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ya a la venta Llegaron del campo a la ciudad a malbaratar lo Ăşnico que poseen: su fuerza de trabajo. Y la city los expulsĂł hacia la periferia. En ella sentaron su residencia, crecieron y se multiplicaron...

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Lavinia Espinosa Herrera ¿Satisfacción o tormento?

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Moisés Zurita Zafra ¿Qué estamos comiendo?

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Kevin Martínez Ayala Pequeña degustación de literatura universa

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& La comida y el cine

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Comida Salud& Literatura

112jul-sept2019

Aline Gabriela Villa García Imaginación y realidad, los ingredientes para cocinar un cuento

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Yschel Soto Espinoza Inseguridad alimentaria y nutricional

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Tres poemas

16

Ev Zul

Y…

27

Víctor Hugo Pedraza

Claridad, musas y otros textos

38

Andrés Zurita Zafra

Mi mente es tan poca para entender cómo es posible ver una luz con los ojos cerrados

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Mariana Velázquez Ordaz

Tú buscas la muerte, mujer

46

“““

La capital del mundo

56

Gildardo Montoya Castro

En mis dedos

61

“““

Mitos y magia ancestral: el legado literario de Amos Tutuola

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Jorge Iván Garduño

Del fenómeno de la no lectura a la necesidad de una cultura lectora

22

Jorge Orozco León

Los desplegados mundos de Juan Emar

37

Adán Echeverría

Art Division, el espíritu de Toledo en el mundo

42

Rocío Florez Cruz

Gallofero

14

Emiliano Pérez Cruz

La otra versión

28

Miguel Ángel Leal Menchaca

Lo que no me gusta de mí

32

Adriana Valentina Hernández

Maya

34

Alejandro Ordóñez González

Bitácora del error

45

Aída López

Flor de Tuna (novela por entregas)/ 22

66

Raúl Orrantia Bustos

gatoencerrado Locura

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Juan Carlos Sapien Medina

transversalidades Violencia y poder

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Susana García Medrano

David Rodríguez Olivares 6, 7, 11, 47 y 65 Molino de Letras es una publicación trimestral. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2011062209030200-102, ISSN: 2007-5650, otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor, licitud de título: 4769, licitud de contenido: 147, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Calle Miguel Negrete 336 L. 15 C. 40, Fraccionamiento Xolache, Texcoco, Estado de México, C.P. 56110, Tel. 5519546810, zurit@gmail.com. Editor responsable: Fortunato Moisés Zurita Zafra. Impresa por Imprensel, S.A. de C.V. Av. Catarroja No. 443 Int. 9, Col. María Esther Zuno de Echeverría,Iztapalapa, D.F., México C.P. 09860 Tel. 58661835. Este número se terminó de imprimir el 15 de septiembre de 2019 con un tiraje de 3 000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Se autoriza la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación si se cita la fuente.

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Moisés Zurita Zafra Director fundador Lavinia Espinosa Heredia Directora Patricia Castillejos Edición Consejo Editorial Rolando Rosas Galicia Eusebio Ruvalcaba † Arturo Trejo Villafuerte Estrella del Valle Isolda Dosamantes Minerva Aguilar Temoltzin Gabriela Arias Hernández Marcial Fernández Refugio Bautista Zane Alberto Chimal Pablo Ortiz del Toro Pedro Mendoza Corresponsalías Rocío Flores (Oaxaca) Adrián Mendieta Moctezuma (Tlaxcala) Información David Zuriaga Jiménez Diseño Gráfico Juan Jorge Díaz Rivera José Luis Delgado Mendoza Angélica Vianey Mendoza Mejía Fotografía Juan David Sánchez Espejel† Publicidad Tel. (01 595) 9556977 Cel. 5519546810 Kevin Martínez Ayala Aline Gabriela Villa García Raúl Daniel Martínez Juárez Alejandra Ochoa Cruz Dulce María Frutero Cruz Said Téllez Castillo Eduardo Peraza Yáñez Gemma Estefanía Narváez de La O Jorge Armando del Valle Prats Sandra Berenice Garay Ayala Mónica Ochoa Cruz Adriana Aurora Arriaga Trejo José Luis García Hernández Nayeli Flores Ruiz Salvador Ángeles Jiménez Evelin Alitzel Vera Mendoza Andrea Hernández Ruíz María Mercedes Zamora Cruz Alicia Valery Mavil Niño Jeremi Ensaldo Sánchez Salvador Ulises Martínez Arriaga

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Autores& Colaboradores Adán Echeverría: Doctor en Ciencias Marinas, Posdoctoral Researcher en el Instituto de Investigaciones Oceonológicas de la Universidad Autónoma de Baja California. Autor de las novelas Seremos tumba y Arena. Adriana Valentina Hernández: Es originaria de Oaxaca. Escribe para darle sonido a los espacios en blanco de las hojas. Aída López: (Mérida, Yucatán) Estudió Psicología en la Universidad Autónoma de Yucatán. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en la Sociedad General de Escritores de México-Guadalajara y en la Escuela de Escritores de Yucatán Leopoldo Peniche Vallado. Alejandro Ordóñez González: Autor de siete novelas. De éstas, Cábulas fue publicada por Plaza y Valdés (1987). Autor de la columna Taches y Tachones, donde publica cuentos, crónicas, análisis políticos y artículos de opinión. Editorialista en dos programas de radio. Aline Gabriela Villa García: Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Desde hace cuatro años colabora en asociación civiles promoviendo la igualdad entre los géneros. Amante de la literatura y los viajes. Andrés Zurita Zafra: Ingeniero agrónomo especialista en Fitotecnia, egresado de la Escuela Nacional de Agricultura. Eduardo Peraza Yañez: Licenciado en Pedagogía con experiencia en la rama de la promoción cultural. Emiliano Pérez Cruz: Periodista y escritor. Autor de los libros Si camino voy como los ciegos, Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan, Ladillas, Un gato loco en la oscuridad, entre otros. Ev Zul: Seudónimo del artista multidisciplinario Gabriel Celaya (Juchitán, Oaxaca). Ha realizado proyectos de instalación y performance donde utiliza la poesía como medio creativo. Desde hace 18 años trabaja en la Casa de la Cultura Oaxaqueña como instructor de Artes plásticas. Gildardo Montoya: Periodista y poeta. Autor de los poemarios El ladrón que sobornó a la Luna, Armónica para desnudar el sueño y Ebria ilusión del aire. Jorge Iván Garduño: Fotógrafo, escritor y periodista mexicano. Jorge Orozco León: Licenciado en Educación Física por la Escuela Superior de Educación Física y en Lengua y Literaturas Hispánicas por la unam. Desde hace más de dos décadas se desempeña en el ámbito educativo coadyuvando en la formación de niños, jóvenes y adultos a través de la la cultura física y la cultura lectora. Juan Carlos Sapien Medina: Doctor en Tecnología e Innovación en la Educación. Profesor Investigador de la Universidad Autónoma Chapingo. Internacionalista. Apasionado de la enseñanza del idioma inglés. Geek honorario y elder otaku. Kevin Martínez Ayala. Ingeniero en Restauración Forestal por la Universidad Autónoma Chapingo. Participa en actividades enfocadas a la preservación medioambiental, a la par de contribuir con diferentes editoriales literarias del centro del país. Mariana Velázquez Ordaz: Estudiante de Pedagogía en el Grupo Colegio Mexiquense. Amante de las letras. Raúl Orrantia Bustos: Estudió Letras Italianas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente realiza estudios de posgrado en Europa. Rocío Flores: Periodista oaxaqueña interesada en temas de política y cultura. Egresada de la uamXochimilco. Diplomada en Periodismo en la Universidad Anáhuac del Sur. Colaboradora eventual de Los Ángeles Press y Animal Político. Susana García Medrano: Psicoterapeuta, educadora feminista, facilitadora grupal y socióloga. Especialista en el tratamiento de la violencia sexual y la promoción del autocuidado. Docente invitada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Radica en Glasgow, Escocia. Víctor Hugo Pedraza: Poeta, escritor, editor y fotógrafo egresado de la licenciatura en Lengua y literatura hispánicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.


Mensajes& Correo Carta de Oaxaca Zaduuyaacanu’ Diuxhi c’u ndaayali, Ta Min Dos o tres mariposas negras aparecieron el jueves cinco de septiembre por la mañana en algunas salas del Instituto de Artes de Gráficas de Oaxaca (iago), uno de los espacios más emblemáticos para el arte creado por el artista Francisco Toledo. Después supimos que vinieron a anunciar su muerte. Entre los zapotecas, igual que entre muchas culturas indígenas del estado y mesoamericanas, la mariposa negra estaba relacionada con el Mictlán, el lugar de los muertos. Todavía hoy, su visita a un lugar es el anuncio de un viaje eterno, como el que ha iniciado el artista. Ta Min, como le llamaban en Juchitán, murió el jueves por la noche y el viernes fue despedido en su casa, el iago, en donde varias generaciones de pintores, escritores y grabadores se formaron bajo su tutela. Ahí llegaron todos a despedirse de él de manera simbólica, su cuerpo ya había sido incinerado por la mañana, pero el espíritu activista y las causas que defendía parecían estar ahí haciendo eco en las memorias. Afuera, la música de una banda de jóvenes de San Agustín Etla acompañaba las anécdotas de quienes habían coincidido en algún tiempo en la vida del pintor. Pintor, mago, sabio, brujo, chamán, creador en el arte y la Fotografía de Jorge Luis Plata

cultura de México. Así es como lo han recordado varios de sus pupilos y amigos en su despedida. Adentro, su esposa Trine Ellistgaard y sus hijas e hijos, Natalia, Laureana, Gerónimo, Sara y Benjamín, agradecían a todos las muestras de cariño hacia el inigualable artista, acompañados por amigos cercanos, entre ellos, el empresario Alfredo Harp Helú y su esposa Isabel Grañén Porrúa. En el patio del iago, donde colocaron una fotografía y coronas de flores, esta vez no trinaron los pájaros entre las ramas de las buganvilias como otras tardes, el silencio de las aves acompañó el duelo, luego se escuchó el himno solemne del Dios nunca muere, después unos minutos de aplausos para despedir al pintor, al hombre mono, al defensor del legado cultural y natural, al promotor de las lenguas indígenas de Oaxaca. Horas antes, en el teatro Macedonio Alcalá, funcionarios de los gobiernos estatal y federal le ofrecieron un breve

homenaje… a quien nunca pareció necesitarlo. Toledo solía huir de cualquier acto protocolario, a menos que fuera para dialogar con los servidores públicos sobre alguna de las problemáticas que encabezaba. A esa ceremonia acudieron también integrantes de algunas organizaciones y asociaciones civiles, ciudadanos y reporteros enviados y locales, quienes evidenciaron la inconformidad de una mujer al final del acto. “Vergüenza ajena, vergüenza ajena”, repetía frente al gobernador Alejandro Murat y su esposa. El viernes, Murat decretó tres días de luto y la bandera fue izada a media asta por la muerte del maestro, como le decían regularmente aquí en la ciudad al artista zapoteco. Se fue Francisco Toledo, su alma viaja a Mictlán, a la ciudad de los muertos, aunque en Oaxaca hay quienes aseguran que un hombre sabio como él siempre regresa, por su obra y sus acciones, en el pensamiento o de algún modo en otra vida. Rocío Flores 5


Carbonera

David Rodríguez Olivares. Artista emergente de origen texcocano. Su gusto por el arte prehispánico y el grafiti undergroun lo ha llevado a practicar, investigar y crear obra en torno a ello, tanto escultural como pictórica, haciendo sintaxis a lo actual, creando un sincretismo entre lo prehispánico y lo contemporáneo.Ingresó al Faro de Oriente donde desarrolló técnicas como vitral, mosaico y cartonería; también aprendió técnicas básicas que perfeccionó al convertirse en alumno del maestro Margosk, con quien ha trabajado en la creación de grandes obras. Entre sus colaboraciones se encuentra la escultura Ayolotl, en Coatlinchán, La victoria alada, en el Ayuntamiento de Texcoco y la réplica 1:1 de La piedra de los Tecomates, ubicada en el centro de Coatlinchán. Actualmente se encuentra estudiando la licenciatura en artes en la UAH, con lo que busca mejorar sus técnicas, hacer mejoras a su estilo y enriquecer su formación como artista plástico. Ha tenido participación en galerías, itinerantes, temporales y personales en zonas como Texcoco, Teotihuacán, Ciudad Nezahualcóyotl y la Ciudad de México.

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Tren de “T puente” (Grabado). David Rodríguez Olivares. Carbonera 1/4

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mardepensamientos

¿Satisfacciónotormento? Lavinia Espinosa Heredia

L

a comida es el punto de reunión y socialización de los seres humanos, a través de ella crecemos, nos relacionamos y convivimos. Desde que somos bebés nuestro primer acercamiento a nuestra madre está ligado a la comida. Cuando fuimos niños y enfermábamos nos hacían un “caldito de pollo”, cuando había fiestas la comida era el punto central, cuando vivimos el primer desamor seguro alguien nos regaló algún alimento para endulzarnos la vida. Aún resuenan en mi cabeza las palabras de mi abuela sobre comerse todo lo del plato y no dejar nada, una cucharadita y ya, me decía y la vida se iba construyendo alrededor de buenos y malos momentos que se relacionaban con la comida. Los grandes negocios se cierran en restaurantes, la vida, incluso, se despide con comida y así nuestro desarrollo y socialización nos va reuniendo alrededor de ella. Y es por este tipo de hechos que nuestra relación con la comida se define. En terapia he conocido pacientes que a pesar de tener enfermedades gra8

ves, diabetes u otras, no podían dejar de consumir pan o alimentos azucarados. Cuando exploraba sobre su relación con la comida, podía darme cuenta que la utilizaban como un refugio para sus problemas emocionales y que en ocasiones podía representarles recuerdos reconfortantes. En contraste, para las personas que padecen anorexia, la comida se vuelve para ellas una pesadilla, le rehuyen pero suele representar una manera de querer desaparecer, de morir lentamente. Si bien el alimento es nuestro sustento vital, para muchos se convierte en un problema que no pueden manejar, pero ¿qué sucede en esta relación que puede llevar a la comida a ser el peor de los tormentos? Pareciera ser que el tema de la salud y la alimentación ha cobrado gran auge hoy en día, las dietas y los productos light se han puesto de moda, esto no es una casualidad, más bien, es el resultado de estudios que demuestran que nuestro peso tiene una relación con nuestras emociones. La mayoría de las personas tenemos una mala relación con la comida, lo que provoca que Ilustración de Lavinia Espinosa Heredia


tengamos conductas que se denominan compensatorias, que son las que nos hacen comer para poder evadir nuestros sentimientos. Al tener una mala relación con la comida con frecuencia se tienen sentimientos de culpa y tendemos a querer hacer dietas, mismas que fracasan, porque pensamos tener el control de lo que comemos, pero es un control irreal, pues provoca que no tengamos contacto con nuestras emociones, escondemos lo que sentimos, no distinguimos lo que nos pasa a nivel emocional y entonces mejor comemos. Es por ello que, en la mayoría de las ocasiones una persona que tiene problemas de peso requiere no solo de una dieta sino de un tratamiento que incluya la atención psicológica, que le ayude a entender su relación con la comida y a reconocer sus emociones sin confundirlas. Los comedores emocionales generalmente tienen un nivel de compulsión grande, la compulsión es una especie de desesperación a nivel emocional, se le teme a las emociones y se manifesta de forma compulsiva. En la actualidad es mucho más común de lo que parece el que las personas sean comedores emocionales. Las situaciones que suelen desencadenar este tipo de problemas están ligadas a problemas en las relaciones personales, ansiedad, depresión, soledad, estrés, cansancio, problemas de salud, económicos, por mencionar algunos. Estas situaciones provocan emociones negativas que se suelen querer compensar mediante el consumo de alimentos que generalmente no son saludables. Se trata generalmente de alimentos como azúcares, sodio y grasas, que tienen poco o ningún valor nutricional, que provocan que subamos de peso o incluso que enfermemos. Y es así como esto se suele volver un círculo vicioso, donde la culpa juega un factor muy importante que nos hace volver una y otra vez a una forma de comer compulsivamente. La intención de compartir estas líneas es poder ayudar a tomar conciencia de nuestra relación con la comida. Se dice, incluso, que si logramos mejorar esa relación nuestra vida cambiará notoriamente y nos sentiremos mejor con nosotros mismos. De ahí la importancia de saber qué hacer al respecto. ¿Qué se puede hacer para tener una  relación más saludable con la comida?

•• Darse cuenta. Reconocer nuestra mala relación con la comida y aceptarlo. •• Dejar de querer controlar. Vivir a dieta no va a proporcionar el control que requerimos sobre nuestra vida. •• Distinguir cuando tenemos hambre emocional, del hambre como una necesidad básica, ya que de esta forma podremos satisfacer el hambre real y poner límites a nuestra hambre emocional. •• Comprender y sentir a nuestro cuerpo cuando nos señala que ya estamos satisfechos y dejar de comer de más. Hasta que aprendamos a separar estos tipos de hambre podremos modificar nuestra relación con la comida y por ende no solo mejorar nuestra salud física, sino también la salud emocional. •• Liberar la mente. Relajarse y hacer meditación ayuda a liberar tensiones y a calmar la ansiedad que puede surgir a la hora de comer. •• Ver a la comida como el sustento de la vida. Un punto central es entender que la comida no es compañía, no es amor y que está bien disfrutarla pero no como algo más. •• Oler, saborear y masticar despacio. Darse el tiempo para comer. Haciendo esto se puede notar como uno va sintiéndose satisfecho, cuando comemos de prisa no notamos este tipo de sensación. Como señalé al inicio, a lo largo de nuestra vida aprendemos a relacionarnos con la comida de diferentes formas, en el momento en que decidamos que esa forma ya no nos interesa o no nos es útil, podremos aprender otra forma diferente de interacción con la comida que nos permita disfrutarnos mejor. La comida es nuestro sustento, se puede convertir en nuestro peor tormento pero también en nuestra mayor fuente de satisfacción, así que si logras comprender estas líneas, descubrirás que pueden ayudarte a sentirte mejor, cuidar tu salud y encontrar calma cuando comes. Existen instituciones gubernamentales y asociaciones civiles que brindan ayuda gratuita o a bajo costo y que pueden apoyarte a encontrar y entender tu relación con la comida. Si tienes dudas o comentarios también puedes dirigirte a profalaviniae@gmail.com 9


aunpasodeldesastre

¿Quéestamoscomiendo? Moisés Zurita Zafra

E

s muy probable que no, en general no sabemos de dónde viene nuestra comida, dónde fue producida es un misterio, los agrotóxicos utilizados en su producción no aparecen en las etiquetas; los aditivos y conservadores sólo se anotan en los empaques, no sabemos qué estamos comiendo. Desde la revolución verde, al menos, hemos visto una carrera para producir más alimentos en detrimento de la naturaleza en casi todos los casos; los cultivos transgénicos son la fase superior del uso de los agrotóxicos: el glifosato está en todas partes. El azúcar es otro elemento importante de nuestra alimentación, en general de efectos negativos en su mayoría, no sólo presente en los refrescos, el azúcar es un agente de enfermedad y muerte muy relevante. Casi todo lo que está disponible en el supermercado

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hace daño; por eso debemos tomar conciencia de lo que comemos, algunos indicadores para seleccionar nuestra comida pueden ser los siguientes: • Hay que consumir productos locales, de preferencia frescos: verduras, frutas, granos, etc. Si sabemos que son productos locales es posible que los propios productores consuman sus cosechas. Mientras menos viajen los alimentos es mejor. • Hay que disminuir el consumo de alimentos procesados: “alimentos” instantáneos, jamón, yogur, etc. La mayoría de los productos procesados tienen aditivos y conservadores. Lo mismo ocurre con los envasados: refrescos, jugos, cerveza, etcétera. Lo que comemos nos define y nos determina la salud o la enfermedad. La salud, como sabemos, llega por la boca.


Las fuentes Texcoco (Grabado). David RodrĂ­guez Olivares. Carbonera 2/4

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Mitos y magia ancestral: el legado literario de Amos Tutuola

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Jorge Iván Garduño

El continente africano se caracteriza por ser depositario de extraordinarios paisajes, tener una variada riqueza natural con climas extremos y exuberantes, así como ser contenedor de etnias, pueblos y razas milenarias que han acuñado mitos y leyendas para transmitir su legado de las generaciones primigenias a las futuras. En este marco surgió a mitad del siglo pasado un brillante escritor nigeriano, quien, gracias a su estilo aparentemente descuidado, nos interna en un universo fuera de toda lógica humana, en el que en ocasiones seres irreales, y personajes fantásticos en algunas otras, brotan de la inventiva de Amos Tutuola, quien creó una verdadera saga africana utilizando la tradición de su familia de origen yoruba. De manera brillante, Tutuola fue quien abrió el camino de la actual narrativa africana con su novela El bebedor de vino de palma, primera novela publicada por el autor, que despertó un gran interés en todo el mundo literario, por lo que muy pronto fue traducida a varios idiomas, obteniendo un éxito inusual con respecto de otros autores africanos hasta ese momento. El bebedor de vino de palma es una obra literaria que nos va revelando la poesía del pensaFotografía tomada de Internet

miento primitivo y su lógica interna, convirtiéndola en un símbolo universal que transita la frontera de la rica tradición oral yoruba con ideas y alusiones adaptadas al folklore moderno, lo que la convierte en algo único e impresionante. Encuentros con seres sobrenaturales, magos, dioses, demiurgos nocturnos, aldeas encantadas pobladas por fantasmas, montes habitados por seres míticos, bosques donde los árboles caminan solos, es a lo que se enfrenta el protagonista que nos cuenta su inusual historia y que tiene lugar en el corazón de África. El narrador es un desenfrenado bebedor de un característico vino extraído de la palma, que se destaca por ser una bebida fuerte, recia y muy común en países del Caribe, Asia y, por supuesto, África; desde la primera frase el narrador nos dice: “He sido un bebedor de vino de palma desde que tenía diez años”. Amos nos deja abierta la posibilidad para discernir sobre el narrador-héroe y la historia que nos presenta: un hombre abatido por el alcohol que en estado inconsciente vive una aventura mezclada con los mitos y leyendas del pueblo yoruba, que sobriamente sería imposible recrear.

En el estado en el que está, ese hombre tiene un periplo cuasi diabólico, efecto de la bebida embriagante que ha ingerido sobremanera, ligando el atractivo viaje con su interior y las fuerzas dominantes que rigen la cosmogonía del África, recreando una vía de desarrollo espiritual para la adquisición de sabiduría. Diversos niveles de humanidad, espiritualidad y conciencia deberá de sortear el bebedor de vino de palma para alcanzar su objetivo: recobrar al sirviente que logra saciar la sed del bebedor, y con esto continuar bebiendo descomunalmente vino de palma. El bebedor de vino de palma, una novela que desde el inicio logra captar la atención del lector, gracias a la capacidad imaginativa que posee Tutuola para entrelazar la mitología yoruba y las leyendas africanas con la literatura moderna, alcanzando niveles poéticos, haciendo un intento por liberar el alma humana. Amos Tutuola es un escritor mágico que en vida cultivó la imaginación y las tradiciones ancestrales para recrear un universo propio, lúcido y alegre, en el que otros autores se internaron para continuar la tradición iniciada por este novelista. En definitiva, un extraño escritor nigeriano que tuvo la visión y la fuerza suficientes para escribir de forma fantástica en un mundo donde la tradición oral es más fuerte que la escritura. 13


Gallofero Emiliano Pérez Cruz

I El sol iniciaba su descenso cuando comenzó la lluvia. Rodrigo alias el Ronco Rugidor, amodorrado, escuchó cuando el primer automóvil se detuvo justo frente a la entrada de la casa. Contuvo la respiración hasta que el silencio invadió sus oídos y le incrustó un zumbido pertinaz que huyó al sacudir la cabeza.

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Entonces estiró la mano hasta la botella de ron que yacía sobre el buró metálico, y vertió un chorro en el vaso que antes volcara sobre el piso de cuadrados rojos surcados por hilillos verdosos de cemento. A su lado, Airamaná sonreía entre sueños, desnuda, con el cuerpo curvado presionando contra el suyo y el brazo alargado para que él descansara la cabeza. Distendió los sentidos mientras daba un gran sorbo al líquido transparente de sabor dulzón con aroma a limón pasado, que se desparramó por su estómago proporcionándole de inmediato calor a su cuerpo. Escuchó murmullos de voces, pero por más que aguzó el oído le fue imposible distinguir lo que decían. Se levantó y fue hasta la repisa donde tenía una cajita de hojalata con cigarrillos de mariguana; cogió uno y lo humedeció con la lengua a todo lo largo. Frotó un cerillo en el costado de la cajetilla y en la penumbra de la habitación su rostro se incendió. Airamaná se agitó en el lecho, solitaria. Ronco Rugidor aspiró el humo y lo contuvo en sus pulmones hasta que la impresión de que la masa encefálica le estallaría y desparramaría por las orejas y por los ojos, le asaltó. Entonces exhaló. La lluvia volvió tenue, sigilosa, produciendo un murmullo, casi un ronroneo sobre los vidrios de la ventana. Airamaná lanzó un largo suspiro; su piel color tabaco constrataba con el tono pálido, desvaído, de Rodrigo, que volvió sobre sus pasos y se tendió nuevamente en el camastro junto a Elú, la gata

siamesa de Airamaná que estiraba sus miembros, mostrando las afiladas garras.

por doquiera te he buscado en mi desesperación...

Con gesto indolente, Rodrigo recorrió la lengua húmeda sobre el cigarrillo y lo llevó hasta sus labios gruesos, amoratados, resecos (“tienes boca de mangana”, decía su abuelo; “tienes labios de hígado”, decía su madre); paladeó el humo, fijando la vista en la espiral blanca que se hacia invisible al topar con el techo de asbesto.

La gata se levantó y fue a pulir sus uñas en la pata del ropero de lunas resquebrajadas que ocupaba la mitad de la pared; el ruido que producía hizo que Ronco Rugidor evocara el banco de carpintero donde alguna vez trabajó en la cárcel: un serrote cortando una tira de oyamel, una lija devastando la cabeza de un tornillo, la lija puliendo la cara de un entrepaño...

Su mirada fue a dar hasta los ladrillos desnudos donde había colgado aquel dibujo pirograbado en triplay de pino que la Niña le obsequió el día en que abandonó el penal; era un muñequito de la tira “Amor es...”, pero vestido con traje de presidiario, a rayas. El texto al pie del dibujo decía: “Amor es...no ser tan res”. Puntadas de la Niña: no ser tan res, no ser tan bestia, tan animal como para dejarse atrapar y permanecer tras las rejas. “¡Qué de volón se pasa el tiempo!”, pensó y enseguida pegó un brinco y se descubrió sentado a la orilla del lecho. “Qué güey”, sonrió, “clarito sentí que había gritado; chida esta motita... Chida”. Volvió a chupar la punta del pitillo y se inclinó sobre la radiograbadora para accionarla. Las trompetas de la Sonora Santanera se desparramaron por todos los rincones de la habitación; soltó el humo y tarareó acompañando la voz que la bocina arrojaba: Todo México me ha visto calle arriba y calle abajo;

Camino por Narvarte, la Viga y Coyoacán, mi anhelo de encontrarte me lleva al Pedregal. Te busco por Guerrero, la Villa y Tizapán, por la colonia Obrera y no te puedo hallar... Elú se pasea por el cuarto, la cola enhiesta; corre a ocultarse bajo la cama cuando el segundo auto (motor fuera de tiempo, petardos por el tubo de escape) anuncia su llegada. —Qué se me hace que va a haber movida —exclama Ronco Rugidor como si lo hubiese pensado y va hasta la ventana; intenta mirar hacia el exterior a través de la cortina troquelada; le obstaculiza la vista la cerca de tabiques cuatrapeados (uno sí, uno no), pero no lo suficiente como para advertir la presencia de un vehículo blanco y otro azul marino frente a la casa. —¿Qué transa con éstos, qué traerán? —exclama para sí y se dirige hasta el ropero donde tiene la escuadra calibre 45; la 15


toma y vuelve a la ventana, con la piel chinita por el frío que ya se desató.

(Trespoemas)

No alcanza a distinguir cuántos hombres permanecen en el interior, pero sí ve bajar a uno de ellos y dirigirse al otro auto, inclinarse sobre la ventanilla y volver a su lugar.

I

Los motores se ponen en marcha y los dos vehículos parten por donde llegaron. —Quieto Nerón, no te me pares de uñas que nada pasó —se consuela y coloca la pistola sobre el buró. Airamaná entreabre los ojos y el corazón le brincotea a Ronco Rugidor como conejo desollado en vida; de la entrepierna de ella emana un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas... Ronco Rugidor lo capta al vuelo mientras, a lo lejos, el motor de los autos regurgita hasta perderse en el miserable caserío. En la grabadora llega el turno de Bienvenido Granda y su cadenciosa voz: Ay, vuela-vuela, pajarito anda, llévame a tu nido Ay, pajarito, pajarito... Ronco Rugidor aprovecha para alucinarse seis meses atrás, en la calle, a las puertas del penal, recién liberado, valiéndole que Airamaná le sonría desde el centro del lecho, cálidamente, mostrando la dentadura blanca y los hoyuelos que se generan en sus mejillas, y diciéndole: —Te quiero mucho, negrito, bola de chapopote masticado. 16

La eternidad se infecta cuando tu cuerpo duerme lejos ruido de suspiros de ayeres y futuros anhelados mientras la noche acaricia mis labios deseándote fusilándote creando disturbios en ciudades ajenas para obtener un nombre que no me pertenece y no tengo tiempo para lo eterno II Historia de amor perfecta real y cruda salvaje putrefacta Historia de amor mágica falsa e inmunda perversa desnutrida Historia de amor

Ronco Rugidor no puede evitar que la risa fluya desde el corazón para desgranarse sobre de Airamaná como cascada de mariposas que al aletear sobre el cuerpo desnudo de ella le enchinan la piel y le erectan los pezones, oscuros como fresas hartas de sol. Ariramaná, feliz de la vida, no advierte que él no ríe para ella, ni con ella, como tampoco percibe que al apretarse más a su lado y poner la mano, que antes descansara junto a sus senos, en el miembro de Ronco Rugidor (ahora con el prepucio arriscado, dejando

al descubierto el glande violáceo), éste no responde al tacto ni a la voz que le pide: —Negrito sandía, dime muchas, muchas picardías. O ya verás. O ya verás... Porque con todo y risa, Ronco Rugidor está instalado (ay, vuela-vuela pajarito) a media banqueta de la avenida que pasa frente al penal, en una tarde citadina cuyo sol le entra a borbollones por las pupilas; el fulgor le impide ver. Cómo no, si minutos antes, en las oficinas del penal, todo era luz artificial o rayos solares tan


adueñarse de columpios y subeybajas y pasamanos, escurriendo gruesas gotas de sudor negruzco a la hora de echar maromas sobre aquella raída alfombra de pasto verde que no podía ser, según la lógica que la cárcel le había impuesto, más que producto de otro verdor: el de la mariguana, que pese a todo su poder nunca le hizo olvidar el lema: “Ver, oír y callar, si las quieres cotorrear”.

valiente demente violenta malvada apestosa III Mujer real mujer completa transmutada Crisálida de ángeles de luz de mar de eclipses Déjame reflejarme entre tus piernas déjame repetirnos mutuamente en lo eterno Que mis besos se atascaron en tu sombra para disimular tu vientre tus soles tus amagues tus cantos y tus manos de lluvia —Ev Zul

prisioneros como él, como la Niña, como todos los demás, los carceleros incluidos. Ronco Rugidor se encuentra de pie en la calle, deslumbrado por la luz que le brinda un sol que no es el mismo de allá dentro, porque aquél no ilumina a los autos (escasos a esta hora canicular), que ignoran (sus tripulantes) al recién liberado, quien no da crédito —porque así se lo propuso— al hecho de encontrarse fuera de las rejas, de frente al parque; no da crédito.

Prefiere creer que se encuentra en otra sala de la prisión, en un sitio del que nunca nadie le habló, por oscuras razones; una sala para torturar a los prisioneros haciéndoles creer que están libres; y los vehículos, escasos a esa hora del día en que la atmósfera se derrite sobre el asfalto, no eran más —según él— que una escenografía, una película proyectada sobre aquella película (la que muestra el parque) donde macilentos escuincles suben por una escalerilla para lanzarse al tobogán y enseguida

Ronco Rugidor veía, oía... callaba. —Que se rían a mis costillas — pensaba—. Que crean que creo me dejaron libre nomás para que Airamaná me canturree: “Negrito sandía, dime muchas picardías... o ya verás...” Ahora ya sabe que está libre y con ella a su lado, desnuda y desperezándose, pero hacía seis meses no lo creyó, a pesar de que se sintió sofocado al tomar de encima de su litera la boleta donde se le comunicaba su libertad, puta madre: —¡Libre, libre, libre-librelibre! —gritó al terminar de leerla y ante el regocijo tristón de la Niña y del Deivid que le escuchaban el corazón desbocado, y le ofertaban un toquecín de mariguana: —La bachita aunque sea, mi buen, nomás la bachita puedo ofertarle ora que se nos va, porque ya ve que orita anda gruexa la resaca, pero pus ai le va, como despedida, mi Rugidor, porque pus ya sabe: quién nos garantiza que usted y yo, ambos dos, volveremos a vernos allá en la jaula grande, chanchota, chanchísima, que es la calle. 17


Y entonces a Ronco Rugidor le temblaron las piernas, las rodillas le entrechocaron y luego, ya de salida, ni siquiera sintió el peso de aquella bolsa que le entregaron, la misma en que siete años atrás quedaron, tan prisioneras como él, sus escasas pertenencias: la camisa, el pantalón, los zapatos todavía con lodo de la colonia; ni siquiera, afuera ya, recordaba que se había desnudado en la celda para ponerse un pantalón color caqui, unos calcetines de costura en la punta de los dedos, y una camisola de manga corta del mismo color que el pantalón.

Y los autos siguen pasando por su memoria, frente a la avenida, cuando Airamaná lo saca, lo desconecta del alucine mariguanero, lo devuelve al cuarto donde Elú lo mira con sus profundos ojos grises:

Tom-tamtam-tom: Bienvenido Granda, el Bigote que canta y la grandiosísima Sonora Matancera están ahí, con él volcado en sus recuerdos, diciéndose como seis meses antes que no es cierto, es mentira, es pura piña: no estoy libre, es una finta y ahorita vienen por mí. Aunque no lo deseaba.

—¡Uta madre, me puse hasta atrás! —y se inclina nuevamente sobre la grabadora, bota la cinta y coloca otra con boleros y cumbias—. Me puse a flotar, reinita, no te aflijas. Ya estuvo, orita me aliviano.

Por eso, cuando sintió una mano posándose sobre su hombro, todo su ser se hundió: ya estuvo, de nuevo p’atrás, si estaba convencido de que aquella boleta, aquella despedida de sus cuates, el toque que le ofertó el Deivid, el llanto de la Niña y el dibujo pirograbado, eran pura falsedad, mentira que me fueran a dejar libre, nomás me cotorrearon, ¡me la hicieron gacha, ésos, éééssooosss pinchiiis culeeerooos ojeeeteeesss, jijos de su puta madre: nunca voy a salir de aquí, nunca he salido y por eso chinguen todos a su madre, al fin que ni quería! 18

—¿Qué te pasa, negrito: qué te pasa? —le grita sacudiéndolo, afianzándolo por los hombros. Ronco Rugidor suda, tembloroso mira hacia el cielo raso, el humo del cigarrillo es bola de billar que rebota por todas las bandas hasta detenerse, y entonces pasa la diestra por su frente sudorosa y sonríe explicando:

Entonces Airamaná se levanta: —Qué susto me pegaste, malvado negrito —dice y se dirige al baño cuya puerta da a la recámara. Elú juguetea con las barbas de la colcha roja que cuelgan al pie de la cama. Los últimos rayos del sol vuelven bochornosa la atmósfera de la vivienda. II Mientras se sirve otro trago, Ronco Rugidor escucha orinar a Airamaná, y se imagina que el torrente ámbar le cubre el alma de cálido placer. Empina el contenido del vaso y en su cerebro (caja de ecos, ecos, ecos) la escucha pidiéndole que encienda el boiler para darnos un baño calientito, y él accede y se va respon-

diendo orita voy, bolita de luz de luna que sale de día, y al paso da un trago a pico de botella y saborea el sabor dulzón del ron y sale al patio. —Abre las llaves para ver si no te falta agua —grita sin importarle que la llovizna perle su cuerpo desnudo. —Pon la bomba del agua, porque me cae pura caliente —grita Airamaná, y él obedece. Y se queda viendo la flama del calentador de gas, lelo, hipnotizado. III En el punto donde la llama es más roja aparece su padre, Ezequiel: entra a la casa donde crecieron Rodrigo y sus hermanos, seguido por dos agentes judiciales que le apuntan al muchacho con sus armas, mientras el que seguramente los comandaba le ponía a él, Rodrigo, diecisiete años, la punta de una escuadra calibre 38 súper en la columna, diciéndole: —Eso, eso: así queríamos agarrarte pichoncito: limpiándote la cara. Pero levanta las manos, porque el resto de la mugre se te va a quitar allá adentro, jijo de la chingada, y eso quién sabe, porque lo puerco ya lo trae uno de nacencia. Los acompañantes del policía decidieron cachearlo sin separar el revólver de sus vértebras, y sin cesar de hablar, como si temieran el silencio, le ordenaron: que abras las patas, güey, y Rodrigo (ya para entonces Ronco Rugidor) hizo el intento de quitarse la espuma del jabón que le escocía los ojos...


Ahora, el sol que le impedía reconocer el rostro de quien le sujetaba el hombro: su abuelo, quien de pie ahí, en la calle, lo esperaba desde hacía tres horas. Pero Rodrigo ni se acordaba de él, tan empeñado estaba en descubrir y no sorprenderse por las triquiñuelas de los celadores, quienes seguramente lo arrastrarían aunque no escuchara orden alguna qué obedecer, pero para qué, si ahí estaba la mano sobre el hombro, y el recuerdo de Ezequiel tratando de sostenerse en pie, increpándolo con notables señas de embriaguez: —Si te lo dije, hijo de la chingada, que ibas a terminar mal —azuzando a los agentes que más se envalentonaban y le descargaban puntapiés en las espinillas sin hacer caso a los ruegos de doña Juana, su madre, que trataba de detener los golpes diciendo: —Pero si él no ha hecho nada malo, se los juro por la Santísima Virgen que está de testigo —y hablando y jurando hacía lo posible por enjaretarle una camisa, la misma que a la salida del penal le darían prisionera en una bolsa de supermercado que alguien, tan anónimo como los que serían sus compañeros de crujía, le proporcionó antes que cambiaran sus ropas de calle por el uniforme de la prisión. IV Alguien, melodiosamente, le ordena con tono de sugerencia: —¿No quieres tallarme la espalda, negrito?

Y Rodrigo alias Ronco Rugidor, contesta: —Va, va, guan moment plis, cosita. Cosita. La palabra queda suspendida, y a ella le agrega: Cosita, si supieras el susto que me paró el abuelo; la desconfianza fue desapareciendo: total, si voy de nuevo para adentro, ¿cuál es el pedo? Eso piensa y le da valor para reconocer el brazo que lo aprisiona, y siente que desfallece cuando por fin la luz le trae el rostro del abuelo, nada era mentira, ¡voy con la libre! ¡Abuelo, abuelo, qué bueno que vino! Y el abuelo, apesadumbrado, con sendas lágrimas en los ojos al tiempo que retira la mano de su hombro y agacha la cabeza diciendo: —Ay muchacho, ay muchacho, quizá comparando el recuerdo que tenía de su nieto el mayor cuado ingresó a la cárcel, con esta presencia que sigue siendo del mismo hombre pero más embarnecido; no, viéndolo bien no es el mismo que al entrar en el penal no acabalaba los dieciocho años, pero igual ingresó con los adultos: cuál tribunal para menores. El viejo no dice nada, sólo se le ocurre estrujar el sombrero de palma con sus manos callosas y entonces, sólo entonces, Rodrigo (el Ronco Rugidor que con otros siete de su misma edad fueron apañados, poco a poco, paso a pasito), Rodrigo abandona los recuerdos y reacciona al grito: —Prieto cambujo, ¿qué esperas para meterte al agua? No le tengas miedo.

—Ja, Cosita. ¿Miedo yo, miedo al agua? Ja... —exclama Ronco Rugidor y corre a reunirse con ella bajo la regadera. V Cuando dio vuelta a la esquina, Ronco Rugidor sintió que las piernas se le aflojaban. Estaba cerca de su casa y la doble sensación de vacío y deslumbramiento persistía. Por si fuera poco, la congoja ascendió hasta formarle una burbuja amarga y reseca en la garganta. El polvo de la calle se levantaba a cada paso, volvía pardo su calzado, tosco y barato pero nuevo, obsequio del abuelo, único familiar que fue a recibirlo. El abuelo Venado, en siete años devastado por siete años. En el rostro arrugado destacaban sus ojos negros de perro triste y el gran bigote ahora entrecano. Como siempre, mantenía las mandíbulas apretadas. Vestía una raída chamarra y pantalón de mezclilla azul marino, playera blanca y sombrero de palma. Pero todo el conjunto le quedaba holgado, como si pendiera de una percha. Quién sabe cuántas horas llevaría en pie ahí, firme a la salida del penal, y las arrugas —que parecían trazos de gis blanco sobre la piel oscura— destacaban con la luz del rojizo sol del atardecer. —Toma —dijo Venado—. Si quieres vamos a buscar un guáter público para que te cambies. Acabo de ver unos aquí, atrasito —y le tendió una cajita de cartón; Ronco Rugidor, a su vez, le entregó la 19


bolsa de papel en la que llevaba sus escasas pertenencias: un cristo de papel maché, un dibujo pirograbado con la frase: “Amor es... no ser tan res”, un cenicero con la bahía de Acapulco impresa a todo color en el fondo de cristal, un ejemplar del Nuevo Testamento y un fólder donde guardaba diversos documentos, incluido el de su liberación. —Gracias, abue —susurró y no pudo evitar que sus brazos fueran hasta el cuello del viejo y lo estrecharan. Conmovido, el abuelo correspondió al abrazo, y las lágrimas afloraron a los ojos de ambos. Otras personas que aguardaban frente al portón de la aduana, encuclilladas o con la espalda recargada sobre el muro de concreto, apenas si los miraron, y volvieron a ensimismarse. Cuando se separaron, ambos secaron sus lágrimas y desde ahí, Ronco Rugidor tuvo la doble sensación de vacío y deslumbramiento. La primera, por el mundo de encierro que dejaba tras de sí. La segunda, por el retorno a la calle que desde hacía siete años no veía. —¿Ya no te has enfermado de la garganta? —preguntó el abuelo Venado, a quien desde pequeño y por su dificultad para pronunciar la “r”, Ronco Rugidor llamaba así, por elemental deformación de Bernardo—. Porque tu abuela te mandó unas gorditas rellenas de chicharrón y con harto chile, no te vayan a raspar. Si quieres, buscamos una tienda para que compres un refresco. Por cierto, ten este dinero —dijo y le extendió unos billetes arrugados. Ronco los cogió. 20

—No, abuelo, me siento sano. Pero al ratito me las como. Primero me quito esta ropa —eligió Ronco Rugidor y echaron a andar... Ronco miraba hacia todos lados. El aire, la luz, le parecían distintos. Y sin embargo, eran los mismos que respiró en el penal hasta hacia unos minutos. —Te ves más espigado, hijo —dijo Venado luego de verlo caminar unos pasos delante de él—. Y más clarito. En efecto, las facciones de Ronco Rugidor eran menos morenas. El pelo corto seguía siendo un poco ondulado. Se conservaba fornido, pero sin grasa. Y se comía con la mirada todo el paisaje urbano: los autos de alquiler que se disputaban el pasaje, los autobuses apretujados, las banquetas cuyas coladeras eran trampas para el peatón; inhalaba cuanto aroma llegaba hasta él y sentía que era delicioso. Llegaron a los guáteres públicos, pagaron por el servicio y a cambio recibieron un cuarto de plana de periódico a modo de papel higiénico, y entraron. Aunque desde la mañana no vestía el uniforme, sentía que sus ropas llevaban impregnado el aroma del encierro. El abuelo, previsor, le llevó loción y desodorante para las axilas: —Es para que perfumes la cueva del zorrillo —lo embromó. Rugidor quería salir cuanto antes de ese sitio, el guáter, que lo asfixiaba con su aroma amoniacal, quemante, así que se frotó con energía, cambió la camisa y los pantalones color beige, tiró los calcetines y se echó encima la chamarra de pana.

—Listo, Venado. Gracias por todo. Deveras. A Venado los ojos se le llenaron de lágrimas, pero con su paliacate las enjugó en un golpe certero. Fueron hasta la esquina, en la tienda compraron cigarros; Ronco ingirió el alimento enviado por su abuela y se fueron a fumar mientras esperaban un camión o un taxi. —¿Qué piensas hacer? —preguntó Venado. —A ver —respondió Ronco Rugidor mientras miraba a una parvada de estudiantes de secundaria revolotear, levantaban polvareda alrededor de un par de rijosos que se tiraban trompadas y puntapiés al otro extremo del parque—. ¿Ya nos vamos, abuelo? —dijo y se levantó sin esperar respuesta. VI —Ojalá que ya agarres experiencia, hijo, y que de algo te haya servido esto —dijo el abuelo cuando viajaban en el auto de alquiler. Estrujaba con nerviosismo el sombrero y los bigotes zapatistas se le movían a izquierda y derecha, derecha-izquierda. Flaco, de rostro enteco y café caoba, el taxista no les quitaba el ojo de encima: Cabrones, ese truco del viejito y el chavo ya me lo han hecho, pero conmigo se las van a pelar, cavilaba y a hurtadillas acariciaba la cacha de su pistola, una Colt 38 Super. Comenzaba a oscurecer cuando le hicieron la parada. Anocheció cuando llegaron adonde el pavimento comenzaba o terminaba, según se fuera o


se viniera. Entre tumbos y sacudidas, el taxista lanzaba maldiciones e incrementaba su nerviosismo. Ronco Rugidor se asombraba de los enormes cambios que su terruño había sufrido. El recién instalado alumbrado público destacaba más la miseria. Un rock rasgaba el silencio y acallaba el ladrido de los perros, los gritos de los chiquillos, el sonido azul eléctrico de un televisor, las maldiciones de un borracho, las palabras de amor de él a ella, pero no las de él. El aire llevaba aromas de café colombiano y frituras sobre el comal de un taquero; de quesadillas y tamales, flanes y elotes cociéndose dentro de un cazo; perfume de peluquería y enjuagues de salón de belleza y cerveza en la cantina y agua bendita en la capilla incensada; un mercado entre las sombras hiede a podredumbre, a cadaverina. No hay panteón. ¿A qué olerán los muertos?

Frente a la iglesia, los humeantes puestos de antojitos se multiplicaban.

paldar el reclamo del anciano, pero se topó de frente a boca con el revólver del taxista:

—Nomás saludo a mi abuela y voy a mi casa, Venado.

—Sésgate, ratero hijo de la chingada —dijo el conductor mirándole con sus ojillos rasgados, brillantes desde abajo del lacio fleco—. Sésgate o te plomeo. ¡Cúchila!

—Ai tú verás —musitó el viejo y carraspeó. Le urgía ver los restos del hogar. No lo creía. Sus papás divorciados. Sus hermanos viviendo donde podían. Los animales muriendo de hambre, con excepción de las perras: todas las perras, tres, estaban criando. Sólo la casa del abuelo parecía no haber cambiado. El taxista paró frente a ella, descendieron los pasajeros y recibió un billete del abuelo; sin decir nada comenzó a virar en reversa. —Oye recabresto: falta el cambio —le dijo Venado al conductor. Ronco dejó de embelesarse ante la fachada y se volvió justo cuando el taxista frenaba para cambiar la reversa. Asomó por la ventanilla para res-

Ronco Rugidor retrocedió con el estómago encogido y la ira contendida. El abuelo pensó que Ronco recibía el cambio del billete, así es que ya se daba a la tarea de abrir el zaguán cuando escuchó a Ronco lanzar mentadas de madre y correr tras el pequeño auto compacto que sorteó los baches a toda velocidad hasta perderse a la vuelta de la esquina. —Se peló con el dinero —escupió con coraje y polvo. —Mierda se le ha de hacer, muchacho —dijo Venado mientras con el sombrero en la mano le señalaba el entreabierto zaguán.

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Del fenómeno de la no lectura a la necesidad de una cultura lectora Jorge Orozco León

Independientemente de la existencia de otros sistemas de comunicación, el lenguaje alfabético es y seguirá siendo el principal interlocutor entre la inteligencia humana y su propio mundo. En Historia de la lectura en el mundo occidental, Armando Petrucci cita y a la vez complementa: “Según Robert Pattison, ‘la literacy de la época de los faraones en adelante no ha padecido estragos, sino solamente cambios’; y podemos presuponer que seguirá cambiando sin desaparecer”.1 Tenemos palabras para rato; no obstante, la relación alfabeto/ ser humano ha tenido siempre una dificultad que afrontar: su buen funcionamiento va más allá de una mecanizada decodificación de símbolos. En efecto, el lenguaje alfabético y sus aplicaciones representan un sistema de soporte y crecimiento para el ser humano, pero hay algo que debemos observar: este sistema es connatural en lo general con respecto a la necesidad de expresión, pero en lo específico se implanta artificialmente a través de las lenguas Robert Bonfil; Armando Petrucci… (et al.); bajo la dirección de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier. Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid, Ed. Taurus, 1997. 1

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o idiomas; se implanta un código que, de entrada, hay que aprender a descifrar; más aún, hay que aprehenderlo. Ésta es quizá la principal dificultad de la lectura y la escritura, que se traduce en el hecho de no poder superar por diversas causas la barrera de la asimilación, diríamos incluso de la digestión casi orgánica del idioma y su código (gramática, sintaxis, semántica). Este proceso inacabado de compenetración entre el individuo y el lenguaje alfabético genera un estado de inapetencia, indiferencia, dificultad y hasta choque de dicho individuo hacia la lectura y, en consecuencia, hacia la escritura. Se trata entonces, primordialmente, de asimilar (aprehender) un lenguaje hecho de palabras para poder estar en condiciones de comprender, percibir, prefigurar y, en un momento dado, emitir cualquier explicación, referencia, información o expresión del mundo que nos rodea. De la buena asimilación que un individuo tenga de este lenguaje, depende una buena parte de lo que necesita para desempeñarse con una visión y facultades más amplias ante la vida. Mientras mayor compenetración o asimilación na-

tural del lenguaje se logre en el individuo, mayor eficiencia tendrá en el uso de los recursos de comunicación lingüística. Y aquí nos referimos no solamente a la capacidad de expresión oral y escrita, sino también a la ampliación de horizontes, expectativas, capacidad de asombro y disfrute del acto de leer, el cual, curiosamente, se convierte en principio y fin de un ciclo de desarrollo, además de un fenómeno ya eminentemente humano y, por lo tanto, social: el de la cultura lectora. Porque, evidentemente, la cultura lectora existe, de eso no hay duda, en la gran mayoría de comunidades del mundo; es decir, el conjunto de situaciones, acciones, seres, conocimientos y objetos en torno al acto de leer ahí está. Pero eso no significa que esa cultura lectora tenga un adecuado proceso de desarrollo, que sea consistente y, sobre todo, que permee todos los estratos de una sociedad. Entonces, ¿cómo se da esa falta de compenetración entre individuo y lenguaje? O, en todo caso, ya que hemos propuesto que se trata de un fenómeno artificial, de un problema de aprendizaje formativo, ¿cómo es que no se logra o, incluso, se va desgastando? Fotografía de adn


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Porque, ciertamente, este proceso de compenetración hacia el lenguaje se intenta lograr en los primeros años, primero de manera natural en el medio familiar y después de manera inducida y sistemática en el medio escolar; sin embargo, en términos generales no hay el resultado deseado; antes bien, se va generando una idiosincrasia estudiantil de rechazo hacia todo intento por parte de la institución educativa por lograr esa compenetración entre lenguaje e individuo. Cito a continuación un párrafo de Michèle Petit, de su libro Nuevos acercamientos de los jóvenes hacia la lectura: Es necesario observar que incluso muchos jóvenes que lograron concluir con éxito sus estudios no son benevolentes hacia la escuela. Entre nuestros entrevistados, muchos coinciden en pensar, por ejemplo, que la enseñanza tiene un efecto disuasivo sobre el gusto por la lectura. Se quejan de esos cursos en los que se disecan los textos y donde les resulta imposible verse reflejados. De las fichas de lectura abominables, de los programas que rinden culto al pasado. De toda esa jerga tomada de la lingüística con que los atiborran, etcétera.2

Y es que la manera de superar esa barrera de la que hablábamos anteriormente va mucho más allá, en el caso de nuestro país, de un buen curso de español; es decir, la asimilación del lenguaje no se da sólo con el trabajo académico o puramente cognitivo, sino también con un trabajo de carácter vivencial, y de experiencias variadas y múltiples circunscritas en el plano de lo recreativo o utilitario; del disfrute, pero también de la finalidad concreta y satisfactoria. Delia Lerner, en su libro Leer y escribir en la escuela: lo real, lo posible y lo necesario, destaca el hecho de que hay “un abismo que separa la práctica escolar de la práctica social de la lectura y la escritura…”;3 explica que esto se debe fundamentalmente al fenómeno de la transposición didáctica; es decir, al hecho de que lo que se tiene que enseñar necesariamente debe ser “presentado” fragmentariamente al alumno en una parcela de espacio-tiempo y que, de una u otra forma, esto modifica (si no es que muchas veces altera por completo) el sentido primario del conocimiento o práctica social que se pretende enseñar. Por ello resalta que “la versión escolar de 2

Michèle Petit. Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, México, FCE., 1999. 3 Delia Lerner. Leer y escribir en la escuela: lo real, lo posible y lo necesario, México, SEP/FCE, 2001.

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la lectura y la escritura no debe apartarse demasiado de la versión social no escolar”.4 Pero esa falta de compenetración (en el sentido ya antes expuesto) con el lenguaje alfabético como una causa importante, acaso determinante, del fenómeno de la no lectura (o dicho de otro modo: que impide el acercamiento voluntario y autónomo del lector al texto) no sólo se da en el medio escolar en niños y jóvenes. Dicha falta de compenetración en realidad se debe a que en todos los escenarios de la vida: el familiar, el escolar, el laboral o el social, los individuos mantienen un contacto discontinuo, ineficiente o insuficiente (cada una de estas problemáticas amerita un estudio propio) con el lenguaje alfabético por múltiples factores que van desde la acción invasiva y alienante de los medios electrónicos hasta la intervención deficiente o insuficiente de los modelos e instituciones educativos y culturales. Por ello se ha venido manifestando de forma más evidente el detrimento de las herramientas y medios típicos de la lectura, como son los mismos libros y, sobre todo, las bibliotecas; por otro lado, se percibe cada vez más la falta de individuos y programas eficientes especializados en la formación de lectores justamente ahí, en las bibliotecas y escuelas, donde potencialmente los podemos encontrar (es decir, formar), y es que, de acuerdo con lo planteado, no es lo mismo aplicar un programa de español, incluso de lectura y redacción, rigurosamente sujeto a un periodo junto a otras asignaturas, que aplicar un programa de animación a la lectura y construcción de textos como parte de un proyecto en firme hacia la formación de lectores, pero con criterios y enfoques a salvo de la limitada y rígida norma escolar. Finalmente, y en débil contraparte a esa acción invasiva y alienante de la que hablábamos, se observa también un escaso aprovechamiento de los medios de comunicación masiva con respecto al acercamiento al lector (al público en general) del texto literario utilizando medios, sobre todo, como televisión y radio. Es justamente aquí donde se genera la necesidad de intervención, tanto en el medio escolar 4

Ídem.


como en el social, por parte de los organismos o instituciones culturales; preferentemente, si los hay, aquellos que se dedican específicamente al desarrollo de la cultura lectora en una sociedad o comunidad de individuos determinada. Se presenta entonces el ejercicio de la lectura como un asunto fundamental en ese proceso de compenetración, pero la lectura aquí como parte de una visión pedagógica, como un recurso didáctico que permite acelerar, destrabar o simplemente facilitar esa mediación entre el lenguaje alfabético y el individuo. La lectura, en fin, como un proceso gradual de menor a mayor densidad, complejidad, intensidad; un proceso acoplado al propio individuo que se descubre a sí mismo como lector en tanto va logrando destrabar –con ayuda de las palabras– las dificultades o reticencias que el lenguaje alfabético le ha provocado; y en tanto va logrando también anclarse en el asombro, curiosidad y duda inquietante de un texto, sin que esto signifique desprendimiento del mismo. Por ello hablábamos hace un momento de la lectura como principio y fin, como causa y consecuencia de un proceso de desarrollo en donde la lectura en realidad se torna un complejo dinámico que va de lector a lector. O sea, el lector creativo que en algún momento escribe algo que posteriormente se transmite a un nuevo lector pero que, además, en ese ciclo coexisten una serie de situaciones que en su conjunto manifiestan todo un sistema de acciones vinculadas entre sí. En este sentido, la idea de intervención respecto al proceso de compenetración del individuo y el lenguaje no se agota solamente con el único o aislado acto de la lectura, sino que abarca, en un sentido elemental, los principales aspectos y situaciones de la cultura lectora; es decir, lectura, creación, selección, edición, publicación, distribución, promoción, difusión y crítica del texto. Todo ello, desde luego, bajo una perspectiva didáctica, sustancialmente lúdica y en una forma proporcional al desarrollo o condiciones procesuales del individuo o grupo de individuos a formar y a las circunstancias infraestructurales de la comunidad atendida, pero involucrados todos, de una u otra forma, en una dinámica real y palpable, cercana y propia, en lo que respecta al lenguaje y el

texto. Por ello aquí cabe referir lo que sostiene Emilia Ferreiro en este mismo sentido: Es importante tener cada vez más personas en condiciones de reproducir textos, porque hay un enorme riesgo, en esta sociedad consumista en la que vivimos, en pensar en los lectores solamente como consumidores de textos (…) es necesario pensar en esta especie de lector completo que es el lector-productor-críticocomentarista-espectador y autor.5

En efecto, si la sociedad de consumo es más fuerte que la capacidad crítica del individuo, el resultado se concreta en enajenación y estancamiento con respecto a cualquier proceso de desarrollo. En el caso de la formación lectora, este fenómeno genera lectores débiles, manipulables, acríticos, y por ello es común que la mayoría de las personas lean más libros dictados por la mercadotecnia que por su calidad o importancia estética o histórica (sucede que se adquieren o regalan libros por efecto de la moda, sin que éstos se lean o terminen de leer). Por ello es entendible que actualmente se plantee una formación lectora más integral. Es cierto que no necesariamente un lector debe ser un escritor, pero no se trata de eso propiamente, sino de que aquél que se va formando en el proceso de la lectura, pueda vivenciar de alguna forma y en el grado que más le sea posible el proceso de construcción (creación) y deconstrucción (análisis y crítica) de un texto, en aras de lograr la compenetración necesaria con el lenguaje alfabético, además de experimentar esos procesos aparentemente ajenos y, sin embargo, altamente formativos como son los relativos al trabajo de edición, promoción y difusión. Es decir, guardando las proporciones, que todo lector sea reflejo pero también detonante de su cultura lectora. En resumen, nos parece fundamental entender que la formación lectora como proceso es todavía un objeto de estudio que no da lugar a fórmulas preestablecidas para su abordaje; no obstante, quienes lo estudian van identificando y estableciendo cada vez más sus aspectos fundamentales. En ese sentido, consideramos que los aspectos centrales en los que los estudiosos coinciden en cuanto a la formación lectora son los siguientes: 5

Citada por Mercedes Calvo en su libro Poesía con niños, México, Conaculta, 2010.

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•• No se trata de hacer lectores (artificialmente) de manera forzada imponiendo el acto de leer, sino de formar lectores (naturalmente) con base en un ámbito formativo.6 Juan Domingo Argüelles lo puntualiza de manera contundente: ¿Qué es, entonces, la lectura? Un profundo placer, un vicio maravilloso, un deleite singular y, por lo mismo, resulta un abuso estéril tener como toda estrategia cultural y educativa su propagación “a fuerza”.7

•• Es importante considerar la psicología del lector. Por ejemplo, Michèle Petit con base en sus investigaciones plantea que existe un miedo germinado desde la relación literatura-sociedad hacia el libro, hacia el hecho de ser lector, así como también existe un rechazo ante aquellos que, en medios socioeconómicos “atípicos”, se atreven a leer. Todo ello nos permite, por un lado, estar del lado del lector y acompañarlo en su proceso y, por otro lado, romper gradual y decididamente con los esquemas anquilosados alrededor del individuo que no le permiten ser lector.8 •• Asimismo, es muy importante, en la relación ritmo/intensidad del proceso, procurar que los lectores en formación vayan logrando lo que Michèle Petit denomina “círculos de pertenencia cada vez más amplios”9 como uno de los efectos naturales de la lectura; es decir, la lectura como proceso en el cual el individuo va haciendo suyos elementos sociales, culturales, etc., de otros individuos, de otras geografías o latitudes y de otros tiempos, y va generando una conexión entre su individualidad y la humanidad misma. •• Hay una crisis de funcionalidad en el modelo escolar, en todos los niveles educativos, 6

Al referir su experiencia personal de cómo se volvió lector, Óscar de la Borbolla pone de manifiesto el entrampamiento de los esfuerzos por hacer lectores, que se visualiza en el momento en que se logra “…distinguir cómo una persona de manera natural se vuelve lectora y cómo intentamos hoy de manera artificial volver a una persona lectora”. En “Un secreto para volverse amante de la lectura”, Educare, nueva época. Año 2, Núm. 5, agosto 2006. 7 Juan Domingo Argüelles. Estás leyendo… ¿y no lees?, México, Ediciones B, 2011. 8 Michèle Petit. Op. Cit. 9 Íbid.

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desde el inicial hasta el universitario, en cuanto al proceso formativo de la lectura, lo cual da pie a la necesidad de intervención, desde fuera, como también da pie a la necesidad de transformación, desde dentro, de las acciones que no han sido funcionales. La opinión de Gabriel Zaid al respecto nos brinda una perspectiva inquietante porque pone en tela de juicio no sólo el modelo escolar, sino también el cuerpo político-social de nuestro país: El problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer.10 •• Finalmente, nos sumamos a la tesis de Emilia Ferreiro, en el sentido de que la formación de un lector debe integrar sustancialmente los aspectos que dan forma a la cultura lectora; es decir, que cuando hablamos de la necesidad de generar un ámbito formativo dentro del cual el individuo adquiera una formación “natural”, nos estamos refiriendo a generar una dinámica basada en lo vivencial, donde el sujeto en formación no es un simple actor pasivo de la lectura, sino que se mantiene en constante interrelación con otros elementos de la cultura lectora como la creación, edición, crítica y difusión del texto.

Jorge Larrosa, en su obra La experiencia de la lectura,11 habla justamente de la experiencia como parte de la formación lectora. Hace mención de la paradoja entre el cúmulo de conocimientos objetivos (a partir del Método, en donde la experiencia es sólo un factor) que existen actualmente pero que no son internalizados por los individuos, y la experiencia vital, individual o personal que es necesaria para la formación humana, pero que ha dejado de tener vigencia en los modelos pedagógicos de la actualidad. Refiere pues la experiencia lectora como un fenómeno de transformación interna del individuo, una experiencia lectora que se vuelve inasible o impredecible para 10 Gabriel Zaid. Los demasiados libros, México, Ed. Random House Mondadori, 2010. 11 Jorge Larrosa. La experiencia de la lectura, México, Ed. FCE, 2003.


Y… Y... si nos fugamos de esta hermosa ciudad, para descubrir otro planeta, dejemos a los poetas viciados, enemigos del amor, pretendientes de inmortalidad. Posemos para nuevos retratos, todos dibujados por el alma o por el deseo de ser otros. ¿Si movemos el tiempo para detenerlo en un beso que rasgue cualquier indicio de inconsciencia? Dejemos esta ciudad paradisíaca que nos desgarra hasta el tuétano. Busquemos otras palabras surcadas de deseo, voces que derrumben el miedo. Quiero verme en tus pupilas con este nuevo rostro. Y si... ¿me escuchas?: ¡Tengo miedo! Detén el tiempo.

la inasibilidad o desencuentro de la experiencia lectora; sin embargo, como el mismo Larrosa lo reconoce, dejar leer simplemente al individuo y aprender con él en vez de enseñarle algo tiene una dificultad mayor todavía porque justamente implica no renunciar al papel del educador. ¿Qué hacer entonces? Desde luego identificar y fortalecer los principios. Hacer del proceso un escenario dinámico (crear un ámbito), permanente y propicio para la obtención de la experiencia; lúdicamente, con una didáctica más sutil, creativa, en busca de una sólida cultura lectora. Bibliografía: Argüelles, Juan Domingo, Estado, educación y lectura. Tres tristes tópicos y una utilidad inútil, México, Ediciones del Ermitaño, 2011. Argüelles, Juan Domingo, Estás leyendo… ¿y no lees? México, Ediciones B, 2011.

Detén mi tiempo, compartámoslo.

Bonfil, Robert; Petrucci, Armando… (et al.); bajo la dirección de Guglielmo Cavallo y Roger Chartier. Historia de la lectura en el mundo occidental. Madrid, Ed. Taurus, 1997.

Róbame el aliento, una vez más. Después... ¡Detén el tiempo! —Víctor Hugo Pedraza

Calvo, Mercedes, Poesía con niños, México, Conaculta, 2010. Larrosa, Jorge. La experiencia de la lectura, México, FCE, 2003.

la ciencia pedagógica y que, por ello, se hace necesario que el papel del profesor que pretende enseñar a leer justamente no sea ese, el de la pretensión, sino simplemente dejar leer al individuo para que tenga su propio

encuentro con la lectura. Por ello es fundamental atender al carácter experimental o vivencial del proceso formativo. Cierto es que arriesgarse a generar un sistema de formación lectora puede hacernos caer en

Lerner, Delia. Leer y escribir en la escuela: lo real, lo posible y lo necesario, México, SEP/FCE, 2001. Petit, Michèle, Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura, México, FCE, 1999. Zaid, Gabriel. Los demasiados libros, México, Ed. Random House Mondadori, 2010. 27


La otra versión Miguel Ángel Leal Menchaca

A Moisés Zurita, quien hizo la primera.

La verdad, yo no me considero anormal, pero siento que la gente me ve como un fenómeno. No lo sé, cuando están frente a mí, me da la impresión de que hay un velo de miedo y desconfianza. Algo deben ver en mi cara que les provoca recelo. Eso me ha convertido en un ser solitario, quizás automarginal. Vivo con la sensación de que alguien me persigue, huyo de los lugares públicos, en donde hay mucha gente, porque pienso que todos y cada uno, desearían matarme. Llevo una vida casi de anacoreta; con nadie puedo llevarme, no tengo amigos, las mujeres me dan miedo y todos en general, para serte franco, me gustaría que se fueran a la chingada. Uno no sabe su destino, pero si lo supiera, estoy seguro que se negaría a aceptarlo, o lucharía con todas sus fuerzas por cambiarlo. En realidad yo era una persona normal, te lo digo porque me parecía a todos mis compañeros de escuela; cometía las mismas burradas que ellos y me divertía como todos. Mis años en la Universidad habían sido 28

felices, ya estaba a punto de terminar la carrera y me veía trabajando y explotando mi profesión, pues iba a egresar de una de las mejores universidades del país. Todos los inicios del año escolar bajábamos a la Prepa para ver a las pelonas. Una tradición, que como la mayoría de las tradiciones, no era muy respetable, ¿pero qué?, nosotros éramos como los dueños de la Universidad y podíamos hacer lo que nos diera la gana. Yo cursaba el séptimo en Forestales y tenía en mi record por lo menos cinco o seis conquistas, con estreno y todo. No recuerdo bien desde cuándo empecé con esta práctica, pero de que era atractiva, claro que lo era. Mis compañeros empezaron a aburrirse, pero siempre había alguien dispuesto y ahí estábamos, como en un escaparate seleccionando la mercancía. Era, por lo demás, una operación muy simple, como afirmaban, “carne tierna, barata y disponible” porque además ellas, las niñas estaban más que dispuestas; nos contemplaban


con admiración y, más que eso, con una extraña fascinación que nos obligaba a portarnos como verdaderos hombres. En cambio, los pelones nos veían con coraje y envidia, pero bastaba una frase para aplacarlos: ya vendrá tu tiempo. Y agregábamos: no toda la vida vas a ser pelón. Así la conocí, creo que era de Durango o Chihuahua, y me aseguró que nunca había tenido novio. Con casi quince años, pero ya cuerpo de mujer, alta, muy blanca, ojos tan grandes en proporción, como sus senos y unas caderas gustosas y tentadoras, que cuando caminaba se hacían más apetecibles. No te exagero, pero parecía que todo le sobraba. Se llamaba Mireya y la bauticé como Mirreina, lo cual abonó mi pronta conquista. De inmediato le hice ver que había elegido al mejor de todos, aunque en realidad yo fui quien la eligió. También le comenté que yo estaba casi fuera y planeaba hacer una maestría en el Colegio de Posgraduados. La primera regla que le impuse fue que ya no se vistiera como niña pues desentonaba conmigo; van a creer que soy asaltacunas, le dije, y su reacción fue de indignación: Óyeme, ya no soy una niña. Eso lo tienes que demostrar, le contesté con la mayor sobriedad que me fue posible. Resultó mi estrategia, pues se cortó el pelo y aceleró se maquillaje; conforme tuvo dinero se fue comprando ropa más adecuada, que la hacían lucir como una señorita. Cuando preguntaban edades, se aumentaba tres, los mismos que yo me quitaba, más o menos pasábamos, ella como de dieciocho

y yo de veintiuno. Así, para que la gente no murmurara. Andar conmigo la distinguía de sus compañeras, quienes seguramente la envidiaban cuando les contaba de los sitios que frecuentábamos los fines de semana. Resulta claro que le atraía sobremanera que yo siempre trajera dinero, no como sus compañeros que le andaban rascando para terminar el mes. Las cosas iban bien, con el encanto y las limitaciones de la rutina. Siempre creí que los noviazgos tranquilos y sin sobresaltos se parecen mucho a los matrimonios. Sin embargo, lo que va a pasar pasa, y ese fin de semana, que era un puente largo, pues teníamos el viernes y el lunes de asueto, ella me dijo que se iba a su tierra. Yo, tranquilamente le comenté que me quedaba, pues ya estaba preparando algo de la tesis. Apenas la dejé en la terminal de Texcoco, que le hablo a Rosa. Creí que nunca te iban a soltar, me contestó a manera de saludo. Ya ves, aquí de a solapa para lo que se te ofrezca. Rosa era como una novia de emergencia, anduvimos juntos cuando cursábamos el último de Prepa, pero después cada uno agarró por su lado. Así nos la llevábamos. Le hablaba y salíamos con apapacho y cama, pero sin compromiso. Finalmente Rosa era un cartucho quemado, pero todavía útil y bastante cómoda. Una vez hicimos el trato magnífico de no contarnos nuestras aventuras, sólo nos veíamos para disfrutarnos y a nadie le hacíamos daño, bueno, eso creíamos. Fuimos a tomar pulque y luego a una fiesta, acá por Boyeros. En apariencia todo parecía normal,

como las doce de la noche, sonó mi cel. Era Mireya. ¿En dónde estás? me dijo un poco desesperada. Yo le malicié inmediatamente y contesté a manera de pregunta: ¿En dónde estás tú? Aquí en la Universidad. No pude irme y te ando buscando. Mañana nos vemos. Y que le cuelgo. Inmediatamente apagué el teléfono, porque quería divertirme. Rosa estaba muy caliente y me comentó que se sentía cansada, que mejor nos fuéramos, y eso hubiéramos hecho, pero cuando ya nos despedíamos llegaron unos chavos y, no manches, ahí estaba ella. Era un sueño, tipo costeña, parecía recién bañada, con sus pelos chinos y un cuerpazo..., me dijo que se llamaba Flor, en la presentación. Ya no lo pensé más, me le escondí a Rosa y sólo le encargué a uno de los chavos: Si te pregunta Rosa por mí, le dices que tuve que irme, por eso de la llamada. Tú nada más dile así. Apenas me cercioré de que Rosa se había ido, me puse a buscar a Flor y al parecer, los dos olíamos ya el romance. Amor a primera vista, como dicen, pura química. Al día siguiente, que era domingo, revisé mis llamadas y vi como cinco, todas eran de Mireya, pero ya tenía comprometida la tarde con Flor así que pensé, la paseo por la mañana y le explico que tengo mucho trabajo, finalmente ella se iba para su casa. Así fue. Mireya llegó a mi cuarto como a las diez, pero, qué crees, más buena y más dispuesta que nunca. Cómo me iba a perder ese flan. Cabalgamos bien y bonito toda la mañana. Me agradó que no hiciera preguntas ni me reclamara nada, muy dócil, como a 29


mí me gustan. Cuando la dejé, eran cerca de las tres, pues la cita con Flor estaba programada a las cinco, le dije, como no queriendo, que pensáramos un poco lo de nuestra relación, porque a mí se me estaba haciendo ya un poco aburrida. Se desconcertó, y sólo comentó que qué debía hacer para tenerme contento. Yo: nada, no me hagas caso, quizás tengo mucho trabajo y estoy nervioso. Las siguientes semanas fueron de evasión, la veía un rato y si acaso nos echábamos un rapidín y nos despedíamos. Inmediatamente me fugaba, pues lo de Flor caminaba muy bien. Pero como dicen, no hay dicha que dure. Aunque Mireya ya sospechaba, por la forma en que me desafanaba de ella, siempre lo negué, ya sabes, ese es el recurso. Negar y aun cuando te pongan pruebas, seguir negando. Nunca, sin embargo, me preguntó directamente si andaba con otra, aunque creo que lo sospechaba, ya ves, las mujeres intuyen el engaño. Todo bien, hasta que me enseñó su panza, con la consabida frase: Vas a ser papá. No inventes, esas cosas no se dicen, y menos en ayunas. Me encabroné de veras, porque me di cuenta que lo había hecho para retenerme. Le dije que se fuera a la chingada, que no quería saber nada de ella, le reclamé incluso que a lo mejor ni era mío. Ella se puso a llorar y salió del cuarto, pero ahí empezó mi pesadilla. A todas horas me hablaba y me insistía en que lo arregláramos de alguna manera, que no importaba que no nos casáramos que cómo se lo explicaría a sus padres. Te juro que ya no dormía. Yo le daba vueltas y de 30

alguna manera, largas, no quería hablar con ella, ¿crees que ya empezaba a caerme mal? y cuando concertábamos cita, le cancelaba o simplemente me hacía el desaparecido. Apagaba el cel y después tuve que cambiar de teléfono. ¿Qué hubieras hecho tú? La universidad se me hacía chiquita para esconderme; todo un calvario. Con Flor iban bien las cosas, cogíamos a gusto, pero casi a escondidas, lo hacíamos en el hotelito de aquí cerca y a horas insospechadas. Cuando me avisaban que andaba cerca Mireya, ya con chica panzota, por el departamento, me daba a la fuga. Las bromas empezaron hasta que se convirtieron en reclamos. Total, a quién le importaba. Yo todo lo negaba, incluso que yo fuera el autor del embarazo. Pero la raza es cabrona y me traían ya corto, nervioso e intolerante, me agarré a golpes dos veces por la misma razón. A Flor nunca le dije nada, te juro que no quería perderla, además ella también estaba muy ilusionada, para qué desengañarla, no tengo corazón para hacerle eso a una mujer. Tú sabes. Esa noche salimos del cine y Flor, muy repegadita, me habló de su calentura; me dijo además que tenía ganas de que durmiéramos juntos; andaba medio inquieta y algo se maliciaba ya. No pude negarme. Así que sólo le pedí que me diera tiempo: Ve por tu ropa de dormir y la de mañana, mientras yo corro a Roberto, mi compañero. Era un trato, que cuando uno tuviera movida, el otro dejaba el campo libre. No estaba Roberto, pero lo encontré en el cel. Sin mayor preámbulo le comenté


la situación y accedió con el consabido, me debes una. Me apresuré a cambiar las sábanas y a aromatizar el cuarto, tú sabes, para darle un ambiente más erótico, más disfrutable. Escondí la ropa sucia y me percaté de que todo estuviera plus. En eso que tocan a la puerta. Ya estuvo, pensé. Y ¿qué crees? Era Mireya, hija de la chingada, te juro que nunca la odié tanto. Abrí la puerta y no tuve opción, cuando menos acordé ya estaba instalada; entre burlona y resentida me dijo que qué bien olía la habitación. ¿Tienes una cita? No, para nada. Ya me voy. Sí tengo cita, pero con el Dr. Estrada, me va a dar algunos apuntes que me urgen. ¿A las nueve de la noche? Ahora sí, más picada. Si, aunque no lo creas, le contesté con un manazo en la cabeza. Se puso a llorar y a gritarme una serie de insultos que no sé en dónde guardaba. Además me amenazó y, para qué negarlo, perdí el control. La levanté de la silla y la jalé de los cabellos hacia la puerta para que se largara; le seguía pegando, pero al parecer ella no sentía el dolor de los golpes, más bien mostraba otro, más profundo. De pronto, ya no me alcanzaron los golpes para desahogar mi ira. La dejé ahí en el piso y saqué de mi clóset una pistola 38, era de Roberto y según la cargaba sólo cuando regresaba muy noche, cuando me la mostró, yo veía como la acariciaba y sólo acerté a decirle: un día vas a hacer una pendejada con eso. Él sólo rio y contestó, espero que valga la pena. Eso fue lo último que recordé. Sin más pensarlo, tomé el arma y la amenacé: Si

no te largas ahorita mismo, te mato, hija de la chingada. No oyó o no quiso oír, creo que estaba tan golpeada que ni siquiera se dio cuenta de la pistola, siguió llorando y su llanto me pareció más insultante, así que le disparé, justo en el momento en que aparecía Flor en el umbral de la puerta. Me vio aterrada y se echó a correr, quizás presintiendo el tamaño de la tragedia. Yo sólo recogí algunas cosas y las puse en una petaca. Salí apresurado hacia la calzada, luego me interné en la carretera y aborde una combi. Ni siquiera sabía a dónde me dirigía, sólo quería olvidarme de todo. No sé cómo llegué a Puebla, después de tres días de andar vagando y escondiéndome. En realidad yo ni siquiera había medido el tamaño del suceso, pero cuando por fin llegué a mi casa, pues no tenía otro destino, ¿crees que mi familia ya no me recibió? Al parecer ya sabían todo y mi tío me comentó que ellos eran muy pobres para defenderme y que la verdad, iban a perder lo poco que tenían, me aconsejó que me fuera al otro lado. Estaban espantados, pues ya habían recibido muchas llamadas y dos visitas de la policía, que al parecer no fueron muy amables. Sólo me dio unos billetes envueltos en un pañuelo y la chamarra que traía puesta. Así, a manera de despedida: No sé si eres culpable, pero si lo eres, que Dios te perdone. Desde entonces, ya pasaron casi diez años, sigo huyendo. Perdí todo, mi carrera, mis amigos, mi familia, a Flor. Todo por una pendeja que se embarazó. ¿Puedes creerlo? Eso no se le hace a un hombre. 31


Lo que no me gusta de mí Adriana Valentina Hernández

Hubiera hecho lo que fuera para huir de mí, lo juro, de mi boca seca, de mi cuerpo ausente y mi corazón tiritando y abierto a la mitad.

más inteligente o comprometedor. Las madres siempre se preocupan de más pero esta vez era diferente, esta vez con justa razón, en fin.

Tras 27 llamadas rechazadas por fin le contesté a mamá para escuchar:

Venir al mundo sin mapa, salir del huevo o brotar en algún terreno que puede o no ser cultivado después de ti, así es nacer. La fuerza con la que sales del santuario para contaminarte y llorar por la vida que te toca… en mi caso llorar porque ya sabía la compañera de vida que me tocaba.

—¿Qué no piensas llegar? ¿Dónde está tu hermana? ¡No la encontramos! El día estuvo nublado y especialmente frío. Yo serena. Ella hace tiempo que dejó de preocuparse por el hambre, qué ponerse mañana o el qué cenaran los vagabundos esta noche. Todo había terminado ya entre enredos y errores que no se podían corregir. Ya hace tiempo que imaginaba encuentros ensayados con ella, mi hermana; ella a quien no conocí nunca o tal vez olvidé como era. ¡Sí! debe ser eso, la he ido olvidando desde que empezó la locura esta de las voces. Había somnolencia en mis pasos todo el tiempo, pensaba en cada una de las veces en que intenté hacer la paz pero ella atacaba con toda malicia, lo he jurado antes y nadie me cree. —No, no he visto a mi hermana… —contesté a mamá antes que pudiera preguntar algo 32

Todo empezó en el vientre de mamá; ahí estaba ella con los ojos cerrados, moviéndose, apretándose contra mí, montando una sonrisa, levantando sus estúpidas manos cada vez que nos tomaban fotos por esa máquina que operaba la mujer de blanco, esa mujer que se acercaba a nosotras a hablarnos con su tonta voz, diciendo que éramos unas guerreras al mismo tiempo que me veía sólo a mí, con mirada angustiosa. Silvia pateaba suave cuando papá y mi mamá estaban juntos, nunca abrió los ojos. Yo percibí su maldad desde entonces, sabía que no podíamos vivir las dos, por supuesto sólo debía vivir la mejor, la más agradable, la gemela buena y esa era yo. Nunca cerré los ojos para mantenerme alerta ante su maldad, ella en cambio dormía todo el tiempo.


Cuando mamá comenzó a gritar por los dolores supe que era el momento, me apresuré y traté con gran esfuerzo de enrollar el cordón umbilical alrededor de su cuello, así los doctores dirían que fue muerte natural. Pero se salvó, los médicos intervinieron a tiempo desafortunadamente; a pesar de la alevosía con la que actué en la labor de parto con pereza y tardanza. Papá y mamá me amarían sólo a mí. No funcionó. Nacimos. Ella siempre reía con todos, yo no. Yo me encerraba cuando había visitas, yo era a la que los tíos le preguntaban cómo iba la escuela a sabiendas que iba terriblemente mal, tan sólo por el mero placer de terminar a carcajadas, y si el motivo no era la escuela, sería mi nuevo corte de cabello o que mi nombre rimara con rana. El chiste más gracioso de todos los domingos. Según ellos. Ella siempre sacaba buenas notas, olía a jazmines y su voz era suave. Sus mascotas vivían, las mías no, las mías no eran tan lindas u obedientes como sus mascotas y por eso es que tenía que encargarme de ellas, hasta me prohibieron tener mascotas cuando comencé a arrancarles las uñas, una por una. La ropa de Silvia tenía más color en su cuerpo que en el mío. Yo peleaba, recuerdo la vez que encerré a la profesora en el cubículo del conserje para que nadie la encontrara, no pude evitar enojarme internamente sin razón alguna y por eso lo hice. O cuando empujé a aquel pequeño por las escaleras de la escuela sin inmutarme siquiera, incluso dije que lo sentía pero lo que quería era reírme. Desde aquel día me llevaban con doctores que hacían muchas preguntas y me daban pastillas de distintos colores. ¡Y a Silvia no! ¡Eso no era justo! ¡No fue justo! Ellos me arruinaron ¡Ella era malvada! ella es la que fingía ser tan recta con todos, pero yo descubrí su malicia antes que todos y nadie me creyó. El tiempo pasó, ella trataba de ocultar su maldad plantándome la ridícula idea de querer ser mi amiga por supuesto, yo era más fuerte que eso.

Un buen día me fui de casa, alquilé un tercer piso en la calle más austera de la ciudad, siempre hubo un olor especial, pero justo hoy vi todo oxidado, roto o sucio, esa mancha de sangre, los recuerdos, la juerga de la noche de ayer, en fin; lo único pulcro que quedaba ahí era ella, como siempre. Ella mi sinónimo, mi igual, al verla por última vez descubrí que sí la quería y que ésta era mi forma de demostrarlo. Tuve que decirle algunas mentiras para que accediera venir a mi tercer piso, ella siempre me creyó todo, y esta vez me creyó una vez más. El resto fue fácil; aunque no recuerdo casi nada. Un sonoro rugido que se perdía entre mis guantes cafés, que con fuerza sellaban sus labios para no dejar pasar ni la más mínima dosis de vida que quisiera colarse de entres mis dedos para regresarle el vigor a Silvia. Al mismo tiempo que las voces no dejaban de retumbar en mi cabeza, aplausos y felicitaciones; algarabía, toda una fiesta dentro de mí. Yo me encontraba confundida ¿estaban felices por mí? ¿Tampoco querían a Silvia y yo hice el trabajo sucio para ellos? No lo sé. Por primera vez me sentía liberada, por primera vez las cosas me salían bien. Han pasado varias horas, sigue siendo domingo y siguen buscando a Silvia, yo por supuesto que me muestro preocupada. Silvia ya no está, pero yo sí. Regresé a casa. Aún tengo los guantes cafés puestos, los que me sirvieron de intermediarios, entre la parte de mí que no me gusta y la parte con la que decidí vivir el resto de la vida. Entro a casa, miro a mamá y a papá veo que lloran; me miran y sus ojos se vuelven grandes en un instante, se acercan a mí con un temblor de miedo, con un temblor frío, pero me tratan demasiado bien y delicadamente como nunca. Y yo sospecho. —¿Puedo regresar a vivir con ustedes? —pregunté. Es que tengo miedo. No hubo respuesta. Ya no importaba mucho, ahora estoy feliz por fin papá y mamá se han librado de la gemela mala y estarán a salvo. En cuanto a mí, de pronto se me ha ido el miedo… 33


Maya Anoche vino Alfonso, llegaría a eso de las tres de la mañana. Silencioso cruzó la puerta, caminó pausadamente hasta mi cama,

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Adriana Valentina Hernández

se me quedó viendo fijamente, tocó mis pies como se hace con un niño para que despierte. No, no habló, mi Alfonso nunca fue de muchas palabras. El era de mucho ver, mucho mirar, pero de poco hablar. Me espantó, llego así, sin avisar, cruzó la puerta. Le pregunté, qué haces aquí, te dije que no quería volver a verte en esta casa, menos en mi cuarto o en mi cama, pero él me miraba fijamente, como reprochándome, como diciendo que por mí culpa él ya nunca podría estar ahí, ni en ninguna parte. Vete, le dije, no te quiero aquí, no quiero que regreses. Traté de recoger las piernas, de retirarlas para que no me siguiera sujetando, pero no pude, será por eso que la gente ignorante piensa que viene el muerto a jalarte los pies. ¿A jalarte las patas, como decía Inocencia, la muchacha que ayudaba a mi mamá cuando yo era niña? Anoche a eso vino Jilemón, niña Mariana, yo creo que ya se enteró en lo que ando, pero es que al Pancho le gusto retiharto, me anda buscando. Y como mi madre se reía, Inocencia insistía, de veras niña Mariana, anoche vino el Jile a jalarme las patas, yo creo que ha de ser porque ando de cusca, pero a ver, él, quién se lo manda, andar de borrachote y buscapleitos, luego agarrarse a moquetazos con


ese cabrón, cuándo se iba a imaginar que venía armado. Sí mi niña, anoche vino el Jile a jalarme las patas por andar de cusca, pero él no era un angelito, dicen que fue por un pleito de faldas. Y mi mamá sólo reía. Sí, anoche vino Fonso, yo fui quien le puso así, cuando lo conocí todos le decían Poncho o Ponchito, pero a mí no me gustaba, por eso empecé a decirle Fonso, a él le agradó, también a sus amigos y al rato hasta la Goga lo llamaba así. Anoche vino Fonso, cruzó la puerta, se me acercó, se me quedó viendo con esos sus grandes ojos negros, con esa mirada que escudriñaba. Tienes mirada exploratoria, le decía yo, entonces él sonreía, porque tampoco fue de mucha risa y menos de muchas carcajadas. Me espanté cuando empezó a jalarme las patas, como decía Inocencia y a verme fijamente. Entonces, para escapar de su mirada exploratoria cerré los ojos y apreté fuerte los párpados, pero ¿qué crees Chencha? Se metió en mis ojos sin necesidad de abrirlos. Luego empezó a acariciar mis muslos como le gustaba antes, como le gustó siempre hasta que se le ocurrió meterse con la vieja cusca esa. ¿En qué lío te metiste Alfonso?, no habrá sido uno de faldas, ¿verdad? ¿No te hayas metido con la vieja de un cabrón y te haya charrasqueado como le pasó al buen Jile cuya cara no recuerdo? No te habrás emborrachado; pero no, mi Fonso no era de mucho beber, él era de mucho besar, mucho mirar y mucho, muchísimo acariciar. Si la inocente de mi madre bien que se daba cuenta, me lo advirtió mil veces, pero yo ya estaba sorda y no la quise escuchar. Mira Maya, ten mucho cuidado con ese chamaco, a leguas se nota que es muy mano larga y no vaya a ser que al rato me traigas malas cuentas, ¿crees que no me he fijado cómo te ve las piernas? Se habría muerto, la inocente de mi madre, si hubiera imaginado que para entonces me las acariciaba todas, las recorría de uno a otro extremo, lento, moroso, sin prisas; a veces las besaba, las chupaba, y yo: no Fonso, no; pero sí… 35


Y es que siempre le gustaron mucho mis piernas, por eso cuando volteé a ver ya estaba acariciando mis pantorrillas, yo apreté bien los muslos para que no subiera, pero él que era bien mano larga siguió sobando, lenta, suavemente, para entonces estaba yo húmeda, qué digo húmeda, empapada. Sentí cómo se hundía el colchón, se estaba hincando, luego ya estaba sobre mí, traté de pararme, pero no pude moverme. ¿Será que se me subió el muerto, como decía Chencha? Sí niña Mariana, se sube el muerto, y cuando lo hace una no puede moverse, trata una de levantarse, de correr, pero es imposible, ¿y a usted niña Mariana nunca se le ha subido el muerto? Anoche vino Fonso, me miró fijamente, acarició mis pies, subió por las pantorrillas y muslos, yo cerré y apreté fuerte las piernas para que no pudiera entrar, pero subió hasta mi sexo, acarició mis vellos y mis partes más íntimas. Vino anoche, entró sin abrir la puerta, subió su mano por mis pantorrillas y muslos y aunque cerré y apreté las piernas penetró en mi sexo; yo, para no verlo cerré y apreté fuerte los párpados, pero él entró en mis ojos, en mi mente y en mi corazón. Yo sabía lo que seguiría, porque lo conozco bien y sé lo que le gusta, así que giré mi cara, cerré y apreté fuerte mis labios, pero su lengua entró en mi boca sin necesidad de abrirlos, primero de a poquito, en ese ir y venir que es más que un

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juego, luego frotó mis encías mi paladar, disfruté su lengua aterciopelada llenando mi cavidad, luego nuestras lenguas se entrelazaron en esa danza frenética que nos gustaba tanto. Por mis mejillas corrían lágrimas, a pesar de tener los ojos cerrados y los párpados apretados, de mi vulva manaba miel, como decía cuando todavía me quería, de lo más profundo de mi pecho subía un grito que amenazaba con estallar en mi garganta, luego otro y otro más, y yo pensando que no podría moverme porque se me había subido el muerto, pero de pronto agité una pierna, luego la otra, mis caderas ascendían y descendían en un movimiento vertiginoso que no admitía tregua ni descanso, luego una mano suave recorría toda la bastedad de mis senos, pellizcaba mis pezones y al mismo tiempo otros dedos largos, suaves, delicados, me abrían los labios, pulsaban suavemente, rozaban mi clítoris, se introducían por mis empapadas cavidades; la cama, sin moverse, giraba como un tiovivo y en ese maremágnum, el grito ahogado, contenido durante largos años salía por mi garganta llenando con sus ecos mi cuarto, la casa, mi mente y también mi corazón. Sí, mi Fonso fue de poco hablar, de poco reír a carcajadas; él no era de esos, él era de mucho mirar, de mucho tocar, acariciar, él siempre fue de mucho besar y de harto amar…


Los desplegados mundos de Juan Emar

Adán Echeverría

Un demonio es un ser espiritual de naturaleza angelical condenado eternamente. J.A. Fortea

Hay mucho que decir acerca de «Papusa», uno de los cuentos de Juan Emar que forman parte de su gran obra literaria que tituló Diez y a la que añadió el subtítulo Cuatro animales. Tres mujeres. Dos sitios. Un vicio, que el autor publicara en Santiago de Chile en 1937. Mi primer acercamiento a la obra cuentística de Juan Emar ocurrió mientras leía la monumental Antología del cuento hispanoamericano de Fernando Burgos; en esta obra hizo bien el compilador en incluir el cuento «El pájaro verde» de Juan Emar. Un texto tan irónico como divertido, que narra un fragmento de la vida disoluta de un joven chileno en París (llamado también Juan Emar, fundiéndose personaje con autor), que tiene que regresar a su pueblo natal por orden de su tío, quien le solventaba los gastos y pensaba meter en cintura al jovenzuelo. El joven va de vuelta a su patria y se lleva consigo el disecado pájaro verde que sus amigos de francachela le habían regalado. Desde la primera vez que leyera este cuento, supe que era material para leerlo una y otra vez en el Taller de apreciación literaria que imparto desde el año 2003. Yo sumaba este cuento a otros textos similares que me atrapaban por su resuelta violencia ficcionada, como las novelas Luna caliente de Mempo Giardinelli, El

túnel de Ernesto Sábato, esa joya literaria que es Yoescarabajo de Alfonso Anzures Alcalá, Las cavas del Vaticano de André Gide, o Historia del ojo de Georges Bataille que, junto al cuento «Capítulo XXX» de Mario Levrero, daban evidencia del narrar sucesos de la violencia humana con una fuerza llena de ironía, escritos con tal naturalidad que movían a risa, a una temerosa risa por parte del lector. Por ello me dediqué a rastrear en la Internet la obra de Juan Emar, seudónimo de Álvaro Yañez Bianchi (1893-1964); paulatinamente llegué a encontrar la joya tantos años perseguida, el cuentario Diez. Enseguida tuve que atesorarlo, volví a las relecturas, una y otra vez, de «El pájaro verde»; luego casi pierdo la cordura y el habla al constatar la terrible abundancia de lenguaje de que era propietario el autor, al leer ese texto tan rápido que es «Maldito gato», en el que hace un alarde de narración con un cúmulo de imágenes poéticas, párrafo a párrafo: «un Sol tibio de rayos aterciopelados» que son puestos en equilibrio con fundamentos lógicos y científicos: «No tuve la ocurrencia –cosa que cualquiera se explicará– de proveerme de un termómetro, por lo cual me fue imposible verificar qué grado exacto marca esa atmósfera deleitosa». 37


Pero quiero detenerme en el cuento «Papusa», que es parte del apartado «Tres mujeres»: «Desde Belcebú, por línea recta, viene rodando, a través de todos mis antepasados, un ópalo». Esta es la primera línea del cuento; como pueden constatar, el texto inicia con fuerza y marca ese tono esotérico con el que se encuentran escritas obras como Las Bodas Alquímicas de Christian Rosacruz, atribuido a Juan Valentín Andreae, quien inicia su obra de esta forma: «Una noche, algo antes de Pascua, estaba sentado a la mesa y, como tenía por costumbre, conversaba con mi Creador en humilde oración». Como pueden notar, el tono que usa Juan Emar para su texto es similar; ese primer párrafo continúa de la siguiente manera: «Hace largos años llegó en su rodar a mí, pues todo mi linaje había bajado a la tumba y Belcebú no se presentaba de siglos atrás por la Tierra».

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Claridad,musas &otrostextos Claridad Camino bajo el temblor del vuelo de las aves que con su pico abren la claridad. Pies Como peces que salen del agua Los pies con uñas de colores. Llueve Llueve, llueve, llueve, se escucha la lluvia torrentes en mi corazón. Musas Veo estrellas en despoblado y las musas no aparecen Las espero como Dios las trajo al mundo Sólo escucho el machacante canto de los grillos. El sancho

Podemos recordar en el Libro de Job lo siguiente: «Yahveh dijo al Satán: “¿De dónde vienes?” El Satán respondió a Yahveh: “De recorrer la Tierra y pasearme por ella”. Y Yahveh dijo al Satán: “¿No te has fijado en mi siervo Job?”». Al parecer el Belcebú de Juan Emar dejó de pasearse por la Tierra. Hay que ser conscientes de que el ópalo que llega hasta nuestro personaje viene a él desde Belcebú.

El marido borracho se enteró que Juan era el sancho. Quería madrearlo, pero lo hicieron entrar en razón. Tenía tres meses tomando y sin dar gasto. Cuando encaró a su mujer ella le había dicho: ”tú eres el culpable de que me haya vuelto puta”.

El siguiente párrafo no sólo mantiene el tono del cuento, sino que da aún mayores pistas en la construcción que Juan Emar hace de su personaje: «Cuando mi padre desde su ataúd me lo alargó, estiré mi

¿A dónde va el sueño cuando se nos va?

Semillas Todo está oscuro nuestro corazón se hincha somos semillas germinamos. Misterio

mano izquierda por entre los cirios que lo rodeaban y, apenas

sentí que lo depositaba en ella, lo cubrí con la derecha para


Changuijuela Animal fantástico que se abraza como chango al cuerpo de quien ama. No chupa sangre, se adhiere como si tuviera ventosas. Los tiempos cambian Era un jovencito cuando convenció a Carmen de caminar por el pastizal. Se sentaron, apoyaron sus espaldas y vieron las formas de las enormes nubes. El deslizó una mano bajo la falda, ella le dijo: si me quieres respétame. Cuando creció, le dijeron, si me amas, hazme el amor. La diferencia Ella le pregunta, no te parece perverso que cuando tú tenías 28 años yo tenía 6? Él le responde, pero te conocí cuando tenías 27, entonces ya no lo es tanto. Pregunta Las mariposas se preguntan ¿cuál es la unidad de medida de la felicidad? mientras juegan a las estatuas de marfil 1, 2 y 3 así. Grinch Lo grinch le duraba hasta el día de Reyes. Habría que decirles a los niños quiénes son los reyes y dejarse de comprar globos que sólo contaminan o son publicidad de presidentes municipales sin pelo. De pronto se encontró con los tres reyes magos en persona, que caminaban por los pasillos de la clínica del imss, y un niño que corría para saludarlos. La Galletita La galletita era una muchacha pequeña, a escala, de cabello negro y unos ojos muy expresivos. A veces me acercaba a ella para preguntarle cualquier cosa, que si hubo tarea, que el horario de la práctica, entonces escuchaba su voz suavecita y observaba el movimiento de sus labios delgados y sus ojos negros con diamantina. No sé quién le puso la Galletita, pero era una forma de expresar que era pequeña y que uno se la podía comer de un bocado. — Andrés Zurita Zafra

que nada de la atmósfera de las flores y el cadáver fuese a guar-

darse en sus reflejos tornasoles y marchase a casa junto a mí».

Sabemos que la mano izquierda es la mano más cercana al corazón y nos quedamos pensando en este personaje que nos cuenta que desde su ataúd, su padre, le entregó la gema; el padre estaba siendo velado, estaba muerto cuando le hizo llegar la pertenencia familiar y el protagonista de esta historia lo guarda con mucho cuidado, aceptando tenerlo a su resguardo. ¿Y cómo no? Dentro de ese ópalo vive un mundo entero, con zares, obispos, esclavos, juglares, espectros, gacelas y hembras entre las que destaca Papusa. Asistimos durante la lectura del cuento a la creación de un mundo dentro del mundo literario que se nos va contando: «dirigiendo mi vista sobre él, púseme a contemplar su profunda y misteriosa vida interior». El mundo que vive dentro del ópalo que su padre le entrega al protagonista logra abstraerlo y a nosotros también por la historia que sucede en su interior. El juego del simbolismo que el autor recrea en su texto es de un sabor agradable para el intelecto. Los tres momentos de espera (las tres negaciones de Pedro, los tres días para reconstruir el templo) que ocurren durante la escena, hasta que el zar Palemón le ordena al obispo que la suelte: «El obispo alzó sus hábitos que subieron desde el suelo crujiendo, hundió su mano por entre las sedas de su vientre y sacó y remeció y echó a tierra y mostró a todos los ojos, el cuerpo suave de Papusa». Papusa (que no deja de referirnos a una de aquellas Papisas 39


de las que tanto se ha escrito) saliendo desde el vientre, desde las ropas del obispo, es un enorme simbolismo de cómo la religión tiene secuestrada a la mujer, pero no a cualquier hembra humana, sino a la mujer joven, erótica, sensual (de cuerpo suave). A otra orden del zar el obispo la patea y la lanza en medio del salón. Entonces ocurre aquel cuarto momento de espera (los espectros tiemblan) con el que Juan Emar rompe e inaugura otro símbolo, la liberación: las gacelas corren al encuentro de la piel desnuda de Papusa (es sólo una hermana), que ha sido echada a tierra, ha sido lanzada al centro de la reunión (clavada por millares de ojos), frente a la ley (el gobierno del zar) y la religión (los obispos), pero «Papusa sonríe apenas». El zar indica a un cortesano que tome a Papusa, quien «se tiende y se abre»; pero el cortesano y la corte toda no logran avanzar, dice el autor. El zar envía ahora a un bufón: «Papusa sonríe vagamente y su pequeña sonrisa se mece dulce y pura, envolviendo primero el cuerpo del bufón, elevándose luego, atravesando la esfera, errando por fin a lo largo de las paredes de mi cuarto». El autor hace que Papusa, o su imagen, su esencia, salga del ópalo y corra a través de las paredes del cuarto del protagonista, que ahora coge una lupa para mirar más de cerca la escena, el acto sexual entre el bufón, enclenque y jorobado, sobre Papusa: «Veo entrelazarse con el humo gris carbón el máximo placer que al 40

hombre le es dado. El placer del cuerpo entero. El placer de venganza, de reivindicación… cuando se es deforme, mostruoso y yace bajo sí la belleza, la adolescencia, ¡Papusa!» Pero el autor nos cuenta que Papusa no siente nada de goce en esta entrega, pero tampoco horror por estar siendo poseída. El protagonista se pregunta qué sucede y un espectro de los que se encuentran dentro del ópalo le contesta: «Los humanos vinieron sin sexo. Luego los sexos cayeron en ellos, se incrustaron, e incrustados vivieron su propia vida nutriéndose de la sangre y las ideas de los humanos». Y entonces uno suelta el cuento y dice: ¡Guau!, pero mirad la genialidad a la que nos ha conducido el pensamiento de Juan Emar, en el año 1937. Los humanos vinieron sin sexo. Otra historia dentro de la historia. Ya no sólo se trata del simbolismo esotérico dentro del texto, sino que se va caminando dentro de la filosofía. Yo ahora levanto mis ojos del teclado, reflexiono en las más de 150 niñas y mujeres que fueron violadas y abusadas por un médico de la selección de gimnasia olímpica en los Estados Unidos de América, y me quedo con esa frase: «Los humanos vinieron sin sexo». Ya lo había reflexionado en infinidad de ocasiones. El sexo es apenas eso que nos une a los animales, esos estímulos que causan placer. He disertado anteriormente sobre la grafía como aquella convención cultural para representar los sonidos (fonemas) del len-


guaje con que nos comunicamos y que nos pone por encima de los demás seres vivos. Es el lenguaje escrito la diferencia, a lo que ha llegado nuestra inteligencia en sus diferentes lenguajes escritos: la música, el braille, las matemáticas, el código morse y todos los alfabetos. Volvamos al cuento de Juan Emar. ¿Qué función tienen los espectros en el universo metido dentro del ópalo? Los espectros en ese mundo y en nuestro propio mundo son los registros de aquellos que nos precedieron. Nuestros espectros pueden ser nuestros propios libros, es a través de los libros por donde nos continúan hablando los escritores de otras épocas. Nuestros queridos espectros. «El sexo nutriéndose de las ideas de los humanos», y piense usted en las ideas del amor y el sexo, como también en todas esas ideas que cruzan la mente de un depredador sexual. «El sexo nutriéndose de la sangre de los humanos», y la sangre no es otra cosa que la pasión, esa pasión que aquellos que apenas entrevén su naturaleza animal tanto festejan en la carne. De esta manera Juan Emar nos muestra, dentro de su cuento, la diferenciación entre sangre e ideas que son afectadas de formas muy diferentes por el sexo y, añade para dejarlo demostrado, forman una «Simbiosis casi eterna que el hombre se niega a reconocer». El discurso del espectro de la narración nos habla incluso de que algunos seres humanos logran desconectar esa

simbiosis entre sexo e ideas, pero casi nunca entre sexo y sangre (pasión): «Entonces los sexos pueden seguir viviendo su propia vida, nutriéndose tal vez con un poco de sangre, siempre; mas sin alcanzar a hacer de ninguna idea su presa». Papusa no logra ser derrotada ni por el joven ni por el monstruo jorobado que le ha enviado el zar, porque es una mujer que ha logrado separar su sexo de su inteligencia. El zar no puede soportarlo. Cifra sus esperanzas en que el traumatismo, los golpes, la opresión, reintegre el sexo a la personalidad de Papusa y de ese modo poder manipularla, manejarla, doblegarla. El espectro nos lo deja muy claro. (Piense ahora usted, querido lector, en todas aquellas mujeres que siguen siendo manipuladas a base de golpes, miedo, culpa, con la finalidad de doblegarlas). Al final, al ver que no puede anudar el sexo a la mente de Papusa, el zar manda a los perros a que la destrocen. ¿Qué son los perros en este cuento, en la tradición, en la significación del poder? Los perros que corren y van causando terror a todos los cortesanos que huyen, haciéndose a un lado, esos perros que obedientes corren hacia ella para someterla. Esos perros que cuidan la entrada del infierno, canes de tres cabezas, nos dice la tradición, enfrentados con la humanidad sin sexo, enfrentados con la mujer. El miedo que la mujer causa en los gobernantes, en las religiones, que unidos han buscado someterlas. 41


Art Division, el espíritu de Toledo en el mundo

Rocío Florez Cruz

El legado del artista oaxaqueño Francisco Toledo (1940-2019) va más allá de los recintos culturales que aportó a Oaxaca. El gran trabajo que hizo —coinciden varios artistas— fue adaptarse a los cambios que hubo en el mundo sin perder la identidad de un pueblo. «Aunque el maestro actuaba de manera local, pensaba universalmente», considera el artista Luis Serrano, de origen ecuatoriano y nacionalizado estadounidense. Coincide con él Dan McCleary, artista y director ejecutivo de una escuela de arte en la que buscó recuperar la esencia del pintor oaxaqueño al retomar la forma de cómo ayudar a una comunidad. Esa labor fue el ejemplo y fuente de inspiración para el proyecto que desarrolla en Art Division, en Los Ángeles, California. McCleary nunca convivió de manera cercana a Francisco Toledo, pero conoció su labor por el vínculo que estableció con el movimiento artístico de Oaxaca durante más de 20 años, lapso en el que trabajó en talleres de grabado y de textiles en el estado. De esa manera pudo percatarse de lo que el pintor de origen zapoteco hacía para toda la comunidad oaxaqueña y los artistas de la entidad. «Eso me marcó profundamente. Toledo no era sólo un artista, sino un gran activista. Su trabajo en la cultura, el iago (Instituto de Ar42


tes Gráficas de Oaxaca), el casa (Centro de las Artes de San Agustín) y otras de las instituciones que creó fueron muy importantes y determinantes. Fue un ejemplo y una inspiración para mí», contó en entrevista. Las impresiones de una tierna edad, la influencia de la familia, de los mitos zapotecas y de los pueblos indígenas, presentes en el trabajo de Toledo, son también parte de la base que inspira a Art Division, aunque no necesariamente significa que se va a replicar. Es su enfoque lo que se trata de rescatar. «Ese es el ejemplo que se puede reproducir una, dos o infinitamente en diferentes partes; ese ser de actuar local», apunta Luis Serrano, también maestro de Pintura y Dibujo en Art Division. «Ahí tienen lo que utilizamos nosotros. Aquí hay una sociedad más pluralista, por eso tratamos de inculcar a los estudiantes que miren adentro, que recuperen su origen para encontrar su voz». «El maestro Toledo salió, fue a Europa, pero no se volvió europeo, tampoco negó la importancia de la historia de ese continente, sino que trajo su conocimiento para poder desarrollarse como artista a nivel universal». Toledo fue un puente fundamental para el intercambio de conocimientos en el arte. En su persona y sus instituciones, dice el artista,

no hay separación. «Contrario a lo que sucede en países desarrollados en los que se pierde la identidad cuando todo se trabaja a partir de especialidades, en el pintor de origen juchiteco hubo integridad porque no era sólo artista, no era sólo padre, sino maestro, era todo». Art División el vínculo con Toledo Fueron esas premisas que se lograron recuperar en Art Division, una escuela no lucrativa que se sostiene con los fondos recaudados por Dan McCleary de buena voluntad. Está ubicada en el centro de los Ángeles, California. Fue creada hace diez años por Dan McCleary y representa un vínculo viviente al legado que deja el maestro Francisco Toledo. La primera inspiración fue el iago, especialmente la biblioteca, recuerda Dan, y aunque no es un duplicado o copia del proyecto —reitera—, en Art Division la biblioteca es el corazón de la institución y el libro es la manera de difundir el conocimiento, que luego se va aumentando en los talleres, de la misma manera como lo hacen en el casa, el primer centro de arte ecológico en Latinoamérica por las técnicas que utilizan en los distintos talleres, creado por el mismo Toledo. Dan McCleary era maestro en una secundaria pública en Los Ángeles y poco a poco se dio

Taller de grabado en Art División. Fotografía: Art Division.

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cuenta de que los jóvenes no tenían apoyo para ingresar al mundo laboral o social, y si eran indocumentados no podían seguir su educación a nivel universitario, tanto por la política migratoria, por la falta de documentos o por la cuestión financiera. Entonces, en compañía de tres estudiantes, empezó esta escuela y así fueron creciendo. Hoy, después de diez años, uno de los estudiantes que inició el proyecto con Dan es el maestro del taller de grabado. La institución tiene un promedio de cien estudiantes registrados que van tomando de manera alterna alguna de las ofertas de talleres. La escuela atrae a una población que generalmente no es atendida. El requisito es querer aprender, el lema es decir sí a todas las ideas positivas y buscar cómo contribuir a la comunidad en lo social. El espíritu de Oaxaca por el mundo «No hay nadie como Toledo, no hay nadie que pueda llenar ese vacío, pero definitivamente la gente puede seguir con sus enseñanzas y la tradición que él promovió. Será muy interesante ver si se puede hacer, dado que tuvo mucho poder, ver si las cosas van a ir cambiando o hay un cambio de mentalidad», expone Dagmar Brown, colaboradora en Art Division, quien creció en Oaxaca y pudo observar un movimiento fuerte en el arte, más o menos entre 1993 y 2006. «De nuestro lado» —agrega—

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«es seguir haciendo lo que estamos haciendo como un homenaje a todo lo que él realizó y seguir sus enseñanzas, ojalá se vean en Oaxaca sus ideas y sus pensamientos». Por lo pronto, el colectivo de esta escuela está promoviendo el intercambio entre estudiantes y profesores de Oaxaca y Los Ángeles. Entre los primeros alumnos de Oaxaca está una joven de origen zapoteca, Sandra Maldonado; y entre los profesores, los artistas Fernando Sandoval, Alejandro Flores, Inés Lara, Jesús Cuevas, Demián Flores y Diego Rodarte. «La gente tenía que saber que Toledo no iba a vivir para siempre» —concluye

Dagmar—, «hay gente que se preparó para seguir con lo que están haciendo, pero va a ser extraño no tener a una sola persona, porque Toledo fue una representación, mucha gente lo está representando como el espíritu de Oaxaca reconocido por todo el mundo, representaba todo lo que estaba ahí. Ojalá que puedan seguir su legado y avanzar, debemos recordar de dónde venimos y no dejar que influencias extranjeras terminen con lo que somos realmente. No sólo en Oaxaca, hay otras ciudades que podrían beneficiarse mucho de ese pensamiento, pero el tiempo nos dirá».

Dan McCleary en la biblioteca de Art Division, inspirada en la del IAGO. Fotografía: Art Division.


Bitácora del error Aída lópez

I Sueño que sueño, sueño que vuelo. Con sólo un impulso puedo volar a diferentes alturas, logro ver muchas cosas al mismo tiempo; por primera vez admiro las copas de los árboles, las azoteas, los espejos de agua. Las cabezas de las gentes son agujas sembradas en distintos puntos en una planicie que a veces es de color verde y otras gris. Los carros parecen que son de pila y recorren caminos destinados. Jugueteo en el viento, a veces soy bailarina, otras me impulso para confundirme entre las aves. La ropa me estorba, me la voy quitando, ahora sí soy libre, quiero que mis brazos se vuelvan alas, que mi cuerpo se cubra con plumas de colores, que de mi garganta salgan trinos y nunca volver a hablar para no revelar mi secreto. Cierro los ojos y sin darme cuenta entro a una nube que impide mi vuelo, desesperada pataleo, forcejeo, es inútil, la sábana se ha enredado en mi cuerpo, sábana que amortigua el golpe cuando caigo de la cama. II La oscuridad me gana, apresuro el paso, debo llegar antes de la media noche. Al dar la vuelta en la esquina de mi casa, encuentro mi carro chocado. Enojada comienzo a buscar a los culpables. Un carro adelante del mío y dos mujeres jóvenes, una de estatura baja y complexión gruesa a la cual no presto atención y otra alta, delgada, cabello lacio negro y vestido pegado al cuerpo con la cual comienzo a intercambiar palabras que van subiendo de tono hasta llegar a los insultos. Enojada entro a mi casa. Pronto escucho que los perros comienzan a ladrar insistentemente, asomo por la ventana, veo que la mujer que me chocó el carro acompañada de varios hombres ingresa

a mi cochera después de forzar la reja. Empujan la puerta, siento miedo, con todas mis fuerzas desde adentro intento detenerla para que no entren, pero me vencen. Desesperada salgo y logro llegar a la calle alejándome. Encuentro a un vecino, me dice que las mujeres son distribuidoras de droga y sus acompañantes son de la mafia. Siento que el corazón me va a explotar, el grito de ¡Corte! del director detiene la escena, pero no mi corazón. III Voy al supermercado, hay demasiada gente, más de lo habitual. Quizá sea por la quincena convergente al fin de semana o por las ofertas. Largas filas en las cajas hacen que las personas tomen revistas para entretenerse en lo que llegan para pagar. Nadie advierte que en las puertas de salida se encuentran personas abarrotadas sin poder salir. Se detiene la música de fondo, una voz masculina anuncia que las puertas del supermercado quedarán cerradas y nadie podrá abandonarlo. Angustiada sacó mi celular del bolso para hablar a mi casa y avisar lo que está sucediendo. No hay señal. Algunas personas entran en pánico y lloran, otras insultan a los cajeros que se encuentran sorprendidos ante el anuncio. Busco las puertas de las oficinas, pero todas están cerradas, levanto los auriculares de los teléfonos que encuentro a mi paso y ninguno tiene tono, los relojes no marcan la hora. Recorro pasillos alfombrados escasos de luz, hasta llegar a un gran ventanal que deja ver que ha anochecido, lo único que ilumina el vacío son las luces brillantes de una gran nave con escaleras eléctricas, por donde suben personas con su carrito de súper. Maldita dislexia, leí Noche Especial en vez de Espacial. 45


Mimenteestanpoca paraentendercómoes posibleverunaluzcon losojoscerrados Sin embargo, me atrae como abeja al polen la veo la veo justo ahora y cuando estoy a punto de tocarla aparecen mil gritos los escucho lamentos incesantes carcajadas llantos de bebés todos desesperados todos al mismo tiempo y es ahí donde despierto aturdida y confusa Esas voces las pienso las sueño las mastico y las devoro en un instante las hago mías y llegan a lo más profundo de mi alma se anidan ya ancladas como lo más pesado en mis orejas en mis oídos se repiten como trinar de ave como si tuvieran vida propia y me manipulan se apoderan de lo demás no puedo dejar de amarlas En mi rabia, en mi locura incurable de la cual soy testigo día a día noche a noche ahora son parte de mí soy parte de un todo imaginario en un mayo indestructible.

Túbuscaslamuerte,mujer Debiste haber muerto ese día pero ellos te detuvieron creyéndolo un milagro Entonces cambiaron tu destino te anclaron a la vida y ahora pagas muerta en vida Ódialos hasta el final que odio es lo único que conoces 46

Ese odio por la vida… tú buscas la muerte, mujer todo el tiempo que hasta en sueños la llamas vuelve vuelve… Esa noche Recuerdas esa noche mirabas el techo y ahí estaba esa sombra robándote el sueño y el alma tu alma de niña viéndola mecerse encima de tu cabeza y tus ojos se querían salir al intentar descubrir qué era Fría una mano gélida aún puedes sentirla en tu frente deslizándose hacia tu cabeza Esa noche quedaste maldita fue la muerte que venía a recordarte que seguías viva fue la muerte que instantes te heló la sangre y ahí, justo en ese instante, comenzó todo tu pulsión tu deseo más oscuro, más perverso tu instinto. Vuelve vuelve… Ya no sabes quién eres hay algo en tu cabeza como un ciempiés removiendo cada parte cada neurona y sin querer, te revuelve todo ahora no sabes quién eres no sabes si eres Mariana en el día o la que el ciempiés transforma en la noche Ahora en el día deambulas por ahí con una sonrisa empastillada y en la noche te asfixias hasta convulsionar y esos ruidos te estallan la mente Matar y morir: tus palabras favoritas lo que más anhelas y nunca has hecho Una pesadez te ahoga hasta el tope ¿no te sientes más ligera después de escribir esto? No No sabes vivir porque no era tu destino Por eso ódialos y recordarás siempre no importa cuántas pastillas pasen por tu garganta siempre recordarás que no regresaste para vivir sino para buscar la muerte mujer. — Mariana Velázquez Ordaz


Alguna iglesia en Texcoco (Grabado). David RodrĂ­guez Olivares. Carbonera 3/4

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Kevin Martínez Ayala

Pequeña degustación de literatura universal

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Ilustración de Eduardo Peraza Yáñez


Para fortuna de muchos, la actividad literaria es inseparable de la gastronómica. Sin embargo, realizar el inventario de todos los platos concebidos a la fecha es una tarea que sin duda acabaría con la paciencia de los más versados en el gremio. A manera de confeccionar un menú inicial y considerando el apetito de los lectores, a continuación se despliegan algunas sugerencias de la casa para adentrarse a la cocina a partir de la lectura. Primer tiempo No puede omitirse el carácter alimentario de los textos religiosos. En ocasiones pareciera que aquellas personas con alimentaciones balanceadas y nutritivas poseen inherentemente sabiduría y liderazgo. Por ejemplo, en la epopeya de Gilgamesh, aparece Siduri, diosa de la cerveza, quien le sugiere al protagonista no centrarse en prolongar su vida sino en disfrutar los pequeños detalles placenteros como la compañía de los seres queridos, la buena comida y la ropa limpia. Con respecto a mejorar los hábitos alimenticios, la tradición musulmana es frecuentemente recordada por un conjunto de prácticas denominadas halal que regulan la ingesta de

ciertas sustancias consideradas nocivas en diferentes versos del Corán como la carne de cerdo o el alcohol, por mencionar algunos; siempre a la mano están los pasajes imperecederos de la Biblia, los cuales además de instructivos en ocasiones son francamente motivacionales para las papilas: “En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31)

Penélope pasan los días entre festines realizados a expensas del ausente Odiseo. De igual forma, un caso notable que apareja la herencia culinaria y la tragedia griega es el empleo que hace Sófocles de los convites para la construcción de un ambiente tenso, ominoso; lo anterior en contraposición a Esopo, quien en sus fábulas utiliza a los alimentos como una estimulación directa a los personajes, en un cariz más cercano a la complicidad.

Segundo tiempo Los clásicos griegos concebían a los banquetes con especial admiración. Recordemos que una de las escenas más insistentes en la obra de Homero es cómo los pretendientes de

Tercer tiempo A través de la oralidad, muchas civilizaciones han perpetuado sus distinciones y rasgos que las caracterizan. Naturalmente, la alimentación forma parte de 49


ello. Obras que durante siglos fueron conformándose mediante la oralidad como Las mil y una noches, El cantar de los nibelungos o El cantar de Roldan son objeto de estudio constante debido a la información que pueden proporcionar para obtener un panorama más amplio de sus culturas respectivas. En Mesoamérica hay similitudes con el Chilam Balam y el Popul Vuh. Ambos libros, además de arrojar pistas sobre la cosmovisión de los pobladores del nuevo mundo, refuerzan la identidad para los habitantes de las zonas aludidas, e indudablemente puede percibirse cierta simpatía cuando se descubre que el héroe de alguna aventura épica mantenía un régimen alimenticio muy parecido al de la actualidad. Como si estuviéramos en la misma mesa. Cuarto tiempo Las llamadas épocas de oro de la literatura tienen también un factor nutricional. Sírvase recordar la descripción que hace Cervantes a la cotidianeidad de El Quijote, el sempiterno caballero de la triste figura: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos…” En muchas ocasiones, la posibilidad de adquirir comida es un medio que retrata de manera precisa las cualidades con que se presentan a determinados personajes. Así es como se crean atmósferas dispares en las novelas de Charles Dickens, Honoré de Balzac o Víctor Hugo, anteponiendo el hambre del desvalido, pero honrado, al derroche y superávit del injusto. Atendiendo las obras de Shakespeare —las primeras, especialmente—, es muy notoria la correlación que el autor quería imprimir entre los platillos poco refinados y la voracidad de sus personajes; situación sumamente ajena a la abundancia y gallardía de los banquetes puntualizados en El Decamerón de Bocaccio. Dirigiendo la atención a Tolstoi y Ana Karenina, ¿cómo olvidar la sensación de plenitud que obtiene Lyovin después de trabajar arduamente todo el día al lado de campesinos y compartiendo finalmente una cena frugal pero reparadora?, o ¿de qué otra forma exponer los recuerdos de un hom50

bre atormentado como el protagonista de Proust en En busca del tiempo perdido si no es utilizando una taza de té negro y una magdalena? Un par de actos de profunda e íntima reflexión acentuados por una alimentación más bien sencilla. Quinto tiempo En Latinoamérica, la literatura y los alimentos siempre han tenido devoción. Octavio Paz sostenía que la cocina es la manera más segura de acercarse a un pueblo, lo cual parece haber sido entendido a la perfección por Manuel Payno en Los bandidos de Río Frío, donde especifica inequívocamente cuales alimentos pueden servírsele a un hacendado. De esta obra cabe destacar un par de líneas que han envejecido impecablemente: “La sociedad dice que el chile, las tortillas, los chiles rellenos y las quesadillas son una comida ordinaria y nos obliga a comer un pedazo de toro porque tiene nombre inglés.” Un par de recetarios se han colocado en el gusto popular: Afrodita: cuentos recetas y otros afrodisiacos de la chilena Isabel Allende y Como agua para chocolate de la mexicana Laura Esquivel, los cuales combinan en momentos la autobiografía con datos ficcionales y han sido bastante bien recibidos por sus comensales. Todo un logro para la literatura de fogón. A propósito de este término, es imperdible un recetario autentico: La cocina mexicana de Socorro y Fernando del Paso, con cerca de 150 recetas e ilustraciones. Gran apoyo para dilucidar la importancia de las cocinas en el mundo. Postre Como se anunció desde el principio, es virtualmente imposible contener las inmensas alacenas de la literatura en apenas unas cuartillas. Sin embargo, “el postre ya está siendo servido” y “no vale la pena llorar por la leche derramada”. Ojalá que el pequeño catamiento haya sido de su agrado y continuemos celebrando las potencias alimenticias con otro eco a Baltasar del Alcázar: Tres cosas me tienen preso de amores el corazón: la bella Inés, el jamón y berenjenas con queso.


Kevin Martínez Ayala

La comida & el cine “…Como te iba diciendo, el camarón es la fruta del mar. Se pueden hacer a las brasas, hervidos, fritos, a la plancha, con ajo, hay brochetas de camarones también, camarones criollos, caldo de camarones, camarones empanizados, rebozados, sofritos, camarones a la pimienta, camarones al limón, camarones con pasta, camarones jalapeños, sopa de camarón, estofado de camarón, ensalada de camarón, camarones con papas, hamburguesa de camarón, sándwich de camarón... Creo que eso es todo”. Benjamin Buford Bubba Blue “Bubba”. Forrest Gump (1994)

Deshilvanar el simbolismo que tiene la comida en cualquier cultura abarcaría enciclopedias tan innumerables como exquisitas, incluso evadiendo ciertas misiones de largo término como abordar las prácticas religiosas y sus influencias sobre la alimentación de sus adeptos. Baste señalar lo ineludibles que resultan ciertos alimentos de la canasta básica —maíz, frijol, chile— para la cosmovisión de las civilizaciones precolombinas; la inefable imagen de erudición y misticismo contenida en un campo de arroz al Oriente; o bien, una sensación primigeniamente poderosa que alberga el concepto de cazadores-recolectores que, para fortuna mundial, han resistido estoicos, por ejemplo, en África y Oceanía. Incluso si tomamos una expresión nacida hace relativamente poco como el cine, nos encontramos ante un menú sustancioso. Guillermo Altares, en su artículo Un festín literario, escribió un par de líneas que podrían parecer obvias y, sin

embargo, no lo son: “Más allá de cualquier moda relacionada con la alta cocina, la comida es importante en los libros porque lo es en la vida”. Lo mismo podríamos referir sobre el séptimo arte. La tradición cinematográfica ha sabido aportar invenciones culinarias que han deleitado a los más exigentes paladares con los más disímiles gustos: inolvidables son los cuarenta y un segundos de La comida del bebé (Lois Lumiere, 1885) en los que Auguste y Marguerite Lumiere desayunan a sus anchas con su pequeña Andrée; la sencillez de los planos en los que Charles Chaplin se come su zapato en La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925); en contraposición están la grandilocuencia y el derroche opulento de las bacanales registradas en Cleopatra (Joseph L. Mankiewicz, 1963), Satiricón (Federico Fellini, 1965) o Calígula (Tinto Brass, 1979). El minimalismo en el celuloide puede convertirse con facilidad en un gran buffet y para ello es posible prescindir de algunos ingredientes como

carne y hueso: la animación de igual manera está ligada entrañablemente a las potencias alimenticias y uno de los favoritos para dirigir el banquete es Hayao Miyazaki. Prácticamente todas las películas de Studio Ghibli poseen una escena memorable a propósito de los comestibles. En ocasiones remitiendo al poderío, la copiosidad y la exuberancia (El viaje de Chihiro, 2001; El increíble castillo vagabundo, 2004), invitando al espectador a la hospitalidad y la camaradería (Mi vecino Totoro, 1988; Kiki, entregas a domicilio, 1989; Ponyo y el secreto de la sirenita, 2008), sin olvidar la nostalgia o la franca tristeza que puede producir un buen plato sobre el protagonista (La tumba de las luciérnagas, 1988; El cuento de la princesa Kaguya, 2013. Éstas últimas dos, por Isao Takahata). Migrando de terrenos nipones, Occidente también ha espoleado las papilas. ¿Cómo olvidar la fiesta de té celebrada por el Sombrerero Loco y la Liebre en Alicia en el país de las maravillas 51


(Clyde Geronimi et al, 1951)? ¿Cómo concebir el romance sin la escena del espagueti en La dama y el vagabundo (Clyde Geronimi et al, 1955)? Mención honorífica merecen los comensales de inusuales latitudes como Max Jerry Horowitz, coestelar de la producción australiana-neozelandesa Mary y Max (Adam Elliot, 2009), quien es representado a partir de su afición a los hot-dogs de chocolate —una receta que él mismo inventó— como un hombre introvertido, solitario, propenso a ataques de ansiedad de los que se refugia en un desorden alimenticio. Detallar así el comportamiento, reproduce una imagen determinada que busca ser acogida por la audiencia. Para dilucidar este punto, en 2018 la plataforma Fedor realizó el vídeo ¿Qué dice la comida sobre un personaje? (What does food say about a character?) en el cual se señala un conjunto de mensajes que se utilizan a menudo para apelar al subconsciente del espectador y realizar tácitamente una construcción de personalidades. Dichos mensajes pueden ser condimentados si se realiza una comparación con diversas investigaciones socioantropológicas. Expiración García Sánchez, en su artículo “Alimentos marcadores de grupos sociales a través de la literatura árabe medieval”, enuncia: “Hay —o puede haber— alimentos que adquieren un significado especial, respondiendo a criterios personales del comensal”. Para elaborar la idea, pueden ser tomados algunos momentos clave auspiciados por Quentin Tarantino. En Tiempos violentos (1994) el acto denominado Big Kahuna se vale de diálogos y acciones que giran en torno a una hamburguesa para enfatizar temperamentos déspotas y sumisos entre los involucrados; Bastardos sin gloria (2009) utiliza un desayuno entre una sobreviviente de las campañas nazis con uno de los responsables de las mismas para generar una atmósfera de suspenso e incomodidad apenas tolerables; por su parte, Perros de reserva (1992) ofrece impecablemente un cliché del cine de acción: escenas de grandes almuerzos previos o posteriores a torturas y asesinatos que exhiben la desensibilización de los protagonistas, aderezadas elocuentemente con intrascendentes divagaciones de sobremesa. 52

A la sazón del tema, Ramiro Delgado Salazar menciona que “…el universo de la comida brinda espacios de análisis de los constantes cambios que se dan en la vida de una sociedad”. Lo cual encuentra una reafirmación en el citado documento de García Sánchez: “Cabría suponer que son los grupos socioculturales los que se apropian de determinados productos alimentarios o preparados culinarios y los hacen suyos, como elementos distintivos o inherentes a sí mismos”. De esta forma, se justifican tanto arquetipos como estereotipos. Un individuo que demuestre sus habilidades con los utensilios de cocina generalmente es tenido como una persona confiada, diestra y meticulosa. Por el contrario, aquel que desconozca el procedimiento para cocinar su propio sustento refleja incompetitividad, carencia de las destrezas más básicas (Tampopo, Juzo Itami, 1985; Comer, beber, amar, Ang Lee, 1994). La piedad y empatía que Macario (de la película homónima, Roberto Gavaldón, 1960) incita en el público mexicano están obviamente acentuadas por su deseo de comer un guajolote él solo, sin invitar a esposa o hijos, ni siquiera a Dios o al Diablo. Lo anterior encuentra cierto sentimiento de foraneidad y arrobamiento ante lo exótico, provocado por los inauditos manjares incluidos en Indiana Jones y el templo de la perdición (Steven Spielberg, 1984), Charlie y la fábrica de chocolate (Mel Stuart, 1971) o virtualmente toda la saga de Harry Potter. Desde luego, los alimentos no sólo aportan elementos para la psique de los intérpretes. Muy notoriamente forman parte de su representación física. Largometrajes como Voraz (Julia Ducournau, 2017), Pink flamingos (John Waters, 1972) e incluso Lluvia de hamburguesas (Chris Miller y Phil Lord, 2009), se esmeran en representar la inmundicia y decadencia resultante de nutrir inadecuadamente el cuerpo. El colapso mental y sus funestas consecuencias han encontrado ecos en el malestar físico y el déficit nutricional de El cisne negro (Darren Aranofsky, 2010) o El maquinista (Brad Anderson, 2004). Por otra parte, los más estrictos regímenes dietéticos son fundamentales para llevar a cabo las épicas rutinas diarias en los clásicos Taxi driver (Martin Scorsese, 1976), La


naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) o Rocky (John G. Avildsen, 1976). La exactitud en las substancias genera el embeleso. Las proporciones puntillosas, calibradas, son capitalmente importantes para el progreso de las narraciones tipo Como agua para chocolate (Alfonso Andreu, 1992) o Sólo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch, 2013). Con motivo de esta última representante de la vampiresca, se abre aquí un paréntesis para señalar que mucho del género de terror está basado en la alimentación, específicamente en el pavor de ser la presa y la ansiedad provocada por una involución en la cadena alimenticia (El hombre lobo, George Waggner, 1941; Las sanguijuelas humanas, Bruno Vesota, 1958: La noche de los muertos vivientes, George A. Romero, 1968; Alien, Ridley Scott, 1979; El silencio de los inocentes, Jonathan Demme, 1991). Cerrado el paréntesis en el convite, Julián López García et al mencionan que “…la comida deja de entenderse como un ingrediente más para ser conceptualizada como el valor estructurante de la misma (sociedad) poniéndose énfasis en cómo el comer y el beber… generan integración social”. Al respecto, despuntan dos clichés con frecuencia utilizados en Hollywood: •• “El tipo engreído que muerde una manzana”: la acción demuestra en sí misma la apatía con la que un personaje quiere investirse. El acto de comer mientras se está desarrollando alguna otra acción implica una falta total de interés en ella. Un desprecio exteriorizado sencillamente empleando un alimento que produzca cierta estridencia (una manzana, p.e.) para que, al mismo tiempo de mostrar su fastidio, aquel que se encuentre comiendo esté casi pidiendo atención. •• “El tipo desesperado trata de ahogar sus problemas en un vaso de alcohol”: retratado en momentos de tensión en la trama. El que alguien acerque un trago de alcohol a cierta persona y ésta lo beba compulsivamente demuestra la exasperación contenida. La agitación evocada por apresurar el fondo de la bebida y la indolencia al no considerar las consecuencias de lo ingerido. A veces, más que estimular el apetito, la me-

moria es a quién se está celebrando. Porque es bien sabido que ha habido magdalenas proustianas en la pantalla grande. Hay encantos fílmicos con los que todos pueden identificarse como el ocurrido con Masato en Recuerdos, amores y fideos (Erc Khoo, 2018), quien rompe en llanto cuando le es servido un preparado especial hecho por su abuela; las aspiraciones infantiles, los desamores y una tiernamente ingenua esperanza por el futuro despertadas por las reminiscencias de unas fresas silvestres en Cuando huye el día (Ingmar Bergman, 1957); la imperecedera conmoción llevada a cabo en el espíritu de Anton Ego, exigente crítico de cocina, al degustar la sugerencia del cocinero (Ratatouille, Brad Bird, 2005) El cine mundial ha llegado a apostar por historias en las que el más ínfimo bocado implica conversiones violentas sobre el alma: “Lo tenía decidido, quería matarme. Salí hacia Mianeh. Fue en 1960. Llegué a las plantaciones de cerezos. Paré allí, estaba aún oscuro. Tiré la cuerda alrededor de un arbol, pero no encontré el lado opuesto. Lo intenté una y otra vez, pero no hubo manera. Así que subí al arbol y até la cuerda con fuerza. Entonces sentí algo suave bajo mis manos. Cerezas, cerezas deliciosamente dulces. Me comí una, luego una segunda y una tercera. De repente, me di cuenta que el sol estaba saliendo sobre la cima de la montaña. ¡Menudo sol, menudo paisaje, todo verde! En ese mismo instante, escuché a los niños saliendo hacia la escuela. Se paraban a mirarme. Me pidieron que agitara el árbol, las cerezas caían y se las comían. Me sentí feliz. Recogí algunas cerezas para llevarlas a casa. Mi mujer seguía durmiendo, cuando se despertó, también comió cerezas, y las disfrutó. Había decidido matarme y volvía a casa con cerezas. Las cerezas me salvaron la vida, una cereza me salvó la vida.” (El sabor de las cerezas, Abbas Kiarostami, 1997).

La despensa que el cine posee es sumamente espaciosa. Al abrirla de par en par, se encuentra el deleite frugal y el opíparo. El cine a la carta es un platillo constantemente reinventado, lo cual no denota sino la profesionalización de los chefs. Más allá de los géneros, actores y directores —recetas clásicas pero frescas—, la propuesta continúa. Sin más que agregar, sean dichas las plegarias y ¡bonne apetit! 53


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Aline Gabriela Villa García

Imaginación & realidad, los ingredientes para cocinar un cuento Entrevista con Miguel Ángel Leal Menchaca

Un cuento puede cocinarse en cualquier parte: en la casa, en el estudio, en la oficina, en la escuela; porque los ingredientes para estas recetas surgen de la vida cotidiana: una canción, una historia, el transporte, experiencias. “Cualquier pretexto es bueno para contar una historia cuya realidad es alterada, lo que uno percibe como escritor es muy distinto a lo que se escribe, esa es la ventaja del cuento, el escritor puede alterar la ficción y no pasa nada” Miguel Ángel Leal Menchaca nació en Fresnillo, Zacatecas el 26 de abril de 1950. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas. Actualmente es maestro de tiempo completo en la Universidad Autónoma Chapingo. Autor de libros de cuentos como Ansiedad que persigue, Obituario, Mujeres abordando un taxi, De veras, maestro, Doce de cal, Dolor que callado viene, La hora mágica y Amantes frígidas, nos platica en entrevista cómo se cocina un cuento, a propósito de su más reciente publicación, Íncipit, editada por Molino de Letras. —¿Qué ingredientes se necesitan para hacer un cuento? —Pues lo primero que necesitas es imaginación. Digamos que el aperitivo para hacer el cuento sería un punto medular que puede ser una anécdota, un chiste; algo que te imponga y ahí empiezas a escribir tu historia. Algo que te parezca a veces extraordinario y a veces cotidiano. Por ejemplo, una vez estaba platicando con mi consuegro y escuchaba que mi hija Fotografía de José Luis García Hernández

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platicaba con mi esposa sobre una rata que se les metió a la escuela y no la podían sacar, y entonces a mí se me ocurrió hacer un cuento sobre una rata que se mete a una casa donde viven puras mujeres: la mamá y tres hermanas. Si lo viéramos del punto de vista de Freud, los ratones son fálicos para las mujeres, por eso les tienen tanto miedo, temen que se vallan a meter a alguna parte de su cuerpo. Entonces se espantan las señoras con la rata; ya conjeturando de quién podría ser la rata, le echan la culpa a la sirvienta y la corren, pero no podían echar a la rata. Las ratas no tienen tiempo y las personas sí, ellas tenían que irse a trabajar y la rata no, entonces sufrían, padecían y demás, hasta que un día un muchacho fue a pedir la mano de una de las hermanas y el papá del novio se sentó en un sillón y ahí estaba la rata y la aplastó —comenta sonriendo. El cuento parte de una realidad; yo no sé cómo se deshicieron de la rata en la escuela de mi hija, pero ya el cuento es otra realidad, es una ficción que proyecta a muchas realidades. Entonces, el aperitivo podría ser que tú tengas ganas de escribir sobre algo y eso lo puedes escuchar en la radio, con tus amigos, con quien sea. Simplemente ahorita la perdida que me metí para llegar a la entrevista puede ser motivo para hacer un cuento —agrega entre risas. —Teniendo está referencia, ¿cuánto tiempo le toma la cocción de un cuento? —No hay tiempo específico, porque si se relaciona con 56

Lacapitaldelmundo

Las alturas de un hotel en “la capital del mundo”; un hombre ebrio se acerca emocionado a la ventana. Sabe que será fugaz la estancia en el sueño; su mujer, preñada; duerme profundamente; y ninguno de los dos lo sabe; se asoma con sigilo, calle abajo, siente escucha,  mira en una esquina a García Lorca; sí, llénate de alegría, a su lado está un “viejo hermoso Walt Whitman con su  barba “llena de mariposas”...  El hombre, como si despertara,  siente el llamado insobornable de la sed; su mujer duerme; preñada; le da un beso y ninguno de los dos lo...; busca el ascensor, la calle; un amigo invisible le inyecta algo parecido a la dicha...   Y él no lo sabe. —Gildardo Montoya Castro

la cuestión culinaria, es un guiso que termina hasta que termina. Terminas el cuento y lo corriges y lo corriges y lo corriges; ya cuando dejas de hacer correcciones lo das para su publicación y aun así salen correcciones. Decía Rudyard Kipling que “escribíamos con la goma” porque todo el tiempo estamos corrigiendo. Miguel de Unamuno, tiene un cuento muy interesante. Miguel de Unamuno era

amargado, era una persona muy amargada, pero las personas amargadas tenemos muchos satismo de ironía y de burla, por eso sobrevivimos; bueno, Miguel de Unamuno escribió un cuento que se llama “Bonifacio” que habla de dos personas: uno era Dionisiaco y otro era Apolíneo, que en la adolescencia se dan a la tarea de escribir un cuento. Apolíneo se pasaba corrigiendo y viendo los


puntos y Dionisiaco cómo salían las cosas. Al terminar el cuento, Dionisiaco ya publicó sus obras completas que constan de 28 a 30 volúmenes y Apolíneo sigue corrigiendo el primer cuento que nunca terminó-.

el aspecto léxico, semántico, como el aspecto fónico. No puedes poner —a menos que tengas la intención de hacerlo—, por ejemplo, un enunciado que diga: “Todas las tardes traía teleras a Tere”, pues es cacofónico.

Por eso pienso que no se termina el cuento, inclusive sería una forma cortazariana de promover la lectoescritura: decirle a cada lector que haga un cuento del cuento que está leyendo, ese es un ejercicio muy bueno con los estudiantes. Cortázar tiene un libro que se llama Cronopios y es un libro sorprendente, trae textos pequeños, pero de pronto sorprendentes y chistosos. Trae uno que se llama “Instrucciones para llorar” y son cuatro o cinco párrafos, un texto de media cuartilla, entonces yo se lo pongo a mis alumnos y les digo: vamos a leer estas “Instrucciones para llorar”. Cuando terminan de leerlo les pido que ahora hagan ellos un cuento que se llame “Instrucciones para lo que ustedes quieran”; entonces ellos escriben instrucciones para dar un beso, para copiar en el examen, para hacer del baño... o sea, para todo, y no sabes: tienen tanta imaginación los estudiantes que salen propiamente 50 cuentos y a Cortázar lo hubiera hecho feliz eso.

Debes evitar esa cacofonías, a menos de que tu cuento sea echo con esa intención, como con mucha poesía. Otro aspecto es no caer en lugares comunes o frases comunes; cuando empiezas a decir frases comunes o frases que toda la multitud sabe, pues ya perdiste. Como ahorita la exsecretaria que está en la cárcel, dice: “traigo las faldas bien puestas”, “tomaré al toro por los cuernos”, pues es un lenguaje coloquial que no tiene mucho que ver con la literatura, a menos que pongas a un personaje que habla así, porque ese es otro punto en el cuento.

—Cuando se sienta a escribir un cuento, ¿cuáles son los pasos a seguir y guisar una nueva receta? —Primero escribes la historia; no es que la historia sea lo de menos, pero cuando escribes un cuento, tienes que tener la certeza de cómo vas a empezar y hasta dónde vas a llegar, si tu cuento termina en que la mató, no la mató, huyó o vas a dejar un final opcional para el lector, pero tú debes tener esa certeza. Ya que hiciste las historia, entonces ya viene el otro plano que sería degustar tu propia lectura; cuando estás disfrutando tu propia lectura te vas dando cuenta de que hay elementos que le faltan, que hay frases que no son muy afortunadas. Mira, el cuento es a veces… sería pomposo decirlo de esta manera y hasta presuntuoso decir que el cuento es más difícil que la novela. La novela tiene un montón de errores y la gente no se da cuenta porque son chorros de palabras que se vacían. El cuento es más selecto, son menos palabras y por lo tanto deben ser palabras muy seleccionadas, tanto en

No hay que usurpar el lenguaje ni la personalidad de tu personaje; o sea, debes hablar como narrador omnisciente, panorámico, desde fuera; y cuando pones a hablar a los personajes les das carta de existencia; si tú te apropias de los personajes, entonces tu cuento ya va a parecer una telenovela, porque le vas a hacer pensar cosas que la propia gente diga: así no piensa un señor que maneja un microbús, tiene que haber coherencia con la cuestión léxico-semántica. Miguel Ángel, ¿qué utensilios ocupa para la elaboración de sus cuentos? Pues ya sería infame decirte que un lápiz y un papel, pero sigo utilizando una libreta y a veces escribo cuando estoy en una junta que es demasiado aburrida y dicen algo que me sorprende o me gusta, me pongo a escribir y lo guardo. Y ya un día llego a la casa, reviso la libreta y veo que es una buena anécdota para hacer un cuento. Originalmente la semilla del cuento estaría todavía en lo manual, en la libreta y el lápiz, que sería el borrador y luego pues ya te subes a tu máquina, que ya sabes que es un pluriborrador, porque en la maquina borras y borras y borras, pues ahí queda. El único problema con la maquina es que luego, por descuido de uno, pierdes las originales o los borradores, lo que no pasa con la libreta, a menos que la pierdas o que te asalten, o que alguien a quien le guste la literatura te robe tu libreta. 57


Si pusiéramos los géneros del cuento dentro de un buffet, ¿a qué género pertenecen sus cuentos? Mis cuentos pertenecen a la vida cotidiana, uno escribe cuando le duele la vida. Es lugar común decir que la escritura es una terapia, porque parece que todo es una terapia en la vida: nos peleamos, nos damos de golpes en el metro y decimos “es que es terapéutico”. Podría decir que escribir es terapéutico prque permite arrojar todos los rencores, toda la impotencia, toda la frustración que llevas dentro. En ese sentido, decía el Marqués de Sade que debemos segregar todos nuestros males y el que no segrega se muere. Pero ya ves, las religiones prohíben la segregación, la secreción, el pecado de lubricidad, ¿no? Debemos segregar lo que traemos. De hecho, si llegas de mal humor a un lugar una cosa que baja tu coraje es insultar a alguien, y eso sería parte de la terapia. El problema es que la gente no lo entiende, la gente entiende que la estás insultando. Igualmente, cuando uno escribe, dice: bueno, voy a escribir porque esta cuenta quedó pendiente en la vida y yo quiero que se arregle y tú la arreglas en un cuento, ¿ves? Entonces tiene que ver con la vida cotidiana. —Si tenemos en cuenta que los cuentos de Miguel Ángel se basan en la vida real, ¿cuál es su lugar favorito para tomar los ingredientes y formar un cuento? —Cualquiera, puede ser la ciudad o puede ser la provincia. Uno de los primeros cuentos que escribí se llama “Ansiedad que persigue”, inclusive así se llama mi primer libro de cuentos. Este cuento es la historia de Miguelito Aviña, una anécdota que contaban allá en Fresnillo —donde yo viví— un señor de 76 años que se casó con una niña de 17. La mamá la casó por conseguirle un puesto y un marido potable —las mamás son astutas—, sabía que en poco tiempo se iba a morir, y se murió la noche de bodas. Pero la niña quedó embarazada y la comidilla en el pueblo era si el niño era de él. Pero ahí yo mezclé una historia que escuché una vez que fui a la Huamantlada a apoyar a mi hermana con unos titiriteros, que se cuenta mucho en los pueblos de personas que ya están a punto de entrar a la iglesia para casarse —bueno, 58

ahora ya casi no se casan por la iglesia, ¡ya no se casan!— y en la entrada de la iglesia una exnovia le hizo señas al que se iba a casar, lo llamó y se fue con ella y dejó plantada a la novia. Entonces yo mezclé esa historia con la historia de don Miguelito Aviña y, como ves, son varios los lugares que forman un cuento, de viajar de Zacatecas a Tlaxcala, Chihuahua. Otros son de la ciudad. Este libro que se llama Íncipit nació de la idea de hacer de cualquier frase importante, verso importante, título de canción, inclusive de cualquier albur, un cuento. Pero después a mí se me ocurrió que podía poner unos cuentos históricos y metí tres cuentos de la Revolución Mexicana sobre la vida de Felipe Ángeles Fierro y del general Urbina. Recreé la vida de ellos, inclusive hasta su muerte no como un dato histórico, sino como un cuento. Por ejemplo, lo de Urbina y Villa, pues todos los escritores se han ocupado de esto: Nelly Campobello y Felipe Muñoz dicen que no saben si Villa realmente mandó matar a Urbina porque los había traicionado y eran super amigos. Villa era muy amigo de la madre de Urbina, la cual siempre le encargaba que lo cuidara; entonces quiere decir que no lo iba a matar él o mandar a matar, pero que todo el contingente de Villa le dijo que tenían que matarlo porque se había enriquecido con la Revolución y entonces Villa dijo: hagan lo que quieran. Se fueron, según a escoltarlo porque iba herido, y ahí lo mató Fierro. Pero la misma Nelly Campobello que vivió tanto tiempo en Parral, que es villista entusiasta, presume en sus megalomanías que ella es hija de Villa, que su madre fue amante de Villa, lo cual no es cierto: Nelly Campobello es mitómana y ella misma confiesa que se encerraron Villa y Urbina y no sabe lo que se dijeron, solamente que salieron del encierro los dos llorando y agarrándose de la mano como grandes amigos y ya después Villa lo dejó que se fuera. Entonces tú haces el cuento y buscas otra realidad que también sirva para generar un apetito en el lector. Decía Borges: “no podemos cambiar el presente, no podemos cambiar el futuro, pero si podemos cambiar el pasado” y por eso contamos las cosas como nos hubieran gustado que fueran.


—¿Cuál es la parte más difícil al momento de cocinar un cuento? —Qué no se te queme —suelta entre risas. Quemarse el cuento significaría que dijiste algo que ya está muy dicho y eso no es lo grave, lo grave sería que lo dijiste igual que otra persona lo ha dicho. —¿Se le ha quemado algún cuento? —Sí, pero desgraciadamente… o afortunadamente —duda— ha sido un cuento que no ha llegado a publicarse. Cuando fue el temblor del 85 yo hice un cuento. Acababa de estar leyendo a Gómez de la Serna, un escritor humorista, un libro que se llama El caballero del ojo gris y ahí viene la historia de un estafador. Este tipo se inventa terrenos cerca de donde está el santo sepulcro, está vendiendo una unidad de pura gente católica que está viviendo allá. Vende, hace su negocio y aparece otro que vende seguros contra resucitados y a mí se me ocurrió escribir un cuento así. Un cuento que tenía congruencia porque en el 85 había un señor que se hospedaba en el Hotel Regis. Él venía de una vidriera muy famosa de Monterrey a hacer negocios y ahí llamaba a su amiga —su amante— que vivía en la Colonia del Valle, pero oficialmente para la familia de Monterrey él se hospedaba en el Regis. Cuando fue el temblor del 85 se cayó este hotel y entonces toda la familia pensó que el señor había muerto. Empezaron a hacer todos los trámites del intestado, la herencia y demás, mas el señor —para que Fotografía de José Luis García Hernández

veas que no todos los adulterios son malos— estaba con su amiga en la Colonia del Valle y amaneció ahí, obviamente no murió. Pero toda la familia creyó lo contrario. Cuando habían hecho todos los negocios de la herencia resulta que el señor estaba vivo y llegó a Monterrey; a la familia, en lugar de darle gusto, se enojaron porque había resucitado y fue ahí cuando se me ocurrió meter eso del seguro contra resucitados, para que veas que los vendedores pueden vender lo más absurdo que te puedas imaginar. —¿Cuál es su lugar favorito para preparar la receta del próximo cuento? —Cualquiera. Mira, yo soy maestro e igual que Borges estoy más orgulloso de lo que he leído que de lo que he escrito. Claro que eso es obvio porque uno es una gota en el mar como escritor, el mar es todos los escritores, toda la literatura. Pero también las cosas cobran vida por quién lo dice y si lo dice Borges es una genialidad y si lo digo yo es como una frase cotidiana. Soy maestro, vivo de la literatura; para mí cualquier lugar es cómodo y fácil para la escritura, menos un microbús, qué ahí sí se me ocurren cosas para escribir, pero nunca sacó almas por pudor, por no agredir a los pasajeros. Una vez un amigo me contó que iba escribiendo en un microbús y que un señor lo retó a golpes porque le cuestionó si le parecía gracioso todo lo que pasaba ahí, porque él iba escribiendo y se iba riendo. “No, si yo sólo estoy escribiendo 59


un texto”, le dijo; “sí, pero no te hagas pendejo, lo estás escribiendo de nosotros”. Entonces, hieres mucha susceptibilidades. Puedes escribir en tu cubículo, en tu oficina, en tu casa; yo tengo un estudio hermoso lleno de libros como siempre lo soñé, y ese es un lugar inspirador. Pero el cuento es algo más que inspiración, a veces le echamos la culpa a la musa porque el cuento sale mal, pero no, cualquier lugar es bueno para escribir. En Íncipit hay una parte en la que usted nos comenta que este proyecto no estaba dentro de sus planes. Entonces, ¿cuál fue el tiempo de cocción que le tomó conseguir los ingredientes necesarios para este platillo? Como unos cuatro años. Sí, regularmente todos mis libros —tengo más o menos diez libros de cuentos— han salido de un proyecto, cuando se me ocurre escribir de un tema en particular. El primer libro que hice fue Ansiedad que persigue; después, alguien me preguntó por qué todos mis personajes se morían. Entonces se me ocurrió hacer un libro de cuentos con temática de la muerte y se llama Obituario. Más tarde, indignado contra la liberación femenina —porque soy de las personas que piensa que con la liberación femenina a las mujeres les fue peor que antes, porque los hombres nunca renunciaron a su carácter de hombre y sí le cayó bien toda la aportación que daban las mujeres—, escribí un libro que se llama Mujeres abordando un taxi, con historias de mujeres que trabajan. El taxi es la idea 60

de la rapidez y en el libro las mujeres son víctimas; inclusive alguna vez que lo presentamos nos dijeron que era un libro muy sexista. Para resarcir un poco esa situación —porque luego escribes inconscientemente, con esa franqueza de la escritura que te saca cosas que no piensas que iban a salir: traumas o complejos que tienes y que inclusive no le dirías al psiquiatra pero se lo dices al papel— escribí un libro de historias de maridos burlados. Se llama Doce de cal. Tú sabes, una de cal por las que van de arena, la excepción de la regla. Son historias de 12 de mujeres que llevan una vida buena, tranquila, metódica; no estaban contentas y engañaban a sus maridos. El libro habla de esas mujeres que dicen que si el hombre engaña también ellas puede engañar. Tenía muchos cuentos, pero no estaban asignados por tema y, bueno, a uno siempre se le ocurren cosas como escritor; es más, si no se te ocurren cosas estás muerto, siempre se te ocurren cosas. Un día junté todos mis cuentos e hice un libro que se llama A propósito de todo, vienen cuentos de todo tipo: cuentos patéticos, igual cuentos chistosos y ese es el primer libro que hice sin proyecto. Después seguí escribiendo con proyecto, hice uno que se llama Amantes frígidas, que precisamente es una paradoja porque el peor insulto que le hace un hombre a una mujer es que es demasiado frígida y como venganza la mujer le dice impotente. E hice uno sobre béisbol —soy

beisbolista— que se llama La hora mágica. Posteriormente no tenía proyecto y se me ocurrió hacer este de Íncipit, hacer cuentos sobre frases engalanadas, hasta viene un cuento basado en la frase de un albur. —¿Qué es lo que pueden encontrar los comensales en este guiso? —Pueden encontrar botana, pueden encontrar bebidas fuertes de aperitivo. Hay dos cuentos que hablan sobre la primera vez, son cuentos que convocó la editorial de Eduardo Villegas para hacer un cuento sobre determinado tema, lo que no me gusta porque es como escribir forzado, pero esa vez me dijo: “ándale, entrégame un cuento sobre la primera vez”. Todo se enganchó por la primera vez que tuve sexo, y la gente tiene el sexo aquí —señala a su cabeza— y todos escribieron cuentos sobre eso. Mi cuento trata sobre la primera vez que reparé una televisión a color —yo reparaba televisiones. Hice otro con esa misma temática y es sobre la historia de una mesera que me atendía en un restaurante al que yo iba a comer seguido y es la primera vez que no la golpeó su marido. Es una historia de amor muy tierna que no tiene por qué no suceder en la realidad, porque el señor la golpeaba diario; inclusive yo le decía a ella —sin decirlo, parezco feminista porque tengo esposa, hijas, hermanas, tuve mamá— sobre la situación tan injusta que les toca a las mujeres —y además


Enmisdedos Muchas noches toco, timbro, acaricio los pliegues, los límites de tu sueño. Pero: ¿vives?, ¿viajas en olvido? Aparece en mis dedos... el miedo. —Gildardo Montoya Castro

sistemáticamente, históricamente y hasta casi obligatoriamente—, la aconsejaba, pero ella perdonaba al marido. Lo corría y lo perdonaba, lo corría y lo perdonaba, hasta que un día dije: “no tiene remedio”. Cuando se publicó se lo lleve y le dije que lo había hecho para ella. Le dije: “¡mire, Cristi!, hice este cuento para usted”. Lo leyó, se puso a llorar y le pregunté por qué lloraba. “Pues esto no es real”, me contestó. “Bueno” —respondí—, “no es real en su vida, pero es como me gustaría que fuera”. Porque es una pareja de jóvenes de 25 y 23 años, demasiado jóvenes para romper sus vidas por un matrimonio frustrado. El matrimonio en realidad es un ensayo que si le tomas seriedad te quedas en él un rato. Tengo 45 años casado con la misma persona y al principio mis suegros decían que no íbamos con seriedad sólo porque no quisimos casarnos por la iglesia, pero hemos durado 45 años y no te digo que vivimos en la plenitud de la

felicidad de la luna de miel, pero vivimos juntos, que ya es la gran cosa. Veo que ahora los matrimonios truenan a los seis meses, porque ya decía Oscar Wilde que si el noviazgo es la etapa más feliz de la vida, tiene un final triste qué es el matrimonio. Hay un cuento para niños que hice en la escuela que tiene mi hija, para niños discapacitados. Se llama “Cuando todos los días eran domingo”. Hay otros cuentos muy fuertes. Uno que se llama “Pantaletas bajo el sol”, el cuento de “La muerte de Medel”; son cuentos muy severos, además de los cuentos históricos, que serían como el digestivo del libro. Me han dicho varias personas que esos cuentos históricos estorban, pero si tú dices: “voy a hacer un cuento de todo”, pues de todo es de todo. —Si estamos en el contexto de los alimentos, ¿cuál es el que le sirve de inspiración para hacer un cuento? —La frase. Tú me dices una canción del gran poeta José Alfredo Jiménez, Un mundo raro —“cuando te hablen de

amor y de ilusiones”—, y de ahí haces un cuento, esa sería la inspiración. Otro ejemplo es lo que decía Tomás Urbina, que “la revolución se hizo para que los pobres nos hiciéramos ricos”, porque el llegó a ser dueño del rancho Las Nieves, un cacique —de los plateados no dorados— que trataba a la gente igual de mal. Como decía el maestro Zárato, “no puedes pasarte luchando con un enemigo tanto tiempo sin aprender sus mañas”. Por eso los cuentos históricos no le gustan a mucha gente, porque tienen la idea de que tienen que comprometerse con algo más que con el cuento; investigar si realmente pasó. Para el cuento dedicado a Fierro tuve que leer varios libros sobre quién era él; leí una biografía que se llama La bestia hermosa, porque él era un animal, y sobre ese cuento hay uno de Rafael Muñoz que se llama “Caballo y hombre”, en donde narra nada más la muerte de Fierro. Pero a mí se me ocurrió hacer el cuento sobre toda la vida de Fierro, de por qué Villa lo quería tanto y demás, por qué era tan sanguinario. Al final pues sí murió en una laguna, porque quiso atravesar con el caballo y el oro, no quiso renunciar a nada. Cuando cuentas algo así, la gente se sorprende. Una vez estaba escribiendo en mí cubículo y ahí mismo estaba una señora que le contaba a un compañero maestro la historia de un diente que se le cayó, el cual se lo iban a poner de inmediato: “ahorita ando de coqueta, es que ya vi que mi marido me 61


engaña y voy a hacer lo mismo”. A mí se me ocurrió escribir el cuento “La historia de un diente” y se lo dije. “¡Ah, espléndido!, mira qué bien, voy a ser su musa y musa de un poeta”. Estaba bien contenta. Nunca la entrevisté ni nada, únicamente tomé la anécdota de que ella estaba embelleciéndose, que se le había caído el diente pero no quería estar chimuela porque andaba quedando bien con un hombre que no era su marido. Una vez publicado se lo di, se enojó y me dijo: “¿cómo investigaste tanto de mi vida?”. “No investigué nada”, contesté. “¿Pero todo esto quién te lo dijo?”. “Nadie”, devolví, “esto es intuitivo, es lo que piensa una persona que está engañando a su marido por rencor; no, por amor”. Insistió en que había puesto cosas que no eran ciertas.

—¿Cómo se consigue aderezar un cuento con toques de humor? —Sale solito. La escritura tiene esa bondad: que la escritura llama a la escritura. Tú estás haciendo un cuento y de pronto se te ocurre poner siglas y salen solitas: de pronto las muchachas de la calle, las llamadas sexoservidoras, hicieron su movimiento y le pusieron el sufro (Sindicato Único de Ficheras Revolucionarias Organizadas). El sufro salió solito. A veces sale cuando tienes que estudiar el lenguaje de los personajes. Ya lo decía Ceferino Salazar, que no puede escribir de lo que no sabes: si te propones hablar de un personaje que maneja un microbús tienes que conocerlo, saber qué música escucha, cuáles son sus gustos, cómo viste; si no, estás fuera y haces lo mismo que

“La novela tiene un montón de errores y la gente no se da cuenta porque son chorros de palabras que se vacían. El cuento es más selecto, son menos palabras y por lo tanto deben ser palabras muy seleccionadas, tanto en el aspecto léxico, semántico, como el aspecto fónico.” Pero era un cuento, y se enojó. La gente tiene la ilusión o la idea de que cuando escribes un cuento vas a poner la realidad tal cual es, ¿ves? —Si tuviera que definir Íncipit como un platillo mexicano, ¿cuál sería y por qué? —Pues este sería una comida light, no es muy fuerte en cuanto a que sea un libro sumamente pesimista, patético trágico. Es más bien un libro de la curiosidad de la escritura. No es un libro, en términos culinarios, que le haga mal a nadie, con el cual se vayan a indigestar o con el cual se vayan a traumar con los textos; al contrario, es un libro digerible. El único problema es que, como trae cuentos para niños, éstos pueden tomarlo y seguirse leyendo los demás cuentos que a lo mejor no entiende o a lo mejor los sorprendería terriblemente, pero no son cosas tan ajenas a la realidad que estamos viviendo. Además, no utilizo un lenguaje soez.

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los que escriben guiones para telenovelas, que nunca han visitado una cárcel y piensan que los internos andan con la camisa desabrochada. Pero quien haya estado en la cárcel, sabe lo que es verdaderamente una cárcel. —¿Con qué mensaje le gustaría despedirse del público que nos lee? —Que sigan leyendo, que sean selectivos en su lectura. Hay escritores grandes y hay escritores pequeños, pero siempre deben de ver que es cuestionable lo que está escrito y de la lectura nace la escritura. Sobre todo que vean que hay escritores como Borges, José Emilio Pacheco, que nos remiten a otros escritores como lo son Kafka, como Kipling, que nos remiten a su vez a otros escritores. La lectura siempre es una carrera interminable que además te da apetito para la escritura. Mi recomendación es que lean algo que los motive a seguir leyendo.


Yschel Soto Espinoza

Inseguridad alimentaria & nutricional La crisis de los precios de los alimentos que se empezó a manifestar a finales de 2007 situó el tema de la Seguridad Alimentaria en la agenda política internacional y nacional, rebasando las fronteras de los organismos y foros especializados pues el impacto negativo cobraba importancia en todo sentido; a su vez la crisis económica y financiera de 2009 profundizó los impactos negativos de los precios en los consumidores de bajos ingresos y en las economías deficitarias en alimentos, dejando entrever un incierto panorama en torno a lo que a los alimentos y sus diversas esferas se refiere. Los problemas relacionados con la Seguridad Alimentaria actualmente son evidentes, las zonas rurales y campesinas están siendo insuficientes para satisfacer la demanda de alimentos y las zonas urbanizadas han absorbido a los jóvenes que potencialmente podrían trabajar el campo; esto ha hecho que dichas problemáticas se focalicen en las zonas urbanas pobres y en zonas rurales con baja disponibilidad de los factores de la producción (agua, tierra, etc.), tecnología e infraestructura. Por ello, el tema de los precios puso de relieve una serie de

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cambios de largo alcance que se han producido en los sistemas alimentarios y que, al combinarse, limitaron en un momento dado la capacidad de respuesta de la oferta a la demanda de alimentos. Así, la persistencia del alza con precios estimados por arriba de los de la década anterior apunta a un giro en la situación alimentaria mundial. Hoy por hoy, entre los cambios estructurales habría que anotar el aumento notable y diversificado de la demanda de cárnicos, cereales, oleaginosas y azúcar pues es el resultado del crecimiento de la población, del aumento del ingreso per cápita, del proceso de urbanización, de la convergencia del modelo de consumo rico en proteína animal y grasas y del alza de las cotizaciones de los combustibles fósiles; así también la demanda ha aumentado para el consumo humano directo, pero sobre todo para la producción de alimentos de origen animal (carnes, lácteos, huevo) que coadyuven en el cubrir una demanda nueva y creciente: la producción de biocombustibles de primera generación. Por el lado de la oferta, grandes empresas trasnacionales, productoras y comercializadoras

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han sido el factor clave en la reorganización, concentración de la producción y la distribución independientemente de su origen y localización geográfica, incorporando innovaciones tecnológicas para la producción en gran escala pues la forma en que ha aumentado la producción ha contribuido al deterioro de la calidad de los recursos naturales, las emisiones con efecto de gas invernadero de las actividades agropecuarias y resultado del cambio en el uso del suelo y deforestación, han contribuido al proceso del cambio climático, lo que afecta la estabilidad de la producción. Consecuentemente, el riesgo que esto conlleva se ha traducido en una condición perenne de inseguridad alimentaria y nutricional, de condiciones que no permiten la mitigación del hambre y que obligan a la suma desesperada del esfuerzo entre las diferentes naciones para encontrar alternativas de acción. Por lo tanto, México no ha quedado al margen de esa dinámica de cambio de la crisis de precios, del desajuste económico y financiero que tuvo como resultado el aumento del número de hogares y personas que presentan carencia en cuanto al acceso a la ali-

mentación, no obstante, en paralelo el país dio un paso trascendental al llevar a rango constitucional el derecho a la alimentación con la reforma de 2011. No obstante que el país cuenta con tierra productiva, clima benéfico y buenas condiciones para una abundante y variada producción agropecuaria, al igual que muchas naciones latinoamericanas y caribeñas, requiere encontrar soluciones a la demanda alimentaria de la población que por ahora presenta un déficit aunado a la necesidad de creación de empleo, sustentabilidad de recursos y educación, precisando de especialistas competentes que se integren o formen parte ya de las estructuras encargadas de lograr las metas de bienestar. Así, para cumplir y desarrollar eficientemente este deber es necesario partir de la formación de profesionales expertos ya que en el país existe una brecha significativa en la preparación de los especialistas del área agroalimentaria, encontrándose en desventaja y subordinado tanto a las decisiones como a las soluciones de los países desarrollados que compiten por establecer sus prioridades a nivel global.


Molino de Flores, Texcoco (Grabado). David RodrĂ­guez Olivares. Carbonera 4/4

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Flor de Tuna

Novela por entregas

Raúl Orrantia Bustos

La lectura del artículo encontrado en la enfermería de El Chapuzón confirmó mi sospecha de que Ariel Franco Figueroa era la voz de diferentes personas y no de un periodista mercenario. No soy una experta en literatura ni nada que se le asemeje, pero tampoco creo que se necesite haber leído demasiado para advertir que el estilo de este texto distaba notablemente del de los anteriores, aun si compartía dos características con el primero que tuve entre mis manos, es decir el que fray Sebastián me había obligado a recibir como mío. La primera característica en común era que ninguno de los dos textos había aparecido en el periódico habitual o en algún otro medio (que yo supiera); en consecuencia era presumible que fuéramos muy pocos los afortunados en poseerlos. La segunda similitud yacía en que ambos trataban no sobre el presente nacional, sino sobre su pasado, si bien éste recurría evidentemente a la ficción y el primero posiblemente no (y digo posiblemente porque no puedo asegurar que todo lo escrito en él sea cierto, aun cuando los conventos sigan de pie hasta nuestros días y efectivamente hayan vivido en Huelelagua un Modesto de Riva Salgado y un fray Tomás Chico o Felipe Hurtado). Era consciente de que mis pretensiones por crear una taxonomía para los escritos de Ariel Franco Figueroa parecían irrelevantes, pero lo hacía bajo la intuición de que de esa forma podría estar más cerca de desentrañar su misterio, además de que no se me ocurría mejor forma para vincular con los anteriores el texto que acababa de leer y que enseguida reproduzco.

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Capítulo

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Crónicas fidedignas y hechos memorables de estas tierras descubiertas y de sus habitantes

Libro III. Capítulo V. Que trata de la caída del Gran Maíz Primogénito y del nacimiento, muerte y resurrección de la puerca grande y rufiana, y de otras cosas dignas de ser leídas y nunca olvidadas. [Texto recuperado por Ariel Franco Figueroa] Corría el año de 1519. La puerca grande y rufiana, recién llegada de ultramar a estas tierras descubiertas, se paseaba curiosa e inquisitiva por El Valle de los Maizales, que era entonces una tierra y una metrópoli más bella pero no menos cruenta e injusta de la que hoy conocemos, pues los pueblos subyugados de sus alrededores debían pagar tributo, incluso con sus vidas, al Gran Maíz Primogénito, soberano absoluto de El Valle de los Maizales, de quien se creía habían derivado todas las variedades del maíz, incluido aquel con cuya masa los dioses habían forjado la versión última y definitiva del hombre. —¿Y tú quién eres? —preguntó sin ningún miramiento la puerca grande y rufiana al tropezarse de repente con el Gran Maíz Primogénito. —¡Oh cenzontles de alas azules!, ¿cómo puede alguien ignorar lo que tan evidente es a la vista? ¿Qué acaso mi penacho de choclo dorado no le revela quién soy yo? —Si lo supiera no te preguntaba. —¡Por el moco colgante del guajolote! ¡Pero qué clase de

animal tan insolente y bárbaro es este forastero que se descubre ante mí! —Épale, tú no descubriste a nadie, yo fui quien lo hizo. Y además yo pegunté primero. —No es pregunta: afirmo. —Deja de parlotear y dime de una vez por todas quién eres. —Si tan grande como su trompa es su deseo por saber quién soy, oh petulante animal rosado de la cola torcida, entonces entérese que se halla ante el Gran Maíz Primogénito, soberano de El Valle de los Maizales, progenitor de… —Alto, alto. No tan de prisa. Primero lo primero: ¿has dicho maíz? ¿Qué es eso? —¡Que xoloitzcuintle ninguno acompañe a su irrespetuosa alma por el inframundo! ¡Cómo se atreve a interrumpirme, a hablarme de esa forma? ¿Qué en verdad no se da cuenta quién soy yo? —Vaya que si son lentos en estos lares: ya te dije que si lo supiera no te preguntaba. —Pues yo también ya he manifestado que nunca antes a un animal tan animal había yo visto. El maíz es el más importante de los cereales y yo a mi vez soy el soberano de todos los maíces: saque, si es que puede, sus conclusiones. —Soberano de todos los maíces, eh… o sea que ni súbditos ni riquezas han de faltarte —murmuró la puerca grande y rufiana, cavilando qué beneficio podría obtener de aquella revelación—. Pensaba capturarte vivo, pero ahora prefiero ocupar tu lugar.

—¿Pero qué ha dicho? —Que muchas plantas nuevas he saboreado en estas tierras descubiertas, pero ningún maíz que yo recuerde. Primero te devoro y luego usurpo tu corona de pelos rubios. —Ya le dije que se llama choclo. —Ay, granudito, no sabes cuánto voy a disfrutar esto. Mirando la sólida y bien formada dentadura de aquel animal de apetito insaciable, el Gran Maíz Primogénito supo que después de todo la profecía resultaría verídica, que su destino y el de su imperio realmente habían sido zanjados por los dioses desde tiempos inmemorables, y que ese día en que una era terminaba e iniciaba otra finalmente había llegado. Intentaría, no obstante, postergar lo más que se pudiera lo inevitable, y no halló por el momento mejor recurso que las lisonjas y adulaciones. —Lo que ha de ser que sea —dijo con resignación el Gran Maíz Primogénito—, pero antes de ser devorado por usted, bríndeme al menos el honor de saber bajo la mano de qué ilustre creatura habrá de perecer el gmp. —¿El qué? —El gmp. —¿Y eso qué es? —¿Acaso no ha visto nunca esas iniciales al pie de los templos, los bajorrelieves y las estatuas de El Valle los Maizales? Mi nombre se encuentra tallado, esculpido y bordado por todas partes. Mi cuerpo morirá, no mi recuerdo. Tampoco el suyo: sus iniciales quedarán registradas para siempre sobre las mías. 67


Por eso le pido que me revele su nombre, porque estoy seguro de que los dioses eligieron al más grande entre los grandes en abolengo y linaje para destruir al gmp y comenzar así la era de… de… de usted.

su falta de talento para inventarse un nombre, aunque reconocía que al menos había logrado disfrazar el real, lo que le daría tiempo para darle un significado diferente a las siglas que había pronunciado.

La puerca grande y rufiana era sólo eso: una puerca grande y rufiana. Huérfana desde pequeña, a duras penas tenía noción de quién pudo haber sido su padre; de la identidad de su madre nunca supo nada, únicamente que la había abandonado sin remordimiento alguno tras haberla dado a luz. No es de sorprenderse entonces que, conviniendo con quienes ya la conocían y anticipándose incluso a la opinión de quienes pronto la habrían de conocer, la puerca grande y rufiana aceptara y declarase —diríase que con orgullo— que madre no tenía.

—Si usted me lo permite, me gustaría preguntar qué significa pgr.

Pero aquella era su gran oportunidad para hacerse de un nombre, para inventarse un pasado que justificara su presente y sobre todo su futuro, es decir el dominio feroz y rapaz que habría de ejercer sobre estas tierras apenas descubiertas y sus habitantes. —Yo soy… yo soy… Yo soy la pgr. —¿La pgr? —Eso he dicho. El Gran Maíz Primogénito repasó mentalmente todas las profecías y genealogías que había aprendido de memoria desde la infancia en busca del significado de aquellas iniciales. Hizo un esfuerzo sobrenatural, pero ni aun así logró descifrarlas. Mientras tanto, la puerca grande y rufiana se reprochaba a sí misma por 68

La puerca grande y rufiana — que desde este momento llamaremos la pgr en deferencia de su persona—, hábil guerrera acostumbrada a valerse más de su físico que de su mente, no supo qué responder. Sobre la piel rosada de su rostro comenzaron a resbalar gruesas gotas de sudor. Buscando su cauce como lo haría un riachuelo, algunas de ellas terminaron por formar un diminuto charco en la llanura de la trompa. —Lamento no recordar su linaje, oh pgr. Es posible también que mis instructores desconocieran la noble ascendencia de su persona y no me la hayan enseñado. Sea cual fuere el motivo de mi actual ignorancia, le ruego me disculpe y acepte iluminarme al respecto. ¿Qué significa pgr? Deshabituada a estar en una posición en la que debiera rendir cuentas, la pgr se dejó guiar por sus instintos. Soltó un gruñido guerrero y sin pensarlo dos veces se abalanzó sobre el Gran Maíz Primogénito. De dónde habían salido o dónde habían estado escondidas previamente es algo que ignoraba la pgr; el hecho es que, a su vez, cientos de mazorcas vigías se abalanzaron sobre de ella. Sacando provecho de su tamaño y recursos para el combate, la pgr hizo

frente a sus rivales. Devoró, mutiló y aplastó a cuanto maíz pudo. Sin embargo, tal era el número de contrincantes y tan bien adiestrados en sus propias armas, que le fue imposible someterlos a todos. La pgr no tuvo más remedio que salir huyendo para salvaguardar su vida. Aquella noche, además del sabor amargo de la derrota, a la pgr le quedó otro recuerdo digestivo. Empachada por haber devorado tanto maíz, se recostó debajo de un ahuehuete. Vomitó la noche entera e hizo otras cochinadas propias de su ser. En medio de un lodazal que horas antes no existía, se prometió a sí misma que aquello no se quedaría así, que tan pronto como la disentería cesara, regresaría a El Valle de los Maizales acompañado del ejército más grande que estas tierras apenas descubiertas hubieran visto jamás. Ya no le interesaba destronar y suplir al Gran Maíz Primogénito. Había decidido arrasar con la metrópoli y sus habitantes. Ya desde entonces aquel memorable suceso comenzó a ser referido comúnmente como “El ahuehuete de la noche suelta”. Apenas recuperada, la pgr inició su tarea de reclutamiento. Fue precavida en no compartir sus planes ni con los toros ni con los corceles, pues sabía de antemano que no todos los animales que habían llegado con ella de ultramar compartían sus ideas, y que incluso había quienes aborrecían su conducta y sus hábitos, a los que atinadamente calificaban de puercos. Y no era que fuese


una característica ligada exclusivamente a su naturaleza, sino que era algo propio de ella, ya que de entre los mismos cerdos no fueron pocos lo que se rehusaron a formar parte de las despiadadas pretensiones de la pgr. “Se van a acordar de mí esos marranos” se dijo a sí misma la pgr tras la negativa de estos últimos. Su amenaza se cumplió puntualmente. Pasado algún tiempo, tras haber conquistado El Valle de los Maizales, la pgr se encargaría de reprimir y aniquilar a los puercos que no habían estado de acuerdo con ella (práctica todavía en uso hasta nuestros días). Notando que el número de puercos que había logrado reclutar era insuficiente para vencer al ejército del Gran Maíz Primogénito, la pgr no tuvo más remedio que buscar aliados entre los nativos de estas tierras descubiertas. Algunas variedades de frijol y de calabazas decidieron ayudarla, ya que durante muchos años habían padecido la tiranía de los maíces. A su vez, esos mismos frijoles y calabazas se encargaron de conseguir la ayuda de la Princesa Vainilla, una planta hermosa y muy bien perfumada, pero también vanidosa y egocéntrica, que siempre había codiciado el trono del Gran Maíz Primogénito. De esta forma, ya sea en aras de librarse de un tirano o con el deseo de suplantarlo, la pgr se hizo de un gran ejército de nativos inconformes. Y así llegó el día en que la pgr pronunció ante su tropa este breve discurso:

Muchos de ustedes me han preguntado qué es o qué significan las siglas pgr. Me han preguntado de dónde vengo y si acaso he sido mandada por los dioses, si conmigo y con mi llegada se cumplen las profecías de estas tierras descubiertas. Desde el momento en que me he hecho llamar la pgr, este nombre resuena por todas partes y a todos ilusiona y atemoriza, porque nadie sabe qué es ni qué significa. Hoy quiero revelarles que la pgr son ustedes. ¡Sí, la verdadera y única pgr son ustedes, soy yo, somos todos los aquí reunidos! [En ese instante, los puercos dejaron escapar algunos gruñidos y risas discretas: no era necesario ser muy inteligente para adivinar lo que las siglas pgr querían decir en realidad. Sin embargo, dejaron que la pgr continuase con su discurso, pues se daban cuenta del efecto positivo que suscitaba entre los nativos.] …un mismo objetivo nos reúne hoy, un mismo futuro nos hermanará mañana. Hemos venido hasta aquí para cumplir una misión histórica, para despojar al tirano del poder y repartirlo entre los justos. [Sabiendo lo que cada cual albergaba en su corazón, la pgr miró primero a los frijoles y a las calabazas; enseguida, a la hermosa Princesa Vainilla. Tras una breve pausa, concluyó:] Marchemos unidos a la guerra, sin miedo y con decisión. Los dioses me han hecho saber su designio: el triunfo está de nuestro lado. Hoy, hoy, hoy y nada más que hoy se vislumbra ya el nacimiento una raza nueva, de una raza cósmica que vivirá tranquila y holgadamente. ¡Y esa raza, mis hermanos, somos nosotros! 69


La alegría del público no se hizo esperar. Fue tanta la emoción de ciertos frijoles, que de pronto comenzaron a saltar y a producir un ruido estridente de hediondas consecuencias. Se dice que fue así como de un segundo a otro surgió la extraña variedad de los frijoles saltarines. Verdad o mentira, lo único cierto y comprobable es que pese a que todos los ahí reunidos celebraron el discurso de la pgr, fueron los puercos los únicos en entender que la cláusula final los atañía exclusivamente a ellos. La batalla fue rápida y muy violenta. La pgr desplegó su ejército desde lo alto de las montañas que circundaban El Valle de los Maizales. Tras un fondo bermejo y anaranjado, producto de la salida del sol, se recortaron las siluetas de puercos, marranos y cerdos. El Gran Maíz Primogénito reconoció de inmediato el uniforme azul marino de la guardia personal de la Princesa Vainilla, y tras de ella a frijoles y calabazas. Sabedor de que tanto su reino como él mismo habían llegado a su fin y que nada podría evitarlo, El Gran Maíz Primogénito fue el primero en emprender el ataque. Ya en la batalla, los puercos se valieron de su principal característica: su apetito voraz e insaciable. Engulleron tanto maíz cuanto les fue fisiológicamente posible. Repletos a reventar, incapaces de comer un solo grano de maíz más, se valieron entonces de sus pesuñas y de sus mismos cuerpos rechonchos para girar sobre sí mismos y de esa forma triturar y aplastar 70

mazorcas enteras. Muy pronto el suelo comenzó a cubrirse de una masa blanca y amarillenta. Pero los maíces vendieron cara su muerte. Con sus hojas picudas, que expresamente habían afilado para el combate, rebanaron trompa, oreja, buche, maciza, nana y cuanta parte de cerdo pasara junto a ellos. Cuenta la leyenda que apenas finalizada la guerra, un grupo de humanos descubrió con horror el campo de batalla. Conmovidos por aquella visión, decidieron incinerar los cadáveres como muestra de honor y respeto. Un peculiar y sugestivo aroma se alzó por los aires luego de que los cuerpos de los caídos fueran puestos al fuego. Nacieron así los tacos de carnitas. Se dice también que a un nativo se le ocurrió agregarle chile y jitomate, y a un llegado de ultramar, cilantro y cebolla, y que varios años después un desconocido concluiría la receta con unas gotitas de limón. Pero ésta es sólo una leyenda, por más sabrosos que sean dichos tacos. Lo que es una verdad irrefutable es que la pgr y algunos de sus secuaces lograron sobrevivir al enfrentamiento. No son pocos los que afirman que en realidad la pgr ni siquiera metió las manos, es decir las pezuñas. Dejó que por su causa se sacrificaran los frijoles y las calabazas, así como los cerdos más impulsivos y violentos. Fue demasiado tarde cuando los frijoles y las calabazas, así como la guardia personal de la Princesa Vainilla, se dieron cuenta de que la raza que viviría tranquila y holgadamente no sería la suya. Sin embargo,


los únicos en aceptar su error públicamente fueron las calabazas. Quizás por ello muy pronto se popularizó la expresión “calabacearla”, empleada aún en la actualidad cuando alguien comete un error de gravísimas consecuencias. Los cerdos, llevados por su apetito ya antes descrito, junto con la misma Princesa Vainilla (que no dudó un instante en negar sus origines y traicionar a su propio pueblo) muy pronto agotaron las reservas de alimento que habían saqueado de las bodegas y las casas de El Valle de los Maizales. Entonces el nuevo orden de estas tierras descubiertas se hizo aún más manifiesto. Sometidos casi como esclavos, frijoles y calabazas, así como los escasos maíces que habían sobrevivido al combate, fueron obligados a trabajar para el reino que comenzaba a formarse. Aprovechando su indiscutible belleza, y conforme a sus propias y egocéntricas pretensiones, la Princesa Vainilla pidió ser declarada no reina, sino emperatriz de todo el valle. La pgr vio con buenos ojos semejante idea, pues de esa forma los súbditos del reino creerían que era la Princesa Vainilla quien los gobernaba, y por lo tanto sería sobre ella en quien caería el disgusto del pueblo. La realidad, por supuesto, era que los cerdos gobernaban, aunque la mayoría de ellos, incluyendo

a la misma pgr, se habían retirado a sus villas y haciendas para vivir sin mayores preocupaciones. Probada su incapacidad para fungir en cargos meramente intelectuales, los cerdos, puercos y marranos que por ningún medio lograban refrenar sus instintos crueles y voraces, se convirtieron en la nueva guarda real de la Princesa Vainilla. Amparada por las leyes que otros cerdos redactaban y legislaban, a la guardia real de la Princesa Vainilla se le permitió el uso de todo tipo de violencia a fin de evitar posibles rebeliones. Su inspiración y guía no podía ser otra que la misma pgr, y cuando varios años más tarde ésta murió a causa de su avanzada edad, la guardia real de la Princesa Vainilla decidió cambiarse el nombre por el de su mentora. Deseaban de esa manera honrar y preservar la memoria de aquella refinada dama por quien había sido posible instituir el orden actual de las cosas en estas tierras descubiertas. A nadie debe sorprender por lo tanto que incluso hasta el día de hoy la pgr, obedeciendo su sangre ancestral, regrese con frecuencia a emporcarse en el fango, a violentar impunemente los derechos del pueblo y a administrar la justicia según su conveniencia, pues como bien dice el refrán: “aunque la cerda se vista de seda, puerca se queda.”

Apagué mi celular y lo volví a colocar sobre la cómoda después de leer el texto. Cerré los ojos con la imagen de la puerca grande y rufiana en mi mente y con la incógnita de si pudiera haber o no un vínculo entre fray Sebastián y el joven de El Chapuzón más allá de los dos escritos inéditos de Ariel Franco Figueroa que yo poseía. 71


gatoencerrado

Lalocura

Juan Carlos Sapien Medina

En un mundo donde todos están locos, ser normal es lo más delirante que hay.

U

sted, querido lector, ¿se ha sentido alguna vez fuera de lugar?, ¿alguna vez ha sentido que no encaja en su centro de trabajo? ¿O quizás ha sentido que todos están locos menos usted? Si alguna vez ha experimentado esto, déjeme decirle que es totalmente normal, todos estamos o deberíamos estar un poco locos. ¿Qué se entiende por locura? La locura se opone a las normas sociales, reta nuestras costumbres y seguridades. El loco siempre es el diferente, y el término es tan ambiguo que aquí cabe el enfermo, el genio, el marginado, el que molesta, el que piensa diferente de los demás. La sociedad y la época en la que se vive definen las normas de pensamiento, incluso hubo una época en la que el loco era libre con derecho natural a existir, pero en siglos posteriores la razón le ha vencido y lo ha encerrado, lo que es más, la sociedad ha creado un gendarme que vigila la frontera entre la cordura y la locura, llamado psiquiatría. 72

Según el diccionario de la Real Academia Española (2019):

Esta definición parece clara, pero, si la locura es la “privación del juicio o del uso de la razón”, ¿quién debe determina lo que es lo razonable y lo que no lo es? ¿y si sucede que los locos se han apoderado del monopolio de la razón? En la siguiente acepción de esta definición de la rae se lee: “despropósito o gran desacierto”, lo que significaría que existe un propósito o acierto para que existan sus contrarios, pero, ¿quién los establece? ¿quién válida al que los establece? ¿por qué tienen derecho a establecerlos? y ¿si los locos han dictaminado lo que significarían estos términos? ¿por qué habríamos de seguirlos? sería una “locura” hacerlo.

Y qué hay de la tercera acepción: “Acción que, por su carácter anómalo, causa sorpresa”, ¿no podría ser este carácter anómalo una manifestación de genialidad, al hacer algo que nunca nadie ha pensado y que pudiese tener excelentes resultados? En la última definición, se lee: “Exaltación del ánimo o de los ánimos, producida por algún efecto u otro incentivo”, esta explicación implicaría que el acto de emocionarse por algo o por alguien, es suficiente provocación para llamar a alguien loco, dando quizás la razón, con esta definición, al cantautor mexicano José Alfredo Jiménez, cuando dice en su canción El Loco, que: “La verdad sí estoy loco, pero loco por ti”. Con este pequeño ejercicio de cuestionamiento socrático sobre la definición del término locura, no se pretende demostrar que la rae ha errado en su labor, al contrario, esto ayudaría a demostrar la gran dificultad que implica definir un comportamiento tan subjetivo, amplio, complejo y fascinante.


Ahora pongámonos un poco más intensos y veamos que se ha dicho sobre la locura.

la ilustración está cerca, pero el loco aún puede andar en la sociedad con cierta libertad.

Foucault y la Locura

Época Clásica (S. XVII-XVIII)

Sobre la locura, el filósofo francés Foucault (1926-1984), escribió la que es probablemente la obra más completa hecha alguna vez sobre este tema en la época moderna, hablamos de la: “Historia de la locura en la época clásica” (1961), en la que hace un extenso recorrido a lo largo de la historia occidental sobre esta cuestión; de dicho trabajo nos atrevemos a interpretar cuatro etapas:

La razón empieza a imponerse a la locura y por primera vez en la historia occidental, lo irracional de la locura va en contra de lo existente, el loco no encaja, no es lógico ni razonable, y mucho menos productivo.

I. Edad Media II. Renacimiento III. Época Clásica IV. Edad Moderna Edad Media (S. V-XV) En esta etapa, la locura era considerada un asunto místico y piadoso, digno de caridad cristiana, el loco convivía en libertad con las demás personas. La locura le sucedía al desvalido, al pobre, al miserable, o al que por acto divino se le impuso esa penitencia, fue quizás la época en la que “mejor” la han pasado. Renacimiento (S. XV-XVI) Esta época es la del loco creativo. El loco es aquel que se atreve a ir contra la corriente, que piensa distinto, es ingenioso y un poco genial. Comienza a llamar la atención las posibles causas que lo generan, más allá de las razones místicas. La época de

El loco se ha convertido en un problema social grave, por lo que ha de ser aislado y encerrado, creándose así los primeros internados, u hospitales de tipo psiquiátrico, cuyo propósito, de acuerdo con lo que menciona Foucault, sería crear “una región neutral, una página en blanco donde la vida real de la ciudad se suspende”, y en este lugar, todo aquel que es diferente, o anormal, tenía cabida. Aquí se encerraba al loco, al infiel, al diferente, al inválido, al mendigo, a los ancianos, a los rebeldes, a los que tenían enfermedades venéreas; al que molesta, al que está en contra de la sociedad, de lo normal y de la razón, pero, y este pero es importante, todo aquel que ingresaba a este lugar, y era etiquetado como “loco”, debía pagar con trabajo su deuda con la moral pública, preparándose “por los caminos del castigo y la penitencia”. Edad Moderna (XIX- Hasta la fecha) Para este momento de la historia, la sofisticación ha llega-

do al “problema” de la locura. El loco es un problema de salud pública y mental, aunque ahora se tiene a la psiquiatría, que es una rama de la medicina que ha madurado lo suficiente como para fungir de árbitro científico, que pretenderá calificar, estudiar y diferenciar, al loco del sano. Hasta aquí llega este intento de esbozo histórico de la concepción de la locura. A continuación, daremos un repaso a los intentos más modernos de la sociedad moderna para crear manuales que permitan discernir a la locura. La Locura y sus manuales Precisamente ahora que estamos estacionados en la era “Moderna”, el espíritu científico de la época ha traído encomiables esfuerzos por clasificar y categorizar todos los trastornos del comportamiento, sean estos de aspecto fisiológico o ambiental. Y para ayudar con el diagnóstico, como si de lo humano se pudiese siempre generalizar, como si de un estudio cuantitativo se tratase, es que existen dos manuales que enlistan, definen y clasifican, enfermedades y trastornos mentales, de los cuales se ayudan tanto médicos, como estudiantes, y compañías aseguradoras, para estudiar, diagnosticar, y definir primas. Estos son: 1) Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5° Edición), publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría (aap). 73


2) Clasificación Internacional y Estadística de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud (11° Edición), publicado por la Organización Mundial de la Salud (oms). Sobre estos manuales vale la pena recalcar, que, si bien es criticable el hecho de querer estandarizar lo subjetivo del comportamiento humano, lo cierto

ubicada en los trastornos de conducta alimentaria, diagnosticando así de tajo, en mi opinión, como locos potenciales, a todos los mexicanos que practicamos el deporte nacional de comer como si no hubiera un mañana, lo que forzosamente incluiría los domingos de birria, pozole, carnitas, y cualquier reunión en la que la comida en exceso es marca de nuestra tradición.

el segundo es más un término médico. En este último caso algo está mal en el cuerpo, especialmente en el cerebro; quizás la química cerebral esta desequilibrada, quizás exista alguna enfermedad genética, o quizás simplemente el cerebro tiene una especie de “resfriado”. Esas cosas pasan, quizás se cure el trastorno con unas pastillas, un tratamiento, o quizás habrá que aprender a

Viene a mí mente el cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), “Funes el Memorioso”, quien no podía olvidar, y estaba condenado a recordarlo todo. es que estos son buenos esfuerzos para tratar de entender y tratar, lo que pasa en el actuar de las personas, ya que estos documentos son lo mejor, o lo menos peor, que se ha podido crear hasta el momento desde el punto de vista científico. Desde el punto de vista comparativo, también se puede es curioso atestiguar como en ediciones anteriores de estos manuales referidos, las concepciones de algunas enfermedades y diagnósticos han cambiado con los años, demostrando así una vez más lo complejo que resulta aún, entender el comportamiento humano, prueba de esto es que hace casi 29 años dejó de ser considerada la homosexualidad como una enfermedad mental por la oms, aunque desde hacía 46 años la aap ya la había eliminado, otro dato curioso más reciente, es que en el 2013, la aap clasificó a los atracones de comida dentro de una categoría 74

En otro orden de ideas, pero siguiendo con este tema de la locura, me gustaría hablar sobre algunos tipos de esta, que quizás nos ayude a entender mejor este tema tan fascinante. Tipos de Locura Por lo que hemos visto hasta este punto podríamos dividir a la locura en básicamente dos origenes: I. La locura de origen fisiológica/genética, comúnmente llamados “trastornos” en el área médica. II. La locura causada por factores ambientales, de los cuales resaltaré al “diferente”, al que “enloqueció” y lo “sobrenatural”. I. Trastornos La locura y el trastorno no son lo mismo, el primero es un término social, mientras que

vivir con ello, pero lo importante es que hay una evidencia fisiológica que explicaría los comportamientos poco convencionales. Y es por lo anterior que incluso se llega a afirmar, que al menos la mitad de la población requerirá tratamiento médico en algún punto de la vida, y esto es lógico; si se enferma uno de la garganta, de la piel, del estómago, por qué el cerebro sería diferente, si es parte del mismo organismo y, por lo tanto, también susceptible a enfermedades. En este sentido es de resaltar, que hay ciertas enfermedades producidas principalmente por parásitos que pueden afectar el comportamiento “normal” de una persona, me viene a la mente el caso de un parásito de los gatos, el Toxoplasma gondii, del cual algunos estudios han sugerido que la enfermedad puede ejercer una influencia en el nivel de agresión, extraversión,


y en la tendencia a tomar riesgos de una persona que hace que estos pierdan todo sentido de precaución, siendo está una característica que estoy seguro a cualquier ejército del mundo le gustaría tener en sus soldados; también se sabe que cierto tipo de estreptococos que pueden modificar el comportamiento en niños pequeños, y que una vez que estos se recuperan, regresan a un comportamiento normal; o el caso de la sífilis, enfermedad que afecta al cerebro, entre cuyas víctimas célebres se tiene al famoso filósofo alemán Nietzsche, quien prácticamente enloqueció tras adquirir la enfermedad. II. Factores Ambientales Entenderemos como factores ambientales, a los eventos cualitativos que nos acontecen en nuestro andar por la vida, así como a las interacciones que tenemos con las personas que nos rodean, es decir, a todo lo que nos pasa, y cómo actuamos ante eso que nos pasa. De tal forma que, sin otra intención, más que el gusto de hablar del “diferente”, del que “enloqueció”, y de lo “sobrenatural”, es que se abordan a continuación estos temas, como ejemplos de factores ambientales que manifiestan actos de presunta “locura”. a) El diferente Aquí entraría el que, conscientemente, quiere ir en contra del establishment, quien conscientemente actúa como un loco, lo que implicaría que no lo está; la

conciencia de los actos es una prueba de cordura, pero si aun así la persona insiste en comportamientos no convencionales, entonces podría calificársele al individuo de trasgresor y/o visionario, incluso podría nombrársele simplemente un inadaptado que no quiere encajar. Al respecto de la locura, el filósofo alemán Schopenhauer decía que “El genio y la locura tienen algo en común: ambos viven en un mundo que es diferente del que existe para todos los demás.”, y es que a veces, como diría también el escritor francés Proust, “Todos necesitamos alimentar en nosotros alguna vena de loco para que la realidad se nos haga soportable.” b) El que enloqueció Aquí podríamos poner al que se hartó de los demás, al que hizo todo lo que estaba en sus manos para encajar en la sociedad, pero se ha cansado y está exhausto, lo han vuelto loco, incluso habría que mencionar que existen técnicas, muy recurridas por los necios, para inducir a alguien a la locura, sirva de ejemplo el protagonista de la película de 1993, “Un día de furia”, en la cual un individuo aparentemente normal, explota emocionalmente y manda todo y todos “al carajo”, en formas poco convencionales. A este respecto también viene a mí mente el cuento del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), “Funes el Memorioso”, quien no podía olvidar, y estaba condenado a recordarlo todo; buena

manera de enloquecer, qué bueno que también tenemos memoria selectiva, o enloqueceríamos con mayor facilidad. c) Lo sobrenatural En muchos pueblos, no basta con las categorías de lo normal y lo patológico, agregando así lo sobrenatural, que es el encargado de explicar todas las cosas que no hacen sentido en los miembros de una sociedad. En una cultura en donde lo sobrenatural puede dar explicaciones perfectamente aceptables e incuestionables por todos sus miembros sobre el comportamiento de las personas, la locura puede ser una manifestación más de este estado. Ahora toca el turno de hablar del guardián científico de la cordura, que atendiendo a una labor tan seria, como la de Cerbero, cuida celosamente la frontera entre el loco y el que no lo está. La Psiquiatría La psiquiatría, como una rama más de la medicina, ha hecho su tarea a lo largo de los siglos, esto es, el de estudiar el comportamiento humano, así como el cómo y qué le mueve, atreviéndose a diagnosticar y tratar de ayudar al trastornado. Sin embargo, y a pesar de sus esfuerzos, la realidad ha sido furtiva, y las más de las veces ingrata con estos galenos, ya que a menos que se encuentre en el afectado una causa fisiológica, sus diagnósticos son más un arte que una ciencia, lo que no quita seriedad 75


y profesionalismo a su labor, pero la dificultad que implica entender y con ello diagnosticar adecuadamente a un individuo que físicamente parece estar “bien”, probaría

te normal, lo que quizás nos llevaría a pensar que el mejor psiquiatra es aquel que trabaja y vive en la misma zona que uno, ¿acaso el que trabaja en una zona acomodada urbana,

Un poco de locura en nuestras vidas está bien, ayuda a liberar presión, a fomentar el proceso creativo, nos permite aprender algo sobre quiénes somos. nuevamente lo difícil que es diagnosticar el comportamiento humano “normal”. Con respecto a esta especialidad médica, la escritora Ikram Antaki (1948-2000), decía que: “el diagnóstico en psiquiatría tiene un carácter aleatorio, depende de la escuela psiquiátrica, del entorno ético, de la generación”, sin embargo, “la sociedad les ha encomendado la pesada labor de vigilar la frontera entre la cordura y la locura”. Todo esto no hace otra cosa más que mostrar el terreno tan inestable en el que se encuentra aún este campo, lo que lleva irremediablemente a reflexionar sobre la cantidad de omisiones, injusticias, o abusos que se habrán cometido bajo el manto de una presunta “locura”. También esta misma escritora, en un trabajo que hizo con respecto a la locura, relata como hace varios años se hizo un experimento en el que psiquiatras estadounidenses y británicos, diagnosticaron a un mismo grupo de personas, dando en ambos diagnósticos completamente diferentes, porque para lo que en la cultura estadounidense era extraño, en la británica era perfectamen76

podría entender al que vive en una zona marginada, o incluso entender a alguien que proviene de una zona rural? Ahora, el que haya controversia en la efectividad de los diagnósticos no implica obligatoriamente que no sirvan, eso sería una falacia, más bien, habría que respirar profundo y admitir que las ciencias que estudian el comportamiento aún tienen mucho que andar, pero sin duda son esfuerzos que han dado buenos resultados en muchos casos, pero no son infalibles aún. La normalidad de un poco de locura Pero un poco de locura en nuestras vidas está bien, ayuda a liberar presión, a fomentar el proceso creativo, ser siempre un ser racional, calmado y sensible pone en nosotros demasiada presión. Además, tener un poco de locura en nuestras vidas también nos permite aprender algo sobre quiénes somos. Palabras finales Así las cosas, querido lector, como ya habrás podido dilucidar hasta


aquí, esto de la locura es un asunto extraño, por decir lo menos. Lo que antes era un evento misterioso y hasta divino, hoy es una situación de estudio, pero la “normalidad” ya es truculenta en sí misma, los convencionalismos sociales son propios de cada época y cultura en la que uno se encuentre, y lo que en otros tiempos era “normal”, no necesariamente lo sigue siendo, o lo que en un lugar es normal, puede no serlo aquí, y para ejemplificar esto, viene a mí mente un relato que se atribuye al primer historiador reconocido del mundo occidental, Heródoto 425 a.C., Tras su coronación, Darío habló a los griegos que estaban presentes y les preguntó por cuánto dinero aceptarían comerse los cadáveres de sus padres. Ellos respondieron que no lo harían por nada del mundo. A continuación, Darío hizo llamar a unos indios llamados Ca’atias que se comen a sus muertos [. . . ] y les preguntó por cuánto dinero aceptarían incinerar los cadáveres de sus padres. Estos, a gritos, le pidieron que no diera cosas impías. Son costumbres establecidas y creo que Píndaro acertaba al decir que la costumbre reina sobre todos.” (Heródoto, Historia, Libro III)

Y ¿qué opina usted lector, sobre la idea de una sociedad que está completamente loca, y lo único cuerdo en ese caso, si se quiere pertenecer a ese medio, sería enloquecer como los demás para encajar? ¿Se debe poder ser quien uno quiera, aunque lo tachen a uno de loco? o ¿es mejor dejarse vencer por la normalidad de las masas y actuar de la forma que se espera de uno? Para terminar, y a manera de reflexión final, transcribiré las palabras de Lynn Rivers, quien comparte su experiencia de ser una persona diagnosticada con un trastorno maniaco depresivo, en una conferencia TEDx, llamada, “Como se siente estar loco”, y dice: “Acepta quién eres, acepta tus defectos, empodérate y asúmelos, y entonces atrévete a ser la mejor persona llena de defectos que puedas ser, porque hacer lo contrario, sería, bueno, una locura”. Hasta la próxima…

Como se puede leer en la cita anterior, todos estos casos serían actos sacrilegos para quien no fuera oriundo y contemporáneo de esas tierras, pero eran costumbres perfectamente normales si eras de allí, entonces, ¿quién dicta la “normalidad”? la respuesta corta y simple sería: la sociedad en la que te encuentres y el tiempo en el que vivas. 77


transversalidades

Violencia&poder Susana García Medrano

H

ace más de 20 años que las circunstancias de mi vida me llevaron a poner mi atención y foco en la prevención de la violencia contra las mujeres. Dos de las razones más importantes fueron casos de acoso por parte de docentes en la preparatoria donde estudié y también la violencia que vivíamos las estudiantes de parte de nuestros pares, violencia de todos los tipos y en todos los ámbitos: acoso verbal en los pasillos por parte de grupos de estudiantes, acoso físico, violencia física, abuso sexual, acoso dentro de las aulas, en las prácticas y una larga lista más. Lo que ahora en algunos contextos y lugares se señala y penaliza como bulling, hace 20 años y en ese contexto se veía como una prueba a superar: «si eres suficientemente fuerte lo vas a lograr», «si te das a respetar no se meten contigo», «si realmente quieres esta carrera tienes que demostrar que pue-

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des con esto». Éstas son sólo algunas de las respuestas que surgían por la normalización de un delito: la violencia contra las mujeres. Así que la vida me puso en un lugar donde simplemente no pude obviarlo y desde entonces y desde diversas aproximaciones he trabajado alrededor del tema. En este recorrido he leído un sin fin de artículos, libros, ensayos o visto películas, documentales, he asistido a conferencias, talleres, cursos; todos ellos con diferentes niveles de profundidad y que dan luz a aspectos diversos de esta problemática. Muchos ofrecen cifras como gancho con la idea de sensibilizar al publico al que van dirigidos. Me pregunto desde hace algunos años por la eficiencia e impacto de estos materiales e iniciativas. Que tienen un impacto favorable no lo dudo, pero me siguen pareciendo —obviamente no sólo a mí— insuficientes cuando veo las ci-

fras, cuando leo de una mujer más asesinada, cuando leo los muchos mensajes de personas —muchos más hombres que mujeres— desacreditando el testimonio de las víctimas de violencia sexual o laboral o cuando veo ejemplos de amigas cercanas siendo víctimas ahora de violencia económica y psicológica. La finalidad de este escrito no es abonar a las letras y tinta invertida explicando el fenómeno de la violencia contra las mujeres. Estoy segura de que quien se interesa en el tema podrá encontrar en cualquier biblioteca cercana, en algún centro de documentación y por supuesto en Internet, toneladas de información. Lo que me ronda en la cabeza acerca del tema desde hace meses es por qué es tan difícil para cierta parte de la población, particularmente hombres, entender el fenómeno de la violencia de género; por qué se ataca de forma


tan virulenta y denigrante a las mujeres que denuncian, qué hace tan fácil para algunos hombres ponerse del lado de los acusados de violencia contra las mujeres y reaccionar de forma tan misógina, por qué es tan fácil para la sociedad poner en duda los testimonios de las mujeres y poner en tela de juicio su reputación. Desde luego no tengo respuestas para estas interrogantes; aspiraría, en todo caso, a generar algunas reflexiones y es esa la intención de la presente columna que ahora inauguramos. Quisiera ilustrar estas preguntas con ejemplos ocurridos en contextos y países diferentes: Acoso a mujeres estudiantes en la Universidad de Glasgow, Escocia, en 2012. En noviembre de ese año se celebró un debate organizado por la Glasgow Union University (Asociación de Estudiantes) donde participaron dos estudiantes, ambas mujeres, una proveniente de la Universidad de Edimburgo y la otra de Cambridge, una de las universidades más importantes en el mundo. Un grupo de estudiantes, hombres, les gritaron de forma agresiva que se fueran de ahí porque las mujeres no tenían permiso de estar en ese espacio de hombres. Lo crítico del caso no sólo es la violencia de que fueron víctimas esas dos jóvenes, sino la respuesta no oficial de la Universidad: «Esos chicos son muy importantes como para poder hacer algo contra ellos». Asesinato de un grupo de personas en la colonia Narvarte en la Ciudad de México en

2015. Fueron asesinadas cinco personas, cuatro mujeres y un hombre. Primero trascendió el asesinato del hombre, quien fue periodista, y se no se publicó el nombre de las mujeres hasta más adelante. Entre las muchas hipótesis que surgieron fueron la vida sexual de una de ellas, si salía de noche o cómo se vestía. Violación en grupo a una joven en España en 2016. Durante una festividad muy popular en España, un grupo de cinco jóvenes violaron a una joven. El caso fue largo y entre las muchas cosas que se hicieron por parte de la defensa de los jóvenes incluyó la contratación de detectives privados para seguir a la denunciante para justificar que ella no se comportaba como «una víctima traumatizada», pues seguía teniendo una «vida normal». Desafortunadamente, México atraviesa por una situación de violencia extrema que recrudece la violencia contra las mujeres, así que podríamos agregar miles más. Lo anterior es sólo para ofrecer una panorámica muy breve de lo que ocurre en el mundo. Regresando a las preguntas, ¿qué hace que casos como los anteriores, las cifras, las investigaciones o —peor aún— que las vivencias de las mujeres que viven, trabajan o estudian a nuestro lado no sean suficientes para sensibilizarnos y movernos a la acción en este tema? Me temo que nuevamente no tengo una respuesta, pero me parece que poner la palabra «poder» al centro de un intento de explicación puede servir.

Me parece que las sociedades, en general, pueden entender con mayor facilidad la diferencia de clases, la diferencia de poder y oportunidades entre las clases adineradas en contraste con la falta de poder y oportunidades de las clases pobres. ¿Cómo podríamos «sensibilizar» a las personas más ricas acerca de las desigualdades entre ricos y pobres y de lo bien que le harían a la humanidad si fuesen más justos y equitativos en la repartición de su riqueza? Algo así de absurdo me parece la idea de «sensibilizar» a hombres que ejercen violencia contra las mujeres o a quienes pasan por alto la violencia que otros hombres ejercen sobre las mujeres. Con esto no quiero decir que no se pueda modificar la forma en que pensamos. Por fortuna somos seres sociales y maleables. Lo que quiero decir es que hablar de violencia implica hablar de poder, de jerarquías, de privilegios y en este sistema estamos inmersos hombres y mujeres. Salir del maniqueísmo «hombres malos», «mujeres víctimas» es fundamental para avanzar en el análisis, tan importante como no dar rienda suelta a las quejas de algunos hombres diciendo cosas como «las mujeres también son violentas», «yo he sabido de un hombre al que su mujer golpeaba» o bien el clásico «las mujeres mienten cuando denuncian». Si esto es un asunto de poder obviamente todas las personas podemos ser violentas, tanto más de acuerdo al poder y privilegio que tenemos. Mujeres blancas, ricas, jóvenes

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y heterosexuales tienen más poder y privilegios que hombres indígenas, pobres y homosexuales. La violencia contra las mujeres no se trata de que todas las mujeres son víctimas o que todos los hombres son agresores. Se trata de entender que vivimos en un mundo donde las sociedades se dividen además de en clases sociales, en géneros, y que esto implica relaciones de poder desigua-

mente en las calles son en su mayoría hombres. Cuando escucho que mujeres europeas blancas acosan y agreden a personas negras, no me pongo a pensar si han tenido motivos, si les han provocado, si algo en la actitud o comportamiento de las personas agredidas dio motivo para la agresión. Esas reflexiones no pasan por mi cabeza. De inmediato condeno el acto. De inmediato

la consecuente pregunta de si se está dispuesto a renunciar a ello. Tal vez criticar a los hombres violentos nos lleva como sociedad a preguntarnos cuántas veces ejercemos violencia, contra quiénes, de qué formas y si queremos o podemos renunciar al poder de someter a otras personas. Quiero pensar que es posible lograr voltear la mirada hacia este problema que es

Cuando escucho que mujeres europeas blancas acosan y agreden a personas negras, no me pongo a pensar si han tenido motivos, si les han provocado, si algo en la actitud o comportamiento de las personas agredidas dio motivo para la agresión. Esas reflexiones no pasan por mi cabeza. les que pueden derivar en el uso de la violencia. Se trata de entender los privilegios que tenemos y de lo difícil que es renunciar a ellos. Se trata de entender que la violencia ocurre cuando se quiere someter a otra persona para que haga o deje de hacer algo. No todos los hombres han violentado a sus parejas mujeres, pero la inmensa mayoría de los casos denunciados son hombres quienes violentan. No todos los hombres violan mujeres, pero la inmensa mayoría de las violaciones son cometidas por hombres. No todos los hombres acosan, pero quienes acosan sexual-

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me deslindo. De inmediato lo rechazo. En este hilo de pensamientos, no me puedo explicar por qué muchos, muchísimos hombres salen a la defensa de otros hombres acusados de acoso, violación o abuso. ¿Por qué será que de inmediato surge una “hermandad” que justifica la agresión y pone en tela de juicio el dicho de las mujeres? Nuevamente me parece que está en el fondo un asunto de poder. Tal vez sea porque es más fácil aliarse al poderoso o porque criticarlo implica reconocer el propio sistema de ventajas y privilegios con

un problema de salud pública, que es posible que gente que aún no ha tomado en serio el tema se detenga unos minutos a pensar en quienes tienen al lado y se comprometa a hacer algo. Quiero imaginar —¿por qué no? — que algún día los hombres que ferozmente defienden a los agresores se dan cuenta de que están defendiendo lo mismo que les mantiene explotados, estresados, sometidos: a un sistema sexo-género que nos limita y condiciona a todas y todos. Yo sí creo que podemos cambiar el mundo, aunque sea de a poco.


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