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¡Cuatro millones de parados! Escuchar el sufrimiento de las víctimas No nos ha sorprendido porque los tenemos a nuestro alrededor, en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro barrio… Pero que no nos haya sorprendido no quiere decir que no nos escandalice: 4.010.700 parados en España. Más de cuatro millones de personas a las que se le niega su derecho fundamental al trabajo, a ganarse la vida. La suya y la de su familia Algo que en nuestra diócesis se agrava, si cabe, ante la falta de recursos y la insuficiente estructura productiva. Personas a las que se les niega el presente. Trabajadoras y trabajadoras que inician cada día con la incertidumbre de no saber qué será de su futuro. Casi 60.000 son las personas que sufren el paro en nuestra diócesis y solo la mitad de los demandantes de empleo cobran prestación contributiva. Pero la situación se vuelve aún más dramática en el caso de las casi quince mil familias de nuestra provincia que tienen todos sus miembros en paro, sin empleo, sin poder ganarse la vida con su trabajo, y sin expectativas de ocupación en los próximos meses, en riesgo de exclusión social. ¿A dónde ha ido la riqueza que se ha generado en España en los últimos años? ¿Dónde están los millonarios beneficios anunciados a los cuatro vientos en los últimos años?

Nos parece inmoral que no se ponga al servicio de las víctimas toda la riqueza generada en los últimos años. Mirado desde la fe de la Iglesia, el problema del capitalismo no es sólo que genera injusticia, genera también deshumanización, adormece las conciencias, justifica la injusticia, la riqueza, la pobreza. Sabemos que no es humano que unos naden en la abundancia mientras otros carecen de lo necesario. Y si lo sabemos, tenemos la responsabilidad de evitarlo y somos culpables si no lo hacemos. ¡Escuchemos el sufrimiento de las víctimas! ¡Contra el paro, compromiso y solidaridad! Como cristianos creemos en el destino universal de todos los bienes. Nuestra esperanza nos ha de impulsar para trabajar por un modelo de sociedad más humano y más solidario, poniendo nuestra vida en ello y comprometiéndonos a exigir, a quien corresponda, que se pongan los medios para que todas las personas podamos gozar de los recursos necesarios para vivir dignamente.


Lo dicen los datos estadísticos y lo sabemos por experiencia: las mujeres, los jóvenes y los inmigrantes padecen especialmente la crisis económica que sufre en toda su crueldad el mundo del trabajo. Lo vivimos en nuestra diócesis. Con la reciente campaña de aceituna hemos podido comprobar la situación de los trabajadores inmigrantes que han venido a ganarse la vida a nuestra provincia. No hace falta entrar en detalles, pues se mantiene fresco en nuestra memoria el recuerdo de cientos de ellos yendo de un lugar a otro, en busca de un tajo donde ganarse la vida. Trabajadores inmigrantes a quienes se niegan sus derechos mínimos como personas, ni siquiera el derecho a un alojamiento digno en el que pasar las frías noches de invierno. La respuesta oficial a los inmigrantes sin documentación, en estos tiempos de paro desbocado, son las detenciones, los encarcelamientos, las expulsiones. El Obispo D. José Sánchez, responsable de Migraciones en la Conferencia Episcopal, denuncia claramente la forma de tratar a las personas inmigrantes: “Cuando las cosas van bien en nuestra economía, a los inmigrantes se les usa para engordar las arcas de la Seguridad Social y Hacienda, y cuando las cosas se ponen feas, todo son sanciones y castigos. Se levanta la mano cuando los necesitamos y se aprieta el zapato cuando nos sobran”. Pero la cosa no queda ahí. El Gobierno Central pretende dar “otra vuelta de tuerca” a esta inhumana situación. Ahora, también se quiere perseguir a quien ayude por razones humanitarias a los sin papeles. El pasado mes de diciembre, se aprobó un anteproyecto para reformar la Ley de Extranjería, en el que se recoge en el artículo 53, apartado c, que se sancionará, como falta muy grave –entre 501 y 10.000 euros- “a quien promueva la permanencia irregular en España de un extranjero”.

Ante cualquier acontecimiento los seres humanos siempre tenemos dos opciones: humanizarnos o embrutecernos. El que tomemos un camino u otro depende de nuestra voluntad. Sin embargo, la humanización exige esfuerzo, sacrificio, aventura, riesgo…, embrutecerse es más fácil, sólo tenemos que dejarnos guiar por el animal que todos llevamos dentro. Uno de los acontecimientos que están poniendo a prueba nuestra voluntad de humanizarnos o embrutecernos es la situación de los inmigrantes. Sabíamos de la existencia de energúmenos que les alquilan las camas por horas o los explotan. Nos había llegado la denuncia realizada contra la policía por realizar prácticas de detención indiscriminada de inmigrantes. Ahora nos llega la decisión del gobierno socialista de multar con diez mil euros a quien acoja a un inmigrante sin papeles. Decisión que ha sido incluida, una vez aprobada por el

consejo de Ministros, para ser aprobada en el Parlamento. No cabe duda de que cada uno de los hechos que acabamos de citar son claros exponentes de nuestra voluntad de embrutecernos, pero hemos llegado a tal extremo que hasta nos parecen normales. Es normal que nos defendamos de la invasión de los pobres; que los rechacemos y lo condenemos a la miseria; que no queremos compartir nuestras riquezas y nuestro bienestar con ellos; que no queremos acogerlos. Optar por humanizarnos implicaría que debamos cambiar nuestros modos de vida, de trabajo, de consumo; nuestros sistemas de valores; nuestro corazón para rechazar esta “normalidad” y no quedarnos impasibles ante el dolor del otro. Ojalá que los cristianos y la Iglesia nos arruinemos pagando multas de diez mil euros. Ése será el signo de nuestro triunfo y de nuestra fidelidad. A .A. Maestre


El sábado 25 de abril, la HOAC, junto a familiares de víctimas de accidentes laborales, ha entregado más de 40.000 firmas contra la siniestralidad laboral en el Parlamento de Andalucía. Reproducimos a continuación el comunicado leído en la Eucaristía celebrada como culminación de los actos desarrollados en defensa de la vida en el trabajo. La salud laboral es cuestión de Justicia. De condiciones y ambientes de trabajo adecuados, donde se pueda desarrollar la actividad profesional con dignidad. Los mal llamados “accidentes” de trabajo se pueden evitar. Podrían desaparecer si se adoptaran siempre las medidas preventivas marcadas por nuestras leyes. Si se profundizara en una cultura real del trabajo saludable. Durante el pasado año murieron en accidente laboral en Andalucía 171 personas, 2.020 resultaron graves y 154.262 leves. Casi una muerte cada dos días en nuestra Comunidad. Ante esta realidad, invisible para nuestra sociedad, queremos: Solidarizarnos con los trabajadores muertos, con sus familias, porque el Evangelio nos lleva a ello: A mostrar nuestra cercanía, nuestra compasión, nuestra solidaridad… a tenerlos presentes siempre. En nuestras vidas, oraciones…, haciendo visible su drama. Hoy disponemos de tecnología suficiente para mejorar las condiciones laborales y un marco legal avanzado para favorecer la prevención y educación en salud laboral. Es decir, vivimos en una sociedad moderna, con todas las condiciones para ser receptiva ante este problema. Pero también sufrimos problemas como altas tasas de flexibilidad laboral e índices altísimos de externalización y subcontratación empresarial. Y sobre todo, la persona sigue considerándose una herramienta más al servicio del beneficio económico. Además, la crisis económica actual y las medidas que se pongan en marcha para afrontarla no pueden servir para degradar más las condiciones de vida y trabajo del mundo obrero. La precariedad y la flexibilidad del trabajo suponen poner en juego la vida y la salud de quien lo realiza y el futuro de sus familias. La

lucha contra el desempleo no puede justificar un empleo a cualquier precio, porque la vida de un solo trabajador vale más que todo el oro del mundo. La persona, imagen y semejanza de Dios, debe ser la medida de todo. También de la actividad económica y laboral. El valor del trabajo radica en quien lo realiza. No en productos, servicios o rentabilidades generadas. La Iglesia nos recuerda que: “la solidaridad nos ayuda a ver al „otro‟ no como un instrumento cualquiera para explotar a poco coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un „semejante‟ nuestro (…) para hacerlo partícipe, con nosotros, del banquete de la vida, al cual todos los hombres son igualmente invitados” (Sollicitudo rei sociales, n. 39) Dios quiere que el trabajo sea para la vida, no al contrario. Por eso, las trabajadoras y trabajadores cristianos, debemos luchar por esa vida… por esa dignidad. Por todo ello, en esta despedida de esta intensa jornada vivida, nos emplazamos a continuar nuestras acciones de denuncia y concienciación, a continuar nuestras concentraciones en nuestras diócesis cada vez que un obrero pierda su vida en el tajo o en el camino al mismo, a mostrar nuestra cercanía a las víctimas de los accidentes laborales y a sus familias, a seguir llamando a la puerta de las instituciones, públicas y privadas, jurídicas, empresariales, sindicales y políticas, a no quedarnos tranquilos mientras existan personas que por razón de su trabajo encuentran la muerte o pierden la salud. Porque…

EL TRABAJO ES PARA LA VIDA ¡NI UN MUERTO MÁS!


En esta celebración del 1º de Mayo, Día Internacional de la Clase Obrera, nos sentimos cercanos a tantos compañeros y compañeras de trabajo, junto con los cuales vivimos con angustia y preocupación este momento de incertidumbre laboral, acentuado por la crisis económica mundial.

y preocupa esta situación. Nos sentimos interpelados por la realidad y llamados, desde el evangelio, a vivir más comprometidos. La esperanza cristiana es la que debe movernos a trabajar sin desmayo por un nuevo modelo de sociedad que sea más justo, más humano y más solidario.

En este contexto de crisis queremos denunciar la destrucción de miles de puestos de trabajo y cómo se está exigiendo por parte de las organizaciones empresariales una mayor flexibilización del mercado laboral: abaratamiento de despidos, mayor precarización de las condiciones laborales, etc; en definitiva, cargar con el mayor peso de la crisis a los trabajadores y trabajadoras, mientras se ayuda con suculentas inyecciones de dinero a los que sí son causantes de ella. Una crisis producida por un sistema económico mundial injusto e insolidario, regido por el ciclo: consumir, producir, consumir, que tanta desigualdad y pobreza genera, especialmente en los más débiles. Esta crisis pone en cuestión la civilización montada sobre el macro-consumo, el derroche de recursos naturales, el capricho, las “modas”, la búsqueda desenfrenada del beneficio inmediato y a costa de lo que sea. Nunca ha sido más evidente la necesidad de un cambio radical que trastoque las reglas del sistema y el sistema mismo. “Es necesario denunciar la existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros”. (Juan Pablo II, en SRS, 16) Llevamos años viendo cómo miles de trabajadores y trabajadoras son despedidos. Hay en nuestro país más de 4 millones de parados que se ven empujados hacia la pobreza y la exclusión. Cáritas denuncia que “en 2008 aumentaron un 54% el número medio de las demandas de ayudas económicas, centradas principalmente en ayudas para vivienda y alimentos”; y que “el 60% de quienes acuden son familias jóvenes, con dos o tres hijos en edad escolar, de los cuales la mitad son inmigrantes y la otra mitad españoles”. Como trabajadores y trabajadoras cristianos, seguidores de Jesucristo, modelo de amor, caridad y esperanza, nos duele

Por eso, debemos romper la inercia social de no corresponsabilizarnos con nada porque no depende de nosotros. Todos tenemos responsabilidad de lo que pasa. Nuestra indiferencia también genera dolor y sufrimiento. Es el momento del compromiso: vivir nuestra vida priorizando nuestra solidaridad con los empobrecidos, poniendo nuestra economía a su servicio, compartiendo de nuestro salario con los que no lo tienen (y ya hay experiencias de ello en numerosos lugares del país), desarrollar un compromiso social y político con otros, para hacer posible una transformación de nuestra sociedad; replantearnos nuestros ahorros en la banca alternativa; indagar en el comercio justo; llevar una vida respetuosa con el medio ambiente, austera y no consumista; estar organizados y preocupados por nuestros vecinos y compañeros de trabajo, etc. Así mismo, exigimos a los poderes políticos y financieros, la construcción de una política económica donde se coloque en el centro de las respuestas la vida de todas las personas, pues es urgente no sólo refundar la vida social y económica, sino nuestra propia humanidad. Tenemos muchos motivos para participar, reivindicar y celebrar este 1º de Mayo Día Internacional de la Clase Obrera.


Boletín Informativo de la Delegación Episcopal para la Pastoral del Trabajo