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hale bopp FacsĂ­mil de entretenimiento Lit. NÂş 6 E s p e c i a l L a Te r r e t a


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Hale Bopp

Facsímil de entretenimiento Lit. Nº 6

© Bárbara Blasco, Kike Parra Veïnat, Paco Inclán, Javi Llorens, David Pascual Huertas, Alberto Torres Blandina, Lola Andrés, David Barberá, Rafael Camarasa, Jesús García Cívico, Borja Navarro, Ignacio Docavo, Michelle Ibáñez, Jerónimo García Tomás, Andrés Navarro y Norma Duval. © Imagen de la portada: Efectisme de garrofó, Ruth Barrachina. 2

© Serie fotográfica: Especial La Terreta, Ruth Barrachina, 2018 Maquetación e idea: Miguel Blasco y Manuel Turégano Primera edición: Mayo 2020 Hale Bopp Meditational Center Carrer del Vent, 11, San Gerardo Hills, Holywood 46140 Líria info@edicionescontrabando.com Usted es libre de copiar, distribuir y comunicar públicamente la obra; hacer obras derivadas; no así hacer un uso comercial de esta obra. Bajo las condiciones siguientes: reconocimiento, debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciador; compartir bajo la misma licencia, si altera o transforma esta obra, o genera una obra derivada, sólo puede distribuir la obra generada bajo una licencia idéntica a ésta.


TEXTOS —kike parra— paco inclán— javi llorens— mr. perfumme— alberto torres blandina— david barberá— michelle ibáñez— jesús garcía cívico lola andrés — rafael camarasa — norma duval— jerónimo garcía tomás — borja navarro— ignacio docavo — andrés navarro bárbara blasco

FOTOGRAFÍAS ruth barrachina


MI MEJOR AMIGA ES BARRENDERA bรกrbara blasco


Bárbara Blasco nació en Valencia y es autora de las novelas Suerte y La memoria del alambre, ambas publicadas por Ediciones Contrabando. Coordina varios talleres literarios, escribe en la Guía Hedonista del diario digital Valencia Plaza y recientemente ha quedado finalista del premio Azorín. Arrancamos con ella este número de Hale Bopp y como se dice popularmente: la primera en la frente. Bajo su apariencia amable, Mi mejor amiga es barrendera, es un texto bien recabró sobre la precariedad en este país que nos ha tocado vivir... y lo que nos viene.


M., mi mejor amiga, es barrendera. Le gusta decir que hace la calle a diario. Yo le digo que yo también me dedico a recoger desechos en forma de palabras, que barro el pasado en busca de una muñeca sin brazo, una silla desvencijada, un calcetín sucio. Si la imaginación es memoria fermentada, como dijo Lobo Antunes, qué mejor lugar para fermentar que la calle, con sus bacterias, su tenaz intemperie.


No lo había visto así, me dice. ¿Sabes? Yo a veces imagino las historias tras los objetos arrojados. Una vez me encontré junto al contenedor una pierna ortopédica, calzada con un zapato de tacón. Era un zapato precioso, rojo, de salón, de mi número, pero no encontré la pareja. Estuve toda la mañana pensando en la dueña de aquella prótesis, en la mujer de una sola pierna. La hubiera abrazado de encontrármela. M. no alcanza el metro cincuenta. Es barrendera desde los dieciocho. Tiene los ojos verdes, la boca pequeña, la nariz pequeña, las manos pequeñas, los ojos grandes, verdes, como de muñeca, que se cierran automáticamente cuando la acuestas, que se abren cuando la incorporas. M. se queja de que su trabajo es mecánico, aunque cada día el cielo es distinto, la mierda que recoge distinta. Tiene la sensación de ser Sísifo sin saber bien quién es Sísifo. Mi trabajo también lo es, no creas, al menos la mayor parte del tiempo. La de la inspiración apenas se pasea un rato por aquí, como si yo fuera un hotel de temporada. El resto del tiempo convivo con la otra, la crítica, la


racional, la autómata, la que corrige y corrige sin descanso, con todas las armas de la memoria y de la razón. Está convencida de que a eso se le llama escribir. Cada día es más breve el relámpago y más largo el recuerdo de su luz. El padre de M. pegaba a la madre de M., más con disciplina que con auténtica vocación. Una noche, cuando M. tenía 8 años, se interpuso entre ellos y empujó tan fuerte a su padre que lo sacó hasta el rellano. 
M. siempre anda de puntillas, como un gato con memoria. Se queja de la vulgaridad de sus compañeras, del chonismo en el cuartelillo. Yo tampoco he tenido la oportunidad de estudiar, tía, pero no me regodeo en mi incultura ¿Sabes que hay una novela de Elvira Lindo que tiene por protagonistas a dos barrenderas…? 
Sí, la leí hace tiempo. Una palabra tuya, no estaba mal. Pues en el curro, nadie la ha leído, ni siquiera han visto la peli. No les interesa. No les interesa lo que dicen de nosotras.


Tal vez estemos saturados de ficción, vivimos en el tiempo del hiperrelato. La política, las noticias, la personalidad en las redes sociales, todo se ha vuelto narración. Casi diría ficción. Casi ciencia-ficción. Tal vez por eso la literatura se refugia bajo el soportal de la autobiografía. ¿Sabes?, dice M, el otro día encontré una carta tuya de cuando vivías en Barcelona, otra de mi madre, y otra que me escribí yo a mí misma el día que murió mi madre. M. hace una pausa y se ríe sin venir a cuento, muy alto. Cuanto más triste es lo que cuenta M, más se ríe. También es muy de M. eso de escribirse cartas a sí misma. ¿Y tú cómo llevas la superficialidad?, me pregunta. En mi curro, algunas vienen tan maquilladas que no las reconocería si me las encontrara en el baño de sus casas. Suelen ser las que menos trabajan, pero fingen bien que trabajan. La imagen es importante. Ya lo creo. El monstruo del marketing con sus garras de postureo nos ha devorado. Yo hace tiempo que sospecho que mucha gente no lee los


libros que compra, que los usa como si fueran pins que prenderse en la solapa. Mira qué culto soy, mira que contraculto, mira que requetemoderno y contraculto. Lo sé, porque yo misma, alguna vez lo he hecho. Te entiendo, dice M. Todo se nos ha vuelto símbolo. Y mira que el lenguaje es símbolo, pero… Al tío de M. le gustaba que de niña se sentara en sus rodillas, con las piernecitas abiertas. Rozar sus partes contra su pequeño cuerpo. A M. le gusta cantar cando barre. Y ahora de pronto han descubierto que somos esenciales. Sanitarios, cajeras de supermercado, limpiadoras, porque en su mayoría somos mujeres. ¿Pero va a cambiar eso algo?, pregunta. No lo sé. También la cultura se ha revelado primordial en el confinamiento pero yo no lo sé. Hoy se ha muerto Julio Anguita. No parecía muy necesario aun siéndolo.


Qué triste todo, nena.Yo lo que peor llevo es la explotación. La empresa cada vez nos aprieta más. En estos últimos años, han reducido personal y han incrementado la faena. La mayoría sufrimos lesiones crónicas, el hombro, el codo, las cervicales, pero el ritmo no puede bajar. Si te cuento de la industria literaria… Hay un autor que se desangra en un callejón, y de esa sangre que mana, de esa herida abierta, bebe el resto. Es el más extraño de los negocios. Todo gira alrededor del autor pero sin el autor, exceptuando a unos pocos, cuatro en realidad, que más funcionan como señuelos, o como barricadas contra la rebelión. Los grandes grupos, las distribuidoras obtienen pingües beneficios, las pequeñas editoriales y las librerías independientes sobreviven a duras penas. El autor, sin quien nada de esto existiría, desfallece a unos pocos metros y a nadie parece importarle. Pero eso es de locos. ¿Cómo se sostiene? Se suele decir que por el magnificente ego del escritor.Yo simplemente creo que es un paisaje que siempre estuvo ahí, desde que uno recuerda,


como los árboles y los ríos, como la monarquía o el capitalismo. Y porque cuando te estás desangrando, no puedes hacer otra cosa que escribir. El padre de M. era un vividor, pequeño como ella, trilero, jugador. Era gracioso el padre de M. cuando te contaba cómo huyeron de aquel pueblo, perseguidos por lugareños furibundos, tras una timba fraudulenta. En su entierro, M. lo comparó con Fernando Esteso. Dijo que como padre hizo lo que pudo. Sospecho que muchos de los beneficios en negro que obtiene el escritor tienen que ver con follar. Se folla bastante más siendo escritor. M se ríe. ¿Te acuerdas de cuando mi jefe me despidió por no acostarme con él? ¿Y tú de aquel autor, ahora superventas, que quiso que subiera a su habitación de hotel a darme su libro, y yo me reí, el viejo truco del libro, jajaja, y él juró por su honor, te doy mi palabra de escritor, sólo quiero darte mi libro, y nada más entrar en la habitación, me tiró sobre la cama y se abalanzó sobre mí?


Me acuerdo, me acuerdo. Igual en la intimidad a su pene lo llama libro. Nos reímos. Y con la risa me parece ver los bordes frescos del pequeño corazón de M. abrirse. A veces estoy un poco harta de tanta miseria. He visto a escritores hacerle la pelota a editores, a críticos culturales, a libreros, como si éstos fueran los guardianes del santo grial del canon. Es una cuestión de dignidad, nena. Aquí también escasea. Me gustaría venir a trabajar con la misma alegría que a los 18. Y no solo por las lesiones, es la inocencia que tenía entonces. A mí también me gustaría leer como entonces. Ahora disfruto más de la prosa, del estilo, pero añoro el tiempo en que las palabras aún no se habían convertido en literatura. Ya ves que el mundo literario es como cualquier otro. Eso me está pareciendo, dice M.


Como cualquier otro, repito. Y me acuerdo del relato de Luis Mateo Díez: “mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía 5 años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de familia numerosa. 20 años después, mi hermano Eloy sacaba un día agua de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en su interior. Este es un mundo como otro cualquier, decía el mensaje”. 
Oye, y a todo esto, ¿te pagan por este texto que estamos escribiendo? Pues claro que no. Me lo han pedido los de la editorial. Ellos tampoco sacan nada, creo. Se puede decir que lo escribo por amistad. Ah, ya, la amistad es esencial también. Eso lo sabemos bien nosotras, me dice. Y pone su pequeña mano, líquida, fría, blanquita, esa mano que recoge todos los días basura, sobre la mía.


HOTELLING kike parra


Kike Parra (Alzira, 1971) es un gran cuentista. Prueba de ello: Me pillas en mal momento (2015) y Ninguna mujer ha pisado la luna (2018), de la editorial Relee. O este Hotelling, donde nos plantea una apetitosa estructura: un viaje de ida y vuelta en el que sobrevolaremos por varias suites de lo que parece un hotel de postĂ­n y en donde varias voces femeninas nos hablan de aquello que han perdido o se han dejado olvidado. Y cuando algo se pierde, siempre hay alguien que luego lo recupera.


Ida: Testimonios de lo que puedes dejarte olvidado “Una vez me dejé una estufa eléctrica, de esas que tienen un par de barras que se vuelven de color naranja cuando las enciendes. Me la llevaba conmigo a todos mis viajes. Donde vivíamos siempre hacía calor, mientras que a los sitios a los que viajaba solían ser regiones frías. Mi jefe me lo explicó una vez: nuestros productos calan mejor en las sociedades más modernas. No me fío de los aparatos de aire acondicionado de los hoteles. Ni de las personas que se encargan de la elaboración y transporte de los sándwiches en el servicio de habitaciones. Por no hablar de lo pésimas que son las cartas de platos calientes, da lo mismo que pidas de uno u otro tipo, el sabor es el mismo para todos. Además, nunca me los traen lo calientes que a mí me gusta”.


“Mi marido casi me mata cuando le dije que me había dejado el teléfono móvil encima de la mesilla de noche en el hotel de París. La semana de antes lo habíamos utilizado para grabar un vídeo, uno de esos comprometidos, ya sabe. No sé por qué se pone así, si a quien se le ve la cara todo el rato es a mí. A él se le ve su cosa, ya me entiende… el pene. Soy yo la que debería estar muerta de vergüenza. Insiste en que el perjudicado es él. Y no porque tenga un pene pequeño, al revés. He tenido más de cien amantes a lo largo de mi vida y sé de lo que estoy hablando. Aunque él insiste en que no es lo mismo. Que ahí la que queda como puta soy yo. Pues por eso, ¿no cree? Por eso mismo”.

“Las gafas de sol me costaron veintiséis mil libras esterlinas. No creo que haya en todo el mundo unas gafas de sol de ese precio. Las había comprado dos meses antes en una subasta en Londres. Habían pertenecido a Madonna. Madonna es la artista más grande de todos los tiempos. Elvis ha muerto, Madonna está viva. A pesar de que di una recompensa de cinco mil euros, nunca aparecieron. Una vez se me perdió un


cachorro de bichón frisé y ofrecí dos mil. Solo a mí me pasan estas cosas. Hace poco me dejé una mano del siglo XVI dentro de un bote de cristal con formol, pero eso fue en el asiento de atrás de un taxi. No hay ningún taxista que quiera algo así, la mano, con toda seguridad, acabaría en el interior de un contenedor de basura”.

“Entonces aún no era conocida. Uno de los primeros hombres con los que empecé a salir ya era una actriz famosa me regaló unas bragas de Versace. Por fuera imitaban la piel de leopardo. Ese tipo de telas no pasa de moda. No sé qué tienen que no pasan de moda. Conectan con nuestra parte más primitiva. Por dentro no tenían estampado, me refiero a las bragas, tenían un forro de color. Lo que más me gustaba era lo bien que me sentaban. Me hacían un culo espectacular. Mi chico de entonces se ponía muy cachondo. Era ponérmelas y venir hacia mí con la polla a punto de agujerearle el pantalón. Me supo muy mal perderlas. Creo que me puse hasta triste. Las estrellas de cine también tenemos sentimientos. Puede resultar una frase muy repetida, pero hay cosas que si no las escuchas cientos de veces da la impresión de que la gente no se las cree. Y más si eres famoso, que no te perdonan ni una”.


“Perdí el anillo de boda. Desde entonces, mi matrimonio ha sufrido muchos altibajos, aunque los hemos superado. Mi esposa no comprendía que me hubiese un motivo razonable para quitarme el anillo fuera de casa. Le expliqué que los meses fríos de invierno habían tenido la culpa, mis falanges adelgazaron y el anillo se salió sin que me diese cuenta. Somos muy religiosos y nos casamos para toda la vida. Seguimos juntos, pero todavía hoy sigue preguntándome dónde tenía la cabeza para hacer algo así. Era el anillo de nuestra boda. Tenía grabadas mis iniciales y las de mi mujer: QTTQ-LQBS, junto a la fecha de nuestra boda. Como le he dicho, hemos tenido nuestras rachas buenas y malas, como todos los matrimonios, pero aquí estamos. El Señor nos ha echado una mano, vaya si lo ha hecho”.

“Me dejé una grabadora y varias cintas en las que había grabado el sonido del viento de los veinticinco desiertos más importantes de la Tierra. Aquello me valió una depresión, me sentí como alguien que fracasa por tercera vez en su matrimonio. Nueve años de vida tirados por la borda. Imagínese, casi una década. Los momentos de peligro por los que pasé. Las jornadas interminables de viaje. Las olas de calor y el


frío extremo en pocas horas. Entonces no tenía constancia de que se hubiera realizado ningún otro experimento similar. Tampoco yo lo intenté de nuevo, la verdad es que no volví a reunir las fuerzas. Creo que hay una ingeniera mexicana que ha llevado a cabo algo así. Yo me adelanté dos décadas, pero no sirvió de nada. ¿Entiende lo que le digo? El silencio no sirve de mucho si no se le escucha”. “Yo me dejé el cadáver del violador de mi hija dentro de una maleta, debajo de la cama del motel en el que pasé un par de días mientras esperaba a que las cosas se calmasen. Mi intuición me decía que la policía me estaba vigilando. Muchas personas de mi entorno me habían oído decir que iba a cargarme al malnacido que le había hecho aquello a mi pequeña y todo el mundo que me conocía sabía que era capaz de hacerlo. Me fui del motel en cuanto vi llegar dos coches patrulla. Crucé la frontera del estado. Desaparecí del país. Algunos pensarán que eso es perder mucho más de lo que se gana. No perdí más que aquel hijo de puta, se lo puedo asegurar. Mi hija me quiere con locura y cuando hablamos por teléfono y hay un silencio sé se debe a que recordamos aquello que nunca hemos vuelto a mencionar. ¿Sabe lo que me dice siempre? Papá, si estuvieras aquí te abrazaría con tanta fuerza que nos quedaríamos sin oxígeno. Muy


mal padre tiene que ser uno para no querer del bienestar de una hija. Sé que a pesar de la distancia me abraza con tanta fuerza que nos quedaríamos sin oxígeno, en eso ha salido a mí”.

“En toda mi vida solo he pasado una noche en un hotel. Fue esa falta de costumbre la que hizo que olvidara mi Barbie. Era rubia, preciosa. Cualquier persona puede imaginarse lo bonita que es una Barbie desnuda. No es una muñeca más. En ella se anticipa el deseo futuro por el cuerpo de las mujeres. Aún la echo de menos. Sobre todo ahora que soy viejo y mis hijos sólo vienen a verme una vez al mes. Hará un año o así me escapé de la residencia hasta la juguetería de un centro comercial y compré una Barbie. En cuanto abrí la caja en mi habitación, supe que de poco valdría ese intento por reemplazarla. No hay nada en el mundo que me está a la altura de mi Barbie. Las mujeres que hay aquí están totalmente idas y no paran de ensuciar las sábanas. Las cuidadoras no son tan buenas personas como intentan aparentar. Son amables pero porque están gordas. En cuanto a los hombres, no sé qué decir de ellos, si son todos unos bestias da igual la edad que tengan”.


“He perdido de todo en muy distintos lugares. Una pajarería, el habitáculo de una noria. El sitio donde más, los hoteles. Quizá lo que más rabia me dio fue dejarme una bocina como la que Harpo Marx utilizaba para incordiar. Ocurrió hace dos años. Era un objeto al que le tenía mucho cariño. Había sido de mi bisabuelo. En 1895 un incendio arrasó su casa y fue lo único que no se quemó. El padre de mi padre cimentó su nueva vida sobre aquella bocina. Era como un amuleto. La llevaba consigo a todas partes. Si iba de viaje, en la maleta. Si conducía hasta el pueblo de al lado para arrancarse una muela, la dejaba en el asiento del acompañante. A la mayoría de las personas a las que les he enseñado una foto de la bocina me han dicho lo de los Hermanos Marx. A mí me traía a la memoria la figura de mi padre, la de mi abuelo, la de los hombres que estuvieron antes que yo. A mi madre la recuerdo por un olor en concreto, el de las palomitas: cuando íbamos al cine los domingos por la tarde mamá siempre compraba palomitas para mí y mis hermanas”.


Vuelta: Los nuevos propietarios “Hice lo que me dictó el primer impulso al ver las bragas, guardármelas en el bolsillo del guardapolvos. Luego, una compañera me dijo que era una actriz de cine. Ya lo sabía, de hecho la había recocido una vez que nos cruzamos por el pasillo. Iba a pedirle un autógrafo. No sé para quién exactamente, pero fue lo primero que pensé. Finalmente, pasó por mi lado y no me lo pensé mejor. Era una mujer extraña, llevaba ya puestas las gafas de sol y resulta extraño pedirle algo a una persona que lleva gafas de sol por el pasillo de un hotel. Las bragas me estaban justas, tirando a pequeñas, aunque a mi esposo le gustaba que me las pusiera. Me decía que parecía una artista. Las rompió a tirones con la boca la cuarta o quinta vez que me las puse. Como son de buena calidad, aún las tengo por casa para limpiar el polvo. Se nota que son de Versace. Cada vez que veo a esa mujer salir por la tele y veo a mis dos hijos embobados con ella, les digo: A ver si os enteráis, que esa tía también caga las bragas”.


“Aquella alianza me vino, nunca mejor dicho, como anillo al dedo. Hacía medio año que mi novia y yo salíamos. Habíamos celebrado todos los meses que estábamos juntos. El caso es que el sexto tenía que ser especial y se me había olvidado comprarle un regalo. Los dos éramos muy cuadriculados para eso. Medio año, un año, dos, cinco… y así hasta el final. El anillo era el regalo perfecto. Mi novia de entonces se llamaba Laura. En esa época a todo el mundo le daba por utilizar las iniciales a todas horas. DPM, JASP, TQM. Lo que había grabado en el anillo yo se lo traduje por: “Quien Tanto Te Quiere, Laura, Quiere Besarte Siempre”. La fecha que aparecía grabada no era la de nuestro aniversario, pero coincidía con la de su cumpleaños. Ese día Laura y yo pegamos nuestro mejor polvo”.

“Un trasto de esos no sirve de mucho en una casa. Yo tenía un radio casete con el que grababa la música para el coche. Aquello era un aparato raro. Traía una cinta para poder colgártela del hombro. Funcionaba con unas cintas súper pequeñas. Había una puesta. La pasé entera y estaba vacía, bueno, se escuchaba un sonido de fondo, como


si estuviera rayada, de modo que me sirvió para hacer una cinta de música grabada de la radio. Recuerdo que la primera de la cara A era “Child in time”, de Deep Purple. La verdad es que no era muy práctica porque no me valía para el coche. Además, esa clase de cintas costaban bastante más que las normales y no las vendían en cualquier establecimiento. Parecía una de esas grabadoras de científico, seguro que la ha visto alguna vez. La gente normal, como yo, no sabe qué hacer con esos trastos”.

“En una ocasión me encontré unas Ray Ban negras en el interior de un taxi. No era ni verano. Ni tampoco era un día soleado. Al revés, pleno invierno y nevando. La verdad no sé qué hacían en el asiento de atrás de un taxi unas gafas un día como ese. Eran muy parecidas a las que utilizaba Roy Orbison en los últimos años de su vida. ¿Quién no recuerda a Roy Orbison cantando “Pretty woman” con sus gafas negras? Cuando me las ponía me sentía como una estrella de cine, o de rock. Deben de ser emociones muy parecidas, ¿verdad?”.


“Una compañera me contó que una vez se encontró el cadáver descuartizado de una persona metido en cuatro bolsas de plástico, de esas que utilizan para los cubos de basura, debajo de la cama. Tuvo tanto asco y miedo que ni siquiera se paró a ver si era de un hombre o de una mujer. Mi excompañera no lo denunció. No tenía permiso de residencia y trabajaba sin contrato limpiando habitaciones y fregando la cocina por la noche. Según me dijo no era el primer muerto que veía en su vida. En su país había asuntos que se arreglaban de esa forma. Por eso vino aquí, tras el sueño americano. Al fin y al cabo ese es un sueño lícito por el que vale la pena luchar. Yo habría hecho lo mismo. Ahora ya tiene la nacionalidad. Se casó con un tipo que la dejó nada más nacer su hija. Viven juntas en una casa, no tiene jardín ni nada que se le parezca, pero es de las que trabajan duro y sé que algún día lo conseguirá”. “A qué mala hora me llevé aquella muñeca a casa. A mi hija pequeña le encantó. Así fue cómo empezó a pedir que le comprara complementos, que si vestiditos, que si zapatitos, que si collares, que si el coche con el Kent. Un día sumé lo que me había gastado comprándole todas esas chorradas para Barbies. Con la cifra que me salió habría podido hacer un viaje de quince días a Cuba. Un hombre soltero, atractivo y con dinero fresco de viaje por Cuba. Imagínese cómo me lo podría haber pasado”.


“Mire que me he encontrado cosas, pues siempre lo he entregado a los encargados de turno. Y me consta que se suele guardar por si el cliente vuelve o llama pasados unos días para reclamarlo. Solo en una ocasión el director insistió para que me lo quedase. Era una bocina como la que llevaban algunos coches o bicis muy antiguos. Al final acabé llevándomela. Me gustaba su sonido. No sé por qué pero me gustaba. Me recordaba a algo, no sé a qué exactamente. Algo que debí de vivir de pequeño. Lo triste fue que nadie de la familia pensó lo mismo y un buen día desapareció. Alguno de mis hijos se la llevaría al colegio y se le olvidaría, o se la robaría algún compañero. Mis hijos son buenos chicos y a veces tengo la impresión de que sus compañeros se aprovechan de ellos”.

“Aquel teléfono móvil tenía los números de Tom Cruise, Woody Allen, Penélope Cruz y un montón de famosos más. Se lo dije a Pedro. Pedro es mi mejor amigo y cuando se enteró casi me arranca el brazo de un tirón. ¿Qué haces?, le dije. Espera, me contestó.


Ahí estaba Pedro toqueteando el teléfono como un poseso, hasta que dijo: “Menuda chingada, solo hay un vídeo putón de una tía que no la conoce ni su madre, así que ya puedes hacer con él lo que quieras”. Tenía razón, ¿para qué iba a llamar a Tom Cruise o a Martin Scorsese?”. “Pienso que las personas vamos a peor. Cada vez estamos peor. En una ocasión le subí media docena de cervezas a un cliente. La llegada ya fue rarita. Me abrió la puerta y solo llevaba puestos los calzoncillos. No sé qué se cree la gente que te abre medio en pelotas. Mientras esperé a que fuera a por la cartera para pagarme, vi que había un sándwich encima de una estufa eléctrica. ¡Si en el hotel no había estufas eléctricas! ¿Se da cuenta? El tipo se había traído una estufa de casa. La gente está mal. En serio. Hacen cosas muy raras. Luego va y resulta que se marchó y se dejó la estufa. Llamó cinco o seis veces para reclamarla. Y siempre le dijimos que no la teníamos. Se lo tuvo que decir hasta el director para que aquel cliente no sospechara. Cada vez que llamaba decíamos, ya está aquí el pesado de la estufa. En serio, ¿quién va a querer un cacharro así si en todos lados hay aparatos de aire acondicionado?”.


ATRAPADO EN MI ESTULTICIA paco inclรกn


Paco Inclán (Valencia, 1975) está en todo. Por eso le salen esas crónicas y esos textos cargados de una cosmovisión única. Autor de los libros Tantas mentiras (Jekyll & Jill, 2015), Incertidumbre (Jekyll & Jill, 2016), y Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill, 2020). Editor de la revista de arte y pensamiento Bostezo (2008-2018) y de la Guía gastronómica de la València migrante (Cocinas Migrantes, 2019). Coordinador del grupo de lectura de Bombas Gens Centre d’Art. Imparte talleres de creatividad literaria en bibliotecas, librerías y centros culturales, y clases de español a personas migrantes y refugiadas.Colabora con el Catacumba Film Festival, Ebru Valencia y la feria de editoriales independientes Liberisliber. Inlcuimos un texto de Tantas mentiras, el libro está descatalogado y seguro que el relato encuentra nuevos lectores en Hale Boop.


Calle del Olivo, barrio de La Candelaria, Bogotá A Bogotá llegué de paso, camino a la frontera colombo-ecuatoriana donde realicé un proyecto de comunicación con emisoras indígenas y comunitarias. Aquí la crónica de mi primer encuentro con la ciudad. Me despierto mi primer domingo en Bogotá con ganas de marcha. Considero que ya es momento de desentumecer mis huesos tras pasar cuarenta y ocho horas encerrado en esta apacible habitación prestada por un amigo en el barrio de La Macarena, con fugaces salidas a la tienda de la esquina para abastecerme de mi kit básico de supervivencia, a saber: prensa, tabaco, coca-cola y chocolatinas. Va siendo hora de averiguar qué demonios he venido a hacer aquí. Estoy decidido. Me aguarda Colombia, aunque todavía nadie lo sepa.


Desconozco si los relojes de mis aparatos electrónicos —computadora, celular, grabadora— marcan la hora española o es que nunca estuvieron sincronizados; mientras el móvil sostiene el horario de Greenwich, el relojero del ordenador debe marcar el de Hong Kong. Intuyo que es temprano por el helor y la somnolencia de las nubes reposadas sobre las montañas que cercan la ciudad. Salgo a la calle, donde apenas me cruzo con nadie: unos vendedores ambulantes de periódicos, unos incautos haciendo footing en calzones y numerosa presencia policial en las esquinas. ¿Cómo es posible esta imagen desoladora en una urbe de siete millones de habitantes? Le pregunto la hora a un policía. Las seis y media. De un domingo, el día de la semana que más se parece en todas partes. Vale, ya entiendo. Me pasé con el madrugón. Aun así, me aventuro hacia cualquier dirección. Con lo que me ha costado salir, no es ahora el momento de retroceder. Emulando las imprecisas prácticas situacionistas —legado de Valladares y mi oficio psicogeográfico—, paseo acompañado de un plano de Madrid que alguien dejó olvidado en casa de Daniel, mi anfitrión ausente. No me he hecho ninguna expectativa previa sobre Bogotá, prefiero encontrármela así, de golpe, un cara a cara sin ilusiones ni mapas ni intermediarios.


De momento me dejo guiar por los policías que aparecen durante mi desnortado trayecto. Uno de ellos me aconseja que me dirija hacia la plaza Bolívar. Camino. Algunos mercachifles comienzan a montar sus puestos. Señores que duermen y amanecen en la calle, cual simones del desierto, se arrancan de cuajo las legañas mientras guardan sus pertenencias en deshilachadas bolsas de tela. Compro el periódico El Tiempo, formato sábana para clases pudientes, que hojeo incómodo en el banco de un parque. Sigo caminando en línea recta por la carrera séptima, llego al centro, donde empieza el control del ejército, que custodia el parlamento, el senado y el palacio presidencial. Decenas de militares —todos morenos, todos niñatos, todos con gesto agrio— hacen guardia sobre los que deben ser los edificios más vigilados de toda Colombia, de Latinoamérica entera quizás. En su perímetro de seguridad registran bolsos y mochilas, no permiten pasear por las aceras y me invitan a sacarme las manos de los bolsillos. Desprenden ese miedo armado que asusta. Los domingos el centro de la ciudad permanece cerrado al tráfico, para disfrute de patinadores, ciclistas y peatones que comienzan a despertar Bogotá, para llenarla de música,


palabras, ruidos. Me fijo en una pancarta que hay en uno de los balcones de la plaza: «Amar, no matar» (extraigan sus propias conclusiones). Comienza a chispear. Menos mal que me traje el chubasquero, pienso. Encuentro un café abierto en la calle del Olivo, en La Candelaría, a media cuadra de un control militar. A estas horas está vacío. Buen momento para un desayuno a la irlandesa, frugal y holgado. Pido una coca-cola, un pastel de pollo y unos huevos al gusto. «¿Qué gusto?», me pregunta la camarera. Idiota de mí por haber pensado que habrían unos huevos que se llamaban así, al gusto; sufro de una pequeña conmoción, similar a la que sufrí cuando me enteré que los huevos dejaito-caer no existían, que se llaman así por la forma de cocerlos. Me toca escoger un gusto, con lo poco que me entusiasma tomar este tipo de decisiones. Mientras la camarera me recita la retahíla de los gustos de los huevos, trato de bajarme la cremallera y compruebo que se ha quedado enganchada a la altura del pecho; me tiende una trampa: sí que cede hacia arriba, hasta que se atora cuando llega al cuello, por lo que quedo atrapado en el interior de mi chubasquero, sin posibilidad siquiera de sacármelo


por la cabeza. Sufro un repentino ataque de claustrofobia ante la mirada impasible de la camarera, que espera con sonrisa boba que le responda si los quiero fritos, con tomate y cebolla o revueltos. Lo siento, no puedo, no soporto la sensación de sentirme atrapado por mi propio vestuario. Hago varios desesperados intentos de bajarme la cremallera, sin éxito. Como para tantas otras cosas que requieren pericia, me declaro incompetente. Le pido ayuda a la muchacha que, extrañada, solicita auxilio a la jefa de cocina. Esta, más resuelta, jala con fuerza hacia abajo, con formas tan toscas que es más probable que me provoque una lesión de cervicales antes que conseguir liberarme de mi secuestro. Mi sensación de ahogo se acentúa. Me maldigo, no es la primera vez que me pasa ni tampoco con este mismo chubasquero. He vuelto a caer en sus redes. Necesito resolver mi propio secuestro antes de continuar con la cotidianeidad de una escena dominical de una camarera que enuncia el gusto de unos huevos y un cliente que escoge estos o aquellos. No soy muy tolerante a las situaciones incómodas y esta es una de ellas. Tengo que actuar con celeridad si no quiero desmayarme. Salgo a la calle, me


precipito sobre los primeros humanos con los que me topo: dos militares que hacen guardia frente al puesto de control del parlamento. Les explico mi dramática situación, pero no acaban de entender mis súplicas. Ninguno de los dos se atreve a tocarme. Uno de ellos agarra un walkie-talkie y emite unas coordenadas indescifrables. ¡No me puedo creer que esté solicitando refuerzos! Igual la maniobra requiere de alguna unidad de élite del ejército o quizás exista algún cuerpo dedicado expresamente a liberar personas atrapadas en sus chubasqueros. No sé. Estoy jodido. Una señora que vende jugos en la esquina de enfrente se apiada de mí. «¿Qué le pasa, vecino?», me dice desde la otra acera. Me acerco desesperado, necesito una solución inmediata. Ella empieza a maniobrar con un cuchillo sobre mi cuello, de manera tan decidida que, en un movimiento erróneo, podría atravesarme la yugular. La dejo hacer, mi supervivencia está en sus manos. Parece tener más práctica y arrojo que las dependientas del café, quizás atienda cada año decenas de casos de turistas atrapados en sus vestiduras, pienso para tranquilizarme. Intenta desatascar el trozo de poliéster que ha quedado pellizcado por la cremallera. De repente una


patrulla militar dobla la esquina, encara la estrecha calle a gran velocidad y se detiene frente a nosotros. Dos vehículos policiales cierran la manzana por ambos lados. Me parece exagerado. Del primer vehículo bajan otros dos militares, algo más mayores, que, en lugar de ofenderse por haber sido requeridos para asunto tan banal, optan por forzar un mohín castrense que, a mi entender, las circunstancias no requieren. Por la forma de tratar a los anteriores soldados, deben de formar parte de un cuerpo superior; con gestos prepotentes parecen ponerse a los mandos de la Operación Chubasquero. Seguramente pertenezcan a las fuerzas especiales del ejército colombiano, a las que, justo hoy, el suplemento dominical de El Tiempo dedica el reportaje que me estaba leyendo antes del suceso. Un ejército preparado para los más sanguinarios combates, para sobrevivir a las condiciones más adversas, atravesar selvas, pasar hambre, dormir a la intemperie, preparar emboscadas, comer bichos. Adiestrados para participar en una guerra que no es la mía, ni seguramente la suya, parecen ahora ignorar cómo actuar ante un desgraciado secuestrado por su propio chubasquero. De tan nimia, la misión parece venirles grande.


«¿Qué sucede?», pregunta uno con tono grave. Ni la señora ni yo contestamos. Ella prosigue con sus intentonas de liberación como si la presencia militar no fuese con nosotros. El compañero que les ha avisado a través del walkie les explica la situación en voz baja; de algún modo debe justificar haberlos llamado, así que emplea un tono solemne. Para ellos, soy una amenaza. Espero que no tomen la decisión de avisar a la comandancia mayor del ejército, me parecería demasiado. De momento, me abstraigo de lo que estos señores uniformados se traigan entre manos, mi liberación es ahora prioritaria, asunto de alta diplomacia si hiciese falta. A lo lejos se escuchan dignas quejas de un matrimonio de ancianos por el «atropello de sus derechos», así dicen, que les supone tener restringido el acceso a su vivienda hasta que se aclare la «conducta sospechosa de un individuo», escucho que les explica un policía. Me pongo más nervioso, respiro con esfuerzo, qué jodida es la sugestión, mi mente comienza a convencerse de que estoy perdiendo aire, de que en breves momentos caeré al suelo inconsciente. La señora trata de calmarme, pero no puedo. Me asfixio, mientras los militares, mal encarados, mantienen sus manos colocadas sobre sus fusiles de asalto.


Finalmente, después de quince o cien minutos de angustia, la señora logra desatascar la cremallera. Aliviado, la abrazo con tanta vehemencia que pareciera que me hubiese rescatado de los escombros tras un terremoto. Le ofrezco mil pesos de recompensa, que acepta sin remordimientos. Todavía me falta solventar la presencia de estos militares que parecen necesitar más explicaciones de las que tengo. Me solicitan la documentación, que tampoco llevo, mientras uno de ellos me pide que me coloque de espaldas sobre una pared mientras inicia un toqueteo sobre mi cuerpo, con brusco apretón genital incluido. Me muestro colaboracionista, al fin y al cabo no tengo nada que ocultar, salvo mi reconocida torpeza; quienes me conocen, saben de qué estoy hablando. Apenas llevo dos horas por las calles de Bogotá y ya estoy siendo cacheado, debo de estar batiendo algún tipo de récord. Una vez convencidos de que no guardo explosivos en el interior de mi ropa ni que pienso inmolarme frente al palacio presidencial, me dejan libre con un seco ¡circule! Circulo. Me pregunto qué tono emplearán para redactar el acta correspondiente: «sospechoso de portar un artefacto es cacheado a escasas cuadras del palacio presidencial» o quizás «imbécil


atrapado por su propio chubasquero nos hace perder el tiempo en la calle del Olivo». Más certera esta, sin duda. Regreso al café. La camarera y la jefa de cocina, que han seguido con interés fisgón los acontecimientos desde la puerta del café, me dan la bienvenida de nuevo. Vuelvo a sentarme en el mismo sitio, tratando de recuperar el estado sosegado anterior al incidente. La camarera también colabora en ello; actúa como si nada hubiese sucedido.Aparenta normalidad, como si yo ya no fuese el tipo que hace unos minutos le imploraba que me liberara de mi chubasquero mientras ella me salmodiaba el nombre de unos huevos. ¿Qué gusto? —me dice. ¡Y tanto! —le respondo.


DANSEUR AU MUR javi llorens


Javi Llorens vive en Astorga, Godella, y es el director del Catacumba Film Festival. En 2018, sorprendió a propios y extraños con la publicación de Campanadas de dolor, un libro que estudia o se asoma a uno de los fenómenos más inquietantes que han tenido lugar a las afueras de Valencia. Cerca de su casa comenzaron a aparecer una serie de misteriosos pictogramas, unas manifestaciones de arte efímero, brut o casual, cuyos mensajes nos enfrentan al contorno de un abismo, a un malestar intangible, oscuro, repleto de incógnitas. A continuación, el propio autor ha seleccionado diez de esas “piezas” y ha redactado unos textos exprofeso para aproximarnos a eso que está sucediendo ahí fuera.


VALENCIA LOS ASESINOS DAN ASร MUERTE Y SIRENAS abril 2012. El primer diagrama que captรณ mi atenciรณn, se encuentra en el muro que da entrada a una antigua finca rural abandonada.


TORTURAS DÍA Y NOCHE mayo 2014 A veces me pregunto si los recorridos que utilizo para desarrollar mis quehaceres, se han visto modificados por el hecho de saber dónde afloran estas extrañas expresiones.


TODO POR ODIO Julio 2015 Es inevitable tratar de catalogar y dar un sentido a este conjunto pictórico que, desde principios del siglo XXI, salpimenta los caminos que comunican las pedanías y pueblos que limitan al norte con la ciudad de Valencia y que conforman la comarca de L´Horta Nord.


TORTURA Y MUERTE DIA Y NOCHE RESISTENCIA 16 AÑOS Junio 2016 El enigma que suscita su obra. Los misterios sin resolver. Las realidades no catalogadas son necesarias para que el mundo que habitamos no acabe por devorar nuestra excelencia.


Z 2000-2016 5 Septiembre 2016 Sentí que el fenómeno iba a formar parte de mi vida. Supongo que lo mismo que le acaeció a María Gómez Cámara en su domicilio de Bélmez de la Moraleda (Jaén).


STOP EJECUCIÓN CON AVIONES Agosto 2016 Al igual que El fantasma de Canterville y su famosa mancha de sangre, el autor hace uso de un extremismo operacional basado en la utilización de los materiales que más a mano tiene. Desde pinturas plásticas, a esmaltes, pasando por temples para los fondos o témperas y demás ingredientes.


STOP FUSILACIร“N CON SIRENAS Y RUIDOS Junio 2017 Existen causas desafortunadas que provocan una especie de trance creativo que germina en la creaciรณn de todos estos rรณtulos. Dolencias como el trastorno disociativo, que pueden provocar alteraciones de la percepciรณn, hipersensibilidad a los ruidos (que pueden ser incluso imaginarios).


YA BASTA FOCOS LUZ Ruidos de sirenas, aviones, trenes y también alucinaciones. Esta posibilidad puede venir dada por haber sufrido un importante trauma. De esta dramática posibilidad es muy difícil abstraerse dado que alguien está expresando su sufrimiento.


ÚLTIMAS DISTOPÍAS mr. perfumme


David Pascual Huertas (Valencia, 1981) es el híbrido perfecto entre un hombre del Renacimiento y un empresario moderno. Escribe, dibuja, compone, canta, recita, actúa, dirige teatro… y ha creado la marca Mr. Perfumme, que es él mismo y donde da rienda suelta a todas estas actividades. Acercarse a su universo literario —que bascula entre el delirio y la seriedad— es siempre una apuesta segura y recomendamos vivamente su última novela Transirak (Ed. Niños Gratis) y sus dos anteriores, Saber Matar y Una pequeña llama en mitad de un terrible incendio, ambas editadas por Che Books.


MALVADO 
 Hace dos veranos decidí ser malvado. Por entonces yo vivía en Irlanda. Madre mía Irlanda. En Irlanda lo único que hay son borrachos y lluvia. Y música irlandesa. Creedme que la jodida música irlandesa puede sacar a cualquiera de sus putas casillas. En serio, no es broma. Podrías reventar a palazos a cualquiera sólo por dejar de escuchar esa maldita música. De palas, quiero decir, palazos con palas, no con palos. Había quedado un poco confusa esa parte. En Irlanda sólo hay borrachos y lluvia, decía. Y música irlandesa. Pero ese verano hacía un calor de mil


demonios. Sí señor, creedme, yo he vivido el único puto verano caluroso de toda la historia de la maldita isla. Un calor que te cagas. Así que ese verano decidí ser malvado. Malvado a tope. Un mal tipo de verdad. Un auténtico hijo de puta. Bueno, no, la hijoputez denota intencionalidad. Yo quería una maldad más pura. Una maldad carente de significado. Más gratuita. Así que ahí estaba yo, friéndome el culo de calor y planeando. Haciendo croquis y esquemas y diagramas como un loco. Planeando una maldad casi matemática. Una maldad próxima a la ciencia. Planeaba y sudaba y bebía cerveza caliente como si bebiese pis. Empapado de maldad y meándome encima de tan poco que me importaba todo. Henchido de maldad sin dirección, de maldad malvada per se. Hacía mucho calor, no podéis imaginarlo, y entonces planeaba qué iba a ser lo próximo, cuál iba a ser mi Gioconda de la maldad, mi Capilla Sixtina, mi cara de Bélmez de la maldad, aunque eso no tenga mucho sentido. Así que bajé hasta uno de esos asquerosos bares irlandeses y me pedí una pinta de cerveza negra. Me la bebí de un trago y sin pagarla. Y cuando no me quedaba ni una gota en


el vaso, caminé hasta la playa decidido y sin mirar atrás. Sentía que ya no tenía ningún control sobre mí mismo. Tendríais que verme. Joder, ¡Ese ya no era yo! Era la maldad pura la que me usaba como herramienta. Era las botas y el martillo de la maldad ¡El martillo neumático de la maldad! La maldad me utilizaba como un absurdo monigote para ir hasta la playa, para hacer el auténtico mal, ¡JAJAJAJAJA! ¡Y no pensaba coger prisioneros si es eso lo que pensabais! ¡Iba a ser algo glorioso! Este iba a ser el verano, ya lo creo. Así que yo, bueno, la maldad, llegamos hasta la playa y, sin venir a cuento, comenzamos a arrancar todas las jodidas sombrillas una a una, ¡JAJAJAJAJA!, una a una, ¡JAJAJAJA!, esto no era una broma, ¡ya lo creo que no! Y creedme que cualquiera que me viera podría jurar que mi cara era la misma que la de un golfista bebiéndose un San Francisco después de un día duro. La jodida cara de muñeco de cera de Nicholas Cage antes de una buena frase. ¡Como si no estuviera rompiendo con todo tabú social! ¡Como si no fuera la maldad pura en mitad de una playa irlandesa! ¡Una a una! Era nuestro verano y arrancamos al menos cinco hasta que vino


ese puto gordo de mierda, esa foca bronceada, y empezó a golpearnos el careto hasta que los tres nos morimos de risa. La maldad, el marinero y yo, JAJAJAJAJAJA, revolcándonos por la arena y golpeándonos hasta que nos quedamos dormidos los tres, en la arena, felices como niños grandes. Y ese fue el mejor verano de mi vida.


PRESIDENTE SUPLANTADO 
 En el gobierno de España están todos súper rayados porque se ha corrido el rumor de que han suplantado al presidente. El que hay ahora no es él. Es un doble soviético o es un terrorista o es algo así. El rumor se ha hecho muy fuerte y en poco rato están todos muy nerviosos porque no se sabe quién puede haber trazado semejante plan. Es una cosa muy rara y muy maquiavélica. Se reúnen todos alrededor de la máquina de café para no levantar sospechas y fuman como dementes porque no saben cómo afrontar algo así. Algo tan nuevo. Fuman mucho y toman café hasta que se


les sale por las orejas. Se asustan mucho los unos a los otros. DEBERÍAMOS CAMBIAR DE VIDA. JODER, DEBERÍAMOS CAMBIAR DE VIDA. Tienen tanto miedo porque están ante lo desconocido. Hay gente del CESID y hay un general del ejército y hay un montón de ministros y burócratas de distintas especialidades. TIENEN QUE HABER SIDO LOS ISLAMISTAS, dice uno. ESTA AMENAZA NO PUEDE SER DE ESTE MUNDO, replica otro. Gutiérrez, cojones, cállese la boca de una puta vez y deje de asustarnos. Estoy tan asustado que me sudan las axilas. Estoy aterrorizado como una mujer. ¿Y CÓMO SABEMOS QUE NO ES ALGO PEOR? ¿Algo peor? Responde otro más ¿CÓMO SABEMOS QUE NO VIENEN DEL FUTURO? ¿Qué? ¿CÓMO SABEMOS QUE NO SON ROBOTS DEL FUTURO? ¡Deberíamos tocarlo a ver si está frío!,replica alguien. ¡SI ESTÁ FRÍO ES QUE ES DE METAL! Ah, ¿sí? ¿Y QUIÉN VA A TOCARLO? ¿VA A TOCARLO USTED, GUTIÉRREZ? ¡HAGÁMOSLE UNA PREGUNTA! ¿Qué tipo de pregunta? No sé. ¡PREGUNTÉMOSLE CÓMO ES EL FUTURO! Todos se miran presos del pánico y la


desconfianza. Está claro que es una sandez, que semejante imbecilidad choca frontalmente con la más mínima idea de raciocinio occidental, pero, ¿y si fuera cierto? ¿Y SI ESTA VEZ LO IMPOSIBLE FUERA CIERTO? Hay que decírselo a su mujer y a sus hijos: SU MARIDO YA NO ES SU MARIDO. EL PRESIDENTE YA NO ES EL PRESIDENTE. Y así se quedan todos aterrorizados el resto de la mañana. Junto a la máquina de café. Rezando porque no se les acabe el tabaco antes de la hora de irse. Antes de poder bajar a beberse una cervecita bien fría y dejarse llevar por el nuevo mundo que cobra forma. Y así pasan las horas los últimos hombres de la tierra en el ocaso del viejo mundo. Ahí están, los restos de la milenaria humanidad. 



CIRUJANO 
 Su marido estaba operando a vida o muerte a su padre mientras ella trataba de sacar un refresco de una de esas máquinas expendedoras que pueblan los pasillos de los hospitales. No lloraba ni nada, aunque la procesión va por dentro, decía una mujer mayor a una de las enfermeras. Su marido mató a su padre, bueno, no acertó a salvarle, y se le quedó tieso como una mojama encima de la mesa de operaciones: Cielo, hemos hecho todo lo que hemos podido. Y también: Siempre vivirá un poco en ti. Dentro de ti. Él tira su ropa de cirujano en uno de esos contenedores especiales y se ducha, y cogen el coche para volver a casa. Hazme el amor.


Hazme hoy el amor, vida mía. Y el cirujano se lo hace, qué menos después de dejar frito al viejo. Al día siguiente ella se levanta temprano y hace todas sus maletas. Su marido no entiende nada: ¿Pero qué ocurre? Yo te amo. ¿Es por lo de tu padre? Y ella dice: No, no es eso, eso es lo que parece porque los acontecimientos han estado todos muy pegados en el tiempo. Pero es porque no te he querido nunca, no te preocupes, vida.


EL CLUB 
 Es un club de gente aficionada a operarse el gepeto para ponerse caras de personas famosas. Un club muy selecto y muy secreto. Hay un hombre gordo con la cara de Clark Gable, dos hermanas con la cara de Lady Di y de Sarah Ferguson, un hombre con pinta de oficinista a mitad de fabricarse un buen careto de Michael Douglas y así un largo etcétera. Entonces entra él, caminando hacia atrás, con la cabeza afeitada y la cara de Pitingo dibujada entre la nuca y la coronilla. Avanza hasta la barra y todos se quedan estupefactos mientras él se vierte un vasito de plástico lleno de sangría en la parte posterior de la cabeza fingiendo que es Pitingo quien realmente se la bebe.


ATENAS/GRECIA alberto torres blandina


Alberto Torres Blandina (Valencia, 1976) ha publicado las novelas: Cosas que nunca ocurrirían en Tokio y Niños rociando gato con gasolina, en 2009; mapa desplegable del laberinto, en 2011; Con el frío, de 2015, Contra los lobos, en 2016 y Después de nunca, editada en 2019 por Aristas Martínez. Escribe artículos bien chingones en Valencia Plaza y coordina diversos talleres y shows literarios. Adjuntamos un relato de su novela de relatos Con el frío .


Das los buenos días y sonríes a una desconocida mostrando tus dientes de oro. Es parte de tu trabajo sonreír. Es parte de tu trabajo dar los buenos días o repartir bendiciones divinas. Te lo enseñó tu madre y a ella su madre y así durante generaciones. Tu misión ahora es enseñárselo a la niña que llevas en brazos envuelta en un retal rojo y azul. La bautizaste con el nombre de Violca. En el río Cefiso, como indicó el pastor evangelista. El agua estaba fría y la niña lloraba. Ahora está en silencio. Das los buenos días y sonríes a una pareja de jóvenes que ni siquiera se molestan en mirarte mientras apartas las moscas de Violca.


Ha ido bien el día. Desde que nació la niña ganas mucho más dinero. Algunas mujeres te dejan comida que vendes en Halandri o repartes con el resto de la casa. Otras dejan algunas monedas en tu mano extendida. Una anciana intenta ver al bebé, pero lo cubres bruscamente con el retal de tela y dices que está durmiendo, que no quieres que se despierte. Llevas un frasco de colonia infantil casi vacío que cada cierto tiempo echas en tu mano y después extiendes en el pecho de Violca. Es la misma colonia que le pusiste en su bautizo, hace tres días, y desde entonces no has dejado de utilizarla. Estaba preciosa con su vestido de encaje blanco. Preciosa como un ángel. Cuando el padrino la sacó del agua, te la dio y la dejaste en la cuna para unirte a los músicos que tocaban junto al canal. La fiesta duró hasta pasada la madrugada. Antes mendigabas en la estación de autobuses con tu madre y tus tías. Ibas de autobús en autobús pidiendo monedas a los viajeros. Pero


cuando nació Violca viste la oportunidad de salir de allí. Dijiste que hacía demasiado frío para un bebé, cada día más frío, y además estaba el humo de los tubos de escape de los autobuses. Tu marido lo arregló. Una mañana fue a la estación, te pidió que lo siguieras y te condujo hasta el centro comercial, resguardado del viento helado y la nieve que desde hace unos meses cubren las calles de Atenas. Dudaste, dijiste que tenías miedo, que la estación pertenecía a tu familia pero aquel lugar no lo conocías, no sabías quién podía aparecer y arrastrarte del pelo hasta la calle, como tu madre y tus tías habían hecho en varias ocasiones con desconocidas que se colaban en la estación para mendigar, dejando bien claro que aquel lugar os pertenecía a vosotras. Tu marido dijo que no temieses nada, que estaba todo arreglado, que él se había ocupado. No hiciste más preguntas. Nadie te ha molestado nunca. Tienes catorce años pero aparentas alguno más. Te casaste a los trece con un vestido de novia que había pertenecido a tu madre y antes a la


suya. Fue ella, tu abuela, quien lo arregló para que te quedase perfecto. El blanco contrastaba con tu piel morena y con el dorado de los dientes que te regalaron como parte del ajuar. La novia más guapa. La princesa gitana. Eso repetían todos. También lo decían de Violca cuando el padrino la metió en el río con el vestidito blanco y la diadema de plata de ley. La niña más guapa. La princesa gitana. Hace solo tres días y parece que haga mil años. Tres días escondiéndola entre retales y colonia, ocultándola de las miradas de la gente y del contacto de sus primas, acostumbradas a jugar con ella mientras tú te marchabas de la casa con cualquier excusa para no escuchar su llanto. Antes. Cuando lloraba a todas horas. Te levantas del suelo del centro comercial quejándote de los riñones. Demasiadas horas en la misma posición. Colocas bien tu falda. Te aseguras de que el retal cubre totalmente la carita de la niña antes de salir al exterior y caminas con cuidado por la acera donde se ha formado algo de hielo. El fuerte viento te echa para atrás el pañuelo de la cabeza y te preguntas si de


verdad está cerca El Arrebatamiento, como dijo hace unos meses el pastor durante el culto. Te preguntas qué pensará Jesús de ti llegado el día del juicio, si comprenderá que lo haces por necesidad, porque a Violca ya le da igual y tú así ganas mucho más dinero. No vas a tu casa. Entras al bar de tu primo Christos. Le haces una señal con la cabeza. Asiente desde el tirador de cerveza. Cruzas la puerta de la trastienda y dejas a la niña rígida sobre una mesa llena de botellas vacías. Te deshaces del retal que la envuelve como una crisálida y luego la desvistes. No te gustan las manchas violáceas que han salido en su espalda, como moratones. Tampoco el color verdoso de su barriguita. Alguien podría verlo y eso te descubriría. Christo se asoma. Te susurra que te des prisa, que su mujer está punto de llegar. Christo fue tu primer amor. Te enseñó cómo hacen el amor los gitanos jóvenes antes de casarse. Para que nadie sospeche nunca. Para que las rosas florezcan en el pañuelo el día de bodas como si nada hubiese pasado.


El agua del río estaba fría pero el pastor dijo que no había otra forma. El bautismo debe ser por inmersión. Hundirse en el agua y emerger a la superficie renacido. Libre del pecado de los primeros padres. La palabra bautismo, explicó, significa inmersión. Tú misma te hundiste de cuerpo entero hace diez años, en el mismo lugar, cuando os llevaron a un buen puñado de niños de Halandri a recibir la gracia de Dios. Vestidos de fiesta. Tus hermanas chillaban mientras Christo os salpicaba de agua chapoteando con las manos. Hace tres días que el pastor y el padrino, con Violca en brazos, como una princesa gitana con su vestido blanco y su diadema de plata, bajaron por la inclinada pared del canal hasta llegar al agua. El manele sonaba alegrando la fiesta y la niña no paraba de llorar. La dejaste sobre la cuna sin secarla siquiera. Porque querías bailar. Porque estabas harta de que llorase cada noche. La dejaste todavía empapada. Tan morena como tú. Piel de canela. Eso piensas mientras abres el arcón frigorífico. Christo ha dejado un espacio en su interior tal y como te dijo que haría.


Ha colocado en el fondo un cartón, a modo de cunita, pero aun así dudas. Ves sobre la estantería metálica un rollo de bolsas de basura. Coges una y metes dentro a la niña, para que no sea descubierta si alguien abre la nevera. La niña tiene las mandíbulas apretadas en una suerte de sonrisa. Te cuesta introducir el cuerpo en la bolsa debido a la rigidez de sus piernas extendidas, imposibles de doblar aunque lo intentas. Al final lo consigues. Tu ángel que una noche, hace tres días, dejó de llorar. La bolsa tiene una forma extraña. No parece un cuerpo. Quién sabe qué parece. Cualquier cosa pero nunca un cuerpo. La dejas suavemente en el frigorífico sobre el cartón doblado como una cunita. Extiendes sobre la bolsa un trapo de cocina sucio y cierras la compuerta. Congelarla es la única cosa que se te ha ocurrido para acabar con el olor que desprende Violca. Empieza a ser insoportable. Christo entra en la trastienda. Mira a su alrededor para cerciorarse de que todo está en orden. Te besa la nuca y te levanta la falda por detrás.


No tenéis mucho tiempo. Nunca tenéis mucho tiempo, por eso todo es tan rápido. Tan brusco que te duele. Tu marido nunca ha intentado entrar en ti por el mismo lugar por el que lo hace tu primo. Si lo hiciera te negarías. Porque ese lugar le pertenece. Solamente a él. Cuando te quedaste embarazada fuiste al bar, preocupada. No estabas segura de quién podía ser el padre. Se lo contaste a Christo, que comenzó a reír y te aseguró que el bebé era de tu marido, que estuvieses tranquila porque no había ninguna duda. Tú te pusiste un poco triste entonces. Llegas a la casa donde vives con la familia de tu suegra. Tarde, con el retal rojo y azul envolviendo un sucio muñeco de plástico al que le falta un ojo. Es de la hija de Christo. Se te ocurre que no es tan diferente de la nueva Violca. De esa Violca rígida y de ojos hundidos que ahora descansa en el arcón frigorífico. De esa Violca que hace tres días dejó de llorar, de pronto, para siempre. El olor es diferente. El muñeco huele a goma de borrar. En la casa nadie se da cuenta cuando llegas y dejas al falso bebé en


la cuna de la habitación donde os habéis instalado. Una de las más grandes de la casa. Tu marido trabaja normalmente por las noches. Algunas veces sale y desaparece durante varios días. Después vuelve con una sonrisa y algún regalo para ti y para Violca. Cenas con su familia, compartiendo la comida que habéis conseguido mendigando. Das el dinero de la jornada a tu suegra. Antes te guardabas un poco dentro de un zapato, pero ella lo encontró. Ahora lo llevas siempre contigo. Mucho dinero porque Violca te hace ganar mucho dinero. Te preguntan por la niña y respondes que está dormida. La sobrina pequeña de tu marido corre hacia tu habitación para jugar con el bebé, gritando su nombre. Va envuelta en una manta a modo de capa. El maldito frío. Corres tras ella y la detienes a tiempo, antes de que levante el bulto de la cuna y descubra que apenas pesa, que es solo un muñeco porque tu verdadera hija está congelada en la trastienda del bar de Christo. Le das un cachete en la cabeza con la excusa de que va a despertarla y no quieres que llore. La niña aguanta las lágrimas. Fue ella misma la que te dijo, el día del bautizo, junto a la cuna, que Violca


no quería jugar, que estaba muy quieta y miraba raro. Te lo dijo con una expresión que escondía algo. Con un tono de voz extraño. También aquel día la apartaste con un grito y la alejaste de la cuna, donde el bebé miraba al cielo con unos ojos fríos, como ese hielo que se forma junto a las aceras. Te dieron miedo sus ojos, así que los cerraste con la palma de la mano y la tapaste con la manta. Su vestido seguía empapado. A la mañana siguiente sales pronto de casa. Llegas al bar de Christo. Solo hay dos personas tomándose un café en la mesa de la entrada. Entras a la trastienda y dejas el muñeco sobre la estantería. Abres el frigorífico y sacas la bolsa donde está Violca. Haces un sitio a la niña sobre la mesa y te sientas a esperar a que se descongele, pero te das cuenta de que con el frío que hace en la ciudad tardará varias horas. Quizás incluso días. Christo entra. Le preguntas si es posible utilizar el microondas y tu primo te mira como si estuvieses loca. Tu primo es el único que sabe lo de la niña. Se lo dijiste al día siguiente, cuando aceptaste que Violca jamás iba a despertar.


Intentó convencerte de que no lo hicieras. Se van a dar cuenta. En un día o dos empezará a pudrirse. Intentó convencerte pero siempre has sido difícil de convencer. Solo unos días, no te imaginas el dinero que gano desde que nació Violca. Solo unos días más. No te atreves a ir al centro comercial sin la niña porque algún familiar de tu marido podría verte. Esperas durante horas, sentada en una silla plegable de la trastienda del bar de tu primo, mirando la bolsa donde descansa Violca. Esperando a que se descongele. Tu primo te da una revista del corazón atrasada. Te entretiene mirar las fotos. Pasado el mediodía, tu marido te llama al móvil. Ya ha llegado a casa. Dice que os ha traído una cosa muy bonita. Dice también que está a su lado el padrino de Violca y le ha pedido que lleves a la niña a la casa. Para ver a su ahijada. Para darle un buen fajo de billetes también, porque así funcionan las cosas en Halandri. El amor se demuestra con dinero,


la tristeza con lágrimas y gritos de dolor. Las emociones solo existen si pueden verse. La rabia con golpes y el odio, algunas veces, con la muerte. Sales de la trastienda y le pides a tu primo un café. Te empuja dentro de nuevo y te reprende. No puedes dejarte ver porque los clientes hablarán y tu marido empezará a sospechar de vosotros y entonces no quieres ni imaginarte lo que hará. Una vez dentro se queda mirando el cuerpo envuelto en una bolsa de basura. La expresión de su cara no te gusta. Le repites que no puedes hacer otra cosa. Ahora ganas mucho más dinero. Cuatro veces más que antes. Necesitas a Violca. Christo dice que no estás bien de la cabeza, que no piensa cubrirte más. Mientras habla, nervioso, intentas sacar a la niña de la bolsa. Todavía no está totalmente descongelada y algunos trozos de plástico quedan pegados a su piel blanquecina. Le pides a tu primo un secador de pelo. No te responde. Te dice solamente que te lleves de allí a la niña y no vuelvas más.


La vieja estufa que has encontrado entre las cajas de vino y refrescos huele mal, a cable quemado, pero funciona. Te sientas enfrente y acercas el cuerpo de Violca, intentando quitarle los trozos de bolsa que han quedado adheridos a su cuerpo. Sobre todo los de su cara, como de cera, con los labios rodeados por una franja oscura. Está todavía más pálida que ayer. Llamas a tu marido por teléfono y le mientes que ha llegado la policía al centro comercial y te has escondido en un baño público. No quieres que te lleven a comisaría como la última vez por mendigar con un menor, le dices. También le dices que te da miedo salir porque no se van, que en cuanto consigas evitarlos irás a casa a que el padrino vea a su ahijada. Cuelgas el teléfono y coges a la niña. El cuerpo sigue congelado por dentro. Lo sabes porque pesa demasiado y el tacto todavía es frío. Pero no puedes esperar más. Al menos exteriormente ya tiene un aspecto medio normal, aunque la carne está blanda y su color es de un amarillento fantasmagórico. Suena un chasquido cuando rodeas con el retal sus piernas levemente flexionadas, que quedan colgando como si fuesen elásticas. Ya no te parece Violca, sino


un trozo de carne mórbido. Ni siquiera el tacto de goma es el de tu niña. Piensas en un pollo sin plumas, con la cabeza caída hacia detrás en una postura terrorífica. Caminas por la ciudad sin rumbo. Nieva. Buscas algo aunque ni tú misma sabes qué es. Estás a punto de lanzar el cuerpo a un perro que te ladra con violencia desde detrás de una valla. Es extraño ver un perro. Todos se fueron. Tal vez no te ladra para asustarte sino pidiendo un poco de compasión: sácame de aquí, por favor, déjame ir con los demás. Muerde la cadena de su cuello con violencia. Lleva las encías llenas de sangre y algunos de sus dientes están rotos. Te da miedo y te alejas del animal. Ese peso muerto y flácido ya no es tu hija, no puede ser tu niña, sino un cuerpo ajeno, falso, una broma de mal gusto. Lloras de rabia. Por Violca y por todo ese dinero que ibas a ganar. Ese dinero que escondes a tu suegra. Que es solo tuyo y de nadie más. Una tapa de alcantarilla rota te parece una buena opción. Eres joven. Puedes quedarte embarazada de nuevo. Te aseguras de


que nadie te ve y solo entonces lanzas el bulto dentro de la alcantarilla. No se oye ningún ruido, como si el cuerpo hubiese quedado flotando antes de llegar al fondo. Si eres cariñosa con tu marido en unos pocos meses puedes tener otro bebé que te ayude a ganar dinero. Mucho dinero que esconderás a tu suegra. Si es chico lo llamarás Christo, como tu primo.


MEDITACIÓN SOBRE UN POEMA DE AMOR BUDISTA EN LA CASA DE JÉRICA DONDE CAYÓ UN RAYO CUANDO PENSÉ MUY INTENSAMENTE EN LA MUERTE david barberá


David Barberá (Valencia, 1976) es sociólogo, profesor universitario, cofundador de la revista Bostezo, coordinador del club de lectura El porqué de las cosas sociales, miembro activo del festival de filosofía Avivament y, en definitiva, es el ejemplo perfecto de alguien diverserio, neologismo que se ajusta a su persona, pues es capaz de tratar los temas más sesudos de una manera lúdica y accesible. Incluimos en este número uno de sus poemas recogidos en La importancia estratégica del mundo real, su debut en el campo de la poesía, que verá la luz en la colección Marte de Ediciones Contrabando (esperamos que en septiembre o en octubre a más tardar).


a las tres de la mañana del 25 de agosto, siete horas después de que me pusiera a pensar muy intensamente en la muerte por la tarde en un retiro budista vacacional en Jérica, cayó un rayo y un ruido atronador que casi parte la casa que cobijaba el retiro no me desperté, pero fui el único de toda mi “shanga” o comunidad budista vacacional que pernoctábamos en Jérica, incluido el maestro budista (que pilotaba, hay que decirlo)


Antes de aquella tarde fue bastante bien todo, incluido que folláramos tú y yo bastante y bastante bien en la habitación con cuatro literas que nos dejaron porque el centro de retiros tiene capacidad para 30 y al ser 15 sobraban dos, y follamos en tres de las cuatro literas casi todos los días de esa semana de retiro menos cuando había “silencios” entre las sesiones de meditación anapanasati y metta (3 sesiones, unas 3 horas al día de meditación, más una sesión de una hora de ritual, el resto tiempo “libre”) agenda más o menos coercitivamente confeccionada


por el maestro y que incluía por la tarde reunión de grupos para compartir miserias. Soltaste con suavidad las tuyas, que son pocas y que ni siquiera son casi miserias el maestro al despedirse de ti te dijo gracias Ana, por tu ternura y sensibilidad sentí, sí, envidia un poco miserable pero a la vez me alegré mucho por ti y coincidí con el maestro aunque para llamar la atención compartí con el grupo mi voluntad de meditar sobre la muerte en mis meditaciones


muy intensamente, aunque no tocara porque yo quería superar el anapanasati y el metta y esa misma noche cinco horas más tarde cayó un rayo en el centro de retiros de Jérica donde

(practicábamos una semana el budismo

una semana de agosto, entre el mcmindfulness y la muerte) podría habernos acabado a todos simplemente porque yo me puse a pensar en la muerte cuando no tocaba en el grupo de compartir miserias porque seguro que el rayo lo envió el Buda porque ahora estoy vivo


porque tú comprobaste que dormía tranquilo (soñaba con la muerte, en plan chulito) el rayo budista que me partirá que casi me parte el otro día en Jérica me advertía y me advierte que no me distraiga que atienda a lo nuestro, con atención consciente la muerte o lo que sea llegará pero tú me velabas con atención plena y cuidado qué más puedo yo pedir hoy, escribiendo este poema de amor budista nada menos aunque uno nunca sabe


LA ISLA DE LAS LIBACIONES michelle ibáñez


Michelle Ibáñez (El rincón de Ademuz, 1986) es cofundadora junto con otras escritoras insulares de la revista transfeminista Patrick Arquiades Magazine, desde donde pelean por un reconocimiento paritario y luchan por la independencia de ese cantón valenciano. Estudió Comunicación Audiovisual y Periodismo en la universidad Cardenal Carolina Herrera CEU cuando aquello era el puro feudo de Canal 9 y Las Provincias hasta el momento en el que invistieron doctor honoris causa a José María Aznar; mientras Aznar entraba por una puerta, ella salía por la otra. De su obra narrativa destacamos ¿Qué fue de Polly Amor? y La rebelión de las vulvas, ambas disponibles en Confeti Morado Ediciones.


—Ya las tenemos —le espetó Aurora Steiner en mitad de la noche. Aurora Steiner llama en la noche porque ella es la noche. Llama desde un celular Nokia 8210 con tarjeta SIM de Matagalpa, Nicaragua. Saber que está siendo grabada le imprime brío a su discurso, bucea en los subterfugios, emplea estructuras telegramáticas. Los que la graban podrían pensar mil cosas; el que la escucha, entiende. Y sabe a quién llama. Paolo Vasile, consejero delegado de Mediaset, relativamente contento porque pese a cualquier virus sus cadenas siguen haciendo dinero — aunque bien es cierto que podrían llegar a hacer mucho más: buena parte


del sistema de producción de contenidos está bloqueado, el formato “desde casa” ya empieza a oler a cuco— había sido vagamente informado de que esta llamada podría tener lugar (“hay gente merodeando la isla en avioneta y con lanchas”) pero al escuchar la voz aguardentosa de Aurora Steiner su ánimo se ensombrece y piensa que hay cosas mucho peores que una pandemia. Y hasta personas. —Dime, Aurora. —Tengo las imágenes. Cambia astutamente su interlocutora de la segunda persona del plural, “las tenemos”—que había empleado para incluirlo, para que supiera que aquel asunto poseía una dimensión colectiva; era una partida de póker, y en una partida de póker si en los primeros minutos no has descubierto quién es el pichón es que el pichón eres tú— a una primera persona del singular, “las tengo”: así dejaba claro al capitoste de Mediaset que ella las había conseguido, el mérito era suyo, obraban en su poder, la partida comenzaba y Vasile debía decidir su siguiente movimiento.


Del vasto currículum de Aurora algunas cosas recuerda: dicen que en la guerra de los Balcanes vio cómo despellejaban vivo a un niño serbio, dicen que en Irak logró filmar un obús marca uve doble Bush lanzado por capricho estratégico sobre una guardería, las malas lenguas aseguran que eso la inmunizó frente a la maternidad, dicen, sin ponerse nunca en su piel, que por qué demonios traer una vida a este mundo si los seres que lo habitan son capaces de segarla de una manera tan atroz y gratuita; esas comadres del mundillo reporteril reproducen casi siempre al final de una comilona con sus jefes —esas comilonas eminentemente masculinas con resopón, copa, puro y visita a un club privado— anécdotas sobre Aurora que no debieran hacer públicas, las ornan a su antojo, mezclando mítica y espanto, en el fondo quisieran decir: yo también estuve allí con Aurora Steiner, Aurora Steiner es más valiente y más honrada que yo (eso no lo dicen) y cuando se encuentran a tono, bien chismosas las comadres, recuerda Vasile, sacan a relucir temas más mundanos: el día que Aurora conoció a Ryszard Kapuściński en Angola y lo tumbó a chupitos de


mambafolla o su breve affaire con Arturo Pérez Reverte, de quien al poco tiempo se hartó y mandó a freír monas, imposible soportar su esquemática bravuconería, sus modales machirulos de reportero de guerra que todo lo ha visto, y sentenció aquella frase que le granjeó muchísimas amigas y un enemigo preclaro: Prefiero follarme a un plátano. Al igual que en las solapas más recientes de los libros de escritoras, Aurora Steiner no tiene edad, no se sabe, ni en Wikipedia aparece (no así sus premios, sus colaboraciones, sus imponentes libros de fotografía); circula por esa franja vital indistinguible, otoñal, de un otoño al que antecedió una primavera clara y un verano sensacional, Vasile recuerda que alguien le dijo que Aurora había nacido de madre sevillana y padre austríaco, la sangre que corre por sus venas la invita al cataclismo, a estar lo más cerca posible del epicentro de las cosas. Mientras fugazmente piensa con qué otra periodista española se la podría comparar —¿Mercedes Milà?, eso sería equiparar a Marilyn Monroe con Britney Spears porque ambas son rubias—, ella interrumpe su divagar y le lanza una propuesta.


El capo Paolo escucha la propuesta de Aurora y se queda muy turbado. Y qué gozoso es dejar turbado, o más turbado aun, mentalmente, ya sea en la ficción así como en la realidad, a tal inmundicia fecal, Paolo Vasile, al que Aurora ha conseguido turbar mucho. *** Aurora Steiner llama en la noche, clava la estocada en penumbra, cuelga, y en Santa Rosa de Aguán, Honduras, es de día. Aurora Steiner está en Santa Rosa de Aguán. Observa que la población ha decidido: prefiero vivir que morir. O: voy a ir viviendo mientras muera. Imposible prohibir, acotar, el trasiego humano en el mercadillo del Chapolote y sus alrededores, los tenderos, las vendedoras ambulantes, imponen sus mercancías a las siete de la mañana; necesitan; rezan para alcanzar las pocas monedas al día que les permitan proseguir en su dicotomía fulgurante: ¿vivo o muero? De ellos, se aprovisiona. Se siguen celebrando fiestas y ritos. Un sexto sentido


la ha llevado hasta allí desde Nicaragua para filmar aquello que nunca saldrá en la postal edulcorada de los hechos que a la postre es la Versión Oficial. No tanto le preocupa el reportaje social, está harta del reportaje social, ese que pretende azuzar la conciencia del espectador europeo doctorado en pornomiseria, salió huyendo disparada de Nicaragua no tanto por la pandemia, sino al ver una campaña de Greenpace con los indígenas —les hacían fotos con mascarillas con su logo pero también abrazados a ellos—, ¡a esta gente habría que dejarla de una vez en paz y más ahora!, piensa, y comparte la visión que la escritora chiapateca Rosario Castellanos tenía de ellos: “los indios son seres humanos absolutamente iguales a los blancos, sólo que colocados en una circunstancia especial y desfavorable. Como son más débiles, pueden ser más malos (violentos, traidores e hipócritas) que los blancos. Los indios no me parecen misteriosos ni poéticos. Lo que ocurre es que viven en una miseria atroz. Es necesario describir cómo esa miseria ha atrofiado sus mejores cualidades”.


Lo que le preocupa a Aurora Steiner es ofrecer su propia visión de los hechos. Su propia visión de los hechos implica reconocimiento y, digámoslo, —aunque te ame, Aurora, te amo intensamente; a ti te oír decir que, en el fondo, Pablo Iglesias y Santiago Abascal son lo mismo, mucho antes de que lo dijera Cristina Morales—, DINERO. Y esos hechos suceden justo enfrente de los indígenas. *** En el cuadrante que va desde los 19°01’08.9”N 81°12’43.1”W a los 16°32’23.9”N 85°42’58.9”W, es decir, el espacio enmarcado por el mar Caribe entre el sur de las islas Caimán hasta el norte de la isla hondureña de Guanajá, existen una serie de atolones cuyos propietarios han decidido borrar de Google Earth, Google Maps y cualquier otro software de localización satelital. Son islotes de cinco, diez, veinte kilómetros cuadrados, y en el centro de casi todos ellos se alza una mansión apologética, piscinas, pistas de


padel, jacuzzis, zonas chill out con sauna outdoor… y todo lo que una mente ociosa, lúbrica y colonizadora del Caribe pueda imaginar. Entre los dueños más ostentóreos destacan John Travolta, el hijo mayor de Tom Cruise o Leonardo DiCaprio, otros permanecen en una oscuridad nosferatina y, durante la cuarentena, Aurora Steiner percibe que desde el cercano puerto de Santa Rosa a las diferentes islas hay un constante ir y venir de lanchas con cargamentos inidentificables y grupos de jovencitas acompañadas por tipos de aspecto seminarístico, jóvenes sátiros trajeados —pese al calor— que se las llevan a practicar los más diversos ritos cienciólogos. Consiguió unas imágenes aéreas —con un drone cuasi invisible— e instaló una cámara oculta en el fueraborda de José El Guanapito, un pescador que se prestó por dos mil lempiras a mostrarle al mundo lo evidente —que las celebridades se estaban pasando el confinamiento por el arco del triunfo— siendo él también cómplice, o no culpable, puesto que a las lozanas gringas, en ciertas orgías chem sex de la isla de Nick Cruise, él también se coyuntaba. Eso a Aurora Steiner tampoco le impresiona.


También los indígenas están haciendo lo que les da la real gana. Lo que excita su líbido de reportera free lance — y free lance en el sentido más literal del término: ella es una lanza libre, a veces vara, a veces pica, siempre parachoques de los abusos de la civil-vil-lización occidental— es el misterio que rodea a la isla donde se grababa un reality muy famoso de Mediaset: aquel en el que un grupo de adonis debe seducir a sus electras, jugando a la baza los guionistas con que ese grupo de muchachas y muchachos de buen ver llegan a la isla emparejados. Mientras estaba con los indios en Nicaragua ha seguido el programa, antes, en España, también, y le ha fascinado Marc, un catalán de veintiocho años, cuyos abdominales promocionaba Decathlon en sus anuncios y lucía un rostro que le recordaba a su muy admirado Michael Fassbender. Ese Michael Fassbender de Cerdanyola estaba confinado en una isla a muy pocos kilómetros de Aurora, junto a Ramiro, un extremeño de nariz aguileña que además era pastor de cabras. Completaba su lista de placeres solitarios Gian Piero, un italiano medio perroflauta con unos ojos azules que contenían el Caribe entero. En el


apartado femenino, no era cuestión de hacerle ascos a nada, los directores de casting habían cumplido su labor. Aurora las contemplaba con envidia: allí todo era Gluteo Power, Body Pump, Crover Fitness y algún ligero retoque de cirugía, sutil, sin exceso de caucho sintético ni silicona. Dos días atrás se había encontrado a un camarógrafo francés en el barecito del mercado del Chapolote. Él le contó algo que terminó de activar sus sensores. Thierry trabajaba en el reality. Cuando estalló todo, contraviniendo a la productora, los participantes decidieron continuar en la isla. Algunos miembros del equipo técnico también. A priori, ¿dónde se estaba mejor que en una isla paradisiaca y en grata compañía? La cancelación de las grabaciones, volvió el clima aun más erótico-festivo. Los pescadores les llevaban provisiones. El mundo se desmoronaba pero ellas y ellos seguían siendo jóvenes y rabiosamente apolíneos. Sin embargo, algo pasó. Thierry no sabe si son rumores, se habla de un moustique tropical, Aurora; ¿un moustique?, un mosquito, un bichito, no sé, otra cosa. ¿Pero qué ha pasado? Ellos no salen ya a recoger su comida, los pescadores deben


dejarla en la playa, pero uno los vio… ¿Y? Ellos están “gagos”. ¿Raros cómo? No sé, dicen que sans piel, medio zombies. A Aurora le pareció injusto pero hasta cierto punto poético que ese grupo de jóvenes —mientras el resto del mundo moría de una gripe mal curada— se hubiese infectado de una enfermedad tropical rara —¿parecida a la lepra?, según Thierry— y que esta atacara precisamente a su máximo valor comercial: su belleza. Ahí había una noticia. Pagó el desayuno de Thierry, le dio las gracias, e inmediatamente partió hacia el puerto a buscar a José El Guanapito. Ya había salido a trabajar y hasta mediodía no regresaría. Aurora fue hasta el hotel donde se alojaba y estuvo subiéndose por las paredes hasta la hora de comer, al menos cargó las baterías de su cámara y las suyas propias con ron. El Guanapito sabía de qué isla se trataba, estaba enfrente de la que se grababa Supervivientes; sí, allá todos se fueron hace tiempo, señora, de la otra no sé nada, pero recargo gasoil y ahorita la llevo. La velocidad de la lancha no les permitió dialogar más, en cuarenta minutos estaban frente al islote, mucho más pequeño que los que habían espiado la semana anterior.


Una playa de arena blanca, palmeras y cocoteros ocupaba toda la zona sur, tanto al este como al oeste la arena daba paso a una zona rocosa y por el color del agua parecían rodearla arrecifes de coral. Desembarcaron en la playa principal. Se internaron hacia el centro por una senda atravesando una tupida jungla de árboles y plantas tropicales, gritando todo el rato: ¿Hola? ¡Hola!, recibiendo por única respuesta el zumbido de los mosquitos y el obsceno cacareo de las aves exóticas. Se toparon con una edificación, medio casa, medio plató, vacío, con una piscina gigante en el lateral. Nada. Nadie. Cuando estaban a punto de entrar en la casa una manada de macaquinhos, monetes traviesos y simpáticos, diminutos, humanizados, salieron del interior con un botín de comida en sus manitas; tras el susto entraron por la terraza y descubrieron una enorme paella a medio comer, los monos acababan de robar restos de pollo pero Aurora tocó el metal del recipiente y estaba templado, las sillas alrededor de la mesa dispuestas, restos de bebidas y ceniceros con colillas. No quiso investigar más. No había que ser muy listo: los habitantes se habían escondido, no querían ser


vistos. ¿Por qué? Nos vamos, le susurró a José. En el camino de vuelta a la lancha sintió tantas miradas sobre su espalda y su cogote —una presencia física tan tangible— que todos los pelos de su cuerpo se erizaron. *** Pide a José que la vuelva a llevar al atardecer pero que la deje a quinientos metros de la isla y él espere con el motor apagado. Mientras, alquila un equipo de submarinismo —el traje de neopreno le sienta divino, parece Úrsula Andress en una de 007—, un torpedo acuático Seascooter de 150W para propulsarse y prepara la carcasa y los accesorios subacuáticos de su cámara. *** Bucea alrededor de la isla. Espera.


*** En la primera secuencia que Aurora registra aparecen ellos. Poco a poco, renqueantes, salen de la espesura tropical y avanzan hasta el claro de la zona rocosa. Siete cuerpos masculinos sin solución dérmica, abotargados, la enfermedad los ha calcinado, apenas puede reconocer quién es Marc, su idolatrado Fassbender catalán, ni Ramiro; a Gean Piero, el perroflauta italiano, lo ubica por las rastas, las cuatro que le quedan porque a todos el pelo se les está cayendo a girones y ronchas rosáceas lucen ahora donde antes hubo cuero cabelludo; sus rostros están deformados, cejas y narices carcomidas, mandíbulas desencajadas, a algunos les asoma una lengua de color púrpura, hedionda, igual que sus torsos, una cartografía desagradable de sabañones; unos bañadores cubren sus partes pudendas, y la hinchazón de sus pies es lo que más monstruosos los vuelve: dedos negros y gruesos como morcillas, unos tobillos inflamados, elefantísticos.


No hablan entre sí, probablemente perdieron la capacidad de articular palabra, no es que antes fueran personas de verbo florido pero ahora, ni modo; su grotesco desfile termina cuando cada uno de ellos se oculta tras un roca, el terreno escarpado lo permite, desde la posición de Aurora parece que se hayan metido bajo tierra, debe haber concavidades subterráneas, la roca cual queso de Gouda y ellos, por desgracia, las ratas; se esconden; se terminó el lucirse, de ser dioses han pasado a dar grima, sin término medio, no cataron la tranquilidad de ser gente del montón. Al rato aparecen ellas, más coquetas en su desgracia, envueltas en harapos que disimulan su podredumbre. Aurora graba. Enfoca, horrorizada, a una que lleva el busto al aire: tiene los senos hinchados, a punto de reventar, sanguinolentos, y supurando pus por los pezones. De los bajos de lo que antaño fue una falda asoma una vulva con gigantismo, un sepionet o pulpo pequeño, morado, coronado por una mata de vello púbico ensortijado y mostoso. Ya nada queda de esos cuerpos torneados por el ejercicio y bronceados por el sol. También se están quedando calvas,


de sus cuellos asoman bubones, sus tobillos parecen sobrasada de porc negre mallorquín caducada. ***

La última secuencia es el espanto, un antojadizo horror vacui. (Paolo Vasile la visiona esa noche —tras la conversación Aurora Steiner le manda los archivos encriptados— y accede a pagarle la suma que ella le ha pedido por borrar las imágenes: no quiere que Mediaset tenga nada que ver con esos desgraciados abandonados a su suerte, solo espera que mueran pronto y sin dolor). Aurora Steiner se acerca con el zoom para mostrar que, de pronto, cual batiscafos, siete pingas se alzan entre las rocas —siete pingas es mucho decir— lo que queda de siete vergas: pellejos en carne viva, amoratados, los glandes recubiertos por una película de esmegma enmohecido. Ellas


se acercan y comienzan a acariciarlas, sus manos repletas de llagas, las envuelven, las frotan con ahínco. Todo erotismo queda descartado, el espectáculo es aberrante, ni el marqués de Sade podría haber imaginado una cópula tan infame, porque sí, en efecto, ellas se montan sobre esas pollas agusanadas, el mosquito tropical que les picó y los ha transformado en despojos debía ser calenturiento, con semejantes trazas lo que Aurora jamás imaginaría es que se pusiesen a chingar, pero eso están haciendo, en formato glory hole, no se ven los unos a los otros para evitar la náusea, tan solo los miembros putrefactos asoman por la roca y ellas los cabalgan, Aurora sigue grabando, advierte que en sus rostros se imprimen muecas de placer, nunca olvidará esos gestos lúbricos, terroríficos, deformes; cambian de postura y ¿gozan? metiéndose esos apéndices inflamados hasta el fondo de sus entrañas, algunas se corren en esa postura, otras se agachan, azuzan las vergas tiñosas y un líquido espeso y verdiblanco sale expulsado a chorro. Lo lamen. Lo tragan. El néctar de los dioses ha sido derramado. En el crepúsculo, Aurora regresa a la lancha y abandona la isla de las libaciones.


¿QUIERES HACER EL FAVOR DE DEJAR DE TOCARME EL PENE, POR FAVOR? jesús garcía cívico


Jesús García Cívico (Valencia, 1960) es un cinéfilo empedernido, escritor, ensayista, tocador de piano, profesor de la universidad Jaume I de Castellón, fundador de la revista Registro(s)... es muy díficil encontrarlo inactivo y sin su enorme libreta de apuntes. En este ¿Quieres hacer el favor de dejar de tocarme el pene, por favor?, encontraremos resonancias del lettring catch (esa dinámica literaria-performática en la que el público debe ir dando inputs para que el escritor los introduzca en directo en su texto), de David Foster Wallace, Black Mirror o de Francisco Ferrer Lerín. Una osada propuesta del autor de Singular (CheBooks, 2017) y Una casa holandesa (ego) aforismos en Word, poemas con auto-reverse (Ed. Caníbal, 2014).


Cuando a los diecisiete años iba a marcharse por primera vez a vivir fuera de casa, García Cívico recibió de labios de su padre, director de una sucursal del Banco Bilbao Vizcaya y trompetista de una banda de jazz de Denia (Alicante), el consejo de que la vida había que disfrutarla, pero con cabeza, que debía aprender no solo inglés, sino también alemán y, lo más importante, que debía encontrar un equilibrio entre la cabeza y el cuerpo, para lo cual le vendría fenomenal la natación: mens sana in corpore sano le dijo en latín. Tal era la creencia del padre de García Cívico, y así se lo hizo saber a su hijo. García Valiente enciende: «neón». Dice: «Carver´s Style». García Urbano aclara: Will You Please Be Quiet, Please? (1976). Reto: «sacerdote», «minimalismo», «capitán».


Pero en la Universidad las metas de García Cívico se hicieron más imprecisas. Pensaba que quería ser filósofo, y pensaba asimismo que quería ser abogado, incluso una parte de él anhelaba ser sa-cer-do-te o ca-pitán del ejército español y limitarse, en ambos casos, a madrugar, decir a los demás lo que tenían que hacer y mantener un cuarto mi-ni-ma-lis-ta bien ordenado. Se apuntó a cursos de piano y a talleres de literatura norteamericana y un día se sintió al borde de una suerte de descubrimiento trascendental sobre sí mismo. García Buena hace: «pulgar». García Cortes añade: «estupefaciente», «nota de agradecimiento americana». Fue en ese periodo de decaimiento –su «golpe desde dentro» lo llamó una vez que pudo leer el relato de Scott Fitzgerald Crack-up– cuando García Cívico creyó sucumbir a un hundimiento moral. Consintió probar el alcohol y el tipo de vida al que el alcohol conduce, incluso los militares, los abogados y los sa-cer-do-tes, según fue su sospecha, comenzaron a mezclar sustancias es-tu-pe-fa-cien-tes en las ceremonias de puertas abiertas a las que le invitaban a fin de inclinar hacia ellos su vocación indecisa. Y enton-


ces conoció a Conchita1, una chica pálida, fresca, divertida y muy sensual que se sentaba junto a él (a veces encima de él) en el seminario sobre el escritor mejicano Salvador Elizondo. García Cortes urbano: «vaga protesta». García Valiente ayuda: «mapa». 1 No-ta-de-a-gra-de-ci-mi-ent-to: Estoy en deuda obvia con Emily Boyd, con R. M. Mates y con Eva Searle por sus consejos y críticas en relación con el ocultamiento del nombre de la joven. Mi cómo fue al estilo de C. De todas formas, les dije: «eso es algo que se hace continuamente en la literatura, ¿no?». A ella la llamaré, «Conchita», nombre inventado por mí esta Carver´s Night (el neón ahora es rojizo) y que presenta, a mi juicio, cuatro importantes ventajas: 1. alude metafóricamente al órgano sexual femenino; 2. tiene un aire de secreto envuelto en costra; 3. señala algo oscuro, sumergido y 4. es un diminutivo. Los diminutivos, al menos como los utilizamos en la sesión, tal como los pronuncio yo en las sesiones de «riseratura», configurando el rostro y el timbre de mi voz, apuntan a un momento nebuloso de la niñez o de la juventud, quiero decir que proyectan a través de mi voz («proyectan» es la palabra) una imagen que puede pasar por la expresión de un hombre de cuarenta y tantos años pensando con nostalgia en sus años de juventud, un timbre que no tiene nada que ver con la pederastia, ni con nada que no resulte… sano. El nombre de Conchita me parece un acierto. Sobre todo, quiero dar las gracias a mi esposa, G., por sus consejos bibliográficos, ortotipográficos y por estar ahí. Ella: «¿Dónde iba a estar si no?»


Conchita tenía el labio leporino y una leve hendidura en su paladar que solía palpitar junto el resto de sus orificios cuando se excitaba o cuando se metían los dos en la bañera de patas Richmond con águilas de cobre en la mansión que la familia de la joven había levantado en la Avenida del Puerto, para permanecer así, enardecida entre vapores del agua, casi delirante tal como hacen esos fetos aterrados cuya estructura facial es incapaz de cerrarse por completo. Mantenía el cabello negro muy corto, rasurado por la nuca, la piel blanquísima y el tipo de constitución delgada y solo en apariencia frágil de las bailarinas de ballet. Por su humor variable, tan pronto místico como descocado, Conchita evocaba en él temores relativos a la pérdida de la salud mental necesaria para acometer cualesquiera estudios académicos, así como instintos y reminiscencias que contrariaban la idea del «cuerpo sano en una mente sana» en que su padre le había tratado de educar. A todo esto se unía que era una joven muy voluptuosa, muy ardiente, muy… explícita, el tipo de mujer que siempre está pensando y hablando


de sexo y eso atemorizaba un poco a García Cívico2 que, aunque ya había disfrutado del placer de las mujeres, su timidez, acaso su inseguridad, solo había permitido que estas le hicieran torpemente el amor con la mano en la butaca de un cine de restreno en medio de la proyección de un giallo italiano, pero nunca había hecho el amor por completo, se decía a sí mismo. En el aspecto relativo a lo que Conchita demandaba como «follar» García Cívico permanecía virgen por completo. García Buena hace: «cruz». Dice: «Manspreading». El temor a que la cosa no saliera como ella esperaba, el hecho de 2 Yo sí que estoy conservando el mío: García Cívico, pero se me ha ocurrido que el nombre de mis amigos y amigas, como se dice ahora, sean apellidos similares al mío, como García Valiente, García Gallardo o García Urbano, apellidos con cualidades del espíritu que poco o nada tienen que ver con quiénes son, ni con cómo se llaman ellos en la vida real. He explicado que el nombre de Conchita, protagonista de mi cómo fue en el contexto Carver´s Night (ahora el neón vuelve a pintarnos de verde) no es real, he aludido a lo que Scott Fitzgerald llama en Crack-up, «un golpe que viene de dentro». Fitzgerald se refiere a ese tipo de golpes que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con respecto a ellos, hasta que se da cuenta de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan… sano. Hago: «escenita». García Buena hace: «bostezo». García Cortes dice: «fatal».


que pudiera avergonzarle su falta de experiencia, cierta idea oscura de la dificultad que entrañaba el acceso a la parte oculta del cuerpo femenino, al final el momento siempre se aplazaba. Además, sus encuentros, al menos el tipo de encuentros que podrían haber clausurado sus temores, se espaciaban por el hecho de vivir él en un colegio universitario muy estricto y ella en una vieja mansión siempre concurrida. Un día Conchita le dijo que ese fin de semana tendrían toda la casa para ellos y armado de una gregaria determinación García Cívico compró una caja de condones tamaño normal y una extensa lista de artículos que ella le había pedido de un Peep Show recientemente instalado en la Gran Vía del Turia y al que solía acudir todos los días y todas las tardes y todas las noches antes, mucho antes de la extensión de las disquisiciones sobre machismo, masculinismo, Mansplaining, Manspreading, libertad de género, Test de Bechdel, cultura de la violación o explotación sexual, para descubrir por sí mismo, mientras sus amigos García Urbano, García Gallardo y García Valiente simplemente se la cascaban, los enigmáticos agujeros del cuerpo desnudo de una mujer pobre y sensual.


García Valiente coloca un papel de fumar bajo el neón púrpura de la Carver´s Night. Ha expulsado: «risa» y «cabrón». García Conde ha dicho: «ya, ya», «pegamento» y «eso». García Buena se ha quitado el sujetador por debajo del jersey. Ha hecho: «piernas», «silla», «ahorcajada». García Valiente se ha sentido: «excitado». Desde la cama, la puerta del salón, entreabierta, deja ver botellas de whisky vacías en los aparadores, vasos con flores criogenizadas y cigarrillos marca Marlboro humeando un tapiz de brocatel amarillo y en paralelo, si uno se fija bien en un lateral del espejo, se extiende una estrecha galería decorada con fotografías de escritoras norteamericanas posmodernas superpuestas a los cuerpos de algunas actrices rubias (blonde) sacadas de Pornhub donde unos mástiles también dorados sostienen una espaldera de rosas cuyos dúctiles surcos hacen las veces de cenicero. En una esquina García Buena se balancea al ritmo de una pieza barroca del grupo indie de Los Ángeles, Warpaint, y García Urbano podría quedarse hechizado, empanado, quizás, viendo como ciertos refinamientos de los contrapuntos provocan en su pintalabios una sonrisa. Siente: «hechizado». Él hace: «mirada». Hace ella: «beso en el aire». Él dice: «ya te digo».


Tal vez por que la débil cintura de aquella muchacha seguía aleteando en esa habitación inflamada […] la vegetación he crecido en los alcorques de un trozo de acera que se adentra en el jardín […] el papel de las paredes descolorido por las embestidas del sol […] Conchita provoca fuego al entrechocar sus rodillas broncíneas en un frenético movimiento de fuelle… García Urbano prefiere: «mejor en C.». García Valiente opina: «cursi». García Buena finge: «disparo en la cabeza». García Cívico llega a la casa con una cajita de preservativos y una bolsa rugosa llena de artilugios del Peep Show cuya utilidad no alcanza a comprender por completo. Conchita ha dejado la puerta de la cancela abierta, un pequeño jardín salpicado de aspersores le separa de una ventana desde la que se puede observar el piso inferior de la casa. En el aire flota un fino olor a barro y a cloro, García Cívico pega la nariz contra el cristal para que ella se ría al verle. En esa distancia milimétrica distingue el espesor de sus propias cejas y partículas que flotan entre el cristal y su globo ocular y a Conchita la ve andando de un lado a otro del salón. Lleva un quimono beige, sopla a un tazón humeante de leche caliente y no se percata de su pre-


sencia. El salón de la madre está lleno de libros dispuestos en estanterías de escayola: Djuna Barnes, William Thomas Gaddis Jr., Thomas Pynchon y García Cívico recuerda que el primer día que la conoció, a la madre, seestaba-meando-a-lo-bestia. Él. Pero que entonces no dijo meando, ni orinando, sino que solo dijo que quería ir al baño. Este estaba situado justo entre los dormitorios de Conchita y de su madre y a él se accedía por una escalera de caracol flotante con peldaños de fundición lacada en tonos rojos como lo que aparecen en Suspiria, el film de Ar-gen-to. García Valiente hace: «cruz». Dice: «vejiga». García Buena se queja: «forzado». Recuerda que ese día aminoró el ruido de las restalladas de su orina contra la porcelana con las regurgitaciones de la cisterna para ocultar el hecho de estar provisto de ve-ji-ga mientras en el baño colgaban helechos delicados y retratos de artistas de los años treinta que le hicieron sentir muy sucio. García Buena ha dicho: «continuar», «agachado» y «ventana».


Conchita está viendo Cuatro moscas sobre terciopelo gris, la película italiana de terror y sigue sin descubrir el rostro aplastado de su novio que ahora se deforma en una mueca ridícula. García Cívico, acuclillado en el seto, va a darse por vencido y levanta el puño para golpear el cristal con los nudillos, pero en ese preciso instante suena el teléfono en una mesita camilla colocada junto a la ventana. Agacha el rostro para observar el salón entre las bisagras. Quiere ver cómo Conchita coge el teléfono y quiere saber quién la llama y quiere darle un susto de muerte, pero persiste ese timbrazo molesto a pesar de que Conchita solo está a dos metros de él, ¿por qué no descuelga el teléfono? Algo vertiginoso emana de todos esos reflejos amontonados, acuclillado cuenta: dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, de repente entra en el salón la madre desnuda, tiene los ojos verdes y una sonrisa beligerante, parece embriagada, le pregunta si es que acaso no lo oye, solo estoy si es él, ordena Conchita. La madre se agacha para coger el auricular y sus pechos ocultan toda la habitación. Han colgado, dice. Y ambas se miran cómplices


y aquel cuerpo rotundo, decorado como un vagón de tren abandonado, emite una risa aguda muy nerviosa mientras asciende por la escalera de caracol donde varias personas la están esperando con un dedo en los labios como esperan las personas que quieren dar una fiesta sorpresa. Un aspersor comienza a zigzaguear y lanza una ráfaga de agua contra García Cívico, que se sacude las gotas de los brazos y la tierra de los pantalones y después de pensar en varias cosas contradictorias y poco sanas a la vez decide esconder la bolsa del Peep Show entre los matorrales antes de tocar a la puerta. Conchita se le tira al cuello, «pasa», le dice. En el televisor un hombre le clava el cuchillo a una muchacha y un mosquito agoniza entre la electricidad estática sobre un trozo de terciopelo gris que a su vez ha atrapado a una mosca. La taza contenía, efectivamente, leche caliente, las largas pestañas de Conchita baten de enigma y de promesa. Antes de que la puerta se cierre a su espalda le asusta el súbito temblor de las hojas secas. El aspersor ha vuelto a explotar. ¿Dónde está tu madre? De viaje, responde. «Solo estoy si es él», había dicho.


—García Cívico –le dijo luego en la cama–, ¿te pasa algo? Hoy era un día especial. ¿Estás nervioso? Él se dio la vuelta hacia un costado y Conchita se sentó junto a su cintura. –Es que me ha parecido oír un ruido, ¿cuándo se fue tu madre? García Buena hace: «campana de mano en el oído» Ella respondió: –Esta mañana, ha llamado hace un rato. Está en París. –Me gustaría saber… La puerta del armario permanecía entreabierta. –… quién más hay esta casa. –Bien, dijo ella con una sonrisa traviesa, ladeando la cabeza de forma


que la clavícula parecía una gaviota recortada contra el papel azul del dormitorio–. No, García Cívico, de verás. Basta ya. Preferiría no seguir con eso. –¡Por el amor de la Virgen, Conchita! Ahora hablo en serio –dijo, y comprendió que de pronto era cierto. Conchita dio un trago y apagó la vela con la lengua, sus pezones exhibían su pujanza bajo el quimono. Se lo quitó. –Ahora no. –Siempre es no. –Cuéntamelo, Conchita, siempre he sabido que había más personas en esta casa.– Y él lo dijo porque lo había sabido siempre. Distinguía entre la ropa casualmente distribuida en el armario la falda de su profesora del taller literario experta en Carson McCullers, un perfume familiar entre las velas, unas botas negras despuntando bajo la cama, la tos de una tía suya que limpiaba escaleras amortiguada en el fondo de un baúl de mango macizo, ¿y dónde se escondían los demás? Miró tras la cortina, abrió los cajones,


se desesperó. Tuvo el pensamiento fugaz de que si no la hubiera conocido estaría en cualquier otra parte haciendo algo distinto aquella tarde, por ejemplo, leyendo, mejorando su flojo expediente académico, sermoneando, mandando o simplemente amando a una mujer sana y apacible.

Conchita se volvió a colocar a su lado y empezó a pasarle la mano por la cadera. Él tensó los músculos al contacto de sus dedos y luego cedió un poco. Conchita apretó su vientre contra el suyo, envalentonada por su silencio introdujo su mano bajo el calzoncillo, García Cívico estaba a punto de olvidarse de todo, ya sabéis, maravillado ante los imposibles cambios que sentía bullir en su interior, etc. etc., miró por última vez a su alrededor, shorts de satén y vinilo, muselinas azules, el rostro de la madre, la fortuna, el corte y la sangre, un foulard con plumas alrededor de su cara, las sandalias de ballet en la escalera flotante, observó la ondulación del fuego de las velas; a través de la ventana confundida en una corriente de aire helado entró súbitamente una cosa extraordinaria y nueva cuyo esplendor le asustó. De


repente, descubrió en el espejo colocado estratégicamente en el cabezal de la cama, la frente de Conchita cubierta de gotas frías, el labio leporino balbuciente, los ojos extraviados que había heredado de la madre y supo que en la presión de aquel brazo había algo extremado y lúgubre que a García Cívico le pareció que no se deslizaba allí para unirles íntimamente sino para separarles de forma irreversible. –¿Quieres hacer el favor de dejar de tocarme el pene, por favor? García Buena hace: «tímido aplauso». García Bravo lee: «Cuando a los dieciocho años iba a marcharse por primera vez a vivir fuera de casa, Ralph Wymann recibió de labios de su padre […] el consejo de que la vida era un asunto serio de verdad». García Buena dice: «baile» y «tema». Reímos y ninguno recuerda, salvo probablemente García Valiente, que nuestros padres nos dijeran que la vida fuera un asunto serio de verdad. García Urbano cree que hay aquí una secuencia («secuencia» es la palabra que ha escogido) entre los diálogos del estupendo relato de Raymond Carver «¿Quieres hacer el favor de callarte, por


favor?» y No me toques el pito que me irrito (1983), el incalificable film de Ricardo Reguant, bueno, ¿no había hecho: «reto» y había añadido: «giallo»? El año de la película de Reguant, Carver gana el premio O. Henry con el relato sobre aquel niño al que atropella un coche y parece que no vaya a sucederle nada y luego… «A Good Thing, Small Thing», puntualiza García Valiente. Hay que hacerlo con un cómo fue. «Riseratura». García Valiente me arranca el mechero de la mano. García Buena: «¿sabes lo que teníamos que haberte hecho aquella tarde?, ¿te lo digo o no? ¿de verdad hace falta que te lo diga?».


DE BRECHA lola andrés


Lola Andrés (Valencia, 1961) es licenciada en filología por la Universidad de Valencia. Ha publicados, entre otros, los siguientes libros de poemas: Jocs de llum, Ed Bromera, 2006 (Premio Alfons el Magnànim “Ciutat de València” de poesía en valenciano, 2006), Materia (Primer accésit del Premio de Poesía Ciudad de las Palmas de Gran Canaria, 2007), Pendiente del aire, en la colección artesanal “Ecuaciones de segundo grado” (Ed. El Torpe al Timón, junto a Eva Hiernaux, Madrid 2013), Cielo líquido, (Amargord, 2015) y Travesía (Colección Marte, Ediciones Contrabando, 2016). Los poemas que podemos leer a continuación pertenecen a Brecha, una plaquette que editó Gabriel Viñals en 2017 dentro de la colección Poética y peatonal.


and it’s so late* ahora bebed de mí no hace falta la sed, ira, la muerte toda la sangre en mano los mirlos hablan a media altura, eres balsa, dicen, pero no vienen a chapotear, no saltan por las venas estoy aquí, les digo, ved bebed, partida / abierta por la mitad hígado al aire, bajo el cielo –soy de cielo– y qué otra cosa podría yo ofrecer al canto oscuro de los ángeles vivos *En Eraserhead (1977) de David Lynch


agua El agua me parece inconcebible E.M. Cioran

es siniestro el empuje de lo vivo: “observarás el peso que sostiene la sed” agua que miras como un diente de sol perforada –sus lobos– tan ajena y ese gesto, ¿cuál es el gesto de los ríos?

el agua


orar apenas

padre, no sé dónde cómo caer qué cobijo detrás de las palabras este ciego solar que no me pierde que me agrega a una esfera no hallo más, padre cómo ser un pedazo y destruirlo, un pedazo de algo que dice o no aquel flujo constante en cada pensamiento


padre, yo no sé mirar con tanto diente ¿hay para mí refugio?, ¿hay cueva donde echarme? no comprendo padre me confunden los signos no comprendo si tu mano me oyera y se quedara aquí, rotunda, ancha en lugar de esta voz ya miserable miraría la forma de tus dedos padre, aquí miraría la forma de tus dedos hay demasiado viento / aquí el corazón no sabe sostenerse arrastra a la pequeña


en el aleteo de la ceja la mirada –su alma– no sabe resolver el desamparo


lo que el oído ve

ansiar recogimiento si con sigilo avanza la sordera –ya oíste suficiente– pero aún / aún se asoman entretelas de color encendido una raíz en canto los labios de la lumbre imparable la fuga del sueño / sal frágil –hay algas consumidas en la orilla desnuda ¿qué indefensión no calla y se estremece?


al lado [Sue Coe]

vuelves / tenaz se enturbia la imagen de tu pĂĄramo porque es ley el desierto, verdad la mordedura este presente alud en los cristales tan fuera de la entraĂąa tan afuera vendrĂĄn los avestruces corredores de siglos


y ya no tendrán nada no habrá párpados anchos ni matiz en la huida errante es el cometa lejos, allá no ocurre y sí que ocurre un cáliz de los tiempos o su final tan solo De Brecha (2017)


LOS AMANTES VIGILANTES rafael camarasa


Rafael Camarasa (Valencia, 1963) es autor los siguientes libros de poesía: Irreverentes goces menores (Universidad de Valencia, 1987), La ciudad sin mar (Editorial Aguaclara, 1991), Algunos corazones solitarios (Editorial Lunara, 1992), Cabos sueltos (Diarios de Helena,2003; Colección Marte, 2017), Cromos (Premio Paiporta de Creación Poética, Editorial Denes, 2007) y El sitio justo (Premio Internacional de Poesía Palabra Ibérica, Punta Umbría, 2008), este último traducido al portugués. También ha publicado el libro de relatos Lo normal (Ediciones Contrabando, 2017) y a continuación nos ofrece un aperitivo inédito del que será su próximo libro: El día que fui Bill Murray.


Es la primera vez que hacen el amor y todo sucede en una cama de roble, estilo castellano, con un medallón de flores labrado en el cabecero y barrotes torneados a los pies. Se expone, junto al resto del dormitorio, en los grandes almacenes donde trabajan de vigilantes nocturnos. El local ―son principios de los setenta en una ciudad de provincias― no dispone de cámaras ni de sofisticados medios electrónicos de vigilancia, y el trabajo de ambos, que conforman el turno de noche de la empresa contratada para la seguridad, consiste básicamente en permanecer en una especie de garita en la planta baja y, cada dos horas, de doce a ocho de la mañana, hacer rondas por las tres plantas del edificio, comprobando que todo está en orden. Después de follar como si el mundo fuera a acabarse,


con la sangre aun anegándole el miembro, él le propone convertir los grandes almacenes en su hogar, y tomar sus respectivos matrimonios como lo que se han confesado el uno al otro que son: un monótono trabajo. La mujer cierra los ojos y lo besa, aceptando ese juego de inversos. Cuando lo abraza, sobre una de las mesillas de noche, ve un cartel que indica un veinticinco por cien de descuento en el precio del dormitorio. La planta que más les gusta es la segunda, en la que todo se dispone como en una casa pero a lo grande. Las estancias de cualquier hogar ―comedor, cocina, baño, dormitorios…― aquí se reproducen multiplicadas, con todo tipo de muebles y objetos. Cada noche cogen alimentos del supermercado procurando que no se note y los cocinan en los fogones del restaurante que hay en la tercera planta. Si hoy cenan en un comedor de líneas rústicas, mañana lo harán en uno British o de gusto escandinavo. Un día utilizan piezas de vajilla con bordes dorados y otro, estampadas con círculos sicodélicos. Durante las últimas semanas han bebido en muchas clases de vasos y se han sentado en sillas de


estilos con nombres que no conocían: Cesca, Thonet o Jacob. Sobra decir que, en diversas posturas, han hecho el amor en varios sofás y camas. La ausencia de cámaras que los graben les da libertad de movimientos: la posibilidad de hacer, con la debida cautela, de ese lugar su casa. Se han separado, dándose media hora para encontrar algo elegante para la cena. Él ha aparecido con un estrecho traje negro, parecido al que Sean Connery viste en las películas de James Bond, con camisa blanca y pajarita delgada negra. Ella ha tomado de la sección de novia un rompedor vestido corto blanco de pedrería y reminiscencias de los años veinte. Después de cenar, y acompañados por el mejor brandy que han encontrado en el bar del restaurante, hablan de la infancia y la juventud y de las oportunidades perdidas. A ella le hubiera gustado ser una estilizada azafata de vuelo, de esas que salen en las películas americanas con su coqueto sombrerito. A él, actor, aunque reconoce que no tiene dotes para ello y que se conforma con ser un buen aficionado al cine. También a la lectura. Aprovechando la oportunidad, de un ejemplar que ha cogido de la sección de librería, le


recita unos versos de Gil de Biedma. Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde/ ―como todos los jóvenes, yo vine/ a llevarme la vida por delante… A ella le parecen terribles y hermosos, y así se lo hace saber. Hoy hace un año que los vigilantes comenzaron su relación y, aunque lo saben, no lo han celebrado. El hijo de él ―de siete años― lleva una semana ingresado en el hospital por una fiebre de la que los médicos desconocen el origen. Después de hacer la primera ronda, salen a la terraza que hay en el restaurante de los grandes almacenes y comparten un cigarro. Ahí, frente a las vistas de una ciudad tan apagada como luminosa, el hombre la pone al día sobre las últimas novedades del niño. Durante las mañanas es él el que se queda con el pequeño. La esposa, que no trabaja, se ocupa de las tardes y las noches. A eso de las dos, después de haber descansado un poco, ella acude al hospital a sustituirlo. En el único rato que se permiten dejar al hijo solo en la habitación, comen juntos en el restaurante del centro, y luego él vuelve a casa a echar un sueño hasta la hora de irse al trabajo. En estos momentos, le está contando a la compañera lo del


guiñol que ha improvisado hoy su esposa para entretener al niño, más febril que en días anteriores, haciendo dos muñecos con unos calcetines. Embebido en el relato, no es consciente de que sus palabras destilan ternura y alguna clase de admiración hacia su mujer. “Últimamente te traes mucho trabajo a casa”, lo interrumpe con sequedad la amante vigilante. Él comprende lo que ha sucedido y la apacigua acariciándole el cabello. Está a punto de decirle que su verdadera esposa es ella, pero guarda silencio. Luego se arrepiente y piensa en decírselo y otra vez decide callar. Esta noche, mientras veían una película de intriga en una televisión Telefunken último modelo, ella se ha quedado dormida en un sillón orejero de piel. Delante hay una mesa redonda, con las mismas líneas modernistas que el mueble donde está el televisor e idénticos motivos vegetales en la madera. Él se sienta en un sillón gemelo a su lado. Todo, menos ellos, forma parte de una salita que se expone en la segunda planta como novedad del mes. Sobre la mesa hay dos platos vacíos, con sus respectivos cubiertos y vasos, y una botella de vino que, saltándose las precauciones, tomaron


de la bodega del restaurante. Durante la cena apenas han hablado. Los comentarios se han ceñido a lo sabroso de los filetes de ternera empanada que, en esta ocasión, ha cocinado él, y lo bueno que estaba el vino. En un momento dado, ella se ha puesto a contar los problemas familiares que tiene con una de sus hermanas. Así, ha ido desgranando la tópica historia con herencia familiar, y las no menos tópicas secuencias de celos, envidias y traiciones. Una de esas historias que, por su naturaleza, suele despertar la curiosidad, pero que a él solo le ha arrancado dos o tres gestos asertivos. Más que lo que decía, le ha llamado la atención lo frágil que se mostraba. Era como un árbol sacudido por un viento sigiloso que se hubiera colado por debajo de las puertas cerradas de los grandes almacenes. Se ha dicho a sí mismo que allí dentro donde todo parece siempre brillar, con la luz adecuada, podría verse polvo por todas partes. Ahora, observándola dormida y deslavazada en el sillón, le parece el cuerpo sin vida de alguien que se hubiera precipitado desde la altura.


Dos noches después, por primera vez desde que empezó todo, hacen la ronda cada uno por su lado. Ella se encarga de la primera planta, la de la ropa, y al llegar al fondo, donde se encuentran las mejores marcas, barre con su linterna los estilosos maniquíes. Es agradable recordar las madrugadas que, vestidos de Dior, Chanel o Gucci ―ella subida a altos tacones―, han recorrido juntos esos pasillos. Mirándose el recio uniforme gris que ahora viste, toma conciencia del tiempo que llevan sin ponerse para cenar prendas elegantes o de última moda. En la misma inspección comprueba que han llegado nuevos modelos, pero solo la idea de probárselos le da pereza. A esas horas, en el último piso, él se detiene ante una estantería con televisores de diversos tamaños y marcas. Pulsando un interruptor que hay en un lateral, hace que se enciendan a un tiempo. Todos están sintonizados en el mismo canal y tienen el sonido quitado. Solo uno grande, de los del centro ―uno de una cara marca japonesa―, es en color. En medio de las mismas imágenes multiplicadas en una trama de grises, las suyas parecen una flor tropical que hubiera reventado. Él, sin embargo, no se deja embaucar. Está convencido de que si continúa mirándolas, tarde o temprano las verá en blanco y negro.


Hoy, los amantes vigilantes han hecho el amor en una cama circular de aires futuristas y con colchón de agua, que ha llegado a los grandes almacenes esta semana. Mecidos por el líquido, que ondulaba a cada movimiento, han navegado en aguas conocidas. Cada cual en su parte de la cama, miran el techo en silencio. Ninguno de los dos repara en el cartel que hay sobre ellos y que anuncia la semana del hogar. Él piensa en la melancólica canción que la orquesta tocaba en aquella sala de baile de su juventud, siempre para terminar. Ella, en que antes ha visto que el dormitorio donde se acostaron la primera noche tiene ahora una rebaja del cincuenta por ciento. “¿Por qué no nos jugamos a suertes quién de los dos pide el traslado?”, dice al fin la mujer. Conforme lo hace, se da cuenta de que todo comenzó con un juego y que puede terminar con otro. Él se incorpora y, del suelo, toma su pantalón. Después de hurgar en uno de los bolsillos, saca una moneda.


DEJAD PASO AL MAÑANA Norma duval


Norma Duval (La Pobla de Vallbona, 1995) se considera una chica muy normal pese a que le haya tocado el sambenito de compartir el nombre y el apellido de su tía abuela, la famosa vedette. Ha escrito los poemarios Doce guiños a la posmodernidad, Buru Buru Verschämtheit Danga y Réquiem por un actor español, donde homenajea con hexámetros la figura de Toni Cantó. Su carrera literaria ha dado un giro en las pasadas elecciones y ahora mismo está preparando el que será su primer libro de cuentos infantiles ilustrado: Dejad que los niños se acerquen a VOX.


Aquí te quería yo ver. Al principio de todo. Afuera, efectivamente, llueve, y eso ha deslucido tu decimoquinto cumpleaños. Es igual. Has ido a merendar con tus amigas por el centro y al volver a casa tus padres te tienden el ansiado presente, lo que estabas esperando todo el día sin disimulo: un bono regalo de Amazon. Les das los besos de rigor y vas corriendo hasta tu cuarto, abres tu portátil, te metes en la web, accedes a la sección e introduces el código: en cuatro días te llegará la Emoción Amazon.


Han pasado dos semanas y la EmociĂłn Amazon no llega. Ante tus amigas debes fingir: todas la han recibido y no se habla de otra cosa. Les mientes. Pero te miran raro. Por las tardes reclamas al servicio de atenciĂłn al cliente y comienzas a entender el significado de la palabra burocracia. Y peor aun, el de “burocracia comercialâ€?: todo es un desaguisado y un marear la perdiz, te dicen que reclames al proveedor, te dicen que la empresa de transportes lo ha perdido, unos se echan la culpa a los otros, debes rellenar formularios, chateas con una asistente virtual latinoamericana, nadie parece querer resolver el asunto. Te enfadas y lloras largo y tendido con la cara pegada a tu almohada.


Cuántas horas desperdiciadas frente a la ventana esperando la furgoneta de la empresa de reparto, cuánto tiempo comprobando que estaba bien la dirección, qué temblor en el estómago cada vez que suena el timbre, con qué facilidad respondes si un teléfono te llama en número oculto o desde un número que no conoces, cuánta propaganda has tenido que escuchar, te conviertes en una verdadera maestra de la espera.


Estás a punto de cumplir dieciocho años. Es el día en que pierdes la virginidad con un chico del instituto. No es guapo, ni simpático, ni siquiera huele bien. Os hermana una cosa: a él tampoco le ha llegado su Emoción Amazon. El polvo es fugaz, tosco, tararí. No comprendes por qué la gente le da tanta importancia a eso. Mientras fumáis un cigarro, el chico te cuenta que ya existe una plataforma de afectados, personas que no han recibido su Emoción, no son muchos porque les da vergüenza reconocerlo, pero hay que organizarse, hay que demandar, visibilizarse, exigir que vuestros derechos de consumidores sean respetados. Como si no lo hubieras hecho.


Uno de enero del año dos mil treinta: por la mañana, en una rueda de prensa multitudinaria, Jeff Bezos anuncia al mundo —confirma más bien puesto que se llevaba meses hablando del tema sotto voce— la gran noticia: la Muerte ha sido abolida. Ni criogenización, ni tratamientos láser, ni modificación del genoma, ni ninguno de los métodos fantásticos con los que especularon los maestros de la ciencia-ficción. Es un medicamento. Unas vulgares pastillas. Dos por la mañana y dos por la noche. También se puede tomar en sobres. Bezos ha comprado la industria farmacéutica. Participas levemente del clima de alegría general. Ese calvo arrogante —y a partir de ahora inmortal— te cae muy mal. Llevas esperando tu Emoción Amazon muchos años.


La universidad te parece un trámite engorroso para llegar a lo único que te importa: ganar mucho dinero. No eres una gran estudiante, reconozcámoslo, y tu vida social está estigmatizada. Tus padres han adoptado una niña camboyana que con tres añitos recibió su Emoción y pasan diamantinamente de ti. Las comidas familiares son un calvario. Ni siquiera puedes estar triste ya porque aparte de las pastillas para la inmortalidad te tomas un potente antidepresivo. Les dices que son unos hijos de puta riendo. Ellos te dicen que ojalá nunca te hubieran parido a carcajadas. Consigues un trabajo a media jornada y te vas a vivir a un sótano de película surcoreana. El mundo se ordena, se limita. A través de un ventanuco ves ese trasiego de zapatos, pantorrillas y bajos de pantalón que te distrae y no te hace pensar mucho en que ya no tienes familia. Aun así, avisas a Amazon del cambio de domicilio por si al vivir en otra parte, por alguna de aquellas, te llegara tu Emoción.


¿Por qué no te compraste otra cuando aun se podía?, te pregunta una compañera de trabajo. Han pasado veinte años, quizás más. Estáis las dos tumbadas en la cama y en ese clima de confidencia post coital —también con chicas el sexo te sigue pareciendo sobrevalorado, aunque más llevadero— te has atrevido a confesarle que jamás te llegó tu Emoción Amazon, ella te mira con una mueca de condescendencia y hasta intuyes que un poco de asco y tú le dices la verdad: se perdió por el camino, todo fue un lío confuso, lo es, sigues reclamando de hecho, tantos años reclamando; después, con la implantación de la criptomoneda, lo subieron de precio, se exorbitó, ya no te lo podías permitir. Estás ahorrando, haciendo horas extras como una cerda, para poder comprarte otra. La compañera de trabajo huye de tu casa y al día siguiente todos en la oficina saben de lo tuyo.


Asistes a un par de reuniones de la FEA (Faltos de Emociรณn Anรณnimos). Asistes a un simposio de la GAFE (Gabinete de Afectados por la Falta de Emociรณn). Te inscribes en el GAPO (Grupo de Apoyo a Personas Oclusivas). Piensas si las siglas de estas organizaciones las habrรกn puesto adrede para mortificaros.


Amazon ya no se llama Amazon, se llama Amazonía, en homenaje póstumo a la selva, el último pulmón del mundo, que hace tiempo ha sido arrasada. Regresan las ideologías. El nazismo estuvo de moda una temporada. Las pandemias siguen creándose artificialmente en laboratorios de alta seguridad y ahora buscan cebarse con los niños y los bebés. Hasta se aplauden y son bien recibidas: coletazos de la inmortalidad, hay demasiada gente en un planeta que no da más de sí.


Se colonizĂł Marte. Los monasterios tibetanos se han trasladado a la luna. Hay un planeta Burger King donde solamente se crĂ­a ganado vacuno. Fuisteis visitados por civilizaciones extraterrestres que ni siquiera trataron de ponerse en contacto directo con vosotros, pasaron de largo, sois el hazmerreĂ­r del universo, la semilla y la ceniza al mismo tiempo.


Te casas. Te divorcias. Te vuelves a casar. Te vuelves a divorciar. Vives un tiempo sola. Vives en sexteto en una comuna urbana en la que se practica el amor hexagonal. Pruebas a ver qué tal con una inteligencia artificial con el cuerpo de un negro samoano. La desconectas por pesada, por viciosa, y por no saber manejarte bien con ese cipote tamaño Kuntakinte que ha provocado que te tengas que reconstruir vagina y ano. Compras un perrito clonado que en realidad es un señor noruego de doscientos catorce años que lo maneja desde su casa en Oslo y te da cierto cariño.


Amazon ya no se llama Amazon ni Amazonía, ahora no tiene nombre, la humanidad entera es Amazon. Por hacer algo, al cumplir quinientos años, estudias tu octava carrera. De poco sirve, todo el trabajo es precario. Jamás lograrás un ascenso, un puesto menos esclavo. En tu currículum hay una tacha imborrable: nunca recibió su Emoción.


Tienes novecientos noventa y nueve años. Ya no eres un ser bípedo e implume, eres un disco duro de silicio líquido donde se guardan tus recuerdos y emociones navegando a la deriva por un océano contaminado. La civilización, algo parecido a lo que antaño fueron las ciudades, se ha trasladado a las fosas abismales. Vives en el interior de una grieta rocosa donde antes habitaba un cefalópodo. Todavía, a tus años, mandas por telepatía el reporte de tu cambio de domicilio: fosa de las Marianas, bloque 342, gruta C-3.


En tu cumpleaños dos mil seiscientos sesenta y seis te planteas seriamente que tal vez morir sea la más fascinante de las aventuras. Imposible fallecer por causas naturales, las pastillas de la inmortalidad, aunque ya no las tomas, tienen efecto retroactivo. Las posibilidades de la eutanasia son infinitas, mareantes. Te decantas por una recreación virtual de la muerte de Juana de Arco, algo espectacular, con pompa y boato, el populacho francés rodeándote en la plaza del mercado viejo de Ruán, 1431, tan lejano.


Y entonces. No puede ser. En la puerta de tu gruta aparece una medusa. Las medusas se emplean de repartidoras-mensajeras. En su interior iridiscente hay un paquete envasado al vacío. ¿Será posible? Es un paquete de cartón marrón, como los que se empleaban en el siglo XXI, con ese logotipo que parece una sonrisa negra. La medusa te pregunta tu nombre y te lo entrega. Te dice que perdón por el retraso, que disculpes las molestias, que ojalá vuelvas a confiar pronto en nuestros servicios, etc. Te quedas mirando el objeto de tus desvelos.


Al no tener ni manos, ni dientes, ni brazos, no puedes abrir la caja. Así podría terminar esta historia: con un chiste cruel. Pero dentro de esa caja estoy yo. Yo soy tu Emoción. Charlamos por telepatía. Quisieras invitarme a té de algas y unas pastitas sintéticas. Me cuentas tu historia. Yo me realizo, llego al autoconocimiento, se me abren los chakras, descubro por fin qué Emoción soy. Soy la Pena. Me hubiese gustado más ser la Alegría o, yo qué sé, la Envidia, pero no, está claro que soy la Pena. Qué hijo de puta Jeff Bezos, ¿no? Qué maquiavélico pedazo de mierda. No contento con querer dominar el mundo, ha urdido este tipo de jueguecitos. Nos ha chingado la vida. Tú todo el tiempo esperándome y yo siglos metida en una puta caja. Deberíamos ir a matarle pero se ha ido a expandir Amazon por otras


galaxias. En fin, tú persistes en tu idea del suicidio, es lo más sensato, a esto le quedan dos telediarios, el sol se apagará, dejará de brillar, llegará una glaciación, sí, va a ser algo feo de ver. Has tenido una vida de pena, mediocre como pocas. Antes de que te mates me comprometo a contar tu historia de la manera más aséptica posible, no quieres que profundice ni que trate de extraer una moraleja, me desdibujaré en la voz narradora, emplearé la segunda persona para que sea más cercana, me ceñiré a los hechos capitales. Contratas el pack Juana de Arco y te hundes en la plácida Nada. Yo me quedo en tu gruta. Entro en contacto con una corriente de pena, su caudal aquí abajo es inmenso, no se agotará nunca, al contrario, siempre estará creciendo y renovándose.


MANIQUÍ jerónimo garcía tomás


Jerónimo García Tomás (Valencia, 1977) es técnico superior en Imagen y Sonido y licenciado en Filología Inglesa. Fue guitarra del grupo Shame City. Fue colaborador de la Cartelera Turia y ha dirigido dos cortometrajes: Un asesino casual (2001) y El arma (2012). El libro de relatos Trama de grises (Contrabando, 2014) fue su primera obra literaria editada. En el 2016, publica su primera novela Cautivos (Che Books). También ha realizado colaboraciones con relatos en antologías del grupo de escritores Lab: Imprevisualizaciones (2013), Once cámaras acorazadas (2015), Fugitivos (2017). En el 2018, ha obtenido el Premio Nacional de Novela Ateneo Mercantil de Valencia con su novela La rabia del peón (Olé libros). Maniquí es un relato inédito que ve la luz por primera vez en Hale Bopp.


Todas las mañanas, de lunes a viernes, hacia las ocho menos cuarto, Hugo bajaba del autobús en lo alto de la avenida. Nunca había prestado excesiva atención a la boutique del chaflán hasta ese día de invierno en que, al poner los pies sobre la acera, mojada aún por la lluvia reciente, sus ojos repararon casualmente en el escaparate. Segundos después, hubo de hacer un esfuerzo por apartarlos y encaminarse a su oficina. Durante esa primera jornada, no pensó más en ello. Pero cuando dejó el autobús a la mañana siguiente, su vista volvió a posarse en el mismo


maniquí, el segundo empezando por la izquierda de los cuatro que ocupaban el escaparate, y terminó por experimentar una sensación que lo mantuvo vagamente distraído durante horas. La sensación se renovó el día después, y ya tuvo que reconocerse a sí mismo que algo en aquella figura lo cautivaba. Al igual que los otros tres, se trataba de un maniquí de mujer de forma estilizada. Su peluca era de cabellos negros y lisos, cortados a la altura de los hombros, con las puntas curvadas hacia dentro formando un pasaje en torno al fino cuello en el que Hugo hubiese deseado cobijarse. La raya al medio arqueaba los lados de la melena sobre la frente en dos ondas gemelas que daban un perfecto remate al rostro de labios incoloros exquisitamente delineados, con un turbador pliegue de dos picos en mitad del superior, y de nariz fina y puntiaguda. Llevaba un vestido gris oscuro, adecuado a la temporada, de falda recta con corte lateral a partir de la rodilla. Un discreto escote rectangular confería a la cabeza la dignidad de un busto clásico.


Las horas de trabajo se le pasaron aquel día más veloces de lo habitual. Incluso se sorprendió cuando su jefe, golpeando el quicio de la puerta del despacho, le hizo levantar la vista de sus cuentas para señalarle que era hora de marchar. Esa tarde, era viernes, tuvo el repentino impulso al llegar a casa de proponer a su esposa cenar fuera. Hacía mucho que no salían, y la mujer pareció pasmada y aturdida primero, entusiasmada y temerosamente esperanzada después. Fueron a un modesto restaurante del barrio y pidieron una botella de vino de la casa para acompañar los platos. La esposa de Hugo apenas se atrevía a aceptar la felicidad que de pronto la embargaba. El vino les sumió en una agradable sensación de comunión y bienestar que de alguna manera se extendió al resto del fin de semana, aunque lo dejaron pasar, como de costumbre, entre intrascendentes programas de televisión, siestas poco profundas y frases triviales. Cuando el lunes el autobús empezó a subir la avenida, Hugo se levantó del asiento antes de lo habitual para plantarse ante las puertas plegables, dispuesto a exponerse a la fría intemperie. Experimentaba una


sutil inquietud. El pensamiento de que algo hubiese podido cambiar, de que la boutique hubiese modificado el escaparate o vendido el vestido, lo acongojaba. Pero el maniquí le estaba esperando; inmodificado, fiable. Se fijó en detalles que antes había pasado por alto. Los brazos estaban algo doblados, uno un poco más que el otro, dejando las manos, de dedos largos y delicados, ligeramente alzadas. Dicha postura, si bien por estática podría parecer forzada, resultaba en cambio reposada, de una elegancia que no era fruto del esfuerzo autoconsciente sino de la clase que por automatizada forma ya parte intrínseca de la persona, quien no necesita adecuarse a una determinada actitud. Puede y debe limitarse a ser como es. Todavía absorto, sintió unas frías punzadas en el rostro. Lloviznaba. Echó a andar. Día tras día, continuó deteniéndose ante el escaparate, hasta el punto de que tuvo que echar mano de su ya largo tiempo desentrenada autodisciplina para no llegar minutos tarde al trabajo. En la postrera


oscuridad de las noches de invierno que invadían las opacas mañanas, las luces del escaparate hacían destellar el cabello de la mujer de gris como una oscura gema preciosa. Los otros tres maniquís seguían siendo poco más que sombras para él, formas imprecisas. Cumplían, si acaso, la función de completar y apoyar el marco que había de destacar el objeto de su admiración, proporcionar el adecuado realce a su hermosura. De manera inconsciente, cuando se acercaba a ella, Hugo se ajustaba el sombrero, se subía el cuello del abrigo como para asegurarse de que no lo llevaba mal puesto. Intuía sobre el cristal, como un eco lejano que lo devolviese a la realidad, su propia silueta. Se volvía consciente entonces de su cuerpo mórbido y torpe, de su postura decaída, y procuraba erguir la espalda y llevar un poco los hombros hacia atrás. En la oficina, empezó a agilizar sus ocupaciones y a concluirlas en menos tiempo. Al hallarse ya muy cerca la fecha de su jubilación, se daba cuenta de que había estado relajándose y bajando el ritmo de su rendimiento. Pero ahora, sin explicarse muy bien por qué, volvía a funcionar con la energía y la


diligencia de antaño. Asimismo, cuando concluía alguna tarea y se quedaba unos minutos sin nada que hacer, su mente se perdía en ensoñaciones extravagantes, fantasías que apenas llegaban a cobrar forma en imágenes o ideas concretas. Un día, sacando punta a un lápiz y dejando caer los restos de madera laminada en la papelera de la sala común, se fijó en un folleto colorido que alguien había tirado junto a los folios arrugados y los documentos hechos trizas. Era un tríptico del London Eye. Esa misma tarde, mientras se apretaba en el autobús atestado rumbo a su casa, empezó a jugar con la idea de viajar a Londres. Lo comentó con su esposa durante la cena y vio que ella se emocionaba hasta el punto de ir hasta él para besarlo en la cabeza, conteniendo las lágrimas. Buscarían un vuelo económico para cuando se hubiese jubilado. Faltaban poco más de tres meses. Ensimismado ante el maniquí, a la mañana siguiente, bajo el paraguas que su esposa le había insistido en que cogiera, pensó que no tendrían por qué limitarse a Londres. Recordó cómo de joven había acariciado la idea de recorrer Europa y cómo con los años dicho anhelo se había ido


diluyendo en la rutina laboral y en los pequeños requerimientos de la vida doméstica. Pero ahora que el trabajo iba a dejar de ser una constante ineludible, nada les impedía moverse. Administrando bien su pensión, podría incluso pasar cortas temporadas en las ciudades que quisiera. Atenas, Munich, Cracovia... Podría pasear hasta cansarse por las calles que no había visto más que en películas y fotografías, apoyarse en las columnas del Panteón de Agripa, sentarse en las escalinatas del Sagrado Corazón, escuchar cómo resonaban sus pasos en el suelo de mosaico de la galería Umberto I… Se dio cuenta de que la mujer que trabajaba en la boutique había empezado a observarlo con extrañeza desde el fondo del negocio. No le importó. Tampoco había vuelto a pensar demasiado en la posibilidad de que retirasen el maniquí. La repetida constatación de su permanencia parecía justificar el dar por sentado que su preciado ídolo seguiría allí para él ininterrumpidamente. De manera vaga, resentía la certeza de que una vez jubilado no tendría la necesidad de apearse frente al chaflán todas las mañanas, pero ya elucubraba las excusas que utilizaría de tanto en tanto para ausentarse del hogar y poder pasar un rato frente al escaparate.


Como se había habituado a terminar pronto sus tareas, y no quería que su jefe aprovechase para darle más trabajo, ocupó sus ratos libres leyendo en Internet información sobre las ciudades que pensaba visitar. Le había gustado mucho la fotografía, siendo adolescente, y pensó que podría retomar su abandonada afición, dedicar un tiempo en sus viajes a pasear cámara en mano capturando la luz sobre las calles, el paso de los transeúntes, la textura de los edificios… Esa noche, después de la cena, dejó a su mujer viendo la tele y fue a sacar del armario de su despacho la cámara réflex manual que no había disparado en varias décadas. Luego entró en el habitáculo que usaban como trastero. Tuvo que abrir la escalera de tijera para llegar al estante superior y apartar unas cuantas cajas hasta acceder a lo que buscaba. La enorme bolsa de plástico que cubría la ampliadora de blanco y negro estaba llena de polvo. Después de bajarla al suelo con sumo cuidado, retiró la bolsa y fue a tirarla a la basura. A continuación llevó la ampliadora al despacho. Las manos le temblaban al apartar las carpetas apiladas sobre la cómoda y


colocar el aparato encima. Se sentó en su sillón y contempló, colmado de insegura expectación, el vetusto artilugio, con su barra vertical y su cabeza metálica de altura regulable. Seguiría funcionando. No existía ningún motivo para que no lo hiciese. Ni siquiera sería necesario cambiar la bombilla, ya que nunca había llegado a utilizarla demasiado. Tendría que leer y practicar hasta recordar todo el proceso, pero eso no sería un inconveniente. Todo el mundo usaba ahora cámaras digitales y nadie revelaba nada; Hugo no haría las cosas así. Usaría película en blanco y negro, tomaría fotos con su antigua réflex y las revelaría él mismo, después de comprar los líquidos y aparatos que le faltasen. Convertiría su despacho en un cuarto oscuro, como el que había llegado a tener en su dormitorio de adolescente, antes de que su madre le obligase a desmontarlo. Pasó un largo rato visualizándose bañado de luz roja, ajustando el negativo entre las dos ranuras; con las pinzas en la mano, moviendo el papel en la cubeta y viendo poco a poco aparecer la imagen.Y sin haberlo previsto,


la imagen que su mente aplicó por cuenta propia al papel fotográfico de sus fantasías fue la del maniquí. La idea lo colmó de una felicidad rayana en éxtasis. Aún lleno de inocente resolución, regresó al comedor, donde su esposa veía un concurso televisivo, y la besó tiernamente en los labios. El rostro de ella se iluminó con una sonrisa de incrédula ternura. Empezarían a buscar vuelos a Londres esa misma semana. Cuanto antes lo hiciesen, más posibilidades tendrían de encontrar buenas ofertas. Ese viaje, el primero de muchos, sería también un modo de celebrar su jubilación, el primer acto de un nuevo, enriquecedor y estimulante periodo en sus vidas. La siguiente vez que se apostó frente al maniquí, quien lo esperaba como todas las mañanas al otro lado del cristal, el rostro de Hugo se veía perceptiblemente transfigurado. Una tenue sonrisa suavizaba sus facciones y la habitual pesadez de sus párpados parecía haberse disuelto, liberándolos de su carga. Ni siquiera le importó percatarse, como ya había hecho antes, de que la encargada del negocio lo observaba desde el interior con expresión


poco amistosa. Era una mujer de mediana edad, con un rostro carnoso que el exceso de maquillaje hacia desagradable y una melena sin brillo teñida a mechas rubias. Hugo se despidió, moviendo involuntariamente los labios, del maniquí, y decidió que aquella misma tarde pasaría por la tienda de material fotográfico a comprar un carrete. Aunque después no volviese a usar la cámara hasta su viaje a Londres, sentía la ingenua necesidad de fotografiar al maniquí lo antes posible. Camino a su oficina, se percató de manera vaga de que el tiempo empezaba a cambiar. El invierno tocaba a su fin, y el sol, aún guarecido tras los edificios, se dejaba ya prever en las calles, donde la humedad había desaparecido y el frío no hacía encorvarse tanto a las figuras que apretaban el paso hacia sus puestos de trabajo. Incluso en las desnudas ramas de los plátanos, minúsculos puntos verdes anunciaban el resurgir de nueva vida. La jornada pasó en un suspiro. Llovía cuando salió, y el autobús llegó más tarde que de costumbre. La gente se apelotonaba en el interior, marcando las suelas de sus botas en el suelo cubierto de aserrín y frotando


con las mangas los cristales empañados para no pasar de largo sus paradas. En la tienda seguían vendiendo carretes de blanco y negro. Se aseguró de adquirir película de alta sensibilidad para poder tomar la foto a primera hora de la mañana sin necesidad de tener que dar al obturador un tiempo de apertura demasiado alto. Por la noche, su mujer y él consultaron los vuelos a Londres. Encontraron uno bastante económico para una semana después del cese de su actividad laboral. Él hubiese preferido partir antes, y pensaba que tal vez esperando un poco existiese la posibilidad de que algún vuelo anterior bajara de precio. Aún así, accedió cuando su mujer, temerosa de que la oferta desapareciese, insistió en comprar los billetes al día siguiente si la situación no había cambiado. Él también recibió con ansias la llegada del nuevo día. Pero por motivos distintos a los de la compra de los billetes. Durante el trayecto en autobús, fue pensando en las cuestiones técnicas y de ejecución de la imagen: el encuadre que iba a escoger, la relación de apertura de diafragma y velocidad de obturación que el fotómetro de la cámara le pediría, el ángulo


que buscaría para aprovechar al máximo el efecto de la luz en el cabello liso… Por fin, el autobús fue acercándose al final de la pendiente. Se levantó para ir a la salida, la cámara ya en la mano, lista para disparar. Sus ojos registraron el escaparate aún antes de que el vehículo se detuviese y de que las puertas se plegaran a los lados dejándole sentir todo el frío exterior. Aún así, su cerebro se negó a dar por válida la información hasta haber descendido a la sucia acera y haberse acercado al cristal. El maniquí ya no estaba. En su lugar, otro maniquí, con una horrenda peluca de rizos rojizos, aparecía ataviado con una blusa verde de volantes que ocultaba su cintura y una falda plisada rosa pálido que anulaba la curva de sus caderas. Inútilmente, buscó con la vista en el interior de la boutique. Y entonces, sintiéndose un estúpido, cayó en la cuenta de que su maniquí no estaba en ningún otro sitio por la sencilla razón de que lo tenía delante. Se fijó en la posición de los brazos y no tuvo ya la menor duda. Simplemente le habían cambiado la peluca y el atuendo. Era el mismo maniquí. Solo que ya no era el mismo maniquí en absoluto.


Por último, reparó en la presencia de la mujer al fondo de la tienda. Creyó advertir en su rostro una sonrisa maligna, una expresión de desquite triunfante, humilladora. Terriblemente aturdido, guardó la cámara en su bolsa. Se apartó del escaparate y de aquella imagen de insulsa vulgaridad que había usurpado el lugar de sus esperanzas. No terminó de redactar el informe que su jefe le había pedido. Cuando este pasó por delante del umbral de su oficina y lo vio con la mirada fija en la pared, le preguntó por el documento y él se limitó a fruncir el entrecejo y a torcer la boca en una mueca imposible de interpretar. Su jefe salió del paso con un ademán, dando a entender que tampoco le corría tanta prisa. Al anochecer, Hugo abrió la puerta de su casa, dejó la bolsa con la cámara en la entrada y pasó al comedor, donde su mujer acababa de apagar la tele. Ella le preguntó si quería que conectase el ordenador para comprar los billetes antes de la cena. Ante su seca e inexplicable negativa, la mujer calló, compuso un gesto de temor angustioso viéndolo pasar de largo en dirección a su despacho.


Hugo cerró la puerta. Fue hasta la cómoda y, de un manotazo, volcó la vieja ampliadora. La cabeza metálica se dobló al golpear el suelo y un ruido de cristales indicó que la bombilla se había rotó. Él se dejó caer en el sillón. Preso de una vibración incontrolable, miró el viejo y patético aparato allí tirado hasta que la vista empezó a empañársele.


ANTE TODO PERSONA borja navarro


Borja Navarro Sellés (Valencia, 1994) estudió Ingeniería Aeroespacial para volar hacia otros lugares como la Literatura, el Cine, la Poesía, el Cómic o la Performance. Se rumorea que Mr. Perfumme es su padawan pero Borja ha encontrado su camino del samurai y ya sea en sus recitales, en su novela Oriente y la rana de San Marcelino (CheBooks, 2019), en su canal de ufología o cuando te lo encuentras por la calle, Borja destila karma literario y ustedes lo van a ver.


No dejes que tu vida laboral y tu vida personal se mezclen porque no es bueno.


REFLEXIONES DE UN CONFINADO ignacio docavo


Ignacio Docavo es profesor de matemáticas y cofundador del sello editorial de poesía La Coz. No somos pocos los que quisierámos ver su obra publicada, pero todo llegará. Forofo de la frase de Michi Panero: en esta vida se puede ser todo menos un coñazo... nos envía estas breves meditaciones y lo bueno si breve...


Cuando recojo una mierda de la Loba y no hay nadie a la vista (y últimamente no hay nadie a la vista) pienso en lo mucho que me reconfortaría que Dios estuviera pendiente de mi acción.


Como todas las noches la Loba, cuando me acuesto, acude a mi habitación y posa la cabeza sobre la cama para que la acaricie. Si no lo hago es por temor al virus. La perra que, naturalmente, no entiende nada acusará esa falta de afecto del que tan necesitados estamos. Yo tampoco entiendo mucho o sólo entiendo con la sesera: sólo sé de infectados por los informativos. Ese bicho invisible para mí es una abstracción, trágica, por lo que parece; pero la cabeza de la Loba posándose en mi cama cada noche y yéndose de vacío, o sentada en un rincón a esperar los mimos de antaño, un hecho empírico, urgente e inatendible.


Giro la cabeza hacia el ventanal y allí está, la misma paloma blanca de ayer posada en el pararrayos de la escuela. Pero como hoy no es ayer deduzco que esa paloma no es la misma, y si lo fuera seguro que su imagen de hoy no coincide exactamente con la de ayer. La repetición de la imagen se debe a la imperfección de la memoria. Si en este confinamiento todo se vuelve igual a sí mismo es porque las imágenes y el sentimiento que las acompaña quedan en nuestro recuerdo como abstracciones. Si fuéramos capaces de memorizar prolijamente los detalles del pasado todo sería novedoso en el presente y la diversidad de estímulos con que ansiamos compensar el aburrimiento que causa nuestra desmemoria, innecesaria.


El mendigo de la puerta del Mercadona sigue ahĂ­, como siempre, cumpliendo estrictamente con el confinamiento porque la calle es su casa.


Pues resulta que estaba con el telediario puesto y al teclear la contraseña en el portátil he escrito “coronavirus”.


Padres seguidos de hijos con pelota y patinete. La calle parece un decorado montado por el Gobierno.


Los columpios del parque, como si fueran la escena de algĂşn crimen, precintados.


Estoy por hacer una muesca en la pared del baĂąo cada vez que me lavo las manos.


“Con esos ojos no me importa que ocultes el resto”, le hubiera dicho en época de abanicos.


BIFOCAL andrĂŠs navarro


Andrés Navarro (Valencia, 1973) es autor de Canino (Pre-Textos, 2018), La fiebre (Pre-Textos, 2005) y Un huésped panorámico (DVD, 2010), por los dos últimos obtuvo los premios Emilio Prados y Ciudad de Burgos. Bibliófilo, traficante de libros leídos, junto a Ignacio Docavo se ha metido en la aventura editorial y codirige la colección de poesía La Coz. Bifocal es el poema que Andrés nos envía, pertenece a Canino, nada mejor que terminar este número con él.


Hace tiempo que quiero escribir sobre una hoja de higuera, la primera que se suelta a finales de septiembre y al caer va rozando a las verdes, tac, tac, tac, avisรกndolas de que el fin estรก cerca. Un texto delicado y pretencioso, ideal para amantes del haiku.


Pero la noche del temblor, cuando los gatos empezaban a llorar a sus muertos, una hoja rizada por el aire se alzó como la visera de una gorra y la luz lanzó mi sombra contra un adoquinado de cabezas, cráneos mondos que se movían inquietos, unos contra otros, presintiendo lo peor.


ESPECIAL LA TERRETA Ruth barrachina


Reportaje fotográfico realizado para la revista digital La veu de Llíria en el Día del Pueblo Gitano (abril 2018). Ruth Barrachina es guionista, realizadora y fotógrafa, trabajos que compagina con la docencia en la Escola D ´Adults de Llíria, donde imparte clases de Guión Cinematográfico y Fotografía. El maquetador de esta revista está tremendamente enamorado de ella.


Setenta dias juntos en una cuarentena infame tú querías divertirte y yo y yo quería curarme. LA BIENQUERIDA, Setenta días juntos


Si este fanzine ha sido de su agrado, les recordamos que buena parte de los autores aquí reunidos han publicado sus obras en una pequeña pero combativa editorial independiente valenciana: Ediciones Contrabando  www.edicionescontrabando.com Nosotros vivimos de esto, y sería una gran alegría para todas  que visitaran nuestra web y nuestro catálogo y se regalaran uno de nuestros libros. 

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Hale Bopp nº 6  

Especial La Terreta

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