Un año en los Salmos (muestra)

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Un año en los Salmos: 365 devocionales para tu caminar con Dios

Copyright © 2021 por B&H Publishing Group. Todos los derechos reservados. Derechos internacionales registrados. B&H Publishing Group Nashville, TN 37234 Diseño de portada: Karin Albrecht Director editorial: Giancarlo Montemayor Coordinadora de proyectos: Cristina O’Shee Clasificación Decimal Dewey: 242.2 Clasifíquese: BIBLIA. A.T. SALMOS / LITERATURA DEVOCIONAL / CALENDARIO DEVOCIONAL

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida ni distribuida de manera alguna ni por ningún medio electrónico o mecánico, incluidos el fotocopiado, la grabación y cualquier otro sistema de archivo y recuperación de datos, sin el consentimiento escrito del autor. A menos que se indique de otra manera, las citas bíblicas se tomaron de La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional®, © 1999 por Biblica, Inc.®. Usadas con permiso. Todos los derechos reservados. Las citas bíblicas marcadas NBLH se tomaron de la Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy®, © 2005 The Lockman Foundation. Derechos Reservados. Usadas con permiso. Las citas bíblicas marcadas RVR1960 se tomaron de la versión Reina-Valera 1960 ® © 1960 por Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Usadas con permiso. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de las Sociedades Bíblicas Unidas y puede ser usada solo bajo licencia. Las citas bíblicas marcadas TLA se tomaron de la Traducción en Lenguaje Actual®, © 2002, 2004 por Sociedades Bíblicas Unidas. Usadas con permiso. Las citas bíblicas marcadas NBLA se tomaron de Nueva Biblia de las Américas (NBLA), Copyright © 2005 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso. Las citas bíblicas marcadas NTV se tomaron de la Santa Biblia, Nueva Traducción Viviente, © Tyndale House Foundation, 2010. Usado con permiso de Tyndale House Publishers, Inc., 351 Executive Dr., Carol Stream, IL 60188, Estados Unidos de América. Todos los derechos reservados. Las citas bíblicas marcadas LBLA se tomaron de LA BIBLIA DE LAS AMÉRICAS, © 1986, 1995, 1997 por The Lockman Foundation. Usadas con permiso.

ISBN: 978-1-0877-5146-7

Impreso en EE. UU. 1 2 3 4 5 * 24 23 22 21

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UNA NOTA DEL EDITOR

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arlos Spurgeon, el famoso predicador del Siglo xx, alguna vez dijo: «He aprendido a amar las olas que me golpean contra la Roca eterna». El sufrimiento tiene una cualidad única de mostrarnos nuestra necesidad de Dios, ¿no es así? Primero, nos desestabiliza de las cosas que pensábamos que perdurarían para siempre. Luego, nos muestra lo frágiles que son los ídolos de nuestro corazón. Finalmente, si estamos en Cristo, nos lleva a la Roca eterna para anclarnos en Él y recordarnos que Él es nuestro inconmovible sostén en la tribulación. El Libro de los Salmos es, en su mayoría, una colección de respuestas piadosas a las olas de esta vida. En ellos encontramos a personas vulnerables que nos hablan de su experiencia con el dolor, la ansiedad, la depresión y el temor. En los Salmos encontramos oraciones inspiradas por Dios que nos enseñan que Él se complace en escucharnos en nuestra fragilidad. Oraciones como «Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?» (Sal. 42:9) y «Me has puesto en el hoyo profundo, en tinieblas, en lugares profundos» (Sal. 88:6) son bienvenidas ante el trono de la gracia. Parte de lo que significa amar a Dios con todo nuestro corazón es precisamente llevar nuestra alma tal y como está delante de Él. Así, te animo a que uses estos devocionales de esperanza en los Salmos como una guía de oración y una brújula ante tu propia situación. Mi oración es que, al pasar por aguas turbulentas, estos devocionales puedan recordarte en Quién estás parado, y puedas decir como el salmista: Nada me faltará. Gracia y paz, Giancarlo Montemayor Director editorial, B&H y Biblias Holman

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SALMO 1:1

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«Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado» (SAL. 1:1, RVR1960).

ste salmo puede ser considerado como el salmo prefacio, puesto que en él hay una idea del contenido de todo el libro. El deseo del salmista es enseñarnos el camino a la bienaventuranza y advertirnos de la destrucción segura de los pecadores. Este es, pues, el asunto del primer salmo, que puede ser considerado, en ciertos aspectos, como el texto sobre el cual el conjunto de los Salmos forma un sermón divino. ¡Observa cómo este Libro de los Salmos empieza con una bendición, lo mismo que el famoso Sermón del monte! La palabra traducida como «bienaventurado» es una palabra muy expresiva. En el original es plural, y es una cuestión discutida si se trata de un adjetivo o de un sustantivo. De ahí podemos colegir la multiplicidad de las bendiciones que reposan sobre el hombre, a quien Dios ha justificado, y la perfección y grandeza de las bendiciones de que gozará. Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos. Este hombre sigue el consejo prudente, y anda en los mandamientos del Señor, su Dios. Para él los caminos de la piedad son caminos de paz y bienandanza. Sus pisadas son ordenadas por la Palabra de Dios y no por la astucia y argucias del hombre carnal. Es una señal cierta de gracia interior cuando el modo de andar ha cambiado y la impiedad es apartada de nuestras acciones. Cuando los hombres viven en el pecado, van de mal en peor. Al comienzo andan meramente en el consejo de los descuidados e impíos, que no se preocupan de Dios —el mal es más bien de carácter práctico que habitual—, pero después de esto se habitúan al mal y andan en el camino de los pecadores declarados que voluntariamente quebrantan los mandamientos de Dios; y si se les deja solos, van un paso adelante y se vuelven maestros y tentadores deplorables respecto a los demás, y con ello se sientan en la silla de los escarnecedores. Se han graduado en el vicio, y como verdaderos doctores de condenación, se les ha concedido el título, y los demás los consideran como maestros en Belial. Pero el hombre bienaventurado, el hombre que posee todas las bendiciones de Dios, no puede tener contacto con personas de esta clase. Se mantiene puro y libre de estos leprosos; aparta las maldades de él como vestidos manchados por la carne; sale de entre los perversos y se va fuera del campamento llevando el reproche de Cristo. ¡Oh, si pudiéramos tener gracia para mantenernos separados así de los pecadores!

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SALMO 119:38

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«Confirma tu promesa a este siervo…» (SAL. 119:38).

no de los grandes enemigos en la vida son las dudas. Pero todas nuestras dudas se disipan cuando encontramos una firme confirmación de la verdad. El enamorado que duda del amor es su prometida vuelve de tanto en tanto a leer las cartas de su amada para poderse decir a sí mismo en voz baja: «Sí me ama». El heredero que duda si la casa donde vive es suya, regresa a sus archivos y al ver el título de propiedad exclama: «Sí es mía». Del mismo modo pueden llegar las dudas a la vida del cristiano. Puedes sentirte abatido, cansado, frustrado, pero al regresar a la Palabra una y otra vez las promesas de Dios afirman la verdad en tu corazón. Una de las escenas más dramáticas de El progreso del peregrino, de John Bunyan, es cuando Cristiano y Esperanza son hechos prisioneros por un gigante en el Castillo de la Desesperación. Son del todo incapaces de escapar, hasta que descubren la llave de las promesas con la cual abren la puerta del calabozo que los retenía. En la Palabra de Dios tenemos todas Sus promesas que nos liberan de la angustia de la duda y de la desesperación. Necesitamos recordar la verdad. Necesitamos que se nos repita una y otra vez. Necesitamos ponernos a nosotros mismos bajo la santa influencia de las Escrituras, para que la Palabra de Dios confirme en nuestros corazones Su bondad y nuestras dudas se desvanezcan como la niebla de la mañana cuando sale el sol. Esta porción del Salmo 119 expresa esa urgencia. Todas las estrofas de la sección He empiezan con esa letra del alfabeto hebreo, que es la usada para formar la forma imperativa de los verbos. De ahí que el autor elija imperativos para iniciar cada frase: v. 33, «enséñame»; v. 34, «dame»; v. 35, «dirígeme»; v. 36, «inclina»; v. 37, «aparta»; v. 38, «confirma»; v. 39, «quita»; v. 40, «dame». Sus palabras denotan la urgente necesidad de una salida a todas nuestras ansiedades. Como el salmista, pídele también a Dios que haga Su obra en ti, porque necesitas desesperadamente que Él te guie, te enseñe y te dirija. Tan solo bajo el poderoso cuidado de tu Buen Pastor tu alma se ve reconfortada. Pero necesitas recordarlo continuamente. La inercia humana ante las dificultades es siempre intentar hacer todo lo que está en nuestras manos para ayudarnos a nosotros mismos. Los discípulos en medio de la tormenta sacaban con sus manos el agua para lograr que su barca continuara a flote. Del mismo modo has de reconocer las muchas veces que has intentado usar tus propias fuerzas para salir adelante en los retos de esta vida sin ver que Jesús estaba contigo en la barca. Deja de luchar por ti mismo y clama al Señor por Su socorro y Su intervención en tu vida. La Palabra te repite con claridad que necesitas que sea Él quien obre mientras tú contemplas cómo confirma Sus admirables promesas delante de ti.

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SALMO 2

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«… ¡Dichosos los que en él buscan refugio!» (SAL. 2:12).

uando mi hijo pequeño tuvo un resfriado, me sentí completamente impotente. Él mismo no parecía entender lo que le sucedía a su cuerpo: el dolor, la fiebre, la tos. Todos nosotros hemos tenido algún resfriado alguna vez. Me sorprende pensar que un virus microscópico, algo que no podemos ver con nuestros propios ojos, nos debilite de tal modo que terminemos en la cama sin nada que hacer. En estos tiempos nos hemos dado cuenta de que algo pequeño, como un virus, puede doblegar no solamente a una persona, sino a naciones enteras. Cuando sucede algo así, cuando incluso las instituciones más poderosas se ven rebasadas por algo tan pequeño, pudiera ser inevitable pensar: ¿quién está a cargo? ¿Será que el gobierno está a cargo? Parece que no. ¿Quizás la medicina y la ciencia son la respuesta? Tampoco. ¿Nosotros mismos? Mucho menos. El Salmo 2 señala claramente quién es el que está a cargo: Dios. Este salmo mesiánico (es decir, que predice y apunta hacia el Mesías, Jesucristo) proclama que ninguna de las naciones poderosas puede salirse del señorío del Cristo, el Mesías de Dios (vv. 1-3). Aunque las naciones piensen que pueden salirse del reinado y soberanía de Jesucristo, eso es absolutamente imposible. Dios está en Su trono y nada lo puede sacar de allí. Es ese Dios, sentado en el trono, quien ha decretado a Jesucristo como Su Hijo eterno (v. 7), como el heredero del mundo, el único que puede regir a las naciones con juicio y justicia (vv. 8-9). Así que cuando tu vida parece salirse de control, hay alguien que siempre estará en absoluto y completo control. El mismo Dios que estableció a Su Hijo Jesús como el rey del mundo, es el mismo que gobierna sobre las naciones. Y también sobre tu situación. Puede ser que en tiempos así tu alma se vea invadida por la duda. Estamos acostumbrados a tener las cosas bajo control. O por lo menos, eso intentamos. Y cuando repentinamente algo sucede, y esas cosas con las que hacíamos malabares con aparente destreza caen al suelo y se estrellan en pedazos, recordamos algo que deberíamos saber, pero frecuentemente olvidamos: no estamos en control. No somos los reyes de nuestro propio imperio. Cuando Dios nos lleva hasta allí, debemos levantar nuestra mirada al cielo, al lugar en donde nuestra mirada debería siempre estar, y poner nuestra confianza en Dios. Tú puedes confiar en ese Dios. De hecho, el salmo termina diciendo: «… ¡Dichosos los que en él buscan refugio!» (v. 12). Así que el salmista proclama una bienaventuranza sobre aquellos que depositan su confianza en el Dios verdadero. Quiero animarte a que, por la gracia, obedezcas a la voz de Dios que te anima: «Confía en mí». Sí, confía.

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SALMO 67

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«Dios nos tenga compasión y nos bendiga; Dios haga resplandecer su rostro sobre nosotros» (SAL. 67:1).

ste salmo comienza con uno de los anhelos más esenciales de las personas que se saben pecadoras: el anhelo de recibir la misericordia de Dios (v. 1); la certeza de que, en el día de la calamidad, Dios nos muestre Su bondadoso rostro y no nos dé la espalda (ver Jer. 18:17). Esta era la petición del salmista en favor del pueblo, y esta es también la realidad de aquellos que hemos experimentado la gracia del evangelio. El apóstol Pablo declara que es en el evangelio donde hemos recibido esta «misericordia»; en el evangelio, Dios, «que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo» (2 Cor. 4:1, 6). Es en el rostro de nuestro Salvador donde Dios ha hecho resplandecer Su rostro sobre nosotros y nos ha llenado de «toda bendición espiritual en Cristo» (Ef. 1:3). Por lo tanto, la petición del salmista nos ha sido ya otorgada. Por esta razón, al enfrentar como creyente cualquier tipo de aflicción o necesidad, no necesitas vivir en incertidumbre. Por el contrario, tienes la plena certeza de la bendición de Dios por causa de la obra de Jesús consumada en la cruz a tu favor. ¡Sublime gracia! Ahora, la misericordia que Dios nos ha otorgado como Su pueblo, nos ofrece mucho más que una simple certeza personal e individual en tiempos de necesidad. En realidad, Su bondad misericordiosa nos ha dado un propósito y una responsabilidad eternos y trascendentes. Los versículos 2 al 7 lo expresan en términos que crean una imagen maravillosa. En primer lugar, el versículo 2 nos señala que la misericordia que hemos recibido es «para que se conozcan en la tierra sus caminos, y entre todas las naciones su salvación». Cada vez que el rostro de Dios ilumina a una persona, Su propósito se revela una vez más como evangelístico, misional y salvífico. Porque cuando la salvación de Dios llega, otras bendiciones espirituales se añaden también. Y cada una de ellas debe ser nuestro anhelo y petición a Dios a favor del mundo a nuestro alrededor. El salmista pide en el versículo 3: «Que te alaben, oh Dios, los pueblos; que todos los pueblos te alaben». Tan grande es su anhelo de que el Dios Salvador sea alabado, que lo repite en el versículo 5. La obra misericordiosa de Dios por nosotros es por lo tanto primeramente teocéntrica. Su intención primaria es que Dios reciba la adoración que solo Él merece y que en el presente está ausente en muchos confines de la tierra. Pero observa el versículo 4, en el centro del doble anhelo de alabanza a Dios, descubrimos que Dios consuma nuestra dicha: «Alégrense y canten con júbilo las naciones, porque tú las gobiernas con rectitud…». ¡La adoración a Dios es para la alegría y el gozo de toda la tierra! Finalmente, el versículo 7 nos anuncia que toda esta bendición busca aquello que es el principio de la sabiduría: el temor de Dios. Cuando te enfrentes a pruebas y tribulaciones, recuerda siempre que, en el evangelio, tienes la certeza de la misericordia y la bendición de Dios. Y que esta bondad se te ha dado para que todas las naciones conozcan, alaben, y teman a Dios, y como resultado, se regocijen en Su salvación. 8

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SALMO 8:1-9

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«¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!» (SAL. 8:1).

l creyente, redimido por la preciosa sangre de Jesús vertida en la cruz, reconoce la majestad, el poder y la gloria del Señor porque ha experimentado la gracia divina en su propia vida. Esa fue la experiencia del salmista, el rey David, quien expresó la alegría y el gozo que inundaban su corazón por las bendiciones de Dios. La vida de cada uno de nosotros, los creyentes redimidos, está compuesta de una cadena interminable de bendiciones, todas inmerecidas, pero otorgadas por la gracia del Salvador. Por lo tanto, debemos expresar nuestro agradecimiento adorándolo con alabanzas y expresiones que ensalcen el nombre de Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable. Jesús pagó el precio de la redención, del rescate, y por Su sacrificio fuimos justificados. Su entrega a la causa de nuestra salvación fue total e incondicional. Y como lo expresó el profeta Isaías, por Su llaga fuimos sanados. Él sufrió nuestro castigo y llevó nuestros pecados al madero de la cruz para limpiarnos con Su sangre. Nos corresponde reconocer Su sacrificio, agradecerlo con verdadero sentimiento y declarar al mundo nuestro genuino aprecio por Su obra. Glorificar el nombre del Señor Jesús debe ser nuestro constante cántico y oración para que el mundo sepa del amor de Dios y de la oferta de salvación eterna por medio del sacrificio de Su Hijo. Demos gracias a Dios por Su amor y Su perdón. Oh, Señor, ¡cuán grande es tu amor y misericordia! Te alabamos y glorificamos tu nombre.

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SALMO 119

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«Mi alma desfallece por Tu salvación; en Tu palabra espero» (SAL. 119:81).

ay situaciones de la vida que nos llevan a pensar: ¿hasta cuándo, Dios? ¿Cuánto más tengo que esperar? Parece que así se sentía el autor del Salmo 119 cuando escribió: «Mi alma desfallece por Tu salvación; en Tu palabra espero» (v. 81). Algo estaba provocando una angustia sin igual en su vida, pero decidió acudir a la fuente de esperanza, la Palabra de Dios. Lee los versículos que siguen: «Para siempre, oh Señor, Tu palabra está firme en los cielos» (v. 89). «Tu fidelidad permanece por todas las generaciones; Tú estableciste la tierra, y ella permanece» (v. 90). «Si Tu ley no hubiera sido mi deleite, entonces habría perecido en mi aflicción» (v. 92). «Jamás me olvidaré de Tus preceptos, porque por ellos me has vivificado» (v. 93). Cuando las circunstancias que vivimos nos empujan al desaliento, tenemos que escoger dónde poner la esperanza. Este hombre estaba en el banco de la paciencia, su vida detenida. ¡Tan parecido a nuestras vidas ahora mismo ante una pandemia! No obstante, estaba seguro de que la palabra de Dios es eterna, que va más allá del día de hoy y, sobre todo, comprendió que la Palabra de Dios nos sostiene y nos da vida. Pero no es una fórmula mágica. No se logra nada con dejar la Biblia abierta sobre la mesa de noche o cubrir las paredes con versículos bíblicos. Es una cuestión del corazón, por decirlo de alguna manera. Para que la Palabra de Dios se convierta en nuestra fuente de esperanza es necesario conocerla, aprenderla, atesorarla y, sobre todo, pedirle al Espíritu Santo que abra nuestros ojos a Su verdad, tal y como indica el versículo 18. Cuando nuestra mente se llena de la Palabra de Dios, tenemos una provisión de la que nos nutrimos constantemente, un tesoro que nadie nos puede quitar. Varios siglos después Pablo lo reafirmó con su pluma mientras escribía a los cristianos de Roma: «Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra enseñanza se escribió, a fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de las Escrituras tengamos esperanza» (15:4). Sí, la Palabra de Dios es un caudal de esperanza que Él nos ha regalado, pero ningún regalo es útil guardado en un rincón. Tenemos que darle el uso necesario. Así podremos decir junto con el salmista: «Tus testimonios he tomado como herencia para siempre, porque son el gozo de mi corazón» (119:111). Tal vez hoy te sientes como este salmista, ¿hasta cuándo, Señor; cuándo terminará esta situación? Esa pregunta una y otra vez regresa a tu mente. No tengo respuesta, pero hay algo que sí puedo decirte con certeza: haz de la Palabra de Dios tu esperanza. Mira el versículo 114: «Tú eres mi escondite y mi escudo; en tu palabra he puesto mi esperanza». Mientras la vida parezca estar en pausa, aférrate a la esperanza que se encierra entre Génesis y Apocalipsis porque todo lo demás de este mundo es pasajero, pero Dios y Su Palabra son eternos.

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SALMO 119:36

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«Inclina mi corazón hacia tus estatutos» (SAL. 119:36).

uando el capitán de un barco ve la luz del faro en el horizonte, entiende cuál es el camino que debe de seguir. De inmediato sus manos hacen girar con fuerza el timón en la dirección apropiada. Pero todo esto no significa necesariamente que el barco vire en ese momento. No puede haber un cambio de dirección verdadero hasta que el motor cambia de verdad su acción. Cuando el motor cambia, entonces sí, toda la nave es propulsada en la dirección deseada. Cuando el motor cambia es cuando de verdad se establece un nuevo rumbo. Del mismo modo sucede con nosotros. Si te acercas a la Palabra de Dios, tus ojos serán capaces de ver la verdad, tu mente comprenderá la verdad, y en consecuencia dirigirás tus manos y tus pies hacia lo que es verdadero. Pero el cambio definitivo tan solo podrá tener lugar cuando tu corazón, el motor de tu vida, gire hacia la verdad. El corazón es el centro de la vida interior. El alma, el espíritu, o la mente son tan solo provincias del corazón. El corazón es el centro de la voluntad, de los afectos y de la fe, de modo que todo aquello que incida sobre nuestro corazón transformará nuestra existencia, para bien o para mal. Por eso Salomón declara: «Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida» (Prov. 4:23). La Palabra de Dios ilumina tus ojos y hace que pongamos la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col. 3:2). La Palabra de Dios ilumina tu mente, y te hace permanecer en la verdad porque es lámpara a tus pies, mostrándote el camino en que debes de andar (Sal. 119:105). La Palabra de Dios ilumina tus pies, y te conduce por la puerta estrecha y por el camino angosto que conduce a la vida eterna (Mat. 7:13-14). Pero del mismo modo necesitas que la Palabra ilumine tu corazón. Canta con el salmista: «Inclina mi corazón hacia tus estatutos». Sí, que Dios incline tu corazón. Ora al Señor pidiéndole que Su Palabra preciosa no cambie tan solo tus pensamientos o tus acciones o tus pasos. Que Dios mueva tu corazón para que tu vida entera esté dirigida por la luz de Cristo. Tal es el impacto de la voluntad de Dios en nuestras vidas que el resultado final no es tan solo unos ojos que ven, una mente que entiende, unos pies que andan en el camino de la verdad, sino un corazón transformado que ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Que tu cristianismo sea auténtico y no tan solo algo externo. Que tu corazón se vea inclinado a los estatutos del Señor, que en la Palabra encuentres tu delicia y al beber del agua viva y comer del maná del cielo, tu corazón sea transformado por la Palabra del Señor.

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