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Madre Tierra

595-955-4297


Foto: Šà lvaro Luna Castillejos


Directorio Director fundador Moisés Zurita Zafra Dirección Juan Jorge Díaz Rivera Edición Patricia Castillejos Consejo Editorial Ignacio Trejo Fuentes Rolando Rosas Galicia Eusebio Ruvalcaba † Estrella del Valle Isolda Dosamantes Minerva Aguilar Temoltzin José Francisco Conde Ortega Arturo Trejo Villafuerte Miguel Ángel Leal Menchaca Marcial Fernández Marco Antonio Anaya Pérez Fabiola García Hernández Refugio Bautista Zane Álvaro González Pérez Alberto Chimal Gildardo Montoya Castro Pablo Ortiz del Toro Pedro Mendoza Diana Areli Jerónimo Romero Valeria Alejandra Ochoa Cruz Corresponsales Mónica Palacios Pedro Cabrera José Luis Herrera Arciniega Raúl Orrantia Bustos Raúl de León Eduardo Villegas Will Rodríguez Adrián Mendieta Moctezuma Samantha Martínez Maya Información David Zuriaga Jiménez Diseño Gráfico Juan Jorge Díaz Rivera José Luis Delgado Mendoza Álvaro Luna Castillejos Fotografía Juan David Sánchez Espejel Malí Marcof Jorge Enrique Ibarra Sánchez Captura Amaranta Luna C. Publicidad Tel. (01 595) 9556977 Cel. 5519546810 Prácticas profesionales Diana Valeria Molina Almaraz Viviana Patricio Cruz Erika Jaqueline Meza Monsalvo

Portada: Sexo Fotografía: Mareli Marcof Composición: Álvaro Luna Castillejos

editorial Sexo

Se dice que muy pocos animales tienen sexo –relaciones sexuales– por placer o recreación; la mayoría se aparea para la reproducción y obedece a los instintos, las hormonas. Tal vez los delfines y los bonobos sean otras especies conocidas que establecen alianzas a través del sexo, que crean comunidad y buscan el sexo a la menor provocación. La mayoría de las religiones –muy antiguas todas ellas– castigan el sexo y promueven la “fidelidad” –una postura contra natura–. Cuando las religiones sostienen que debemos tener sexo para procrear nos están limitando a una condición totalmente animal como los perros, los gatos, las vacas y los cerdos. No es muy clara la ruptura del primer pacto, según la tradición judeocristiana cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, se dice que comieron del fruto prohibido, probablemente un higo, aunque hay quienes sugieren que pecaron y otros que era el fruto de la sabiduría, de cualquier manera a partir de ahí tuvieron que cubrir sus cuerpos por pena. Aunque el sexo nos atrae, desde la propia palabra, la vida sexual del mundo fue una constante. Fue hasta mediados del siglo xx cuando de una planta mexicana, el barbasco, se sintetizó y surgió la píldora anticonceptiva; de ahí devino una de las primeras revoluciones mundiales: la sexual, acaso apenas opacada con la aparición del sida en el último cuarto del mismo siglo. Hasta no hace mucho se pensaba que el sexo debía ser con amor. Las parejas que se piden una muestra de amor no piensan precisamente en un poema, pero todo lo que nos han dicho sobre el sexo y amor era falso, apenas redescubrimos nuestra condición humana. Ahora la amistad, la verdadera, a veces va acompañada de sexo, pues ¿quién no está dispuesto a echarle una manita a una amiga o a un amigo? Moisés Zurita


sumario Poesía Miguel Morales Aguilar 6 Francisco Onarres 7

Fotos: Mareli Marcof

Narrativa Álbum de lo cotidiano – Aída López 9 Adiós Lolita, comes y te vas… - Miguel Ángel Leal Menchaca 11 Flor de Tuna (Novela por entregas) – Raúl Orrantia Bustos 17 La apuesta – Román Guadarrama 22

CARBONERA

Andrey Go 24

este número:

SEXO

Envío, Pacto de sal, De…, Lolita, Negativa – Gabriela Soberanis 30 Una flor – Enrique Zempoalteca Chávez 32 Vampiro invisible – Ericka Villaseñor 33 Baratas medias negras – Alba Tzuyuki Flores Romero 38 Grace desde el espejo – Enrique I. Castillo 40 Jugar con fuego – Isolda Dosamantes 42 El sexo en la derecha conservadora del siglo XXI – Refugio Bautista Zane 45

Historias de Ciencia no ficción Del sexo y la trascendencia de la carne – Pablo del Toro 49 Ensayo Los heterónimos de Fernando Pessoa y José Emilio Pacheco – Arturo Trejo Villafuerte 53 El inolvidable poeta y narrador Severino Salazar – Dolores Castro 59 Recomendaciones/Reseñas Molino de Novedades Editoriales – Arturo Trejo Villafuerte 62

Encuentra también en www.molinodeletras.org en nuestra edición digital: CUENTO: Aunque me maldigan de Alejandro Ordóñez. ENSAYO: Divagaciones sobre la tierra. Pt. 2 de Samantha Belén Martínez Maya. CRÓNICA: Por Azares... de Indra Garduño Reynoso / Entrevista a Gildardo Montoya. La armónica que tocaba mi padre, guía mis pasos, mi poesía de Omar Alí Rodríguez Castillo e Isaías Arturo Espinosa Espinosa / Don Florentino y de cómo la planta de chilcuague quita dolores musculares de Andrés Zurita Zafra. Molino de Letras, Año 19, No. 106, marzo-abril 2018, es una publicación bimestral editada por Fortunato Moisés Zurita Zafra. Calle Miguel Negrete 336 L. 15 C. 40, Fraccionamiento Xolache, Texcoco, Estado de México, C.P. 56110, Tel. 5519546810, zurit9@hotmail.com. Editor responsable: Fortunato Moisés Zurita Zafra. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo No. 04-2011-062209030200-102, ISSN: 2007-5650, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor, licitud de título: 4769, licitud de contenido: 147, otorgado por la Comisión Calificadora de Publicaciones y Revistas Ilustradas de la Secretaría de Gobernación. Impresa por Imprensel, S.A. de C.V. Av. Catarroja No. 443 Int. 9, Col. María Esther Zuno de Echeverría,Iztapalapa, D.F., México C.P. 09860 Tel. 58661835. Este número se terminó de imprimir el 15 de marzo de 2018 con un tiraje de 3 000 ejemplares. Las opiniones expresadas por los autores no necesariamente reflejan la postura del editor de la publicación. Se autoriza la reproducción total o parcial de los contenidos e imágenes de la publicación si se cita la fuente. molino_de_letras@yahoo.com.mx; zurit9@hotmail.com; zurita@correo.chapingo.mx; contacto@molinodeletras.org

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Derivado de Espiritrompa ¿Sabías que la lengua de las mariposas es como la trompa de un elefante? Y besa el pétalo del rocío, el pliegue de una bandera pensativa, el belfo de un saxofón, los pálpitos de Althusser, las palabras punteagudas de Jeremías, la hospitalidad de un libro para que nuestros sueños no se mueran de frío. Va de un jardín a otro la breve mariposa como el muelle de un reloj, envuelta en el óleo encendido de sus alas variopintas y cimeras. De la espiga a la flor posa su espíritu en el vidrioso albedrío de una brizna en el arroyo, sin miedo ni esperanza. Hay que detenerse a mirarla. ¡Mírala! Así, con coraje de ser y sin engaño, la liviana pedagoga enseña el lenguaje de las rosas, a los escarabajos y chapulines, a las chachalacas y los piojos, hasta que sus enseñanzas impacten a una generación, a una tan solamente, para que la libertad sea más que un concepto; aunque le claven alfileres en los museos y enciclopedias, y le griten que es un espiritrompa, un evangelista del presente, un predicador del hombre nuevo, un besador de ideas moribundas. 1 Nació en la ciudad de Torreón, Coahuila, Los que vociferan traición y celdas no saben donde es promotor de la lectura. Miembro fundador del grupo literario “Poetas de que la libertad no se mendiga. hojasé” y del Centro Comunitario de Lectura “Quijoteca, desde 2010”. Campeón Regional de Ajedrez y Campeón Nacional de Declamación. A pesar de ser poeta, es feliz. Actualmente estudia la licenciatura de Español en la Escuela Normal Superior de La Laguna Cursos Intensivos e imparte clases en el Centro de Estudios Literarios y en uno que otro colegio particular de la región

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Miguel Morales Aguilar1


IX En tus mentiras he confiado culpando a la verdad en tus ojos, a base de timbres de letras que parpadean de sonidos lisonjeros pretendo olvido suturo recuerdos. Te he visto a través de la ventana cuando bajas del azul, en un halo apenas percibido dejas la estela de tu farsa arrojada bajo el neumático, la veracidad de tu paso duele más que la espera y donde escondes la sonrisa sucumbe el horizonte. Te acercas y te creo por la necesidad de ver entre la densa capa de tu pelo todo el dolor del pasado, la entrepierna presente y la marea desesperada, así es como todo transcurre: tú fingiendo para mí yo creyendo por vivir.

XII

Si te lo repito todas las veces que no escuchas dejarías de ser tú, a pesar de la eterna sordera que nunca deja de callar empiezo a pensar por los dos, de nuevo quiero verte entre mis venas sangrar por los ojos como siempre lo haces dudaremos juntos de todo lo nuestro empezaremos a comernos poco a poco, así como se empieza la muerte como nos llega la edad como nunca nadie te dijo que sería, porque las dudas han vuelto y toda tu sombra se volvió abismo para perdernos para asirnos para nunca, no me llames más con ese nombre, ese, que se quedó entre tus piernas.

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XIX

La saliva incinera los viejos maderos que me habitan, entre paredes dibujadas por huellas de labios escucho la música que despierta la intuición, siglos de sangre cargo en la espalda incapaces de explicar la sensación que dejas cada vez que tu aliento se posa en mis palabras, miro a través de tu boca y lo que hace me lleva a cuestionar si estoy a punto de morir o de nacer, me recorres intentando saber más de mí que ninguna otra antes de ti, tus preguntas se responden guiadas por el sabor, inquieto pero estático sigo tu juego, entre agua salada y ríos de lava fundamos ciudades levantamos imperios, ¡Nuestro linaje poblará esta tierra! por tu voz se sabrá del amor que alza y socava capaz de redimir y asesinar.

Francisco Onarres 1

Estudia Lengua y Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha participado en diversos talleres de creación literaria; dirigió el taller libre de poesía “Letras en vela”, en Cancún. Sus poemas y cuentos han sido publicados en diversos medios, tanto escritos como digitales. 1

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Álbum de lo cotidiano Aída López1

Observo a lo lejos la misma banca de hierro despintada, apenas ocupada de vez en cuando por los niños que corretean a las palomas. El parque de San Juan en Mérida, quizá sea el único lugar que ha podido exiliarse del ajetreo cotidiano de la gran ciudad. Ya no me apresura el tiempo, no necesito ritmo; tampoco me afecta el ruido o el polvo que levanta el aire enojado. Los que estuvieron, ya no están. Nuevos rostros completan el paisaje, las calles del centro histórico de la ciudad. Algunos disfrutan del sol, otros de la luna. En medio del parque, incansable está la Venus negra reciclando el agua de la fuente. ¿Cuántos años tendrá? Nunca lo supe, pero ella sigue sin envejecer como testigo del encanecido tiempo. Yo la acompaño. La reconozco, no sé si ella a mí. Siendo un niño me sumergía en sus aguas chapoteando para refrescarme, alguna vez me pareció verla sonreír, pero no estoy seguro. En cada mujer cuidando a su hijo de las travesuras, veo a mi madre; la misma expresión de preocupación ante el peligro de que su pequeño pueda caerse de un columpio o cuando su vista no lo alcanza a encontrar. El hombre que vende las palomitas en un viejo carrito pintado de rojo, tiene la misma figura pero no el mismo rostro, quizá sea su nieto u otro. El hombre ocupa el mismo lugar frente al algodonero de azúcar, pedazos de nubes blancas, rosas y azules. Antojos salados y dulces dispuestos a capricho de quienes disfrutan el oasis verde de árboles ancestrales y otros no tanto que van inclinando sus ramas en busca de la caricia del día. Una cancha agrietada al otro lado de los bohemios, aviva el sueño de los adolescentes que aspiran a ser estrellas de futbol. Sudorosos corren, se enojan, saltan, algunos se despojan 1 Nació en 1964 en Mérida, Yucatán. Estudió de la playera. El balón desgastado es psicología en la Universidad Autónoma de Yucatán. Cursó el Diplomado de Creación depositario de los desenfrenos y maledicencias Literaria en la Sociedad General de que la testosterona acentúa. Vociferaciones Escritores de México (sogem) Guadalajara ensordecen el paso acompasado o presuroso y en la Escuela de Escritores de Yucatán de quienes intentan llegar al paradero de Leopoldo Peniche Vallado. Ha publicado sus autobús. Hombres y mujeres se secan el trabajos en antologías y revistas de varios sudor, miran sus relojes otros hacen llamadas estados de la república. 9


desde su móvil; unos tranquilos otros nerviosos, con lentes, sin lentes, altos, bajos, jóvenes, viejos, solos, acompañados, todos se enajenan del entorno. Convergen por destino. Los merolicos acuden al parque con la esperanza de persuadir con sus remedios. Quimeras que los desolados o confiados, quizá ingenuos, compran para aliviar alguna dolencia. Los hay para la gripe, el dolor de cabeza, el estrés, el insomnio; para la ansiedad en la que todos están inmersos por la inseguridad, el desempleo y por los amores fugaces que cada vez son más frecuentes en una ciudad en la que todos parecen extraños, donde lo único seguro es el cielo para los creyentes y el infierno para los pecadores. A mis espaldas está la banca de los bohemios, apartada en un extremo, lejos del bullicio infantil, donde segundas y terceras generaciones se reúnen para contar sus aventuras de Don Juan, algunos se acompañan de un cigarrillo. Recordar enciende sus rostros, les resta años. Giran la cabeza hacia la buenamoza que pasa, siempre tienen algo que piropear. Sus picardías develan sus pérdidas al sonreír: dentaduras incompletas, pieles ajadas, que no merman sus aventuras inconfesables. Al declinar la tarde la vista deslumbra con espejos, brillos y lentejuelas desfilan en colores ataviando mujeres entaconadas. Ninguna permanece, siguen su camino cierto para ellas y para algunos cuantos que saben de su oficio. Se oyen murmullos acerca del largo de la falda o el maquillaje penetrante, de cómo amanecerán, cuánto dinero pagará su cuerpo, de la tragedia en la que seguramente terminarán sus vidas. Entre tanta gente y bullicio nadie voltea a verme. Cuando las aves se posan en las copas de los árboles a veces me manchan con sus excreciones, nada que la lluvia no pueda lavar. Se acercan a mí al golpe del balón, o si los niños juegan a las escondidas. Cuando los estudiantes tienen una tarea de historia y leen la placa adherida a mi base, se enteran que alguna vez existí. El bronce revela el tiempo. Los años me han dejado sin brillo, sin el brillo que alguna vez tuvo Mérida.

Foto: ©Álvaro Luna Castillejos

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Adiós Lolita, cenas y te vas…

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Miguel Ángel Leal Menchaca2

Cuando Papá se enteró de que ella salía con un hombre que le doblaba la edad, y aún le sobraban años, puso el grito en el cielo. Hija no era tonta, y no podía no darse cuenta de que el tipo con el que se prodigaba tan generosamente, tanto en el auto como en los moteles y hasta en el pinche departamento que presumía en la colonia Agrícola Oriental, era un viejo, casi cincuentón, mientras que ella apenas andaba patinando en los dieciocho. Papá volteó el mundo al revés; injurió, golpeó, pataleó, pero todo fue inútil. Hija permaneció incólume, como quien contempla el atardecer en la playa desde los ventanales de un hotel de lujo. No la conmovieron ni el llanto de Mamá: –¡Por Dios, hijita! ¿Qué no te das cuenta de que lo hacemos por tu bien? Ni las amenazas del Papá: –¡A este hijo de la chingada lo voy a balacear! Sólo así aprenden estos abusivos pederastas. Ella no quiso escuchar la amenaza, ni siquiera sabía qué quería decir Papá con eso de pederasta. Prefirió, para no escuchar más reproches, recordar la tarde en que lo conoció: –Qué bonitas piernas, le dijo Él, sin ningún preámbulo. Ella, allí sentada, displicente, abandonada a la tardanza del presunto novio y a la impaciencia de su mejor amiga, la Irene, quien finalmente dio la espalda y se fue, no sin antes arrojarle el típico ai te ves, se quedó en la banca por inercia. Al parecer ya no esperaba que el baboso llegara. Seguramente le habían sido más seductores los ecos de la cascarita o la Dálmata (le decían así porque era una perra bien manchada) que le había hablado al oído. Pinche zorra ofrecida. Tenía fama de bajarle el novio a cualquiera. –Qué bonitas piernas, volvió a escuchar el piropo. –Y abren todos los días. Contestó ella sin pensar en el impacto de la respuesta, y mucho menos en las consecuencias. Él se puso colorado, obvio era que nunca esperó esas palabras, como que su experiencia donjuanesca no las registró. Ella se echó a reír de una manera tan escandalosa, que no pudo quedarse en la banca. Se paró y empezó a caminar como si quisiera huir. Pero no paraba de reír. Él la alcanzó a la entrada del Metro y se emparejó poniéndole la mano delicadamente sobre el hombro. –¿Qué dijiste? Le preguntó sin convicción. Ella dubitativa: –¿Qué escuchaste? Ya no hubo respuesta. Abordaron el transporte como si estuvieran repitiendo una rutina. Él la abrazó con tanta ternura que los pasajeros pensaron que eran padre e hija. Nadie la hizo de tos, ni quiso imaginarse 1 Este cuento pertenece al libro titulado nada que violentara su prisa y su pereza. A partir Incipit, que se publicara próximamente. de ese día, ella se desafanaba agresivamente de sus 2 Profesor Investigador de la Preparatoria amigas, hasta quedarse sola. El novio, ilusionado, Agrícola de la Universidad Autónoma Chapingo.

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pensó al principio que lo hacía para estar con él, pero pronto se dio el frentazo de su vida: –Esfúmate, Raulito, alguien más verga que tú está por llegar. No lo creía, pero ella lo había dejado en un santiamén, así como no queriendo, lo había cambiado por un anciano. Sólo atinó a hacer un tímido reclamo: –Es que debemos hablar. Algo te pasa, ya no eres la misma… Como Ella se percató de que todos los balbuceos del tal Raulito no eran sino pataleos de quien inexorablemente se está ahogando, porque los ahogados ya no dan patadas, sólo le dijo que se dieran un tiempo: –¿Te parece bien dos años? Apunta bien la fecha. Me buscas y acaso podremos hablar. Y se fue caminando como si el otro no existiera. Como esta escena se hiciera recurrente, las amigas se fueron esfumando paulatinamente y el tal Raulito también, aunque se tardó más, pues no perdía las esperanzas de recuperarla. Papá le espetó: –Eres una puta. Ella, muy tranquila: –Aún no, pero cuando lo sea y empiece a ganar dinero, espero compartirlo con ustedes, te ayudaré con los gastos de la casa, así ya no te quejarás. –No tienes madre, le dijo para rematarla. Mamá, como para llevarle la contra, seguía lloriqueando: –¿Qué vamos a hacer? –Nada, contestó Papá, pero una cosa sí te aseguro. Voy a matar a ese hijo de la chingada. Y tú, te me largas, no quiero volver a saber de ti. Es más, desde ahorita te lo digo: no quiero que me vayas a visitar a la cárcel cuando este pinche sea cadáver. Te puedes ir como chacha, pero entiéndelo bien, donde te encuentre, te voy a andar madreando, y más si te encuentro con ese adefesio. La noche continuó su rumbo. Ambos, Papá e Hija abandonaron la casa, pero tomaron caminos diferentes, aunque buscaban el mismo objetivo. Ella llegó pronto al departamento que Él tenía en la colonia Agrícola Oriental, sólo que en el momento en que se encontró frente a las puertas del edificio, se percató de que no tenía llaves, así que esperó a que algún vecino abriera la puerta para colarse y, después de tocar varias veces, pensó que Él no iba a abrir porque no estaba ahí. Así que se tiró en el suelo recargándose contra la pared en su improvisada maleta. Lo que Ella ignoraba, y quizás también Papá, es que Él no llegaría, andaba muy ocupado quedando bien con su exmujer, Luz Fernanda –le llamaremos así por lo pronto, aunque no le quede, o quizás sí el diminutivo– para que le diera el divorcio. Papá llegó al restaurante bar a donde le dijeron que lo podría encontrar, pero también fracasó. Se tomó cinco cervezas y tres tequilas para bajarse el coraje y, al parecer, la última copa le espetó y lo convenció de que lo hecho por su hija después de todo no era tan malo. Además, si el viejo se iba a ocupar de ella, le correspondía también la responsabilidad de mantenerla; sufragar sus gastos y pagarle la escuela. Ella terminaría de crecer con Él. Finalmente, su hija no era la primera niña que se encampanaba con un carcamal. Estaba tan sorprendido, tanto de su razonamiento como de su resignación, que intentó salir corriendo a compartirlos con su mujer, quien seguramente a esas horas seguiría llorando. Se paró de súbito, se enfundó la chamarra, asegurándose de que no se notara la pistola ni se cayera la cartera, y empezó a caminar. De pronto una mano en su hombro lo detuvo bruscamente: –¿A dónde? –Perdón –contestó incómodo. –Me voy a casa. –Sí, le dijo el dueño de la mano, pero tienes que pagar, ¿a quién le quieres ver la cara? –No, a nadie. Pásame la cuenta. En lugar de la cuenta recibió un empujón que lo obligó a besar el piso del antro, luego una serie de jalones que lo llevaron a un pasillo siniestro en donde, sin ningún orden, varias manos y pies

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lo golpeaban de manera despiadada. En la cara y en el cuerpo recibía el castigo y ya no atinaba a cubrirse o a incorporarse. Su cuerpo se fue haciendo a los golpes y pronto se quedó inmóvil, a manera de feto, como si estuviera desmayado. Lo despojaron de la chamarra y la camisa quedó hecha trizas. Luego lo aventaron por un callejón. –Para que no te andes pasando de verga –escuchó en la lejanía. El regreso a casa se volvió tortuoso, sin pistola, sin un centavo, sin cartera y sin dignidad, olvidó todo. Tocó la puerta, pues también le robaron las llaves. Mamá abrió, y sólo dejó de llorar para preguntarle, no sin antes exclamar: –¡Dios mío! ¿Qué te pasó? Conjeturó: seguramente se encontró al tipo y me lo madreó. ¡No puede ser! Papá, parco, como acostumbraba a comportarse cuando algo le apenaba, sólo dijo: –Calienta un poco de agua, a ver si puedes curarme. En ese instante ella se percató de que encima de los golpes, las magulladuras y la sangre, el hombre resoplaba alcohol. Entonces respondió indignada: –¿O sea que, fuiste a balacear al tipo o a emborracharte con él? Papá dio un manotazo en el rostro de la reclamante y con eso bastó para apagar cualquier futuro reproche. Así que Mamá sólo se concretó a curarlo sin dejar de gimotear. –Mañana, agregó Papá, hablaremos con más calma. Mamá preguntó temerosa, por si otro manotazo se hacía presente: –¿Entonces no lo balaceaste? ¿En dónde te hicieron esto? ¿Dónde has estado? Nunca en su vida marital le había hecho tantas preguntas. Papá, como era su costumbre, no contestó. Se fue a la recámara y encendió el televisor. Pasaban una película con Van Dame y, sintió verdadera envidia de aquel hombre que, golpeando a diestra y siniestra, se deshacía de enemigos como si fueran mosquitos. Pensó difusamente que debía aprender karate y defensa personal. Pensó también en conseguir una pistola y regresar al restaurante…, pensó que sólo iría a romperles unos cuantos cristales y echarse a correr, pensó que ya le estaba vedado correr. Sólo, poco antes de dormirse, pensó en cómo debían buscar a su hija para informarle que ya la habían perdonado. Un nieto, aunque fuera hijo del viejo, no estaría mal para alegrar aquella familia tan fracturada por el hastío que provoca la rutina. Mientras tanto, Él, en un escenario no muy lejano, departía alegremente con Luz Fernanda acerca de cómo podrían alcanzar de manera civilizada una separación que no los dañara, sobre todo, que no violentara a los niños. Él le había advertido que quería rehacer su vida; tenía derecho a intentarlo, pero también se sentía responsable por ella y por los dos pequeños. Nada de culpas, sólo era un prurito de responsabilidad. Luz Fer le decía a todo que sí, mientras le ofrecía otro ron con Coca cola. Se había esmerado en la cena y hasta le compró unos puros pequeños, tipo robusto, que eran sus preferidos, para que, como en los buenos tiempos, comiera, bebiera, fumara y, ya después verían cómo se arreglaban. El chiste es que la velada se prolongó y: –¿Por qué no te quedas? Ya es muy noche y, como está la delincuencia Él, espoleado por el confort y las dos manzanas gigantescas que asomaban bajo la transparencia de la blusa de –ya para entonces– Lucyfer, y ella tan cerca, pero sobre todo tan facilita, como hacía mucho tiempo no lo estaba, titubeó. En esos instantes, sin duda se borraron aquellas turbulentas noches en que ella, sistemáticamente, se negaba alegando cualquier cosa y Él, más caliente que una plancha, tenía que meterse al baño a hacerse un servicio precario para no morirse de las ganas. No, ahora estaba ahí, lista y dispuesta a todo. ¿A todo? ¿Por qué no probar? Ya los niños, tenía rato que habían desaparecido. Ninguna intrusión, sólo un inconveniente: –¿Sabes? Me gustaría… lo que pasa es que no vengo preparado, mira

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mi ropa, no tengo ni pijama, con eso de que ya no asisto aquí.…La mujer incisiva ante tan resbaladiza situación: –No importa, te pones una playera mía o lo que sea. –Pero mañana, no tengo ropa para el trabajo. La mujer aceptó que fuera a su departamento, total, no estaba muy lejos, sólo que, como cuando eran jóvenes: –Está bien, pero debes dejar una prenda, porque ¿cómo garantizas que vas a volver? Lo único que se le ocurrió, también como en los buenos tiempos, fue darle la cartera. Antes lo hacía para que fuera Ella quien se encargara de los pagos, incluso, en no pocas ocasiones, sólo lo requería para que firmara la tarjeta. –Aquí está, con el dinero y las tarjetas. Si no regreso, puedes gastar el efectivo y ordeñar los cajeros. Ella le entregó esa sonrisa de quienes tienen la certeza de haber triunfado. Sin embargo: –No es necesario que dejes esto. Te creo, mientras se le abrazaba ansiosa, quizás para que viera lo que se perdería si no volvía. Él cerró la puerta con la convicción de que esa noche disfrutaría a su ex mujer como en tanto tiempo no la había hecho. En el depa de la Agrícola Oriental, Hija esperaba recostada con la ilusión de que Él no tardaría. Había marcado insistente al cel, pero siempre la mandó al buzón. Desalentada, pero no vencida, sacó sus audífonos, según eso, para escuchar un poco de música, mientras que, a la pálida luz de una lámpara de pasillo, pretendía leer una revista de moda. La lectura se frustró, al parecer esa noche todo se frustraría. El cable de los audífonos se rompió y más que rápido se agotó la batería del cel. Al abrir la revista se percató que sólo era un abono más a su aburrimiento, así que se quedó dormida. Sin embargo, la dureza del piso y el viento de pasillo no le retribuyeron una buena siesta y, no obstante, se empeñó en soñar. El departamento era amplio, más que su pequeña recámara. Ella podría asearlo y hasta aprender a cocinar cuando a Él se le pasaran los hervores de andar pagando restaurantes. Además, tenía que aprender a cuidarle su dinero, quien quita y con el tiempo podrían cambiar de auto y ella se quedaría con el vochito, terminaría el bachillerato bajo la férula del esposo/tutor y hasta haría una carrera profesional. La ilusión de que aquello tendría duración la ganó. Sus padres la perdonarían cuando supieran que aun sin estar embarazada, se casarían, para que ellos se sintieran satisfechos y accedieran ¿por qué no?, en el futuro, a cuidar un nieto ¿o nieta? No lo sabía. Si era hombre le pondrían Francisco, como el papá de Él, pero si era niña, Regina, este era un nombre que siempre había soñado, aunque ahora hasta las sirvientas le ponían ese nombre a sus hijas. Efectivamente, ahora estaba soñando, lo supo cuando sintió en la cadera un leve golpe de zapato y luego un jalón: –¿Qué haces aquí? Preguntó Él a mansalva. –¿Yo? Ya me corrieron de la casa, me dijo mi Papá que no podía seguir contigo. Nos peleamos muy feo y decidí venirme a vivir aquí. Él se percató de que, a pesar de que era de madrugada, estaban dando espectáculo. Abrió la puerta, sin que le quedara claro si estaba haciendo lo correcto. Ella, apenas cerraron, se le abrazó y empezó a lloriquear sin mucha convicción; le dijo que su Papá no la bajaba de puta y que ni siquiera había comido. Le enganchó nuevamente su decisión de quedarse a vivir con Él y lo feliz que serían en aquel nidito de amor (así lo dijo, quien escribe no tiene la culpa de que sea un lugar común). Él ya no la escuchaba, la apartó suave, pero con firmeza, de sus brazos y la sentó. Sacó un poco de jamón, queso y un refresco del refrigerador, puso un pan Bimbo sobre la mesa, un cuchillo y la

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mayonesa y se fue a hacer una pequeña maleta, no sin escuchar el indescifrable y plañidero discurso de Ella que, anegada la cara, no atinaba si indignarse, ponerse más sentimental o seductora, prepararse un emparedado o preguntar en dónde estaban los chiles. De alguna manera ella creyó que él iba al baño, trató de interrogar si le preparaba uno a Él, pero el audio se perdía entre el ruido de los pocos autos que pasaban abajo y el que hacía Él, sacando un poco de ropa, cepillo de dientes, otros zapatos y una pastilla, no para dormir, sino para reforzar su sexualidad. De cualquier manera, Ella puso sobre una charola dos sándwiches, humedecidos por el llanto, pues a cada instante interrumpía la tarea para arrancarse las lágrimas con las manos. Sin embargo, toda esa tranquilidad generada por el lloriqueo se violentó de manera abrupta cuando lo vio salir con una maleta y un porta trajes al hombro. Dejó la faena de los preparativos y abrió los ojos de manera desorbitada, al momento que limpiaba, ahora sí con un trapo de cocina, sus anegados ojos: –¿A poco vas a salir? –Sí, mira, tengo una reunión importante en Oaxtepec y me están esperando. Es de trabajo, pero como sesionan a las nueve nos vamos ahorita en el carro. –Quiero ir contigo, no me puedo quedar aquí sola. –No, no te quedarás aquí. Termina de cenar y te vas, ai luego te llamo. Esto lo escuchó Ella, ahora sí dándose cuenta cabal de que Él no había puesto atención, ni en sus palabras, ni en sus lloriqueos, y, por lo mismo, no estaba enterado de nada. Así que inició una nueva pataleta que Él ya no presenció, pues cuando arrojaba los primeros objetos de la mesa, incluso los recién preparados sándwiches, al piso, escuchó el portazo, que fue como un colofón de ese infortunado encuentro. En realidad, la historia hubiera terminado así, sin embargo, como seguimos asistiendo a la rebelión de los personajes, como ya lo había experimentado Don Miguel de Unamuno en su célebre Niebla. Esto quiere decir, que los personajes ya no son los “de antes” ahora adquieren personalidad propia y quieren alcanzar destinos que el autor no había dibujado para ellos. Por eso se explica que Lolita, que así se llamaba Ella, lo cual no es muy original, pero tiene validez, no se haya conformado con ese final. Cuando Él hubo salido, a pesar de tanto ruego para que la llevara, Ella sin un plan b, pues estaba segura de que Él la esperaba con los brazos abiertos, recogió lo que quedaba de los sándwiches, cenó como no queriendo la cosa, luego se echó a dormir y al día siguiente muy temprano se fue a la casa, que apenas la noche anterior había abandonado. Resulta obvio aclarar que ni Padre ni Madre la esperaban, como también lo es que no pudieron disimular su desencanto al ver entrar a la muchacha, pues ilusamente pensaban que la del día anterior era la última escena que iban a vivir con ella. ¡Qué equivocados estaban! –¿Qué haces aquí? Preguntó Papá. Te dije que no quería volver a verte (para disimular). Mamá, gimoteando sin disimular: –Ay hijita, no sabes cómo nos tienes ¿Por qué nos haces esto? Ella, como no queriendo acordarse de la noche anterior, preguntó si podía quedarse a dormir, luego platicarían. Ellos aceptaron, en apariencia conformes, pero apenas entrada la noche le exigieron que hablara claro. Ella les explicó, aunque no muy convencida, que ya había terminado con el tal profesor, prometió que no volvería a meterse con alguien mayor de edad y agregó: menos si es casado. Ellos no le creyeron, pero la aceptaron, aunque no de muy

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buen grado, paladeaban ya ese extraño misterio que constituye el hecho de convertirse en abuelos. Sin embargo, apenas quedaron solos Padre y Madre, Él juro vengarse, nadie iba a utilizar así como así a su hija y luego aventarla como si fuera un objeto. Le presumió a Madre que, apenas se recuperara de los golpes, iba a madrear al pinche pederasta (así lo dijo). Como Madre creyó que sólo era una valentonada, de esas tan frecuentes en su marido, no objetó nada, además estaba muy contenta de haber recuperado a su hija, y para ella eso del honor y de que sólo la hubiera usado el profesor, eran ganas de su marido de hacerse la vida pesada y de contagiarla. Lo que no sabía es que su marido estaba verdaderamente indignado, mas no por lo que afirmaba, su verdadero coraje se cifraba en que él ya sentía que se había liberado de aquella hija tan inaprehensible y chiclosa, y que, además, sacaba provecho de esa unión, sin descontar que Ella agregó, en otra sintonía que, por lo demás, no se preocuparan, pues no estaba embarazada. En ese momento fue quizá la única vez en su vida marital que Papá y Mamá coincidieron, pues ambos preguntaron casi al unísono: –¡Que qué! Ella, muy tranquila les explicó que eso de la suspensión de la regla fue una idea que se le ocurrió para que el profe la llevara al matrimonio, pero que no estaba loca, no iba a desear que aquel viejo fuera el padre de su hijo, cuando fácilmente podría ser su abuelo. Bueno, en síntesis, toda esta información cayó en los padres como una verdadera frustración. Así que Papá sólo se aguantó una semana y fue a conseguir una pistola. Ahora se cercioró de que funcionara y, con el arma en la cintura, para más seguridad, se dirigió al restaurante bar que el profesor frecuentaba. Lo vio tan quitado de la pena bebiendo. Papá no lo sabía, pero el profesor estaba celebrando el reencuentro con su exesposa. Aquel hombre estaba tan entusiasmado y feliz, tan ajeno a la desgracia que estaba viviendo la familia de Papá, que se le hizo poca cosa tirotearlo ahí sobre la barra, además en esos pocos días en que convalecía su frustración, lo había soñado de rodillas mirando el cañón de la pistola y rogándole que no lo matara. Así que esperó pacientemente, al fin que la cerveza te da citas frecuentes con el baño, y cuando lo encontró orinando, pegada la cabeza a la pared, como todo borracho que se respete, le escupió ocho palabras y dos tiros por la espalda: –Así te quería agarrar, hijo de la chingada. El hombre, que estaba vaciando la cerveza en el mingitorio, sólo alcanzó a pedir que le permitiera terminar de orinar, pero Padre estaba tan furibundo que le sonrrajó los dos balazos en la cabeza. El profesor se volteó instintivamente, ya semimuerto y alcanzó a rociarlo de orines, por lo que Papá le soltó, ahora más encorajinado, otro balazo en el pecho. Lolita, siempre contraviniendo las órdenes de Papá, lo visitaría religiosamente cada semana, sólo para lavar su culpa con los improperios que Papá esgrimía mientras devoraba la comida que mandaba Mamá, que en nada se comparaba con la bazofia que le daban en el reclusorio. Culhuacán, agosto, 2017.

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Flor de Tuna Capítulo 15 Raúl Orrantia Bustos1

Diez cuarenta y cinco de la mañana. El acuerdo era vernos a las once en punto. La plaza comercial parecía estar apenas despertando. A excepción de los bancos y las compañías de luz y de teléfonos, en los establecimientos se paseaba si acaso uno que otro comprador. Yo caminaba con premura hacia la tienda en la que nos encontraríamos, evitando mirar a la zona de alimentos por miedo a la remota pero temida posibilidad de hallar allí a algún conocido. Después de la conversación con Arturo, la noche de la comida en la casa de campo de Víctor, me había deslizado hasta la computadora del estudio para buscar información en internet sobre Ariel Franco Figueroa. Ese nombre se repetía en cuentas de Facebook, Twitter e Instagram desde la Patagonia hasta las Islas Canarias, pero no existía una sola persona llamada así en todo Huelelagua de los Llanos. Al menos no en la web. Decidí entonces que contactaría a Fray Sebastián a la mañana siguiente al número de celular que me había dado. Sopesé si sería más conveniente llamar o enviar un mensaje (temía que al marcarle lo interrumpiera en sus deberes religiosos). Luego de haber meditado detenidamente mis palabras, escribí: “Fray Sebastián, soy Rebeca Ordóñez Cuesta. Espero me recuerde y sobre todo espero no incomodarlo. Necesito hablar con usted. ¿Cuándo podría verlo?” No pasó ni un minuto antes de que sintiera vibrar el teléfono entre mis manos.

Estudió Letras Italianas en la unam y actualmente realiza estudios de posgrado en Europa. 1

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“Por supuesto que la recuerdo, señora mía, y no me incomoda en absoluto. Le propongo vernos el jueves, que es el día que puedo salir, si usted no tiene inconveniente.” “Ningún inconveniente. El jueves está perfecto para mí. ¿A qué hora paso al convento?” Esta vez la respuesta de fray Sebastián llegó incluso antes de que la luz de mi celular se apagara y la pantalla se bloquease. “¡No, jamás en el convento! Le explicaré cuando la vea, pero en el convento haga de cuenta de que ya no existo para su merced… ¿El jueves a las once en la tienda de ropa M&H de Plaza Magnolias?” Respondí que sí, aunque con desconcierto, tanto por su negativa tan extraña a que yo lo buscara en el convento, cuanto por el lugar en que me había citado. La compañía internacional de vestido y accesorios Mujeres y Hombres, o M&H (si mal no recuerdo de un empresario del norte de Uruapan), cuenta en su sucursal de Plaza Magnolias con tres pisos de ropa para dama y uno más para caballeros. ¿Dónde precisamente encontraría a fray Sebastián? Pensé que la manera más sencilla de resolver el imprevisto era llegar más temprano a la cita y esperar a fray Sebastián cerca de la entrada principal de la tienda. Diez minutos antes de las once, ya me paseaba por los pasillos de blusas y faldas de M&H, a un costado de las escaleras eléctricas, desde donde podía vigilar a todo aquel que entrara o saliera. –Al que madruga Dios le ayuda –dijo alguien detrás de mí. Volteé y descubrí a fray Sebastián vestido de civil, sosteniendo en sus manos una blusa blanca de diminutas flores violetas. –Queridísima doña Rebeca, aquí me tiene a su disposición. ¿En qué puedo serle útil? –preguntó casi entre dientes, sin dirigirme la mirada. Antes de que yo pudiera responderle o incluso saludarlo, fray Sebastián se alejó unos metros de mí hasta llegar al estante de donde supongo había tomado la blusa, pues ahí la posó con delicadeza; se acercó nuevamente a mi lado, siempre fingiendo no conocerme, y agregó: –Disculpará mi señora las precauciones que tomo, pero ya entenderá a su debido tiempo que lo hago más por usted que por mí. Volvió a alejarse, esta vez llevando consigo una falda azul de pliegues largos. Yo, desconcertada, permanecí inmóvil unos instantes. Luego entendí que debía seguir su ejemplo.

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–El sábado pasado –dije caminando por un pasillo paralelo al suyo–, el sábado pasado… Fray Sebastián, contrario a los modales que hasta entonces había tenido hacia mí, me interrumpió: –Conozco la noticia, queridísima doña Rebeca. Es para dar con el autor que me ha citado, ¿no es así? –¿Podrá ayudarme? –Eso depende de si es realmente mi señora quien desea mi ayuda y no su padre o hermano. –Ellos no saben nada de usted ni de los papeles que me dio –dije–. Pero si le causo desconfianza, ¿por qué aceptó verme? –Por el amor que le tengo a las criaturas del Señor, especialmente a las más indefensas y atormentadas –respondió en tono jocoso–: no olvide que soy un hermano. Fray Sebastián tomó otra falda del mismo modelo y empezó a compararla con la que ya tenía entre sus manos. Simuló buscar una talla en específico. Yo lo miré con extrañeza, preguntándome si no había contactado a un fraile disparatado. Él pareció leer mi pensamiento, por lo que añadió: –Al que pida se le dará, y el que busque hallará… ¿Qué su merced no dijo estar interesada en descubrir el lado oscuro de la ciudad el otro día en los conventos de Riva Salgado? Estas palabras me dejaron en silencio, lo cual él aprovechó para agregar con voz pausada: –Le ruego que reflexione bien lo que desea, doña Rebeca Ordóñez Cuesta, y que me encuentre dentro de unos minutos donde los pantalones de mezclilla, último pasillo a la derecha. No había nada que reflexionar. Lo que yo quería era saber si aquella nota infiltrada en el periódico era falsa o verdadera, y el único vínculo posible con su autor era fray Sebastián. –¿Entonces qué me puede decir de Ariel Franco Figueroa? –le pregunté una vez reunidos junto a los pantalones de mezclilla. Esa sería la primera y única ocasión en aquel día en que fray Sebastián girase su rostro hacia mí y me mirase directamente a los ojos: –No lo mencione por favor. Ese nombre no lo mencione nunca en público. –¿Por qué no? –Ya lo entenderá a su debido tiempo, señora mía. Comenzaba a cansarme de esa respuesta repetitiva de fray Sebastián. –¿Pero entonces qué puede decirme de… de él?

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–Nada. Su contestación me dejó perpleja. En ese momento se escuchó una voz de mujer por todo el establecimiento: “Se les recuerda a nuestros estimados clientes que las camisas y sacos para caballero están a treinta por ciento de descuento al pagar a seis meses sin intereses con su tarjeta M&H preferente.” –¿Nada? –exclamé desilusionada– Pero necesito saber si lo que se dice en la nota es cierto. –Si eso es lo que su merced desea, entonces yo le puedo asegurar que todo lo que está escrito en ella es verdad. Le daría mi palabra de religioso si no fuera porque con frecuencia esa palabra vale únicamente para dos cosas en nuestros días. –¿Está usted insinuando que mi hermano… que don Nicolás…? –No, señora mía, yo no insinúo nada –me corrigió fray Sebastián–: estoy afirmando. No supe qué decir. Ni qué pensar. No sabía de hecho qué estaba haciendo ahí ni por qué estaba metiendo mis narices en donde no me incumbía. Fray Sebastián, notando mi turbación, dijo con tono suave y dulce: –Sé lo difícil que esto debe ser para su merced. Pero ya lo asimilará y entonces decidirá por cuenta propia a qué bando quiere pertenecer. Sólo recuerde que a los tibios los vomita el Señor. En ese momento me atreví a preguntar: –¿Usted es Ariel Franco Figueroa, fray Sebastián? –Ojalá lo fuera –respondió él, en esta ocasión sin alterarse–. Yo usaría las redes sociales en lugar de la prensa para difundir mis noticias. Debe tratarse de un intelectual romántico pero comprometido que se niega a aceptar el fin del periódico impreso, así como ciertos empresarios corruptos no terminan de darse cuenta que la era de la televisión abierta está en su ocaso. No puse verdadera atención a su respuesta. Mi pensamiento giraba en torno de una sola idea. –Si usted no es Ariel Franco Figueroa y además ese nombre le parece tan peligroso –dije–, ¿entonces por qué fue tan imprudente como para escribirme un recado en un manuscrito de él? Mi pregunta sonó más áspera y directa de lo que hubiera deseado, pero no puedo negar que la presencia de fray Sebastián comenzaba a incomodarme. Había obtenido lo que buscaba y eso era precisamente lo que me molestaba. Quería estar sola, empezar a olvidar. Ignorar el mundo nuevamente. –Comprendo su turbación, señora mía, y espero que a su vez comprenda su merced que aquel día en el convento yo

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debía correr el riesgo de escribirle en el único papel que llevaba conmigo. Después de haber escuchado su conversación con el abad Ingenuo, de haber espiado con cautela, pero con mucho detenimiento el semblante afligido y sincero de mi señora, me di cuenta de que usted podía ser una de los nuestros. Ahora estoy seguro de que lo es, de que lo será, queridísima doña Rebeca Ordoñez Cuesta. Fray Sebastián se arrodilló entonces sobre su pierna izquierda simulando mirar los pantalones de la primera fila; tomó discretamente mi mano derecha entre las suyas y la posó sobre su frente inclinada al piso: –Es tiempo de despedirme, pero recuerde que no está sola. Por favor, tenga cuidado, desconfíe de todo mundo. Y que la protección de Chewbacca la acompañe.

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La apuesta Román Guadarrama1

A Baldomero Lillo (+)

Cuando el gallo clavó el pico de su canto en el súpito cuerpo de la mañana, el niño dormía plácidamente. De repente, fue jalado del brazo y de un solo movimiento se le puso de pie. El frío del invierno lo puso a temblar y se soltó llorando. A su corta edad, no podía entender la violencia de su padre: casi le arranca el brazo. La madre intentó defenderlo, pero fue golpeada salvajemente: una cachetada y ella rodó por el suelo. El huerco se acostó y se echó encima los cobertores. El papá fue hacia él, lo tomó del brazo y lo puso de pie: otra vez el hielo y temblor corporal. Encolerizado, pataleó y en la confusión le dio a su progenitor un puntapié en los testículos; el otro se dobló y se derrumbó; después, con suma lentitud, se levantó, y se sobó el pubis; luego se acercó al muchacho, midió la distancia y le dio un golpe en la quijada. Luego el padre fue hacia el niño, lo levantó del pescuezo, como a un gazapo, lo paró de puntitas y le gritó en la cara: −Aunque chilles como una rata, aunque te escondas debajo de la falda de tu madre, hoy te vas a chambear, cabrón. No faltaba más. El niño se quiso acostar y el papá le pateó las nalgas. −¡Si te vuelves a echar te rompo la madre! Mientras temblaba, el niño metió las manos en las axilas y unos lagrimones resbalaron por sus mejillas, y lo mostraban tal como era: un ángel caído en desgracia. −¡Danos de tragar! ¡Vamos, muévete! –Dijo el padre, y la madre, meneando el rabo, se metió en la cocina y se puso a preparar tortillas de harina, huevos con chorizo y un café sin azúcar que resucitaba a un muerto. El hombre jaló al chiquillo hacia 1 (Nueva Rosita, Coahuila, 1963). Es la mesa y lo sentó de un solo movimiento. licenciado en Lengua y Literaturas La mamá intentó abrazarlo y fue empujaHispánicas y maestro en Letras Españolas da contra la pared, con tanta fuerza que se por la Facultad de Filosofía y Letras de quedó pasmada; luego, ella gritó: la unam. Es pasante de la licenciatura en Filosofía por la misma institución. −¡Déjalo, es un niño! Estudió Arte Dramático en el Instituto −¿Niño? ¿Adió? ¡Ahora va a tener “Andrés Soler” de la anda. Publicó el que trabajar! Que sepa el muy pendejo, lo poemario Los ojos de los sueños (Arlequín, que es ganar un peso. 2007), Memorias de un gasero (Consejo Editorial del Estado de Coahuila, 2009) Cuandoacabódealmorzar,el y La paradoja de los dioses (Universidad papá tomó un morral de ixtle, se lo echó Autónoma de Coahuila, 2011). Está en el en el hombro y jaló al chiquillo hacia la proceso de publicar una novela La otra cara de la moneda (201/).

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calle. Al salir, el viento le cacheteó el rostro y el frío lo abrazó con tal fuerza que parecía estar sumido en un mundo de hielo, inhóspito. Su cuerpo se puso en guardia y se echó a caminar, pues la voluntad en esos momentos era necesaria: había que sacar el cuerpo del pasmo. En la madrugada, las sombras arropaban al pueblo con su capote negro. El viento giraba y se dejaba caer en picada, como un cuervo herido. Remolinos de polvo dibujaban caminos y cubrían el desierto de melancolía. Rayos de luz pintaban las nubes con manchas parduzcas, marrones, anaranjadas; estrías alargadas con historias inverosímiles, fallidas. La basura caminaba por las calles e inundaba las callejas y los portalillos con escamas cafés, amarillas, bermejas… Después de caminar por las calles, se metió –junto con su padre− por la inmensa puerta del llano y sin voltear, siguió adelante, como una sombra que empuja la luz hacia la nada. No había dónde posar la mirada; salvo en esos cerros agrestes, puntiagudos, en esos terreros oníricos cortados con serrucho, que ahondaban –todavía más− la tristeza. El paisaje desolado y el presentimiento del porvenir le provocaron el vómito: sus ojos se desorbitaron y se dobló hacia adelante… De pronto el alba develó una torreta de madera: temblorosa, ladeada, como un elefante enfermo a punto de sucumbir. Las luces mercuriales hacían más desolado el paisaje. El niño miraba hacia el pueblito y éste aparecía como una mancha amorfa, sin gracia, un montón de casuchas sembradas por el azar. Volvió a sentir un latigazo en el estómago, sus intestinos se aflojaron y le dieron ganas de defecar. Supo entonces que el camino conducía hacia un “pocito” de carbón: un agujero en la tierra, peligroso, hediondo, donde los mineros más miserables se metían como topos, para arrancarle –a pico y pala– un cuajo a la tierra; una minita donde su padre se jugaba la vida seis días a la semana. Poco a poco fueron apareciendo entre las sombras, mineros temblorosos y adormilados que se preparaban para bajar al pozo. Los ojos de los hombres se hundían en unas ojeras negras, absurdas, como si se las pintaran con rímel; semejaban monstruos nacidos de la tierra. Tembloroso, el niño vio como su padre se dirigió hacia un minero alto, taciturno, y luego, fue señalado por el dedo paterno; sintió sobre sí el peso de las miradas, como un animalito al que hay que sacrificar. El extraño se rascó la nuca y meneó la cabeza; su papá se puso a discutir y a manotear. El huerco tenía una última esperanza: que aquel hombre tan impaciente se negara a que él bajara al pozo y lo regresara a dormir a la casa.

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Andrey Go Artista emergente de la región Acolhua, nace en la Ciudad de México pero desde los nueve años reside en el municipio de Texcoco, Estado de México. De padres dedicados de lleno a la docencia –Ana Esther Hernández Romero y el historiador Marcelo González Bustos– el niño Andrey es influenciado por conceptos como “conciencia de clase”, “revolución”, “comunismo”, a la vez que crece apreciando retratos y pinturas de personajes históricos como Ernesto “Che” Guevara, Zapata, entre otros; así es como se le da el acercamiento a la sensibilidad artística. Al cursar la carrera de Historia y Sociedad Contemporánea, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, decide entrar de tiempo completo al mundo de las Artes Plásticas. Su formación artística comienza inicialmente de forma autodidacta y después colabora en varios proyectos en el taller “Bernardo Ramírez”, a cargo del escultor Óscar Ramírez Quintero, y en el Taller de Dibujo de Figura Humana, impartido por el maestro Ramón Martínez Ocaranza. En su obra pictórica podemos ubicar desde la problemática social y política hasta el amor, lo sacro y los dolores que acongojan a la condición humana, representados mediante símbolos y figuras que establecen un diálogo directo con el espectador sin la necesidad de intermediarios. “No me gusta explicar mi obra, se me hace como contar el final de una película, creo que las personas saben exactamente qué interpretar de un cuadro; una vez que lo finalizo y expongo, casi ya no es mío, la obra sigue su camino solo, por su cuenta, sin mí”. En su haber cuenta con diversas exposiciones colectivas y una individual. Actualmente cursa el Taller de Grabado impartido en el faro Texcoco y forma parte de Grupo Colibrí y Grupo Icka, ambos dedicados a gestionar proyectos artísticos de impacto directo en la sociedad. facebook.com/andrey.go intagram.com/andrey._go/

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S E X O Foto: Mareli Marcof


S E X O

Envío Que todo líquido derramado, tibio entre mis muslos tan sólo por pensarte te llegue sin retraso. Que todo suspiro, gemido, grito emitido por mi garganta tan sólo por recordarte retumbe en tus oídos. Que toda ansia, calor, delirio, tan sólo por desearte viaje hasta tu cuerpo y que a él quede prendido. Te mando todo lo que dejaste por descuido. Quédatelo, ya no lo necesito.

Pacto de sal Esto no se piensa, solo estalla Mi boca tiene tu forma Retiene tu dureza Tu sal ya es mía.

De… De fuego terso y bailarín cambiante a los deseos. De arena nocturna, salada húmeda de tanto exilio. De promesa hecha ceniza para volar hasta tu ventana. De edificio, coral y tontería estructura fija en el paraíso. De olvidos y regreso nunca, nunca más tu delirio. De todo lo dicho, guardo la primera promesa. De jugo fresco a las dos de la mañana empapo los labios.

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Envío / Pacto de sal / De...


S E X O

Lolita

De tierna gesta tus manos se preparan. Los ojos observan campos recién sembrados. Caderas firmes y tersos frutos al tacto. ¡Ay! Cuánto liban tus labios aguamiel fresca, atrás quedaron cosechas maduras en tierras templadas. ¡Ay! Dislate profundo que hace corta tu respiración. Tacones y falda, pubis al aire. Enseñas, reduces, encaramas tus años a placer. Nínfula alada que refresca igual que lluvia a destiempo. De eco y piedra pronuncia tu nombre. La tienes, Ahora sueña. Cada quien lidie con sus demonios.

Negativa ¡No! Que la tibia entraña me confunda. ¡No! Nunca, jamás te atrevas ¡No! Convexa tu pupila. Despacio, susurras si es la muerte… ¡No! Aquí para siempre Entre jugos y calores ¡No! Y nace el suspiro Juego de vida y misterio. ¡No! Nunca jamás Fluye… te espero, gemido Arranca, regresa, muerde ¡No! Sigue y sigue, quieres ¿escuchar? Desde el principio te dije No… No pares, aquí amor…. Para siempre ¡No!

Gabriela Soberanis1 Estudió la Licenciatura en Ciencias Humanas en el Claustro de Sor Juana. Trabajó como editora en Leche y miel producciones. Ha impartido clases de literatura y filosofía a nivel medio superior. Narradora oral . Actualmente cursa la Licenciatura de Escritura creativa en el Centro Morelense de las Artes. 1

Lolita / Negativa

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S E X O

Una flor —Entra en mi boca como un manantial, sáciame de tu encuentro y hermosura. Líbrame de esta sed con tu lluvia y ahógame con la finura de tu cuerpo. Sofócame, empápame, que quiero beber de ti en el pozo de tus ojos. Desliza tu néctar a lo largo de mis poros, que quiero libar del nubarrón de tu cuerpo. Y después de saciarme, límpiame de toda impureza, de todo olvido, de la ausencia que a mi corazón entra cuando esporádicamente me abandonas. Irrumpo en tu caldo para saciar mi hambre, para renacer, para levantarme, para erguirme hasta ocultar mi rostro ante el padre que me humilla y me detiene. Flor que soy, con mis tallos recién pulidos, has de entrar por mis estigmas, recorrer con tus dedos mojados la agonía de mis pétalos hasta encontrar la semilla que habrá de hacerme madre.

Enrique Zempoalteca Chávez1

(Tlaxcala, 1998). Actualmente cursa la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana impartida por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha participado en talleres de poesía y crítica literaria, además de tertulias literarias y presentaciones de libros. Ha publicado una plaqueta de poemas bajo el nombre Conjunto de la lejanía dentro de la revista literaria electrónica La Rabia del Axolotl en el 2016. 1

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Una flor


S E X O

Vampiro invisible Ericka Villaseñor1

Se contoneaba al compás de una música de resonancia interior mientras se mordía los labios enrojecidos. Una camisa suelta era lo único que llevaba por ropa, pero poco importaba cuando la soledad resultaba ser la única compañía. Había dicho alguna vez que era una persona cansada a pesar de atravesar la flor de la vida, más bien, siempre se refería al efecto del equipaje de penas y glorias sobre sus hombros; un montón de historias incompletas y tristes, algunas trágicas, seguro existía también las ridículas, las teatrales, las de casualidades y destinos. No importaba el nombre del capítulo, lo cierto era que se añadía a su acervo vivencial. Movió la cadera de derecha a izquierda como formando un círculo invisible, se asomaron unas bragas inocentes con su respectivo trozo de piel. La estancia, un dormitorio pequeño con luces apagadas, se tornaba de matices azulados gracias al destello de la luna y la brisa nocturna que parecía traer su propio color. Entraba por la ventana con la parsimonia de un caracol, como ingrávida, quizás era neblina que esperaba transformarse en un humo fragante para la ocasión. Las sábanas estaban medianamente destendidas, se había recostado más de una vez hasta revolverlas y dejarlas tan desordenadas como el cabello que caía por su espalda como una cascada espumosa. Se mantenía de pie mirándose al espejo, deleitándose con su propio reflejo. Las pecas sobre sus mejillas le dotaban de un aire inocente que contrastaba con la avidez de sus ojos felinos y verdosos, un hermoso juego de facciones que hacían dudar al más caballero. Los pómulos resaltados y coloreados, los labios voluptuosos enmarcando una boca que no sabes

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Estudiante de ingeniería en la Universidad Veracruzana.  27 años. Aficionada a la escritura. Vampiro invisible

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si te va a sonreír o te morderá. La lengua juguetona que se asoma entre el conjunto perlado de sus dientes. Era increíble que esa mujer no tuviese un pretendiente ya, aunque perros no le faltaban. Se decía exclusiva, exquisita en sus gustos que iban más allá de una cartera llena o un rostro de adonis, no, de esos había bastantes. Ricachones que creían que con su dinero podían comprar al mundo, unos completos inútiles en toda materia, sobre todo en la cama. Se sentaban esperando ser complacidos, unos egoístas de primera que por comprar una joya hacían sentir a los demás como deudores de su atención y cariño. Imbéciles. Los chicos bonitos sí eran excelentes amantes, pero después de un buen revolcón eran incapaces de mantener una conversación inteligente. Se volvían una grabadora de auto idolatría que sí, a veces era capaz de lanzar algún cumplido, pero que no confluían a nada más certero ni profundo. Unos tontos, cabezas huecas. La experiencia le había llevado a ser selectiva después de tantos fracasos. Se cansó de buscar amor, solo ansiaba buenos ratos. Una plática agradable, unas caricias y salir corriendo. Los apodos despectivos a su persona dejaron de importarle hacía mucho, perdieron efecto en la adolescencia. Ahora en ellos solo veía prejuicios de gente irracional, incapaz de comprender la libertad y la vida, tachándola de infame. La rutina era encogerse de hombros y seguir. Como era de esperarse no tenía ni un pelo de tonta, esto no solo por la astucia que caracteriza a las mujeres de moral relajada, sino por una capacidad de pensamiento racional digna de un analítico. Pero sonreía, sus labios se curvaban en un gesto delicioso como de quien guarda un secreto. Hacía unos días había encontrado al amante perfecto, aunque “encontrar” no era el verbo correcto a la luz de la verdad. Alguien. Le gustaba llamarlo así porque se sentía incapaz de definirlo en su afán por no encapsularlo dentro de lo cotidiano y vulgar, a su vez, sentía que ese alguien era imposible de atrapar en cualquier concepto terreVampiro invisible

nal. Se volvía un ente intocable, despegado de la normalidad humana, aunque sí muy relacionado con su visceralidad. Así fue como desarrolló nictofilia. Un amor incontenible por las noches. Despertaba esperando la muerte del sol. El crepúsculo se volvía el fantástico preludio de ensoñación antes del feliz desenlace a la luz de la luna. Admitió volverse una autómata durante las horas diurnas, despachando todo pendiente e incluso acortando la interacción en su pequeño círculo personal. No era para menos. No existía nada más excitante para ella que el placer de una mente despierta dispuesta a tentarle, estimulándola hasta la fundición. Mas allí no terminaba el encanto. No fue solo el anzuelo mental, sino la mezcla perfecta y desenfrenada de pasión lo que terminó por encerrarla en el más disfrutable de los vicios. Nadie conocía su secreto. Quienes vivían alrededor de su pequeño departamento atestiguaban haber escuchado los más candentes gemidos y más de una vez, algún vecino curioso quiso descubrir el rostro de quien fuese su amante. Teorizaron varias veces acerca de las proporciones del mortal que era capaz de hacer vibrar a la diosa de esa manera, pero nunca miraron a nadie entrar o salir del cuartucho de 8x8. Lo llamaron el Vampiro Invisible por su misterio y aparente magia. A ella le divertían las tonterías de sus entrometidos vecinos, como si no fuese capaz de escuchar los cuchicheos cada vez que pasaba por allí. Ardían por preguntarle quién era el que acudía cada noche. Y cuando algún valiente chismoso lo hacía, la respuesta era la misma: Alguien. Se recostó finalmente sobre la cama suave, las puertas de su departamento estaban bajo llave como siempre, lo único abierto era la ventana. El frío que entraba le erizaba la piel, produciéndole un escalofrío por la ligereza de sus prendas, una incómoda sensación que le ayudaba a permanecer despierta mientras el momento llegaba. Era de madrugada, ningún ruido prorrumpía en el exterior. El cabello azabache se desperdigaba encima de la almohada como un manto


oscuro y suave que se retorcía, relajaba el cuerpo. Un suspiro escapó de sus labios. Un suspiro en el que se comprimían sensaciones y el mundo entero que hubo construido con su Vampiro. Tan insondables pueden ser cuando la fuente es el alma. Cerró los ojos suavemente mientras sus manos tanteaban en busca de algo perdido entre las sábanas. Entonces escuchó la voz. Sonrió por inercia. Ah. La voz seductora de su Vampiro Invisible. A ambos les hacía gracia el nombre, vaya que la gente es estúpida. Mas en ese momento no había tiempo para pensar en eso, solo eran ellos dos. Ella se mordió el labio con fuerza en cuanto escuchó su nombre proviniendo de esa boca hambrienta, la piel reaccionó por inercia, erizándose, los músculos se tensaron. Sus muslos. Cómo amaba el sonido de esa respiración agitada y animal, el atronar de los besos. Arqueó la espalda mientras una mano se deslizaba para desabrochar la camisa, el roce era cálido, suave, demasiado delicado para las palabras sucias que en un susurro desmenuzaban su decencia, si es que tenía una. Un botón, dos botones, tres. Un jalón y sus pechos desnudos quedaron expuestos. Su pequeña cúspide se irguió no solo por el preludio sino por el frío que al paso del tiempo se intensificaba. Eran tan redondos, suaves y blancos; se sacudían al compás de una respiración que se agitaba y el temblor. Te voy a comer las tetas, dijo. Ella gimió y se escuchó el sonido de una boca que chupó sin clemencia, succionando y humedeciendo con su lengua. Gruñidos, bufidos, un cierre bajándose por la excitación creciente que aumentaba la erección. El timbre se agudizó cuando sus tetas se exprimieron por una mano brusca que después buscó cosquillar los botones rosados, apretando con el índice y el pulgar para retorcerlos. Le enloquecía. La otra se abrió paso en descenso hasta sus muslos. Ah. Suspiró y vapor salió de su boca. Solamente él podía someterla de esa manera. No existía otro ser capaz de aplastar su voluntad de forma

tan gentil y dominante, de tal forma que amara ser la insulsa esclava que nada podía hacer en manos de su sobrenatural captor, cuyo poder excedía el conocimiento de los mortales. Se retorcía con el mismo sigilo con que una caricia se deslizaba en su piel fría. Abre esas piernas para mí, demandó hambriento. Entonces, sintió algo reptar por sus muslos, por inercia obedeció la orden para que una mano traviesa pudiese instalarse y dar inicio a un recorrido tan inapropiado como invasivo. El índice travieso descendió apenas haciéndose perceptible por el vientre para después hundirse en la depresión natural que constituía la unión de sus piernas. Sí, claro que se hundió, estaba húmedo y al entrar un poco para continuar el delineado invisible, ella respingó. La piel se erizó. El corazón desató un golpeteo veloz. Pero aquello era solo el inicio. Haciendo caso omiso de la reacción, usó otro de sus dedos, el medio para introducirlo entre la carne suave y húmeda, la misma que parecía ceder conforme profundizaba la intromisión. Siguió un ritmo cadente que era acompañado por una serie de palabras, palabras poco claras producto de una salivación excesiva, como quien se saborea un manjar y anhela atragantarse. La respiración del Vampiro también se escuchaba perturbada, amenazó claramente con anclar su boca y dejar que sus “colmillos” juguetearan con esos labios que parecían escurrir en néctar. Te voy a comer. Te voy a chupar tanto que no vas a poder hablar, ni siquiera para rogar que me detenga. Sí. Mira nada más como quiere recibirme. Un bufido nubló todo entendimiento de la mujer, luego arqueó la espalda. Su boca se abrió para liberar un gemido agudo e intermitente, entre el cual podía definirse el temblor por el frío pero que, en conjunto, creaba una sinfonía de placer delirante. Sus oídos se llenaron al escuchar cómo su boca chupaba, la saliva invertida cada vez que hundía el rostro entre sus piernas, ella las apretó por inercia. Era demasiado. De su boca salió Vampiro invisible

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un “no” muy mudo que no hizo más que exacerbar las energías con que su atacante trabajaba. De-detente, murmuró haciendo acopio de todas sus fuerzas y su escasa razón. La risita malévola le hizo saber que no lo haría, y si se detuvo fue solo para amenazar con introducir con más fuerza su lengua, recorriendo firme cada recoveco para chupar y succionar los deliciosos fluidos. La erección era un caso irreversible, no hacía más que endurecerse. Le palpitaba con insistencia clamando atención, queriendo hallar un lugar dentro del juego de lujuria. De cualquier forma, el Vampiro tenía algo de masoquista y usualmente esperaba estar al borde del derramamiento para penetrarla, insistiendo que así alcanzaba un placer mayor. No había nada más delicioso que desear algo hasta la locura y luego saciarlo; por ejemplo, hasta el agua que se bebe puede ser capaz de provocar un enorme placer si se tiene mucha sed. Apretó los dientes y volvió a gruñir, le enloquecía todo el ruido que ella hacía, le golpeaba y ponía su sangre a hervir. Sí. La deseaba tanto y esos juegos no hacían más que acrecentar su propia enfermedad. Por supuesto que él había puesto las reglas en aquellos encuentros, concluyendo que ella debía poseer tendencias muy similares a las suyas, disfrazadas bajo una apariencia más discreta y hasta asocial. Suerte o no, allí estaban. Terminó liberando el miembro de todo impedimento, de tal forma que se irguió apenas las telas se retiraron, harto de mantenerse apretado. El líquido preseminal le lubricaba preciosamente, digno de que unos labios se posaran sobre él para besarle. Pero estaba demasiado inmerso en el objeto de su obsesión como para prestarse atención a sí mismo. Tenía calor. El cabello se le pegaba al rostro. Sus facciones blancas le hacían parecer francamente fantasmal. Eres una delicia, dijo lamiéndose los labios. ¿Y sabes qué? No puedo más, te lo voy a meter de una vez. Ábrete más. Te Vampiro invisible

voy a partir. Te va a doler tanto que vas a llorar y no sabrás si de felicidad o placer. Me odiarás después de esto. Cállate y hazlo, exigió ella apretando los dientes. Vaho. Vaho espeso brotó de sus labios cuando el ritmo se volvió violento. Su cuerpo se sacudió acompasadamente, por un momento se tensó y se transformó en un ser sin voluntad valiéndose solo de las sensaciones y sentidos. El placer en su vientre le inundó cada centímetro del cuerpo, estaba mojadísima, sus sábanas habían sido víctimas de sus juegos nocturnos, mas nada de eso importaba cuando los espasmos se intensificaban. Adentro. Más adentro. Más fuerte. Sus bufidos le hicieron entrar al hervor. Abrió las piernas lo más que pudo para sentirlo más. Gritó. El sonido salió de la ventana, junto con todos los gemidos anteriores que, aunque arrastrándose, se volvían audibles por la quietud de la noche. Otro gemido largo. Se retorció hasta que un dialecto ininteligible salió de su boca, marcando el pináculo del orgasmo. Se le cortó la respiración por un instante y luego, se dejó caer luchando por aire, por volver a la realidad. Me corrí dentro. No lo querría de otra forma, sonrió, satisfecha. Te amo. Yo también te amo. Hubo respiraciones agitadas y algunos besos, mientras ambos asentaban la cabeza y sus almas volvían a su sitio de habitación. Volveré mañana. Descansa. Buenas noches. Ella buscó algo entre las sábanas, el celular había sobrevivido a la marejada y los movimientos involuntarios, apenas lo alcanzó, colgó la llamada con la mano limpia. Adiós, Vampiro Invisible, nunca lo descubrirían.


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Baratas medias negras Alba Tzuyuki Flores Romero1

Me desperté sobresaltado, con un sudor frío en el rostro. Vi el reloj del buró. La una y media. Laura no llegaba. Prendí el televisor pero decidí volver a apagarlo al darme cuenta que sólo había infomerciales. Cerré los ojos, quise volver a dormir, pero no pude. Escuché que un auto se detuvo en la acera de enfrente, me levanté, tomé un cigarro y lo encendí. Salí al balcón. Debajo de la lámpara se había estacionado un jetta rojo. En el asiento del copiloto miré la falda verde botella de Laura, sus muslos jugosos metidos en las baratas medias negras. Seguro estarían hablando de algo de la oficina o de lo bien que la pasaron bailando porque se quedaron así unos minutos, cada quien en su lugar. Luego ella tendría que haberse pasado al asiento del conductor porque ya no vi nada. Qué incomodidad, pensé. Tendrían que poner los seguros y echarían hacia atrás el asiento para tener más espacio y, en estos momentos, él bajaría su cierre y sacaría el pene expectante y ella levantaría su falda a la altura de la cintura, abriría con sus uñas un

Fue becaria del foecat. Autora de los libros de cuento: Mientras te perdías en la distancia (2003), El llanto de la mujer sin ojos (2010) y Penumbra (2013), editados por el Instituto Tlaxcalteca de la Cultura. Estudió el diplomado en Creación literaria de la sogem, Puebla. En 2011 recibió el premio estatal de cuento Beatriz Espejo. Ha publicado en diarios y revistas impresas y digitales. Poemas suyos aparecen en diversas antologías. Organizó las tres ediciones del Encuentro de Poesía Joven en Tlaxcala en 2011, 2013 y 2014. Desde 2016 organiza el Encuentro de Autores con Lectores en Tlaxcala para homenajear a Miguel N. Lira. 1

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Foto: Jorge Ibarra

orificio en las pantimedias, haría a un lado el bikini con su mano y se pondría a horcajadas encima del imbécil que la trajo. No le gusta lavar las pantimedias, las usa una o dos veces y las tira, así que nada le costaría romper éstas. Tiré la colilla de cigarro y prendí otro. Ahora él se dejaría jinetear, la tomaría de las nalgas y guiaría sus vaivenes de arriba abajo. Laura estaría gimiendo, enterrándole las uñas en el cuello, jalándole el cabello, diciendo así papi, qué rico, mordiéndole el lóbulo de la oreja, lamiéndole el cuello. Él pondría casi horizontal el respaldo, para obligarla a recostarse encima y seguir entrando y saliendo con lentas embestidas, pondría los senos de ella frente a su cara y le sacaría al menos uno para lamerlo con voracidad. Mientras, la fricción del clítoris con la tela de la falda y el pubis de él, harían que ella se viniera rápido como siempre que se frota, más que cuando es penetrada. Pero el acompañante no la dejaría ir así y con ansia, aceleraría el

ritmo, la empujaría fuertemente hacia abajo y exhalaría un largo ah mientras el chorro de líquido aperlado explotaría contra las paredes vaginales. Pisé el cigarro a medio fumar y puse otro entre mis labios. Ella, por supuesto, sacaría del bolso un kleenex para limpiar los rastros de semen que brillarían sobre el pantalón de él y en las pantimedias de ella Se acomodaría sostén, blusa y falda y se despediría con un beso largo y sudado. Apagué el tercer cigarro antes de que se acabara y quise prender otro, Laura se despediría entonces, así que no lo hice. Cerré el balcón sin hacer ruido y regresé a la cama. Alcancé a oír la portezuela del carro al azotarse y luego su taconeo hasta el departamento. Ahora vendría con cara de cansancio y tiraría las pantimedias en el bote del baño.

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Grace desde el espejo Enrique I. Castillo1

Entre las sábanas, Grace acercaba su cuerpo desnudo al mío. Tomaba mis manos –mi boca, mi nariz– para indicarme el camino que debía recorrer por cada centímetro de su piel. Después ya mis dedos reconocían a la perfección las curvas de sus caderas, la textura y dureza de sus pezones; mi boca el sabor de su lengua y el de su entrepierna; también tengo en la memoria el olor que emanaba de ella cuando estaba preparada para que la penetrara. Algunas ocasiones disfrutaba ponerme frente al espejo sólo para ver su reflejo sobre la cama o mientras se vestía. Sobre todo después de que salía de bañarse. Usaba agua tan caliente que el vapor invadía la habitación. Al verla así me parecía tan lejana, como si habitara entre la bruma de otra dimensión. Me gustaba la forma en que secaba su cuerpo. A conciencia pero con mucho tacto iba de un extremo a otro. Sus senos, libres y generosos, eran una invitación a perderme en ellos. Pero yo no me movía. Desde mi sitio sólo acariciaba mi pene ya erecto. Y si no me movía era porque en aquel rito sólo se me permitía asistir como espectador y nada más.

Nació en la Ciudad de México. Además de varios textos en Molino de Letras, ha publicado en la revista Los bastardos de la uva, el periódico El Financiero y la revista digital Kaja Negra. También ha participado en los libros Los 43. Antología literaria y Post Data/Post Mortem. 1

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Foto: Jorge Ibarra

Grace también me observaba a través del espejo. Cuando se peinaba había un instante en el que detenía el ir y venir del cepillo. Con sonrisa estudiada, pero sin volverse hacia mí, mandaba un beso al aire y decía: Hola, guapo. Yo tenía la certeza de que se dirigía al otro, a ese ente especular. Bebí de su vientre y bebí de su sexo. Whisky, su trago predilecto, del primero. Del otro, sus jugos vaginales. No podría decir de cuál me embriagaba más. Aunque si algo me volvía loco y alteraba mis sentidos era la combinación del sabor y el olor de su sangre. Esos días mi verga alcanzaba una dureza envidiable. Como si fueran tiempos medievales, empuñaba mi espada manchada de sangre e iba en pos de la batalla final. Mi recompensa sería beber de nuevo de aquel santo grial. No me di cuenta de que, en realidad, cada ocasión terminaba

derrotado y herido de muerte. Porque a esos encuentro carnales yo les llamé amor. El suicidio sentimental es común. Mis días con Grace terminaron cuando le pregunté si me amaba. Respondió con una mirada llena de piedad. Sus ojos fueron enfáticos y su gesto habría bastado para que yo entendiera, pero prefirió ser lapidaria. Dijo: el amor nunca llega y, aunque lo haga, no será suficiente. Nunca lo es. Desde que se fue he vuelto muchas veces al espejo, anhelo encontrarla ahí y ver cómo se despoja de la toalla, su cuerpo enrojecido por el agua caliente. Observo un buen rato hasta cerciorarme de que en el otro lado no hay nadie. Ni siquiera yo.

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Jugar con fuego Isolda Dosamantes1

Los conocí hace como diez meses, desde ese momento mi vida cambió. Cuando me mudé a su casa, me recibieron con una fiesta, los rones iban y venían, y después de tomar un poco me puse a bailar como en mucho tiempo no lo había hecho, libre, de tan libre me sentí feliz, por primera vez mi cuerpo danzaba sin temor al ridículo. Me sentía volar como si fuera un ángel, cuando de la nada apareció Roberto, su cabello largo y ojos luminosos me llevaron al beso y las caricias, sus caricias eran bruscas, me mordió una mejilla y casi con eso llegué al orgasmo; me cohibí y desperté de pronto de mi ensueño, a sugerencia mía fuimos por algo de comida, los molotes de tinga estaban deliciosos y eso ayudó a que recobrará los pies en el piso. Como a eso de las cuatro se fueron retirando los invitados, también Roberto se despidió, me fui a mi habitación aún con la sensación de su mordida. Llegué a esta casa por Alicia, mi compañera de danza árabe, en casa todos le nombraban Licha, tenía un cuerpo de envidia, su cabello rizado le daba a la cintura y su energía era inagotable. Por las mañanas se levantaba y se iba a correr, luego daba clases y siempre andaba con prisa; Alfredo, su pareja, al contrario de ella, era hogareño, hacía el desayuno, y se encargaba de la limpieza. Primero pensé que sólo había sido ese día, por aquello de la fiesta, pero me fui dando cuenta que todos los días él se encargaba de la cocina para todos, a primera hora de la mañana. Para mí era una nueva vida, divertida sin duda después de haber vivido casi 23 años con mi abuela, y haberme dormido generalmente después del noticiero de las 10 de la noche. Así que con toda la emoción en los hombros me fui haciendo a esta nueva vida, me levantaba casi al mismo tiempo que Licha y mientras Alfredo organizaba la cocina, le daba una pasada con la escoba a toda la casa y luego junto con Felipe, sacaba los botes de basura. Como siempre me hice cargo de los baños, siempre me ha gustado un baño pulcro, así que ese gusto se ha convertido, más que en

(Tlaxcala, 1969). Poeta y académica. Es maestra en Creación y Apreciación Literaria por Casa Lamm, especialista en Literatura Mexicana del Siglo xx por la uam y con Diplomado en Creación Literaria de la Escuela de Escritores de la sogem. Desde 1997 se ha dedicado a la docencia en México, China y Canadá. Destacan sus libros Después del Hambre, 2017, Apuntes de Viaje, 2012; Paisaje sobre la seda, 2008. Desde 2012 es Directora del Proyecto Cultural Independiente Galería Casa de la Nube. 1

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un carga, en una obsesión por su limpieza; en donde vivo nunca pueden faltar fibras, cepillos, piedra pómez, y detergentes. Todo iba viento en popa, antes de que este embrollo de ángeles y muertos se nos ocurriera. Felipe y yo nos encargábamos de la limpieza, yo los baños, él la cocina. Y aunque nunca teníamos tiempo para hacerlo a conciencia, yo me la pasaba en el teatro y él en la calle tomando fotos como desaforado, la casa siempre estaba limpia y todos los días había algo que comer. De vez en cuando le llamaba a mi abuela y religiosamente, durante los primeros meses iba a comer con ella, quien siempre me decía que comiera más, que me quitara esos pelos de la cara, que parecía que nunca me peinaba, luego puntualmente me daba su bendición y me decía, Lolita ya sabes aquí siempre te espera tu casa. Hoy es uno de esos días en que todo se agolpa de pronto. La danza siempre ha sido parte de mí, pero este día reniego de ella, no sé por qué tuve que hacerme amiga de Licha, Alfredo y Felipe; por estar con ellos, nunca se me ocurrió llamar a Roberto, aún me vuelvo loca entre las sábanas sólo de recordar su mordida. En fin, lo hecho, dicen que hecho está. De actriz pasé a ser modelo, re divertido; a veces yo, otras Licha y hasta Alfredo se prestaba para las fotos de Felipe. Primero fueron las frutas; disecarlas, ponerles brillo, burlarse de la naturaleza, y luego las fotos irónicas de la muerte futura de las plantas; si he de ser sincera, fue muy divertido jugar con ellas. Recuerdo una imagen: una piña con manzana, ensalada y el esqueleto de ambas llorando su alma y burlándose de la vida misma. Luego fueron las fotos de los basureros; lúdico encuentro con la inmundicia: latas, bolsas de fritura, periódicos, mi seno, mi cuerpo desnudo sobre vidrios empapados de aceite carbonizado, una humareda cubriendo el rostro, imágenes de suciedad con el cuerpo blanco, casi transparente de Licha; basura ordenada y sus manos jugando con su cuerpo. Todas las formas posibles en la imaginación de Felipe, cordones, tendederos, latas. Las sesiones de basura

fueron más largas que las de fruta, más sensuales. Cuando expusimos las fotografías fueron todo un éxito. Licha y Alfredo organizaron la cena de inauguración, adornaron cada platillo de forma excepcional, deambulaba entre el desnudo, el erotismo y la pornografía, era difícil medir los límites entre una y otra cosa. Los invitados se comían embriagados las gelatinas labios, los pasteles piernas. En medio del baile, otra sesión de fotos recorrió la casa. Felipe, en medio de un performance había pintado una franja de colores que alegraba la pared del comedor. Todos brindaban por el éxito del lente e imaginación de sus amigos. Siempre había fiesta en casa, la dicha parecía rondarnos, éramos una familia que disfrutaba cada momento. Entre copas surgió el proyecto, una serie de fotografía erótica en el cielo, en pocos días pusimos manos a la obra. Fue muy interesante, la escenografía estaba repleta de color, pétalos de flores, mariposas blancas volando por los aires, hasta Alfredo, que era más bien tímido, consiguió que le prestaran árboles pequeños y hasta pájaros. En la primera foto del proyecto me inquieté, fue excitante ver desvestirse a Licha y Alfredo, primero apenados pero, como todo era tan natural, al poco tiempo se olvidaron de la cámara y las luces; ellos gemían felices parecía que le hacían coro a los canarios, las piernas torneadas de los dos daban para muchas fotos, imágenes perfectas que incitaban al amor cuando ella se ponía sobre él y él se levantaba con fuerza para mantenerla adentro calientita. Ese día fue tan exitoso, que recordé la mordida de Roberto y me fui lentamente a la habitación de Felipe, me metí en su cama e hicimos el amor, por vez primera, con la fuerza de un toro en la plaza, con la elegancia de un torero. En las fotos del purgatorio nacieron los celos, Felipe miraba a Licha con lujuria, yo me di bien cuenta; y a decir verdad a mí se me antojaba tener sexo con Alfredo, nuestra casa se había convertido en un paraíso del placer, tanto vernos, Jugar con fuego

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tanto tocarnos, nos llevaba hacia la piel del otro. Una tarde de huracanes, en que el frío se incrustaba por los rincones de la casa y empujaba al deseo, nos encerramos y dejamos la escenografía al azar. Como en la vida diaria, Licha y Alfredo comenzaron su rito sexual tratando de expresar la fuerza de las noches y el deseo de la carne por la carne, pero algo faltaba, así que cuando me di cuenta ya estaba yo acariciando a Alfredo y Felipe se había desnudado mientras accionaba su cámara una y otra vez. Al finalizar Licha estaba un poco seria, un poco enojada por mi intromisión en la escena, Alfredo demasiado amable y Felipe no se daba abasto en su felicidad de cuarto oscuro. Y el infierno. No deseo recordar lo que fue eso, estaban Licha y Alfredo muy juntos, besándose cuando se me hizo agua la boca: yo me quedaba parada sintiendo como las llamas del deseo me consumían. Felipe comenzó a masturbarse, luego se acercó a mí, rompió mi ropa por la fuerza, recordé la mordida de Roberto, trate de defenderme. La sensación de sus dientes en mi mejilla, se me metió la idea de cambio de parejas, los labios de Roberto me atormentaban, sus caricias fuertes, su mordida. Terminamos los cuatro en la cama, disfrutando el placer de seis

manos acariciando mis senos y la boca ardiente de Felipe, comencé a morderlos, primero suave, luego imitando los labios de Roberto, en cada mordida la boca de Roberto sobre mi piel, todos estábamos ardientes, todos gritamos en la dicha instantánea del placer. Aquel otoño partieron, Licha empacó sus cosas esa madrugada, después de gritos y bofetadas azotó la puerta. Alfredo pareció volverse loco. Con pintura negra de zapatos, se fue contra la franja de la pared, luego a su cuarto. Felipe, intolerante, me culpó de ser amante de Alfredo y salió de casa. Yo no podía moverme; observaba cómo Alfredo rompía las cosas, dejaba de comer y no salía de casa. Tonta de mí cuando le llevé una ensalada de fruta. Rabioso y babeando se acercó a mí, amenazante con un puño cerrado. El teléfono sonó y logró distraerlo. Aproveché esto para salir a la calle. Cuando regresé, todo estaba deshecho. Alfredo se había ido. Recogí un poco, cambié la cerradura, intenté dormir. Fueron semanas de ruidos atroces, sin hambre, de perder cosas y sin ningunas ganas de salir. Cuando empecé a beber mi sangre, me sentí tranquila. Un día llegaron a cobrar la renta, no, no tenía dinero. Entregué las llaves y cerré la puerta tras de mí, dejando en ella los demonios y los ángeles sueltos.

Foto: Jorge Ibarra Jugar con fuego


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Refugio Bautista Zane1

Históricamente, las mujeres han estado relegadas a su papel de madres y esposas, son recluidas al seno del hogar como su único rol en la sociedad. Durante muchos siglos, la iglesia mantuvo la marginación de las mujeres. En las obras de teatro sólo participaban personas del sexo masculino, las mujeres tenían prohibido presentarse en público. Los que hacían lo papeles de mujeres, eran hombres con vestimenta femenina. Esto pasó con las obras de William Shakespeare, “la hermosa Julieta que declaraba su amor a Romeo, era un hombre”; “también lo era la pura y frágil Ofelia y Lady Macbeth.2 En el siglo xxi se han superado muchos de los prejuicios religiosos contra las mujeres; sin embargo, los grupos conservadores mexicanos que comulgan con los valores del Vaticano, mantienen una doble moral. El Partido Acción Nacional (pan), como heredero del Movimiento Sinarquista de los años treinta, se identifica con actitudes morales tradicionales que la Iglesia ha defendido hasta el siglo xxi, como la práctica del aborto, los matrimonios de personas del mismo sexo, el uso de escotes y minifaldas en las mujeres y el uso de prácticas anticonceptivas.

Profesor-Investigador de tiempo completo de la Universidad Autónoma Chapingo. Vilma Fuentes. “El doble Chevalier d’Eon”. Suplemento Cultural dominical de La Jornada, 19 de agosto de 2012. 1 2

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En la mayoría de los municipios y entidades federativas gobernadas por el pan, está prohibido el aborto. Los cambios al marco jurídico se han hecho con el apoyo legislativo del pri. La Iglesia y el pan, ha defendido la tesis absurda de que la vida se inicia desde el momento mismo en que el espermatozoide se une al óvulo, el producto (que es ciento de veces más pequeño que la punta de un alfiler) ya es un ser humano; por tanto, si una mujer aborta, comete un asesinato que es castigado con varios años de cárcel. Se le criminaliza, aunque la pérdida del producto, sea por accidente, debilidad física o enfermedad de la madre. El niño (o niña) tiene que nacer, aunque sea producto de una violación o de un incesto, aunque tenga deformidades físicas o enfermedades crónicas.3 En el 2003, el entonces gobernador Juan Carlos Romero Hicks, impidió que una mujer con retraso mental que fue violada, abortara el feto.4 La mujer, siempre es la que carga con el peso de la culpa y los castigos en las legislaciones estatales dominadas por panistas y priístas conservadores; el hombre causante del embarazo queda al margen de cualquier tipo de castigo y sigue con su vida rutinaria, lo cual viola la igualdad ante la ley de género. Guanajuato, controlado por los panistas desde hace muchos años, ha dejado su impronta en la vida social y política de los guanajuatenses. En un libro de la entidad sobre sexualidad: · Se ensalza la virginidad. Se considera un tesoro que entregará la mujer a la persona más importante. · El matrimonio es la única posibilidad válida y legal para

la unión de hombre y mujer. Se rechaza cualquier otra forma de diversidad sexual. · La maternidad y la abstinencia sexual es la única opción que garantiza la salud sexual · La masturbación es indebida, es egoísta y tiene efectos nocivos sobre el organismo.5 El riesgo para las mujeres que tienen abortos espontáneos es grave, ya que hay jueces mojigatos y racistas que piensan que el único rol de las mujeres es la maternidad. Esto le sucedió a Hilda López de 22 años que “tuvo un aborto espontáneo el 10 de julio de 2009, pero una doctora del hospital de la comunidad de Tamuín (SLP), la obligó a decir que había “tomado medicamento para provocarlo”. Por su confesión, fue arrestada y sentenciada por asesinato.6 Lo que le ocurrió a la potosina, les ha ocurrido a muchas mujeres en varias entidades de la república gobernadas por el pan. Los derechos de ellas como personas, son violentados por personal de los servicios de salud y jueces puritanos con formación confesional y militancia o simpatía panista. En el 2013, en Aguascalientes, el obispo José María de la Torre condenó a diputados por querer poner limitaciones a la ley, que establece que la vida se inicia desde el momento de la concepción. Los legisladores plantearon que podía haber excepciones permitiendo a la mujer el uso de la píldora del día siguiente o el dispositivo intrauterino conocido como diu. Por lo mismo, el religioso los tildó de bueyes y gusanos.7 El mismo prelado se pronunció contra los matrimonios homosexuales, Verónica Espinosa. “Inquisición guanajuatense”. Proceso, octubre 18, 2009. 6 F. Camacho y V. Juárez. “Podrían anular fallo de cárcel a joven que abortó”. La Jornada, 4 de agosto de 2013. 7 Claudio Bañuelos. “Obispo injuria a diputados por no aprobar ley antiaborto a su gusto”. La Jornada, 23 de julio de 2013. 5

Siete ministros se pronunciaron contra las reformas en Baja California, que defienden la concepción de la vida desde el momento en que el óvulo es fecundado por el espermatozoide. 4 Carlos García. “Despenalizar el aborto en Guanajuato”. La Jornada, 26 de agosto de 2013. 3

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porque el día de mañana se podría aprobar que “un señor se case con un perro y pueda heredar a los perritos”.8 La prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo, también fue prohibida en Nayarit.9 El único lugar en el país, donde es legal el aborto hasta los tres meses de gestación, es la ciudad de México. En abril de 2007, la Asamblea Legislativa con mayoría perredista, aprobó la interrupción del embarazo.10 Gracias a la despenalización, miles y miles de mujeres de la capital y de otras entidades de la república acuden a los centros hospitalarios de la capital, interrumpiendo su embarazo de manera segura, en clínicas y hospitales del gobierno capitalino.11 Asimismo la capital es el único lugar del país que permite los matrimonios entre personas del mismo sexo. Los curas no quieren que las mujeres ingresen a los templos con minifaldas y escotes, argumentando que son contrarios a la moral y las buenas costumbres, señaló el vicario de la diócesis de Aguascalientes Raúl Sosa Palos: el mismo prelado pidió a los hombres no ir a la iglesia con pantaloncillos cortos.12 Uno de los casos sucedió en la ciudad de Aguascalientes En la ciudad de Querétaro se impidieron las Sex shops por atentar contra la moral, decía el gobierno municipal panista.13 En Ciudad Acuña, Coahuila, se prohibieron las minifaldas y escotes por ser contrarias a las buenas costumbres. Con esta Claudio Bañuelos. “Aguascalientes condena matrimonio homosexual”. La Jornada 30 de septiembre de 2014. 9 Alfredo Méndez. “Ilegal, prohibición de bodas gays en Nayarit”. La Jornada, 9 de julio de 2014. 10 Raúl Llanos. “En 6 años, casi 100 mil abortos legales”. La Jornada 23 de abril de 2013. 11 Raúl Llanos. “En 6 años casi 100 mil abortos legales”. La Jornada, 23 de abril de 2013 12 Claudio Bañuelos. “Prohíben escotes y minifaldas en Aguascalientes”. La Jornada, 26 de agosto de 2014. 13 Mariana Chávez. “Rechazo a sex shops en Querétaro”. La jornada, 26 de agosto de 2014. 8

disposición se violaba la libertad y el derecho de la población femenina a vestirse como quiera.14 Los munícipes panistas llegaron al colmo de penalizar a una pareja por un simple beso, como sucedió en la ciudad de Guanajuato. En esta urbe, el maestro Manuel Berumen paseaba con su esposa y su hijo, cuando al pasar por la plaza del templo expiatorio se le ocurrió darle un ósculo a su esposa Mayra, normal en una familia unida que se ama. Por “el delito”, el profesor fue apresado, esposado y detenido por la policía durante 15 horas acusado de violar el bando municipal de policía y buen gobierno, que castigaba cualquier acto que atentara contra la “integridad moral del individuo o de la familia”.15 Los grupos conservadores ligados a la Iglesia, también han criticado a las mujeres que amamantan a sus bebés en lugares públicos como jardines o el atrio de una iglesia. En la Universidad Metropolitana de Monterrey, Nuevo León, la dirección conservadora prohibió a una estudiante transexual, que cursaba la carrera de sicología, utilizar el baño de varones. La discriminación y acoso de los directivos universitarios, causó daños sicológicos a la estudiante que llevaba buen promedio, a tal grado que pensó interrumpir sus estudios. En su defensa, el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación envió a las autoridades de la universidad un exhorto para que se respetaran los derechos de la alumna a usar el baño de mujeres; sin embargo, la petición fue rechazada.16 Las actitudes conservadoras del pan y los integrantes de la Iglesia, no son congruentes con su vida De la redacción. “Inmujeres, contra prohibir minifaldas”. La jornada, 28 de febrero de 2013. 15 Carlos García. “Un beso en la calle, causa arresto en Guanajuato”. La Jornada, 4 de agosto de 2012. 16 David Carrizales. “Denuncian acoso a transexual en universidad regia”. La Jornada, marzo 8, 2012.

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personal y social. De hecho, las mujeres de las familias panistas, también abortan, pero lo hacen en secreto y en hospitales con alta seguridad. En cambio, las mujeres humildes que hacen lo mismo, ponen en riesgo su vida y hasta son encarceladas. Son conocidos los escándalos de curas con amantes y con hijos, y otros que son violadores de niños y de seminaristas como el caso del padre Marcial Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo que, durante mucho tiempo, fue protegido por el Vaticano. También han salido a la luz restos de fetos enterrados en los atrios y jardines de los conventos de monjas.

las mujeres a tener con él sexo oral y vaginal.17 Son varias las que están con él, las que van a entrar ahorita. Él nos dice a nosotras: “Pásame a tal”, y yo te la paso. Tras besuqueo y cachondeo luego luego ya sabes, se manejan dos tipos de relaciones, que es oral o vaginal; oral es sin protección y vaginal con protección. Terminas, pasas a su baño, tiene enjuague bucal, pasta dental, Isodine, todo lo de higiene”, dice Priscila Martínez González, una de las reclutadoras de edecanes al servicio de Gutiérrez de la Torre.18

Al desatarse el escándalo, el personaje, no fue encarcelado, su partido, sólo lo destituyó de la dirigencia capitalina. En el 2018, la doble moral de los políticos priistas y panistas, se mantiene, los hombres mantienen en secreto actitudes pervertidas, al igual que los abortos de sus mujeres, pero las prohíben para las mujeres humildes que son juzgadas severamente y enviadas a la cárcel. La igualdad de género y los derechos de las mujeres, están muy lejos de ser una realidad en el México del siglo xxi. Los hijos de las familias conservadoras siguen creyendo que a los niños los trae la cigüeña, nacen de una piedra o los traen sus papás de París.

Los priistas no se quedan atrás. El 3 de abril de 2014, La jornada publicó una investigación contra el líder del pri en la ciudad de México, Cuauhtémoc Gutiérrez, acusado de que contrataba a mujeres entre 18 y 32 años para prestarle servicios sexuales, a cambio de un salario que iba entre los 8 y los14 mil pesos mensuales, que salían de las arcas del tricolor El dirigente priista, obligaba a

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José Antonio Román. “El priísta Gutiérrez de la Torre, defenestrado; es acusado de operar una red de prostitución”. La Jornada, 3 de abril de 2014. 18 José Antonio Román, “El priista Gutiérrez de la torre defenestrado; es acusado de operar una red de prostitución”, La Jornada, 3 de abril de 2014. 17


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historias de ciencia no ficción

Del sexo y la trascendencia de la carne Pablo del Toro1 Carne, carne maldita que me apartas del cielo… Amado Nervo Por la carne también se llega al cielo… Gilberto Owen

Trascender es perdurar más allá de la propia existencia y es uno de los impulsos, de los deseos que nos caracterizan como humanos. Digámoslo sin más preámbulos: en ese sentido, el arte y el sexo son actos humanos que buscan la trascendencia de modos específicos. Al menos la trascendencia en este mundo. Cuando el sexo y el arte se unen, dan como resultado el erotismo: la sexualidad convertida en manifestación artística o el sexo convertido en experiencia estética. La religión, en cambio, busca la trascendencia fuera de este mundo material e inmediato. La mezcla de la religión con el arte y con el sexo, resulta en misticismo: una unión amorosa del individuo con el Todo, un matrimonio del alma con lo divino. “¡Oh noche que juntaste / amado con amada, / amada en el amado transformada!”, al decir del místico san Juan de la Cruz. Uno de los ejemplos más interesantes de pasión amorosa que logra la trascendencia, tema central de esta entrega, es un conjunto de cinco cartas escritas por una mujer de religión. Su nombre, Mariana de Alcoforado. Y no, no se trata de un amor por Jesucristo, sino de una pasión más mundana y carnal, por un soldado francés de nombre Noel Bouton, mariscal de Chamilly. Las cartas aparecieron publicadas en 1669, gracias a la afortunada indiscreción del mariscal, que las ostentaba como trofeo de sus aventuras amorosas, hasta que llegaron a manos de un amigo que las convirtió en libro. Desde entonces han sido traducidas al español, al inglés, al portugués y al alemán, convirtiéndose en una de las obras epistolares más famosas de la literatura universal. ¿Por qué resultan tan fascinantes? Sencillamente por la definición, involuntaria y bien lograda, que sor Mariana lleva a cabo de lo que es una verdadera pasión amorosa. Pero antes de hablar de las cartas y su contenido, hablemos un poco de la historia de amor entre la monja y el mariscal. Profesor investigador de tiempo completo en la uach, escritor inédito y músico ocasional que disfruta de practicar deportes de contacto. 1

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Mariana de Alcoforado nació en una provincia portuguesa el año de 1640, según lo señala Pedro González-Blanco en el prólogo a la versión en español de las cartas (Mariana de Alcoforado, Cartas de amor de la monja portuguesa. Ediciones Grijalbo, Barcelona, España, 1975). Un asunto que no se puede dejar de señalar en el recuento de esta historia es que Mariana de Alcoforado se había casado muy joven, quedando viuda poco después. Es en esa condición que entra en el Convento de Beja, a la edad de 16 años. Más tarde, aproximadamente cuando sor Mariana tenía 26 años, conoció al mariscal por intervención del hermano de la monja –el susodicho hermano también era soldado y conocía al mariscal. ¿Por qué estaba el ejército francés en Portugal? La razón es que Portugal estaba en guerra contra Castilla porque buscaba su independencia. Los franceses, se entiende, apoyaron a los portugueses en esta lucha. La imagen del hombre de mundo, aventurero, que seduce a una monja, es tan fuerte que se fija en el inconsciente colectivo, hasta convertirse en un arquetipo y en un mito que recibe su nombre por la obra de José Zorrilla: “Don Juan Tenorio”. Eres todo un “don Juan”, se le dice al amigo que tiene muchas conquistas amorosas. Pero a diferencia de los amores entre don Juan Tenorio y doña Inés, los encuentros amorosos entre sor Mariana y Noel Bouton se extendieron durante año y medio, gracias a la complicidad y secrecía por parte de las demás monjas. Al término de este lapso, el mariscal regresó a Francia, a pesar de los ruegos de la monja por que se quedara en Portugal. Éste es el inicio de las cartas. El tono y la vehemencia de los sentimientos ahí expresados resultan tan hondos, tan íntimos, que a ratos resulta incómodo continuar con su lectura. Aunada a la expresión sentimental, se encuentra la reflexión y la inteligencia: no se explicaría de otro modo que sor Mariana fuera capaz de poner en palabras sentimientos tan complicados. Dice, por ejemplo, que luego de sufrir el abandono y las palabras que el mariscal había colocado en una carta, perdió el sentido de la realidad y cayó en un estado de enajenación. Lo más importante de este episodio es la certeza que se alcanza una vez recuperada la razón: “Era mi dicha sentir que me moría de amor...”. Resulta tan impactante este descubrimiento, tan trascendente, que de pronto la realidad pierde sentido: Con todo, no me quejo de esta insana furia de mi corazón. Me acostumbré a las tribulaciones y no podría vivir sin este placer a que me adhiero, de amarte en medio de mil tormentos. Mas me aflije el tedio y el desabor por cuanto me rodea. Todo se me hace insoportable, el convento, la familia, las amistades. Odio todo lo que estoy obligada a ver y hacer.

Conforme pasa el tiempo, las cartas de respuesta del mariscal se hacen más espaciadas y breves; las de sor Mariana, en cambio, se nutren de la reflexión que nace del dolor y el desconsuelo, hasta llegar a una verdad que sorprende por su contundencia: Lloro por todas las inagotables delicias que te perdiste. ¿Por qué fatalidad no lograste alcanzarlas? ¡Ah! Si las hubieras llegado a conocer, verías que eran mucho más dulces que el engaño de que me hacías víctima, y sabrías, por propia experiencia, que se es infinitamente más feliz y se siente algo inmenso entregándose violentamente a los furores de la pasión, que no dejándose amar.

Ante este descubrimiento de la trascendencia por la pasión amorosa, que sólo se alcanza en la entrega y la renuncia de la individualidad, sólo le es posible afirmar: Más digno de lástimas eres tú que yo, pues mi angustiosa pena vale más que todos los placeres que puedan darte tus amantes de Francia. No envidio tu indiferencia. Me das lástima. Te desafío a que me olvides completamente. Me jacto de haberte llevado a no poder tener sin mí placeres perfectos y soy más feliz que tú, porque amo mi amor propio.

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En otras palabras, de acuerdo con el testimonio de sor Mariana, a pesar del sufrimiento que implica, es preferible vivir esa experiencia de la pasión amorosa que llevar una vida tranquila sin haberla conocido. La condición para que trascienda una historia de amor mundano, para que la carne trascienda, al parecer, es entregarse “violentamente a los furores de la pasión”. Al final, la paradoja se hace presente: se ama el amor propio y ya no a la persona que lo despierta. Hay final feliz, aunque no sea “feliz” ni se parezca a los finales felices de los cuentos de hadas. Supongamos por un momento que el sentimiento amoroso es recíproco; supongamos que el mariscal cede a los ruegos de la monja y se queda en Portugal; supongamos que sor Mariana deja los hábitos y se casa con el mariscal; supongamos que se da ese final feliz de los cuentos de hadas. En ese escenario, el nombre de Mariana de Alcoforado se hubiera perdido en las arenas del tiempo, como seguramente se han perdido millones de historias de amor con finales felices. No fue así, y es gracias a ese “dulce tormento”, a esa capacidad de sor Mariana para poner en palabras su desconsuelo y transformarlo en certeza existencial, que ocupa un lugar en la literatura universal y en la historia de las ideas. La pregunta es ¿por qué? La respuesta es tan extensa como un libro y fue articulada por el escritor suizo Denis de Rougemont (Amor y occidente. Tr. Ramón Xirau, Editorial conaculta, México, 2001). Luego de hacer una exhaustiva revisión de la literatura occidental que aborda el tema de la pasión amorosa, Rougemont descubrió que las obras más populares tienen como motivo el amor trágico. Afirma el escritor: El amor dichoso no tiene historia. Sólo pueden existir novelas de amor mortal, es decir, del amor amenazado y condenado por la vida misma. Lo que exalta el lirismo occidental no es el placer de los sentidos, ni la paz fecunda de la pareja. No es el amor logrado. Es la pasión de amor. Y pasión significa sufrimiento. He ahí el hecho fundamental.

Pero no basta con la historia, con la anécdota. Para que una obra trascienda debe convertir esa experiencia en lenguaje “se entiende, en lenguaje estético y convincente”, como lo hizo sor Mariana. Esto se debe, como apunta el propio Rougemont, a que no podemos separar pasión y expresión, experiencia y lenguaje: cuando vivimos una experiencia fuerte, tanto buena como mala, surge la necesidad de expresarla; la dificultad radica en que al mismo tiempo que necesitamos verbalizarla, las palabras nos faltan, se bloquea nuestro centro del lenguaje en el cerebro: “déjame muriendo / un no sé qué que queda balbuciendo”, al decir, nuevamente, de san Juan de la Cruz. Éste era, sigue siendo, el poder de la confesión dentro del catolicismo, que posteriormente se convirtió en uno de los pilares del psicoanálisis: el poder liberador de la palabra al verbalizar una experiencia. “La pasión nace de este impulso del espíritu que, por otra parte, da nacimiento al lenguaje”, afirma Rougemont. Dejemos a un lado, por el momento, la interpretación idealista del hecho, para pasar a una interpretación de tipo materialista. Es necesario no pecar de inocencia y decir las cosas por su nombre. El amor idealizado, mal llamado popularmente “amor platónico”, estaba presente en la literatura medieval y algunas novelas del Romanticismo –ese amor que hacía de la amada un objeto inalcanzable. Aquí estamos hablando de otra cosa: la pasión amorosa implica el encuentro sexual y aceptar que, como dice el epígrafe que abre este artículo, “por la carne también se llega al cielo”. Trascender la carne, trascender el tiempo, es entregarse “violentamente”, en cuerpo y alma, a una pasión que satura los sentidos. Y afirmar esto no es una exageración. Como se ha investigado recientemente, este tipo de experiencia no se encuentra en el músculo cardiaco, sino en el cerebro. Es válido seguir afirmando que queremos a alguien “con todo el corazón”, pero es incorrecto desde el punto de vista de la ciencia. Lo que en realidad ocurre es que la parte del cerebro encargada de producir las emociones placenteras (llamada circuito de recompensa, ubicada debajo de la corteza cerebral) comienza a producir gato encerrado

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poderosas sustancias químicas, entre las que se encuentran la feniletilamina (conocida como “la sustancia del amor”, y que es una anfetamina que provoca sobreexcitación), la dopamina (otra anfetamina relacionada con muchos procesos cognitivos, y que provoca el temblor en los enamorados), la serotonina (una hormona que se encuentra tanto en el estómago como en el cerebro, responsable de las “mariposas” que sienten los enamorados) y, por último, la más peligrosa de todas, la oxitocina (una hormona que provoca el apego y que se libera en cantidades pequeñas cuando los enamorados se toman de la mano, en grandes cantidades durante el orgasmo y todavía en mayores cantidades durante el parto, lo que provoca el apego de la madre por los hijos). En efecto, los estudios recientes en el campo de las neurociencias nos han permitido establecer la química del amor: A. La aparición de las primeras sustancias (feniletilamina, dopamina y serotonina), provoca lo que conocemos como “enamoramiento”. B. Estar enamorado es igual que estar drogado, dada la cantidad de sustancias químicas que produce nuestro cerebro. C. A mayor cantidad de oxitocina, mayor es el apego. No es lo mismo estremecerse al tomarse de la mano, que sentirse “amada en el amado transformada” durante el orgasmo, cuando el apego puede ser mutuo y alcanzar su grado máximo. A eso le llamamos “pasión amorosa”. D. Entregarse “violentamente a los furores de la pasión” significa, más que entregarse en “cuerpo y alma”, dejarse llevar por ese vértigo de los sentidos, ya que todos ellos están involucrados en la pasión amorosa: la vista del ser amado, que resulta más estimulante para los hombres; su aroma que percibimos agradable gracias a las feromonas; el beso que es también un intercambio de sustancias químicas; el oído, que está más desarrollado por las mujeres, y, finalmente, el tacto que libera la hormona del apego. E. A mayor cantidad de oxitocina, más dolor y ansiedad provocará una ruptura amorosa. En este sentido, la separación afecta a una persona del mismo modo que dejar una droga. Aparece el “síndrome de abstinencia”. En el caso de una persona adicta, por la necesidad de la sustancia adictiva; en el caso de un enamorado, por la necesidad de la persona que lo hacía liberar grandes cantidades de oxitocina. F. Nadie se muere de amor (excepto, quizá, la niña de Guatemala). El ejemplo es nuevamente sor Mariana: murió a la edad de 83 años. Es decir, después de separarse del mariscal y escribir las cartas vivió otros cincuenta y cuatro años más. Aunque para ello, es necesario señalarlo, contó con el apoyo de sus compañeras que hicieron todo lo posible para distraerla. Aunque si bien es cierto que ésta es la realidad material del enamoramiento y de la pasión amorosa, también lo es el hecho de que la experiencia no se puede reducir a un simple coctel químico. No importa que esto mismo ocurra en el cerebro de cada persona, lo cierto es que cada quien vivirá dicha experiencia de modo particular, ya que entran en juego otros factores como el temperamento, la educación y la cultura, entre otros componentes que configuran nuestra personalidad. Pero, sobre todo, cada uno decide qué hacer con ella: guardarla como un grato o un doloroso recuerdo; superarla y continuar (lo que ahora se conoce como resilencia); dejarse llevar por la desesperanza y la desesperación (a la manera de un trágico héroe o heroína románticos); o convertirla en un hecho verbal que permita a quien la escriba, como en el caso de sor Mariana de Alcoforado, alcanzar la trascendencia y ocupar un lugar en la historia.

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Los heterónimos de Fernando Pessoa y José Emilio Pacheco

Arturo Trejo Villafuerte * Para el “inglés” Nemorio Mendoza, Armando Buendía e Ignacio Trejo Fuentes

UNO. Fernando Pessoa En septiembre de 1983 José Emilio Pacheco impartió un Curso de Literatura en la capilla del ex convento de El Carmen, en la ciudad de Guadalajara, ahora llamada con mucha justicia “Elías Nandino”. Para concluirlo, luego de tres días de desplegar sus múltiples conocimientos, erudición y la modestia de su trato, leyó algunas (Ixmiquilpan, Hgo., 1953) es egresado de la FCPyS de la UNAM. Sus más recientes títulos se han publicado en: De Neza York a Nueva York. From Neza York to New York. Una antología de poesía de la Ciudad de México y la Ciudad de Nueva York. A bilingual anthology of the poetry of Mexico City and New York City (Antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2015. 220 pp), Escobas de fuego (Historias de brujas), (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2016. 126 pp.), Amores chapingueros (antología, Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2016. 126 pp.), Ret(r)azos (Cuadernos de Pasto verde, Orizaba, 2017. 34 pp.), y Respirando por la herida (Ed. Cofradía de Coyotes, México, 2017. 94 pp.). Ha ocupado diversos cargos en instituciones culturales y universitarias, además de ser editor de varias colecciones literarias. Actualmente es profesor investigador de la Universidad Autónoma Chapingo y miembro del iisehmer de la misma institución. Colaborador asiduo de la revista Molino de Letras y de todotexcoco.com. 2

“Aproximaciones” y sus textos sobre animales que luego formaría parte del Álbun de zoología (Ed. Cuarto Menguante, Guadalajara, 1985). En esos días no sólo disfrutamos de las espléndidas cátedras de José Emilio, sino que además durante las comidas y, ocasionalmente, en las cenas, compartíamos sus charlas de hermano mayor, de maestro, de sabio sin pedantería, aprendíamos platicando, oyendo, charlando. Concluyó el curso y José Emilio, tras de cobrar sus honorarios, junto con Jorge Esquinca y quien esto escribe, dirigimos nuestros pasos a una surtidísima y enorme librería que ocupaba toda una casa –una especie de Librería Ghandi de Guadalajara– de la cual, por desgracia, olvidé el nombre y además ya ni siquiera existe. Entre ese vasto espacio lleno de libros, los de poesía ocupaban un lugar especial y entre éstos sobresalía uno de Fernando Pessoa, Poesía, en una bella edición de Alianza Tres que costaba las estratosférica cantidad –en ese entonces– de mil setecientos dos pesos, con lo que quedaba totalmente fuera de mi alcance económico. Pacheco estaba frente a mi cara de “no se pudo, ni modo”, y desde

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el fondo de sus ojos brilló la luz de la comprensión: tomó el libro sin que yo me diera cuenta, lo pagó y, saliendo, me hizo entrega de semejante obsequio. Ese acto nunca lo olvidaré y le estaré siempre agradecido. El regalo de ese libro de Fernando Antonio Nogueira Pessoa (1888-1935), cuya poesía ya había disfrutado en versiones de Octavio Paz, Francisco Cervantes y Rodolfo Alonso (Compañía General Fabril Editora), me abrió de nueva cuenta el mundo fragmentado y coherente de su obra y de sus heterónimos (Chevaliar de Pas –el primero, aunque el menos conocido–, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Antonio Mora, Coelho Pacheco y, acaso uno de los últimos, Aleister Crowley), los cuales son producto de una personalidad difícil, complicada, incluso regida por la idea de un posible cuadro clínico que raya en una situación siquiátrica. DOS. Los heterónimos En un artículo de suyo interesante, “Intersecciones y bifurcaciones: Valery Larbaud y Fernando Pessoa”,1 Octavio Paz aventura que el autor francés y su heterónimo A. O. Barnabooth influyeron sobre el poeta portugués, ya que a partir de la publicación de los poemas del heterónimo de Larbaud en 1908 y luego en 1913, pudo generar esta influencia en Pessoa, cosa que sin ser el tema central de este artículo, en líneas adelante proponemos el verdadero alcance y nivel de los heterónimos de Pessoa. Paz asegura, con conocimiento de causa que “La originalidad enorme de Larbaud es haber inventado el primer heterónimo de la literatura” (p. 25), sin embargo nosotros aventuraríamos que no es el primero sino, acaso, el más conocido en ese momento, ya que París era una capital cosmopolita donde todo lo que se hacía y escribía repercutía en el mundo, sobre todo en el terreno literario y cultural, mientras que Lisboa era una capital En Convergencia de Octavio Paz (Seix Barral, Barcelona-México, 1991), pp. 24-27. 1

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provinciana de un país pobre, donde para reconocer al genio era necesaria mucha resonancia. (Igual tendríamos qué decir de México y de quien en algún momento de su vida respondió al nombre de Miguel Ángel Osorio Benítez y Porfirio Barba Jacob, entre otros tantos ¿heterónimos?). Por principio, ¿qué es un heterónimo? Sigamos a Paz: “En lugar de acudir a nuestros diccionarios, casi siempre vagos, es mejor oír a Pessoa: ‘La obra pseudónima es del autor en su persona, salvo que firma con otro nombre, la heterónima es del autor fuera de sus persona’. El caso de Barnabooth se ajusta perfectamente a esta condición. Además, hay otra diferencia que distingue al heterónimo no sólo de pseudónimo sino del personaje de una novela o de una pieza de teatro: el personaje es la creación de un autor, el heterónimo es el personaje de un autor. No basta con que el autor nos diga que Barnabooth, Ricardo Reis y Álvaro de Campos son poetas como Balzac nos dice que Canalis es un poeta; es necesario que nos muestre su obra y que esas obras posean individualidad y carácter propios... En la carta famosa en que Pessoa relata a Casais Monteiro la aparición de los heterónimos, dice que en 1914 se le ‘ocurrió tomarle el pelo a Sá-Carneiro, inventar un poeta bucólico... y presentarlo como si fuese un ser real... Un día, fue el 8 de marzo de 1914, me acerqué a una cómoda alta y, tomando un manojo de papeles, comencé a escribir... y escribí treinta y tantos poemas seguidos, en una suerte de éxtasis cuya naturaleza no podría definir. Fue el día triunfal de mi vida’. Así nació el primer heterónimo, Alberto Caeiro...”2 Para sustentar que el padre de los heterónimos modernos es Fernando Pessoa y considerar que el uso de éstos es parte de un encuentro consigo mismo, cito su “Carta sobre la Génesis de los heterónimos”,3 donde señala que “No Ibidem. Página de Doutrina Estética de Pessoa (selección, prefacio e introducción de), Jorge de Sena (Inquérito, Lisboa, 1946) y en La gaceta del fce, Número 121, enero de 1981. Traducción y selección de Elena Losada. 2 3

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podrá decirse que son anónimas o seudónimas, pues en realidad no lo son. La obra seudónima es la del autor en su personalidad, salvo en el nombre con que firma; la heterónima es del autor fuera de su personalidad, es de una individualidad completa fabricada por él, como si fueran los parlamentos de cualquier personaje de cualquier drama suyo (...) puse en Caeiro todo mi poder de despersonalización dramática, puse en Ricardo Reis toda mi disciplina mental, investida de música que le es propia, puse en Álvaro de Campos toda la emoción que no debo ni a mí ni a la vida (...) Las obras de estos tres poetas forman como se dice, un conjunto dramático; y se halla debidamente estudiada la interacción de las personalidades así como sus propias relaciones personales. Todo esto constará de biografías próximas acompañadas, cuando se publiquen, de horóscopos y tal vez de fotografías. Es un drama en gente en vez de ser en actos. (Si estas tres individualidades son más o menos reales que Fernando Pessoa, es un problema metafísico que éste ausente del secreto de los dioses, e ignorando por lo tanto qué es realidad, nunca podrá resolver.)”. Los heterónimos de Pessoa parten de una crisis de conciencia, de una lectura, en 1907, de un libro de Marx Nordau: Dégénérescense, donde se estudia la teoría de la degeneración según el psiquiatra italiano Cesare Lombroso. Pessoa escribe a Adolfo Casais Monteiro y explica la génesis de su heteronimia: “Empiezo por la parte psiquiátrica. El origen de mis heterónimos es el profundo rasgo de histeria que hay en mí. No sé si soy sencillamente histérico neurasténico. Tiendo hacía esta segunda hipótesis, porque en mí se dan fenómenos de abulia, que la histeria propiamente dicha no comprende en el registro de sus síntomas. Sea como fuera, el origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante hacía la despersonalización y la simulación [acotamos nosotros, como dice una de sus líneas: “el poeta es un fingidor”], estos fenómenos –felizmente para mí y para los demás– se mentalizan en

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mí; quiero decir que no se manifiestan en mi vida práctica, exterior, en contacto con los demás; hace explosión para adentro y los vivo yo, a solas, para mí mismo. Si yo fuera mujer –en la mujer los fenómenos histéricos se desahogan en ataques y cosas parecidas–, cada poema de Álvaro de Campos (lo más histéricamente histérico de mí) sería una alarma para la vecindad. Pero soy hombre, y en los hombres la histeria asume principalmente aspectos mentales; así concluye todo en silencio y poesía”.4 Pero en una parte de “Aspectos”, un texto que serviría de prefacio a la supuesta edición de sus obras completas, Pessoa era más franco y manifestaba que “el autor humano de estos libros no conoce en sí mismo ninguna personalidad. Cuando siente una personalidad emerger dentro de sí, rápidamente ve que es un ente diferente de lo que él es, aunque parecido; hijo mental quizá, con cualidades heredadas, pero con la diferencia de ser otro... que esta cualidad en el escritor sea una forma de histeria, o del llamado desdoblamiento de personalidad, el autor de estos libros ni lo ataca ni lo defiende. De nada le serviría, esclavo como es de la multiplicidad... Afirmar que estos hombres diferentes que pasaron por su alma incorporándose, no existen, no puede hacerlo... porque no sabe lo que es existir, ni quién, Hamlet o Shakespeare, es más real, o real en la verdad.... Con una falta tal de literatura, como hoy existe, ¿qué puede hacer un hombre de genio sino convertirse, él solo, en una literatura? Con una falta de gente coexistible como hay hoy, ¿qué puede hacer un hombre de sensibilidad sino inventar sus amigos, o, por lo menos, compañeros de espíritu?... Pensé primero en publicar anónimamente, en relación a mí, estas obras, y, por ejemplo, establecer un neopaganismo portugués, con varios autores, todos diferentes y colaborando en él y engrandeciéndolo. Pero, además de ser demasiado pequeño el medio Vida y obra de Fernando Pessoa. Historia de una generación, Joao Gaspar Simoes (FCE, México, 1987. Traducción de Francisco Cervantes), ver sobre todo “Drama en gente”. 4

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intelectual portugués para que (incluso sin indiscreciones) la máscara pudiera mantenerse, era inútil el esfuerzo mental necesario para mantenerlo... Tengo, en mi visión a la que llamo interior sólo porque llamo exterior a determinado ‘mundo’, completamente fijos, nítidos, conocidos y diferenciados; las líneas fisionómicas, los trazos de carácter, la vida, la ascendencia, en algunos caso las muertes de algunos personajes. Algunos se conocieron unos a otros; otro no. A mí, personalmente, ninguno me conoció, excepto Álvaro de Campos. Pero si mañana yo, viajando por América, encontrase súbitamente la persona física de Ricardo Reis, que, ante mi vista, allí vive, ningún gesto de pasmo me saldría del alma hacía el cuerpo; todo está claro, pero antes de eso, ya estaba claro, ¿qué es la vida?”5 TRES. José Emilio Pacheco y el caso de Julián Hernández (1893-1955) Desde enfermedad mental hasta el simple hecho de prestar la pluma a otras voces, los heterónimos son un desahogo de conciencia pero también otras conciencias, acaso también implique negar una obra para que ésta no sustente un nombre. Las claves de la heteronimia que proporciona el propio Pessoa, aunque no necesariamente se trate de un producto de un “histériconeurasténico”, sino que en muchas ocasiones, como el propio poeta portugués lo asegura, sea un “drama en gente”, quizá resida en los otros en los que reconocemos o en las voces emergentes que salen del más allá de nuestra alma, o acaso también al negación de un mérito que debe ser colectivo. En No me preguntes cómo pasa el tiempo6 José Emilio Pacheco utiliza por primera vez a dos de sus heterónimos: Julián Hernández (1893-1955) y Fernando Tejeda (1932-1959); posteriormente tanto en sus poemas como en la sección “Aspectos, un texto de Fernando Pessoa” en Letra, revista eventual de literatura, año 10, núm. 8, marzo de 1989. notas y traducción de José Ángel Cilleruelo 6 No me preguntes cómo pasa el tiempo, José Emilo Pacheco (Joaquín Mortiz, México, 1969). 5

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“Inventario” de la revista Proceso aparecen otros autores que, presumiblemente, pueden ser heterónimos del autor: Carlos Duarte M. (autor de una Entomología para usos de la niñez, 1949), Ricardo Ledesma, Adrián Saravia (apócrifo Premio Xavier Villaurrutia), Juan Pérez Pineda (19161965, autor de Cancionero apócrifo), Pedro Núñez (1870-1905, poeta modernista), Daniel López Laguna (1890-1939, amigo de César Vallejo en París y Fernando Benítez en México), Caco Neponte, Ambrosio Ortega Paredes (autor de El agua, drama de México, 1955) y otras tantas sorpresas sobre Georges McWhirter (1939), Aurelio Azevedo Oliveira (1938-1981), Gordon Wool (1922) y Piero Quercia (19461970), todos ellos imposibles de investigar y sólo disponibles por los datos que nos entrega el propio jep, además de ser él quien nos proporciona las traducciones respectivas, sin embargo en ellos hay cierta cercanía con el autor sobre todo por sus preocupaciones ecológicas, políticas y sociales. Por ejemplo el primero mencionado del segundo grupo, McWhirter, nace el mismo año que Pacheco (1939), el segundo es casi un testimonio del escritor sobre nuestro tiempo y el último es un joven inquieto muerto prematuramente, rebelde, muy al estilo de los arquetipos de nuestra época (James Dean, Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix, etcétera), sin embargo todos ajustan perfectamente en la idea que tiene Pacheco de la poesía y que hace decir a su heterónimo Julián Hernández; “La poesía no es de nadie:/ se hace entre todos” y en esa verdad cae el uso de los heterónimos, porque con esto no se trata de mostrar a un hombre dividido sino a la individualidad del artista con un cúmulo de voces por aportar. Los distintos tonos adoptados en los heterónimos de Pessoa permiten comprobar esta aseveración, la cual también sería válida para Ricardo Arenales (Porfirio Barba Jacob) y para José Emilio Pacheco y sus heterónimos. De todo los antes mencionados como posibles heterónimos de jep, quien reúne los requisitos para ser una


voz independiente, un “drama en gente” por antonomasia es Julián Hernández, quien está presente a lo largo de la obra de Pacheco y es utilizado como autor en varios epígrafes. Como heterónimo está armado de biografía: nace en Saltillo, Coahuila, en 1893, y muere en 1955, en la ciudad de México, en la miseria, siendo hijo de padre español y madre norteamericana. Le toca participar en la vorágine de la Revolución y como consecuencia de una acción guerrera pierde un ojo y el movimiento del brazo izquierdo. Fue cónsul de México en Londres (1929-1931), cargo del cual es separado por dipsómano. Tiene publicado ocho libros o folletos profesionales y su obra literaria se constriñe a una olvidada Antología de los nuevos poetas ingleses (Ed. de la revista México Moderno, 1922) y dos libros de poemas: Por los jardines que el silencio baña (Monterrey, 1919) y Legítima defensa (Impresora Juan Pablo, 1952), del cual se presenta una buena parte en Tarde o temprano,7 Pero además se menciona por Tierras del norte (1936)8 y traductor de T. S. Eliot.9 jep aporta más datos de Hernández y de un supuesto “cuaderno negro”,10 transcribiendo algunos fragmentos de dicha obra, al cual por lo demás es muy actual. La poesía de Julián Hernández está contenida en el epígrafe que utiliza José Emilio Pacheco para sus “Aproximaciones”: “La poesía no es de nadie:/ se hace entre todos”,11 versos que vuelve a usar para la reunión de éstas12 y al cual se enmarca dentro de un discurso donde jep expresas Tarde o temprano, José Emilio Pacheco, págs. 101-106 8 Ibidem, p. 173. “Nadie resiste fotografiar la catarata, o en el peor caso,/ arrojar al torrente unos cuantos versos”. 9 T.S. Eliot, East Coker III, Four Quartets. Traducción literal en prosa por Julián Hernández, Letras de México, 1945 (págs.. 12 y 13 en Tarde o temprano) 10 Proceso No. 178, 31 de marzo de 1980. “Inventario”. “Julián Hernández: el cuaderno negro (1936)”. 11 “Aproximaciones” en Tarde o temprano, pp. 246321. 12 Aproximaciones de José Emilio Pacheco (Penélope, México, 1984) 7

las características colectivas del trabajo poético y literario: “Sólo con el trabajo de muchos, la colaboración amistosa o póstuma e involuntaria, puedo superar mis limitaciones individuales. Aunque soy el único responsable de la forma final en que se publican los textos, varias personas colaboran en los primeros manuscritos con su saber, su amistad, su estímulo y su crítica... Mi creencia absoluta en que la poesía es de todos y de todas, en que el poema resulta intraducible y se asfixia al salir del agua madre de su lengua... Si por mí fuera preferiría mil veces que estas páginas colectivas se publicaran anónimas... En cada época y en cada país hay personas que nos salvan de vivir incomunicados como peces en un acuario y cumplen la función indispensable de abrir ventanas y tender puentes hacía lo que de otro modo permanecería desconocido”.13 La idea común entre Fernando Pessoa y José Emilio Pacheco de que la literatura o, en estricto sentido, la poesía debería de ser anónima porque el escritor es sólo un medio, un instrumento, está transmitida plenamente a los heterónimos. Pessoa prefiere dividir su obra antes de que ésta lo divida a él, o sea la base de la estatua para el poeta oficial o el cúmulo para ese monumento mortuorio que luego se llaman “Obras completas”. Pessoa desencantado del mundo que lo rodea, propone, a través de los otros, sus heterónimos, ciertas salidas reales, concretas y sin embargo no menos irreales que las ideas revolucionarias que exigen no la interpretación del mundo sino su transformación. El poeta aspira a un mundo, placentero, mejor, perfectible y eso lo sabe Pacheco quien al usar el heterónimo de Julián Hernández como catalizador de las inquietudes de los tiempos que pasan, lo vuelve un testigo de cargo contra quienes administran y gobiernan al mundo, al país. Por eso no es gratuito uno de sus títulos: Legitima defensa, idóneo para un poeta ex-revolucionario, convertido en abogado y que, como el Artemio Cruz de Carlos 13

Ibidem, pp.5-7

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Fuentes, sabe de la muerte y de la vida, de opresiones y riquezas, pero a Hernández, en reparto del pastel post revolucionario, no le ha tocado nada. Tanto Pacheco como Pessoa tratan de hacer verosímiles a sus creaciones, y en ese sentido Julián Hernández es la parte más crítica y cáustica con el trabajo poético, pero por lo mismo es también toda una poética de las circunstancias que vive el autor. A diferencia de Pessoa cuya ansia de heteronomía le sale del fondo del alma, condenado por esa enfermedad que él mismo califica de “histérica-neurasténica”, Pacheco propone a su heterónimo Hernández como una forma de juego lúdico con el lector y una voz en contra del status literario vigente, por eso lo hace escribir: “(Monólogo del poeta 1)/ Quisiera ser un pésimo poeta/ para sentirme satisfecho con lo que escribo/ y vivir lejos/ de tu dedito admonitorio,/ autocrítica./ (1949)”. Hernández y Pacheco se emparentan en sus versos cuando escriben: “(Arte poética 1)/ tenemos una cosa que describir:/ este mundo./ (1947)”; Pacheco lo dice así: “10. Garabato/ Escribir es vivir/ en cierto modo/ y sin embargo todo/ en su pena infinita/ nos conduce a intuir/ que la vida jamás estará escrita”.14 La imposibilidad de la literatura, de la poesía en particular, para detener al mundo en su girar infinito e imperfecto, de hacer palpable lo impalpable. Hernández es, de muchas formas también, un alter ego, un heterónimo que aborda las cuestiones literarias de manera más directa y cruel. Es despiadado con el mundo literario porque éste es así con él y con su trabajo como poeta. Si hay histeria o desdoblamiento en el uso de Julián Hernández para ejemplificar la inutilidad del trabajo poético; si ésta es una forma de dar voz a los desencantados de la literatura; o si son las voces que bullen dentro del alma de Pacheco, no es posible comprobarlo a ciencia cierta, excepto con la afirmación del autor, pero ese no es el caso de este trabajo, 14

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Tarde o temprano, pág. 146

lo cierto es que con Julián Hernández, y con sus otros seudónimos y heterónimos, José Emilio Pacheco nos entrega una obra plural y crítica, cuestionadora, propositiva que se expande en múltiples direcciones y una de esas coordenadas apunta hacia el lado de Julián Hernández, de Fernando Tejeda, de Adrián Saravia, de Ricardo Ledesma y de otros autores que nos inventa, traduce y presenta José Emilio Pacheco para llenarnos de gozo y hacernos pensar en nuestro contorno inmediato, en lo que hemos sido y en lo que podemos ser, en medio de la vorágine de los tiempos, del destino, de la vida. (Primera versión: Bondojito/ UAM Azcapotzalco, junio de 1989. Segunda versión: uam Azcapotzalco/ Dios Padre, Hgo., septiembre de 1992. Esta es una parte mínima del trabajo de investigación realizado sobre “Los Heterónimos de José Emilio Pacheco”, la cual se encuentra inédita. Chapingo, Méx.-Iztapalapa, Bondojito, DF., 10 de julio de 2009-2017). Un fragmento de este texto fue leído durante el Primer Encuentro de Literatura y Filosofía celebrado en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México).


El inolvidable poeta y narr ador

Severino Salazar Dolores Castro1

Conocí a Severino Salazar en una de tantas jornadas Lopezvelardeanas, en la ciudad de Zacatecas y apenas cruzamos unas cuantas palabras, en una fecha cercana a la publicación de su primer libro que leí y admiré: Donde deben estar las catedrales. Poco tiempo después nos invitaron a compartir lecturas y entrevistas sobre novelas con el tema o el ambiente de la ciudad de Zacatecas, en el teatro Calderón. Confieso que me sentí abrumada en ese momento. Mi novela, La ciudad y el viento, nunca tuvo premios ni mucho menos, en cambio, Donde deben estar las catedrales, sí y es uno de los libros más interesantes de cuantos se escribieron sobre Zacatecas. Poco antes de subir a nuestra presentación se acercó Severino, sonriente, sencillo y afectuoso: Dolores Castro es nuestra decana de la poesía y una de sus máximas exponentes. Miembro de una gran generación de escritores que coincidieron en “Mascarones”, entre ellos Rubén Bonifaz Nuño, Rosario Castellanos, Jaime Sabines y Ricardo Garibay, entre otros; y también en torno a la revista América. Este texto lo encontré entre mis archivos de trabajos de posible publicación en alguna de las revistas que he coordinado, y creo que merece ser publicado por nuestra autora y por el querido Severino Salazar. La edité poniendo en cursivas los títulos de libros y revistas y corrigiendo los errores evidentes de dedo. Arturo Trejo Villafuerte. 1

–Quería conocerla, me dijo, porque cierta vez que Rosario Castellanos visitó Zacatecas, llegó entusiasmada ponderando esa maravillosa ciudad. Dijo también que le extrañaba que no se hubiera escrito sobre ella, pero el joven escritor recordó luego, que sí había una novela, La ciudad y el viento, con la ciudad de Zacatecas como protagonista principal. ¡Severino Salazar había leído mi novela! Severino, con la gentileza que le era característica me animó diciendo que leyéndola advirtió que poesía lírica y narrativa podían fundirse, y era precisamente lo que él pretendía lograr. También me dijo que cuando estudiaba en Inglaterra advirtió que los novelistas ingleses escribían sobre lo que ocurría en los pequeños poblados, y él también como narrador pretendía develar la vida de Zacatecas y sus poblaciones pequeñas, así como la de sus habitantes, descubriendo a la luz de la poesía la pequeñez o la oscuridad aparente de sus vidas. Sin duda es una de las excelencias de su obra esta contemplación del mundo y de los hombres ante la dramática realidad de lo que son; y en función de lo que debieron o podrían haber sido; la incapacidad de expresar lo soñado o el afán de que se convierta

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en realidad el sueño con sólo expresarlo. Para el narrador sueño y realidad viajan por un hilo conductor, tan fino y ramificado como el de la telaraña; hilo que ha sabido gobernar Severino Salazar con maestría en las novelas y el cuento, hilo en el que se mecen los personajes enarbolando símbolos, en medio de imágenes y figuras amorosamente sacadas de la contemplación atenta; del oído capaz de reproducir en la memoria formas esenciales de ser y de hablar. Así en Donde deben estar las catedrales, así en Desiertos intactos, así en El mundo es un lugar extraño, El imperio de las flores, ¡Pájaro, vuelve a tu jaula!, o sus extraordinarios cuentos y noveletas. Si el historiador Jesús González y González contempló microscópicamente el pasado de su pueblo, Severino Salazar repitió la hazaña literariamente asomándose al cuerpo y alma del paisaje, las casas de amplios patios centrales, con macetas, pájaros, personas que tienen un habla rica en imágenes insustituibles por verdaderas, arraigadas en la región, y recreadas por él para infundirles esencialidad y vida propia, universal, y con sabor a tierra zacatecana. De la poesía, Severino tomó la capacidad de simbolizar desde su profunda y original subjetividad y pudo develar así esa realidad próxima y agresiva, pero también, a pesar de todo, muy amada. De la patria de López Velarde contempló profundamente –aquélla en que El niño Dios le construyó un establo– pues a través de la vida en Jerez, Tepetongo o Juanchorrey, asoma en la mayor parte de su obra el campo zacatecano, con hombres y mujeres como la loca Juana Gallo, que cada día hace rodar su tonel para levantarlo y con gran esfuerzo llevarlo a la cima, y rodarlo nueva y cotidianamente después, como en el mito de Sísifo. Inolvidable, por ejemplo, lo que Crescencio, personaje de Donde deben estar las catedrales, afirma: “El mundo es misterioso como una cebolla enorme, cada capa acerca al centro en donde se conoce la realidad.” Todo el peso del drama que es la vida humana se resume en la cita de Job: “¿Por

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qué me sacaste del vientre de mi madre?” que sirve de epitafio a Baldomero Berumen (1936-1957) “Quare de vulva eduxisti me?” Job 10, 18. Leemos en Aspectos de la novela de E. M. Foster que el relato sólo puede tener un mérito: el de hacer que la audiencia quiera saber lo que ocurre después, sabiendo que el relato es el más inferior y simple de los organismos literarios, pero a la vez el indispensable en la novela. Añade también que lo que el relato hace es narrar la vida en el tiempo, y lo que la novela en su integridad hace –si es una buena novela– es abarcar también la vida según los valores. Pues a diferencia del historiador que registra, el novelista debe crear. También afirma que en Dostoyevski, los personajes y las situaciones representan algo más que a ellos mismos; la infinitud los acompaña; aunque siguen siendo individuos, se expanden hasta abarcarla y le piden que los abarque a ellos [...] sus personajes guardan relación con la vida común y viven en su propio medio, hay incidentes que nos mantienen interesados” pero a la vez el escritor “posee también la grandeza de un profeta a la que no pueden aplicarse nuestras normas ordinarias. Finalmente en el último párrafo de Forster, aplicable a la obra de Severino Salazar: “En la novela hay algo más que el tiempo, los personajes o que cualquiera de sus derivados, algo más inclusive que el Destino y por “más” no entiendo algo que excluye estos aspectos ni algo que los incluye, que los abarca. Entiendo algo que corta a través de ellos como un rayo de luz, que está íntimamente conectado con ellos en un lugar e ilumina pacientemente todos sus problemas y que en otro lugar pasa por encima, a través de ellos como si no existieran. A este rayo de luz le daremos dos nombres, fantasía y profecía. Fantasía y profecía que en el género de la poesía lírica son esenciales, y no pierden este carácter en las novelas del autor que hoy recibe nuestro homenaje. En cuanto al lado oscuro, dramático que preside su obra, y en relación con la poesía que expresa en ella cito ahora al poeta francés Pierre Reverdy, quien


en su texto “La función poética” en el que niega que el poeta sea el ser quimérico que vive en un mundo irreal, nebuloso, y se conforma con soñar. Afirma en cambio que el poeta es un hombre más sensible a la realidad que le oprime, y experimenta como ningún otro la servidumbre de lo real, pues la poesía tiene su origen en el contacto doloroso de lo real externo con la conciencia humana. Citaré también a José Vasconcelos en su ensayo “Libros que leo sentado y libros que leo de pie”: “Si se pudiese ser hondo y optimista, nunca se escribirían libros. Hombres llenos de energías libres y fértiles, no se dedicarían a remendar con letra muerta el valor inefable, el remoce perenne de una vida que absorbería y cumpliría sus ímpetus y todos sus anhelos. Un libro noble siempre es fruto de desilusión y signo de protesta. El poeta no cambia sus visiones por sus versos y el héroe prefiere vivir pasiones y heroísmos, más bien que cantarlos [...] Escribe el que no puede actuar o el que no está satisfecho con la obra. Cada libro dice, expresamente o entre líneas: ¡Nada es como debiera ser! [...]” Y es que la verdad sólo se expresa en tono profético. ¿Dónde deben estar las catedrales? En el centro de una humanidad sitiada contra la pared de la realidad aunque sus feligre-

ses vuelvan los ojos hacia otras libertades, y las sufran en carne viva, ya sea en su breve vida o en el curso de las edades, o en el de los destinos que se repiten, se iluminan y extinguen, no sin antes expresarnos lo que su vida es, ya sea en los relatos de Las aguas derramadas; en las historias paralelas de El mundo es un lugar extraño, o en la recreación del legendario Gregorio López, hijo bastardo de Felipe II, al fondo de la historia presente de los habitantes de la Chabeña. También en sus Tres noveletas de amor imposible, Mecanismos de luz y otras iluminaciones, Quince cuentos de Navidad, algunos títulos éstos de su numerosa y excelente obra narrativa. Podría abundar en múltiples citas de imágenes brillantes, metáforas y lenguaje simbólico que incluyen alegorías, y asciende hasta el mito; pero quisiera finalmente recordar al hombre bueno, sencillo y amistoso, que encerraba al escritor que supo contemplar el mundo como un desierto intacto, como un lugar extraño que desentrañó, contemplándolo hasta el fondo de su realidad desde la profundidad de su conciencia y auxiliado por una brillante imaginación, por una inteligencia aguda. El que supo registrar el tono, la atmósfera y el ritmo emocionado de zacatecanos o defeños, en su desnuda humanidad; en su universal desamparo.

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M

olino de Novedades Editoriales Arturo Trejo Villafuerte* A mi estimada amiga Nedda G. de Anhalt le conozco tres grandes amores: su queridísimo esposo Enrique –una de las personas más finas y amables que he conocido–, el cine y la literatura, estos dos últimos quizá no en ese orden. Es autora de 15 libros individuales y ha participado en más de treinta obras colectivas. Tiene cuentos –es una narradora muy eficaz y certera, auténtica maestra–, ensayos y reseñas cinematográficas, muchas de las cuales aparecieron en el suplemento “Sábado” del diario unomásuno. Ha sido traducida al alemán, esperanto, hebreo, inglés, italiano, portugués, turco, mixteco, zapoteco y k’iche’. Nacida en la Habana, Cuba, desde 1967 es ciudadana mexicana y su casa en las Lomas de Chapultepec puede ser considerada como una embajada de México en México, donde hemos sido recibidos para comer, cenar y compartir la sal y los tragos, muchos escritores mexicanos como Huberto Bátiz, Raúl Renán, Ignacio Trejo Fuentes, el gran ilustrador y caricaturista Eko y muchos más. Ahora tuvo la gentileza de enviarme dos de sus volúmenes de dos de sus amores –y perdón por el pleonasmo–: Mis amores en la sala oscura (Ed. Ariadna, México, * Nació en Ixmiquilpan, Hgo., en 1953. Es egresado de la fcpys de la unam. Ha ocupado diversos cargos en instituciones culturales y ha sido editor de varias colecciones literarias. Actualmente es profesor investigador de la Universidad Autónoma Chapingo y miembro del iisehmer de la misma institución. Colaborador asiduo de la revista Molino de Letras y todotexcoco.com.

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2016. 160 pp.) y Al día siguiente (Ed. Palibrio, USA, 2012. 222 pp.). El primer volumen es un acucioso recuento de películas vistas por la autora con amplio conocimiento de causa, con detalles anecdóticos y apostillas, ya que Nedda, aparte de disfrutar de las cintas, también ha conocido a muchos de los directores, guionista y actores. Este libro nos enseña a ver de otra manera ciertas cintas, porque Nedda es muy observadora y cuida muchos detalles que otros críticos de cine dan como obvios. Sus comentarios de ciertas películas nos hacen, necesariamente, reconsiderar las filmografías de muchos directores que hemos disfrutado. Un muy buen libro de y sobre cine. Mientras que en el segundo encontramos poemas y textos muy interesantes y atractivos, reflexiones sobre la vida y la muerte, en síntesis la esencia de la vida, el cual de suyo es muy interesante y digno de una lectura atenta. La nueva novela de Juan José Rodríguez (Mazatlán, Sin., 1970), Lady Metralla. Una novela de buchonas (Ediciones B, México, 2017. 226 pp. $239.00), me remontó mientras la leía a los clásicos de la literatura española, y precisamente a una obra de un autor anónimo que se llama El Lazarillo de Tormes, porque resulta que el personaje principal de la misma, Carolina, una compañera de un narco, una de esas mujeres quienes reciben el nombre de buchonas, la vemos y pensamos en que es una versión femenina del pícaro Lazarillo: agraviada por la vida, nacida en una familia de escasos recursos, desde un trabajo modesto comienza a lograr ciertas relaciones con gente poderosa y de trabajos que no se atreven a decir su nombre. Pero ella es una pícara, repito, en el mismo sentido y aspectos que el Lazarillo, pues busca la forma primero de sobrevivir y luego de abrirse paso en una atmósfera y un ambiente que no es cordial ni amable con las mujeres –en el caso de Lazarillo con los niños–, quienes en ese ámbito sólo sirven como amantes de los narcos. Pero ella –aparte de buen cuerpo, según la novela– es inteligente, tiene y quiere vida propia, y de esa inquietud vienen las vicisitudes que se van narrando a lo largo de una historia bien manejada y lograda por JJ Rodríguez, quien desde otra novela anterior, Asesinato en una lavandería china, ya


presagiaba a ser el maestro narrador en que ya está convertido. No es otra novela de narcos, es una novela de una mujer en ese mundo, lo que la hace distinta y atractiva. Vale la pena asomarse a ella y disfrutarla. Da vergüenza y pena ajena leer el primer volumen de La Gloria y el ensueño que forjó una Patria. 1854-1858. De la Revolución de Ayutla a la Guerra de Reforma de Paco Ignacio Taibo II (Ed. Planeta, México, 2017. 316 pp. $ 260.00 aproximadamente), porque ahí se ve el esfuerzo y la tenacidad de un grupo de políticos liberales que veían en la Patria –con mayúsculas– un todo que nos daba todo. Ese ahínco por lograr las libertades fundamentales, por cuidar la soberanía de nuestro país y por alejarnos de muchas y nefastas actitudes –muchas de ella vigentes hasta ahora en nuestro país– como la corrupción, los fueros y las triquiñuelas. Esos políticos que lo mismo hacían política, que escribían o que tomaban las armas, y que muchos de ellos dieron su vida por sus ideales, que nunca fueron o eran chaqueteros ni chicharrones, que vivían para su país y no para el hueso, hombres y mujeres –que también las hubo– de gran valor cívico y humano. Nada qué ver con los de nuestro tiempo. Y por desgracia nosotros los periodistas también estamos muy distantes de Francisco Zarco, por ejemplo, retomo una de sus expresiones: “Debemos de escribir bien para convencer mejor”. Ese debería de ser un compromiso de todos los que hacemos periodismo y escribimos. Murió en el último día del año el querido maestro Raymundo Ramos Gómez (Piedras Negras, Coah., 2 de nov., 1934-Ciudad de México, 31 de dic., de 2017). Maestro durante 60 años, repartido ese tiempo entre las aulas de la unam, el ipn, la Ibero y la enah, poeta, erudito, ensayista y padre de dos excelentes mujeres, una de ellas nuestra querida amiga y poeta Frida Varinia. Uno de sus libros, muy divertido, fue publicado por Gonzalo Martré en la vieja Cofradía de Lectores, el antecedente de la Cofradía de Coyotes de la que ahora es director nuestro querido amigo Eduardo Villegas Guevara.

Otro que se nos adelantó en el viaje es el querido Miguel Ángel Flores (19482018), quien ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes con su libro Contrasuberna, fue autor de varios tomos de poesía y de traducciones, colaborador en muchas, y de las mejores, revistas literarias de los ochenta. Al principio parecía que era un tipo hosco y pagado de si mismo, pero ya con el trato cotidiano y frecuente, descubrimos a un muchacho, como muchos de nosotros de esas época, lleno de ilusiones y sueños por realizar –qué bonita frase, sin ninguna duda: éramos jóvenes promesas y ahora somos tristes realidades–. Fue nuestro compañero de trabajo en el Departamento de Humanidades de la uam-Azcapotzalco, donde compartíamos pasillo con Leticia Algaba, Vida Valero, Joaquina Rodríguez Plaza, Guadalupe Ríos, Rosaura Hernández, Vicente Quirarte, Sergio López Mena, Alejandro de la Mora, Óscar Mata, Sandro Cohen y muchos otros más, ahora ya la mayoría con grado de doctores, muchos libros publicados y un buen ganado mérito como investigadores y catedráticos universitarios. Es probable que hayamos conocido a Claribel Alegría (1924-25/ 01/ 2018) – poeta nicaragüense ganadora del Premio de Poesía Reina Sofía, del Premio Casa de Las Américas– en alguna reunión en la casa de Gustavo Sáinz, en la calle de Río Nazas, o en algún encuentro literario, cosa que no recuerdo con exactitud, pero eso sí estoy seguro que fue en los años setenta, al igual que algunos de sus libros de poemas, ahora dispersos entre otros tantos libros, además de que siempre me pareció muy buena poeta y su nombre muy musical y, claro, alegre. Descanse en paz. El Anti-poeta chileno Nicanor Parra (1914-2018) también se fue al más allá el pasado 23 de enero, seguramente a incomodar a muchos con sus versos y sus actitudes. Por cierto Elena Jordana, desde su departamento de Shakespeare 13, le publicó en su Editorial “El Mendrugo” una colección de poemas que se llamaba nada más así: Antipoemas. Y yo fui el impresor, porque trabajé varias horas ante el miméografo, doblé hojas de papel de estraza y el cartón de la portada para hacer el volumen, el

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cual, por cierto en una de las primeras Ferias del Libro del Pasaje Zócalo-Pino Suárez, se vendió muy bien, acaso por el título o porque mucha gente lectora ya sabía quién era Nicanor Parra, hermano de la gran Violeta, quien interpretaba como nadie “Gracias a la vida”. El diario Milenio lanzó a la venta una colección de libros titulada “Grandes autores mexicanos” a un precio muy accesible: $69.90. Hasta el momento sólo he conseguido cinco títulos muy buenos: Cuentos sobrenaturales de Carlos Fuentes; Los empeños de una casa y Amor es más laberinto de Sor Juana Inés de la Cruz; Los jardines interiores de Amado Nervo; Los de abajo de Mariano Azuela, un clásico de la narrativa de la Revolución; y El apocalipsis (todo incluido) de Juan Villoro. Pero al parecer ahí quedará todo, porque ya he buscado otros títulos y nada más no aparecen por ninguna parte, ni en puestos de periódicos. Así también lo hizo la Editorial Gredos con una colección sobre filósofos y luego sobre clásicos de la literatura. Siempre nos dejan a medias. La que no nos deja a medias es la Cofradía de Coyotes, comandada por el Coyote Mayor, Eduardo Villegas Guevara –quien además el día de mi cumpleaños me regaló un libro de PD James titulado Todo lo que sé sobre novela negra (Ediciones B, España, 2011. 182 pp.), gracias coyotingo–, el cual sigue con una labor constante y sonante en la elaboración de títulos que engrandecen su catálogo editorial y favorece a muchos lectores. Por ejemplo, en la “Colección Pergaminos” aparece un título de René González: Crónicas de un militante; mientras que en su “Colección Dramaturgia” el propio Villegas compila y presenta su Aullido de Quimeras, de los cuales daremos comentarios en un próximo número de nuestra revista. Desnudo de cuento entero de Hugo César Moreno (ciudad de México, 1978) es un volumen agresivo y fascinante, que no se puede dejar de lado desde que se penetra a sus primera páginas, los textos son ásperos, terribles, envolventes y eso es lo menos que se puede decir de este libro de once relatos donde impera la violencia y el desasosiego. Esto es la literatura y no los libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez o Paulo Coehlo. El volumen está

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publicado por Sediento Ediciones en el 2016 –muy digna edición– y consta de 160 páginas sin desperdicio. Nos dan la grata noticia de que el libro Los sueños de la serpiente de Alberto Ruy Sánchez gana el Premio Mazatlán de Literatura. No conocemos el libro, pero el Premio esta muy bien acreditado y creemos que será bueno el volumen, lo buscaremos, lo compraremos y comentaremos qué onda con él. Se quedan sobre nuestra mesa varios libros de suyo interesantes: Teoría y didáctica del género terror de Jaime Ricardo Reyes (Cooperativa Editorial del Magisterio, Colombia, 2007. 206 pp. ¡Un librazo!); Crítica No. 166, 167 y 168, la “Revista Cultural de la Universidad Autónoma de Puebla”; Los 43. Antología Literaria (Ediciones de Los Bastardos de la Uva, México, 2015. 190 pp.) de Eusebio Ruvalcaba y Jorge Arturo Borja –compiladores– y Ricardo Lugo Viñas –editor–; Don quijote ¿muere cuerdo? y otras cuestiones cervantinas (Fondo de Cultura Económica.$85.00) de Margit Frenk; Los hijos de Yocasta. La huella de la madre (Fondo de Cultura Económica $115.00) de Christiane Oliver; El viaje que nunca termina. La narrativa de Malcolm Lowry (Fondo de Cultura Económica $175.00) de la canadiense Sherrill E. Grace; Los muertos no cuentan cuentos. Antología de narrativa joven del Estado de México de José Luis Herrera Arciniega (antologador) y otra gran cantidad de libros mágicos y maravillosos que, por fortuna, aparecen en un país de no lectores, empezando por ciudadano presidente de la República y todos sus secretarios, cuyo lema es “Joder a México” ¡Ver para creer! Y por cierto desde estas páginas, reitero mi apoyo al Sindicato Mexicano de Electricistas y a los trabajadores de Mexicana de Aviación, porque les asiste la razón, y repudio las políticas antipopulares, rapaces y mezquinas del Estado Mexicano: ¡No a la nueva Ley Laboral, a la Reforma Educativa y Energética!, ¡la Patria no se vende!, ¡no a la privatización de la energía eléctrica y del petróleo! Igual sigue mi protesta por la desaparición de los 42 normalistas de la Normal de Ayotzinapa, Gro. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” y no a la represión institucional contra los maestros.


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Molino de letras 106: Sexo  

En este número tratamos el tema de la sexualidad desde distintas corrientes literarias y varios puntos de vista pero sin prejuicios ni tapuj...

Molino de letras 106: Sexo  

En este número tratamos el tema de la sexualidad desde distintas corrientes literarias y varios puntos de vista pero sin prejuicios ni tapuj...

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