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Raúl Vallejo Gabriel(a)

Gloria Gervitz Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2019

Juan José Saer Con el desayuno

Agustín Guambo Cuando fuimos punks

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LA CASA DE LA CULTURA ECUATORIANA BENJAMÍN CARRIÓN

presenta la exposición

EXTRACCIÓN DE PETRÓLEO EN ZONAS DE NATURALEZA VULNERABLE: LOFOTEN, NORUEGA-YASUNÍ, ECUADOR

de MERCEDES CACHAGO

DIRECCIÓN: Avs. 6 de Diciembre y Patria Salas: Kingman, Guayasamín y Miguel de Santiago Inauguración: miércoles 7 de agosto de 2019, 19h00 Clausura: 28 de agosto de 2019 Horario: Lunes a sábado de 09h00 a 16h30

www.casadelacultura.gob.ec


editorial

Respeto a la Constitución

S

e ha pretendido insistentemente posicionar en la opinión pública, la idea de que yo desconozco, o no quiero respetar el Reglamento a la Ley Orgánica de Cultura declarándolo inconstitucional, no es así. Existe una clara contradicción entre lo prescrito en el artículo 167 de La Ley Orgánica de Cultura y lo que dispone el artículo 140 del mencionado Reglamento. ¿Cuál es mi deber? Acatar lo dispuesto en la Constitución de la República en lo pertinente a la aplicación de las normas que textualmente en su artículo 425 manifiesta: «El orden jerárquico de aplicación de las normas será el siguiente: La Constitución; los tratados y convenios internacionales; las leyes orgánicas; las leyes ordinarias; las normas regionales y las ordenanzas distritales; los decretos y reglamentos; las ordenanzas; los acuerdos y las resoluciones; y, los demás actos y decisiones de los poderes públicos. »En caso de conflicto entre normas de distinta jerarquía, la Corte Constitucional, las juezas y jueces, autoridades administrativas y servidoras y servidores públicos, lo resolverán mediante la aplicación de la norma jerárquica superior. »La jerarquía normativa considerará, en lo que corresponda, el principio de competencia, en especial la titularidad de las competencias exclusivas de los gobiernos autónomos descentralizados». Se trata simplemente de acatar lo dispuesto en la Constitución. La ley está sobre el Reglamento. Criterio compartido por mayoría absoluta de los directores de los Núcleos Provinciales, en Juntas Plenarias de 21 de junio de 2017 y 16 de julio de 2019. Por otro lado, sin embargo, también defiendo con vigor, y lo seguiré haciendo hasta el último día de mi mandato, la equidad de los Núcleos Provinciales y la vigencia de la autonomía de la Institución, condición imprescindible para el cumplimiento de su sagrada misión y legado histórico de sus fundadores, cuyo pensamiento tenía como eje albergar y difundir al mundo el tejido transversal de nuestra cultura, como elemento clave de la integración de los pueblos.

número treinta y nueve • julio 2019 Presidente Camilo Restrepo Guzmán Director Patricio Herrera Crespo Editor Patricio Viteri Paredes Colaboran en este número: José Aldás, Jorge Basilago, Susana Cordero de Espinosa, Allan Coronel, Laura Godoy, Agustín Guambo, César Hermida, Yuliana Marcillo, Humberto Montero, Patricia Noriega, Davina Pazos, Raúl Vallejo, Fernando Tinajero, Rodrigo Villacís. Edición de textos Katya Artieda Diseño Tania Dávila L. Portada Fabricio Valverde, Sergio, óleo sobre lienzo.

Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión Dirección de Publicaciones Avs. 6 de Diciembre N16–224 y Patria Telf.: 2565-808 Ext. 463 gestion.publicaciones@casadelacultura.gob.ec www.casadelacultura.gob.ec Quito–Ecuador. casapalabrascce @casapalabrascce casapalabrascce@gmail.com

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índice

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Yuliana Marcillo estudia la vida y obra de Ernest Hemingway, a 120 años de su nacimiento.

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Biografía y poemas de Medardo Ángel Silva, a 100 años de su fallecimiento en Guayaquil.

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José Aldás realiza un recorrido por la historia de la banda Linkin Park y su líder Chester Bennington.

Con el desayuno, relato del gran escritor argentino Juan José Saer. El poeta ecuatoriano Agustín Guambo nos presenta su poemario Cuando fuimos punks.

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El muñeco, relato de Marvel Moreno, escritora colombiana fallecida en París en 1995.

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Poemas de Gloria Gervitz, Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2019.

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Primer capítulo de Gabriel(a), novela de Raúl Vallejo que ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja 2018.

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Fernando Tinajero filosofa sobre la fábula Ante la ley, de Franz Kafka.

76

Presentación de la novela Amoríos, de César Hermida, Premio La Linares 2019.

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Laura Godoy nos presenta los resultados de la VI edición del Festival de Cine Latinoamericano de Quito, FLACQ 2019.

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Reseña del libro La tortuga gigante de Galápagos, su historia natural, de Cruz Márquez, publicado por la CCE.

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Tributo al gran intelectual cubano Roberto Fernández Retamar, fallecido hace poco.

Poemas de Mario Cobo Barona. La crónica novelada de Pedro Lemebel, ensayo de Humberto Montero.

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Jorge Basilago estudia la vida y escritura de Mario Benedetti, a 10 años de su muerte.

Festival de artes urbanas Imaginarios, exposición de arte urbano analizada por Patricia Noriega. Poesía de Davina Pazos. El parque, cuento de Allan Coronel. Rodrigo Villacís entrevista a la historiadora y museógrafa Inés Flores.

Susana Cordero de Espinosa reseña el libro Biografía de SaintExupéry, de Hernán Rodríguez Castelo.

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En cuerpo y alma, exposición del pintor guayaquileño Fabricio Valverde, analizada por Patricio Herrera Crespo.


memoria

Ernest Hemingway 1899-1961

Escritor y periodista estadounidense, y uno de los principales novelistas y cuentistas del siglo XX, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1954 por su obra completa. En este 2019 se conmemoran 120 aùos de su natalicio.


Yuliana Marcillo

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esde que Ernest Hemingway nació, su madre lo vestía como niña y le regalaba juegos de vajillas idénticos a los de su hermana, Marcelline. De hecho, lo llamaba ‘Ernestina’. En otro escenario, el niño se destacó tocando el violonchelo, incluso formó parte de una orquesta. Se interesó también por el boxeo y realizó algunas peleas a puño limpio con sus compañeros de clases. En el verano, cuando iba con su padre de campamento, tenía permitido ser niño. Su progenitor le daba un rifle, lo llevaba a pescar y a cazar. De vuelta en casa, al igual que otros niños victorianos, seguía vistiendo ropa femenina, convirtiéndose en el ‘gemelo’ de su hermana, tal y como lo deseaba su madre. ‘Ernestina’ y Marcelline se criaron como idénticos por un período largo, fueron a los mismos sitios e hicieron las mismas cosas durante seis años. Cuarenta y cinco años después, en 1950, el New York Times catalogó a Ernest Hemingway como el mejor escritor desde la muerte de Shakespeare. Su actitud ‘machista’ hacia el amor, la muerte y la guerra fueron haciendo de él un héroe de la figura masculina: gran cazador, pescador, guerrero y amante; «ícono de extrema masculinidad», dicen sus biografías.

*** Ernest (nombre que nunca fue de su agrado) Hemingway nació el 21 de julio de 1899, en el suburbio de Oak Park, Chicago, Illinois. Fue el segundo hijo del matrimonio de Grace Hall, cantante  y profesora de música, y de Clarence Edmonds Hemingway, un  médico  al que le gustaba la caza y la pesca. En este 2019 se cumplen 120 años de su natalicio; es considerado entre los principales novelistas y cuentistas del siglo XX. En 1953 ganó el  Premio  Pulitzer  de Literatura  y en 1954 le fue concedido el  Premio Nobel de Literatura. Desde temprana edad mostró sus aptitudes literarias en el diario escolar. ‘Ring Lardner, Jr’ era su alias. «Al acabar sus estudios, en 1917, desobedeciendo a los padres que deseaban que estudiara la universidad, se trasladó a Kansas, donde comenzó a trabajar de reportero en el Kansas City Star», señalan sus biógrafos. Se inició en la escritura a través del periodismo. Fue conductor de una ambulancia durante la Primera Guerra Mundial en el frente italiano y corresponsal en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial. De vuelta a Estados Unidos retomó el periodismo. Entre sus obras se destacan Fiesta (1926), Adiós a las armas

(1929), Por quién doblan las campanas (1940), El viejo y el mar (1952) y París era una fiesta (1964). Su última obra publicada en vida fue Poemas completos  (1960). Dejó sin publicar 3.000 páginas de manuscritos.

Suicidios y tragedias La primera cercanía al concepto de la muerte —que trata ampliamente en su obra— fue cuando, siendo niño, se vio obligado a acompañar a su padre en el parto de una india cuyo marido se suicidó por no poder soportar los gritos de su mujer. Su biografía señala que estuvo al borde de la muerte en la Guerra Civil española, «cuando estallaron bombas en la habitación de su hotel; en la II Guerra Mundial al chocar con un taxi durante los apagones de guerra; y, en 1954, cuando estando de safari se estrelló en África en dos accidentes aéreos sucesivos que le dejaron dolor y mala salud durante el resto de su vida». Sobrevivió al ántrax, la malaria, la neumonía, la disentería, al cáncer de piel, hepatitis, anemia, diabetes, presión arterial alta, un riñón dañado, rotura del bazo, hígado dañado,


una vértebra aplastada, una fractura de cráneo, heridas de metralla de mortero, tres accidentes automovilísticos y quemaduras en incendios forestales. Su padre se suicidó  en 1928 a causa de a una enfermedad incurable. Dos de sus hermanos y una nieta (la actriz y modelo Margaux Hemingway) también decidieron quitarse la vida. Hemingway  —salvo otras investigaciones que apuntan a que el escritor era perseguido y vigilado por agentes del FBI, lo que habría provocado su muerte— finalmente falleció en Ketchum el 2 de julio  de  1961, disparándose un tiro con una escopeta. Las posibles causas oscilan entre frecuentes accesos de locura, depresión, afición por el alcohol, insomnio y pérdida de memoria relacionada con el alzheimer. Estuvo casado cuatro veces y tuvo tres hijos. Fue amante de la buena vida: la comida y la bebida hasta el hartazgo.

La androginia de los Hemingway John Hemingway, hijo de Gregory Hemingway y nieto de Ernest Hemingway, publicó en 2012 el libro Los Hemingway, una familia singular, obra en la que realiza un acercamiento, a manera de testimonio, de las líneas semejantes entre su abuelo y su padre, salpicado de anécdotas y fragmentos epistolares, ofreciéndonos una radiografía familiar. En el libro habla sobre la vida de su padre, Gregory (1931-2001), quien se travestía y quien posteriormente se sometió a una operación de cambio de sexo, escogiendo el nombre de ‘Gloria Hemingway’. Tanto Ernest como Gregory sufrieron trastornos bipolares. «Una de las cosas que más llaman la atención sobre mi abuelo es

Sobrevivió al ántrax, la malaria, la neumonía, la disentería, al cáncer de piel, hepatitis, anemia, diabetes, presión arterial alta, un riñón dañado, rotura del bazo, hígado dañado, una vértebra aplastada, una fractura de cráneo, heridas de metralla de mortero, tres accidentes automovilísticos y quemaduras en incendios forestales. que su popularidad todavía perdura. Muchos otros escritores norteamericanos han ganado el Pulitzer o el Premio Nobel, pero no creo que ninguno de ellos llegue al nivel de aclamación pública del que Ernest disfruta aún hoy en día. La simple y aun así intensa naturaleza de su escritura ha sobrevivido al paso del tiempo, y el interés del público en su vida y sus aventuras es, tal vez, más fuerte hoy que cuando murió», dice John. Para John, el ‘heroico’ mito Hemingway no describía precisamente con exactitud la realidad de la familia. Y enfatiza al señalar que Gregory tenía más cosas en común con la escritura de su padre, que con su mito personal, relacionándolo directamente con la niñez ‘femenina’ de Ernest. «Mientras intentaba encontrar mi propio camino en la vida —con una madre esquizofrénica y un padre travesti—, los seguidores de mi abuelo me recordaban de manera constante que Ernest seguía siendo el ‘Hombre’. Pero, ¿cómo podía yo explicarles a aquellos fans la figura de mi padre? Ernest Hemingway era el estándar, la medida de lo que significaba ser un hombre en Norteamérica. Y luego estaba mi padre, que entraba en los bares de vaqueros del este de Montana ves-

tido de mujer (...), así que había empezado a hacerme preguntas: ¿con quién tenía más cosas en común, con el padre travesti o con el abuelo famoso?  ¿De qué forma estaban conectados aquellos dos hombres? ¿Qué había ido mal con Gregory? ¿Por qué sufría psicosis maníaco depresiva y por qué tenía aquella extraña necesidad de vestirse de mujer?», escribe John. Para el nieto Hemingway, las opiniones de la crítica en cuanto al trabajo y personalidad de su abuelo han cambiado a lo largo de los últimos años, sobre todo después del libro El jardín del Edén (obra que supone una ruptura respecto a la habitual tasa de hombres duros que solían aparecer en sus obras), momento en que los estudiosos comenzaron a fijarse en otra faceta del carácter y la escritura de Ernest: la naturaleza ‘andrógina’ de los personajes. Hemingway, el anciano (¿el de El viejo y el mar?) adicto al brandy, el ‘Hombre’ que escribió obsesivamente sobre el cabello, sobre las sensaciones que le provocaba este en las manos; sobre su color, olor, textura; el fanático de las corridas de toros y la pesca en el mar, deseaba que nadie contara su vida hasta cien años después de su muerte, creo que las entrelíneas no fueron leídas.

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edardo Ángel Silva nació en Guayaquil el 8 de junio de 1898 y falleció trágicamente en su misma ciudad natal el 10 de junio de 1919, a los 21 años y dos días de edad. Hijo de don Enrique Silva, músico, y de doña Mariana Rodas, el joven quedó huérfano de padre desde muy tierna edad. Su madre construyó un modesto chalet en la calle del Cementerio, llamada posteriormente Callejón Juan Pablo Arenas, el que comenzaba en la Calle 9 de Octubre y cruzaba transversalmente a la altura del que es hoy el Palacio de la Zona Militar, para ir a concluir al Cementerio General. El niño, moreno triste y ‘pensieroso’, ingresó a la Escuela de la Filantrópica, vecina a su casa. Allí estudió toda la primaria. A mediodía y al atardecer, descansaba sentado en una hamaca de mocora que daba a la calle y veía el desfilar interminable de entierros de todos los días. De allí su concentrada preocupación en la muerte que se revela en la mayor parte de sus poesías, especialmente las de su primera época. Hacia 1910 ingresó al Colegio Nacional Vicente Rocafuerte, situado entonces en la céntrica manzana que es hoy el Palacio de Correos. Allí cursa los cuatro primeros años. Obtiene su título de profesor después de los tres primeros y pasa a ejercer el magisterio en la Escuela Fiscal Numa Pompilio Llona. Cuando abandonó los estudios se dedicó a tratar de publicar sus poemas que ya venía escribiendo tiempo atrás. No consigue verlos publicados ni en El Telégrafo Literario (1912-13), de Guayaquil, ni en Letras de Quito. Por fin una publicación modesta, Revista Juan Montalvo, publica en 1914 sus primeros poemas. Más tarde, el escritor colombiano Próspero Salcedo y Mac Dowall le da el espaldarazo presentándolo en la revista Anarcos


homenaje En 1918 publica su primero y único libro de poesía que aparece en su corta vida. Se titula El árbol del bien y del mal, del cual hace solamente 100 ejemplares, pues sus escasos recursos económicos no dan para más.

en un artículo titulado ‘Un niño poeta’. Siguen en el reconocimiento de sus méritos, el Dr. José Antonio Falconí Villagómez, en ‘Los Jueves Literarios’ de El Telégrafo, y el escritor quiteño Carlos Andrade ‘Kanela’. Figura ya como redactor principal en la revista literaria guayaquileña Renacimiento y más tarde en las revistas Patria e Ilustración. Sus poesías aparecen en todas las publicaciones del país y su popularidad crece día a día. Propende a ello su ingreso a la redacción de El Telégrafo, diario entonces de mayor circulación en todo el país. Allí aparece como el primer comentarista de los sucesos cotidianos nacionales y extranjeros. Sus crónicas tienen un elegante estilo literario; su columna se titula: ‘Al Pasar’ y la firma con el seudónimo de ‘Jean d’Agreve’. En 1918 publica su primero y único libro de poesía que aparece en su corta vida. Se titula El árbol del bien y del mal, del cual hace solamente 100 ejemplares, pues sus escasos recursos económicos no dan para más. Después de obsequiar unos pocos ejemplares a sus íntimos amigos y de enviar otros al exterior, desengañado por saber que no se vende ni un solo ejemplar en la librería donde ha dejado la edición en consignación, en un rato de mal humor incinera la mayor parte de los ejemplares.

La crítica saluda la aparición de El árbol de bien y del mal con elogiosos juicios. El más completo estudio acerca de este libro lo escribió el joven crítico de la generación modernista de entonces, Miguel Ángel Granado y Guarnizo. Medardo Ángel Silva se formó en el grupo de poetas modernistas, que tuvo en Quito como representantes a los quiteños Arturo Borja y Humberto Fierro, y al guayaquileño Ernesto Noboa Caamaño; y en Guayaquil, a José Antonio Falconí Villagómez, Manuel Eduardo Castillo, José María Egas, José Joaquín Pino de Ycaza y otros. Silva falleció trágicamente la noche del 10 de junio de 1919. Un disparo de revólver le atravesó el cráneo y le produjo la muerte. Como tanto había él mismo escrito acerca de la muerte y de la autoeliminación, se dijo que su deceso había sido suicidio. El hecho de haberse producido la muerte en el domicilio de su núbil enamorada de entonces acentúo esa creencia. Sin embargo, la adolorida madre del poeta nunca creyó en tal versión y conservó gran afecto hacia la mujer por quien todos decían que su hijo se había matado. Los contemporáneos del poeta —Adolfo H. Simmonds, Pino de Ycaza, Falconí Villagómez y Abel Romeo Castillo— han sostenido opiniones diversas, pero todas contrarias al suicidio.

NOTA: La introducción de este libro así como los textos poéticos son reproducidos del libro El árbol del bien y del mal, de Medardo Ángel Silva, publicado por el Núcleo del Guayas de la Casa de la Cultura en 1964. La primera edición corresponde al autor en 1918 y la segunda a la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1953. El diseño de la carátula es de Jacques Waltzer.

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Estancias 1914 I Aquella dulce tarde pasaste ante mi vista soberbia, en el decoro de tu vestido rosa; inefable, irreal, melodiosa, imprevista, como si abandonara su plinto alguna diosa. Y perfumándola hora de lilas, te perdiste al fondo de la calle, cual tras una áurea gasa… mis ojos te seguían, con la mirada triste que lanza un moribundo a la salud que pasa.

II Se han unido la hora, el piano y tu cuerpo para hacerme morir de nostalgias fragantes. JUAN R. JIMÉNEZ

Qué rosas de harmonía deshojas a la tarde, cuando sobre las teclas —lirios blancos y negros— insinúan tus manos, en lírico alarde, las finas carcajadas de los locos allegros! La agonía del sol pone de oro la estancia… los verdinegros árboles son vagamente rojos… y, desde el corazón —búcaro de fragancia— sube un dulzor de lágrima que hace nublar los ojos!

III Feuille d’ Album Tienes esa elegancia lánguida y exquisita de las pálidas vírgenes que pintó Burne Jones y así pasas, como una visión prerrafaelita, por los parques floridos de mis vagas canciones. Y si el cielo azulado tu mirar extasía cuando el Poniente riega sus fantásticas flores; eres como esos ángeles que alabando a María, se ven en los retablos de los viejos pintores! 8

IV Se abren tus dos pupilas como dos precipicios por los que ruedan almas al sueño y a la nada. (Mujer, dame a probar tus dulces maleficios; húndeme el luminoso puñal de tu mirada!...).

V Surgen tus manos breves, lánguidas y perdidas, como lirios carnales, de las batistas claras…


(Yo pienso que gustoso te daría mil vidas, para que con tus manos finas me las quitaras!). De la gasa inconsútil de tu rosa batista surges, vibrante, en una danza de bayaderas. (te juro que en la corte del gran Tetrarca hubieras —obtenido la roja cabeza del Bautista!...). Bailas… y el blanco sátiro, que decora la estancia, sonríe desde el ángulo, coronado de viña… (Y mientras me conmueve tu mirada de niña, estremece mi carne tu lasciva fragancia!...).

VI Dulzuras maternales de la hora matutina… bajo cielos que evocan los caprichos de Goya, mueven los frescos árboles su ropa esmeraldina que el sol de primavera fastuosamente enjoya… Suenan voces de niños… cristales de agua clara… trina el mirlo… en la calle, cruje la diligencia… en esta hora parece que del Azul bajara una sedosa lluvia de paz y de inocencia… 9


VII Señor, no ha recorrido mi planta ni siquiera la mitad de la senda, de que habló el Florentino y estoy en plena sombra y voy a la manera del niño que en un bosque no conoce el camino. De profundis clamavi, Pastor de corazones, da a mi alma el fuego que hizo de la hetaira una santa; renueva el milagro de las resurrecciones; espero, como Lázaro, que me digas: Levanta!

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XI Ven, muerte adorable y balsámica. WALT WHITMAN

Mon ame est un beau lac solitaire qui tremble… ALBERT SAMAIN

Esposa Inevitable, dulce Hermana Tornera, que al llevarnos dormidos en tu regazo blando nos das la clave de lo que dijo la Quimera y en voz baja respondes a nuestros cómo y cuándo.

Ni un ansia, ni un anhelo, ni siquiera un deseo, agitan este lago crepuscular de mi alma. Mis labios están húmedos del agua del Letheo. La muerte me anticipa su don mejor: la calma.

Apenas si fulgura mi lámpara encendida, Derroché mis tesoros como una reina loca, me adelanté a la cita y, al margen de la vida, ha dos siglos que espero los besos de tu boca!

De todas las pasiones llevo apagado el fuego, no soy sino una sombra de todo lo que he sido buscando en las tinieblas, igual a un niño ciego, el mágico sendero que conduce al olvido.

IX Horas de intimidad y secreta harmonía… en la paz melodiosa de las tibias estancias son nuestros corazones, ebrios de melodía, dos rosas que confunden en una sus fragancias… ¡Qué lejos está el Mundo de nosotros, qué lejos la existencia liviana!... (Las luces amarillas de las arañas doran el piano y los espejos…) mi espíritu, en silencio, te adora de rodillas…

XII Sur votre jeune sein laissez rouler ma tete. PAUL VERLAINE Deja sobre tu seno que caiga mi cabeza, como un mundo cargado de recuerdos sombríos; y dime la palabra santa y única, esa palabra que consuela mis perennes hastíos… O mejor, calla… deja que en el silencio blando de la extinguida tarde, sobre divanes rojos, me siento agonizar lentamente mirando cómo se llenan de astros los cielos de tus ojos!

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Sueño (en el jardín)

Por donde Ella pasaba la tragedia surgía tenía la belleza de una predestinada y una noche de otoño febril aparecía en sus ojos inmensos y obscuros retratada…

Inmóvil duerme el agua del estanque aceituna bajo las melodiosas cúpulas florecidas, Y, como Ofelina en Hamlet, va el cuerpo de la luna, inerte, sobre el lecho de las ondas dormidas…

Y fue bajo el auspicio del padrino Saturno que deshojé a sus plantas mi juventud florida… desde entonces padezco de este mal taciturno que hace una noche eterna del alba de mi vida!

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Las dos… soñando en Ella por la avenida voy… mis brazos la presienten y mi labio la nombra… inútil idealismo si únicamente soy una sombra que busca las huellas de otra sombra!


XIV Velada del sábado Marcha la luna trágica entre nubes de gasa… sin que nadie las toque se han cerrado las puertas… El miedo, como un lobo, pasea por la casa… se pronuncian los nombres de personas ya muertas… El abuelo las lámparas, por vez octava, prende… se iluminan de súbito, semblantes aturdidos… Es la hora en que atraviesa las alcobas el duende… que despierta llorando, a los niños dormidos…

XV Como el aire se aroma con tu carne bendita mi corazón comprende por el lugar que pasas, omnipotente como la divina Afrodita, entre una ola sutil de flores y de gasas. Y al mirarte parece que miro a Anadyomena, pues, como ella, al influjo de tu mirar, fascinas; —sembradora impasible de mi angustia y mi pena, por quien mi alma es un Cristo coronado de espinas—

XVI …enfermo, peregrino En tenebrosa noche… GÓNGORA Hastíos otoñales… Ya nada me entusiasma de cuanto me causara infantiles asombros y así voy por la vida, cual pálido fantasma que atraviesa las calles de una ciudad de escombros. Y mi alma, que creía la Primavera eterna al emprender sus locas y dulces romerías, hoy ve, como un leproso aislado en su caverna, podrirse lentamente los frutos de sus días!

XVII Para los que llevamos, como un puñal sutil, dentro del alma una ponzoña: para los que miramos nuestra ilusión de abril hecha una mísera carroña;

Inútilmente suena tu pandero de histrión —oh, vida frívola y banal!— Si no es de nuestros labios la divina canción primaveral y matinal!

XVIII Amor, di ¿qué sendero se gozan con tu paso? ¿cuáles los reyes magos a que sirves de guía?... ¿qué rubicunda aurora, qué sonrosado ocaso vio tu carro de fuego en el triunfo del día?... Ah! si tu alba luciera para mi noche obscura! si mis rosas abrieran temblorosas al verte! se endulzaría el hondo cáliz de mi amargura con el néctar con que haces tan amable la Muerte.

XIX Bendigo el sufrimiento que viene de tu mano y el vértigo radiante en que tu voz me sume. Mi amor es para Ti como un jardín lejano que a una alcoba de reina envuelve en su perfume. Y eternamente oirás en tus noches sin calma mi sombría plegaria que, rugiendo te invoca: Al precio de mi sangre y al precio de mi alma véndeme una limosna de un beso de tu boca!

XX —Qué lejos aquel tímido y dulce adolescente de este vicioso pálido triste de haber pecado!... —Tomó del árbol malo la flor concupiscente Y el corazón se ha envenenado!...

XXI …¿Y la luz verdadera?... ¿Y la absoluta paz? ¿Y la cifra segura de la Sabiduría?... —Da tregua al Tiempo, iluso corazón, ya entrarás al gran silencio donde llegaremos un día!... 11


Con el desayuno Juan José Saer a Juan Carlos Mondragón

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oldstein tenía 21 años en 1943, cuando lo deportaron a un campo de concentración, por el triple motivo de ser judío, comunista y miembro de la Resistencia. No lo mataron, porque es sabido que los campos nazis eran en principio campos de trabajo, y los alemanes pretendían ganar la guerra gracias al trabajo de los más vigorosos de sus enemigos. A los que no les servían, enfermos, chicos, ancianos, los asesinaban inmediatamente, pero a los más jóvenes los hacían trabajar. En cierto sentido los campos nazis, por la manera en que se había organizado el trabajo de los prisioneros, piensa

Goldstein, representan un ejemplo avant la lettre de lo que podría llegar a ser la última etapa de la llamada desregulación del mercado laboral. Por lo tanto, Goldstein está convencido de que fue su condición de mano de obra barata lo que le salvó la vida. Los nazis estaban a punto de fusilarlo por tentativa de evasión, cuando justo llegaron los aliados (que no encontraron ni un solo soldado alemán en todo el campo), de modo que esta mañana, mientras desayuna en el bar Tobas, en Córdoba y Pueyrredón, tiene setenta y seis años y todavía sigue yendo a la librería, más para distraerse que otra cosa, ya que cinco años atrás le dejó el negocio a sus dos empleados, que le pasan una renta men-

sual. Su mujer murió hace tres años. Su hija mayor, que tuvo que irse del país con el golpe de estado del 76, se casó con un catalán y se quedó a vivir en Barcelona. La menor, que es psicoanalista, tiene poco tiempo libre los días de semana, así que únicamente ciertas noches y a veces ciertos domingos pueden verse para comer juntos, pero de todos modos, a causa de algunas diferencias políticas, sus relaciones con ella son un poco más difíciles que con la mayor. Los jueves a la noche tiene una reunión en la Mesa de Derechos Humanos, y los viernes, su partida de póker semanal. Es por lo tanto el día, desde la mañana bien temprano cuando se despierta hasta que anochece, lo más difícil de llenar. Después de la vacilación matinal, ante las interminables horas que se avecinan, el desayuno que, como incluye la lectura del diario, dura un buen rato, es un momento de actividad, sobre todo interior, ya que la memoria y la inteligencia, reverdecidas por las horas de sue-


evocación ño y por la ducha tibia que relaja el cuerpo atenuando los pequeños dolores óseos y musculares que lo tironearán durante el resto del día, se concentran con mayor facilidad y acogen con nitidez imágenes y pensamientos. El desayuno es, desde hace unos doce años más o menos, siempre el mismo: café con leche azucarado, jugo de naranja, dos medialunas, y un rato más tarde, después de haber leído buena parte del diario, un cafecito solo, concentrado y amargo, y un vaso de agua. La mesa es casi siempre la misma; entrando, a la derecha, la última junto al ventanal que da a Pueyrredón. Cada mañana, al entrar en el local, saluda al dueño que está detrás de la caja y se encamina a su sitio, sentándose en el rincón de cara a la entrada, bajo el televisor apagado. —¿Siempre apechugando a la matina, don Goldstein? —le dice el mozo catamarqueño, depositando las medialunas y el jugo amarillo sobre la mesa, sin esperar el pedido mientras el dueño, detrás del mostrador, ha empezado a prepararle el café. Media hora más tarde más o menos, bastará una seña casi imperceptible de Goldstein en dirección a la caja para que el cafecito cuidadosamente preparado, acompañado por el vaso de agua, aterrice sobre la mesa. Por ahora, desplegando el diario, le responde al mozo con jovialidad distraída y con el ligerísimo acento de los viejos judíos aporteñados del Once y de Balvanera. —Qué querés, Negro, me opio si no en la cama. El jugo fresco, recién exprimido, ácido y dulce a la vez, le da una pequeña sacudida de optimismo cuando toma el primer trago, lo que podría probar, puesto que el efecto energético de las vitaminas no ha tenido tiempo de actuar todavía, que el placer en sí mismo es un estímulo en la vida. Sopar

las medialunas en el café, absorbiéndolo poco a poco, le dificulta la lectura del diario, lo que lo incita a engullirlas rápido, menos por avidez que porque quiere tener las manos libres para poder manipular con más facilidad las grandes hojas de papel impreso que se pliegan y se despliegan, indóciles y ruidosas. Por fin las domina y se concentra en las noticias políticas nacionales e internacionales, en las páginas de economía y en las de cultura, echa una ojeada a las novedades deportivas y al estado del tiempo, para terminar con las historietas y los programas de televisión. Después vuelve atrás y lee con atención los artículos de fondo de los columnistas, a algunos de los cuales conoce personalmente porque son clientes de la librería, las cartas de los lectores y los editoriales. De tanto en tanto ha ido tomando un trago de café con leche o de jugo, hasta terminarlos, y por último, cuando ya no le quedan más que unos pocos minutos de lectura, hace una seña para que le traigan el cafecito y el vaso de agua. Esa ceremonia que se repite todas las mañanas desde hace tantos años es en realidad el preámbulo a los minutos de meditación que le suceden. Pero tal vez es una licencia poética llamar a ese estado una meditación, porque una meditación presupone cierta voluntad consciente de pensar sobre temas precisos, y en su caso sólo se trata de mecanismos asociativos autónomos, casi mecánicos que, todas las mañanas, después del desayuno, se instalan en su interior, y lo ocupan por completo durante un rato. Visto desde fuera, es un anciano apacible y limpio, vestido con sencillez y que, como tantos otros habitantes de la ciudad, toma su desayuno en un café de Buenos Aires. Por dentro, sin embargo, cada mañana, durante unos pocos minutos, a causa de esa asociación inconsciente a

Goldstein tenía 21 años en 1943, cuando lo deportaron a un campo de concentración, por el triple motivo de ser judío, comunista y miembro de la Resistencia. No lo mataron, porque es sabido que los campos nazis eran en principio campos de trabajo, y los alemanes pretendían ganar la guerra gracias al trabajo de los más vigorosos de sus enemigos. cuya repetición puntual ya se ha resignado después de tantos años, se dan cita, en la zona clara de su mente, todas las masacres del siglo. Él las contabiliza y a medida que se producen otras nuevas las va agregando a la lista, de tal manera que cuando las evoca y las enumera, no puede evitar que le vengan a la memoria los versos de Dante: ...venía si lunga tratta di gente, ch’i’ non averei credutto que morte tanta n’avesse disfatta. Tal cantidad de gente, que nunca hubiese creído que la muerte deshiciera a tantos: y de esa muchedumbre de fantasmas, estaban excluidos los que habían muer-

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Los nazis estaban a punto de fusilarlo por tentativa de evasión, cuando justo llegaron los aliados (que no encontraron ni un solo soldado alemán en todo el campo), de modo que esta mañana, mientras desayuna en el bar Tobas, en Córdoba y Pueyrredón, tiene setenta y seis años y todavía sigue yendo a la librería, más para distraerse que otra cosa… 14

to en los campos de batalla, o por accidente, o de enfermedad, o se habían suicidado, o incluso habían sido ejecutados por los crímenes que habían cometido. No: contabilizaba únicamente todos aquellos que habían sido exterminados no por su peligrosidad, real o imaginaria, sino porque, por alguna razón que ellos solos consideraban legítima, sus asesinos decidieron que no debían vivir: los armenios para los turcos, por ejemplo (1’300.000), o los judíos (6’000.000), los gitanos (600.000) y los enfermos mentales (cifra desconocida) para los nazis. En Rwanda, los tutsis (800.000) para los hutus. Para los norteamericanos, los habitantes de Hiroshima y Nagasaki (300.000), los opositores de Suharto en Indonesia (500.000) o los iraquíes durante la guerra del Golfo (170.000). Para Stalin, que percibía la totalidad de lo Exterior como una amenaza, varios millones de los espectros que, según en él, lo acechaban en ella. Y después esas masacres locales, en las que, en una tarde, en una semana, varias decenas, o centenas o miles de personas morían a manos de sus verdugos quienes, por razones inexplicables, en los que ningún interés razonable entraba en juego, no los toleraban en este mundo: indios, negros, bos-

nios, serbios, cristianos, musulmanes, viejos, mujeres (un asesino en serie había matado cerca de sesenta en Estados Unidos, todas rubias, de cierto peso, cierta silueta, cierto peinado, entre veinte y treinta años de edad). Bien mirado, todos eran crímenes en serie, puesto que las víctimas siempre tenían algo en común para los asesinos, y era por eso que las mataban: para los turcos, los armenios eran todos armenios y sólo armenios, y sólo porque eran armenios los exterminaban, del mismo modo que el asesino en serie norteamericano mataba rubias y únicamente rubias, y únicamente porque eran rubias las mataba. Aunque se definía a sí mismo como ateo y materialista, y se jactaba con frecuencia de serlo, Goldstein pensaba también que los dioses no salían indemnes de ese carnaval que desfilaba en su mente todas las mañanas, con el desayuno, y en la mayoría de los casos, ya sea que sus fieles estuviesen en el campo de las víctimas o de los verdugos, que muchas veces cambiaban de papel según las circunstancias, los dioses sufrían los efectos perversos de esa carnicería. Muchos desaparecían o, con los cambios de sus adoradores, cambiaban de signo, perdiendo su identidad o sus atributos más importantes, y otros revelaban aspectos ocultos en los que hasta ese momento nadie había reparado. Era probable que muchas veces hayan huido aterrados, lo que hubiese sido casi deseable, porque la indiferencia con la que abandonaban sus creyentes a la crueldad de sus verdugos, era a decir verdad abominable. En otros casos, cuando los asesinos los invocaban como pretexto para sus masacres, o bien los tergiversaban o bien los desenmascaraban: no había otra explicación posible. Por otra parte, con cada serie que desaparecía —tal tribu del Matto Grosso, por ejemplo, en manos de los grandes propietarios—,


montones de dioses, que habían concebido, engendrado y organizado el universo para ofrecérselo como regalo a los hombres, se borraban para siempre con el universo que habían creado y con las criaturas que lo habitaban. Y si los sobrevivientes, después de lo que le había sucedido a la inmensa mayoría de la serie a la que pertenecían, seguían adorando a los dioses que habían permitido que tales cosas sucedieran, no solamente profanaban la memoria de los que habían desaparecido, sino que se ridiculizaban y, por esa misma razón, también volvían ridículos a sus dioses. «¡Que no haya eternidad, y si hay, que no haya, al menos, en ella, asociaciones!», empezó a repetirse en secreto Goldstein, en los primeros meses en los que esa asociación inconsciente y autónoma, cuya causa precisa (el primer término de la asociación) no podía descubrir, se apoderaba de él todas las mañanas, con el desayuno, y no lo abandonaba hasta que salía a la calle y, mezclándose al tumulto del presente, se dejaba envolver por el rumor de las cosas. La asociación mental como infierno: para Goldstein, en esos primeros meses, esa expresión hubiese debido ser el título de un imprescindible tratado. Los cálculos más absurdos agitaban sus pensamientos, y consideraba todos esos crímenes no desde el punto de vista de la compasión o de la ética, si no en cuanto a la cantidad de víctimas en relación con la extensión en el tiempo de las masacres, como si se tratara de un problema de álgebra. Pero tantos meses, tantos años, duró esa posesión obstinada, ese odioso teatro matinal, que se fue acostumbrando a su presencia, hasta gastar la angustia que la acompañaba, y una buena mañana terminó por comprender, resignado: «el primer término de la asociación es mi vida». A la angustia de los primeros tiempos, la suplantó una impresión extraña, que persiste todavía

y cierra el episodio cada mañana: la increíble sensación de estar vivo, ante el interminable desfile de fantasmas. El hecho le parece improbable, ficticio, fragilísimo, y su precariedad misma hace bailar, durante una fracción de segundo, al universo entero en el filo del abismo. Los dos años que pasó en el campo de concentración, si bien fueron en su momento una intolerable pesadilla, al poco tiempo de salir, Goldstein, aunque parezca mentira, empezó a considerarlos como un azar favorable en su vida. Su argumento es el siguiente: a los 21 años tenía una visión demasiado optimista del mundo. Si al final de la guerra se hubiese encontrado sin esa experiencia, sus prejuicios optimistas hubiesen seguido distorsionando su percepción de la realidad. El crimen, la tortura, las masacres definían mejor a la especie humana que el arte, la ciencia, las instituciones. Ante sus interlocutores perplejos, Goldstein (que algunos consideraban un poco excéntrico en sus opiniones, por no decir ligeramente chiflado) afirmaba que, en tanto que hombre, su cuerpo y su mente habían sufrido en el campo de concentración pero que, en tanto que pensador, esos dos años representaban para él su diploma, «con felicitaciones del jurado», en antropología. Cuando termina el café y pliega el diario, Goldstein deja sobre la mesa dinero suficiente para el desayuno y la propina, y lanzando un «¡Hasta mañana!» afable y general, sale al sol de la esquina y al estruendo de las dos avenidas que se cruzan: para los clientes de paso, que lo observan con curiosidad fugaz, es un viejo limpio y jovial, bien conservado a pesar de los años, representando probablemente menos de los que tiene, y a quien a juzgar por su aire enérgico y satisfecho, no parece haberle ido tan mal en la vida. (Tomado de: http://recursosbiblio.url.edu.

gt/Libros/jjSaer/Cuentos-Completos.pdf )

Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, Argentina, 1937 – París, 2005) Enseñó Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe. En 1960 publicó En la zona, su primer libro de cuentos. Desde 1962 a 1968 se trasladó a vivir a Coslatiné Norte, allí escribiría su primera novela Responso, publicada en 1964, y a la que seguiría La vuelta completa. En 1968 se trasladó a París, donde trabajó como profesor y jefe de cátedra de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Rennes. En estos años publicó las novelas Cicatrices y El limonero real. En 1983 publicó, en México y Buenos Aires, la novela El entenado. En 1987 recibió el Premio Nadal por su novela La ocasión. En 1993 apareció la novela Lo imborrable, donde reflexionaba sobre la dictadura argentina, y al año siguiente se publicó La pesquisa. Obtuvo el Premio France Culture (2002), Premios Konex Diploma al Mérito y Konex de Platino (2004), Premio de la Unión Latina de Literaturas de Romances, en Roma (Italia, 2004). La obra de Saer ha obtenido, a partir de los años ochenta, el reconocimiento de la crítica especializada, tanto en Argentina como en Europa. Es considerado no sólo uno de los escritores argentinos más importantes, sino uno de los mejores narradores de los últimos tiempos en cualquier lengua. 15


Agustín Guambo

Esto es el fin. Que alguien venga y nos mire temblar Yuliana Ortiz Ruano Vi un país desnudo miradas y trincheras. Un desierto oculto en cada ser en cada primavera. Después de la tormenta –Domo–

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Verano del 99. La ciudad agitándose amargamente bajo un sol manchado Sobre el horizonte cuerpos mestizos quebrándose como estrellas negras entre la sed de las aves averiguamos muy pronto que Nada había debajo de las sombras de nuestros padres, solo llanto y hambre ¿De quién eran los pedazos de carne que caían de nuestras manos por la noche? ¿De quién el llanto que conteníamos entre estos aindiados vientres? ¿De quién los párpados brunos que, día a día, se hundían igual que esclavos viejos, devastados y en silencio, sobre el smog y el caos? Nuestros pies danzaban salvajemente negándose a morir sin antes haber delirado o al menos herido, un poco, el pecho de la miseria


poesía He aquí las mariposas blancas de nuestra memoria alimentándose de las cicatrices de úteros de madres indiasmestizas urbanas He aquí el dolor de la vida cercenando con vergüenza la carne después de nueve meses La luz de nuestra sangre poco a poco se seca y hoy hay sed de vejez en nuestros cuerpos hay sed amor en nuestros cuerpos ahora recordamos cuando nuestros corazones corrían libres por sobre la hierba brillando como la primavera sobre los lomos de las bestias Verano del 99. a ti te saludo hermano, quien quiera que seas, donde quiera que estés, a ti que sueñas entre ciudades paralizadas por el capitalismo y el frío, a ti que caminas con las manos doloridas y secas, a ti hermano y hermana que no tienes cómo pagar tu alquiler cada fin de mes, que te cuesta conseguir empleo y vagas por las calles mientras el hambre recorre tu casa, tu barrio, tu sangre, tus hijos a ti que vives en ciudades donde la lluvia escasea ciudades donde todo es un perpetuo exilio a la amargura donde nada crece sin dolor y donde nadie huye por miedo al silencio a ti también te saludo país de la infancia, país del naufragio donde nada detiene el transcurso del tiempo que todo lo mutila a ti también te beso con la inocencia del fuego quemando en mis labios Verano del 99. Conservábamos nuestros más pequeños fragmentos de amor regados en habitaciones redondas donde nos desnudábamos, para un cuerpo o para otro, esperando encontrar entre su carne curtida el aroma de la vida país de la infancia, país del naufragio te recuerdo en aquel verano del 99 cuando comenzamos a crecer, en silencio, abofeteados por la pobreza humillados por la melancolía cantandosalmospunks paranuestros diosespunks padrepunkqueestásenelpogo, santificadaseatucresta, vengaanosotrostuiraymelancolía, hágasemierdalavidaylamuerte, asícomonosotrosnoshacemosmierdaentudulceabandono, notengasmiedodedarnoselpannuestrodecadadía; diosPunk, esosí, nuncaperdonesalosquenos olvidaron país de la infancia país del naufragio 17


donde las cometas, dios, dejaron de importar hace ya tanto tiempo mientras el cielo se llenaba de aves sucias y ciegas que se cagaban sobre nuestras plegarias a ti te saludo nuestro triste-cordero-mestizo a ti que nunca te importamos, a ti que tan solo nos diste pesadillas famélicas y esta infancia como un hueso que, sobre un incendiado horizonte, se va secando a ti que nos diste amigos narcotizados y magníficos pero que murieron apenas pudieron hacerlo, llenos de polución y coca en sus venas, a ustedes los saludo y beso, hermanos y hermanas proletarios, con la amargura de las flores arrancadas que se marchitan en los hogares burgueses Verano del 99. en las noches nos reuníamos peor que triste camada de enfermos a atizar el fuego de nuestros corazones con canciones de otros vagabundos con talento o punks alegres como les llamaba asdrúwal a muchos otros que ardían con fe de niños en las calles lejos muy lejos de los edificios caros y sus luces de neón caras lejos de la modernidad y su brillante embuste tan lejos que nadie pueda escuchar el quebrarse de nuestra sangre tan lejos donde nadie perciba nuestros cuerpos balancearse amputados por una cuerda en el cuello lugares donde se alzan al aire libre casas empobrecidas semejantes a mastodontes famélicos, casas donde las azoteas están llenas de perros desolados por la desnutrición, casas donde nadie sabe que sus rostros avergüenzan al mundo que su cópula avergüenza al mundo casas creadas con paredes más frágiles que sus propios sueños barrios marginales del mundo a ustedes también los saludo, abrazo y beso país de la infancia, país del naufragio poco a poco conocimos las drogas y sus rituales en los parques de la ciudad en las cantinas de la ciudad en las azoteas de la ciudad en los hogares pobres y ricos de la ciudad ésta se presentaba sensual y delicada y cada vez que consumíamos nuestra mente igual que un globo llenándose de agua y harina, se iba hinchando profesábamos que cada pinchazo era el mar bramando solitariamente contra las rocas de nuestra piel cada jalada hit yegua pase grillo nos hacía sentir menos parias más tristes, sí, pero menos crueles con nuestros padres y sus pesadillas país de la infancia, país del naufragio 18


cuando comenzamos a consumir con otros amigos juntábamos el poco dinero que les podíamos robar a nuestros padres, ¡pobres robando pobres! y comprábamos la dosis, ¡pobres drogando pobres! país de la infancia país del naufragio quemamos nuestras mentes, muchos años, bajo una desgastada lluvia, en noches ancestrales que duraron mil años, entre la lobreguez de pequeñas y apolilladas lunas en una ciudad andina desgarrada y envejecida por la prisa el dinero y el hambre verano del 99. incendiamos todo nuestro futuro sin miedo, ya que no se le puede tener miedo a lo que no existe, decía marco, nosotros somos la mierda de la mierda, y alzamos el volumen de la radio para que nadie escuche nuestro abandono nuestra miseria nuestro dolor éramos jóvenes y ya olíamos a fracaso, decía juanma, con él supimos que la prudencia y el amor nunca van de la mano, y que a veces el amor no es dios cosechando trigo y cebada en nuestros vientres, sino tan solo un tronco verde en el corazón que no sirve para la hoguera menos para las polillas a ti también te saludo riquezas ficticias edenes privados casas de placer testaferros de la carne y el hambre continentales señores de la miseria Nadie nos dijo, ese verano del 99, que todo estaba triste y confundido como nosotros en el mundo y que nada nos quedaba más que alimentar la hoguera con los cuerpos de nuestros amigxs y hermanxs país de la infancia, país del naufragio notábamos en esos años como iban murieron nuestros héroes, ¡nuestros más grandiosos héroes!

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apretados por el sigilo de la luz, contagiados por los desbocados espejismos de las aves, llenos de esperanza y cubiertos de sal y miel y los saludamos, ahora, con un beso en su suave boca en este otoño milenario y azul… y a ti también te abrazo, saludo y beso hermanos y hermanas que viven en las calles, sucios y desprolijos Niños de la posguerra abatidos e incendiados por el sida y el amor hombres y mujeres tirados en las avenidas del mundo que gritan su ancestral y salvaje ternura que se ponen en peligro con el rostro lúcido y sonriente hacia la muerte con el corazón desierto y estrujado, igual que un cáncer salino que nadie quiere curar en este país de la infancia, país del naufragio…

Pequeños niños paralizados sobre la geometría de los pájaros Sentados bajo el polvo de la tarde, ese polvo ojeroso, cansino, de los barrios de la niñez, pálido sin duda, ¡tan pálido! que cada día va cayendo pesadamente sobre nuestros quebrados lomos Sentados con el sudor abriéndonos surcos en el cabello y entre los espinazos los restos aromáticos e inaudibles de la locura Sentados esperando el atardecer con hambre, Con las piernas sucias y moradas por el filo de la amistad y la luz del amor Eternos y sensuales, sin duda, pensando en nuestros ancestros en sus múltiples preocupaciones, en sus manías, y en ciertas preguntas que no supimos responder jamás Mirando emerger en el horizonte densas montañas de luz con ganas de descubrir en el furioso universo de la vida los peligros de la carne la humedad del amor la complicidad de la muerte el neurótico espasmo de la droga Sentados, indomables, sin perder de vista la montaña observando derretirse la miel del sol sobre las nubes incendiando el escaso musgo que crecía bajo el fuego de la memoria llenándonos de savia y semen de colores y eléctricos animales el cuerpo tersos como pájaros de espuma bajo la lluvia

lo recuerdan amigos o ¿habitamos ya el infierno? Qué había de verdad en eso de que, los niños, son solo niños cuando regresan después de la guerra con el canto de los coyotes arrugado en la sangre con ganas de ver la luz de la tierra diluirse en los ojos de sus madres con ganas de crecer entre el caliginoso 20


plumaje de ángeles obesos de corazones desolados por el brutal aliento de la modernidad y la democracia con ganas de conquistar los grandes ríos de la mente de los ciervos de la noche mestiza con ganas de hundirse en cálidas plegarias que los liberen delicadamente de su miedo al olvido nada somos y nada seremos nada nos soporta nada nos queda Lo recuerdan ahora ustedes pequeños niños paralizados sobre la geometría de los pájaros Ese fue nuestro último verano como amigos -las pupilas me brillan mansamenteLo recuerdo ahora, mientras miro por la ventana y el sol me pesa y los carros y sus colores me pesan y la gente y su torpe olor me pesa y todo esta tan perfectamente triste tan perfectamente vacío tan perfectamente seco que entiendo a fostercito wallace poniendo su calor en manos de dios y dios despuntando enloquecido y desnudo sobre el follaje del amanecer y entiendo la niñez era ese fruto que, pensamos, jamás comeríamos todo de un solo bocado Amigos hace rato que habitamos el infierno igual que animales asustados, tal me parece Y aquí me tienen tratando de recordar el aroma de aquella tarde rompiendo sus cuerpos, su sudor Cuando sentados bajo polvo de la tarde ojerosa Nos prometimos volver a vernos al siguiente fin de semana A llamarnos con más frecuencia y a no dejar que el tiempo nos obligara a mirarnos al espejo con asco…

Agustín Guambo (Quito – 1985) Director del proyecto anarkoeditorial Murcielagario Kartonera y Festival Internacional de Poesía de Quito ‘Kaníbal Urbano’. Ha publicado: POPEYE’s Sea (La apacheta cartonera; Lima, 2014); Ceniza de rinoceronte (La caída; Buenos Aires, 2015); y Primavera nuclear andina (Ediciones A/terna; Buenos Aires, 2017). Ganador del Premio Hispanoamericano de poesía Rubén Bonifaz Nuño (México, 2014) y de la convocatoria de Ugly Duckling Presse,  Latin American poetry in translation (New York, 2018), en conjunto con el artista visual Carlos Moreno.  

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El muñeco Marvel Moreno

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A

quella tarde, doña Julia la recordaría siempre. Había estado trajinando en la cocina antes de salir al corredor y con un suspiro tomar asiento en su mecedora de paja. El sol había calentado menos que otras veces y del patio llegaba un olor de alhelíes. Alzó los ojos y vio el palomar recortado en un cielo luminoso, el muñeco olvidado al pie de un tú y yo, y al fondo, junto a la riata de flores, vio a la muchachita correteando alrededor del niño. Doña Julia sonrió mientras sacaba de una canastilla sus lentes y

su labor de crochet. Era agradable tener momentos así, un día sin bochorno, un buen hilo, el encargo de ese mantel de doce puestos por el cual había convenido un precio razonable, y tejer tranquilamente sabiendo que el muñeco estaba a su alcance y el niño se veía distraído. Volvió a mirarlo y lo observó recoger del suelo una pelota azul. Por un instante sus movimientos le parecieron menos torpes, su expresión menos pueril; entonces pensó que había sido una buena idea invitar a María. A la edad de María las cosas ruedan solas, se dijo recordando que en ningún momento mostró resentir la inercia del niño: más bien divertida se había puesto a hablarle lo mismo que a un animalito huraño, y allí lo tenía en el patio, jugando a su antojo. La verdad era que por primera vez doña Julia notaba al niño interesado en algo distinto del muñeco. Y aunque no se hacía ilusiones, debía reconocer que resultaba alentador. Bien sabía que nada, ni juguetes, ni láminas, ni aquel transistor que adquirió en navidades, había logrado nunca alterar su somnolencia, ese lento ambular de pequeño fantasma ajeno a cuanto ocurría en torno suyo, como si se hallara en este mundo por error, o tuviera para sí un mundo propio, hecho de cristales a los que sólo el muñeco impedía caer y volverse añicos. Ahora empezaba a entender que debía haberle buscado antes un amigo y no maniatarse tanto con el temor de que pudieran desairarlo o hacerle daño. Y doña Julia sonrió al recordar la aprensión que le dio ver entrar a María como un torbellino por el vestíbulo, agitando su colita de caballo de un lado a otro. A través de sus lentes se detuvo a mirarla. Se había puesto a rebotar la pelota contra una pared entonando en voz queda la canción del oá. Era bien menuda y tenía ese aire travieso del


cuento niño acostumbrado a salirse siempre con la suya. Pero de sólo oírla, a doña Julia le parecía que un soplo de aire corría por el patio. Tal vez ese médico estaba en lo cierto, pensó volviendo a sus encajes. Al niño le convenía la presencia de otros críos; debía olvidarse de lo pasado y tratarlo sin tanto mimo, y sobre todo, comenzar a alejar de sí ese eterno desasosiego que a nada bueno conducía. Claro que era difícil, bien difícil. Por mucho que lo intentara, allí estaría rondándola como una mala sombra la amenaza del muñeco. Doña Julia sintió que la invadía la tristeza. Se dijo, como tantas veces, que no merecía el final de sus días, cuando bien cabía esperar un poco de paz, tener que vivir obsesionada por esa horrible cosa de trapo que el niño encontró en un rastrojo la tarde aquella del accidente. Dejó rodar el tejido a su falda y recostó la cabeza en el espaldar de la mecedora. Aún no acababa de admitir que el muñeco se extraviara, era demasiado injusto. Lo vio tirado junto al tú y yo, impúdico y desgonzado, con su falso aspecto de muñeco, y entonces se vio a sí misma recorriendo con una agitación sombría las habitaciones de la casa, buscándolo entre los muebles y las paredes agrietadas por la humedad, atisbando detrás de cuadros y espejos, removiendo carpetas y damascos y cojines. Le pareció sentirse de nuevo entre el rancio calor de los cuartos cerrados, vaciando el pesado baúl de cuero donde se acumulaban los recuerdos de cinco generaciones, y se dijo que no habría sido capaz de contar las veces que registró sus armarios, ni las horas perdidas en el patio sacudiendo las ramas de los naranjos y nísperos, esculcando con un palo las trinitarias aferradas como sanguijuelas a la pared, porque, y eso estaba claro, el muñeco podía aparecer en cualquier parte. Una vez lo había

Bien sabía que nada, ni juguetes, ni láminas, ni aquel transistor que adquirió en navidades, había logrado nunca alterar su somnolencia, ese lento ambular de pequeño fantasma ajeno a cuanto ocurría en torno suyo, como si se hallara en este mundo por error, o tuviera para sí un mundo propio, hecho de cristales a los que sólo el muñeco impedía caer y volverse añicos. encontrado sepultado bajo una cayena; otra, a punto de hervir en la olla de la leche. No siempre había sido así, pensó doña Julia. Y recordó con nostalgia los tiempos en que su única inquietud consistía en tejer suficientes encajitos de crochet para comprar aquellas codornices y torcazas que tan bien le sentaban al niño. Y juguetes, todos los que podía. Aun conservaba la ilusión de desplazar al muñeco. Sólo que la magia de los días transcurridos entre agujas y madejas había terminado abruptamente. Fue temprano, recordó, una mañana al regresar de misa de seis. Estaba apenas quitándose el alfiler de la mantilla frente al espejo del vestíbulo, cuando le oyó decir a la vieja Eulalia que el muñeco había desaparecido. Así, simplemente. Sintió que de golpe el alma le abandonaba el cuerpo. Sin pronunciar una palabra estuvo removiendo cielo y tierra a lo largo de aquel terrible día, y cuando al fin logró topar al muñeco embutido de mal modo en el tanque del sanitario, no quiso pensarlo más y sin contemplaciones despidió ahí mismo a la

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Doña Julia alzó los ojos para mirarlo y lo encontró absorto contemplando a María. Pensó que nunca lograría penetrar su apariencia remota y compacta. Era inaprensible, precisó, como una gota de mercurio.

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abismada Eulalia, sospechando que la bruja que a ratos asomaba entre sus yerbas y sus collares de ajo se había adueñado ya de su corazón. Desde entonces el polvo que la brisa traía seguía dando vueltas en la casa, las lagartijas culebreaban por las paredes, y como no volvieron a encontrar quien los espantara con la vara de deshollinar, los murciélagos se colgaron en racimos y para siempre de las vigas del cielo raso. Nada de eso tenía mayor importancia, reflexionó doña Julia empujando distraídamente su mecedora. Pero llevaba atravesada la espina de la injusticia cometida con Eulalia. Había actuado impulsivamente y de eso vino a darse cuenta muy tarde, cuando a los siete meses y del mismo modo inesperado, el muñeco volvió a perderse. No supo qué la hizo desconfiar entonces de aquella ánima que alguna vez rondara el baúl de los recuerdos y con sus ahorros le fue comprando un descanso de quinientas misas. Después llegó hasta imaginar la presencia de un duende, sobre todo al reparar en el escarnio de esconder el muñeco en sitios tan inverosímiles, y se agenció inútilmente una botella de espíritu del Carmen. Qué torpe había sido, se dijo doña Julia. Pero, en fin, así ocurrían las cosas, pensó resignada. Era bastante duro reconocer en el niño el aciago propósito de perder el muñeco. Y a la inquie-

tud de vivir pendiente de sus actos, sumar esa helada sensación de estar comprometida en una lucha contra algo que de pronto y con astucia se agazapaba en él. Lo más ofuscante de todo era que no parecía haber cambiado, seguía siendo esa sombra de niño cada día más peregrino, cada vez más ajeno a la realidad. Doña Julia alzó los ojos para mirarlo y lo encontró absorto contemplando a María. Pensó que nunca lograría penetrar su apariencia remota y compacta. Era inaprensible, precisó, como una gota de mercurio. En el fondo no lo conocía: comprendía vagamente que se negaba a hablar por capricho y lo adivinaba sujeto al muñeco por un vínculo extraño y malévolo. Pero no podía aventurar más nada. Recordó que a veces lo seguía en puntillas cuando iniciaba a través de los corredores uno de sus imprecisos deambulares, acuciada por el deseo de sorprenderlo en el momento mismo de ocultar el muñeco. Era en vano. Como si alguien le advirtiera de su presencia, se detenía en algún rincón, y muy lentamente iba girando hasta mirarla con sus ojos inermes. Ella, doña Julia, ya no se dejaba engañar. Sabía que seguiría impertérrito velándole la hora, y en un instante, al primer descuido, el muñeco habría desaparecido de sus manos. Así recomenzaba su angustia y la interminable pesquisa por la polvorienta casa, mientras veía al niño languidecer con los ojos encandilados por un punto cualquiera de la pared de su cuarto, horriblemente quieto, incapaz de ingerir ni siquiera un sorbo de agua. Doña Julia pensó que no había en el mundo nada más desolador: sentir, quebrada de impotencia, que el niño se le iba en minutos como si su alma la estuviera halando el muñeco. Y no se atrevía a contárselo a nadie, mucho menos al médico. Que la vida de un niño dependiera de la presencia de un muñeco era uno de


esos desatinos que presenta el devenir y de los cuales vale más callarse. Con un estremecimiento, doña Julia volvió a la realidad. La risa de María acababa de sacarla de sus cavilaciones: había asido al niño de la mano y corría espantando a las palomas. Vio cómo lo sentaba a su lado en la paredilla de la riata y le echaba hacia atrás el mechón de pelo que le caía sobre la frente. Dijo algo en voz baja y él asintió sonriendo. Entonces le llevó las manos a la altura de los hombros y chasqueando los dedos en una especie de ritual, inició el juego de las palmas. Fue en ese preciso instante, doña Julia lo recordaría siempre, cuando el turpial rompió a cantar presintiendo el paso de las cinco. Así que comenzó a envolver en un papel de seda la rosita de crochet a medio terminar y pensó que debía levantarse a preparar el extracto de codorniz. Demoró un rato más en la mecedora sintiendo dentro de las piernas un hormigueo que anunciaba la inminencia de octubre, y se prometió comprar para esas largas tardes de lluvia muchos juguetes que divirtieran a María. Debía, lo primero, terminar cuando antes el mantel, se dijo mientras atravesaba el corredor. Y tal vez, conseguir una muchacha que sacudiera el polvo. Estuvo pensando en eso todo el tiempo que pasó después en la cocina desplumando una diminuta codorniz; en la muchacha, los pisos limpios, el olor a cera, las ventanas abiertas otra vez de par en par. Del patio sólo llegaba el ruido de las manos de María al chocar con las del niño. Era un sonido seco, intercalado de pequeños silencios. Doña Julia se disponía a adobar la codorniz con perejil y una hoja de laurel cuando oyó sonar el timbre de la puerta y los pasos de María regresando por el vestíbulo a toda carrera para decirle que una sirvienta había llegado a buscarla.

Apenas alcanzó a ver el revoloteo de la colita de caballo girando junto a la puerta de la cocina. Pensó que debía conducirla y prometerle que la llamaría otra tarde. Pero no lo hizo, se sentía cansada. Mucho después. Ya la imagen del niño se gastaba en el tiempo, doña Julia volvería una y otra vez

al recuerdo de aquel instante y con angustia pensaría que si hubiera acompañado a María habría podido impedir que el niño le entregara el muñeco, y ella, atolondrada, asqueada tal vez, lo echara al salir de la casa en la caneca de la basura que, como siempre, el carro del aseo recogió puntualmente a las seis.

(Tomado de: http://manglar.uninorte.edu.co/bitstream/handle/10584/5782/97895874171 42%20T%C3%ADa%20oriane%20y%20otros%20cuentos.pdf?sequence=3&isAllowed=y)

Marvel Moreno (Barranquilla, Colombia, 1939 – París, Francia, 1995) Adolescente, bajo la guía de su padre, comienza a leer a los grandes escritores de la literatura clásica y moderna y en los años sesenta se concentra sobre los mayores autores contemporáneos que ejercerán una influencia definitiva en su escritura. Se trata, entre otros, de James Joyce, Virginia Woolf, Carson McCullers y William Faulkner. Mantuvo una estrecha relación con los miembros del ‘Grupo de Barranquilla’: Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez y Germán Vargas, quien fue decisivo para su vida literaria. En octubre de 1969 publica ‘El muñeco’, su primer cuento, en la revista Eco, y poco después en El Magazín Dominical de El Espectador. A partir de ese momento se dedicará con pasión y de manera exclusiva a la escritura. En 1980 publica su primer libro de cuentos, Algo tan feo en la vida de una señora bien. Su novela En diciembre llegaron las brisas fue finalista del Premio Literario Internacional Plaza y Janés en 1985 y traducida al italiano y al francés. En 1989 recibe el premio Grinzane-Cavour, otorgado en Italia al mejor libro extranjero. En 1992 publica un segundo libro de cuentos, El encuentro y otros relatos. Muere en 1995 en París, poco después de terminar un tercer libro de cuentos, Las fiebres del Miramar. (Tomado de: https://www.megustaleer.com.co/autor/ marvel-moreno/0000042435)

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Alma te amo, la vida consistió en respirarte. ¿Pero dónde debo apretarte el éxodo y la blusa: en qué abrazo, en qué grito o en qué madre?

Aguas 1 Risa: beso descalzo, voz de mujer vadeando las nociones del recuerdo, lastimando la sospechosa digital del trino; risa de las aloas: voz de mujer jugando con la culpa de los vientos.

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Responde Alma, te amo. ¿En qué lugar he de secarte el eco de la angustia: en qué puerta, en qué párpado, en cuál silencio hablado, en cuál futuro? Alma te amo, hay que atajar el viento y su ovación de furia inmaculada, y tu rencor sonámbulo y tu sexo recién descuartizado en un rito violento de piel fácil; hay que atrapar el viento antes de que profane la censura de las nieves antes de que despierte el náufrago del ángel congelado el vaticinio.


remembranza 2 En el principio sólo era un murmullo cirniendo clima adentro el alarido, es sólo un peregrino donde el hombre se pregunta el linaje y se adivina el animal junto al pulmón inútil de la amnesia; pero siempre es el trueno espiándole espaldas al cansancio, pero ahora es el hombre caído a horario fijo, fracturado su salario de lástima, es el hombre, es el viento abofeteando a la nieve nodriza novia de agua. Es el agua, es el agua —pan de trigo— llevándose la tierra pegándole un clamor, una represa de cuando sonreía, es el agua rugiendo las proclamas de la tierra tardía rumbo a la nada, rumbo a las pampas marinas, a sus árboles de olas. ¡Alma te amo. Tiéndeme tu mano, tu mano mar, tu mano soledad…!

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3 Tierra aterida un corazón de invierno en desbandada, apenas ya sin tiempo para hacer la maleta de los siglos, desempleada la bondad, las rosas, entregada sin decir ni un quejido sin siquiera decir hasta mañana porque nunca le pagaron las lágrimas. (No tenemos memoria de los dardos, no nos queda bocacalles ni flechas, solo restos de un pecho sin tocar la madrugada). Era la guerra, el átomo partiéndole al muñón, resucitado; no se pudo escoger, nos arrastraron un plazo en el insomnio, no se pudo siquiera desertar, peor negarse a rescatar la fuga; y ahora le han golpeado tanto y fuerte el aire y los pedazos que el agua se ha crecido la noticia. Y los hombres buscándole al granizo el bautismo del lodo, lavándose el perdón en el rocío arrodillando juntos: ayer y odio para tapar el caos. ¿Quién puede con el agua? ¿Quién me hereda un navío? Tenemos que salvarnos: Primero Tú, primero las mujeres —hembras del mar—.

Anversos Tiempo que pasa de muerte entre la fiebre del ser cotidianas estaturas del alma volando a pie. Enfrente de mí: la muerte incansada de poder: abriendo en la noche sola su negritud, su negrez, y su cara de exterminio que me pregunta y me ve, y el olvido horripilante que arida en su desertez. La muerte intacta, clarísima remordimendo el tropel de dolores no estrenados en el poco amor de ayer, de tantas cosas negadas antes de su claridez. No estar aquí. No. Ni entigo; calofríos del bajel en que viajamos sin viaje sin tu pecho y sin mi sed, no tu sonido y tu tacto horizontando el después, no pensar, no despertarse, no vocear tu desnudez, no terrenarse, no nunca y apagar la noche infiel. Tiempo que atrapa la tumba: más cerca su luz se ve, ni corajes ni lloríos diferirán su mudez. Enfrente de mí las formas ancestrales del envío levantando yesos, cáscaras, hospitales de la fe, teléfonos de partida, de regreso el mismo tren y el mismo lechero oscuro de muerte blanca otra vez.

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Utopía

Los límites remisos

Yo quisiera ser el viento para repartir la vida…

Da duro la amargura y repregunta y pregunta sin tregua ni respiro revolotea, fragua, hiere, engendra la tumultuosa ubicuidad del grito que saltando en tu pecho me rastrea desde un lugar extraño, solo, efímero.

Quisiera que me respiren los cauces y las campiñas la selva: coral canora y el ave contrapuntística: quisiera mover la fuerza que hace crecer a las lilas, conocer cómo el sargazo se alimenta de la asfixia, meterme en el mar de fondo y oxigenar sus guaridas, poner su alma a la espuma, saber del pez y sus cuitas, dejarme llevar riendo en el pulmón de la brisa, treparme encima del mundo y ser dueño de sus islas, regresar de las galaxia cambiando aire por euritmia. Quisiera entrar en soñandas y azuzar las picardías, emboscarme en la blancura cariciosa de la esquila, apagar las quemazones del crepúsculo en la viña, soplar hacia las ciudades la sencillez del almíbar, agitar entre los pámpanos una gran sed de armonías, ser un vendaval audible del amor en la noche limpia, huir hasta el infinito como una eucaristía. Yo quisiera ser el viento: —maravillosa utopía— Yo quisiera ser el viento para repartir la vida.

Es terrible buscarme sin hallarte y escudriñarme sin saber, vencido, sin oportunidad de indagar nada, sin saber si fue culpa del granizo o si yo era otro, en llanto desmayado, sin constancia de nada, sin yo mismo. Asido, encadenado a tus nos nuncas, solo sueño volando en infinitos, solo fidelidad, toda saqueada, con la vida en los brazos peregrinos. No convencido de tu sed arriba: cielo sin avisar, sin dejar hitos, sin comunicación, ciego, sin víspera, sin yo entigo, tocándome, terrígeno, sepultando entre barros y costumbres y puentes de nostalgia y muchos ríos. Hoy de pronto inmortal sin perdonarme ningún remordimiento, ningún sitio, ninguna inconclusión, ningún crepúsculo: abro en la medianoche el miedo, espío para pedirle una opinión al éter, a sus nubes, sus lunas, sus hechizos, por si olvidó el guión de la utopía y me mintió el amor, la fe y los ritos. Digo un réquiem de alas sin respuesta, rotas en un desangre de caminos, digo en cumbres, laderas y racimos, los instantes de dos sacrificios. La multitud de dos es lo que queda: jugamos al azar y nos perdimos.

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Los días ilegítimos La angustia puesta a secar en las arenas. El sol arrodillado. La soledad que estalla. El rostro del tiempo más allá de la memoria. Lágrimas como peces, usando la huida para bucear en las ojeras. El mar ahora lava su propia sombra, allende sus gaviotas. Restos, rumbos perdidos irremisiblemente —como todo— después de las pedradas cosmogónicas. La conciencia ahora, forcejeando con las imágenes, con las ausencias. Noticias en las cruces que las espumas engullen en su panteón de playas. Enfrente, la inexistencia trepándose en los acantilados. La inexistencia de los labios que nunca dijeron, ni cantaron, ni pecaron. Sólo se sumergieron. Rostros monosílabos andando por las calles de las olas, rebotando, resacando la vida. Pechos: costumbres desde hace siempre hasta después del futuro. La vida aún en la asfixia de los sargazos.

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Todo lo demás. Viaje días atrás del regreso. Sacros hallazgos donde gastar las últimas fidelidades. Las ciudades al filo de los finitos ahogados, refugiadas en los relámpagos, asustadas.


Señales para que descubramos las intemperies de los dioses enfadados, las ceremonias de la injusticia, las sentencias de los climas trepados en las ortigas, las esquinas desaparecidas inútilmente, los senderos a las salidas de otras eternidades. Hay que volver al mar. Mar afuera para que tu imagen desnuda ejecute la danza de los aplazamientos. Monorrimos del corazón, orgullosos de sus yodos y sus ambigüedades nómadas. Riberas brumosas de épicas improntas vividas entre dos, corriendo adentro, convergentes, congruentes. Volver al mar. Ese viaje de pescar con las redes vacías. Ese irse chorreando al fin del principio. Oscurecerse de mar. Oírse las canoas retorciendo sus extrañas sinfonías, nunca repetidas. Escucharse la madera del viajero donde se ignora el abrazo con la espera. Mar afuera. Tumbas sin mácula, tumbadas de agua. Sólo tú resucitada entre las teclas del oleaje, sonando en las caracolas los últimos pianos iluminados, dejándome doler los faros donde me inundas, las rocas donde me socavas, la inmensa alga aldea donde me tragas. El mar siempre extranjero, llegando a sí mismo, llegándome contigo por todas las vertientes y los límites, por todas las inundaciones aún no traicionadas en los no límites. Sólo en ese instante supremo puedo tocar tu ropa y tu carne, tu viaje y tu mente detenida. Viajera de todas las simas de abajo, de las profundidades no holladas, de las cavernas y las cuevas, y las cegueras donde la vida bulle inconmensurable. Viajera buceándome en todos los abismos y los subterráneos sentimientos, jamás imaginados siquiera. En este exilio que desembarca el poema, están todas las partes y los escondrijos de la vida. Hembriña mía, encadenada a mi travesía en todo lo que se ve y no se ve, en las calles de siempre que siempre son distintas, en todos los genios que marcan a la nada, aun después de vernos el amor resbalando delante de todas las distancias. Hembriña mía, en todos los sitios donde te detengo para milagrear tu cintura, en los remolinos donde el hado pelea con la noche del alma, en la sorpresa de la mar y sus afluentes de amor, crecidos en la fácil tormenta de la vida, que nos mira después de toda muerte.

Mario Cobo Barona Mario Cobo Barona nació y murió en la ciudad de Ambato (1930-2007), lugar al que cantó y veneró. Su vida transcurrió entre la cátedra, la literatura y el amor a su tierra, su hogar y su gente. Ejerció la docencia durante cincuenta años en colegios y universidades del país y del exterior. Caballero en la palabra y la acción, bondadoso y sencillo. Por su indudable calidad humana y profesional, alcanzó importantes logros y desempeños: subsecretario de Educación Pública, miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, miembro correspondiente a la Real Academia Española, doctor honoris causa por la Universidad Indoamérica del Ecuador, profesor en las Universidades Católica e Indoamérica, en la ciudad de Ambato, miembro del grupo América, director de la Casa de Montalvo, presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana de Tungurahua, diputado de la nación. Escribió varios libros de poesía, ensayo y teatro. En género poético: Las esquinas del agua, Tierra ternura, Éxodos, Más allá de los tiempos, Los eternos laberintos, Bitácora de las incompletudes y El viaje innumerable. En ensayo: Recados del peregrino, Elegíadas, Censos finitos, Las soledades evasivas, Los oficios puros y Luis A. Martínez: el arte de vivir y de morir. Obtuvo numerosos premios y reconocimientos nacionales e internacionales. (Tomado del libro Memoria de Vida – Mario Cobo Barona,

Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 2007).

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Humberto Montero

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claro que la Loca del Frente sabía lo que había dentro de esa caja acomodada al encargo por su ya casi accesible galán: libros. Había libros. Libros que no se los podía enseñar, repartir, menos vender, y aún menos publicar lo que había publicado en ellos. El comunismo impublicable. Y la Loca del Frente nunca abrió la caja para verlos, hojearlos, leerlos, aunque sabía, por el peso exagerado de la misma, lo que ese encargo contenía: el peso imponderable de los libros panfletarios, tan grave como el nombre verdadero del galán impreso en el carné de identidad, olvidado en el sofá aquella noche de los besos y del sueño, o del sueño irreversible por el pisco y el pisco y tanto pisco que tumbaron

al príncipe y no a la loca entonces cuerda en sus acciones. Y así, los besos de novela y los jugueteos con la boca, con la lengua, con el aliento congelado en el mayor momento de mariposa epifanía. Pedro Lemebel se definía como un cronista de la marginalidad y como un artista en la marginalidad, que trabajaba desde los márgenes de la sociedad en un ambiente cultural donde regía la censura. Se definía rojo y de izquierda en esos tiempos del sesenta, setenta y ochenta. Socialista. Aunque no aceptado dentro de los cánones subversivos, extremistas, guerrilleros que bullían en el ambiente. Siempre reducido a mariquita. Reducido a una irremediable anécdota de su contemporaneidad en el Chile de la pre,


geografías durante y posdictadura de Augusto Pinochet. Es marica pero escribe bien Es marica pero es buen amigo Súper-buena-onda Lemebel lo pone en evidencia en su manifiesto Hablo por mi diferencia (1986), y responde: Yo no soy buena onda Yo acepto al mundo Sin pedirle esa buena onda […] Mi hombría me la enseñó la noche Detrás de un poste […] Mi hombría la aprendí participando En la dura de esos años Y se rieron de mi voz amariconada Gritando: Y va a caer, y va a caer Y aunque usted grita como hombre No ha conseguido que se vaya Mi hombría fue la mordaza No fue ir al estadio Y agarrarme a combos por el Colo Colo […] Yo no pongo la otra mejilla Pongo el culo, compañero Y esa es mi venganza […] Pedro Lemebel traslada su experiencia a la palabra que viaja junto a él arrimada en su camino. La que escucha y reescribe en un cuento, en una crónica. Como una estrella marina en la ‘Canción para un niño boliviano que nunca vio la mar’, como un ladrillo más en Adiós mariquita linda (2004). Cómo te lo digo, niño boliviano, cómo alargo la palabra m-a-r, y que ahorita zumbe en tus oídos como mil abejas moluscas, como millones de susurros que salpican tu carita aymara con su aliento maternomar-tierno-mari-maternal […]. Era como tener el cielo derramado a mis infantiles pies. Era como ver el cielo al revés, un cielo vivo, bramando, aullando ecos de be stias submarinas.

Para Nelly Richard, teórica cultural, la palabra escrita de Lemebel es la de un cronista viajero que renuncia a lo conocido y que se alarga a la aventura de otra geografía. Richard habla en Éxodos, muerte y travestismo (2006) sobre la barroquización del deseo en Lemebel. Como el único subterfugio que permite a los cuerpos insumisos burlar la rigidez y la escasez. Y es que Lemebel es el barroco en sensaciones exploradas y expresadas en acciones y en palabras; en su arte y su escritura. Es una voluta, un arabesco, un mordente más en el neobarroco de América Latina. En su única novela escrita: Tengo miedo torero (2001), enriquece un cuento evidente, el de la represión, la subversión y el atentado, y lo torna extenso en ornamentaciones, juegos de palabras, hipérboles y rimbombancias, varias referencias populares, proliferación, elipsis, carnavalización, sustitución y desplazamiento —código que remite al código y código que envía fuera de él—; parodias y complejidades retóricas que enriquecen la poética del autor. El cuento evidente se engalana en forma para convertirse en novela, para novelarse y hasta radionovelarse con la fidelidad de la onda corta en la frecuencia de consumo de lo kitsch. Es una historia de dictadura dentro de la dictadura en la que el amor de pareja homosexual subyace en la fabulación de la Loca del Frente, su protagonista. Y ella, en su imaginación, la reconvierte en un amor dictatorial con toda la fantasía posible que devanea por su mente. Ella ama a su revolucionario en pensamiento y deseo, y, por esa noche de fiesta en su casa, única noche de contacto con su esencia seminal, lo consume en un acto no carente de plasticidad. La Loca del Frente acomete en una acción estética propia del sentido artístico de su creador. Al siguiente día, anes-

Todo este sustento teórico del estilo neobarroco es importante pero no esencial para Pedro Lemebel, pues él no es un teórico, ni de lejos. Es un activista de la palabra que interviene engalanada por los —tal como él los describía— floreteos maricoides. Ese era su barroquismo auténtico.

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La crónica de Pedro Lemebel ahora es historia y reflexión para el que la lee, para el que la escucha. Es una instantánea fotosensible de su tiempo. Una fotografía polaroid que recorta un pedazo de vida y lo orla en una impresión fugaz de historia novelada.a

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tesiada por la fuerte ensoñación de madrugada, encuentra, entre los intersticios del sofá, el carné delator con los datos personales del galán. Los que ella desconoce. «Mejor desconocer el nombre de su hombre por esa noche y por siempre, y seguir llamándolo Carlos, soñándolo como Carlos, percibiendo la imagen de su Carlos infinito». Aquel nombre falso, disperso en la súplica chamullera de esas letras, un nombre de mentira, de bambalinas, tan ficticio como esa jugarreta imaginaria de actuar el miedo.

Y así lo hace Lemebel en vida. Mejor un nombre escogido que un nombre acuñado. Mejor un Lemebel de madre: dulce, suave, ligero, que vuela como una mariposa libre, y no un Mardones de padre: escabroso, infranqueable, desigual, que cae de cabeza en la tierra asfaltada del Chile castrense y marcial de dictadura endurecida en nuevo siglo; el del espacio y tiempo que experimentaron a Pedro Lemebel y a su literatura. ¿Cómo interpretamos su prosa radionovelada? ¿Cómo definimos su estilo literario? Neobarroco, sin más extensiones de palabras ni tendencias. La noción de lo neobarroco en América Latina ha sido un motivo de atracción y estudio para varios escritores del continente americano. Alejo Carpentier lo define como un producto que proviene de la existencia de un sincretismo profundo y enredado de tradiciones y culturas. El sincretismo que establece la base para ver el escenario latinoamericano como barroco. José Lezama Lima reconoce la importancia de la hibridez cultural de América Latina en el desarrollo del arte barroco en su libro La expresión americana. Y lo practica en su poesía y en su prosa. El máximo ejemplo de esta

influencia la tenemos en su poemario Muerte de Narciso (1937) y en Paradiso (1966), novela cumbre en la literatura latinoamericana. El concepto de lo neobarroco toma firmeza en la estética latinoamericana. Pedro Lemebel es un autor neobarroco como lo fuera Severo Sarduy —De dónde son los cantantes (1967), Cobra (1972)—: ponderador de lo erótico como elemento esencial de la literatura y más aún cuando este se torna excesivo. Sarduy sugería que el proceso de lectura debía implicar un placer directo con el erotismo de la experiencia literaria; idea análoga al placer del texto que pregonaba su mentor, y amigo cercano, Roland Barthes. Todo este sustento teórico del estilo neobarroco es importante pero no esencial para Pedro Lemebel, pues él no es un teórico, ni de lejos. Es un activista de la palabra que interviene engalanada por los —tal como él los describía— floreteos maricoides. Ese era su barroquismo auténtico. Más emparentado a la palabra de Néstor Perlongher (Cadáveres, 1987). Ese neobarroso acuñado por el propio Perlongher en su estilo arrabalero: la fundición del barroco con el barro del Río de la Plata. La despeinada, cuyo rodete se ha raído por culpa de tanto ‘rayito de sol’, tanto ‘clarito’; La martinera, cuyo corazón prefirió no saberlo; La desposeída, que se enganchó los dientes al intentar huir de un taxi; La que deseó, detrás de una mantilla untuosa, desdentarse para no ver lo que veía: Hay Cadáveres

Pedro Lemebel no leía muchos libros. Lo confesaba siempre que podía cuando le preguntaban


sobre sus autores favoritos. Escuchaba a la gente y novelaba (eso prefería). Recordaba las entretejidas radionovelas que sintonizaban las mujeres de su casa, su madre y su abuela, y que lo atrapaban en el mundo de imágenes que él reedificaba como un juego de niño fantasioso. Luego, ya de adulto, performaría esos juegos en las acciones que tanto idealizaba: Pedro Lemebel con una corona de jeringuillas y una túnica de piel desollada, casi una mortaja de iniciado, una mortaja como señal de su destino en la palabra pidiendo la expulsión del sida, «que se fuera de su Chile de protesta»; que se fuera, que se devolviera, que regresara a su punto de partida pues no era bienvenido en América Latina. Pedro Lemebel con la mueca de la hoz y el martillo en su lienzo preferido, su cara, leyendo su manifiesto de humano homosexual. Pedro Lemebel de yegua del apocalipsis, de reina y de mariquita oficial. Pedro Lemebel bajando las escaleras, con su cuerpo desnudo y enfardado dentro de un saco marinero la noche en la que se arrojó sobre los escalones encendidos del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago y se prendió en llamas duchampianas rindiendo homenaje a Sebastián Acevedo Becerra, el hombre del pueblo que se quemó a lo bonzo pidiendo por la vida de sus hijos detenidos por la dictadura. La crónica de Pedro Lemebel ahora es historia y reflexión para el que la lee, para el que la escucha. Es una instantánea fotosensible de su tiempo. Una fotografía polaroid que recorta un pedazo de vida y lo orla en una impresión fugaz de historia novelada (con chisme incluido). A propósito del 11 de septiembre de 1973, el día del golpe de Estado contra Allende, Lemebel recrea una de esas tantas polaroid neobarrocas que disparó en vida

(la única arma que manipuló y con solercia), con la imagen de Miria Contreras, la secretaria de Salvador Allende, antes de que fuera llevada, a la fuerza, al subterráneo del edificio nacional. ‘La Payita’, como la conocían desde niña a Contreras, sería una de las últimas personas que vio con vida al presidente. Ahí, en el instante que la guardia y las mujeres abandonaban el palacio por orden de Allende, Miria, confusa en la hora del desalojo, no obedeció la orden y se entregó a la corazonada impulsiva de un enamorado retroceder en esos escasos momentos, cuando Allende reunía a sus fieles amigos para abandonar el lugar en una columna donde Miria iría primero con una bandera blanca, nuevamente la corazonada le hizo girar la cabeza para decirle algo, mirar sus sienes canosas, tirarle un beso, un hasta siempre, no sé, darle una sonrisa que perfumara el aire hediondo a pólvora de esa inútil primavera. Y allí, parada en el corredor a través de la puerta entreabierta del Salón Rojo, alcanzó a cruzar su atención con un urgente ojeo de ternura, un pañuelo de mirada en el perfil vaporoso de su cara descompuesta, plegándose tras la puerta que se cerraba como la página final de la ‘Resolución en Libertad’ y su malogrado querer. Y allí quedó, como el huérfano más solo de la nación, abrazando su juguete metrallazo mientras escuchaba derrumbarse la fiesta de aquella ilusión. La Payita («la puerta se cerró detrás de ti») (1998).

cayendo como un blando y lluvioso telón sobre la ciudad también sucia.

Antes de morir hizo la última aparición en el teatro. En la Noche Machucha. El ocho de enero de 2015. Su noche. Apareció en el tablado mismo del teatro, sin voz y en silla de ruedas, acompañado de todos los que debían ser y estar en su presente; los que recibieron al maestro de la crónica novelada y barroca de Santiago para cerrar toda su obra que fue una sola, dividida en un sinnúmero de capítulos que aún no cesan de aparecer en versiones y en versiones y en «floreteos maricoides» que hacen ecos en sus crónicas más allá del veintitrés de enero de ese mismo año en que murió.

Así es su estética y así su proporción neobarroca. Lemebel retratará su muerte en una última instantánea para todos. Cómo le hubiera gustado llorar en ese momento, sentir el celofán tibio de las lágrimas en un velo sucio

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premio Ahora estoy en un paisaje de zenzontles Cada vez estoy más cerca Cuando posea esa inmensidad apenas tendré fuerza para despertar en la brevedad de la muerte La luz golpea el aire. Estamos donde los colores se abren Son días largos y apretados como la migraña. Y todo se repite Los árboles desamarrados La noche se deshace ¿Y después? Lo único verdadero es el reflejo del sueño que trato de fracturar pero que ni siquiera me atrevo a soñar continuo plagio de mí misma Y el lugar del encuentro es sólo tiempo. Todo no es sino tiempo Allá donde unas cuantas buganvilias en un vaso de agua bastan para hacernos un jardín Porque morimos solos. Y la muerte es apenas el despertar de este sueño primero de vivir y dijo mi abuela a la salida del cine Sueña que es hermoso el sueño de la vida, muchacha Se oxida la lumbre de las veladoras y yo, ¿dónde estoy? Soy la que fui siempre. Lo inesperado de estar siendo Llego al lugar del principio donde comienza el comienzo Éste es el tiempo Es el tiempo de despertar La abuela enciende las velas sabáticas desde su muerte y me mira Se extiende el sábado hasta nunca, hasta después, hasta antes Mi abuela que murió de sueños mece interminablemente el sueño que la inventa que yo invento. Una niña loca me mira desde adentro Estoy intacta (...) Recomienzo No es en la oscuridad de la fe Es en la duda ¿Por qué no llueve? Jamás regresaré Y lo aquí vivido se perderá para siempre Afuera el aire se adelgaza El verano comienza a pudrirse No se puede hablar de lo que realmente importa Se arreglaba igual que cuando muchacha Las cejas delineadas con lápiz ¿La boca muy roja entre las arrugas? ¿Seré yo esa mujer? Era casi todavía joven con el miedo de ser nadie Y el deseo era monótono y negro como una caja de laca china 37


(...) Una gaviota aletea en el cemento Luz fría en las habitaciones recién pintadas                                                  Huellas de fotos Mis muertos son tan reales como yo. Les hablo en ruso y en yiddish. Casi me he olvidado del español ¿Qué son las palabras? Sigo confusa, sigo viva Como antes, cuestiono mis días. Soy la que. La muchacha que lloraba abrazada a su madre muerta sigue llorando dentro de mí Queda un manojo de flores en un vaso de agua La oscuridad de los armarios, la ropa impecable, las     baldosas pulidas Los espejos están colgados alto para verse apenas la cara Cada objeto está en su lugar. Camino en las orillas Ya no tengo prisa Anochece. No me canso y barro una y otra vez El polvo se enrosca como un animal            ¿Y hacia dónde avanzo con el pie sobre el corazón? (...) ¿Oyes mi llanto? ¿Oyes mi llanto que te cubre como una tela? Rásgala Rómpeme Cúbreme con tus cenizas Libérame

Apoyo mi cabeza de niña Toco tu corazón Cierro los ojos Estoy atada a ti como el ahogado a la piedra       anudada a su cuello Ya no tengo miedo No puedo hundirme más abajo de tu corazón Llévate la luz             Noche (...) Las palabras se curvan    se tocan    se oscurecen Alguien afuera abre una puerta    alguien toca el     piano Las palabras se guardan y se olvidan                                             No te debo nada tiempo Sigo el movimiento del sueño    sus huellas     pequeñísimas Sigo el movimiento del río    su peso sus     partículas    su silencio sus larvas    sus laberintos    las estrellas que flotan     como cáscaras

Y te acuso Pero de qué puedo culparte            ¿Cómo hubiera podido ser de otro modo?

Quedan los fresnos la pared llena de fotografías la mañana la de después    la espesa    la más temida la mañana para no ser vista    la mañana para     llorarme la larga    la indefinible    la quieta mañana

El oráculo se cumple

El aire se arquea con el peso de las acacias

Déjame ir Suéltame No regreses No quiero quedar atrapada en tu sueño sin poder    despertar                      ¿Hacia dónde ir? Llego sólo al lugar del principio Regreso para besar tu pulso Para caer de rodillas Devotamente beso las arterias de tus manos Oh madre ten piedad de mí

He construido mis sueños cerca de las rocas    golpeadas por el mar Yo elegí este paisaje árido                                             Esta constancia    esta sed Nada más triste que esta vastedad que es apenas nada

Espero las noches como un animal amarrado que    patea, patea

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Oh madre misericordiosa Ten piedad de mí Sostenme Derrótame pero dame tu consuelo


...) Suéltame para que pueda buscarte Para que pueda abrirme no al conocimiento de ti sino al confuso presentimiento del camino hacia ti Tú madre que curas Señora de las rosas no me dejes La noche se ovilla en su propia oscuridad como una    lágrima Y Kiev y las casas blancas con aleros rojos quedaron anclados a un pedazo del corazón

Ven y bésame levemente   apenas rozando el día Ven Antiquísima    ven y sácame de este silencio Ven sollozada disuélveme en tu lengua como a una hostia hasta la avidez del polvo    y polvo ya besaré tu cansado corazón Ruega por mí Afuera la mañana tiende su cerco sobre la ciudad Gloria Gervitz (Ciudad de México, México – 1943) Poeta y traductora. Estudió Historia del Arte en la Universidad Iberoamericana. Ha dirigido talleres de poesía en Campeche y en Chetumal. Ha traducido obra de Kenneth Rexroth, Samuel Beckett, Susan Howe y Rita Dove. Colaboradora de Casa del Tiempo, Diálogos, Discurso Literario, El Cuento, El Zaguán, Krisis, La Brújula en el Bolsillo, La Jornada Semanal, La Vida Literaria, RI, Revista Universidad de México, Siempre! y Vuelta. Becaria del Fonca, en poesía, 1993; y del Fideicomiso para la Cultura México–Estados Unidos 1995 para traducir la obra de la poeta norteamericana Lorine Niedecker. Miembro del SNCA 1997-2003. Premio Fernando Jeno 1986. La mayor parte de su obra poética se agrupa bajo el título de Migraciones, formada por siete libros: Shajarit (1979), Yiskor (1986), Leteo (1991), Pythia (1993), Equinoccio (1996), Treno (2000) y Septiembre (2003). Fragmentos de Migraciones han sido traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, portugués, hebreo, ruso, árabe y esloveno. En 2019 obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. 39


Gabriel(a) Raúl Vallejo  

Capítulo I Parábola de la piedra y un sábado triste

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i siquiera supo en qué momento cogió la piedra y la lanzó contra el parabrisas de la camioneta. Tiró la piedra sin esconder la mano porque en ese gesto también liberaba la ira de otros momentos en los que, abandonada al borde de la cama, revolvió la rabia y el llanto. Su madre ya se lo había dicho; que te controles, que un día de estos te vas a meter en algún lío. Oh, no, de nuevo, no. Yazmín le espetó en la cara la última vez que se vieron en Socios, vos te creés el último bareto de la fiesta, o qué. La diva… la que no admite que la miren. Yazmín es una paisa que llegó al país huyendo de los paramilitares de Perico, la vereda en donde vivía con sus abuelos. La piedra, el resentimiento, la mano, su cólera, y el parabrisas roto. Un acto de soberbia que habría de romper el rutinario y apacible devenir de aquel sábado.

Ilustracion: Ciro Quintana

Simplemente sucedió. Todo junto y en un instante: en uno de esos días quiteños en los que parece que se estuviera en alguna ciudad costera, pues la mañana soleada estaba particularmente calurosa. El cielo era de un azul tan feliz que cualquier atisbo de tristeza parecía imposible. La rebelde… la que no se acomoda al mundo tal como es. Lo de coger la piedra y lanzarla fue un gesto ciego, salido de tanto ahogo atravesado en la garganta. La camioneta era una Chevrolet LUV – DMAX, 4 x 4, doble cabina, color plata; en su interior, cuatro hombres duros no salían de su asombro. Su madre, una manteña guapetona, vivía diciéndole, los hombres jamás te perdonarán que pongas en duda su hombría. Los tipos de la camioneta nunca imaginaron que Gabriela fuera a responder sin titubeos. Yazmín le advertía, delante de los amigos, un día de estos te van a patear el culo, peli-

teñida alevosa; allá en Envigado, de donde vengo, por menos te revientan la cabeza de un balazo. Yazmín trabajaba de mesera en uno de esos antros de La Mariscal que se hacen llamar club nocturno y que apestan a puchos de cigarrillo, restos de cerveza y sudor de sexo. «De peluquería no sé mucho». Mide alrededor de un metro con sesenta pero casi siempre usa unos tacones que le forman un perfil estilizado, como el de una muchacha que alguna vez fue Señorita Deportes de su barrio. Ella solía proponerle que hiciera unos dólares más el fin de semana y se enojaba porque Gabriela se resistía a completar su salario de manicurista en el canal de televisión en un sitio donde los hombres las toqueteaban y, cuando se les acababa el buen humor, les pegaban. Nos tratan como si fuésemos objetos de usar y botar a la basura. Lanzar la piedra fue un gesto acumulado en las tripas después de


novela tantos años de tener que vérselas con hombres de rostros machos y lengua floja lo mismo para los piropos que para los insultos. —¡Ahora sí te jodiste, marica hijo de la gran puta! La escena quedó congelada; momento tan denso como una visita turística al ex penal García Moreno. Todo sucedió como si ella estuviera de paso en el paradero y se contemplara a sí misma desde la vereda de enfrente. ¿Fue por culpa del calor de esa mañana, que le hizo arrepentirse del suéter que llevaba puesto? ¿O fue por causa del hastío ante ese tipo de burlas que se repetían como el libreto de esos programas de la TV en que las chicas trans son representadas por unos hombres sin afeitar, con las piernas velludas, travestidos de mujer? Madre, ¿por qué Dios me dio el cuerpo equivocado? En el colegio salesiano donde estudió, cuando vivía en Guayaquil, sus amigos le halaban el pelo o le agarraban la nalga y todo lo soportaba imaginándose que los observaba desde un balcón del colegio que daba al patio central. Desde el balcón podías ver que Henry, el rubio pecoso, te ponía el pie y te lanzaba besos; que el petiso Ricardo te buscaba la entrepierna para apretarte los testículos; que Juan, el marihuanero del curso, te tomaba de la cadera por atrás y te punteaba lascivamente. Y todos tus compañeros se doblaban de la risa. Desde el balcón imaginas que persigues y pisas a esos que te atormentaban, igual que si fueran cucarachas rociadas con baygon. En otras ocasiones, cuando te invadía el desasosiego, también se te pasó por la cabeza que desde ese mismo balcón podías lanzarte hacia el patio para que todo acabara. Gabriela dudó entre salir corriendo de inmediato o enfrentar al cuarteto de machos con una retahíla de su mejor repertorio de palabrotas.

Minutos antes, ella esperaba el bus en el paradero pensando en su madre viuda, en las zancadillas que le ponían para que no ascendiera a presentadora del canal, en su padre asesinado por equivocación en Lago Agrio; en Miguel, ese ejecutivo joven que la miraba con ojos cargados de fascinación; y en esa pueril rivalidad, desde cuando fueron presentadas, con Yazmín, la colombiana que les contaba de sus amores con un sicario que terminó asesinado, porque se negó a cumplir una consigna de limpieza por la plaza Botero, allá en Medellín. Un minuto después, Gabriela se extraviaba en el laberinto de la violencia de los hombres. ¿Por qué tenía que pasarle justamente hoy, cuando quería estar tranquila para disfrutar de una noche de rumba y saberse querida? Otra vez no, por el Cristo del Consuelo, la vergüenza en la sala de urgencias. Siente que se le jorobó la cita de esta noche con Miguel. Pero también siente que ella es la Mamba Negra de Kill Bill, y que corta las cabezas de cada uno de los cuatro machos, de un solo tajo, justicieramente. La venganza es la cabeza del enemigo servida en un platón de peltre. Sonríe frente al chorro de sangre que fluye, igual que el agua de las piletas, de cada uno de los cuellos cercenados, y, al final, se ve mirando hacia un cielo cargado de nubes que se han teñido de rojo. —Te vamos a recontracomer el culo, loca de mierda —los hombres duros prefieren ser Hannibal Lecter. El piedrazo impactó en el centro del parabrisas y una línea zigzagueante se dibujó en un segundo, atravesándolo de arriba abajo, igual que cuando se abrió la tierra durante el sismo del 16 de abril. No quiero recibir otra vez las miradas burlonas de los médicos. Ella esperaba ir al gimnasio, hacer su rutina de Pilates, tonificar brazos y piernas, fortalecer los

abdominales, chica fitness, hacerse atender por la manicurista, las uñas de rojo excepto las de los anulares que iban de blanco con un corazón amarillo, pequeñito, en la parte de arriba; y, luego, aguardar a que llegara la noche con su luna de enamorados para la cita con su chico. Pero este sábado de agosto se detuvo a las nueve y veinticinco y se convirtió, de súbito, en un día de tormenta seca y violentos truenos. ¿Me defenderás cuando nos toque enfrentar juntos estas situaciones? El asombro de los hombres duros se transformaría rápidamente en la ira de los vengadores, así que tuvo que salir corriendo. Corre que te agarran para escarnecerte, corre que si te alcanzan otra vez te golpearán entre todos porque cada uno de ellos querrá descargar su frustración en algún rincón de tu cuerpo. Saco de carne y huesos, tu cuerpo que debe ser machacado para calmar la furia de los hombres temerosos ante su propia confusión. Un macho no puede equivocarse: una mujer es una mamacita pero una chica transgénero es una aberración de la naturaleza. ¿Aguantarás, Miguel, pasar por todo esto que llevo soportando desde los dieciséis años? Enseguida, te acuerdas de Mauricio Gómez, ese muchacho que te arrinconó zalamero en aquella fiesta de un viernes ya lejano en

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tu vida, durante el último año de bachillerato. En el momento en que los compañeros del curso los descubrieron acariciándose, besándose, acalorados ya, Mauricio decidió caerte a puñetazos y reírse de ti delante de todos, mientras tú lo mirabas, incrédulo, con el pecho agitado, ahogándote, y con la mirada a punto del extravío por causa del desamor. Es lo mismo de siempre; después de golpearte, se burlarán, satisfechos. Ahí van, dos de los cuatro, detrás de ti, insultándote. Corre, Gabriela, como lo has hecho cada vez que te rebelaste ante los que te trataron como si fueras una curiosidad de circo, y respondiste con palabrotas o golpes a esos verdugos del miedo. Ya no tengo el cuerpo equivocado. Aquella noche, cuando Mauricio te pegó después de haberte dicho tantas cosas bonitas, contemplaste su rostro, en medio de tus lágrimas, y lograste ver en sus ojos algo más que furia: viste un espanto inconfesable para admitir que le gustabas, y que, al golpearte y burlarse de ti, había matado sin piedad y para el resto de sus días ese poco de amor espontáneo que llevaba dentro de sí. Siempre ha sido así con este tipo de macho: le enfurece darse cuenta de que tú le gustas. Ahora, los equivocados son ellos que no me aceptan como soy. Los otros dos hombres, en la camioneta, se han ido a dar la vuelta a la manzana para alcanzarte al final de la calle ya que saliste corriendo en dirección contraria al tránsito permitido. Corre para que no te masacren igual que aquella otra vez, a la salida de clases, en tu primer año de Comunicación Social. Antiandrógenos combinados con estrógenos. Aún te llamabas Gabriel porque así tenías que estar registrada según los burócratas que te veían como a un bicho raro, pero ya te vestías para

que tus compañeros te dijeran Gabriela, según las ganas que tenías de ser quien eres. Dosis mínimas para eliminar el vello de mi rostro. En ese tiempo tu cuerpo era suave y delgado, de piernas largas, torneadas, y de caderas estrechas; llevabas el pelo largo, que todavía era negro como el horizonte marino en la noche; y luchabas contra el tono de tu voz, demasiado ronco para manejarlo a tu gusto. Meticuloso control médico para aminorar los efectos secundarios de mi feminización. Tenías la facha de una jovencita frágil, de pechos pequeños, que tú sabías hormonados, y lucías unos labios carnosos, cubiertos de un brillo discreto, en el centro de una mandíbula algo dura y recta que te martirizaba y cuya apariencia soñabas con suavizar algún día. Ya desde entonces deseabas trabajar en televisión igual que esas presentadoras de noticieros que habían sido reinas de belleza. El día en que te agredieron en la universidad andabas malgeniada por causa de las hormonas, pero también por culpa de tu propio carácter: esa furia contra las injusticias del mundo que te ha acompañado desde los nueve años cuando le rompiste una botella de cerveza en la pierna a un tipo que le dijo una vulgaridad a tu madre. Me siento bella. Quiero sentirme periodista. Me falta ser reina. Inmediatamente después de que sucediera aquel arrebato infantil corriste a esconderte detrás del mostrador de la tienda de la esquina, y de no haber sido porque todavía eras un pequeño, nadie te hubiera defendido. En el barrio de las villas del Seguro Social, al sur de Guayaquil, la vida transcurría sin contratiempos: los niños hacían mandados a la tienda, los jóvenes jugaban fútbol en las calles poco transitadas, los hombres bebían cerveza en la vereda, afuera de las casas, y las mujeres

se cuidaban de que los hombres no les tocaran la nalga al pasar junto a ellos; a los maricas, según la sabiduría atávica de los peloteros y cerveceros del barrio, hay que vacilarlos cada vez que se asomen, o, simplemente, caerles a golpes para que se acuerden de que son varones. Cinco chicos, al frente de ustedes tres, te miraban y cuchicheaban entre ellos mientras charlabas, café en la mano, con Sara y Marcela, tus amigas del curso. Cuando oyeron lo que bromeabas con ellas, los chicos invadieron la conversación: —Reina de los putos es lo que vas a ser. Rieron a carcajadas, festejaron llamando la atención de los estudiantes que pasaban por el patio, y corearon, a voz en cuello, para ser oídos en toda la universidad, como si la frase les hubiese parecido una gracia genial, reina de los putos, reina de los putos, una sentencia ingeniosa lista para hacerla circular en tuiter. En medio del festejo les echaste encima de la ropa tu capuchino, reina de… Se hizo un silencio de miedo, y luego de unos segundos eternos, ellos reaccionaron enardecidos y te putearon. Saliste corriendo y los cinco chicos detrás de ti, hasta que te alcanzaron. La agresión duró unos minutos, pero a ti te pareció que todas las horas del día se habían concentrado en ese instante de odio. Cada vez que nos sucede algo grave, el tiempo se prolonga en el escenario de la vida y somos los espectadores de nuestro propio drama. Tirada en el suelo, sollozando, parecerías una muñeca descuajeringada, muñeca de ropa desgarrada, cubierta de pintura roja y rencor. Tus amigas te ayudaron a levantarte y te llevaron a casa. Siempre expuesta a la humillación de los golpes. ¿Cuándo se destruyó ese paraíso andino en el que vivías? Te limpiaron la sangre del rostro, morosamente, pasando con cuidado


una toalla humedecida con agua tibia por sobre la ceja rota, el pómulo amoratado, la nariz chorreando mocos y sangre. Te pareció que tu boca estaba del tamaño de una naranja y te dieron una bolsa con hielo para que la pusieras sobre tus labios. Palpitaba en ti todo el odio que te había golpeado, pero ya no sentías nada en ninguna parte, sino una sola hinchazón a lo largo del cuerpo. Tu cuerpo de muchacha frágil era un único dolor por causa de las patadas que el quinteto de machos te propinó cuando yacías en el suelo, encogida, tragándote los gritos y las lágrimas; remordiéndote para no expulsar la ira que se te acumuló adentro, más oscura que los hematomas que aparecerían minutos después de la paliza. Siempre marcada por el sinsentido que envuelve el miedo de los hombres. Marcela te abrazó suavemente, con esa delicadeza y compasión que llevan en la sangre las samari-

tanas de todos los tiempos, sentadas ambas al borde de la cama, y, por un instante, te sentiste desahogada. Era un abrazo que te aliviaba el dolor del cuerpo, pero, sobre todo, era un abrazo que te alivianaba de la carga del mundo sobre tus hombros. Después de entregarte a ese abrazo ya sin ningún pudor, te echaste a llorar con un llanto bajito pero sostenido. Sara, de pie frente a ustedes dos, acariciaba tu pelo mientras contemplaba, con estupor y rabia, la hinchazón de tu rostro. Al día siguiente, el decano de la facultad tildó a tus amigas de mentirosas cuando sostuvieron, con la obstinación de quien defiende el principio de la verdad, que tú habías sido, primero, insultada sin ningún motivo y, luego, agredida con sevicia. Las cómplices, las que están dispuestas a echarles la culpa de todo a los hombres, las frustradas. Los amigos de los chicos que te agredieron utilizaron la etiqueta

que convertía a los agresores, por arte del adjetivo, en las víctimas de una conspiración: —Es que son unas feminazis de mierda —y añadieron lo que más tarde escribirían en sus cuentas de tuiter—: se las dan de abogadas de travestis. Tortilleras hijas de puta. Marcela comentó furiosa: «Debemos ser unas nazis muy singulares: somos nosotras las que sufrimos el acoso, es a nosotras a quienes nos golpean y nos matan cada vez que a los machos se les antoja, cada vez que se enojan; y después, ante el cadáver de la mujer de turno, se excusan diciendo que se trata de crímenes pasionales». Cuando llegó tu turno, el decano no se anduvo con rodeos y te preguntó sin miramientos: —¿Por qué los provocaste, Gabriel? Cuando escuchaste la pregunta del decano, fue como verte a ti misma convertida en una cucaracha acorralada.

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—Ya no me llamo más Gabriel. ¿Es muy difícil entenderlo? —Según los registros de esta universidad, tú te llamas Gabriel Mario Pérez Cedeño. —Yo soy Gabriela, como siempre debí haber sido. Y que quede claro, doctor, yo no he provocado a nadie. —Esa actitud no te ayuda, Gabriel. —Yo me llamaba Gabriel y me entristecía por eso. Ahora soy Gabriela; resisto, lucho y me duele; y, con todo eso, ando que sobrevivo cada día, doctor. Maestros de la facultad, compañeros de curso, alguna de tus vecinas, esos primos curuchupas que viven en Manta, el chofer del colectivo, el mecánico del barrio, la gerente del noticiero, los camarógrafos del canal, todos se sonríen, murmuran, se enojan, mueven la cabeza como si estuvieran frente a la necedad en persona cuando insistes en que ahora eres Gabriela después de haberte llamado Gabriel. —Aquí todos somos personas con formación. Nadie agrede a otra persona por nada. —Resulta que yo, que soy la que tengo la cara hecha pedazos, soy la que tiene que explicar por qué mi cara se fue a estrellar contra los puños de unos hombres. —Algo debiste haber hecho para que eso ocurriera. Cuando terminó tu turno de interrogatorio, saliste de la oficina del decano, los párpados hinchados, la nariz enrojecida, mocosa. Mientras Sara y Marcela te consolaban con sus abrazos silenciosos, les comentaste con los puños apretados: «Voy a aprender a pelear igual que Uma Thurman en Kill Bill y, por si acaso no fuera suficiente, siempre llevaré gas pimienta en mi cartera». Ahora, corre porque, a pesar del tiempo que ya has dedicado al entrenamiento, todavía no eres la Mamba Negra para derrotar a cuatro machos furiosos.

Esos mismos machos que en el momento de verte en el paradero del bus eran cuatro mosqueteros de la conquista amorosa: alabaron las curvas de tu cuerpo, te prometieron hacerte feliz en la cama, y uno de ellos hasta quiso casarse contigo por una noche. Hace un par de años, finalmente, te operaste y quedaste con un busto talla 34 DD, igual que el de Scarlett Johansson, y también has teñido tu pelo para ser rubia como ella. Convertiste la rutina del gimnasio en una disciplina que tiene tu abdomen marcado como una tableta de chocolate blanco y se te ha formado una grupa redonda y firme. Tus amigas te consideran una chica fitness y te preguntan cómo lo has logrado. Tú te ríes y les respondes que con más ejercicios en la má-

quina del gimnasio y menos Photoshop en el Facebook. De todas maneras, tal vez por tus caderas que no se han ensanchado, o por tu mandíbula que permanece dura, o por tus manos grandes, aunque delicadas, aquellos hombres de lenta perspicacia se dieron cuenta, después de que a primera vista les gustaste, de que, si bien parecías una Gabriela, en realidad habías nacido como un Gabriel. Entonces, te cubrieron de insultos. —Lo que te mereces es un burro en la cama. El departamento en donde vives está cada vez más cerca. Corre, sin pensar más que en el edificio en donde vives. Una vez adentro podrás llamar a la policía y, a lo mejor, al ver a los cuatro hombres que quieren agredirte, los vecinos hasta se ponen de tu lado. Por supuesto,


después murmurarán y terminarán echándote la culpa por vestirte demasiado provocativamente, aunque te vistas de monja; por andar loqueando, aunque camines mirando al suelo. Corre, y no te detengas que una jauría enardecida pretende darte caza. Te echarán la culpa hasta por existir, aunque tus amigos cercanos saben que siempre intentas pasar lo más desapercibida posible por dondequiera que vas. Y mientras corres en bajada, segura con tus tenis blancos, esos Adidas que te regaló Miguel para tu cumpleaños, en marzo pasado, vas rebuscando en tu cartera las llaves de la casa y el gas pimienta para defenderte por si te alcanzan. Solo esperas que el guardia del condominio se muestre firme y no los deje pasar. Uno de los hombres se resbala y cae aparatosamente; el otro está demasiado gordo para seguir tu ritmo y tiene el bigote empapado de sudor. —Te dejaremos la cara marcada con la M de marica —resopla enardecido el que se cayó, ya incapaz de levantarse. Si los que están en la camioneta no alcanzan la esquina antes que tú, la huida saldrá bien. Llegas al condominio y logras entrar justo cuando te ven los de la D-MAX y uno de ellos se baja, pero tú ya les has cerrado la puerta casi en la nariz, ante el asombro del guardia de tu edificio, y cuando el macho de la camioneta intenta meter la mano por entre las rejas de la puerta principal, sacas el gas pimienta y se lo rocías en el rostro. La Mamba Negra entró en acción sin que todavía les hubiese cortado la cabeza a sus enemigos. «Don Pepito llame enseguida a la upecé y ni se le ocurra dejarlos pasar». El hombre que te perseguía se queda gimiendo desesperado, puteando, amenazándote, pero tú ya estás entrando al ascensor, jadeando, asustada, pero sonriendo.

—Te vamos a rajar esas nalgas de silicona —pero tú ya no los escuchas y José, el conserje de la portería, luego de llamar a la policía, desenfunda su revólver de guardia privado, aunque sin apuntar a ninguna parte, y les dice con firmeza que dejen de armar escándalo. Los machos, bufando, se quedan rondando la esquina. Gabriela entra a su departamento, va a la cocina, abre la refrigeradora y se sirve un vaso de agua que se bebe de un tirón. Alrededor de sus piernas, el pequeño Tobías salta contento, y sus ladridos agudos reclaman la atención de su dueña. Su cola, igual que el penacho del casco de los cadetes de la Escuela Militar, se mueve con el enigmático entusiasmo de las colas de todos los perros del planeta. Te acuerdas de la noticia, meses atrás: a una chica trans llamada Sara, unos tipos que andaban en una camioneta similar a la de tus perseguidores le habían cortado la mejilla y los labios, el pecho y las piernas, en la 6 de Diciembre y Foch, la madrugada de un sábado cuando ella caminaba rumbo a un bar. El reportero concluía diciendo que «el travesti agredido fue atendido en el hospital Eugenio Espejo donde suturaron sus heridas con cerca de cien puntos». El día se rompe a la vuelta de la esquina y nos descubrimos tan frágiles como un florero colocado al filo de la mesa. La parábola de la piedra, que vuela a estrellarse en su blanco, es el camino invisible que recorremos en el aire antes de que la serenidad de una mañana sea alterada por el golpe de lo imprevisto. La tristeza de este sábado, pese al cielo despejado y el sol encendido, ya se ha instalado en el comienzo del día de dos habitantes de la ciudad, sin que estos intercambien palabra alguna. Gabriela se sienta en el sofá de la salita, seguida de Tobías que

la acompaña por todas partes, con el sabroso paso meneadito de los shitzu. Ella saca su Nokia de la cartera y le escribe a Miguel un mensaje por whatsapp: «Llámame, amor, urgente». Al mismo tiempo que envía el mensaje, escucha un griterío que viene desde la calle, seguido de una piedra que se estrella contra la ventana de su departamento, e instintivamente se cubre la cara para protegerse del vidrio que estalla iracundo, mientras Tobías no para de ladrar. Raúl Vallejo (Manta, Ecuador - 1959) Tiene varios libros de cuentos, entre ellos Máscaras para un concierto (1986), Solo de palabras (1988), Fiesta de solitarios (1992, Premio 70 Años de El Universo, y Joaquín Gallegos Lara al mejor libro del año), Huellas de amor eterno (Premio Aurelio Espinosa Pólit 1999) y Pubis equinoccial ( Joaquín Gallegos Lara 2013). Ha publicado las novelas Acoso textual ( Joaquín Gallegos Lara 1999 y Premio Nacional del Libro en 2000), El alma en los labios (2003), Marilyn en el Caribe (2015, Premio de Novela Corta Pontificia Universidad Javeriana, de Colombia) y El perpetuo exiliado (2016, Premio Internacional de Novela Héctor Rojas Herazo). Es autor de los poemarios Cánticos para Oriana (2003), Crónica del mestizo (Premio VI Bienal de Poesía Ciudad de Cuenca 2007), Missa solemnis (2008) y Mística del tabernario (2015, Premio José Lezama Lima 2017, de Casa de las Américas). En 2013 ganó el XVII Premio Internacional de Poesía José María Valverde y en 2018 ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja 2018, que entrega la Feria Internacional del Libro de Guayaquil por su novela Gabriel(a). Más información en: www.raulvallejo.com

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Fernando Tinajero

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n el capítulo ix de El proceso, Kafka incluyó un memorable apólogo que ha dado materia para muchos comentarios. Reducido a sus líneas esenciales y despojado por lo mismo de su belleza literaria, aquel apólogo habla de un campesino que se presentó ante la puerta de la Ley, donde encontró un guardia corpulento. Humilde, pero decidido, el campesino comunicó al guardia que había venido para hablar con la Ley. El guardia respondió que, naturalmente, tenía el derecho de hacerlo, aunque en ese momento no era posible. «Tal vez más tarde», agregó, y con falsa amabilidad ofreció al campesino un escabel para que se sentara. Aprovechando que el guardia miraba para un lado, el campesino se acercó a la puerta de la Ley y quiso mirar hacia adentro; pero

el guardia le advirtió enseguida: «Debes saber que después de esta puerta hay muchas salas sucesivas, y en cada una hay una puerta con un guardia cada vez más grande y más fuerte. Yo soy el más pequeño y el más débil de todos». Contrariado, el campesino se sentó a esperar, y como pasara mucho tiempo, se acercó nuevamente al guardia para preguntarle si ya sería posible entrar, a lo que el guardia contestó que aún no. Siguió esperando el campesino, y repitió su pregunta muchas veces, pero la respuesta del guardia fue invariable: no, aún no era posible que entrara. Cuando la espera ya era insoportable, el campesino intentó engañar al guardia, y como no lo consiguió, recurrió al soborno: entregó al guardia una de las pocas frutas que le quedaban (había llegado

con grandes provisiones), y vio sorprendido que el guardia la aceptó. Sin embargo, después de una larga pausa y con la boca llena, el guardia le dijo: «La he aceptado solamente para que puedas estar seguro de que hiciste todo lo que estaba a tu alcance, pero no te dejaré pasar». Así, el campesino se resignó a seguir esperando, y pasó mucho tiempo, pero nunca dejó de observar al guardia. Observó tanto que llegó a conocer hasta las pulgas que habitaban en el cuello de piel de su capote. Sin embargo, nunca encontró ni el más mínimo resquicio en el celo del guardia por cumplir su deber. Habían pasado muchos años, el campesino había encanecido, había soportado inviernos helados con la nieve hasta la rodilla, y veranos ardientes con el sol sobre su cabeza durante muchas


variaciones horas y sin agua, ni viento, ni sombra refrescante. Y así llegó un día en que se sintió sin fuerzas. No era un estado de debilidad transitoria: era una pérdida total y definitiva de los últimos residuos de energía, de modo que comprendió que estaba próxima la muerte. Entendió entonces que ya no le sería posible hablar con la Ley y cayó en cuenta de que incluso había olvidado lo que quería decirle. Dispuesto a morir, pidió al guardia que se acercara porque su voz era muy débil, y le preguntó al oído: «¿Por qué, durante todos estos años, nadie más ha venido con la intención de entrar a la Casa de la Ley?», y el guardia, imperturbable, le contestó: «Porque esta puerta estaba hecha solo para ti y no la has aprovechado. Ahora me voy y cierro».

2 Numerosas han sido las interpretaciones de este apólogo. Recuerdo haber leído algunas de ellas, pero he olvidado casi todo lo que dicen y apenas he conservado ciertas ideas sueltas e incompletas. Pero no importa: no quiero recurrir a ninguna idea que me venga de otros. Quiero entenderme directamente con el texto, entender o equivocarme en forma personal, pero no intransferible: por eso escribo. Y lo primero que quiero es lamentar la triste historia del campesino. El pobre hombre llegó hasta la Casa de la Ley con un propósito concreto y el guardia no le permitió realizarlo. Nadie podrá decir que el campesino no hizo lo posible: tuvo una paciencia infinita (y esa paciencia envuelve una esperanza), intentó el recurso de la astucia, descendió al repudiable recurso del soborno… ¿Qué más podía hacer? Y a pesar de los obstáculos que encontró constantemente, fue fiel a su propósito, y lo fue hasta la muerte. Nunca vis-

lumbró ni de lejos siquiera la posibilidad de renunciar, de marcharse, de cambiar de propósito; nunca pensó en dedicar su vida y su energía a una finalidad diferente. Pero a pesar de todo su tesón, terminó en el fracaso. Su imagen se levanta ahora como la viva representación del hombre fracasado. Inmediatamente está el guardia. Se hace odioso, pero es imposible odiarlo. Impide al campesino que cumpla su deseo, aunque es presumible que se limita a cumplir órdenes. ¿Por qué no se ha de pensar entonces que además de otros guardias (los que él menciona) debe haber algún jefe o autoridad con capacidad de dictar esas órdenes? ¿La Ley? Sí, desde luego, o quizá sus secuaces. El texto no habla de ellos, solo habla de guardianes en las puertas de las salas sucesivas, pero esa misma imagen lleva a pensar en un ente poderoso, en una compleja estructura, en una organización y, por lo tanto, los secuaces (o ayudantes, si se quiere) están implícitos: ellos deben estar distribuidos en diversas jerarquías formando una estructura de poder en cuya cúspide está la Ley. El guardia debe haber recibido sus órdenes de la autoridad más próxima, pero ella a su vez debe haberla recibido de la superior, y así hasta llegar a la fuente primera; pero es muy probable que el guardia tenga que dar cuenta de su tarea a esa suprema autoridad. Sin muchas luces (pues no se las necesita para estar allí parado durante muchos años), resguarda una puerta cuyo único beneficiario está ahí mismo, sin poder usarla. Estamos, evidentemente, ante el absurdo. No tiene ningún sentido hacer una puerta para que este preciso campesino entre por ella, y no permitirle que lo haga. Además, ¿quién es el campesino para que el constructor de la Casa de la Ley haya recibido entre sus instrucciones la de hacer una puerta

Pienso que las obras literarias (las grandes obras de la literatura universal) nunca incluyen nuevos elementos sin un sentido preciso y un propósito definido. Por espontáneo que sea el autor, por ajeno que sea a la preparación minuciosa de sus textos, no habrá en ellas ningún personaje u objeto que no tenga una precisa intención.

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Cuando los autores describen (pienso, por ejemplo, en las descripciones de Balzac), enumeran muchos objetos, pero todos ellos tienen un sentido, todos tienen que jugar un papel en la obra. ¿Por qué, entonces, Kafka incluyó en su novela esa extraña visita a la catedral?

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expresamente para ese campesino? ¿O es que hay una puerta para cada uno de los seres humanos? El texto permite sospecharlo. «Esta puerta estaba hecha solo para ti, y no la has aprovechado», dice el guardia, o sea que no veo inconveniente en pensar que sí, que hay una puerta para cada uno, incluso para mí. Y esa puerta nunca estuvo cerrada: al contrario, cuando el guardia miró para otro lado, el campesino metió la cabeza para mirar adentro. La puerta está abierta pero no se puede pasar por ella. ¿Será obligatorio el paso por otra puerta que esté siempre cerrada? ¿Qué perversa inteligencia puede concebir una tortura más sutil en su crueldad? Está claro que esta historia fue concebida con una intención simbólica. A fin de encontrar las pistas que permitan descifrarla, me parece importante ubicar el apólogo de la Ley en El proceso, puesto que, cualquiera que sea el símbolo escondido, el hecho de que el apólogo aparezca en un lugar y no en otro debe estar vinculado con el desarrollo de la trama novelesca. José K. está desesperado por no encontrar explicaciones para su extraño proceso. En el capítulo IX, aparte de otras cosas, el gerente de la empresa en que trabaja le encarga llevar a la catedral a un importante cliente italiano que desea conocer las ‘curiosidades’ de la ciudad. José K., disciplinado y obediente, habla

con el italiano y se cita con él en la puerta de la catedral para iniciar la visita. Acude, pues, a la cita, y llega un poco antes de la hora convenida, pero el italiano no ha llegado todavía. Naturalmente, José K. espera el tiempo conveniente, comprueba que la hora ha llegado, pero no el italiano; espera todavía mucho más del tiempo prudencial a la puerta del templo, y como el italiano no aparece, resuelve entrar solo y observar ese interior que se encuentra a oscuras. Acercándose hasta casi tocar con su frente los relieves, observa detenidamente los detalles de un púlpito, y detrás de él, descubre inesperadamente al arcediano que, para su sorpresa, le habla de su situación: le dice que conoce su proceso y le pide explicaciones de lo que ha hecho en su defensa. José K., que no puede salir de su sorpresa, no atina a contestar exactamente y se enreda en una absurda discusión, hasta que el arcediano le narra el apólogo de la Ley. Aunque este apólogo tiene o puede tener un sentido por sí mismo (tanto que hay recopilaciones de relatos de Kafka en los que figura como texto independiente), el contexto en que aparece contribuye a matizarlo. El campesino que espera a la puerta de la Ley reproduce la imagen de José K. esperando al italiano en la puerta de la catedral, lo cual permite establecer una equivalencia entre la Casa de la Ley y la catedral. Y el italiano que no llega y es esperado más del tiempo adecuado arroja una nueva luz sobre el conjunto porque evoca la imagen de Godot, que nunca llega a la cita con Lucky y Estragón (pero la obra de Beckett es posterior a la de Kafka). Pienso que las obras literarias (las grandes obras de la literatura universal) nunca incluyen nuevos elementos sin un sentido preciso y un propósito definido. Por espontáneo que sea el autor, por ajeno


que sea a la preparación minuciosa de sus textos, no habrá en ellas ningún personaje u objeto que no tenga una precisa intención. Cuando los autores describen (pienso, por ejemplo, en las descripciones de Balzac), enumeran muchos objetos, pero todos ellos tienen un sentido, todos tienen que jugar un papel en la obra. ¿Por qué, entonces, Kafka incluyó en su novela esa extraña visita a la catedral? ¿No podía tratarse de otro lugar, por ejemplo, un museo, donde José K. encuentre inopinadamente a una persona desconocida que le hable de su proceso y sepa muchos detalles que él mismo ignora? No, seguramente no podía ser así; seguramente Kafka necesitaba que sea en la catedral donde José K. espere a un señor italiano que nunca llega; y necesitaba que sea el arcipreste el que le hable. O sea, necesitaba un símbolo religioso. ¿Por qué?

3 Algunos críticos sostienen que todo texto literario proyecta la personalidad y los conflictos del autor, y en consecuencia recurren a la biografía de Kafka para responder a esta ardua pregunta. Yo no estoy convencido de que este recurso sea siempre necesario y pienso que si se puede realizar un desciframiento completo de una obra sin salir de las fronteras del texto, no hay para qué acudir a la biografía del autor. Admito, sin embargo, que en ciertos casos la obra literaria ha sido escrita justamente para expresar las vicisitudes de su autor y no está por demás examinar ciertos datos de su biografía, siempre que se cumplan dos condiciones: que no se lo haga con el espíritu del voyeur que busca las intimidades ajenas para solazarse con ellas, y que no se convierta el texto literario en un simple documento

para ilustrar la vida del autor, como ha sucedido muchas veces precisamente con Kafka. No, no se debe invertir las cosas: aquí no se trata de usar el apólogo de la Ley para hacer un estudio psicológico de Kafka, sino de encontrar en Kafka algún indicio que permita aclarar el sentido del apólogo. Los diarios que escribió Kafka dejan ver que su vida aparentemente ordenada y rutinaria era en realidad un volcán de angustias. Las referencias a sus propias obras literarias que hay en esos diarios y en sus cartas, dejan ver que los textos que escribía eran un medio de exteriorizar sus propios conflictos. Así nos hemos formado una imagen de Kafka que nos lo presenta como un

hombre marcado desde su infancia por una educación represiva que le infunde una insanable inseguridad ante cualquier figura que encarne la autoridad; pero como además tiene una extraordinaria inteligencia, traslada esa inseguridad al plano metafísico y se convierte en un verdadero místico, pero en un místico que desconfía de su Dios y, en el fondo, no puede creer en él: es un místico ateo, y para colmo, es poeta (Dichter). O sea, es un hombre como Unamuno, sediento de vida inmortal, sediento de la eterna gloria celestial, pero a la vez convencido de que esa inmortalidad y esa gloria no existen, y si existen (lo cual es absolutamente improbable) no son para él. El desgarramiento

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No, no se debe invertir las cosas: aquí no se trata de usar el apólogo de la Ley para hacer un estudio psicológico de Kafka, sino de encontrar en Kafka algún indicio que permita aclarar el sentido del apólogo.

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que suponen estas contradicciones le lleva entonces a hacer una literatura que es una suma de metáforas de ese absurdo. Vuelvo ahora a la pregunta que dejé sin respuesta: ¿Por qué necesitaba Kafka un símbolo religioso? A la luz de la imagen que queda aludida, ya no es muy difícil pensar que todo el apólogo es una alegoría, y más precisamente, una alegoría religiosa. La Ley será entonces un símbolo de Dios; el guardia (o los guardias), un símbolo de la Iglesia, y el campesino, un símbolo de todos los seres humanos. ¿Pero no estaba ya entendido que el campesino es una representación de las personas que fracasan? Sí, y por eso, ahora es fácil entender que todos los seres humanos fracasan en esa empresa que se ha propuesto el campesino, que es la empresa de hablar con Dios. Y según el apólogo, la causa inmediata de ese fracaso es el guardia, o sea la Iglesia. A partir de esta simbología no es posible descifrar la ‘filosofía’ de Kafka, pero se puede suponer una ‘filosofía’ que si no fue la de Kafka es al menos coherente con el contenido del apólogo: el ser humano busca a Dios, pero la Iglesia, con su complicado aparato teológico y su estructura piramidal que evoca fácilmente los reinos feudales, le impide llegar a él. O también: la existencia del ser humano es absurda porque está hecha para Dios, pero Dios no se deja alcanzar porque está arrepentido de haber creado

un animal tan nocivo para su bella creación, y además enfermo de racionalidad incurable. Estas dos versiones de lo que sería la filosofía de Kafka son, por supuesto, arbitrarias (paso del nivel de la suposición al nivel de la audacia), y me pregunto por cuál de ellas me inclinaría si tuviera que elegir una sola. Ambas son en extremo sugerentes y me asalta la duda: por un lado, tengo una Iglesia que impide a los humanos el acceso a su creador; por otro lado, tengo un Dios que se aleja de los humanos (no acude a su cita con ellos) porque se arrepiente de haberlos creado. ¿Con qué me quedo? Miro y remiro las dos opciones y de repente descubro que las dos versiones son distintas pero complementarias: la primera muestra los medios que emplea Dios para lograr los propósitos que la segunda enuncia. Pero, ¿por qué la Iglesia impide que los humanos lleguen a Dios? ¿Por qué Dios quiere abandonar a su propia criatura? Evidentemente, estas hipótesis no pueden menos que provocar una airada protesta de parte de los fieles que creen sin racionalizar su fe, o por lo menos una duda muy justificada. Es preciso, por lo tanto, reflexionar sobre ellas. Así pues, tenemos el campesino, el guardia y la puerta cerrada en la Casa de la Ley. En otras palabras, un individuo, la Iglesia y Dios; pero un Dios que se mantiene lejano, y que parecería encerrado por los mismos guardianes de la Casa. Pero los

guardianes son la Iglesia: ella es entonces la ‘guardiana’ de Dios, pero no en el sentido de que es quien le cuida, sino en el sentido de que lo vigila, tanto como vigila el guardián de una prisión. La Iglesia ha secuestrado a Dios, lo mantiene prisionero y se niega a abrir la prisión para evitar que los creyentes se acerquen a Dios. ¿Por qué lo hace? Sencillamente, porque en eso se cifra su poder, ya que los humanos seguirán necesitando a la Iglesia mientras no puedan llegar a Dios. Es tan clara la imagen de esa Iglesia-guardiana, que el apólogo incluso alude a la larga e intrincada escalera jerárquica de sus ministros, representados en la serie de salas cuyas puertas están cuidadas por guardias cada vez más grandes y poderosos. Bien, pero… ¿dónde está esa Ley-Dios que se mantiene oculta o secuestrada? El apólogo nunca habla de una sala final, de aquella última sala en la que se supone que se encontraría la esquiva Ley. Solo habla de salas sucesivas sin final y de sus guardias respectivos. ¿Significa esto que en aquella Casa de la Ley… no está la Ley? ¿Es esa, en realidad, solamente la Casa de los Guardias, porque la Ley está ausente? Entre un Dios secuestrado por la Iglesia y un Dios ausente de la Iglesia la decisión es difícil. Ambas son posibilidades reales, ambas son atractivas y se prestan para sendos desarrollos extremadamente sugerentes. Hay quienes preferirán la primera alternativa, porque ella les permitirá decir que ese Dios secuestrado es un Dios inalcanzable. Ante una Iglesia hermética, es mejor alejarse de ella, aunque eso implique alejarse también de ese Dios inaccesible. Así es fácil concluir que la existencia no tiene sentido; los humanos estamos arrojados en el mundo, sin salida. Y si Dios es inaccesible, todo está permitido: así podrán justificarse entonces todos


los excesos, desde la depravación moral de la delincuencia, la prostitución y la droga, hasta la instalación de tiranías execrables. Pero hay también quienes preferirán el Dios ausente de la Iglesia porque eso significa que alejándose de ella es posible encontrar a Dios en cualquier otro lugar, en la naturaleza o en la poesía, por ejemplo, o en los secretos del Tíbet. Nuevamente estoy ante dos alternativas: ¿por cuál de ellas me decido? No me atrevo a decirlo, pero en cambio creo posible encontrar una tercera alternativa, e incluso una cuarta. Si elijo la interpretación que me habla de un Dios ausente de la Iglesia, debo

preguntarme en dónde él se encuentra. Es demasiado romántico pensar que está en la naturaleza o la poesía; podría pensar con más realismo y considerar que Dios se ha escapado de su encierro y anda por ahí, perdiéndose entre las multitudes que llenan las calles, las plazas, los parques, los teatros, los cafés y todos los rincones de las ciudades del mundo. Es un Dios que se confunde con la gente porque a pesar de todo no ha dejado de amarla, pero la gente no lo sabe. Y como no lo sabe, no faltan quienes le asaltan para robarle, y al no encontrar nada de valor en sus bolsillos, deciden golpearlo y abandonarle junto a un basural.

Ahora tengo, en consecuencia, un Dios secuestrado por la Iglesia, encerrado, prisionero; un Dios ausente de la Iglesia y escondido en la naturaleza, la poesía (¿y por qué no en la música?). Y tengo un Dios violado por la gente, maltratado, ultrajado. ¿Por cuál de ellos me inclino? Yo he hecho ya mi elección, que quizá parezca ajena a estas alternativas, aunque en verdad las incluye. Pienso que el guardia engañó al campesino porque la Ley no existe, pero el guardia hace creer al campesino que ella está en el interior y que le recibirá más tarde, porque al hacerle esperar y creer que la entrada dependerá de él ha obtenido un poder sobre el campesino. Así la Iglesia inventó a Dios para tener poder; pero como debía hacer creíble ese Dios imaginario, hizo creer a los fieles que él vivía en sus templos y lo guardaban en una pequeña caja muy adornada cuya llave guardaba el sacerdote. Ese fue el Dios cautivo: no solo que el sacerdote con sus poderes le había convertido en un pequeño pan insípido, sino que lo había licuado en forma de vino. Luego vinieron los sucesores del campesino y pensaron que la libertad es consustancial a Dios, de manera que después de haberlo imaginado como un prisionero de la Iglesia, imaginaron su evasión, y mientras la Iglesia ha seguido rindiendo un complicado culto a un Dios ausente, el Dios imaginario ha estado vagando por el mundo y recibiendo todos los ultrajes de la gente, porque nadie puede concebirlo como un Dios cercano al que se pueda hablar de tú a tú, y todos prefieren ese ausente Dios de las pompas litúrgicas. Sin embargo, ese Dios que ha pasado por diversos momentos y en ninguno ha sido reconocido como es de verdad, sigue siendo la ficción con la que el guardia engañó al campesino. Ahora me voy y cierro.

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Patricia Noriega

Sin título, Carlos Michelena

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Escultura de Fausto, Cristina Enderica, Machala

L

a propuesta presentada y dirigida por el artista Tarik Núñez, titulada ‘Festival de artes urbanas Imaginarios’,  se basó en una investigación en torno a la ciudad, donde confluyen los artistas anónimos y marginales, muchos de ellos ya reconocidos como personajes entrañables del imaginario quiteño, por su vida y oficio. Este proyecto nació con la idea de promover y reflejar las diversas culturas urbanas del Ecuador, donde habita el documental audiovisual, la fotografía, la pintura y el cine como un documento histórico y antropológico de las culturas, que se constituye en un discurso visual sobre los hechos sociales y culturales de esta región que celebra la vida de un modo distinto. Se originó también con la idea de celebrar un evento importante para los museos del mundo: El Día Internacional de los Museos, en el marco de la celebración de los 75 años de la creación de la Casa de la Cultura. Tarik Núñez, con su pasión por el tema y desde la visión del colectivo ‘Historias del ojo’, está comprometido con el rescate y divulgación de las distintas artes y culturas: registra la vida de la urbe y sus manifestaciones artísticas, sin manipular o modificar los escenarios naturales. De esta manera abre una nueva ventana en el campo visual. Esta muestra representó a varios colectivos y artistas urbanos de Quito que usan la calle como escenario. Una temática que genera controversia, pero también debate: el uso de los espacios públicos y las distintas artes que nacen en las calles, forman la actual poética de Quito. Personajes sensibles, temperamentales, personajes que gritan con su creación, dan atmósfera a las plazas y recovecos, adornan de idiosincrasia y anécdotas a la ciudad. El proyecto planteó el rescate de la oralidad y los imaginarios de Quito.


paleta Exposición ‘Imaginarios’ En todas sus prácticas y escenarios, se observó a los artistas más icónicos de la ciudad de Quito: una colección rica en personajes que brindan colorido en la metáfora urbana. Es una exhibición que presenta el arte marginal, el arte que nace en la calle, en una muestra pionera de la contracultura quiteña. Se constituye como una revelación ante los ojos de los que presencian la diversidad y la realidad de los imaginarios urbanos. Entre los artistas participantes se encontraron: Ralex, el artista de momento en la escena del grafiti; el Colectivo de skateres HELP, que reciclan sus

Esta muestra representó a varios colectivos y artistas urbanos de Quito que usan la calle como escenario. Una temática que genera controversia, pero también debate: el uso de los espacios públicos y las distintas artes que nacen en las calles, forman la actual poética de Quito. tablas de patinar para usarlas luego como lienzos; Luis Molina, un escultor que recicla material chatarra y crea piezas soldadas que luego coloca en rincones de la ciudad. Markius, ilustrador que se inspira en la soledad de la ciudad, personajes en la mendicidad afectiva. Fausto, el pintor más destacado, que trabaja desde la mendicidad y pinta a Cristo en los portales de las iglesias del Centro Histórico. Wesler, que es reconocido como un artista atípico que lleva sus obras bajo el brazo.

Mundo circo

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Ber Nito, mural


Wilo Ayllón, mural

Rubén Darío, poeta del barrio La Mariscal que forma parte de la bohemia de la ciudad, con un rostro fuerte que retrata la noche, el insomnio y la soledad. El hombre Orquesta, homenaje al personaje colorido de la música teatral, que llenaba de sonidos y comparsas las plazas. Carlos Michelena, juglar de los parques, comediante legendario de Quito. Tarik Núñez, fotógrafo y cineasta, además de gestor cultural, que retrata a estos personajes extravagantes y únicos, ha trabajado en un período de ocho años para presentar esta muestra, como un homenaje a la calle, el imaginario urbano contemporáneo de Quito. De igual manera, varios muralistas convirtieron en lienzos a las paredes de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, como parte del festival ‘Imaginarios’. Entre los invitados se encuentran el colectivo Fenómenos, Infame, Ra Lex, Eme Ese, Carla Torres, Mar, Miss Moon, Wilo Ayllón, Fausto (el pincel de Cristo), Kai Munstra y Ber Nito. Además, se desarrolló una fiesta colorida con la presencia de colectivos de teatro, música y danza, quienes hicieron demostración de su arte en el Teatro Prometeo y en la Casona Antigua, donde paralelamente se desarrolló una feria de arte urbano.

Fausto Imbacuán, el pincel de Cristo

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Para Maina Amèlie, en la noche

José Aldás

i.

R

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ecuerdo aquellos días: en mis manos cayeron un par de billetes como regalo de alguna perdida celebración estudiantil (corrían los años 2000) y, como novedad entre los CD en la tienda de música, estaba la portada dibujada por Mike Shinoda. Manos saliendo de parlantes, plugs de guitarras y consolas. Si bien existían ya canciones que mezclaban los estilos de dos artistas o bandas diferentes —como la famosa versión editada en hip-hop del Walk this way de Aerosmith— no era hasta ese trabajo en donde MTV inauguraría una rama de mercadeo adicional: el destino colisión (Walk this way era una apuesta casi absurda. VH1 emitía programas con los One hit wonders —la primicia única, la melodía que no se pudo igualar o repetir— de los noventa en la que se incluía esa canción. Un Steven Tyler poco asegurado de lo que decía, afirmaba que cuando recibió la propuesta para intervenir al Walk, lo primero que hizo fue negarse. Al fin el mercadeo venció: se presen-

taba el sencillo con las ventajas de una novedad. La misma canción sería la encargada de confirmar el mito: Walk this way se recuerda como el mash-up entre Aerosmith y RUN/DMC; el concepto de la canción sería relegado a un simple beat. Con coro incluido. El público no recuerda la versión original del Walk sino la intervención de RUN/ DMC. Otra vieja canción que sonaba en las radios por esos años: un mash-up entre Dido y Eminem. La base resultaba del beat de la canción Thank You de Dido —White flag es otra canción que escucho, casi con nostalgia, todavía— en donde se representa la historia de un fanático de Eminem. Un tipo que llevaba a la desesperación su afición por el rapero). Antes de los 2000 el mundo no estaba gobernado, del todo, por las máquinas. O al menos era un gobierno discreto. Poco dado a los hallazgos o que los conservaba como reliquia privada de las clases dominantes. La conexión a Internet —no es un secreto— tardaba centenares de años (es clásico el chascarrillo de The Simpsons en donde Luann levanta el teléfono antes de que Kirk descargue una fotografía de ella siéndole infiel. La tecnología a finales de los noventa era un accesorio de lujo. Sagan ya había escrito un par de obras relevantes en cuanto a divulgación


crónica

Linkin Park

científica y Asimov era una figura prominente. Clarke había hecho cuatro episodios de la Odisea Espacial y Robe-Grillet ya había despachado lo más insólito del cine): el Windows 95 era un sueño hecho realidad. El modelo de enciclopedia había trasmutado de una colección de artículos de gente especializada, a una biblioteca portátil. No cabía en un disquete. No cabía en un Mini-CD. El pen-drive era una especulación de los hechiceros de la tecnología. Otro recuerdo: 2005. Laboratorios de informática de los salesianos de La Tola: ‘terabyte es la medida del infinito (el disquete no almacenaba ni el 1% de esa cantidad de información). Se pueden guardar galaxias en un terabyte’. Hoy, sin embargo, es en terabytes que se mide la memoria de una buena pc. Al momento nadie pensó en una gran pinacoteca, una audioteca inmensa. Todo era el descu-

brimiento de la informática. Aun así, la música no recibía cambios representativos. En aquel tiempo se podía esperar: un disco, un libro, un mail. Esta crónica no es una historiografía pues para serlo los datos no son suficientes. Quizá una crítica que recuerde. Un recuerdo que critique. El disco, por supuesto, se llamó Collission Course.

una muy bien controlada estrategia de mercadeo. Y, si bien Hybrid Theory era la presentación oficial, no se reconocía aún al EP anterior, homónimo, ni a las versiones no trabajadas de las canciones (circulan decenas de ellas sin la intervención del DJ); no se daba del todo la hibridación.

j.

Chester Bennington es un niño con mala suerte (aún cree en la mala suerte). Ha sido violado algunas veces y cree que el mundo es para los ignorantes. No le gusta llorar. Pero le gusta. Son cosas que no entiende. Hay algo que tiene claro: le gusta gritar. Mucho. Grita cuando duerme. Cuando no se da cuenta. Grita cuando se despierta. Grita para recordarle a su padre que ha sido violado y grita para decirle que quiere irse a vivir con su mamá (y hay personas que se compadecen

En el fin, nada cuenta. Es la premisa de Hybrid Theory. Si la tecnología y el caos habían sido el centro de los noventa, lo siguiente fue solo un recuento de sus causas. El disco debut de Linkin Park, con sus récords de ventas, olvidaba algunas cosas: que cada integrante del nuevo hit había tenido una historia musical previa. Algunos habían tocado juntos en la secundaria. Otros habían entrado como resultado de

p.

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por perder seres queridos o estar encerrados: el infierno está más allá de nosotros, está en nosotros. ¿Existe el testigo, sobreviviente, de nosotros?), porque no entiende el mundo. Son cosas tristes, lo sabemos. Hay chicos que se reúnen y fuman y beben para entender. Pasan días. Meses. Años. ¿Qué era eso que debíamos entender? Entender es un reto... La altura no importa. Salta:

h. En el fin ya nada importa. Es la premisa de Hybrid Theory. Nadie había reparado en esas grabaciones de Bennington —en casete— con una banda perdida en el fondo de Youtube. Luego vino Linkin Park o al menos eso dice la leyenda. ¿Qué diablos significa Linkin Park? Dah. Obvio. Pequeño parque Lincoln. ¿Y los Stone Temple Pilots? ¿Y Dead by Sunrise? El que tenga oídos que consulte con Youtube.

y.

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Asumir el arte como parte interna es demasiado caro. Son cientos de litros, son millares de kilómetros en espiral. Gritar es bueno. Le hace bien. Al menos la pesadumbre de las letras de las canciones no se siente o no se deja sentir en esos años. Para promocionar el disco-debut de la banda se lanzó un DVD: Frat party at the pancake festival, en donde un grupo de jóvenes todavía incrédulos van de ciudad en ciudad preguntando a la gente si conoce el nombre de su banda. El Chester que habla en las entrevistas del Frat party es un ser humano gracioso e irónico. No es el propósito definir a la banda por la suma de sus cualida-

des. No es un compendio de biografías. De todas formas es en una de las tantas entrevistas que dio en donde se registra lo que pensaba en la grabación de Crawling, cuando no habla en segunda persona como en la mayoría de canciones. Es el yo el que se arrastra. Es el recuerdo propio el que escribe. En el fin ya nada importa, es la precisa esencial del Hybrid. Pero el fin no es el fin. Es un comienzo. No acaba nada. Empieza un nuevo juego.

s. Playlist: Hybrid theory. Papercut / Crawling / Runaway / Cure for the itch / Pushing me away

f. En Frat party se recogen discretamente dos canciones del EP anterior: a saber, My December y High voltage. El rol principal en la voz es rotativo (una vez más ataca el fenómeno The Beatles: la fama individual, la supra-valoración personal, se convierte en obsesión: si pude con ellos, podré solo...), a veces es Shinoda el que lleva la voz cantante. El EP se grabó con canciones de prueba. Playlist: Hybryd theory EP. Carousel / Step up / My December / And One / Part of me En los minutos finales del Frat party, Mike Shinoda revela el proyecto de la banda. Es un beat apenas. La base de lo que se transformará en Meteora.

z. Sobre el deslumbramiento inicial, la serie de conciertos con los que se dio a conocer el álbumdebut y la campaña de productos disponibles con el sello de la banda, el remake era inevitable. La banda había sido concebida como un proyecto mercantil. Atrás quedaban


los prototipos del rock clásico, del blues, del jazz. La música también es un producto y se trató como tal. La demanda de los productos musicales de Linkin Park era alta: los proyectos para el nuevo disco estaban en pañales pero una gran parte de los artistas de la cultura urbana estaban más que dispuestos a ser, en alguna medida, partícipes del creciente éxito de la banda. Reanimation nació como el empeño de incluir a músicos (mayormente raperos sin ninguna formación musical) empíricos. Las canciones son las mismas pero las versiones son bastante diferentes. El álbum cuenta con remakes de Hybryd y sí toma en cuenta a My December y High Voltage. La intervención digital es evidente desde el inicio del CD: una presentación instrumental da la bienvenida y da paso a las nuevas versiones. El remake del Hybrid había tardado dos años, los dibujos internos del work-art en el disco volvían a ser de Mike Shinoda y Joe Hahn. Ahora eran los robots los que sobresalían como concepto en el diseño. Hybrid theory (como resultado del proceso de fusión de diferentes géneros musicales, una teoría híbrida de la música) se caracterizaba por mostrar la lucha entre el arte y la depresión, la ira y la melancolía; en su portada se puede ver un decadente street-soldier (el término lo acuñó Shinoda en uno de los primeros conciertos de la banda: se debía aprovechar todo recurso viable para promocionar, es decir, para vender. Al poco tiempo de lanzado el Hybrid theory se inauguró un club de fans con todas aquellas personas que se reunían bajo la música de Linkin Park. Estos eran, pues, los street-soldiers: rockeros iracundos, rockeros tristes), portando un estandarte en pedazos. Reanimation cambia y adiciona letras en las canciones, el motivo emocional del disco no es solo la melancólica ira. El trabajo del DJ

es menos discreto y todo beat puede ser usado como pista: nada puede ser perfecto, los patterns de Hybrid theory habían quedado rezagados a pistas para la improvisación de raperos —lo que sucede en Enth E Nd, versión actualizada de In the end o en tantas otras— pero también cuenta con ciertas mejoras.

u. Playlist: Reanimation. P5hng Me A-wy / Plc. 4 Mie Haed / Wth-You / Rnw@y / Krwlng Ahora en la portada hay un robot. Tiene un estandarte (¿es el mismo que, hecho jirones, acompañaba la portada del Hybryd?). Las mejoras no consisten en la adición de texto ni en los remix hechos en su mayoría por Hahn y Shinoda. Explotado el producto musical se podía aún exprimir el material hecho, mientras el fresco, el pan nuevo, estaba por salir.

i. Chester Bennington es un individuo con mala suerte (hoy lo cree firmemente). Ha ganado todo lo que se puede ganar en la música. Sin dificultad (hacer música no es difícil: se piensa en lo arduo cuando el ‘trabajo’ toma esa consistencia. ¿Qué sucede cuando el ‘trabajo’ es el mismo lugar de la ‘satisfacción’?). Chester juega con el piano. Con la guitarra. Con el mezclador del Mac. De allí salen las canciones. La música es un juego fácil. Siempre gana. La vida es un juego complicado. Siempre pierde (así lo siente firmemente). La grabación del disco siguiente tendrá problemas. El beat que escuchamos en Frat party es la base de Somewhere I belong. Desde luego, ahora ya tiene un riff de guitarra. Ya tiene una introducción y un acompañamiento de los platos del DJ.

Chester Bennington es un niño con mala suerte (aún cree en la mala suerte). Ha sido violado algunas veces y cree que el mundo es para los ignorantes. No le gusta llorar. Pero le gusta. Son cosas que no entiende. Hay algo que tiene claro: le gusta gritar. Mucho. Grita cuando duerme. Cuando no se da cuenta. Grita cuando se despierta.

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La banda había sido concebida como un proyecto mercantil. Atrás quedaban los prototipos del rock clásico, del blues, del jazz. La música también es un producto y se trató como tal. La demanda de los productos musicales de Linkin Park era alta: los proyectos para el nuevo disco estaban en pañales pero una gran parte de los artistas de la cultura urbana estaban más que dispuestos a ser, en alguna medida, partícipes del creciente éxito de la banda. 60

Ahora hay coro. Algunas canciones fueron presentadas como sencillos: Playlist: Meteora. Don’t stay / Somewhere I Belong/ Hit the floor / Easier to run / Faint / Breaking the habit / Nobody’s listening / Numb.

i. x.

Un apartado aparte para Numb. Meteora también es un concepto gráfico. Al menos eso es lo que pugnaba. El CD contenía material multimedia disponible cuando se lo reproducía en un ordenador de escritorio. Se creó un gran mural con técnicas de grafiti mientras todo el proceso era grabado por cámaras. Las ventas astronómicas revelaban que la inversión era productiva: aquellos chicos subidos en un autobús con computadoras y pianos y guitarras debían ser registrados minuciosamente, cada paso que dieran podía ser vendido. Cada ataque artístico era un boleto seguro

para el éxito. Pero Chester no lo ve de esa forma. Ahora con la fama es más fácil conseguir mujeres y drogas (Talinda, su última esposa, fue modelo de PlayBoy). Aún nadie parece darse cuenta que la conducta de Chester es evidentemente la de un depresivo: cuentan los momentos cuando los que le acompañan se ríen y celebran sus bromas —es un payaso que se dedica a entretener a la banda, fuera de gritar y gritar—; nadie lo entiende. No olvidar: en el fin nada importa, y sigue. Canta con gafas. Graba versiones y versiones de canciones. Colabora con músicos. Pero para Meteora todo eso iba a pasar factura. La grabación de Numb se suspende porque, desde Italia, Chester debe regresar a EE.UU. para operarse. El video no puede detenerse porque, piensan, Chester no es toda la banda. Numb es terminada con filmaciones de Chester con fondo verde pero en América. Aún en la grabación del video,


Se filman los estudios. Se produce el concierto y se lo vende, desde luego, en un pack de dos CD. La grabación de estudio y el DVD con el documental. El material extra incluye una intro (que seguramente hizo Linkin Park hasta que Jay-Z llegara al Roxy Theather) con It’s going down. ¿Una novedad? Para nada. La canción también llevaba años en la banda pero no había sido incluida en ningún trabajo. Es Chester quien toca la guitarra.

r.

Chester Bennington

Numb se muestra reticente. Es dura para trabajar. No se deja manipular. Pero Chester la hace brillar. Cuando se escribió Numb, Meteora está finalizado. Para cerrar el disco y completar tiempos en la grabación se añade este ejercicio. La canción se graba en pocas horas y no tiene ningún parecido con el proceso creativo que presentan las demás canciones: Somewhere I belong se ha perfeccionado con el tiempo (el video también tiene un concepto abstracto y hace un cameo con los robots de Reanimation), mientras otras canciones del CD se lanzarían como sencillos. Meteora es el trabajo discográfico que mayor cantidad de videos tiene: ahora la banda ya es una marca. Se reconoce en todo el mundo.

ñ. Breaking the habit presenta un video insólito: reproduce un anime de la banda, mientras la historia de-

trás muestra una traición de pareja. La mujer entra a casa. La llave gira. Está él: desnudo, sentado sobre la cama. Pero no está solo. Junto a él, sobre la cama, cubierta por una sábana hay una mujer. Duerme. También está desnuda. Para la animación se realizó un concurso on-line. Y se colaboró con la película Animatrix.

5. Punto aparte. Chester es un ser humano recuperado. No lo siente, pero eso dicen. Este primer ciclo de la banda se cierra con Collission course. No se podría decir que este CD es el remake de Meteora, pues en él también se toman patterns del Hybrid. Y como ya es costumbre con la banda, todo paso que se dé es vendible, es comerciable. Interviene Jay-Z. Se graba desde que el rapero toca el suelo cuando baja de su lujosísimo avión privado. En el aeropuerto le espera una limusina.

En realidad son dos recuerdos: en la tienda con el Collission Course entre las manos. Y luego el día en que la noticia del suicidio de Chester ocupaba las primeras planas de la prensa. De todo el mundo, claro. Se colgó. No es esta una recopilación biográfica ni historiográfica pues para serlo faltarían muchos datos (me agrada uno que no puedo dejar pasar: un viejo concierto —otro— de Chester con otros músicos en escena. Slash, el guitarrista símbolo de Guns n’ roses, hace un cover de Highway to hell de AC/DC. Chester canta. Y, en la misma presentación, Welcome to the jungle). El concierto posterior a la muerte del cantante incluyó todas las canciones posibles con la participación de varios artistas. Shinoda estaba haciendo un casting para reemplazar a Chester, en vivo, con entradas pagadas y con público, en el mismo funeral del vocalista muerto. Tal vez intentaba probar que una voz como la de Chester era cosa de todos los días. Al fin nadie pudo integrarse a las filas incompletas de la banda. Numb se entonó con el micrófono vacío. Una despedida: ahora en el micrófono solo estaban unas flores que, en estos casos, representan lo que representan.

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XVIII Perdóname esta muerte que he tenido, no la quería. La combatí con rabia y con todas las armas que me diste, también con las que yo inventé de Amarte, mas no pude con ella y al final, ya lo ves… que me ha ganado.

XVII Es noche y amenazan los perros del misterio y congoja. Voy armado y busco gente que merezca una muerte tranquila en la paz de una copa de vino, y solo encuentro los que se van sin sueños, sin pasiones, sin huellas en los pasos, sin mundo y que merecen limitarse con ellos, ponerles en la boca el tinte de la prisa, desdibujar su imagen, quitarles de los ojos el color impasible, borrarlos de la tierra y al final un bosque con olvido, carne sin carne, el tiempo y nada.

XXXIII Llega la noche y algo en el poeta se enciende y es delirio, sinfonía de luces y de sombras despiertan en el alma las ganas de matar, hallar el huésped perfecto de mi filo. Decía, tuve ganas, sin más, de dar con alguien que llegue tarde a casa por caminos desiertos, algún triste que vaya a caminar por aliviarse o vaya al cine solo o llore solo o busque a quien cortarle la garganta. Qué ironía. Dos que saquen los cuchillos a la vez, dos con ojos incrédulos y espanto, dos con el mismo oficio y con las mismas ganas. Inspirado en el cuento ‘Peligrosa afinidad’ de Carlos García (Hamburgo). (De Cadáver para un libro, Lastura Ediciones, Colección Alcalima No. 66, Ocaña, Castilla La Mancha, 2016).

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Perdona a mi cadáver estar frío, a mis brazos cayéndose en derrota; por haber sido luz y no alumbrarte, perdona que parezca tan cansado, sordo a tus ruegos, mudo. No he partido del todo, voy colgado entre un árbol y un río, y no germino ni acabo por hundirme; sigo la luz y me lleva al camino de tu cuerpo, no dejas que me vaya porque en el fondo sabes, la muerte sólo me quitó la ropa. Perdona tanta piel que te he llorado, perdona por las marcas en tu pecho, por no saber quererte de otro modo, por no tener más forma de decirte no estoy ausente, no, no me llenes de tierra la garganta, acuéstate conmigo hasta que veas mi carne deshaciéndose en tus dedos, la tuya diluyéndose en la mía.


lírica sin esperanza vuelvo y levanto la piedra sobre el hombro. Sé que estás, que me inundas, que recuerdas el tiempo aquel cuando era un hombre, y en brazos te subía a ti, no a la locura de ver que nunca más, nunca tu cuerpo de algodón templado en la espesura amable de mis besos. Infinitud de lágrimas deambulan la tierra desde el alma, sin mar que se las lleve sin corriente de sal, sin un volcán siquiera que todo lo devore y corra con su carga rabiosa de dolor. Sin nada. (De Voces, Ediciones Vitruvio, Colección Baños del Carmen No. 418, Madrid, 2014).

XXVII Me lo he llevado todo, la calle de tu risa, la fruta de tus besos, la lluvia de tus manos rodando por mi espalda igual que un perro triste, buscándote en la calle. Va delante de mí la niebla de tus ojos llamando por tu nombre a lo que siento ahora,

cuando esta garra transparencia que soy no me deja otra senda que ser tuyo, de ti, salpicadura de tu sangre en la distancia. Locura, es la carga que yo como Sísifo voy, levanto y subo sobre la espalda y rueda y nuevamente,

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A tu salud

Mirándose a los ojos

A tragos cortos, de ti, llenarme toda, tomar la bocanada, aliento, el último, de un pájaro.

Nunca tuvo palabra a la que asirse. Se ahogó sin más. Yo le arrojé a mi sangre espesa de poeta.

A tragos infinitos la desesperación, el desencuentro del alma con la carne. A la fragilidad del labio y la saliva, fastuoso brindis al pie de la borrasca. Al vaso largo del que bebí a tu cuenta. A la furia insufrible de la vida en el ansia astillada de la carne oliendo a atroces deseos de beber y de verterse como el vino más blanco. A tragos llenos. A ese querer morirse a bocanadas y al último estertor resucitarse a gritos, a desnudos… entregarse a morir a tragos cortos.

Acaso yo temblaba, acaso desde el fondo de sus labios emergía su lengua buscando socorro de la mía, en lugar de salvarla la anudé a mis ganas, me fui hacia él, y lo arrastré hasta el pozo de mi boca mirándolo a los ojos. Si hay que matar, se mata, si hay que morir, se muere, pero siempre mirándose a los ojos.

Galopante Tú galopas. tú galopas la tromba de mi sangre, infinito en la vertiente difamada de mi casa, en la atmósfera doliente de una piedra, en el olor a angustia de una copa ahogada en su silencio; galopas cuesta arriba la basílica triste de mi carne. Galopas como un príncipe en un resuello pertinaz de angustia. Paloma desasida de la muerte, catarata forzada a suicidarse, incendio galopante, tóxico, que triunfa en la hondonada de mi ombligo. Galopas las libélulas azules de mis anocheceres, y saltas a mi cuello como un muerto con hambre de la vida que me queda.

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Delitos Así, salvajemente, con sal en grano sobre herida abierta, lacrimosa, telúrica quiero vivir. Y virulenta, quiero. Un poco ruin. Robar las noches y los días. Tomar un hombre y devolver un fardo, pero al fin, devolver lo que no es mío, solamente para tomar de nuevo con más ganas.

Vamos a rezar y vamos, penitentes a sacarnos, meternos en la piel los mil demonios, y puestos de rodillas entre rezos impúdicos, infames, oficiemos la misa de adorarnos.

Tras las tempestades Y ahora nada, me caiga yo sobre tu cuerpo, me doblegue. Ya amansada en ti me duerma como un pájaro. En ti me quede, te aquiete mi sudor, el tuyo, un mar tranquilo en que en muera.

Promiscua Vamos a arrodillarnos, amor, y vamos a rezar abrazados, clavándonos las uñas, a todo el mal, recemos, a todos los demonios, las brujas, prostitutas, los infames, a sus queridas, al anticristo, a los ángeles, a los perros, a las perras, a la insaciable sed de los promiscuos. Vamos a rezar de rodillas, amor, en sábanas marcadas de seminales misas de ritos clandestinos donde la carne es el solo instrumento de obrar milagros.

En tu cuerpo vestido de cansancio, después del cataclismo yo me quede dormida. En ti como una enferma dolida y silenciosa, arriba de ti y desanimada, encima de tus músculos exánimes. En ti como un puñado de tierra sobre un muerto. (De Tempestades Lastura Ediciones, Ocaña, Castilla La Mancha, Colección Alcalima No. 113, 2018).

Davina Pazos Es autora de los poemarios: Hasta la muerte…¡carajo! (2006); Lo que más me duele es tu nombre, Premio de Poesía Ernestina de Champourcín 2007, Diputación Foral de Álava; Voces (2014); Cadáver para un libro (2016); y, Tempestades (mayo 2018). 65


Jorge Basilago

«Y 66

o no sé si dios existe. Pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda». Incluso en la saludable ausencia de certezas, en algunas notables virtudes y en ciertos acusados defectos, Mario Benedetti fue un fulano —por usar un término caro

a su literatura— muy de su tiempo. De aquella generación que puso el acento en el hombre, porque entendió que lo sagrado pierde sentido si no comparte vecindario con lo humano. Y que el arte sirve de poco si ignora el compromiso con sus prójimos o con la porción de his-


aniversario honestidad; el sueño latinoamericanista siempre tan distante y aparentemente tan a la mano; las dictaduras y los exilios; las menganas y los fulanos anónimos; un amor que es al mismo tiempo conciencia social; y también el Uruguay, esquina Montevideo: «Si pudiera elegir mi paisaje / de cosas memorables, mi paisaje / de otoño desolado, / elegiría, robaría esta calle / que es anterior a mí y a todos».

Verde y con tranvías

toria que recorre junto a ellos: «(…) el hecho de que reconozcamos que una obra es genial, no exime de ningún modo a su autor de su responsabilidad como miembro de una comunidad, como integrante de una época». A través de los años, Benedetti construyó una literatura que responde sin dobleces a aquella afirmación suya: voluminosa, cercana y comprensible, tan despareja como sincera, en sus mejores pasajes representa la aguda visión del mundo y el recuento de la peripecia vital tanto de su autor como de muchos de sus contemporáneos. Desfilan por sus páginas el exigente desafío de mantener la coherencia y la

Así era aquella Montevideo ‘anterior’: una ciudad casi pueblo llena de árboles, parques y con una extendida clase media ilustrada, que engordaba el pintoresco mito de ser la ‘Suiza de América’ a grises bocados de empleo público. O, cuando menos, así la recordaba Mario Benedetti, que supo despojarse de la imagen romántica para describir al conformista y aburguesado Uruguay de entonces como «la primera oficina elevada al rango de república». Mientras en su capital, los habitantes observaban con ojos deslumbrados el paso del Graf Zeppelin o el hundimiento del Graf Spee frente a sus costas, pero hacían la ‘vista gorda’ ante las hipocresías y la mediocridad que regían su vida cotidiana. Proveniente de las capas medias de la sociedad montevideana —su padre y él mismo fueron, en distintos momentos de sus vidas, empleados públicos—, el futuro escritor convivió desde muy pequeño con los dos rostros de esa realidad viciada: la maravilla y las miserias. En el Colegio Alemán, donde cursó toda la educación primaria, el aprendizaje de idiomas y el estudio metódico y riguroso tuvieron su contraparte en los castigos físicos de los profesores y en la discrimi-

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nación de muchos compañeros por no tener ascendencia alemana. Sin contar con otro elemento llegado desde lejos: «Mi padre admiraba los avances científicos de los alemanes, por eso me inscribió allí; pero cuando empezaron a obligarnos a hacer el saludo nazi, me cambiaron de escuela. Su admiración no llegaba al nazismo», recordaría en su madurez. Otro de sus tempranos desengaños fue el descubrimiento del negocio de la espiritualidad. Tanto en la religión católica —«vi tantas injusticias y tanta porquería / que dios ya no era dios sino una circunstancia», escribiría luego— como en otras variantes más o menos alternativas, la trastienda resultó siempre la antítesis de aquello que ofrecía la fachada. Pero una breve temporada en Buenos Aires, donde trabajó como asistente del fundador de la Escuela Logosófica, le permitió encontrarse con la obra del argentino Baldomero Fernández Moreno: «Eso fue revelador para mí, porque era alta poesía pero también resultaba clara, comprensible, y decidí seguir ese camino», solía evocar.

Poeta menor

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Tras dejar inconclusos los estudios secundarios, Benedetti se lanzó a la caza del sueño literario en forma autodidacta. En principio, a medio tiempo entre algunos trabajos de oficina y las colaboraciones periodísticas: recién en 1960 pudo dedicarse de lleno a la labor creativa. Pero mientras tanto —heredero del tesón y la autoexigencia de su familia paterna, así como del humor y la informalidad de la rama materna— fundó las revistas culturales Marginalia y Número; escribió para el prestigioso semanario Marcha, del cual llegaría a ser editor cultural; y además publicó siete libros, pagando la edición él mismo. Al leer su primer poemario La víspera indeleble (1945), su compa-

triota y colega Juan Cunha le dio una breve pero esperanzadora observación: «Es un mal libro de un buen poeta». Juan Carlos Onetti, tal vez el más notable de los escritores ‘mayores’ uruguayos, tras analizar algo de su narrativa y su poesía, le auguró un mejor destino como ensayista. Y Emir Rodríguez Monegal, crítico y amigo suyo —responsable del concepto ‘Generación del 45’, que integraron Onetti, Benedetti e Idea Vilariño, entre otros—, fue lapidario sobre el original de una de sus novelas más difundidas, Gracias por el fuego: «Quemala», le dijo como único juicio, muy a tono con el título de la obra. Parte de la crítica y de la academia siempre lo señalaría como un poeta menor, concepto con el que juega en uno de sus poemas y que no parecía incomodarle demasiado. El público, en cambio, le guardó desde el comienzo un afecto especial: «(…) mientras los críticos vapulearon casi unánimemente un tratado de sociología que nunca pretendí escribir, los lectores, en cambio, demostraron interesarse por un libro que es, sobre todo, testimonio y preocupación personales», anotaba el escritor en el prólogo a su lúcido ensayo El país de la cola de paja (1960). En esas páginas, Benedetti cuestiona con dureza la ‘crisis moral’ que atraviesa su país, por acción u omisión de su propia gente: «(…) la cobardía tiene algunos de los ingredientes del miedo; pero, en tanto que este no pasa de ser un estado de ánimo, aquella en cambio es una actitud. (…) a su miedo natural y congénito, el cobarde suma la grave decisión de no afrontar algo, de no dar la cara. La cobardía, por el mero hecho de esa decisión, transforma al miedo en una culpa», señala. Con bastante recurrencia aunque sin unanimidad, El país de la cola de paja aparece unido con otros tres títulos, como lo más destacado


y valioso de su producción. Incluso sus numerosos críticos despiadados valoran la novela La tregua (1960, que le dio proyección internacional), la colección de cuentos Montevideanos (1959) y, muy especialmente, esa suerte de suite del tedio y la burocracia que son los Poemas de la oficina (1956). «Este fue el primero de mis libros que de verdad tuvo lectores y una editorial que lo respalde», dijo el autor sobre aquel trabajo, que agotó su primera edición en apenas dos semanas.

Letras de emergencia Siempre atento al compromiso político y ético del artista, con el paso de los años Benedetti fue subrayando cada vez más ese costado en su quehacer público y artístico; sobre todo a partir de la Revolución Cubana, en 1959, que dividió aguas y sueños en todo el continente. De hecho, él fue uno de sus más fervientes defensores, vivió parte de su exilio en la isla y trabajó varios años en Casa de las Américas, donde creó el Centro de Investigaciones Literarias (CIL). Ya en los años setenta, llegó a ser dirigente del Movimiento de Independientes 26 de Marzo, que agrupó a muchos intelectuales en apoyo al naciente Frente Amplio (partido de izquierdas que hoy gobierna Uruguay). Responsable al extremo, por el tiempo dedicado a esas funciones dejó momentáneamente de lado la escritura y hasta tropezó con el incierto terreno de la ‘poesía urgente’: «No escribo para el lector que vendrá, sino para el que está aquí, poco menos que leyendo el texto por sobre mi hombro», admitió en una entrevista que le hicieron por aquellos días. Pero aun ese evidente retroceso literario, como le había sucedido

Siempre atento al compromiso político y ético del artista, con el paso de los años Benedetti fue subrayando cada vez más ese costado en su quehacer público y artístico; sobre todo a partir de la Revolución Cubana, en 1959, que dividió aguas y sueños en todo el continente. De hecho, él fue uno de sus más fervientes defensores, vivió parte de su exilio en la isla y trabajó varios años en Casa de las Américas, donde creó el Centro de Investigaciones Literarias (CIL). en otras ocasiones, tuvo un costado positivo. «Cuando cantaba en actos del Frente Amplio, siempre se acercaba al escenario gente que leía distintos avisos; y a veces llegaba Mario y me pasaba un papel: eran versos que acababa de escribir y que yo musicalizaba en ese mismo momento, pero que después se perdían», recordó el cantor y guitarrista uruguayo Héctor Numa Moraes, quien firma la música de la primera canción registrada y grabada sobre versos de Benedetti, Cielo del 69, luego popularizada por Los Olimareños. Hoy son más de 150 los textos del escritor uruguayo musicalizados por artistas de diversos estilos, orígenes y generaciones. Y el número sigue creciendo: desde los clásicos que compuso junto a los argentinos Alberto Favero y Nacha Guevara —Te quiero, Por qué cantamos, Todavía, Vuelvo y muchos otros—, hasta la dupla con Joan Manuel Serrat, pasando por Tania Libertad, Daniel Viglietti, bandas

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Con y sin nostalgia Al leer su primer poemario La víspera indeleble (1945), su compatriota y colega Juan Cunha le dio una breve pero esperanzadora observación: «Es un mal libro de un buen poeta». Juan Carlos Onetti, tal vez el más notable de los escritores ‘mayores’ uruguayos, tras analizar algo de su narrativa y su poesía, le auguró un mejor destino como ensayista.

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de rock, coros y un larguísimo etcétera. Lejos de la canción urgente de los inicios, en sus letras posteriores se dan cita varios de los temas fundamentales para el ser humano: el amor, el compromiso, la vida y la muerte; «te quiero porque tus manos trabajan por la justicia», enfatiza una de las más conocidas. Y no hace falta ahondar en explicaciones del porqué de su vigencia. Ese prolongado coqueteo con el mundo ‘profano’ de la canción reavivó algunos cuestionamientos sobre su calidad poética ‘seria’, pero impulsó aun más la internacionalización de su obra, potenció su comunicación con un público masivo y preservó su aura de familiaridad entre los más jóvenes: «Da la sensación de que cuando lo lees descubres enseguida cómo era Benedetti como persona: sencillo, afable…, como en las fotos, un viejito lindo», aventura el cantautor uruguayo Diego Kuropatwa, uno de sus más recientes musicalizadores.

Sin duda, entre su capacidad de comunicación con las masas y su compromiso político, los gobiernos dictatoriales que atravesaron los años setenta y ochenta en Uruguay y casi todo el Cono Sur, encontraron buenas excusas para invitarlo no tan amablemente a conocer el camino del exilio. Con y sin nostalgia, en breves etapas en Argentina, Perú y México, con una estadía algo más prolongada en Cuba y varios años en España, Benedetti apeló al humor para seguir adelante: «La dictadura uruguaya me hizo un favor», decía irónicamente sobre su destierro. Porque le permitió conocer otras gentes y realidades, mejorarse como persona y desde luego como hombre de letras. A pesar de lo indeseable de la situación, no solo continuó escribiendo al ritmo usual, sino que los de su exilio fueron años de cosecha: de amistades y de reconocimientos, como el premio de Amnistía Internacional a su novela Primavera con una esquina rota (1982), que refleja el dolor de los prisioneros políticos, la desintegración familiar y la diáspora uruguaya. «Me preocupa el singular como pedazo del plural, y por ello cada vez me ocupo menos de las historias de individuos enclaustrados en su soledad y, en cambio, me intereso más en los problemas de relación de ese individuo con otros seres humanos o con el contexto social», sostuvo por entonces. Cuando pudo regresar a su país, luego de doce años, acuñó un término que todavía hoy se utiliza: ‘desexilio’. Ese proceso de moderar la extrañeza causada por el retorno imposible de una persona diferente a un lugar que también ha cambiado: «(…) llega un momento (más aún si el exilio se prolonga) en que nos convertimos en un modesto empalme de culturas, de presen-


Sin duda, entre su capacidad de comunicación con las masas y su compromiso político, los gobiernos dictatoriales que atravesaron los años setenta y ochenta en Uruguay y casi todo el Cono Sur, encontraron buenas excusas para invitarlo no tan amablemente a conocer el camino del exilio. cias, de sueños», argumentaba. En su caso, la solución fue también un empalme: por las siguientes dos décadas, vivió la mitad del año en Montevideo y el resto en Madrid. En 1999, mientras sufría por el avance del neoliberalismo y sus políticas de hambre en buena parte de América Latina, recibió el mayor reconocimiento de cuantos le otorgaron en su vida: el Premio Reina Sofía de poesía, más valioso en lo personal porque el jurado lo integraban escritores que admiraba, como José Saramago, José Hierro y José Ángel Valente. «Los poemas de Benedetti no se quedan nunca dormidos, son una agitación de humor, música, ideas y sentimientos que abren sus ojos para ver cómo las locuras públicas afectan a la gente normal y las rutinas privadas se convierten en una consigna política. Son actos de lealtad a sílabas contadas», reflexionaba al respecto el vate granadino Luis García Montero. La llegada del nuevo siglo le empezó a oscurecer las perspectivas. Con la pérdida de amigos muy queridos, la muerte del amor de su vida —Luz, a quien dedicó todos y cada uno de sus poemarios— y la creciente fragilidad de su propia salud, intuyó que el fin se aproximaba: «La muerte está esperándome /

ella sabe en qué invierno / aunque yo no lo sepa», había anticipado en su libro Viento del exilio (1981). Pero no. Ese hombrecito menudo, melancólico y afable, el intelectual necesario en lo más oscuro de muchas noches latinoamericanas, murió un otoño de hace ya diez años. Dios, si es que existe, ya le habrá perdonado la duda.

Benedetti y el Ecuador En sus numerosos viajes alrededor del mundo, Mario Benedetti visitó varias veces el Ecuador. Admirador del realismo social de Jorge Icaza, también fue amigo cercano de Jorge Enrique Adoum, de quien valoraba el concepto de ‘lo real espantoso’ para definir a nuestro continente, en contraposición con ‘lo real maravilloso’ o el ‘realismo mágico’ asociados al boom latinoamericano de narrativa. En una de sus visitas a Quito, brindó una conferencia que la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión editó en forma de librillo: La realidad y la palabra (2001).

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El parque Allan Coronel

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ntró reptando bajo la malla que separaba el decrépito parque de diversiones del campo abierto; por allí, tiempo atrás, los perros que habían hecho el socavón penetraban para robarse las gallinas del cuidador. Cuando los dueños perdieron toda esperanza de rehabilitar el parque, despidieron al guardia y a su prole; a partir de entonces, la maleza fue invadiendo los restos de lata, metal y madera hasta llegar a su estado actual: una selva hambrienta e insaciable. Supo por su madre que la primera vez que estuvo en aquellos juegos fue al cumplir seis meses, camuflada en el maletín de sus propios pañales; según le dijo, reía y se contorsionaba con espasmos de placer en las caídas más abruptas

y en las curvas donde parecía que el carromato de madera se iba a salir de curso. Nunca lloró, nunca se asustó ni vomitó en la montaña rusa, como tampoco en la nave de torsión invertida, el martillo, el gravitrón, la catapulta o las demás atracciones. Por años, fue todos los fines de semana sin faltar ninguno hasta que, al cumplir los 18 y terminar el bachillerato, le tocó dejar su ciudad y el Parque de las Máquinas de la Muerte, para marcharse a estudiar afuera. No volvió al terminar, como estaba previsto. En Europa consolidó una carrera exitosa y crió, sola, a una notable muchacha que fue más grande en su profesión que ella misma, pero que terminó siendo una mujer solitaria, egoísta y pretenciosa. La dejó


relato Deambula buscando las enormes máquinas pero solo encuentra podredumbre, hasta que al final halla algo prometedor: hubiese preferido la montaña rusa o el pulpo, pero tampoco le viene mal que el único aparato que se alza completo sea la rueda moscovita. para volver a su hogar, cuando asumió que nunca fue suya y jamás lo sería. Ahora camina tratando de no tropezar con los tubos, el maderamen o las raíces de las enormes acacias del perímetro que acabaron creciendo sin control. Pasa rápidamente por los espacios donde se asentaban los puestos de comida, la lectura de manos, el castillo del terror, la casa de la risa o el tiro al blanco: los evade con algo de asco, siempre le parecieron asuntos tan sosos y vulgares. Cada paso que da le trae los rostros de sus mejores amigas, sus muchos novios, los primeros besos y su desflore tras la carpa de la mujer barbada. Supo elegir bien: un hombre diez años mayor, atento, sin prisas, experto en las artes amatorias, quien le trajo el primer y más poderoso orgasmo de su vida. Deambula buscando las enormes máquinas pero solo encuentra podredumbre, hasta que al final halla algo prometedor: hubiese preferido la montaña rusa o el pulpo, pero tampoco le viene mal que el único aparato que se alza completo sea la rueda moscovita. La ve realmente alta, pero menos ahora que en sus recuerdos. Nunca fue mujer de reposo o vida sedentaria, de tal modo que pese a sus años puede, aunque con esfuerzo, trepar hasta el carrito de la cúspide. La ciudad se ve enor-

me y luminosa, aunque le resulta distante y ajena; tan ajena como la gente del pasado que logró encontrar durante esa primera semana después de su regreso. Solo ahora se siente en su hogar, a pesar de que ya ni siquiera se logra ver la línea de la playa tras tanto nuevo condominio. Abre el termo personal y se sirve en la tapa-taza un buen trago de café caliente con coñac. Se abraza a sí misma y mira las estrellas; un par de horas después, un grupo de fugaces cae tras la silueta de las montañas del oeste. Se pone de pie, alarga el brazo como hacía de niña tratando de atraparlas; la madera podrida cruje, cede, y ella cae al carro inferior más cercano. Con todos los compartimientos pasa lo mismo y va, de tumbo en tumbo, golpeando su cabeza contra las vigas y las hojalatas. Cada golpe trae consigo miles de luces de colores, como las que alumbraban la rueda moscovita en sus tiempos de gloria; se diría incluso que el viento transporta las canciones del tiovivo, los anuncios de los juegos, los gritos de los mercachifles, los ecos antiguos del miedo y el jolgorio de los jóvenes sacudiéndose en las máquinas. El armatoste parece así cobrar vida mientras ella llega, finalmente muerta, al piso herrumbroso donde los clientes décadas atrás hacían cola para subir. Detrás de toda la sangre de su rostro, se dibuja la auténtica sonrisa de la felicidad.

Allan Clyde Coronel Salazar (Quito - 1963) Soñó con ser astronauta, actor, director de cine, publicista. Únicamente logró ser astronauta (en su columpio fijo), las demás cosas solo a medias. A los 18 años formó parte del histórico Taller de Literatura de la Casa de la Cultura Ecuatoriana que dirigiera Miguel Donoso Pareja. Ahí publicó, con veinte años, su único libro hasta el momento: Alza la vista que no te veo los ojos. Estudió en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), en Cuba, donde se especializó como guionista. Fue catedrático universitario por un poco más de dos décadas. Convocó en 2015 a un grupo de escritores a formar el Grupo y Taller Literario Los Incorregibles, que se reúne desde 2016. Considera que esta ha sido, quizás, su mejor idea en cinco décadas y un lustro. Trabaja en Sinamune desde hace 26 años y el contacto con los niños y jóvenes con discapacidades lo hace un hombre feliz.

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Inés M. Flores Rodrigo Villacís Molina

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a doctora Inés María Flores acaba de cumplir 84 años, al poco tiempo de haber sido condecorada por la Asamblea Nacional, por su contribución, especialmente como gestora, a la cultura de nuestro país; aporte que comprende una larga trayectoria en apoyo de la plástica ecuatoriana, como curadora y perito; pero, sobre todo, por su aliento incondicional a nuestros artistas, muchos de los cuales ven en ella a una ‘madrina’, como suelen decir. Le pregunto: —¿Tienes otros reconocimientos anteriores al de la asamblea? —Sí, he sido objeto de la generosidad de algunas instituciones;

pero las condecoraciones que me han dado los artistas son las que más me han satisfecho, en Quito y en Ibarra. En esta ciudad trabajaron para mí un lienzo grande, en homenaje, con la participación de numerosos pintores. —A propósito, tú naciste en Ibarra… —El 19 de mayo de 1935, por más señas. Y en esa ciudad hice mis estudios primarios, en la escuela de las madres Betlemitas. —¿La secundaria? —En La Providencia, de Guayaquil, y me gradué en la Escuela Municipal de Bellas Artes de esa misma ciudad. —¿Maestros?

—Especialmente su director, Alfredo Palacio; también César Andrade Faíni, Theo Constante y el doctor Ordeñana Trujillo. Pero te cuento que no era buena para el dibujo, y tenían que ayudarme mis compañeros. En cambio yo lo hacía en las otras materias, relacionadas con la historia y con la teoría. — Así se explica que no te hayas destacado como artista, sino como historiadora, perito, museógrafa y conferenciante. —Cada cual hace lo que puede; pero tengo por ahí un cuadrito como recuerdo de esos tiempos. Mas, disfrutaba de lo que hacían mis compañeros, como Juan Villafuerte, Félix Aráuz, Víctor Barros, Luis Peñaherrera, Bolívar Peñafiel, Miguel Yaulema, Oswaldo Cercado, María Palacios, Helena Cantos…. No les tenía envidia, solo admiración. Admiración que ellos me devolvían con la misma moneda, por mis conocimientos. Decían que me las sabía todas. Y es que era muy estudiosa. A quien sí envidiaba, lo confieso, era a Enrique Tábara, que ya era un profesional e iba a pintar en la Escuela, como otros egresados; porque Palacio había hecho un convenio con la Gorelik, una fundación alemana que ofrecía los materiales del oficio, a precios muy cómodos, a los ex alumnos que iban a trabajar en las instalaciones de la Escuela. —Entonces Tábara era uno de ellos. —Sí, ¡y me tenía deslumbrada! —Cuando yo entrevisté, hace años, a Tábara, me contó que entonces, cuando él iba a trabajar en la Escuela de Bellas Artes, veía en ese espacio a una chica que le observaba pintar como si él estuviera haciendo un acto de magia. —Esa era yo… Después —cuando él supo quién había sido esa silenciosa admiradora—, lo hemos recordado con nostalgia. Y lo mejor es que he tenido la oportunidad de curar


magnetófono algunas exposiciones suyas; inclusive una muy especial, con Oswaldo Viteri, el año 1988, en el Museo Rufino Tamayo, de México. —¿Y en cuanto a tus compañeros de Bellas Artes? —Como no había entonces aquí posibilidades de desarrollo, unos se fueron a España, a Bélgica y a otros países. Con sus experiencias en el extranjero, volvieron, y son artistas reconocidos. —¿Tú no saliste? —Debí irme a España, pero un problema de salud me lo impidió, y no pude ir más allá de Colombia, donde tengo ancestros por el lado materno. Fui a estudiar en la Universidad Nacional, y me gradué en Historia del Arte. —A propósito de ancestros, el genealogista Fernando Jurado afirma que desciendes de Humboldt… —Fernando es un investigador tan importante, que hay que creerle… —Dice que a su paso por Ibarra, cuando Humboldt estuvo en el Ecuador, fue brevemente seducido por una hermosa ibarreña. Y que de ahí vienes tú. —Los árboles genealógicos son tan frondosos… —Yo diría que tu genética lo confirma. Tu actitud ante la vida… —No sigamos por ese camino, porque hay situaciones equívocas en las que no vale la pena detenerse. Más bien volvamos a Colombia, donde viví diecisiete años muy interesantes: me gradué como Historiadora del Arte en la Universidad Nacional y me desempeñé como catedrática en el Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario y en la Universidad Gran Colombia. —Entiendo que también dirigiste el Museo de Colsubsidio, en cuyo auditorio dictabas conferencias, que todavía se recuerdan. —Así es, y en cuanto a las conferencias, la verdad es que lo he hecho con frecuencia; siempre sobre

Historia del Arte, en Colombia, aquí y en otros países. —¿Has estado en algunos? —Sí, en este continente, en Europa, en la Unión Soviética. A Moscú fui la primera vez, a un evento internacional, como Presidenta del ICOM en Colombia. —¿No has ido al lejano Oriente? —Cuando tenía todo preparado para viajar a China, se incendió en Guayaquil el Museo del Banco del Pacífico, que estaba bajo mi dirección. Ahí se quemaron, esa noche, todos mis papeles, y el dinero para el viaje. —¿No lograste salvar algo de lo tuyo? —De lo mío nada; pero sí una preciosa talla del Crucificado. —Entonces trabajaste en ese Museo cuando volviste al Ecuador. ¿Y otras funciones? —Consultora de la Unesco y del PNUD, Secretaria Adjunta de la Asociación Latinoamericana de Museos, Presidenta del ICOM, en el Ecuador y Colombia. —Regresaste al Ecuador en 1981, primero a Guayaquil y luego a Quito… —Después vine, en efecto, a Quito, como Directora del Museo de la Casa de la Cultura. Seguí con mis conferencias, con un inolvidable grupo de alumnas, y con mis curadurías y peritajes, hasta ahora. En este capítulo he trabajado, con empresas, para Diners, el Banco Pichincha, la Universidad Andina, la Fundación Pedro Moncayo, de Ibarra, y la Casa de la Cultura de Guayaquil. —Y, claro, apoyando de las más diversas maneras a los artistas plásticos. —Así es. Me apasiona el arte y admiro tanto a quienes lo practican, que para mí son seres dotados de una gracia especial. Su obra, cuando es auténtica, me seduce en absoluto. —Ahí entra la cuestión de la

autenticidad; con todo lo que eso implica en términos de originalidad y calidad, para decirlo en dos palabras, algo que es muy complejo porque incluye también el precio… —Y hay que considerar también el oficio, la creatividad, la trayectoria del autor… Es apasionante. Aunque a veces es penoso, cuando aparecen las falsificaciones. —Algunas muy bien hechas, ¿no? —Acabo de ver una ‘demasiado perfecta’, según los expertos colombianos, de una obra de un famoso artista de ese país. —¿Demasiado perfecta? —Sí, de modo que, paradójicamente, no podía ser del artista al que se le atribuye. —Bueno, hay el caso de una falsificación de un Picasso, tan buena que el mismo Picasso, sabiendo que no era suya, la firmó. —Entonces, ya te darás cuenta de los problemas que tiene este oficio. —Que te apasiona… Pero en el capítulo de las curadurías; esto es el de montar exposiciones, ¿cuáles son las que más recuerdas? —He hecho tantas, que me resulta difícil; pero citaré solo tres: la de Arte Sacro, en Guayaquil, cuando nos visitó el Papa Juan Pablo II, en 1985; la de Dolores Cacuango, con el patrocinio de la Unesco, el año 2009, en París; y, la de Caballos de colores, de Publipromueve, en Guayaquil. —¿Libros? —La ilusión del color, sobre la pintora Gloria Gangotena, Cien artistas ecuatorianos, de Diners, Artes plásticas de Imbabura, de la Universidad Andina. —No hemos hablado de tu familia. —Cuatro hijos, 13 nietos y 16 bisnietos. —¿Alguno con tu vocación? —Dicen que con la abuela basta…

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Tatiana Neira

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omentar una obra literaria, como la más reciente novela de César Hermida Bustos, no es tarea fácil, más cuando se conoce al autor y más aún, cuando es un amigo. Cuando el autor es alguien cercano, podemos caer en la trampa de creer que lo que cuenta es parte de su vida, por eso hay que hacer el esfuerzo de alejarnos y recordar insistentemente que la literatura es fundamentalmente ficción, aunque se escriba sobre lo que se conoce o sobre lo que inquieta al autor. El acercamiento a los libros es personal, la apreciación resulta subjetiva, una vez publicada la obra queda a merced de los lectores que deciden acercarse a ella, o de aquellos a los que el libro elige para que lo lean, porque aunque genera escepticismo, hay libros que nos escogen, se nos atraviesan en el camino, llegan a nuestra vida al cruzarse con nuestra mirada ávida de explorar nuevas historias, o a través de agentes que no saben que lo son y que nos los presentan. Amoríos llegó a mis manos, para ser leída cuando era aún un borrador, por la generosidad de César que me lo compartió y pidió mis comentarios, tenía otro título: Novela de novelistas, luego regresó premiada por la Campaña de Lectura

Eugenio Espejo, promotora del premio anual de Novela Breve ‘La Linares’, volví a leerla con avidez, con atención y con mucho respeto, pues creo que así debemos acercarnos siempre a los libros. Amoríos se lee fácil, porque está bien escrita, nos saca de la vorágine «sobrecargada de tragedias sociales, incomprensiones culturales, …feas luchas políticas, drogas, violencia, asesinatos…», temas que venden y que contribuyen a ensalzar los antivalores, a ver como normal lo común pernicioso y corrupto, para acercarnos —me refiero a Amoríos— «al disfrute de la vida (al que) se opta voluntariamente» (p.9). Se apela en la novela al recurso epistolar, que inicia la «amistad sin límites» —como prefiere llamarlo el narrador en primera o tercera persona— entre Franco y Alba, es un vehículo que les permite la ficción de acortar distancias, de pretender conocerse, de amarse con palabras, pero a la postre no basta. En Amoríos hay aventuras amorosas, como las llama Abdón Ubidia en los ensayos del mismo nombre, que no buscan compromiso, más bien se resisten a él. Terminan sin terminar, mueren por inanición, por desidia o por pereza, porque son en algunos casos superficiales. Aventuras amorosas interge-

neracionales, hombres mayores con mujeres más jóvenes, como la que se da entre Franco y Alba, un hombre adulto mayor y una mujer 25 años menor, que se relacionan por la literatura, se convierten en amantes, en una relación que no se da en igualdad de condiciones, pues él está casado, convirtiéndose ella, aunque no se lo diga, en la otra, en la relación que no prosperará y que durará hasta que él así lo decida; refleja las prácticas aceptadas y toleradas de las sociedades machistas como la nuestra. Coquetea también con Gloria, con quien se vislumbra una historia por escribir. Pero hay otros amoríos que contribuyen a dar título a la novela: Justo y Consuelo, Feliciano y Alegría, Modesto y Tania, Tranquilo y Sor Amanda. Más allá, de los amoríos o la amistad sin límites hay otros temas que se repasan en la novela: • La trascendencia, o la necesidad de ella, reflejada en el valor y poder de la escritura, como dice Modesto: «—Los escritores permanecen en el tiempo con sus obras…, los demás nos marchamos dejando de existir, desaparecemos, del todo, para siempre» (p. 10). • Alba, por su parte, dice que la escritura es «un acto de generosidad, de solidaridad, de crea-


premio tividad para y con los demás; lo escrito se entreteje con lo leído y da origen a nuevos mundos posibles» (p.25). Probablemente tiene razón, la escritura es generosa con los otros, pero quizá más con el escritor que tiene la posibilidad de expresarse más allá de sí mismo, a través de otros, de crear y recrear para que los lectores se adentren en las historias y descubran sí muchos mundos. • Se refiere también a la lectura como un espacio de libertad, y eso es, porque leemos generalmente en soledad, recorriendo las palabras y los párrafos a nuestro ritmo, impregnándola de nuestros colores, con nuestra voz, en silencio. • La necesidad de disfrutar la vida y sus placeres, tratando con eso de ahuyentar a la temible muerte, la soledad, el silencio y la oscuridad. Franco cree «que la vida es el resultado de diversos cruces del azar más que de voluntarias decisiones» (p.67), de pronto así se justifica, se cubre. • Hace una referencia al terremoto del 16 de abril de 2016, que asoló parte de las provincias de Manabí y Esmeraldas, impregnando el relato con un hecho natural, impredecible e incontrolable, que dejará marcas permanentes, cuyas secuelas aún se viven, resaltando la «esperanzadora resiliencia activa y colectiva» (p.20) que ha permitido a las víctimas recomponerse. • Guiños a la poesía, a autores referentes para los escritores que interactúan en Amoríos y que lo son también para otros y para los lectores, a la filosofía y los grandes filósofos, así como a la música y los intérpretes que acompañan las hermosas y a veces interminables horas dedicadas a la creación. • La valía de personas que son capaces, como Alegría, de «volver

Josué Durán, nieto del autor, Adriana Tamariz, directora municipal de Cultura, Tatiana Neira, comentarista de la novela, César Hermida, autor, e Iván Egüez, director de la Campaña Eugenio Espejo.

intrascendente el sufrimiento o la tristeza y mandar al diablo las preocupaciones» (p. 33), porque en la vida el dolor existe, pero la tristeza y el sufrimiento son una opción. • Cuenta historias del anecdotario de los estudiantes de medicina y de los médicos, otro guiño, esta vez a la formación profesional del autor. Historias dentro de la historia. • Habla de la nostalgia, el recuerdo y la presencia, a veces física y otras en lo escrito, en lo dicho. • Nos conduce en el relato por Turquía y las islas griegas, nos presenta Marmaris, Izhmir, Esmirna, Santorini, Mikonos, Atenas, Estambul. • Habla de Dios, los dioses, religión y religiones que parecen obsesionar a algunos de los personajes, Mefistófeles, o el maligno, que provoca la muerte, aunque en su nombre no se ha matado. Creo que como suele ocurrir, el relato sobrepasó las intenciones del autor, porque nos permite distintas lecturas. Por momentos se siente la introspección, la reflexión interna

del personaje o de los personajes, que se parecen a aquellas que podemos plantearnos los de carne y hueso, relativas al ser, a la autenticidad y la importancia de sentir, sin prejuicios, sin pecados, sin religión, sin miedo. Y de pronto el sobresalto al verse, al vernos en medio del conflicto entre el querer y el creer. Historias cercanas, las de amoríos, que se cuentan con sencillez, pero con riqueza estética, frases de prosa poética que dejan un buen sabor. Los temas que están en esta obra deberían ser más comunes, y no sólo en la literatura, el afecto, el amor, el placer, la vejez, la muerte, el miedo, la soledad y la vida que engloba lo demás, esa vida que merece ser contada, esa vida que da. Historias que se cuentan desde sus protagonistas y quedan pendiendo de la imaginación de los lectores. Una buena obra literaria es aquella que nos cuenta algo que nos lo creemos. Merecido el reconocimiento, albricias por el Premio ‘La Linares’, lean la novela, quizá se encuentren retratados en sus páginas.

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Laura Godoy Andrade

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a película ecuatoriana La mala noche, dirigida por Gabriela Calvache, recibió el premio del público, mientras, que El capulí y la Trivia espacial aleatoria merecieron varios premios en la Sexta Edición del Festival de Cine Latinoamericano de Quito, que se desarrolló del 15 al 23 de junio en las salas de cine Alfredo Pareja Diezcanseco de la CCE y en el OchoyMedio, organizado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana a través de su Cinemateca ‘Ulises Estrella’. El público, que llenó las salas todos los días del festival, pudo disfrutar de una selecta programación con títulos que han recorrido varios festivales y han recogido diversos premios. Desde que la CCE fundó la Cinemateca en 1987, trabaja a la luz de cumplir tres objetivos importantes: preservar el patrimonio audiovisual del país, difundir el cine nacional e internacional; y, la formación de públicos. Esto se demuestra en las actividades que realiza diariamente y, en este caso, sostener durante seis años este festival.

El Festival de Cine Latinoamericano se gestó —sin fines de lucro— con la fusión de sueños, voluntad de trabajo y buenas intenciones: crear un espacio de reflexión, una vitrina de exhibición del cine contemporáneo e independiente del Ecuador y de América Latina. Y especial, pensando siempre en los derechos del público para que puedan acceder al cine ecuatoriano y latinoamericano. La decisión de la Casa de la Cultura Ecuatoriana y el apoyo de las embajadas de Brasil, Cuba, Chile, México, Perú, España, Colombia, Argentina Uruguay y de la Asociación Humboldt, así como de DIRECTV, han sido vitales para la realización de este evento. En la programación para la selección oficial se contó con relatos tejidos desde una perspectiva femenina: La mala noche, de Gabriela Calvache (Ecuador); Azules turquesas, de Mónica Mancero (Ecuador); Las rutas en febrero, de Katherine Jerkovic (Uruguay); Tarde para morir joven, de Dominga Sotoma-

yor (Chile), De nuevo otra vez, de Romina Paula (Argentina); Fausto, de Andrea Bussmann (México); El despertar de las hormigas, de Antonella Sudasassi (Costa Rica); A sombra do Pai, de Gabriela Amaral (Brasil); Insumisas, de Laura Cazador, Fernando Pérez Valdés (Cuba –Suiza). Sin duda, es satisfactorio constatar que en los últimos años se ha presentado un crecimiento exponencial de obras dirigidas por mujeres. También contamos las películas: Temporada, de André Novais Oliveira (Brasil); Panamá, de Javier Izquierdo (Ecuador); El viaje macho, de Luis Basurto (Perú); Benzhino, de Gustavo Pizzi (Brasil). Y para la inauguración y clausura se proyectó Monos, de Alejandro Landes (Colombia); Breve historia de un planeta verde, de Santiago Loza (Argentina). Estas obras cinematográficas nos convocaron a reflexionar sobre la familia, la maternidad, la cotidianidad, los afectos, los retornos, las ausencias, las búsquedas, los duelos, las leyendas, las libertades, entre otros.


escaleta Es importante destacar el trabajo de jóvenes realizadores ecuatorianos de cortometrajes, sus propuestas e iniciativas son muy reveladoras. Sinceras felicitaciones a: Carlos Sosa (El Capulí), José Andrés Aguayo (La trivia espacial aleatoria), Cristina Arias (Ana), Michelle Londoño (Segura, no valiente), Vanessa Fernández (Luca), Antonella Proaño (La mancha), Felipe Camacho (Segundo), Andrés Flores (Astrosofía), Dean Jiménez (Rastros), Pablo Jerónimo (Blanca), Mayro Romero (La luna me sigue), Emilio Bermeo (Atucucho1988: Hecho a mano), Francisco Álvarez (Circulación en la corteza), Aldo Sisalema (Slamky). Se contó con la presencia de varios invitados: Alejandro Landes (director de Monos), Catalina Marín (montajista de Tarde para morir joven), Omar Zúñiga (productor de Tarde para morir joven), Romina Paula (directora de De nuevo otra vez), Luis Basurto (director de El viaje macho), André Novais (director de Temporada), Mónica Mancero (directora de Azules turquesas), Gabriela Calvache (directora de La mala noche), Javier Izquierdo (director de Panamá) y Rogelio Navarro (representante de BAFILM). El cine latinoamericano se hace cada vez más y mejor y este Festival es la muestra de ello. Desde la Casa de la Cultura Ecuatoriana y su Cinemateca Nacional creemos en el cine como una herramienta para la discusión de cómo nos estamos narrando, desde lo más íntimo y poético hasta lo más político.

PREMIOS COMPETENCIA LATINOAMERICANA: Mejor fotografía de largometraje: La película chilena Tarde para morir joven, de Dominga Sotomayor.

Alfonso Espinosa, comunicador Municipio de Quito; Alejandro Landes, director de la película colombiana Monos; Camilo Restrepo Guzmán, presidente Nacional CCE; Patricio Herrera Crespo, director de Publicaciones CCE; y, Laura Godoy, coordinadora Cinemateca Nacional CCE.

PREMIOS CORTOMETRAJE NACIONAL: Mejor actriz de cortometraje: Ayleen La Torre, quien actúa en Ana, de Cristina Arias. Mejor actor de cortometraje: Pablo Aguirre, quien actúa en La trivia espacial aleatoria, de José Andrés Aguayo. Mejor fotografía de cortometraje: La trivia espacial aleatoria, de José Andrés Aguayo.

Mención especial fotografía: El capulí, de Carlos Sosa. Mejor guión de cortometraje: El capulí, de Carlos Sosa. Mejor cortometraje: El capulí, de Carlos Sosa. PREMIO DEL PÚBLICO: La película ecuatoriana La mala noche, dirigida por Gabriela Calvache. 79


No me quiten la máscara, óleo sobre lienzo

Patricio Herrera Crespo

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Terencio se le atribuye la frase «hombre soy y nada de lo humano me es ajeno». «Esto es también lo que piensa y transmite este extraordinario artista, con la maravilla que nos entrega esta noche y que, con toda propiedad la ha denominado ‘En cuerpo y alma’. Sí, porque a más de deleitarnos con la belleza de las formas, con el manejo de las figuras y la composición, podemos sentir y vivir el alma de cada una de las mujeres y hombres, e incluso sus sentimientos, su amor y su ternura».

Las palabras de Camilo Restrepo Guzmán, al inaugurar la muestra de 27 cuadros en mediano y gran formato, parecen interpretar la intención del maestro Fabricio Valverde (Guayaquil 1966) que, con trazos fuertes, luces y sombras, va dando vida a sus desnudos, hombres y mujeres que parecen trasladar al espectador sus miedos, sus angustias, su amor. Según la doctora Inés Flores, el pintor tiene grandes recursos expresivos para comunicar con el espectador. Afirma que «el dibujo del cuerpo humano, que admite


paleta cualquier punto de vista, Valverde lo resume en términos de formas y volúmenes, de tal manera que constituye una prueba definitiva de su capacidad artística». Pero, ¿quién es este pintor que irrumpe en el ámbito artístico de Quito con tanta fuerza, que debuta en el medio a sus 53 años de edad? Es Fabricio Valverde Flores, que desde niño mostró afición por las artes, que se enfocó en los superhéroes y los cómics y dejaba volar su imaginación creando historias fantásticas. La juventud le encontró dedicado a la ilustración y las caricaturas, pero hay un hecho importante que podría dar sentido a sus pinturas: se encontró con la poesía y también con la declamación. Con esta simbiosis de arte y poesía se decidió darle a su voca-

ción un giro profesional, se diría que un poco tarde, a los 25 años. Sin embargo, en el colegio de Bellas Artes Juan José Plaza de Guayaquil, con maestros de pintura, escultura y cerámica va nutriéndose de nuevos conocimientos y técnicas que alimentan su arte. Paralelamente inicia su participación en muestras colectivas en diferentes galerías institucionales y particulares de su ciudad «presentando un arte catalogado como realismo social contemporáneo. Pero es en Quito cuando el maestro Oswaldo Moreno le impulsa ‘a soltar más su pincelada y crear una expresión consecuente con su fuego vital’». A los 25 años de su primera exposición llegó a la Casa de la Cultura Ecuatoriana con la

Clase magistral

Tantra, óleo sobre lienzo

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Las tres gracias, muchas gracias!, รณleo sobre lienzo


muestra de desnudos ‘En cuerpo y alma’, que, según Rodrigo Villacís Molina, «no son solo eso, porque el artista pretende, al margen de la natural belleza de la anatomía humana, expresar en las actitudes de esa figuras, los sentimientos de los seres que habitan cada soporte», e insiste en que «sus figuras no únicamente exhiben sus formas, sino que también dicen, expresan algo que se llama atracción, intimidad, deseo, amor”. Las ideas bullen en la cabeza, los sentidos se agudizan al mirar y admirar cada cuadro. Las Tres gracias, muchas gracias que nos recuerdan a Rubens, para pasar a la angustia de Sergio, o a los tres hombres que dicen Mis miedos; llegar al amor de El abrazo, El

beso o El descanso-hogar, para vivir la ternura en Le voy a poner tu nombre, la unidad de dos seres en Tantra en el Yin yang, el temor y la súplica para que No le quiten la máscara, el misterio del amor con un gato negro en Brujería-amor tóxico, la música del saxo y el mar en Sexofón, o la soledad del pensador con las manos en la cabeza y el humo del cigarrillo en Fabricante de ideas. Repaso con la mirada las pinturas y reafirmo mi criterio de que Fabricio Valverde dejó impregnado su arte en Quito.

«sus figuras no únicamente exhiben sus formas, sino que también dicen, expresan algo que se llama atracción, intimidad, deseo, amor”.

Yin yang, óleo sobre lienzo

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Edén y Eva Kitos infiernos 1 Autor: Huilo Ruales Hualca Género: Novela Editorial: CCE Año: 2019

«Edén y Eva participa de la poética urbana que ha construido Huilo Ruales en su narrativa anterior, pero ahora elige el infierno del otro Quito: el que anda al interior de las familias privilegiadas y poderosas, cuyas válvulas de escape interconectan los inframundos urbanos, las esferas de los pactos secretos y los arreglos ilícitos del poder. Su protagonista, Eva, encarna un modo de violencia que cruza genealogía familiar y espacio vivido, en el curso de una trama que articula cuerpo, afectos, poder, ciudad, herencia. En Edén y Eva, lo grotesco alberga lo monstruoso y la farsa, la risa entremezclada con el llanto, el odio atravesado por el miedo, la violencia naturalizada como sostén del paisaje familiar, el asco y la locura». AOC

Las clases sociales en el Ecuador: una aproximación Autor: Iván Fernández Espinosa Género: Ensayo Editorial: CCE Año: 2019

Biografía de Saint-Exupéry Autor: Hernán Rodríguez Castelo Género: Biografía (edición bilingüe) Editorial: CCE Año: 2019

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Se trata de ofrecer una visión de conjunto o global de la estructura de clases del país, analizar qué son las clases sociales, dónde se generan, por qué se organizan en gremios o en una multiplicidad de partidos políticos, lo cual impide la construcción de una hegemonía clara en la disputa por el poder del Estado.

«El escrito que hoy se publica fue redactado entre marzo y abril de 2005, el cual ponemos en consideración de la comunidad ecuatoriana y francesa, como un homenaje a Hernán Rodríguez Castelo, suscitador de la lectura de El Principito y del conocimiento de uno de los talentos más importantes de la literatura francesa: Antoine de SaintExupéry... El texto contiene la biografía del escritor que en tan solo 44 años de vida legó a la humanidad valores y principios esenciales que enaltecen la condición humana». ITP


Alfarero de repúblicas. Ideario de Simón Bolívar Autor: Antonio Rodríguez Vicéns Género: Historia Año: 2019

En este libro, Antonio Rodríguez Vicéns ha recogido, además de los testimonios de quienes conocieron personalmente a Simón Bolívar, textos medulares que reflejan su visión sobre sí mismo y que recoge sus opiniones sobre los innumerables temas públicos y privados acerca de los cuales meditó y escribió.

Capítulos de la Historia Nacional La presente publicación contiene discursos, ponencias y artículos del Dr. César Augusto Alarcón Costta, desarrollados entre los años 2011 y 2015, Autor: César Augusto Alarcón con temas relacionados con importantes momenCostta tos de la Historia Nacional, que vistos desde la Género: Historia perspectiva de la construcción de la Patria, permiEditorial: Fundación Ecuatoriana ten conocer la extraordinaria fuerza de voluntad y de Desarrollo lucha de los protagonistas en cada época. Año: 2015

Antes que se apague la luz. Presencia y vigencia de una generación poética en el Ecuador

Autor: Rodrigo Pesántez Rodas Género: Ensayo Año: 2011

Luna de vendimia Autora: Ruth Cobo Caicedo Género: Poesía Editorial: CCE Núcleo de Tungurahua

Cuadernos de la Casa Números 1, 2, 3 y 4 Autor: Varios autores Género: Revista de literatura, ensayo y arte Editorial: CCE Núcleo del Guayas Año: 2018

«Esta no es una antología, sino una suma de voces que allá por los años sesenta se dio dentro del panorama de la lírica nacional y se la conoce con el nombre de ‘Generación del 60’, membrete dado por uno de sus fundadores, el notable poeta Rubén Astudillo y Astudillo». RA

«El presente libro es una antología de utopías en alumbramiento telúrico-cósmico que delata alucinado por la visión de la naturaleza que devuelve vidas en miles de palabras, verbos despertados al verso. Es la poeta Ruth Cobo Caicedo que en el ejercicio de su vocación redime en su libro el fuego purificador de la poesía». SAG

No será una biografía precisamente, sino más bien una narrativa de pasajes de la vida cotidiana con sus reflexiones e impresiones, anécdotas y recuerdos que quedaron grabados en las pupilas con imágenes escaneadas en la memoria». JVV 85


Libro inédito de Hernán Rodríguez Castelo

Susana Cordero de Espinosa

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«En los pajonales, en los arenales al pie de las nieves eternas», en la noche andina repleta de estrellas, ya en las carpas y a la breve luz de una vela o una linterna, leían en voz alta episodios del bellísimo libro. En 2005, Hernán escribió una corta biografía de Saint-Exupéry, cuyo manuscrito conservó su exalumno Iván Torres (...)».

e han parecido tristes, penosamente insuficientes las traducciones al español de El Principito, una de las obras de ficción más bellas que sobre la condición humana se escribieron en el siglo XX. Saint Exupéry pide perdón a los niños por dedicársela a Léon Wert, una persona mayor. Tres razones explican su decisión: Wert es, en todo el mundo, su mejor amigo; puede comprenderlo todo, hasta los libros para niños, y vive entonces (1944) en Francia, con hambre y frío. Necesita, pues, ser consolado. Por si estas razones no bastaran para convencer a sus pequeños lectores, el autor dedica la obra ‘al niño que antes fue esa persona grande’: ‘todas las personas mayores fueron primeramente niños, pero pocas de entre ellas lo recuerdan’. He aquí la nueva dedicatoria: ‘A Léon Wert cuando era niño’… Quizá la armonía, la dulce belleza del francés difícilmente puedan verterse en nuestro idioma recio, rotundo. Aunque la fluidez de la gran poesía en español tenga la virtud de extraer de esa fuerza tantas posibilidades de sutileza y esplendor, verter los textos de altísimo lirismo de El Principito es trabajo distante. Metro Chatelet; almuerzo en el restaurante universitario. Luego, bajamos a los baños antes de ir a las clases de la tarde y, a la puerta

de uno de los servicios, nos atrae un apunte extenso, cuya lectura supone el riesgo de topar un despropósito soez. Quise evitar leerlo, pero se me impuso su escritura mesurada y paciente; repetía el texto del secreto que el zorro ‘regaló’ al Principito antes de que partiera de regreso a su planeta y a su rosa: «On ne voit bien qu’avec le coeur. L’essentiel est invisible aux yeux»: «Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos». Lo traslado en francés, porque así lo escribió su autor y así lo leí, y la versión española refleja su profunda belleza. Al comentar con mi mejor amiga ese ‘encuentro’, ella me dijo: «Esto solo pasa en París». También en Quito ocurren milagros: Hernán Rodríguez Castelo, intelectual y maestro querido por tantos discípulos con quienes, además, subía a las montañas, había descubierto esta obra singular. Un único ejemplar de El principito permitió a los alpinistas copiar el texto a máquina, doblarlo y guardarlo en su mochila. «En los pajonales, en los arenales al pie de las nieves eternas», en la noche andina repleta de estrellas, ya en las carpas y a la breve luz de una vela o una linterna, leían en voz alta episodios del bellísimo libro. En 2005, Hernán escribió una corta biografía de Saint-Exupéry, cuyo manuscrito conservó su exalumno Iván Torres. Traducida al francés por Serge Maller, director de la Alianza Francesa, e ilustrada por su joven hija, Julie Bouliol, la editó la Casa de la Cultura. Iván, en su presentación, compara con la del principito, la partida del maestro: «un relámpago traspasó su cerebro y Hernán inclinó en silencio la cabeza, luego de haber disfrutado por última vez del viento del Ilaló». (Tomado, con autorización de la autora, de: https://www.elcomercio.com/ opinion/columnista-opinion-elcomercioquito-elprincipito.html).


anaquel

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l Solitario Jorge fue la tortuga emblemática de las islas, y por ello la destaco en mi investigación», dijo Cruz Márquez, autor del libro Misceláneas: la tortuga gigante de Galápagos, editado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana y su Núcleo de Galápagos. El libro, que fue presentado en Quito y Galápagos con motivo del 60 aniversario de la Estación Científica Charles Darwin (ECChD) y la Dirección del Parque Nacional Galápagos, es producto de más de treinta años de trabajo del autor en estas instituciones. Según Cruz Márquez, las tortugas terrestres gigantes de las Islas Galápagos descienden del pariente más cercano: Chelonoidis chilensis,

que vivió en las regiones montañosas de Argentina, Chile y Bolivia. Inicialmente evolucionaron y vivieron en un escenario actualmente sumergido, conocido como las antiguas islas Galápagos, ubicado entre 150-200 millas al Este de las actuales. Al colapsar dicho escenario, migraron y se establecieron en las actuales. Desde San Cristóbal y Española, salieron a las demás islas en dos formas: las de montura, con cuello y extremidades largas, desarrolladas en islas pequeñas y áridas; las domo, con cuello y extremidades cortas, coevolucionada en islas grandes y húmedas. En las actuales islas Galápagos evolucionó a la forma y tamaño actual hace 2.440 millones de años. La anatomía externa e interna también evolucionó, por ciertos requerimientos para su adaptación en condiciones naturales y en cautiverio. La etoecología es también importante por su interrelación planta-animal, el consumo del alimento y el ambiente donde vive en las islas. La reproducción es otro componente importante de las tortugas gigantes de las islas Galápagos, así como conocer el componente bacteriano y bacteriófago, otro aspecto de las tortugas gigantes que no debe quedar de lado, pues si éste es afectado por agentes extraños, podría ser mortal

para este reptil. Los ectoparásitos (garrapatas Amblyomma y Argas microargas transversus), endoparásitos y holoparásitos, por ejemplo, afectan la salud de las tortugas gigantes cuando estos se exceden en número. Los efectos antrópicos (impacto humano sobre el medio ambiente), asimismo, se ubican entre los más devastadores para la disminución y extinción de las poblaciones de tortugas gigantes (Chelonoidis spp), desde el arribo forzoso a las islas Galápagos de Tomás de Berlanga en 1535. A científicos extranjeros, nacionales y posteriormente manejadores y conservacionistas, les correspondió dedicarse a la tarea de restaurar las poblaciones amenazadas con grave peligro de extinción, para que vuelvan al estado normal silvestre en Galápagos; y para que poblaciones extintas en su ambiente, como en Pinta y Floreana, puedan recuperarse con híbridos y pura-sangre. Después del ejemplarizado trabajo de conservación realizado por la Estación Científica Charles Darwin (ECChD) y la Dirección del Parque Nacional Galápagos (DPNG), correspondía evaluar el estado de conservación de las poblaciones de tortugas gigantes. 87


100 AÑOS DE GUAYASAMÍN Oswaldo Guayasamín nace el 6 de julio de 1919, en Quito, Ecuador. Fue el mayor de diez hermanos, hijos de una familia humilde. En 1933 ingresa a la Escuela de Bellas Artes y pronto es el alumno más destacado y, al mismo tiempo, el mejor maestro; a sus 21 años se gradúa de pintor y escultor en esta Escuela y, posteriormente, gana sus dos primeros premios: uno, en 1942, en el Salón Mariano Aguilera, y, el segundo, en 1956, cuando su cuadro El ataúd blanco alcanza el Gran Premio de Pintura de la III Bienal Hispano-Americana de Arte; en 1957 gana también el Primer Premio de la Bienal de Sao Paulo. Viaja a Estados Unidos, donde conoce a José Clemente Orozco y a Diego Rivera y de ambos aprende la técnica de pintar al fresco. En ese viaje entabla amistad con el poeta chileno Pablo Neruda. Ya antes, en 1945, emprende un viaje desde México hasta la Patagonia, haciendo apuntes y dibujos para la que será su primera serie de 103 cuadros, denominada ‘Huacayñán’, que significa ‘El camino del llanto’. En 1961 empieza su segunda serie, ‘La edad de la ira’, con la cual quería mostrar los lugares y hechos que se convirtieron en mataderos de la humanidad durante el siglo XX. En 1976 crea junto con sus hijos la Fundación Guayasamín, y a través de ella dona al Ecuador todo su patrimonio artístico. Durante el tiempo de su producción artística, realizó exposiciones monumentales —más de 200 individuales— en los museos más importantes de Francia, España, Italia, la ex URSS, Polonia, Checoslovaquia, Bulgaria, México, Cuba, Colombia, Venezuela, Perú, Chile, Argentina, entre otros. A partir de 1996 inicia en Quito su obra trascendental, el espacio arquitectónico denominado ‘La Capilla del Hombre’, como un homenaje al ser humano, especialmente al pueblo latinoamericano con su sufrimiento, luchas y logros, pasando por el mundo precolombino, la conquista, la Colonia y el mestizaje. Oswaldo Guayasamín fallece el 10 de marzo de 1999, sus cenizas, en una vasija de barro, descansan bajo el denominado ‘Árbol de la Vida’, un árbol de pino plantado por el mismo Guayasamín en la casa en que vivió sus últimos 20 años.

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Hace 50 años Oswaldo Guayasamín donó este cuadro a una campaña de la Universidad Central para la creación del Departamento de Bienestar Estudiantil. El maestro junto a la obra, las esposas de las autoridades universitarias y los directivos, Patricio Herrera Crespo, Eduardo Borja Illescas, Germánico Maya y Germano Cabrera.


panel LA CASA DE LA CULTURA ECUATORIANA Y EL CENTENARIO DE GUAYASAMÍN Los 100 años del nacimiento del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín es un hecho importante que repercutirá en el país durante todo el año, al que la Casa de la Cultura Ecuatoriana se ha sumado con varios actos para difundir la obra del maestro a nivel nacional. En el contexto del centenario de Guayasamín, durante la sesión solemne por los 100 años del natalicio del maestro Guayasamín, realizada en la Capilla del Hombre, el sábado 6 de julio, el presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Camilo Restrepo Guzmán, fue incorporado como Miembro de Honor de la Fundación Guayasamín. Al agradecer por esta deferencia, Camilo Restrepo señaló: «Acepto la decisión de los ejecutivos de la Fundación de honrarme con el ingreso a tan selecto como meritísimo espacio de cultura, libertad y creación, del que forman parte altas personalidades del país, de América y el mundo. »Seré siempre digno de este inmenso honor que ustedes me confieren, pues ya me acompaña permanentemente el pensamiento de Oswaldo cuando dice: ‘Pese a todo, no hemos perdido la fe en el hombre, en su capacidad de alzarse y construir; porque el arte cubre la vida. Es una forma de amar’». Para conmemorar el centenario, la Casa de la Cultura ha organizado varios actos, entre los que se destacan la exposición ‘De Orbe Decades’ y una muestra itinerante de su obra; esa obra humanista, expresionista, que refleja el dolor y la miseria que soporta la mayor parte de la humanidad y denuncia la violencia que le tocó vivir al ser humano en el cruel siglo XX, marcado por guerras, genocidios, campos de concentración, dictaduras y torturas. La muestra itinerante está integrada por 30 obras de mediano y gran formato, reproducidas por la misma Fundación, que recorrerá los 24 Núcleos de la CCE. La exposición De Orbe Decades de Pedro Mártir de Anglería se encuentra expuesta en la Sala Joaquín Pinto del Museo de Arte Moderno de la CCE. Recoge 60 ilustraciones de Oswaldo Guayasamín, a propósito del Quinto Centenario del Descubrimiento de América en 1992, y está dividida en dos partes: América antes de los españoles, tratado en litografías, a todo color, con referencias a la naturaleza, la exuberante vegetación, la arquitectura, las personas que vivían en aquella época, y referencias a los dioses incas mayas y aztecas. Y en una segunda parte, pintadas en técnica de aguafuerte, obras que revelan a los personajes e instituciones que intervinieron en la conquista y colonización de América y en la imposición de una nueva religión y conceptos morales, así como el legado arquitectónico español».

Patricia Noriega, directora de Museos; Pedro Martínez, intelectual cubano; Pablo Guayasamín; Camilo Restrepo Guzmán, Presidente Nacional CCE; Alfredo Vera y Verenice Guayasamín

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CONVENIO CCE – EMBAJADA SAHARAUI El presidente de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Camilo Restrepo Guzmán, y el embajador de la República Árabe Saharaui Democrática, Alisalem Sidi Zeim, suscribieron un Memorando de Entendimiento para la Difusión y Cooperación Cultural. El objeto es acordar políticas comunes, aunar recursos de toda índole y acciones, que permitan planificar y ejecutar actividades en función de los fines y objetivos de las dos instituciones.

VISITA DE LA EMBAJADORA DE MÉXICO La nueva embajadora de México, Raquel Serur Smeke, junto al jefe de Cancillería, Roberto Canseca, realizaron una visita de cortesía al presidente de la CCE, Camilo Restrepo Guzmán, para compartir diversos temas de cultura de los dos países. Fue una gran oportunidad para destacar la trayectoria de la Casa de la Cultura como primera institución cultural del país, que está cumpliendo 75 años de vida. Posteriormente visitaron tres exposiciones expuestas en la Casona.

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LIBRO SOBRE DEPORTE CARCHENSE La Casa de la Cultura Ecuatoriana y su Núcleo del Carchi presentaron la obra Historia del deporte carchense, del doctor Nelson Polivio Dávila, que recoge la semblanza de las más importantes disciplinas, especialmente el ciclismo. En el acto, presidido por el presidente de la CCE, Camilo Restrepo Guzmán, y el autor, estuvieron el director del Núcleo de la CCE del Carchi, Jorge Ramiro Almeida Revelo, el asambleísta general René Yandún, los ex ciclistas Pedro Rodríguez, los hermanos Pozo, el ex entrenador Julio Imbacuán, entre otros.

INTI RAYMI DE LA CCE Y LAS UNIVERSIDADES El Inti Raymi se constituyó en un espacio para vivir la interculturalidad desde los ámbitos académicos, culturales y urbanos. La celebración es considerada la fiesta más importante en las comunidades andinas, debido a la ritualidad de agradecimiento al Sol y a la Tierra por las cosechas recibidas. En 2019 participaron alrededor de diez mil asistentes que vivieron el sentido espiritual del mundo andino, con ceremonias de recibimiento al Sol y entrega de tumines o jochas para ser compartidos en la fiesta, así como la danza y el zapateo de grupos de danza y música.  La Casa de la Cultura Ecuatoriana se sumó a la organización, conjuntamente con la Universidad Salesiana (priostes de este año), Universidad Andina, Universidad Central, Escuela de Diseño Metro, Incine, Universidad Católica, Escuela Politécnica del Ecuador, Instituto de Altos Estudios Nacionales, Instituto Internacional, entre otros. Además aportó con el tumín para compartir con los asistentes. Se contrataron varios grupos de música que llenaron de alegría la fiesta, así como grupos que denotaron la interculturalidad de esta celebración. No sólo se baila Inti Raymi en el norte del país, también hay manifestaciones que han sido sincretizadas, pero mantienen sus raíces ancestrales: ‘Las Rucas’ de Alangasí, ‘Los Danzantes’ de Zámbiza, ‘Los Danzantes’ de Pujilí y los reconocidos ‘Aya Uma’. 91


tributo

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a muerte de Roberto Fernández Retamar es una pérdida irreparable para la cultura cubana. Desde que se dio a conocer en 1950 con el poemario Elegía como un himno, su obra fue abriendo cauces y marcando hitos en la poesía de lengua española, a la que legó textos que quedarán para siempre como Felices los normales, ¿Y Fernández? o Con las mismas manos. No menos relevantes son sus penetrantes y esclarecidos ensayos, que ponen en evidencia la vastedad de su pensamiento y la magnitud de su labor intelectual, tanto si recordamos ese clásico de la reflexión latinoamericana y caribeña, Calibán, como si pensamos en Para una teoría de la literatura hispanoamericana, en su fervorosa pasión por la obra martiana, o en sus lúcidos ensayos sobre el papel del intelectual y los procesos de descolonización cultural en nuestra América. Sería mucho, ya, si ese fuera el legado de Roberto, pero a su obra literaria habría que añadir su labor docente y su inigualable faceta de editor, que lo llevó a dirigir diversas revistas antes de asumir en 1965 la dirección de Casa de las Américas, para consolidarla como uno de los más importantes referentes culturales de nuestra América. En ocasión de la dolorosa pérdida de Haydee, la Casa de las Américas dio a conocer una declaración —en la cual se transparenta la es-

critura de Roberto— que concluía afirmando: «Es necesario decir que estará con nosotros, en nosotros. […] Pero desde ahora somos más pobres, aunque nos acompaña para siempre el honor de haber trabajado bajo su guía, bajo su aliento, que seguimos sintiendo, orgullosos y entrañablemente conmovidos, a nuestro lado». Esas palabras siguen siendo válidas para Haydee,

tanto como lo son para este entrañable hermano suyo que acaba de dejarnos. Las hacemos nuestras para ti, en este momento de infinita tristeza, querido Roberto.

La Habana, 20 de julio de 2019.


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