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TIEMPOS OSCUROS


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La religión digital “Nuestro objetivo es la comunicación total”. Esta frase que suena a utopía fue pronunciada por Nicholas Negroponte, fundador del “Laboratorio de medios” del Instituto Tecnológico de Massachusset, conocido como MIT por su sigla en inglés. Nicholas Negroponte, nacido en 1943 en Nueva York, es hijo de un magnate griego, como su hermano John. Éste fue una figura prominente de la política de los Estados Unidos ya que ocupó en ella cargos de gran importancia. Estuvo al frente del Consejo de Seguridad Nacional en Vietnam, fue embajador en Honduras cuando el triunfo de la revolución sandinista en la limítrofe Nicaragua, habiendo sido acusado de ser el organizador del cuerpo antisandinista conocido como los “contras”; posteriormente, desde su puesto de embajador ante la ONU (Organización de las Naciones Unidas), fue uno de los principales impulsores de la invasión a Irak en 2003, bajo la presidencia de George Bush hijo. No es leal proyectar las imágenes familiares sobre los personajes que ponemos frente a nuestro objetivo, pero sí puede afirmarse que el Laboratorio de Medios fundado por Nicholas Negroponte contó desde su inicio con fondos ilimitados para financiar sus investigaciones provistos por el gobierno de su país y más de un centenar de las más poderosas empresas del mundo. El objetivo del Laboratorio de Medios era desarrollar investigaciones sobre nuevos modelos de interface entre la computadora y el ser humano, adelantándose a su época –el Laboratorio de Medios fue fundado en 1985-.


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La frase inicial acerca de la búsqueda de “la comunicación total” podría suponerse un feliz hallazgo marketinero, pero significa mucho más que eso, es un emblema de la entonces relativamente nueva para el mundo “religión digital” de la que Nicholas Negroponte es algo así como el sumo sacerdote. En su exitoso libro Being Digital (Ser digital) desarrolla su pensamiento teórico con unción religiosa sin la menor conexión con la realidad terrenal donde sus teorías tendrían que ser aplicadas. Luces y sombras En un restaurante soy testigo de una comida en familia de un grupo típico: padre, madre y dos hijos. Los padres aparentan estar en sus cuarenta años y los hijos son adolescentes, no importa su sexo. Observo que los cuatro están silencio y con las cabezas gachas, mientras sus dedos manipulan ágilmente, sobre todo los de los niños, las pantallas táctiles de sus celulares. Llego a la conclusión de que la profecía de Nicholas Negroponte se ha cumplido, pero que más bien no se trataba de una utopía sino de una distopía: la comunicación a distancia con la mediación de la tecnología es total, como lo pretendía Nicholas, mientras que la comunicación interpersonal tiende a anularse. Quiero aclarar que este escrito no es un manifiesto tecnófobo, no pretendo convertir en chatarra todos los vehículos autopropulsados y volver a la tracción animal como lo hacen los cuáqueros. Tampoco destruir todos los aparatos de comunicación a distancia, incluyendo televisores, computadoras, celulares y hasta teléfonos fijos, sino sólo observar cómo se usan, preguntarme y


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preguntarnos para qué se usan, y hacer un somero repaso de los resultados y consecuencias de su uso. No hay duda de que las teleconferencias que mantienen los políticos y empresarios ahorran costos de pasajes y hoteles; también es grato ver reunidas en un chat con video de “Whatsapp” a las familias y amigos dispersos por este mundo migrante del nuevo milenio. Es verdad que el usuario se ahorra desplazamientos al pedir comida, ya ni siquiera por teléfono sino a través de alguna aplicación de su celular, y que alguna otra aplicación brinda seguridad al pasajero de taxi que evita así aventurarse en medio de la amenazante selva urbana. Son demasiadas las utilidades novedosas de la telemática como para analizarlas en estas páginas, ni es ese su propósito porque no se trata de un texto de tecnología. Tampoco dedicaré espacio, por redundante, a las críticas de todos conocidas y para nada injustas acerca de los efectos nocivos sobre los que más abunda la vulgata de los medios masivos, tal como la obesidad a consecuencia del sedentarismo que fomentan los artefactos digitales, la ya mencionada incomunicación a nivel de persona a persona, el aislamiento individual, la responsabilidad del uso del celular en los accidentes de tránsito, el estado de ansiedad del usuario a la espera de un mensaje, cualquiera sea y no importa su contenido, o la perturbación que sufre el espectador de cine cuando un vecino de butaca no puede controlar su adicción y activa la pantalla de su celular en medio de la película. Me concentraré en otra consecuencia negativa más difícil de identificar en casos concretos, pero que se difunde por todas las sociedades, me refiero a la incidencia de los medios digitales en la adquisición del conocimiento, con resultados negativos comprobables ya en el presente,


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pero lo que es más grave por el condicionamiento que de aquí al futuro ejerza sobre la evolución cultural del mundo. Adquisición del conocimiento: lectura versus medios audiovisuales “Los procesos de lectura y de educación están íntimamente ligados. Aunque hoy tengan mucha fuerza los medios audiovisuales, la lectura sigue siendo la mediación más importante a la hora de comprender las ideas, ampliarlas, contrastarlas, refutarlas, leerlas críticamente y, por esta vía, adquirir nuevos conocimientos”.1 En el mismo sentido se expresan Diana Fernández y Carlos Neri: “En la actualidad y desde distintos ámbitos de la práctica docente se escucha y observa una queja insistente sobre la gran dificultad que genera en la enseñanza la ausencia del hábito de la lectura, el escaso vocabulario de los alumnos, las malas redacciones, entre otros (déficits). Se observa en lo que hace a la función del lenguaje la pobreza en sus aspectos de léxico, sintaxis y semántica cuyos efectos van desde dificultades en la comprensión lectora, déficit en el uso y sentido de las palabras, en la estructura gramatical y sintáctica de lo escrito (redacciones telegráficas), verbalización mecánica de conceptos sin la comprensión de los mismos, etc.”2 Y agregan que este problema en que se encuentra el estudiante “se presenta en términos generales como una característica a la que hemos llamado pobreza de lenguaje, ya que se aprecia en todos los aspectos del mismo y 1

Castañeda, Luz Stella y Hernán, José Ignacio. “Importancia de la lectura”, citado en La lectura como forma de acercarse al conocimiento; pdf (s.f.), Universidad Católica de Oriente, Colombia. 2 Fernández Zalazar, Diana y Neri, Carlos (2005). “Lectura, Conocimiento y Tecnología. XII Jornadas de Investigación y Primer Encuentro de Investigadores en Psicología del Mercosur. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.


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recorre toda la actuación (comprensión lectora, verbalización, escritura), a la vez que es solidario con la poca posibilidad de aprehensión y construcción conceptual en cualquier área específica del conocimiento”3 Esto da lugar a que cuando llega al nivel universitario, al toparse con conceptos y teorías complejos, el alumno apele al aprendizaje memorístico con su condición de “repetitivo, verbalista, poco elaborado y con una débil o nula relación respecto de las estructuras previas de conocimiento del alumno”4 De modo que, siguen Fernández Zalazar y Neri: “Al hablar de aprendizaje memorístico surge otro aspecto que hace a la significación: se trata del uso y sentido de la palabra. Palabra que en muchas oportunidades parece estar vacía de contenido y que en su articulación discursiva, ya sea en su expresión escrita u oral, toma la forma de un discurso fragmentario más ligado a la cultura del videoclip y heredera de la lógica del zapping. Estas cualidades de fragmentación y aceleración son propias de la impronta de las nuevas tecnologías de la información social (TICS) cuya lógica a veces se asemeja mucho al zapping discursivo de los alumnos. En algunos casos la verbalización de conceptos (bajo la forma memorística) sin comprensión de los mismos y sin enlaces significativos sigue también esta lógica del fragmento.5 Para completar las dificultades en el aprendizaje que produce la falta de preparación en la lectura y la pobreza de lenguaje que esta carencia trae aparejada, los citados Fernández Zalazar y Neri se refieren a circunstancias

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Fernández Zalazar. Idem Fernández Zalazar. Idem 5 Fernández Zalazar. Ob. cit. 4


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sociales que inciden en forma decisiva en la adquisición y uso de un lenguaje reflexivo. Dicen los autores: “Otro aspecto importante que hace a lo comunicacional y donde se articulan aspectos sociales, culturales y psicológicos sucede cuando en gran parte de la población se observa lo que describe claramente Valdez6: „contextos sociales desfavorables, pobreza, imposibilidad de acceso a bienes materiales o simbólicos de la cultura‟. Esto conlleva efectos que también resultan muy nítidos respecto de las dificultades con el lenguaje y la comunicación. En el film de Tavernier „Hoy empieza todo‟ en un monólogo la directora cuenta cómo han cambiado los pobres y aclara que la pobreza ya no se da sólo en la ropa o en la forma material de vida sino en el hecho de que los niños llegan a la escuela e ignoran que le pueden hablar a un semejante, que el lenguaje es una herramienta para dirigirse a otro, y cómo sólo lo utilizan para pedir. Se expresan pidiendo comida o para cubrir sus necesidades más básicas (frío, calor, dolor). Es muy difícil pensar que aquél que no tiene sus necesidades básicas satisfechas pueda pensar en alguna otra cosa más allá de lo inmediato y urgente de su situación. Si el pensamiento y el lenguaje permiten la mediación y el rodeo, en estos casos estas estrategias son poco apreciadas bajo el apremio de lo inmediato y la urgencia de la necesidad”.7 Efectos positivos y efectos negativos de la tecnología digital. Y de los negativos no parece haber dudas de que el deterioro de la capacidad de reflexión es el

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Valdez, Daniel. “El psicólogo educacional: estrategias de intervención en contextos escolares”, En Elichiry(comp.). ¿Dónde y cómo se aprende? Temas de psicología educacional. Buenos Aires, Eudeba, 2001. (citado por Fernández Zalazar) 7 Fernández Zalazar. Ob. cit.


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más grave y que implica pérdidas que no puede compensar ningún avance técnico en el desarrollo de la cultura de la civilización. Alternativas y elecciones Me permito asegurar que si se hiciera una encuesta entre la población de cualquier país del mundo acerca del porqué del uso de los medios digitales, la respuesta generalizada sería una mirada perpleja dirigida al encuestador. El entrevistado se preguntaría a sí mismo acerca del sentido de una pregunta tan absurda y atinaría a responder que los instrumentos digitales y, muy particularmente el celular, le son imprescindibles para la vida: comunicación, trabajo, entretenimiento, la parte más importante de su vida está concentrada en ese pequeño dispositivo que le cabe en la palma de la mano. Si el preguntón insistiera solicitándole una causa que no fuera sólo práctica sino que expresara un fundamento más teórico, el interrogado adoptaría un nuevo continente y con un gesto seguro de sí, afirmado sobre la convicción de que su argumento es irrebatible, respondería con suficiencia: “¡Es el progreso!”. No voy a detenerme a argumentar acerca de la relatividad de un concepto hoy por hoy suficientemente puesto en cuestión como es la idea de “progreso”, sino que apenas me preguntaré si no había caminos alternativos en el derrotero de la evolución cultural. Dicho esto surge naturalmente otra pregunta: ¿Por qué el gobierno de los Estados Unidos y un centenar o más de las mayores empresas internacionales dotaron a Nicholas Negroponte con fondos prácticamente ilimitados para financiar sus investigaciones de frontera en tecnología digital?


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Aclaro que el objetivo de este trabajo no es exponer el cuadro de alternativas de desarrollo que tenía la civilización en el momento en que optó por dar prioridad a la digitalización masiva de todas sus actividades. Tampoco pretendo insinuar que debería haberse desechado la informática como elección tecnológica, sino sólo argumentar que, más bien, debería habérsele asignado la función de herramienta, de soporte auxiliar para una evolución de la ciencia aplicada con mayor equilibrio y al servicio de las necesidades humanas. Es decir, que cumpliera el papel que naturalmente le correspondería cumplir, el de un instrumento, el de medio y no el de fin en sí mismo, lugar que sus apologistas se empeñan en asignarle, Dicho esto y al solo título de ejemplo de sendas de desarrollo alternativo, se me ocurre la de una industria agropecuaria conservacionista, autosustentable y respetuosa del medio, con unidades de producción pequeñas o medianas, fáciles de controlar, destinadas al consumo regional, con bajo costo de transporte y capacidad de absorción de mano de obra, en lugar de la producción de escala mundial, cara, agresora del medio ambiente, expulsora del trabajo humano y concentradora del capital. Otra opción posible es la del desarrollo de energías renovables y no contaminantes que parece que hoy en día empiezan a interesar al gran capital, particularmente al dedicado a la industria del petróleo, no tanto por una repentina toma de conciencia de la necesidad de preservar el medio ambiente, sino más bien ante el horizonte cada vez más cercano de agotamiento de las reservas de combustibles fósiles y el encarecimiento progresivo de los costos de prospección y extracción. No soy un especialista en innovación tecnológica, pero sí sé que son innumerables las ideas novedosas que se desechan porque el capital no se


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interesa en inversiones de riesgo y prefiere las alternativas probadas que le aseguren su rentabilidad; y entre todas ellas, en esta cuarta etapa del capitalismo que estamos viviendo, la tecno-financiera, la inversión del dinero en dinero, es decir la especulación, así como la industria de los armamentos. Y si logramos desintoxicarnos de la sobredosis de sentido común con que nos envenena la propaganda y nos despojamos del preconcepto de que la tecnología digital es el “progreso”, y somos capaces de preguntarnos el porqué se dio la preponderancia de que hoy goza a la industria informática, responderé con una cita de Zygmunt Bauman8: “En esas circunstancias (la de un blanco móvil), se hace preciso un misil inteligente capaz de cambiar de dirección a medio vuelo en función de las condiciones cambiantes, detectar inmediatamente los movimientos del objetivo, averiguar (a partir de dichos movimientos) todo lo que se pueda y se deba averiguar sobre la dirección y velocidad más recientes del blanco, y extrapolar –a partir de la información así recogida- el punto exacto en que se cruzarán ambas trayectorias. Estos proyectiles inteligentes no pueden suspender nunca la recogida y el procesamiento de información que realizan mientras se desplazan: su blanco nunca deja de moverse y de variar de dirección y de velocidad, por lo que siempre están actualizando y corrigiendo el punto de encuentro previamente determinado”. Se entiende claramente a Bauman; se trata de la industria de la guerra. El disparador del interés del gobierno de los Estados Unidos y de las mayores empresas mundiales por la utopía de Nicholas Negroponte, que motorizó el

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Bauman, Zygmunt. Vida líquida, Paidós, Buenos Aires, 2006


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flujo inversor prácticamente inagotable que financió el Laboratorio de Medios del MIT, fue la esperanza de que sus hallazgos fueran aplicables a la industria de los armamentos, con un doble propósito: ventajas estratégicas para la más poderosa maquinaria bélica del planeta, la de los Estados Unidos, y mayores ganancias para una de las industrias más rentables, si no la más rentable, de ese mismo planeta, la de las armas.. Pero lo que antecede no significa que los avances de la investigación digital hayan sido exclusivamente aplicados a la industria de la guerra, pues con sólo dar una mirada a nuestro entorno doméstico nos toparemos con numerosos artefactos que utilizan la tecnología digital. Entre estos hay que destacar, por supuesto, la computadora y el omnipresente celular pero, además, el televisor, el microondas, el aire acondicionado si disponemos de él, y cualquier otro electrodoméstico que no tenga más de cinco o seis años de antigüedad. Fuera de nuestros hogares subiremos a vehículos que nos dan información y toman decisiones con su computadora de a bordo, las cámaras callejeras vigilarán nuestros pasos y los GPS nos conducirán por ellas. Nuestros datos personales estarán en múltiples bases, para darnos servicios y para utilizar la información que les suministramos voluntaria o compulsivamente. Podría seguir enumerando hasta el infinito las aplicaciones de la tecnología digital, no lo haré para no aburrir al lector que seguramente las conoce tan bien o mejor que yo. Sin embargo, no quiero dejar de mencionar un uso que crece exponencialmente y que para nosotros a veces no significa una comodidad sino un engorro adicional; me refiero a la escasa presencia de seres humanos y la abundancia de máquinas en todo tipo de servicios al usuario y particularmente en los bancos, máquinas que no siempre se comportan con la


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eficiencia que se declama acerca de ellas. Detrás de esa fachada exterior de automatización y seguridad se ocultan las otras dos grandes patas que, junto con la de la industria de guerra, dan sustento al capitalismo tecno-financiero: me refiero a la Banca internacional y a la sustitución del trabajo humano por máquinas, con su secuela que no es la de mayor tiempo de ocio para el disfrute de las personas, sino la del flagelo de la desocupación. La gran coalición La caída del muro de Berlín, en 1989, fue el acontecimiento que simbolizó la implosión del régimen comunista y, a la vez, expidió el certificado de defunción del “estado de bienestar”. Éste había sido el pacto de convivencia entre el capital y los trabajadores, representados fundamentalmente por las centrales sindicales aliadas a la socialdemocracia y posteriormente también al reformismo comunista bautizado en Europa como “eurocomunismo”. Mediante ese gran acuerdo de la posguerra el capitalismo concedía beneficios sociales no sólo en materia de salarios sino de vacaciones, seguridad social, reducción de la jornada laboral, etc., a cambio de un compromiso de no beligerancia de clases más o menos estable y del abandono de toda tentación de acercamiento ideológico a la Unión Soviética por parte de la clase trabajadora. Se conoce este período como los “treinta años de oro”, que abarcaron desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945 y que poco antes de sus finales, en los comienzos de los años 70, estaba dando lugar en los países más desarrollados de Europa a las primeras experiencias de semana de cuatro días laborables, por supuesto con el cien por ciento del salario. Tras un deterioro progresivo a partir de la crisis del petróleo de 1973, tuvo su final de hecho con


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la “revolución conservadora” iniciada en 1979 en Gran Bretaña por Margaret Thatcher y que se consolidó con la de Ronald Reagan al año siguiente en los Estados Unidos. También en 1989 se labró el acta de nacimiento oficial del neoliberalismo mediante la firma del Consenso de Washington que ponía por escrito las bases del sistema económico único y universal. Los poderes dominantes bautizaron la nueva etapa del capitalismo con el nombre de “globalización”. Lo que en la realidad era el avance expansivo del capital sin límites ni fronteras, la propaganda oficial lo vendió como un movimiento revolucionario pacífico e igualitario, un triunfo de la democracia liberal como sistema político excluyente, expresión del “nuevo” capitalismo. Se declaraba que el objetivo era abolir las fronteras nacionales abriéndolas a la libre circulación de personas, mercancías y capitales. Todo ello montado tecnológicamente sobre el novedoso medio de la red de redes, internet, el instrumento democratizante que ponía en igualdad de condiciones a un habitante de Nueva York y a otro de San Antonio de los Cobres en la provincia de Salta. Hoy sabemos –los que queremos saberlo- que además de la necesidad elemental de disponer de una computadora y la correspondiente conexión a la red por parte del usuario, los flujos informáticos se conducen desde los servidores localizados en el primer mundo, particularmente en los Estados Unidos. Sabemos –los que nos interesa saberlo- que las mercancías circulan mucho más fluidamente de norte a sur que de sur a norte. En efecto, en el norte desarrollado se ponen férreas barreras arancelarias y paraarancelarias a los productos primarios o con escaso valor agregado que exporta el sur subdesarrollado, mientras que los bienes con alto valor agregado que exportan


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los países ricos atraviesan sin dificultades las aduanas del sur porque no tienen competencia de calidad equiparable. Y si la tienen, porque sus costos, gracias a su mayor competitividad o, si lo necesitan, gracias al dumping (precios de venta por debajo del costo), son más bajos que los de sus competidores de los países emergentes. Además, como última novedad, la primera potencia mundial, los Estados Unidos, ejerce ahora el proteccionismo explícito. También sabemos –salvo que deliberadamente miremos a otro lado- porque el horror siempre es noticia, que las personas no circulan libremente, y no sólo porque las fronteras no se abrieron para ellas, sino porque se sellaron. Se las canceló con muros coronados por alambres de púas o rejas acabadas en puntas de flecha donde de vez en cuando queda ensartado un infeliz que pretende forzar la puerta de los ricos. Si es que tuvo la fortuna de llegar hasta ahí, y no murió previamente de hambre y frío en el mar o, simplemente, ahogado cuando zozobró la embarcación precaria y sobrecargada en la que, pagando pasaje de crucero de lujo, intenta arribar a las orillas del edén. Y, finalmente, todos deberían saber que la revolución globalizadora sí ha cumplido con una de sus promesas: la de conceder libertad absoluta a la circulación de los capitales que se mueven de forma irrestricta, opaca y en tiempo real de uno a otro país, de guarida fiscal en guarida fiscal, de la economía formal a la economía oculta y de ésta, cuando lo desea, en sentido inverso, gracias a medios ilegales como el lavado de dinero, o legales como los blanqueos, para aprovechar negocios prebendarios y enseguida volver a huir sin pagar impuestos.


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El sujeto líquido Los hechos que he expuesto han ocurrido con un sorprendente beneplácito social gracias al trabajo de subjetivación exitoso de la propaganda oficial, es decir de gobiernos y empresas, a través de los medios oficiales y oficiosos, éstos cómplices o asociados. Y se han creado sujetos, los sujetos del tercer milenio o los sujetos del capitalismo tecno-financiero, que han aceptado de buen grado las reglas de juego sin violencia física, bajo las reglas de la democracia representativa y liberal. Y mejor o peor adaptados, estos sujetos son funcionales al sistema impuesto por el tardocapitalismo. Se trata de la sociedad moderna líquida que, dice Zygmunt Bauman: “… es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en una rutina determinados… Las condiciones de la acción y las estrategias diseñadas para responder a ellas envejecen con rapidez y son ya obsoletas antes de que los agentes tengan siquiera opción de conocerlos adecuadamente… En resumidas cuentas, la vida líquida es una vida precaria y vivida en condiciones de incertidumbre constante”.9 ¿Y quiénes son esos seres que disfrutan de las aptitudes apropiadas para sobrevivir en un medio tan inestable? Bauman visualiza el cuerpo social como una pirámide formada por sujetos cuya capacidad de adaptación va de mayor a menor de la cumbre a la base de la pirámide. 9

Bauman. Ob.cit.


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En la cúspide habita la minoría privilegiada de los que se adaptan sin ningún tipo de trauma, antes al contrario, disfrutan de la incertidumbre y la precariedad de una realidad inestable en la que no sienten la necesidad de asentarse sino a la que sobrevuelan casi sin pisarla, como picaflores. Éstos son los “sujetos líquidos”, a los que Bauman caracteriza como: “… individuos para quienes el espacio importa poco y la distancia no supone molestia alguna; son personas que se sienten como en casa en muchos sitios, pero en ninguno en particular. Son tan ligeros, ágiles y volátiles como el comercio y las finanzas cada vez más globalizadas que los ayudaron a nacer y que sostienen su existencia nómada… „Les encanta crear, jugar y estar en movimiento‟. Viven en una sociedad „de valores volátiles, despreocupadas ante el futuro, egoístas y hedonistas‟. Para ellas, „la novedad es una buena noticia, la precariedad es un valor, la inestabilidad es un imperativo, la hibridez es riqueza”10 Estos sujetos que revolotean despreocupadamente en la cumbre de la pirámide, son los que, afirma Bauman, cuentan con las mayores posibilidades de victoria. “Frente a esta clase de jugadores poco tiene que hacer el resto de participantes en el juego (sobre todo, los involuntarios, aquéllos que distan mucho de sentirse „encantados‟ con él o que no se pueden permitir ese „estar en movimiento‟ continuo). Para éstos, entrar en el juego no es una opción realista, pero tampoco tienen la posibilidad de no intentarlo”11

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Bauman, ob. cit. Entre apóstrofes: Attali, Jacques. Chemins de sagesse. Traité du labyrinth, Fayard, 1996 (citado por Bauman) 11 Bauman. Ob. cit.


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Bauman sostiene que “La vida líquida es una vida devoradora. Asigna al mundo y a todos sus fragmentos animados e inanimados el papel de objetos de consumo, es decir de objetos que pierden su utilidad (y, por consiguiente, su lustre, su atracción, su poder seductivo y su valor) en el transcurso mismo del acto de ser usados”12 Los sujetos que habitan en el medio de la pirámide juegan el juego de la levedad voluntaria o involuntariamente, consciente o inconscientemente, pero no pueden salirse de él, pues si lo hacen se convierten en el mismo acto en desecho de la sociedad, material descartable condenado a la exclusión del basurero social. La sociedad tecnológica en proceso de medievalización. Existe una interesante bibliografía que enfoca desde el ángulo de diversas disciplinas la siguiente propuesta: la sociedad capitalista ha alcanzado una etapa de decadencia que la emparenta con la Edad Media. Desde luego que los investigadores se apresuran a aclarar que no se trata de una identificación automática de ambos períodos históricos, por muchas razones y muy particularmente por una cuestión de velocidad; los procesos se han acelerado enormemente y los cambios que en el año mil podían demandar un siglo hoy se producen en un año o, quizá, en un mes. Esta decadencia del presente estaría abocada a un final apocalíptico, como lo propone la tesis que sostiene Roberto Vacca en su libro Medio Evo prossimo venturo (La Edad Media en un futuro próximo). En él, Vacca, citado por

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Idem


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Umberto Eco13, especula acerca de “la degradación de los grandes sistemas típicos de la era tecnológica; éstos por ser demasiado vastos y complejos como para que una autoridad central pueda controlarlos e incluso para que pueda hacerlo individualmente un aparato de administradores eficaz, están destinados al colapso y, a consecuencia de su interdependencia recíproca, a producir un retroceso de toda la civilización industrial”. Vacca construye un modelo plausible de apocalipsis que en un proceso uniformemente acelerado conduce a la desintegración de la sociedad. Ésta se fractura a causa del colapso en unidades pequeñas y aisladas que guerrean entre sí por la posesión de tierras, alimentos, agua, así como herramientas y útiles de labranza rezagos de la vieja tecnología, o constituyen alianzas inestables para defenderse de enemigos comunes. O sea que el autor describe la estructura de una sociedad típicamente feudal. Hasta aquí la tesis de Vacca. Por su parte, Eco, en su citado ensayo “La Edad Media ha comenzado ya”, no profetiza sobre la evolución con destino apocalíptico de nuestra civilización tecnológica, sino que analiza sus características propias que permitirían definirla como una nueva Edad Media. Se refiere en particular a las siguientes: 1. La crisis de la Pax Americana, que parangona con la que sufrió la Pax Romana, o sea el desmembramiento de “un gran poder universal que había unificado el mundo en cuanto a lengua, costumbres, ideologías, religiones, arte y tecnología, y que en determinado momento, por su propia complejidad ingobernable, se derrumba”.

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Eco, Umberto. “La Edad Media ha comenzado ya”, en La nueva Edad Media, Alianza Editorial, Madrid, 1974


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2. Vietnamización del territorio, según palabras de Furio Colombo14, en las que se apoya Eco para señalar la debilitación del poder central y la fractura del mismo ante el avance de los grandes grupos económicos globales que adquieren fueros y poder de policía sobre sus propias áreas de dominio. 3. Medievalización de la ciudad. Eco cita a Giuseppe Sacco, geógrafo italiano que estudió la actual conformación del medio urbano en el cual conviven barrios cerrados, ricos o pobres, a los que ni la policía estatal puede ingresar sin la anuencia de sus autoridades locales, en una muestra evidente de cuartelización de nuestras ciudades que las emparenta con las de la sociedad feudal. 4. El neonomadismo. Se refiere a que así como en este tiempo de viajes es más probable que una persona visite Nueva York antes que una ciudad distante pocos kilómetros de su lugar de residencia, el viajero medieval con frecuencia no conocía la ciudad cabecera de su región y, sin embargo, solía aventurarse por los caminos de peregrinaje a Santiago de Compostela o Jerusalén. Para ello contaba con excelentes guías que indicaban los monasterios de acogida, las hospederías y los hospitales, como hoy la guía Michelin señala los hoteles y restaurantes con las estrellas que le asigna. 5. La Insecuritas. Dice Eco: “El hombre medieval erraba por los bosques de noche y los veía poblados de presencias maléficas, no se aventuraba fácilmente fuera de las zonas habitadas, iba armado; condiciones de las que está cerca el habitante de Nueva York, que a partir de las cinco de la tarde no pone los pies en el Central Park o procura no equivocarse para no coger

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Colombo, Furio. “Poder, grupos y conflicto en la sociedad neofeudal”, en La Nueva Edad Media.


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un metro que lo deja en Harlem, ni coge solo el metro a partir de la media noche, ni mucho antes si es una mujer”. 6. L’Auctoritas. El estudioso medieval, en palabras de Eco, “finge siempre no haber inventado nada y cita continuamente una autoridad anterior… en aquella época no había que sostener algo nuevo sino revelarlo”. Habría que esperar a Descartes y desde él hasta el siglo XX para que el valor del filósofo o el científico tuviera que asentarse sobre algún aporte original y lo mismo cabe atribuir al artista desde el Romanticismo en adelante. El comportamiento del intelectual del Medioevo fue la reacción ante el desorden del estallido cultural de final del Imperio Romano y del mundo helenístico. Se trataba de restaurar una temática, una retórica y un léxico comunes en los que poder reconocerse. A mediados de los años setenta del siglo pasado, cuando Eco publicó su ensayo, observa una reacción semejante de los grupos políticos juveniles que se rebelan contra el exceso de “originalidad romántico-idealista y contra el pluralismo de las perspectivas liberales” a los que juzganser meras “envolturas ideológicas que, bajo la pátina de las diferencias de opiniones y de método, ocultan la sólida unidad del dominio económico”. Estos nuevos jóvenes buscan a partir de los “textos sagrados” de Marx, de Mao, del Che Guevara o de Rosa de Luxemburgo, afirmar una base lingüística común y un principio de autoridad “sobre los cuales establecer el juego de las diferencias y de las propuestas de ataque”. 7. Las formas de pensamiento. “Nada está más cerca del juego intelectual medieval que la lógica estructuralista, de igual forma que nada está más próximo a él que el formalismo, en definitiva, de la lógica y la ciencia física y


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matemática contemporáneas”, afirma Eco. Asimismo puede encontrarse en el mundo cultural del Medioevo paralelos con el debate dialéctico de los políticos o la descripción matematizante de la ciencia. “El político argumenta con sutileza, apoyándose en la autoridad, para fundamentar sobre bases teóricas una praxis en formación; el científico intenta dar forma nueva mediante clasificaciones y distinciones, a un universo cultural que ha explotado (igual que el grecorromano) por exceso de originalidad… Los excesos formalistas y la tentación antihistórica del estructuralismo son los mismos que los de las discusiones escolásticas, de igual forma que la tensión pragmática y modificadora de los revolucionarios, que entonces se llamaban reformadores o herejes tout court, debe (como debía entonces) apoyarse en diatribas retóricas furibundas y cada matiz teórico supone una praxis diferente”. Estos abordajes de la realidad a los que acabo de referirme son un modo de enfrentarse a ella que no tiene equivalentes en la cultura burguesa moderna, a la que sucedió la llamada “posmodernidad”. Celulares y capiteles románicos Llegamos finalmente a las conclusiones de este trabajo, para lo cual utilizaré como puente un último paralelo entre la Edad Media y nuestra época de presunta –no lo podemos afirmar porque somos protagonistas y carecemos de la perspectiva histórica necesaria- decadencia y regresión similar a la del Medioevo. Sostiene Eco que “tenemos una correspondencia bastante perfecta entre dos épocas que en formas diferentes, con iguales utopías educativas e igual disfraz


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ideológico de un proyecto paternalista de dirección de las conciencias, intentan paliar la diferencia entre cultura docta y cultura popular pasando a través de la comunicación visual. Ambas son épocas en que le élite razona sobre los textos con mentalidad alfabética (Eco hace un paralelo entre los monasterios donde los monjes, aislados del mundo, se dedicaban a sus reflexiones e investigaciones privadas y los campus universitarios de los Estados Unidos) pero después traduce en imágenes los datos esenciales del saber y las estructuras que sostienen la ideología dominante. Civilización visual la de la Edad Media, en que la catedral era el gran libro de piedra y, de hecho, era el anuncio publicitario, la pantalla de televisión, el tebeo místico que debía contar y explicar todo: los pueblos de la tierra, las artes y los oficios, los días del año, las estaciones de la siembra y de la cosecha, los misterios de la fe, las anécdotas de la historia sagrada y profana, y la vida de los santos (grandes modelos de comportamiento como hoy los divos y los cantantes”. Un ejemplo ilustre de esta pantalla de televisión medieval es el claustro románico del monasterio de Santo Domingo de Silos, en España. Allí los artistas anónimos que no tenían conciencia de su condición, pues no se consideraban más que canteros artesanos, tallaron el encaje en piedra, trabajo del que apenas se atrevieron a dejar el testimonio para la Historia de sus iniciales grabadas en la piedra. Umberto Eco escribió su ensayo en una época en que la computadora personal aún se encontraba en fase de experimentación y el teléfono celular no existía. El paralelo contemporáneo con la cultura visual del Medioevo que utiliza es la del aparato cuyo uso estaba ya generalizado en los años setenta del siglo pasado, es decir el televisor. Hoy, a su modelo de Edad Media tecnológica


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debemos agregar no sólo la computadora sino el teléfono celular, en realidad una computadora de bolsillo. La cultura letrada medieval se refugiaba en los monasterios, hoy lo hace en los campus universitarios como Harvard, criadero de premios Nobel, y en centros de experimentación como el Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts, que disponen de presupuestos generosos para formar a sus científicos y diseñar los artificios técnicos que necesita el poder para perpetuar su sistema de dominación. Los artesanos y los campesinos analfabetos medievales podían instruirse observando los capiteles de Santo Domingo de Silos acerca de sus oficios, de las siembras y de las cosechas, así como del orden sobrenatural que regía el mundo, de las instituciones temporales que organizaban la sociedad y de las autoridades que las regían. Hoy, analfabetos funcionales, incluso buena parte de los que cursan la universidad (un estudio reciente de los ingresantes a las universidades británicas ha comprobado que el promedio de los aspirantes a universitarios no logra entender más del cuarenta por ciento de los textos de los periódicos), pueden cumplir las tareas que les asigna el sistema gracias a la información digital que éste les provee por medio de sus celulares. Son trabajadores baratos, con bajo nivel de capacitación, intercambiables y fácilmente reemplazables a su vez, no sólo por otros trabajadores semiiletrados, sino por nuevos ingenios digitales. Quizá los sujetos líquidos de Zigmunt Bauman que habitan el vértice de la pirámide, adaptados gustosamente al sistema, saquen beneficios de él. Los líquidos inconscientes del centro funcionan de modo acorde al modelo


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socioeconómico impuesto por el poder en beneficio de los deseos e intereses de éste. Para alcanzar su objetivo, el poder somete a la sociedad a una gigantesca operación para crear subjetividad sin necesidad de apelar a la violencia física (siempre que no sea imprescindible), modelando identidades personales que se insertan acríticamente en el sistema. Éstas confunden sus elecciones, que creen libres, con los deseos con que la propaganda inficiona su subconsciente. El poder convierte así a esa gran masa que habita el centro de la pirámide social en material maleable al que se manipula, usa y desecha según criterios de rentabilidad y a veces de simple capricho. Los sólidos inadaptados de la base de la pirámide tienen su destino ineluctable en el basurero social. Y arribado a este punto no me queda más remedio que terminar estas líneas con la predicción, casi profecía, enunciada por Eric Hobswaum al final de su Historia del siglo XX15.Es la conclusión que deriva de comprobar cómo ha evolucionado el mundo en el casi cuarto de siglo que ha transcurrido desde la edición original inglesa del libro. Cito textualmente: “Nuestro mundo corre riesgo a la vez de explosión y de implosión, y debe cambiar. No sabemos a dónde vamos sino tan sólo que la historia nos ha llevado hasta este punto y –si los lectores comparten el planteamiento de este libro- por qué. Sin embargo, una cosa está clara: si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer

15

Hobswaum, Eric J. Historia del Siglo XX. Crítica, Buenos 1998. (Primera edición en inglés, 1994)


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milenio sobre estas bases, fracasaremos. Y el precio del fracaso, esto es, la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad”. Buenos Aires, julio de 2018.

Jorge Andrade, escritor, economista, crítico literario y traductor. Ha publicado numerosas novelas, entre ellas, “Desde la muralla”, “Vida retirada”, “Los ojos del

diablo”

España);

los

(premio libros

internacional de

cuentos

Pérez

“Nunca

Galdós, llega

a

amanecer” y “Ya no sos mi Margarita” y el libro de ensayos “Cartas de Argentina y otros ámbitos”. Fue colaborador del diario El País y de las revistas El Urogallo y Cuadernos Hispanoamericanos de España, así como del diario La Nación de la Argentina.

Para contacto periodístico y notas de prensa contactarse con: Kiako – Anich Comunicación hecha con textura prensa@kiakoanich.com.ar

Tiempos oscuros  
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