lo que llamamos cultura es en realidad una forma de grito de guerra, de procreación, de dolor o de soledad. Es una hipótesis muy útil para vivir en el país del norte, aparecer en una foto mural en un local de comida rápida, justificar un atracón o una borrachera u, otros y otras. 3- No hay historia, no hay continuidades, el mundo se crea y recrea en cada instante: lo que hay, no fue nunca, ni será. El instante imperceptible esta acabando y creándose delante nuestro. Y yo no me meto en un crédito porque tengo miedo a que pasará con el dólar en el 2015.

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Karen Luedque

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El mago Entrevista al fot贸grafo Carlos Bosch Por Gustavo Pascaner Ilustraci贸n: Valeria Dranovsky

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Un desconocido te apunta con una pistola directo a la cara. Deben ser las cinco de la tarde. El pistolero tiene un sombrero mexicano y parece estar muy relajado, como si supiera perfectamente lo que está haciendo. Alrededor hay mucha más gente, pero nadie se da cuenta que el arma mortal tiene la dirección justa hacia tu cabeza. El resto de los presentes mira hacia otro lado, sin embargo estás en un lugar público, una plaza de toros. No entendés qué pasa, están todos de espaldas y el único que te mira es tu posible asesino. Los demás parecen cómplices. Un escalofrío recorre tu espalda mientras los colores van desapareciendo, tu visión se vuelve blanco y negro, sin embargo imaginás el rojo fluido de tu sangre mezclándose con la arena áspera y sucia de color anaranjado. En un momento de lucidez alcanzás a ver que en el piso, justo detrás del mexicano que te está por disparar, hay una persona tirada. Parece muerta, a juzgar por la pistola que te apunta. Tal vez acaba de caer al suelo, o está cayendo en este mismo momento; y dispara. Carlos Bosch dispara su cámara de fotos y crea una imagen. Esa imagen estuvo colgada en la fotogalería del Teatro San Martin y quién sabe dónde más. Era lo primero que se veía al entrar hace un tiempo a su exposición y mi cuerpo no hacía otra cosa que entumecerse un segundo después. Así fue mi primer acercamiento al mago, como le dice mi amigo Jony. Pero esto fue hace un tiempo. Volvamos al presente. Carlos nos recibe en su casa. Una mesa de quebracho pesadísima. Las sillas, igual. Cuesta moverlas. La barba de Carlos es larga, espesa y blanca, cuenta sus propias historias. Mientras estamos acomodándonos en la sala cambiamos de opinión y nos vamos al patio. Es precioso, hay plantas por todos lados. Las sombras se proyectan desde la izquierda de donde miro y me escondo abajo de alguna tratando de evitar el sol, que pega fuerte. Todos somos conscientes de esto, los tres que estamos ahí somos fotógrafos y estamos atentos a los efectos de la luz. Valeria, quien retratará a Carlos a lo largo del encuentro, se mueve como pancha por su casa entre silencios y risitas. Nunca hizo falta romper el hielo. La sensación de estar hablando sin barreras intermedias se instaló desde el comienzo. Solo fue necesario preguntar sobre su infancia, para que comience a contarnos su historia. El calor agobiante del mediodía se sentía fresco al escuchar cómo se tiraba a la zanja con los perros en la finca de su abuela en Mendoza. Y, casualidad tal vez, al rato aparece Florencio, su perro. “Hay que ser alfa con este” dice Carlos mientras lo saca cagando y lo manda a la terraza. Es un perro grandote, buenazo, igual que él. Este es el clima en que charlamos. Su hijo, pequeñito, se asoma por la ventana y lo mira. Alcanzo a imaginar al protagonista de nuestra historia a través de la mirada de su hijo. Mientras, Carlos nos cuenta el momento en que dejó la carrera de antropología faltando poco para terminarla.

-¿Qué necesitás para ser fotógrafo? - le preguntó su madre. - Y, mirá, una Canon o una Nikon. Por ese entonces su madre era contadora en un corralón de materiales. Había una cámara nueva que se llamaba Pelix. A la semana cae ella con una cámara. El procedimiento para conseguirla no había sido fácil. La madre había pedido plata a un prestamista para poder comprarla. Así la recuerda él. Con mucho cariño. Con su padre los recuerdos fluyen de otro modo. Más tenso, más dificultoso. La forma en que se expresa su cuerpo cuando relata cambia bastante. “Mi viejo me cagó la vida siempre.” dice Carlos antes de contarnos la vez que lo llamó y le pidió que fuera a Mar del Plata. Rondaba Diciembre del ´75 cuando se encontraron en un restaurante y su padre le presentó a Osiris Villegas, ex-comandante en jefe del ejército, “la morza le llamaban”. Carlos le había hecho fotos “a ese hijo de puta“; dice y nos sigue contando sobre el encuentro. “Villegas me mira y me dice: zafás porque tu viejo es muy amigo mío, pero no tenés tiempo, andate. Me cagó la vida toda mi vida, un cobarde, un jodido...”

Primeros rollos Bosch estudiaba pintura con “el vasco Demetrio Urruchua”. Tratando de recrear una escena de su infancia, Carlos dijo: “voy a hacer una foto”. Entonces se fue a retiro, buscó un lustrabotas y le dijo: “mirá te garpo 50 mangos y te venís al Parque Lezama”. Carlos quería tomarle una foto de un pibe en la arena haciendo una casita. Le habían prestado una Zensa Bronica 6X6 que no sabía ni cómo manejarla pero, sin importarle, hizo las fotos. Click, click, click, un rollo; la mandó a revelar y copiar y el tipo que se la copió le dijo: -¡Mirá la foto que sacaste! -“Uy, buenísimo!” Ante esta situación Carlos Bosch se vio frente a un problema y pensó: “Cuando la gente mire la pintura en la pared va a ver una obra. ¡En cambio, si hay una fotografía va a ver un mensaje!” “Cuando empecé a sacar fotos que me salían bien, yo tenía un amigo judío, Ignacio (mi mejor amigo, éramos hermanos) me dice: vení, vamos a hacer negocios, porque vos tenés que ganar guita. Se ponía traje y corbata (yo iba de fotógrafo) y nos íbamos a los bloques que hay en Saavedra, unos bloques muy pobres, ahí pegado a la Gral. Paz. -¿Señora tiene niños? - Si.


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“Y cuando la señora abría la puerta Ignacio ponía el pie, te juro que ponía el pie.” - Es que tengo un fotógrafo buenísimo. “Habíamos hecho un muestrario que eran las cinco cabecitas esfumadas, y así yo me fui manteniendo de la fotografía. Pero yo quería hacer fotografía periodística. Tenía formación de antropólogo y la estaba desperdiciando.” Con el tiempo Carlos pudo ir enfocando el rumbo hacia el fotoperiodismo/documental. Mientras vivía de hacer fotos de pibes, iba haciendo fotos de reportajes para probar. Con una sonrisa nos cuenta que se pasaba horas en el cementerio de perros que había en Saavedra, o en una estación de tren y sacaba todas las fotos que quería, pero nunca las mostraba. Las miraba y las analizaba él. Y un día de invierno llega a su casa y mientras hablaba de dinero con Ignacio... ¡Bum!, una bomba y un fogonazo a la vuelta de su casa. Carlos agarró la cámara y salió corriendo. Los montoneros, en su primera acción, habían volado un minimax en repudio a la llegada de Rockefeller al país. Para retratar la situación, Carlos esperó a que llegaran los bomberos. Al llegar el primer coche, hizo las fotos y al llegar el segundo se dio cuenta que iban a seguir. Se acercó, preguntó y le dijeron que iban a otro minimax donde habían hecho lo mismo. Y subiéndose al carro de bomberos recorrió 5 minimax. Hizo las fotos que pudo, las copió rápido secándolas con el secador de pelo y las llevó a Crónica. Cuando le dijeron que le daban $200 agarró las copias, las rompió en la cara del editor y se fue. Luego, se fue a la editorial Abril presentó las fotos y el jefe de fotografía le dijo: “eres un fotógrafo de mierda... pero tienes espíritu periodístico”. Y así consiguió su primer trabajo como fotógrafo. En una nota para el diario Página 12, Angel Berlanga escribe: “Carlos Bosch fue fotógrafo del diario Noticias, donde usaba la inmunidad profesional para fotografiar a la Triple A, hasta que cerraron el diario y lo intimaron a dejar el país. Entonces empezó una vida de aventura fotográfica única: fundó diarios, se infiltró entre los franquistas acérrimos, hizo reportajes en los que denunció el maltrato de los más desvalidos, fue corresponsal de guerra en Medio Oriente...” Lo que da cuenta de su carrera como fotógrafo.

y desaparecieron. Ahí se pensaba, se hablaba y se realizaba. Salimos y a las dos semanas vendíamos 125.000 ejemplares. Agotábamos todo. Después nos metieron una bomba y salimos todos por la parte de atrás del edificio. G: ¿Y hoy? C: Hoy hay otro mundo alrededor, el mundo de la web, del free-lance y el mundo de las revistas que realmente siguen teniendo intención de vender un buen producto. Hoy Clarín es un diario de mierda. Si llega el 7D y pasa realmente lo que le pasaría, y la publicación sigue, entonces Clarín va a tener que ser un buen diario. ¿Cómo se hace un buen diario? Con buenos fotógrafos, con buenos redactores. G: ¿Cómo te preparas para la muerte? ¿Qué significa eso para vos? C: Yo tengo mucha experiencia con la muerte. Me tocó prácticamente enterrar a toda la familia. Me tocó cubrir uno de los accidentes más grandes de Argentina. Fui el primero en llegar al terremoto de Perú con 95.000 muertos. Por lo tanto para mi la muerte es algo que pasa. G: Si, pero me estás hablando de la muerte ajena... ¿Y la propia? C: A mi no me preocupa. Las cosas llegan, no te podés oponer, ni hacer malasangre. Yo no sé si salgo de acá, me agarra lo que sea... Yo hice muchas cosas. También tuve una época donde pensaba en suicidarme, pero era mucho esfuerzo pensar en un suicidio civilizado. (Risas). Yo tengo una cosa cotidiana con la muerte. Por lo tanto yo hago lo que hago para que quede lo que yo no voy a poder explicar. Yo soy un narrador. Así como estoy contándote esta historia a vos, yo narro con fotografías. Cuando mi madre se enferma, yo empiezo a sacarle fotos y mientras le estoy haciendo una foto de sus pies me mira y me dice: -¿Me vas a hacer fotografías? -¿Por qué? -Porque si vos me haces fotos, yo me voy a morir y eso es como una forma de eternidad.

G: ¿Cuál es la diferencia con los tiempos que corren?

Y ese es el concepto que yo tengo también. Por eso cuido tanto la permanencia en las fotos. Soy un loco de la permanencia, por eso mis fotos del año 77 siguen estando impecables.

C: La diferencia con hoy es que la juventud está más regalada. Lo que pasa es que hay una diferencia enorme y ese momento histórico de Argentina era un momento de pelea. Esta época no es lo mismo. No es la época en que mucha gente tiene que pasar a la clandestinidad, que hay compañeros tuyos que están secuestrados y que vos tenés que tener un compromiso. En esa época vos tenías que tener un compromiso, sino era una mierda. Yo creo que había una obligación de militar, de tener una posición. De la gente con la que yo trabajaba en Noticias casi el veinte por ciento murieron

Casi al final de la entrevista le pregunté a Bosch si tenía algún referente en la fotografía. Me dijo después de dar algunas vueltas y nombrar primero a algunos fotógrafos emergentes y otros consagrados algo que resonó fuerte en mi mente. Hablando sobre Adriana Lestido, dijjo que ella había logrado traspasar una barrera en la fotografía, esa barrera consistía en convertir una imagen en una poesía. Implicaba lograr que dejara de existir lo que se muestra en el cartón para que se vea otra cosa. Y eso, según el mago, es magia. 29


Gustavito. Gustavito fue a la casa de la abuela y se dió cuenta de que el brazo de la abuela era una cosa toda fofa y arrugada, que si la movés para un lado se mueve para el otro. Y le dijo:

- Abuela, ¡Te cuelga! La abuela le respondió enojada:

- ¡A vos te cuelga otra cosa y yo no te digo nada! Por Daniela Regert Ilustración: Sofía Barrera


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Abuelito dime tu. Heidi subió la montaña. Luego bajó la montaña. Ordeñó una cabra. Pasó toda la tarde con Juancito acostada en el pasto, en el medio de la nada. Las nubes se movían como un salvapantallas. Entre las nubes había una foca, un angel, y el resto se parecía a la espuma del mar. Juancito le sacó una foto desde una cámara polaroid. Heidi ayudó a su abuelo y le cosió las alpargatas. A la noche, se conectó a un chat xxx y escribió “busco un hombre”.

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Joaquin Moscovich. Joaquin Moscovich era director general de una institución escolar de alto grado y rango. Un día cometió una tentación y se le tiró a una pendeja de 15 años. La pendeja contó todo a los padres y lo echaron a la mierda. Lo reemplazaron por el profesor de ciencias naturales, que de casualidad era bastante puto. En el acto de bienvenida, los alumnos de todos los grados, primaria y secundaria estaban reunidos en el hall central de la institución. Terminó su discurso con las siguientes palabras: “Un besito cariñoso a todos, espero que cuando sean grandes, vivan con un compañero y anden desnudos por la casa.”


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TIERRA ADENTRO Por Nadia Marchione Foto: Gonzalo PĂŠrez


Llegué a Básicamente un pozo gracias al Bafici. Cuando se exhibió en la sección Baficito (dedicada al cine para chicos) fui a verla pensando que me encontraría con una película de animación. Pero no. Es una película de acción en vivo. Y contrariamente a lo que muchos piensan, no es una película “infantil”. Sucede que el mote de “infantil” no es un buen adjetivo que se aplique ni a esta ni a muchas buenas películas a las que a veces así se cataloga. Me gusta decir que es una película “para chicos”, porque es así. No es para nada infantil, es adulta, es una película hecha en serio, con compromiso, dedicación, con amor y jugando, como se hacen las cosas en serio. Y es para chicos porque conecta al espectador directo con ese chico que todos tenemos adentro, ese que está tapado debajo de tantas responsabilidades y tareas de la vida cotidiana. Es para chicos de todas las edades. Es una película que se divierte divirtiéndonos. Y eso no tiene edad. Básicamente un pozo cuenta la historia de un profesor chiflado, uno de esos locos lindos que toda escuela tiene, que se empecina en lograr cavar un pozo tan tan profundo como para crear el movimiento continuo. Y para esto solicita la ayuda de sus alumnos. Pero sus alumnos son menores de edad, así que solicita la ayuda de los padres para que autoricen a los alumnos. Y, resistencia más, resistencia menos, todos se embarcan en un sueño que de tan personal termina siendo colectivo. Los chicos juegan con la tierra, los grandes cavan el pozo, los chicos se divierten y corren, los grandes preparan los choris con chimi que los chicos y los grandes disfrutarán en un hermoso día de campo que tiene como excusa el cavado de este pozo. El atractivo principal de Básicamente un pozo, y lo que la hace funcionar tanto en chicos como en grandes, es que el protagonista es un chico. Un chico grande, un grandulón. Un hombre que se olvida de bañarse por seguir sus sueños, que es perseguido por su mujer como un niño es perseguido por su madre. Para que crezca, para que madure, para que sus pies estén en la tierra. Y

con ese grandulón todos, grandes y chicos, generamos empatía. Porque sí, porque todos perseguimos alguna vez una causa perdida, todos tenemos alguna quimera que soñamos hacer realidad, a todos en algún lugar nos gusta juntarnos con otros a hacer eso que tenemos ganas, compartir sueños y realidades. Ese definitivamente no es un terreno privativo de la infancia. Pero sí nos conecta con algo tan primitivo como nuestros deseos de niños, nuestras sensaciones de pequeños. Y eso Humus lo sabe. No queda mucho más por decir. La película puede verse fácilmente online en Comunidad Zoom. Al alcance de todos, poco más de una hora de un cuento que nos cuenta Humus y que queremos nosotros también compartir, para que lo conozcan, porque vale la pena volver a juntarse a cavar un pozo tan profundo, tan profundo, que llegue allá a donde ya nos olvidamos que existía algo: al núcleo de nosotros mismos, nuestra infancia.

“Básicamente un poco”, mirala desde este link: http://comunidadzoom.com/argentino/basicamenteun-pozo-grupo-humus-2009

Básicamente Humus Los responsables de esta joya son un colectivo que hace cine. Sí, con lo difícil que es hacer algo colectivo, con el enorme desafío que implica siempre el trabajo en equipo, este grupo de gente distinta se embarca en la fascinante tarea de hacer las películas que ellos quieren, las que disfrutan hacer, juegan como chicos y se animan cada día a un poco más. Basta con buscar su canal de youtube o su página de internet para ver cómo esta gente no para de hacer y hacer cosas, de generar proyectos tan personales y divertidos que no pueden menos que contagiarnos a todos su entusiasmo.

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Galería Nadie Quiere Morir Me siento en el colectivo y espero. Al impulso se suman los rasgos.

Quedar plasmados en mi papel, implica haber sido robados para crear un mundo. Ese que vendrá después… del pasajero Instante.

Nací en Neuquén hace 26 años. Hoy estoy en Buenos Aires. Soy diseñadora de indumentaria y docente. Vivo entre formas, colores, texturas, personajes, sensaciones y objetos, y con eso hago. Ah. Mi nombre es Geraldine Schroeder. geraldineschroeder@gmail.com

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Alan Kugelmass

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Capturando melodías Pon Iván Dessau lustración: Anibal Zapata


John Merrik Hay canciones que podrían ser escuchadas como obras de teatro. “John Merrik” es una de ellas. “John Merrik”

Luego la luz se torna completamente amarilla y aparece una bateria completa que toma al rider, y con cariño, lo suma a su familia de redoblante, bombo y hi hat. El bajo se acerca a la batería, y bailan una especie de tango, perfectamente coordinados.

(abre telón, estamos en una casa vieja, piso de madera, muebles antiguos, un piano y una guitarra en escena. La luz es tenue, blanca y azul.)

Ante esta calma, Merrik vuelve desde la ventana, ahora también tiene un moño y una flor de juguete y la sopla para mover los pétalos. Nos dice:

Piano (con tono nostálgico) Hoy me siento…extraño… (fuma su pipa, mira por la ventana)

Merrik: (avergonzado) Debo agradecer lo bien que me han tratado aqui…

Guitarra (más joven e inmadura. Trata de interrumpirlo, aunque sin éxito, el piano está concentrado en sus pensamientos)_ P-por qué? P-por qué? _ P-por qué? P-por qué? _ P-por qué? P-por qué?

Trompeta, batería y bajo hacen gestos de sorna detrás de él, como poniendo en duda lo que está diciendo. Pero lo dejan seguir.

Aparece John Merrik, flaco, alto, tiene gomina, un habano, y un whisky en su mano. Solo está vestido con calzones largos a lunares rojos. Apoyando su mano en el hombro del piano, le dice al oído: Merrik: No hay razón para correr así, en mí… (Guitarra camina hacia atrás, tipo moonwalking, se acerca hasta el piano y le da la razón a Merrik) Merrik: el color, la luz, el sol…no se si soy capaz… En ese momento, luces violetas rojas, negras y amarillas iluminan todo caóticamente. Aparecen en escena un grupo conformado por un rider que toma de rehen al piano, una trompeta que trompea a la guitarra, y atras de ellos aparece un bajo, un saxo, un sintetizador, rompen todo lo que encuentran a su paso. Parecen del clan de Charles Manson, bailan desnudos y excitados una danza maldita, gritan y sacan espuma por la boca, copulan entre ellos, transpirados y desencajados. (Ante esto, Merrik se escapa por la ventana).

Merrik:… antes de dormir, sabré que al fin soy tan normal….normal…normal. (mientras dice esta palabra pone los ojos en blanco. Luego toma una maleta, saluda al publico y sale por la puerta haciendo la vertical) Cuando sale Merrik entra una guitarra, se para en medio del escenario. Una luz naranja la ilumina y nos dice con voz muy calma: Guitarra: El sabía que su lengua era feroz…sabía que podía sentir cada cosa que dijera, aunque fuera tarde. Aunque nunca supiera bien qué quería decir. Pero así lo ves, cantando más allá de la lluvia, más alla del sol, más allá de los planetas que nunca quieran chocarse, más allá de la flor, más allá de la luz, más allá de su dios, más allá del amor, de las hojas y de las putas fiebres. Ahí está, dejalo que vaya donde quiera, donde no sepa, donde no lo sigan, donde no necesite ser seguido, ni tampoco seguir a nadie, más que a su camino que deja de ser camino para convetirse en camino que rueda entre piedras y lo hace subir y bajar, bajar y subir, subir y bajar, bajar y subir, subir y bajar, bajar y subir… El escenario queda lentamente a oscuras. Cierra telón.

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Amalia Alonso

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Porque copa. Porque ya han sido infectados el cine, la televisión y hasta la literatura. Porque no siempre hay que sentir asco por las modas. No entendemos como hasta hoy, en pleno siglo XXI, el teatro independiente no se mandó una buena historia de

ZOMBIS #2 La nena despierta, corre al colchón donde duermen sus padres. Nena: Mamá, mamá. Mamá (despierta.): Mmm… ¿qué pasa? Nena: Tengo pesadillas. Mamá: ¿Eh? Papá (entre sueños.): ¿Qué pasó? Mamá: Nada, dejá. (Se levanta.) ¿Qué pasa, mi amor? Nena: Soñé cosas feas. Sangre. Cosas re feas. La mamá acaricia la cara de la nena. Mamá (alarmada.): Estás volando de fiebre. Edgardo. Papá: ¿Mmm? Mamá: Edgardo, despertate. La nena tiene mucha fiebre. Papá: ¿Fiebre? Nena: Sangre… caca… cosas feísimas… Mamá: Creo que está delirando, vení, ayudame a acostarla. La acuestan. El padre descubre una mancha de sangre en el camisón de la nena. Papá: ¿Y esto? (Le sube el camisón, devela una herida profunda en la pierna de la nena.) No… ¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto? Nena: Titán.

Mamá: ¿Titán, el hámster? Nena: Sí. Está re malo. Papá y Mamá se miran. Mamá comienza a llorar. Mamá: Volvé a tu cama, mi amor… volvé. Ahora va mamá. La nena vuelve a su cama, obediente como un conejo obediente. Papá: Quizás no está infectado. Mamá: ¿Le viste la pierna? La tiene negra. Estaba infectado. Silencio. Papá: ¿Lo hago yo? Silencio. Papá agarra la escopeta que descansa contra la pared. Mamá: No, déjame a mí. Mamá agarra un cuchillo de uno de los platos desperdigados en el suelo. Va hacia la cama de la nena. Se acuesta junto a ella, y le acaricia la cabeza con una mano, mientras con la otra empuña fuerte el cuchillo.

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Soy el editor y conozco al dueño de la editorial Pon Leticia Martín lustración: Paula Hansen

El pasado sábado 8 de septiembre se publicó el nuevo libro de Lucas Oliveira, Pura sangre busca establo. Si bien la versión digital ya había circulado hace unos meses por la web, la aparición del libro material produjo cierta alegría derivada del olor a papel cosido a mano y de las tapas que se acaban de prensar.

cerveza y me sirve sin preguntar. Después llama al mozo y le pregunta qué podemos picar. Son las siete de la tarde. La parrilla no está funcionando; “salvo que quieran chorizos”; dice el mozo, que termina trayéndonos un plato con dos ejemplares cortados en rodajitas.

Mezcla de poesía, cuento y manual de instrucciones, Pura sangre busca establo corre el ritmo de lo inexplicable y se pregunta sobre los trillados temas universales como el amor, el desamor, el dolor y la muerte, pero lo hace desde unas preguntas nuevas que surgen de la propia experiencia sin filtros. No hay postura en los textos de Oliveira, como tampoco hay provocación e irreverencia. Hay, por el contrario, un deseo franco y directo puesto en la vía del decir, de comunicar, mostrar y hacer presente una interioridad.

El proyecto editorial funciona de la siguiente manera; me cuenta Oliveira. “Leo y elijo los textos que me hacen llegar los autores.

Sentir que vale la pena mostrar /sentir que será valioso el ojo del que mira / mi ojo que mira el ojo del que mira / ese ahí / en esa trayectoria está el valor. El velorio estuvo bien/vino tu tío del sur trajo merca para todos/se llevó tus dibujos y poemas/yo me quedé con el celular/tus primos con las cenizas/en mi diario escribí/ Luquitas, muchos Luquitas/y lloré/una/semana/entera. Claramente marcado por los poetas de los ´90s, Desiderio, Casas, Cucurto, como por los padres mayores, Néstor Perlongher y Osvaldo Lamborghini, Oliveira cierra el libro con dos textos en prosa breve, titulados Mosquitos y Cursi. No leerlos sería perderse algo necesario.

Entrevista Con motivo de la salida de este libro y para contextualizar el hecho en el marco más amplio de su proyecto editorial, entrevistamos a Lucas Oliveir, de Funesiana; la tercera editorial más chica de Latinoamérica. Nos encontramos en el bar Ayacucho, sobre la calle que le dio motivo al nombre; a media cuadra de la Avenida Corrientes. Cuando llego Oliveira está sentado en una mesa y hace unos dibujos en su block. Pide una

¿Y con qué criterio elegís los textos que vas a publicar? La verdad; los elijo con el estómago. Oliveira, más conocido como “Funes”; imprime, guillotina, cose y encuaderna él mismo los cuarenta ejemplares que conforman cada edición. A veces algunos alumnos y alumnas de su taller lo ayudan en esa tarea. “De paso aprenden”; me cuenta. Funes se guillotina los dedos o parte al medio una prensa justo en la semana que sale un libro. Cada nacimiento tiene su anécdota de conflicto. Después va con su maleta de viaje a cada evento, carga libros nuevos y viejos, usados, y restaurados, libretas y agendas exóticas; y te planta un mesón en cualquier parte. Edita a sus amigos y enemigos, a minitas y a chabones de todo el país. Es más nacional y popular que muchos de los que proclaman serlo; y cree en el poder potencial de los lectores mucho más que en el mercado editorial. ¿Y con la distribución cómo te arreglás? Funesiana no paga comisión a librerías. Eso es regla de la editorial. Si una librería, un kiosco o un taller mecánico vende un libro nuestro es porque quiere. Está todo bien que lo hagan como quieran hacerlo, pero esa es la condición. Los libros funesianos suelen aparecer en bares, centros culturales, ferias artesanales, bibliotecas y cualquier otro espacio que, simplemente, los acepte y se banque no cobrar comisión de venta. Ese es su pacto es de lectura. Primero alguien te cuenta cómo viene la mano y después, cuando caíste, Funes hace lo suyo con maestría. Su objetivo es el de la táctica, no el de la estrategia. Funes resiste, espera a cada lector y se queda con los que se hartaron de Anagrama, Mondadori, o de Planeta; los indignados del corrosivo

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sistema de distribuidores mega concentrados que no tienen descuentos ni para docentes, ni mucho menos para jubilados o estudiantes. Funes encarna un nuevo modelo editorial. Pone el explosivo y espera a ese lector nuevo, ávido de algo más y cansado de siempre lo mismo. Ese que lo va a llamar o le va a mandar un mail, un DM o un mensaje en el muro de Facebook, para pedirle el libro de tal o cual autor que ahora es su contacto virtual. Ese librito que circula de boca en boca, no se sabe muy bien por qué. Y ahí, una vez eso, Funes se mueve como pez en el agua. Te lleva el libro a tu casa, a un bar, a la facultad, te invita una cerveza, o te lo deja donde le digas. Te trata como un lector. No como un mero consumidor de objetos culturales sino como un ser alfabetizado que no necesita moño, bolsa o papel de regalo. Funes sabe que la mística está en lo que contienen esas tapas hechas con postales de tarjetas de teatro, en lo que imprimió sobre hojas de un gramaje determinado, con nombre y apellido. Sabe todo eso y también sabe que no son tantos los lectores, a los que se propuso “educar” en el sentido añejo y perdido de la tradición editorial. En pleno auge de los e-books, Funes te cuenta por las redes sociales qué hay detrás de cada libro. Cómo se hace, qué se le pone, cómo llegó a ser el libro que es. Lo que no quiere decir que desconozca el futuro sino al contrario. Funes quiere imprimir sólo los libros que se van a leer. Su modelo editorial no se propone quemar papel impreso, abarrotado en una bodega, o en el sótano de una librería de la calle Santa Fe, sino acercarle al lector la producción literaria de esta época y dejarlo elegir qué va a consumir en papel, y que no. ¿Por qué creés que está bueno tener una editorial Independiente? Decime #laposta Tengo una editorial “artesanal”. No uso el término “independiente” porque bajo ese término se denomina a Bajo la Luna, Seix Barral, Tusquets (bueh, ya no), Entropía y Eloísa Cartonera, que no hacen lo mismo que yo; ni por las tapas. Entonces, para que sepas #laposta, deberías ver cómo se financian las editoriales y (como decía Garganta Profunda en el Watergate) empezar a seguir “la ruta del dinero”.

¿Por qué pensás eso? Cuando armé mi mapa de las editoriales me pareció mucho más fácil sostener lo que estaba haciendo con mi pequeña editorial que tratar de encuadrarme en lo existente. Tuve algunas cuestiones pero siguiendo la ruta del dinero vi que no era tan difícil. ¿Por qué hacés libros? Yo creo que por una cuestión de resentimiento. Hago libros para probarles a esos que no aceptaron publicarme que realmente puedo hacer libros que se lean y que gusten. Y no sólo libros míos: también de otros. Debe haber por lo menos catorce razones más por las que puse la editorial; pero dejemos eso librado a tu imaginación. ¿Te parece bien auto-publicarte? Pura sangre busca establo es un libro que me llevó tres años escribir y corregir. Incluye (dentro de la idea del libro) dibujos y un par de obsesiones con respecto a la encuadernación. Me auto publiqué porque no hay otra editorial que me ofrezca hacerme el libro de descarga gratuita, una versión papel (tapa dura, cosido a mano) y que encima me pague el 10 % en derechos de autor. Para colmo soy el editor y conozco al “dueño” de la editorial. Así que me parece bien, sí. ¿Cuáles son los lineamientos “filosóficos” de Funesiana? 1) No se vende en librerías. 2) Se publican primeros libros y cosas raras #ponele 3) Se paga el 10% en derechos de autor (en libros). 4) Los libros estarán realizados por el editor, a mano y uno por uno. 5) No hay límites con las páginas. Habrá más pero con esos puedo salir adelante.

¿Y cuál es esa “ruta del dinero”? Para mí las editoriales deberían nomenclarse por cómo se financian: Tamarisco, Entropía, Mansalva, El Fin de la Noche son: Editoriales Subsidiadas. Funesiana, Mancha de Aceite, Colección Chapita son: Editoriales Artesanales. Emecé, Interzona; Grupo Editorial Santillana (del Grupo empresario Dunken) Milena Caserola, Teseo son Editoriales de Autor y Aurelia Rivera, Pánico el Pánico, Santiago Arcos o Marea editorial; son Pymes.

¿Cómo y dónde se dan a conocer y distribuyen los libros? La clave es el boca en boca. Hace cuatro años que empecé y hoy en día mucha gente conoce el proyecto Funesiana. La idea es que se dé a conocer de lector a lector, sin reseñadores o comentaristas pagos, ni intermediarios.


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Fe de erratas. Fe de erratas. Y un ominoso pedido de perdón. En la edición anterior, Nadie Quiere Morir cometió un error. Sí, lo cometió. Porque después de todo, es una revista hecha por humanos, y los humanos no somos perfectos, ¿no es así? Pero los errores son errores, y pasarlos por alto constituiría una comodidad análoga al levantarnos del inodoro sin haber lavado propiamente nuestras partes. Pido disculpas, ahora, por el punto y aparte, que a esta altura del texto no era pertinente. Es que la sola imagen de salir del baño sin haberme lavado colaboró con una peligrosa bajada de presión, y tuve que acudir rápidamente a la cocina a por unas cucharadas de azúcar. Procedo a demarcar el error en el que hemos incurrido. Hemos… pero antes que nada quiero dejar en claro que cada equivocación para nosotros es una llaga. Sufrimos. Sufrimos mucho. O yo sufro, por lo menos, durante la revisión de la revista. No lo he hablado con mis colegas. Lo voy a decir sin tapujos. En la página 2, donde dice “teatro” en realidad quisimos decir “arte”. Qué nos llevó a confundir las palabras, no lo sabemos. La naturaleza del error nos es ajena, porque el error es nuestro peor enemigo. Pero en este acto lo exorcizamos, y nos sacamos un peso de encima. Gracias. Y perdón, mil perdones. Por favor, perdón.

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revistadearte

En NQM, cada número tendrá nuevos colaboradores, nuevos escritores, nuevos artistas invitados, nuevos ilustradores; por que no queremos dejar afuera a nadie. Deseamos que todos muestren lo mejor de sí y tengan la oportunidad de compartirlo. En esta ocasión, nos enorgullece presentar a los que tuvieron el agrado de publicar lo propio, de mostrarse, de disfrutarse. Pero las puertas siempre estarán abiertas. Rejuvenecer en cada número será nuestro desafío y el de todo aquel que quiera formar parte de NQM, la revista que llegó para darle lugar al arte independiente desde el arte independiente.

Directores. Leticia Martin Fernando Rodil Gustavo Pascaner Lucas Bustillo


Colaboran en este número Redacción Sebastián Leonángeli Peteco Muñoz Analía Medina Luciano Lutereau Martín Casarino Daniela Regert Nadia Marchione Iván Dessau Rob Idem Leticia Martín Alberto Laiseca Sr. Toc

Fotografía Gustavo Pascaner Valeria Dranovsky Karen Ludke Alan Kugelmass

Ilustraciones Otto Soria Jeanette Parrinella Sofía Lapenta Lucas Bustillo Fernando Rodil Augusto Pugliese Sofía Barrera Gonzalo Pérez Anibal Zapata Amalia Alonso Pablo Pikachu Pula Hansen Pablo Tajer Alfredo Tomaselli

Arstista invitada Geraldine Schroeder

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Profile for NQM (Nadie Quiere Morir) revista de arte

NQM #2  

La revista de arte que no estabas esperando. Fotos, ilustraciones, dibujos y diseños alternando la mejor información de los circuitos cultu...

NQM #2  

La revista de arte que no estabas esperando. Fotos, ilustraciones, dibujos y diseños alternando la mejor información de los circuitos cultu...

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