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Viernes Santo / Por Jorge Sagastume Desde ésta larga faja de tierra que es el sur, diviso una luna simpática y cachetona de luz. Los escombros del otoño quedan repartidos por toda la Avenida “Pedro de Valdivia” y el viento levanta caracolas de tristeza que se evaporan en el aire. Todo me parece extraño a esta hora y en este viernes santo. Las calles, los edificios, las avenidas, las plazas y los parques se han quedado literalmente solos. La gente ha tomado distintas direcciones, los devotos que son muchos caen devorados por la fe en esos grandes templos donde casi siempre asisten personas vacías y solitarias, aburridas e hipocondríacas. Un sol perverso y cobarde de luz, pocas horas antes se había escurrido por la espalda de la montaña sin dejar ningún rastro de nostalgia. Mientras desenredo este nudo Giordano de sábanas que hay en mi cama, pienso en el prodigio de ternura que siempre fuiste para mí, en el incienso de tu mirada y en ese indomable malecón amoroso que atraviesa de lado a lado tu cintura. En este viernes santo he dejado de existir. Es tarde, pienso, quizás sea solo para mí.

Lastarria, Santiago, 7 de mayo, 2014.

Viernes santo