El bosque integral

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Los bosques constituyen uno de los estadios de mayor complejidad y sofisticación en la evolución del mundo natural de nuestro planeta. Albergan más de tres cuartas partes de la biodiversidad terrestre; ayudan a optimizar la calidad del aire, el suelo y el agua; proporcionan productos forestales maderables y no maderables; brindan espacios de ocio y terapia natural, así como de investigación científica y labor pedagógica; y constituyen motivo de inspiración que el ser humano ha plasmado tanto en mitos y creencias ancestrales como en geniales creaciones literarias y artísticas. Por eso, los enfoques unidimensionales no hacen justicia a la rica complejidad que encierra el “universo” bosque; de manera que contemplarlo de manera integral significa descubrir en él tanto lo tangible como lo intangible. En ese sentido, esta obra ofrece una visión integral del bosque, abordando el estudio de cada una de sus vertientes (natural, cultural y patrimonial) no como compartimentos estancos, sino mediante un hilo conductor que las enhebra e interrelaciona coherentemente.

EL BOSQUE INTEGRAL

Guillermo Meaza Rodríguez es Doctor en Geografía y Catedrático de Geografía Física de la Universidad del País Vasco (especialidad Biogeografía). Ha sido profesor e investigador en las facultades de Geografía y Ciencias Ambientales y en másteres y posgrados de diversas universidades españolas y extranjeras, y ejercido labores de consultoría ambiental y territorial. Es creador de varias metodologías en el campo de la Biogeografía, y ha dirigido numerosas tesis doctorales y proyectos de investigación. Emilio Laguna Lumbreras es Doctor en Biología y director técnico del Centro para la Investigación y Experimentación Forestal (CIEF) de la Generalitat Valenciana. Es el pionero e impulsor a nivel mundial de la figura de conservación “Microrreserva de flora”. Ha dirigido diversos proyectos LIFE de la Unión Europea para su implementación, y asesorado otros para su adaptación en diversos países europeos. Ha recibido los premios Silver Leaf Award Planta Europa a la excelencia en la conservación de la flora europea, y el premio César Gómez Campo a la trayectoria en conservación de plantas españolas.

Guillermo Meaza Rodríguez y Emilio Laguna Lumbreras EL BOSQUE INTEGRAL Guillermo Meaza • Emilio Laguna

© Textos: Guillermo Meaza Rodríguez y Emilio Laguna Lumbreras

© Fotos: de los autores de los textos, salvo los que figuran en el pie de figura

© Edición: José Luis Benito Alonso (Jolube Consultor Botánico y Editor, Jaca (Huesca) — www.jolube.es

Diseño y maquetación: José Luis Benito Alonso

Edita: Jolube Consultor Botánico y Editor, Jaca (Huesca) — www.jolube.es

Primera edición: marzo de 2022

Depósito Legal: HU-030-2022 ISBN: 978-84-124463-1-9

Impreso en España por Quares con papel certificado PEFC/15-04-0001

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Derechos de copia y de reproducción gestionados por el Centro Español de Derechos Reproráficos (CEDRO) — www.cedro.org

EL BOSQUE INTEGRAL

Jaca, 2022

ÍNDICE

PRÓLOGO 7 PREFACIO......................................................................................................................... 11 ALFA. EL PASADO DE NUESTROS BOSQUES ............................................... 17 PRIMERA PARTE. LA DIMENSIÓN NATURAL ............................................ 33 Capítulo 1. EL BOSQUE BIODIVERSO 33 1.1. BIODIVERSIDAD FORESTAL 34 1.2. EL BOSQUE CADUCIFILIO 40 1.3. EL BOSQUE PERENNIFOLIO 53 Capítulo 2. EL BOSQUE PROTECTOR ..................................................................... 61 2.1. CLIMÁTICO 61 2.2. GEOMORFOLÓGICO 69 2.3. HIDROLÓGICO 72 2.4. EDÁFICO 75 2.5. BIÓTICO 77 SEGUNDA PARTE. LA DIMENSIÓN CULTURAL ......................................... 91 Capítulo 3. EL BOSQUE PRODUCTOR .................................................................... 91 3.1. DE RECURSOS MATERIALES...................................................................................... 92 3.2 DE RECURSOS INMATERIALES ...............................................................................116 Capítulo 4: EL BOSQUE INSPIRADOR 127 4.1. DE MITOS Y LEYENDAS 128 4.2. PERSONAJES MITOLÓGICOS DEL BOSQUE VASCO-ATLÁNTICO 137

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5.3.
5.4.
....................................................................................185 5.5.
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4.3. DE LITERATURA Y ARTE 139 TERCERA PARTE. LA DIMENSIÓN PATRIMONIAL ................................167 Capítulo 5. EL BOSQUE AMENAZADO ................................................................ 167 5.1. CAMBIO CLIMÁTICO ...................................................................................................168 5.2. DEFORESTACIÓN, FRAGMENTACIÓN, DEGRADACIÓN ............................172
FUEGO ...............................................................................................................................181
ENFERMEDADES Y PLAGAS
BIOINVASIONES ............................................................................................................188 5.6. LIBROS ROJOS, LISTAS ROJAS Y CATÁLOGOS DE ESPECIES AMENAZADAS 192 A Vanesa y Fani Alaventaen

Capítulo 6. EL BOSQUE PROTEGIDO

6.1. VALORACIÓN 199

6.2. CONSERVACIÓN, ORDENACIÓN Y GESTIÓN SOSTENIBLE 210

OMEGA. EL FUTURO DE NUESTROS BOSQUES

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ANEXO I. LISTADO ALFABÉTICO DE LOS TAXONES CITADOS DE FLORA Y FAUNA (LATÍN–ESPAÑOL)

ANEXO II. LISTADO ALFABÉTICO DE LOS TAXONES CITADOS DE FLORA Y FAUNA (ESPAÑOL–LATÍN)

PRÓLOGO

A menudo, confieso al lector, necesito alejarme del mundanal ruido y de la rutina diaria, esa que nos absorbe de forma dictadora y a la que conviene dar esquinazo para mantener la buena salud, sobre todo mental. En esas ocasiones, uno de mis refugios predilectos y más recurridos es el bosque. El BOSQUE con mayúsculas, en todas sus acepciones: el bosque como espacio de ocultamiento, albergue tibio en las tardes de invierno y cobijo de sombra fresca en las del estío; el bosque protector frente a los sonidos estridentes del exterior y deleitoso en la suave cantata de las hojas mecidas por la brisa o en el trino de las aves que nos obsequian con sus acompasados coros de reclamo; el bosque como escenario de reflexión, introspección y ensimismamiento; el bosque como lugar de relajación o, simplemente, de paseo; el bosque como ámbito de intercambio social en familia, con colegas y con amigos… En fin, el BOSQUE.

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Lo cierto es que, tras leer el presente libro, me he percatado de que mi aproximación hacia al tema bosque era realmente parcial y, sobre todo, que se circunscribía a mi tiempo libre y, más aún, a mi quehacer laboral. En relación a este último, a los que nos dedicamos a la Biogeografía siempre nos han interesado los bosques en su componente natural y ecológica. Pero si, como es mi caso, lo hacemos desde una perspectiva geográfica, no solo estudiamos los elementos de los distintos bosques y sus relaciones con el resto de la comunidad biológica y con los demás componentes del ecosistema –al modo de la Ecología– sino que, además, ahondamos en la ligazón entre el bosque y el ser humano, es decir, en su “vertiente cultural”. En este contexto, el lector tiene entre sus manos un verdadero compendio, una relación enciclopédica de lo que supone el “universo” bosque no sólo en su vertiente ambiental, ecológica, productiva o social, sino también como fuente de inspiración y manifestación palpable en las letras y en las artes, incluso en los mitos más o menos ancestrales. Se aborda, además, el pasado de los bosques y, lo que todavía es más importante, sus perspectivas de futuro en razón de los últimos descubrimientos científicos, los modelos relacionados con el cambio global o las políticas más vanguardistas que se están llevando a cabo en el marco de la protección, ordenación y gestión de los paisajes forestales.

Cuando las ciencias están cayendo en una hiperespecialización nada aconsejable que se circunscribe a lo “micro”, el hecho de toparse con un libro como éste supone un soplo de aire fresco y un paréntesis de integralidad que aborda un concepto tan atractivo, pero a la vez tan complejo como el de “bosque” desde un amplio abanico de puntos de vista. Esta visión holística configura un calidoscopio multidimensional mediante el que podemos acercarnos a las florestas desde enfoques relacionados con lo natural y ecológico hasta los más en consonancia con las Ciencias Sociales, la Economía, la Historia, la Arqueología e, incluso, las Bellas Artes o las aplicaciones tradicionales y novedosas de la Medicina y la Salud.

Es tan vasto el conocimiento que atesoran los autores que el lector tenderá, indefectiblemente, a realizar una lectura detallada del libro. Pero, intuyo, volverá sobre partes concretas que, dependiendo de sus querencias, su faceta vivencial o situación

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personales, le provocará rememorar tal o cual capítulo y volver a profundizar en determinados aspectos de la obra. No en vano se configura como una verdadera enciclopedia, una de esas colecciones de sabiduría que, cuando no existía internet y había que aproximarse a un tema concreto, cada uno disponía en su casa, sobre el mueble de la sala, cerca de la televisión o, incluso, en su mesilla de noche; libros a los que acudía para solventar una consulta vital, profundizar en algún tema concreto, preparar un trabajo académico...

Qué duda cabe, y en eso coincido totalmente con Guillermo y Emilio, que no se puede amar o valorar algo sin antes conocerlo. Y es por eso que la obra, de forma lineal pero profunda, recorre un itinerario que va del alfa al omega –como en aquel pantocrátor románico–, desde la descripción de la realidad natural (capítulos 1 y 2) y cultural (capítulos 3 y 4) de nuestros bosques, pasando por los riesgos y amenazas a los que se enfrentan (capítulo 5), hasta la evaluación y valoración del estado actual del patrimonio forestal y, en función de los resultados diagnósticos, el establecimiento de prioridades de conservación y planteamiento de las pertinentes medidas de protección y directrices de uso y gestión encaminadas a fomentar y mantener sus múltiples funciones ambientales, económicas y sociales (capítulo 6).

Esta obra, a la altura de referencias tan emblemáticas como “Les Arbres” de Christian Bock, “El bosque” de Hugh Johnson o “Los bosques ibéricos” de Blanco et al., aporta una compilación de datos de diferente naturaleza que delata la gran experiencia de quienes la han escrito en el ámbito de la ciencia y la gestión de los paisajes forestales; lo que no es de extrañar si atendemos a la filiación de ambos autores. Conozco a Guillermo desde mucho tiempo atrás. Fue él quien en mis años mozos focalizó, desde el mundo de la Geografía, gran parte de mi querencia hacia el mundo natural, en general, y los contenidos biogeográficos, en particular; lo que culminó con la dirección de mi tesis doctoral. Desde su prolongada e intensa trayectoria docente e investigadora, Guillermo se ha caracterizado por un amplio conocimiento de la realidad biogeográfica, con acento especial en la de los bosques, que ha dado lugar a importantes publicaciones tanto científicas como divulgativas. Ello se hace bien patente en el libro que el lector tiene en sus manos, que muestra un envidiable equilibrio entre los contenidos estrictamente científicos –que se desarrollan y explican con rigor, pero de modo asequible– y la más pura difusión del conocimiento; de manera que su faceta docente y de sensibilización y educación aparecen de forma notoria. Es algo que se agradece sobremanera pues, habitualmente, la transmisión de los vastos y arduos conocimientos científicos no suele estar acompasada con el necesario ejercicio de divulgación de manera didáctica y comprensible.

gura de conservación “Microrreserva de flora”, así como su vasto conocimiento de todas las facetas relacionadas con el “universo” bosque.

La dupla de autores muestra en esta obra el muy cacareado, pero, habitualmente poco practicado “espíritu multidisciplinar”. Me gusta que, sea desde la Geografía o la Biología, ambos coincidan, por encima de todo, en declararse “naturalistas”; que confluyan en una magnífica visión integral ajena a la hiperespecialización y la pérdida del contexto global; que, huyendo de los análisis sectoriales que al tratar los paisajes forestales se suelen centrar en las cuestiones más ecológicas desde la Biología o la Biogeografía, aborden también la temática de evolución a lo largo de la historia, tanto natural como humana, y las repercusiones ligadas a la Economía, la Geografía o la Sociología.

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Por su parte, Emilio, al que me une una profunda amistad y profeso gran admiración, es un verdadero referente no sólo en el conocimiento amplio y reconocido de la vegetación desde el mundo de la Biología, sino también en el compromiso sostenido en el tiempo con la correcta gestión de este patrimonio natural, cultural, social, productivo, económico y vivencial. Desde su relevante papel técnico y gestor en la Generalitat Valenciana, viene desarrollando una larga y abnegada labor de protección y ordenación de los recursos naturales, en general, y de la vegetación, en particular. Científicamente multipremiado, es destacable su proyección internacional como pionero e impulsor a nivel mundial de la fi-

Al hilo de todo ello, creo oportuno denunciar la escasa sensibilidad que desde las distintas administraciones existe con respecto a financiar o apoyar investigaciones realmente integrales, que muestren y analicen las diferentes facetas que un objeto de estudio –en este caso el bosque– puede atesorar. Hoy en día las investigaciones y publicaciones de carácter macroecológico, como es el que muestran los primeros capítulos del libro, no son ni abundantes ni frecuentes. Estudiar realidades complejas y multisectoriales no renta en los currículos investigadores y universitarios. Se obtiene mucho más rédito analizando un microsatélite mitocondrial o elaborando un alambicado algoritmo para poder publicar varios papers (a poder ser en el primer cuartil de una revista indexada en JCR) que muestren una realidad muy particular y fácilmente abarcable; eso sí, lo suficientemente encriptado para que parezca de verdad sesudo. Desafortunadamente, la Macroecología está siendo abandonada a su suerte, y sólo personas tan experimentadas como Guillermo y Emilio (de la vieja escuela) siguen apostando por contenidos realmente globales.

También es alarmante el creciente reduccionismo en torno a las cuestiones mal llamadas “naturales”. Con el paso del tiempo y la evolución geo-ecológica ha quedado en evidencia que, por encima de circunstancias climáticas o edafológicas, desde la irrupción de nuestra especie en los diferentes territorios y paisajes, sobre todo a partir de su primera revolución, la neolítica, el verdadero condicionante y factor de cambio viene siendo el propio ser humano. Ese reduccionismo naturalístico debe de ser abandonado en beneficio de la necesaria visión global. Por eso, este libro es esencial para entender no sólo la influencia, impactos y modificación de los bosques, sino también de su propia evolución, dentro y fuera de la órbita del Homo sapiens subsp. sapiens. De la misma manera, nos hemos olvidado de los usos tradicionales e, incluso, inmateriales que nos proporcionan los bosques. Se obvia de forma torticera que son, hoy en día, un constructo cultural. Como bien afirman los autores, en la vieja Europa, en general, y en el contexto (vasco)atlántico, en particular, no existe por desgracia ni un solo enclave forestal que pueda ser definido como estrictamente natural. Es, por tanto, irrenunciable aplicar una visión mucho más amplia de los bosques, entendiéndolos como parte fundamental de nuestra existencia y bajo unos postulados que tengan en cuenta el cambio global en marcha, y la necesidad de adoptar el modelo de socio-economía circular antagónica del patrón cíclico y lineal de usar y tirar.

Los bosques han sabido adaptase al cambio mucho antes de lo que ha intuido el ser humano y, de alguna manera, sabrán adaptarse y superar nuestra impactante presencia. Eso sí, pudiera ser que nuestra especie no alcance a contemplar el final del proceso;

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pues, como bien defendían los profesores Valverde y Rubio (pioneros de los estudios naturalísticos en España), ya no es la persistencia de la naturaleza lo que está en juego –está claro que ha sido capaz de superar cinco grandes extinciones y recuperarse incrementando los niveles de biodiversidad–, sino nuestra propia pervivencia y desarrollo (no económico, sino como especie). No hay exageración ninguna en afirmar que estamos asomándonos al borde del abismo.

He aprendido mucho leyendo este libro. Encuentro en él muchos aspectos que me llaman poderosamente la atención. Uno de ellos es el de la posibilidad de que en estos tiempos en los que el estallido a escala global de un virus hasta ahora desconocido y cuyos efectos tardaremos en olvidar (con su trágica secuela de muertes, enfermedades graves y persistentes, impactos sociales, económicos, psicológicos y culturales que iremos observando a corto, medio y largo plazo...) sean debidos, precisamente, a la merma, desnaturalización, degradación y desconexión de los espacios forestales. En la medida en que estos últimos menguan en cantidad y calidad, muchos de sus moradores faunísticos se ven impelidos a abandonarlos e internarse dentro de los expansivos y densificados espacios urbanos. De esta forma, esos vectores entran en contacto con la especie humana de manera más íntima y pueden llegar a introducir zoonosis de gran peligrosidad.

La gran paradoja es que destinamos la práctica totalidad de los recursos (también en investigación y gestión) a mitigar los problemas derivados del COVID19 y a buscar vacunas y tratamientos puramente paliativos; cuando lo razonable hubiera sido estudiar e investigar, de forma preventiva, las verdaderas razones de esa transmisión. Deberíamos, por tanto, pasar de una medicina meramente paliativa a otra de verdad integral y preventiva… pero claro, eso conlleva un necesario cambio de mentalidad de la sociedad, en general, y de nuestros dirigentes, en particular. Esta terrible experiencia debería servir para aprender y no recaer, una y otra vez, en los mismos errores; pero, lo admito, soy realmente escéptico sobre esta cuestión.

Ahora que vemos comprometida nuestra propia supervivencia, me gustaría traer a colación el pensamiento de un existencialista filosófico y literario como Miguel de Unamuno (por cierto, vasco universal, al igual que los bosques que tan magistralmente nos describen y analizan los autores del libro) y enfatizar su concepto de “conciencia de la naturaleza” que el ser humano atesora íntimamente aunque, a veces, se olvide y otras abjure de ella; reivindicando que debemos volver a valorar lo realmente importante, salirnos de lo meramente material y abrazar esa componente inmaterial que, en sumo grado, nos brinda el “universo” bosque.

PREFACIO

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos de la vida, ver si podía aprender lo que ella me tenía que enseñar; y porque no quería descubrir, en el momento de mi muerte, que ni siquiera había vivido”

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No deseo prolongarme más en el tiempo y el espacio y hurtar al lector minutos valiosos. Finalizaré, entonces, admitiendo que siento una gran envidia (¿existe la sana?), puesto que este es el libro que cualquier científico y docente que se relaciona con la temática de la naturaleza y, más aún, de los bosques quisiera haber escrito; y también –lo expreso con emoción– que nada hay más gratificante para un discípulo que tener la oportunidad de prologar el libro de sus maestros.

El bosque, si puede llegar a definirse de modo sencillo, constituye un ecosistema dominado por árboles, que posee suficiente grado de naturalidad y que presenta una cobertura de copas arbóreas más o menos densa. Sin embargo, para todas aquellas áreas de la Tierra en que existen bosques, los humanos coincidimos en una percepción similar en la que prima la grandiosidad de la naturaleza (altura del dosel arbóreo, grosores de los troncos, elevada diversidad biológica, variedad de sonidos y aromas...) frente a nuestra aparente pequeñez y fragilidad. El resultado, en último término, es esa sensación difícil de describir que percibimos cuando nos adentramos en los ambientes forestales, que varía desde el temor a la admiración o, en muchos casos, al sentimiento de estar frente a algo vivificante que forma parte de nuestra esencia más íntima y primitiva.

Los bosques constituyen uno de los estadios de mayor complejidad y sofisticación en la evolución del mundo natural de nuestro planeta, al tiempo que albergan más de tres cuartas partes de la biodiversidad terrestre. Esta riqueza natural incluye plantas, animales, organismos y ecosistemas que ayudan a mantener saludables el aire, el suelo y el agua y nos brindan comida, combustible y abrigo. Así que hoy nadie pone en duda el gran valor de los ámbitos forestales por su impagable desempeño ecológico, por su contribución a nuestro bienestar material e inmaterial y, en definitiva, como patrimonio natural y cultural de la humanidad.

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El “Universo Bosque” (Parque Natural de Gorbeia. Bizkaia/Araba).

Por eso, los enfoques unidimensionales no hacen justicia a la rica complejidad que encierra el “universo” bosque. Es lo que ocurre cuando nos centramos exclusivamente en sus aspectos objetivos obviando los subjetivos, aquellos que podríamos definir como “emocionales”. Y es que contemplar el bosque de manera integral significa descubrir en él tanto lo tangible como lo intangible, lo material y lo inmaterial.

En palabras del conocido naturalista Joaquín Araujo, “Pensar y sentir el bosque es reconocerlo como una de las más bellas y mágicas, más completas y complejas, más necesarias, hospitalarias y generosas creaciones de la naturaleza. Pensar y sentir el bosque es no olvidar que somos el primate que un día bajó de los árboles; que somos como somos porque un día fuimos bosque y ahora, paradójicamente, nos hemos convertido en hacha y llama con las que consumamos nuestra más imprudente torpeza arrancándonos de nuestro propio origen y devastando el gran hogar de la vida, envenenando al fabricante de la transparencia que respiramos, abatiendo al creador de la fertilidad. Pensar y sentir el bosque es preguntarse cuáles son los impactos de nuestras diversas formas de interacción y qué podríamos hacer para que el socioecosistema pueda mantener un equilibrio dinámico. Pensar y sentir el bosque es develar si el universo de significados, símbolos y sentidos que nos hemos construido sobre él están contribuyendo o no a una convivencia armónica, más allá del puro utilitarismo antropocéntrico. Los bosques han sostenido la vida; son fundamentales para nuestra pervivencia y bienestar. Ha llegado, pues, el momento de devolverles el favor mediante su conservación y gestión sostenible”.

Conforme a la conocida máxima “conocer para valorar; valorar para proteger”, abordaremos, secuencialmente, el estudio de la realidad natural y cultural de nuestro patrimonio forestal, así como de los riesgos y amenazas a los que se enfrenta. Una vez pertrechados con este conocimiento, podremos evaluar el estado actual de nuestros bosques y, en función de los resultados diagnósticos, establecer prioridades de conservación y plantear las pertinentes medidas de protección y directrices de uso y gestión.

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Es, pues, objetivo de esta obra acometer una visión integral del bosque que considere sus aspectos naturales, culturales y aplicados; una mirada holística que se plasme tanto en las consideraciones generales relativas a cada ítem temático como en su aplicación a estudios de caso concretos. Hemos optado por enmarcar estos últimos en el dominio atlántico europeo y, centralmente, en el ámbito vasco-cantábrico –extensible a territorios aledaños– donde, debido a la variedad de condiciones mesológicas, a su emplazamiento en el fondo de saco del Golfo de Vizcaya y a la contigüidad con las regiones mediterránea y de montaña cántabro-pirenaica, se produce un incremento de la biodiversidad de los ecosistemas forestales; y donde el bosque constituye un elemento clave del paisaje y de la vivencia de la generalidad de la población. Por otra parte, hemos insertado en cada capítulo del libro sendos recuadros sombreados –uno de carácter genérico y otro específico del ámbito vasco-atlántico– que, debido a su interés, actualidad o controversia científica y/o social, enfatizan cuestiones especialmente relevantes en relación a la temática forestal.

Cierto es que, a día de hoy, en el ámbito euro-atlántico, en general, y vasco-cantábrico, en particular, es prácticamente imposible encontrar remanentes de los “bosques

El ámbito vasco-cantábrico se ubica en pleno dominio euroatlántico (verde), en contigüidad con el mediterráneo (pardo) y de alta montaña (violeta).

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Bosque vasco-atlántico (Parque Natural de Aizkorri-Aratz. Gipuzkoa-Araba).

primigenios”. De manera que casi todos los espacios forestales supervivientes poseen la connotación de “bosques secundarios”, muchos de ellos tan transformados por la acción antrópica a lo largo de los siglos que constituyen genuinos “bosques culturales”. Pero, en gran parte del territorio, la explotación forestal ha conducido al exterminio de toda clase de floresta natural para sustituirla por cultivos madereros –que no bosques– a base de especies mayoritariamente foráneas.

Para acometer esa integral del bosque abordaremos el estudio de cada una de sus vertientes no como compartimentos estancos, sino mediante un hilo conductor que las enhebre e interrelacione coherentemente. Se establece, entonces, una línea argumental entrelazada de referencias cruzadas entre las diversas secciones del libro, cada uno de cuyos capítulos se cierra con una reflexión-pasarela hacia el siguiente contenido.

A manera de capítulo Alfa, se aborda la evolución de los bosques europeos y vasco-atlánticos en el pasado, considerando las adaptaciones de las diferentes especies forestales y sus respuestas a los eventos renovadores, y recurriendo a la información proporcionada por las Ciencias Paleoambientales, Arqueología, Historia, etc.

La PRIMERA PARTE se sustenta en sendos capítulos que vertebran la DIMENSIÓN NATURAL del bosque:

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– EL BOSQUE BIODIVERSO, que pone de manifiesto de qué manera y en qué medida el paisaje forestal ejerce la función indicadora de las condiciones ambientales actuales que derivan de unos determinados procesos geoecológicos e impactos antrópicos heredados y determinan su diversidad, estado, composición y sus rasgos estructurales y dinámicos

– EL BOSQUE PROTECTOR, que, complementariamente con la función indicadora analizada en el capítulo anterior, aborda de qué manera y en qué medida el bosque actúa sobre las condiciones del medio en el que radica (roles climático, geomorfológico, hidrológico, edáfico y biótico), regulando y controlando procesos y, en definitiva, protegiendo y estabilizando el sistema.

La visión holística del bosque nos lleva, indefectiblemente, a imbricar la perspectiva “natural” con la DIMENSIÓN CULTURAL. Tal es el objeto de la SEGUNDA PARTE que, igualmente, se sustenta en dos capítulos:

– EL BOSQUE PRODUCTOR, que recoge la amplia gama de manejos y aprovechamientos antrópicos del bosque, tanto materiales (proveedor y reservorio de productos madereros y no madereros) como inmateriales, plasmados estos últimos en el disfrute por parte de la ciudadanía de los espacios forestales como territorios de ocio, esparcimiento, meditación, comunión con la naturaleza, terapia, conocimiento científico y aprendizaje.

– EL BOSQUE INSPIRADOR, que, complementariamente con la función productora analizada en el capítulo anterior, considera al bosque como construcción cultural que el ser humano ha plasmado en mitos y creencias ancestrales, y que ha alimentado su creatividad en el mundo de las letras y las artes.

La suma de sus dimensiones natural y cultural hacen del bosque un bien patrimonial al que, por encontrarse sometido a múltiples amenazas, han de aplicarse las oportunas

y sentir el bosque.

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Pensar
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metodologías de valoración y medidas de preservación que aseguren su integridad y continuidad. De manera que el objeto de la TERCERA PARTE estriba en abordar, en los dos capítulos finales, los aspectos esenciales que vertebran la DIMENSIÓN PATRIMONIAL cara a la protección del “acervo” bosque:

– EL BOSQUE AMENAZADO, que analiza los riesgos que comprometen su continuidad e integridad, estrechamente asociados al cambio global (cambio climático, deforestación, fragmentación, degradación, fuego, enfermedades, plagas, bioinvasiones...), y da cuenta de los diversos tipos de documentos que evalúan el grado de amenaza que pende sobre el patrimonio florístico y faunístico forestal (Libros Rojos, Listas Rojas y Catálogos de Especies Amenazadas).

– EL BOSQUE PROTEGIDO, que, como respuesta a las amenazas explicitadas en el capítulo anterior, incide en la temática de preservación del patrimonio forestal. Tras aplicar sendas metodologías de valoración (LANBIOEVA, que tasa el grado de interés y de prioridad de conservación, y EFG-Meaza, que evalúa el nivel de funcionalidad geoecológica), se proponen las pertinentes directrices de conservación, ordenación y gestión sostenible.

A manera de capítulo Omega, se aborda la evolución probable de nuestros bosques en el futuro. En el corto y medio plazo ligada, previsiblemente y sobre todo, a la evolución de los impactos antrópicos; en el largo, a las grandes secuencias bioclimáticas alternantes y al acaecimiento de eventos planetarios que desencadenaron y seguirán desencadenando profundos cambios ecológicos y biocenóticos globales.

En aras de la comodidad de lectura, se ha descartado, salvo excepciones, la utilización de nombres vulgares de flora y fauna. Se adjunta un apéndice final con la relación alfabética de los taxones citados, tanto en su denominación científica como en castellano. La nomenclatura científica se ajusta a las obras Claves ilustradas de la Flora del País Vasco y territorios limítrofes (Aizpuru & al., 1999) y Vertebrados de la Comunidad Autónoma del País Vasco (Álvarez, 1989). Con carácter general se han seguido, igualmente, Flora iberica (1986-2021, http://www.floraiberica.es/) y Fauna iberica (1990; http://www. fauna-iberica.mncn.csic.es/).

Deseamos expresar nuestro agradecimiento a cuantas personas e instituciones nos han apoyado en la realización de este proyecto. Muy en especial a Pedro José Lozano, prologuista de este libro, por su colaboración, en general, y asesoramiento faunístico, en particular.

ALFA. EL PASADO DE NUESTROS BOSQUES

“Los bosques han sido los mejores aliados en la carrera de la civilización humana”

Las Ciencias Paleoambientales nos permiten reconstruir, con creciente fiabilidad, la secuencia de climas y paisajes vegetales ocurrida en la Europa atlántica a lo largo del Cuaternario, los cambios y crisis de biodiversidad, el origen y evolución de los ecosistemas y las respuestas bióticas a las continuas mutaciones del entorno. Por otra parte, y para los últimos siglos, disponemos de la valiosa información que nos ofrece la “memoria” de los árboles, almacenada en las secuencias de sus anillos de crecimiento. Tal es el objetivo de la Dendrocronología que, por medio del análisis de los patrones espaciales y temporales de los procesos climáticos, biológicos, físicos y culturales contenidos en aquellos, interpreta y data los cambios ambientales acontecidos mientras vivieron.

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El Cuaternario se inició hace unos 2,6 millones de años con el Pleistoceno, que se extendió hasta hace apenas 12.000, y que se caracterizó por la sucesión de períodos glaciares e interglaciares, traducibles por grandes movimientos de transgresión y regresión de los diferentes tipos de bosques en el sentido latitudinal y altitudinal. También es la época de la expansión y diversificación de los homínidos en el sur de Europa, que generaron progresivamente una mayor diversidad del paisaje. En una visión sintética, las zonas más frías presentaban aspecto de tundra que, con el descenso de altitud o latitud, daban paso a una taiga dominada por pinos, abetos y alerces; y, más abajo, al bosque de planocaducifolios dominados por robles, arces, fresnos, carpes... Más al sur y en las altitudes inferiores se situaba la vegetación esclerófila dominada por las actuales especies de óptimo mediterráneo, ricas en géneros como Pinus, Quercus, Olea...

Se sucedieron, al menos, 4 grandes períodos glaciares (Günz, Mindel, Riss y Würm), precedidos por otros dos en la transición del Plioceno al Pleistoceno (Donau y Briggen). En los períodos interglaciares más cálidos, muchas especies mediterráneas se extendieron por el norte de la Península Ibérica; pero, como es el caso del encinar cantábrico, no desaparecerían totalmente al regresar los momentos más fríos, ya que los ambientes costeros y las solanas de montañas poco elevadas les proporcionaron zonas de refugio. A cambio, durante los fríos extremos, los grandes glaciares que cubrieron buena parte del continente europeo se extendieron por el norte y centro de la Península Ibérica, convirtiendo en tundras las altitudes medias no cubiertas por el hielo, y en taigas la mayoría de zonas de baja altitud. Por otra parte, el Pleistoceno abarca gran parte del Paleolítico –aunque se le añade normalmente la edad Piacenziense del Plioceno, remontándonos a unos 2,85 millones de años–, que se extendió hasta hace unos 12.000 años; si bien la llegada del Neolítico se dio en diferentes momentos tanto en Europa como, particularmente, en la Península Ibérica, en función del grado de aislamiento de las comunidades humanas. La acción de estas últimas en el Paleolítico fue regularmente condicionada por estas variaciones del clima. Pero allá donde se concentraron sus asentamientos, el efecto sobre los bosques fue

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rinocerontes...) mantenía rasos y formaciones arboladas poco densas. En los valles más abrigados permanecieron retazos de bosque caducifolio que albergaba algunos taxones de carácter termófilo. Por otra parte, el nivel del mar descendió unos 120 m por debajo del actual, lo que se tradujo en el alejamiento de la línea costera, dejando al descubierto una extensa franja sensiblemente llana en la que alternaban marismas y arenales, algunos de ellos ocupados, básicamente, por pinares.

Los hallazgos prehistóricos sitúan entre 40.000 y 35.000 años la llegada al País Vasco del hombre moderno (Homo sapiens subsp. sapiens), que en el breve espacio de unos milenios determinaría la extinción del Homo sapiens subsp. neanderthalensis. Según los expertos, el declive de este último pudo también deberse a la inversión de los polos magnéticos combinada con cambios en el comportamiento del Sol que sufrió la Tierra hace 42.000 años, que acarrearon severas perturbaciones climáticas y ambientales. El hombre moderno, mejor preparado, pudo sortear esta situación refugiándose en abrigos y cavernas –donde nos dejó el legado de la pintura paleolítica– al menos mientras duró la fase más álgida del evento frío.

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En el Tardiglaciar (18.000-10.000 BP), tras el clima frío y árido que caracterizó el final de la última glaciación, las condiciones se fueron suavizando primeramente en favor de un aumento de las precipitaciones y, más tarde, de las temperaturas. El territorio vasco-atlántico presentaba un clima semejante al actual de los países nórdicos, con un nivel altitudinal de las nieves perpetuas situado sobre los 1.400-1.600 m. Por debajo de las cotas de la tundra, la vegetación arbórea dominante era similar a la de la actual taiga eurosiberiana, y, en menor medida, a la del bosque mixto caducifolio.

En los enclaves más protegidos y soleados, especialmente en la costa, se refugiaban especies de ambientes más cálidos, caso de la encina. La expansión arbórea fue reseñable en las fases postreras de este período, con la progresiva invasión de formaciones vegetales

ricas en planifolios; aunque siguieron produciéndose retrocesos forzados por pulsaciones frías. En el templado Alleröd las áreas costeras sustentaban herbazales con pequeñas manchas arbustivas, mientras que las interiores presentaban estructuras de bosque-parque o bosques poco densos con grandes claros.

En el Preboreal (10.000-9.000 BP) el clima se tornó más cálido y la vegetación de caducifolios ascendió en latitud desde sus refugios sureños para colonizar los valles atlánticos, mientras las especies más propias de la taiga treparon montaña arriba. En el Boreal (9.0007.500 BP) el régimen de temperaturas fue bastante similar al actual. El calentamiento y la merma de precipitación progresivos determinaron una nueva ascensión de las especies propias de taiga por la montaña, hasta alcanzar cotas próximas a las actuales, y una cierta sustitución de los caducifolios por los subesclerófilos, representados por los robles marcescentes, en valles y colinas. La vegetación más mediterránea y esclerófila, con la encina como principal exponente, ascendió hasta cotas próximas a los 800 m. Dentro del marco general del Epipaleolítico, en este período se inició una explotación forestal más acusada del área próxima a los lugares de ocupación humana.

En el Atlántico (7.500-4.500 BP) las condiciones climáticas llegaron a ser más cálidas y, probablemente, más secas que las actuales. Ello facilitó la entrada de plantas de óptimo mediterráneo, que desde el interior avanzaron hasta la cornisa cantábrica. El bosque esclerófilo de Quercus perennifolios y otras especies termófilas se adueñaron de las zonas más

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Expansión del bosque caducifolio atlántico (Parque Natural de Aizkorri-Aratz. Gipuzkoa/Araba). Paisaje de taiga (Finlandia). Expansión del encinar cantábrico (Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Bizkaia).

tífico, social y, por qué no decirlo, también político, la repoblación forestal sigue siendo una práctica frecuentemente utilizada para la reinstauración de una cubierta vegetal en aquellos terrenos desprovistos de ella.

A partir de la transferencia de las competencias en materia de montes y conservación de la naturaleza a las Instituciones Comunes del País Vasco y concretamente desde 1985, momento en que residen en las Diputaciones Forales las competencias exclusivas en materia de montes, se inicia el período de reestructuración de los Servicios y diversificación de las actuaciones de modo que, sin desatender la demanda e interés económico y generador de renta de los montes, se explicitan las otras dos dimensiones de los bosques como espacios de ocio y cultura y soporte para la conservación de los recursos naturales y la vida silvestre.

A lo largo de las últimas décadas, los gestores e investigadores han aprendido lecciones que permitirán un manejo futuro adecuado de las masas forestales. Pero saben que tal objetivo solo se podrá alcanzar si se dispone de un compromiso social que aún está lejos de cristalizar, y si se tiene en cuenta que deben aplicarse principios de gestión adaptativa –que a veces pueden obligar a realizar cambios de estrategias y técnicas en plazos no muy largos– que pueden ser difíciles de explicar para que sean suficientemente aceptados. Gestionar los bosques implica plantearse plazos temporales extremadamente superiores a los que cubren los procesos electorales de las políticas nacional o autonómica y, como ya ocurre en otros muchos países, es fácil que en último término el principal enemigo del avance en la conservación forestal sea la falta de grandes y generosos acuerdos políticos que reflejen la necesidad de adaptarse a esos ciclos naturales de la vegetación forestal, de siglos de duración. Desde la entrada de España en la Comunidad Económica Europea y, en especial, a partir de la aprobación de la Directiva de Hábitats en 1992, muchos de esos principios están ya preestablecidos o, al menos, fomentados; pero deben interiorizarse no sólo entre los gobernantes o los gestores, sino también y en último término, entre la ciudadanía. * * *

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PRIMERA PARTE. LA DIMENSIÓN NATURAL

Capítulo 1. EL BOSQUE BIODIVERSO

“Nada hay tan inherente al concepto de VIDA como las expresiones DIVERSIDAD y COMPLEJIDAD”

La secuencia diacrónica que acabamos de presentar explica la amplia tipología de estructuras y paisajes forestales que, a día de hoy, revisten el territorio y que es tributaria y fiel indicadora de la evolución de los factores ambientales y de la milenaria acción humana, directa o indirecta, sobre el medio. Es en este sentido que podemos hablar, con toda propiedad, de “bosque biodiverso”.

La biodiversidad se define como la variabilidad de organismos vivos de cualquier fuente, a nivel de genes, de especies y de ecosistemas. Se expresa, en consecuencia, a tres escalas: la de variación genética hereditaria dentro de y entre poblaciones de una determinada especie, que se refiere a la diversidad cuantitativa y cualitativa de la población, de genotipos y frecuencias, y de efectos y flujos de alelos (diversas formas mutacionales de un gen determinado); la de variación entre especies, que tiene en cuenta su número, abundancia, rareza y grado de endemización, elemento fundamental a la hora de analizar sus patrones de competencia y coexistencia; y la de variación entre ecosistemas, que analiza la forma en que las especies interactúan entre sí y con su entorno, aspecto esencial de cara a la cuantificación de la importancia mundial y local de los hotspots (puntos calientes) de variabilidad biológica.

A la hora de poner punto final a este capítulo Alfa, en el que hemos planteado de qué manera y hasta qué punto el devenir paleoambiental y la acción humana han modelado el medio forestal, se nos abre una pasarela que conduce al siguiente contenido: el que desvela las circunstancias y caracteres que, en el presente, configuran dicho medio, así como la estructura y dinámica de los bosques que a día de hoy lo ocupan.

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La biodiversidad refleja la capacidad de los animales y las plantas de sobrevivir a los ingentes cambios en las condiciones ambientales que la Tierra ha ido experimentando. Pero actualmente está disminuyendo más rápido que en cualquier otro periodo de la historia de la humanidad; de manera que la tasa de extinción es de entre decenas y cientos de veces superior a la media de los últimos 10 millones de años. Es lo que algunos expertos denominan la “sexta extinción en masa”. Entre los principales responsables de esta preocupante merma de biodiversidad cobran especial protagonismo los cambios de uso del suelo, la explotación directa de organismos, la crisis climática, la contaminación y la proliferación de bioinvasiones que, como tendremos ocasión de constatar en el capítulo 5, conduce a una homogeneización sin precedentes de la flora y fauna a escala global.

En las últimas décadas haya ido creciendo el reconocimiento de la biodiversidad no sólo como expresión de las diferentes formas de vida presentes en el planeta, sino también como la base del bienestar humano. Afortunadamente, la sociedad entiende cada día mejor la relación directa de la biodiversidad con la salud y desarrollo humano como una de las bases del progreso social y económico, así como con su seguridad y cultura. Y es que, además de su valor intrínseco, la biodiversidad es fundamental para la existencia y calidad de vida del ser humano en la Tierra y, usada de un modo sostenible, constituye una fuente ilimitada de recursos y servicios muy variados. La salvaguarda y protección del patrimonio de biodiversidad es, por tanto, un reto colectivo que debe abordarse des-

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hongos, musgos, líquenes, bacterias, invertebrados, anfibios, reptiles, aves y mamíferos que encuentran en su seno refugio y alimento. También la madera muerta es fuente de vida para las especies saproxílicas. El hecho de que nos centremos, preferentemente, en la flora vascular en absoluto desmerece la trascendencia de la muscinal, fúngica y liquénica, que constituye un elemento sustancial en la ecología de los bosques.

EL PAPEL DE LA FLORA MUSCINAL, FÚNGICA Y LIQUÉNICA EN EL ECOSISTEMA FORESTAL

La flora muscinal, fúngica y liquénica está integrada por vegetales primitivos y hongos que, anteriormente, solían clasificarse como “plantas inferiores”. Sin embargo, constituye, por una parte, el componente biológico que más aporta a la diversidad, pues su riqueza en especies es muy superior a la de las plantas superiores de las comunidades en las que se insertan, sobre todo si consideramos la fracción fúngica que pervive gran parte del año dentro del suelo, y que sólo solemos visualizar a través de sus cuerpos fructíferos o setas; y, por otra, desempeña funciones ambientales de primera magnitud en el ecosistema forestal.

Los musgos integran una de las líneas evolutivas del grupo de los briófitos, que engloba también a hepáticas y antocerotas. Viven sobre el suelo, la roca aflorante o como epífitos sobre los troncos y ramas de las plantas superiores. Crecen formando colonias compactas en lugares muy húmedos y disponen de unos filamentos que absorben las sales minerales del agua del suelo para su nutrición. En épocas de sequía llevan una vida latente que puede prolongarse mucho tiempo, y las hojas se resecan de tal forma que parecen inertes; pero en cuanto vuelve la humedad reverdecen y reemprenden su ciclo vital.

El desempeño de la flora muscinal en la sustentabilidad biológica es fundamental, pues optimizan el equilibrio hídrico al absorber y almacenar el agua y liberarla lentamente en épocas de sequía; producen materia orgánica; estabilizan los suelos y partículas minerales, previniendo su pérdida por erosión y reteniendo sus nutrientes; capturan sedimentos y agua que son aprovechados por líquenes, hongos, invertebrados y pequeños vertebrados; brindan refugio para insectos y otros organismos micro y macroscópicos y material de construcción de nidos para aves y guaridas de pequeños mamíferos; colonizan sustratos donde la flora vascular está ausente, aportando con su cobertura vegetal mayor humedad y superficie fotosintética activa, sobre todo durante el invierno, momento en que la vegetación arbórea, arbustiva y herbácea entra en fase de reposo; favorecen la germinación en su seno de semillas de las plantas superiores; y fijan el carbono atmosférico mientras liberan oxígeno Los musgos son particularmente sensibles a las actividades forestales que degradan el arbolado y desestabilizan el régimen hídrico del bosque. Por otra parte, su pervivencia y riqueza taxonómica se ve muy afectada como consecuencia de prácticas no autorizadas como la de su recogida para fines ornamentales. Los líquenes son asociaciones simbióticas a nivel radicular entre determina-

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dos tipos de hongos, que aportan agua y nutrientes, y algas o cianobacterias que aportan carbohidratos generados por fotosíntesis. Recientemente se ha comprobado que algunos de ellos incluyen también la asociación de un segundo tipo de hongos, en concreto del grupo de las levaduras, aunque su función exacta es aún desconocida. Son especialmente abundantes como elementos epífitos sobre árboles y arbustos viejos, y troncos muertos caídos o en pie. En la dinámica natural de los sistemas forestales se produce la coexistencia de individuos leñosos hospedantes de distintas clases de edad, desde muy jóvenes y con cortezas lisas hasta muy viejos o inertes, fenómeno que puede ser interpretado a partir de la bioindicación que se puede obtener de la riqueza y taxonomía liquénica.

Musgos, hongos y líquenes forestales.

Por otra parte, los líquenes son utilizados como indicador biológico de la calidad atmosférica debido a su longevidad y porque obtienen la mayor parte de sus nutrientes del aire, lo que los hace muy sensibles a las impurezas presentes en el medio. Son, por tanto, fidedignos biomonitores espacio-temporales de las condiciones ambientales y de las perturbaciones provocadas por distintos tipos de estrés (contaminación, baja calidad del aire, cambio climático, fuego...). Estas propiedades les permiten actuar de detectores de las primeras señales de alarma en sistemas naturales, así como del grado de recuperación tras las alteraciones.

Flora muscinal, fúngica y liquénica del bosque.

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En lo geomorfológico: desempeñan eficazmente la función de freno a la dinámica erosiva y el deslizamiento de laderas, sobre todo en terrenos de pendiente pronunciada; a amortiguar el impacto de avenidas e inundaciones; y a generar barreras contra la erosión eólica en llano e hídrica en vertiente.

En lo hídrico: son capaces de abrir en el suelo mediante su poderoso sistema radicular espacios que actúan como conducciones para el agua, optimizando, con ello, la infiltración y la recarga de acuíferos; ralentizan la escorrentía y el lavado del terreno; y mejoran notoriamente la calidad de las aguas superficiales y subterráneas.

En lo edáfico: optimizan la potencia, textura y estructura del suelo; regeneran y fertilizan el perfil edáfico; actúan como bomba de recirculación, pues su potente biomasa radicular puede alcanzar niveles profundos y recuperar nutrientes lavados de la superficie; frenan el barrido de la capa superior del suelo por parte del viento; mejoran los contenidos de materia orgánica; potencian el efecto descontaminante de los suelos, sobre todo en lo concerniente a agroquímicos; y, por medio de su rica fauna edáfica que, en muchos casos, encuentra en estos enclaves el último refugio donde se ha conservado a nivel local su diversidad genética, optimizan las condiciones de los suelos y la mineralización de la carga orgánica que los enriquece.

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En lo biótico: contribuyen a la pervivencia de la flora autóctona, muy depauperada por la deforestación y la proliferación de plantaciones forestales simplistas; aseguran la alimentación, nidificación y refugio de la fauna silvestre residente y migratoria que, a su vez, controla de forma natural las plagas agrícolas; incrementan la biodiversidad aérea y del suelo, incluyendo la de organismos polinizadores y antagonistas de las plagas; trazan corredores ecológicos que conectan manchas de vegetación forestal en ocasiones tan dispersas que pueden imposibilitar, por consanguineidad, la supervivencia y evolución genética de determinadas especies animales. Además, gran parte de los vertebrados que se refugian o viven en estos setos son los mismos que por endozoocoría van ampliando el área de distribución de las especies vegetales que los conforman, de manera que existe una relación positiva de protocooperación.

A la hora de poner punto final a este segundo capítulo, en el que hemos planteado las modalidades e intensidades de los servicios ecosistémicos ejercidos por los bosques y, por ende, su papel impagable en la optimización de las condiciones medioambientales, se nos abre una pasarela que conduce al siguiente contenido: el que desvela la función de los sistemas forestales como proveedores de recursos, tanto materiales como inmateriales, que satisfacen las necesidades, deseos y querencias de la sociedad humana.

SEGUNDA PARTE. LA DIMENSIÓN CULTURAL Capítulo 3. EL BOSQUE PRODUCTOR

“Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego”

Como ha quedado patente en los capítulos anteriores, la configuración que actualmente presentan nuestros bosques tiene mucho que ver con la intervención humana, pretérita y actual, sobre ellos. Por eso, junto a sus características ecológicas y estructurales básicas, la comprensión de los paisajes forestales no puede realizarse sin complementar la dimensión natural con la realidad cultural, plasmada esta última en los usos que tenían el árbol y el bosque como objeto de explotación, de las prácticas derivadas de ellos y de los sistemas de organización y control social.

Los forestales representan hoy día uno de los recursos naturales potencialmente renovables más polivalentes del planeta. Así, los bosques cuentan con funciones productivas que generan bienes y servicios valorados y remunerados monetariamente por la sociedad a través de mercados comerciales de producción de materias primas. Conllevan, además, funciones sociales, pues ofrecen puestos de trabajo, directos e indirectos, para obtener bienes primarios necesarios para el sector secundario y terciario. Atesoran, por otra parte, un gran patrimonio en forma de oficios antiguos, yacimientos arqueológicos, elementos etnoculturales, tradiciones, formas y morfologías arbóreas y paisajísticas concretas, etc. Estas funciones, tan íntimamente imbricadas con las sociedades rurales, son extrapolables hoy día a las urbanas, pues sus atractivos estéticos, ambientales, ecológicos y educacionales constituyen un recurso para actividades de ocio, recreo y esparcimiento. Además, los espacios forestales cumplen un importante cometido respecto a la investigación, el desarrollo científico y tecnológico, y a la transmisión de todos los valores que atesoran a la sociedad, en general, y a la población infantil y juvenil, en particular; tanto más cuando muchas de las prácticas que los han mantenido secularmente están desapareciendo y conviene que sean conocidas y valoradas por las nuevas generaciones.

Los aprovechamientos materiales abarcan no solo los productos que están en la base de la cadena de valor del sector forestal maderero (desde la actividad viverista y la tala hasta la terminación como producto final), sino también una amplia gama de recursos no madereros. Entre estos últimos abundan elementos de gran utilidad, sobre todo para las poblaciones rurales: pastizales, brozas y hojarascas para la ganadería extensiva, miel, frutos y semillas silvestres, hongos y trufas, resina, caza, plantas medicinales y aromáticas...

En lo tocante a los beneficios inmateriales, los bosques ejercen un importante papel como fuente de actividades recreativas y de esparcimiento en las sociedades modernas. Contribuyen de muchas maneras al bienestar físico y mental de las personas, y ofrecen ambientes reconstituyentes, es decir lugares donde la gente puede encontrar sosiego, relajarse, evitar el ruido y reducir el estrés. Y todo ello de manera gratuita, lo que nos da idea de hasta qué punto los bosques valen mucho pero cuestan poco. ¿Cuánto vale, en-

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pos modernos, nuevos usos (fabricación de chapas y tableros; piezas de carpintería y ebanistería; estructuras para la construcción; envases y embalajes; obtención de pasta y papel, etc.). Ligera, reciclable, precisa y, sobre todo, sostenible, la madera está en camino de sustituir al hormigón y el acero para crear una arquitectura más evolutiva.

Su mercado vive una burbuja; hasta el punto de que ya se puede hablar de una “revolución de la madera”, que está convirtiéndose en el oro del siglo XXI. Buena prueba de ello es que el negocio del tráfico ilegal de maderas nobles es atractivo para las organizaciones criminales a nivel internacional porque mueve cada día más dinero, y porque las penas asociadas a esta actividad criminal son menores que en el caso de las de las drogas y las armas. Ello incrementa exponencialmente la amenaza de una destrucción masiva de bosques a escala planetaria.

Los usos y aprovechamientos madereros tradicionales del bosque vasco-atlántico se practicaban en régimen de monte alto si se buscaba tamaño, variedad, calidad y diámetro de los fustes. En este sentido, la madera más apreciada para la construcción naval y fabricación de vigas y pies derechos era la de roble y, en menor medida, la del haya; en tanto que la de encina –por su menor talla y fuste retorcido– era destinada, habitualmente, a leña y carbón vegetal, amén de la elaboración de piezas pequeñas. Este tipo de régimen, tenía, eso sí, un inconveniente en términos de productividad: a igualdad de especie y condiciones del terreno, los turnos de corta en monte alto eran, lógicamente, más mucho más largos que en monte bajo.

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Es digno de destacar el tradicional sistema de aprovechamiento maderero del hayedo por turnos y aclareos sucesivos –diametralmente opuesto al modelo actual de matarrasa integral que se aplica en la generalidad de las plantaciones forestales, especialmente en las orientadas al aprovechamiento de la madera para la producción de pasta de papel–, que sigue vigente en algunos ámbitos serranos del País Vasco-atlántico y zonas aledañas. Como primer paso, se abate y extrae con cable –nunca con maquinaria pesada que destruye los suelos– determinado número de ejemplares maduros de la parcela seleccionada dejando intactos los pies añosos que se encuentren en mejor estado como proveedores de hayucos para garantizar las tasas de reposición. Tras acotar el terreno mediante cerca de alambre que impide el acceso del ganado, se deja transcurrir un tiempo para que los jóvenes plantones se afiancen en los huecos producidos por la corta. Se acomete, posteriormente, un nuevo aclareo de pies maduros siguiendo el mismo procedimiento y manteniendo, en todo caso, los ejemplares más veteranos y fructíferos; y así sucesivamente, hasta que el terreno haya sido colonizado por un hayedo joven y pujante, momento en que se elimina el cercado y se selecciona y acota, por turno, una nueva parcela a explotar sosteniblemente.

El régimen de monte bajo, que se aplicaba a todo tipo de arbolado, pero, muy en particular, al encinar cantábrico en turnos de corta de entre 15 y 30 años, tenía como finalidad la producción de combustible menudo (leña y carbón vegetal para ferrerías, fraguas y uso doméstico) y la fabricación de útiles y herramientas. Cada año se rozaba a matarrasa o a hecho una superficie, que correspondía a la división del monte por el número de años o turno de corta. El paisaje forestal así tratado tendía a adquirir frecuentemente el aspecto de matorral multicaule, donde el porte arbóreo sólo se ad-

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La madera, materia prima. Aprovechamiento del hayedo por aclareos sucesivos. Monte alto/monte bajo (Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Bizkaia).

cializado de los operarios y trabajadores forestales. Respecto a este último, la inclusión de especialidades forestales y del medio natural en la formación profesional ha sido un paso clave para mejorar el respeto a la naturaleza, ya que muchas de las malas prácticas que se observaban en la gestión forestal se producían por la propia ignorancia de maquinistas, leñadores, etc. Hoy en día no es raro que muchos de estos trabajadores, con una preparación mucho más avanzada, sean los primeros que se opongan al desarrollo de prácticas poco respetuosas con el medio forestal. El caso de la formación especializada alcanza su máxima expresión en los guardas y agentes forestales y medioambientales, cuerpos cada vez mejor preparados, con conocimientos técnicos más precisos.

* * *

A la hora de poner punto final a este tercer capítulo, en el que hemos planteado la función de los sistemas forestales como proveedores de recursos, tanto materiales como inmateriales, que satisfacen las necesidades, deseos y querencias de la sociedad humana, se nos abre una pasarela que conduce al siguiente contenido: el que, complementariamente, desvela la capacidad de los árboles y los bosques de inspirar mitos y creencias ancestrales, y de alimentar la creatividad humana en el mundo de las letras y las artes.

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Capítulo 4: EL BOSQUE INSPIRADOR

“Los árboles son templos; los bosques catedrales. Quien sabe hablar con ellos, quien sabe escucharlos, aprende la verdad. No predican doctrinas y recetas; predican, indiferentes al detalle, la ley primitiva de la vida”

Si en el capítulo anterior analizábamos la función productora del bosque con su amplia gama de manejos y aprovechamientos tanto materiales como inmateriales, tangibles e intangibles, nos centraremos ahora en su consideración como construcción cultural que el ser humano ha plasmado en mitos y creencias ancestrales, y que ha alimentado su creatividad en el mundo de las letras y de las artes.

En la historia religiosa de Europa, en general, y del País Vasco atlántico, en particular, el culto a los árboles configuraba una especie de “dendrolatría” que confería a algunos de ellos un carácter totémico en torno al cual giraba la vida social, económica y religiosa de la comunidad. La instauración del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano proclamó la existencia de un dios único y tachó de idolatría y paganismo la adoración de las múltiples divinidades de la naturaleza; con lo que árboles y bosques dejaron de representar un espacio de sacralidad. No obstante, numerosos vestigios de los cultos animistas ancestrales perduraron en las raíces más profundas de las costumbres y tradiciones del folklore europeo. Así, algunas de ellas derivaron, ya en el Medievo, en leyendas asociadas a apariciones marianas en bosques y árboles determinados, y en romerías y fiestas populares relacionadas con ellos y con la regeneración de la vida vegetal ligada a los ciclos estacionales (Árbol de Navidad, Árbol de Mayo...).

A partir de la Edad Media y como expresión del cristianismo más oscurantista empeñado en finiquitar todo tipo de rito festivo de origen pagano, predominó una visión negativa del espacio forestal. Ya en la Edad Moderna, los antiguos credos y ritos –tachados muchas veces de brujería– y quienes los practicaban fueron objeto de múltiples persecuciones, especialmente implacables en el norte de la Península Ibérica por parte de la Inquisición. Pero esto no logró eliminar de la mentalidad profunda, sobre todo la rural, las viejas creencias; de manera que los antiguos cultos siguieron heredándose de generación en generación.

La imagen del boque como espacio no habitable, de tierra de nadie repleta de bestias feroces y personas que se “emboscan” en él para vivir al margen de la ley, se prolongó, en muchos casos, hasta la llegada de la Ilustración. A partir de este momento, la naturaleza se convirtió en un modelo a imitar por el hombre, y los bosques en uno de los escenarios que mejor representaban la idea de pureza. Ahí radica la base del pensamiento rousseauniano, que proponía un regreso utópico al estado natural para escapar de la corrupción moral de las ciudades. Pero fue la modernidad romántica, que recupera el imaginario ancestral del bosque animado poblado de árboles simbólicos y seres legendarios que el ser humano percibe con curiosidad, temor o veneración, la que recobró las esencias de la sacralidad perdida del bosque e introdujo en la cultura occidental el

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El roble (Quercus robur) personifica de manera genuina la mitificación de determinadas especies arbóreas en las antiguas culturas. Se consideraba sagrado en la Europa céltica, como lo fueron otros Quercus y el olivo en el mundo mediterráneo. La fuerza simbólica que posee en el País Vasco parece conectar con creencias religiosas muy anteriores al cristianismo. No es, pues, de extrañar que, en su acepción prístina, el término vasco “aritz” no solo signifique “roble”, sino también “árbol”. Simboliza la energía (el primer rey de Pamplona fue Eneko Aritza –Eneko “el roble”-), la vitalidad, la solidez, la longevidad y la elevación tanto en sentido material como espiritual, y ejerce de entidad protectora y garante de autenticidad.

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El roble más conocido es, sin duda, el “Árbol de Gernika”, emblemático del País Vasco y uno de sus símbolos más universales: el de las libertades tradicionales de todos sus ciudadanos. Durante la Edad Media se celebraban a la sombra de este roble asambleas para debatir y solucionar los problemas del territorio; y los que iban a ser nombrados Señores de Vizcaya juraban bajo sus ramas, antes de acceder al cargo, respetar las libertades vascas y los fueros, derechos pactados con los reyes castellanos. La tradición sitúa en el siglo XIV el nacimiento del árbol más antiguo documentado, el denominado “Árbol Padre”, que murió en 1742. En su lugar se plantó el llamado “Árbol Viejo”, que sucumbió en 1860 y cuyo tronco se exhibe en un templete del recinto de la Casa de Juntas. Fue sustituido por el “Árbol Hijo”, que vivió hasta 2004, siendo reemplazado por uno de sus retoños que solo duró hasta 2015. En esta fecha se plantó el actual que es, en consecuencia, el quinto Árbol de Gernika.

El fresno (Fraxinus excelsior), según la mitología centroeuropea, es el origen del hombre, fluye en él la energía, simboliza la inmortalidad y la fertilidad, y ahuyenta a las serpientes. Presente en la heráldica de ciertos linajes vascos, era considerado árbol sagrado y benefactor: protegía del rayo, por lo que se plantaba junto a las edificaciones y, en primavera, se colocaban sus ramas sobre las puertas de los caseríos. Además, era muy apreciado por sus usos medicinales y, sobre todo, por su alto valor forrajero en épocas de hambruna por agostamiento de pastos para el ganado. Se le atribuía, en consecuencia, la condición de árbol bendito, muy apropiado para ubicarlo en bordes de caminos, junto a ermitas y otros lugares sagrados, y en campas donde se celebraban reuniones festivas y romerías.

El aliso (Alnus glutinosa) era en la mitología centroeuropea el árbol del que procedía la mujer, como del fresno se originaba el hombre. En la nórdica simbolizaba la fuerza emocional y la perseverancia; pero, sobre todo, la resurrección, lo que podría asociarse al hecho de que, al ser cortada, el color de la madera torna del blanco al rojo, recordando a la sangre humana. En el País Vasco atlántico, la reverencia que se sentía respecto al aliso –y, en menor medida, también a otros árboles– era tan profunda que, cuando había que talarlo, se le pedía perdón; además, abatirlo sin motivo fundado se consideraba una ofensa criminal.

El laurel (Laurus nobilis), como árbol de procedencia mediterránea, presenta, lógicamente, una conexión más estrecha con la mitología grecorromana que con la noreuropea. Consagrado a Apolo, dios de la sabiduría y el heroísmo, simbolizaba la grandeza, el valor, la fama, la gloria y, por ende, la inmortalidad. En el País Vasco atlántico, donde esta especie forma parte del cortejo florístico del encinar cantábrico, se plantaba cerca de las casas por la creencia de que aportaba protección y buen augurio. Además, al rematar la construcción de las viviendas se colocaban sendos ramos de laurel bendecidos: uno en lo más alto del tejado para alejar los rayos, y otro en la puerta para ahuyentar los malos espíritus. Con la llegada del cristianismo, se instauró la tradición de llevar laurel a la iglesia para bendecirlo el Domingo de Ramos y luego guardarlo en casa el resto del año para desactivar cualquier clase de mal o desgracia.

El castaño (Castanea sativa) simbolizaba la verdad, la generosidad, la equidad y la justicia; por lo que representaba mejor que ningún otro árbol la inflexibilidad de las leyes

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Árbol Viejo de Gernika (Reserva de la Biosfera de Urdaibai.Bizkaia). Santuario mariano de Arantzazu (“Tú en el espino”) (Oñati. Gipuzkoa).
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arbustos y hierbas que cohabitan en el ambiente nemoral, al tiempo que reivindica una necesaria toma de conciencia de que toda acción y toda ética tienen que acoplarse al ritmo de los elementos naturales.

En el ámbito del País Vasco atlántico y territorios aledaños, podríamos destacar, como más representativos, los siguientes trabajos cinematográficos:

El director Montxo Armendáriz retrata en Tasio (1984) a un carbonero y, cuando la ocasión se tercia, cazador furtivo de un escondido rincón de la navarra sierra de Urbasa. Es la época del éxodo rural, de la emigración a las ciudades en busca de un futuro mejor; pero Tasio prefiere quedarse en el pueblo y vivir en el monte, en la más absoluta soledad, con tal de salvaguardar su libertad. La película atestigua un modo de vida que se extingue, que implica vivir con lo mínimo, realizando un esfuerzo descompensado en relación al mediocre beneficio que se obtiene. Parco en palabras, pero intenso en sus imágenes, lleno de añoranza de paisajes y paisanajes, la cinta consigue transmitir con veracidad el aire decadente de una forma de vida que tiene los días contados. Es una historia de amor atávico a la naturaleza y al bosque; y, al tiempo, a los usos, costumbres y tradiciones de un entorno rural profundo.

Vacas (1992), primer largometraje del director Julio Médem, incide en ese mismo mundo sociológico retratándonos, entre lo real y lo onírico, el enfrentamiento ancestral de dos familias rurales a lo largo de tres generaciones. El bosque atlántico se convierte, además de en protagonista identitario del paisaje, en testigo directo –incluso pieza clave– de la cadena de tortuosos acontecimientos que enhebran el relato cinematográfico.

Cantábrico (2017), trabajo documental de Joaquín Gutiérrez Acha, retrata un mundo mosaical de paisajes de valle y montaña atlántica donde cada bosque es un universo que esconde una extraordinaria biodiversidad vegetal y faunística. Ese ámbito poblado de criaturas extraordinarias, donde el emblemático oso pardo se convierte en el protagonista en torno al cual gira la filmación, asiste al desarrollo de las cuatro estaciones en un permanente compás de espera.

La trilogía de novelas del Baztán de Dolores Redondo (El guardián invisible, 2017; Legado en los huesos, 2019 y Ofrenda a la tormenta, 2020) es llevada a la gran pantalla por el director Fernando González Molina a manera de thriller policíaco que tiene como escenario los bosques de esta comarca navarra. Suspense, magia y terror se dan cita en este film de intriga psicológica y drama familiar con el telón de fondo de la mitología forestal vasco-navarra, poblada de criaturas mágicas, fuerzas telúricas y poderes sobrenaturales que controlan los destinos de los habitantes de la zona.

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TERCERA PARTE. LA DIMENSIÓN PATRIMONIAL

Capítulo 5. EL BOSQUE AMENAZADO

“La peor amenaza para nuestro planeta es la creencia de que ya habrá alguien que se encargue de salvarlo”

Ha quedado patente en capítulos anteriores que los bosques acarrean una larga trayectoria de exposición a riesgos naturales y antrópicos. Pero su impacto nunca ha sido tan extremo como en el último siglo y medio, período en que la huella ecológica del ser humano sobre el planeta ha adquirido tal magnitud que ha sido denominado como “Antropoceno”. En efecto, llevamos siete millones de años en este planeta, y a lo largo de ese tiempo hemos contribuido, con otros seres vivos, a la creación y a la vitalidad de la Biosfera. Nuestra capacidad de destruirla es muy reciente, representa un instante de la historia de la humanidad en el que hemos ido dejando cada vez más de lado nuestro sentido innato de conexión con la naturaleza.

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Su manifestación capital es la del cambio global, hecho bien contrastado para la ciencia y, en los últimos tiempos, preocupación generalizada de la población. Éste incluye, como aspectos más relevantes, el cambio climático, el de los ciclos biogeoquímicos, el de usos del suelo y el de las áreas de distribución de los seres vivos y su conectividad; a los que hay que añadir la sobreexplotación y la consiguiente pérdida de recursos biológicos. Estas alteraciones conllevan un amplio abanico de amenazas, peligros y riesgos difíciles de evaluar tanto en su intensidad como en sus efectos dado que afectan desigualmente a cada tipo de ecosistema forestal.

A la hora de poner punto final a este cuarto capítulo, en el que hemos desvelado la capacidad de los árboles y los bosques de inspirar mitos y creencias ancestrales, y de alimentar la creatividad humana en el mundo de las letras y las artes, se nos abre una pasarela que conduce al siguiente contenido: el que alerta de los múltiples riesgos, peligros y amenazas que, de manera más acuciante, comprometen la calidad e, incluso, la supervivencia de nuestro patrimonio forestal.

En cualquier caso, la situación actual de los bosques a escala global es extraordinariamente preocupante, pues en los últimos 100 años se ha perdido el 50% de la superficie forestal del mundo. Sabemos que los bosques muestran una elevada capacidad de adaptación a las perturbaciones y agresiones externas; pero su nivel de resiliencia depende del grado de integridad del ecosistema. Si éste no ha perdido alguna de sus piezas esenciales, la capacidad de ajuste es muy alta; lo que, a menudo, le permite recuperar sus características básicas poco tiempo después de padecer perturbaciones intensas. La clave está en el punto de no retorno a partir del cual el sistema colapsa y es sustituido por uno nuevo, sobre todo teniendo en cuenta la previsión de que tanto los riesgos naturales como las presiones antrópicas pueden ser más frecuentes y severos en el futuro. En la interpretación tradicional, las sucesiones vegetales que se daban tras las perturbaciones se dirigían a una etapa final, la clímax, de tipo forestal en la mayoría de territorios, que era una forma más o menos constante. En consecuencia, alcanzarla era sólo cuestión de tiempo, tanto mayor cuanto más degradado estuviera el ecosistema. Sin embargo, hoy en día sabemos que las variables ambientales que permiten prever esa evolución no llegan siempre a un punto similar para un mismo lugar, sino que cambian con el tiempo –y un buen ejemplo es el ascenso altitudinal de los pisos de vegetación que puede experimentarse por efecto del calentamiento global– y que, frecuentemente,

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contrario que los encinares cantábricos, que expandirían sus dominios a costa de los bosques más exigentes en humedad; eso sí, siempre que estos cambios no se acompañaran de un incremento de la frecuencia y extensión de los incendios forestales tras los que, a menudo, el encinar pierde gran parte de su potencialidad arbórea alcanzando, a lo sumo, etapas más o menos permanentes de tipo “maquia”. Podría aumentar también la irregularidad de las estaciones (temperaturas altas y bajas fuera de temporada, sequías más pronunciadas, episodios de lluvias o nevadas cortas e intensas) y la frecuencia de eventos perturbadores que, de producirse, favorecerían la incidencia de enfermedades y plagas. Paralelamente, es esperable un retroceso de los tipos de vegetación más ligados a fuertes niveles de humedad del suelo –incluyendo buena parte de los bosques riparios– y del aire (comunidades de roquedos...).

En cualquier caso, el fenómeno del cambio climático es reconocido como un problema de características únicas: es de largo plazo, sus efectos se dan en todas las escalas espaciales y niveles de organización biológica, involucra interacciones complejas entre los sectores ecológico, económico, político, institucional, social y tecnológico; requiere para su solución la participación concertada de toda la sociedad, desde la escala global a la regional y local; y, como a continuación tendremos ocasión de comprobar, se encuentra en la base de muchos otros tipos de amenazas. Los bosques sufren el problema; pero, a la vez, son parte de la solución desde el momento en que, como señalamos en el capítulo 2, contribuyen decisivamente a su mitigación.

Hayedo amenazado de estrés hídrico.

5.2. DEFORESTACIÓN, FRAGMENTACIÓN, DEGRADACIÓN

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Los fenómenos de deforestación, fragmentación y degradación de los bosques constituyen una de las expresiones más significativas del cambio global. El primero hace referencia a la disminución cuantitativa de la superficie arbolada y su transformación en otro uso de la tierra; los otros dos a la pérdida de conexión y deterioro cualitativo del ecosistema forestal, de su red de interacciones, de su funcionamiento y de su capacidad de proveer bienes y servicios.

Ilustraciones de la página siguiente.

Arriba: deforestación (Aretxabaleta. Gipuzkoa).

Centro: plantaciones forestales masivas (Mungia. Bizkaia).

Abajo: perturbación de la dinámica natural en áreas de plantación forestal (Zestoa. Gipuzkoa).

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Dryopteris aemula, Galanthus nivalis, Prunus padus, Pistacia lentiscus, Salix aurita, S. cantabrica, Stachys palustris y Ulmus laevis Dada su situación en el entorno cantábrico, también ciertos taxones forestales de distribución mediterránea (Arisarum simorrhinum, Clematis flammula, Olea europaea var. sylvestris, Quercus faginea, Q. humilis, Viburnum tinus...) deberían ser tenidos en cuenta a efectos de protección.

El Catálogo inicial, que constituyó un primer paso de cara a la protección legal de plantas y animales en situación de riesgo, ha ido completándose mediante propuestas que los diferentes colectivos han hecho llegar al consejo asesor de la naturaleza del País Vasco. Esto, unido a los correspondientes planes de conservación o recuperación que puedan emprenderse, permitirá que en el futuro puedan variarse las categorías de amenaza de algunos elementos, y que otros no catalogados aún, sean incluidos para su protección legal.

En cualquier caso, conviene recordar que, de cara a alcanzar los objetivos planteados en la normativa de la Unión Europea (Directiva Hábitat) y en convenios internacionales sobre naturaleza (Convenio sobre la Diversidad Biológica, Convenio de Berna), los catálogos de especies amenazadas deben complementarse con catálogos de hábitats en peligro de desaparición. Estos últimos son extremadamente valiosos para conocer el grado de integridad de la biodiversidad en su conjunto y brindan la oportunidad de convertir a los ecosistemas amenazados en objetos directos de acciones de conservación, incluyendo su protección jurídica.

A la hora de poner punto final a este quinto capítulo, en el que hemos alertado de los múltiples riesgos, peligros y amenazas que, de manera más acuciante, comprometen la calidad e, incluso, la supervivencia de nuestro patrimonio forestal, se nos abre una pasarela que conduce al siguiente contenido: el que, complementariamente, da cuenta de las propuestas de estimación de su valor de conservación y, en razón del mismo, de aplicación de las pertinentes medidas de protección y preservación.

Capítulo 6. EL BOSQUE PROTEGIDO

“Las personas que no hacen nada por conservar los árboles vivirán pronto en un mundo que tampoco pueda sustentar a las personas”

En su carrera por explotar los recursos naturales el ser humano ha provocado la extinción de muchas especies animales y vegetales, así como un deterioro del entorno natural en muchos casos irreversible. Es, en consecuencia, perentorio encontrar esquemas que permitan estimar y asignar valores objetivos a los bienes y servicios que los ecosistemas nos prestan, pues sólo de esta forma las acciones de conservación y restauración de la naturaleza surtirán el efecto deseado.

Señalábamos en la introducción de esta obra que, conforme a la conocida máxima “conocer para valorar; valorar para proteger”, íbamos a abordar, secuencialmente, el estudio de la realidad natural (capítulos 1 y 2) y cultural (capítulos 3 y 4) de nuestro patrimonio forestal, así como de los riesgos y amenazas a los que se enfrenta (capítulo 5). Pertrechados ya con este conocimiento, ha llegado el momento de evaluar en este capítulo 6 el estado actual de nuestros bosques y, en función de los resultados diagnósticos, establecer prioridades de conservación y plantear medidas de protección y directrices de uso y gestión encaminadas a fomentar y mantener sus múltiples funciones ambientales, económicas y sociales.

6.1. VALORACIÓN

El análisis valorativo de la vegetación y de la fauna constituye un área de trabajo preferente para especialistas provenientes de distintos campos del conocimiento (botánicos, zoólogos, ecólogos, geógrafos, ingenieros y otros técnicos y profesionales). La cantidad de propuestas evaluativas es tan amplia y diversa que, conforme a los postulados del CEP (Convenio Europeo del Paisaje), se hace deseable llegar a la elaboración de metodologías lo más consensuadas posible, asumibles por la generalidad de los expertos, y que ofrezcan a los responsables de la toma de decisiones y a los gestores herramientas basadas en una visión transversal que combine aspectos relacionados con los valores naturales y culturales, incluyendo entre estos últimos los relacionados con la percepción que sobre los entornos bióticos tiene la población que los habita, disfruta y gestiona. Es en esa línea en la que empezamos a fraguar, hace ya tres décadas, un método de valoración de la vegetación que, con el tiempo, pasamos a denominar LANBIOEVA (acrónimo de Landscape Biogeographical Evaluation). Desde entonces hasta hoy se ha actualizado periódicamente y aplicado a muy diversos ecosistemas forestales del Planeta. Por otra parte, en los últimos años, se han abordado diferentes ensayos de adaptación de la propuesta metodológica inicial, concerniente exclusivamente a la vegetación, a la valoración de comunidades faunísticas. Se trata de un método versátil y práctico, basado en pautas sencillas, flexibles y claras, con resultados estándar fáciles de aplicar e interpretar de cara a una correcta y jerárquica gestión de unidades biocenóticas. Desde esta perspectiva, es un instrumento que se ha mostrado especialmente útil en la ordenación

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rareza, función mesológica o valor etnobotánico, es esencial, sobre todo desde un punto de vista dinámico, diacrónico.

El factor de amenaza se calibra en relación a tres coeficientes: el de presión demográfica –medida según el número de habitantes por kilómetro cuadrado–, que prima o penaliza situaciones de alta o baja densidad de población, con mayor o menor peligro, respectivamente, de alteración de la vegetación; el de accesibilidad-transitabilidad, que es un dato de atención inexcusable dado que la presencia e impronta del ser humano está condicionada por la topografía del terreno, la densidad, tamaño, estado de conservación y grado de penetración de la red viaria y por la estructura más o menos abierta de la unidad valorada (capacidad de impedancia) y, en su caso, también por las limitaciones impuestas por los propietarios del terreno o por normativa legal dictada por la Administración; y el de amenaza alternativa, que calibra la amplia gama de riesgos que analizamos en el capítulo 5 y que, eventualmente, pueden afectar a la unidad de vegetación concernida de manera grave, real y coetánea al ejercicio valorativo o a muy corto plazo, tales como catástrofes naturales o provocadas (inundaciones, fuegos...), daños palpables por lluvia ácida y efecto del ozono atmosférico, vertidos tóxicos o contaminantes, eutrofización, plagas u otras causas de mortalidad excesiva, invasión o desplazamiento de la vegetación original por plantas xenófitas agresivas, desaparición de la vegetación a corto plazo por talas masivas, acondicionamiento para infraestructuras, construcciones, tendidos eléctricos, depósitos, dragados, actividades extractivas, etc.

Con el fin de allanar su comprensión y facilitar el análisis comparativo de los resultados, se aplica la escala decimal (1 a 10 puntos) a la totalidad de los criterios valorativos. Ahora bien, dado que, como es lógico, no todos ellos poseen el mismo grado de importancia diagnóstica, parece razonable contemplar índices de ponderación diferenciados que permitan optimizar los resultados; siempre, eso sí, que se haga con una elemental cautela y huyendo de su uso abusivo y apriorístico.

El hecho de que la metodología LANBIOEVA atienda a un amplio elenco de criterios otorga al tomador de decisiones una gran cantidad de información; de manera que pueda aquilatar sus dictámenes no solamente en razón de los parámetros y resultados globales, sino también de los parciales que más se adecuen a la realidad concreta de gestión. En efecto, cada uno de los subcriterios, criterios o grupos de criterios –y no solamente los valores finales de interés y prioridad de conservación– puede conllevar suficiente potencialidad diagnóstica como para definir por sí mismo la calidad del medio y justificar la adopción de medidas encaminadas a la protección y gestión de la agrupación vegetal analizada.

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Agrupaciones forestales valoradas mediante el método LANBIOEVA. Arriba izquierda: hayedo acidófilo. Derecha: robledal albar. Abajo izquierda: encinar cantábrico. Derecha: aliseda cantábrica.

un tipo de administración, las puntuaciones finales hayan de corregirse con coeficientes provenientes de factores como ese. En efecto, una cosa es el valor final o neutro de la evaluación, y otra cómo se traduce ese dato para su ejecución, por ejemplo, por una administración autonómica, provincial o local sobre ese mismo sitio; pues cada una de ellas puede verlo bajo un prisma diferente, en función, precisamente, de cómo van a valorar su responsabilidad ejecutiva para ese lugar concreto.

Obviando los pasos iniciales e intermedios del protocolo valorativo, mostramos, a continuación, la tabla final de resultados de la aplicación del método LANBIOEVA a un ejemplo representativo de cada uno de los tipos de bosque del País Vasco atlántico que analizábamos en el capítulo 1 (robledal albar, encinar cantábrico, hayedo cantábrico en su facies acidófila y aliseda cantábrica); a lo que seguirá un breve comentario explicativo.

Interés fitocenótico

A este último respecto, cobra cada vez más fuerza el concepto de “responsabilidad de conservación” de las administraciones u ONG encargadas de la misma; no tanto pensando en que lo hagan bien o mal, sino en el valor intrínseco de la singularidad de la unidad a conservar (especie, tipo de hábitat...). El tema está considerado globalmente en la propuesta LANBIOEVA, pero es probable que, cara a una gestión concreta de

Los bosques analizados obtienen por este concepto elevadas calificaciones. Ahora bien, el hayedo queda algo rezagado debido, fundamentalmente, a su escasa diversidad fitocenótica, parámetro este último que alcanza su máxima expresión tanto en el encinar como en la aliseda, formaciones ambas de extraordinaria riqueza florística. El grado de madurez es máximo en todos los casos, mientras que el de naturalidad se ve relativamente lastrado en el encinar y, sobre todo, en la aliseda por la presencia de taxones alóctonos. A destacar la sobresaliente calificación otorgada al robledal albar en concepto de regenerabilidad, parámetro fuertemente comprometido a causa de su carácter relíctico.

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A la hora de poner punto final a este sexto capítulo, en el que hemos dado cuenta de las propuestas de estimación del valor de conservación de nuestro patrimonio forestal y, en razón del mismo, de aplicación de las pertinentes medidas de protección y preservación, se nos abre una pasarela que conduce a una última y definitiva interrogante: ¿podemos prever o, cuando menos, vislumbrar el futuro de nuestros bosques?

OMEGA. EL FUTURO DE NUESTROS BOSQUES

“Hemos modificado tan radicalmente nuestro entorno que ahora debemos modificarnos a nosotros mismos para poder existir dentro de él”

Abríamos este libro con un capítulo Alfa en el que tratábamos de responder a la pregunta de cómo fueron nuestros bosques en el pasado. Alcanzado el punto Omega, resulta lógico plantearnos su interrogante complementaria: ¿Cuál será su futuro? Para responder a la cuestión inicial contábamos con la valiosa información proporcionada por las disciplinas paleoambientales, arqueológicas e históricas. Pero al enfrentados a la pregunta del final del camino, la tesitura es muy diferente, pues no podemos recurrir sino a hipótesis y conjeturas.

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Es razonable vislumbrar que, en el corto y medio plazo, la evolución de nuestros bosques estará ligada, primordialmente, a la de los impactos generados por la creciente actividad humana, propia del Antropoceno y por su cese en terrenos abandonados; y que, en el largo, dependerá de las grandes secuencias bioclimáticas y del acaecimiento de eventos planetarios que desencadenaron y seguirán desencadenando profundos cambios ecológicos y biocenóticos globales.

No faltan, sin embargo, quienes vaticinan otros escenarios de futuro. Es el caso de James Lovelock, padre de la hipótesis Gaia (la vida y la Tierra forman un todo interactivo; nuestro planeta puede concebirse como un solo organismo, un complejo sistema autorregulado que ayuda a mantener y perpetuar las condiciones para la vida). Afirma el genial pensador que estamos dejando atrás el Antropoceno para entrar en una nueva época, que denomina –provisionalmente– Novaceno, en la que la tecnología llegará a generar inteligencias muy superiores a la humana, que pensarán infinitamente más deprisa y nos verán como nosotros vemos hoy a las plantas: criaturas que actúan con una lentitud desesperante. Pero estos seres hiperinteligentes serán tan dependientes de la salud del planeta como lo somos nosotros, pues también ellos necesitarán que el sistema de refrigeración planetaria de Gaia –que depende de la vida orgánica, en general, y de los bosques, en particular–, los defienda de la radiación solar. En la nueva era estamos, por tanto, avocados a ser aliados en este proyecto.

Como señalábamos en el capítulo 5, los principales riesgos que se ciernen sobre los espacios forestales y que, por tanto, pueden comprometer su futuro más o menos cercano vienen de la mano del cambio global, que i ncluye, como aspectos más relevantes, el cambio climático, el cambio de los ciclos biogeoquímicos, el cambio de usos del suelo y el cambio de las áreas de distribución de los seres vivos y su conectividad, a los que hay que añadir la sobreexplotación y la consiguiente pérdida de recursos biológicos. ¿Cuáles serán, entonces, los tipos de bosque invictos y cuáles los derrotados ante la materialización de esta panoplia de amenazas? Tan solo hay una respuesta cierta a estas dos interrogantes: los más y los menos biodiversos, respectivamente.

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Aliseda cantábrica desnaturalizada en cauce fluvial artificializado (río Nervión. Basauri. Bizkaia).

Nuestros bosques, nuestros aliados (Parque Natural de Urkiola. Bizkaia-Araba)

A estos fogonazos de lucidez se ha unido también el de “plantropoescena”, que subraya la estrecha interdependencia entre plantas y personas, y muestra el camino para cambiar la forma de mirar al universo vegetal como medio para afrontar la crisis en que nos ha sumido el Antropoceno. La plantropoescena invita a imaginar cómo sería nuestro planeta si una de nuestras responsabilidades fundamentales fuera asegurar la integridad y pervivencia de las plantas. Veríamos el mundo vegetal con nuevos ojos; nos volveríamos más curiosos y expectantes ante su contemplación; brindaríamos a las plantas el respeto que se merecen, el que tanto tiempo se les ha negado por su aparente inactividad y expresividad. En definitiva, cuidaríamos de ellas y, con ello, de nuestro futuro colectivo.

Llegados al punto final de este libro recurrimos, como hicimos en el apartado introductorio, a una reflexión de Joaquín Araújo: “Si, evolutivamente hablando, procedemos de los bosques, hoy dependemos y mañana seguiremos dependiendo de los mismos; no en vano son los puntos de encuentro de todas las fuerzas, elementos, procesos y ciclos en los que descansa la continuidad de la vida. Son, en definitiva, nuestros aliados, y lo seguirán siendo de las generaciones futuras; también, y sobre todo, para enfrentarnos a los más graves deterioros del Planeta. El futuro de los bosques está en nuestras manos... y el nuestro va unido al suyo”.

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ASEGUINOLAZA, C., GÓMEZ, D., LIZAUR, X., MONTSERRAT, G., MORANTE, M.R., SA-

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ANEXO I. LISTADO ALFABÉTICO DE LOS TAXONES CITADOS DE FLORA Y FAUNA (LATÍN–ESPAÑOL)

Arum maculatum: aro

Arundo donax: caña común

(Nombre científico nombre castellano)

Abraxas pantaria: polilla manchada

Accipiter gentilis: azor común

Accipiter nissus: gavilán

Asio otus: búho chico

Asphodelus albus: gamón

Asplenium onopteris: culantrillo negro

Astrantia major: astrancia

Acer campestre: arce menor

Acer opalus: illón

Acer platanoides: acirón

Actaea spicata: cimífuga, hierba de San Cristóbal

Adenostyles alliariae: calabacera Aegithalos caudatus: mito

Aesculus hippocastanum: castaño de indias

Aglope infausta: orugueta

Agrocybe aegerita: seta de chopo

Agrostis capillaris: hierba fina

Agrostis curtisii: pelo de lobo Agrostis stolonifera: hierba fina Ajuga reptans: búgula

Alchemilla ssp.: alquimila

Alliaria petiolata: hierba del ajo Allium ursinum: ajo de oso Alnus glutinosa: aliso Alytes obstetricans: sapo partero

Amanita caesarea: oronja

Amanita rubescens: amanita rojiza

Anemone nemorosa: anémona Angelica sylvestris: angélica Anthyllis vulneraria: vulneraria Apis mellifera: abeja

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Apodemus sylvaticus: ratón de campo Apus melva: vencejo real

Aquila chrysaetos: águila real

Aquilegia vulgaris: aguileña

Araujia sericifera: jazmín de Tucumán

Arbutus unedo: madroño

Arenaria montana: arenaria

Arisarum simorrhinum: candiles

Armillaria mellea: armillaria, cabeza de medusa

Arum cylindraceum: aro

Arum italicum: aro

Athyrium filix-femina: helecho hembra

Barbastella barbastellus: murciélago de bosque

Betula celtiberica: abedul

Blechnum spicant: fenta

Boletus aereus: boleto negro

Boletus aestivalis: boleto reticulado

Boletus edulis: boleto blanco

Boletus pinophilus: boleto pinícola

Boussingaultia cordifolia: enredadera del mosquito

Brachypodium pinnatum: lastón

Brachypodium sylvaticum: lastón

Bubo bubo: búho real

Buddleja davidii: budleia, arbusto de las mariposas

Bufo bufo: sapo común

Buteo buteo: ratonero europeo

Buxus sempervirens: boj

Calluna vulgaris: brecina

Calystegia sepium: correhuela mayor Campanula ssp.: campanilla

Canis lupus subsp. signatus: lobo ibérico

Cantharellus cibarius: rebozuelo

Cantharellus lutescens: rebozuelo anaranjado

Capreolus capreolus: corzo

Caprimulgus europaeus: chotacabras,cuellirrojo

Cardamine heptaphylla: mastuerzo, berro amargo

Cardamine impatiens: mastuerzo, berro amargo

Cardamine raphanifolia: mastuerzo, berro amargo

Carduelis spinus: lugano

Carex flacca: cárice

Carex pendula: cárice

Carex remota: cárice

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