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Escuela de buceo en Texcoco

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Madre Tierra

595-955-4297


Directorio Moisés Zurita Zafra Director fundador Valeria Alejandra Ochoa Cruz Dirección Vladimir Méndez Subdirección Patricia Castillejos Edición Consejo Editorial Rolando Rosas Galicia Eusebio Ruvalcaba † Estrella del Valle Isolda Dosamantes Minerva Aguilar Temoltzin Gabriela Arias Hernández Marcial Fernández Refugio Bautista Zane Alberto Chimal Pablo Ortiz del Toro Pedro Mendoza Corresponsales José Luis Herrera Arciniega Adrián Mendieta Moctezuma Información David Zuriaga Jiménez Diseño Gráfico Juan Jorge Díaz Rivera José Luis Delgado Mendoza Álvaro Luna Castillejos Fotografía Juan David Sánchez Espejel† Malí Marcof Jorge Enrique Ibarra Sánchez Publicidad Tel. (01 595) 9556977 Cel. 5519546810 Becarias y becarios Aline Gabriela Villa García Denisse Anahí Ordóñez Mauro Said Téllez Castillo Eduardo Peraza Yáñez Gemma Estefanía Narváez De La O Jorge Armando Del Valle Prats Hipólito Alfredo Yáñez López Garay Ayala Sandra Berenice Sergio Cesar Hernández Gorgúa Dulce María Frutero Cruz Adriana Aurora Arriaga Trejo García Hernández José Luis Nayeli Flores Ruiz Salvador Ángeles Jiménez Cesar Daniel Moreno Anguiano Evelin Alitzel Vera Mendoza Andrea Hernández Ruíz Carlos Abraham Cortés León Guiwennet Yannae Delgado Márquez María Mercedes Zamora Cruz Erick Alejandro Cortes Tapia Estadías académicas Fernanda Córdova Pérez Adair Echel Gallegos Soto

Portada:

Colectivo Estencil México: Carlos Omar Soto H. (Xchams), Ricardo Isaac Mora G. (Xaccto), Joel Hernández T. (Coup), Luis Ángel Carrizal (Kesofunk), bajo la dirección de Alejandro Pérez Cruz.

editorial Otra vuelta

Heráclito dijo que nadie se baña dos veces en el mismo río; el río sin duda ya no es el mismo, pero nosotros, los de hacer un minuto, tal vez tampoco lo seamos. Lo que es claro es que nosotros los de hace veinte años ya no somos los mismos. Molino de Letras ha caminado mucho, nuestro proyecto se ha renovado, lo ha hecho varias veces, al menos parece que este año no morirá. En estos días iniciamos un proceso vigoroso de trabajo en las plataformas digitales, el número impreso será más selectivo dado el alto costo de su producción. Por otra parte, el Molino tiene varios rostros, pero el nuevo rostro del Molino es femenino, somos más mujeres en este país, pero también en el mundo. Nos renovamos desde una postura feminista: la inclusión es la premisa, la no discriminación y la libertad es nuestra ruta; el mundo va cambiando no podemos cerrar los ojos. En la idea de que el molino no es nuestro —de quienes lo hacemos, sino de todos y todas quienes nos ven y nos siguen— vamos a dar otra vuelta de tuerca. Por lo pronto preparen las alforjas, las botas de vino, los tlacoyos y las quesadillas; hay que organizar la fiesta de estas veinte letras, de estos veinte años del gusto por ser nosotras y nosotros.


sumario Poesía

J. Felipe Núñez Espinosa 6 Jorge Rojas 9 Miguel Morales Aguilar 10 Octavio Huesca Heredia 11 Narrativa Cuentos breves – Violeta Carolina Acona 12 Nosotros nunca fuimos pobres – Yijhan Ahmed Blancas 14 El genio de la lámpara – Marcial Fenández 15 Flor de Tuna (Novela por entregas) – Raúl Orrantia Bustos 16

CARBONERA Roberto Tapia Castillo 24 este número:

LOCURA

¿Qué tiene Nina, mami? – Emiliano Pérez Cruz 30 ¡Maldita Venus! – Aida López 34 Apuntes para el diario impersonal de un héroe libertario – Alejandro Ordóñez 37 El Barco de los Locos. Salud mental y estigmatización – Octavio Méndez Aguilar 40

Historias de Ciencia no ficción La musa en camisa de fuerza – Pablo del Toro 43

EMILIANO PÉREZ CRUZ

Homenaje a Emiliano Pérez Cruz – Rolando Rosas Galicia 48 Como no queriendo la cosa – Emiliano Pérez Peralta 51 Para merecer a Emiliano – Vicente Quirarte 55 Palabras en mi Oooh, ménage à trois – Emiliano Pérez Cruz 58 El corazón de Emiliano – Pita Cortés 62 Cuatro décadas de libros y amistad – Josefina Estrada 65 Tentativas: Emiliano Pérez Cruz – Vicente Francisco Torres 69 Oda para mi amigo – Guillermo Hernández Alvarado 72

Ensayo Los herederos de la promesa – Josefina García Paredes 75 Recomendaciones/Reseñas Molino de Novedades Editoriales – Arturo Trejo Villafuerte 77

Encuentra en www.molinodeletras.org nuestra edición digital:

M  L, Año 20, No. 110, enero-marzo 2019, es una publicación trimestral editada por Fortunato Moisés Zurita Zafra. Calle Miguel Negrete 336 L. 15 C. 40, Fraccionamiento Xolache, Texcoco, Estado de México, C.P. 56110, Tel. 5519546810, zurit9@hotmail.com. Editor responsable: Fortunato Moisés Zurita Zafra. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2011-062209030200-102, ISSN: 2007-5650, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor, licitud de título: 4769, licitud de contenido: 147, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa por Imprensel, S.A. de C.V. Av. Catarroja No. 443 Int. 9, Col. María Esther Zuno de Echeverría,Iztapalapa, D.F., México C.P. 09860 Tel. 58661835. Este número se terminó de imprimir el 15 de marzo de 2019 con un tiraje de 3 000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Se autoriza la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación si se cita la fuente. molino_de_letras@yahoo.com.mx; zurit9@hotmail.com; zurita@correo.chapingo.mx; contacto@molinodeletras.org

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Tres postales desde el fin del mundo I. Urna

Para Guillermo el periodista y Ligeia la poetisa

Se agachó. Se quedó mirando perplejo, viendo fijamente con el único ojo sano que le quedaba; el otro, ya ni como baratija usada servía. Valiente adorno que ya no mira tarde, amanecer o cualquiera. Se quedó mirando silencioso, con la espalda gacha, quebrada, el pelo blanco, desvelado, la arruga marcada como nunca en ese rostro de incontables verdades y preguntas. Los años pesan en esta vuelta del sendero. Incrédulo, miró aquella pequeña caja marrón donde había quedado contenida la mayor parte de su historia, de su carne, de su vida (¿en esta caja cabes tú, quepo yo?). Las cenizas de su mujer muerta, de su carne, de sus breves días, de sus largas noches, de sus gritos y silencios, de sus alegrías, reproches y tristezas. “A esto has quedado reducida vieja” (¿en esta caja cabes tú, quepo yo?) Pensó hacia sus adentros. No hubo una pira donde descansar sus restos, colocarle un par de monedas de plata en los ojos, celebrar sus conquistas, derrotas, dudas y arrojos, para después ofrendarlos como tributo al sol. No. Sólo el arribo de un gris funcionario (entelequia de ocho horas de salario), la entrega del corazón encerrado entre caoba o cedro una solitaria firma entre garabatos de archivo (como cuando llega el cartero y entrega un paquete sin previo aviso). Sujetó firmemente el pequeño maderamen (¿en esta caja cabes tú, quepo yo, cabe este pinche mundo?), y comenzó a avanzar con el apoyo de su viejo bastón. Mil luchas le han azotado sin doblarlo ¿tal vez esta es la excepción? El viento soplaba rencoroso pero él avanzaba como galeón roto entre la tormenta. La mirada algo cansada pero firme la muleta. Ya no había más lágrimas que derramar. era, por fin, un hombre completo… sin esperanza y sin azar; con el alivio de haber mandado a la mierda, cielo e infierno por igual…

J. Felipe Núñez Espinoza

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II. ¡Feliz navidad!

Para Li y Aldo Y despediste el año, muriéndote… La flor de la vida no te bastó. Dejaste un sueño en tu mujer, en su vientre, y un mar de lágrimas que la desbordó. Tu madre se convirtió en estatua de sal, desmoronándose al paso de la noche y del alba. Tu hija se convirtió en mujer, derretida, no en el placer del amante en turno, sino en el llanto de la irremediable orfandad. Los familiares se reunieron, te lloraron y te rieron. Los amigos, conocidos, te dudamos, te creímos, te evocamos… Y volvimos a reusar ese viejo y desgastado artilugio del hombre. Comenzamos a olvidarte, recordándote, comenzamos a recordarte, olvidándote; y volvimos a rememorar, en tu carne ya vacía, que somos olvido, arroyo seco y lejanía… Afuera, en las calles, ya se escuchaban los primeros brindis, mientras las lágrimas bañaban los muros enmohecidos de la funeraria y los goznes de tu ataúd. Afuera del sepelio, los niños iban pasando y gritando desbordados de ebriedad, —¡Feliz año nuevo! ¡viva la fiesta! ¡Feliz año nuevo! ¡Viva la felicidad!

J. Felipe Núñez Espinoza

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III. Mansedumbre

Para Angélica

El día en que moriste, en particular no pasó mucho, excepto que… por donde sea que se te veía, parecías más muerta que nada. Moriste, y a la luna le valió madres, salió como siempre: blanca, gélida, hermosa, distante, como risa de gato, como gota de leche resbalando de un vaso. Tu sepelio, a la madrugada no le importó mucho. Las horas pasaron como siempre, una detrás de la otra, hasta el alba; y los camiones de carga siguieron pasando torturando sus motores y rasgando el asfalto. Tu madre, transida de dolor, fue sólo otro comentario para la calle, que estuvo como siempre, callada y con un perro aterido de frío, allá… al final de la banqueta, junto a la alambrada. Moriste, y a los tianguistas les valió madres. Ellos llegaron, pusieron sus puestos de venta, rebosantes de fritangas, ropa, frutas, carne y verduras: “¡Pásele marchante, pásele marchante!” Llenaron las calles con sus gritos, los niños comenzaron a salir a sus escuelas, apurados por sus desmañadas madres, y el sol… sólo era una línea pintarrajeada en las azoteas. El día en que moriste, en particular no pasó mucho, excepto que… por donde sea que se te veía, parecías más muerta que nada. Ahora llegarás, en forma de recuerdo, a tumbarte al lado de tu madre, o tal vez en forma de halo, a sentarte a la mesa, a mitad de la comida, para hacer conversación o preguntar ¿porque llora tu nieta, la Alicia? Alguien me dijo que estar pendejo, es como cuando uno está muerto. El difunto es el único que no se da cuenta. El día en que moriste, te vi por todos lados: por los pies, por la cabeza, de frente, por detrás y de costado … y créeme, por donde sea que se te veía… te veías más muerta que nada… Nació en 1969. Radica en los alrededores de Texcoco y su área de trabajo es el Medio Ambiente.

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J. Felipe Núñez Espinoza1


Olvido Hay veces en que se me olvida que la luna peca de inocente y es inocente porque peca. Que vagué entre tiempo y miseria sin rumbo definido, ni sueños, ni suspiros. Lo único que tenía era tu ausencia pero eras con todas deficiencias, sólo mía. Hay veces que se me olvida que los colibríes nadan entre flores, que los ojos se ciegan ante mentiras y mi corazón no late, te grita paulatinamente con voz de sangre. Hay veces que se me olvida escribirte como cada brillo amarte como si fueses destino desearte como al deseo mismo. Hay veces que se me olvida que el final es principio y que mi principio inició contigo.

Jorge Rojas1

Estudió fotografía, así como museografía en el primer cuadro del centro histórico de la ahora CDMX; se autodenomina “diseñador de conceptos” en diversos proyectos, desde ambientaciones en espacios públicos hasta murales en centros educativos y privados; bibliotecario desde el 2006, es conductor del programa Nosferatu de la estación Voces en Sintonía, por internet; actualmente forma parte del equipo de la Coordinación de Acervo del Centro Cultural Mexiquense Bicentenario. 1

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Patria nueva He despertado en un país distinto. Este lunes 2 de julio de 2018, a las siete de la mañana, el día es más limpio, el aire más humano, la luz más inmaculada. Ayer, a estas horas, sólo deseábamos que algo hermoso sucediera en México; ahora ya no esperaremos: el país es nuestro. Hoy me pongo a ver la patria con la serenidad de un Lama. Veo su alegría súbita hasta en el mapa. Desde Quintana Roo hasta Baja California Sur. Valió la pena esperar. Nunca me rendí. Prohibido rendirse en nuestro país. Prohibido rajarse, diría un charro de Jalisco. Prohibido retroceder, proclaman los hombres de Coahuila. Prohibido agacharse, decía mi abuela doña Juana Martínez Vargas: “Porque entre más te agachas, más el sunfiate se te ve”. Aquí no se rinde nadie. Ni el cura ni el gendarme. Ni el gay ni la justicia social. Ni la costurera ni el maestro. Ni la esperanza ni el albañil. Ni el pueblo indígena ni el porvenir. Que nadie se rinda. Vamos a chingarle juntos en la piedra, en el surco, en la máquina de escribir, en la maquila, en los talleres y en la madre. Juntos podemos construir la historia verdadera que merecemos. He despertado en un país distinto. Sin más: soy feliz.

Miguel Morales Aguilar1

Originario de Torreón, Coah. Ha publicado Celebración del Chamán, UNAM, Colección El ala del tigre; Cerro de Tezonco, Coordenadas de Brecha; Círculo de luna, Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila; Otra vez el paraíso, Fondo Editorial Tierra Adentro, entre otros títulos. Ha recibido varios premios como el de poesía “Manuel José Othón” y dos menciones honoríficas importantes: en el Premio Nacional “Efraín Huerta” y en el Binacional Fronterizo de Poesía “Pellicer-Frost”.

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Cruzada interminable Recuerdo ineludible. Legua recorrida. Obsesión por el fulgor de tu olvido. Grito inaudible. Amor adolorido, abandonado, Como putrefacta madera a la deriva. Y las legiones de mi corazón piden guerra, escupen y maldicen tu endeble tregua.

Lacerante partida Quemando puentes. Dedos hirientes. Indagando temas que plasmar. Revolviendo letras. Desentonando todas las canciones. De mis pestañas nacen flores de lis Danzando al viento mis turquesas. Música indescifrable. Soltando amarras. A sotavento naves ardiendo, y el cielo. . . Refulgiendo.

Octavio Huesca Heredia1

Nació en la Ciudad de México en 1989, estudió Licenciatura en Economía en el Instituto Politécnico Nacional. Ha publicado en la Revista Crisol Acatlán, 2018. Es amante de la lectura desde que pudo leer, adicto a la escritura desde que pudo escribir.

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Cuentos breves Violeta Carolina Acona1

El hombre feo

Hace un calor terrible, y yo con medias; el sol me quema el rostro a pesar de traer sombrero y esta viscosa plasta de bloqueador solar que me deja la cara brillosa como un cristal a contra luz. A él no le importa su piel porque es feo, pero a mí sí, no quiero que me salgan manchas, soy demasiado joven para tener que embarrarme esas cremas que mi madre usa por las noches. ¡Qué castigo es esto de andar a pie por la ciudad y de la mano de un hombre feo! Habría que verlo, tan chaparro y gordo, además le he notado unas cuantas verrugas en la papada y en el cuello, parece un sapo. Y yo tan hermosa, tan espigada, tan blanca y limpia como la leche, pude haber sido actriz o modelo, pero no, estoy atada a este hombre; es que no lo puedo dejar, y a pesar de lo que me ha hecho sigo aquí, tomándole la mano. Me voy a esconder debajo de este carísimo sombrero que me compró hace un mes en París, ¡por favor que no me vean con él! O mejor voy a dejar el sombrero tirado por ahí, a ver si así se apiada de mi piel y de mis piecitos y me lleva a descansar de una buena vez. ¡Yo creo que se ha vuelto loco y me quiere matar de una insolación! Se comporta como un bobo, a veces me trata como una retrasada; me molesto por ello y le grito, entonces me compra vestidos de princesa, libros coloridos, chocolates o me lleva a comer hamburguesas ¡Dios santo, me quiere engordar!, me quiere dejar fea para que nadie más que él me vea. Ahí viene, habría que ver cómo le rebota la panza, esa sonrisa de idiota, con los ojos entrecerrados, con su paso lento y con comida entre los dientes, es asqueroso, provoca pena ajena. Trae un algodón de azúcar en la mano, cree que así le voy a perdonar que no me haya comprado la muñeca que vimos hace un rato en la plaza. Pobre sapo, feo y tonto. Pero cuando lleguemos a casa, le diré a mamá que papá me ha traído a pie todo el día en el zoológico, sin bloqueador solar y sin sombrero.

Mazún. Mérida, Yucatán. 1993. Licenciatura en Medicina Veterinaria por la Universidad Autónoma de Yucatán.

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Los reptilianos

—Tal vez usted no me crea, pero así de burrote como me ve, le tengo mucho miedo a la oscuridad. —No se preocupe jefe, aquí traemos lámparas. Hasta bengalas si quiere… Eso fue lo último que me dijo el guía, mientras esbozaba una sonrisa. Cuando di el primer paso en la entrada del cenote, una oscuridad abismal me devoró por completo.

Feliz cumpleaños

Cansada como estoy de tantos gritos, bien podría largarme de esta casa. Pero no; lo aguanto todo. Mi madre me ha dicho que sea obediente, que sea más dócil. Pero es que no puedo, algo en mi interior es rebelde y quiere guerra con la hegemonía masculina. He visto en la tele esos comerciales sobre el machismo, sobre los derechos de las mujeres. Creo que vivo violencia. Me lo dice cada grito, cada golpe, cada negación de ser quien soy en esta casa. Y no es que yo sea una dejada, pero mi madre siempre me pide que me comporte, que respete al hombre. Pero ya no será así. Hoy me pinté los labios de rojo y me puse rubor en las mejillas. Estoy dispuesta a enfrentarlo. Mi mamá está poniendo la mesa, hoy es un día especial, porque es cumpleaños del macho. Oigo la puerta cerrarse, y oigo a mi madre felicitarlo. Me veo al espejo y sonrío. Bajo las escaleras con actitud soberbia. Me siento a la mesa y ambos se quedan callados. Mi madre se tapa el rostro. Él toma una servilleta y me limpia el labial de los labios y me limpia las mejillas. El odio en mi interior crece, en respuesta grito y lloro. ¡Cómo es posible que a mis cinco años mi padre me siga tratando como a una niña!

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Nosotros nunca fuimos pobres Yijhan Ahmed Blancas1 A Luz Lo he leído diariamente en el raro abecedario de tus ojos... Álvaro Carrillo

En el pueblo todos eran pobres. Comían diario pan con frijoles de la olla hervidos en la estufa de carbón. Las calles eran de tierra y cuando al viento se le antojaba visitarnos, y a algún despistado caminar por ellas, al llegar a casa los desnudos pies quedaban grisáceos por el polvo. Los rostros de la gente parecían estar llenos de polvo también, se veían desvaídos y tristes. Y entre todos ellos, el de mi padre era el único reluciente: además de los frijoles con pan, él comía letras. Diariamente se perdía en historias que lo sacaban del pueblo sin empolvarse por completo, y a nosotros también nos llevaba con él. Retozábamos de las emociones que nos zambullían por pasajes inimaginables: me encantaba salir así del pueblo. Mi padre era el hombre más rico y me dejó la mejor herencia: no necesitábamos vestir despampanantes para entrar al castillo donde se habían casado los padres de Tristán; ningún transporte tenía destino al centro de la tierra: ni siquiera el gran Concord, y mi padre sabía cómo trasladarnos ahí. Mi padre me enseñó a leer más que sólo letras, lo aprendí en sus ojos. Su riqueza residía en sus libros y por eso nunca fuimos pobres.

De raíces árabes y mexicanas, Yijhan nació en Texcoco en 1995. Estudió lenguas en la UAEM. Es amante de las artes porque “hacen al hombre más humano”. Su pasión es cantar y afirma que la voz es un regalo para el alma; actualmente asiste a clases de canto. Cree en la cultura como la esencia de cualquier espacio y su ilusión es mostrarle al mundo la belleza escondida de México. 1

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El genio de la lámpara Marcial Fernández1

A Emiliano Pérez Cruz

Un hombre llegó a casa de la tía Luisa. Llevaba una de esas lámparas que aparecen en los cuentos árabes. —Disculpe mi atrevimiento, señora. Soy extranjero y vengo a charlar con el párroco del pueblo. Quisiera saber si le puedo dejar a usted esta lámpara mientras acudo a mi cita, pues no me gustaría que el padre se molestara por llevar conmigo genios o espíritus no cristianos. La tía, hay que decirlo, se enamoró de inmediato de aquel hombre de turbante y túnica, piel morena y ojos verdes, accedió a la petición. Emocionada, llamó a sus amigas para que conocieran la lámpara mientras el cura y el sujeto arreglaban sus asuntos. Ya reunidas, Alejandra, curiosa, preguntó: —¿Qué pasa si frotáramos la lámpara? —Tal vez aparezca un genio —dijo Beatriz. —Un espíritu que nos conceda nuestros deseos —se apresuró a decir la tía Luisa, pensando en el fuereño que de seguro era tan dulce como el almíbar. Así, cuando Alejandra cogió la lámpara entre sus manos para frotarla, de la boca del objeto salió una especie de humo con forma de geniecillo. El hombre regresó a casa de la tía y encontró a siete mujeres desmayadas. No las quiso despertar y, cuando por fin las amigas abrieron los ojos, se darían cuenta que sus joyas, relojes, abanicos y mantillas habían desaparecido junto con Alí Babá.

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Editor y cronista de toros.

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Flor de Tuna Capítulo 19 Raúl Orrantia Bustos1 Carlos Alberto regresó a su casa el viernes después del colegio. Ese mismo día, muy por la mañana, Rebeca había pasado a dejarle una muda de ropa limpia. Quise decirle que no hacía falta, que yo ya había pensado regalarle a mi sobrino la ropa interior que le había comprado a Francisco en la víspera. No pude hacerlo porque Lorena me habló por teléfono para preguntarme si podía venir cuando de hecho ya estaba en camino. Al llegar, se bajó de su camioneta únicamente para darme la ropa de Carlos Alberto, pues tenía que regresar de inmediato a su casa para terminar de resolver algunos pendientes. No detalló cuáles. Tampoco yo pregunté nada. Estaba resuelta a dejar de entrometerme en asuntos que no fueran míos. Además, creía haber hallado sosiego en el falso silogismo de que si todas aquellas acusaciones hubiesen sido ciertas, entonces las autoridades ya hubieran actuado: si no lo habían hecho era porque no había ningún delito que perseguir. Mi determinación a no aceptar la realidad de mi país y de mi familia era tal, que –comportándome como la Rebeca infantil e ignorante que solía ser– me convencí a mí misma de que todas aquellas calumnias no podían más que venir de personas mentecatas e ineptas que sólo criticaban a quien envidiaban. Por supuesto que sentía horror por lo que le había sucedido al hijo de la empleada doméstica de Lorena, pero no podía adjudicarme ninguna culpa o responsabilidad al respecto; sobre todo no podía permitir que los problemas de otros ensombrecieran mi ánimo. Y precisamente porque no quería que esto último ocurriera, ese mismo viernes por la noche le hablé por teléfono a Lorena para invitarla a nadar al día siguiente. –¿A nadar? ¿Justo ahora, Rebeca? Entendía muy bien lo que Lorena quería decir, por ello contesté: –Sí, justo ahora; ahora más que nunca. Víctor y tú lo necesitan, y no se diga Beto. Piénsalo bien. –Bueno, sí, quizás tengas razón. Quizás después de todo no estaría mal distraerse un rato. Estudió Letras Italianas en la UNAM y actualmente realiza estudios de posgrado en Europa.

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–Por eso lo digo. Hay que olvidar las injurias y calamidades de los últimos días. –Estoy de acuerdo. –¿Entonces te animas? –Primero tengo que ver qué opinan Víctor y Carlos Alberto. ¿Les digo que irían ustedes cuatro o también van a ir tus papás? –No había pensado en ellos todavía, pero voy a invitarlos. –¿Por qué no los llamas y mientras tanto yo pregunto aquí quién quiere ir? Invitar a mis padres era una idea magnífica. De esa forma se terminarían de limar las asperezas (si es que aún quedaba alguna; de hecho, si es que las hubo) surgidas entre ellos y Arturo tras la revelación de las infidelidades cibernéticas de mi marido. Mis padres aceptaron la invitación sin titubeos, lo mismo que Carlos Alberto. Únicamente Víctor se disculpó por no poder acompañarnos debido a sus compromisos empresariales El sábado a primera hora salimos al parque acuático El Chapuzón, ubicado en Aguarevoltosa, pequeña comunidad a unos 73 km al sur de Huelelagua, que si no fuera por este balneario y por sus escasos vestigios prehispánicos, muy pocos mexicanos sabrían de su existencia. Y es que El Chapuzón es el mayor generador de empleos de Aguarevoltosa y sus alrededores, directa e indirectamente. Abandonada la agricultura casi por completo, que ni a de subsistencia llega, la gente (sobre) vive del comercio de sus artesanías y dulces típicos, que son adquiridos en su mayoría por los visitantes de El Chapuzón. Llegamos al balneario poco antes de que lo abrieran, pues mi padre dijo que debíamos aprovechar las albercas cuando aún no estaban repletas de gente y orines de niños. –Y de los no tan niños –agregó con una sonrisa socarrona. Además de por sus borbollones, toboganes y aguas termales, El Chapuzón era reconocido por sus elegantes y modernos búngalos que uno podía rentar para hospedarse, que fue lo que hicimos, aunque nosotros no pesábamos pasar allí ninguna noche: únicamente queríamos mayor privacidad. Tras haber acomodado nuestras mochilas en el búngalo, nos dirigimos al restaurante central del balneario. Habíamos pagado tanto el buffet del desayuno como el de la comida. Mis padres, los niños y yo desayunamos de manera abundante, pero Lorena no comió más que un pan con mantequilla y mermelada y una taza de té negro. –Eres como mi marido –le dije–. Por las mañanas sólo toma café y pan, y con frecuencia sólo café. –No sé qué tan saludable sea lo segundo –respondió Lorena. –Pregúntale a él –dije sonriendo–, Arturo se la vive inventando remedios caseros para la gastritis que jamás funcionan, pero aun así no deja ese mal hábito suyo. –Es más fácil –intervino mi madre, que había hecho como que no escuchaba nuestra conversación mientras comía un omelette de champiñones con queso–; y no sólo más fácil sino que también más probable, que un día seamos capaces de mudarnos de cuerpo

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(e incluso de arruinar éste por los mismos motivos), que cambiar cualquier costumbre o tradición que tengamos, incluidos por supuesto los vicios y malos hábitos. Nadie replicó su sentencia. Concluido el desayuno, decidimos recorrer el aviario mientras trascurrían las dos horas reglamentarias para la digestión. Entre los graznidos de los flamencos y el ulular de las guacamayas, Mariana se hizo de un pequeño loro verde limón: lo colocó en su antebrazo izquierdo y con la mano derecha le acariciaba el piquito y la frente. Cuando mi padre intentó ponérselo en el hombro simulando la caricatura de un viejo corsario inglés, el loro alzó el vuelo, no sin antes defecarle el pecho. –Lo único que me faltaba en estos días –dijo. Los niños, reloj en mano, no dejaron que pasara ni un minuto más de las dos horas. Morían de ganas por arrojarse de los toboganes. Mariana, en cambio, quería que Lorena y yo la acompañáramos a la alberca con olas, que, según los horarios establecidos, no tardaría en comenzar. Carlos Alberto y Francisco traían puestos sus trajes de baño desde el desayuno, así que únicamente se quitaron las camisetas, se las dieron a guardar a Arturo y corrieron juntos al tobogán más cercano. Mariana había dejado su traje de baño en el búngalo. –¡Niños, se cuidan! –grité, pero ya estaban demasiado lejos para oírme. –Yo voy con ellos –dijo Arturo. Se quitó la playera tipo polo color crema que vestía y me la dio a guardar, junto con las camisetas de Francisco y Carlos Alberto. –¿Y la cartera? –Cierto, aquí tienes. ¿La podrías guardar en mi mochila por favor? La dejé junto a la cama. –¿Dónde nos vemos? –Voy a alcanzar a los niños para decirles que estaremos en la alberca con olas, que allí nos podemos ver más tarde, o si no que nos encontramos a la hora de la comida directamente en el restaurante central. Una vez en el búngalo, Mariana se puso el traje de baño a toda prisa. Yo me dirigía al sanitario para ponerme el mío cuando de pronto, en medio de la recámara, Lorena se quitó el vestido que traía puesto. –Yo también ya estoy lista –dijo. Debajo del vestido portaba un bikini rojo escarlata. El cuerpo de Lorena era magnífico. Inevitablemente comparé su cuerpo con el mío, con el que me sentía a gusto pero al que solía poner en último término en lo que yo consideraba los tres componentes del ser humano: el cuerpo, la mente y el alma. Ignoro si eso de cultivar tanto el físico como el intelecto era un hábito del país del que Lorena provenía; de lo que sí estaba segura era de que yo pertenecía a una tradición que restaba importancia al cuerpo frente a la mente y sobre todo frente al alma. No sé si esta última existe: es cuestión de fe y en ese sentido sé en lo que creo. La facultad de pensar la poseemos todos, ese sí es un hecho; que algunos

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la ejerzan y ejerciten más que otros es diferente. Lo mismo ocurre con el cuerpo, que en el caso de los huelelagüenses solemos acordarnos que también somos materia cuando algo anda mal en ella, cuando nos sobreviene una enfermedad o simplemente cuando descubrimos frente al espejo que la persona delante de nosotros ya no nos gusta. –Qué lástima que Víctor no pudiera venir –dije–. Le habría encantado verte así. –¿Te refieres al bikini? –preguntó Lorena. –Sí. –No te preocupes, sí me vio. Él mismo eligió el bikini que usaría yo hoy. Si mal no recuerdo fue Víctor quien me compró este traje en Ibiza… ¿o fue en Córcega?… En fin, ayer en la habitación me probé frente a él algunos de mis bikinis favoritos y éste fue el que le gustó más. En ese entonces yo no conocía Europa todavía, y para ser honesta tampoco Aguarevoltosa. O al menos no como la conocería más tarde. Contrario a lo que supuse, había bastante gente en la alberca con olas pese a ser relativamente temprano. Al sonar la alarma que avisaba el inicio de las olas, Carlos Alberto y Francisco aparecieron corriendo de la nada. –¡Allá voy! –gritó Carlos Alberto. –¡Cowabunga! –segundó Francisco mientras saltaba a la piscina. Un vigilante del balneario se acercó para amonestarlos. Les dijo que no se podía brincar ni echar clavados en esa alberca. Francisco y Carlos Alberto fingieron escucharlo e inmediatamente después nadaron hacia el frente. Al lado opuesto, es decir donde las olas debían romper, Lorena sujetaba a Mariana de la mano. –No te preocupes, yo la cuido –me dijo. Casi en seguida miré a Arturo que venía por el mismo camino por donde habían aparecido Francisco y Carlos Alberto. –Los perdí de vista. –Están allá enfrente –respondí. –Es imposible con ellos. Las olas comenzaron y en poco tiempo se convirtieron en auténticos maremotos para Mariana, que batallaba para sortearlas incluso con la ayuda de Lorena. –¿Quieres que nos salgamos? –le preguntó Lorena a Mariana. Cuando iba a contestar que sí, una ola le golpeó el rostro: Mariana tuvo que escupir el agua que se le había metido por la boca. Arturo y yo nos disponíamos a salir también de la alberca pero Lorena dijo que no era necesario, que llevaría a Mariana al chapoteadero contiguo y que allí nos esperarían. Una vez solos, Arturo me tomó de la mano. Brincamos juntos un par de olas antes de que lo invitase a ir un poco más al frente, donde el agua nos cubriera hasta los hombros. No sé por qué lo hice. Quizás si lo hubiera pensado no me habría atrevido. El hecho es que, estando ya a esa altura de la alberca, me coloqué delante de él e hice que sus manos abrazaran mi cintura. Así sorteamos el resto de las olas, y durante todo ese tiempo no dejé de sentir el efecto físico que mi

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audacia había provocado en Arturo, quien inclusive debió permanecer sin mí algunos minutos más en la alberca para no evidenciarse al salir. Me despedí de él con un beso en la mejilla y él me correspondió, incrédulo, con una mirada de adolescente enamorado. Nadie había preguntado a mis padres adónde iban a estar, pero no hacía falta. Sólo había dos lugares a los que les gustaba ir: al borbollón y a las aguas termales. Ya habíamos pasado por el borbollón y no los habíamos visto, así que nos dirigimos a las aguas termales. Allí los encontramos. Les pregunté si querían ir al búngalo con nosotros a tomar una limonada o un refresco. –Un coco con ginebra me vendría mucho mejor –respondió mi padre. Entre la zona de albercas y los búngalos se localizaban el aviario y las canchas de tenis, futbol rápido y baloncesto. Lorena quiso que nos detuviéramos a mirar una partida de tenis. Al darse cuenta de ello, el jugador que al parecer iba ganando comenzó a fanfarronear, lo que irritó a su contrincante, que terminó por abandonar el juego. –¿Quieres intentarlo? –preguntó altaneramente el jugador fanfarrón a Arturo. –No, honestamente el tenis no es lo mío. –¿Y tú, amiga? –se dirigió a Lorena. –¿Por qué no? Ignoro si fue para granjearse la simpatía de Lorena o si simplemente la subestimó, pero aquel jugador, joven y atlético, se comportó como si Lorena fuese menos que una aprendiz, cosa que no fue de su agrado, pues ella respondió con un tremendo revés que su contrincante apenas vio. –No dijiste que sabías jugar. –No preguntaste. La partida fue reñida sólo al inicio. En poco tiempo la cancha se rodeó de curiosos. El joven sonreía e intentaba demostrar al público que el juego estaba bajo su control, aunque la realidad era que Lorena lo iba ganando. Cuando la superioridad y el dominio de Lorena se volvieron más que evidentes, el joven cambió el semblante fanfarrón y de falsa condescendencia por uno de ira. –Punto gana –dijo entonces Lorena. El otro no tuvo tiempo de responder. El punto de Lorena llegó al instante. La gente que presenciaba la partida la ovacionó. –No se vale, estaba distraído –se justificó el joven, nuevamente con la sonrisa y la jactancia del principio–. Que sea a los tres puntos. Lorena lo venció una vez más, agradeció al joven por el juego y volvió a nuestro lado. Ya nos encaminábamos al búngalo de nuevo cuando el joven se acercó a Lorena trotando. –Perdón, no quería que te marcharas sin decirte que juegas muy bien. Me sorprendiste. –Gracias. –¿Eres profesional? –No, cómo crees: eso se me nota a leguas. Pero gracias por pensarlo. –Oye, eres extranjera, ¿verdad?

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–Sí, pero ya tengo muchos años viviendo en Huelelagua. –Debe de ser, porque tu español es perfecto. –Gracias, aunque reconozco que tengo un acento muy fuerte. –Pues a mí me gusta. –A mi marido también. El joven enmudeció un instante. No esperaba esa respuesta natural, sin doble propósito, por parte de Lorena. –Bueno, tengo que irme –dijo ella. –No, espera –reaccionó el joven–: también quería decirte que estoy hospedado aquí con unos amigos, muy agradables todos ellos. Me preguntaba si más tarde te gustaría beber algo con nosotros. –Muchas gracias, pero vengo con mi familia, y además casi no bebo. –Bueno, entonces quizá otro día, cuando estés sola. ¿Qué te parece si me das tu número de celular y yo me comunico contigo después? Lorena, que durante la conversación no había dejado de caminar junto a nosotros, se detuvo y dijo con voz tajante: –No quiero parecer grosera, pero sólo fue un juego. No estoy interesada en nuevas amistades. Miré de reojo al joven que, sorprendido, incrédulo, permaneció de pie, observando detenidamente cómo se alejaba el cuerpo bien formado de Lorena Stefanoska. Pensé entonces una vez más en mi concepción tripartita del ser humano. Se me ocurrió que haría falta fomentar un verdadero desarrollo integral en nuestros niños para así tal vez aspirar un día a una sociedad en la que la vestimenta de cualquier mujer jamás fuese vista por la gente (incluyendo a las propias mujeres) como una justificación al acoso. Aclaro que aquello no me había venido a la cabeza necesariamente a causa del joven tenista, que pese a ser un fantoche no había dicho ni hecho nada irrespetuoso, sino que por una de esas asociaciones mentales, repentinas e involuntarias, recordé que más allá de sus dulces, artesanías y del mismo balneario El Chapuzón, el principal motivo por el que de un tiempo para acá Aguarevoltosa volvía a ser mencionada con regularidad en el país era por su ascendente número de feminicidios. Me negué a pensar más en el tema porque creía que al hacerlo faltaba a mi promesa de no involucrarme en asuntos que no me concernían. Sí, ya sé: actuaba como si yo no fuese una mujer, como si, pese a la palabra feminicidio, no relacionara aquel crimen con mi género, sino con una clase social a la que yo no pertenecía. Al pasar junto a la fosa de clavados, Carlos Alberto no lo pensó dos veces para subirse a la plataforma de cinco metros y saltar de ella con un mortal hacia delante. Al salir de la fosa le propuso a Francisco: –Ven, aviéntate un clavado conmigo. –No, primo, yo paso. A lo mucho me aviento de pie y de la plataforma de tres metros. –Está bien, vamos. Estuve a punto de impedirlo, pero Arturo, anticipando mis intenciones, me detuvo discretamente. El primer salto de Francisco fue exitoso. Carlos Alberto lo felicitó y lo convenció a que ahora intentara arrojarse un clavado.

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cuña.

–¿Crees que lo logre? –le preguntó Francisco a Carlos Alberto. –Por supuesto, sólo confía en ti mismo y no dudes. –Bueno, ¿y cómo le hago? –Elevas tus brazos y juntas las manos así, ¿ves?, formando una

–Aja. –Pegas la barbilla al pecho, proteges tu cabeza ocultándola entre los brazos, y saltas. –Okey. –Es más fácil si te encarreras. Además así evitas que te vaya a dar miedo la altura. –Ya entendí, pero aviéntate tú primero para verte. El cuerpo de Carlos Alberto dibujó una hermosa parábola en el aire antes de hundirse en el agua como una saeta. –¿Viste? –preguntó Carlos Alberto apenas hubo salido de la fosa– Es muy fácil. –Sí, pero no puse atención en tus brazos por observar cómo te impulsabas. –¿Quieres que me aviente otra vez? –Pues no estaría mal. –¡Ya aviéntate, muchacho! –gritó de pronto mi padre–: no se aprende nomás mirando. Francisco cayó de forma horizontal, rígido como un tablón. No hubo ni parábola ni mucho menos la verticalidad necesaria para romper satisfactoriamente la superficie del agua. Al mirar el malogrado clavado de Francisco, Arturo se arrojó de inmediato a la fosa. Entre él y Carlos Alberto lo ayudaron a salir. Lorena y yo corrimos hasta ellos. Francisco tenía el estómago y el pecho completamente enrojecidos, también las rodillas y gran parte de los muslos. Lloraba. No tardó en asistirnos un salvavidas que, tras haberse comunicado por radio, dijo: –Ya les avisé a mis compañeros. Vienen en camino para trasladar el joven a la enfermería. No se preocupen, estoy seguro de que no es nada grave, pero de todas formas un médico le hará una revisión general. –Muchas gracias –respondí. Carlos Alberto no sabía dónde esconder su rostro avergonzado. Lo abracé y le dije que no había sido culpa suya. Aunque los demás intentaron acompañarme a la enfermería, Arturo encontró más práctico que yo me adelantara con Francisco y que el resto de la familia se fuera al búngalo mientras tanto. Él también iría al búngalo pero sólo de entrada por salida para ponerse su playera y para traerme mi vestido y mi bolso por si se ocupaba pagar algo. Arturo nos alcanzó antes de llegar a la enfermería. De inmediato me puse el vestido y abrí mi bolso para cerciorarme de que mi monedero estuviera dentro. –Discúlpame, Arturo. Con los nervios olvidé que saqué mi monedero del bolso y lo puse en la mochila, junto a tu cartera. –¿En mi mochila o en la tuya? –En la tuya. –No te preocupes. Vuelvo enseguida. Arturo corrió algunos metros antes de detenerse y girarse hacia mí: –¿Quieres que te traiga otra cosa?

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Miré dentro de mi bolso: mi celular estaba ahí. –No, nada más el monedero por favor. Entramos al consultorio antes de que Arturo regresara. Poco después recibí un mensaje suyo diciendo que estaba en la sala de espera, que allí aguardaría por nosotros. Entretanto a Francisco lo atendía un médico que a juzgar por su apariencia bien podría haberse tratado de un pasante e incluso de un estudiante realizando su servicio social. Sea como fuere, el trato de aquel jovencito hacia mi hijo me pareció excelente. Recostó a Francisco sobre la cama de exploración y con mucho cuidado le untó pomada analgésica en el pecho y estómago. Luego nos dio a él y a mí un dulce de caramelo sabor hierbabuena. –¿Cómo te sientes, campeón? –preguntó el jovencito. –Todavía me duele, aunque ya no tanto. –Es normal: el dolor va a desaparecer en unos cuantos minutos. Y mientras eso sucede, ¿estás de acuerdo de que te deje descansar aquí en lo que voy al consultorio de al lado a ver cómo sigue una niña a la que le picó un abejorro? Francisco asintió con la cabeza. –Eso es, campeón. Ánimo. Un mal clavado no va impedir que más tarde te eches muchos más, ¿cierto? Mira esos brazos y esas piernas: no les pasó nada. Eres más fuerte de lo que imaginas. A mí quién sabe cómo me hubiera ido. Francisco sonrió. –No estoy tan seguro de que lo vuelva a intentar. –Desde la plataforma de tres metros por supuesto que no, campeón. Cualquier cosa que hagamos por primera vez en la vida hay que iniciarla desde lo más básico, paso a pasito. El doctor (o pasante, o lo que haya sido) se volvió hacia mí y concluyó: –Señora, entonces los dejo un minuto. No tardo. Quise aprovechar la ausencia del doctor para responder el mensaje de Arturo, pero mientras digitaba la primera palabra en el celular, saltaron de repente a mi vista los apellidos Franco Figueroa. Estaban escritos en el encabezado de un documento que, medianamente oculto debajo de otros papeles, yacía sobre el escritorio, justo frente a mí. Giré mi rostro hacia Francisco. Mi hijo continuaba acostado bocarriba, frotándose el estómago con los ojos cerrados. Lentamente deslicé hacia afuera aquellas hojas para corroborar lo que quizás estaba de sobra. ¿Qué iba a hacer? ¿Ignorar aquel descubrimiento? No por nada se dice que la curiosidad mató al gato: mi duda radicaba más bien en si sería capaz de robar algo por primera vez. La respuesta la tenía en las manos. Literalmente. Observé a Francisco de soslayo: seguía flotándose el estómago con los ojos cerrados. Silencié la cámara de mi celular y rápidamente fotografié cada una de las páginas de aquel artículo, que para mi fortuna estaban numeradas; luego las devolví al lugar del que las había sacado. En ese instante el clic metálico de la puerta anunció que el doctor había vuelto. Francisco abrió los ojos y a mí no se me ocurrió nada mejor que fingir que respondía el mensaje de Arturo.

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Roberto Tapia Castillo

(1946-2018)

Nace en la ciudad de Texcoco, Edo. de México un 6 de junio de 1946, en donde vivió la mayor parte de su vida. Realizó sus estudios de primaria en el centro escolar Netzahualcóyotl y siendo niño, casi adolescente, continuó con su educación en un colegio católico de la Ciudad Capital, donde participó en el renombrado coro de la Catedral en la ciudad de México. Roberto Tapia, desde muy temprana edad, dio muestras de su gusto e inclinación por el arte y durante su adolescencia y juventud, realizó varios cursos de dibujo arquitectónico, fotografía, pintura e inglés en diferentes escuelas de manera independiente y también aprendió siendo autodidacta. En 1966 se traslada a la sierra de Oaxaca y ejerce como profesor de primaria de niños y adultos en una comunidad rural, realizando labor social mayoritariamente. Ahí conoce a la profesora María del Carmen Gálvez Mora, quien años más tarde se convertirá en su compañera de vida. En 1968 regresa a la Ciudad de México y estudia pintura en la Academia de San Carlos. Ese mismo año ingresa a trabajar como dibujante en la Escuela Nacional de Agricultura en Chapingo. Se casa en 1970 y dos años después regresa a vivir a Texcoco. En 1974 es contratado como dibujante y fotógrafo para la Universidad Autónoma Chapingo en el departamento de Bosques y más tarde en Proyectos. Finalmente se establece como diseñador gráfico en el departamento de Suelos hasta su jubilación en el 2016. Dentro de sus obras como artista, destacan la participación como uno de los pintores del mural gráfico del Planetario del IPN, Zacatenco; un mural de Cristobal Colón en la escuela de San Pedro Acatlán, Puebla; una pintura de Nezahualcóyotl, rey-poeta prehispánico, realizado para las oficinas de la delegación de Boyeros en Texcoco. Lamentablemente esta obra desapareció y no se sabe dónde se encuentra. Realizó muchas pinturas y dibujos para clientes particulares. Su mayor concentración de pinturas se basa en paisajismo. A sus 65 años de edad, se inscribe a una escuela técnica para actualizarse y estudia sistemas computacionales durante un periodo de tres años. Ya jubilado en el 2017, continúa tomando clases de pintura con la profesora Marcela Herrera en la casa de la cultura de Texcoco hasta sus últimos días de vida. , nombre que usó como seudónimo, fue un amante de la naturaleza, de la cultura prehispánica y dedicó toda su vida al bienestar de su familia, su trabajo y también al arte. Fue un hombre sencillo, lleno de carisma y con un buen sentido de humor. Falleció por complicaciones tras una cirugía, el 23 de febrero del 2018. .

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LOCURA / E M I L I A N O P É R E Z C R U Z Foto: ©Sandro Cohen


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¿Qué tiene Nina, mami? Emiliano Pérez Cruz

I El vientre de Nina parece próximo a reventar. Nina pasea sus ratos de ocio por los pasillos del mercado. Don Lauro, decano entre los carniceros, la detiene para obsequiarle un par de bisteces, una caricia en el abultado vientre y unas monedas. —Ve con doña Eve para que te los ase con un par de papas, jitomate y cebolla rebanada. Te compras un refresco y cuando acabes me traes una comida corrida. ¡Pero muévete m’hijita, que ese chamaco tiene que salir bien alimentado! Nina parte carrera hacia el puesto donde doña Eve instaló su cocina económica. La cabellera, suelta hasta la cintura, se prende al aire matutino como un abanico ondulante, de sedosa negrura. —¡No corras, muchacha de porra, que te vas a despanzurrar! —grita alarmada doña Chalía, una de las locatarias. Pero Nina no escucha más que el golpe seco de las plantas de sus pies, desnudos, contra las frías losas del pasillo. II La descubrieron dormida, hecha rosca al fondo del mercado, sobre la montaña de basura proveniente de cada uno de los puestos. La noche anterior lloviznó, y con el sol de la mañana el basurero despedía un intenso aroma de podredumbre, dulzón, etéreo.

Periodista y escritor. Autor de los libros Si camino voy como los ciegos, Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan, Ladillas, Un gato loco en la oscuridad, entre otros.

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—¡Levántate, muchacha atrabancada: vas a pescar una infección, alguna pulmonía! —la zarandeó doña Tina. —¡Mire, Tinita: esa sangre no es de su luna! ¡Qué se me hace que a esta escuincla ya la desgraciaron! —observó la Güera—. ¡Perros, ni a las atarantadas respetan! Fueron La Güera de la florería y doña Tina, la del puesto de alfalfa, quienes dieron aviso al párroco de la colonia y convencieron a Nina para que las acompañara al dispensario médico de la iglesia. III Como el doctor sólo asistía por las tardes, el padre trepó a su destartalada bicicleta Windsor; fue hasta la clínica comunitaria por un pasante de medicina, mientras las mujeres limpiaban la sangre hecha costras en la entrepierna de Nina. —El aprendiz de matasanos dijo que sí, que habían violado a Nina la loquita y que diéramos parte a las autoridades —propaló al viento la Güera. —Levantamos un acta y la Güera quedó de ver si la Nina menstruaba o no —comadreaba doña Tina con sus amigas de la Congregación de San Roque—, pero le perdimos la pista como tres meses y cuando la volvimos a ver, ya tenía panza. —¿Y a la madre, no la han localizado? —interrogó Coquito al tiempo que con sus dedos nudosos, artríticos, hacía la señal de la cruz—. Dios nos cuide, con tanto policía loco que anda suelto hay que encomendarnos a Su Divina Sombra... Capaz que uno de ellos le hizo la cosa. —Nadie sabe nada de ella —dijo Amelia la verdulera—. Le pesaba la hija, si no, ¿por qué iba a botarla así como así? Prefirió largarse con el condenado Comanche. —¡Pero así le irá al par de briagos! —sentenció doña Lola, embozada con su rebozo de listas multicolores que contrastaban con la austeridad del templo.

—Lo que no tengan que hacer —las sorprendió la severa voz del párroco—, no lo hagan en la casa del Señor. ¿Acaso no tienen marido que atender... hijos que mandar a la escuela? La vida es corta y comer prójimo no es cosa que alimente. ¡Vámonos, vámonos de una vez! Si las necesito, mando por ustedes... y nomás no salgan con que tienen mucho qué hacer.

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IV Las dos mujeres, luego de cosechar dinero entre los locatarios del mercado, fueron al laboratorio para que Nina pasara los análisis de rigor; consultaron al sacerdote y decidieron que el vientre de Nina contenía un hijo de Dios y había que esperar el alumbramiento. En el mercado hacían conjeturas acerca de la violación de la adolescente. Tenían en la mira al grupo de muchachos que por las tardes se reúne en la esquina de la iglesia para organizar un encuentro de futbol callejero, tomar cerveza y vacilar a las chamacas que salen del templo. —Alguno de ésos fue —afir maba Coquito—. En la cara se les nota la maldad. —Si por la cara nos fiáramos —replicaba la Güera—, a cuántos no le cargaríamos el abuso que le cometieron a la escuincla. ¡Hasta el buenazo de don Lauro andaría en el chisme! O su marido de usted, Coquito, que mientras limpia el mostrador o despacha los licuados, suelta la baba ante cualquier escuincla... ¡Si bien que me lo tengo fichado! Y no diga que no, porque hasta desgreñadas le han valido a usted, Coquito, cuando le hace ver eso. —Oh pues. Se me hace que los defiende porque sus chavales andan en la bola. Además, la vista es muy natural Güera —respingó Coquito—. ¿A poco me va a negar que Poncho el de los abarrotes no se la come con los ojos? Y usted bien que lanza miraditas de borrego a medio morir. No se haga, no se haga... Pero nadie se atrevía a decir nombres. Especulaciones. Hipótesis. Habladurías. No más. ¿Qué tiene Nina, mami?

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V Los chiquillos del kínder, arremolinados frente a la paletería, veían a Nina trabajar como mandadera para granjearse un bocado: cargaba cubetas con agua o huacales o llevaba charolas con comida a la carnicería, al puesto de mariscos, a la tortillería, al local de Planos y Proyectos, y no faltaba quien preguntara: —¿Qué tiene en la panza Nina, mami?— para que le respondieran: —Un tumor, m’hijo, un tumor... —Ahhh... —Pásele marchantita, pásele: ¿qué le damos? —Veneno para esos infelices — respondía la clienta. —Qué poca madre de cabrones, ¿qué tenían que meterse con la loquita? —exclamaba indignada alguna marchanta. —Ya ve usted, marchantita: loca-loca pero bien que se coloca —rio Isaac, el muchacho de la pescadería; no el mayor (le dio por la religión de los Pentecostés y por divulgarla tocando de puerta en puerta), sino el que tenía la cara cubierta con plastas de barros coloraduzcos—. Yo llegué a verla con el Pato... Correteándose con ese menso, hasta que la alcanzaba y se le ponía encima. Y quién sabe si nomás la encaramaba con las garras puestas... Para su mala estrella, el Pato interrumpió la conversación; por unas monedas ofrecía vaciar el bote de la basura (le gustaba seleccionar las escamas grandes y plateadas para jugar; también apartaba las vejigas de flotación). El pescadero quiso divertirse a sus costillas, pero el Pato era retrasado mental, no pendejo. —Conque tu mujer es la Nina, ¿eh Patito? ¿A poco te sirve el palito...? Y vas a ser papá, ¿eh? La risa se le congeló al sentir el escupitajo en plena cara. —Pendejú. Yo no... Hijo tuyú... Pendejú —reconvino el Pato. Furioso, con los barros a punto de eruptar, Isaac el pescadero le sorrajó un bagre en la cara; la nariz y la boca del ¿Qué tiene Nina, mami?

Pato sangraron. La marchanta pagó y dio media vuelta, sin reponerse aún de la impresión que tal violencia le produjera. Quedaron frente a frente el Pato y el pescadero, con el mostrador de por medio. Con bagres, huachinangos, cazones, lisas, sierras, mojarras y manojos de jaiba mediante. —Pendejú... Pendejú... Hijo tuyú —gritaba el Pato babeando sangre. Pero nadie más lo escuchó. VI —¡Infames! ¿Ora qué va a ser de la criatura? —se preguntaban las fieles cuando Nina se ponía frente a ellas con la cesta de las limosnas, mientras el párroco repartía el cuerpo y la sangre de Jesucristo. —Pobrecita-pobrecita pero bien alegre que se ve —comentaban los hombres reunidos en el atrio, después de la misa dominical del mediodía. —Si te van a violar, relájate y goza —bromeaba Amapola (la nieta del sacristán), chacoteando con otras adolescentes de la colonia, de pelo trasquilado y vestidas al igual que ella: botas con suela de goma (de dos pulgadas), blusa de colores chillantes y chaleco y pantalón con estoperoles a lo largo de las costuras. Nina venía hacia ellas sonriente, con la canastilla extendida. —Ahí viene la taras —exclamó Pilla, pero de inmediato se llevó las manos a la cara porque el impacto del canasto fue seco en su frente; billetes y monedas se desparramaron por el piso de tierra y a Nina, de pie, los ojos se le desmesuraron y llevó las manos al vientre. Todo el mundo corrió a verla; los integrantes de la estudiantina abandonaron los instrumentos; el sacerdote se abrió paso entre el gentío, despojándose de la casulla, y tomó a Nina del brazo para llevarla al dispensario. VII La noticia se esparció como llamarada de petate, pero con el vuelo suficiente


para llegar a la pescadería. Fue una falsa alarma, el médico recomendó a Nina que guardara reposo si no quería que su bebé no naciera, ni antes de tiempo; le dio una fuerte dosis de vitamínicos para en algo menguar su anemia crónica. Pero desde entonces, los barros coloraduzcos de Isaac como que se han consumido; se le ve cabizbundo y meditabajo, pero no deja de parar la oreja cuando alguien menciona a Nina, la loquita de la colonia. —Oye, Patito: ¿te gustaría ir al cine en la tardecita? El Pato abre la bolsa donde vuelca la basura del bote de la pescadería. Ejecuta su labor en silencio y antes de cerrar la bocaza del recipiente escarba entre los desechos. —Yo te invito, menso. Y luego me acompañas y nos echamos unas cheves bien muertas, ¿ya vas? El Pato abandona su actitud y responde: —Hijo tuyú... Loco tú... Emborrachas y loco tú... Loco tumbas a Nina tú... Pendejú, págame... —Toma —extiende un billete el pescadero; enseguida añade casi entre dientes—: y ¡chingas-a-tu-madre! ¡Nomás hablas y chingas a tu madre, Patito! ¡Sáquese a picar el culo, taras jijo de la rechingada! VIII —¿Qué tiene en la panza Nina, mami? —interroga el niño. —Un tumor— le contestan al robusto chiquillo que camina asido a la mano de su madre, con la mamadera en la diestra. —¿También va a tomar mamila su tumor, mami? —insiste el chamaco, inexpresivo, cogido con fuerza. —¡Qué despiertos nacen ya los chiquillos, ¿verdad comadre?! —Ojalá y no me salga malentraña, como el que le hizo la travesura a la loquita... ¡Sería capaz de caparlo, por ésta que sí, comadre! —sentencia la señora y besa la señal de la cruz.

habla.

Isaac hace como que la virgen le

A lo lejos, entre los puestos, asoma el vientre de Nina; luego aparece toda ella con una charola de comida, rumbo a la carnicería de don Lauro, su ángel de la guarda, dulce compañía: no me desampares ni de noche ni de día... Isaac hace un esfuerzo, deja de salpicar escamas y murmura a las clientas: —¿Qué tal que el viejito Lauro nos diera la sorpresa de que va a ser papá? —¡Ya ni la burla perdonas, tú! Aunque... si la juventud quisiera y esta vieja pudiera —suspira una de las comadres—, no le hace: aunque te jieda a pescado... —¡Ora, ora... No sea tan lanzada, marchantita! —respinga Isaac. —Quien quita y hasta los barros se te curan con mi comadrita, Isaac, y sabe guisar rete bien —apoya la otra sin descuidar al chamaco que chupa y chupa la mamadera. —No te faltaría una docena diaria de ostiones —embroma la comadre—. Aunque con todo y eso, enviudé a los cuarentaicinco... —Mami, ¿qué tiene Nina, mami?— interrumpe el chiquillo. —Un tumor, mi niño, un tumor... Isaac palidece. Los granos de su rostro fulguran; continúa con la lluvia de escamas y de reojo observa al Pato: ajeno al diálogo, éste hurga en el bote de la basura: busca escamas tornasoladas y la vejiga de flotación del huachinango que Isaac trae entre manos y le muestra, discreto pero amenazador.

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¡Maldita Venus! Aída López1

La última novia que tuve me abandonó cuando supo que no planeaba casarme pronto. Mis amigos tenían muchos problemas con las suyas y los que no, estaban depresivos en el mejor de los casos o con enfermedades venéreas. Estos pensamientos me asaltaban cada vez que me subía a mi coche para ir a alguna parte y veía parejas en los parques, sentados en un café o que simplemente iban caminando tomados de la mano. En mis intentos desesperados por encontrar a alguien, me inscribí a varios portales de Internet en busca de una chica que tuviera un perfil semejante al mío; algunos sitios me daban la opción de especificar una lista de características deseables. Son maravillosos estos tiempos, pensaba. Un día de ocio, caminando, pasé por una tienda que vendía juguetes sexuales, no tener pareja no impidió que entrara por curiosidad. Entre amigos siempre comentábamos de las últimas novedades; algunos eran verdaderos expertos. En un rincón del lugar me llamó la atención una muñeca inflable que estaba aislada, como sí no estuviera en venta, con un letrero que decía: “Malhecha”. Sin aguantarme la curiosidad volteé a preguntarle al chico que estaba en el mostrador si la muñeca estaba en venta, a lo que él me respondió que no, que por eso tenía el letrero de Malhecha, que estaba fallada. Cuando te dicen no a algo te encaprichas, así que

Nació en 1964 en Mérida, Yucatán. Estudió psicología en la Universidad Autónoma de Yucatán. Cursó el Diplomado de Creación Literaria en la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) Guadalajara y en la Escuela de Escritores de Yucatán Leopoldo Peniche Vallado. Ha publicado sus trabajos en antologías y revistas de varios estados de la república.

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¡Maldita Venus!


insistí que la quería comprar. El chico me miró extrañado y me dijo que no me la podía vender, porque luego iría a reclamar la falla. Fue cuando tomé conciencia de que no había preguntado cuál era el defecto; al hacerlo el joven me respondió que no sabía, que el propietario de la tienda era quien revisaba la mercancía y por lo tanto desconocía por qué le había puesto Malhecha. Finalmente me retiré acordando que regresaría al día siguiente para estar al tanto de la respuesta del dueño a mi intención de compra. Toda la tarde y hasta dormirme no me pude sacar de la mente la palabra Malhecha, ¿quiénes están malhechos?, ¿yo, soy un malhecho?, ¿acaso todos estamos malhechos? Quizá yo era uno de ellos y por eso quería tener a la Malhecha conmigo. Ante tal posibilidad sentí temor de que esa obsesión de tener un inflable defectuoso fuera el síntoma de un trastorno y eso podría explicar, en parte, por qué me negaba al matrimonio. ¿Me estaría volviendo loco? Al día siguiente, lo primero que hice después de tomarme un café, fue dirigirme a la Sex Shop, si tenía suerte en pocas horas ya estaría “viviendo” con la Malhecha. Me reía de pensar en la cara de mis amigos cuando supieran de la muñeca inflable y de su nombre. Cuando entré a la tienda el chico me recibió con una sonrisa y me dijo: tiene suerte, la Malhecha es suya. ¡Ah!, pero antes debe firmar de conformidad con la mercancía que se está llevando, no se aceptan devoluciones por ninguna clase de falla. La única especificación es que cuando esté perdiendo volumen solo la puede inflar con su aliento. Al momento que tomé la pluma para firmar, no pude evitar sentir que era como un matrimonio, yo que lo había evadido por tanto tiempo ahora me estaba “casando” con la Malhecha, solté una carcajada y leí en voz alta: no se aceptan devoluciones por ninguna falla. Si con esa firma la Malhecha era mía, pues firmaba. La subí al carro y la Malhecha iba a mi lado de copiloto, en los altos las personas desde sus vehículos se me

quedaban mirando, una sexagenaria hasta hizo la señal de la cruz cuando nos vio. Solo faltaba que me hubieran multado por llevar a la Malhecha conmigo. Llegamos a mi apartamento y la coloqué en el sofá de la sala, luego vería dónde acomodarla. Extrañamente ese plástico yacente me hizo sentir acompañado. Observaría si la falla era que se le salía el aire, si era eso debía preparar mis pulmones para inflarla tantas veces como fuera necesario para conservarla. Al día siguiente la Malhecha había perdido volumen, antes de irme a la escuela aspiré hondo y me dispuse a pasarle mi aliento para que volviera a ser la de antes; no sé cuántas mañanas tuve que hacer lo mismo hasta que una noche descubrí que entraba una luz violeta por la ventana, se posaba sobre la Malhecha y enseguida perdía volumen. Desde esa noche, las siguientes ya nunca fueron igual. Me mantenía a la expectativa de la llegada de la intensa luz neón que desinflaba a mi Malhecha. Estaba desesperado, ansioso. ¿Esa sería la falla a la que se referían en la tienda? ¿Sabrían ellos de la luz neón? Una noche encerré a la Malhecha en la bodega, ahí no había ventanas donde pudieran robarse el aire que la mantenía erguida. Cuál fue mi asombro cuando la fui a buscar a la mañana siguiente y estaba en el suelo como un pegote. Enseguida la recogí y le fui pasando mi aliento hasta que volvió a ser la misma. Debía tomar medidas más drásticas para impedir el robo de su aire, mejor dicho de mi aliento. ¿Cómo podría denunciar esto? Entonces sí pensarían que estaba loco. Llegando la noche me mantendría alerta, entrada la madrugada, cuando la luz neón traspasara paredes, ventanas o lo que sea, abrazaría a la Malhecha y no permitiría que se llevaran nuestro hálito. Eran las tres de la mañana cuando escuché un zumbido, del que no me había percatado antes, anunciando la llegada de la luz infernal. Me levanté de la cama y abracé a la Malhecha, cuando sentí que la luz nos absorbió con tal fuerza ¡Maldita Venus!

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que no supe cómo aparecimos en un lugar impregnado de luz violeta. La visión no alcanzaba a más de un metro, por el intenso resplandor. La Malhecha y yo continuábamos abrazados. Entre el resplandor podía vislumbrar figurillas que se movían de un lado a otro. Nadie hablaba. Sin saber cuántas horas o tiempo pasó, una fuerza nos fue empujando hasta caer en una superficie blanda, con una consistencia que volvía a su forma en cuanto nos movíamos. La luz violeta había sido sustituida por una luz roja brillante que dejaba ver Malhechas por todas partes. Una, dos, cien, quinientas, mil… me estaba volviendo loco. Mi Malhecha se separó de mí y se confundió entre las miles iguales a ella. De repente me vi, ¿por qué me estaba viendo?, ¿estaba frente a un espejo? intenté avanzar, pero mis pies estaban adheridos a la superficie. En eso comenzaron a aparecer cientos, miles, millones iguales a mí. Gritaba ¿dónde estoy? ¡Esto es una pesadilla!, pero mis palabras no tenían sonido. Millones de Malhechas y Yos se trasladaban sin rumbo. Lo único que quería era regresar

a mi apartamento, no me importaba que la Malhecha no se fuera conmigo, total ya no sabía cuál era la mía entre las millones. Al parecer mis Yos eran los árboles en ese planeta de venus malditas. Mis Yos les daban vida, vivían del oxígeno de pulmones humanos. Mis Yos eran sus esclavos. Intentar liberarlos desataría una guerra interplanetaria. Me cuestionaba si mis entes tenían conciencia o eran simples robots. Mi duda se despejó cuando vi que unas Malhechas rellenaban unos plásticos con el aire de mis Yos y estos plásticos tomaban mi forma reproduciéndose infinitamente. La fatiga me venció y desperté tirado en el piso de mi recámara tres días después según el calendario, sin embargo, quizá en el planeta rojo de las Malhechas el tiempo se dilata, porque cómo explicar que hubieran millones de Yos en tan solo unos días. Después de ese extraño episodio pasé por la Sex Shop varias veces y siempre estaba cerrada; ayer lo hice por última vez pero solo encontré un letrero que dice: Se Renta. Extraño a la Malhecha.

Rolando Rosas, Arturo Trejo Villafuerte y Emiliano Pérez Cruz

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Alejandro Ordóñez1

Aclaro que soy un patriota convencido de que sin democracia y libertad el hombre no puede vivir. Al amparo de la libre empresa mi abuelo y mi padre hicieron sus fortunas; ello, antes de que los orientales nos invadieran con productos inútiles. Estoy orgulloso de mi país, al escuchar el himno me paro y llevo mi mano al pecho. Frente a la entrada de mi mansión tengo un asta y todas las mañanas, acompañado por el redoble de los tambores y la aguda voz de los clarines de una banda de guerra, izo la bandera y en la tarde la arrío. No obstante, me dolía pensar que como veterano era poco lo que podía hacer por mi país, hasta que ocurrió el ataque a Francia y comprendí que los extremistas estaban en todos lados y que su ideología bélica ponía en peligro a la nación, a la democracia y a su gente, así que decidí convertirme en un defensor de la patria y fue como empecé con la escritura de este diario: Los yihadistas están por doquier. Compraron la residencia de enfrente y ahora es mezquita o cuartel, no lo sé bien. Llegan en tropel, ellos de negro; ellas, con burkas. Sus autos invaden mis aceras. Creo que ellas ocultan armas de alto poder bajo su ropa. Llegó mi equipo de espionaje, puedo oír pláticas en un radio de mil metros. La cámara infra roja revela, a través de los muros, sus siluetas. Escucho

Autor de siete novelas, de ellas, Cábulas fue publicada por Plaza y Valdés en 1987 y ha obtenido varios premios en cuento. Escribió guiones para “Hora Marcada” y en su columna “Taches y Tachones” ha publicado material diverso desde hace varios años en varios medios impresos y en la Web, como cuentos, crónicas, análisis políticos y artículos de opinión. Editorialista en dos programas de radio.

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sus rezos y la frase: “La ‘ilaha ‘illa-llahu Muhamadum rasulu-ilah”. “No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”. Estoy seguro, son hombres los que visten las burkas y ocultan armas de alto calibre. Preparan el ataque final. Salen al jardín y ven mi casa. Dicen algo que no entiendo pero las señas son claras. Lo bueno es que mi padre construyó un cuarto de guerra bajo la cocina, sus paredes, techo y piso son gruesas láminas de acero. Tengo alimentos para un mes, armas de alto poder, entre ellos lanza granadas y parque suficiente para recuperar Saigón, y monitores que registran lo que captan las cámaras que instalé en la casa y en el muro perimetral. Electrifiqué bardas y rejas. Para defenderme levanté pequeños trozos de pasto, como si fuera un tablero de ajedrez, y concluida la siembra de artefactos explosivos volví a colocar el césped, no quedó huella de la operación. Intercepté una conversación: no entiendo el árabe pero sé que el ataque es inminente. Soy el primer objetivo militar, tengo que adelantármeles. Todas las guerras empiezan con una excusa. La tengo. Por el altavoz advierto: señores yihadistas, sus autos invaden mi propiedad privada, tienen sesenta segundos para quitarlos de mis aceras y si no aténganse a las consecuencias. Se asoman, me ignoran. Es arma de alto poder, cada disparo parece una explosión, las llantas se deshacen con los impactos. Se escuchan chillidos como de rata: son las mujeres y los niños, los evacuan rápidamente por la parte trasera de la casa. Llega una patrulla, se baja el comandante: salga con las manos en alto, ha cometido un delito, dese por preso. No me obligue a entrar por usted. Mis risas se escuchan por los altavoces. El comandante enfurece, suelta una retahíla de vituperios. Toca la reja, cae fulminado. Lo levantan, huyen espantados. Suelto una ráfaga de metralla para que me vayan conociendo. Traición a la patria, el ejército se ha aliado con los yihadistas, ocupan su cuartel general y desde ahí el jefe del comando binacional intenta distraerme. Veo en el monitor al camión que Apuntes para el diario impersonal de un héroe libertario

transporta efectivos de infantería que se aproxima por la parte posterior de mi propiedad. Apunto parsimonioso. La granada cae sobre el vehículo, la explosión es terrible, las llamas se alzan varios metros. Reciben la suerte que merecen los traidores. Apunto otra vez, tres veces. El cuartel del enemigo se estremece, se derrumban las paredes. Las granadas producen incendios y nadie sale vivo. Los soldados que aguardaban afuera huyen cobardemente en sus camiones. Amanece, se escuchan pequeñas explosiones en el jardín, seguidas por luces que parecen de bengala. Veo en el monitor cómo vuelan los cuerpos desmembrados por las minas antipersonales, se oyen los ayes de los heridos. Por el altavoz advierto: tienen cinco minutos para recoger su chatarra humana y largarse. Todavía se atreven a amenazarme. ¡Ríndase de inmediato o dese por muerto! Somos muchos, contesto, más de los que se imagina, ¿verdad muchachos? Para descontrolarlos se me ocurre un grito de guerra: “No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”. Suelto varias ráfagas de metralla que sacan chispas al golpear sus tanquetas, huyen despavoridos. Las televisoras de todo el mundo están presentes. Los enemigos aguardan la noche. Toman posiciones, desde mi cuarto de guerra los veo. Intercepto sus comunicaciones, empieza el ataque. Disparan desde tres costados. Las paredes de la casa son atravesadas de lado a lado por sus proyectiles. Entre ellos mismos se matan y creen que somos nosotros quienes los atacamos. Fuerza, grito a mis hombres, ataquen con más fuerza y ellos contestan o el eco de las montañas repite: fuerza, erza, erza, erza… Amanece, se retiran, pero antes arrojan decenas de bombas lacrimógenas y gas mostaza. Me río, nos reímos todos; ja ja ja, ja ja ja… A la luz del día y entre la bruma de la pólvora veo los tres pisos de mi casa convertidos en una ruina. Me envanezco, siento que soy un héroe en las trincheras de la Gran Guerra. Llevamos tres días sin dormir. Pregunto a mis hombres: ¿están cansados?


¡No!, contestan. Abro el micrófono; ¡Fuerza, fuerza, fuerza! Y el eco de sus voces invade las montañas próximas: erza, erza, erza… Llegan dos tanques, antes de disparar insisten: ríndanse, están rodeados. ¡Jajaja, jajaja, jajaja! Los cañonazos retumban, retumba el suelo. Intercepto sus comunicaciones: Mi general, no hay señales de vida. Que entre la infantería, escucho. Por el monitor los veo en medio de girones de niebla y humo, avanzan cautos, están frente a la puerta del cuarto de guerra, las lámparas de sus cascos los delatan. Abro el micrófono: la casa está sembrada de explosivos, tienen sesenta segundos para huir o atenerse a las consecuencias. Debe ser una grabación, dice el teniente, si todos están muertos.

¿Una grabación? Contesto, ¡fuerza, fuerza, fuerza! repetimos. Salen despavoridos, sólo el capitán aguarda. Le quedan treinta segundos, justo lo que necesita, apúrese. Sale corriendo. El alto mando abofetea al capitán, lo acusa de cobarde, el general toma el comando, ordena a la infantería entrar por los cuatro costados, se acercan a la casa, las luces de sus lámparas parecen un enjambre de luciérnagas. Abro el micrófono: la casa explotará en diez segundos, no intenten huir, es imposible: Diez, nueve, ocho… grito: “No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”, tres, dos uno, fuego, ego ego ego…

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Eusebio Ruvalcaba, Emiliano Pérez Cruz y Coral Rendón

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El Barco de los Locos. Salud mental y estigmatización Octavio Méndez Aguilar1 La Locura no se puede encontrar en estado salvaje. La locura no existe sino en una sociedad, ella no existe por fuera de las formas de la sensibilidad que la aíslan y de las formas de repulsión que la excluyen o capturan M. Foucault

Seguramente que desde los inicios de la humanidad existieron seres iluminados; algunos se atrevieron a salir de la cueva, unos más lograron controlar el fuego, otros emigraron en busca de nuevos cotos de caza, incluso otros se conectaban con el cosmos y hablaban con los dioses, la normalidad solo la dictaba la frecuencia. ¿En qué momento entonces surge la locura? ¿Esos seres considerados como iluminados en algunas culturas, satanizados y quemados en otras, son considerados genios o locos? ¿Y quién tendría la capacidad filosófica, médica y moral para dar dicha opinión? ¿Será que una vez que el hombre intenta conocer su existir y dominar su entorno se hace consciente de esta diferencia? A través del tiempo la locura y los locos ocuparon un plano entre la enfermedad mental, el castigo divino y la iluminación, lo cierto es que hoy en dia y en pleno siglo  la salud mental es todavía una ciencia estigmatizada y poco comprendida, en donde, dentro del gremio médico, existen movimientos anti psiquiátricos. A pesar de los esfuerzos que se han hecho a nivel internacional a través del CIE-10 y el nuevo DSM-5, donde se clasifican las enfermedades mentales y del comportamiento para un mejor diagnóstico y por ende un mejor tratamiento, pronóstico y rehabilitación, algunos médicos y psicólogos están en contra de la medicación, la psicoterapia y de la metodología que rige a la salud mental.

Originario de Orizaba, Ver., es médico cirujano por la Universidad Veracruzana, cursó la maestría en Psicología para grupos vulnerables en la UPAV, y actualmente es médico responsable del módulo de salud mental en Orizaba de la Secretaría de Salud del Estado de Veracruz.

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La idea que se tiene del hospital de salud mental —nombre actual—, antes llamado hospital psiquiátrico, no ha cambiado en los últimos siglos, se siguen considerando lugares fríos, lúgubres donde una vez que el “enfermo mental” entra jamás saldrá, y lo más trágico de todo, nunca encontrará el alivio; y en caso de salir nuevamente a la sociedad, se convierte en un ser estigmatizado “está loco”, “es de cuidado”, “es un desequilibrado mental, “esta chiflado”, “es un alienado”, “si no le sigues la corriente te puede agredir”, “es un discapacitado mental, es un idiota”, “pobre tiene la mente perdida”, “que pecado cometería que habla solo y ve cosas” ,”está poseído”. Incluso si hablamos del tratamiento lo primero que la mayoría de la gente piensa es que sólo se les tortura y que se hacen experimentos con ellos; les llenan la cabeza con drogas les dan baños de agua helada, los castran para que no sean peligrosos, les dan toques eléctricos, los vuelven adictos y ya no pueden dejar de tomar el medicamento. Pero lo que es peor, es la falta de conocimiento, dominio del tema y falta de empatía por parte del personal de salud (médicos y personal paramédico) que tendría que estar capacitado en cuestiones básicas como la psico-educación, el tratamiento farmacológico y la rehabilitación; incluso persisten ideas erróneas en algunos trabajadores de la salud que piensan que el tratamiento de elección para la contención psicótica sea la camisa de fuerza. Es importante mencionar que la ignorancia, la falta de una actualización en los programas académicos en las universidades que forman al personal médico, enfermeras, psicólogos, trabajadoras sociales, rehabilitadores físicos etcétera, han contribuido a seguir estigmatizando al enfermo, a la enfermedad y al tratamiento. Un enfermo mental no es necesariamente una persona con discapacidad, un enfermo mental con un control médico adecuado sobre todo en la etapa aguda de la patología no es necesariamente agresivo, no es sucio, no se aísla voluntariamente: son personas que están sufriendo males-

tares y como cualquier otra lesión se lamentan y sufren; es importante reconocer que son seres humanos que sienten y en sus momentos de lucidez se dan cuenta de su entorno y de su enfermedad, lo cual agrega una nota de crudeza y tristeza a su estado. Incluso algunas personas todavía piensan “pues ya está loco, no siente”, “está feliz en su delirio”, “ya pasará hay que darle su pastilla de la felicidad”, “es mejor darle su droga todo el tiempo para que esté dormido y no moleste”, “ya tiene frito el cerebro ya no tiene sentimientos”, “está en la casa de la risa, qué le puede preocupar”, “viven en una constante fantasía”, “ya no tienen conciencia” etcétera, incluso se les considera un estorbo y en algunas ciudades recurren a la vieja práctica medieval de realizar redadas por las noches y transportarlos a otras ciudades, o a otros estados emulando “El Barco de los Locos” del pintor flamenco El Bosco, el cual con su óleo sobre tabla documentó esta práctica que se realizaba en Europa, para tratar de erradicar a los locos que deambulaban por las calles de las más importantes ciudades de la época del Renacimiento. Parece mentira que en hoy en dia, donde las neurociencias avanzan a pasos agigantados, donde el cariotipo humano se ha desmenuzado, la ignorancia y la exclusión social siga estigmatizando a este grupo vulnerable; es indignante que todavía se les amarre se les confine, se les escondan, que no tengan derecho a una educación a una rehabilitación adecuada, a no tener un empleo; será que la sociedad no acepta las diferencia y no está capacitada para una convivencia sana y constructiva con este grupo vulnerable. No debemos perder de vista las estadística, las cuales indican que la depresión, el acoso escolar, la ansiedad, la violencia, el abuso de drogas y el suicido van a la alza y apuntan a una nueva epidemia que de no poderse controlar causará daños irreparables y sobre todo, que el Estado no cuenta con una infraestructura adecuada, ni existen los recursos económicos ni el personal médico y paramédico capacitado para hacer frente El barco de los Locos. Salud mental y estigmatización

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a esta contingencia, además de que aún no existe un programa de rehabilitación e integración a la sociedad. De no tomar medidas preventivas y de continuar en un mundo tecnócrata en donde sólo importa la producción y los resultados, las enfermedades mentales crecerán exponencialmente. Debemos entonces apostar por un futuro donde exista una promoción adecuada de lo que es la salud mental, desestigmatizar la enfermedad, el tratamiento y a los enfermos, crear programas de rehabilitación, brindar oportunidades de trabajo, aumentar las casas de medio camino las cuales sirven para integrar a la sociedad a pacientes rehabilitados y abandonados por sus familias, fomentar los hospitales de dia, para evitar la sobrepoblación en las instituciones mentales, pero sobre todo rehabilitar para la vida,

la funcionalidad, la reintegración al trabajo y a la sociedad. Finalmente, lo peor que le puede pasar a esta sociedad es tratar de ignorar, minimizar o abandonar a estos enfermos, además de vivir en la ignorancia y en la negación. Lo que sería un verdadera tragedia es que el enfermo mental se auto estigmatice. Para terminar, tendríamos que considerar un pensamiento del músico británico John Lennon: Nuestra sociedad está dirigida por dementes con objetivos dementes. Creo que estamos siendo dirigidos por maníacos con fines maníacos y creo que soy capaz de ser encerrado como un loco por expresar esto. Eso es lo loco acerca de ello.

Moisés Zurita, Rolando Rosas, Emiliano Pérez Cruz y Sergio

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HISTORIAS DE CIENCIA NO FICCIÓN

La musa en camisa de fuerza: la relación entre genialidad y locura Pablo del Toro1

El título completo de esta entrega debería haber sido “La musa en camisa de fuerza: la relación entre genialidad y locura bajo el enfoque de las neurociencias y los estudios sobre cognición”, pero dicho título hubiera sido demasiado pomposo y absurdamente largo, aunque, eso sí, hubiera dejado más en claro el tema que vamos a desarrollar. No está de más recordarlo: esta sección, apreciable lector, tiene como propósito abordar temas en donde la ciencia y el arte se tocan; particularmente aquellos que se relacionan con el origen material del pensamiento y que es uno de los objetos de estudio que más intriga a la ciencia en este ya avanzado siglo : nuestro cerebro. El cerebro humano, ese órgano que pesa en promedio 1.5 kg, que es de consistencia blanda, de color blancogrisáceo y que se compone básicamente de agua en células llamadas neuronas, de las cuales la mayoría se encuentra en la corteza cerebral. Es como una computadora asombrosamente compleja que nos distingue del resto de los animales, pero cuyo funcionamiento global sigue siendo un enigma. Dicha complejidad radica en que el cerebro humano cuenta con estructuras que surgieron, después de años de evolución, con un propósito determinado, pero luego se adaptaron para realizar otro. Esta capacidad ha recibido el nombre de “plasticidad cerebral” o “neuroplasticidad” (ya se abordará el tema en una próxima entrega). Y aunque efectivamente es poco lo que se sabe de ese órgano, también es cierto que se han logrado avances significativos en materia de neurociencias y cognición para comprender algunos de sus procesos, como en el caso que ahora nos toca de la relación entre la genialidad y la locura. Resulta curioso descubrir –tras la investigación que da sustento a este texto– que desde tiempos remotos el ser humano se ha interesado por estas formas Profesor de literatura y lenguaje, escritor inédito y músico ocasional que disfruta de practicar deportes de contacto.

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de manifestación de la mente, asociándolas casi siempre. Ya Aristóteles había concluido que los genios y los locos padecían cierto tipo de melancolía, resultado de un exceso de bilis negra. En el texto atribuido al filósofo griego, conocido como Problemata XXX, afirma: “Todos los hombres excepcionales son melancólicos”. Lo interesante del planteamiento es que establece una base fisiológica para un padecimiento emocional y anímico. Otras interpretaciones de la antigüedad, que entrarían para nosotros en la categoría de lugar común, es que las personas que repentinamente tenían un ataque de locura o inspiración eran invadidas por las Musas (esas divinidades griegas que susurraban las ideas en los oídos del mortal que las invocara).

Las nueve Musas, sarcófago romano, primera mitad del siglo II d.C. (Museo del Louvre). Dominio Público.

Esta dualidad es el punto de partida de las interpretaciones y explicaciones que se dieron a los ataques de locura y genialidad, por parte de pensadores y estudiosos de la naturaleza humana: por un lado se encuentra la interpretación idealista que atribuye estas manifestaciones de la mente a entidades superiores, cuyo caso más

remoto lo encontramos en los griegos, con la personificación de las musas, y cuyo ejemplo más próximo lo tenemos con los Románticos, quienes retomaron en este punto a los griegos; por otro lado, tenemos una interpretación más científica, con bases fisiológicas, sustentada por una larga lista de autores que van desde Hipócrates, Platón, el citado Aristóteles, Galeno, Joan Lluís Vives, Cesare Lombroso, entre otros. Como esta sección tiene por objetivo exponer los temas bajo un enfoque científico y no hacer un recuento de la historia de las ideas, dejaremos de lado la interpretación idealista y pasaremos a abordar a aquellos estudiosos que buscaron una explicación más científica de la relación entre locura y genialidad. En primer lugar hablemos de Hipócrates (circa 460–circa 370 a.C.), conocido por la posteridad como “el padre de la medicina”, quien estudió el cuerpo humano y su relación con la salud física. Para Hipócrates, la salud física de una persona se explicaba en función de exceso o escasez de determinados fluidos corporales, explicación que recibe el nombre de “Teoría de los cuatro humores”. Según esta teoría, el cuerpo humano está compuesto por cuatro sustancias básicas (los denominados “humores”) y los equilibrios y desequilibrios en las cantidades de estas sustancias en un organismo determinaban la salud. Estos humores se correspondían a los elementos aire, fuego, tierra y agua, que unos años antes habían sido señaladas por el filósofo Empédocles como las materias originarias

Los cuatro humores. Representación alquimista. Dominio público.

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de donde surgía todo lo existente. Dichos humores básicamente se clasificaron así: La bilis negra tenía propiedades de frío y sequedad (se la relacionaba con la tierra); la bilis amarilla tenía propiedades de calidez y sequedad (se la relacionaba con el fuego); las cualidades de la sangre eran la calidez y la humedad (estaba vinculada con el aire), y, finalmente, la flema era fría y húmeda (por lo que estaba vinculada con el agua). De acuerdo con Hipócrates, al modificar la dieta de un paciente sus niveles de humor se equilibraban y recuperaba la salud. Cuando la dieta no era suficiente, se recurría a las sangrías para que los pacientes perdieran líquido con el mismo propósito. Siglos más tarde, Galeno (129 - circa 216 d.C.) retomó la “Teoría de los cuatro humores” para explicar no sólo la salud física, sino para determinar la personalidad de un individuo. Para Galeno, los desequilibrios en las cantidades de humores influían en el modo en que pensamos, sentimos y actuamos. Es decir, las proporciones de los cuatro humores en nuestro cuerpo eran para él la base del temperamento de las personas. Así, según esta teoría, el exceso de uno de los humores en un individuo lo predispone a cierto estado anímico, de tal suerte que los temperamentos quedarían clasificados de la siguiente manera: el sanguíneo correspondía a personas alegres, optimistas y valientes (el exceso de humor, se entiende, era la sangre); el melancólico se caracterizaría por ser triste, sensible, somnoliento y pesimista (el humor predominante sería la bilis negra); el flemático (correspondiente al humor de las flemas) correspondería a un individuo frío, racional, calmado e indiferente; finalmente, el temperamento colérico (resultado de un exceso de bilis amarilla) se expresaría en personas apasionadas, violentas y con mucha energía. Como el lúcido lector habrá podido apreciar, de acuerdo con estas teorías, a los locos y a los artistas correspondería el temperamento melancólico, resultado, según se ha visto, de un exceso de bilis negra. Por ello afirmó Aristóteles, según se dijo antes, que “Todos los hombres

excepcionales son melancólicos”. Éste es el punto de partida de la interpretación que relaciona estrechamente la locura y la genialidad.

Hans J. Eysenk retomó las ideas de Galeno para desarrollar su modelo de la personalidad.

Ya en el siglo  el criminalista italiano Cesare Lombroso (1835-1909) publicó un libro titulado Genio y locura (1864), en el que expone bases más científicas, a partir del estudio del cerebro y del comportamiento humano, de esta relación. Lo primero que llama la atención del criminalista son los arrebatos que sufren tanto los esquizofrénicos como algunos genios artísticos. Dice Lombroso: La coincidencia del genio con la locura y con las alteraciones cerebrales explica la gran inconsciencia, la instantaneidad y la intermitencia de sus creaciones, lo que indica una fuerte analogía con el acceso epiléptico y establece un corte neto respecto al talento. El talento se conoce a sí mismo; sabe cómo y por qué llega a una teoría; el genio, en cambio, ignora por qué y cómo ocurre. No hay nada más involuntario que una idea genial. Los más importantes conceptos de los pensadores, preparados, por así decirlo, por las sensaciones recibidas y por un organismo exquisitamente sensible, estallan de golpe, o se desarrollan, como se diría ahora, por cerebración inconsciente (y esto explica la profunda convicción de los profetas, los santos y los demonios), al igual que los actos compulsivos de los locos.

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Además de señalar la semejanza en estos episodios –el del ataque de locura y el del surgimiento de una idea “genial”– Lombroso establece otras similitudes entre los perfiles del loco y del genio, y que podrían interesar al ávido lector. Por ejemplo, tanto el genio como el loco, según este autor italiano, manifiestan una falta casi completa de afectividad y de sentido moral, tienden al alcoholismo, a los excesos sexuales, al vagabundeo; exhiben actos impulsivos violentos, alternados o asociados con arrebatos convulsivos (lo que ahora llamaríamos “trastorno bipolar”); son dados a obsesionarse con ciertas palabras y a ser víctimas de incertidumbres que los conducen a un exacerbado sentimiento de duda, y, finalmente, ambos pueden llegar a confundir la fantasía con la realidad. En conclusión, afirma Lombroso, “el genio es una verdadera psicosis degenerativa de la familia de las locuras morales, que puede formarse temporalmente en el seno de otras psicosis y asumir la forma de éstas, manteniendo también sus características especiales, que la distinguen de todas las demás”. Hoy en día, los avances en los estudios del cerebro humano, proporcionados por la neurociencias cognitivas, han permitido establecer que Lombroso tenía mucho de razón. (Nuevamente queda de manifiesto que a partir del estudio, la observación, el análisis y el razonamiento, se puede llegar a verdades que posteriormente son confirmadas por investigaciones científicas que recurren a sofisticadas herramientas tecnológicas.) Nancy C. Andreasen señala en su libro The Creative Brain: The Neuroscience of Genius (2005) que la creatividad se hereda y que, además, suele proliferar en familias marcadas por problemas mentales. Asimismo, en sus investigaciones confirmó lo que Lombroso había señalado más de un siglo atrás: que las personas creativas tienen una mayor propensión a ser víctimas de una larga serie de problemas psicológicos, entre los que destacan con frecuencia

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los desórdenes bipolares, la depresión, la ansiedad, el pánico y el alcoholismo. Además descubrió que en el entorno familiar de estos individuos generalmente había un pariente cercano que padecía de esquizofrenia. Para hablar del estado en el que los genios lograr concebir y plasmar sus ideas, Andreasen acuñó el término de “estado REST ”, acrónimo de Ramdom Episodic Silent Tought (que se puede traducir como Pensamiento Silente, Episódico y Aleatorio), pero que en inglés también hace referencia a “descanso”. Durante ese estado, que favorece la asociación libre, el cerebro de los genios se pone a trabajar. Lo inconsciente es determinante en el proceso creativo, pero no es todo; de acuerdo con sus hallazgos, la preparación, la reflexión, la experiencia y el conocimiento previo forman parte esencial del procedimiento que provoca la creatividad. En otras palabras, si la Musa aparece es mejor que te encuentre trabajando, parafraseando a Pablo Picasso.

Vincent Van Gogh, “Autorretrato herido” (1889). Dominio Público.

Llegados a este punto no se pueden dejar de señalar los casos concretos en donde se da esta mezcla de locura y genialidad. Pero es mejor que esté preparado, querido lector, porque esos ejemplos evidencian una amarga


verdad: los escritores son los creativos más propensos a padecer trastornos mentales como la esquizofrenia, la depresión o la ansiedad. Tolstoi, Hemingway, Dostoievski, Jonathan Swift, Herman Melville, James Joyce, Edgar Allan Poe, Hans Christian Andersen, Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Herman Hesse o Virginia Wolf, son apenas unos pocos de la larga lista de escritores que vivieron atormentados por alguna enfermedad mental. En la pintura tenemos dos casos emblemáticos: Vincent Van Gogh y Salvador Dalí. Uno de los eventos más radicales en donde se da esta mezcla de genialidad y locura queda registrado en los anales de la historia; se trata de Demócrito, el filósofo griego contemporáneo de Sócrates, quien se quitó la vista para poder pensar mejor la estructura del átomo. ¿Cómo calificar este acto: como locura o genialidad? Y como es probable que el lector se esté preguntando por qué pasa esto, va brevemente la respuesta que dan las neurociencias. Un artículo publicado en la revista Nature Neuroscience (2015: “Polygenic risk scores for schizophrenia and bipolar disorder predict creativity”) revela que enfermedades mentales como la esquizofrenia o el trastorno bipolar tienen una similitud neurológica con la creatividad. Se detectó que tanto la gente creativa como los esquizofrénicos, compartían una disminución de los filtros de la información que llega a la corteza. Este exceso de información no censurada produce pensamientos fuera de lo común, generando en los creativos una chispa de genialidad mientras en otros favorece enfermedades mentales. Dicho de otro modo, ciertas áreas de nuestro cerebro tienden a bloquear información que recibimos del entorno; esto con la finalidad

de no sobrecargarnos de datos. Pero en los individuos que padecen de esquizofrenia, de trastorno bipolar o en los genios, esas áreas no trabajan adecuadamente, por lo que el cerebro de estas personas recibe mayor cantidad de información, lo que da como resultado muchas conexiones, poco comunes, de ideas. Podría decirse que el mal que padecen los enfermos mentales y los genios, es el exceso de realidad. O también que cuando la Musa aparece, a veces lo hace en camisa de fuerza. A manera de conclusión es importante señalar: no todos los locos son genios, ni todos los genios son locos. Por lo tanto no existe una relación causal entre genialidad y locura, aunque lo cierto es que ambos comparten ciertos mecanismos cognitivos y tienen estructuras neuronales semejantes. Al final, como se ha dicho en entregas anteriores, la base material y fisiológica del pensamiento, entiéndase, el cerebro, determina nuestra personalidad; pero no es todo. Factores como la educación, el entorno, la alimentación, la herencia y la disposición genética, entre otros, importan tanto como nuestra configuración cerebral –aproximadamente el 75% de dicha configuración está determinada por el entorno, según los estudios más recientes–. Nuevamente el azar (o la acausalidad, según se vio en el número 104 de Molino de Letras) juega un papel importante: una ligera variación en ese conjunto de eventos que se dieron para que usted, apreciable lector, o yo estemos en nuestro relativo aquí (una variante aunque sea mínima, según la Teoría del Caos, como que la abuela no saliera de su casa el día en que conoció al abuelo), una ligera variación, decía, habría bastado para alterar radicalmente la esencia de lo que somos.

gato encerrado

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Homenaje a Emiliano Pérez 1 Cruz

Rolando Rosas Galicia2

Escribir es poblar, ha escrito Carlos Monsivais. Y sobre esta afirmación, Emiliano Pérez Cruz a través de más de cuarenta años y ocho títulos y contando, ha elaborado un registro literario de muchos de los primeros y hasta actuales pobladores de exvaso de Texcoco, ahora Nezahualcóyotl: Nezahualodo, Nezahualpolvo, Nezayork, Minezota, como él le llama a éste que fue hasta hace algunos lustros su llano en llamas, con el nombre de colonias como el Sol, las Palmas, Agua Azul, Virgencitas, Pirules, el Palmar, las Flores, evolución y otras estancias. De Puebla, Hidalgo, Tamaulipas, Oaxaca, Guanajuato. del rancho El Pino, Contepec, Michoacan, también llegó don Serafín Pérez Morales, como otros, trajeron sus costumbres, sus dichos, sus manías; cargaban con sus historias. Esas que el niño Emiliano abrevó en la nostálgica voz de don Sera, su padre. Y las familias crecieron rápidamente porque como dice el dicho: uno se acostumbra a no comer, pero no a no coger y da igual que los hijos sean uno o dos, que cinco o seis. Emiliano, al contarnos sus historias y sus histerias nos descubre las nuestras. Al leer, nos leemos a nosotros mismos. Quizá porque la escritura es el proceso por el cual descubrimos lo que somos, lo que hemos sido y tal vez lo que deseamos ser. Emiliano no

Texto leído en el Homenaje a Emiliano Pérez Cruz realizado el 25 de agosto de 2018 en el Faro de Oriente. Poeta y escritor, originario de San Gregorio Atlapulco, Xochimilco. Maestro emérito de la Universidad Autónoma Chapingo, autor de libros como: Quebrantagüesos, Quimeras, Víbora de dos cabezas, Pájaro en mano, entre otros.

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Homenaje a Emiliano Pérez Cruz


se guarda nada, muestra la entraña: nos ofrece corazón, tripas, sudor y lágrimas, y se hace entrañable al relatarnos, en “A modo de introito, Guía de lectura” contenido en el libro Ya somos muchos en este zoológico, sus orígenes, su infancia y adolescencia y primeras lecturas, pero sobre todo el saber que la escritura era “una posibilidad de asir, de hacer, deshacer y rearmar al mundo como habíamos aprendido en esas lecturas incipientes…” , dice. En La vida función sin permanencia voluntaria y en la cuarta parte de Un gato loco en la oscuridad, Emiliano nos muestra esa travesía incompleta, hasta ahora, que ha sido su vida: desde su “Fe de bautizo”, las chambas que ha desempeñado, su ingreso y permanencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, los primeros amores y publicaciones, los padecimientos y sucesos trágicos, donde comprende y afirma: “Muchas veces imaginé a mis personajes en situaciones límite, pero me quedé corto. Me doy cuenta que no se vive para escribir. Uno va viviendo así, como que sin querer. Pero cuando un acontecimiento me agarra de sorpresa, entro en shock.” “Varias veces me han preguntado: ¿Por qué escribes o por qué haces periodismo? Y respondo: para vivir las mil y una vidas que yo solito no iba a poder vivir y, al escuchar, al escribir esas vidas ajenas, me resulta sumamente grato, me apropio de sus tragedias y alegrías”. Cuenta la leyenda o salivero, he escuchado dos versiones por lo menos, de Ignacio Trejo Fuentes y de Arturo Trejo Villafuerte, que alguna tarde en la presentación del libro Borracho no vale una persona, que había llegado desde algún pueblo del Estado de México, llamó la atención de Emiliano y le solicitó el pago de derechos de autor, pues en el libro, según este personaje, se relataba su vida y sus historias. Seguramente Emiliano precisará esta anécdota, si es que sucedió. Por lo pronto con el afán de recrear esta situación, bien vale

preguntar si en esta sala se encuentra el Mojarrón, el Conejo Blas, Isacas, Dalastejas, Lucía, Ñoda Pancha, el Calaca, Arturo, el Mono, el Gordo, Samaniego, el Sarampión, el Charro, Praxedis, el Tulastrais, el Iguano, el Avemaría, el Torombolo, el Orejas, el Monstruo, el Hermano Burris, Mapache, Tio Ñandú, Osito Panda, doña chaquetona, una anciana a quien le salen bien los guisados y los atoles porque se la tienta a la hora de cocinar. Sí se la ha de tentar, porque a lo mero machín que le sale a todas márgaras el atole. Personajes amarrados a su circunstancia: puro “machín saltarín o qué, cuando tocan a mis cuates, ya sábanas si no quieren que poninas a popochas” . y una larga lista contenida en ese registro festivo, visual, auditivo, olfativo y táctil que Emiliano ha ido elaborando a través de los días. No tuvo que buscarles nombre, en muchos casos les dejó el que ya traían, en otros, pues nomás con verlos, ya eran literatura. Todos personajes, pícaros desde pequeños y más vividos, sumamente lujurientos, cábulas, irreverentes, calenturientos, prestos al colchonazo en los miserables hoteles de la periferia de la ciudad. Unos gandallas, otros solidarios y hasta falsos filántropos, como el Monstruo filantrópico, quien es explotado y a su vez explota a su familia analfabeta e instala una tienda de raya, Personajes que son como “Hojas que el viento arrastra, junta, separa, confunde, desgarra…” Y uno se pregunta: ¿cuál personaje, rostro o gesto nos queda más a la medida? o ¿en alguna ocasión participé en los partidos de fut en el llano o en los de dominó en casa del Mojarrón y no me di cuenta que el Emiliano me murmuraba al oído: ya sé quién eres, te he estado observando. Con oído educado, Emiliano ha registrado la música del habla de los marginados. Hay una elaboración meticulosa, depurada de las voces del barrio, de la banda, quizá a consecuencia de que su primer taller literario fue la opinión de los cuates, entre trago y salivazo, en el trayecto del reventón. Homenaje a Emiliano Pérez Cruz

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Bien que se podría hacer un compendio verbal o trompabulario con las palabras, giros, albures y calambures, dichos y decires, onomatopeyas y hasta el silencio de las gesticulaciones. Todo con el fondo musical de boleros, corridos norteños, la voz de Daniel Santos, danzones, y uno que otro rocanrol. Escribe Emiliano que con la crónica uno se plantea el reto y se da el gusto de reconocer el lenguaje, los giros humorísticos, los momentos dramáticos para conmover a un lector al que uno intuye harto de vidas aburridas como la propia, y entonces qué mejor que valerse de las vidas ejemplares de los mentados humillados y ofendidos, con la esencia de ellos –que tanto nutren a la patria con su mano de obra barata y exportable– armar la historia del subsuelo nacional. De aquellos que afirma: “Chale, no cabe duda que hay otros más jodidos que otros. Y todo por el Me vale Madres”, pues entonces uno es albañil, la sirvienta indígena a la que los señoritos de la casa pretenden mascota para la iniciación sexual; uno se metamorfosea para que el obrero diga: me matan si no trabajo y si trabajo rematan Se dice que el mejor homenaje que se le debiera hacer a un autor es leerlo, sí, pero es necesario que los libros del escritor estén en circulación, y en el caso de Emiliano sus títulos han sido publicados en su mayoría en editoriales independientes y con tirajes reducidos. O ¿qué los jóvenes lectores de hoy, y sobre todo los del barrio, no tienen derecho a educarse en el conocimiento del albur y el doble sentido, todo un lenguaje lleno de vida donde se expresa el saber popular y el sentir del populacho; tomar lecciones de cachondería con el Tano y la Misha personajes de “Un gato loco en la oscuridad”, con el Indomable y América y otros personajes siempre dispuestos al acostón y leerlos con una sola mano, o escuchar el consejo del Charro; “Ándele, muchacho: no le tengas miedo al chicharrón con pelos, que de pelos siempre va a encontrar llena la vida. O esa otra que Emiliano, personaje de su misma Homenaje a Emiliano Pérez Cruz

escritura, tal vez recordando a Renato Leduc, expresa que: “Dicen, en las relaciones amorosas: que cuando la fuerza mengua, para eso está la lengua. Y como de la lengua nace el amor, yo espero que me amen mucho…” Y hasta como forjar un carrujo de marihuana, ahora que llegan otros tiempos. Toda una literatura para el goce. También se puede acceder al conocimiento de los números y su aplicación en la vida diaria: que la mano tiene cinco dedos y no seis, y que por eso le decimos palma cinco en las urgencias onanistas; que el quinto es un aditamento que urge quitarse en cuanto la ocasión lo amerite, y cuidado con el dos de bastos ahora que te subas al metro o a un chimeco. Y también comprender que aún en las circunstancias más terribles, existe la solidaridad, la ternura y la fiesta como señalaba el Charro en los entrenamientos de box que impartía a los escuincles lombricientos del llano: “Denle duro, como si fuera esta puta vida, hijitos, porque si ahorita está cabrona, cuando sean grandes, chiquita no se la acaban. Y con fervor le pegaban al costal.” Los libros de Emiliano deben ser lecturas necesarias en estos rumbos del señor y sitios más allá del ex llano: además de gozosos, son manuales de sobrevivencia. Armando Ramírez en Tepito, Ignacio Trejo Fuentes en la Roma, Arturo Trejo Villafuerte en la Bondojito, y Eduardo Villegas Guevara, José Francisco Conde Ortega y Germán Arechiga junto con Emiliano Pérez Cruz han hecho la crónica de los subsuelos de estos barrios marginales. Así pues, “Hágase la crónica, sentencia Emiliano, y que arribe la verdad, de preferencia interesante, divertida, punzante, jocosa, rápida, que informe y que recree, y allá usted si no la cree, porque de castigo podemos asestarle una crónica tras otra. Salú y gracias, Emiliano.


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Como no queriendo 1 la cosa Emiliano Pérez Peralta2

Emiliano Pérez Cruz nació en 1955, colonia Santa María la Ribera, en la hoy Ciudad de México. Segundo en la línea filial de producción de infantes. Su madre, hidalguense; su padre, michoacano: migrantes; herederos del abandono postrevolucionario al campo y de la, aún incumplida, promesa cardenista del desarrollo social a través del espejismo de la industria pesada citadina. Cuando tenía dos años, sus padres optaron por abandonar la ciudad mexicana –dos veces migrantes– y se avecindan en Nezahualcóyotl, Neza York, Nezahualodo, Nezahualpolvo, Nezahualpillos, naciente municipio del Estado de México, construido sobre el patio oriental más próximo de la capital, muy cerca del último tramo de las solitarias y siempre polvorientas pistas de aterrizaje del aeropuerto defeño. Es ahí, sobre el llano yermo, otrora inundado por el espejo del Valle de Anáhuac, el lago de Texcoco, el mismo que estremeció a las huestes de Cortés y siglos posteriores inspiró a Alfonso Reyes, donde se fraguan los pueriles años de

quien en 1979 recibiría el nombramiento de Cronista Honorífico del municipio de Nezahualcóyotl. De aquellos años como habitante de los cinturones de pobreza capitalinos emergen gran parte de las historias de Pérez Cruz, huidizas entre la crónica literaria y el cuento, lejos del anecdotario simplista, más cerca del testimonio y de la virtuosa precisión y exigencia periodística. «Siempre me he considerado más un periodista que un escritor», confiesa. Y la sentencia hace eco en la vastedad de su obra. Periodista egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la , monta en su obra todo un discurso abrevado en las aulas universitarias y lo mezcla con la experiencia personal y la investigación profesional, para articular crónicas de alto contenido social, incluso político, que anidan muy alto, en árboles literarios alejados del panfleto barato y la consigna política germinada en las vísceras. Su oído testimonial se derrocha a través de la pluma que da voz, lo mismo desde el monólogo o del narrador

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1 Prólogo para el libro inédito de Emiliano Pérez Cruz: Antología. Crónicas. Asoleados, entre umbras y neón, los de la gota gorda. 2 Geógrafo. También escribe y sobrevive. Colabora en kajanegra.com

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omnipresente, a los grupos eternamente marginados o, peor aún, caricaturizados en el cinematográficamente útil pobre pero honrado. «Un día –dice Emiliano Pérez Cruz–, como no queriendo la cosa, me dio por escribir». Y desde aquel día, como no queriendo la cosa, las letras se alinearon en inquebrantables runflas e hilarantes párrafos, para convertirse en cuentos, relatos, ensayos, entrevistas, notas periodísticas, reportajes y, sobre todo, crónicas. Pronto, sus textos, como no queriendo la cosa, acurrucados unos contra los otros, hacinados en el apeadero mortuorio que son los cajones de los archiveros, reclamaron espacio y se erigieron, necesarios, como libros. Así nacen Tres de Ajo (1983), Si camino voy como los ciegos (1987), Borracho no vale (1988), Reencuentros (1993), Noticias de los Chavos Banda (1994), Pata de Perro (1994), Me matan si no trabajo y si trabajo me matan (1998), Si fuera sombra te acordarías (Premio Testimonio Chihuahua, 2000), Un gato loco en la oscuridad. Antología personal (2002) y Ya somos muchos en este zoológico (2013). Su ejercicio como cronista es resultado directo de su labor como periodista. «El periodismo –ha dicho– brinda inmensas posibilidades de ser creativos. La información, la noticia, puede presentarse de manera entretenida, divertida, jocosa, indignada». Es por esta inmensidad de posibilidades que ha sido colaborador en diferentes medios impresos y digitales: UnoMásUno, El Financiero, Excélsior, El Universal, La Jornada, El Universal Grafico, Milenio, El País, Reforma, La Crónica de Hoy, entre muchos otros. A su experiencia se suman participaciones en revistas, incursiones en labores de producción y guionismo para radio y televisión, docencia universitaria, promoción de la lectura y escritura, fundación y coordinación de suplementos culturales, además de estadías en el servicio público estatal. De su obra, Juan Villoro ha dicho: «Como los relatos de Juan Rulfo, Como no queriendo la cosa

los de Emiliano Pérez Cruz hacen que el lector se entere de inmediato de una situación dramática, pero las causas del drama sólo se revelan poco a poco. Maestro de la posposición, Pérez Cruz sostiene el interés hasta la última línea». En las historias que dan forma a esta antología, Emiliano Pérez Cruz es testigo y vocero de los grupos históricamente relegados: reproduce su habla, sus tradiciones; describe a plenitud los escenarios hogareños y el paisaje público desprovisto de todo servicio básico urbano al que se enfrentan. Al mismo tiempo, en sus testimonios nos muestra la evolución y desarrollo de las alguna vez denominadas ciudades perdidas. Retrata la solidaridad como básica práctica para salir de la tragedia politicoeconómica que hostiga a estos territorios. Testimonia la violencia, los ritos eclesiásticos, la carencia de certezas personales y sociales, los déficits en seguridad pública y trabajo. De igual modo, no se olvida del amor, la muerte, de los juegos infantiles y las dolencias en el ocaso de la vida de sus habitantes. Esta compilación presenta un cardinal recorrido a través de su obra como cronista desde hace casi cuarenta años. La estructura del libro permitirá al lector sumergirse en la cotidianeidad del medio urbano, ubicable en la periferia de la Ciudad de México, gracias a un manejo en las escalas narrativas que lo mismo desfilan por las generalidades paisajísticas de un municipio urbano en construcción, que en los detalles del día a día de sus habitantes. Sin embargo, este viaje multiescalar posee una firme cohesión entre las partes que dan forma al todo, lo cual entrega al lector un testimonio espléndidamente hilvanado de lo general a lo particular. Muestra de ello es el texto “Por la noche las avenidas”, que abre este libro; en él las grandes avenidas metropolitanas son reveladas como grandes contenedoras de los sonidos, aromas, sabores y personajes propios de la obra de Pérez Cruz: los aviones sobrevuelan los tramos viales atestados de coches patrulla, humeantes


chimecos y melancólicas ambulancias; mientras a nivel de banqueta los obreros regresan cabizbajos a casa después de concluida la jornada laboral, mirando de soslayo a los puestos de tacos y fritangas, a la banda de jóvenes reunida en las esquinas para echar la cascarita futbolera. Al tiempo, el sonido de las campanas de alguna iglesia se impone y roba protagonismo a las aeronaves en el cielo, la banda tibiri saca brillo al pavimento y una pareja se jura amor eterno bajo una lámpara fundida del alumbrado público citadino. Todo ello, en un mismo texto. Basta un cambio de página de este libro para instalarse en otra escala testimonial: se abandonan las generalidades de las luminosas avenidas periféricas vistas desde las alturas y surgen las historias, los brazos solidarios del colectivo o los rostros ásperos del individuo. En estos textos la biografía se mezcla con la historia. “En la Misma ciudad y con la misma gente”, por ejemplo, testimonia el primer encuentro del autor con su realidad: la familia de migrantes campiranos llegados a la urbe; la boda de sus padres; el desempeño de la familia como obreros y miembros de la servidumbre de familias acomodadas en la capital como mínima posibilidad para la sobrevivencia. Una a una estas crónicas entregan una mirada precisa al costumbrismo en la periferia capitalina, pero también dan voz al individuo y devela sus historias como necesarios eslabones en la construcción de la cadena colectiva. En ellas, el tiempo transita con precisión inmisericorde y traza una línea inacabable que se origina en los escenarios primigenios de la metrópoli y avanza detallando su evolución incesante hasta el presente. Pérez Cruz desmitifica la pobreza urbana navegando entre océanos mezclados de aguas bravías que son el periodismo y la literatura: aquel nuevo periodismo bautizado por Tom Wolfe y ejecutado décadas previas por Revueltas, Rulfo y Garibay. Para ello,

recurre a la interrelación de la biografía y la historia, al entendimiento del yo y del mundo: necesario juego entre escalas de análisis que entrega historias complejas y completas, duraderas en forma y fondo. Cumple, bajo los abordajes sociológicos de Wright Mills, con la primera y obligada tarea del científico social: poner en claro los elementos del malestar y la indiferencia contemporáneos. Los personajes en la obra de Pérez Cruz son producto de la obstinada y espinosa tarea de entenderse a través de los otros; de metamorfosearse –recordaba Elías Canetti– en cualquier ser, incluso aquellos considerados como mínimos, ínfimos, ingenuos o imponentes. Personajes y escenarios resultantes de la paciencia y vocación para escuchar y observar; mezcla volátil hermanada a la responsabilidad social por dar voz, a través de la pluma y la tecla, a los continuamente ignorados, mediante la apropiación del dolor o la alegría impropia, mas no ajena. Sus personajes e historias recuerdan el rencor en la obra de Boris Vian, el ahogo en los barrios negros del Nueva York de James Baldwin y la violencia en las calles de Chester Himes. Emiliano teje y desteje un discurso rico, rítmico, musical, donde casi no hay hueco o pausas, tejedor de tramas del juego de palabras e imágenes visuales, verbales, auditivas... Y su verbo es la revancha para hablar de todos los temas, de todas las malas landres o tumores de la sociedad, escribió el dramaturgo Tomas Espinosa, qepd. En algún momento, el sociólogo Robert Park dijo que la ciudad es “el intento más coherente y en general más logrado del hombre por rehacer el mundo en el que vive de acuerdo con sus deseos más profundos. Pero si la ciudad es el mundo creado por el hombre, también es el mundo en el que está desde entonces condenado a vivir. Así pues, indirectamente y sin ninguna conciencia clara de la naturaleza de su tarea, al crear la ciudad el hombre se ha recreado a sí mismo”. Si las Como no queriendo la cosa

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palabras de Park son ciertas, Emiliano Pérez Cruz abona con su testimonio al entendimiento de la ciudad y con ello a las posibilidades colectivas por transformarla. Su obra trasciende el anecdotario y el entretenimiento literario y se muestra como fiel testimonio del desarrollo histórico, de las prácticas sociales específicas, de la producción del territorio, del espacio, de la ciudad y su periferia. Al mismo tiempo, su literatura cumple con la función social que las enquistadas academias universitarias parecen haber olvidado o condenado a estantes repletos de investigaciones exclusivas generadas por y para académicos, la de exhibir, gracias a su personal tratado y abordaje, problemas básicos como la pobreza, la violencia familiar, la lucha por los derechos

humanos y laborales, la exigencia de vivienda, los problemas del desarrollo urbano, la desposesión del territorio y demás problemáticas urbanas. Lo cierto, dice Ellias Caneti, es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo. Quien no tome conciencia de la situación del mundo en que vivimos, difícilmente tendrá algo que decir sobre él”. Y así, a través de las historias de esta antología, Emiliano Pérez Cruz asume su obligación como escritor y periodista y, como no queriendo la cosa, “vive las mil y una vidas que solito no iba a poder vivir”. Ciudad de México, 2017

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René Avilés Favila, Emiliano Pérez Cruz y Rodrigo Pérez Peralta

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Para merecer a Emiliano

P É R E Z

Vicente Quirarte1

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En esta ciudad de más de veinte millones de habitantes, en sus escasas librerías no se encuentran los libros de Emiliano Pérez Cruz. En cambio, sí se hallan en las mesas de novedades las obras de quienes escriben libros que todos compran y nadie lee. O si los lee, se olvidan de inmediato porque sus palabras no vulneran. O porque el lenguaje no es perturbado por quien impunemente hace uso de él. Sin embargo, los de abajo rescatados por Emiliano Pérez Cruz en su prosa ágil y certera, como una navaja o los músculos de un joven, forman en nuestro país una legión mayoritaria. Hoy estamos reunidos para celebrar la voz de quien ha encontrado en la vasta ciudad de la memoria y en la ciudad del lenguaje las armas para combatir contra el tiempo. Hoy estamos reunidos los lectores de Emiliano y en ese orgullo encontramos motivo de celebración. Hace unos cuantos días estuvimos reunidos en este mismo espacio para alegrarnos con justa razón por el otorgamiento del nombre de Eusebio Ruvalcaba a una librería del Fondo de Cultura de Económica que da luz más poderosa a este ejemplar Faro de Oriente. La ocasión anterior en que vi a Emiliano fue justamente en la reunión de cofrades que despedimos a Eusebio. Con su humor de siempre, que nuestro mutuo amigo hubiera celebrado, Emiliano

Poeta, ensayista y escritor mexicano con una vasta obra publicada. Profesor de la UNAM desde 1987. En 1994 recibió el Reconocimiento Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación artística y extensión de la cultura; fue electo miembro numerario de la Academia Mexicana de la Lengua en el año 2002. El mismo año fue nombrado miembro correspondiente de la Real Academia Española. En 2007 fue invitado a ser integrante del Consejo de la Crónica de la Ciudad de México Ha obtenido, entre otros reconocimientos el Premio Nacional de Poesía Joven “Francisco González León” (1979) el Premio de ensayo literario José Revueltas (1990), el Premio Xavier Villaurrutia (1991) por su libro El Ángel es vampiro y cuyo jurado estuvo integrado por Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero y Ernesto de la Peña, el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde. 1

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dijo: “Para allá vamos todos. Estamos haciendo fila. Nada más no empujen”. En ese estoicismo ante la muerte, que le hizo escribir con amorosa sangre fría sobre el tránsito de su hijo, Emiliano se enfrenta a esta breve aventura en que ha vivido, escrito y amado con la energía, vocación y autenticidad de un joven que no envejece. Los libros de Emiliano no se encuentran en circulación. En cambio, sí se custodian en los anaqueles de nuestra Biblioteca Nacional, donde están doblemente armados caballeros y se les puede consultar con deleite y gratitud. La misión de una biblioteca, sobre todo de una biblioteca nacional, es reunir el acervo de un país, y desde sus primeras escrituras, Emiliano Pérez Cruz honró a la lengua y honró a México. Gracias a la biblioteca, he reanudado el trato con la prosa de Emiliano, con su escritura auténtica y valiente. De ese conjunto de libros que se encuentran encuadernados, para aguantar el paso de las sucesivas generaciones lectoras, destaco la antología personal preparada por Josefina Estrada y publicada junto con Sandro Cohen en las heroicas ediciones Colibrí, que tanto han hecho por nuestra cultura. La primera vez que oí el nombre de Emiliano fue cuando publicó en Ediciones Oasis, en la heroica colección Libros del Fakir creada y capitaneada por Luis Mario Schneider, su libro Tres de ajo, que incluía un cuento que me impactó desde su primera lectura. El relato lleva por título “Diosito, pónmelos en su lugar”, que eché de menos en su antología personal. Hasta donde tengo noticia, es el único cuento mexicano protagonizado por el conductor de un autobús urbano, un chofer de camión como orgullosamente se definía mi tío Cheché, que cuando no manejaba su Sonora-Peñón ni vestía su uniforme de beisbolista, le hacía los honores correspondientes al Bacardí blanco. Emiliano es el cronista de Ciudad Nezahualcóyotl, pero nunca se ha afanado en buscar títulos ni prebendas. Cuando Guillermo Tovar y de Teresa instituyó el Consejo de la Crónica fue suficientemente sensible para darse cuenta de que en una Para merecer a Emiliano

ciudad de tantos habitantes y registros era imposible tener una sola voz. Hay otro ilustre habitante de esta otra ciudad, tan poblada como un país: el poeta José Francisco Conde Ortega, que traduce igualmente los afanes de su querencia, su patria chica. Julio Bello Galán es hermano de Pata de Perro y juntos han hecho la historia de los que no tienen historia. Baltasar Dromundo sintetiza la poética de pertenencia al barrio: No es como un gran hogar, sino la plaza en que desembocan muchos hogares con sus alegrías, sus privaciones, sus rencillas, sus nuevos chicos endemoniados y oscuros, terribles y luminosos, apagados o anónimos. Es un sitio donde la personalidad se forja lentamente, con flojera de suave vagancia, a golpes de la calle y casi siempre entre solicitaciones y urgencias de todo orden.

¿Cómo definir la escritura de Emiliano? Sus relatos parecen crónicas, sus ficciones son tan reales porque su prosa es rápida, certera y propositiva, porque su lenguaje traduce las modulaciones, afanes y sudores de los suyos, porque cada una de sus piezas es fiel a las cosas vistas que decía Micrós. Su convencimiento nace de la autenticidad. Luis G. Urbina sintetizó esa ambigüedad deliberada del género al titular su libro Cuentos vividos y crónicas soñadas. Pocas lecciones de escritura como las dos breves páginas en que Emiliano Pérez Cruz comparte sus inicios: Un día, como ni queriendo la cosa, me dio por escribir. Lo hacía en aquel cuarto de cuatro por cuatro metros que compartía con mis dos hermanos, Alfredo y Ricardo, en la casa paterna. Los viernes por la noche el sitio se llenaba de amigos, cervezas y humo de tabaco. En vacaciones aquellos carpinteros, electricistas, aprendices de todo/oficiales de nada y estudiantes universitarios y politécnicos sofrenaban sus alegatos y discusiones de fin de semana y atendían a mi amenaza: –Les voy a leer algo que escribí… Respetuosos, bajaban el volumen de


las conversaciones, escuchaban y al concluir sobrevenía la andanadaza de reclamos, sugerencias para mejorar la historia y los ofrecimientos de rigor: –Te voy a contar mi vida pa´que escribas una novela chin-go-na. –Neta: deja que te cuente lo que me pasó ayer y verás que te vas de nalgas. Eso sí es cuento, no chingaderas.

De la misma manera en que fue nativo, colonizador y fundador de Ciudad Nezahualcóyotl, Emiliano ha tenido desde sus primeros bosquejos la capacidad para guardar registro de la identidad de su entorno. “Darle voz al barrio” dice en su autobiografía donde lo sentimos de carne y hueso. En La vida. Función sin permanencia voluntaria, Josefina Estrada ha logrado el loable trabajo del periodista: borrarse para dejar que hable el entrevistado. Gracias a ese texto leemos de otra manera la prosa de Emiliano, la hacemos más nuestra, la queremos y la admiramos. Sus palabras no tienen piedad y por eso despiertan verdadera piedad hacia los oprimidos, hacia “los que pisan sus fracasos y siguen”, como exigía Rubén Bonifaz Nuño. La portada del libro Borracho no vale de Emiliano es un collage que incluye un dibujo de La familia Burrón. El

personaje ostenta en su mano un tornillo de caldo de oso y a su lado varios cofrades comparten la ceremonia. Emiliano halló su linaje en Gabriel Vargas, quien a su vez proviene de José Joaquín Fernández de Lizardi, Guillermo Prieto, José Tomás de Cuéllar y Ángel de Campo. Como bien señala Armando Bartra, Gabriel Vargas “acompañó a los compatriotas de a pie en su diario trajín”. Emiliano es fiel a la pata de perro transmitida por su padre, que al llevarlo por la ciudad lo inició en la verdadera caballería andante. La biografía en imágenes que cierra el multicitado libro Un gato loco en la oscuridad traduce inmejorablemente el tránsito vital de Emiliano Pérez Cruz, desde sus abuelos maternos, Pablo Cruz e Hilaria Galindo hasta la burla que hace de la muerte el Garbanzo, en su traje de luces donde le saca la lengua a la Tía de las muchachas. Gracias a ese álbum fotográfico pasa por nuestros ojos la variada existencia de Emiliano, como escritor, periodista, entrevistador, integrante de la hermandad Ta-Po-Sin, el taller de poesía sintética que ya forma parte de nuestra historia. Gracias, Emiliano, por tu existencia, y por darnos el privilegio de compartirla.

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Emiliano Pérez Cruz y Arturo Trejo Villafuerte

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Palabras en mi Oooh, ménage à trois Emiliano Pérez Cruz

Buenas tardes: Mi madre tenía el don de la premonición: “Qué haces aquí, parando las orejotas, ¿quien te invitó el chisme? Se te va hacer costumbre”. Y se me hizo. Desde la primaria y debido a mi buena redacción, producto de los manazos y jalones para que escribiera sin faltas de ortografía, me solicitaban desarrollar algún tema para el periódico mural o me enviaban a concursar dentro de la zona escolar a la que pertenecíamos. Lo mismo sucedía en la secundaria, pero fue en el bachillerato que empecé a escribir algunas viñetas calenturientas, producto de mi celibato, mi virginidad. Con una de mis tías, quien me llevaba cuatro años de edad, nos ejercitábamos en el picorete salivón, y llegando a casa escribí tan memorable experiencia. Pero con motivo de un concurso en el Colegio de Bachilleres retomé algunos textos para intentar un cuento. Yo no estudiaba ahí, pero uno de mis amigos del barrio sí, me convenció que le diera el texto y lo metió a concursar; si ganábamos compartiríamos el premio: un lote de libros del cual nunca vi un solo ejemplar. Con el tiempo descubrí que la palabra escrita es un conjunto de herramientas, como las del carpintero, del alPalabras en mi Oooh, ménage à trois

bañil, del herrero: con las que practicas, echas a perder, reintentas, hasta que poco a poco piensas que las dominas y generas un buen producto. Lo cual es falso: también, como el carpintero, obtienes, padeces heridas, raspones, magulladuras, descartas materiales, buscas otros, detallas, lijas, barnizas. Cuando llegó la hora de las elecciones profesionales, mi convicción se impuso: una carrera sin matemáticas. En La guía de carreras de la  saltó la solución: Periodismo y Ciencias de la Comunicación. Qué caray, le entramos. Sería periodista y comunicólogo. También influyó en la elección el haber asistido a la marcha del 10 de junio de 1971 y sentir la violencia gubernamental contra quienes, después del 68, se manifestaban pacíficamente y fueron agredidos por el grupo paramilitar Halcones aquel trágico Jueves de Corpus, Día de las Mulas, en las inmediaciones del Casco de Santo Tomás. Al leer las noticias derivadas de la Matanza del Jueves de Corpus, escucharlas en radio y teve, me decidieron a ser periodista para escribir La-Verdad-de-losAcontecimientos, sobre todo de aquellos que tuvieran que ver con los movimientos sociales y el invisible mundo marginal y proletario, con Conciencia de Clase,


desde la prensa obrera y marginal, Revo-lu-cio-na-ría, hacer del periódico y del periodismo instrumentos para la agitación social que lograría el cambio de sistema para beneficio de los más necesitados del reino de este mundo inmundo. En Ciencias Políticas y Sociales de la , 1974-1978, tuvimos la fortuna de contar con maestros como Manuel Buendía, Fernando Benítez, Gabriel Careaga, Miguel Ángel Granados, Chapa, Raúl Trejo Delarbre y Gustavo Sainz. Claro, papá Sainz, quien encargó una entrevista monólogo para la clase. Mis compañeros entregaron entrevistas con bailarines, escritores, académicos... yo entrevisté a mi amigo carpintero Tomate, buen bailarín, excelente narrador oral del mundo laboral y cábula de los años setenta en Neza: chamba, relaciones laborales, mota, chemo, chupe, morras, autoritarismo paterno y otras lindezas convertidas un monólogo tragicómico, autoescarnio, rebeldía, que Sainz me pidió trabajara como cuento y ordenó y vaticinó: –Participa en el Concurso literario por el aniversario de la Facultad y ganarás, ya tenemos el segundo lugar. Tú serás el primero. Así nació el cuento “¿Qué no ves que soy Judas?”, y luego me llevó trabajar con él en la Dirección de Literatura del , donde renuncié al año mediante una larga carta donde le decía que prefería al maestro que al funcionario público. Pronto dejó de serlo y seguimos de amigos y dejé el incipiente periodismo cultural e incursioné en el periodismo de espectáculos, el de nota roja y el venturoso satírico-político y costumbrista que ejercí en La Garrapata, el azote de los bueyes, con Toño Karam, y los caricaturistas Rius, Helioflores y Efrén. Me volví el personaje de mi columna, “Borracho no vale” y fui intensamente feliz y crítico, pero sobre todo el briagoberto a quien el mundo se le hace chiquito para comerlo a puños, explorando las vivencias de los urbanitas del Valle de México, a donde, cuenta la leyenda, llegaron en el principio siete tribus nahuatlacas. Provenían de Chicomostoc, Lugar de las Siete Cuevas. Y se asentaron

en el Valle, y otras calamidades luego padecieron, entre ellas: Conquista, Independencia, Reforma, Revolución, Guerra Cristera... A las tribus originarias sucedieron, en busca de nuevos horizontes y provenientes del campo empobrecido, muchas más a finales de la década de los cuarenta y subsecuentes del siglo . Buscaron acomodo en la entonces llamada Región más Transparente. Venían de los estados de la republica más pobres, dejaron atrás sus parcelas de temporal, sus tradiciones, su ombligo. La urbe aprovechaba la baratura de su mano de obra no calificada; vivían en los suburbios de la capital. La vivienda no abundaba, y las tribus subsecuentes, en migración hormiga, se fueron avecindando hacia el oriente: por el rumbo, detrasito, del aeropuerto internacional Benito Juárez, junto a las colonias Agrícola Oriental y Agrícola Pantitlán, calzada Ignacio Zaragoza mediante. Y siguieron por el rumbo del Peñón Viejo, colindaron con Iztapalapa: Santa Martha Acatitla, colonia Juan Escutia; Los Reyes-La Paz, Chimalhuacán, Atenco, Ecatepec... Y las colonias que fundaron tuvieron nombres de carencia, de anhelo: Agua Azul, Las Palmas, El Sol, Floresta, Pirules, La Perla, Las Águilas, Las Fuentes, Aurora donde la vida mejora, Cuchilla del Tesoro, Jardines y Vergel de Guadalupe, Loma Bonita, Bosques de Aragón, Joyas, Manantiales, Maravillas, Porvenir... Esperanza... Y en el principio se nombraron pobladores de las Colonias del Ex Vaso de Texcoco y luego se erectó el municipio por obra y gracia de la lucha social y la voluntad política y los intereses económicos y, con todo, la gente no perdía el ánimo festivo y Neza fue bailongos con pretexto de cualquier celebración: bodas, bautizos, quinceaños, fin de curso en la primaria, cumpleaños de la abuela, día de la madre, y se tiraba la casa por la ventana, aunque la ventana fuera estrecha. Y por fin arribaron los servicios básicos para la comunidad que carecía Palabras en mi Oooh, ménage à trois

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de agua, corriente eléctrica, drenaje, alcantarillado, pavimento, y cobró fama internacional como la ciudad dormitorio más grande del mundo, y fraternizaba con las favelas y los cantegriles y las villas miseria, y fue territorio libre para las llamadas tardeadas amenizadas por los sonideros de Tepis, Nueva Atzacoalco, Tacubaya: Sonido La Changa, El Rolas, Casablanca, Cristalito Porfis, Ilusión... Y después, ante la persecución de que fueron objeto las tocadas de rock en el D. F., Nezahualcóyotl fue territorio libre para el rock y anduvimos por los hoyos funky, por donde el personal soltara vapor en su tiempo libre, pegándole con fe al Resistol 5 mil, a la kaguama servida en bolsa de plástico, al toque y rol al amparo de la multitud. Y del estruendo muy mientamadres de Alex Lora y el Tri. Y de todo lo anterior, como no queriendo la cosa, escribí y escribo, al grado que el ya difunto editor, Vicente Ortega Colunga, me preguntaba con fingido aire de preocupación: –¿Y qué harás, Emiliano, cuando se te acaben los pobres? Risas. Me preocupaba más escribir bien, porque me decía el mismo Ortega Colunga: “El médico entierra sus errores; al que escribe se los publican, e incluso se los exhuman”. Cuando escribo me metamorfoseo, soy el personaje, el autor, el testigo, el que recuerda, evoca. Soy el que más que se enfrasca más en ser verosímil que verdadero. Soy el que ocupa diversos roles dentro del relato sin dejar de ser yo mismo: el que elucubra, inventa, sufre, llora, padece, ama, soy egoísta y generoso. Soy el que se transforma y vive las mil y una vidas que elijo. Gustavo Sainz decía que le escritura nos permite exorcizar fantasmas. Creo que es lo que hago: desarrollar situaciones que me resultan molestas; que me obsesionan; que me invitan a “vivirlas” al escribirlas, y causan menos daño. Sainz fue sumamente generoso y claro conmigo: “Provienes de un ambiente de pobreza; tienes todas las carencias artísticas y educativas; pero tienes talento”. Me envío a Palabras en mi Oooh, ménage à trois

realizar entrevistas con pintores, músicos, arquitectos, con toda la fauna de las bellas artes de finales de los años setenta del siglo pasado. “Prepara tus entrevistas, documéntate, investiga, plantea preguntas inteligentes y aprenderás mucho de tus entrevistados. Ellos serán tus maestros y cada pregunta te generará muchas dudas, más preguntas, y no dejes de preguntar y buscar las respuestas y así aprenderás”. A la fecha pretendo hacerle caso afinando herramientas para sufrir menos heridas, machucones; resanar, aspirar a los mejores acabados, como hacen los mejores carpinteros, herreros, albañiles… Papá Sainz vio en mi a la persona que desde la pobreza podía escribir de la pobreza misma o del ser humano en situaciones socioeconómica y políticas adversas. Fue muy claro: hay quienes escriben de lo que tú has vivido, sin conocerlo. Hay quienes lo intentan, desde tu misma condición, pero no saben escribir y tú sí: lee mucho, decía, y me regalaba libros, me facilitaba su biblioteca, corregía mis textos iniciales y me orientaba; me dio mi primer empleo periodístico y también lo orientó para que afilara mi sensibilidad. El teatro, la danza, la música concreta, el arte abstracto, todas esas manifestaciones de la creación que yo ignoraba, me permitieron ver y abordar de otra manera la realidad que me circundaba. Alguien realizó una pinta en una barda de mi vecindario: “Nezayork, la ciudad del rock”. Por ser el municipio un territorio expulsor de migrantes hacia los Estados Unidos, la retomé, pero no de manera circunstancial sino cada que había oportunidad. Así se popularizó Nezayork. Mi mérito fue emplearla en los medios impresos, sin miedo a la discriminación, a la burla, y los chavos banda de los años ochenta la amplificaron aún más… y todos salimos ganando. Neza, territorio en sus inicios poblado por inmigrantes venidos de las regiones más pobres del país, me permitió convivir con acentos, giros, tonalidades, modismos, regionalismos, un español riquísimo por la variedad de los hablantes y por su creatividad para trastocarlo,


reinventarlo sin miedo alguno. Agrégale que la población es humana, simplemente humana. No creo en la inspiración. Como en cualquier actividad laboral, hay que aprender, investigar, dedicarle tiempo al oficio elegido. Mis hermanos son carpinteros: iniciaron como mandaderos, ganaron el puesto de barrenderos del taller, y así tenían oportunidad de ver cómo se hacían las cosas; se aplicaron para utilizar debidamente las herramientas de acuerdo a la diversidad de materiales; pusieron empeño, dedicación, corrigieron, aumentaron, deshicieron, rearmaron. Punto. Nada distinto a la escritura. Reviso, calibro si mis textos han resistido al tiempo, los retomo y leo como si no

fueran míos, con ojo crítico que espero sea implacable. Cuando considero que tiene unidad y calidad el material, busco quien se interese en publicarlo. Si no interesa, nadie se cortará las venas. Ni yo: no muero por parecer escritor. Me identifico con estás líneas de Pessoa: “El mundo es para quien nace para conquistarlo y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón”. Es todo lo que puedo decir en mí defensa, ante los agravios aquí expresados. Besitos, sean felices, saludos a los niños, lavan los trastos, le ponen agua a los pajaritos y cierran la puerta… Mil gracias.

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Emiliano Pérez Cruz Palabras en mi Oooh, ménage à trois

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El Corazón de Emiliano Pita Cortés1

Se acercaba el 25 de agosto cuando una amiga me preguntó ¿por qué un homenaje a Emiliano Pérez Cruz? De inmediato pensé en su trayectoria, pero también, en que si algún día me faltara…, porque eso está pasando con varios amigos nuestros que, al morir, les hacen montón de homenajes. Mi respuesta fue “pues porque está vivito y coleando”, por eso hoy le vengo a decir en su cara, y delante de mi marido, que lo amo entrañablemente porque es mi hermano, porque fue el primer y único amigo al que llamé para decirle “se me acaba de morir mi mamá”, y también porque fue él quien me obligó a usar una computadora por primera vez, durante años me prestó una computadora de verdad, una Mac, no una PC cualquiera. Estos son mis motivos personales para celebrar con ustedes este homenaje a Emiliano. Pero también tengo motivos cantineros para estar aquí. En 1993 él fue uno de mis primeros clientes en el Madeira, mi bar. Nos reuníamos allí cada semana para darle duro a la conversa, él bebiendo cerveza y yo tequila almendrado. En esas reuniones cantineras hablábamos de todo: de nuestras primera lecturas que fueron pasquines, las radionovelas, el rock y otros temas que nos habían picado la curiosidad periodística; uno muy fresco en aquel momento fue el V centenario del encuentro de dos culturas que institucionalmente el gobierno celebró con bombo y platillo en 1992 mientras muchos indígenas, que por motivos de sobrevivencia habían abandonado sus pueblos, sus ranchitos en Yucatán o en Oaxaca, se preguntaban con enojo y tristeza ¿Qué festejan, eh? ¿Qué festejan? 1

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Productora de Radio Educación.

El corazón de Emiliano


Él me habló de los Tianguis aquí en Neza, de su diversidad en sabores y aromas; del sonido que producían los hablantes de lenguas originarias y que se podían escuchar por acá. Le conté entonces de un proyecto que traía entre manos Carlos Plasencia,2 –va homenaje para él también y que en paz descanse–, su propuesta de crear una radio de indígenas para indígenas en el D.F., a mí me parecía genial: “es una excelente oportunidad para darle voz a los que no la tienen” –dije– y entonces Miliano ladeó su cabeza, levantó las cejas, me miró por encima de los lentes y casi con ternura, arremetió contra mi ingenuidad: “Pituca, no puedes pretender darle la voz a los indígenas, entiendo tu buena voluntad, pero lo que realmente haces es manipular testimonios que grabamos, los adornas, les pones musiquita y todo eso, pero es muy difícil que puedas mostrar lo que ellos vivieron al abandonar sus tierras, cómo se transformaron en ese viaje, como fueron dejando girones de la entraña que les daba identidad. Llegaron a la ciudad y se disfrazaron de chilangos para encontrar trabajo”. Sí, es verdad, esto dijeron los entrevistados, que poco a poco se les fue yendo el aroma de su tierra, los sonidos entrañables fueron desapareciendo y la guitarra de don Higinio se convirtió en un eco lejano, eliminado por la música de los peseros. Por eso, en el programa “Deme usted razón de…” no utilizamos la música tradicional de sus pueblos, ellos nos fueron proporcionando una lista de piezas musicales que ya no tenían nada que ver con su tradición, pero sí formaban parte del paisaje sonoro urbano que los rodeaba. Muchos de ellos dijeron no a todos aquellos que les pedían conservaran sus costumbres y hablaran sus lenguas originarias. Varias de mis expectativas se cayeron durante la construcción de la serie, Promotor cultural que en 1992 tenía a su cargo la Coordinación General del Sistema Nacional de Radiodifusión Cultural Indigenista del INI. Fue el coordinador de la serie radiofónica “Deme usted razón de…” elaborada con indígenas inmigrantes que viven en la ciudad de México, investigación previa a la elaboración del proyecto para una radio multicultural en la ciudad de México. 2

sin embargo, algo quedó en pie después de que Emiliano me hiciera tocar suelo cada semana, me convencí de que estábamos enlatando sonidos y que dentro de otros 500 años las generaciones del futuro podrán escuchar nuestro entorno sonoro, del que son parte los indígenas. Hace 25 años este programa resultaba pertinente, hoy, es necesario; en 2018 siguen vivas 68 lenguas con más de 300 variantes en total pero, con el paso de los días, algunas de ellas están desapareciendo porque sus hablantes van muriendo. “No hay manera de que lo hagas Pituca” –sentenció mi hermano– “deja de inventarte radios para indígenas, radios para viejitos y radios para jóvenes; hagamos radio de verdad, con buen contenido, radio con imaginación, con creatividad y nos vamos olvidando de ponerle etiquetas a todo”. Hasta la fecha agradezco esos jalones de oreja porque yo, justamente quiero hablar de este Emiliano periodista del que pocos hablan, para mí él es uno de mis maestros, después de Gustavo Sainz –a quien no le hemos dedicado los homenajes que se merece–, y que también me enseñó muchísimo de literatura, me heredó una vena periodística que no he abandonado en 42 años. En tardes de mezcal y comiendo mole de olla –uno de sus platillos favoritos, que por cierto no me sale mal– Miliano y yo hablamos de este generoso hombre que logró contagiarnos su pasión por la palabra, el cine y la música.

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Gustavo sentía orgullo por Emiliano escritor, y me hubiera gustado que conociera su trabajo como periodista radiofónico ¡Es buenísimo! Y somos pocos los que hemos tenido el gusto de trabajar con él en la radio. La Vero Rascón, que en paz descanse, también lo jaló muchas veces a este asunto de la información radial. Y ya que estamos compartiendo esta mesa con el homenajeado, que venturosamente está vivito y coleando, lo voy a comprometer frente a ustedes: me parece un asunto de justicia –para los pobladores de Neza– que el Faro de Oriente tenga un acervo fonográfico con la voz de Emiliano El corazón de Emiliano

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Pérez Cruz, con sus entrevistas y con el trabajo periodístico que ha hecho de radio ¿Les parece? Yo quisiera ver este lugar abarrotado porque tienen un maestro en Emiliano, permanentemente él debería de estar dando talleres de periodismo, de crónica, de todos esos géneros que la radio contemporánea ha olvidado. Ustedes enciendan una radio de bla bla bla y van a encontrar un solo género: la entrevista, y mal hecha. Emiliano maneja todos los géneros periodísticos, los mezcla, los revuelve y hace con ellos lo que le da la gana pero ¿qué creen?, siempre le sale bien. Finalmente quiero hacer notar que al terminar la grabación del último programa de la serie, Emiliano comentó que en su columna “Notas de Remisión” del periódico El Universal, el 24 de diciembre (1993), hablaría de este programa que le había dejado una profunda inquietud, como si una bomba estuviera por estallar, escribió ahí: “De este programa que fue una especie de muestreo para ver si era necesaria o no una radio indígena en el DF, a uno le quedó la idea de que no hacen

falta espacios radiofónicos que suenan a reservación apache, para repetir una visión que nos deja a las etnias como objetos, más que como sujetos; como seres chistosos, singulares, pero como grupo y no como individuos, con bailes que se quisieran perpetuar no como manifestación viva de una cultura, sino como pieza de museo, desinfectada y en formol. Nos quedó la idea de que sólo hace falta hacer las cosas con gusto y calidad, con rigor y con respeto”. Ocho días después de esta publicación, la bomba que inquietaba a Emiliano estalló: el 1º de enero de 1994 hizo su aparición el . Ya con ésta me despido. Alguna de esas tardes que le preparé mole de olla, al despedirse me dijo: “Ahí te dejo eso”. Miren, se trataba de este corazón color vino, lo puso en una bardita, a la salida de mi casa y ahí está siempre, donde él lo puso. Es lo primero que veo cuando abro la puerta, el corazón que me entregó Emiliano Pérez Cruz.

Benjamín, Pita Cortés, Rolando Rosas y Emiliano Pérez Cruz

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El corazón de Emiliano


Cuatro décadas de libros y amistad Josefina Estrada1

Supe que Emiliano era bien querido en la Dirección de Literatura del  cuando escuché que lo habían herido en un asalto y estaba hospitalizado. Hasta entonces, apenas había reparado en él. Emiliano solía entrar de prisa, como si llegara tarde, por el corredor que conducía a la redacción de La Semana de Bellas Artes, donde trabajaba. Vistiendo siempre un mismo ajuar: pantalón y chamarra de mezclilla, morral de cuero y botas. A las volandas mascullaba un saludo. A las dos horas salía como si se le hiciera tarde. Supe que era bienamado porque por varios días todos se interesaron por su salud; Gustavo Sáinz se veía muy preocupado. Luego, Emiliano renunció al . Nos reencontraríamos en 1980 en la casa del escritor argentino Humberto Constantino porque habíamos obtenido la beca de narrativa -. Él llegó al taller a la cuarta sesión del mismo, donde leí un cuento fallido. Constantini le pidió a Emiliano que escribiera un cuento utilizando mi anécdota, un chofer de camión de pasajeros que no sabe si atropelló a una persona en la madrugada y, asustado, se encierra en un hotel, donde hace un repaso de su complicada vida. A la semana siguiente, Emiliano llevó el texto “Diosito, pónmelos en su lugar”. Desde entonces, comprendí que el cuento es de quien lo trabaja y no de quien lo imagina. A partir de esa noche, saliendo del taller, atrás de Parque Hundido, Emiliano y yo nos íbamos en camión hasta la Glorieta de Insurgentes, donde nos sentábamos a conversar. Mejor dicho, Emiliano me

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Narradora, periodista, profesora y editora. Durante una década impartió talleres en las cárceles de mujeres de la Ciudad de México y Chiconautla, las Islas Marías y Bogotá. Es catedrática de la UNAM, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, desde 1991. En 2002 recibió el premio del Primer Concurso de Crónica Urbana Salvador Novo por su libro Señas particulares. La muerte violenta en la Ciudad de México. En 2003 recibió el Premio Testimonio Chihuahua por su texto “Con la rienda suelta”. Finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo, París, 2007. Sus cuentos han sido antologados y traducidos a varios idiomas.

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entrevistaba para comprender por qué no podía escribir un cuento de primera intención. Con suma paciencia me escuchaba y me aconsejaba lecturas. Emiliano sabía mucho del género porque ya había escrito el libro Si camino voy como los ciegos, finalista del Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí. Y tampoco podía ser su interlocutora para comentar la política nacional porque no leía periódicos ni me interesaba. Le argumentaba que no me alcanzaba el tiempo para leer literatura, estudiar, trabajar, hacer quehacer y atender a mi hijo. A sabiendas de mi ignorancia se permitía exponerme sus interpretaciones políticas y socioeconómicas del país. Después me reconvenía por mi ignorancia y porque una estudiante de Ciencias de la Comunicación debería tener una opinión propositiva. En su intento por impartirme teoría del cuento, sentados en los pretiles de la glorieta, Emiliano me pedía que le contara algún suceso traumático, curioso o raro que me hubiese sucedido. Y cuando más enfrascada estaba en mi relato, entusiasmado me interrumpía: “¡Ahí está el cuento!” “Dónde”, le preguntaba. “Mira, Chepinita, muy fácil. El cuento empieza cuando… Y lo terminas cuando…” Y por más que me diera tan precisas instrucciones, yo no lograba entender dónde estaba el cuento. Y así pasaron los tormentosos meses de la beca, donde apenas logré escribir el cuento, “Domingo es buen día para morir”. Y muchos fallidos. No aprendí a escribir pero terminamos siendo muy buenos amigos. Siempre descarté sus discretos y tímidos avances por conquistarme porque me parecía que su conducta donjuanesca era por no dejar, qué tal que es chicle y pega, como él diría. Además, Emiliano me parecía feo y fachudo y greñudo. Solía enroscar con el índice y pulgar su piochita de barba mientras disertaba contra el poder establecido. En cambio su esposa me parecía muy guapa; yo no comprendía cómo se la había conquistado, tan feíto el pobre. Por supuesto, nos hermanaba los humildes orígenes de nuestros padres y de nosotros mismos. Desde entonces nos divertía diseccionar los laberínticos vericueCuatro décadas de libros y amistad

tos de la clase media en contraste con la diáfana ignorancia, crueldad y pirotecnia verbal de los pobres. En 1992 entré a trabajar a Planeta, donde el director editorial Jaime Aljure me encargó la misión de que Emiliano le entregara un libro porque llevaba mucho tiempo pidiéndoselo, y éste no lo hacía. Eusebio Ruvalcaba, amigo íntimo de Aljure, le había sugerido que le pidera un libro a Pérez Cruz, pero Emiliano durante años ignoró sus peticiones. Varias llamadas que le hice iban en este tenor: —Ni madres. Yo no voy a publicar en una empresa trasnacional. —Lo que pasa es que quieres seguir siendo el rey tuerto en el país de ciegos. Sal de Neza y su mundito de ediciones marginales. Si eres tan rifado, publica en una editorial de distribución nacional y abandona tu círculo de confort y mediocridad. —Chepita, lo que me pides va contra mis principios. —Emiliano, no seas idiota y entrégame ese libro. Después de muchas conversaciones por el estilo concedió darme el original de Pata de perro. Luego me tocó lidiar con el pintor Rafael Hernández para que me entregara una portada para ese libro. Él había realizado la portada de Para morir iguales. Aljure y el área comercial habían quedado encantados con ese diseño. Pero Hernández se rehusaba a colaborar para Planeta porque no se ajustaban a su tarifa. Ante mis súplicas, y por tratarse de Emiliano, Hernández realizó una hermosa portada. A lo largo de los años, cuando de milagro, Emiliano salía temprano de Sedesol nos veíamos en alguna cantina para contarnos las novedades. Pero solíamos llegar a un punto donde era necesario pedir la cuenta y despedirnos. Porque cuando se me empiezan a subir las copas, empiezo a hablar en inglés. Y como él no entiende nada… —Pinche Chepina, tan a gusto que estábamos echando perico —llamaba de inmediato al mesero y ordenaba— ¡Ni una más para la señora y mándenos la cuenta!


Emiliano y yo hemos dado talleres en la cárcel. Él empezó a darlos primero; incluso, hemos tenido las mismas alumnas. Cuando lo acompañé como invitada al Reclusorio Varonil Oriente nos fuimos en mi coche. Mientras yo manejaba, él me iba guiando. Cuando llegamos, le dije: —Por qué me hiciste dar toda esa vueltosota, si pudimos haber tomado el Circuito. —Ay, Chepa. Es que yo nomás conozco la ruta del pesero. A fines de los noventa, la directora de Educación y Cultura, Ana Luisa Calvillo, ex alumna y biógrafa de José Agustín, me encargó entrevistar a los artistas de Nezahualcoyotl para hacer un libro. Durante varias semanas fui a Sedesol a entrevistar a Emiliano. En la última sesión me dijo que esas sesiones le habían servido de catarsis. Y que el repaso de su vida le había hecho reflexionar que había llegado la hora de pedirle el divorcio a Leticia para irse a vivir con Corina. Por mi parte, le dije que no podíamos dar por terminada la entrevista sin mencionar el episodio de la

muerte de su hijo Rodrigo, Garbanzo, que me perdonara la impertinencia, pero no podía dejar de planteárselo. Me respondió que era mi deber preguntarle, y aunque a cualquier otro periodista lo mandaría a la chingada, conmigo iba a acceder. Y me ha contado el pasaje más dramático de su vida. Todos sus amigos sufrimos esa pérdida. Inolvidable la imagen de Emiliano cavando la tumba para su hijo. En la revisión del contenido avizoré que el material podría dividirse en cuatro libros; uno dedicado a teatro y música, uno de artes visuales, uno de Emiliano y del miniaturista en hueso Roberto Ruiz. La serie Arte de Nezahualcóyotl se publicó en 2000. El librito con la entrevista biográfica se llamó La vida: función sin permanencia voluntaria. La serie la diseñó Rafael Hernández para la editorial Colibrí, que creamos y dirigimos Sandro Cohen y yo. La portada requería de una fotografía del entrevistado. Del estudio fotográfico que le habían tomado a Emiliano ninguna me gustaba. Entonces, Rafael me mostró un paquete de retratos de los años ochenta, que conservaba desde que era ilustrador

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Diego y Javier Córdova, Nemorio Mendoza, Sandro Cohen, desconocida, Gloria, Josefina Estrada y Emiliano Pérez Cruz Cuatro décadas de libros y amistad

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de La Semana de Bellas Artes y me mostró uno de Emiliano. Entusiasmada, exclamé: “¡Me encanta. Está guapísimo, qué bárbaro!” Comentario que me dio la oportunidad de razonar sobre los absurdos y exigentes cánones de belleza que nos avasallan en la juventud. Como elegí la primera persona para escribir este libro, Emiliano recibió muchas felicitaciones porque creían que él lo había escrito. Y quien lo leía, deseaba conocer los cuentos que ahí se mencionaban. Por ello, le propuse a Emiliano una antología de crónicas, donde incluiríamos esos textos. Y me pasó el material para hacer la selección. Cuando lo leí, le comenté que no había manera de hacer el libro porque la mayoría eran maquinazos y había que reescribirlo. —Oh, pinche Chepa. Di que las escribí porque vivo culiatornillado a esta oficina y no tengo chance de pulir los textos. Entonces, decidimos hacer una antología de cuentos. Así surgió Un gato loco en la oscuridad, con otra portada bellísima de Rafael Hernández; edición que incluye mi entrevista biográfica. Por algún tiempo Emiliano me dijo que era el mejor libro que había publicado porque él no lo había escrito, que yo lo había hecho posible sin que él se esforzara. Gracias a su recomendación en 2002 empecé a escribir la biografía de Verónica Rascón, a quien él llama su hada madrina. Su viudo, el exgobernador de Tlaxcala, José Antonio Álvarez Lima, deseaba publicar un libro testimonial sobre su esposa. Emiliano lo convenció que debía hacerse una biografía, y nadie mejor para hacerla que la biógrafa de Joaquín Pardavé. José Antonio accedió y me entregaron un archivo de mil 500 páginas con testimonios de la gente que conoció a Verónica. José Antonio me pagó mensualmente una generosa cantidad durante 18 meses para escribir, entrevistar e investigar. Pero cuando leyó la biografía se rehusó a publicarla argumentado vaguedades. La verdad es que él salió mal plantado. A mi juicio, como señalo en la introducción: “[…] esta biografía es la vida Cuatro décadas de libros y amistad

de una mujer hermosa, bendecida por la naturaleza. Si en la escritura de este trabajo llegara a resultar cansado hacer señalamientos a su belleza física y espiritual, tengan por seguro que por cada mención a su gala omito cien. A ella se le podría otorgar la frase con la que Stendhal solía referirse a la mujer que amó: ‘Su belleza es la menor de sus gracias’. Las alusiones a su bondad también son constantes; una de las más conmovedoras la hace un tlaxcalteca: Nuestra Señora Verónica. Y así, este hombre evoca, sin duda, los bienes que procuran las vírgenes y las santas. En fin, que el lector juzgue lo que una mujer perspicaz puede hacer cuando tiene acceso al poder”. Por último, en 2013 me pidió que escribiese la presentación para su antología Ya somos muchos en este zoológico. Emiliano no ha publicado novela en toda la extensión de la palabra, pero su vida se ha ido enlazando, cerrando y abriendo brechas como si el narrador onmipresente de la Creación fuera escribiendo con precisión la novela de su vida. En la entrevista biográfica menciona a su novia la japonesita, con quien vivió un torrencial romance. Ella se va de su vida y no vuelve a saber de ella, pero siempre la recordaría con cariño y nostalgia. Y así, cuando Sedesol le pide la renuncia, después de 30 años de trabajo, coincide con la separación de Corina por incompatibilidad de carácter, ese dios tejedor del destino hace que Emiliano se reencuentre con la japonesita y vivan la continuación de su amor interrumpido por causas que ni ellos saben a ciencia cierta. Así, Emiliano queda liberado de su condición de esclavo, se separa de su segunda esposa, se reencuentra con su amor juvenil y regresa a la escritura de tiempo completo. Me doy cuenta de que las lecturas y la hechura de nuestros libros nos han acompañado tan naturalmente a lo largo de 40 años, como las flores y las plantas que a los dos nos gusta cuidar en nuestras macetas y pequeños jardines. Larga vida y salú hasta el delirio inglés, mi buen amigo.


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Tentativas: Emiliano Pérez Cruz

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Vicente Francisco Torres1

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Hasta antes de 1971, era casi imposible que los hijos de obreros y trabajadores tuvieran acceso a la educación universitaria. El gran filtro era la Escuela Nacional Preparatoria porque quienes no eran hijos de universitarios, difícilmente podían competir con jóvenes que habían sido cuidados en su educación previa, en casa tenían periódicos, revistas y libros y, para terminar pronto, comían tres veces al día. El número de planteles era insuficiente porque sólo había nueve preparatorias; y, si a esto sumamos que la preparatoria uno en el turno nocturno se convertía en la tres, y la prepa dos era prácticamente copada por los hijos de los trabajadores de la , veremos que había muy pocos espacios. El Politécnico, desde que lo creara Lázaro Cárdenas, siempre fue una alternativa popular, pero no para quienes aspirábamos al estudio de las humanidades. Por razones que no vienen al caso, yo pude estudiar en la prepa uno y he llegado a la conclusión de que haber estado allí me dio sólidas bases para mi formación futura. Si recordamos que una de las demandas del movimiento estudiantil de 1968 fue la de educación popular, comprenderemos que el sueño se materializó en 1971 cuando se abrieron, con cuatro turnos cada uno, los Colegios de Ciencias y Humanidades. Sus

1 Ensayista y narrador. Doctor en Lengua y Literaturas Hispánicas por la FFyL de la UNAM. Ha sido profesor, investigador y coordinador de la especialización en literatura mexicana del siglo XX en la UAMA zcapotzalco. Colaborador de Crítica, El Día, El Nacional, La Palabra y El Hombre, Mar de Tinta, Memoria de Papel, Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, Revista de Revistas, Sábado, Semanario Punto, Semanario Tiempo, Siempre!, Texto Crítico, y Tierra Adentro. Premio Internacional de Ensayo Alfonso Reyes 1997 por La rebambaramba (Monterrey, Nuevo León) y Premio de Periodismo Cultural INBA/ Delegación Cuauhtémoc 1988 por Narradores mexicanos de fin de siglo.

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primeros profesores fueron los jóvenes protagonistas del movimiento estudiantil, bajo la dirección de maestros eminentes como Pablo González Casanova, Eduardo Césarman y Huberto Batis. Es explicable, entonces, la formación de izquierda y librepensadora que recibieron aquellos primeros estudiantes que tenían como divisa el “aprender a aprender” que tanto cacareó Aurelio Nuño, 50 años más tarde, en su fallida y mal llamada reforma educativa. Eran años de intensos estudios porque mientras en los CCHaches se formaban escritores como Andrés de Luna, Víctor Roura y Emiliano Pérez Cruz, en la Facultad de Filosofía y Letras de la  estudiábamos, en el mismo salón de clase, Vicente Quirarte, Luis Zapata, Agustín Ramos, Jaime Avilés, Mario Calderón, Ethel Krauze, José Francisco Conde, Carlos Santibáñez, Alejandro Pescador, Carlos Chimal, Marina Arjona y otros jóvenes de entonces cuyos nombres no recuerdo. José Joaquín Blanco llegaba a tomar una clase no sé si porque la estaba cursando o por interés personal. Y cómo no iba a ser de este modo si nuestros profesores eran Sergio Fernández, José Luis González, Adolfo Sánchez Vázquez, Luis Rius, Juan Manuel Lope Blanch, Arturo Souto, Héctor Valdés y un largo etcétera. Una mañana en que me dijeron que otro maestro querido, César Rodríguez Chicharro, estaba internado en Cardiología, fui a visitarlo. Entré a su cuarto mientras él miraba por la ventana y, al saludarlo, advertí su molestia porque lo primero que hizo fue preguntarme quién me había dicho que él estaba ahí. Después de resignarse a la visita empezó una suerte de monólogo en donde dijo que nosotros éramos el mejor grupo que había pasado por sus manos. Sostuvo que fuimos estudiosos porque el 2 de octubre y el 10 de junio nos habían metido a estudiar a nuestras casas. No sé si tenía razón el maestro pero he conservado este dicho por más de treinta años. Empecé a hacer periodismo en la revista Tiempo que fundara Martín Tentativas: Emiliano Pérez Cruz

Luis Guzmán, luego en Comunidad Conacyt con Enrique Loubet, en El Nacional con Salvador Reyes Nevares y en otros medios. Lo cierto es que conocí a Emiliano Pérez Cruz en el suplemento Sábado, de Uno más Uno, bajo la dirección de Huberto Batis. Años después nos encontramos en el semanario Punto, bajo la dirección de Emmanuel Carballo y desde entonces no hemos dejado de encontrarnos en diferentes estados de la república o en tertulias y cantinas de la ciudad de México, porque él tuvo también condiscípulos que han destacado en alguna actividad, como el director de cine Pepe Buill o los periodistas escritores Arturo Trejo e Ignacio Trejo Fuentes. Mientras yo colaboraba en suplementos culturales, ellos escribían en revistas para caballeros como Su otro yo y, precisamente, la famosa Caballero. Emiliano Pérez Cruz fue uno de los primeros estudiantes del  Azcapotzalco y uno de los primeros habitantes de Ciudad Nezahualcóyotl. Cuando empezó a escribir cuentos quiso ser fiel al mundo de Neza que conoció, con sus calles lodosas, todavía sin pavimentar. Cuando empezamos a usar saco porque los trabajos académicos así lo han instituido, él nunca dejó su vestimenta barrial y, lo que es más importante, conservó su coloquialismo siempre juguetón, entre soez y risueño. De Neza también sacó sus personajes y sus escenarios. Los ha llevado por todos sus libros, a menudo desafiantes desde su título, como el de la noveleta llamada Ladillas. A Emiliano le sucedió una aventura semejante a la que vivió Enrique Serna. En algún estado del sureste, Enrique ganó un concurso de novela. Le dieron el premio pero de la edición de El ocaso de la primera dama circularon, clandestinamente, unos cuantos ejemplares. Después de tiempo reescribió la novela y le dio el título de Señorita México, mismo que ha resultado uno de sus libros más vendidos. También en algún estado del sureste Emiliano ganó un concurso de cuento con el volumen Si camino voy como los ciegos. Le dieron el premio pero


no publicaron el libro; los burócratas decidieron que eso no era literatura y sanseacabó. Emiliano anduvo tocando puertas hasta que encontró a Luis Mario Shneider, quien tenía la Editorial Océano. Le dijo que no podía publicar el libro pero le ofrecía editar una plaqueta con tres de los relatos premiados. Los Libros del Faquir eran unos cuadernillos hechos con papel artesanal y colores chillones, como rosa mexicano y lila. Emiliano, siempre ingenioso y apegado a la vena popular, lo tituló Tres de ajo, apelando al dicho de los albañiles cuando compraban el pulque blanco porque no tenían dinero para el curado con frutas. El curado de ajo era el pulque blanco, curado de ajodido. La plaqueta le abrió camino a Emiliano y tiempo después la Delegación Cuauhtémoc editó Si camino voy como los ciegos. Todos sabemos que la literatura de la Onda revolucionó la manera de escribir en México. Sin la expresión anti solemne, soez y juguetona y los personajes jóvenes entregados a vivir su vida con desparpajo y sin plantear situaciones trascendentes, la prosa mexicana sería distinta. Sin José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña la literatura mexicana sería otra. Autores como Enrique Serna escribirían de manera diferente a como lo hacen. Emiliano, junto con Armando Ramìrez, hizo una

prosa barrial, juguetona, alburera, soez y sensual pero también terriblemente crítica de nuestra sociedad tan desigual. El aprendizaje que Emiliano tuvo en la revista satírica La Garrapata esgrimió aquì sus logros hilarantes e hirientes. Si la denuncia, en literatura, hoy tiene poco efecto, la ironía y el sarcasmo que han practicado Armando y Emiliano tienen efectos notables. Ellos constituyeron lo que el siempre perspicaz Evodio Escalante llamò lumpenliteratura. Sus libros han sido aire fresco en el mundo intelectual nuestro y, quiéranlo o no las academias, son una raya aparte en el tigre de la narrativa mexicana. EL 68 Y YO No puedo jactarme de haber sido parte de las juventudes idealistas que hicieron el movimiento estudiantil. En 1968 yo estudiaba la secundaria en la colonia Pensil. Hasta allá fueron a buscarnos no sé si un contingente estudiantil o un camión enviado por el gobierno. Estuve tentado a subir para ir a sumarme a las huestes juveniles pero a fin de cuentas me pregunté: ¿cómo voy a regresar después? Hoy descubro que mi pragmatismo elemental, pero sobre todo mi falta de conciencia política, me impidieron correr riesgos de los que no tenía la menor idea.

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Helioflores, Agustín Sánchez y Emiliano Pérez Cruz Tentativas: Emiliano Pérez Cruz

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Oda para mi amigo Homenaje a Emiliano Pérez Cruz Guillermo Hernández Alvarado1 Me quito la camisa por un buen amigo, hoy vivo millonario, mañana mendigo. Mi dicha y mi dolor a nadie se los digo, por eso nadie sabe cuando estoy gozando o cuando estoy herido.

El dueto norteño, bajo sexto y acordeón, imitaba los requiebros vocales de Pedro Yerena, en una cervecería de mala muerte de la colonia Portales, Distrito Federal. Comenzaba la década final del siglo . Tres alegres parroquianos, gritaban a pulmón la pieza de Gerardo Reyes, Bohemio de afición. Éramos, Jesús García Rosas, quien años después murió asesinado en Tlaxcala, Emiliano Pérez Cruz y un servidor. Más tarde, recalamos en mi departamento de la misma colonia Portales. Música, tragos y animada conversación. A la mañana siguiente, el sol no conseguía despertar a Jesús ni a Emiliano. Así que desenfundé un acetato de Agustín Lara y les lancé: “Como dos puñales”. Entre risas y puyas agradecieron la serenata. Despaché a Emiliano en un taxi rumbo a Neza, no sin antes advertirle al chofer: “Váyase con cuidado, porque lleva usted ahí a uno de los grandes escritores de México. Así como lo ve –don Emi resoplando un sueño etílico, abrazando su morral, enfundado en mezclilla y botas mineras–, así como lo ve, le dije, dentro de algunos años se le va a recordar como ahora se recuerda a José Revueltas. Ahí se lo encargo”. Tamaños ojotes peló el taxista, quien, creyéndome o por no dejar, enfiló disciplinado hacia el nebuloso oriente, para depositar a

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Comunicador. Presidente y Director General de Difusión y Divulgación SC.

Oda para mi amigo. Homenaje a Emiliano Pérez Cruz


Emiliano en su casa, tan a salvo como lo vemos ahora. No hacía mucho que me lo habían presentado, aunque desde antes leía gustoso sus crónicas en “La Garrapata” y otras publicaciones respondonas. Compartimos maestros en Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la , mas no salones, porque Emiliano acudía por la mañana y yo en las tardes. Todavía sin conocernos, coincidimos como colaboradores de “El Machete”, revista del Partido Comunista Mexicano. Luego, Emiliano siguió su ruta hacia el norte, a otras aventuras que Josefina Estrada cuenta en su entrevista biográfica, “La vida: función sin permanencia voluntaria”. Entre tanto, ingresé al periodismo radiofónico y la producción televisiva, trabajos en que conocí a Verónica Rascón, nuestra hada madrina. Gracias a ella, me encontré a Emiliano en el sitio menos esperado: el think tank del Partido Revolucionario Institucional en el Distrito Federal, el Centro de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, o , del . Era la campaña presidencial de Carlos Salinas de Gortari. Los dos íbamos con el pretexto de conocer al monstruo en sus entrañas, pero más bien caímos de la mano de la necesidad, y la persuasión de Verónica, quien se encargaba de la comunicación social. Emiliano llevaba las publicaciones, y yo era chalán de Vero para lo que se ofreciera. Dicen que Dios los hace y ellos se juntan. El ambiente ríspido y zancadilloso del , fue propicio para alianzas irreverentes con Emiliano, que se fortalecieron luego en el Programa Nacional de Solidaridad, nuevamente bajo la égida implacable de Verónica, laboriosa como a nadie más he conocido. El trabajo empezaba de madrugada, en la revista diaria Viva la Radio, que ella conducía en la , con tres horas de duración; terminaba en la madrugada del día siguiente, cuando apagaba las luces de su oficina en Solidaridad.

Emiliano quiso renunciar en repetidas ocasiones, y siempre se le negó la salida. Una vez, lo encontraron aovillado debajo de una banca, pidiendo chitón con el índice sobre los bigotes, pues Verónica lo andaba buscando por toda la oficina. En ese tiempo compartimos gustos musicales, de Los Alegres de Terán a Miles Davis; de Mozart a Bola de Nieve; de Álvaro Carrillo a John Lennon; de Chayito Valdez a Aretha Franklin; de Daniel Santos a Eric Burdon. Cábulas y ojoalegres, empezamos a coquetear con las chicas del servicio social. De aquellos lances nacieron Jerónimo, hijo de Corina y Emiliano; mi hija Itzel y mi nieta Natalia, con la hoy abuela Enriqueta. De ahí nacieron también algunos cuentos, como el que da nombre a este homenaje: “Un gato loco en la oscuridad”. Pasaron los años, cada quién en sus quehaceres, siempre ligados a la palabra y a una amistad inquebrantable. Ahora, más por fuerza que de ganas, Emiliano ha dejado de ser Godín. Así pudo reanimar su vocación narrativa, para delicia de sus lectores y para honra del municipio 120 del Estado de México. Emiliano escribe como lo hace porque es gran observador, le fascina contar historias y sabe decirlas bien. Es hombre de luces diversas: lo alumbraron tanto los cómics de Chanoc y La familia Burrón, como Don Quijote y la novela de la Revolución Mexicana; lo mismo la Literatura de la Onda que el Nuevo Periodismo. Emiliano, no escribe de oídas, ha vivido los asuntos que narra, como los grandes. Miguel de Cervantes y Francisco L. Urquizo fueron soldados; Luis de Camoes, Emilio Salgari y Joseph Conrad, navegantes; Ernest Hemingway, corresponsal de guerra; John Le Carré, espía; Dashiell Hammett, detective; William Burroughs, yonqui. Las buenas letras nacen desde adentro. Lo local, cuando cala hondo, se vuelve universal. Oda para mi amigo. Homenaje a Emiliano Pérez Cruz

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“Rafaguear con palabras una realidad adversa”, como Emiliano ha dicho de Revueltas, es su fuerte. Los fundadores de Ciudad Nezahualcóyotl hicieron lo mismo, al bautizar sus colonias con nombres como… El Porvenir, La Esperanza, Maravillas, La Perla, Las Palmas, Agua Azul, El Sol, Evolución. Llamarle NezaYork o Minezota es continuación del conjuro. La palabra existe para nombrar la cosa, y la palabra adecuada es la que mejor la representa. Emiliano supo escoger las palabras correctas para su universo, pepenándolas en la calle, como los tiliches que atesoraba en su barcina el personaje de “Borracho no vale”. Y de esta forma las ha consagrado para el porvenir.

“Como una pintura, nos iremos borrando. Como una flor, hemos de secarnos sobre la tierra; cual ropaje de plumas del quetzal, del azacuán, del azulejo, iremos pereciendo.” Así lo dijo el coyote mayor, Acolmiztli Nezahualcóyotl, hace casi 600 años. No nos quepa duda de que mientras exista memoria de la vecina ciudad Nezahualcóyotl, estas palabras seguirán viviendo, lo mismo que las escritas por nuestro querido Emiliano. Me despido, parafraseando a mi tocayo, William Carlos Williams: Este es Emiliano Pérez Cruz, un gorrión. Hizo lo que pudo. Adiós.

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Emiliano Pérez Cruz, Guillermo Herández y Homero Alemán

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Oda para mi amigo. Homenaje a Emiliano Pérez Cruz


Los herederos de la promesa. La corriente narrativa de “La Onda” (1964-1970)1 Josefina García Paredes2 Este trabajo literario es resultado de las lecturas que realicé en la preparatoria, en esta etapa escolar me enamoré de la forma desenfadada de narrar de José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña, entre otros escritores de la llamada literatura de “La onda”. Conocí a José Agustín, ya que leyó en dos o tres ocasiones en la Preparatoria Popular Fresno “Mártires de Tlatelolco”, donde estudié. Su personalidad sencilla, alegre (con un gran sentido del humor), ágil y nervios me impactó. En aquellos tiempos, no me cuestionaba la importancia de estos autores en la Literatura Mexicana, únicamente Texto leído por la autora el 28 de febrero del 2015 en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, durante la presentación de su libro Los herederos de la promesa. La corriente narrativa de “La Onda” (1964-1970) (Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2015. 212 pp.), en la que también participaron los escritores Eduardo Villegas Guevara y Arturo Trejo Villafuerte. 2 Josefina García Paredes (Ciudad de México 19642018) estudió Letras Hispánicas en la UNAM, fundó y colaboró en varias revistas llamadas marginales. Su libro sobre “La Onda” es uno de los estudios más completos que se han realizado sobre esta corriente narrativa. 1

me cautivaron con su estilo narrativo, con la burla o el desprecio por lo que significaba la autoridad, la tradición, el orden o las instituciones, por el uso del lenguaje coloquial de los personajes y que experimentaban con las drogas psicodélicas y gustaran del Rock and Roll. Posteriormente, en la Facultad de Filosofía y Letras de la , en una clase, el profesor Huberto Bátiz nos pidió que realizáramos un fichero de la biblioteca personal; cuando le presenté mi trabajo, sorprendido me cuestionó el por qué tenía todos los libros de José Agustín, algunos de Gustavo Sainz y los autores que estudiamos en este libro, mientras contaba con muy pocos de escritores tan importantes como Octavio Paz y Carlos Fuentes. Desde ese momento, supe que la literatura de “La Onda” nos había marcado, a mí y a mi generación, y tenía que estudiarla. Afortunadamente el doctor Xorge del Campo (1945-2008), contaba con toda la bibliografía y hemerografía de los autores que hoy nos ocupan, gracias a esto pide consultar fuentes directas para realizar esta investigación, le agradezco al doctor del Campo enormemente su tiempo, sus conocimientos y su amabilidad.

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Este trabajo de investigación cuenta con el estudio de treinta y seis escritores. La primera compilación de los nuevos escritores estuvo a cargo de Xorge del Campo en Narrativa joven de México (1969) y prologado por Margo Glantz (fechado en 1968), la mayoría de los escritores reunidos tienen renombre, mientras que otros son desconocidos o efímeros. Estos autores compartieron su contexto cultural de los años 60 (el cine, las lecturas, las modas, el rock, etc.), presentan una disparidad temática y en su estructura narrativa. En 1971, en el prólogo de la antología Onda y escritura, Margo Glantz realiza una separación: La Onda y la escritura; la primera era lo grosero, lo vulgar, la inconsciencia de lo que se hacía, lo fugaz y perecedero, jóvenes, drogas, sexo y Rock and Roll y la segunda era la buena, la decente, la artística, lo que había que escribir y alentar, como apunta José Agustín en La contra cultura en México. Concluyo que después de haber realizado este estudio, ambas denomina-

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ciones han dejado de ser unívocas, sobre todo porque no hubo un centro donde desembocaran sus posiciones estético-literarias. Las temáticas preferentes de estos autores, aparte de diversas, en muchos casos se superponen, comparten coyunturas (narrativas politizadas), asimilan vertientes de la fantasía y el humor, la crítica social y la experimentación, antes o después de adoptar el lenguaje de “La Onda”. Por último, el término o palabra “Onda” surgió, primero, como un modismo juvenil de significados múltiples, sin distintivo de una edad o clase social, luego los críticos lo convirtieron en un adjetivo de cierta producción literaria (Margo Glantz lo utilizó para etiquetar a estos nuevos narradores), y finalmente, la crítica institucional usó el adjetivo para desacreditar a esta producción literaria. En Los herederos de la promesa está todo lo que se quiera saber de la literatura de “La Onda” pero se temía preguntarlo.


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olino de Novedades Editoriales Arturo Trejo Villafuerte* Todos los días son nuestros (Ed. Océano, México, 2016. 250 pp. Precio aprox. $245.00) de Catalina Aguilar Mastretta es su primera novela, aunque sus inquietudes la llevan a escribir guiones y a dirigir películas. La novela es sumamente disfrutable y es casi seguro que a los que están viviendo un “truene” con su pareja –sobre todo si son treintañeros o veinteañeros–, les interesará, porque ese es el motivo principal de la novela: La separación de los amantes (como es el título de un gran libro del antisiquiatra Igor Caruso publicado por Siglo XXI). Mientras que Caruso escribe desde el punto de vista sicoanalítico y teórico, Aguilar Mastretta nos describe el estado emocional y afectivo de María tras su rompimiento y separación de Emiliano, su pareja, donde se analiza el pasado juntos, el presente separados y el posible futuro de ambos. El mundo, en muchas ocasiones, no se entiende sin el otro; cuando muere la pareja puede darse la resignación, saber que el otro ya no estará –un gran problema ontológico y metafísico: la otredad–, pero cuando el otro nos abandona, sabemos que puede andar con alguien haciendo lo que hacía con nosotros y ese es uno de los malestares que hay en esta historia, la cual va aparejada con otras * Nació en Ixmiquilpan, Hgo., en 1953. Es egresado de la FCPyS de la UNAM. Ha ocupado diversos cargos en instituciones culturales y ha sido editor de varias colecciones literarias. Actualmente es profesor investigador de la Universidad Autónoma Chapingo y miembro del IISEHMER de la misma institución. Colaborador asiduo de la revista Molino de Letras y todotexcoco.com.

dos: la relación y próximo matrimonio de Pancho y Paloma –el primero es hermano de Emiliano– y de Roberta, y un sujeto muy divertido llamado el . Una de las descripciones más delirantes es cuando se casan estos últimos en una trajinera de Xochimilco y cuando termina la ceremonia tiran al pomadoso juez civil a los canales. Y para colmo de males, se muere la madre de María y ella se deja llevar por un abandono existencial, una depresión, que nos pone en alerta porque no sabemos qué va a pasar con ella, que es el personaje principal de la historia. Novela interesante y entretenida, la cual se maneja a otro niveles de las novelas que han escrito sus padres: Ángeles Mastretta y Héctor Aguilar Camín. Esperemos que no sea la única ni la última de esta escritora que tiene una prosa fluida y, finalmente, maneja un tema muy interesante y siempre muy actual: las relaciones de pareja que, como señala el filósofo judío polaco Zygmunt Bauman, en su libro Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, en estos tiempos que corren, tienen un carácter fugaz y descomprometido: “las relaciones son una bendición a medias. Oscilan entre el dulce sueño y una pesadilla, y no hay manera de decir en qué momento uno se convierte en la otra”, cosas que sucede, vemos muy seguido. El cuerpo humano es nuestra casa e instrumento de trabajo, lo habitamos y lo usamos y nos usan. Desde que tenemos uso de razón comenzamos a saber qué sí y qué no de nuestro cuerpo puede ser tocado o disfrutado por uno mismo o por alguien más y eso que también es y se vuelve un problema ontológico y metafísico, lo cual es planteado por Álvaro Reyes Toxqui en Itinerarios sociales del cuerpo. Biopolítica y resistencia social (Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2018. 116 pp. Colección Pergaminos, aprox. $ 100.00), volumen que no tiene desperdicio, y en el que se ve a nuestra envoltura física desde distintas visiones, modos y formas. Muy buen tomo que nos

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hace volver a sentir lo importante que es el cuerpo y los cuerpos de los demás. Y aunque estamos divididos en cuerpo, sentimientos-emociones y raciociniomente-cerebro, la base de todo es precisamente el cuerpo, el cual tiene sin ninguna duda un itinerario social y cultural, ideas que son desarrolladas precisamente en este volumen rico y esclarecedor. Adrenalina es un guión de Eusebio Ruvalcaba (1954-2017), ilustrado por Celestino (Barcelona, 1973) o una novela gráfica (Ed. Lectorum, México, 2017. 168 pp.), delirante y cautivante, que atrapa, envuelve y el lector querrá saber qué sigue. Al principio la historia es aparentemente muy simple: un muchacho visita a su novia en su casa y descubre semidesnuda a la madre de ésta. Y ahí comienzan a darse los acontecimientos que son inesperados para el joven y que, según me dicen algunos amigos, se dan de manera frecuente en la vida real: el novio de la hija enamorado de la madre y sosteniendo relaciones con la misma, aunque aquí ese no es el tema principal, sólo uno de ellos. Hay un cuento de nuestro querido amigo Miguel Ángel Leal Menchaca que sigue las mismas directrices: “Terquedad” en su libro Mujeres frígidas y que también aparece en la antología El Tren de la ausencia preparada por Eduardo Villegas (Ed. Cofradía de coyotes), donde el chavo acompaña a la novia a su casa y descubre a la suculenta mamá y sucede lo que tenía que suceder entre el inexperto joven y la mujer madura. Ambos, el guión y el cuento, son dignos de atención y lectura. Auténtica sorpresa encontrarse con el poeta español Benjamín Prado y su libro Yo sólo puedo estar contigo o contra mí. Antología poética (Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de PueblaCírculo de Poesía, México, 2012. 116 pp.), pues ya tenía un buen tiempo que ningún poeta me impresionaba y emocionaba, además de llenar mi cabeza

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de múltiples ideas. Y aquí en estos textos, comenzaron a sonar las ideas y los tonos que necesitaba para un libro de poemas de amor al que no le agarraba el hilo y son precisamente la “poesía de circunstancias”, como lo califica y cataloga Antonio Deltoro a lo que también escribe Luis García Montero o de “la nueva sentimentalidad”. Y eso, muchos años antes aquí en México, precisamente en los años setenta, lo hacía mi querido amigo Ricardo Castillo, escribir los poemas con un tono conversacional, coloquial, poemas de circunstancias como si fuera la charla de unos amigos en una cantina y eso fue su libro El pobrecito señor X, poemas que nos hicieron ver la literatura de otra manera. Muchos poetas mexicanos tienen ese tono, ese modo conversacional, pero por desgracia no tenemos industria editorial y cuando hay modo de publicar en editoriales mexicanas –las cuales por cierto son pocas– no pega la producción poética. Precisamente ese tono lo adquiere, lo tiene, Moisés Zurita Zafra (Tunuchi, Oax., 1967) en su libro de poemas más reciente: Esos lodos, a un paso del desastre (Ed. Molino de Letras, México, 2018. 90 pp.), donde los dos motores para hacer literatura, los dos elementos esenciales –la evocación y la invocación– siempre están presentes. Los recuerdos que se vuelven historia y los deseos que se vuelven poesía se dan la mano en estos textos divididos en ocho espacios y, sin embargo, con una unidad emotiva y literaria. El poeta se pregunta, se responde, se cuestiona, la poesía y la filosofía, la poesía y la política, son siempre afines, por eso Octavio Paz señala que la poesía siempre está con la revolución y con la religión, es arenga política o proclama y es oración o plegaria. Nuestro poeta adquiere un tono discursivo que es como una charla consigo mismo, donde la queja y la alegría son lo mismo. Sin ninguna duda un volumen de madurez de un autor que


parecía más cercano a la narrativa que a la poesía, aunque una cosa no excluye a la otra. Bien por este poemario de reflexión y lucidez del estimado Moi, fundador de nuestra revista. El 23 de agosto del 2018, mi querido maestro y amigo Huberto Bátiz falleció. Hay una larga historia entre el maestro y quien esto escribe, sobre todo porque lo conocí antes de presentarme al suplemento “Sábado” del diario unomásuno, por charlas con Gustavo Sainz y otros maestros escritores. Yo ya colaboraba en el diario cuando hubo la posibilidad de también hacerlo en el suplemento. Y así sucedió, pero una de esas tardes en que llevé mi colaboración Bátiz ojeaba y hojeaba una revista masculina llamada Su Otro Yo, donde yo era jefe de redacción y luego jefe de información –intercambiados con Emiliano Pérez Cruz, quien también fue uno y lo otro–, viendo a Wanda Seux y las colaboraciones de Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Renato Leduc y varios autores más, cuando exclamó: “Esta sí que es una buena revista, viejas encueradas al lado de grandes escritores e intelectuales”. Le comenté que colaboraba en ella y quiso conocer al director de la misma, el inolvidable Vicente Ortega Colunga, a quien también le comenté de los deseo de Bátiz, lo que le causó también mucho placer. Se concertó la cita y comimos juntos, pero Colungón invitó a varias de las mujeres que posaron para la revista y Bátiz –que era un erotómano– estaba feliz. Por parte de Bátiz nunca recibí un regaño o rechazo, y una vez que sí hizo lo segundo, porque le llevé una nota de Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, sencillamente salí del periódico, caminé unas dos calles y la llevé a la redacción del suplemento de Siempre!, donde estaban Ignacio Solares y Pepe Gordon, quienes preparaban por mera coincidencia un número monográfico sobre el autor colombiano, quienes recibieron la nota con mucho entusiasmo. En otra ocasión Bátiz nos

quiso regañar a Ignacio Trejo Fuentes y a mí por publicar en el diario Excélsior de los espurios, pero sencillamente le dijimos que nos había pedido las colaboraciones don Edmundo Valadés, a quien no le podíamos decir que no y ahí quedó todo: seguimos colaborando Nacho y yo en los dos diarios, incluso en las páginas culturales del diario de Reforma y Bucareli, dimos la noticia de la muerte de Julio Cortázar, porque el domingo que falleció, le avisaron de la Agencia France Press –creo que fue el escritor colombiano Eduardo García Aguilar, quien era el corresponsal– a Juan Rulfo, quien estaba en la sala Manuel M. Ponce presentando un libro de Mempo Giardinelli. Salimos de Bellas Artes y nos fuimos directamente a redactar nuestros artículos sobre el argentino enorme para el Excélsior. Bátiz me platicó muchas anécdotas donde los protagonistas era escritores además formó a muchos reseñistas y cronistas del unomásuno; él era muy controvertido por la forma en que daba sus clases y el modo en que después dirigió el suplemento, al cual le dio mucho aire, mucha consistencia y apertura, como sucedió con la sección “Desolladero” que yo inauguré con un texto en contra del libro de Enrique Aguilar sobre el querido Elías Nandino, lo que le dio mucha alegría a Bátiz porque decía que dos alumnos de Gustavo Sainz se enfrentaba y desollaban, de ahí el nombre de la sección, una de las más leídas porque no faltó quien atacara en el transcurso de la semana y era la sección que todos buscaban. Descanse en paz el querido maestro. El infatigable “Coyote Mayor” y amigo Eduardo y Villegas sigue en su constante quehacer editorial. Ahora poniendo en circulación una serie que se llama “Folletín Dorado” del cual ya están ocho títulos a la mano y que se iniciaron con Saludable necesidad de Raúl Renán. Los editores, Villegas y Gonzalo Martré señalan que “La

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literatura mexicana tiene en sus filas un puñado de autores que se hallan escondidos debajo del tapete del tiempo y del olvido; muchos de ellos no aparecen en las antologías oficiales y su obra es de difícil acceso, por lo que descubrirlos puede ser una extraña casualidad. Nos hemos propuesto recordarlos mediante libros y plaquetas conmemorativas. Igual los acompañaremos con plumas valiosas de la actualidad”. Por lo pronto aquí están Testimonios y poemas de Xorge del Campo, Anatomía del deseo de Askar Biyiwe, 14 dolores y un gozo de Roberto López Moreno, Dicen que se disfraza de impar catrina de Víctor Roura, Canciones para gandallas y otros poemas urbanos de Jesús Luis Benitez “EL Búker”, Testimonios, cuentos y poemas de Alfredo Cardona Peña y Dieciocho inútiles poemas de amor para ti, para ella o para nadie de quien esto escribe. No quisiera que el Molino de Novedades Editoriales se volviera una sección de notas necrófilas, pero como decía el gran Renato Leduc “Se está muriendo mucha gente que antes no se moría” y ese sería el caso de la joven poeta Ayari Lüders, la historiadora y poeta Raquel Huerta-Nava –hija de El gran cocodrilo Efraín y la querida Thelma–, el gran Fernando del Paso, quien falleció a finales del 2018 y el poeta uruguayomexicano Saúl Ibargoyen (1930-2019), pero es una generación de amigos que ya le va rindiendo tributo a la madre tierra y ni modo. En próximos Molinos escribiré sobre algunos de ellos con los que tuve charlas fecundas y enseñanzas sublimes, sobre todo Fernando del Paso y Saúl, con quien me tocó en algún encuentro literario compartir habitación y tuvimos ricas pláticas. La última vez que lo vi fue hace dos años en la Feria del Libro de la  en Pachuca, Hgo., donde comimos juntos. . Están sobre nuestra mesa-escritorio una gran cantidad de novedades editoriales, sobresale un título de mi

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querido amigo Miguel Ángel Leal Menchaca: Íncipt (Ed. Molino de Letras, México, 2018.106 pp.), aparte de otras docenas de libros como el de Stefan Bollmann, Mujeres y libros. Una pasión con consecuencia. Prólogo de Lola Larumbe Doral (Seix BarralPlaneta, México, 2015. 402 pp.); Teoría y didáctica del género terror de Jaime Ricardo Reyes (Cooperativa Editorial del Magisterio, Colombia, 2007. 206 pp. ¡Un librazo!); Los 43. Antología Literaria (Ediciones de Los Bastardos de la Uva, México, 2015. 190 pp.) de Eusebio Rubalcaba y Jorge Arturo Borja –compiladores– y Ricardo Lugo Viñas –editor–; Don quijote ¿muere cuerdo? y otras cuestiones cervantinas (Fondo de Cultura Económica.$85.00) de Margit Frenk; Los hijos de Yocasta. La huella de la madre (Fondo de Cultura Económica $115.00) de Christiane Oliver; El viaje que nunca termina. La narrativa de Malcolm Lowry (Fondo de Cultura Económica $175.00) de la canadiense Sherrill E. Grace; Los muertos no cuentan cuentos. Antología de narrativa joven del Estado de México de José Luis Herrera Arciniega (antologador) y otra gran cantidad de libros mágicos y maravillosos que, por fortuna o desgracia, aparecen en un país de no lectores, y que son “los muchos libros” de los que habla y se queja Gabriel Zaid. Y claro, me congratulo de que AMLO esté en la presidencia y hago votos por que se logre una auténtica transformación por el bien de los ciudadanos y la República, además de volver a fincar los cimientos de lo que queda de país después de 40 años de latrocinios de los gobiernos neoliberales. Por fortuna ya se fueron y comienza un nuevo camino lleno de esperanzas.


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Molino de Letras 110. Emiliano Pérez Cruz  

Este número lo dedicamos a Emiliano Pérez Cruz, uno de los autores mexicanos más prolíficos.

Molino de Letras 110. Emiliano Pérez Cruz  

Este número lo dedicamos a Emiliano Pérez Cruz, uno de los autores mexicanos más prolíficos.

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