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Arquitectura tradicional de Japón

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Tabla de contenido

El castillo de Himeji

El castillo de Matsumoto

Daitoku-ji

Tenryū-ji

arquitectura de la casa de té

herencia de Sen no Rikyū

En el año 784, el emperador Kanmu decretó un edicto para trasladar la capital de Heijō-kyō, la antigua Nara, a un nuevo emplazamiento. Existen varias opiniones sobre el motivo de tal decisión. Unas aducen que las injerencias de ciertos monjes en las labores de gobierno habían llegado a un nivel inadmisible. Otras consideran que se buscaba una situación que dispusiera de mejores comunicaciones fluviales. Tras una primera elección fallida, se construyó una flamante metrópoli que se bautizó con el nombre de Heian-kyō, la actual Kioto. La fecha de su inauguración, el año 794, marcó el inicio del llamado periodo Heian, que concluyó en 1185 cuando se instauró el primer gobierno militar de Japón en la ciudad de Kamakura.

La nueva capital se ubicaba en un paraje que cumplía los preceptos de la geomancia china. Dos ríos circulaban por sus flancos en sentido sur y quedaba rodeado de montañas por el norte, este y oeste. Las particularidades geográficas de la zona permitían asociarla con los cuatro animales mitológicos del zodíaco oriental, supuestos vigilantes y protectores de un territorio y sus recursos. El dragón azul, defensor de la tierra, se situaba en el este; el tigre blanco, guardián del viento, en el oeste; el fénix rojo protegía del fuego desde el sur, y la tortuga negra salvaguardaba el agua desde su posición en el norte, de donde venían los dos ríos de la flamante capital. Heian-kyō se encontraba en el mejor de los lugares posibles. Al igual que Nara, la antigua Kioto se planeó con una distribución de sus calles en forma de parrilla y su palacio imperial también se levantó en la zona más septentrional. Para que no volvieran a producirse las injerencias de los bonzos, se prohibió que se construyeran monasterios en la ciudad; con dos únicas excepciones, el Templo del Este y el Templo del Oeste que se erigieron en el sur, flanqueando la puerta que se abría frente a la avenida central que atravesaba la capital en sentido norte.

De los casi cuatrocientos años que abarcó el periodo Heian, durante su primera centuria todavía existía en la cultura japonesa una clara influencia china. En el ámbito de la arquitectura, eso se reflejaba en el mantenimiento de los modelos que se habían empleado en la anterior época Nara. Sin embargo, a mediados del siglo x, comenzaron a surgir unas nuevas maneras que se distanciaban de aquellos prototipos continentales. No por casualidad, en el gran país asiático, la dinastía Tang, ideal cultural y artístico durante los años nara, se había extinguido en el 907. A partir de ese momento, determinados cánones, muy diferentes de los vigentes hasta entonces, empezaron a consolidarse poco a poco hasta conformar el corpus de toda la posterior estética japonesa. Los forjadores del ambiente selecto y refinado que propició ese proceso fueron los Fujiwara, una familia que alcanzó el cénit de su poder con Fujiwara no Michinaga. Solo tras su muerte, a mediados del siglo xii, comenzaron a emerger en el panorama político los clanes guerreros que provocaron el cambio de gobierno y de periodo histórico.

A lo largo de todos los años heian, los Fujiwara lograron, con una astucia sorprendente, contrarrestar cualquier atisbo de violencia política para así dedicarse a sus aficiones artísticas con tranquilidad. Tanto su liderazgo en las labores de gobierno como en el mundo de la estética, hizo posible que una élite, restringida pero muy sofisticada, llevara una vida despreocupada solo consagrada a los placeres de la poesía y del arte.

EL URBANISMO DE LA CAPITAL

Gracias a la coincidencia observada entre las excavaciones arqueológicas realizadas y los numerosos documentos de la época, puede afirmarse que el urbanismo de Heian-kyō era muy similar al de Heijō-kyō; incluso coincidía el nombre de muchos de sus elemen-

124. El Salón del Fénix del Byōdō-in, 1053. Uji, prefectura de Kioto. Foto realizada tras la rehabilitación del año 2014, con la que se recuperó el color rojo de su estructura.

El Byōdō-in era una exquisita plasmación de la idea que se tenía en el periodo Heian de ese paraíso, así como una completísima muestra de fusión de las artes. Arquitectura, jardinería, escultura y pintura se utilizaron para recrear la idílica imagen del celestial lugar. Situado en una pequeña isla al oeste del estanque, con el primer sol de la mañana, el edificio se refleja en las tranquilas aguas generando una crepuscular sensación de ingravidez. Pero la experiencia visual no concluye en ese momento. Una vez atravesados los dos puentes que conducen al pabellón, cruzada una de sus galerías laterales y accedido a su interior, una sorprendente alegoría paradisíaca se muestra ante nuestros ojos. La imagen dorada de Amida, de casi tres metros de alto y obra de Jōchō, nos recibe sentado sobre un enorme loto y frente a un gran halo. En la parte alta de los muros, unas tallas de made-

ra de arcangélicos budas parecen levitar sobre nubes al tiempo que danzan o tañen instrumentos musicales. En las puertas y zona baja, todavía hoy se aprecian rastros de idílicos paisajes; pero no nos engañemos, son réplicas de lo poco que ha llegado hasta nuestros días.

Dado el precario estado de las pinturas originales de las puertas del Byōdō-in, hace décadas que se custodian en el museo del templo para su conservación y estudio. Desde el año 2010 se han realizado trabajos de investigación para reconstruirlas mediante técnicas informáticas en hojas de tamaño real de dos metros y medio de alto por uno veinte de ancho. En el 2012 se expuso al público la recreación de su policromía primigenia de acuerdo con las imágenes en 3D generadas por ordenador. En ellas aparecían verdes montañas, un lago donde se reflejaba un edificio muy semejante al propio Pabellón del Fénix y una cohorte

junto de esos tres objetos recibía el nombre de mitsugusoku, pero si se disponía dos floreros y dos candelabros sumaban cinco y se conocía como gogusoku. Este último tipo se instalaba frente al altar donde se ubicaba una imagen religiosa. A pesar de que al principio su uso estaba limitado al entorno budista, a comienzos del periodo Muromachi, los grandes señores comenzaron a utilizar los mitsugusoku solo por sus valores ornamentales, despojándolos de toda simbología piadosa.

En cierto momento, la mesita empleada como escritorio se convirtió en una repisa fija frente a una ventana que proporcionaba, además de una iluminación perfecta, vistas hacia el exterior si se abría. Ese elemento, de nombre tsukeshoin, apareció por primera vez en el Tōgudō, un edificio que comentaré en la siguiente sección. Junto a ese rincón de estudio, seguramente se consideró adecuado que, en sustitución de la segunda mesa, se dispusiera de unos anaqueles para situar algún objeto artístico y un espacio de almacenamiento para guardar, por ejemplo, los utensilios de caligrafía. Esas baldas se denominaron chigaidana debido a su forma escalonada y podían ir acompañadas de unos pequeños armarios llamados jibukuro, si estaban en la zona inferior, o tenbukuro, si se encontraban en la parte alta. Que los chigaidana nacieran de la idea de sustituir la oshi-ita como lugar donde colocar objetos artísticos, no deja de ser una hipótesis lógica si se tiene en cuenta que en la mencionada sala del Tōgudō no se utilizaba ningún tipo de mesa. Pero a partir de la oshi-ita se produjo otra evolución mucho más directa y documentada que dio lugar al tokonoma, el último componente que completaría la definición del recién nacido estilo shoin de arquitectura residencial. El tokonoma es una especie de hornacina decorativa donde se expone una pintura o una caligrafía acompañada de alguna otra pieza artística o de un discreto arreglo floral. El tokonoma como tal no apareció hasta

mucho más tarde, a finales del periodo Muromachi o principios del Momoyama. Veamos su origen.

Bien entrados los años kamakura, los monjes zen comenzaron a colgar un aforismo o una pintura encima de la mesita donde colocaban los tres objetos budistas, los mitsugusoku. En ese momento, se prescindió del candelabro para que ese conjunto fuera de tres elementos y no de cuatro. Ya en la época Muromachi, se sustituyó la pequeña consola con patas por una repisa baja, de unos cincuenta centímetros de profundidad, que se encajaba en un retranqueo en la pared y que siguió denominándose oshi-ita.

Tanto los chigaidana o incluso el tsukeshoin podían servir para exponer pequeñas piezas artísticas, pero la hornacina de la nueva oshi-ita, además, permitía colgar una pintura o una caligrafía. Existen pruebas documentales de que el pequeño nicho oshi-ita apareció en el siglo xv.59 Ahí se encontraba el embrión del verdadero tokonoma que surgió a finales del periodo Muromachi o inicios del Momoyama. Las principales diferencias formales entre el espacio rehundido del oshi-ita y el del tokonoma se encontraban en sus dimensiones y en la pared posterior. El primero era mucho más ancho que el segundo pero la mitad de hondo, mientras que su muro trasero, donde se colgaban las pinturas, era de madera en vez de la característica argamasa del tokonoma. 60

De esa manera surgieron tres de los elementos que definían el estilo shoin, la hornacina o tokonoma, el escritorio o tsukeshoin y los estantes escalonados o chigaidana. Solo faltaba que el suelo de la estancia quedara cubierto en su totalidad por los tatami, un acabado que ya se conocía en el periodo Heian, pero que no se empleaba de forma generalizada.

59 Nakagawa Takeshi: La casa japonesa. Barcelona: Reverté, 2016, pág. 179.

60 Nakagawa Takeshi: La casa japonesa…, o. cit., págs. 177178.

170. El Pabellón de oro de Rokuon-ji, 1398, reconstruido en 1955. Kioto. En la planta baja se aprecia que no se han retirado los paneles inferiores de los postigos shitomi.

LA ARQUITECTURA RESIDENCIAL

Cuando, en 1392, Yoshimitsu logró unificar las dos cortes imperiales enfrentadas durante sesenta años, se convirtió en el hombre más poderoso de Japón, por encima de los señores feudales e incluso del emperador. Aunque en 1394 transmitió el cargo de shōgun a su cuarto hijo, hasta su muerte, siguió ejerciendo su autoridad desde el lujoso retiro que ordenó construir en el norte de Kioto, en Kitayama. El extravagante gusto de Yoshimitsu quedó plasmado en el denominado Kinkaku-ji, literalmente templo del Pabellón de oro.

Kinkaku-ji

En los terrenos donde se encuentra Kinkakuji, la familia de los Fujiwara había edificado

en el siglo xiii una villa con estanque. Tras décadas de abandono, en 1397 los adquirió Yoshimitsu para disponer de un refugio donde practicar sus aficiones artísticas. Después de su fallecimiento y según sus deseos, el recinto se convirtió en un templo zen con el nombre de Rokuon-ji. El Pabellón de oro fue el único de todo el conjunto que sobrevivió a las guerras que asolaron Kioto durante el siglo xv, aunque no a un incendio provocado en 1950 por un monje desquiciado. Cinco años más tarde se reconstruyó volviéndolo a revestir de oro.

Kinkaku-ji se levanta sobre una planta baja de poco más de nueve por siete metros y cinco por cuatro intercolumnios. Mientras el primer piso mantiene esa misma superficie, el segundo se reduce a un cuadrado de cinco metros de lado y tres vanos gracias a un te-

Aunque Oda Nobunaga había depuesto al último shōgun de los Ashikaga en 1573, las disputas por el poder no cesaban. Los continuos enfrentamientos entre diferentes señores feudales persistieron treinta años, hasta que Tokugawa Ieyasu se proclamó shōgun en 1603. Esas tres décadas corresponden al periodo Momoyama, el más corto de la historia japonesa.

En 1543, en la época anterior, habían llegado al archipiélago nipón los primeros occidentales, quienes, entre otras aportaciones, introdujeron los arcabuces en Japón. El nuevo artefacto de combate trastocó las tácticas militares y los sistemas defensivos empleados hasta entonces en las batallas entre clanes guerreros. Fue precisamente Oda Nobunaga quien, en 1575, en la batalla de Nagashino contra Takeda Katsuyori, utilizó por primera vez las armas de fuego de manera estratégica. Cuatro años más tarde, Nobunaga construyó junto al lago Biwa el castillo de Azuchi, una fortaleza a prueba del recién descubierto armamento que, además, se alzaba con una magnificencia y un lujo nunca vistos.

Toyotomi Hideyoshi, otro destacado personaje del periodo Momoyama, entró en escena cuando, con una estrategia muy meditada, vengó el asesinato de Nobunaga por uno de sus generales. Aunque a Hideyoshi no se le nombró shōgun, sí se le concedió el título de regente imperial o kanpaku. Más allá de su actividad política y militar, Hideyoshi desempeñó un importante papel en la recuperación de Kioto. Ordenó erigir varios castillos, entre los cuales se encontraba el de Fushimi, el más fastuoso de todos. Levantó su no menos suntuosa mansión de Jurakudai. Ayudó a reconstruir el palacio imperial. Patrocinó la restauración de numerosos templos e incluso de santuarios sintoístas. Su extravagante gusto se evidenciaba en los alardes de opulencia y boato con que organizaba sus reuniones. Aficionado al rito del té, en sus ceremonias utilizaba los más sofisticados objetos. Incluso mandó crear un pa-

bellón de té transportable y revestido de oro a semejanza del antiguo Kinkaku-ji, algo que chocaba frontalmente con lo que preconizaban los maestros de ese depurado rito que, en esos años, empezaba a extenderse entre monjes eruditos y señores feudales.

Pero en contraste con ese entorno de lujo y ostentación existía otro mundo que prefería la sencillez y la naturalidad. Era el universo nacido alrededor de la ceremonia del té. En él se incluía no solo la arquitectura y la jardinería, sino también el arreglo floral, la cerámica, la pintura o la poesía; todas ellas integradas en un microcosmos de un refinamiento estético sin par, que se regía por estrictas y meticulosas normas.

Los años momoyama vieron la eclosión de dos tipologías singulares, la de los castillos y la de las casas de té. Uno de los rasgos de ese periodo fue la exuberancia decorativa que exhibían las villas y fortalezas de los grandes señores. Sus mansiones se inundaban de elaboradas ornamentaciones y pinturas de brillantes colores sobre fondos dorados. El boato y magnificencia iban parejos con el progresivo aumento de la riqueza de sus promotores. En general, el vistoso arte de la época Momoyama difería claramente de las austeras formas artísticas promovidas por los monjes zen en la Muromachi.

A pesar de la labor de Hideyoshi como promotor de la reconstrucción de los templos destruidos tras años de guerras, el periodo Momoyama destacó, más que por los edificios religiosos o residenciales, por sus castillos. No por casualidad, el de Azuchi de Nobunaga y el de Fushimi de Hideyoshi, situado en Momoyama, dieron nombre a esa era, la época Azuchi-Momoyama.

LA ARQUITECTURA FEUDAL

Con anterioridad a las más de seis décadas de esplendor de las grandes fortalezas, ya exis-

denominado yamajiro; los que se encontraban en una llanura, al hirajiro, y los construidos en una meseta o colina baja, al hirayamajiro. Para otorgarles la mayor seguridad frente a un asedio disponían de murallas, fosos, orificios en los muros para poder disparar las armas desde el interior o trampillas para lanzar piedras desde lo alto. Si bien esos elementos también estaban presentes en las fortalezas europeas, en Japón se ejecutaron de distinta manera, lo que propició que, desde el punto de vista formal, los castillos del País del Sol Naciente no tuviesen nada en común con los del Viejo Continente.

Murallas

El primer elemento que definía el recinto de una fortaleza japonesa era un sistema de murallas que lo dividía en diferentes ámbitos. El área central, llamada honmaru, se situaba en

el punto más alto del terreno para permitir el control del territorio. Alrededor de esa zona y separada de ella con los correspondientes muros se encontraba una segunda denominada ninomaru. A su vez, una tercera, o sannomaru, rodeaba a las anteriores con su propio foso y cercado fortificado.

En aquel primer espacio interior se levantaba la torre del homenaje, cuya altura, sumada a la de su emplazamiento en el lugar más alto de toda la fortaleza, la convertía en un verdadero símbolo de autoridad. Ese torreón podía encontrarse aislado, o bien estar conectado con otros de menor tamaño. En casi todos los casos, el señor feudal solo residía en él en caso de asedio, pues su vivienda se ubicaba en otra de las áreas amuralladas del recinto.

Como es lógico, la mayor seguridad de ese complejo se obtenía cuando esas tres zonas eran concéntricas. Sin embargo, esa solución exigía disponer de un terreno enorme y de

175. El castillo de Matsuyama, 1628, reconstruido en 1820 tras un incendio. Prefectura de Ehime. Muralla de mampostería concertada en seco. En la parte alta aparecen los cuerpos volados de los matacanes.

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