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Esa noche, todo el mundo dormĂ­a, hasta que llegaron....


SUMARIO • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •

El charro y la dama *Click* Cuando era un pequeño gatito El Hombre Rata ¿Está usted despierto? Micromiedos Fisuras en el Asfalto La Oscuridad Hoja en Blanco La leona Mala, Mala El mundo en puntas y mi torpe corazón Del miedo a tus pasos Mejillas Rojas Ante el Altar La fosa Humanos Deshumanizados Mojada ¡Qué miedo! Última Ruta Flores de Yuggoth Horrorku

Directorio Lunalettuce Dirección general Salvador Reyes Diseño e Ilustración R. C. P. H. Ensayo Corrección de Estilo DRACKO Redacción Jefe de información Missael Pacheco Cuento Andie Herrera Poesía Alfarael “Vicepresidente Júnior” Asesor Movilidad Randy GB Colaborador


el regreso de la

Esta es la segunda vez que escribo una carta editorial para este maravilloso proyecto. Lo menciono, porque la primera vez que hice tal acción, le pedí a un amigo de confianza que la leyera y me dijo “tienes miedo, tu texto huele a miedo”, y bueno, he de confesar que la idea de hacer del miedo el tema de la segunda entrega surgió de ese comentario. Y luego, luego me puse a joder a todo el equipo editorial para que se aprobara la moción. Desde ahí, ya sabíamos que esta edición sería de terror. Es una época en donde el miedo está en cada fibra de nuestra existencia, no importa si eres de Venezuela o de Coahuila. En cualquier lugar este sentimiento se hace colectivo, porque se alimenta de inseguridades y odios. No importa que miedo sea, si a ti te parece absurdo o a ella la sensación más horrible del planeta. Lo cierto es que de alguna u otra manera debemos enfrentarlos. Darles el pasaje de ida para que jamás regresen.

No siempre será fácil, para eso está el resto de la población. Para empatizarnos con su gran apoyo. Y es que no están ustedes para saberlo ni yo para contárselos, pero todo el tiempo, todos los días, y en cualquier momento, he llegado a preguntarme, cómo sería la vida sin tener este sentimiento. Muchas veces llegué a conclusiones un tanto descabelladas, como el hecho de que si no tuviera miedo podría ser hasta presidente de la nación. ¿Trillado, no creen? Al igual, debo señalar el hecho de que no sabíamos qué tipo de bomba soltaríamos al subir la convocatoria. Y sí, colega “no letrado”, nos dio pavor. No pensamos que tuviéramos una respuesta muy acertada. Triste pero cierto, estamos en un punto de quiebre, estamos más cerca del declive, lo vemos venir. Tal vez, es por eso que muchos se animaron a contarnos qué es el miedo, pero sobretodo, qué nos hace. No debemos permitir que ningún miedo nos detenga a hacer todo aquello que amamos, el único límite es la conformidad por no querer descubrir que hay más allá. Sin embargo, también hay que ser conscientes que no somos autosuficientes, que en cualquier segundo la vida puede cambiar. Y aunque nos aterre esa idea, hay que hacernos a la idea… …así como yo ya me hice a la idea de cada tres meses sacar esta revista, la cual intenta ser un espacio para difundir todo aquello que se está realizando. Además vienen proyectos, y propuestas para toda la comunidad No Letrada. Ojalá y no les haya causado miedo leer esta carta tan sumisa y asustadiza, un gran abrazo para ti, señor lector, y para ustedes, señores colaboradores.

Los odiamos con amor La Editorial.


STOCK IN THIS SHIT Jesus Flores Olivera

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El Charro y la Dama por José Carlos Antonio Colohua Caminábamos por el mismo sendero de tierra y roca que tomábamos después de ir a una de las pocas tienditas sobrevivientes en esa arrinconada colonia; el chipi chipi se había soltado y la neblina empezaba a llamar al suelo, a su eterno compañero, el único, que tendría que esperar tres estaciones para volverse a ver. Caminaba junto a mi madre, ella lucía el reboso de siempre y también, su sonrisa inarrancable. La alegría por la que siempre fue recordada como la señora Oliva. Las luces de nuestra casa se veían a una cuadra de distancia y lo único en que pensaba era llegar y botar las botas lejos de mi alcance. Recuerdo haber llegado de mal humor, esa tarde me habían pagado menos de la mitad en la textilera y a penas nos alcanzó para poder comprar lo necesario para el otro día. La voz de mi madre me sacó de aquel ensueño cuando le deseó las buenas noches al viento nocturno. Su acción me confundió tanto que empecé a escrutar con la mirada todo el lugar que nos rodeaba, pero simplemente no había nadie. De mi lado invadían las siluetas de los álamos y los escasos postes de alumbrado público, que con luz débil daban poca claridad a esa calle abandonada, y del lado derecho solo había metros y metros de terreno con la mala hierba crecida del tamaño de una persona. Pregunté a quién había saludado pero ella solo contestó “Al señor del caballo”. Desconcertado, volví a fijarme detrás de nosotros esperando ver al menos la cola del animal, pero mis ojos solo se toparon con neblina y una interminable oscuridad. De momento, llegué a pensar que ya me estaba quedando ciego, o simplemen-

te que a mi respetada señora se le estaba botando la canica. Esa fue la primera noche. En otra ocasión, regresábamos del velorio del esposo de una vecina, la calle estaba desierta y claramente escuché el chocar de los cascos del caballo resonar contra el piso. Clap clap clap. Y de nuevo, Oliva volvió a saludar con alegre garbo a tal nósequién. Volví a preguntar a quién dedicaba tan ocurrente saludo; pero ella solo contestaba “Al señor del caballo”. Cuando llegamos a la entrada de la casa, el perro huesudo comenzó a ladrar meneando la cola, parándose en sus patas traseras, apoyando su larguirucho cuerpo contra la reja. Cruzamos el pequeño camino que llevaba a la puerta de la humilde casa de madera con alambres mal amarrados y un techo de lámina que luego filtraba las pequeñas gotas de agua en los meses de junio y julio. Ya dentro, de lo que podría llamar cuarto propio, me tumbé sobre mi cama que no paró de rechinar hasta que dejé de moverme. Nuestros cuartos los separaba tan solo una madera demasiado delgada como para existir y de nuevo como tantas veces, la escuché sollozar. Miré aquel techo de lámina improvisado pensando en cómo ese año desapareció todo lo que era felicidad, convirtiéndose en un purgatorio cotidiano. Pues aún tengo en la memoria aquel pequeño hogar que teníamos en el centro de la ciudad, con sus puertas de cedro grueso y sus paredes de concreto que hacían buena compañía con el tejado. Y me atrevo a llegar a decir que, si las paredes hablaran, podrían contarte cómo era de maravillosa la familia Flores en ese lugar. 6


Número 2: Miedo

Por eso mismo, mi padre perdió su trabajo, sin embargo su familia no fue suficiente para consolarlo y terminó abrazando a la muerte. Pues fue después de ir a la parroquia cuando mi madre soltó el grito de su vida al ver a su esposo con los brazos cortados y los ríos de sangre labrando camino en todo el azulejo blanco del baño. Después de eso mi hermano Rodrigo que era el mayor tuvo que conseguir trabajo, pero de nada sirvió; encontró una vertiente en el alcohol y tanto fue su gusto que una tarde tomó la vieja camioneta roja de papá y encontró un sendero en la carretera, que lo hizo quedarse dentro de aquel animal de cuatro ruedas para siempre. Clap clap clap el sonido se escuchó en mi ventana haciendo que me incorporara de golpe y saliera a ver que sucedía, pero no vi nada, solo mi sombra que seguía mis movimientos. Y así concluyó la segunda noche. Entonces, llegó el dos de noviembre, la noche en la que los puentes entre la vida y la muerte se conectan. Era ley ir al camposanto a dejar flores de cempasúchil a las dos tumbas que se hacían compañía en aquel lugar desierto, lleno de silencio. La lápida había perdido su color por el sol y la lluvia; apenas se lograba distinguir la leyenda de “Rodrigo y Gregorio amados padre e hijo”. Estuvimos ahí hasta que cayó la noche y tuvieron que sacarnos. El cielo estaba despejado y la luna presumía una de sus fases más admirables abarcando todo el espectáculo nocturno que nos preparaban los astros del cielo. Cuando caminábamos de regreso a casa, Oliva hizo una pregunta que jamás había pensado que me llegaría hacer. ¿Eres feliz Pedro? A lo cual asentí moviendo la cabeza de arriba abajo. Ella me tomó de las manos, mirándome fijamente a los ojos me sonrió. No recordaba cuando había sido la última vez que pude verla con esa chis-

pa que siempre había tenido en su rostro. Me dio un beso en la frente junto con las palabras de amor que le da una madre a su hijo. Me tensé al volver a escuchar el Clap clap clap que se acercaba a nosotros. Alcé el rostro cuando ella hizo su saludo de siempre, pero esta vez lo pude ver. Montado en un caballo negro venía un hombre que tenía el traje de charro, pensé en reírme, pero al ver su cara que se ocultaba bajo ese sombrero, sentí cómo perdía el color de mi rostro y el cómo me quedaba paralizado, lo que veía no era una cara sino el cráneo de un señor tal; y donde tendrían que ir los ojos, solo habían dos puntos amarillos que brillaban con el fulgor de la llama del inframundo. Quise correr pero las piernas me fallaron, no podía moverme de ahí. Aun así, él todo un caballero, saludó a mi madre con un “Buenas noches tenga usted mi señora” y le extendió la mano para que subiera a su lado. Me puse entre ellos para evitar que se la llevara, pero ella me apartó suavemente y tomó su mano, volviéndose al instante hueso y nada más que hueso. La luna los bañó con su luz y el charro volvió a tomar las riendas de su caballo pero antes de que empezara a avanzar el animal de esqueleto, ella me dedicó una última mirada antes de seguir su camino. No pude ver su expresión, ya no quedaba piel, ya no quedaba nada que me indicara algo, solo sus ojos que brillaban como las estrellas, entonces supe que estaba feliz. Han pasado más de treinta años desde la última vez que volví a ver a mi madre, enterré al perro en la parte de atrás de la casa. Aun escucho por las noches los cascos del caballo pero ya no le temo, ahora lo recibo como un viejo amigo esperando algún día poder subirme y alejarme con ese clap clap clap. 7


*Click* por Pandora GarAv Suena el botoncillo de la grabadora y como es costumbre comienzo una pequeña introducción de la semana, me gusta llevar un ‘audio diario’. Hoy pienso salir en busca de otra chica con la cuál jugar, la última fue una verdadera decepción, en verdad creí haber elegido bien y que sería ruda, sin embargo me hizo el trabajo muy sencillo. Me doy una ducha y al salir, no puedo evitar mirarme al espejo, lamento si esto se torna narcisista pero vaya que soy atractivo, mi mandíbula de forma cuadrada, la barba partida, aquellos mechones de cabello ondulados que caen en mi frente dándome misterio y sensualidad. Dejo caer la toalla de mi cadera; mi abdomen, soy sexualmente llamativo. He decidido usar un traje gris con una camisa azul oscuro aunque aún tengo un dilema con la corbata. Será la negra. Abrieron un nuevo bar al sur de la ciudad. Conduzco hacia allá —me siento observado— me detengo, la grabadora calló debajo del asiento del copiloto, la levanto y la redirijo al tablero, —otra vez esa sensación—. Llego al bar, meto la grabadora en mi saco, bajo de mi auto y entrego mis llaves a uno de los chicos del ballet; me dispongo a entrar y todas las miradas se posan en mí, incluso de chicos, —es normal—, me dirijo a la barra, pido un whisky a las rocas. Hay varias chicas, sin embargo, no logran llamar mi atención y no puedo evitar reírme de todas aquellas que me desean, pero, espera. Alguien se está robando mis miradas. Me giro sólo para ver a una chica que acaba de entrar. —Tin, tin, tin, tin— parece que tenemos

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una afortunada. Pienso y examino con la mirada a la muchacha mientras se va quitando el abrigo, vaya que tiene un gran culo, y sus senos mmm, bah, no están mal. Pero hay algo que llama aún más mi atención: sus ojos son diferentes a otros que haya visto y su piel, es demasiado blanca en conjunto con aquel vestido rojo, el cual me hace recordar el bosque de sangre de Irlanda, vaya recuerdos. La curva de su cintura y las ondas de su cadera y piernas sí que me hacen enloquecer —sería un buen trofeo— pienso. —Agua por favor —dice sentándose a medio metro de mí; su voz interrumpe mis pensamientos. —Me parece una elección muy peculiar —le digo de forma amable y segura. —Bueno, es para evitar una borrachera —contesta mirándome con esos ojos, destacando una bella sonrisa; —niña ilusa— río. —Entonces déjame invitarte más tragos de agua —coqueteo.Ella asiente; empieza a caer esta bella presa. He trabajado con ella en estas horas y no ha dado ni un trago al agua —quizá está nerviosa—, no tiene idea de todo lo que quiero hacerle, vaya que es linda, incluso me sorprende, quizá en otra realidad ella sería mía de una forma distinta a lo que quiero hacerle en este momento.

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Número 2: Miedo

El cabello castaño rojizo deja resaltar su escote, y el olor de su perfume hace que mis pensamientos sean más excitantes. La he invitado a mi departamento; dudó un poco pero fue fácil convencerla, me produce algo de lástima tener que perder a alguien tan inocente y hermoso. Llegamos a mi departamento, empieza la acción. Después de hablar un poco en la sala, me acerco a besarla. Mis manos recorren su cuerpo, mientras tanto voy bajando a su cuello, luego a sus senos. Sus manos acarician mi cabello desordenándolo, comienzo a quitar ese vestido, sacando de uno de mis bolsillos a mi vieja amiga, con ella recorro su abdomen, la introduzco en su ombligo y abro su cuerpo. Escucho sus gritos desgarradores y asustados, mientras las lágrimas recorren su rostro, cubro su boca con una de mis manos, con la otra introduzco más a mi amiga en sus entrañas palpando lo caliente de su cuerpo. La sangre va volviendo su vestido más rojo. —¿No es lo que esperabas, perra? —le digo y en lo que voy sacando sus intestinos ella jadea quejándose como los cerdos cuando son matados, no puedo evitar la excitación y saco mi miembro de su calvario. Con mi navaja voy separando la piel de su cuerpo, corto sus pezones, y también, todo aquello que me parezca bello. Era como hacerle recortes a una revista. Su expresión es lo que más me motiva a hacer lo que hago masturbándome con pedazos de su piel, mientras mi cuerpo es invadido por un exquisito placer. Mis manos recorren su cuerpo y voy bajando aquel curioso vestido, la noche es algo fría pero el calor dentro de mí se está volviendo algo intenso, de su boca salen algunos jadeos, mientras ambos nos vamos desvistiendo hasta quedar

totalmente desnudos, me sorprendo por el tono de su piel que es incluso más clara que la mía, juego sus senos con mis manos y después los llevo a mi boca, ella baja sus manos a mi pene, y me masturba, me dispongo a introducirme en ella, ambas respiraciones se aceleran y la miro sonreír pero no es una sonrisa de satisfacción sino algo más malévolo, se acerca a mi cuello dando tiernos besos, entonces es ahí cuando siento un dolor punzante como si enterraran agujas gigantescas que no dejan de introducirse quemándolo todo como el infierno. Intento separarme pero su cara es diferente, me tiro al suelo sangrando y me arrastro buscando un refugio en mi departamento que ahora parece ajeno. Ella regresa con mi sangre escurriendo de su boca, los ojos son ahora rojos de un color más vivo e intenso, una expresión de placer se nota en su rostro, grito con miedo. —¿No es a lo que querías jugar? —ríe llena de diversión con algo de desquicio —como cuando un niño juega con un nuevo regalo—, entierra sus garras en mi pecho y bebe más de mí, alimentándose como una maldita bestia a pesar de mis gritos de dolor —que al parecer le gustan—, arranca trozos de mi cuerpo, al terminar la miro limpiarse y vestirse, se dirige a la puerta mientras yo me ahogo con mi propia sangre, y tozo intentando sacarla de mis pulmones, se detiene antes de salir y de su abrigo saca algo como una caja pequeña y negra. Click, oigo el botoncillo de la grabadora, la escucho dar una pequeña introducción de su semana y dice: —Creí que me haría más difícil el juego —ríe de forma burlona.

*Click* 9


INEFABLE Chica Ostra

MIEDO Carlos Santana Cruz


Cuando era un pequeño gatito por Daniel Saldaña Era una tarde calurosa. El señor Carvajal había dejado la ventana de la cocina abierta mientras preparaba la cena con la radio encendida al otro lado de la habitación. Él ya no se encontraba allí, recién había recibido una llamada urgente del hospital y había salido de la casa en un santiamén. Dejó al pequeño Santiago viendo televisión en la sala. Antes de cruzar la puerta le gritó a su otro hijo que se encargara de cuidar a su hermano menor pero salió con tanta prisa que nunca se percató de que el muchacho estaba encerrado en su cuarto con sus auriculares puestos y no lo había escuchado. Un gato negro observaba desde una pared al otro lado del patio. El felino no pudo pasar por alto aquella oportunidad. No había olvidado. Saltó desde una barda, atravesó el jardín y brincó hacia dentro de la casa, por la ventana de la cocina. Recordaba vívidamente. Caminó por el lavabo, su obscura figura se reflejó en el agua de una cacerola. Saltó a la mesa del comedor y desde allí contempló la sala: la pecera, los sillones, los estantes, la televisión y el pequeño niño que yacía distraído; el camino estaba despejado. Había pasado tanto tiempo y aun así, aquel gato no había olvidado. Pasó de la mesa al sillón más próximo, con el niño de espaldas y se acercó a su objetivo. Sacó las garras, se preparó para atacar. Sonrió, pensando en aquellos tiempos en que se divertía haciendo lo mismo. Entonces lanzó el primer zarpazo, clavando sus garras y dejando una herida de donde empezó a brotar sangre. Sus patas estaban mojadas. En efecto, esto le era muy divertido al felino, en sus instintos estaba el matar y descuartizar. Movió su cola de un lado a otro mientras que con sus empapadas patas jugaba algunas tripas. El niño lloraba. Salpicaba mucho, manchó el piso, el minino ronroneaba de diversión. Finalmente, cuando dejó de notar movimiento alguno por parte de su víctima y ya no brotaba ninguna sustancia de aquel cuerpecito inerte, decidió dejarlo e irse del lugar. Se limpió un poco al pasar por el lavabo saliendo por la ventana. Regresó por donde había venido. El niñito quedó traumado. Los cuerpos de sus peces flotaron en partes sobre la pecera. No lo olvidó, fue igual de divertido a cuando jugaba con los peces del río cuando, a era un pequeño gatito. ∙ 11


犬威赤彦

El Hombre Rata ( ラ ット マ ン )

por H. M. Magaña

Estaba caminando por el área comercial de Shinjuku hacía la tienda de videos para comprar unas series y películas, cuando lo vi. Se acercaba con pasos lentos, detenidos y graves. ÉL quería que notara su presencia en cada paso. A lo lejos parecía normal, pero a medida que se acercaba empezaba a mutarse en el

que conocí cuando el Hombre Rata estaba haciendo travesuras, porque el Hombre Rata es alguien muy travieso con las niñas. Me asuste, porque esa niña… Salí rápido, muy rápido, baje por las escaleras, las cuales se alargaban ante mis ojos, como si el infinito estuviese representado en esas escaleras. La risa de la niña se oía, gire mi cabeza, me di vuelta hacia atrás, pero, ¡Oh, Dios! Estaba tan asustado. El Hombre Rata estaba detrás de mí y sus ojos brillaban, ¡Oh, brillaban tanto como un astro! La niña sonreía, pero no tenía más rostro que esa boca. Conduje con mi Langley por las calles de Saitama, seguí y salí de Saitama hasta llegar a Shinjuku, y me dirigía al parque de Yoyogi. Me estacione por un momento para relajarme y quitarme de la cabeza la imagen del Hombre Rata. Me recargue en el asiento, baje la ventana con la manilla y coloque mis manos encima del volante. Una ráfaga de aire fresco me llego y vi como las hojas de los árboles se movían y caían. Entonces me detuve a mirar a una niña que vestía con overol, zapatos de charol y una blusa con florecillas. Estaba muy tranquila sentada en un banco. Cerré mis ojos y sentí como mi pene se ponía duro bajo mis pantalones. Respire hondo y abrí la puerta del auto para bajar. La niña se llamaba Seiko Miyamoto y vivía en Sendagaya, había ido con su madre a pasear por el parque, pero ella

Hombre Rata. No es la primera vez que me encuentro con el Hombre Rata, ¿sabes? Lo he visto desde que era niño. Siempre estaba en la esquina de mi cuarto en posición fetal, me hablaba de muchas cosas, pero, el truco es no creerle nada, ya que el Hombre Rata es muy engañoso. Te confundirá, te enloquecerá y perderás puntos de sanidad mental. Trataba de caminar más rápido, dando zancadas, corriendo, escabulléndome entre la muchedumbre, pero el Hombre Rata siempre está a mis espaldas como una sombra indeseable. Una pesadilla que te pisa los talones. Pasé dos calles y vi a la muchedumbre que iba en dirección opuesta avanzando y empujándome, retrocediendo, yendo hacía el Hombre Rata. El Hombre Rata estaba allí, quieto, parado y bien erguido con una mueca retorcida en un arco de falsa sonrisa. Logre escapar del Hombre Rata. Llegue a mi departamento en la zona residencial de Saitama, pero cuando saque las llaves de mi bolsillo para abrir la puerta oí las risas de una de las niñas

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Número 2: Miedo

había ido a hacer unas compras para la cena. Le dije que podía llevarla a donde estaba su madre en mi auto. Ella asintió. En el camino le dije que si quería podría regalarle unas películas Hayao Miyazaki. La niña se animó y regresamos a Saitama. Al abrir la puerta de mi departamento. Vi que el Hombre Rata estaba recostado sobre el tatami, leía Jungle Taitei de Osamu Tezuka. Seiko creo que no lo vio, o al menos, parecía no verlo. El Hombre Rata se levantó y se dirigió a mí. Yo estaba sudando mucho y las manos me temblaban, mi voz se entorpeció. El Hombre Rata avanzó un poco más… No recuerdo que pasó después. Me desperté. Estaba encima del futón. Miré el techo y vi que la luz estaba encendida, gire mi cabeza, las luces de los edificios estaban encendidas, ya era de noche. Gire de nuevo mi cabeza, mi izquierda vi a Seiko, estaba fría. Tras mirar bien, me di cuenta que de su boca le salía un hilo de fría saliva y sus ojos estaban casi salidos de sus orbitas. En su cuello se vía la marca de un collarín. Tenía los overoles rotos y había sangre en su entrepierna, con un hilillo de líquido blanco, creo que era semen. Le faltaban ambas manos. Me asusté. No supe que más hacer, respire hondo y decidí meter el cuerpo en el armario, por el momento. Abrí el armario y me percate del contenido que yacía dentro. Un par de manos que parecían dos alas carnosas estaban momificadas dentro de un plástico transparente y a la derecha había una bolsa negra de basura. No recordaba haber dejado esa bolsa de basura ahí, ya que usualmente trato de deshacerme de estas cosas lo más rápido que me sea posible. Alcé la bolsa para llevarla fuera, pero vi que debajo de ella había un líquido pegajoso de color rojo oscuro cuyo

hedor me produjo unas arcadas que logre controlar con mucho esfuerzo. Tire la bolsa y varias moscas salieron con aquel zumbido tan característico. Mi corazón sabía lo que había dentro, pero la mente se negaba a creerlo. Los latidos aumentaron y las costillas que guardaban esa bomba cardiaca, latían a la par del corazón, aceleradamente. Deshice el nudo y una nube de moscas salió disparada. El líquido que una vez fue rojizo se había vuelto viscoso, repugnantemente se regó y dispersó por el suelo dejando a la vista una masa de carne sanguinolenta, llena de diminutos gusanos blancos que entraban y salían. De entre toda la podredumbre logre distinguir un rostro deforme que dejaba al descubierto partes de un cráneo humano. Salí corriendo al baño y vomite, vomite tanto que incluso la bilis me empezó a brotar dejándome el sabor a miedo en mi boca, indicando que mi estómago no tenía más que ácido para vomitar. Abrí el grifo y el agua cristalina lavó aquel brebaje estomacal, me enjuague la boca, con tres gárgaras eliminé el sabor y hedor en mis labios, miré al espejo, me miré y ahí estaba el Hombre Rata devolviéndome la mirada.

つづく 13


¿Está usted Despierto? por Adrián Gonzalo Mancilla Carrasco En el cuarto cuando todos tienen que dormir; débiles ante el cansancio las cosas no salen bien, siempre el cuerpo flaquea ante las exigencias naturales, la necesidad de dormir es uno de tantas y esto es una oportunidad para algunos. En la entrada se puede leer marcado en un tablón viejo la frase “habitaciones libres, pase usted”, éste con la pintura desprendida por el sol, colgado se va moviendo por el viento ligero. Hay puertas grandes de madera que le dan al edificio una apariencia de firmeza cansada. No obstante la estructura da confianza, con sus contrafuertes firmes, gruesos y muros altos. El hotel “Villas de Mixquic”. Esa noche, la oscuridad de la calle era tan intensa que la luz amarillenta del hotel era como una vela en un apagón, así lo vio el viajero, un personaje desconocido, de un físico delgado, piernas fuertes por su gusto al caminar, de barba larga y oscura. Su vestimenta anunciaba que se había estado asoleando por mucho tiempo. Cuando decide entrar el caminante, la recepción tan tranquila se pone en un dinamismo extraño, la entrada del hombre acelera el tiempo y el ambiente, es bien recibido por la recepcionista que tenía cara de esperar a alguien antes de terminar aburrida viendo la computadora como siempre lo hacía. La mujer con hermoso rostro le pide sus datos para hacer el registro, cuando lo hace da paso a entregarle la llave del cuarto. La chica le advierte al hombre que los cuartos son de estilo vintage, con decora-

dos del siglo XVIII en alguna de ellas, que por esa razón si gustaba fumar que lo hiciera en el balcón principal o en la sala de espera. Sin embargo, por el cansancio, al hombre no le quedaban ganas de hacerlo con gran gusto; le dice a la chica que será un hombre bien portado, que no haría nada que no esté permitido. Tomó con un suave movimiento la llave que se deslizó por la rustica y un poco apolillada, mesa de recepción. La llave parecía ser vieja, de hierro forjado, más que una llave era una especie de recuerdo histórico. Al entrar, el cuarto estaba tapizado con una decoración muy rebuscada en las figuras del papel, molduras doradas y cortinas imperiales colgaban con elegancia, la cama era exquisita, tan suave que con la mirada podía sentir como sería el descanso en aquel espacio. La luz amarilla ambientaba para que uno se fuera directo a dormir, el cuerpo no podía resistir más, cayen14


Número 2: Miedo

do en el esponjoso colchón aquel hombre respiró profundamente con los ojos cerrados, de pronto la luz se había extinguido y su rostro la tranquilidad se percibía. Pasaron un par de horas, la oscuridad y el silencio se combinaron. De pronto una sensación de escalofrío subía lentamente por los dedos y extremidades del cuerpo inerte por la fatiga, pequeñas gotas de sudor comenzaron a salir por sus poros, el silencio que rodeaba al cuarto se sentía como algo que lo asfixiaba, de entre sus sueños, el cuerpo dormido, se movía con mucha dificultad haciendo movimientos muy cortos, éste intentó ser consiente, pero algo pesado —como una fuerza invisible— bloqueó sus articulaciones. Al parecer, el cuerpo seguía estando semidormido, un esfuerzo natural resultó tener efecto. Logró abrir los ojos con claridad y movimiento, ha pasado algo por su cabeza, la vista no le ayuda en nada, la tiniebla en el cuarto es tan densa que la visión es nula, pareciera que los ojos siguieran cerrados. El oído se agudiza tratando de sustituir a los ojos, comenzó a buscar cualquier sonido que dé indicios de algo, que dé una pista que explique qué diablos pasa en ese sitio; nada, todo es una pausa, el rostro descubierto con los ojos, orbitando delirantemente como cámaras vigilantes, no ven nada. La desesperación se pone como sentimiento principal, la taquicardia es percibida por las orejas, y la respiración inunda el vacío en silencio. La presencia que logra captar no es más que la de sí mismo, de su cuerpo casi paralizado, en un instante breve se escucha el movimiento de un algo, una especie de sombra, entre la oscuridad, pasa por las cortinas y las paredes, es algo muy extraño, el señor sabe que eso no está pisando el suelo, se mueve entre el edificio, imposible de explicar cómo, llega a la conclusión de solamente saberlo y, la angus-

tia le pasa como hielo por todo su cuerpo. Quisiera poder hacer algo más que estar tirado, pero el miedo es lo que ha dominado su ser, los ojos se estresan por tratar de ver que le causa ese martirio, no los puede detener, el instinto de supervivencia busca encontrar la amenaza, en uno de los giros el ojo hace un ruido similar al descorchar un vino, el ojo se ha salido de su órbita, sigue funcionando, pero lentamente se va resbalando por el costado de su cara, ahora no hay más sensaciones que el terror causado por el miedo a lo incomprensible. En eso, trata de cerrar los ojos, ¡oh!, grave error, ha provocado un desgarre en el ojo desorbitado causando mayor tensión a los nervios oculares, éstos son cortados y cae rápidamente al piso, un grito ahogado surge, es tan fuerte que la boca parece expulsar algo desde lo más hondo del esófago. Su esfuerzo ha partido las comisuras de la boca. Susurros al oído le hacen un juego mental incomprensible. El frío ha helado los dedos de los pies, pero el ambiente no se percibe frío, es su sudor que ha enfriado las extremidades. La sensación de una mirada está frente a él. La sombra o sombras han dejado de rondar las paredes, es una presencia la que le observa con gran violencia, maldad, superioridad. Son las tres de la madrugada y dicen que es la hora perfecta para que el miedo se haga presente como hoy cuando tú te vayas a dormir. Pon atención a los pequeños ruidos, bien sabes que los has oído, es ahí donde tienes que apretar tus cobijas, fingir que no estás alerta y evitar el miedo, porque ese hormigueo en la cara te delata… ¿Aún está usted despierto?

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Micro-miedos por Aarón Thaumatrope Álvarez Historia de terror Mañana, cita con el dentista. Thriller psicológico -Tenemos que hablar. - ¡No me ha bajado! Suspense Me aterra que algún día se despierten los fantasmas del pasado, que duermen en mis recuerdos. Horror -Amor, te ves un poco gorda con ese vestido.


alma y aquellas grietas que seguían expandiéndose, como si quisieran llevarlo a un sitio en particular. Thiago decidió ignorar toda señal de advertencia, devorando cada bocado de adrenalina generándole una satisfacción tan pura que parecía irreal. Las grietas se enredaban una con otra y sus ojos no podían dejar de seguirlas, era fascinante como decrecía la separación entre ellas, uniéndose como si una fuerza invisible las atrajera y no pudieran zafarse de la misma. Con la inocencia brotando en sus actos, relacionaba cada paso con el de una búsqueda del tesoro. Le latía el corazón una y otra vez simulando la melodía de un tambor que aumentó al ver una figura huesuda frente a sus ojos. Tenía una amplia sonrisa, mirada umbría y cabellos alborotados. Un grito, invadió el ambiente tan desgarrador que costaba descifrar si era humano. Éste contenía una acidez que provocaba llagas en los corazones y perforaciones a la humanidad. Las mujeres dejaron sus actividades y corrieron ignorando la amenaza que advertían las noticias. Los hombres salieron tras ellas dejando atrás el periódico con el titular: “Mujer escapa del

FISURAS EN EL ASFALTO por Paola Gómez

Las grietas se extendían como pequeñas lombrices que intentaban alcanzarse la una a la otra y el camino no llegaba a su fin para el pequeño Thiago Rivetti. Aquellas mejillas rosadas, el cabello cayendo sobre la frente mojada y su sonrisa dispareja, hacían juego con su desaliñado vecindario. Al fondo de la calle se encontraba una rústica casa con modesta decoración y una exánime vegetación. El sol no se dignaba a dirigirle un rayo de luz o la luna caricias nocturnas. Una mujer de cabellos alborotados echó un vistazo desde la pequeña ventana semi-protegida por telas desgastadas. Luego tomó un fósforo y dudó en encender el cigarrillo entre sus huesudos dedos, al final lo hizo ignorando la actividad del menor bajo su cargo. El pequeño reía imaginado reinos fantásticos con criaturas mitológicas, a las cuales pretendía enfrentarse. Era todo lo que podía tener como entretenimiento, ya que la única estación radiofónica de la localidad, informaba sobre una clase de toque de queda, o es lo que había entendido gracias a la mala calidad de la señal y la sensación que lo carcomía por sentir el viento jugando con su rostro. Saltaba alejándose poco a poco, con los pies bajo un encantamiento que no le permitía parar. Cuesta abajo podía sentir la sintonía entre el exterior, su

psiquiátrico luego de sentencia máxima”; mientras que los niños se aferraban de la mano que les brindaba cierta seguridad. Sobre el asfalto, una verdad palpable exponía la frialdad de la escena, era brutal. Un charco de fluido rojizo se extendía dentro de las grietas y corría como si quisieran alcanzarse, el hedor a sangre mareó a más de uno, pero la expresión en el rostro de la madre abrazando a su hijo era más siniestro y desagradable. —Debía salvarlo —decía una y otra vez, aún con el cigarrillo en mano, —debía salvarlo. •

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VÍCTIMA DE GRANADA MENTAL Elias Casanova


La Oscuridad por Michel M. Merino Hola. Me alegra tanto volver a verte. Creí que te habías olvidado de mí. Dime ¿qué ocurre esta vez? Ya veo. No quieres decirme. Está bien. No hace falta. No tienes que hablar si no quieres. Sé que el mundo puede ser un lugar muy cruel; la vida, dura, y la gente mala. Descuida. Estás a salvo aquí conmigo. ¿Qué pasa? Ah, así que tu nueva pareja volvió a molestarse contigo. No le hagas caso, cariño. La gente siempre prefiere enojarse con nosotros a tratar de ayudarnos con nuestros problemas. Pero sabes que yo no soy así. Yo quiero ayudarte. Ven. Acércate más. Eso es. Con qué te despidieron del trabajo otra vez, ¿eh? No pasa nada. De todos modos eras demasiado para ese lugar. Tú eres mucho mejor que todos ellos juntos. Así es; pura envidia, corazón. Se sintieron amenazados por ti; estaban celosos de tu talento. Adelante. Llora. Déjalo salir; te hará bien. ¿Cómo que nadie te entiende? ¿De qué hablas? Yo te entiendo. Yo sé lo que te pasa; lo que piensas, lo que necesitas. Ven. Déjame abrazarte. ¿Te sientes mejor? ¿Por qué no me dices de una vez qué es lo que en realidad te tiene así? ¿Miedo? ¿Miedo de qué? ¿Soledad? ¡¿Pero por qué?! Si yo siempre he estado junto a ti. Lo que pasa es que tú no me ves porque siempre estás con tus cosas; pero yo siempre he estado ahí, viéndote, esperándote. Por favor; olvídate ya de todos ellos. Ellos no te quieren ni te valoran como yo. Vamos. Ven conmigo y no mires atrás. Te extrañé tanto. Sabía que volveríamos a estar juntos. Ven. Vayamos a donde nadie pueda vernos. Te quiero dentro de mí; y quiero que te quedes ahí por siempre. ∙

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MIEDO Yo Soy B

Mictlanpapalotl Alejandro Salas

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Hoja en blanco por Guillermo Rocha Enfrentamos nuestro miedo más grande plasmando creatividad en la página blanca así evitamos el derrumbe magistral es nuestro único medio ahí esculpimos nuestros pensamientos inmersos en un sempiterno sueño J’ ai beaucoup peur, la térrible feuille en blanche toujours j’ éspere être meilleur ¡tout ça marche!


La leona por Mariana Viveros Ventura Xabier se despertó violentamente, sudando y con tremendas palpitaciones. Desde la noticia de la leona escapada de un zoológico clandestino a orillas del pueblo no había podido dormir en paz. Noche tras noche tenía la misma pesadilla: Marga, su esposa, corriendo en un bosque y él detrás, siguiéndola sin poder alcanzarla, gritándole sin ser escuchado. De la nada, aparecía la leona, olfateando el aire, mirada feroz. Al siguiente parpadeo, Marga y el animal estaban sobre él, devorándole las entrañas. Él lloraba de angustia, por lo escalofriante de la pesadilla y por la desaparición de su esposa, ocurrida el mismo día que empezó a circular la extraña noticia: volvió a casa después de su jornada de trabajo. La puerta estaba sin seguro. Cosa rara, pues Marga, invadida ya con las paranoias típicas de los ancianos, daba siempre dos vueltas al cerrojo. Cuando Xabier entró, encontró todo muy ordenado como siempre pero su esposa ya no estaba. Avisó a la policía de inmediato; le dijeron que no se preocupara, seguro su mujer había salido a la compra y probablemente tuvo un episodio de olvido. Ya aparecerá, señor, tenga paciencia. Estamos para servirle. Al poco rato, el pueblo enloqueció con el rumor de la leona merodeando los alrededores. Decían que había escapado del improvisado zoológico que un rumano excéntrico tenía en el jardín de su enorme mansión. Habían pasado ya cinco días. Marga no aparecía. Tal vez se cruzó en el camino de la leona, pensaba Xabier. Las pesadillas no cesaban, el dolor era insoportable; el rostro de su amada mujer no se le iba de la cabeza. Recordaba el brillo de su cabello grisáceo; el ceño en su frente,

tan marcado desde hacía algunos años; y sus ojos verdes con esas manchitas ambarinas alrededor de la pupila, como los de un felino. Xabier se sentía culpable. Quizá su esposa lo había abandonado, deliberadamente, por su forma tan ruin de tratarla. Algo totalmente detestable para ella: ser tirada a loca. Sus olvidos constantes, su despiste, todo era motivo para que Xabier armara un escándalo. Para salir de sus incómodas cavilaciones, encendió el televisor. La noticia de la leona estaba en todos los canales. En uno, encontró un debate acerca de las legislaciones a realizarse de ahora en adelante para prohibir a los particulares tener en posesión, animales exóticos. En otro programa, un experto en asuntos paranormales y mitología española señalaba las correspondencias entre el tema de la leona y algunas leyendas de la tradición eusquera: “recordemos a las sorginas, sacerdotisas de la diosa Mari, aquella figura femenina y absoluta cuya voluntad era preservar el entorno natural, su reino.” Bajo la forma de gato, lechuza, zorro, u otro animal, las sorginas, mujeres de todas edades y clases, acudían a las cavernas la noche del equinoccio para ofrendar a su patrona. Se transformaban siguiendo un complicado ritual; las viejas y expertas, lo hacían a voluntad. Xabier se sintió extrañamente alarmado. Tomó el teléfono, llamó: ¿alguna noticia sobre el paradero de mi esposa? De momento no, señor, mañana mismo peinaremos la zona por segunda vez. Quédese tranquilo, va a aparecer. Colgó furiosamente, sacó una linterna de la alacena; se calzó las botas para caminata. Salió. No le importó la lluvia ni la neblina. Apenas 22


había comenzado el otoño pero el frío ya calaba los huesos. Le esperaba un largo camino por recorrer. Cruzó la placita central. Se santiguó frente a la iglesia. Virgen Blanca, ruega por nosotros. Llegó hasta la orilla del pueblo, donde deja de haber adoquines y empieza la resbaladiza alfombra de moho, antesala del bosque. Caminó unos pasos. No tardó en ver algo que casi le detiene el corazón: el camisón de su esposa hecho jirones. ¿Cómo era posible que la policía no lo hubiera encontrado si llevaba cinco días buscándola? No cabía la hipótesis de haber sido atacada por la leona; de ser así, estaría frente a un cadáver destrozado.

SÍN TÍTULO Alfie Luna Montesinos

Xabier cogió la prenda. Olía a almizcle, a orines. Con las últimas fuerzas corrió de regreso a su casa, pero, antes de entrar, pudo ver una larga fila de huellas rodeando el pórtico. Recordó las leyendas de su infancia, el programa de televisión. Las cosas no iban a terminar bien. Nunca terminan bien cuando los dioses se enfadan. Entró a la casa. El olor a almizcle era insoportable. Dos enormes ojos verdosos, centelleantes como fuegos fatuos, lo miraron desde la penumbra de la habitación. Resignado, lloroso, Xabier caminó sus últimos pasos hacia el mortífero brillo, dispuesto a expiar sus culpas con su propia sangre.•


Mala, mala

por Miguel Cruz

Este relatito está basado en mi propia vida ¿no? Porque, modestia aparte, mi vida es bastante interesante. Sí, sí, ya sé que esto se debe tratar de mis miedos y la chingada; pero si son un poquito pacientes y siguen leyendo, se darán cuenta que esto al final es una historia de terror. Me dicen la Camaleona, porque siempre me ando cambiando de nombre, con uno soy la Caricia y con otro puedo ser la Caramelo o la Violeta o a veces, los muy cochinos pervertidos, me llaman como sus mamis. Ajá, me dicen que Lety, que Carmen, que Vicky, y un sinfín de nombres; y me piden que mientras les doy sus besitos en el cuello los trate como si fueran mis chamaquitos. Y yo pongo cara de santa mientras pienso en clavarles los dientes. Acá siendo muy sinceros, parezco de veinte: pompita parada, cutis estiradito, carita inocente ¿no? Pero en realidad tengo ciento treinta y siete años, y lo pongo así, con todas sus letras para que te saques de onda y me digas “Ora qué con la Camaleona”; pero sí, por esta que esos me cargo. Habrás de decir que hice pacto con el diablo, pero de haber hecho pacto también le habría pedido un buen de varo ¿no? Y no anduviera ahorita poniéndome estás medias caladas para levantar pasiones ni lastimándome los tobillos adrede con semejantes taconazos ¿no? ¿En qué estábamos? Ajá, en que te iba a contar cómo es que me volví una puta eterna. Fíjate que por allá de 1917, dos meses después de que le hicieran cambios a la Constitución, también yo volví a nacer. Y como todo nacimiento, fue violento. Me acuerdo que toda la plebe andaba emocionada porque creíamos que nos iba a ir mejor ¿no? Pobres pendejos, le creímos a Venustiano Carranza. Mi madre trabajaba como sirvienta en una de las casas de alcurnia del centro. No te voy a dar la dirección porque, al rato vas a dar conmigo y vas a querer que te dé la fórmula secreta de la vida eterna y pues tampoco soy tan cabrona como para dejarte sufrir este pinche

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Número 2: Miedo

martirio. Resulta que el señor de la casa necesitaba compañía de un muchachito y a mi madrecita santa le urgía la lana. No la culpo; ella ya habría sufrido mucho cuando la secuestraron los del ejército constitucionalista, para calentarles la comida y también sus camas. Yo te cuento esto y lo digo muy tranquila ¿no? Porque en aquellos tiempos era cosa normal. Por unos pesos me vendió al señor de la casa y con esos pesos ella se fue para la ciudad de México, ya no supe más. Nomás me dijo que de ahora en adelante iba a vivir con el Señor, que hiciera todo lo que él me pidiera. Yo la miré con los ojos llenos de lágrimas. Ella me tiró al piso de un cachetadón. Pensarán que le remordía la conciencia y para bajarle a su pesar me soltó el golpe; pero no. Lo que pasa es que a ella le molestaba que yo me le quedara viendo; yo era un mal recuerdo de todo aquello que le ocurrió. El Señor me hizo pasar a uno de los cuartos del segundo piso. Había una cama, una tina con agua y una sábana encima. El cuarto estaba iluminado con velas. Olía a sangre rancia. Se arrodilló frente a mí, comenzó a quitarme la ropa y yo me hacía para atrás cada que sus dedos rosaban mi piel. Me calaba el frío, sus uñas largas y amarillentas me daban asco. Una vez desnudo me pidió que entrara en la tina y comenzara a lavarme. Él se sentó en la cama, mirándome de frente. Haz de cuenta que yo era la atracción principal de un show que iba a pasar de la risa al llanto en un dos por tres. Cuando se aseguró de que todos los rincones de mi cuerpo estaban limpios, me llevó a la cama. Me ató a ella. Besó, lamió, arañó, mordió, jaló, arrancó todo aquello que mi incapacidad para defenderme le permitió. Así estuve, atada durante semanas. Repitiéndose todo una y otra vez, a cualquier hora y en cualquier momento. Y no sé si por piedad o para compensar todo lo que hizo, me convirtió en esto que ahora soy. Es en esta parte en dónde te hago una pregunta, ¿ajá?, como un test para descubrir cosas de tu personalidad y luego digas “Ah no inventes, la Camaleona me conoce bien”; mira, es bien fácil: si cuando estabas leyendo esto ¿Te imaginaste a un hombre maduro aprovechándose de un muchachito, y aparte lo encontraste cachondo? Entonces eres un pervertido ¿no? No tan distinto a las personas ojetes que probablemente te la pases criticando; entonces el horror es este: reconocerte y darte cuenta que también hay maldad dentro de ti, que en el fondo podrías ser capaz de hacer esas cosas que dices que según te parecen impensables. Razónale un ratito a esto que te acabo de decir ¿ajá? , mientras yo me paso por la boca mi labial hot passion 305. ¡Qué lata tener que andar a estas horas de la noche casi encuerada para poder comer! Ya van dos que rechazo, porque los carritos se ven medios lujosos y si algo he aprendido es que la policía la arma

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Los No Letrados

más de a pedo por esos catrines modernos que por la plebe; entonces aquí otro tip, por si te toca la mala suerte de ser una vampira como yo: escógete pura comida de bajo salario, porque si desaparece a nadie le va a importar. Mira, ahí viene un Tsuru blanco. Discúlpame pero ahorita, a partir de este momento voy a andar sonriendo; porque es mi parte favorita del día; en dónde te voy contando cómo se alimenta un monstruo como yo ¿no? Así que vete imaginando que todo esto ocurre mientras yo me cargo una sonrisota de oreja a oreja. Me acabo de subir, el viejito me dio doscientos pesos y este dinerito que me acabo de ganar voy a guardarlo para seguir manteniendo la fantasía. Vamos avanzando por la 5 norte, le digo que siga derecho mientras le acaricio por encima del pantalón y que luego dé vuelta por la 22 poniente. Estamos estacionados enfrente de los Baños Neptuno. Díganme romántica, pero este es mi lugar favorito para comer; justito enfrente de los ladrillos verdes con marquesinas azules; de esta zona, es la fachada que más me gusta. Se acaba de sacar la verga, y yo entre que se la chupo y entre que le entierro los dientes. De la boca del viejito salen unos gemidos que se vuelven grititos ahogados, porque ya le puse la mano en la boca y empujé su cabeza contra el asiento. Empujo fuerte mientras sigo chupando la sangre de su verga. Ya sé, ya sé, qué vampira tan chafa ¿no? Porque se supone que los vampiros tienen que chupar de la arteria de la yugular; pero es que una debe hacerle honor a su profesión. El viejito ya se dio por vencido, está dejándose ir mientras saco de mi bolso un pedazo de papel. Me limpio la boca. Me miro en el retrovisor. Arreglo lo que tenga que arreglarse. Salgo del carro, paso al viejito para atrás. Dice un par de cosas que no alcanzo a escuchar. Cierro la puerta, me subo y busco en mi bolsa el CD con la playlist que mandé a quemar en el mercado de la dieciocho. Enciendo el auto mientras suena Liliana Felipe. Vamos avanzando hasta llegar a la Laguna de Chapulco – Mala como las arañas, mala y con todas las mañas- Como que esta es mi rola ¿no? Mira, yo te prometí una historia de terror, pero dime ¿qué te causa más horror? Una travesti vampira que mata uno que otro viejito para comer, o lo que se desprende de todo esto: saber que uno va a aprovechar cualquier ventaja que tenga sobre el otro. He visto lo mismo durante poco más de cien años, y la verdad es que me horroriza más, que después de un crimen como este, no ocurra nada. Cuando salgan las notas de este asesinato en el Alarma se van a asustar un ratito, pero pasando el tiempo se les va a olvidar. Y entonces van a regresar a la normalidad. Y nuevamente, una disculpa por lo criticona, pero no hay nada más horrible que la forma que tienen ustedes de hacer pasar por normal la desgracia ¿no? •

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Del miedo a tus pasos

El mundo en puntas y mi torpe corazón por Lydia Alene

por La Trenzuda En mi corazón hay un grito incansable que desborda como cuarenta mil litros de sangre al palpitar cuando lo siento. Ese hormigueo en las piernas y sentir que no puedes avanzar más rápido un martes por la noche mientras te siguen. ¿Y si me matan? Le temo a no regresar a mi casa, a caer en el abismo a manos de un cuerpo que habita en el mismo mundo que yo, a caer y caer sin que sea mi culpa y dejar de saludar al hombre viejo todas las mañanas, a que el maíz deje de poner ese oro de sus hojas en mis ojos todas las mañanas, a dejar de ver las flores crecer, o dejar de oler el humo del incienso en noviembre. Le tengo miedo a perderme en el mictlan sin haber florecido en mis tierras, sin haber echado raíces. Y no es el miedo a la muerte en sí, no es el miedo a su dulce beso que hará volar, es el miedo a no poder correr cuando un hombre me siga, es el miedo a lo más simple, a ser un ser tan vulnerable a sus ojos, una menos. Porque no me expongo, ni me lo busco, ni exagero. Un día cualquiera me pueden matar igual que a todas a quienes convirtieron en cifra. Le temo a no reconocer una mirada en la multitud que avanza sin parar, a quedarme atrapada en las cadenas que me atan y que cada día sacudo con rabia. Te tengo miedo a ti, me tengo miedo a mí, que caminamos en esa multitud que no deja de avanzar y no ve que mientras las manecillas giran la muerte abandona su sentido sagrado y se convierte en un suceso, una salida, un pretexto, y no el encuentro más importante del ser con las estrellas. Pero en este viaje por el cosmos a lo que más le temo es a que mi corazón palpite casi cesando inundado en el camino del miedo y no en el del amor.

Había pasado los días vagando, viviendo de la noche y la desesperación. Mi corazón tenía frío, pero yo no sabía cómo acariciarlo. Un vestido rosa pálido cubría mis heridas. Era ligero como mis penas y tierno como el presente en recuperación, me gustaba pensar que mis manos lo pudieran tocar, se había incrustado en mi piel como un dulce bálsamo que me hacía sentir hermosa incluso con aquellas marcas detrás. Me estaba preparando para bailar. Comenzaba a andar de izquierda a derecha como si te quisiera encontrar. Avanzaba hacia el frente, mientras alzaba la cabeza en dirección al techo, como si en el cielo la locura se hubiera asustado por verme huir de ella. Regresaba a la tierra, estaba de pie en aquel escenario con dos piedras preciosas sobre los labios, brillaban angustiosamente como los faros a la deriva que nadie observa en alta mar. Y entonces cuando me disponía a hablar, de mi garganta se colaba un polvo plateado, tan grande como un volcán en colisión, eran las cenizas y el fuego del pasado que se desprendían de mi interior. Fue el dolor de la tierra húmeda lo que me hizo regresar. Sabes, de pronto el mundo dejo de girar, de pronto el miedo se topó con la realidad y la consciencia comenzó a danzar. Fue la incertidumbre de caer, y el horror de ver mi rostro sonreír, lo que sentía mi sombra cuando se reflejaba en el cristal. Del valor de pararme sola en el escenario, del coraje de hacer de mis heridas arte. Y del miedo e inseguridades que se atreven a bailar, de eso te puedo hablar.

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Mejillas Rojas por Jahzeel Acevedo

Me gusta acariciar tus mejillas con esa delicadeza tan pura, lo hago una y otra vez, no me detengo hasta que me siento exhausto pero no puedo parar porque mi voluntad no depende de lo que piense o diga, sino de cómo me controlen. El temor me invade, mi cuerpo es una simple pieza para infringir dolor, suena el golpeteo en el mármol —claf, claf, claf—, un chorro de agua caliente sale del grifo, el vapor nos inunda, hasta que la vista se me nubla, siento la suave piel que pronto se vuelve rasposa, pero eso para mí no es problema, hasta me gusta acariciarte con mi filo que increpa a tu delicado ser; tu manía de la velocidad junto con el poco cuidado te hacen una herida profunda en donde sale un pedazo de tu carne volando, caigo en el agua, te cubres rápido con un pedazo de papel aquella abertura, chorrea llenando todo de pequeños puntos rosados; al principio parece que no dolerá, corres por algo para poder detener el sangrado, regresas con alcohol y una gaza para cubrir ese desastre: —No lo puedo creer —piensas—, es la primera vez que me pasa ¿Qué mierda ando pensando? —Te dije que tuvieras cuidado, no soy un juego de niños te lo había dicho. —¡Chingada madre! Se verá horrible está cortada. Acabas de limpiar el desastre que dejaste en el baño y yo me sonrió de cómo te ves ahora con esa cosa blanca en tu cara, pareces un mutilado de guerra, pienso que es mucho para una 28


Número 2: Miedo

pequeña herida, pero no le tomas más importancia, simplemente acabas y te vas, yo quedo arrinconado de esta casona anticuada. Me oxido sumido en la soledad de un botiquín de primeros auxilios, que apenas tiene un poco de limpieza porque el aseo de un hombre no es complejo, por eso nos dejan abandonados por días; pero no podemos decir nada, me hubiera gustado poder gritarte para que me cambiaras la navaja, pero no me hubieras hecho caso; sólo una vez conocí el mundo exterior, al principio me pareció extraño, hasta un tanto absurdo, pero esa vista sigue presente en mi memoria, como una pintura única que se repite un millón de veces, somos reemplazables, no somos un objeto único como un féretro, el cual usaras una sola vez, no como un pantalón con el cual sales al recorrer el mundo. Acero, simple acero soy. Los hombres son complejos tienen mil rostros, todas las caretas son inútiles, los objetos eso somos, no tenemos algo más que cumplir nuestra función, es en ese momento en que ustedes nos utilizan de una manera extraña. Yo sólo hubiera querido poder hacer lo que me correspondía para sumergirme en el agua caliente y quitar de mí esa suciedad, disfruto tanto esa sensación, ese calor recorriendo cada parte de mi cuerpo, es de las pequeñas cosas a las cuales puedo atenerme. Tú eres diferente; un día llegaste, traías un paquete de navajas nuevas, lo cual se me hizo extraño porque mi navaja había sido cambiada hace poco, comenzaste por ver tus mejillas, bien parecía que no te gustaba lo que veías, no dudaste en sacar una hoja afilada, su filo te provocaba un cierto temor, tu mirada parecía esperanzada, algo te detenía pero viste tu cara mofletuda, te palpaste, no lo dudaste más y abriste la boca grande como un hueco en la pared, metiste tus dedos junto con la navaja, en ese momento respiraste hondo para clavar la navaja en la parte interna, rascabas más y más profundo, hasta que por fin temblabas y escupías sangre a montones, los pedazos de carne salían de tu boca, tus ojos llorosos parecían contener todo ese dolor, tragabas agua, para sacar toda la sangre pero eso no bastaba, al recordar que tu otra mejilla seguía siendo pulposa tomaste la navaja con presteza e hiciste lo mismo, no reparaste en raspar duro, hasta que por fin el dolor parecía doblarte; al ver tus mejillas pegadas y delgadas, parecías conforme, una sonrisa rojiza se pintó en tu rostro deformado. Tomaste una bocanada de alcohol, a lo cual casi gritabas, pero te tapaste la boca, luego escupiste, con satisfacción mezclada con el dolor. Una línea de sangre bajaba por tus labios. Colocaste la navaja sobre el lavabo ensangrentado, viste tu rostro, ahora eras un cadáver sonriendo. • 29


Ante el altar La fosa Llega el momento en que la devoción cambia la luz saca sus lenguas maliciosas y siniestras

en que algún día moriremos Estamos confusos por los rayos del sol retorciéndonos mal nacidos esperpentos rojos los más vitalicios se avientan por todos lados para que no ardan las ámpulas El centro es la zona más caliente revolcando en gritos y piruetas para mantenerse en las orillas los menos agonizantes se trepan en espaldas ajenas y los más desgraciados son usados como alfombra Vivó con este dolor calvario insoportable nace pocas veces la piedad con los dientes tratamos de abrir la garganta a los amigos Caen escombros arremolinándose tratamos encontrar rígidas cosas para abrirnos el cráneo lo insoportable es que no tenemos derecho a muerte no es esperanza vana Hay un cadáver en el pozo queda su mancha de carbón en el suelo que mantiene la fe

Hace mucho sin avisar entraron los nuevos actores bailando como locos con ropas profanas e irrespetuosas Deberías bailar como nosotros bailamos yo quería que se fueran y me dejaran hacer el sacramento antiguo traté traté traté pero se enojaron Estamos hartos vas a rezar y bailar como nosotros híncate ahora mismo y con lágrimas lo hice Llore de rabia pero al final llore devotamente

por Alejandro Rangel 30


Humanos

Me parece importante que piensen en tomar “medidas” para disminuir estos acontecimientos y por ende al minimizar los casos, se minimiza el miedo generado en la sociedad, pero para mí lo realmente alarmante, como lo menciono anteriormente, es la forma en la que se están viendo las cosas, ya que estamos entrando en un episodio sin miedo a equivocarme, “egoísta”, “insensible”; se está perdiendo la capacidad de asombro, se está normalizando la violencia, nos estamos volviendo tan indiferentes ante las situaciones qué están pasando en la actualidad, preferimos, lamentablemente , pensar que mientras no nos pase a nosotros o a alguien cercano, no hay problema, que todo siga así. Esta actitud tomada, me hace recordar una frase de un actor social importante: “No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros, que es más importante” (Notimérica, 2017). Me parece importante que nos volvamos uno contra el miedo, ayudarnos unos con otros, que nos importe que nos pasé como sociedad, como individuos, que sin importar si conocemos a las personas o no, nos importe lo que pase a nuestro alrededor, porque nadie estamos exentos y quién sabe si mañana todos se vuelvan indiferentes, y esa apatía sea la causante de nuestra muerte.

Des-humanizados por Liliana Anaya Márquez El interés por escribir este pequeño texto nació al momento en que leí de la convocatoria la palabra “Miedo”, me remonté a la época de cuando estaba pequeña, y recordé que desde entonces esa palabra nos retumba en la mente, en ese entonces, el miedo lo asociábamos con cosas fantasmales y un tanto fantasiosas, creadas por nuestra imaginación o directamente de las personas más adultas que había en nuestro alrededor. Según la RAE, la palabra miedo se define de la siguiente manera: Del lat. metus ‘temor’. 1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario. 2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.” (Real Academia Española, s.f.) Según la Psicología el miedo es una emoción que ayuda al ser humano a la supervivencia. En éste momento de mi vida, si me preguntan ¿Qué es el miedo? O ¿Qué me da miedo?, respondería que la sociedad, pero reflexionando un poco la palabra sociedad quedaría bastante amplia, entonces la acotaría a las personas y concretamente, a la forma en la que piensan, pero sin trasgredir, el derecho que tenemos todos los seres humanos al “libre albedrío” si no que tomando en cuenta las situaciones que se están viviendo en tema se seguridad y violencia y lo que está causando en las personas, he visto que se expresan tomando una posición desde ellos mismos haciendo comentarios como “ ya no puedo salir solo (a)” “Voy a comprar gas lacrimógeno”, etc.

Bibliografía Notimérica. (18 de septiembre de 2017). Obtenido de http://www.notimerica.com/ sociedad/noticia-10-mejores-frases-cheguevara-20151009082935.html Real Academia Española. (s.f.). Obtenido de http://dle.rae.es/?id=PDGS53g

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MOJADA por Zally Toqué la puerta. Pensaba. Necesito terminar esto. Abriste. Entre a tu casa. Me atravesabas, mirabas al infinito, como si buscaras una estrella. Vi la mesa del comedor. Me senté en mi silla favorita, mi lugar, recordé. Pausa corta. Te escucho. Reaccionas. Regresaste de tu estupor. No me dejes, te prometo… lo que quieras. Pausa corta. Suspiro. Entiende no puedo seguir con esto, me asfixias. Pausa larga, muy larga. El tiempo se detuvo. Fuiste más rápido, querías besarme, quite mi boca, me aleje. Nunca te gustó el rechazo, te cagaba, decías. Me querías cerca. Rechazo de nuevo. Una cachetada, dolió. Me levante, respiración fuerte. ¡¿Qué te pasa?! Te empujo. Te pasaste. Bajas la mirada. Tu rostro subiendo. Tu maldita sonrisa. La que ponías siempre que dejabas de pensar. Pausa corta. ¿No quieres mi amor?, nadie te amará, ya nadie puede amarte. Pausa larga. No me dejarías ir. No hay ningún lugar. No podía abrir. Cerraste con llave. Logré gritar. A nadie le importó. Ya no podía importarle a alguien. Puñetazo. Metí las manos. Te arañaba, tú a mí. Me quedé en jirones. No otra vez. De nuevo tu pene. Sentí sangre, imploré. Por el amor de Dios, no. Nunca me escuchas. Llegó el dolor, sangre, humedad, dolor. Estás sobre mí, la puerta detrás, no puedo salir. Terminas. Eres de nuevo tú. Te alejas, me tapo la herida. Esa que no podrás borrar. Sólo la vuelves más grande. De pronto, calma. Seguía tirada en el piso. Temblé. No sé si de miedo o de frío. Tal vez sólo descansabas, y no pretendí ni imaginarlo. Quise marcharme. Pausa Larga. ¿Puedo irme? Lagrimas contenidas.

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Pausa larga. Recojo, no sé ni qué. Te acercas, un poco. Pausa corta. No me dejes, por favor. Te levantas. Corres a la cocina. Regresas, intentas calmarme con agua. Recibo la ofrenda de paz. No tendría por qué preocuparme. ¿Por qué alguien que te ama te haría daño? No es posible. Imploras lo de siempre. Por favor no le digas a nadie. Pausa larga. Caminas hacia el cuarto. Pienso. Necesito alejarte de mí. Necesito fuerza ¿Y si te encierro? Nuevo objetivo. Corro. Tiro todo. NO me queda nada. NO tengo nada. Eres más fuerte, juegas en casa. No pude. Puñetazos. Golpes. Me desgarras. Dolor. ¿Qué haces? ¿Humedad? No es de mi vagina. No es de placer. Esa desbordante que adorabas. Estoy demasiado mojada. No fue tu pene. Un cuchillo. ¿Qué tan húmeda necesito estar para ti? Dolor. Pausa corta. Lagrimas. Desbordo. Caigo. Tu voz. Te amo, dijiste. El Sol se apagó. Lágrimas. Frío. Mucho frío. Me llevas a la cama. Supiste de mi frío. Me conocías. No tenía que decir nada. Mamá se preocupó. No sabía de mí. Nadie supo. Me buscó toda la noche. La última que pasamos juntos ¿te acuerdas? Me tapaste. Besaste mis labios. Así nos encontraron. Sabías de mi frío. Jamás escapó de mí.•

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más peligroso es aquel que tiene Miedo” Ludwig Borne (1786/1837). Nunca conoceremos a una persona que sepa que es el verdadero miedo, pero si se llega a encontrar posiblemente podríamos morir en paz. Así que hay que estar orgullosos de poder conocer esta sensación que abarca angustia, temor, ansiedad, sorpresa, intriga, etcétera todo revuelto dentro de nuestra mente y cuerpo. Y justamente todos experimentamos el miedo que se vivió hace unos días a 32 años de lo que parecía para muchos un recuerdo triste, un anécdota, un simple trago amargo de la vida, una historia que no pensamos que fuera a ocurrir de nuevo a un país que se pensaba estaba ya preparado para algo así, pero que sin ninguna duda ha vuelto a dejar una marca enorme en miles de Mexicanos, si, me refiero a él día en el que muchas personas descubrimos lo que es el miedo en menos de 2 minutos, en donde no sabíamos si volveríamos a ver a nuestros familiares, a esa persona que te roba el aliento, o al vecino que te molesta pero que en ese momento solo podías pensar en el bien de su vida. Este miedo que se vive aún semanas de haber pasado, aún se duerme con la incertidumbre de no saber cómo actuar, ya que como se menciona anteriormente es algo desconocido, algo que no avisa y si es que vuelve a suceder ¿seremos capaces de salvar a cada persona que forman parte de tu vida? Todo México desde aquel instante en que el reloj marco la 1:14 pm del día 19 de Septiembre no volvió a ser el mismo y puede que el miedo lograra influir en ello, nos hará mejores o peores personas, no lo sé, lo único de lo que estoy segura es que nunca regresaremos a ser lo que éramos, todo depende a que le tengas miedo.•

¡QUÉ MIEDO! por Claudia Flores Flores De lo que tengo Miedo es de tu Miedo William Shakespeare (1564/1616) Escritor Británico. La palabra miedo proviene del término en latino metus, es una alteración del ánimo. El miedo es parte de la vida, sin el no habría un equilibrio de emociones y posiblemente seriamos personas extrañas, “maquinas” solamente. Pero en realidad nadie sabe exactamente que es el miedo simplemente le tememos a ciertas cosas que han marcado nuestra vida, traumas o temores a lo desconocido, pero nunca algo específico. Mucha gente justifica el miedo al miedo como signo de debilidad al enfrentarse a lo desconocido sin embargo, lo que no conocemos no es únicamente sólo lo relacionado con criaturas horribles, asesinos en serie o lo sobre natural sino que a uno mismo, a lo que nuestra propia mente nos puede llevar hacer, creer o ser y en consiguiente al daño que se puede causar. ¿Podemos vivir del miedo? Ciertamente se aprende a vivir con él, llegamos a neutralizarlo. Hasta el hombre más valiente tiene miedo. “El hombre

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Una de esas personas se sienta a mi lado y la otra detrás, debo recorrerme un poco pues se coloca muy cerca de mí, casi encima. Le intento ver pero la gorra que lleva puesta le tapa la cara hasta la nariz. Casi al mismo tiempo, las tres personas que están cerca de mí comienzan a murmurar en voz muy baja algo como una plegaria. El chofer detiene el bus y se une a los demás en el murmullo extraño; ahora son cuatro sujetos esbeltos con gorra cubriendo su rostro junto a mí. “Perdóname, por favor no lo hagas, no lo hagas... Perdóname, por favor no lo hagas, no lo hagas... Perdóname, por favor no lo hagas, no lo hagas”. Y el murmullo crece tanto que ahora es un grito que aturde mis oídos. La cara de los cuatro escurre en sangre e intentan mirarme pero no tienen ojos, no tienen siquiera el rostro definido. Están encima de mí gritando desesperados y perdidos. Me siento tan asustado que les pido perdón, yo no lo quise hacer, no lo quise matar. Siento un vacío a mis espaldas, perderé el conocimiento. Insisto, yo no te quise matar, estaba asustado, lo estoy ahora más. Mi vista se oscurece y no dejo de pensar en que esa gorra y esos cuerpos esbeltos me resultaban familiares. •

ÚLTIMA RUTA por Hunder Es tarde ya, tomé la última ruta y sólo venimos arriba el chofer y yo. Afuera, el ruido de sirenas de patrullas y ambulancias colorean el silencio y la oscuridad de las calles. Abro el libro en cualquier página y nervioso, se termina cayendo entre los asientos, al agacharme me golpeo la cabeza tan fuerte que creo estar derramando sangre, pero sólo es sudor, mucho sudor. Además la sangre de mis manos está seca ya. El camión se detiene de pronto y abre la puerta delantera. ¿Subirá alguien? La oscuridad no me permite ver si alguien hizo la parada. Es un hombre esbelto el que sube, con una gorra que le tapa la mitad del rostro. Sube al autobús con la mirada baja y toma el asiento delante al mío. Me resulta un poco familiar. La lectura se me dificulta un poco por la luz baja del camión, y por el golpe en la cabeza que aún me tiene aturdido. Miro la calle desde la ventana y veo en una esquina a dos hombres muy delgados fumando puro. Minutos después, el camión vuelve a detenerse. Dos personas con la cabeza gacha avanzan al interior del transporte. 35


Bajo cielos plutónicos bañadas por la espectral luz de la brumoluminicente Nithon y las gemelas Thog y Thok, las terrazas de negra piedra se elevan vacías en las interminables hileras de torres

FLORES DE YUGGOTH

de las inmensas y muertas ciudades habitadas por crustaciformes hongos alados, evangelizantes y apóstoles de Nyarlathotep y Shub-Niggurath.

por Eduardo Vardheren Ahora bajo los ciclópeos puentes fluyen oscuros ríos de alquitrán,

Los ominosos artrópodos colonizaron y perforaron buscando el sacro metal tok’l

las ácidas lluvias y los cinéreos copos cubren montes y valles. Los esclavos en las minas

diezmaron a los udungador, cuyo ultimo rey-sacerdote, Meiōse, suplicó ayuda a sus divinidades: Ghisguth y Zstylzhemgni, su respuesta: Silencio.

sueñan con la oscuridad vernal de la superficie, creen que retornará cuando llegue el momento en que no haya ni nieve ni lluvia ni hongos de Yuggoth.

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HORRORKU* por Eduardo Vardheren

cantan los cuervos mientras medito en el templo la locura me ilumina para vaciar mi ego me buscas por las noches ¡Oh, Buda Negro! un templo vacío con aroma de gusanos habitándome

*son poemas que imitan el estilo del haiku japonés, pero de temática de horror

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Los No Letrados: “MIEDO” Editado e impreso en México

LNL N° 2: Miedo  
LNL N° 2: Miedo  
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