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LA PALANCA 11 ABRIL 2009 #

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LA PALANCA #

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Presentación: Acaso en la época en que los trenes representaban el trayecto de la huida o la esperanza del retorno, cobraba sentido el lema escrito en el pasaje bajo el término: ‘destino’. La poesía también es un trayecto que nos brinda la posibilidad de realizar otros itinerarios. A través de las palabras del poeta practicamos, al menos, dos recorridos: podemos ir hacia nuestro interior para mirarnos y para palpar nuestros pasados; pero también, podemos reconocer al otro, con quien coincidimos en el centro emocional que nos brinda la poesía. Acercarnos a Joan Margarit (1938) ha significado cumplir una aspiración que suponíamos imposible. Asiduos a leer su obra, tanto en la silenciosa intimidad del sillón, como en el simposio de la sobremesa o en las tardes de lectura, quisimos extender nuestro afán con los lectores de LA PALANCA, brindándoles una breve muestra de la profundidad y de la precisión poética de uno de los maestros que formó el siglo xx y que hoy, como nunca, en la infancia del xxi, resulta tan grato poder recoger sus enseñanzas. Los poemas de Joan Margarit —escritos casi a la vez en catalán y en castellano— crean un espacio donde dialogan las lenguas en la identidad que edifica la poesía, pues su mayor relevancia consiste en el testimonio que las palabras construyen: la vida humana en sus respectivos derroteros. Su bibliografía es muy amplia, sus primeras ediciones se remontan a la década del setenta y el ochenta, pero su obra se consolidó en los años noventa. El pretexto se cocinó porque Roxana Elvridge–Thomas nos entusiasmó con sus traducciones de algunos poemas de Aiguaforts (1995) que amablemente nos ofreció. Luego, habría que buscar al poeta, proponerle una entrevista y las cosas se fueron dando con paciencia. La selección que ofrecemos, también incluye versiones bilingües del autor, correspondientes a sus libros Estació de França (1999), Cálculo de estructuras (2005) y Casa de misericordia (2007). Publicar estos poemas, así como las observaciones de Margarit sobre poesía, nos da la sensación y la satisfacción de justificar por completo la necesidad —o necedad— de hacer esta revista. LA PALANCA 11 se complementa con dos relatos futuristas: la conclusión de la saga de Poetas Clones de Cristián Berríos, junto a un cuento apocalíptico de Manuel R. Montes. Por si no fuera suficiente la poesía, ofrecemos una versión de Mijail Lamas sobre Drummond de Andrade y un ensayo de Paola Velasco que reflexiona sobre la contingencia humana. El arte en esta ocasión corresponde al ironista y fabulador Fabián Ugalde; su obra es analizada por Fabiola García.

Índice: 5. Joan Margarit, Poemas. 9. Diego José, Charla con Joan Margarit. 12. Manuel R. Montes, La muerte de la imaginación. 18. Fabiola García, Ironía y fabulación. 24. Paola Velasco, Del cuerpo y la medicina. 26. Drummond de Andrade, Mundo grande. 28. Cristián Berríos, Poetas clones del futuro. (final)

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LA PALANCA

Edición: Diego José. Diseño: Pablo Mayans. Arte: Rara Avis—Arte Vivo Consejo de colaboradores: Geney Beltrán Félix Jair Cortés Magaly Cruz de Nicolás Daniel Fragoso Joan M. Puig

Agradecemos profundamente el apoyo y entusiasmo para la realización de este proyecto: Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Hidalgo Lourdes Parga Sergio Aranda

Trico Pachuca Pedro Liedo Jaime Lavaniegos

Fundación Misión y Visión de México Ricardo Hernández Rafael Hernández Arturo Bulos

Tecnológico de Monterrey Campus Hidalgo Claudia Gallegos Jaquelina Santana

Preparatoria Elise Freinet Alfredo Rivera

Instituto Hidalguense de la Juventud Palmira Venero Daniela Méndez

Hotel Emily Roxana Vargas Offset Santiago Samuel Sadovitch

Rara Avis—Arte Vivo Magaly Cruz de Nicolás

LA PALANCA se terminó de imprimir en abril de 2009 en los talleres de Offset Santiago, Rio San Joaquín, 436, Col. Ampliación Granada, México D.F. Para su composición se utilizaron tipos de la familia Century Schoolbook. La tipografía y el logotipo de LA PALANCA son BD PLAKATBAU del Buro Destruct: www.typedifferent.com Para consultar las referencias de nuestros colaboradores y otros contenidos:

LA PALANCA en línea: www.lapalancax.blogspot.com El contenido de los artículos y el arte es responsabilidad de sus autores. Todos los registros en trámite. Fe de erratas: En el número 10 omitimos el crédito de Adrián Villalobos, quién tomó las fotografías de la obra de Omar Barquet para la portada y el dossier de interiores, ofrecemos nuestras disculpas.

Portada: Fabián Ugalde, Escape Project, 2005, vinilmate/tela plastificada / 185 x 120cm. Fondo pág. 2: Fabián Ugalde, Fun Simulator, Boceto.

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Poemas Joan Margarit

(Versiones al castellano de Roxana Elvridge–Thomas)

El rostro de mi padre Te miro entre la gente y tú no me ves. Los músicos ambulantes unen sus timbres en un ruidoso concierto. Veo en tu cara la quemada que la costumbre de mirarte ya había borrado. Tu historia lejana se hunde en las calles estrechas y oscuras a espaldas de la Rambla. Tal vez en algún lugar aún está la cocina donde te caíste de los brazos de tu madre sobre el aceite hirviendo. Pasan los años contigo acumulados como nieve sobre el tejado. No me has visto, y mis ojos, como labios, rozan tu barba de unos cuantos días y la vieja quemada que te atraviesa la cara y la vida. Todos hemos caído de algunos brazos y la horrorosa cicatriz termina siendo una señal de amor que nos acompaña. El rostre del meu pare Et miro entre la gent i tu no em veus. Els músics ambulants barregen els seus sons a un sorollós concert. Veig en la teva cara la cremada que el costum de mirar-te havia ja esborrat. La teva història llunyana s’enfonsa en els carrers estrets y foscos dels voltants de la Rambla. Potser a algun lloc encara hi ha la cuina on vas caure dels braços de la teva mare damunt l’oli roent. Pesen els anys amb tu amuntegats com neu a una teulada. No m’has vist, i els meus ulls, igual que llavis, freguen la teva barba d’uns cuants dies i la vella cremada que et travessa la cara i la vida. Tots hem caigut des d’alguns braços i l’horrorosa cicatriu acaba sent un senyal d’amor que ens acompanya.

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Carros Con el cielo duro de antes del alba en los vidrios, ella reavivava las brasas enterradas por la ceniza. Se escuchaba el negro grito de un gallo en algún patio y los conocidos tumbos de los primeros carros, con las lámparas de aceite vacilantes, abriendo cauces en el fango escarchado. Ahora que tengo la edad que ella tenía, escucho un sonido de carros en la oscuridad que, con el vaivén profético de sus luces, salen de la infancia y no sé hacia dónde van.

Carros Amb el cel dur d’abans de l’alba als vidres, ella ja anava revifant les brases colgades per la cendra. Se sentia el negre crit d’un gall en algun pati i els coneguts sotracs dels primers carros, amb les llanternes d’oli vacil.lants, obrint roderes en el fang gebrat. Ara que tinc l’edat que ella tenia, escolto un so de carros en la fosca que, amb el vaivé profètic dels seus llums, surten de la infantesa i no sé on van.

Torso de Apolo arcaico Cautivados por la piedra, todos admiran —imaginándolo radiante, completo— el duro rostro del dios, con la sonrisa que saben esculpida en la nada. Cada uno observa su mirada estricta, la boca sonriente, la frente serena. Todos admiran unos brazos, las manos grises, sin armas, o con la espada elevada al cielo. Toda esta belleza es mármol de aire, la estatua que nunca existirá mas que como cada uno la ha imaginado. Un poema es también un fragmento exacto que busca con fuerza ser acabado por los otros. Un poema es un torso de Apolo arcaico.

Tors d’Apol.lo arcaic Captivats per la pedra, tots admiren —imaginant-lo radiant, complet— el dur rostre del déu, amb el somriure que saben esculpit en el no-res. Cadascú veu el seu miratge estricte, la boca amb un somriure, el front serè. Tots admiren uns braços, les mans grises, sense armes, o amb l’espasa alçada al cel. Tota aquesta bellesa és marbre d’aire, l’estàtua que mai no existirà més que com cadascú l’ha imaginat. Un poema és també un fragment exacte que busca amb força ser acabat pels altres. Un poema és un tors d’Apol.lo arcaic.

Ternura de fondo De los viejos discos de jazz también me atrae escucharles el rumor que viene del público. Hay uno que grita con voz enronquecida, contento por la música que escucha. También hay aplausos; una copa rota. El resuello del lugar, en el suburbio de una ciudad del Sur. Momentos únicos que vienen del pasado cada vez. Algo así debe ser la vida más allá de la muerte: un perdido murmullo de voces en una noche de música. Y debe ser, nuestra alma inmortal, este instante preciso, frágil y breve, cuando un vaso tintinea en un viejo disco de jazz.

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Tendresa de fons Als vells discos de jazz també m’agrada escontar-hi el soroll que ve del públic. Hi ha algú que crida amb veu enrogallada, feliç de com estan tocant els musics. Hi ha aplaudiments; una copa trencada. El panteix del local, en el suburbi d’ una ciutat del Sud. Uns moments únics que tornen del passat cada vegada. Alguna cosa aicí deu ser la vida més enllà de la mort: una perduda remor de veus en una nit de música. I deu ser, la nostra ànima inmortal, aquest instant precís, frágil i breu, quan un vas dringa en un vell disc de jazz.


(Versiones bilingües de Joan Margarit)

El passejant solitari He conegut carrers: alguns de molt antic, familiars també, com el pecat. He conegut els foscos carrerons que travessen carrers il.luminats. Els vaig recórrer els dies que als meus ulls semblava aletejar un petit ocell, la cria de voltor que no vaig reconèixer, i que ara veu la tele fins matinada. Un món que no em pertany em va tancant Al meu volant he començat a veure els carrers del passat i, entre la gent, ombres d’homes i dones que he estimat. Potser també es recorden d’aquells dies. M’he tornat tan cruel com els carrers. Quina basarda, un d’ells amb el meu nom.

El paseante solitario He conocido calles: algunas muy antiguas, familiares también, como el pecado. He conocido oscuros callejones que atraviesan brillantes avenidas. Los recorrí en los días que en mis ojos parecía aletear, pequeño, un pájaro, una cría de buitre que no reconocí, y que hoy se queda hasta la madrugada frente al televisor. Ahora un mundo que no me pertenece va encerrándome. He comenzado a ver alrededor las calles del ayer y, entre gente, sombras de las personas que he amado. Puede que ellos recuerden también aquellos días. Me he vuelto tan cruel como las calles. Qué pavor, una de ellas con mi nombre.

Evocació El mar sota la lluna, com un vestit de seda, deixa lliscar la llarga cremallera de l’escuma a la platja. Era allí on buscava petxines amb ella. La lluna mira dins la cambra buida. Amb un calfred, la mare sent l’absència en el trenc lent i fresc de les onades. I pensa en la blancor de les petxines sota la indiferent mirada de la lluna.

Evocación El mar bajo la luna es un vestido de seda que desliza su larga cremallera de espumas en la playa. Era allá donde iba a buscar conchas con ella. La luna se ha asomado a la habitación sin nadie. Con un escalofrío, la madre oye la ausencia en este lento y fresco romper del oleaje. Y piensa en la blancura de las conchas bajo la indiferente mirada de la luna.

Apilant llenya L’home sol anar al bosc a recollir els troncs caiguts després d’una tempesta. Els apila darrere de la casa. De cada un en recorda què el va fer caure i on va recollir-lo. En les nits fredes, contemplant les flames, va cremant el que queda del que estima.

Apilando leña El hombre suele recoger del bosque troncos caídos con la tempestad. Va apilando la leña tras la casa. De cada uno sabe qué lo hizo caer, dónde lo recogió. En las noches frías, contemplando las llamas, va quemando los restos de lo que ama.

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Discurso del método De niño ya buscaba las ventanas para poder huir con la mirada. Desde entonces, si entro en un lugar, miro con atención dónde dejo el abrigo y dónde está la puerta de salida. Libertad, para mí, quiere decir huida. Hay muchas puertas en el mundo. Incluso el sexo, en caso de emergencia, puede serlo, aunque todas van cerrándose y, para huir, muy pronto quedarán tan sólo las ventanas de la infancia. De par en par abiertas para poder saltar.

Discurs del mètode D’infant jo ja buscava les finestres per fugir amb la mirada. Des de llavors, quan entro en algun lloc em fixo on és la porta i on he deixat l’abric. Llibertat, per a mi, vol dir fugida. El món és ple de portes, i fins i tot el sexe n’és una d’emergència. Però ja es van tancant: ben aviat, per fugir, quedaran només aquelles finestres de la infància. De bat a bat obertes per saltar.

Saturno Mis libros de poemas, los rasgaste, abriste la ventana y los echaste a la calle. Las hojas, como extrañas mariposas, planeaban por encima de la gente. No sé si ahora nos entenderíamos, viejos, cansados y decepcionados. Seguramente no. Mejor dejarlo así. Querías devorarme. Yo, matarte. Yo, el hijo que tuviste en plena guerra.

Saturn Vas estripar els meus llibres de poemes i els vas llançar al carrer per la finestra. Els fulls semblaven papallones rares que anaven planejant damunt la gent. No sé si ara podríem explicar-nos, dos homes vells, cansat i decebuts. Segurament que no. Deixem-ho així. Volies devorar-me. Jo, matar-te. Jo, el fill que vas tenir durant la guerra.

El malecón Un hombre en pie delante de la dársena. Después del temporal, asumidas las pérdidas y amarrados los grandes y erráticos dolores, el puerto es el mejor lugar para esperar. El puerto es como él: en su interior, enormes, reposados, mar y barcos.

El dic Hi ha un home dret davant la dàrsena. Després del temporal, assumides les pèrdues i ja amarrats els grans dolors erràtics, el millor lloc per esperar és el port. El port és com ell ara: dintre seu, enormes, reposats, el mar els barcos.

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Charla con Joan Margarit Diego José

En el poema Biografías escribes “Todo es

Dices que la poesía es una especie de Casa

parte de un mapa personal”, ¿hasta dónde es posible la poesía como revisión autobio-

de Misericordia, ¿puede el poema restaurarnos como individuos?, ¿cuáles son los alcan-

gráfica?, ¿puede el poema recoger e inventar nuestra memoria?, ¿los otros, como lectores,

ces del poema, para quien lo escribe y para quien lo lee?, ¿tiene cabida la poesía en nues-

también se descubren en la experiencia del poema?


tro tiempo?


Pienso que quien escribe buena poesía se co-

Es probable que un buen poema sea sólo una cuestión de intensidad. La intensidad,

noce profundamente a sí mismo. Conoce sus itinerarios interiores y puede circular a tra-

¿a qué la podemos asociar, si no es a la experiencia de un sentimiento? Puede ser un

vés de ellos. Las entradas en estos itinerarios se producen desde dentro y desde fuera. Un estímulo cualquiera —una voz, un color del cielo, un recuerdo— lleva el pensamiento a un lugar interior concreto. Desde allí empieza sus recorridos como por las galerías de una mina, hasta que en algún lugar encuentra algo especial, quizá un brillo en la oscuridad, y sabe que allí comienza un poema. Pero a veces se extravía. Sólo puede recorrer con resultados una parte de este laberinto y obtener resultados, su paso por otros caminos es del todo inútil: cuando se adentra en ellos, lo que se produce es sólo la simulación de un poema. A veces el poeta no se da cuenta de que vive su propio engaño. Lo que escribe le parecen poemas pero no lo son, y el tiempo y los lectores se encargan de ponerlo en claro. Son implacables porque hacen el mismo camino a la inversa. Si el poema lo es de verdad, lleva al lector directamente a un lugar de su propio interior y allí se enciende algo como un faro, lo cual parece querer decir que estos lugares profundos y difíciles de uno mismo se parecen mucho a los de las otras personas. Por esto se puede escribir poesía.

sentimiento más o menos oculto o más o menos manifiesto, pero allí donde pueda haber intensidad, puede haber poesía. Por este motivo ésta ha de ser exacta y concisa. Intensidad quiere decir concentración. Pero esto no excluye, sino todo lo contrario, que el poema tenga que entenderse. La clave está en qué significa entender. Ferrater hace trampa cuando dice que un poema ha de entenderse como una carta comercial. La frase es muy brillante y todos comprendemos a que se refiere, pero creo que hace trampa porque entender el poema es un proceso más complejo. Yo sólo sé aproximarme al concepto de entender diciendo que es un proceso de entrada y de salida. Lo que en teoría de la información se llama una caja negra. Entra una información y sale otra, sin que sepamos qué ha pasado en el interior de la caja negra. En un poema entra una persona con un determinado estado interior, lo que yo llamaría, continuando dentro del marco de la teoría de la información, con un grado de desorden a causa de los miedos, las tristezas, las pérdidas, es decir los factores que continuamente están amenazando el equilibrio interior. Si a la salida del poema

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este desorden es menor, quiere decir que se trataba de un buen poema y que se ha entendido. No hay muchas cajas negras en las cuales nuestra soledad pueda entrar para salir más consolada, más ordenada, más feliz en suma. La poesía quizá no es gran cosa, pero más dura es la intemperie sin los versos. En este sentido, la poesía es la última Casa de Misericordia.   En distintas ocasiones has mencionado que los poetas alejan a los lectores, ¿qué condiciones le exiges a un poema, o ti mismo al escribirlo?
 Con respecto a cómo tiene que ser la poesía, yo diría que un poema ha de entenderse, que lo que no puede ser es que a una persona

actitud revolucionaria. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y, a pesar de quedar muy lejos todas aquellas causas y efectos, ya no ha dejado de haber poetas e intelectuales que atribuyen el nulo interés de muchas personas por poemas que son ininteligibles a la poca preparación o a la insensibilidad de estas personas. Éste es un campo donde abundan los intentos de otorgar un papel importante a meras irrealidades, y a esto han contribuido incluso los filósofos, a los cuales la seriedad de las cuestiones que tratan no exime de la insensatez. Este absurdo planteamiento, nuevo en la historia del género, ha provocado el alejamiento por parte de muchos lectores, en una especie de ceremonia de auto-destrucción que parece aspirar a una poesía que no dice nada leída por nadie.

que lleve años leyendo —leyendo lo que sea: poesía, novela, ensayo o la prensa— se le diga que no podrá entender un poema porque la poesía es difícil. Este problema no se había dado nunca hasta que surgieron las vanguardias con el propósito de romper, no sólo con su pasado, sino también con lo que al principio del siglo xx era el presente. Así surgieron en la pintura rostros y paisajes que no pertenecían a ningún modelo real y, en la literatura, textos escritos de manera que parecían pertenecer a lenguas y gramáticas desconocidas. Pero es que el objetivo de aquellos artistas era, por encima de todo, poner de manifiesto una ruptura con la forma de actuar y de pensar de la sociedad de su tiempo. De hecho fue la primera operación publicitaria a gran escala, el invento de la publicidad. El arte se enriqueció con el descubrimiento de nuevas formas de expresión que los poetas aplicaron enseguida a sus obras. Sin embargo, al mismo tiempo, surgía la posibilidad de una poesía que no decía nada y que se tenía que admitir en nombre de los postulados de la época como testimonio de una

¿Cómo ha sido la relación de tu poesía —y tu vida— con el bilingüismo? Yo soy un poeta bilingüe y las ediciones bilingües de mis libros no contienen, exactamente, poemas en catalán traducidos al castellano, sino que están escritos casi al mismo tiempo en ambas lenguas. Es el resultado de las circunstancias familiares, lingüísticas, políticas y geográficas de muchas de las personas que como yo nacieron de familia catalana durante o al acabar la guerra civil española. A pesar de tener una o diversas lenguas de cultura, ninguna de estas sirve para acceder al lugar donde está el poema. Como en los cuentos, se trata de entrar en una cripta y hay que conocer la contraseña para abrirla. Todas estas cuestiones son irrelevantes cuando la lengua materna y la de cultura coinciden. Cuando no es así, la lengua de cultura puede ser una catedral edificada sobre una cripta a la que sólo se puede bajar y acceder con la lengua materna. Alcanzo, pues, en catalán este lugar y enseguida planteo en esta lengua el esqueleto del

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Foto: Archivo El País.

poema. Suelo trabajarlo mucho y, en general, se parece poco la versión final a la inicial. Las sucesivas versiones y modificaciones las llevo a cabo en catalán y en castellano al mismo tiempo, pero no puedo iniciar el poema más que en mi lengua materna. De una manera u otra, la escritura del poema tiene que transcurrir con un orden, según unos cánones basados en la racionalidad. Para escribir poesía no suele ser útil dejar el sentimiento sin el control de la razón (el cuando escribo que lloro, no hace falta que llore de Voltaire). Y ninguna pretensión con respecto a la originalidad: si bien estoy de acuerdo en líneas generales con Hardy cuando dice que lo único que podemos hacer es escribir sobre las cuestiones de siempre en los estilos de siempre, pero intentando hacerlo un poco mejor que los que nos han

precedido, lo matizaría diciendo que existimos como poetas gracias a lo que hicieron nuestros antecesores en las diferentes tradiciones. Y que, en el mejor de los casos, añadiremos una modesta pincelada a este friso que es la historia de la poesía. No parece que pueda haber aprendizaje de la poesía lejos de los grandes poetas que nos han precedido, porque el aprendizaje de la poesía tiene esto en común con todas las didácticas: empezar copiando, es decir, empezar conociendo todo aquello que es importante y ya se ha escrito. Imitar y leer a los grandes poetas, a poder ser en la obra completa, mejor empezando desde el final y leyendo hacia el principio, porque es en los poemas de juventud donde suele ser menos probable que haya algo que aprender.

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La muerte de la imaginación Manuel R. Montes

...la imagen del último escritor, de aquel con quien desaparecerá –porque, tarde o temprano, eso ha de ocurrir–, sin que nadie pueda presenciarlo, el pequeño misterio de la literatura. Enrique Vila-Matas

Fue una reyerta sin tregua, breve y silenciosa, aunque no por ello menos encarnizada. Último Escritor: Hacker. Todo comenzó a terminar por dos razones: la deforestación había propiciado la bancarrota de las industrias papeleras y los libros electrónicos ganaban terreno frente a cualquier texto encuadernado, objeto metódicamente proscrito a base de estratégicos incendios de bibliotecas decretados por el régimen. Finalizaba la epopeya rotativa que iniciara Tsua-Lun, continuada por Gutenberg y llevada hasta su plenitud con las impresoras láser. Hasta entonces, las editoriales lamentaron haber comercializado con bibliografías que más allá de sus retribuciones económicas no representaban sino un cúmulo de desabridas frases comunes, pastura destinada a las masas y repartida en tirajes garrafales: papel desechable, malamente desechado. El otro factor, tanto o más angustiante, lo desencadenó un software basado en un principio fundamentalista de carácter impersonal que profesaba la convicción de que los libros de mayor trascendencia para la era humana carecían de autoría certera (El Talmud, La Biblia, Las mil y una noches, La Ilíada, El Corán, El libro popular del Doctor Fausto), pretexto que, según la lógica de sus aplicaciones, lo autorizaba para trasladar a su banco de datos hasta la más nimia característica de una obra literaria y, una vez reconocidas sus

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propiedades, reconstruirla de tal manera que en cuanto a originalidad superara a los originales. Así, el mérito del autor era neutralizado. Dicho programa estimaba un porcentaje ilimitado de combinaciones sintácticas (aquellas que inquietaron a Poe por su realización inalcanzable), y rescribía la obra en tal número de versiones, todas brillantes, todas excepcionales y únicas, que el lector, fracasando, intentaba recordar el formato tradicional de la novela que frente a sus ojos iba transformándose a destajo. Digamos que el usuario finalizaba Moby Dick por la noche y ya en el sueño vislumbrara una imagen subjetiva del mayestático cetáceo, y supongamos que, por curiosidad, el mismo usuario pretendiera reafirmar alguna línea en su memoria al día siguiente, previamente anotado el número de la página en la palma de su mano. El desmañado lector se toparía no con la misma página ni con una diferente o traslapada, simplemente se hallaría frente a una página magistral, distinta, sí, de la anterior, aunque mejorada hasta lo inusitado. Nuevos adjetivos, sinónimos más adecuados y dispuestos con mayor precisión recubrían toda errata. Con una rapidez inconcebible en un hombre, el programa manipulaba los datos coligiendo un rango de cantidad proporcional que obedecía el siguiente precepto tremendista: los desenlaces de una historia se multiplicaban por un millar de acuerdo al número de letras empleadas para su composición. Tomando en cuenta que dicha cifra variaba conforme variaban las versiones de un texto, el resultado de tal multiplicación arrojaba medidas monstruosas. Confundido, el lector de Moby Dick olvidaría la frase buscada, pero encontraría


otra de mayor calibre y, en sus raptos evocativos, la ballena blanca mudaría su tono a negro o a carmesí, o dejaría incluso de ser una ballena o todos los géneros habidos de ballena para pasar a fundirse en otras especies animales, cuantas veces se releyera la misma obra que nunca sería la misma. Los alcances del software, cuyo creador denominó Pentimenti, habían sido corroborados, a regañadientes, por los críticos literarios, quienes aludieron en un principio a la cumplimentación de una profecía borgesiana. Defendieron con tozudez que se trataba de una variación anómala del mítico libro de arena. Sus argumentaciones fueron desoídas y en cuanto les fue posible se negaron a tomar el asunto con demasiada seriedad, sin embargo, al analizar con detenimiento la eficacia de la «herramienta maligna» (así la llamaron), que destronaba al acto creativo en fracciones de segundo, dejaron de rebatir y se recluyeron en sus solitarias habitaciones para pegarse un tiro. No era para menos: la literatura, como tal, había muerto, también suicidada. Frente a la creciente dominación de esta novedad tecnológica, los escritores auténticos, modelos primitivos del Pentimenti que tardaban semanas en dar con la línea imposible (operación que el programa ejecutaba instantáneamente) abandonaron el oficio no sólo porque el régimen privatizara el uso de la palabra escrita hacía ya medio siglo, sino porque nadie se interesaba ya por la escritura, nadie la conocía en esencia y nadie, ahora sí, tenía nada que decir porque todo estaba dicho o sería dicho en su momento por el software. Cualquier chispa de genio que brotara de una mente inquieta sería copiada, rescrita, aumentada y optimizada, dejando al autor primigenio en ridículo. (Todo se anotaba en ordenadores y todos los ordenadores estaban intervenidos). Se presumía que Hacker, responsable de estas ingeniosas infamias, laboraba en una ensambladora de computadoras y que había

instalado subrepticiamente el programa en cada prototipo. Las que por algún azar providencial habían esquivado esta maniobra se infectaban nada más con ingresar a Internet, medio cooptado por la policía totalitarista encargada de difundir no más que corolarios derivados de la Sistemática Opresiva, que frenaba la intromisión de mundos paralelos en la realidad. Lo escrito hasta entonces poco a poco se diluyó a causa de la supremacía de las imposturas. Desaparecieron, entre cientos de miles: El Quijote, La divina comedia y La metamorfosis, que presentaba a un insufrible Gregorio Samsa mutando infinitamente. Consistía el plagio en descargar un archivo completo (una novela, un cuento, un poema, una obra teatral), copiarlo en un documento nuevo del Pentimenti y traspasarlo a un formato específico, lo que bastaba para que el texto sufriera una fragmentación en binario para luego ser reconstruido a gran velocidad. Posteriormente, un sensor examinaba los párrafos frase por frase, transfiriendo sus elementos a una sintaxis distinta y, una vez que llegaba al punto final, regresaba al enunciado de inicio y reanudaba el procedimiento, con lo que el usuario debía leer más rápido que el sensor, de otro modo jamás terminaría la versión expuesta de la obra, éxito poco frecuente teniendo en cuenta la rapidez del dispositivo y la incapacidad humana de leer sin pausas. Se pensó que un relato breve, un aforismo o un haikú zanjaban el dilema. Error: cuanto más breve, menos legible, puesto que el sensor subía y bajaba de la primera letra a la última efectuando sus ensambles con tal prisa que el ejercicio de lectura se volvía torturante. Al abandonar su apartamento, ubicado en los suburbios, recogió un envoltorio de papel atado con cinta que se hallaba frente a la puerta. Lo abrió sin reservas —su identidad era desconocida, y un atentado, dadas las condiciones de aislamiento en que vivía, era poco factible—. Hacker, quien desde hacía mucho no se conmovía y cuya capacidad de asombro

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Fabián Ugalde, Hollywood, Boceto.

flotaba en alguna nebulosa de algoritmos o rutas cibernéticas violentadas, percibió en ese momento una remoción, una fisura en la capa inflexible de sus certezas. Revivieron en él las arcanas perturbaciones de la sorpresa al ver que le hacían llegar un objeto proveniente de épocas inmemoriales, fuera de toda proporción temporal, un objeto nunca visto al menos desde hacía tres o cuatro generaciones: un libro. La muerte de la imaginación era el título, y estaba elaborado a la usanza antigua: siete pliegos divididos en 16 páginas, impresos en offset 1x1 tintas sobre papel bond ahuesado de 90 gramos, con cubiertas impresas en offset 4x0 tintas sobre cartulina couché sulfatada de 12 puntos con plastificado mate al frente, cosidos entre sí y luego pegados a hot melt. El elemento más inquietante era la familia tipográfica aplicada o, mejor dicho, la sustitución de ésta por una caligrafía portentosa. Era, en suma, un original manuscrito, lo que con tanto afán Hacker se ensañaba en abolir. Tal entrega a domicilio, que presumía además la existencia de una imprenta, le produjo un contragolpe de pánico. Sabía que la puesta en circulación

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de su Pentimenti generó despliegues de odio; que especialistas e ignorantes de la literatura, notables y pésimos escritores, lo aborrecieron por la magnitud de lo que había procreado desde su mísera vivienda, encorvado frente al monitor. Aunque el desprecio generalizado no lo hería, ya que se originaba lejos de su intimidad, en un entorno que le era desconocido y que no afectaba su placidez anónima, la situación se tornaba delicada al saberse descubierto por alguien que podía no sólo escribir, sino fabricar libros. Ubicó temblorosamente la última página del vestigio y consultó el tiraje: un millón. ¿Dónde, cómo y bajo qué condiciones era aquello posible? Quizá los siete dígitos ensalzados en el colofón fuesen un embuste. No podría haber nadie capaz de sacar a la luz tal cantidad de ejemplares valiéndose de sus propios medios. («Con todo, lo más probable es que el argumento de estos papeles prehistóricos ya haya sido agotado por mi software».) Pero no era así. La novela resultó magnífica, o parecía magnífica al tratarse de la última concebida por un pulso netamente humano. Hacker, al terminar de leerla (dos-


cientas páginas a lo más) intentó escanear cada renglón de tinta, convertirlo al formato específico y someter el corpus a las argucias del Pentimenti. Algo no marchó. Los caligramas del autor eran inasibles, escapaban al láser y aparecían en la pantalla como una ristra de garabatos confusos. Volvió a intentar. Imposible. Había que emplear otra táctica: el viejo programa acústico de dictado. Así, un micrófono y una voz atropellada dieron cuenta del legajo mientras éste aparecía transcrito en una plana obsoleta de Word. Al cabo de varias horas y concluido un monólogo febril, la novela fue plagiada. Y el rústico ejemplar crepitó, silencioso, dentro de una cuarteada chimenea. Ya sin distracciones, Hacker continuó abocándose a la realización de su cometido destructivo. Para acrecentar la versatilidad de su capricho, no se cuidaba de entrometerse con otros productos del intelecto humano como las ciencias física, matemática y psicológica, que al ser filtradas a través del Pentimenti reorganizaban la concepción del cosmos sin miramiento, descomponiendo el universo con una desproporción que empezaba a enmarañar contrariedades. El Pentimenti desarticulaba también las actas constitutivas, ofreciendo una suma irrealizable de naciones platónicas, lo que provocó la ira manifiesta del régimen, que veía derrocados sus estatutos a causa de un juguete macabro que urgía ser suprimido, pues allanaba con el mismo desparpajo las bibliotecas virtuales de todos los continentes, descargaba el acervo completo y lo hacía trizas en minutos, es decir, lo depuraba a tal grado que la perfección de la obra resultaba desconcertante y el carácter transitorio de su factura comenzaba a devaluar los alcances objetivos del contenido. Hacker se mantenía al tanto de los acontecimientos externos a su hibernación a través de un servidor que suplantaba a los periódicos y renovaba las notas informativas minuto a minuto. En uno de sus descansos poco

frecuentes, leyó un encabezado que le trajo de vuelta aquella sensación inexplicable que lo sobrecogiera al salir de su apartamento: La literatura ha renacido. Líneas abajo, el cable detallaba la «buena nueva»: En el centro de la ciudad, un conglomerado de profesores, intelectuales y jóvenes estudiantes se reunieron ayer por la tarde para dar lectura en voz alta a un texto sin autoría titulado La muerte de la imaginación. El libro, que ha conmocionado a sus propietarios, no es electrónico, sino «tangible». Los asistentes al acto colectivo manifestaron su excitación por el simple hecho de pasar la página, una página real, impresa. Pese a que La muerte de la imaginación es una novela anónima, narrativamente pobre y limitada, los poseedores del volumen han apodado Último Escritor al desconocido que les hizo llegar los facsímiles en envoltorios de papel atados con cinta. Este personaje, así como las circunstancias hipotéticas en las que logró pergeñar una edición inusitada de pliegos escritos a mano, comportan un misterio que comienza a fascinar a los lectores que habían estado padeciendo la transformación radical de la literatura debido a un programa de piratería computarizada que sembró el desconcierto a principios de esta década. Hay esperanzas, pues, de que un imaginario natural esté proyectando experiencias personales a través de la escritura, fenómeno que tiene seriamente preocupadas a las autoridades. Hacker no había merecido el aluvión reporteril que aquel autor de poca monta incitaba por haber distribuido un libro común y corriente. Quizá nadie leería (o intentaría leer) las titánicas obras reproducidas por el software, en espera quizá de recibir una segunda entrega del nuevo acólito de las letras. Último Escritor, omitiendo el amarillismo y la histeria de sus nuevos fanáticos, que se multiplicaban superlativamente, se mantenía al margen, justo como hacía su resentida contraparte, ambos sin develar identidades, lo que movió a sostener en algunos criterios

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que tanto uno como el otro eran la misma persona, argumento que, por trillado, tuvo que descartarse. El inconsciente colectivo se dejaba seducir más por la creencia de que, sobre los escombros de la tierra, dos fuerzas contrarias lidiaban una batalla en la que el futuro de la escritura, su desaparición definitiva o su continuidad, estaban en juego. Mientras Hacker seguía plagiando, Último Escritor se ensimismaba en lo que todos suponían era la secuela de su enigmática ópera prima. Se intensificaba el rumor de que escribía en la memoria por temor a extraviar su texto una vez vaciado a la computadora. En el instante menos previsto, un hombre aparecería de la nada y comenzaría a deshilvanar su última creación. Ansiosos por acoger una doctrina alterna, los oyentes decantarían el flujo verbal adoptándolo como credo, ya que las ficciones religiosas, los profetas y escribas, así como todo libro mesiánico, estaban siendo avasallados por la soberbia profana del Pentimenti. Se barruntó incluso que la literatura involucionaba hacia una degustación meramente fonética de la palabra. Nadie esperaba que la obra anhelada durante meses de tensión y enardecimiento se tratara no de un objeto idílico con los folios encuadernados que reanimaría el sueño de las lecturas bajo la sombra de los árboles. En menos del plazo calculado, el segundo envoltorio fue expedido. Contenía una sola nota o especie de telegrama garrapateado en un papel imposiblemente blanco: Me llaman Último Escritor. Se equivocan. Soy el primero. Antes de mí no hay nada. He terminado con todo. La literatura ha muerto. Y con ella, la imaginación. Tal es el preámbulo de lo que adviene, así como mi libro es el primero de una serie que no se escribirá jamás. Hacker fue el elegido para recibir, antes que nadie, el infausto recado, después de lo cual intuyó, con pasmo, la derrota. Dilucidó que su rival no escribía: programaba. Y se apostó en su computadora para ratificar lo

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inevitable. Un asalto maestro: el Pentimenti había sido bloqueado desde otro procesador, las versiones arbitrarias de los textos dejaron de fluir y, en su lugar, una sarta de criptogramas palpitantes atestaba la pantalla. (¿Sería válida, por ejemplo, una persecución entre impostores, que apuraría, lo más seguro, un innecesario derramamiento de sangre? ¿Acaso una repentina sed homicida bastaba para resarcir el daño? ¿Y qué ganancia podía acarrear una insignificante muerte humana?) A Hacker le tomó un par de minutos ubicar la dirección postal del usuario que se había filtrado impunemente hasta su centro de operaciones y salió de su apartamento para no volver jamás, sin reparar en el impulso absurdo que alentaba sus ansias de captura. Se toparon a medio camino. Omitieron el uso del habla. El desperdicio de palabras, cometido por ambos, dejaba de ser indispensable. El encuentro de dos jóvenes menores de veinte años entre la marejada de transeúntes pasó desapercibido. Se acercaron hasta una distancia que posibilitó el escrutinio de los gestos. La magnitud de sus conjuras devino en una sonrisa sardónica que afloró simultáneamente y los ayudó a reconocerse. Último Escritor no congeniaba con el retrato predeterminado que agobiara las figuraciones de Hacker. Su apariencia real desmentía la estampa sacralizada por la muchedumbre. No se trataba de un hombre entrado en años, con anteojos y barba cerrada, coderas de piel bordadas en el saco y un maletín repleto de manuscritos, cabello hirsuto y suelas desastradas. Por el contrario, erguido en la acera había un muchacho enjuto, con la cabeza rapada, enfundado en un atuendo deportivo. Frente a él, y en lugar de un adolescente pálido, con las pupilas agostadas por el estrabismo, un joven de mirada penetrante, alto y robusto, se dejaba contemplar sin oponerse al inventario que se hacía de su persona, como quien espera el veredicto de un


examen profesional ante los sinodales. La confrontación no superó los diez segundos. Una cuadrilla de agentes dio con el par de rapaces, quienes todo lo que hicieron fue someterse al arresto sin chistar. A uno lo inculparon por la fabricación de un dispositivo que había violentado documentos oficiales y tergiversado la información del régimen, modificando sus leyes en detrimento del honor, los principios civiles, religiosos y políticos, alentando con ello la sedición de los habitantes. El otro fue apresado por hurtar las últimas reservas de papel que celosamente custodiaba el Departamento de Conservación hasta entonces mantenido en secreto, por utilizar las imprentas allí resguardadas como patrimonio nacional y por aprovechar su posición de empleado de dicha dependencia para efectuar un acto presumiblemente artístico que no había hecho sino distraer a la sociedad de sus labores y acrecentar el número de inconformes. Fueron conducidos a un pabellón donde permanecieron renuentes al diálogo, sentados en el piso de lámina con las espaldas apoyadas en una pared de metal frío. Seguían observándose con detenimiento y se cuestionaban sin pronunciar palabra. Luego, se les aproximó un sujeto en uniforme. Tuvo lugar un interrogatorio que, por la ausencia de respuestas a favor o en contra, facilitó la sentencia: pena capital. Murieron al mismo tiempo, recostados boca arriba. Por sus venas transitó la sustancia mortífera hasta que sobrevino el deceso. El desenlace de sus vidas carecía de encanto, de atractivo para la posteridad. Dentro del margen de probabilidades para fenecer, les tocaba el menos ingenioso. Con toda certeza, el Pentimenti hubiese tramado un final impredecible. Pocos segundos antes del último latido, su inventor maldijo la vida humana, valiéndose de un grito malogrado que los ejecutores estimaron como el suspiro terminal: la maldijo por su fealdad, por su

pobreza estética, por su reducido marco de experiencias: no más que un marasmo de tiempo unidimensional y doloroso, tanto que allí, en una cámara aislada, con un reloj de pared como único testigo, yacían dos enemigos victimados por un tercer contrincante que había interferido en su gesta siguiendo un desangelado patrón burocrático. Ni Hacker ni Último Escritor imaginaron que sus cadáveres serían escrupulosamente incinerados. Sus cuerpos quemados como libros. El régimen ofreció cuantiosas recompensas para quienes entregaran al menos una copia de La muerte de la imaginación. En menos de diez días se recabaron todos los ejemplares. Apilados al centro de la misma plaza en la que meses antes fueran leídos con devoción, los últimos descendientes de la literatura perecieron de la misma manera en que había perecido su infortunado hacedor. El fuego los consumió una tarde invernal, tras una ceremonia de rutina que no conmovió a ninguno de los allí reunidos, que habían asistido obligatoriamente para presenciar el escarmiento. El régimen aprovechó el desorden estadístico ocasionado por el software y el posterior bloqueo de éste para rescribir la historia de acuerdo a sus intereses, omitiendo de paso toda referencia a lo que alguna vez se apodó literatura. Desde las tablillas sumerias hasta los libros electrónicos, toda alusión a la escritura como medio de expresión fue suprimida. Pocos se atrevieron a relatar cualquier vivencia ante la amenaza de ser perseguidos o torturados. Las nuevas generaciones desconocieron el uso de la palabra, pues nacían desprovistas de cuerdas bocales y lengua. Hasta el resuello apocalíptico de la tierra, germinaría el silencio como única mediación entre los hombres.

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Ironía y fabulación

El arte contemporáneo está inmerso en un sistema de especulaciones, simulacros y suposiciones que contradicen y a la vez validan el reciclaje de estéticas. Fabián Ugalde, a lo largo de su trayectoria, se ha interesado en adoptar una postura crítica ante lo absurdo que puede resultar dicho sistema de validación en la historia del arte, específicamente en la época contemporánea. Con signos y símbolos diversos, su obra invita al espectador a apropiarse de un mundo en el que conviven elementos que nos remiten a la estética de los dibujos animados en combinación con aspectos de la vida cotidiana. Además de su sólida formación como artista plástico, Ugalde también tiene estudios en el área de diseño y arquitectura. Al mismo tiempo que estudiaba la licenciatura, trabajaba en una fábrica de inflables, su labor consistía en diseñar y pintar los personajes que decoraban dichos objetos. Esta experiencia influenció su trabajo, al principio experimentó creando instalaciones con materiales inflables y objetos de plástico. La primera etapa de su producción pictórica adopta una estética similar a las caricaturas, estableciendo una crítica social. Es una etapa en la que el artista plasma inquietudes personales rechazando las estéticas convencionales. En 2004 empieza a desarrollar una crítica de la historia del arte, a través de cuya exploración va creando analogías que contraponen los conceptos del arte contemporáneo, la política, la tecnología, lo social y la economía; en palabras de Ugalde, crea: ‘juegos mentales aprovechando iconografías de universos ajenos’. Esta feroz crítica hacia el sistema artístico contemporáneo surge de la molestia por su rechazo a la pintura. Su trabajo se vuelve más agresivo, haciendo un arte a partir de un contexto geográfico y social. Incluso, en el método que utiliza para la realización de sus proyectos, es notoria su rebeldía, ya que sus obras se crean en un medio digital, esta actitud es una forma de retas la manera convencional en que la pintura se produce.Ugalde rechaza la pincelada sobria o el trazo virtuoso; se apoya en la tecnología para crear conceptos y estéticas que interpretan una idea. w

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You’re safe now (2008), vinilmate/tela plastificada,120x120 cms.

Fabián Ugalde, You’re safe now, 2008, vinilmate/tela plastificada, 120 x 120 cm.

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Imported art sinking (2007) vinilmate/telaplastificada, 200x185 cms.

The talk show (2008), vinil mate/tela plastificada, 155x200 cms.

r s

Fabiรกn Ugalde, Imported art sinking, 2007, vinilmate/tela plastificada, 200 x 185 cm. Fabiรกn Ugalde, The talk show, 2008, vinilmate/tela plastificada, 155 x 200 cm.

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Stolen garbage (2008), vinilmate/tela plastificada, 170x200 cms.

Four Seasons (2007), vinilmate/tela plastificada, 160x220 cms.

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Fabiรกn Ugalde, Stolen garbage, 2008, vinilmate/tela plastificada, 170 x 200 cm. Fabiรกn Ugalde, Four Seasons II, 2007, vinilmate/tela plastificada, 160 x 220 cm.

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Hypnotized (2007), vinilmate/tela plastificada, 210x165 cm.

Fabiรกn Ugalde, Hypnotized, 2007, vinilmate/tela plastificada, 210 x 165 cm.

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Con un lenguaje familiar, cercano a los dibujos animados. Ugalde refleja el malestar de la sociedad y el vacío de los contenidos, tanto en el arte como en la cultura en general. En nuestra época, los medios están saturados de información al grado que es impiden procesarla, la historia se vuelve una parodia de sí misma al momento que se anticipan las consecuencias de un hecho que aún no ha sucedido. El arte contemporáneo no es la excepción, el mercado se satura de propuestas recicladas y el proceso de validación se vuelve absurdo. Estas ideas se convierten en los temas que aborda Ugalde en sus pinturas: desde la situación absurda de un remolque insertado en el edificio del museo Guggenheim a la crítica hacia lo éfimero de la sociedad actual. Una de sus grandes influencias y con quien coincide, filosóficamente, es Jean Baudrillard, la filosofía postestructuralista ha sido una gran inspiración para el trabajo de Ugalde. Entre sus proyectos acuales, Fabián Ugalde está planeando intervenir, con otro grupo de artístas una casa en remodelación del Centro Histórico de la Ciudad de México, con la idea de insertarla, a partir de las intervenciones, dentro del paisaje urbano como si permaneciera en perpetua reconstrucción. También se ha interesado por las figuras que se forman en los campos de cultivo alrededor de todo el mundo —estos símbolos, aparentemente aparecen en muy poco tiempo y también desaparecen con celeridad— llamados crop circles. Estas figuras no tienen autor y encierran un misterio, son cercanas al land art y han captado la atención de Ugalde, al parecer nadie reclama la autoría de estas misteriosas figuras, por lo cual el artista ha decidido apropiarse de ellas y utilizarlas en sus piezas. El arte de Fabián Ugalde nos adentra en un mundo en el que la sátira, la ironía y el absurdo conviven al mismo tiempo que interpretan los simulacros de realidad. La situación y el malestar cultural se vuelven la materia prima para las obras de Fabián Ugalde. w

Fabiola García

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Del cuerpo y la medicina Paola Velasco

De los amores de Apolo y Coronis nació Asclepio, dios de la medicina en la Grecia Antigua que, como Baco, fue arrancado del vientre de su madre muerta por las manos de un arrepentido padre asesino. Como discípulo de Quirón, Asclepio aprendió del centauro el arte de la medicina; de Atenea recibió dos redomas llenas con la sangre de Gorgona: con una podía quitar la vida, con la otra resucitar a los muertos. Esta última sirvió al primer médico para iniciar la furtiva actividad que habría de costarle la vida: arrancar huéspedes a la mansión de Hades. Esta es la metáfora del origen de la medi-

de postergarla, mantenerla a una prudente distancia. Pero también la asalta, de vez en cuando, el vanidoso anhelo no de retrasar o esquivar momentáneamente la muerte, sino de erradicarla. Ese fue el imprudente ejercicio de Asclepio, que anduvo por la Grecia de Zeus reviviendo muertos con su botellita de sangre gorgónica. ¿Pretende la histología hacernos olvidar lo inútil que es querer huir del dolor, la vejez y la enfermedad que culminan en la muerte? Sin duda, no. Por principio porque la medicina no puede soslayar la muerte; de hecho no puede dejar de mirarla. En segundo término, porque

cina en Occidente, una ciencia que ha querido vencer siempre a los mismos tres enemigos:

pocas veces tenemos tan presente nuestra condición perecedera como cuando nos aque-

la enfermedad, la vejez y el dolor. Al final, sin embargo, aguarda un último oponente, inven-

ja la enfermedad. Es sobre todo cuando nos vemos obligados a visitar al médico o los poco

cible, que nace del hombre mismo: la muerte. Las acciones de Asclepio —no negamos que

hospitalarios pasillos de un hospital, cuando recordamos que, a la postre, moriremos.

impulsadas por la buena voluntad— buscaban eliminar del hombre parte de aquello que

No se trata, pues, de olvidar que somos seres para la muerte. Sufrir y morir nos per-

lo define, pues lo humano es necesariamente mortal, y convertirlo en una especie otra: la

miten gozar y sentir alegría por estar vivos. Díptico extrañamente armonioso el que la

del ángel o la del demonio. Quirón y Apolo también ejercieron el arte

vida y la muerte se acompañen y no podamos aceptar la una sin la otra. Nandino, médico

de curar. Un tópico común a sus mitos señala cómo, llegado el momento, ni la sabiduría del centauro ni la habilidad guiada por el amor

y poeta, supo decirlo en estos versos: Muerte: conmigo naciste, / mi corazón es tu nido, / de mi sangre te has nutrido / y en mi cráneo te

del dios, pudieron contener el dolor o evitar la muerte. El médico tiene, pues, también algo de

escondiste. / En todo mi cuerpo existe / la invasión de tus pupilas / y, si mi vida mitigas /

Sísifo: combate una enfermedad hasta erradicarla —lleva la roca hasta la cima— sólo para

y hasta de ti la defiendes: / es porque de sobra entiendes / que al matarme, te aniquilas.

ver cómo surge otra en su lugar, acompañada de nuevos dolores, agravada por la vejez, cada vez más compañera de la muerte. Dedicándose a mantener la buena salud, la medicina se ocupa, más bien, de la muerte:

Una idea semejante la encontramos, significativamente, en otro poeta del que, por cierto, Elías Nandino elaboró el acta de defunción. Villaurrutia escribió en su “Décima muerte”: Si te llevo en mí prendida / y te acari-

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Fabián Ugalde, Hollywood, Boceto.

cio y te escondo; / si te alimento en el fondo /

Pero otra parte de la medicina no se olvi-

de mi más secreta herida; / si mi muerte te da vida / y goce mi frenesí, / ¿qué será, Muerte, de ti / cuando al salir yo del mundo, / desecho el nudo profundo, / tengas que salir de mí? Somos, pues, seres vivos condenados a dar vida a nuestra propia muerte. Carece de sentido intentar librarnos de este destino. La vulnerabilidad de nuestro cuerpo es también prueba de su eficacia: una constante regenerción de células da paso a las que han ido pudriéndose. Una franja de la medicina sin embargo, descendiente de aquel Asclepio sedicioso, se extiende conforme los avances técnicos y científicos avanzan. Una franja que rosa con peligro el límite de atender sólo al cuerpo olvidándose del espíritu que lo anima; que se empeña en mantener vivo un organismo alardeando de su poder contra el término de la existencia y relegando el hecho de que, tal vez, la conciencia que habitaba ese cuerpo no se encuentra más ahí. Saber vivir, saber envejecer y saber morir son cuestiones que requieren una suprema dignidad. Hacerlo me recuerda aquella frase de Hillman, epígrafe redondo para cualquier tratado cuyo interés sea la sabiduría: “En un lugar donde no haya hombres, esfuérzate por ser hombre”.

da de que aunque la lucha es desigual y toda ofensiva está de antemano sentenciada a la derrota, su deber es batallar contra la enfermedad y la muerte. Mas no para eliminar esta última, sino para sostener la dignidad de la vida hasta que llegue el momento en que el paciente afronte su individual muerte. Este friso de la medicina entiende bien hasta dónde puede aterrarnos la enfermedad, porque conoce que todo padecimiento hace de nuestro cuerpo un sitio hostil, enemigo, que no nos gusta ocupar; el cuerpo enfermo deja de ser el espacio que sano resulta acogedor. La enfermedad nos hace perder el control del cuerpo; éste, vuelto otro, duele, se contrae, tiembla, se seca o se humedece sin que intervenga la voluntad. Y eso, perder el dominio sobre el cuerpo, suele producir espanto. En este sentido, la ciencia de Asclepio tiene una función imprescindible: sostenernos, acompañarnos, no dejarnos solos. Sentados en la antesala del consultorio o de la muerte, confiamos en que la medicina sepa y pueda prevenir aquello que amenaza con deteriorar y denigrar nuestro cuerpo que, perdóneme Platón, es el albergue y no la cárcel del alma.

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Mundo grande Drummond de Andrade

No, mi corazón no es más grande que el mundo. Es mucho menor. En él no cabe ni mi sufrimiento. Por eso me gusta tanto contar. Por eso me disipo, por eso me grito por eso frecuento el periódico, me expongo en las librerías: necesito de todos. Sí, mi corazón es muy pequeño. Sólo ahora me doy cuenta que en él no caben los hombres. Los hombres están allá afuera, en la calle. La calle es enorme. Grande, mucho más grande de lo que se cree. Pero tampoco a la calle le caben todos los hombres. La calle es menor que el mundo. Tú sabes que tan grande es el mundo. Conoces los navíos que llevan petróleo y libros, carne y algodón. Has visto los diferentes colores de los hombres, sabes como es difícil sufrir todo eso, amontonar todo eso en un solo pecho de hombre… sin que él estalle. Cierra los ojos y olvida. Escucha el agua golpear en los vidrios, tan calma. No anuncia nada. Mientras se escurre entre las manos, tan calma. Va inundándolo todo… ¿Renacerán las ciudades sumergidas? ¿Los hombres sumergidos volverán?

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Mi corazón no lo sabe. Estúpido, ridículo y frágil es mi corazón. Sólo ahora descubro cómo es triste ignorar ciertas cosas. (En la soledad del individuo olvidé el lenguaje con que los hombres se comunican.) Antiguamente escuché a los ángeles, las sonatas, los poemas, las confesiones patéticas. Nunca escuché voz de gente. En verdad soy muy pobre. Antes viajé por países imaginarios, fáciles de habitar, islas sin complicaciones, no obstante exhaustivas e incitando al suicidio. Mis amigos fueron las islas. Las islas pierden al hombre. Entretanto, unos se salvarán y traerán la noticia de que el mundo, el gran mundo está creciendo todos los días, entre el fuego y el amor. Entonces, mi corazón también puede crecer. entre el amor y el fuego, entre la vida y el fuego, mi corazón crece diez metros y explota. –¡Oh vida futura! Nosotros te crearemos. Versión de Mijail Lamas.

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Poetas clones del futuro (final) Cristián Berríos

Pablo N., Vicente Dobro, Nick Parra, Gabriela M., Pablo de Rock, entre otros, son versiones genéticamente alteradas de los principales poetas chilenos, abriéndose paso en un Santiago post-destrucción. En los cuatro capítulos anteriores, los poetas descubren la mentalidad genocida y codiciosa de La Cofradía; a Renacimiento, el grupo de artístas que se rebela contra ellos a mano armada; a Garcés Ortega, una de las caras visibles de una ideología criminal, y a Santo Underground, misterioso y repulsivo personaje de poderes asombrosos.

V Jorge Telier conducía el furgón, le acompañaba a su derecha Enrique Link y en la parte trasera del vehículo iban sentados Pablo N, De Rock, Nick Parra, Gabriela M y Vicente Dobro que custodiaban a Garcés Ortega, fuertemente atado. –Ningún artista que se precie de tal, secuestra a otro —Murmuró el Gerente de Operaciones de Circo Inquisición. –Eres un vendido al sistema —Replicó Pablo de Rock—. Has asesinado a miles por tus ansias de poder, desfiguraste a otros y destruiste una ciudad. –Cada negocio requiere que una parte ceda —Contestó Garcés Ortega—. Asumí que ellos eligieron morir. Oigo carreras locas, risas y conversaciones de criminales. –¡No cites el Autorretrato de Parra en una apología tan obscena! —Se quejó Vicente Dobro—. Te recomiendo el verso “Somos alas caídas del cuerpo tenebroso del tiempo” de Realidad Inaccesible. –¡Autorreferente! —Gritó Pablo N acomodándose en su asiento como si iniciara una partida de ajedrez—, una lección de sangre te dio el fuego. –¡Ahhgg! —Gruñó Vicente Dobro— citaste un verso del xiii soneto de amor. ¿Se supone que porque alguien lance una ironía simplona otro debe reírse?, pobre concepción del humor.

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–¡Silencio! —Gritó Garcés Ortega fuera de sí— ¿Ven? Por eso no los soporto. Siempre creyéndose mejor que el resto, enfrascándose en parloteos ególatras que jamás conducen a parte alguna. Por eso decidí clonarlos, dotarlos de un vigor físico que los originales jamás tuvieron, hacerlos mis dioses del Olimpo, mejorados, dóciles. ¡Pero heredaron los mismos vicios!... –¿Acaso la belleza no consiste en eso? — Preguntó Gabriela M— ¡Nada justifica la intolerancia y el crimen!, ¿por qué tomarse el vientre de la repugnancia si puedo convertir a otro en flor?... ¿Califico en los parámetros de belleza, pureza y creatividad con los que ustedes manipularon la cultura de Chile arrojando lo mejor de nuestras artes a las sombras?, ¿merezco la vida a juicio de los elegidos?... –Bueno… Recibió el Premio Nobel … –¡Suficiente! —Exclamó la poetiza antes de romperle la nariz de un golpe. –Este Garcés Ortega entiende tan poco a las mujeres —Rió Pablo de Rock—. Por eso escribió esas novelas como el culo, “Los impotentes” y “El Pasado”, publicadas por Puaj Barral. –¿Cómo sabes eso? —Interrogo Enrique Link. –Lo busqué en un notebook con wi-fi que me traje de su casa —Explicó el poeta ante la mirada horrorizada de Garcés Ortega—,


mientras lo interrogaban aprendí a prenderlo, usarlo y la terminología. Ahora que lo pienso, quizás nos crearon con esa información incorporada… –¿Cómo lo hicieron? —Preguntó Nick Parra apuntando un arma a la sien de Garcés Ortega. –Un chip que implantamos en el cerebro de los clones —Dijo Garcés Ortega con cautela y subió el tono ligeramente—: todos poseen habilidades distintas. Además… Podemos hacerles estallar en mil pedazos si lo deseamos. El vehículo se detuvo frente a un mirador de la ciudad. El desolador aspecto de Santiago en ruinas, abundante en profundos agujeros y llanos a causa de las detonaciones, se compadecía con el ánimo del grupo. La información revelada por Ortega Garcés había caído como un balde de agua fría sobre ellos. –Quizás miente —Dijo al fin Gabriela M. luego de observarle detenidamente a los ojos—, sólo busca una excusa para que negociemos. –Podrían llevarse una desagradable sorpresa —Comentó Garcés Ortega con una sonrisa. –Es cierto —Dijo Pablo de Rock aún en el interior del vehículo y mostrando el notebook por una ventana—, pero apuesto a que en este aparato está la clave para desactivarnos… ¿Alguien sabe como prenderlo?... –Recién dijiste que sabías usarlo —Replicó Garcés Ortega. –Por supuesto —Rió Pablo de Rock—, deseaba que jugarás tu mejor carta de inmediato. Sucede que tenemos a uno de los nuestros dentro de tu cabeza y conoce cada uno de tus actos. Garcés Ortega voltea y observa la sombra que le había espantado momentos antes en su casa. El santo underground se perdió luego en la oscuridad de la noche. –¿De donde sacaron a ese esperpento?—Gruñó ultrajado el novelista que trabajaba como

Gerente en Circo Inquisición— ¿Cómo se trasladó hasta aquí si jamás le vi subirse al vehículo?... ¡Que se aleje de mí!... Es asqueroso, repulsivo, siniestro… –No es más horrible que tú —Dijo Vicente Dobro encendiendo un cigarrillo—, lo que pasa es que no posees el noos, inteligencia en griego, para contemplarle en plenitud. Me recuerdas a mi amigo Hernán Díaz Arrieta, que le costaba entender la traducción de una égloga de San Juan de la Cruz. VI Al cabo de veinte minutos el vehículo aún permanecía frente al mirador. De a poco las ratas que merodeaban en las ruinas de Santiago perdían la timidez y les observaban a lo lejos. Con los poetas clones reunidos a su alrededor, Garcés Ortega, Gerente de Operaciones en Circo Inquisición, tecleaba en el computador portátil apoyado sobre la cajuela con el arma de Pablo de Rock apuntándole a la nuca. –Imposible… —Murmuró al cabo de unos minutos—. Anularon mi clave. Me temo que deberán acostumbrarse al chip explosivo de su cerebro. –¡El único que morirá aquí serás tú! —Exclamó Jorge Telier tomándole de la solapa con una mano—. ¿Has leído a Julio Verne, Panait Istrati y Knut Hamsun?, nada está dicho hasta el último momento. Enrique Link y Nick Parra manifestaron su desanimo resoplando, paseándose o simplemente tomándose la cabeza. Vicente Dobro encendía otro cigarro antes de arrebatarle la boina a Pablo N y arrojarla a la suciedad. Pero Pablo de Rock y Gabriela M seguían atentos al rostro de Garcés Ortega sin creerle una palabra. –¿Tratas de engañarnos? —Replicó De Rock—. ¿Sabías que Jamás entregué mis libros a ninguna editorial? Desde Sátira en 1918 los edité y distribuí rompiéndome la espalda…

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–¿Y eso en qué se relaciona conmigo? –La frustración transforma al gatillo en una cuerda de guitarra. El aspecto decidido en el rostro del poeta hizo que Garcés Ortega exhalara con cautela. –No me culpes por intentarlo… —Agregó el Gerente de Operaciones completando datos—. Aún así necesitan que elimine el programa desde la Colmena de clones o bastará un cambio de clave para volarlos en pedazos. –¿Colmena de clones? —Preguntó Vicente Dobro alzando la vista—. Pensaron en los mejores nombres… –Es un laboratorio —Apuntó Garcés Ortega—. –Sube al vehículo y llévanos —Dijo Gabriela M. –Será un suicidio —Dijo el aludido. No mentía. La Colmena de clones se construyó sobre la antigua Biblioteca Nacional. La estación del metro adjunta albergaba un río oscuro y putrefacto cuya turbulencia se percibía por el ruido que filtraban pequeñas aberturas en la capa de concreto que le cubría. La entrada estaba fuertemente custodiada por soldados. –Voy a adelantarme y luego me cubren… —Advirtió Gabriela M bajando del vehículo. –Pero no es labor para usted… —Dijo Pablo N. –Neftalí, usted quédese callado no más… –Sí señora… —Masculló el también Premio Nobel. Gabriela M. toma impulso y trepa al frontis del edificio a unos cuatro metros de altura quedando en posición horizontal al suelo. Corre y acribilla a tres guardias antes de dejarse caer con suavidad. El resto de los poetas clones y Garcés Ortega, el único desarmado, le siguen de cerca atrincherándose entre los escombros de la biblioteca arrumbados a un costado del moderno, platinado y liso edificio. –Mentes brillantes en cuerpos invencibles —Murmuró Garcés Ortega orgulloso mien-

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tras los clones esquivaban los ataques y producían notorias bajas entre sus numerosos adversarios. –Mi madre decía que debía convertirme en rey —Comentó Vicente Dobro a su lado mientras tomaba un respiro—. Si querías perfección no debías levantarnos de las cenizas, bastaba que leyeras Horizon carré… Una ráfaga había alcanzado el antebrazo izquierdo del poeta y observaba la carne destrozada con desanimo. Sin embargo las heridas tendían a una cicatrización vertiginosa y en menos de cuatro minutos aún sangraba pero había recuperado el control de la extremidad. Entonces se unió al resto y pronto lograron abrirse paso hacia el interior. Adentro la situación fue tan o más complicada. Después de que abatieran al vigésimo primer guardia sufriendo apenas heridas menores en piernas y brazos, Garcés Ortega les indicó que bajaran por el ascensor al 6to subterráneo donde les esperaba otro contingente. Apenas las puertas cedieron una avalancha de metralla se precipitó sobre ellos pero las balas permanecían inmóviles en una nebulosa traslúcida. –Justo a tiempo —Comentó Pablo de Rock. El espectro que horrorizaba a Garcés Ortega apareció con sus velos negros e impacto nauseabundo entre poetas clones y guardias. Entonces emitió una onda expansiva que envolvía a sus adversarios como espuma y les dejaba ingrávidos en el pasillo principal como marionetas con hilos invisibles. –Très bien —Exclamó satisfecho Vicente Dobro. El Santo underground repetía la dosis con quienes salían al paso. Nick Parra contó, al vuelo, a más de cien personas, Enrique Link suponía que eran más de 200 y Garcés Ortega, que trabajaba en la Colmena de Clones supo con certeza que al menos había anulado la acción de 412 soldados con solo contemplarles.


Fabián Ugalde, Power Station, Boceto.

–Sigan alentando a este monstruo —Dijo el Gerente de Operaciones con encono—, me reiré cuando les arrastre al infierno. El sexto piso desembocaba en una galería interior de proporciones asombrosas. Como estalactitas, pendían del cielo miles de agujas verdes que resguardaban embriones. Donde se posara la mirada surgían estanques en las paredes que incubaban cuerpos más desarrollados y finalmente, al fondo del salón, otras cámaras con seres inactivos, casi culminados, que permanecían en inercia privados del soplo vital. –¡Debería matarte ahora mismo! —Exclamó Gabriela M apuntando su arma al cuello de Garcés Ortega. –Aún no —Contestó el Santo underground con una legión de voces resonando como una sola, e indicó a Garcés Ortega—. Desactiva el código de sus chips, en seguida destruiré la Colmena. Los demás entren en mi vientre. Luego de que corriera parte de los harapos que le cubrían y despidiera un olor aún más putrefacto, si acaso era posible, su

cuerpo asomaba como un portal hacia las tinieblas. –Pablo entra primero y luego manda una carta desde ahí —Dijo Dobro a N. –Tu primero Vicente —Repuso el Premio Nobel—, me parece una puerta al Creacionismo o a la Antipoesía... –¿No escribiste las Odas Elementales? — Preguntó Nick Parra—, vuelve entonces al origen y manda fruta. Me reiré mientras el cielo cae en hojas de Parra. –¡Hombres! —Masculló Gabriela M abriéndose paso—, iré primera. La poeta ingresa al vientre del Santo underground y desparece sin rastro. Luego sigue Jorge Telier, Enrique Link… Finalmente restaban Nick Parra, Pablo N, Pablo de Rock y Vicente Dobro. Ninguno decidía moverse como si, curiosamente, el primero en alejarse de la Colmena fuera el más cobarde. Garcés Ortega tecleaba en la computadora central del laboratorio y, cuando el sistema preguntaba mediante un aviso escrito si estaba seguro, presionó “aceptar”.

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“Programa eliminado” dijo al fin una voz electrónica. –El que haga el mejor poema con el estilo del otro gana y se va último —Propuso Vicente Dobro. –Bien —Dijo Pablo N—, aquí va el tuyo: “Un chocolate gigante se transformó en pájaro y se fugó con mi abuela para llevarla al monte de la lascivia”. –Que bajo de tu parte —rezongó Dobro y tuvo que rendirse ante la aceptación del resto. –“Oda a la mosca / Tiene patas / Vuela / Se posa / En la mierda / helicóptero de mi vida / Sonrisas / Manos” —Masculló De Rock—, bien tocayo, váyase… –¡Esto se sabrá desde la Antártica a Gibraltar! —Rugió Pablo N. –“N es como el culo, me plagia y gana plata por sacos” —Rió Nick Parra—, fuera De Rock. –Payaso —Se quejó el aludido. Entonces solo quedó Nick Parra, el Santo underground y Garcés Ortega en esa galería de la Colmena de Clones mientras el espectro provocaba fallas múltiples en el sistema y caían los recipientes de embriones como gigantescas dagas desde el techo. –Reí como un niño mientras molinos danzaban en mi corazón —Dijo el Gerente de Operaciones de Circo Inquisición. –Reprobado… —Dudó estupefacto Nick Parra—, puede atribuirse a Rimbaud con suerte, posee la reiteración de dos “m” en palabras seguidas y… –Váyase —Ordenó Garcés Ortega—. Los lectores debemos guiarnos por nuestro propio camino y atiborrarnos de experiencias en ese mundo que carecen los grandes escritores, tan asiduos a encerrarse. Deme la satisfacción de un triunfo al menos y si bien nunca pagaré el daño realizado me despediré con honor... –Perdiste esa posibilidad hace mucho —Comentó Nick Parra y antes de introducirse en el vientre del Santo underground como si se

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borrara dijo: –Sin ánimo de ofenderte, eres un perfecto y maravilloso hijo de puta. Ni un ápice de la explosión que remeció Santiago por segunda vez pudo oírse en el sitio que el santo underground había elegido para resguardarles. VII Luego de trasladarse desde la Colmena a las tinieblas finalmente cada uno de los poetas clones abría los ojos en una realidad distinta. Nick Parra caminaba sobre la superficie del océano con el oscuro cielo encimándole los astros, atentos como jueces. Dos siluetas se le acercaban y detuvieron la marcha a escasos metros del poeta. Eran sólidos y de materia cristalina con forma de 1 y 2. –Bienvenido amigo de las letras —Dijo el Uno—. Este es el infierno para ustedes. –No hablaré con semejantes hijos de puta —Contestó Nick Parra recogiendo el guante—. Exijo una reunión con su superior, el Tres. –¿Sabías que un Once es un Uno que se mira al espejo? —Contestó el primero de los números con saldo positivo—. Además adopte una actitud más humilde, aquí con mi hermano formamos el Doce y si nos da la gana el Veintiuno. –Agradece que no vino el Cero —Acotó el Dos—, puta que es amargado, siempre trata de convencernos para que le ayudemos a convertirse en Cien o Doscientos. Por su parte Gabriela M recorría las salas de un colegio rural, vacío. A veces escuchaba las voces de los niños y ruidos de jugarretas, un reloj marcaba las seis en punto aunque estimó que había transcurrido al menos 3 horas desde su arribo. Enrique Link bebía café en una librería repleta de maniquíes desnudos y Jorge Telier intentaba escaparse de un pozo que no era otra cosa que el bolsillo de Pablo N. En un lugar más remoto, distinto como una página y otra. Vicente Dobro caminaba


en su paraíso Creacionista, el jardín con un sol verde que usaba monóculo y arboles anaranjados que jugaban al naipe en el bosque. Eructaban como cretinos. –¡Basta de pisarme! —Exclamó la tierra. –Espera un momento hasta que pueda convertirme en pájaro. –¿Qué es un pájaro? –Un ángel que se alimenta de gusanos, mezcla de humanos con aviones de papel. –¡Qué loco! —Replicó la tierra— ¿De cuál fumaste?... Dobro dejaba de prestarle atención. Observó el lujurioso divertimento de sombras que retozaban con ninfas en un bosque de algodón. –Cada hombre construye su paraíso e infierno —Dijo al fin. Pablo de Rock deambulaba en un laberinto subterráneo. Las débiles antorchas que encontró a su paso se espaciaban cada vez más. Oía el susurro de cazadores y dudaba hacía donde debía escaparse, pero en su cinto ostentaba una espada y blandiéndola dijo: –He aquí el arma de un poeta, fácilmente podría transformarla en un lápiz. Sentado en un trono de piedra, Pablo N observaba una Isla Negra marmolina con un océano plateado. Emergieron de las aguas Charles Baudelaire y Arthur Rimbaud con rostros adustos, más atrás les seguía Edgar Allan Poe. –¿Hablará francés? —Preguntó Rimbaud a Baudelaire—, te dije que debíamos aparecernos ante el muchacho de Altazor. –La poesía trasciende las fronteras —Opinó Baudelaire—, como una cortesana con basta clientela. Cerca del trono de N, Rimbaud bajó ligeramente sus pantalones y mientras meaba una cascada de oro dio un vistazo al poeta chileno y dijo distendido: –¿Por qué leíste la carta de mi hermana?, era un asunto personal…

–Fue un maravilloso obsequio. –Comprendo —Comentó el poeta francés—. ¿Qué te parece mi versión de Isla Negra?. –Horrible —Musitó Pablo N sin que escapara de su asombro—, ¿Dónde están las amapolas y la danza de las flores?, extraño las campanas y el esmalte zafiro del océano. –Habitarán en tu interior —Opinó Charles Baudelaire—. –¿Porque vinieron a visitarme?... –Aunque nuestra prosa difiera —Dijo Baudelaire—, cada palabra que se entrega de buena voluntad es un triunfo sobre la ignorancia. Recuerdo el escándalo que hicieron por Les Fleurs du mal en 1857 y pregunto: ¿Ha cometido la humanidad crímenes peores desde entonces?... –No fui ningún santo —Acotó Rimbaud mordiendo una semilla de girasol que extrajo del bolsillo de su esmirriado traje—, pero existe la posibilidad que al final del infierno, más allá del encono, ambición y ciega necesidad de sobrevivencia, exista una posibilidad para quienes estigmatizamos como débiles. –Nunca pensé que en tu rebeldía pensabas de esa forma —Comentó N. –El infinito contempla todos los pensamientos —Explicó Rimbaud. Jorge Telier se transformaba en un gigante y atisbó, como en un sueño del futuro, mientras llenaba los pulmones de una bocanada, que las naciones continuaron desangrándose mediante tratados e injusticias veladas. Entonces los poetas clones, desde los parajes diversos que proyectaban sus almas, recordaron que aún habitaban en el vientre del santo underground. Cada uno transformó su presidio en una quimera. Gabriela M hacía clases en un salón repleto de niños, porque la fatiga de un profesor de provincia se vuelve satisfacción en la borrachera de las décadas; Vicente tomó el control del edén creacionista; Pablo

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Fabián Ugalde, Trap, Boceto.

de Rock emergía a la superficie; Nick Parra enseñaba a los números la importancia de las palabras; Pablo N compartía afablemente con los poetas malditos que admiraba desde niño; Jorge Telier fue un juez sabio entre los pueblos que desconocían su nombre y Enrique Link destrozó los maniquíes hasta extraerle a los humanos que aprisionaban en su interior. Segundos después abrían los ojos en una sala del refugio en el Cerro San Cristóbal. En sus vidas pasadas nunca desearon el derramamiento de sangre, pero quienes les habían devuelto la juventud y dotado de capacidades extraordinarias para exprimirles

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sus talentos como fenómenos, pagarían con sus cabezas. Tras doscientos años de mentiras encubiertas y vastas generaciones de personas condenadas a derrumbarse había llegado el momento de la independencia de Chile. No era un asunto de clases sociales, de manipulaciones academicistas o negocios turbios, por primera vez los apellidos ilustres y los comunes pactarían sus esfuerzos. Solo las almas oscuras pavimentan su futuro sobre el sufrimiento ajeno y recién principios de la segunda década del siglo veintiuno la Cofradía había revelado su rostro. La batalla entre Renacimiento y Circo


Inquisición no contemplaría la derrota para ninguno de los bandos. VIII Cuando el último de los poetas clones abandonó la Colmena y la infraestructura del laboratorio se desplomaban, Garcés Ortega corrió hasta el Santo underground y poniéndose de rodillas clamó con las manos apoyadas en sus pies descarnados. –¡Por favor! —Gritaba entre lagrimas—, ¡No me mates!... ¡Jamás me perdonaré el daño que he hecho!, permite que continúe con vida… Cuando alzaba la cabeza descubrió que el Santo había desaparecido y segundos después huía por un ducto subterráneo justo antes de la explosión. Tuvo la posibilidad de librarse de los clones detonándoles frente a su nariz en el mirador, pero al final consiguió lo que había buscado desde el principio: Garcés Ortega observaba la sangre del Santo underground en sus manos y sonreía ante la posibilidad de clonarle en los laboratorios que Circo Inquisición escondía en Valparaíso, Antofagasta, Pichilemu… Veintiún días transcurrieron entre el día de la destrucción de la Colmena y el regreso de los poetas clones desde el vientre del espectro. Peor aún, mientras las fuerzas de Renacimiento se armaban sin ellos, Circo Inquisición había desplegado en torno al cerro San Cristóbal cientos de aviones de combate, tanques y miles de batallones… –¿Porque se mantienen al acecho si bastaría con proponérselo para que nos acaben? —Exclamó desconcertado Enrique Link mientras pateaba un basurero de la sala de reuniones. –Aún con su poderío nos temen —Dedujo Gabriela M. –¿De que se preocupan? —Preguntó Vicente Dobro llevando las manos a la nuca mientras se inclinaba en su silla— Mientras tengamos

al fantasma que apesta como cerdo y se viste en Almacenes la Muerte… ¡Lee mis libros!... Lo noté al verlo, ningún tipo de su clase leería a Pablo… –El Santo se desvaneció cuando regresamos y nadie ha vuelto a verle desde entonces —Informó Jorge Telier. –¡Vaya! —Exclamó Dobro agitando un fósforo con el que había encendido su cigarro—, espérame Cartagena que allá voy de nuevo… Ojalá esta vez no permitan que los ebrios meen en mi tumba. –¡Ni piensen en la derrota! —Dijo Pablo de Rock dando un puñetazo en su mesa con un grito que había contenido por largos minutos. –Propongo —Dijo Nick Parra— que se despachen a las estrellas aquellos con alma de astronautas, los terrícolas que vuelvan a su ratonera. Así fue establecido, pero nadie quiso largarse. La muerte, pensaron todos, vendría de una forma u otra. Durante la noche reinaba el desanimo. Se reunieron en la sala principal en penumbras y Enrique Link subió al escenario central para darles un mensaje al resto de los poetas clones y aquellos artistas que oían acomodados en el suelo: –Una amiga ha querido deleitarnos con su arte en estos momentos de tensión… ¡La extraordinaria maga Hada Luz!. La joven que subía al escenario era delgada y de tez pálida, emanaba misticismo. Poseía fama de excelente prestidigitadora pero esa noche sorprendería a todos. Su aparición fue breve y, antes de que se apagasen las tenues luces, dijo sin prisa: —Reciban a los espectros de su pasado. Siluetas de resplandor celeste se esparcían en la estancia ante el estupor de los presentes: Gustavo Adolfo Bécquer, César Vallejo, Alfonsina Storni, Eloy Fariña Núñez, Manuel Rojas, Arthur Rimbaud, William Shakespeare, Charles Baudelaire, Voltaire,

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Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni, Juan José Arreola, las hermanas Mirabal, Roberto Bolaño, James Joyce, Dylan Thomas, Marlon Brando, Malú Gatica, Cantinflas… Por poco la sorpresa mata a Vicente Dobro, en su mesa se sentaba más hermosa que nunca la poeta Teresa Montt; Vallejo y Pablo N discutieron rigurosamente después del saludo, y así como llegaron los espectros desaparecían. –¿Sucedió de verdad? —Preguntó Pablo de Rock a Nick Parra. –¿Y que es la realidad sino la abominación del consenso? —Contestó el oriundo de San Fabián de Alico. A la mañana siguiente, comandados por Gabriela M, Pablo N, Nick Parra, Vicente Dobro, Jorge Telier, Enrique Link y De Rock, los poetas jóvenes, estudiantes, rebeldes de todas las edades, soñadores, idealistas sin distinción de clases, abandonaron la protección del cerro y salieron a darle frente a Circo Inquisición. De los rincones más oscuros de Santiago aparecieron los heridos, mutilados y deformados por la explosión. ¿Cómo habían descubierto que fueron engañados?, bastante simple, tanto provincianos como capitalinos comprendieron que se les manipulaba mediante el aporte de los bloggers. Sus páginas eran hackeadas y volvían a reponerlas. Hay un límite peligroso entre concientización de masas y la confesión abierta del odio con el efecto boomerang que acarrea. Aún con la tropa de esmirriados refuerzos abriéndose paso entre los soldados y acordonándose en torno a los poetas jóvenes, viejos y clones, entre otros, ni siquiera hubo contrapeso cuando las armas dispararon por primera vez y sus cabezas estallaban como sandías ante el gatillo del adversario. Gabriela M marcaba diferencia, como un hada de la muerte, saltaba entre las enormes maquinarias de Circo Inquisición regando

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explosivos y bajas a su paso, odiaba matar, era una mujer de letras, pero la injusticia sentencia a quienes la promueven. Pablo de Rock hacía lo propio y por momentos, debido a las detonaciones en el cerro, una polvareda impedía que Circo Inquisición diferenciara sus batallones junto a los del adversario. –Bombardéenlos a todos —Ordenó Garcés Ortega que dirigía la operación en terreno— cuando la situación sea confusa, no mataremos a nuestros hombres por gusto, ¿Entendió?... –Si señor —Contestó su mano derecha a regañadientes. Pero Garcés Ortega comprendió que los poetas clones vencían en la contienda mano a mano porque poseía una velocidad y fuerza superior al promedio, ¡Cómo iba a desconocerlo si se trataban de sus obras maestras!, entonces ordenó cese al fuego, retiraba lentamente sus aviones y pidió a sus tropas que retrocedieran. Muchos, pobres ilusos, pensaron, o así lo deseaban con el sabor de su sangre en los labios, que la victoria de Renacimiento había llegado por algún motivo, pero como respuesta lapidaria salía una procesión bella y espeluznante de grandes camiones. Como un coro de ángeles, con máscaras de porcelana amarilla y una flor negra esculpida en los extremos, los clones del Santo underground llegaban, manipulados con chips, cinturones, brazaletes, para darle el golpe de gracia a los que pretendían la independencia de Chile. Sus velos blancos anunciaban el funeral. Pablo N les contó y totalizaban veintisiete. –Es el fin —Masculló un exhausto Jorge Telier agujereado como un coladero y empapado de sangre. –Escribiste que los ojos de tu amada disparaban balas de amor calibre 44 —Apuntó Enrique Link levantándose del suelo—, eso parece más peligroso que esto. –Les seguiremos hasta el fin —Dijo una poeta joven de apellido Starke con el viento en


el cabello—. ¡Que nadie pierda la esperanza! —Apoyó otra mujer de letras que provenía de Venezuela y había sido bautizada Betsimar. Mientras las demás naciones dormían en su grandeza y se peleaban por agua, el petróleo transparente, en un mundo donde morían las especies y el sol reinaba como tirano, invadían los pasos cordilleranos valientes desde lugares remotos.Vicente Dobro, Gabriel M, De Rock, Nick Parra, Telier, N, Enrique Link disparaban contra los clones blancos del Santo sin causarle el más mínimo rasguño. Entonces cayó un trueno y desde un cráter asomaron velos negros… –¿Estabas en el baño hijo de puta? —Gritó Pablo de Rock en una mezcla perfecta de furia y alegría desbordante. –Dijo “en el baño” —Susurró Dobro en un hilo de voz a Pablo N, también magullado. –Sí —Repuso el Premio Nobel contento—, hasta hace poco decía “cagando” y un par de palabras más… –¡Parecen viejas c……..! —Se quejó De Rock al oírlos. –¿Qué te pasa con las viejas? —Preguntó una joven Gabriel M a su lado—, viejos son el desierto, la nieve y los astros que se apagaran en miles de años… Sin que perdiera más tiempo el Santo abría las carnes de su pecho y emergían criaturas de agua que impactaban a sus adversarios. De su brazo derecho emergía una madreselva de gruesos tallos que se envolvía oscura en el cuello de los veintisiete clones blancos. Ellos contrarrestaban con llamaradas de sus bocas y descargaban golpes de hacha con sus brazos que desprendían fragmentos de carne al Santo. –Morirá —Dijo Pablo N—, con el corazón hecho pedazos como me pasó a mi en Isla Negra cuando cambiaron a Chile. –A todos nos cambiaron Chile —Dijo Nick Parra—, he vivido más que tú y aquí estamos

a los arañazos como cuchos en Agosto. Los veintisiete se elevaron sobre el Santo y lo fulminaron con descargas de energía. –¿Qué pasa si esas bestias se liberan? —Preguntó la mano derecha del Gerente de Operaciones. –Imposible —Sonrió Garcés Ortega—, les detonaríamos con sus chips. Perdimos a los clones, pero a estos veintisiete les tenemos asegurados. El Santo underground caía rendido a tierra y jamás volvió a levantarse. Hubo un silencio que helaba los huesos y los soldados reían victoriosos. Sin embargo, pronto desencajaban el rostro. Los clones del Santo se libraron de los velos blancos y abajo prevalecían los oscuros, las máscaras de porcelana amarilla se hacían añicos en el piso junto al corazón de Garcés Ortega que intuyó de inmediato lo que sucedería. El gerente de operaciones miró hacía el suelo cuando el cigarro caía de sus labios y vio, con estupor, 27 chips ensangrentados. Los clones blancos tomaban al extinto en brazos y se acercaron unos a otros hasta fusionarse. El Santo revivía. Aunque intentaron reducirle las armas quedaron inservibles al derretirse en las manos de aliados y enemigos. Los Tanques se transformaron en hogueras para sus ocupantes que escapaban asfixiados y los aviones eyectaban a los pilotos antes de estrellarse en la cordillera de Los Andes. –¿Cómo mierda…? —Gruñó Garcés Ortega— y olvidando toda precaución se acercaba al espectro que temía, ahora acompañado de los poetas clones y sus huestes.Al reconocerle, Pablo de Rock lo bajó de un puñetazo, pero luego de levantarse el Gerente de Operaciones tomaba al Santo de sus harapos: –¿De dónde has salido basura?... ¿Entiendes cuantos recursos se perdieron?... Cuando sepan que he fracasado… El Santo, sin aviso, abrió una boca gigantesca y le engullía trabajosamente causando

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Fabián Ugalde, Moto, Boceto.

la repugnancia de todos salvo Nick Parra que le dijo: –¡Páselo con vino tinto! Segundos después, el espectro dijo con la voz de las legiones que resonaban en sus palabras: –Necesitaba al traidor… Ahora vuelvan conmigo, encuentren su paraíso en mis entrañas. –¿No será mucho pedir? —Dijo Dobro lanzando un beso con los dedos a una joven—. Hay tantas obras que deberíamos aportarle a la humanidad… –Vicente —Dijo Pablo N palmoteándole la espalda—. Nuestro momento ya pasó … Como comprendía que jamás iba a convencerlo, tras agarrarlo de su traje le empujó a su oponente al vientre del Santo y luego le despedía con una innecesaria patada en el trasero. Pablo de Rock tomaba nota y repetía el procedimiento con el Premio Nobel. El vientre del espectro se dilataba para el

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ingreso del resto. –Lindo paseo —Suspiró Gabriela M antes de despedirse—. Inventaré un mundo donde el amor sea posible. Continuaron Jorge Telier y Enrique Link. –Ahí les dejo mi original como dijo la fotocopia —Rió el remozado Nick Parra. Entonces el Santo puso un golpe descomunal sobre la tierra, y los muertos en la batalla, sin distinción de bandos, regresaron de la muerte como Lázaro mientras sus heridas escupían balas y metrallas. Mientras más energía utilizaba se desvanecía poco a poco. Santiago, de Providencia a Maipú, de San Bernardo a Huechuraba, volvía a levantarse de sus cenizas. Los presentes en el Cerro San Cristóbal borraron de su recuerdo doscientos años de luchas despiadadas que se libraban en secreto. Si el enfrentamiento continuaba sería, nuevamente, bajo el sigilo de la ignorancia.


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La Palanca 11  

Arte: Fabián Ugalde, Omero Leyva. Textos: Joan Margarit, Diego José, Manuel R. Montes, Fabiola García, Paola Velasco, Drummond de Andrade, C...

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